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	<title>Las expediciones científicas archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 13:31:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/">¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: </strong>Rafael Clemente</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La humanidad está otra vez a punto de hacerse una foto con la Luna de fondo. Si todo sale según lo previsto, Artemis 2 dará un gran rodeo alrededor de nuestro satélite para poner a prueba el cohete Space Launch System (SLS) y la cápsula Orión antes de intentar, algo más tarde, un nuevo alunizaje con Artemis 4. El camino ha sido tan largo como tortuoso: medio siglo de política cambiante, presupuestos ajustados y promesas tecnológicas que no siempre llegaron a despegar, y por eso el primer aterrizaje de Artemis se ha ido deslizando hasta el 2028… y todavía puede seguir alejándose.</p>



<p></p>



<p><strong>POR QUÉ HEMOS TARDADO TANTO</strong></p>



<p>Las cronologías de la Luna y de la Antártida se parecen más de lo que podría pensarse. En ambos casos se trata de territorios radicalmente hostiles, que admiten visitas breves, pero no perdonan errores. Tras las primeras llegadas al Polo Sur, en 1911 y 1912, nadie volvió a pisarlo durante 42 años; casi el mismo intervalo que nos separa del último Apolo.</p>



<p><em>Apolo </em>fue, sobre todo, un gesto político. Respondía al desafío de Kennedy, convertido en mandato casi sagrado tras su asesinato, y justificó un esfuerzo industrial que desde la Segunda Guerra Mundial no se veía en Estados Unidos. En el cénit del programa, la NASA llegó a absorber alrededor del 4,5% del presupuesto federal, o sea más de un 0,7% del PIB del país más rico del planeta. Tres años después del primer alunizaje, la épica se agotó. El público se aburría con misiones que parecían repetirse, Vietnam consumía atención y recursos, los programas sociales reclamaban su parte, y la distensión con la URSS restó urgencia al prestigio de “ganar” la carrera lunar. El viaje a la Luna dejaba de ser prioridad en Washington; el resultado fue un paréntesis que duraría décadas.</p>



<p></p>



<p><strong>DE APOLO A ARTEMIS</strong></p>



<p>La NASA no olvidó la Luna, pero cambió el guion. Cualquier regreso debía ser políticamente defendible, científicamente más ambicioso que <em>Apolo </em>y, sobre todo, sostenible: no bastaba con plantar una bandera y dejar unas huellas fotogénicas. De esa lógica surgió <em>Constellation</em>, uno de los intentos más coherentes de diseñar una arquitectura para volver a la superficie lunar y quizás, algún día, llegar a Marte. <em>Constellation </em>prometía nuevos cohetes, nuevas naves y un horizonte que se extendía más allá de la Luna, pero chocó con una realidad más prosaica: el coste.</p>



<p>Las estimaciones hablaban de un total de más de 200.000 millones de dólares y en 2009 un análisis independiente lo declaró irrealizable con los presupuestos disponibles. Barack Obama lo canceló sin demasiada nostalgia: <em>“Francamente, ya hemos estado antes en la Luna</em>”, resumió. Del naufragio quedaron dos piezas flotando: la nave <em>Orión</em>, pensada para misiones en el espacio profundo, y una versión reducida del lanzador pesado, que acabaría renaciendo como el actual <em>SLS</em>. Artemis –la diosa, hermana de Apolo– daría nombre al nuevo programa, pero el cohete heredado ni siquiera merecería un bautismo más imaginativo.</p>



<p></p>



<p><strong>EL PRECIO DE LA NOSTALGIA</strong></p>



<p>El <em>SLS </em>es, en muchos sentidos, un cohete del siglo XX lanzado en pleno siglo XXI. Pretendía ser una opción más económica y para ello aprovecha componentes y tecnologías del transbordador espacial, pero ha resultado mucho más caro que el viejo <em>Saturn V </em>al que pretende suceder. Si ha sobrevivido es, en parte, por motivos políticos. Sus piezas se fabrican en prácticamente todos los estados de la Unión y ningún congresista quiere ser recordado como el político que cerró una factoría aeroespacial en su distrito. Mientras tanto, el resto del sector miraba hacia otra parte. SpaceX llevaba años perfeccionando cohetes reutilizables: algunos Falcon 9 han volado más de treinta veces, y <em>Starship </em>se concibe como un sistema completamente reutilizable, capaz de volver a despegar tras una preparación mínima. Frente a eso, el SLS es un gigante de un solo uso: un artefacto que se enciende, se destruye y se paga de nuevo en cada lanzamiento. El problema es que <em>Starship </em>todavía no está lista para el papel protagonista que se le reserva en la Luna, por más optimistas que sean los plazos de Elon Musk. Hoy, la única capacidad lunar certificable que tiene la NASA es el <em>SLS </em>y sobre él descansa la última directriz del presidente Trump: dejar “huellas en la Luna” antes de 2029, que es cuando finalizará su mandato.</p>



<p><strong>EL CAMINO HACIA ARTEMIS 2</strong></p>



<p>El primer acto de <em>Artemis </em>tuvo lugar a finales de 2022: una cápsula <em>Orión </em>voló 25 días y recorrió unos 2 millones de kilómetros alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra, sin nadie a bordo. El objetivo era sencillo de formular y difícil de ejecutar: demostrar que el <em>SLS </em>y <em>Orión </em>podían funcionar juntos en el espacio profundo. La misión fue un éxito… con letra pequeña. El análisis posterior reveló una erosión mayor de lo previsto en el escudo térmico de <em>Orión</em>, la coraza que debe proteger la nave durante la reentrada atmosférica a velocidades lunares. Ese tipo de hallazgos no suele llenar titulares, pero decide calendarios. Tres años después, <em>Artemis 2 </em>será el primer vuelo con tripulación de la campaña: cuatro astronautas, tres estadounidenses y un canadiense. Despegarán en un <em>SLS </em>que los dejará en una órbita muy alargada alrededor de la Tierra, donde pasarán unas 24 horas comprobando que todos los sistemas responden como es debido. Después, en el momento oportuno del perigeo, encenderán el motor del módulo de servicio para estirar la órbita y lanzarse hacia la Luna, una maniobra distinta de la que usaba <em>Apolo</em>, cuando el último empujón lo daba la tercera etapa del cohete. En Navidad de 1968, <em>Apolo 8 </em>se instaló en una órbita baja, a 100 kilómetros de la superficie lunar, y dio diez vueltas completas antes de emprender el regreso. <em>Artemis 2 </em>no bajará tanto: describirá un gran bucle alrededor de la Luna, a unos 7.000 kilómetros sobre el hemisferio oculto. Será la primera vez en más de medio siglo que ojos humanos contemplen en directo aquellos paisajes que, durante milenios, fueron desconocidos. La meta principal del viaje es mucho menos poética: comprobar que la nave se orienta y se comporta correctamente en las diferentes fases del vuelo, incluyendo distancias translunares. Poco después del lanzamiento, la tripulación practicará un encuentro y atraque simulado con la etapa superior del cohete, dedicará parte del trayecto a experimentos médicos sobre su propia salud y aprovechará el sobrevuelo para estudiar la superficie lunar con instrumentación moderna. El regreso está diseñado con una prudencia que <em>Apolo </em>no se permitió. Una vez realizado el sobrevuelo, la gravedad lunar curvará la trayectoria y la enviará de vuelta a la Tierra sin necesidad de otro encendido del motor, una “ruta de retorno libre” que garantiza el viaje de vuelta incluso si algo falla. Aun así, se han previsto hasta tres pequeñas correcciones durante los cuatro días de retorno, solo para afinar la puntería.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 3: LA MISIÓN RECIÉN AÑADIDA</strong></p>



<p>A finales de febrero, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, anunció un cambio drástico en los planes lunares. Por un lado, el cohete SLS, que se había diseñado en numerosas versiones de mayor o menor potencia, se estandarizaría a solo una variante, a utilizar en las misiones posteriores al primer o segundo alunizaje. Esta decisión simplificará mucho un programa que había adquirido dimensiones faraónicas. En precio y plazos. Más importante aún: El plan de vuelos incorporará uno más, <em>Artemis 3</em>. Se trata de un ensayo general de las operaciones que deberán realizarse en órbita lunar pero esta vez, por precaución, en torno a la Tierra. La nave Orión deberá demostrar su capacidad para unirse el vehículo de alunizaje y éste, simular las operaciones de alunizaje. En principio, debería ser el suministrado por SpaceX pero la NASA ha abierto la puerta a que Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos, pueda ofrecer también su propio modelo. ¿Cuál de ellos se utilizará? El que primero esté disponible.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 4: VOLVER A LA SUPERFICIE</strong></p>



<p>Si <em>Artemis 2 </em>es el viaje de rodaje y <em>Artemis 3</em>, el ensayo general, <em>Artemis 4 </em>aspira a devolver a dos personas a la superficie de la Luna, muy cerca de su polo sur, una región que <em>Apolo </em>nunca visitó. Será la primera vez que se ponga en juego la arquitectura completa: lanzador y cápsula suministrados por contratistas gubernamentales (el módulo de servicio -una pieza clave- es europeo) y un vehículo de alunizaje comercial proporcionado por SpaceX. Las mayores incógnitas del programa se concentran precisamente en la nave de alunizaje, el <em>Human Landing System (HLS)</em>. En la primavera de 2021, la NASA eligió la propuesta de SpaceX frente a las de Blue Origin y Dynetics. Salía por 2.900 millones de dólares, aproximadamente la mitad que su competidor más cercano. Claro que la diferencia tenía truco: el diseño de SpaceX partía de un proyecto ya muy avanzado, el de la nave <em>Starship </em>y su supercohete lanzador, mientras que las otras propuestas eran poco más que planos y brillantes renderizados.</p>



<p>Al lado de Orión el <em>Starship </em>lunar será un gigante. Una vez posado en la Luna, superará los 50 metros de altura, diez veces más que los módulos lunares <em>Apolo</em>. La cabina para los astronautas queda en la parte alta y requerirá un ascensor para hacerlos descender hasta el regolito a ellos y su equipo científico. Al término de la exploración, el vehículo completo despegará de nuevo para reencontrarse con <em>Orión </em>en órbita, como una versión a gran escala del módulo lunar de <em>Apolo </em>salvo que no dejará en tierra el tren de aterrizaje ni ninguna otra etapa descartable; se elevará completo. El concepto operativo es tan ambicioso como complejo. Primero habrá que lanzar a órbita terrestre un gran depósito criogénico -una “gasolinera”-, y luego enviar varias naves de carga con metano y oxígeno líquido para rellenarlo. Nadie sabe aún cuántos lanzamientos harán falta: algunos cálculos hablan de siete u ocho, otros de hasta diez y seis, sobre todo si se tiene en cuenta el combustible que se perderá por evaporación debida al calor del sol. Después será el turno del propio <em>HLS</em>, que despegará sin tripulación, se acoplará de forma automática al depósito y llenará sus tanques. Repostar combustible en órbita es una idea vieja, pero hacerlo con cientos de metros cúbicos de líquidos criogénicos sigue siendo terreno virgen: más allá de las modestas transferencias de los cargueros <em>Progress </em>a la Estación Espacial Internacional, no hay precedentes. Una vez cargado, el <em>HLS </em>volará solo hacia la Luna y esperará en una órbita de aparcamiento la llegada de Orión con sus cuatro tripulantes.</p>



<p>La órbita elegida es muy elíptica: pasa a unos 1.500 kilómetros sobre el polo sur lunar en el punto más bajo y se aleja hasta unos 70.000 en el punto más alto. <em>Orión </em>tardará algo más de seis días en completarla, aproximadamente el tiempo previsto para la estancia de los dos primeros astronautas en la superficie. Esa órbita ofrece ventajas, pero también riesgos añadidos. Por una parte, es fácil de alcanzar, estable y nunca entra en eclipse, así que permitirá mantener comunicaciones continuas con la Tierra (al ocultarse tras la Luna, <em>Apolo </em>perdía en enlace durante más de media hora en cada órbita), Por otra, si por cualquier motivo el despegue se retrasa, los dos exploradores deberán esperar casi una semana más en la superficie hasta que se presente la siguiente oportunidad.</p>



<p></p>



<p><strong>UN ATERRIZAJE DESCOMUNAL</strong></p>



<p>Cuando llegue el momento, dos de los cuatro astronautas cruzarán a bordo del <em>HLS</em>, lo separarán de la nave nodriza y comenzarán el descenso. La NASA ya ha seleccionado varias zonas de interés en la región del polo sur, donde abundan cráteres profundos cuyos fondos jamás reciben la luz del Sol. Sus rayos llegan demasiado tangenciales. Esas “trampas frías” podrían esconder depósitos de hielo, el recurso clave para una futura presencia permanente: aparte de su interés científico como “fósil” de antiguos impactos cometarios, el agua puede utilizarse como refrigerante de equipos electrónicos, blindaje antirradiación y descomponerse en oxígeno respirable e hidrógeno con el que alimentar pilas de combustible que generen energía eléctrica. El aterrizaje será, si sale bien, tan fotogénico como inquietante: una nave enorme, frenada por un juego de motores situados no en la base, sino en la parte superior de la estructura, justo por debajo de la cabina. A esa altura la disrupción en la superficie será mínima. El interior de <em>Starship </em>es cavernoso, ya que en origen fue diseñado para transportar cien colonos a Marte en cada viaje. Ofrece más de 600 metros cúbicos, el doble del volumen habitable de la Estación Espacial Internacional, aunque en esta primera misión irá ocupado solo por dos personas. En la superficie, la exploración será a pie. Los astronautas realizarán cuatro salidas, caminando sobre un terreno quebrado y en penumbra casi constante, sin el apoyo de un vehículo eléctrico, un lujo del que sí disfrutaron las últimas misiones <em>Apolo </em>hace medio siglo. Tras completar su trabajo científico, el <em>HLS </em>volverá a elevarse para reunirse con los otros dos miembros de la expedición que han permanecido a bordo de <em>Orión</em>. El módulo de alunizaje se abandonará en órbita lunar, mientras <em>Orión </em>emprende el regreso a casa. Tras otros cuatro días de viaje irá a caer en el Pacífico, frente a las costas de California, frenado por once paracaídas de diferentes tamaños que se abren en secuencia.</p>



<p></p>



<p><strong>LA SOMBRA DE CHINA</strong></p>



<p>En los pasillos de la NASA hay un temor recurrente: que la bandera china ondee allí antes. Pekín ha anunciado su intención de enviar dos astronautas a la superficie lunar antes de 2030 y, si Estados Unidos acumula demasiados retrasos, <em>Artemis 4 </em>podría quedarse con el papel de “segundo en llegar”. El presidente Trump ha declarado el programa prioritario para el prestigio nacional, incluso después de recortar de forma drástica el presupuesto de la agencia. Si China consigue plantar su bandera en el regolito antes que <em>Artemis</em>, el programa lunar estadounidense podría recibir un golpe político difícil de encajar. Algunas voces apuntan ya a Marte como “siguiente escenario” de la carrera espacial, dando por amortizado el retorno a la Luna: al fin y al cabo, y recordando una vez más la frase de Obama, ése es un objetivo que la NASA ya alcanzó hace medio siglo. La agencia espacial china, mientras tanto, avanza a un ritmo que hace unos años habría parecido inverosímil. Domina el vuelo tripulado, las maniobras de encuentro y acoplamiento y dispone de una familia completa de lanzadores, incluidos modelos parcialmente reutilizables. Excluida en 2011 de la Estación Espacial Internacional por una enmienda del Congreso estadounidense que prohíbe a la NASA colaborar con China, ha construido su propia estación, <em>Tiangong</em>: algo más pequeña, pero más moderna y plenamente operativa. China ya ha mostrado modelos de su nave lunar y de su módulo de alunizaje (que, de entrada, incluye un pequeño automóvil), y encadena misiones robóticas de exploración con un ritmo que recuerda al de Estados Unidos y la URSS en los años sesenta. Como al final de la Guerra Fría, el escenario vuelve a estar dominado por dos gigantes tecnológicos, y el premio principal sigue siendo el mismo: prestigio nacional, asociado a la imagen de unos astronautas desplegando nuevamente una bandera en el helado polo sur lunar.</p>



<p></p>



<p><em>*Rafael Clemente es ingeniero industrial y Master of Science, además de colaborador para temas</em> <em>de divulgación científica durante más de cincuenta años en La Vanguardia, El País y otros medios.</em> <em>Fue fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa). Ha</em> <em>escrito varios libros relacionados con la exploración espacial.</em></p>
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			</item>
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		<title>Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 12:54:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/">Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: </strong>Ramón Jiménez Fraile</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Hubo que esperar a la invención del telescopio para que los cráteres, montañas y planicies de la Luna pudieran distinguirse con la precisión necesaria para recibir nombres. En la actualidad, son unos nueve mil los accidentes del relieve lunar —mil seiscientos de ellos cráteres— que cuentan con topónimos reconocidos por la Unión Astronómica Internacional (UAI), el organismo que decide y vela por el respeto de esta rama de la selenografía. Los topónimos lunares originales tenían connotaciones hispánicas, pero un cúmulo de vicisitudes aquí descritas hizo que perdieran ese sesgo en favor del de otras culturas.</p>



<p>La historia retendrá que un 21 de julio de 1969 el jefe de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, se dirigió por radio al jefe de comunicaciones de la NASA, Charlie Duke, para anunciarle que «el águila» (el módulo lunar) se había posado en «Base Tranquilidad». Quedaba así consagrado el primer topónimo habitado de la Luna, cuyo origen se debe a que la planicie elegida por la NASA para el primer alunizaje fuera el Mar de la Tranquilidad. Quien ignore que la Luna ca- rece de atmósfera, y por ende de climatología, pensará que la elección se había debido a la bonanza del paraje. En realidad, lo de «Mare Tranquillitatis», en su original en latín, fue idea del jesuita italiano del siglo XVII Giovanni Battista Riccioli, considerado el padre de la toponimia lunar, autor de dos centenares de términos con los que bautizó accidentes geográficos lunares.</p>



<p>Ahora bien, el auténtico pionero en estos menesteres fue Michael Van Langren, alias «Langrenus», un astrónomo y matemático holandés al servicio del rey Felipe IV de España. Fue en 1628 cuando Van Langren elaboró un mapa de la superficie lunar en el que, por primera vez, se precisaban topónimos. En la parte inferior derecha de ese pionero mapa lunar, Van Langren expresó la idea de atribuir nombres de personajes «de todas las naciones» a los diferentes relieves de la Luna. La manera en que llevó a cabo su labor fue empleando mayoritariamente para su mapa nombres relacionados con la monarquía hispánica, para la que trabajaba.</p>



<p>Casi dos décadas después, en 1645, Van Langren envió a la imprenta un mapa de la Luna más elaborado, al que tituló «Plenilunii Lumina Austriaca Philippica», en referencia al rey Felipe IV de España. Este mapa salió a la luz seis años antes de que Riccioli editara el suyo.</p>



<p>Hubo incluso otro astrónomo, el polaco Johannes Hevelius, que también se dedicó a cartografiar y poner nombre a los relieves de la Luna dos años después de Van Langren y cuatro antes de que lo hiciera Riccioli. La toponimia lunar de Riccioli acabó por imponerse tres siglos después, mediante una votación celebrada en París el 17 de julio de 1935 por la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional. Una explicación superficial de por qué el italiano Riccioli fue consagrado como padre de la toponimia lunar apuntaría a que la primera reunión de la Unión Astronómica Internacional se había celebrado en Roma, en 1922, y que fue entonces cuando se creó la Comisión de Nomenclatura Lunar que preparó los trabajos de la decisión tomada en 1935.</p>



<p></p>



<p><strong>MARY ADELA BLAGG, LA SELENÓGRAFA EN LA SOMBRA</strong></p>



<p>Más que a la intervención de un supuesto lobby italiano, Riccioli debe su honor a la británica Mary Adela Blagg. Nacida en 1858, mayor de nueve hermanos, la británica se sintió desde muy joven atraída por las matemáticas y la astronomía, aunque, por su condición de mujer, no acudió hasta los dieciséis años a un centro de enseñanza, debiéndose conformar hasta entonces con estudiar en casa los libros de texto de sus hermanos varones. Fue uno de sus tutores el que la animó a llevar a cabo la fastidiosa tarea de compilar y contrastar los topónimos lunares utilizados por los astrónomos del Reino Unido, los cuales estaban inspirados mayormente en los trabajos de Riccioli y no en los de Van Langren o Hevelius. Blagg se convirtió en una de las primeras cinco mujeres que ingresaron, en 1916, en la Real Sociedad Astronómica británica, desde la que dio el salto a la Unión Astronómica Internacional, y con ella la lista de topónimos lunares en la que estaba trabajando. Cuando la Unión Astronómica Internacional se reunió por segunda vez, en 1925, en Cambridge, fueron los trabajos de Blagg los que sirvieron de base para los debates que se prosiguieron en la tercera reunión del organismo, celebrada tres años después en la localidad neerlandesa de Leiden.</p>



<p>En los anales de la prestigiosa Universidad de Leiden consta que asistieron a la asamblea general doscientos diez astrónomos, de los cuales diez eran españoles, cuatro de ellos acompañados de sus esposas. Un periódico alemán se refirió a las acompañantes femeninas como «satélites», atribuyendo la condición de «planetas» a los científicos varones. Quien sí brilló con luz propia en aquella reunión, pese a su condición de mujer, fue Mary Adela Blagg, cuya lista, inspirada en los topónimos de Riccioli, acabó por imponerse en el seno de la Comisión de Nomenclatura Lunar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA CULPABLE INACCIÓN DE LOS ASTRÓNOMOS ESPAÑOLES</strong></p>



<p>En defensa de la nomenclatura de Van Langren podrían haber salido los astrónomos neerlandeses, puesto que el auténtico pionero de la selenografía había nacido en Ámsterdam. Pero, siendo niño, su familia se trasladó a la católica Amberes y entró al servicio de la monarquía hispánica, enemiga tradicional de los Países Bajos. Por su conexión belga y española, los trabajos de Van Langren podrían haber sido también reivindicados por belgas y españoles, que totalizaban, a partes iguales, veinte delegados en la reunión de Leiden. Pero no consta que ni unos ni otros hicieran nada por defender la toponimia lunar de Van Langren, el cual había bautizado como «Oceanus Philippicus» el espacio más extenso de la cara visible de la Luna, en homenaje a Felipe IV de España.</p>



<p>Entre los trescientos nombres utilizados por Van Langren como topónimos lunares figuraban también el Mar de los Borbones y el Mar de Eugenia, en alusión a la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos bajo dominación austríaca, así como otros miembros de la Casa de Austria. No todo eran cabezas coronadas en la pionera toponimia lunar de Van Langren, ya que este llevó a la Luna también nombres de personajes españoles como el escritor Miguel de Cervantes («Saavedra» para el astrónomo), el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada y el almirante Álvaro de Bazán. En la lista aprobada formalmente por la Unión Astronómica Internacional, según los trabajos de compilación de la inglesa Blagg, acabaría figurando un único topónimo relacionado con España: «Isidorus», en referencia al cráter que Riccioli dedicó a San Isidoro de Sevilla, uno de los padres de la Iglesia católica y autor de un tratado de astronomía, que también figuraba en la pionera lista de Van Langren.</p>



<p>Además de santos, Riccioli utilizó nombres de sabios y científicos de todos los tiempos, incluido el de una mujer, la filósofa griega Hipatia. Pero su condición de hombre de la Iglesia católica impedía al jesuita abrazar las teorías heliocéntricas de científicos como Copérnico, Galileo o Kepler. En el siglo XVII, el catolicismo condenaba a quienes no consideraban que la Tierra estaba en el centro del universo. Aun así, Riccioli no podía ignorar los trabajos de los astrónomos heliocentristas desde que fuera inventado el telescopio a principios de ese siglo. De ahí que optara por poner nombres de astrónomos considerados por la Iglesia «estúpidos» y «herejes» a cráteres de la Luna, pero, eso sí, situándolos cerca del llamado por él «Oceanus Procellarum», o sea, Mar de las Tormentas. Fue precisamente en el Mar de las Tormentas bautizado por Riccioli donde China desplegó, en diciembre de 2020, su bandera llevada al suelo lunar por la sonda Chang’e. Si tenemos en cuenta la notoriedad adquirida por determinados accidentes lunares, convendremos que las doscientas libras esterlinas que la UAI decidió destinar en su decisiva reunión de París de 1935 a la publicación de la toponimia lunar constituyen una cantidad de dinero irrisoria. Y si no, que se lo digan a Bélgica, que a la postre tuvo que lamentar que la toponimia del pionero Van Langren no fuera tenida en cuenta ya que, en caso contrario, el módulo lunar de Apolo 11 hubiera alunizado en el «Mare Belgicum» (en referencia al Mar del Norte en tiempos de Felipe IV de España) y no en el «Mare Tranquilitatis» de Riccioli.</p>



<p></p>



<p><strong>LA AUTÉNTICA MOTIVACIÓN DE VAN LANGREN<br></strong><br>Lo curioso es que el afán de Van Langren por bautizar los relieves de la Luna no obedeció a un mero ejercicio de estilo, sino que se inscribió en una lógica científica, en concreto el intento por resolver uno más importantes desafíos a los que se enfrentaron durante siglos científicos europeos en un contexto de rivalidad entre imperios marítimos: el cálculo de la longitud geográfica. Felipe II de España no se contentó con saber que en sus dominios no se ponía el Sol, sino que quiso conocer a qué distancia se encontraban sus posesiones. Es por ello por lo que, en 1567, ofreció un premio —considerado el primero de carácter científico de la historia— a quien encontrara la manera de calcular la longitud geográfica, es decir la distancia de un punto determinado de la Tierra respecto a un meridiano. Ante la falta de resultados, su hijo Felipe III aumentó la dotación en 1598, año en que nació en Ámsterdam Van Langren, en el seno de una familia de cartógrafos que llegó a poseer el monopolio de la fabricación en Holanda de globos terráqueos.</p>



<p>Van Langren tenía unos diez años cuando aparecieron en Holanda los primeros telescopios y era un adolescente cuando Galileo Galilei empezó a escrutar el universo con ese instrumento. A los 27 años, el holandés anunció haber resuelto el problema de la longitud terrestre, lo que le valió el mecenazgo de Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos españoles, y su posterior nombramiento como astrónomo y matemático de Felipe IV de España. Van Langren había tenido la idea de servirse de la evolución de las sombras que el Sol produce en la superficie lunar para calcular la longitud geográfica terrestre. Para ello era imprescindible disponer de tablas lunares que dieran cuenta del aspecto, en momentos determinados, de lugares concretos de la superficie lunar, como cráteres y planicies, a los que, con tal objeto, puso nombres. Y puesto que el primer beneficiario de este descubrimiento científico iba a ser la monarquía hispánica, la toponimia lunar que empleó tenía que ver con la realidad hispánica.</p>



<p>De vuelta en los Países Bajos, tras haber tenido ocasión de exponer su descubrimiento en persona al monarca español, publicó, en 1644, el libro titulado “La verdadera longitud por mar y tierra: demostrada y dedicada a su católica majestad Felipe IV”. El razonamiento científico de Van Langren era irreprochable puesto que las vibraciones de la Luna (que es como se llama a las alteraciones de la superficie lunar en función de su exposición al Sol) son percibidas de manera diferente de un lugar a otro de la Tierra y que de esa diferencia se puede extrapolar la distancia entre dos puntos del globo terráqueo. El problema radicaba en la dificultad de las observaciones lunares desde el mar y en el poco aumento de los telescopios de la época, por lo que el método de Van Langren para calcular la longitud geográfica no se llevó a la práctica.</p>



<p>Aun así, hizo dos aportaciones a la ciencia que merecen nuestra consideración. En primer lugar, su representación de los cráteres lunares tal como aparecen iluminados por el Sol matutino sigue en uso en los considerados mejores mapas de la Luna. En segundo lugar, sus estudios acerca del cálculo de la longitud geográfica le llevaron a crear la primera representación gráfica conocida de datos estadísticos. Dicha representación, que ocupa un lugar de honor en la historia de la visualización de datos, da cuenta de la diferencia de longitud entre Toledo y Roma. En vez de servirse de una simple tabla numérica, concibió el primer gráfico comparativo, sentando las bases de un lenguaje visual que nos es tan familiar hoy en día y que Van Langren fue el primero en utilizar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA MENGUANTE PRESENCIA HISPÁNICA EN LA SUPERFICIE LUNAR</strong></p>



<p>En la actualidad, son apenas una veintena los cráteres de la Luna inspirados en la cultura hispánica (nombres como Carlos, Isabel, José, Linda, Rosa o Manuel) o vinculados con personajes de la historia de España. Entre estos últimos, está el cráter de más de 110 km de diámetro llamado Alphonsus en memoria de Alfonso X El Sabio. Cráteres de menor tamaño llevan nombres en honor de Isidoro de Sevilla, Cristóbal Colón, Vasco Núñez de Balboa y Santiago Ramón y Cajal. También figuran en la lista de la toponimia lunar astrónomos y matemáticos españoles de origen musulmán y judío.</p>



<p>En el caso del sabio judío Abraham Zacuto, nacido en Salamanca en 1452, cuyas cartas marítimas jugaron un importante papel en la era de los grandes descubrimientos, el cráter que le dedicó la Unión Astronómica Internacional lleva el nombre de Zagut, un error que el organismo no ha corregido aún.</p>



<p>También hay cráteres dedicados a personajes de origen andalusí, como Azarquiel, considerado por muchos el astrónomo árabe-español más importante de la historia, o Abbás Ibn Firnás, inventor de una máquina voladora seis siglos antes de que lo hiciera Leonardo da Vinci.</p>



