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	<title>Libros de viajes archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Libros de viajes archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El legado de los primeros viajeros</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 13:20:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas...</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes<br><br><strong>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas sobre las columnas de Hércules que la tradición situaría en Gibraltar, sino Homero? ¿Quién sino Heródoto nos cuenta las costumbres de los íberos? ¿Quién, sino Avieno, nos dibuja los contornos de la mítica Tarteso?</strong></p>



<p>Rastreamos nuestra historia y nuestra geografía, buscamos otros horizontes con curiosidad o afán exploratorio porque alguien, antes que nosotros lo ha hecho. Enfrentamientos, exilios, prospecciones, rutas comerciales o colonizaciones fueron los motores que comenzaron a conectar los diferentes puntos del mundo conocido hace milenios. Quiero pensar que en cuanto el ser humano pudo asentarse, rodearse de una muralla y explotar los recursos agrícolas y ganaderos, su alma aún nómada sintió de nuevo irrefrenablemente el ansia de marchar.</p>



<p>Posidonio describió la costa mediterránea, Polibio nos contó las guerras púnicas y Estrabón nos ofreció detalladas descripciones sobre la Hispania romana. Los recursos minerales, los nombres de las tribus e incluso de los caudillos, las distancias que separan cada puerto, los templos, las montañas o los ríos fueron cuidadosamente anotados tras navegaciones inciertas y entrevistas a marineros. Y cuando no hubo guerras ni imperantes necesidades comerciales, la incipiente topografía y la innata curiosidad ayudaron a alimentar la pasión de viajar porque sí, sin excusas, por puro conocimiento. Si su intención no fue acercar un poco más el mundo, podríamos decir que fue la consecuencia.</p>



<p><strong>EL VIAJE DEL HÉROE DE HOMERO</strong></p>



<p>Quizá la primera crónica de un viaje sea la Odisea de Homero, una obra griega clásica que narra el viaje de regreso del héroe Odiseo a su hogar, Ítaca, después de la histórica Guerra de Troya. Aunque aún existe un debate abierto sobre si Homero fue efectivamente su autor y sobre su datación (en torno al VIII a. C.) lo incuestionable es lo que cuenta: un viaje a lo largo de diez años por el mundo conocido en la época, abordando diferentes personas y lugares. Los emplazamientos reflejan la dimensión cultural del Mediterráneo antiguo y conectan el mito con la realidad, pero también permiten hablar de distancias, de mundos bárbaros y salvajes, y de la tentación a la que continuamente someten al viajero, distrayéndole de su objetivo, el regreso.</p>



<p>Troya como punto de partida, Ítaca como destino, el mar ambivalente que representa por igual la libertad y la amenaza, las islas míticas que “atrapan” a los viajeros, el descenso al Hades como búsqueda del conocimiento… la <em>Odisea </em>no solo narra un desplazamiento físico, sino también el viaje interior de Ulises, a través del cual el héroe se enfrentará a numerosos desafíos que lo obligan a crecer, aprender y madurar. Ese es el auténtico legado de la <em>Odisea</em>, el permitirnos, como a Ulises, viajar con dudas e incidencias, no como un héroe, sino como simples mortales, para que el viaje se convierte en una búsqueda de identidad, en un proceso de transformación personal y, en definitiva, en una metáfora de la vida. Si Homero pretendía mostrar al lector las amenazas que acechan más allá del mundo conocido</p>



<p>no lo consiguió. Las generaciones posteriores vemos en la <em>Odisea </em>el atractivo que supone la exploración de lo desconocido, una auténtica invitación a salir de nuestra zona de confort y aventurarnos en lo imprevisible.</p>



<p><strong>HERÓDOTO, EL PADRE DE LA HISTORIA</strong></p>



<p>En el siglo V. a. C. el griego Heródoto ya había realizado extensos viajes por el mundo de su época y empezaba a plasmar sus experiencias en sus <em>Historias</em>. Aunque su enfoque principal eran las guerras médicas entre Grecia y Persia, dedicó una parte considerable de su obra a describir los lugares, pueblos y costumbres de las diversas regiones que visitó o de las que tuvo noticia. Entre ellas destacaban Egipto, Escitia, Grecia, Libia, Arabia, la India y el resto de los territorios al este de Persia.</p>



<p>La novedad de su narración es su capacidad para centrarse en las personas. Heródoto se interesa especialmente por los habitantes, describiendo las costumbres, tradiciones, creencias religiosas y formas de vida de los diferentes pueblos que conoce, pero también presta especial atención a la Historia aderezada con los mitos y las leyendas que la componen, hasta tal punto que se ha convertido en una fuente primaria de primer orden a la hora de comprender la diversidad cultural y geográfica del mundo antiguo. De hecho, es considerado uno de los primeros historiadores en intentar verificar sus fuentes y ofrecer una visión crítica de los acontecimientos.</p>



<p>En la concepción del viaje moderno la herencia de Heródoto nos aporta el espíritu aventurero, la curiosidad, y una gran capacidad para la observación al igual que una encomiable búsqueda de la verdad, a pesar de que algunas de sus historias pueden contener elementos legendarios, propios de la época. Heródoto no se limitaba a narrar los hechos, sino que también comparte sus propias experiencias y reflexiones, al estilo de un cronista de viajes. Esto convierte sus Historias en un relato personal y cercano, capaz de conectar con el lector de una manera profunda, e invitándonos a seguir su estela.</p>



<p><br><strong>LA GEOGRAFÍA DE ESTRABÓN</strong></p>



<p>Si Homero nos obsequió con el primer viaje de la Historia, siete siglos después, el geógrafo griego Estrabón, nos regaló el primer Atlas. En el siglo I a.C., Estrabón escribió una obra en 17 libros llamada <em>Geografía</em>, pero en ella no se limitó a describir lugares, sino que analizó sus características físicas, históricas, culturales y económicas. Su obra abarca contenidos geográficos que van desde Europa hasta Asia, incluyendo regiones como Grecia, Siria, Palestina, Arabia, Egipto, India y Etiopía, sin excluir los lugares más alejados del núcleo mediterráneo como eran Hispania o la Galia.</p>



<p>A diferencia de otros geógrafos de su época que se centraban en cálculos matemáticos y mapas precisos, Estrabón priorizaba la descripción detallada, y en una concepción periodística de la narración optaba por una compilación de diferentes fuentes ofreciendo un relato más rico y variado. Su obra destila un genuino interés por las culturas, las historias y las tradiciones de los pueblos que habitaban las regiones que describía, haciendo hincapié en cómo el clima, el relieve y los recursos naturales influían en las actividades humanas. Sus textos nos permiten aún ahora reconstruir la visión que tenían los antiguos griegos y romanos del mundo, conocer los paisajes y pueblos de la antigüedad y comprender los medios de producción, así como las rutas comerciales y las relaciones entre las diferentes culturas.</p>



<p>En el caso de Hispania es el primero que se esfuerza en resaltar la influencia de los pueblos fenicios y cartagineses, así como el impacto que produce en el territorio y sus habitantes la romanización forzosa. Quiero pensar que Estrabón, probablemente sin ser consciente de ello, nos ha ayudado a la hora de viajar desde la perspectiva de la historia, a preguntarnos por los hechos que han determinado el desarrollo de las regiones que visitamos. A no quedarnos en el paisaje, sino a los hechos y las personas que lo conforman.</p>



<p><strong>EL MUNDO CONOCIDO DE PAUSANIAS</strong></p>



<p>Pausanias fue un viajero, geógrafo e historiador griego del siglo II d.C. cuya principal contribución a la cultura y al conocimiento humano radica en su obra <em>Descripción de Grecia</em>. En esta extensa guía de viajes, Pausanias nos ofrece una mirada detallada y personal a la Grecia antigua que recorrió personalmente visitando ciudades, santuarios, templos y monumentos y ofreciendo detalladas descripciones sobre los mismos.</p>



<p>Pero además de los hechos históricos, Pausanias también recopiló y narró los mitos y leyendas asociados a cada lugar. Eso nos permite comprender la cosmovisión griega, la forma en que los antiguos griegos veían el mundo, así como als tradiciones y rituales de los habitantes de cada lugar. Pausanias creo una auténtica guía de viaje de la Grecia antigua, que ha supuesto un documento de un valor increíble tanto para la localización de yacimientos arqueológicos, como para los estudiosos y viajeros durante siglos.</p>



<p>Su visión personal y subjetiva de la Grecia antigua ha influido en generaciones de viajeros, escritores y artistas posteriores de tal manera que podría decirse que Pausanias aporta al viajero actual la idea del viaje como aprendizaje. El geógrafo griego no solo describe los lugares que visita, sino que los pone en valor ofreciéndonos una inmersión en la historia, la mitología y la cultura de su país. Como el observador meticuloso que era describía con detalle los monumentos, los paisajes, las costumbres y las leyendas asociadas a cada lugar y a través de ese enfoque transmite al lector una fascinación y un respeto por el pasado y por las raíces culturales que trasciende al viajero moderno. Sus escritos reflejan también varias de las características que se le presuponen al viajero actual: curiosidad intelectual, permanente capacidad de asombro y capacidad de planificación. Tres elementos imprescindibles para que un viaje suponga un éxito.</p>



<p><strong>ORA MARÍTIMA, EL VIAJE NARRADO POR AVIENO</strong></p>



<p>La <em>Ora Marítima </em>es una obra poética latina de gran importancia histórica y geográfica, escrita por el poeta Rufo Festo Avieno en el siglo IV d.C como un compendio de diversas fuentes antiguas, entre ellas el Periplo de Massalia, probablemente un texto griego del siglo VI a.C. Su narración nos ofrece una valiosa ventana al conocimiento geográfico y marítimo del mundo antiguo, especialmente del Mediterráneo y las costas atlánticas, con importantes datos sobre la geografía de la época, que incluyen desde referencias mitológicas a la ubicación de lugares, distancias y características naturales. En la actualidad supone una importantísima foto fija del momento en que se escribió y, por tanto, una fuente imprescindible para historiadores, geógrafos y arqueólogos.</p>



<p>Avieno dedica una parte importante del poema a describir las costas de la Península Ibérica, mencionando lugares como Tartessos, Gades (Cádiz), el Estrecho de Gibraltar, y diversas tribus y pueblos que habitaban la actual España, pero también describe diferentes lugares de la Galia, así Britania, el Mar Negro y otras regiones del Mediterráneo oriental. Su constante revisión deriva de la dificultad de equiparar algunos de los lugares que se describen con su correspondencia real como consecuencia de los cambios geográficos o las diferentes interpretaciones.</p>



