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	<title>Los primeros viajes archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Los primeros viajes archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los primeros peregrinos a Tierra Santa. «Egeria, la primera viajera de la historia.» S. IV</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 14:00:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 25]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cristina Morató Bibliografía: Bibliografía:Boletín 25 SGE.Noviembre 2006 “Así pues, en el nombre del Señor, transcurrido cierto tiempo, al cumplirse los tres años íntegros de mi llegada a Jerusalén, habiendo visitado todos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c1593" class="csc-default">
<h3><strong>Cristina Morató</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: Bibliografía:Boletín 25 SGE.Noviembre 2006</p>
</div>
<div id="c1534" class="csc-default">
<p class="bodytext"><em>“Así pues, en el nombre del Señor, transcurrido cierto tiempo, al cumplirse los tres años íntegros de mi llegada a Jerusalén, habiendo visitado todos los santos lugares a los que había encaminado mis pasos para orar en ellos, y por lo tanto, acariciando ya la idea de tornar a mi patria, quise ir también, según la voluntad divina, a Mesopotamia de Siria, para visitar a los santos monjes que, según era fama, había allí en tan copioso número y de vida tan preclara que las palabras no alcanzan a decirlo…</em>”. Quien escribió estas líneas fue una audaz y emprendedora religiosa que entre los años 381 y 384 realizó una peregrinación por Tierra Santa con el fin de venerar los Santos Lugares. Como más tarde se descubriría, esta dama peregrina era una rica y culta mujer hispana del siglo lV llamada Etheria o Egeria –nombre con el que es más conocida – nacida en Galicia, que llevada por la fe viajaría durante tres años por todo el Oriente Próximo y escribiría una serie de cartas a sus hermanas del convento que serían publicadas por primera vez en forma de libro en 1887 con el nombre de <em>Itinerario </em>o <em>Peregrinación a Tierra Santa</em>.</p>
<p class="bodytext">La identidad de la autora del que hoy se considera el primer libro de viajes de las lenguas hispanas, se debe a una casualidad del destino. En 1844, un investigador italiano, G. F Gamurrini descubrió en una biblioteca de Arezzo, un códice medieval que atrajo su atención. Tras una profunda lectura del pergamino, copiado por algún paciente monje en el siglo Xl, pudo constatar que se trataba de unas notas de viaje o más concretamente de una “<em>peregrinatio o itinerarium</em>”, a Tierra Santa y Mesopotamia. A pesar de que faltaban las primeras y las últimas páginas, y de que en el mismo no se revelaba el nombre del autor, Gamurrini llegó a la conclusión de que fueron redactadas por una mujer hacia finales del siglo lV o a comienzos del V.</p>
<p class="bodytext">Las cartas iban dirigidas a unas “señoras y hermanas” de Hispania, su patria, a la que la viajera pensaba regresar tras su largo periplo por los lugares más venerados de la cristiandad. Lo que más sorprendió a los investigadores de este curioso diario era la frescura del lenguaje –escrito en un latín llano y coloquial– y la cantidad de detalles y valiosas descripciones, tanto de lugares como de personas y liturgias cristianas. Aunque seguramente la autora del mismo no tuviera el propósito de escribir un libro de viajes sino más bien un relato piadoso de su peregrinación, lo cierto es que Egeria se anticipó en bastantes siglos a los viajeros medievales y a los románticos que hicieron de este tipo de relato epistolar un género literario. Su texto constituye un documento histórico de gran valor para conocer cómo eran los ritos de la Iglesia cristiana en Jerusalén y como se podía viajar por Oriente Próximoen aquellas postrimerías del siglo lV.</p>
<p class="bodytext">Fuera el que fuera el propósito de la autora, era, sin duda, una obra singular, escrita por una mujer preparada, importante y religiosa –el equivalente en nuestros días a una abadesa– que posiblemente estaba emparentada con el emperador Teodisio I, de quien se dice procedía también de Galicia. Al año siguiente de su hallazgo, Gamurrini aventuró la posibilidad de que la anónima autora del relato podía ser Silvia de Aquitania, hermana del prefecto Flavio Rufino, en tiempos de Teodosio.</p>
<p class="bodytext">Sin embargo, para conocer la verdadera identidad de esta piadosa dama fue esencial el descubrimiento de una carta escrita por Valerio, un abad del Bierzo en el siglo Vll, a sus monjes, en la que ensalzaba la figura de una religiosa llamada Egeria que viajó a las remotas regiones de Tierra Santa y elogiaba su intrepidez y capacidad de sacrificio: “<em>….esta bienaventurada monja Egeria, consumida por la llama del deseo de la gracia divina, con el sustento de la majestad del Señor, emprendió un largo periplo por todo el orbe, con todas sus fuerzas y su corazón intrépido. Así, avanzando poco a poco bajo la égida del Señor, llegó a los sacratísimos y anhelados lugares del nacimiento, pasión y resurrección del Señor y hasta los cuerpos de mártires esparcidos por diversas provincias y ciudades para orar ante ellos y alimentar su devoción…</em>”.</p>
<p class="bodytext">El abad Valerio, autor de un buen número de libros y tratados, también apuntaba en su carta a los monjes del Bierzo el origen de Egeria. En un primer momento se creyó que la anónima religiosa podría ser originaria de la Galia, y en especial de la región de Normandía, pero, gracias a Valerio, que dice textualmente “<em>ella, surgida en el más remoto litoral del mar Océano occidental, se dio a conocer al Oriente</em>”, junto con otros indicios que proporciona la propia Egeria, ahora está generalmente admitido que su origen se hallaría en Galicia, región cuya extensión era entonces mucho más amplia que en la actualidad y que se consideraba el extremo occidental del mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>UNA INTRÉPIDA TROTAMUNDOS</strong></p>
<p class="bodytext">Tras conocer el origen de Egeria, los investigadores intentaron esclarecer quién era esta importante dama que podía haber estado emparentada con el emperador Teodosio. Por su vasta cultura –sabía griego, la lengua culta por antonomasia de la época, y tenía grandes conocimientos tanto literarios como geográficos– y por el respeto y consideración con que era tratada en todos los lugares que visitaba, hay que pensar que era Egeria era rica y de alto rango social. En aquel tiempo un viaje a Tierra Santa era largo, incómodo –había que alojarse en modestas postas o en las espartanas celdas de los monasterios–, además de peligroso y muy costoso. Sin embargo la religiosa siempre encontró facilidades para atravesar los lugares mas inaccesibles, y recibía continuas muestras de alta estima por parte de los monjes, sacerdotes y obispos; todos mostraban un gran interés en acompañarla y guiarla hasta los lugares exactos que deseaba visitar.</p>
<p class="bodytext">Incluso cuando Egeria transitaba por zonas de frontera o peligrosas, era escoltada y guiada por los oficiales de las guarniciones, tal como comenta en una de sus cartas a sus hermanas: “<em>A partir de este punto despachamos a los soldados que nos habían brindado protección en nombre de la autoridad romana, mientras nos estuvimos moviendo por parajes peligrosos. Pero ahora se trata de la vía pública de Egipto, que atravesaba la ciudad de Arabia, y que va desde la Tebaida hasta Pelusio, por lo que no era necesario ya incomodar a los soldados.</em>” Esto hace pensar que viajaba con un salvoconducto o pasaporte oficial además de un buen número de cartas de recomendación. De los escritos de Valerio –que fue abad de varios monasterios al sur de Ponferrada– y de las cartas de la propia Egeria destinadas a sus hermanas, se desprende que podía tratarse de la superiora de un monasterio femenino, de los que por entonces estaban empezando a prodigarse por el Imperio y que constituían un fenómeno bastante arraigado en Galicia.</p>
<p class="bodytext">En este siglo XXl resulta difícil imaginar la dureza y dificultad de la peregrinación que realizó Egeria en su tiempo. Un viaje extraordinario por su larga duración, con agotadoras etapas que cubrió a lomos de asno, camello, en barco, y a menudo a pie, recorriendo “<em>todos los confines y tierras de casi todo el orbe conocido. </em>Egeria, debería ser entonces una mujer de mediana edad, notable vigor físico, gran valor y curiosidad, y atenta observadora porque ningún detalle escapa a su mirada. Era una viajera de raza, “un tanto curiosa”, “como ella misma confiesa en una de sus cartas, que quiere verlo todo, y como buena trotamundos no se conforma con recorrer las rutas oficiales y amplía sus itinerarios organizando excursiones sobre la marcha, aún a costa de soportar calores, tormentas de arena o agotadoras caminatas.</p>
<p class="bodytext">Los peregrinos cristianos que como Egeria pudieron viajar a Oriente lo hicieron gracias a la <em>pax romana </em>y a la red de calzadas del Imperio que cubrían más de ochenta mil kilómetros de longitud y atravesaban desde Escocia a Mesopotamia, del Atlántico al mar Rojo, de los Alpes a los Balcanes, del Danubio al Sáhara. Este increíble trazado permitía al viajero llegar desde todos los rincones del Imperio al corazón mismo de la metrópoli. La religiosa española viajó a Tierra Santa en los últimos años del siglo lV cuando el Imperio romano estaba a punto de derrumbarse pero la seguridad estaba garantizada en sus principales vías gracias a una completa red de guarniciones militares, cuyos soldados escoltaban a los peregrinos en sus desplazamientos hasta los límites con el mundo “<em>bárbaro</em>”. Egeria, que viajaba con la Biblia como guía, no improvisó su travesía sino que se preparó a fondo y se documentó en los textos religiosos de la antigüedad antes de abandonar Galicia a mediados del año 381, rumbo a lo desconocido.</p>
<p class="bodytext">En el año 326, Elena, la madre del emperador Constantino que llegó a ser canonizada como santa, comenzó a desenterrar y acondicionar los Santos Lugares, animando con ello a los viajeros –sobre todo a los peregrinos– a purificar sus almas recorriendo los parajes bíblicos. Así fue como, al igual que Egeria, otras damas visitaron los escenarios de la pasión de Jesús en Jerusalén o los santos sepulcros de los apóstoles. Entre aquellas notables peregrinas destacan la diaconisa Marthana –que Egeria nombra en una de sus cartas al cruzarse con ella en el camino–, y la noble Melania La Mayor, que tras enviudar a los veinte años y abandonar a su único hijo en manos de tutor, decidió dedicarse a la vida religiosa.</p>
<p class="bodytext">Esta matrona tan emprendedora y enérgica como Egeria, se embarcó con otras dos damas de la aristocracia hacia Alejandría donde llevó una vida de ascetismo y fundó varios monasterios. Murió en Jerusalén en el año 410 tras una vida llena de aventuras y sacrificios.</p>
<p class="bodytext"><strong>ESCENARIOS BÍBLICOS </strong></p>
<p class="bodytext">Aunque las primeras páginas del diario de Egeria no fueron encontradas, y su periplo se muestra así incompleto, todo hace pensar que la dama pudo partir con el séquito de la familia imperial que acompañaba a Teodosio, cuando éste, al ser proclamado emperador en el 379, se dirigió desde Hispania a la parte oriental del Imperio. Egeria atravesaría en su compañía el sur de la Galia y el norte de Italia, y, tras embarcar en Aquileya, seguramente cruzarían el Adriático para tomar después caminos distintos. Desde Constantinopla, a mediados del año 381, Egeria partió hacia Jerusalén donde permaneció cinco meses explorando la ciudad, visitando distintas congregaciones y lugares sagrados como Jericó, Galilea, Nazaret y Tiberíades. La larga estancia de Egeria en Jerusalén le permitió conocer a fondo los distintos rituales y liturgias que se llevaban a cabo en ciudades como Belén, donde asistió a una misa el día de Navidad –que entonces se celebraba el 6 de enero–, y que describe profusamente en la segunda parte de su manuscrito.</p>
<p class="bodytext">A finales de verano, cuando el calor era las tablas de la ley, y en sus pies es donde se cree más soportable, Egeria partió hacia Egipque vio el arbusto en llamas, Justiniano mandó to, una visita obligada para todos aquellos edificar en el 557 el Monasterio de Santa Catalina, interesados en conocer la vida de los donde se congregaron los eremitas que vivían monjes y anacoretas que habitaban en sus dispersos en esa zona, en celdas entre las rocas. desiertos. Esta parte de su itinerario corresponde al texto que no se ha conservado pero todo apunta a que Egeria realizó el viaje por mar desde Cesarea de Palestina hasta Alejandría, en aquella época una de las principales ciudades del mundo y centro de la intelectualidad cristiana. Tras permanecer allí unos días, se dirigió hacia el sur, a lo largo del Nilo, rumbo a la región de Tebas, adentrándose en el desierto para visitar como anhelaba los numerosos monasterios donde vivían los llamados Padres de Egipto.</p>
<p class="bodytext">En noviembre del 383 Egeria se encontraba de nuevo en Jerusalén y de ahí emprendió su peregrinación al monte Sinaí, etapa en la que comienza su<em>Itinerario </em>a falta de las páginas anteriores. Entre otros lugares bíblicos debió recorrer las ciudades de Pelusio y Clysma, en el mar Rojo, las Fuentes de Moisés, el país de Gesén, la ciudad de Arabia, los oasis del desierto y los montes de Sinaí, con una escalada al Gebel Musa o monte de Moisés, por encima de los dos mil metros de altitud. En cada lugar sagrado que visitaba Egeria leía el pasaje de la Biblia correspondiente y rezaba junto a los monjes que la acompañaban. Desde Jerusalén la incansable religiosa visitó durante unos días el monte Nebó donde, según el Antiguo Testamento, Moisés contempló la Tierra Prometida y murió. Más adelante, en compañía de unos monjes de la Transjordania, aún sacaría fuerzas para visitar la tumba de Job y por el camino detenerse en el valle del río Jordán, en el lugar donde bautizaba Juan el Bautista.</p>
<p class="bodytext">Habían pasado ya tres años desde su llegada y Egeria decidió regresar a Hispania. Abandonó por última vez Jerusalén y partió hacia la antaño próspera ciudad de Antioquia, pero al enterarse por el camino de que Edesa no estaba lejos, decidió visitar esta ciudad consagrada por la leyenda de la correspondencia entre el rey Abgar y Jesús. Así fue como se encaminó a la ciudad de Hierápolis y, atravesando el Eúfrates en una gran barcaza, se adentró en la antigua Mesopotamia, hoy Siria, para ver sus numerosos monasterios y rezar ante el sepulcro de santo Tomás. No pudiendo continuar su travesía, puesto que los persas ocupaban la Siria oriental, la dama regresó a Antioquia donde permaneció una semana preparando el largo viaje de regreso a Constantinopla. Por el camino aún le daría tiempo de acercarse hasta Tarso, ciudad donde nació el apóstol Pablo, y continuar su peregrinación por las provincias de Capadocia, Galacia y Bitinia.</p>
<p class="bodytext">Egeria no tenía intención de quedarse mucho tiempo en Constantinopla, pero en sus cartas da la impresión de que tampoco tenía prisa por regresar de inmediato a Hispania, incluso acaricia la idea de viajar a Éfeso para venerar el sepulcro de san Juan Evangelista. Ignoramos si la emprendedora dama siguió explorando tierras de Oriente o si, por el contrario, regresó a su patria para reunirse con sus amadas hermanas a las que iban dirigidas sus cartas. Posiblemente se encontraba cansada tras tan arduo viaje o tal vez enferma, lo que explicaría la despedida que dedica a sus hermanas, en su última carta: “Por vuestra parte, señoras mías, luz de mi vida, dignáos tenerme en vuestra memoria, tanto si continúo dentro de mi cuerpo como si, por fin, lo hubiere abandonado”. Con estas palabras Egeria termina su relato, escrito por una mujer devota y humilde, que en las postrimerías del siglo lV demostró que con fuerza de voluntad y grandes dosis de curiosidad –incluso siendo una dama– se podía llegar a los confines del mundo. Valerio, lleno de admiración hacia ella, escribiría su mejor epitafio: “Así pues, hermanos dilectísimos, ¿cómo no enrojecemos de vergüenza, nosotros que gozamos de vigor corporal y buena salud, viendo como una mujer siguió el ejemplo santo del patriarca Abraham y por alcanzar el premio sempiterno de la vida eterna prestó la fortaleza del hierro al frágil sexo femenino? Pues, al hollar este mundo entre las fatigas y las privaciones, logró el paraíso en el descanso y la gloria de los goces”.</p>
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		<title>Al Gazhal, un andaluz en el país de los vikingos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/al-gazhal-un-andaluz-en-el-pais-de-los-vikingos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 13:52:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 44]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Viajeros españoles Corría el siglo IX cuando un viajero procedente de la sofisticada corte de Abderramán II llegaba a Escandinavia en misión diplomática para tratar de pactar [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto:</strong> Emma Lira</p>



<p>Viajeros españoles<br><br><strong>Corría el siglo IX cuando un viajero procedente de la sofisticada corte de Abderramán II llegaba a Escandinavia en misión diplomática para tratar de pactar con los vikingos. Al Gazhal fue un viajero singular y un adelantado a su tiempo, que navegó hasta los remotos confines del mundo de su época y Escandinavia y que desempeñó un papel clave en la política de Al Andalus.</strong></p>



<p>Año 844 d. C. Unas naves de estructura ligera y porte amenazador surcan río arriba el Guadalquivir. Vienen de saquear Cádiz, Carmona y Medina Sidonia, han atacado Lisboa durante treinta días, han salido escaldados de Galicia, y han amagado un saqueo en la fortificada Gijón. La sofisticada Sevilla, la plaza ribereña de Abd el Rahman II cae ante aquel “ mar lleno de pájaros de color rojo oscuro”, como escribirán los cronistas. En la península, solo los reinos cristianos en la franja cantábrica han oído hablar de ellos o han sufrido sus rápidas y despiadadas incursiones desde el mar. Vienen del Norte para hacer la guerra. Igual fundan ciudades que arrasan monasterios. Son los normanni, nordomanni o westfaldingi. Hoy en día, los conocemos como vikingos.</p>



<p>Efectivamente. Aunque no todo el mundo lo sabe, los vikingos estuvieron en la mismísima Sevilla. Y no solo estuvieron, sino que la saquearon. O al menos así fue, hasta que el rey sevillano tiró de recursos y lo mejorcito del Califato acudió a presentar batalla en Tablada, e hicieron volver a embarcarse Guadalquivir abajo a aquellas tropas extranjeras expertas en navegación y pillaje. Quizá cuando éstos arribaron a las tierras del Norte, dieran noticias del resultado de su enfrentamiento con los musulmanes a su rey y, solo quizá, éste fuera el germen de una de las misiones diplomáticas más exóticas y desconocidas en la historia española: la que llevó a un “gentleman” andalusí a la bárbara corte de los rudos hombres del norte.</p>



<p><strong>Un diplomático de altura</strong></p>



<p>Está bastante aceptado que la idea de la misión diplomática partió del gobernante de la facción vikinga, quien sorprendido por la resistencia musulmana a sus ataques, optó por pactar con ese reino recién nacido en el Sur de España y, quién sabe, quizá estudiar una alianza contra los franceses. El caso es que ante el requerimiento de enviar un embajador al reino de los Al-mayus, como los musulmanes denominaban a este pueblo, Abd el Rahman II se decantó por su mejor diplomático: Abu Zakariyya Yahya b. Hakam al-Bakri al-Jayyani, alias Al-Ghazal, ya fogueado en otras misiones diplomáticas de gran calado.<br></p>



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<p>Así fue como en torno al año 845 un poeta jiennense cultivado en el Al Andalus más refinado terminó embarcado rumbo a esas rudas tierras <em>“más allá de los confines de lo creado por Allah”</em>. Pero Al-Ghazal no solo era un maestro de las composiciones satirícas. Era un reconocido orador y un ilustre matemático, apreciado por su ingenio y sus grandes habilidades comunicativas. Era filósofo, astrónomo, e incluso se atrevía con la alquimia. Y además era apuesto, atractivo y elegante, de ahí el sobrenombre de Al Ghazal, la gacela, un referente de la belleza en la literatura árabe. Toda una apuesta de altura para impresionar a los vecinos del Norte.</p>



<p>Al Ghazal partió junto a su séquito de El Algarve (Al-Gharb) en una <em>safina </em>andalusí acompañada de naves auxiliares y escoltada por los knörr, las naves comerciales de los mayus, que les servían de guía. La crónica cuenta como <em>“salieron a mar abierto y pasaron el gran promontorio que sale al mar y que forma la frontera más occidental de al-Andalus, que es la montaña conocida como ‘Aluwiyah’”</em>, y que se cree que equivaldría al cabo de Finisterre, y describe la tormenta que sorpendió a la pequeña escuadra en alta mar y que hizo a los andalusíes, menos versados en lides marineras, temer por sus vidas.</p>



<p>Tras este episodio, y después de varios días de navegación, llegaron a una tierra que la crónica no identifica de manera reconocible y que es descrita como <em>“una gran isla en el océano con corrientes de agua y jardines (…) a tres días de navegación de tierra firme”</em>. Allí traba por fín Al Ghazal contacto directo con los Hombres del Norte, los mayus, <em>“demasiado numerosos para ser contados. Alrededor de la isla hay muchas otras islas, todas habitadas por mayus. La tierra colindante es también suya y tiene una extensión de varios días de viaje”. </em>Afirma que algunos de ellos practican el cristianismo, pero también que hay paganos <em>“que adoraban al fuego y se casaban entre hermanos”</em>.</p>
</div>
</div>



<p>La llegada de aquella extraña embarcación y la sorprendente vestimenta de los andalusíes con amplios trajes bordados en hilos de oro que llegaban hasta el suelo, debieron llamar profundamente la atención de las gentes que se arracimaron en el puerto para verlos arribar. Fueron alojados en <em>salr</em>, amplias casas rectangulares destinadas a los huéspedes, en las que descansaron durante unos días, mientras aguardaban la recepción del rey vikingo. Precisamente de esta recepción se conserva una de las anécdotas más curiosas de la embajada, ya que, pese a haber pedido Al Ghazal que se le dispensara del protocolo de arrodillarse ante el rey nórdico, pues él solo se postraba ante el emir de Cordoba, la entrada a la sala de audiencias se había diseñado de tal forma que no se podía acceder a ella, sino era de rodillas. Se cuenta que Al-Ghazal se paró delante de ella y reaccionó rápidamente: se sentó en el suelo con las piernas alargadas hacia delante y se deslizó hacia el interior. Una vez atravesado el dintel, se puso de pie para saludar al rey y entregarle la carta del emir, así como los regalos que llevaba preparados. Parece ser que lejos de tomarse aquel atrevimiento como un insulto, los <em>mayus </em>lo percibieron como una muestra de ingenio de aquel embajador llegado del Sur: <em>“Pretendía humillarte y tú en cambio me has mostrado tus zapatos en mi propia cara. Este comportamiento no se hubiera permitido en otras circunstancias”</em>.</p>



<p>Al igual que ha trascendido esta anécdota, también ha trascendido parte de las conversaciones que Al-Ghazal mantuvo con la reina Nud, la esposa de Turgeis, su anfitrión. Parece ser que ella, movida por la curiosidad, le mandó llamar para conversar con él. Al ser llevado a su presencia, Al Ghazal enmudeció y se quedó mirando fijamente a la reina, con una intensidad que rayaba el descaro. Ella hizo a su intérprete preguntarle porque la miraba así:</p>



<p><em>–¿Es porque me encuentra muy hermosa o por lo contrario? </em>–preguntó la reina.</p>



<p><em>–Sin duda es porque no imaginé que hubiera un espectáculo tan bello en el mundo. He visto en los palacios de nuestro rey, mujeres escogidas para él de entre todos los países, pero nunca he visto entre ellas una belleza semejante. </em>–respondió Al Ghazal, muy en su estilo</p>



<p><em>–Pregúntale si lo dice en serio o está bromeando. </em>–pidió ella al intérprete.</p>



<p><em>–En serio, sin duda alguna. </em>–contestó al-Ghazal rotundo.</p>



<p><em>–¿Es que no hay mujeres bellas en tu país? </em>–insistió la reina Nud.</p>



<p><em>–Mostradme algunas de vuestras mujeres para que pueda compararlas con las nuestras. </em>–le pidió el diplomático.</p>



<p>La reina mando reunir a las mujeres más bellas y Al Ghazal las observó una a una.</p>



<p><em>–Son bellas, pero no es como la belleza de la reina, pues su belleza y sus cualidades no pueden ser apreciadas por todos sino solamente por los poetas. Si la reina desea que yo describa su belleza, sus cualidades y su sabiduría mediante un poema que será recitado en toda nuestra tierra, así lo haré. </em>–concluyó, con cortesía.</p>



<p>Esta primera entrevista marcaría el tono de las relaciones de Al Ghazal con la reina Nud, que halagada y sorprendida por su ingenio, a partes iguales se reunía con él con frecuencia, hasta el punto de bromear con él, pidiéndole que se tiñera las canas para que su cabello estuviera en consonancia con su apostura. Al Ghazal, sin duda, un profesional del coqueteo, registró la conversación en un poema en el que se confesaba <em>“enamorado de una mujer vikinga”</em>, y lo hizo, se presentó ante ella con el pelo teñido de negro y con otra glosa en la que le pedía: <em>“¡No desprecies el destello del pelo blanco! Es la flor del entendimiento y la inteligencia.</em></p>



<p><em>Yo tengo lo que tú ansías en tu juventud…”</em></p>



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<p>Las asiduas visitas a la reina y los juegos florales continuados pusieron especialmente nervioso a Yahya b. Habib, amigo de confianza de Al Ghazal, quien le llamó la atención, recordándole que eran invitados del rey y no podían poner en peligro su misión diplomática por esas reuniones cortesanas. Al Ghazal se lo explicó así a Nud, proponiéndole que espaciasen sus encuentros, para no desatar los celos del rey, pero la joven reina vikinga le respondió con una carcajada:</p>



<p><em>“No hay semejante cosa entre nuestras costumbres y los celos no existen entre nosotros. Nuestras mujeres pertenecen con sus maridos mientras les resulten agradables, pero les abandonan cuando dejan de agradarles”</em>.<br><br>Es de preveer que sus palabras causarían gran asombro en el andalusí, proveniente de una corte musulmana, pero como buen diplomático, flexible y amoldable a las costumbres locales, pensamos que no tuvo ningún reparo en aceptarlas como propias, por lo que sus encuentros con la reina continuaron prolongándose durante todo el tiempo que duró la embajada, es decir, más de un año. Y probablemente, el arte de acercarse a la reina no estuviera tan alejado del motivo real de la embajada, pues si bien en la crónica que narra la misma, no hay espacio para las conversaciones reales sobre aspectos políticos, técnicos o pragmáticos ni sobre el resultado de las conversaciones de paz entre ambos reinos, –probablemente el secretismo de la embajada no lo permitiera– si permite deducir que las dotes de seducción practicadas con la reina Nud formaban parte de una estrategia premeditada a mayor nivel que perseguía fines concretos:</p>
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</div>



<p><em>–¿Es cierto que eran tan bella como la has descrito? </em>–le preguntaría su amigo Tamman, ya en Al Andalus, cuando Al Ghazal contaba su primera conversación con la reina</p>



<p><em>–¡Por tu padre que tenía cierto encanto! </em>–contestaría él, según cuenta la crónica–<em>Pero al decirle esto me atraje su afecto y obtuve de ella más de lo que deseaba</em>.</p>



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<p>Durante todo aquel año, Al Ghazal permaneció entre los vikingos. Admiró sus tallas, compartieron poesía y adivinanzas, jugaron al ajedrez y escuchó las sagas que glosaban las hazañas de aquellos guerrero nórdicos. Pasó el invierno, volvieron los días largos y cálidos y en septiembre del año 846 llegó la hora de partir rumbo al sur. Al Ghazal se llevaba consigo el recuerdo de una aventura singular y unas gentes muy distintas a las suyas, pero además iba bien pertrechado con regalos y carta, no sólo para el emir de Córdoba, sino para el rey de León, Ramiro I.</p>



<p>Desconocemos el contenido de las misivas. Solo sabemos, que pasadas varias semanas llegaron a Shent Ya’qub (Santiago de Compostela), donde la comitiva andalusí entregó la documentación del rey vikingo al rey de León, que les dispensó todos los honores, y que permanecieron en tierras leonesas unos dos meses hasta el final de la temporada de peregrinaciones. Pasado ese tiempo continuaron el viaje de regreso atravesando Castilla, escoltados por soldados del rey, hasta que por fin entraron en tierras de Al-Andalus, donde el emir Abd el Rahman II les esperaba con impaciencia. Se cree, por los hechos posteriores, que la misión diplomática había pactado una paz con los vikingos, pues no volvió &nbsp;producirse ningún ataque en la península hasta el año 854, en el que un nuevo rey vikingo había ascendido al trono, y el tratado de paz ya no tenía validez.<br></p>
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</div>



<p><strong>Rigor histórico</strong></p>



<p>Lamentablemente carecemos de las fuentes originales que describan el viaje de Al Ghazal, de un testimonio de su puño y letra o de la crónica de algún escriba que acompañara a la embajada. El único documento que recoge este fantástico viaje fue escrito doscientos años después de producirse la misión diplomática, en el siglo XII, por Ibn Dihyah, un historiador andalusí afincado en Valencia, basándose en la narración del amigo de Al Ghazal, Tammam ibn Alqama, visir durante tres emiratos, quien no estuvo en la expedición, sino que conoció los detalles por boca de su amigo, a su regreso a Al Andalus. Esto explicaría que haya trascendido más la anécdota que los entresijos políticos de la misión.</p>



