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	<title>La vuelta al mundo archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La Primera Vuelta al Mundo. Magallanes – Elcano (1519-1523)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-primera-vuelta-al-mundo-magallanes-elcano-1519-1523/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 13:15:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Higueras La primera vuelta al mundo Se acaban de cumplir 500 años de la salida de la Expedición española al Maluco que, por azar del destino, acabó culminando [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-primera-vuelta-al-mundo-magallanes-elcano-1519-1523/">La Primera Vuelta al Mundo. Magallanes – Elcano (1519-1523)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: Lola Higueras<br />
</strong></p>
<p>La primera vuelta al mundo</p>
<p><strong>Se acaban de cumplir 500 años de la salida de la Expedición española al Maluco que, por azar del destino, acabó culminando la Primera Vuelta al Mundo, una de las más importantes gestas de la historia marítima española, que tuvo, como veremos, repercusión mundial. Esta gran aventura marítima se inicia el 10 de agosto de 1519, cuando la flota española zarpa del puerto de Sevilla, pero su origen y sus finalidades geográficas, económicas y políticas, tienen su origen mucho antes, en la rivalidad de los dos </strong><strong>grandes imperios marítimos de la época, España y Portugal, cuya gran ambición era alcanzar las islas Malucas donde se cultivaban las” especias”, más valiosas que el oro en esa época. El reto estaba en dominar estas lejanas islas y controlar el comercio de estos productos naturales.</strong></p>
<p>Españoles y portugueses habían firmado en 1494 el Tratado de Tordesillas, que repartía el mundo por descubrir entre los dos imperios. El Papa Alejandro VI, media y respalda este pacto, por el que se traza una línea imaginaria a 370 leguas al oeste de Cabo Verde. Portugal navegará al este de dicho meridiano, mientras España lo hará hacia el occidente.</p>
<p>Como consecuencia de este reparto, España debe navegar el océano y abordar una total renovación de las técnicas y ciencias de navegación, de los instrumentos, de los buques y de la cartografía: un reto científico y tecnológico de enorme dimensión. El buque, su armamento y su gobierno representan la máquina más compleja que se pueda imaginar en la época, y España ha de desarrollar una ciencia muy puntera para lograr el objetivo de navegar con éxito el inmenso océano. Por eso, algunos historiadores han comparado esta gran gesta española del Siglo XVI con la llegada a la luna en el siglo XX.</p>
<p><strong>LA EXPEDICIÓN AL MALUCO. LA OFERTA DE MAGALLANES AL REY CARLOS I</strong></p>
<p>En 1511, una expedición portuguesa, comandada por Francisco Serrano, llega a Ternate en las Molucas por la denominada “ruta portuguesa”, bojeando la costa africana y navegando entre el laberinto de islas del Índico. Para España era cada vez más urgente encontrar una ruta hacia la especiería navegando hacia occidente, por territorio de influencia española, por eso la propuesta de Magallanes fue tan atractiva para el joven monarca español.</p>
<p>En esta propuesta era esencial la afirmación de Magallanes de la  existencia de un paso o estrecho, al sur del continente americano, que comunicaba el océano Atlántico con el llamado Mar del Sur, luego Pacífico, descubierto por los españoles. Tal estrecho permitiría alcanzar las Molucas navegando siempre hacia occidente, por el área de influencia española.</p>
<p>Magallanes afirmaba haber encontrado información fidedigna en los archivos portugueses de Lisboa y Oporto, en los que había trabajado secretamente. Sobre todo, afirmaba haber visto representado dicho estrecho en un mapa dibujado por el famoso cartógrafo Martin Behaim, al servicio de Portugal.</p>
<p>El 22 de marzo de 1518, convencido el Rey de la viabilidad del proyecto propuesto por Magallanes, firma con él unas “Capitulaciones”, o contrato, que especifican todas las obligaciones de Magallanes, comprometiéndose el Rey a financiar la expedición: la adquisición de los barcos, su reparación y puesta a punto, todo tipo de enseres necesarios para su armamento, las armas, los víveres, los instrumentos náuticos y la cartografía, y por supuesto los sueldos de las dotaciones. El total del costo se acerca a los 8.700.000 millones de maravedíes, una gran fortuna para la época.</p>
<p>La orden real a Magallanes era muy clara. Magallanes tendría el mando de la flota, pero compartido con Juan de Cartagena, su hombre de confianza en el viaje, y debería navegar siempre a occidente de la línea de demarcación, sin entrar en conflicto con Portugal. Si encontraba el ofrecido paso entre los dos océanos, debía navegar hasta las Malucas, tomar posesión de ellas para el rey de España, y establecer amistosas relaciones con los indígenas, que permitieran a los españoles establecer un fructífero comercio con las preciadas especias.</p>
<p>A lo largo del viaje veremos cómo Magallanes desobedeció una y otra vez las precisas órdenes del rey de España, sobre todo respecto a las relaciones con las poblaciones indígenas, pero hay que decir que al mismo tiempo mantuvo su lealtad hacia el rey en todo momento, y, al llegar a las islas Filipinas, llevó a cabo solemnes ceremonias de “Toma de Posesión” de esos territorios en nombre del rey de España.</p>
<p>Cinco naos componen la expedición: La Trinidad (Magallanes); La San Antonio (J. Cartagena); La Concepción (G. Quesada); La Victoria (L. Mendoza) y La Santiago (J.Serrano)</p>
<p>Existen dudas acerca del número exacto de hombres que zarparon hacia el Maluco. Las distintas noticias varían entre los 235 y los 265, y yo me inclino por 241, que es el número de raciones calculadas en las Capitulaciones. En esa época tan temprana era muy corriente que las tripulaciones fueran de distintas nacionalidades y esta gran expedición no fue una excepción. Entre los tripulantes, 163 eran españoles y 78 extranjeros: 31 portugueses, 26 italianos, 9 griegos, 5 flamencos, 4 alemanes, 2 irlandeses y 1 inglés.</p>
<p><strong>RUMBO AL ESTRECHO DEL CONTINENTE AMERICANO</strong></p>
<p>La flota con sus cinco barcos zarpa finalmente de Sevilla el 10 de agosto de 1519, pero permanecerá más de un mes en el puerto de Sanlúcar, donde continúa el avituallamiento y el enrole de tripulaciones. Y el 20 de septiembre parte la flota del Maluco rumbo a Tenerife, donde realizan una primera escala.</p>
<p>Los roces y enfrentamientos de los capitanes españoles con Magallanes son continuos, ya que les niega una y otra vez información sobre la derrota, y, por fin, frente a Guinea, Juan de Cartagena reprocha a Magallanes su incomprensible derrota bojeando África, pidiéndole explicaciones. Magallanes lo acusa de insubordinación, lo releva del mando y lo manda detener, iniciando así una serie de acciones que ponen de manifiesto su carácter despótico y soberbio, que eleva al máximo la desconfianza de los mandos españoles.</p>
<p>El 13 de diciembre de 1519 recalan las cinco naos en Río de Janeiro. Allí se aprovisionan de víveres frescos y agua, y continúan bojeando la costa de América del sur, siempre en busca del ansiado paso. En el puerto de San Julián se producirán gravísimos acontecimientos.</p>
<p>Los tres capitanes españoles, Mendoza, Quesada y Cartagena, encabezan junto a otros 44 tripulantes, entre ellos Elcano, un levantamiento contra Magallanes por esconderles la derrota, en contra de las órdenes expresas del rey. La represalia de Magallanes es terrible. Los tres capitanes y 15 de los conjurados son condenados a muerte, condena que Magallanes no cumple por no poder prescindir de tantos hombres experimentados en las próximas singladuras. Pero a Mendoza y a Quesada los manda descuartizar para ser abandonados en la costa, sin enterrar. Juan de Cartagena y el clérigo Sánchez de la Reina son abandonados en esa salvaje tierra, castigo cruel, peor que la muerte. Al gran astrónomo Andrés de San Martin le aplica el terrible castigo de la “garrucha”, al que sobrevivió de milagro, y mandó descoyuntar al piloto Hernando de Morales, que falleció durante el brutal castigo. Actos de suprema crueldad de Magallanes con los que, sin duda, quiso aterrorizar a las descontentas tripulaciones para someterlas a su disciplina.</p>
<p>La nao Santiago naufraga explorando el peligroso estrecho recién descubierto, aunque se salvan sus tripulantes, y el 26 de agosto de 1520, los cuatro barcos supervivientes quedan inmovilizados por furiosos vientos huracanados y terribles temporales, que a punto están de dar al traste con las naos.</p>
<p>Antes de alcanzar la salida del Estrecho hacia la Mar del Sur, el portugués Esteban Gómez, enemigo de Magallanes, encabeza un motín. Toda su tripulación deserta y emprenden el tornaviaje por el Atlántico, llegando a Sevilla el 6 de mayo de 1521.</p>
<p>El 27 de noviembre de 1520 nuestros expedicionarios avistan por fin la Mar del Sur, tras haber navegado 600 kilómetros por el interior del laberíntico estrecho. Las grandes tempestades, la falta de víveres y los muchos hombres enfermos aconsejan regresar a España. Pero Magallanes, que cree estar ya cerca de las Molucas, decide continuar. La realidad, sin embargo, es muy distinta: el Pacifico es un océano gigantesco, y la distancia real que los separa de las míticas islas es de 18.000 kilómetros, extensión inmensa para estos pobres navegantes enfermos y hambrientos.</p>
<p><strong>LA LLEGADA A LAS ISLAS FILIPINAS Y SUS CONSECUENCIAS</strong></p>
<p>Las naos tardarán tres meses y veinte días en navegar esta derrota interminable hasta las Filipinas. El hambre es tan terrible que los desgraciados tripulantes llegan a comer cuero reblandecido en agua de mar y ratas. Muchos salvaron la vida gracias a esta repugnante comida. Hoy se sabe que las ratas sintetizan en su organismo la vitamina C, la gran carencia que causaba el escorbuto a los navegantes.<br />
El 6 de marzo de 1521, en calamitoso estado y como por milagro, las tres naos arriban a la Isla de Guam, actual Archipiélago de las Marianas. Magallanes, en represalia a los constantes robos de los indígenas, ataca con gran violencia sus poblados, quema casas y embarcaciones y roba cantidad de víveres, contraviniendo de nuevo las explícitas ordenes del rey Carlos I.</p>
<p>El 9 de marzo Magallanes ordena zarpar, avistando Samar, en las Filipinas, y el 28 recalan en Mássawa, al sur de Leyte, donde Magallanes lleva a cabo una aparatosa “Toma de Posesión” en nombre del rey de España, igual que en Cebú, mostrándose satisfecho con lo que interpreta como amistosa actitud de los indios.</p>
<p>Pero la llegada a Mactan pone de relieve que esta aparente amistad es muy precaria. El cacique Lapu-lapu pone de manifiesto que no está dispuesto a someterse a los deseos mesiánicos de Magallanes, y mucho menos a rendir pleitesía al rey de España. El colérico Magallanes reacciona con gran violencia e incendia la aldea, pero ha menospreciado en su cólera la fuerza defensiva de Lapu-lapu, y, en la medianoche del 26 al 27 de abril de 1521, ataca con 60 hombres de sus menguadas tripulaciones a las poderosas fuerzas reunidas por los indígenas, que se estiman en más de 1.500 hombres. En este desigual combate muere Magallanes por las flechas envenenadas de los indios, que lo rematan después a machetazos. Lapulapu se niega a entregar su cadáver a los españoles, y no se sabe nada más sobre el destino final de su cuerpo destrozado.</p>
<p>En fin, se trata de una tragedia de proporciones inmensas, que acaba además con el prestigio de los españoles y su fama de invencibles. Carvalho toma el mando de la Trinidad y de la expedición, Gonzalo Gómez de Espinosa el de La Victoria, y J.S. Elcano el de la Concepción, que por su mal estado y falta de tripulación ha de ser incendiada. Solo sobreviven, en total, 108 hombres.</p>
<p>El 21 de junio de 1521, fondean frente a la ciudad de Brunei, una impresionante ciudad gobernada por el rey Siripada, de religión musulmana, hombre inteligente y culto. Las relaciones con dicho rey son cordiales, pero Carvalho, capitán de la Trinidad, resulta ser un traidor y ha de ser sustituido en el mando por Gómez de Espinosa. Elcano, que goza del aprecio de sus compañeros, es nombrado “de hecho” nuevo Capitán General de la menguada escuadra.</p>
<p><strong>POR FIN, EN LAS MALUCAS</strong></p>
<p>El 8 de noviembre de 1521 los dos maltrechos barcos anclan en la isla de Tidore, en las Malucas, objetivo principal de la expedición. Por fortuna para nuestros desgraciados navegantes, el rey de la isla, Almanzor, colabora, y les proporciona gran cantidad de especias, sobre todo, clavo, nuez moscada y jengibre.</p>
<p>En Tidore, nuestros navegantes viven tiempos felices, en paz con los indígenas, bien alimentados y acopiando grandes cantidades de las preciadas especias. Pero tanta felicidad no puede durar: están en zona de influencia de los portugueses, quienes, al parecer, vigilan desde hace tiempo la pequeña expedición española, alertados por algún reyezuelo indígena.</p>
<p>Apenas zarpan del puerto de Tidore, se descubre una gran” vía de agua” en la Nao Trinidad, que, con las bodegas anegadas y en riesgo de hundirse, debe permanecer en Tidore para ser reparada. Solo cinco supervivientes, entre ellos el otro cronista del viaje, Ginés de Mafra, logran regresar a España en 1527, tras innumerables padecimientos, presos de los portugueses que se habían incautado de importante documentación española: los diarios de a bordo, el diario astronómico de Andrés de San Martín, y quizá el diario del propio Magallanes.</p>
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		<title>Tras la Ruta de Magallanes. Ruy López de Villalobos (1542-45)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 13:10:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Consuelo Varela</p>
<p>El viaje de Ruy López de Villalobos<strong><br />
</strong></p>
<p>Libro “El Pacífico español. Mitos, viajeros y rutas oceánicas”.  SGE 2003</p>
<p><strong>Quizá una de las jornadas que mejor ilustran cómo se desarrollaron los viajes españoles por el Pacífico en el siglo XVI fue el que realizó la flota que capitaneó Ruy López de Villalobos en 1542. De esta expedición, en la que se puso nombre a las islas Filipinas, vamos a tratar en las páginas que siguen, pero antes conviene que recordemos las difíciles circunstancias que hubieron de superar nuestras flotas hasta llegar a conseguir un asentamiento definitivo, una vez conocida la ruta del retorno a Nueva España.</strong></p>
<p><strong>Introducción</strong></p>
<p>La carrera del Pacífico fue muy larga y costosa para la Corona española. El viejo sueño de Cristóbal Colón, llegar a la India y a los países de la Especiería por una nueva ruta, por el Poniente, parecía difícil de alcanzar. El genovés tuvo mala suerte al toparse con el continente americano y no pudo encontrar el ansiado paso, pese a que lo intentó desde su tercer viaje al Nuevo Mundo en 1498.</p>
<p>La llegada a la India de Vasco de Gama en ese mismo año circunvalando África, debió de preocupar en gran medida a la Corona castellana, que no dudó en gastar dinero y esfuerzos para encontrar un estrecho. Muchos años más tarde, cuando el 25 de septiembre de 1513 Vasco Nuñez de Balboa, cruzando a pie el istmo panameño, descubrió el Mar del Sur, -llamado así por los españoles porque lo vieron en esa dirección al atravesar el istmo que corre de oriente a poniente&#8211;, la administración española creyó ver una esperanza y, al año siguiente, encargó a Juan Díaz de Solís que a toda urgencia buscase un paso que conectase el océano Atlántico con el Mar del Sur. La expedición se malogró al igual que se habían malogrado las que, desde 1505, se habían programado desde la Casa de Contratación sevillana, el organismo encargado de organizar todos los viajes al Nuevo Mundo.</p>
<p>La llegada de Fernando de Magallanes a Sevilla a finales de 1516 animó de nuevo a los oficiales de la Casa. El recién llegado supo convencerles de la conveniencia de seguir en el empeño. Él, que había navegado por aquellos mares, argumentaba con todo lujo de detalles que las Molucas, las islas de la Especiería, caían dentro del hemisferio hispano, según la línea de Tordesillas. Encandilados ante semejante barbaridad geográfica, los oficiales se apresuraron a  aprestar una armada de cinco naves que, siguiendo el rumbo marcado por su capitán, Magallanes, encontraría por fin un Estrecho y la Victoria, el único barco que sobrevivió a la aventura, daría la primera vuelta al mundo. El portugués no vivió para contarlo y el éxito de la primera circunnavegación se lo llevó Juan Sebastián Elcano, el capitán que logró traer el barco, maltrecho, hasta Sanlúcar de Barrameda.</p>
<p>Pese al desastre -cuatro barcos perdidos y más de doscientos hombres-, el resultado fue brillante económicamente: con la venta de la carga de la Victoria se pagó con creces la expedición. Se había encontrado un estrecho, sí, pero la ruta era larga y el camino extraordinariamente peligroso. ¿Qué hacer? Había que actuar en dos frentes. El diplomático, discutir  y decidir  a qué país pertenecían las Molucas, se encomendó a una junta de técnicos portugueses y españoles, compuesta por tres astrónomos y varios pilotos y marineros por cada una de las partes, que se reunieron en 1524 en Badajoz y Elvas. Por otro lado, mientras los sabios y los técnicos discutían, había que aprestar una nueva armada. Se pensó entonces en crear una nueva Casa de la Contratación de la Especiería en La Coruña.</p>
<p>La lucha por la posesión del control de los mercados hizo que al reino de Sevilla, primer “organizador” de los viajes de descubrimiento por mar, se opusiera una filosofía económica distinta: la de la Vieja Castilla  (Burgos, las dos Medinas y Valladolid), vinculada desde antiguo con el norte de Europa. La Coruña significaba no sólo una nueva oportunidad de actividades comerciales, sino también la ruptura o debilitamiento del monopolio sevillano. Por ello, fue Cristóbal de Haro, un mercader de Burgos, con casa comercial en Amberes y Lisboa, quien presentó a Carlos V, poco después de la llegada de la nao Victoria, la conveniencia de establecer una nueva Casa de la Contratación en Galicia y deslindarla, con el pretexto de dirigir desde allí las expediciones de la Especiería, de la establecida en Sevilla. Del puerto de la Coruña  partió en 1525 una armada dirigida por fray García Jofre de Loaísa, con Juan Sebastián Elcano como piloto mayor y el joven Andrés de Urdaneta como cosmógrafo, que siguió un derrotero muy similar al de Magallanes. Tras pasar con muchas dificultades el Estrecho, sólo una nave, la Santiago, con apenas ocho hombres, logró llegar a México costeando el litoral occidental americano. Se perdieron las cuatro embarcaciones restantes y sus tripulantes permanecieron en las Molucas malviviendo con los portugueses. Tres supervivientes que quedaron en la isla de Sanguín fueron rescatados, años más tarde, por la flota de Alvaro de Saavedra y hasta once años hubieron de esperar para ser rescatados los cincuenta y siete expedicionarios que se refugiaron en Tidore.</p>
<p>Fue ésta la primera vez que un navío consiguió remontar la costa occidental americana y fue entonces cuando se pudo comprobar que no existía un estrecho sino una franja de tierra. La desilusión invadió de nuevo a los oficiales de la Casa: la conquista del Pacífico habría de hacerse desde la Nueva España o desde el Perú, siempre que fuera posible dar con la ruta de retorno.</p>
<p><strong>El tratado de Zaragoza (1529). Clausura de la casa de Contratación de la Coruña.</strong></p>
<p>En 1529, cuatro años después de las fracasadas negociaciones de Badajoz y Elvas, se convocó una nueva reunión en Zaragoza, donde por fin se llegó a un acuerdo. Los representantes de Carlos V, agobiados por los gastos de las guerras europeas, llegaron a un consenso que pareció contentar a todos. De una parte, el Emperador vendía a Portugal por 350.000 ducados de oro los derechos que podía tener sobre las Molucas, reservándose la opción de recompra y, de otra parte, se reconocía el límite del Pacífico español en una raya al este del Maluco. Las dificultades monetarias del Emperador quedaron patentes a la vista de cómo se proyectaron los pagos. La venta, a plazos, se estipuló de la siguiente manera: 150.000 ducados habrían de pagarse en Lisboa a los veinte días de la llegada del rey portugués con la confirmación del contrato; el resto se habría de satisfacer al año siguiente con un calendario preciso. El 2 de mayo deberían de abonarse 10.000 ducados en Sevilla y 20.000 en Valladolid; en ese mismo mes se pagarían 70.000 en la feria de Medina del Campo, quedando los 100.000 restantes aplazados hasta la feria de octubre de la citada ciudad castellana.</p>
<p>Ya no tenía sentido mantener la Casa de la Contratación de la Coruña y sí, en cambio, alentar las expediciones desde el Nuevo Continente.</p>
<p><strong>Los primeros intentos de cruzar el Pacífico desde México</strong></p>
<p>Los primeros intentos de cruzar el Pacífico desde el continente americano fueron  parejos  a los que se hicieron para reconocer la costa oeste americana. Fue, sin embargo, desde México, donde iban a cuajar. Tanto Hernán Cortés, primero, como don Antonio de Mendoza más adelante, gobernaban un virreinato tranquilo, sin guerras civiles entre los españoles, con excelentes infraestructuras para construir barcos y con una buena cantidad de hombres dispuestos a correr la aventura.</p>
<p>Todo nos induce a creer que la iniciativa se debió al Emperador, que, sabedor de los viajes que Cortés estaba enviando para reconocer las costas de su gobernación, le ordenó -por una carta del 10 de junio de 1526- que preparara una flota para ir al Maluco para saber la suerte de la flota de Loaísa, averiguar si aún quedaban supervivientes de la de Magallanes y qué podía haber ocurrido con aquella armada que, antes de saberse en España la llegada de Elcano, se había enviado desde Panamá en su búsqueda (la de Andrés Niño). Da la impresión de que se trataba de una obsesión personal del Emperador, que no estaba dispuesto a abandonar la posibilidad de sentar sus reales en el Pacífico.</p>
<p>Desde México partieron las flotas de Álvaro de Saavedra (1527), Hernando de Grijalva (1536-1537), Ruy López de Villalobos (1542-1545) y Miguel López de Legazpi (1564).</p>
<p><strong>Un viaje emblemático: Ruy López de Villalobos (1542-1545)</strong></p>
<p>El viaje de Ruy López de Villalobos, en el que se nombró a las islas Filipinas en honor del heredero, el príncipe Felipe, puede servirnos de modelo de lo que fueron aquellas primeras expediciones desde México fracasadas al no conseguir la ruta del tornaviaje, pero de vital importancia para el conocimiento español de los Mares del Sur.</p>
<p>De todas estas exploraciones poseemos abundante documentación de primera mano. En el caso de la armada de Villalobos disponemos de las instrucciones dadas al capitán por el virrey; de una serie de cédulas y cartas que se guardan en el Archivo General de Indias de Sevilla; de cuatro relaciones del viaje efectuadas por participantes en el mismo y de los papeles de un pleito que se siguió en la Nueva España al regreso de la expedición.</p>
<p><strong>La financiación</strong></p>
<p>Como en los viajes anteriores, la financiación de esta jornada fue mixta. Esa era la costumbre que quedaba plasmada en una capitulación entre la Corona y los socios particulares de la expedición. En nuestro caso, una serie de circunstancias complicaron la marcha normal de las negociaciones en gran medida. Veámoslas.</p>
<p>En 1536, Pedro de Alvarado, gobernador y adelantado de Guatemala, favorecido por Cobos, el secretario de Carlos V, había efectuado una capitulación para descubrir, conquistar y poblar las islas y provincias que «estuviesen en el Mar del Sur, hacia Poniente», con la promesa, por parte del monarca, de que en los siete años siguientes no se tomaría capitulación con ninguna otra persona y comprometiéndose el adelantado a correr con los gastos de la expedición y a preparar los astilleros necesarios.</p>
<p>Mientras Alvarado preparaba su flota en Guatemala, regresaba fray Marcos de Niza, enviado por el virrey Mendoza a explorar el Norte de la Nueva España, asombrando a propios y extraños con sus fantásticos relatos sobre las riquezas de las famosas Siete Ciudades y el reino de Cíbola. Los sermones del fraile animaron al virrey a pensar en la organización de nuevos viajes por el Pacífico, anunciando a todos su intención.</p>
<p>Las noticias volaron rápidamente a Guatemala con el consiguiente disgusto de Alvarado que, sintiéndose agraviado en sus intereses, no dudó en desplazarse hasta México para presentar sus quejas al virrey. Tras unas negociaciones, que suponemos largas y dificultosas, ambos llegaron a un acuerdo: Mendoza costearía la tercera parte de la expedición que juntos patrocinarían, firmándose el asiento y capitulación de compañía en Tiripitío de la Nueva  España el 20 de noviembre de 1540.</p>
<p>Un año más tarde, el 28 de marzo de 1541, escribía Alvarado al Emperador desde Jalisco dándole cuenta del nuevo acuerdo con Mendoza y de cómo habían decidido dividirse todo lo que se descubriese. A cambio de este aumento en el porcentaje, el virrey cedía a Alvarado la participación en los descubrimientos que se hiciesen por el norte de la costa del Pacífico mexicano y ambos se dividirían igualmente lo que se descubriese y conquistase. Asimismo, se estipulaba que serían por cuenta de cada uno los gastos que hubiesen hecho hasta el día de la capitulación y por mitades los que se hicieren en adelante. El contrato tendría una duración de veinte años y a el se obligaban tanto ellos como sus herederos. Los socios, sigue diciendo Alvarado en su carta al Emperador, habían decidido dividir la armada en dos partes y que «la una fuese a las islas de Poniente y las voltease y viese lo que en ellas hay, y la otra fuese corriendo por la costa de la Tierra Firme hasta ver el fin y secreto de ella y vuelta que hace». Por acuerdo mutuo dispusieron que la que había de dirigirse a las islas del Poniente fuera al mando de Ruy López de Villalobos, «hombre muy experto y practico en las cosas de la mar», y la que debía reconocer el Pacífico mexicano, al de Juan de Alvarado, «persona asimismo suficiente». En abril zarparía la flota de Juan de Alvarado y en junio la de Villalobos. Durante el tiempo que faltaba para la partida se irían construyendo dos naos gruesas para enviarlas en su socorro, si fuese menester, y otras más se seguirían fabricando en los astilleros de Guatemala en previsión de los nuevos viajes que se podrían proyectar en el futuro. Tan seguros estaban ambos capitulantes del éxito de su empresa.</p>
<p>Cuando ya parecía que todo marchaba a pedir de boca, un desgraciado accidente acabó con la vida del adelantado. Alvarado, que había acudido a Nueva Galicia a ayudar a sofocar una sublevación de indios, caía abatido bajo un caballo despeñado frente al peñón de Nochixtlán, en la mexicana Guadalajara; tiempo tuvo, empero, antes de morir, para hacer testamento y ordenar a sus capitanes y soldados que volviesen a Guatemala y entregasen la flota a doña Beatriz de la Cueva, su mujer.</p>
<p>Fallecido el extremeño, se deshizo el acuerdo al asumir Mendoza la práctica totalidad de la financiación, en la que no tuvieron parte los herederos de Pedro de Alvarado. El virrey adujo motivos financieros y, a partir de ese momento, suya fue la dirección de la empresa, que se vio aplazada, pues los sucesos de Nueva Galicia le tuvieron ocupado todo el año 1541 y buena parte del siguiente.</p>
<p>Pese a que contamos con los textos de este entramado de capitulaciones y acuerdos, desconocemos el montante económico de esta expedición.</p>
<p><strong>Las precisas instrucciones</strong></p>
<p>Como era lógico, todos los capitanes generales de estas armadas recibían unas instrucciones completísimas del virrey en las que se pretendía prever, minuciosamente, las posibles contingencias del viaje; y a su vez, los capitanes generales emitían las suyas, que eran leídas a las tripulaciones antes de partir. En el caso de la expedición de Villalobos, disponemos tanto de las que éste recibió de Mendoza como de las que él mismo dictó a sus hombres.</p>
<p>En las instrucciones a Villalobos, a quien recordaba «os envío en mi lugar», en primer lugar el virrey le ordenaba dirigirse inmediatamente al puerto mexicano de la Navidad, donde el escribano Juan de Villareal habría de entregarle los navíos y pertrechos necesarios para la jornada, que debía comenzar a la mayor brevedad posible. Una vez asentado en lugar conveniente, habría de enviar la noticia a la Nueva España en alguna de las naves, bien abastecida, «pues como sabéis el viaje de la vuelta no está descubierto ni sabido, de cuya causa habéis de pensar que ha de ser largo». Inmediatamente debía Villalobos indagar el paradero de los hombres participantes en anteriores viajes que habían quedado en aquellas tierras e intentar, si era posible, rescatarlos. Puso el virrey especial cuidado en recomendarle que «en las causas arduas y de calidad» tomase consejo de las personas más sensatas que llevaba consigo y no olvidó recordarle la importancia de promover la tarea evangelizadora, ayudado por los sacerdotes que llevaba en su tripulación, ya que, «éste -la cristianización de los infieles- es el principal intento de vuestra jornada».</p>
<p>En sus instrucciones a la tripulación, Villalobos procuró no dejar ningún cabo suelto, ya que el orden y la disciplina habrían de llevarse a rajatabla para el buen funcionamiento de la armada. En primer lugar, se ordenaba la confesión a todos los expedicionarios y se fijaban los castigos a los blasfemos; a los soldados y marineros, para evitar motines, se les obligaba a entregar las armas, que serían guardadas en sitio seguro, y se establecían, incluso, las raciones que se habrían de dar de agua y de comida. A las habituales recomendaciones en las que se especificaba el orden que debía de llevar la flota, el modo en el que habían de establecerse las guardias nocturnas y diurnas o las instrucciones en caso de derrota de algún navío, se añadían otras como, por ejemplo, la advertencia de que, bajo ningún concepto, se dejasen convidar a festejos (quizá recordando la muerte de los veintitrés compañeros de Magallanes, que, tras ser invitados a un almuerzo, fueron descuartizados en Mactán); o la forma y manera en la que se establecía un sistema de comunicación en caso de que algún navío se extraviase. Se trataba de una fórmula muy ingeniosa y que resultó de gran utilidad. Los mensajes, introducidos en una caja, habrían de colocarse en un lugar bien visible desde lejos al pie, o en el hueco, de un árbol, que se señalaba con una gran cruz y una inscripción que decía: &#8216;cava al pie&#8217;. Así, de esta sencilla manera, se localizarían unos a otros.</p>
<p>Por su parte, la Corona, necesitada de una información veraz acerca de lo descubierto, imponía que el cartógrafo de cada expedición levantara mapas de las tierras que reconocieran y que el piloto trazara las cartas de la navegación realizada. Asimismo, un mandato ordenaba que se instalara un grupo de españoles en alguna de las Molucas no habitadas por los portugueses. Aquellos retenes de hombres, que habrían de iniciar con los naturales un comercio de rescate, habrían de redactar un informe, lo más exhaustivo posible, recogiendo cuantas noticias pudieran sobre los parajes, los hombres y las posibles riquezas del territorio. A la astucia y habilidad del capitán general se encomendaba  la misión de espiar a los portugueses e indagar si habían construido alguna fortaleza en las islas y tierras correspondientes a la Corona española según la línea de Tordesillas. Una vez reunida toda esta información, el capitán general debía de enviar un navío de retorno a la Nueva España, por la ruta del Pacífico, cargado con la mayor cantidad posible de especias y productos orientales. Como se ve, poco se dejaba al azar.</p>
<p>Partió la armada de Villalobos el día 1 de noviembre de 1542. Los restos de la flota deshecha arribaron a la Península en 1548. En aquellos años, Villalobos siguió, como pudo, las instrucciones recibidas: nos faltan los mapas, que una mano poco inocente ha arrebatado del manuscrito donde se habían dibujado, pero sí tenemos los roteros. A lo largo de su peregrinar de isla en isla, además de espiar a los portugueses, Villalobos fue recogiendo los restos de las tripulaciones anteriores. Por dos veces intentó que una nave regresara a Nueva España en busca de refuerzos y con esa intención envió desde Sarangán (Sarangani) en 1544 a Bernardo de la Torre y un año más tarde, en 1545, a Ortiz de Retes desde Tidore. En Sarangán intentó Villalobos formar una colonia e incluso ordenó sembrar maíz, que no cuajó. A este efecto, uno de los relatos del viaje, el que conocemos como Relación anónima, recoge muchos datos de la vida cotidiana de los habitantes de Mindanao y Nueva Guinea.</p>
<p><strong>Las naves</strong></p>
<p>Las naves que habían de surcar el Pacífico en esta ocasión, todas nuevas, fueron construidas en la Nueva España. Mientras que la flota de Álvaro de Saavedra (1527-29) contaba con tres barcos (dos naos y un bergantín) y la de Hernando de Grijalva (1536-37) se componía de dos (una nao y un patache), la de Villalobos, la más numerosa, constaba de seis (tres naos, un galeón, una galeota y una fusta). Los puertos de partida de estas flotas fueron, respectivamente, Zihuatanejo, Acapulco y Navidad. Iba por capitana de la armada de Villalobos la nao Santiago, de 150 toneladas, acompañada por la San Jorge, de 120, la San Antonio, de 90, el galeón San Juan de Letrán, de 60, la galeota San Cristóbal y la fusta o bergantín San Martín. Se trataba, pues, de la mayor expedición enviada hasta entonces a la conquista del Pacífico.</p>
<p><strong>Los hombres</strong></p>
<p>La consecuencia inmediata de la cofinanciación de las flotas españolas al Pacífico era la duplicidad de cargos, pues tanto el Emperador como el virrey y el capitán general  imponían a sus propios oficiales. En la armada de Villalobos se enrolaron como oficiales del Emperador el contador Jorge Nieto, el tesorero Juan de Estrada, el veedor Onofre de Arévalo y el factor García de Escalante; como oficiales en representación de don Antonio de Mendoza fueron el contador Guido de Labazares, el tesorero Gonzalo de Ávalos y el factor Martín de Islares. A Villalobos encargó el virrey que, además del cargo de capitán general de la armada, se ocupara personalmente de controlar su hacienda invertida en la expedición.</p>
<p>Un personaje importante, por el papel que habría de desempeñar, era el «lengua», el intérprete, que en esta ocasión fue el factor Martín de Islares, que con anterioridad había vivido siete años en las Molucas y que, al decir del cronista fray Gaspar de San Agustín, «sabía bastante la lengua malaya».</p>
<p>No faltaban en estas armadas religiosos, elegidos normalmente por los superiores de los conventos en el caso de los frailes o monjes, o por el arzobispo en el caso de los clérigos. Con Villalobos marcharon cuatro agustinos y cuatro clérigos. El padre Jorge de Avila, provincial de la orden  en México, convocó una junta de la que salieron elegidos los nuevos misioneros: el padre fray Jerónimo de Santisteban, prior del convento de México, fray Nicolás de Perea, prior del de Atotonilco, el padre Juan de la Cruz, prior del de Totolopán –que no pudo ir y fue sustituido por fray Alonso de Alvarado&#8211; y fray Sebastián de Reina, que había escogido el nombre de fray Sebastián de Trasierra al tomar el hábito agustino. Al menos cuatro clérigos más componían la expedición de manera oficial: el comendador Hernando Laso, de la orden de Alcántara, y los padres don Martín, Cosme de Torres y Juan Delgado.</p>
<p>Unos ochocientos hombres componían la tripulación. De ellos, la mitad eran españoles y el resto indios e indias de Nueva España, esclavos negros y un nutrido grupo de europeos (al menos dos portugueses, Juan Nunes y Gonzalo Hernandes). Muchos extranjeros sirvieron en estas flotas con cargos importantes. Por ejemplo, en la expedición de Hernando de Grijalva iba por piloto el portugués Martín de Acosta y como maestre el genovés Esteban de Castilla. En cuanto a la elección del capitán general, salvo algunos casos como el de Pedro de Alvarado, se trataba de personas muy próximas al virrey e incluso parientes: Álvaro de Saavedra era primo de Hernán Cortés y Villalobos era cuñado del virrey Mendoza según nos aseguran algunas fuentes que no hemos podido comprobar. Asimismo era frecuente que varios parientes se enrolaran en la misma expedición. En nuestro caso, eran hermanos Ruy López de Villalobos y Bernardino de Vargas, y Hernán Pérez y Bernardo de la Torre; fueron cuñados Francisco Merino y Juan de Estrada, y sobrinos de Pedro de Alvarado, García de Escalante y García de Alvarado. La nave en la que regresó Urdaneta llevaba por capitán a Felipe de Salcedo, un nieto de López de Legazpi.</p>
<p>La atracción del Pacífico hizo que muchos hombres se arriesgaran a repetir el viaje: así, el bombardero Hans y Ginés de Mafra, que fueron con Villalobos, ya había ido antes con Magallanes. Antonio Corso viajó con Saavedra, y Martín de Islares había participado en la expedición de fray García Jofre de Loaísa. Algunos hombres volverían años más tarde: Guido de Labazaris llegaría a ser gobernador de Filipinas y fray Alonso de Alvarado sería nombrado en 1571 primer superior del convento agustino de Manila. Otros se quedaron voluntariamente en Oriente. Así, los padres Juan Delgado y Cosme de Torres, tras conocer en Amboina a fray Francisco Javier, optaron por hacerse jesuitas. Cosme de Torres acabó, años más tarde, en Japón, donde sufrió martirio y es hoy venerado como uno de los primeros mártires nipones.</p>
<p>Un mal fario cayó sobre los tres capitanes generales de estas armadas. Alvaro de Saavedra murió en Jardines; en alguna de las islas Molucas falleció Hernando de Grijalva y Villalobos encontró la muerte en Amboina.</p>
<p><strong>El viaje</strong></p>
<p>A pesar de que disponemos de varias relaciones del periplo de esta armada, como ya se ha dicho, no es fácil trazar su ruta y las vacilaciones nos asaltan muy a menudo. Aquí vamos a narrarla siguiendo el estudio que efectuaron Armando Landín Carrasco y Roberto Barreiro-Meiro en: “La expedición de Ruy López de Villalobos” ( Descubrimientos españoles en el Mar del Sur, Madrid, 1991, t. II, págs. 317-358), que, sin duda, han sido quienes mejor y más en profundidad la han estudiado.</p>
<p><strong>Del Puerto de la Navidad a Mindanao</strong></p>
<p>El 1º de noviembre de 1542 zarpaba la flota del puerto de la Navidad, situado en la costa del Pacífico mexicano. Ocho días más tarde, luego de haber navegado ciento ochenta leguas al oeste, pasaron entre dos islas despobladas, a las que llamaron Santo Tomás, a la más pequeña, y Añublada a la mayor, porque aparecía cubierta de una espesa niebla. En esta primera escala, en la que aprovecharon para aprovisionarse de pescado, habían recalado en el que hoy conocemos como el archipiélago mexicano de Revillagigedo. De allí, a ochenta leguas al oeste, avistaron otra isla que bautizaron como Roca Partida y que hoy se llama Clarión.</p>
<p>Casi un mes anduvieron sin poderse acercar a tierra, pero sí pudieron advertir que en un cierto punto había tan poca profundidad que los barcos casi rozaban con las rocas; llamaron al paraje Abreojo y, más tarde, San Bartolomé; algunos pensaron que quizá se hallaban cerca de la isla donde se encontraban las míticas minas del rey Salomón.</p>
<p>El día de Navidad arribaron a un archipiélago de islas bajas cubiertas de arbolado, donde pudieron descansar en la isla que llamaron San Esteban porque llegaron a ella en su día. Cuando el día de Reyes, ya del año siguiente de 1543, decidieron seguir su camino, advirtieron que muchos tenían las uñas llenas de coral y al punto decidieron llamar a ese conjunto como Islas de los Corales. Habían llegado a los 9º 10&#8242; de latitud norte y muchos participantes de la expedición aventuraron que quizá aquéllas eran las islas a la que Alvaro de Saavedra había bautizado como las Islas de los Reyes. De allí, después de navegar treinta y cinco leguas llegaron a otras, tan hermosas, que no dudaron en bautizarlas los Jardines. Estaban en lo que hoy es el grupo central de las islas Marshall.</p>
<p>El 23 de enero, a cincuenta leguas de Jardines, se toparon con una isla cuyos habitantes salieron a recibirles haciendo la señal de la cruz y gritándoles en castellano: Buenos días matalotes, por lo que decidieron llamarla Matalotes. Era la isla Fais, a la que, pese a las calurosas palabras de recibimiento, no habían llegado aún los castellanos. Bien parece que esa expresión la habían aprendido los isleños de sus vecinos, a cuyas islas habían llegado con anterioridad las flotas de Gonzalo de Espinosa en 1522 y Alvaro de Saavedra en 1527-29. Tan clara estaba en la memoria el recuerdo de los nuestros en aquellos parajes que, tras casi veinte años, los nativos aún les recordaban.</p>
<p>Siguiendo el mismo paralelo, 9º 40&#8242; N, llegaron a la isla de Yap, una de las Carolinas occidentales, donde se detuvieron poco tiempo, pues el 2 de febrero, «siguiendo la vía del poniente», llegaban a una isla grande, donde fondearon en una bahía que, en recuerdo de la ciudad natal de Villalobos, bautizaron con el nombre de Málaga. Habían llegado a Mindanao, la isla que, en honor del Emperador, nombraron Cesarea Karoli.</p>
<p><strong>Entre las  Filipinas y las Molucas</strong></p>
<p>Al llegar a este punto, las fuentes documentales complican el seguimiento del itinerario seguido por la flota. En primer lugar, porque los autores escribieron sus crónicas años más tarde guiándose de su memoria, lo que les hizo caer en algunas trampas y, en segundo lugar, por la costumbre de ir poniendo nombres nuevos a cuantos parajes arribaban, lo que duplicaba, o incluso triplicaba, los topónimos. Así las cosas, hemos de andar con cuidado una vez más y limitarnos a la ruta ya fijada por Landín y Barreiro-Meiro.</p>
<p>Tras fondear por un mes en la bahía que habían llamado Málaga en Mindanao, la flota se dirigió hacia la cercana isla de Sarangán, hoy llamada Balut y que Villalobos bautizó con el nombre de Antonia en recuerdo del virrey don Antonio de Mendoza. Por fin habían consumado la travesía del Pacífico y había llegado el momento de cumplir aquellas cláusulas de las instrucciones: comenzar el asentamiento y enviar una nave a la Nueva España para dar noticia de su viaje.</p>
<p>Pese a las buenas intenciones de Villalobos, no había manera de establecer la colonia. Los naturales, que al comienzo recibieron bien a los castellanos, comenzaron las hostilidades nada más darse cuenta de sus pretensiones. Villalobos ordenó que se les tratara con respeto «por pensar que la necesidad les haría venir de paz a que poblasen su isla». Mas no fue así: los indígenas huyeron a la vecina Mindanao y los castellanos empezaron a pelearse por el reparto del botín: campanas, porcelanas&#8230;; no quisieron sembrar, no habían venido a labrar -decían-, sino a conquistar.</p>
<p>La situación para los castellanos se iba complicando, había aparecido el hambre y no conseguían establecer paces ni en Mindanao ni en Sarangán. Villalobos decidió entonces dejar allí tres naos y la mayoría de la flota, mientras que él, con la galeota San Cristóbal, la fusta San Martín y cuatro calaluces, las pequeñas embarcaciones de los indígenas, partía en demanda de la isla de Sanguin. No consiguió llegar. Una tormenta a punto estuvo de deshacer  su flota y los que habían quedado en Sarangán tampoco habían tenido suerte con el terrible temporal: se había perdido una de las naos, la San Antonio, y las otras dos tenían serios desperfectos.</p>
<p>Con objeto de pedir socorro y de cumplir con su ordenanza -hallar la derrota del tornaviaje- ordenó Villalobos a Bernardo de la Torre que con la nao San Juan intentara la navegación hacia la Nueva España. Por su parte, la galeota San Cristóbal fue enviada a las islas septentrionales, a las que ya llamaban Filipinas, a comprar vituallas. Era el 4 de agosto de 1543.</p>
<p>En octubre regresó la galeota cargada con pocos víveres, pero con la noticia de la existencia de una isla rica y de naturales amigos que tenía por nombre Buio (Leyte). No lo dudaron y hacia allí intentaron desplazarse. Pero, de nuevo, las tormentas y los vientos contrarios no sólo les impidieron llegar, sino que desparramó la flota, perdiéndose la San Cristóbal. Cuando al fin pudo Villalobos atracar en una bahía segura, dejó una nota a la San Cristóbal bajo un árbol, en la que le anunciaba su propósito: dirigirse a Zamafo, a una costa que los nativos llamaban Moro, que era una provincia del rey de Gilolo. Poco antes de iniciar el viaje, Villalobos, ante el escribano de la armada, hizo constar el motivo principal que le obligaba a dirigirse al Maluco, unas tierras a las que les estaba prohibido dirigirse, «no comían más de dos onzas de arroz cada uno en veinticuatro horas, y que no había ración para más de diez días». Allí, en el reino de la Especiería, habrían de encontrarse con los portugueses, comenzando un nuevo capítulo de su viaje.</p>
<p><strong>La relación con los portugueses</strong></p>
<p>Para entender mejor las difíciles relaciones entre portugueses y castellanos en el Maluco habremos de tener presente no sólo los resultados del Tratado de Zaragoza, ya citado, sino también conviene que recordemos los diversos encuentros que hasta esta fecha de 1543 se habían producido en el Pacífico. La primera vez que hubieron los portugueses de vérselas con otros europeos en el Maluco fue con castellanos: con dos navíos, la Victoria y la Trinidad, que, para colmo, eran los que quedaban de la armada capitaneada por un portugués, Fernando de Magallanes. Aunque Magallanes ya había fallecido, la súbita aparición de su escuadra debió de causarles una hondísima impresión. Todos allí recordarían que fue precisamente Francisco Serrano, el descubridor de las Molucas, quien envió llamar a Magallanes para que comprobara el inmenso potencial económico del archipiélago y que éste, una vez visitadas las islas, marchó para Lisboa con objeto de solicitar de Juan III el permiso para comerciar.  Dos décadas más tarde, la situación no parecía haber cambiado, pues sin lugar a dudas el mayor problema que los castellanos tuvieron en estos viajes, al margen naturalmente del fracaso al no poder encontrar la ruta del retorno, fue el de las relaciones con los portugueses.</p>
<p>Efectivamente, en aquel escenario poco pacífico, dos fueron las características comunes que se repitieron cada vez que castellanos y portugueses se encontraban. En primer lugar, todas las armadas castellanas que siguieron a la de Magallanes-Elcano entraron también en conflicto bélico con los portugueses nada más llegar al Maluco. Lo mismo da que fueran expediciones enviadas desde la Coruña o desde la Nueva España. Y, en segundo lugar, todas ellas emplearon para poder comerciar -y sobrevivir- las mismas técnicas que habían utilizado los portugueses con los naturales del Maluco cuando hicieron el asiento; esto es, ayudar en su lucha contra los portugueses al rey de Tidore o al de Terrenate según conviniera para, a cambio de su socorro, obtener el permiso necesario para  cargar el ansiado clavo.</p>
<p>Cuentan nuestros cronistas que los portugueses, afincados en el Maluco desde años atrás y con la seguridad, por el tratado hecho con el Emperador, de poseer las islas en usufructo al menos por quince años más, sufrieron un tremendo sobresalto al tener noticia de la llegada de la armada de Villalobos.  Desde muy pronto se cruzaron, entre unos y otros, una serie de cartas y requerimientos, donde invariablemente los portugueses conminaban a los castellanos a salir de sus territorios y éstos se resistían a hacerlo. La ceremonia de entrega de estos requerimientos, que en todas las armadas se efectuó de la misma manera, nos es perfectamente conocida. Como primera medida era enviado un personaje importante, un hidalgo o un clérigo, que, acompañado de una pequeña flotilla, se presentaba ante el destinatario de sus cartas; llegado al lugar y entregadas sus credenciales, pedía seguro para desembarcar, y una vez dado éste, se iniciaban las conversaciones, que solían ser breves. El embajador llevaba siempre dos documentos, una carta en la que en tono amistoso y casi con carácter confidencial se anunciaba lo que en el requerimiento que la acompañaba se exigía. A esta carta y requerimiento se solía contestar con otros dos documentos: carta y respuesta al requerimiento. Disponemos de algunos originales y de las copias de los seguros, cartas y requerimientos que se cruzaron los castellanos y portugueses desde el 20 de julio del año de 1543 hasta el 4 de noviembre del 1545, en que se firmaron las capitulaciones.</p>
<p>A la llegada de Villalobos, la fortaleza portuguesa de Terrenate, cercana al lugar de desembarco de nuestra flota, sólo tenía una guarnición de ciento veinticinco hombres, entre sanos y dolientes, y su armada estaba compuesta únicamente de una carabela vieja, un batel y una fusta reparada. Jordao de Castro, su capitán, fue avisado en el mes de junio de 1543 de la llegada de una gran flota castellana, que le dijeron que se componía de más de mil doscientos hombres. Como primera medida, escribió a su rey Juan III y envió, contra el monzón, recado al gobernador en Malaca; comenzó a atrincherarse y construyó una nueva fortaleza de cal y canto, que cercó; recogió cuantos mantenimientos pudo en previsión de un asedio, e incluso, comenzó a construir un nuevo batel. Desesperado, porque sabía que se había enviado un navío para la Nueva España, el capitaneado por Bernardo de la Torre, del que aún no se tenían noticias, Castro estaba convencido de que una gran flota habría de llegar de México al mando de Andrés de Urdaneta. Su diplomacia funcionaba mejor que la de los castellanos: efectivamente Urdaneta estaba en México y se intentaba involucrarle en un viaje a las islas de la Especiería, pero aún nada se había dispuesto.</p>
<p><strong>La llegada de Bernardo de la Torre y el viaje de Ortiz de Retes</strong></p>
<p>El regreso de Bernardo de la Torre a las Filipinas, el 2 de noviembre de 1543, sin haber conseguido dar con la ruta del tornaviaje, desalentó a los castellanos. Si bien el periplo de la San Juan, de apenas tres meses, había ampliado el conocimiento de los mares del Sur, pues en su vuelta había avistado el arrecife de Arakane, la isla de Parece Vela -también llamada Okino Tori-, las islas de Sarigán y Saipán, en las Marianas, había descubierto el grupo insular de Volcano y fue la primera nao que consiguió la travesía del estrecho de San Bernardino, entre las islas de Samar y Luzón, no había cumplido con su principal objetivo.</p>
<p>Desde Tidore, el 28 de mayo de 1544, Villalobos envió al factor García de Escalante para que recogiera las naves de su escuadra que habían quedado dispersas entre las diferentes islas, en particular los bergantines que tiempo atrás habían salido de Sarangani en dirección norte. Casi cuatro meses navegó Escalante por las islas Célebes, Mindanao y Abuyo (Leyte). En su viaje, encontró dos cartas. Una de ellas era de Bernardo de la Torre, en la que anunciaba no haber podido dar con la ruta del tornaviaje, y la otra de fray Jerónimo de Santisteban, donde contaba la muerte de alguno de sus hombres a manos de los indígenas y la pacífica convivencia de veintiún españoles en Samar. Tras dar con el barco de Santisteban y una vez que recogió a algunos pocos castellanos que andaban desparramados por las islas, Escalante regresó a Tidore.</p>
<p>Un año más tarde, el 16 de mayo de 1545, un nuevo intento de cruzar el Pacífico fue llevado a cabo por Íñigo Ortiz de Retes en el San Juan, el mismo navío que había llevado el año anterior Bernardo de la Torre. El 3 de octubre regresó a Tidore sin haber podido completar su misión. Pese a no haber cumplido con el objetivo, el viaje Ortiz de Retes fue de gran importancia por el hallazgo, bautizo y toma de posesión de la gran isla que llamaron Nueva Guinea por el color negro de sus habitantes, que les recordaba a los habitantes de Guinea, cuya costa septentrional bordearon tras pasar las islas Schouten, y las Wululu (Barbada) y Aua (Caimana), a poniente del grupo Ninigo.</p>
<p><strong>Años de angustia y espera</strong></p>
<p>En Gilolo primero y en Tidore después, los castellanos malvivían en constante zozobra. En la primera, a propuesta del jefe de aquella región, y tras acordar entre todos aceptar su oferta, se construyeron unos almacenes donde guardar las cargas de las naos, ya prácticamente deshechas. Allí encontraron a Pedro de Ramos, que había llegado al Maluco años atrás en la flota de Loaísa, un personaje que les sirvió de gran ayuda no sólo por su conocimiento de la lengua malaya y de la región, sino también porque, hombre hábil, estaba en buenas relaciones con los jefes del lugar.</p>
<p>Cuando aún no se sabía el resultado del viaje de Ortiz de Retes, desde la India se envió noticia a Portugal de la arribada y establecimiento de la armada castellana. La llegada del despacho a Lisboa motivó la rápida reacción de Juan III, que se apresuró a quejarse a su cuñado el Emperador. La respuesta de Carlos no se hizo esperar, pues al punto dictó una provisión, fechada en Gante el 29 de octubre de 1545, ordenando que ninguna embarcación, así de guerra como mercante, fuera a la islas Molucas y conminando a Villalobos a que saliera de aquellas tierras, dándose por “muy deservido” por lo que había hecho. El Emperador no quería añadir nuevos problemas a los que ya tenía en Europa, pero deseaba estar informado y once días después de haber enviado esta provisión, y dando por seguro el rápido regreso de la flota, expidió desde Brujas, el 9 de noviembre, una real cédula al virrey Mendoza, participándole que, para agradar y complacer al Rey portugués, había enviado “mandar a los dichos capitanes y gente que hallándose en algunas islas y tierras que el posee, comprendidas en la Capitulación, las dejen libremente y se partan y vayan. . . sin detenerse más”, a la vez que le anunciaba que se había advertido a todos los justicias, así de las Indias como de Castilla, que los prendiesen y detuviesen nada más arribar a puerto y que en “secreto” habrían de ser interrogados sobre las islas halladas, y que “parezca y den a entender que han sido reprendidos y castigados, para complacer al Serenísimo Rey”.</p>
<p>Unos días antes, el 22 de octubre de ese mismo año de 1545, desembarcaba Hernando Souza de Távora en Terrenate. La suerte estaba ya echada definitivamente para los castellanos y el 4 de noviembre se firmaron las  capitulaciones, muy contestadas por los oficiales de Villalobos que, lejos de querer rendirse, pretendían seguir luchando. Rubricaron el documento Martín Alfonso de Souza, gobernador de la India, Jordán de Freitas, capitán del Maluco, y Ruy López de Villalobos, capitán general de la armada castellana. El español hubo de rendirse a la evidencia y, muy a su pesar, pactó su repatriación a España junto con sus hombres. Un viaje que se inició el 14 febrero de 1546 en Terrenate con rumbo a la India y que se prolongó más de lo deseado.</p>
<p><strong>El encuentro con San Francisco Javier</strong></p>
<p>No podían imaginar los españoles que en su primera parada se habían de encontrar con un compatriota singular: San Francisco Javier. Javier, que había llegado a Ambón el 17 de febrero de 1546, fue testigo de la llegada de la flota castellana y, durante los tres meses que allí estuvo anclada, su desvelo y cuidado para con sus compatriotas fue constante. Se dice que profetizó la muerte de Villalobos y que incluso le asistió en sus últimos momentos. Su influencia y carisma cautivó de tal modo a los frailes de la expedición, que dos de ellos, los sacerdotes Cosme de Torres y Juan Díaz o Delgado, entraron a formar parte de la Compañía de Jesús, no regresando con el resto de la flota a España. San Francisco Javier, que era un empedernido escritor, les entregó tres cartas para que fueran portadores de ellas: una para los socios de la Compañía en Goa, en la que recomendaba con cariño a sus hermanos que regresaban a España; otra para el Papa y una tercera para sus hermanos jesuitas en Europa. En ellas relataba la llegada de la armada castellana, sin entrar en juicios de valor; no podía ser de otra forma: su misión no era juzgar hechos políticos. Quizá fue ésta la única etapa del viaje en que los expedicionarios se vieron asistidos y ayudados. Hasta 1548, dos años más tarde, no llegaron a la Península los ciento cuarenta y tres hombres sobrevivientes.</p>