<p>Pero su vigencia es eterna y sobre todo muestra el interés mantenido a lo largo de los siglos por conservar el “secreto” de la ruta a seguir. Un documento equiparable a una de nuestras guías de viajes que incluyera referencias y coordenadas. Con el añadido de que es en verso. Y en latín, claro.</p>



<p><br><strong>EL ITINERARIO DE EGERIA</strong></p>



<p>Egeria fue una mujer cristiana del siglo IV, probablemente de origen hispano, conocida por el viaje realizado -y documentado- a Tierra Santa. Su relato es uno de los primeros diarios de viaje de una mujer y una de las fuentes más importantes para conocer la vida religiosa y las costumbres de la época. Narra detalladamente el viaje realizado a Oriente entre los años 381 y 384 d. C. En él, describe los lugares que visitó, entre los que se encuentran Egipto, Palestina y Jordania donde conoce Jerusalén, Belén, el río Jordán o el Mar Muerto, Antioquía, en el sur de Siria o la capital del Imperio romano de Oriente, la entonces Constantinopla. Egeria narra con desenvoltura las costumbres de los cristianos locales, las celebraciones litúrgicas y sus propias reflexiones sobre la fe y su testimonio es especialmente importante porque supone una de las pocas y valiosísimas fuentes escritas por una mujer en la Antigüedad tardía, ofreciendo una perspectiva única sobre los Santos Lugares, la vida religiosa y social de la época, y las costumbres y tradiciones de los pueblos que fue encontrando a lo largo de su camino.</p>



<p>Egeria es considerada la primera gran peregrina de la historia. Podríamos hablar de ella como una precursora del turismo cultural pues su relato pone por primera vez en valor el patrimonio histórico de los lugares por los que pasaba. El llamado <em>Itinerario </em>inspiró a innumerables personas a emprender viajes a Tierra Santa y otros lugares sagrados a lo largo de los siglos, promoviendo el desarrollo de una incipiente infraestructura turística consistente en rutas, albergues y servicios para viajeros religiosos, sentando las bases del turismo religioso moderno, cuatro siglos antes de que existiera Santiago de Compostela. Su relato, con información detallada sobre la vida cotidiana, las costumbres y las creencias de la época es una fuente invaluable para historiadores, antropólogos y lingüistas y está considerado uno de los primeros ejemplos de literatura de viajes.</p>



<p><strong>EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS DE MARCO POLO</strong></p>



<p>El <em>Libro de las Maravillas</em>, es una obra de viajes escrita por el mercader veneciano Marco Polo a finales del siglo XIII. Dictada a Rustichello de Pisa durante su cautiverio en Génova, este libro se convirtió rápidamente en un <em>bestseller </em>de la época cautivando a lectores de todas las generaciones. En sus páginas, Marco Polo nos transporta a un Oriente misterioso y exótico, describiendo con detalle las tierras, ciudades, costumbres y maravillas que encontró durante sus viajes por el Imperio Mongol, China y otras regiones de Asia. Su éxito es atribuible a la descripción de un oriente fascinante, repleto de descripciones completamente desconocidas para los europeos de la época, como la figura del Gran Khan, la Gran Muralla China, el papel moneda o los métodos de navegación.</p>



<p>Aunque algunas de las historias de Marco Polo han sido recientemente cuestionadas, el <em>Libro de las Maravillas </em>ha trascendido las fronteras del tiempo y su influencia se ha dejado sentir en la literatura, la cartografía y la exploración. El relato inspiró a muchos exploradores posteriores, como Cristóbal Colón, a aventurarse en busca de nuevas tierras y riquezas y sigue siendo una valiosa fuente de información sobre Asia en la Edad Media. De hecho, la visión que Marco Polo transmitió sobre Asia contribuyó a cambiar la visión que Europa en general tenía del continente vecino, ayudando a desmitificar muchas leyendas y proporcionando un importante impulso a la exploración, y a la expansión del conocimiento geográfico.</p>



<p>El viaje moderno encuentra en la obra de Marco Polo puntos comunes tales como la concepción del viaje como un hecho transformador, la permanente fascinación por lo exótico que nos hace buscar continuamente nuevas experiencias y aventuras auténticas alejadas de destinos masificados y el valor del intercambio cultural, gracias al que todo viaje no es sino una oportunidad para adquirir conocimiento. Y al igual que Marco Polo compartió sus aventuras al regresar a Venecia, los viajeros actuales utilizan las redes sociales para documentar y compartir sus experiencias, inspirando a otros a explorar el mundo.</p>



<p><br><strong>LA RHILA A LA MECA DE IBN BATTUTA</strong></p>



<p>En el siglo XIV, el explorador marroquí Ibn Battuta emprendió una de las travesías más extensas de la historia. Partió de Tánger en 1325 con la intención de realizar la peregrinación que todo musulmán debe hacer a La Meca, sin embargo, una vez finalizada, en lugar de regresar a casa, decidió continuar viajando. Durante casi tres décadas, Ibn Battuta recorrió vastas extensiones de tierra, cruzó océanos y se sumergió en diversas culturas desde el norte de África hasta China, pasando por Oriente Medio, Asia Central, la India, el Sudeste Asiático y África subsahariana. Al regresar a Marruecos, Battuta dictó un relato detallado de sus viajes, una <em>rhila </em>o relato de viajes, que constituye una visión única del mundo medieval, con una narración pormenorizada de costumbres, religiones, ciudades y paisajes. Sus viajes contribuyeron a respetar la diversidad de culturas y creencias, a expandir el conocimiento geográfico, mapear el mundo conocido, promover el intercambio cultural e inspirar a futuras generaciones de exploradores. La <em>Rihla </em>de Ibn Battuta fue una de las primeras guías de viaje detalladas. Y algunas de sus rutas se siguen haciendo incluso en la actualidad.</p>



<p><strong>LA DESCRIPCIÓN GENERAL DE ÁFRICA DE LEÓN EL AFRICANO</strong></p>



<p>León el Africano, cuyo nombre original era al-Hasán ibn Muhammad al-Wazzán al-Zayyáti, fue un explorador y geógrafo árabe que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI. Su vida y obra lo convirtieron en una figura clave en la comprensión de África y el mundo árabe durante el Renacimiento. Nacido en Granada, en una familia de eruditos, León el Africano vivió la conquista cristiana de la ciudad en 1492, tras la cual, se vio obligado a exiliarse en Fez, Marruecos, donde completó su formación. Su curiosidad por el mundo lo llevó a emprender extensos viajes por el norte de África y el Sahel, llegando hasta Tombuctú.</p>



<p>Su obra más famosa, Descripción de África, es un compendio geográfico e histórico que se convirtió en una de las principales fuentes de información sobre el continente africano para los europeos durante siglos. En él, el autor describe detalladamente las ciudades, los pueblos, las costumbres, la geografía y la historia de las regiones que visitó, actuando como puente entre el mundo árabe y el mundo cristiano, y transmitiendo conocimientos valiosos sobre África a los europeos.</p>



<p>Su obra proporcionaría a estos últimos una visión más precisa y detallada del continente vecino, desafiando muchos de los estereotipos y mitos que existían en ese momento hasta tal punto que inspiraría a exploradores como Vasco da Gama, a emprender sus propios viajes hacia África.</p>



<p>Su obra sigue siendo una fuente de referencia para historiadores, geógrafos y africanistas. No solo contribuyó al trazado de mapas más precisos, sino que reveló la existencia de grandes imperios y ciudades que, como Tombuctú, eran desconocidos para muchos europeos. Su desmitificación de África ayudó a percibir su gran diversidad cultural y étnica desafiando la visión estereotipada de un continente homogéneo y “bárbaro”. Y contribuyó al enriquecimiento cultural de Europa, al facilitar el intercambio de conocimientos e introducir nuevas ideas y perspectivas sobre el mundo.<br><br><strong>Bibliografía básica:</strong></p>



<p><em>Odisea, Homero (Gredos. 2019). Y Odisea Liberada (Blackie Books. 2022)<br></em><em>Historia, Herodoto (Edaf. 2024)<br></em><em>Geografía, Estrabón (Alianza Editorial. 2015)<br></em><em>Viaje de Egeria (La línea del horizonte. 2024)<br></em><em>El libro de las Maravillas, Marco Polo (Alianza Editoral. 2018)<br></em><em>A través del Islam, Ibn Battuta (Alianza, 2005)<br></em><em>Descripción de África, León el Africano (El Legado andalusí. 1995)<br></em><em>León el africano, Amin Maalouf (1986) (Alianza, 2018)</em></p>



<p><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>



<p><em>&nbsp;</em></p>
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		<title>La biblioteca colombina. El sueño del saber universal del hijo de Cristóbal Colón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/biblioteca-colombina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 12:22:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/biblioteca-colombina/">La biblioteca colombina. El sueño del saber universal del hijo de Cristóbal Colón</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: Ramón Jiménez Fraile</strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p><br><br><strong>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros, impresos y manuscritos, con los que crear una de las bibliotecas más importantes del Renacimiento cuyo objetivo era el de compendiar el saber universal. Además, puso en marcha un pionero proyecto consistente en reflejar, de manera sistemática, la realidad geográfica de España, lo que le convirtió en el primer geógrafo de la España moderna.</strong></p>



<p>El 21 de noviembre de 1535, un librero de Lyon vendió un ejemplar de “La Crónica de Génova” publicada en París por la Editorial Michel le Noir. Gracias a la meticulosidad del comprador, no solo sabemos que el libro costó un sueldo, “equivalente a doce dineros, valiendo el ducado 570 dineros, que son 47 sueldos y medio”, sino que aquel día hubo “grandísimo frío y niebla” en la ciudad francesa. El comprador era el hijo del almirante del Nuevo Mundo, Hernando Colón, y el libro engrosó su descomunal colección privada de obras impresas y manuscritos.</p>