<p></p>



<p><em>*Ramón Jiménez Fraile es periodista e historiador.</em></p>
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		<title>¿Qué hay en la cara oculta de la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cara-oculta-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 11:37:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Sara Casalí</strong></p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p><p>La exploración de la Luna</p><br><p>Durante siglos, la Luna solo nos enseñó una de sus caras. La otra, la oscura, solo existió como deducción. Y cuando pudimos contemplarla, en 1959, resultó toda una sorpresa. Esta es la historia de esa cara oculta de la Luna, un secreto desvelado.</p><br><p>Si miras la Luna esta noche, estarás viendo el mismo hemisferio lunar que han mirado generaciones enteras desde la Tierra, ya que la otra mitad sigue resistiéndose a nuestros ojos, no por capricho, sino porque así lo impone la relación gravitatoria que mantiene con nuestro planeta. La Luna tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en orbitar la Tierra. Esa sincronía es consecuencia de la atracción gravitatoria terrestre que, a lo largo de millones de años, fue frenando su rotación hasta dejarla encajada en ese ritmo. Por eso, desde aquí, siempre nos enseña el mismo lado y mantiene el otro fuera de nuestro alcance. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de una región oscura, porque recibe luz solar como la cara visible. Lo que la define como oculta es que no entra en nuestro campo de visión. Durante siglos, esa mitad existió solo como deducción, desde las primeras observaciones telescópicas de Galileo hasta la llegada de la era espacial, y cuando por fin apareció en imágenes, resultó ser sorprendentemente distinta.En 1647, Johannes Hevelius publicó Selenographia, uno de los primeros grandes atlas lunares elaborados con método científico, fruto de años de observaciones repetidas con telescopios refractores en distintas fases lunares y del análisis del relieve mediante el juego de luces y sombras. Con el tiempo, la cartografía lunar se fue afinando con instrumentos cada vez más potentes, pero ese método solo permitía estudiar la cara visible, ya que ningún telescopio puede observar el hemisferio oculto desde la Tierra. Tuvieron que pasar más de trescientos años para que la otra mitad entrara en los mapas. El salto llegó el 4 de octubre de 1959, con la misión soviética Luna 3. Por primera vez, fue posible salir de la Tierra, fotografiar la cara oculta desde una sonda y transmitir esas imágenes a distancia. La sonda, de unos 280 kilos, llevaba una cámara de película que tomaba las imágenes, revelaba el carrete automáticamente a bordo y lo escaneaba con un sistema mecánico para transmitirlo por radio a la Tierra. Durante su sobrevuelo, Luna 3 tomó 29 fotografías, pero solo 17 resultaron utilizables. Estas cubrían aproximadamente el 70 % de la cara oculta, con una resolución limitada y contrastes muy acusados. Las imágenes no mostraban un paisaje continuo, sino fragmentos difíciles de interpretar, que constituían una base inicial todavía por descifrar.A lo largo de los años sesenta, equipos soviéticos de cartografía planetaria trabajaron con este material para transformar fotografías parciales en una representación coherente del relieve lunar. Destacó la figura de Kira Borisovna Shingareva, cartógrafa especializada y formada en disciplinas afines a la geodesia. En coordinación con astrónomos e ingenieros, los equipos compararon imágenes tomadas desde ángulos distintos, unificaron escalas y corrigieron posiciones para construir un marco cartográfico estable. El objetivo no era reproducir imágenes aisladas, sino convertir un conjunto fragmentario en un mapa legible y continuo.A partir de estas primeras cartografías, se hizo evidente que la cara oculta difería de forma significativa de la cara visible. Presenta una mayor densidad de cráteres y una escasez notable de mares basálticos; el relieve es más accidentado y, en promedio, la corteza es más gruesa que en el hemisferio que vemos desde la Tierra. Entre las estructuras más destacadas se identificó la cuenca Polo Sur–Aitken, una de las mayores formaciones de impacto del Sistema Solar, cuyo tamaño y profundidad la convirtieron pronto en un objeto central para entender la historia temprana de la Luna y el papel de las grandes colisiones en su evolución.</p><br><p><strong>CARTOGRAFIANDO LA CARA OCULTA DE LA LUNA</strong>Ahora había que dar el siguiente paso: dotar de nombres estables a un territorio que acababa de entrar, por primera vez, en los mapas. La responsabilidad de aprobar la nomenclatura oficial de los cuerpos y accidentes planetarios recae en la Unión Astronómica Internacional (IAU) desde su creación, en 1919. La fijación de nombres para la cara oculta se fue consolidando por etapas, a medida que la cartografía mejoraba y se podían identificar con más seguridad los accidentes. En 1967, durante la Asamblea General de la IAU celebrada en Praga, la cuestión de la nomenclatura lunar, incluida la de la cara oculta, se abordó dentro de los trabajos de revisión y ordenación de los comités especializados. En ese proceso participaron también cartógrafos implicados directamente en el mapeo soviético, entre ellos Kira B. Shingareva, cuyos trabajos contribuyeron a fijar un repertorio más coherente y estable.El resultado puede comprobarse hoy con precisión en el Gazetteer of Planetary Nomenclature, la base de datos oficial mantenida por la IAU y el USGS, donde cada nombre figura con su estado de aprobación (“Adopted by IAU”), su fecha y sus coordenadas. En la cara oculta aparecen cráteres como Tsiolko- vskiy (1961), dedicado a Konstantín Tsiolkovski, pionero de la cosmonáutica; Korolev (1970), por Serguéi Koroliov, ingeniero jefe del programa espacial soviético; o Gagarin (1970), en honor a Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. También figura Mare Moscoviense (1961), uno de los pocos mares del hemisferio oculto. Con el tiempo, el repertorio se amplió con nombres como Sternfeld (1991), teórico de la astronáutica, u Houssay (2009), fisiólogo y premio Nobel. De forma especialmente significativa, un pequeño cráter recibió el nombre de Kira (1976), incorporando a Shingareva en el mismo territorio que ayudó a volver legible.A diferencia de la cara visible, cuya nomenclatura recurre en gran medida a filósofos y científicos clásicos, en la cara oculta abundan, por la propia época en que se fue nombrando, referencias al siglo XX: ingenieros, físicos y figuras de la era espacial. El repertorio conserva así la huella del momento histórico en que la cara oculta entró en los mapas. Y, entre tanto científico, asoman también guiños culturales, como Jules Verne (1961), cuya imaginación anticipó los viajes a la Luna mucho antes de que la tecnología los hiciera posibles.</p><br><p><strong>LA LLEGADA DE LOS HUMANOS</strong>Sin embargo, incluso cuando la cara oculta ya tenía nombres en los mapas, ningún ojo humano la había divisado. Los primeros en hacerlo fueron Frank Borman, James Lovell y William Anders, en diciembre de 1968, durante la misión Apollo 8. La nave no alunizó, pero demostró que era posible viajar hasta la Luna, entrar en órbita y regresar con seguridad. En cada vuelta, la tripulación podía observar la cara oculta durante breves intervalos, al pasar por detrás del disco lunar, cuando la propia Luna bloqueaba la comunicación por radio con la Tierra. Durante esos minutos de silencio, fueron los primeros humanos completamente aislados de nuestro planeta, ante un paisaje que hasta entonces solo había sido registrado por sondas automáticas.Desde aquella primera imagen parcial obtenida por Luna 3, el hemisferio oculto ha seguido recibiendo visitas de misiones posteriores. Con el tiempo, nuevas imágenes y mediciones fueron completando zonas antes desconocidas y afinando la cartografía. Ya en el siglo XXI, este territorio adquirió una relevancia científica renovada, no solo como objeto de observación, sino como un laboratorio natural para responder a preguntas fundamentales sobre la historia del Sistema Solar. En 2019, la misión china Chang’e-4 logró el primer aterrizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en el cráter Von Kármán, dentro de la cuenca Polo Sur–Aitken. La misión permitió estudiar directamente una de las mayores estructuras de impacto conocidas, posiblemente resultado de una colisión lo suficientemente violenta como para haber afectado a las capas profundas de la Luna. Además, incorporó instrumentos para analizar la composición del subsuelo, medir la radiación solar y realizar observaciones de radioastronomía de baja frecuencia, aprovechando el blindaje natural que la Luna ofrece frente al ruido radioeléctrico terrestre. Esta limitación técnica histórica pasaba a convertirse en una ventaja científica.El avance se consolidó en 2024, con la misión Chang’e-6, que trajo a la Tierra las primeras muestras físicas recogidas en la cara oculta de la Luna, procedentes de la cuenca Polo Sur–Aitken. Los primeros análisis, publicados en 2024 en Nature y Nature Geoscience, han confirmado la presencia de basaltos volcánicos y composiciones geoquímicas distintas de las observadas en muestras de la cara visible. El hallazgo encaja con modelos que proponen historias térmicas y magmáticas diferenciadas entre ambos hemisferios durante las primeras etapas de la evolución de la Luna. Estos resultados no sustituyen la imagen construida durante décadas a partir de la cartografía orbital, sino que la completan y la refinan, permitiendo pasar de diferencias morfológicas observadas a distancia a una comparación directa de procesos geológicos entre ambos hemisferios. Las muestras permiten, por primera vez, aplicar técnicas de datación directa a materiales volcánicos del hemisferio oculto y contrastar con material real hipótesis que hasta ahora se basaban exclusivamente en datos remotos.La Luna es un cuerpo sin atmósfera densa, sin agua líquida estable y sin tectónica activa comparable a la terrestre. Por ello, los procesos de alteración superficial son mínimos. Esto permite que las huellas de impactos y volcanismo antiguo se conserven durante miles de millones de años. La cara oculta ha dejado así de ser solo un territorio cartografiado a distancia para convertirse en una fuente directa de información sobre la historia temprana de la Luna y la formación de los planetas rocosos. Y aunque la gran mayoría sigamos sin poder disfrutar de sus vistas, lo que sabemos sobre ella ya no deja de crecer.</p><br><br><p><em>*Sara Casalí es licenciada en Humanidades y periodista.</em></p><br><p> </p></p>
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		<title>José Celestino Mutis a Nueva Granada (1783)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-expediciones-botanicas-de-la-corona-jose-celestino-mutis-a-nueva-granada-1783/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 11:00:37 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Antonio González Bueno Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001 En pleno barrio del Pópulo, en un Cádiz de floreciente comercio, acrecentado desde la implantación, en 1717, de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3558" class="csc-default">
<h3><strong>Antonio González Bueno</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
</div>
<div id="c3559" class="csc-default">
<p class="bodytext">En pleno barrio del Pópulo, en un Cádiz de floreciente comercio, acrecentado desde la implantación, en 1717, de la Casa de Contratación, nació el tercero de los hijos del matrimonio formado por Julián Mutis y Gregoria Bosio; sucedió el 6 de abril de 1732 y diez días después le impusieron en la pila bautismal los nombres de Joseph Celestino Bruno.</p>
<p>Sus primeros años transcurrieron entre libros, los de la librería de su padre, quien no sólo vendía al público sino que, con el correr del tiempo, surtió a algunas de las bibliotecas delos nuevos centros ilustrados de la ciudad: el Observatorio Astronómico y el Real Colegio de Cirugía, entre ellos.</p>
<p>Su adolescencia transcurrió entre libros y juegos, al abrigo del levante y el poniente,siempre con olor a mar y el trasfondo de una soñada América, la tierra de promisión, como eje de las conversaciones. Realizó sus primeros estudios bajo la tutela de los jesuitas, a los que su propia familia estuvo vinculada; a mediados de noviembre de 1749 formalizó su ingreso en el recién instaurado Real Colegio de Cirugía de Cádiz, bajo la dirección de Pedro Virgili; apenas un par de años después se matriculó en la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla. En la Universidad hispalense consiguió sus títulos académicos, los de bachiller en artes y filosofía y bachiller en medicina, otorgados ambos en mayo de 1753;pero su formación científica y la consolidación de su pensamiento liberal e ilustrado la obtendría en Cádiz, a la sombra de Pedro Virgili, de cuya influencia en el sentir del gaditano quedan sobradas muestras.</p>
<p>Tras practicar durante unos años la medicina en su Cádiz natal, bajo la dirección de Pedro Fernández de Castilla, un médico de talante renovador, Mutis se desplazó a Madrid para rendir examen ante el Real Tribunal del Protomedicato, que revalidaría su título de médico el 5 de julio de 1757.</p>
<p class="bodytext">En la corte permaneció por espacio de tres años. Ejerció de manera interina la cátedra de anatomía en el Hospital General de Madrid y prosiguió su formación en otras disciplinas, en especial en botánica, junto a Miguel Barnades, médico de cámara de Carlos III y director del Real Jardín Botánico (entonces sito en el Soto de Migas Calientes), de buena formación teórica tanto en los principios linneanos como en las novedades clasificatorias defendidas por los botánicos franceses.</p>
<p>El 28 de julio de 1760 Mutis inició su viaje de regreso a Cádiz y la redacción de un diario, testigo de éste y de sus posteriores andanzas por tierras americanas. Su estancia en Madrid, mayor de la deseada por sus padres, supuso un cierto enfrentamiento familiar, pues aspiraban a que su hijo ejerciera la profesión médica en Cádiz y permaneciera unido a los suyos. No habría de ser así; el propio Mutis lo recordará en carta a un destinatario anónimo: «En Cádiz tuve tan poco tiempo que apenas pude gozar de los gustos de mi nueva reconciliación con mis padres. Vuesamerced no ignora que mi establecimiento en Madrid destruyó las miras de mi familia consentida en que yo no habría de abandonar mi patria; pero mis ideas, que eran muy diferentes, me produjeron una declarada enemistad, especialmente con mi padre, que siempre perseveró en su dictamen. Mi llegada a Cádiz desvaneció todos estos enojos, y pude granjearme por este medio el desahogo que tanto apetecía. El 6 de septiembre del año 60 cuando yo menos pensaba, por la proximidad del Equinocio, me vi en la precisión de embarcarme en compañía del Virrey, sin despedirme de mi familia, por ahorrarme las amarguras que consigo trae la memoria de una dilatada separación. No puedo ponderar a vuesamerced</p>
<p class="bodytext">Aquel sábado vio romper, por última vez, las olas contra la Caleta. Su mundo no estaba en la práctica cotidiana de los hospitales gaditanos, tampoco en las tertulias y actividades políticas de la corte; su mundo se abría más allá del mar que acunó sus noches infantiles y contempló sus juegos de juventud. La gente y la naturaleza de la Nueva Granada habrían de cautivarle, hasta el extremo de que, pese a que no imaginara tal durante su partida del puerto gaditano, allí habría de entregar lo más granado de su vida. Nadie mejor que su discípulo Francisco José de Caldas para guiarnos por este primer contacto de nuestro protagonista con la naturaleza americana:</p>
<p>«El silencio, la paz, los bosques de la América tuvieron más atractivo sobre su corazón que la grandeza y la pompa de las Cortes de Europa, un plan atrevido y sabio se presenta ante sus ojos. Las selvas de la América , la soberbia vegetación de los trópicos y del Ecuador, la obscuridad y la ignorancia de las ricas producciones del Nuevo Continente, le resolvieron a recorrer y examinar esta preciosa porción de la Monarquía [&#8230;] ¡Qué campo tan vasto para inundar de conocimientos la Europa , y para coronarse de gloria!».</p>
<p>Mutis viajó con el resto del séquito del nuevo virrey, Pedro Messía de la Cerda , marqués dela Vega de Armijo, en calidad de su médico-cirujano. La travesía por el Atlántico duró cincuenta y cinco días; el 29 de octubre de 1760 tocó puerto en Cartagena, iniciando entonces el viaje hasta Santa Fe, bien en bote o en champán, según las condiciones de navegabilidad, bien a lomos de caballo o a pie, allí donde el camino había de realizarse por tierra. Mutis constató la dureza del sol tropical, la incomodidad de las copiosas lluvias y la agresividad de los mosquitos, pero también disfrutó de la belleza de una exuberante naturaleza, insólita a sus ojos, que cautivó sus retinas y de la que nos dejó escritas sus impresiones en su Diario. Tras una corta estancia en Honda, la comitiva alcanzó Santa Fe el 24 de febrero de 1761.</p>
<p class="bodytext">Durante los primeros meses de su estancia en la capital del virreinato la actividad de Mutis quedó constreñida a su trabajo médico:</p>
<p>«Aunque la naturaleza del país me prometió desde luego abundante materia para mis ejercicios botánicos, la novedad del nuevo médico, junto a la escasez de facultativos cortó todo el vuelo de mis ideas».</p>
<p>Pese a esta limitación, la dureza del clima y las inquietudes derivadas de su propio estado de salud, Mutis anotó metódicamente sus observaciones, más aún desde que a comienzos de junio de 1761 recibió una nota, escrita de mano de Carlos Linné meses atrás, en la que además de agradecerle el prometido envío de colecciones americanas, se interesaba por la descripción y costumbres de las hormigas americanas. El contacto entre Linné y Mutis se inició a través de Clas Alstroemer, un discípulo del naturalista sueco, a quien nuestro protagonista debió conocer en Cádiz, durante la estancia en esta ciudad del joven sueco, en cuyo puerto había desembarcado a mediados de 1760, coincidiendo con Mutis cuando éste se disponía a partir a Nueva Granada.<br />
No sólo las hormigas, nada del mundo natural fue ajeno a la observación de Mutis; desde la medicina popular a los venenos animales, desde las propiedades medicinales de las plantas a la utilización de las aguas, desde la explotación minera a la descripción de la flora. Pues fue esta tarea, la descripción del mundo natural, por la que auto justificó su presencia en las tierras americanas. El ejercicio de la profesión médica parecía un medio, mas no el fin; en su Diario dejó escrito:</p>
<p>«[&#8230;] hasta el presente 28 del mes de Septiembre apenas he empleado algunos minutos en los asuntos pertenecientes a mi venida. Tan distantes han sido mis ocupaciones, que no he podido hacer progreso alguno en la Historia Natural «.</p>
<p class="bodytext">Y aún habrían de aumentar sus ocupaciones en Santa Fe; en marzo de 1762 se incorporó al cuerpo docente del Colegio Mayor Nuestra Señora del Rosario, ocupando la cátedra de matemáticas. Desde ella defendió los principios de la filosofia newtoniana, toda una novedad para una cultura aún inmersa en el pensamiento cartesiano. Se vinculó así al reducido grupo de intelectuales interesados en introducir las nuevas concepciones científicas, nacidas en la Europa ilustrada, en los territorios americanos; no estaba solo en la empresa, algunos jesuitas de la Universidad Gregoriana de Quito y la Javeriana de Santa Fe se habían esforzado por incluir en sus programas, si bien de manera ecléctica, las nuevas concepciones de la fisica y la astronomía. Mas la actitud mutisiana fue más allá de los intentos de conciliación entre las teorías entonces vigentes; su defensa de Newton y Descartes fue plena y, por ende, contradictoria a los planteamientos de Aristóteles.</p>
<p>Tan férrea defensa de los nuevos planteamientos científicos le llegó a ocasionar una agria controversia con los sectores más conservadores de la intelectualidad novo-granadina; los dominicos en particular.<br />
Mas, ya lo hemos comentado, el deseo de Mutis era dedicarse por entero al estudio de la historia natural. Y con ánimo de hacer realidad «el principal objeto de mi viaje», escribió sendos memoriales a la corte de Carlos III, fechados en mayo de 1763 y junio de 1764, ambos de similar contenido:</p>
<p>» La América , en cuyo afortunado suelo depositó el Creador infinitas cosas de la mayor admiración, no se ha hecho recomendable tan solamente por el oro, la plata, las piedras preciosas y demás tesoros que abriga en sus senos. Produce también para el alivio del género humano muchos árboles, yerbas y bálsamos que conservarán eternamente el crédito de su no bien ponderada fertilidad».</p>
<p class="bodytext">A su estudio pensó dedicar su esfuerzo emulando la vieja aventura de Francisco Hemández, quien fue protomédico de Felipe II, mas para ello necesitaba la protección y los caudales de la Corona :</p>
<p>«Mis fuerzas que son las de un particular solamente han alcanzado a los crecidos costes con que me he formado una grande colección de instrumentos y libros [&#8230;]. Me hallo ya imposibilitado a continuar por estos medios porque deben ser mayores los sufragios».</p>
<p>No sólo le interesaba el estudio de las producciones naturales y su explotación comercial, porque el proyecto de Mutis sobrepasó ya estos límites desde sus primeras formulaciones:</p>
<p>«No paran aquí Señor las miras de mi proyectado viaje: se extienden también a muchas importantes observaciones que podrán merecer algún lugar entre las memorias de Medicina, Geografia, Física y Matemáticas. Mi dilatada peregrinación por países a donde no han penetrado hasta ahora los hombres sabios, me proporcionará la oportunidad de hacer mil observaciones dignas de ser comunicadas».</p>
<p>El silencio fue la única contestación que recibieron sus memoriales, pese al expreso apoyo manifestado por el virrey Messía de la Cerda en la remisión de los documentos a la corte madrileña. No se amilanó Mutis ante el silencio burocrático, antes bien, prosiguió en su particular estudio del medio novo-granadino, pese a las dificultades que la falta del apoyo económico de la Corona suponía. Celoso siempre de sus activos financieros, cuyos pormenorizados «apuntamientos gananciales» han llegado hasta nosotros, encontró en el verano de 1766 un medio de aumentar su capital y proseguir su actividad investigadora fuera de los límites santafereños; en unión a otros cuatro socios constituyó una sociedad privada dedicada a la explotación minera de San Antonio, en la Montuosa Baja , en la que ejerció como administrador. El 30 de septiembre de 1766 «llegué a mi deseado destino del Real de la Montuosa Baja en las betas de Pamplona. Aunque yo venía bastante informado de la infelicidad del sitio [&#8230;] nunca pude formar juicio cabal, ni hacer concepto de lo que es el sitio en realidad». En este «destierro voluntario» permaneció cuatro años, y en mayo de 1770 volvió a Santa Fe, retomando su consulta médica y la actividad académica en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario.</p>
<p class="bodytext">En Santa Fe, y avanzado el año 1772, tomó dos decisiones importantes: permanecer en Nueva Granada pese a la inminente vuelta a la metrópolis del virrey Messía de la Cerda y tomar el estado eclesiástico, una determinación que debió ser largamente meditada pues Mutis tenía concedida autorización para ello desde 1764. Aquel año de 1772 fue de especial importancia en el acontecer biográfico de nuestro protagonista, porque a las decisiones ya comentadas se unió un descubrimiento trascendental: el hallazgo de quinos en el Monte de Tena. El hecho tuvo lugar en octubre de ese año durante un viaje rutinario por los pueblos mineros de los alrededores de Santa Fe, junto a Pedro de Ugarte, uno de los socios de su compañía minera; volvió a localizar quinos en su camino hacia Honda cuando se dirigía en abril de 1773 a saludar al nuevo virrey, Manuel de Guirior.</p>
<p>Estos nuevos descubrimientos y su recién adquirida tonsura no le hicieron desatender sus negocios mineros, antes bien se intensificó su participación en ellos durante estos años. En un intento por conocer en profundidad los nuevos procedimientos dosimásicos, la compañía minera de la que Mutis era partícipe decidió enviar a Clemente Ruiz a Suecia, donde permaneció entre 1774 y 1776. No cabe duda de que Mutis hizo acompañar a su discípulo de abundantes materiales para un Linné ya envejecido y enfermo, quien, según confiesa en carta fechada el 20 de mayo de 1774:</p>
<p>«La riqueza de plantas, raras aves Y otros objetos [.,,] me dejaron completamente atónito. Te felicito por tu nombre inmortal que jamás borrará edad alguna. Día y noche, durante estos ocho días, todo lo he vuelto y revuelto; salté de alegría siempre que comparecían plantas nunca vistas. Llamaré Mutisia a la planta número 21. En ninguna parte vi planta que le exceda en lo singular [&#8230; ]».</p>
<p class="bodytext">El género Mutisia L. filo fue finalmente descrito por el hijo de Carl Linné, en 1781; el «príncipe de los botánicos» murió en Upsala en los comienzos del año 1778. Nuestro protagonista fue, mediada la década de los setenta y tras quince años de estancia continuada en el virreinato, un personaje bien conocido en Santa Fe. Sus estudios contaban con el beneplácito del nuevo virrey, con quien Mutis parecía departir con cierta asiduidad; su magisterio en el Colegio del Rosario, amén de sus enseñanzas particulares a un destacado grupo de alumnos, comenzó a ver sus frutos. Su situación económica estaba más que asentada, y quizás ello fuera la causa de que su hennano Manuel se decidiera, mediada la década de los sesenta, a viajar a la «tierra de promisión», donde contrajo matrimonio en 1769 Y en donde tuvo abundante descendencia.</p>
<p>La fama y el poder tienen un precio y Mutis tuvo que pagarlo; entre los meses de junio y julio de 1774 fue denunciado ante el Tribunal de la Inquisición por los padres dominicos, quienes veían desbancado el prestigio de su Universidad por el del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario; el motivo alegado fue la defensa de las teorías copernicanas, contrarias a las enseñanzas de la Iglesia Católica. La causa fue favorable a la postura defendida por Mutis que veía así respaldada su autoridad. No fue ésta la única polémica que mantuvo Mutis; la más dilatada en el tiempo y de más esquivos resultados fue la sostenida con el panameño Sebastián López Ruiz, quien presentó en agosto de 1776, ante el virrey Antonio Flórez, un informe sobre la utilización preferente de las quinas novo-granadinas frente a las tradicionalmente utilizadas, las procedentes de Loja. Mutis entendió violadas sus prioridades por ser él quien años atrás había dado cuenta de igual descubrimiento al anterior virrey, Manuel de Guirior. Pese a sus protestas, elevadas al propio virrey, fue Manuel López Ruiz el encargado, por Real Orden dictada en noviembre de 1778, de ocuparse del establecimiento de un sistema de exportación de la quina novo-granadina. La polémica se extendió más allá de la sustitución en su cargo de López Ruiz, acaecida en 1783, ya bajo el gobierno del virrey-arzobispo Antonio Caballero y Góngora.</p>
<p class="bodytext">Mas no avancemos los acontecimientos; retornemos a la Santa Fe de principios de 1777 para encontramos con Mutis celebrando el regreso de su discípulo Clemente Ruiz, formado en Suecia en los nuevos procedimientos metalúrgicos. Juntos se trasladaron al Real de Minas del Sapo, en la jurisdicción de Ibagué; pese a la pronta deserción de Ruiz, nuestro protagonista permaneció en este distrito minero hasta 1782. Además de sus trabajos sobre la explotación minera, se dedicó con ahínco a los estudios entomológicos, en especial al de las hormigas, tal como el propio Linné le había sugerido en los inicios de su correspondencia.<br />
En febrero de 1781 Mutis tuvo un afortunado encuentro con el arzobispo de Santa Fe, Antonio Caballero y Góngora, de visita pastoral en Ibagué. Resultado de aquellas conversaciones fue la efectiva puesta en práctica del añorado plan de la expedición botánica por el virreinato de Nueva Granada.</p>
<p>A comienzos de 1782 Mutis volvió a trasladar su residencia a Santa Fe, convertido en asesor personal del arzobispo Caballero que, en junio de este mismo año, asumía el cargo de virrey. En marzo de 1783 fue el propio virrey quien solicitó de Mutis una actualización del proyecto expedicionario presentado ante la corte veinte años antes. La ansiada expedición fue aprobada por el propio virrey-arzobispo antes de que se consiguiera el plácet de la Corona española, firmado por José de Gálvez el primer día de noviembre de ese mismo año, con los consiguientes libramientos de las cajas reales.<br />
De manera oficial Mutis inició, el 23 de abril de 1783, su expedición botánica por el Nuevo Reino de Granada. Ciertamente era mucha la información que, durante los veinte años de estancia en el territorio, fue acumulando; pero estos trabajos ocuparon siempre un lugar secundario en su actividad profesional-quizás no en su pensamiento-. Entonces, desde estos últimos días de abril de 1783, la observación y el estudio del medio natural constituyó su ocupación principal. Y no solo la suya; en el proyecto expedicionario participó, en distintos momentos y con distintas intensidades, un grupo de naturalistas, formado a la sombra y bajo la tutela de Mutis, que colaboró con él en sus trabajos de campo.</p>
<p class="bodytext">El primer destino de la expedición fue La Mesa de Juan Díaz y hacia allí partió, desde Santa Fe, «con la crecida familia de compañeros y criados», el martes 29 de abril de 1783. En el camino, en el Monte Tena, encontraron algunos pies de quinos, cuya localización y estudio constituían uno de los principales objetivos de la expedición.</p>
<p>En La Mesa de Juan Díaz permanecieron desde los primeros días de mayo hasta el 29 de junio; desde allí prosiguieron viaje hasta Mariquita, una población de excelentes condiciones climáticas y situada en las proximidades del Real de Minas de Santa Ana.<br />
Su estancia en Mariquita, que se prolongó hasta 1790, sufrió un paréntesis. Por petición del arzobispo-virrey, cuya salud se hallaba resentida, Mutis se trasladó unos meses a Santa Fe; allí se encontraba entre octubre de 1783 y abril del siguiente año. Durante su ausencia se hizo cargo de la dirección de los trabajos de la expedición Eloy Valenzuela, retirado en 1784 por problemas de salud.</p>
<p>En Mariquita, en febrero de 1785, Mutis recibió la visita de Juan José D&#8217;Elhuyar y de Angel Díez, comisionados por la Corona para el estudio de las explotaciones mineras novo- granadinas. Sus opiniones fueron decisivas para los trabajos mineros realizados por Mutis, a los que continuó vinculado aún mientras dirigió la Real Expedición ; si bien siempre los mantuvo como una actividad privada. Las relaciones de D&#8217;Elhuyar y Mutis, iniciadas con la llegada del minero a Mariquita, se prolongaron en el tiempo y en el espacio -mezcladas con las experiencias novohispanas de Fausto D&#8217;Elhuyar-, hasta la muerte del vasco en Santa Fe, en septiembre de 1796.</p>
<p>Apenas iniciado el mes de marzo de 1785, el virrey-arzobispo recibió órdenes de la metrópoli de iniciar el acopio de quinas novo-granadinas; era el resultado de los envíos de este material realizados por el propio Caballero y Góngora durante el año anterior. Del acopio se ocupó Mutis, en contacto con los cosecheros de los alrededores de Mariquita y del valle de Fusagasugá, que llegó incluso a pergeñar un proyecto de estanco, aprobado por la cúpula virreinal en abril de 1787, nunca llevado a efecto. Una Real Orden dictada por Carlos IV el 20 de diciembre de 1789 puso fin a los proyectos de explotación novo-granadinos, declarando de especial utilidad la quina procedente de Loja; un día antes, alejado de lo que ocurría en Madrid, Mutis escribió a Francisco Martínez Sobral: «Entre todas mis empresas útiles a la humanidad ninguna ha merecido tanto mi atención como el asunto de la quina, y tal vez por lo mismo ninguna me ha producido tantas amarguras».</p>
<p class="bodytext">Esta falta de apoyo oficial al comercio de las quinas novo-granadinas no supuso el abandono de Mutis, quien siguió interesado en realizar acopios y en negociar con ellos, si bien ya como una actividad particular, segregada de las actividades de la Real Expedición que le estaba encomendada. El comercio de las quinas novo-granadinas conoció un nuevo auge en 1806, para el que Mutis estuvo preparado, y en el que participó de manera activa desde La Habana su sobrino Sinforoso.</p>
<p>Este mismo año de 1785, avanzado el mes de noviembre, dio cuenta ante la corte de Madrid, en sendos escritos dirigidos al ministro de Indias, José de Gálvez y al todopoderoso conde de Floridablanca, del hallazgo de un sustituto del té de China, bautizado como té de Bogotá, de «admirables propiedades que lo acreditarán por todo el mundo». La planta estuvo sujeta a explotación comercial, dirigida por el propio Mutis, quien se ocupó de su acopio, almacenaje y distribución desde comienzos de 1787 hasta febrero de 1790 en que se dictó la supresión de los envíos.</p>
<p>Durante su estancia en Mariquita, un tercer producto llamó la atención de Mutis: los canelos americanos, posibles sustitutos de la canela de Ceilán, de envidiable comercio. A fines de septiembre de 1783 el virrey-arzobispo encomendó la toma de muestras, de común acuerdo con Mutis, de unos árboles localizados en las montañas de Bée, próximas a Mariquita; a fines de este año, con material suficiente para la toma de decisiones botánicas, Mutis identificó los materiales como pertenecientes al género Laurus L., próximos a las canelas pero carentes de las utilidades de éstas. La búsqueda de canelas americanas prosiguió pese a estos primeros resultados desalentadores; en 1786 plantó, en su huerto de Mariquita, una porción de semillas, procedentes de los Andaquíes, remitidas por fray Diego García, que lograron prosperar, pero la pronta marcha de Mutis a Santa Fe le impidió comprobar los resultados finales de su experiencia.</p>
<p class="bodytext"><strong>La causa americana </strong></p>
<p>Durante el gobierno del virrey-arzobispo, y aún durante el breve tiempo en que el territorio estuvo bajo la dirección de Francisco Gil y Lemos, los trabajos de la Real Expedición novo-granadina transcurrieron según el solo criterio de José Celestino Mutis; nadie interfirió en sus planes ni pidió resultados. La situación cambió al ocupar la cúpula virreinal José Ezpeleta.</p>
<p>La falta de datos sobre el desarrollo de los trabajos de la Real Expedición no pasó desapercibida en la corte, ni en la madrileña ni en la del propio Santa Fe. En febrero de 1790 el virrey José Ezpeleta escribió a Mutis solicitando un informe de sus actuaciones y «ordenando» el traslado de la sede de la Real Expedición a Santa Fe, «a fin de no distraerme con otros asuntos que en la conclusión de la Flora de Bogotá».</p>
<p>La respuesta de Mutis a la orden de su nuevo virrey fue extensa, pero contundente; en ella le recordaba que su comisión no era sólo el estudio de la flora, sino que iba más allá, debiendo ocuparse también de los asuntos de la minería y de la explotación de algunas producciones vegetales, como la quina, los canelos o el té. Nada pareció entender el nuevo virrey quien insistió en el traslado de la sede de la Real Expedición a Santa Fe, como única contestación a las alegaciones de Mutis; acompañó a éste, su escrito de marzo de 1790, copia de una Real Orden, extendida por Antonio Porlier a fines de octubre de 1789, en la que el ministro de Indias proponía tal cambio a tenor de los nulos resultados conocidos en la corte española.</p>
<p>A fines de 1790, Mutis levantó su «casa botánica» de Mariquita para trasladarla, con todos sus enseres, a la capital virreinal. Los tiempos de independencia parecían tocar a su fin. Un Celestino Mutis, casi sexagenario y de «quebrantada salud», se despedía, el16 de enero de 1791, de las estancias de Mariquita, de sus planteles de canelos y nuez moscada, donde había disftutado de la vida durante los últimos siete años, y se encaminaba hacia la ciudad de Santa Fe.</p>
<p class="bodytext">En la capital virreinal, avanzado ya el mes de octubre de 1791, escribió al virrey Ezpeleta solicitando la continuación de la Real Expedición ; a los objetivos ya conocidos añadió uno más de excepcional importancia para entender los nuevos aconteceres por los que discurrió el proyecto expedicionario: «[ &#8230;] como depositar en cuatro jóvenes mis conocimientos de la Historia Natural de este Reino con toda la extensión que debe proporcionarles mi espontánea elección y su única aplicación al principal ramo de las Ciencias que puede hacer en lo sucesivo su carrera literaria [&#8230;]». Los cuatro discípulos elegidos fueron Juan Bautista Aguiar, en su compañía desde 1790, dos de sus sobrinos, José y Sinforoso, y Francisco Antonio Zea, y sólo este último cobraba con cargo al Real Erario, pues los tres restantes quedaron agregados al proyecto sin sueldo. El informe positivo del virrey Ezpeleta fue asumido como propio por el marqués de Bajamar, ministro de Indias, en escrito fechado a mediados de noviembre de 1791.</p>
<p>Tras la incorporación de Francisco Antonio Zea, la expedición cobró un nuevo impulso; el primer trabajo encomendado al recién incorporado expedicionario fue el estudio de los quinares del valle de Fusagasugá; allí viajó en 1792 y en él permaneció hasta 1794. José y Sinforoso permanecieron en Santa Fe, continuando su formación en el Colegio de Nuestra Señora del Rosario.</p>
<p>Con sus discípulos, Mutis mantuvo una actitud de continua preocupación; su pensamiento liberal, amante de la nueva sociedad ideada por las mentes ilustradas, le hicieron enfrentarse a las fuerzas coloniales conservadoras, pero su condición de fiel vasallo de su monarca le hizo oponerse a los movimientos emancipadores. Mutis se desmarcó de estas iniciativas, pero no sus discípulos; tanto Sinforoso como Zea fueron perseguidos, junto a Luis Rieux y Antonio Nariño, como integrantes de la conspiración de 1794; su defensa de los derechos del hombre y del pensamiento emanado de la Revolución Francesa no pasó desapercibida al virrey Ezpeleta. Zea fue enviado a Europa, desde donde, a principios de siglo, propuso a su maestro un nuevo viraje en el proyecto de expedición novo-granadina, cada vez más vinculado con el propio desarrollo de la ciencia en los territorios americanos y más alejado de las expectativas metropolitanas. Francisco Antonio Zea no volvió a ver con vida a su maestro, para el que tuvo siempre palabras de agradecimiento, sin duda justificadas por la especial protección que Mutis le dispensó durante su estancia en el continente europeo y que le llevaron a dirigir el Real Jardín Botánico de Madrid, a partir de 1804, tras la muerte de Antonio José Cavanilles.</p>
<p class="bodytext">Mas debemos retomar a la Nueva Granada de la última década del siglo XVIII. Por estos años comenzaron a hacerse públicos los primeros trabajos de Mutis; a la espera de la Flora de Bogotá, para la que siguieron acumulándose dibujos y pliegos, el gaditano divulgó sus opiniones sobre la quina: en 1792 se publicó, en Cádiz, una Instrucción formada por un facultativo [&#8230;] relativa a los usos y virtudes de los árboles de la quina,. entre 1793 y 1794, desde las páginas del Papel, periódico de la ciudad de Santa Fe de Bogotá, dio a conocer «El Arcano de la Quina , revelado a beneficio de la humanidad, o «Discurso de la parte médica de la Quinología de Bogotá».</p>
<p>A fines de 1789 el propio Mutis, en carta a su amigo y compañero Francisco Martínez Sobral, ofreció una síntesis de sus trabajos americanos: «Mi principal ocupación ha sido en treinta años el ejercicio de la medicina con las alternativas de gustos y amarguras que produce la Facultad en corazones tiernos y sensibles hacia el bien del prójimo. He disipado francamente, sin previsión mía, el caudal que iba adquiriendo, para hallarme imposibilitado de volver a Europa, y pegado mi corazón a mi excelente biblioteca y gabinete; formando entretanto una multitud de discípulos y aficionados a las ciencias útiles en un Reino envuelto en las densísimas tinieblas de la ignorancia, a pesar de una juventud lucidísima, ocupaciones que me constituyen en el oráculo de este Reino, con satisfacción de mis interesantes tareas».</p>
<p>Los escritos de Mutis de estos años, gozne entre los siglos XVIII y XIX, lo muestran ya plenamente imbuido del espíritu de América; no era un activista de la Revolución , pero sus miras se han vuelto definitivamente hacia el territorio al que entregó cuarenta años de su vida y muy atrás quedaba aquel final del verano de 1760 en que, con ánimo de un no muy lejano regreso, emprendió camino a Nueva Granada.</p>
<p class="bodytext">En los primeros años del siglo XIX se hizo más evidente el esfuerzo de Mutis por institucionalizar el desarrollo científico en Nueva Granada; a fines de diciembre de 1801 se celebró, en su propia casa, la primera sesión de la Sociedad Patriótica del Nuevo Reino de Granada; contaba para ello con los pertinentes permisos del virrey Pedro Mendinueta; en 1803 se inició, sufragado de su propia pecunia, la construcción del Observatorio Astronómico de Santa Fe; en agosto de 1805 presentó la versión definitiva del plan de estudios de medicina, vinculados al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario desterrando de sus aulas los métodos antiguos de enseñanza peripatético-arábiga».<br />
En 1801 José Celestino Mutis recibió la visita de Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland, procedentes de Cartagena, que se dirigían a Quito, con una estancia previa en Santa Fe, expresamente pergeñada para saludar al sabio gaditano y conocer in situ los resultados de sus trabajos. No parecen de mero cumplido las palabras con que Mutis contestó la propuesta de visita que le realizó Humboldt. «[ &#8230;] tan apreciable me ha sido la resolución de vuesamerced de [&#8230;] reconocer la Flora de Bogotá y proporcionar a su autor los agradables momentos de su generosa amistad, que reputaré por los más felices de mi vida los días de su residencia en esta capital del Reino».</p>
<p>No podía ser de otra manera. Nada pudo alegrar más los últimos años de vida de Mutis que la conversación, pausada y distendida, con otros sabios europeos que manifestaban sus mismos intereses. La enfermedad de Bonpland hizo que la estancia de los expedicionarios en Santa Fe se demorara por un par de meses. Quizás los más felices de la vida de Mutis, quien no perdió una sola oportunidad para mostrar sus más preciados tesoros: la colección icono gráfica, su preciada biblioteca, su herbario, sus anotaciones climatológicas, en definitiva el fruto de una vida dedicada a la observación del mundo natural. Humboldt y Bonpland no olvidaron la acogida dispensada en Santa Fe tras su vuelta a Europa.</p>
<p class="bodytext">Durante estos mismos años, los del comienzo del siglo XIX, la Real Expedición se tornó más abierta, siempre bajo la férrea dirección de Mutis. En 1802 se vinculó a ella Francisco José de Caldas, sobre quien recayeron los trabajos astronómicos. Este mismo año se incorporó como voluntario sin sueldo Jorge Tadeo Lozano, quien tres años después, en 1805, pasó a ser agregado y quedó comprometido con los trabajos zoológicos. En octubre de 1799 se había reincorporado al programa Sinforoso Mutis, quien, entre 1803 y 1808, se encontraba en La Habana recogiendo materiales para la Real Expedición y participando en el negocio de la quina. Fueron los discípulos de Mutis quienes, con la siempre fiel colaboración de Salvador Rizo, continuaron sus trabajos científicos en Nueva Granada; éstos y Francisco Antonio Zea, en permanente promoción por Europa, y cuyo regreso siempre esperó.</p>
<p>En septiembre de 1808 Mutis otorgó su testamento científico; el peso de los años le obligó a poner en orden las cosas de su hacienda, aunque de eso se ocupó su fiel mayordomo, Salvador Rizo, a quien había conferido poder para testar a comienzos de julio de 1808. Él quiso dejar bien afianzada la continuación de su obra científica, y sobre ello escribió al virrey Antonio Amar: la dirección de la Real Expedición quedó escindida en tres bloques: de los trabajos astronómicos se ocuparía Francisco José de Caldas, de los asuntos económicos y del control de los pintores se responsabilizaria Salvador Rizo, y la continuación de la obra botánica correría a cargo de su sobrino predilecto, Sinforoso Mutis.<br />
En la madrugada del 11 de septiembre de 1808 Mutis expiraba rodeado de sus discípulos.</p>
<p><strong>El legado material</strong></p>
<p>Mas las cosas no sucedieron como él deseó; la situación social novo-granadina se volvió aún más tensa en los años posteriores a la muerte de nuestro protagonista, derivando en un proceso independentista en el que buena parte de sus discípulos se vieron involucrados: Francisco José de Caldas fue fusilado por las tropas españolas en 1816 y la misma suerte corrieron Jorge Tadeo Lozano y su fiel Salvador Rizo.</p>
<p class="bodytext">En 1816 el general Pablo Morillo, remitió a la metrópoli, cual botín de guerra, los materiales hasta entonces depositados en la Casa de la Botánica santafereña: un total de ciento cinco cajones, examinados personalmente por Fernando Vil en un acto público. El propio monarca dictó allí instrucciones para que por medicación de su ministro de Estado, José Pizarro, la colección fuera conservada en los Reales Gabinetes; los materiales remitidos al Real Jardín, el grueso de la colección, comenzaron a ser inventariados bajo la custodia solícita de Mariano Lagasca, Simón de Rojas Clemente y Antonio van Haalen; se inició así un largo proceso felizmente concluido en nuestros días.</p>
<p>La Real Expedición Botánica al Nuevo Reino de Granada nos ha legado, ante todo, una amplia colección iconográfica de dibujos, la mayor parte de los cuales, hasta un total de 6.394, se custodian en el archivo del Real Jardín Botánico. Los dibujos no son obra personal de Mutis, pero sí hay certeza de que dirigió su programa de ejecución y los mimó como obra propia, hasta considerarlos como su mayor aportación botánica.</p>
<p>El modo cómo se elaboraron estos dibujos es hoy bien conocido: los herbolarios recogían el material vegetal, éste era dibujado, en folio mayor, por el personal al servicio de la expedición, tomando nota de los colores que presentaba al fresco; un dibujante especializado, Francisco Javier Matis, se ocupaba de las disecciones de la ftuctificación, realizadas en hoja independiente, de tamaño menor. Terminado el dibujo al fresco, tarea en la que venía invirtiéndose entre dos y tres días, en función de la dificultad de la obra y de la habilidad del artista, se realizaba una copia monocroma, en sepia o negro, también en folio mayor, que servía como modelo para el grabador, mientras que el dibujo en color quedaba reservado para iluminar el grabado cuando la obra estuviera impresa. Las anatomías estaban destinadas a ser incorporadas al dibujo final, de igual modo que la determinación del icón, anotada por el amanuense de la Real Expedición ; lamentablemente estos últimos pasos no siempre se completaron.</p>
<p class="bodytext">No hay duda de que Mutis cifró en esta colección sus mayores esfuerzos; la iconografia habría de suplir a un texto del que él sólo nos ha dejado algunos leves esbozos; a comienzos de 1789 escribirá a su arzobispo-virrey: «Si mi pasión no me engaña; si mi honesta ambición en punto de láminas que a pesar de mis empeñoS hace mi librería [&#8230;] puedo prometer que la lámina que saliere de mis manos no necesitará nuevos retoques de mis sucesores; y que cualquiera Botánico en Europa hallará representados los finísimos caracteres de la fructificación que es abecedario de la Ciencia , sin necesidad de venir a reconocerlos en su suelo nativo».</p>
<p>La colección icono gráfica fue estudiada sistemáticamente, por vez primera, en la primavera de 1881, tras conceder los correspondientes permisos a José Jerónimo Triana; éste reordenó los materiales Y anotó, en el reverso del dibujo y a lápiz, la denominación que, en su opinión, debería llevar el dibujo. Lorenzo Uribe numera los dibujos y estudia sus autores en 1952, legándonos el primer inventario detallado del conjunto que ascendía a 5.393 iconografias; además existe un conjunto de anatomías Y otros diseños compuesto por 1.001 dibujos que hoy quedan sumados a la colección icono gráfica general con su propia numeración, cuyo estudio fue abordado en 1985 por Santiago Díaz Piedrahita. A comienzos de noviembre de 1952, los Gobiernos de España Y Colombia firmaron un acuerdo de colaboración para publicar la Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reyno de Granada, una empresa titánica que aún sigue en pie, encontrándose, aún hoy, en la mitad de su recorrido. Además de la magnífica colección icono gráfica, queda como resultado de la Real Expedición novo-granadina un herbario con más de veinte mil pliegos entre los que, al día de hoy, se reconocen 6.490 taxones. El herbario comenzó a ser estudiado por José Jerónimo Triana, en 1881; luego se han ocupado de él Ellsworth Paine Killip y José Cuatrecasas, en los años treinta, Y Paloma Blanco Y Fernández de Calella Y Santiago Díaz Piedra hita en las últimas décadas del pasado siglo. Lamentablemente la mayor parte de los pliegos carece de etiquetas, por lo que -salvo excepciones- no es posible conocer datos sobre la procedencia de la planta, su recolector o la fecha Y el lugar de procedencia.</p>
<p class="bodytext">La documentación procesada por la Real Expedición fue, en gran parte, remitida a España junto al resto del envío del general Morillo; a comienzos de junio de 1889, Miguel Colmeiro, a la sazón director del Real Jardín, accedió a que los materiales no relacionados con la historia natural fueran transferidos a la Real Academia de la Historia , donde aún se conservan. El resto, un total de 3.907 documentos, comenzó a ser catalogado en 1960 por Francisco Rocher; su trabajo se vio culminado en 1995 cuando un grupo de trabajo, dirigido por Pilar San Pío, hizo público el Catálogo del fondo documental José Celestino Mutis del Real Jardín Botánico. parte de la documentación mutisiana permaneció en Santa Fe y hoy se encuentra integrada entre los fondos del Archivo Nacional de Colombia, algunos museos locales Y colecciones privadas. En el Archivo Decaisne, de la Academia de Ciencias dellnstituto de Francia en París se conserva la mayor parte de los documentos entregados personalmente por José Celestino Mutis al barón Von Humboldt, a su paso por Santa Fe .</p>
<p>Este inmenso legado corrobora las palabras que Alexander von Humboldt escribió a Antonio José Cavanilles e122 de abril de 1803:</p>
<p>«Es ya anciano, pero asombran sus trabajos hechos, y los que prepara para la prosperidad admira el que un hombre solo haya sido capaz de concebir y executar tan vasto plan.»</p>
<p class="bodytext">
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/las-expediciones-botanicas-de-la-corona-jose-celestino-mutis-a-nueva-granada-1783/">José Celestino Mutis a Nueva Granada (1783)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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			</item>
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		<title>Juan de Cuellar: Filipinas (1786)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-cuellar-filipinas-1786/</link>
		