<p><strong>La reacción en Castilla.</strong></p>
<p>Hasta mediados de 1547 se esperaron en vano noticias, tanto en la Nueva España como en la Península, de los restos de la armada castellana. Por fin, una armada portuguesa que llegaba de la India era portadora de varias cartas de miembros de la expedición, que recibió don Lope de Hurtado, embajador español en Portugal, quien se apresuró a escribir al Emperador el 22 de agosto dando cuenta de la correspondencia recibida e inquiriendo la postura a tomar. Añadía con su carta el embajador una curiosa misiva secreta, que el propio fray Jerónimo de Santisteban enviaba desde Cochín proponiendo la solución al problema del Maluco. Decía el agustino: “aunque algunos remedios se me han ofrecido en la memoria, el que más secreto y mejor y menos dañoso para la Corona Real me parece es el siguiente: que Su Majestad sea servido de vender algunos pueblos en la Nueva España, de los que están en su Real Corona, hasta en la cantidad del número del empeño, y ésto con el secreto que se requiere. . . y junto el dinero, que será cosa facilísima de juntarlo. . . ha de estar aprestado para partir el armada para Maluco, de modo que, cuando en España se le dé el dinero al Rey de Portugal, han de estar ya españoles en Tidore”. Carlos V hizo la consulta pertinente al Consejo, que dio una respuesta clara y rotunda: “No hay diligencia que hacer”.</p>
<p>Por su parte, el virrey Mendoza recibió en México la Relación que fray Jerónimo había hecho llegar a Lisboa. En carta sin fecha, pero que suponemos escrita a finales del año de 1547, escribía a Juan de Aguilar, miembro del Consejo, intentando impedir el descrédito de su cuñado, insinuando el derecho español a las islas conquistadas, y pidiendo que se le autorizase para avenirse con los portugueses sobre la posesión de los territorios en que se hallaban. La respuesta de Aguilar, que no conocemos, no debía de diferir de la dada el 23 de abril al embajador: “No ha lugar”.</p>
<p>En Castilla, sin embargo, se especulaba con la veracidad de los informes recibidos y, por una real cédula datada en Alcalá de Henares el 29 de diciembre, el príncipe Felipe pidió a don Lope de Hurtado que se informase bien de todo lo ocurrido a los españoles en el Maluco, advirtiéndole que las cartas que se habían recibido podían haber sido escritas “a contentamiento de los dichos portugueses e intención suya y que el negocio hubiese sido de otra manera que en la dicha carta se relata”.</p>
<p>Paralelamente, las noticias de la llegada de los restos de la flota de Villalobos removió una vieja aspiración de las Cortes de Castilla, que, reunidas en Valladolid, solicitaron del Emperador les diese el reino de la Especiería por seis años en arrendamiento, comprometiéndose los procuradores a pagar al Rey de Portugal los 350.000 ducados que se le debían y a volver a establecer en la Coruña el tráfico y comercio abandonado; pasados los seis años, el Emperador dispondría de nuevo de las rentas del Maluco. Carlos V, a la sazón en Flandes, se opuso a ello, ante cuya decisión nos dice el cronista López de Gómara que “unos se maravillaron, otros se sintieron y todos callaron”.</p>
<p>Los informes directos que los miembros de la expedición proporcionaron, dieron un nuevo sesgo al problema, ya que se vio claramente que los portugueses habían incumplido en el Maluco varias de las cláusulas del contrato, y el 7 de noviembre de 1549, apenas un año transcurrido desde la llegada de la infortunada expedición, se entabló un pleito en la Nueva España con el objeto de establecer los posibles excesos que “por parte del Serenísimo Rey de Portugal y de sus capitanes y gente” se hubiesen efectuado. Ante el escribano mayor de la Audiencia de la Real Chancillería de la Nueva España, Antonio de Turcios, el licenciado Cristóbal de Benavente, fiscal de Su Majestad, presentó como testigos a Guido de Labazares, Íñigo Ortiz de Retes, Alonso Manrique, Antonio Corso, Pero Pacheco, Pero Pérez, Diego de Hartacho, Antonio de Torres y Francisco Giralte, a los cuales se tomó declaración según un cuestionario de doce preguntas. De las respuestas de los testigos, algunos de ellos con importantes cargos en la armada, se supo cómo, contraviniendo la cláusula octava del Tratado de Zaragoza, los portugueses habían construido y construían nuevas fortificaciones en las islas, lo cual les estaba totalmente prohibido, y se conoció asimismo el trato vejatorio que imponían a los indígenas y los exagerados tributos a que los sometían. A través de las respuestas, conocemos algunos pormenores del viaje que de otro modo nos hubieran sido desconocidos; así, por ejemplo, Guido de Labazares cuenta con detalle su entrevista con el capitán de la fortaleza de Terrenate, cuando fue enviado como correo por Villalobos, o el rumor del posible envenenamiento de Villalobos a manos de los portugueses. Antonio Corso relata sus años de cautiverio en Maluco. En fin, el pleito no siguió adelante y oficialmente no se volvió a tratar del viaje a las islas del Poniente de don Ruy López de Villalobos.</p>
<p><strong>Conclusiones</strong></p>
<p>En un principio se podría sospechar que la expedición de López de Villalobos no dio otro resultado que el de tomar por tercera vez posesión de las islas que llamaron Filipinas, -ya habían estado en ellas Magallanes y Loaísa- en honor del príncipe heredero don Felipe y los dos intentos frustrados para hallar la ruta de vuelta, en el segundo de los cuales Íñigo Ortiz de Retes tomó posesión y dio nombre a la isla de Nueva Guinea, por la que ya con anterioridad había navegado Álvaro de Saavedra. Asimismo, se podría afirmar que los descubrimientos fueron escasos y que tan sólo los nombres dados al archipiélago filipino o a Nueva Guinea  han perdurado;  e  incluso que los esquemas se repitieron: piénsese, por ejemplo, en la vuelta por la ruta de la India de las armadas anteriores, las relaciones de Saavedra con los portugueses o la acusación de envenenamiento con ponzoña de Loaísa.</p>
<p>Pese a la evidencia de estas afirmaciones, el viaje de Ruy López de Villalobos &#8211;y los dos intentos de indagar la ruta del tornaviaje&#8211; fue mucho más importante de lo que a simple vista aparece. Las Relaciones que de estos viajes nos dejaron varios participantes y los comentarios que, sin duda, hicieron a su regreso proporcionaron un enorme caudal de información.</p>
<p>Desde el punto de vista de la vida cotidiana de la jornada, larga y angustiosa, las noticias abarcan muchos y variados aspectos. Una buena descripción del escorbuto -una «hinchazón de encías y de piernas, no conocidas por nosotros»- nos dejó Jerónimo de Santisteban. El hambre y el miedo les conminó en muchas ocasiones a confesar y a hacer votos tan peregrinos como el de dejar a sus mujeres y entrar en religión si Dios les llevaba a salvamento: tan próxima veían su muerte. Esas situaciones límites llevaban aparejado el descontento entre los hombres, cuyas opiniones sobre el camino a seguir se dividían. Si bien no hubo motines en esta ocasión , sí existieron deserciones y muchos eligieron permanecer en el Maluco antes que regresar por la ruta portuguesa de la India. Los repartos del botín fueron causa de conflictos. La imposibilidad de hacer que los castellanos trabajaran la tierra demostró una realidad que habría que solucionar en el futuro con algún tipo de acuerdo con los naturales. Y, asimismo, descubrieron los alimentos autóctonos a los que su paladar podría acostumbrarse: ese arroz, ese pan de sagú, etcétera, que les salvaría de las terribles hambrunas.</p>
<p>En su viaje, los expedicionarios conocieron, además de los ímpetus y los destrozos del monzón, los caminos más cortos entre islas: esos estrechos que, siguiendo a las embarcaciones indígenas, aprendieron a cruzar con sus barcos de mucho mayor calado.</p>
<p>En fin, pudieron observar y contar, quizá por primera vez, ese comercio chino que tan interesante y lucrativo sería en el futuro. A ninguno se le escapó hablar de las porcelanas, de la plata, de los esclavos o de la abundancia de pedrería y de la manera -distinta- de traficar que tenían aquellos orientales que disponían de «casas de mercadurías», que tan bien conocía Pedro de Ramos, el castellano allí afincado con el que entraron en contacto nada más llegar a Tidore.</p>
<p>En nuestro recorrido se podrían haber señalado, tal vez, otros ejemplos, mas basten estos pocos para indicar que la jornada en sí, aunque fracasada, no estuvo falta de interés: todo viaje y toda buena y veraz relación de lo hallado sirve, al menos, para ayudar al siguiente. Sin duda pudo fray Andrés de Urdaneta, años después, repasar sus datos a la vista de los derroteros que hubieron de entregarle Bernardo de la Torre e Íñigo Ortiz de Retes. Sólo de las experiencias anteriores se aprende. Quién sabe si en el éxito de la expedición de Legazpi tuvo algo que ver este fracaso.</p>
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		<title>Los Jesuitas en Oriente San Francisco Javier (1542-52)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-jesuitas-en-oriente-san-francisco-javier-1542-52/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 13:09:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Jorge Latorre Pocos países han presentado mayores dificultades al acceso de los occidentales que Japón. El primer europeo que dio noticias de la existencia de este archipiélago fue Marco Polo, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3127" class="csc-default">
<h3><strong>Jorge Latorre</strong></h3>
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<p class="bodytext">Pocos países han presentado mayores dificultades al acceso de los occidentales que Japón. El primer europeo que dio noticias de la existencia de este archipiélago fue Marco Polo, que, en su “Libro de las Maravillas” hacía una entusiasta descripción de las islas de Cipango (“reino del sol naciente”), un lugar que sin embargo no llegó a visitar jamás. Según Marco Polo, en este país los tejados estaban cubiertos de oro y las calles pavimentadas con el rico metal. Estos relatos servirían para despertar la imaginación de los europeos en los siglos XIV y XV y para que los cartógrafos las situaran en el planisferio, al este de las Indias Occidentales aunque con un importante error de distancias. Por eso, Colón al llegar a las Antillas creyó haber llegado a Cipango o por lo menos, no estar muy lejos de esta tierra prometida.</p>
<p>Realmente, los primeros que desembarcaron en Japón fueron los portugeses, que en 1530 se establecen en Kyunshu, después de un naufragio casual. A partir de ese momento, las órdenes religiosas, y en particular los jesuítas, verán en la isla un atractivo campo para la conversión de almas y una escala intermedia en la conquista espiritual de China. La conversión de China y Japón al catolicismo fue muy pronto uno de los objetivos más importantes para los primeros compañeros de Ignacio de Loyola, fundador de la Comáñía de Jesús. En muy pocos años, tras la fundación de la Orden en 1540, estos primeros discípulos se dispersaron por todos los rincones del mundo y se convirtieron en la orden más viajera, y también la más aventurera. A los jesuítas se deben grandes descubrimientos geográficos y la presencia permanente de los occidentales en los más remotos rincones del mundo, durante casi cuatrocientos años.</p>
<p>Los primeros jesuítas apenas tardarán medio siglo en entrar en Japón. En 1552 Francisco Javier moría a las puertas de China, tras haber hecho las primeras conversiones en Cipango, y en 1597 la Compañía de Jesús tenía ya sus primeros mártires en la ciudad japonesa de Nagasaki. La presencia de los jesuítas en Oriente y su afán misionero será un eje decisivo de la política de expansión de España en Extremo Oriente.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA AVENTURA CULTURAL DE LOS JESUÍTAS</strong></p>
<p>La historia de los jesuítas debería figurar en todos los libros dedicados a la exploración del mundo y a la aventura del descubrimiento de nuevos horizontes geográficos. Esta peculiar orden religiosa, fundada por Ignacio de Loyola en 1540, se caracterizó desde sus orígenes por su celo misionero y por su gran especialización científica. La expansión y crecimiento de la orden fue meteórica: en 1579 tenían ya unos 5.000 miembros, 144 colegios y cincuenta años más tarde eran los dueños de 444 colegios y 56 seminarios. Pero sin duda, una de las facetas más llamativas de su trabajo fue la misionera, que les llevó a aventuras singulares, como la cristianización de Japón y el intento de conquista espiritual de China, un sueño particular de San Francisco Javier, convertido hoy en patrono de los misioneros y de los viajeros.</p>
<p>Desde sus orígenes la Compañía de Jesús se caracterizó por su marcada dimensión viajera e intercultural, que surgió del propio carácter del fundador, san Ignacio de Loyola, que cambió las glorias del mundo por el seguimiento de Cristo, y recorrió “sólo y a pie” y “peregrino”, como él mismo se definía, miles de leguas por la Europa de su tiempo, embarcándose hasta Tierra Santa. Los jesuítas se pusieron desde sus inicios a las órdenes del papa para “discurrir por todo el mundo”, como “caballería ligera” de la Iglesia católica. Sus primeros compañeros, universitarios como él en París, compartían esa visión de la misión que incluía la profundización en la cultura de otros pueblos a los que la Compañía pretendía llevar el Evangelio.</p>
<p>Los viajes de los jesuítas hay que entenderlos desde su propósito de hacer de predicadores itinerantes. Son expediciones apostólicas, las primeras de las cuales fueron las de San Francisco Javier a la India (1541) y la de Paschase Bröet y Alfonso Salmerón a Irlanda (1541), por deseo del papa Paulo III. Pero los viajeros jesuítas no fueron simples evangelizadores. Eran hombres cultos (cosa que no era común a todos los religiosos), que se interesan vivamente por las culturas y costumbres de las tierras donde predicaban. Las cartas de Francisco Javier son un ejemplo de este interés y el propio Ignacio de Loyola, como superior general de la naciente Orden, animaba a los jesuítas al conocimiento lingüístico con el fin de preparar personas que conozcan la lengua: “para entre moros o turcos, la arábiga o la caldea; si para entre indios, la indiana; y así para otras semejantes causas”. También habla de “acomodar” o “aceptar” las costumbres, como modo de encarnación en las diversas culturas o pueblos a donde se encaminaban los primeros jesuítas.</p>
<p class="bodytext">Sus sucesores en el gobierno de la Compañía, Diego Laínez y San Francisco de Borja, Duque de Gandía, continuaron en la misma línea y la Orden desarrolló una implantación espectacular en mundos entonces lejanos y escasamente conocidos: desde la India al Japón y la China; desde la otra “India”, llamada “del Rey Felipe” (América Española), al Brasil; desde Constantinopla, Jerusalén, Chipre y Ragusa (Dubrovnik) a las más remotas costas africanas. San Francisco de Borja logró gracias a su amistad con Pío V que la curia romana creara una nueva congregación para misiones. Debido a su gran influjo en la corte de Felipe II la Compañía consiguió que se abriera el campo misionero de Nueva España, Florida y Perú. En la tercera expedición enviada a este país, viajaba el jesuita José de Acosta, famoso por su obra “De procuranda indoroum salutem” (1596), en la que defendía la capacidad moral e intelectual de los indígenas y se oponía a los métodos misioneros forzados artificiosamente a través de la conquista.</p>
<p>Otra de las características permanentes de las expediciones jesuíticas es la defensa de los indígenas, que muy pronto provocará mártires entre los jesuítas, sobre todo en Japón, México y Paraguay, una constante que en la Compañía persistirá hasta nuestros días. Durante los años del generalato del padre Aquaviva, a finales del siglo XVI, los misioneros de la Compañía de Jesús intentaron entrar en el interior de China. Michele Ruggeri y Mateo Ricci (1583) lograron finalmente atravesar el misterioso muro. Este último, conocido misionero italiano, vestido con ropajes budistas, se ganó el respeto de la clase instruida de ese imperio chino gracias a su vida ejemplar y a la admirable entrega al estudio. En su residencia en el país de los mandarines, Ricci tenía expuesto el mapa del mundo, lo que suscitaba gran interés entre los visitantes, junto a relojes europeos, prismáticos venecianos, cuadros y libros occidentales.</p>
<p class="bodytext">Cuando aumentaron las dificultades políticas en China, los jesuítas decidieron adquirir la forma de vestir de los letrados, se dejaron crecer el pelo y la barba, tradujeron los libros de Confucio al latín e idearon el primer sistema para transcribir en letras romanas el idioma chino. Entre enormes dificultades, Ricci logró seducir culturalmente al propio emperador Wan Lin y compuso veinte libros científicos y literarios, entre ellos un catecismo. Tanto Ricci como el también famoso padre Nobili en la India, que empleó parecidos métodos, suscitaron en Roma la controversia de los ritos orientales, pues fueron pioneros en la tarea de inculturar la fe en aquellas tierras.</p>
<p>El proceso fue similar en todos los rincones del mundo en los que se establecieron los jesuítas. En Cartagena de Indias, Alonso de Sandoval realizó una labor paralela en el mundo de los esclavos negros, de los que los teólogos de la época dudaban incluso si tenían alma. Estos africanos o bozales, capturados a lazo en África y transportados en la sentina de barcos negreros, ocuparon su atención científica y cristiana, como se pone de manifiesto en su monumental obra, De instauranda aethipum salutem, y, sobre todo, despertaron la entrega total de su discípulo, san Pedro Claver, que se desgastó como “esclavo de los esclavos negros”. Desde Quito los jesuítas comenzaron a asomarse a la Amazonia; en Chile trabajaron con los auraucanos, y desde 1585 estuvieron presentes en Tucumán. Pocos años después establecieron las famosas Reducciones del Paraguay, inédita forma de “polis cristiana” o comunas de indios para evitar que cayesen en esclavitud, constituyendo pueblos autogestionados, un fenómeno único en la Historia, que ha dado origen a una profunda investigación y amplísima bibliografía y ha sido considerado como la única auténtica cristalización “socialista” de la Historia. Otro jesuita español, enviado a Etiopía en 1589, Pedro Páez, tras años de cautiverio entre los moros, es considerado hoy un gran viajero por descubrir las fuentes del Nilo Azul, además de un gran lingüista y brillante científico y hasta constructor de un palacio para el emperador y de una iglesia en Gorgora.</p>
<p class="bodytext">En 1580, el Papa reunió la primera consulta de jesuítas de Japón y se discutió, entre otros temas, sobre la comida con que los miembros de la Compañía habían de alimentarse. Concluyeron que “en todo nos acomodemos con los japoneses”. Esta ha sido desde entonces la forma de hacer de los jesuítas en sus viajes misioneros. Parte del legado intelectual de los jesuítas son las innumerables obras y trabajos sobre las diferentes culturas y religiones, como el hinduismo, islamismo, budismo y sintoismo.</p>
<p class="bodytext"><strong>LOS JESUÍTAS LLEGAN A JAPÓN</strong></p>
<p>Dentro de la expansión misionera de los jesuítas, Extremo Oriente fue uno de los escenarios preferidos. La Compañía de Jesús llegó a Japón un par de décadas después de que se produjera el primer asentamiento de europeos en estas lejanas islas. Los portugueses llegaron por casualidad, debido a una tormenta, y vieron que podían establecerse allí. Anteriormente ya tenían conocimiento de la existencia de estas tierras por los contactos previos que habían tenido con japoneses, tanto en China como en las Filipinas.</p>
<p>Después de los comerciantes portugueses llegaron los jesuítas, que tuvieron su primer contacto con tierras japonesas el 23 de septiembre de 1543, aunque realmente comienzaron la cristianización de estas tierras en 1549.</p>
<p>El Japón que se encontraron era un país cerrado a toda influencia exterior, en el que coexistían diferentes creencias religiosas que iban desde el budismo en su forma mahayana hasta las tradicionales creencias sintoístas. Japón, antes de la llegada de los europeos, estaba envuelto en constantes guerras internas entre sus diferentes señores feudales. Por encima de ellos se hallaba el emperador que tenía un carácter divino y que no intervenía en las luchas entre los shoguns.</p>
<p>Al principio los jesuítas no encontraron oposición y buena muestra de ello es que se les dejó llevar a cabo su misión con total libertad y así en 1582 ya había 150.000 cristianos, doscientas iglesias, veinte padres y treinta auxiliares seminaristas y catequistas en su mayor parte japoneses. Había también dos seminarios, uno en Kioto y el otro en Arima. Los problemas comenzaron la noche del 24 al 25 de julio de 1587, cuando Hideyoshi, el emperador, decretó la expulsión de los jesuítas, aunque siguió permitiendo el comercio de los portugueses debido al miedo a una posible revuelta. A partir de 1592, con la llegada de los franciscanos y los dominicos, se iniciaron las luchas entre las diferentes órdenes religiosas, que aumentaron las dificultades de la evangelización. Las persecuciones y martirios se iniciaron en 1597 tras el atraque del buque español San Felipe. En 1614 Ieyasu ordenó el cierre de las iglesias y se prohibió la práctica de la religión católica. En 1638 se ordenó la expulsión de los portugueses y en 1640 se inició la persecución los cristianos. Tras la expulsión de los portugueses, los únicos que mantendrán el contacto con los japoneses serán los holandeses, a los que sin embargo siempre trataron peor que a los hispanos, y mantuvieron recluidos en una isla artificial.</p>
<p class="bodytext">La evangelización de Japón por los jesuítas tuvo características peculiares y diferenciadoras del resto de las órdenes religiosas. Al llegar al país, mantuvieron sus consignas de pobreza y de atender ante todo a los humildes, propias de la orden, pero pronto se dieron cuenta de que no podían avanzar en el proceso de cristianización, pues los campesinos no se convertían si antes no lo hacían los señores y éstos, al ver la actitud de pobreza que mostraban los miembros de la Compañía de Jesús, los miraban con cierto desdén. Por ello, decidieron adoptar una postura de ostentación para así ser respetados por los señores y poder convertirlos. El proceso era claro: una vez cristianizado un señor también se conseguía inmediatamente la conversión de sus campesinos y samurais. Además los religiosos eran conscientes de que para poder cristianizar Japón tenían que empezar por la capital, Kioto, un reto difícil pues en ella había más templos budistas, y su población tenía un gran nivel cultural cuyas influencias se extendían por todo Japón. En 1564 los jesuítas viajaron a Kioto y mantuvieron allí largas reuniones en las que el hermano Lorenzo, músico ciego de origen humilde, que había sido el primer japonés admitido en la Compañía, consiguió la conversión de varios señores con sus seguidores y samurais. Al poco tiempo se produjo la muerte del shogun Yoshiteru que condujo a un estado general de revuelta: los monjes budistas consiguieron finalmente que el emperador firmase el edicto de prescripción contra los misioneros.</p>
<p>Pese al desarrollo final de los hechos, lo cierto es que en un principio la actitud de los budistas, confucionistas y sintoístas fue tolerante y mantenían largas conversaciones con los jesuítas, asombrando a éstos por su elocuencia. En estas conversaciones se introducía Occidente en Oriente. Esta actitud positiva de los japoneses hacia los jesuítas y hacia los primeros visitantes portugueses, se debía a la admiración que sentían los nipones hacia unas gentes que llegaban tras largas singladuras. Esta actitud contrasta con la que luego adoptaron con los holandeses, a los que mantenían encerrados en una isla artificial, llamada Deshima, que sería la residencia- prisión de los extranjeros en Japón hasta el año 1854. En los primeros relatos se aprecia que entre las civilizaciones japonesa y portuguesa había ciertas coincidencias, como la humildad y honradez, lo que hizo que se respetasen mutuamente a pesar de que para los japoneses los europeos eran seres inferiores. Los valores católicos de los portugueses eran más afines a una sociedad tradicional como era la japonesa, mientras el racionalismo de los holandeses protestantes separaba a éstos de los japoneses. Portugal y España enviaron embajadas a Japón y Japón a Portugal y España, visitando también Madrid y el Vaticano. Así los japoneses consiguieron también tener una nueva visión de la realidad europea distinta a lo que les transmitían los jesuítas, producto de una observación directa y objetiva.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL FIN DE LA EVANGELIZACIÓN DEL JAPÓN</strong></p>
<p>¿Por qué falló la evangelización del Japón? Buena parte de culpa la tuvieron los propios europeos que trasladaron a territorio nipón los conflictos existentes en Europa entre distintas órdenes religosas y entre el catolicismo y el protestantismo. En un principio, en Japón sólo estaban los jesuítas, pero cuando llegaron los franciscanos y los dominicos, trasladaron sus luchas y recriminaciones a este territorio. Los franciscanos y dominicos acusaban a los misioneros de la Compañía de herejes, de abandonar las creencias católicas y adoptar ritos paganos, e incluso se les acusó por vestirse a la manera japonesa. En realidad, los jesuítas eran precursores de la observación participante antropológica, puesto que adoptaban e integraban costumbres japonesas tanto en ropas como en ritos pero sin renunciar a sus creencias. De hecho, tras unos años de estancia en Japón, los misioneros se dieron cuenta de que necesitaban conocer a fondo la cultura nipona para poder transmitir mejor las doctrinas cristianas. Así antes de ir a Japón los jesuítas pasaban un periodo de adaptación en Goa (India portuguesa). Lo que más se les criticó a los jesuítas fue el que permitieran que los japoneses convertidos mantuvieran el culto a los muertos, a los antepasados. Pero los jesuítas sabían que era un culto muy arraigado en la cultura tradicional japonesa e impedirlo hubiera significado un obstáculo insalvable en el proceso de cristianización. También fue criticado el que se les permitiera añadir danzas consideradas paganas en rituales cristianos como la festividad de la Pascua. Las luchas internas entre occidentales aumentaron la desconfianza de las autoridades japonesas que comenzaron a pensar que los jesuítas eran, como los misioneros de otras ordenes habían hecho en Filipinas, una avanzadilla para la colonización del país.</p>
<p class="bodytext">A estas luchas se unió el enfrentamiento entre católicos y protestantes que comenzó con la llegada de los holandeses en el barco Liefde, capitaneado por Jao Quaeck y por el piloto inglés Will Adams. Aunque no fue tan decisiva como las disputas entre las diferentes órdenes, sí representó para los japoneses un reflejo de lo que sucedía en Europa.</p>
<p><strong>JAPÓN A LOS OJOS DE LOS JESUÍTAS</strong></p>
<p>De los primeros contactos entre occidentales y japoneses los precursores de la investigación antropológica fueron los miembros de la Compañía de Jesús, pues los comerciantes portugueses no dejaron casi nada escrito. Dentro de los jesuítas destacan Luis Fróis, Joao Rodrigues y Alexandre Valignano.</p>
<p>Fróis (1532-1597) conoció a fondo Japón y tuvo una visión realista de los acontecimientos de su tiempo. Estudió profundamente el sintoismo y el budismo y algunas de sus obras pueden ser consideradas como predecesoras de la antropología cultural.</p>
<p>Por su parte, el padre Rodrigues escribió la primera gramática japonesa y defendió la importancia de conocer la geografía, las costumbres y la cultura de un país antes de intentar introducir una nueva religión en una sociedad diferente. Por último, el padre Valignano fue el que más logros consiguió en la cristianización del Japón. El Japón que describen los primeros jesuítas es un país en completo caos debido a las interminables luchas entre diferentes señores, en una estructura políticosocial de carácter piramidal: en lo más alto estaba el emperador, que ostentaba un poder de carácter divino, pero cuya influencia era mínima. Por debajo se hallaba el shogun que era un cargo hereditario y por debajo de él, estaban los señores, cada uno de ellos dominando un daimio y teniendo bajo su obediencia a los samurais y campesinos de ese daimio. Antes de la llegada de los occidentales, en las guerras entre señores sólo participaban los señores y sus samurais, pero con la introducción de las armas de fuego por parte de los europeos, los campesinos comenzaron a participar en las batallas.</p>
<p class="bodytext">Los jesuítas describen también la situación de la mujer, que a pesar de su posición social inferior al marido, tenía una influencia preponderante en el hogar y además podía ir a donde quisiera sin tener que pedir permiso al esposo. Un hecho que llamaba la atención de los primeros europeos respecto a la mujer era que el único momento en el que no podían salir de casa era durante la menstruación y si alguna mujer salía, después tenía que permanecer durante 30 días encerrada en una habitación en la que sólo recibía agua, arroz y leña a través de un agujero en la puerta. Una descripción completa es la que nos da el capitán Jorge Álvares quien llegó a tener un conocimiento profundo del pueblo japonés por su convivencia con Anjiro, un japonés que escapó de las autoridades por cometer un asesinato y que posteriormente sería el primer nipón en convertirse al cristianismo. Álvares explica: “las mujeres son proporcionadas…, son muy blandas de condición hogareñas, las honradas son muy castas y muy amigas de la honra de sus maridos y hay otras que son muy malas mujeres… Son mujeres muy limpias y hacen en casa todo el trabajo… las buenas mujeres son muy veneradas por sus maridos y los maridos son mandados por ellas… estas mujeres son muy devotas y van a sus casas de oración a rezar.”</p>
<p>Por su parte, a los japoneses les llamaban la atención ciertas cosas de los europeos, de los portugueses concretamente. Lo que más les impresionó fue la espingarda (escopeta de cañón largo) que fue rápidamente adoptada por los ejércitos, incorporando a los campesinos a las luchas, algo que a la larga resultó decisivo para la unificación del país. Los europeos influyeron también en diversos campos de la cultura japonesa, como la medicina, la geografía, la astronomía, las ciencias naúticas, el arte, pintura, la música, el urbanismo y la tipografía.</p>
<p class="bodytext"><strong>FRANCISCO JAVIER, EL GRAN VIAJERO</strong></p>
<p>Poco después de la fundación de la Compañía de Jesús, la fama de los jesuítas como misioneros era ya notable. El rey de Portugal, Juan III (1521-1557), pidió misioneros jesuítas para la India, y el papa Paulo III ordenó que fueran dos. Ignacio de Loyola escogió a Simón Rodríguez y a Bobadilla. Pero este último cayó enfermo y, un día antes de partir, fue sustituido por Francisco Javier, un navarro de familia rica venida a menos que había conocido a Ignacio de Loyola en la Universidad de París y se había convertido en uno de sus primeros seguidores.</p>
<p>Era el 14 de marzo de 1540 y Francisco Javier tenía 35 años. Allí comenzó su aventura viajera. Moriría sólo once años después, pero en ese tiempo recorrió todo el mundo, incluida la India y Japón. Tras el llamamiento del Papa, salió camino de Lisboa, donde pronto logran la amistad del rey Juan III, que les pide que se queden en Portugal y funden casas de la Compañía, pero ellos sólo desean partir con la flota de la India. Finalmente, tras un año en la corte portuguesa, Rodríguez se queda en Portugal y Javier marcha sólo a la India, en abril de 1541, tras ser nombrado Nuncio Apostólico en todo el Oriente, ante “todos y cada uno de los Príncipes y Señores de las Islas del Mar Rojo, Pérsico y del Océano, y de las Provincias y Lugares de éste y el otro lado del Ganges y de los de más allá del Cabo llamado de Buena Esperanza y de las otras partes vecinas suyas”. Entre 1545 y 1549, Francisco Javier viaja con los portugueses por sus posesiones para predicar. Pronto deseará saltar al Sudeste de Asia, al que dedicará cuatro años de idas y venidas, alternando con estancias en Goa. La base de sus expediciones era la ciudad de Malaca, en el temible estrecho de su nombre, llave de las comunicaciones entre el Océano Índico y el archipiélago malayo.</p>
<p class="bodytext">En febrero de 1546 llegó a la isla de Amboino. Las informaciones de una flota española le hacen dirigirse hacia el norte, en busca de las Islas de las Especias, tierra donde se estaba expandiendo la religión musulmana desde el siglo XV. Pasó casi un año (junio 1546 &#8211; abril 1547) en Ternate y la Isla del Moro, recorriendo continuamente las casi treinta aldeas cristianas de esta última isla, entre grandes peligros, pues estaban rodeadas tanto por musulmanes como por paganos cazadores de cabezas humanas.</p>
<p>Entre junio y diciembre de 1547 residió en Malaca, donde conoció a un japonés, Yahiro o Anjiro, un samurai que había cometido ciertos crímenes y se había visto obligado a abandonar su país en una nave portuguesa. Anjiro abrió un nuevo mundo a las expectativas de Javier. Volvió a Goa donde Anjiro y dos criados suyos estudiaron portugués y se prepararon para servir de intérpretes. Vivió un año a caballo entre la capital y sus visitas a la Pesquería y Cochín, intentando consolidar los esfuerzos de evangelización realizados años atrás.</p>
<p>Por fin, el 15 de abril de 1549, Javier salió de Goa en un barco portugués para alcanzar su sueño: llegar a Japón. Le acompañaban el hermano Juan Fernández, Cosme de Torres, Anjiro y sus dos criados, el chino Manuel y Amador el malabar. En Malaca tuvo que recurrir a un junco de un pirata chino para proseguir el viaje. Rodeando las costas de Indochina y China, en medio de tormentas y tifones, huyendo de otros piratas, llegaron a Kagoshima el 15 de agosto de 1549.</p>
<p>Después de obtener el permiso del daimyo de Satsuma, permanecieron un año en la región de Kagoshima. Pronto se dio cuenta de que los japoneses eran un pueblo intelectual y moralmente superior a los que había conocido hasta entontes: “Son los japoneses más sujetos a la razón de lo que nunca jamás vi en gente inf iel; tan deseosos de saber que nunca acaban de preguntar y de hablar a los otros las cosas que respondíamos a sus preguntas”. Comenzó a predicar en la calle, pero, más tarde, prefirió el trato personal, en las propias casas, hablando e intentando comprender la profundidad del alma japonesa. Así fue como consiguió que se le abrieran muchas puertas y logró las primeras conversiones. “Al fin de la explicación siempre había disputas que duraban mucho. Continuamente estábamos ocupados en responder a las preguntas… perseveraban muchos días en estas preguntas y disputas; y después de pasados muchos días, se comenzaron a hacer cristianos, y los primeros que se hicieron fueron aquéllos que se nos habían mostrado más enemigos, así en explicaciones como en disputas”.</p>
<p class="bodytext">Viaje hasta Kioto Después de un año de predicación, decidió obtener el permiso del emperador para predicar por todo el país. A través de Hirado, Yamaguchi y Sakay, en medio del invierno y sorteando peligros, llegó a Miyako (actual Kyoto), donde residían el emperador y el shogun. La desilusión fue grande: la ciudad estaba arruinada por la guerra y no consiguió que le recibieran. Volvió a Yamaguchi y logró el permiso del daimyo local para predicar. En nueve meses se convirtieron medio millar de personas y formó una comunidad de fieles. Permaneció tres meses en las tierras del señor de Bungo, desde donde volvió a Goa en una nave portuguesa (noviembre 1551-enero 1552).</p>
<p>Mientras tanto, San Ignacio había creado la provincia jesuítica de Oriente, desgajándola de la provincia de Portugal y nombrando provincial a Francisco Javier. Después de reorganizar el colegio de Goa y solucionar las cuestiones de gobierno, Javier se lanzó de nuevo al mar (17 de abril de 1552). Tenía el firme propósito de convertir a China, para que, así, la fe triunfara en Japón: “…espero ir a la China por el grande servicio de Dios nuestro que se puede seguir, así en la China como en Japón; porque sabiendo los japoneses que la ley de Dios reciben los chinos, han de perder más presto la fe que tienen a sus sectas. Grande esperanza tengo que así los chinos como los japones, por la Compañía del nombre de Jesús han de salir de sus idolatrías y adorar a Dios y a Jesucristo, salvador de todas las gentes”.</p>
<p>Para ello, intenta organizar una embajada oficial en nombre del rey de Portugal, único camino para que una nave portuguesa pudiera entrar en un puerto chino. Pero en Malaca, el capitán Álvaro de Ataide prohibe la embajada y le obliga a continuar viaje de forma particular. En septiembre de 1552 llega a Sancián, una isla cercana a Cantón en la que se instalaban los comerciantes portugueses para hacer tratos con los chinos. Temerosos de las represalias y la cárcel, ningún portugués se arriesga a llevar a Javier hasta el continente. Esperando a un barco chino que nunca llegó, y abandonado por casi todos, Javier enferma y al amanecer del 3 de diciembre de 1552 muere en una choza de la playa de Sancián, ante la costa de China. Su cuerpo, milagrosamente incorrupto, será llevado un año después a Malaca y finalmente a Goa (1554), en donde hoy reposa.</p>
</div>
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		<title>El Tornaviaje Andrés de Urdaneta (1564-65)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-tornaviaje-andres-de-urdaneta-1564-65/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 13:04:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Carlo A. Caranci Durante más de dos siglos los barcos españoles cruzaron el Pacifico desde Méjico a Filipinas, manteniendo abierta una ruta de importancia fundamental para el Imperio español, en [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-tornaviaje-andres-de-urdaneta-1564-65/">El Tornaviaje Andrés de Urdaneta (1564-65)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3157" class="csc-default">
<h3><strong>Carlo A. Caranci</strong></h3>
</div>
<div id="c3158" class="csc-default">
<p class="bodytext">Durante más de dos siglos los barcos españoles cruzaron el Pacifico desde Méjico a Filipinas, manteniendo abierta una ruta de importancia fundamental para el Imperio español, en particular para el comercio y las relaciones con el Asia oriental y del sudeste y con las posesiones españolas del Pacifico occidental.</p>
<p>L a existencia de rutas comerciales es algo obviamente necesario en el entramado de un imperio, y en esto el español no fue una excepción. La preocupación por el establecimiento de rutas terrestres y marítimas fue una constante en la América española y en el Atlántico, y lo será en el Pacífico.</p>
<p>El reino de Castilla (que ya comenzaba a llamarse «de España») estaba ansioso por participar en el comercio europeo con el Oriente &#8211;iniciado por los portugueses—e igualmente por aumentar sus posesiones incluyendo, nolens volens, a otros pueblos, y, por añadidura, ampliar los limites de la Cristiandad y reducir los del Islam.</p>
<p><strong>Ir y volver. </strong></p>
<p>Desde el momento en que Castilla alcanza Insulindia –-concretamente las Molucas y luego las Filipinas- se hizo necesario establecer una ruta que llevara desde la Península Ibérica a esa parte del Pacífico occidental. Hasta comienzos del siglo XVI, la ruta habitual para alcanzarla era la que, inagurada por los portugueses, partía de la península, salía al Atlántico, rodeaba África, salvaba el cabo de Buena Esperanza, entraba en el océano Índico, superaba el subcontinente indio y llegaba a lo que es hoy Malasysia e Indonesia, y a las Filipinas.</p>
<p>Ya la expedición del equipo formado por Magallanes y Elcano de 1519-1522 (es decir, la que iba a efectuar realizar la primera vuelta al mundo, emprendida por ambos y completada por el segundo), permitió pensar en alcanzar Asia por occidente, cruzando el Atlántico, buscando un paso hacia el oeste por el continente americano (que será el estrecho de Magallanes), salir al Pacífico y cruzarlo hasta alcanzar Asia. Cuando España penetra en México occidental y en el Perú, es decir, al instalarse en las costas del Pacifico, fue cuando parecía estar al alcance de la mano la posibilidad de llegar a Asia cruzando el Pacífico desde América. Cruzándolo y retornando, claro está.</p>
<p class="bodytext">Pero esta ruta va a presentar algunas particularidades. Una ruta comercial no puede ser de dirección única: a ser posible &#8212; si no se quiere realizar un interminable viaje de circunvalación de la Tierra&#8211; debe tener vuelta por el mismo camino o por uno mas o menos paralelo o, al menos, de una longitud semejante. Pero la ruta Nueva España (o México) aInsulindia no la tenía: la vuelta debía hacerse por la ruta alternativa que hemos mencionado antes, por el océano Índico, el cabo de Buena Esperanza y el Atlántico, lo que alargaba mucho el recorrido. Por eso, establecer una ruta de ida y vuelta, es decir, con tornavíaje, por el mismo Pacifico, era una tarea prioritaria.</p>
<p>Ya los polinesios hablan hallado diversas rutas que cruzaban el Pacífico en varias direcciones, de oeste a este, de sur a norte y a la inversa, principalmente, primero en sus migraciones más antiguas, de «poblamiento», hacia el centro del océano, provenientes de lo que hoy se llama Insulindia; y, lueqo, durante los viajes posteriores, de poblamiento secundario, llegando hasta Rapa Nui (hoy Pascua) y hasta las Hawai. Pero esto no lo sabían los castellanos en el siglo XVI, cuando no se hablan producido aún contactos significativos entre europeos y oceanianos.</p>
<p>Así, ya desde el viaje de Magallanes y Elcano se plantea el retorno a América (y por tanto a Europa) por el Pacífico. Cinco fueron los intentos que se saldaron con otros tantos fracasos. Sólo al sexto se consiguió, con Urdaneta.</p>
<p><strong>LOS INTENTOS DE TORNAVIAJE </strong></p>
<p><strong>EL PRIMER INTENTO </strong></p>
<p>Durante el viaje de Magallanes y Elcano, un hecho circunstancial &#8211;el que una nave, la <em>Trinidad</em> , necesitase largas reparaciones en Tidore (Molucas) y no siguiese a la otra, la <em>Victoria</em> , en su viaje de vuelta por el oeste&#8211; hizo que su capitán, Gonzalo Gómez de Espinosa, para no retrasarse más, intentara volver a Panamá dirigiéndose hacia el este, atravesando el Pacífico.</p>
<p class="bodytext">La neve Trinidad reinició su viaje de vuelta el 6 de aril de 1522, tocó dos islas de las Carolinas que los europeos no conocían, siguió hasta el paralelo 40º, casi, precisamente a la altura de la ruta que más tarde se adoptaría para ir de Filipinas a México. Pero los vientos contrarios, las tempestades y las numerosas muertes por escorbuto, le decidieron a volver a Tidore, donde fue capturado, junto con otros españoles, por los portugueses, que se habían instalado en esa isla de las Molucas. La intentona había fracasado.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL SEGUNDO INTENTO </strong></p>
<p>Lo realizó cinco años más tarde, en 1527, Álvaro de Saavedra. Éste habia sido encargado por su primo Hernán Cortés de hallar las expediciones de Loaysa y de Caboto y de llevar refuerzos con una flota desde México &#8211;sería la primera vez que salían de allí&#8211;, a los castellanos que habían conseguido instalarse en algunas de las islas Molucas y estaban en conflicto casi permanente con los portugueses.</p>
<p>En Junio de 1528 Saavedra salía de Tidore en la nave Florida con la intención de volver con refuerzos, y trató de retornar a México por el este. Pasó por algunas de las islas melanesias próximas, por el norte, a Nueva Guinea, luego se dirigió hacia las Carolinas; pero las corrientes contrarias, las calmas y las tempestades lo forzaron a retroceder por las Marianas y las Filipinas y volver a Tidore en noviembre del mismo año.</p>
<p><strong>EL TERCER INTENTO </strong></p>
<p>Lo va a protagonizar también Saavedra. En Tidore repara el <em>Florida</em> y en mayo de 1529, en contra de la «opción oeste» para el tornaviaje, del gobernador español de las Molucas, levó anclas otra vez y se dirigió a México. Y de nuevo tempestades y calmas lo detuvieron semanas y meses, pero consiguió llegar a las Carolinas orientales y quizá se acercó también a Wake y a las Hawai. Pero Saavedra murió, y aunque la tripulación prosiguió el viaje, pronto, al llegar al 31º de latitud, el barco estaba en tan malas condiciones y el mar y los vientos hicieron el resto. A fines de 1529 el Florida ha de dar la vuelta hacia Gilolo, en las Molucas. Es el tercer fracaso.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL CUARTO INTENTO</strong></p>
<p>Sólo en 1544 se insistirá en el tornaviaje. En 1542 el virrey de la Nueva España , organiza una expedición desde el puerto de Navidad, en la costa mexicana del Pacifico. La manda el malagueño Ruy López de Villalobos, pariente del virrey.</p>
<p>Después de alcanzar el archipiélago filipino, y tras diversos contratiempos, decidió pedir ayuda al virrey de México. Para ello encargó a Bernardo de la Torre que con el navío <em>San Juan </em>tratase de llegar a América por el este. Salió el marino desde la isla de Sarangán, en Filipinas, en agosto de 1544. Se dirigió al noreste, hacia las islas de los Ladrones (luego llamadas Marianas) y alcanzó la isla de Kazan Rettó, del archipiélago de las Bonin -hoy Japones-; pero más al norte una fortísima borrasca lo obligó a volver sobre sus pasos.</p>
<p><strong>EL QUINTO INTENTO </strong></p>
<p>Mientras tanto, Villalobos, con los barcos y las tripulaciones muy maltrechos, buscaba refugio y ayuda en las Molucas portuguesas: los portugueses los ayudaron a reparar las naves, en particular la <em>San Juan </em>, con la que Iñigo Ortiz de Retes debía realizar un nuevo intento de volver a México por el este para pedir ayuda. En mayo de 1545 inicia la nueva búsqueda del tornaviaje: pasa por diversas islas próximas a Nueva Guinea y por la costa norte de esta isla, de la que tomó posesión (obviamente nominal), en nombre de la Corona española, en junio de 1545.</p>
<p>Pero a partir de agosto, las borrascas y el descontento de las tripulaciones forzaron el regreso a Tidore, en octubre. Tras este nuevo fracaso, pasaron algunos años antes de que los castellanos intentaran de nuevo volver del Pacífico occidental a América por el oriente.</p>
<p><strong>URDANETA </strong></p>
<p>Parecía una maldición: algo aparentemente tan simple como volver de un viaje, por muy largo que fuera el recorrido, estaba resultando imposible. Se había convertido en un obsesión de la Corona y de los virreyes de la Nueva España.</p>
<p class="bodytext">Pero hubo que esperar todavía veinte años, hasta la expedición de Miguel López de Legazpi a Filipinas (1564-1565), para que se vuelva a plantear la búsqueda de una ruta de tornaviaje a través del Pacífico.</p>
<p>Para este cometido la selección del hombre adecuado no se presentaba fácil pese a que el reino de España poseía un gran número de hombres y tripulaciones expertas en viajes transocéanicos –y podía contar con otros provenientes del extranjero, también de gran experiencia y conocimientos&#8211;. Competentes capitanes, pilotos y cosmógrafos han fracasado en sus intentos. Pero se hace perentorio hallar una ruta que permita acortar el tornaviaje.</p>
<p>Cuando se proyectó la expedición de Legazpi uno de los problemas es encontrar un experto que pudiera responsabilizarse del tornaviaje. La elección recayó sobre Andrés de Urdaneta, veterano ya en aventuras americanas y oceánicas y superviviente de la expedición de Loaisa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL COSMÓGRAFO URDANETA </strong></p>
<p>Urdaneta es una de las fiquras más completas de la historia de la penetración colonial española en América y en el Pacifico. Fue un hombre serio, competente, en el que se podía confiar, y de un nivel profesional notable.</p>
<p>Nació en Villafranca de Oria (Pais Vasco, integrado ya en el Reino de Castilla), en 1508 o 1510; su padre era alcalde de la localidad. Estudió durante un tiempo filosofía y teología.</p>
<p>Inició sus viajes muy joven: a los diecisiete años formó parte, como hemos mencionado, de la expedición de García Jofre de Loaysa a las Molucas, como criado y asistente del ya veterano piloto mayor Juan Sebastián Elcano &#8211;el primero que habia dado la vuelta al mundo&#8211;.</p>
<p>La expedición proyectaba repetir el viaje de Magallanes y Elcano de unos años antes. En abril de 1525 parte hacia las Molucas (pero también quería llegar a Cipango, o Japón). De los siete barcos que la componían la expedición, sólo uno llegó a Tidore el 1 de enero de 1527. El propio Urdaneta nos ha dejado una<em>Relación</em> que presentó al emperador Carlos V , que cubre de 1525 a 1535 , en la que nos cuenta las terribles aventuras de las tripulaciones; murieron cuarenta hombres, entre otros el propio Jofre de Loaysa en julio, y luego Elcano en agosto de 1527.</p>
<p class="bodytext">En 1524 había estallado la guerra entre Portugal y Castilla por las Molucas, donde había cuatro reinos principales:Ternate, Gilolo (hoy Jailolo, o Halmahera), Tidore y Bachan (hoy Bacan). Portugueses y españoles alegaban que el archipiélago se incluía en «su» hemisferio, fijado por el Tratado de Tordesillas de 1494. Ambos reinos, ya desde los tiempos de Magallanes, pretenderán apoderarse de las islas, con suerte alterna, por medio de acuerdos con los gobernantes locales, o por la fuerza, e interviniendo en la política y las guerras entre los gobernantes moluqueños.</p>
<p>En plena guerra, Urdaneta se había quedado en Gilolo, con otros supervivientes de la expedición, para dedicarse a la reparación de algunas naves y la construcción de otras, participando en algunos combates contra moluqueños y portugueses.</p>
<p>En las Molucas castellanos, vascos, andaluces y otros vivían cerca de la población local, y no son pocos los que cometieron desmanes, fuerzaron a las mujeres(muchos hijos que de muchas negras tenían») y semiesclavizaron a los hombres. Algunos eran meros delicuentes. El propio Urdaneta participó de todo esto: uno de los mestizos era hijo suyo.</p>
<p>Durante los once años que Urdaneta vivió en las Molucas adquirió conocimientos sobre las poblaciones y geografia del área y sobre la navegación por esa parte del mundo, haciendo acopio de experiencia administrativa, política, náutica y militar (obtendrá algunos éxitos en conseguir la firma de tratados con algunos pequeños gobernantes locales de Gilolo y Tidore, y en tratar con los portugueses; elaboración de cartas marítimas de algunas Molucas, que luego serán de utilidad para la expedición de Legazpi de 1564). Y adquirirá rudimentos de lenguas locales.</p>
<p>Cuando llegan a Tidore los restos de la flota de Saavedra, 1528, Urdaneta está todavía en las Molucas. Con los refuerzos, los caste11anos pueden contrarrestar los intentos portugueses hasta 1529: en este año Carlos V, por el Tratado de Zaragoza, vende los derechos sobre las Molucas a Portugal por 350.000 escudos. Los Castellanos, con la avuda portuguesa, acabarán evacuando las islas y volviendo a España por la ruta occidental (1532 y 1533), es decir, por la del sur de Asia, rodeando Africa. Urdaneta permanece en la zona hasta el año 1535, en que se dirige a Malaca y, de aquí, a Cochin (en lo que es hoy la India ), llegando en 1536 a Lisboa &#8211;y dando también él la vuelta al mundo&#8211;, donde los portugueses le confiscan escritos, libros y material diverso que había reunido o elaborado durante esos años, en los que recorrió el archipiélago malayo.</p>
<p class="bodytext">Así, pues, en 1536 Urdaneta estaba en España, de donde, en 1538, pasó a México, a petición de Pedro de Alvarado, para preparar una expedición por el Pacifico, que se malogró por la muerte de este último.</p>
<p>En México, donde vive casi treinta años, ocupa cargos en la administración virreinal con el virrey Antonio de Mendoza, en la administraci6n de justicia, y es corregidor en varios pueblos&#8211; y participa en algunas operaciones militares. En 1553, estando Urdaneta en México, parece sufrir una «crisis espiritual» y decide abandonar «la vida que llevaba » e ingresar en los Agustinos, quizá influido por sus relaciones, durante sus viajes, con misioneros de esta Orden. En el convento será, gracias a sus conocimientos, maestro de novicios.</p>
<p class="bodytext"><strong>URDANETA Y LA EXPEDICION DE LEGAZPI </strong></p>
<p>En los años siguientes al último fracaso en la búsqueda del tornaviaje, existía la firme creencia de que era prácticamente imposible volver a América por el este. Pero, en 1559, Felipe II aceptó la sugerencia del virrey de Nueva España, Velasco, de enviar una expedición hacia el Pacífico occidental, con el fin de -abandonadas ya las Molucas- intentar la penetración en el archipiélago de San Lázaro, más tarde llamado, en honor al rey, de las Filipinas.</p>
<p>Para organizar la expedición, el propio virrey sugirió asimismo a Felipe II que contase con un experto cosmógrafo, con la experiencia de viajes anteriores y conocedor de Insulindia, que se hallaba en México: Andrés de Urdaneta. Éste ya había manifestado su interés por el tornaviaje, había madurado la idea, y creía firmemente que era posible la vuelta. Se le había oído decir que «él haría volver no una nave, sino una carreta» de las islas de Poniente. También creía Urdaneta que entre América y Japón había islas habitadas por hombres «blancos» muy ricos y amistosos, lo que era una auténtica fantasía.</p>
<p class="bodytext">Urdaneta, decía el virrey, podría encargarse si no de mandar la expedición &#8211;pues era fraile&#8211; si de planificarla, de organizar la travesía y proponer la ruta. En México se construirían las naves, y mexicanos serían también los componentes de las tripulaciones.</p>
<p>La finalidad de la expedición, además de la conquista de nuevas tierras, era, como expresó el rey en una carta al virrey, «que se vea si es cierta la vuelta», es decir, determinar la ruta del tornaviaje. Para ello Felipe II aceptó la sugerencia de Velasco respecto a que se contase con Urdaneta y, en una carta a éste, le pidió que fuera en la expedición que se quería organizar, “y porque según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación della y ser buen cosmógrafo, sería de gran efecto que vos fuesedes en los dichos navíos”.</p>
<p>Urdaneta aceptó el encargo, pese a insinuar al rey que ya le ha servido suficientemente y que se encuentra delicado de salud. Pero añade que:</p>
<p>«El Virrey, Don Luis de Velasco, me ha comunicado el mandato de Vuestra Real Majestad acerca de lo que toca a la navegación que manda hacer al Poniente; y tratado con él lo que me ha parescido que conviene al servicio de Nuestro Señor, e de Vuestra Majestad, acerca de este negocio, a Su Señoria le ha parecido que Vuestra Majestad será servido en que se dé cuenta a su Real Persona dello. E así, juntamenta con esta, va mi parescer sobre ello para que Vuestra Majestad, mandado ver, provea lo que mas fuere su servicio. A V.M. suplico se resciba de mi la voluntad con que sirvo, que es con deseo de acertar en el servicio de Nuestro Señor Dios, y de V.M., cuya Real Persona y muy gran Estado Nuestro Señor guarde y conserve, con augmento de muy mayores Reinos y Señoríos (&#8230;)».</p>
<p>Finalmente a Urdaneta se le encargó la construcción de la flota y la contratación de las tripulaciones y se le confió la dirección. Urdaneta propuso al rey como capitán general a un conocido suyo de Zumárraga (Guipúzcoa), que había sido escribano y alcalde oridenario de Ciudad de México, Miguel López de Legazpi.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA EXPEDICIÓN LEGAZPI Y URDANETA </strong></p>
