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	<title>Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-por-oriente-de-adolfo-rivadeneyra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:27:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fernando Escribano Martín Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006 Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-por-oriente-de-adolfo-rivadeneyra/">Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Fernando Escribano Martín</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006</p>
<p class="bodytext">Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y sin embargo es necesario hacerlo, pues no son muchos, ni siquiera en su país, los que conocen a nuestro protagonista, ni los logros por él obtenidos.</p>
<p>En cualquier caso esta no es una historia nueva, y un buen ejemplo es la exposición del Museo Arqueológico Nacional, La aventura española en Oriente (1662006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo Antiguo, donde, vinculados al Oriente, se da cuenta de una serie de personajes con unas aventuras vitales y viajeras realmente increíbles, y que son apenas conocidas, tanto en España como en el extranjero.</p>
<p>Adolfo Rivadeneyra es uno de los casos más claros de injusta memoria para con un personaje muy destacado, y sólo desde hace poco se ha empezado a reivindicar la importancia de su trabajo. Pero, ¿por qué consideramos que Rivadeneyra es tan importante?<br />
Rivadeneyra vivió aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX. Su trabajo como diplomático le permitió viajar no sólo por los países a los que fue destinado, sino que a menudo concibió los traslados, tanto de un destino a otro, como desde España, para realizar trayectos poco acostumbrados, y que le servirían para conocer la realidad del país en aquel momento, y también de su historia, pues Rivadeneyra fue un apasionado de la historia del Oriente Próximo antiguo, justamente en la época en la que la ciencia del Orientalismo se empezaba a desarrollar en Europa.</p>
<p>Nuestro protagonista no sólo conocía y manejaba los descubrimientos que la nueva ciencia realizaba sobre civilizaciones y pueblos desconocidos en ese momento, o sólo conocidos por la interpretación de la Biblia, sino que él mismo llevó a cabo estudios que podemos situar como de los primeros españoles al respecto.</p>
<p class="bodytext">Así mismo, consciente, como otros personajes ilustrados españoles de la época, y siguiendo el ejemplo de otras sociedades europeas, fue uno de los que contribuyeron a sacar adelante la Sociedad Geográfica de Madrid, que con sus trabajos y con sus boletines participaría como sus homólogas del descubrimiento del mundo. Fue el Secretario de la primera Junta Directiva, y también el primer conferenciante de la misma. Faltando los apoyos necesarios, la Sociedad Geográfica de Madrid sólo pudo realizar algunas expediciones destacadas, aunque sí se llevaron a cabo estudios interesantes de diverso orden geográfico, y se sacaron a la luz textos de viajeros y estudios que llevaban siglos olvidados en las bibliotecas de nuestro país. Pobre legado, sin embargo, para lo que se pretendió con su creación.</p>
<p>Los logros de Rivadeneyra van más allá, y aquí sólo vamos a señalar alguno antes de describir su vida y sus viajes. Fue él quien terminó la magna obra de su padre, la <em>Biblioteca</em><em> de Autores Españoles</em>, desde el tomo LXIV hasta el LXXII (los derechos sobre la misma son propiedad hoy de la Real Academia Española). Formó una de las colecciones de Oriente más importantes en nuestro país, que hoy forma parte de los fondos del Museo Arqueológico Nacional. A su muerte, donó al Estado algunas obras únicas, como el impresionante cuadro mandado pintar a Pellicer en el que se narra su entrada junto al Gobernador del Arabistán en la ciudad de Dizful, una etapa de su aventura por Persia.</p>
<p class="bodytext"><strong>APUNTES BIOGRAFICOS Y PROFESIONALES</strong></p>
<p>Adolfo Rivadeneyra y Sánchez nació en Valparaíso, Chile, el 10 de abril de 1841. El hecho de que Adolfo naciese en Chile se debe a que su padre, Manuel Rivadeneyra y Roig, trabajaba en tierras americanas para conseguir fondos con que sustentar su Biblioteca de Autores Españoles. Allí conoció a la que fue su mujer, Nieves Sánchez y Riquelme, y allí nació su primer hijo. Cuando Adolfo tenía siete años volvió la familia a España, y continuó su educación en el Seminario de Vergara y en el Colegio de Masarnau. Estudió también en Alemania, Inglaterra y Bélgica, pues su padre pretendía para él una sólida formación en idiomas. Tanto fue así que, cuando el 21 de diciembre de 1863 solicitó a la reina Isabel II ser admitido en la carrera consular y ser destinado a un destino en Oriente, él mismo señala manejar ya cinco lenguas además de la latina.</p>
<p>La solicitud fue casi inmediatamente aceptada (el 29 de diciembre), y fue destinado como Joven de Lenguas al Consulado General de Beirut. Los jóvenes de lenguas son una figura de la diplomacia española que reclutaba jóvenes que se iban a destinar a la carrera diplomática, suponemos que con especiales cualidades, y se les formaban en las lenguas menos manejadas, útiles para los intereses del país. Así, nada más llegar se internó en el convento de Ain-Warka para aprender el árabe y parece, a tenor de las noticias que se conservan en el Archivo del Ministerio de Estado, que con resultados asombrosos.</p>
<p>Como parte de sus funciones en el mismo destino hubo de hacerse cargo del Consulado de Jerusalén a partir de noviembre de 1864 durante un par de meses debido a enfermedad del titular, y de nuevo cuatro meses a partir de julio de 1866. Después de una licencia de dos meses para recobrar su salud, que creemos que pasó en Madrid, fue nombrado Vicecónsul en Beirut, cargo que desempeñó hasta junio de 1867, cuando el viceconsulado fue suprimido.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente destino fue la isla de Ceilán, donde tomó posesión del viceconsulado de nueva creación que tuvo residencia en Colombo, y que dependía de la jurisdicción del Consulado General de España en China. Parece que siguiendo una costumbre del país el cargo comportaba ser nombrado Juez de Paz, como él mismo explica al Ministerio, cargo honorífico, pero que podría ser llamado a ejercer como tal. El 10 de febrero de 1868 tomó posesión del viceconsulado, y aquí permanecerá hasta que, según orden de 25 de noviembre de 1868, el Gobierno Provisional le nombra Vicecónsul en Damasco, y que será el origen uno de sus grandes viajes, el que se plasmará en el primero de sus libros, del que hablaremos después. El texto de la orden es el siguiente: “<em>El Gobierno Provisional se ha servido nombrar á V. Vicecónsul de España en Damasco con el sueldo personal de 1200 escudos anuales, 1800 escudos más para los gastos de residencia y otros 600 escudos para los ordinarios del servicio, con arreglo á lo asignado á dicha plaza en el presupuesto vigente que percibirá V. con cargo á los fondos de la Comisaría General de los Santos Lugares de Jerusalén. De órden del mismo Gobierno lo digo á V. para su conocimiento y efectos consiguientes</em>”.</p>
<p>En el desempeño de este destino en Damasco acompañó a Eduardo Saavedra a la inauguración del Canal de Suez, ceremonia que, como se sabe, presidió la madrileña, y carabanchelera, Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses, el 17 de noviembre de 1869.</p>
<p class="bodytext">Se mantuvo en el puesto hasta que por orden del 18 de julio de 1870 el Regente le declaró cesante. Unos meses después solicitó el reingreso en la carrera consular. La administración española del siglo XIX no funcionaba como la actual, y cada cambio de gobierno producía un número importante de cesantes, figura cuya tristeza y desolación retrata admirablemente Pérez Galdós en <em>Miau</em>.</p>
<p>Su siguiente misión fue el viceconsulado de nueva creación, de nuevo pionero en un destino, en Teherán, con la misión principal de estudiar las posibilidades económicas de España con respecto a Persia. En concreto, en las instrucciones que recibió antes de marchar a lo que entonces era Persia, hoy Irán, se le encomiendan principalmente estas cuatro misiones:</p>
<p>Exploración y estudio del mercado que puede ofrecer Persia al comercio español. Información acerca de las posibilidades directas de intercambio entre ambos países. Estímulo, aliento y protección de las relaciones mercantiles directas, y al menos fomentar las indirectas…</p>
<p>Designación del puerto del Golfo Pérsico en el que pueda establecerse una Agencia consular.</p>
<p>Protección de las personas e intereses de los españoles que puedan llegar a Persia por causas comerciales, o por las obras públicas construidas, como la concesión dada por el Sha al Barón Reuter para construir ferrocarriles, y que será objeto de sus primeras investigaciones.</p>
<p>Al no existir Agente diplomático de España en Persia, debe informar al Gobierno de los principales sucesos políticos que ocurran.</p>