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		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 09:00:40 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Marga Martínez Bibliografía: «La expedición de Juan de Cuellar a Filipinas» Real Jardín Botánico. 1997 En el siglo XVIII, el interés por la botánica y por el aprovechamiento comercial de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3644" class="csc-default">
<h3><strong>Marga Martínez</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «La expedición de Juan de Cuellar a Filipinas»<br />
Real Jardín Botánico. 1997</p>
</div>
<div id="c3645" class="csc-default">
<p class="bodytext">En el siglo XVIII, el interés por la botánica y por el aprovechamiento comercial de las nuevas especies descubiertas en las remotas colonias del Pacífico, motivó importantes expediciones por todo el planeta. En España, Juan de Cuéllar y sus trabajos en Filipinas, es uno de los exponentes de estos viajes. Su expedición, sin embargo, estuvo marcada por el continuo desencuentro entre el desarrollo científico y el de la economía colonial dependiente del comercio de galeón.</p>
<p>El Paso del Noroeste y la Terra Australis eran dos de los grandes enigmas geográficos del siglo XVIII, una época que se caracterizó por la competencia colonizadora entre las potencias europeas y la necesidad de fijar las coordenadas de las nuevas islas que aparecían en el océano. Esta necesidad venía animada por la rivalidad entre reyes europeos, que en sus expediciones buscaban nuevos mercados y nuevas rutas que fuesen seguras para la expansión colonial. Esto ayudó a la creación de una cartografía moderna y a la investigación científica de nuevas especies. El proceso ilustrado va unido a figuras de grandes marinos como Cook, Vancouver, La Pérouse, Bering o Malaspina en España, cuya expedición es comparable a las todopoderosas de Francia e Inglaterra.</p>
<p>En España, la muerte de Carlos II supuso la llegada de los borbones y con ello la apertura a las nuevas ideas de la Ilustración. El cambio dinástico español en el siglo XVIII trajo consigo la introducción del modelo francés de Estado en el que aparecía una nueva manera de entender el conocimiento científico y la educación profesional, a favor de las ciencias positivas. El conocimiento científico se convirtió en la herramienta empleada por los ilustrados españoles en la reforma del Estado, pero también en poder, en un camino para la promoción y ascenso social. El rey se apoyaba en esta nueva clase, en la burguesía, para centralizar el poder a cambio de reformas económicas en detrimento de nobleza y clero y a favor de la burguesía que accede a altos cargos en España y América.</p>
<p class="bodytext">La Corona facilitó la entrada de nuevas disciplinas en España, mediante la reforma ilustrada, es decir, centralización, militarización, creación de instituciones de nuevo cuño, etc, aunque realmente se trataba más de una actitud política que científica: importaba más el uso de la ciencia que ésta en si misma.</p>
<p>En lo que se refiere a las relaciones comerciales con las colonias, había posturas encontradas entre quienes seguían defendiendo el tráfico de metales preciosos frente a las nuevas ideas de quienes sostenían que la riqueza de las naciones se basa en la agricultura, industria y comercio. Defensores de esta nueva visión fueron los economistas Jerónimo de Ustárriz, Bernardo de Ulloa y José del Campillo y su “Nuevo sistema de Gobierno Económico para la América”. Fue Pedro Rodríguez Campomanes quien se ocupó de regular el comercio mediante el control de puertos y mercancías. Estas dos posturas siguieron enfrentándose en la España del XVIII, cuya situación se agravó tras la firma del Tratado de París en 1763, por el que se reconocía, en la práctica, la superioridad inglesa en las rutas oceánicas.</p>
<p>Estas medidas liberalizadoras que se aplicaron en las colonias americanas tuvieron, sin embargo, un desarrollo mucho más lento en Filipinas, donde había muy pocos españoles, y casi todos concentrados en Manila, que subsistían básicamente del comercio del galeón que les unía a España y a América. Es en la segunda mitad del siglo XVIII cuando aparece una serie de proyectos que buscaban la producción agrícola de artículos como las especias. Son de destacar los cultivos de canela en la plantación de Calavang, propiedad de Francisco Xavier Salgado, y las esperanzas puestas por España en poder competir y desbancar a la canela de Ceilán y Molucas que cultivaban los holandeses. Sin embargo, la canela filipina nunca logró alcanzar la calidad de la que comerciaban los holandeses.</p>
<p class="bodytext">En 1765, el fiscal de la audiencia de Manila, Francisco Leandro de Viana, publicó el tratado “Demostración del mísero deplorable estado de las islas Filipinas” con el objetivo de lograr que las islas dejasen de ser gravosas y se convirtiesen en fuente de riqueza. Para ello planteba la creación de una compañía de comercio, de capital español, y que realizase sus viajes por el Cabo de Buena Esperanza, lo que reducía a la mitad la duración del viaje, ya que desde el Tratado de Límites en 1750, las cosas cambiaron para España, que, hasta entonces, había tenido vedado el paso por esa vía.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA REAL COMPAÑÍA DE FILIPINAS</strong></p>
<p>En el siglo XVIII el comercio del archipiélago filipino estaba limitado a simple intermediario entre los mercados asiáticos y el Nuevo Mundo a través de la nao de Acapulco. Sin embargo, en 1781 nace la Sociedad Económica de Amigos del País de Manila, promovida por el gobernador general de Filipinas, José Vasco y Vargas y dirigida en su inicio por Ciriaco González de Carvajal y hasta el momento de su desaparición por Francisco Javier Moreno. Es entonces cuando se fijan por vez primera los objetivos de potenciación de la agricultura, industria y comercio filipino. En las actas de la Sociedad se exigía a sus miembros dar cuenta exacta de los progresos conseguidos en cada comisión, como las referentes a la cría de gusanos de seda, el comercio, el añil… y para incentivar el estudio se adjudicaban premios a las mejores producciones.</p>
<p>Los estudios que sobre la historia natural de Filipinas había hasta el momento eran los realizados por las primeras expediciones, como los de Antonio Pigaffeta de 1521 que participó en el viaje de Fernando Magallanes. Y aunque estos estudios se vieron continuados por religiosos hasta finales del siglo XVIII, en la Sociedad Económica de Amigos del País de Manila eran conscientes de que los recursos naturales de las islas eran tan abundantes como desconocidos, por lo que planteaban la necesidad de contar con personal cualificado que pudiera identificar y determinar la utilidad del medio natural. Lamentablemente nunca se contó con un respaldo institucional adecuado, por lo que la Sociedad Económica, a pesar de sus esperanzadores proyectos, no tuvo grandes resultados. Nos encontramos en un momento en el que preocupaba más el reparto de los fondos de la nao que el conseguir los objetivos planteados por la Sociedad, por lo que sus miembros pronto dejaron de acudir a las Juntas. El monopolio de la nao favorecía la especulación y el poder latifundista de tal modo que las diferencias sociales cada vez eran más grandes y la corrupción una práctica institucionalizada. Así pues, los estudios sobre la Historia Natural iniciados por la Sociedad se vieron tristemente frustrados</p>
<p class="bodytext">En 1785 nace una nueva iniciativa, la Real Compañía de Filipinas, cuyo objetivo vuelve a ser el de enlazar el comercio asiático con el americano. Se buscaba obtener de las islas productos como cauris, arroz, azúcar, tabaco, cera y maderas preciosas con los que poder comerciar. Como compensación se buscaría fomentar el cultivo de azúcar y especias así como dar anticipos a agricultores, fabricantes y comerciantes y establecer la construcción de buques y maquinaria avanzada para la industria textil algodonera. Desde el momento de su fundación se acordó nombrar a Juan de Cuéllar como Botánico Real para dirigir y fomentar los cultivos de plantas de rendimiento económico. La Compañía se centró en las plantaciones de morera, para incrementar la producción de seda y desbancar la hegemonía china en el comercio de la seda. También se buscó la mejora de la canela filipina, intentando eliminar la mucosidad que degradaba su valor ante las excelencias de la canela de Ceilán cultivada por los holandeses.</p>
<p>La Real Compañía de Filipinas llegó incluso a registrar entre sus medidas la de dedicar el cuatro por ciento de sus ganancias a la mejora de las producciones isleñas, sin embargo, de nuevo la competencia con la nao, las distintas guerras y cambios monárquicos en España con el consiguiente abandono institucional, llevaron este segundo intento de desarrollo colonial al fracaso. No obstante hay que reconocer el logro de Juan de Cuéllar de dar a conocer en la península la historia natural de las Filipinas.</p>
<p><strong>JUAN DE CUÉLLAR Y SU TRAYECTORIA EN ESPAÑA</strong></p>
<p>La antropóloga Mª Belén Bañas Llanos, estudiosa de la figura de Cuéllar, sitúa el origen de Juan José Ruperto de Cuéllar y Villanueba en el Real Sitio de Aranjuez, vinculado a una familia dedicada al cuidado y cultivo de los jardines reales hasta principios del siglo XVIII. El futuro botánico dio sus primeros pasos en la botica que sus padres regentaban en Aranjuez, pero lamentablemente su padre murió al poco tiempo y su madre contrajo segundas nupcias con Manuel Ordóñez, a quien el rey había nombrado regente de la botica. Poco más se conoce de la infancia y juventud de Juan de Cuéllar, quien, al morir su madre en 1760, se traslada a Madrid tras vender unos olivares que le habían correspondido en herencia y cobrar la parte económica que le correspondía compartir con sus dos hermanos menores, a cargo del tutor Manuel Ordóñez.</p>
<p class="bodytext">En el mes de diciembre de 1760 adquiere una botica en la calle de Atocha de Madrid y solicita su ingreso en el Real Colegio de Boticarios donde fue admitido con el número cien, el día 12 de diciembre. Dos años más tarde contrae matrimonio con una madrileña del barrio de Maravillas, María Rafaela Álvarez, que contaba con una dote que doblaba la del boticario. Su vida transcurría entre su botica y la asistencia a las juntas generales celebradas una vez al mes en el Real Colegio de Boticarios de la calle del Barquillo, donde se refugió tras la muerte de su esposa en 1769, y donde desempeñó cargos de responsabilidad, como secretario primero en dos ocasiones, procurador general, fiscal y secretario segundo. Su carrera profesional ganaba en prestigio cuando en 1781 Casimiro Gómez Ortega, primer catedrático del Real Jardín Botánico, es elegido director del Real Colegio de Boticarios y como secretario primero es elegido Cuéllar, que finalmente tiene que abandonar el Real Colegio ya que su botica no producía beneficios, y le conducía a la ruina.</p>
<p>De 1783 a 1784 Juan de Cuéllar asiste a las clases que se impartían en el Real Jardín Botánico donde los boticarios podían adquirir una formación científica y exigir los títulos expedidos por el Real Protomedicato. Tras su formación, el 17 de diciembre de 1784 envía una carta a Cristóbal Nieto de Piña, vicepresidente de la Real Sociedad Médica de Sevilla, en la que le comunica que está realizando un herbario por encargo según el sistema de Linneo; de este modo pedía la recomendación de Nieto de Piña para la plaza de botánico que estaba vacante en Sevilla y que también fue solicitada por Pedro Abat de Barcelona. La Real Sociedad Médica de Sevilla, con fecha de 2 de mayo de 1785, y tras los trámites realizados con la Sociedad de Barcelona y el Real Jardín de Madrid para encontrar a la persona más adecuada, procede al nombramiento de Juan de Cuéllar; sin embargo la toma de posesión de la cátedra tuvo que aplazarse porque en esa fecha fue designado como Real Comisionado en Cádiz.</p>
<p class="bodytext">El 21 de febrero de 1785 arribaba en el puerto de Cádiz el navío “El Peruano” que había llevado “La expedición al Virreinato de Perú” realizada en Perú y Chile por Hipólito Ruiz y José Pavón y que tenía como comisionado francés a Joseph Dombey. La misión que se encomendó a Cuéllar consistía en un registro fronterizo, en la separación del material que el francés traía duplicado para entregarlo en la Casa de la Contratación de Cádiz. Nada más llegar, Cuéllar mostró su diligencia al contactar al día siguiente, con Dombey, que ya llevaba cuatro meses en Cádiz y había estado maniobrando para no abrir en España los cajones que traía, sino en Francia. Estuvieron trabajando durante algo más de dos meses aprovechando todas las horas de luz del día, ya que además el francés no facilitó el trabajo puesto que ante la petición de Cuéllar de los diarios y de los índices de la mercancía que traía para realizar la separación, Dombey contestó que le era imposible puesto que al arribar a puerto lo remitió a Francia y de este modo, dar cuenta de su llegada.</p>
<p>El 17 de agosto de 1785 el trabajo de Cuéllar finalizó con resultado muy satisfactorio dejando los cajones resultantes de la separación, bien numerados, cerrados y clavados en la Casa de la Contratación. Dice Mª Belén Bañas en su obra sobre Cuéllar que tal vez por esta eficacia científica “Ruiz y Pavón le dedicaron el género “Cuellaria” en su Flora Peruviana et Chilensis, tomo I, página 59”.</p>
<p><strong>BOTÁNICO REAL “SIN SUELDO” DE LA REAL COMPAÑÍA DE FILIPINAS</strong></p>
<p>A primeros de enero de 1786 el “Águila Imperial” zarpaba del puerto de Cádiz siguiendo la vía del cabo de Buena Esperanza y con destino al manileño puerto de Cavite. En él viajaba el naturalista de la Real Compañía de Filipinas, Juan de Cuéllar, con su segunda mujer, María Borbón, y con el objetivo de fomentar el progreso económico de Filipinas. El 9 de agosto de 1786, y tras ocho meses de navegación, llegaron a su destino.</p>
<p class="bodytext">Cuéllar había abandonado su cátedra de Sevilla al ser propuesto como botánico para la Compañía de Filipinas y realizar una comisión en la que pedía el mismo nivel científico que el de “La expedición al Virreinato de Perú”, para lo que solicitó el título de “botánico real” que el rey concedió, pero con la particularidad de nombrarle “botánico real sin sueldo”.</p>
<p>A su llegada a Filipinas, Juan de Cuéllar se encuentra con la hostilidad de los lugareños puesto que, como ya hemos dicho, su mayor interés residía en el tráfico de galeón con Acapulco y desconfiaban de las actuaciones de la Compañía de Filipinas que pretendía el fin del monopolio del comercio de galeón y un desarrollo económico de las islas para que no fuesen gravosas a España. Sus primeras actuaciones giraron en torno al estudio de la situación en ese momento y del trabajo con los cultivos con los que ya se había ensayado. Preocupado por el entendimiento con los naturales de Filipinas, entre sus primeras adquisiciones destacan dos vocabularios, uno de lengua tagala y otro de visaya, así como de un volumen con preguntas en tagalo.</p>
<p>En su primera peregrinación a la provincia de la Laguna de Bay, entre noviembre y diciembre de 1786, y a pesar del terreno impracticable por las abundantes lluvias, se mostró impresionado ante la exuberante vegetación y pidió que facilitasen terrenos a los nativos para fomentar el comercio interior, lo que redundaría en beneficio no sólo de las islas, sino de la propia Compañía. España compraría los productos de los naturales y fomentaría la prosperidad en las islas; pero su solicitud nunca obtuvo respuesta.</p>
<p>A principios de 1787 inició una expedición para el reconocimiento de los montes de la Laguna de Bay, al Sur de Manila, pero los ladrones cometían todo tipo de atropellos y decidió ir a la provincia de Batán, donde se encontró que también allí habían matado a trece españoles, así que de nuevo cambió su destino hacia la Pampanga, cercana a la capital, pero las mismas amenazas abortaron la expedición. Finalmente decidió trabajar en los alrededores de la capital.</p>
<p class="bodytext">A causa de un reumatismo provocado por su falta de aclimatación a las lluvias, estuvo tres meses en cama, pero ante la salida de la fragata “Astrea” el 29 de noviembre de 1787, comandada por Alejandro Malaspina, hace un envío de varios cajones con resinas, semillas y producciones naturales de las islas. Poco después, en enero de 1788 hace otro envío, esta vez a cargo de su ayudante Martín Eguiluz. El trabajo de Cuéllar era intenso y además organizó un laboratorio de química y un estudio para que trabajaran los dibujantes, estudios de los que obtenía notables resultados.</p>
<p>Tras dos años en Filipinas, en agosto de 1788 pide un aumento de sueldo para poder mantenerse con decencia en Filipinas. El Gobierno pretendía que Cuéllar cumpliera las comisiones encomendadas a cargo de la Compañía, pero los objetivos de ésta no eran los mismos, así que a pesar de que la Corte estaba muy satisfecha con el trabajo que Cuéllar venía realizando, así como con las láminas de plantas y animales, la Real Compañía de Filipinas respondió a su solicitud diciendo que no se habían obtenido resultados ni utilidad en sus labores por lo que no se planteaba una compensación económica. No debió ser un buen momento para Cuéllar, puesto que ese mismo año fallece su segunda esposa, María Borbón, y en sus cartas queda patente su deseo de volver a España.</p>
<p>Por una Real Orden, y con representantes del gobernador y de la Real Compañía, Cuéllar emprende viaje hacia la hacienda de Calavang, propiedad de Francisco Xavier Salgado, en la provincia de la Laguna de Bay. Se había encargado un corte de canela porque en Madrid se especulaba que un anterior envío de canela, realizado por Salgado podría no pertenecer a su hacienda, sino que podría proceder de Ceilán. Así que tuvieron mucho cuidado en embalar canela cultivada por medio de incisiones o sangrías y otras muestras cultivadas sin haberles practicado incisiones. También se incluyeron envíos de nuez moscada y café.</p>
<p class="bodytext">En España surgían expectativas que hacían pensar que con el trabajo del naturalista en la mejora y perfeccionamiento del cultivo de la canela, podrían competir con la que los holandeses obtenían en Ceilán y Batavia. Los trabajos iban encaminados a quitar la “mordacidad, astringencia y viscosidad” de la canela filipina. Cuando, el 2 de agosto de 1789, estas muestras llegaron a España obtuvieron tan buenas impresiones que consideraron era la mejor canela que se había enviado desde Filipinas y con una calidad muy parecida a la de Ceilán. Sin embargo, desde la Real Botica indicaron que tenía mucha sustancia mucilaginosa que habían de eliminar transplantando los árboles y mediante la práctica de incisiones.</p>
<p>Cuéllar, que ignoraba la repercusión de su primer envío de canela, continuaba con su tarea investigadora en torno a la flora natural de las islas. De este modo inició viaje con su dibujante hacia la provincia de Batán, tras el fracaso del primer intento. Impresionado por la riqueza de la vegetación y minerales, recogía muestras y anotaba las aplicaciones y utilidades que les daban los nativos.</p>
<p>Como consecuencia del éxito del primer envío de canela, a petición real, se solicitó un segundo envío y se ordenó fomentar el cultivo de la canela filipina. Así, se procedió a realizar un nuevo corte en los canelos de Salgado y cuando los representantes del gobernador y de la Real Compañía vieron los progresos y cambios que la hacienda de Calavang había sufrido debido al trabajo y estudio de Cuéllar, quedaron impresionados: en la hacienda también se cultivaba nuez moscada, café y otros frutos. Sin embargo, este envío no obtuvo la aprobación del primero y la Real Botica dictaminó que la especie no había recibido ninguna mejora en el cultivo que se le había procurado y carecía de los aceites y aromas característicos. Quedaba patente el fracaso del método empleado de sangrías y cortes en los canelos, que, por otra parte, era lo que la Real Botica había recomendado. No obstante y a pesar de estos resultados, Carlos IV mantuvo la orden de mantener el fomento del cultivo de la canela para poder mejorar su calidad.</p>
<p class="bodytext"><strong>ANHELOS DE UNA GRAN EXPEDICIÓN</strong></p>
<p>Tras cuatro años en Filipinas y dos comisiones a sus espaldas, Cuéllar volvió a intentar conseguir remuneración por sus trabajos, aunque de modo más modesto puesto que en esta ocasión solicitó la mitad del sueldo de un botánico real. Los procedimientos en Madrid fueron los mismos que con su anterior petición: tras consultar con el Real Jardín, se traslada la petición a la Real Compañía de Filipinas que resuelve la situación diciendo que de los trabajos de Cuéllar, no se había conseguido ni siquiera lo que habían invertido. Y tras comunicar que, sin pretender rebajar el mérito científico de sus trabajos, no se concedía la retribución y se le instaba a tomar mayor interés en los asuntos de la Real Compañía.</p>
<p>Ante este panorama, Cuéllar se dirigió a la corte, a través de Floridablanca y Porlier, para que le encomendasen a una expedición de la altura de la del Virreinato de Perú.</p>
<p>Precisamente el 24 de marzo de 1792 llegan a Manila las corbetas “Descubierta” y “Atrevida” comandadas por Alejandro Malaspina ante quien Cuéllar no dudó en poner a su disposición todos los conocimientos que había ido consiguiendo en las islas, sobretodo lo referente a la historia natural. El 11 de abril Cuéllar salió con Antonio Pineda, botánico de la expedición y un dibujante, hacia la Laguna de Bay y la plantación de Calavang donde les mostró las plantas y canelos que allí cultivaba. Juan de Cuéllar volvió a Manila a la espera de reunirse de nuevo con los botánicos de la expedición y poder contrastar sus impresiones. Cuéllar estaba muy interesado, en que coincidieran con él en su interés de hacer excursiones botánicas por las islas y que así lo comunicaran a la península.</p>
<p>Pero la mala suerte parecía perseguirle puesto que en julio llegaba la noticia del fallecimiento de Antonio Pineda en Badoc, en la provincia de Illocos. Malaspina hizo construir en su honor una pirámide de piedra para colocar en el jardín de Malate.</p>
<p class="bodytext">El 11 de septiembre de 1792 Cuéllar remitió a Malaspina una serie de documentos para que los incluyera en sus informes. Poco después los botánicos de la expedición, Née y Haenke, fueron a la plantación de Calavang para observar las plantas de canela, café y otras especies; visitaron fuentes termales, el volcán Taal y recolectaron plantas para los herbarios de Cuéllar, quien seguía ofreciendo sus servicios para continuar informando sobre la historia natural de Filipinas cuando la expedición llegase a España.</p>
<p>Cuéllar estaba esperanzado en que los botánicos de la expedición de Malaspina recomendasen el fomento de la explotación de los cultivos de las islas, pero con el tiempo las cosas no fueron mejorando. La plantación de canela de la hacienda de Calavang necesitaba ayuda económica, Salgado, ya viejo, había invertido todo su dinero y los 600.000 ejemplares de canelo que había en la plantación necesitaban los cuidados necesarios para que pudiesen abastecer las necesidades previstas.</p>
<p>Ironías de la vida o casualidades de una realidad contradictoria, lo cierto es que mientras en Filipinas, Cuéllar no obtiene la respuesta deseada de la península para sus estudios y peticiones, en España se publica la “Descripción del árbol que produce la canela de Filipinas” de don Juan de Cuéllar.</p>
<p>Siete años después de la llegada del botánico a Filipinas y por Real Orden de 19 de junio de 1793, se aprobó la supresión de la Junta de Gobierno de la Real Compañía de Filipinas, dejando a cargo de la de Madrid su organización. Así pues, el 14 de marzo de 1794 el secretario de la Real Compañía de Filipinas en Madrid, envía la destitución, que Cuéllar recibe en junio de 1795. Se ofrecía a los empleados la posibilidad de volver a España o bien quedarse en Filipinas con un sueldo de 500 ducados que Cuéllar consideraba insuficiente para vivir con decencia. El botánico no quería abandonar Filipinas porque tal y como había recomendado el rey, había que favorecer las empresas útiles y, entre otras cosas, porque se había casado por tercera vez, en esta ocasión con una filipina de origen español, Gertrudis Blanco Bermúdez.</p>
<p class="bodytext">Tras su destitución fue nombrado comisionado para el alumbrado público en Manila y, más tarde, superintendente de las fábricas de tejidos de la provincia de Ilocos, un territorio del que fue nombrado “Alcalde Mayor”. Juan de Cuéllar permaneció en Filipinas hasta su muerte, a finales de 1801, a los 62 años, aproximadamente, y sin descendencia, quince años después de su llegada a las islas.</p>
<p><strong>EL JARDÍN BOTÁNICO DE MANILA, UN SUEÑO INCUMPLIDO</strong></p>
<p>El objetivo de Juan de Cuéllar desde que llegó a Filipinas y como buen botánico, era el de poder sembrar, criar y estudiar las plantas de las islas, así como descubrir nuevas especies y conocer su utilidad. Soñaba con la construcción de un Jardín Botánico a imagen de los de Europa y de los que se estaban empezando a construir en las colonias americanas.</p>
<p>Cuéllar había comprobado que las expediciones al interior de las islas eran complicadas porque sus regiones estaban dominadas por malhechores y pueblos que no permitían su acceso, como experimentó con sus tres expediciones frustradas a Laguna de Bay, Batán y Pampanga.</p>
<p>Otro de sus objetivos con la construcción del Jardín Botánico era que los naturales de las islas se aficionaran a observar y aprendieran las ventajas que la ciencia podría proporcionar a sus cultivos.</p>
<p>Entre las numerosas peticiones a España se encontraba la de la fundación del Jardín. Una vez más la Corona delegaba en la Real Compañía de Filipinas, en principio la más interesada en obtener resultados, pero que en la práctica sólo buscaba fines comerciales.</p>
<p>No se puede decir que supieran encontrar un desarrollo paralelo entre la divulgación de la investigación científica y la economía colonial. Unos intereses radicalmente dispares impidieron que cuajasen iniciativas como el anhelado Jardín Botánico. Aunque la Real Compañía compró los terrenos de Malate, en las afueras de Manila, los terrenos de una capellanía y que Cuéllar se hizo cargo de la hacienda de Calavang, además de adquirir, a cuenta de la Real Compañía otros terrenos en Tiaong, el botánico no obtuvo respuesta para su Jardín Botánico. Cansado de esperar, vio cómo estos terrenos se convertían en plantaciones comerciales, que nada tenían que ver con un centro de investigación.</p>
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		<title>Francisco de Noroña. Un naturalista español en el Índico.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/francisco-norona-naturalista/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Apr 2020 08:01:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las Expediciones Botánicas de la Corona]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Susana Pinar y Miguel Ángel Puig-Samper Boletín 32 Paisajes literarios Francisco Noroña es uno de esos muchos viajeros y científicos españoles desconocidos y olvidados. En el siglo XVIII, este [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: </strong>Susana Pinar y Miguel Ángel Puig-Samper</p>
<p>Boletín 32<br />
Paisajes literarios</p>
<p><strong>Francisco Noroña es uno de esos muchos viajeros y científicos españoles desconocidos y olvidados. En el siglo XVIII, este botánico viajó por Java, Mauricio, Madagascar o Filipinas, donde murió en 1788. Su obra es pionera y básica para conocer la historial natural de Filipinas, así como la flora de Java, Mauricio y Madagascar. Un libro recientemente publicado por el CSIC y Ediciones Doce Calles, saca a la luz su vida y su legado como viajero y como científico.</strong></p>
<p>Como ocurre con otros viajeros y expedicionarios españoles, botánicos, médicos, biólogos o cualquiera que fuera de Francisco Noroña ha pasado desapercibida para la para la mayoría del público e incluso para muchos estudiosos de la historia natural. Custodiada en algunos archivos, su vida y obra se presenta fragmentada y en trazos; el alcance de su labor y de sus conocimientos la hemos podido conocer a través de un laborioso seguimiento en los papeles que nos remiten a los objetivos y alcances del proyecto ilustrado en sus últimos años.</p>
<p>Algunas publicaciones nos dieron las primeras pistas de Francisco Noroña, de su dedicación a la botánica, y de sus viajes y recolecciones en Filipinas, Java, Madagascar y Mauricio, donde murió en 1788. Su obra es pionera y básica para conocer la historial natural de Filipinas, así como la flora de Java, Mauricio y Madagascar. Entre su legado se encuentran alrededor de 800 descripciones de especies vegetales, 106 láminas botánicas y 2 láminas zoológicas de la isla de Java, 12 láminas de animales, reptiles, insectos y crustáceos, un diccionario español-javanés y un diccionario malgache-español.</p>
<p>Su accidentada vida marcó en parte el destino de su obra que, lejos de depositarse en España, fue remitida a Francia. Estas primeras pistas nos guiaron a la biblioteca del Museo de Historia Natural de París en donde encontramos el diario de su largo viaje por Filipinas, Madagascar, Java y Mauricio. Más allá de ser un diario, este documento ofrece una valiosa información botánica de gran valor para la historia natural de estos territorios. Descripciones y dibujos de la flora acompañan el relato de este naturalista español nacido en Sevilla en 1748, de cuya vida a penas conocemos algunos datos. Médico de formación, Osuna, París y Londres fueron las primeras escalas donde completó sus conocimientos. De allí pasó a la India, a la costa de Coromandel, situada en la parte oriental, en donde se estableció un tiempo en la localidad de Pondichery, colonia francesa en donde practicó la medicina. De Pondichery pasó a Filipinas, en donde se instaló en Manila, ciudad en la que permaneció de 1784 a 1786.</p>
<p><strong>FILIPINAS, LA GRAN OBRA</strong></p>
<p>En Manila emprendió su gran obra, bajo el mecenazgo del oidor de la real audiencia e intendente general de ejército y hacienda, Ciriaco González Carvajal. Nos referimos a la <em>Historia Natural de Filipinas </em>en la que se inventariaban y examinaban los recursos naturales del archipiélago filipino, de los reinos material, mineral y vegetal. También por mediación de Ciriaco González Carvajal, Noroña accedió al cargo de oficial primero de la secretaría de la superintendencia, donde apenas llegó a estar tres meses. En este hecho y en la partida de Filipinas de Noroña pesó la decisión del gobernador José Basco y Vargas, quien no le consideraba una persona cuyos conocimientos podían redundar en beneficio de la Corona y, en concreto, en el fomento de la Compañía de Filipinas, creada por Carlos III en 1785. Las presiones del Gobernador le obligaron a abandonar Filipinas al no reconocérsele su condición de médico por no poder acreditarla con sus títulos que, como alegó, había perdido en una tormenta que le sorprendió llegando su barco a Ceilán. A pesar de la protesta que el Intendente envió a Gálvez por considerar injusta y dirigida contra alguien en concreto la disposición del Gobernador, el Rey aprobó dicha disposición que, comentaba, no expulsaba a Noroña de Filipinas sino que le limitaba la práctica de la medicina, con lo que, la partida del naturalista de Manila respondía sólo a su voluntad.</p>
<p>Pero, volviendo a sus trabajos en Filipinas, hay que destacar que Francisco Noroña fue un precursor de otros naturalistas que años después se dedicaron a impulsar los cultivos de algunos de los productos que mayor rentabilidad ofrecían en este archipiélago. Nos referimos a Juan de Cuéllar y a sus estudios sobre la morera y la canela. Los trabajos de Noroña, el <em>Método de criar gusanos de seda</em> y la <em>Disertación instructiva sobre la canela, y el método de cultivarla, como se</em><em> practica en Ceylán </em>-publicadas en 1785 y comienzos de 1786 respectivamente son antecedentes de las investigaciones que posteriormente se llevaron a cabo, y que gracias a su visibilidad tuvieron un mayor alcance y repercusión. Aunque Noroña apenas pudo ver el alcance que estos escritos tuvieron, por su marcha de Filipinas y su rápida muerte, una vez más conocemos la trascendencia de su obra buceando en la historia. Esta vez fue en el Archivo General de Indias, en la correspondencia entre el intendente de Filipinas y el ministro José Gálvez, en donde localizamos copia de los dos trabajos comentadosw. La importancia de sus estudios para la economía e industria de Filipinas fue lo que motivó que tras la publicación del Método de criar gusanos de seda se ordenara su inmediata traducción a todos los idiomas que más comúnmente se hablaban en las islas: español, tagalo, visayo y pampango.</p>
<p>En la <em>Disertación instructiva sobre la canela </em>Francisco Noroña resumía el debate en torno a la naturaleza real de la canela, los diferentes tipos, la descripción del árbol que, en función del lugar, se conocía con distintos nombres e incluso variaba del canelo, como era reconocido en Ceilán, al <em>Samboangan, Calingad</em><em> y Malacaningad </em>existentes en las islas Filipinas, así como su comercialización.</p>
<p><strong>RUMBO A JAVA</strong></p>
<p>El 22 de marzo de 1786 el azar ponía a Noroña rumbo a Java, en donde, cargado de sus trabajos, manuscritos, dibujos y otros materiales, pensaba continuar su historia natural de Filipinas. Apenas un mes después, el 15 de abril de 1786, llegó a Batavia. Una vez más, Noroña tuvo que abrirse camino en los círculos de poder y académicos con el fin de encontrar trabajo y reconocimiento y, de nuevo, un mecenas. Esta vez su protector fue el ministro Jan Hooyman, uno de los principales socios de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes de Batavia, quien tras examinar unas 60 láminas de botánica y de animales (coleópteros) y otros trabajos de Noroña decidió ayudarle para que se instalase y continuara sus trabajos de historia natural. Al igual que su anterior mecenas, Hooyman reconoció la utilidad que los estudios de Noroña podían tener para el fomento de la agricultura, la industria y el comercio holandés.</p>
<p>Bajo la protección de Hooyman, Noroña consiguió alojamiento gratuito en los mismos locales de la biblioteca de la Sociedad Académica a cambio de ocuparse de reordenar sus fondos. Gracias a ello, conoció la obra de otros naturalistas entre ellos Radermacher, fundador de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes de Batavia en 1778, y quien había impulsado la exploración de distintas partes de Java y la publicación de los resultados de estos viajes. De ellos el más conocido fue Thunberg, discípulo de Linneo, a quien se le atribuye la <em>Florula</em><em> Javanica</em>, de 1825.</p>
<p>A través de estas relaciones a Noroña se le encomendó llevar a cabo una expedición por el interior de Java para lo que se le asignó un dibujante, cuatro médicos-herboristas, intérpretes y pasaportes en lengua holandesa y malaya. En un mes Noroña ya había realizado 150 descripciones nuevas entre las que había 24 géneros nuevos que también dibujó. Además de herborizar y llevar a cabo las descripciones de flora y de fauna, los expedicionarios realizaron mediciones de temperaturas, análisis de aguas, observaciones geológicas (composición de los suelos, texturas, etc.), y recogieron restos arqueológicos y leyendas del lugar.</p>
<p>En su recorrido pasaron por distintos lugares y aldeas menores, siendo las más destacadas Pondok Gede, Archa, Cipanas, Cianjor, Beaban, Radjamandala, Churucagon y Chimay, desde donde se dirigieron a Bandung.</p>
<p>Durante su viaje Noroña tuvo algunos problemas con las autoridades de Cianjor, quienes rápidamente se quejaron a J. Hooyman. Lejos de llegar a una solución, Noroña protestó por la falta de atención y de recursos que había tenido durante la expedición, comentó la cuantía que había tenido que adelantar para sufragar los gastos, exigió que le hicieran miembro de la Sociedad Académica de Ciencias y Artes, así como que le devolvieran el dinero que había tenido que adelantar (14.2000 ducatones). Tras no ser aceptada alguna de las peticiones que hizo Noroña, de nuevo puso rumbo a otro lugar. En los trabajos botánicos Noroña, publicados en 17902, se aleja de los sistemas clasificatorios más conocidos, el de Linneo y el de Adanson, a quienes en ocasiones, corrige el nombre que habían dado a algunas familias sometiendo sus métodos a crítica:</p>
<p><em>Este ansioso deseo de componer nombres de nuevos en las</em><em> plantas, sin conocer a fondo sus caracteres esenciales, circunstancias, familias, especies, y variedades con la analogía que entre sí pueden tener, ocasiona muchos errores y confusiones en la botánica… Para clarificar los vegetales, es menester no atenerse solamente al examen de una planta seca, enviada de tres mil parajes de la tierra, ni fiarse a una especie o variedad cultivada en un huerto botánico… Los sistemas inducen a error y causan mucha confusión… Si quisiéramos juzgar de la naturaleza de un hombre por el número de dedos, o uñas, un pájaro por el número de plumas, y un </em><em>árbol por el número de cápsulas seminales, ¿no sería un disparate</em><em> grande capaz de pervertir toda noción física? ¿Este es el sistema de Linneo?</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ESTUDIOS EN LA ISLA DE FRANCIA</strong></p>
<p>El 24 de febrero de 1787 inició el viaje a la Isla de Francia, hoy isla de Mauricio, donde llegó dos meses después. Allí conoció a quien tras su muerte sería el heredero de sus bienes, Joseph Cossigny, Correspondiente de la Academia de Ciencias de París. Durante el breve tiempo que permaneció en la Isla de Francia, Noroña pudo describir la flora de uno de los jardines de aclimatación de especies más famosos de la época, el <em>Jardin des Pamplemousses. </em>En el catálogo, que no se limita a una relación de plantas pues de muchas de ellas discute si eran diferentes o simples variaciones cuya denominación no se fundamentaba en criterios botánicos, recoge 250 plantas entre las que destacamos aquellas que tenían una utilidad medicinal y las formas de consumo como eran el arbusto <em>Cerea</em> y que Noroña llamó <em>Themia nitida, </em>el árbol del incienso de Madagascar, el té Bohe y el té verde de China, el palo de águila o <em>agalocho, el arbre de cythere</em><em> o evi, </em>el árbol de teca o <em>yatí, </em>el palo de nata y el palo de benjuí –utilizados para construir barcos-, el saúco de la Isla de Francia, llamado <em>Cistula corymbosa </em>por Noroña, y los distintos tipos de canela que se cultivaban en el jardín <em>(Cinnamomum</em> de hoja ancha, o <em>Cinnamomum foliis latis, ovatis, frugiferum, y Cassia</em><em> cinnamomea, odere myrrhe o Cinnamomum perpetuo florens); </em>sobre estos tipo comentaba que la verdadera canela del comercio era la procedente de Ceilán que había sido introducida por los franceses en el jardín, la <em>Cinnamomum foliis</em><em> latis, ovatis, frugiferum. </em>Asimismo, se detenía en algunas especias como el clavo y la nuez moscada y los experimentos que los franceses habían realizado con el fin de conseguir que tuvieran una calidad superior a las importadas por otras potencias coloniales como era el caso clavo introducido por los holandeses en los mercados europeos.</p>
<p>En el diario Noroña también comenta otras plantas que se cultivaban en los alrededores del jardín como el <em>Jambus ferreus </em>o árbol de hierro, el <em>bois</em><em> de songe o Picus picta, </em>como la denominó Noroña, el <em>lalù </em>llamado <em>Hibisus</em><em> trilaciniatus, </em>las <em>pommes de singes </em>cuyo árbol Noroña denominó <em>Sclambico</em><em> informis, </em>entre otras. Junto a la descripción de las plantas, el naturalista español apuntaba algunos rasgos de la población de la isla, de sus cultivos, como el de la caña de azúcar (introducido por Joseph François Charpentier de Cossigny desde Batavia en 1761-1762) trabajado por dotaciones de esclavos procedentes de Mozambique y Madagascar, así como sobre algunos ilustrados interesados en la historia natural y que, como Joseph François Charpentier de Cossigny, poseían gabinetes bastante curiosos en la isla, como Céré, el consejero François de Chazal de la Genesté, y prefecto apostólico M. du Rocher.</p>
<p><strong>MADAGASCAR, ÚLTIMA ESTANCIA</strong></p>
<p>Su último destino fue Madagascar, donde llegó a bordo del navío <em>René </em>procedente de la Isla de Francia. Según la correspondencia de Céré, Noroña no recibió ayuda para llevar a cabo el viaje a Madagascar, mencionando que una vez más su intención era investigar en la utilidad de las plantas y de los minerales. Su presencia levantó cierto rechazo en los círculos gubernamentales en concreto en el comisario M. du Maine que recelaba de la presencia de un extranjero. En su diario, Noroña recoge a veces de un modo muy general también algunos usos, tradiciones y costumbres de sus habitantes, describe algunos caracteres físicos de la población, y comenta la no existencia de oro. También fue parco a la hora de describir la zoología de la isla entre ellos diversas especies de lemures, como el <em>maki </em>o <em>varicanda</em>, el <em>chiddi</em>, algunos mamíferos como el <em>vondsira</em>, el <em>tenrec</em>, <em>tendràc </em>o <em>tendrec </em>(parecido a un erizo), y algunas aves como la gallina de Guinea, llamada <em>acanga</em>, garzas, búhos, cuervos, etc.; asimismo, prestó poca atención a los reptiles, anfibios e insectos de los que sólo mencionaba que eran muy numerosos, e hizo mención de algunos animales míticos, señalando que eran sólo producto de la imaginación de la población como el <em>Trete</em>&#8211;<em>tretè </em>o <em>Tratra-tratà, </em>que describían como un cuadrúpedo con cabeza de mono y orejas de hombre. Se desconoce cómo fueron los últimos días allí vividos pues el diario de su viaje no hace alusión alguna y termina con un diccionario de español-malgache.</p>
<p>Su estancia en Madagascar fue breve, sólo cuatro meses tras los cuales regresó enfermo a la Isla de Francia. Entusiasmado en seguir los pasos de Sonnerat y Commerson y trabajar en la historia natural, la enfermedad contraída en Madagascar le impidió realizar una exploración más profunda y elaborar un estudio. Sólo puedo presentar un catálogo de las plantas recogidas en Madagascar que probablemente se corresponde con el <em>Catalogue des plantes</em><em> de Madagascar par Noroña</em><em>4</em><em>, </em>que sirvió como referencia básica a otros naturalistas como Aubert Aubert du Petit Thouars en sus descripciones botánicas de Madagascar que comenzó a publicar a partir de 1801.</p>
<p>Por voluntad de Francisco de Noroña, Cossigny fue el depositario de sus bienes, encargándose de realizar un inventario sus pertenencias y de enviar sus trabajos París. Cossigny quiso inmortalizar su obra con monumento en el <em>Jardin du Pamplemousses, </em>en el que grabasen los nombres de aquellos que habían contribuido difusión de la historia natural, colaborando con ello en de la colonia francesa. Sus deseos no se llevaron a la muerte y azarosa vida, así como sus contribuciones a estas islas pasaron desapercibidas durante muchos años.</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS:</strong></p>
<p><em>Pinar García, Susana, Puig-Samper, Miguel Ángel y Pelayo, Francisco, “Francisco Noroña, un naturalista español en el Océano Índico”, Mallo Pacheco Fernández, Daniel y Díez Torre, Alejandro R., De la ciencia ilustrada a la ciencia romántica: actas de las II Jornadas sobre ‘España y Científicas en América y Filipinas, Aranjuez (Madrid), Ediciones Doce Calles-Ateneo de Madrid, 1995: 109-120.</em></p>
<p><em>Pinar García, Susana, El sueño de las especias: viaje de exploración de Francisco de Noroña por las Islas de Filipinas, Java, Mauricio y Madagascar, Madrid, CSIC, 2000.</em></p>
<p><em>Pinar García, Susana, El explorador del Índico. Diario del viaje de Francisco Noroña (1748?-1788) por las islas Filipinas, Java, Mauricio y Madrid, CSIC-Doce Calles, 2009.</em></p>
<p><em>Miguel Ángel Puig-Samper y Susana Pinar son historiadores e investigadores del CSIC. Son autores del libro sobre Francisco Noroña, dorecientemente por la Editorial Doce Calles-CSIC en su colección Theatrum Naturae, de viajeros españoles.</em></p>
<p><em><strong>1 </strong>Archivo General de Indias, Audiencia de Filipinas, Leg. 904, núm. 82 y Leg. 691.</em></p>
<p><em><strong>2 </strong>La obra impresa de Francisco Noroña consta de tres artículos póstumos publicados en 1790 en holandés y latín: Noroña, Francisco, “Relatio plantarum Javanensium interfactione usque in Bandung recognitarum â Dno. F. Noroña”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5 (4), 1790: 1-28. Reimpreso en 1827: 64-86. Además de este trabajo la Sociedad Académica de Ciencias publicó tras su muerte otros estudios: Noroña, Francisco, “Altingia excelsa maldice et javanice Rasamala, Lignum papuanum Rumphii herbar. Amboin vol. 2”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5, 1790: 1-20. Reimpreso en 1827: 41-56, y Noroña, Francisco, “Descriptio arboris Ranghas”, Verhand. Batav. Genootschap Kunst. Wet., 5, 1790: 1-9. Reimpreso en 1827: 57-63.</em></p>
<p><em><strong>3 </strong>Bibliothèque General du Muséum d’Histoire Naturelle, Leg. 42, doc. I. Francisco Noroña, Cuaderno 1º de mi viage a la Isla de Java.</em></p>
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		<title>Humboldt y Bonpland (1799-1804)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-herencia-de-humboldt-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2020 12:00:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Josefina Gómez Mendoza La herencia de Humboldt Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005 La Sociedad Geográfica de Berlín (Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin) fue fundada en abril de 1828. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Josefina Gómez Mendoza</strong></h3>
<p>La herencia de Humboldt</p>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005</p>
<p class="bodytext">La Sociedad Geográfica de Berlín (<em>Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin</em>) fue fundada en abril de 1828. Era la segunda después de la de París que lo había sido en 1821 y anterior a la Royal Geographical Society de Londres que no se fundó hasta 1830. La geografía alemana inauguraba así un siglo de esplendor. Sin duda la geografía del siglo XIX debe ser considerada ante todo ciencia alemana; sólo las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el relevo en el protagonismo por parte de la geografía francesa, la llevaron a un segundo plano.</p>
<p><strong>NACIMIENTO Y ETAPA EXPEDICIONARIA Y COLONIAL</strong></p>
<p>Nada hacía presagiar que el Berlín de la época fuera capaz de acoger una institución de este tipo. Al menos esa es la opinión del gran geógrafo y expedicionario por Asia, Ferdinand von Richthofen (1833-1905), que había de presidir la Sociedad a finales del siglo XIX: <em>“Berlín era una ciudad pequeña, que ofrecía pocas perspectivas vitales y muy estrechos horizontes intelectuales. Los berlineses ilustrados tenían poca ocasión de intercambiar ideas”</em>. Pero el hecho de que Alexander von Humboldt pronunciara en Berlín en 1827 y 1828 sus famosas conferencias sobre el cosmos suministró el impulso necesario para la creación de la Sociedad. Un amigo de Humboldt, el cartógrafo Heinrich Berghaus, aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento en pro de la creación de una Sociedad Geográfica (Lenz, 1978 a y b). La otra circunstancia que ayudó a la creación fue que Carl Ritter, considerado, junto con Humboldt, creador de la geografía moderna, ocupara la primera cátedra de geografía en la Universidad de Berlín y en la Academia Militar: fue elegido primer presidente de la Sociedad, y como tal se mantuvo hasta su muerte en 1859, el mismo año que Humboldt.</p>
<p class="bodytext">Aunque tuvo desde el principio socios importantes, la Sociedad de Berlín no consiguió en los primeros decenios el reconocimiento público suficiente y careció de solvencia financiera para sufragar expediciones y proyectos de envergadura. De ello se quejó el propio Ritter.<br />
A mediados del siglo XIX, se iniciaba una nueva etapa de la Sociedad de Berlín, la fase más expedicionaria. Uno de los socios distinguidos, Heinrich Barth, que la acabó presidiendo de 1863 hasta 1865, año de su muerte, había participado en varias expediciones a África Central: de ellas dio cuenta en la Sociedad y, con su mediación, la Sociedad Geográfica de Berlín se convirtió en un centro neurálgico de la tradición expedicionaria alemana. Los exploradores Gustav Nachtigal y Hermann von Wissman dieron cuenta de sus viajes en ella; la Sociedad patrocinó las expediciones polares alemanas (1901-1903) y desempeñó un papel importante en la expansión de las colonias e intereses alemanes en África. Momentos estelares en la vida de la Sociedad fueron las conferencias que en ella pronunciaron grandes exploradores como Sven Hedin (1903), Roal Amundsen (1907 y 1912), Sir Ernest Shackleton (1910), Robert E. Peary<br />
(1910) y Alfred Wegener (1929), entre los más relevantes. La Sociedad de Berlín editaba desde 1868 una revista <em>Die Erde </em>que se sigue publicando en la actualidad.</p>
<p>Otras veinticuatro sociedades geográficas se crearon en Alemania y Austria en el siglo XIX, y ya sólo otras cinco antes de la Segunda Guerra Mundial. Las más tempranas fueron la de Francfort en 1836 y la de Darmstadt de 1845, seguidas de las de Leipzig, Dresde y Münich en los años sesenta, 1861, 1863 y 1869 respectivamente. De los años setenta son las de Dresde, Halle, Hamburgo, Friburgo, Hannover y Karlsruhe y de los ochenta, las de Jena, Lübeck. Königsberg, Stuttgart, Greisswald, Kassel (todas de 1882) seguidas de la de Colonia en 1887. Es el momento de mayor impulso creador.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas tenían objetivos similares a los de la de Berlín pero ninguna alcanzó su dimensión (ésta llegó a tener más de 1.300 socios) y esplendor. En todo caso, la mayor parte de las Sociedades enunciadas se mantienen.</p>
<p><strong>LA FASE ACADÉMICA</strong><strong> Y CIENTÍFICA DE LA SOCIEDAD DE BERLÍN</strong></p>
<p>En el año 1899 von Richthofen se había hecho cargo de la cátedra de geografía de Berlín, culminando un momento de expansión de la geografía universitaria en Alemania. Se habían creado cátedras de geografía en Leipzig y en Halle en 1871 y 1873 respectivamente (nótese la coincidencia con la fecha de fundación de las Sociedades), y un año después, en 1874, el gobierno prusiano decidía establecer cátedras de geografía en todas las universidades del Estado. Esta iniciativa dio apoyo institucional a los geógrafos y situó en primera línea a Friedrich Ratzel (1844-1904) que había viajado mucho como periodista por Estados Unidos y que ocupó la cátedra de Munich en 1875; también a Ferdinand von Richthofen, conocido por su expedición por el interior de Asia y sus estudios de geomorfología china, lo que le había llevado, a su vuelta a Alemania en 1872, a defender ardientemente la presencia de Prusia en este país asiático. Ocupó la cátedra de Bonn en 1877, luego la de Leipzig y finalmente la de Berlín. En 1914 había veintitrés cátedras universitarias en Alemania, algo sin parangón en los demás países europeos donde o no había o sólo había una universidad con enseñanza independiente de geografía.</p>
<p class="bodytext">La institucionalización universitaria de la geografía alemana la había convertido en un modelo para las Sociedades francesas e inglesas. En el caso francés, la derrota ante Prusia de 1871 había hecho que Alemania fuera considerada el ejemplo que había que seguir. La idea repetida era que <em>“la responsabilidad de la derrota de Sedan correspondía más al profesor de geografía e historia que al militar”, </em>en la medida en que no habría sabido inculcar el suficiente conocimiento del territorio patrio y, por ende, amor patrio. Se citaba en muchos cenáculos la supuesta frase de Goethe sobre que los franceses no sabían geografía.</p>
<p>Al prestigio académico de la geografía alemana, en el <em>Gymnasium </em>y en la Universidad, se sumaba el editorial y cartográfico. El caso más conocido es el del Instituto Geográfico de Justus Perthes en Gotha, de donde salieron entre otros los célebres atlas <em>Stieler Handatlas, </em>además de anuarios estadísticos, mapas murales y revistas como la célebre <em>Petermans Mitteilungen. </em>Todo ello contribuyó a convertir en el último tercio del siglo XIX a la geografía alemana en modélica. En 1899 se había celebrado en Berlín el Congreso Internacional de Sociedades Geográficas.</p>
<p>Sin duda esta reputación estuvo en el origen del acercamiento de las Sociedades hacia la geografía científica y de la discusión metodológica que se produjo. Junto a las conferencias vespertinas dedicadas al gran público, se fueron introduciendo en la de Berlín, sesiones y seminarios dirigidos a un público más reducido y especialista. Como otras veces, en esta inflexión de la Sociedad de Berlín tuvo bastante que ver la influencia de una figura de peso, en esta ocasión la de Albrecht Penck (1858-1945) geomorfólogo de prestigio internacional, catedrático (profesor <em>Ordinarius</em>) del Instituto de Geografía de Berlín, miembro de la Junta de la Sociedad entre 1907 y 1930 y durante bastantes años su presidente. Atrajo a personalidades relevantes pero también a sus estudiantes y discípulos que fueron acudiendo a la Sociedad y tomando protagonismo. De modo que en este derrotero, la conmemoración del centenario de la sociedad en 1928 fue también la ocasión de su consagración científica.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL Y LA CREACIÓN DE LA UNIÓN GEOGRÁFICA INTERNACIONAL</strong></p>
<p>El primer congreso internacional de geografía se celebró en Amberes entre el 14 y el 22 de agosto de 1871. A partir de entonces fueron las Sociedades de Geografía las que se hicieron cargo de la organización de los sucesivos congresos. Era la edad de oro de las Sociedades. De este modo se suceden el Congreso de París de 1875, a instancias de la Sociedad de París, el de Venecia, por invitación de los geógrafos de esta ciudad y aceptación de la Sociedad de París que actúa en todo momento de <em>primun interpares</em>. En agosto de 1889, la serie de conferencias que tuvo lugar con motivo de la Exposición Universal es igualmente reconocida por la Sociedad de Geografía de París como Cuarto Congreso Internacional. A partir de entonces se fue estableciendo la tradición de relevo de las Sociedades y de las sedes para la organización de los congresos, que no pasaban de ser, como ocurría entonces con multitud de otros congresos, asambleas efímeras que no dejaban la huella de una estructura permanente, pese a los votos que se solían hacer para que así fuera. En este sentido en el Congreso de Venecia ya mencionado se había afirmado que era necesario crear una “Oficina Central” que se ocupara de la difusión de las resoluciones del Congreso y de la comunicación entre sociedades. Las siguientes convocatorias fueron las de Berna en 1891, Londres 1895, y bajo la responsabilidad de la Sociedad de Berlín, la de esta ciudad en 1899. En este último congreso del siglo, la oficina central puso de manifiesto la falta de resultados en la toma de contactos intentada con los gobiernos y las sociedades geográficas del mundo. Pese a ese fracaso relativo la organización central se mantuvo, y así se celebraron los congresos de Washington (1904), Ginebra (1908) y Roma (1913).</p>
<p class="bodytext">Es precisamente en Roma en donde surge la iniciativa de instituir una Unión Internacional de Sociedades de Geografía, resolución que firmaron entonces las de Roma, Madrid, Lisboa, Ginebra, Londres, Berlín, Viena, Nueva York, París, San Petersburgo y Copenhague a las que se habían de unir las de Bruselas, Amsterdam, Cristiana, Estocolmo y Budapest. El estallido de la guerra impidió que se llevara a la práctica la resolución y deparó un destino segregado a las sociedades alemanas y más en concreto a la de Berlín.</p>
<p>En el proceso de internacionalización de la geografía llama la atención pues, en comparación con otras ciencias, el papel relevante que habían tenido las Sociedades nacionales o regionales, para difundir la información, actuar como grupo de presión respecto de los gobiernos, consultar sobre las cuestiones que se les plantearan y sintetizar el estado de los conocimientos en los distintos campos.</p>
<p>El modelo de internacionalización que se plantea a partir de la guerra va a cambiar, al restar protagonismo y responsabilidad a las Sociedades y al establecer un boicot de hecho a Alemania y a las Sociedades alemanas (Robic, 1996). La forma definitiva de la Unión Geográfica Internacional (UGI), cuya existencia se planteó ya en el Consejo Internacional de Investigaciones de 1919 (<em>Conseil International de Recherches</em>, CIR) y se ejecutó el 27 de julio de 1922, ratificaba el apartamiento de las Sociedades, aunque los comités nacionales ante la UGI se mantenían con carácter estatal, con lo que en muchos de ellos la presencia de las principales Sociedades estaba garantizada porque esa venía siendo la tradición. El CIR y la UGI son de hecho creación de los Aliados y mantenían la marginación de las potencias centroeuropeas, mostrando la ruptura producida por la guerra entre las comunidades científicas y culturales. En el caso de la geografía, la intención de no abrir las puertas a Alemania, al menos al principio, fue evidente. La voluntad de normalización política que significó el Tratado de Locarno de 1925, con la entrada de Alemania en 1926 en la Sociedad de Naciones, se retrasó en el caso científico: las Sociedades científicas alemanas prefirieron proceder a un contraboicot y en ningún momento admitieron negociar con el CIR. De hecho la situación no se normalizó en el caso de la mayor parte de las ciencias hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Así ocurrió con la geografía con el hecho sobreañadido de la peculiar situación vivida por los geógrafos y sus organizaciones durante el régimen nazi.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS DURANTE EL NACIONAL SOCIALISMO</strong></p>
<p>La geografía responde muy bien a la situación descrita. Primero la geografía alemana fue excluida por los Aliados y, luego, algunos de sus responsables vinculados al Nacional Socialismo se opusieron en los años treinta a todo intento de conciliación.</p>
<p>A decir de Carl Lenz (1978), presidente en los años setenta de la Sociedad de Berlín y “biógrafo” de la misma, la Sociedad de Berlín pasó por considerables dificultades durante el periodo nazi. El que se pudieran proseguir las publicaciones se debió en buena medida al último ministro prusiano de Cultura, Friedrich Schmidt-Ott, y al geógrafo Carl Troll (1899-1975), discípulo de Penck y llamado a ser la cabeza visible de la geografía alemana de postguerra y de la reconciliación. En los años treinta Troll era objeto sin embargo de la inquina (por razones desde luego profesionales, probablemente también científicas) de otro gran geógrafo y teórico del paisaje, Siegfried Passarge (1867-1958), este con clara obediencia política hasta el punto de haber sido nombrado <em>Reichsobmann für Geographie </em>(jefe nazi para la geografía). Passarge se opuso frontalmente a la demanda que le hizo Emmanuel de Martonne, presidente de la UGI en 1933 de incorporación a la misma. Troll prefirió refugiar a la Sociedad de Berlín en el trabajo y organizó en 1938 el Congreso sobre <em>Exploración geográfica y fotografía aérea, </em>de reducida trascendencia por las razones comentadas, pero con acierto temático evidente.</p>
<p class="bodytext">En plena guerra mundial se celebró una llamada reunión de geógrafos europeos en Würzburg, a instancias de Schmieder de Kiel y Krebs de Berlín, que se presentaba como alternativa a la UGI, pero que por razones obvias se convirtió de hecho en una reunión germano-italiana a la que asistieron por parte española, Juan Dantín Cereceda y José Gavira.</p>
<p>Es difícil medir la influencia del Nacional Socialismo en la geografía del momento. Se ha dicho que se habría sobrevalorado el papel de la geopolítica sobre el ideario nazi pero sin duda la insistencia sobre el <em>lebensraum </em>(espacio vital), <em>el Volk </em>(el pueblo) y la raza como conceptos centrales de la geografía humana marcaron la continuidad de la época nazi con los fundadores de la geopolítica, Ratzel y Haushofer. La geografía del Nacional Socialismo evitaba la neutralidad científica y se dedicaba a un mundo germanocéntrico.</p>
<p><em>“La geografía nacional es para nosotros la geografía total, mirar con ojos alemanes y desde el punto de vista alemán a Alemania en el mundo”</em>, insistiendo sobre el papel creativo del pueblo alemán en el paisaje cultural de Europa. (Elkins, 1989).<br />
Hubo censura, autocensura, persecución y diáspora. Carl Troll, una de la figuras más relevantes de la Sociedad de Berlín y de la geografía alemana y mundial, que se había opuesto al Nacional Socialismo antes de la llegada de éste al poder y que no había hecho gestos de aceptación del régimen, aunque tampoco había tenido que salir de Alemania, se encargó de reivindicar la geografía de su país en la inmediata postguerra en un célebre artículo de 1948 sobre la “La ciencia geográfica en Alemania durante el periodo 1933-1945. Crítica y justificación”, publicado por los <em>Annales </em>de la Asociación de Geógrafos Americanos. Se trataba de expurgar la literatura del periodo nazi de falsificaciones y tergiversaciones incompatibles con la verdadera ciencia (Troll, 1948; Gómez Mendoza, 1994). Se trataba de separar en el pasado lo “bueno” de lo “malo”, siendo lo malo lo comprometido con el régimen nacionalsocialista. Depurar, por ejemplo, la verdadera geografía política y los elementos respetables de Ratzel y Haushofer del mal uso que se había hecho de ellos. En la interpretación de Troll, la geografía física se habría mantenido más resguardada de la contaminación política que la humana.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas se valen de reuniones y seminarios más o menos especializados y de viajes de los socios y, eventualmente, de apoyo a expediciones. La de Berlín mantiene sin duda la mayor iniciativa. Organiza viajes geográficos, cortos o largos, bajo dirección experta; administra los fondos de subvención Carl Ritter, Ferdinand von Richthofen y Albrecht Penck, creadas todas ellas en el año de la muerte de los mencionados presidentes. En 1959 se creó una nueva línea de subvención <em>Von Humboldt-Ritter-Penck </em>con el mismo objetivo de apoyar la investigación de geógrafos alemanes.</p>
<p>Su última iniciativa ha sido convocar para octubre 2005 un congreso internacional con motivo del Centenario de Richthofen, con el título “Hombre y medio en Asia Central”. En torno a la figura de Richthofen, uno de los primeros geomorfólogos y estudiosos del Asia central, se convoca a expertos de todo el mundo a debatir sobre geoecología, arqueología e historia cultural, historia, ciencias sociales y cartografía asiáticas.</p>
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		<title>El valioso cuaderno de viaje de Tomás Suría</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/valioso-cuaderno-viaje-tomas-suria/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:26:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 16]]></category>
		<category><![CDATA[La Gran Expedición]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo nos recuerda la vida y aventuras de un viajero valenciano que se asomó a las latitudes árticas en el siglo XVIII: el grabador valenciano Tomás de Suría, que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h6 class="wp-block-heading">Pedro Páramo nos recuerda la vida y aventuras de un viajero valenciano que se asomó a las latitudes árticas en el siglo XVIII: el grabador valenciano Tomás de Suría, que viajó hasta Alaska en la expedición de Alessandro Malaspina y escribió un curioso diario que nos transmite intensas sensaciones y ricas descripciones.</h6>



