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	<title>Las expediciones de la ilustración archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Las expediciones de la ilustración archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Domingo Bonechea (1772-73)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/domingo-bonechea/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Mar 2020 13:02:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Francisco Mellén Blanco Felipe González y Domingo Boenechea: De Pascua a Tahití Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII” SGE. 1999 La presencia española en la Polinesia en el [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/domingo-bonechea/">Domingo Bonechea (1772-73)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto: </strong>Francisco Mellén Blanco</p>
<p>Felipe González y Domingo Boenechea: De Pascua a Tahití</p>
<p>Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII” SGE. 1999</p>
<p>La presencia española en la Polinesia en el último tercio del siglo XVIII, años 1770-1776, tuvo su origen en las expediciones hechas al Pacífico Sur por orden del virrey del Perú, Manuel de Amat y Junyent.</p>
<p>Cuatro fueron los viajes a las islas polinesias en tiempos de su gobierno. El primero de ellos en 1770 a la búsqueda de la tierra o isla de Davis o David, que los españoles llamaron isla de San Carlos, hoy conocida por Pascua o Rapa Nui( ). Los tres restantes se dirigieron a Tahiti y durante la navegación descubrieron, como veremos más adelante, varias islas de las Tuamotu,  Sociedad y Australes.</p>
<p><strong>Expedición a la isla de Pascua 1770-1771.</strong></p>
<p>La expedición partió del puerto del Callao (Perú), el 10 de octubre de 1770, al mando de Felipe González de Haedo en el navío San Lorenzo, acompañado de la fragata Santa Rosalía a cargo de Antonio Domonte. Los pilotos y oficiales españoles habían estudiado previamente más de cincuenta cartas marinas de diferentes naciones para que la expedición tuviera éxito, pues la longitud donde situaban a la isla de Davis era muy diferente en todas ellas. El 15 de noviembre avistaron la supuesta isla, situándola en los 27º 6’ lat. S y 264º 36’ long. E del meridiano de Tenerife.</p>
<p>La isla de Pascua tiene forma triangular con una superficie de 171 km2 y dista del territorio continental chileno 3.700 km. A 2.200 km al oeste de Pascua se encuentra la isla de Pitcairn, la más próxima de las islas habitadas, y a 4.050 km se halla Tahití en el centro de la Polinesia.</p>
<p>Cuando llegaron los españoles a Pascua encontraron una isla con poca, por no decir escasa, vegetación. La mayor parte del terreno estaba cubierto por gramíneas, salteado por algunos matorrales de toromiro, plataneras, algunas especies de hibiscus y otros arbustos leñosos.Los estudios palinológicos efectuados en los sedimentos de las lagunas de los cráteres del Rano Raraku, Rano Aroi y Rano Kao han confirmado que hace un par de decenas de miles de añosexistía una vegetación frondosa con especies que hoy han desaparecido. Entre éstas se encontraba una palmera que algunos investigadores identifican como la palma chilena (Jubea chilensis) y otros como una especie endémica de la isla la Paschalococos disperta, así como otras especies arbóreas pertenecientes a la familia de las mirtáceas, rubiáceas y compuestas.</p>
<p>Por su constitución volcánica, muchas lavas basálticas llegaron al mar originando gran cantidad de tubos y cuevas, éstas últimas más tarde usadas por los antiguos pascuenses como refugio. En las zonas noreste y sur existen también peligros acantilados donde el mar bate con fuerza, lo mismo que que otras partes de la isla donde predominan las lavas volcánicas y coladas escoriáceas que dan al paisaje una estampa dantesca.</p>
<p>Sabemos por los diarios de navegación que durante los cinco dias que estuvieron en ella, las embarcaciones permanecieron fondeadas en una bahía al norte de la isla denominada por los españoles “Ensenada de González”, hoy conocida como Hanga Ho’onu( ). Siguiendo las ordenes de Amat, las lanchas circunnavegaron la isla para levantar su  plano, nombrando a su vez las caletas, cabos, ensenadas , cerros, etc. Desde los buques se hizo también el plano de la ensenada donde estaban anclados, en el cual aparecen los primeros dibujos de las estatuas conocidas como moai con sus sombreros, denominados pukao.</p>
<p>Una vez en tierra los expedicionarios recogieron datos de los habitantes, viviendas, cultivos, fauna, vegetación, etc., y un pequeño vocabulario, dando cuenta a su vez de las famosas estatuas, que en un principio y desde las naves creyeron eran árboles plantados en la costa. El piloto Aguera, de la fragata Santa Rosalía, escribe en su diario al referirse a las estatuas : “&#8230; son de una pieza todo el cuerpo, y el canasto es de otra. En este tienen construida una pequeña concavidad en su superficie alta en la que colocan los guesos de sus muertos, de que se infiere tienen Ydolo y pira en uno &#8230;”. Este es el primer documento que se conoce sobre la cremación en la Polinesia. Aguera y otros marinos que estuvieron explorando la costa fueron testigos al medir algunas estatuas y subir a una de ellas, de que en la concavidad de la parte superior del pukao había huesos humanos presuntamente quemados. En unas prospecciones arqueológicas efectuadas en el ahu Tautira, en 1979, se descubrió un pukao de toba roja con varios huesos humanos en su interior,  ratificando lo visto por los españoles en 1770.</p>
<p>Todo viajero que haya ido a la isla de Pascua se desplaza a la cantera donde se fabricaban las estatuas, la cual se encuentra en la falda del volcán Rano Raraku, donde todavía se pueden ver hoy las distintas fases de su construcción. Las estatuas que se transportaban a la costa se colocaban sobre una plataforma ceremonial, conocida por ahu. Por su diseño y unión de las losas han sido relacionadas con los marae de Tahiti y las Marquesas. Sobre un ahu podían colocarse una o varias estatuas, todo dependía del poder de la tribu. Metraux señalaba que el número común era cinco, no obstante el ahu Tongariki, reconstruido hace dos años tenia y tiene actualmente quince estatuas. La altura media de los moái puestos sobre un  ahu está comprendida entre tres y cinco metros, no obstante había alguna, como el moái Paro en la “ensenada de González”, que llegaba a los diez metros.</p>
<p>El ahu está constituido por un grueso muro frente al mar, de unos tres metros de altura, sin embargo en las zonas interiores la altura de la plataforma disminuye ostensiblemente. La parte superior tenía una grandes losas que servían de pie a las estatuas. El muro que mira hacia el interior desciende un metro de la plataforma y de ahí parte un plano inclinado, llamado tahúa, construido y adornado con piedra volcánicas redondeadas y pequeñas piedras de basalto con relleno. Finaliza en una pared paralela al muro, de piedras labradas. A veces debajo y en el interior se construían unos nichos, nombrados avanga, donde reposaban los restos óseos.</p>
<p>También visitaron las casas o chozas de los pascuenses en forma de bote invertido conocidas por háre-báka, que definieron como : “Barracas de paxa fina, sumamente baxas, de la hechura de una bota, la entrada mui incómoda como del tamaño y forma de la boca de un horno &#8230;”, o “chozas cubiertas de totora, formando su construcción la figura de un gran tonel, en cuio bientre, o barriga tienen su puerta, a modo de gatera &#8230;”. El piloto Hervé, del navío San Lorenzo, recoge en su diario que la examinada por él y otros compañeros tenía una longitud de 27 pasos, o sea  17,55 metros. Años más tarde otros visitantes europeos vieron otras de las mismas características, pero de mayor longitud. Igualmente llamó la atención a los marinos españoles, además de las pinturas que cubrían los cuerpos de los indígenas,  las orejas alargadas de muchos de ellos, cuyo lóbulo inferior perforado estaba adornado por un trozo de caña.</p>
<p>Anotaron que la población de la isla sería de unas 1000 personas, que “el número de mujeres era inferior al de los hombres, estos son de buen cuerpo, color como de Quarterones, pelo lacio, buenos ojos, mui ajiles, nadadores, así hombres como mujeres, fáciles a pronunciar el Castellano, todos andan desnudos con solo tapa rabo, se pintan con distintas pinturas que da el terreno; que a no ser esto y andar bestidos serían como Europeos, toda la tierra es negra con algunas betas de distintos colores que le sirven para pintarse, sus sembrados son Platanos, Yuca, Ñame, Calabazas blancas y coloradas, Caña dulze, y una Raiz que tiñe de buen amarillo”.</p>
<p>El día 20 dos destacamentos, con un total de unos quinientos hombres, fueron a tierra desembarcando en la playa de Ovahe, próxima a donde estaban las naves. Uno de los destacamentos se dirigió a un cerro alto del interior, denominado por los españoles como “Loma de Olaondo”, actual Ma’unga Pui, para hacer algunas demarcaciones de la isla.  El otro, fue por un camino de la costa y en formación, banderas al viento, banda de tambores y pífanos, con los capellanes y tres cruces de madera, acompañado de un gran número de isleños, se dirigió hasta tres cerros situados en el NE de la isla,  en la zona del Poíke. Allí en un acto religioso-militar se adoraron y colocaron las cruces. Formada la tropa con la bandera enarbolada, el capitán José Bustillo con espada en mano pronunció un breve discurso proclamando como soberano y dueño de la isla al rey español Carlos III, bajo cuyo mandato quedaban sus moradores, bautizando la isla como “isla de San Carlos”, en recuerdo de dicho rey. Finalizada la ceremonia el contador de navío Antonio Romero levantó acta de la misma firmando varios oficiales y tres supuestos jefes indígenas que signaron “con ciertos caracteres según su estilo”. Este es el primer documento conocido de la escritura jeroglífica rongo-rongo de la isla de Pascua. Una vez cumplidas las ordenes de González, los dos grupos expedicionarios regresaron a las naves.</p>
<p>Al día siguiente de la toma de posesión las dos embarcaciones navegaron al oeste para ver si existían otras islas próximas y al no hallarlas se dirigieron al sur, rumbo a Chiloé, donde llegaron el 14 de diciembre de dicho año.</p>
<p>Después de hacer acopio de provisiones y ser informados por el gobernador de San Carlos de Chiloé de que en la costa sur chilena no había tropas extranjeras, partieron de nuevo hacia la isla de Pascua. El 20 de febrero de 1771  divisaron  esta isla a unas diez leguas y al no encontrar nuevas islas regresaron al Callao el 29 de marzo, después de cinco meses y medio de navegación y haber recorrido 4.177,5 leguas.</p>
<p><strong>Primer viaje a Tahití, (1772-1773).</strong></p>
<p>Visto el éxito de la expedición a Pascua, Amat informó al Rey resaltando la importancia de la isla de San Carlos (Pascua) para la seguridad del Perú y Chile. La respuesta no se hizo esperar, recibió varias órdenes reales en las que se le recomendaba la presencia de colonos y misioneros en dicha isla. A su vez, tuvo noticias de que el buque del capitán Cook había estado en Tahití ( ) y que los ingleses pretendían asentar colonos en ella en próximos viajes.  Estas noticias hicieron que el virrey Amat cambiara sus planes y pospuso con todo secreto el viaje a la isla de San Carlos sustituyéndolo por el viaje a Tahití. Ordenó que se equipara la fragata Santa María Magdalena, alias el Águila, de treinta y cuatro metros y medio de eslora (60 codos) y de 22 cañones para la expedición. El mando de la misma fue dado al capitán Domingo Boenechea( ) y de segundo se nombró al teniente Tomás Gayangos. Como primer piloto iba Juan Antonio de Hervé, que ya había navegado a la isla de San Carlos en la anterior expedición, y dos franciscanos misioneros del Convento de Ocopa, el catalán fray José Amich, que también era piloto y fray Juan Bonamó, de Lieja.</p>
<p>El 26 de septiembre de 1772 zarpaban del puerto del Callao con destino a la isla de San Carlos. Así se difundió la noticia, pero la realidad es que Boenechea y sus oficiales una vez leídas las ordenes del virrey Amat acordaron ir primero a Tahití, después navegar a Valparaíso para dar noticias de la expedición y conseguir víveres, y de regreso al Callao visitar la isla de San Carlos.</p>
<p>Los diarios de Boenechea y de los pilotos Hervé y Amich narran este viaje, que resumimos recogiendo los hechos más importantes:</p>
<p>El día 28 de octubre descubrieron una isla que bautizaron con el nombre del santoral de ese día, San Simón y San Judas, correspondiente a la actual Tauere del archipiélago de las Tuamotu. La situaron en los 17º 20’ de latitud Sur y en los 240º 28’, longitud del meridiano de Tenerife. Era una isla rasa, con pequeñas lomas, llenas de palmeras y con una laguna en medio. Vieron hasta veinte isleños de color moreno y estatura mas bien alta, con unas lanzas en las manos, que les daban gritos para que fuesen a tierra. Intentaron llegar a la costa con un bote, pero debido al mal estado de la mar y a los peligrosos arrecifes optaron por retirarse. El piloto Hervé anotaba en el plano que hizo de la isla de San Simón y San Judas, una variación de la aguja de navegar de “8 grados al nordeste”.</p>
<p>El día 31 divisaron otra isla que llamaron San Quintín, actual Haraiki. Era también rasa, con palmeras y una laguna en medio donde distinguieron dos canoas. Estaba habitada, viéndose varias cabañas. Los nativos les hicieron señales con fuego, pero como la costa era brava y llena de arrecifes Boenechea continuó su viaje. Fue situada en los 17º 30’ lat. S y en los 238º 40’ de longitud del meridiano de Tenerife.</p>
<p>El día 1 de noviembre vieron otra isla, también habitada, a la que nombraron Todos los Santos, hoy Anaa. Boenechea ordenó echar el bote al agua, al mando del alférez de navío Raimundo Bonacorsi con varios marineros, los cuales se dirigieron a la costa donde los indígenas les hacían señas con unos ramos verdes para que fueran a tierra. A pesar de intentarlo, debido a las fuertes corrientes no pudieron llegar a su costa y prefirieron regresar a la fragata. La situaron en los 17º 24’ lat. S y en los 236º 55’ , longitud del meridiano de Tenerife. Los insulares que vieron eran de color mulato, el pelo lacio, llevaban un taparrabo blanco, los brazos y pecho pintados de un color azul, dos de ellos llevaban colgado al cuello un collar de conchas, algunos portaban una especie de sombrero de plumas negras y  en sus manos tenían unas lanzas de punta fina.  Habitaban en  barracas de paja y parece que conseguían agua en una quebrada próxima a un palmar.</p>
<p>El día 6 siguieron navegando rumbo oeste y divisaron una isla en la que sobresalía un gran cerro. Por ser este cerro parecido a uno próximo a Lima la bautizaron como isla de Cerro de San Cristóbal o isla de San Cristóbal. Corresponde a la actual Mehetia y la situaron en los 17º 50’ lat. S y de 234º 55 long. meridiano de Tenerife. Al día siguiente el teniente de fragata Tomás Gayangos con varios oficiales y marineros fueron en bote a tierra, siendo recibidos por unos cien naturales, que les obsequiaron con gran cantidad de frutas, peces y otros alimentos. Gayangos  dio un pequeño informe de lo acontecido en su visita a la isla de San Cristóbal : Dijo haber visto unos pequeños ranchos donde el suelo estaba cubierto de hierba seca, en los cuales había pescados colgados. En el  interior de uno de ellos examinó un banquito de asiento cóncavo bien trabajado, cestillos y esteras de palma y junquillo. Existían también diversas zonas cultivadas, árboles frutales, cocoteros, diferentes tipos de plátanos y piñas. Los españoles enseñaron a los isleños a sembrar maíz, trigo, camotes, ajos, calabaza, melón, prestando los isleños gran atención a como lo hacían. Gayangos visitó también un sepulcro o  marae, donde observó que estaba adornado por unas figuras talladas en madera. Antes de partir para la fragata le obsequiaron con un cerdo y con agua recogida en calabaza. Uno de los nativos se ofreció de guía para viajar a Tahití y fue admitido amablemente por los oficiales españoles.</p>
<p>El día 8 divisaron otra isla, reconocida por el indígena que venía de San Cristóbal como Tahití. Debido al poco viento la fragata no pudo acercarse a tierra hasta el día 12. En este intervalo de tiempo recibieron visitas de varios naturales en canoa a los que dieron algunos obsequios. Boenechea envió un bote a tierra para que reconociese algún lugar donde poder dar fondo. El lugar idóneo estaba al NE. de Tahiti Nui cercano al pueblo actual de Mahaena. Una vez fondeada la fragata en el punto indicado un golpe de mar la arrojó contra unos arrecifes( ), rompiendo varias tablas del forro de la nave y la caña del timón. Con la ayuda del bote y varias canoas indígenas y después de varios intentos lograron que la fragata pudiera navegar hasta el puerto de Aiurua, en Taiarapu al sudeste de Tahití, bautizado por los españoles como puerto de Santa María Magdalena. El comandante Boenechea reunió a los oficiales, recordándoles las instrucciones sobre las buenas relaciones que debían tener con los isleños, “respetando sus propiedades y no cometiendo infamia con sus mujeres”. El incumplimiento de esta conducta estaba bajo pena de graves castigos. Estas instrucciones eran similares a las dadas en el viaje a la isla de San Carlos y se repitieron en todas las exoediciones a Tahití. Por los relatos de los oficiales sabemos que se cumplieron fielmente y el trato con los tahitianos fue siempre cordial y respetuoso. Años después, el capitán Cook señalaba  en su diario de navegación el afecto personal de los tahitianos   con los españoles.</p>
<p>Boenechea ordenó que una lancha circunnavegara la isla para hacer su plano, y a su vez reconocieran otros puertos y ensenadas que pudiera tener. En la lancha iban el teniente Gayangos, el franciscano y piloto José Amich, el segundo piloto Ramón Rosales, varios soldados armados y marineros. Por otro lado, un grupo de marineros hacía aguada y recogía diversas maderas, plantas y frutos para llevarlos al Perú.</p>
<p>Durante ese tiempo recibieron visitas de los jefes y caciques de la isla, que eran llamados heri (ari’i) por sus súbditos. Allí tuvieron noticias sobre la arribada a sus costas de navíos ingleses y franceses, así como datos de otras islas al oriente y poniente de Tahití.</p>
