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	<title>El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El caballero que reclamó Guinea</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/osorio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2020 11:53:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile “No terminaré esta deshilvanada reseña de las más culminantes observaciones realizadas durante mi viaje, sin hablar de un fenómeno que he observado [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[


<p><strong>Texto: </strong>Miguel Gutiérrez Garitano y Miguel Gutiérrez Fraile</p>



<p><strong><em>“No terminaré esta deshilvanada reseña de las más culminantes observaciones realizadas durante mi viaje, sin hablar de un fenómeno que he observado con extraordinaria frecuencia durante las noches pasadas en los bosques, bajo la tienda de campaña. Me refiero a la fosforescencia en la oscuridad de las ramas y hojas caídas de los árboles, producida, sin duda alguna, por pequeños organismos que se desarrollan a expensas de los elementos en descomposición de aquellas partes de los vegetales. Este curiosísimo fenómeno impresiona vivamente al viajero, y es uno de los que más llama la atención entre los muchos que le rodean en aquellas apartadas regiones”.</em></strong></p>



<p>Amado Osorio y Zabala</p>



<p>“Sr. D. Manuel Iradier: Estoy convencidísimo de que allí, han de recibir de día en día todas las ramas del saber novedades de utilidad general, y, creo, no ha de tocar la menor porción a la ciencia médica (…). De si tengo suficientes méritos para poder formar parte de la expedición que usted tan sabiamente ha de dirigir, pues tal es mi intención en realidad en caso de que me honre señalándome un puesto en esa empresa tan altamente filantrópica, científica y caritativa como, con muy justa razón usted la denomina, ya para prestar los recursos que por mi conocimiento sea capaz en caso de necesidad y ya en primer lugar para ser durante el viaje de usted el más fiel y humilde compañero que como hoy, está siempre a sus órdenes”. He aquí parte de la carta de presentación de Amado Osorio y Zabala ante el explorador Manuel Iradier y Bulfi. Para ese entonces este último preparaba su segunda expedición al país del Muni, en la actual Guinea Ecuatorial, y Osorio, joven miembro de la Sociedad de Africanistas y Colonistas, bebía los vientos por unirse a tan azarosa empresa. Sin duda gracias a su importante aportación de dinero y quizás a su condición de médico, fue aceptado.</p>



<p>La presencia española en Guinea se deriva de un conflicto con Portugal por la posesión de la colonia de Sacramento, cerca de Buenos Aires. Por los tratados de San Ildefonso de 1777 y El Pardo de 1778 la Corona española concedía la colonia sudamericana a los lusos a cambio de que estos cedieran las islas de Annobón y Fernando Poo y otorgaran licencia para establecer factorías comerciales en la franja costera que va desde la actual Nigeria hasta Gabón. En realidad, con los tratados, España buscaba participar del lucrativo negocio de la trata de negros y conseguir un lugar propio donde recalar sus barcos procedentes de Filipinas.</p>



<p>Pero tras un primer momento en que se ocupó solamente y de forma intermitente la isla de Fernando Poo, los españoles, siempre escasos de medios y capitales, se retiraron y, durante décadas, apenas se dejaron ver en el África negra. El único explorador español a resaltar, ya en la segunda mitad del siglo XIX, fue el vasco Manuel Iradier y Bulfi que, en 1875 protagonizó en el río Muni un viaje de más de un año que mantuvo la llama del colonialismo español encendida. Tras su peripecia, fue reclutado por la Corona y la recién creada Sociedad de Africanistas y Colonistas para terminar el trabajo y anexionar a España Camarones (Camerún) y el territorio del Muni.</p>



<p>A partir de la década de 1880, en África los sucesos se precipitaron. Ante el avance alemán por acción de Nachtigal, las potencias con fuerzas navales en la zona del golfo de Guinea se apresuraron a tomar su parte del pastel. Los ingleses ocuparon la costa de la actual Nigeria, tomando posesión del territorio situado entre el Níger y Río del Rey. Los franceses, inquietos en Gabón, ocuparon la orilla sur del Muni y prepararon una nave de guerra para ocupar el resto del territorio que resta hasta el río Campo, límite alcanzado por los alemanes por el sur. Así estaba la situación cuando Iradier y el médico al que había decidido aceptar como compañero de viaje, Osorio, dos desconocidos, dos enanos frente a los poderes desplegados, pusieron sus pies en Fernando Poo. Necesitaron una dosis de suerte, además de valor y determinación, para, contra todo pronóstico, mantener la bandera española plantada en las orillas de la bahía de Corisco.</p>



<p>La coyuntura no podía ser más desesperada en Fernando Poo. Tras una entrevista con el Gobernador José Montes de Oca, Iradier constató que la goleta prometida por el Gobierno para conquistar el Muni, la <em>Ligera</em>, estaba inservible y sin combustible en el puerto de Santa Isabel. Los alemanes ocupaban el Camerún y banderas extranjeras se erguían en la embocadura del Muni. “Es cierto todo lo que nos han dicho —le confiaba Iradier a Osorio al poco de llegar a la isla española—. No sólo se han ocupado los territorios que veníamos a incorporar a España, sino que nos han arrebatado los que eran nuestros. Queda todavía un punto sin ocupar, el Muni, pero bien pronto será francés si Dios no obra un milagro. La goleta no puede llevarnos a Elobey, la lancha cañonera está inservible; lo sé porque se me ha dicho, lo digo de cierta manera porque lo he leído en el rostro de los bravos oficiales de marina dispuestos a ayudarnos en nuestra empresa patriótica. Es necesario ir a Elobey y pronto. En el puerto está anclada una vieja balandra medio podrida que hace agua por todos lados, pertenece a un moreno llamado Thomas Smith, y por dinero hará lo que le mandemos. De aquí a Elobey median 360 kilómetros de agua, los vientos de la época no son favorables, las corrientes son perjudiciales, pero creo que, si no nos ahogamos en el camino, llegaremos a nuestro destino en tres o cuatro días. Una vez en el Muni el país es nuestro. ¿Se decide usted a acompañarme?”. Osorio respondió tan flemático como un lord inglés: “Estoy decidido a todo”. El buque inglés <em>Quisembo</em> evitó, en el último momento, que los españoles se dejaran los huesos en el fondo del mar. Su capitán les aceptó entre el pasaje —franceses agentes de Brazza y Stanley que iban a relevar los puestos y estaciones— y les prometió dejarles en la isla de Elobey Chico frente al Muni, aunque no estaba prevista tal escala. Junto a Osorio e Iradier viajaban dos españoles más: Bernabé Jiménez, notario de Fernando Poo (cuya labor era dar curso legal a los tratados suscritos con los indígenas), y el marinero Antonio Sanguiñedo, cabo de mar de la goleta <em>Ligera</em>. La aventura estaba servida.</p>



<p>Llegados a Elobey, los expedicionarios descubrieron que ondeaba en ella el pabellón alemán, y lo propio hacían los ingleses en la entrada del Muni. No obstante, Iradier puntualiza que “cuando los factores europeos tuvieron conocimiento de nuestra presencia, fueron arriadas aquellas banderas y sustituidas por la española, que no otra cosa debían hacer ante la presencia del Gobernador español, del Comandante y del Segundo”. Poco después, mientras los españoles sellaban doce tratados con las primeras tribus de vicos y bijas, que poblaban el país de Ukoko y Buene, los franceses redactaban en Gabón la orden de ocupar el Muni. De ello se debía encargar el buque de guerra <em>Basilic</em>, que se encontraba anclado en el Munda. Pero la llegada a Gabón del <em>Quisembo</em> truncó toda la operación. Su comandante trajo noticias que cayeron en el ánimo de los invasores galos como un jarro de agua fría: “Los españoles —dijo el inglés— han entrado en el Muni y en estos momentos se iza con entusiasmo entre las tribus ribereñas la bandera amarilla y encarnada entre gritos de entusiasmo y vivas a España”. Añadió que los iberos llevaban con ellos un notario y un secretario y que con ellos tenían “la goleta de guerra de Fernando Poo y un crucero nuevo que acaba de venir de España”. En realidad ninguno de estos barcos apoyaba a los exploradores en la conquista del Muni, pero los franceses así lo creyeron, por lo que el <em>Basilic</em> finalmente permaneció anclado en el Munda. El Muni quedó listo para ser ocupado por España. Su avanzadilla: un ejército de cuatro hombres.</p>



<p>Las tribus fang de los ríos Noya y Mitemele se hallaban en pie de guerra. Los cuatro españoles, acompañados de la inevitable comitiva de auxiliares nativos, se apresuraron a acudir al Noya sobre un pailebot, el <em>Vico</em>, que habían alquilado a un comerciante inglés. Antes habían apalabrado con el rey vico Gaandu la compra de Punta Botika. En el Noya los europeos convocaron a los jefes de tribu a un <em>palaber</em> con la idea de que aceptaran la soberanía española. Además, como los pamues del Noya habían saqueado las mercancías de Foster, un importante mercader inglés que operaba en la zona, Iradier exigió —mediante el uso de su proverbial diplomacia— la vuelta a la paz y la restitución de las mercancías robadas.</p>



<p>Diecisiete reyezuelos acudieron al cónclave del Noya. Fue un momento fundamental y muy peligroso; en la reunión, efectuada en la selva profunda, los exploradores consiguieron que los principales señores de la guerra de la tribu fang dejaran las hostilidades, lo que significó el reconocimiento de facto de la soberanía y la autoridad española en los ríos. Antes de que las cosas se arreglaran definitivamente en el Noya y los europeos pudieran continuar sus negocios en el río, se formó un tumulto en el que a punto estuvo de ser asesinado el doctor Osorio cuando un negro enorme lo derribó de un empujón; Iba a ser rematado cuando Iradier amartilló el revólver e hizo desistir al guerrero de su empeño homicida. Al final, el causante de la asonada, huyó al bosque e Iradier y sus hombres se hicieron con la situación. Ya sólo quedaba pacificar el Utamboni (hoy Mitemele), donde el jefe Schoke se alzaba en armas junto a sus cientos de hombres dotados de espingardas. Llegados al río, los fang les esperaban emboscados en el poblado de M’Kangañe (la actual Cangañe). El jefe fang fue invitado a parlamentar a bordo de la embarcación. Aceptó y pronto constató su error cuando los blancos, nada más pisar el africano la cubierta, le apuntaron con sus fusiles. “¡Quietos! —les dijo el intérprete al régulo y a sus hombres—. Si movéis los labios, los ojos o los brazos, sois muertos. Habéis robado hace poco tiempo una embarcación que contenía mercancías; eran propiedad de un blanco. Nosotros venimos a que nos entreguéis los objetos robados o a darte muerte”. La amenaza tuvo su efecto y las mercancías fueron devueltas. Se firmó la paz y se obsequió a Schoke con una serie de pacotillas a cambio de su rúbrica, recogida en el impreso que proclamaba la autoridad española sobre los países regados por el río.</p>



<p>Para demostrar su poder mágico, los españoles lanzaron ante los asombrados indígenas una traca de fuegos de artificio y petardos, con la mala fortuna de que uno vino a hacer explosión en una canoa que se encontraba en las cercanas aguas. La embarcación pertenecía a gentes procedentes de una tribu del interior que se habían acercado atraídos por el alboroto. El accidente pudo haber resultado fatal. Al poco tiempo la balandra que acogía a los expedicionarios se vio asaltada por varios cientos de guerreros fang, furiosos ante lo que ellos consideraban un atentado. “Apenas rayó la aurora por oriente, cuando las accidentadas cumbres de la Sierra de Cristal se destacaron sobre un fondo fosforescente, apareció en el río una masa oscura, después otra y otra. Salían por la derecha y por la izquierda como naciendo del oscuro manglar, un segundo después estábamos rodeados, y en el tiempo que empleó el criado benga Imama en dar el grito de alerta una nube de piraguas dieron el ataque por todos lados. Unos trescientos pamues completamente desnudos, armados de espingardas y machetes, pugnaron por subir a la balandra y, cuando nosotros salimos precipitadamente a cubierta algunos de ellos habían ganado la borda. Se entabló una lucha a culatazos que dio como resultado desalojar de enemigos los costados de nuestra embarcación”. La cosa no pasó a mayores, porque como explica Iradier, “durante la refriega no se disparó un tiro y esto nos salvó de una muerte cierta”. Los dos líderes, Donga y Mependa, fueron invitados a subir a cubierta a negociar. Una vez arriba, y dentro de la usual dialéctica diplomática, se les amenazó de muerte, a no ser que se avinieran a firmar los tratados que proclamaban la soberanía de España. Después de firmar, se les dijo, recibirían regalos y bienes para comerciar. Los guerreros aceptaron; se hizo la paz en los ríos y ya todo fue baile y celebración; es cierto que recibieron algunas pacotillas, pero sin saberlo acababan de regalar su país.</p>



<p>La enfermedad impidió que Iradier pudiera terminar su labor de lograr la adhesión de los reyes nativos a la causa española, cometido del que se encargaría su lugarteniente&nbsp; Osorio. Los demás afluentes del Muni, como el Mitong, el M’Bañe y el Congüe, ya no constituían ningún problema. Sus habitantes eran vicos e itemus, mucho menos beligerantes que los fang. Iradier asegura que “a lo largo de estos ríos, no encontramos más que amigos y simpatías”. Sin embargo, a su regreso al mar, el explorador vitoriano caía enfermo de gravedad. La fiebre regresó y la situación llegó a ser tan alarmante que Osorio recomendó a Iradier que regresara a España. “Parta usted para España si en algo aprecia su vida”, le dijo. Manuel Iradier abandonó el Muni para no volver el 28 de noviembre de 1884. Partió de Fernando Poo rumbo a Canarias con los documentos, actas, contratos de anexión de territorios y el plano del país con los emplazamientos de los pueblos anexionados. “El resultado de este viaje fue el de haber obtenido para la Sociedad de Africanistas y Colonistas de Madrid la soberanía sobre 101 jefes indígenas de las tribus pamues, vicos, bijas, itemus, bundemus, valengues, dibues, bujebas, etc., y el de haber declarado parte integrante de la nación española el territorio de su jurisdicción explorado por mí en 1875 y que comprende una extensión superficial de 14.000 km<sup>2</sup>, mediante una subvención anual de 2.150 pesetas”. Osorio quedaba atrás para continuar la labor.</p>



<p><strong>El doctor Osorio</strong></p>



<p>Es hoy un personaje desconocido. Si atendemos a la distancia recorrida y a los tratados firmados, el verdadero explorador español de Guinea sería Osorio antes que Iradier. No obstante, de su vida y trabajos quedan solamente unos pocos datos, escuetos y desorganizados. En su <em>África, </em>Iradier lo presenta como un tipo frágil, que se marea en los barcos. No obstante, su salud resistió cuando las de otros, en apariencia más fuertes, sucumbieron, incluida la del propio alavés. En aspecto, carácter y modos, Iradier y Osorio eran como la noche y el día, por más que se adivine en ambos idéntico espíritu inquieto al servicio de personalidades complejas y anómalas ambas, por lo menos desde el punto de vista de la época. Tras sus respectivas hazañas ecuatoriales, Osorio gozó del reconocimiento institucional e Iradier de la fama imperecedera. Los dos fueron en África grandes amigos, para después separarse en Europa y convertirse en rivales irreconciliables. Ambos, no obstante, han quedado inscritos en el mismo y emocionante pasaje de la historia. Osorio vino al mundo en el pueblo de Vegadeo, Asturias, el 6 de septiembre de 1851. Aunque sus primeros estudios se desarrollaron entre el Principado y Galicia, fue en Madrid donde obtuvo —en la Universidad Central— el título de Doctor en Medicina y Cirugía en 1877. En un principio ejerció en su pueblo natal como médico. No obstante, empujado por su espíritu pionero, comenzó a adoptar costumbres higiénicas poco ortodoxas y a experimentar hábitos que, en un lugar de mentalidad tan cerrada como era Vegadeo en aquella época, no fueron vistos con buenos ojos. Tanto es así que, presionado por el alcalde, tuvo que dejar el pueblo. Osorio finalmente encontró su oportunidad en Madrid con la Sociedad de Africanistas y Colonistas, a la que contribuyó con 5.000 pesetas de su fortuna personal, una de las mayores cantidades aportadas.</p>



<p>Durante la segunda exploración de Iradier, tras enfermar este de gravedad, Osorio se negó a dar la lucha por perdida. Se reunió en Fernando Poo con el Gobernador José Montes de Oca y juntos decidieron emprender un nuevo periplo que garantizara la soberanía hispana en la región del Muni. Montes de Oca y Osorio, gracias a la financiación de la propia Sociedad de Africanistas y Colonistas (sobrante de la segunda expedición de Iradier) y al dinero otorgado a tal efecto por los misioneros del Inmaculado Corazón, emprendieron una nueva expedición en 1885, viaje que redundó en la firma de 370 tratados con jefes indígenas de las cuencas del Muni, el Noya y el Laña. Tanta era la determinación de ambos hombres, que ni siquiera la noticia de la muerte del padre de Osorio consiguió hacerle desistir de su empeño, hasta que Montes de Oca cayó enfermo de fiebres y se vio obligado a regresar a Fernando Poo para restablecerse. “Montes de Oca —cuenta Osorio— enfermó también en 1886, por lo que hube de seguir yo solo, con los porteadores y cuatro fusiles, la exploración de la parte norte de la Guinea, desde Río Campo, hasta doscientos kilómetros de la costa. Durante este viaje visité las tribus de los vilas, de los vicos, de los ilo hiten, de los bujebas y de los bundemus, entrevistándome con un total de noventa y cuatro jefes de tribu, y recorrí un territorio de más de trece mil kilómetros. Gracias a ello, la soberanía española sobre Guinea pudo sumar catorce mil kilómetros de posesión, alcanzando yo acuerdos con un total de ciento un jefes de tribus, cuatro de los cuales rechazaron la soberanía francesa para abrazar la española”.</p>



<p>Por extraño que pueda parecer, Osorio nunca escribió un libro sobre sus viajes, solamente el opúsculo <em>Fernando Poo y el Golfo de Guinea: apuntes de un viaje</em>, apenas unas breves líneas escritas de forma caótica y leídas por el viajero asturiano en el Ateneo de Madrid el 20 de mayo de 1886 a modo de leve crónica de la expedición recién terminada (y cuyas líneas usaría en su único texto publicado, <em>Vocabulary of the fang language</em>). Contiene material testimonial, etnológico, arqueológico, geológico y zoológico, pero todo de manera tan escueta, que deja al lector indiferente. En este texto el médico promete una extensa memoria, que nunca llegaría a escribir;&nbsp; quizá por ello, desaparecida su generación, se lo tragó la historia. Sin libro –vocabulario fang aparte-, numerosas aventuras que debió de correr, se han perdido.</p>



<p>El corazón errabundo de Osorio nunca se concedió mucho reposo y, así, emprendió nuevos viajes —entre 1889 y 1892— por varios países de América del Sur. Después, llevado por su alma patriotera, se unió a las tropas españolas que combatían en Marruecos, donde compartió con el doctor Llorente la dirección del hospital de campaña instalado por el <em>Heraldo de Madrid</em> en Melilla. Luego vendrían la Guerra de Cuba, y de nuevo, una misión en Guinea en el seno de la Comisión de Límites de 1901.</p>