<p>Pero la muerte del virrey Velasco retrasó la construcción de la flota y los preparativos nada menos que cinco años.</p>
<p>Hasta 1564 no volvió sobre el asunto la Audiencia de México, que entregó las instrucciones pertinentes con fecha de 1 se septiembre de ese año. Así pues, Urdaneta se volvió a ocupar de los preparativos y se confirmo a Legazpi como capitán general de la flota.</p>
<p>La flota quedó compuesta por cinco barcos, la nao capitana <em>«San Pedro»</em>, de quinientas toneladas, el <em>«San Pablo»</em>, de cuatrocientas, el galeoncete «San Juan «, de cien toneladas, el patache <em>«San Lucas «</em>, de cuarenta toneladas, de cien toneladas, y un bergantín. La tripulación era casi totalmente mexicana: trescientos cincuenta y cinco hombres (otros autores hablan de cuatrocientos), de los cuales cientocicuenta eran marinos, doscientos eran soldados y había también cinco religiosos agustinos. Buena parte del material y los animales eran también mexicanos. Algunos autores, en consecuencia, ven esta empresa, como mexicana o, al menos, hispano&#8211;novohispana, lo que es acertado.</p>
<p>Legazpi &#8211;que en el viaje llevará a su sobrino, el factor Andrés de Mirandaola &#8212; se encargó del aspecto político- militar; Urdaneta de la dirección náutica de la expedición, y, como clérigo &#8211;era prior&#8211;, será nombrado prelado y «protector» de los «indios» (así se llamaba a quienes poblaban América y, por extensión, a los pueblos de las Molucas y de Filipinas) de las regiones a las que llegasen, o «descubriesen», los expedicionarios y que se pretendia «poblar» (es decir, llevar colonos para ocupar las tierras de los autóctonos).</p>
<p>Finalmente, Urdaneta y Legazpi salen del puerto de la Navidad (Jalisco, en México}, casi tres meses después de emanadas las instrucciones de viaje, el 21 de noviembre de 1564.</p>
<p class="bodytext">Durante algunos días se dirigieron hacia el suroeste hasta que Legazpi, según las órdenes recibidas, abrió el pliego de instrucciones en alta mar: Urdaneta quería dirigirse al sur del ecuador, a Nueva Guinea, a donde creía que iba la expedición. Pero las instrucciones indicaban que la meta son las Filipinas, que se debían «conquistar» y «poblar». Así, pues, Legazpi se encaminó hacia el oeste, y llegó hasta algunas islas de lo que es hoy Micronesia el 9 de enero de 1565, como el pequeño atolón de Mejit, en la cadena de Ratak, de las Islas Marshall orientales, que llamaron «de los Barbudos » &#8211;al hallar a un qrupo de personas con largas barbas&#8211; y algunas otras de las Marshall, como Jemo, Ailuk, Wotho, en la cadena de las Ralik.</p>
<p>El 22 de enero los expedicionarios cruzaban por entre unas islas que confundieron con las Filipinas; pero Urdaneta, que ya conocía la zona, dijo pertenecer a las Islas Marianas meridionales, que los españoles habían llamado «de los Ladrones». En concreto tocaron Guahan (o Guam), de la cual los españoles, como era práctica habitual, tomaron posesión (nominal) y donde, al parecer, Urdaneta pudo hablar en alguna de las lenguas locales que había aprendido durante su estancia anterior en el zona. Allí los españoles fueron víctimas de algunos timos y engaños y también de algunas violencias por parte de los habitantes.</p>
<p>El 13 de febrero de 1565 llegaron a la isla de Ybabao (o Samar), que hoy se integra en las Filipinas, de la que también tomaron posesión. Más tarde tocaron Leyte en febrero y Bohol marzo, hasta llegar, el 27 de abril, a Cebú, en el archipiélago de las Visayas &#8211;también en las Filipinas&#8211;, donde Legazpi, tras algunos enfrentamientos con los cebuanos, fundará una población, la villa de San Miguel, sobre la incendiada localidad de Cebú, el 8 de mayo de 1565. Las Visayas fueron ocupadas pronto, y uno de sus Gobernantes, Tupas, aceptará nominalmente hacerse cristiano y esto arrastró a otros cebuanos. Entonces Legazpi, con la ayuda de Tupas, intentó la ocupación de Manila, cuyos gobernantes eran musulmanes.</p>
<p class="bodytext">El resto es conocido: en 1571 Leqazpi &#8211;que morió en 1572—fundó Manila sobre una población ya existente (Maynilad), y consolidó la ocupación española de gran parte de Luzón, pese a las protestas portugueses.</p>
<p><strong>VOLVER A AMÉRICA </strong></p>
<p>Casi inmediatamente, Legazpi ordenó a Urdaneta que hiciera los preparativos para llevar a cabo la segunda misión del viaje, en el cual se habían cosechado tantos fracasos anteriormente: hallar el tornaviaje. Se le encargó que emprendiese el retorno a América en aquel mismo año, y que buscase para ello la ruta más cómoda.</p>
<p>Urdaneta hizo rápidamente los preparativos para el retorno por Pacífico. Poseía la experiencia de los viajes e intentos anteriores, era un buen profesional y conocía bastante bien las corrientes marinas y los vientos. Para el viaje dispondrá de la nave «San Pedro» , al mando de la cual se halla el mexicano Felipe de Salcedo, nieto de Legazpi. La partida se fija para el primero de junio de 1565 desde Cebú.</p>
<p>Pero antes de que Legazpi y Urdaneta arribaran a las Filipinas, se había producido un hecho que se dio con alguna frecuencia en los viajes y conquistas españoles: la defección de un grupo de personas o de algún barco del conjunto de la expedición. En este caso, las consecuencias fueron objetivamente importantes, aunque sin grandes repercusiones, que los historiadores minimizan o sobre el cual prefieren pasar rápidamente. Se trata de la aventura de Alonso de Arellano, noble venido a menos que mandaba el patache «San Lucas» , una de las embarcaciones menores que formaba parte de la expedición de Legazpi y Urdaneta a las Filipinas. Diez o doce dias después de la partida del puerto de la Navidad , Arellano se separó del grueso de la flota, con la ayuda del piloto, afroportugués o afroandaluz Lope Martín, aprovechando la noche y se dirigió a las Filipinas, ansioso de ser el primero en descubrir Cipango, pasando por varias, islas de las Marshall y de las Carolinas, y arribando a Mindanao unas semanas antes que Legazpi. Aquí no encontraron lo que buscaban, cargaron canela, y el 22 de abril de 1565 partieron de vuelta a México, aprovechando los vientos del suroeste del verano. Pasaron por las Marianas y luego poniendo rumbo al norte, bordeando la costa japonesa, por encima de los 40º de latitud, impulsados por los vientos del oeste, y gracias a la corriente marítima cálida del Kuro Shivo. Así consiguieron llegar a Acapulco el 17 de julio del mismo año, por una ruta muy semejante a la que iba a descubrir Urdaneta meses más tarde.</p>
<p class="bodytext">Arellano es, técnicamente, el primero que dio con la ruta del tornaviaje tan ansiosamente buscada por los españoles, ¡y con un barco de cuarenta toneladas! .</p>
<p>«Son muchos los historiadores que, pese a su precedencia en el tiempo, relegan a un segundo término la navegación de Alonso de Arellano entre Filipinas y Nueva España, para dar la primacía a la consumada por Urdaneta. El hecho obedece a que la relación de la primera travesía citada es absolutamente parca en datos náuticos que pudieran allanar los viajes de vuelta posteriores. No ocurre lo mismo con los diarios de los pilotos de la campaña de Urdaneta, llenos de constantes y minuciosas observaciones. El fraile agustino tenía un plan realista v perfectamente concebido, mientras que Arellano v sus hombres «hicieron esa navegación a punta de milagros». (Landín 1992:28)</p>
<p>Además, el que hallara la ruta sin proponérselo &#8212; parece ser&#8211; y el hecho de que se lo considere un «desertor» y un «traidor» por el abandono de la expedición, han hecho que se le margine en cierta ñmedida y no se le reconozca un mérito indudable.</p>
<p><strong>EL TORNAVIAJE </strong></p>
<p>Por su parte Urdaneta partió de Cebú el primero de junio de 1565 en dirección noroeste y atravesó por un laberinto de islas hasta llegar al estrecho de San Bernardino, entre Samar y Luzón, con lo que abandonó las Filipinas y desembocó en el océano abierto.</p>
<p>La «San Pedro», a diferencia de lo ocurrido en intentos anteriores que buscaban rutas más meridionales, se dirigió hacia el Pacífico norte, pasa cerca de las Marianas septentrionales. El primero de julio está a la altura del 24º de latitud norte, más o menos frente a Taiwan. El 3 de agosto alcanzó los 39°, hasta llegar al paralelo 42°, es decir, la latitud del norte del Japón. Estaba dando un gran rodeo, la ruta se alarga, pero se evita así la influencia negativa de los vientos alisios, que en los intentos anteriores había dificultado e impedido la navegación. A partir de aquí el barco gira al este, siguiendo la corriente marítima del Kuro Shivo, en dirección a lo que es hoy Estados Unidos, avistando tierra el 26 de septiembre de 1565: «esta costa se corre noroeste sueste, y esta punta arriba dicha es el remate de la tierra de California», superado el cabo Mendocino (al norte de la actual San Francisco, en la Alta California )y, de aquí bajando por la costa de México, el primero de octubre entró la San Pedro en el puerto de Navidad. El 8 de octubre de 1565 finalizaba el larguísimo viaje en el de Acapulco:</p>
<p class="bodytext">«Lunes quando amanesçió, a primera de Octubre año del nasçimiento de nuestro señor y salvador Jesús Cristo de mil e quinientos y sesenta y çinco, amanesçimos sobre el puerto de Navidad, ya esta ora miré en mi carta y bide que avia andado MDCCCXII leguas desdel puerto de çubú fasta el puerto de la Navidad , ya esta ora me fuy al capitán y le dixe que a dónde mandaba que llevase el navío porque estávamos sobre el puerto de la navidad, y él me mandó que lo llevase al puerto de Acapulco, y obedesçi su mandado(&#8230;); allegamos a este puerto de Acapulco Lunes a ocho deste presente mes de Octubre con harto trabajo que traya toda la gente. Rodrigo Despinosa, Piloto».</p>
<p>Fueron ciento treinta días de dura travesía, en gran parte a ciegas, a lo largo de mil ochocientas noventa y dos leguas. Todo quedó anotado minuciosamene por los cronistas: de ahí que sepamos que no faltó el hambre, la sed ni el escorbuto. De hecho, muchos murieron: de doscientos tripulantes sólo quedaron dieciocho en activos al terminar el viaje, y otros muchos estaban enfermos; sólo en la primera parte del viaje, aún en aguas filipanas, murieron dieciseis personas, entre las cuales hay que contar a Esteban Rodríguez, piloto mayor del barco, y excelente cronista de la expedición hasta su muerte- su cronica la completo su sustituto, Rodrigo de Espinosa&#8211;. Urdaneta, en cambio, nos ha dejado una relación del viaje demasiado breve y poco interesante. Por otro lado, parece ser que es el primer europeo que constata la circulación de los vientos en el anticiclón del Pacifico.</p>
<p>Arellano, que también había hallado el tornaviaje, fue recibido en Acapulco tres meses antes con cierta sordina &#8211;había dicho que todos los de la expedición de Legazpi habían muerto&#8211;. Urdaneta &#8211;a diferencia de Arellano&#8211; es recibido por la Audiencia de México, tras su hazaña, volvió a España para informar al rey de los primeros pasos de la conquista de Filipinas y, sobre todo, del éxito del tornaviaje.</p>
<p class="bodytext">Desembarcó en San Lúcar de Barrameda en 1566, en abril estaba en Madrid y, poco después en Valladolid, donde lo recibió Felipe II, a quien mostró y entregó los mapas, relaciones, libros de navegación y otros documentos. Casi inmediatamente, en 1567, estaba de vuelta en Méjico y se reincorporaba a su convento de los agustinos, donde muere al año siguiente.</p>
<p><strong>EL GALEON DE MANILA </strong></p>
<p>Se había establecido, buscándolo deliberadamente, lo que más tarde se llamó el «paso de Urdaneta» (que también podría llamarse el «paso de Arellano» o «de Arellano y Urdaneta»), es decir, la ruta del tornaviaje, que también se llamada la «Carrera de Acapulco». El fraile vasco fue el primero que estableció una ruta viable, relativamente fácil de recorrer, que el galeón de Manila –también conocido como Nao de Acapulco, y Navío de la China&#8211; recorrerá desde las posesiones españolas de Filipinas hasta América.</p>
<p>Con todo, el viaje no será nunca fácil: de Acapulco a Manila la travesía duraba un par de meses, y a veces tan sólo cincuenta días. Pero de Manila a Acapulco las cosas empeoraban: no sólo se tardaba unos cuatro y cinco meses, y a veces seis, en llevarla a cabo sino que estaba plagada de peligros e incertidumbres por los vientos, las corrientes, el encuentro con barcos japoneses, la presencia de piratas ingleses y, desde su establecimiento en Insulindia en el siglo XVII, la competencia holandesa. Todo esto hizo necesaria una ruta alternativa, con un trazado en zigzag, que bajaba hasta 20º de latitud, y que se utilizaba en determinadas ocasiones.</p>
<p>La ruta del tornaviaje partirá de Manila, continuaba hacia el sur por la costa de Luzón, y salía a mar abierto por el estrecho de San Bernardino. Este trayecto regular permitió unas relaciones más fáciles con la posesión española de las Filipinas, aumentó las posibilidades de visitar otros puntos intermedios y de entablar relaciones con las entidades políticas locales. Como dice Pérez Herrero (1989:449), «El comercio del galeón de Manila no es un circuito cerrado o acabado. La plata procedente de las minas americanas(&#8230;) no se consumía en su totalidad en suelo isleño, sino que como pago de las mercancías importadas [de otras partes de Asia] (&#8230;), se dispersaba por los mercados asiáticos.» De ahí su importancia para el comercio transcontinental. Pero hablar de esto supondría salirnos del tema.</p>
<p class="bodytext">Estas dos rutas se utilizaron en exclusiva hasta el siglo XVIII, cuando se trató de establecer vías alternativas, por ejemplo, costeando Luzón por el norte, para después salir a mar abierto, según la propuesta de Enrique Herman; o, llegando a América, recalar en los puertos entonces españoles de San Francisco o de Monterrey, en California, casi tan adecuados como el de Acapulco. Una tercera vía, que iba al sur del ecuador, por Nueva Guinea, ya había sido experimentada sin éxito en 1580-1583 por Gonzalo Ronquillo de Peñalosa. En 1773 se buscó un nuevo derrotero para el tornaviaje, también al sur del ecuador, por Nueva Guinea, aprovechando el monzón meridional.</p>
<p>Sea como fuere, la ruta de Urdaneta fue la que utilizaron en el futuro los españoles Y, en concreto, el Galeón de Manila, durante dos siglos y medio, hasta su supresión en 1815: el galeón salía de México con plata y otros productos americanos a comienzos de año hacia Filipinas, y volvía a América, a Acapulco, durante los monzones del verano (el v endaval de los españoles) cargado de especias insulindias, sedas y porcelanas chinas,etc. Se establecía así, una de las rutas marítimas comerciales más antiguas y duraderas de la historia mundial.</p>
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</div>
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		<title>Las Filipinas Legazpi (1564-65)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-filipinas-legazpi-1564-65/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 13:03:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Francisco Mellén Blanco Con motivo del V Centenario del nacimiento de Miguel López de Legazpi, colonizador de Filipinas, se han celebrado diversos actos conmemorativos tanto en España como en Filipinas. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3192" class="csc-default">
<h3><strong>Francisco Mellén Blanco</strong></h3>
</div>
<div id="c3193" class="csc-default">
<p class="bodytext">Con motivo del V Centenario del nacimiento de Miguel López de Legazpi, colonizador de Filipinas, se han celebrado diversos actos conmemorativos tanto en España como en Filipinas. Desde unas mesas redondas en la Biblioteca Nacional de Madrid, hasta un Congreso internacional en San Sebastián dirigido y coordinado por el profesor Leoncio Cabrero sobre la figura y época del marino vasco con una presencia de cincuenta especialistas en temas filipinos, o una exposición inaugurada por el Príncipe Felipe en el Museo de San Telmo de la capital donostiarra y que después viajó a Manila, donde también se celebraron unas jornadas históricas sobre dicho acontecimiento histórico. Todos estos actos han servido para que la figura de Miguel López de Legazpi se conozca un poco más tanto en España como en el extranjero.</p>
<p>Miguel López de Legazpi nació en Zumárraga (Guipúzcoa). Se desconoce con exactitud el año de su nacimiento, pero según las últimas investigaciones de Antonio Prada, Director del Archivo Municipal de Zumárraga tuvo que ser antes de 1502, posiblemente hacia 1500. Era el segundo hijo varón de Elvira Gurruchategui y de Juan Martínez de Legazpi, quien participó como oficial en los ejércitos de Gonzalo Fernández de Córdoba en Italia y como capitán a su regreso a España en la lucha contra los franceses en Pamplona. Debió estudiar leyes y ocupó diversos cargos públicos, era escribano de la Alcaldía Mayor de Arería en 1526, y concejal junto a su hermano Pero López de Legazpi de dicha corporación.</p>
<p>En 1528 pasó a Nueva España, instalándose en la capital azteca recién conquistada. En México logró tener una elevada posición social, ocupando el puesto de escribano mayor del Cabildo y Alcalde ordinario de la ciudad en 1559. Allí se había casado con Isabel Garcés con la que tuvo nueve hijos. Su primogénita Teresa, se casó con Pedro de Salcedo y dos de sus hijos, Felipe y Juan Salcedo acompañaron a su abuelo en el viaje a Filipinas.</p>
<p class="bodytext">El virrey Luis de Velasco propuso al guipuzcoano Legazpi como la persona indicada para mandar la expedición a la conquista y colonización de las islas Filipinas. Contaba Legazpi más de sesenta años cuando aceptó la proposición del virrey de Nueva España. Entre los objetivos que tenía dicha expedición figuraba la exploración de las islas del Poniente, conseguir especias y garantizar el regreso a Nueva España.</p>
<p>El rey Felipe II aprobó la expedición, pero indicando que no se llegara al Maluco por no estar en la demarcación de su territorio, y a su vez propuso al fraile agustino Andrés de Urdaneta como cosmógrafo de la citada expedición. Entre las instrucciones dadas a Legazpi se solicitaba que hubiera un buen trato con los isleños y que se anotara todo lo relacionado con su modo de vida, comercio, religión, armas, puertos, navegación, etc., y rescatara a algunos españoles que quedaron en aquellas islas de otras anteriores expediciones.</p>
<p>En el puerto novohispano de la Navidad se construyeron las cinco naves que componían la flota de Legazpi. Estaba formada por la nao capitana de 500 toneladas, nombrada San Pedro, donde iba a bordo Legazpi; la nao almiranta San Pablo, de 400 toneladas, cuyo capitán era el maese de campo Mateo de Saz; el patache mayor San Juan, de 80 toneladas, al mando de Juan de la Isla; el patache menor San Lucas, de 40 toneladas, capitaneado por Alonso de Arellano y el bergantín Espíritu Santo que acompañaba a la nao capitana.</p>
<p>Como señalábamos anteriormente, Miguel López de Legazpi fue nombrado “Gobernador y General de la armada que ha de ir al dicho descubrimiento”. Estos títulos aparecen en un documento fechado en México el 9 de julio de 1563 y confirmados el día 15 del mismo mes, como merced y concesión oficial. Legazpi supo acompañarse de un grupo de personas vinculadas a él por familia o amistad que componían una especie de escolta, entre los que se encontraba su nieto Felipe de Salcedo.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA HUESTE DE LEGAZPI</strong></p>
<p>La tripulación de la flota de Legazpi estaba compuesta de 380 hombres, de los cuales 200 eran de armas y 150 de mar, más cinco frailes agustinos y el resto, gente de servicio. El reclutamiento de la gente de mar fue bastante complicado y por los documentos de la época se sabe que el número de marineros enrolados de origen español no fue numeroso. El mismo Urdaneta indicaba la escasez de personas adecuadas para estos menesteres, llegándose al extremo de tener que obligarlos y buscarlos entre aquellas tripulaciones de otras flotas que arribaban en los puertos de Nueva España y admitir a extranjeros que estaban viviendo en dicho virreinato. En diferentes documentos conservados en el Archivo General de la Nación de México, se hallan los manuscritos referentes a la contratación de estos marineros y las comisiones y poderes dados a los capitanes para recoger esta gente de marinería que se necesitaba para trabajar en las naves de la citada expedición.</p>
<p>Luis Muro da una relación nominativa de marineros, su origen y el sueldo de cada individuo, que sirve a los estudiosos del tema para conocer la procedencia de la marinería que sirvió en la flota de Legazpi. También, uno de los aspectos que el virrey Luis de Velasco solicitó a Felipe II, fue que enviara dos pilotos expertos en la navegación de altura para acompañar a los que estaban ya contratados. En la nao capitana San Pedro iba como piloto mayor Esteban Rodríguez, natural de Huelva, y el más experimentado de todos los que fueron. Escribió un interesante diario del viaje a Filipinas y acompañó a Urdaneta en el tornaviaje de Cebú a Nueva España, que no pudo alcanzar, pues falleció unos días antes de la arribada en Acapulco. Como segundo piloto del San Pedro iba el francés Pierre Plin, que escribió dos diarios y fue más tarde ahorcado en Cebú, el 28 de noviembre de 1565, por ser uno de los amotinados que querían apoderarse del patache San Juan, para regresar a Europa por el estrecho de Magallanes. En la nao almiranta el primer piloto fue Jaime Martínez Fortún y el segundo Diego Martín. El patache mayor lo pilotaba Rodrigo de Espinosa, quien también escribió un interesante diario de navegación a Nueva España, y en el patache menor el piloto fue Lope Martín.</p>
<p class="bodytext">Otros cargos importantes fueron concedidos a Juan de Carrión como Alférez General, a Hernando Riquel “escribano de la gobernación de las islas del Poniente”, al sevillano Guido de Lavezares, tesorero; Andrés Cauchela, contador; Andrés de Mirandaola, sobrino de Urdaneta, como factor y veedor. Iba también como intérprete un tal Gerónimo Pacheco, natural de Mengala, una de las islas del Poniente, que durante el viaje debía enseñar su idioma a los frailes agustinos.</p>
<p>Entre las instrucciones dadas a Legazpi hay una referida a la presencia de indios, mujeres y negros que dice así: “Otrosí, no consintireis que por vía ni manera alguna se embarquen ni bayan en los dichos navíos yndios ni yndias, negros ni mugeres algunas casadas ni solteras, de cualquier qualidad y condiçión que sean, salba asta una docena de negros y negras de serviçio, los quales repartiréis en todos los navios, como os pareciere”.</p>
<p>Esto hace pensar que posiblemente mujeres negras navegaron en la flota de Legazpi a Filipinas en el siglo XVI, dato curioso y que la mayoría de investigadores no cita en sus trabajos.</p>
<p><strong>ARMAS DE LA ESCUADRA</strong></p>
<p>Respecto al armamento de la flota, algunas piezas de artillería fueron enviadas desde España, y otras recogidas de alguna fortaleza novohispana o de desguace de otras naves que arribaban a Veracruz o a otros puertos de Nueva España, y también las que se compraron a particulares de sus propias naos. En México se fundieron “19 versos de bronce”, pero al hacerlos mal reventaron al probarlos y tuvieron que fundirlos para que fueran utilizados en la expedición. La munición fue recibida de España así como de una parte que había en el virreinato.</p>
<p>El ejército de la expedición de Legazpi estaba compuesto por dos compañías reclutadas en la capital mexicana, la primera de cien hombres la mandaba Mateo de Saz y la segunda de noventa hombres la capitaneaba Martín de Goiti. La hueste de Legazpi ha sido estudiada desde diferentes campos históricos, siendo uno de sus principales autores Leoncio Cabrero. Las armas de fuego utilizadas por los soldados fueron el arcabuz y el mosquete y como armas blancas la espada, puñales, dagas, lanzas, alabardas y picas.</p>
<p class="bodytext">Si en México las tropas de Hernán Cortes utilizaron regularmente las picas, sobre todo en la conquista de los templos mesoamericanos, no se puede decir lo mismo del ejército de Legazpi, pues aunque portaban alabardas, lanzas y picas, generalmente combatieron con la espada.</p>
<p>En el cuadro de Telesforo Sucgang pintado en 1893, que se conserva en el Museo Oriental del Real Colegio de los Padres Agustinos de Valladolid, refleja con detalle la vestimenta y armas utilizadas por parte de las huestes de Legazpi, así como la de los filipinos. En dicho cuadro se aprecian varias prendas defensivas de su uniforme. El casco de acero, que podía ser del tipo, celada, morrión, capacete o borgoñota, cubría la cabeza. Para la protección de la boca y cuello utilizaban el barbote o babera de acero. El pecho y espalda estaba resguardado por la coraza de acero compuesta de peto y espaldar. A veces utilizaban los brazales de acero para cubrir sus brazos, lo mismo que las musleras o quijotes, para los muslos. También en vez de la coraza utilizaron la cota de mallas, pero por el clima tropical las prendas que más usaron fueron la brigantina, pieza de cuero doble con pequeñas láminas de hierro, y los escaupiles, copiados de los guerreros mexicas y aztecas, que eran unas camisas de varias capas de algodón o de fibra de maguey, reforzadas con tiras de cuero. Esta prenda, por lo poco pesada y por calidad defensiva fue utilizada por los soldados españoles de esa época desde Nueva España hasta Chile.</p>
<p>Otra pieza clásica defensiva fue el escudo. La infantería usó el escudo metálico redondo conocido por rodela, pero también debió emplear la clásica adarga de cuero reforzado, y el broquel, de madera dura reforzada con hierro.</p>
<p class="bodytext"><strong>RUMBO A FILIPINAS</strong></p>
<p>Después de siete años de múltiples problemas, la flota de Miguel López de Legazpi partía del puerto de la Navidad el 21 de noviembre de 1564. A los cuatro días de viaje y “cien leguas la mar adentro”, Legazpi abrió el pliego de las Instrucciones de la Audiencia, donde se decía navegar directamente a Filipinas, siguiendo el mismo rumbo que Ruy López de Villalobos. Iban por tanto a un meridiano de las Molucas, próximo con la zona portuguesa y muy lejos del de Nueva Guinea, la gran obsesión del cosmógrafo Urdaneta. En ese momento sucedió el conocido incidente de la desilusión de Andrés de Urdaneta y sus compañeros agustinos, quienes al sentirse engañados manifestaron que de “haber sabido o entendido en tierra que había de seguirse esa derrota, no vinieran la jornada”, pero como religiosos obedecían el cambio de rumbo. De todas formas, antes de partir, Urdaneta encomendó al padre prior del convento de Chilapa, que en la costa de Acapulco hubiera siempre un farol encendido desde principio del año 1565 en adelante, para que sirviera de faro a las naves que retornaran de las islas de Poniente.</p>
<p class="bodytext">Dirigieron las naves hasta ponerse a una altura de los nueve grados y siguieron viaje rumbo recto a las islas de los Reyes y de los Corales, para desde allí seguir navegando hacia las islas de Arrecifes y Matalotes que en las cartas estaban situadas a un grado más y después continuar hacia las Filipinas. Legazpi, dio antes instrucciones por si alguna nave se perdía para que esperase en las islas citadas o dejara una señal indicando su nuevo destino, cuyo final debía ser en las Filipinas donde se juntaría toda la flota.</p>
<p>El día primero de diciembre se perdió el patache San Lucas, al mando de Alonso de Arellano, que ya no volvió a aparecer en toda la travesía y que hizo el viaje sólo a Filipinas y regresó a México.</p>
<p>Después de cincuenta días de navegación, el 9 de enero de 1565, llegaron a la isla Mejit del archipiélago de las Marshall, que bautizaron como la de los Barbudos, por el aspecto de sus habitantes. Durante los días siguientes descubrieron varias islas y arrecifes que nombraron como Placeres, San Pedro y San Pablo (Ailuk), los Pájaros (Jemo), etc., hasta que el día 22 del citado mes divisaron una isla alta del grupo de los Ladrones o Marianas, que correspondía a la actual Guam. Al acercarse a la costa numerosas canoas recibieron a las naves españolas. Los isleños llamaban a los españoles chamorros (amigos) y repetían el nombre hispano de Gonzalo, recordando al gallego Gonzalo de Vigo, marinero que desertó en 1522 de la nao Trinidad de la expedición de Magallanes, y que vivió cuatro años en ese archipiélago hasta que fue rescatado por una de las naves de la expedición de Loaísa.</p>
<p>En Guam o Guaham se abastecieron de alimentos y Urdaneta intentó convencer a Legazpi para que dejara una pequeña colonia, pues la isla era el lugar ideal para abastecer a los barcos que podían volver a Nueva España. A pesar de la razonada propuesta, y debido a los continuos robos, “engaños y maldades” de los isleños, Legazpi se negó a ello. En Guam se dijo la primera misa, tomando posesión de la isla y el 3 de febrero de 1565 partían las naves rumbo a las Filipinas, cuyas costas vieron a los diez días de navegación, el día 13 del citado mes.</p>
<p class="bodytext">En la bahía de Cibao o Cibabao fondearon las naves de Legazpi, no lejos de la isla Hilabán. Allí permanecieron siete días, hicieron algunas navegaciones por la costa de Samar (Tandaya), para seguir rumbo a la isla de Manicani, visitando seguidamente la isla de Leyte, donde en Cabalian los expedicionarios españoles hicieron amistad con el jefe Malític y su hijo Camutuham les acompañó a la isla de Limasawa. Después continuaron viaje a las islas de Camiguín y Mindanao. Cada vez que se acercaban a la costa donde había población, ésta huía al verles llegar. Una de las naves de Legazpi se encontró con un junco moro armado que venía de Borneo y su piloto les informó que los isleños los confundían por portugueses que hacía dos años les habían quemado las aldeas y matado a muchos de sus habitantes, por lo cual no querían tener relación alguna con los extranjeros.</p>
<p>Gracias a las informaciones del piloto moro, Legazpi puso rumbo a la isla de Bohol para intercambiar mercaderías. Allí hizo amistad con el régulo Sicatuna, realizando el pacto de sangre y tomando posesión de la isla el 15 de abril de 1565. Visitaron también las islas de Pamalicán, Siquijor, Negros y Cebú, a donde llegaron el 27 de abril. En esta última isla, Legazpi envió a un intérprete para que su jefe Tupas, hijo de Humabón quien había tratado con Magallanes, fuera a presentarse a las naves. Después de varios altercados Legazpi utilizó la fuerza apoderándose del poblado y huyendo el régulo Tupas al interior de la isla. Entre las ruinas de una casa el marinero bermeano Juan de Camuz halló una talla en madera negra del Niño Jesús, que era la misma que Pigafetta había regalado a la mujer de Humabón, y que actualmente se venera en una capilla de la iglesia cebuana de San Agustín.</p>
<p>En Cebú, Legazpi ordenó levantar los cimientos del primer establecimiento español en Filipinas, llamado villa de San Miguel de Cebú, que fue capital del archipiélago hasta 1571. Los cebuanos que se habían retirado al interior de la isla regresaron al ser respetados por los españoles y días más tarde su jefe Tupas hizo un pacto de sangre con Legazpi, pero las escaramuzas seguían siendo utilizadas por una parte de la población hostil a los castellanos.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL TORNAVIAJE</strong></p>
<p>La primera fase de las instrucciones se había cumplido, y por lo tanto Legazpi preparó el viaje de regreso con la nao capitana San Pedro, al mando de su nieto Felipe de Salcedo, los pilotos Esteban Rodríguez y Rodrigo de Espinosa, el contramaestre Francisco de Astigarribia, el maestre Martín de Ibarra, el escribano Asensio de Aguirre y los padres agustinos Andrés de Urdaneta, cosmógrafo, y Andrés de Aguirre.</p>
<p>Desde Cebú, la San Pedro se hizo a la vela el 1 de junio de 1565, con dos centenares de personas, alimentos para ocho meses y 200 pipas de agua. Después de pasar la isla de Mactán navegó hacia el norte y sorteando un cordón de islas desembocó a través del estrecho de San Bernardino en pleno océano. Seguidamente tomando altura coge la corriente del Kuro Shivo que le llevaría hacia la costa californiana, viendo antes una isla que bautizan Deseada. Siguiendo la costa el día 26 y 27 de septiembre mueren Martín de Ibarra y el piloto Esteban Rodríguez. El 1 de octubre avistan el puerto de la Navidad y el piloto Rodrigo de Espinosa, que seguía a bordo, escribía en su diario lo siguiente: “En la nao, al presente, no había más de diez hasta dieciocho personas que pudiesen trabajar, porque los demás estaban enfermos, y otros dieciséis se nos murieron”. Tuvieron todavía fuerzas los supervivientes del tornaviaje para continuar viaje y desembarcar en Acapulco el 8 de octubre. Allí se enteraron que tres meses antes Arellano había llegado con el patache San Lucas dando cuenta de que habían muerto todos los expedicionarios de la flota de Legazpi.</p>
<p>La intuición de Urdaneta hizo posible resolver el grave problema del retorno a Nueva España. Presentó a la Audiencia de México los diarios de navegación de los pilotos y las cartas de marear realizadas durante el viaje, que más tarde presentaría en España a Felipe II, con el derrotero finalizado, que serviría después como ruta para el galeón de Manila.</p>
<p class="bodytext"><strong>FUNDACIÓN DE MANILA, A ORILLA DEL RÍO PASSIG</strong></p>
<p>Mientras, en Cebú el cacique Tupas seguía en alianza con los españoles, aunque Legazpi tuvo que resolver entre su gente diversos intentos de amotinamiento, que resolvió ahorcando a los culpables.</p>
<p>El 15 de octubre de 1566 llegó a Cebú de Nueva España la nao San Jerónimo que sirvió de gran ayuda a las ya decaídas fuerzas de Legazpi, y en agosto de 1567 arribaron dos nuevos galeones con 200 hombres de refuerzo, alimentos y pertrechos. En ellos venían también las órdenes reales para la conquista y evangelización de las islas Filipinas.</p>
<p>La hueste de Legazpi no sólo combatió contra los isleños sino que hizo frente también a una flota portuguesa al mando de Gonzalo Pereira que intentaba expulsarlos. Los españoles resistieron un bloqueo durante tres meses, hasta que la armada lusitana al no lograr su propósito se marchó a principios de 1569. En ese mismo año, recibió Legazpi el nombramiento dado por Felipe II de Gobernador y Capital General de Filipinas y es cuando prácticamente inicia la conquista de Filipinas, que nunca lograría.</p>
<p>Desde Cebú, Legazpi envió a su nieto Juan de Salcedo contra los piratas moros de Mindoro, a los que derrotó. Más tarde ocupó Panay donde hizo un fuerte, y después atacó Luzón con una escuadra de unas trescientas embarcaciones, la mayoría paraos filipinos, al mando de Juan de Salcedo y Martín Goiti. Tuvieron que luchar contra la artillería mora y algunos arcabuces de origen portugués que defendían la muralla del de Solimán, un moro de Borneo, régulo que dominaba gran parte de la isla. Allí conquistaron “trece cañones de diversos tamaños” y hallaron una fundición de cañones con moldes para fabricar culebrinas de “diecisiete pies de largo”. Curiosamente uno de los fundidores moros, después de la toma de la ciudadela, trabajó para el ejército castellano. La artillería utilizada en las islas dominadas por los musulmanes estaba generalmente compuesta de unos cañones de bronce, de diversos tamaños, conocidos por lantacas. También los usaron en las embarcaciones, así como otros más pequeños llamados lacate.</p>
<p>Una vez conquistada gran parte de la isla, Legazpi fundó la ciudad de Manila el 24 de junio de 1571. Se realizó un trazado al estilo de las ciudades castellanas y del nuevo mundo, construyendo casas de adobe, caña y nipa, para asentar la población novohispana y filipina. El 20 de agosto de 1572 moría Legazpi y todavía se luchaba en zonas del norte de Luzón y de otras islas. Si Magallanes abrió camino a la presencia española en las Filipinas, Legazpi fue el precursor del asentamiento de la cultura española y europea en el sudeste asiático. Por su prudencia y firmeza de decisiones se ganó la confianza de los filipinos, ayudado también por los religiosos con su labor evangelizadora. Actualmente, recordando su meritoria obra, los alcaldes de las ciudades filipinas de Legazpi y Tagbilaran firmaron lazos de hermanamiento con el alcalde de Zumárraga, cuna del insigne fundador de Manila.</p>
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		<title>Los Españoles en Camboya y Siam Blas Ruiz y Diego Belloso (1582-1594)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 12:59:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cesáreo Fernández Duro La península de Indochina está conformada por varios reinos a lo largo de los tiempos (Siam, Camboya, Birmania y Laos), que han sido los más estables y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3217" class="csc-default">
<h3><strong>Cesáreo Fernández Duro</strong></h3>
</div>
<div id="c3218" class="csc-default">
<p class="bodytext">La península de Indochina está conformada por varios reinos a lo largo de los tiempos (Siam, Camboya, Birmania y Laos), que han sido los más estables y los que han perdurado hasta el presente. Pero también existieron los reinos de Lau Na, de Lawack y otros más, que desaparecieron antes de terminar el siglo XVI. A finales de este siglo XVI, el de la gran expansión ultramarina española, unos soldados españoles y portugueses vivieron una gran aventura en Camboya y Siam que generó dos expediciones desde Filipinas y estuvo a punto de culminar con la conquista del reino de Camboya por España.</p>
<p>Esta historia, todavía casi desconocida, fue publicada por primera vez por Cesáreo Fernández Duro en el número 35 del Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid (S.G.M), en el segundo semestre de 1893. Con la autorización de la Real Sociedad Geográfica, sucesora de la S.G.M., reproducimos este interesante artículo que resume los avatares de un grupo de españoles y portugueses por tierras de Indochina.</p>
<p class="bodytext"><strong>ESPAÑOLES EN CAMBOJA Y SIAM. CORRIENDO EL SIGLO XVI</strong></p>
<p>En estos momentos en que la curiosidad pública recoge toda especie de noticias de Siam para juzgar las del conflicto con Francia, poco tiempo há conjurado, no parecerán ociosas aunque añejas sean, las de ciertos españoles que por su cuenta y riesgo influyeron en aquellos países al final del reinado de Felipe II, subiendo, como ahora los franceses, por el río Mekong.</p>
<p class="bodytext">Blas Ruíz de Hernán González es nombre oscuro que sólo por incidencia se encuentra en alguna crónica particular de las Islas Filipinas. Lo llevó un hombre valeroso cuyo nacimiento y naturaleza se desconocen; cuyos hechos se ignoran también, y sin embargo fueron tales, que brillara entre los héroes si la suerte le hubiera deparado época distinta, y teatro menos lejano que el de sus proezas. Dotado de ambición tan grande como su arrojo; de espíritu aventurero; de inteligencia superior; de noble patriotismo, contando por toda ayuda con la de sus manos , corrió los reinos orientales de Siam, Camboja y Tonquin; sostuvo guerras, conquistó provincias, dispuso á su antojo de los Príncipes indígenas, concibiendo el proyecto de someterlos al de España. Sin tanto esfuerzo pasaron á la posteridad soldados conocidos de Ercilla y de Camoens; Blas Ruíz no tuvo cantor ni cronista, salvo algún fraile de las misiones de Asia que consignó su memoria en los anales privados del convento. Es de suponer que fue como tantos otros á las Molucas ó Filipinas desde Nueva España, en busca de la fortuna. Tal vez la persiguió primero por las Indias occidentales, adquiriendo los conocimientos y la experiencia marinera que más tarde habían de serle de tanta utilidad. Sea como quiera, se halla primera noticia suya el año de 1595 como presente en Chordemuco, capital de Camboja, al lado del rey Prauncar Langara, en guerra á la sazón con su vecino el de Siam. Este se presentó de improviso con numeroso ejército; invadió el país, y en poco tiempo lo señoreó, tomando la casa y tesoros de Prauncar, que se consideró dichoso escapando con la familia al reino de Laos. Los extranjeros de su corte, á saber: el castellano Blas Ruíz y los portugueses Diego Belloso, Pantaleón Carnero y Antonio Machado, cayeron prisioneros, y elegido Belloso para acompañar por tierra á los vencedores en el regreso á Siam, los otros tres fueron embarcados en un junco de guerra tripulado por chinos y siameses, con destino á la ciudad de Odia, adonde iba lo más rico del botín cogido.</p>
<p>Conociendo la rapacidad de los chinos les insinuó Ruíz el buen negocio que podrían hacer alzándose con el buque y llevándolo á cualquier puerto del imperio celeste; insistió secretamente en la tentación dando traza y seguridad del resultado si á él y á sus dos compañeros soltaban las prisiones; en una palabra, fueron atacados de noche y por sorpresa los siameses, sucumbiendo los más, y como al distribuir la presa estuvieran advertidos los chinos de que tanto mayor sería la parte cuantos menos se la repartieran, vinieron á las manos unos con otros con tanta saña, que muertos los más, llegaron á hacerse dueños de la embarcación los tres españoles, como desde un principio habían pensado, y alcanzando sin otro accidente el puerto de Manila, al mando de Blas Ruíz, les fue adjudicada por buena la presa.</p>
<p class="bodytext">El rey de Siam juzgó por la tardanza del junco que algo siniestro debía de haberle ocurrido, y como la riqueza que llevaba valía la pena de tomar informes de su suerte, envió á reconocer la costa, buscando al efecto persona conocedora de los mares inmediatos. Esta ocasión aprovechó el prisionero Diego Belloso haciendo valer su pericia marinera, indicando que en Manila sería fácil conocer el paradero de la embarcación, y ofreciendo su valimiento en provecho del rey, pues que de paso se comprometía á establecer relaciones de amistad y comercio con los españoles y proporcionar á la corte curiosidades de Europa, allí muy estimadas.</p>
<p>La proposición pareció muy bien al rey, no habiendo en ella nada que no fuera aceptable si con el mensajero iba un mandarín de confianza que vigilara su proceder. Dispuso, por consecuencia, otra nave en que se embarcaron dos elefantes, como presente destinado al gobernador de las islas Filipinas, mucho marfil y otros efectos ricos del país para cambio de los de Europa, y el mencionado mandarín con instrucciones privadas. Por desgracia obligaron al junco los malos tiempos á tocar en Malaca, donde se sabía lo ocurrido al primero, así que el jefe siamés no se mostró deseoso de continuar el viaje. Al contrario, no obstante las excitaciones y protestas de Belloso, empezó á desembarcar los efectos, con intención de venderlos y dar vuelta inmediata a Siam, lo que hubiera hecho á no amanecer muerto en la cama, habiendose acostado bueno y sano. Belloso, dueño desde el momento del bajel, reembarcó las mercancias y llegó á Manila felizmente.</p>
<p>Por estas circunstancias volvieron á encontrarse Blas Ruíz y Diego Belloso, compañeros y émulos toda su vida. De acuerdo para inclinar el ánimo del gobernador accidental D. Luis Dasmariñas á disponer una expedición que favoreciera en Camboja al rey destronado Langara, pintando muy fácil la restauración, de que no podría esperarse menos de un buen puerto de escala, cuya posesión serviría de base de operaciones á la conveniencia de España en lo futuro, acudieron á la influencia de la orden de Santo Domingo, consiguiendo, en efecto, por su medio, el armamento de una escuadrilla, contra la opinión de las personas sensatas de la capital, inclusos los capitanes de guerra y la Audiencia.</p>
<p>Estuvo á punto la expedición á principios del año de 1596, componiéndola tres buques: uno de mediano porte, al mando del capitán y sargento mayor D. Juan Juarez Gallinato, jefe superior, y dos menores mandados por Ruíz y Belloso, llevando entre todos 120 españoles, algunos japoneses cristianos y pocos indios filipinos.</p>
<p>Separados los bajeles en un temporal, el de Gallinato, en que iba la mayor parte de los españoles, arribó al estrecho de Singapore, donde se detuvo muchos días: el de Blas Ruíz primero, después el de Belloso, alcanzaron con muchos trabajos la costa de Camboja y subieron por el río Mecon ó Mekong hasta la ciudad de Chordemuco. Allí supieron que los mandarines, alzados contra los invasores siameses, los habían arrojado del país y estaban bajo la férula de uno de ellos, hábil para hacerse proclamar rey sin consentimiento de los otros.</p>
<p class="bodytext">No podían soñar coyuntura mejor los expedicionarios, hallando el reino dividido en tantas facciones como mandarines pospuestos tenía, en guerra interior y exterior á la vez, revuelto y enconado. Empezando por anunciar á Anacaparan (que así se llamaba el rey intruso), la próxima llegada de Gallinato con fuerzas formidables, procuraron con ahinco unir contra él á los descontentos, á reserva del mejor derecho de cada cual á suplantarle, propósitos que no se ocultaron al astuto usurpador, por más que contemporizara por de pronto con los extranjeros, temiendo que interceptaran seis buques chinos que tenía en el río con valioso cargamento, aunque á precaución había reforzado su guarda y marchado á la ciudad de Sistor, distante 27 millas del puerto.</p>
<p>Sea porque los chinos se insolentaran, como los españoles dijeron, ó porque estos no sufrieran con paciencia la inacción, no tardaron en hacer una sonada, tomando al abordaje los seis bajeles chinos, con muerte de mucha gente, alborotando á toda la población de la misma naturaleza, que era muy numerosa, y en la que principalmente se apoyaba Anacaparan. Arrepintiéndose, por consiguiente, de una victoria que les colocaba en situación gravísima á no llegar de seguida Gallinato ó encontrar medio de apaciguar la cólera del rey.</p>
<p>Blas Ruíz y Diego Belloso, en consulta con el dominico Fray Alonso Jiménez, decidieron como lo más prudente subir los tres por el río, con escolta de 50 hombres; pedir audiencia á Anacaparan y darle cumplida satisfacción de la refriega, ocurrida por agresión de los chinos, mas apenas desembarcaron de los botes, los rodeó la multitud armada, negándose sus jefes á escuchar razones y amenazándoles con la muerte si inmediatamente no devolvían los buques chinos con el contenido.</p>
<p class="bodytext">Desesperada fuera la situación de aquel puñado de hombres á no ser los caudillos de los que aman el peligro. Lejos de desmayar se mantuvieron en actitud espectante mientras duró el día: en la obscuridad buscaron sitio á propósito para atravesar un brazo del río que los separaba de la ciudad: entraron sin ser esperados ni sentidos; pusieron fuego al palacio y á los almacenes; sembraron el espanto entre los pobladores, haciendo una matanza horrible, que duró hasta muy entrado el día siguiente y en la que pereció el mismo rey; mas no por el éxito de tan audaz empresa se hicieron la ilusión de volver sin riesgo á las embarcaciones, al emprender la retirada con mucho orden y cuidado. Por rápida que fuera su marcha, cansados como estaban y faltos de conocimiento del terreno, dieron tiempo á que el enemigo se reuniera y los atacara por la espalda, si bien fue para sufrir nueva derrota, con no escasa pérdida. Los españoles, maravilloso parece, no tuvieron un solo muerto y volvieron á sus buques á Chordemuco.</p>
<p>Llegó en esto Gallinato, colmando de alegría su vista á los vencedores. Contáronle lo ocurrido explicando el cambio que en la situación del país iba á producir la muerte del usurpador, toda vez que, animados los mandarines, levantarían la bandera de Langara, el rey legítimo, y en efecto, muchos cambojanos de suposición vinieron á visitar la escuadra, refiriendo pormenores de la muerte de Anacaparan y confirmando el juicio de Ruíz y Belloso. No obstante, Gallinato no quiso dar crédito á nada de lo que se decía, ni menos seguir el consejo de empezar la campaña; al contrario, censuró agriamente el proceder de sus subordinados por no haber esperado su llegada; tomó para sí, como en castigo, todo el botín que se había hecho á los chinos y cambojanos, y sin más, dispuso dar la vela para Manila.</p>
<p class="bodytext">Por más que la determinación echara por tierra los planes de nuestros dos aventureros, no admitiendo réplica, ni siendo Gallinato hombre que admitiera reflexiones , no se desanimaron ni desistieron, pensando si algún rodeo les conduciría al fin cuyo camino directo se cerraba, y con idea de ir por tierra á Laos, donde residía el rey destronado de Camboja, propusieron al jefe de la escuadrilla, porque no fuera del todo estéril la expedición, hacer escala en la costa de Cochinchina para reclamar la galera en que fue asesinado el gobernador anterior de Filipinas Gómez Pérez Dasmariñas, refugiada en aquel reino, ó por lo menos el estandarte y la artillería.</p>
<p>Accedió Gallinato, no hallando pretexto con que negarse á tan razonable demanda, si bien pensando utilizar en su provecho la terquedad de sus subordinados, porque el viaje al interior, que autorizó también, le desembarazaba de dos personas cuyo testimonio, al regresar á Manila, podría dar á su alejamiento de Camboja aspecto muy distinto del que se proponía pintar.</p>
<p>Poco importa á la presente relación lo acaecido á la escuadrilla después de dejarla los dos camaradas: baste saber que no sólo no consiguió los efectos reclamados, que guardaba el rey de Cochinchina, sino que fue sorprendida por fuerzas muy superiores del país y hubo de retirarse defendiéndose bizarramente.</p>
<p>Blas Ruíz y Diego Belloso, obtenido permiso y auxilio del rey de Sinna para atravesar sus Estados, emprendieron solos el viaje, llegando sin obstáculo á la ciudad de Alanchan, capital de Laos, cuyo soberano los recibió muy bien, pero con tristes nuevas. Prauncar Langara y sus dos hijos mayores habían fallecido, quedando de su familia el joven Prauncar, bajo la tutela de su abuela, madrastra y tías, que formaban Consejo de Regencia. Lo que hablaron para persuadir á las mujeres á marchar sin dilación, no es decible, estrellándose su persuasivo razonamiento en el recelo de las mujeres, que estimaban más seguro el refugio de Laos que la perspectiva de una campaña empezada con ejército compuesto de dos hombres, hasta que la llegada del mandarín Acuña Chu con 10 paraos bien artillados y la seguridad que daba de estar el reino más dividido desde la muerte de Anacaparan, resistiendo a Chupinanon, su hijo, que pretendía sucederle, reforzó los argumentos de los españoles, acabando su energía por vencer a la vacilación. Belloso y Ruíz emprendieron por fin el viaje á Camboja con la familia real, siendo recibidos con entusiasmo por sus partidarios, crecientes de día en día al atravesar las provincias, y que á poco atrajeron á Lacasamana y Cancona, jefes malayos musulmanes, árbitros de no escasa fuerza de artillería y elefantes.</p>
<p class="bodytext">Nombrados caudillos y directores de la guerra los dos iberos, la empezaron con estos elementos, procediendo con tacto político tan acertado como grande energía y desusada actividad en aquellas regiones. Dijérase que tenían sujeta á la fortuna y aliada á la victoria, observando de qué modo debelaban uno tras otro á los pretendientes y sometían las provincias rebeladas. En breve espacio de tiempo acabaron con la resistencia haciendo aclamar al rey legítimo Prauncar.</p>
<p>La regencia mujeril significó agradecimiento á los restauradores nombrándoles Grandes Chofas, dando á cada cual una provincia en feudo, con otras mercedes y distinciones honoríficas, aunque no tantas como se les había ofrecido en el asilo de Laos, ya porque en Camboja, como en otras partes, exista diferencia entre el dicho y el hecho, ya porque Asia no sea excepcional en el domicilio de las pasiones que por acá llamamos envidia y celos. Los jefes malayos, singularmente Lacasamana, no veían de buen talante la influencia de extranjeros de otra raza. Mientras duró la guerra guardaron encerrado su despecho, mas cuando el reino estuvo sosegado, dejaron conocer su mala voluntad, suscitándoles dificultades de toda especie, aun en la misma corte, ganando el corazón de la madrastra de Praucar.</p>
<p>Así las cosas, instigó Blas Ruíz al rey á sellar una carta dirigida al gobernador de Filipinas pidiendo el envío de misioneros, con promesa de completa seguridad para sus personas y las de los cristianos cambojanos. Con ella fué otra de aquel capitán fechada á 20 de Julio de 1598, relatando extensamente los sucesos del reino; guerras, conspiraciones, ejecuciones y asesinatos; tratando de la producción natural del suelo y refiriendo por último la rivalidad ambiciosa de los mandarines. A ser otro el proceder de Gallinato, estimaba que á tal fecha pertenecería á España, sino todo, lo más del reino, estando gobernadas por castellanos las provincias y teniendo en los puntos estratégicos castillos y fortalezas, al paso que la situación presente era difícil y exigía el envío de una expedición si no quería perderse todo lo adelantado.</p>
<p class="bodytext">Los asuntos iban efectivamente de mal en peor; un fraile que accidentalmente llegó con catorce españoles, aumentó por de pronto el prestigio de Ruíz, sin contrarrestar el de los malayos, que aprovechaban la proximidad de su país para engrosar continuamente las filas de sus servidores. Además alcanzaron del rey de Laos un ejército auxiliar de 5 ó 6.000 hombres y los jefes quisieron también intervenir el gobierno: la misma pretensión abrigaban ciertos japoneses, apoyados en los buques de guerra con que servían, y por remate armónico, habiendo llegado uno portugués que dejó en tierra cierto número de tripulación, se cansó Belloso del papel secundario que había hecho hasta entonces, queriendo anteponerse á Ruíz en el mando.</p>
<p>El rey, de carácter débil y tímido, se había abandonado sin reserva al vicio de la embriaguez desde que se vió en el trono, entregándose en manos de las mujeres, que celosas del español, tejían una madeja de intrigas de que con dificultad conseguía desenredarse. Se concibe que semejante conducta no fuera la más á propósito para sujetar los espíritus turbulentos y mal avenidos que rodeaban a la corte. Más de una vez vinieron los mandarines á las manos casi en presencia del desprestigiado soberano, alentándose al postre la insurrección vencida y volviendo á rebelarse á la vez varias provincias.</p>
<p>Blas Ruíz se alío con los japoneses en sostén de los intereses mutuos: pocos eran en número; no obstante, en las revueltas ó batallas formales en que tomaban parte, cuando el rey en sus apuros los solicitaba, el triunfo era seguro, manteniendo el prestigio y reputación del capitán, pero creciendo también en sin límites el odio de los demás partidos.</p>
<p class="bodytext">En ocasión de una de las marchas, no habiendo quedado en el cuartel más que los enfermos y heridos, lo atacaron las tropas de Laos y mataron al fraile con algunos otros españoles y japoneses. La venganza fué terrible: á falta de justicia del rey se la hicieron por si mismos: el malayo Ocuña Chu, que se había elevado á la primera dignidad y era quien con mayor empeño procuraba deshacerse de Ruíz; Cancona y otros de los principales mandarines fueron sucesivamente muertos, encerrándose tras esto en su cuartel sin querer continuar la guerra contra los rebeldes, que se envalentonaron y ganando una batalla famosa vinieron con el pretendiente Chupinanon á las puertas de la capital. Entonces fueron los ruegos, las promesas del rey, las lágrimas de las mujeres, tan altivas poco antes, no escatimadas para desenojar al ofendido: entonces pareció poco cuanto la corte poseía para atraer al hombre de hierro, al español, única esperanza en la fatal extremidad, y entonces Ruíz se hizo valer retardando la acción porque fuera más señalada, como lo fue, con la destrucción del indisciplinado ejército rebelde y el considerable botín que produjo.</p>