<p class="bodytext">No vamos a desarrollar estas instrucciones, pero, además de la misión principal, llama la atención la intención gubernamental (que se mantuvo durante todo el XIX, siempre parada por un gobierno posterior) de conseguir un punto en el Golfo Pérsico que hubiese sido fundamental para sostener las colonias en Filipinas. Al final esta pretensión se truncó, pero uno de los puntos más estudiados coincide con el que ocupó Italia, cerca de Abisinia (objeto de una importante misión de exploración por parte de la Sociedad Geográfica de Madrid, bajo la dirección de Abargues de Sostén). Por otra parte, el estudio en tiempo de las posibilidades comerciales con España, y las que se estaban haciendo en Persia, quizá uno de los pocos puntos no ocupados aún por el colonialismo europeo que se estaba desarrollando en África y Asia, sorprende por la perspectiva y oportunidad que denotaban, y por contraste con los otros gobiernos de visión pacata que los truncaron.</p>
<p>Este destino será el origen de su segundo libro: <em>Viaje al interior de Persia</em>, quizá su destino más importante, y también quizá su libro más maduro e interesante. Permaneció en Teherán desde el 11 de abril de 1874, fecha en la que toma posesión de su cargo, hasta el 19 de agosto, cuando marcha para estudiar el país. Hasta este momento desarrolló una serie de estudios previos, que incluyó en el primer tomo de su libro (tiene tres), y que remitió al ministerio. Después, hasta el 24 de agosto de 1875, en que llegó de nuevo a Teherán, recorrió el país en cumplimiento de su principal misión: buscar las posibilidades comerciales a desarrollar entre España y Persia. Pidió entonces una licencia por enfermedad, que vino aprobada, y que cuando la pudo disfrutar fue aprovechada por el Gobierno de turno para suprimir el viceconsulado. Creemos que un gobierno distinto del que le nombró, con el vicecónsul en casa, y con la misión principal cumplida (a la que no se le dio la publicidad requerida) no entendió la necesidad de continuar la misión, y canceló el destino. En lo que al libro concierne, el recorrido por Persia, así como su viaje de regreso, constituyen el material del que se nutren los tomos II y III de su<em>Viaje al interior de Persia</em>.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente etapa en su carrera la cumplió en Singapur, donde seguramente no llegó a trasladarse, pues es nombrado Cónsul de Segunda clase en Singapur el 9 de diciembre de 1878, y diez días después, el 19, es nombrado Cónsul en Mogador (Marruecos). Llegó a este destino el 8 de enero de 1879, y cumplió su misión hasta que en noviembre de 1879 cesó en sus funciones, a petición propia, según parece por abierto enfrentamiento con el gobernador de la zona, siendo éste el ultimo destino de su vida diplomática.</p>
<p>Gracias a su carrera diplomática fue merecedor de la Orden de Carlos III en grado de Caballero (orden de 19 de mayo de 1864), y de la Cruz del León y del Sol de tercera clase por parte del Gobierno persa, según narra él mismo en su segundo libro. Murió muy joven, seguramente a causa de un aneurisma en la arteria aorta, en Madrid, el 6 de febrero de 1882.</p>
<p>Su trabajo como diplomático fue el marco perfecto para desarrollar sus intereses e inquietudes, y una parte de los mismos están plasmados en sus libros. Rivedeneyra sintió atracción por el Oriente desde la infancia, no sabemos exactamente desde cuando, y podemos pensar que dirigió su carrera profesional hasta convertirse en uno de los mayores conocedores españoles de estas tierras, tanto de su realidad contemporánea, como de su historia, siguiendo y participando de la ciencia que se desarrollaba en Europa, el Orientalismo.</p>
<p>Como parte de ese amor por el Oriente, participando del intento de otros contemporáneos suyos que querían subir a España al carro del desarrollo cultural, participó no sólo en la gestación de la Sociedad Geográfica de Madrid, sino que, a través del trabajo editorial, contribuyó a publicar libros europeos que mostraban estudios históricos o las hazañas geográficas que se desarrollaban en aquellos años. Él, con sus libros, pretendió sentar las bases para que otros españoles escribiesen libros de viaje según modelos propios, y no tener así que conocer los otros países sólo por traducciones. Esta pretensión se vio aparentemente truncada, pero sus dos libros constituyen un testimonio único de la realidad de estos países a través de los ojos de Rivadeneyra.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE DE CEILÁN A DAMASCO </strong></p>
<p>Como ya hemos señalado, Rivadeneyra escribió “<em>Viaje de Ceilán a Damasco</em>” a partir de la orden de traslado que le llevó de su destino en Colombo a Damasco. El título del libro, publicado en Madrid en 1871 es algo más largo: <em>Viaje de Ceilán a Damasco, Golfo Pérsico, Mesopotamia, Ruinas de Babilonia, Nínive y Palmira, y Cartas sobre la Siria y la Isla de Ceilán</em>.</p>
<p>El libro tiene dos partes, la segunda de las cuales recoge una serie de cartas o informes que había mandado desde sus primeros destinos a familiares, superiores, o a la prensa. La primera narra el viaje que le llevó de un destino a otro. Para este desplazamiento no escoge el itinerario más cómodo, sino que sigue los pasos de un viaje que quiso realizar su padre, también para conocer él mismo todos estos territorios y probarse para posibles futuras empresas. El camino que elige, también influenciado por las circunstancias del viaje, le lleva por el Golfo Pérsico hasta Bagdad, y de ahí, por Mosul y Alepo hasta Damasco.</p>
<p>Rivadeneyra siempre distribuye sus libros en distintas fases, y escribe desde el final de cada una de ellas la etapa realizada. Simplemente señalando los capítulos tendremos idea de la magnitud del viaje que llevó a cabo: De Ceilán a Bombay, Basora, Bagdad, Ruinas de Babilonia, de Bagdad a Mosul, Diarbekir, Alepo y Damasco, e incluye un capítulo final sobre las ruinas de Palmira. Podríamos detenernos en muchas de las etapas o episodios que narra en su libro, pero no lo vamos a hacer por dos razones: porque no tendríamos espacio suficiente en este artículo, y porque donde mejor se lee a Rivadeneyra es en su propio libro, y el lector dispone ya de la primera reedición completa, que acaba de publicarse con el nombre de la primera parte del título original: Viaje de Ceilán a Damasco.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, a tenor de su importancia para los orígenes del Orientalismo en este país, vamos a fijarnos en un episodio que narra en el capítulo V: “Las ruinas de Babilonia”. Rivadeneyra es plenamente consciente de la importancia del lugar que visita, a partir de los datos de los clásicos y de la Biblia, a los que cita, que ya había sido objeto de alguna prospección, pero que no acogerá la que hasta hoy en día ha sido la mayor excavación realizada en su terreno hasta 1899, con Koldewey en su dirección, y que trabajará sobre la ciudad hasta 1917.</p>
<p>Rivadeneyra realiza una descripción general de las ruinas, valorando sus dimensiones, estudiando sus materiales, e incluso apuntando de forma correcta, y a contra corriente en su época, que la torre de Babel no podría ser la de Bir Nimrud como se pensaba en la época. No hay que olvidar que los pioneros del Orientalismo son como él diplomáticos, y observamos en él el mismo espíritu que en aquellos, la única diferencia es que él nunca tuvo apoyos para más importantes empresas.<br />
Él entró por lo que hoy sabemos que es el Palacio de Verano, y cuyos restos, en forma de promontorio, había mantenido por los siglos el nombre de Babel. Narra cómo cogió dos ladrillos con inscripción, los guardó, y los trajo a España (hoy forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional). Cuando publicó el libro, le pidió a su amigo y profesor de sanscrito, Francisco García Ayuso, no sólo que se lo transcribiese y tradujese, sino que realizase una introducción a la escritura cuneiforme. La inscripción es de Nabucodonosor II, pero no es esto en lo que queremos incidir: lo que nos parece trascendente es que casi a la par que se estaba desarrollando el Orientalismo en Europa, en España no sólo se seguían sus progresos, sino que incluso se participaba en sus trabajos, si bien también es cierto que aparentemente no hubo inmediata continuidad. #El libro, como siempre en Rivadeneyra, muestra todo lo que él vio en su viaje, todo lo que estudió sobre las tierras que visitaba y sobre su historia, sus indagaciones y sus apreciaciones, en un tono que en absoluto se nos hace distante o superior para con los pueblos que visitaba, más bien al contrario, y que descubre para sus compatriotas mundos que les sonarían muy lejanos, máxime, como él dice, en una época en que no son muchos los españoles que salen al mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE AL INTERIOR DE PERSIA </strong></p>
<p>Este es el título de su segundo libro, publicado en tres tomos, en Madrid, en 1871. Ya hemos hablado algo de su distribución interna, y de que responde al viaje que realizó por Irán en cumplimiento de una misión muy concreta: estudiar las posibilidades comerciales que aquel país podría representar para España. Creemos que no sólo cumplió su misión, sino que fue más allá de lo que buenamente se le podía exigir, y durante todo un año recorrió aquellas tierras.</p>