<p>El teniente Gayangos hizo a su vez una relación del viaje a la isla, dando cuenta de la mutua amistad entre tahitianos y españoles. Mantuvo  contactos con el principal ari’i, llamado Tu, y otros jefes como Reti, Pahi-riro, Potatau, etc, y sus familiares, y se informó de las luchas que estos tuvieron con los naturales de la isla de Moorea. Asimismo recogió información de la vegetación, fauna, viviendas, población, armas, enseres particulares de sus habitantes, que estimó en una cifra cercana a unas diez mil almas. Gayangos intercambió regalos, hachas, cuchillos, camisas, etc, por esteras y mantas hechas de corteza de árbol, cocos, frutos del árbol del pan (uru)( ), plátanos, pescado, cerdos y otros alimentos. Anotó también que había cuatro especies de castas : “ indios legítimos, mestizos y otros de color mulato, y entre todos estos se vieron tres o quatro albinos”. La talla de los hombres era mas alta que la de los españoles. Eran  bien proporcionados y bastante corpulentos. Los expedicionarios no pudieron comprender su idioma, pues según ellos no tenía relación alguna con los hablados en el virreinato del Perú. Al igual que en la isla de San Carlos, recopilaron un pequeño vocabulario con las palabras más usuales. La vestimenta de los tahitianos consistía en un simple taparrabo en los hombres y a veces utilizaban ponchos o unos paños con los que se cubrían parte de su cuerpo. Las mujeres se ceñían un paño desde la cintura a la rodilla y otro cruzado al cuello anudando sus extremos por la espalda, aunque la mayoría  iban desnudas de medio cuerpo para arriba. Las telas y mantas eran de un color blanco, pero también había otras pintadas o teñidas de color encarnado o marrón claro. Las mujeres realizaban todos los trabajos de la casa, además de hacer esteras, mantas y ponchos. Los hombres se dedicaban a pescar, construir las casas y canoas y participar en las luchas tribales. Las armas principales eran la onda, el arco, la macana y la lanza, esta última manejada con habilidad y destreza.  Los españoles vieron cómo la utilizaban  y en un espacio de treinta pasos apenas erraban en sus lanzamientos sobre el blanco prefijado. Las canoas de Taiarapu eran las mas grandes y mejor construidas de la isla. Unas eran pareadas,  es decir dos canoas estaban unidas por unas tablas y sobre ellas extendían una cubierta de hierbas secas. Frecuentemente las utilizaban los ari’i. Otras tenían una vela hecha de estera en forma de “cuchillo flamenco” y las más corrientes eran las simples manejadas por uno o dos remeros con canalete.</p>
<p>Según averiguaron los españoles, los tahitianos tenían sacerdotes y ofrecían sacrificios a su dios o Atua. Vieron también varios recintos de piedras donde hacían sus entierros. Al morir una persona la colocaban envuelta en una manta hasta que su cuerpo se descomponía, llevándola después a la plataforma ceremonial o marae, acompañada de diversas ofrendas, frutos, cerdos, etc. En el caso de que fuera un jefe le colocaban sobre una plataforma hecha con cuatro puntales y techada, adornada con algunas figuras talladas en madera.</p>
<p>A esta isla Boenechea la llamó Amat, en recuerdo del virrey del Perú que organizó la expedición. En el plano que hicieron de ella la situaron en 17º 29’ lat. S y 233º 32’ de longitud meridiano de Tenerife.</p>
<p>El día 20 de noviembre la fragata levó anclas del puerto de Aiurua llevando como huéspedes a cuatro tahitianos : Tipitipia, Heiao, Pautu y Tetuanui, a quienes los marinos españoles habían invitado a ir a Lima. Al día siguiente navegando rumbo NW vieron la isla de Moorea, nombrándola como Santo Domingo. Estaba situada a tres leguas de Tahití. Levantaron su plano y la situaron en los 17º 26’ lat. S y en los 233º  de longitud del meridiano de Tenerife. Observaron que estaba habitada, pero a fin de no demorar más el viaje siguieron navegando hasta Valparaíso. El 21 de febrero de 1773 llegaron a este puerto chileno sin hallar nuevas islas.</p>
<p>Desde Valparaíso enviaron correspondencia al virrey notificándole el nuevo éxito de la primera parte de la expedición. En este puerto falleció por gripe el tahitiano Tipitipia, que tenía unos veintiseis años, antes de morir fue bautizado con el nombre de José.</p>
<p>Después de proveerse de víveres, el día 2 de abril zarpaba la fragata el Águila del citado puerto chileno rumbo a la isla de San Carlos, hoy conocida por Pascua o Rapa Nui, para completar la segunda parte de la expedición. Faltando 190 leguas para llegar a Pascua una vía de agua en el casco de la fragata hizo que cambiara su navegación dirigiéndose por precaución hacia el Callao. A este puerto peruano arribaron el 31 de mayo de 1773, siendo recibidos por las autoridades y llevados a Lima a presencia de Amat. Boenechea presentó los diarios y planos, informando al virrey sobre las islas descubiertas.</p>
<p>De los tres tahitianos que llegaron a Lima, Heiao murió de viruelas el 2 de septiembre, siendo bautizado dias antes con el nombre de Francisco José Amat. Los otros dos, Pautu y Tetuanui, fueron hospedados en unos de los aposentos del Palacio del virrey y educados según las costumbres españolas. Posiblemente el soldado limeño Máximo Rodríguez fuera uno de sus instructores, pues debido a su contacto casi diario consiguió tener amplios conocimientos de la lengua tahitiana que le permitieron servir de intérprete en la siguiente expedición a Tahití. En octubre, en la catedral de Lima fueron bautizados ambos isleños con los nombres de Tomás y Manuel respectivamente, siendo apradinados por varias personalidades militares de la ciudad de los Reyes.</p>
<p><strong>Segundo viaje a Tahití (1774-1775).</strong></p>
<p>Estudiados los informes de las anteriores expediciones el virrey Amat preparó un segundo viaje a Tahití con el deseo de que hubiera en esta isla una pequeña colonia hispánica. Para ello se construyó una casa misión prefabricada de madera que serviría de refugio a dos Padres franciscanos misioneros del Monasterio de Ocopa, el catalán  fray Jerónimo Clota y el extremeño fray Narciso González, quienes contarían con la ayuda de los tahitianos residentes en Lima, Pautu y Tetuanui, y del soldado intérprete Máximo Rodríguez.  Esta vez la fragata Águila al mando de Boenechea iría acompañada del paquebote San Miguel, alias Júpiter, a cargo de José Andía y Varela, como dueño y primer piloto del mismo. Además de la casa de madera, el Júpiter llevaría en sus bodegas diversas especies de ganado, aves y semillas, con abundantes herramientas para el cultivo de la tierra y trabajos artesanales.</p>
<p>Esta segunda expedición a Tahití es más conocida que la primera. Los diarios de los oficiales de ambas embarcaciones recogen una información más correcta de las costumbres y sociedad tahitiana de aquel tiempo. Hace unos pocos años hicimos el estudio de algunos de estos diarios actualizándolos con notas explicativas y un glosario para mejor comprensión del texto.</p>
<p>Uno de los principales asuntos que Amat confió a los expedicionaruios fue  evangelizar a los indígenas y convertirlos en súbditos de la Corona española. También, intentar descubrir el mayor número de islas próximas a Tahití que habían sido nombradas por los isleños en el viaje anterior. A fin de que las relaciones con los naturales fueran más fluidas, los oficiales y misioneros llevaban un breve diccionario español-tahitiano, hecho en Lima por Máximo Rodríguez y posiblemente por el piloto Hervé, con ayuda de los tahitianos Pautu y Tetuanui. Asimismo, se incluía en las instrucciones dadas por Amat, un cuestionario o “Interrogatorio” de cien preguntas sobre diferentes temas, que serviría de ayuda para recopilar una información más completa de las islas descubiertas y de sus habitantes.</p>
<p>El 20 de septiembre de 1774 se hacían a la vela las dos embarcaciones desde el Callao rumbo a Tahití. Hasta el 5 del mes siguiente mantuvieron contacto, pero debido al mal tiempo y principalmente al poco navegar del paquebote tuvieron que separarse y únicamente se volvieron a encontrar en el punto de destino, Tahití.</p>
<p>Geográfica y políticamente esta expedición fue la más productiva. Se descubrieron dieciséis islas más, trece de ellas por Boenechea, dos por Andía y una por Gayangos, esta última de regreso al Callao. De todas se hicieron planos y lo mismo que en el viaje anterior fueron denominadas con nombres españoles.</p>
<p>El día 29 de octubre divisaron la primera isla, que Boenechea llamó de San Narciso, la  actual Tatakoto del grupo de las Tuamotu. Era rasa, con un pequeña laguna en su interior, cercada de arrecifes y poblada de árboles, principalmente cocoteros. En su costa vieron siete indígenas desnudos con lanzas largas. La situaron en los 17º 26’ lat. S y en una longitud de 242º 43’, y sin detenerse continuaron viaje con precaución de no encallar en algún bajo o arrecife.</p>
<p>El día 31 vieron la isla de San Simón y San Judas, descubierta en el primer viaje, y al día siguiente divisaron dos islas más, que bautizaron con los nombres de los Mártires y San Juan, que corresponden a Tekokoto e Hikueru respectivamente, distantes de San Simón y San Judas unas 65 millas.</p>
<p>El día 2 de noviembre Boenechea y su tripulación avistan la isla de San Quintín, conocida también del primer viaje, y siguiendo la derrota al día siguiente ven la isla de Todos los Santos (Anaa). Al ser esta isla uno de los puntos de reunión en caso de separación y ver que en su costa había unos cien indígenas, envió a tierra el comandante al teniente Gayangos en un bote con soldados y marineros, acompañados del tahitiano Pautu. Los isleños armados con lanzas y ondas les hacían señales para que saltasen a tierra, pero al reventar con fuerza las olas del mar entre los arrecifes poniendo en peligro sus vidas, Gayangos mandó a Pautu que les hablara, indicándoles que iban en señal de paz. Se vieron sorprendidos por la respuesta de aquellos indígenas que les arrojaban piedras con sus ondas, siendo preciso que los soldados dispararan al aire para que así les diese tiempo a retirarse. Ante esta actitud de los naturales y al no hallar lugar para que el bote llegara a sitio seguro, siguieron navegando por la costa descubriendo en la falda de bosque de palmeras una cruz de madera de regular tamaño, que por su aspecto debía haber sido colocada hacía mucho tiempo. Cerca de ese punto Gayangos ordenó a un marinero que se tirase al agua y dejara sobre el arrecife un par de cuchillos para que los vieran los indígenas. Estos los recogieron con signos de alegría y dejando las lanzas y ondas nadaron hacia el bote donde se les regalaron otros más, así como galletas, correspondiendo ellos con cocos, una sarta de conchas de madreperla, un arco y unas esteras. Pautu sólo entendió alguna que otra palabra, pero los habitantes reconocieron que era tahitiano por sus tatuajes en brazos y piernas. Debido a la fuerte marejada y estando la fragata muy distante optaron por regresar a ella e informar de lo ocurrido al comandante. Boenechea aguardó al Júpiter en este paraje hasta el día 9, donde los vientos le obligaron a seguir su camino hacia Tahití. Ese día por la tarde vieron una tierra partida al N. ¼ NE. de Anaa y dos grandes mogotes al E., que corresponden a las islas de Faaite y Tahanea y los mogotes a la isla de Motutunga. A la tierra la nombraron San Blas y a los mogotes San Julián, perteneciendo todas ellas del archipiélago de las Tuamotu. Continuaron rumbo oeste hasta el día 13, en que avistaron la isla de San Cristóbal. Al mediodía ya tenían al lado de la fragata varias canoas con los naturales dispuestos a intercambiar sus mercancías. Pautu habló con ellos y subieron a bordo contentos, obsequiándoles con varios regalos. Por estos isleños supieron que los naturales de la isla de Anaa, que ellos denominaban Tepujoe, eran muy bravos y no mantenían correspondencia con otras islas.</p>
<p>El día 14 por la tarde se dio vista a la isla de Amat, Tahití, pero hasta el día siguiente no se arribó a ella, reconociendo que en el puerto de Aiurua ya se encontraba el paquebote Júpiter.</p>
<p>Antes de continuar con la relación del viaje de Boenechea, es preciso incluir también los descubrimientos que hizo el capitán del Júpiter, José Andía. Recordemos que se habían separado de la fragata el 5 de octubre, y que el 30 de dicho mes vieron la isla de San Narciso, descubriendo el día primero de noviembre la actual Amanu, del grupo Tuamotu, que cristianizaron con el nombre de isla de las Ánimas, situándola en los 17º 44’ lat. S y en longitud de 236º 49’ Al día siguiente, divisaron la ya reconocida de San Simón y San Judas, y en otros días las de los Mártires, San Quintín y Todos los Santos, descubriendo el día 5 la de Makatea, que ellos bautizaron de San Diego y situaron en los 16º 50’ lat. S y en los 230º 6’ de longitud del meridiano de Tenerife. El día 8 de noviembre avistaron al ponerse el sol la isla de Amat, manteniéndose cerca de ella dando bordos hasta el día 11 en espera de la fragata Águila y recibiendo la visita de numerosos tahitianos.</p>
<p>Una vez encontradas las dos embarcaciones en el puerto de Aiurua, en Taiarapu, y después de intercambiar  noticias del viaje se dirigieron a un puerto más seguro, situado más al norte, al oeste de la punta de la península de Tautira, que bautizaron con el nombre de Santa Cruz de Ojatutira. Allí recibieron las visitas de los principales jefes  o ari’i de la isla, Tu y Vehiatua con sus familiares, quienes les regalaron abundantes provisiones de frutos, pescados, cerdos y gran cantidad de esteras, taumi y mantas, correspondiéndoles los españoles con hachas, cuchillos, camisas y telas. Mientras, los dos tahitianos eran recibidos con todo cariño por sus familiares y conocidos. La relación esta vez era mas fluida entre tahitianos y españoles y el intérprete Máximo Rodríguez jugó un importante papel en todas las conversaciones con los jefes y nativos de la isla.</p>
<p>Boenechea convocó en una reunión a los dos ari’i de la isla, Tu y Vehiatua, acompañados de los caciques más  principales, comunicándoles que estaba interesado en edificar una casa en la isla para que quedaran en ella los dos Padres franciscanos y el intérprete, ayudados por Pautu y Tetuanui. Los ari’i les respondieron que estaban muy contentos de que se quedaran en su isla y cedieron el terreno donde se iba a construir la casa , prestando la gente necesaria para ayudar en todo lo posible a la construcción de la misma.</p>
<p>Una vez elegido el terreno próximo a la ensenada de Tautira y cerca del río Vaitepiha, transportaron todos los materiales de la fragata y paquebote. Al final del año de 1774 quedó terminada la casa misión de los Padres, con una empalizada para su huerta y ganado. El primer día de enero de 1775 se inauguró la casa con un solemne acto, desembarcando la tropa armada, los oficiales con uniforme de gala, capellanes y misioneros, y la marinería portando una gran cruz de madera, la cual fue colocada frente a la misión. La cruz tenia la siguiente inscripción : CHRISTUS VINCIT. CAROLUS III, IMPERATOR, l774. Después de una solemne procesión y entonando himnos religiosos, se celebró la primera misa y la bendición de la nueva casa, seguida por una descarga de la tropa, correspondida por los veintiún cañonazos de la fragata. A este acto concurrieron multitud de naturales, que quedaron sorprendidos de todo lo acontecido y que no cesaron de preguntar a los expedicionarios sobre las ceremonias que acababan de presenciar.</p>
<p>El día 5 de enero, el comandante Boenechea convocó en la casa-misión a Tu y Vehiatua, además de otros jefes principales, con los oficiales españoles al mando de Tomás Gayangos, los Padres misioneros y el intérprete Máximo Rodríguez. En esa reunión o “affidávit”, entre otros asuntos tratados, se reconocía por parte tahitiana la soberanía del Rey de España sobre la isla  y la defensa y ayuda de los españoles que quedaban en ella, y por parte española la defensa de sus habitantes, la instrucción y provisión de útiles, herramientas, etc y la visita frecuente de navíos hispanos. El contador de la fragata Pedro Freire de Andrade levantó acta de esta convención la cual decía así :</p>
<p>Certifico : Que el dia Cinco de Enero del presente año a las quatro de la tarde. Por disposición del Comandante de este buque Dn. Domingo de Boenechea : Los oficiales de guerra Dn. Thomas Gayangos, Thente. de Navío; Dn. Raymundo Bonacorsi, Ydem. de Fragata; Dn. Nicolás Toledo, Alferez de Navío; Dn. Juan de Apodaca, Alferez de Fragata y Dn. Juan Hervé, Ydem y primer Piloto; y los Padres Misioneros Fr. Gerónimo Clota y Fr. Narciso González. Juntos todos en la Casa del establecimiento. Combocamos a ella por medio del Ynterprete, a los Heries principales è Yndios de mas suposicion del Partido para formar nuestro Establecimiento. Y haviendoles preguntado si eran o no gustosos de que dhos. Padres  y el Yntérprete quedasen en su Ysla, respondieron todos unánimes que si. Prometiendo voluntariamente Bexiatúa y Hotù, favorecerlos y defenderlos de todo Ynsulto de parte de los Avitantes de la Ysla: Ayudarlos a su subsistencia; y en caso de faltarles los alimentos de su húso, proveerlos de quanto ellos disfrutan. Haciendonos al mismo tiempo la discreta prevención de que en caso de hazer a los nuestros alguna extorsión los Avitantes de la Ysla de Morea, con quienes no estaban en amistad; ò alguna Embarcación estrangera à quienes ellos no pudiesen resistir, no se les havia de hazer Cargo alguno.</p>
<p>Se les hizo saver por medio del Yntérprete, la Grandeza de nuestro soberano: El yncontestable Derecho que tiene a todas las Yslas Adyacentes a sus bastos Dominios: Sus deseos de favorecerlos e ynstruyrlos, para que sean superiores a todos los que viven en la misma ygnorancia; Y les ofrecimos en su R. Nombre, mediante las Facultades con que se ha dignado autorizarnos en el capítulo Onze de la Ynstrucción, proveerlos de muchos Hútiles: Defenderlos de sus enemigos; y que serían visitados con frecuencia por la Embarcaciones de S.M. si cumplían con fidelidad lo prometido. Demostraron todos una gran Complacencia, y en alta voz digeron que lo admitían por Rey de Otaheyte y de todas sus Tierras.</p>
<p>Siendoles muy agradable la formalidad de este Combenio y para que conste a los fines que combengan expido esta Abordo de la propria Fragata, al Ancla en el Puerto Oxatutira de la Ysla Oriental de Amat, alias Hotaheyti, en Cinco de Enero de mil setecientos setenta y cinco.</p>
<p>Pedro Freire de Andrade (rubricado)</p>
<p>El día 7 de enero la fragata el Águila y el paquebote Júpiter zarparon rumbo noroeste a explorar otras islas de la Sociedad, llevando a varios tahitianos, entre ellos, uno llamado Barbarua,  en calidad de piloto ya que conocía la situación de las islas. Al día siguiente divisaron la isla de Tetiaroa, que llamaron Tres Hermanos,  emplazándola en los 17º lat. S y en una longitud de 231º 30’. Continuaron navegando al oeste y en la madrugada del día 9 vieron las isla de Hauhine, que bautizaron como Hermosa, y horas más tarde otra isla, la actual Maiao, que nombraron como Pelada. Siguiendo viaje, divisaron la isla de Raiatea, la principal del grupo de Sotavento, que llamaron Princesa y que anteriormente había sido visitada por Cook. Se dirigieron a ella buscando el puerto indicado por el piloto tahitiano, pero hasta el día 11 no lo lograron.  Mientras vieron la isla de Borabora o Porapora, que denominaron San Pedro. Boenechea envió un bote armado al agua, al mando del alférez de fragata Juan de Apodaca y del práctico Barbarua, encargado de hablar a sus habitantes y a la vez de levantar el plano del puerto donde estuvo fondeada la fragata inglesa. La isla de Raiatea era montuosa, muy fértil, con abundancia de cocoteros, plátanos, árboles del pan, cerdos y gallinas. Sus naturales eran parecidos a los de Tahití y su jefe tenía el mando sobre las islas próximas. La parte norte,  denominada por los naturales como Tahaa, estaba separada por un arrecife.</p>