<p>En Manila hicieron escaso efecto las excitaciones de nuestro capitán; harto tenían que hacer por allí con los moros y los piratas, y no era terreno lo que hacía falta, al decir de los hombres de arraigo: además había pintado Gallinato las cosas á su modo, dando fuerza á los argumentos de los enemigos de aventuras. Con todo, Fray Alonso Jiménez, que como es dicho estuvo en la anterior expedición, tomó á su cargo la cruzada, abogando por otro armamento, y ya que no pudiera obtenerlo del Gobierno, estimuló á D. Luis Dasmariñas, que acababa de dejarlo, á acometer la empresa por su cuenta y riesgo, en servicio de Dios y de la patria. Pretexto para entrar en armas en el país no había de faltar: no falta nunca al más fuerte. Íbase á consolidar el trono de Prauncar con el favor de la Justicia y el Derecho; después, con su permiso, se pasaría al inmediato estado de Champan, de que podía tomarse posesión sin dificultad, toda vez que estaba usurpado y su reyezuelo insultaba á la cristiandad con una fortaleza en la costa, nido de embarcaciones que, sin distinguir de banderas, desbalijaban á las europeas empleadas en el comercio de China y Japón, cometiendo asesinatos y otros crímenes en la impunidad. Con estos antecedentes informaron los teólogos y jurisconsultos que la guerra y conquista de aquel país, cuya situación con respecto á los intereses de España, no era de menos importancia que la de Camboja, estaban justificadas. No faltan ejemplos en crédito de que por igual criterio se juzga en el presente siglo de las luces. D. Luis Dasmariñas obtuvo, por tanto, autorización de levantar gente voluntaria y emprender con su bolsillo las operaciones que tuviera por buenas: armó dos buques medianos y una galeota, embarcando 200 hombres, con abundancia de bastimentos, y se hizo á la mar el mismo año de 1598.</p>
<p>No cumple á mi objeto relatar las vicisitudes y desastres de los bajeles en su navegación borrascosa.</p>
<p class="bodytext">Únicamente la galeota mandada por el alférez Luis Ortiz, y llevando 25 españoles, llegó á Chordemuco, después de aguantar el temporal en las costas de Cagayan. Así y todo, pareció á Ruíz muy considerable el refuerzo que le llegaba, aunque con él no sumara su ejercito 100 hombres, y exacerbó á los enemigos, por cuanto anunciaba la próxima aparición de los otros dos buques. Dos meses después llegó, en efecto, una fragata despachada posteriormente con pertrechos y municiones destinada á los de Dasmariñas, conduciendo al capitán Juan Mendoza Gamboa y al dominico Fr. Juan Maldonado, hombre de mucha ilustración y amigo del jefe, pero los dos esperados naufragaron en China, según noticias aportadas por embarcaciones del país, que hubieran desanimado á los expedicionarios á no estar allí Blas Ruíz, ya reconciliado con Belloso y unidos á la tropa sus portugueses, asegurándole que nunca había dispuesto de fuerzas tan considerables, más que suficientes para tratar de igual á igual al rey.</p>
<p>Á éste presentó carta credencial del gobernador de Manila que no le costó mucho trabajo forjar á su gusto, añadiendo de propia parte ser llegado el tiempo de recibir la remuneración ofrecida á sus servicios, y fijándola en la concesión de ciertos terrenos donde construir una fortaleza. Irritó á lo sumo la osadía de la petición, ó imposición mejor dicho, á las mujeres del Consejo, y no menos al mahometano Ocuña Lacasamana. El rey, no sabiendo qué hacer, prometió de nuevo la demanda, dilatando la ejecución y convocando á conferencias interminables, sistema de la diplomacia oriental que obligaba á los jefes españoles á separarse del campo atrincherado á orillas del río. En su ausencia hubo más de una riña con los malayos, que de intento iban á provocarlos: empezaban por un individuo, pero solían hacerse generales, resultando muertos y heridos de cada parte y dando motivo después á nuevas estipulaciones y arreglos, consumo inútil de tiempo y preparación del complot que se fraguaba.</p>
<p class="bodytext">El alférez Luis de Villafañe, que solía mandar el campo mientras se hallaban en la ciudad Belloso y Ruíz, se exaltó en una de las riñas, en que fue gravemente herido su compañero Luis Ortiz, al extremo de olvidar las instrucciones recibidas y aun los consejos de la prudencia, sin los que entró á degüello y sacamano con los malayos. En vano Ruíz y Fray Juan Maldonado acudieron á remediar el conflicto; la ira de Lacasamana se sobrepuso al temor, y el mismo rey no consiguió hacerse oir. Las mujeres levantaron al pueblo en masa, lanzándolo sobre los extranjeros, y como no estuvieran reunidos ni con prevención del peligro, españoles, portugueses y japoneses fueron acorralados por la muchedumbre, y aunque la defensa fuera como es de suponer en tan aguerridos soldados, allí quedaron todos, á excepción de Juan de Mendoza, bien afortunado en dar la vela precipitadamente en el último trance y en escapar de los paraos que le persiguieron largo espacio.</p>
<p>Blas Ruíz de Hernán González y Diego Belloso terminaron juntos la serie de sobrehumanos hechos de su carrera: sucumbieron como habían vivido, haciendo prodigios de valor y teniendo enfrente miles de enemigos. Con ellos concluyó por entonces la ingerencia de España en aquellas regiones de Asia, si á España es de adjudicar la obra privativa y espontánea de estos sus hijos; y como si fueran sostén del reino de Camboja, con ellos cayó en la más espantosa anarquía y fraccionamiento, asesinado el rey por los que habían de disputarse sus despojos, que al fin tuvieron la misma desdichada suerte.</p>
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		<title>Los Jesuitas en Etiopía: Las Fuentes del Nilo Azul Pedro Paez (1613)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 12:51:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Charles Libois, S.J. El Nilo es un río eminentemente literario. Tanto, que sería difícil resumir la bibliografía que trata sobre sus crecidas y sus fuentes. Desde tiempos antiguos, los movimientos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3242" class="csc-default">
<h3><strong>Charles Libois, S.J.</strong></h3>
</div>
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<p class="bodytext">El Nilo es un río eminentemente literario. Tanto, que sería difícil resumir la bibliografía que trata sobre sus crecidas y sus fuentes. Desde tiempos antiguos, los movimientos de sus aguas han intrigado a los sabios del mismo modo que sus orígenes han despertado los sueños de geográfos y exploradores. Pedro Páez no era ni una cosa ni otra, sino un jesuita español que vivió entre los siglos XVI y XVII empeñado en msionar el territorio áspero de aquella Abisinia legendaria, y que encontró el nacimiento del Nilo Azul casi tres siglos antes de que cualquier otro europeo pensara en ir a buscarlo. Una hazaña que compaginó con sus tareas como misionero, políglota, diplomático, asesor de emperadores, arquitecto de palacios e iglesias, cazador experto, viajero de maleta liviana o conversador talentoso y reputado.</p>
<p>Ya en tiempos de Herodoto –que difinió a Egipto como “un don del Nilo”- se llegaba a la isla Elefantina (en Asuán) pensando que las fuentes del río estaban cerca. Diodoro de Sicilia afirmaba que el Nilo nacía en el extremo sur del “país de los Moros”, o sea, Mauritania- “donde hace tanto calor que ningún ser humano puede llegar”. En la Historia Natural de Plinio se dice que “las inciertas fuentes del Nilo se encuentran en una Montaña en Mauritania, y que en seguida forman un lago”. Otros hablan del lago Layro, probable evocación del nombre de Zaire, e incluso algunos padres de la Iglesia asocian el Nilo con el Gehon, uno de los cuatro ríos que regaban el Paraíso.</p>
<p>El sabio Isaac Vossius (1618-1689) declaraba en su obra De Nili et aliorum fluminun origine que todos los ríos provienen de las aguas pluviales, e inmediatamente hubo quien se burló de él aduciendo que el Rin, el Danubio y muchos otros cursos fluviales tenían su origen en una fuente, y no en la lluvia. Vossius no estaba muy alejado de la verdad, ya que el Nilo se alimenta de un conjunto de ríos y de lagos que convergen en el centro de África en una cuenca que recoge el agua de lluvia.</p>
<p class="bodytext">La exploración del Alto Nilo ha sido obra de viajeros europeos. El hecho de que no haya árabes entre estos esploradores parece señalar el escaso interés mostrado por el Islam hacia el corazón de África. El Diccionario de Trèvoux, publuicado en 1907, indica (sin nombrarlo) que fue Pedro Páez quien descubrió las fuentes del Nilo al recoger casi textualmente las palabras del padre Páez cuando relató su descubrimiento. Siglos más tarde, a lo largo de todo el XVIII, llegaron a quienes iban a obtener la gloria y fama de los primeros hombres blancos en contemplar el lado oscuro del continente negro, como Samuel Baker, David Livingston, John Speke, Sir Ricard Burton, quienes en sus exploraciones por el centro del continente africano, descubrieron los ríos y lagos que componesn la cuenca del Nilo. De esta forma se llegó a la conclusión de que no exiatía una fuente del Nilo, sino las fuentes del Nilo.</p>
<p>También se halló explicación para las crecidas y se demostró que los antiguos sabios no estaban lejos de la verdad. Esa ingente masa de agua tan benefactora, que causaba asombro por ser puntualmente cíclica, era producida por un exceso de agua procedente de las lluvias en Etiopía o por las aguas del deshielo de la nieve que debía cubrir las cimas altas, pero se trataba de saber en qué lugar estaban. Había quien decía que el origen estaba en los Montañas de la Luna -luego identificados como los Montes Ruwenzori, entre Uganda y el Congo-, aunque los escépticos daban como improbable la existencia de nieve en lugares tan cálidos. Otros buscaban la solución más llejos. Joannes Theyls, cónsul de Holanda en El Cairo, afirmaba que en verano, según sus observaciones, los vientos en Egipto soplan del norte, lo que es cierto, y llegaba a la conclusión de que eranéstos los que retenían las aguas del Nilo, cuyo curso quedaba por esta razón casi estancado. Esta opinión coincidía con la de Tales, que atribuía las crecidas y las inundaciones a los vientos estivales.</p>
<p class="bodytext"><strong>Jesuítas en Etiopía</strong></p>
<p>Desde la Edad Media se extendió por Europa la idea de que existía en África un reino cristiano cuyo monarca era el legendario Preste Juan. Los portugueses intentaron acercarse a él con la esperanza de alcanzar una alianza militar para proteger mejor sus posesiones de ultramar, Socotora, Ormuz, Diu, Goa y la costa de las Indias. Por su parte, turcos y moros vigilaban muy de cerca el Mar Rojo, sus entradas, y las costas orientales de África, pues si los cristianos llegaban a envenenar las fuentes del Nilo aquello supondría una terrible calamidad para Egipto. Intermitentemente se producían ataques de guerreros musulmanes a los cristianos de Etiopía.</p>
<p>Un primer explorador, el caballero portugués Pero de Covilham, llegó a la corte de Etiopía hacia 1490. Lógicamente, el buen entendimiento entre Portugal y el imperio del Preste Juan fue mal visto por turcos y musulmanes, quienes tras la partida de la delegación portuguesa, se dedicaron a atacar y hostigar a los etíopes, a devastar el país, a destruir sus iglesias. El emperador Lebna Dengel, hijo de la reina Helena, pidió<br />
ayuda militar a Portugal y, como novedad, propuso al mismo tiempo un acercamiento religioso a Roma.</p>
<p>En estas circunstancias comenzó la misión de los jesuítas en Etiopía, dentro de la cual el Padre Páez jugó un papel importante. El papa Pablo III estaba interesado en establecer contacto con este prometedor reino cristiano y San Ignacio, que acababa de fundar la orden de los Jesuítas, se mostró entusiasmado ante la idea de enviar a algunos de sus hombres. De inmediato, aceptó que una comisión de tres obispos jesuítas recién consagrados se trasladasen allí el 19 de abril de 1554 junto con otros nueve compañeros. Los comienzos no se correspondieron con sus esperanzas, y algunos de ellos murieron sin siquiera haber pisado el país. El obispo Oviedo entró por Arkiko en 1557, pero murió en la miseria en Fremona en 1577.</p>
<p class="bodytext">Los acontecimientos demostraron poco a poco que aquélla no era obra fácil. De hecho, el número de jesuítas en Etiopía nunca fue mayor de seis (dos en Fremona, dos en Gorgora y dos en Collela). De los cincuenta y seis jesuítas que trabajaron en esa tierra entre 1554 y 1639, doce murieron mártires. En estas circunstancias, Pedro Páez llegó a Etiopía para ocuparse de los cristianos y, más tarde, del emperador.</p>
<p>Pedro Páez Jaramillo nació en 1564 en Olmeda de la Cebolla , entonces perteneciente a la provincia Eclesiástica de Toledo y hoy llamado Olmeda de las Fuentes, en el término de Madrid. Cursó estudios en la Universidad de Coimbra, y entró en la Compañía de Jesús en 1584, seguramente en algún convento de la diócesis de Toledo. El 28 de mayo de 1587, escribió desde Belmonte una carta al padre general pidiéndole que le enviara a las misiones en China o Japón. Un año después, el 16 de abril de 1588, Páez embarcó en el Sao Tomé, y llegó a Goa en septiembre, después de cinco meses de navegación. Huelga relatar las penalidades de un viaje en barco durante aquella época, en el cual murieron varios pasajeros por enfermedades y agotamiento.</p>
<p>Paéz se alojó en el colegio de San Pablo, en Goa, ciudad donde se encontraba la residencia del virrey y que era la capital de la provincia eclesiástica jesuítica que llegaba desde Etiopía hasta Japón, donde continuó sus estudios de teología. Ante la ausencia de noticias de Etiopía, el padre provincial Pedro Martínez envió a Páez y a Antonio Montserrat (que había sido misionero en la corte del Gran Mogol) a ese país, hacia donde partieron el domingo, 2 de febrero de 1589. Páez había recibido las órdenes eclesiásticas de forma precipitada: el sábado 25 de enero fue ordenado subdiácono; el 31, diácono; y el 2 de febrero, el mismo día de su partida , fue ordenado sacerdote, aunque no pudo decir su primera misa hasta el 12 de febrero, en Bassein.</p>
<p class="bodytext">Este intento fracasó, ya que ambos fueron apresados y retenidos como cautivos durante siete años, entre 1589 y 1596. Páez volvió a intentarlo en 1601, y lo consiguió, llegando el 15 de mayo de 1603 a Fremona, ciudad donde se encontraba la residencia de los jesuítas en Etiopía, cerca de los portugueses. Y allí se quedó. Tras una vida ejemplar, Páez murió el 3 de may de 1622 a la edad de 58 años y fue enterrado en la iglesia que él mismo había construído en Gorgora.</p>
<p>Resulta más que probable que el padre Páez tuviera el don de lenguas; él mismo relata cómo durante su estancia en Bassein aprendió el persa, una lengua franca en esas regiones. Durante el período de su esclavitud en Hadramunt, aprendió el árabe. En Etiopía había diferentes lenguas: el amárico (que se hablaba en la zona central de la alta planicie abisinia); el gueíez (antigua lengua etíope hasta el siglo XVI); y otras locales como el galla, el agau o el chankalla. De Páez se decía que, al cabo de un año de estudio, era capaz de predicar en una nueva lengua, de leer y comprender las crónicas antiguas.</p>
<p>A petición de sus superiores de Roma y Goa, comenzó a escribir una historia de Etiopía. El dominico Luis Urreta ya había redactado un libro sobre ese país, publicado en Valencia el año 1610, pero contenía algunas informaciones falsas. El trabajo de Páez fue serio y de un gran rigor científico, ya que gracias a sus conocimientos lingüísticos, pudo consultar y contrastar crónicas antiguas y fuentes originales. Su experiencia personal como conocedor de usos y costumbres y su fácil acceso a la corte del emperador, le permitieron realizar una crónica exacta y de gran valor.</p>
<p>El manuscrito tiene formato de cuarto regular (16&#215;22 centímetros) y está escrito en portugués, lengua que no es la suya, lo que lo aleja de cualquier pretensión literaria y aumenta su valor histórico, científico e incluso divulgativo. La obra recoge una enumeración de los acontecimientos sin conceder especial relevancia al descubrimiento de las fuentes del Nilo; sin embargo, el contenido es enorme: el primer volumen (publicado por Beccari) consta de 620 páginas y el segundo, de 508. Este manuscrito tiene una historia agitada. Escrito en Etiopía, fue enviado a Goa y de allí a Bassein, pero el patriarca Méndez lo devolvió a Etiopía. El padre Emmanuel d&#8217;Almeida lo utilizó para su Historia Aethiopiae, y después, el manuscrito volvió a las Indias y más tarde a Roma, donde se perdió su rastro. Los archivos romanos de la Compañía de Jesús fueron dispersados a finales del siglo XIX entre Valkenburg, la Residencia de Jesús en Roma, los archivos del Estado italiano y otros escondites. Así, la historia de Páez llegó a darse por perdida, hasta que fue recuperada (no se sabe dónde) editada por el padre Camillo Beccari.</p>
<p class="bodytext">La obra de Páez consta de un primer libro que recoge la geografía de Etiopía, las costumbres, las ciudades, el gobierno, el clima, la geografía, la organización del país. En él está descrito el Nilo y el descubrimiento de sus fuentes; el segundo libro trata sobre la religión, las ceremonias, los conventos, los santos etíopes; el tercero relata la historia de los emperadores y el comienzo de la misión jesuítica, su viaje con el padre Montserrat, su cautiverio y posterior esclavitud en Sanía o la descripción del café, la primera hecha por un europeo; el cuarto habla de la historia relativa a aquel momento, de los últimos emperadores bajo los cuales trabajaron los jesuítas y de los propios jesuítas que se hallaban con él.</p>
<p><strong>El arquitecto</strong></p>
<p>Fremona es hoy un pueblo tan pequeño que no suele aparecer en los mapas modernos. Su nombre actual es Maiguagua o Maigoga. Al llegar a esa ciudad (cuyo nombre proviene de San Frumencio, el primer apóstol de los etíopes) donde se instalaron los portugueses, centro también de las actividades de los JesuÌtas en Etiopía, Pedro Páez comenzó a construir una escuela y, pronto, la reputación de los jesuítas como educadores se extendió hasta llegar a oídos del emperador.</p>
<p>Páez fue capaz de transmitir sus habilidades arquitectónicas a los etíopes, con los que construyó “iglesias, palacios y puentes” (según describen Bishop y Kammerer). Sin duda, la obra más impresionante es el palacio del Emperador, edificado en Gorgora sobre una península en el Lago Tana. La construcción, una verdadera maravilla de la que existen varias descripciones, tuvo lugar en 1612, y todavía quedan algunos restos, leves vestigios que se han mantenido desde que el terremoto de 1704 destruyó el palacio. De la casa de los jesuítas en Fremona, queda un dibjuo que recoge Bishop en su obra. Al borde del lago Tana el viajero puede visitar una iglesia construída por Páez “al estilo portugués” y descrita por James Bruce. El padre Téllez habla de otra iglesia cuyos planos existen todavía y de otra más en Martala Mariam (Gojam), ambas levantadas por nuestro inagotable personaje.</p>
<p class="bodytext">La razón principal del viaje de Pedro Páez a Etiopía no fue ni la construcción de puentes, palacios o iglesias, ni la redacción de la Historia de Etiopía, ni siquiera el descubrimiento del Hadramunt o las fuentes del Nilo; Páez viajó como misionero de acuerdo con sus propios deseos. Sin embargo, y por su manera de ser, este aspecto de catequizar, confesar o predicar, de recorrer esta tierra visitando a los cristianos dispersos, de reunirse con los coptos y llevar la administración interna como superior de la pequeña comunidad jesuítica, ha resultado el menos evidente. Sobre estas actividades nos ha quedado escasa información, aunque, en ellas también obtuvo logros importantes que muchos otros misioneros podrían envidiar. Un ejemplo: él consiguió que el emperador de Etiopía se declarase católico en 1622.</p>
<p>Aún hay quien se pregunta cómo pudo suceder. Sin duda, se debió a la personalidad del sacerdote, pues desde su entrada en Etiopía se hizo querer por la gente; también a su fácil comunicación con los habitantes de aquel territorio, a su inteligencia y a la superioridad intelectual que mostraba para mantener discusiones teológicas, de suerte que todos los emperadores con los que trató, ya fuera Jacob, Za Dengel o Susinios, deseaban retenerlo en la corte el mayor tiempo posible. Páez era una persona de trato afable, y su compañía era requerida constantemente. James Bruce (que nunca mostró simpatía alguna por los jesuítas) dice de él que “fue el más estimado de todos los misioneros que pasaron por Abisinia y quien obtuvo los mayores éxitos”. Contrariamente a otros, sabía respetar las creencias de los demás, y no imponía las suyas ni intentaba intervenir o cambiar los usos y costumbres de las gentes. Supo respetar y amar a los etíopes y ellos le pagaron con su afecto.</p>
<p>Era un hombre polifacético. No sólo aprendía fácilmente las distintas lenguas, sino que conocía el oficio de maestro de obras y de albañil hasta el punto de que algunos de sus cimientos han resistido el paso de los siglos; también era un excelente retratista, y supo formar aprendices en todos estos oficios. Bishop dedica muchas de sus páginas a relatar sus diferentes habilidades: construir una escuela, una iglesia o un palacio aplicando los principios de la arquitectura; domar caballos como un experto; cazar cocodrilos, gacelas o rinocerontes. Tantas habilidades llegaron a oídos del emperador Jacob, quien hizo saber que deseaba conocerlo. En aquellos tiempos, los emperadores etíopes no disponían de capital, residencia o palacio permanente. Ante las distintas circunstancias o necesidades para controlar el país, para las continuas campañas militares o simplemente para encontrar madera, los emperadores se desplazaban con toda su corte.</p>
<p class="bodytext">Páez se puso encamino. Se trataba de un largo viaje desde Fremona que comenzó en abril de 1604 y duró dos meses y medio hasta llegar a la región donde residía la reina madre, Mariam Sina. Al parecer, esta reina profesaba cierta simpatía hacia los católicos europeos y había expresado su deseo de conocerlo. Su encuentro se produjo bajo los mejores auspicios y ella quedó agradablemente impresionada por el respeto que el padre sabía transmitir y por su dominio de la lengua. El emperador se hallaba en Dambia, a tres días de marcha, y no se trataba de Jacob, sino de Za Dengel, quien había depuesto y enviado al exilio a su antecesor. Al llegar a estos lugares, Páez tomó buena nota para luego describir minuciosamente el ambiente, los recintos imperiales, el trono -o más bien, el asiento- del emperador, los ugares destinados a los visitantes, las comidas, las fiestas, los diversos festejos y el aspecto de nobles y personajes eclesiásticos que allí encontró.</p>
<p>Él se presentó a sí mismo y contó sus viajes, dando una descripción de Arabia. Estas conversaciones prosiguieron en sucesivos encuentros y en ellas el emperador hablaba con él de religión, de dogmas, de posibles problemas entre católicos romanos y etíopes, fraguándose poco a poco su intención de hacerse católico, profesar obediencia al Papa e introducir algunas prácticas de la iglesia de Roma. Bruce explica que en abril de 1604 (aunque esta fecha no parece correcta), el padre Páez pronunció un sermón tan profundo, elegante y superior a los que habitualmente se escuchaban en la corte, que el emperador Za Dengel tomó la decisión de abrazar la religión católica, lo que causó gran preocupación a los militares.</p>
<p>Los emperadores etíopes contaban entonces con la ayuda de consejeros militares portugueses y, a pesar de que Páez sugirió a Za Dengel que fuera discreto, el emperador era aparentemente sincero y no dudó en propagar sus simpatías hacia la Iglesia de Roma, lo que provocó reacciones opuestas por parte de los eclesiásticos etíopes. Cuando Páez se hallaba visitando a los portugueses en la región de Dambia, el emperador libró una batalla que perdió y en la que murió el 14 de octubre de 1604. Este hecho fatal frenó l evolución de Etiopía como parte de la Iglesia católica.</p>
<p class="bodytext">Entonces, Páez se retiró a Fremona mientras las luchas fratricidas continuaron. Jacob debiera haber sido el sucesor de Za Dengel, pero perdió la guerra contra Susinios y lo asesinaron el 10 de marzo de 1607. Fue finalmente Susinios quien le sucedió, sentándose en el trono con el nombre de Seltan Segued Melek Segued II. Sin embargo, al no ser aceptado por los suyos, se vio obligado a entrar en guerra nuevamente. Un día decidió llamar a Páez para pedirle que hablara con los soldados portugueses a fin de obtener su ayuda en la guerra y la de los jesuítas contra los monjes, descontentos por haber sido desprovistos de sus tierras.</p>
<p>En sus cartas, el sacerdote da una descripción afectuosa de su interlocutor, a pesar de que su largo reinado estuvo marcado por numerosas guerras y revueltas. Según parece, Susinios era un personaje del mismo temple que Páez y los dos hombres se profesaban mutuo aprecio. Como antes había hecho Za Dengel, el nuevo emperador expresó su buena disposición hacia la Iglesia de Roma, aunque él sí siguió la sugerencia de Páez y no se declaró oficialmente católico recordando la experiencia de su desdichado predecesor. Entre tanto, Melek Segued colmó al padre Páez de honores y le donó algunas tierras para su trabajo misional. Susinios lo convocaba de vez en vez al lugar donde en cada momento se hallara para compartir vivencias con él y gozar de su conversación. Conforme a sus deseos, expresados discretamente, Páez envió a Roma y al Rey cartas muy personales y confidenciales para evitar que el secreto se difundiera. En ellas solicitaba un patriarca, soldados, misioneros.</p>
<p>Todo esto ocurría en 1613. A partir de esta fecha, el emperador exigía la presencia constante del padre Páez para poder confesarse antes de cada batalla. Este hecho fue la principal causa de que llegase a descubrir las fuentes del Nilo.</p>
<p class="bodytext"><strong>El explorador</strong></p>
<p>Con frecuencia, misioneros de distintas nacionalidades y órdenes religiosas resultaron ser exploradores y descubridores sin que se lo hubieran propuesto expresamente. El padre Páez se cuenta entre ellos, y sus descubrimientos geográficos ocurrieron como consecuencia de su preocupación principal, que era anunciar el reino de Dios.</p>
<p>Lógicamente, no fue Páez quien descubrió la región de Hadramunt, pero según indica Kammerer, sí fue el primer europeo que nos dejó una descripción de aquella zona. La misión en Etiopía comenzada con entusiasmo en 1556 había fracasado, pues los patriarcas y obispos no habían sido capaces de alcanzar sus destinos o de ejercer sus respectivos ministerios. Hacia fines del siglo XVI solamente quedaban dos jesuítas, ya ancianos: Antonio Fernández y Francisco López. Cuando los superiores de Goa decidieron enviar a Antonio de Montserrat y a Pedro Páez en su ayuda, ambos elaboraron un plan estratégico cuya base era llegar de Bassein a Diu y desde allí, disfrazados de comerciantes armenios, a Moca o a cualquier otro puerto en la entrada del Mar Rojo. En Diu tuvieron que esperar bastante tiempo y, cansados de esta espera, decidieron acompañar a un armenio de Aleppo que les propuso viajar con él a Basora y Aleppo, para continuar hasta El Cairo, donde se unirían a alguna caravana hacia Etiopía. Un recorrido complicado, pero no impensable, ya que en aquella época muchos jesuítas partían en caravanas desde la ciudad cairota hacia las tierras etiópicas.</p>
<p>Salieron de Diu, pero en Mascate (la actual capital de Omán) el gobernador de la ciudad les disuadió con la promesa de encontrarles un barco hacia Etiopía. Como la estancia en esa ciudad se prolongaba, decidieron viajar hasta Ormuz, pero enfermos y obligados a permanecer en cama, tuvieron que quedarse diez meses. Al fin, el 6 de diciembre (?) embarcaron con destino a Zeila, en las costas de Somalia, cerca de la entrada del mar Rojo. El viaje fue un desastre. Tras un naufragio en las islas Kuria Muria del que pudieron salvarse, el patrón de su nuevo barco los entregó a piratas árabes que los llevaron encadenados a Dhofar, en la costa omaní. Allí fueron encarcelados como espías, condenados al hambre y abandonados a los insectos y a la miseria, bajo la amenaza constante de ser decapitados, solución rápida, eficaz y definitiva aplicada a muchos de sus predecesores.</p>
<p class="bodytext">Los turcos solían esclavizar a los cristianos que apresaban, y nuestros dos hombres fueron enviados al “rey del país”, en alguna parte del interior del Hadramunt, de donde nos queda la descripción del “más antiguo viaje de un occidental”. Según la Enciclopedia del Islam, la principal causa de muerte estaba asociada al “calor abrasador”, y en estas circunstancias Páez y su desdichado compañero hubieron de soportar numerosas fatigas, desplazamientos constantes y malos tratos. Recorrieron la costa de Hadramunt en un pequeño barco hasta desembarcar en el Golfo de Kamer. Kammerer describe minuciosamente el trayecto hacia la ciudad de Tarim a través del desierto; desde allí a Haynan y, finalmente a Sanía.</p>
<p>Páez escribió su relato evocando las miserias de sus viajes bajo un calor tórrido que producía tormentas de arena en el desierto y espejismos o ilusiones ópticas como la presencia de agua cuando estaban sedientos. En él describe la existencia de numerosas ruinas y da descripciones de los pueblos por donde pasa. Los estudiosos modernos reconocen ciertos vestigios de los antiguos Sabein, y las fotografías aéreas actuales confirman las descripciones de algunas fortalezas.</p>
<p>En Tarim, el recibimiento del pueblo fue inquietante. Los dos esclavos fueron insultados y amenazados, de forma que quienes los escoltaban abandonaron rápidamente la ciudad para llegar, probablemente, a Al-Qatna, donde residía Zafar, un hermano del rey. Allí, los sacerdotes fueron tratados correctamente y recibidos por el príncipe con palabras de bienvenida ofreciéndoles una bebida negruzca compeltamente desconocida en Europa: “Nos hizo sentar y nos ofreció cahua, que es la infusión en agua de una fruta que llaman bun y que la gente del país bebe muy caliente”. Es la primera mención del café.</p>
<p>Su estancia en Al-Qatna fue breve y desde allí continuaron su viaje en las circunstancias descritas hacia la ciudad de Haynan, una fortaleza importante donde residía el rey Omar. Éste los recibió amablemente y se entretuvo con ellos, preguntándoles quiénes eran y qué pensaban hacer. Le explicaron que no tenían miedo. Sin saber qué hacer con ellos, los mantuvo prisioneros durante cuatro meses de grandes penurias, no por su condición, sino porque eran comunes a casi todos los habitantes, pues el país era muy pobre. Páez dejó escritos algunos relatos de su visita al rey, de sus encuentros con los habitantes e incluso una descripción de las costumbres del lugar, especialmente de los llantos, gritos y gestos de duelo de las mujeres cuando tenía lugar algún fallecimiento.</p>
<p class="bodytext">El pachá turco supo que Omar mantenía prisioneros a dos portugueses y, como todos los cautivos pertenecían al Gran Turco, el pachá ordenó a Omar que se los enviara a Sanía. Así, salieron de Haynan el 15 de junio de 1590 y llegaron el 27 o 28 de agosto a Marib (Melquis), ciudad de imponentes ruinas que incluían algunas inscripciones cuyo significado era desconocido.<br />
Páez describió la región como muy poblada y escarpada y se enteró de que aquella población había sido importante en otro tiempo, cuando la reina de Saba acuartelaba allí sus tropas. La caravana subió desde Marib hacia Sanía, la capital, a una altitud de dos mil metros. Montserrat, agotado, cayó de su camello y llegó enfermo a Sanía. Su entrada en la ciudad y su marcha hasta la residencia del gobernador se desarrollaron de una forma dramática y solemne al mismo tiempo; circularon por las calles principales acompañados por soldados de infantería y de caballería al son de los tambores. Los sentimientos de enemistad contra los portugueses o los europeos eran fuertes, pero por el momento escaparon a la ejecución y acabaron encadenados en una prisión fétida durante un año.</p>
<p>Este régimen durísimo fue suavizado más tarde, y se les envió a trabajar en los jardines. Se sabe que una de las esposas del pachá, en otro tiempo cristiano, consiguió la puesta en libertad provisional de los dos hombres mientras su señor intentaba conseguir un rescate para ellos. Esto no significó el final de sus miserias, ya que el pachá acabó enviándolos a galeras, pues las negociaciones sobre el rescate solían durar años. En 1595 fueron conducidos desde Sanía hasta el pueblo de Moca, en la costa, todavía como esclavos maltratados. .Pero como el virrey de las Indias había ordenado que los dos sacerdotes fueran rescatados a cualquier precio, el trato quedó concluso ese mismo año. En diciembre de 1596, viajaron a Diu y al fin llegaron a Goa, siete años después de su eufórica partida y de cinco años de una forma u otra de esclavitud. Sus compañeros apenas los reconocieron.</p>
<p class="bodytext"><strong>El descubrimiento de las fuentes del Nilo Azul</strong></p>
<p>Ya se ha dicho que por su posición cerca del emperador, el padre Páez se vio casi forzado a acompañarlo en todos sus desplazamientos, incluso a los diferentes campos de batalla. El relato del descubrimiento de las fuentes del Nilo es sobrio, objetivo y sin ningún ensalzamiento, si bien Páez fue perfectamente consciente de la importancia de aquel momento.</p>
<p>Nadie debe esperar un relato de aventuras con descripciones de grandes peligros o dificultades que vencer. El hecho ocurrió cerca de Sakhala, en el país de los agaus, al suroeste del lago Tana y a una altitud de 2.900 metros. En aquel momento Páez no estaba completamente solo, sino que se hallaba en compañía de algunos soldados de la armada imperial, que le confirmaron que se trataba de las fuentes del río Abai. Los agaus lo sabían bien. Allí encontró algunas osamentas de animales sacrificados. El texto de su relato, escrito de su puño y letra, dice:</p>
<p>”Esta fuente está casi en el confín de este reino, en lo alto de un pequeño valle que desciende hacia una gran llanura. El día 21 de abril de 1618 pude por fin contemplarla. No me pareció más que dos ojos redondos de cuatro palmos de largo, y confieso que el hecho me produjo una gran alegría. El agua es clara. Arrojo una lanza a uno de estos manantiales, cuya profundidad resulta ser de unos once palmos (menos de dos metros). El segundo de estos ojos está más hacia el este y más abajo, a un tiro de piedra del primero, y la vara de doce palmos no llega a tocar el fondo”.</p>
<p>Más tarde, los jesuítas d&#8217;Almeida y Lobo visitaron las fuentes del Nilo y confirmaron la descripción de Pedro Páez. Esto es lo que nos cuenta el padre d&#8217;Almeida, de una forma más explícita:</p>
<p>”En una pequeña llanura hay un pequeño lago, cuya longitud apenas es de un tiro de piedra, tan lleno de hierbas, de vegetación y de raíces entremezcladas que en verano, andando por en medio, se llega a dos fuentes muy bien delimitadas, que son los principales manantiales. Según los habitantes del lugar, el agua allí es clara y limpia, y no tiene fondo, de hecho unas varas de veinte palmos no han llegado a tocarlo. Desde este lago, el agua comienza a descender, y por entre las hierbas se ve que el curso se dirige en principio hacia el este, luego gira hacia el norte. Es en ese momento cuando el Nilo comienza a ser un río”.</p>
<p class="bodytext">Según Kammerer, d&#8217;Almeida dice que en realidad la fuente del Nilo es solamente un pequeño lago que, en verano, queda reducido a los dos charcos de los que habla Páez; d&#8217;Almeida presenta también un pequeño dibujo y da una descripción muy correcta de la curva del Nilo y de su paso por las tierras de los fungis.</p>
<p>La modestia y la sencillez del relato están en relación inversa a la importancia del descubrimiento. Contrariamente a lo que sucede en nuestros días, la noticia no se extendió como un reguero de pólvora. Gracias al padre Kircher (1618-1680), entre otros, la noticia fue revelada al mundo.</p>
<p>Él tuvo la oportunidad de ver una carta de Páez en casa del padre Caravaglio, procurador para Etiopía en Portugal. En el primer volumen de su Oedipus Aegyptiacus, publicado en 1652, el Kircher resume o traduce la descripción de su compañero. Después, el holandés Vossius (o Voss) la recogió en 1667 dentro de su obra De Nili et aliorum fluvium origine. Los escritos de Jerónimo Lobo fueron publicados en 1728 por Le Grand, y recogen el relato del descubrimiento tal y como lo relató Kircher en su Disertación sobre el Nilo. Asímismo, según cuenta Bishop, el texto del padre Lobo fue traducido en el relato de Samuel Johnson en 1735. Así, el texto llegó a ser conocido a través del padre Kircher. Por otro lado, la traducción hecha por Kircher (o más bien la que figura en latín en su Oedipus) no es totalmente fiel y contiene algunos errores geográficos.</p>
<p><strong>Muerte de Pedro Páez</strong></p>
<p>Después de haber descubierto las fuentes del Nilo y de haber acompañado al emperador Susinios en sus viajes, éste declaró un día su intención de incorporarse a la Iglesia de Roma. Era el 1 de noviembre de 1621, y su decisión fue reiterada en 1622. Su hermano, Ras Cella Christos, y un gran número de notables siguieron al emperador, que hizo llamar al Padre Páez, se confesó con él y aceptó repudiar a sus mujeres (aunque finalmente no lo hizo).</p>
<p class="bodytext">Este fue sin lugar a dudas el hecho que coronó la vida del sacerdote como misionero y la recompensa por todas las penalidades sufridas. Al regresar a su casa en Gorgora, Páez cayó enfermo, muriendo poco después, el 3 de mayo de 1622. Fue enterrado en la iglesia que, según se cree, él había construido.</p>
<p>La posterior llegada del patriarca Alfonso Méndez ocasionó que el emperador y todos los que le habían seguido llenos de buena intención se pusieron en su contra debido a su inflexibilidad y falta de tacto. Méndez no había sido elegido por el Papa ni por el General de los jesuítas, sino nombrado por el rey Felipe III, después de quedar vivamente impresionado tras oir una predicación suya cuando era profesor en la Universidad de Évora. La elección fue evidentemente equivocada. Era un hombre muy poco diplomático y hábil para incomodar a todos: a los propios jesuítas, a los etíopes y a las autoridades portuguesas del país.</p>
<p>Según Caraman, Méndez llegó a Etiopía “a su manera”, y acompañado por nueve sacerdotes entre los que se encontraba el padre Jerónimo Lobo. El emperador etíope, que había solicitado a Roma el envío de estos clérigos, dispuso que llegaran a Beilur. Milagrosamente, el viaje se desarrolló casi sin contratiempos, si bien estuvieron a punto de naufragar cerca de Socotora.</p>
<p>Sin conocer aún las aventuras de Páez, Lobo escribe: “No creo que ningún otro europeo haya viajado tanto como yo por estos países; con frecuencia he corrido el riesgo de morir enterrado en las arenas”.</p>
<p>Desde el pequeño puerto de Baylur, había que llegar hasta Fremona, camino descrito por Lobo entre peligros, desiertos sobrecogedores y abruptas montañas, visitas de cortesía a las diferentes autoridades locales, el clima incómodo, los guías poco leales. Para su entrada en Fremona el 21 de junio de 1625, el patriarca Méndez se revistió con sus galas episcopales, ensilló su mula con una montura decorada especialmente y desfiló en medio de las aclamaciones de los portugueses. Así llegaron Méndez y Lobo a la residencia, iluminada por la labor que había realizado su antecesor, Andrés Oviedo, que había muerto en olor de santidad el 14 de septiembre de 1577 sin haber sido reconocido como patriarca.</p>
<p class="bodytext">Seis meses más tarde, a pesar de la insistencia del emperador por conocerlo, Méndez partió el 20 de noviembre de 1625 llegando el 7 de diciembre a Ganeta, donde el emperador le esperaba. Se había tomado demasiado tiempo en atravesar el país, sin duda para impresionar a las gentes con su escolta. Sin entrar en detalles en lo que concierne a las relaciones entre el emperador y el patriarca, lo cierto es que poco a poco el pueblo etíope desarrolló una creciente animadversión hacia el catolicismo romano, a pesar del admirable trabajo de Lobo y sus compañeros hasta que, finalmente, el emperador Fasiladas expulsó a Méndez y a todos los jesuítas de Fremona. El pequeño grupo llegó a Arkiko el 20 de mayo de 1634, y después, a Suakim el 7 de agosto de ese mismo año. De todas las peripecias sufridas por estos sacerdotes tenemos un relato detallado del propio patriarca y del padre Lobo.</p>
<p>Los jesuítas fueron entregados a los turcos, sus grandes enemigos. El pachá mantuvo como rehenes al patriarca y dos de ellos, y envió a Lobo y a otros seis sacerdotes a las Indias para negociar un rescate. Éstos llegaron a Goa hacia finales de 1634 después de cincuenta y dos días de navegación y fueron recibidos por las autoridades portuguesas. Méndez regresó finalmente a la India , donde murió en 1656. Algunos jesuÌtas que decidieron quedarse en Etiopía (como el obispo Apolinar d&#8217;Almeida y otros seis sacerdotes) fueron asesinados. El padre Franz Storer, sacerdote alemán, fue el último jesuíta que consiguió continuar su ministerio en tierra etíope, completamente solo hasta su muerte en 1662.</p>
<p>Las aventuras, las penalidades, los naufragios y las muertes no sirvieron de nada. Los sacerdotes fueron recibidos y escuchados en Goa, en Portugal, en España e incluso en Roma, pero nadie tomó decisión alguna. La pujante influencia portuguesa en el imperio etíope había dejado de existir. Por suerte, Páez no vivió para ver el desmoronamiento de todos sus esfuerzos. Esta pérdida de la evangelización y de su misión en Etiopía le hubiera dolido más que saber que siglo y medio más tarde, un escocés llamado James Bruce alcanzó fama y notoriedad al autoproclamarse descubridor de las fuentes del Nilo.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-jesuitas-en-etiopia-las-fuentes-del-nilo-azul-pedro-paez-1613/">Los Jesuitas en Etiopía: Las Fuentes del Nilo Azul Pedro Paez (1613)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Embajadas a Persia. García Silva y Figueroa (1616)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Dec 2016 12:50:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Felip Masó Ferrer Don García de Silva y Figueroa: El diplomático que descubrió Persépolis. Diplomáticos, viajeros y aventureros y el redescubrimiento de Oriente La conquista de Oriente por parte [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/embajadas-persia-garcia-silva-figueroa-1616/">Embajadas a Persia. García Silva y Figueroa (1616)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Felip Masó Ferrer</p>
<p>Don García de Silva y Figueroa: El diplomático que descubrió Persépolis.</p>
<p><strong>Diplomáticos, viajeros y aventureros y el redescubrimiento de Oriente</strong></p>
<p>La conquista de Oriente por parte de Alejandro Magno en el año 333 a.C. puso punto y final a una evolución histórica que se había iniciado 3.000 años antes, cuando en el sur mesopotámico tuvo lugar el nacimiento de la vida urbana y de la civilización tal y como la entendemos hoy en día. Desde su conquista y tras la llegada del mundo clásico, las civilizaciones que habían formado lo que hoy conocemos como el Próximo Oriente antiguo (sumerios, acadios, asirios, babilónicos, hititas, mitannios,&#8230;) desaparecieron junto con sus monumentos, sus historias y sus mitos, quedando sólo fragmentos de todo ello recogidos en los relatos de los autores clásicos o en la Biblia, siendo en ambos casos distorsionados o manipulados por una u otra razón. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que alguien se preocupara de nuevo por aquellos olvidados y lejanos pueblos del pasado. Los primeros en sentirse atraídos por ellos fueron los europeos que viajaron a Oriente por razones de trabajo, especialmente diplomáticos y comerciantes. Se trataba de gente de alta posición y cultura, conocedora de las fuentes en las que se encontraban las únicas referencias históricas de aquellas civilizaciones; no es de extrañar, pues, que su espíritu ilustrado les impulsara a investigar in situ sobre la existencia del gran Senaquerib, rey de Asiria, de los Jardines Colgantes de Babilonia o de la bíblica Torre de Babel. De este modo, en palabras del gran arqueólogo francés André Parrot: «Por esas tierras desérticas avanzaron los exploradores. Bajo el pico de los excavadores aparecieron civilizaciones milenarias. Se las creía muertas, pero no estaban más que dormidas.» (Parrot, 1962 pág. 12).</p>
<p>En efecto, muchos de aquellos relatos que se habían conservado sobre las civilizaciones próximo-orientales, eran tomados tan solo como eso, relatos, cuentos, pero no ecos de una historia lejana. No fue hasta que se iniciaron las primeras excavaciones que aquellos relatos empezaron a cobrar vida, una vida que había estado aletargada durante más de 2.500 años. El primero que llevó a cabo una excavación en tierras mesopotámicas fue el cónsul francés Paul Émile Botta que había sido destinado a Mosul. Conocedor de los relatos sobre los retazos de la historia mesopotámica, Botta inició unas excavaciones en 1842 en una colina llamada Kuyunyik. Sin embargo, tras un año de infructuosas excavaciones abandonó con unos pobres resultados. Pero la historia de este yacimiento no acabaría aquí; veremos un poco más adelante que en realidad no era, ni mucho menos, tan pobre como le pareció a Botta. A pesar de todo el diplomático francés  no renunció a las excavaciones y después de Kuyunyik se trasladó a otra colina que había a su lado, llamada Horsabad y en el que un lugareño de la región le aseguró que hallaría lo que estaba buscando. Lo que a Botta tan sólo le parecía una charlatanería de un campesino resultó ser más real de lo que jamás hubiera podido imaginar. En marzo de 1843 empezó las excavaciones y con tan solo picar un par de horas ya hallaron los primeros relieves del palacio del rey asirio Sargón II (721-705 a.C.). En aquellos relieves aparecieron todo tipo de escenas e iconografías que nadie en más de dos mil años había visto en su vida: animales monstruosos, procesiones religiosas ante reyes desconocidos, escenas de caza y guerra, extraños dioses,&#8230; Durante la excavación, que duró hasta octubre de 1844, se desenterraron muchos de estos relieves y otras construcciones que llevaron a Botta al convencimiento de que había hallado la ciudad bíblica de Nínive. Sin embargo, luego se demostró que no se trataba de la ciudad real asiria de Dur-Sharrukin, «la fortaleza de Sargón». La mayoría de las piezas descubiertas por Botta en Horsabad fueron enviadas al Louvre, que se convirtió así en el primer museo del mundo que, en mayo de 1847 inauguró una sala dedicada a las civilizaciones mesopotámicas.</p>
<p>El redescubrimiento de la civilización asiria por Botta hizo que los imperios más poderosos de entonces (Inglaterra, Francia y Alemania) enviaran a sus investigadores a explorar todo Oriente en busca de restos de aquella y de otras civilizaciones que, hasta hacía poco se las creía inexistentes, provocando no pocos conflictos diplomáticos entre ellos.</p>
<p>El siguiente personaje en entrar en escena fue un inglés llamado Austen Henry Layard que tampoco era arqueólogo, sino abogado. En 1840 estuvo destinado en la embajada británica de Constantinopla y no fue hasta al cabo de cinco años que, gracias a su insistencia al embajador y a los resultados de Botta, pudo obtener permiso y algo de dinero para ir a excavar a Nimrod (la antigua Calah), donde al igual que Layard halló los restos del palacio de otro rey asirio, Asurnasirpal II (883-859 a.C.), donde encontró las famosas y gigantescas estatuas de leones y toros alados, así como magníficos relieves que hoy en día se pueden admirar en las salas del Museo Británico. Tras los grandes descubrimientos realizados en Nimrod, abandonó las excavaciones en 1849, el mismo año que empezó otras en Kuyunyik donde encontró el palacio de Senaquerib (708-681 a.C.), otro hasta entonces mítico rey asirio y uno de los más poderosos de aquel imperio. Y no sólo eso, el hecho de hallar la residencia de este rey en este lugar quería decir que la ciudad no era otra que Nínive, aquella que el profeta Jonás tardó tres días en recorrer según la Biblia. Al igual que en los anteriores, este palacio también brindó a su descubridor cantidad de esculturas, inscripciones y relieves bellísimos que de nuevo fueron enviados al Museo Británico.</p>
<p>De esta manera, con Botta y Layard, los asirios volvían a la vida y en Europa los gobiernos se volcaron con entusiasmo hacia aquellos espectaculares descubrimientos, produciéndose la misma reacción que unos años antes se había dado con el redescubrimiento de Egipto.</p>
<p>La otra gran civilización mesopotámica que salió a la luz fue la babilónica, muy célebre tanto en la Biblia por ser el enemigo tradicional del pueblo judío como también en los relatos clásicos, por ser una de las ciudades más espectaculares de la antigüedad. A diferencia del descubrimiento de los asirios, en esta ocasión fue un verdadero arqueólogo quien estuvo a cargo de los trabajos, el alemán Robert Koldewey. Gracias a su formación, la excavación de Babilonia fue la mejor llevada hasta entonces y supuso un modelo a seguir por todas las que vinieron después. Koldewey halló los restos de las espectaculares murallas, lo que creyó identificar como los Jardines Colgantes, la más imponente avenida construida en Oriente (la Avenida Procesional de Marduk) e incluso la mítica Torre de Babel. Pero en contraste con los hallazgos asirios donde los relieves en piedra se habían conservado durante más de dos mil años, en Babilonia el principal material de construcción era el adobe cuya resistencia al tiempo es prácticamente nula. Así es como de la gran y mítica Babilonia apenas queda nada salvo las bases de sus muros, haciendo válidos los presagios proféticos que afirmaban que la ciudad sería destruida y que sus únicos habitantes serían los lobos que vagarían por sus ruinas. Sólo algún monumento como la famosa Puerta de Ishtar se ha salvado de convertirse en polvo al ser fabricada con ladrillos cocidos, mucho más resistentes a la acción del tiempo. Así es como hoy se puede admirar en el Museo de Pérgamo, en Berlín.</p>
<p>Muchos otros y sorprendentes descubrimientos han sido realizados hasta la fecha, devolviendo del olvido no sólo a asirios y babilónicos sino también a sumerios, fenicios, hititas, mitannios, elamitas y persas. El desciframiento del cuneiforme en 1847 supuso, igual que con el jeroglífico, la posibilidad de leer los miles de documentos que  las excavaciones sacaban a la luz y con ellos, romper el silencio con el que el velo de la historia había cubierto a estos pueblos durante miles de años. Con la documentación epigráfica por un lado y los restos arqueológicos por otro, el estudio de aquellas lejanas civilizaciones dejó de ser un hobby de europeos elitistas y aventureros para convertirse en una nueva ciencia; había nacido la Asiriología.</p>
<p><strong>El papel de España en el desarrollo de la investigación asiriológica</strong></p>
<p>Francia, Inglaterra, Alemania y más tarde otros países europeos fueron los pioneros en la investigación asiriológica. España no entró en la Asiriología hasta mucho después, a pesar de contar en su historia con algunos precedentes que le hubieran podido llevar a ocupar el primer puesto en la carrera oriental.</p>
<p>En efecto, ya en el siglo IV d.C. tenemos noticia de una monja gallega llamada Egeria, que realizó un peregrinaje por Tierra Santa y de cuyas impresiones (sobretodo en lo referente a los Lugares Santos como Jerusalén o Belén) dejó testimonio en un escrito en latín. Más adelante, a finales del siglo XII los rabinos Petajías de Ratisbona y Benjamín de Tudela realizaron un viaje a Iraq para visitar las comunidades judías de Mosul. De su viaje nos han dejado descripciones de algunas ciudades como Nínive o la misma Babilonia, pero a su retorno, sus relatos apenas afectaron a aquellos que los oyeron; la época en la que tuvo lugar esta visita, en plena Edad Media, tampoco ayudaba a despertar el interés por culturas tan alejadas en la distancia y en el tiempo.</p>
<p>La gran ocasión para hacer de España el primer país europeo con una tradición en los estudios próximo-orientales llegó en el siglo XVII cuando Don García de Silva y Figueroa llevó a cabo su embajada a Persia y pudo no sólo describir, sino identificar por primera vez, los restos de Persépolis. Pero lo que para nosotros es hoy en día objeto de admiración científica y valdría por sí mismo la ejecución de una gran empresa, para el embajador no representaba más que una satisfacción personal al lado de la verdadera misión de su viaje, mientras que para la corte que representaba, ni siquiera eso. De este modo España perdió una oportunidad histórica de la cual aún hoy somos víctimas, a la luz del estado de los estudios orientales en nuestro país. Hubo que esperar hasta el siglo XIX para volver a encontrar a alguna otra figura capaz de sentir la atracción de Oriente. En un momento en el que como hemos visto la Asiriología nace con todo esplendor y se difunde entre las principales potencias europeas, España resta al margen. Sólo a título individual se pueden rescatar algunos nombres que dan continuidad a la saga de orientalistas que inauguró la moja Egeria en el siglo IV y que tan de vez en cuando ha salpicado la historia de la ciencia española. En esta ocasión, tres personajes destacan por encima de los demás: Adolfo de Rivadeneyra, Francisco García Ayuso y Ramiro Fernández de Valbuena. Como muy acertadamente señala el profesor Córdoba (J. Córdoba, 2001 pág. 7), si las circunstancias hubieran sido otras, Adolfo de Rivadeneyra hubiera podido ser el Botta o Layard español, mientras que a García Ayuso le hubiera tocado ser nuestro J. Oppert o H.C. Rawlinson particular. En efecto el también diplomático Rivadeneyra ejerció el cargo de vicecónsul en Teherán en 1874, tras haber viajado extensamente por Siria, Iraq y el Golfo Pésico ejerciendo otros cargos diplomáticos. A Rivadeneyra no sólo le debemos una gran obra de literatura de viajes, sino también importantes y detalladas descripciones de los lugares que visitaba, entre los cuales se encontraba también Persépolis, en la que sorprende la exacta descripción del gran eclecticismo que representa el arte persa: “esos monumentos no se parecen a ninguno: tienen del asirio la arrogancia; del egipcio, la suntuosidad; del griego, la armonía; del iranio, el genio ornamental” (A. Rivadeneyra, 1880, III, 223).</p>
<p>Si hasta ahora estos sabios habían destacado por la identificación o la descripción de los antiguos monumentos orientales que visitaban en sus viajes de trabajo, Francisco García Ayuso tiene el honor de ser el primer gran lingüista y filólogo español que se dedicó con ahínco al estudio y divulgación de las antiguas lenguas orientales; de ahí la comparación con Oppert o Rawlinson, los “padres” de la Asiriología en tanto que descifradores del asirio, babilónico, persa,&#8230;Tras estudiar Humanidades en Segovia, marcha a Tánger y Tetuan donde aprende árabe y hebreo; de regreso a España, en el Escorial amplia sus conocimientos de latín y griego y aprende también francés, inglés y alemán. En 1968 se traslada a Munich donde aprenderá siríaco, etíope, turco, persa, sánscrito, zend y asirio. Con este amplio bagaje lingüístico, es nombrado en 1871 director de la Academia de las lenguas de Madrid y entre los idiomas que imparte se encuentra el asirio y el persa antiguo y es precisamente él quien da clases a Rivadeneyra. El valor de las obras de Ayuso estriba, pues, en ser el primer español capaz de leer y traducir las antiguas inscripciones cuneiformes asirio-babilónicas y persas y de dar a conocer a aquel público interesado (que en aquel momento en España era prácticamente inexistente) la historia de los antiguos pueblo orientales.</p>