<p>Su forma de trabajar es siempre la misma: distribuye la información en capítulos que corresponderían a una etapa de viaje o de lugar de estudios. En el primer tomo, en el que cuenta cómo llegó a Teherán, el viaje lo distribuye de Madrid a Tiflis, a Bacú, a Resht y Teherán. E incluye una historia de Persia y una amplísima descripción de Teherán, así como un capítulo, curioso, sobre los preparativos de viaje.</p>
<p>Como en su anterior libro, la mera enumeración de estas etapas da cuenta de la importancia del viaje: de Teherán a Hamadán, Kermanshah, Jorramabad, Dizful, Shuster, Feiliye, Bushir (tomo II); de Bushir a Kerman, Yezd, Shiraz, Ispahán y final en Teherán, para luego contar su regreso a España y hacer unas reflexiones (tomo III).</p>
<p class="bodytext">El viaje lo realizan los mismos ojos, el mismo espíritu curioso, comprensivo, indagador, pero quizá con un punto mayor de madurez. Incluye también aquí estudios y comentarios que hoy incluiríamos en disciplinas muy diversas (geografía, historia, etnografía, religiones…) pero añade además una serie de datos muy concretos sobre monedas, cambios, productos de importación y exportación, horarios de trasportes, épocas para realizar un viaje… y otra serie de aspectos que son sin duda interesantes desde el punto de vista de la misión que le llevó a Irán, sobre todo por lo a veces pormenorizado, y que nos inducen a pensar que Rivadeneyra plasmó en este libro toda la información recogida en su viaje, y que debió haber formado parte de informes que remitiría al ministerio.</p>
<p>No sabemos si estos informes se realizaron, no los hemos encontrado, y no hemos encontrado tampoco la publicación de toda esta información, tal y como era lógico pensar, ya que para eso se le había enviado, para promocionar y facilitar el intercambio comercial, y como de hecho se le prometió explícitamente. Rivadeneyra trabajaba de un modo muy concienzudo, y podemos pensar que no estaba dispuesto a echar todo su esfuerzo por la borda, e incluyó esta información dentro del libro que realizó sobre su viaje, y sobre un país que amaba profundamente.</p>
<p>Tampoco aquí podemos extendernos mucho en la descripción del viaje, y por desgracia no es tan fácil leer éste como el primero, pues sólo existe la edición original (debería hacerse también con esta obra una reedición). Vamos a señalar también aquí sólo un aspecto, el que refleja el cuadro que mandó pintar a Pellicer,<em>Llegada a Dizful del Gobernador del Arabistán y del Vicecónsul de España</em>,que cedió en testamento al Estado, y hoy se encuentra en el Ministerio para las Administraciones Públicas.</p>
<p class="bodytext">En él se narra la entrada en la ciudad de ambos personajes con el séquito del Gobernador, y cómo los habitantes de Dizful salen a recibirles y les presentan múltiples sacrificios como ofrenda al Gobernador. Esto le lleva a reflexionar a Rivadeneyra sobre rituales antiguos y olvidados, y que sin embargo mantienen sus formas, perdidos los significados, en el tiempo.</p>
<p><strong>EPÍLOGO </strong></p>
<p>Los libros de Rivadeneyra, ya lo hemos comentado, abarcan multitud de aspectos, y son fiel muestra del carácter del personaje, de su preparación, y de un espíritu curioso e indomable que pretendió muchas cosas, y que logró también otras muchas.</p>
<p>Sus restos, al igual que los de su familia, se conservan en un templete que él y su hermana mandaron construir para su eterno descanso. Esta hermosa construcción, como la Sacramental en la que se incluye, sufre el deterioro del olvido y de la injusticia, algo muy similar a lo que sucede con su memoria. Creemos que igual que se le empieza a valorar en su justa medida, a reivindicar sus logros, y a hacérsele visible, también las autoridades competentes deberían cuidar y restaurar el lugar donde descansa.</p>
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		<title>Blasco Ibáñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/blasco-ibanez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:26:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 12 Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo Blasco Ibáñez La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/blasco-ibanez/">Blasco Ibáñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: Pedro Páramo</strong></p>
<p>Boletín 12</p>
<p><strong>Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo</strong></p>
<p>Blasco Ibáñez</p>
<p><strong>La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, aventurero y hombre inquieto, viajó por todo el mundo antes de decidirse a emprender una «vuelta al mundo» que le llevaría durante medio año desde Nueva York a Niza pasando por Hawai, Japón, Corea, China, Filipinas, Indonesia, Birmania, India, Sudán y Egipto.</strong></p>
<p>En el otoño de 1923, Vicente Blasco lbáñez. exiliado en su casa de Menton (Francia), decide dar la vuelta al mundo. Tiene 56 años y es el escritor de más éxito de la época. En Francia lo veneran, le consideran el Zola español. En Estados Unidos es un ídolo de masas desde que Hollywood llevara a la pantalla «Sangre y arena», “Los cuatro jinetes del Apocalipsis» y otras cuatro de sus novelas. Sentado en un banco del jardín de su mansión, rodeado de árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces, el escritor reflexiona sobre la importancia vital del viaje: “Ahora es el momento propicio -escribe-&#8230; Si tardo en emprenderlo, vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan  nuestros órganos vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos».</p>
<p>El capítulo primero del tomo primero de los tres que componen «La vuelta al mundo de un novelista» recoge en un monólogo las reflexiones de un hombre inquieto y muy viajado sobre los viajes y sus motivaciones , entre las que ocupa un lugar principal la literatura viajera: «Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido antes de que la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de muchacho sentí el deseo de ver el mundo y no quiero marcharme de él sin haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del movimiento. las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de contemplar de cerca, con los propios ojos lo que se leyó en los libros. Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el placer de haber llevado una existencia bohemia a través del mundo'».</p>
<p>La vida de Vicente Blasco Ibáñez, ciertamente. no fue nada aburrida. Él mismo podía haber sido el personaje de una de esas novelas de acción ambientadas en algunas de las conmociones que sufrió el mundo en las postrimerías del siglo XIX y el comienzo del XX. Nuestro escritor nació en Valencia el 29 de enero de 1867. A los dieciséis años publicó sus primeros artículos. Comenzó a estudiar Derecho, pero abandonó los estudios. Su espíritu aventurero le llevó a Madrid donde pensaba alcanzar fama y gloria con la pluma. En la capital  de España comenzó como amanuense de un prolífico escritor posromántico apellidado Femández y González, y se dice que Blasco Ibáñez embutía algunas morcillas de cosecha propia en las obras de su patrón.</p>
<p>En 1883 publicó sus primeras novelas. Su participación en una conspiración republicana le obligó a exiliarse por primera vez en París. De regreso, en Barcelona, escribió una “Historia de la Revolución Española» que no llegó a terminar. Se afilió al Partido Republicano de Pi MargalI. De vuelta a su tierra natal, en 1889 se casó con María Blasco Cacho y fundó una revista, Turia, y un diario, Pueblo. desde el que lanzó virulentos ataques contra la política exterior española que enardecían a las masas. Su actitud contraria al gobierno durante la guerra hispano-norteamericana por Cuba le acarreó un año de prisión . Blasco Ibáñez salió de la cárcel convertido en un héroe. Fue elegido diputado por Valencia en seis ocasiones seguidas entre 1898 y 1907. Hombre vehemente e impulsivo, este período fue el más movido de su vida, años de agitación política, de disturbios, polémicas, detenciones y duelos. y también cuando irrumpe con fuerza en el panorama literario del momento con las novelas ambientadas en su tierra: «La barraca». «Entre naranjos». «Cañas y barro».»La catedral», «El Intruso», etcétera.</p>
<p>En 1909 abandonó la vida pública y emigró a América con la idea de hacer posible la utopía de la igualdad y la justicia en las despobladas tierras del sur de Argentina, donde fundó dos colonias agrícolas, Río Negro y Nueva Valencia, que acabaron en un enorme fracaso. El Blasco lbáñez soñador regresó a Europa, a París, completamente arruinado. Pero en 1895, mientras él se hallaba preso en la cárcel valenciana de San Gregorio en París tenía lugar la primea exhibición de un nuevo invento que iba a cambiar por completo su vida y que granjearía la admiración del público en los cinco continentes: el cinematógrafo.</p>