<p>Como ya se ha dicho, tres años después de servir en Marruecos, Osorio decidió cambiar África por América y se enroló como médico en el Batallón de Voluntarios del Principado, cuerpo a través del que se hizo cargo de la enfermería militar de Puerto Padre. Finalmente, en 1898, España perdió Cuba, Filipinas y Puerto Rico, el resto de lo que fuera su imperio de ultramar, lo que, tanto para Osorio —que había empeñado años en las guerras coloniales— como para Iradier, resultó una auténtica conmoción. Pasados unos años del regreso de Amado Osorio a la Península, fue designado por el Estado para formar parte de la Comisión española destinada a negociar con Francia la demarcación de los límites de lo que habría de convertirse en la nueva colonia de la Guinea Española. Decididos estos en el seno de la Conferencia de París de 1900, Osorio recibió la orden de recorrer in situ las fronteras de las nuevas posesiones, así como asistir en calidad de médico —dada su experiencia tropical— a los miembros de la partida. La Comisión estaba liderada por el Comisario Regio Pedro Jover y Tovar (que se suicidó en Guinea) y en ella había exploradores y naturalistas de renombre como Manuel Martínez de la Escalera o Enrique D’Almonte. Este cometido, por lo tanto, le llevó de nuevo a las frondas del país ecuatorial y, Con López Vilches y Nieves, se paseó por los nuevos límites meridionales y orientales del <em>hinterland</em> concedido a España antes de regresar a Bata que, según lo acordado, detentaría la nueva capitalidad de los territorios continentales. En total, el periplo se prolongó más de 600 kilómetros. Por sus trabajos recibió el reconocimiento de Francia, que le concedió la Legión de Honor en 1903. Cumplidas sus obligaciones con la patria, el médico volvió a España, donde al parecer, intentó sentar cabeza. Casado desde 1906 (a los 55 años) con Josefa Rodríguez Carballeira, Amado Osorio tuvo en lo personal una gran relación con la música; sus dos hijas, Pilar y Carmen, fueron renombradas concertistas de piano, lo mismo que su hijastro, Pepito Arriola, a quien acompañó en alguna de sus giras internacionales. Parece que en estos momentos de quietud el explorador se dedicó a la investigación médica, en el campo de la oftalmología, para lo cual se desplazó unos años a Alemania para ampliar sus conocimientos técnicos y empaparse de las nuevas tendencias, aptitudes que le permitieron contribuir a la fundación del Instituto Ruber. En 1912 publicó <em>Vocabulary of the fang language</em>, su única obra relacionada con sus exploraciones africanas. Nombrado —a pesar del alcalde Arango, que no fue invitado a la fiesta— hijo predilecto de Vegadeo. Falleció en 1917 a los 66 años.</p>
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		<title>Por un puñado de mapas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/por-un-punado-de-mapas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 22 Apr 2020 11:41:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban Boletín 61 Las Islas Filipinas y España De cómo algunos mapas y planos de Filipinas, debidos fundamentalmente al cartógrafo sevillano Enrique D´Almonte, proporcionaron una importante [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban</strong></p>
<p>Boletín 61</p>
<p>Las Islas Filipinas y España</p>
<p><strong>De cómo algunos mapas y planos de Filipinas, debidos fundamentalmente al cartógrafo sevillano Enrique D´Almonte, proporcionaron una importante ayuda al ejército colonial español y, más adelante, contribuyeron a la victoria de los Estados Unidos.</strong></p>
<p>Diversos autores han señalado que Estados Unidos se convirtió en un imperio en los inicios del siglo XX gracias a las últimas posesiones del imperio español, en una especie de relevo generacional. Pero ese rosario de islas en el trópico de Cáncer no significaban tanto desde el punto de vista territorial como para alcanzar el rango de imperio: lo importante fue más bien cómo se asimilaron y, sobre todo, adaptaron los saberes que, para su gobierno, España había ido poniendo en práctica en sus colonias. En el libro <em>Encrucijada colonial</em>, McCoy, Scarano y Johnson señalan, sin pestañear, que, sobre la herencia colonial recibida, los Estados Unidos pasaron <em>“de una pequeña burocracia con capacidades domésticas débiles y alcance hemisférico limitado, a un aparato expandido y empoderado lanzado en el camino hacia el poder global”</em>. Sin duda los europeos usaron sus colonias como <em>“laboratorios de la modernidad” </em>para experimentos de todo tipo, incluida la ingeniería social, pero los historiadores mencionados sugieren, además, <em>“que este mismo modelo pudo, de alguna manera, aplicarse a la modernización del poderoso estado estadounidense”</em>: es decir, lo importante es cómo la nueva experiencia colonial americana cambió a la propia sociedad americana, porque, junto a otras influencias, extranjeras y domésticas, siguen diciendo los autores mencionados, <em>“la experimentación en el laboratorio colonial filipino contribuyó, tanto en programas como con personas, en la modernización del aparato de seguridad nacional del país”</em>. Este inopinado mérito, o demérito, del colonialismo español, tuvo en la cartografía uno de sus puntos de partida.</p>
<p><strong>LA CLAVE ESTÁ EN LOS MAPAS</strong></p>
<p>Los mapas, en este contexto, fueron fundamentales. Precisamente la falta de cartografía sobre Filipinas que tenía el gobierno americano es la causa de que, como han señalado Eric Losange y lmre J. Demhardt, se creara en la Casa Blanca la famosa <em>Map Room</em>. Entre las primeras delegaciones de especialistas que llegan a Filipinas se encontraba el geólogo George F. Becker, asignado por el gobierno militar en julio de 1898, apenas consumada la victoria sobre España, para acompañar a Manila al General Elwell, S. Otis. Becker permaneció en Filipinas 14 meses, <em>“donde apenas pude </em>–nos comenta- <em>realizar trabajos geológicos por la actitud de los nativos”. </em>Sin mapas no se podía dar un paso en la reorganización colonial y los realizados por España hasta ese momento habían sido traídos de vuelta a la Península o, se cree, quemados en las playas antes de la partida. Entre el valioso cargamento que llegó estaban, sin duda, los mapas realizados por el cartógrafo sevillano Enrique d’Almonte desde 1880: mapas en escalas pequeñas, medianas y grandes, para el conocimiento de las islas, la protección de acuíferos o las operaciones militares.</p>
<p><strong>EL CARTÓGRAFO SEVILLANO ENRIQUE D’ALMONTE</strong></p>
<p>D’Almonte era Auxiliar facultativo de Minas, y como tal tenía que atender las necesidades del Servicio. Trabajó a las órdenes sucesivas de los ingenieros José Centeno y Enrique Abella, con los que recorrió a pie y a caballo el archipiélago. No sabemos mucho de su vida allí, pero, por lo que hizo después en Guinea continental y en el Sáhara español, podemos imaginarle contando pasos sin descanso (sin fatiga, dirían luego de él), para medir distancias y tiempos, con los que iba conformando al hilo de su entendimiento el funcionamiento de la red hidrográfica y de los caminos de cada isla, mientras inventariaba minas o anotaba el efecto de terremotos y <em>baguios</em>. Su modestia le posibilitó entrar en contacto con los grandes ingenieros del momento, de los que, como luego demostraría, aprendió hasta especializarse en diversas materias. Pero no había llegado hasta allí sin preparación. Las dificultades económicas de la familia, a la muerte de su padre en Brasil en 1879, le obligaron a abandonar la carrera de ingeniero de Caminos, que estaba cursando gracias a la generosidad de su preparador. Por ese motivo se presentó a la plaza de Auxiliar de Minas, obteniendo el número uno.</p>
<p>D’Almonte era descendiente de una familia de artistas gaditanos dedicados a la alta decoración en teatros, los Muriel, y quizá por ello, ya en la escuela, había despuntado en la parte más difícil sin duda en la realización de mapas (la que no se puede enseñar), hasta el punto de ser premiado a nivel nacional y obtener un mapa suyo en la Exposición Internacional de Viena de 1871 la medalla de bronce. Quizá por ese motivo su primer destino en Madrid fue la construcción del primer gran bosquejo del Mapa Geológico de España a escala 1:400.000, bajo las órdenes de Manuel Fernández de Castro, que alabó públicamente su labor: un gigantesco mapa que hoy podemos ver aún en colgado con orgullo en las paredes del IGME. Su trabajo apenas duró un año antes de partir para Filipinas. Dada la ausencia de cartografía a escalas medias y grandes en los que basar las investigaciones geológicas en Filipinas, cabe la posibilidad que Fernández de Castro influyese en el destino elegido por D’Almonte.</p>
<p><strong>DE LA ACTIVIDAD COMERCIAL A LA NECESIDAD DE CONOCER EL TERRITORIO</strong></p>
<p>La apertura del Canal de Suez en 1859 había facilitado y abaratado el viaje hasta las islas. La expansión de las grandes potencias despertó un renovado interés por el Pacífico y el Extremo Oriente, en espera de la apertura del inmenso mercado chino. Como ha señalado entre nosotros Dolores Elizalde, <em>“la suma de todos estos factores provocó que, a partir de 1880, el Gobierno español impulsara una nueva política hacia Filipinas: inició reformas en su gobierno y administración, potenció su defensa y el control del territorio, y fomentó las inversiones públicas y privadas en las islas. En 1897, un año antes de su pérdida, Filipinas era una colonia rentable, capaz de autofinanciar el gobierno de las islas y de producir beneficios. Representaba para España una esperanza para el porvenir”</em>.</p>
<p>Los planes para conocer la parte relativa a sus riquezas naturales y explotar racionalmente sus recursos se materializaron en la creación de diversos Servicios, como el Forestal o el Minero, cuyas necesidades de personal atrajeron, como hemos comentado, a D’Almonte. En ambos seguían rigiendo como base de su legislación las Leyes de Indias, proteccionistas con los derechos de los indígenas, y en consecuencia de los recursos, aunque a veces la tensión con los mercados emergentes entrará en colisión.</p>
<p>A tres años de su llegada a Manila, D’Almonte había ya dado a la luz el mejor mapa jamás realizado sobre la gran isla de Luzón. Un mapa bellamente ejecutado a escala 1:400.000, donde, resolviendo dudas imprecisas del intrincado sistema montañoso de la isla, se indicaron las cotas más importantes y, entre otros elementos novedosos, se marcaron los criaderos carboníferos y metalíferos, los manantiales minerales y termales y las grutas más notables. Al mapa de Luzón siguieron los de Panay, Negros y Cebú, como complemento de la magnífica labor de los Ingenieros de Centeno y Abella en sus investigaciones geológicas y mineras.</p>
<p><strong>MAPAS PARA VARIOS FRENTES DE GUERRA</strong></p>
<p>Pero la falta de cartografía a escalas más grandes fue un grave problema cuando estalló la revolución tagala (la rebelión filipina de las crónicas españolas) en 1896. Sin mapas y con los guías locales huidos del ejército, el gobernador militar, Fernando Primo de Rivera, aceptó la ayuda de D’Almonte entre el voluntariado español, asignándole la tarea de guiar a uno de sus más preciados destacamentos, la famosa división Lachambre. Primo de Rivera comentará sobre D’Almonte que: <em>“teniendo una modestia desconocida, ha sido, sin duda, a quien debo los resultado de mi corta campaña. En todo el país, y a ningún </em><em>precio, encontraba un guía, un conocedor del terreno en que tenía que operar; no lo era D’Almonte como práctico de él; pero sus conocimientos científicos, sus estudios en planos que él se agenciaba, hacían que, cual práctico del terreno, llevase siempre las vanguardias de las columnas por los sitios donde no éramos sorprendidos, y desde los que sorprendíamos nosotros”.</em></p>
<p>En esas circunstancias, D’Almonte fue ascendido a agregado a la Secretaría del Gobierno General de Filipinas, con el objetivo de compendiar los mapas del todo el Archipiélago a escala uno 800.000, mediante la mejora y actualización de los mapas existentes, en buena parte realizados por él.</p>
<p><strong>BAJO LA PRESENCIA DE ESTADOS UNIDOS</strong></p>
<p>La entrada de los Estados Unidos en el conflicto, y su rápida victoria marítima basada en la superioridad de su flota, hicieron que esos mapas cobrasen un valor sobresaliente. Pero todos esos mapas de última hora están por desagracia desaparecidos, aunque contamos con algunos testimonios. Como es bien conocido, pese a la rendición de España, el destacamento en Baler permaneció defendiendo la plaza sin darse por enterados del final de la contienda. El presidente del gobierno español, Francisco Silvela, pidió al arzobispo de Manila mediar ante Dewey, en calidad de jefe supremo de las tropas norteamericanas, para que enviase un buque menor y los trajese a Manila. Pero Dewey no tenía mapas detallados, por lo que puso dos condiciones al prelado: una carta de su puño y letra al jefe del destacamento para que diese crédito al oficial de la escuadra yanqui, y un plano de la zona de Baler, <em>“plano que </em>–comenta el propio Nozaleda-, <em>facilitado por el eminente cartógrafo D. Enrique d’Almonte, también se envió”</em>. La carta, como sabemos, no sirvió de nada, pero la cartografía entregada por D’Almonte permitió la remontada del río y diversas incursiones en la zona de los soldados norteamericanos.</p>
<p><strong>LOS JESUITAS SE QUEDAN: MAPAS Y PREDICCIONES METEOROLÓGICAS</strong></p>
<p>Pero no sólo de mapas viven los imperios: la flota americana necesitaba una fiable predicción del tiempo. Como señala James F. Warren, las consecuencias potencialmente devastadoras del clima extremo en la cuenca asiática del Pacífico eran tan grandes como el peor enemigo, capaces de enviar barcos, incluso flotas enteras, al fondo del mar en tormentas ciclónicas. Conocedores del Observatorio Meteorológico del Ateneo de Manila, que habían puesto en marcha los jesuitas desde 1865, pidieron en noviembre de 1898 a su director, el científico José Algué, una reunión en el puente de mando de la joya de la flota americana, el buque Olympia, estacionado en la Bahía de Manila. El entendimiento fue total y, en elocuentes palabras de Warren “la reunión entre Dewey y Algué resultó un matrimonio entre la ciencia jesuita y el imperialismo estadounidense con poderosas implicaciones para ambos socios”. Entre las tareas emprendidas por el Observatorio en 1989, estaba las de copiar, por hábiles dibujantes filipinos, toda la cartografía del Archipiélago de que disponían, unificándola, con la ayuda de la Office U. S. Coast and Geodetic Survey, en formato y escala. El resultado fue un magnífico Atlas con treinta mapas, de los cuales más de la mitad habían sido copiados de los realizados por Enrique D’Almonte. Ciertamente, en las copias se perdieron detalles importantes, como las cotas de altitud o las esquivas delineaciones de los conos volcánicos, pero durante un tiempo serían los únicos mapas con los que los americanos contarían, poniendo con ello las bases cartográficas al nuevo imperio.</p>
<p><strong>RECONOCIMIENTO DEL GRAN VALOR CARTOGRÁFICO</strong></p>
<p>El geólogo Warren Du Pré Smith, especialista en yacimientos no metálicos y paleontología, que llegaría a ser, entre 1908 y 1914, jefe del Bureau de Minas establecido en Manila, señaló en sus informes con elocuentes palabras el valor de esta cartografía: “Entre todos los que han trabajado en la formación de mapas de aquellas islas durante la dominación española, sobresale d’Almonte en primera línea. Sus mapas, que en muchos casos no han podido basarse en los medios usuales de comprobación son, dadas las condiciones del país recorrido, por extensión y por ejecución, sencillamente maravillosos. Ningún otro hombre, en verdad, rayó a tal altura en esta materia en Filipinas… debo considerar a D’Almonte como uno de los grandes exploradores de la vigésima centuria. No sé si ha merecido siempre el merecido testimonio de aprecio por sus colegas geógrafos en otras partes del mundo. Si no es así, este reconocimiento tardío debería ser pronto realizado” (1909, 534).</p>
<p>D’Almonte regresó a la Península en 1898, y poco después fue enviado al río Muni con la primera expedición española tras los acuerdos de París de 1900, en los que las potencias dominantes reconocían a España una pequeña porción de territorio continental en la costa de los camarones. Dos años después de regresar, dio a la luz el primer mapa de este territorio. En 1913 haría lo mismo con el Sáhara español, del que no existían más que croquis imprecisos. Pero todos estos mapas, previos a la era de las mediciones detalladas que vendría para estos territorios varias décadas después, dejaron sin valor los mapas de D’Almonte, que pasó a ser nuevamente un desconocido entre nosotros. El hundimiento del vapor-correo Carlos de Eizaguirre en el que regresaba a Filipinas, al chocar accidentalmente con una mina de la Gran Guerra en Ciudad del Cabo, se tragó el merecido reconocimiento que pedía el geólogo americano: tan sólo el hecho de que el ayuntamiento de Madrid le dedicara una calle en los años veinte, ha servido para reconocer a uno de los grandes entre los exploradores y cartógrafos coloniales del momento.</p>
<p><strong>LECTURAS RECOMENDADAS</strong></p>
<p>Mc Coy AW, Scarano FA (eds): Colonial crucible empire in the making of the modern American State. University of Wisconsin Press, Madison, 2009. Warren J. F.: “Scientific Superman. Father José Algué, Jesuit Meteorology, and the Philippines under American Rule, 1897–1924”, , pp 508–521.</p>
<p>Rodríguez Esteban, José Antonio; Campos Serrano, Alicia: “El cartógrafo Enrique d’Almonte, en la encrucijada del colonialismo español de Asia y África”, Scripta Nova. 2018, vol. XXII, nº 586. ISSN: 1138-9788. <a href="http://dx.doi.org/10.1344/sn2018.22.19305">http://dx.doi.org/10.1344/sn2018.22.19305</a>.</p>
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		<title>Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-por-oriente-de-adolfo-rivadeneyra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:27:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 24]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fernando Escribano Martín Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006 Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Fernando Escribano Martín</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006</p>
<p class="bodytext">Resulta casi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y sin embargo es necesario hacerlo, pues no son muchos, ni siquiera en su país, los que conocen a nuestro protagonista, ni los logros por él obtenidos.</p>
<p>En cualquier caso esta no es una historia nueva, y un buen ejemplo es la exposición del Museo Arqueológico Nacional, La aventura española en Oriente (1662006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo Antiguo, donde, vinculados al Oriente, se da cuenta de una serie de personajes con unas aventuras vitales y viajeras realmente increíbles, y que son apenas conocidas, tanto en España como en el extranjero.</p>
<p>Adolfo Rivadeneyra es uno de los casos más claros de injusta memoria para con un personaje muy destacado, y sólo desde hace poco se ha empezado a reivindicar la importancia de su trabajo. Pero, ¿por qué consideramos que Rivadeneyra es tan importante?<br />
Rivadeneyra vivió aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX. Su trabajo como diplomático le permitió viajar no sólo por los países a los que fue destinado, sino que a menudo concibió los traslados, tanto de un destino a otro, como desde España, para realizar trayectos poco acostumbrados, y que le servirían para conocer la realidad del país en aquel momento, y también de su historia, pues Rivadeneyra fue un apasionado de la historia del Oriente Próximo antiguo, justamente en la época en la que la ciencia del Orientalismo se empezaba a desarrollar en Europa.</p>
<p>Nuestro protagonista no sólo conocía y manejaba los descubrimientos que la nueva ciencia realizaba sobre civilizaciones y pueblos desconocidos en ese momento, o sólo conocidos por la interpretación de la Biblia, sino que él mismo llevó a cabo estudios que podemos situar como de los primeros españoles al respecto.</p>
<p class="bodytext">Así mismo, consciente, como otros personajes ilustrados españoles de la época, y siguiendo el ejemplo de otras sociedades europeas, fue uno de los que contribuyeron a sacar adelante la Sociedad Geográfica de Madrid, que con sus trabajos y con sus boletines participaría como sus homólogas del descubrimiento del mundo. Fue el Secretario de la primera Junta Directiva, y también el primer conferenciante de la misma. Faltando los apoyos necesarios, la Sociedad Geográfica de Madrid sólo pudo realizar algunas expediciones destacadas, aunque sí se llevaron a cabo estudios interesantes de diverso orden geográfico, y se sacaron a la luz textos de viajeros y estudios que llevaban siglos olvidados en las bibliotecas de nuestro país. Pobre legado, sin embargo, para lo que se pretendió con su creación.</p>
<p>Los logros de Rivadeneyra van más allá, y aquí sólo vamos a señalar alguno antes de describir su vida y sus viajes. Fue él quien terminó la magna obra de su padre, la <em>Biblioteca</em><em> de Autores Españoles</em>, desde el tomo LXIV hasta el LXXII (los derechos sobre la misma son propiedad hoy de la Real Academia Española). Formó una de las colecciones de Oriente más importantes en nuestro país, que hoy forma parte de los fondos del Museo Arqueológico Nacional. A su muerte, donó al Estado algunas obras únicas, como el impresionante cuadro mandado pintar a Pellicer en el que se narra su entrada junto al Gobernador del Arabistán en la ciudad de Dizful, una etapa de su aventura por Persia.</p>
<p class="bodytext"><strong>APUNTES BIOGRAFICOS Y PROFESIONALES</strong></p>
<p>Adolfo Rivadeneyra y Sánchez nació en Valparaíso, Chile, el 10 de abril de 1841. El hecho de que Adolfo naciese en Chile se debe a que su padre, Manuel Rivadeneyra y Roig, trabajaba en tierras americanas para conseguir fondos con que sustentar su Biblioteca de Autores Españoles. Allí conoció a la que fue su mujer, Nieves Sánchez y Riquelme, y allí nació su primer hijo. Cuando Adolfo tenía siete años volvió la familia a España, y continuó su educación en el Seminario de Vergara y en el Colegio de Masarnau. Estudió también en Alemania, Inglaterra y Bélgica, pues su padre pretendía para él una sólida formación en idiomas. Tanto fue así que, cuando el 21 de diciembre de 1863 solicitó a la reina Isabel II ser admitido en la carrera consular y ser destinado a un destino en Oriente, él mismo señala manejar ya cinco lenguas además de la latina.</p>
<p>La solicitud fue casi inmediatamente aceptada (el 29 de diciembre), y fue destinado como Joven de Lenguas al Consulado General de Beirut. Los jóvenes de lenguas son una figura de la diplomacia española que reclutaba jóvenes que se iban a destinar a la carrera diplomática, suponemos que con especiales cualidades, y se les formaban en las lenguas menos manejadas, útiles para los intereses del país. Así, nada más llegar se internó en el convento de Ain-Warka para aprender el árabe y parece, a tenor de las noticias que se conservan en el Archivo del Ministerio de Estado, que con resultados asombrosos.</p>
<p>Como parte de sus funciones en el mismo destino hubo de hacerse cargo del Consulado de Jerusalén a partir de noviembre de 1864 durante un par de meses debido a enfermedad del titular, y de nuevo cuatro meses a partir de julio de 1866. Después de una licencia de dos meses para recobrar su salud, que creemos que pasó en Madrid, fue nombrado Vicecónsul en Beirut, cargo que desempeñó hasta junio de 1867, cuando el viceconsulado fue suprimido.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente destino fue la isla de Ceilán, donde tomó posesión del viceconsulado de nueva creación que tuvo residencia en Colombo, y que dependía de la jurisdicción del Consulado General de España en China. Parece que siguiendo una costumbre del país el cargo comportaba ser nombrado Juez de Paz, como él mismo explica al Ministerio, cargo honorífico, pero que podría ser llamado a ejercer como tal. El 10 de febrero de 1868 tomó posesión del viceconsulado, y aquí permanecerá hasta que, según orden de 25 de noviembre de 1868, el Gobierno Provisional le nombra Vicecónsul en Damasco, y que será el origen uno de sus grandes viajes, el que se plasmará en el primero de sus libros, del que hablaremos después. El texto de la orden es el siguiente: “<em>El Gobierno Provisional se ha servido nombrar á V. Vicecónsul de España en Damasco con el sueldo personal de 1200 escudos anuales, 1800 escudos más para los gastos de residencia y otros 600 escudos para los ordinarios del servicio, con arreglo á lo asignado á dicha plaza en el presupuesto vigente que percibirá V. con cargo á los fondos de la Comisaría General de los Santos Lugares de Jerusalén. De órden del mismo Gobierno lo digo á V. para su conocimiento y efectos consiguientes</em>”.</p>
<p>En el desempeño de este destino en Damasco acompañó a Eduardo Saavedra a la inauguración del Canal de Suez, ceremonia que, como se sabe, presidió la madrileña, y carabanchelera, Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses, el 17 de noviembre de 1869.</p>
<p class="bodytext">Se mantuvo en el puesto hasta que por orden del 18 de julio de 1870 el Regente le declaró cesante. Unos meses después solicitó el reingreso en la carrera consular. La administración española del siglo XIX no funcionaba como la actual, y cada cambio de gobierno producía un número importante de cesantes, figura cuya tristeza y desolación retrata admirablemente Pérez Galdós en <em>Miau</em>.</p>
<p>Su siguiente misión fue el viceconsulado de nueva creación, de nuevo pionero en un destino, en Teherán, con la misión principal de estudiar las posibilidades económicas de España con respecto a Persia. En concreto, en las instrucciones que recibió antes de marchar a lo que entonces era Persia, hoy Irán, se le encomiendan principalmente estas cuatro misiones:</p>
<p>Exploración y estudio del mercado que puede ofrecer Persia al comercio español. Información acerca de las posibilidades directas de intercambio entre ambos países. Estímulo, aliento y protección de las relaciones mercantiles directas, y al menos fomentar las indirectas…</p>
<p>Designación del puerto del Golfo Pérsico en el que pueda establecerse una Agencia consular.</p>
<p>Protección de las personas e intereses de los españoles que puedan llegar a Persia por causas comerciales, o por las obras públicas construidas, como la concesión dada por el Sha al Barón Reuter para construir ferrocarriles, y que será objeto de sus primeras investigaciones.</p>
<p>Al no existir Agente diplomático de España en Persia, debe informar al Gobierno de los principales sucesos políticos que ocurran.</p>
<p class="bodytext">No vamos a desarrollar estas instrucciones, pero, además de la misión principal, llama la atención la intención gubernamental (que se mantuvo durante todo el XIX, siempre parada por un gobierno posterior) de conseguir un punto en el Golfo Pérsico que hubiese sido fundamental para sostener las colonias en Filipinas. Al final esta pretensión se truncó, pero uno de los puntos más estudiados coincide con el que ocupó Italia, cerca de Abisinia (objeto de una importante misión de exploración por parte de la Sociedad Geográfica de Madrid, bajo la dirección de Abargues de Sostén). Por otra parte, el estudio en tiempo de las posibilidades comerciales con España, y las que se estaban haciendo en Persia, quizá uno de los pocos puntos no ocupados aún por el colonialismo europeo que se estaba desarrollando en África y Asia, sorprende por la perspectiva y oportunidad que denotaban, y por contraste con los otros gobiernos de visión pacata que los truncaron.</p>
<p>Este destino será el origen de su segundo libro: <em>Viaje al interior de Persia</em>, quizá su destino más importante, y también quizá su libro más maduro e interesante. Permaneció en Teherán desde el 11 de abril de 1874, fecha en la que toma posesión de su cargo, hasta el 19 de agosto, cuando marcha para estudiar el país. Hasta este momento desarrolló una serie de estudios previos, que incluyó en el primer tomo de su libro (tiene tres), y que remitió al ministerio. Después, hasta el 24 de agosto de 1875, en que llegó de nuevo a Teherán, recorrió el país en cumplimiento de su principal misión: buscar las posibilidades comerciales a desarrollar entre España y Persia. Pidió entonces una licencia por enfermedad, que vino aprobada, y que cuando la pudo disfrutar fue aprovechada por el Gobierno de turno para suprimir el viceconsulado. Creemos que un gobierno distinto del que le nombró, con el vicecónsul en casa, y con la misión principal cumplida (a la que no se le dio la publicidad requerida) no entendió la necesidad de continuar la misión, y canceló el destino. En lo que al libro concierne, el recorrido por Persia, así como su viaje de regreso, constituyen el material del que se nutren los tomos II y III de su<em>Viaje al interior de Persia</em>.</p>
<p class="bodytext">Su siguiente etapa en su carrera la cumplió en Singapur, donde seguramente no llegó a trasladarse, pues es nombrado Cónsul de Segunda clase en Singapur el 9 de diciembre de 1878, y diez días después, el 19, es nombrado Cónsul en Mogador (Marruecos). Llegó a este destino el 8 de enero de 1879, y cumplió su misión hasta que en noviembre de 1879 cesó en sus funciones, a petición propia, según parece por abierto enfrentamiento con el gobernador de la zona, siendo éste el ultimo destino de su vida diplomática.</p>
<p>Gracias a su carrera diplomática fue merecedor de la Orden de Carlos III en grado de Caballero (orden de 19 de mayo de 1864), y de la Cruz del León y del Sol de tercera clase por parte del Gobierno persa, según narra él mismo en su segundo libro. Murió muy joven, seguramente a causa de un aneurisma en la arteria aorta, en Madrid, el 6 de febrero de 1882.</p>
<p>Su trabajo como diplomático fue el marco perfecto para desarrollar sus intereses e inquietudes, y una parte de los mismos están plasmados en sus libros. Rivedeneyra sintió atracción por el Oriente desde la infancia, no sabemos exactamente desde cuando, y podemos pensar que dirigió su carrera profesional hasta convertirse en uno de los mayores conocedores españoles de estas tierras, tanto de su realidad contemporánea, como de su historia, siguiendo y participando de la ciencia que se desarrollaba en Europa, el Orientalismo.</p>
<p>Como parte de ese amor por el Oriente, participando del intento de otros contemporáneos suyos que querían subir a España al carro del desarrollo cultural, participó no sólo en la gestación de la Sociedad Geográfica de Madrid, sino que, a través del trabajo editorial, contribuyó a publicar libros europeos que mostraban estudios históricos o las hazañas geográficas que se desarrollaban en aquellos años. Él, con sus libros, pretendió sentar las bases para que otros españoles escribiesen libros de viaje según modelos propios, y no tener así que conocer los otros países sólo por traducciones. Esta pretensión se vio aparentemente truncada, pero sus dos libros constituyen un testimonio único de la realidad de estos países a través de los ojos de Rivadeneyra.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE DE CEILÁN A DAMASCO </strong></p>
<p>Como ya hemos señalado, Rivadeneyra escribió “<em>Viaje de Ceilán a Damasco</em>” a partir de la orden de traslado que le llevó de su destino en Colombo a Damasco. El título del libro, publicado en Madrid en 1871 es algo más largo: <em>Viaje de Ceilán a Damasco, Golfo Pérsico, Mesopotamia, Ruinas de Babilonia, Nínive y Palmira, y Cartas sobre la Siria y la Isla de Ceilán</em>.</p>
<p>El libro tiene dos partes, la segunda de las cuales recoge una serie de cartas o informes que había mandado desde sus primeros destinos a familiares, superiores, o a la prensa. La primera narra el viaje que le llevó de un destino a otro. Para este desplazamiento no escoge el itinerario más cómodo, sino que sigue los pasos de un viaje que quiso realizar su padre, también para conocer él mismo todos estos territorios y probarse para posibles futuras empresas. El camino que elige, también influenciado por las circunstancias del viaje, le lleva por el Golfo Pérsico hasta Bagdad, y de ahí, por Mosul y Alepo hasta Damasco.</p>
<p>Rivadeneyra siempre distribuye sus libros en distintas fases, y escribe desde el final de cada una de ellas la etapa realizada. Simplemente señalando los capítulos tendremos idea de la magnitud del viaje que llevó a cabo: De Ceilán a Bombay, Basora, Bagdad, Ruinas de Babilonia, de Bagdad a Mosul, Diarbekir, Alepo y Damasco, e incluye un capítulo final sobre las ruinas de Palmira. Podríamos detenernos en muchas de las etapas o episodios que narra en su libro, pero no lo vamos a hacer por dos razones: porque no tendríamos espacio suficiente en este artículo, y porque donde mejor se lee a Rivadeneyra es en su propio libro, y el lector dispone ya de la primera reedición completa, que acaba de publicarse con el nombre de la primera parte del título original: Viaje de Ceilán a Damasco.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, a tenor de su importancia para los orígenes del Orientalismo en este país, vamos a fijarnos en un episodio que narra en el capítulo V: “Las ruinas de Babilonia”. Rivadeneyra es plenamente consciente de la importancia del lugar que visita, a partir de los datos de los clásicos y de la Biblia, a los que cita, que ya había sido objeto de alguna prospección, pero que no acogerá la que hasta hoy en día ha sido la mayor excavación realizada en su terreno hasta 1899, con Koldewey en su dirección, y que trabajará sobre la ciudad hasta 1917.</p>
<p>Rivadeneyra realiza una descripción general de las ruinas, valorando sus dimensiones, estudiando sus materiales, e incluso apuntando de forma correcta, y a contra corriente en su época, que la torre de Babel no podría ser la de Bir Nimrud como se pensaba en la época. No hay que olvidar que los pioneros del Orientalismo son como él diplomáticos, y observamos en él el mismo espíritu que en aquellos, la única diferencia es que él nunca tuvo apoyos para más importantes empresas.<br />
Él entró por lo que hoy sabemos que es el Palacio de Verano, y cuyos restos, en forma de promontorio, había mantenido por los siglos el nombre de Babel. Narra cómo cogió dos ladrillos con inscripción, los guardó, y los trajo a España (hoy forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional). Cuando publicó el libro, le pidió a su amigo y profesor de sanscrito, Francisco García Ayuso, no sólo que se lo transcribiese y tradujese, sino que realizase una introducción a la escritura cuneiforme. La inscripción es de Nabucodonosor II, pero no es esto en lo que queremos incidir: lo que nos parece trascendente es que casi a la par que se estaba desarrollando el Orientalismo en Europa, en España no sólo se seguían sus progresos, sino que incluso se participaba en sus trabajos, si bien también es cierto que aparentemente no hubo inmediata continuidad. #El libro, como siempre en Rivadeneyra, muestra todo lo que él vio en su viaje, todo lo que estudió sobre las tierras que visitaba y sobre su historia, sus indagaciones y sus apreciaciones, en un tono que en absoluto se nos hace distante o superior para con los pueblos que visitaba, más bien al contrario, y que descubre para sus compatriotas mundos que les sonarían muy lejanos, máxime, como él dice, en una época en que no son muchos los españoles que salen al mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIAJE AL INTERIOR DE PERSIA </strong></p>
<p>Este es el título de su segundo libro, publicado en tres tomos, en Madrid, en 1871. Ya hemos hablado algo de su distribución interna, y de que responde al viaje que realizó por Irán en cumplimiento de una misión muy concreta: estudiar las posibilidades comerciales que aquel país podría representar para España. Creemos que no sólo cumplió su misión, sino que fue más allá de lo que buenamente se le podía exigir, y durante todo un año recorrió aquellas tierras.</p>
<p>Su forma de trabajar es siempre la misma: distribuye la información en capítulos que corresponderían a una etapa de viaje o de lugar de estudios. En el primer tomo, en el que cuenta cómo llegó a Teherán, el viaje lo distribuye de Madrid a Tiflis, a Bacú, a Resht y Teherán. E incluye una historia de Persia y una amplísima descripción de Teherán, así como un capítulo, curioso, sobre los preparativos de viaje.</p>
<p>Como en su anterior libro, la mera enumeración de estas etapas da cuenta de la importancia del viaje: de Teherán a Hamadán, Kermanshah, Jorramabad, Dizful, Shuster, Feiliye, Bushir (tomo II); de Bushir a Kerman, Yezd, Shiraz, Ispahán y final en Teherán, para luego contar su regreso a España y hacer unas reflexiones (tomo III).</p>
<p class="bodytext">El viaje lo realizan los mismos ojos, el mismo espíritu curioso, comprensivo, indagador, pero quizá con un punto mayor de madurez. Incluye también aquí estudios y comentarios que hoy incluiríamos en disciplinas muy diversas (geografía, historia, etnografía, religiones…) pero añade además una serie de datos muy concretos sobre monedas, cambios, productos de importación y exportación, horarios de trasportes, épocas para realizar un viaje… y otra serie de aspectos que son sin duda interesantes desde el punto de vista de la misión que le llevó a Irán, sobre todo por lo a veces pormenorizado, y que nos inducen a pensar que Rivadeneyra plasmó en este libro toda la información recogida en su viaje, y que debió haber formado parte de informes que remitiría al ministerio.</p>
<p>No sabemos si estos informes se realizaron, no los hemos encontrado, y no hemos encontrado tampoco la publicación de toda esta información, tal y como era lógico pensar, ya que para eso se le había enviado, para promocionar y facilitar el intercambio comercial, y como de hecho se le prometió explícitamente. Rivadeneyra trabajaba de un modo muy concienzudo, y podemos pensar que no estaba dispuesto a echar todo su esfuerzo por la borda, e incluyó esta información dentro del libro que realizó sobre su viaje, y sobre un país que amaba profundamente.</p>
<p>Tampoco aquí podemos extendernos mucho en la descripción del viaje, y por desgracia no es tan fácil leer éste como el primero, pues sólo existe la edición original (debería hacerse también con esta obra una reedición). Vamos a señalar también aquí sólo un aspecto, el que refleja el cuadro que mandó pintar a Pellicer,<em>Llegada a Dizful del Gobernador del Arabistán y del Vicecónsul de España</em>,que cedió en testamento al Estado, y hoy se encuentra en el Ministerio para las Administraciones Públicas.</p>
<p class="bodytext">En él se narra la entrada en la ciudad de ambos personajes con el séquito del Gobernador, y cómo los habitantes de Dizful salen a recibirles y les presentan múltiples sacrificios como ofrenda al Gobernador. Esto le lleva a reflexionar a Rivadeneyra sobre rituales antiguos y olvidados, y que sin embargo mantienen sus formas, perdidos los significados, en el tiempo.</p>
<p><strong>EPÍLOGO </strong></p>
<p>Los libros de Rivadeneyra, ya lo hemos comentado, abarcan multitud de aspectos, y son fiel muestra del carácter del personaje, de su preparación, y de un espíritu curioso e indomable que pretendió muchas cosas, y que logró también otras muchas.</p>
<p>Sus restos, al igual que los de su familia, se conservan en un templete que él y su hermana mandaron construir para su eterno descanso. Esta hermosa construcción, como la Sacramental en la que se incluye, sufre el deterioro del olvido y de la injusticia, algo muy similar a lo que sucede con su memoria. Creemos que igual que se le empieza a valorar en su justa medida, a reivindicar sus logros, y a hacérsele visible, también las autoridades competentes deberían cuidar y restaurar el lugar donde descansa.</p>
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		<title>Blasco Ibáñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/blasco-ibanez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:26:06 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletín 12]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 12 Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo Blasco Ibáñez La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: Pedro Páramo</strong></p>
<p>Boletín 12</p>
<p><strong>Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo</strong></p>
<p>Blasco Ibáñez</p>
<p><strong>La vida del novelista valenciano fue digna de un personaje de sus novelas. Escritor, viajero, aventurero y hombre inquieto, viajó por todo el mundo antes de decidirse a emprender una «vuelta al mundo» que le llevaría durante medio año desde Nueva York a Niza pasando por Hawai, Japón, Corea, China, Filipinas, Indonesia, Birmania, India, Sudán y Egipto.</strong></p>
<p>En el otoño de 1923, Vicente Blasco lbáñez. exiliado en su casa de Menton (Francia), decide dar la vuelta al mundo. Tiene 56 años y es el escritor de más éxito de la época. En Francia lo veneran, le consideran el Zola español. En Estados Unidos es un ídolo de masas desde que Hollywood llevara a la pantalla «Sangre y arena», “Los cuatro jinetes del Apocalipsis» y otras cuatro de sus novelas. Sentado en un banco del jardín de su mansión, rodeado de árboles, estanques, arbustos floridos, pájaros y peces, el escritor reflexiona sobre la importancia vital del viaje: “Ahora es el momento propicio -escribe-&#8230; Si tardo en emprenderlo, vendrá la vejez, y con ella los achaques que debilitan  nuestros órganos vitales y agarrotan reumáticamente nuestros músculos».</p>
<p>El capítulo primero del tomo primero de los tres que componen «La vuelta al mundo de un novelista» recoge en un monólogo las reflexiones de un hombre inquieto y muy viajado sobre los viajes y sus motivaciones , entre las que ocupa un lugar principal la literatura viajera: «Hay que conocer por completo la casa en que hemos vivido antes de que la muerte nos eche de ella. Recuerda que desde mis primeras lecturas de muchacho sentí el deseo de ver el mundo y no quiero marcharme de él sin haber visitado su redondez. Ten en cuenta además la voluptuosidad del movimiento. las embriagueces de la acción, la ardiente curiosidad de contemplar de cerca, con los propios ojos lo que se leyó en los libros. Tal vez sufra grandes desilusiones y lo que imaginé sobre las páginas impresas resulte más hermoso que la realidad. Pero siempre me quedará el placer de haber llevado una existencia bohemia a través del mundo'».</p>
<p>La vida de Vicente Blasco Ibáñez, ciertamente. no fue nada aburrida. Él mismo podía haber sido el personaje de una de esas novelas de acción ambientadas en algunas de las conmociones que sufrió el mundo en las postrimerías del siglo XIX y el comienzo del XX. Nuestro escritor nació en Valencia el 29 de enero de 1867. A los dieciséis años publicó sus primeros artículos. Comenzó a estudiar Derecho, pero abandonó los estudios. Su espíritu aventurero le llevó a Madrid donde pensaba alcanzar fama y gloria con la pluma. En la capital  de España comenzó como amanuense de un prolífico escritor posromántico apellidado Femández y González, y se dice que Blasco Ibáñez embutía algunas morcillas de cosecha propia en las obras de su patrón.</p>