<p>El texto en árabe de Ibn Dihyah, cuyo original descansa en un museo londinense, fue traducido, y a día de hoy, interpretado por dos historiadores cuyas interpretaciones difieren entre sí, empezando por el destino final de la embajada. Mientras que W.E.D. Allen sostiene que el lugar al que arribó Al Ghazal fue el condado de Kerry, en Irlanda, Abdurrahman El Hajji mantiene que fue a Jutlandia (Dinamarca). A día de hoy, algunos historiadores aún siguen debatiendo acerca de la veracidad de esta narración, pues los nombres de los monarcas anfitriones no han podido ser identificados, y por los evidentes paralelismos con la más documentada embajada de Al Ghazal a Constantinopla, como son el hecho de desconcertar al monarca anfitrión en el protocolo o la estrecha relación que establece con la reina en ambas ocasiones. ¿Quién sabe? Puede tratarse de una pequeña exageración para hacer sus narraciones más atractivas, hechos recurrentes reales, que se explicarían dada la descarada personalidad de Al Ghazal, o incluso una pequeña tendencia al autobombo por su parte. En cualquier caso, si otorgamos credibilidad a su viaje, ésta habría sido la primera vez que un extanjero se desplazó voluntariamente al reino de los vikingos… y que volvió para contarlo.<br><br></p>
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		<title>Un judío andalusí recorre Europa. Ibrahim B. Yaqub (936-973)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/un-judio-andalusi-recorre-europa-ibrahim-b-yaqub-936-973/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 13:51:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>J.Ramirez del Río. Bibliografía: (El viajero histórico- El Legado Andalusí) Este mercader y diplomático judío nació en Tortosa en el segundo cuarto del siglo x, y apenas contamos con noticias acerca [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2547" class="csc-default">
<h3><strong>J.Ramirez del Río.</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: (El viajero histórico- El Legado Andalusí)</p>
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<div id="c2548" class="csc-default">
<p class="bodytext">Este mercader y diplomático judío nació en Tortosa en el segundo cuarto del siglo x, y apenas contamos con noticias acerca de su vida antes de emprender sus viajes por el norte de la Península Ibérica, Alemania, Italia, Francia y los países eslavos. En esta época la mayor parte de las relaciones del califato con los países cristianos fueron encomendadas acristianos como Recemundo o a judíos, con Hasday b. Sabrut o el mismo Ibrahim b. Yaqub, posiblemente porque la ayuda de la que podía disponer un cristiano o un judío para viajar por Europa en esta época, y para llevar a buen puerto su cometido, era mucho mayor que en el caso de los musulmanes. El interés de las relaciones entre el califato cordobés y los emperadores germanos aumentó durante unos años debido tanto al crecimiento del comercio, como el de los esclavos que los andalusíes compraban en el mercado de Verdun, como a los problemas surgidos alrededor de la fortaleza de Fraxinetum, nido de piratas musulmanes situado en Provenza, que se mantuvo activo hasta sus conquista en el año 975, y cuyo control atribuían los emperadores germanos al califa de Córdoba. Si bien en un principio los gobernantes del Sacro Imperio intentaron llegar a un acuerdo con el califato, el final de esta fortaleza llego tras un pacto de los señores de Provenza con parte de los piratas, que se integraron en la población de la zona y dejaron huellas de su paso que permanecen en la toponimia local hasta nuestros días.</p>
<p class="bodytext">Ibrahim b. Yaqub fue un mercader que recorrió toda Europa buscando oportunidades para sus negocios, aprovechadno las relaciones que enlazaban a los comerciantes y a las comunidades judías, ocasionalmente llevando a cabo misiones diplomáticas que le encomendaban los soberanos cordobeses antes los príncipes cristianos. Junto a algunas narraciones fabulosas encontramos datos relevantes que destacan el interés de este viajero por las mercancías, las ciudades y las rutas comerciales que fue encontrando:</p>
<p class="bodytext">Y en cuanto al país de Bolesias, va desde la ciudad de Praga hasta la de Cracovia, que están separadas por una distancia de tres semanas, y atraviesa la región de los turcos. La ciudad de Praga está construid en pira y cal, y es el mayor centro comercial del país. Llegan para comerciar desde la ciudad de Cracovia hasta Praga los rusos y los eslavos, y también acuden los turcos , tanto los musulmanes como los judíos.</p>
<p class="bodytext">La mirada de Ibrahim es similar en muchos aspectos a la de todos los personajes testigos de los choques entre el Islam y occidente en distintos momentos de la historia, tras vivir largos periodos a espaldas el uno del otro: el egipcio Al-Gabarti ante la llegada de los franceses a Egipto a finales del siglo XVIII o el emir Usama b. Munqidh ante las costumbres de los cruzados en Jerusalén, tan deliciosamente descritas en «Las cruzadas vistas por los árabes» de Amin Maalouf. Ibrahim b. Yaqub, ante las costumbres de los cristianos de Galicia o Asturias, de los germanos o de los eslavos en la Europa del siglo X, no puede ocultar su desagrado o su asombro ante lo que resulta lo opuesto a todas las leyes y costumbres que conocía en paises musulmanes. Todos ellos nos muestran la incomprensión, y el desasosiego que les produjo descubrir un mundo tan diferente al suyo.</p>
<p class="bodytext">Ibrahim b. Yaqub llevó a cabo misiones diplomáticas por cuenta de &#8216;Abd al-Rahman III ante Otón I (936-973)de Alemania en Magdeburgo y ante el Papa Juan XII (955-964) en Roma, además de recorrer de forma extensa otras zonas de Europa, dominadas en su mayor parte por pueblos eslavos. Cuando describe las grandes ciudades comerciales de su época podemos percibir la mezcla de pueblos que allí concurrían: rusos, eslavos del sur, germanos, italianos o turcos. De forma similar a la de los conquistadores españoles en América, mezclaba la realidad de sus observaciones con la ficción de las narraciones fantásticas, que encontraban su acomodo natural en aquellos países exóticos para un andalusí del s. X. Hacía la segunda mitad del s. X los viajeros andalusies en esta zona acumularon unos conocimientos que fueron reflejados por los geógrafos árabes de Oriente Medio: Ibn al- Jurdadbih, Ibn al-Faqih, Ibn Rusteh, Ibn Fadlan, Al-Mas&#8217;udi o al-Muqaddasi. De todos los comerciantes y viajeros que transmitieron noticias acerca de las tierras de los cristianos, la narración que conoció una mayor fortuna fue la de Ibrahim b. Yaqub, e incluso en el s. XIII, cuando ya los contactos con Europa habían sido mucho más intensos,el geógrafo persa al-Qazwini utilizó su narración para descubrir el centro de Europa.</p>
<p class="bodytext">Ibrahim consideraba a los europeos como pueblos completamente opuestos a los andalusíes no sólo desde un punto de vista cultural o social, sino incluso en el físico, sobre todo en el caso de los eslavos (saqaliba). No solo destaca el importante papel que tenían las mujeres en las cortes de sus reyes, algo que le extrañaba mucho, sino también su afición al clima frío:</p>
<p class="bodytext"><em>Y el frío es para ellos muy sano, aún cuando es intenso, pero el calor es fatal para ellos. No se atreven a viajar a Lombardía por el calor que hace allí, pues el calor les vence y mueren. Mantienen la salud cuando el tiempo es muy frío.</em></p>
<p class="bodytext">Mientras para Ibrahim el clima de la región del norte de Italia ya era frío en comparación con habitual al-Andalus, para los eslavos era de un calor insoportable. Por otro lado no deja de ponderar la riqueza agrícola de las tierras alemanas y francesas, de las que destaca la gran cantidad de alimentos que producían, en algunos casos varias cosechas al año, y la abundancia del agua. En una época en que las sequías eran temibles en al-Andalus y las crónicas nos hablan de algunos años de hambrunas debido a ellas, el comprobar que los problemas les llegaban a los europeos pro los desbordamientos de los ríos y las lluvias torrenciales le inclinaba a considerar a Europa como “el otro2, el opuesto en casi cualquier asunto de lo que se encontraba en Dar al-Islam.</p>
<p class="bodytext">Junto a las descripciones de las ciudades alemanas y de los países eslavos de alrededor, que nos muestran las excepcionales dores de observación de ibrahim, aparecen narraciones fantásticas acerca demitos, que este viajero, de forma similar a marco polo, sitúa en lugares poco más lejanos de lo que él pudo ver. Así sucede con la ciudad de las mujeres, que en el transunto del reino mítico de las amazonas:</p>
<p class="bodytext">Y al oeste de los rusos se encuentra la ciudad de las mujeres: tienen territorios y reinos, que son trabajados por sus siervos, y cuando una de ellas pare a un varón, lo matan. Montan a caballo, se ejercitan en la guerra y tienen valor y bravura &#8230; La noticia de esta ciudad es cierta, y me la contó Otto (Otón I), el rey de Rum.</p>
<p class="bodytext">Las leyendas de loa antigüedad clásica pasaban así a la cultura árabo-islámica, y eran incorporadas a las obras geográficas, continuando así una tradición milenaria. En algunas tumbas de Asía Central se han encontrado armas ene. Ajuar funerario de las mujeres, y es posible que el hecho de que algunas mujeres de la época en esa zona manejaran armas contribuyera a mantener vivo este mito.</p>
<h3>LAS MISIONES DIPLOMÁTICAS DE IBRAHIM B. YAQUB</h3>
<p>Los encuentros de este viajero andalusí con el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Otón I y con el Papa Juan XII son uno de los elementos más llamativos de sus viajes por Europa, pues las crónicas árabes no suelen ofrecer detalles de este tipo de misiones. El hecho de encontrarse con los dos personajes más destacados de la Europa cristiana nos indica la relevancia de este peculiar comerciante, que muy posiblemente tuviera en mente al iniciar sus viajes, como Benjamín de Tudela más tarde, el encontrar el reino judío de los jázaros, que se había convertido en un mito para los hebreos de al-Andalus.</p>
<p>Acerca del encuentro de Ibrahim con el Papa Juan XII en Roma en el año 961, no nos han llegado más que unas breves indicaciones acerca de los temas que trataron, en especial el interés del pontífice romano por hacerse con las reliquias de algunos santos y de algunos mártires, que permanecían en territorio andalusí, como las de una iglesia de Lorca, cerca de la que florecía cada año, el día de Navidad, un olivo cuyo fruto maduraba al día siguiente. Esta narración del olivo maravilloso pervivió en la memoria de los cristianos, y en una obra compostelana del s. XII como Pseudo-Turpin también aparece.</p>
<p>El hecho de que Roma mantuviera algún contacto diplomático con los gobernantes musulmanes de al-Andalus no es extraño, e incluso se conservan algunas cartas de otras épocas.</p>
<p>La misión de Ibrahim ante el emperador Otón I resulta hasta cierto punto más sencilla de comprender, pues los intercambios entre el Imperio y el Califato de Córdoba habían tenido ya hitos como la embajada de Juan de Gorce (949-950), de la que se conserva la narración y por la afluencia de otros viajeros europeos a la capital de al-Andalus, como Hrosvita. La embajada de Ibrahim b. Yaqub tuvo lugar en le año 965, en la ciudad de Magdeburgo, unos dos años antes de volver a Córdoba; de aquella visita contamos con la descripción que Ibrahim hizo de la embajada enviada por el rey de los búlgaros al emperador, que aprovecha para enfatizar la fuerza y la riqueza de este país, cuyos representantes llevaba ropajes cubiertos de oro y plata, además de mencionar hechos que conoció acerca de su historia, por ejemplo que la razón principal de la conversión de los búlgaros al cristianismo fue su contacto, tanto en las guerras como en la paz, con el Imperio Bizantino. También en este viaje pudo Ibrahim b. Yaqub tomar contacto con la realidad política de otros reinos, y así nos describe los cuatros grandes estados en que se dividían los eslavos, a los que se separa de los rusos (rus): el de los búlgaros, el de Boleslas, el rey de Praga, Bohemia y Cracovia, el de Mieszko, rey de Polonia y el de Nakun, en el oeste.</p>
<p>Si bien su misión diplomática no parece haber sido demasiado fructífera, su narración de las relaciones entre los pueblos centroeuropeos fue, durante mucho tiempo, la única referencia que de ellos tuvieron los andalusíes. En la figura de este viajero podemos advertir una serie de características que lo hacen particularmente interesante, como el cuidado por señalar de la forma más fiel posible la realidad de los países por lo que paso, sus conocimientos de otra tradiciones culturales, no solo de su época sino también de la antigüedad grecolatina, y su aspecto de embajador ocasional de los intereses del califato ante los más poderosos monarcas de Europa de aquella época.</p>
<p>Aunque no se conservan menciones a la vida de Ibrahim tras sus embajadas, algún autor ha señalado que muy posiblemente encontró una buena cogida a su vuelta a al-Andalus y que el califa al-Hakam II patrocinó la redacción del relato de sus viajes, que no podían dejar d fascinar a unas gente acostumbradas a considerar como bárbaros a sus vecinos del norte.</p>
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		<title>Los judíos del oriente. Benjamín de Tudela, a través de la geografía sagrada. (1160 – 73)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-judios-del-oriente-benjamin-de-tudela-a-traves-de-la-geografia-sagrada/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 13:50:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mayté Pérez. Bibliografía: (El viajero histórico- El Legado Andalusí) “Cuentan que Saladino, necesitando dinero para continuar la lucha contra los invasores cruzados,  llamó a un rico judío para confiscarle  parte de [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2572" class="csc-default">
<h3><strong>Mayté Pérez.</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: (El viajero histórico- El Legado Andalusí)</p>
</div>
<div id="c2573" class="csc-default">
<p class="bodytext">“Cuentan que Saladino, necesitando dinero para continuar la lucha contra los invasores cruzados,  llamó a un rico judío para confiscarle  parte de su fortuna y destinarla para emprender esa empresa. Pero, el indulgente soberano  musulmán quiso concederle una alternativa al comerciante y el propuso un acertijo. Le preguntó cual era la mejor fe; si el judío contestaba: la judía, era menospreciar la fe del sultán; si  decía: la musulmana, era una apostasía; en uno y otro sentido, un pretexto de confiscación. Pero el judío respondió con una historia edificante:</p>
<p class="bodytext"><em>“Excelencia, había un padre que tenía tres hijos y un anillo adornado con una  piedra preciosa, la mejor del mundo. Los tres hijos  rogaban al padre que les dejar a la sortija al morir, y el padre para contentar a todos, llamó  a un buen orfebre y le dijo:”Señor, hacedme dos anillos semejantes a este y colocadle a cada uno una piedra parecida a esta” El maestro hizo los anillos tan parecidos que nadie, además del padre, podría distinguir el verdadero. Llamó aparte a cada uno de sus hijos y le dijo el secreto a cada uno, y, cada uno creyó recibir el verdadero anillo, que solo el padre conocía bien. Es la historia de tres religiones, excelencia. El Padre que las ha dado sabe cual es la mejor, y cada uno de los hijos, es decir, nosotros creemos que tenemos la buena.</em></p>
<p class="bodytext"><em>El sultán quedó maravillado, y dejó que el judío se marchara sin pedirle nada”</em></p>
<p class="bodytext">A su paso por Palermo, la Perla de Sicilia, Benjamín de Tudela pudo  haber oído esta historia que recogería mas tarde el ignoto compilador del <em>Novellino</em>. En el Cairo había él contado  no menos de siete mil judíos, muy ricos y estudiosos de la Tora. Y esta misma prosperidad de sus correligionarios asentados en <em>Dar-al-Islam</em> lo había llenado de júbilo a su paso por Bagdad y Damasco. A este intrépido viajero  lo encontré un día entre las notas de un viejo volumen, en Tadmor, en medio de las ruinas de Palmira, y luego otra vez en Irán, al visitar el zigurat arruinado de Borsippa, que Benjamín había descrito, confundiéndolo con la Torre de Babel, tal y como  hoy se la ve, “hendida por el fuego de Dios”. Pero,  ¿Quién era este Marco Polo judío que había de consumar una odisea extraordinaria, desde su Tudela natal hasta el Océano Indico y la China de  los tártaros? Poco sabemos de él, salvo que debió realizar su viaje entre 1165 y 1173 y morir hacia 1175, sin haber tenido tiempo de redactar ni ordenar sus numerosas observaciones. El anónimo prologuista, encargado de dar  forma definitiva al libro, nos lo presenta como hombre de singular discreción y muy instruido, buen conocedor de los textos sagrados y de la historia antigua. Escribió su <em>Séfer Masa´ot(1) o Libro de Viajes</em> en hebreo, sin duda lengua franca durante  su recorrido, pero debía entender el árabe e incluso el griego y el latín. En al-Andalus  era mucha la  fama de estos judíos trilingües, inestimables como embajadores, consejeros y traductores. Admirable este siglo XII, al que perteneció nuestro viajero, nos muestra  un rostro plural: el de la Escuela de Traductores de Toledo, el del granadino  Moshé Ibn Ezra, quién escribió el más importante tratado de teoría poética judía en árabe, el de la Edad de Oro de la poesía hispano-hebrea; en fin, el de Maimónides el sefardí, quién redactó en lengua árabe la mayoría de sus tratados teológicos y fue médico en el califato de El Cairo. ¿Cómo no reconocer en el paso decidido de Benjamín de Tudela la imagen de ese judío universal, de talante más abierto, que propiciaron las cortes andalusíes? Sin abusar del estereotipo idealizado, en el contexto medieval, de una imagen impermeable a los conflictos, la convivencia de las tres culturas en suelo hispánico nos habla de un relativismo religioso, acaso más extendido de lo que se cree. Nuestras ciudades han conservado, en aljamas y juderías, las huellas de una segregación en el espacio urbano, acaso como fórmula que posibilitaba la admisión del otro. Es esa diversidad del mundo, a la que Benjamín se entrega con fruición, lo que me parece más rescatable de su relato.</p>
<p class="bodytext">El Séfer-Masa´ot, por lo demás, se parece mucho a un tratado de geografía, inspirado en los modelos árabes de la época. Su finalidad primordial era informar de la situación social y cultural de las comunidades judías  en todo el mundo conocido – y el libro se ha convertido en fuente esencial para conocer la economía, demografía y cultura judías de su tiempo. No obstante, si lo primero que Benjamín anota es la importancia de la población judía y el nombre de los letrados y responsables comunitarios, su interés está lejos de reducirse al mundo hebreo y los más relevantes acontecimientos históricos del momento- las cruzadas, el cisma en el papado y los conflictos de Oriente en el ocaso de la dinastía islámica fatimí- no escapan a su atención. Menciona la escuela de Salerno y el hecho de que en la ciudad de Sorrento se encuentra un aceite llamado petróleo que se utiliza como remedio.  Se interesa tanto por el cultivo de perlas en el golfo pérsico como por las técnicas de pesca que se empleaban en el Nilo. Estaba fascinado por las sectas, trátese de los drusos, de los samaritanos o los “al-hashishim” del Líbano, rama de los chiítas, que por sus crímenes dieran origen a la palabra “asesino” – a partir del vocablo original, “hashish” como  referencia a la planta narcótica que consumían su prosélitos. Benjamín de Tudela consideraba al Papa de Roma con el mismo interés que al Califa  de Bagdad, al Sultán del Cairo o al Exilarca de Mesopotamía. Y la Enciclopedia Judía lo cita como fuente primordial de nuestro conocimiento sobre la corriente mesiánica impulsada por David Alroi, surgido algunos años antes de su paso por la región.</p>
<p class="bodytext">Su itinerario ha conocido  numerosos impugnadores y también doctos apologistas. Los historiadores han utilizado su libro para la historia económica y política, no sin advertir al mismo tiempo sus elementos legendarios. Hay quienes han visto en él otro Mandeville que habría recorrido el mundo sin salir  de su aldea, mientras oros defienden como plausible todo su recorrido. Lo cierto  es que Benjamín de Tudela mezclaba las descripciones de los países que efectivamente  visitó – el área septentrional del Mediterráneo, el Medio Oriente, Irán y Egipto – con consideraciones sobre otros países que debió conocer de oídas, como Alemania, Rusia, Yemen, Etiopía, Ceilán y China. A propósito de estas últimas regiones el relato se toma más general y vago, propiciando la aparición de ese Lugo común de la cultura medieval que es lo maravilloso. Si el Mediterráneo constituye el mar de la racionalidad y la civilización, el océano Índico será interpretado como un contramediterráneo, espacio de todos los prodigios. La Razón medieval produce monstruos. No falta en la relación de Tudela la alusión al águila gigante de los mares helados de China, otra versión del Rujj, el legendario pájaro que puebla por igual los escritos del mundo árabe y del cristiano, de Abu Hamid a Marco Polo hasta encontrar lugar de honor en el Manual de zoología fantástica de Borges. Ni tampoco las riquezas fabulosas en oro, especias y pedrerías, ni los perfumes (esa mirra aromática del lejanoTíbet”) con que la imaginación occidental adornaba las tierras levantinas. El Oriente representaba la utopía del refinamiento y la abundancia y suscitaba en el imaginario popular la codicia de un lujo desconocido. Situado en los confines de  la Europa medieval, Bizancio era un puente casi irreal hacia el mundo bárbaro del Asia misteriosa y exótica. Allí encuentra Benjamín las mas grandes iglesias y los palacios más suntuosos, como el de Blanchernes, con un “trono de oro y piedra noble y una corona aúrea (…..); en la corona hay incontables piedras preciosas, tantas que, por la noches, es necesario poner allí lámparas, pues todos ven la luminaria que desprende luz de las piedras preciosas”.  Y si bien, “los griegos del país son muy ricos  en oro y piedras preciosas, visten trajes de seda, con encajes de oro tejidos y  bordados en sus vestiduras”, a nuestro viajero le parecen también afeminados, apuntando quizá los primero síntomas de decadencia del imperio. Con todo, entiendo que el juicio de mayor interés no reside en deslindar lo verdadero de lo falso, sino en indagar por qué estos dos ámbitos se mezclan con tal libertad. Y es que si esta preferencia por el registro de lo extraordinario resulta general en la época, si los mirabilia occidentales tienen su equivalente en los ´Aja´ib árabes, ello responde a que en ambas tradiciones lo maravilloso constituye un dispositivo de traducción de la diferencia, un modo de conocimiento de la alteridad.</p>
<p class="bodytext">El Séfer-Masa´ot es además una de las primeras obras en hacerse eco de la leyenda  del Preste Juan, el monarca cristiano que desde Oriente amenazaba al imperio de Saladino y debía salvar la Jerusalén cristiana. Se trataba de los feroces Kuffar al- Atrak, adoradores del viento que tenían  el desierto por morada, “no comen pan ni beben vino, sino carne como si estuviera viva y sin cocer. No tienen nariz y en lugar de nariz tienen dos pequeños orificios por donde sale el resuello” Benjamín nos cuenta la historia de la alianza entre estos infieles turcos y los israelitas, así como de la derrota que inflingieron al rey de Persia, oída directamente de uno de los participantes en la contienda. En estos años circulaba incluso una carta que el Preste Juan habría  enviado al Emperador de Bizancio donde se decía propietario de río Ydonis que llegaba del paraíso colmado de esmeraldas, zafiros, rubíes y ….!de pimienta!</p>
<p class="bodytext">Nuestras sensibilidad científica y positivista se extraña de ver consignados, junto a estas leyendas, descripciones precisas de otros fenómenos con los que nuestro viajero entró en contacto, como  en Nilómetro (“A doce codos sobre el nivel de las aguas”) y el Faro de Alejandría (visible a “una distancia  de cien millas”). En un relato en buena medida impersonal y parco en descripciones, resaltaba  la atención prestada a Bagdad, que tuvo la suerte de visitar antes de la invasión de los mongoles. Tierra de palmeras, huertas y vergeles, “a ella vienen de todos los países con mercadería y en ella hay hombres sabios, filósofos conocedores de todo tipo de encantamiento”. Si el viajero valenciano Ibn Yubayr, que pasó por allí unos diez años más tarde, hacía notar que la mayoría de los edificios habían desaparecido y que no  quedaba en la urbe musulmana sino el  prestigio de su nombre, Benjamín no encuentra  palabras para  traducir su admiración. El Califa es inmensamente rico y respetado por los príncipes de Arabia, Turkmenistán, Persia y el país del Tíbet. Mejor aún: es infinitamente sabio. “Viste ropajes regios hechos de oro, plata y lino, en la cabeza lleva un turbante con piedras preciosas de incalculable valor. Sobre el turbante, una  pañoleta negra para simbolizar su humildad antes las cosas del mundo, como diciendo: “Ved, todo este honor lo cubrirá una tiniebla el día de la muerte”. A la sombra de este  hombre piadoso, versado en la Torá de Israel, viven unos cuarenta mil judíos “en tranquilidad y honor”. No solo florecen las sinagogas. Hay también una “Casa de la sabiduría” e incluso hospitales para dementes, como el Dar al-maristán donde cuidan a los que enloquecen “por causa del calor” hasta que pueden partir, sanos y libres, en  el invierno. De su pintura surge una visión del mundo musulmán ponderada y hasta elogiosa, en las antípodas de las aberraciones denigratorias que la Doctrina de Mahoma había difundido  en occidente.</p>
<p class="bodytext">Frente  a los peregrinos occidentales, que no descubrirán el Islam hasta el siglo XIII, Benjamín de Tudela nos ha legado preciosas informaciones acerca del “otro mundo” bien  terrenal que descubría al hilo  de sus andanzas. Frente  a la vivencia  libresca del espacio por parte de los peregrinos cristianos, extranjeros a la realidad  que pisaban, el sentido práctico de nuestros caminantes abre sus ojos a sociedades diversas. Frente a la visión de universos infranqueables que propiciaron las cruzadas, nuestro avispado mercader nota sin sarcasmo la “interconfesionalidad” del comercio.</p>
<p class="bodytext">Los peligros del mar, los piratas de Berbería, la fiebre o las fatigas del camino, que humanizan tantos relatos de exploración, están sin embargo ausentes del Sáfer Masa´ot. Aunque no debieron faltarle ni la  paciencia, ni el dinero, ni la fe, nada sabemos de su itinerario íntimo y personal. Conocemos sólo las millas, las leguas medidas en distancia de carro, los puntos entre dos  desplazamientos. El caminante se desdibuja: es el camino. El nomadismo deviene movimiento  natural: nada hay definitivo. Benjamín apenas sobrevivió a su viaje: el ciclo de su  errancia se cierra  conjuntamente con el de su vida. Pero antes, la aventura del hombre coincide un momento con la aventura de su decir: el  exilio culmina en la escritura, el Libro: la única patria.</p>
<p class="bodytext">(1) La primera edición vio la luz en Contastinopla, en  1543. Un estudio de los avatares del libro y  sus traducciones se encontrará en la edición de José Ramón Magdalena Nom de Deus: Libro de viajes de Benjamín de Tudela, Barcelona,  Riopiedras, 1989.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-judios-del-oriente-benjamin-de-tudela-a-traves-de-la-geografia-sagrada/">Los judíos del oriente. Benjamín de Tudela, a través de la geografía sagrada. (1160 – 73)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Los Cartógrafos mallorquines y catalanes. S. XIV: Angelino Dulcert (1339), Abraham Cresques (1375)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 13:46:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Luisa Martín-Merás En los últimos siglos de la Edad Media, en los puertos de Palma de Mallorca, Barcelona y Valencia, se creó una importante escuela de cartógrafos. Allí se [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto:</strong> Luisa Martín-Merás</p>
<p><strong>En los últimos siglos de la Edad Media, en los puertos de Palma de Mallorca, Barcelona y Valencia, se creó una importante escuela de cartógrafos. Allí se hacían los mejores mapas del mundo con la información que aportaban marinos y comerciantes.</strong></p>
<p class="bodytext">A finales del siglo XIII se desarrolló en la cuenca mediterránea una cartografía marítima con un carácter empírico ya que su objetivo principal era servir a la navegación. Por esta razón sólo se representaba el litoral costero, con algún detalle del interior, como ríos y montes que pudieran servir de referencia a los navegantes, que no perdían nunca de vista la costa en sus viajes. Esta cartografía era muy diferente de los mapamundis medievales que coexistían en la Edad Media, por la base empírica de la primera frente al componente teológico y religioso de los segundos. Las cartas portulanas están fundadas en el cálculo de la posición del navío y las distancias entre los puertos; nacen de la experiencia y están dedicadas a la práctica de la navegación.</p>
<p class="bodytext">El origen de esta cartografía es incierto, habiéndose citado a Marino de Tiro como inventor, aunque algunos lo sitúan en algún momento del siglo XII y ligado a la generalización del uso de la brújula y a Raimon Llull, que en el libro Fénix de las Maravillas del Orbe de 1286 dice que los navegantes de su tiempo se servían de “instrumentos de medida, de cartas marinas y de la aguja imantada”. Las ciudades en los que aparecen por primera vez cartas portulanas son: Génova, Palma de Mallorca y Venecia, y continuaron siendo durante dos siglos largos los centros productores de ellas.</p>
<p class="bodytext">Estas cartas que estaban orientadas al norte magnético, permitían al marino prever su ruta, siguiendo el rumbo de uno de los 32 vientos dibujados en la carta, y calcular la distancia que debía recorrer. El método de obtener el rumbo por la brújula y la distancia por la velocidad de la nave se llama navegación de estima. Los rumbos de vientos se dibujaban a partir de los cuatro puntos cardinales: Tramontana, el norte; Levante, el este; Mexojorno, el sur y Ponente, el oeste. Los ocho vientos principales se dibujaban en azul, rojo o poniendo la inicial del nombre en catalán. Estos rumbos y otros intermedios, correspondientes a las direcciones de la rosa de los vientos, forman una trama como de tela de araña que es una característica de este tipo de cartografía. Se observa una insistencia particular en señalar dos direcciones, el este, que, como en los mapamundis medievales, estaba indicado con una cruz por la creencia de que en esa dirección estuvo el Paraíso Terrenal, y el norte señalado con las siete estrellas de la Osa Menor que luego se convirtieron en una flor de lis.</p>
<p class="bodytext">No se sabe la forma en que se realizaba la toma de datos para la construcción de las cartas portulanas; parece que la principal fuente de información de los cartógrafos fue la experiencia náutica de la gente de mar, escrita en unos libros, llamados portulanos, que existían desde la Antigüedad, donde se anotaban las particularidades de los puertos y las distancias de unos a otros; la tradición oral, trasmitida de generación en generación en todos y cada uno de los puertos del Mediterráneo, sería otra forma complementaria de información geográfica. Estos datos se pasaban probablemente a cartas parciales que, en algún momento se unificaron en una carta náutica general; por esta razón los topónimos de las cartas no proceden de una sola lengua mediterránea.</p>
<p class="bodytext">Las cartas así llamadas carecían de coordenadas geográficas y de proyección, ya que las mediciones obtenidas con la aguja magnética y las distancias deducidas de la estima operaron de la misma forma que se hace un levantamiento topográfico. Como las cartas portulanas se limitaban a representar una zona geográfica poco extensa, pueden considerarse como cartas planas, trazadas respecto al norte magnético y sólo afectadas por errores cometidos al medir las distancias.</p>
<p class="bodytext">Llevaban estas cartas una escala en leguas para apreciar las distancias entre los distintos puertos, que se llamaba “tronco de leguas” pero no está claro el valor atribuido a la legua que entonces oscilaba ente las cuatro millas náuticas de las leguas españolas y las tres de las italianas. El antecedente de estas cartas sería una carta náutica anónima de c. 1300 llamada carta pisana que está considerada como la carta marina más antigua del occidente europeo. El nombre de carta pisana procede de una antigua familia de Pisa que la tenía en su poder a mediados del siglo XIX cuando fue comprada por la Biblioteca Nacional de París. La controversia sobre si fueron mallorquines o genoveses los que iniciaron esta cartografía está hoy atenuada, pero fue muy fuerte en la primera mitad del siglo pasado.</p>
<p class="bodytext"><strong>La cartografía mallorquina<br />
</strong><br />
Al incorporarse las Baleares a la confederación aragonesa en 1229, los puertos de Palma, Barcelona y Valencia se convirtieron en bases de una actividad comercial que se extendía por todo el Mediterráneo. La actividad cartográfica se desarrolló fundamentalmente en Mallorca porque las circunstancias históricas hicieron de esta isla en los siglos XIV y XV un cruce de culturas y un centro comercial de primer orden. El sustrato científico y matemático de esta cartografía lo habían proporcionado a finales del siglo XII las obras de Raimon Llull y Alfonso X el Sabio.</p>
<p class="bodytext">La primera carta mallorquina que nos encontramos es la de Angelino Dulcert de 1339, plenamente madura, tras la que seguirán otras, siendo la más conocida y justamente alabada el Atlas Catalán, debido a Abraham y Jafuda Cresques de 1375 que introduce como innovación un calendario perpetuo y la aparición de las rosas de los vientos, además de una magnífica ornamentación. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de París.</p>
<p>Los rasgos característicos de la escuela mallorquina son:</p>
<p>1. Toponimia en catalán, más abundante en el Mediterráneo y Península Ibérica.<br />
2. Leyendas con informaciones útiles al comercio.<br />
3. Ornamentación profusa en el interior de los continentes con banderas de los distintos países, reyes, animales y perfiles de ciudades costeras representadas por sus iglesias, faros o elementos característicos que las haga reconocibles desde el mar.<br />
4. Representación orográfica del monte Atlas en forma de palmera.<br />
5. El Mar Rojo en ese color por influencia judía, a veces señalando el paso de los israelitas.<br />
6. El río Tajo en forma de bastón rodeando la ciudad de Toledo.<br />
7. Los Alpes en forma de pata de ave.<br />
8. Decoraciones religiosas en la parte izquierda del portulano entre las que predomina la Virgen y el Niño.<br />
9. Representación de ríos en el interior de las tierras, a veces saliendo de un lago en forma de almendra y con rayas onduladas.<br />
10. Las barras de la corona de Aragón cubriendo la isla de Mallorca, y la isla de Tenerife con un círculo blanco en el centro para indicar el Teide.</p>
<p class="bodytext">Los conocimientos que la Europa culta tuvo de los países del Báltico se deben a la cartografía mallorquina que, demuestra además una perfecta información de áfrica, Mar Negro y Golfo Pérsico, adquirida a través de las redes comerciales judías de estos lugares y, a partir del siglo XV, de los viajes portugueses alrededor de áfrica, lo que confiere a las cartas portulanas de la escuela mallorquina un carácter de mapas terrestres; en estos casos cuanta menos información hay de las costas, más se rellena el interior de los continentes. En este sentido las menores dimensiones atribuidas a las regiones del centro y norte de Europa en clara contradicción con la realidad física, radican, al parecer, en la utilización de datos españoles y portugueses expresados en leguas de 17,5 al grado de a cuatro millas cada legua, traducidas erróneamente por leguas de 15 al grado que tenían un valor sobreentendido de 3 millas italianas.<br />
Aunque hay evidencias documentales de que las cartas portulanas se usaban en los barcos como ayuda a la navegación, en las que han llegado hasta nosotros no hay ningún rastro de este uso pues parecen demasiado lujosas. Las referencias sobre su uso en las naves son muy antiguas; así cuando en 1270 Luis IX de Francia navegaba desde Aigues Mortes a Túnez y su barco fue obligado a dirigirse a Cagliari por una tormenta, el capitán le mostró una carta para enseñarle el lugar donde se hallaban, si bien como el relato está escrito en latín se la denomina mapae mundi. La misma denominación reciben las cartas de un inventario hecho en 1294 con motivo de la restitución de un barco aragonés, el San Nicolás, que había sido capturado por piratas italianos. Abundando en lo mismo, en una ordenanza del reino de Aragón de 1354 se decretaba que cada galera debía llevar en todas las navegaciones dos cartas marítimas.<br />
En el siglo XIV se desarrolló un floreciente comercio de cartas náuticas en el Mediterráneo, como parece indicar un documento fechado en Barcelona en 1390 en el que un mercader, Domènech Pujol, envió a Flandes ocho cartas de navegar.</p>
<p class="bodytext">Las cartas portulanas se dibujaban sobre la piel de un cordero o ternero extendida; el cuello del animal colocado hacia la izquierda o poniente, aunque hay algunas cartas venecianas que tienen el cuello del pergamino hacia el este, tal vez porque al desenrollar la carta lo primero que aparecía era la zona oriental mediterránea que era donde comerciaban las naves de esta ciudad. A comienzos del siglo XVI empiezan a aparecer atlas también en pergamino.</p>
<p class="bodytext">La técnica artística era la utilizada para la iluminación de manuscritos en la Edad Media. Se conservan algunos tratados sobre las técnicas de reproducción y podemos comprobar que estos mapas participan de convenciones heredadas de los mapas romanos como son: el uso del azul y verde para dibujar los mares y ríos, el Mar Rojo siempre en ese color, las ciudades representadas por grupos de edificios, las montañas por cadenas de curvas o de forma pictográfica y las selvas, a menudo coloreadas en verde, indicadas por grupos de árboles. Estas convenciones representativas han pervivido durante al menos seis siglos más.</p>
<p class="bodytext">No sabemos cómo organizaban sus talleres, si trabajaban por encargo o tenían copias almacenadas para su venta y si participaban iluminadores y amanuenses, con las tareas divididas. Se ha discutido mucho sobre el uso de las cartas portulanas si sólo eran para la navegación o como regalo de potentados, pero parece fuera de toda duda que los atlas han debido de servir exclusivamente para esto último. La ornamentación de las cartas portulanas estaba enraizada en la tradición monástica de los iluminadores de manuscritos donde el rojo es utilizado corrientemente para enfatizar las palabras importantes, como se ha venido haciendo en las cartas portulanas. En 1426 Battista Beccaria fue el primero en señalar la costa con topónimos en rojo para recalcar la importancia de éstos frente a los rotulados en negro. La rosa de los vientos, documentada por primera vez en el atlas de Cresques de 1375, fue usada ampliamente a partir del siglo XVI. La inclusión de la flor de lis en las rosas de los vientos para indicar el norte se halla documentada por primera vez en una carta de Jorge d’Aguiar de 1492. La representación de las ciudades costeras detallando sus características más importantes aparece también es esta cartografía, como ya hemos señalado.</p>
<p class="bodytext">El dibujo de la Virgen con el Niño en brazos en el cuello del pergamino está datado en una carta del italiano Petrus Roselli de 1464, seguida por Jaume Bertrán en 1489, que se encuentra en la Biblioteca Marucelliana de Florencia. La decoración de la Virgen y el Niño alterna con la representación del Calvario con la Virgen y San Juan o algún otro santo a ambos lados de la cruz. En la carta de Juan de la Cosa aparece, además de una bella estampa de la Virgen con el Niño dentro de una rosa de los vientos en medio del océano, un San Cristóbal en la parte correspondiente al continente descubierto por Colón.</p>
<p class="bodytext">La decoración más curiosa aparece en una carta de Mateo Prunes de 1571 en la que la Virgen sostiene con un brazo al niño y con el otro blande un palo para darle un estacazo a un pequeño demonio que quiere llevarse a una figura humana agarrada a las faldas de la Virgen y que muy bien podría ser el autor.</p>
<p class="bodytext">Los mares interiores están representados por rayas onduladas en sentido horizontal y las barras de la corona de Aragón suelen cubrir la isla de Mallorca; esta isla, junto con las de Malta y Rodas está especialmente resaltada en las cartas que estamos estudiando.</p>
<p class="bodytext">Los vientos representados por personas o ángeles y colocados en los ángulos de las hojas de los atlas o mapas se denominan soplones y se introdujeron en el Renacimiento a través de las traducciones de la obra de Ptolomeo, popularizándose en la cartografía italiana y francesa, fundamentalmente.</p>
<p class="bodytext">Esta vertiente ornamental está documentada en un contrato que firmó Battista Beccaria y Jafudá Cresques en Barcelona en 1399 comprometiéndose con el mercader florentino Baldassare degli Ubriachi a construir cuatro mapas del mundo con un número determinado de reyes, monstruos y demás decoraciones para presentarlos a varios monarcas europeos. El contrato diferenciaba claramente la labor de ambos pues el mallorquín Jafuda Cresques es llamado maestro di charta da navichare, mientras que Beccaria es denominado dipintore con la tarea de embellecerlos. Como en el documento se manda al agente del mercader llevar los mapas al taller de Beccaria una vez finalizado el trabajo de Cresques, parece claro que trabajaban independientemente.</p>
<p class="bodytext">Este sentido comercial no era incompatible en los siglos XIV y XV con los términos científicos de las cartas, por lo que la inclusión en ellas de algunos elementos fantásticos como la representación del famoso Preste Juan de las Indias, los cuatro ríos del Paraíso y las fabulosas noticias de islas en el Atlántico no alteraron ni la información práctica ni la concepción científica con que está trazada esta cartografía, pero la balanza se fue inclinando hacia el lado ornamental del producto.</p>
<p class="bodytext">En 1492 tuvieron lugar dos importantes hechos históricos que condicionaron el desarrollo de esta cartografía: el descubrimiento de América y la expulsión de los judíos de España. Con el descubrimiento de América, el interés de los monarcas castellanos se polarizó en la vertiente atlántica, cuya avanzadilla sería ahora otro archipiélago: las Canarias, como antes habían sido balcón mediterráneo las Baleares, y se tradujo en la creación de la Casa de la Contratación, verdadera escuela sevillana de cartografía, que se desarrolló al calor de los descubrimientos americanos y los intereses políticos y comerciales de la Monarquía. En la misma época, la escuela mallorquina empezó a languidecer por falta del impulso comercial y científico que la alentaba y también como consecuencia del segundo hecho histórico mencionado ya que una buena parte de los autores de esta cartografía eran judíos.</p>
<p class="bodytext">Por este cúmulo de circunstancias, los talleres cartográficos mallorquines se desplazaron a otros centros del Mediterráneo, gobernados también por monarcas españoles; en Mallorca permanecieron, Salvat de Pilestrina y la familia Prunes mientras que los Oliva se trasladaron a Italia donde trabajaron en Mesina, Nápoles y Livorno y algunos miembros esporádicamente en Marsella. En Mesina se estableció permanentemente Joan Martines donde firmaba sus cartas manteniendo la grafía catalana “añy” y con la aclaración de “Cosmógrafo de S.M.”, lo que nos inclina a pensar que tenía un empleo oficial como la familia Maiolo en Génova. Su obra, fundamentalmente en atlas, se extiende desde 1556 a 1591.</p>
<p class="bodytext">De este somero análisis de la cartografía portulana, especialmente de la elaborada en Mallorca podemos resumir que estamos en presencia de mapas en los que la representación geográfica alcanza altas cotas de perfección en su época y que fueron cartas náuticas hechas por y para los marineros, como un instrumento más de ayuda a la navegación y para los que era vital el conocimiento del rumbo y la distancia. Por esta razón las treinta cartas que han llegado a nosotros del siglo XIV y las aproximadamente ciento cincuenta del siglo XV revelan un continuo perfeccionamiento en la hidrografía costera y en la puesta al día de datos geográficos; el deterioro de esta información a mediados del siglo XVI fue debido a que su función práctica y eminentemente marítima fue sustituida por otra clase de información puramente geográfica y culta, demandada por coleccionistas, mecenas y comerciantes que eran entonces los demandantes de esta cartografía.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-cartografos-mallorquines-catalanes-s-xiv-angelino-dulcert-1339-abraham-cresques-1375/">Los Cartógrafos mallorquines y catalanes. S. XIV: Angelino Dulcert (1339), Abraham Cresques (1375)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Los Viajes a Oriente. Tras la Huella de Marco Polo.  Clavijo (1403-5),  Tafur (1436-39)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-oriente-tras-la-huella-marco-polo-clavijo-1403-5-tafur-1436-39/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 13:45:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>&#160; Texto: Ramón Jiménez Fraile Pedro Tafur. El primer turista español. &#160; El cordobés Pedro Tafur fue el primer turista español. No era ni comerciante, ni peregrino ni embajador, pero [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Texto:</strong> Ramón Jiménez Fraile</p>
<p><strong>Pedro Tafur. El primer turista español.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El cordobés Pedro Tafur fue el primer turista español. No era ni comerciante, ni peregrino ni embajador, pero a principios del siglo XV viajó con un espíritu curioso por Europa hasta Oriente Medio. Jiménez de la Espada publicó por primera vez sus libros de viajes a a finales del siglo XIX.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En 1874, gracias al empeño de Marcos Jiménez de la Espada, se publicó en Madrid por primera vez en forma de libro el manuscrito que contenía el relato que el andaluz Pero Tafur hizo de su viaje por Oriente Medio y Europa en la primera mitad del siglo XV.</p>
<p>Jiménez de la Espada no era precisamente un experto en literatura medieval, sino un biólogo con alma de aventurero que se había distinguido como miembro de la Comisión Científica del Pacífico, la réplica hispana a los periplos de Alexander von Humboldt y Charles Darwin. Fue nuestro aficionado editor quien puso en evidencia al mismísimo Darwin al demostrar que la afamada ranita <em>Rhinoderma dawinii </em>no paría por la boca, como había pretendido el genio británico, sino que era el macho el que en su cavidad bucal los huevos ya fecundados por la hembra.</p>
<p>¿Qué relación había entre un experto en batracios decimonónico y el autor de un manuscrito olvidado durante siglos en Salamanca? El nexo era la pasión por los viajes y la aventura.</p>
<p>En su odisea, que duró tres años, Jiménez de la Espada atravesó el continente sudamericano por su parte más ancha, desde Ecuador hasta la desembocadura del Amazonas, y escaló volcanes en Centroamérica y los Andes. Del cráter del Pichincha sería rescatado por los indígenas tras llevar tres días perdido. Por su parte, Tafur, movido por la curiosidad y jugándose en numerosas ocasiones la salud y la integridad física, también empleó tres años en un viaje que, a falta de Nuevo Mundo en los mapas, tuvo como escenario el Mediterráneo, Tierra Santa, Egipto, Turquía, el Mar Negro y Europa central y occidental.</p>
<p>Ciertamente, la de Tafur no fue ni la primera ni la más importante de las gestas de viajeros hispánicos medievales. A este respecto, los expertos en la materia sacarían fácilmente a relucir una variopinta galería de personajes como la mujer Egeria, el judío Benjamín de Tudela, el andalusí Ibn Yubair o el embajador castellano a la corte del Gran Tamerlán González de Clavijo. Pero, a diferencia de los relatos de corte notarial de estos últimos o de las tercas guías de viaje medievales al modo <em>“Lonely Planet”, </em>el relato de Tafur tiene un algo especial que lo distingue de los demás y que le hace ser precursor de la literatura de viajes tal como la entendemos en la actualidad.</p>