<p>El nuevo arte pronto se interesó por la obra de Vicente Blasco lbáñez. En 1913 una productora valenciana filmó «El tonto de la huerta”, adaptación de uno de sus cuentos, titulado «Dimoni». Pero lo que c:onvirtió al escritor valenciano en el de mayor éxito en todo el mundo fue la aparición en los Estados Unidos de su novela «Los cuatro jinetes del Apocalipsis » escrita en 1916 de la que se vendieron 90.000 ejemplares en tres meses. En poco tiempo la portada de la edición americana de la novela de Blasco lbáñez aparecía reproducida en pañuelos de seda en cajetillas de cigarrillos, hasta en juguetes. Universidades y fundaciones de  Nueva York a San Francisco querían oír al autor de moda y se disputaban su presencia. Blasco lbáñez, que durante quince años escribió uno o dos artículos diarios, era buscado como cronista de actualidad. Los periódicos de mayor circulación de los Estados Unidos } de Jos países de habla española pujaban por sus reportajes y opiniones. Aparecía así en el panorama  m undiaJ el Blasco Ibáñez ,fajero. escritor de libros de viajes.</p>
<p>En  1908 había escrito un libro con sus  impresiones sobre su aventura en la América meridional titulado “Argentina y sus grandezas». Pero en la segunda década del siglo XX, convertido ya en un escritor de éxito universal, Vicente Blasco lbáñez recorrió la Europa central y los Balcanes hasta Estambul escribiendo artículos sobre los lugares que visitaba para «El Liberal», de Madrid. “La Nación” de Buenos Aires y &#8216;»El Imparcial» de México. Estos artículos viajeros aparecieron luego recopilados en un volumen titulado “Oriente». La mitad del Libro, que comienza en el balneario francés de Vichy, está dedicado a Turquía. entonces «el gran enfermo de Europa» país al que el escritor español profesa una gran admiración: «<em>Yo soy de los que aman a Turquía y no se indignan, por un prejuicio de raza o religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en Europa-escribe-. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que acompañan a toda guerra &#8230; Yo amo al turco, como lo han amado con especial predilección todos los escritores y artistas que le vieron de cerca&#8230;</em>«. Y el escritor valenciano encuentra grandes similitudes entre turcos y españoles, los dos grandes países que flanquean el Mediterráneo:  <em>«lr por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. A veces se duda al cruzar la mirada con los ojos de un transeúnte, y se lleva la mano al sombrero para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:</em></p>
<p>&#8211;<em>Amigo López&#8230;o amigo Fernández, ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito, que le he reconocido!».</em></p>
<p>En 1920 el escritor valenciano recorrió México durante dos meses buscando escenarios para una novela que pensaba titular «El águila y la serpiente». La revolución había triunfado, pero el presidente Venustiano Carranza andaba huido por los montes tras la sublevación del general Álvaro Obregón en Sonora. Las noticias de la nueva rebelión mexicana llegaban a los Estados Unidos llenas de errores y contradicciones. Cuando Blasco Ibáñez llegó a Nueva York procedente de México, los periodistas se abalanzaron sobre él para conocer de primera mano sus conocimientos y opiniones sobre la actualidad en el gran país del sur de río Grande: <em>«Cayeron sobre mí los noticieros a docenas, casi a centenares contó luego, vanidoso-. Yo soy algo conocido en los Estados Unidos, como tal vez sepa el lector; hasta puedo decir, sin miedo a que me tengan por inmodesto, que gozo allí de cierta popularidad. Además, los reporteros -mujeres en su mayoría-me aprecian por mi carácter franco y llano, por su facilidad con que les recibí y escuché siempre, y por esto me apodaron en sus interviews, desde el primer momento de mi viaje a la gran República, «Ibáñez el Accesible».</em></p>
<p>Un avispado agente le ofreció al escritor la oportunidad de publicar sus impresiones sobre el agitado México posrevolucionario a través de artículos, que fueron publicados por el New York Times, el Chicago Tribune y en un centenar de periódicos locales de todos los Estados Unidos. Estos artículos de Vicente Blasco lbáñez no son propiamente artículos de viajes. Son crónicas y reportajes de un enviado especial a un país convulsionado por los últimos estertores de la revolución, en las que aparecen magistralmente retratados los actores principales de aquel traumático periodo de la historia de México. Destaca entre estos artículos uno de los dedicados al general Álvaro Obregón, que había perdido un brazo en campaña. En él cuenta el siguiente diálogo que comienza con esta pregunta del militar mexicano:</p>
<p><em>«- A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.</em></p>
<p><em>Miro en tomo con extrañeza, y me convenzo al fin de que es el general el que dice esto y que se dirige a mí.</em></p>
<p><em>No sé qué contestar.</em></p>
<p><em>-Sí -insiste-; se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones.</em></p>
<p><em>fo hago un gesto de protesta.</em></p>
<p><em>-¡Oh, general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones&#8230;? Puras calumnias.</em></p>
<p><em>Obregón no parece oírme y sigue hablando.</em></p>
<p><em>-Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos.</em></p>
<p><em>Por esto la gente me quiere a mí, porque no puedo robar tanto como los otros».</em></p>
<p>Los artículos de Blasco Ibáñez sobre el México posrevolucionario se recogieron luego en un volumen con un título muy poco viajero: «El militarismo mejicano». Sin embargo estas crónicas periodísticas están plagadas de descripciones que recogen el ambiente y el alma de las poblaciones que visita:</p>
<p><em>«La capital de Méjico es una ciudad triste&#8230; Este ambiente de tristeza y soledad se agranda con una espléndida iluminación. La tristeza de algunas ciudades anti­ as parece disimularse en la penumbra romántica que las envuelve apenas declina el sol. En cambio, Méjico es una de las ciudades mejor iluminadas de la tierra. Nueva York, fuera de los sitios en que abundan los anuncios luminosos, es un lugar de tinieblas comparado con las calles de la capital mejicana &#8230;”</em></p>
<p>Sin embargo, es Nueva York la ciudad que apasiona a Vicente  Blasco  Ibáñez. «La ciudad que venció a la noche», titula  el segundo capítulo de «La vuelta al mundo de un novelista». «Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana &#8211; escribe- hace pensar en Babilonia, en Tebas. en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua. tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca». El escritor cuenta con detalle las emociones que le produce el Nueva York de 1924 cuando se halla en Manhattan para abordar el Franconia, un paquebote  de 20.000 toneladas de la Compañía  Cunard que va a hacer su primer viaje alrededor del mundo, organizado por American Express.</p>
<p>El viaje de Blasco Ibáñez no presentaba ningún riesgo; todo había sido previsto con antelación. Estaba planificado con mucho más cuidado que cualquiera de los viajes mejor organizados en nuestros días por los más experimentados tour operators. «Hay un director de viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas la vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por su trabajo 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa -cuenta el escritor-. Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, sim­ ples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la lndia, norteamericanos enérgicos e instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.</p>
<p>El Blasco Ibáñez de «La vuelta al mundo de un novelista» ¿fue un viajero o un turista?. Aquellos que establecen diferencias entre viajeros y turistas por los medios elegidos para viajar y no por el espíritu con que se aborda el viaje, tendrán dificul­tades para catalogar al escritor valenciano. Desde luego, no es frecuente encontrar­se con turistas tan curiosos como el Blasco Ibáñez que recorre el mundo rodeado de multimillonarios a bordo del Franconia. Las descripciones que hace del barco, de su equipamiento, de la tripulación y de la vida cotidiana en las cubiertas y salones constituyen una riquísima fuente de datos para conocer y reconstruir la historia del turismo de lujo en los comienzos del siglo XX. Blasco Ibáñez es, además de un novelista de éxito, un excelente periodista que husmea por los rincones:  “Llevamos a bordo cincuenta toneladas de carne de buey-informa- 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo. 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 60 000 naranjas, 22.000 grape-fruits. especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, siete toneladas de café, cua­tro toneladas de té, seis toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales a los que compra el público, envueltos en un papel, en los te­atros de Nueva York. Además, uno máquina especial fabrica poro nosotros diaria­mente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.</p>
<p>Viajero o turista, Blasco lbáñez, fue un pasajero distinguido en el Franconia. La tripulación y buena parte del pasaje agasajaban constantemente al autor de &#8216;»Los cuatro jinetes del Apocalipsis». En las escalas en los países de habla española o in­glesa las autoridades aprovechan su visita para homenajearle, como ocurre en La Habana, primera escala después de la partida de Nueva York, donde el ayuntamiento lo hace su huésped de honor. En Panamá, después de la travesía del Canal, Blasco lbáñez es recibido por el presidente Belisario Porras y por todas las fuerzas vivas de la capital. En Honolulu, el escritor es agasajado con todos los honores por el gobernador de Hawaii y la Asociación de la Prensa local.</p>