<p>En 1883 publicó sus primeras novelas. Su participación en una conspiración republicana le obligó a exiliarse por primera vez en París. De regreso, en Barcelona, escribió una “Historia de la Revolución Española» que no llegó a terminar. Se afilió al Partido Republicano de Pi MargalI. De vuelta a su tierra natal, en 1889 se casó con María Blasco Cacho y fundó una revista, Turia, y un diario, Pueblo. desde el que lanzó virulentos ataques contra la política exterior española que enardecían a las masas. Su actitud contraria al gobierno durante la guerra hispano-norteamericana por Cuba le acarreó un año de prisión . Blasco Ibáñez salió de la cárcel convertido en un héroe. Fue elegido diputado por Valencia en seis ocasiones seguidas entre 1898 y 1907. Hombre vehemente e impulsivo, este período fue el más movido de su vida, años de agitación política, de disturbios, polémicas, detenciones y duelos. y también cuando irrumpe con fuerza en el panorama literario del momento con las novelas ambientadas en su tierra: «La barraca». «Entre naranjos». «Cañas y barro».»La catedral», «El Intruso», etcétera.</p>
<p>En 1909 abandonó la vida pública y emigró a América con la idea de hacer posible la utopía de la igualdad y la justicia en las despobladas tierras del sur de Argentina, donde fundó dos colonias agrícolas, Río Negro y Nueva Valencia, que acabaron en un enorme fracaso. El Blasco lbáñez soñador regresó a Europa, a París, completamente arruinado. Pero en 1895, mientras él se hallaba preso en la cárcel valenciana de San Gregorio en París tenía lugar la primea exhibición de un nuevo invento que iba a cambiar por completo su vida y que granjearía la admiración del público en los cinco continentes: el cinematógrafo.</p>
<p>El nuevo arte pronto se interesó por la obra de Vicente Blasco lbáñez. En 1913 una productora valenciana filmó «El tonto de la huerta”, adaptación de uno de sus cuentos, titulado «Dimoni». Pero lo que c:onvirtió al escritor valenciano en el de mayor éxito en todo el mundo fue la aparición en los Estados Unidos de su novela «Los cuatro jinetes del Apocalipsis » escrita en 1916 de la que se vendieron 90.000 ejemplares en tres meses. En poco tiempo la portada de la edición americana de la novela de Blasco lbáñez aparecía reproducida en pañuelos de seda en cajetillas de cigarrillos, hasta en juguetes. Universidades y fundaciones de  Nueva York a San Francisco querían oír al autor de moda y se disputaban su presencia. Blasco lbáñez, que durante quince años escribió uno o dos artículos diarios, era buscado como cronista de actualidad. Los periódicos de mayor circulación de los Estados Unidos } de Jos países de habla española pujaban por sus reportajes y opiniones. Aparecía así en el panorama  m undiaJ el Blasco Ibáñez ,fajero. escritor de libros de viajes.</p>
<p>En  1908 había escrito un libro con sus  impresiones sobre su aventura en la América meridional titulado “Argentina y sus grandezas». Pero en la segunda década del siglo XX, convertido ya en un escritor de éxito universal, Vicente Blasco lbáñez recorrió la Europa central y los Balcanes hasta Estambul escribiendo artículos sobre los lugares que visitaba para «El Liberal», de Madrid. “La Nación” de Buenos Aires y &#8216;»El Imparcial» de México. Estos artículos viajeros aparecieron luego recopilados en un volumen titulado “Oriente». La mitad del Libro, que comienza en el balneario francés de Vichy, está dedicado a Turquía. entonces «el gran enfermo de Europa» país al que el escritor español profesa una gran admiración: «<em>Yo soy de los que aman a Turquía y no se indignan, por un prejuicio de raza o religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en Europa-escribe-. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que acompañan a toda guerra &#8230; Yo amo al turco, como lo han amado con especial predilección todos los escritores y artistas que le vieron de cerca&#8230;</em>«. Y el escritor valenciano encuentra grandes similitudes entre turcos y españoles, los dos grandes países que flanquean el Mediterráneo:  <em>«lr por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. A veces se duda al cruzar la mirada con los ojos de un transeúnte, y se lleva la mano al sombrero para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:</em></p>
<p>&#8211;<em>Amigo López&#8230;o amigo Fernández, ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito, que le he reconocido!».</em></p>
<p>En 1920 el escritor valenciano recorrió México durante dos meses buscando escenarios para una novela que pensaba titular «El águila y la serpiente». La revolución había triunfado, pero el presidente Venustiano Carranza andaba huido por los montes tras la sublevación del general Álvaro Obregón en Sonora. Las noticias de la nueva rebelión mexicana llegaban a los Estados Unidos llenas de errores y contradicciones. Cuando Blasco Ibáñez llegó a Nueva York procedente de México, los periodistas se abalanzaron sobre él para conocer de primera mano sus conocimientos y opiniones sobre la actualidad en el gran país del sur de río Grande: <em>«Cayeron sobre mí los noticieros a docenas, casi a centenares contó luego, vanidoso-. Yo soy algo conocido en los Estados Unidos, como tal vez sepa el lector; hasta puedo decir, sin miedo a que me tengan por inmodesto, que gozo allí de cierta popularidad. Además, los reporteros -mujeres en su mayoría-me aprecian por mi carácter franco y llano, por su facilidad con que les recibí y escuché siempre, y por esto me apodaron en sus interviews, desde el primer momento de mi viaje a la gran República, «Ibáñez el Accesible».</em></p>
<p>Un avispado agente le ofreció al escritor la oportunidad de publicar sus impresiones sobre el agitado México posrevolucionario a través de artículos, que fueron publicados por el New York Times, el Chicago Tribune y en un centenar de periódicos locales de todos los Estados Unidos. Estos artículos de Vicente Blasco lbáñez no son propiamente artículos de viajes. Son crónicas y reportajes de un enviado especial a un país convulsionado por los últimos estertores de la revolución, en las que aparecen magistralmente retratados los actores principales de aquel traumático periodo de la historia de México. Destaca entre estos artículos uno de los dedicados al general Álvaro Obregón, que había perdido un brazo en campaña. En él cuenta el siguiente diálogo que comienza con esta pregunta del militar mexicano:</p>
<p><em>«- A usted le habrán dicho que yo soy algo ladrón.</em></p>
<p><em>Miro en tomo con extrañeza, y me convenzo al fin de que es el general el que dice esto y que se dirige a mí.</em></p>
<p><em>No sé qué contestar.</em></p>
<p><em>-Sí -insiste-; se lo habrán dicho indudablemente. Aquí todos somos un poco ladrones.</em></p>
<p><em>fo hago un gesto de protesta.</em></p>
<p><em>-¡Oh, general! ¿Quién puede hacer caso de las murmuraciones&#8230;? Puras calumnias.</em></p>
<p><em>Obregón no parece oírme y sigue hablando.</em></p>
<p><em>-Pero yo no tengo más que una mano, mientras que mis adversarios tienen dos.</em></p>
<p><em>Por esto la gente me quiere a mí, porque no puedo robar tanto como los otros».</em></p>
<p>Los artículos de Blasco Ibáñez sobre el México posrevolucionario se recogieron luego en un volumen con un título muy poco viajero: «El militarismo mejicano». Sin embargo estas crónicas periodísticas están plagadas de descripciones que recogen el ambiente y el alma de las poblaciones que visita:</p>
<p><em>«La capital de Méjico es una ciudad triste&#8230; Este ambiente de tristeza y soledad se agranda con una espléndida iluminación. La tristeza de algunas ciudades anti­ as parece disimularse en la penumbra romántica que las envuelve apenas declina el sol. En cambio, Méjico es una de las ciudades mejor iluminadas de la tierra. Nueva York, fuera de los sitios en que abundan los anuncios luminosos, es un lugar de tinieblas comparado con las calles de la capital mejicana &#8230;”</em></p>
<p>Sin embargo, es Nueva York la ciudad que apasiona a Vicente  Blasco  Ibáñez. «La ciudad que venció a la noche», titula  el segundo capítulo de «La vuelta al mundo de un novelista». «Esta ciudad que parece construida para otra raza más grande que la humana &#8211; escribe- hace pensar en Babilonia, en Tebas. en todas las aglomeraciones enormes de la historia antigua. tales como nos imaginamos que debieron ser y como indudablemente no fueron nunca». El escritor cuenta con detalle las emociones que le produce el Nueva York de 1924 cuando se halla en Manhattan para abordar el Franconia, un paquebote  de 20.000 toneladas de la Compañía  Cunard que va a hacer su primer viaje alrededor del mundo, organizado por American Express.</p>
<p>El viaje de Blasco Ibáñez no presentaba ningún riesgo; todo había sido previsto con antelación. Estaba planificado con mucho más cuidado que cualquiera de los viajes mejor organizados en nuestros días por los más experimentados tour operators. «Hay un director de viaje, hombre instruidísimo que guarda en su memoria todas la vías de comunicación existentes en el planeta, con sus innumerables enlaces y combinaciones, y percibe por su trabajo 12.000 dólares al año, una remuneración superior al sueldo de muchos jefes de gobierno en Europa -cuenta el escritor-. Tiene a sus órdenes un Estado Mayor de veinticuatro funcionarios, retribuidos también con largueza. Unos antiguos profesores de Universidad, especialistas en materias geográficas y lenguas orientales, que darán conferencias durante el viaje; otros, sim­ ples hombres de acción, exploradores que vivieron en las regiones menos conocidas de la China y la lndia, norteamericanos enérgicos e instruídos que para descansar de sus andanzas se han alistado en esta expedición sin riesgos. Ellos servirán de guías a los pequeños grupos de viajeros que abandonando el buque se lancen a través de las naciones asiáticas.</p>
<p>El Blasco Ibáñez de «La vuelta al mundo de un novelista» ¿fue un viajero o un turista?. Aquellos que establecen diferencias entre viajeros y turistas por los medios elegidos para viajar y no por el espíritu con que se aborda el viaje, tendrán dificul­tades para catalogar al escritor valenciano. Desde luego, no es frecuente encontrar­se con turistas tan curiosos como el Blasco Ibáñez que recorre el mundo rodeado de multimillonarios a bordo del Franconia. Las descripciones que hace del barco, de su equipamiento, de la tripulación y de la vida cotidiana en las cubiertas y salones constituyen una riquísima fuente de datos para conocer y reconstruir la historia del turismo de lujo en los comienzos del siglo XX. Blasco Ibáñez es, además de un novelista de éxito, un excelente periodista que husmea por los rincones:  “Llevamos a bordo cincuenta toneladas de carne de buey-informa- 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo. 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 60 000 naranjas, 22.000 grape-fruits. especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, siete toneladas de café, cua­tro toneladas de té, seis toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales a los que compra el público, envueltos en un papel, en los te­atros de Nueva York. Además, uno máquina especial fabrica poro nosotros diaria­mente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.</p>
<p>Viajero o turista, Blasco lbáñez, fue un pasajero distinguido en el Franconia. La tripulación y buena parte del pasaje agasajaban constantemente al autor de &#8216;»Los cuatro jinetes del Apocalipsis». En las escalas en los países de habla española o in­glesa las autoridades aprovechan su visita para homenajearle, como ocurre en La Habana, primera escala después de la partida de Nueva York, donde el ayuntamiento lo hace su huésped de honor. En Panamá, después de la travesía del Canal, Blasco lbáñez es recibido por el presidente Belisario Porras y por todas las fuerzas vivas de la capital. En Honolulu, el escritor es agasajado con todos los honores por el gobernador de Hawaii y la Asociación de la Prensa local.</p>
<p>El espíritu viajero, el afán de conocimiento del novelista está presente en toda la obra, contada en primera persona. Cada uno de los capítulos de «La vuelta al mundo de novelista» dedicados a los parajes que visita está lleno de meticulosas des­cripciones del paisaje, del clima, del ambiente, de las gentes, de las costumbres y de la historia y las leyendas del lugar. En ese sentido, esta obra, la última publicada por Blasco Ibáñez, exhibe la maestría del autor en plena madurez. Con la meticulosidad del buen reportero, informa de cuanto noticioso va hallando por el camino y los lec­tores de hoy podrán encontrar el estilo y la forma de narrar muy parecidos a los de las actuales revistas de viajes. Es una lástima que las grandes editoriales actuales no reediten en sus colecciones viajeras esta obra, sin duda una de las más importantes de la literatura española de viajes del siglo XX.</p>
<p>La vuelta al mundo de Vicente Blasco lbáñez durante medio año comienza en Nueva York y termina en Niza. Después de la visita a Hawai, el Franconia llega a Ja­pón, a Yokohama, y los viajeros recorren Tokio, Kyoto y Osaka. La siguiente escala es Corea; de Seúl parten hacia Pekín, recorren la Gran Muralla, Shanghai, Hong­ Kong, Cantón y Macao. El viaje pasa luego por Manila, la isla de Java, Singapur, Rangún, Calcuta, Benarés, Bombay, Delhi, Port-Sudán y Kartúm. Allí, un vaporci­to transporta a los viajeros Nilo abajo, Abu-Simbel, Assuan, Tebas, El Cairo, hasta Alejandría y de allí a Niza.</p>
<p>Al llegar Blasco Ibáñez al Café de París de Montecarlo le saludan dos damas, que le preguntan de dónde viene:</p>
<p>«<em>-De dar la vuelta al mundo. Acabo de desembarcar.</em></p>
<p><em>Las dos sonríen con alegre incredulidad. Adivino que van a llamarme bromista, pero uno de ellas contiene a la otra. Recuerda haber leído algo de este viaje. Después afirma que está perfectamente enterada de él por los periódicos &#8230; Una de Las damas insiste en preguntar cuál es la idea resumen de mi viaje, la enseñanza concreta que me ha proporcionado ver tantos pueblos distintos, tantas creencias religiosas, tantas organizaciones sociales.</em></p>
<p><em>Lo que he aprendido, amigas mías -se responde Blasco lbáñez no es alegre ni tranquilizador. Creo que existe ahora en el mundo más gente que nunca. Los ade­lantos de la higiene y la facilidad de los transportes han evttado una gran parte de las matanzas, las epidemias y las hambres que formaron siempre nuestra pobre his­toria humana. Somos cada vez más numerosos sobre la corteza de nuestro planeta, y esto resulta inquietante, pues los alimentos no se multiplican con la misma rapi­dez. Podría hacer un resumen brutal diciendo que más de la mitad de los hombres viven sufriendo hambre. Nosotros los blancos llevamos la mejor parte hasta ahora; pero ¿y si algún día los centenares de millones de asiáticos encuentran un jefe y un ideal común?&#8230; Este viaje ha servido para hacerme ver que aún está lejos de morir el demonio de la guerra. He visto futuros campos de batalla: el Pacífico, la China, la India, ¡Quién sabe si Egipto y sus antiguos territorios ecuatoriales! Esos choques futuros puede ser que aún los presenciemos nosotros, y si nos libramos de tal angus­tia, los verán seguramente las próximas generaciones. ¡Tantas cosas que podrían evitar los hombres si dedicasen a ello una buena voluntad!.</em><br />
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		<title>La Rusia que contó Valera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-rusia-que-conto-valera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:25:31 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo Bibliografía: Boletín 23 SGE. Marzo de 2006 Los grandes escritores españoles nacidos en el año 2005 tendrán siempre un recuerdo parco en celebraciones, porque la historia de la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Pedro Páramo</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 23 SGE. Marzo de 2006</p>
<p class="bodytext">Los grandes escritores españoles nacidos en el año 2005 tendrán siempre un recuerdo parco en celebraciones, porque la historia de la literatura española ha reservado esa fecha para conmemorar la edición del Quijote y homenajear a Cervantes. Por esta razón, el año pasado pasó sin pena y con escasa gloria el centenario de la muerte de uno de los grandes escritores del siglo XIX: Juan Valera. La originalidad de la obra más conocida de Valera, <em>Pepita Jiménez</em>, consiste en que la trama de la novela se arranca a partir de las misivas de un seminarista que cuenta sus amores por una viuda veinteañera; pero el genio del autor brilla con plena intensidad en una obra menos conocida: <em>Cartas desde Rusia</em>, calificadas por Manuel Azaña como “literariamente excepcionales”, que conforman un extraordinario libro de viajes.</p>
<p>Juan Valera y Alcalá-Galiano, nacido en Cabra (Córdoba) el 18 de octubre de 1824, hijo de un oficial de la Armada y de la marquesa de Paniega, fue él mismo un personaje novelesco zarandeado por las intrigas de los despachos políticos y los salones de la alta sociedad española de la segunda mitad del XIX. Culto, elegante, guapo, seductor, protagonizó turbulentos episodios amorosos. El más sonado tuvo lugar en Washington en 1886, cuando Juan Valera, ya sesentón, ejercía de ministro plenipotenciario en momentos de tensas relaciones entre España y los Estados Unidos, pues la administración del presidente Grover Cleveland alentaba a los independentistas cubanos. Al conocer que Valera había sido destinado a Bruselas y tenía que abandonar la capital federal, la joven Catherine Lee Bayard, hija del secretario de Estado, Thomas F. Bayard, locamente enamorada del escritor, se suicidó en la legación española. La vida galante de Valera, su ambigüedad ideológica, su ambición de brillo social dieron argumentos a muchos críticos para calificar al autor cordobés de frívolo y sin sustancia o que otros, como Armando Palacio Valdés, lo consideraran simplemente como un autor “de gracejo”. El escritor asturiano Manuel Lombardero publicó el año pasado, coincidiendo con el centenario, una semblanza del cordobés titulada con acierto <em>Otro Don Juan</em>, muy distinta de las hagiografías publicadas hasta entonces, en la que, reconociendo sus grandes méritos literarios, retrata un Valera mimado, superficial, egoísta, vanidoso, preocupado en su copiosa correspondencia por el cargo y el dinero.</p>
<p class="bodytext">Leopoldo Alas Clarín, que creía que el cordobés era el mejor literato español de la época, advertía también que “hablar de Valera es exponerse a no acertar”. Y verdaderamente de Valera es difícil discernir si fue un escritor aficionado a los cargos políticos como medio de ganarse la vida o un político que utilizó la Literatura para conseguir la gloria. Los méritos literarios de Juan Valera, novelista, dramaturgo, ensayista, articulista, traductor, académico de la lengua, introductor de Menéndez Pelayo en Madrid y animador de un joven poeta nicaragüense llamado Rubén Darío, han sido valorados de muy forma diferente según la época: la Literatura, como las demás artes, está sometida a las modas del momento. Lo que se puede asegurar con certeza es que Juan Valera, además de diputado y senador en varias ocasiones, secretario y consejero de Estado, también fue un activo diplomático. Comenzó en esta carrera en 1847 como agregado sin sueldo en Nápoles y luego como agregado de número en Lisboa, Río de Janeiro y París, antes de su viaje a Rusia en 1856 como miembro de la misión extraordinaria ante la corte del zar presidida por el Duque de Osuna. La correspondencia que desde San Petersburgo y Moscú envió a sus amigos, casi toda dirigida a su jefe, el también diplomático y escritor Leopoldo Augusto de Cueto López de Ortega, constituye la obra <em>Cartas desde Rusia</em>, para algunos “un monumento literario”, como el crítico Gregorio Morán, que, por otro lado, considera el resto de su obra “prescindible”.</p>
<p class="bodytext"><strong>CARTAS DESDE RUSIA </strong></p>
<p>Las cartas rusas de Valera no se publicaron por separado de su <em>Correspondencia</em>general hasta 1950. Las ediciones que desde entonces se han hecho con el título<em>Cartas desde Rusia </em>comienzan el 26 de noviembre de 1856 con la misiva de Valera a De Cueto enviada desde Berlín. Los representantes españoles se dirigían a San Petersburgo para reabrir la embajada de España en la capital rusa y reanudar las relaciones diplomáticas entre los dos países, rotas en 1833 al apoyar el zar Nicolás I al candidato carlista Carlos María Isidro como candidato al trono español. El nuevo zar, Alejandro II, acababa de reconocer a Isabel II como reina de España. El jefe de la misión, Mariano Téllez Girón y Beaufort Spontin, Duque de Osuna, Duque del Infantado, Grande de España, senador, mariscal del campo, que dilapidaría una de las fortunas más grandes de España, estaba dispuesto a hacer notar su llegada.</p>
<p><em>“Viajamos a lo príncipe. Paramos en las más elegantes fondas y tenemos coches, criados, palco en los teatros y cuanto hay que desear”</em>, escribe el diplomático cordobés. Las <em>Cartas desde Rusia </em>contienen abundantes comentarios irónicos de Valera sobre el carácter y el comportamiento de su jefe y otros acompañantes, pero el aspecto que aquí nos interesa es el del viajero que registra, procesa y cuenta lo que ve y experimenta en una país extranjero. El donjuán Valera que está presente en toda la correspondencia, aparece ya en esta primera carta:</p>
<p><em>“Florentino Sanz y yo hicimos de Fausto y Mefistófeles con dos modistillas muy guapas y nos regocijamos en grande en una taberna… Allí las introdujimos en la cámara del vino, in cellam vianariam, y el nardo dio su olor”.</em></p>
<p class="bodytext">Los diplomáticos viajeros atravesaron Polonia –<em>“Varsovia me ha parecido hermosa, pero triste como una esclava”</em>– y Lituania. El paso del río Niemen helado impresionó tanto a los viajeros que entraron a pie en Kovno (hoy Kaunas) por miedo a morir ahogados si el hielo se hundía bajo el peso de los carruajes. El 10 de diciembre Valera envía su primera carta desde Petersburgo contando las peripecias del viaje desde la frontera lituana y sus primeras impresiones de la ciudad: <em>“Esto es inmenso, inmenso, y por lo poco que he visto, me gusta más que París”</em>.</p>
<p>Juan Valera se encuentra una Rusia de sesenta y ocho millones de habitantes, desmoralizada por la derrota un año antes en la Guerra de Crimea y con un nuevo zar dispuesto a apuntalar la monarquía absoluta rusa introduciendo reformas en el régimen feudal de servidumbre y favoreciendo a la burguesía. El 16 de diciembre Valera describe a su madre los lujos de una corte faraónica: el palacio de Tzarskoe-Selo, donde la embajada fue presentada al emperador Alejandro II, <em>“es inmenso y rico, pero de un mal gusto y una extravagancia churriguerescos. Para llegar desde nuestro cuarto al salón en que nos recibió el emperador tuvimos que andar, siempre en línea recta, cuatrocientos cincuenta y siete pies, que mi compañero Quiñones, que es matemático, tuvo la paciencia de contarlos, y atravesamos veintiocho salones a cuál más lujoso. Los esclavos negros nos abrían las puertas de par en par cuando nos acercábamos”</em>. En Tzarskoe-Selo asisten a una función dramática en la que representó el papel principal la actriz francesa Magdalena Brohan: <em>“en la sociedad elegante habla aquí francés todo bicho viviente”, </em>explica Valera. Meses después esta actriz sería objeto de la pasión desbocada de Valera y del cortejo amoroso de su jefe, el Duque de Osuna. El 23 de diciembre escribe a De Cueto: <em>“Hemos visto el Palacio de Invierno, que es magnífico. Mucho jaspe, mucho dorado y mucha malaquita. Los retratos de los emperadores están en unos como altares. El cuarto donde murió el emperador Nicolás se enseña ahora con más respeto que en Jerusalén se podrá enseñar el Santo Sepulcro.”</em></p>
<p class="bodytext"><strong>LA PRIMERA IMPRESIÓN</strong></p>
<p>La Rusia dorada de la corte, la de los aristócratas, la de los terratenientes y los altos funcionarios del gobierno es la Rusia a la que tiene acceso Valera. <em>“Más general hay que príncipes, y los príncipes abundan por tal manera, que casi se puede afirmar que lo son la tercera parte de las personas que no se alimentan exclusivamente del abominable brebaje llamado kwas y de los nauseabundos puches negros y caldo de coles y sebo”</em>, escribirá más adelante. El mismo Valera es consciente de que existe otra Rusia en el lado oculto del decorado que se presenta ante sus ojos. <em>“El aspecto de San Petersburgo no puede ser más grandioso. No sé dónde viven los pobres, porque no se ven más que palacios, monolitos, cúpulas doradas, torres, estatuas y columnas. Las calles y plazas son inmensas. Innumerables coches y trineos cruzan en todas direcciones”</em>. Sólo en una ocasión, el 11 de enero de 1857, cuenta el vértigo que le produjo asomarse al pozo de la miseria rusa: <em>“Hemos estado en el cuartel de Inválidos, y no tiene mucho que ver ni de qué admirarse. Los pobres inválidos no lo pasan tan bien. Sin embargo, como de cualquier modo se vive, había muchos muy viejos, y uno entre ellos que había ya cumplido los ciento diecisiete años. Comen pan de centeno, puches negros y otras abominaciones, y beben kwas. Creo que de las cortezas del pan de centeno, que no pueden roer y dejan mordidas y combinadas ya con la salivilla, sacan luego el </em>kwas, <em>echándole agua para que fermente. ¡Estupendo brebaje!”</em>.</p>
<p class="bodytext">Pronto Valera se dará cuenta de que el exotismo de Rusia y el desconocimiento del idioma –de lo que se lamenta en varias cartas– convierten a San Petersburgo en una ciudad incómoda para los extranjeros. <em>“O los cocheros no entienden de números, o no hay números en las casas” </em>–se queja–. <em>“Las calles son tan largas, que pasa un día en recorrer una calle. Cada casa tiene su título particular, como los actos de los dramas románticos; pero a veces no se adelanta nada con saber el título de la casa, porque el cochero lo ignora… Ni le vale que le lleve usted en un papelito escrita en ruso la mencionada descripción. Los cocheros no saben leerla, ni los porteros tampoco”. </em>Orientarse en un país con caracteres distintos en la escritura y altos índices de analfabetismo presentaba enormes dificultades que el escritor cuenta: <em>“La carencia de letras hace que los rótulos o muestras de las tiendas, sobre todo en los barrios, estén en jeroglíficos, que sólo interpretan los del país, acostumbrados ya a descifrarlos… En casa de un comadrón y sacamuelas, por ejemplo, hay este cuadro: una mujer en la cama y un hombre con un instrumento quirúrgico en la dies</em><em>tra ensangrentada y con una siniestra mano presentando </em>con orgullo algo como un chiquillo recién nacido. La escena está circundada de una aureola brillante de dientes y muelas con hipertróficos y retorcidos raigones”.</p>
<p class="bodytext">No obstante, los diplomáticos españoles recién llegados constituyen la atracción de San Petersburgo y Valera se muestra feliz por ello. “Cada día tenemos una comida y cada día vemos un nuevo y magnífico palacio”, cuenta el cordobés, que como buen amante de la buena mesa elogia los manjares que le ofrecen.</p>
<p class="bodytext"><em>“El arte culinario ha llegado aquí al último extremo de perfección, y no puede usted imaginarse qué combinaciones tan sabias y qué inventiva tan acertada y fecunda forman y tiene los cocineros”</em>. A él, que ha pasado un tiempo en Italia, le asombra la calidad de los helados rusos. <em>“Los helados aquí son excelentes. Escuela napolitana, como en París, pero llevada a tal extremo de delicadeza, que ni en Tortoni ni en el café de Europa, en Nápoles, hacen tales helados como éstos. Los frutos, deliciosos; sobre todo, las uvas de Astracán. Y los vinos, los mejores del mundo entero, que vienen aquí para que esta gente se los beba”</em>.</p>
<p>Juan Valera, que quizás pensara que viajaba a un país atrasado y aislado de la civilización, se sorprende ante el animado ambiente cosmopolita de la capital rusa. A corta distancia de Tzarskoe-Selo en otro sitio imperial, llamado Paviovski, el escritor acude en varias ocasiones a los grandes conciertos diarios dirigidos por el compositor vienés Johann Strauss hijo. “<em>Aquí se dan un ciento de óperas y de bailes al año –escribe–, y no sucede como ahí donde el señor Uriés les tiene a ustedes embaucados con tres o cuatro, a lo más, para toda la temporada</em>”. La comparación con el apagado ambiente de la capital de España aparece con frecuencia en la correspondencia del diplomático cordobés: <em>“Hay mejores librerías y más libros franceses, ingleses y alemanes que en Madrid”</em>, escribe en otra ocasión. <em>“Las tiendas, hermosas y bien surtidas. Cualquier cosa, tres o cuatro veces más cara que en Madrid”</em>, comenta en otra carta. No se le escapa al escritor la opinión que los rusos tenían de España. <em>“Creen </em>–dice– <em>que hay muchos ladrones, una anarquía completa y ninguna esperanza de que un Gobierno cualquiera consolide y dure más de uno o dos años”</em>. Pero impresión tan poco descaminada a la vez confería a los españoles una aureola de audacia y misterio muy apreciada por las damas. <em>“Como estas señoras son tan románticas </em>–explica Valera–, <em>adoran a España, país primitivo, como ellas dicen, donde quisieran ir para que las cogieran los ladrones y las violaran, y para correr otras aventuras de no menos gozo y provecho”</em>.</p>
<p class="bodytext">Las rusas causan una sincera admiración al galante diplomático cordobés no sólo por sus encantos físicos: <em>“Las damas se visten aquí con tanto primor y riqueza como en París; pero no llevan la exageración de la moda, hasta el extremo que las damas de Francia. Aquí no se ven esos miriñaques monstruosos que por ahí se usan (…) Pero más aún que el oro y los diamantes, lucen aquí las damas su erudición y su ingenio. Los hombres de España, bien se puede afirmar que saben más que los rusos; pero las mujeres de esta tierra en punto a estudios, les echan la zancadilla a las españolas. ¡Válgame Dios y lo que saben! Señorita hay aquí que habla seis o siete lenguas, que traduce otras tantas y que diserta no sólo de novelas y de versos, sino de religión, de metafísica, de higiene, de pedagogía y hasta de litotricia, si se ofrece”</em>. Al autor le llama también poderosamente la atención lo bien que mantienen las rusas su belleza en todas las edades, aunque denuncia un defecto generalizado en ellas: <em>“Lo único visible que con facilidad se les echa a perder, y, por cierto, que es muy grande lástima, son los dientes; lo cuál proviene, sin duda de tanto confite y tanta chuchería como engullen”</em>.</p>
<p><strong>LA VIDA COTIDIANA DE LA SOCIEDAD RUSA </strong></p>
<p>Además de las minuciosas descripciones de los lugares que visita y de la abundante información que proporcionan de la vida cotidiana de la alta sociedad rusa, las<em>Cartas desde Rusia </em>recogen datos sobre las relaciones comerciales con España, el carácter de los rusos, los escritores de moda que él lamenta no poder valorar por su desconocimiento del idioma, o las peculiaridades de la religión ortodoxa y su influencia en las costumbres populares. La fanfarronería individual y colectiva de los rusos irrita a Valera: <em>“La vanidad y presunción de esta gente es inaudita, y entiendo que mira con desprecio a todas las naciones de Europa”</em>, escribe en una carta, y en otra señala que <em>“no hay majadero que no trate de hacer creer a usted que es un Salomón, ni don Pereciendo que no asegure </em><em>que gasta al año veinte o veinticinco mil rupias por lo menos, ni teniente que no le cuente a usted sus hazañas y por docenas los enemigos que ha muerto en la guerra”</em>.</p>
<p class="bodytext">En la carta fechada el 5 de marzo de 1857 Valera da cuenta a su amigo del cambio que la Cuaresma impone en la vida cotidiana de San Petersburgo. <em>“La Cuaresma es aquí terrible </em>–se queja–. <em>No se ve un alma en las calles, nadie recibe en su casa. Todos están encerrados haciendo penitencia y tratando de elevar el alma a su creador por medio de oraciones, ayunos y vigilias que mortifiquen y domen bien las carnes”</em>. <em>“Los teatros están cerrados </em>–añade– <em>y adondequiera que va uno, le dan con la puerta en los hocicos”</em>. Las temperaturas suaves que preludian la primavera incrementan la mortificación de los visitantes. <em>“Ha venido el deshielo a poner las calles en un estado lastimoso. Aquí no se puede salir, a no querer nadar en un fango negro y nada aromático, y en coche va uno como picado por la tarántula, dando brincos y haciendo contorsiones horribles con el traqueteo y los sacudimientos que causan los baches en que se hunden los carruajes. Las ruedas hacen subir el lodo hasta las nubes y le salpican a uno miserablemente, embadurnándole la cara y convirtiéndole en un etíope si se descuida un poco”</em>. Con la llegada de la Pascua, el ambiente se caldea: <em>“El exceso de la alegría por la resurrección del Señor hace que muchísimos rusos de los más ortodoxos se caigan en estos días por esas calles como muertos o que, por lo menos vayan dando traspiés. Si no hubiese una causa moral para explicar este fenómeno </em>–ironiza Valera–, <em>se podría suponer que su verdadera causa es el aguardiente”</em>.</p>
<p class="bodytext">El donjuán Valera se muestra sin artificios en la carta del 13 de abril, en el que cuenta su tormentosa relación con la actriz francesa Magdalena Brohan, la mujer más deseada de Rusia. “<em>Los jóvenes del Cuerpo diplomático la adoran rendidos </em>–cuenta Valera–; <em>los inmortales del emperador la siguen cuando ella sale a la calle; las carnes de seis o siete docenas de boyardos y de príncipes y de </em>stolnikos<em>rebuznan por ella; en el teatro es aplaudida a rabiar y una lluvia de flores cae a menudo a sus plantas”</em>. La Broham, sin embargo, se había fijado en el guapo joven diplomático español de ojos verdes que acompañaba al Duque de Osuna, otro de sus pretendientes, y le hace llamar para coquetear con él. Valera, que aceptó el juego confiado –<em>“yo me creía ya un filósofo curtido y parapetado contra el amor”</em>–, se vio atrapado por los encantos de la francesa, y ésta lo mantuvo en vilo durante varios días. <em>“No pienso más que en este amor, y me parece que voy a volverme loco”</em>, escribe. Los planes de la Broham no incluían una relación más larga ni más profunda y Valera, enfermo de pasión, se vio obligado a retirarse confesando a su amigo que <em>“nunca consintió ella, por más esfuerzos que hice, en hacerme venturoso del todo”</em>.</p>
<p><strong>LA ESTANCIA EN</strong><strong> MOSCÚ </strong></p>
<p>En la última etapa de su estancia en Rusia, el 8 de mayo de 1857, Valera viaja en tren a Moscú, una ciudad que, a primera vista le asombra: <em>“Hacía un tiempo hermosísimo, y no creo que por el mes de mayo hiera el sol la tierra de Andalucía con más fuerza que hería la de Rusia entonces… las cúpulas doradas, verdes, azules y rojas de las mil iglesias de Moscú me deslumbraban con sus resplandores; las campanas henchían el aire de sus sonidos argentinos, y las casas, los palacios, los templos, confundidos entre las masas de verdura, escalonados en el declive de las colinas y extrañamente agrupados con bien concertado y poético desorden, me causaban una impresión tan singular, que nunca, al llegar a ciudad alguna del mundo, la he sentido más extraña. Moscú no me parecía ni más grande que Roma ni más poético que Granada, ni más hermoso que Nápoles, ni más naturalmente rico y grande que Río de Janeiro; pero sí más original, más inaudito que todas estas ciudades juntas”</em>. La amplitud del urbanismo moscovita le sorprende gratamente:<em>“Todos estos paseos los hacía yo en carruaje </em>–escribe–. <em>Aquí no habría medio, como en Madrid, de hacerlos a pie, por económico que quisiera ser uno. Las distancias son enormes, gracias a los jardines inmensos, a las extensísimas plazas, a las hermosas alamedas y a la anchura de las calles”</em>. El confort, inesperado al parecer, de los hoteles contribuye también a reforzar la buena impresión que la ciudad produce en el español. <em>“Fuerza es confesar que las posadas o fondas de Moscú son excelentes, al menos en comparación con las de Madrid” </em>–dice Valera–<em>“y lo que hay mejor es cuartos amueblados con gran lujo, vestidas las paredes de ricas telas, en muebles, y vajilla elegantísimos y cuanto conviene a alojar confortablemente a un forastero de distinción que trae bien provisto el bolsillo. En Moscú se halla de todo; pero todo muy caro, singularmente para el extranjero, a quien la gente menuda trata siempre de engañar en todas partes”</em>.</p>
<p class="bodytext">Dentro de los muros del Kremlin, el cordobés se siente como en el recinto fortificado de la Alhambra y no en otro lugar más solemne. Pero lo que realmente estremece a Valera es la catedral de San Basilio, edificio del que ofrece una pintoresca descripción: “Yo, al verlo, me creí trasladado por ensalmo al país de las hadas, al centro de Asia” –escribe–, “a alguna tierra casi ignorada aún y donde nunca puso los pies hasta ahora viajero alguno. No es la hermosura, sino la extrañeza, la que deleita, suspende y asombra, y hasta nos hace tener por hermoso lo que ciertamente no lo es. Lo que yo tenía delante de mis ojos era una pesadilla de arquitectura (…) Aquella cúpula parece una inmensa manzana cocida; esta otra, una piña o ananás; aquella torre, una zanahoria mayúscula; la de más allá, un rábano; los dibujitos pintorreados en el muro parecen incrustaciones de perejil y pedacitos de trufas y setas, y cabezas de alcachofas y de espárragos de jardín… La humedad que destilan de continuo, por dentro y por fuera, los muros de este edificio, que se diría que sudan en verano la nieve que han absorbido en invierno entre su yeso y ladrillos, contribuye más a darle el aspecto y apariencia de la mencionada gelatina à la printanière, que empieza a derretirse”.</p>
<p>Juan Valera cesó en su cargo de secretario de la embajada extraordinaria el 26 de mayo de 1857 y abandonó Rusia a primeros de junio. La correspondencia de Valera relacionada con su estancia en aquel país concluye con una carta enviada a De Cueto desde París el 23 de junio, que contiene en las últimas líneas un recuerdo para la Brohan, la mujer que le dio calabazas en San Petersburgo. El elegante estilo de Valera, lleno de observaciones agudas, de humor y minuciosas descripciones de las ciudades rusas y de la vida de sus habitantes ha hecho que algunos críticos, como Manuel Azaña, consideren sus cartas rusas como lo mejor de la literatura de viajes escrita en el siglo XIX, por encima de los libros de Blanco White, Ali Bey o Ángel Ganivet.</p>
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		<title>Iradier (1884-85)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/iradier-1884-85/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:14:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Exploración del Golfo de Guinea]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001 La Historia es una sucesión, acumulación, de acontecimientos personales. Lo que a la postre se nos representa como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Ramón Jiménez Fraile</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
<p class="bodytext">La Historia es una sucesión, acumulación, de acontecimientos personales. Lo que a la postre se nos representa como devenir colectivo es, mirado de cerca, el resultado de precisos y más o menos deliberados actos individuales. Pocas empresas de la humanidad reflejan mejor esta idea como la exploración del Globo terrestre, en especial de la parte que mayor resistencia opuso a ser desvelada: el África negra.</p>
<p>Occidente protagonizó en África a lo largo del siglo XIX el último acto de su particular epopeya descubridora. Cada uno de los capítulos de esa singular novela de aventuras tiene su protagonista: hombres y mujeres empujados por un irrefrenable impulso que perdieron la salud y hasta la vida, pero raramente la ilusión, con tal de resolver un enigma geográfico o conocer una tribu «salvaje».</p>
<p>Para España, el siglo XIX fue, de principio a fin, un siglo de mutilación territorial, de degradación interior y de aislamiento. Aún y todo, algunos españoles contribuyeron a la exploración del África negra, en los territorios de la que fuera Guinea española, actual Guinea ecuatorial. El personaje que mejor encarna este episodio es el vitoriano Manuel Iradier y Bulfy, cuya figura ha eclipsado a otros españoles menos conocidos pero que también sintieron la atracción fatal del «continente tenebroso».</p>
<p>Iradier quedó marcado de por vida por el encuentro que, cuando tan sólo tenía 18 años, mantuvo en Vitoria, a primeros de junio de 1873, con el reportero del «New York Herald» Henry Morton Stanley. Dos años antes, Stanley había estrechado la mano del Dr. Livingstone al borde del lago Tanganika (« Dr. Livingstone, supongo ») como colofón a una expedición promovida por su periódico. El reportero pudo así experimentar en sus carnes el oficio de explorador… y odiarlo: «No creo que yo esté hecho para ser explorador africano. Detesto este lugar de todo corazón. Raramente me siento bien, salvo el día que he tomado quinina. Las angustias de esta vida son fatales para los nervios. Los negros crean un montón de problemas; son demasiado ingratos para mi gusto.»</p>
<p class="bodytext">Quien sí tenía capacidad de sacrificio para emprender tamañas empresas, así como la necesaria dosis de genial locura para ver más allá de los montes de su País Vasco envuelto en la insensata contienda carlista, era Iradier, el cual expuso a Stanley un plan consistente en atravesar África de sur a norte, desde el cabo de Buena Esperanza hasta Trípoli. De haberlo hecho, Iradier, y no Stanley, se habría convertido en el mayor aventurero de todos los tiempos. El corazón de África -la inmensa cuenca del río Congo del que se desconocía el curso- figuraba aún en blanco en los mapas.</p>
<p>Según consta en las actas de « La Asociación Eúskara La Exploradora », fundada en 1868 por el vitoriano con sus compañeros de instituto, Stanley calificó el proyecto de Iradier de «grandioso y realizable». Añadió que la edad del vitoriano era «la más conveniente». La conversación pasó enseguida a aspectos concretos:</p>
<p>Iradier &#8211; ¿Qué más puede hacer falta ?</p>
<p>Stanley &#8211; Dos cosas importantes: dinero y dinero.</p>
<p>Iradier &#8211; He calculado en veinte mil duros el presupuesto de gastos.</p>
<p>Stanley &#8211; Es suficiente dada la organización que usted da a la expedición, ¿pero cuenta con ellos?</p>
<p>Iradier &#8211; Espero que el Gobierno de España y las sociedades científicas del país me lo faciliten.</p>