<p>Para el italiano Franco Meregalli, el libro de Tafur <em>“es mucho más que uno de</em><em> los tradicionales ‘itinerarios’ de palmeros o romeros. Se trata de andanzas y viajes de una persona específica en situaciones específicas, narrados por esta misma persona en una situación específica”.</em></p>
<p>Con Tafur, no sólo sale a relucir el contenido del viaje y sus inevitables dosis de información, sino que destaca, en primer lugar, el individuo mismo, el viajero con su carga de asombro, goces y sufrimientos que acaban por transformarlo. Redactado en primera persona e incluyendo múltiples referencias a las vivencias del autor, la obra &#8211; conocida como <em>“Andanças e viajes por diversas partes</em><em> del mundo avidos” </em>&#8211; hace que el lector se identifique desde el primer momento con el protagonista, a quien va a acompañar en un sinfín de aventuras y con quien va a compartir comparaciones y reflexiones, muchas de ellas no exentas de humor. Tafur fue, en el mejor sentido de la palabra, un turista, nuestro primer turista del que tenemos constancia, y la obra que nos legó marca un hito en nuestra literatura de viajes.</p>
<p>Obligado a seguir, en un principio, las rutas habituales de los peregrinos que se dirigían a Roma y Tierra Santa, Tafur no dudará, una vez metido en harina, en cambiar de planes movido exclusivamente por la curiosidad, el instinto viajero y, lo más importante en estos menesteres, la disponibilidad para aprovechar las oportunidades que se le van presentando. Sin juicios de valor tajantes ni dogmas que defender, nuestro personaje se dedica las más de las veces a vagabundear al estilo Chatwin, o se fija objetivos – como el de ir a India – a los que la presión de otros viajeros más experimentados le llevará a renunciar.</p>
<p>Hidalgo andaluz, nacido probablemente en Córdoba hacia 1410, acabó de redactar su relato en 1454, tres lustros años después de haber protagonizado una aventura que ya era imposible de repetir al haberse producido entre tanto la caída de Constantinopla. Fue probablemente su afán de reflejar la realidad de un mundo irrepetible el que movió a Tafur a contar su historia, que dedicó al comendador mayor de la Orden de Calatrava con el objetivo de proporcionarle <em>“algunas</em><em> vezes deporte” </em>o dicho de otro modo, aportarle entretenimiento en las horas de asueto.</p>
<p>Tafur destaca en su dedicatoria las virtudes del viaje a lugares lejanos por cuanto <em>«de tal visitación razonablemente se pueden conseguir provechos</em><em> cercanos a los que proeza requiere». </em>Además de la adquisición de conocimientos, la experiencia del <em>«estrañamiento», </em>es decir la circunstancia de convertirse en extraño por mor del viaje, conllevaba, tal como experimentó Tafur, la maduración personal.</p>
<p>Tenía alrededor de veinticinco años cuando se decidió a visitar <em>“algunas</em><em> partes del mundo”. </em>Embarcó en Sanlúcar de Barrameda en una nave gallega que le llevó a Gibraltar donde fue testigo de la muerte violenta del conde de Niebla en el asalto frustrado a La Roca, controlada por el Reino moro de Granada. Tras éste su bautismo de mar y de aventura regresó a Sanlúcar para zarpar, junto con dos criados, en una carraca con la que recorrió la costa norteafricana antes de recalar en Málaga y Cartagena. De nuevo en la mar sufrieron, en el Golfo de León, la primera de una larga serie de tempestades de las que sería víctima en los próximos tres años. Mientras que la carraca en la que viajaba Tafur logró dirigirse a Niza, donde fueron reparados los graves desperfectos, de las otras dos que integraban la expedición no tendría noticias el armador en los siguientes dos años, lo que da una idea de las angustias y adversidades que podían generar este tipo de desplazamientos.</p>
<p>En Génova Tafur abandonó el navío que le había traído desde España completando así su primera etapa con la lección de la humildad bien aprendida: <em>«e ya tenía yo una posada por quince días que había de estar allí, e fuime a</em><em> reposar bien cansado, e enohado, e mareado, e quito de toda ufanía».</em></p>
<p>Además de admirar la ciudad, en Génova se dedicó &#8211; al igual que haría en Venecia &#8211; a cobrar letras por encargo de comerciantes andaluces. De nuevo en la mar, su navegación por la costa italiana se vio interrumpida cuando el conde de Módica apresó el barco y detuvo a la tripulación genovesa. Por su condición de caballero, Tafur recibió un trato de favor por parte del noble quien le acompañó hasta Lerice, desde donde viajó a Pisa y Florencia, antes de reunirse en Bolonia con el Papa Eugenio IV. Si su “tarjeta de crédito” era su condición de hidalgo castellano, ya que ello le valdría hospitalidad y auxilio por parte de los poderosos tanto de Occidente como de Oriente, su “póliza de seguros”, que cubría el más allá, se la expidió el Papa en persona en forma de <em>“bula de absolución plenaria en el artículo de la muerte”.</em></p>
<p>Como las naves que le debían conducir a Tierra Santa no zarpaban desde Venecia hasta mayo, en concreto el día de la Ascensión, Tafur dispuso de tres meses para conocer más a fondo Italia, empezando por Roma donde pasó la Cuaresma. <em>“Roma, que solíe ser cabeza del mundo e agora es cola, en</em><em> sus cirimonias no pierde nada de aquello que, cuando sojudgava al mundo, tenía; pero está en tan baxo estado que dezirlo es vergonçoso”, </em>constató al comprobar el declive de la Ciudad Eterna, cuyos habitantes no dudaban en manifestarse una vez al año para exigir al Papa que devolviera a Roma a la cúspide del poderío terrenal.</p>
<p>Todo lo contrario diría de Venecia, a la que conoció en pleno apogeo político y comercial, <em>“aviendo mucho placer y mucho descanso, e aun no faciendo</em><em> gran gasto, e cada día mirando cosas ricas e gentiles”.</em></p>
<p>Sus negociaciones con el patrón de la galera veneciana sobre las condiciones del viaje a Tierra Santa se saldaron de manera satisfactoria para ambas partes al asegurarse Tafur <em>“comer abastadamente con las colaciones de muchas</em><em> e buenas conservas, ansí a la mañana como a la tarde e noche, ida e venida fasta Veneja” </em>a cambio de los treinta y cinco ducados que pagó por el flete. Tras varias escalas en puertos como Corfú y Rodas, llegó al puerto de Jaffa donde los peregrinos emprendían un viaje de tres días a lomos de burro que les llevaba a Jerusalén.</p>
<p>En Tierra Santa, Tafur sería testigo y protagonista de los acontecimientos más diversos. Así, asistió a la muerte de un escudero gallego que se despeñó cuando trataba de auxiliar a su dueña; armó caballeros en el Santo Sepulcro a dos alemanes y un francés, y narró el linchamiento de un “alcaide” por parte de peregrinos a los que pretendía cobrar un impuesto indebido. Pero, sin duda, su aventura individual más osada fue la que vivió con la complicidad de un moro portugués renegado quien le ayudó a introducirse, disfrazado de musulmán, en el templo de Salomón transformado en mezquita por Saladino. Tafur reconoció que en aquella ocasión se jugó la vida <em>(“si yo allí fuera conocido</em><em> por cristiano, luego fuera muerto”) </em>y destacó el alivio de los frailes del Monte Sión que le alojaban cuando regresó sano y salvo al convento.</p>
<p>Una vez saciada su curiosidad acerca de Tierra Santa, a Tafur le salió la vena turística y decidió dirigirse a Beirut con intención de ir a Damasco, pero perdió un barco, por lo que cambió de planes y acabó en Chipre desde donde se dirigió a Egipto que sería escenario de exóticas aventuras por espacio de dos meses, ayudado por <em>“un trujamán </em>(intérprete) <em>mayor del Soldan </em>(sultán), <em>natural de Castilla, judío de Sevilla, que se renegó en Babilonia </em>(El Cairo)”.</p>
<p>El momento culminante de la aventura de Tafur en Egipto, y posiblemente de todo su periplo, fue su travesía de Sinaí y el encuentro casual que se produjo con el veneciano Nicolò de Conti el cual regresaba a Occidente tras un mítico viaje de un cuarto de siglo por India y el Sudeste asiático. El primer contacto entre los dos europeos no pudo ser más cauteloso, ya que Tafur se hacía pasar por italiano al servicio del Rey de Chipre (con anterioridad unos musulmanes habían estado a punto de matarle al tomarle por catalán), mientras que el veneciano se acababa de convertir al Islam a su paso por Arabia a fin de salvar su pellejo y el de su mujer, posiblemente una cristiana nestoriana, e hijos. Aclaradas las auténticas personalidades, Tafur se convirtió en privilegiado confidente del extraordinario viajero veneciano cuyo relato, recogido en 1439 por el secretario del Papa, al que acudió para recuperar la condición de cristiano, constituye uno de los monumentos de la literatura viajera universal, a la altura incluso del relato de Marco Polo.</p>
<p>Los testimonios de Nicolò de’ Conti que reflejó Tafur en su propio relato han salido recientemente a la palestra por obra y gracia de Gavin Menzies, el osado investigador que pretende que flotas chinas recorrieron todo el Globo en el primer cuarto del siglo XV. Según Menzies, autor del <em>best-seller</em><em> “1421. El año en que China descubrió el Mundo”, </em>las descripciones de gigantescos navíos que Nicolò de’ Conti hizo a Tafur sólo pueden apuntar a los juncos chinos que habrían recorrido el Planeta, aunque un riguroso análisis de los textos en cuestión no permite llegar a una conclusión tan tajante como la de Menzies.</p>
<p>Lo que de verdad preocupaba al veneciano no era tanto informar en Occidente acerca de un supuesto poderío chino, sino cómo colocar <em>“en tierra de</em><em> cristianos” </em>las valiosas mercancías que traía en su caravana. Tafur no desaprovechó la oportunidad de barrer para casa: <em>“Yo le dixe que por entonce el</em><em> emperador (alemán) tenía gran guerra con el rey de Poloña e aún avíe poco tiempo que avía recebido la señoría, e que allí avía mal recabdo e mucho menos en Francia, por la antigua guerra que tenía, e que en Italia ya él mejor la conociía que yo, que ellos compran para revender. E que en España me parecía que avría buen lugar, lo uno por la grandeça e riqueza de nuestro rey, lo otro porque la guerra, que nosotros tiníemos, siempre ganávamos e nunca perdíamos, e la gente era muy rica e destas cosas más que otra gente nos preciávamos. E allí dispuso él venir en España”.</em></p>
<p>Tras descansar en el Monasterio de Santa Catalina, Tafur y de Conti regresaron juntos a Alejandría. Los quince días que pasó viajando con el veneciano quedaron <em>“encantadores” </em>en la memoria del andaluz, <em>“con el sabor de oyr tan</em><em> buenas cosas como dezie Nicoló de Conto” </em>quien además salvó a buen seguro la vida del español al convencerle para que desistiera en su empeño de viajar a India.</p>
<p>Egipto resultó, pues, ser una etapa maravillosa en el viaje de Tafur, quien describió con gracejo y acierto elefantes, jirafas e hipopótamos, aunque de estos últimos no vio ningún ejemplar. A la hora de la despedida, el <em>“trujamán”</em> le ofreció dos gatos de la India, dos papagayos, perfumes y una piedra turquesa. A estos presentes se unirían los que le entregó del Rey de Chipre: diez piezas de chamelote y lienzos delgados, así como un leopardo. A resultas de naufragios y otros infortunios que le esperaban, tan sólo consta que llegara a España la piedra preciosa ya que, según declaró Tafur, fue teniéndola a la vista como escribió en Córdoba el relato de su viaje.</p>
<p>De vuelta a la mar, tuvo que tomar el remo para contribuir a que la galera en la que viajaba huyera de una amenazadora nave turca, aunque el mayor peligro provino de un naufragio a causa de un temporal en Chíos, donde la decidida intervención de unos vizcaínos le salvó la vida.</p>
<p>Ligero de equipaje se dirigió a Constantinopla cuya decadencia pudo constatar. Del emperador de Constantinopla pretende que recibió una explicación sobre el origen del apellido Tafur que lo emparentaba con el propio emperador, lo que le valió un tratamiento privilegiado por parte de éste.</p>
<p>Dicho trato no fue óbice para que Tafur se desplazara a Andrinópolis donde fue recibido por el Gran Turco, el mismo que años más tarde invadiría Constantinopla dando un vuelco a la Historia.</p>
<p>El afán aventurero llevó a Tafur a Crimea, la etapa más oriental de su viaje, donde, concretamente en Kaffa, compró dos esclavas y un esclavo que le seguirían a España y que tuvieron descendencia.</p>
<p>En el trayecto de regreso a Europa recibió un flechazo en un pie cuando liberaba a unos cautivos cristianos y sufrió el temporal más violento de todos los que había experimentado, lo que le llevó a confesar que <em>“si yo en tierra firme estuviera,</em><em> segunt el miedo que había pasado, para siempre nunca tornara à la mar”.</em></p>
<p>El día de la Ascensión, exactamente dos años después de que hubiera zarpado de Venecia, se encontraba de nuevo en la ciudad, dispuesto ahora a recorrer Europa. En Ferrara se reunió con su amigo y pretendido pariente, el emperador de Constantinopla, y con el Papa, a los que dio cuenta de su viaje, en particular de lo que había visto en los dominios del Gran Turco.</p>
<p>Pese al desagrado del emperador, Tafur se afeitó, so pretexto de que los españoles solo llevan barba estando enfermos, y se vistió <em>“a la española”. </em>De esta guisa emprendería un viaje de placer por Europa en la que mezcla precisas observaciones de los lugares que visita con pintorescas estampas.</p>
<p>De los hábitos de quienes frecuentaban unos baños en los Alpes, a los que acudió para curar el pie herido por el flechazo del que había sido víctima, diría con picardía: <em>“E allí me parece que no han por desonesto entrar en los baños los</em><em> hombres e las mugeres desnudos en carnes, e allí fazen muchos juegos e muchas bevidas a la manera de la tierra. Estava allí una señora que veníe en romería por un su hermano, que estava preso en la Turquía. E a sus doncellas muchas veces me acaeció echalles dineros de plata en el suelo del agua del baño e ellas avíanse de çabullir (zambullir) para sacarlos en la boca, e de aquí se puede creer qué es lo que tenían alto cuando la cabeça tenían baxa”.</em></p>
<p>Sanado del flechazo, aunque dejando claro de qué pie cojeaba, nuestro Tafur, transformado en galán, viajó con la enigmática señora y sus doncellas hasta Colonia <em>“ado ella teníe sus heredamientos”. “E en todo este tiempo siempre</em><em> acompañava aquella señora que dixe que fallé en los baños”, </em>apostilló Tafur en su relato para acicate de la imaginación de sus lectores.</p>
<p>Ahora bien, si romántica puede parecer la circunstancia de un caballero andante castellano curtido en viajes acompañando a una rica alemana, no menos cruda es la realidad de unas condiciones de viaje que ponían a prueba la salud y la salubridad de los viajeros: <em>«E ansí pasamos doce jornadas hasta llegar a Viana en Austerlic</em><em> &#8211; evocaría Tafur -, pasando muy grandes fríos e heladas; e por aquel camino pasamos dos riveras por encima por encima dellas con los carros, e estaba toda el agua helada, e allí se me hobieron de caer de frùmio todas las muelas e los dientes; e sin duda, grandísimo trabajo es cabalgar por tal tierra en invierno».</em></p>
<p>Desdentado a partir de entonces, no por ello perdió ni la capacidad de asombro ni el gusto por la vida. En Bélgica describió una entrañable circunstancia que pone en evidencia la sempiterna solidaridad que surge de manera espontánea entre los viajeros: <em>«Partí de Broselas en</em><em> compañía de un caballero, capitán del Esclusa, a quien el Bastardo </em>(Juan de Luxemburgo) <em>me había</em><em> encomendado; e fuimos aquel día a comer a una villa donde no fallamos vino, e yo dije que non quería comer fasta llegar a Brujas, donde lo fallaríamos, e él dijo que allí estaba una dueña su parienta, abadesa de un moenesterio, e que enviaría a ella a saber si lo tenía, e </em><em>ansí lo fizo; e el abadesa enviole decir que ella tenía asaz vino, pero que non lo</em><em> daría sinon fuese a comer con ella e llevase al caballero de España; e fuimos allá e resibionos muy alegremente e fuimos muy bien refrescados; e en fin del comer, ella me dijo cómo había venido en romería a Santiago, e había rescebido tanto honor de castellanos, que non sabía en qué lo satisfacer, e que me rogaba que reposase allí algunos días e descansaría de tan luengos caminos».</em></p>
<p>Tafur acabaría por reconocer que en tierras de Brabante, en la actual Bélgica, “ay poco vino e de cervisa se gobierna la gente, que el agua es muy mala e doliente”.</p>
<p>Tafur habría continuado de buen grado su viaje por Francia, empezando por París, pero una epidemia de peste le hizo desistir del empeño y regresar a Italia, desde donde embarca rumbo a España. El relato se interrumpe súbitamente en Cerdeña, no porque le fallara la memoria al viajero sino por la acción del tiempo y de los roedores sobre el manuscrito.</p>
<p>La edición de las <em>«Andanzas» </em>de Tafur le valió en su momento a Jiménez de la Espada más críticas que alabanzas. Sesudos medievalistas le ridiculizaron por errores de transcripción y de fechas. En vez de desanimarle, la crítica actuó como acicate para Jiménez de la Espada ya que en 1877, con el apoyo de la Sociedad Geográfica de Madrid, hizo que se editara otra joya de la literatura viajera medieval hispana, aunque ésta fruto de la recopilación del saber más que de la experiencia individual. Se trata del llamado <em>«Libro del</em><em> conosçimiento de todos los reynos et tierras et señoríos que son por el mundo et de las señales et armas que han cada tierra er señorío por sy et de los reyes et señores que los proveen»</em>, cuyo supuesto autor fue un franciscano español del siglo XIV.</p>
<p>Recordado en su Cartagena natal con el nombre de una céntrica calle paralela al Paseo de Alfonso XIII, Marcos Jiménez de la Espada acabaría por abandonar las incursiones en la literatura medieval para concentrar todos sus esfuerzos literarios en su condición de americanista, habiendo destacado como autor de la celebrada obra en cuatro volúmenes <em>“Relaciones geográficas</em><em> de Indias”, </em>centrada en el Virreinato de Perú.</p>
<p>En cuanto al relato de Tafur, parece que empieza a salir del olvido como lo prueba el hecho de que la edición a cargo de Miguel Ángel Pérez Priego publicada en marzo de este año, se refiere al texto como <em>“una obra de primera</em><em> magnitud por su información histórica… y una joya de la literatura española prerrenacentista”. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍAS</strong></p>
<p>■ <em>“Andanças e viajes”</em>, Pero Tafur, Edición de Miguel Ángel Pérez Priego en Clásicos Andaluces, Fundación José Manuel Lara, Sevilla 2009.</p>
<p>■ <em>“Andanzas e viajes”</em>, Pero Tafur, Edición en formato agenda Moleskin, El Panasillo, Simancas Ediciones, Palencia, 2005.</p>
<p>■ <em>“Le voyage aux Indes de Nicolò de’ Conti (1414-1439)”</em>,Editorial “Chandeigne”, París, 2004. Se trata del único libro que recoge conjuntamente el relato que Nicolò de’ Conti hizo al secretario papal y la versión de Pero Tafur.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-viajes-oriente-tras-la-huella-marco-polo-clavijo-1403-5-tafur-1436-39/">Los Viajes a Oriente. Tras la Huella de Marco Polo.  Clavijo (1403-5),  Tafur (1436-39)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Un Exilado granadino descubre Africa. León el Africano (1504-1520)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 10:28:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Teresa Zubillaga Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados de África» SGE. 2001 Durante 300 años, después de su publicación en el siglo XVI, la Descripción de África ha sido obra de lectura [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c2592" class="csc-default">
<h3><strong>Teresa Zubillaga</strong></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: «Exploradores españoles olvidados de África» SGE. 2001</p>
</div>
<div id="c2593" class="csc-default">
<p class="bodytext">Durante 300 años, después de su publicación en el siglo XVI, la Descripción de África ha sido obra de lectura obligada para los interesados en el continente africano. En la actualidad es uno de los dos o tres documentos de mayor importancia sobre la situación de esta parte del mundo a finales de la Edad Media y comienzos de la Edad Moderna.</p>
<p class="bodytext">No menos atrayente es su autor, Hasan ben Muhammad al-Wazzan al-Fazi al-Garnati, llamado también León el Africano. Nacido en España, educado en Fez, protegido por el Papa en Roma, León el Africano muestra una personalidad compleja a través de las facetas de viajero, cortesano y erudito. Su vida es la de un nómada empujado por las circunstancias políticas y religiosas.</p>
<p class="bodytext">Los primeros años de Hasan al-Wazzan son inciertos. Desconocemos la fecha exacta de su nacimiento en Granada, aunque debió de ocurrir en los años anteriores a la conquista de Granada o poco tiempo después de ésta. Una época en la que la población granadina, último enclave del Al-Andalus, vivía aislada y sin apoyo de los musulmanes africanos. En abril de 1490 comenzó el asedio de la ciudad por el ejército de los Reyes Católicos. La plaza se rindió el 2 de enero de 1492 y las tropas cristianas entraron en ella. Durante los primeros tiempos después de la toma, aunque las capitulaciones firmadas entre Boabdil y los Reyes Católicos garantizaban el mantenimiento de las leyes, ropas, religión y propiedades de los vencidos, la falta de cumplimiento aumentó el recelo de la población granadina. Los vencedores se habían comprometido a respetar las mezquitas, los bienes públicos y privados, las promesas duraron poco tiempo. La política de los nuevos señores favorecía el abandono de tierras y ciudades. Los musulmanes que continuaban viviendo bajo el poder de Castilla iniciaron el éxodo hacia el norte de África a partir de 1493. La familia de Hasan al-Wazzan formó parte de los que tomaron el camino del destierro, cruzaron el mar y se instalaron en la ribera sur del Mediterráneo. En ambas orillas de este mar, que durante el siglo XVI fue el escenario del enfrentamiento entre fuerzas antagonistas, transcurrió la existencia de León el Africano.</p>
<p class="bodytext">La toma de Granada no sólo significó el final del Al Andalus y el de la Reconquista , sino además la continuación del avance de los reinos cristianos por la costa africana, donde iniciaron una colonización de enclaves estratégicos para la que resultaba muy útil la experiencia obtenida en el cerco de Granada. Según F. Braudel, “la ocupación de algunos enclaves del norte de África resultan poco comprensibles si no se vinculan a las prácticas de la guerra de Granada, que fue el prólogo de las empresas en contra del Magreb&#8230; Las razzias, las cabalgadas, golpes de mano dirigidos a destruir las cosechas, los árboles frutales y llevarse un botín abundante, más que alcanzar directamente al enemigo&#8230; Estas razzias conducidas por los señores de Castilla, arruinaron la vega de Granada mucho antes de 1492” . Junto a los españoles, la corona portuguesa extendía su poder por la costa occidental africana y abría el territorio a las rutas comerciales del oro y del marfil. León el Africano se refirió muchas veces a la presencia portuguesa en el Mahgreb. También relató las incursiones de Fernando el Católico en Bedis en la costa del Rif y los movimientos de los corsarios españoles en la costa oriental. Españoles y portugueses iban a encontrar un Magreb dividido y en decadencia desde el punto de vista político, que favorecía su penetración y permitía hacer alianzas con las tribus rebeldes hacia los sultanes de Fez y Tremecén. Pero también a la vez, el antagonismo de amplios sectores de la población que vivían el renacimiento del espíritu religioso apoyado en las zawias. Además, la afluencia de los españoles musulmanes expulsados de la península incrementaba este espíritu de lucha. Otro ingrediente presente en las pugnas mediterráneas es la actividad de la piratería. Braudel, en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo, dice:</p>
<p class="bodytext">«Pues también piratear es hacer la guerra, la inevitable guerra contra los hombres, las embarcaciones, las aldeas y los rebaños; es comerse los bienes del enemigo, nutrirse de ellos para estar más fuerte. Muchos marinos se quedarían asombrados de ser calificados de piratas; pero ¿qué son las galeras sicilianas sino barcos piratas que se acercaban a las costas africanas para obtener esclavos, del mismo modo que los portugueses en el África negra?»</p>
<p class="bodytext">Sin embargo no son los sicilianos sino los corsarios berberiscos los que, al mando de los Barbarroja, adquieren un gran poder en el Mediterráneo durante este siglo. Vasallos del sultán otomano, saqueaban las flotas enemigas y los barcos comerciales desde la protección que les proporcionaba el puerto de Argel, bien fortificado y con abundante avituallamiento, fruto no solo de las razzias en el mar sino del comercio próspero dentro de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">Paralelamente, en el Mediterráneo oriental Selim I prosigue las conquistas después de la toma de Constantinopla por Mehmet II en 1453 y la extensión posterior de los otomanos por la Europa oriental. Destaca la ocupación de Siria y Egipto, gobernadas hasta entonces por los mamelucos: “Egipto fue conquistada casi sin sangre” dice Braudel en el libro ya citado. Con este hecho se abría para los otomanos el dominio hacia África y la llegada del oro africano procedente del Sudán. Pero más valioso que el oro o los cereales es el homenaje que el sultán Selim I obtuvo en 1517 de los principales emires de Egipto, así como del jerife de La Meca. Se le reconoció oficialmente como el protector de las dos ciudades santas: La Meca y Medina. En agosto de 1517 recibió del hijo del jeque de la Meca las llaves de la Kaaba.</p>
<p class="bodytext">La vida de Hasan al-Wazzan transcurrió dentro de este marco entre el occidente y el oriente del Mediterráneo; entre los reinos cristianos y el califato otomano. Desde los primeros años de su vida, se vio envuelto en las tensiones políticas de su época y formó parte, junto con su familia, de los exiliados al norte de África. La llegada al Magreb de miles de extranjeros andalusíes creó cierto conflicto social y no siempre fueron bien acogidos. No parece que afectara demasiado a la familia de Hasan al-Wazzan, granadinos de buena cuna, que se instaló en Fez donde disfrutó de una buena posición social. Su tío servía de embajador del sultán y su padre poseía tierras en el Rif. Fez fue la ciudad adoptiva de Hassan, donde recibió una buena educación. Comenzó su formación en una madrasa tradicional, alguna de las que describe en su obra. Allí aprendió a recitar el Corán y la lengua árabe. Más tarde se incorporó a la mezquita Quarawwin (?), una de las más prestigiosas en el Magreb, para recibir la enseñanza de las ciencias islámicas. Siendo estudiante desempeñó el cargo de secretario en uno de los hospitales de Fez durante dos años. Él mismo destacaba la importancia que en tiempos pasados tenían los hospitales y la decadencia que sufrían en su época y hace referencia al salario que recibía, tres ducados mensuales por su trabajo.</p>
<p class="bodytext">Muy joven, a la edad de 16 años, en el año 1504 (el 910 de la Égira) acompañó a su tío, enviado por el sultán como embajador a Timbuctú. Las circunstancias del viaje pusieron por primera vez de relieve las cualidades sobresalientes de Hasan al-Wazzan como cortesano y joven culto. Cualidades que irían desarrollándose después a lo largo de su vida y le serían tan útiles, sobre todo en Roma. Encargado de representar a su tío frente al señor de Dara, relata así el desarrollo de la entrevista:</p>
<p class="bodytext"><em>«Al acabar la cena y puesto en pie, le dije: Señor, mi tío os ha enviado unos modestos obsequios como pobre alfaquí que es, pero con el fin de que Vuestra Excelencia sepa de su buen ánimo hacia vos y guarde un recuerdo suyo. Y ahora yo, su sobrino y discípulo, no encontrando otro modo de honraros, os haré otro regalo de palabras, queriendo así contarme entre vuestros servidores, tal cual soy. Dicho lo cual principié a leer mi composición y, mientras la leía, o bien preguntaba el señor por lo que no entendía, o bien me miraba, ya que yo entonces tenía 16 años&#8230; Por la mañana temprano me hizo desayunar con él y luego me dio cien ducados para mi tío y tres esclavos para que lo atendiesen en el viaje, obsequiándome a mí con cincuenta ducados y un caballo, y con diez ducados a cada uno de mis acompañantes.»</em></p>
<p class="bodytext">Al terminar sus estudios hizo su primer viaje a Estambul. A su vuelta entró al servicio de los soberanos de Fez y recorrió Marruecos en misiones comerciales y diplomáticas para el sultán de Fez, el wattasí Muhammad al-Burtugali, llamado el Portugués. Estos viajes le proporcionaron la información que más tarde utilizaría en el libro Descripciones de África. Su inteligencia despierta y la curiosidad abierta a lo que encontraba en sus recorridos le hacían recoger notas detalladas de lo que veía y de lo que le contaban.</p>
<p class="bodytext">Gozó de la cercanía de Muhammad el Portugués a quien acompañó en la lucha contra los portugueses, ayudándole a atraer a su partido a las regiones de Sus y Haha. Asistió personalmente a los intentos que hizo el sultán para rescatar Arzila del poder de los portugueses. Un año después, en 1509, acompañó hasta Tafza, ciudad de Tadla, al comisario del rey de Fez, encargado de cobrar a los habitantes una suma equivalente a los gastos que había hecho el sultán para pacificar la región a petición de los propios habitantes.</p>
<p class="bodytext">Posteriormente lo encontramos en Magran una vez que regresó de Dara a Fez. Y doce meses después, “ por obedecer a lo que estaba obligado” viajó de Marruecos a Siyilmasa y cruzó el monte Dedes. Sus habitantes debieron de causarle muy mala impresión, porque el desprecio hacia ellos no deja duda.</p>
<p class="bodytext"><em>«Los hombres son traidores, ladrones asesinos, capaces de matar a un hombre por una cebolla. En conclusión diré que en ningún lugar de África me arrepiento de haber estado salvo en este.»</em></p>
<p class="bodytext">En Siyilmasa vivió siete meses. Probablemente después de regresar otra vez a Fez, volvió de nuevo a Timbuctú. Parece que este viaje no era una misión oficial sino que obedecía a motivos particulares. En 1513 viajó de Marruecos a Hea. Después se dirigió a la región de Sus (sudoeste del Magreb), donde realizó algunos cometidos para el jerife de esta región, Ahmad al-Aray, fundador de la dinastía sa&#8217;di. Se detuvo en Tagvost trece días con el canciller del jerife, siendo encargado de comprar esclavas para dicho príncipe. Antes de terminar el año, había vuelto a la región de Duccala, pues estuvo presente en la batalla de Buluhahuan, que se dio en este año, según los historiadores portugueses. Fue testigo en 1514 de la reconciliación entre el rey de Fez y su primo, que tuvo lugar en Thagia, jurando ambos sobre la tumba del wali Sidi Bu Yazza. Más tarde se entrevistó con Sidi Yahia Ibn Tafut en la ciudad de Azafi y Tumeglast, tal vez con el propósito de que éste abandonara su alianza con los portugueses.</p>
<p class="bodytext">Este mismo año acompañó a Muhammad, sultán de Fez, a Monte Verde. Da una estampa llena de color de la vida del ejército del sultán pescando y cazando en un territorio virgen y exuberante, poblado de animales:</p>
<p class="bodytext"><em>«Al pie del monte se ve un lago muy hermoso, como el de Bolsena en la provincia de Roma, con gran cantidad de peces: anguilas, albures lucios y otras especies que no he visto en Italia y que son igualmente exquisitas, pese a lo cual nadie las pesca. Cuando Mohammed, rey de Fez, fue a Duccala, acampó ocho días seguidos en el lago con todas sus tropas y ordenó a algunos que pescasen, lo que obedecieron cosiendo, según vi, cuello y mangas de sus camisas, sujetándolas por arriba unas varillas y echándolas al agua, con lo que se hicieron con mucho pescado&#8230; Luego de descansar allí los ocho días mencionados, el rey de Fez salió para el monte Verde con un gran cortejo de sacerdotes y cortesanos y en cada oratorio que se topaban hacía detenerse al séquito y con lágrimas en los ojos rezaba&#8230; Todo el día lo pasamos en el monte, volviendo a nuestros alojamientos cuando atardeció y a la mañana siguiente, el rey quiso que se hiciera una cacería con sus muchos perros y halcones en los bosques del contorno. Se cazaron avutardas, ocas y patos salvajes, con otras aves acuáticas y tórtolas. Al otro día se reemprendió la caza con lebreles, halcones y gerifaltes; cobrándose liebres, ciervos, puercoespines, corzos, lobos y codornices, de guisa que de perseguir la montería, hubiéramos sido infinitos, pues en aquel monte no se habían realizado monterías desde un siglo atrás.»</em></p>
<p class="bodytext">Meses después, estuvo presente en la batalla de Ma&#8217;mura, 921/1515, en la costa atlántica, entre la flota portuguesa y el ejército del hermano del sultán de Fez, que acabó con la derrota portuguesa.</p>
<p class="bodytext"><em>“Quemadas las naves y hundidas las piezas artilleras, durante tres días seguidos viéronse ensangrentadas las aguas de la mar, y se cuenta que fueron 10.000 los cristianos perecidos de esta empresa&#8230;Yo fui testigo de esta contienda y después de estos acontecimientos , partí para mi viaje a Constantinopla”.</em></p>
<p class="bodytext">Al iniciar el viaje hacia el oriente, en 1515, no sabía que iba a ser su última misión. Tras pasar por Tremecén, presenció en Bugia el encuentro de las tropas del Rey Católico con las de Aruy Barbarroja, cuando éste intentó, sin resultado, arrebatar la ciudad a los españoles. En 1517 embarcó hacia Estambul, no sin antes visitar al sultán en Túnez. A su vuelta de Estambul se dirigió a Egipto, poco después de la conquista de este país por el sultán otomano, Selim I, en 1517. De todos estos lugares recogió información precisa de la vida social y económica. Sin embargo destaca especialmente en su obra la descripción minuciosa de la belleza de El Cairo, donde da muestra de un gran aprecio por esta ciudad en pleno auge. Coincide con el soberano otomano en la ciudad de Roseta, remonta el Nilo, llega al Mar Rojo y a la península arábiga para realizar la peregrinación a La Meca y a Medina.</p>
<p class="bodytext">En el regreso, fue apresado por piratas sicilianos en la isla de Yerba, dice el biógrafo Ramusio, o por una escuadra cristiana, según su contemporáneo Widmannstad. Debió ocurrir en el 916/1519-1520. Fue trasladado a Nápoles y de allí a Roma para ser ofrecido al Papa. Giovanni de Medicis, el Papa León X, lo recibió como esclavo de excepción, porque lo reconoció <em>“tesoro inestimable&#8230;por la amenidad de su ingenio y su extraordinaria erudición”</em> según Widmannstad. El prisionero que llegaba a Roma estaba curtido por una vasta experiencia de la vida, particularmente versado en el arte de la diplomacia y de la política. Un hombre de gran saber y erudición. A su conocimiento del árabe y del castellano añadía su formación en las ciencias islámicas y geográficas. El niño que había escapado con su familia del dominio cristiano al finalizar el siglo XV, se encontraba décadas más tarde cautivo en Roma bajo la protección del Papa. León X le instruyó en el cristianismo y al año lo bautizó con su mismo nombre, Juan León, guardándolo en su compañía y dotándole de una generosa pensión. No sabemos demasiado de su vida en Italia, sólo lo que nos suministran Ramusio y Juan Alberto Widmannstad. Vivió varios años en este país donde aprendió a hablar y a escribir la lengua italiana. Se deduce de sus escritos, por las referencias que hace a edificios y a paisajes, que viajó por las ciudades italianas.</p>
<p class="bodytext">Es probable que la muerte en 1521de León X, su valedor principal en Roma, le llevará a trasladarse a Bolonia donde enseñó la lengua árabe al cardenal agustino, Egido de Viterbo. Para él escribió, además, unos rudimentos de gramática en esta lengua. Durante esta época la existencia de Juan, más sedentaria, le había vuelto hacia la escritura. Allí mismo dio por finalizado el <em>Vocabulario arábigo-hebreo-latino </em>en 1524. Regresó a Roma para acabar su Descripción de África según declaró en 1526 y al año siguiente concluyó el Libellus de viris quibusdam illustribus apud Arabes, editado por Hottinder en 1664. Los deseos de volver a África se traslucen en la última parte de la Descripción , al final del libro VIII. En los últimos años de su vida no se le encuentra en Italia y según J.A. Widmannstad, que quiso ponerse en relación con él durante el verano de 1531, ya no estaba en Roma. Para este momento, escribe Widmannstad, según la información obtenida de Egido de Viterbo, <em>“había regresado a Túnez, donde volvió a la fe del Islam”</em>. Desapareció de Italia en silencio. Y a partir de esta fecha no se hallan más noticias de él.</p>
<p class="bodytext">Una incógnita central en la vida de este personaje, Hassan ibn Muhammad al-Wazzan y de la que no hay suficientes datos, es la aceptación del cristianismo cuando era prisionero del papa León X. El clima de Italia en aquellos momentos, estaba exacerbado por los conflictos políticos y religiosos. Los otomanos habían consolidado su poder y extendían su influencia cada vez más cercana a los Estados Italianos. A la vez, por la costa occidental del mediterráneo los portugueses y los españoles recrudecían la actividad proselitista en el norte y oeste de África. En estas circunstancias parece que obedecía a razones pragmáticas una decisión tan trascendental que permitió su vida en Italia. En realidad no sabemos nada sobre sus convicciones más íntimas. Sólo conocemos las opiniones que expresa en la Descripción de África.</p>
<p class="bodytext">Un libro escrito en italiano y dirigido a personas ignorantes y hostiles frente a la sociedad musulmana de donde provenía León el Africano. Sus comentarios manifiestan muchas veces una intención clara de traducir las realidades específicas del Islam a términos familiares para el mundo en el que escribe. Llama Pascua a la fiesta del Id del final de Ramadán, sumos pontífices a los califas; sacerdotes a los imames que dirigen la oración. Habla también de los ducados como moneda en curso en vez de los dirhams. En muchos momentos se muestra muy crítico con los musulmanes, denigratorio de las cofradías sufíes y del Islam en general. Hay indicios en estas actitudes de gran cautela, de querer aparecer distante de toda su vida anterior. No tiene reparos a la hora de criticar la fe, los hábitos y la gente a la que él pertenecía por creencia y educación. A través de su escrito se ve el deseo de mostrarse como alguien enfrentado al Islam. Si bien, cuesta entender esta actitud que toma Hassan al-Wazzan durante su estancia en Italia si tenemos en cuenta además que el cautivo que llega a Italia es un hombre adulto. Una persona bien formada en la creencia islámica, que había participado directamente en las actividades armadas en contra de los portugueses y que acababa de realizar la peregrinación a La Meca antes de caer prisionero . Máxime si, como parece, vuelve a Túnez los últimos años de su vida y recupera la práctica islámica.</p>
<p class="bodytext">La civilización musulmana siempre ha estado en movimiento. Tanto los árabes como los conquistadores del centro de Asia eran nómadas en su origen. Sus ejércitos se movían constantemente y la extensión del califato sobre áreas muchas veces desconocidas precisaba de informaciones detalladas sobre estos lugares. Estudiantes y eruditos recorrían países en busca del conocimiento. La riqueza de las ciudades dependía de las caravanas comerciales e incluso la propia creencia imponía el viaje, la peregrinación a La Meca. Los viajeros abundaban y crearon una literatura geográfica.</p>
<p class="bodytext">La edad de oro de las ciencias geográficas árabes se desarrolló desde el siglo IX al XIV. Durante esta época creció una amplia producción de escritos geográficos y de viaje, que preparó el camino a los futuros descubrimientos y exploraciones del occidente europeo.</p>
<p>León vivió un siglo después de los grandes recopiladores como Al-Wardi, Al-Qazwini, Al-Numairi, y de los grandes viajeros cono Ibn Fadlan, el valenciano Ibn Jubayr y el tunecino Ibn Battuta. Se habían publicado muchas obras que en general trataban la geografía desde aspectos parciales (colecciones de rutas y provincias, genealogías de tribus, ciencias de las longitudes y latitudes&#8230;) más que en su conjunto.</p>
<p class="bodytext">La <em>Descripción</em> , que sigue a varios geógrafos e historiadores árabes en particular a Ibn Jaldun, podría englobarse en las <em>“ciencias de las rutas y provincias”</em>. No incluye la situación según la longitud y la latitud, y en vez de ello da las distancias en millas, tomando como punto de referencia los puntos cardinales; no tiene en cuenta las divisiones naturales climáticas y divide el territorio en áreas regionales que irá describiendo después siguiendo las rutas que cruzan la región. Además añade algunas referencias históricas sin extenderse demasiado.</p>
<p class="bodytext">Se observa también la experiencia obtenida como administrador y encargado de misiones comerciales y políticas. Está muy atento al número de familias, pagos de impuestos, a las distancias entre los lugares, clases y precios de los productos etc.</p>
<p class="bodytext">Pero sobre todo, según Louis Massignon que ha estudiado a fondo la importancia de la <em>Descripción</em> , Juan León contribuye a fusionar dos tradiciones geográficas extrañas entre sí: la tradición árabe y la tradición europea. Aunque no siempre sean exactas las localizaciones, hace una selección pormenorizada de las referencias para todas las provincias. <em>“La obra de León fue, por consiguiente una verdadera revelación, aportando un bloque de cerca de 400 nombres geográficos repartidos en la totalidad de Marruecos”.</em></p>
<p class="bodytext">Durante siglos, como señalábamos al principio, fue casi la única fuente de información geográfica sobre Marruecos. Sin embargo la Descripción no se incorporó fácilmente al saber europeo, debido en parte a las limitaciones de la obra y sobre todo a la gran influencia de las descripciones del mundo clásico. Ya para comienzos del siglo XVIII, econtraremos pocos escritores que hablen de África sin referirse a la obra de León el Africano.</p>
<p>León el Africano asegura haber concluido la redacción del libro en italiano a partir de notas en árabe, el 10 de marzo de 1526. G.B. Ramusio, su editor, lo modificó para su publicación en el conjunto de obras llamado <em>Navigazioni e Viaggi </em>(Venecia 1550). Parece evidente, como señala Louis Massignon, que la Descripción tal como la conocemos actualmente fue escrita en Italia. Hay en ella muchas comparaciones con edificios, ropas, lagos italianos, que indican un conocimiento adquirido en su estancia en Italia. Varias veces señala «que escribe de memoria». Aunque parece disponer de un diario de viaje escrito en árabe con anotaciones de muchos lugares, además de los recuerdos guardados en la memoria.</p>
<p class="bodytext">Divide el libro en nueve partes.</p>
<p class="bodytext">1. Generalidades de África</p>
<p class="bodytext">2. Sudoeste marroquí</p>
<p class="bodytext">3. Reino de Fez</p>
<p class="bodytext">4. Reino de Tremecén</p>
<p class="bodytext">5. Bugia y Túnez</p>
<p class="bodytext">6. Sur marroquí, argelino, tunecino, Libia</p>
<p class="bodytext">7. Tierra de los negros</p>
<p class="bodytext">8. Egipto</p>
<p class="bodytext">9. Ríos, animales, vegetales y minerales de África</p>
<p class="bodytext">La primera sirve de introducción al resto. Expone los asuntos de geografía general. Luego divide el territorio africano, siguiendo, según él, a los escritores africanos, en cuatro partes o zonas paralelas al Mediterráneo: Berbería, Numidia, Libia y Tierra de los negros. A su vez subdivide a estas en reinos y los reinos en regiones. En general se ciñe a esta distribución.</p>
<p class="bodytext">El Magreb recorrido por Hassan al-Wassan se halla sumido en el desgobierno político y en un gran embrollo territorial. Son centenares las divisiones y subdivisiones del territorio explicadas meticulosamente por León el Africano a lo largo de su relato, casi imposibles de seguir. Se suman a las grandes divisiones regionales entre Marruecos, Túnez y Argelia, las diferencias tradicionales entre los habitantes de las montañas, los campesinos de las llanuras, los nómadas del desierto, los ciudadanos de las villas. Además nuevas separaciones fragmentan el país más y más, hasta el punto de que simples ciudades se constituyen en autónomas y soberanas.</p>
<p class="bodytext">Muestra a muchos de los pueblos de las montañas del Atlas, de pastores y ganaderos, con una vida independiente de los emires de las ciudades y también libres de las razzias de los nómadas.</p>
<p class="bodytext">Describe a los montañeses con rasgos negativos, ya que en general los considera ignorantes y brutales. Dice de los habitantes del monte Seusaua , <em>“y este pueblo bestial guerrea de continuo con sus vecinos, a pedradas de honda”</em>. A la vez destaca la salud de los habitantes del monte Sacsiua, salvaje, cubierto de bosques y siempre nevado: <em>“Hombres muy longevos, suelen vivir ochenta, noventa y cien años, y su vejez es fuerte, sin las naturales incomodidades que los años traen consigo”. Llama la atención la referencia a las grandes nevadas, que en varias ocasiones le afectaron directamente. Porque la naturaleza es salvaje, el clima riguroso, marcado por estaciones extremas de nieve y frío, y de calor asfixiante; las llanuras y montañas están habitadas por animales fieros entre los que prevalecen los leones. Las referencias a estos animales se repiten en varios momentos de la Descripción . “Los leones devoran no sólo animales, sino a los hombres también y los hay que, en ocasiones, han llegado a la audacia de atacar a doscientos jinetes”</em>. A través de sus páginas nos llega una sociedad humana que en los viajes y en el vivir tenía en cuenta el peligro de bestias de enorme fiereza. Los leones rondan cercanos, devoran animales, personas y son el terror del territorio que recorre Hassan b. Muhammad:</p>
<p class="bodytext"><em>Los leones que viven en montañas frías son menos audaces&#8230;Por el contrario, a medida que el calor aumenta se tornan más feroces y atrevidos. Es el caso de los existentes entre Tamesta y el reino de Fez, en el desierto de Angad próximo a Tremecén y entre Bona y Túnez, donde se hallan los leones más famosos y crueles de toda África.</em></p>
<p>La juventud y la infancia de este viajero estuvo inmersa en el miedo a estos animales. Todos los años su padre solía llevarle a Thagia, a ciento veinte millas de Fez, para visitar la tumba del wali sidi Bu Yazza, considerado como protector frente a los leones.</p>
<p class="bodytext">A parte de los animales salvajes y respecto a la vida cotidiana de Marruecos pinta en detalle la forma de la vestimenta y la calidad de las telas, a las que da mucha importancia, ya que considera la ropa como un signo relevante del grado de civilización o barbarie en un grupo humano. Su deseo de resaltar la civilización europea le lleva a comparar y a establecer semejanzas entre ambos atuendos, poniendo por delante los ropajes europeos.</p>
<p class="bodytext">También las viviendas merecen su mirada perspicaz; desde las chozas provisionales de los pastores nómadas del monte Magran, fabricadas con cortezas y las cavernas húmedas del monte Dedes donde viven la mayoría de sus habitantes, hasta la belleza de los edificios de Fez, «las casas de Fez, fabricadas con buen gusto, son de ladrillo y piedra, hermosas las más y decoradas con bellos mosaicos. También están enladrillados los patios y los pórticos, con ladrillos añosos de muy variados colores como los que adornan los jarrones de cerámica. Los cielos rasos se pintan con preciosos arabescos con predominio del azul y el oro». En las casas pone de relieve la higiene, <em>«encuéntranse casas provistas de albercas cuadradas de seis o siete brazos de anchura, diez o doce de largo y seis o siete de hondura, al aire y revestidas de azulejos cerámicos, con surtidores cuyas aguas confluyen en una gran fontana de mármol como las europeas. Al llenarse las fuentes, el agua se evacua por canalillos cubiertos que las rodean, pasando a unas conducciones que desembocan en acequias por las cuales el agua pasa al río. Estas acequias se mantienen muy limpias bañándose en ellas toda la familia durante los meses de verano.»</em></p>