<h3 class="wp-block-heading"><em><strong>Por Pedro Páramo</strong></em></h3>



<p>Bibliografía: <a href="http://El v3lioso ·cuaderno de viaje de Tomás Suría">Boletín Nº16 &#8211; Especial Tierras Polares</a></p>



<p>Los exploradores españoles alcanzaron los bordes de los hielos pola­res antes que nadie en el siglo XVI, como &nbsp;parte &nbsp;del &nbsp;reconoci­miento de las costas del continente americano. Por el Sur, el palentino <strong>Gabriel de Castilla</strong> navegó hasta los 64° de latitud Sur basta la Antártida en 1600; por el Norte, &nbsp;el &nbsp;legendario &nbsp;navegante &nbsp;valenciano <strong>Ferrer Maldonado</strong>&nbsp;afirmó haber pasado del Atlántico al Pacífico por encima de los 600 en 1588. Pero el imperio español llegó exhausto a la era de los grandes descubrimientos en los helados extremos del Planeta. Los últimos intentos de los españoles para explorar estos territorios desconocidos tuvieron lugar en el lejano noroeste de América, a fina­les del siglo XVlll, &nbsp;encomendados &nbsp;a ilustres marinos, como <strong>Juan Francisco Bodega y Quadra</strong>. <strong>Bruno de Heceta</strong>, &nbsp;<strong>Francisco Antonio Mourelle</strong>, <strong>&nbsp;Alessandro Malaspina</strong>, <strong>Cayetano Valdés</strong> y <strong>Dionisio <em>Alcalá </em>Caliano</strong>. Los viajeros que recorren hoy Alaska pueden seguir la huella de aquellas exploraciones a través de la toponimia &nbsp;local que &nbsp;conserva &nbsp;nombres en español &nbsp;como &nbsp;<em>Cordov</em><em>a,</em>&nbsp;<em>Valdez </em>o <em>Chocon</em><em>,</em> otros traducidos al inglés, como la <em>bahfa </em><em>del </em><em>Desengaño, </em>en la actuali­dad Oisenchantment Bay. y muchos otros adaptados a la fonética indígena.</p>



<p>Las flotas enviadas por el gobierno de Madrid al noroeste americano de fina­les del XVIII partían con tres cometidos principales: el reconocimiento y con­trol de los confines del imperio, la búsqueda del mítico Paso del Noroeste y la exploración y estudio de los recursos dis­ponibles en aquellas lejanas tierras. Las tres habían sido estimuladas a partir de 1750, al tener noticia el gobierno español de que cazadores y comerciantes &nbsp;rusos, lle­gados a través del estrecho descubierto en 1728 por el danés al servicio del zar <strong>Vitus Bering</strong> en busca de pieles, estaban creando factorías en territorio español. En los barcos fletados para estas misiones por la Corona desde la Península &nbsp;o desde &nbsp;los puertos &nbsp;mexicanos de Nueva España en el Pacífico, con los marinos y los soldados viajaban naturalistas, cartógrafos y pintores encargados de estudiar, catalogar y dibujar cuanto hallaban a su paso con el fin de informar de los hallazgos al gobierno.</p>



<p>Uno de aquellos artistas, el grabador valenciano <strong>Tomás de Suría</strong>, que viajó hasta Alaska en la expedición de Alessandro Malaspina, escribió un diario que él tituló<strong> <em>Quademo </em><em>que </em><em>contiene el </em><em>Ramo </em><em>de </em><em>Historia&nbsp;</em><em>Natural </em><em>y </em><em>diorio </em><em>de </em><em>la </em><em>Expedición </em><em>del </em><em>Círculo del </em><em>Glovo</em></strong><em>.</em> Se trata de un manuscrito lleno de tachaduras, que comienza abruptamente y termina con una palabra a medio escribir, como si fuera una serie de notas tomadas durante el viaje que el autor se propusiera ordenar y pasar a limpio más adelante. El cuaderno no obstante, conserva el frescor del momento vivido y nos transmite las sensacio­nes más intensas, las descripciones más ricas y el &nbsp;relato más completo de aquella aventura de l<strong>as corbetas Descubierta y Atrevida</strong> en las costas del Pacífico en el &nbsp;extremo septentrional de &nbsp;América. El &nbsp;testimonio de Suría, que no estaba obligado a secreto por juramento y no tuvo que entregar su diario a las autori­dades del Ministerio de Marina, es el de un hijo de la ilustración, car­gado de información científica y de humanismo, &nbsp;muy alejado de las lacónicas informaciones de los cuadernos de &nbsp;bitácora exigidas a los marinos y exploradores de la época.</p>



<p>Los historiadores, los naturalistas y los antropólogos reconocen el manuscrito del valenciano como el más valioso para conocer &nbsp;la vida y las costumbres de los pobladores de Alaska de hace dos siglos. La casualidad condujo a Tomás de Suría a la expedición de Alessandro Malaspi­na en abril de 1791. Meses antes, las corbetas Atrevida y Descubierta habían desembarcado a su paso por El Callo (Perú) al pintor sevillano José del Pozo. Malaspina, descontento con este artista, al parecer indolente y poco voluntarioso, había escrito entonces al virrey de Nueva España, Juan Vicente de Güemes Pacheco de Padilla, conde de Rivallagigedo, pidiéndole que le proporcionara un artista para reemplazar al sevillano. El asturiano Ramón de Posada, director de la Academia de San Carlos Borromeo de México, seleccionó a Tomás de Suría, un personaje que encontraría &nbsp;un lugar en la historia gracias a esta decisión.</p>



<p>De la vida de Suría antes de su viaje al Norte se sabe poco a ciencia cierta. Unos dicen que nació en la localidad valenciana de Enguera, otros que en Valencia y el &nbsp;biógrafo que &nbsp;mejor lo conoce, &nbsp;Arsenio Reyes Tejerina, profesor de español de la Universidad de Anchorage, sostiene que nació en Tavernes &nbsp;Blanques y da como fecha de nacimiento el 14 de abril de 1761. Está probado que se trasladó a Madrid a los doce años, pues en el mes de octubre de 1773 se matriculó en la Academia de San Fernando, y también que en 1778 llegó a México acompañando a su &nbsp;maestro, Jerónimo &nbsp;Antonio Gil, que &nbsp;bahía sido enviado a Nueva España &nbsp;para crear &nbsp;la Escuela de Grabado. &nbsp;En 1788, Suría se casó con María Josefa Femández de Mendoza, joven de una familia acomodada &nbsp;de la capital virreinal mexicana, con la que tuvo dos hijos. Cuando &nbsp;fue llamado para incor­porarse &nbsp;a la expedición de Malaspina, Tomás tenía treinta años y trabajaba como grabador de la Casa de la Moneda de México, después de haber contri­buido al establecimiento de la Academia de San Carlos, imitación de la de San Fernando madrileña, donde se levantaban los planos y se diseñaban &nbsp;los edificios que admiramos hoy como los más representativos del México colonial. En la carta de presentación dirigida a Malaspina, el virrey dice de su recomenda­do: «&#8230; <em>individuo&nbsp;</em><em>de </em><em>la Real </em><em>Academia de &nbsp;</em><em>San Carlos</em><em>&#8230; </em><em>es </em><em>un </em><em>mozo &nbsp;</em><em>lleno </em><em>de </em><em>honor, </em><em>completo en circunstancias, </em><em>hábil </em><em>en el grabado i</em>&nbsp;<em>pintura </em><em>y </em><em>de esperanzas por </em><em>ser </em><em>el </em><em>más </em><em>aprovechado&nbsp;</em><em>de cuantos hay </em><em>en ella&#8230; va con </em><em>todos los útiles</em><em>.. </em><em>de buena crianza, honrado en su </em><em>modo de pensar</em><em>«.</em></p>



<p>La expedición de Malaspina partió de Acapulco con Tomás de Suría a bordo de la Descubierta el l de mayo de 1791. Las dos corbetas navegaron primero hacia el oeste y luego hacia el norte hasta que el 23 de junio avistaron el monte San Jacinto (Edgecumbe) a 57ºN, en Alaska. Siguieron luego hasta Yakutat Bay, ya en los 60º, donde Ferrer &nbsp;Maldonado decía haber hallado el paso del Noroeste.</p>



<p>El diario del artista valenciano, que &nbsp;no era marino y no se extiende por tanto en precisiones relativas a la navegación, nos ofrece en cambio &nbsp;una cruda &nbsp;des­cripción de las condiciones de vida a bordo de la corbeta. &nbsp;Al explicar cómo era el camarote que compartía con el segundo piloto, Fernando Quintana: «No quiero tratar de la incomodidad, porque no es de este lugar &nbsp;-escribe Suría-. &nbsp;Sólo diré que, tendido &nbsp;en &nbsp;mi cama, doy con los pies en el costado de la corbeta y con la cabeza en el mampa­ro (que así llaman a la tabla que cierra el camarote) &nbsp;y desde el pecho a la cubier­ta, que es mi techo, hay cuatro dedos de distancia, &nbsp;cuya estrechura no me deja menear &nbsp;en la cama y necesito&nbsp; hacerme un rollo, cubriéndome la cabeza &nbsp;aunque me sofoque, &nbsp;pues es &nbsp;menos malo verse acometer de millones de cucarachas de que &nbsp;hay tanta peste que, a algunos individuos les hacen llagas en la frente y puntas de los dedos».</p>



<p>Tomás de Suría es un civil que cuenta lo que ve con la precisión de un científico y con la riqueza de detalles que, como artista, transmite a sus plumillas y pinceles.  A los indios tlingits de lo que hoy es Alaska los retrata en su diario como un naturalista: «Son de mediana estatura, pero robusta y fuerte, sus fisonomías guardan cierto parentesco con la de todos los indios, excepto que tienen los ojos muy apartados  uno de otro y éstos largos y rasgados. Todo el  rostro es más redondo que largo aunque desde las mejillas (que son muy abultadas)  forman hasta la barba algo más de punta, sus ojos alegres y vivos aunque siempre manifestando un aire agreste y montaraz consecuente  al modo con que se crían». «Sus rancherías o habitaciones son muy infelices en donde se ve el desorden y la suciedad -explica-, pues más parecen chiqueros de puercos que habitaciones de personas. Esto causa un olor tan fétido y desagradable a sus muebles y per­sonas que no se puede sufrir&#8230;  Siempre están comiendo y calentándose a la lumbre, la cual está en medio de la choza».</p>



<p>&nbsp;El cuademo de Tomás de Suría recoge todos los aspectos de la vida cotidiana de los indígenas: cómo condimentan sus alimentos, la forma y los materiales de sus vestidos así como de sus adornos y los instrumentos que emplean para hacerlos; cuenta los rituales que emplean para los nacimientos y los entierros; da una infor­mación detallada de las armas. armaduras y embarcaciones que utilizan; no olvi­da sus juegos, ni los juguetes que fabrican para sus hijos, ni sus danzas ni sus cán­ticos. «Su idioma es muy fuerte -escribe-. abunda mucho de kks, j, hh. Abordo hay quien asegura parecerse su acento al morisco. Gritan desmedidamente cuan­do hablan y con un tono soberbio y espantoso&#8230;. al enemigo le llaman cuteg, y la «g» última la pronuncian en acción de uno que arrancan un gargajo. Yo he entendido las siguientes: anaku, quiere decir señor o superior. Chouut, mujer. Kuacan, amigo. Tukuuneguii &nbsp;niño de&nbsp; pecho. Anegti, muchacho». Suría demuestra &nbsp;también que es psicólogo y sus observaciones traspasan la fría visón del naturalista: »su caminar era iracundo, soberbio y de desprecio», dice <em>al </em>describir a un mucha­cho de casi dos metros. La curiosidad y el carácter de Suría se ven reflejados en lo ocurrido cuando entró en la casa de un cacique para dibujar su interior y se vio abandonado por los marineros que lo escoltaban:»Apenas comencé a trabajar, cuando con un gran grito, en tono imperioso y ademán de que suspendiera mi trabajo, el cacique me habló en su lengua, yo, embebido, no hice caso hasta que, por tercera vez y con una gran vocería de chillidos de todos los indios, volví en mi y suspendí el dibujo que estaba &nbsp;muy a los principios. Me agarraron a empellones, yo empecé a gritar a los <em>míos </em>y cuando volví la cara no vi a ninguno.</p>



<p>Me cogieron en medio haciendo una rueda y bailando en cuclillas alrededor de mi, cantando una canción espantosa que parecían toros que bramaban. Yo, vién­dome en tal disposición, tomé el partido de llevarles el humor y me puse a bai­lar con ellos. Levantaron el grito y me hicieron sentar y por fuerza me hicieron cantar sus canciones que, según los gestos que hacían, conocí que todo se redu­cía en mi escarnio, pero en tal situación me hice el desentendido y esforzaba el grito haciendo las mismas contorsiones y gestos. Ellos se complacían de esto, y pudo mi industria ganarles la voluntad con una figura que les dibujé con casaca, vestido como nosotros, de la que se maravillaban mucho y decían, señalándola con el &nbsp;dedo, ankau, &nbsp;ankau, que quiere decir señor (y como nombran a su cacique). &nbsp;Así se sosegaron y a porfía me querían dar de comer pescado, y yo me excusé lo más que pude, pero vien­do que me amenazaban lo hube de comer. Luego me ofrecían las mujeres. señalándome algunas y reservándome otras, y viendo estaba inmóvil pasaron a significarme con las manos que me las daban para que las violase».</p>



<p>El diario desprende admiración por la vida sencilla de los indígenas, su destreza, su plena adaptación a las duras condiciones de vida que impone un clima extremo e implacable lo que, según el profesor Arsenio Rey Tejerína, sitúa a Tomás de Suría como escritor a caballo entre la llustración &nbsp;y el Romanti­cismo. Pero el manuscrito muestra tam­bién a un hombre comprometido con su tiempo y con su país, al transmitirnos como &nbsp;nadie &nbsp;el &nbsp;espíritu &nbsp;de &nbsp;aquellos exploradores españoles que navegaban en cascarones durante meses desafiando los fríos árticos, conscientes de que eran los protagonistas de la carrera de descu­brimientos emprendida por las grandes potencias europeas para explorar y car­tografiar los últimos rincones del Plane­ta. La &nbsp;expedición de &nbsp;Malaspina tenía orden del gobierno de alcanzar los 60º &nbsp;Norte, pero el 10 de julio las corbetas rebasan lo 61 grados y, navegando hacia el sur, se encuentran frente a la isla Middleton. Los marineros sienten entonces que tienen al alcance de su mano el paso del Noroeste de Ferrer &nbsp;Maldonado si&nbsp;llegan hasta la más septentrional de las Aleutianas, pero la estación está ya muy avanzada ) los oficiales temen que pueden verse atrapados por los hielos.&nbsp;<em>«Estas </em><em>deliberaciones </em><em>nos privaron </em><em>en </em><em>parte </em><em>de la </em><em>gloria </em><em>y derrota &nbsp;proyectada &nbsp;</em><em>de subir hasta los 70 y </em><em>80 grados,</em><em>en donde </em><em>por</em> <em>el </em><em>Estrecho &nbsp;de Bering&nbsp;</em><em>se </em><em>unen </em><em>lo</em><em>s</em> <em>dos </em><em>mares Glacial </em><em>y </em><em>del Sur, &nbsp;y hacer los mismos </em><em>reconocimientos </em><em>que </em><em>el </em><em>inmortal </em><em>Cook</em><em>«,</em> se lamenta Suría en su diario quien, más adelante, añade: <em>«</em><em>Hasta </em><em>los </em><em>más </em><em>infelices marineros formaban </em><em>corrillos </em><em>murmurando</em> <em>la deliberación tomada de bajar </em><em>reco­</em><em>nociendo la </em><em>costa </em><em>pues</em><em>,</em> <em>como ignoraban los justos motivos que </em><em>con </em><em>acuerdo </em><em>de la oficialidad se resolvían en lo </em><em>cámara</em><em>, </em><em>creían </em><em>falto </em><em>de ánimo lo que </em><em>era </em><em>acertada precaución, y </em><em>se </em><em>les notaba &nbsp;</em><em>disgust</em><em>o</em> <em>e&nbsp;</em><em>impaciencia porque llegaban </em><em>a </em><em>comprender </em><em>n</em><em>os </em><em>llevaban&nbsp;</em><em>ventaja </em><em>los ingleses </em><em>en estos </em><em>descubrimientos»</em><em>.</em></p>



<p>Al regreso de las corbetas <em>Atrevida </em>y <em>Descubierta </em>al puerto mexicano de San Blas, en octubre de 1791, Suría se quedó sin trabajo. <em>Dos </em>artistas enviados por el conde milanés Paolo Greppi, amigo de Malaspina, ocuparon su puesto en la expedi­ción. Malaspina pidió al virrey que le concediera seis meses a Tomás de Suría para que pudiera terminar los trabajos iniciados a bordo y ocho meses más tarde los trabajos de Suría fueron enviados de Nueva España al archivo real de Madrid y unidos al grueso de los informes de aquella expedición. Algunos de los dibujos de Suría se pueden ver hoy en el Museo Naval de la capital de España.</p>



<p>Suría pensó que su brillante trabajo con Alessandro Malaspina le permitiría regresar a España, pero tuvo que contentarse con un puesto de grabador de la Casa de la Moneda. En esta institución llegaría a ser grabador mayor y contador ordinario. Poco se sabe de su vida inmediatamente después de la indepen­dencia de México. Sin duda, vivió los azarosos días de todos los nacidos en España, atenuados por las influencias de la familia criolla de su esposa. Según parece, supo ganarse la confianza de algunos de los líderes independentistas mexicanos, pues llegó a ocupar la secretaría de un comité de reformas para las Californias con el gobierno de Agustín Iturbide (1821-1823). cargo en el que se mantuvo después de la caída del emperador hasta la jubilación y sin abandonar su trabajo artístico. En 1839 grabó una serie de alegorías para la «Ins­pección General de Infantería i Caballería Permanentes». Su última obra cono­cida representa la Resurrección de Lázaro, pintada en 1834, seis años antes de su muerte.</p>