<p>En este tiempo se vio también en la lejanía otra isla que se nombró San Antonio, la actual Maupiti. Después de haber tratado con los naturales de Raiatea y conocer que había una ensenada que parecía apropiada para fondear al Sur del puerto, ordenó el comandante que nuevamente un bote al mando de Nicolás de Toledo fuera al reconocimiento de dicha ensenada. De regreso a bordo se informó que el lugar no era apropiado para fondear la  fragata y que además existía un peligroso arrecife que ponía en peligro la embarcación. El comandante en junta con oficiales y pilotos decidió regresar a Tahití para ver como seguía la colonia española y continuar viaje a Perú, pues podían cambiar  los vientos y retrasar el viaje de regreso.</p>
<p>El día 15  de enero avistaban Tahití, pero debido a un viento racheado no pudieron llegar a ella. El día 18 Boenechea enfermó gravemente y el día 20 el teniente Gayangos ante la gravedad de su comandante se hizo cargo de la fragata, conduciéndola con el paquebote al puerto de Tautira. El día 26 fallecía Domingo de Boenechea a bordo del Águila, ante la tristeza y consternación de su tripulación. A la mañana siguiente se ofició a bordo una misa de cuerpo presente con asistencia de todos los oficiales y tripulación. Finalizado el acto se introdujo el cuerpo vestido con su uniforme, espada y bastón en un ataúd. Se le transportó seguidamente a tierra acompañado de los Padres misioneros, capellanes, oficiales y tripulación, celebrándose un responso y enterrándose el féretro al pie de la cruz, erigida  anteriormente frente a la casa misión, enlosándose  todo el espacio del enterramiento. Boenechea fue despedido con todos los honores, disparando la fragata los siete cañonazos de rigor correspondientes a su grado. Multitud de tahitianos siguieron el entierro con gran asombro ante todos los oficios que celebraron los religiosos asi como  la tropa, oficiales y marinería.( )</p>
<p>Los Padres franciscanos pidieron a Gayangos que un marinero se quedara en la isla para que les ayudara en cocinar, cargar barriles de agua y realizar trabajos en la huerta y con el ganado. La solicitud fue atendida y Gayangos encargó estas tareas al grumete Francisco Pérez, por ser una persona hábil en estos menesteres.</p>
<p>El día 28 Gayangos ordenó al capitán del paquebote que estuviera listo para zarpar, indicándole que en el caso de separación siguiese su derrota al puerto del Callao y no recalase en los puertos chilenos. Después de tomar abundantes provisiones, de agua, frutos y otros alimentos, hierba para el ganado, plantas, maderas, etc y despidiéndose de los principales ari’i, Tu y Vehiatua, hicieron maniobra para dejar la isla de Tahití. Anteriormente tuvieron que desalojar de las embarcaciones a numerosos isleños que querían viajar a Lima. Gayangos sólo permitió que viajaran dos por ser prácticos en la navegación, Puhoro y Barbarua, este último era tío carnal del ari’i Tu. En el Júpiter también permitieron que les acompañaran otros dos tahitianos.</p>
<p>Las dos embarcaciones se hicieron a la vela rumbo E.SE. procurando capear durante las noches por evitar los peligrosos arrecifes de aquellas islas. El día 5 de febrero de 1775, divisaron una isla al SO. ¼  S., pero hasta el día siguiente no lograron llegar a las proximidades de ella. Vieron una canoa con varios indios remando con canaletes, pero al llegar cerca de la fragata a pesar de invitarlos a subir a bordo, éstos regresaron a la isla. Gayangos envió el bote armado al agua al mando del teniente de fragata Raimundo Bonacorsi para reconocer la isla, llevando también a Puhoro y Barbarua. Los del bote lograron alcanzar a la canoa e intentaron comunicarse con los naturales, pero no lograron entender nada más que algunas palabras. Siguieron hacia la costa donde en una pequeña ensenada vieron unos quinientos indígenas que con gran griterío les esperaban. Uno de ellos se lanzó al agua y llegó al bote. Al ser recibido amistosamente, muchos otros se lanzaron al agua y a pesar de los regalos que les dieron desde el bote, como cuchillos, clavos y ropa, robaron los gorros de algunos marineros y querían llevarse incluso los remos. Los españoles recibieron de estos isleños unas conchas de nácar, un canalete y una lanza muy bien labrada. Lograron entender que no habían visto ninguna embarcación similar a la española y que la isla se llamaba Oraibaba, ahora Raivavae, perteneciente al grupo de las islas Australes. Fue nombrada por Gayangos como Santa Rosa. Era una isla montuosa y llena de arboleda, parecía ser muy fértil, pues distinguieron árboles del pan, plátanos, cocoteros y otros frutales. Sus habitantes eran más blancos que los de Tahití, algunos parecían europeos por su color, tenían agujeros en las orejas y  barbas largas. La situaron en los 23º 55’ latitud S. y en la longitud de 234º 5’.</p>
<p>Continuaron rumbo NE y navegando con vientos favorables, el día 26 vieron un lobo marino, indicio de proximidad a tierra, la cual no vieron. El tiempo empeoró y ese día se perdió de vista el paquebote Júpiter. El 8 de abril arribaba la fragata Águila en el puerto del Callao y cinco días más tarde lo hacía el Júpiter.</p>
<p>Antes de pasar a relatar la tercera expedición conviene recordar algunas informaciones que recopilaron los expedicionarios españoles de la sociedad y cultura tahitiana de aquellos años.</p>
<p>Sabemos por los diarios de Boenechea, Gayangos, Andía, Pantoja, de los Padres misioneros y principalmente del intérprete Máximo Rodríguez que la isla de Tahiti estaba dominada por dos ari’i, Tu y Vehiatua. Estaba dividida en distritos o partidos que sumaban un total de veintiuno, trece pertenecían a Vehiatua y ocho a Tu, pero este último poseía más tierra. Podemos decir que Tu dominaba más de la mitad de la isla de Tahiti Nui, toda la parte norte y oeste, una extensión que ocupaba desde el distrito actual de Tiarei en la parte Nordeste hasta el sur de Papara , y Vehiatua el resto de la isla.</p>
<p>En la bahía de Matavai próxima a Mahina, al norte de Tahití, es donde fondearon las primeras embarcaciones europeas la de Wallis en 1767, las de Cook y Fourneaux en  años siguientes. Conocieron más datos de la fabricación de las grandes canoas, las cuales se construían principalmente en Raiatea, donde abundaban árboles de buenas maderas para hacer estas embarcaciones. Las piezas de las canoas se ajustaban golpeándolas y atándolas entre si, cerrando las juntas con fibra de estopa de coca impregnada en resina del uru o árbol del pan. Las canoas dobles de guerra recibían el nombre de pahi tamai y podían transportar varias decenas de guerreros.</p>
<p>Una de las comidas más comunes era la denominada popoi, que se componía de una mezcla machacada del fruto del uru maduro, taro, plátanos y agua. Utilizaban el horno polinésico o umu para cocinar algunos de sus alimentos. Consistía en un agujero en el suelo donde hacían fuego entre piedras, una vez que las piedras estaban calientes envolvían en hojas de plátano el pescado, la carne o los ñames, tapándolo todo con  tierra y dejándolo cierto tiempo, para después desenterrarlo y comérselo. Aunque el pescado era abundante, en determinadas épocas sus creencias religiosas no les permitían pescar determinados peces.</p>
<p>Las aves que consumían eran principalmente gallinas, una especie de paloma torcaz y algunos pájaros como los periquitos que había en Lima. Entre los animales mamíferos, había cerdos, perros que dormían con ellos y gran cantidad de ratas y ratones, que según los expedicionarios españoles fueron los que acabaron con las semillas y legumbres que plantaron en el primer viaje.</p>
<p>Los árboles frutales que vieron los españoles fuerone los uru o árbol del pan, diversas clases de plátanos (los tahitianos distinguían unas viente especies diferentes), cocoteros, unas especies de nogales y castaños que daban unos frutos similares a los recogidos en Europa.</p>
<p>Para los oficio religiosos, tenían sacerdotes llamados tahua, eran los que ofrecían y rezaban en el recinto sagrado o marae. Un marae se compone de un altar de piedras de varias plataformas rectangulares, donde en la parte superior generalmente colocaban una talla de madera que representaba una divinidad. Pegadas a las paredes del marae existían unas grandes piedras erguidas en recuerdo de los ari’i fallecidos, denominadas ofai manava ari’i. El marae estaba rodeado por una cerca de piedras que delimitaba y separaba la zona de los sacerdotes de la del público. Dentro de este cerco estaba un altar o fatarau, hecho de madera y adornado con hojas de árbol,  donde se depositaban los difuntos. Había también en este recinto unas piedras respaldo donde se apoyaban los sacerdotes en sus rezos, tambores para acompañar a los salmos y postes tallados o pintados. En los marae se ofrecían diferentes ofrendas y sacrificios humanos como vieron los primeros europeos durante su estancia en la isla.</p>
<p>Después de los ari’i ocupaban un cargo inferior los toofa, que eran una especie de capitanes. Todos los súbditos estaban obligados a pagar un tributo a sus jefes y quienes  no lo hicieran eran expulsados de su territorio. Las habitaciones eran de madera techadas con paja, algunas estaban cerradas y tenían diferentes dimensiones. Sobre el suelo habia extendida hierba seca y  algunos grandes bancos de madera utilizados como asientos y otros pequeños que se usaban como almohadas. Las mujeres no podía comer delante de los hombres. Comían en sus casas sin que los hombres estuvieran presentes. Las relaciones sexuales sorprendieron a nuestros marinos, pues algunos hombres casados ofrecieron a sus mujeres a cambio de algún regalo. Las solteras no tenían dificultad para dar su cuerpo a cualquiera que se lo insinuara, como comprobaron los marineros que iban lavar la ropa. Pantoja señalaba que “por esa libertad de conciencia, tanto hombres como mujeres, padecen muchas enfermedades” y añadía : “De la que saben que está muy enferma, o ha puesto a algunos, les quitan el pelo, les rapan las cejas y luego la echan al monte”.</p>
<p>Observaron que eran propensos al latrocinio, robaban cualquier cosa al menor descuido a pesar de que en su sociedad era un delito castigado con la pena de muerte. Los ari’i, dueños y señores de la vida de sus vasallos, ordenaban atar las manos y pies al cuello de los delincuentes en forma de bola y les colgaban una  piedra grande, arrojándolos al fondo del mar. Otros delitos eran castigados degollando al infractor. A los prisioneros les sacaban los ojos y se los que presentaban al jefe para que los comiese. El jefe hacía el acto de acercarlos a los labios y después los arrojaba. Con ocasión de la muerte de un ari’i o una persona importante, los prisioneros o isleños de otros distritos eran sacrificados para calmar la ira de su dios.</p>
<p>Un ejemplo de esto lo vieron los Padres misioneros y el intérprete, a la muerte de Vehiatua. Los súbditos de este ari’i mataron a un padre e hijo que habitaban en una quebrada cercana a la casa misión.</p>
<p>La información recopilada de las islas próximas a Tahití la dividieron los españoles en dos partes : islas al Este e islas al Oeste. De la primera anotaron quince islas y de la segunda veintiocho, haciendo en todas unas breves indicaciones sobre su situación, vegetación y habitantes.</p>
<p>Las islas que primero descubieron los españoles en 1772 y 1774 fueron unas del grupo Tuamotu, archipiélago que lo componen 84 islas, de las cuales 41 están habitadas. Las islas de las Tuamotu son rasas, bajas y alargadas, de origen coralino, forman un anillo más o menos continuo conocido por atolón, que encierra una laguna. Al ser bajas son peligrosas para la navegación por sus arrecifes costeros. Generalmente estas islas están alineadas en la dirección NE-SO, variando sus dimensiones. La más alargada de este grupo es la isla de Rangiroa, que tiene 70 km de longitud y las más pequeñas apenas llegan a los 200 metros. Al no tener suelo fértil y ser pobre en recursos acuíferos la vegetación es escasa, predominando los cocoteros y algunos manglares.</p>
<p>Las islas de la Sociedad, divididas en los grupos de Barlovento y Sotavento son mezcla de islas altas, como Tahití, Moorea, Bora-Bora, cuyos montañas son los picos de volcanes sumergidos y otras bajas de tipo coralino. La vegetación en las islas altas es frondosa y abundante, acompañada por arroyos y cascadas que afluyen a unos pequeños ríos. En la zona costera predominan los cocoteros, ocuapada también por el árbol del pan, el mango, plátano, taro y otras plantas ornamentales que los españoles vieron durante su estancia en aquellas islas.</p>
<p>Respecto a la estancia de la colonia española sabemos de sus aventuras por los diarios de los Padres misioneros y de Máximo Rodríguez. Pocos días después de marcharse las embarcaciones los dos tahitianos, Pautu y Tetuanui, renegaron de la fe católica y despojándose de su vestimenta extranjera se fueron a vivir con su familiares. Los principales ari’i y sus familiares visitaban con cierta frecuencia la casa misión,  intercambiaban  regalos y a la vez sus súbditos ayudaban a cercar la huerta y recintos donde se guardaba el ganado. La misión sufrió también numerosos robos de animales, ropa y herramientas. Quien más disfrutó de la estancia en la isla fue el intérprete Rodríguez, que por su dominio de la lengua, por su juventud y por ser admirado por los principales jefes y familiares de todos los distritos, supo corresponder de forma amable y respetuosa en todos los actos en que participó.  Los miembros del clan Vehiatua, como prueba de su amistad, le dieron el nombre de Oro iti maheahea, cuya traducción es el “pequeño Oro de cara pálida”, nombre que proviene de un antepasado de Vehiatua. Rodríguez recibió numerosos regalos de mantas, conchas de madreperla, esteras, petates, además de abundantes alimentos de frutas y animales que llevó a la casa misión.</p>
<p>Consiguió de Tu que le obsequiara con un umete o cuenco de piedra de dolerita negra, utilizada posiblemente para beber el kava o ava, para entregárselo al rey español Carlos III. Cuando lo logró, después de múltiples acontecimientos llego a España. Este suceso está  incluido en uno de mis trabajos  “Españoles en Tahití” y este trabajo se indica que dicha pieza se encuentra actualmente en el Museo Nacional de Antropología.</p>
<p>Recordemos también que Rodríguez , el Padre Narciso y el hermano de Vehiatua con otros tahitianos subieron a una colina próxima al puerto de Tautira, denominada Tahuareva, donde colocaron una bandera para que fuera vista por las embarcaciones españolas.</p>
<p>Toda la colonia hispana vio numerosos bailes y oyó el sonar de los tambores, que atormentaban a los Padres misioneros. También siguieron la enfermedad  y muerte de Vehiatua, desenlace que puso en peligro por momentos la vida de los colonos, hecho que fue felizmente resuelto por Purahi, la madre del ari’i difunto y por el hermano pequeño y sucesor del fallecido.</p>
<p>Rodríguez  recorrió por mar y tierra toda la isla y en su diario anotó muchos de los acontecimientos que vio, además de otras costumbres que fueron recogidas en un Extracto, desgraciadamente hoy perdido. Podemos decir que su relato es mucho más amplio y profundo que el aportado en el diario de Cook durante su estancia en Tahití. Gracias al diario de Máximo Rodríguez los investigadores de todo el mundo conocemos mejor a la sociedad tahitiana de aquellos tiempos.</p>
<p><strong>Tercera expedición a Tahití (1775-1776)</strong></p>
<p>Esta última expedición en tiempos del virrey Amat, tuvo por único objetivo recoger a los colonos de Tahití y llevarlos al Perú. Cayetano de Lángara fue la persona que mandaba esta vez la fragata Águila. A él se le indicó que obrase según lo que dijeran los  misioneros. La expedición partió del Callao el 27 de septiembre de 1775, viajando entre la tripulación el isleño Puhoro, pues Barbarua quedó en Lima. Fondearon en Tahití el 3 de noviembre. Como se esperaba, los misioneros renunciaron a permanecer más tiempo allí, y después de dejar a Puhoro en la isla, recoger algunas pertenencias, embarcar provisiones y despedirse de todos los jefes y familiares, el día 12 del mismo mes navegaban rumbo al Perú, fondeado en el puerto del Callao el 17 de febrero de 1776.</p>
<p>Próximamente publicaremos un estudio completo de estos tres viajes a Tahití, muy poco conocidos por los amantes de la Polinesia, y los acompañaremos con la transcripción original de los diarios de algunos de los oficiales.</p>
<p>Amat tuvo tiempo de incluir en su Relación de Gobierno esta última expedición, donde critica la poca disposición de los misioneros a quedarse en Tahití, pues no habían hecho conversión alguna entre los indígenas. Asimismo, destaca la labor del intérprete Rodríguez. Con esta expedición finaliza la breve colonización en la Polinesia por parte del virrey Amat. Años más tarde uno de sus sucesores,  el virrey De Croix, intentó enviar nuevos misioneros a Tahití, amparándose también en el hecho de que Cook en 1777 había tachado la inscripción española que tenía la cruz, sustituyéndola por : GEORGIUS III, REX, ANNIS 1767, 1769, 1773, 1774 ET 1777. Este intento resultó absolutamente baldío ya que no tuvo apoyo alguna en la Corte de Madrid.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/domingo-bonechea/">Domingo Bonechea (1772-73)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Bruno de Hezeta y J. F. Bodega y Quadra (1775)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/hezeta-bodega-quadra-1775/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Mar 2020 12:28:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Noroeste Americano]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones de la ilustración]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Emilio Soler Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999 La primera vez que oí hablar de este hijo de vasco, nacido en Lima, todavía no sabía que muchos [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/hezeta-bodega-quadra-1775/">Bruno de Hezeta y J. F. Bodega y Quadra (1775)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3430" class="csc-default">
<h3><strong>Emilio Soler</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999</p>
</div>
<div id="c3431" class="csc-default">