<p>Hernando Colón no solo pasaría a la historia por el legado material de la conocida hoy como Biblioteca Colombina (en su día llamada Hernandina o Fernandina), sino por sentar las bases de la biblioteconomía: la ciencia relativa a la conservación, organización y administración de las bibliotecas.<br><br>El profesor Edward Wilson-Lee, autor del “Memorial de los Libros Naufragados. Hernando Colón y la búsqueda de una biblioteca universal” (Editorial Ariel), considera que el hijo del almirante se sintió “indefenso” ante la avalancha de datos que se manejaban en su época. “Al igual que sucede hoy con la revolución digital, la imprenta aumentó de manera exponencial la cantidad de información disponible. Hoy nos orientamos en ese océano supeditándonos a los algoritmos de búsqueda, y él tuvo que inventar nuevos sistemas de clasificación”. Mientras que su padre descubrió un mundo nuevo, “él quiso crear un nuevo mundo de información”, señala Wilson-Lee. Para ello, se propuso recopilar todo el saber de su época “y ponerlo al servicio de Carlos V, sirviéndole en bandeja toda esa información. Le entregó una gran herramienta de poder, como había hecho su padre con los Reyes Católicos”.</p>



<p>Para garantizar la perennidad de su legado, Hernando hizo de su biblioteca el principal beneficiario de su herencia. Sin embargo, su voluntad no fue respetada, lo que explica que en la actualidad solo se conserven, en la Catedral de Sevilla, alrededor de unos tres mil quinientos volúmenes, de los más de quince mil títulos y documentos que llegó a reunir.</p>



<p><strong>LAS JOYAS DE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p>Hernando nació en Córdoba en 1488, de la relación extramatrimonial entre Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez de Arana, huérfana de humildes agricultores. Por aquel entonces su padre se ganaba la vida, según se dijo, vendiendo libros y mapas de navegación. Al regreso de su primer viaje a las Indias, el ya <em>Vista de la biblioteca colombina en la actualidad. </em>almirante logró que Hernando fuera aceptado como paje en la corte del prín cipe Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Fue en ese ambiente cortesano en el que se forjó la educación humanista del menor de los hijos de Cristóbal Colón.</p>



<p>Cuando apenas tenía trece años, acompañó a su padre en el cuarto viaje a las Indias, que estuvo marcado por penalidades e infortunios. A los veinte años cruzó de nuevo el Atlántico, esta vez para acompañar a su hermano Diego, que había sido nombrado gobernador de Santo Domingo. Entre su equipaje figuraban cuatro arcones con casi doscientos cincuenta libros que dejó en La Española, constituyendo así la que se considera primera biblioteca del Nuevo Mundo.</p>



<p>Los posteriores viajes que Hernando hizo por Europa, en parte acompañando al emperador Carlos V, le permitieron establecer una estrecha relación con los principales editores y libreros de la época, así como con destacados intelectuales de su tiempo, como Erasmo de Rotterdam.</p>



<p>Paradójicamente, dos de sus escritos más relevantes no figuran, en la actualidad, en los estantes de la Biblioteca Colombina. En primer lugar, se trata del original en español de la biografía que, entre 1536 y 1539, escribió sobre su padre y de la que, en 1571, se publicó una traducción al italiano. Habría que esperar a 1749 para que se publicara la traducción española de esa primera edición italiana. El hecho de que el original en español nunca haya aparecido alimentó la polémica sobre si Hernando fue o no el auténtico autor de la biografía. Otro documento relevante que no se encuentra en la Biblioteca Colombina es el informe que fue presentado a Fernando el Católico por Diego Colón, mediante el que su hermano Hernando proponía, en 1511, llevar a cabo la que hubiera sido la primera vuelta al mundo. El documento original acabó en la colección del estadounidense Obadiah Rich y en la actualidad forma parte de los fondos de la New York Public Library. En él, Hernando destaca los beneficios que acarrearía dicho proyecto en términos de un mejor conocimiento de nuestro planeta, partiendo del principio de que “el principal don que tenemos es el saber”.</p>



<p>Entre las obras que sí figuran en la Biblioteca Colombina destacan “El Libro de viajes”, de Marco Polo y “El Libro de las Profecías”, éste último consistente en una recopilación de textos bíblicos y de citas de padres de la Iglesia y de clásicos que Cristóbal Colón manejó en apoyo de sus descubrimientos. Junto con un considerable número de incunables, la Biblioteca Colombina contiene asimismo una gran cantidad de obras impresas consideradas menores, en las que se recogen cancioneros y refranes populares. Su carácter altruista quedó de manifiesto en la cláusula que figura en su testamento, en virtud de la cual cada ejemplar de su librería debía portar la siguiente mención: “Don Hernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primero almirante que descubrió las Indias, dejó este libro para uso y provecho de todos sus prójimos. Rogad a Dios por él”. También a petición suya, en su sepultura figuran en torno a su escudo de armas cuatros libros abiertos que hacen referencia a la organización de su biblioteca en torno a otros tantos conceptos: autores, ciencias, epítomes y materias.</p>



<p><strong>EL “LIBRO DE LIBROS”, PERDIDO Y HALLADO EN DINAMARCA</strong></p>



<p>En 2019, la figura del hijo pequeño de Cristóbal Colón saltó a la actualidad al descubrirse en un Instituto de la Universidad de Copenhague el códice original de “El Libro de los epítomes”. La obra era el resultado de uno de los pioneros proyectos bibliográficos de Hernando Colón consistente en ofrecer, de manera estandardizada, resúmenes de los libros que iba adquiriendo. El códice original recogía alrededor de dos mil reseñas, la gran mayoría en latín, pero no todas se han conservado. El hecho de que faltaran las primeras páginas del códice explica que durante siglos no fuera atribuido a Hernando Colón. Se cree que la obra llegó a Dinamarca a mediados del siglo XVII, sin que se sepa ni cómo ni por qué lo hizo.</p>



<p>Menos suerte tuvo una partida de casi dos mil libros comprados por Hernando Colón en Venecia y perdidos, en 1521, en el naufragio del barco que los transportaba a Sevilla. Hernando dio cuenta de ellos en un documento titulado “Memorial de los Libros naufragados”, expresión que dio pie al título del reciente libro en el que el profesor Edward Wilson-Lee narra la vida y obra del hijo del almirante.<strong>   </strong></p>



<p class="has-text-align-left"><strong>DESCRIPCIÓN Y COSMOGRAFÍA DE ESPAÑA&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p>En 1517 Hernando Colón emprendió un pionero proyecto geográfico, consistente en <em>“hacer la cosmografía de España y en ella escribir todas las particularidades y cosas memorables”</em>. Para ello, en palabras de uno de sus ayudantes, <em>“fue necesario enviar por todos los pueblos de España algunas personas que informasen en cada pueblo de los vecinos que había y de todo lo demás que en él hubiese digno de memoria y, habida la información, (que) la trajeran con fe de escribanos y de testigos fidedignos”</em>. La conocida como “Descripción y Cosmografía de España”, conservada en la Biblioteca Colombina de Sevilla, fue un encargo que emanó del propio Carlos V, ante el desconocimiento que su corte tenía de los reinos de España. Después de seis años de exhaustivos trabajos de recogida de datos por parte del equipo que constituyó al efecto, Carlos V puso fin al costoso proyecto sin que se hubieran alcanzado todos los objetivos fijados.</p>



<p>Años más tarde, en 1526, Carlos V encargaría a Hernando la elaboración, junto con los principales pilotos españoles de la época, una carta general de navegación de escala planetaria, proyecto que no fue llevado a cabo.</p>



<p>Hernando Colón tuvo ocasión de hacer gala de sus dotes de cosmógrafo en la Junta de Geógrafos de Elvas-Badajoz de 1524, convocada para dirimir, por la vía diplomática y basándose en evidencias científicas, el conflicto sobre las Molucas suscitado por la primera vuelta al mundo.</p>



<p><strong>INFORMACIÓN PRÁCTICA SOBRE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p>La primera sede de la biblioteca de Hernando Colón fue la casa que construyó en la Puerta de Goles de Sevilla. El propio Hernando redactó un reglamento que incluía la prohibición de que los libros salieran del recinto, <em>“pues que vemos que es imposible guardarse, aunque tengan cien cadenas”</em>. Tras su muerte, la biblioteca fue trasladada primero al Convento de los dominicos y más tarde a un salón del Patio de los Naranjos de Catedral de Sevilla, donde se encuentra en la actualidad.</p>



<p>Desde 1992 es gestionada por la Institución Colombina, junto con otros archivos y bibliotecas de la Archidiócesis y de la Catedral. La Institución Colombina organiza visitas guiadas de grupos que proporcionan una completa visión de la imprenta y del mercado de libros en la Europa de la primera mitad del siglo XVI.</p>



<p>Las solicitudes de visitas pueden dirigirse al correo electrónico: <a href="mailto:ncp@icolombina.es">ncp@icolombina.es</a><br><br><em>* Ramón Jiménez Fraile es historiador, periodista y escritor. Ha escrito varios libros sobre el mundo de la exploración y los exploradores. Es miembro de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>Derroteros: las guías de viaje de los marinos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/derroteros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 11:55:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Rutas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones<br />
meticulosas, casi a modo de guías de de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mª Luisa Martín Merás</strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p><br><br><strong>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones meticulosas, casi a modo de guías de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar. Especialmente durante los siglos XVI y XVII ocuparon un lugar muy importante en nuestra literatura de viajes, en particular en los relatos de las aventuras que llevaban al Nuevo Mundo.</strong></p>



<p>Un derrotero es una descripción náutica de una ruta marítima, específica para marinos y pilotos, que frecuentemente tienen como destino lugares adónde nunca han navegado. Estos libros describen y representan las costas, bajos fondos, señalizaciones (boyas, faros, balizas, etc.), perfiles visuales de las costas, avisos de peligros, formas de navegación convenientes, acceso a puertos, etc. Es decir, contienen el conjunto de observaciones, hechas en un viaje por mar, útiles para la navegación del piloto y de navegantes futuros. Se menciona la existencia de este tipo de documentos desde la más remota Antigüedad, bajo el título de periplos, libros portulanos y derroteros, siendo un ejemplo fundamental de la recopilación de experiencias prácticas para el ejercicio de la navegación durante siglos.</p>



<p>Si consideramos que una guía de viajes es “un libro de información sobre un lugar, diseñado para el uso de visitantes o turistas, donde se relatan experiencias viajeras sin aspectos literarios y narrativos, y cuyas características geográficas e históricas condicionan el relato” (1), podemos incluir a estos derroteros de los siglos XVI y XVII dentro de la literatura de viajes, en la modalidad de guías de viaje especializadas, ya que muchos de ellos reúnen los requisitos mencionados en la definición citada más arriba.</p>