<p>El espíritu viajero, el afán de conocimiento del novelista está presente en toda la obra, contada en primera persona. Cada uno de los capítulos de «La vuelta al mundo de novelista» dedicados a los parajes que visita está lleno de meticulosas des­cripciones del paisaje, del clima, del ambiente, de las gentes, de las costumbres y de la historia y las leyendas del lugar. En ese sentido, esta obra, la última publicada por Blasco Ibáñez, exhibe la maestría del autor en plena madurez. Con la meticulosidad del buen reportero, informa de cuanto noticioso va hallando por el camino y los lec­tores de hoy podrán encontrar el estilo y la forma de narrar muy parecidos a los de las actuales revistas de viajes. Es una lástima que las grandes editoriales actuales no reediten en sus colecciones viajeras esta obra, sin duda una de las más importantes de la literatura española de viajes del siglo XX.</p>
<p>La vuelta al mundo de Vicente Blasco lbáñez durante medio año comienza en Nueva York y termina en Niza. Después de la visita a Hawai, el Franconia llega a Ja­pón, a Yokohama, y los viajeros recorren Tokio, Kyoto y Osaka. La siguiente escala es Corea; de Seúl parten hacia Pekín, recorren la Gran Muralla, Shanghai, Hong­ Kong, Cantón y Macao. El viaje pasa luego por Manila, la isla de Java, Singapur, Rangún, Calcuta, Benarés, Bombay, Delhi, Port-Sudán y Kartúm. Allí, un vaporci­to transporta a los viajeros Nilo abajo, Abu-Simbel, Assuan, Tebas, El Cairo, hasta Alejandría y de allí a Niza.</p>
<p>Al llegar Blasco Ibáñez al Café de París de Montecarlo le saludan dos damas, que le preguntan de dónde viene:</p>
<p>«<em>-De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.</em></p>
<p><em>Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van a llamarme bromista, pero uno de ellas contiene a la otra. Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está perfectamente enterada de él por los periódicos &#8230; Una de Las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.</em></p>
<p><em>Lo que he aprendido, amigas mías -se responde Blasco lbáñez no es alegre ni tranquilizador. Creo que existe ahora en el mundo más gente que nunca. Los ade­lantos de la higiene y la facilidad de los transportes han evttado una gran parte de las matanzas, las epidemias y las hambres que formaron siempre nuestra pobre his­toria humana. Somos cada vez más numerosos sobre la corteza de nuestro planeta, y esto resulta inquietante, pues los alimentos no se multiplican con la misma rapi­dez. Podría hacer un resumen brutal diciendo que más de la mitad de los hombres viven sufriendo hambre. Nosotros los blancos llevamos la mejor parte hasta ahora; pero ¿y si algún día los centenares de millones de asiáticos encuentran un jefe y un ideal común?&#8230; Este viaje ha servido para hacerme ver que aún está lejos de morir el demonio de la guerra. He visto futuros campos de batalla: el Pacífico, la China, la India, ¡Quién sabe si Egipto y sus antiguos territorios ecuatoriales! Esos choques futuros puede ser que aún los presenciemos nosotros, y si nos libramos de tal angus­tia, los verán seguramente las próximas generaciones. ¡Tantas cosas que podrían evitar los hombres si dedicasen a ello una buena voluntad!.</em><br />
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		<title>La Rusia que contó Valera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-rusia-que-conto-valera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:25:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 23]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Pedro Páramo</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 23 SGE. Marzo de 2006</p>
<p class="bodytext">Los grandes escritores españoles nacidos en el año 2005 tendrán siempre un recuerdo parco en celebraciones, porque la historia de la literatura española ha reservado esa fecha para conmemorar la edición del Quijote y homenajear a Cervantes. Por esta razón, el año pasado pasó sin pena y con escasa gloria el centenario de la muerte de uno de los grandes escritores del siglo XIX: Juan Valera. La originalidad de la obra más conocida de Valera, <em>Pepita Jiménez</em>, consiste en que la trama de la novela se arranca a partir de las misivas de un seminarista que cuenta sus amores por una viuda veinteañera; pero el genio del autor brilla con plena intensidad en una obra menos conocida: <em>Cartas desde Rusia</em>, calificadas por Manuel Azaña como “literariamente excepcionales”, que conforman un extraordinario libro de viajes.</p>
<p>Juan Valera y Alcalá-Galiano, nacido en Cabra (Córdoba) el 18 de octubre de 1824, hijo de un oficial de la Armada y de la marquesa de Paniega, fue él mismo un personaje novelesco zarandeado por las intrigas de los despachos políticos y los salones de la alta sociedad española de la segunda mitad del XIX. Culto, elegante, guapo, seductor, protagonizó turbulentos episodios amorosos. El más sonado tuvo lugar en Washington en 1886, cuando Juan Valera, ya sesentón, ejercía de ministro plenipotenciario en momentos de tensas relaciones entre España y los Estados Unidos, pues la administración del presidente Grover Cleveland alentaba a los independentistas cubanos. Al conocer que Valera había sido destinado a Bruselas y tenía que abandonar la capital federal, la joven Catherine Lee Bayard, hija del secretario de Estado, Thomas F. Bayard, locamente enamorada del escritor, se suicidó en la legación española. La vida galante de Valera, su ambigüedad ideológica, su ambición de brillo social dieron argumentos a muchos críticos para calificar al autor cordobés de frívolo y sin sustancia o que otros, como Armando Palacio Valdés, lo consideraran simplemente como un autor “de gracejo”. El escritor asturiano Manuel Lombardero publicó el año pasado, coincidiendo con el centenario, una semblanza del cordobés titulada con acierto <em>Otro Don Juan</em>, muy distinta de las hagiografías publicadas hasta entonces, en la que, reconociendo sus grandes méritos literarios, retrata un Valera mimado, superficial, egoísta, vanidoso, preocupado en su copiosa correspondencia por el cargo y el dinero.</p>
<p class="bodytext">Leopoldo Alas Clarín, que creía que el cordobés era el mejor literato español de la época, advertía también que “hablar de Valera es exponerse a no acertar”. Y verdaderamente de Valera es difícil discernir si fue un escritor aficionado a los cargos políticos como medio de ganarse la vida o un político que utilizó la Literatura para conseguir la gloria. Los méritos literarios de Juan Valera, novelista, dramaturgo, ensayista, articulista, traductor, académico de la lengua, introductor de Menéndez Pelayo en Madrid y animador de un joven poeta nicaragüense llamado Rubén Darío, han sido valorados de muy forma diferente según la época: la Literatura, como las demás artes, está sometida a las modas del momento. Lo que se puede asegurar con certeza es que Juan Valera, además de diputado y senador en varias ocasiones, secretario y consejero de Estado, también fue un activo diplomático. Comenzó en esta carrera en 1847 como agregado sin sueldo en Nápoles y luego como agregado de número en Lisboa, Río de Janeiro y París, antes de su viaje a Rusia en 1856 como miembro de la misión extraordinaria ante la corte del zar presidida por el Duque de Osuna. La correspondencia que desde San Petersburgo y Moscú envió a sus amigos, casi toda dirigida a su jefe, el también diplomático y escritor Leopoldo Augusto de Cueto López de Ortega, constituye la obra <em>Cartas desde Rusia</em>, para algunos “un monumento literario”, como el crítico Gregorio Morán, que, por otro lado, considera el resto de su obra “prescindible”.</p>
<p class="bodytext"><strong>CARTAS DESDE RUSIA </strong></p>
<p>Las cartas rusas de Valera no se publicaron por separado de su <em>Correspondencia</em>general hasta 1950. Las ediciones que desde entonces se han hecho con el título<em>Cartas desde Rusia </em>comienzan el 26 de noviembre de 1856 con la misiva de Valera a De Cueto enviada desde Berlín. Los representantes españoles se dirigían a San Petersburgo para reabrir la embajada de España en la capital rusa y reanudar las relaciones diplomáticas entre los dos países, rotas en 1833 al apoyar el zar Nicolás I al candidato carlista Carlos María Isidro como candidato al trono español. El nuevo zar, Alejandro II, acababa de reconocer a Isabel II como reina de España. El jefe de la misión, Mariano Téllez Girón y Beaufort Spontin, Duque de Osuna, Duque del Infantado, Grande de España, senador, mariscal del campo, que dilapidaría una de las fortunas más grandes de España, estaba dispuesto a hacer notar su llegada.</p>