<p>Pero para la difusión histórica del antiguo Oriente, la figura más destacada fue Ramiro Fernández de Valbuena. Este religioso (que llegó a ejercer de obispo de Santiago entre 1911 y 1922), fue el autor de la primera obra de síntesis sobre la historia del Próximo Oriente antiguo titulada Egipto y Asiria resucitados y publicada en cuatro volúmenes (2627 páginas en total) entre 1895 y 1901. Las razones que le llevaron a realizar esta magna obra se encuentran referidas por el mismo autor en la introducción del primer volumen: “no sabemos que en España se haya ocupado nadie ex profeso de semejante materia&#8230;Entendíamos, pues, que convenía hacer algo en este sentido y esperábamos a que los doctos españoles y los orientalistas de nuestra patria nos dieran a conocer los tesoros escondidos entre los escombros de antiguas ciudades, poniendo en la lengua de Cervantes y de Teresa de Jesús los escritos jeroglíficos de Egipto y los no menos interesantes cuneiformes de Asia Anterior, para que nuestra juventud estudiosa y nuestro clero ejemplar estuvieran al corriente en materias tan necesarias para el conocimiento de la Historia y tan útiles para la defensa de las verdades cristianas.” (Valbuena 1895, I, pp. 2-4). Para esta tarea utilizó todas las fuentes a su alcance: la arqueología, los textos bíblicos y toda la nueva documentación cuneiforme que estaba apareciendo, así como de las obras de los estudiosos del resto de Europa. En ella se dan cuenta de los avances de la investigación arqueológica y filológica llevados a cabo hasta la fecha, con un gran detallismo y precisión histórica y de tan alto valor como las publicadas por sus colegas alemanes, ingleses o franceses.</p>
<p>Pero como decíamos al principio, todo ello no son más que destellos, gotas de agua en el desierto que representaba el orientalismo español en esta época, a años luz de los verdaderos centros asiriológicos. Aún así, debemos estar eternamente agradecidos a aquellos que por primera vez abrieron sus mentes a la fascinación oriental y la dieron a conocer en nuestro país, aunque sus voces hayan tardado tantos años en ser escuchadas.</p>
<p><strong>La figura de Don García de Silva y Figueroa (1550-1624)</strong></p>
<p>Nacido en el pueblo de Zafra, provincia de Badajoz, el 29 de diciembre de 1550, era hijo de Don Gómez de Silva y Doña María de Figueroa. A pesar de ser una familia emparentada de algún modo con los condes de este pueblo, según cuenta el mismo Don García no pasaban por muy buenos momentos, la cual cosa se deduce del hecho que él, como el mayor de varios hermanos, tuvo que hacerse cargo de ellos. Las diferentes crónicas que aportan datos sobre su biografía afirman que había sido paje de Felipe II, que había estudiado derecho en Salamanca y que había obtenido el rango de capitán durante las guerras de Flandes.</p>
<p>El primer cargo que desempeñó dentro de la función pública fue el de Corregidor de Jaén y Andújar, ejerciéndolo entre 1595-1597, bajo el reinado de Felipe II, siendo lo más destacado que ocurrió el enfrentamiento que finalmente no se produjo entre los soldados de Don García y los ingleses del conde de Essex, que habían tomado Gibraltar y Cádiz. Tras la retirada de las tropas inglesas, de Silva fue depuesto de su cargo y desde entonces hasta su nombramiento como embajador no se tienen demasiadas noticias, pero todo parece indicar que estaría relacionado con la corte y la secretaría de estado, más aún teniendo en cuenta que dos de sus primos (don Juan de Silva y don Jerónimo de Silva) contaban con altos cargos en la diplomacia española; el primero era gobernador y capitán general de Filipinas y el segundo era alcalde de la fortaleza portuguesa de Ternaten, pasando a gobernador de Filipinas a la muerte de don Juan. Sin duda, esta situación fue determinante en la elección de la persona de Don García para realizar la embajada.</p>
<p>De la figura de Don García como embajador trataremos en los siguientes apartados. Fue de regreso de su misión cuando falleció en alta mar el 22 de Julio de 1624 de una enfermedad llamada mal de Loanda, un mal que vio y describió en su viaje de ida y que afectó a gran parte de la tripulación: “la sigunda enfermedad por la mayor parte es peligrosísima y terrible, hinchándose las piernas y muslos con unas manchas negras o moradas de malísima calidad, subiéndose desde allí al vientre y luego al pecho, adonde luego mata, sin otro dolor ni calentura”. La última anotación de su diario la realizó el domingo 28 de abril: “se prosiguió la navegación en la popa a nordeste&#8230;Tomóse el sol este día en 23 grados y medio”. Hasta el último momento de su vida, a pesar de estar achacado por una incurable enfermedad, no dejó como buen geógrafo que era, de anotar con todo detalle todo cuanto acontecía durante su viaje. Así acabó la vida de un gran viajero, soldado, diplomático, geógrafo, historiador, naturista y, en definitiva, la vida de un humanista español del siglo XVII a quien la historia siempre recordará como aquel que identificó y dio a conocer al mundo por primera vez en dos mil años los restos de Persépolis.</p>
<p>El retorno a la historia de este diplomático español fue obra, en primer lugar, de un contemporáneo suyo y tan viajero como él, el italiano Pietro della Valle (a quien también le debemos nuevas descripciones de Persépolis), quien lo cita en su obra Viaggi di Pietro della Valle Il Pellegrino (1658). Pero el primero en dar a conocer la obra de Don García fue el francés Monsieur de Wicqfort, el cual tradujo en 1667 al francés una copia manuscrita incompleta del diario que el embajador realizó de su viaje, los famosos Comentarios de Don García de Silva y Figueroa de la embajada que de parte del rey de España Don Felipe III hizo al rey Xa Abas de Persia, pero el autor francés cometió algunos errores dado el estado fragmentario del manuscrito que consultó. La publicación de la obra completa y exacta de Don García corrió a cargo de Manuel Serrano y Sanz, el cual la pudo llevar a cabo gracias a la consulta de dos manuscritos y que en 1903 editó la Sociedad de Bibliófilos Españoles. Esta obra (cuyos manuscritos originales se encuentran en la Biblioteca Nacional), junto con toda la correspondencia diplomática que se ha conservado en el Archivo de Simancas, es la base del estudio de esta gran figura de la diplomacia española del siglo XVII.</p>
<p><strong>Las relaciones hispano-persas en tiempos de Felipe III y Abbas I</strong></p>
<p>La primera noticia del establecimiento de relaciones entre la corte española y la persa data del periodo de Felipe II (1565), cuando este rey solicita un informe sobre el imperio persa a resultas de una carta del emperador Maximiliano II, en la cual le hacía ver lo interesante y provechoso que sería la unión de todos los enemigos del imperio turco para atacarlo simultáneamente y acabar con la presión otomana en el Mediterráneo y el peligro de la unión de fuerzas con la población morisca de la costa. El problema afectaba muy de cerca también al Vaticano; el Papa Clemente VIII veía un alarmante y peligroso avance de la fe musulmana y por ello exhortaba también a todos los príncipes cristianos de los reinos occidentales a alzarse y luchar contra los turcos. De este modo, buscando la alianza con Persia por un lado y la de reinos como Transilvania, Moldavia o Valaquia por otro, la Europa de la corona hispano-portuguesa, Venecia, el Vaticano y otros reinos pretendía atenazar al imperio otomano atacándolo por el este y el oeste. Esta fue la razón de la orden dada por Felipe III en 1594 y 1596  al virrey de la India de enviar una embajada española a Persia para convencer al recién coronado Shah, Abbas I, de atacar al turco. A Abbas no le faltaban ganas, ya que en tiempos del Sultán turco Amurates III, el imperio otomano había conquistado una parte importante de Persia; pero bajo Mohamed III y Ahmed I y con una crisis económica en el interior de sus fronteras, la caída estaba cerca. Abbas, tras consolidar su política interior y asentar su poder en la zona, se lanzó a la reconquista del territorio perdido.</p>
<p>Pero quien realmente acabó convenciendo al Shah de la necesidad de una alianza contra los turcos fue un aventurero inglés llamado Antonio Sherley, que en 1598 llegaba a Persia haciéndose pasar como enviado del Papa y del rey de España y ofreciéndole la ayuda de los reinos cristianos para alzarse contra el sultán turco. Ante esta situación, el Shah decidió enviar una embajada a los principales reinos europeos (Moscovia, Polonia, Alemania, Inglaterra, Escocia, Francia, Venecia, Vaticano y España) liderada por el mismo Sherley y un persa llamado Cusém Alibey. Estos emisarios llegaron a España en agosto de 1601 ofreciendo todo tipo de ventajas a los reinos cristianos si a cambio les prestaba ayuda en su guerra contra el sultán. Paralelamente, des del Vaticano, el Papa Clemente VIII había enviado en febrero de 1601 a los jesuitas de la India como embajadores ante el Shah, ya que a pesar de la necesidad de hacer frente común contra los turcos, muchos reinos que afirmaban querer derrocarlos, en el momento de actuar se echaban atrás, esgrimiendo problemas internos; así, la misma corona española se excusaba argumentando que estaba ocupada en la guerra de Flandes y no podía hacer nada.</p>
<p>A pesar de los intentos de unos y otros, nunca se consiguió formar una liga antiturca, la cual cosa obligó al Shah a luchar por su lado, alejándose de Europa y España, ante el peligro que suponía para las posesiones de la corona hispano-portuguesa en la zona, especialmente en la India y Ormuz. Para evitar este deterioramiento y posible riesgo de pérdidas territoriales el virrey de Portugal, Cristóbal de Moura, solicitó el envío de una nueva embajada con la tarea de intentar recuperar las buenas relaciones con España; el designado para esta misión fue Don García de Silva y Figueroa</p>
<p><strong>La embajada de Don García</strong></p>
<p>La embajada de Don García de Silva y Figueroa nace como respuesta a otra embajada, en este caso la enviada en 1608 (y que llegó a Madrid en enero de 1610) por parte del Shah a los reinos europeos. En esta ocasión, el embajador persa fue el hermano de Antonio Sherley, Roberto, con el viejo objetivo de pedirles de nuevo la unión contra el turco y la supresión de todo trato comercial con él, además de ciertos particulares en cada caso concreto: en el Vaticano, llegó a afirmar al Papa Paulo V que el Shah se convertiría al cristianismo una vez derrotado el imperio otomano y en lo referente a la corona española, la propuesta se formulaba entorno al control de la distribución de la seda persa en los mercados europeos.</p>
<p>Siendo la propuesta del Shah aceptable y beneficiosa para ambos, Felipe III dio el consentimiento para el envío de otra embajada que debía responder afirmativamente a las propuestas persas. Pero la embajada aún tardaría cuatro largos años en poder realizarse, debido al retraso producido por diferentes factores. En primer lugar, la discusión por la elección del embajador. La idea original era que fueran dos embajadores, uno portugués y otro castellano y a pesar que finalmente se decidió que fuera sólo uno, el nombre de Don García ya había sido seleccionado desde el primer momento por parte del Presidente del Consejo de Estado, el Comendador de León. Finalmente fue nombrado embajador de forma oficial el 2 de octubre de 1612 y a partir de aquel momento se inició una larga disputa sobre las condiciones económicas del cargo (que se consideraban desorbitadas), a la que no se puso punto final hasta el 6 de febrero de 1613, cuando se llegó a un acuerdo entre ambas partes (aunque en realidad no se cumplió hasta mucho mas tarde). Pero esta no era más que una de las muchas dificultades con las que tuvo que enfrentarse Don García, antes incluso de partir y a lo largo de todo su viaje. El segundo motivo que retrasó considerablemente su salida fue que el regalo para el Shah no estaba preparado; de hecho, ni tan sólo estaba decidido cual o cuales serían los presentes con los que la corona debía obsequiarle, entre los cuales se barajaban una colección de armas antiguas, una vajilla de plata y cadenas de oro, muebles o una tapicería  de seda y oro, así como “drogas” (especies: pimienta, canela y jengibre) que se adquirirían en la India, una vez estuvieran en camino.</p>
<p>Con los presentes ya preparados, hacía falta aún ultimar los preparativos de “emergencia”, teniendo en cuenta que el embajador contaba con 60 años en el momento de partir. Entre los documentos que se llevaba consigo Don García, había uno que contenía las instrucciones sobre qué hacer en caso de muerte del embajador, entre las cuales se incluía los nombres de aquellos que lo habrían de sustituir, don Hernando de Silva, un capitán de infantería y don José de Alcázar, un gran soldado amigo suyo. Antes de partir recibió las instrucciones de su misión, entre las cuales las más importantes eran, en primer lugar, incitar al Shah a la revuelta contra el sultán turco (en caso de que hubiera hecho las paces convencerle para que las rompiera) y hacerle ver que España siempre había tenido la voluntad y se había implicado al máximo en la guerra contra el turco (a pesar de que en ciertos momentos los asuntos internos no le habían permitido dedicarse con total empeño); y en segundo lugar, comprobar la situación política y comercial de Persia e indicar las posibilidades para la corona española. Con estas instrucciones, el embajador finalmente pudo partir hacia Lisboa a finales de febrero de 1614 y de aquí zarpó hacia Goa el 8 de abril, llegando a Goa el 6 de noviembre de 1614, donde tuvo que permanecer durante más de dos años, retenido por las malas artes tanto del virrey de la India, don Jerónimo de Azevedo, como del capitán de Ormuz, don Luís de Gama, ambos portugueses; y es que desde el nombramiento del embajador español, la corona portuguesa siempre se sintió desplazada e intentó por todos los medios hacer fracasar la embajada. Finalmente logró llegar a la isla de Ormuz en marzo de 1617 y de aquí pasar a Persia (por Bandar-e Abbas) en octubre de 1617.</p>
<p>Una vez en territorio persa, teniendo en cuenta que se encontraban en los meses de invierno y que el Shah no se hallaba en la capital, Kazwin, sino en la zona del Caspio, Don García decició pasar estos meses en Shiraz y proseguir el encuentro del soberano persa en primavera. Fue precisamente durante este lapso en el que tuvo ocasión de visitar y admirar las ruinas de Persépolis, concretamente la tarde del 6 de abril de 1618, una fecha que quedará grabada en los anales de la Asiriología..</p>
<p>En la narración que Don García realizó de su paso por Persia, no sólo destaca la descripción de las ruinas de Persépolis sino que cualquiera de las ciudades por las que pasa, se aloja o visita (Shiraz, Isfahán, Qom, &#8230;) son descritas en sus Comentarios con gran viveza y riqueza de detalles, haciendo de ellas un testimonio único de los monumentos, de la cultura y sociedad de una de las épocas más espléndidas de la historia de Persia, la del Sha Abbas I.</p>
<p>Por fín, el 13 de junio de 1618 llegaba a Kazwin, la capital de Persia antes de que Abbas I la trasladara a Isfahán, donde coincidió con el viajero italiano Pietro della Valle, otro de los primeros investigadores de Persépolis. Allí tuvo la primera entrevista con el soberano persa, al cual hizo entrega de todos los regalos que le traía desde España, pero cuando intentó tratar los asuntos reales de su embajada, Abbas no se mostró muy propenso a intercambiar impresiones con el embajador, al cual emplazó a otra reunión en Isfahán., mientras que él se disponía a enfrentarse con un ejército turco en la ciudad de Ardebil. Abbas regresó a Isfahán en junio de 1619. Tras pasar unos meses de celebraciones (muy bien descritas por el embajador) por el regreso del Shah a la capital después de haber estado ausente durante tres años, al final, el 2 de agosto, Abbas recibió a Don García en audiencia en la magnífica plaza de Isfahán. Por coincidir en ramadán, la entrevista tuvo que ser por la noche; quien ha tenido la suerte de viajar a Irán y conoce la plaza, puede imaginarse la escena del Shah, sentado en el suelo de la enorme explanada, enfrente de Don García y los traductores e intérpretes, junto a las maravillosas cúpulas de las mezquitas del Shah y  Loftollah. Allí se trataron por fin los temas más importantes como la guerra contra los turcos, a lo que el Shah, respondió que acababa de firmar una paz con ellos y que no tenía intención de romperla o el intento de recuperación de los territorios de Bahrein, Quism y Bandar-e Abbas, que siendo del rey de Ormuz (vasallo de España), había conquistado Abbas; a esto el Shah no hizo caso y cambió de temas, con lo cual el embajador se fue con las manos vacías, aunque por lo visto en algunas cartas que le habían llegado desde España (con mucho retraso sobre los acontecimientos, naturalmente) tampoco parecía preocupar demasiado, ya que incluso en una de ellas Felipe III le comenta que si aún no se ha entrevistado con el Shah y considera que no merece la pena, que regrese.</p>
<p>Así pues, la larga embajada de Don García que se había iniciado el 2 de octubre de 1612 (hacía casi 7 años) con su nombramiento como embajador, quedó concentrada en apenas dos horas de entrevista de las cuales, por si fuera poco, no consiguió ninguno de sus objetivos. La embajada fue desde el punto de vista diplomático, un fracaso, y desde el punto de vista personal le supuso la muerte en su viaje de vuelta. Pero como veremos a continuación, no todo fue tan negativo; la descripción de Persépolis que nos ha dejado no es tan sólo la primera y más completa identificación de la ciudad aqueménida, sino que gracias a ella, se dieron los primeros pasos en el nacimiento de una nueva ciencia: la Asiriología.</p>
<p><strong>Visita a Persépolis y descripción de las ruinas</strong></p>
<p>El punto culminante del viaje de Don García fue, desde el punto de vista del interés arqueológico, su estancia en Shiraz donde estuvo entre el 24 de noviembre de 1617 y el 4 de abril del año siguiente. Esta larga estancia está justificada por el deseo del embajador de no continuar su viaje hasta Isfahán en invierno; además, la ausencia del Shá Abbas de la capital (se encontraba al norte, en la zona del Caspio), tampoco hacia necesaria una rápida marcha. Toda la narración de la descripción de la visita a Persépolis se halla al final del capítulo VI y en todo el capítulo VII (y último) del primer volumen de sus Comentarios, titulado “Soberuios y antiquisimos edifiçios de Chilminara”, en el que describe prácticamente todos los edificios visibles con un alto grado de detallismo, dando mediciones, confirmando hipótesis e identificando algunos de los restos. Esta es una de las grandezas de la aportación de Don García, no sólo la descripción, sino la identificación de lo que ve según sus conocimientos de los clásicos (especialmente Diodoro de Sicilia), a lo que acompaña una meticulosa medición de los restos más destacados. Se trata, sin duda, no sólo de la primera identificación de la antigua Persépolis sino también del primer trabajo científico que se hace sobre ella, abriendo las puertas a la investigación histórico-arqueológica del Irán antiguo.</p>
<p>Cuando Don García visitó las ruinas de Persépolis, éstas no se llamaban así; el nombre de Persépolis es griego y aparece por primera vez en los textos de los autores clásicos después de la conquista de la ciudad por Alejandro (331 a.C.); el nombre original de Persépolis era Parsa; los griegos, por equivocación, identificaron con este nombre a todo el país y lo llamaron Persia, denominación que se mantuvo hasta el año 1936, cuando el gobierno iraní pidió al resto del mundo que a partir de entonces se refirieran a él como Irán. El nombre griego de Persépolis se olvidó en época musulmana y desde entonces la ciudad pasó a llamarse Chilminara, siendo bajo esta denominación como la conoció Don García, aunque también se la conocía como Takht-i Jamshid, a partir del nombre de un héroe mítico de la épica iraní.</p>
<p>La fundación de Persépolis fue obra de Darío quien inició su construcción hacia el 520 a.C.; más adelante, su hijo Jerjes I la amplió y finalmente fue acabada por su nieto Artajerjes I hacia el 460 a.C. Pero existiendo ya otras capitales en diferentes puntos del imperio persa (Ecbatana, Pasargada, Babilonia), ¿cuál fue el motivo para la construcción de Persépolis? Todo parece indicar que la razón de ser de Persépolis era la de convertirse en el lugar de celebración de la festividad más sagrada del calendario persa, el No Ruz (Año Nuevo), que tenía lugar durante el equinoccio de primavera (21-22 de marzo). Todo en ella, desde los edificios a la decoración, está pensado y diseñado de acuerdo con los ritos y ceremonias que tenían lugar durante esta fiesta: los relieves donde se aprecia la lucha entre el año nuevo y el viejo (lucha del rey contra los monstruos; entre el león y el toro), los símbolos religiosos (rosetas solares, árboles de la vida, granadas), los banquetes festivos, la entrega de regalos al Rey de Reyes o la tipología de los edificios, entre los cuales, los de carácter residencial tienen una reducida presencia, en favor de los dedicados a las celebraciones y a los almacenes de la tesorería imperial. Tan sólo 10 años después de ser terminada (330 a.C.), la ciudad fue destruida cuando según los textos clásicos, durante la celebración de un banquete en la ciudad, Alejandro Magno (que había conquistado y saqueado Persépolis un año antes) borracho e inducido por una prostituta llamada Tais mandó incendiar la ciudad como represalia al incendio de Atenas provocado por Jerjes I en el 480 a.C.</p>
<p>Tras acordar con el sultán de Shiraz las condiciones de aprovisionamiento, el 5 de abril partió con dirección a Isfahán y pasaron la noche en una mezquita en un pueblo llamado Zargan. Esa misma noche el embajador ordenó que la caravana siguiera al día siguiente en dirección a Mahin y que le esperaran allí, mientras que él deseaba desviarse para visitar las “grandes y tan nombradas ruinas de Chilminara”. Así fue como el interés personal del embajador le condujo a visitar los restos de Persépolis, que los persas llamaban Chilminara, “que en lengua arabiga suena lo mesmo que quarenta alcoranes o colunas”. Tras conseguir los servicios de un ermitaño como guía, este les condujo hasta el pueblo de Margascan (probablemente la actual Kinara), a 4 km al sur de Persépolis, donde después de comer inició la visita a las tres de la tarde del día 6 de abril de 1618.</p>
<p>Lo primero que impresionó a Don García, igual que hoy en día sigue impresionando a todos aquellos que se acercan a la capital aqueménida, fue la imponente terraza natural (y parcialmente construida) sobre la que se funda la ciudad, adosada a la falda de la montaña de Kuh-i Rahmat y frente a la llanura de Maru-i Dasht sobre la cual se eleva 18 m. en su parte más elevada y 8 en su parte más baja, cubriendo una superficie de 16 ha. aproximadamente: “Çeñia gran trecho del pie de dicho monte una muy gruesa muralla de piedras de marmor, quadradas, de maravillosa grandeza y de mas de dos picas de alto”. Según Diodoro de Sicilia, la ciudad contaba con tres murallas, siendo el actual cinturón de la terraza la tercera de ellas. Del resto, sólo se han descubierto unos 200 m. en la parte sur, con un espesor de entre 4&#8217;5 y 5&#8217;5 m. y una altura de unos 15 m. A continuación describe las escaleras monumentales que permiten el acceso a la parte superior: “&#8230;ay dos ahchas y hermosas escaleras para subir al plano de arriba, una á la mano derecha y otra á la izquierda, corriendo cada dellas por la una parte arrimada á la mesma muralla, y por la otra á un pretil o parapeto del mesmo marmor&#8230;.Tenian de ancho estas hermosas y soberuias escaleras quarenta pies y no mas alto cada escalon que quatro dedos, y el asiento de cada uno algo mas de dos palmos&#8230;Pues demas de ser de quarenta pies de largo, cada una tenia çinco y seis escalones, y estaban tan juntas y unidas unas con otras, que apenas mirandolas con mucho cuydado, se pareçian las comisuras dellas; de manera que muchos juzgaron luego que las vieron ser toda la escalera de una sola piedra”. Como podemos observar, el grado de detalle de la descripción es máximo y dando todas las mediciones posibles, tal y como siglos después lo harían los arqueólogos del Oriental Institute de Chicago. Siguiendo la visita, pasa a describir a continuación uno de los más emblemáticos edificios de Persépolis, la llamada Puerta de las Naciones, obra de Jerjes (475 a.C.) y llamada así por la inscripción que está esculpida en su interior. El edificio es de planta cuadrada, de 25 m de lado y tiene una sala central con cuatro columnas, cuyos capiteles eran compuestos (formados por un fuste y un doble capitel vertical de volutas y otro horizontal con dos prótomos de toros). La sala contaba con tres puertas: una exterior (al oeste), protegida por una pareja de toros alados (5&#8217;5 m.) y dos interiores (al sur y al este); la del lado sur era la que utilizaban los nobles y conducía a la Apadana; la del lado este, protegida por dos toros androcéfalos de influencia neoasiria (lamasus), era la que utilizaba el resto de la delegación y conducía por una avenida con muros de ladrillo a lado y lado hacia otra puerta (la Puerta Inacabada) y luego hacia la Sala de las 100 Columnas, donde serían recibidos por el rey. Don García la describe así: “Acabadas de subir las escaleras auia un portico ó entrada que sustentaban dos grandissimos cauallos de marmor blanco, mayor cada uno dellos que un grande elephante, con grandes alas, y que en la fiereza tenian mucha semejança de leones, no guardaua la propiedad que deuia tener en la figura de verdaderos cauallos&#8230;Diez ó doze pasos delante estaua una grandissima coluna es su pedestal, los dos terçios della estriada, y el terçio postrero lleno de unos remates sin medida ni proporçion por donde se pudiese juzgar alguna forma de nuestros capiteles, porque a trechos, por toda la distancia de mas de tres braças, salian estos remates á fuera por diametro, en la mesma coluna, de cantidad de dos ó tres pies&#8230; Otros diez pasos delante de la coluna auia otro portico que sustentauan otros grandes cauallos, y de la forma que el primero, de manera que la columna quedaua en igual distançia de entrambos á dos.”</p>
<p>Uno de los edificios más importantes de Persépolis era la Apadana o Sala de Audiencias, obra de Darío y Jerjes. Como hemos indicado, se llega a ella a través de la Puerta de las Naciones, girando por su puerta sur. Al ser construida sobre un podio de 2&#8217;60 m., hizo necesaria la presencia de unas escalinatas, situadas en los lados este y norte, cuyas paredes están decoradas con los más bellos relieves del arte persa. De planta cuadrada, mide 120 m de lado, consta de una sala hipóstila cuadrada de 60 m. con 36 columnas que rozan los 20 m. de altura, (rematada con los capiteles compuestos), tres pórticos columnados de 2 filas de 6 columnas y una torre en cada ángulo. De todas las columnas (72), sólo nos han llegado 13, aunque cuando Don García visitó la ciudad en el s. XVII se conservaban 27, dos más que cuando visitó la ciudad Pietro della Valle: “&#8230;un gran llano ó patio en que estauan en sus basas veinte y siete colunas, que por su mucha grandeza, como se ha dicho, llaman lo persas quarenta alcoranes”. Es interesante ver cómo la gente del lugar designaba a Persépolis bajo el nombre de Chilminara, la de las cuarenta columnas, utilizando este número no como el número exacto de las columnas que ahí se levantaban, sino como indicativo de gran cantidad, de mucho, exactamente igual que el cuento popular de Alí-Babá y los 40 ladrones. Siguiendo la narración de Don García, le vemos cometer una pequeña incorrección al contabilizar el número de columnas de la Apadana: “Estas colunas estauan puestas y fundadas en seis hileras de á ocho colunas cada hilera, y según pareçe por las señales en que los pedestales ó basas estauan fundados, eran por todas quarenta y ocho, sin las de los porticos”. En realidad, la sala de la Apadana cuenta con 6 filas de 6 columnas cada una, lo que suman un total de 36; el error cometido por Don García reside en la suma de las 12 columnas dispuestas en la misma alineación pero colocadas en el pórtico de entrada (sur), cuyos límites seguramente no eran apreciables y le llevó a contabilizarlos como un espacio único, dejado al márgen los otros dos pórticos (este y oeste). El error persiste cuando un poco más adelante da las dimensiones totales del espacio que ocupa este edificio: “&#8230;ocupa toda la plaça de este edificio, conforme á la superficie del plano de la distançia de una basa á otra y del asiento de cada una dellas, el espaçio de quatroçientos y treinta pies de largo, y trezientos y diez de ancho, formando un quadrado perfecto, aunque de desiguales lados”. Efectivamente, la sala central de la Apadana es un cuadrado pero un cuadrado perfecto, de 60 m de lado.</p>
<p>Siendo una sala de audiencias, lógicamente la decoración era enormemente rica: no sólo constaba con los relieves, que estaban pintados, al igual que las bases de las columnas, sino que además, las partes superiores de los muros estaban acabadas con losetas esmaltadas de colores (rojo, azul, verde, dorado), representando leones, toros y plantas; las altas puertas de madera estaban chapadas en oro y decoradas también con relieves; el techo estaba decorado con losetas esmaltadas y engastes de oro, marfil y piedras preciosas; el suelo estaba revestido por un estucado gris verdoso y del techo pendían largos tapices y cortinas decorados con todo tipo de motivos y fabricados con los mejores tejidos, incluso con hilo y adornos de oro. Todo el conjunto debía ofrecer un espectáculo impresionante. Sin embargo, lo único (y no es poco) que se ha conservado son los relieves. Éstos, con una extensión lineal de más de 400 m., decoraban las dos escaleras de acceso a la Apadana en sus lados norte y este; ambos repetían los mismos motivos pero los del lado este son los que mejor se han conservado gracias a que durante el incendio de la Apadana, la mayoría de los restos cayeron sobre este lado, protegiendo paradójicamente, aquello que se pretendía destruir. A diferencia de los relieves de Egipto y Mesopotamia, esencialmente lineales, planos y con detalles incisos, los persas se caracterizan por tener un suave moldeado y formas redondeadas, buscando una mayor plasticidad que los anteriores. Sin embargo, no siempre fue así; el relieve persa más antiguo documentado, el de Ciro en Pasargada divinizado a la manera de un genio mesopotámico, nos muestra que en la primera época, el relieve era similar al oriental y egipcio, es decir, plano y lineal. No fue hasta el reinado de Darío que, gracias a la llegada de escultores jonios, el relieve evolucionó hacia este otro estilo de formas más suaves y refinadas. Los relieves que decoran ambas escaleras se organizan en tres partes principales:</p>
<p><strong>1.- panel central</strong>: este primer panel es de concepción religiosa: en la parte superior vemos un disco alado que representa a Ahura Mazda protegido por dos esfinges con cabezas humanas; debajo, separados por una pared alisada (que podía haber contenido una inscripción), hay dos grupos de 4 soldados persas (penacho horizontal, escudo y lanza) y medos (birrete redondo y lanza) en posiciones opuestas. En los extremos y perfectamente adaptados a la estructura triangular, se encuentra una escena mitológico-religiosa típica del No Ruz, en la cual un león ataca e intenta derribar a un toro; esta escena representa la lucha del año nuevo (león) contra el año viejo (toro); vemos como el león, símbolo de la fuerza del nuevo año, devora vigorosamente al toro, que apenas puede defenderse; también puede interpretarse astrológicamente: durante el No Ruz (22 Marzo), el símbolo de Leo (símbolo del sol de verano) está en su punto más alto y el de Tauro (símbolo de la lluvia de invierno) apenas se observa en el horizonte, para acabar desapareciendo en los próximos días; todo ello está también relacionado con el ciclo agrícola: el final del invierno y el principio de la primavera marca el inicio de la actividad agrícola.</p>
<p><strong>2.- panel noreste</strong>: muestra la recepción de los persas y medos; el desfile se inicia con el cuerpo de elite del ejército persa, los 10.000 Inmortales, los cuales están representados al principio de las tres filas; no llevan cascos y están equipados con un carcaj y una lanza.</p>
<p><strong>o            fila superior</strong>: muestra a los ayudantes de cámara del rey llevando algunos de los objetos reales; cada portador está precedido por un oficial medo, en orden de importancia; el primero lleva el barsom (báculo sagrado), el segundo las mantas para los caballos y un tercero el escabel real; a continuación viene el jefe medo de los establos, liderando la procesión de los caballos reales, con un mozo al lado de cada uno; la fila acaba con el jefe elamita de los carros, detrás del cual aparece un carro de guerra o caza y uno ceremonial, cuyas ruedas tienen 12 radios en representación de los 12 meses del año.</p>
<p><strong>o            filas inferiores</strong>: muestra a los nobles persas y medos alternados; están relajados, felices, cuchicheándose cosas y cogidos de la mano.</p>
<p><strong>3.- panel sureste</strong>: muestra la recepción de las 23 satrapías del imperio que acuden a entregar los presentes al rey; los primeros son los medos, que dirigen la procesión hasta la parte central; cada procesión es introducida por un dignatario medo o persa y está separada de la siguiente por un árbol de la vida. A pesar de no estar inscrito el nombre de cada una, conocemos exactamente cuál es cuál gracias a la perfecta representación de los rasgos físicos de cada pueblo, así como de sus vestidos y ornamentos confirmados por las descripciones de los clásicos. El orden de sucesión de las satrapías podría haber sido establecido por razón de proximidad y simpatía, siendo los más alejados los etíopes y los más próximos los medos. Los objetos que llevan las delegaciones no se consideran tanto como los tributos normales que se pagarían anualmente, sino como presentes ofrecidos al rey con motivo de la celebración del Año Nuevo y son característicos de cada satrapía.</p>
<p>Don García no vio todos los relieves aquí descritos, pero sí los suficientes como para quedarse maravillado con su belleza y del refinamiento y delicadeza de los artesanos de la corte persa: “&#8230;labrada de medio relieue con muchas lauores en que ay esculpidos honbres y animales de diuersas formas, siendo el marmor tan bruñido y terso que muy distintamente se veia alli todo figurado como en una muy perfecta pintura&#8230; Subiase á este sigundo edifiçio por una hermosissima escalera, y auque ni era tan alta ni tan espaçiosa como las de la muralla grande, porque no tenia mas de viente y quatro pies de ancho, y tantos menos escalones quanto su muralla era menos alta, pero de mucho mayor primor y hermosura, teniendo muy al natural esculpido en los pretiles y paredes della un triunpho ó proçesion de honbres en diferentes hábitos y  trages, que lleuaban çiertas insignias y ofrendas&#8230;En otra parte se veen animales que pelean con otros, en que con gran perfecçion ay esculpido un feroçissimo leon que despedaça un toro, tan natural y con tanta feroçidad y braueza, que propiamente pareçia biuo”. Tenemos constancia que el embajador ordenó dibujar algunos de estos relieves, convirtiéndose en los primeros documentos gráficos de Persépolis; entre los seleccionados se encuentran dos delegados asirios llevando presentes (unos torques con cabeza de serpiente y unos recipientes), un delegado indio con una hacha en cada mano y un delegado persa.</p>
<p>En Persépolis se hallan algunos palacios como el de Darío, Jerjes I y Artajeres I, en los cuales los reyes se alojarían durante la celebración de las fiestas y en los que el rey ofrecía los banquetes durante la celebración del No Ruz. Así lo indican los relieves que decoran las escalinatas, en las que se pueden ver a algunos sirvientes persas y medos llevando animales, odres de bebida que se iban a consumir durante la fiesta, así como copas de haoma (bebida ritual alucinógena) y de perfume para llevar a cabo algún tipo de acto cultual.</p>
<p>El Palacio de Darío se eleva sobre un podio de 2 m., al que se accede por una doble escalinata en la cara sur; más tarde, dadas las pequeñas dimensiones iniciales del palacio, Jerjes lo amplió y Artajerjes III le añadió una nueva escalinata por el lado oeste. Presenta una planta rectangular, con una sala hipóstila central, de planta cuadrada y con suelo rojo, precedida por un pórtico con dos filas de columnas, influencia de los palacios de Pasargada; los otros tres lados son habitaciones. Las paredes eran de ladrillo, no así las puertas y las columnas, que eran de piedra. Después de subir por el lado oeste, se pasa por una puerta decorada con guardias reales que da a una pequeña habitación la cual conduce a la sala central, cuya puerta está decorada con el tema del rey matando a un toro monstruoso o una mezcla de toro alado, león, buitre y escorpión, enemigo mitológico del rey. La puerta del Baño Real, a la izquierda, está decorada con una figura del soberano vestido con una larga túnica y una gran tiara dentada, cuyos agujeros indican que debían ir incrustadas piedras preciosas y joyas; está seguido por dos sirvientes, uno llevando el parasol y otro el quitamoscas. Pasada esta puerta se accede al Baño Real, en una de cuyas jambas se encuentra la única figura sin barba de toda Persépolis (un joven sosteniendo una toalla y una botella de perfume, indicando con claridad la función de esta sala), en la que tampoco se representó ninguna mujer, detalle que no se le pasó por alto al embajador tal y como lo refiere la siguiente cita: “Fue cosa muy de notar que auiendo en toda esta fábrica y admirable structura tanto numero de imágenes y figuras viriles, no se hallase ninguna de muger”.</p>
<p>Hay otras dos salas al otro lado del palacio protegidas por el rey, que priva al animal monstruoso de entrar. Estas habitaciones fueron posiblemente utilizadas para celebrar una ceremonia anual con el fin de asegurar la fertilidad (tradición de los reyes mesopotámicos); astrológicamente, en el umbral de la puerta se representa la reaparición del toro sobre el horizonte, 40 días después del año nuevo; la escena muestra al rey con la daga extendida, clavándosela a un león alzado, permitiendo así al toro seguir y al año continuar. Sobre el Palacio de Darío Don García nos explica lo siguiente: “Subida la escalera se halla un patio çercado de todas quatro partes, de quatro lonjas con paredes dobladas, en que deuia auer auido labrados aposentos, todas de finissimo marmor, mas terso y pulido que todo lo que se auia visto antes, con tantas lauores que no se podia notar ni ver en pocos dias las muchas figuras que alli auia esculpidas&#8230;Auia á çiertos espaçios algunas ventanas, que desde el plano de afuera entrauan á las lonjas, y otras que de las lonjas salian al patio, altas del suelo poco mas de tres pies, otro tanto de ancho y casi seis de alto. Lo grueso destas ventanas y puertas estaua figurado de bellísimas sculturas de medio relieve, con tanta hermosura y variedad que ningua de quantas cosas antes se auian visto, ni sabido de las memoras de la antigüedad, admiro tanto&#8230;Demas de la hermosura destas piedras y calidad rrara dellas, no sujectas, á lo que se pudo juzgar, á disminuçion ni alteraçion alguna, pareçia notable maravilla y milagro de la nautraleza que guardasen la mesma tersura, suma limpieza y resplandor que quando se acabaron de obrar, no pudiendose hazer discurso aparente de su antigüedad, sino del tenpo de alguna de las monarchias de los assirios, medos ó babilonios”. A continuación el embajador describe algunas de las escenas que vé y manda además pintarlas, como la de Darío entronizado con su hijo Jerjes de pie a su espalda o la del rey Darío acompañado del porteador del quitasol y del espantamoscas.</p>
<p>Sin embargo, dentro de esta descripción del Palacio de Darío se encuentra uno de los hitos de la Asiriología que una vez más debemos agradecer a nuestro embajador: el descubrimiento de la escritura cuneiforme. En efecto, la identificación de las cuñas que Don García pudo ver y copiar en Persépolis fueron los primeros signos de este tipo de escritura que nadie que pudiera intuir qué significaban había visto en más de dos mil años. Don García fue claro en su descripción: “&#8230;y en algunas partes inscripçiones de letras del todo incognitas, siendo mayor su antiguedad que las hebraicas, caldeas y arabigas, no teniendo semejança alguna con ellas, y mucho menos con las griegas y latinas&#8230;cuyas letras estauan cauadas muy hondas en la piedra, compuestas todas de piramides pequeñas puestas de diferentes formas de manera que distintamente se diferençiaua el un character del otro sigun y como aquí abajo van figuradas”. Esta es la primera definición de la escritura cuneiforme, “letras compuestas de pirámides pequeñas puestas de diferentes formas”. Mucho antes de que Jules Oppert o Henry Rawlinson se iniciaran en el desciframiento del cuneiforme, Don García ya había identificado como elementos de escritura aquellos extraños signos que años y siglos después muchos creían que no eran más que las huellas de las aves dejadas sobre el barro aún fresco. Al igual que con los relieves, Don García también mandó sacar copias de aquellas inscripciones, en concreto “un renglón de una inscripçion grande que estua grauada en el triunpho de la escalera”; esta inscripción podría ser la que se encuentra en la escalera del Palacio de Darío, obra de Artajerjes. Estas serían las primeras copias que se harían y, de no haberse perdido (al igual que el resto de la colección de grabados y objetos que se trajo de su expedición), hubieran constituido una de las piedras de toque para el desciframiento del cuneiforme, tal y como sucedió con las que se trajo Pietro della Valle.</p>
<p>El Palacio de Jerjes I tiene también un podio y una escalinata de acceso. Es de dimensiones mayores a las del palacio de Darío, seguramente porque, a pesar de las ampliaciones que hizo Jerjes en el de su padre, éste todavía se le debió quedar pequeño para celebrar los banquetes. La planta es la misma sólo que más grande (la sala hipóstila de Darío tiene 12 columnas y el pórtico 8, mientras que la de Jerjes tiene 36 y el pórtico 12) y con el pórtico en el lado norte; las escenas de los relieves también son las mismas. Por lo que se refiere al Palacio de Artajerjes III, se encuentra en la esquina suroeste de la Apadana y está inacabado.</p>
<p>Justo en el centro de Persépolis se alza el Trypilon, un edificio cuya particular tipología ha provocado que le atribuyan diferentes funciones: Sala de Audiencias de Jerjes (aparte de la Apadana, para recibir a nobles, generales,&#8230;), Palacio Central (por su posición en la terraza) o aposentos privados del rey; también se ha interpretado como un enorme portal por el que se accedía a la Apadana, a los Palacios, a la Tesorería y a la Sala del Trono (o de las 100 columnas). Las escaleras de acceso del lado norte muestran a guardias medos y persas que protegen a los nobles que se dirigen al banquete, cogidos de la mano y oliendo flores, dirigidos por dos dignatarios persas. En la jamba de la puerta del este se encuentra un relieve en el que se muestra a Darío en su trono, sostenido por representantes de las 28 naciones sometidas, y con su hijo Jerjes detrás, todo dentro de un púlpito, ambos sosteniendo palmetas en sus manos y a Ahura Mazda encima, dominando la escena. Este relieve muestra la estratigrafía del mundo persa: primero el Imperio, simbolizado por las naciones sometidas; por encima de él, el Gran Rey, creador de este imperio y por encima de todo el Gran Dios, Ahura Mazda, máximo responsable de todo. Don García no detalla ninguno de estos edificios, aunque no es de extrañar, ya que si bien seguro que pasó por ellos, el estado en el que se encontraban seguramente no le permitió hacer ninguna referencia demasiado concreta.</p>
<p>En cambio, sí que parece que visitó la Sala de las 100 Columnas o Sala del Trono, de lo que se deduce de las siguientes palabras: “En el plano de las colunas y de la siguiente muralla, como çien pasos della hazia el monte, auia otro edifiçio de la mesma pedra, lauor y forma del que agora se acaba de descriuir, pero mucho mayor, siendo en quadro perfecto de çien pasos cada lado, aunque sin muralla, con las propias puertas y ventanas de la fábrica rreferida”. La Sala de las 100 Columnas fue iniciada por Jerjes I y acabada por Artajerejes I. Esta es la sala más grande de todo Persépolis: mide 68 m de lado, es decir, sólo 8 más que la Apadana, pero mientras aquella contiene 36 columnas, ésta cuenta con 100, debido no tanto a los 8 m. de más como a la reducción del espacio entre las columnas. De este edificio, sin embargo, sólo se conservan las basas de las columnas, ya que éstas, al ser de madera, ardieron durante el incendio. Aquí es donde tenía lugar la recepción oficial de los pueblos sometidos y la entrega de sus regalos; las delegaciones esperaban en la explanada de delante; entraban por el norte, franqueando un único pórtico columnado de dos filas de 8 columnas (lo cual la diferencia de las Apadanas que tienen tres) y protegido con dos toros monumentales. Las puertas muestran filas y filas de soldados que simbolizan el poder del rey, el cual se encuentra entronizado con su hijo Jerjes detrás; delante de ellos, dos altares de fuego y detrás, el jefe del tesoro, un medo, que se pone el dedo en la boca en señal de saludo. La puerta sur, que conduce a la Tesorería, estaba decorada con escenas del rey sentado en su trono soportado por las naciones sometidas. La Tesorería ocupa la zona sureste de la terraza, con una extensión de 10.000 m2. Era, tal y como su nombre indica, el lugar donde se guardaban los obsequios de las naciones tributarias; fueron tantas las riquezas acumuladas aquí por los reyes aqueménidas que el historiador griego Plutarco nos cuenta que Alejandro necesitó 10.000 mulas y 5.000 camellos para transportarlas hasta Ecbatana. En el momento de la visita de Don García, estaba, con toda seguridad, cubierta de escombros; de ahí su silencio sobre ella, igual que del resto de los edificios de Persépolis: el Palacio Central, el Museo, los aposentos de la Reina, los Barracones de los soldados, el Archivo,&#8230;</p>
<p>El día se acababa y Don García ya estaba cansado; eso fue lo que le impidió ver los dos últimos monumentos de Persépolis aún visibles: las tumbas rupestres esculpidas en la roca de la montaña de Kuh-i Rahmat. Estas tumbas, al igual que las de Naqsh-é Rustam (excepto la de Darío), carecen de inscripciones; a pesar de ello, se han atribuido a Artajerjes II (en medio), III (la del norte) y Darío III (la del sur, inacabada), es decir, los tres últimos monarcas aqueménidas. El motivo de esta atribución es que al final del imperio, la situación no estaba como para repetir las obras de sus antecesores, y se tuvieron que conformar con copias más modestas. El embajador, a pesar de no visitarlas, escribe lo que otros que lo acompañaban sí que vieron: ”En la cuesta ó ladera del monte que cerrauan los dos braços del muro pareçia cierta fabrica leuantada de lo llano quatro ó cinco braças&#8230;Despues de auerse subido arriba, auia una pared de treinta pies de alto y otro tanto de ancho, incorporada con el monte, dela piedra marmorea negra de la demas fábrica en que auia muchas figuras sculpidas de marmor blanco, aunque de mas bajo relieve que las demas. Los que las notaron y vieron de çerca no dieron razon distinta del trage que tenian, ni de lo que propiamente significauan, mas que auia en lo mas alto de toda la sculptura un personage muy autorizado, como de rey, en un trono ó silla, con otras muchas figuras en pie y mas baxas, en medio de las quales auia una ara con fuego ençendido en forma de querer hazer alli algun sacrifico”. Esta decoración se repite en todas las demás tumbas, y en realidad es la misma representación del universo aqueménida: las satrapías serían las “personas baxas” que soportan el trono sobre la que está “un personage muy autorizado”, el cual mediante “un ara con fuego ençendido” realiza oraciones al dios Ahura Mazda, aquí no descrito. Pero lo más interesante de la narración de Don García es la descripción del interior de la tumba, la cual le permitió reconocer en esta construcción un sepulcro de los reyes aqueménidas: “En el espaçio que auia entre la escalera y la pared, que seria como una gran mesa ó descanso de la escalera, auia cauada en la peña una caxa quadrilunga, de siete hasta ocho pies de largo y tres de ancho, que pareçia auer seruido de sepultura”.</p>
<p>Tras esta larga y minuciosa visita y descripción de las ruinas de Chilminara, a Don García ya no le cabía duda alguna que aquellas espléndidas construcciones no podían ser otras que Persépolis, y así lo manifestó en varias ocasiones: “Mirando bien el sitio de Margascan con su hermosa y ferlissima campaña y con la vezindad del antiguo rio Araxes, nadie podria dudar auber sido en él la grande y famosa Persepolis: pero con estas insignies y soberuias memorias de tan antigua magestad, todos aquellos que las uvieran visto lo pueden afirmar siguramente&#8230;Pero como en la inmensa y mal comprehendida grandeza del tiempo puede auber encubiertos misterios grandissimos y del todo incognitos á los honbres, ansi podriamos presumir que estas memorias casi eternas de Chilminara con su ciudad de Persepolis, aunque menos conoçida y mas escondida y retirada hazia el Oriente, seana de mayor antigüedad que las demas de que se a tenido noticia en el mundo&#8230;Mas considerado bien estar el edifiçio repartido en diferentes cuerpos en espacio tan dilatado, y rodeado de tan gruesa y fuerte muralla, muestra en sí forma y aparençia veradadera de auer sido la Real casa y foraleza de Persepolis de que tanta memoria hallamos en los autores antiguos de primera classe”. Otra de las referencias que le permite identificar los restos con la capital Persa proviene de la visita a la cercana la necrópolis aqueménida de Naqsh-é Rustam: “Tambien escribe Diodoro otra cosa que mas se confirma auber sido aquí la fortaleza de Persepolis, y es que despues de auerla descripto dize que al Oriente della, como quatrozientos pies de distancia, ay un monte que se llama Monterreal, en el qual auia una peña en la mitad de cuya altura estauan los sepulcros de algunos reyes&#8230;siendo esto tan conforme á lo que agora se vee en la fabrica del monte, y con tan evidentes y çiertas señales del sitio y de la distançia del palaçio y fortaleza”.</p>
<p>La impresión que la visita de Persépolis le produjo a Don García fue muy fuerte; consciente de la importancia de los restos históricos que acababa de ver, lo menos que pudo es que no sólo deberían incluirse en la famosa lista de las Siete Maravillas del Mundo Antiguo, sino que deberían ser la primera de todas: “En antigüedad, sumptuosidad y grandeza de edifiçio, en elegancia y lindeza de hermosa architectura, quando no se mirase á la perfecçion y eternidad de la materia de la que está fabricado, no solamente se puede igualar y poner entre aquellas siete maravillas y milagros de que nos dexaron tanta memoria los antiguos, pero meritoriamente y con gran rrazon anteponerse á todas ellas como unico y rraro, y que no rreçibe conparaçion con ninguno otro de quantos la antigüedad nos ha dexado, sigun los rastros y memorias que dellos hay en el mundo”.</p>
<p>Finalmente, nuestro embajador abandona las ruinas y parte hacia Margascan, “hallando en el camino gran numero de cigueñas que tambien se rrecogian á los nidos que tenian ocupado lo mas alto de todas aquellas grandes columnas”.</p>
<p>A partir de aquel momento, otros muchos viajeros y estudiosos visitaron también la ciudad dejando sus impresiones y copiando sus inscripciones y relieves, pero no fue hasta 1928 que Persépolis empezaría a ser estudiada y excavada sistemáticamente por parte del arqueólogo americano Ernest Herfeld, del Oriental Institute de Chicago. Herfeld y su equipo fueron los primeros en desescombrar los restos de los palacios, de las salas y demás edificios, todavía cubiertos por las cenizas del incendio de Alejandro, descubriendo bajo ellas no sólo sus verdaderos límites, sino también sus auténticas funciones y significado además de traducir y estudiar todas las inscripciones y materiales que no dejaban de aparecer durante los trabajos de excavación. Años de estudios e investigaciones han hecho posible que hoy se tenga una idea muy exacta de lo que había sido y significado esta antigua capital.</p>
<p>Así fue como Persépolis volvió a la vida de la mano de un español del siglo XVII que, en misión diplomática pero atraído por la lectura de los clásicos, no desperdició la oportunidad de ver y describir una de las más importantes ciudades del mundo antiguo, Chilminara, la antigua Persépolis, capital de los Reyes de Reyes.</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Alonso, C.: D. García de Silva y Figueroa. Embajador de Persia. Diputación de Badajoz. Badajoz 1993.</p>
<p>Benjamín de Tudela: Libro de viajes de Benjamín de Tudela. Edición de J.R. Magdalena Nom de Deu. Riopiedras Ediciones, Barcelona 1989.</p>
<p>Córdoba Zoilo, J.M.: “La percepción del Irán antiguo y contemporáneo en la obra de los viajeros españoles de los siglos XVII y XIX”. En Córdoba Zoilo, J.M., Jiménez Zamudio, R., Sevilla Cueva, C. (eds.).- El Redescubimiento de Oriente Próximo y Egipto. Viajes, hallazgos e investigaciones. UAM, Madrid 2001, pág. 1- 10.</p>
<p>Córdoba Zoilo, J.M.: “Algunas notas sobre Don García de Silva y el descubrimiento del Oriente a comienzos del siglo XVII”. En J. Mangas y J. Alvar (eds.).- Homenaje a José María Blázquez. Ediciones Clásicas, Madrid 1994, vol I, 353-361.</p>
<p>Escribano Martín, F.: “Embajadas y viajeros hispanos del siglo XVII al Oriente Próximo” Isimu 2 (1999), 95-115.</p>
<p>Escribano, Martín, F.: “Los estudios sobre Oriente en la España de finales del siglo XIX: la vida y obra de Francisco García Ayuso”. En Córdoba Zoilo, J.M., Jiménez Zamudio, R., Sevilla Cueva, C. (eds.).- El Redescubimiento de Oriente Próximo y Egipto. Viajes, hallazgos e investigaciones. UAM, Madrid 2001, pág. 107-116. García Recio, J.: Ramiro Fernández Valbuena: El despertar de la Asiriología. En Córdoba Zoilo, J.M., Jiménez Zamudio, R., Sevilla Cueva, C. (eds.).- El Redescubimiento de Oriente Próximo y Egipto. Viajes, hallazgos e investigaciones. UAM, Madrid 2001, pág. 117-128.</p>
<p>Gil, L.: García de Silva y Figueroa. Epistolario Diplomático. El Broncense. Cáceres 1989.</p>
<p>Lecoq, P.: Les inscriptions de la Perse achéménide. Gallimard. Sarthe 1997.</p>
<p>Litvak, L: Viaje al interior de Persia. El itinerario de Rivadeneyra (1874-1875). Ediciones del Serbal. Barcelona 1987.</p>
<p>Parrot, A. : Mundos Sepultados Garriga. Barcelona, 1962.</p>
<p>Pérez Bustamante, C.: La España de Felipe III (Historia de España, de Ramón Menéndez Pidal, vol. XXIV). Espasa-Calpe, Madrid 1979.</p>
<p>Rivadeneyra, A.: Viaje al interior de Persia, Aribau y Cía. Madrid 1880, 3 vols.</p>
<p>Silva y Figueroa, G.: Comentarios de D. García de Silva y Figueroa de la embajada que de parte del rey de España Don Felipe III hizo al rey Xa abas de Persia. Sociedad de Bibliófilos Españoles, 2 vols. Madrid 1903.</p>
<p>Valle, Pietro della: Viaggi di Pietro della Valle il Pellegrino, descriti da lui medesimo in lettere familiari all’erudito suo amico Mario Schipano. La Persia. In Roma, a spese de Biagio Deuersin, MDCLVIII. All’Insegna della Regina. Con Licenza de’superiori et privilegio. Dos volúmenes.</p>
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		<title>Antonio de Montserrat: En la última frontera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/antoni-de-montserrat-en-la-ultima-frontera/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:23:00 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 43]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 43India Para saber más: En el interior de estas sierras moran unos gentíos que se llaman Botthant. Nunca se lavan las manos y dan como razón [&#8230;]</p>
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<p><br><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 43<br>India<br><br><strong>Para saber más:<br></strong></p>