<p>El reportero, cuya expedición en busca de Livingstone había costado 8.000 dólares de la época, conocía para entonces suficientemente bien España como para saber que el joven estudiante enrolado como voluntario en las filas liberales con el que estaba reunido nunca obtendría esos apoyos. Bastante tenía España con sus conflictos internos y con tratar de conservar Cuba, también en guerra, y Puerto Rico. España tampoco estaba en condiciones de rentabilizar Filipinas y ni siquiera había invocado derechos históricos sobre el norte de Borneo, al tiempo que los demás países europeos se abalanzaban sobre los últimos rincones aún «disponibles» del Planeta.</p>
<p class="bodytext">Convencido de las escasas posibilidades que se le ofrecían al joven vitoriano si éste persisitía en su empeño de explorar África, Stanley hizo gala de su proverbial pragmatismo:</p>
<p>Stanley &#8211; ¿Por qué no empieza usted la expedición por el Golfo de Guinea frente a las posesiones de España?</p>
<p>Iradier &#8211; Temo que el clima comprometa el éxito de la empresa y al pensar así me apoyo en recientes catástrofes.</p>
<p>Stanley &#8211; ¿Y si no pudiese usted reunir los veinte mil duros que necesita?</p>
<p>Iradier &#8211; Entraría al interior por el Golfo de Guinea para lo que me basta con veinte mil pesetas.</p>
<p>Stanley &#8211; ¿Alcanzaría usted el Océano Índico?</p>
<p>Iradier &#8211; No. Mi pensamiento es llegar a los grandes lagos vistos por Burton y Speke.</p>
<p>Stanley &#8211; Si usted quiere apreciar un consejo de un viajero africano, realice primero este pensamiento, que después yo le garantizo que encontrará los recursos que necesita para llevar a cabo su gran obra de exploración.</p>
<p>Año y medio después de mantener esta conversación, Iradier, recién licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Valladolid, desdoblaba ante los socios de « La Exploradora » el mapa de África sobre el que Stanley había dibujado a lápiz el contorno conocido de los grandes lagos, incluida la parte del Tanganika que había recorrido junto con Livingstone, y anunciaba su intención de seguir los consejos del intrépido reportero: «Yo me aburro en este país; la guerra es lo único que sería capaz de prorrogar mi marcha, pero esta guerra es fratricida, no obedece al honor mancillado sino a la ambición. Esta noche haré la última guardia, cambiaré el Remington por los útiles geográficos y partiré.»</p>
<p>Fue, pues, la presencia de Stanley en Vitoria como corresponsal de la guerra carlista lo que daría pie a las exploraciones de Iradier en Guinea, decisivas para la presencia española en el África negra. El traspaso nominal a España de esos territorios, que los portugueses consideraban suyos desde que los descubrieron en el siglo XV, también había sido fruto de una carambola.</p>
<p class="bodytext">El Tratado de San Ildefonso del 11 de marzo de 1778 sirvió para que los gobiernos de Carlos III de España y María I de Portugal resolvieran un embarazoso conflicto entre ambos países que había surgido en Sudamérica. En virtud de ese tratado, España devolvió a Portugal la isla de Santa Catalina, en el litoral brasileño, y la Colonia de Sacramento, territorios que habían sido arrebatados por España a Portugal en represalia al ataque por parte de los lusitanos a una división naval española fondeada en Buenos Aires. A cambio, Portugal declaró ceder a España, para desesperación de cartógrafos y diplomáticos futuros,</p>
<p>«… la isla de Annobón en la costa de Biafra, con todos los derechos, posesiones y acciones que tiene a la misma isla, para que desde luego pertenezca a los dominios españoles del propio modo que hasta ahora ha pertenecido a los de la Corona de Portugal, y asimismo todo el derecho y acción que tiene o puede tener a la isla de Fernando del Pó en el Golfo de Guinea, para que los vasallos de la Corona de España se puedan establecer en ella, y negociar en los puertos y costas opuestas a la dicha isla, como son los puertos del río Gabaón , de los Camarones , de Santo Domingo, de Cabo Fermoso y otros de aquel distrito».</p>
<p>En resumidas cuentas, a la soberanía sobre las diversas islas e islotes de la zona, España añadía el derecho de pleno y libre comercio en la franja costera que va desde la desembocadura del Níger hasta el cabo López, situado al sur del río Gabón, con facultad para disponer de los territorios comprendidos entre esos dos puntos.</p>
<p>El interés de España por estar presente en el África negra radicaba, además de contar con escalas en la ruta a Filipinas, en poder practicar directamente la trata de negros que iban a parar a las colonias americanas, terminando así con la dependencia respecto a compañías inglesas, portuguesas, francesas y holandesas especializadas en ese comercio. Hasta entonces, los intentos por parte española de participar a escala industrial en ese lucrativo negocio habían fracasado. La ambiciosa compañía «Gaditana de Negros», fundada en 1765, quebró siete años más tarde debido a la ausencia de «factorías» españolas en suelo africano.</p>
<p class="bodytext">Para tomar posesión de los nuevos territorios españoles, zarpó desde Buenos Aires el conde de Argelejos al frente de una expedición compuesta por dos compañías de Infantería, veinte artilleros con su oficial, dos capellanes, dos cirujanos, obreros y un empleado de contaduría con cien mil duros para obsequios a los «naturales» y gastos diversos. Por si los «naturales» no aceptaban de buen grado los obsequios, la expedición disponía de veinte cañones de hierro de diferentes calibres, doscientos proyectiles de hierro fundido, cien botes de metralla, treinta fusiles, cien quintales de pólvora, cuarenta mil cartuchos de fusil y dos mil piedras de chispa.</p>
<p>La ceremonia de cambio de bandera en la isla de Fernando Poo tuvo lugar el 24 de octubre de 1778. No hubo salvas de ordenanza para evitar que los indígenas huyeran despavoridos al interior de la isla. Menos huidizos se mostraron los habitantes de Annobón, tres mil de los cuales estaban dispuestos a entrar en combate con los nuevos propietarios de la isla, por lo que los actos protocolarios fueron aplazados. Para entonces, la expedición de Argelejos había registrado ya cuatro muertos y más de setenta de sus miembros estaban en la enfermería. Sólo era el principio de lo que les esperaba a los españoles en una región conocida como «la tumba del hombre blanco». La expedición llegaría a contabilizar trescientos setenta muertos, incluido el propio conde, a quien sucedió en el mando el teniente coronel de Artillería Joaquín Primo de Rivera. Ninguno de los supervivientes escapó a la enfermedad y la desesperación. La colonia de la Concepción fundada en una ensenada de Fernando Poo resultó ser un fracaso. A falta de otros víveres, los colonos subsistían a base de «caldo de mono». Un sargento y cuatro cabos se amotinaron y arrestaron a Primo de Rivera a quien condujeron a São Tomé, con el consiguiente abandono de la colonia.</p>
<p class="bodytext">Al tiempo que los españoles se retiraban del Golfo de Guinea, los británicos empezaron a ocuparlo. El pretexto oficial lo hallaron en la instalación en Fernando Poo del tribunal contra la trata de negros creado a raíz de la abolición oficial de esa práctica. Fue el capitán Sir Richard Owen quien fundó, en 1827, la ciudad de Clarence, posteriormente Santa Isabel para los españoles, la actual Malabo.</p>
<p>Los británicos permanecerían en Clarence hasta 1832, fecha en que los «depósitos» («Stock de Coque» que diría Hergé, el padre de Tintín) de esclavos liberados fueron trasladados a Freetown, en Sierra Leona. Algunos de estos esclavos permanecieron en la isla y sus descendientes son los actuales «fernandinos».</p>
<p>La desidia oficial española por el estado de sus posesiones en el Golfo de Guinea y la suerte de sus habitantes se vería compensada a lo largo del siglo XIX por una serie de iniciativas individuales. Uno de los primeros españoles que llevó a cabo labores de reconocimiento de la región, que bien deben ser consideradas de exploración, fue el Dr. Marcelino Andrés, el cual recorrió en 1831 y 1832 la costa de Guinea y visitó varias islas. En 1834, remitió al Gobierno un informe en el que hizo constar la importancia estratégica de Fernando Poo. Dos años más tarde, el también español José de Moros estuvo en Annobón, donde comprobó que la isla estaba gobernada por el negro Pedro Pomba, el cual, al igual que los demás isleños, pensaba que era súbdito portugués. A raíz de sus expediciones, José de Moros y Juan Miguel de los Ríos publicaron la obra «Memorias sobre las islas africanas de España: Fernando Poo y Annobón», que fue premiada por la Sociedad Económica Matritense.</p>
<p>Pero ninguna de estas iniciativas haría cambiar de opinión de las autoridades españolas en cuanto a la utilidad de los territorios de Guinea. En 1841, el Gobierno español se planteó entregar a Inglaterra Fernando Poo y Annobón, con todos sus territorios anexos, a cambio de sesenta mil libras esterlinas necesarias para hacer frente al pago de los intereses de una deuda contraída con los ingleses. La propuesta de venta llegó a ser firmada y el Gobierno británico la aceptó de manera oficial. Lo que no estaba previsto era que el parlamento español hiciera fracasar el proyecto. Eran tiempos en los que el honor y su aliada la oratoria primaban sobre cualquier otro tipo de consideraciones. En el transcurso de una sesión que un historiador ha calificado de «pirotécnica», las Cortes decidieron que España no podía renunciar a sus derechos sobre esa parte del África negra, aunque ningún parlamentario supiera donde situarla en el mapa. La voz cantante la llevó el vitoriano Pedro de Egaña, varias veces ministro y presidente de la Diputación Foral de Álava, quien descargó su furia contra quienes pretendían abandonar territorios patrios «por un puñado de libras esterlinas».</p>
<p class="bodytext">La frustrada operación tuvo, al menos, el mérito de atraer la atención de la opinión pública española hacia la exploración del África negra, un asunto que fascinaba al resto de los europeos pero que había tenido nulas repercusiones en España:</p>
<p>« Ábrase el mapa –señalaba «El Correo Nacional»– y se verá que la isla de Fernando Poo está cerca del Ecuador, en el ángulo más entrante de la costa, mirando al Atlántico. Es decir, que ocupa la situación más cercana a todos los mercados, y especialmente al poderoso país de ‘Tamboutou&#8217; (sic), tan célebre por las infinitas expediciones de caravanas que a él se han hecho de medio siglo a esta parte, y más famoso y apreciado aún después de la interesante descripción que de él nos ha dejado el apreciable e intrépido viajero francés M. Caillié. (…) La clave del Níger está en Fernando Poo; el que tiene Fernando Poo tiene la boca del río; el que tiene la boca del río tiene la posesión del comercio interior. No hay uno que haya visitado aquellos remotos parajes que no asegure que la cuestión de la civilización de África depende del Níger; que el Níger es el instrumento necesario de aquel gran comercio y de aquella poderosa civilización que va a desarrollarse de una manera tan prodigiosa.»</p>
<p>A raíz de la decisión de las Cortes y a la vista de la actitud hostil de los británicos hacia los escasos españoles instalados en la región (a Pedro Blanco le habían quemado la factoría a partir de la que «reinaba» sobre el río Gallinas), el Gobierno español envió al Golfo de Guinea al capitán de navío Juan José Lerena al mando del bergantín de guerra «Nervión». En Fernando Poo, Lerena reafirmó la soberanía española sobre la isla, aunque, a falta de españoles adecuados, se vio en la obligación de nombrar gobernador al inglés John Beecroft, el cual sería substituido tras su muerte en 1854 por el holandés James B. Lynslager.</p>
<p class="bodytext">En Corisco, Lerena comprobó con satisfacción que la población de la isla y las tribus del país del Muni estaban en conflicto con los ingleses, a los que acusaban de no pagarles por sus mercancías. Con la ayuda del lugareño Boncoro, quien se ganó así la condición de rey de Corisco, Lerena, sentado en la playa bajo una palmera, reunió el 15 de marzo de 1843 a quinientos cabezas de familia procedentes de las tribus Mohoma, Cumbe, Bapuku, Mazango, Vico, Valengue y Venga, los cuales le expresaron el deseo de aunar fuerzas en torno a los españoles contra los ingleses.</p>
<p>« El señor Lerena -señalan las crónicas- les preguntó si querían reconocer por su reina y soberana a Doña Isabel II, y ser todos ellos españoles desde aquel momento, a lo que unánimemente contestaron a una voz y sin vacilar gé, gé, gé, que quiere decir en aquellos idiomas sí, sí, sí. Entonces, se les repartió tabaco en hoja a los hombres, cigarros puros a las mujeres, y a todos se les dio aguardiante en copas de cristal.»</p>
<p>Lerena regresó a España convencido de haber incorporado a la Corona un territorio africano tan grande como el territorio peninsular español. Para facilitar futuros contactos con los nuevos españoles de color, se trajo consigo a dos krumanes de unos veintidós años llamados Kir y Yegüe. Los dos indígenas se encontraban navegando en un cayuco cuando Lerena les atrajo hacia su bergantín y se ganó su confianza a base de obsequios. Fueron bautizados el 1 de mayo de 1844 en la capilla del Palacio Real de Madrid, por lo que les cupo el honor de ser ahijados de pila de Isabel II. Inciaron la carrera militar como cabos y una vez devueltos a África ejercieron de sargentos de milicias en Fernando Poo. La historia de Kir y Yegüe, que bien merece ser rescatada del olvido, se asemeja en muchos aspectos a la de los jóvenes africanos Kwasi y Kwame que llegaron en 1837 a la corte holandesa, donde fueron bautizados y se integraron en la sociedad de tal manera que se convirtieron en amigos de la familia real; una historia narrada por el escritor Arthur Japin en su «best-seller» internacional «El negro con el corazón blanco».</p>
<p class="bodytext">En 1845 visitó las posesiones españolas en Guinea la expedición dirigida por el capitán de fragata Nicolás Manterola, de la que formaba parte el cónsul general de España en Sierra Leona Adolfo Guillemar de Aragón, autor de un informe sobre la colonización de Fernando Poo. Una de las consecuencias prácticas de la expedición de Manterola fue consolidar los negocios de dos comerciantes de origen menorquín, Baltasar Simó y Francisco Vinent, muy activos en la región.</p>
<p>En 1855, una nueva expedición, la encabezada por Manuel Rafael de Vargas, coincidió en el tiempo con los «ensayos de colonización» llevados a cabo por el misionero Miguel Martínez Sanz, prefecto apostólico de Corisco y sus dependencias. El misionero contribuyó a un mayor conocimiento en España de sus posesiones africanas mediante la publicación de «Breves Apuntes» relativos a Corisco.</p>
<p>También relevante fue la obra «Apuntes sobre el estado de la costa occidental de África y principalmente de las posesiones españolas del Golfo de Guinea» publicada en 1859 por José Joaquín Navarro, secretario del capitán de fragata Carlos Chacón, el cual tomó una serie de decisiones de alcance, entre ellas la de entregar carta de nacionalidad a un hijo de Boncoro, Boncoro II, establecido en Cabo San Juan, al norte del estuario del Muni. Chacón asumió el cargo de gobernador de las posesiones españolas en Guinea, poniendo fin al ejercicio de este cargo por parte de extranjeros.</p>
<p>En 1859 se produjo la llegada a Fernando Poo de ciento veinte campesinos procedentes del Levante español que se esperaba impulsaran la colonización de la isla. Pero no recibieron ningún tipo de ayuda, ni siquiera alojamientos.</p>
<p>«Se construyeron chozas en la campiña, figurándose que podían hacer allí lo que en la huerta de Valencia -señala un libro de principios del siglo XX-; se dedicaron desde el primer día a faenas agrícolas sin pasar por una previa aclimatación que, por otra parte, no habría sido necesaria si se hubiesen instalado en el interior; se alimentaron mal; cebáronse en las frutas del país; y sucedió lo que no podía a menos de suceder: las fiebres se desarrollaron en ellos con gran violencia, hubo algunas defunciones, apoderose de los demás el pánico o la nostalgia y se dieron a la fuga, volviendo todos menos cinco a la Península , donde esparcieron tales alarmas y dieron tales informes de la isla que de entonces data la leyenda de insalubridad de Fernando Poo.»</p>
<p class="bodytext">Al desdichado episodio de los campesinos levantinos conducidos a Guinea por cuenta del Estado, bajo el mando del brigadier D. J. de la Gándara , se refería probablemente Iradier cuando habló a Stanley de las «catástrofes» de esa región. De poco serviría que, en noviembre de 1868, los líderes de « La Gloriosa » ofrecieran cincuenta hectáreas gratuitas y otras ventajas a todo español que se instalara en Fernando Poo. A falta de colonos voluntarios, las posesiones españolas acabarían confirmándose como destino fatal para deportados, circunstancia que no ayudó precisamente a mejorar la imagen del lugar. Una primera remesa de deportados llegó a Fernando Poo en 1861, por decisión de O&#8217;Donnell. Al año siguiente empezaron los envíos de Cuba: doscientos cincuenta negros, avanzadilla de otros muchos cubanos, negros y blancos, sobre todo a raíz del «grito de Yara» de 1868. Las posesiones españolas de Guinea serían lugar de deportación hasta 1920, fecha en que llegaron a Fernando Poo, según cuenta Julio Arija, «once detenidos en Barcelona como indocumentados peligrosos que, encarcelados en la isla, fueron muriéndose uno a uno».</p>
<p>En la década de 1860 varios españoles llevaron a cabo en la región estudios de tipo geográfico, entre ellos Joaquín Pellón autor de doce tomos en folio manuscritos, acompañados de un mapa.</p>
<p>Los trabajos científicos de Pellón serían el preludio de la obra exploradora de Manuel Iradier, el cual, tras abandonar Vitoria a finales de 1874 y pasar una temporada aclimatándose en Canarias, llegó a Fernando Poo a mediados de 1875, donde recibió desalentadores informes de las autoridades de la colonia:</p>
<p>« No tenemos recursos ni para pagar a los trabajadores de color; a los empleados y marinos se les da un socorro; el hospital está en ruinas, hay que hacer grandes gastos y España nos tiene olvidados por completo. En enero retiramos el destacamento de Elobey; Corisco casi se llama isla inglesa y en cuanto a Annobón, sus naturales se han debido olvidar del nombre de España y de los colores de su bandera.»</p>
<p class="bodytext">Iradier, que viajó acompañado de su esposa Isabel y de su cuñada, instaló su base de operaciones en Elobey Pequeño, un islote sin agua potable de 920 metros de largo por 400 de ancho situado en la desembocadura del Muni. Entre junio de 1875 y enero de 1876, llevó a cabo junto con su fiel ayudante corisqueño Elombuangani la exploración del país del Muni, una experiencia de la que dejó constancia en su libro « África », uno de los mejores relatos de exploración escritos en lengua castellana.</p>
<p>En el transcurso de una de sus expediciones, la que le llevó a la punta septentrional del litoral, conoció al tercer miembro de la dinastía de los Boncoro, el cual había sido llevado a Madrid y había besado las manos de Isabel II en testimonio de sumisión y respeto:</p>
<p>« La casa que habita este jefe de cabo San Juan se diferencia de las de las demás en que tiene una ventana de construcción europea con cristales de colores. La puerta, que también es europea, perteneció al desgraciado ‘MacGregor&#8217;, buque inglés que naufragó en la entrada de la bahía de Corisco y que fue asaltado y robado por las tribus ribereñas.</p>
<p>Cuando entré en la choza encontré a Boncoro III haciendo una red de pescar, que no dejó de las manos a pesar de la sorpresa que le produjo la inesperada visita. Me dijo que se alegraba mucho de verme en cabo San Juan, pues le habían dicho que era médico y podía curarle una enfermedad del estómago que venía padeciendo desde hacía mucho tiempo. Además, tenía gran cantidad de goma elástica que esperaba le comprase.</p>
<p>Cuando terminamos la conferencia y me hallé fuera de la choza real le recomendé a Manuel Boncoro que borrasen las letras « W.C.» talladas en la puerta del palacio, que era la puerta del retrete del ‘MacGregor&#8217;.»</p>
<p>Una de las aventuras más palpitantes que protagonizó Iradier en el país del Muni fue la que vivió con los fangs, a los que designa en sus escritos como ‘pamues&#8217;, temidos por sus prácticas caníbales. Anticipándose dos décadas a la viajera británica Mary Kingsley, Iradier se adentró en un territorio controlado por los fangs con el pretexto de mercadear con ellos, pero movido por el afán de conocerles y comprender sus costumbres. Le constaba que estaban descontentos de los blancos porque estos evitaban venderles sus mercancías. También sabía que pocos días antes de que él llegara a la región el rey Ba había cortado la cabeza a tres esclavos debido a que uno de ellos había roto un vaso de vidrio. Los fangs no tenían fusiles, pero sí flechas que mataban más pronto que las balas. Del rey Ba sabía que era hombre de valor temerario y que las numerosas heridas recibidas en combate le habían hecho creer a él y a los suyos que era inmortal. Los cadáveres de sus víctimas y de los condenados a muerte iban a parar al pueblo siempre presto a organizar un festín, «reservándose él la cabeza y los testículos que come cocidos y condimentados con gran cantidad de guindillas picantes que abundan en el país».</p>
<p class="bodytext">El 27 de noviembre de 1875, Iradier entró en contacto directo con fangs, a los que observó con todo detalle:</p>
<p>« El color de la piel es más claro que el de mis gentes. Su peinado, en mechones, y su tipo general no me deja duda de que son los hombres que busco. Al verme se detienen por un momento y les saludo. Saco media botella de caña y les obsequio. Me invitan a pasar a su aldea, que está próxima. Ésta se compone de unas cien chozas, de las que salen todos sus moradores a ver al hombre blanco.»</p>
<p>La curiosidad de los indígenas dio paso a una creciente hostilidad, por lo que Iradier optó por abandonar la aldea en la que empezaba a sentirse prisionero. En el trayecto de regreso a la costa se las tuvo que ver con el jefe del poblado Ibai que despedía un olor repugnante a aceite de palma con el que se había untado el cuerpo para repeler los mosquitos.</p>
<p>« Me presenta una mujer que padece del ‘yemba&#8217; (hechizo) y le doy hipecacuana. Después me vuelve a presentar otros varios pacientes, a los que despacho sin ceremonia. Aún no ha salido el último de ellos cuando el pedigüeño jefe me dice que será mi amigo si le doy una medicina para producir resultados que no puedo consignar porque ofenden a la moral. El repugnante viejo me ofrecía como premio una botella de palma. Contesto agriamente a su petición y, creyendo el reyezuelo que mi negativa depende del poco valor de su oferta, se atreve a proponerme un acto escandaloso.»</p>
<p>En sus narraciones, Iradier alterna la descripción de escenas de una belleza sublime o referencias a los más nobles sentimientos con crudos episodios como el del poblado Ibai.</p>
<p>Uno de tantos pasajes de sus escritos que da cuenta de su sensibilidad a la hora de captar el sentir de los habitantes del país del Muni es la narración de una ceremonia fúnebre en honor de un bapuku muerto de fiebre perniciosa que ocupaba, en Aye, una choza contigua a la suya:</p>
<p class="bodytext">«¡Yembo! ¡Yembo! ¿Dónde estás? -decía una de las viudas-. La muerte te ha arrebatado. ¿Para qué he de traer la leña y el agua si tú no estás en la casa? ¿Para qué he de afilar esta espina con la que te quitaba las niguas? Tú traías las gomas del bosque; tú has cazado el elefante; nunca has temblado al mar; a fueza y a valor nadie te ganaba. Gracias a ti, nunca faltaba tabaco en nuestras pipas, ni telas en nuestros cuerpos, ni collares en nuestras gargantas, ni brazaletes. Bebíamos el ron cuando te lo pedíamos. ¡Ah ! ¡Yembo! ¡Yembo! Eras bueno entre los buenos, valiente entre los valientes, generoso entre los generosos. ¿Qué va a ser de mí sin tenerte a mi lado? ¿Iré sola a pescar? ¿Para quién? ¿Para mí? Yo quiero ir a verte. ¿Quién te arrascará la espalda? ¿Quién te quitará los mosquitos?»</p>
<p>Iradier huyó siempre de los prejuicios de la época acerca del primitivismo de los negros y destacó sus virtudes allí donde las había. De los krumanes de la costa, la etnia a la que pertenecían Kir y Yegüe, dijo que eran «altos, fuertes, sobrios y trabajadores; su color es más bien bronceado predominando en alguno de ellos un tinte amarillento característico. El desarrollo de sus músculos es tal, especialmente el bíceps, tríceps y los pectorales, que da a su conjunto un aspecto varonil digno de ser copiado por un hábil pintor».</p>
<p>En su afán por «conocer lo desconocido» en todas sus facetas, completó sus observaciones antropológicas, geográficas, botánicas y faunísticas con todo tipo de detalles de la vida cotidiana: «El pene es más largo y más delgado en el africano. El acto del coito es de mayor duración.»</p>
<p>En cuanto al asunto de la antropofagia, que tanto excitaba la imaginación de Occidente a raíz entre otros de los escritos de Du Chaillu sobre los fangs del actual Gabón, Iradier precisó que en el país del Muni, fronterizo con Gabón, había dos pueblos caníbales, los pamues (fangs) y los palatitos, «que no se satisfacen con matar a sus semejantes para comerlos, sino que devoran los cadáveres y aun compran los muertos de otras tribus». Si cabeza y testículos eran bocado de rey, la nobleza se reservaba el pecho y los brazos, dejando al pueblo todo lo demás. «Así, estos salvajes, comprendiendo perfectamente las funciones que ejecutan los diversos órganos del cuerpo, atienden a ellas al distribuir sus despojos entre las diferentes categorías sociales.»</p>
<p class="bodytext">Para su tranquilidad, un indígena con dotes de «gourmet» al que conoció le confesó que la carne del hombre blanco era amarga y no tan sabrosa como la del negro, cuyo gusto era parecido a la de cerdo.</p>
<p>Pese a las enfermedades que contrajo y los percances (robos, ataques de fieras…) de los que fue víctima, Iradier salió vivo del país del Muni y se desplazó con los suyos -su mujer, su cuñada y su hija Isabela nacida en Elobey- a Fernando Poo, donde continuó su obra exploradora.</p>
<p>En el transcurso de una expedición ascendió al punto más elevado de la isla, denominado actualmente Pico Basilé, de tres mil metros de altura, donde encontró dentro de una botella el testimonio de la presencia del célebre capitán Richard Burton, quien después de sus aventuras en busca de las fuentes del Nilo con Speke había sido nombrado cónsul británico en Fernando Poo.</p>
<p>Si bien creía que con las desgracias vividas en el país del Muni había pagado el obligado tributo del hombre blanco a África, la enfermedad y la muerte ensombrecieron la vida aventurera de los Iradier en Fernando Poo. En noviembre de 1876, la pequeña Isabela murió a causa de las fiebres. Ante el nuevo embarazo de su mujer, que había ejercido en la isla como maestra interina de niñas, decidió que ella y su cuñada se desplazaran a Canarias donde esperarían su regreso.</p>
<p>«No quedé solo. El recuerdo de mi hija me perseguía por todas partes. Antes estudiaba itinerarios, levantaba planos del curso de los arroyos, coleccionaba insectos, seguía con interés las indicaciones de mis instrumentos meteorológicos. Después no supe caminar sino en un mismo punto. La tumba de mi Isabela, situada al pie de un gigantesco caobo, me atraía con irresistible acción. El recuerdo de ella me absorbía.»</p>
<p>Iradier permanecería en Fernando Poo hasta finales de 1877. Una carta suya fechada el 1 de mayo de 1877, inédita hasta la fecha, que remitió a sus amigos de « La Exploradora », refleja mejor que ningún otro documento el estado de ánimo y las ambiciones del joven vitoriano por aquel entonces:</p>
<p class="bodytext">«Hoy he sabido que Europa va a poner en juego todas sus fuerzas para explorar el interior del África y si en este concierto general no pudiera yo figurar, si perdiera la ocasión que se presenta (…) no podría menos que calificarme tibio en mis empresas. (…) Lleno de emoción, fuerte unas veces escudado con la esperanza y débil otras por confiar en mi compañera inseparable ‘la desgracia&#8217;, pero lleno siempre de la fe religiosa que a toda grande empresa debe acompañar, cojo la pluma para expresaros como me sea posible en lenguage humano los grandes deseos que tengo, la impaciencia justa de que estoy lleno, en una palabra, el anhelo, la ilusión a ser nombrado de la expedición que España mande a este continente.</p>
<p>No sé lo que me sucede, queridos amigos. Las horas pasan con una velocidad vertiginosa, no tengo ganas de comer y todos los acontecimientos de mi vida se me presentan en confuso panorama: el incendio en Camarones [del material inflamable que transportaba en un barco], la disentería en Ukumbaguba, el naufragio en Aye, los delirios de la fiebre, el envenenamiento en Elobey, la noche que pasé enterrado en lodo en las montañas de Fernando Poo, y mil y mil dolores, mil y mil fatigas, cúmulo inmenso de emociones, cuadros sublimes sin más testigos que Dios y las selvas, perdidos para el mundo pero que han encontrado en mí un dulce albergue endureciendo mi alma y ablandando mi corazón.</p>
<p>¿Mi viaje a África ha sido una prueba a la que se me ha sometido para saber si soy digno de descubrir sus misterios? ¡Ah, queridos amigos! Si a mi lado estuviérais me veríais temblar ciertos momentos, pero es el temblor de la madre cuando le anuncian que su hijo a quien creía muerto vive todavía. Tiembla temiendo que sea mentira lo que se la dice. Tiemblo yo temiendo no alcanzar lo que deseo precisamente cuando lo estoy alcanzando.»</p>
<p class="bodytext">A su regreso a España, en diciembre de 1877, comprobó que el África negra seguía importando muy poco en su país y que alguien que él conocía bien se le había adelantado en el descubrimiento del «continente tenebroso».</p>
<p>Mientras Iradier estaba en el Golfo de Guinea, Henry Morton Stanley, viniendo de la región de los grandes lagos, había logrado, en el transcurso de una nueva hazaña periodística, ser el primer occidental en recorrer el curso del río Congo. Stanley acabaría dejando el periodismo para ponerse al servicio del rey de los belgas, Leopoldo II, el cual estaba ansioso por hacerse con el trozo más grande y jugoso del pastel africano gracias a su implacable mercenario.</p>
<p>Los demás países europeos tampoco anduvieron a la zaga. Francia encontró en el italiano nacionalidado francés Savorgnan de Brazza al individuo adecuado para competir con Stanley por el control de la región norte del Congo. Por parte de Alemania, sería el médico militar Nachtigal el encargado de consagrar la presencia germana en Camarones (Camerún).</p>
<p>Mientras esto sucedía, Iradier se desesperaba ante la imposibilidad de encontrar apoyos en España que le permitieran regresar a un lugar que tanto le había dado y a la vez arrebatado.</p>
<p>En plena campaña para recabar fondos, recibió en 1880 una entrañable misiva de Pedro de Egaña, el mismo que había logrado, gracias a su verbo, que España no se desprendiera de sus posesiones en Guinea : «Viejo soy y poco valgo ya, pero me es altamente simpático el sentimiento que usted persigue, y si no pareciera inmodestia casi estaría autorizado para declarar que me cabe gran parte en que pueda hoy realizarse ventajosamente por los españoles una expedición al Golfo de Guinea.»</p>
<p>El esperado impulso vino finalmente de la Sociedad Geográfica de Madrid, fundada en 1876, la cual alertó en 1883 a «las fuerzas vivas de la nación» de la necesidad de reaccionar ante «la rapidez con que la raza sajona se dilata por el Planeta, ocupando a toda prisa o preparando la ocupación inmediata de los últimos territorios que todavía quedan libres en África, Asia y Oceanía, y comprometiendo el porvenir y hasta la existencia de la raza española».</p>
<p class="bodytext">Iradier no quería en modo alguno participar en la vorágine colonizadora, pero los proyectos promovidos por la Sociedad Geográfica a través de la Sociedad Española de Africanistas y Colonistas creada al efecto por iniciativa de Francisco Coello y Joaquín Costa le permitieron regresar, en julio de 1884, al Golfo de Guinea al frente de una exigua expedición. El objetivo de la misma era ocupar el máximo terreno posible con arreglo a los derechos históricos derivados del Tratado de San Ildefonso. Acompañado del médico asturiano Amado Ossorio, del notario Bernabé Jiménez, del cabo de Marina Antonio Sanguiñedo y de un puñado de autóctonos, a duras penas logró afirmar la soberanía española del país del Muni en el momento justo en que los alemanes se precipitaban sobre el territorio viniendo desde el norte y los franceses desde el sur.</p>
<p>El 20 de diciembre de 1884, Iradier, « destrozado, enfermo, con el estómago perdido, con el hígado infartado, víctima de una fiebre cotidiana », enviaba desde Santa Cruz de Tenerife a Francisco Coello, el cual participaba en aquel momento en la Conferencia de Berlín en la que Occidente se estaba repartiendo África, el siguiente telegrama:</p>
<p>«Obtenido Sociedad catorce mil kilómetros cuadrados territorio interior frente Corisco incluso Sierra Cristal. Pactado diez tribus. No posible más en latitud por evitar conflicto internacional en longitud por fiebres. País gran porvenir. Ossorio queda estación con recursos.»</p>
<p>La expedición de Iradier preservó para España el país que él tanto amó y cuyos habitantes aceptaron la soberanía española en gran medida debido al buen recuerdo que les había dejado a su paso en 1875. Pero, para Iradier esta expedición significó el final de su aventura africana al serle reprochado que no hubiera alcanzado los objetivos fijados.</p>
<p class="bodytext">«Si no son españolas las costas del Camarones e inmediatas -se defendió Iradier-, no se debe al retraso de los expedicionarios ni al retraso de la Sociedad de Africanistas, sino al de esta Nación y sus representantes, que no han sabido despertar en las diferentes ocasiones en que les hemos llamado con sobrado tiempo y desinteresado afán.»</p>
<p>Ossorio, a cuyos trabajos se sumó el gobernador de la colonia, Montes de Oca, permaneció aún casi dos años en territorio guineano. A su vuelta a la Península se enzarzó en una ridícula polémica con Iradier, al parecer por celos relacionados con el libro «África» que el vitoriano había publicado en 1887.</p>
<p>Iradier acabó por desentenderse de los asuntos guineanos y ni siquiera fue invitado a formar parte de la Comisión delimitadora de fronteras constituida a raíz del Tratado del Muni firmado el 27 de junio de 1900 en París que puso fin al contencioso entre España y Francia por el control de la región. Moriría en 1911, en los pinares de Balsaín, Segovia, a donde había acudido tratando de recuperar la salud quebrada desde su paso por África y ansioso de reencontrase con los árboles, sus mejores amigos. Un guiño del destino hizo que fuera enterrado en la Granja de San Ildefonso, a un paso del lugar donde se inició el vínculo de España con Guinea.</p>
<p>Iradier, Ossorio, Montes de Oca, Jiménez y Sanguiñedo no fueron los últimos exploradores españoles del siglo XIX en Guinea. Sus trabajos tuvieron continuidad en los llevados a cabo, en la parte continental, por los también españoles Bonelli, Valero y Bengoa. La isla de Fernando Poo fue asimismo explorada por Sorela, quien fue recibido por Moca, el jefe indígena más importante de la parte sur de la isla. Igualmente exploraron esa región los misioneros Juanola, Albanell y Sanz.</p>
<p>Fueron los padres Juanola y Albanell quienes se adjudicaron, en diciembre de 1895, el último hallazgo de importancia en la isla, el del lago al que pusieron por nombre Loreto, de forma oval, más pequeño que el Biaó pero mucho más interesante y bello. Una vez más quedó demostrado que cada exploración, por incierta e insólita que parezca, conlleva su parte de sorprendente y gozoso descubrimiento.</p>
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		<title>Explorador Marcelino Andrés</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/explorador-marcelino-andres/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 12:00:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Exploración del Golfo de Guinea]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: José Soler Carnicer José Soler Carnicer (m SGE) escribe desde su Valencia natal sobre un hombre olvidado, el quien como tantos otros españoles meritorios cayeron en el anonimato víctimas [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> José Soler Carnicer</p>
<p>José Soler Carnicer (m SGE) escribe desde su Valencia natal sobre un hombre olvidado, el quien como tantos otros españoles meritorios cayeron en el anonimato víctimas del oscurantismo interno que sufrimos en siglos pasados y del empuje de otros imperios que supieron vender mejor a su gente.</p>
<p>En el artículo Historia de las sociedades geográficas, aparecido en el número 1 de la revista de la SGE, Lola Escudero<br />
relaciona los nombres de algunos exploradores españoles de la segunda mitad del pasado siglo. La lista no es completa, ni creo que fuese ése el objetivo de la autora del citado artículo. Por ello quisiera añadir el nombre de un paisano mío que en la primera mitad del siglo XIX realizó interesantes exploraciones por el continente<br />
africano y cuyo nombre, salvo por el hecho de figurar en el nomenclador callejero de la ciudad de Valencia, es poco conocido. En este nomenclador urbano figura una calle con el nombre de “Explorador Andrés”. Se encuentra ésta en el Distrito Marítimo, en una zona cuyas calles ostentan nombres de personajes de la historia más reciente de la capital. Comienza en la calle del Dr. Manuel Candela y termina en la del Músico Ginés. Corre, pues, paralela a la avenida de Blasco Ibáñez.<br />
Contra la creencia de que Valencia ha carecido en su nómina de destacados personajes representantes del mundo de la exploración o la aventura, he de afirmar que sí los ha tenido en todo tiempo, y prueba de ello pueden ser el botánico Rojas Clemente (siglo XVIII), natural de Titaguas (Valencia), o el personaje que es protagonista de este artículo. Y aún hoy hay valencianos que tienen en la aventura una constante de sus vidas, entre los que debería citar, entre otros, a Antonio Sán cazador de elefantes español profesional; a Miguel Gómez Sánchez, montañero que participó en la Exploración del Hielo Continental Patagónico en compañía de Eric Shipton, y dirigió luego las expediciones valencianas que conquistaron la Cara Sur del Aconcagua (primeros españoles) y el Nanga Parbat (primer “ocho mil” valenciano) y a Enrique Guallart, primer español que llegó andando al Polo Norte y que actualmente está llevando a cabo la gesta conocida como El Desafío de las Cinco Cumbres. Como también podríamos hablar de algunos misioneros valencianos que han estado en la Amazonia y regiones de África llevando la doctrina de Cristo, al mismo tiempo que abrían territorios desconocidos hasta entonces.</p>
<p>Ellos son prueba de que Valencia también ha dado hombres valientes e intrépidos frente a lo desconocido, aventureros y exploradores en una palabra. El explorador Andrés que da nombre a la calle del Distrito Marítimo se llamaba Marcelino Andrés Andrés. Nació en Vilafranca (Castellón), el 14 de mayo de 1807 y era hijo de una humilde familia que, con gran esfuerzo, lo pudo enviar a Barcelona para que estudiase la carrera de Medicina.<br />
En la Ciudad Condal trabó amistad con el naturalista De la Paz Graells, el cual influyo sobremanera en Marcelino Andrés, despertando en él un gran interés por la Botánica. Los dos jóvenes trabajaban juntos y concibieron el proyecto de realizar un viaje al continente africano para estudiar su flora. Por aquel entonces, un viaje de tales características adquiría tintes casi épicos. Pero nada enfrió el entusiasmo del castellonense, que a raíz del cierre de la universidad catalana a causa de los disturbios políticos de la época y venciendo múltiples problemas de toda índole, en el año 1830 conseguía embarcarse en un bergantín de los que se dedicaban al comercio de esclavos, rumbo a Benini, antigua Dahomey o reino del Dam-Homé. El litoral del Dam-Homé era una importante base de comercio entre África, Europa y las Antillas, principalmente en la trata de negros.<br />
Durante su estancia en aquel país tuvo ocasión de actuar como médico, requerido por su monarca. Permaneció allí dos meses y luego prosiguió su periplo hacia el sur, llegando hasta Guinea. De este punto saltó a la otra orilla del Atlántico, recalando primero en Cuba y luego en Brasil, para volver otra vez a Dahomey. Reclamado de nuevo por el rey de Dam-Homé, fue el médico de aquella corte durante dos años. En este tiempo llevó a cabo numerosas  exploraciones por el África occidental, especialmente por el golfo de Guinea y sus islas: Santo Tomé, Annobon, Príncipe, Fernando Poo. Resultado de estos viajes fue la confección de un herbario con más de seis mil plantas de aquellos territorios, así como una gran colección de mariposas e insectos. Preparado su regreso a Barcelona, embaló el fruto de aquellos años de viajes y exploraciones, y también de sufrimientos y enfermedades tropicales, para su envío a España en un barco que hacía el viaje directo, pues él había proyectado un viaje de regreso con escalas en varios puntos de África en los que proseguiría sus estudios y exploraciones.<br />
Al llegar a Barcelona quedó desolado cuando le comunicaron que todo su bagaje científico estaba todavía en Dahomey, pues lo había olvidado allí el capitán del barco encargado de su traslado. Fácil es imaginar su amarga contrariedad, sobre todo porque diversos problemas familiares le impedían volver a África de momento.<br />
A ello se unió la epidemia de cólera que azotaba las tierras catalanas y a la que no pudo sustraerse, muriendo víctima de ella el 20 de abril de 1852, cuando contaba solamente 45 años de edad y tenía ante él un brillante futuro científico.<br />
Afortunadamente Marcelino Andrés había llevado consigo el manuscrito con el diario de sus viajes y exploraciones. Antes de morir se lo entregó a su amigo Mariano de la Paz, el cual a su vez lo depositó en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.<br />
La Real Sociedad Geográfica Española, antes de que se cumpliera el centenario de su muerte, lo editó en 1933 bajo el título de Relación del viaje de Marcelino Andrés por las costas de África, Cuba e isla de Santa Elena, una obra de sumo interés, tanto desde el punto de vista geográfico como del etnográfico, que pone de relieve la gran tarea  desarrollada por el explorador valenciano en aquellos territorios africanos.</p>
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		<title>Ali Bey (1803-7)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ali-bey/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 10:29:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 21]]></category>
		<category><![CDATA[El Mundo Musulmán: De Marruecos a la Meca y a Estambul]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=21942</guid>