<p class="bodytext">No escapa a su examen la influencia social y económica de los tributos. Detalla los habitantes que pagan tributos, los impuestos que aplastan la vida económica de los contribuyentes, los gravámenes que son relativamente ligeros y aquellas poblaciones que están libres de esta carga. A menudo establece una relación entre la miseria y los impuestos muy altos, y la prosperidad de aquellos que no están sometidos a su peso o éste es muy leve. Sus constantes referencias a este aspecto dan cuenta de su preocupación por la justicia económica. Dice de los que viven en el Monte Zaruil , <em>“Esta montaña, plantada de numerosas viñas, tiene muy buena tierra para los olivos y otros árboles frutales. Sus habitantes que son pobres, están sometidos al señor de Seusagoen quien les hace pagar duros tributos, tales que los infelices no pueden ahorrar nada de lo que les produce el vino”</em>. A esta situación opone la de la población del monte Beni Razin, <em>“sus habitantes viven con desahogo y seguros, porque su montaña es fértil y de fácil defensa. No pagan tributos, recogen trigo y aceitunas y poseen muchas viñas”</em>. También señala respecto a los habitantes del monte Haugustun que “los habitantes están exentos de todo tributo, pero cada año hacen, sin obligación, hermosos y espléndidos regalos al sultán de Fez y, consiguientemente pueden ir allá con toda seguridad a comprar trigo, lana y tela”.</p>
<p class="bodytext">En general los comentarios de León el Africano ponen de manifiesto un carácter inclinado a la benevolencia en el gobierno. Censuraba el despotismo y las luchas civiles que provoca y observa que las autoridades avariciosas y corruptas desprecian también el aprendizaje y la educación.</p>
<p class="bodytext">Respecto al trazado de lugares hay una gran diferencia entre los retratos de unos y otros. Los que le han impresionado merecen una descripción más viva. Como educado ciudadano acostumbrado a la vida urbana desdeña a los agricultores y a los nómadas; por el contrario se deja llevar por el gusto de las grandes ciudades que aprecia. Fez, la ciudad más importante del Magreb en su época, recibe una atención principal y minuciosa que nos acerca de forma gráfica a un modo de comerciar, vestir, lavarse, rezar, formas de edificios, canalizaciones, fuentes y albercas para la higiene. Descripciones muy estimables que nos aproximan al lugar donde se desarrolló la vida del autor durante la infancia y la juventud. Como la que hace del sistema de desagüe de la ciudad, <em>“En medio del edificio hay una alberca baja y honda de casi tres brazas por cuatro de ancha y doce de larga, con corrientes de agua hacia las letrinas. En la ciudad disponen de unos ciento cincuenta retretes de esta clase”.</em></p>
<p class="bodytext">También merece su atención la gran mezquita de Quarawwin de <em>“milla y media de circunvalación”, lugar en el que recibió la educación superior. Con un par de rasgos explica el desarrollo de la enseñanza. “Adosados a los muros en el interior del templo hay escaños de muchas clases, en los que, desde algo después del alba hasta la una del día, alfaquíes y teólogos enseñan al pueblo asuntos de su fe y de su ley. Más en verano sólo se enseña después de las veinticuatro horas, durando las lecciones sólo hasta la una y media de la noche. La enseñanza versa sobre ciencias espirituales y morales propias del credo de Mahoma”. Sin embargo también la decadencia ha alcanzado a Fez y continúa así: “ Antes cada alumno recibía durante siete años ayudas para comer y vestir, pero ahora sólo la tienen para alojarse, pues en la tan mentada guerra de Sahid fue destruida mucha hacienda y huertos de los que proveían a los gastos de enseñanza, y las exiguas rentas actuales sólo sirven para subvenir a los salarios de los maestros, que cobran entre doscientos y cien ducados. Esta es una de las razones de la decadencia intelectual de Fez y de todas las ciudades de África”.</em></p>
<p class="bodytext">A través de su narración surge una ciudad llena de color, distribuida en barrios diferentes según las profesiones y los oficios, agrupados en corporaciones. Pone de relieve la corporación de los cargadores, particularmente respetada en la ciudad por su honradez. Nombra a los granadinos comerciantes en paños de lana llegada de Europa; los sitúa en la Plaza de los mercaderes, una pequeña ciudad dentro del recinto urbano en la que se encuentran los mercaderes de sedas, paños y prendas de mujer.</p>
<p class="bodytext">Posadas, baños públicos, hospitales, molinos, nombres de las calles, buscadores de tesoros y adivinos merecen sus explicaciones.</p>
<p class="bodytext">No faltan los alimentos de muchas clases y la manera de cocinarlos. Ni tampoco la aplicación de las reglas de pesos y medidas de los alimentos dentro del mercado, con el castigo que sigue al fraude tanto cuando se reducen el peso del pan como cuando se alteran sus componentes, “este funcionario (el almotacén) hace pesar el pan y, si no encuentra el peso requerido, lo desmenuza en pedacitos y asesta al panadero tal puñetazo en la nuca que lo deja atontado y medio muerto. En caso de reincidencia manda azotar al comerciante en público.</p>
<p class="bodytext">Al mismo tiempo que expresa su estima por la ciudad, esta no le impide calificar a sus habitantes así: “son en su parte huraños y no gustan de extranjeros”.</p>
<p class="bodytext">También habla del desarrollo de las costumbres y fiestas matrimoniales y de la circuncisión de los niños varones. Describe los modos de hacer justicia y el ordenamiento de la corte del sultán de Fez y critica la arbitrariedad de los señores de las ciudades : “desde que faltan esos pontífices (los califas) los señores ejercen la tiranía, ya no tienen bastante con usurpar esos beneficios y repartirlos como les viene en gana , sino que obligan a nuevos tributos, de tal modo que en toda el África son pocos los campesinos que pueden guardar algo más de lo justo para comer y vestirse”.</p>
<p class="bodytext">Menos espacio ocupan los otros lugares de la obra. Cuando introduce la parte dedicada a la Tierra de los negros, León el Africano señala que los geógrafos anteriores a él habían escrito muy poco sobre el Africa negra. Su trabajo va añadir información preciosa y desconocida hasta entonces sobre África occidental. Sin embargo al comenzar el capítulo e introducir la vida social en estas tierras juzga a sus habitantes con una mente cargada de prejuicios, “están habitadas por hombres que viven como animales, sin reyes, ni señores, ni estados, ni gobiernos, ni costumbres ”; aunque esta visión se matiza posteriormente con descripciones particulares como la de Tombuctú, de la que dice: “En Tombuctú hay numerosos cadíes, imames y alfaquíes, todos bien pagados por el rey, que honra mucho a los hombres de letras. También se venden muchos libros manuscritos traídos de Berbería y se saca más beneficio de esta venta que del resto de las mercancías”.</p>
<p class="bodytext">Finaliza con la otra gran región africana, la zona de Egipto, un lugar predilecto para él. Demuestra su simpatía hacia sus habitantes <em>“buena gente, amables y generosos”</em> y aprecia la desarrollada civilización urbana de El Cairo y de las otras urbes de la región, que contrasta con la decadencia observada en las ciudades de Marruecos. La corte de los sultanes mamelucos, las observaciones sobre las crecidas del Nilo, los entretenimientos de los mercados y los temibles cocodrilos son objeto de sus comentarios. Es una aportación histórica notable fruto de su experiencia directa, que recoge el momento crítico de la sumisión del poder mameluco al de los otomanos.</p>
<p class="bodytext">Para concluir se podría decir que la figura de León el Africano representa paradigmáticamente el tipo de hombre mediterráneo dividido entre dos modos de entender la existencia y entre dos culturas. Y al mismo tiempo viajero y penetrante observador de las costumbres y de los lugares, en particular los que son objeto de su famosa obra. La Descripción , como el hombre que la escribe, es una obra controvertida. Por un lado, testimonio insustituible de la geografía física y humana del norte de África del siglo XVI y, por otro, un trabajo indudablemente subjetivo. En ocasiones distorsionado por el prejuicio procedente de la oposición histórica entre el cristianismo y el Islam en el centro de la cual toma lugar su vida, pero en otras magníficamente evocadora de unos lugares y unos seres humanos que solamente se encuentran dentro de sus páginas.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/un-exilado-granadino-descubre-africa-leon-el-africano-1504-1520/">Un Exilado granadino descubre Africa. León el Africano (1504-1520)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Los esclavos cristianos en la Berbería. Luis Mármol y Carvajal (1535 – 1557)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 10:26:14 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Fernando Rodríguez Mediano (CSIC, Madrid) Veintidós años en África Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001 En 1579, un viejo soldado elevó un memorial a Felipe II. En [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Fernando Rodríguez Mediano (CSIC, Madrid)</p>
<p>Veintidós años en África<br />
Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001</p>
<p>En 1579, un viejo soldado elevó un memorial a Felipe II. En él exponía cómo, “después de quarenta años de servicio en las guerras de África y de Italia, y últimamente en la del allanamiento del rebelión de los Moriscos del Reyno de Granada y de otros muchos servicios particulares que a Vuestra Majestad deven ser notorios”, se había acogido “a una alcaría de la ciudad de Vélez”, cuyas rentas no le bastaban para el sustento de su casa. Pedía, por ello, se le hiciese merced de “un montezillo secano, realengo” que “es tan dañoso, que se meten en él los cosarios de Berbería de noche, y quando pasan los atajadores de a cavallo los matan o prenden”; él lo cuidaría y lo arrasaría, de manera que de ahí en adelante los corsarios no tendrían “dónde se meter”. Un brusco “No ha lugar” escrito al margen del documento por el secretario Juan Vázquez Salazar, es bien explícito de la consideración que le mereció al rey la demanda de su viejo soldado.</p>
<p>Quien había redactado el memorial era Luis del Mármol Carvajal, personaje singular cuya figura se difumina a menudo en la oscuridad de un denso silencio documental, que llega incluso a afectar a su obra; obra que, a pesar de constituir un punto central de una tradición historiográfica destinada a estructurar y codificar el conocimiento europeo sobre África por un largo periodo, ha sufrido los curiosos avatares de un parcial pero significativo olvido. En las páginas que siguen, hago uso de algunos trabajos sobre Mármol que ya han explotado, de manera parcial, la escasa documentación existente: citaré, sobre todo, a Agustín G. de Amezúa, a Darío Cabanelas y a Mercedes García-Arenal.</p>
<p>Como personaje histórico, Mármol es una figura difusa, de quien casi todo se ignora: la fechas de su nacimiento (¿1520 o 1524?) y de su muerte (¿alrededor de 1600?) son puramente conjeturales, penosamente deducidas de algún comentario suelto hecho por el propio Mármol en alguna de sus obras. Su origen es asimismo oscuro: algunos autores han llegado a afirmar que provenía de una familia de moriscos, y otros, por el contrario, que su linaje era castellano, descendiente de alguno de los conquistadores de Granada en 1492. El primer documento fiable sobre su vida data de 1528, y en él se solicita legitimar a Mármol para el acceso a honras y oficios. El demandante es su padre Pedro del Mármol, escribano de la audiencia de Granada, <em>“que le ovo [&#8230;] syendo él soltero en mujer soltera”;</em> por este documento, Mármol era legitimado para ocupar cargos que en principio le estaban vedados por su condición de hijo natural.</p>
<p>Las siguientes noticias sobre su vida nos las proporciona el propio Mármol en el prólogo a su Descripción General de África, cuando dice de sí mismo:</p>
<p><em>Aviendo, pues, salido de la insigne ciudad de Granada, donde es nuestra naturaleza, siendo aún moço de pequeña edad, para la jornada que el Christianíssimo Emperador Don Carlos hizo sobre la famosa ciudad de Túnez el año de nuestra salvación mil y quinientos y treynta y cinco, y después de la felize expugnación della, seguido las vanderas Imperiales en todas las empresas de Áffrica por espacio de veynte y dos años, y padescido siete años y ocho meses de captiverio que estuvimos en poder de infieles de los Reynos de Marruecos, Tarudante, Fez, Tremecén y Túnez, en el qual tiempo atravessamos los arenales de Libia, hasta llegar a Acequia el Hamara, que es en los confines de Guinea, con el Xerife Mahamete, quando traya las armas victoriosas por Affrica, apoderándose de las Provincias Occidentales, y hecho otros viajes por mar y por tierra, assí en captiverio como en libertad, por toda Berbería y Egypto, donde notamos muchas cosas dignas de memoria y que nos paresció se desseavan saber en estas partes. Con este principio, acompañado de la continua meditación de hystorias escogidas Latinas, Griegas, Arabes y Vulgares destos reynos y de fuera dellos, que con mucho trabajo pudimos saber, siendo inclinado a este exercicio, y tomando dellas lo que nos paresció más al propósito para este effecto, juntándolo con la esperiencia y mucha prática que de la lengua Arabe y Affricana (que mucho diffieren) tenemos, hezimos esta hystoria y general descripción de Affrica.</em></p>
<p>Sobre este párrafo, algunos autores han intentado reconstruir el itinerario vital de Mármol ante la ausencia de otras fuentes documentales. Parece confirmarse que Mármol era natural de Granada y que, en una edad muy temprana, participó, quizás como paje, en la jornada del Emperador Carlos V contra Túnez. El dato es interesante, pues vincula directamente a Mármol con la expansión española por el sur del Mediterráneo. La extraordinaria importancia que el Norte de África tenía para España en el siglo XVI se refleja en la enorme cantidad de recursos empleados en las empresas africanas y en el incalculable número de transacciones económicas, políticas, personales y simbólicas que tuvieron lugar en el Mediterráneo a partir de la Edad Moderna, en el marco de la enemistad con el nuevo y formidable rival surgido en Oriente, el Imperio Otomano. Así, los avatares de la milicia y la rapiña en tierra norteafricana, del cautiverio, del temor a los corsarios musulmanes, formaban parte de la vida cotidiana de miles de españoles, confrontados a la experiencia de un brusco cambio de dimensiones y de escala del mundo conocido, obligados, incluso, a una redefinición del concepto mismo de experiencia.</p>
<p>Luis de Mármol fue protagonista, pues, como tantos otros, de la expansión militar hispánica y sufrió también el cautiverio en tierras musulmanas. Nos es difícil, sin embargo, establecer con exactitud los límites cronológicos y espaciales de su jornada africana. Los “veynte y dos años” a los que Mármol alude, contados desde 1535, podrían hacer suponer que el fin de los “siete años y ocho meses de captiverio” se situaría alrededor de 1557, fecha de su hipotética liberación. Ciertos detalles, sin embargo, contenidos en su Descripción General de África, indican que ya en 1541 Mármol estaba cautivo en Marruecos. En esa época, una nueva dinastía originaria del sur de Marruecos, la de los sa’díes, estaba a punto de culminar su conquista del poder, acabando con los últimos sultanes Wattasíes de Fez. Con los sa’díes se inauguraba una nueva época en la historia marroquí, marcada por la llegada al poder de las dinastías de jerifes o xarifes, es decir, de familias cuya legitimidad política se basaba en el hecho de descender, real o pretendidamente, del profeta Muhammad. Con este capital carismático, los dos hermanos fundadores de la dinastía sa’dí, Ahmad y Muhammad, habían conducido una vigorosa ofensiva militar y política que culminaría en 1554 con la segunda y definitiva conquista de Fez y la destrucción de sus enemigos, convirtiendo a Marruecos, por cierto, en el único territorio norteafricano que no estaba bajo el control de los otomanos.</p>
<p>Por sus propias indicaciones, sabemos que Mármol acompañó como cautivo a los dos jerifes en algunas de sus campañas y que adquirió, por ello, un razonable conocimiento de buena parte del territorio marroquí. Él mismo asegura, como hemos visto, haber formado parte del ejército del menor de los jerifes, Muhammad al-Chaij, en una expedición transahariana que les llevó hasta la legendaria Saguiat al-Hamrá, lugar que ocupa una posición privilegiada en la geografía sagrada de Marruecos como uno de sus principales focos de santidad. Además de esta noticia, otros datos nos permiten asegurar que Mármol estaba en Marruecos en 1549, momento de la primera conquista de Fez por los sa’díes, e incluso después de 1554, fecha en que un nuevo sultán, Muley Adbala, llegó al poder tras el asesinato de su padre Muhammad al-Chaij.</p>
<p>Sabemos, pues, que Mármol viajó como cautivo por Marruecos, y que como tal llegó a atravesar el Sahara. Su afirmación de que viajó también por los reinos de Tremecén y Túnez, en Berbería y Egipto, “assí en captiverio como en libertad”, ha llevado a algunos historiadores a afirmar que, tras su liberación, Mármol había recorrido todo el Norte de África, e incluso parte del África subsahariana, hasta Etiopía. Su presencia, sin embargo, en Túnez y en Argelia parece más bien limitada a las campañas a las que asistió como soldado, en ciudades como Túnez o Bona. Por otra parte, es difícil establecer en qué momento y cómo pudo haber viajado por Egipto, aunque sí se puede afirmar, a partir de los testimonios originales que se encuentran en su obra, que su actividad de viajero se limitó al Mágreb, y sobre todo a Marruecos.</p>
<p>Es posible que durante su cautiverio Mármol conociese a otro ilustre viajero por Marruecos, el célebre Diego de Torres, autor de la Relación del origen y suceso de los xarifes y del estado de los reinos de Marruecos, Fez y Tarudante. Torres permaneció durante algún tiempo en el Norte de África actuando como alfaqueque o redentor de cautivos. En su propio libro, Torres copia pasajes de la obra de Mármol, lo que podría abundar en la tesis de que quizás conociera al granadino. Por lo demás, su vida y su vinculación con Marruecos nos proporcionan episodios sumamente interesantes: en 1577, el año anterior a la desastrosa expedición portuguesa que acabó con el ejército del rey Don Sebastián en la Batalla de los Tres Reyes, Diego de Torres fue enviado por Felipe II como espía a Marruecos, donde llegó camuflado de mercader judío para “reconocer las marinas y sus fortalezas y enterarse de lo que más cumplía”. En este viaje le acompañaba, igualmente disfrazado, el divino capitán y altísimo poeta Francisco de Aldana. Ambos participarían, poco después, en la jornada de Alcazarquivir: Diego de Torres sobrevivió al desastre, pero el capitán Aldana murió, “con la espada en la mano tinta en sangre”, metido “entre los enemigos, haciendo el oficio de tan buen soldado y capitán como él era”.</p>
<p>La experiencia africana de Mármol está, desde luego, en el origen de su Descripción General de África. La obra apareció en tres volúmenes: los dos primeros fueron publicados en Granada en 1573 y el tercero en Málaga en 1599. El objetivo de la obra está explicado por el propio Mármol en su prólogo:</p>
<p><em>“Siendo, pues, tan notorio el daño que por tener cerca a estos pueblos Affricanos, nuestros vezinos y crueles enemigos, a venido a estos reynos, y estando como están todas aquellas Provincias consagradas con sangre de tantos mártyres, no avemos visto quién hasta oy aya hecho en España hystoria particular por la qual se pueda tener enteramente noticia dellas ni de sus poblaciones, como quiera que es cosa muy necessaria tenerlas conoscidas para la contrata-ción de la paz, si la uviere, y para que la guerra, quando sea menester, se haga con la ventaja que suele dar el tener sabida y reconoscida la tierra del enemigo. Bien se dexa entender que no avrá dado lugar a ello la diversidad de costumbres, religión y lenguas, en que tanto diffieren de nosotros aquellas nasciones bárbaras con quien los escriptores curiosos an tenido y tienen muy poca o ninguna comunicación”.</em></p>
<p>El proyecto de Mármol se sitúa, pues, consciente y explícitamente, en el ámbito de la confrontación, de forma que el conocimiento de África es, en realidad, el conocimiento de un enemigo inmediato, en cuya cercanía se reconoce una alteridad radical, especular, que se define, como no podía ser menos, en términos de barbarie.</p>
<p>Tal confrontación era para Mármol, desde luego, un dato de la experiencia. Como ya he señalado, en el siglo XVI el enfrentamiento militar y político en el Mediterráneo era total. La misma lógica que había conducido a la conquista de Granada en 1492 se había resuelto para España en la consideración del Norte de África como escenario natural de su expansión territorial. El surgimiento del inmenso poderío del Imperio Otomano daba a este enfrentamiento una escala casi cósmica. La amenaza para la cristiandad y para la propia supervivencia era un sentimiento real e inmediato entre los españoles. El enfrentamiento adoptó, pues, los rasgos de una extrema virulencia. Entre 1505 y 1511, Mazalquivir, Orán, Argel, el Peñón de Vélez de la Gomera, Trípoli, Tremecén y Cherchel caían en manos españolas o reconocían su soberanía por un periodo de tiempo más o menos largo. En 1535, Carlos V conquistaba La Goleta de Túnez, en una expedición en la que participó el propio Mármol. A partir de los años 20, sin embargo, el enfrentamiento con los otomanos se hizo más intenso, y la aparición de enemigos formidables como los hermanos Barbarroja había tornado incierta la suerte del conflicto. Desde 1525, Argel, como regencia dependiente de la Sublime Puerta, se convierte en el principal foco otomano en el Norte de África. La expedición de Carlos V contra la ciudad en 1541 supuso uno de los mayores desastres de su reinado. Su hijo Felipe II sufriría otro descalabro semejante con la derrota del conde de Alcaudete ante Mostaganem en 1558. En ese momento, la presión otomana desde las costas de Cádiz hasta la frontera europea de los Habsburgo era difícilmente sostenible, y con ella, el miedo y la repulsa secular hacia los musulmanes no hacían sino arraigarse en el imaginario de los españoles. En este contexto, la victoria de Lepanto en 1571 produjo un enorme sentimiento de alivio y satisfacción, aunque sus resultados en la práctica fueron más bien escasos: pronto los otomanos reconstruyeron su flota, y sólo el peligro en su frontera oriental logró que detuvieran su expansión occidental. Hacia 1580, el equilibrio entre españoles y otomanos en el Mediterráneo era más o menos estable.</p>
<p>Por lo que respecta a Marruecos, había sido objeto desde muy temprano de la expansión portuguesa. Ceuta había sido conquistada en 1415. Más tarde, hacia 1514, una serie de puntos de la costa atlántica estaban bajo poder portugués: Arcila, Safi, Azzammur, Mazagán, Agadir (o Santa Cruz do Cabo da Gué). La situación sólo se invirtió cuando en 1541 esta última plaza fue conquistada por los jerifes sa’díes y, como consecuencia, los portugueses evacuaron Safi y Azammur. El último intento expansionista de Portugal en Marruecos, impulsado por Don Sebastián, se resolvió en la ya evocada Batalla de los Tres Reyes, o de Alcazarquivir (1578), que supuso un auténtico desastre para los portugueses, cuyo ejército fue destruido por las tropas marroquíes del sultán marroquí ‘Abd al-Malik. De resultas de la catástrofe, Portugal fue anexionado por la corona española sólo dos años después.</p>
<p>Las consecuencias de este enfrentamiento generalizado exceden con mucho el ámbito militar o estrictamente político. Puede afirmarse, de hecho, que determinaron en profundidad los caracteres culturales e identitarios de un mundo que, con la expansión geográfica, entraba decididamente en una nueva época. El Mediterráneo se había transformado en un espacio en el que la red de intercambios de todo tipo había alcanzado una densidad desconocida hasta entoces. Algunos fenómenos asombran por su extensión e importancia: el cautiverio, por ejemplo, que implicó a millares de personas y que llegó a alcanzar una escala casi industrial en el periodo de apogeo de las regencias otomanas del Magreb. El corso se convirtió en una presencia constante en todo el Mediterráneo, y también en las costas españolas, proporcionando una gran cantidad de mano de obra esclavizada y material con el que llevar a cabo un fructífero intercambio a escala internacional, mientras en España se multiplicaba la acción de las órdenes dedicadas al rescate de cautivos, como también, paralelamente, el número de esclavos africanos.</p>
<p>Otro fenómeno importantísimo es el de los renegados, que constituyen un flujo enorme del norte al sur del Meditérraneo, más que a la inversa. Fuera del hecho de que algunos de los más señalados corsarios musulmanes eran renegados, éstos formaban en su conjunto una auténtica sociedad intermedia cuyos miembros no acababan nunca de integrarse en las sociedades musulmanas de destino, establecían alianzas matrimoniales entre sí y se reproducían de una manera cerrada, formando uno de los grupos sociales más característicos del mundo norteafricano, exponente perfecto de todas sus ambigüedades y contradicciones.</p>
<p>Éste es, pues, el entorno en que desarrolló la vida de Mármol y que explica, finalmente, la redacción de su Descripción: se trataba de compilar los conocimientos básicos sobre el enemigo que permitiesen gestionar adecuadamente los términos del conflicto. Sin embargo, ésta no es la única razón que explica la ambiciosa concepción de la obra. Ésta consta, como ya he señalado, de tres volúmenes. El primero de ellos contiene una historia del Islam desde el profeta Muhammad (llamado Mahoma por los cristianos) hasta la batalla de Lepanto. El segundo y el tercero tratan, respectivamente, de una descripción del Norte de África y de otra de Egipto y del África subsahariana. El tercer volumen fue publicado dieciséis años después de los otros dos no sin grandes dificultades para su autor, que hubo de encargarse él mismo de los gastos de impresión de la obra. El plan de Mármol requiere, pues, por su exhaustividad, una explicación complementaria de la que él mismo da y que se encuentra, parcialmente, en la tradición historiográfica a la que la obra de Mármol pertenece.</p>
<p>Hay que empezar por matizar el pasaje ya citado del prólogo de la obra, en el que Mármol afirma que “los escriptores curiosos (&#8230;) an tenido y tienen muy poca o ninguna comunicación” con aquellas “nasciones bárbaras”. Esto podía ser relativamente cierto por lo que se refiere a España, pero lo era menos en otros países. Hay que empezar por señalar que para Mármol, como hombre de su tiempo, la influencia clásica es importantísima y se traduce en el recurso permanente a la obra de Ptolomeo. Pero esa lejana referencia de autoridad no se traslada como una simple copia, sino como una relectura a la que se superponen de forma decisiva los conocimientos de la nueva época, los datos de las nuevas fuentes. Así, si se analiza con cierto detalle el segundo volumen de la Descripción de Mármol, es decir, el que se ocupa de la descripción del Norte de África, es fácil descubrir que nuestro autor copia exhaustivamente tanto el contenido como la estructura de la Descrizione dell’Africa, de León el Africano. León es un personaje bien conocido: nacido en Granada, y llamado Hasan ben Muhammad al-Wazzan, tuvo que emigrar con su familia a Marruecos huyendo de la presión cristiana. Allí se convirtió en un intelectual, experto en ciencias islámicas y llegó a desempeñar misiones de embajador. Hecho cautivo por los cristianos, en 1517 llegó a Italia y a la corte papal, donde destacó por su formación y cualidades intelectuales. Allí escribió su Descrizione, que fue publicada por vez primera en la magna recopilación de relatos de viaje que con el título de Navigazioni e viaggi publicó el humanista veneciano Giovanni Batista Ramusio a partir de 1550. El libro de León el Africano presenta, entre otras, dos características esenciales: la primera es que se trata de una obra concebida dentro de la más estricta e insigne tradición de la literatura geográfica árabe. Ésta es muy larga y rica, y ha influido de diversas maneras en las culturas occidentales (entre otras, a través de la conocidísima obra del geógrafo al-Idrisi, que trabajó en el siglo XI para la corte de los reyes normandos de Sicilia). Por una vía no exenta de ironía, una de las últimas grandes aportaciones de esa tradición a las literaturas occidentales es la obra de León el Africano, difundida desde la corte papal, copiada y en gran medida codificada por Luis de Mármol en su propia Descripción, integrada así por varios siglos al acervo de conocimientos que los europeos tenían sobre el África.</p>
<p>La otra característica importante de la obra de León el Africano es su misma inclusión en las Navigazioni de Ramusio. Es ésta una recopilación de relatos de viajes imponente tanto por su número cuanto por su concepción. La nómina de las obras incluidas va desde la Descrizione de León el Africano hasta el Periplo de Annón, desde el libro de Marco Polo hasta las Relaciones de Hernán Cortés, desde la Verdadera informação das terras do Preste João das Índias del padre Francisco Álvares hasta las Décadas de Pedro Mártir de Anglería, desde el Asia de João de Barros hasta la Historia de los Tátaros de Hayton Armeno. Más de sesenta obras en total que intentan abarcar relaciones de viajes por todas las partes conocidas de la tierra. De hecho, el proyecto de Ramusio es más que una simple colección de viajes; responde sobre todo a un intento sistemático de descripción del mundo, de un nuevo mundo abierto nueva y vertiginosamente por un cúmulo de maravillosos descubrimientos que inaugura la modernidad.</p>
<p>Los impulsos de la nueva época eran políticos, económicos y militares, pero también intelectuales. Una nueva forma de conocimiento se imponía, un saber que diese cuenta del sentido de las transformaciones en marcha y que integrase las últimas cuestiones pertinentes: ¿qué valor había que dar a la experiencia sobre la autoridad, sabiendo que un simple marinero del siglo XVI conocía más de la forma real del mundo que autores clásicos como Ptolomeo?; ¿cuál era el valor práctico del conocimiento, puesto al servicio de una república que se conformaba políticamente a partir de una nueva concepción del hombre?; ¿cómo se constituía, precisamente, esa nueva comunidad política que daría lugar a lo que llamamos “el estado moderno”? Todas estas cuestiones son fundamentales para entender el impulso cultural que promovió la fundación de una nueva tradición que aunaba en un mismo proyecto intelectual la transformación científica y tecnológica, el descubrimiento y conquista de los nuevos mundos, la fundación de las comunidades nacionales y la creación de nuevos aparatos conceptuales que pudiesen dar cuenta de todo ello.</p>
<p>A través de su relectura de diversas fuentes, adaptándolas a su propia experiencia de cautivo en tierras africanas, la obra de Mármol se integra perfectamente en todo este proyecto humanista, constituyéndose en uno de los más importantes eslabones de una importantísima tradición libresca. No hay que olvidar que la Descripción de Mármol conoció una considerable difusión gracias, entre otras cosas, a la traducción francesa de Nicolas Perrot, señor de Ablancourt, que incluía mapas diseñados por el geógrafo real M. Sansón, y que se publicó en París en 1667. Pero la de León el Africano no era la única influencia de la que Mármol bebió. Entre sus numerosas fuentes hay que contar también la de notables autores portugueses. La descripción que Mármol hace de Marruecos, basada mayoritariamente en la Descrizione de León el Africano y en su propio testimonio, se ve enriquecida, entre otros, por los fragmentos que copia de la Chronica do Felicissimo Rei dom Emanuel, de Damião de Gois. Gois era uno de los más importantes humanistas portugueses, cercanísimo amigo de Erasmo de Roterdam y que había tratado también a Lutero y Melanchton. En su crónica, Gois recogía algunos episodios de la historia de las plazas marroquíes ocupadas por los portugueses, episodios que el propio Mármol se aprestó a utilizar en su Descripción. La Chronica de Gois forma parte de un empeño colectivo por codificar en términos históricos, religiosos y poéticos, el devenir “providencial” del reino de Portugal, devenir inextricablemente unido al de su expansión imperial ultramarina. En este sentido, el empeño historiográfico de Gois es inseparable del de su amigo João de Barros, que pretendió en sus Décadas construir la historia de las exploraciones portuguesas por África y por Asia. No es casual que Barros fuese una de las fuentes utilizadas por Mármol en su descripción del África subsahariana. En realidad, el perfil del África de Mármol se ajusta al que los viajeros y conquistadores portugueses habían ido diseñando en su ruta oriental hacia las Indias, construyendo a la vez un imperio y una identidad política.</p>
<p>De forma que, a partir de las distintas tradiciones en las que se integra, la Descripción General de África se vincula al humanismo y a una lectura humanista de la geografía, disciplina que pretendía dar cuenta de una forma amplia del sentido y las implicaciones de los extraordinarios descubrimientos de la época. Cabe preguntarse, sin embargo, por el estricto valor documental de las observaciones del Mármol viajero, observaciones que en su mayor parte se concentran, como ya he señalado, en su descripción de Marruecos. Este valor es, a menudo, muy alto. Así, por ejemplo, cuando al describir una de las sierras de la región de Heha, escribe:</p>
<p><em>El año de mil y quinientos y treynta y nueve descubrieron los Bárbaros desta sierra una mina de cobre, y de allí llevan mucho en panes pequeños de que hazen artillería de bronze en Marruecos. Las primeras que se fundieron de aquel metal fue por mano de un morisco natural de la villa de Madrid, que renegó la fee y le llamaron Maestre Muça, el qual hizo una culebrina de treynta y dos palmos y muchas pieças pequeñas. Y demás desto, labrava arcos de ballestas y espadas y hierros de lanças y otras armas de muy buen temple. Y en el mesmo tiempo, un moro de Sus, natural de la provincia de Gezula, halló el secreto de fundir el hierro, y dello hazía pelotas para la artillería, cosa que hasta entonces nadie lo alcançó a saber en Áffrica.</em></p>
<p>Esta noticia es muy importante para situar el comienzo de la fabricación y utilización a gran escala de la artillería en Marruecos, que se inicia con la dinastía sa’dí gracias, fundamentalmente, a los conocimientos técnicos de turcos y renegados. Para otros acontecimientos, como la expedición transahariana del jerife Muhammad que ya ha sido citada, el texto de Mármol constituye la fuente más importante, si no la única.</p>
<p>Otras noticias, como las recién evocadas, van desgranándose a lo largo del texto de Mármol, proporcionando aquí y allá datos preciosos sobre la historia de Marruecos, que el granadino va insertando en una estructura en general copiada de León Africano. En algunos aspectos, en su comparación con el texto de este último, Mármol aporta una perspectiva diacrónica de la historia marroquí, que nos permite apreciar algunas de las transformaciones que tuvieron lugar con la ascensión al poder de la dinastía sa’dí. Así, el autor granadino hace a menudo afirmaciones como</p>
<p><em>toda esta provincia está muy poblada, y ay en ella lugares abiertos muy grandes, y rezios pueblos de gente inquieta, que solían guerrear cruelmente unos contra otros antes que los Xerifes se apoderassen della, porque vivían en libertad y no avía entre ellos justicia ni razón, ni quién los pusiesse en ella.</em></p>
<p>En esta confrontación entre una anarquía original (léase: una estructura tribal) y el orden impuesto por la nueva dinastía se adivinan las tesiones entre las formas de vida y de ordenación políticas comunitarias, y los intentos dinásticos por consolidar un tipo de poder centralizado y, podríamos decir, de tipo estatal. En este sentido, las observaciones de Mármol que completan y corrigen el texto de León el Africano son muy valiosas para entender el auténtico valor de la acción política de la nueva dinastía. Así, por ejemplo, al describir la ciudad de Tesegdelt, León el Africano escribía:</p>
<p><em>Poseen en medio de la ciudad una hermosa mezquita cuidada por muchos sacerdotes y disponen asimismo de un juez, persona de sabiduría en la ley, que entiende en todo tipo de litigios, salvo en los maleficios.</em></p>
<p>Medio siglo después, Luis de Mármol describe la misma ciudad en los siguientes términos:</p>
<p><em>Los desta ciudad se deffendieron valerosamente de los Alárabes y de los Christianos en tiempo de las guerras de los Portugueses, por la aspereza de la sierra. Y el Xerife, so color de santimonia, los truxo a su devoción; y no lo tuvo en poco, según es fuerte, y la gente bellicosa. Estos Beréberes son muy afables y de buena conversación, y hazen mucha cortesía a los forasteros y los hospedan amorosamente. En medio de la ciudad tienen una hermosa mezquita con muchos alfaquís, y el principal dellos es juez en las cosas espirituales y temporales. Y demás desto, reside allí un alcayde puesto por el Xerife, que es como mayordomo y tiene cargo de embiar personas que cobren las rentas reales por toda la provincia; el qual administra también justicia en las causas que vienen ante él, y es a su cargo guardar la ciudad como fortaleza, que mucho importa para subjectar aquellos bárbaros. </em></p>
<p>El juez sabio que describe León el Africano se ha transformado, con la llegada de los jerifes sa’díes, en un alcaide impuesto por los sultanes, encargado de mantener la dominación militar sobre las poblaciones locales, e investido de los dos grandes atributos que definen finalmente el poder de tipo estatal: la recaudación de impuestos y el monopolio de la justicia. En la tensión entre ambas estructuras, no sólo se adivinan los hitos de la evolución diacrónica en una época crucial de la historia de Marruecos, sino que se perciben con claridad los modelos antropológicos a los que dicha evolución responde. Desde este punto de vista, la conjunción de los textos de Mármol y León el Africano nos proporciona un cúmulo de informaciones etnográficas extraordinariamente valiosas: la descripción de cada ciudad o cada sierra se completa con la de sus habitantes, sus costumbres, sus caracteres físicos o morales. Encontramos, pues, numerosos textos como éste, dedicado a la ciudad de Tedsi:</p>
<p><em>&#8230;los términos desta ciudad son muy grandes y muy buenos, donde se coge mucho pan y se crían muchos ganados. Una legua della passa el río Sus, y en las riberas de él ay grandes cañaverales de cañas de açúcar y algunos ingenios donde se labra; y por esta causa ay de ordinario en ella muchos mercaderes de las ciudades de Berbería y de las tierras de los negros. Los moradores son gente affable y muy llana [&#8230;]. Dentro tiene un barrio grande de Judíos, mercaderes y officiales ricos, porque se haze allí un mercado el lunes de cada semana, donde acuden los Alárabes y Beréberes de todas aquellas comarcas con sus ganados, lana, cueros y manteca, y a comprar de los mercaderes y officiales de la ciudad, paños, lienços, calçado, herramientas y adereços de cavallos y otras muchas cosas.</em></p>
<p>Del mismo modo, al hablar de la ciudad de Aguila o Agla:</p>
<p><em>&#8230;al derredor tiene hermosos términos poseydos por los Alárabes y Beréberes que viven en aduares, y por todos aquellos campos se crían muchos leones, tan covardes, que si un niño les da bozes, luego huyen, y de esta causa traen un refrán en Fez, quando quieren dezir a uno que es cobarde, le dizen que es tan valiente como león de Aguila, que la ternera le roe la cola.</em></p>
<p>Otras noticias de Mármol se refieren a los enfrentamientos entre portugueses y marroquíes en las plazas de la costa atlántica, a algunos de cuyos protagonistas llegó a conocer directamente. Es el caso de la trágica historia de doña Mencía de Monroy, hija de don Gutierre de Monroy, el último gobernador portugués de Santa Cruz de Cabo da Gué o Agadir, que Mármol relata de esta manera:</p>
<p><em>En este lugar nos obliga tratar del successo de Doña Mencía de Monrroy, hija de Don Gutierre, la qual, siendo captiva por el alcayde Mumen, luego la embió al Xerife con su padre y con un su hermano que fue también captivo aquel día; y el pagano se pagó tanto della, que le pidió su amor, porque era muy apuesta y graciosa dama. Y como se le deffendiese con muchas y justas razones y no quisiesse complazerle, fue tanto el enojo del bárbaro que, por afrentarla más (aunque devió de ser por atemorizarla), mandó a un negro Eunuco de los suyos que la encerrasse en el vaño con dos negros, los más suzios y feos que uviesse en la ciudad, y que les hiziesse que la forçassen. La pobre dueña, viéndose en este aprieto, después de averle dado el proprio Xerife muchos moxicones por su mano, uvo de hazer lo que le mandó con condición que no le hiziesse renegar de la fee y que la tuviesse en lugar de ligítima muger. Lo qual le concedió el amor del pagano, y se casó con ella y la tuvo como a las otras mugeres muchos días, siendo ella Christiana y él Moro. En el qual tiempo vimos que le hazía comer a usança de Christianos y traer sus pañizuelos de narices en la cinta y otras cosas fuera de la costumbre de los Moros, tanto, que se dezía que le tenía medio convertido, y murmuravan los Moros de él. Mas quando fue a Tarudante con el triumpho de la victoria de Mascarotán, llevando preso a Muley Hamete, su hermano mayor, dixo a Doña Mencia que le hiziesse plazer de dezir que era Mora, porque le era tenido a mal que estuviesse casado con una Christiana públicamente. Y como ella estuviesse ya preñada, quiriéndole agradar, dio a entender que era Mora, y la llamaron Alia. Después parió un hijo, mas fue fama que las otras mugeres del xerife la atosigaron a ella y a la criatura, porque era tanto lo que la amava, que ya no hazía vida con ellas. La qual, poco antes que muriesse, hizo llamar algunos Christianos de los captivos del rey, y delante dellos hizo una protestación, diziendo que ella avía sido siempre Christiana y moría Christiana en la sancta fee de Jesu Christo y pedía a Dios perdón de sus pecados; y que no avía sido en su mano dexar de agradar y dar contento al Xerife y publicar que era Mora, por algunos respectos que convenían al bien de muchas gentes, y especialmente a la libertad de su padre, que estava captivo; y les rogó que lo publicassen assí donde se hallassen.</em></p>
<p>De forma que a la descripción africana de Mármol/León el Africano son invocados santos, mercados y artesanos, arábes y beréberes, beduinos y sedentarios, guerras dinásticas, episodios crueles y caballerescos; y también observaciones políticas y militares, datos económicos y arquitectónicos, vías, ríos y caminos: un tejido denso de gente, tierras y noticias que, por diversas maneras, hicieron confluir la tradición geográfica árabe y el espíritu humanístico, los discursos de la modernidad y sus grandes construcciones culturales y políticas, las rivalidades imperiales y el vertiginoso asombro ante un mundo nuevo y diverso.</p>
<p>Como ya he dicho, es difícil establecer con certeza la fecha exacta en que Mármol volvió a España después de su periplo africano. Es posible que la estancia italiana a la que él mismo se refiere en algunas ocasiones (afirmando, incluso, haber estado en Sicilia) tuviese lugar en este momento. Nuestra aproximación a esta etapa de la vida de Mármol es, como casi siempre, una conjetura, al menos hasta 1568, momento en que su figura aparece directamente involucrada en otro de los acontecimientos más relevantes de la historia española del siglo XVI: la guerra de las Alpujarras.</p>
<p>Muy poco tiempo después de la conquista de Granada en 1492, y a pesar de unas capitulaciones en las que los Reyes Católicos se habían comprometido a respetar la religión y costumbres de los vencidos, éstos fueron obligados a convertirse. De esta manera, en los primeros años del siglo XVI, los antiguos mudéjares, es decir, los musulmanes que habitaban en territorio cristiano, se convirtieron en moriscos (cristianos de origen musulmán). La población morisca era más o menos numerosa según las regiones y su asimilación fue más o menos problemática según las circunstancias. Como es obvio, entre los musulmanes del Reino de Granada la memoria del pasado islámico era mucho más reciente que en otras partes de España, y, por tanto, su resistencia a la conversión obligada era mucho mayor.</p>
<p>Se daban así numerosos casos de falsas conversiones y de personas que seguían manteniendo en secreto sus antiguas creencias religiosas. Más aún: la asimilación forzosa había provocado que algunas prácticas culturales no necesariamente vinculadas a lo religioso cobrasen una gran importancia como indicios definidores de pertenencia a un grupo y de resistencia a la integración: la celebración de zambras, el uso de determinados vestidos, las visitas al baño, además de la resistencia a consumir carne de cerdo, se habían convertido en indicios sospechosos que podían suscitar una delación, una investigación o una condena. La mayor parte de estas prácticas acabaron por ser prohibidas.</p>
<p>Esta presión descomunal en pro de la integración forzosa no sólo no había conseguido su propósito, sino que en muchos casos no había logrado más que  acentuar el valor de los caracteres identitarios de los distintos grupos, reforzados por la creciente importancia del concepto de “limpieza de sangre” que, en puridad, hacía imposible la pretendida asimilación. Esta situación era difícilmente sostenible y, unida a factores económicos, como la crisis de la industria de la seda, provocó en 1568 la sublevación de los moriscos de Granada, y la llamada guerra de la Alpujarras. Aparte de los crueles episodios que se vivieron durante esos años, el conflicto provocó una exacerbación de los temores de los españoles de la época.</p>
<p>Durante su sublevación, los moriscos habían intentado pedir la ayuda de sus correligionarios del otro lado del Mediterráneo y, sobre todo, del Imperio Otomano. La certeza de que esos contactos existían había confirmado la imagen generalizada de que los moriscos no eran sino una quinta columna musulmana en España, siempre trabajando y conspirando para que el Islam volviese a la Península Ibérica. En realidad, el problema morisco y la expansión norteafricana no eran sino dos aspectos de una misma cuestión, identificados en el imaginario español como distintos episodios de un único y secular enfrentamiento contra el Islam, en el curso del cual se habían forjado los más distintivos caracteres de la identidad española.</p>
<p>Don Juan de Austria fue el encargado de sofocar la rebelión de los moriscos. En su ejército marchaba Luis de Mármol como veedor de las compras de bastimentos y municiones, responsable de la supervisión de todo lo que tenía que ver con el avituallamiento del ejército. La corrupción y los abusos cometidos por algunos personajes que participaron en la campaña fueron notables, y nos consta por información documental que la actividad de Mármol para denunciarlos y paliarlos fue muy intensa. Como él mismo escribió en un memorial posterior elevado a Felipe II, <em>el señor don Juan, viendo el desorden que avía entre los comissarios y otros ministros, a cuyo cargo era la compra de las provisiones, y teniendo confiança en su fidelidad, solicitud y diligencia, le dio título de Veedor de las dichas compras, para que se hiziessen con su yntervención. En lo qual fue la hazienda de Vuestra Majestad aprovechada en más de cien mil ducados.</em></p>
<p>Sin embargo, el resultado más duradero del paso de nuestro autor por los campos de batalla granadinos fue un libro, Historia del rebelión y castigo de los moriscos del Reyno de Granada, publicado por primera vez en Málaga en 1600. Esta obra es la principal fuente sobre este acontecimiento, tanto o más importante que la Guerra de Granada de Diego Hurtado de Mendoza y las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita, dada la condición de Mármol de testigo directo de muchos de los hechos que relata. El prólogo de la obra es una bella reflexión sobre el deber de los historiadores de escribir “las cosas que [&#8230;] hallaron ser provechosas a sus repúblicas”. Así, considerando que <em>todas las cosas en su modo trabajan por perpetuarse (&#8230;) los hechos humanos, como no tienen virtud animada para engendrar cosa semejante a sí, porque con la brevedad de la vida del hombre no acabasen con su autor, fue necesario que el mesmo hombre, para conservar su nombre en la memoria dellas, buscase este divino artificio de las letras, que representase en futuro sus obras. </em></p>