<p class="bodytext">La primera vez que oí hablar de este hijo de vasco, nacido en Lima, todavía no sabía que muchos años después me iba a interesar por su figura de hombre ilustrado, navegante, político, militar, explorador, colonizador, cartógrafo, hidrógrafo, astrónomo, naturalista, botánico, escritor y negociador en nombre de la Corona española del setecientos, en acertadas palabras de mi amigo Antonio Menchaca, biógrafo y descendiente de Bodega y Quadra.</p>
<p>Sucedió allá por el año 1963 o 1964. Acababa de estrenarse en España una terrorífica película, una más, del director Alfred Hichtcock, Los pájaros. Al comienza del film, una rubia elegante llamada Tippi Hedren, de largas y esbeltas piernas que luego herdaría su hija, la también actriz Melanie Griffith, se empeña en llevarle al galán, Rod Taylor, una pareja de periquitos al pueblo en el que el protagonista de la película suele pasar los fines de semana. Ese pequeño lugar, a ochenta o cien kilómetros al norte de San Francisco, se llama Bodega Bay y allí, entre verdes y ondulados paisajes, sucede la trama de una cinta en la que los pájaros son los verdaderos actores de la película, tan magistral como inquientante.</p>
<p>Veinticinco años después comprendí el por qué aquel villorio marinero llevaba nombre tan beodo: no era por su capacidad para guardar y almacenar vino, que sería lógico, por otra parte, si tiene en cuenta que en esta parte californiana del cercano Russian River valley se encuentra actualmente excelentes caldos Cabernet Sauvignon y Merlot que no tienen nada que envidiar a sus vecinos cultivados en los valles de Napa y Sonoma. El lugar llevaba el nombre de Bahía Bodega porque hasta allí llegó, en sus múltiples exploraciones por las costas norteamericanas del Pacífico, don Juan Francisco de la Bodega y Quadra Mollineda, oficial de la Real Armada Española.</p>
<p class="bodytext">Efectivamente, por allí anduvo en octubre de 1775, y al descubrir aquella enorme bahía, dio su nombre al lugar, ante la mirada sorprendida de los nativos de las tribus pomo y miwok. Así nos lo cuenta el propio Bodega en sus Diarios de Viaje: “Los indios que habían eran innumerables y pasaban en canoas de tule desde una costa a otra para venirse a una loma cerca adónde estábamos fondeados, y, después que se juntaron gran parte, comenzaron a gritar como dos horas sin cesar. Al cabo de ese tiempo, vinieron dos al costado y con la mayor franqueza regalaron plumajes, collares de hueso, un cesto de semilla con el gusto de avellana y varias frioleras de esta especia; yo les recompensé su oferta con pañuelos, espejos y abalorios, y se fueron muy gustosos”.</p>
<p>Las biografías al uso, pocas, y entre las que hay que destacar las de Ibarra (1945), Rubio Mañé (1956) y Beerman (1976), nos hablan de un hidalgo nacido en Lima en el año 1744, de noble familia vizcaína, que tenía muchas posiblidades de ser nombrado caballero de la Orden de Santiago y que ingresó como guardiamarina en 1762. Su padre, Tomás, nacido en la villa vizcaína de Muskiz, había casado en el Perú con una criolla perteneciente a la aristocracia limeña y pronto llegó a situarse en la élite dirigente del virreinato. De entre los muchos hijo de Tomás y Francisca, Juan Francisco escogió la carrera militar y, muy joven, partió hacia la metrópoli a ingresar en la Real Compañía de Guardiamarinas.</p>
<p>Poco sabemos de la infancia de Juan Francisco de la Bodega y Quadra, pero si lo suficiente para afirmar que su nacimiento limeño tuvo lugar en una casa situada junto al río Rimac, bien cerca del famoso puente al que cantara Chabuca Granda en La flor de la canela y que tiene el privilegio de ser el primero de piedra que se tendío en el Nuevo Mundo. Como correspondía a su alta alcurnia, Juan Francisco fue bautizado el 3 de junio de 1744 en la catedral de Lima, tan cercana a su lugar de residencia como del palacio del virrey. Estudió en el Real Colegio de San Martín, de la Universidad de San Marcos, la misma de la que fue rector su hermano Tomás Aniceto durante más de diez años. A los dieciocho años, encontramos a Bodega y Quadra en Cádiz a punto de ingresar en la Compañía de Guardiamarinas. Cinco años después, Juan Francisco fue ascendido a alférez de fragata. En 1773 ya era alférez de navío y continuó su ascendente carrera hasta conseguir, muchos años después, el entorchado de capitán de navía en 1784. Los documentos del Archivo Museo Don Álvaro de Bazán, en la manchega villa de Viso del Marqués, sorprendente lugar para que este ubicado el Archivo de la Marina, son testigo de la brillante carrera militar reflejada en su hoja de servicios.</p>
<p class="bodytext">El destino de Bodega y Quadra sufrió un giro imprevisto cuando se le envío a México al ser requeridos sus servicios por el virrey de Nueva España, fray Antonio Maria de Bucareli, que sentía amenazado el poder colonial España, muy especialmente al norte de las costas californianas. Sus temores, bien fundados, se debían a la cada vez mayor penetración rusa y británica, buscadores de nuevos territorios para el floreciente comercio de pieles, y que trataban de afianzar y extender sus territorios coloniales bajo la sospecha de ser aquel un lugar rico en metales preciosos. De otro lado, estas potencias rivales trataban de hallar el mítico paso del noroeste que debería abrir el camino entre los océanos Atlántico y Pacífico.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS DOS PRIMERAS EXPEDICIONES</strong></p>
<p>A comienzos del año 1775, Bodega partió de la base española de San Blas, puerto de la costa occidental de México creado por José de Gálvez para defender los presidios del norte de California, como segundo comandante de la goleta Sonora, junto a la fragata Santiago, comandada por el jefe de la expedición Bruno de Ezeta, y el paquebote San Carlos. Llevaba instrucciones de alcanzar los 65º de latitud para reconocer exhaustivamente las costas que pertenecian a la soberania española. Pronto, y debido a una indisposición de su comandante en la Sonora, Juan Francisco tomó el mando de la goleta. El pequeño navío que dirigía Bodega llegaba una tripulación de dieciséis hombres, incluidos los oficiales que, al decir del Diario de viajes de la expedición, “pronto tuvieron que arrimar el hombro en las tareas más cotidianas porque el escorbuto hizo presa en varios miembros de la tripulación”.</p>
<p>De este importante viaje se guardan valiosos documentos en forma de diarios escritos por el propio Bodega, por su inseparable piloto Francisco Mourelle y por el comandante Ezeta, que nos revelan precisos detalles de las dificultades por las que atravesaron y de los muchos descubrimientos que durante el trayecto se efectuaron. La importante obra escrita por Bodega y Quadra, que contiene los diarios de sus primeros viajes, Comento de las Navegaciones y Descubrimientos hechos en dos viajes de orden de S.M. en la costa septentrional de California, desde la latitud de 21º 31&#8242; en las que se halla el Departamento de San Blas, por don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, de la orden de Santiago, y Capitán de Navío de la Real Armada, está conservada en el Museo Naval de Madrid. Aunque otros archivos españoles y americanos también guardan documentación exhaustiva referida a estas expediciones, como el General de Indias, el del Ministerio de Asuntos Exteriores, el Histórico Nacional o el de la Nación de México.</p>
<p class="bodytext">De las dificultades halladas en su misión, aunque Bodega no se mostró demasiado expresivo en los comentarios tal vez para no dejar en mal lugar a su jefe Ezeta, da fe el que, pronto, Juan Francisco debió abordar en solitario la tarea de alcanzar los 60º de latitud exigidos, ya que los otros navíos desaparecieron de su vista. De los descubrimietos y anotaciones cartográficas, se pueden poner como ejemplo la bahía y puerto de Bucareli, en la actual isla del Príncipe de Gales, a los que arribó el 24 de agosto de 1775, bautizados así en honor del virrey de Nueva España y factotum de la expedición que le abrió a Bodega las puertas de reconocimiento a su talento y valor: “La latitud de este puerto y ensenada en dos días que se repetió la observación fue de 55 gr. 17 min. Y le considero al oeste de San Blas 32 gr 9 min. De longitud. Es tan apreciable esta entrada por lo benigno del temperamento, por la quietud de la mar, por las aguas de riachuelo y aljibes que la naturaleza formó, y el buen fondo y peces que en ella hay, que sin duda me hubiera estado algunos días más a no estar la estación tan avanzada, pero se formó, aunque deprisa, una breve descripción”.</p>
<p>Y aunque Bodega no pudo superar en esta ocasión los 58º de latitud norte, no cejó en rastrear toda la costa e indagar con pelos y señales toda noticia que oía y veía, corrigiendo los graves errores cartográficos en que habían incurrido expediciones anteriores. A comienzos de noviembre de 1775, ocho meses después de haber salido del puerto mexicano de de San Blas, una Sonora diezmada por la enfermedad y la fatiga arribada al Monterrey californiano, el del Pacifíco. En la rada se encontragan los otros dos navíos españoles, comandados por Ezeta, que habían abandonado bien pronto la expedición. Bodega pasó de puntillas sobre ello a pesar de los esfuerzos suplementarios que se había visto obligado a realizar: “ Di orden se desembarcasen los enfermos, los que fueron a curarse al presidio; y yo y el piloto nos fuimos a vivir a una casa que está cerca del fondeadero con el fin de recobrarnos con los aires de la tierra la pérdida de salud y descansar unos días de un viaje tan penoso, mayormente en la embarcación de tan pocas comodidades, que es milagro no haber llegado todos enteramente baldados”.</p>
<p class="bodytext">La Corte española, claro está, estaba encantada con los informes de Bucareli sobre aquel primer viaje de Juan Francisco, ya que gracias a estas exploraciones sus dominios se habían extendido en más de quinientas leguas hacia el norte del Pacífico. Y es entonces cuando comenzó verdaderamente la brillante carrera de Bodega y Quadra. Se sucedieron los honores, los ascensos y, años después, tomó parte en dos nuevas expediciones por el Pacífico Norte.</p>
<p>En el segundo de esos viajes, tras haber estado el marino limeño en su Perú natal con la misión de adquirir un buen navío para el nuevo viaje, previsto hacia el paralelo 70 norte, Bodega mostraba su alegría de cómo comenzaban a irle las cosas: “No sólo logré la satisfacción en esta comisión de haber conducido una fragata que con dificultad se encontrará otra de iguales condiciones para el destino; si no que conseguí ser el primero que desde el puerto del Callao de Lima hiciese viaje a San Blas sin más noticias que mi vigilancia y continuo cuidado”.</p>
<p>Tras más de un año de preparación del nuevo itinerario, dos fragatas, la Princesa y la Favorita, mandadas por Ignacio de Arteaga y por Juan Francisco Bodega y Quadra, al que volvía a acompañar Mourelle como piloto, estaban prestas a hacerse a la mar. A pesar de la cualificación demostrada por el marino limeño, el mando de la expedición recayó en Arteaga y no en Bodega, que curiosamente será el encargado de preparar la derrota a seguir y precisar los trabajos cartográficos y científicos. El pretexto oficial para la exclusión de Juan Francisco en el mando era la mayor antigüedad en el escalafón de Arteaga, aunque muy bien pudiera atribuirse este desaire a que la Marina española prefería otorgar el mando de las expediciones a los oficiales nacidos en la Península y no a los criollos. Para evitar incidentes como los acaecidos en la anterior expedición en que Juan Francisco bordeó las instrucciones recibidas, el virrey Bucareli se lo dejó bien claro a Bodega esta vez: “En esta campaña debe vuestra merced guardar conserva en todo lo posible, obserar las instrucciones, de que previene con fecha del 18 de noviembre próximo pasado se sacase copia, y llegar hasta la altura de 70 grados, como así se le avisó al citado Arteaga, cuyas órdenes deberá vuestra merced obedecer”:</p>
<p class="bodytext">Los expedicionarios españoles, en su trayecto, pasaron por el puerto de Bucareli y arribaron a la costa meridional de Alaska, al Prince William Sound, más al oeste del monte de San Elías, en los 61º, siendo los primeros navegantes españoles en poner pie en aquellos territorios donde, sin embargo, ya habían llegado los peleteros rusos, desde Siberia, y el célebre capitán inglés James Cook. Aunque las observaciones y reconocimientos fueron numerosos, el profesor Bernabeu insinúa que la falta de resultados espectaculares en esta expedición pudo deberse a la dirección de Arteaga, muy ajustada a las órdenes recibidad, que, por otro lado, encosetó la valía de Bodega.</p>
<p>Pocos años después, en 1780, llegó la suprema recompensa para Juan Francisco, ya que se le confirió el mando del despartamento de San Blas, cargo que apenas desempeñó durante un año. Aquel lugar continuaba siendo un sitio inhóspito con un clima insalubre y con una base naval mal emplazada, sobre todo teniendo bien cerca Acalpulco, puerto que, según los reiterados informes de los expertos marinos, debía sustituit al anterior. En San Blas se construían los barcos que emprendían las exploraciones de la costa y hasta allí arribaba el galeón de Manila con su rica carga asiática que era desembarcada y transportada por tierra hasta Veracruz, en la costa atlántica de Nueva España, para seguir ruta hacia España. Poco menos de un año después de su nombramiento, y muy probablemente por problemas de salud, Bodega cesa como comandante de San Blas.</p>
<p>Tras un largo viaje al Perú, la carrera militar del limeño sufrió una total inactividad marítima ya que transcurrieron cuatro años de su vida entre La Habana y la metrópoli. Durante ese tiempo, Bodega no dejó de enviar minutas al ministro Valdés pidiéndole desesperadamente regresar a ultramar y reiniciar sus exploraciones para mayor gloria de la Corona y de él mismo: “Se tratase de emprender un viaje al mar del Sur por el cabo de Hornos o estrecho de Magallanes, tan útil como digno de eterna memoria, pues al mismo tiempo que se nos facilitaba el conocimiento de este paso, no sólo se lograría reconocer si las islas Galápagos y la de Cocos, situadas en el mar Pacífico, próximas a la línea equinoccial, ofrecen algún abrigo y comodidad de agua y leña; más también, extender el descubrimiento a la costa septentrional de California o Nueva Albión”.</p>
<p class="bodytext">En marzo de 1789, poco antes de la salida gaditana de la expedición de Alejandro Malaspina, Bodega recibió el encargo de volver a comandar el departamento mexicano de San Blas. Un pequeño pero selecto grupo de guardiamarinas le acompañó hacia su destino: Jacinto Camaño, Manuel Quimper, Salvador Fidalgo, Ramón Saavedra, Francisco de Eliza y Salvador Menéndez Valdés. Estos fueron los encargados de seguir explorando el Pacífico Norte al mado de Bodega, gran conocedor de aquellos territorios, con el objetivo de ampliar los dominios de España.</p>
<p>Una duda queda patente en la biografía de Juan Francisco: ¿realizó el matrimonio que tenía previsto con una joven heredera mexicana para el que había solicitado la correspondiente licencia a sus superiores?</p>
<p class="bodytext"><strong>LA CRISIS DE NUTKA</strong></p>
<p>Tras el incidente del año 1790 entre españoles e ingleses en el puerto de Nutka, en la actual isla canadiense de Vancouver, estuvo casi apunto de estallar una nueva confrontración entre ambos países. Era el tiempo de una España dirigida por Floridablanca que apenas podía permitirse abrir un nuevo frente bélico ya que sus exhaustas arcas y su lento, pero inequívoco, declinar político, no lo podían soportar. Todo había empezado cuando el Sevillano Esteban José Martínez tomó posesión del pequeño abrigo de Nutka en nombre de su Majestad. El oficial español estableció severas medidas contra la llegada a la isla de un paquebote al mando del capitán inglés James Colnett, que llevaba la pretensión de tomar posesión del territorio, formar establecimiento en él y fortificarse. Poco tiempo después del apresamiento del navío inglés arribaron a Nutka una goleta y una balandra británica, que también fueron apresadas por Martínez. Vistas las complicaciones que podrían derivarse del control de aquellos lejanos lugares ante las declaradas apetencias territoriales de las emergentes potencias rivales, el gobierno español ordenó fortificar Nutka emplazado en el islote de San Miguel “una batería bien situada para defender el Puerto y las embarcaciones surtas en él”. Al mismo tiempo, se destacó al teniente de navío Francisco de Eliza “como comandante de un establecimiento provisional”, al mando de setenta y seis hombres de la Primera Compañía Franca de Voluntarios de Cataluñá dirigidos por su capitan Pedro Alberni. Esta es la razón por la que en los dibujos realizados por los pintores de la expedición Malaspina, que recorrió aquellos lugares en el verano de 1791, aparezcan a menudo individuos tocados con la famosa barretina catalana. Por cierto, el futuro brigadier Alejandro Malaspina, al avistar las costas de Nutka, dejó escrito en su Diario unas significativas palabras referidas al conflicto bélico que estuvo a punto de enfrentar a España con Inglaterra: “No ignorábamos de antemano la existencia de un establecimiento nuestro en estas costas; no ignorábamos cuántos caudales se habían derramado y cuánta sangre pudo haberse esparcido para sostener su legítima posesión”.</p>
<p class="bodytext">La Corte de España, al tener conocimiento del incidente con los buques ingleses, urgió a su embajador en Londres para que hiciese una exposición de lo ocurrido ante el gobierno británico, cosa que realizó el 10 de febrero de 1790, reclamando castigo para los infractores y su abstención en lo venidero de intentar establecimiento y comercios en los territorios de soberanía española. Por su parte, el ministro William Pitt contraatacó el 26 de febrero de 1790 afirmando que “el acto de violencia” lo había cometido la Corona española; exigía “la inmediata restitución de los navíos” y que el gobierno español “le ofreciese una satisfacción justa y proporcionada sobre un acto tan injurioso para la Gran Bretaña”. Este incidente se vio agigantado con las declaraciones del capitán inglés John Meares, que había estado en Nutka en 1785 y 1786. El marino británico presentó presentó en mayo de 1790 ante la Cámara de los Comunes un memorial por el que demostraba la compra de terrenos en Nutka a su cacique Macuina y que había llevado a cabo la construcción de unas barracas, lo que evidentemente le otorgaba legitimidad a su toma de posesi´´on. Esto lo complicaba todo. Especialmente para España.</p>