					<description><![CDATA[<p>Texto: Cristina García Panizo El Mundo Musulmán: De Marruecos a la Meca y a Estambul Ali Bey (1803-7) Todavía pesa la incógnita sobre la vida de Domingo  Badía y Leblich. [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ali-bey/">Ali Bey (1803-7)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Cristina García Panizo</p>
<p><strong>El Mundo Musulmán: </strong><strong>De Marruecos a la Meca y a Estambul</strong><br />
Ali Bey (1803-7)</p>
<p>Todavía pesa la incógnita sobre la vida de Domingo  Badía y Leblich. Y no es de extrañar. Muchos de los que le conocieron lo hicieron bajo el nombre de Ali Bey el Abbassi, príncipe musulmán, lo cual no puede sino indicar que se hizo pasar por otra persona, pero… ¿por qué?</p>
<p>Nacido en Barcelona en 1766, Badía escribió un libro de viajes que encierra cuantos datos se pueden  esperar en un texto así. La novedad fue el itinerario, que incluía destinos como La Meca, prohibidos a los infieles europeos… Pero ocurre que, en realidad, quien cruzó la puerta  del Saludo de la “casa de Dios” como Ali Bey era Domingo  Badía, un personaje complejo y polifacético, difícilmente encasillable.</p>
<p>¿Espía astuto? ¿viajero incansable? ¿ferviente  musulmán?  ¿astrónomo,  geólogo… científico frustrado?  Es difícil establecer  una línea entre  ambos persona- jes, real e inventado, y no sería descabellado  pensar que también  lo fue para el propio Badía en alguna ocasión. Ya se sabe que a fuerza de repetir  una mentira, ésta puede  convertirse en verdad… Badía representa tan acertadamente su pa- pel de Ali Bey que, lejos de parecer  europeo,  da la talla como el más religioso entre los musulmanes.</p>
<p><strong>ESPÍA DE GODOY</strong></p>
<p>Domingo Badía ocupó diversos cargos como funcionario durante  su juventud, el primero de ellos a los 14 años en Granada. Desde temprana  edad se había mos- trado muy interesado  por las matemáticas, la física y la astronomía, la filosofía y las ciencias naturales. Su amplio conocimiento del árabe, sumado a su indumentaria, le sirvieron, de hecho, como el mejor antifaz durante  su larga peregrinación  a tierra santa musulmana.</p>
<p>Precisamente su gusto por la lengua árabe permitió  que conociera a Simón de Rojas Clemente,  botánico y naturalista  que en 1802 era profesor de la cátedra de Árabe en el Colegio de San Isidro, en Madrid. Badía ofreció a su nuevo amigo participar en una expedición “científica” que había sido aprobada  un año antes por el gobierno de Godoy, Secretario de Estado de Carlos IV. Tal expedición no era sino un proyecto de espionaje, del que Badía se vería forzado, más tarde, a apartar a su compañero  de viajes y observaciones científicas.</p>
<p>Pudo no querer  mezclarle en la ambiciosa empresa  que le había encargado Godoy: Badía, convertido en Ali Bey, debía infiltrarse en la corte del sultán de Marruecos para intentar  destronarlo, con el objetivo último de anexionarse parte de su territorio.  Por el contrario,  Godoy pudo querer  apartar  al estudioso Clemente  del proyecto… Lo cierto es que a la hora de la verdad, Ali Bey embarcó en solitario hacia Tánger, en junio de 1803.</p>
<p>Pero el proyecto contemplaba  un viaje previo a los jardines botánicos de París y Londres, donde sí acudieron  ambos. Durante su estancia en la capital inglesa se disfrazaron de árabes y adoptaron los nombres de Mohamad Ben-Ali (Clemente) y Ali Bey (Domingo Badía), que llegó a circuncidarse.</p>
<p>Había nacido, en Londres, el príncipe sirio Ali Bey el Abbassi, quién, tal y como estaba previsto, se introdujo en la corte del sultán de Marruecos.  El verdadero acontecer  de los hechos no está claro, lo que es seguro es que al cabo de cuatro años el espía abandonó Marruecos en dirección a La Meca. Por supuesto que la operación  de espionaje no contemplaba  este viaje. El proyecto parecía haberse evaporado en el insistente calor de las ciudades magrebíes de Fez, Mequinez  o Marrakech, que Ali Bey conoció a fondo.</p>
<p><strong>CAMBIO DE PLANES</strong></p>
<p>Parece que Carlos IV no estuvo de acuerdo con el plan que su secretario Godoy había ideado para el otro lado del Estrecho.  En sus memorias, publicadas en 1848, el propio Godoy desvelaría el descontento del monarca con un proyecto que le resultaba inmoral y que, naturalmente, se suspendió. Badía quedó entonces abandonado a la suerte del príncipe Ali Bey. El erudito occidental que se escondía bajo la túnica de Ali Bey tuvo que disfrutar con el aborto del plan. Puede que ya tuviera lo que buscaba. Una aventura única. Una peregrina- ción impensable  para un occidental… (aunque no para uno ataviado de árabe y a todas luces co- nocedor  de su lengua). Un viaje a través de Egipto,  Arabia, Palestina, Siria y Turquía:  el que permitiría  a Ali Bey, o mejor, a Domingo  Badía, ser el primer  europeo  en pisar La Meca.</p>
<p>El texto que escribió, una verdadera  joya de la literatura  de viajes, se desdobla en dos facetas: la observación y descripción científica de la naturaleza y los fenómenos naturales; y el estudio de todos los aspectos de la geografía, las ciudades y pueblos por los que pasó. Ali Bey muestra  tanto interés por recabar informa- ciones de todo tipo, que a veces parece enfadarse consigo mismo por no tener más ojos para observar más cosas a la vez.</p>
<p>Así le ocurrió cuando al final de la travesía fluvial entre  Djedda  y la ciudad del Yenboa (en Arabia), mientras  aprovechaba  el mediodía para observar el paso del sol, en el mar se debatía “un combate  de peces”. “Hallándose el mar tran- quilo, presentaba  un círculo de ciento y veinte pies de diámetro,  un hervor repentino, acompañado de espuma y grande estrépito […]. Forzado a escoger entre ambos objetos, di la preferencia  a la astronomía y malogré de este modo la ocasión de observar el genio belicoso de la gente acuática”.</p>
<p>Su formidable inquietud  investigadora le llevó a prepararse  a conciencia para el viaje que, en su interior, nunca dejó de tener  ese objetivo científico que había soñado con su amigo Clemente.  Con él había recabado  herbarios  en París y Londres, donde también adquirió numerosos instrumentos científicos, como un telescopio acromático o el anteojo militar de Dollond, utilizados para hacerse una idea aproximada de las dimensiones  de las pirámides  de Djizé, que tuvo que observar desde lejos.</p>
<p>Disciplinado, Ali Bey hacía sus mediciones con método científico, hallando, por ejemplo, la humedad  del clima, las máximas y mínimas de temperatura y esta- bleciendo medias. Iba bien equipado,  en su escritorio guardaba un termómetro de Reaumur  y un higrómetro  de Saussure. La rotura del cabello de su higróme- tro, aparato con el que medía la humedad,  le causó un buen disgusto en Djedda, por donde pasó en su camino hacia La Meca. Una vez en la ciudad santa intentó recomponer el aparato, pero le fue imposible encontrar  un solo cabello, lo que le contrarió aún más: “Los hombres llevan la cabeza enteramente rasa, y las mujeres,  por una especie de superstición,  no darán un solo cabello, porque piensan podrían  servirse de él para hacer sortilegios y maleficios en daño de ellas […] cuando se peinan, tienen muchísimo cuidado de enterrar secretamente el pelo que les cae, y lo mismo practican, y por igual razón, cuando se cortan las uñas”.</p>
<p>Las aventuras y peripecias  de Ali Bey son innumerables, algunas peligrosamente  arriesgadas, como cuando en su travesía por el mar Rojo, la <em>dào </em>en la que viajaba se vio envuelta  en una tempestad  y comenzó a chocar violenta- mente  contra unas rocas: “Distinguí la voz de un hombre  que sollozaba y gri- taba como un niño; pregunté  quién era y dijéronme que el capitán […]. Viendo entonces  el asunto perdido  […] grité a mis criados: a la <em>chalupa</em>”. Grandes dosis de valentía, pero también  de suerte, guiaron los pasos de este enigmático viajero.</p>
<p><strong>PEREGRINO  A LA MECA</strong></p>
<p>Existen pocas certezas sobre la vida de Ali Bey. Una de ellas es que fue el pri- mer europeo en llegar a la ciudad sagrada de La Meca. Nunca lo hubiera logrado sin ese espíritu decidido y sereno con que afrontaba los acontecimientos,  pero le movían motivaciones más autocomplacientes: ser el primero  en llegar, sí, pero sobre todo en ver y contar.</p>
<p>El supuesto príncipe sirio se recrea describiendo  con toda pulcritud  cada centí- metro de La Meca, sus templos y calles, ceremonias  y peregrinos…  Emplea  una retahíla de páginas para narrar con todo detalle el Haràm (templo de La Meca) y las ceremonias de la peregrinación… Besó la piedra negra celestial de la Kaaba o casa de Dios, dando después siete vueltas alrededor de su torre, mientras recitaba las oraciones marcadas por la tradición. El Makàm Ibrahim o lugar de Abraham, el Bir Zemzem o pozo, el Monbar (tribunal de predicación de los viernes), las dos colinas sagradas, Saffa y Merua; nada escapó al ojo de Ali Bey… ni a su letra.</p>
<p>La rigurosidad de sus explicaciones requiere  textos ciertamente extensos, en los que incluye numerosos  datos de sus mediciones.  Tuvo la paciencia de realizar un sinfín de ilustraciones, planos y mapas que invaden las páginas de las ediciones más pulcras de su largo libro de viajes.</p>
<p>El relato llega a ser alocado por la gran contradicción que hay entre sus apreciaciones religiosas y las puramente científicas. A propósito de la citada piedra milagrosa dice que es “un jacinto transparente traído por la divinidad; y que habiendo sido tocada por una mujer impura, se volvió negra y opaca”. Pero en el siguiente renglón afirma que “mineralógicamente hablando es un fragmento de basalto volcánico, sembrado de pequeños cristales y rombos de feldespato”. El delirio llega cuando se entretiene en medir el desgaste de la piedra, concluyendo que “se había gastado en la superficie sobre doce líneas de espesor con los tocamientos […] Si la superficie de la pie- dra estuvo plana y unida en tiempos del profeta, ha perdido una línea por siglo”.</p>
<p>Además de hallar la latitud y longitud de La Meca, Ali Bey recogió muestras del agua del pozo de Zemzem para su posterior análisis, cinco especies de plantas, al- gunos coleópteros y pedazos de las rocas de las cuatro montañas principales. Son varios capítulos los que dedica a la ciudad sagrada, en los que explica el batallón de empleados  que trabajaban  en el templo y sus dependencias. Escudriña  a las mujeres, a su juicio feas, “pintarrajeadas de negro, azul o amarillo” y con un anillo atravesándoles el cartílago de la nariz y el labio superior. Se admira de los enormes cuchillos que llevan los hombres, y lo aparatoso de sus vainas: “¡Tan cierto es que el hombre en todo estado y lugar se halla sujeto a los caprichos de la moda!”</p>
<p><strong>LOS WEHHABIS</strong></p>
<p>El momento  que Ali Bey eligió para hacer su peregrinaje  (la primera  década del siglo XIX) no fue un periodo precisamente estable para el norte de África y Oriente  Próximo, por donde discurrió el itinerario. Las alusiones a los wehhabis son constantes  en su libro de viajes. Éstos iniciaron una reforma  reli- giosa que partió de los desiertos de Arabia y se extendió después  a las naciones adyacentes,  controlando  total o parcialmente enclaves como Bagdad, La Meca, Medina  o Damasco. Abdulwehhab,  el impulsor de la reforma,  quería restituir  la primitivita simplicidad del Corán,  proclamando  a Dios como el único objeto de veneración de los musulmanes.  Prohibió el culto a los santos y a los profetas y destruyó innumerables sepulcros, capillas y templos fabricados en su honor. Proscribió arraigadas costumbres:  el uso del rosario, el tabaco, la seda en los vestidos&#8230;</p>
<p>A pesar de todo ello, Ali Bey decidió peregrinar a Medina,  lo cual habían prohibido  absolutamente  los wehhabis. Hasta su llegada, la ciudad había sido el destino de los muchos peregrinos  que   venían  a venerar   la  cuna   del profeta,  pero la refor- ma convirtió esta costumbre   en  un  nuevo pecado.  El mismo Ali Bey admitía  antes  de partir  que el paso era aventurado,  pero  aún así decidió hacerlo. Como era de esperar, los wehhabis detuvieron  al supuesto príncipe,  acusado primero  de turco y obligado después  a pagar por la infracción cometida.</p>
<p>La aventura continuó en tierras de Palestina y Siria. Después  de tanto tiempo en el desierto, Ali Bey se sintió acorralado al llegar a la civilización. “Al entrar en aquellos países circunscritos por la propiedad  individual, el corazón del hombre se encoge y comprime […] Cuanto se gana en seguridad y tranquilidad, se pierde en energía”, aseguraba.</p>
<p>Pero no tardó mucho en encontrar  motivaciones para continuar su viaje. En Jerusalén, se afanó en la observación del templo musulmán para dar una descripción “circunstanciada” del mismo: “porque los musulmanes  no están, por lo general, en estado de darla y a los cristianos les ha sido imposible penetrar  jamás”. Visitó el sepulcro de David y el Djebel  Tor (monte Olivote para los cristianos), el sepulcro de la Virgen María (en Belén) o el de Abraham (en Hebrón),  Nazaret y Canaa, donde Jesucristo convirtió el agua en vino. Damasco cautivó irremediablemente a Ali Bey con sus tiendas atestadas de género, sus guarnicioneros, armeros y jaboneros, sus barberías, baños y cafés llenos de gente…</p>
<p>La ambigüedad  nunca estuvo ausente de los textos de Ali Bey. Ahora que cono- cemos su doble identidad  todo cobra más sentido, pero el enigma no está completamente resuelto. Sabemos que éste no fue su último viaje, ni su única misión como espía. Lo cierto es que Domingo Badía murió en algún lugar indeterminado de Siria en 1828, y con él el genial Ali Bey, nacido veinticinco años atrás para alegría de los amantes de la literatura  de viajes.</p>
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		<title>Cristóbal Benitez (1879-1880)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Apr 2020 09:22:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Un español de nuevo en Tombuctú                        Cristóbal Benitez (1879-1880) Texto: José Prieto Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001 Timbuctú. Son pocos los lugares de este mundo capaces de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Un español de nuevo en Tombuctú                        </strong><br />
Cristóbal Benitez (1879-1880)</p>
<p><strong>Texto:</strong> José Prieto<br />
Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001</p>
<p>Timbuctú. Son pocos los lugares de este mundo capaces de evocar, con la sola pronunciación de su nombre, tantas cosas. Realidad y mito, historia y quimera se entremezclan entre sí hasta formar un todo inseparable. La historia de Timbuctú, o Tombuctú como pronuncian los franceses, es la historia de sueños y aspiraciones humanas con un denominador común: el oro.</p>
<p>A Timbuctú llegan hoy los viajeros ansiosos de pisar el suelo de la ciudad más deseada por los exploradores europeos del siglo XIX y evocar allí su sufrimiento y sus decepciones. No es ni sombra de lo que fue, pero tampoco es la ciudad ruinosa y triste que describieron Gordon, Caillé o el español Cristóbal Benítez. Un turismo no muy abundante, aunque con inquietudes culturales la sacaron de su marasmo, pero aún hoy sigue dominada por la cultura tuareg, que comparte a regañadientes las mismas fronteras con las otras etnias malienses. Las tensiones actuales entre estas culturas separadas por el gran río Níger son las consecuencias de su propia historia y de la historia de la colonización europea en Africa.</p>
<p>La sola visión de la mezquita de Sankoré basta para intuir que Timbuctú no fue una ciudad cualquiera, pero si el viajero se pierde por sus callejas podrá ver, entre sencillas casas de adobe, sólidos edificios con ventanas vestidas de celosías y puertas bellamente talladas, producto de las diferentes culturas que, durante siglos, convivieron en esta ciudad.</p>
<p>Ningún europeo llegó a conocer nunca el brillo de Timbuctú, excepto uno: Yauder Pachá (llamado por otros autores, Joder Pachá), un morisco originario de Cueva de Vera (Almería) que en el siglo XVI no sólo la conoció, sino que la hizo suya con una expedición sufragada por el sultán de Marruecos Al Mansur, aunque también fue el principio de su decadencia.</p>
<p>Pero, ¿qué hizo que esta ciudad se convirtiera durante siglos en meta de las caravanas que surcaron las rutas del inmenso desierto del Sahara desde Trípoli hasta Marruecos y, siglos después, de los expedicionarios europeos? La respuesta está en el oro, el oro que muchos creían que provenía de Timbuctú, pero que en realidad llegaba desde mucho más abajo, del País de los Negros, de unas minas cuya ubicación era celosamente conservada en secreto por sus explotadores.</p>
<p>Para entender la importancia de Timbuctú basta conocer su situación geográfica. Situada al borde del Níger –en realidad a unos cuantos kilómetros de sus orillas–, era y es la ciudad más cercana a la todavía hoy bella ciudad de Yené, en otros tiempos capital del Imperio de Malí,  hasta donde llegaba el oro procedente de las minas. Gao o Ualata, ciudades entonces también florecientes, estaban situadas demasiado lejos de Yené, de manera que las caravanas compuestas por millares de camellos que venían desde Marraquech pasando por Mekinez, Fez y Tlemecén, por Tafilal o el valle del Dráa,  y desde Trípoli y El Cairo, pasando por Gadamés y Gatt, en la actual Libia, convergían todas en Timbuctú.</p>
<p>Otra característica geográfica importante es que Yené está situada en la orilla sur del río Níger y entre ella y Tímbuctú no sólo hay un río, sino todo un delta interior compuesto por numerosas bifurcaciones que hacen de ella una tierra pantanosa, especialmente durante las crecidas del río. El único medio que podía utilizarse para llegar a Yené eran las piraguas y, puesto que los camellos no podían ser transportados en ellas, dejaban sus productos en Timbuctú, que luego eran llevados en pinazas a Yené, y desde allí volvían con el oro y el cobre. Las narraciones que han llegado hasta nuestros días cuentan que los mercaderes colocaban sus productos en el puerto y discutían con los compradores el precio. Si estos estaban de acuerdo, al día siguiente la mercancía había desaparecido y en su lugar el mercader se encontraba la cantidad de oro fijada.</p>
<p>El nacimiento y desarrollo de Timbuctú están influenciados por tres grandes imperios que se sucedieron desde antes del año 1000 hasta el siglo XVII: el imperio de Ghana, el imperio de Malí y el imperio Shongay. El de Ghana poseía las minas de oro de Galam y del Bambuk, situadas en lo que hoy es Faleme y Senegal, y ese oro llegaba hasta Marruecos desde antes de la llegada del islám. A finales del siglo VIII, el imperio de Ghana, bajo el reinado de Kaya Maghan Cisse, extendió sus dominios entre el Níger y el Senegal medio. Dice el cronista El Bechri que había tanto metal precioso que sus reyes ataban sus caballos en bloques de oro macizo. A partir del siglo XIII comienza la ascensión del reino de Malí, que alcanzó su cenit con el emperador Kankan Mussa, el gran divulgador del islám en Malí, aunque la influencia de esta religión no pasó de la clase dirigente. La islamización masiva de Malí llegaría más tarde.</p>
<p>Kankan Mussa había sometido al entonces pequeño reino Shongay y extendido su autoridad hasta Gao. A la muerte de Kankan Mussa el imperio de Malí se había extendido desde el Atlántico hasta la parte oriental del Níger y desde el desierto hasta la selva tropical, incluyendo las minas de oro. Fue a partir del siglo XIV, con este emperador, cuando Timbuctú comenzó a desarrollarse.</p>
<p>La tradición sitúa el nacimiento de Timbuctú en el siglo XI. La ciudad fue fundada por un grupo de nómadas beréber venidos del norte y fue integrada en Malí en el siglo XIV. Kankan Musa hizo construir varias mezquitas, entre ellas la gran mezquita de Sankaré diseñada por el poeta y arquitecto Es Saheli; envió estudiantes a la gran ciudad de Fez; construyó minaretes y palacios de ladrillo, con techos de madera y terrazas. Los mercaderes que iban y venían de Timbuctú extendieron, entre verdades y exageraciones, la fama de la ciudad hasta el punto que llegó a decirse que el oro crecía en los árboles.</p>
<p>La llegada a la ciudad de eruditos árabes provenientes del Mogreb y Oriente, de gente del Sahel y de letrados de origen sudanés hizo que Timbuctú cayera de forma definitiva bajo la influencia de los países del Norte. Los historiadores hablan de que existía una clase dirigente local, comerciantes de origen magrebí que residían desde hacía dos o tres generaciones. Estos y otros notables se situaban por afinidades en barrios distintos: uno al norte, más beréber; al sur, los sudaneses; gente del sur en la zona de la Gran Mezquita, así como doctores árabes invitados que venían de La Meca o de Egipto. Según León el Africano, la ciudad contaba en la época de Kankan Mussa con unos 70.000 habitantes, mientras que otros historiadores la rebajan a 50.000.  Con todo, una población importante para la época.</p>
<p>Otro hecho determinante para entender el auge de Timbuctú fue la peregrinación a La Meca de Kankan Mussa. El emperador llegó allí con un séquito tan fastuoso y con tal cantidad de oro que impresionó a todos. A su paso por El Cairo Kankan Mussa gastó y dio tantas limosnas que según las crónicas el valor del ansiado metal hizo bajar el precio del dinar en la capital de Egipto durante diez años. De vuelta, el emperador llevó consigo letrados árabes y egipcios para que islamizaran el país. Las caravanas afluían a Timbuctú desde todos los puntos del horizonte cargados de mercancías. Fue la época más brillante de la legendaria ciudad, que por entonces recibió la visita del viajero tangerino Ibn Batuta. En su relato de viaje la sitúa “a cuatro millas del Nilo –por entonces se creía que el Niger y el Nilo eran el mismo río– y sus habitantes son en su mayoría massufíes, de los que se velan”.</p>
<p>A partir del siglo XV, el imperio de Malí inició su decadencia y en 1435 Timbuctú cayó en manos de los tuareg, que deseaban imponer su hegemonía sobre la ciudad, situación que continúa hoy en día y provoca periódicas tensiones entre el gobierno de Bamako y este pueblo, mitificado por los viajeros occidentales, que desea tener su propio estado con Timbuctú como capital, lo que ha provocado más de una guerra. La caída del imperio de Malí coincidió con el resurgimiento del imperio pagano Shongay. Uno de sus reyes, Sonni Alí o Alí el Grande, arrebató Timbuctú a los tuareg en 1468. Temeroso de que la influencia islámica se extendiera al resto del imperio, Sonni Alí pasó por las armas a los habitantes de la ciudad: ejecutó a los ulema, sabios musulmanes que se oponían a él, encarceló a los letrados e incendió la ciudad.</p>
<p>El año en que Cristóbal Colón arribó a las costas de América, en 1492, Askia Mohamed sucedió en el trono a Alí el Grande y, con su conversión al islám, las cosas cambiaron para la castigada ciudad. Timbuctú fue reconstruida y a ella volvieron los letrados, los comerciantes y los ulema. Es un hecho que los cronistas musulmanes tendieron siempre a exagerar la importancia del imperio del Askia Mohamed en detrimento del de Alí el Grande, sobre todo porque el primero era musulmán, pero Alí extendió su influencia hasta las importantes minas de sal de Tagaza. La sal era y sigue siendo un elemento fundamental para los países del sur, ya que carecen de ella. Hoy sigue saliendo una caravana de Timbuctú hacia las minas de sal de Taudení (Malí) y se vende en bloques en el mercado de Timbuctú.</p>
<p>El siglo XVI marcó el principio del final de esta ciudad que ha vivido siempre de espaldas al cercano mundo negro y con su vista puesta en los lejanos países del norte. Éstos, o mejor dicho, Marruecos, fue el encargado de sumergirla en la noche de la historia. Es el emomento en que aparece en escena un morisco, un español de Almería. Por entonces, Marruecos se encontraba sumido en una profunda crisis económica, producto de la presión del imperio Otomano por el este y por la presencia cada vez más evidente de los portugueses, quienes permacecían instalados en las costas marroquíes, especialmente en Arcila, y acaparaban el oro que huía hacia Europa utilizado para acuñar monedas.</p>
<p>Puesto que la sal era un elemento vital para los pueblos del sur, el sultán marroquí decidió tomar las salinas como elemento de presión. La primera expedición marroquí que intentó llegar a las minas de Tagazán data de 1543. Alcanzó Uadán, en la actual Mauritania,  pero fue rechazada por un ejercito de dos mil tuareg enviados por Askia Iskar, rey de los songhay, que arrasaron la región del río Dra, en Marruecos. En 1556, el sultán marroquí Al Mansur envíó al rey shongay diez mil piezas de oro junto a la exigencia de que él, como comendador que era de los creyentes, debía ser el que explotase las estratégicas minas. Aunque la historia no recoge la respuesta del rey Askia, Al Mansur intentó otra invasión sobre Uadán en 1548, pero el inmenso desierto del Sahara y la sed les frenaron. Finalmente, en 1585 las minas de Tagazán fueron tomadas, aunque los askia abrieron otras unos kilómetros más al sur, las de Taudení, que cuatro siglos después siguen suministrando sal a Timbuctú.</p>
<p>El elemento de presión que Al Mansur había intentado crear con la conquista de Tagazán desapareció, pero cierto día, un esclavo de los askia que había huido del sur y se había refugiado en Marrakech, haciéndose pasar por un hermano del Askia Iskar, pidió ayuda a Al Mansur. Le sugirió que si le colocaba en el trono del imperio, él se comprometía a permitirle explotar todas las riquezas de Malí. Al Mansur decidió entonces la conquista directa de Timbuctú y, de paso, quitarse un problema de en medio. El problema era la “legión extranjera” que por aquella época vivía en sus dominios, aventureros convertidos al islám después de haber sido expulsados de sus países de orígen como Italia, Inglaterra y, sobre todo, España.</p>
<p>Uno de estos aventureros era Yauder Pachá. El historiador francés Pierre Bertraux asegura que le llamaban Joder, por ser esta expresión tan española su favorita, teoría que hoy ha sido desechada. Originario de Cuevas de Vera (la actual Cuevas de Almanzora, en Almería), gozaba de la confianza de Al Mansur, quien le había nombrado caíd de Marrakech. El sultán le encargó que preparase una expedición militar, ya que los informes de sus espías aseguraban que el reino Songhay se hallaba en conflictos internos y era el momento de lanzar el ataque.</p>
<p>Yauder Pachá preparó con cuidado la expedición para asegurarse la victoria. Hizo traer de Inglaterra lona para las tiendas, cañones y pólvora. En noviembre de 1590 un ejército de cinco mil hombres salió de Marruecos perfectamente pertrechados, rumbo al sur. Estaba compuesto por mil arcabuceros renegados, otros mil arcabuceros originarios de Al Andalus, mil quinientos lanceros marroquíes (los únicos naturales de Marruecos que van en la expedición), mil auxiliares y diez cañones, todo ello transportado por diez mil camellos. El peligro que se avecinaba fue detectado por los songhay, pero a estos no pareció preocuparles, porque pensaban que la enorme franja de desierto que les separaba de los países del norte era su mejor aliado. La sed, el hambre y el calor insoportable los frenarían, pero Yauder Pachá no sólo había preparado la expedición con sumo cuidado, sino que tenía controlados los estratégicos pozos de agua.</p>
<p>Cuatro meses después de su salida y con apenas bajas, el poderoso ejército alcanzó el río Niger y los shongay comprendieron su error demasiado tarde. El 12 de marzo de 1591 se produjo el encuentro entre los dos ejércitos. Los shongay intentaron hacerles frente sin armas de fuego y utilizando la inútil táctica de intentar arrollarlos con inmensos rebaños de vacas y camellos que fueron rápidamente puestos en fuga. Los shongay se vieron obligados a retirarse y dos horas después, la ciudad de Gao, situada en la orilla norte del Níger, era tomada por Yauder Pachá instantes después de que su población la abandonara. Desde allí, tomó finalmente Timbuctú, donde sólo le recibieron los ulema y los imanes predicadores.</p>
<p>La expedición había sido un éxito y el imperio de Al Mansur se extendía ahora, al menos en teoría, hasta las orillas del Níger. Yauder Pachá comprobó muy pronto que aquello no era lo que esperaba. La modestia del ambiente, comparado con la sofisticación árabe, le sorprendió. Incluso el palacio de El Askia le pareció pobre frente a la belleza de los que estaba acostumbrado a ver en Fez o Marrakech, pero lo peor es que no había oro. Ni crecía en los árboles ni las calles estaban pavimentadas  con el ansiado metal. Pronto comprobó que el oro se limitaba a pasar por Timbuctú, pero que las minas estaban muy al sur, en algún lugar desconocido del País de los Negros.</p>
<p>El morisco almeriense se encontraba a miles de kilómetros de Marruecos, con un ejército asentado en la ciudad y con el regusto amargo del fracaso, así que cuando El Askia le hizo una sugestiva proposición para alejarlo de sus dominios, Jauder Pachá la aceptó. El rey shongay le ofreció diez mil piezas de oro y la entrega de mil esclavos si abandonaba Timbuctú. No se lo pensó dos veces. El caíd de Marrakech  vio la oportunidad de sacar algo en limpio de aquella expedición y le sugirió al sultán que aceptara la propuesta, pero las difíciles comunicaciones con el norte propiciadas por la lejanía hizo que el sultán Al Mansur, que no había dudado antes de la fidelidad de Yauder Pachá, desconfiara y decidiera sustituirlo.</p>
<p>El rey marroquí decidió entonces enviar a Timbuctú al marroquí Mahmud, hombre de su confianza, para que se hiciera cargo del ejército de aventureros, pero cuando llegó, comprendió que Yauder Pachá tenía razón, que no podía enviar más oro que su antecesor. Al Mansur envió a otro hombre, Mansur, que encarceló a Mahmud y a los letrados de la ciudad, y dio la orden de trasladarlos a Marruecos con sus familias, sus bienes y sus libros. Uno de ellos, el historiador Ahmed Baba, consiguió sobrevivir el tiempo suficiente para poder volver a su patria.</p>
<p>Entonces, el rey comprendió que la expedición había sido un fracaso, y aunque durante algunos años mandó pachás como gobernadores de la ciudad, en 1620 dejó de hacerlo.  El ejército de hispano-marroquíes fue abandonado a su suerte. Yauder, tras haberse instalado un tiempo en Gao, decidió volver a Marruecos en 1599. Allí vivió sin problemas hasta la muerte de Al Mansur. Su sucesor desconfiaba de él y le consideraba un traidor, así que decidió decapitarle.</p>
<p>El resto del ejército acabó integrándose en la población, y cuando Al Mansur decidió no nombrar más pachás para la lejana ciudad, los hispano-marroquíes sobrevivieron un tiempo como poder autónomo, nombrando sus propios pachás, hasta que el ejército acabó disolviéndose entre rencillas y rivalidades. Abandonados por todos, decidieron pagar tributo a los tuareg y vivir allí el resto de sus vidas. Timbuctú inició, a partir de entonces, una decadencia lenta pero imparable. Sus hombres de letras, sus ulema, sus hombres de negocios y sus sabios, la abandonan como se abandonaba a una amante envejecida. Las caravanas escaseaban y, aunque no la olvidaban del todo, el desplazamiento del interés comercial por otras zonas hizo que Timbuctú, la orgullosa ciudad que había mirado con admiración hacia el lejano norte y con desprecio al sur negro, se hundió definitivamente en el olvido. En el siglo XVIII cayó bajo la dominación de los tuareg; en el siglo XIX, en 1826, fue destruida y saqueada por los fellata; luego,  en 1846, volvió a manos de los tuareg.</p>
<p>Europa no conocía prácticamente nada sobre aquella zona del mundo, de la que se tenían escasas referencias, aunque en 1375 el cartógrafo mallorquín Cresques la había situado en un mapa con el nombre de Timbouch, cerca de un dibujo del emperador de Malí sosteniendo una pepita de oro. Según algunos historiadores, en el siglo XVII se supo en Francia que un marino llamado Pablo Imbert había caído prisionero y llevado en caravana a Timbuctú, luego devuelto a Marruecos, donde murió como esclavo en 1640 sin dejar nada escrito. También un marino norteamericano, Roberto Adams, afirmó haber estado allí en 1810, pero sus contradicciones al hablar de ella pusieron en duda la autenticidad del viaje.</p>
<p>Fue a principios del siglo XIX cuando Timbuctú llamó la atención de Europa, sobre todo porque el consul inglés en Mogador, Jackson, la había representado como una ciudad inmensa que encerraba fabulosas riquezas, aunque aportando datos que le habían dado los caravaneros que frecuentaban la misteriosa ciudad. Europa había puesto sus ojos en las inmensas riquezas de África que sabía, o se decía, que existían. El médico escocés Mungo Park fue enviado allí por la Real Sociedad Británica y, aunque nunca consiguió llegar a Timbuctú, realizó una importante descripción de la zona del río Níger, donde murió.</p>
<p>En 1824, la Sociedad Geográfica de París anunció que daría un premio de diez mil francos al primero que llegara a esta ciudad y diera una descripción detallada de la misma. El primero que lo intentó fue el mayor Gordon Laing, que aunque había previsto penetrar en ella por las regiones de Gambia, al final lo consiguió el 18 de agosto de 1826 siguiendo una de las rutas de las caravanas, después de un penoso viaje desde Trípoli, pasando por Gadamés y Gatt hasta llegar a Timbuctú, y tras haber tenido que combatir con los tuareg. Llegó a la ciudad herido, pero el jeque lo recibió con la tradicional hospitalidad árabe y le hizo curar sus heridas. Sin embargo, quizá presionado por los fellata que dominaban la ciudad, le expulsó. Algunos días después, Laing fue asesinado en una de las pistas que llevaban a Massina y sus valiosos papeles, con todas sus notas de viaje, fueron perdidas definitivamente para Europa.</p>
<p>Gordon Laing fue el primer en llegar a Timbuctú, pero el primero que volvió para contarlo fue el francés Rene Caillé, que había salido prácticamente al mismo tiempo, aunque siguiendo otra ruta, la que partía del Atlántico desde la ciudad senegalesa de Sant Louis, capital del África Occidental francesa. Caillé era el hijo de una familia humilde que soñaba con realizar algún descubrimiento importante. Indagó en mapas, leyó libros de geografía y los relatos de Mungo Park y, con estas lecturas sus deseos de explorar se intensificaron. Sabía que las malas relaciones entre musulmanes y cristianos tenían su reflejo en el África islamizada, así que todos los cristianos que quisieran internarse en aquella tierra desconocida, tenían que ocultar su verdadera personalidad.</p>
<p>Su primer intento africano terminó en fracaso, aunque aquello no le amilanó, y con tan sólo 18 años se puso como objetivo alcanzar la misteriosa Timbuctú. Se enroló en una caravana, pero las fiebres le hicieron abandonar. En 1824 volvió a Senegal, a Saint Louis, desde donde salió vestido como un hombre del desierto y diciendo a quien se encontraba que iba a convertirse al islám. Tras pasar varios meses deambulando por el desierto mauritano, volvió de nuevo a Saint Louis. Allí buscó fondos para un nuevo intento, sin conseguirlos. Consiguió un trabajo en Sierra Leona, como director de una fábrica, hasta que reunió el dinero suficiente para poner en marcha una nueva expedición, esta vez mejor pertrechado y con la fachada de un hombre nacido en Egipto, cautivo y llevado como esclavo a Francia, que ahora emprendía viaje a su tierra natal para reencontrarse con su familia.</p>
<p>En 1827 emprendió la marcha desde Freetown, camino del Níger.  Tras pasar por numerosas dificultades y navegar por el gran río llegó a Yené y desde allí, finalmente, a Timbuctú. Lo que René Caillé vio allí nada tenía que ver con los relatos que había escuchado en Europa. La ciudad le defraudó y en el relato de su viaje dijo de ella que era <em>un amasijo de casas de tierra mal construidas, en todas dirección no se ven sino llanuras inmensas de arenas movedizas, de un blanco que vira al amarillo, y de la mayor aridez (&#8230;). Todo es triste en la naturaleza (&#8230;), pero hay un no sé qué de imponente en esta ciudad edificada en medio de la arena, y uno admira los esfuerzos que han debido hacer sus fundadores.</em></p>
<p>El fue quién reconstruyó la muerte de Gordon Laing, asesinado por el jefe de una tribu del desierto que le quiso obligar a que reconociese a Mahoma como único profeta. Laing se negó y fue estrangulado por los criados negros del fanático personaje.</p>
<p>René Caillé salió de Timbuctú hacia el norte en una de las caravanas que se dirigían a Marruecos, pero el regreso no fue precisamente un camino de rosas. Conoció la dureza del desierto, la sed y el terrible calor hasta que por fin llegó a Fez, de allí a Rabat. luego a Tánger donde se embarcó en una goleta rumbo a la ciudad francesa de  Tolón, a la que llegó el 10 de octubre de 1828, tras haber recorrido más de cuatro mil kilómetros durante 17 meses. Recibió su merecido premio de diez mil francos que sólo pudo disfrutar diez años. Murió el 25 de mayo de 1838.</p>
<p>Casi 40 años después de la muerte de René Caille,  llegó a Tetuán, en Marruecos, un geólogo alemán llamado Oscar Lenz, financiado por la Sociedad Geográfica de Berlín, con la intención de llegar a Timbuctú. Había viajado por el Africa occidental, aunque nunca se había adentrado en el desierto. Desconocía las costumbres, así que decidió buscar a alguien que tuviera conocimientos de la tierra. Allí, un grupo de alemanes le puso en contacto con un español llamado Cristóbal Benítez, hombre de gran cultura y, sobre todo, con un amplio conocimiento del país y sus costumbres. Benítez había viajado por el interior del país –algo peligroso para un cristiano en aquella época– haciéndose pasar por un nativo, ya que tenía un amplio dominio no sólo del árabe, sino (lo que era más importante) del dialecto que se hablaba en Marruecos, así como de la lengua beréber, el chelja.</p>
<p>Oscar Lenz, un típico alemán de cabello rubio, ojos azules y piel pálida, vio en este español el acompañante ideal para cruzar el desierto y llegar a la lejana Timbuctú. Benítez no lo dudó y puso al servicio de la expedición su conocimiento del terreno y de las personas que gobernaban Marruecos. Consiguió los salvaconductos necesarios para que pudiesen viajar por el país sin ser molestados.</p>
<p>Aunque el imperio xerifiano se extendía hasta tierras mauritanas, el control del sultán de Marruecos sólo era efectivo hasta la ciudad de Marrakech, acostada al borde de la gran cordillera del Atlas,. Más allá imperaban  pueblos que no aceptaban la autoridad del Comendador de los Creyentes, por lo que los salvoconductos tenían escaso valor. Fue a partir de ese momento, al llegar a estas tierras pobladas por tribus insumisas y salteadores de caminos, cuando se puso de manifiesto el talante y la capacidad de ambos hombres. Benítez, que sabía de los peligros que para un cristiano significaba penetrar en aquellas tierras, hizo, al igual que Caillé, el cambio de personalidad. Así, Lenz se convirtió en el médico turco (que no hablaba árabe) de un  príncipe descendiente de una familia ilustre, que en realidad era su criado, y el propio Benítez viajaba como administrador del falso príncipe.</p>
<p>Benítez, hijo de un país mediterráneo cruzado por diferentes civilizaciones a lo largo de su historia, interpretaba su papel a la perfección, pero el alemán, hijo de un pueblo demasiado orgulloso como para renegar de su origen teutón, aunque sólo fuera de forma ficticia, olvidaba a menudo su papel haciendo sospechar a muchos de los que se encontraban en su camino. El plan de ruta era muy similar al que en el siglo XVI otro español, Yauder Pachá, había realizado para llegar a Timbuctú con su ejército de cinco mil hombres: cruzar el Atlas hasta la cuenca del Dra y desde allí, hasta Tinduf, un importante oasis que en los años sesenta provocó una corta, pero cruenta guerra entre Marruecos y Argelia, cuando ambas se disputaban su posesión.</p>
<p>La llegada a Tinduf estuvo llena de peripecias relatadas por Cristóbal Benítez en su libro Viaje por Marruecos, el desierto del Sahara y Sudán –con este nombre era conocido gran parte del territorio de África Occidental–, tras cruzar el Atlas e internarse en la actual región marroquí del Sus. El aspecto de los viajeros hizo despertar sospechas en algunos de que se trataba en realidad de cristianos, así que Benítez tuvo que echar mano de todos sus recursos para poder salir de este y otros atolladeros.</p>
<p>Ya al borde del desierto, cambiaron sus caballos por camellos, se pertrecharon de agua, alimentos y productos para regalar a los notables de las tribus que se encontraran en su camino, cambiaron sus vestimentas marroquíes por las amplias túnicas habituales de los hombres del desierto y se internaron en la inmensa soledad del Sahara, camino de Timbuctú. Poco antes, la suspicacia del hijo de un notable estuvo a punto de costarles la vida, que salvaron gracias a la habilidad y la capacidad de Benítez para granjearse amistades. A pesar de haber contado con la hospitalidad de un jefe de tribu, el hijo de éste sospechaba del aspecto del rubicundo doctor Lenz. Benítez le explicó la historia del médico turco, pero el joven no le creyó y decidió tenderle una emboscada, aunque un hombre de confianza del jefe, de quién Benítez se había hecho amigo, le avisó del peligro, ya que los guías contratados se habían juramentado para llevarles directamente a la emboscada. Benítez cambió de rumbo, más tarde se desprendió de los guías que cambió por otros de mayor confianza, y llegó finalmente a Tinduf.</p>
<p>Más de 40 días tardaron en cruzar el desierto sahariano, con sus abrasadoras jornadas y sus heladas noches. El desierto se cobró su tributo y cuando llegaron a Timbuctú, había perdido más de la mitad de la caravana. Allí comprobaron la decadencia de la ciudad y también intuyeron su glorioso pasado. Tres meses después de haber comenzado su periplo llegaron a Saint Louis desde donde emprendieron regreso a Europa por vía marítima.</p>
<p>Los estudios de Lenz fueron muy apreciados en Europa, pero el alemán mostró su peor cara al ignorar totalmente a Cristóbal Benítez y a la importantísima aportación de éste al viaje, tan importante que Lenz nunca hubiera podido llegar si no hubiese sido por la habilidad de Benítez. Pero su participación en el viaje no quedó en el olvido. Publicó sus trabajos, que interesaron vívamente a los franceses, especialmente sus descripciones del desierto, que no ocultaban sus pretensiones colonialistas sobre la zona y sus deseos de crear una ruta permanente entre Tinduf y Timbuctú  para unir sus colonias del norte con Senegal.</p>
<p>Las guerras entre los fellata y tuareg habían dejado a la ciudad y a sus habitantes sumidas en el más profundo abatimiento. Felix Dubois, en su libro <em>Timbuctú la mysterieux</em>, traza un cuadro sombrío de la ciudad en 1861:</p>
<p><em>Entonces comenzó para Timbuctú el período más crítico de su historia. Jamás las vías sudanesas ni las carreteras saharianas habían sido menos seguras. Jamás el comercio había encontrado más dificultades para alimentarse: en la misma ciudad, la seguridad de las transacciones desapareció. Timbuctú no tenía dueño, tuvo mil tiranos, los tuareg, que jugaron con ella como las olas con un navío sin timón (&#8230;). Cansada de vivir en continua alarma y de sufrir vejaciones de las cuales no veía el fin, la población emigró. Los extranjeros que habían fijado su residencia en la ciudad se volvieron a su país natal. Los indígenas que tenían familia en los países vecinos fueron a unirse nuevamente a ella. Sus domicilios desocupados se agrietaron. No presentándose ningún nuevo habitante, se produjeron derrumbamientos y brechas; de ahí que se formaran islotes de ruinas, inesperados, inexplicables, impresionantes.</em></p>
<p>La situación de la ciudad no cambió hasta la llegada de los franceses. En 1893 éstos ocupaban las regiones del Segú y de Massina, alejadas de Timbuctú, y poco después caía la ciudad de Bandiagar·, en el actual Malí, pero los franceses se resistían a atacar a la ciudad misteriosa ocupada por los tuareg. Ese mismo año, el teniente de navío Boiteux recibió la orden de descender por el río, aunque se le pidió expresamente que se abstuviera de toda demostración de fuerza contra Timbuctú. Los tuareg le atacaron en la zona de Kabara y entonces decidió, aprovechando una crecida del río y consciente del valor estratégico de la ciudad para la levantisca tribu, avanzar hacia Timbuctú, a donde llegó el 12 de diciembre de 1893.</p>
<p>Los habitantes de la ciudad, que vieron en los franceses su tabla de salvación para librarse de la presencia de los tuareg, pidieron a los franceses que la tomaran. Los hombres azules intentaron recuperarla, pero el 10 de enero de 1894, una columna mandada por el coronel Bannier llegó por el Níger y entró en la ciudad, que fue definitivamente ocupada e incorporada al imperio francés. En 1895, el comandante francés Rejou escribía sobre la ciudad ya ocupada:</p>
<p><em> Timbuctú presentaba el aspecto de una vasta ruina. Los habitantes, no teniendo fe en la duración de la ocupación francesa, no hacían en sus casas ni las reparaciones más urgentes. Cuando se les amenazó con una multa o con la expropiación fue cuando se decidieron a repararlas. La ciudad comenzó a repoblarse poco a poco.</em></p>
<p>Con la ocupación francesa, Timbuctú conoció una etapa de calma y una cierta recuperación. Los franceses, como se ha dicho, querían establecer comunicaciones rápidas entre Argelia y el África occidental y en este deseo cabe situar la primera expedición en automóvil, la misión Citrôen, que, tras haber franqueado el Sahara por el Hoggar y Tanefrutz, llegaba a Timbuctú el 7 de enero de 1923 y volvía a Taggurt, su punto de partida en Argelia. Este viaje demostró que la travesía era posible. Citrôen creó en sus fábricas un departamento especial destinado a organizar viajes bisemanales entre Argelia y Timbuctú. Durante un año se desplegaron considerables esfuerzos, entre ellos, la creación de material rodante de importancia y hoteles para las escalas en Colomb-Bechar, Beni Abes, Adrar, Timbuctú y Gao.</p>
<p>El 6 de enero de 1924 fue el día elegido para inaugurarse oficialmente la ruta. Hasta allí iban a trasladarse los reyes de Bélgica, el mariscal Petain y su esposa, así como el gobernador de Argelia, pero cuatro días antes tuvo que suspenderse debido a las razias realizadas por las tribus que vivían al sur de Marruecos. También, en 1937 el famoso escritor y piloto francés Antoine de Saint-Exupéry aterrizó en Timbuctú buscando una ruta aérea para el correo francés entre Francia y América, con escalas en Timbuctú y Saint Louis.</p>
<p>Tras la independencia de Malí, el país quedó habitado por varias étnias de raza negra como la mandinga, la peul o la shoyngay, y los tuareg, un encaje difícil, especialmente por estos últimos, que durante años mantuvieron una guerra por hacer suya Timbuctú y convertirla en capital de un país tuareg. Durante el tiempo que duró el conflicto con los hombres del otro lado del Níger, el gobierno de Bamako mantuvo cerrada la ciudad hasta que, tras un acuerdo de paz y con los tuareg bajo la protección del ACNUR, en 1991 se abrió un vuelo regular entre la ciudad de Moptí, conocida como la Venecia de Africa por sus canales, y Timbuctú, que sigue actualmente.</p>
<p>En estos diez años, la ciudad ha crecido. Hay nuevos edificios, una nueva estafeta de correos y dos o tres hoteles. Tras años de decadencia y sufrimiento, la ciudad está beneficiandose de un turismo atraído por su mítico pasado –recogido en las imprescindibles crónicas Tarik el Fettach, escrita en el siglo XVI por Mahmud Kati y su nieto, y el Tarik es Sudan, de Sadi el Timbuckti, así como los valiosos documentos que se conservan en el museo Ahmed Baba y en las casas de los notables–  una historia que confunde leyenda y realidad, lo que la hace doblemente atractiva.</p>
<p>Todavía hoy, si el viajero deja volar su imaginación cuando se encuentre agitado por las reverberaciones del calor, le parecerá ver en el horizonte las siluetas danzantes de miles de camellos, de caravanas que acuden desde todos los puntos en busca del metal más codiciado: el oro.</p>
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		<title>Rosendo Salvado, un obispo gallego en Australia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rosendo-salvado-un-obispo-gallego-en-australia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Mar 2020 15:56:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 49]]></category>
		<category><![CDATA[Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero Boletín 49 Viajeros españoles Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de Austrialia, apenas dejaron huella. Fueron [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto:</strong> Lola Escudero</p>