<p>Se presenta, pues, Mármol a sí mismo, embarcado en “el peligrosso trabajo de la historia”, dedicado a la elaboración de su Descripción General de África y su Historia del rebelión y castigo de los morisco, considerando <em>que esta diligencia de encomendar las cosas con fieldad al archivo de las letras, conservadoras de todas las obras, es tan necesaria en nuestra España, quanto los Españoles son prontos y diligentes en los hechos que competen por milicia, y descuidados en escrebirlos.</em></p>
<p>Desde esta reflexión esplendorosamente moderna, que se plantea la utilidad de las letras en la república, Mármol da un sentido unitario a su labor historiográfica y a sus dos grandes obras, cuya concepción global parte de un sentido humanista del conocimiento histórico y geográfico. Unidad en la concepción de la Descripción y la Historia, pero también unidad en el contenido: para los españoles del siglo XVI, la cuestión africana era inseparable del problema morisco, y ambos cobraban sentido en el seno de un proceso global que, a partir de la guerra contra los musulmanes y la desparición de al-Andalus, había desembocado naturalmente en la expansión imperial y en la creación de una identidad hispánica.</p>
<p>Tras la guerra de las Alpujarras, el nombre de Luis de Mármol aparece en documentos esporádicos relacionados con distintos asuntos. Se conserva, por ejemplo, una relación hecha por Luis de Mármol del estandarte que se tomó a los turcos en Lepanto. Parece ser que, después de la batalla, le fue encargada a Mármol la traducción del texto incluido en dicho estandarte. El texto de la relación es más una descripción que una traducción. El trabajo fue realizado en 1572 por Mármol con ayuda de dos esclavos, “uno turco y otro moro”, y su resultado le debió parecer insuficiente al rey Felipe II, por lo que encargó realizar una segunda versión de la traducción, esta vez a su intérprete Alonso del Castillo.</p>
<p>Alonso del Castillo es un personaje singular cuyo nombre aparece vinculado muy a menudo con el de su amigo Luis de Mármol. Morisco granadino, había realizado diferentes actividades como traductor del árabe para el monarca español. Una de las más significadas fue su participación en la guerra de las Alpujarras, donde realizó diferentes misiones, algunas de las cuales son narradas por Mármol en su Historia. En ella, Mármol reproduce, con algunas variantes, las traducciones que el propio Alonso del Castillo había realizado de las lápidas sepulcrales de cuatro sultanes nazaríes que habían aparecido al realizar las obras del Palacio de Carlos V en el interior de la Alhambra. Este episodio, por cierto, y el de la traducción del estandarte arrebatado a los turcos en Lepanto, deben hacer interrogarnos sobre la auténtica competencia en árabe y turco de Mármol, a la que algunos autores se han referido.</p>
<p>Es bastante dudoso que nuestro autor tuviese demasiados conocimientos de turco. Por otra parte, parece obvio que, después de su larga permanencia en Marruecos, debió aprender bastante árabe, aunque quizás no el suficiente como para interpretar fluidamente largos textos escritos o textos epigráficos. En todo caso, su participación más o menos directa en algunos episodios relacionados con la traducción al español de textos árabes nos informa sobre la gran importancia material y simbólica que la labor interpretativa poseía en la España del siglo XVI. Por un lado, estaba la cuestión evidente de recabar toda la información posible sobre quien era considerado un enemigo. En este ambiente de confrontación, las relaciones diplomáticas entre España y Marruecos o el Imperio Otomano requerían del trabajo importantísimo de un grupo de traductores que actuaban tanto en España como en las cortes norteafricanas (aunque conocemos casos de algún sultán singularmente culto e instruido, como el marroquí Muley Abd al-Malik, que era capaz de hablar y escribir en varias lenguas, entre ellas el español). Por otro lado, en España quedaban suficientes vestigios materiales andalusíes como para que los textos árabes fuesen parte integrante de la vida y la cultura de los españoles, sin olvidar, desde luego, la importantísima presencia de la población morisca, cuya peculiar relación con su pasado y con la lengua árabe había dado lugar a fenómenos fascinantes como el de la escritura aljamiada.</p>
<p>Es significativo, en este sentido, otro episodio singular en el que Mármol tuvo una actuación destacada. Se trata del descubrimiento, en 1588, del pergamino de la Torre Turpiana de Granada. Esta torre era en realidad el antiguo alminar de la mezquita aljama. Mientras se realizaban las obras de su demolición, se encontró una caja que contenía unas reliquias y un pergamino escrito mayoritariamente en árabe, con series diversas de números y letras. El texto del pergamino contenía, al parecer, una profecía de san Juan y una inscripción latina que informaba de que aquellas reliquias habían sido entregadas por el arzobispo san Cecilio a un presbítero, quien debía guardarlas para protegerlas de la futura invasión de los musulmanes. Este hallazgo era el primero de una larga serie que iba a conmocionar la vida religiosa de la época.</p>
<p>En la colina de Valparaíso, en las afueras de Granada, comenzaron a encontrarse decenas de láminas de plomo grabadas, escritas en caracteres árabes angulosos (llamados “salomónicos” por los moriscos), y que componían un total de veintidós libros, cuya autoría era atribuida a dos discípulos del apóstol Santiago que habrían estado en Granada en el siglo I d.C. El contenido de los libros es diverso (hechos del apóstol Santiago y sus milagros, historia del sello de Salomón, profecías realizadas por la Virgen María) y deja entrever los caracteres de un singular sincretismo cristiano-musulmán. El impacto de la aparición de las reliquias y los libros plúmbeos fue extraordinario, hasta el punto de que la colina de Valparaíso fue rebautizada como Sacromonte por la Iglesia granadina, que veía en el descubrimiento la prueba de la antiquísima cristiandad de Granada y de su vinculación directa con el apóstol Santiago. La historia de los libros plúmbeos es larga y compleja. Para resumir, diré solamente que la falsificación ha sido atribuida plausiblemente a un grupo de moriscos que querían crear un estado de ánimo más favorable para impedir la ya previsible, y próxima, expulsión.</p>
<p>Como puede imaginarse, el descubrimiento provocó la enorme excitación de quien se siente en contacto con la profecía, parte de la historia sagrada y de la providencia. Provocó también la acción de las autoridades que debían gestionar los textos y reliquias, y determinar, entre otras cosas, su autenticidad. Luis de Mármol fue una de las personas requeridas por el arzobispo de Granada don Pedro de Castro para emitir su opinión acerca del pergamino hallado en la Torre Turpiana. El informe redactado por Mármol es muy interesante. En él, expresa sus dudas sobre la autenticidad del mismo por varias razones. Una de ellas es que “el estilo, el frasis y las sentencias” de la supuesta profecía de San Juan coincidían con las de otros jofores o pronósticos que circulaban entre los moriscos y que profetizaban una inminente victoria del Islam sobre los cristianos. Como explicaba el propio Mármol:</p>
<p><em>Sabido es que los alfaquíes, cuando esta ciudad se rindió a los Reyes Católicos, procuraron estorbarlo con amonestaciones y sermones, y, viendo que no les aprovechó nada, quisieron mostrar espíritus de profecía y escribieron diversos jofores, a manera de pronósticos, para consuelo de los moros rendidos, con que mantenerlos en esperanza de que habían de volver a su properidad y serían victoriosos contra los cristianos.</em></p>
<p>Mármol había conocido varios de estos jofores en el curso de la guerra de las Alpujarras, e incluso había incluido la traducción de tres de ellos en su Historia de rebelión y castigo de los moriscos:</p>
<p><em>y que la isla de España y Málaga se tornará á labrar y edificar con esta vuelta, y será dichosa con la ley de los Moros: y que a Vélez y Almuñécar les será abaxada la soberbia que tienen en la heregía, y a Córdoba sus vicios y pecados; y que harán callar a su campana los Almuédanes de pura necesidad. Y por el consiguiente será expelida la heregía de Sevilla (&#8230;) y se cumplirá la profecía del profeta Daniel, que dixo que se había de libertar después de perdida por un rey tirano (&#8230;). Y será tan grande este rompimiento que harán los Turcos sobre los Christianos, que entrarán y conquistarán todos sus reynos y ciudades, desde el mar de Daylán hasta el de Marcad, y no quedará más memoria de ellos, ni se oirán sino sus llantos.</em></p>
<p>La derrota, la tremenda presión, la consciencia de la inminente expulsión y desarraigo, habían creado entre los moriscos un clima de expectativas mesiánicas que explica el tono de estos pronósticos y, finalmente, toda la cuestión de los libros plúmbeos del Sacromonte. Mármol había intuido esta relación, sobre todo porque durante la guerra de las Alpujarras, su amigo Alonso del Castillo le había enterado de que, en ámbitos moriscos, se hablaba desde hacía unos años sobre los pronósticos que iban a aparecer en la Torre Turpiana. Por ello y por su competencia en lengua árabe, Mármol señalaba a Castillo como el experto a quien deberían dirigirse las consultas (aunque quizás sería necesario señalar aquí que, según la hipótesis de algún historiador contemporáneo como Darío Cabanelas, el propio Alonso del Castillo fue uno de los autores de la falsificación). Otro dato interesante es que, además de la opinión de Mármol sobre la autenticidad del pergamino, se solicitó la de otros expertos, como Benito Arias Montano, cuya crítica del documento asombra por su modernidad, por su consideración de los aspectos materiales y estilísticos, por la finura de su método de crítica histórica y filológica.</p>
<p>Los documentos que vinculan a Mármol con la cuestión del pergamino de la Torre Turpiana y los libros plúmbeos del Sacromonte nos sitúan ya hacia el fin del siglo XVI; cerca, pues, de la muerte de nuestro cronista. En los años que habían transcurrido desde el aplastamiento de la sublevación de los moriscos de Granada, encontramos aquí y allá rastros documentales de Mármol y su vida. Quizás se estableció en Granada tras el fin de la guerra y allí se casó con Isabel Zapata. Su hijo Juan fue bautizado en 1572. Hacia 1579, sabemos que estuvo a punto de acompañar una embajada dirigida al sultán marroquí Ahmad al-Mansur (el vencedor de la batalla de los Tres Reyes), pero que al final fue desestimado por la insuficiente calidad de su persona, que no alcanzaba la del embajador portugués que formaba parte de la misma misión.</p>
<p>Sabemos también que, hacia 1584, Mármol había redactado una nueva versión de los dos volúmenes publicados hasta entonces de su Descripción de África, que él pretendía editar junto con el tercer volumen. Pero en esa época, el interés por África había decaído notablemente: la batalla de los Tres Reyes había significado un durísimo revés para las ambiciones expansionistas ibéricas y, por otro lado, la rivalidad con el Imperio Otomano había alcanzado una relativa estabilidad. Estos hechos, unidos al excesivo tamaño de la obra, hicieron muy arduo el esfuerzo de Mármol. Al final, en 1599, apareció en Málaga el tercer volumen de la obra costeado por el propio autor. Entretanto, Mármol había solicitado con poca fortuna el puesto de cronista real y también algunos beneficios en Vélez Málaga, lugar donde, al parecer, se había establecido al obtener un heredamiento en el término de Iznate. El documento cuya cita abre este texto incluye una de esas peticiones desatendidas. En uno de los memoriales que se nos conservan, escribe:</p>
<p><em>Luys del Mármol dize que él compuso un libro yntitulado Descripción general de África con todas las guerras acaecidas entre moros y cristianos y entre ellos mesmos hasta estos tiempos, en el qual gastó mucho tiempo y passó mucho trabajo, y por ser historia tan provechosa ha sido muy bien recebida en estos Reynos y fuera dellos, la qual dirigió a Vuestra Majestad y Vuestra Majestad la mandó poner en su librería de S. Lorenço el Real.</em></p>
<p>Aparece en este texto un Mármol aspirante a cortesano, en cuya exposición se alude al provecho que su libro podía tener para España. El lugar que define la posición de la obra dentro del Reino es la Biblioteca de San Lorenzo, entendida como parte de una gran empresa imperial. La labor intelectual quiere asimilarse así, conscientemente, al espacio simbólico de una construcción política, integrando finalmente las distintas figuras de Mármol (paje, soldado, cautivo, veedor, geógrafo, crítico, traductor, historiador y cortesano) en un proyecto que es propiamente moderno, que asume la relectura radical de una tradición de conocimiento que revisa los fundamentos de la autoridad y la experiencia, y la reorganización misma del orden social.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-esclavos-cristianos-la-berberia-luis-marmol-carvajal-1535-1557/">Los esclavos cristianos en la Berbería. Luis Mármol y Carvajal (1535 – 1557)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>A la conquista de Tombuctú. Yuder Pacha (1590 – 1591)</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 26 Oct 2016 10:25:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: José Prieto Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001 Timbuctú. Son pocos los lugares de este mundo capaces de evocar, con la sola pronunciación de su nombre, tantas [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> José Prieto</p>
<p>Bibliografía: “Exploradores españoles olvidados de África” SGE. 2001</p>
<p>Timbuctú. Son pocos los lugares de este mundo capaces de evocar, con la sola pronunciación de su nombre, tantas cosas. Realidad y mito, historia y quimera se entremezclan entre sí hasta formar un todo inseparable. La historia de Timbuctú, o Tombuctú como pronuncian los franceses, es la historia de sueños y aspiraciones humanas con un denominador común: el oro.</p>
<p>A Timbuctú llegan hoy los viajeros ansiosos de pisar el suelo de la ciudad más deseada por los exploradores europeos del siglo XIX y evocar allí su sufrimiento y sus decepciones. No es ni sombra de lo que fue, pero tampoco es la ciudad ruinosa y triste que describieron Gordon, Caillé o el español Cristóbal Benítez. Un turismo no muy abundante, aunque con inquietudes culturales la sacaron de su marasmo, pero aún hoy sigue dominada por la cultura tuareg, que comparte a regañadientes las mismas fronteras con las otras etnias malienses. Las tensiones actuales entre estas culturas separadas por el gran río Níger son las consecuencias de su propia historia y de la historia de la colonización europea en Africa.</p>
<p>La sola visión de la mezquita de Sankoré basta para intuir que Timbuctú no fue una ciudad cualquiera, pero si el viajero se pierde por sus callejas podrá ver, entre sencillas casas de adobe, sólidos edificios con ventanas vestidas de celosías y puertas bellamente talladas, producto de las diferentes culturas que, durante siglos, convivieron en esta ciudad.</p>
<p>Ningún europeo llegó a conocer nunca el brillo de Timbuctú, excepto uno: Yauder Pachá (llamado por otros autores, Joder Pachá), un morisco originario de Cueva de Vera (Almería) que en el siglo XVI no sólo la conoció, sino que la hizo suya con una expedición sufragada por el sultán de Marruecos Al Mansur, aunque también fue el principio de su decadencia.</p>
<p>Pero, ¿qué hizo que esta ciudad se convirtiera durante siglos en meta de las caravanas que surcaron las rutas del inmenso desierto del Sahara desde Trípoli hasta Marruecos y, siglos después, de los expedicionarios europeos? La respuesta está en el oro, el oro que muchos creían que provenía de Timbuctú, pero que en realidad llegaba desde mucho más abajo, del País de los Negros, de unas minas cuya ubicación era celosamente conservada en secreto por sus explotadores.</p>
<p>Para entender la importancia de Timbuctú basta conocer su situación geográfica. Situada al borde del Níger –en realidad a unos cuantos kilómetros de sus orillas–, era y es la ciudad más cercana a la todavía hoy bella ciudad de Yené, en otros tiempos capital del Imperio de Malí,  hasta donde llegaba el oro procedente de las minas. Gao o Ualata, ciudades entonces también florecientes, estaban situadas demasiado lejos de Yené, de manera que las caravanas compuestas por millares de camellos que venían desde Marraquech pasando por Mekinez, Fez y Tlemecén, por Tafilal o el valle del Dráa,  y desde Trípoli y El Cairo, pasando por Gadamés y Gatt, en la actual Libia, convergían todas en Timbuctú.</p>
<p>Otra característica geográfica importante es que Yené está situada en la orilla sur del río Níger y entre ella y Tímbuctú no sólo hay un río, sino todo un delta interior compuesto por numerosas bifurcaciones que hacen de ella una tierra pantanosa, especialmente durante las crecidas del río. El único medio que podía utilizarse para llegar a Yené eran las piraguas y, puesto que los camellos no podían ser transportados en ellas, dejaban sus productos en Timbuctú, que luego eran llevados en pinazas a Yené, y desde allí volvían con el oro y el cobre. Las narraciones que han llegado hasta nuestros días cuentan que los mercaderes colocaban sus productos en el puerto y discutían con los compradores el precio. Si estos estaban de acuerdo, al día siguiente la mercancía había desaparecido y en su lugar el mercader se encontraba la cantidad de oro fijada.</p>
<p>El nacimiento y desarrollo de Timbuctú están influenciados por tres grandes imperios que se sucedieron desde antes del año 1000 hasta el siglo XVII: el imperio de Ghana, el imperio de Malí y el imperio Shongay. El de Ghana poseía las minas de oro de Galam y del Bambuk, situadas en lo que hoy es Faleme y Senegal, y ese oro llegaba hasta Marruecos desde antes de la llegada del islám. A finales del siglo VIII, el imperio de Ghana, bajo el reinado de Kaya Maghan Cisse, extendió sus dominios entre el Níger y el Senegal medio. Dice el cronista El Bechri que había tanto metal precioso que sus reyes ataban sus caballos en bloques de oro macizo. A partir del siglo XIII comienza la ascensión del reino de Malí, que alcanzó su cenit con el emperador Kankan Mussa, el gran divulgador del islám en Malí, aunque la influencia de esta religión no pasó de la clase dirigente. La islamización masiva de Malí llegaría más tarde.</p>
<p>Kankan Mussa había sometido al entonces pequeño reino Shongay y extendido su autoridad hasta Gao. A la muerte de Kankan Mussa el imperio de Malí se había extendido desde el Atlántico hasta la parte oriental del Níger y desde el desierto hasta la selva tropical, incluyendo las minas de oro. Fue a partir del siglo XIV, con este emperador, cuando Timbuctú comenzó a desarrollarse.</p>
<p>La tradición sitúa el nacimiento de Timbuctú en el siglo XI. La ciudad fue fundada por un grupo de nómadas beréber venidos del norte y fue integrada en Malí en el siglo XIV. Kankan Musa hizo construir varias mezquitas, entre ellas la gran mezquita de Sankaré diseñada por el poeta y arquitecto Es Saheli; envió estudiantes a la gran ciudad de Fez; construyó minaretes y palacios de ladrillo, con techos de madera y terrazas. Los mercaderes que iban y venían de Timbuctú extendieron, entre verdades y exageraciones, la fama de la ciudad hasta el punto que llegó a decirse que el oro crecía en los árboles.</p>
<p>La llegada a la ciudad de eruditos árabes provenientes del Mogreb y Oriente, de gente del Sahel y de letrados de origen sudanés hizo que Timbuctú cayera de forma definitiva bajo la influencia de los países del Norte. Los historiadores hablan de que existía una clase dirigente local, comerciantes de origen magrebí que residían desde hacía dos o tres generaciones. Estos y otros notables se situaban por afinidades en barrios distintos: uno al norte, más beréber; al sur, los sudaneses; gente del sur en la zona de la Gran Mezquita, así como doctores árabes invitados que venían de La Meca o de Egipto. Según León el Africano, la ciudad contaba en la época de Kankan Mussa con unos 70.000 habitantes, mientras que otros historiadores la rebajan a 50.000.  Con todo, una población importante para la época.</p>
<p>Otro hecho determinante para entender el auge de Timbuctú fue la peregrinación a La Meca de Kankan Mussa. El emperador llegó allí con un séquito tan fastuoso y con tal cantidad de oro que impresionó a todos. A su paso por El Cairo Kankan Mussa gastó y dio tantas limosnas que según las crónicas el valor del ansiado metal hizo bajar el precio del dinar en la capital de Egipto durante diez años. De vuelta, el emperador llevó consigo letrados árabes y egipcios para que islamizaran el país. Las caravanas afluían a Timbuctú desde todos los puntos del horizonte cargados de mercancías. Fue la época más brillante de la legendaria ciudad, que por entonces recibió la visita del viajero tangerino Ibn Batuta. En su relato de viaje la sitúa “a cuatro millas del Nilo –por entonces se creía que el Niger y el Nilo eran el mismo río– y sus habitantes son en su mayoría massufíes, de los que se velan”.</p>
<p>A partir del siglo XV, el imperio de Malí inició su decadencia y en 1435 Timbuctú cayó en manos de los tuareg, que deseaban imponer su hegemonía sobre la ciudad, situación que continúa hoy en día y provoca periódicas tensiones entre el gobierno de Bamako y este pueblo, mitificado por los viajeros occidentales, que desea tener su propio estado con Timbuctú como capital, lo que ha provocado más de una guerra. La caída del imperio de Malí coincidió con el resurgimiento del imperio pagano Shongay. Uno de sus reyes, Sonni Alí o Alí el Grande, arrebató Timbuctú a los tuareg en 1468. Temeroso de que la influencia islámica se extendiera al resto del imperio, Sonni Alí pasó por las armas a los habitantes de la ciudad: ejecutó a los ulema, sabios musulmanes que se oponían a él, encarceló a los letrados e incendió la ciudad.</p>
<p>El año en que Cristóbal Colón arribó a las costas de América, en 1492, Askia Mohamed sucedió en el trono a Alí el Grande y, con su conversión al islám, las cosas cambiaron para la castigada ciudad. Timbuctú fue reconstruida y a ella volvieron los letrados, los comerciantes y los ulema. Es un hecho que los cronistas musulmanes tendieron siempre a exagerar la importancia del imperio del Askia Mohamed en detrimento del de Alí el Grande, sobre todo porque el primero era musulmán, pero Alí extendió su influencia hasta las importantes minas de sal de Tagaza. La sal era y sigue siendo un elemento fundamental para los países del sur, ya que carecen de ella. Hoy sigue saliendo una caravana de Timbuctú hacia las minas de sal de Taudení (Malí) y se vende en bloques en el mercado de Timbuctú.</p>
<p>El siglo XVI marcó el principio del final de esta ciudad que ha vivido siempre de espaldas al cercano mundo negro y con su vista puesta en los lejanos países del norte. Éstos, o mejor dicho, Marruecos, fue el encargado de sumergirla en la noche de la historia. Es el emomento en que aparece en escena un morisco, un español de Almería. Por entonces, Marruecos se encontraba sumido en una profunda crisis económica, producto de la presión del imperio Otomano por el este y por la presencia cada vez más evidente de los portugueses, quienes permacecían instalados en las costas marroquíes, especialmente en Arcila, y acaparaban el oro que huía hacia Europa utilizado para acuñar monedas.</p>
<p>Puesto que la sal era un elemento vital para los pueblos del sur, el sultán marroquí decidió tomar las salinas como elemento de presión. La primera expedición marroquí que intentó llegar a las minas de Tagazán data de 1543. Alcanzó Uadán, en la actual Mauritania,  pero fue rechazada por un ejercito de dos mil tuareg enviados por Askia Iskar, rey de los songhay, que arrasaron la región del río Dra, en Marruecos. En 1556, el sultán marroquí Al Mansur envíó al rey shongay diez mil piezas de oro junto a la exigencia de que él, como comendador que era de los creyentes, debía ser el que explotase las estratégicas minas. Aunque la historia no recoge la respuesta del rey Askia, Al Mansur intentó otra invasión sobre Uadán en 1548, pero el inmenso desierto del Sahara y la sed les frenaron. Finalmente, en 1585 las minas de Tagazán fueron tomadas, aunque los askia abrieron otras unos kilómetros más al sur, las de Taudení, que cuatro siglos después siguen suministrando sal a Timbuctú.</p>
<p>El elemento de presión que Al Mansur había intentado crear con la conquista de Tagazán desapareció, pero cierto día, un esclavo de los askia que había huido del sur y se había refugiado en Marrakech, haciéndose pasar por un hermano del Askia Iskar, pidió ayuda a Al Mansur. Le sugirió que si le colocaba en el trono del imperio, él se comprometía a permitirle explotar todas las riquezas de Malí. Al Mansur decidió entonces la conquista directa de Timbuctú y, de paso, quitarse un problema de en medio. El problema era la “legión extranjera” que por aquella época vivía en sus dominios, aventureros convertidos al islám después de haber sido expulsados de sus países de orígen como Italia, Inglaterra y, sobre todo, España.</p>
<p>Uno de estos aventureros era Yauder Pachá. El historiador francés Pierre Bertraux asegura que le llamaban Joder, por ser esta expresión tan española su favorita, teoría que hoy ha sido desechada. Originario de Cuevas de Vera (la actual Cuevas de Almanzora, en Almería), gozaba de la confianza de Al Mansur, quien le había nombrado caíd de Marrakech. El sultán le encargó que preparase una expedición militar, ya que los informes de sus espías aseguraban que el reino Songhay se hallaba en conflictos internos y era el momento de lanzar el ataque.</p>
<p>Yauder Pachá preparó con cuidado la expedición para asegurarse la victoria. Hizo traer de Inglaterra lona para las tiendas, cañones y pólvora. En noviembre de 1590 un ejército de cinco mil hombres salió de Marruecos perfectamente pertrechados, rumbo al sur. Estaba compuesto por mil arcabuceros renegados, otros mil arcabuceros originarios de Al Andalus, mil quinientos lanceros marroquíes (los únicos naturales de Marruecos que van en la expedición), mil auxiliares y diez cañones, todo ello transportado por diez mil camellos. El peligro que se avecinaba fue detectado por los songhay, pero a estos no pareció preocuparles, porque pensaban que la enorme franja de desierto que les separaba de los países del norte era su mejor aliado. La sed, el hambre y el calor insoportable los frenarían, pero Yauder Pachá no sólo había preparado la expedición con sumo cuidado, sino que tenía controlados los estratégicos pozos de agua.</p>
<p>Cuatro meses después de su salida y con apenas bajas, el poderoso ejército alcanzó el río Niger y los shongay comprendieron su error demasiado tarde. El 12 de marzo de 1591 se produjo el encuentro entre los dos ejércitos. Los shongay intentaron hacerles frente sin armas de fuego y utilizando la inútil táctica de intentar arrollarlos con inmensos rebaños de vacas y camellos que fueron rápidamente puestos en fuga. Los shongay se vieron obligados a retirarse y dos horas después, la ciudad de Gao, situada en la orilla norte del Níger, era tomada por Yauder Pachá instantes después de que su población la abandonara. Desde allí, tomó finalmente Timbuctú, donde sólo le recibieron los ulema y los imanes predicadores.</p>
<p>La expedición había sido un éxito y el imperio de Al Mansur se extendía ahora, al menos en teoría, hasta las orillas del Níger. Yauder Pachá comprobó muy pronto que aquello no era lo que esperaba. La modestia del ambiente, comparado con la sofisticación árabe, le sorprendió. Incluso el palacio de El Askia le pareció pobre frente a la belleza de los que estaba acostumbrado a ver en Fez o Marrakech, pero lo peor es que no había oro. Ni crecía en los árboles ni las calles estaban pavimentadas  con el ansiado metal. Pronto comprobó que el oro se limitaba a pasar por Timbuctú, pero que las minas estaban muy al sur, en algún lugar desconocido del País de los Negros.</p>
<p>El morisco almeriense se encontraba a miles de kilómetros de Marruecos, con un ejército asentado en la ciudad y con el regusto amargo del fracaso, así que cuando El Askia le hizo una sugestiva proposición para alejarlo de sus dominios, Jauder Pachá la aceptó. El rey shongay le ofreció diez mil piezas de oro y la entrega de mil esclavos si abandonaba Timbuctú. No se lo pensó dos veces. El caíd de Marrakech  vio la oportunidad de sacar algo en limpio de aquella expedición y le sugirió al sultán que aceptara la propuesta, pero las difíciles comunicaciones con el norte propiciadas por la lejanía hizo que el sultán Al Mansur, que no había dudado antes de la fidelidad de Yauder Pachá, desconfiara y decidiera sustituirlo.</p>
<p>El rey marroquí decidió entonces enviar a Timbuctú al marroquí Mahmud, hombre de su confianza, para que se hiciera cargo del ejército de aventureros, pero cuando llegó, comprendió que Yauder Pachá tenía razón, que no podía enviar más oro que su antecesor. Al Mansur envió a otro hombre, Mansur, que encarceló a Mahmud y a los letrados de la ciudad, y dio la orden de trasladarlos a Marruecos con sus familias, sus bienes y sus libros. Uno de ellos, el historiador Ahmed Baba, consiguió sobrevivir el tiempo suficiente para poder volver a su patria.</p>
<p>Entonces, el rey comprendió que la expedición había sido un fracaso, y aunque durante algunos años mandó pachás como gobernadores de la ciudad, en 1620 dejó de hacerlo.  El ejército de hispano-marroquíes fue abandonado a su suerte. Yauder, tras haberse instalado un tiempo en Gao, decidió volver a Marruecos en 1599. Allí vivió sin problemas hasta la muerte de Al Mansur. Su sucesor desconfiaba de él y le consideraba un traidor, así que decidió decapitarle.</p>
<p>El resto del ejército acabó integrándose en la población, y cuando Al Mansur decidió no nombrar más pachás para la lejana ciudad, los hispano-marroquíes sobrevivieron un tiempo como poder autónomo, nombrando sus propios pachás, hasta que el ejército acabó disolviéndose entre rencillas y rivalidades. Abandonados por todos, decidieron pagar tributo a los tuareg y vivir allí el resto de sus vidas. Timbuctú inició, a partir de entonces, una decadencia lenta pero imparable. Sus hombres de letras, sus ulema, sus hombres de negocios y sus sabios, la abandonan como se abandonaba a una amante envejecida. Las caravanas escaseaban y, aunque no la olvidaban del todo, el desplazamiento del interés comercial por otras zonas hizo que Timbuctú, la orgullosa ciudad que había mirado con admiración hacia el lejano norte y con desprecio al sur negro, se hundió definitivamente en el olvido. En el siglo XVIII cayó bajo la dominación de los tuareg; en el siglo XIX, en 1826, fue destruida y saqueada por los fellata; luego,  en 1846, volvió a manos de los tuareg.</p>
<p>Europa no conocía prácticamente nada sobre aquella zona del mundo, de la que se tenían escasas referencias, aunque en 1375 el cartógrafo mallorquín Cresques la había situado en un mapa con el nombre de Timbouch, cerca de un dibujo del emperador de Malí sosteniendo una pepita de oro. Según algunos historiadores, en el siglo XVII se supo en Francia que un marino llamado Pablo Imbert había caído prisionero y llevado en caravana a Timbuctú, luego devuelto a Marruecos, donde murió como esclavo en 1640 sin dejar nada escrito. También un marino norteamericano, Roberto Adams, afirmó haber estado allí en 1810, pero sus contradicciones al hablar de ella pusieron en duda la autenticidad del viaje.</p>
<p>Fue a principios del siglo XIX cuando Timbuctú llamó la atención de Europa, sobre todo porque el consul inglés en Mogador, Jackson, la había representado como una ciudad inmensa que encerraba fabulosas riquezas, aunque aportando datos que le habían dado los caravaneros que frecuentaban la misteriosa ciudad. Europa había puesto sus ojos en las inmensas riquezas de África que sabía, o se decía, que existían. El médico escocés Mungo Park fue enviado allí por la Real Sociedad Británica y, aunque nunca consiguió llegar a Timbuctú, realizó una importante descripción de la zona del río Níger, donde murió.</p>
<p>En 1824, la Sociedad Geográfica de París anunció que daría un premio de diez mil francos al primero que llegara a esta ciudad y diera una descripción detallada de la misma. El primero que lo intentó fue el mayor Gordon Laing, que aunque había previsto penetrar en ella por las regiones de Gambia, al final lo consiguió el 18 de agosto de 1826 siguiendo una de las rutas de las caravanas, después de un penoso viaje desde Trípoli, pasando por Gadamés y Gatt hasta llegar a Timbuctú, y tras haber tenido que combatir con los tuareg. Llegó a la ciudad herido, pero el jeque lo recibió con la tradicional hospitalidad árabe y le hizo curar sus heridas. Sin embargo, quizá presionado por los fellata que dominaban la ciudad, le expulsó. Algunos días después, Laing fue asesinado en una de las pistas que llevaban a Massina y sus valiosos papeles, con todas sus notas de viaje, fueron perdidas definitivamente para Europa.</p>
<p>Gordon Laing fue el primer en llegar a Timbuctú, pero el primero que volvió para contarlo fue el francés Rene Caillé, que había salido prácticamente al mismo tiempo, aunque siguiendo otra ruta, la que partía del Atlántico desde la ciudad senegalesa de Sant Louis, capital del África Occidental francesa. Caillé era el hijo de una familia humilde que soñaba con realizar algún descubrimiento importante. Indagó en mapas, leyó libros de geografía y los relatos de Mungo Park y, con estas lecturas sus deseos de explorar se intensificaron. Sabía que las malas relaciones entre musulmanes y cristianos tenían su reflejo en el África islamizada, así que todos los cristianos que quisieran internarse en aquella tierra desconocida, tenían que ocultar su verdadera personalidad.</p>
<p>Su primer intento africano terminó en fracaso, aunque aquello no le amilanó, y con tan sólo 18 años se puso como objetivo alcanzar la misteriosa Timbuctú. Se enroló en una caravana, pero las fiebres le hicieron abandonar. En 1824 volvió a Senegal, a Saint Louis, desde donde salió vestido como un hombre del desierto y diciendo a quien se encontraba que iba a convertirse al islám. Tras pasar varios meses deambulando por el desierto mauritano, volvió de nuevo a Saint Louis. Allí buscó fondos para un nuevo intento, sin conseguirlos. Consiguió un trabajo en Sierra Leona, como director de una fábrica, hasta que reunió el dinero suficiente para poner en marcha una nueva expedición, esta vez mejor pertrechado y con la fachada de un hombre nacido en Egipto, cautivo y llevado como esclavo a Francia, que ahora emprendía viaje a su tierra natal para reencontrarse con su familia.</p>
<p>En 1827 emprendió la marcha desde Freetown, camino del Níger.  Tras pasar por numerosas dificultades y navegar por el gran río llegó a Yené y desde allí, finalmente, a Timbuctú. Lo que René Caillé vio allí nada tenía que ver con los relatos que había escuchado en Europa. La ciudad le defraudó y en el relato de su viaje dijo de ella que era <em>un amasijo de casas de tierra mal construidas, en todas dirección no se ven sino llanuras inmensas de arenas movedizas, de un blanco que vira al amarillo, y de la mayor aridez (&#8230;). Todo es triste en la naturaleza (&#8230;), pero hay un no sé qué de imponente en esta ciudad edificada en medio de la arena, y uno admira los esfuerzos que han debido hacer sus fundadores.</em></p>
<p>El fue quién reconstruyó la muerte de Gordon Laing, asesinado por el jefe de una tribu del desierto que le quiso obligar a que reconociese a Mahoma como único profeta. Laing se negó y fue estrangulado por los criados negros del fanático personaje.</p>
<p>René Caillé salió de Timbuctú hacia el norte en una de las caravanas que se dirigían a Marruecos, pero el regreso no fue precisamente un camino de rosas. Conoció la dureza del desierto, la sed y el terrible calor hasta que por fin llegó a Fez, de allí a Rabat. luego a Tánger donde se embarcó en una goleta rumbo a la ciudad francesa de  Tolón, a la que llegó el 10 de octubre de 1828, tras haber recorrido más de cuatro mil kilómetros durante 17 meses. Recibió su merecido premio de diez mil francos que sólo pudo disfrutar diez años. Murió el 25 de mayo de 1838.</p>
<p>Casi 40 años después de la muerte de René Caille,  llegó a Tetuán, en Marruecos, un geólogo alemán llamado Oscar Lenz, financiado por la Sociedad Geográfica de Berlín, con la intención de llegar a Timbuctú. Había viajado por el Africa occidental, aunque nunca se había adentrado en el desierto. Desconocía las costumbres, así que decidió buscar a alguien que tuviera conocimientos de la tierra. Allí, un grupo de alemanes le puso en contacto con un español llamado Cristóbal Benítez, hombre de gran cultura y, sobre todo, con un amplio conocimiento del país y sus costumbres. Benítez había viajado por el interior del país –algo peligroso para un cristiano en aquella época– haciéndose pasar por un nativo, ya que tenía un amplio dominio no sólo del árabe, sino (lo que era más importante) del dialecto que se hablaba en Marruecos, así como de la lengua beréber, el chelja.</p>
<p>Oscar Lenz, un típico alemán de cabello rubio, ojos azules y piel pálida, vio en este español el acompañante ideal para cruzar el desierto y llegar a la lejana Timbuctú. Benítez no lo dudó y puso al servicio de la expedición su conocimiento del terreno y de las personas que gobernaban Marruecos. Consiguió los salvaconductos necesarios para que pudiesen viajar por el país sin ser molestados.</p>
<p>Aunque el imperio xerifiano se extendía hasta tierras mauritanas, el control del sultán de Marruecos sólo era efectivo hasta la ciudad de Marrakech, acostada al borde de la gran cordillera del Atlas,. Más allá imperaban  pueblos que no aceptaban la autoridad del Comendador de los Creyentes, por lo que los salvoconductos tenían escaso valor. Fue a partir de ese momento, al llegar a estas tierras pobladas por tribus insumisas y salteadores de caminos, cuando se puso de manifiesto el talante y la capacidad de ambos hombres. Benítez, que sabía de los peligros que para un cristiano significaba penetrar en aquellas tierras, hizo, al igual que Caillé, el cambio de personalidad. Así, Lenz se convirtió en el médico turco (que no hablaba árabe) de un  príncipe descendiente de una familia ilustre, que en realidad era su criado, y el propio Benítez viajaba como administrador del falso príncipe.</p>
<p>Benítez, hijo de un país mediterráneo cruzado por diferentes civilizaciones a lo largo de su historia, interpretaba su papel a la perfección, pero el alemán, hijo de un pueblo demasiado orgulloso como para renegar de su origen teutón, aunque sólo fuera de forma ficticia, olvidaba a menudo su papel haciendo sospechar a muchos de los que se encontraban en su camino. El plan de ruta era muy similar al que en el siglo XVI otro español, Yauder Pachá, había realizado para llegar a Timbuctú con su ejército de cinco mil hombres: cruzar el Atlas hasta la cuenca del Dra y desde allí, hasta Tinduf, un importante oasis que en los años sesenta provocó una corta, pero cruenta guerra entre Marruecos y Argelia, cuando ambas se disputaban su posesión.</p>
<p>La llegada a Tinduf estuvo llena de peripecias relatadas por Cristóbal Benítez en su libro Viaje por Marruecos, el desierto del Sahara y Sudán –con este nombre era conocido gran parte del territorio de África Occidental–, tras cruzar el Atlas e internarse en la actual región marroquí del Sus. El aspecto de los viajeros hizo despertar sospechas en algunos de que se trataba en realidad de cristianos, así que Benítez tuvo que echar mano de todos sus recursos para poder salir de este y otros atolladeros.</p>
<p>Ya al borde del desierto, cambiaron sus caballos por camellos, se pertrecharon de agua, alimentos y productos para regalar a los notables de las tribus que se encontraran en su camino, cambiaron sus vestimentas marroquíes por las amplias túnicas habituales de los hombres del desierto y se internaron en la inmensa soledad del Sahara, camino de Timbuctú. Poco antes, la suspicacia del hijo de un notable estuvo a punto de costarles la vida, que salvaron gracias a la habilidad y la capacidad de Benítez para granjearse amistades. A pesar de haber contado con la hospitalidad de un jefe de tribu, el hijo de éste sospechaba del aspecto del rubicundo doctor Lenz. Benítez le explicó la historia del médico turco, pero el joven no le creyó y decidió tenderle una emboscada, aunque un hombre de confianza del jefe, de quién Benítez se había hecho amigo, le avisó del peligro, ya que los guías contratados se habían juramentado para llevarles directamente a la emboscada. Benítez cambió de rumbo, más tarde se desprendió de los guías que cambió por otros de mayor confianza, y llegó finalmente a Tinduf.</p>
<p>Más de 40 días tardaron en cruzar el desierto sahariano, con sus abrasadoras jornadas y sus heladas noches. El desierto se cobró su tributo y cuando llegaron a Timbuctú, había perdido más de la mitad de la caravana. Allí comprobaron la decadencia de la ciudad y también intuyeron su glorioso pasado. Tres meses después de haber comenzado su periplo llegaron a Saint Louis desde donde emprendieron regreso a Europa por vía marítima.</p>
<p>Los estudios de Lenz fueron muy apreciados en Europa, pero el alemán mostró su peor cara al ignorar totalmente a Cristóbal Benítez y a la importantísima aportación de éste al viaje, tan importante que Lenz nunca hubiera podido llegar si no hubiese sido por la habilidad de Benítez. Pero su participación en el viaje no quedó en el olvido. Publicó sus trabajos, que interesaron vívamente a los franceses, especialmente sus descripciones del desierto, que no ocultaban sus pretensiones colonialistas sobre la zona y sus deseos de crear una ruta permanente entre Tinduf y Timbuctú  para unir sus colonias del norte con Senegal.</p>
<p>Las guerras entre los fellata y tuareg habían dejado a la ciudad y a sus habitantes sumidas en el más profundo abatimiento. Felix Dubois, en su libro <em>Timbuctú la mysterieux</em>, traza un cuadro sombrío de la ciudad en 1861:</p>
<p><em>Entonces comenzó para Timbuctú el período más crítico de su historia. Jamás las vías sudanesas ni las carreteras saharianas habían sido menos seguras. Jamás el comercio había encontrado más dificultades para alimentarse: en la misma ciudad, la seguridad de las transacciones desapareció. Timbuctú no tenía dueño, tuvo mil tiranos, los tuareg, que jugaron con ella como las olas con un navío sin timón (&#8230;). Cansada de vivir en continua alarma y de sufrir vejaciones de las cuales no veía el fin, la población emigró. Los extranjeros que habían fijado su residencia en la ciudad se volvieron a su país natal. Los indígenas que tenían familia en los países vecinos fueron a unirse nuevamente a ella. Sus domicilios desocupados se agrietaron. No presentándose ningún nuevo habitante, se produjeron derrumbamientos y brechas; de ahí que se formaran islotes de ruinas, inesperados, inexplicables, impresionantes.</em></p>
<p>La situación de la ciudad no cambió hasta la llegada de los franceses. En 1893 éstos ocupaban las regiones del Segú y de Massina, alejadas de Timbuctú, y poco después caía la ciudad de Bandiagar·, en el actual Malí, pero los franceses se resistían a atacar a la ciudad misteriosa ocupada por los tuareg. Ese mismo año, el teniente de navío Boiteux recibió la orden de descender por el río, aunque se le pidió expresamente que se abstuviera de toda demostración de fuerza contra Timbuctú. Los tuareg le atacaron en la zona de Kabara y entonces decidió, aprovechando una crecida del río y consciente del valor estratégico de la ciudad para la levantisca tribu, avanzar hacia Timbuctú, a donde llegó el 12 de diciembre de 1893.</p>
<p>Los habitantes de la ciudad, que vieron en los franceses su tabla de salvación para librarse de la presencia de los tuareg, pidieron a los franceses que la tomaran. Los hombres azules intentaron recuperarla, pero el 10 de enero de 1894, una columna mandada por el coronel Bannier llegó por el Níger y entró en la ciudad, que fue definitivamente ocupada e incorporada al imperio francés. En 1895, el comandante francés Rejou escribía sobre la ciudad ya ocupada:</p>
<p><em> Timbuctú presentaba el aspecto de una vasta ruina. Los habitantes, no teniendo fe en la duración de la ocupación francesa, no hacían en sus casas ni las reparaciones más urgentes. Cuando se les amenazó con una multa o con la expropiación fue cuando se decidieron a repararlas. La ciudad comenzó a repoblarse poco a poco.</em></p>
<p>Con la ocupación francesa, Timbuctú conoció una etapa de calma y una cierta recuperación. Los franceses, como se ha dicho, querían establecer comunicaciones rápidas entre Argelia y el África occidental y en este deseo cabe situar la primera expedición en automóvil, la misión Citrôen, que, tras haber franqueado el Sahara por el Hoggar y Tanefrutz, llegaba a Timbuctú el 7 de enero de 1923 y volvía a Taggurt, su punto de partida en Argelia. Este viaje demostró que la travesía era posible. Citrôen creó en sus fábricas un departamento especial destinado a organizar viajes bisemanales entre Argelia y Timbuctú. Durante un año se desplegaron considerables esfuerzos, entre ellos, la creación de material rodante de importancia y hoteles para las escalas en Colomb-Bechar, Beni Abes, Adrar, Timbuctú y Gao.</p>
<p>El 6 de enero de 1924 fue el día elegido para inaugurarse oficialmente la ruta. Hasta allí iban a trasladarse los reyes de Bélgica, el mariscal Petain y su esposa, así como el gobernador de Argelia, pero cuatro días antes tuvo que suspenderse debido a las razias realizadas por las tribus que vivían al sur de Marruecos. También, en 1937 el famoso escritor y piloto francés Antoine de Saint-Exupéry aterrizó en Timbuctú buscando una ruta aérea para el correo francés entre Francia y América, con escalas en Timbuctú y Saint Louis.</p>
<p>Tras la independencia de Malí, el país quedó habitado por varias étnias de raza negra como la mandinga, la peul o la shoyngay, y los tuareg, un encaje difícil, especialmente por estos últimos, que durante años mantuvieron una guerra por hacer suya Timbuctú y convertirla en capital de un país tuareg. Durante el tiempo que duró el conflicto con los hombres del otro lado del Níger, el gobierno de Bamako mantuvo cerrada la ciudad hasta que, tras un acuerdo de paz y con los tuareg bajo la protección del ACNUR, en 1991 se abrió un vuelo regular entre la ciudad de Moptí, conocida como la Venecia de Africa por sus canales, y Timbuctú, que sigue actualmente.</p>
<p>En estos diez años, la ciudad ha crecido. Hay nuevos edificios, una nueva estafeta de correos y dos o tres hoteles. Tras años de decadencia y sufrimiento, la ciudad está beneficiandose de un turismo atraído por su mítico pasado –recogido en las imprescindibles crónicas Tarik el Fettach, escrita en el siglo XVI por Mahmud Kati y su nieto, y el Tarik es Sudan, de Sadi el Timbuckti, así como los valiosos documentos que se conservan en el museo Ahmed Baba y en las casas de los notables–  una historia que confunde leyenda y realidad, lo que la hace doblemente atractiva.</p>
<p>Todavía hoy, si el viajero deja volar su imaginación cuando se encuentre agitado por las reverberaciones del calor, le parecerá ver en el horizonte las siluetas danzantes de miles de camellos, de caravanas que acuden desde todos los puntos en busca del metal más codiciado: el oro.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-conquista-tombuctu-yuder-pacha-1590-1591/">A la conquista de Tombuctú. Yuder Pacha (1590 – 1591)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Los herederos de Ulises. Navegación y colonización griega en el mediterráneo antiguo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-herederos-de-ulises-navegacion-y-colonizacion-griega-en-el-mediterraneo-antiguo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:37:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 23]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Oliva Rodríguez Boletín 23 &#8211; Sociedad Geográfica Española Viajeros de la antigüedad Sin caer en el determinismo geográfico, se puede afirmar que en la geografía y los agentes naturales [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Oliva Rodríguez<br></strong></p>