<p>El manuscrito original del <strong><em>Quad</em><em>ern</em><em>o </em><em>que contiene </em><em>el </em><em>Ramo </em><em>de </em><em>Historia </em><em>Natural </em><em>y </em><em>diario </em><em>de </em><em>la Expedición </em><em>del Círculo </em><em>del Glovo </em></strong>de Tomás de Suría forma par­te de los <a href="http://beinecke.library.yale.edu/collections/curatorial-areas/western-americana"><strong><em>Malaspina Papers </em></strong></a>de la Coe Collection, que se conserva en la sección de libros raros sobre el noroeste americano en Beinecke Library de la Univer­sidad de Yale.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/valioso-cuaderno-viaje-tomas-suria/">El valioso cuaderno de viaje de Tomás Suría</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Diario de Humboldt</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/diario-de-humboldt/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:01:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Corona apoya a la Ciencia en las Regiones Equinocciales]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>María Navas Bibliografía: Boletín 22 SGE. Noviembre de 2005 Alexander von Humboldt fue un adelantado para su época. Muchos le consideran como el primer ecólogo de la historia ya que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3731" class="csc-default">
<h3><strong>María Navas</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 22 SGE. Noviembre de 2005</p>
</div>
<div id="c3732" class="csc-default">
<p class="bodytext">Alexander von Humboldt fue un adelantado para su época. Muchos le consideran como el primer ecólogo de la historia ya que fue el primero en interrelacionar todos los elementos de la naturaleza. En su época fue un personaje admirado, y retratado como ningún otro científico. Hoy es prácticamente un desconocido, incluso en su Alemania natal y por supuesto en España, a pesar de que su gran viaje, el que realizó por “las regiones equinocciales del Nuevo Mundo”, fue financiado y auspiciado por la Corona Española.</p>
<p><strong>LA EXPOSICIÓN</strong></p>
<p>El Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) presenta, en colaboración con la Embajada de Alemania, bajo el título “Alejandro de Humboldt: una nueva visión del mundo”, con el objetivo de dar a conocer las grandes expediciones científicas realizadas por el investigador alemán en América.</p>
<p>La muestra, organizada por Frank Holl y Cecilia Estrada, ya ha visitado distintos países del mundo, y después de España visitará China. En ella se expone una panorámica de la vida, expediciones e investigaciones realizadas por Humboldt en el continente americano y se analiza con rigor científico sus valiosas aportaciones al progreso de las ciencias naturales.</p>
<p>La exposición es una especie de lectura de la vida del científico alemán pero sobre todo, de su diario de viajes en el que no faltaron los apuntes dibujados del natural y los croquis de accidentes geográficos, en particular de las montañas y los volcanes. La base central es la expedición llevada a cabo por Humboldt entre 1799 y 1804, y los datos que aportó al estudio de la naturaleza, siempre considerando las interrelaciones entre el ser humano y el paisaje. Sus estudios dieron un definitivo impulso a numerosas ciencias y en particular a la geografía, de la que se considera uno de los “padres”. De aquella magna expedición nos han quedado más de 1.400 grabados de plantas, animales, paisajes, monumentos y piezas de arqueología. También realizaron numerosos perfiles topográficos, anotaciones topográficas y geomorfológicas y se recogieron más de 6.000 plantas nuevas, de las que llegaron a conservar más de 3.800.</p>
<p class="bodytext">a exposición reúne más de cuatrocientas obras originales procedentes de más de veinte museos y colecciones particulares de Alemania, México y España. Se articula a través de paneles informativos, maquetas y proyecciones audiovisuales que recrean mediante un recorrido cronológico las espectaculares expediciones que realizó este científico universal por América. Empieza con la juventud de Humboldt y termina con su muerte. Cada sala está dedicada a uno de los lugares que visitó identificado por un tema concreto. Así por ejemplo, la sala de Cuba está dedicada a la esclavitud, contra la que combatió el viajero alemán, o la de Nueva Granada (Colombia) a la botánica, y la de Venezuela a la investigación de ríos y selvas. “Alejandro de Humboldt: una nueva visión del mundo”, según afirman sus organizadores, está dirigida a todo tipo de público y presenta múltiples alternativas y espacios interactivos en los que los visitantes podrán participar. El Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC) ha convertido su Sala de Biología, que alberga la mayor parte del contenido expositivo de la muestra, en la auténtica Biblioteca de Humboldt en Berlín, cuyo anfitrión y guía es el mono Cacajao, fiel amigo del científico durante su travesía por los ríos Orinoco y Casiquiare. Para los más jóvenes, el Museo facilita un “Mapa del viajero” (hoja didáctica) con el que se podrá conocer paso a paso la exposición y aprender todo sobre las tierras americanas, su sociedad, geografía y ecología.</p>
<p class="bodytext">La exposición aborda también las reflexiones y escritos que Humboldt realizó sobre algunos problemas de la sociedad americana del momento, como la esclavitud, la opresión y la discriminación.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA GRAN AVENTURA DE HUMBOLDT </strong></p>
<p>Alexander von Humboldt era un joven y rico humanista y filósofo de treinta años cuando emprende en 1799 su gran aventura. El primer paso fue España, país al que viaja deseoso de ampliar conocimientos y sobre todo para presentar al rey Carlos IV un memorial con su gran proyecto de viaje a América, en el que se define como un científico naturalista interesado por los fenómenos universales. Humboldt consigue un salvoconducto para viajar a América y a cambio se compromete a hacer envíos para las colecciones del Real Gabinete de Historia Natural y del Real Jardín Botánico, encargos que cumple en parte. Lo que no quiso fue volver del viaje por España, para evitar lo que le había sucedido a Malaspina, que tras realizar su gran expedición, estaba en aquellos momento en prisión, acusado de conspiración política.</p>
<p>Tras unos meses en la corte, Humboldt parte junto con su amigo Bompland hacia a América. Sale de La Coruña a finales de junio de 1804 hacia las Islas Canarias, donde realizan una trascendental Ascension al Teide: en su Boceto del volcán se muestra por primera vez cómo las plantas se distribuyen según la altitud de las montañas. De aquí parten rumbo al puerto de Cumaná, donde llegan en el mes de julio. Allí comenzará un largo viaje de cinco años por los dos hemisferios, por tierra y por mar, subiendo montañas y volcanes y atravesando desiertos y selvas. Humboltd y Bompland remontarán en 1800 el Orinoco estableciendo su conexión con el sistema amazónico, como había defendido La Condamine. Viajaron a Cuba donde escribió una obra de tipo político. Conoció al botánico Mutis que también viajaba por la zona e intercambió con él sus investigaciones sobre las plantas americanas. Analizó por primera vez las corrientes del Pacífico, determinó la existencia de una línea de conexión entre los volcanes americanos, y las relaciones entre el descenso gradual de la temperatura y la altitud, y entre la intensidad magnética y la distancia al polo.</p>
<p class="bodytext">Humboldt escribió el primer estudio completo y riguroso de la Geografía de América tanto física como humana. Tras su viaje por estas regiones equinocciales, en 1804 visita Estados Unidos, donde se entrevista con Jefferson. Regresó a Europa ese mismo año pero volverá a América en sucesivas expediciones. Así, en 1808 se entrevista con Simón Bolívar. Su doctrina social y política influirá también en el pensamiento de muchos líderes independentistas, un proceso sobre el que escribió ampliamente.</p>
<p>Durante sus últimos años escribió su gran obra, “Cosmos” donde resume sus teorías de la filosofía, la biología y el humanismo. Falleció en Tegel (Alemania) en 1859.</p>
<p>La exposición de Madrid es una ocasión única para que los amantes de los viajes y de la geografía descubran al personaje, tanto al viajero como al científico. Queda para quienes no tengan ocasión de verla, un magnífico catálogo de la exposición, que es a su vez una de las mejores obras generales en castellano que se han editado sobre Humboldt.</p>
<p>“Alejandro de Humboldt: una nueva visión del mundo” reúne cuadros, cuadernos de viaje, instrumentos, dibujos, dioramas y enormes fotografías que nos transportan al ambiente de la época. Un magnífico recorrido por la vida, viajes e investigaciones del naturalista y su época que podrá visitarse del 4 de octubre al 8 de enero de 2005.</p>
</div>
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		<title>La Expedición Hidrográfica a Filipinas Juan Vernacci (1803)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-hidrografica-a-filipinas-juan-vernacci-1803/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 11:56:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Expedición Hidrográfica a Filipinas]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-hidrografica-a-filipinas-juan-vernacci-1803/">La Expedición Hidrográfica a Filipinas Juan Vernacci (1803)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3789" class="csc-default">
<h3><strong>María Belén Bañas Llanos</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XIX» SGE. 2001</p>
</div>
<div id="c3790" class="csc-default">
<p class="bodytext">Aunque el planeta que habitamos ha sido objeto de atención desde la antigüedad clásica, no será sino hasta finales del siglo XVII cuando aquellas primeras evaluaciones acerca de sus dimensiones se transformen en observaciones tendentes a precisar su figura real. Esta evolución es paralela al proceso de colonización de nuevos territorios y al incremento de intercambios comerciales.</p>
<p class="bodytext">Durante la expansión helénica se efectuaron las primeras evaluaciones del tamaño de la tierra. Y desde Ptolomeo hasta finales del quinientos fueron los geógrafos árabes quienes dedicaron su atención a estos temas. Sin embargo, los monarcas de todos los tiempos han sabido apreciar el interés de reconocer y mensurar la extensión de sus dominios. Lo que constituyó un poderoso estímulo para el desarrollo de un saber afecto al poder y vinculado a proyectos de dominación económica y militar.</p>
<p class="bodytext">Pero será durante la revolución científica en pleno siglo de la ilustración cuando antiguos métodos de observación unidos a la aparición de nuevos instrumentos de medida permitirán el nacimiento de una geografía cuya mayor precisión estaba en consonancia con las nuevas exigencias planteadas por los descubrimientos ultramarinos y la nueva escala que adquirían los intercambios comerciales en el sistema economía-mundo. Así surgió la geografía científica, que amparada en la astronomía y en las matemáticas, iría alcanzando cotas de precisión y autonomías crecientes. Al mismo tiempo que contribuía a la consolidación de una burocracia estatal o metropolitana que exigía políticas de intervención sobre el espacio, y que contribuyeron al desarrollo de métodos precisos para el levantamiento de planos y mapas.</p>
<p class="bodytext"><strong>1. L a Real Compañía de Caballeros Cadetes Guardias Marinas de Cádiz</strong></p>
<p class="bodytext">Abrió sus puertas en 1717, según instrucción redactada por el ministro José Patiño, que intentaba crear las condiciones necesarias para que la nobleza ociosa se instruyera en las ciencias de la navegación y la construcción naval. Ha finales del seiscientos la Armada había llegado a tal extremo de penuria que algunos oficiales se vieron en el trance de limosnear. Era por tanto una profesión muy desprestigiada, que solo interesaba a la baja nobleza porque la Compañía de cadetes suponía una vía para el ascenso social. Pero pocos entendieron entonces el objetivo que perseguía Patiño agregando a la Compañía una academia.</p>
<p class="bodytext">Tres años después de su apertura, en 1720, el Intendente de Marina, que acababa de realizar una visita a sus dependencias escribió <em>: “&#8230;reconocí&#8230; que no sólo no se habían adelantado los Guardias Marinas en los estudios, en la reformación de las costumbres, ni en la destreza y habilidades Académicas, sino que se habían engreído tanto en la extensión de su decoro, midiéndose por su fantasía, como ignorantes de sus límites, que cada paso era una etiqueta controvertida en poca cordura granjeándose con esto y otros lances de no poca gravedad el aborrecimiento del común y de toda la Marina.. .”.</em></p>
<p class="bodytext">Pero entre todos los obstáculos que limitaban las posibilidades de la academia, el más destacado era la resistencia de los cadetes a las matemáticas. Además, durante esta etapa los alumnos no tuvieron maestros de dibujo, construcción naval ni maniobra, limitándose la enseñanza a rudimentos de matemáticas, algo de náutica, fusil y ejercicios militares.</p>
<p class="bodytext">A las deficiencias de orden administrativo, habría que añadir las de orden ideológico y estructurales. Además, de la larga polémica que durante la primera mitad del siglo XVIII enfrentó a pilotos y oficiales de la Armada , sobre quiénes habrían de decidir en el gobierno de los buques; pues una vez embarcados, aunque debieran haber sido pilotos los responsables del gobierno técnico, de hecho las decisiones eran adoptadas –en última instancia- por el comandante del navío. Estos conflictos quedaron parcialmente resueltos en las Ordenanzas de 1748.</p>
<p class="bodytext">Para pasar a oficial, los guardias marinas después de dos años, debían realizar un examen, teórico práctico, para demostrar sus conocimientos. Ya en esta época, 1780, los alumnos de la escuela de guardias marinas de Cádiz, eran una élite de oficiales bien preparados en matemáticas, navegación, artillería, construcción y maniobras de buques, fortificación y dibujo, esgrima, danza e idiomas.</p>
<p class="bodytext">Y en esta joven generación se encontraba <strong><em>Juan Vernacci Retamal </em></strong>, quien –a juzgar por su apellido- debió ser de ascendencia italiana, aunque nació en el puerto andaluz de Cádiz. Fue hijo primogénito de Juan Vernacci, natural de Cádiz, y de María Retamal y Villarelo, natural de San Lúcar de Barrameda.</p>
<p class="bodytext"><strong><em>Vernacci, </em></strong>entró de guardia marina el 29 de abril de 1777 y empezó a servir como tal el 13 de septiembre de 1780. Por fin, el 21 de diciembre de 1782 recibió su primer ascenso a la graduación inmediata: alférez de fragata, después de probar sus conocimientos teóricos y prácticos.</p>
<p class="bodytext">Su hermano José Claudio, que nació en Cádiz el 9 de julio de 1774, continuaría también la tradición familiar ingresando en la Real Compañía de Guardias Marinas en 1788. Quien casó el 10 de mayo de 1798 con Carmen Aguado y Mejías, y tuvo a su primer hijo Joaquín, en Cádiz en 1799, que con el tiempo llegó a ser subteniente de infantería en el Puerto de Santa María. Dos hijos de Joaquín también seguirían la saga familiar en la Armada : Juan José (1834) y José (1835) Vernacci y Moreau.</p>
<p class="bodytext"><strong>2. Una carrera imparable y varios ascensos frustrados</strong></p>
<p class="bodytext">El 3 de agosto de 1783 <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>ascendió a subteniente de la 9ª brigada. Hizo varias navegaciones y estuvo en el combate de la escuadra del mando de Luis de Córdoba, en la campaña de Argel. Esta expedición, que salió de Cartagena en julio de 1783, pretendía imponer un correctivo a los argelinos, desmandados desde la malograda expedición de 1775. Llegada la expedición a Argel, empezaron las hostilidades. Durante muchos días hubo un continuo bombardeo por ambas partes, hasta que sobreviniendo un violento temporal, tuvieron que dar vela para Cartagena. Posteriormente, establecieron frente a Argel un bloqueo riguroso pero no tuvieron éxito, y finalmente negociaron la paz con los argelinos; de lo que se encargó el entonces comandante de las compañías de guardias marinas, José de Mazarredo.</p>
<p class="bodytext">El joven <strong><em>Vernacci </em></strong>ascendió a alférez de fragata el 15 de noviembre de 1784. En 1785 cursó estudios superiores y, durante un año, asesorado entre otros por el brigadier y cartógrafo Vicente Tofiño, hizo observaciones astronómicas en el observatorio gaditano <em>. </em>Terminado el entrenamiento integró el equipo que bajo la dirección de Tofiño realizó el levantamiento del Atlas Hidrográfico de España, en 1786-87. Posteriormente, la colección de instrumentos usados por Tofiño fue cedida a la expedición Malaspina, en 1789.</p>
<p class="bodytext">En ausencia de su hijo, su padre solicitó, el ocho de mayo de 1787, desde Cádiz, su ascenso en estos términos:</p>
<p class="bodytext"><em>“Ruego a V.E. se digne admitir esta representación a favor de mi hijo Don Juan Vernacci y Retamal, alférez de fragata en cuyo grado ha servido embarcado en la última guerra pasada </em>. <em>Después en batallones, en brigadas, y después nombrado al observatorio en estudios mayores, bajo la dirección de Don Vicente Tofiño, con quien hizo campaña el año de ochenta y seis, y sigue navegando en la presente: siempre exacto en sus destinos, y sumamente aplicado, de que pueden dar informe a V.E. así el Capitán General de la Real Armada , como también Don Francisco Javier de Rovira, y demás jefes que lo han experimentado. Por todo lo cual, y en consideración de no haber sido comprendido en la reciente promoción. Suplico a V.E. sea servido de atender al referido Don Juan Vernacci, pues me mueve a este recurso, no la utilidad material, <strong>si solo el pundonor de mi hijo </strong>que con tanto esmero ha cumplido sus obligaciones. Resignándome en el natural dolor, de que habiendo sido nombrados sus compañeros del Observatorio, así en la promoción pasada, como también en la presente, <strong>él solamente no ha tenido cabimento </strong>, por lo que espero de la Benignidad y Justificación de V.E. lo protegerá </em>”. (Firmado Juan Vernacci).</p>
<p class="bodytext">El expediente pasó al T. Mayor General, que respondió <em>: “este individuo fue ascendido a alférez de fragata en la anterior promoción, es el 70 de la lista por consiguiente no le corresponde&#8230;”. </em>Pero dos días después, vuelve a escribir el padre otra representación: <em>“con el mayor respeto a V.E. a nombre de mi hijo Don Juan Vernacci y Retamal, en su ausencia, elevado <strong>del amor de padre </strong>, expongo esta segunda representación&#8230;”.</em></p>
<p class="bodytext">El expediente volvió a pasar al T. Mayor General que contestó lo siguiente: <em>”esta solicitud no carece de mérito, según las reales órdenes de 26 de septiembre de 83 y 15 de noviembre de 84, pero en estas mismas están comprendidos muchos y entre ellos el capitán de fragata Don Antonio Echavarri y Don Vicente Emparan, con particular recomendación del general de la expedición; se hizo presente a la corte en oportuna ocasión, y nada resultó, por lo que si a esta se apoya su instancia, recurrirían los demás cuyos méritos no desmerecen en nada a los de este oficial como es notorio”.</em></p>
<p class="bodytext">No obstante, el ministro Antonio Valdés remitió la instancia a Luis de Córdoba el 5 de junio de 1787, desde Aranjuez, que respondió lo siguiente: <em>“no le toca por antigüedad, está agregado con Vicente Tofiño quien habrá dado informe de sus adelantamientos, pero de estos nada se ha propuesto por aquí”.</em></p>
<p class="bodytext">Unos meses después, <em>y por tercera vez </em>, el propio <strong><em>Vernacci </em></strong>vuelve a solicitar el ascenso, por lo que el 23 de enero de 1788, Antonio Valdés insiste a Luis de Córdoba sobre el asunto, quien le contesta desde la isla de León, el 2 de febrero:</p>
<p class="bodytext"><em>“En real orden de 30 de junio ultimo se sirvió V.E. prevenirme no haber tenido S.M. por conveniente promover, entre otros oficiales, al alférez don Juan Bernacci, pero si que se le atendiese en la primera promoción, cuyo caso no ha llegado, y pues en razón de sus servicios, y conducta, no resta que agreguen a lo expuesto en mi informe dado con fecha del 12 del propio mes por carta nº 639 respecto de haber continuado entonces embarcado a las órdenes del brigadier don Vicente Tofiño, me reduzco a hacerlo presente a V.E. en satisfacción a su orden de 23 del antecedente como devuelta de la inclusa instancia en que el mismo oficial solicita nuevamente el ascenso”.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>3. Juan Vernacci en la expedición Malaspina (1789-1794)</strong></p>
<p class="bodytext">La expedición del marino italiano Alejandro Malaspina, acompañado del español José Bustamante, no solo fue la de objetivos más ambiciosos, duración más prolongada y más dilatada singladura, sino que en cierta medida fue también el resumen y compendio de todo el ciclo de exploraciones españolas desarrolladas en el último tercio del siglo XVIII.</p>
<p class="bodytext">Organizada en España y aprestada en el puerto de Cádiz, estaba integrada por un brillante equipo de navegantes, científicos y artistas que acometieron la exploración sistemática de las costas occidentales de América del Norte y el litoral de Filipinas, el estudio minucioso de las islas de Tonga (de la que tomaron posesión para España) y toda una serie de observaciones botánicas, geológicas y etnográficas que conforman un corpus del más alto interés para el progreso de las ciencias, a la vez que en su largo periplo tomaron contacto finalmente con el continente austral, visitando Australia y Nueva Zelanda.</p>
<p class="bodytext">Esta sola travesía hubiera permitido a España figurar entre las naciones protagonistas de las grandes exploraciones del siglo XVIII, que constituyen sin duda uno de los grandes capítulos de la historia de los descubrimientos geográficos y científicos de todos los tiempos. Ahora bien, el plan presentado ante el Secretario de Estado de Marina, Antonio Valdés, en 1788, se inspiraba claramente en los viajes de Bougainville, Cook y La Pérouse , cuyos logros pretendía emular y superar.</p>
<p class="bodytext">Malaspina perseguía la realización de un viaje más útil que espectacular. Y, entre otras, las prioridades de la expedición eran los estudios cartográficos, precisar y señalar las rutas más convenientes tanto para la marina mercante como para la de guerra, considerar la posibilidad de establecer astilleros y evaluar las capacidades defensivas, ofensivas y comerciales de las colonias.</p>
<p class="bodytext">El equipo humano lo “acopió” de las filas de la Real Armada , altamente cualificado, e insistió en que debían incorporarse voluntariamente a la campaña. En cuanto a los oficiales, Malaspina indagó quiénes reunían los requisitos indispensables para ser invitados. Buscó hombres responsables, de honor y finos modales, disciplinados pero a la vez con iniciativa, valor y curiosidad científica. Intelectualmente bien preparados, trabajadores, diestros en el arte de navegar y dispuestos a sacrificarse por la patria y porque los objetivos de la expedición fueran alcanzados.</p>
<p class="bodytext">En cuanto a sus sueldos estarían regulados por el <em>Reglamento del Mar del Sur </em>. Cada corbeta tuvo una dotación de ciento dos hombres. La “Descubierta” capitaneada por Malaspina escogió como oficiales subalternos a Cayetano Valdés, Manuel Novales, Fernando Quintano, Francisco Javier Viana, <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>y Secundino Salamanca&#8230; en total la oficialidad de mar la componían catorce personas, entre las dos corbetas</p>
<p class="bodytext">A los contratados, Malaspina les entregó de inmediato, y antes de embarcar, algunas responsabilidades. Efectivamente, el 8 de enero de 1789 encargó al joven <strong><em>Vernacci </em></strong>que copiara cuantas noticias encontrase en el Archivo de Capitanía, en la Dirección General de Pilotos y en archivos particulares, relativas a la navegación de Buenos Aires a Lima y, en especial, las relaciones de Joaquín Oliva a la bahía de San Julián, la de Ruiz Puente y Madariaga a las Malvinas, y la de Domingo Perler a la costa patagónica y Felipe González a las costas de Chiloé, Isla de Pascua y Palmerston.</p>
<p class="bodytext">Terminada la labor de recopilación, <strong><em>Vernacci </em></strong>se dedicó a la ingente labor de copiar planos del Archivo de la Dirección de Pilotos en Cádiz, algunos de los cuales estaban en manos de Juan de Soto y Antonio Domonte, jefes de escuadra. Planos, principalmente de costas, que comprenden el amplio territorio de las entonces posesiones españolas: Valparaíso, cabo de San Julián, Patagonia, cabo de Hornos, y toda la costa pacífica de América, hasta los lejanos confines de Oriente; una obra de titanes para un joven guardiamarina con más sueños que experiencia.</p>
<p class="bodytext">Todo listo, dos corbetas que fueron construidas en el astillero de la Carraca , bautizadas con los nombres de <em>Santa Justa </em>y <em>Santa Rufina </em>, aunque son más conocidas como la <em>Descubierta </em>y la <em>Atrevida </em>, soltaron amarras del arsenal de la Carraca el 13 de junio, y del puerto de Cádiz en la mañana del 30 de julio de 1789, bajo los auspicios de un viento favorable.</p>
<p class="bodytext"><strong>3.1. De Cádiz a Montevideo</strong></p>
<p class="bodytext">El tres de agosto, y en aguas de Tenerife, los geógrafos calcularon la longitud del Pico del Teide (medición que había sido fijada anteriormente por el astrónomo José Varela y que fue considerada errónea por el capitán Cook), al que seguirían la observación de varias distancias al sol y a la luna, iniciando así un compendioso registro astronómico, titulado <em>Cálculo de correcciones de distancias de la luna al sol y otros astros por las tablas de refracción y paralelaje </em>, cuyas mediciones realizaron, entre otros, Alcalá-Galiano, Malaspina y el joven <strong><em>Vernacci.</em></strong></p>
<p class="bodytext">Todos ellos, y según palabras de Malaspina, <em>“&#8230; acudieron al auxilio de la astronomía, rigurosamente ceñida a sus justos límites hidrográficos” </em>. Para realizar estas tareas los marinos de la expedición contaron con varios ejemplares de efemérides, o sea, tablas que indican la posición de los planetas y la luna para cada día del año. Las efemérides más consultadas por los marinos del siglo XVIII fueron: <em>Conaissance des Temps, Nautical Almanac and Astronomical Ephemeris, Berliner astronomisches Jahrbuch </em>; además la Armada española publicaba también un <em>almanak </em>, y desde 1792, el almanaque náutico del Observatorio de Marina de San Fernando.</p>
<p class="bodytext">Siguiendo la costa africana, la navegación transcurrió sin otro acontecimiento que el encuentro, en las cercanías de Cabo Verde, con alguna embarcación dedicada al comercio de esclavos. Entre los días 6 y 7 de agosto cruzaron el trópico de Cáncer, lo que se conoce en el argot marinero como <em>“cortar la línea” </em>; que días después, exactamente el 29 de agosto, volverían a cortar, en esta ocasión se trataba del trópico de Capricornio. La temperatura descendió considerablemente y el viento causó la rotura de dos maderos de la arboladura de la <em>Descubierta </em>. El 5 de septiembre avistaron la isla Trinidad, donde determinaron las coordenadas geográficas; fue la primera tarea de la expedición.</p>
<p class="bodytext">Continuaron rumbo sureste, y después de cincuenta y un días de navegación por el Atlántico llegaron a Montevideo, lo que significaba el inicio real de la expedición. Aquí tendría lugar el aprovisionamiento de las corbetas para las campañas venideras, y se iniciarían las observaciones astronómicas y geodésicas. El observatorio se situó en Montevideo, que serviría para la comparación de los relojes marinos, la determinación de longitudes y como referencia de los desplazamientos</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, la oficialidad se encargó de hacer mediciones hidrográficas repartiéndose la región. Realizaron dos excursiones a Buenos Aires, donde contactaron con el virrey, y se internaron hasta la desembocadura del Paraná. Precisamente el 30 de septiembre Juan Gutiérrez de la Concha y <strong><em>Juan Vernacci</em></strong>realizaron observaciones en Buenos Aires, y del 4 de octubre al 6 de noviembre de 1789, fueron comisionados para realizar las tareas cartográficas de reconocimiento y situación de la costa sur del Río de la Plata , ensenada de Barragán y cabo de San Antonio. Regresaron en noviembre a Montevideo, con lo que se completaba la oficialidad de ambas corbetas, e iniciándose, en ese momento, los preparativos para una nueva travesía. Se libró una paga a la oficialidad, tropa y marinería como premio a su trabajo y se les concedió un permiso de tres días para que pudiesen disfrutar de las fiestas en honor de S.M. Carlos IV.</p>
<p class="bodytext">Las optimas condiciones celestes las aprovecharon para ultimar los trabajos astronómicos con la observación de un eclipse de luna y la aparición del planeta mercurio. Posteriormente, realizarían el diario astronómico de Montevideo Malaspina, Galiano, Valdés y <strong><em>Vernacci.</em></strong></p>
<p class="bodytext">A mediados de noviembre emprendieron la navegación rumbo a Puerto Deseado, donde llegaron el 2 de diciembre. Trazaron la costa entre este puerto y Puerto Negro. Desde donde partieron rumbo a las islas Malvinas el 13 de diciembre, donde intensificaron las tareas hidrográficas estableciendo comparaciones con los trabajos de la expedición de Fernando de Magallanes (1519-22) y James Cook (1768-1779), entre otros.</p>
<p class="bodytext">El año 1790 apareció con mal tiempo en estas latitudes, lo que dificultó la navegación, pero no impidió que se internaran en el difícil estrecho magallánico, para llegar posteriormente a la isla de Chiloé, donde realizaron importantes mediciones hidrográficas y astronómicas. Actividades que repitieron en Talcahuano por ser el “ <em>verdadero término o frontera de nuestras posesiones en el hemisferio austral </em>”. En este punto las corbetas se separaron, la <em>Descubierta</em>reconocería Talcahuano y los puertos de San Vicente, Tomé y Coliumo, con la intención de indagar las posibilidades de establecer astilleros en ellos; y la<em>Atrevida </em>se dirigió a Valparaíso, donde fondeó el 11 de marzo, con la misión, entre otras, de realizar una serie de triangulaciones (para determinar la latitud y longitud de diversos puntos) y un catálogo de las estrellas meridionales.</p>
<p class="bodytext">A mediados de abril levaron anclas y el dieciocho llegaron a Coquimbo, ciudad fundada por Pedro de Valdivia en 1543, donde llevaron a cabo trabajos astronómicos y geodésicos, poniendo especial interés en sus minas de oro, cobre y plata, siendo una de las de mayor riqueza del continente americano. Esta región era objeto, en estos momentos, de especulaciones por parte de la metrópoli al descubrirse en la zona de Punitaqui nuevas reservas de azogue que podían reemplazar las importaciones que de este metal se hacían de Alemania.</p>
<p class="bodytext">El 3 de mayo se habían reconocido los fondeaderos de Guasco y del Totoral, alcanzándose en la línea costera hasta el morro de Copiacó, donde volvieron a separarse las corbetas, recorriendo desde distintos puntos la costa peruana, con dirección a Lima. Establecieron su centro de operaciones en el pequeño pueblo de la Magdalena , en el valle de Rimac, e instalaron el observatorio astronómico en la casa de los religiosos de la Buena Muerte , que poseía un magnífico jardín botánico. En Lima recibieron material científico procedente de Europa, como instrumentos y libros.</p>
<p class="bodytext">El 16 de junio de 1790, y desde la Magdalena , Malaspina comunicó al virrey Francisco Gil y Lemus la comisión de reconocimiento que había realizado a la fragata de comercio <em>Mexicana </em>, en compañía de Viana y <strong><em>Vernacci </em></strong>, y de los carpinteros y calafates de las corbetas.</p>
<p class="bodytext">El 15 de septiembre, y desde Lima, Dionisio Alcalá, Gutiérrez de la Concha y<strong><em>Vernacci </em></strong>remitieron una carta a los señores Cesari, Oriani y Veggio del observatorio de Brera en Milán; al señor La Lande , del observatorio Real de París; y al director y oficiales del Real Observatorio de Cádiz, donde les comunicaban los trabajos astronómicos realizados hasta el momento, en la expedición</p>
<p class="bodytext">Recuperado el capitán Bustamante y Guerra de una larga febrícula, comenzaron los preparativos para la partida que realizaron el 20 de septiembre. Recorrieron el bello litoral ecuatoriano y a primeros de octubre arribaron al puerto de Guayaquil. Desde donde, del 3 al 9 de octubre (1790), al mando de la lancha de la <em>Descubierta </em>, <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>se internó en el río hasta las bodegas de Babaoyo, para efectuar observaciones astronómicas y determinar la medida del volcán Chimborazo <em>“sobre bases exactas para aproximarnos con estos datos a las precisas observaciones de la meridiana de Quito” </em>, en compañía de Hurtado, y de los naturalistas y botánicos Pineda y Née. Reconocido el volcán Chimborazo, donde realizaron diversas experiencias sobre la velocidad del sonido y múltiples mediciones barométricas, se dirigieron a las inmediaciones del Tunguragua, ascensión que realizaron el 12 de octubre, pernoctando en él.</p>
<p class="bodytext">En este punto, <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>dio por concluido la primera parte de su diario que había iniciado en Cádiz a la salida de la expedición. En él reseña entre otras muchas noticias, ricas aportaciones marítimas, etnológicas y vocabularios indígenas, como el patagón.</p>
<p class="bodytext">Levaron anclas, el 28 de octubre, y el 11 de noviembre divisaron la costa de Darién y varias islas (Las Perlas, la Galera.. .). En Panamá se volvieron a reanudar las excursiones científicas; una de ellas la realizó, del 24 al 25 de noviembre,<strong><em>Vernacci </em></strong>que realizó observaciones astronómicas en el Castillo de San Lorenzo, en Chagres. Los botánicos describieron el árbol del manzanillo. Y el 15 de diciembre volvieron a zarpar rumbo al noroeste. Durante la travesía trazaron la costa entre Panamá y las islas de Coiba, regiones escasamente pobladas de hombres.</p>
<p class="bodytext">Al comenzar el año 1791, la expedición se encontraba en aguas del Golfo Dulce, y el 6 de enero Malaspina dispuso una nueva separación de las corbetas. La <em>Atrevida</em>reconocería la isla de Cocos y posteriormente se dirigiría a Acapulco, donde la alcanzaría la nave capitana. Paralelamente, la <em>Descubierta </em>recorrería algunos puntos de Nicaragua, donde hicieron mediciones sobre la longitud y la latitud e investigaron sobre la posibilidad de establecer un astillero, debido a la riqueza forestal de la zona. Partieron del puerto de Realejo el 30 de enero y dos días después llegaron a la rada de Sonsonate, puerto de recepción y redistribución de producciones naturales de Guatemala, Perú, Chile y México.</p>
<p class="bodytext">Por fin, y después de calmas y corrientes contrarias, la <em>Descubierta </em>se acercaba a las costas de Acapulco, donde fondearon el día 27 de marzo. La <em>Atrevida </em>había llegado el 1 de febrero, víspera de la Candelaria , y fue amarrada en el mismo lugar que solía hacerlo el Galeón de Manila. Posteriormente, marchó a San Blas, según instrucciones de Malaspina, donde arreglaron la nao, y realizaron tareas astronómicas, cartográficas, etc. y recopilaron documentación para la travesía conjunta de las corbetas a los 60 grados de latitud norte en la costa pacífica, a las heladas tierras septentrionales.</p>
<p class="bodytext">Tras fondear en Acapulco, Malaspina ante lo avanzado de la estación, y debido a las adversas condiciones para la navegación, decidió posponer el proyectado reconocimiento de la costa noroeste americana, creyendo más conveniente reunir en este punto a toda la expedición. Se enviaron las oportunas órdenes a José Bustamante para que regresase con la mayor brevedad</p>
<p class="bodytext">Mientras tanto, Malaspina comunicó al ministro Antonio Valdés, el 28 de abril, las experiencias con el péndulo y otras mediciones astronómicas realizadas en México y Acapulco por Galiano, Cevallos, <strong><em>Vernacci </em></strong>y Concha.</p>
<p class="bodytext">Por fin, el uno de mayo levaron anclas y siempre al norte, y con vientos favorables, no volvieron a ver tierra hasta el 23 de junio, cuando se hallaban a 56º 17&#8242; de latitud, frente al territorio comprendido entre Cabo Engaño y las islas septentrionales del Cabo San Bartolomé. Realizaron escalas en Mulgrave, Nootka y Monterrey, entre otras, y realizaron investigaciones hidrográficas, botánicas, antropológicas, políticas y un largo etcétera, entre Alaska y la costa occidental de Canadá y Estados Unidos.</p>
<p class="bodytext">De vuelta a Acapulco, los oficiales de la <em>Descubierta </em>, montaron el observatorio en una casa cercana al muelle del puerto, donde comprobaron con satisfacción que los cronómetros 71 y 72 coincidían con la diferencia de meridianos que había entre San Blas y Acapulco, que correspondía a la misma que había marcado el número 10 de la <em>Atrevida </em>en su última travesía.</p>
<p class="bodytext">Para obtener mayor precisión en los datos astronómicos, comparaban constantemente los datos obtenidos entre ellos, así las series se obtenían con un promedio de tres observaciones. Posteriormente, comparaban estos resultados con los de otros hombres de ciencia, como James Cook, Chappe, Doz y Medina y un largo etcétera. Siendo Acapulco uno de los puntos que mejor lograron situar astronómicamente en el océano Pacífico.</p>
<p class="bodytext">Paralelamente a estas actividades, y sin interrupción, los oficiales de las corbetas realizaron, desde el 11 de enero al 5 de octubre, <em>el cálculo de la corrección de distancias de la luna al sol y otros astros por las tablas de refracción y paralelaje </em>, realizadas entre otros oficiales por <strong><em>Vernacci</em></strong>.</p>
<p class="bodytext">Desde Acapulco, el 10 de noviembre de 1791, Malaspina propone al virrey de México, II conde de Revillagigedo, un plan para el reconocimiento y dictamen definitivo sobre el posible paso del Noroeste, en las goletas de San Blas, Sutil y Mexicana. Por recomendación de la Corte. Un mes después, el 14 de diciembre, y también desde Acapulco, le expresa los objetivos fundamentales de la comisión de las corbetas a Fuca y las instrucciones para <strong><em>Vernacci </em></strong>y Salamanca, para su comisión en las costas de Guatemala y Nicaragua.</p>
<p class="bodytext"><strong>4. el viaje de las goletas Sutil y Mexicana al estrecho de Juan de Fuca en 1792</strong></p>
<p class="bodytext">A finales del mes de noviembre de 1791 se encontraban reunidos todos los miembros de la expedición Malaspina en Acapulco, a la espera de que llegasen desde San Blas las goletas <em>Sutil </em>y <em>Mexicana </em>, para equiparlas convenientemente. Y que bajo el mando de los oficiales Dionisio Alcalá Galiano y Cayetano Valdés y Flores respectivamente, y teniendo como segundos a los tenientes de fragata <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>y Secundino Salamanca, a los que se unió el pintor José Cardero y diez marineros de la expedición Malaspina, navegaría hasta el estrecho de Juan de Fuca.</p>
<p class="bodytext">Su objetivo era cerciorarse de la inexistencia del mítico paso de Anian, que supuestamente comunicaba el Atlántico con el Pacífico, y en segundo lugar reconocerían las costas de Tehuantepec y el golfo de Nicaragua. Se les asignó la colección de instrumentos empleados durante la campaña anterior en México, a la que se sumó un segundo repertorio recopilado del equipo instrumental de las corbetas</p>
<p class="bodytext">Durante su permanencia en México, los comandantes habían recibido órdenes estrictas del virrey de Nueva España, que ha su vez las había recibido de Madrid, sobre la prioridad de la exploración del estrecho de Juan de Fuca. Si descubrían el ambicionado paso hacia el Atlántico debían efectuar su navegación si las características de las goletas lo permitiesen, y dirigirse a España evitando atracar en cualquier puerto extranjero, y en cualquier caso ocultar celosamente el descubrimiento que debería comunicarse de inmediato y con absoluta reserva a los ministros de Estado y Marina y al propio Virrey.</p>
<p class="bodytext">El retraso en la llegada de las goletas, el grado epidémico alcanzado en la ciudad por las fiebres estacionales, y lo avanzado de la estación que ponía en peligro el plan previsto para las Marianas y Filipinas, obligaron a la expedición Malaspina a partir sin demora el 20 de diciembre de 1791. En Acapulco quedaron los futuros expedicionarios al estrecho de Juan de Fuca en espera de las goletas, que no hicieron su arribo hasta el día 28 de diciembre.</p>
<p class="bodytext">La inspección de las embarcaciones puso en evidencia su anómala construcción que las incapacitaba para cualquier empresa naval, viéndose obligados a múltiples reformas que dilataron su salida. Efectivamente, el 2 de enero comenzaron las reparaciones, pero la falta de mano de obra y materiales provocó continuos retrasos prolongándose los trabajos hasta el 7 de marzo de 1792. Al día siguiente, las embarcaciones se hacían a la mar en una nueva tentativa de cruzar a vela el continente americano.</p>