<p>Boletín 49</p>



<p>Viajeros españoles<br><br><strong>Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de <em>Austrialia</em>, apenas dejaron huella. Fueron los holandeses y más tarde los británicos quienes terminaron por conquistar y colonizar aquellas remotas tierras. Sin embargo, a finales del siglo XIX, un benedictino gallego se hizo célebre por su respetuosa forma de acercarse a las comunidades indígenas desde su misión de Nueva Nursia, al norte de Perth. Rosendo Salvado llegó a proclamar que prefería convertirse en aborigen antes que en obispo.</strong></p>



<p>Dicen que es posible (y probable) encontrarse con un gallego en cualquier rincón del mundo, por remoto que sea. Y esto no es algo reciente: había gallegos entre los marinos que conquistaron el mundo en los siglos XVI y XVII, entre los colonos que poblaron los diferentes virreinatos americanos en el siglo XVIII, y por supuesto fueron muchos los gallegos que se sumaron a la emigración masiva hacia América en el siglo XIX y a principios del XX.</p>



<p>Uno de estos gallegos intrépidos y sin miedo a poner tierra, y agua, de por medio fue Rosendo Salvado y Rotea. En su caso, su objetivo estuvo más allá, al otro lado del planeta, en Australia, en donde llegó a ser obispo de la diócesis de Nueva Nursia a finales del siglo XIX. En Australia dejó un buen recuerdo, sobre todo entre las comunidades de aborígenes con las que trabajó estrechamente. Los australianos han comenzado a reivindicar su figura como precursor en la integración de los aborígenes en la sociedad australiana respetando su propia cultura.</p>



<p>Como en tantas historias de emigración, la religión tuvo mucho que ver en la decisión del futuro obispo Salvado de viajar tan lejos de casa. Rosendo Salvado y Rotea nació en Tui en el año 1814 e ingresó a los quince años en el convento benedictino de San Martiño Pinario. Era un mal momento para España y sobre todo para los monasterios: la abolición del diezmo, la desamortización de tierras eclesiásticas (1836-37), la disolución y el cierre de monasterios, trastornaron la vida de miles de frailes y entre ellos la de Salvado, que optó por el exilio en Italia donde permaneció diez años, concretamente en el monasterio de Trinità Della Cava, a 45 km de Nápoles, donde por fin pudo celebrar su primera misa en 1939.</p>



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<p>En 1844, junto con otro monje español, José Benito Serra, acudió a la Congregación de Propaganda Fide de Roma en busca de un destino como misionero. Allí conocieron al reverendo John Brady, recién nombrado obispo de Perth (Australia), que estaba negociando ciertos asuntos para sus misiones australianas. Alentados por el reverendo Brady, Serra y Salvado no dejaron desde entonces de consultar en todas las bibliotecas romanas cuanto se había escrito acerca de Australia y de sus aborígenes. Finalmente, el obispo australiano les llevó con él, primero a Inglaterra y más tarde, en septiembre de 1845, hacia su definitiva misión en Australia.</p>



<p>Los primeros años australianos de los dos monjes fueron muy intensos. Habían llegado a Flemantle en enero de 1846 y Brady les asignó un territorio para evangelizar en el actual condado de Victoria Plains, a unos 132 km al norte de Perth, en el estado de Australia Occidental. Escogieron un lugar a orillas del río Moore, que bautizaron como Nueva Nursia (New Norcia en inglés), en honor del santo fundador de su origen, san Benito de Nursia. El 1 de marzo de 1847 inauguraron lo que más tarde sería un monasterio y el pueblo monástico de Nueva Nursia (New Norcia). El asentamiento misionero se construyó en las tierras del pueblo aborigen Yuat, que inicialmente integró la misión, y más tarde también se incorporó a los pueblos Nyungar del suroeste del mismo estado.</p>



<p>Nueva Nursia se convirtió rápidamente en un lugar diferente en el que se practicaba otra forma de ver a los aborígenes y de integrarles, distinta a la que se venía realizando hasta entonces. Para recaudar fondos, Salvado aprovechaba sus habilidades musicales y organizaba conciertos: un auténtico precursor de algo tan habitual en nuestros tiempos. Salvado vivió durante más de cincuenta años en su colonia australiana rodeado por los aborígenes a los que él siempre defendió. Solo en un momento estuvo a punto de dejar su querida Nueva Nursia, y fue cuando el papa Pío IX le nombró obispo de Puerto Victoria, un nuevo asentamiento de los ingleses en el norte de Australia. Rosendo Salvado acató la orden de sus superiores y se trasladó a su destino, pero la suerte se alió con él, ya que los británicos se retiraron al poco tiempo de aquel lugar y pudo regresar a Nueva Nursia con su dignidad episcopal.</p>



<p>A pesar de que años después regresó a España, siempre mantuvo un contacto continuo con los fieles de su misión hasta su muerte, en Roma en el año 1900. Salvado redactó una memoria sobre sus experiencias australianas que hoy nos sirve para valorar la extraordinaria labor que realizó en aquellas tierras, poniendo en marcha iniciativas que en aquellos tiempos resultaban completamente novedosas en estos alejados territorios en los que aún se reconoce su figura y su legado.</p>



<p>En España hay dos hechos que nos permiten recordarle: la estatua dedicada al Padre Salvado inaugurada en 1949 en la Plaza de la Inmaculada de Tui, su ciudad natal, por suscripción popular, y los muchos eucaliptos que encontramos en los bosques ibéricos y en particular en los gallegos: fue Salvado el introductor en España de esta especie que ha causado no pocos problemas.</p>
</div>
</div>



<p>En Australia su figura está siendo actualmente objeto de estudio. En la Universidad de Queensland, un equipo de investigadores está rescatando del olvido los diarios del Obispo Rosendo Salvado que van de 1844 hasta 1900. Los diarios, que suman once tomos, están escritos en varios idiomas europeos y en Nyungar, idioma hablado en la esquina suroeste del estado de Australia Occidental. Contienen un valioso material para los estudiosos de distintas disciplinas: antropología, sociología, historia, psicología, literatura, lingüística, semántica, semiótica y análisis del discurso, entre otras. Uno de los aspectos más originales de este reciente estudio es la perspectiva lingüística, ya que a través de sus diarios se puede analizar la modificación de nombres aborígenes que se realizaba en la época como una forma de borrar también su cultura.</p>



<p>En los diarios se aprecia también que Salvado fue un intelectual y un humanista: entre las artes que practicaba el religioso están la literatura, la botánica y la música. Por otro lado, el obispo gallego se puso desde el principio del lado de los aborígenes australianos y luchó por sus derechos; hasta solicitó ser declarado aborigen australiano por el gobierno de Inglaterra para poder defenderlos mejor. Aunque el aventurero monje tudense murió en Roma, su cuerpo fue trasladado a la ciudad australiana de Nueva Nursia donde reposa.<br></p>



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<p><strong>La misión de Salvado entre los aborígenes</strong></p>



<p>La vida de Rosendo Salvado no tendría nada de excepcional si no fuera porque el escenario de su labor misionera transcurrió en un territorio en el que la presencia española era muy escasa. Australia y otros territorios de Oceanía se agregaron tarde a la red de colonias que comprendía el entonces emergente sistema mundial capitalista a comienzos del siglo XIX, encabezado por el imperio británico con sus posesiones en América, Asia y África. Figuras similares a Salvado hubo muchísimas en otros rincones del mundo, sobre todo en América y en otros territorios vinculados a la Corona española: monjes o sacerdotes voluntariosos, animados por la religión, que vivieron en comunidades de indígenas a las que trataron de ayudar con mayor o menor fortuna. Aprendieron su lengua, intentaron entender sus religiones, costumbres y formas de vida para así poder comunicarse mejor con ellos y en último término, evangelizarles. En Australia, resulta un caso muy excepcional.</p>



<p>Así describe el propio Salvado su proyecto con los Yat y los Nyungar, en una carta dirigida al presidente del Consejo Central de la Pía Obra de la Propagación de la Fe en 1868: <em>“Nueva Nursia … es una misión Benedictina… cuyo objeto principal es la conversión y civilización de [los] salvajes, y por lo tanto ha sido fundada lejos de toda población en un sitio del bosque enteramente desconocido a los europeos, y habitado por solo los salvages, a los que instruyendo, convirtiendo [y] civilizando [se les establece en una] vida social”. </em>Y más adelante subraya la visión para Nueva Nursia: <em>“El objeto de los misioneros de Nueva Nursia, es el de establecer aquella su misión de modo que pueda llegar a ser una Misión Madre; que de ella puedan salir misioneros a fundar nuevas misiones por aquel inmenso país, teniendo siempre una punto de apoyo aquella Misión Madre”</em>.<br><br>Pero aunque la evangelización era su principal objetivo, Salvado y su compañero, el padre Serra, dejaron un importante legado al plasmar en sus diarios una interesante descripción de la cultura de los aborígenes en el siglo XIX. No se sabe muy bien cuántos había en los años en los que Salvado se estableció en Australia. Se calcula entre 300.000 y un millón de individuos, pero es complicado determinarlo porque el país estaba en gran parte inexplorado. Frente a otros pueblos indígenas de otras partes del mundo, los aborígenes australianos tuvieron desde el principio muy “mala prensa”, incluso fueron comparados con los orangutanes, y hubo ciertos científicos que les negaron un alma racional. De tez negra y constitución poco esbelta, los aborígenes fueron degenerando tanto en lo físico como en lo moral al contacto con los colonos ingleses, que aplicaron sobre ellos métodos radicales para forzar su integración: fueron perseguidos, acorralados y maltratados: el alcohol y la escopeta causaron tantos daños como la sequía y el hambre.</p>



<p>Los métodos de Salvado fueron radicalmente diferentes, considerando a los aborígenes sobre todo como seres humanos con los mismos derechos que los colonos, y valorando especialmente sus cualidades, como la hospitalidad, su vinculación sagrada a la tierra y su afición a la música, elemento que Salvado utilizaría como uno de los más apropiados para acercarse al alma de aquellos pueblos incomprendidos. Para poder comprenderlos, Salvado utilizó la asimilación, y practicaba con ellos la caza, comía como ellos, rivalizaba en fuerza y destreza como uno más, cantaba y bailaba con ellos, y consiguió que le consideraran, o casi, un aborigen más.</p>
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		<title>Ciencia y nación. La comisión científica del Pacífico</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ciencia-y-nacion-la-comision-cientifica-del-pacifico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:35:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 22]]></category>
		<category><![CDATA[La Comisión Científica al Pacífico]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Ángel Puig-Samper Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española Expediciones científicas De medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Miguel Ángel Puig-Samper<br></strong></p>



<p>Boletín 22 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Expediciones científicas</p>



<p class="bodytext">De medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, nos encontramos en el año de 1862 con la llamada Comisión Científica del Pacífico, última de las grandes expediciones enviadas a América. Si bien es cierto que alguno de los políticos que más activamente intervinieron en su organización, como el ministro de Fomento o incluso la reina Isabel II, consideraron que la nueva empresa sería la continuadora de las grandes expediciones ilustradas del siglo XVIII, ésta aparece ante nuestros ojos como una expedición esencialmente romántica y nacionalista.</p>



<p class="bodytext">Para entender el espíritu que guiaba el envío de una escuadra de guerra a las aguas del Pacífico con una comisión de profesores de ciencias naturales a bordo, hay que recordar el momento de euforia de la burguesía española en los años centrales del siglo XIX. La Unión Liberal, el grupo político que mejor representaba los intereses de esa burguesía, había conseguido una situación interna que favorecía sin duda el optimismo histórico de ocupar de nuevo un papel relevante en el conjunto de las naciones europeas, ya que había mejorado el comercio exterior, se consolidaba el sistema bancario, se desarrollaba la agricultura de exportación, la industria textil, el ferrocarril, el ejército y la marina.</p>



<p class="bodytext">Además, la política exterior española era especialmente intervencionista, como se había demostrado en Marruecos, México y Santo Domingo, lo que unido a su ideología panhispanista –obsesionada con estrechar los lazos políticos, económicos y culturales de España con sus antiguas colonias, siempre como potencia rectora– era realmente peligroso en una empresa como la que se preparaba con el envío de la escuadra a las aguas del Pacífico americano. Este panhispanismo se vio además favorecido por la política expansionista norteamericana que pretendía la comunicación entre el este y el oeste de la Unión a través de América Central, con el desmembramiento de Panamá de Colombia, la anexión de Cuba y la ocupación de las islas Galápagos; una política, por tanto, que impulsaba por reacción la aparición de movimientos de integración hispanoamericanos y del panhispanismo más integrista. El tono de la nueva aventura ultramarina española aparece reflejado en las páginas de “El Museo Universal”: “<em>Mientras la España recobraba su puesto en Europa, y mientras cobraba la importancia militar y política que merece toda nación grande, rica y civilizada, era conveniente que su pabellón paseara por otros países, que los territorios que en otros tiempos habían pertenecido a su corona recordaran la dignidad e importancia de la madre patria, haciendo así más dignos de estimación y de respeto en todas partes a sus hijos</em>.”</p>



<p>Aunque pueda parecer que el proyecto de la expedición al Pacífico fue apresurado y fruto de la improvisación de la política exterior de la Unión Liberal, lo cierto es que hay antecedentes sobre la posibilidad de pasear la escuadra española por el Pacífico americano, al menos desde los años cincuenta. En 1860 el propio ministro de Estado –Saturnino Calderón Collantes– se hacía eco de los informes de algunos diplomáticos españoles y de las demandas de los súbditos españoles residentes en algunos países americanos exigiendo la presencia de buques españoles para la defensa de sus intereses. El ministro reforzaba el espíritu nacionalista en las instrucciones que finalmente dio al general Pinzón en 1862. Se reconocía la independencia de las jóvenes repúblicas americanas, con las que se deberían estrechar los lazos de amistad, pero ya se advertía de la posible hostilidad de algunas de ellas, especialmente de Perú, por lo que también se recomendaba una posible intervención de la escuadra en caso de que fuera necesario, es decir, si peligraban los intereses españoles. La prevención contra Perú era tal que las mismas instrucciones indicaban que en los puertos peruanos se ostentaran más las fuerzas españolas para hacer comprender a los peruanos que a pesar de la política moderada de España, ésta actuaría con firmeza si la situación lo requería.</p>



<p>En este sentido es muy interesante la interpretación de Francesc A. Martínez Gallego sobre el envío de la escuadra de guerra con el trasfondo de los intereses guaneros españoles frente al monopolio de la compañía londinense <em>Anthony Gibbs and Sons</em>, representada en España por <em>Murrieta y Cía</em>., ya que nos recuerda que además de la retórica política, algunos periódicos como “<em>La España</em>” habían llegado a reclamar la toma por la fuerza de las islas guaneras de Chincha y Lobos, los mayores depósitos guaneros de Perú y de cómo la propia revista del Ministerio de Fomento publicaba en 1864 diversos artículos sobre el guano chileno y peruano, sus yacimientos, calidades, rendimientos, etc, en vez de preocuparse por los posibles resultados científicos de la Comisión.</p>



<p class="bodytext">Las instrucciones dadas al general Pinzón, jefe de la expedición al mando de las fragatas “Resolución” y “Triunfo” y las goletas “Virgen de Covadonga” y “Vencedora”, señalaban un itinerario aproximado que recorría las islas Canarias, Cabo Verde, Brasil, río de la Plata, la costa patagónica, islas Malvinas, cabo de Hornos, Chiloé, costas chilenas y peruanas y California. En cuanto a los aspectos científicos de la expedición, las órdenes, sin duda recordando los buenos oficios de la marina ilustrada, encomendaban los estudios hidrográficos, físicos y meteorológicos a los oficiales de la Armada, para lo cual se les recomendaban las instrucciones dadas por la Academia de París, así como las hojas de clasificación de observaciones geográficas, hidrográficas, barométricas, marítimas, termométricas, ópticas y magnéticas efectuadas por los oficiales de la fragata “Venus” (1863-1839).</p>



<p class="bodytext"><strong>LA COMISIÓN CIENTÍFICA </strong><strong>DEL PACÍFICO</strong></p>



<p class="bodytext">La iniciativa de agregar una comisión de científicos a la expedición partió del ministerio de Fomento y, especialmente, del director general de Instrucción Pública, Pedro Sabau, quien en mayo de 1862 reunió a una comisión consultiva para nombrar a los integrantes de la futura comisión científica. Hay que destacar que en dicha comisión consultiva figuraron Mariano de la Paz Graells y Miguel Colmeiro, naturalistas que rigieron los destinos de las ciencias naturales en España durante gran parte del siglo XIX y autores materiales de las instrucciones científicas que llevó la comisión científica en su periplo americano. Después de diversas consultas, la Comisión Científica del Pacífico quedó formada por los siguientes personajes:</p>



<p class="bodytext">• <strong>Patricio M. Paz</strong> (1808-1874), marino retirado y coleccionista de especies malacológicas, fue nombrado presidente de la comisión científica. Por esta razón se encargó de la dirección científica y administrativa, hasta julio de 1863, fecha en la que decidió retirarse por las disensiones habidas con los jefes militares de la expedición y las tensiones creadas en el seno de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Fernando Amor y Mayor</strong> (18221863), catedrático del Instituto de Valladolid, se encargó, como “naturalista” de la expedición, de todo lo concerniente a la geología y la entomología, hasta su fallecimiento en San Francisco de California en 1863.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Francisco de Paula Martínez y Sáez</strong> (1835-1908), ayudante de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, fue nombrado secretario de la Comisión y encargado –como “ayudante naturalista”– de los estudios sobre mamíferos y reptiles acuáticos, peces, crustáceos, anélidos, moluscos y zoófitos. Tras la renuncia de Paz y la muerte de Amor, fue el presidente interino de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Marcos Jiménez de la Espada</strong> (1831-1898), ayudante del Museo de Ciencias Naturales, fue –como segundo “ayudante naturalista”– el responsable de las investigaciones sobre aves, mamíferos y reptiles terrestres. Además se destacó en el transcurso de la expedición por sus trabajos en los volcanes andinos y sus observaciones geográficas, antropológicas e históricas.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Manuel Almagro y Vega</strong> (1834-1895), médico militar cubano educado en París, fue el encargado de los estudios etnológicos y antropológicos en la Comisión Científica del Pacífico. Asimismo, fue el redactor de la memoria oficial sobre la expedición que se presentó al ministro de Fomento en 1866, una vez finalizado el viaje.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Juan Isern y Batlló</strong> (1825-1866), ayudante colector del Real Jardín Botánico, fue el responsable de los estudios botánicos. Fue uno de los expedicionarios –junto a Martínez, Jiménez de la Espada y Almagro– que hizo el “Gran Viaje” a través del Amazonas, aventura en la que contrajo una enfermedad incurable que le costó la vida.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Bartolomé Puig y Galup</strong> (1826-?), médico y ayudante disecador del gabinete de Historia Natural de la Uni versidad de Barcelona, fue el encargado de los trabajos de Cacique de Osorno. taxidermia y conservación.</p>



<p class="bodytext">• <strong>Rafael Castro Ordóñez</strong> (?-1865), pintor educado en la Real Academia de San Fernando, que fue nombrado dibujante y fotógrafo de la expedición. Su actividad en el campo de la fotografía, en la que se había formado junto a Charles Clifford –uno de los fotógrafos reales e introductor de técnicas avanzadas en nuestro país– fue intensa y muy valiosa, aunque se vio truncada por su muerte en 1865.</p>



<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN AL PACÍFICO</strong></p>



<p class="bodytext">El 10 de agosto de 1862 zarparon desde Cádiz los buques que conducían a América a los miembros de la Comisión Científica del Pacífico, héroes románticos de la nueva ciencia que, aunque asombrados ante el esplendor de la naturaleza americana, se consideraban portadores de la cultura y la civilización que el Viejo Mundo aún podía aportar al Nuevo.</p>



<p class="bodytext">La escuadra llegó al puerto brasileño de Bahía el 9 de septiembre, después de realizar pequeñas escalas técnicas en Tenerife y en San Vicente de Cabo Verde. La posibilidad de explorar un territorio más amplio determinó que la comisión científica se fragmentase en grupos que recorrieron Río de Janeiro, Desterro, Petrópolis, Santa Cruz y Río Grande do Sul en un período aproximado de tres meses.<br>Finalizada su estancia en Brasil, los naturalistas se embarcaron en la goleta “Covadonga”, que les condujo a la ciudad de Montevideo, desde donde se planeó un viaje para recorrer Argentina hasta alcanzar el territorio chileno, proyecto que culminaron los expedicionarios Paz, Almagro, Isern y Amor, en tanto que sus compañeros de comisión siguieron en los buques en dirección al estrecho de Magallanes. Asimismo, éstos últimos visitaron las islas Malvinas y Tierra de Fuego, antes de llegar a Valparaíso, lugar de encuentro de los dos grupos de la comisión científica.</p>



<p>En el verano de 1863 la comisión volvió a fragmentarse para lograr un horizonte más amplio de estudio. Almagro e Isern iniciaron una amplia excursión a los Andes, fruto de la cual fueron numerosos objetos antropológicos y un interesante herbario, en tanto que el resto de los científicos exploraban la costa chilena y el desierto de Atacama, antes de salir con rumbo a Centroamérica y San Francisco de California, ciudad en la que falleció Fernando Amor. En diciembre del mismo año llegó la fragata “Resolución” al puerto de El Callao y un mes más tarde fondeaba la “Triunfo” en las aguas del puerto chileno de Valparaíso. El primer buque, que debía embarcar a Almagro e Isern, permaneció cerca de tres meses en el puerto peruano a la espera de actuar militarmente, ya que al regresar del viaje a California se encontró Pinzón con la noticia de la agresión armada a la colonia española de Talambó. Finalmente se dirigió a Valparaíso, donde permanecería al acecho, en tanto que por fin se conseguía reunir a los integrantes de la comisión científica.</p>



<p class="bodytext">Iniciada la campaña del Pacífico, con la ocupación militar de las islas Chinchas por parte de la escuadra española, y tras la dimisión de Paz Membiela como presidente de la comisión, se ordenó la suspensión de la expedición científica. A pesar de esta orden Martínez –como presidente accidental–, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron continuar la expedición sin contar ya con la dirección militar de Pinzón. Una vez autorizado este proyecto y reunidos en Guayaquil, en octubre de 1864, los cuatro científicos mencionados anteriormente (Puig y Castro también se habían retirado) decidieron realizar lo que ellos llamaron “El Gran Viaje” a través del Amazonas.</p>



<p class="bodytext">Después de varias exploraciones en los Andes ecuatorianos, se dirigieron a la ciudad de Baeza, ya en el oriente de Ecuador, desde donde iniciaron su periplo. Tras atravesar las regiones del Misagualli y del Tena, se dirigieron –en mayo de 1865– hacia el Napo. El antropólogo decidió hacer una pequeña excursión por la región de los jíbaros, en tanto que los demás dejaban Aguano para alcanzar la población de Loreto y proseguir hacia San Antonio de la Coca, en la confluencia de los ríos Coca y Napo.</p>



<p class="bodytext">Zarparon desde este lugar, el 17 de julio, en una pequeña “escuadra” integrada por dos balsas, cuatro canoas grandes y tres pequeñas, en compañía de indios aguanos y loretos. Después de realizar una visita al río Aguarico, se dirigieron a la desembocadura del Curaray, para llegar finalmente a Mazán el 4 de agosto. Acabada la travesía del Napo en Destacamento, se inició la del Amazonas propiamente dicha en condiciones tan adversas que propiciaron la enfermedad mortal del botánico Isern. Embarcados en el vapor “Icamiaba” el 20 de septiembre, coincidieron con una comisión científica norteamericana presidida por el sabio Agassiz, que les auxilió en todo lo posible, dado el deplorable estado en el que se encontraban los comisionados españoles. Una semana después llegaron a Manaus, ciudad brasileña en la que esperaron la llegada del vapor “Belem”, que les llevó hasta el Gran Pará, donde terminaron el viaje el 12 de octubre de 1865.</p>



<p class="bodytext">Un mes más tarde, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern se embarcaron en Pernambuco con intención de regresar a España, en tanto que Almagro iniciaría su regreso desde La Habana, ciudad a la que se había dirigido nada más con cluir la aventura amazónica. La expedición se dio por terminada el 18 de enero de 1866, después de una reunión en Madrid de los integrantes de la Comisión Científica del Pacífico.</p>



<p>En cuanto a los resultados de la expedición al Pacífico, cabe decir que, a pesar de que en un primer momento se hizo un esfuerzo notable por dar a conocer lo conseguido, con una magna exposición en el Real Jardín Botánico y la edición de una memoria oficial del viaje, redactada por Almagro, los acontecimientos políticos y la falta de institucionalización e implantación de la ciencia española condujeron –de nuevo– a la falta de estudio e investigación de los materiales recogidos. Volvía a observarse un desequilibrio, ya casi tradicional, entre el esfuerzo organizativo de nuestras expediciones y sus resultados científicos.</p>



<p class="bodytext">Aún así, hay que destacar la labor de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico, parte de los cuales –Martínez y Jiménez de la Espada– dieron a conocer nuevas especies a la ciencia o suministraron los materiales –como en el caso de Isern, Almagro o Castro– para su posterior estudio.</p>