<p><em>“Viajamos a lo príncipe. Paramos en las más elegantes fondas y tenemos coches, criados, palco en los teatros y cuanto hay que desear”</em>, escribe el diplomático cordobés. Las <em>Cartas desde Rusia </em>contienen abundantes comentarios irónicos de Valera sobre el carácter y el comportamiento de su jefe y otros acompañantes, pero el aspecto que aquí nos interesa es el del viajero que registra, procesa y cuenta lo que ve y experimenta en una país extranjero. El donjuán Valera que está presente en toda la correspondencia, aparece ya en esta primera carta:</p>
<p><em>“Florentino Sanz y yo hicimos de Fausto y Mefistófeles con dos modistillas muy guapas y nos regocijamos en grande en una taberna… Allí las introdujimos en la cámara del vino, in cellam vianariam, y el nardo dio su olor”.</em></p>
<p class="bodytext">Los diplomáticos viajeros atravesaron Polonia –<em>“Varsovia me ha parecido hermosa, pero triste como una esclava”</em>– y Lituania. El paso del río Niemen helado impresionó tanto a los viajeros que entraron a pie en Kovno (hoy Kaunas) por miedo a morir ahogados si el hielo se hundía bajo el peso de los carruajes. El 10 de diciembre Valera envía su primera carta desde Petersburgo contando las peripecias del viaje desde la frontera lituana y sus primeras impresiones de la ciudad: <em>“Esto es inmenso, inmenso, y por lo poco que he visto, me gusta más que París”</em>.</p>
<p>Juan Valera se encuentra una Rusia de sesenta y ocho millones de habitantes, desmoralizada por la derrota un año antes en la Guerra de Crimea y con un nuevo zar dispuesto a apuntalar la monarquía absoluta rusa introduciendo reformas en el régimen feudal de servidumbre y favoreciendo a la burguesía. El 16 de diciembre Valera describe a su madre los lujos de una corte faraónica: el palacio de Tzarskoe-Selo, donde la embajada fue presentada al emperador Alejandro II, <em>“es inmenso y rico, pero de un mal gusto y una extravagancia churriguerescos. Para llegar desde nuestro cuarto al salón en que nos recibió el emperador tuvimos que andar, siempre en línea recta, cuatrocientos cincuenta y siete pies, que mi compañero Quiñones, que es matemático, tuvo la paciencia de contarlos, y atravesamos veintiocho salones a cuál más lujoso. Los esclavos negros nos abrían las puertas de par en par cuando nos acercábamos”</em>. En Tzarskoe-Selo asisten a una función dramática en la que representó el papel principal la actriz francesa Magdalena Brohan: <em>“en la sociedad elegante habla aquí francés todo bicho viviente”, </em>explica Valera. Meses después esta actriz sería objeto de la pasión desbocada de Valera y del cortejo amoroso de su jefe, el Duque de Osuna. El 23 de diciembre escribe a De Cueto: <em>“Hemos visto el Palacio de Invierno, que es magnífico. Mucho jaspe, mucho dorado y mucha malaquita. Los retratos de los emperadores están en unos como altares. El cuarto donde murió el emperador Nicolás se enseña ahora con más respeto que en Jerusalén se podrá enseñar el Santo Sepulcro.”</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA PRIMERA IMPRESIÓN</strong></p>
<p>La Rusia dorada de la corte, la de los aristócratas, la de los terratenientes y los altos funcionarios del gobierno es la Rusia a la que tiene acceso Valera. <em>“Más general hay que príncipes, y los príncipes abundan por tal manera, que casi se puede afirmar que lo son la tercera parte de las personas que no se alimentan exclusivamente del abominable brebaje llamado kwas y de los nauseabundos puches negros y caldo de coles y sebo”</em>, escribirá más adelante. El mismo Valera es consciente de que existe otra Rusia en el lado oculto del decorado que se presenta ante sus ojos. <em>“El aspecto de San Petersburgo no puede ser más grandioso. No sé dónde viven los pobres, porque no se ven más que palacios, monolitos, cúpulas doradas, torres, estatuas y columnas. Las calles y plazas son inmensas. Innumerables coches y trineos cruzan en todas direcciones”</em>. Sólo en una ocasión, el 11 de enero de 1857, cuenta el vértigo que le produjo asomarse al pozo de la miseria rusa: <em>“Hemos estado en el cuartel de Inválidos, y no tiene mucho que ver ni de qué admirarse. Los pobres inválidos no lo pasan tan bien. Sin embargo, como de cualquier modo se vive, había muchos muy viejos, y uno entre ellos que había ya cumplido los ciento diecisiete años. Comen pan de centeno, puches negros y otras abominaciones, y beben kwas. Creo que de las cortezas del pan de centeno, que no pueden roer y dejan mordidas y combinadas ya con la salivilla, sacan luego el </em>kwas, <em>echándole agua para que fermente. ¡Estupendo brebaje!”</em>.</p>
<p class="bodytext">Pronto Valera se dará cuenta de que el exotismo de Rusia y el desconocimiento del idioma –de lo que se lamenta en varias cartas– convierten a San Petersburgo en una ciudad incómoda para los extranjeros. <em>“O los cocheros no entienden de números, o no hay números en las casas” </em>–se queja–. <em>“Las calles son tan largas, que pasa un día en recorrer una calle. Cada casa tiene su título particular, como los actos de los dramas románticos; pero a veces no se adelanta nada con saber el título de la casa, porque el cochero lo ignora… Ni le vale que le lleve usted en un papelito escrita en ruso la mencionada descripción. Los cocheros no saben leerla, ni los porteros tampoco”. </em>Orientarse en un país con caracteres distintos en la escritura y altos índices de analfabetismo presentaba enormes dificultades que el escritor cuenta: <em>“La carencia de letras hace que los rótulos o muestras de las tiendas, sobre todo en los barrios, estén en jeroglíficos, que sólo interpretan los del país, acostumbrados ya a descifrarlos… En casa de un comadrón y sacamuelas, por ejemplo, hay este cuadro: una mujer en la cama y un hombre con un instrumento quirúrgico en la dies</em><em>tra ensangrentada y con una siniestra mano presentando </em>con orgullo algo como un chiquillo recién nacido. La escena está circundada de una aureola brillante de dientes y muelas con hipertróficos y retorcidos raigones”.</p>
<p class="bodytext">No obstante, los diplomáticos españoles recién llegados constituyen la atracción de San Petersburgo y Valera se muestra feliz por ello. “Cada día tenemos una comida y cada día vemos un nuevo y magnífico palacio”, cuenta el cordobés, que como buen amante de la buena mesa elogia los manjares que le ofrecen.</p>
<p class="bodytext"><em>“El arte culinario ha llegado aquí al último extremo de perfección, y no puede usted imaginarse qué combinaciones tan sabias y qué inventiva tan acertada y fecunda forman y tiene los cocineros”</em>. A él, que ha pasado un tiempo en Italia, le asombra la calidad de los helados rusos. <em>“Los helados aquí son excelentes. Escuela napolitana, como en París, pero llevada a tal extremo de delicadeza, que ni en Tortoni ni en el café de Europa, en Nápoles, hacen tales helados como éstos. Los frutos, deliciosos; sobre todo, las uvas de Astracán. Y los vinos, los mejores del mundo entero, que vienen aquí para que esta gente se los beba”</em>.</p>
<p>Juan Valera, que quizás pensara que viajaba a un país atrasado y aislado de la civilización, se sorprende ante el animado ambiente cosmopolita de la capital rusa. A corta distancia de Tzarskoe-Selo en otro sitio imperial, llamado Paviovski, el escritor acude en varias ocasiones a los grandes conciertos diarios dirigidos por el compositor vienés Johann Strauss hijo. “<em>Aquí se dan un ciento de óperas y de bailes al año –escribe–, y no sucede como ahí donde el señor Uriés les tiene a ustedes embaucados con tres o cuatro, a lo más, para toda la temporada</em>”. La comparación con el apagado ambiente de la capital de España aparece con frecuencia en la correspondencia del diplomático cordobés: <em>“Hay mejores librerías y más libros franceses, ingleses y alemanes que en Madrid”</em>, escribe en otra ocasión. <em>“Las tiendas, hermosas y bien surtidas. Cualquier cosa, tres o cuatro veces más cara que en Madrid”</em>, comenta en otra carta. No se le escapa al escritor la opinión que los rusos tenían de España. <em>“Creen </em>–dice– <em>que hay muchos ladrones, una anarquía completa y ninguna esperanza de que un Gobierno cualquiera consolide y dure más de uno o dos años”</em>. Pero impresión tan poco descaminada a la vez confería a los españoles una aureola de audacia y misterio muy apreciada por las damas. <em>“Como estas señoras son tan románticas </em>–explica Valera–, <em>adoran a España, país primitivo, como ellas dicen, donde quisieran ir para que las cogieran los ladrones y las violaran, y para correr otras aventuras de no menos gozo y provecho”</em>.</p>
<p class="bodytext">Las rusas causan una sincera admiración al galante diplomático cordobés no sólo por sus encantos físicos: <em>“Las damas se visten aquí con tanto primor y riqueza como en París; pero no llevan la exageración de la moda, hasta el extremo que las damas de Francia. Aquí no se ven esos miriñaques monstruosos que por ahí se usan (…) Pero más aún que el oro y los diamantes, lucen aquí las damas su erudición y su ingenio. Los hombres de España, bien se puede afirmar que saben más que los rusos; pero las mujeres de esta tierra en punto a estudios, les echan la zancadilla a las españolas. ¡Válgame Dios y lo que saben! Señorita hay aquí que habla seis o siete lenguas, que traduce otras tantas y que diserta no sólo de novelas y de versos, sino de religión, de metafísica, de higiene, de pedagogía y hasta de litotricia, si se ofrece”</em>. Al autor le llama también poderosamente la atención lo bien que mantienen las rusas su belleza en todas las edades, aunque denuncia un defecto generalizado en ellas: <em>“Lo único visible que con facilidad se les echa a perder, y, por cierto, que es muy grande lástima, son los dientes; lo cuál proviene, sin duda de tanto confite y tanta chuchería como engullen”</em>.</p>