<p class="bodytext">En el mes de mayo alcanzaron el fuerte español de Nootka, en la costa oeste de Vancouver. Durante los meses siguientes continuaron explorando el actual estrecho de Georgia, llamado el canal de Nuestra Señora del Rosario la Marinera , en las cartas españolas. Coincidiendo en algunos momentos con la expedición de George Vancouver y William Broughton.</p>
<p class="bodytext"><strong><em>Juan Vernacci </em></strong>obtuvo muchos puntos a su favor en esta comisión, ya que tanto él como los otros tres oficiales, que en ella participaron, tuvieron que hacer las veces de pilotos, naturalistas, dibujantes, contadores, etc. Además, a él y a su compañero Salamanca, aparte de cumplir con sus tareas diurnas, por las noches se les confiaba el cuidado de los buques, así que su responsabilidad marinera nunca cesaba.</p>
<p class="bodytext">Volvieron a Nueva España con la relativa certeza de la inexistencia del paso del noroeste, con nuevas experiencias y sin contratiempos. El virrey, II conde de Revillagigedo, recibió con deferencia a todos los miembros de la expedición y les ayudó a resolver sus asuntos con extremado celo. Sin embargo, a comienzos de 1793, el virrey y Galiano tuvieron un altercado: el motivo fue la indignación con que reaccionó el marino cuando el virrey le pidió cuentas acerca del levantamiento defectuoso o incompleto de un mapa del estrecho de Juan de Fuca, realizado en la comisión de las <em>Sutil </em>y <em>Mexicana </em>. Revillagigedo le hizo notar que al mapa aludido le faltaba la parte que mediaba desde la entrada del estrecho, la punta de Martínez situada a los 48º 20´, hasta el extremo norte de la isla de Tejada, a los 49º 40´ de latitud norte.</p>
<p class="bodytext">Galiano se sintió herido en su amor propio y respondió al virrey una airada carta, firmada también por <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>, en la que solicitaban que se examinaran los resultados de esta comisión en junta de generales y para ello se remitieran al ministro de Marina, Antonio Valdés, todos los mapas originales. La respuesta del virrey no se hizo esperar, en primer lugar le pareció excesiva y poco humilde la reacción de los oficiales y en segundo lugar le ofendió que no le considerasen suficientemente informado sobre la cartografía del noroeste americano. Al mismo tiempo, le molestó que Galiano no le entregase todas las copias de los documentos de esta comisión</p>
<p class="bodytext">Posteriormente Galiano le respondió en tono más conciliador. Lo mismo hizo<strong><em>Vernacci </em></strong>, desde Veracruz, el 4 de diciembre de 1793, antes de partir hacia España <em>“&#8230; agradeciéndole sus atenciones durante el tiempo que estuvo a sus órdenes con motivo de su comisión en la Sutil y Mexicana.</em></p>
<p class="bodytext">En su <em>Ensayo político sobre el reino de la Nueva España </em>, Humboldt citó varias fuentes cartográficas tanto de la expedición Malaspina como de la expedición de 1792 a Fuca, que en su opinión fueron las dos únicas que tuvieron <em>“el carácter verdadero de expediciones de descubrimiento”, y los marinos que las emprendieron eran acreedores “por siempre” a un puesto honorífico en la lista de los navegantes instruidos e intrépidos, a quienes debemos las nociones exactas de la costa N.O. del Nuevo Continente”.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>5. Una comisión especial y un ascenso a capitán de fragata</strong></p>
<p class="bodytext">Cuatro meses después de su salida del puerto de Veracruz, y ya en su tierra natal, Cádiz, <strong><em>Vernacci </em></strong>escribió al ministro de Marina, Antonio Valdés, el 4 de abril de 1794, donde le comunica que acaba de regresar de México y que trae consigo los papeles originales del viaje a Fuca de las goletas <em>Sutil </em>y <em>Mexicana </em>; al mismo tiempo le noticia que Alcalá Galiano se ha quedado en la Habana.</p>
<p class="bodytext">Valdés le encargó entonces ordenar los resultados de la expedición al estrecho de Juan de Fuca en Madrid, de orden del Rey. <strong><em>Vernacci </em></strong>se traslada a la corte donde acomete la ingente tarea de ordenar papeles y pliegos, pero el tiempo transcurre y nadie se acuerda de abonarle los sueldos; por lo que se ve obligado a recordárselo al ministro, el 23 de julio de 1794:</p>
<p class="bodytext">“&#8230; Suplico a V.E. disponga que se abonen mis sueldos en esta tesorería general, igualmente que las gratificaciones de mesa y criado si tiene a bien concedérmelas&#8230;”. (Al margen: concedido).</p>
<p class="bodytext">ntonio Valdés lo comunicó de inmediato a Diego Gardoqui, que dos días después, desde San Ildefonso, escribió al ministro de hacienda <em>, “&#8230; que su Majestad ha mandado se satisfagan por tesorería mayor a dicho oficial&#8230;” </em>los sueldos vencidos y las gratificaciones de mesa y salarios de criado, debiéndose hacer el cargo a la consignación del Departamento de Cádiz.</p>
<p class="bodytext">Unos meses después, en octubre, se reunió con él en Madrid Alcalá Galiano para acometer <em>conjuntamente </em>la redacción del viaje, en cumplimiento de la Real Orden que había remitido el ministro Valdés. Las tareas les unen aún más.</p>
<p class="bodytext">Desde San Lorenzo llegaron rumores de que el Rey había ascendido a los oficiales embarcados en las corbetas <em>Descubierta </em>y <em>Atrevida </em>. Efectivamente, las noticias eran ciertas, el día 14 de octubre de 1794 el Rey había expedido una Real Orden para los oficiales con <em>expresión de sus ascensos y antigüedad de cada uno </em>; y aunque habla de <strong><em>Vernacci </em></strong>y Secundino Salamanca no los asciende. La sorpresa se convierte, naturalmente, en crispación. Realizaron un escrito que entregaron a Alcalá Galiano, para que a través del ministro Antonio Valdés, le llegase al Rey:</p>
<p class="bodytext">”Don Juan Bernacci y Don Secundino de Salamanca, tenientes de navío de la Armada A.L .R.P. de V.M. con el respeto debido representan que estando en la expedición destinada a dar la vuelta al mundo desde julio de 89, fueron separados en el Puerto de Acapulco por diciembre de 92 para emplearse en el reconocimiento del Estrecho de Juan de Fuca y Costa N.O. de la América Septentrional&#8230; en dos goletas de 35 toneladas, que la mala construcción y disposición de estos pequeños buques al paso que multiplicaban los riesgos de la mar, del clima y de los salvajes habitantes de aquella costa, obligaban a que estos 4 oficiales reuniesen en sí los cargos de pilotos, naturalistas, dibujantes, contadores, maestres de víveres y otros desde los más sublimes a los mas mecánicos pues que solo contaba cada buque con los dos oficiales, un 2º guardián, y 25 marineros, contrayendo por esto en los nueve meses de la expedición un mérito extraordinario según representaron a V.M. con encarecidos elogios expresamente sobre hechos, el citado comandante Galeano y el Virrey de Nueva España en sus oficios números 121, 181, 209 y 210, a los Secretarios de Estado y de Marina, Conde de Aranda y D. Antonio Valdés; que su ascenso a tenientes de navío fue después de cuatro años del grado anterior y cuando quedaban en la antigüedad de la promoción que se hizo seguidamente, e igualados entonces a los oficiales de su grado que habían quedado en las corbetas al mismo tiempo que Galeano y Valdés antelaban en el suyo de capitanes de fragata a D. Antonio Toba más antiguo que estaba en ellas; pareciendo por esto que se distinguía sobre todo otro mérito el contraído en las goletas. Por tanto y porque la antigüedad de grado de estos oficiales ganado en la citada primera expedición, les ha privado lograr las gracias que V.M. ha dispensado a los riesgos y afanes de la segunda.</p>
<p class="bodytext">Suplican rendidamente se digne concederles su ascenso inmediato a capitanes de fragata, o bien el grado de tales, según se ha servido dispensar muchas veces en iguales circunstancias como lo esperanzan de la bondad de V.M.” <strong>Madrid, 13 de noviembre de 1794 </strong>(firmado) Juan Vernacci y Secundino de Salamanca”.</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, Galiano entregó, el 13 de diciembre de 1794 en San Lorenzo, la antecedente representación al ministro para que intercediese ante el Rey; y además le añadió de su puño y letra las razones y los méritos contraídos por los dos oficiales en la expedición a la costa noroeste, en estos términos: .</p>
<p class="bodytext">“&#8230;Las razones que alegan son ciertas, y el mérito que han contraído en la expedición de mi cargo lo creo digno del premio que solicitan: se deja conocer mas, si se consideran las particulares circunstancias de la comisión; en ella después de haber ocupado el día atendiendo a todos los trabajos, que en los demás buques, en que se construyen cartas, ocupan a tantos facultativos, obligaba la noche a la mayor vigilancia, para guardar la conserva de dos buques que a muy corta distancia se dejaban de ver por su pequeñez, sin haber subalterno a quien confiarle el cuidado: los riesgos que han corrido, en la mar, sobre las costas, y en los largos reconocimientos, que en las lanchas de tan pequeños buques, han verificado, expuestos también a los insultos de fuerzas tan superiores por parte de indios guerreros, no se ocultan a los conocimientos de V.E. ni tampoco el que el haber cumplido con tantas atenciones ha sido con conocido detrimento de su salud.</p>
<p class="bodytext">No insisto en manifestar a V.E. con más extensión este punto, porque le hemos merecido la honra de que examine prolijamente nuestras tareas en medio de las muchas y graves atenciones de su Ministerio; y solo le suplico me la continúe, admitiendo bien esta nueva solicitud, que le hago en cumplimiento de mi obligación&#8230;”. Firmado: Dionisio Alcalá Galeano a Frey Antonio Valdés.</p>
<p class="bodytext">Por fin, el 24 de marzo de 1795, desde Aranjuez, Valdés comunicó a Antonio de Ulloa la siguiente noticia:</p>
<p class="bodytext">“Al mismo tiempo que el Rey se ha dignado premiar a los oficiales de que trató a V.E. en Real Orden separada de esta fecha, por el mérito contraído en la expedición de las corbetas Descubierta y Atrevida; ha venido S.M. en recompensar <strong>el particular </strong>que hicieron en el reconocimiento del Estrecho de Juan de Fuca los tenientes de navío Don Juan Bernacci y Don Secundino Salamanca, <strong>confiriéndoles grados de capitanes de fragatas </strong>. Lo que de orden de S.M. comunico a V.E. para su inteligencia y gobierno con <strong>inclusión de las patentes </strong>respectivas&#8230;”.</p>
<p class="bodytext">Una semana después, contestó Antonio de Ulloa, entonces director general de la Armada interino, a Valdés, desde la isla de León, que efectivamente : “A los <strong>fines de ordenanza </strong>, he recibido&#8230; las patentes de grados de capitanes de fragata que S.M. se ha dignado conceder a los tenientes de navío Don Juan Bernacci, y Don Secundino Salamanca”.</p>
<p class="bodytext"><strong>6. Otra misión especial: recopilador de material de la expedición Malaspina</strong></p>
<p class="bodytext">En el pequeño y mal urbanizado Madrid del siglo XVIII, hay rumores sobre el comandante de la expedición Malaspina. Hace frío y el silencio de las calles se interrumpe con el ruido de las calesas que recorren sus calles. Es noviembre del año 1795; y el inspector general de Marina, Félix de Tejada, comunica a los oficiales que se encuentran en la corte, y que han participado en la expedición alrededor del mundo, de Real Orden, que se reintegren a sus departamentos. Firman la comunicación los oficiales: Galiano, Cevallos, Bauzá, Alí-Ponzoni, Murphy y <strong>Vernacci</strong></p>
<p class="bodytext">Dos días después, el 29 de noviembre, desde San Lorenzo, llegó un oficio urgente, con minuta, del nuevo ministro de Marina, Pedro Varela y Ulloa, para Felix de Tejada donde le comunica que por resolución real <strong>“&#8230; quedan eximidos de reintegrarse a sus departamentos Galiano y Vernacci, por considerarse su comisión separada de la de Malaspina”.</strong></p>
<p class="bodytext">Inmediatamente, Félix de Tejada transmitió a los interesados la real resolución, para que continuaran en la corte. A los demás oficiales les ordenó que, antes de reintegrarse a sus departamentos, entregasen a <strong><em>Vernacci </em></strong>todos los papeles relativos al viaje que aún tuviesen en su poder, especialmente sus diarios, para que dicho oficial los entregase, bajo inventario, a Florentino Rozo, archivero de la Secretaría de Marina, en cuyo poder estaban ya los restantes papeles relativos al viaje.</p>
<p class="bodytext">Por ello, el 4 de diciembre de 1795 el alférez Ali Ponzoni entregó en Madrid a su compañero de fatigas <strong><em>Vernacci </em></strong>los libros que aún tenía en su poder. La orden de entrega la había recibido el 29 de noviembre. Esta orden, enviada por Godoy, también la recibieron Cevallos, Bauzá, Murphy, Ezquerra, Díaz Hurtado, Más, Alcalá-Galiano, Brambila y Ravenet, entre otros.</p>
<p class="bodytext">Los cajones de Ali Ponzoni contenían, entre otros muchos manuscritos e impresos, libros sobre la historia e instituciones de Norteamérica, en inglés; sobre política indiana, entre las que destacaba la obra de Solórzano Pereira; obras relacionadas con las Indias Orientales; diccionarios; obras de botánica, historia natural y un tomo de las Noticias de América de Ulloa, entre otras.</p>
<p class="bodytext">Tal fue la ingente cantidad de libros, documentación administrativa, cartas, diarios, documentación científica, instrumentos, planos, dibujos y un largísimo etcétera recopilada por <strong><em>Vernacci </em></strong>de la expedición que necesitó diez carpetas para inventariarlos todos. Esta relación, según le habían ordenado, la entregó al archivero de la Secretaría de Marina a principios de enero de 1796.</p>
<p class="bodytext">Y parte de esta magnifica documentación, en cinco cajones y diez carpetas, fue entregada al capitán de fragata José de Espinosa para ser custodiada en el Depósito Hidrográfico, donde volvieron a realizar un nuevo inventario. Con posterioridad, se fue recibiendo documentación de procedencia diversa, entre la que se encontraba dos cajones cerrados y sellados de Alejandro Malaspina, después de verificada su prisión, y los que remitió Arcadio Pineda en 1816.</p>
<p class="bodytext"><strong>7. En el levantamiento cartográfico de la Península y herido en Brest</strong></p>
<p class="bodytext">Terminada esta comisión especial en Madrid, el capitán de fragata graduado <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>y su hermano José –alférez de navío- se integraron, como geógrafos, por encargo del Ministerio de Estado, y durante ocho meses (del 13 de enero al 3 de agosto de 1796), en el equipo que se ocupaba de la realización de la <strong>carta geométrica de España, </strong>a las órdenes de Dionisio Alcalá Galiano. Periodo durante el cual se enteraron que, el 20 de abril, el Rey había destituido de su empleo a Malaspina, mandándole encerrar en el castillo de San Antón, en la Coruña , por diez años y un día, <em>“&#8230; de resultas de causa de estado formada contra él”.</em></p>
<p class="bodytext">Durante este tiempo, Juan Vernacci viajó a Inglaterra para adquirir instrumentos que, seguramente, estaban relacionados con estas tareas, que una vez concluidas no justificaban su estancia en la corte. Por ello, ambos hermanos recibieron notificación de su reinserción al departamento gaditano.</p>
<p class="bodytext">No obstante, Juan Vernacci el mismo día que recibió la citada notificación, solicitó por primera vez, que no será la última, como veremos posteriormente, este curioso permiso: <em> </em></p>
<p class="bodytext"><em>“Señor. Don Juan Vernacci puesto a L.R.P. de V.M. con la mayor veneración le hace presente, que necesita pasar a ese Real Sitio </em><strong>por varios negocios particulares</strong><em>que le interesan. Suplica rendidamente a V.M. se digne concederle Real Permiso para ello: Gracia que espera de la piedad de V.M.“ (firmado, Juan Vernacci).</em></p>
<p class="bodytext">Suponemos le fue concedido el permiso, y el 4 de octubre de 1796 le comunicaron que <strong><em>“&#8230; se le confiere el mando de la fragata Gertrudis”. </em></strong>Con ella participó en las escuadras de la guerra con Gran Bretaña (1796-1802). Al mando de la misma se encontraba José de Mazarredo y de segundo Federico Gravina, quien estuvo al frente de la escuadra del Atlántico que combatió contra la flota inglesa, mandada por Nelson.</p>
<p class="bodytext">Durante esta guerra, los ingleses pretendieron bombardear Cádiz las noches del 3 y 5 de julio de 1797, defendida de forma “heroica”, según las crónicas, por Mazarredo; posteriormente pasaron al Ferrol ( La Coruña ) y a la ciudad francesa de Brest (1799-1802). En esta última ciudad, los españoles se reunieron con la escuadra francesa del almirante Bruix, consiguiendo abortar el plan preparado por los ingleses de bombardear aquella plaza.</p>
<p class="bodytext">En 1798 nombraron a Mazarredo capitán general del departamento de Cádiz, quien propuso al gobierno que se trasladasen al observatorio astronómico de la isla de León, fundado por él, los instrumentos del ya viejo de Cádiz. También indicó la necesidad de enviar hombres al extranjero para formarse en la fabricación de relojes marinos e instrumentos náuticos. Y escribió importantes obras relacionadas con la instrucción naval.</p>
<p class="bodytext">De nuevo los hermanos <strong><em>Vernacci </em></strong>, Juan y José, volvían a coincidir; pero esta vez en circunstancias más adversas, una guerra. Y ambos, en la histórica ciudad de la bretaña francesa, Brest, fueron heridos. Era necesaria la recuperación de los oficiales. Por ello, los responsables de la escuadra decidieron que Juan regrese a España, por cuestiones de salud.</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, se le expidió pasaporte; y el 28 de marzo de 1800, Federico Gravina, desde el navío Príncipe de Asturias en Brest, comunicó al ministro de Marina haber recibido, con fecha de 4 de febrero, el oficio donde le comunicaban la real orden de 10 de enero de 1800, en la que el Rey había nombrado a Juan Vernacci, <strong><em>Agente Fiscal de Marina en el Consejo Supremo de Guerra </em></strong>:</p>
<p class="bodytext"><em>“&#8230;vacante por haber cumplido el tiempo señalado el teniente de fragata Don Antonio Leal de Ibarra, y habiendo expedido pasaporte a aquel oficial para que consecuente con real orden de 10 de enero <strong>pasase a España a restablecer su salud, </strong>según di cuenta a V.E. en 20 del mes próximo anterior, se lo participo en contestación”.</em></p>
<p class="bodytext">Juan <strong><em>Vernacci </em></strong>, hombre inquieto, y ya recuperada su salud, demandaba salir de la tranquila vida de agente fiscal en el Consejo de la Guerra , y decidió solicitar nuevo destino, personalmente y sin intermediarios, al responsable de la Armada. Por ello, y desde Madrid, el 16 de enero de 1803, pidió, de nuevo, un real permiso</p>
<p class="bodytext"><em>“&#8230; a los Reales Pies de V.M. con el debido respeto hace presente que necesita pasar a ese real Sitio de Aranjuez a <strong>diligencias propias </strong>por lo cual: Suplica a V.M. se digne conceder su Real Licencia para poderlo verificar. Gracia que espera de la benignidad de V.M. “ (firmado: Juan Vernacci). Al margen: concedido.</em></p>
<p class="bodytext"><strong>8. Comandante de la Nao de Acapulco</strong></p>
<p class="bodytext">La respuesta fue inmediata, y a los pocos días de sus conversaciones en la villa palaciega de Aranjuez con los responsables de la Armada , recibió la siguiente comunicación:</p>
<p class="bodytext"><strong><em>Aranjuez, 30 de enero de 1803 </em></strong><em>. “Al capitán de Fragata Don Juan Vernaci digo con esta fecha lo siguiente: S.M. se ha conformado con la elección que el Señor Generalísimo de la Armada ha hecho de vuestra merced para que se embarque de transporte en la última de las expediciones que despacha la Compañía de Filipinas a las costas de Coromandel y Bengala en la presente estación, y que desde el puerto a donde se dirige el buque pase vuestra merced por las escalas de la India a Manila en las embarcaciones extranjeras que comercian con Filipinas. Allí deberá vuestra merced <strong>tomar el mando de la nao de Acapulco </strong>, relevando en este destino a su actual Comandante. En consecuencia se presentará vuestra merced inmediatamente al expresado señor Generalísimo para recibir las ordenes e instrucciones relativas al desempeño de la comisión que se ha servido dar a vuestra merced”.</em></p>
<p class="bodytext"><strong><em>La nao de Acapulco, el galeón de Manila o el navío de la China </em></strong>comenzó su andadura en 1565 cuando el célebre agustino Urdaneta consiguió la <em>“vuelta de poniente” </em>, también llamada <em>“el tornaviaje”</em>, es decir, encontrar el camino de vuelta desde Filipinas a América.</p>
<p class="bodytext">El primer galeón cruzó el Pacífico en 1565 y el último en 1815. Durante los dos siglos y medio que duró la ruta, los galeones hicieron una vez al año el largo y solitario viaje entre Manila-Acapulco-Manila. Ninguna otra línea marítima ha durado tanto, ni ha sido tan arriesgada y peligrosa. El número total de galeones, que navegaron las aguas del extenso Pacífico durante los doscientos cincuenta años de viajes, fue de ciento ocho. Los capturados fueron cuatro y los hundidos, debido a fuerzas de la naturaleza, veintiséis. El último galeón salió de Manila en 1811 y regresó cuatro años después, en 1815, curiosamente se llamaba el <strong><em>Magallanes</em></strong>que había conducido con pericia, años antes, <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>.</p>
<p class="bodytext">La distancia entre la latitud de ida y vuelta era de unos treinta grados, aunque dependía de los monzones. No utilizaron convoyes de protección, pues las rutas estaban muy estudiadas y la pericia de los marinos suficientemente probada. Esta monotonía en el trayecto no facilitó el descubrimiento de otras islas.</p>
<p class="bodytext">En los comienzos no existieron normas ni disposiciones sobre el tamaño de los navíos, ni sobre el número de ellos que podían realizar el viaje anualmente, aunque los manileños –por razones económicas- prefirieron solo uno. El tonelaje, al principio, se fijó en 300, pero con el tiempo algunos superaron las 2000. La mayor parte de los galeones fueron construidos con madera de las islas, teca, molave o “lanang”, de excelente calidad, en los astilleros de Cavite, con trabajadores chinos y malayos, principalmente.</p>
<p class="bodytext">De Manila a Acapulco solía zarpar entre finales de junio y mediados de julio, época donde podía aprovechar los vientos <em>monzónicos </em>más favorables. Una vez cargado, se celebraba la procesión con la <em>Virgen </em><em>de la Paz y del Buen Viaje </em>, el arzobispo bendecía el barco y a su tripulación, repicaban las campanas de todos los templos de la ciudad y el gobernador daba la orden de zarpar. Desde Cavite se dirigían al embocadero de San Bernardino, entre las islas de Luzón y Samar, y luego en dirección nordeste remontaban hasta los 35º buscando las costas de la alta California para ir costeando hasta Acapulco. El promedio del viaje era de unos seis meses</p>
<p class="bodytext">De Acapulco a Manila zarpaba entre finales de febrero y primeros de marzo; el viaje era más fácil, por la placidez de las aguas y favorecidos por los vientos <em>alisios</em>. Dirigiéndose en línea recta hacia el sur, aprovechaban los vientos del N.O. y al llegar al paralelo de Manila viraba hacia el Oeste. La duración del viaje era de un promedio de tres meses. Cuando el galeón anclaba en la bahía, toda Manila exultaba de júbilo. La llegada de la nao, de la que dependía la fortuna material de la colonia, provocaba sonidos de campanas y las iglesias se llenaban de gente en acción de gracias.</p>
<p class="bodytext">El galeón era una especie de monopolio, cuyos beneficiarios eran el gobierno, empleados oficiales –incluido el clero- y el resto de los españoles en proporción diversa. Una especie de intercambio cultural y material entre dos mundos. Efectivamente Manila exportaba: seda, marfil, hierro, porcelana y lana, procedente de China; algodón y especias, de la India ; algodón de Ilocos, y cera de Filipinas, entre otras muchas mercaderías.</p>
<p class="bodytext">De vuelta traía el “situado” o subsidio real: una especie de sistema de cooperación entre las colonias de ultramar y la España peninsular, con el fin de hacer frente a las necesidades financieras que se presentasen. El “situado” procedía de la plata obtenida con la venta de las mercancías en la feria de Acapulco, por ello era la carga más valiosa. Barras de plata y pesos acuñados en México, que se entregaban al maestre de plata, y que una vez en Manila servía para pagar las mercancías procedentes de la China , destino final de la plata mexicana.</p>
<p class="bodytext">Filipinas también participó en el florecimiento que supuso el “despotismo ilustrado”. En el archipiélago, el Rey y sus reformadores ministros contaron con grandes colaboradores, de mentes abiertas a las nuevas ideas y extremadamente críticos de los errores del viejo régimen. Estaba claro, que la tradición del galeón era incompatible con el nuevo orden de cosas. Un documento redactado en 1805 por los funcionarios de la Real Hacienda en Manila incluía una censura contra el galeón:<em>que había beneficiado muy poco a la agricultura y comercio de las islas.</em></p>
<p class="bodytext">Precisamente en 1800 se establece la Comandancia de Marina en Filipinas, bajo el gobierno de Rafael María de Aguilar (1793-1806). En estas fechas, el estrecho de san Bernardino era el punto desde donde salía la nao con destino a México. Por ello y por el interés que obviamente despertaba en la política económica, la Secretaría de Marina e Indias consideró necesario perfeccionar sus cartas, y a esta tarea se puso de inmediato <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>cuando llegó a las islas, junto a Isidoro Cortázar.</p>
<p class="bodytext">Por lo tanto, su misión de comandar la nao de Acapulco tendría que posponerse. Al respecto, Malaspina sentenció en uno de sus diarios <strong><em>: “&#8230;un viaje hecho por navegantes españoles debe implicar&#8230; la construcción de cartas hidrográficas&#8230; y los derroteros que puedan guiar con acierto la poca experta navegación mercantil&#8230;”.</em></strong></p>
<p class="bodytext"><strong>9. Una expedición hidrográfica (1803)</strong></p>
<p class="bodytext">Efectivamente, la cartografía del siglo de las Luces, abarcaba dos modalidades: la náutica y la levantada tierra adentro. Para trazar las cartas náuticas, los marinos se valían de observaciones astronómicas y cálculos matemáticos. Se delineaban los perfiles de costas, se levantaban cartas hidrográficas de los litorales, de los puertos. Se procuraba indicar cuál era la dirección de las corrientes, cómo se presentaban las mareas en los puertos en las diferentes estaciones del año, qué bajos se hallaban en medio del océano o en las proximidades de la costa, etc.</p>
<p class="bodytext">El objetivo perseguido era facilitar la navegación de la Marina , para el caso tanto de guerra como mercante, por lo que se conjugaban perfectamente la parte científica con la parte práctica, con dos facetas: política y económica</p>
<p class="bodytext">El levantamiento cartográfico se materializó en la <em>Carta </em><em>esférica del estrecho de San Bernardino e islas adyacentes que comprende, desde la entrada del puerto de Palapa, en la isla de Samar, hasta la bahía de Manila y desde la lat. 11º 18&#8242; hasta 14º 26&#8242; Norte, construida en la Dirección de Hidrografía por las operaciones practicadas en 1792 y 1793 por los oficiales y pilotos de las corbetas del Rey Descubierta y Atrevida y por las que ejecutó <strong>en 1804 </strong>el capitán de fragata de la Real Armada D. Juan Vernacci.</em></p>
<p class="bodytext">A esta carta va anexa, y realizada en 1803, la <em>Instrucción </em><em>náutica que debe acompañar a la carta del Estrecho de San Bernardino en las Filipinas. Corregida de orden del Rey por el capitán de fragata de la Real Armada don Juan Vernacci y el teniente de navío don Isidro Cortázar.</em></p>
<p class="bodytext">Isidro Cortazar y Abarca, IV conde de San Isidro, nació en Oñate. Después de su estancia en Filipinas, junto a Vernacci, marchó al Perú a bordo de la fragata <em>Ifigenia</em>, armada por la Real Compañía de Filipinas para establecer tráfico permanente entre Cádiz, la costa del Pacífico y Manila. Se estableció en Lima como representante de dicha compañía y retirado del servicio activo con el grado de capitán de fragata fue elegido alcalde de la ciudad entre 1817 y 1818.</p>
<p class="bodytext">El virrey Pezuela le invitó a integrar la Junta para preparar el establecimiento de la Constitución de la Monarquía Española (20-9-1820). Nuevamente elegido alcalde en 1821 asistió a la evacuación de las fuerzas realistas y favoreció la proclamación de la independencia. Su nombre aparece el primero en el acta respectiva, con fecha de 15 de julio de 1821.</p>
<p class="bodytext">Posteriormente, fue nombrado director del Banco de Papel Moneda, el 16 de marzo de 1822. Y aunque en abril de 1823 inició el expediente para volver a España, obtuvo carta de naturalización el 4 de mayo de ese mismo año y decidió permanecer en Perú, donde continuó al frente de la Real Compañía de Filipinas, hasta que murió el uno de agosto de 1832. La Compañía desapareció definitivamente en 1834.</p>
<p class="bodytext"><strong>10. Solicita le exoneren mandar la Nao de Acapulco (1805 )</strong></p>
<p class="bodytext">Era evidente que al capitán de fragata <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>no le convenció, por algún motivo que desconocemos, la responsabilidad de comandante de la nao de Acapulco. Y en el mes de diciembre del año 1805, exactamente el día de Navidad, remite varios oficios a España solicitando se le <strong><em>exonere </em></strong>de mandar por <strong><em>segunda vez </em></strong>la nao. Al mismo tiempo informaba de su <strong><em>expedición hidrográfica al estrecho de San Bernardino. </em></strong>La respuesta, un tanto críptica, fue esta:</p>
<p class="bodytext">“ <em>Su Alteza aprobó su desempeño y se sirvió resolver: que será atendido su mérito cual merece&#8230;”.</em></p>
<p class="bodytext">Pero no debieron exonerarlo. Lo que sí consta en el cuaderno de bitácora del piloto de la nao <em>San Andrés </em>, del año 1806, es la pérdida de treinta y seis hombres a causa del escorbuto. Era evidente que el combate que se libraba entre la vida y la muerte en aquel pequeño espacio que flotaba sobre las aguas del mar Pacífico, debió hacer mella en el espíritu de <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>. Pero no era solamente el escorbuto lo que diezmaba a pasajeros y tripulación, también el beri-beri, que hinchaba todo el cuerpo y hacía que el enfermo “muera hablando”. Además, el navío que en un principio iba repleto de frutas y verduras, en las últimas etapas del viaje no contaba sino con un poco de agua putrefacta y pestilente</p>
<p class="bodytext">Un italiano, Juan Francisco Gemelli Careri, en su libro <em>Giro del Mundo </em>, relata su experiencia de 1697: <em>”&#8230; el viaje de Filipinas a América es el más largo y él más terrible del mundo, tanto por la inmensidad del Océano a cruzar, que es casi la mitad del globo terráqueo, como por sus vientos siempre a proa, como por las terribles tempestades que allí se forman&#8230; a veces junto al ecuador, otras en lugares helados&#8230; todo lo cual es capaz de destruir a un hombre de acero, y más a uno de carne y hueso” </em>; además describe con realismo los padecimientos del pasaje <em>: “&#8230; el navío está lleno de pequeños gusanos, que los españoles llaman gorgojos, que se alimentan de galleta; tan activos que en un corto tiempo no solo invaden camarotes, literas y hasta los utensilios donde las personas toman sus alimentos, sino que invaden sus cuerpos&#8230;» </em>.</p>
<p class="bodytext">A todos los inconvenientes anteriores, se añadían las persecuciones a que eran sometidos por parte de diversas naciones, para hacerse con sus ricos cargamentos. De su puño y letra, <strong><em>Juan Vernacci </em></strong>remitió, el 9 de noviembre de 1807, un informe a la Secretaría de Marina donde consta lo ocurrido con la nao de Acapulco, en concreto la <em>Magallanes </em>, de 30 cañones, de su mando, y donde narra el bloqueo inglés, al que fue sometida. Un año después, en 1808, Vernacci vuelve a tener problemas con los ingleses en su salida de Acapulco. Por lo que deciden embarcar en la fragata francesa la <em>Cannoniére </em>2670308 pesos, de los cuales 532137 eran destinados a la Real Hacienda de Filipinas. Estas son las últimas noticias que tenemos de las actividades del marino andaluz.</p>
<p class="bodytext"><strong>11. Su último sueño frustrado: ascender a capitán de navío</strong></p>
<p class="bodytext">Y mientras esto ocurría en aguas del mar Pacífico, su hermano, el teniente de fragata José Claudio Vernacci, desde San Lúcar de Barrameda, solicitaba, el <strong><em>24 de noviembre de 1807, </em></strong>un ascenso para su hermano, en estos términos:</p>
<p class="bodytext"><em>“Excelentísimo Señor. Don Joseph Vernacci teniente de fragata de la Real Armada , capitán del puerto de San Lucar, con el mayor respeto a V.A.S. hace presente: que su hermano el capitán de fragata Don Juan Vernacci, ha estado, y está en Manila el tiempo que ha habido dos promociones generales, y ascensos particulares de varios oficiales de marina. Su hermano, el suplicante, con el afecto propio, y el deseo que le es natural de los adelantamientos de un hermano, que parece acreedor a la benignidad de V.A., manifestará sus servicios, y el estado de antigüedad en que se halla.</em></p>
<p class="bodytext"><em>Sentó plaza de Guardia Marina a principios de mil setecientos ochenta; hizo varias navegaciones, y estuvo en el combate de la Escuadra del mando de Don Luis de Córdoba. Estuvo en la formación de cartas hidrográficas de España, por lo que sus compañeros ascendieron en dos promociones, y el en ninguna de estas. Estuvo en las observaciones astronómicas del observatorio de Cádiz un año. Se embarcó en las corbetas que dieron vuelta al mundo, y después en las goletas al mando de don Dionisio Galeano, en cuyas comisiones ascendieron todos los oficiales de ellas dos grados, y el sólo uno. Fue destinado para la formación de la carta geográfica de España, y mandado por V.A. a Londres para la recolección de instrumentos; y a su regreso tuvo V.A. a bien pasarle un oficio prometiéndole su alta protección. Pasó a mandar una fragata, siendo solo capitán de fragata graduado. Después estuvo en las escuadras en la última guerra. Vino luego de agente fiscal del Supremo Consejo de Guerra; y por orden de V.A. pasó últimamente a formar la carta del Estrecho de San Bernardino, que ha remitido con bastante exactitud.</em></p>
<p class="bodytext"><em>La grande aplicación a los estudios sublimes, con el resultado preciso de un gran adelantamiento; el número de trabajos particulares, y la conducta de este oficial, constan a V.A. según ha tenido a bien manifestarse muchas veces de palabra y por escrito. Muchos de su antigüedad son capitanes de navío, otros de mayores graduaciones, y tal vez ninguno ha reunido el estar en todas estas comisiones particulares; con la desgracia de no haber tenido los grados de los demás de cada una; y por todo lo expuesto:</em></p>
<p class="bodytext"><em>Suplica a V.A.S. tenga a bien que sea ascendido a capitán de Navío, cuya gracia espera merecer por la benignidad de V.A.S. San Lúcar de Barrameda a 24 de noviembre de 1807. (Firmado Joseph Vernacci). Al Excelentísimo Señor Príncipe Generalísimo Almirante.</em></p>
<p class="bodytext"><em>(Al margen: Diciembre 3 de 807. Hay resolución de que se le atienda ).</em></p>
<p class="bodytext"><strong>12. Muerte en México (1810).</strong></p>
<p class="bodytext">Pero antes de que la resolución del Rey se hiciera efectiva, murió en México el 4 de enero de 1810, según oficio de Vázquez de Mondragón, con fecha de 24 de enero de 1812, donde comunicó las últimas defunciones. Su ascenso no llegó a buen puerto.</p>
<p class="bodytext">Dos años después de su muerte, en 1812, su hermano ofreció a las autoridades de la Armada la colección de mapas asiáticos realizados por éste, que pasaron a la mapoteca del Depósito Hidrográfico:</p>
<p class="bodytext"><strong>Cádiz, 30 de enero de 1812 </strong>: <em>“Excelentísimo señor. El teniente de fragata Don José Vernacci ha ofrecido a S.A. en obsequio de la hidrografía española varias cartas de los Mares de Asia con ciertas correcciones que dice fueron hechas por su difunto hermano el capitán de fragata Don Juan y pide al mismo tiempo se mande al tesorero de Real Hacienda de Ejército, que de los primeros caudales que tenga la expresada tesorería se entreguen al recurrente mil pesos duros, rebajados los derechos reales, por igual cantidad que remitió desde México su dicho hermano en el Navío Asia para socorro del recurrente y su familia. En consecuencia ha resuelto la Regencia admitir la oferta de las cartas mandando las entregue Vernacci en el Depósito de Hidrografía a cuyo fin prevengo lo conveniente al interino director de él; y respecto a la reclamación que hace del dinero, que se pase oficio a hacienda, como lo ejecuto en esta fecha, para que justificando lo que expone Vernacci se le satisfaga su crédito cuando las circunstancias lo permitan. De Real orden lo digo a V.E. para que disponga su cumplimiento disponiendo su cumplimiento disponiendo se entere Vernacci de esta deliberación” </em>. Firmado José Vázquez Figueroa a don Félix de Tejada.</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, el 1 de febrero de 1812, Felix de Tejada comunicó el oficio antecedente a Miguel de Sousa y unos días después, el <strong>4 de febrero de 1812 </strong>, y desde la Isla de León, contestó Miguel de Sousa a Félix de Tejada:</p>
<p class="bodytext"><em>“Dirección General. Excelentísimo señor, la orden del Consejo de regencia que V.E. se sirve trasladarme en carta del corriente me deja enterado de haberse servido S.A. admitir la oferta que ha hecho el teniente de fragata D. José Vernacci de varias cartas de los mares de Asia, resolviendo al mismo tiempo en cuanto a la reclamación de los mil duros que hace Vernacci que justificado lo que expone se le satisfagan cuando las circunstancias lo permitan. Y habiéndolo hecho saber al interesado , lo manifiesto a V.E. en contestación”.</em></p>
<p class="bodytext">A modo de posdata:</p>
<p class="bodytext">Pero la memoria de este explorador olvidado, que dedicó su vida al servicio de la ciencia y del Rey, permanece en determinados puntos de todo el universo “orbe”:</p>
<p class="bodytext">“ <strong><em>Canal de Bernacci </em></strong>” es el nombre que hasta el día de hoy tiene el estrecho que lleva su nombre en las heladas regiones de Canadá; y en las cartas náuticas españolas como <strong><em>“brazo de Vernacci” </em></strong>, nombre que se debe a la misión de explorar, en 1792, un brazo de mar que penetra ciento veinte kilómetros desde el océano Pacífico hasta el centro de las montañas costeras canadienses, y que constituía la última posibilidad de localizar el supuesto paso del noroeste, entre las latitudes de los 50º 53&#8242; de latitud N y a 125º 26&#8242; de longitud O, que el pintor José Cardero inmortalizó con su pluma, donde representó la pequeña embarcación de Vernacci y su tripulación de diez hombres al encuentro de siete embarcaciones indígenas, al pie de la cascada doble bajo los picos nevados.</p>
<p class="bodytext">Pero no es el único lugar que le recuerda. En el lejano oriente, en Filipinas, también hay un monte llamado <strong><em>“Bernacci Mount” </em></strong>, en la provincia de Camarines Sur, en el sur de la isla de Luzón. De altitud 704 metros , latitud 13º37&#8242; ON y longitud 122º58&#8217;OE. Muy cerca del Estrecho de San Bernardino, entre la isla de Luzón y la de Samar. Probablemente lo bautizó cuando realizó la carta del famoso estrecho, o cuando lo divisaba en su salida al mar en la nao de Acapulco. Pero hay más, una pequeña isla en Argentina, también lleva su nombre, <strong><em>“Isla Vernacci” </em></strong>, probablemente la bautizó cuando participaba en la expedición Malaspina.</p>
</div>
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		<title>La expedición de Balmis La expedición de la vacuna, una aventura científica</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-expedicion-de-balmis-la-expedicion-de-la-vacuna-una-aventura-cientifica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 11:52:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La expedición de Balmis]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero El siglo XVIII fue el siglo de las grandes expediciones científicas españolas que recorrieron todos los confines del Imperio renovando la botánica, la ingeniería, la medicina o [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><br><strong>Texto: </strong>Lola Escudero</p>