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		<title>Bonelli (1882-5)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/bonelli-1882-5/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:21:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[El Sahara. Un Mundo Desconocido]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Miguel Alonso Baquer Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001 La figura de Emilio Bonelli Hernando ocupa un lugar destacado en la historia reciente de la presencia española [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Miguel Alonso Baquer</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
<p class="bodytext">La figura de Emilio Bonelli Hernando ocupa un lugar destacado en la historia reciente de la presencia española con voluntad de permanencia, no sólo en el Sáhara Occidental sino también en los Territorios del Golfo de Guinea. El hecho por el que ha pasado a esta historia como personalidad sobresaliente está fechado el 4 de noviembre de 1884 cuando se izó por vez primera, siendo él capitán de infantería, la bandera de España en un lugar de la península de Río de Oro que los nativos llamaban Dahla-es-saharía, junto al acantilado que luego serviría para fundar Villa Cisneros por decisión del propio Bonelli.</p>
<p class="bodytext">De Emilio Bonelli Hernando nos interesa subrayar, primero, su condición humana; en segundo lugar, su profesionalidad militar; después, su definición africanista en la versión genuina de explorador y finalmente, su generosa entrega a una causa civilizadora en el marco de las instituciones donde encontró cobijo su modo de pensar, la Liga Africanista Española y la Real Sociedad Geográfica de Madrid.</p>
<p class="bodytext"><strong>1.- LA CONDICIÓN HUMANA DE EMILIO BONELLI</strong></p>
<p class="bodytext">La condición humana del protagonista de los hechos que vamos a evocar aparece muy clara en las <em>Notas </em>para la biografía del notable explorador que, a mi requerimiento, acaba de redactar su nieto Emilio Bonelli Otero, compañero mío de la 8ª Promoción de la Academia General Militar de Zaragoza y actualmente General de División en la reserva.</p>
<p class="bodytext">Emilio Bonelli Hernando había nacido en Zaragoza el 7 de noviembre de 1855 (y no en Madrid un año antes, como se dijo en alguna Enciclopedia). La de Espasa en sucesivas ediciones, a partir de los primeros años del siglo XX, sólo ha corregido el lugar pero no el año. Su padre era D. Eduardo Bonelli, Ingeniero Agrónomo de origen italiano, un hombre de espíritu viajero que había dejado Italia al enviudar muy jóven. Casado en segundas nupcias con Dª Isabel Hernando, se estableció en Zaragoza, donde su hijo Emilio recibió las aguas bautismales en la Parroquia de S. Gil (Calle de D. Jaime, que discurre entre el Coso y el río Ebro).</p>
<p class="bodytext">Emilio, muy pronto, queda huérfano de madre y con su padre se traslada a Marsella donde desde sus primeros estudios adquiere la rara cualidad de expresarse correctamente en español, italiano y francés. Los viajes incesantes de su padre le llevan a Argel, a Túnez y, decisivamente para su porvenir, a Tánger, donde un hermano de su padre ejerce de farmacéutico. Frecuenta una escuela musulmana, viste chilaba, calza babuchas y empieza a desenvolverse en lengua árabe.</p>
<p class="bodytext">El fallecimiento de su padre, víctima de una epidemia de cólera, en 1869 —Emilio tiene catorce años— le deja en una mala situación económica que solventa actuando como intérprete en el Consulado de España en Rabat. Cobraba 50 pesetas mensuales y se le orientaba al ingreso por oposición en alguna plaza de funcionario del Ministerio de Estado o de la Presidencia del Gobierno en Madrid.</p>
<p class="bodytext">Llamado a filas por su condición de ciudadano español no alega exención alguna como huérfano de padre y madre y se dispone a superar la convocatoria de acceso a la Academia de Infantería de Toledo, costeándose la preparación con frecuentes traducciones. Es un brillante cadete que se gana las simpatías de sus compañeros. Al parecer, son ellos quienes le ayudan en lo económico a pagar su equipo y es el Comandante Profesor Rodríguez de Quijano y Arroquia, un buen geógrafo, quien más interés muestra por orientar el sentido de su carrera militar. Entre 1875 y 1878, es decir, en los primeros años de la Restauración , es cuando logra el despacho de oficial de Infantería y el destino al Regimiento de la Princesa nº 4 con sede en Madrid.</p>
<p class="bodytext">Durante una docena de años fue madurando su vocación africanista, no sin tener que aprovechar las oportunidades para dotarse de un patrimonio. Se sabe que el Ayuntamiento de Madrid le premió con 3.000 ptas. por la puesta a punto de sus embrolladas cuentas. Y se supone que las empleó para esporádicos viajes por todo el Norte de Africa en contacto cada día más audaz con las poblaciones del interior.</p>
<p class="bodytext">El año decisivo, —todavía teniente graduado, a punto de ascender a capitán— es 1882. Obtiene licencia para permanecer más tiempo en Africa. Desde Rabat recorre en solitario toda la cuenca del río Sebú. Visita los territorios de los Beni Hasen y del Garb y las ciudades de Fez y Mequinez, donde todavía no residía ningún europeo. A su retorno, la Sociedad Geográfica de Madrid le ofrece la ocasión de pronunciar una conferencia, precisamente el 7 de noviembre, cuando cumplía 27 años:<strong><em>Observaciones de un viaje por Marruecos </em></strong>. El Depósito de la Guerra , del Cuerpo de Estado Mayor, le edita ese mismo año <strong><em>El Imperio de Marruecos y su constitución: descripción de su geografía, topografía, administración e industria </em></strong>. Un año antes, se ha distinguido por la traducción del <strong><em>Manual de fortificación de campaña </em></strong>del teniente general francés Brialmont. Está muy acreditado en su función de profesor de idiomas.</p>
<p class="bodytext">La anécdota más significativa de su personalidad se sitúa en este tiempo. Emilio Bonelli ha tomado conciencia del problema, vital para los pescadores canarios, de disponer de refugios en la costa africana, especialmente en torno al abrigo de la península de Río de Oro, donde eran sistemáticamente hostigados. Pide audiencia al Ministro de la Guerra y le ofrece la iniciativa de una toma de contacto oficial con la población nómada que le será rechazada. Bonelli sale decidido del Palacio de Buenavista, sito en la plaza de la Cibeles , a poner su plan en manos del Presidente del Consejo de Ministros D. Antonio Cánovas del Castillo. Tras recorrer a pie unos metros de la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol —edificio luego del Ministerio de Educación— penetra decidido en el antedespacho de aquel a quien suponía interesado en los problemas africanos, por influencia directa de su tío malagueño, Serafín Estébanez Calderón “El Solitario”. Y Cánovas le recibe sin solicitud previa de visita y le otorga su confianza.</p>
<p class="bodytext">Los preparativos de su expedición tienen lugar en las Islas Canarias y revelan un firme carácter y una decidida e inexorable vocación africanista. Su nieto Emilio Bonelli Otero recoge en sus <em>Notas </em>la semblanza que ha quedado en el entorno familiar. Se habla de un autodidacta capaz de forjarse todo un carácter al servicio de una idea fija: introducir a España en la aventura que ya ocupaba a otras naciones europeas, incluso antes de que el Canciller Bismorck convocara la Conferencia de Berlín (1885). Estudioso sin límites, trabajador incansable, tenaz en sus sueños, quiere para España un prestigio internacional donde se reúnan los afanes de exploración y reconocimiento de tierras ignotas y la mejora substancial del género de vida de las poblaciones rezagadas. Su progresión en el conocimiento de la lengua árabe —que se prolonga con el suficiente uso del inglés y del alemán— había clarificado en su conciencia cual debía ser el signo de su vida. No obstante, tardará unos años en renunciar a la carrera militar para así consagrarse finalmente a la defensa verbal en las polémicas consiguientes a su decidida penetración exploratoria en dos escenarios climáticamente contrarios, los desiertos del Africa Occidental Española y las selvas del Africa Ecuatorial Española.</p>
<p class="bodytext">El 4 de julio de 1886, en plena actividad organizadora de tan múltiples esfuerzos, contrajo matrimonio con Dª María Rubio Isern. Tuvo varios hijos, cuyas vicisitudes son también significativas. Eduardo, el mayor, murió muy joven (1887-1903); Eulalia vivió entre 1888 y 1957; Eugenio (1889-1969) alcanzó el empleo de coronel de Infantería, —le conocí siendo Profesor de Dibujo de la Academia General Militar de Zaragoza al superar mi oposición de ingreso en ella—; Emilio (1902-1962) también, alcanzó a ser coronel de Infantería; Elvira vivió entre 1903 y 1983; Juan María (1904-1982), sirvió en la Armada hasta el empleo de capitán de fragata y acabó convertido en Ingeniero Geógrafo. (Ejerció el alto cargo de Gobernador General de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea en los últimos años de la II Guerra Mundial, culminando su vida como Secretario Perpetuo de la Real Sociedad Geográfica); Ernesto, (1906-1936) optó por ser Ingeniero de Montes para integrarse también en la plantilla de los Ingenieros Geógrafos. Muere fusilado en las tapias del santuario del Cristo de la Vega de Toledo, siendo el Director del Observatorio Astronómico y dejando viuda a la hija del Profesor y Catedrático de Filosofía D. Manuel García Morente. Este hecho resultó decisivo para la conversión y el sacerdocio de Morente.</p>
<p class="bodytext">Nuestro hombre, Emilio Bonelli Hernando, falleció, víctima de un infarto de miocardio, el 25 de noviembre de 1926 en Madrid. Sus restos reposan en la Sacramental madrileña de los Santos Justo y Pastor. La necrológica de urgencia afirmaba de su vida y de su obra que “fue un español notable, militar y patriota ejemplar, geógrafo, comerciante, políglota, negociador, habilísimo diplomático, hombre íntegro y de inequívoco espíritu cristiano”.</p>
<p class="bodytext"><strong>2.- LA PROFESIONALIDAD ATÍPICA DE UN MILITAR</strong></p>
<p class="bodytext">Decir de Emilio Bonelli Hernando que fue un militar atípico es decir una obviedad. Se trata de una trayectoria trazada al costado de la profesionalidad más convencional —la vida de guarnición en la capital de España— siempre con vistas a una aventura, más bien solitaria, que no pasó en sus años jóvenes por el destino a escenarios ultramarinos, es decir, ni por Cuba, ni por Filipinas. Y es que su opción por explorar las costas atlánticas del continente africano precede a la gravísima complicación de la situación bélica atravesada entre los años 1895 y 1898 tanto en Cuba como en Filipinas. No fue, pues, el Desastre del 98 lo que determinó lo esencial de su vocación. Tanto la vocación como la dedicación africana de Emilio Bonelli se incribe en un modo de ser inequívoco al que siempre fue fiel como verdadero pionero: el modo de ser del explorador de nuevos escenarios que lo hace para abrirlos a la civilización en nombre de España.</p>
<p class="bodytext">En las filas del Ejército alcanzó hasta el empleo de teniente coronel. Recuérdese que ingresó en la Academia de Toledo con veinte años, por encima de la edad de la inmensa mayoría de sus compañeros de promoción y añádase a esta circunstancia, las facilidades que le daba la guarnición de Madrid para progresar en la enseñanza de idiomas y para tomar contacto con las personalidades de la política, de la ciencia, del comercio y de la cultura de quienes, en definitiva, dependía la posibilidad misma de su aventura africana</p>
<p class="bodytext">La profesionalidad militar en el caso de Emilio Bonelli está asociada a un ideal científico, en parte y político, en el fondo, que supo hacer compatible con su carrera. En el siglo XIX algunos miembros de la carrera de las armas se esforzaron en entender su vocación como una realidad abierta a la ciencia y a la cultura. Y nada más próximo entre sí que el espíritu expedicionario, (sea con fines científicos de conocimiento o con fines culturales de extensión de unos valores) y el espíritu militar propiamente dicho, cuando éste mira al exterior y se entienda como proyección de un poder. Será el caso de Emilio Bonelli.</p>
<p class="bodytext">Las vocaciones de sus hijos varones ratifican esta interpretación vital aparentemente aventurera. La Real Armada y los Reales Ejércitos de la España de la Restauración acogieron a estos hijos varones todos ellos marcados con un denominador común que podríamos sintetizar en la pasión por la geografía humana y otras ciencias sociales.</p>
<p class="bodytext">Naturalmente que Emilio Bonelli, como veremos a continuación, siempre operó en sus expediciones como un militar de carrera. Siempre entendió que el Ejército y la Armada tenían que respaldar aquellas iniciativas. Sus frecuentes discusiones en Congresos y Conferencias (internacionales o nacionales) le presentan como claro representante del punto de vista militar. De hecho, su retiro, demorado en todo lo que era posible, no interrumpió esta definición suya de militar ilustrado y culto, con la que ha pasado a la historia.</p>
<p class="bodytext">Lo definitivo, sin embargo, radica en la esencia castrense de su carácter. Las formas de vestir y de hablar, las exigencias éticas del respeto a la palabra hablada, propias de Emilio Bonelli, fueron hasta su muerte, las habituales entre los mejores de sus compañeros de armas.</p>
<p class="bodytext"><strong>3.- LA DEFINICIÓN PRECISA DE SU AFRICANISMO VISCERAL</strong></p>
<p class="bodytext">Entre el 24 de octubre de 1778, fecha en la que España toma posesión de la isla de Fernando Poo en el Golfo de Guinea, hasta el 3 de noviembre de 1884, fecha en la que Emilio Bonelli ocupa Río de Oro, transcurre el lento proceso de integración de una minoría de españoles en la gran corriente del africanismo europeo.</p>
<p class="bodytext">Los hechos consiguientes más notorios podrían ser éstos:</p>
<p class="bodytext">•  La declaración oficial del <strong><em>Protectorado español sobre el Sáhara Occidental</em></strong>que se produce el 26 de diciembre de 1884.</p>
<p class="bodytext">•  Los convenios con el Sultán de Marruecos, respecto a lo que terminaría llamándose <strong><em>Zona Sur del Protectorado </em></strong>(Cabo Juby) que están firmados el 5 de marzo de 1894 y el 24 de febrero de 1895.</p>
<p class="bodytext">•  El <strong><em>Tratado de París </em></strong>, consiguiente al desenlace de la guerra frente a los Estados Unidos en Cuba y en Filipinas que lleva la fecha de 27 de junio de 1900.</p>
<p class="bodytext">•  La <strong><em>Conferencia </em></strong><strong><em>de Algeciras </em></strong>para el reparto de responsabilidades entre España y Francia en la acción protectora de Marruecos, que se inició el 15 de enero de 1906 y el <strong><em>Acta general </em></strong>que se firma el 7 de abril del mismo año.</p>
<p class="bodytext">•  La expedición del teniente coronel Bens al interior del Sáhara desde Tarfaya (luego Villa Bens) que se realiza a partir del 29 de junio de 1907. Francisco Bens Argandoña será <strong><em>Gobernador Político-Militar de Río de Oro </em></strong>desde 1903 y lo seguiría siendo hasta 1925</p>
<p class="bodytext">Todos estos acontecimientos están directamente relacionados con las gestiones personales de Emilio Bonelli; en realidad son la consecuencia directa de su gestión. Igualmente lo son otras tantas circunstancias vinculadas a la presencia española en lo que se llamó <strong><em>Colonia del Río Muní </em></strong>, frente a la Isla de Fernando Poo en el Golfo de Guinea.</p>
<p class="bodytext">Retengamos la fecha critica de la actividad expedicionaria del que hemos justamente calificado «adelantado de la presencia española en el Sáhara Occidental» : noviembre de 1884. Por delante de ella hay que situar, el 16 de septiembre de 1877, la creación en la capital de España de la Asociación Española para la Exploración de Africa , bajo la presidencia del joven rey Alfonso XII y la fundación de la Compañía Mercantil Hispano-africana el 9 de febrero de 1883. Un año más tarde, en los días en que Bonelli prepara en la Isla de Tenerife su viaje a Río de Oro, en términos de comisión de servicio a la Corona de España, esta Compañía había situado un almacén de pontones en la costa africana. Es exactamente lo que le había encomendado Cánovas del Castillo a la recién fundada Sociedad de Africanistas y Colonistas en 1883 y lo que ésta transmite al capitán en excedencia Emilio Bonelli.</p>
<p class="bodytext">El apoyo jurídico de la operación programada venía tanto del <strong><em>Tratado </em></strong>de noviembre de 1861 entre España y Marruecos, respecto al derecho a establecer pesquerías en Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni), como de las <strong><em>Conclusiones </em></strong>de la Conferencia de Berlin (1885), respecto al derecho de las naciones civilizadas a ocupar en Africa territorios que estuvieran libre de una clara soberanía de cuño europeo.</p>
<p class="bodytext">Todos estos acontecimientos están directamente relacionados con las gestiones personales de Emilio Bonelli; en realidad son la consecuencia directa de su gestión. Igualmente lo son otras tantas circunstancias vinculadas a la presencia española en lo que se llamó <strong><em>Colonia del Río Muní </em></strong>, frente a la Isla de Fernando Poo en el Golfo de Guinea.</p>
<p class="bodytext">Retengamos la fecha critica de la actividad expedicionaria del que hemos justamente calificado «adelantado de la presencia española en el Sáhara Occidental» : noviembre de 1884. Por delante de ella hay que situar, el 16 de septiembre de 1877, la creación en la capital de España de la Asociación Española para la Exploración de Africa , bajo la presidencia del joven rey Alfonso XII y la fundación de la Compañía Mercantil Hispano-africana el 9 de febrero de 1883. Un año más tarde, en los días en que Bonelli prepara en la Isla de Tenerife su viaje a Río de Oro, en términos de comisión de servicio a la Corona de España, esta Compañía había situado un almacén de pontones en la costa africana. Es exactamente lo que le había encomendado Cánovas del Castillo a la recién fundada Sociedad de Africanistas y Colonistas en 1883 y lo que ésta transmite al capitán en excedencia Emilio Bonelli.</p>
<p class="bodytext">El apoyo jurídico de la operación programada venía tanto del <strong><em>Tratado </em></strong>de noviembre de 1861 entre España y Marruecos, respecto al derecho a establecer pesquerías en Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni), como de las <strong><em>Conclusiones </em></strong>de la Conferencia de Berlin (1885), respecto al derecho de las naciones civilizadas a ocupar en Africa territorios que estuvieran libre de una clara soberanía de cuño europeo.</p>
<p class="bodytext">El general de División Mariano Fernández Aceytuno nos ha descrito con todo lujo de detalles en una obra reciente (2001) los propósitos y las realidades de la expedición de Emilio Bonelli. Había solicitado éste, desde 1882, actuar en solitario, como antes lo hiciera José María de Murga y Murgategui, el «moro vizcaíno», “provisto sólo de chilaba, babuchas, morral, una tetera y una pipa de Kifi por los caminos de Fez, Marraquech, Mequinez y el territorio meridional del Sur. Pero hasta 1884, en el recuerdo de las aventuras algo más lejanas de Aly Bey el Abbassí, (en realidad el agente catalán Badía del ministro de Carlos IV, Manuel Godoy) y de Gatell, más recientes, no obtiene el permiso del Gobierno.</p>
<p class="bodytext">La misión encomendada —escribe Fernández Aceytuno— era básicamente mercantil y no ofrecía para el Estado riesgo alguno; si tenía éxito, la costa frente a Canarias quedaría bajo tutela de España y en caso contrario, el Gobierno podía darse por no enterado de una aventura realizada a cargo de una Compañía particular o privada.</p>
<p class="bodytext">Emilio Bonelli fletó el buque de vela «Ceres» en la Isla de Tenerife y se presentó, sucesivamente, en Cabo Bojador (latitud 26º, 8&#8242; Norte, longitud 8º, 17&#8242; Oeste), en Río de Oro (latitud 23º, 36&#8242; Norte, longitud 9º, 49&#8242; Oeste), en Angra de Cintra (latitud 23º, 6&#8242; Norte, longitud 10º, 1&#8242; Oeste) y en Bahía del Oeste (latitud 20º, 51&#8242; Norte, longitud 10º, 56&#8242; Oeste). Sólo desembarcó en la conocida bahía y península de Río de Oro (que los portugueses denominaban Río Duoro (Duero en castellano). Y desembarcó sólo, sin apoyo militar ninguno, muy cerca del paraje donde la ya citada Compañía Mercantil tenia anclado el pontón «Inés» desde el mes de febrero. Era el 4 de noviembre de 1884.</p>
<p class="bodytext">Inmediatamente ordenará que se monte una caseta de madera y un mástil junto a ella donde izará solemnemente la enseña nacional junto al acantilado donde pensaba trazar los límites de la ciudad que él mismo decidirá se llame Villa Cisneros, en honor del famoso Cardenal al servicio de la política africana de Isabel la Católica. Unos famélicos nómadas de las familias eznagas de pescadores observan el acontecimiento sin sobresaltarse.</p>
<p class="bodytext">La actividad del pequeño grupo de exploradores españoles se orientó, primero, a la asistencia de los grupos de nómadas y pescadores y después, a la limpieza de antiguos pozos de los que se sabía que podían ser de agua potable, como así ocurrió con uno situado a 23 kilómetros del extremo de la península. En su día, lo habían preparado unos náufragos europeos. Finalmente, unas obras de mampostería dieron forma a una presunta factoría a la que denominaron «fuerte».</p>
<p class="bodytext">Por mar, en la misma goleta a vela, montó casetas similares tanto en la Bahía de Cintra, a la que bautizó con el nombre de Puerto Badía como en un paraje inmediato a Cabo Blanco, que denominó Medina Gatell, donde —nos dice Fernández Aceytuno— dejó anclado el pontón «Libertad» y sentó las bases de lo que podríamos decir que era una estación geográfica.</p>
<p class="bodytext">Tanto en Río de Oro como en Cabo Blanco, Bonelli mantuvo en su correctísimo árabe conversaciones formalmente serias con los nativos que condujeron a la redacción de unas Actas , suscritas por sus cabecillas el 28 de noviembre de 1884, donde constaba su adhesión a España.</p>
<p class="bodytext">Con sorprendente rapidez —un comunicado del Ministerio de Estado, Sección Política reflejaba ya desde el 26 de septiembre de 1884 las coordenadas geográficas de los puntos donde se elevaría la bandera de España— el rey Alfonso XII confirmó las cartas de adhesión firmadas en su nombre por Emilio Bonelli. El Gobierno de España puso inmediatamente en conocimiento de otras potencias los hechos y los presentó el 26 de diciembre de 1884 como una <strong><em>Declaración de Protectorado Español del Sáhara Occidental </em></strong>en toda regla. Las tres factorías plantadas por Bonelli empiezan a actuar como tales para estos fines: facilitar a los pescadores de Canarias un doble refugio en las bahías del Oeste y del Galgo y, secundariamente en la intención, ratificar la posesión de la península del Cabo Blanco para edificar en ella —al Norte— fortificaciones en su día apoyadas por buques de guerra, si alguna otra potencia disputaba esta propiedad a España.</p>
<p class="bodytext">Todo parece ir bien. Con fecha 5 de julio de 1885, el Presidente del Consejo de Ministros, todavía Cánovas del Castillo (en vida de Alfonso XII) le indica al Ministro de la Guerra que Bonelli, además del sueldo militar, recibiría cuanto necesitase para otros gastos en función de su cargo de Director de la correspondiente Compañía Mercantil. La ocupación del Sáhara sólo costó al Estado 7.500 pesetas que se facilitaron del fondo de gastos secretos a disposición de la Presidencia del Consejo.</p>
<p class="bodytext">Pero, muy pronto, a pesar del éxito en numerosos recorridos para tomar contacto con nuevos grupos de nómadas, con ocasión de un retorno a la Península del propio Bonelli, se producen en Río de Oro sucesos muy lamentables. Nunca hasta entonces se había empleado fuerza militar para prevenirlos.</p>
<p class="bodytext">Y es que los miembros de las tribus no contratados para el servicio de aquellas factorías, creyéndose marginados en beneficio de los nómadas más próximos a la costa, el 9 de marzo de 1885, constituyeron un grupo numerosos de delimis, es decir, de la fracción de Ulad Bu Amau (una tribu de estirpe arab con fama de guerrera) y partiendo del pozo de Tachquetent se presentaron mal armados, pero con algunos fusiles Lebel, quizás arrebatados a patrullas francesas procedentes de Mauritania, y atacaron a los españoles con inesperada violencia. Muchos de ellos cayeron asesinados. Fernández Aceytuno da los nombres del tenedor de libros de la factoría, Serafín Ferlús y del auxiliar Pedro Sánchez, además de la cifra de dos marineros muertos de la goleta «Ceres», un peón y un cocinero. Quemaron el pontón «Inés», robaron toda la mercancía almacenada y dieron la sensación de no tolerar en absoluto la presencia española.</p>
<p class="bodytext">La situación quedó resuelta favorablemente al día siguiente gracias a la lealtad de Sid Ahmed El Vali es Shai, de la tribu de Ulad bu Sboa, firmante del Acta con Bonelli, que recriminó a los saharauis lo sucedido y protegió efectivamente a los supervivientes. En España, una diplomacia mal informada derivó hacia el Sultán de Marruecos la reclamación, contrariando la postura de Bonelli, siempre refrendada por Cánovas, que se basaba en la evidencia de que todo el territorio al Sur de Tarfaya (Cabo Juby) nunca había estado bajo autoridad alguna al servicio de Marruecos.</p>
<p class="bodytext">En plena conmoción por lo sucedido, Emilio Bonelli fue nombrado por Real Decreto de 10 de julio de 1885 Comisario Regio para Africa Occidental. Urgentemente salió de Madrid el 3 de agosto y llegó a Tenerife el 12. El día 26 desembarcó de nuevo en Río de Oro. Hace renacer la paz, ahora sobre el supuesto de las ventajas de una pequeña fuerza militar en la forma de destacamento. El Ministerio de Ultramar le daría el cese, seguramente a petición propia, del cargo de Comisario Regio el 16 de junio de 1886, sin que se hayan dado explicaciones del cambio ni a nivel político ni en el ámbito del Ejército. La interpelación en las Cortes, efectuada el 28 de marzo anterior por el teniente general Marcelo Azcárraga, al propio Cánovas, había propiciado el apoyo militar: “A la vista de que el apoyo moral a la empresa había sido insuficiente, se prestaría en lo sucesivo el preciso apoyo material”. Hay que pensar que Bonelli recibió generosas ofertas para que operara en nuevas exploraciones en el Golfo de Guinea.</p>
<p class="bodytext">Las medidas adoptadas durante el mandato de Bonelli sería efectivas antes y después de su cese. Una Real Orden de 26 de mayo de 1885 había dispuesto la creación y la organización de una guarnición militar en la península de Río de Oro, primeramente al mando del capitán de Estado Mayor, D. José Chacón, acompañado del teniente de Artillería D. Estanislao Brotons y del alferez de Infantería D. Javier Manzano. Un sargento, tres cabos, un corneta y 20 artilleros con pertrechos de guerra, víveres y agua salieron del puerto de Las Palmas el 9 de junio y un día más tarde se reanudaron en el mismo lugar todos los trabajos momentáneamente interrumpidos.</p>
<p class="bodytext">El retorno a Villa Cisneros del ya Comisario Regio trajo una paz casi definitiva. Se dice en los textos oficiales que Bonelli hizo justicia, sin especificar el alcance de las penas. Lo cierto es que se ganó de nuevo la confianza de los nativos y se puso al punto en condiciones de preparar salidas hacia el interior del desierto: la primera, tras la guía del ex–soldado de la Compañía del Tiradores del Rif, traído precisamente de su destino en Ceuta, Mohamed el Madanni —el 13 de septiembre— en compañía del jefe de tribu, Admed El Vali es Sabis, que era quien había restaurado el orden en Cabo Blanco y la segunda, de muy superior envergadura, unos meses más tarde, en diciembre.</p>
<p class="bodytext">Bonelli se sentía tan entusiasmado con el conocimiento logrado de las tierras del interior y con el éxito político de ambos viajes que se dispuso a extender a nuevos grupos de nómadas la ayuda en forma de viandas, pertrechos y cargas de té, azúcar y telas sobre camellos.</p>
<p class="bodytext">La longitud de estos recorridos sería rebasada entre marzo y abril de 1886 por la exploración, mucho más septentrional, de José Alvarez Pérez, entre el Cabo Bojador y el Río Dráa. Pero el estilo de los acuerdos ante notario, propiciado por Emilio Bonelli en magníficos textos escritos por él mismo en árabe, ya no se abandonó. En 1886, serán Cervera, Quiroga y Rizzo quienes se internen mucho más aún en el desierto hasta los territorios de la tribu guerrera de los «Hijos del León» en la región del Monte de los Dátiles. También, en este caso, se firman acuerdos ante notario, que lo es el de Lanzarote, D. Antonio Manrique.</p>
<p class="bodytext"><strong>4.- LA AMPLIACIÓN DEL ESPACIO HACIA EL GOLFO DE GUINEA</strong></p>
<p class="bodytext">La fecha del <strong><em>Tratado de Iyil </em></strong>—12 de julio de 1886— con claras referencias astronómicas a la posición exacta del Pozo Auig (latitud 22º, 28&#8242; Norte y longitud 9º, 9&#8242; Oeste) marca el éxito de las otras exploraciones (paralelas a las ordenadas por Bonelli más bien meridionales) que habían tenido por titulares al Capitán de Ingenieros D. Julio Cervera y Babiera, al Doctor en Ciencias de la Universidad de Madrid D. Francisco Quiroga y Rodríguez y el Cónsul de 1ª clase y Profesor de árabe D. Felipe Rizzo y Ramírez. Esta acción consolidó el Protectorado Español hacia el Norte más aún que lo habían consolidado hacia el Sur con el territorio de Río de Oro los sucesivos relevos de los cuarenta soldados del Regimiento de Infantería Las Palmas nº 66 con sede en Villa Cisneros.</p>
<p class="bodytext">Emilio Bonelli debió entender que su misión ya estaba sólidamente encauzada. Ante la historia, será el primero entre los españoles que había izado en el Sáhara la bandera de España con honores militares. Era también el primero entre los exploradores del desierto que había administrado con eficacia comercial la Colonia de Río de Oro para la salazón de pescados con una inteligente explotación de pozos y era el primero que había obtenido éxitos duraderos en la firma de acuerdos con las tribus del interior. En la hora de su cese como Comisario Regio se había penetrado hasta más de 400 kilómetros de la costa por varias zonas en el nombre de la Monarquía Española.</p>
<p class="bodytext">El primer viaje de Emilio Bonelli al golfo de Guinea lo emprendió en 1887 y no volvió de allá hasta 1890, tras recorrer entusiasmado la cuenca del Río Muni y las de sus afluentes el Noya, el Utamboni, el Bañe, el Utongo y el Congüe, sin excluir las cuencas del Río Benito y del Río Campo. Presentó excelentes trabajos de interés topográfico y comercial, todo ello en la órbita de los sueños del Marqués de Comillas. Puso en relación todas las Islas, incluso las portuguesas de Santo Tomé y Príncipe y las costas a cargo de la administración inglesa, francesa o alemana. D. Claudio López y Brú ofreció a Bonelli la gerencia de alguna de sus Compañías.</p>
<p class="bodytext">Emilio Bonelli coordinó con Enrique D&#8217;Almonte las tareas encomendadas por el citado Marqués de Comillas. Suyas son las excelentes aportaciones cartográficas y bien fundamentados están los informes sobre las posibilidades de comercio para España. Es por entonces cuando Bonelli atiende el encargo de encontrar los restos de la expedición del coronel Flatters, asesinado en 1881 por tuaregs del Sáhara hoy argelino, que recibe de la Sociedad Geográfica de Londres. El éxito fue recompensado con la posesión de un símbolo, el podómetro personal de Flatters. Todo lo demás del hallazgo, se entregó a la citada Sociedad. De su desinterés por los beneficios económicos habla otra anécdota, evocada en sus <strong><em>Notas </em></strong>por su nieto Emilio Bonelli Otero. Devolvió a Comillas sin tocarlas todas las monedas de oro, valoradas en 300.000 pesetas, que se pusieron a su disposición en un maletín por si tenía que superar graves dificultades</p>
<p class="bodytext">Su extraordinaria capacidad se revelaría de dos formas complementarias una, como Miembro de Honor, entre otras instituciones, de la <strong><em>Real Sociedad </em></strong><strong><em>Geográfica </em></strong>y otra, como Consejero y Representante de la <strong><em>Compañía Transatlántica </em></strong>ante el Consejo de Estado. Sin interrumpir nunca hasta su muerte ambas tareas con nuevos títulos y algunas recompensas oficiales de la más alta consideración, hay que decir que el legado de Emilio Bonelli permanece vivo en sus obras escritas y en las intervenciones habladas de que queda constancia.</p>
<p class="bodytext"><strong>5.- EL TESTIMONIO ESCRITO DE SUS ACTIVIDADES</strong></p>
<p class="bodytext">Una obra, más bien crítica que apologética, de Javier Morillas, <strong><em>Sáhara Occidental. Desarrollo y subdesarrollo </em></strong>(1ª edición de 1988 y 3ª edición, El Dorado. Biblioteca Hispanoamericana de septiembre de 1995) recoge lo esencial del testimonio escrito por la pluma de Emilio Bonelli Hernando acerca de sus actividades, tanto exploratorias, como luego comerciales y finalmente, polémicas en foros internacionales. Las referencias pueden completarse utilizando otras fuentes, como por ejemplo, los fondos de Tomás García Figueras entregados a la Biblioteca Nacional y los Boletines de la Real Sociedad Geográfica. Por orden cronológico resulta útil esta relación de títulos:</p>
<p class="bodytext">•  Observaciones de un viaje por Marruecos . Conferencia pronunciada en la Sociedad Geográfica de Madrid el 7 de noviembre de 1882.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>El Imperio de Marruecos y su constitución </em></strong>. Texto editado en 1882 por el Depósito de la Guerra</p>
<div id="c4195" class="csc-default">
<p class="bodytext">•  <strong><em>Nuevos territorios españoles en la costa del Sáhara </em></strong>. Conferencia pronunciada en la Sociedad Geográfica de Madrid el 7 de abril de 1885.</p>
</div>
<div id="c4196" class="csc-default">
<p class="bodytext">•  <strong><em>Ensayo de una breve descripción del Sáhara Español </em></strong>. Ampliación de la misma conferencia de abril de 1885 que pasa al Boletín.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Río de Oro. Análisis del puerto: necesidad de organizar una verdadera estación naval </em></strong>. Revista de Geografía Colonial y Mercantil. 1885.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>El Sáhara: descripción geográfica, comercial y agrícola desde Cabo Bojador a Cabo Blanco, viajes al interior, habitantes del desierto y consideraciones generales </em></strong>. Edición del Ministerio de Fomento. 1887.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Viaje a Guinea </em></strong>. Conferencia dictada el 16 de mayo de 1888 en la Sociedad Geográfica de Madrid.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Nuevos territorios españoles en la costa del Sáhara </em></strong>. Conferencia dictada en la Sociedad de Africanistas de Madrid. 1888.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Río Muní. Cuencas hidrográficas. Plano 1/300.000 del Río Muní y de sus afluentes </em></strong>. Madrid 1891 (?).</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Guinea Española: apuntes sobre su estado político y colonial publicados y el eco de las aduanas </em></strong>. Madrid. Sucesores de Rivadeneyra. 1895.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Plano topográfico de Santa Isabel de Fernando Poo 1/4.000 </em></strong>. Madrid, 1890.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Interrupción de relaciones mercantiles. Villa Cisneros. Ataque que proyectaron los árabes en julio-septiembre de 1886 </em></strong>. Madrid, 1898</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>La Factoría </em></strong><strong><em>de Río de Oro. Estado actual y porvenir </em></strong>. Madrid, 1897.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Prólogo a España en el Muní: estudio y observaciones hechas en el país </em></strong>, por Gregorio Granados Oficial de Infantería de Marina. Ministerio de Marina, 1907.</p>
<p class="bodytext">•  El desenvolvimiento de Río de Oro . Revista Europa en Africa. Tomo I. Madrid, 1909.</p>
<p class="bodytext">•  <strong><em>Denominación de las regiones del protectorado español en la parte norte de Marruecos </em></strong>. Informe de los Señores Bonelli, Cañizares y Martín Peinador. Madrid, 1914. Imprenta del Patronato de Huérfanos de Intendencia e Intervención Militares.</p>
<p class="bodytext">Este recorrido por la obra escrita de Emilio Bonelli no agota los testimonios de su modo de pensar que tienen mucho que ver con su presencia largos años en la Junta Directiva de la <strong><em>Real Sociedad </em></strong><strong><em>Geográfica </em></strong>, bajo la presidencia (o con la presencia) de geógrafos tan importantes como Francisco de Coello, Cesáreo Fernández-Duro, Pío Suárez Inclán, Pedro de la Llave , Enrique D&#8217;Almonte y Rafael Torres Campos. El <strong><em>Informe sobre Organización de los Congresos Africanistas </em></strong>, que recoge Tomás García Figueras en sus libros, nos da una idea de la intensa participación de Emilio Bonelli, como representante de la <strong><em>Real Sociedad </em></strong><strong><em>Geográfica </em></strong>en los cuatro <strong><em>Congresos Comerciales hispanomarroquíes</em></strong>celebrados en Madrid (1907), en Zaragoza (1908), en Valencia (1909) y otra vez en Madrid (1910).</p>
<p class="bodytext">No hay que olvidar su función como Vicepresidente de la <strong><em>Liga Africanista</em></strong><strong><em>Española </em></strong>“una corporación oficial y de utilidad pública”, creado el 28 de noviembre de 1912 bajo la presidencia del político Joaquín Sánchez de Toca donde, por iniciativa de Bonelli, se abrieron delegaciones en Ceuta, Tetuan y Tánger. En estos años decisivos cabe su laboriosa aportación al <strong><em>II Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil </em></strong>, con un Museo Hispano-Africano anejo y a la<strong><em>Exposición Colonial </em></strong><strong><em>de productos de Fernando Poo, Guinea, Sáhara Español y Marruecos </em></strong>que en esa misma fecha abrió la <strong><em>Sociedad Geográfica</em></strong><strong><em>Comercial </em></strong>de Barcelona.</p>
<p class="bodytext">Nada tiene, pues, de extraño que Emilio Bonelli recibiera en vida la Gran Cruz de Isabel la Católica , entre otras encomiendas y que en 1955, centenario de su nacimiento el Estado Español emitiera una serie de sellos conmemorativos basados en la figura egregia de este adelantado de España en el Occidente africano.</p>
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		<title>Las últimas expediciones científicas españolas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-ultimas-expediciones-cientificas-espanolas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:20:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[El Sahara. Un Mundo Desconocido]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban La exploración de los desiertos La travesía por este mar de arenas y piedras se hacía mediante caravanas que surcaban rutas prefijadas marcadas por la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto:</strong> José Antonio Rodríguez Esteban</p>



<p>La exploración de los desiertos<br><br>La travesía por este mar de arenas y piedras se hacía mediante caravanas que surcaban rutas prefijadas marcadas por la existencia de pozos y oasis, como islas en una navegación. En la parte occidental del Sáhara, las rutas tenían en Tombuctú su principal objetivo, por ser el punto de intercambio del Magreb con el África negra. El trueque, principalmente de esclavos, se hacía con oro y sal, de tal modo que las caravanas desviaban su ruta para atravesar, a la altura del trópico, las salinas del Lyil. Estas salinas estaban desde 1884 bajo protección española, pero le fueron arrebatadas por Francia en el proceso de delimitación fronteriza dando forma a ese semicírculo sur oriental entre líneas rectas que siguen meridianos y paralelos. Tombuctú se convirtió en la perla deseada por los exploradores europeos, aunque la prohibición de la trata de esclavos por Inglaterra provocó poco a poco su decadencia.</p>



<p>No bastaba atravesar estos territorios disfrazado de médico, príncipe o pordiosero, como hicieron todos los que se adentraron en el oriente más profundo. En estas regiones del occidente sahariano, fuera de los dominios efectivos de cualquier gobierno, las pertenencias de los expedicionarios eran tan codiciadas y el odio al cristiano era de tal naturaleza, que no hubo expedición que no sufriera severas dificultades y fueron muchos los exploradores que perdieron la vida en ello. El trofeo de llegar a Tombuctú, ofrecido por la Sociedad de Geografía de París, se lo llevaría René Caillé en 1828, no tanto por ser el primer occidental en verlo, sino por haber regresado vivo para contarlo. Camile Douls, años después, desembarcaría en Río de Oro y, haciéndose pasar por musulmán, se adentra en el gran desierto, pero los Uled Delim le desenmascaran, enterrándole en arena hasta el cuello: sólo el haber atinado a recitar versículos del Corán le salvó de una muerte cierta, pero no de ser retenido durante meses. El viajero Cristóbal Benítez alcanzaría en 1879 la mítica ciudad, acompañando al geólogo austriaco Oscar Lenz, al que salvó la vida en varias ocasiones porque su tez blanca y sus ojos azules levantaban ciertas sospechas entre los nativos.</p>



<p>A finales del XIX las expediciones de reconocimiento se convierten, movidas por los intereses comerciales y coloniales, en exploraciones científicas. Es muy significativo en el caso español, movido más por asegurar posesiones históricas que por iniciar un proceso de expansión, que uno delos principales puntos de interés colonial decimonónico estuviera en el occidente norteafricano y que entre 1886 y 1949 el Sáhara occidental acogiera importantes exploraciones de carácter científico. El reducido grupo de “colonistas” españoles mantenía una clara conciencia de que no se podía permanecer al margen de los acontecimientos internacionales. Por ello, tras los intentos de Abargues de Sostén en África oriental por facilitar con enclaves las comunicaciones con las Filipinas, codiciadas por ingleses y alemanes, le tocó el turno a las islas Canarias, espoleadas por las ambiciones francesas, de extenderse desde Argelia y Senegal, e ingleses, tras sus tentativas de instalar factorías en cabo Jubí, lugar donde faenaban los pescadores canarios. Por ello, el Sáhara Occidental, situado frente a las islas Canarias, ha sido, tras el declive de las expediciones iberoamericanas, uno de los puntos principales de interés de los naturalistas españoles.</p>



<p>Por ello, el Sáhara Occidental, situado frente a las islas Canarias, ha sido, tras el declive de las expediciones iberoamericanas, uno de los puntos principales de interés de los naturalistas españoles.</p>



<p>Tres son las exploraciones aquí comentadas que tendrán un verdadero espíritu científico: la emprendida en 1886 por Cervera, Quiroga y Rizo, a instancias de la Sociedad de Geografía Comercial; la realizada en 1913 por D’Al-monte a petición de la Real Sociedad Geográfica, y las emprendidas entre 1941 y 1946 por el equipo científico coordinado por Eduardo Hernández-Pacheco, a instancias del Museo de Ciencias Naturales.</p>



<p><strong>LA EXPLORACIÓN DE CERVERA, QUIROGA Y RIZO </strong></p>



<p>La exploración de Cervera, Quiroga (18531894) y Rizo tenía por objetivo recorrer los territorios meridionales del Sáhara occidental correspondientes a las regiones del Tiris, del Adrar Tmar (Serranía de Dátiles) y del Adrar Sttuf (Serranía Pequeña).</p>



<p>Al interés político de extender la zona declarada bajo protectorado español tras la exploración costera de Bonelli dos años antes, se unía el científico, centrado en el estudio de las condiciones climáticas y, en especial, en el conocimiento fisiográfico y geológico. La expedición partiría de Río de Oro el 16 de junio de 1886 con 14 dromedarios, siguiendo transversalmente el trópico de Cáncer hasta adentrarse 400 km en el interior del Sáhara y alcanzar, treinta días después, la Sebja o depresión en donde se depositan las salinas del Lyil, hasta entonces no visitadas por ningún cristiano. Cruzó por la “hamada” de areniscas dunares fósiles del Guerguer, con sus clásicos <em>guelbet </em>(corazones), formas que adquieren, como explicaría Quiroga, por su constitución caliza en su parte media y arenisca incoherente en la parte superior e inferior. Atravesaron el macizo precámbrico del Tiris, en grandes extensiones formadas por granitos, llegando a la cubeta de Arauan, donde se encontraron las salinas. A Quiroga le llamó poderosamente la atención el yeso eflorecido, cocido, en superficie, producto de las altas temperaturas, así como la rapidísima volatilización que sufrían los líquidos, lo que le ocasionaba la desecación de la cornea del ojo por evaporación de las lágrimas.</p>



<p>Estaban aún a mitad de camino y las dificultades se incrementaron con tormentas de arena y pozos de agua salada y olor pestilente, pero –comenta Cervera– “<em>el 10 de julio, después de una marcha que duró veinte horas, cruzó nuestra caravana las famosas salinas del Lyil y llegamos rendidos de cansancio a la vertical occidental de las montañas que sirven de frontera al Adrar-Tmarr. Al día siguiente, enarbolamos la bandera española en nuestro campamento y en nombre de la Sociedad Española de Geografía Comercial tomamos posesión de todo el territorio ocupado por los jefes de las tribus allí presentes, levantando acta de dicha toma de posesión</em>” (Cervera, 1886).</p>