<p><strong>LA VIDA COTIDIANA DE LA SOCIEDAD RUSA </strong></p>
<p>Además de las minuciosas descripciones de los lugares que visita y de la abundante información que proporcionan de la vida cotidiana de la alta sociedad rusa, las<em>Cartas desde Rusia </em>recogen datos sobre las relaciones comerciales con España, el carácter de los rusos, los escritores de moda que él lamenta no poder valorar por su desconocimiento del idioma, o las peculiaridades de la religión ortodoxa y su influencia en las costumbres populares. La fanfarronería individual y colectiva de los rusos irrita a Valera: <em>“La vanidad y presunción de esta gente es inaudita, y entiendo que mira con desprecio a todas las naciones de Europa”</em>, escribe en una carta, y en otra señala que <em>“no hay majadero que no trate de hacer creer a usted que es un Salomón, ni don Pereciendo que no asegure </em><em>que gasta al año veinte o veinticinco mil rupias por lo menos, ni teniente que no le cuente a usted sus hazañas y por docenas los enemigos que ha muerto en la guerra”</em>.</p>
<p class="bodytext">En la carta fechada el 5 de marzo de 1857 Valera da cuenta a su amigo del cambio que la Cuaresma impone en la vida cotidiana de San Petersburgo. <em>“La Cuaresma es aquí terrible </em>–se queja–. <em>No se ve un alma en las calles, nadie recibe en su casa. Todos están encerrados haciendo penitencia y tratando de elevar el alma a su creador por medio de oraciones, ayunos y vigilias que mortifiquen y domen bien las carnes”</em>. <em>“Los teatros están cerrados </em>–añade– <em>y adondequiera que va uno, le dan con la puerta en los hocicos”</em>. Las temperaturas suaves que preludian la primavera incrementan la mortificación de los visitantes. <em>“Ha venido el deshielo a poner las calles en un estado lastimoso. Aquí no se puede salir, a no querer nadar en un fango negro y nada aromático, y en coche va uno como picado por la tarántula, dando brincos y haciendo contorsiones horribles con el traqueteo y los sacudimientos que causan los baches en que se hunden los carruajes. Las ruedas hacen subir el lodo hasta las nubes y le salpican a uno miserablemente, embadurnándole la cara y convirtiéndole en un etíope si se descuida un poco”</em>. Con la llegada de la Pascua, el ambiente se caldea: <em>“El exceso de la alegría por la resurrección del Señor hace que muchísimos rusos de los más ortodoxos se caigan en estos días por esas calles como muertos o que, por lo menos vayan dando traspiés. Si no hubiese una causa moral para explicar este fenómeno </em>–ironiza Valera–, <em>se podría suponer que su verdadera causa es el aguardiente”</em>.</p>
<p class="bodytext">El donjuán Valera se muestra sin artificios en la carta del 13 de abril, en el que cuenta su tormentosa relación con la actriz francesa Magdalena Brohan, la mujer más deseada de Rusia. “<em>Los jóvenes del Cuerpo diplomático la adoran rendidos </em>–cuenta Valera–; <em>los inmortales del emperador la siguen cuando ella sale a la calle; las carnes de seis o siete docenas de boyardos y de príncipes y de </em>stolnikos<em>rebuznan por ella; en el teatro es aplaudida a rabiar y una lluvia de flores cae a menudo a sus plantas”</em>. La Broham, sin embargo, se había fijado en el guapo joven diplomático español de ojos verdes que acompañaba al Duque de Osuna, otro de sus pretendientes, y le hace llamar para coquetear con él. Valera, que aceptó el juego confiado –<em>“yo me creía ya un filósofo curtido y parapetado contra el amor”</em>–, se vio atrapado por los encantos de la francesa, y ésta lo mantuvo en vilo durante varios días. <em>“No pienso más que en este amor, y me parece que voy a volverme loco”</em>, escribe. Los planes de la Broham no incluían una relación más larga ni más profunda y Valera, enfermo de pasión, se vio obligado a retirarse confesando a su amigo que <em>“nunca consintió ella, por más esfuerzos que hice, en hacerme venturoso del todo”</em>.</p>
<p><strong>LA ESTANCIA EN</strong><strong> MOSCÚ </strong></p>
<p>En la última etapa de su estancia en Rusia, el 8 de mayo de 1857, Valera viaja en tren a Moscú, una ciudad que, a primera vista le asombra: <em>“Hacía un tiempo hermosísimo, y no creo que por el mes de mayo hiera el sol la tierra de Andalucía con más fuerza que hería la de Rusia entonces… las cúpulas doradas, verdes, azules y rojas de las mil iglesias de Moscú me deslumbraban con sus resplandores; las campanas henchían el aire de sus sonidos argentinos, y las casas, los palacios, los templos, confundidos entre las masas de verdura, escalonados en el declive de las colinas y extrañamente agrupados con bien concertado y poético desorden, me causaban una impresión tan singular, que nunca, al llegar a ciudad alguna del mundo, la he sentido más extraña. Moscú no me parecía ni más grande que Roma ni más poético que Granada, ni más hermoso que Nápoles, ni más naturalmente rico y grande que Río de Janeiro; pero sí más original, más inaudito que todas estas ciudades juntas”</em>. La amplitud del urbanismo moscovita le sorprende gratamente:<em>“Todos estos paseos los hacía yo en carruaje </em>–escribe–. <em>Aquí no habría medio, como en Madrid, de hacerlos a pie, por económico que quisiera ser uno. Las distancias son enormes, gracias a los jardines inmensos, a las extensísimas plazas, a las hermosas alamedas y a la anchura de las calles”</em>. El confort, inesperado al parecer, de los hoteles contribuye también a reforzar la buena impresión que la ciudad produce en el español. <em>“Fuerza es confesar que las posadas o fondas de Moscú son excelentes, al menos en comparación con las de Madrid” </em>–dice Valera–<em>“y lo que hay mejor es cuartos amueblados con gran lujo, vestidas las paredes de ricas telas, en muebles, y vajilla elegantísimos y cuanto conviene a alojar confortablemente a un forastero de distinción que trae bien provisto el bolsillo. En Moscú se halla de todo; pero todo muy caro, singularmente para el extranjero, a quien la gente menuda trata siempre de engañar en todas partes”</em>.</p>
<p class="bodytext">Dentro de los muros del Kremlin, el cordobés se siente como en el recinto fortificado de la Alhambra y no en otro lugar más solemne. Pero lo que realmente estremece a Valera es la catedral de San Basilio, edificio del que ofrece una pintoresca descripción: “Yo, al verlo, me creí trasladado por ensalmo al país de las hadas, al centro de Asia” –escribe–, “a alguna tierra casi ignorada aún y donde nunca puso los pies hasta ahora viajero alguno. No es la hermosura, sino la extrañeza, la que deleita, suspende y asombra, y hasta nos hace tener por hermoso lo que ciertamente no lo es. Lo que yo tenía delante de mis ojos era una pesadilla de arquitectura (…) Aquella cúpula parece una inmensa manzana cocida; esta otra, una piña o ananás; aquella torre, una zanahoria mayúscula; la de más allá, un rábano; los dibujitos pintorreados en el muro parecen incrustaciones de perejil y pedacitos de trufas y setas, y cabezas de alcachofas y de espárragos de jardín… La humedad que destilan de continuo, por dentro y por fuera, los muros de este edificio, que se diría que sudan en verano la nieve que han absorbido en invierno entre su yeso y ladrillos, contribuye más a darle el aspecto y apariencia de la mencionada gelatina à la printanière, que empieza a derretirse”.</p>
<p>Juan Valera cesó en su cargo de secretario de la embajada extraordinaria el 26 de mayo de 1857 y abandonó Rusia a primeros de junio. La correspondencia de Valera relacionada con su estancia en aquel país concluye con una carta enviada a De Cueto desde París el 23 de junio, que contiene en las últimas líneas un recuerdo para la Brohan, la mujer que le dio calabazas en San Petersburgo. El elegante estilo de Valera, lleno de observaciones agudas, de humor y minuciosas descripciones de las ciudades rusas y de la vida de sus habitantes ha hecho que algunos críticos, como Manuel Azaña, consideren sus cartas rusas como lo mejor de la literatura de viajes escrita en el siglo XIX, por encima de los libros de Blanco White, Ali Bey o Ángel Ganivet.</p>
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		<title>Rosendo Salvado, un obispo gallego en Australia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rosendo-salvado-un-obispo-gallego-en-australia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Mar 2020 15:56:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 49]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero Boletín 49 Viajeros españoles Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de Austrialia, apenas dejaron huella. Fueron [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto:</strong> Lola Escudero</p>