<p>Con motivo del descubrimiento de América, se creó en 1503 la Casa de la Contratación de Sevilla, que se ocupaba del comercio con las Indias, Canarias y Berbería y actuaba como escuela de pilotos, pues pronto se hizo patente la necesidad de instruirlos en sus navegaciones a América. Los libros de navegación que salieron de su entorno fueron concebidos como libros de texto para enseñar a los pilotos los rudimentos técnicos del arte de navegar y se englobaban bajo el nombre genérico de “regimientos de navegación”; solían incluir un derrotero donde se explicaba la navegación a las Indias con la derrota a las Antillas, a Tierra Firme y otros lugares.</p>



<p>Los primeros derroteros de América son evidentemente españoles y recogían las derrotas que hacían las flotas de Indias desde España, saliendo de Sevilla, a las Antillas, Veracruz y Honduras, y la vuelta a España desde Cuba, donde se unían las flotas de Nueva España y Tierra Firme para, juntas y protegidas, volver a la metrópoli. Sin embargo, los derroteros publicados son escasos, debido al estricto secreto con que se manejaban los descubrimientos y rutas americanas. <em>La Suma de geografía que trata de todas las partidas y provincias del mundo: en especial de las Indias y trata largamente del arte del marear </em>de Martín Fernández de Enciso en 1519, es una descripción geográfica de las partes del mundo, empezando por Europa y terminando por el Nuevo Mundo recién descubierto, del que presenta una lista de lugares con sus latitudes bastante acertadas, además de una detallada explicación de de las costumbres de sus naturales, zoología y botánica, especialmente del área antillana. Parece que el libro incluía una carta de navegar que no se publicó, precisamente para no dar noticias a los extranjeros.</p>



<p><strong>LA INFORMACIÓN SECRETA DE LOS DERROTEROS</strong></p>



<p>Andrés García de Céspedes, que era cosmógrafo mayor del Consejo de Indias, incluyó en su <em>Regimiento de Navegación </em>en 1606, un derrotero para explicar detalladamente el nuevo padrón real. Por su parte Francisco de Seixas y Lobera, publicó en 1690 <em>Descripción geográfica y derrotero de la Región Austral Magallánica</em>, con un mapa del estrecho de Magallanes que tuvo que retirar por indicación del Consejo de Indias. En 1585 Andrés de Poza con su obra <em>Hidrografía</em>, que era un derrotero de las costas europeas, desde el estrecho de Gibraltar hasta Holanda, no tuvo ningún problema en su publicación, ya que sus rutas eran sobradamente conocidas por los países europeos.</p>



<p>Llama la atención que casi ningún derrotero o tratado de navegación práctica, escrito por españoles, haya sido publicado en su tiempo, a pesar del indudable interés que despertaron en los siglos XVI y XVII los asuntos marítimos en España. Parece ser que el principal obstáculo era la negativa para conceder el permiso de impresión por parte del Real Consejo de Indias, para no divulgar las derrotas seguidas por las flotas ni los sistemas defensivos de los puertos americanos. A tal fin, los pilotos que habían obtenido el título en el examen de la Casa de Contratación tenían que hacer el juramento <em>“de que bien y fielmente usará su arte y que no enseñará su profesión a ningún estranjero de estos Reinos ni le dará el regimiento, ni derrota de la dicha carrera de las Yndias, ni los instrumento, cartas, aguja, ballestilla, ni astrolabio»</em>. (2)</p>



<p>Por esta razón muchos derroteros a las Indias permanecieron inéditos, ya que facilitaban el conocimiento de las costas a enemigos y corsarios. Entre ellos estaba el <em>Quatripartitu </em>en <em>Cosmographia pratica i por otro nombre llamado espejo de navegantes</em>, de Alonso de Chaves, [1537], cosmógrafo y piloto mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla. El libro cuarto de la obra es un derrotero de las “Indias de la Mar Océana”, desde la costa de Perú hasta la navegación del estrecho de Magallanes, con explicación de la distancia en leguas de los lugares, y colocación en latitud de los más importantes. La opinión común es que no recibió el permiso de impresión del Consejo de Indias por la información de las costas americanas que contenía.</p>



<p><em>El Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales</em>, de Juan Escalante de Mendoza [1575], general de la Flota de Tierra Firme, contiene un derrotero clásico desde Sevilla a Nueva España, Honduras y Tierra Firme, con las distancias en leguas de toda la costa occidental hasta el Estrecho de Magallanes, y la derrota de vuelta a España. <em>El Itinerario </em>tampoco logró la licencia de impresión del Consejo de Indias, debido a los abundantes detalles que daba sobre las rutas de las flotas.</p>



<p>Lo mismo le sucedió al derrotero, <em>Luz de navegantes donde se hallaran todas las derrotas y señas de las partes marítimas de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano</em>, de Baltasar de Vellerino [1592], que se guarda en la biblioteca universitaria de Salamanca. La obra está dividida en dos libros, el primero explica las derrotas que siguen las flotas españolas a las Indias Occidentales, partiendo de Sanlúcar de Barrameda, y detallando las corrientes, vientos, distancias, medios y lugares por los cuales se debe navegar para evitar las dificultades y llegar a buen puerto. Señala los rumbos que se deben tomar según la dirección de los vientos y los accidentes geográficos que pueden servir para reconocer los puertos y la distancia en leguas de unos a otros. De manera somera se detiene además en la descripción de las riquezas naturales, habitantes y otros detalles de los puertos de La Habana, Puerto Rico, Veracruz y Santo Domingo. El segundo libro se titula: <em>“De las señas de las partes de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano”</em>. Está constituido por 115 dibujos, precedidos de una explicación que el autor llama “señas o señales marítimas”. Los dibujos son perspectivas de costa con una ligera aguada en ocre, azul y verde; están orientados con una flecha inscrita en un círculo y llevan una filacteria donde se señala desde dónde se ha tomado el perfil. Son estos dibujos los que confieren a la obra un carácter especial dentro de los numerosos derroteros de la época.<br><br><strong>DERROTEROS ANÓNIMOS DEL PACÍFICO ILUSTRADOS CON DIBUJO</strong></p>



<p>La mayoría de los derroteros manuscritos del siglo XVI detallan las derrotas y puertos de la costa atlántica de América desde la barra de Sanlúcar hasta San Juan de Úlua y otros lugares de la costa occidental. Pero el estrecho de Magallanes, descubierto en noviembre de 1520, abrió una nueva etapa de navegaciones que hizo del Mar del Sur o Pacífico un espacio a explorar y descubrir. Los viajes por el Pacífico motivaron la necesidad de hacerse con mapas y cartas, perfiles de costas y planos de puertos, sobre todo en la región austral, por la imposibilidad o peligrosidad de navegar junto a la costa, lo que hizo necesario elaborar y unificar la cartografía del Mar del Sur, difundiéndola entre los pilotos de la Corona. A mediados del siglo XVII, a medida que avanzaban los descubrimientos en las costas del Pacífico y los viajes a Filipinas, encontramos muchos derroteros específicos para esa navegación, que solía empezar en Acapulco o Callao y descender hasta el cabo de Hornos. Estos derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso que reposa en bibliotecas y archivos. La característica principal de ellos es que son manuscritos, frecuentemente anónimos y no fueron escritos para ser publicados, sino para uso particular de los pilotos.</p>



<p>La mayoría incluye dibujos detallados de las costas y otras informaciones, que ilustran y complementan el texto, como perfiles de las costas, montañas y volcanes, islas e islotes, bajos, desembocadura de ríos, en fin, todo lo que pudiese servir para identificar la costa y en especial, sus puertos y centros urbanos costeros. Con ello se habría buscado ampliar el conocimiento sobre las costas e islas del Pacífico de los pilotos, que navegaban ese océano y que los habían recopilado para su propio uso y para los otros pilotos que los pudieran necesitar. Por supuesto, estos libros debían conservarse con gran sigilo, pues contenían información estratégica para los intereses del imperio español de la que pudieran beneficiarse otras potencias marítimas europeas, además de piratas y corsarios. Estas circunstancias avalan que la mayoría de los derroteros sean anónimos, recopilados por pilotos que los necesitaban para su propio trabajo. Los que hemos examinado no están firmados, aunque a veces aparece el nombre de su poseedor y todos tienen unas características parecidas.</p>



<p>Esta etapa se inicia en 1603 con el derrotero desde Acapulco al cabo Mendocino, hecho por el piloto de la segunda expedición de Sebastián Vizcaíno, Jerónimo Martín Palacios, con 33 croquis de la costa, realizados por Enrico Martínez. (3)</p>



<p>El [Derrotero] <em>de la costa seguida desde [Acapulco] hasta el estrecho de Magallanes, cabo de Hornos, estrecho de Maire hasta el río de Buenos aires, con caletas, puertos y ensenadas, bajos, islas, arrecifes, rios, arrumbamientos, distancias y demás circunstancias que necesita un piloto[…] que a veces es muy acertado aconsejarse con noticias que dan estos libros que son muy ciertas&#8230;A quien de este su dueño fuere, Dios le dé buenos aciertos en todo y por todo. Lima 5 de enero de 1764</em>4, nos confirma la hipótesis del anonimato, pues el autor resulta ser un incógnito piloto que ha copiado un derrotero muy anterior a la fecha que indica, pues da algunas noticias de sucesos pasados que él no pudo conocer. Incluye 11 ilustraciones de las costas con indicaciones náuticas, empezando por Acapulco y terminando por un mapa del Estrecho de Magallanes, donde aparece parte el dibujo incompleto de las islas Malvinas, denominadas “islas nuevamente descubiertas” Lo mismo sucede con el <em>Derrotero de las costas de los reinos del Perú, Tierra Firme, Chile y Nueva España, sacado de diferentes cuadernos que han escrito y usado los más clásicos y experimentados pilotos deste Mar del Sur, 1675. Incluye 270 dibujos. (</em>5) En el “Prólogo exhortatorio” el autor declara <em>“yo no puse nada de mi casa mas que trasladar” </em>pues el derrotero es una copia, para su uso privado, de anteriores derroteros de los pilotos del Mar del Sur, ya que, <em>“me animé con su trato y adquiriendo prestados sus cuadernos a juntar sus obras y experiencias en este libro que si por caso fuese a la imprenta hallasen en un cuerpo todo lo descubierto y qué se trajina en este Mar del Sur” (</em>6).</p>