<p>Floridablanca, primer secretario de Estado español, era consciente del verdadero motivo que impulsaba al Reino Unido a la disputa de aquel territorio y así lo dejó escrito: “Se valió la Inglaterra del pretexto del suceso de Nutka, en el Mar Pacífico, para armarse, amenazar y pensar en la ruina de nuestro comercio de Indias y de nuestra Marina”. Pero, y a pesar de que Floridablanca ordenó preparativos para lo que parecia una inminente confrontacion bélica en respuesta a los mivimientos navales efectuados por Gran Bretaña en el canal de la Mancha, también se intensificaron los contactos diplomáticos para tratar de llegar a algún tipo de acuerdo que evitara males mucho mayores para la integridad territotial de nuestras colonias americanas. Al fin y al cabo, Nutka era una isla perdida en el norte del Pacifico americano&#8230; Tras el fracaso de una hipotética alianza con Frnacia, sumida en una profunda crisis política después del triunfo revolucionario, y tras constatar que los Países Bajos apoyaban militarmente a Gran Bretaña, Floridablanca no tuvo más remedio que someter a consideración británica una propuesta basada en cuatro puntos. Por el primero, españoles y británicos podrían convivir en Nutka, devolviéndose a los ingleses los edificios y terrenos de que hablaba Meares. Por el segundo, se remitía a un futuro reglamento que determinaría “los derechos de las dos Naciones en los mares del Sur, y en el Oceáno Pacífico”, absteniéndose los navíos inglesea “de acercarse a las costas y puertos de España”. Por el tercer apartado, se sometían a las respectivas Cortes los motivos de queja o infracción de los artículos anteriores, advirtiendo severamente que los “oficiales de una y otra parte” se abstuvieran de cometer violencia alguna. El cuarto punto, señalaba un plazo de seis semanas para ratificar los artículos anteriores y, una vez efectuada, se suspenderían “por una y otra parte todos los preparativos de guerra”.</p>
<p class="bodytext">Con algunas matizaciones posteriores, éste fue el acuerdo que se firmó en El Escorial el 28 de octubre de 1790 entre el embajador inglés, lord Alleybe Fitzherbert, y el primer ministro español, el conde de Floridablanca. Por el tratado de El Escorial, las dos naciones que pugnaban por aquel territorio septentrional americano llegaron a un principio de acuerdo, deliberadamente confuso, en el que España ponía punto y final a sus apetencias sobre aquellos territorios que superaban los 48º de latitud norte. Los ingleses, a su vez, exigían que la soberanía española del Pacífico Norte americano no pasara de los límites de San Francisco, a unos 38º de latitud.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL ÚLTIMO VIAJE DE BODEGA</strong></p>
<p>Para la observancia y discusión sobre el ambiguo tratado, en lo que concernía a los límites de las posesiones españolas, Bodega y Quadra, como responsables del departamento de San Blas, fue comisionado por el virrey Revillagigedo para solventar esta espinosa cuestión y llegó a Nutka en 1792. Allí se encontro con el enviado británico, el marino Georges Vancouver. A pesar de las órdenes explícitas que llevaba Bodega y Quadra de “dejar y entregar a los infleses todo lo que de alguna manera verifiquen tocantes en los puertos y costas de Nutka”, el comandante de San Blas no tenía ningún interes en entregar aquel territorio, que consideraba como propio, a los britanicos y se aprovechó de la indefinición de alguna cláusula, como la qu etrataba del límite de las posesiones españolas y la fijación de los territorios adquiridos por Meares antes de 1789, para provocar una larga, amistosa e inútil negociación con su rival Vancouver. Así lo explicitaba claramente Bodega: “No considero a la Inglaterra con derecho a reclamar la propiedad del puerto de Nutka, ni a la España en la obligación de hacer esta cesión, ni resarcir el menor daño, pues aunque Cook lo visitó en el año 1778 y después lo han visitado distintos viajeros, Pérez lo descubrió el de 74 y Martínez se estableció el de 89 con gusto de sus naturales, sin oposición ni violencia, como consta de los adjuntos documetno; en ellos se comprueba que a su arribo no encontró edificio alguno, que Meares sólo tuvo una pequeña barraca que ya no existía, ni se hallaba en el paraje cultivado, que la Efigenia pertenecía a los portugueses, que Colnerr dio sobrado motivo a que se le arrestase y, en fin, que Macuina, jefe de aquella ranchería, confiesa la cesión que a nosotros ha hecho y niega la compra que supone Meares”.</p>
<p class="bodytext">Por su parte, el marino inglés Vancouver rechazó, cortésmente, eso sí, los argumentos del español insistiendo “en la entrega de los edificios, distritos y porciones de terreno que ocupaban los vasallos de S.M.B. en el puerto de Nutca hacía 1789” Al parecer, las discrepancias políticas entre ambos militares no impidieron que naciese entre ellos una buena amistad, tal y como consta en las Memorias del oficial británico que están plagadas de referencias cordiales y de estima hacia el trato exquisito que le dispensó Bodega. Hasta tal punto trabaron una respetuosa amistad que, de mutuo consentimiento y en señal de respeto, antes de despedirse sin ningún tipo de acuerdo diplomático, en diciembre d e1792, ambos oficiales decidieron bautizar aquel territorio como “la gran isla de Quadra y Vancouver”.</p>
<p>Parece obvio señalar que el paso del tiempo y el peso de la historia, escrita poco después por aquellas tierras en lengua inglesa, ha hecho desaparecer, prácticamente, el nombre de Bodega del lugar. Territorio de que el propio Juan Francisco dejó escrito estas sentidas y proféticas palabras: “ El puerto de Nutca es el de mejores proporciones que se encuentra en toda la costa; en él se inverna sin recelo, se entra y sale con prontitud a cualquier hora, sus habitantes son dóciles, el clima sano, no le falta terreno para siembras ni maderas de construcción; en sus inmediaciones abunda la peletería y, en una palabra, a pesar de los informes que tenía y el juicio que me debió, veo hoy que es el único, sin reserva nuestros presidios, en que se pueda formar un establecimiento ventajoso y útil al comercio”. Al poco de regresar de su expedición a Nutka, Bodega enfermó seriamente. Parecía evidente que el insano clima de San Blas no estaba hecho para él. Una misiva suya al nuevo virrey, Revillagigedo, escrita en marzo de 1793, nos habla de sus sufrimientos: “Ha muchos días que vivo mortificado de un dolor que ya no me es posible resistir”.</p>
<p class="bodytext">Pocos días después, todo concluía para Bodega. El 29 de marzo de 1794, algún desconocido escribió un pequeño apunte en un diario, anotación que ha llegado hasta nuestros días: “[Y este día] en México, en el convento de San Fernando, se enterró al coronel y comandante del Departamento de San Blas, don Juan de la Cuadra”. Poco más explícita fue la misiva con que le virrey Revillagigedo anunciaba al ministro de Marina el óbito del ilustre marino limeño: “El 26 del corriente falleció de muerte natural en esta ciudad el capitán de navío don Juan Francisco de la Bodega y Quadra, comandante de marina de San Blas, a quien había permitido pasar a ella con el fin de restablecerse”. Bodega y Quadra apenas contaba cincuenta años de edad cuando falleció, asistido por sus dos criados de siempre. La relación de los bienes dejados en su testamento habla bien claro de las fuertes dificultades económicas por las que tuvo que pasar aquel ilustre explorador español nacido en Lima.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/hezeta-bodega-quadra-1775/">Bruno de Hezeta y J. F. Bodega y Quadra (1775)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Gaspar de Portolá y Fray Junípero Serra (1769)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-reconocimiento-de-california-gaspar-de-portola-y-fray-junipero-serra-1769/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 26 Mar 2020 11:54:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Reconocimiento de California]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones de la ilustración]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999 Fue la cruz y no la espada la que impulsó la colonización de los territorios del oeste norteamericano conocidos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3353" class="csc-default">
<p><strong>Pedro Páramo</strong></p>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados del siglo XVIII» SGE. 1999</p>
</div>
<div id="c3354" class="csc-default">
<p class="bodytext">Fue la cruz y no la espada la que impulsó la colonización de los territorios del oeste norteamericano conocidos actualmente con el nombre de California. Durante un largo siglo y medio, desde 1534 a 1697, la Corona española intentó sin éxito incorporar a su imperio las Californias que hoy conocemos, la mexicana (dividida en dos estados: Baja California Norte y Baja California Sur) y la California estadounidense. Las razones de tan persistente empeño variaron a lo largo de la historia: Hernán Cortés se embarcaría en busca de un paso oceánico para intentar la conquista de la mítica tierra de la reina Calafia; otros le seguirían años despues en busca de fabulosos tesoros de oro, plata y perlas; los virreyes de Nueva España, cumpliendo órdenes de Madrid, fletarían varias expediciones tratando de hallar un buen puerto de abrigo para los barcos que traían hasta Acapulco las riquezas de Filipinas, y de este archipiélago partirían algunas flotas con este propósito. Sin embargo, no sería hasta las postrimerías del siglo XVII y durante el siglo XVIII cuando los españole lograrían afincarse en aquellas tierras desconocidas, y no en torno a cuarteles o fortaleza, sino a modestas iglesias levantadas por esforzados frailes movidos por la fuerza de la fe. En la historia de la colonización de California los nombres de los conquistadores y soldados aparecen con letra pequeña; las mayúsculas están reservadas para los intrépidos religiosos que se adentraron en aquellos territorios inexplorados sin otras armas que la cruz y sus devocionarios, como los padres Kino, Juan María de Salvatierra, fray Francisco Palou o fray Junípero Serra.</p>
<p>California es un enigma que se forma en la nebulosa de los primeros tiempos del descubrimiento y se mantiene a caballo de la realidad y la fantasía de los pobladores de Nueva España (México) por casi doscientos años. Durante dos siglos se ignora todo de esta tierra, como el origen de su nombre o su extensión. Lo único cierto sobre su denominación es que así fue como llamó Hernán Cortés al puerto en que desembarcó en 1534; otros nombres que le fueron asignados no tuvieron fortuna, como Nueva Albión, dado por Francis Drake, o el de Isla Carolina, elegido por el padre jesuita Schere y el geógrafo francés De Fer en tiempos de Carlos II, cuando se creía que se trataba de una isla. Sobre la etimología de nombre tan eufórico todavía se discute, y existen interpretaciones para todos los gustos. En cuanto a la superficie de este territorio que va desde los 23º a los 42º de latitud norte, algunos autores la redujeron en la primera época a la que ahora es la península de Baja California y otros la extendieron hasta el territorio apache y Nuevo México.</p>
<p class="bodytext">El terreno no daba facilidades a los exploradores. Una descripción del siglo XVIII nos pinta la península de Baja California, que conocieron los españoles en el siglo XVI, como lugar “desagradable y hórrido, y su terreno quebrado, árido, sobre manera pedregoso y arenoso, falto de agua y cubierto de plantas espinosas donde es capaz de producir vegetales, y donde no, de inmensos montones de piedra y arena”. “El aire –continúa la descripción- es caliente y seco, y en los dos mares pernicioso a los navegantes, pues cuando se sube a cierta latitud, ocasiona un escorbuto mortal. Los torbellinos que a veces se forman son tan furiosos, que desarraigan los árboles y arrebatan consigo las cabañas. Las lluvias son tan raras, que si en un año caen dos o tres aguaceros, se tienen por felices los californianos. Las fuentes son muy pocas y escasas. En cuanto a los ríos, no hay ni uno en toda la península”. Nada de esto sabía Hernán Cortés cuando, tras la conquista del imperio azteca y después de haberse apoderado del reino de Michoacán, puso sus ojos en los territorios del noroeste con el fin de extender sus dominios y engrandecerse a los ojos del emperador Carlos V.</p>
<p>En 1534, después de varias exploraciones de la costa del Pacífico, Cortés mandó construir dos barcos en Tehuantepec para navegar hacia el norte: el Concepción, que puso a las órdenes de su pariente Diego Becerra de Mendoza, y el San Lázaro, a cargo del experimentado capitán Fernando de Grijalva. Los navíos zarparon juntos, pero en la primera noche se separaron para no volver a juntarse jamás. Grijalva, luego de navegar durante varios meses, descubrió algunas islas y regresó a Acapulco. Becerra surcó las costas septentrionales de México pero, debido a su altivez, tuvo problemas con la tripulación y fue asesinado mientras dormía por su piloto, el vizcaíno Ordoño (o Fortún, según distintos autores) Jiménez. Éste, después de desembarcar en las costas del actual estado de Michoacán a dos franciscanos que iban en el barco y algunos de los heridos durante la refriega a bordo, huyó con rumbo norte. Se cuenta que él fue el primer europeo en poner pie en tierra californiana, en un puerto llamado por los amotinados Seno de la Cruz, y allí fue matado por los aborígenes junto con otros veinte españoles. Los tripulantes que lograron salvar la vida levaron anclas y acertaron a arribar al puerto de Chiametla de Nueva Vizcaya, donde mostraron algunas perlas y relataron haber descubierto una tierra buena y bien poblada.</p>
<p class="bodytext">Estas informaciones alentaron los deseos de Hernán Cortés de capitanear él mismo una gran expedición. Tras un accidentado viaje encontró un buen puerto natural junto al cabo San Lucas y lo bautizó con el nombre de California. El conquistador de México, sin embargo, pronto se vio obligado a abandonar los territorios descubiertos. En Nueva España circuló el rumor de que Cortés había muerto y se temía una sublevación de los aztecas. Además, Francisco Pizarro reclamaba su ayuda desde Perú: necesitaba barcos y armas para extender su empresa en el Pacífico del Sur. Con tan honrosos pretextos para salir de una aventura que le había costado una fortuna Cortés volvió a México a principios de 1537. No tardaron en seguirle su lugarteniente, Francisco de Ulloa, y toda la gente que había dejado en California, cuyas aguas habían sido bautizadas ya como mar de Cortés, y del Pacífico. La expedición navegó durante un año y, de nuevo por falta de víveres, se vio obligada a regresar a México. Sus exploraciones, sin embargo, dieron a conocer que California era una península y no una isla como algunos sospechaban.</p>
<p>Alo tiempo que Cortés regresaba de su aventura californiana, apareció en México un esforzado personaje con otros tres supervivientes del naufragio sufrido por la expedición de Pánfio Narváez diez años antes, en 1527, por las costas de Florida y que, tras recorrer todo lo que es actualmente el sur de los Estados Unidos y el norte de México, se habían presentado en Culiacán, hoy capital del estado mexicano de Sinaloa, acompañados de un grupo de indios. Álvar Núñez Cabeza de Vaca, entre otras muchas curiosas que contaba de su epopeya en tierras inexploradas y pueblos desconocidos, aseguraba que en el golfo de California abundaban las perlas. En esas mismas fechas, un fraile franciscano, Marcos de Niza, extendía por la capital el rumor de la existencia en el norte de las siete ciudades de Cíbola, con suntuosas casas de piedra de hasta cuatro pisos y con las fachadas cubiertas de turquesas. El virrey Antonio de Mendoza vio en estos relatos la oportunidad de superar la gloria de Cortés e hizo salir en 1539 dos armadas, una por tierra, a las órdenes de Francisco Vázquez Coronado, y otra por mar, bajo el mando de Francisco de Alarcón, con instrucciones para reunirse en algún puerto del Pacífico a los 36º de latitud norte. Pero las expediciones no se encontraron nunca ni hicieron nada digno de memoria, salvo reseñar lugares que con su presencia adquirieron constancia histórica. Coronado, que partió con más de mil hombres, llego hasta Quibiria, población situada, según aseguraba, en los 40º de latitud norte. Lo que allí encontraron es descrito así por Coronado: “unos llanos tan sin seña como si estuviéramos engolfados en la mar, porque todos ellos no hay una piedra ni cuesta ni árbol ni mata que se le parezca”. De la expedición de Alarcón sólo consta la carta delineada por el piloto Domindo del Castilla en 1541, la más antigua sobre las costas occidentales de México, en la que se pinta California como una península, aunque geógrafos extranjeros se empeñaron durante décadas en dibujarla a modo de isla.</p>
<p class="bodytext">En 1540 el virrey envió dos navíos a las órdenes del portugués Juan Rodríguez Cabrilla, honrado, valiente y práctico en la Marina, a explorar la costa occidental de California hasta que encontraran el final del continente americano. Cabrillo alcanzó las costas de la Alta California, la bahía de Monterrey y sobrepasó la de San Francisco, que no llegó a ver, quizá por lo estrecho de la entrada de la bahía, o tal vez por las abundantes nieblas de aquella zona. Un temporal le obligó a retroceder hasta la isla de San Miguel, en el canal de Santa Bárbara, donde murió. El piloto mayor de la flota, Bartolomé Ferrelo, continuó la navegación hacía el norte, rebasó y dio nombre al cabo Mendocino en honor del virrey de Nueva España, llegó al cabo Fortuna en enero de 1543 y, finalmente, en marzo, alcanzó los 43º de latitud norte, en las actuales costas de Oregón, donde el frío proveniente de las cumbres nevadas que se avistaban desde la costa y la falta de alimentos les aconsejaron volver al puerto de donde habían partido diez meses antes.</p>
<p>Durante el medio siglo siguiente California perdió interés para los españoles. Sólo en 1586, cuando se conoció en México que corsarios ingleses, entre ellos Francis Drake, se hallaban en la Península, la Corona española se inquietó y empezó a considerar el valor estratégico de aquel territorio abandonado. España había invertido más de dos décadas y había pagado un alto precio en vidas y naufragios para encontrar en el mar una ruta segura que condujera sus barcos desde las Filipinas a Nueva España. Una vez en México, las mercancías se trasladaban desde Acapulco, en el Pacífico, hasta Veracruz, en el Atlántico, donde se reembarcaban para la península Ibérica. En 1565 el monje guipuzcoano Andrés Urdaneta había descubierto que el camino más corto entre el archipiélago y las costas americanas pasaba por dar un rodeo desde Manila, en el paralelo 16º, hasta Acapulco, en el 20º, subiendo hasta el paralelo 40º por encima del cabo Mendocino, en California, para aprovechar la corriente de Kuro-Shivo y luego viajar hacia el sur hasta encontrar las costas mexicanas. El rey Felipe II ordenó entonces al conde de Monterrey, virrey de México, que fortificara y poblara los puertos de California para que sirvieran de abrigo de la mar y de defensa contra los corsarios extranjeros a la flota de Filipinas. En 1596 partió de Acapulco una nueva expedición formada por tres navíos que anclaron en el puerto natural al que dieron el nombre de La Paz porque allí fueron recibidos amistosamente por los indios. Desembarcaron y levantaron algunas cabañas; la mas grande de todas la dedicaron a iglesia, en la que se oficiaron las primeras misas de California. Allí acudían asombrados los aborígenes, que se acercaban sin temor a los españoles para ofrecerles pescados, frutas y perlas.</p>