<p>Boletín 49</p>



<p>Viajeros españoles<br><br><strong>Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de <em>Austrialia</em>, apenas dejaron huella. Fueron los holandeses y más tarde los británicos quienes terminaron por conquistar y colonizar aquellas remotas tierras. Sin embargo, a finales del siglo XIX, un benedictino gallego se hizo célebre por su respetuosa forma de acercarse a las comunidades indígenas desde su misión de Nueva Nursia, al norte de Perth. Rosendo Salvado llegó a proclamar que prefería convertirse en aborigen antes que en obispo.</strong></p>



<p>Dicen que es posible (y probable) encontrarse con un gallego en cualquier rincón del mundo, por remoto que sea. Y esto no es algo reciente: había gallegos entre los marinos que conquistaron el mundo en los siglos XVI y XVII, entre los colonos que poblaron los diferentes virreinatos americanos en el siglo XVIII, y por supuesto fueron muchos los gallegos que se sumaron a la emigración masiva hacia América en el siglo XIX y a principios del XX.</p>



<p>Uno de estos gallegos intrépidos y sin miedo a poner tierra, y agua, de por medio fue Rosendo Salvado y Rotea. En su caso, su objetivo estuvo más allá, al otro lado del planeta, en Australia, en donde llegó a ser obispo de la diócesis de Nueva Nursia a finales del siglo XIX. En Australia dejó un buen recuerdo, sobre todo entre las comunidades de aborígenes con las que trabajó estrechamente. Los australianos han comenzado a reivindicar su figura como precursor en la integración de los aborígenes en la sociedad australiana respetando su propia cultura.</p>



<p>Como en tantas historias de emigración, la religión tuvo mucho que ver en la decisión del futuro obispo Salvado de viajar tan lejos de casa. Rosendo Salvado y Rotea nació en Tui en el año 1814 e ingresó a los quince años en el convento benedictino de San Martiño Pinario. Era un mal momento para España y sobre todo para los monasterios: la abolición del diezmo, la desamortización de tierras eclesiásticas (1836-37), la disolución y el cierre de monasterios, trastornaron la vida de miles de frailes y entre ellos la de Salvado, que optó por el exilio en Italia donde permaneció diez años, concretamente en el monasterio de Trinità Della Cava, a 45 km de Nápoles, donde por fin pudo celebrar su primera misa en 1939.</p>



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<p>En 1844, junto con otro monje español, José Benito Serra, acudió a la Congregación de Propaganda Fide de Roma en busca de un destino como misionero. Allí conocieron al reverendo John Brady, recién nombrado obispo de Perth (Australia), que estaba negociando ciertos asuntos para sus misiones australianas. Alentados por el reverendo Brady, Serra y Salvado no dejaron desde entonces de consultar en todas las bibliotecas romanas cuanto se había escrito acerca de Australia y de sus aborígenes. Finalmente, el obispo australiano les llevó con él, primero a Inglaterra y más tarde, en septiembre de 1845, hacia su definitiva misión en Australia.</p>



<p>Los primeros años australianos de los dos monjes fueron muy intensos. Habían llegado a Flemantle en enero de 1846 y Brady les asignó un territorio para evangelizar en el actual condado de Victoria Plains, a unos 132 km al norte de Perth, en el estado de Australia Occidental. Escogieron un lugar a orillas del río Moore, que bautizaron como Nueva Nursia (New Norcia en inglés), en honor del santo fundador de su origen, san Benito de Nursia. El 1 de marzo de 1847 inauguraron lo que más tarde sería un monasterio y el pueblo monástico de Nueva Nursia (New Norcia). El asentamiento misionero se construyó en las tierras del pueblo aborigen Yuat, que inicialmente integró la misión, y más tarde también se incorporó a los pueblos Nyungar del suroeste del mismo estado.</p>



<p>Nueva Nursia se convirtió rápidamente en un lugar diferente en el que se practicaba otra forma de ver a los aborígenes y de integrarles, distinta a la que se venía realizando hasta entonces. Para recaudar fondos, Salvado aprovechaba sus habilidades musicales y organizaba conciertos: un auténtico precursor de algo tan habitual en nuestros tiempos. Salvado vivió durante más de cincuenta años en su colonia australiana rodeado por los aborígenes a los que él siempre defendió. Solo en un momento estuvo a punto de dejar su querida Nueva Nursia, y fue cuando el papa Pío IX le nombró obispo de Puerto Victoria, un nuevo asentamiento de los ingleses en el norte de Australia. Rosendo Salvado acató la orden de sus superiores y se trasladó a su destino, pero la suerte se alió con él, ya que los británicos se retiraron al poco tiempo de aquel lugar y pudo regresar a Nueva Nursia con su dignidad episcopal.</p>



<p>A pesar de que años después regresó a España, siempre mantuvo un contacto continuo con los fieles de su misión hasta su muerte, en Roma en el año 1900. Salvado redactó una memoria sobre sus experiencias australianas que hoy nos sirve para valorar la extraordinaria labor que realizó en aquellas tierras, poniendo en marcha iniciativas que en aquellos tiempos resultaban completamente novedosas en estos alejados territorios en los que aún se reconoce su figura y su legado.</p>



<p>En España hay dos hechos que nos permiten recordarle: la estatua dedicada al Padre Salvado inaugurada en 1949 en la Plaza de la Inmaculada de Tui, su ciudad natal, por suscripción popular, y los muchos eucaliptos que encontramos en los bosques ibéricos y en particular en los gallegos: fue Salvado el introductor en España de esta especie que ha causado no pocos problemas.</p>
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<p>En Australia su figura está siendo actualmente objeto de estudio. En la Universidad de Queensland, un equipo de investigadores está rescatando del olvido los diarios del Obispo Rosendo Salvado que van de 1844 hasta 1900. Los diarios, que suman once tomos, están escritos en varios idiomas europeos y en Nyungar, idioma hablado en la esquina suroeste del estado de Australia Occidental. Contienen un valioso material para los estudiosos de distintas disciplinas: antropología, sociología, historia, psicología, literatura, lingüística, semántica, semiótica y análisis del discurso, entre otras. Uno de los aspectos más originales de este reciente estudio es la perspectiva lingüística, ya que a través de sus diarios se puede analizar la modificación de nombres aborígenes que se realizaba en la época como una forma de borrar también su cultura.</p>



<p>En los diarios se aprecia también que Salvado fue un intelectual y un humanista: entre las artes que practicaba el religioso están la literatura, la botánica y la música. Por otro lado, el obispo gallego se puso desde el principio del lado de los aborígenes australianos y luchó por sus derechos; hasta solicitó ser declarado aborigen australiano por el gobierno de Inglaterra para poder defenderlos mejor. Aunque el aventurero monje tudense murió en Roma, su cuerpo fue trasladado a la ciudad australiana de Nueva Nursia donde reposa.<br></p>



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<p><strong>La misión de Salvado entre los aborígenes</strong></p>



<p>La vida de Rosendo Salvado no tendría nada de excepcional si no fuera porque el escenario de su labor misionera transcurrió en un territorio en el que la presencia española era muy escasa. Australia y otros territorios de Oceanía se agregaron tarde a la red de colonias que comprendía el entonces emergente sistema mundial capitalista a comienzos del siglo XIX, encabezado por el imperio británico con sus posesiones en América, Asia y África. Figuras similares a Salvado hubo muchísimas en otros rincones del mundo, sobre todo en América y en otros territorios vinculados a la Corona española: monjes o sacerdotes voluntariosos, animados por la religión, que vivieron en comunidades de indígenas a las que trataron de ayudar con mayor o menor fortuna. Aprendieron su lengua, intentaron entender sus religiones, costumbres y formas de vida para así poder comunicarse mejor con ellos y en último término, evangelizarles. En Australia, resulta un caso muy excepcional.</p>



<p>Así describe el propio Salvado su proyecto con los Yat y los Nyungar, en una carta dirigida al presidente del Consejo Central de la Pía Obra de la Propagación de la Fe en 1868: <em>“Nueva Nursia … es una misión Benedictina… cuyo objeto principal es la conversión y civilización de [los] salvajes, y por lo tanto ha sido fundada lejos de toda población en un sitio del bosque enteramente desconocido a los europeos, y habitado por solo los salvages, a los que instruyendo, convirtiendo [y] civilizando [se les establece en una] vida social”. </em>Y más adelante subraya la visión para Nueva Nursia: <em>“El objeto de los misioneros de Nueva Nursia, es el de establecer aquella su misión de modo que pueda llegar a ser una Misión Madre; que de ella puedan salir misioneros a fundar nuevas misiones por aquel inmenso país, teniendo siempre una punto de apoyo aquella Misión Madre”</em>.<br><br>Pero aunque la evangelización era su principal objetivo, Salvado y su compañero, el padre Serra, dejaron un importante legado al plasmar en sus diarios una interesante descripción de la cultura de los aborígenes en el siglo XIX. No se sabe muy bien cuántos había en los años en los que Salvado se estableció en Australia. Se calcula entre 300.000 y un millón de individuos, pero es complicado determinarlo porque el país estaba en gran parte inexplorado. Frente a otros pueblos indígenas de otras partes del mundo, los aborígenes australianos tuvieron desde el principio muy “mala prensa”, incluso fueron comparados con los orangutanes, y hubo ciertos científicos que les negaron un alma racional. De tez negra y constitución poco esbelta, los aborígenes fueron degenerando tanto en lo físico como en lo moral al contacto con los colonos ingleses, que aplicaron sobre ellos métodos radicales para forzar su integración: fueron perseguidos, acorralados y maltratados: el alcohol y la escopeta causaron tantos daños como la sequía y el hambre.</p>



<p>Los métodos de Salvado fueron radicalmente diferentes, considerando a los aborígenes sobre todo como seres humanos con los mismos derechos que los colonos, y valorando especialmente sus cualidades, como la hospitalidad, su vinculación sagrada a la tierra y su afición a la música, elemento que Salvado utilizaría como uno de los más apropiados para acercarse al alma de aquellos pueblos incomprendidos. Para poder comprenderlos, Salvado utilizó la asimilación, y practicaba con ellos la caza, comía como ellos, rivalizaba en fuerza y destreza como uno más, cantaba y bailaba con ellos, y consiguió que le consideraran, o casi, un aborigen más.</p>
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