<p>El [Derrotero] <em>desde la ultima población que tienen los españoles en las costas de Nueva España, en el mar del Sur es la ciudad de Compostela, como manifiesta la demostración de su mapa que da principio a este libro, como se verá en la hoja n.1, para que se tenga verdadera ynteligencia de todos los yntereses que comprehende sus demostraciones en sus mapas [&#8230;]para que sirva de norte a los navegantes que surcan aquellas costas&#8230; </em>Termina abruptamente al final por lo que no sabemos si tiene autor. Incluye 151 dibujos y, 8 hojas de texto. (7)</p>



<p>Por último, el <em>Derrotero general del Mar del Sur, sacado de diferentes autores. Hecho en Panamá en 30 del mes de Diciembre de 1684</em>,8 participa de las mismas características que los anteriores, ya que es una simbiosis de distintos derroteros, como se aclara en la portada donde los datos técnicos están complementados con 148 dibujos a la aguada muy interesantes.</p>



<p>Los derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso y poco conocido, que no han sido estudiados en su conjunto. Hemos visto como la política de sigilo, establecida por el imperio español para proteger sus rutas marítimas, impidió la publicación de derroteros sin la aprobación de las autoridades científicas del Consejo de Indias. Esta circunstancia motivó que los pilotos se proveyeran por su cuenta de compilaciones de derroteros manuscritos que señalaban solamente la ruta de sus navegaciones, eran de su propiedad y tenían la garantía de poderlos corregir en sucesivas derrotas. Por esta razón la mayoría son anónimos, aunque a veces llevan el nombre del poseedor. La mayor parte de ellos, además de las indicaciones náuticas pertinentes, incluyeron unos dibujos en color de las tierras a las que se dirigían y noticias geográficas, que les confieren una importancia añadida y que justifican el título de este artículo.</p>



<p><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Luis Albuquerque, Los libros de viajes como género literario, pp. 67-82, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 2006.<br>2 Manuel Moreno Alonso, América ante los pilotos de Ayamonte. El derrotero de las Indias de Benito Alonso Barrozo, Sevilla, 1985, p. 26.<br>3 Archivo General de Indias. Mapas y Planos, México, 53.<br>4 Museo Naval de Madrid, Mss. 180.<br>5 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202.<br>6 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202, p. 9.<br>7 Biblioteca Nacional de España, Mss. 2957.<br>8 The Hispanic Society of America, Ms. K44.<br><br>* Mª Luisa Martín Merás, es especialista en cartografía marítima española. Ha sido Jefa de Investigación en el Museo Naval de Madrid y Directora técnica del Museo Naval.</p>
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		<title>Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Francisco José Rosal Nadales</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><strong>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. Como fiel representante del Siglo de las Luces, utilizó sus experiencias para ampliar sus conocimientos, tratar de mejorar la vida de sus conciudadanos y, en algunos casos, para ayudar a sus amigos. En 1786 escribió una Ruta de viajes para el nuncio del papa, quien debía trasladarse desde Lisboa a Italia. En ella describió los caminos, las ciudades y los monumentos que podía visitar. También incluyó un mapa manuscrito con las rutas y las ciudades que debía atravesar.</strong></p>



<p>Esta guía y el mapa, resultan muy valiosos para el estudio de los viajes en el siglo XVIII, una obra de carácter personal y basada en la experiencia propia de un gran viajero.</p>



<p>Pero también sus viajes por España se vieron reflejados en cartas y diarios, que son un fresco vivo de la realidad de nuestro país en el siglo XVIII. Como el que realizó en 1784 desde Lisboa a Madrid y de aquí a sus tierras de Fernán Núñez, en Córdoba.</p>



<p>Los viajes, incluso los que se realizan bajo la vitola de puro ocio, raramente quedan en eso. Siempre hay una oportunidad en ellos para aprender, conocer, pensar, difundir lo aprendido —si tenemos inquietudes literarias— o mostrar posibles enseñanzas y mejoras de vida a quienes dependan de nosotros —si tenemos espíritu altruista. A este tipo de personas perteneció el VI Conde de Fernán Núñez, don Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot. Viajó mucho, aprendió mucho, difundió mucho, educó mucho.</p>



<p>En septiembre de 1778 iniciaron viaje hasta Lisboa el conde y la condesa. Ella iba embarazada del que sería su primogénito y, años después, primer duque de la casa. Él iba destinado como embajador de Carlos III ante la Reina Fidelísima, María I de Bragança. Como siempre, recogió sus impresiones de los lugares y personas con las que coincidió y, al mismo tiempo, ofreció su ilustrada opinión sobre algunos aspectos que le llamaron la atención.</p>



<p>Desde Lisboa se multiplicó para hacer valer los derechos de España en Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, con la que de nuevo se habían desatado las hostilidades. Fueron tantos y tan grandes sus aciertos que nuestro Carlos III, en premio, le concedió el Toisón de Oro en marzo de 1783. Esta alegría solo palió levemente el dolor que, unos meses atrás, había provocado la muerte de su hermana Escolástica.</p>



<p>Sin embargo, estas dos circunstancias, una triste y otra alegre, vinieron a confluir en el viaje que la familia Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento de Sotomayor realizó desde Lisboa hasta Madrid para recoger el Toisón de manos del propio monarca borbón y, ya en la corte, gestionar lo referente al testamento de su hermana.</p>



<p>Partieron de Lisboa el 2 de mayo. El día 5 llegaron a Vimieiro, donde fueron recibidos por los condes de dicho nombre. Aquí comenzó, ya, la labor de Fernán Núñez de aprendizaje en este viaje. Las charlas con el conde de Vimieiro resultaron del mayor interés para el embajador español, pues trataron, entre otros asuntos, de las escuelas para niñas pobres que el portugués había establecido en la villa de Estremoz. Como podemos comprobar, el viaje sirve a Gutiérrez de los Ríos para tomar nota, aprender, ver, oír y hablar de los temas que le interesan. Y la educación, como buen ilustrado, le interesaba sobremanera, pues su mente ya ideaba instaurar en su villa cordobesa de Fernán Núñez, de la que era administrador, un sistema educativo similar.</p>



<p>El 18 de mayo arribaron a Ávila. Aquí, Gutiérrez de los Ríos se sorprendió del elevado número de conventos e iglesias que había para una población relativamente pequeña. Incluso recogió una tradición sobre la iglesia de San Vicente:</p>



<p><em>«En el crucero de dicha iglesia hay una sepultura y una inscripción en la pared que dice estar allí enterrado el judío que hizo esta iglesia. Refiérese que habiendo hecho éste mofa de dichos Santos [San Vicente, Santa Rufina y Santa Cristeta], después de martirizados, salió de entre dos peñas una gruesa culebra que se le enrolló al cuerpo, con lo cual, reconociendo su error, clamó al verdadero Dios, se convirtió y ofreció construir dicha iglesia en honor de los dichos Santos Mártires.» 1</em></p>



<p>También visitaron el convento del Carmen, levantado donde se suponía estaba la casa de Santa Teresa. Aquí dio el Conde nueva muestra de ser firme creyente pero no crédulo: «En la sala en que nació la Santa hay una imagen suya cuyo báculo y rosario, de un tamaño enorme, se manifiesta en la iglesia y el religioso que nos lo ensañaba nos dijo oliésemos su fragancia, que por más que hice no pude hallar y solo percibí el olor de la madera»2.</p>



<p>No fue la única ocasión en que se mostró contrario al fomento de la credulidad y superstición entre las gentes iletradas por parte de miembros de la Iglesia. El 22 de mayo, por la tarde, entraron en Madrid. El 17 de julio de 1783, a las 11 de la mañana, tuvo lugar la entrega del Toisón de Oro al Conde de Fernán Núñez y al embajador de Francia, Conde de Montmorein. Ambos recibieron la insignia de manos del propio Carlos III. Los documentos en los que se daba cuenta de toda la ceremonia son magníficos para conocer la etiqueta cortesana en actos de este calado, pero exceden el objetivo del presente artículo.</p>



<p>Con el Toisón sobre su pecho, el conde y su familia iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia el sur, a la que él siempre llamó “su villa” de Fernán Núñez, en el Reino de Córdoba. En dicha localidad estaban dando culmen a las obras para la erección de una capilla dedicada a santa Escolástica, realizada en memoria de la hermana de Carlos José, y anexa al palacio de la familia. Este viaje se inició el 3 de mayo de 1784 y el conde volvió, como no podía ser de otra manera, a relatar en sus diarios lo que vio, conoció y, más tarde, puso en práctica. Así, a su paso por Valdepeñas, perteneciente en aquel tiempo al marqués de Santa Cruz, todos disfrutaron de su vino tinto y el conde puedo tomar como modelo para futuras empresas filantrópicas las obras pías de este noble, al tiempo que justificaba la existencia de la propiedad señorial si esta redundaba en beneficio de sus vasallos:</p>



<p><em>«Mantiene escuela gratuita para los niños, ha fomentado una fábrica de jabón y colma de beneficios y limosnas a sus vasallos, tanto en éste, como en los pueblos de Santa Cruz y el Viso, que son igualmente suyos. Este pueblo tiene al pie de 1.500 vecinos y todos bendicen la munificencia de su señor que socorre viudas, ayuda labradores y pañeros de que abunda, y fomenta de tal modo todos los ramos de la industria que no puede oírse sin ternura las alabanzas que de él publican todos a boca llena. ¡Oh, dichoso quien sabe ser señor de este modo, y merecer por sí ser aclamado por tal con alegría de su pueblo! No sé con qué razón podrán clamar contra esta especie de nobles, los que o por moda o por envidia, se encarnizan contra los que poseen lo que ellos quisieran tener. ¡Clamen en buena hora contra el abuso del poder y de la riqueza, contra los que solo piensan en arruinar a sus pueblos, pero respeten y conozcan la utilidad de los que no usan de su poder, sino para librar a sus prójimos, que miran como a hermanos, y para sostener el honor de la Patria, del Rey y de sus mayores, que supieron ponerle la corona en sus sienes a costa de su propia sangre!</em>.»3</p>



<p>Es posible que Gutiérrez de los Ríos ya abrigase en su fuero interno el deseo de establecer un hospital y una casa de niños expósitos en Fernán Núñez, por lo que, en este viaje, estaría tomando nota de otras instituciones que le ofreciesen ejemplos a seguir, además de solicitar informes a sus colaboradores. 4</p>



<p>Volviendo al viaje en sí, en El Viso [del Marqués] disfrutó del maravilloso palacio erigido por don Álvaro de Bazán, si bien algo abandonado en aquellos momentos. Al paso por Sierra Morena alabó el camino nuevo que Carlos III había preparado y que mejoraba mucho el tránsito por una zona llena de bandidos.</p>