<p class="bodytext">El jesuita Francisco Xavier Clavijero, uno de los más rigurosos historiadores de la actividad de la Compañía de Jesús en México, describió en 1787, en su Historia de la Antigua California, la vida de estos indígenas: “poco diferentes a la de las bestias. Los californianos eran del todo bárbaros y salvajes y no tenían conocimiento de la arquitectura, de la agricultura ni de otras muchas artes útiles a la vida humana”- escribe este jesuita mexicano, hijo de español y de criolla-. “En toda aquella península no se halló una casa ni vestigio de ella, ni tampoco una cabaña, una vasija de barro, un instrumento de metal o un lienzo cualquiera. Sus habitantes se sustentaban con aquellas frutas que se producen espontáneamente o con los animales que cazaban y pescaban, sin tomarse el trabajo de cultivar la tierra, de sembrar o de criar animales. Comían, y aún comen al presente a causa de miseria, muchas cosas que para nosotros no son comestibles, como raíces y frutas muy amargas o insípidas, gusanos, arañas, langostas, lagartijas, culebras, gatos y leones y hasta pieles secas. Un perro es para ellos tan apreciable como para nosotros un cabrito. Pero jamás los obligó su hambre a alimentarse de carne humana y aun se abstuvieron de comer tejón porque les parecía semejante al hombre. En su comidas hacen cosas verdaderamente extrañas. En el tiempo de las cosechas de las pitahaya separan con indecible paciencia los pequeñísimos granos de la fruta que quedan sin digerirse, los tuestan, los muelen y reducidos a harina los conservan para comerlos después del invierno. Algunos españoles dan a esta operación el nombre burlesco de segunda cosecha de pitahayas”, concluye con humor Clavijero.</p>
<p>Las tribus que encontraron los primeros exploradores españoles pertenecientes a tres grandes familias o naciones- pericúes, guaicuras y cochimíes- estaban compuestas por varias familias consanguíneas agrupadas en torno a alguna fuente, sin más techo que el cielo ni más lecho que el suelo desnudo. Usaban la sombra de los árboles para defenderse del calor y las cuevas en las noches más frías del año. Los hombres andaban desnudos; las mujeres, por el contrario, en opinión del historiador jesuita, “se portan en este punto de muy distinto modo que los hombres, pues en toda la península no se ha visto una que dejase de cubrir su honestidad de algún modo”, generalmente de cuerdecillas vegetales llenas de nudos o de algunas pieles. A los niños pequeños, como no tenían con que defenderlos de la intemperie, los “barnizaban” con carbón molido y orina fresca. Los californios eran polígamos y las mujeres cargaban con el peso de las tareas más duras, como la recolección o la fabricación de útiles y herramientas. El adulterio era un grave delito que solía terminar en luchas sangrientas. Sus conocimientos eran muy simples: para contar, por ejemplo, sólo tenían palabras para cuatro numerales; para el cinco decían “una mano entera”, seia era “una mano entera” y uno; diez eran “todas las manos”, quince, “todas las manos y un pie”. No tenían noción de la historia: vagamente se referian a sus más lejanos antepasados como gentes llegadas del norte. La religión era un concepto vacío para ellos. “No tenían templos, altares simulacros, sacerdotes ni sacrificios- explica Clavijero-, y por tanto no se halló entre ellos ningún vestigio de idolatría”.</p>
<p class="bodytext">Los españoles permanecieron en La Paz dos meses, lo que duraron los víveres que llevaban. Rafael Vizcaíno llego a la conclusión de que la vida en aquellas tierras inhóspitas era insostenible y decidió regresar a México para informar al virrey de su fracaso. Tres años después, en 1599, Vizcaíno recibió la orden del rey Felipe III de que, a expensas del real erario y sin reparar en costos, equipase una armada y partiera de nuevo a explorar la costa occidental. Vizcaíno salió con su flota de Acapulco el 5 de mayo de 1602 y alcanzo el cabo blanco, a 43º de latitud norte. Invirtieron nueve meses en el viajes puesto que navegaban contra el viento dominante del noroeste e iban deteniéndose a sondar los puertos y reconocer la costa. Pero el escorbuto mino la moral de las tripulaciones y la flota se vio obligada a volver a Nueva España. A partir de ese momento, la exploración de California estuvo a cargo de distintas empresas, unas financiadas por la Corona en su afán de hallar u puerto seguro par los navíos de la ruta de Filipinas, y otra s por particulares para la explotación de las riquezas naturales del territorio, especialmente perlas. De 1602 hasta 1697, cuando los españoles se asentaron defenitivamenta en California, salieron de México once expediciones diferentes y la codicia de algunas de ellas provoco la inquina de los nativos hacia los españoles. La pesca de las ostras perlíferas dio lugar a grandes fortunas.</p>
<p>En 1677, el rey Carlos II mandó que fuera enviada una nueva expedición a California y se encomendó al almirante Isidoro Atondo y Antillon, quien zarpo del puerto de Chialetla el 18 de marzo de 1683 con mas de cien hombres, entre ellos tres jesuitas destinados a la conversión de los indios. Uno de estos era el padre Eusebio Francisco kino –su apellido era realmente Kühn-, natural de Trento, docto matemático y con experiencia en misiones, que obtuvo el empleo de Cosmógrafo mayor. “Habiendo llegado después de catorce días de navegación al puerto de la Paz –relata Francisco Xavier Clavijero”, no vieron en los primeros cinco días ningún indio; pero luego que desembarcaron y comenzaron a formar su campamento, aparecieron a los lejos algunos bárbaros armados y pintados de varios colores, como lo acostumbraban hacer para ir a la guerra, los cuales con clamores y señas daban a entender a los españoles que no los querian en su pais, porquesu natural mansedumbre esaba cansada de sufrir vejaciones de los pescadores de perlas”. Los soldados se atrincheraron en el campamento, pero los tres misioneros se encaminaron hacia los indios con algunas viandas que dejaron en el suelo y retrocedieron. Los indios se abalanzaron sobre ellas; luego corrieron detrás de los religiosos pidiéndoles mas y los acompañaron hasta el interior del campamento. Pocos días después de levantaron algunas chozas destinándose una de ellas al culto. Los indígenas dormían mezclados con los soldados. Sin embargo, en días sucesivos se presentaron nuevos indios de la nación guaicura con animo hostil y se entablo un combate en el que los españoles hicieron uso de sus armas de fuego y mataron a una docena de ellos.</p>
<p class="bodytext">Atondo descubrió luego otro puerto mas al norte al que llamo San bruno, donde se levantaron cabañas y se erigió otra iglesia. Mientras el almirante y su tropa recorrían los alrededores, los jesuitas aprendieron la lengua cochimi a la que tradujeron burdamente el catecismo. Aunque llegaron a tener hasta cuatrocientos catecúmenos, solo quisieron bautizar a los que estaban en peligro de muerte porque no tenían la seguridad de permanecer mucho tiempo en aquel lugar. La esterilidad de la tierra y el mal clima, que dificultaba la conservación de los alimentos, una vez más habían minado la moral de los soldados y convencido a todos de la conveniencia de abandonar al empresa. Tres años después todos regresaron a Nueva España. California parecía inhabitable para los europeos y el virrey decidió no invertir un peso mas en colonizar aquellas tierras. Algunas expediciones privadas que lo intentaron corrieron igual suerte y se vieron obligadas a desertar.</p>
<p>Pero el “veneno” de California había entrado en el cuerpo de los jesuitas que acompañaron al almirante Atondo y Antillon y que, a su regreso, fueron destinados a las misiones del norte de Nueva España. El padre Kino, al pasar por las provincias de Tepehuana y Sinaloa inflamó los ánimos de jóvenes misioneros de la Compañía de Jesús animándoles a convertir a los desamparados californianos. Uno de los que se sintió vivamente conmovido por el mensaje del padre Kino fue el padre Juan María de Salvatierra, español de sangre noble nacido en Milán, llegado de México en 1675. Durante diez años, Kino y Salvatierra visitaron a los hombres poderosos de México y consiguieron los primeros dineros para financiar el intento de colonización de aquellos territorios; apelaron luego a los mas nobles sentimientos de las autoridades y llegaron a convencer sobre la necesidad de evangelizacion de los californianos a sus superiones primero, como el padre Juan de Ugarte, luego al virrey y hasta el mismisimo rey. Tras el precectivo informe de la Audencia, el 6 de febrero de 1697 el virrey accedio a los deseos de los padres Kino y Salvatierra y les concedio un permiso que decia: “para la entrada a las provincias de Californias y que puedan reducir a los Gentiles de ellas el Gremio de nuestra sancta fee Catholica; con calidad de que sin orden de Su Magestad no sea de Poder librar ni gastar cossa Alguna de su R. Hacienda en esta Conquista”. Es decir, autorización plena, pero sin aportación de un solo peso. Se les permitía llevar soldados para su seguridad, pero a su cargo. Y así, quizá por primera vez en la historia, una orden religiosa asumía la dirección y la responsabilidad de una empresa colonizadora. Donde había fracasado la espada iba a obtener éxito la cruz.</p>
<p class="bodytext">El 10 de octubre de 1697 el padre Sallvatierra partió en una galeota prestada con una tropa de nueve hombres, tres indios, un cabo y cinco hombres de diferentes naciones que nueve días más tarde desembarcaron en la bahía de San Dionisio. Los españoles fueron muy bien recibidos por el medio centenar de indios que habitaban en aquella playa, a los que se unierón después otros llegados de San Bruno que, evangelizados años antes por el padre Kino, besaban las imágenes de la Virgen y el crucifijo. Cerca de una fuente se instaló el poblado, en torno al cual se cavó una zanja para que sieviera de trinchera; en el pabellón destinado a iglesia se colocó la imagen de la Virgen de Loreto, traída por el padre Salvatierra, después de la ceremonia obligada de tomar posesión de aquella tierra en nombre del rey católico. A la misión le puso el nombre de Loreto y más adelante acabaría siendo la capital de la provincia. Salvatierra, como responsable de la expedición, administraba el poblado, colaboraba en las tareas de seguridad y evangelizaba a los indígenas sirviendose del rudimentario catecismo elaborado por sus predecesores, al tiempo que aprendía la lengua de los indios. Despues del ejercicio diario de la doctrina, daba a todos los asistentes un platillo de pozole (maíz cocido) y aquello atría a numerosos feligreses. Pero aquel pozole milagroso pronto se convirtió en una fuente de problemas. Los indígenas exigían cada vez raciones más abundantes y empezaron a manifestar su descontento importunado a los españoles y robándoles lo que podían. La tensión provocó algunas escaramuzas con indios armados y finalmente, el 13 de noviembre, medio millar de guaicural intentaron apoderarse del poblado. Los españoles dispararon sus armas de fuego y mataron a algunos “no muchos-dice el historiador- porque viendo un estrago que no solían hacer sus armas, se desordenaron y huyeron”. Al día siguiente las mujeres indígenas se presentaron en el campamento para hacer las paces y entregar a sus hijos como rehenes, pero el padre Salvatierra les prometió paz y olvido de lo sucedido si los inculpados enmendaban realmente su actitud y aceptaban de buen grado la presencia de los españoles.</p>
<p class="bodytext">La agitada historia de la fundación de la misión Loreto se habría de repetir durante casi un siglo en la Baja y Alta California: por un lado los misioneros trataban de acercarse a los indios para conocer su idioma y sus costumbres a fin de conducirlos a la doctrina cristina y, por otro, los indios se subleban intermitentemente, unas veces impulsados por la necesidad otros jaleados por sus hechiceros. La codicia de los colonos, los agravios a las mujeres o los abusos de los soldados encendieron la mecha de nuevos motines y asaltos a las misiones en numerosas ocasiones.</p>
<p>No hubo más incidentes en Loreto hasta el mes de abril de 1698 en que los guamas (hechiceros) sublevaron a los indígenas y se repitió el aslto al poblado con el mismo resultado que el anterior: algunos indios muertos y de nuevo la rendición de los asaltantes. La misión se afianza a pesar de estos sucesos. Los bienhechores de México enviaban regularmente navíos cargados con vívires, animales domésticos y útiles. La guarnición se amplió con más soldados. Mejor equipados y auxiliados por las caballerias, los misioneros decidieron explorar los alrededores del primer poblado y así, en noviembre de 1699, inauguran una segunda misión en un lugar donde había agua y tierras apropiadas para el cultivo llamado Viggé-Biaundó y la bautizaron con el nombre de San Francisco Javier. En 1700 ya eran setenta los colonos afincados en California y las necesidades y las necesidades de la colonia se habían multiplicado. Los jesuítas disponían ya de una pequeña flota que hacía viajes constantes a Nueva España, aunque los sustentos básicos resultaban cada vez más gravosos. Cuantos escritos habían dirigido los misioneros al virrey solicitando su ayuda, pues la colonización, al cabo de casi tres años, se había consolidado, quedaron sin respuesta. Con el tiempo, surgieron nuevos problemas: en México, los enemigos de la Compañía de Jesús extendieron el rumor de que los jesuitas estaban obteniendo fabulosas riquezas explotando las perlas que ellos no dejaban pescar a los colonos y los militares que se hallaban en California a su costa y comenzaron a cuestionar la autoridad de los religiosos. Aquel clima de desconfianza hizo que muchos de los patrocinadores de las misiones retiraran su ayuda y la situación se hizo insotenible en aquellas condiciones. Al final del año, el padre Salvatierra se vio obligado a licenciar a dieciocho soldados.</p>
<p class="bodytext">A la muerte de Carlos II, su sucesor, Felipe V, se interesó por aquellos remotos territorios del Imperio y en 1703 recibió un memorial de la Compañía de Jesús en el que se le informó del estado de las misiones y que fue leído en el Supremo del Consejo de Indias. La Corona ordena entonces al virrey de México que suministre anualmente a aquellas misiones lo mismo que venía aportando a las de Sonora y Nueva Vizcaya; que establezca un presidio (fuerte) de treinta soldados con su capitán en el punto más septentrional posible de la costa del Pacífico para proteger y ayudar a los barcos de Filipinas; que mande familias pobres a poblar las regiones recién descubiertas; y que diera cada año trece mil pesos a estas misiones. El virrey, apoyado por el fiscal que recordó la condición aceptada por los jesuitas de no percibir ayuda alguna de la Real Hacienda al recibir la licencia para la colonización de California, no hizo caso de la orden llegada de España.</p>
<p>En el etretanto, el padre Juan de Ugarte, hombre corpulento, de gran fortaleza –en alguna ocasión “convirtió” a los indígenas rebeldes peleando cuerpo a cuerpo con ellos- y de conocimientos muy variados, había logrado desmontar algunos terrenos y sembrar en ellos trigo, maíz, verduras, hortalizas, e incluso plantó una viña, la primera que hubo en la península. “El excelente vino que se cosechaba servía para todas las misas que se celebraban en las misiones –cuenta clavijero-, y el sobrante se mandaba a la Nueva España regalado a los bienhechores”. Las misiones seguirían adelante gracias a sus escasos recursos, a las limosnas de sus patrocinadores y a los víveres enviados regularmente por los hermanos de la costa mexicana. En 1717 murió el infatigable padre Salvatierra a los setenta años, enfermo de “piedra en la orina”, cuando se trasladaba a México para explicar una vez más al virrey recién llegado la penosa situación de las cinco misiones. El nuevo virrey, el marqués de Valero, mostró desde el comienzo de su mandato su preocupación por lo que ocurría en California y ordenó que se pagasen 18.276 pesos cada año para el mantenimiento de soldados y marineros y que se comprara un nuevo barco para el transporte de víveres. Diez años más tarde, las misiones se habían ampliado a diez, se habían convertido treinta y dos tribus y se habían bautizado 1.707 indígenas.</p>
<p class="bodytext">El asentamiento de una misión en aquella época constaba de una iglesia, la habitación del misionero, el almacén, la casa de los soldados, las escuelas para los niños de uno y otro sexo y varias casitas más para las familias de los neófitos. El edificio más sólido, la iglesia, tenía el armazón de madera, las paredes de adobe y el techo de varas o cañas cubiertas de juncos. Una casa se construía plantando cuatro horcones en los cuatro ángulos de la estancia y a ellos se ataban con correas de cuero tanto los palos que servían de paredes como las varas o cañas del techo.</p>
<p>La vida en la misión comenzaba al amanecer con el disparo que hacía el soldado que estaba de guardia y, después de la misa, cada uno iba a su trabajo. Los niños aprendían en la escuela, al tiempo que la doctrina, las letras y los números, a cantar y a tocar algún instrumento. La jornada terminaba al anochecer con el rezo del rosario. La comunidad la dirigía el misionero, que era quien repartía las tareas y ordenaba el reparto de atole (gachas de maíz) del desayuno y el pozole del mediodía y de la noche, al que cuando se podía se añadía alguna carne o verdura. El capitán de Loreto actuaba también como gobernador y juez, controlaba los permisos de la pesca de perlas y cobraba el impuesto real a los pescadores. Los soldados desplazados a las misiones podían castigar los delitos menos graves, cuyas penas se reducían a seis u ocho azotes o a algunos días de presión; cuando se trataba de un delito que mereciese la pena de destierro o la muerte, daban cuenta al capitán autorizado para juzgar al reo, pero siempre con el consentimiento y dirección de los misioneros. Este sistema daba lugar a un juego muchas veces repetido en los procesos de pacificación en el que los soldados colaboraban con los jesuitas para atraer nuevos catecúmenos permitiendo que éstos los salvaran de los castigos. En numerosas ocasiones, después de sofocar una revuelta, los cabecillas eran condenados a muerte por el capitán, pero los misioneros intercedían en el juicio públido para que se les conmutara la pena a cambio de unos azotes. Cuando comenzaba a actuar el látigo, los religiosos volvían a interceder ante el capitán o el soldado para detenerlo y, finalmente, se llevaban al reo a su casa donde lo curaban y aleccionaban en los principios de la religión católica.</p>