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<p><br><em>En el interior de estas sierras moran unos gentíos que se llaman Botthant. Nunca se lavan las manos y dan como razón que no se debe ensuciar una cosa tan clara y hermosa como el agua. Son hombres blancos y gruesos, no muy altos de cuerpo, pelean a pié y no tienen rey entre sí. Viven de hacer fieltro y vienen a venderlo a una ciudad de este lado que se llama Negarcot: y bajan en junio, julio, agosto y septiembre; fuera de estos meses no pueden venir a causa de las nieves…”</em></p>



<p>Esta es la primera descripción que Occidente tiene del país de Botthant, el mítico Tíbet. Su autor es Antoni de Montse­rrat, un jesuita catalán que ostentó el temprano privilegio de recorrer el basto territorio indio a lomos de elefante como integrante de la campaña militar del rey mogol Akbar. De sus observaciones y su pluma nacería un exhaustivo relato sobre la geografía, la cultura y la organización social de los territorios visitados. Y algo más. Elaborado con precariedad de medios y exhaustividad de detalles, Montserrat ha legado a la posteridad el primer mapa conocido de la zona.</p>



<p>Pero vayamos por partes. ¿Quién fue este hombre híbrido de misionero y explora­dor y cómo llegó hasta los confines del mundo descrito por Marco Polo? Antoni de Montserrat nació en el año 1536 en Vic, cuando ya no quedaba mucho mundo por descubrir, en el seno de una familia de la nobleza catalana. Estudiante en Barcelo­na, tomó contacto con la Compañía de Jesús, y en especial, según se cree, con San Ignacio de Loyola, lo que repercutiría notablemente en su vocación misionera. Montserrat se unió a la Compañía, se ordenó sacerdote en Portugal a la edad de veinticinco años y durante el ejercicio de su sacerdocio en Lisboa, manifestó de forma inequívoca su interés por viajar a las misiones de ultramar, en especial a las del continente asiático, con las que mantenía un contacto epistolar.</p>