<p>En La Carolina escuchó <em>«los elogios del desgraciado e imprudente Don Pablo de Olavide (…) vi que todos los que me hablaban le echaban de menos y no pude dejar de sentir que su poca prudencia y combinación de circunstancias le hubiese acarreado un fin que no hubiera tenido en otro país»</em>5. Don Carlos José Gutiérrez de los Ríos, conocedor de la mala organización que había tenido el repoblamiento, con individuos de del Centro de Europa poco acostumbrados al clima (y al vino) de Sierra Morena, mal escogidos, restó a Olavide culpas. 6</p>



<p>En el trayecto entre La Carolina y Carboneros encontraron la aldea de Escolástica. El nombre, como puede suponerse, provenía de la hermana del Conde. Así relató don Carlos José el curioso origen de la idea:</p>



<p><em>«[Tras ser herido en Argel, doña Escolástica] había venido a verme a Valencia </em><em>y me acompañó a mi villa de Fernán-Núñez. Al llegar a este paraje vimos </em><em>a Don Pablo de Olavide, que, con otros, estaba trazando aquella pequeña aldea. </em><em>Llegose al coche, preguntó a mi hermana su nombre, que era Escolástica </em><em>y éste fue el que dio y conserva aquella pequeña aldea, siempre agradable </em><em>para mí. Pensé, a su muerte erigir en ella un monumento, pero los respetos </em><em>de ser población real y otros que hubiera allanado Olavide con gusto me retrajo </em><em>de poner en planta mi pensamiento.» </em>7</p>



<p>El día 12 llegaron a El Carpio y, al día siguiente, el conde se separó del grupo para visitar las obras de la torre que estaban arreglando en sus tierras de La Morena. Vuelto a la comitiva, pasaron el Guadalquivir en barca por la zona de Alcolea. Allí se les unió el padre Miguel de Espejo, amigo suyo y quien había pronunciado en Fernán Núñez el elogio fúnebre por doña Escolástica en 1782. Llegaron a Córdoba ese 13 de mayo de 1784 y visitaron, entre otros lugares, la mezquita-catedral. Don Carlos José, con criterio propio, consideró que la Capilla Mayor era de una factura maravillosa, pero que no habían tenido acierto al erigirla en aquella mezquita única . Alabó la custodia de Arfe, la torre y el Patio de los Naranjos. En los alrededores destacó el monumento a San Rafael, las Caballerizas y la sierra con sus casas de campo señoriales.</p>



<p>El día 14 de mayo de 1784, a las cuatro y media de la tarde, llegaron a Fernán Núñez. La entrada fue recogida por los cronistas como algo apoteósico y digno de recuerdo. A la señalada ocasión de bendecir la Capilla de Santa Escolástica se unió el hecho de que en la villa no conocían, aún, a la familia, pues doña Esclavitud Sarmiento y sus dos primeros hijos, Carlos y José, no habían pisado Fernán Núñez: <em>«Todo el pueblo junto, con grandes aclamaciones manifestaban en sus semblantes señales ciertas de afecto y ternura; y habiéndose apeado en la iglesia, según acostumbran siempre, pasaron a su palacio»</em>. 9<br><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p><strong>UN HOMBRE DE LA ILUSTRACIÓN</strong></p>



<p>El VI Conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, nació en plena Ilustración, el 11 de julio de 1742, en Cartagena. Diplomático, militar y escritor, era heredero de una antigua familia aristocrática andaluza que tuvo un decisivo ascenso social durante el siglo XVIII. Hombre de amplia cultura, Fernán Núñez dejó escritos numerosos diarios de viajes y cartas, una biografía del monarca titulada <em>Vida de Carlos III</em>, cuyo manuscrito original se encuentra en el British Museum, un diario de la expedición de Argel y una interesante carta a sus hijos, donde expone sus ideas en materia de educación, economía y política.</p>



<p>Fue además académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue honorario de la sevillana de Buenas Letras desde 1785. En 1791, estando de embajador en París, fue destituido de su puesto por el Conde de Floridablanca, con el que mantenía una pertinaz enemistad política. Tras unos años de autoexilio por distintas ciudades europeas regresó a Madrid, donde murió el 23 de febrero de 1794.</p>



<p><strong>&nbsp;</strong><br>La bendición de la Capilla se produjo el 22 de mayo. El grupo de clérigos que participaron en la ceremonia iniciaron una procesión desde la iglesia parroquial hasta la puerta de la Capilla, donde ya les esperaban el Corregidor y demás miembros del gobierno de la Villa. El último en llegar fue el conde, según marcaba la etiqueta. El encargado de bendecir la capilla, tanto en su exterior como en el interior, a los sones del <em>Miserere</em>, fue don Cayetano Carrascal, Canónigo Tesorero de la Catedral de Córdoba, mientras que la primera misa la ofició Don Diego Moreno y Aguilar, Capellán de la condesa, en ofrenda a Santa Escolástica Virgen. Esa misma noche tuvieron lugar festejos que implicaron a todo el pueblo, si bien el protagonismo, como era de esperar en una sociedad típica del Antiguo Régimen, lo detentaron los condes:</p>



<p><em>«Esta noche a la hora determinada se oyeron repiques generales, acompañando </em><em>a los de la iglesia parroquial las campanas de los otros templos. Se iluminaron </em><em>las torres, todas las calles y cada particular quiso distinguirse. Las aclamaciones </em><em>gloriosas, los gritos de gozo y las bendiciones del pueblo, elevaban </em><em>sus ecos sobre los de las campanas. Todas las ventanas y balcones de palacio, </em><em>que hacen frente a la plaza nueva, estaban igualmente iluminados con dos hachas </em><em>cada uno. Este espectáculo, que duró algunas horas, se hizo más brillante </em><em>por la presencia de los Excmos. Sres. Condes, que desde el balcón principal y </em><em>ventanas animaban con su vista las de todo el pueblo.»10</em></p>



<p>El día siguiente, 23 de mayo de 1784, tuvo lugar la instalación del Santísimo Sacramento y de las imágenes sagradas en sus correspondientes altares de la Capilla, rodeado todo de grandes muestras de fervor popular. Previamente se había celebrado la ceremonia de bendición en la iglesia parroquial, a la que asistieron el conde y su familia, los cleros de Fernán Núñez y Montemayor y personas distinguidas de ambas localidades y otros ilustres invitados. Mientras, un enorme gentío esperaba en la plaza de la iglesia. Finalizada la bendición, tuvo lugar un convite en el palacio al que asistieron los más señalados miembros del clero y de la sociedad de los pueblos citados. Por la tarde de ese 23 de mayo tuvo lugar la procesión por la que se trasladó la Custodia desde la iglesia parroquial a la Capilla de Santa Escolástica.</p>



<p>En ella, los sochantres de Montemayor y Fernán Núñez entonaron el <em>Tantum ergo</em>, al tiempo que el conde les seguía, acompañado de sus hijos a derecha e izquierda según orden de nacimiento. Detrás de ellos iban otras dignidades civiles y religiosas, mientras <em>«las paredes de las calles [aparecían] cubiertas con distintas colgaduras, que hacían un matizado delicioso a la vista. El suelo se miraba alfombrado de tantas especies de flores, que parecía haber trasladado el mes de mayo todas las de los campos, prados, selvas y jardines, para que alabaran a su Criador [sic], santificándolas con su presencia» </em>11.</p>



<p>Instalada la custodia en su lugar del sagrario, se pasó al palacio donde los condes habían preparado un refresco. Pero fueron tantas las personas señaladas que asistieron, que hubo que preparar dos salas contiguas para acogerlas, al tiempo que los anfitriones honraban a sus invitados colocando <em>«sus asientos el centro de las mismas puertas que dividían las dos habitaciones para repartir con equidad los afectos y sentimientos del corazón, hablando a todos igualmente con afabilidad» </em>12.</p>



<p>En los días posteriores se nombró capellán de Santa Escolástica al fernannuñense don Juan de Zafra, se festejó la inauguración de la Capilla con espectáculos ecuestres y una corrida de toros en la plaza nueva. De todos ellos gustaron, desde el balcón del palacio, los condes. El día 30 de mayo, el propio don Carlos José rindió culto al Santísimo Sacramento postrándose a sus pies durante media hora. El 6 de junio tuvo lugar el matrimonio de Juan Crespo Hidalgo, vecino de Fernán Núñez a quien el conde había dotado para establecerse como casado 13, y María Jaraba, también de Fernán Núñez. Pero no terminaron ahí las jornadas sociales de los nobles:</p>



<p><em>«La una fue la de juntar SS. Excas. una tarde en su jardín todos los dotados </em><em>desde el año de 66, que fueron treinta y dos con sus hijos que eran más de </em><em>noventa, dándoles a todos una merienda, y haciendo que a cada chico repartiesen </em><em>a peseta los dos hijos de Su Excelencia. </em><em>En otro día se hizo esto mismo con los muchachos y muchachas de las escuelas </em><em>gratuitas que paga S. E. y pasaron de 212.» </em>14</p>



<p>El 8 de junio dejaron Fernán Núñez y se trasladaron a Córdoba. El 27 de junio ya disfrutaban de su estancia en Madrid, antes de regresar a Lisboa.</p>



<p>Como hemos podido comprobar, aunque en un caso concreto para no hacer inacabable este artículo, los viajes del VI Conde de Fernán Núñez tuvieron siempre esta naturaleza: viajaba, veía, aprendía, conocía, interrogaba y, más tarde, ponía en práctica lo aprendido si su economía lo permitía. Los habitantes de su villa de Fernán Núñez tuvieron muchas oportunidades de comprobar cómo los viajes de su señor acababan en algún beneficio para ellos: educación, asistencia a pobres o mejora de la salubridad.</p>



<p><br><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, fondo Fernán Núñez (SNAHN, FN). Memorias del Excmo. Sr. Dn. Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI Conde de Fernán Núñez. Las publica acompañadas de un estudio biográfico el Duque de Fernán Núñez, Conde de Cervellón. Madrid, obra inédita, 1934, tomo II, p. 66.</p>