<p class="bodytext">Además del trabajo permanente en la misión, los jesuitas exploraban el territorio en busca de nuevos pueblos que evangelizar, lugares idóneos para nuevas misiones, puertos más abrigados y profundos para los barcos que los abastecían. En 1706 el padre Juan de Ugarte, con cuarenta soldados, recorrío la costa occidental en busca de una bahía para la escala de los barcos de Filipinas, pero no la halló. En 1719, el padre Guillén buiscó durante veinticinco días y al fin encontró, entre los 24 y 25º norte, el puerto llamado de la Magdalena por Sebastián Vizcaíno, grande, cómodo y seguro, pero sin agua potable, sin leña, sin pastos y sin terreno susceptible de ser cultivado. En 1721, los padres Sistiaga y Helen salieron de la misión de Guadalupe y llegaron hasta los 28º norte y dieron con tres buenos puertos provistos de agua y leña; el más grande estaba poco distante del pueblo de San Miguel, perteneciente a la misión de San Javier.</p>
<p>En el otoño de 1734 estalló una rebelión de los pericúes, la belicosa tribu que habitaba la parte meriodional de la Península, donde se habían fundado hacía pocos años dos misiones. Los indígenas asesinaron a pedradas al padre mexicano Lorenzo Carrasco en la misión de Santiago, y degollaron al padre Nicilás Tamaral, sevillano, en la de San José del Cabo. Éstos han pasado a la historia como los dos primeros mártires de California. Luego se dirigieron a la Santa Rosa, en busca del padre Segismundo Taraval y como no lo encontraron allí, mataron a veintisiete neófitos. La noticia de la sublevación se estendió a los cochimíes, mil kilómetros al norte; los misioneros se concentraron entonces en Loreto, temerosos de que todos los indígenas de la Península se pusieran en pie de guerra. Se pidió ayuda a México, pero el entonces virrey, el arzobispo Antonio de Vizarrón, que no había mostrado preocupación alguna por aquellas misiones de los jesuitas, no dio crédito a los mensajeros. Sólo cuando un barco de Filipinas fue asaltado por los indígenas y el capitán informó a las autoridades de Acapulco de lo que estaba ocurriendo en California, el virrey ordenó al gobernador de Sinaloa que marchara a la Península para una operación de castigo. Dos años tardaron los españoles en sofocar la insurrección de los pericúes y las tribus que se les unieron. De los cabecillas, cinco fueron ejecutados; otros, condenados al destierro, murieron en su mayoría en una refreiga al intentar apoderarse del barco que los conducía a Nueva España.</p>
<p class="bodytext">Las noticias de la sublebación llegarón a España y el rey Felipe V se vio obligado a recordarle al virrey y a la burocracia novohispana las instrucciones que había dado en 1704 a fin de proteger las misiones californianas. Pero una vez más, la orden real, reiterada a su muerte por su hijo Fernando VI, se convirtío en papel mojado al llegar a México. Las quince misiones que actuaban entonces se mantenían, como al principio, gracias a las limosnas de bienhechores particulares pero su expansión se frenó por unos años como consecuencia de la rebelión de los pericúes y de la represión consiguiente. Además, en los años 1742, 1746 y 1748 tres tremendas apidemias hicieron estragos en los pueblos del sur. Una sexta parte de los pericúes perecieron a causa de la enfermedad, que afectó más tarde también a la población guaicura. A punto estuvo de organizarse una nueva revuelta, pues llegó a haber una mujer por cada diez hombres y los pericúes exigieron a los misioneros que trajeran mujeres yaquis para casarse con ellas. La falta de neófitos fue tanta que obligó a cerrar las misiones de Santa Rosa, San José y La Paz.</p>
<p>En 1752 se recuperó el celo fundacional al establecer la de Santa Gertrudis, a unos ciento cuarenta kilómetros al norte de la San Ignaci, fundada en 1728. De allí se partiría cuatro años más tarde para levantar la de San Francisco de Borja. En 1766 el padre Link, un teniente al mando de quince soldados y de una tropa de neófitos, se encaminaron al norte por entre las montañas y el Pacífico. Al cabo de varios días de camino dieron con un lugar en los 32º norte abundante en pastos, con un arroyo y varios manantiales y cerca de un bosque de pinos, guaribos y otros árboles. Los indígenas llamaban al lugar Guiricatá. A partir de ahí continuaron su viaje hasta los 35º. Hallaron más agua y vegetación, vieron nevar en abril y describieron a los habitantes que vivían en cabañas de madera labrada como gente más afable y menos asustadiza que los cochimíes instalados más al sur. Consideraron que aquel era un lugar apropiado para fundar una nueva misión, pero estaba muy alejado de San Francisco de Borja, unos trescientos kilómetros. Quedaría demasiado aislada dejando en medio muchos indios sin evangelizar que podían impedir la comunicación entre las dos, o al menos, hacer difícil el transportes de suministros. Por razones de seguridad, los jesuitas procuraban siempre no instituir ninguna misión sino después de haber hecho cristianos a todos los indios que habitaban entre ella y la más cercana, una precaución abandonada luego por los franciscanos. Debían por tanto construit una intermedia que les permitiera acceder a Guiricatá. Se creó entonces la misión de Santa María. Fue la última fundación de los jesuitas en California que nunca pudieron llegar a instalarse en Guiricatá, el mejor lugar que encontraron en los setenta años qu ecolonizaron la California del Sur. San Fernando de Velicatá sería la primera misión franciscana fundada por fray Jinípero en mayo de 1769. En Guricatá recibieron aquellos adelantados de la Compañía de Jesús el decreto de espulsión de los territorios españoles dictado contra ellos por el rey Carlos III.</p>
<p class="bodytext">El capitán catalán Gaspar Portolá fue el enviado por el virrey para desalojar a los jesuitas de California. Salió del puerto de Mantanchel con cincuenta soldados y acompañado por los deiciséis frailes franciscanos destinados a reemplazar a los expulsados, dirigidos por el mallorquín Junípero Serra, nacido en Petra el 24 de noviembre de 1713. Los jesuitas recibieron la orden de dejar sus misiones con la petición de que tranquilizaran a los neófitos y les exhortaran a mantenerse fieles a los nuevos misioneros. El 3 de febrero de 1768, dieciséis jesuitas abandonaron aquellas tierras; otros dieciséis quedaron allí enterrados. En setenta años habían creado veinte poblados y dieciocho misiones, aunque se vieron obligados a cerrar cuatro tras las apedemias de los años cuarenta. Dejaron bautizados a siete mil indios, prácticamente la población de toda la Península. Así acabó la empresa privada de la colonización de la California más árida y difícil.</p>
<p>La llegada de los franciscanos con el propósito de estenderse hacia el norte significa también una mayor implicación del virreinato y de la Corona en California, dispuestos a mandar los soldados necesarios para proteger las nuevas misiones y poblados y a establecer nuevos presidios. La situación internacional había cambiado y aquellos olvidados territorios del noroeste de Nueva España adquirían un nuevo valor estratégico. Cuatro meses después de la llegada de fray Junípero y sus compañeros viajó a la Península el visitador José de Gálvez con plenos poderes para dirigir la expansión californiana. En Madrid se tenía noticia de que los rusos estaban reconociendo las costas norteamericanas del Pacífico y fundando colonias dentro de las fronteras inexploradas del Imperio español. A su llegada, Gálvez ordenó que saliesen dos expediciones, una por mar y otra por tierra, a descubrir y pacificar las tierras de la Alta o Nueva California con la instrucción de juntarse ambas en el puerto de San Diego. Con la primera, que llegó a San Diergo el 11 de abril de 1769, navegó fray Juan Crespi; con la segunda caminó durante cuarenta y seís días fray Junípero, a pesar de tener inflamado y llagado un pie. A lo largo del trayecto el franciscano descubrió un terreno y unas gentes muy diferentes a los dejados en la península californiana.</p>
<p class="bodytext">“No he padecido ni hambre ni necesidad, ni la han padecido los indios neófitos que venían con nosotros –escribió Junípero-, y así han llegado todos sanos y gordos. Las misiones en el tramo que hemos visto, serán todas muy buenas, porque hay buena tierra y buenos aguajes, y ya no hay por acá ni en mucho trecho atrás piedras ni espinas: cerros si hay continuos y altísimos, pero de pura tierra&#8230;. Parras las hay buenas y gordas, y en algunas partes cargadísimas de uvas. En varios arroyos del camino y en el paraje en que nos hallamos, a más de las parras hay varias rosas de Castilla. En fin, es buena y muy distinta tierra de las de esa antigua California.” Los indígenas también causaron una excelente impresión al misionero mallorquín: “Viven muy regalados con varias semillas y con las pescas que hacen en sus balsas de tule, en forma de canoas, con lo que entran muy adentro del mar, y son afabilísimos, y todos los hombres, chicos y grandes, todos desnudos, y mujeres y niñas honestamente cubiertas, hasta las de pecho, se nos venían, así en los caminos como en los parajes, nos trataban con tanta confianza y paz como si toda la vida nos hubieran conocido.”</p>
<p>Al juntarse en San Diego las expediciones decidieron seguir avanzando hacia el norte de la misma manera: un frupo por tierra y otro en barco se encontrarían en el puerto de Monterrey descubierto por Sebastián Vizcaíno en 1603. Dos días después de la partida de todos los expedicionarios fray Junípero fundó la misión de San Diego y un mes después pudo comprobar que los aborígenes no eran tan pacíficos como pararecían. Atraídos por la comida, los indios comenzaron a efectuar pequeños robos en la misión y finalmente decidieron asaltarla para apoderarse de las ropas y utensilios de los misioneros. En el ataque perdió la vida uno de los españoles y un buen número de indios. En enero de 1770 regresó el grupo que había salido por tierra seis meses antes: no había hallado el puerto de Monterrey, pero unos doscientos kilómetros más al norte había dado con una enorme bahía, la que hoy es de San Francisco. La expedición marítima, por su lado, llego a la ensenada de Monterrey, aunque incapaz de identificarla, la llamó de Pinos y siguió su navegación hacia el norte hasta dar también con la entrada de la bahía de San Francisco, que los tripulantes creyeron cegada por bancos de arena. En abril de aquel año, de nuevo partieron otras dos expediciones, una por tierra y otra por mar, que se encontraron, esta vez sí, en la tan buscada ensenada de Vizcaíno y, el 3 de julio de 1770, se fundaron la misión y el presidio de Monterrey. La estancia del visitador José de Gálvez durante nueve meses en California y estos descubrimientos animaron al virrey, marqués de Croix, a pedir a la orden de San Francisco treinta religiosos más para atender a las nuevas tierras controladas por la Corona. Con tan notable número de refuerzos, fray Junípero inició el reconocimiento de nuevos lugares para la instalación de nuevas misiones. En 1771 fundó la de San Antonio de Padua, cambió de lugar la de San Carlos y levantó la de San Gabril, en lo que hoy es la ciudad de Los Ángeles. En 1772, los efectivos de los franciscanos se duplicaron al ordenar al virrey Antonio María de Bucareli que los dominicos se encargasen de las misiones de la Baja California.</p>
<p class="bodytext">En 1772 fray Junípero funda la misión de San Luis con el rito habitual muy similar al empleado por los jesuitas y allí los misioneros se lamentan de la dificultad de comunicarse con gentes que hablan idiomas distintos a cada paso. En el viaje que diecinueve años despué haría a California, el riojano José Longinos describe así los problemas que se planteaba a los religiosos esta “babel”: “Los gentiles de todos estos territorios, en doscientas leguas que hay de distancia estre estas dos dichas misiones, como la de Santo Tomás, San Vicente, Santo Domingo, El Rosario y San Fernando, en medio tienen como catorce idiomas en tan corto distrito, con la mortificación de haber de pasar por tres o cuatro intérpretes las preguntas o conversación con los qu ese van conquistando”. Longinos deja un vívido relato de estas tribus que “viven en sociedad y tienen domicilios fijos. Las casas –dice el naturalista- tiene juntas y muy construidas; son redondad, como un horno; la luz les entra por el centro de arriba; son espaciosas y bastantes cómodas”. De la vida cotidiana y de la sociedad de estos indios chumash llaman la atención al riojano los temascales (saunas), en las que “todos los días se meten hombres y mujeres dos veces y, sudando arroyos de agua, se entran luego en los pozos de agua fría que simpre tienen a mano”. Y los afeminados: “En esta nación no tiene más que una mujer cada hombre y ésta la adquiere con sólo el contrato de decir: me quieres y te quiero, y entre éstos no lo tienen por de grave delito el adulterio. Hay en esta nación una clase de hombres que se hacen amujerados, hacen todos oficios de mujer, visten como mujer y andan con ellas a leñar, a coger semillas, etc, y no pueden ser casados y entre ellos es grave delito el que alguno de éstos esté amancebado con casa o soltera”.</p>
<p class="bodytext">Entre 1772 y 1776, en que se fundan las misiones de San Juan de Capistrano y San Francisco, fray Junípero viajó a México y apoyó las exploraciones cientifícas y militares que habrían de contribuir al mejor conocimiento de los territorios de la costa septentrional del Pacífico. De su encuentro en la capital con el virrey Bucareli, el franciscano logró notables baneficios para la labor colonizadora de su orden. En 1773, el representante real ordenó que a cada misión se le dieran por cinco años seis mozos por sirvientes con cargo al real erario, a la vez qu eordenaba abrir caminos que comunicaran California con las misiones de Sonora y Sinaloa por tierra. En la expedición de la fragata Santiago, que salió del puerto de Monterrey el 11 de junio de 1774, mandada por el mallorquín Juan Pérez, amigo de fray Junípero y uno de los nombres más destacados en los descubrimientos del Pacífico Norte, embarcaron dos franciscanos, el intrépido Juan Crepi y fray Tomás de la Peña Saravia. El navío alcanzó los 55º 49&#8242; y de regreso descubrió, el 8 de agosto, el fondeadero de Nutka, que llamó de San Lorenzo. Al año siguiente, el virrey dispuso una nueva expedición al mando de Bruno de Ezeta como capitán de la fragata, en la que tambien viajó Juan Pérez como segundo, acompañada de una goleta mandada por Juan Francisco de la Bodega y Quadra. Dos franciscanos tomaron para de la empresa, fray Miguel de la Campa y fray Benito Sierra.</p>
<p>En noviembre de 1775, cuando fray Junípero se disponía a fundar la misión de San Juan de Capistrano, un millar de indígenas sublevados en San Diego asaltaron la misión y el presidio y mataron a palos al padre fray Luis Jayme y a flechazos acabaron con el herrero y el carpintero de la misión. Aquella tragedia representó un duro revés para los planes de los misioneros. Casi un año les llevó a los franciscanos recomponer el clima de confianza con los sublevados. Pero en ese tiempo fray Junípero creó la misión de San Juan de Capistrano para enlazar por el camino real la de San Diego con la de San Gabriel. En julio de 1775 el teniente de navío Juan de Ayala había reconocido durante cuarenta días el interior de la bahía de San Francisco, la que describió como “estuche de puertos que podrían estar en él muchas escuadras sin saber la una de la otra” y un año después partieron de Monterrey hacia allí dos expediciones, una por tierra con dos misioneros, y otra por mar. La primera estaba bajo el mando de un teniente y a su cargo un sargento, dieciséis soldados con sus familias, siete famillias civiles y un grupo de sirvientes, vaqueros y arrieros. El 17 de septiembre se dijo la primera misa en las orillas de la bahía y el 9 de octubre se fundó la anhelada misión de San Francisco en el lugar privilegiado esperado por los religiosos para darle el nombre de su fundador. Cinco meses después se instituyo la misión de Santa Clara en los llamados llanos de San Bernardino, donde los expedicionarios que marchaban hacia San Francisco meses antes habían encontrado gran abundancia de ciervos “grandes como vacas”.</p>
<p class="bodytext">Habrían de pasar luego cinco años hasta que fray Junípero fundase la primera de las llamadas misiones del canal de Santa Bárbara, el que separa la costa de las islas de Santa Rosa, Santa Cruz y San Miguel. La primera de estas fundaciones, del 30 de marzo de 1782, fue la de San Buenaventura, cerca de la playa, junto a un poblado de chozas piramidales pobladas por indios tan hospitalarios que contribuyeron con su trabajo a levantar la iglesia y las casas de los misioneros. Cuatro años más tarde se construyó la de Santa Bárbara, la última de las fundadas por fray Junípero. El avance misionero se vio paralizado entonces al surgir discrepancias entre los misioneros y el gobernador sobre cómo debían organizarse las misiones: éste último era partidaria de que los frailes se ocuparan sólo de los asuntos espirituales y de que los indios no convivieran con los españoles en el mismo poblado, como se hacía en los establecimientos de Sonora. Las diferencias se zanjaron a favor de los frailes cuando los indios yuma, pobladores de las riberas del Colorado, se rebelaron y mataron a los habitantes de estas misiones, martirizaron a los franciscanos e incendiaron todo cuanto había en los poblados.</p>
<p>En 1783, fray Junípero, con setenta años cumplidos, se disponía a iniciar una visita a las misiones del sur, cuando se vio aquejado de un fuerte dolor en el pecho. Su amigo, compañero y paisano, fray Francisco palou, que escribió una detallada biografía del fraile mallorquín, lo achaca a los procedimientos que su superior empleaba en sus sermones para conmover a la audencia: “A más de la cadena que ya solía sacar a imitación de San Francisco Solano, con la que cruelmente se azotaba en el púlpito –cuenta Oalou- más de ordinario sacaba una grande piedra que solía tener prevenida en el púlpito, y al concluir el sermón con el acto de contrición, enarbolaba la imagen de Cristo crucificado con la mano izquierda, y cogía con la otra el canto o piedra, con la que se daba en el pecho todo el tiempo del acto de contrición tan crueles golpes, que muchos en el auditorio recelaban no se rompiese el pecho y se cayese muerto en el púlpito”. Fray Junípero aún lograría visitar algunas de su fundaciones antes de que le llegara la muerte, el 28 de agosto de 1784, en la misión de San Carlos de Monterrey. Al morir dejó nueve misiones abiertas en las que, de acuerdo con los cálculos de sus discípulos, se habían bautizado cinco mil ochocientos indígenas y confirmado cinco mil trescientos siete.</p>