<p>Boletín 23 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros de la antigüedad</p>



<p class="bodytext">Sin caer en el determinismo geográfico, se puede afirmar que en la geografía y los agentes naturales pueden buscarse muchas de las razones que hicieron evolucionar a los pueblos del mundo antiguo de una forma y no de otra. Así, lejos de intentar manipular el medio, como hizo posteriormente hizo el mundo romano, los pueblos de la Grecia antigua, incomunicados en muchos casos por tierra, se caracterizaron por una acusada atomización, cuyo ejemplo más conocido son, sin duda, las ciudades-estado (<em>poleis)</em> de la etapa clásica. Del mismo modo, las abruptas y accidentadas tierras del interior, aún hoy en día casi inexpugnables en algunos casos, favorecieron su apertura al mar y su profunda identificación con él. Esto les llevó a cuajar el Mediterráneo de colonias costeras, que eran hitos comerciales pero también bases para la explotación agrícola de los nuevos territorios.</p>



<p class="bodytext">En un principio, hacerse a la mar fue todo un reto; pocos de los que se aventuraron regresaron para contarlo y, a los que lo hicieron, apenas los creyeron, como se adivina del escepticismo de algunos de los autores que dieron cuenta escrita de estos primeros viajes. No obstante, la experiencia –propia y ajena, fundamentalmente de los intrépidos fenicios– hizo que, ya avanzado el siglo VII a.C., el Mediterráneo fuera un mar bien conocido por los navegantes griegos. A pesar de ello y, como en tantas esferas de la vida cotidiana de las sociedades del mundo antiguo –y no tan antiguo–, lo incierto del destino y lo imprevisible de las condiciones de navegación hizo que las expediciones tuvieran una elevada carga religiosa y de superstición.</p>