<p>Su primera oportunidad llega en el año 1574, cuando en compañía de otros 39 jesuitas portugueses, italianos, catalanes y castellanos es enviado a la India, a la entonces colonia portuguesa de Goa. Tiene treinta y dos años, lleva dieciocho en la Compañía y doce como sacerdote. En el documento <em>“Catalogo dos Padres e Irmaos de Companhia de Jesus que forao mandados hà India Oriental, Anno 1574”, </em>figura un breve currículo que de alguna manera será a partir de ese momento el que dirija sus pasos <em>“Especialista en lógica y casos de conciencia, y especial talento para el prójimo”.</em></p>



<p>No cabe duda de que ese “especial talento” es lo que valoran los responsables de la orden cuando, cinco años más tarde, la Compañía de Jesús recibe una inusual propuesta del Gran Mogol Akbar, solicitando la presencia de sacerdotes cristianos en su corte de Fatehpur Sîkri. Akbar actuaba movido por el impulso de conocer todas las religiones del mundo, pero los jesuitas dedujeron –erró­neamente-, que el rey mogol quería convertirse al cristianismo, y rápidamente fletaron una expedición encargada de instruir al monarca en los evangelios. Los elegidos serían Rodolfo Acquaviva, Francisco Henríquez y Antoni de Montse­rrat. Su viaje a la corte les llevaría por tierras entonces tan desconocidas como el Himalaya indio o la cordillera del Hindu Kush. En el camino, Montserrat va tomando nota de todo lo que les acontece, incluidas curiosas descripciones como la del <em>regulus, </em>un peligroso reptil que habitaba en la jungla, del que el jesuita afirma que<em>“mata con la mirada de sus ojos”.</em></p>