<p>El siglo XVIII fue el siglo de las grandes expediciones científicas españolas que recorrieron todos los confines del Imperio renovando la botánica, la ingeniería, la medicina o las técnicas de navegación. Fueron aventuras que dieron lugar a importantes hallazgos científicos, pero también a apasionantes relatos de exploración y aventura. Una de las más originales fue la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna.</p>



<p>La Ilustración fue una época de cambios y de descubrimientos, pero sobre todo, fue el gran siglo de la Ciencia. Dentro del momvimiento general de desarrollo científico, ocupan un papel destacado las múltiples expediciones que las coronas europeas organizaron a los territorios de ultramar en un intento de controlar territorios, inventariar recursos y desarrollar determinados ámbitos de la investigación científica.</p>



<p>Como en el resto de Europa, en España también proliferaron a lo largo del siglo XVIII y principios del XIX, las grandes aventuras de exploración por nuestras colonias americanas y orientales con objetivos botánicos, geodésicos o políticos. Una de las más originales fue sin duda la llamada Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, que fue realmente el último de los grandes viajes ilustrados impulsados por los borbones, ya en los albores del siglo XIX.</p>



<p>Esta original expedición partió del puerto de La Coruña en 1803 dirigida por el médico militares español Francisco Javier Balmis  y con un objetivo absolutamente filantrópico: propagar en América y Filipinas la vacuna contra la viruela que acababa de descubrir en 1796 Jenner. Para ello, Balmis no dudó en dar la vuelta el mundo llevando consigo a ventidos huérfanos de La Coruña que fueron inoculados sucesivamente a lo largo del viaje para mantener vivo el virus vacunal. Uno de los datos curiosos de la expedición es que con ellos viajaba una mujer, caso raro en este tipo de expediciones. Era Isabel Sendales y Gómez, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, cuya misión consistía en atender a los pequeños y, lo más importante, vigilar que no se rascaran las heridas para evitar cualquier contagio.</p>



<p class="bodytext">La también llamada “Expedición de Balmis, fue realmente una hazaña científica, además de un viaje lleno de penosas peripecias, por caminos intransitables en los que era preciso transportar a los niños a hombros de indígenas, con fricciones con las autoridades locales que no comprendían el objetivo de la misión, y en el que Balmis desarrolló un notable talento para la organización y para conseguir la colaboración de las instituciones civiles, militares y eclesiástica. Balmis, como todos los viajeros ilustrados de la época, aprovechó además el viaje para interesarse por los problemas de las comunidades locales, por la naturaleza que encontraba a su paso y por estudiar su posible aplicación terapéutica.</p>



<p>Para la historia médica española fue una de sus aventuras más interesantes, y tuvo una repercusión decisiva en la salud de las colonias.</p>



<p><strong>La lucha contra la viruela</strong></p>



<p>Los españoles habían llevado la viruela al nuevo continente en el siglo XVI y fue siempre un problema sanitario de difícil control hasta que Balmis llegó en 1804 repartiendo la vacuna y su manual de control de la viruela,&nbsp; por las principales ciudades, instruyendo a los cirujanos y a la población, y dando los primeros pasos en un trabajo que fructificaría en la erradicación de la viruela en México y en los países latinoamericanos un siglo y medio después.</p>



<p>La expedición que partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María Pita estaba compuesta por dos cirujanos, cinco médicos, tres enfermeros y 22 niños expósitos, todos bajo la dirección de Francisco Xavier Balmis, y como subdirector José Salvany Lleopart. Además del virus inoculado en los niños, la corbeta transportaba dos tesoros muy valiosos:&nbsp; una carga de linfa de vacuna guardado entre placas de vidrio selladas, y miles de ejemplares de un tratado que explicaba cómo vacunar y conservar la linfa.</p>



<p>En mayo de 1804 la expedición llegó a Puerto Rico, donde se enteraron&nbsp; de que las autoridades locales ya habían conseguido la vacuna a través de la colonia danesa de Saint Thomas. No obstante, como en el resto de los lugares que visitaron a partir de entonces, organizaron una Junta Central de Vacunación que se encargaría de llevar un registro de las vacunaciones y de mantener el suero necesario para las futuras inmunizaciones. Además de la aventura propiamente médica, no faltan en el relato del viaje las anécdotas viajeras, como el naufragio que sufrieron en la primera travesía del que afortunadamente fuero rescatados sin daños personales, y llevados a Cartagena de Indias, donde prosiguen su tarea.</p>



<p>Para trabajar mejor, la expedición se dividió en dos grupos, uno de ellos, dirigido por el propio Balmis, partió hacia Venezuela y Cuba, para después&nbsp; seguir rumbo a Méjico, donde Balmis había trabajado varios años y era muy estimado. Una vez completado su recorrido por América Central, cruzaron el océano Pacífico y llegaron a Asia, donde visitaron Filipinas, Macao y Cantón para regresar a España, donde llegaron cuatro años después de su partida, en septiembre de 1806.&nbsp; La otra parte de la expedición, a cargo de Salvany, recorrió durante siete años el territorio suramericano, visitando Venezuela, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú, Chile y Bolivia durante siete años. Fue un viaje duro y penoso en el que el propio Salvany perdió la vida. Tenía sólo 34 años.</p>



<p>El trabajo de ambas expediciones fue similar a lo largo de todo el recorrido: en todos los lugares por donde pasaban, vacunaban, dejaban instrucciones y una cierta organización sanitaria para mantener las vacunaciones. el moderno procedimiento de la vacuna suscitaba lógicamente muchos recelos en las poblaciones, de forma que en ocasiones los nobles debían de ser vacunados en primer lugar junto con sus familias para que el resto de la población se dejase vacunar. Grupos enteros de indígenas se resistieron masivamente a la vacunación. Los viajeros llevaban un registro completo del trabajo realizado en cada etapa y de las vacunaciones realizadas, por ejemplo: 56.000 en Colombia, 7.000 en Cuenca (Ecuador), 22.726 en el reino de Perú.</p>



<p class="bodytext">Esta expedición fue muy valorada en su tiempo e incluso el propio Jenner, inventor de la vacuna, al conocer la iniciativa dijo: «No me imagino que en los anales de la historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste». La de Balmis-Salvany fue probablemente el primer programa oficial de vacunación masiva realizado en el mundo, pero también tenía elementos políticos y formaba parte de un programa de gobierno: era un intento del rey Carlos IV de llevar los nuevos avances sanitarios a sus colonias y controlar el territorio.</p>



<p>La expedición de Balmis debe incluirse dentro del movimiento de grandes expediciones científicas ilustradas, financiadas generalmente por las coronas europeas. Desde el punto de vista de la historia de los viajes y exploraciones, supuso toda una aventura prolongada en el tiempo: siete años de peripecias, de recorridos por lugares impenetrables, de contacto con poblaciones locales aisladas. Es notable el tesón de unos hombres que sólo por distribuir la nueva vacuna fueron capaces de atravesar selvas, acceder a las más altas cumbres andinas o adentrarse en territorios casi inaccesibles a pie, a caballo o en canoas.</p>



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		<title>La Gran Expedición Malaspina (1789-95)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-gran-expedicion-malaspina-1789-95/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 11:47:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[La Gran Expedición]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emilio Soler Pascual Expediciones científicas Una mañana soleada del treinta de junio de 1789, Alejandro Malaspina, joven oficial de la Armada española, indica las órdenes pertinentes para que las [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emilio Soler Pascual<br></strong></p>



<p>Expediciones científicas<br><br>Una mañana soleada del treinta de junio de 1789, Alejandro Malaspina, joven oficial de la Armada española, indica las órdenes pertinentes para que las dos corbetas que componen los navíos de su expedición, la “Descubierta”, a su mando, y la “Atrevida”, comandada por el marino cántabro José de Bustamante, quien también nos dejó un muy interesante diario de aquella expedición, se hagan a la vela. Sopla un favorable viento del noroeste en la bahía gaditana cuando don Alejandro y sus más de doscientos hombres ponen rumbo a las islas Canarias, primera escala en su larga travesía.</p>



<p><strong>La formación científica de Malaspina.</strong></p>



<p>Comenzaba de esta manera un proyecto largamente pensado y preparado por el marino nacido en la localidad lunigiana de Mulazo, en el ducado de Parma, allá cuando finalizaba el largo y fructífero reinado en Nápoles del futuro Carlos III de España que, muy pronto, accedería al trono de España. Se cobijaría bajo sus gobiernos ilustrados un período de reformas que, no obstante, tardaría mucho tiempo en trasladarse a las colonias americanas.</p>



<p>Ciencia y política se iban a dar la mano en esta expedición. La nueva marina española, totalmente remozada en su aspecto organizativo merced a los trabajos de Jorge Juan en los astilleros de Cádiz, El Ferrol y Cartagena, tomaba esta aventura colonial como algo propio y decisivo en unos momentos en que el mayor imperio del mundo languidecía merced a la errónea forma de gobernar sus dominios: leyes comerciales restrictivas, diversidad incontable de cargas fiscales, un sistema administrativo complejo y errático y una acumulación de metales preciosos que apenas generaban plusvalía en una metrópoli sumida en el mayor de los atrasos económico y social. Recordemos, al respecto, la cita de Filangieri que indica el profesor Pagden: <em>“Cuando la riqueza no representa más que el fruto de la conquista, y no el sudor del agricultor, del artesano, del comerciante, la riqueza corrompe necesariamente al pueblo, fomenta el ocio y acelera la ruina de la nación”.</em></p>



<p>El contenido político de la expedición resaltaba claramente en los numerosos folios que Malaspina y Bustamante presentaron al monarca Carlos III un 10 de septiembre de 1788. Cuatro puntos claves se reflejaban en su proyecto político y económico:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Análisis de los intereses de la monarquía española en los territorios de ultramar, diversos y, en muchas ocasiones, contrapuestos.</li>



<li>Situación del sistema de comercio entre España y América: manufacturas americanas.</li>



<li>Estudio detallado de la Administración española y sus defectos.</li>



<li>Conflicto con las potencias marítimas extranjeras en el Pacífico que amenazaban muy seriamente las abandonadas zonas coloniales españolas.</li>
</ul>



<p>Mientras se preparaba la expedición, una vez aceptado el plan de viaje y sus objetivos por la Corona , Malaspina escribe al ministro Antonio Valdés insistiendo en tress importantes apartados políticos que se podían extraer de la expedición:</p>



<p>1.- Que la Hacienda española no puede dar un paso sin combinarse con la de América.</p>



<p>2.- Que el sistema gobernativo de reforma precede al de comercio, y que el impuesto o derecho sobre el comercio de América no son arbitrarios, sino sujetos a la balanza comerciante de Europa.</p>



<p>3.- Que yendo al encuentro de una revolución, lejos de esperar que opere interiormente como gangrena, podemos muy luego convertir en beneficio de la monarquía en general y en particular de la península, aquellos mismos yerros de nuestros antepasados que tan rápidamente nos llevan a una total decadencia.</p>



<p>Proféticas palabras de un Malaspina plenamente consciente del germen revolucionario que se estaba gestando en los dominios coloniales de España. El ejemplo de los colonos norteamericanos de Inglaterra era un precedente bien cercano y significativo para los criollos. Malaspina era partidario de instaurar en América una política flexible y gradual de carácter autonómico, nada nuevo bajo el sol, que pudiera neutralizar sus lógicos deseos de independencia. Así, pues, no es de extrañar que diversos autores, como Menchaca o Ferrari Bono, hayan visto en los axiomas políticos de Malaspina una influencia política en el movimiento emancipador de las colonias de ultramar.</p>



<p>Tras una corta estancia en Sicilia, adonde fue con su tío Giovanni Fogliani Sforza, Alejandro Malaspina estudió durante nueve años en el colegio Clementino de Roma, entre 1765 y 1773, prestigioso centro educativo dirigido por los religiosos de la Congregación Somasca que seguían la regla de San Agustín. Los somascos, aunque influidos por el espíritu jansenista, se esforzaban, no obstante, en mantener correctas relaciones con los jesuitas, aunque diferían de ellos en que tenían una concepción de la educación menos autoritaria y jerárquica como atestiguaba su máxima pedagógica, ciertamente flexible: <em>“no formare, ma informare”</em> . Los primeros saberes que recibió un joven Alejandro fueron la gramática, geografía, filosofía e historia, una enseñanza humanista a la fin y a la postre que Malaspina asimiló y marcó el sendero a lo largo de su corta pero intensa vida.</p>



<p>Pero en el Colegio Clementino, donde estudiaba lo más granado de la aristocracia europea, y que solía ser asiduamente visitado por el futuro conde de Floridablanca y por Nicolás de Azara, también se instruía a sus alumnos en lo que hoy conocemos por ciencias experimentales. Como señala el profesor Pimentel,<em>“la imbricación entre ciencia y filosofía era concebida en el Clementino con la misma normalidad con que venía siendo entendida por toda la cultura occidental desde hacía siglos, desde Aristóteles a Bufón, pasando por Galileo, Descartes y Newton…” </em>Malaspina, pues, aprendió con un método pedagógico que le hizo desarrollar en su carrera la percepción rotunda de estar viviendo en el tiempo que se producía una verdadera revolución científica, de estar viviendo, en palabras de Kant, en una época de ilustración.</p>



<p>En su tesis doctoral presentada a fines de sus estudios en aquel colegio romano,<em>Theses ex Physica Generali</em>, Malaspina se sitúa claramente del lado científico y experimental que, partiendo de Bacon, asume a Newton: <em>Todo lo que no se obtiene por experimentación u observación, es mera conjetura </em>. En Malaspina, con acertadas palabras de Vericat, la idea de razón no juega apenas rol alguno.</p>



<p>En sus <em>Axiomas políticos</em>, don Alejandro asegura que el verdadero problema que tiene España con sus dominios de ultramar es haber llegado el primero, haber sido conquistador; mientras que la enorme ventaja de las otras potencias colonizadoras es haber llegado en segundo lugar. Malaspina cree a pie juntillas que el primero en llegar a territorios vírgenes estaban obligado a dominar y destruir, mientras que los segundos se encontraban en posición de comerciar y edificar la sociedad, su ideal. Así, el políglota marino de Mulazzo, que hablaba cinco idiomas, define claramente sus ideas al respecto: <em>El conquistador pilla, destruye y pasa. El comerciante y agrícola poseen, mejoran y defienden.</em> No es de extrañar que el pensamiento colonial de Malaspina, como apuntaba Menchaca, calara hondo en el sentir de los criollos americanos. Y es que cuando afirma el brigadier de la Real Armada que <em>nuestras manufacturas han de dirigirse primero al abasto de la península, luego han de trascender a un comercio externo y accidental como el de América</em>, está planteando, de facto, la ruptura, al menos la comercial, como única solución posible, con los territorios ultramarinos. El profesor Vericat, que supone a Malaspina deudor de las teorías económicas de Adam Smith y seguidor del nuevo pensamiento político representado por el presidente Thomas Jefferson, atribuye a la formación del marino de Mulazzo un intenso afán reformista con el que desea evitar que, inevitablemente, y al cabo de bien pocos años, la emancipación de las colonias españolas sea una realidad: <em>La libertad, que hemos propuesto, -dice Malaspina- debe para este fin ser modificada no por leyes invariables y antiguas, cuya tergiversación es un estudio más importante, que el de su cumplimiento realmente inasequible…</em></p>



<p>Mientras Malaspina desde el puente de mando de la “Descubierta”, corbeta construida adrede para su expedición, al igual que la “Atrevida”, ve como se desdibuja la costa atlántica española, pasa rápida revista a lo que han sido sus treinta y pocos años: su nombramiento como caballero de la Orden de San Juan de Malta; su intachable carrera militar en la Armada española; sobre sus gestas heroicas y su inquebrantable voluntad de servicio; de su adscripción gaditana a aquel grupo de marinos ilustrados que seguían la estela dejada por Jorge Juan en la Academia de Guardia marinas; sus fecundos viajes a Filipinas al mando de la “Astrea”; el sufrimiento causado por la incoación de juicio por parte de la Inquisición: “porque hablaba y leía libros en francés” y “se paseaba con el sombrero puesto ostentosamente durante la celebración de las misas de a bordo”; y, especialmente, los meses transcurridos en la preparación de la expedición más brillante de la Ilustración española, gracias al apoyo de sus amigos Valdés, ministro de Marina, y Floridablanca, primer secretario del Consejo, y cuando el declinar del Imperio era ya imparable. Precisamente, Floridablanca necesitaba un golpe de efecto que sirviera, al menos, para contrarrestar la idea de que España había dejado de ser una potencia naval de primer orden y demostrar que nuestro país todavía estaba en posición de demostrar su fuerza ante los ávidos ojos de unas potencias rivales que pretendían fagocitar nuestros territorios de ultramar.</p>



<p>En esa mañana de junio de aquel verano de la Revolución francesa, Alejandro Malaspina emprendía su última y más maravillosa aventura, una expedición perfectamente planificada y consultada con Floridablanca y el ministro Valdés, con claros objetivos geopolíticos <em>(“ Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?” )</em> y con la misión de levantar cartas marítimas, explorar nuevos territorios, realizar mediciones astrofísicas, asegurar la defensa de nuestras colonias americanas de ultramar, recoger plantas y minerales, estudiar lenguas y costumbres de los pueblos por donde pasaran, levantar dibujos de aquellos territorios, poblar las islas Hawai y establecer en aquel archipiélago una base de descanso para el Galeón de Filipinas, estudiar la reciente colonización inglesa de Australia, asegurarse el sometimiento pacífico del archipiélago de las Vavao y, en forma inesperada, reconocer las costas de Alaska, siguiendo órdenes reales, para verificar la certeza o falsedad de la noticia que hablaba del descubrimiento del ansiado y desconocido paso del Noroeste que debería unir los océanos Atlántico y Pacífico, aunque él por entonces todavía no conociera esta misión añadida con posterioridad.</p>



<p>Profundamente documentado, no se dejó ningún cabo suelto en la preparación de la expedición. Mientras Bustamante se encargaba de los aspectos prácticos del viaje como el enrolamiento, los víveres, las corbetas, etc., Malaspina acopiaba instrumentos científicos foráneos y nacionales, consultaba y se carteaba con las personalidades europeas más ilustradas de la época y a todas les pidió ayuda y consejo para sus planes: Antonio de Ulloa, insigne compañero de Jorge Juan; al sabio Casimiro Ortega; al protomédico de la Real Armada Josef Salvareza; al embajador español en París, el conde de Fernán Núñez; a José de Mendoza, astrónomo de la Marina ; y un largo etcétera. Desde fuera de España, recibe contestación a sus misivas de Joseph Banks, presidente de la Royal Society y participante junto a Cook en su primer viaje; de las Academias Científicas de Turín, de Módena, de París…</p>



<p>Alejandro estaba muy animado por las recientes expediciones que marinos españoles, como Bodega y Quadra, Eliza, Hezeta, Caamaño, Arteaga o Narváez, habían realizado por la costa noroccidental americana siguiendo instrucciones de Antonio de Bucareli, virrey de Nueva España. No echaba en saco roto las conocidas expediciones de La Pérouse o de Bouganville, en una época en que la navegación todavía distaba mucho de conocer la seguridad de la que hoy disfruta, y, desde luego, tenía siempre presente el recuerdo de los tres viajes de su admirado James Cook, como se reflejó en la adopción del nombre castellanizado con que bautizó a las dos corbetas bajo su mando, “Atrevida” y “Descubierta”, en claro homenaje a las “Resolution” y “Discovery” británicas.</p>



<p>El proyecto de Malaspina contemplaba en su larga circunnavegación por los dominios ultramarinos de la corona española, la realización de profundos estudios etnológicos, geográficos, sanitarios, astronómicos, alimentarios, botánicos, cartográficos, militares y, desde luego, como hemos visto anteriormente, políticos y comerciales. Debería de tener muy en cuenta la realidad de las posesiones españolas en la zona, sus carencias y miserias, para abordar de manera rigurosa los cambios que eran tan sumamente necesarios. La flor de la oficialidad española de la marina de la Ilustración se embarca en la expedición: Espinosa y Tello, con el que Malaspina nunca llegó a mantener buenas relaciones; Tova y Arredondo, autor de una narración del viaje; Viana, que también dejó testimonio de su travesía; Cevallos; Bauzá, oficiales formados en Cádiz todos ellos bajo las nuevas enseñanzas náuticas de Vicente Tofiño y la adaptación de las matemáticas y las ciencias astrofísicas a la navegación llevadas a cabo por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, especialmente en su provechosa estancia de casi once años en la gobernación de Quito.</p>



<p>En los siguientes cinco años de su vida, Malaspina recorre, en un viaje pleno de aventuras, contratiempos y alegrías, las islas Canarias; las costas brasileñas; el estuario del río de la Plata con estancias en Montevideo y Buenos Aires, levantando cartas de su bahía; la Patagonia , donde coincide en la apreciación de Magallanes sobre la colosal altura de sus nativos; y las islas Malvinas donde, tanto a la ida como a la vuelta, se enfrenta a graves problemas ecológicos causados por el hombre y donde comprueba los problemas que acarrea para la conservación de las islas su estratégica situación. Dobla el cabo de Hornos, menos peligroso que el estrecho de Magallanes; su estancia en Chiloë, primera tierra de descanso después de cruzar el cabo; visita las costas chilenas y, en ellas, se desvía hacia la mítica y “defoniana” isla de Juan Fernández, lugar donde naufragó Alexander Selkirk, precedente real del imaginario Robinsón Crusoe y libro de cabecera del ilustre marino de Mulazzo; El Callao y Lima, donde los españoles quedan deslumbrados por la belleza de la zona; Panamá, donde el marino atisbó la posibilidad de la construcción de un canal que uniera el Atlántico y el Pacífico, después de recorrer los meandros de los ríos que serpentean el territorio; las costas californianas de México y de Estados Unidos, incipiente nación por aquel entonces; los territorios canadienses del oeste, la actual British Columbia, y Alaska, donde nos dejan excelentes relatos antropológicos y culturales de los indios que habitaban la zona; de nuevo, México; las islas Marianas o de los Ladrones, bautizada así por motivos obvios; Filipinas, tierra que conocía a la perfección y donde sufrió el azote de los temibles piratas moros y lugar donde enterró a su querido amigo el naturalista Pineda.</p>



<p>Por su parte, la “Atrevida”, al mando de Bustamante viaja hasta la colonia portuguesa de Macao, para comprobar las excelentes relaciones comerciales que China sostenía con Manila merced a los desvelos del virrey de Filipinas, el alicantino Félix Berenguer de Marquina; Nueva Zelanda y Port Jackson, en Australia, donde Malaspina regala al gobernador unos bellos dibujos de Brambila para que se remitan al rey Jorge III, desconocedor de la realidad de sus dominios y lugar en que acababa de instalarse la primera colonia británica en Botanic Bay; el archipiélago de las Vavao, paradisíaco lugar en que Malaspina conoció las hieles de la embriaguez y, con toda seguridad, las mieles del amor…, a pesar de su promesa de castidad como caballero de la Orden de Malta; de nuevo las costas peruanas y vuelta a casa hacia el este por la Tierra del Fuego, las Malvinas y Montevideo.</p>



<p>Más de un millón de hojas escritas y dibujadas por los excelentes pintores que viajaron en la expedición, como el genial Brambila o el valenciano Suria; centenares de cartas marinas y terrestres que sirvieron, hasta hace bien pocas décadas para la navegación marítima por América; miles de plantas, animales y muestras geológicas recogidas pacientemente por los importantes científicos que le acompañaron; multitud de anotaciones y mediciones astronómicas sobre gran parte de los lugares por los que pasaron; apuntes sumamente interesantes sobre la etnología de las zonas visitadas, estudios concluyentes sobre el origen del escorbuto y sobre como combatir los tremendos males derivados de la prolongada estancia de los hombres en el mar , entre otros significados logros, conformaron un vasto “botín” que confirmó el éxito científico de la expedición y representó una verdadera <em>Crónica de Indias</em> como las que nos acostumbraron los escritores del siglo XVI .</p>



<p>Alejandro, además, iba arropado por las ilustres personalidades del campo de la botánica embarcadas en las dos goletas: Tadeo Haenke, Antonio Pineda, o Louis Née. Y, sobre todo, por su convicción profunda de que los dominios coloniales españoles se encontraban muy lejanos de la metrópoli, no solamente en millas marinas… La expedición Malaspina fue un intento, último y baldío por parte hispana, de recuperar un tiempo perdido que había durado más de doscientos años . Demasiado.</p>



<p>Un 20 de diciembre de 1791, cuando ya habían transcurrido dos años y medio desde su salida de Cádiz, Malaspina abandona muy a su pesar el puerto de Acapulco, tras visitar la posesión española más septentrional de América, la isla de Nootka, por cuyo dominio había estado a punto de saltar la chispa bélica entre España e Inglaterra , y pone rumbo a las islas Filipinas. Atrás queda su larga exploración por las costas de Alaska y Canadá tratando de verificar el hallazgo, nunca comprobado, del mítico paso del noroeste que un aventurero llamado Ferrer Maldonado había asegurado descubrir en el siglo XVII y que la Academia de Ciencias parisina volvía a desempolvar. No obstante, y como quiera que la remota posibilidad no podía ser descartada, don Alejandro cumple las órdenes reales e indica que dos goletas, la “Sutil” y la “Mexicana”, al mando de dos de sus mejores oficiales, Dionisio Galiano y Cayetano Valdés, recorran aquellos contornos y elaboren una conclusión final.</p>



<p>Los meses que Malaspina ha perdido tratando de encontrar, valga la paradoja, una vía de acceso entre el Atlántico y el Pacífico por el norte del continente americano le han impedido seguir con sus planes de dirigirse a las islas Sándwich o Hawai, para colonizarlas.</p>



<p>Tras una corta estancia en las islas Marianas, bautizadas en el siglo XVI como islas de los Ladrones por Francisco Albo, expedicionario con Magallanes y Elcano, debido a que Alejandro no quiere que se le eche encima la estación de lluvias en Filipinas (hacia principios del mes de junio), la expedición española se dirige al archipiélago asiático, ruta que Malaspina conoce a la perfección por sus viajes anteriores: <em>“Mantuvimos los mismos Paralelos, que yo havia seguido el Año 87 en la fragata Astrea”</em> El comandante tiene muy presente el viaje efectuado entre 1564 y 1565 por Miguel López de Legazpi y fray Andrés de Urdaneta, que habían salido de un lugar muy cercano de donde lo hiciera Malaspina: el Puerto de Navidad, próximo a Acapulco. El archipiélago, ocupado y sometido en poco tiempo, quedó bajo el dominio de España hasta el año 1898.</p>



<p>Amanecía el tres de marzo de 1792 cuando la costa filipina estaba a la vista. Veamos lo que nos dice Malaspina conforme se acerca al cabo Espíritu Santo: “ Los montes y los llanos están igualmente vestidos de un verde hermoso…”Un viento favorable conduce a los navíos hacia la entrada del puerto de Palapag, en el extremo septentrional de la isla de Samar, situada al SE de la de Luzón. Su primera preocupación es no verse sorprendidos por los <em>“moros”</em> , temibles piratas que surcaban esas aguas y cuyas fechorías Malaspina conocía bien. Nada más amarrar y considerando las <em>“excelentes calidades de este Puerto, así por sus abrigos, abundancia de agua y leña, y poblaciones no distantes”</em> Alejandro desembarca para cambiar impresiones con el <em>“Misionero o Cura Párroco”</em> o los nativos, pero éstos, creyéndoles piratas, habían corrido a refugiarse en el interior de la isla.</p>



<p>Una vez restablecida una precaria cordialidad con unos tagalos <em>“que no saben una palabra de castellano” </em>, y encontrar a un misionero achacoso que tan sólo balbuceaba sobre las ruinas causadas <em>“casi diariamente por los Piratas”</em> , pronto van recibiendo visitas de varios religiosos franciscanos. Al decir de Malaspina, el centro de estas conversaciones giraron en torno a las <em>“Excursiones de los Piratas Joloanos, y Mindanaos sobre estas costas. Son sus Estragos el verdadero Azote, y seguramente la unica causa de su total inutilidad para la robustez de la Monarquía”</em>. Los misioneros reclaman insistentemente al comandante que los conquistadores españoles protejan a sus súbditos, o que se les facilite armas para combatir a los temibles piratas. El comandante se limitó a dejarles <em>“algún hierro y pólvora” </em>porque no quería forzar <em>“las tareas pacíficas emprendidas”</em> .</p>



<p>El 26 de marzo de 1792, la expedición amarra en el puerto de Manila. Por aquel entonces, el archipiélago filipino estaba al mando de Félix Berenguer de Marquina, que años después sería nombrado Virrey de Nueva España. Una vez recibidas instrucciones de Valdés, ministro de Marina, las dos corbetas parten de Manila en el mes de abril con destino bien diferente: La “Atrevida” lo hace el día 1 con destino Macao, y la “Descubierta”, al mando de Malaspina, el 3, para explorar las costas de Luzón. Al cabo de seis días, ante la imposibilidad de llevar a cabo su misión por la pésima condición del navío y de sus hombres, <em>“el estado de la corbeta, al mismo tiempo inundada de cucarachas y servida por un corto número de oficiales cuya salud pudiese aun resistirse a las actuales intemperies…”, </em>la “Descubierta” vuelve a Manila y atraca en el puerto de Cavite, cercano a la capital y de acceso menos peligroso. El 19 de mayo la “Atrevida” ya está al lado de su gemela “Descubierta” en el puerto de Cavite.</p>



<p>Poco tiempo después, las corbetas abandonarán Filipinas con rumbo austral. Quedaban solamente las visitas a las colonias británicas de Nueva Zelanda y Australia para, posteriormente, dirigirse al estratégico archipiélago de las Vavao y sellar con su cacique un acuerdo político con España. De allí, a las costas peruanas de El Callao para recibir instrucciones de como emprender viaje de vuelta a España. Viaje bastante peligroso y que obligó a la formación de un gran convoy naval ya que España había entrado en guerra con la Convención francesa a causa del regicidio de Luis XVI, primo hermano del monarca español Carlos IV. Todas las precauciones son pocas, especialmente cuando las corbetas hacen escala en Talcahuano, última escala en el Pacífico antes de doblar el cabo de Hornos y penetrar en el Atlántico y reciben malas nuevas del conflicto bélico: <em>“No nos anunciaban sino una nueva serie de desórdenes, destrucciones y calamidades que asolaban a nuestra España…”.</em></p>



<p>Durante las semanas de travesía que se van sucediendo en el camino de regreso, el Diario de Malaspina recibe unas anotaciones más temerosas que alegres, empañadas por el temor a encontrarse con naves francesas que pudieran poner punto final a los resultados de una expedición que durante más de sesenta meses había recorrido los confines del mundo.</p>



<p>Por fin, un veintiuno de septiembre de 1794, la vuelta a casa. Una llegada largamente aplaudida por un gobierno débil que regía una España bien diferente a la que Alejandro había abandonado cinco años atrás. La Revolución francesa había dejado sentir sus consecuencias y enfriado el reformismo de muchos españoles. La reacción clerical había vuelto por sus fueros y la situación interna española había girado bruscamente con el imparable ascenso al poder, a finales de 1792, del joven guardia de Corps don Manuel Godoy y Álvarez de Farias, sustituto del conde de Aranda. A nivel de política exterior no parecían ir mucho mejor los asuntos de Estado con la guerra declarada entre España y la Convención francesa en marzo de 1793, culminación de un largo y penoso proceso de contradicciones políticas, recelos y enfrentamientos que se venían produciendo constantemente desde 1789. Guerra que si bien en un principio se mostró favorable al lado hispano con la conquista del Rosellón, bien pronto tornó a una situación radicalmente diferente: en 1794, poco antes de la vuelta de Malaspina, Aranda planteó en el Consejo de Estado la necesidad de establecer la paz con la república francesa, cuyas tropas acababan de de invadir la Cerdeña , el Ampurdán y conquistado el castillo de Figueres. Como indicio de por donde soplaban los nuevos vientos de la política española, al anciano político aragonés le costó su denuncia marchar al destierro acusado de traición. Paradójicamente, un año después. Godoy recibiría de Carlos IV el título de Príncipe de la Paz por suscribir el cese de hostilidades con una Francia que se había apoderado de importantes ciudades en el País Vasco.</p>



<p>Si durante los primeros meses todo fueron plácemes y honores para el flamante Brigadier de la Real Armada, bien pronto se enfrenta a una Corte mezquina donde, en sus propias palabras dirigidas al amigo Paolo Greppi: “Vivo apartado en la mayor oscuridad en este desorden extremo que nos rodea…” o en aquella otra enviada a su hermano Azzo Giacinto: “Me es imposible daros una imagen de este país sin ofender a la verdad o a la prudencia; no sólo las pensiones o los dineros, sino también los honores, se prodigan de tal modo y a gente de tal calaña, que ahora la abyección es el mejor modo de distinguirse…”</p>



<p>Malaspina, desengañado porque la edición del Memorial sobre su viaje no avanza como él desea, obstaculizado por el padre Manuel Gil, confidente de Godoy, y esperando en vano un cargo de importancia que siempre anheló, como confiaba a su amigo Greppi en misiva del 24 de diciembre de 1794, opta por la conspiración contra el “Sultán”, forma como él denomina al primer ministro y valido de los reyes.</p>



<p>Elabora, con todo secreto pero no el suficiente, una lista de un posible gobierno que habría de suceder a Godoy, que marcharía desterrado a la Alambra , y en el que figuraba Melchor Gaspar de Jovellanos que, en sus <em>Diarios</em> , contemplaba con extrañeza el devenir del Brigadier en la Corte. Pero Malaspina, con toda seguridad, había nacido para científico y marino, no para político. Manuel Godoy, siempre al corriente de las intrigas de salón del brigadier de la Armada, merced a la traición de una dama de la reina que era confidente de Godoy, María de Frías y Pizarro, destapa el asunto en cuanto las condiciones le benefician y, tras un juicio sumarísimo es condenado a diez años de reclusión en el castillo coruñés de San Antón, donde consumiría los días escribiendo varias obras económicas, científicas y literarias, una de ellas sobre “El Quijote”.</p>



<p>La conocida como conspiración Malaspina, curiosamente, contribuyó de forma importante a que el primer ministro Manuel Godoy se afirmara en el poder, acallando con esta medida de fuerza las críticas de sus muchos opositores. De ahí en adelante, los que denigraban su política y envidiaban su enriquecimiento personal y el de sus familiares, deberían tener buen cuidado al manifestar sus divergencias con el político extremeño: corrían el evidente peligro de ser consideradas sus proposiciones de <em>“notoriamente falsas, sediciosas e insultantes a la soberanía de Sus Majestades”</em> , como le había sucedido al propio Alejandro Malaspina.</p>



<p>Tras más de seis años de reclusión en aquel húmedo y sombrío lugar en que su salud se resiente gravemente, y en donde aprovecha la soledad para escribir varios libros, los cambios de gobierno en España, la intercesión de su amigo Azara y, sobre todo, el interés de Napoleón Bonaparte en la recién creada República Cisalpina, dejan a Malaspina en libertad con la condición de que prometa no regresar nunca más a su amada España. Malaspina llega a Genova en marzo de 1803 y es recibido con todos los honores como indica la prensa local. A pesar del ofrecimiento de sus compatriotas y de su vicepresidente Melzi d&#8217;Eril para que aceptara el Ministerio de la Guerra de la joven y pronto abortada República, Alejandro sigue añorando a España y se niega a militar bajo otra bandera, cumpliendo de este modo la promesa hecha en su momento a Carlos IV.</p>



<p>Tras unos años bien difíciles, la desaparición de su hermano Giacinto le deja heredero de la fortuna familiar y le permite vivir sus últimos años con una relativa comodidad. El diecinueve de abril de 1810, desengañado por no haber podido volver a España y sin saber de sus amigos ni de los papeles de la expedición que él comandó, Alejandro Malaspina, víctima de un tumor intestinal, expira en su casa de Pontrémoli, bien cerca de su Mulazzo natal; en aquella Lunigiana de verdes colinas encastilladas, tierra pobre e históricamente de paso entre el norte y el sur. Sus famosos papeles de la expedición, que él tanto ansiaba publicar para mostrar al mundo los males que padecía la España colonial, durmieron un profundo sueño de casi cien años. La primera edición de la Expedición Malaspina, la más importante de la Ilustración española, vio la luz en 1885 gracias al escritor Pedro Novo y Colson. Un siglo después, lo haría mi amiga Mercedes Palau.<br><br><strong>Bibliografía</strong></p>



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<p>SOLER PASCUAL, Emilio: <em>Floridablanca and the Nootka crisis </em>, en: <em>International Journal of Canadian Studies </em>. nº 19. Ottawa, 1999.</p>



<p>NOVO Y COLSON, Pedro: <em>Sobre los viajes apócrifos de Juan de Fuca y de Lorenzo Ferrer Maldonado </em>. Madrid, 1881.</p>



<p>ESPINOSA Y TELLO, José: <em>Relación del viaje hecho por las goletas… </em>Edición a cargo de HIGUERAS, María Dolores y MARTÍN-MERÁS, María Luisa. Madrid, 1991.</p>



<p>ARCHIVO DEL MUSEO NAVAL (AMN). Ms. 610. Estudio y transcripción de CEREZO, Ricardo: <em>Diario general del Viaje. </em>Tomo II vol. 1º. Madrid, 1990</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>AMN. Ms. 423.</p>



<p>ZULUETA, Julián: <em>La Revolución Francesa y su influencia en la Expedición Malaspina </em>, en: <em>Malaspina&#8217;93 </em>. Mulazzo, 1994.</p>



<p>SOLER PASCUAL, Emilio: <em>La conspiración Malaspina (1795-1796) </em>. Alicante, 1990.</p>



<p>Real Orden fechada el 24 de marzo de 1795.</p>



<p>REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. Madrid. Biblioteca. Correspondencia de Alejandro Malaspina.</p>



<p>REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. Madrid. Biblioteca. Correspondencia de Alejandro Malaspina.</p>



<p>SOLER PASCUAL, Emilio: <em>Noticia del padre Manuel Gil, de los Clérigos Menores de Sevilla </em>, en: <em>Malaspina&#8217;93 </em>. Mulazzo, 1994.</p>



<p>REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA. Madrid. Biblioteca. Correspondencia de Alejandro Malaspina.</p>



<p>SOLER PASCUAL, Emilio: <em>La conspiración Malaspina. 1795-1796 </em>. Alicante, 1990.</p>



<p>JOVELLANOS, Melchor Gaspar de: <em>Avisan la prisión de D. Alejandro Malaspina, que mandó el viaje alrededor del mundo…” </em>en: <em>Obras </em>. Vol. III. Madrid, 1956.</p>



<p>JIMÉNEZ DE LA ESPADA , Marcos: <em>Una causa de Estado </em>, en: <em>Revista de Historia Contemporánea </em>. Vol. IV. Tomos XXXI, XXXII y XXXIII. Madrid, 1881.</p>



<p>ARCHIVO GENERAL DE PALACIO (AGP). Papeles Reservados de Fernando VII. Vol. 102.</p>



<p>BEERMAN, Eric: <em>El diario del proceso y encarcelamiento de Alejandro Malaspina (1794-1803) </em>. Madrid, 1992.</p>



<p>AHN. Estado. Actas del Supremo Consejo de Estado. 1795, L 10.</p>



<p>AHN. Estado. Legajo 3150-2.</p>



<p>ZULUETA, Julián de: <em>La salud de Alejandro Malaspina en la expedición bajo su mando, en la prisión y en el exilio </em>, en: <em>Malaspina&#8217;92 </em>. Cádiz, 1994.</p>



<p>MANFREDI, Dario: <em>Alessandro Malaspina dei Marchesi di Mulazzo. Le inclinazioni scientifiche e riformatrici </em>. Sarzana, 1984.</p>



<p>Carta de José Bonaparte a su hermano Napoleón: <em>“…Monsieur d&#8217;Azara t&#8217;a écrit pour ce qui le regarde dans l&#8217;affaire de monsieur Malaspina…” </em>Citada por GREPPI, Emmanuel: <em>Un italiano alla Corte di Spagna nel secolo XVIII. Alessandro Malaspina </em>, en: <em>Nuova Antologia </em>. Serie XXXVIII vol. II. 1883.</p>



<p>GREPPI, Emmanuel: <em>Un italiano alla Corte di Spagna nel secolo XVIII. Alessandro Malaspina </em>, en: <em>Nuova Antologia </em>. Serie XXXVIII vol. II. 1883.</p>