<p>Bajo estas circunstancias, advierte Cervera, “<em>las observaciones astronómicas, topográficas, científicas de todo género, se hacen con dificultad en países de árabes. Es preciso ocultar los instrumentos, la cartera de apuntes, el lapicero: todo les infunde recelo y desconfianza</em>”. No obstante, la expedición fue un éxito desde el punto de vista científico. Los materiales botánicos y zoológicos aportados por Quiroga fueron clasificados y estudiados por distintos especialistas del Museo de Ciencias Naturales y la Universidad de Madrid, como Blas Lázaro e Ignacio Bolívar. Quiroga tardaría dos años en ordenar sus notas, contrastar sus criterios y publicar sus observaciones. Varias décadas después se le seguía citando en los trabajos científicos sobre el desierto. Por primera vez, se tenía una adecuada visión de la topografía y la constitución geológica del Sáhara Occidental, desterrándose así la idea de que el interior era una zona deprimida bajo el nivel del mar sin posibilidad de inundación para la creación de un mar interior, como se venía especulando. Quiroga corregiría también las erróneas apreciaciones de Lenz en su travesía hacia Tombuctú, extendiendo las características geológicas de la fosa del Tinduf a toda la zona occidental.</p>
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		<title>La Misteriosa Etiopia Juan Víctor Abargués de Sostén (1881)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-misteriosa-etiopia-juan-victor-abargues-de-sosten-1881/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:12:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Misteriosa Etiopia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Manuel Gómez de Valenzuela Bibliografía: 11 Sociedad Geográfica Española SGE 1998 Estas pocas notas proceden del libro copiador de cartas del Consulado de España en Alejandría, único conservado en la [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Manuel Gómez de Valenzuela</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: 11 Sociedad Geográfica Española SGE 1998</p>
<p class="bodytext">Estas pocas notas proceden del libro copiador de cartas del Consulado de España en Alejandría, único conservado en la Embajada de España en el Cairo (el resto del archivo ha sido enviado al archivo general del Ministerio de Asuntos Exteriores). Se refieren a Juan Víctor Abargues (valenciano, nacido en 1845) y son noticias fragmentarias, pues el libro contiene solamente cartas dirigidas por el entonces Cónsul General de España don Carlos Rancés y Villanueva, a los sucesivos ministros de Asuntos Exteriores del Jedive de Egipto. El texto es manuscrito, con letra picuda de fines del siglo XIX y en francés, lengua diplomática de aquella época.</p>
<p class="bodytext">La primera noticia que se refiere a nuestro hombre data de 30-6-1876. El cónsul escribe a Cherif Pachá, Ministro de Asuntos Exteriores del Jedive, para proponer a Juan Víctor Abargues, del que dice que vive desde hace años en Ghirghé, en el Nilo medio, para agente consular en esa ciudad. Poco después (8-6-76) Abargues le comunica que no está interesado en el cargo y retira su petición, de lo que el cónsul informa al Ministro.</p>
<p class="bodytext">Sin duda la explicación de esta renuncia se debe a la carta que el 26 de mayo de ese mismo 1876 el Cónsul dirige a Cherif Pachá diciéndole que Abargues, llegado al Cairo hace unos días, le ha entregado una carta del Subsecretario de Asuntos Exteriores español, recomendándole insistentemente al dicho Abargues, encargado por el Rey Alfonso XII de la misión “de adquirir con destino a los jardines de Su Real Casa una colección de animales procedentes de Oriente». En otra carta se habla de “animales del alto Nilo». El Cónsul pide al Ministro cartas de recomendación para Abargues, destinadas al gobernador y a los alcaldes de los pueblos. El Ministro le manda las cartas para los moudiriehs, (jefes locales), lo que el cónsul agradece.</p>
<p class="bodytext">Mal empezó la expedición: el 15 de agosto el Cónsul relata a Cherif Pachá que las cartas de recomendación que el Ministro había extendido se le han perdido “entre otros objetos» al zozobrar la dahabieh (barcaza fluvial de vela) que lo llevaba Nilo arriba hacia Asuan. El cónsul pide nuevas cartas de recomendación, que el Ministro le envía enseguida.</p>
<p class="bodytext">No hay más noticias suyas hasta el 23-7-1878, fecha en que el Cónsul Francés pide al Ministro información sobre una denuncia formulada por el Cónsul de Francia en Cairo, quejándose de que Abargues, (ya de vuelta a Ghirghé) se atribuye en la provincia el título de “Representante General del Gobierno Español en el Alto Egipto» y como tal ha firmado en el proceso contra un rais (patrón de barco del Nilo), proceso que fue rechazado por infundado por el tribunal local de Reneh. El Cónsul solicita información sobre la veracidad de esta denuncia. Por lo que se ve, Abargues seguía con sus deseos de ser agente consular, pero entre tanto el Cónsul había nombrado a otro.</p>
<p class="bodytext">El 20 de agosto de 1879 el Cónsul remite al Ministro (Mustafa Fahmy) copia de una carta que le había enviado el tal Abargues “encargado por la Real Sociedad Geográfica española de realizar un viaje científico de exploración por el interior de África central». El cónsul pide nuevas cartas de recomendación por duplicado para facilitar su misión en caso de necesidad.</p>
<p class="bodytext">El 10 de octubre de 1879 el Cónsul acusa recibo al Ministro de las cartas de recomendación, que había enviado a Abargues. Este le había respondido diciendo (cita textual de la carta al Cónsul): «por desgracia, son cartas de poca utilidad por su extremo laconismo. No dicen ni quien soy, ni cual es mi rango en la expedición, ni quien me envía a esas regiones, ni qué voy a hacer. Sólo dicen que se me ayude y no se me impida que viaje al interior. Las cartas no son del Ministro de Asuntos Exteriores, sino de Gordon Pachá, gobernador de Sudán, que da otras a quien le parece y solo sirven para Sudán» y pidiendo otras recomendaciones dirigidas a las autoridades de Suez, Suakin y Massawa, para quienes las cartas de Gordon no tienen valor alguno.</p>
<p class="bodytext">Abargues se queja amargamente de que los jefes de las recientes expediciones belga e italiana han recibido cartas del mismo Jedive y se declara sorprendido por el poco aprecio del Ministro hacia la expedición española “al darle cartas que apenas bastarían a un traficante cualquiera».</p>
<p class="bodytext">El Cónsul efectúa la gestión, pidiendo cartas iguales a las de las otras expediciones, insistiendo en que Abargues le ha sido recomendado por el Gobierno de S.M. el Rey y argumenta que “el gobierno del Jedive debe ayudar a la iniciativa privada y particular que quiere desarrollar exploraciones científicas de este tipo, que no benefician solamente a un pueblo, sino a todo el mundo civilizado». Por ello, pide nuevas cartas, más explícitas. El Ministro Mustafa Fahimi accede a la petición, pues el 25-IX-1879 el cónsul le acusa recibo de estos documentos.</p>
<p class="bodytext">Al año siguiente, 3 de agosto de 1880, el Cónsul pide de nuevo al Ministro que dé órdenes para que no se pongan trabas a la entrada y salida de cajas con los bagajes de la expedición, en las aduanas de Suez, Cosseir, Suakin y Massawa, pues Abargues no está seguro aún de qué puertos va a utilizar ni qué camino tomará para comenzar la expedición. Once días después, (14.8.1880) el cónsul da las gracias al Ministro, que ha enviado el permiso de circulación pidiendo a los agentes de aduanas en los puertos citados que no pongan obstáculos a la carga y descarga de las cajas y bultos de la expedición, cuyo jefe es Abargues. Y también le agradece sus buenos deseos para el éxito de la expedición.</p>
<p class="bodytext">Nada se sabe hasta año y medio después. El 5 de febrero de 1882 el cónsul comunica al ministro que ha recibido una carta de Abargues datada el 26 de noviembre de 1881 en Adua (Etiopía, al norte de Addis Abeba), pidiendo que el Ministro ordene a las aduanas de Suez que las diez cajas conteniendo instrumentos matemáticos y colecciones científicas no sean registradas. Cada caja lleva su número de orden y en ellas figura la inscripción: Real Sociedad Geográfica de España. Le pide asimismo que transmita esta orden al puerto de Alejandría, de donde saldrán las cajas para Madrid. No hay nuevas noticias de Abargues en el resto del libro copiador.</p>
<p class="bodytext">De estas informaciones puede deducirse en primer lugar, que la expedición de busca de animales para la Real Casa (probablemente para la casa de Fieras del Retiro) constituyó un éxito, a pesar del naufragio inicial, pues sin duda con base en ella, la Real Sociedad Geográfica le encomendó la segunda expedición. En segundo lugar, no sabemos exactamente el recorrido de esta expedición. Los puertos citados están en el mar Rojo: Quseir en Egipto, Suakin en Sudán, Massawa entonces en Etipoía, hoy en Eritrea. También parece que logró sus objetivos, como lo indica el envío de las cajas con el material científico y las colecciones recogidas.</p>
<p class="bodytext">Se sabe que Abargues volvió a Madrid, pasando antes por Roma, a finales de 1882, donde el año siguiente pronunciaría varias conferencias sobre los resultados de sus expediciones, que fueron recogidas en el Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid. Murió en 1920. Ojalá estas breves e incompletas notas sirvan para despertar la curiosidad de algún investigador que logre descubrir nuevos datos sobre este explorador y sus expediciones por tierras del Alto Nilo y de Etiopía.</p>
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		<title>La necesidad de conocer Marruecos después de la guerra Murga (1863) y Gatell (1865)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:10:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El final del conocimiento del mundo. Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La necesidad de conocer Marruecos después de la guerra]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Amalia Montes y Javier Gómez-Navarro «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001 Tan cerca estaba de Marruecos que parecía sencillo cruzar el Estrecho y descubrir todos sus misterios. Tan [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c4007" class="csc-default">
<h3><strong>Amalia Montes y Javier Gómez-Navarro</strong></h3>
<p class="bodytext">«Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
<h3></h3>
</div>
<div id="c4008" class="csc-default">
<p class="bodytext">Tan cerca estaba de Marruecos que parecía sencillo cruzar el Estrecho y descubrir todos sus misterios. Tan desconocido era que los que lo intentaron en el siglo XIX tuvieron que usar estratagemas burdas o sutiles, pero casi siempre peligrosas. Badía, Murga y Gatell utilizaron la misma: disfrazarse de árabes, mimetizarse con ellos incluso, a veces, convertirse en el propio personaje ficticio. Así, dejaron su nombre cristiano para “meterse en la piel” de Alí Bey, Hach Mohammed el Bagdady (llamado luego el moro Vizcaíno) y El Caid Ismail.</p>
<p>La historia de España en África comienza en el siglo XV cuando los marinos portugueses y españoles empezaron a navegar hacia el sur por la costa africana, para buscar vías comerciales que sustituyeran las del Mediterráneo oriental que los turcos habían clausurado. Los descubrimientos técnicos, el uso sistemático de la brújula y el astrolabio y el nuevo diseño de los barcos permitieron alargar la navegación hacia el sur buscando el oriente.</p>
<p>La política de los Reyes Católicos a final del siglo XV fue precisamente estimular la conquista de la costa noroeste de África, una vez tomada Granada y conseguida la unificación de España. Al fin y al cabo no era más que la continuación de las luchas entre moros y cristianos, a las cuales se podía dedicar la población desocupada y cuya profesión era la búsqueda de la riqueza a través de las mayores aventuras. En 1476, los españoles se apearon en la desembocadura del río Bohía, frente a las costas de Lanzarote y fundaron y construyeron un castillo muy famoso a lo largo de la historia llamado Santa Cruz de Mar Pequeña que posteriormente dió lugar a la posesión española de Ifni.</p>
<p>El testamento de Isabel la Católica era claro. Insistía a sus hijos en que no perdiean de vista África pero al poco tiempo acabó su vigencia.</p>
<p class="bodytext">El descubrimiento de América, la política imperial y las guerras religiosas en Europa de Carlos I encaminaron a España en direcciones opuestas a la de África. Solo la necesidad de frenar la piratería berberisca hizo que nuestros gobernantes se ocuparan de la costa norte de África y por esta razón en los siglos XVI y XVII se apoderaron de las plazas norte africanas que consideraban puntos de partida de los piratas que atacaban las costas españolas.</p>
<p>Solo el interés de los pescadores canarios y andaluces por la costa noratlantica donde hasta hoy han encontrado los caladeros para su trabajo, mantuvo a lo largo del siglo XVIII el interés de España por la costa africana para garantizar la actividad pesquera mediante la firma de tratados comerciales y de paz con Marruecos que tenían y tienen un muy dudoso cumplimiento.</p>
<p><strong>ALÍ BEY: DOMINGO BADÍA LEBLICH </strong></p>
<p>A comienzos del siglo XIX Europa tenía un total desconocimiento de Marruecos y del Noroeste de África y sólo algún relato de cautivo, como el de Mármol o el de Diego de Torres dieron una limitada información sobre esos territorios. Por otro lado la expedición napoleónica de 1799 a Egipto había levantado un enorme interés científico-político-militar, por el mundo musulmán. En el año de 1801 reinaba en España Carlos IV y gobernaba un político aventurero y ambicioso necesitado de gloria: Godoy. En abril de ese año Domingo Badía presentó a Godoy su “Plan de viaje al África con objetivos políticos y científicos”.</p>
<p>¿Quién era ese Domingo Badía?</p>
<p>Había nacido en Barcelona el 1 de abril de 1767, hijo de don Pedro Badía, secretario del Gobernador, Conde de Ofalia y de doña Catalina Leblich de familia originaria de Flandes. Su padre viajó como funcionario por diferentes destinos de España y se estableció en Madrid en 1786. Preparó a su hijo una buena base educativa, pero sin estudios organizados, que no eran necesarios para la carrera administrativa para la que estaba destinado.</p>
<p class="bodytext">Domingo Badía trabajó en diferentes puestos administrativos en Córdoba, y desde muy joven mostró interés por temas exóticos, como el proyecto de globos aerostáticos que le ocupó una parte importante de la década de los noventa.</p>
<p>En el citado plan de viaje que presentó a Godoy sostenía que el principal obstáculo para los viajeros era el profesar diferente religión. Por tanto un europeo que ocultara su religión y patria y se presentara en África con el aspecto de un musulmán podría visitar todas sus regiones, y para ello sólo era necesario hablar árabe, aprender algunas oraciones del Corán, vestir como uno de ellos, cumplir todas las ceremonias y tomar un nombre musulmán.</p>
<p>El primer plan de Badía era viajar a Fez, de allí hacía el sur a Marrakech, Agadir, Timbuctú y llegar a la costa de Ghana, para luego cruzar África de Oeste a Este hasta el norte de la costa de Kenia y por último atravesar Abisinia y llegar a Trípoli. Un trayecto de casi veinte mil kilómetros a realizar en tres años que le permitiría redactar un informe sobre política, comercio, producción, costumbres y artículos más deseados en cada región, así como elaborar mapas y reunir colecciones de botánica y geología.</p>
<p>El proyecto era absolutamente disparatado por su dimensión y por las zonas que había de atravesar y estaba inspirado en muchos aspectos en el viaje y el libro de Mungo Park.</p>
<p>Godoy recibió el proyecto con entusiasmo y lo envió a la Real Academia de la Historia , que nombró una comisión que con la máxima urgencia rechazó de manera tajante el proyecto, expresando en su informe que a España no le quedaba nada que hacer en África y que la buena voluntad y el celo de Badía era mejor emplearlos en América.</p>
<p>Badía insistió ante Godoy en el mes de agosto y consiguió al fin la aprobación de su proyecto enfocándolo hacia el aspecto político y sugiriendo la posibilidad de conquistas y anexiones territoriales. Godoy justificó en sus memorias el apoyo entusiasta al plan de la siguiente forma:</p>
<p class="bodytext">“ Un viaje que a la vista del extranjero pasase solamente por científico, al África y Asia, más cuyo efecto principal sería inquirir los medios de extender nuestro comercio en las escalas de Levante desde Marruecos al Egipto y hacer los planes e indagaciones para montar nuestro comercio en la región del Asia con entera independencia de las potencias de Europa&#8230;&#8230;&#8230;. era en mi una idea fija buscar el modo de adquirirnos una parte especialísima del comercio interior del África por el conducto de Maruecos. Multitud de artículos, poco o nada estimables en América y de valor también muy corto y nada cierto en los mercados de la Europa , podían hallar salida en los países africanos con preciosos cambios&#8230;&#8230;&#8230; España solamente, por su posición geográfica, podía beneficiar este otro cabo del comercio africano, sin temer la competencia.”</p>
<p>Badía viajó a Cádiz y de allí pasó a Tánger el 29 de junio de 1803. En todo este tiempo Godoy había dado un aspecto mucho más político y claramente de espionaje al viaje de Badía. Se había montado una red de apoyo dirigida por el coronel Francisco Amorós, sostenida por los cónsules de Tánger, y de Mogador, y formada por otros agentes secundarios. Todos se comunicaban en cifra aunque la falta de discreción ocasionó que tanto ingleses como franceses estuvieran perfectamente informados de los planes.</p>
<p>Badía se hizo pasar por un musulmán de origen noble, llamado Ali Bey criado y educado en Europa, que quería instruirse en la religión de sus padres, príncipes sirios ya fallecidos. En años posteriores durante su residencia en Francia y en plena locura y megalomanía llegó a creerse descendiente de los Abasidas y añadió a su nombre El Abbassi. Ali Bey se presentó a si mismo como “un siríaco musulmán, educado en las ciencias desde la niñez en la Italia , Francia, España e Inglaterra, por lo que casi olvidó el idioma patrio, si bien guardó el orden del Corán”.</p>
<p class="bodytext">Badía pasa unos meses en Tánger y marchó en el otoño a Fez dónde intentó ganarse la confianza del entorno del sultán. El año 1803 fué de aprendizaje del árabe y la cultura marroquí y de aproximación y tomas de contacto; El año siguiente lo dedicó a la conspiración política para derribar al sultán y entronizar a un pariente o llegar él mismo a convertirse en sultán. Momento importante fue su estancia en Marrakech, donde contó que había realizado las alianzas precisas con tribus del Atlas para dar un golpe de estado y tomar el poder. Pidió armamento a Godoy que decidió facilitárselo y aprobar la operación. En el último momento Badía recibió contraordenes de Godoy, que este calificó como reparos morales de Carlos IV, por las que se suspendían sus planes de acción.</p>
<p>Para entender esta situación es necesario saber que Ali Bey llegó a Marruecos en unos momentos en que existían informes alarmantes de los confidentes marroquíes sobre un probable asalto a las plazas españolas en el norte de África.En 1803 el Sultán Muley Souleiman hacía planes para conquistar Ceuta y poco tiempo después pidió cañones a Inglaterra para poder cercarla.Todo este fresco político, económico y social, en un país desconocido en aquella época como era Marruecos, hace verosímil para Godoy y parte de los miembros de la red la conspiración imaginada por Badía. En cualquier caso los colaboradores del Sultán desconfiaban y le impidieron seguir su plan de ir hacia el sur y hacia el este desde Marrakech para contactar con las tribus potencialmente rebeldes. Badía solo pudo viajar hacía el norte del país y posteriormente a la costa occidental. Una vez cancelada la conspiración por Godoy, Badía partió para Fez y luego para Uxda donde fue detenido por tropas del sultán y puesto después en libertad, obligado a viajar hacia Larache dónde embarcó rumbo a Trípoli.</p>
<p class="bodytext">Sobre la realidad de la conspiración y la viabilidad del golpe de estado contra el sultán urdido por Badía, hay muy diferentes versiones. La más documentada es la de Salvador Barberá, que considera que todo es una pura fantasía sin ninguna base ni ningún contacto con las posible tribus rebeldes y solo se sustenta por el desvarío mental de un esquizofrénico y por la credulidad de un gobernante aventurero y sus agentes. Esta versión se contradice con la de Michael McGaha quien afirma que la trama política del viaje está ampliamente documentada en la correspondencia de Godoy con sus agentes y la del cónsul inglés Matra con el gobierno británico y acusa a Barberá de poco objetivo, de enfocar todo su análisis con el fin de desacreditar a Badía, al cual identifica como uno de los peores representantes del africanismo colonialista europeo.</p>
<p>Badía había pasado en Marruecos desde el 29 de julio de 1803 hasta el 13 de octubre de 1805. A partir de entonces continuó su viaje como un árabe marroquí, buen musulmán que realizaba su peregrinaje a la Meca y viajaba por Oriente. Conocemos el resto de su viaje por su famoso libro: “Voyages d&#8217;Ali Bey en Afrique et en Asie pendant les années 1803, 1804, 1805, 1806, 1807” , publicado en París en 1814, en tres tomos y un atlas con 83 láminas y 5 mapas. El libro fue publicado luego en inglés en 1816 y en ese mismo año en italiano en y en alemán. En español no se publicó hasta 1836, en Valencia en una mala traducción y sin el atlas. Tuvo un gran éxito porque abría una nueva orientación en la bibliografía: la del viaje científico entendido como la búsqueda de conocimientos nuevos, pensando en la utilidad que estos podían proporcionar. Pionero en ese aspecto, el libro de Ali Bey es reconocido por todos los viajeros posteriores y sobre todo por Charles de Foucauld.</p>
<p class="bodytext">En su libro, Badía nos cuenta su viaje a Trípoli y de allí a Alejandría. El barco fue desviado por una tormenta a Chipre donde permaneció dos meses, tiempo suficiente para hacer una estupenda descripción de la isla. Llegó por fin a tierra alejandrina en mayo de 1806, en plena guerra de intereses y de lucha por el poder entre turcos, ingleses y franceses y donde estaba surgiendo la figura política de Mehmet Alí. En diciembre de ese mismo año salió para la Meca , lo que le permitió describir la peregrinación de las grandes caravanas, los barcos que cruzaban el mar Rojo, el conflicto y el cambio que se estaban produciendo en Arabia con la llegada de los wahabitas al poder. Fue uno de los primeros europeos que entró en la Meca y que describió el templo, la ciudad, las ceremonias y las emociones de los peregrinos. Volvió a el Cairo el 14 de junio de 1807 y de allí viajó a Palestina, Jerusalén y Tierra Santa. El 19 de agosto partió de Jerusalén hacia Damasco y continuó luego a Constantinopla, donde pasó casi dos meses en la residencia del embajador español. Abandonó el imperio turco camino de Viena en diciembre de 1807.</p>
<p>En Badía conviven dos personajes totalmente diferentes: el primero, un escritor ilustrado con una excelente formación científica, una gran curiosidad, capacidad descriptiva y unas ideas cercanas al nacimiento de los sentimientos románticos. Esta es la versión del Badía escritor de viajes y la que muestra en su libro. Pero hay un segundo personaje, el Badía espía, intrigante, político y conspirador que se refleja en su correspondencia con Godoy y con los miembros de la red que le protege, las memorias de Godoy y los documentos de la época. Esta doble personalidad tuvo consecuencias sobre su vida, porque le condujeron a su estancia-exilio en Francia y a su viaje final, tan disparatado como el primero, que le llevaría a la muerte.</p>
<p class="bodytext"><strong>JOSÉ MARÍA DE MURGA Y MUGÁRTEGUI: HACH MOHÁMMED EL BAGDÁDY: EL MORO VIZCAÍNO </strong></p>
<p>En 1863 apareció en la costa de Marruecos otro viajero con nombre árabe, Hach Mohammed el Bagdady, quien recorrió la mayor parte de aquel país, escribió un libro de observaciones y comentarios ( Recuerdos marroquíes del moro Vizcaino ), y resultó ser igualmente español disfrazado deseoso de conocer y dar a conocer a los españoles la realidad de un territorio tan próximo a España. El Bagdady adoptó el papel de un renegado pobre: vestía una chilaba con las piernas al aire, se apoyaba en un palo, viajaba en un burro por caminos polvorientos, todo ello para ofrecer una visión del pueblo llano y de la vida y costumbres marroquies. Vivió ejerciendo como médico o curandero y con esa profesión viajó y se mezcló con judíos, árabes y beréberes. Entró en las casas más humildes, rezó en las mezquitas y analizó a sus colegas, los renegados. De vuelta a su tierra, escribió su libro, lleno de reflexiones sobre el país que había visitado y las gentes con las que había convivido.</p>
<p>El Bagdády era José María de Murga, un noble vasco, nacido en 1827 en Bilbao, heredero de los mayorazgos de Ayala, Andonaegui y Mondragón, de familia ilustre y militar, emparentado con los Mazarredo. Estudió en los Escolapios de Madrid y en los Jesuitas de Loyola. En 1843 ingresó en el Colegio General Militar en el arma de caballería y ascendió a alférez en 1846. Tomó parte en las guerras carlistas en Cataluña. Viajó al extranjero como agregado a la comisión que tomó parte en la guerra de Crimea bajo el mando del coronel Pereira y Abascal , Marqués de la Concordia.</p>
<p>La expedición a Crimea significó para Murga una ilusionada liberación, iba a participar en una guerra importante y a conocer nuevos mundos, pero sobre todo, a viajar al misterioso Oriente. Este fue el comienzo de su deslumbramiento por el orientalismo. Todo permite suponer que Murga volvió de Crimea con la obsesión del África del Norte y de la atrayente vida del mundo árabe. Es la época en que decidió estudiar la lengua árabe y viajar numerosas veces a París. Luego se reincorpora al ejército en 1849 prestando servicios en el regimiento de Húsares de Pavía. En 1860 actuó con sus tropas en el maestrazgo y participó en la detención del pretendiente carlista Conde Montemolín, en quien había abdicado Carlos VI. A Murga le correspondió la misión de mandar la escolta de húsares que condujo a los detenidos a Tortosa. No pudo participar en la guerra de África (1859-60) y aquello representó para él una enorme frustración. En 1861 pidió su separación del servicio, que le fue concedida el 15 de mayo, terminando una vida militar que había durado dieciocho años.</p>
<p class="bodytext">Decide entonces servir a España en Marruecos y así lo expresa en la dedicatoria de su libro: “Es sólo el resultado de las observaciones que he hecho en mis largos y peligrosos viajes por el imperio de Marruecos: viajes que, aún cuando trate de ocultar el objeto, los emprendí con el único de dar a conocer la organización de aquel país y ser útil a la patria si otra vez llegase a suscitar una guerra como la que en 1859-60 hizo alcanzar tantas glorias al ejército español.”</p>
<p>Murga fue a Marruecos porque creía que España tenía allí una misión que cumplir y porque pensaba que era probable que hubiera otra guerra con el imperio marroquí. Se marchó sólo, con una gran libertad y con una independencia absoluta. Sirvió a España desde su intimidad, sin que nadie valorara su servicio y sin poder alardear de su mérito.</p>
<p>Decidió viajar como español renegado, ejerciendo el oficio de curandero, buhonero y vendedor ambulante y para ello se matriculó en la facultad de medicina de San Carlos de Madrid y realizó estudios de cirujano menor, ayudó en partos, asistió a las clases de anatomía y patología y se ejercitó en la práctica de sacamuelas. Al mismo tiempo leyó todo cuanto había publicado sobre Marruecos. Pasó a Tánger el 27 de febrero de 1863 donde tomó contacto y se informó minuciosamente de lo que podía interesarle y aprendió multitud de cosas que le podían ser útiles. De allí partío para Larache donde continuó su aprendizaje y sólo desde allí se internó solo en el Marruecos profundo bajo el nombre de Hach Mohámmed el Bagdády, en un viaje que terminó a finales de 1867.</p>
<p>En septiembre de 1864 Murga escribió: “Me divierto aquí como no lo he hecho en los días de mi vida, así hubiera conocido este país años atrás no hubiese pisado otros lugares&#8230;. Me he hecho un completo moro, he adaptado muchas de sus costumbres y en muchas ocasiones, pienso como ellos; y lo mejor es que me va perfectamente bien”.</p>
<p class="bodytext">Unos meses después escribía: “ El que tenga spleen no tiene sino venir a este país y conociendo esta gente, como yo la conozco, se ha de divertir grandemente, a no dudarlo.”</p>
<p>&#8230; “Una vez conocidos los moros, es la gente más buena que se puede dar y yo me he amoldado perfectamente a sus costumbres”.</p>
<p>&#8230; “Mis esperanzas no han sido defraudadas. He visto lo que deseaba y algo más, y he podido estudiar a un pueblo que, aunque hoy bien diferente a los de Europa, tiene encarnadas las ideas, las preocupaciones y hasta muchas de las costumbres que estos tuvieron al principio de la edad media y aún bastante después.</p>
<p>Entre los árabes he pasado algunos de los buenos días de mi vida.</p>
<p>Si por desgracia las vicisitudes políticas o los reversos de fortuna me obligases a buscar asilo fuera de mi patria, entre ellos se me habría de encontrar. Y nada me costaría, el adoptar su género de vida, que me es bien conocido, puesto que hoy, con medios de fortuna que me permiten vivir en medio de las comodidades que trae consigo la civilización, muy a menudo la tristeza se apodera de mi alma y hecho de menos los campos silenciosos de Berbería y la estera hospitalaria del aduar.”</p>
<p>Su libro publicado en 1868, contiene un estudio concienzudo y detallado de las razas que habitan en Marruecos: moros, árabes, beréberes, negros y judíos.</p>
<p>Los vicios de carácter de los moros los achaca a su sistema de gobierno, totalmente despótico pues el emperador es dueño de todo lo que tienen sus súbditos. El marroquí por tanto no puede tener pasión ni esmero por objeto alguno, pues amenazado siempre por la rapacidad del despotismo, no tiene seguridad de posesión.</p>
<p>En el capítulo de los contrastes entre españoles y berberiscos hay muchos y muy curiosos todos ellos explicados con una gran erudición. Uno de los más curiosos es el siguiente:</p>
<p class="bodytext">“ el español: mea en pié y su mujer en cuclillas”</p>
<p>“ el berberisco: hace todo lo contrario”</p>
<p>Y después explica de una manera absolutamente docta estas diferencias y la influencia que tienen en su legislación y como esto es una de las causas en que se funda su desprecio a los cristianos.</p>
<p>Murga volvió a su Vizcaya natal en1866, y se hizo cargo del Mayorazgo de Ayala. Fué elegido Diputado Foral en 1870, momento en que creó la Guardia Foral , dándole ese nombre en lugar de los exóticos de Miñones o Miqueletes que antes tenía.</p>
<p>En 1873 emprendió su segundo viaje a Marruecos, que fue muy breve, pues comenzó en abril y tuvo que volver en octubre debido a las heridas e infecciones que sufrió en las piernas. Las altas fiebres le obligaron a regresar a Tánger para ser cuidado por el médico de la legación española de esa ciudad.</p>
<p>Volvió a Bilbao, donde vivió el sitio a la que fué sometida la ciudad por los carlistas, aunque por su enfermedado pasó casi todo el tiempo en cama.</p>
<p>En 1876 se encontraba en Cádiz para emprender su tercer viaje a nuestro país vecino, pero cae enfermo del hígado y muere el primero de diciembre, a los cuarenta y nueve años.</p>
<p>Los apuntes del primer y segundo viajes, ampliados con nuevos temas como descripción de las ciudades, itinerarios, ríos, producciones, historia natural y medicina, fueron recogidos por Cesáreo Fernández Duro y publicados en 1906 con prólogo del Marqués de Olivart.</p>
<p>El viaje de Jose María Murga partió de Tánger y fué hasta Casablanca pasando por Tetuán, Larache, Alcazarquivir, Mequinéz, Fez, Salé, Rabat y Fedala. En el segundo viaje llegó hasta Azemur, Marrakesh, Mogador, Mazagán, Casablanca, Rabat y Tánger sin poder alcanzar los territorios del Sus y el Draa por impedírlo su enfermedad.</p>
<p>Murga concentró su atención en el hecho social y humano, en la sociedad marroquí y la población heterogénea que la integraba, lo que constituye su gran atractivo. No fué un literato, tampoco se dedicó a las descripciones físicas ni a hacer planos y mapas de los territorios que visitó. Sintió gran predilección</p>
<p>por lo lejano y lo exótico como elemento de evasión de lo cotidiano. Murga fue un producto de su época, un personaje romántico.</p>
<p class="bodytext"><strong>JOAQUÍN GATELL Y FOLCH: EL KAID ISMAIL </strong></p>
<p>Joaquín Gatell nació en Altafulla provincia de Tarragona en 1826, en una familia de alcurnia antigua y distinguida de Cataluña. Sus padres le hicieron estudiar filosofía en el seminario de Tarragona y continuó luego derecho en la Universidad de Barcelona. De carácter vivo y una gran imaginación, no se compenetraba con la vida sedentaria de abogado y si con la de poeta inquieto y ardiente.</p>
<p>Su atracción por los paises orientales le llevó a estudiar la lengua árabe y cuando consideró que la conoce suficientemente, renunció a su condición de primogénito y a sus estudios y se dedicó a viajar por España y por Francia, recalando en Londres donde visitó a diario el British Museum estudiando arqueología y epigrafía árabes.</p>
<p>Volvió a la capital francesa en 1859 y allí se enteró de que la Sociedad Geográfica de París ofrecía un Premio al viajero que cruzara el Sahara desde Argelia a Senegal con la condición de pasar por Timbuctú.</p>
<p>Marchó de inmediato a Marsella y embarcó para Orán donde se detuvo demasiado tiempo. Al enterarse de que varios viajeros le habían tomado la delantera, abandonó el proyecto.</p>
<p>Ese año de 1959, el general O`Donell declaró la guerra entre España y Marruecos. Aquel acontecimiento desveló el interés español por el país vecino, al mismo tiempo desconocido y misterioso, y levantó un movimiento de conquista y aventuras que no se detuvo con el fín de la guerra. A partir de ese momento se desarrolló el movimiento de los pintores orientalistas españoles que comienzón con Fortuny y terminó con Bertuchi, mientras entre ambos se situaban José Benlliure, Gonzalo Bilbao, Ulpiano Checa, Joaquín Domínguez Bécquer, Antonio Fabrés, Federico de Madrazo, Francisco Masriera, Antonio Muñoz Degrain, José Navarro, Enrique Simonet y José Villegas.</p>
<p class="bodytext">En Orán, Gatell oyó decir que el Sultán de Marruecos, escarmentado por la derrota sufrida en la guerra con España, pretendía formar un ejército a la europea que mejorara la primitiva e ineficiente organización de sus tropas, y en su imaginación se vió como instructor militar del ejército del Sultán y una figura importante dentro de la sociedad marroquí .</p>
<p>Llegó a Tánger en marzo de 1861, escribió en árabe un opúsculo de arte militar y tradujo una cartilla francesa de rudimentos de artillería. Con estos dos libritos hizo extender entre los miembros de la buena sociedad de Tánger la noticia de que era instructor militar que quería ofrecer sus servicios al Sultán. El gobernador se enteró y lo llamó a Palacio e hizo llegar al hermano del Emperador, el príncipe Muley El Abass, sus pequeños tratados militares. El Sultán, entonces en Fez, contrató a Gatell, quien recibió de manos del Príncipe un precioso uniforme de cazador argelino y con la cabeza afeitada y un gran turbante sobre ella, se convirtió en el Kaid Ismail, nombre que adoptó en su aventura marroquí.</p>
<p>Gatell fué nombrado jefe de caballería y él mismo justificó su ingreso en el ejército del Sultán sin considerarlo una traición, pues Marruecos ya no se encontraba en guerra contra España., por lo que sólo participó en disputas civiles internas y ni siquiera tuvo que renegar de su religión. Se trasladó de Tánger a Fez, donde el Ministro de la Guerra lo recibió y en nombre del Sultán, le nombró Comandante de la Artillería Imperial al mando de sesenta hombres. De este modol participó con el ejército del Sultán en las acciones para sofocar la rebelión de las Kabilas de los Bén Hassan y los Rahamena, expedición que recogió en un diario en el que describía detalladamente la composición y el funcionamiento del ejército y de la corte del Sultán, con observaciones sobre los usos y costumbres del país, pero se desesperó muy pronto al ver la imposibilidad de luchar contra la indisciplina, la pereza y la apatía de sus soldados. Cuenta como salían los regimientos con mucho sonar de clarines y gran ruido y griterío por la mañana temprano y como sobre la marcha iban desapareciendo los soldados, por lo que había que hacer alto para reunir a todos los dispersos.</p>
<p class="bodytext">Su importante puesto en el ejército del Sultán le hizo ser víctima de todo tipo de envidias, uno de los males crónicos del país, sufrió un atentado y la bala le pasó rozando la cabeza y comenzó a temer que le envenenaran. Por otro lado recibió indicaciones de que abjurara de su religión y se conviertiera a la fe musulmana. Todo ello hizo que decidiera pedir la licencia al Sultán. Hay discrepancias sobre si este se la concedió o fue Gatell que desertó, pero en cualquier caso lo cierto es que adoptó el papel de médico y cargado con un botiquín en compañía de un criado comienzó un viaje que le llevó a Rabat, Mazagán y Mogador.</p>
<p>En este viaje se encontró al explorador Rohlfs con quien hizo planes de exploraciones conjuntas, pero al final se separaron y el alemán marchó a Timbuctú y Gatell a explorar el Sus, pasando por Tarudánd. Visitó todas las poblaciones y kasbahs que hayó a su paso y levantó croquis y planos de los más importantes edificios; continuó por la costa hasta Santa Cruz la Mayor , la actual Agadir, y Gulimin, y se dirigió por fín al Gran Desierto cruzando el río Draa. La escasez de alimentos, la dureza del terreno y la ferocidad guerrera de la población obligaron a nuestro viajero a desistir.Volvió a España en septiembre de 1865 con una documentación importante llena de observaciones geográficas, croquis, planos y mapas de los territorios visitados.</p>
<p>En 1868 realizó un viaje a la Argelia Oriental y Túnez donde fue testigo de una epidemia de hambre y tifus que le afectó a la salud, lo que le hizo volver a Barcelona y a París.</p>
<p>En 1869 publica en el boletín de la Sociedad Geográfica de París parte de su viaje y sus observaciones y esto despertó el interés por él. Entonces se descubrió que en el Ministerio de Estado existía una memoria suya fechada en 1865.</p>
<p>Gatell viajó a pie entre París y Madrid y colaboró en la preparación de una gramática árabe. Estando en Madrid tiene noticias del cautiverio de tres españoles que intentaban establecer relaciones comerciales entre Canarias y la costa de África. Conocedor de las formas de comportamiento de su captor (Ben Beiruk) marchó a Larache, pero la legación española le obligó a volver a España.</p>
<p class="bodytext">En 1876 se fundó la Sociedad Geográfica de Madrid. Sus miembros directivos conocían los artículos publicados en la Sociedad Geográfica de París y de su memoria inédita, así que le invitaron a pronunciar una conferencia en la Sociedad Geográfica el 20 de noviembre de 1877.</p>
<p>Contratado por la Asociación Española para la Exploración de África participó en el estudio del interior de la franja costera saharauí en busca de Santa Cruz de Mar Pequeña, llevada a cabo por el barco “Blasco de Garay”, en colaboración con Fernández Duro.</p>
<p>En 1879 se pusó en marcha para un nuevo viaje a África, pero en Cádiz enferma y le sorprende la muerte.</p>
<p>El escrito más importante de Gatell, su diario de la expedición contra los Beni-Hassan y los Rahamena, fue publicado en el número 1 de la “Colección Geográfica“ de la Sociedad Geográfica de Madrid, con un prólogo de Francisco Coello. Sus viajes al Sus aparecieron en dos artículos de la revista de Geografía Comercial, en la década de los cuarenta del siglo XX, cuando Gavira ordenaba el archivo de la Real Sociedad Geográfica, encontró el manuscrito del “Diario” de Gatell redactado en francés, un “Manual del viajero explorador en África” y otros escritos de diverso interés publicados todos ellos con un prólogo del mismo Gavira en el Insituto de Estudios Africanos en 1949.</p>
<p>No queremos dejar de reproducir unos párrafos del Manual del Explorador en África :</p>
<p>“ En suma, el explorador debe estar dotado de conciencia o veracidad, robustez, paciencia en los sufrimientos, constancia, valor personal, prudencia, perspicacia, laboriosidad, diligencia y por último debe gozar de libertad de acción” .</p>
<p>Y entre los conocimientos que debe tener, Gatell destaca: “la lengua usual en el país que ha de recorrer, debe entenderla, hablarla, leerla y escribirla. Debe saber, álgebra, trigonometría, geometría, historia natural, astronomía, topografía, dibujo lineal y de paisaje y tambien el arte de disecar animales”.</p>
<p class="bodytext">Gatell nació un año antes que Murga, murió tres años después en la misma ciudad que éste y, como él, en el comienzo de un nuevo viaje. Tienen por tanto sus vidas muchos elementos paralelos, aunque sus intereses fueran diferentes. Como ya indicamos, a Murga le interesaba el hombre y su organización social; a Gatell el territorio, los edificios, las ciudades y la geografía. Ambos tuvieron unas vidas intensas y llenas de aventuras y fueron fascinados por la llamada misteriosa de Marruecos. En la necesidad de volver a su país amado, encontraron la muerte.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-necesidad-de-conocer-marruecos-despues-de-la-guerra-murga-1863-y-gatell-1865/">La necesidad de conocer Marruecos después de la guerra Murga (1863) y Gatell (1865)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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