<p class="bodytext">Las fundaciones franciscanas en California continuaron hasta 1823, cuando España ya nada podía hacer en aquella región. Hasta la muerte de fray Junípero Serra, la Corona española había colonizado en menos de un siglo un territorio tan grande como Francia, más con el afán de sus misioneros que con el arrojo de sus soldados. Ciertamente, en este periodo se produjeron algunos enfrentamientos armados producto del choque de culturas, pero la incorporación de California al Imperio no fue planeada como una operación militar, sino como una empresa religiosa llevada a cabo por el hombre de Dios. Como resultado de tanto esfuerzo y tantos sufrimientos una amplia región de América se incorporó a la nueva civilización a la que pertenece. Hacia 1790 la población californiana sumaba cincuenta y tres mil individuos, de los que dos mil eran españoles afincados definitivamente en aquellas nuevas tierras en torno a las misiones fundadas por hombres armados con una sencilla cruz.</p>
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<p><strong>Para saber más:</strong></p>


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		<title>La desconocida expedición de José Longinos a la Nueva California</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-desconocida-expedicion-de-jose-longinos-a-la-nueva-california/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 11:27:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[El Reconocimiento de California]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones de la ilustración]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 28 Sociedad Geográfica Española La expedición científica de un explorador olvidado del siglo XVIII logró recorrer en solitario los actuales estados mexicanos de Baja California y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>
<p>Boletín 28<br />
Sociedad Geográfica Española</p>
<p><strong>La expedición científica de un explorador olvidado del siglo XVIII logró recorrer en solitario los actuales estados mexicanos de Baja California y el territorio de la California estadounidense, dejando interesantes apuntes sobre la Naturaleza y los pueblos de la zona.</strong></p>
<p>Hoy en día, cuando los historiadores mexicanos y estadounidenses de las Californias hacen referencia a los pueblos primitivos de esa región de América, se sirven, en gran medida, de la información contenida en el relato de un ignorado científico y explorador riojano de finales del siglo XVIII: José Longinos Martínez Garrido. Durante dos años, de 1791 a 1793, Longinos recorrió la larga península que hoy ocupan los estados mexicanos de Baja California Sur y Baja California Norte y el territorio de la California estadounidense, desde la frontera de Tijuana hasta San Francisco, esta última parte del viaje, en solitario. Con la curiosidad de un naturalista de la Ilustración, este científico registró en sus escritos, no sólo las novedades geológicas o de la fauna y la flora que le presentaba la Naturaleza en aquellos parajes, sino también, con la sagacidad de un antropólogo moderno, detalladas descripciones de las características físicas de los diferentes pueblos que los habitaban, de sus formas de vida, sus creencias y sus costumbres.</p>
<p>A finales del siglo XVIII, las Californias constituían la última frontera española en el Pacífico Norte. La presencia colonial consistía en un rosario de misiones y presidios que se extendían de Sur a Norte, desde el cabo San Lucas, en la punta meridional de la península, hasta el cabo Mendocino, en el paralelo 40º, que habían sido creados a partir del siglo XVII por los jesuitas hasta su expulsión, y luego por los dominicos y franciscanos. En esa época, en Madrid se había despertado una gran curiosidad por aquella desconocida región, la última por explorar en la zona templada del hemisferio septentrional, porque a la Corte llegaban noticias inquietantes, como la presencia de colonos rusos que, procedentes del estrecho de Bering, iban instalándose en territorios de la Corona. Para lograr información fidedigna y detallada de lo que allí había y acontecía, se organizaron varias expediciones, algunas con fines primordialmente geoestratégicos, como la de Juan Francisco Bodega y Quadra, en 1775, o científicas, como la de Malaspina en 1791. Una de estas últimas, la que se prolongó más en el tiempo, fue la Expedición Botánica a Nueva España de 1787 a 1803, dirigida por el botánico Martín Sessé, de la que formaba parte como naturalista José Longinos Martínez Garrido, nacido en Calahorra, que había obtenido en Madrid en 1777 su título de cirujano y había sido distinguido con el título de alumno aventajado del Jardín Botánico de la capital de España en 1786.</p>
<p>Esta expedición, formada por tres botánicos, un médico, un farmacéutico, dos pintores y el naturalista, que era Longinos, tenía como objetivos el estudio de las producciones naturales de la región para su aprovechamiento científico, industrial o comercial, y la fundación de una cátedra de Botánica y un Jardín Botánico en México. Los miembros de esta expedición realizaron tres salidas de exploración por los territorios de lo que hoy es la república mexicana, pero en la tercera, que tuvo lugar en 1790, no participó Longinos.</p>
<p>En las exploraciones anteriores habían surgido tensiones entre éste y el jefe de la misión, Martín Sessé, en gran medida por la diferencia de tiempos que exige el trabajo de los naturalistas, encargados de cazar y disecar especies animales, y los botánicos o farmacéuticos, pero también por otros varios motivos, como la incorporación del gran botánico mexicano José Mociño, que habían desatado el carácter irascible de Longinos. El botánico Sessé informó al ministro de Indias de la indisciplina del naturalista en términos muy duros, poniendo, incluso, en duda su capacidad para futuros trabajos fuera de la expedición: “<em>No se halla con capacidad para escribir ninguna especie de obra, aunque sea en idioma vulgar </em>–escribe Sessé, después de resaltar que Longinos no conoce el latín–. <em>Carece de inteligencia en los autores maestros cuyas huellas es forzoso seguir para caminar con acierto; le falta estilo y carece de ortografía</em>”. Pero Longinos al poco de llegar a México ya había propuesto por su cuenta al conde de Revillagigedo, virrey de Nueva España, la exploración de las Californias de Sur a Norte y luego los territorios de Sonora y Sinaloa, y el resultado de su viaje desmintió los negativos informes de Martín Sessé.</p>
<p><strong>EL DIARIO DE LONGINOS</strong></p>
<p>El 20 de enero de 1791, José Longinos Martínez salió de México acompañado del farmacéutico Jaime Senseve, que le abandonaría en la misión de Loreto por falta de capacidad para aquella investigación, y sin el artista que había solicitado. La compañía de un pintor que hubiera dejado testimonio gráfico de los hallazgos habría contribuido a la brillantez del trabajo del riojano y, sin duda, a una mayor divulgación de sus descubrimientos. La primera parte del diario de Longinos, comprende las descripciones de los parajes, pueblos y ciudades que visitó entre la capital mexicana y el puerto de San Blas, en el Pacífico, hoy en el estado mexicano de Nayarit. Longinos anotó las distancias entre las poblaciones, las condiciones del clima, las características del paisaje, la composición de las tierras, las propiedades de las aguas, así como el estudio de minas, filones y vetas, la utilidad de las plantas cultivadas y salvajes y las cualidades de los animales y peces que podrían ser explotados por los colonos. Pero lo más interesante de su estudio se halla en la segunda parte de su viaje, ya en la península de California, un territorio desconocido para los científicos donde Loginos encontró numerosas oportunidades para la sorpresa.</p>
<p>La segunda parte del viaje de Longinos comenzó en Loreto, en la costa del Mar de Cortés, en la Antigua California. Primero recorrió los alrededores y, luego de visitar la misiones de Santa Rosalía de Mulegé y San Javier, se embarcó para viajar hacia el Sur, hasta La Paz y los cabos del extremo meridional de la península. Hacia marzo de 1792 regresó a Loreto y desde esta misión recorrió lo que hoy es el estado mexicano de Baja California Norte, región conocida entonces como Fronteras. Las informaciones que aporta de los habitantes de la Antigua California coinciden con los relatos de anteriores visitantes de esa región, explorada por los jesuitas durante un siglo. Al viajero riojano le llaman la atención las costumbres de extrema necesidad impuestas a los pericúes, guaycuras y cochimíes por aquellas inhóspitas tierras como la llamada “<em>segunda cosecha</em>” o “<em>la maroma</em>”. Consiste la primera en recoger de sus propios excrementos las semillas de las frutas ingeridas con antelación para luego comerlas molidas, y la segunda introducirse en el estómago un trozo de carne atado con un cordel fino que luego sacan y comparten con otros. Cuando llega a las inmediaciones de la desembocadura del río Colorado, el naturalista retrocede. “<em>Los gentiles de este valle son belicosos y tienen la mala propiedad de comer carne humana </em>–explica Longinos–. <em>Pocos días antes de mi llegada a aquel paraje, habían matado para el efecto de comérselo a un neófito de la sierra que se había descuidado en bajar con sus parientes, y con mucha arrogancia, cuando estábamos cerca de la ranchería, nos envió un recado el matador que, si íbamos por él, nos esperaba con su caballo y lanza</em>”.</p>
<p><strong>LOS NATIVOS DE NUEVA CALIFORNIA</strong></p>
<p>La Nueva California, la que él sitúa al Norte de los 34 grados, al contrario que las desérticas extensiones de la Antigua, “disfruta de un bello temperamento”. “<em>Este país es de los más sanos que he pisado </em>–sentencia Longinos–. <em>No se conoce ninguna enfermedad endémica, sólo le gálico (sífilis) es el que hace sus efectos más rápidos en los indígenas que en los demás pobladore</em>s”. Longinos elogia la labor de los franciscanos que, tras la expulsión de los jesuitas en 1767, habían continuado la labor de aquellos creando misiones cada vez más al Norte. Una de ellas es la de San Diego, fundada veintiún años antes de su visita, en lo que él considera “uno de los mejores puertos que se conocen”. Allí, escribe, “<em>por no tener gota de agua, han estado con mil miserias en la misión y presidio; pero desde que hay catalanes, no han echado de menos el agua, todo les sobra y ya no saben qué destino darle a los granos, ganado, fruta etcétera</em>”. El relato del viaje del científico riojano incluye sagaces observaciones de la novedades de los territorios que recorre, sobre las características de sus aguas, sobre la fauna salvaje y las plantas. Muy ilustradora del estilo de Longinos es la descripción que nos ha dejado de los “<em>manantiales de petróleos y betunes</em>”, sustancias que él cree volcánicas, hallados en las inmediaciones de las misiones de San Juan de Capistrano, San Gabriel y Los Ángeles, “<em>con muchos ojos que sucesivamente se están formando y reventando unas ampollas cónicas que parecen campanas, y, al reventar, por su punta, hacen su pequeño estruendo</em>”.</p>
<p>Los nativos de la Nueva California, como los del Sur, tienen tantos idiomas “<em>que de tanto intérprete de unos a otros, hasta por tres tiene que pasar tres veces las respuestas y preguntas de las contestaciones</em>”. Pero en lo demás, al naturalista le resultan bien distintos de los que ha conocido en su viaje por los territorios californianos. “<em>Estos indios viven en sociedad y tienen domicilio fijo </em>–escribe Longinos–. <em>Las casas tienen juntas y muy bien construidas; son redondas como un horno; la luz les entra por el centro de arriba; son espaciosas y bastante cómodas; sus camas hechas en tapeste con cueros y tápalos para arroparse, y con sus divisiones como los camarotes de un barco y, aunque duerman muchos en la casa, no se ven unos a otros. En el centro del piso de esta habitación hacen la lumbre para cocer sus semillas, pescados u otros de sus comestibles, que todo lo comen cocido o asado</em>”. Y a continuación destaca un dato que refleja el grado de desarrollo alcanzado por estos pueblos: “<em>Inmediato a esta casa que habitan, tienen otra más chica para guardar semillas, pescado seco, sardinas y otros comestibles para el invierno, que el frío, aguas y revoluciones de la mar no les deja buscar qué comer</em>”, destaca Longinos. Al científico español, europeo de su época, le llama la atención algo, “que –en sus palabras– verdaderamente nos parece repugnante en nuestro régimen de vida, lo hacen ellos diariamente, aun en lo riguroso de los fríos”: la sauna. “<em>En todas las poblaciones tienen uno o dos temascales según la mayor o menor cantidad de gentes, y todos los días se meten hombres y mujeres dos veces y, sudando arroyos de agua, se entran luego en pozos o ríos de agua fría que siempre tienen a mano</em>”, cuenta Longinos, quien a continuación atribuye a “esta mala práctica la falta de robustez de las otras naciones que no hacen tal violencia en la naturaleza”.</p>
<p>Al explorador español le parecen “graciosos” el vestido y los adornos de las indígenas: “<em>De la cintura para abajo acostumbran dos gamuzas bien suaves, recortado el borde en fleco; este fleco lo guarnecen con abalorios, caracolitos y conchitas de varios colores, que hacen una bella vista y se ponen una de éstas por atrás y otra por delante </em>–explica–. <em>Para el medio cuerpo de arriba hacen unos que llaman «tápalos» de cueros de zorro, de nutria o conejo, hechos de un tejido muy cómodo en figura cuadrilonga y, amarrando dos de las puntas encontradas, sacan la cabeza y un brazo por la abertura superior, quedando cubierto lo restante con un particular manejo con que lo acomodan con mucha gracia, cubriéndose bien todas sus carnes</em>”. A falta de un dibujante o pintor que nos habría ilustrado sobre la fisonomía de los indígenas, Longinos hace una minuciosa descripción de la apariencia de aquellas gentes: “<em>La cabeza se componen con mucho gusto, así los adornos de gargantillas, aretes, como en el peinado. Este lo hacen de este modo: el tupé, bien cortado y atusado hacia </em><em>delante, representa de frente un cepillo que igualan diariamente con una corteza de pino encendida, recortando pelo por pelo. Lo arreglan de modo que no sobresalga ninguno de los otros</em>”. Destaca luego Longinos la habilidad de las mujeres para tejer cestos y fabricar ollas de una piedra de mica que resiste el fuego. Las canoas de los indios le parecen prodigios al observador naturalista por su diseño y ligereza: “<em>las hacen de varias piezas, sin clavos, cola, ni más herramientas que el pedernal; con tal esmero y curiosidad, como lo haría con todas las reglas y herramientas el mejor maestro carpintero” </em>escribe el riojano. Y elogia también las flechas y arcos, distintos de los que ha visto hasta entonces, por su <em>“vista y efecto ventajoso</em>”. “<em>Usan también macanas, un poco corvas y planas, que manejan con mucha destreza para la caza de conejos y otros animales </em>–dice Longinos–; <em>para la pesca tienen anzuelos que hacen de concha o cuerno de berrendo, y algunas veces los prefieren a los nuestros de fierro. También pescan con fisga: arpón hecho de concha o pedernal</em>”.</p>
<p>Un dato destacable para conocer el alto grado de civilización de los indígenas de la Nueva California nos lo facilita el viajero riojano al explicar cómo entre aquellos pueblos circulaba una especie de dinero aceptado por todos: “<em>Cuando comercian por interés, corre entre ellos, como si fuera moneda, los abalorios que tienen ensartados en hilos largos según el mayor o menor caudal de cada uno, y, en sus ajustes, se entienden ellos como nosotros con los pesos con sus «poneos» de abalorios</em>”, explica Longinos. Otro detalle social que resalta el viajero es que “e<em>n esta nación no tiene más que una mujer cada hombre y ésta la adquiere con sólo el contrato de decir: me quieres y te quiero, y entre éstos no lo tienen por de grave delito el adulterio</em>”. Y, sin ningún comentario de índole moral, explica la vida que llevaban en aquellos pueblos los homosexuales o travestidos: “<em>Hay en esta nación una clase de hombres que se hacen amujerados, hacen todos los oficios de mujer </em>–cuenta Longinos–, <em>visten como mujer y andan con ellas a leñar, a coger las semillas, etcétera, y no pueden ser casados y entre ellos es grave delito el que alguno de éstos esté amancebado con casada o soltera</em>”.</p>
<p><strong>EL LÍMITE SEPTENTRIONAL DEL VIAJE</strong></p>
<p>Los historiadores dudan de que José Longinos llegara hasta San Francisco. Llama la atención que no hubiera destacado las magníficas cualidades de su bahía para puerto natural, como lo hace con San Diego. Por otro lado, se echan de menos en su diario referencias a las misiones o presidios al norte de La Purísima, la más septentrional de las que visitó, según su relato. Sin embargo, en los límites que da para la Nueva California, menciona al norte “un estero, o brazo de mar, que se mete por aquella parte en la tierra como cuarenta leguas”, que, sin duda, se refiere a esta bahía, pues el territorio español no tuvo otros establecimientos más al Norte de San Francisco que el de Nutka, hoy isla de Vancouver. Es posible que el conocimiento de este estero en el extremo septentrional le llegara de oídas de algún misionero o soldado. Un año después de su llegada a la Nueva California, Longinos embarcó en la fragata <em>Concepción </em>en algún punto de la costa que lo llevó hasta San Blas, donde arribó el 22 de noviembre de 1793.</p>
<p>José Longinos Martínez Garrido falleció el 6 de noviembre de 1802 en la ciudad mexicana de Campeche, al regreso de una expedición en la que, por encargo del virrey, había estudiado las provincias de Sonsonate y El Salvador de la Capitanía de Guatemala. Sus trabajos, tanto los de la expedición californiana como los de la guatemalteca, forman parte del legado de la Expedición Botánica a Nueva España. Los manuscritos de Longinos, que se guardan en The Hungtinton Library de San Marino, California, no fueron publicados en España hasta 1994, por iniciativa del profesor Salvador Bernabeu Albert, en una cuidada edición de la editorial Theatrum Naturae, la que hoy sirve de referencia a todos los interesados en conocer las condiciones en que se desarrolló la apasionante aventura científica de este riojano olvidado<em>.</em></p>
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