<p>2 Memorias, tomo II, p. 68.<br>3 Memorias, tomo II, pp. 70-71.<br>4 Sobre esta cuestión, véase VIGARA ZAFRA, José Antonio: “Las obras pías del VI conde de Fernán Núñez: Un ejemplo de distinción social a través de la caritas ilustrada a finales del siglo XVIII”, en De Arte, nº 14 (2015), p. 128. Este investigador ha localizado los planos de los edificios para las obras pías en los Archives Nationales, site de Paris, N/III/Espagne.<br>5 Memorias, tomo II, p. 72.<br>6 Memorias, tomo II, p. 74.<br>7 Memorias, tomo II, p. 77.<br>8 Véase Memorias, tomo II, p. 79.<br>9 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la capilla de Santa Escolástica. Córdoba, imprenta de Juan Rodríguez de la Torre, 1786, p. 3r.<br>10 Ídem, p. 4r.<br>11 Ídem, p. 5r.<br>12 Ibídem.<br>13 El dinero de la dote comprendía la adquisición de muebles, ropa, una yunta de vacas, un<br>arado y una cerda, entre otros elementos. Véase Memorias, tomo II, p. 83.<br>14 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la<br>capilla de Santa Escolástica, p. 6v.</p>



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		<title>La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/</link>
		
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		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 10:03:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época.</p>
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<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br><strong>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época. Mecenas de grandes artistas, anfitriona del salón más famoso de la ilustración madrileña, la Duquesa de Osuna fue protagonista indiscutible de un momento en el que España soñaba con ponerse al nivel de Europa. Viajó en contadas ocasiones y siempre forzada por las circunstancias (las mujeres españolas todavía no se habían incorporado a la moda del Gran Tour o los viajes románticos), pero dejó numerosas cartas y diarios en los que podemos seguir los pormenores de aquellos desplazamientos, no siempre felices.</strong></p>



<p><em>Celebrity, influencer, famosa</em>… así llamarían en nuestros tiempos a la IX Duquesa de Osuna, Maria Josefa de Pimentel, una mujer singular que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y que representó a las mujeres españolas más avanzadas del llamado Siglo de las Luces. Fue probablemente la dama más interesante y sofisticada del Madrid de su época, anfitriona de tertulias y veladas literarias o musicales en las que reunía a lo mejor de la sociedad madrileña. A ella se deben también algunos avances de su época en los cuidados de los niños, como la vacunación de la viruela o mejoras en la lactancia, a través de la Junta de Damas, de la que fue presidenta e impulsora.</p>



<p>La Duquesa de Osuna fue además una gran coleccionista de arte, mecenas de Goya y de otros artistas y creadora de la primera biblioteca pública en la ciudad: su propia colección de más de 60.000 libros. En su palacio del Capricho, a las afueras de Madrid, creó un pequeño paraíso para recreo de los nobles, un <em>divertiment </em>que se hacía eco de las ideas ilustradas y de los sueños reformistas de una sociedad que aspiraba a reflejar las costumbres nobiliarias y la vida social de otras cortes europeas más avanzadas.</p>



<p>La Duquesa solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a Menorca y a París, y la segunda, cuando el ejército de Napoleón invadió España y se fue a vivir a Cádiz. No escribió diarios de viaje, pero sí abundantes cartas a amigos, intelectuales de la época y administradores, en las que daba puntual noticia de cuanto acontecía o encontraba en el camino.</p>



<p><strong>LA DUQUESA DE OSUNA, ARQUETIPO DE LA MUJER ILUSTRADA</strong></p>



<p>La visita al parque de El Capricho, en el madrileño barrio de la Alameda de Osuna, es la mejor forma de acercarnos, doscientos años después, a una época y a este personaje extraordinario: la IX duquesa consorte de Osuna, también XII Duquesa de Benavente y poseedora de otros veintitantos títulos por derecho propio, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Este palacio y su correspondiente jardín fueron construidos entre 1789 y 1839 bajo las indicaciones de la propia duquesa en el noroeste de Madrid, como una finca de recreo para la familia, lugar de encuentro para aristócratas, intelectuales y artistas de la época. Allí se daban cita artistas como Goya, músicos como el compositor Boccherini, toreros, escritores, intelectuales o botánicos, y allí se debatieron las ideas más ilustradas y modernas de su tiempo. El abandono posterior del parque y sobre todo, del palacio, no hacen posible recrear plenamente lo que fue en su época, pero aún así, lo restaurado hasta el momento, en espera de que se culmine el proyecto de convertirlo en Museo de la Ilustración, nos permite hacernos una idea del espíritu de una mujer que, entre otras cosas, fue la primera en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o en introducir los biberones en España.</p>



<p>En el Palacio se debatían ideas, mientras en el jardín se disfrutaban las tendencias de la época entre la alta sociedad, como las pequeñas construcciones “caprichosas” o “folies” que, siguiendo las modas del momento, fue incorporando la propietaria: la ermita, la Casa de la Vieja, el embarcadero, la isla, el fortín, el templete o el abejero, este último levantado para ver, a través de una cristalera, cómo trabajaban las abejas. El jardín se concibió como un teatro: para que todas esas piezas se fueran entrelazando y los visitantes se sorprendieran con su descubrimiento. Desde la entrada —donde aparecía el nombre con el que la duquesa bautizó su propiedad: El Capricho—, la aristocracia caminaba como si estuviera saltando de un cuadro bucólico a otro. De <em>El columpio </em>de Jean-Honoré Fragonard al de Goya, este último, por cierto, comprado por la duquesa. La relación entre el pintor y la familia de Osuna fue muy estrecha: la duquesa le encargó para la decoración del palacio, además del famoso retrato familiar, <em>La gallina ciega</em>, <em>El conjuro </em>y <em>La merienda campestre</em>. Y más tarde, los famosos y controvertidos cuadros de brujas.</p>



<p><strong>EL VIAJE A MENORCA Y BARCELONA</strong></p>



<p>El matrimonio de los duques fue de conveniencia, como era habitual en la época, pero resultó una unión feliz y respetuosa. Como era su obligación de noble, tuvo múltiples embarazos y también sufrió la pérdida de muchos de sus hijos de pocos meses o años, pero esto no le impidió ser una mujer fuertemente comprometida y con una intensa vida social y cultural, y acompañar a su marido cuando le fue posible. Como en 1782, cuando se le encarga al Duque de Osuna la defensa de Menorca, en manos de los ingleses desde hacía setenta y cuatro años. Mientras que él está en la isla, la duquesa sigue sola desde Madrid los avatares de la guerra, concentrada en la complicada administración del patrimonio y de la casa y empeñada en ser madre. En estos difíciles años con partos y sobrepartos, el duque, que ve en la amargura que está cayendo su esposa, la anima a viajar y a reunirse con él en Menorca.</p>



<p>En julio de 1782 se pone en marcha con una etapa hasta Barcelona, donde se aloja en la fonda de un hostelero aprovechado: se queja por escrito a sus amistades de la codicia del hostelero que cobraba cuatro reales de vellón por una botella de <em>rosali de ratafía </em>y del gasto del brasero que se cobraba aparte de la habitación. En Barcelona embarca hacia Menorca en una fragata maltesa que tardaría seis interminables días, en lugar que las 24 horas que tardaba un jabeque correo en hacer la misma travesía. Le da miedo el posible mareo, pero en el último momento, está tan desesperada, que se pasa de la fragata a un barco más ligero para poder llegar a Menorca cuanto antes.</p>



<p>Menorca la decepciona: la isla está destrozada por la reciente guerra y no encuentra allí los lujos y comodidades a las que está acostumbrada. Además, la vida en el fuerte donde está su marido resulta incómoda y monótona. Solo le salvan de la monotonía de la situación en la isla los cuidados de su marido y el trato afable de sus compañeros.</p>



<p>Por fin, a finales del 1782, son trasladados a Barcelona. En una travesía llena de peligros, en invierno y con el mar agitado, María Josefa no deja de rezar a la Virgen del Pilar. En enero ya están instalados en una casa de la calle San Pedro. Su llegada a la ciudad condal fue ampliamente celebrada en los periódicos de la época, como lo describe la condesa de Yebes en su libro sobre la condesa de Benavente. María Josefa destaca socialmente en esta ciudad próspera y en la que ya se va creando una cierta burguesía al calor del puerto: acude al teatro, a las vigilias y novenas y a todas las recepciones a las que le invitan con frecuencia. Por fin, un nuevo embarazo cambia las cosas y su ánimo, pero su esposo, dados los antecedentes, decide evitar el calor del verano barcelonés y la deja instalada en la casa de campo de un funcionario amigo, donde podrá disfrutar de jornadas de campo, lectura y tranquilidad. Allí lee a su querido amigo Iriarte o los versos de Meléndez, tan de moda entonces, o la admirada <em>Ars Poética </em>de Horacio.</p>



<p>En Barcelona da a luz a su primogénita Josefa Manuela y poco más tarde madre e hija vuelven, solas, a Madrid, mientras Pedro se queda en Barcelona. En los años sucesivos tendrá más hijos y se dedicará a ser una excelente madre. Alejándose de lo habitual en otras aristócratas de la época, empleó modernas técnicas de higiene con los niños, se esforzó en darles una esmerada educación con los mejores profesores, sobre todo de Bellas Artes y en todos sus viajes se hacía acompañar por sus hijos, que siempre le profesaron admiración y cariño.</p>



<p><strong>RUMBO A PARÍS</strong></p>



<p>En 1798, Carlos IV (en realidad Godoy y Maria Luisa de Parma) envían (más bien destierran) a los Osuna como embajadores a Viena. Era un viaje complicado porque debían atravesar Francia con todos sus hijos y un importante séquito, un periplo entonces peligroso para el que era indispensable obtener un visado que estuvo a punto de no concederse porque corrieron rumores en París de que el futuro embajador había protegido a nobles franceses huidos de la Revolución. Aunque su destino final era Viena, los azares del destino convirtieron la pausa en la capital gala en una larga estancia de un año con regreso directo a España.</p>



<p>La duquesa relataría aquel viaje en cartas a su administrador y a sus amigos, con todo lujo de detalles de lo que ve y le llama la atención: un puente roto en el camino que debió sortear el carruaje, malas carreteras francesas con sus innumerables portazgos y las posadas que llegaban a costar hasta ochocientos reales diarios excluyendo los desayunos y la cebada para los animales. Aunque también habrá momentos agradables en el relato, como una tarde en la ópera de Burdeos. La descripción del viaje es una instantánea de cómo se viajaba en la época, en trayectos a veces intransitables que en ocasiones obligaban a salir de los carruajes y seguir un rato a pie. Y no solo en España. María Josefa, con su fuerte sentido patriótico, comenta “…<em>habiendo pasado caminos horribles que por fortuna no son de España</em>”.</p>