<p>AHN. Estado. Legajo 3150-2</p>



<p>GAZZETA NAZIONALE DE LA LIGURIA , número correspondiente al 19 de marzo de 1803: <em>Ne&#8217;giorni scorsi é arrivato in genova el celebre Navigatore Malaspina, che ritorna nella Lunigiana, sua Patria. Egli seguitamo le tracie di Bougainville, di Cook e di Lapeyrouse, ha fatto due volte il giro del globo d&#8217;ordine del re di Spagna. Le nuove scoperte de osservazioni da esso fatte nei mari del Sud, si leggeramo con interese nella relazione de sui&#8217;viaggi, che si stampa attualmente in Madrid” </em>.</p>



<p>LUZIANA CARACI, Inazia: <em>Introduzione </em>, en: <em>La spedidizione Malaspina, 1789-1794 </em>. Genova, 1987.</p>



<p>CASELLI, Carlo: <em>Alessandro Malaspina e la sua spedizione scientifica intorno al mondo </em>. Milano, 1929.</p>



<p>MANFREDI, Dario: <em>Sugli anni “Pontremolesi” di Alessandro Malaspina. 1803-1810</em>. La Spezia , 1986.</p>



<p>La <em>Gazzetta di Genova </em>del 10 de abril de 1810.</p>



<p>NOVO Y COLSON, Pedro: <em>Viaje político-científico alrededor del mundo por las corbetas “Descubierta” y “Atrevida” al mando de los capitanes de navío Don Alejandro Malaspina y Don José Bustamante y Guerra, desde 1789 a 1794 </em>. Madrid, 1885.</p>



<p>PALAU, Mercedes; SÁIZ, Blanca; ZABALA, Aranzazu: <em>Viaje científico y político a la América Meridional , a las costas del mar Pacífico y a las islas Marianas y Filipinas verificado en los años de 1789, 90, 91, 92, 93 y 94 a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida de la Marina Real , mandadas por los capitanes de navío D. Alejandro Malaspina y D. José F. Bustamante </em>. Madrid, 1984.<br><br></p>
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		<title>Jorge Juan y Ulloa (1735)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-conocimiento-de-la-tierra-y-la-medicion-del-ecuador-jorge-juan-y-ulloa-1735/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 11:43:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Conocimiento de la Tierra y la medición del Ecuador]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Antonio Lafuente Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999 Todos los viajes tienen su convalecencia. Al principio nos atraen los lugares recorridos, su potencial exótico, su capacidad evocadora [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3485" class="csc-default">
<h3><strong>Antonio Lafuente</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999</p>
</div>
<div id="c3486" class="csc-default">
<p class="bodytext">Todos los viajes tienen su convalecencia. Al principio nos atraen los lugares recorridos, su potencial exótico, su capacidad evocadora y, algo más tarde, la atención deriva hacia la peripecia humana del viajero. Al final, nuestra curiosidad se va saciando con las palabras que dan cuenta de la parte más personal del periplo: lo que nos agita no es el sitio por donde nos movemos, sino el momento en el que nos conmovemos. El viaje deja de ser una experiencia espacial y se transforma en una vivencia temporal. Lo que nos conmueve es el viaje interior, ese que compartimos mientras lo escuchamos y cuyos hitos son las formas verbales que articulan lo descriptivo con lo emotivo, el dato con el sentimieto, la geografía con el paisaje.</p>
<p>Pero, ¿y en los viajes de los otros, de todas las gentes que no conocemos y que se atreven a escribirlos y publicarlos? Cambian las circustancias y también nuestro gesto. Hablando de personajes, lo que importa no es tanto el viajero como el viaje. Pero un viaje siempre admite muchas perspectivas, tantas como los muchos intereses de quienes lo consideren.</p>
<p>Viajar es mucho más que una mera operación de transporte, es la gran metáfora de la modernidad. Tanto que ya hoy no hace falta moverse para viajar. Los desplazamientos pueden ser tan veloces, incluidos los realizados por la red, que nos falta tiempo, todo el espacio cabe la página que ojeamos. Quien verdaderamente quiera moverse tendrá que aprender a estar quieto y, cuando lo logre, todos los paisajes y todas las geografía se sucederán sin solución de continuidad. El menú es infinito. Queremos viajar y no sabemos donde. Querriamos recorrer aquellos sitios miticos por donde pasó Ulyses o Stendhal, Casanova o el capitán Cook. Son nuestras referencias y son de papel. Están en cualquier hipermercado, negro sobre blanco, encuadernados en ediciones de bolsillo.</p>
<p class="bodytext">La literatura de viajes es un gran negocio y quienes sean asiduos consumidores de género saben que es tan sencillo distinguir entre lo fabuloso y lo fabulado, o entre la realidad y la ficción. Mientras que la novela, como nos enseñó Milan Kundera, nos permite explorar las posibilidades de ser otros, experimentar con nuestros posibles egos potenciales, el viajes introduce la alternativa de troquelar unos sitios por otros, más que cambiar la realidad nos anima a cambiar la realidad, a inventarnos con otras raíces, y nada hay de extraño en que muchas grandes novelas nos cuenten dos tránsitos, uno entre paisajes y otro entre destinos.</p>
<p>Durante el siglo XVIII los viajes adquieren un doble perfil novedoso. Siguen formando parte de la cultura del grand tour, ese paseo hacia los orígenes de nuestra cultura que permitía a un noble ingresar a la madurez y que transformaba la experiencia de nuevos espacios en conciencia de otras temporalidades. En los viajes, cuanto más lejano es su destino, más cercanas son sus consecuencias. Y nada nos queda más próximo que nuestra conciencia de ser fragmentos de un mundo ancho y plural, pues ciertamente el objetivo de todos los viajes sigue siendo buscar dentro de uno mismo lo que aún puede de singular y extraordinario. Pero durante la Ilustración, los viajes adquieren nuevas connotaciones y dejan de ser una simple experiencia individual; de una parte, porque de consideran un instrumento insustituible para recabar información fidedigna, datos que puedan ser publicitarios y que constituyan un tributo a la nueva cultura de precisión. Los viajes comienzan a ser una experiencia pública, porque lo que se pide al viajero es que sea de fe, que dé testimonio de lo que ve y, más aún, que los datos acumulados se asemejen a las anotaciones que un experto destila de sus instrumentos. El sujeto del viaje trata de esconderse detrás de una retórica que abusa de las terceras personas del verbo para crear la ilusión del lector de que mientras mira, viaja, pues lo que lee tierne la apariencia de la objetividad. El relato se arropa con una prosa cientista para buscar la adhesión de quien ansía menos la fábula que el repotaje. Pues el lector ha trocado su afición por las maravillas de la naturaleza, por nuevos valores que hacen de la naturaleza misma la mejor de las maravillas.</p>
<p class="bodytext">La otra novedad procede del carácter público y popular que adquiere el viajes como empresa de la razón. Público, porque los testigos deben ser contrastados y los testiminios, corroborados por la prueba ante auditorios acreditados. Así, los viajes son objeto de atención en las academias y su relato se va apartando de viejos esquemas narrativos y creando un género que permita distinguir entre la novela y el informe. Pero además de públicos se hacen populares. Los datos no engañan sobre este punto y cualquier estudio sobre la imprenta durante la Ilustración nos habla del éxito editorial de este nuevo género literario. Empaparse de esos relatos de viaje era todavia el único procedimiento que habilitaba al lector para conocer lo más lejano o lo más distinto. Cualquier libro de viajes tenía un poder evocador inimaginable para ciudadanos que, a diferencia de nosotros, no tenían tantas y tan abundantes maneras de adquirir imágenes. El siglo XVIII no puede todavía sospechar la posibilidad de esta cultura nuestra de la inmediata recompensa. Viajar entonces era un problema de enorme envergadura, además de una empresa lenta, cara, penosa, exclusiva e incontrolable. No creo estar exagerando al calificar de temeridad un viaje que debía atravesar el Atlántico hasta llegar a Portobelo, luego cruzar el istmo de Panamá para tomar un buque que descendiera el Pacífico hasta Guayaquil y finalmente emprender la larga subida desde el mar hasta Quito, en el aldtiplano andino, con un equipaje que requirió la contratación de doscientas mulas y varias semanas de excursión.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL VIAJE COMO EMPRESA CIENTIFICA</strong></p>
<p>Es inevitable comenzar dando algunos datos que nos ayuden a situar en el tiempi y en su contexto el viaje del que estamos hablando. Los antecedente se explican en pocas palbras. Durante las primeras décadas del sigli XVIII se abrió una ruidos polémica sobre cuál era la forma de la Tierra. Hasta que Newton se pensaba que era esférica pero, tras la publicación de los Principia, la comunidad cientifica europea se dividió entre dos alternativas: los newtonianos afirmaban que estaba achatada por los polos, mientras que los cartesianos defendían el aplanamiento ecuatorial. Dos figuras, la sandía y el melón, que enfrentaron a otras tantas tradiciones científicas y que acabarían trufando de connotaciones nacionalistas los mismos debates académicos. La polémica discurrió por caminos imprevisibles y de los cálculos algebraicos se pasó a los discursos. Los discursos acabaron siendo chovinistas y todo sucedió como si la resolución de la controversia dependiera el honor de la nación. El propio D&#8217;Alembert, el matematico y enciclopedista, secretario perpetuo de la Academia de Ciencias de París, reconocia en terminos inequivocos la existencia de contaminaciones ideologicas en un debate que había involucrado a la práctic totalidad del mundo academico europeo durante la tercera y cuarte decadas del setecientos: “La historia de nuestras disputas- decia D&#8217;Alembert en 1759- muestra el abuso de las palabras y las nociones vagas, el progreso de las ciencias retrasado por las cuestiones de definición, las pasiones bajo el disfraz del celo, la obstinación bajo el nombre de la firmeza: la historia bis enseña hasta que punto las discusiones son poco apropiadas para aportar luz”. Y por si no fuera suficiente, también contamos con un texto del primer historiador de la Academia de Ciencias de París, quien tras considerar las vicisitudes que caracterizaron al enfrentamiento, no duda en su conclusión: “Los prejuicios nacionalistas, como los prejuicios religiosos, ejercían como se ve, una enojosa influencia sobre la corporación”. Pero no nos detendremos mucho más en esta dimensión del viaje. Sabemos que fue importante, más aún, nuestra opinión es que actuó como una especie de catalizador de voluntades para allanar el camino que condujo a dos monarquías, la española y la francesa, a habilitar los medios para desplazar hasta los confines del mundo a una compañía que debía resolver una polémica teórica sin ninguna repercusión práctica.</p>
<p class="bodytext">Este punto no carece de interés, pues los científicos para lograr los recursos necesarios no dejaron de redactar enjundiosas memorias que siempre incluían algunos párrafos dedicados a argumentar que la navegación oceánica, y por tanto el comercio, se verían afectados favorablemente para el gobierno que lograra precisar la figura del planeta. Se decía que la cartografía del territorio y los derroteros náuticos tendrían que modificarse. Y era verdad, pero nunca hasta el extremo de facilitar la tarea a quienes gobernaban un buque, gentes que, en general, se fiaban más de su experiencia como marinos prácticos que del dictado de unos instrumentos construidos artesanalmente y que, además de ser muy difícil y costosa adquisición, tenían una manufactura mecánica que no resistía los golpes de mar. Y todo esto es nada comparado con el hecho de que aún no se disponía de ningún método eficaz para la determinación de la longitud, pues los relojes marinos no estaban todavía disponibles y, en consecuencia, no se sabía cómo transportar la hora. El problema era tan importante que en una navegación océanica eran frecuentes los errores de hasta quinientos kilómetros en el destino. En fin, no había correspondecia posible entre las ofertas de utilidad y los resultados previsibles. Sin embargo, todo el mundo fue cómplice de esta fantasía y la expedición se hizo. No estoy seguro de si es legítimo hablar de éxito propagandístico o si se lo prefiere, como decían algunos publicistas de la ciencia durante la Ilustración, de la habilidad para seducir a los públicos, los gobernantes incluidos, y engañarlos con la verdad.</p>
<p>Pero avancemos algo más con los datos. La expedición fue aprobada por la Academia de Ciencias de París en 1735 y, como tenía que desarrollarse en los dominios del rey de España hubo qie solicitar los permisos correspondientes. Las gestiones diplomáticas culminaron favorablemente para la empresa, pero puesto que el Consejo de Indias temía que la verdadera finalidad de la empresa fuese a socavar el monopolio comercial español con América, se impusieron algunas condiciones. Entre ellas, la que más nos importa para nuestro tema es la exigencia de que los cientificos franceses fuesen acompañados por dos guardiamarinas españoles. La designación recayó en el sevillano Antonio de Ulloa y en el alicantino Jorge Juan y Santacilia, caballero de Malta que había acreditado durante sus estudios en Cádiz fama de buen matemático y al parecer, el merecido mote de “Euclides”.</p>
<p class="bodytext">Hagamos un paréntesis para mostrar sus biografías. Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral (Sevilla, 1716- Isla de León 1795), hidalgo formado en el Colegio Mayor de Santo Tomás, fue designado en 1733 miembro de la expedición geodésica hispano-francesa mientras cursaba como guardiamarina en la Academia de Cádiz. Regresaba a Europa en un barco francés cuando fue apresado por los ingleses. En Londres recuperó la libertad y, con el apoyo del presidente de la Royal Society, Martin Folkes, fue acogido con honores de científico y nombrado fellow el 11 de diciembre de 1746. Ya en Madrid afrontó, junto con Jorge Juan, la redacción de las memorias de resultados de la expedición. Ulloa se hizo responsable de la Relación histórica del viaje a la América meridional (4 volúmenos, Madrid, 1748). En 1749 fue enviado a Parías y a otras ciudades de Europa para estudiar las nuevas ciencias, espiar instalaciones industriales y contratar expertos para activar la política de manufacturas reales del ministro Ensenada. Sus actividades posteriores en España abarcaron una multitud de campos, desde la creación de nuevas instituciones (como el Gabinete de Historia Natural o la reorganización de los estudios de cirugía), hasta la reforma de la minería o la construcción naval. En 1758 fue nombrado gobernador de Huancavelica, la más importante mina de mercurio de las colonias y por tanto decisiva en la producción de la plata. Desde 1765 ejerció como gobernador de la Luisiana meridional, nueva posesión española cedida por los franceses tras el Tratado de Fontaieblau. Fruto de su esperiencia en Indias fue la publicación de las Noticias americanas: entrenimientos físico-históricos sobre la América meridional y la septentrional oriental. Al final de su vida se vio involucrado en acciones de guerra que arruinaron su prestigio militar. Recluido en Cádiz, publicó a los setenta y nueve años laas Conversaciones de Ulloa con sus tres hijos en servicio de la Marina.</p>
<p class="bodytext">Por su parte, Jorge Juan y Santacilia (Novelda 1713- Madrid 1773) se formó con los jesuitas de Orihuela y Zaragoza, y fue caballero de Malta, isla en la que residió hasta su vuelta a España en 1729 para ingresar en la Academia de Guardiamarinas. Nombradp miembro de la expedición hispano-francesa al virreinato del Perú, fue ascendido, al igual que Ullua, al grado de teniente de navío. La compañía científica pisó tierras américanas en 1735, una estancia plagada de incidentes y que se prolongaría hasta 1744. A propuesta de La Condamine, uno de los académicos franceses que formó parte de la expedición, fue nombrado correspondiente de la Académie des Sciences. Como responsable de la redacción de las Observaciones astronómicas y physicas hechas de orden de S. Mag. En los reynos del Perú (Madrid 1748), libro profundamente copernicano y abiertamente newtoniano, tuvo dificultades con la Inquisición. Tras la publicación fue comisionado a Londres con misiones de espionaje y para contratar a los ingenieros que debían tranformar la construcción naval en los arsenales de Cádiz, Ferrol y Cartagena. Ascendido a capitán de navío se ocupó de la dirección de la Academia de Cádiz introduciendo reformas que la convirtieron en un verdadero centro superior de estudios científicos, dotándolo con observatorio, biblioteca y profesorado acreditado. En 1766 regresó a la Corte, aceptando el cargo de embajador en Marruecos. En 1770, tras una reforma educativa, vuelve para desempeñar el cargo de director del Seminario de Nobles de Madrid, colegio expropiado a los jesuitas tras su expulsión en 1767. Su obra científica más importante y reconocida en Europa es el Examen marítimo (Madrid 1771), un tratado de mecánica y dinámica de fluidos, traducidos al francés en 1783, y probablemente el libro científico más importante de la Ilustración española.</p>
<p class="bodytext">Volvamos al año 1735. ¿Qué tenían que hacer en Qito? Se trataba de triangular una extensión de territorio de unos cuatro kilómetros situado en el corredor interandino. El objetivo era determinar la longitud de un grado de meridiano y comparar su valor con el que simultáneamente se estaba midiendo en Laponia, cerca ya del polo. Si las cifras coincidían, el planeta era esférico, y si eran distintas, se podrían precisar la forma y también la magnitud del achatamiento. Había dos programas de observaciones a realizar: primero, medir el meridiano mediante operaciones geódesicas aprovechando las colinas que había a ambos lados. Y después, en segundo lugar, se requería determinar las coordenadas geográficas de los dos extremos del meridiano.</p>
<p>Una sencilla división permitía hallar el valos del grado. Parece fácil, pero emplearon una década antes de alcanzar una conclusión. Fueron muchos los problemas a los que tuvieron que hacer frente y como es imposible resumirlos, me concentraré en algún aspecto que ayude a valorar la magnitud de la empresa. Los instrumentos, como se dijo, eran de manufactura artesanal y fabricados para usos de gabinete. Nadie fue capaz de prever la dificultad del transporte, ya sea durante el viaje hasta Quito, ya sea mientras subían y bajaban a las imponentes montañas que escoltan el corredor andino. El conjunto de las observaciones, por otra parte, fue concebido como un experimento crucial que debía discriminar una de las dos teorías que prevaían un achatamiento que cuantitativamente era pequeño, lo que obligaba a una gran precisión y a contrastar los datos obtenidos por varios estudiosos en distintos lugares con diferentes utensilios. Pero medir algo es ver qué división del limbo del instrumento cae la plomada que defina la vertical. Se requiere, en consecuencia, que todas las marcas tengan el mismo grosor, sean equidistantes y, sis se quiere mucha precisión, que estén muy juntas para poder dividir un intervalo en la mayor cantidad de partes posible. El grabado de la escala no se hacía automáticamente, sino a ojo y con las manos. Los errores eran inevitables y las discrepancias entre los distintos instrumentos impredecobles. En fin, no me detendré ya en este punto. El argumento, pese al carácter sumario de la descripción, parece claro. Mientras que, de un lado, la polémica estuvo contaminada por argumentos ideológicos que enturbiaron el debate académico, por el otro, se quiso resolver mediante instrumentos que no pudieron asegurar las cotas de precisión requeridas.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL VIAJE COMO EMPRESA CULTURAL</strong></p>
<p>¿Quiere esto decir que los académicos perdieron el tiempo y volvieron con las manos vacias? Claro que no. La empresa fue exitosa, los resultados concluyentes y los libros que se escribieron fueron traducidos a varias lenguas. Lo que nosotros hemos insinuado es que todo se hizo entre márgenes de error y cotas de ambigüedad tan anchas y obvias que también hubiese sido posible afirmar lo contrario; es decir, que el programa de observaciones diseñado se adelantó a su época, que los instrumentos eran imprecisos, que los astrónomos no supieron reconocer su incapacidad y que el litigio teórico entre newtonianos y cartesianos se resolvió al margen de los resultados de este experimento crucial. Y, en efecto, ésta fue la convicción a la que llegaron quienes, sin el apasionamiento característico de muchas polémicas, estudiaron las memorias y contrastaron los resultados. Boscovich, y no es más que un ejemplo entre muchos posibles, concluyó con contundencia que “en general nada hay seguro sobre la figura de la Tierra, si sólo se consideran las medidas de grados”. También Voltaire, amigo de los expedicionarios y atento seguidor del debate, escribió no sin ironía que “los viajes al extremo del mundo para confirmar una verdad que Newton había demostrado en su gabinete han dejado dudas sobre la exactitud de las medidas”. Y ¿cómo explicar el hecho de que mientras estos textos eran escritos nadie dudara, salvo los más recalcitrantes partidarios de la ortodoxia cartesiana, que la Tierra estaba achatada por los polos? Si la explicación no puede ser inequívocamente científica por carecer de fundamento experimental, habrá que encuadrar la respuesta en el contexto de la cultura de la época y en las fuerzas que se enfrenteban por el control de la esfera de opinión pública. Porque, en efecto, el debate fue ganado por los newtonianos en los salones aristrocráticos, en los cafés y en los periódicos. No estamos diciendo que no sirvieron para nada las expediciones o los trabajos geodésicos, sino que el escenario decisivo no fue la Academia de Ciencias ni las revistas profesionales.</p>
<p class="bodytext">Detengámonos en este punto. Cuando Voltaire, tras su exilio londinense, publicó las Cartas filosóficas para dar a conocer las excelencias de la cultura británica frente a la francesa, lo hizo en unos términos muchas veces citados y siempre sorprendentes: “Un frances que llega a Londres encuentra las cosas muy cambiadas en filosofía, como en todo lo demás. Ha dejado el mundo lleno; se lo encuentra vacío. En París se ve el Universo compuesto por torbellinos de materia sutil; en Londres, está nadie ve nada de eso&#8230; En París, se figuran la Tierra hecha como un melón; en Londres, está aplastada por los dos lados&#8230; He aquí unas furiosas contradicciones”. Voltaire no hablaba como un cientifico, circunstancia que seguro no le importaba demasiado.Lo que resulta fascinante, teniendo en cuenta que estamos refiriéndonos a las primeras décadas del siglo XVIII, es que estas cuestiones científicas fueran el argumento, primero, para comparar las cultras de dos paises y, despues para decantarse por la superiodidad de una de ellas, en este caso la inglesa. Es dificil exagerar la importancia de este discurso inagurado por Voltaire y que prueba hasta que punto la ciencia comenzaba a ser un asunto de interes mas general y no una practica exclusiva de sabios y eruditos. No acaban aquí las diatribas contra el academicismo frances, como tampoco la capacidad de Voltaire para ironizar y forzar la complicidad de sus lectores con la causa de la modernidad.</p>
<p>Si los torbellinos cartesianos eran ahora presentados como una invención caprichosa o, como entonces se dijo, el argumento principal de una novela filosofica sobre la naturaleza, antes que como la hipotesis clave de un tratado de fisica, la teoria de la atracción no estaba exenta de connotaciones que cuestionaban el más elemental uso del sentido común. Querían los newtonianos que los cuerpor se atrajeran a distancia, lo qu eequivalia a que un planeta (que no era sino materia bruta) se enteba de la presencia lejana de cualquier otro cuerpo celeste para, a continuación, ponerse ambos a gravitar respetando una ley de validez general. Era absurdo, pero consiguió el credito necesario para imponerse como el canon de la ciencia.</p>
<p class="bodytext">Sigamos desplegando nuestro argumeto de la mano de Voltaire y escuchemos cómo nos explica que carta tomar: “Si Monsieur Newton no hubiese empleado la palabra atracción en su admirable filosofia, toda nuestra Academia habría abierto los ojos a la luz, pero ha tenido la desgracia de emplear en Londres una palabra a la que en París se ha asociado con una idea ridícula, y sólo por esto se le ha hecho juicio con una temeridad que algún día hará poco honor a sus enemigos”. Y es cierto, quienes para entonces, en la década de los treinta, no se habían rendido a la pujanza del newtonianismo serían tenidos por reaccionarios. Pero, como en todas las guerras, la primera victima es la verdad, y desde el primer exabrupto comienza a trabajar la fábrica de los simulacros y de las identidades prêt-á-porter. Sin duda, la atracción era una hipótesis misteriosa, incluso absurda, pero estaba bien avalada. No es muy conocido, pero está bien documentado el hecho de que Newton había dedicado la mayor parte de su vida profesional al estudio de la alquimia y la teologia.Junto a estas actividades, tambien escribio dos textos cientificos cruciales. En uno de ellos, los Principia, hizo alarde de un talento matemático tan elevado que muy pocos cientificos de su tiempo podian leerlo. En el otro, la Óptica, presento una especie de vedemecum de experimentos con la luz que le dieron la fama justificada de el mejor experimentalista de su tiempo. Pero cuando Newton, que era un simbolo de la nueva monarquia britanica fue elevado al mas alto pedestal del nuevo santuario laico, la imagen que nos queda no es la de un teorico inescrutable, la de un sublime biblista, ni la de un respetado alquimista, sino la del fundador de la ciencia experimental. Y hay muchos textos qye argumentan en terminos, a mi juicio, inequivocos, que esta identidad fue forjada por un grupo de seguidores que, escamoteando el conjunto de la obra del maestro, quisieron y lograron convencer a sus coetáneos de que Newton era el primer gran experimentalista de la historia. Elogiar a Newton, desde entonces, era mucho más que defender a un cientifico, equivalia a primover una nueva manera de relacionarse con la naturaleza y los distintos criterios de validación de las afirmaciones. Desde entonces, cualquier aserto, salvo los que pudieran respaldarse con pruebas ante testigos, caía en el farragoso terreno de las opriniones y quedaba alejado de la verdad.</p>
<p class="bodytext">Quienes estaban inmersos en estas convicciones, como era el caso de Voltaire, atribuían al término con que se nombraba el fenómeno gravitatorio, atracción, la única dificultad para admitirlo, conviertiendo una polemica entre cientificos en una querella nominanilista. El tiempo les dio la razón, pero siempre pasando por alto algunos hechos que primero fueron ocultados y muy pronto olvidados.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL VIAJE COMO AVENTURA </strong></p>
<p>Recapitulemos muy brevemente la línea argumental. Hemos dicho que la expedición fue diseñada como un experimento crucial y resuelta mediante instrumentos que, por su falta de precisión, no eran concluyentes. Hemos avanzado la hipótesis de que la cuestión de la figura de la Tierra se decantó a favor de Newton por motivos ideológicos y como consecuencia del dominio que ejercieron los newtonianos en la esfera de la opinión pública.</p>
<p>Y para quienes todavía alberguen dudas sobre la verosimilitud de estos argumentos agregaré la opinión que Jean Bernouilli, el matematico mas prestigiosao del momento, se formó de las derivaciones que había tomado el debate sobre la forma de la Tierra: “Pero, decidme señor –preguntaba Bernouilli a Maupertuis en 1735- ¿los observadores tienen alguna predileción por uno u otro sentimmiento? Porque si están inclinados a considerar la Tierra achatada, seguro que la encuentra achatada; por el contrario, si están convencidos de que la Tierra es alargada, sus observaciones no dejarán de confirmar dicho alargamiento: el paso del esferoide comprimido para hacerse alargado es tan sensible, que es fácil equivocarse cuando se quiere estar equivocado a favor de una u otra opinión. Así pues, aunque las observaciones decidan contra mí, yo me he provisto de una conveniente respuesta que me pondrá el abrigo de cualquier objeción. Así, esperaré a pie firme el resultado de las observaciones”. En fin, la contundencia de estas palabras nos ahorra mayores comentarios. Bernouilli, sin embargo, no contaba con un nuevo actor social, el público, que también iba a decantarse por otros motivos distintos a los estrictamente cientificos. Nos referimos a la burguesía urbana emergente que veía en Newton un símbolo de la libertad que se respiraba en Inglaterra y Holanda, así como de su dominio en el campo de las manufacturas y el comercio. Una burguesia que se sentía reflejada en los periodicos y que convirtio las expediciones y los relatos de viaje en una forma modélica de apropiación de la realidad.</p>
<p class="bodytext">Avancemos algo más. Ahora añadimos nuevas perspectivas que ayuden a comprender por qué un debate coemtífico se hizo tan popular o, en otros términos, a que se debe que suscitara tantas expectativas, que fuera objeto de atención en la prensa y que, en consecuencia, importara tanto lo que publicaban aquelllas gacetillas y papeles volanderos. Y téngase en cuenta que entre quienes escribian en los diarios tambien se encontraban los mas reputados cientificos del momento y que, de alguna manera, los recintos académicos dejaron de ser el único espacio de discusión y resolución de asuntos cientificos. El viaje se hizo popular por dos motivos que se abrazaron ya para siempre: de una parte, el exotismo o el misterio de los lugares que se iban a recorrer, pues cada descripción de las diferencias, cada nueva teatralización de los contrastes, la simple explicación de otras formas de vivir, fue ocasión para que los viajeros exploraran la viabilidad de nuevos valores y distintas formas de sociabilidad. Por los entresijos de tanto relato de viaje se deslizaban diferentes miradas al mundo y se exploraban otros horizontes de libertad. Y también es necesario detenerse en la componente aventurera que tenía cualquier viaje, y especialmente los destinados a América. Era un lance para los expedicionerios, y enseguida aportaré algunos datos, pero también hay que considerarlos como una aventura de la razón, un experimento que ponía a prueba no sólo los instrumentos de medida que portaban consigo los viajeros, sino también sus propios patrones culturales, ya fuesen cientificos, ya fuesen politicos o estéticos.</p>
<p>Para la observación geodésica había que instalar señales bien visibles que pudieran ser avistadas a distancia. Así, se optó por instalarlas en las cimas de las dos cordilleras andinas, lo que obligaba a penosos ascensos y, con frecuencia, a largas esperas hasta que desaparecieran las nubes que impedian la visibilidad. La compañía desplazada a Quito estaba formada por caballeros y andie en la colonia acertaba a comprender la razón de tanto sacrificio. Antonio de ulloa nos ha dejado un simpático testimonio que refleja mejor que mis palabras tanta perplejidad: “Ahora es justo que se considere cuánta diversidad de juicios formarían en aquellos pueblos sus habitantes: por otra parte, les admiraba nuestra resolución y, por otra, les sorprendía nuestra constancia; y finalmente todo era confusión aun en las personal más cultas; preguntábanles a los Indios, cuél era la vida que teníamos en aquellos sitios, y quedaban espantados del informe que les hacían: se veían que nadie quería ayudarnos, aun siendo de naturaleza robustos, sufridos y acostumbrados a las fatigas; experimentaban la tranquilidad de ánimo con la que sufríamos en aquellos lugares, y la resignación con la que después de haber concluido en uno la cuarentena de trabajos y de soledad, pasábamos a los otros; y en tanta admiración y novedad no sabían a qué atribuirlo. Unos tenían a locura nuestra resoluciones; otros discurrían Magos, y todos quedaban embebidos por una confusión interminable; porque en ninguno de los supuestos, que sus pensamientos les dictaban, hallaban que hubiese correspondencia entre su logro y la fatiga y penalidades de tal vida: asunto que aun todavia mantiene la duda en mucha parte de aquellas gentes, sin poder persuadirse sobre cuál fuese el cierto fin de nuestro viaje, como ignorantes de su importancia”. Hay que trasladarse en el tiempo para comprender la mayúscula sorpresa de los quiteños ante las operaciones que por más de dies años realizó la más ilustre compañía que nunca alcanzó a visitarles.</p>
<p class="bodytext">Entre las muchas vicisitudes de la expedición me detendré someramente en dos incidentes que ilustran de manera muy expresiva el choque cultural entre los agentes cientificos llegados de la metrópoli y los habitantes de aquellas tierras doblemente fronterizas, primero por estar entre dos virreinatos (los de Nueva Granada y del Perú) y, segundo, por estar asomados al Pacífico y a la Amazonia. En julio de 1739 los cientificos fueron invitados a las fiestas populares de la ciudad de Cuenca y el cirujano de la compañía, Jean Seniérgues, trabó relaciones “en todo ilicitas” –según dejó declarado Morainville, otro de los expedicionarios- que irritaron a los lugareños. Los franceses pasearon su arrogancia, ridiclizando algunas escenas de celos, y probablement nada habría pasado de no ser de la indolencia de las autoridades. El caso es que el reino de Quito padecía una dramática crisis economica y sus habitantes no aguardaban sino a la gota que colmara el vaso para manifestar su desesperación. Los hechos se cuentan en pocas palabras: unas trescientas personas acorralaron a los expedicionarios y dieron muerte a quien tambien vino a ningunearlos para despues disputarles sus mujeres. Y cuentan las crónicas que de no haber encontrado refugio en el colegio de los jesuitas, todos hubieran corrido igual suerta, pues la masa embravecida coreaba a gritos por las calles “Viva el rey y muera el mal gobierno, maten a los gavachos y otras voces”. El grave incidente saltó a la prensa y fue aprovechando para reflexionar sobre la ignorancia del plebeyo y la injusticia de las politicas imperiales. Dos años antes, cuando llegó a Quito el cargamente con los equipajes de los expedicionarios, repleto de libros e instrumentos cientificos, el presidente de la Audiencia se negó a pagar la abultada factura que había generado el transporte desde Guayaquil a lomos de aquellas doscientas mulas que antes mencioné. Antonio de Ulloa fue a quejarse y comenzó su conversación otorgando al presidente el tratamiento de “vuesa señoría”, pero como vinieron los marinos que, ni por cortesia, eran correspondidos, continuaron sus alegaciones rebajando el tratamiento al de “vuesa merced”. Como las cosas no mejoraron, Ulloa solicitó formalmente y por escrito el pago, “pero habiendo recibido mi papel- nos cuenta Ulloa- preguntó quien lo había llevado y mando entrase dentro: y siendo un criado mío se lo devolvió abierto, desde la cama donde se hallaba, y le dijo: toma, y dele a Ulloa, que aprenda a escribir y que tenga estilo, que a un Presidente como yo no se le habla de VM, sino de VS”. Pero Ulloa, provisto de credenciales del rey de España que obligaban a todas las autoridades coloniales a prestar ayuda a la expedición, no se arredró y fue a presentarse entre empujones, portazos y gritos hasta la misma alcoba del presidente, afeándole su conducta en presencia de su misma esposa y muchos funcionarios. Acabó en la cárcel y el escándalo hubiese amenazado la continuidad de la misión cientifica de no ser por la prudente intervención de Jorge Juan. Todos estos acontecimientos, que no son sino un simple botón de muestra, se corrieron de boca en boca y dieron ocasión a todo tipo de especulaciones sobre las dos noblezas que se enfrentaban, la de pluma, reprensentada en este cado por dos marinos que, sin embargo, llegaron a Quito como cientificos, y la de espada, encarnada por un alto funcionario colonial que quería anteponer los añejos rituales del honor frente a los nuevos códigos metropolitanos de civilidad.</p>
<p class="bodytext">En 1743 la viruela se adueñó de Quito y murieron más de ocho mil personas, cerca de un veinte por cien de la población. Hablamos ahora de otro tipo de penurias. Apenas unas semanas después de la llegada a territorio americano, Couplet, uno de los miembros de la expedición, falleció sin diagnostico certero, y los documentos sólo hablan de unas fiebres malignas. En 1740 la costa guayaquileña fue azotada por una terrible epidemia de fiebre amarilla. Pero nada les inquietaba tanto como la amenaza permanente del endémico “bicho” o mal del Valle, una rectitis necrosante que diezmaba la población y cuyo tratamiento era tan agresivo como temido: “(&#8230;) es indefectible su cura- nos dice Juan y Ulloa-, y ésta es muy violenta, por reducirse sus medicamentos a limón sutil mondado hasta descubrir el jugo, pólvora, ají, o pimiento molido; de lo cual hecha una bola la introducen por el Annus, y tienen cuidado de mudarla dos, o tres veces al día, hasta que lo juzgan libre de aquel cuidado”. Ciertamente el tratamiento unía a su agresividad la condición de terapia casi indiscriminada, pues cualquier disentería, también común por aquellas latitudes, era curada con la misma medicina.</p>
<p>Ahora se entiende mejor por qué los quiteños no comprendián tanta penuria, si no era porque con aquellos extraños instrumentos andaban buscando minerales preciosos o algún misterioso arcano de la naturaleza. En Europa, donde desde luego no se menospreciaba el oro, ni cualquier forma de riqueza, también comenzaba a darse mucho valor a experiencias como las que tuvieron los expedicionarios mientras atravesaban el istmo de Panamá.</p>
<p>La ciudad de Portobelo, según Jussieu, el botánico de la expedición, “es la más indigna y malsana del Universo (&#8230;), los aguaceron continuos vienen con frecuencia acompañdos de tales tempestades de trueno sy relampagos que causan espanto a todos, prolongándose el sonido por el resonido de las cavernas que hay entre los montes, al que se agrega el ruido intolerable de monos de mil especies que abundan&#8230;”. El curso del río Chagres, pero obligado en la travesía, estaba plagado de caimanes, monos y mosquitos. Y Guayaquil, último puerto antes de comenzar el ascenso hasta el altiplano, en medio de su indudable ferocidad y de sus muchas felicidades, hervía de insectos y animales “que así como las aguas de que se inunda en el invierno la fertilizan- nos cuentan Juan y Ulloa- después se creían de la corrupción y el calor insufrible plagas de mosquitos, sapos, ratones, alacranes, víboras, culebras bobas, mapamaes de coral, cascabel y bejuco (&#8230;), en los ríos no es creíble la multitud de caimanes que se encuentran y salen a las playas a tomar el sol”.</p>
<p class="bodytext">No me extenderé más en la descripción del riego asociado al viaje, aunque sí emplearé unas lineas para recordar que en la retórica de estos escritos también se jugó con la sorpresa. Basta con tomar algunas frases que describian la vida en Quito para experimentar con los expecicionarios la fascinación ante la novedad: “las Quebradas que bajan del Pichincha son el fundamento de la ciudad y la ctraviesas algunas de mucha profundidad; así una gran parte de sus edificios se encuentran sobre arquería y bóvedas (&#8230;). En cuanto a las danzas, lo más particular en el asunto es que, sin ser pagados, ni más intereses que su propio gusto, mantengan este ejercicio desde 15 días antes de la Festividad del patrón, hasta más de un mes después de que han pasado, sin acordarse, ni de trabajar, ni de cosa alguna (&#8230;). La falta de ocupaciones y la ninguna educación los conduce a la establecida costumbre, general en todas las Indias, de los bailes, o fandangos. Estos son en Quito mucho más licenciosos y frecuentes; las liviandades llegan al extremo, que se hace aún al imaginarlo abominable; y el desorden es a correspondencia”. No exteña entonces que tras largas caminatas y tan largos períodos de soledad en la cima de las montañas, los expedicionarios abrazaran la vida urbana con entusiasmo: “la rusticidad de aquellos pueblos se transformaba a nuestra vista en ciudades opulentas: la comunicación con un cura, y dos o tres personas, que le hacía compañía, el comercio más recional del mundo: los pequeños mercados, el mayor concurso de mercaderías y tratos que podíamos apetecer; y por este tenor lo más pequeño se nos hacía grande”. La vida en tierras americanas y, desde luego también el relato de la peripecia humana, transcurrió entre incidentes, aventuras y sorpresas. No todas fueron agradables, pero lo cierto es que los viajeros fueron encontrando las palabras que daban cuenta de su paulatina implicación en la vid colonial. Los textos tienen a veces sabor agridulce; con frecuencia son críticos y no es raro que estén salpicados con algún calificativo cruel para los habitantes o las autoridades quiteñas. Pero quien lea aquellas memorias será atrapado por la minuciosidad de las descripciones, por el exotismo de las costumbres, por la diversidad de los valores, por la inocencia de los pobladores, por la sensualidad de sus mujeres, por la feracidad de la naturaleza o por la desmesura de las fiestas. Y ciertamente hay mucho libertinaje erudito en esta habilidad para trufar la memoria de resultados de una expedición cientifica con el relato de costumbres licenciosas o la descripción a aventuras inauditas. Todo ello salpicado de criticas a la administración colonial o de comparaciones entre los estilos de vida metropolitanos y criollos.</p>
<p class="bodytext">Sin duda, Europa sale vencedora de este juego de espejos, aun cuando los lectores tengan que reconocer que una parte del paraiso perdido sigue vivo en el Nuevo Continente. La precocidad de Jorge Juan y Antonio de Ulloa no llegó más lejos por este sendero, y aunque hay vestigios de un tenue anticipo de romanticismo, se equivocaria quien buscase en los tenientes de navío, o en los otros astronomos y geodestas franceses, a Rousseau. Sin emb</p>
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