<p class="bodytext">El viaje, en muchas ocasiones sugerido incluso por un oráculo, se ponía en manos de los dioses y no faltaban los indicios que, durante la travesía, fueran leídos como señales de buen o mal augurio para la consecución de la empresa. Recordemos, por ejemplo, al bíblico Jonás, célebre por haber sido engullido por una ballena: allí pasó tres días y tres noches tras ser arrojado al mar por sus compañeros de viaje, quienes veían en él el origen de la tempestad que amenazaba con provocar el naufragio de la nave. Así también, la superstición hacía que, a bordo, rigieran toda una serie de normas, como las que prohibían cortarse las uñas o el pelo, o mantener relaciones sexuales. Además de los rituales propiciatorios que tenían lugar antes de zarpar, no faltaban ulteriores sacrificios en los diferentes santuarios que se encontraban en ruta1, así como en honor de las divinidades tutelares de las ciudades en las que se atracaba, más aún, si se temía peligro o amenaza. Y, por supuesto, una vez llegada a su destino, se celebraba con nuevas festividades el éxito de toda expedición.</p>



<p><strong>NAVEGANDO POR EL MEDITERRÁNEO</strong></p>



<p>Tal y como se observa en los mapas realizados a partir de la información de la época, como pueda ser el del mundo conocido de Heródoto, historiador y viajero que vivió en torno al 450 a.C., el Mediterráneo, –luego <em>Mare internum</em> de los romanos–, era tenido por un espacio marítimo bastante favorable para la navegación. Es más: salvo en un sector de la cuenca oriental, desde cualquier punto era posible avistar tierra firme o insular. No obstante, las distancias a salvar por los griegos en el Mediterráneo eran relativamente largas, más aún considerando que debían mantenerse próximos a la costa, debido a las obligadas servidumbres de navegación. Era preciso detener las naves al llegar la noche, por lo que no se adentraban en alta mar a no ser que contaran con garantías de llegar a tierra antes de la puesta del sol.</p>



<p class="bodytext">Las iniciativas griegas de navegación en la antigüedad pudieron tener diferentes objetivos que es preciso distinguir, si bien en la práctica, en buena parte de las ocasiones, unos y otros se entremezclaban con límites más difusos. Por un lado, partieron misiones de exploración en busca de materias primas deficitarias o, aún más arriesgadas, en un intento de hallar nuevas vías de acceso, más favorables y rápidas, a determinados territorios, como puede ser el caso de las circunnavegaciones del continente africano. Vinculado con lo anterior, aunque ya teniendo como destino territorios mejor conocidos, se establecieron rutas comerciales, por medio de las que dar salida a los excedentes y hacerse con otros productos de los que se carecía. Pero, sin duda, las primeras empresas marítimas helenas de cierto alcance y entidad deben ser enmarcadas en el contexto del fenómeno colonial –la griega <em>apoikia</em>– que implicó la emigración y el establecimiento de comunidades de forma definitiva en lugares diferentes a aquéllos de origen.</p>



<p class="bodytext"><strong>LOS EXPLORADORES</strong></p>



<p class="bodytext">Ya en la Edad de Bronce, en tiempos micénicos, parecen haberse llevado a cabo ciertas iniciativas exploratorias y comerciales, propiciadas, financiadas y reguladas por el estricto control estatal de los palacios. Así parecen sugerirlo algunos hallazgos cerámicos en el Mediterráneo central o, incluso, aunque de mucho más controvertida interpretación, en tierras tan alejadas como la Península ibérica2. Con la caída del sistema palacial se desmorona también su entramado político y económico asociado, que pasa así a ser fragmentario y mucho menos potente, con consecuencias también sobre las condiciones de navegación.</p>



<p>De la fase posterior, la denominada por la historiografía <em>edad oscura</em> o <em>siglos oscuros</em> (1200-800 a.C. aprox.), poseemos datos de excepción en las narraciones de Homero –no entraremos aquí en el carácter histórico de este autor– y Hesíodo. En este momento el mundo conocido se limita a la Grecia continental, el occidente de Asia Menor, Chipre, las costas fenicias, Egipto y Libia. Según la tradición, los supervivientes de la guerra de Troya, tras el fin de la contienda, habrían vagado por el Mediterráneo de regreso a sus hogares, cuando no en búsqueda de nuevos territorios propicios en los que asentarse, como hiciera el célebre Eneas. El propio Ulises fue también protagonista de uno de estos viajes conocidos como <em>nostoi,</em> que lo llevó hasta las costas hispanas.</p>



<p>Estas navegaciones de exploración de tiempos homéricos parecen haberse podido realizar a bordo de las célebres pentecónteras, naves de cincuenta remeros que no solamente aparecen citadas en los poe mas épicos, sino que también pueden ser reconoci das en las representaciones sobre algunos de los vasos de estilo geométrico coetáneos a los hechos que narran. En una pentecóntera habría realizado asimismo su viaje, en torno al 630 a.C., el samio Kolaios, que regresó de su periplo a Occidente cargado de plata tartésica para el santuario de su ciudad. Como tantos otros, llegó por error hasta la Península arrastrado por las corrientes, por lo que su viaje no puede ser considerado una exploración en sentido estricto. De hecho, muchos fueron probablemente viajes sin retorno que, por tanto, carecieron de trascendencia para sus contemporáneos y los conocimientos geográficos de la época.</p>



<p>El camino mejor conocido por los griegos en sus expediciones por el Mediterráneo era el septentrional, que les conducía hasta la Magna Grecia, plagada de colonias y, por tanto, un territorio ya experimentado y favorable. Desde allí era fácil alcanzar el sur de la Galia y la costa levantina hispana. De vuelta, podía seguirse la ruta de las islas o la tirrena por el Estrecho de Mesina. Sin embargo, hubo también empresas más arriesgadas: contamos con toda una serie de narraciones sobre aventuras y exploraciones que, aunque muy probablemente inventadas, no dejan de ser un seguro testimonio de estos tentativos que, ya desde momentos antiguos, fueron realizados por algunos navegantes helenos. No obstante, es preciso tener en cuenta que, en buena medida, habrían aprovechado los amplios conocimientos geográficos y de navegación de sus aventajados vecinos fenicios. éstos, en su búsqueda de materias primas, fundamentalmente metales, protagonizaron expediciones casi inverosímiles para la época como la que los llevó a circunnavegar el continente africano, siguiendo las órdenes del faraón egipcio Necao (610-595 a.C.) o a ascender por aguas atlánticas siguiendo la célebre ruta de las islas Casitérides en busca de estaño.</p>



<p class="bodytext">Por estas latitudes, sin duda, la más célebre de todas las empresas fue la de Piteas, quien se aventuró por ellas en algún momento de la segunda mitad del siglo IV a.C. quizá, como mantienen algunos, por encargo del propio Alejandro. A pesar de ser oriundo de <em>Massalia</em> (Marsella), la expedición partió del puerto de <em>Gadir</em> (Cádiz); de allí ascendió en paralelo a las costas atlánticas de la Península ibérica y Francia para cruzar posteriormente a las británicas y recorrer su costa occidental hasta el confín norte de las islas. Alcanzó un territorio al que llamó Tule, sin que se pueda precisarse su identificación con las islas Shetland, la costa meridional de Escandinavia o, menos probablemente, Islandia o Groenlandia. A continuación las corrientes lo llevaron hasta las costas escandinavas propiamente dichas penetrando por el Báltico hasta llegar a algún punto en el entorno de la desembocadura del Vístula desde donde procedió al viaje de regreso.</p>



<p>A su vez, un mundo tan desconocido y, por ello, tan misterioso y atrayente, no es de extrañar que generara todo tipo de relatos que pasaran a engrosar la épica y la tradición oral –luego escrita– de los griegos. Así, por ejemplo, a las narraciones homéricas, más conocidas, cabe sumar otras como la transmitida en verso por Aristeas de Proconeso, quien, en el siglo V, llevó a cabo un viaje hasta tierras de Asia Central. Ya antes, en torno al 518 a.C., Esquilas de Carianda habría tardado treinta meses en circunnavegar la Península arábiga en el curso de una expedición comisionada por el rey persa Darío. Otro intrépido, en este caso el masaliota Eutímenes, en un momento indeterminado del siglo VI a.C., se aventuró por tierras del occidente africano, contando en su relato su llegada a un río infestado de cocodrilos, quizá el Senegal, en la actual Mauritania. Mucho después, ya en tiempos romanos, otro griego, Diógenes, desviado en su ruta hacia la India, se adentró en el corazón de áfrica llegando a las míticas <em>fuentes del Nilo,</em> tan buscadas en la antigüedad, los lagos Alberto y Victoria. Al margen de que estos relatos de viajes y exploraciones transmitidos por las fuentes fueran realidad o no, nos transmiten en una muy particular sensibilidad en el acercamiento del hombre a su entorno y en la percepción de lo desconocido. Son episodios en los que se entrelazan de forma magistral datos objetivos con otros imaginarios; todos ellos resultan de gran valor para el historiador en su acercamiento a las premisas culturales de las sociedades que los crearon.</p>