<p><strong>LA GRAN MISIÓN</strong></p>



<p>Acquaviva y Henríquez llegan a Fatehpur Sîkri el 27 de febrero de 1580. Montserrat, enfermo, tardaría una semana más en arribar al fastuoso Palacio Rojo. Los jesuítas ofrecieron al Gran Mogol como regalo el octavo volumen de la Biblia Políglota editada en Anvers entre 1568 y 1573, cuyas ilustraciones cautivaron al monarca y fueron reci­bidos por él con grandes muestras de afecto. Permanecerían un año en la ciudad y durante ese tiempo, apro­vecharían para estudiar el persa, la lengua culta de la corte, y enzarzarse en interminables debates religiosos con sus oponentes islámicos e hin­duistas, que desembocarían en una estrecha amistad entre los jesuitas, el rey Akbar, y su hombre de confianza, Abu-l-Fazl.</p>



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<p>El aprecio del Gran Mogol hacia Montserrat se hace patente cuando este nom­bra al sacerdote tutor de su hijo Murad, y se confirma cuando pide al jesuita catalán que le acompañe en su expedición militar afgana, que interrumpe los plácidos debates de la Corte. Akbar se embarca en un largo viaje para sofocar el levantamiento de su hermanastro, Mîrza, quien se ha rebelado contra su autoridad en la zona de Bengala, apoyado por algunos cabecillas afganos. Antoni de Montserrat, espontáneo cronista de la expedición, aprovecha la ocasión para recogerla con todo lujo de detalles en su cuaderno de notas, lo que supondrá en el futuro una visión alternativa a las fuentes oficiales de la época, y, sobre todo, una experiencia de primera mano en situaciones jamás antes observadas por los viajeros occidentales: <em>“El rey mantiene a un gran número de elefantes en su campamento, utilizándolos para el transporte y la batalla. (…) son entrenados para luchar (…). Tres meses al año los machos se ponen tan violentos que llegan a matar a sus domadores(…) Una vez que se calman, se les hace enfurecer aña­diendo carne de tigre a su comida.”</em></p>
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<p class="mw-mmv-title-para">El jesuita Montserrat siguió a lomos de su elefante al rey Akbar y su campaña militar durante cientos de kilómetros, cruzando los cinco ríos de la región del Punjab y atravesando el Indo, hacia el Asia Central más agreste, Afganistán. La expedición militar se prolongaría durante todo el año 1581, avanzando por el noroeste hacia los territorios de Paquistán, y recorriendo Delhi, el Punjab o las regiones de la falda sur del Himalaya, y entrando en contacto con las poblaciones del Tíbet o de Cachemira. Sus comentarios sobre los tibetanos serán los prime­ros que hallamos en Occidente desde los tiempos de Marco Polo en el siglo XIII y la majestuosa cordillera llamaría tanto la atención del jesuita, que éste dedicó importantes esfuerzos a detallar sus montañas y a descifrar los nombres de las mismas. Montserrat no utilizó fuentes anteriores, sino su propia capacidad de observación, proba­blemente a lo largo de sus diferentes recorridos, para elaborar el que sería considerado el primer mapa de que se tiene constancia de aquella parte del mundo.</p>



<p>En Jalalabad, el jesuíta abandonaría a las tropas de Akbar, que seguirían su marcha hasta la conquista de Kabul y, consciente ya de que el monarca mogol no tiene ninguna intención real de abrazar el cris­tianismo, decide regresar a Goa, a donde llegaría en septiembre del año 1582. Es en la bella ciudad india, donde Montserrat decide recopilar las notas tomadas durante su estancia junto al rey Akbar. Nacerá así un pequeño relato de viajes, “<em>Relaçam do Equebar, rei dos mogores”, </em>que enviaría al General de la Compañía en forma de carta.</p>



<p><strong>UNA REDACCIÓN AJETREADA</strong></p>



<p>Entre los años 1582 y 1588, Montserrat emprende un trabajo más ambicioso: la recopilación de las notas de sus viajes por India, Paquistán y Afganis­tán, en una obra más extensa y detallada redactada en latín, <em>“Mongolicae Legationis Commentarius”. </em>Sin embargo, la redacción de la misma se ve inte­rrumpida por el requerimiento del rey Felipe II con la encomienda de viajar a Etiopía para dar consuelo a dos ancianos sacerdotes católicos. El viaje en sí parece una excusa para establecer contacto con el emperador abisinio y sondear la posibilidad de acercar el cristianismo copto a la Iglesia de Roma. Le acompaña un joven jesuita madrileño, con ganas y sin experiencia, que define admirativamente a Montserrat como <em>“muy inteligente para estas cosas y con singular gracia para tratar con estos reyes”. </em>Es Pedro Páez. Su nombre, entonces desconocido, quedará con posterioridad asociado para siempre al descubrimiento de las fuentes del Nilo.</p>



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<p>Los jesuitas, caracterizados como comerciantes armenios, deciden navegar hasta el estrecho de Ormuz para continuar por tierra a través de Irak, Siria y Egipto, con objeto de evitar a los piratas del Índico. Sin embargo sus planes se ven trun­cados, debiendo bordear las costas del actual Omán por la ruta del incienso. Al desembarcar en el puerto de Dhofar, el capitán árabe de la embarcación en la que viajaban les denunció ante el comandante del puerto, quien decidió hacer­les prisioneros y entregarles al sultán de Hadhramaut, residente en una aislada región en el interior de Yemen. Hasta allí, a la ciudad de Haymin, llegan tras una penosa travesía, cautivos en una caravana de camellos. Pese al duro viaje, a Pedro Paéz parecen quedarle fuerzas para paladear una aromática infusión que el hermano del soberano les ofrece en su palacio. La llamaban “<em>cahua, </em>agua hervida con un fruto denominado <em>bun </em>y que se toma muy caliente, en vez de vino”, escribirá posteriormente. Se trataba de una bebida todavía desconocida en Europa, el café.</p>
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<p>Tras cuatro meses en la cárcel serán repentinamente liberados, recuperando todas sus pertenencias, incluidos los valiosos manuscritos en que trabajaba Montserrat, que habían amenazado con perderse para siempre. Sin embargo, tras su llegada a Sanaa, después de un agotador viaje de semanas a lomos de camello por desoladas tierras, jamás antes pisadas por ningún europeo, el gober­nador decide encarcelarlos y exigir un rescate de veinte mil ducados por su libertad. Comienza un largo cautiverio en el que sufrirán grandes calamidades, serán encadenados con grilletes y alimentados tan solo con pan seco. Es en esas precarias condiciones, en el mes de enero de 1591, cuando Antoni de Montse­rrat finaliza la primera versión de su manuscrito original.</p>



<p>En 1595 los jesuitas son de nuevo trasladados al puerto de Mokka (Yemen), pero no para ser liberados, sino para servir como remeros de dos naves turcas, enca­denados en galeras. No será hasta 1596 cuando un barco arribe desde la India con un rescate de 1.000 ducados para comprar la libertad de ambos sacerdotes. El gobernador acepta el pago y en el mes de agosto de 1596, ambos regresarán a Goa. Han pasado siete años desde su par­tida de esta ciudad.</p>



<p>Páez sanó de las penalidades del cautiverio y en el año 1603 pudo ver realizado su sueño de entrar en las tierras de Etiopía. Con el tiempo levantaría una iglesia en Górgora, a orillas del lago Tana, y sería enterrado en las ruinas de su capilla principal el veinti­cinco de mayo de 1622, junto al nacimiento de Nilo Azul. Su mentor, Antoni de Montserrat jamás se recuperaría; las fiebres acabaron con él en la isla de Salsete, en el mes de marzo del año 1600, el mismo año en que culmina la versión definitiva de su obra <em>“Mongolicae Legationis Commentarius” </em>y junto a ella, el diseño definitivo de su mapa del Himalaya, una auténtica joya cartográfica de 18&#215;11 cm. que abarca gran parte de la India y grandes extensiones de Afganistán y Pakistán. En ella aparecen más de doscientos topónimos, accidentes geográficos resaltados en distintas tonalidades, y coordenadas geográficas, reflejadas con sorprendente precisión, que tienen como referencia el ecuador, dibujando la línea del trópico de Cáncer con toda exactitud. Además de la cordillera del Himalaya, en la parte norte se distinguen otras cadenas montañosas cuya disposición parece coincidir con el Karakorum, el Hindu Kush, el Parir y el los montes Sulaimán. La exactitud del pequeño mapa es tal que mantendría su vigencia hasta hace relativamente poco, por lo detallado y acertado de sus descripciones.</p>



<p>En la crónica escrita, sus textos reflejan de manera fidedigna todos aquellos detalles trascendentes a ojos de un occidental: la geografía, la historia, la cultura y la religión de las diferentes comunidades que ha conocido, pero también una de las grandes obsesiones que movieron a los religiosos cristianos a adentrarse en las vastas extensiones asiáticas: la búsqueda de antiguas cristiandades perdi­das, el rastro de la expansión del cristianismo hacia Mesopotamia, Asia Menor y Extremo Oriente. Alentados por las crónicas de algunos viajeros medievales al describir comu­nidades ortodoxas, nestorianas, y naimanas, así como por la existencia de las iglesias copta, abi­sinia, armenia y maronita, Roma buscaba des­esperadamente pruebas de la existencia de un imperio a caballo entre la historia y la leyenda, un imperio dirigido por un rey-sacerdote pode­rosísimo, defensor de la fe cristiana ante el avan­ce musulmán, el reino del Preste Juan etiópico.</p>



<p>Será un año después de la muerte de Montse­rrat, en enero de 1601, cuando el jesuita Anto­nio de Andrade llegaría a Goa con el objetivo de emplazar una misión o buscar la herencia cristiana en aquel misterioso reino aislado lla­mado Bottan o Tebat, lo que hace pensar que la crónica de Montserrat fue tenida en cuenta por los responsables de la Orden. Produce vér­tigo pensar que el Gran Mogol Akbar no llegara siquiera a sospechar que el viaje del jesuita y sus escritos tuvieran un significado tan trascendental para Occidente. De alguna manera la invitación del empe­rador a los religiosos abriría la puerta al descubrimiento de uno de los últimos espacios a conquistar por los adalides de la fe cristiana, pero también por los viajeros de aquella incipiente Europa renacentista.<br><br><strong>UN MANUSCRITO OLVIDADO</strong></p>



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<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p>Y sin embargo, tras aquel primer impacto, la obra del Montserrat sufrió una vida tan azarosa como la de su propio autor. Baste decir que la mayoría de sus escritos permanecieron en el anonimato durante tres siglos. El manuscrito <em>“Mongolicae Legationis Commentarius” </em>no sería descubierto hasta el año 1906 por el reve­rendo W. K. Firminger en la biblioteca de Saint Paul de Calcuta. Era un peque­ño tesoro constituido por 140 hojas manuscritas y un diminuto mapa de la India. Hasta aquel momento, ni el mundo académico ni el eclesiástico tenía noticia de ellos. Tres años más tarde, el jesuita Van der Vergel recibiría el manuscrito y lo mostraría al padre belga H. Hosten, estudioso de las misiones católicas, quien, consciente de la importancia de la obra, descifró la caligrafía de Montserrat e hizo una trascripción que publicó en su versión original latina en el año 1914 en la revista editada en Calcuta <em>“Memoirs of the Asia Society of Bengal”, </em>para posteriormente traducirla al inglés y publicarla en diversos números de la revista <em>“Catholic Herald of India”</em>.</p>



<p>En la actualidad, en pleno siglo XXI, la obra del jesuita está alcanzando el lugar que le corresponde por derecho gracias a la edicion popular de sus obras, traducidas del latín al catalán y el castellano por el orientalista Josep Lluís Alay. Su creciente fama ha propiciado incluso una serie de reportajes en la televisión catalana y la creación de una beca para el estudio de la ciencia y la cultura asiáticas. Pero ¿qué sucedió con el manuscrito original en los tres siglos transcurridos desde la muerte de su autor hasta su primera aparición? Los sellos y las anotaciones permiten cono­cer que habría pasado por tres bibliote­cas británicas en la India, antes de llegar a la catedral anglicana de Calcuta. Pero estos registros se remontan al año 1800, por lo que seguimos sin saber lo que ocurrió desde 1600 hasta ese momento. Es probable que, oculto en los archivos de la Compañía de Jesús &#8211; disuelta en ese intervalo – vagara de cajón en cajón durante dos siglos, inmerso en su propio viaje.</p>



<p>Al menos, podemos agradecer que no se haya perdido para siempre, como es el caso de otros cuatro manuscritos redactados por Montserrat sobre las cos­tumbres y la geografía de la India y Asia Central. El misterio del paradero de la ingente obra del jesuita catalán perdura hasta nuestros días. Pero ¿quién sabe? Quizá alguien en alguna biblioteca o en el archivo olvidado de alguna iglesia en India, Inglaterra o Portugal, tope en algún momento con la apretada caligrafía del sacerdote y el destino nos permita recuperar el resto de sus relatos, para des­cubrir un pasado no tan lejano del sorprendente y cautivador continente asiático, y de las estribaciones de aquella India fabulosa y milenaria, que los occidentales contemplaban por vez primera con sus propios ojos.<br></p>
</div>
</div>



<p><br><br></p>



<p><br></p>
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		<title>Embajadas a Persia  La embajada de Don Juan de Persia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 11:49:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La vuelta al mundo]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el siglo XVI, una embajada persa viajó hasta España. Algunos de los viajeros decidieron quedarse en nuestro el país, se convirtieron  al catolicismo y adoptaron nombres cristianos.  Esta es [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3282" class="csc-default">
<h5>En el siglo XVI, una embajada persa viajó hasta España. Algunos de los viajeros decidieron quedarse en nuestro el país, se convirtieron  al catolicismo y adoptaron nombres cristianos.  Esta es la extraordinaria historia de Uruch Beq, conocido a partir de entonces como Don Juan de Persia.</h5>
</div>
<p>&nbsp;</p>
<div id="c3282" class="csc-default">
<h3><em>Por Yago Ruiz-Morales</em></h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-22-expediciones-cientificas/?preview_id=716&amp;preview_nonce=5e99e670ab&amp;post_format=standard&amp;_thumbnail_id=652&amp;preview=true">Boletín Nº22 &#8211; Expediciones científicas</a></p>
</div>
<div id="c3283" class="csc-default">
<p class="bodytext">La realidad, se dice, siempre supera la ficción. Si se contara en una novela que, para ir desde Isfahan hasta Valladolid una embajada persa tuvo que ir a través del océano Ártico, pensaríamos que el novelista estaba pasándose de fantasioso. Si a eso añadimos que el embajador fue recibido fastuosa-mente por Boris Gudunov y por Rodolfo II, que llegó a besar el pie del Papa y que varios miembros de la embajada se convirtieron al catolicismo y uno de ellos tomó el nombre de Don Juan de Persia –varios años antes del primer Don Juan, el del Burlador de Sevilla de Tirso de Molina- pensaríamos que la imaginación del autor era ciertamente excesiva. Sin embargo, esto es exactamente lo que ocurrió durante una embajada persa a España que tuvo lugar a finales del siglo XVI.</p>
<p><strong>EL CONTEXTO HISTÓRICO </strong></p>
<p>“<em>Leste gueste</em>”, dice Colón en su libro de bitácora –de Este a Oeste en portugués arcaico–. Pero muchos españoles han ido <em>güeste leste</em>. Ya a principios del siglo XIV Enrique III de Trastámara, Rey de Castilla y León, había enviado, no una, sino dos embajadas al Gran Tamerlán, el caudillo del segundo mayor imperio jamás conocido, y la segunda de estas embajadas había llegado nada menos que a Samarkanda en el actual Uzbekistán, en el corazón de Asia, el lugar de la tierra más alejado de todos los mares. De aquella visita queda una ciudad, Madrid, al norte de Samarkanda, y la Avenida de Ruy González de Clavijo que empieza en el Gur Emir, la tumba de Tamerlán. El objetivo de aquellas embajadas era pinzar en una tenaza al Turco que desde Anatolia amenazaba a la Europa cristiana. Gracias a Tamerlán, Europa se salvó entonces del Islam y permaneció cristiana, aunque Constantinopla cayó finalmente ante el Turco, medio siglo más tarde.</p>
<p class="bodytext">Exactamente la misma situación se produjo doscientos años más tarde, cuando el Emperador persa, Shah Abbas I el Grande, el de Isfahan, decidió, después de años de guerra contra el Turco, que era necesario aliarse con potencias de la retaguardia de éste para atenazarlo. “<em>El enemigo de mi enemigo es mi amigo</em>”, decía Richelieu, una constante histórica universal, que una vez más se cumplía con gran precisión, produciéndose de nuevo extrañísimas alianzas.</p>
<p>En 1599 reinaba en España Felipe III, desde que su padre Felipe II muriera un año antes. Su valido era Francisco Gómez de Sandoval, Marques de Denia, quien rápidamente se había hecho nombrar Duque de Lerma, como será conocido. Este valido había escalado posiciones en la corte rápidamente con los favores reales y, aunque venía de una familia arruinada, hizo fortuna gracias a sus influencias.</p>
<p>Ésta España de principios del siglo XVII, cuando no estaba en guerra en Europa o expulsando moriscos, estaba totalmente volcada al Atlántico y hacia América, por lo que en sí poco podía interesar a Shah Abbas, el poderoso caudillo de Asia Central. Sin embargo, recordemos que desde veinte años antes, 1580, y hasta 1640, los reyes de España eran también reyes de Portugal, con un dígito menos –nuestros Felipe II, III y IV fueron Felipe I, II y III de Portugal, durante el reino de sesenta años- un hecho que en España es casi ignorado mientras que en Portugal lo recuerdan bien, pues para ellos fue un periodo nefasto. Nuestros Felipes eran por tanto también reyes de un imperio portugués que se extendía fundamentalmente hacia Oriente, que mantenía el galeón de Goa que cumplía la misma misión que tenían para España los galeones de Manila y de Veracruz, es decir, un eje vital de comunicación marítima. Portugal dominaba en aquella época el estrecho de Ormuz, ese angosto canal entre el cuerno de la península Arábiga y Persia, que hasta hoy en día es uno de los puntos geoestratégicos más conflictivos del mundo pues pasa por allí casi todo el petróleo del Medio Oriente.</p>
<p class="bodytext">Esta era la situación en Europa y en España cuando, después de años de guerras turco-persas, finalmente Shah Abbas considera enviar una embajada a Europa para crearse aliados contra el Turco. Esta embajada estaba planeada que viajase en el galeón de Goa, pero justo entonces llega a Persia un aventurero, mercenario y corsario inglés, Sir Anthony Sherley, quien decía ser primo del Rey de Escocia, junto con su hermano Robert. Sir Anthony convenció a Shah Abbas de que le convenía a Persia aliarse con los cristianos, pero que la embajada debía ir por tierra. Sherley había llegado a Isfahan por Venecia y el Imperio Otomano, –Alepo, Bagdad– vestido de turco. Este camino de vuelta era imposible de tomar, y aconsejó que era mejor ir por Tartaria y Moscovia.</p>
<p>Y así comienza, el 9 de julio de 1599, la embajada de Hussein Ali Bey, acompañado de tres consejeros, uno de los cuales es Uruch Beq, que es el nombre original de nuestro héroe Don Juan de Persia. La Embajada sería acreditada ante el Rey de España y Portugal, el Sumo Pontífice, el Emperador de Alemania, el Rey de Francia, el Rey de Polonia, el Señor de Venecia, la Reina de Inglaterra y el Rey de Escocia. Sólo tres de estos ocho, incluido Felipe III, recibirían finalmente la visita de la Embajada.</p>
<p>La embajada parte desde Isfahan, viaja a Kashan, Qum, la ciudad sagrada, Saba, Qazvin, la antigua capital, Gilan, ya en el Azerbaijan persa en la costa del Mar Caspio. Entre tormentas y calmas atraviesan el Caspio, tardando dos meses hasta que suben por el Volga por Astrakan, Samara, Kazan, rumbo a Moscú. El relato de este viaje, “Las Relaciones de Don Juan de Persia”, describe en gran detalle los sitios por donde pasan, con comentarios de las costumbres: <em>los tártaros vivían alrededor del Volga, y pescaban esturiones, de veinte a cuarenta libras, que tenían cada uno seis a siete libras de caviar, </em><em>negro como un higo maduro, que guardaban de uno a dos años enjutos y secos sin corromperse, y de gran delicadeza. (…) Los tártaros son paganos, pero muy hospitalarios –matan un caballo y dan sus partes viriles aderezadas y adobadas a sus huéspedes–, como muestra de lo mucho que les estiman. (…) En Kazán hay baños públicos donde hombres y mujeres, aunque son cristianos, se bañan desnudos en promiscuidad, y tienen torpes conversaciones.</em></p>
<p class="bodytext">Los viajeros llegaron por fin a Moscú, después de habérseles hecho esperar un mes en Nijni Novgorod. A su entrada en el Kremlin, salió a verles infinidad de gente con sus mejores vestidos ya que se había declarado fiesta. Fueron a recibirles seis mil personas con doscientos carruajes, todos muy elegantes, con los caballos cubiertos de Durante dos semanas se pasearon por la ciudad, vieron el tesoro, de riqueza indescriptible, el ajuar de vestimentas, la armería y el zoológico. Había muchas y bien surtidas tiendas, muy variadas, y en la plaza principal había enormes cañones, tan grandes que dos hombres entraban por la boca a limpiarlos. En Pascua, después de cinco meses, en que hubo mucha lluvia y nieve, el Gran Duque les despidió con tres grandes abrigos de hilo de oro, copas de oro, y toda clase de presentes.</p>
<p>La intención de los viajeros era ir a Lorena, Sajonia y Alemania pero les aconsejaron que era mejor bajar por el río al Ártico en dos galeras. Por fin llegaron a Kholmagory, donde el Dunia desemboca a diez leguas. En el puerto de Arcángel, en el estuario, había barcos franceses, ingleses, y luteranos que comerciaban muy activamente. A veces se concentraban hasta cuatrocientos barcos en el puerto, y la aduana proporciona buenos ingresos al Gran Duque. Sir Anthony les comunicó que el barco flamenco en que iban a embarcar era muy viejo y que podía naufragar, y que los regalos para los reyes se los debían depositar a un inglés amigo suyo que los entregaría en Roma, cosa que hicieron. Después de veinte días en Arcángel salieron en el barco flamenco bien armado con veinte cañones. Embarcaron y durante cuarenta días no vieron la noche. El viaje estuvo lleno de anécdotas: se encontraron numerosos barcos corsarios ingleses: dos de ellos estuvieron a punto de atracarles pero los ingleses de Sherley gritaron que eran ingleses y se alejaron. Les avisaron que tuvieran cuidado con otros doce barcos cristianos, que eran corsarios. En una gran tempestad que duró cinco días, todos los cabos se rompieron, arriaron las velas, y bombearon. Un barco vecino se hundió, y pudieron rescatar algunas mercaderías y ropas pero no a los hombres. Vieron manadas de hasta treinta ballenas, caballos marinos, y morsas y les dispararon cañonazos para ahuyentarlos.</p>
<p class="bodytext">Después de dos meses rodeando la costa noruega la embajada persa llegó a Embden, en el estuario del Elba. Continuaron por muchas ciudades alemanas, que describen con gran detalle, así como los palacios y festejos con que les recibían. Llegando a Praga, donde reinaba el Emperador Rodolfo II, les recibieron diez mil personajes, embajadores y príncipes y les llevaron a sus aposentos. Descansaron durante una semana en el Palacio Hradcany, el más suntuoso de Praga, donde les recibieron cuatro regimientos vestidos y armados todos diferentes. Les recibió Rodolfo II en el salón del trono, de pie. El Emperador preguntó uno a uno a los visitantes sobre su condición, si estaban cansados, <em>con gran condescendencia y la incomparable nobleza de la Casa de Austria y sus perfectísimas dotes</em>. Se pasearon los embajadores por Praga, con el Moldava helado en noviembre. Se maravillaron del puente Carlos, y visitaron la armería, el tesoro con las joyas, el guardarropa, las caballerizas, y el zoológico, con jaulas con enormes tigres y leones.</p>
<p>La estancia en Praga duró tres meses y en la primavera de 1601 partieron de nuevo, cargados de regalos.</p>
<p>Siguieron camino visitando un bellísimo Innsbruck, Nuremberg, Augsburgo y Munich. En todos estos si tios fueron recibidos en el palacio del noble del lugar, y les dieron festejos y regalos. Desde Mantua bajaron en una galera río abajo hasta Otranto y Verona, una de las ciudades más bellas de Europa. Estuvieron tres días esperando a que regresara el caballero que habían mandado a anunciarse a Venecia. Y finalmente Dogo les comunicó que, como estaba un embajador de Turquía negociando importantes asuntos de Estado con ellos, no verían conveniente para la Cristiandad que recibieran al Embajador persa, ya que ambos países eran tradicionales enemigos y pudiera ser mal interpretado, pero que les enviaría lo que hubieren menester. El Embajador, enojado y afrentado, dijo que le importaba poco el Embajador turco y que no comentaría sobre la insolencia del Dogo, y siguieron a Ferrara.</p>
<p class="bodytext">En Florencia estuvieron dos semanas en el Palacio de Frenco I de Medici, y después fueron a Pisa y Livorno, una nueva ciudad que había sido construida por cinco mil esclavos y que era <em>cosa monstruosa</em>. En Siena, esperaron permiso del Papa. A los tres días, llegó un Cardenal con el salvoconducto. Discutieron entonces el Embajador y Sherley pues los treinta y dos cofres de regalo se habían perdido, y luego se supo que los mercaderes ingleses habían revendido los brocantes en Moscovia. Al llegar a Roma, les recibieron mil carruajes, cuatro mil gentilhombres a caballo e infinita gente a pie. Cien cañones dispararon desde el Castel Sant&#8217;Angelo y una volea por los arcabuceros del Papa. Estuvieron tres días de descanso en un palacio antes a ver al Papa en su trono, donde todos los cardenales les recibieron, y el Embajador se excusó de no tener regalos. El Embajador besó el pie del Papa, recibió su bendición, y se sentó a sus pies en un cojín, mientras que el Papa les saludó diciendo “Dios os haga cristianos”. Esta asombrosa escena es, sin duda, única en la historia.</p>
<p>Durante dos meses permanecieron en Roma viendo palacios, jardines e iglesias. Para cuando decidieron partir, los ingleses habían desaparecido. También se quedaron allí tres persas (un cocinero, un barbero, y un guarda) quienes se habían convertido.</p>
<p>El viaje prosiguió por Génova, donde fueron instalados con gran magnificencia, Savona y Aviñón –otros dos días con el vicelegado de Su Santidad–, Nîmes, Montpellier, Narbona, y Perpiñán. De ahí siguieron custodiados con treinta soldados, pues había bandoleros en el Pirineo, y llegaron salvos a Barcelona. A media legua de esta ciudad, el Virrey, el Duque de Feria, les mandó recibir con toda la nobleza catalana. “<em>La ciudad es espaciosa, con espléndidos edificios y calles amplias y limpias que eran un deleite a los ojos”, </em>dice el relato. Continúan rumbo a Zaragoza, donde el Virrey el Duque de Alburquerque les manda recibir con seis carruajes y toda la nobleza de Aragón. Permanecieron tres días viendo el Pilar, que con Montserrat, <em>les dieron gran alegría, aunque todavía eran infieles</em>.</p>
<p class="bodytext">Llegaron por fin a Valladolid, donde fueron entonces cinco carruajes a buscarles y les recibieron nobles y caballeros. Durante cuatro días sin parar, todos los Embajadores extranjeros acreditados en la Corte les fueron a visitar, así como el Duque de Lerma. Por fin fueron a Palacio, donde les recibió el Rey rodeado de palafreneros y alabarderos. El Embajador tomó sus cartas credenciales, las besó, y las entregó al Rey. El intérprete las tradujo, el Rey agradeció su presentación, prometió que las contestaría, y le pidió al Embajador que se retirara a descansar.</p>
<p>Permanecieron en Valladolid durante dos meses con fiestas, visitas a monumentos y corridas de toros. Decían que estos espectáculos eran los mejores de todos los países que habían visto”, <em>pues esta república española aún en cosas de burla, tenía una gravedad y concierto que le faltaba en otros estados. </em>El sobrino del Embajador, un secretario, Ali Qwili Beg, quiso entonces asistir a los ritos de la Iglesia Cristiana, se puso en manos de los jesuitas y fue convertido. Tomó el nombre de Don Felipe de Persia.</p>
<p>Este es el momento en el que se plantea ya la vuelta a Persia, vía Lisboa y el galeón de Goa. Al despedir al Embajador, el Rey les ofrece regalos y dineros para ir a Lisboa y volver a Hormuz. Pero antes de partir, fueron a Segovia, donde hubo una gran recepción que les fue ofrecida por el Corregidor, donde doscientos años antes Enrique III había recibido a Muhammed El-Kesh, el embajador de Tamerlán, el primer embajador de Asia a Occidente, en una ceremonia idéntica. Les fueron enseñadas las cuatro cosas famosas de la ciudad, la Fuencisla, el Alcázar, el Acueducto y la Ceca, aunque no menciona la Catedral.</p>
<p>Siguieron a Balsaín, “<em>un Paraíso en la tierra”</em>. Pasaron por El Escorial, “<em>la octava maravilla del mundo, pero que las siete del mundo antiguo no se le acercan”</em>. A cinco leguas del Escorial y dos de Madrid, contemplan el Palacio de Carlos V, el Pardo, que tiene mucha caza, la Casa de Campo, y por fin Madrid, “que <em>es la mejor y más bella ciudad de España”</em>. Pasan por Aranjuez, la “<em>novena maravilla del mundo”</em>. Ven Toledo, la capital de los godos, con su Alcázar y con el artificio de Juanelo y la Catedral, la “<em>Roma española”</em>. Rumbo ya a Lisboa, pasan por Trujillo y Mérida, pero en ésta última, ocurre una tragedia: fue asesinado el Alfaquí, que era como el capellán, descendiente del profeta. Finalmente, llegan a Lisboa, donde el Virrey de Portugal, Don Cristóbal de Mora, les ofrece una gran recepción.</p>
<p class="bodytext">En este punto el Embajador persa envía a Valladolid a Don Juan para aclarar el asesinato del Alfaquí. Cuando llega allí, Don Juan se va a ver a Ali Qwili Beg que estaba con sus jesuitas, y decidie convertirse al catolicismo. El Duque de Lerma, “<em>que era de gran inteligencia y corazón caritativo”</em>, le dice a Don Juan que vuelva a Persia a buscar a su mujer y su hijo. Se bautiza como Don Juan de Persia, sin intención de que se supiera, pero hubo una gran ceremonia de bautismo, con el Rey y la Reina de padrinos, quienes le abrazaron y le hicieron grandes honras.</p>
<p>Volvieron entonces a Lisboa, vestidos de persas. El Embajador les recibie con gran alegría y prepararan el viaje de regreso. A los pocos días, cuando Don Juan ta señal, Boniat Beg decidió convertirse. Volvieron entonces a Valladolid, y Don Juan presentó a Boniat Beg al Rey, explicando que, como no pudo traer a su hijo, traía a otro persa para convertirle. Fue éste bautizado en El Escorial, apadrinándolo el Rey y la Duquesa de Lerma, y tomó el nombre de Don Diego de Persia. El Rey dio a Don Juan una pensión vitalicia de mil doscientos escudos más una casa, <em>lo que le confortó por la pérdida de su mujer, hijos, patria y hacienda</em>.</p>
<p>Un par de años más tarde, Don Juan se vio involucrado en un extraño incidente: el nuevo Embajador de Persia fue asesinado por los tres conversos durante una discusión. Éstos se refugiaron en la Nunciatura y en la Embajada de Francia, pero al final el Rey Felipe III los liberó. Parece ser que dicho Embajador llevaba consigo una lista con todas las mujeres que había poseído en España, con una detallada descripción de cada una, incluido su nombre y el de su marido, y sus artes y encantos y “<em>hasta la calidad de sus pantorrillas, y sumaban cientotrés”</em>. Cualquier parecido con el <em>catálogo </em>del tocayo de Don Juan, el Don Giovanni de Mozart, siglo y medio más tarde, con sus <em>in Spagna, mille e tre donne </em>es mera coincidencia. El libro, <em>las Relaciones de Don Juan de Persia</em>, fue publicado en 1604 en castellano, pero hasta el siglo XX nunca había sido reeditado. Fue traducido al inglés en 1926 por Guy Le Strange. En 1946 se reeditó por la Biblioteca de Clásicos Españoles, con introducción de Narciso Alonso Cortés, y hoy está agotado. Que sepamos, no hay más ediciones, aunque el Profesor José Cutillas de la Universidad de Alicante pretende lanzar una edición moderna.</p>
<p class="bodytext">El libro consta de tres partes, las dos primeras, muy extensas y detalladas, con una historia de Persia y de las más recientes guerras de los persas contra los otomanos y los tártaros, y la tercera parte la “Relación” de la embajada propiamente dicha.</p>
<p>No se sabe más de Don Juan de Persia. Don Felipe casó con Doña Luisa de Quirós y Arce, previa dispensa papal pues estaba casado en Persia. Don Diego fijó su residencia en Madrid, como probablemente harían los otros dos. Hemos localizado en Barcelona a Don Jorge de Persia, crítico musical argentino de La Vanguardia, quien nos dice que el origen de su familia es napolitano, descendiente sin duda de alguno de nuestros héroes.</p>
<p>Una vez más, un libro y una aventura increíbles, escritos en español, e ignorado por todos.</p>
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