<p class="bodytext"><strong>LOS EMIGRADOS</strong></p>



<p class="bodytext">A diferencia de las expediciones analizadas más arriba y las iniciativas comerciales que se verán más adelante, la colonización griega fue una verdadera diáspora, institucionalizada y organizada desde las ciudades de origen. Muchas comunidades griegas vieron la necesidad de emigrar a otras tierras del Mediterráneo como resultado de las transformaciones sociales que se estaban produciendo en la Grecia del siglo VIII a.C.: a un acusado crecimiento de la población se unirá el afianzamiento de la aristocracia en torno a los centros urbanos, produciendo una mayor presión sobre los pequeños propietarios que apenas podrán mantenerse con lo que obtienen del cultivo de sus reducidas tierras. La emigración como solución a estas presiones –un aspecto tan actual en nuestros días– se dio desde momentos tempranos, quizá ya desde comienzos del siglo VIII a.C. Así parecen demostrarlo los asentamientos más o menos estables, fundamentalmente de gentes procedentes de la isla de Eubea, en las costas si rio-palestinas. También ya entonces en la isla de Pithecusa (Isquia) parece haber existido una población permanente, quizá acompañada de asentamientos menores, probablemente en núcleos indígenas, en diferentes puntos del sur de Italia y Sicilia.</p>



<p>Pero, sin duda, la colonización propiamente dicha, entendida ésta como un intento de reproducir las formas de vida y los esquemas de las ‘’poleis’ griegas de origen en otros territorios, con una voluntad y una finalidad política expresas, comenzará en torno al 750 a.C., con la fundación de Cumas, en el entorno del actual golfo de Nápoles. No obstante, no todas las emigraciones implicaban colonización; de esta forma, en diferentes puntos del Mediterráneo se produjeron asentamientos más o menos estables, si bien con meros intereses comerciales, por lo que no se constituyeron como verdaderas ciudades de modelo griego.</p>



<p class="bodytext">La empresa colonial precisaba de una organización previa desde la propia ciudad de origen, la metrópolis. ésta se encargaba no solamente de designar al <em>oikistes,</em> individuo al frente de la operación –generalmente cercano a los círculos de poder metropolitanos– y al resto de miembros de la expedición, sino también de facilitar los medios económicos para su prosecución, así como de otorgarle la sanción político-religiosa necesaria. Todo parece indicar, tal y como se advierte de algunos curiosos episodios a los que aludiremos a continuación, que estas <em>generosas facilidades</em> por parte de la metrópolis no tenían otro interés que <em>librarse</em> cuanto antes de la población causante del desequilibrio político-social, de la que, una vez que había partido, casi podría decirse que se desentendía. De hecho, entre los motivos más frecuentes que llevaron a establecer ciudades fuera de la patria de origen se encontraban el hambre y los conflictos políticos internos. Así, consta en repetidas ocasiones que miembros de expediciones coloniales infructuosas, en la pretensión de regresar a su patria, fueron rechazados a<em>pedradas</em> por sus antiguos conciudadanos4. Frente a ello, podían no obstante mantenerse estrechos lazos entre la metrópolis y las nuevas colonias: lo demuestra el hecho de que, con motivo de la ulterior fundación de una colonia por otra, es decir, lo que podríamos llamar “colonias de segunda generación”, también la antigua metrópolis de origen incluyera su propio <em>oikistes</em>en la expedición.</p>



<p class="bodytext">El <em>oikistes</em> era el responsable de la elección del lugar en el que establecer la nueva ciudad. Los tanteos “precoloniales” previos, de la primera mitad del siglo VIII, debieron de dotar de un importante montante de información y de un buen conocimiento de los territorios, lo que favoreció la selección de los lugares destinados a futuras colonias. Estos primeros contactos habrían permitido conocer tanto las posibilidades agrícolas y de explotación del terreno como la actitud de las poblaciones indígenas ante la eventual presencia de colonos. Estas relaciones mutuas de convivencia eran fundamentales: la población autóctona era experta conocedora del territorio al que llegaba la nueva comunidad griega; del mismo modo, aquélla era también necesaria para completarla demográficamente, ya que ésta no solía ser muy numerosa y, eminentemente masculina. A pesar de todo lo anterior, según la tradición, el lugar más propicio debía ser transmitido al fundador por el oráculo délfico. Al margen del carácter mítico de éste no es desdeñable el hecho de que, con el tiempo, favorecido por el trasiego de navegantes y colonos agradecidos, el santuario de Apolo en Delfos se convirtiera en un verdadero centro acumulador de conocimientos geográficos.</p>



<p class="bodytext">No será fácil en ocasiones establecer una clara especialización de las diferentes colonias; es decir, incluso las que parecen haber tenido una clara función comercial, como <em>Masalia,</em> contaron, en tierras del interior, con una amplia <em>chora</em> para la explotación agrícola. También es importante tener en cuenta que, en un momento en el que ya se habían multiplicado las ciudades griegas por todo el Mediterráneo, entendidas éstas como entidades políticas autónomas, todavía funcionaban de forma coetánea <em>emporia</em>, factorías o puntos de intercambio sin pretensión política alguna, como eran algunos de los antiguos centros de la costa sirio-palestina o la egipcia Náucratis.</p>



<p class="bodytext">La colonización no se limitó, sin embargo, a las bien conocidas tierras de Asia Menor y del Mediterráneo central (Sicilia y Magna Grecia). Otro de los destinos prioritarios de la empresa colonial del siglo VII a.C. será el Mar Negro y sus accesos, si bien parte de éstos últimos podían ser considerados parte del ámbito heleno ya desde momentos muy tempranos. Además de la búsqueda de nuevos territorios con potencial agrícola –el Ponto se convirtió, de hecho, en el granero de Grecia–, en la zona no faltaban las posibilidades de pesca y de obtención de metales. No obstante, a diferencia de otras áreas, las ciudades griegas del Mar Negro vivían abiertas al mar, ejerciendo un muy limitado control sobre los territorios interiores de su entorno, más allá de los cuales se extendía un territorio desconocido, inexplorado e inabarcable. Por último, también en esta centuria se fundó en el norte de áfrica la ciudad de Cirene, estratégico enclave al que llegaban las rutas caravaneras del alto Nilo.</p>



<p class="bodytext">Durante largo tiempo, ya desde época homérica, la nave más capacitada para realizar viajes de largo recorrido fue, sin duda, la ya citada pentecóntera, que podía alcanzar una velocidad de siete nudos con viento favorable. En este momento se tratará, en su mayor parte, de embarcaciones de una única fila de remeros por banda, ya que la birreme no se difundirá hasta época arcaica. De hecho, será este tipo de barco el principal protagonista de la empresa colonizadora griega. Así, por ejemplo, los focenses, fundamentales agentes de la colonización del Mediterráneo occidental, partieron de su patria, forzados por la presión persa, cargados con todas sus pertenencias a bordo de una flota de pentecónteras. Por su parte, las trirremes, de ciento setenta remeros, comenzarán a ser empleadas en tiempos arcaicos, si bien habrá que esperar a época clásica para encontrar las primeras representaciones de ellas sobre soportes cerámicos, convirtiéndose en todo un símbolo del poder de la Atenas del siglo V a.C. En cualquier caso, pentecónteras y trirremes fueron naves complementarias sin que, en ámbito griego, las segundas llegaran a sustituir por completo a las primeras.</p>



<p><strong>COMERCIANTES</strong></p>



<p class="bodytext">Muy diferentes factores propiciaron la navegación griega con fines comerciales. Así, por ejemplo, el éxito de la agricultura y su creciente especialización justificaría estas empresas, en la medida en la que aquélla proporcionaba excedentes para el intercambio de otros productos de los que se era deficitario. De hecho, solamente las garantías de este abastecimiento externo habrían permitido a agricultores y artesanos concentrarse en determinadas actividades y productos, seguros de recibir el resto de bienes de subsistencia a través del intercambio.</p>



<p class="bodytext">En las embarcaciones que habitualmente se empleaban para el comercio y el transporte de mercancías, las conocidas como<em>strongyla ploia,</em> primaba la capacidad por encima de la velocidad o la maniobrabilidad. De hecho, en una búsqueda de reducir los costes y rentabilizar así al máximo el cargamento, las tripulaciones eran poco numerosas, limitándose a la vela la fuerza motora de estos barcos, que tan sólo se servían de los remos en las maniobras. Tanto el reducido número de individuos a bordo, como su escasa velocidad –unos cinco nudos con viento favorable y una carga media de 250 toneladas– y la falta de otros elementos de defensa como el espolón, hacían de ellas unas embarcaciones muy vulnerables que, con el tiempo y más aún en el caso de cargamentos de cierto valor, fueron sustituidas por naves de guerra.</p>



<p class="bodytext">Sin duda, el análisis de la actividad comercial plantea toda una serie de cuestiones y a la vez da respuestas a interrogantes al respecto de la composición de la sociedad griega en diferentes momentos de su evolución. En buena parte de los casos las misiones comerciales eran financiadas por <em>aristoi</em> o ricos terratenientes absentistas que se desentendían de los peligros y riesgos de la empresa, obteniendo los beneficios de la misma. No faltarían las iniciativas por cuenta propia, si bien es preciso preguntarse de dónde obtendrían estos comerciantes, al margen del proceso productivo, los medios económicos que les permitieran armar y cargar una nave. Constan también asociaciones de pequeños propietarios que, con capacidad económica individual limitada, se unían a fin de dar salida por mar a sus excedentes agrícolas, garantizándose así un cierto bienestar para el resto del año. Estas empresas conjuntas, de acuerdo a su éxito, pudieron eventualmente consolidarse en iniciativas más estables y regulares. En esta dinámica comercial contamos incluso con proyectos de mayor alcance, como el del faraón egipcio Amasis. éste decidió “institucionalizar”, con la creación de la ciudad de Náucratis, en el brazo occidental del delta del Nilo, la actividad que venían ejerciendo ya con anterioridad en la zona comerciantes griegos de diferentes procedencias.</p>



<p class="bodytext">De naturaleza muy diversa serían los cargamentos que viajaban por aguas mediterráneas a bordo de las embarcaciones griegas. Tradicionalmente los que más han llamado la atención de especialistas y profanos –entre otras cosas por formar parte de ese escaso porcentaje de elementos conservados en el registro arqueológico– han sido, sin duda, los bienes de prestigio que aparecen en contextos muy alejados de sus lugares de producción, tales como objetos metálicos, marfiles, cerámicas finas, perfumes, tejidos, etc. Sin duda, estos elementos exóticos o al menos escasos entre quienes los recibían, habrían sido muy valorados y empleados como fundamental instrumento de cambio por los comerciantes griegos. Del comercio de bienes de lujo se obtendrían pingües beneficios, estando, generalmente, su valor muy por encima de su volumen. Para su transporte se habría recurrido muy frecuentemente a barcos de guerra, más rápidos y de mayor potencia bélica tanto por sus características morfológicas como por la composición de su tripulación que, en caso necesario, podían velar de forma activa por su defensa. No obstante, el comercio suntuario habría supuesto tan sólo un pequeño porcentaje del grueso que circulaba por mar, fundamentalmente constituido por productos agrícolas y sus derivados, a bordo de grandes naves onearias.</p>



<p class="bodytext">Si bien no se poseen demasiados datos sobre la composición de las tripulaciones de los barcos mercantes, por otro lado poco numerosas a fin de reducir costes, es de esperar que sus condiciones laborales no fueran demasiado extremas; de lo contrario, el rapto y la apropiación de naves y cargamentos habría estado a la orden del día. Lo que sí parece haber sido un peligro más que frecuente en las aguas mediterráneas fueron los piratas. éstos, en la época que nos ocupa, navegaban a bordo de unas rápidas naves conocidas como <em>hemolia,</em> que se caracterizaban por una fila y media de remeros por banda. Eran, por ello, mucho más veloces y maniobrables que las pesadas embarcaciones de carga, las ya citadas <em>strongyla ploia.</em> éstas, para la defensa de sus cargamentos podían organizarse eventualmente en flotillas, a su vez, custodiadas por naves de guerra, si bien para ello era preciso un importante esfuerzo inversor que no todos los empresarios podían permitirse.</p>



<p class="bodytext"><strong>MEDIOS Y POSIBILIDADES.</strong></p>



<p class="bodytext">Al margen del control estatal o la iniciativa privada, una navegación fluida con diferentes fines implica una obligada organización y especialización de la sociedad. Sólo en una comunidad capaz de producir excedentes será posible la existencia de un colectivo apartado de la producción agrícola, especializado, ya sea en las diferentes actividades asociadas a la construcción de las embarcaciones, o en las habilidades propias de su tripulación.</p>



<p class="bodytext">En el mundo antiguo no todo el año era propicio para la navegación: se reducía a los meses de clima más benigno, si bien, los avances tecnológicos, no obstante limitados, permitieron ampliar considerablemente este período. A pesar de ello, de la duración total de los viajes a larga distancia, solamente una cuarta parte del tiempo trascurría con la nave en desplazamiento, mientras que el resto se encontraba detenida a causa de reparaciones, abastecimiento de alimentos y agua o malas condiciones climatológicas. Los tiempos empleados en las expediciones eran, por tanto, prolongados, lo que hacía que, especialmente en las largas misiones a Occidente, fuera necesario invernar lejos de casa pudiendo hacerse de nuevo a la mar tan sólo a la primavera siguiente. Esto, sin duda, tendrá consecuencias culturales de gran trascendencia, al obligar a los comerciantes griegos a permanecer largas temporadas en contacto con las poblaciones de estos territorios. Estas relaciones bilaterales de aculturación se verían reforzadas en caso de la creación de <em>emporio</em> permanentes o de comunidades griegas estables en asentamientos indígenas.</p>



<p class="bodytext">La navegación progresó asimismo de manos de un mejor conocimiento del medio: de las corrientes, los vientos, así como de los astros encargados de auxiliar en la orientación nocturna; ésta última era especialmente útil para las pesadas naves mercantes, que continuaban bogando durante la noche. Entre los instrumentos de orientación no faltó la observación del vuelo de las aves migratorias –de las que se sirvieron el propio Ulises o los Argonautas–, e incluso, en ocasiones se recurría a la liberación de pájaros desde las propias embarcaciones, a fin de seguir su vuelo y trayectoria. Con estas mejoras en la circulación marítima también se observa una mayor inversión en las infraestructuras portuarias de las ciudades, factor que, en último término, también redundaría, a su vez, en el refuerzo de las propias condiciones de navegación así como en unos más favorables y seguros escenarios para el intercambio. Estos puertos, de mayor o menor entidad, jugaron un papel fundamental en la navegación por el Mediterráneo antiguo, en la medida en la que ésta se encontraba sujeta a las limitaciones que imponía la obligada dependencia de la costa, tanto para el atraque nocturno como para el abastecimiento. La construcción de barcos más rápidos y potentes, no obstante, permitió también mayor autonomía que, ya a partir del siglo V a.C., favoreció la realización de periplos más largos y, por ende, la adquisición de nuevos conocimientos geográficos.</p>



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		<title>La “Peregrinación del Mundo”, de Pedro Cubero</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-peregrinacion-mundo-pedro-cubero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:36:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Cristina Panizo Pifarré Boletín 20 Sociedades Geográficas En el siglo XVII el sacerdote aragonés Pedro Cubero, movido por una inquebrantable fe en el catolicismo de la Contrarreforma, recorre en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Cristina Panizo Pifarré</p>
<p>Boletín 20<br />
Sociedades Geográficas</p>
<p><strong>En el siglo XVII el sacerdote aragonés Pedro Cubero, movido por una inquebrantable fe en el catolicismo de la Contrarreforma, recorre en soledad tierras exóticas y lejanas, como Europa Oriental, el Imperio de Moscovia y Persia, el reino de Cambaya, llegando incluso a la India, Malaca, Filipinas y Nueva España.</strong></p>
<p>Curioso, conversador, tenaz, valiente y profundamente católico. Así era Pedro Cubero Sebastián, sacerdote de origen aragonés con el suficiente arrojo para peregrinar en soledad por un mundo no exento de peligros y con la suficiente fe para predicar su religión católica en lugares donde un hecho así podría haber llegado a costarle la vida. De hecho, a punto estuvo en alguna ocasión, y ello hubiera impedido que llegara a escribir <em>Peregrinación del Mundo</em>, un curioso libro de viajes que ofrece una meticulosa descripción del prolongadísimo itinerario que el sacerdote realizó entre los años 1670 y 1679. Hungría, “las tierras del Gran Turco”, el ducado de Silesia, Polonia, Lituania, el Imperio de Moscovia, Persia, Cambaya, La India, Malaca, Filipinas y Nueva España fueron sus destinos. Su objetivo, el mismo que el de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, de la que era predicador apostólico: llevar los sacramentos católicos a todos los rincones del mundo.</p>
<p>Política, religión, cultura, historia, tradiciones, leyendas, gastronomía, arquitectura, biología, botánica, navegación… todas estas materias y otras muchas se dan cita en la “Peregrinación del Mundo”, una obra curiosa para su tiempo, que describe el mundo desde la particular y concretísima visión de Pedro Cubero, una persona sin duda viajada y culta para el siglo XVII en que vivió, pero también demasiado cerrada en los límites de su propia cultura y religión como para intentar comprender algunas formas de vida ciertamente alejadas de sus propias costumbres.</p>
<p><strong>ANECDOTARIO DE UN PREDICADOR</strong></p>
<p>Entre las anécdotas que recoge la obra, destaca la que sitúa al predicador en Persia, durante su estancia en la ciudad de Casmin, donde se encontraba el sultán o gran Soffi. Éste obsequió al sacerdote con un “<em>vestido riquísimo hecho a lo persiano</em>” que hubo de ponerse para pasear por toda la ciudad “con gran acompañamiento”. “<em>Todos me saludaban en altas voces, diciéndome en su lengua una salutación que acostumbraban decir, que en lengua Persia es ‘zalá melé’, que es lo mismo que decir ‘Dios te guarde’, y el intérprete me decía que había de responder: ‘Aliquezalam’, que es lo mismo que decir: ‘Así os guarde a vosotros’, y en mi corazón decía: sacándoos de las tinieblas y oscuridad en que </em><em>estáis. En fin, ellos me pasearon por toda la ciudad, que ellos decían se me hacía grande honra y yo no sé cómo no me caí muerto de pesadumbre y vergüenza</em>”. El vestido en cuestión no era cualquier cosa, y menos para un predicador acostumbrado a llevar ropajes mucho menos… llamativos. A saber: ropón largo hasta los pies, mangas anchas hasta el codo y estrechas hasta la muñeca con diez botones de oro cada una, la tela de color púrpura, cuajada de flores entretejidas de oro, capa escarlata, turbante…</p>
<p>Aunque las anécdotas son muchas y variadas, nuestro predicador no sólo vivió momentos históricos transcendentales, sino que en algunos casos llegó a ser coprotagonista de los acontecimientos. Al inicio de su peregrinación, apenas en el tercer capítulo del libro, el rey de Polonia le entregó una carta “<em>de mucha importancia para la cristiandad</em>” para que se la hiciera llegar al rey de los medos y persas, Schac Solimán. Transcurridos muchos caminos y algún tiempo, ya a mitad de su largo viaje, Pedro Cubero pudo por fin entregar la misiva al gran Soffi de Persia. Su lectura motivó que éste moviera “<em>sus Trozos y Tropas contra Babilonia</em>”, es decir, contra el Imperio Otomano, pues el rey de Polonia urgía al sultán a la venganza en el texto de su carta. Viajar de la mano de este predicador español supone a la vez un repaso a la situación de aquellos lugares que visitó, a pesar de sus continuas disculpas por ceñirse a relatar casi única y exclusivamente las cosas que vio con sus propios ojos.</p>
<p><strong>EL ‘GRAN TURCO’, POLONIA Y LA BATALLA DE CAUILENS</strong></p>
<p>Pedro Cubero inició su “Peregrinación del Mundo” en el reino de Hungría, desde donde se introdujo en tierras del Imperio Otomano navegando por las aguas del Danubio. Los otomanos habían experimentado una notable expansión durante el siglo XVI. Basta ver un mapa de la época para advertir que dominaban gran parte de las costas de los mares Mediterráneo, Rojo y Caspio, pero lo que realmente preocupó a las potencias europeas fue su presencia a las mismas puertas de Viena. Al paso del peregrino español, en los años setenta del siglo XVII, todavía no se había roto el cerco a Viena, lo que sucedió poco después, en 1683, gracias a la llegada de Juan III Sobiesky, rey de Polonia. Al autor le cuesta reprimir su antipatía hacia un imperio que venía siendo acérrimo enemigo de España en su pugna por el Mediterráneo. Sin olvidar este detalle, Cubero Sebastián describe Constantinopla como una hermosa ciudad, y asegura, además, que aunque la vista desde lejos es la de la ciudad más bella que ha visto, por dentro “<em>antes es asquerosa y bruta y las fábricas, bien miradas, de los edificios, son de materia baja</em>”. Alaba, sin embargo, la mezquita principal, al tiempo que revela las costumbres religiosas de los turcos, que guardan el viernes como día festivo “<em>como lo dispuso su maldito Mahoma en el Alcorán</em>” y tienen que entrar en el templo sin zapatos. Explica cómo toda mezquita tiene una fuente a la entrada, donde los musulmanes se purifican antes de entrar y cómo por reírse una vez al contemplar la purificación casi le costó que le “<em>rompieran la cabeza</em>”.</p>
<p>Antes de llegar a Polonia, habrá de superar la primera de las varias convalecencias de su peregrinación. En el ducado de Silesia, el padre rector del Colegio Imperial, regentado por la Compañía de Jesús, le acogió durante diecinueve días de enfermedad. Y lo que es más indicativo, además de una constante a lo largo de su vuelta al mundo, es que una vez recuperado, el mencionado rector y el obispo del lugar proveyeron al sacerdote de un carro y de los víveres y pertrechos necesarios para continuar su peregrinación.</p>
<p>Entre los episodios históricos a los que Pedro Cubero asistió durante su peregrinaje, destaca lo ocurrido durante su visita a Varsovia, corte del “serenísimo” rey de Polonia. Allí descubrió que el monarca había muerto pocos días antes de su llegada. Por ello, se estaban iniciando los trámites para elegir rey, “<em>que este reino se da por elección</em>”. El sacerdote aragonés tuvo la oportunidad de asistir a las ceremonias de la elección que determinaron la coronación del conde Subieschi, general del ejército polaco, como Juan III. Este personaje había conseguido la aclamada victoria de Cauilens contra los turcos, alcanzando un éxito resonante en toda Europa al lograr salvar a Viena del asedio Otomano. Aunque el sacerdote no es muy dado a las digresiones ajenas a su peregrinación, las connotaciones forzosamente positivas que supone una victoria contra los otomanos en territorio europeo y católico, permiten que Cubero se dé la licencia, en esta ocasión, de relatar escrupulosamente la batalla de Cauilens.</p>
<p><strong>MOSCOVIA, TRAVESÍA DESCONOCIDA</strong></p>
<p>Tras atravesar el ducado de Lituania en <em>eslita</em>, un pequeño carro sin ruedas “<em>que deslizando sobre la nieve va caminando como trillos de nuestra España</em>” y cargado de cartas y recomendaciones, “<em>porque es la cosa más dificultosa entrar en aquel reino</em>”, Cubero llegó a Moscovia. Un enorme frío le dio la bienvenida. Tuvo que soportar ciertas penurias en su viaje hacia Eslomensko, Mosayco y Moscova, pues, además del frío, las casas eran pequeños infiernos de calor “<em>y es milagro de Dios el escapar con vida, por los grandísimos cambios de temperatura</em>”. Asegura también que en ellas conviven animales y personas, y que éstas últimas se visten con pellejos que no están bien curados, por lo que el olor es insoportable.</p>
<p>En la ciudad de Moscova, Cubero tuvo audiencia con el Zar, que, muy al contrario que su pueblo, recibió al sacerdote en un trono suntuosísimo, con ropajes de perlas y una cruz de diamantes en la corona. Y por fin apareció la oportunidad de cumplir con el objeto de su viaje: en su entrevista con el Zar, le explicó que era un padre español enviado por Su Santidad para la propagación de la verdadera religión de Cristo Nuestro Redentor y para asistir a los católicos extranjeros que allí se encontrasen. Concedido el privilegio, Pedro Cubero Sebastián dijo misa y administró los Santos Sacramentos durante tres meses y medio en el burgo de Cucuy. Para su gran regocijo, confesó a más de setecientos católicos e incluso hizo “<em>confesiones de más de treinta años</em>”. En este intervalo tuvo tiempo de conocer bien la ciudad de Moscova, que describe destartalada y con casas movibles construidas en madera, y de asistir a algunas de sus celebraciones tradicionales como la bendición del río Moscova el día de la Epifanía de los Reyes o la particular ceremonia de entierro de los nobles moscovitas, cuyos cuerpos se acompañaban con una carta dirigida a San Pedro remitida por el confesor del muerto.</p>
<p>El itinerario que siguió Cubero para atravesar Moscovia era en aquellos momentos muy poco conocido. Por eso puso especial interés en catalogar todos los lugares, villas, montes, ríos, islas, riberas y demás datos geográficos que pudo ver a lo largo de su prolongada travesía por el Volga. Cuatro largas páginas de enumeración justificadas porque “<em>cuantos mapas he visto de este río lo ponen despoblado, así me parece que los estudiosos me lo agradecerán</em>”. En Astracán, donde el Volga alcanza el mar Caspio, se despidió de Moscovia.<em> </em></p>
<p><strong>SIGUIENTE PARADA, PERSIA</strong></p>
<p>Navegó por el mar Caspio hasta las playas de Darbant, donde vio Persia por primera vez. Al igual que en otras muchas ocasiones, tuvo que esperar la licencia de entrada, que, también de nuevo, llegó acompañada de camellos, caballos y otros presentes. Darbant, Chamake, Ardibil, Casmin… el viaje entre estas ciudades fue una continua enseñanza para el sacerdote, que conoció los prodigiosos carneros de Armenia y Persia (a los que sacaban la manteca de su enorme cola y sin más la volvían a coser), las maravillas de un extraño animal como el camello (que no bebía en tres o cuatro días e incluso se echaba para dejarse cargar), o la enorme cantidad de aljibes y fuentes del país (cada una o dos leguas). Y es que esta “Peregrinación del Mundo” también es, en cierto modo, una guía práctica de viajes en la que además de señalar lo más destacado de cada lugar, ofrece útiles consejos al viajero.</p>
<p>En la ciudad de Casmin se entrevistó con el gran Soffi persa para pedirle “<em>que no derogase los privilegios antiguos que sus ínclitos antecesores habían concedido a los padres misionarios apostólicos de la Persia</em>”, obteniendo una respuesta favorable. Gracias a este encuentro el sultán también retiró los tributos sobre las acequias que pasaban por los conventos y ordenó que no se molestara a los padres europeos. La alegría por la respuesta del sultán se ensombreció más adelante, en la ciudad de Ispaham, sede de la corte persa. “<em>Cuando las lágrimas se me vinieron fue cuando vi veinte y cuatro piezas de artillería a la entrada de palacio, puestas en sus cuñeras, donde estaban las armas de nuestro católico monarca Felipe Segundo (que goza de Dios), que trajeron de la pérdida y ruina de la tan desgraciada Ormuz</em>”. A juzgar por el relato de Cubero, Ispaham debió ser una bella ciudad (edificios altos e iguales y hechos “<em>con arquitectura y orden</em>”, “<em>jardines libres del rey</em>” para todos), al igual que Laar, ciudad de buenos edificios, rodeada de palmares y salpicada de rosas, azahares y torreoncillos donde subían a tomar el fresco. Syras, antigua Persépolis, no le causó la misma impresión, sino pobre y arruinada, “<em>que así pasan las glorias y riquezas de este mundo: que en aquellos tiempos la envidiaban los reyes y hoy es ludibrio</em>”. Lo que sí llamó su atención fue el ambiente de la ciudad, su lonja de la seda, sus callejuelas, tiendas de verduras, títeres y charlatanes…</p>
<p>En el fondo, el sacerdote juzgó a los musulmanes de Persia con más benevolencia que a los turcos… y es que, aunque infieles, compartían con los primeros a un eterno enemigo común, el “gran Turco”, el imperio otomano. Así, Cubero escribió que el sultán no era “<em>muy observante del Alcorán, pues el vino lo bebía muy bien y no miraba con muy malos ojos a los cristianos. En ninguna parte del Oriente son los europeos más estimados que en la Persia; turcos y persas, capitales enemigos, porque unos a otros se tienen por herejes de la secta mahometana; a los herejes ingleses y holandeses los tienen por malos cristianos, hasta los mismos mahometanos, porque dicen que pues tienen a Cristo por su Redentor ¿por qué no veneran la Cruz donde murió?</em>”. Pero es que el tema va más allá. En Bandar Abasi, casi al final de su peregrinaje por Persia, Cubero llevaba orden de fundar una iglesia, pero se lo impidió la acérrima oposición del cónsul inglés, que no duda en calificar de “perro”. Le consoló el hecho de poder celebrar misa, confesar y bautizar a los fieles de Bandarcongo, último punto de su recorrido por Persia.</p>
<p><strong>INDIAS ORIENTALES, COMPLICACIONES RELIGIOSAS</strong></p>
<p>En Bandarcongo Cubero embarcó con la Armada portuguesa, con la que llegó a vivir un episodio bélico contra los árabes del que salieron victoriosos, aunque costó la vida a cerca de cuarenta cristianos. Su siguiente destino fue el célebre puerto de Diú, situado en el reino de Cambaya y centro estratégico de la artillería portuguesa, donde se embarcó hacia Goa, que había sido conquistada por esta última en 1510. Importante puerto comercial y estratégico a finales del siglo XVI y durante gran parte del XVII, Cubero se lamenta de que “<em>Goa no está en la prosperidad que estaba antiguamente. Venían naos de todo el mundo, más esto ya se acabó porque los pérfidos herejes holandeses, ingleses, suecos y dinamarqueses se han levantado con todo</em>”.</p>
<p>Goa estaba en la zona occidental de las Indias Orientales, denominación con que se conocían los territorios comprendidos entre Persia y China, incluida Insulindia. La situación reinante en la zona al paso de nuestro predicador era el reflejo de las relaciones de las potencias europeas que controlaban las llamadas Indias Orientales: las católicas Portugal y España y las protestantes Inglaterra, Holanda y Dinamarca. La pugna por el control de las lucrativas rutas comerciales asociadas a la seda y las especias, tenía, por supuesto, mucho que ver en todo esto. Además, los constantes enfrentamientos con las naciones ocupadas hacían más inestable aún la situación.</p>
<p>El odio que católicos y protestantes se profesaban mutuamente se hacía en estas tierras lejanas más patente que nunca, y es que las guerras de religiones que reconfiguraron Europa en los siglos XVI y XVII todavía estaban a flor de piel. Pedro Cubero vivió el peor momento de su largo viaje en el reino de Malaca, que estaba en posesión de los holandeses desde 1641. Consiguió la licencia para entrar, pero ni que decir tiene que no tenía permiso para ejercer su misión apostólica, por lo que “<em>clandestinó del gobernador para asistir a los católicos, que eran muchos y en cantidad en Malaca</em>”. El sacerdote, emborrachado de sus ideas evangelizadoras, comenzó a arriesgarse demasiado, construyendo una pequeña iglesia en un lugar retirado, organizando misas, confesiones, e incluso una alocada expedición para rescatar una imagen de Nuestra Señora del Rosario de que la quemasen los holandeses. Como era de esperar, Cubero fue capturado dando misa. Para su asombro, pues “<em>no entendía haber salido con vida de aquello</em>”, tras someterlo a un consejo y cuatro meses de prisión, lo desterraron embarcándolo en un barco a Filipinas.</p>
<p>Refugiado en ese oasis católico de las Indias Orientales, el sacerdote se presentó al gobernador de Filipinas como vasallo de Carlos II “<em>que Dios guarde</em>”. Cubero permaneció en la isla de Marivélez durante un año, disfrutando del “<em>ejercicio de las Misiones</em>” y esperando poder marchar hacia Nueva España, donde desembarcó en el puerto de Acapulco. Una vez más, esperó cuatro meses la orden del arzobispo (y virrey) que le permitiría desplazarse a la costa oriental de Nueva España, tiempo durante el que tuvo que “<em>asistir a la cristiandad</em>” a causa de la muerte del vicario de la ciudad. Acompañada de quinientos pesos para el pasaje, la carta del virrey le hizo dirigirse a Veracruz, en la otra costa de Nueva España, donde embarcaría hacia la península Ibérica. Cruzó Méjico de costa a costa, atravesando Tisla, Chilapa, Trisco, Puebla de los Ángeles y el Mal País y, aunque se detuvo a hablar de los aguaceros vespertinos, los enormes mosquitos, las iglesias, conventos, misiones y los gigantescos campos de trigo que surtían a todo el virreinato, no describió con detalle el viaje de Acapulco a Vera Cruz “<em>por ser tan trillado de los españoles</em>”, pues era su deseo detenerse “<em>en las cosas más extrañas y peregrinas</em>”.</p>
<p>A primeros de julio de 1679, Pedro Cubero Sebastián partió hacia España en la misma dirección que guió todo su viaje, de occidente a oriente, en el galeón Santísima Trinidad, habiendo dado la vuelta, en sus propias palabras, “<em>a toda la redondez del mundo</em>”.</p>
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