<p>Finalmente, el 5 de marzo, tras un penoso mes y siete días de viaje, llegaron extenuados a París, instalándose con todo boato en la residencia que los duques del Infantado tenían en París, una residencia que terminaría en manos de Talleyrand. París era en aquellos años un hervidero humano de toda clase de personajes singulares, de pícaros desencantados de la Revolución, de corruptos jacobinos y de españoles exiliados como Cabarrús y su hija. Este ilustrado de origen francés, había ocupado importantes cargos en la España de Carlos IV como consejero de Estado y Director de Banco Nacional de San Carlos, pero sus ideas marcadamente enciclopedistas le habían llevado a la cárcel y al destierro. Su hija Teresa era una joven muy inteligente que dominaba el francés, el italiano y el latín cuando llegó a París. Famosa por su belleza, se casó con el marqués de Fontenay en 1788 abriendo un importante salón donde recibió a los representantes de las nuevas ideas. La Cabarrús sería uno de los apoyos más importantes de la Duquesa en su estancia parisina. Instalados en París, los Osuna aprovecharon para visitar monumentos, encargar retratos y comprar libros. Cuenta María Josefa: <em>«…estuvimos en Versalles antes de ayer y solo puedo decir que necesita muchos días aquello, para enterarse de su magnificencia. Somos muy pequeños ahí, y esto respira grandeza»</em>. También comentaba emocionada las nuevas máquinas que descubre en sus paseos por la ciudad, como la estenotipia inventada por la imprenta Didot, que facilitaba enormemente la impresión permitiendo publicar libros a menos coste. Los gastos en París se multiplicaban para el matrimonio, que no escatimaba en nada. Se sucedían las cenas, los teatros, las clases de baile y música para los hijos… pero el sueldo de embajador no llegaba desde España. Pedro Alcántara, siempre más realista que su esposa, se lamentaba en sus cartas de su ritmo de vida. <em>«Mantenemos aquí tres coches, una mesa de diez y seis cubiertos, comida para una familia que se compone de cerca de treinta personas, ropa y vestidos de mi mujer, chicos, chicas y míos, asistencia de estos, alquiler de casa, teatros que son muy caros».</em></p>



<p>Para pagar todos los gastos, el duque tuvo que pedir créditos y vender joyas de la duquesa, pero, además, Viena le rechazaba una y otra vez como embajador por la coyuntura internacional. Tras muchos avatares, al Duque se le nombra inspector de los ejércitos del Rhin, un cargo mucho peor pagado, que considera un menosprecio a su categoría y que le obligaba además a separarse de su familia para defender un puesto militar de carácter irrelevante.</p>



<p>Los Osuna suplican entonces el permiso al Rey para regresar a España y vuelven lo antes posible, aunque se llevan de su estancia parisina numerosos amigos ilustrados, muchas lecturas y muchas influencias interesantes para la corte de Madrid. El conocimiento de la nueva sociedad que se estaba gestando en el Directorio y el Consulado en París, influirá en el resto de su vida. Llegan a Madrid en enero de 1800. Falta muy poco para que Napoleón invada España.</p>



<p><strong>MECENAS Y ANFITRIONES</strong></p>



<p>El duque de Osuna fue también un mecenas de la época, al margen de la obra de su esposa. Fue protector de muchos escritores, músicos y artistas. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 1775), de la cual llegó a ser presidente, y de la de Osuna (Sevilla). A través de estas instituciones canalizó gran parte de la ayuda económica que proporcionaba a la investigación y mejora de la economía (sobre todo agricultura y educación). Fue miembro honorario de la Real Academia Española desde 1787, y de número desde 1790, ocupando el sillón Letra T. En 1792 accedió como honorario también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El contacto de los duques con Francisco de Goya fue decisivo. Su primer encuentro fue para encargarle dos retratos individuales. Goya ya era conocido pero la protección de los Osuna, a partir de aquel momento, fue el espaldarazo definitivo para lanzar su carrera. Ellos le abrirían las puertas de muchos de sus amigos, e incluso de la Familia Real.</p>



<p>La implicación de los Duques en la cultura no se limitó a la pintura. Un ejemplo fue su biblioteca formada por muchos volúmenes heredados desde el siglo XV de todos sus antepasados y alimentada con muchísimas compras, sobre todo durante su estancia en París, hasta reunir la biblioteca más completa existente en la época en España. Incluía libros de todo tipo, entre ellos muchos prohibidos en España. Estaba en su palacio de la calle Leganitos, y decidieron abrirla al público. A la muerte de la duquesa en 1834 tenía más de 60.000 volúmenes.</p>



<p>Estamos en la época de los grandes salones y en Madrid, el más famoso fue sin duda el de la Duquesa de Osuna, que para la historiadora Carmen Iglesias representa la gran figura femenina del siglo, al reunir <em>«nobleza, cultura, inteligencia, conocimiento de idiomas, encanto, fidelidad a sus amigos y curiosidad científica que conservó hasta sus últimos días y que dio lugar a que en 1834, a los 83 años y en vísperas de su muerte recibiese de París un telescopio que había pedido a sus proveedores»</em>. Sus actos no tienen ya tanto que ver con las obras de caridad como de propuestas liberales o ilustradas que la colocan en parámetros modernos y cercanos a la contemporaneidad. A su salón, que lograría sobrevivir incluso a los avatares de la guerra, acudían: Moratín, Don Ramón de la Cruz, Humboldt, Agustín Betancourt, Martínez de la Rosa, Washington Irving, el general Castaños, Mariano Urquijo, diplomáticos extranjeros, artistas, músicos, cómicos o bailarinas.</p>



<p><strong>LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y EL VIAJE A CÁDIZ</strong></p>



<p>En 1809, Maria Josefa Pimentel, ya viuda, haría el segundo gran viaje de su vida: el que le llevó a Sevilla y más tarde a Cádiz, donde seguiría mediante cartas con sus amigos el curso de la guerra con los franceses, una contienda que marcó trágicamente su vida y la de su familia. Claramente en contra de los afrancesados y partidaria de Fernando VII, había soportado la primera fase de la invasión en Madrid, pero cuando los franceses rompieron el frente español en Somosierra, decidió huir hacia el sur. En discretos carruajes, con escaso equipaje y reducida la servidumbre, puso rumbo con valentía a un destino más seguro, con sus tres hijas y nueve nietos. En una fría noche de diciembre, salió ocultándose en la oscuridad, salvando así a su familia. Dejó el pasado, sus palacios de El Capricho y de la Cuesta de la Vega, en el centro de Madrid, su fabulosa pinacoteca, su biblioteca y todos sus objetos de valor de aquellos palacios en los que habían <em>Los duques de Osuna y sus hijos. Goya. 1788. Museo del Prado. </em>sido tan felices. Lo único importante ahora era salvar sus vidas.</p>



<p>Cuenta en sus cartas como, una vez atravesadas las berlinas el temible desfiladero de Despeñaperros, se encontraron en medio de ese territorio con la constante amenaza de bandoleros en la zona, aunque sabía que muchos de ellos, como José María Hinojosa, El Tempranillo, colaboraban con la misma causa patriota en la que ella misma militaba. Decidió entonces esconderse en su enorme finca agrícola de Santa María del Bosque, pero supo que había sido ocupada por un violento guerrillero llamado Andrés Ortiz, que afirmaba por entonces <em>«…que no había duques ni ricos, y que la tierra era de todos y debía ser repartida…»</em>: No parecía el lugar apropiado para la familia y dirigieron los coches rumbo a Sevilla.</p>



<p>En la capital andaluza se había refugiado ya gran parte de la aristocracia madrileña y muchos funcionarios que no estaban dispuestos a colaborar con el invasor. Los Osuna se alojaron exhaustos por el viaje en casa de su parienta la marquesa de Armunia, Doña María Teresa de Silva Fernández de Híjar y Palafox. Unos días más tarde se encontraría con Lord y Lady Holland, viajeros británicos, que continuaban inexplicablemente su viaje por España a pesar de la guerra. Lord Holland, amigo de Jovellanos, seguía en los periódicos locales las vicisitudes de la guerra, mientras su esposa anotaba en su diario sus aventuras por la peligrosa España. Todavía estarían un año más viajando por el país.</p>



<p>La Duquesa estaría un año en Sevilla, viviendo ricamente gracias a los depósitos que el duque había dejado en la banca británica y que le llegaban puntualmente a pesar de la guerra. Vivió en primera persona el auge del liberalismo del que Sevilla fue cuna durante los primeros meses de 1809, como lo será después Cádiz. Pablo de Olavide había fundado en 1777 la Real Sociedad Patriótica, que tuvo su origen en la tertulia organizada por este ministro en el Alcázar, donde recibía a Jovellanos, al marino Antonio de Ulloa o al jurista Juan Pablo Forner. La presencia de la Junta Suprema Central favoreció el impulso ilustrado a una ciudad que a finales de 1809 comenzó a sentir la amenaza sufrida por otras ciudades españolas: el asedio francés. En febrero de 1810, los franceses ocuparon la ciudad y comenzó entonces la rapiña artística en Andalucía de mariscal Soult: muchas de estas obras están todavía hoy en los museos franceses.</p>



<p>Maria Josefa decidió entonces trasladarse a Cádiz, donde llegaban cada vez más refugiados y solo encontró alojamiento de alquiler en un destartalado piso de la calle Misericordia. Acostumbrada a vivir en grandes palacios, se sintió agobiada, pero pese a todo, sus años en Cádiz fueron muy felices y especialmente interesantes. Con el telón de fondo de la guerra, la vida seguía, tanto la personal (bodas, nacimientos…) como la intelectual y política. En la ciudad andaluza, el único bastión libre de franceses, vivió desde su piso alquilado como se fraguaba la Constitución de Cádiz, la Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, otra buena amante de todas las artes como la propia Duquesa.</p>



<p>De Madrid llegaban malas noticias: los soldados franceses habían destruido y saqueado sus tierras en Arcos, y sus palacios de Madrid y el Capricho se habían convertido primero en cuartel y luego en lugar de fiestas y francachelas de José I. El destrozo de su patrimonio no quedó únicamente en El Capricho. Para conseguir dinero, tuvo que vender muchos de los objetos que había conservado, entre ellos obras de Goya, pero no estaba dispuesta a renunciar a su alto tren de vida, incluso en el “exilio”.</p>



<p>Durante la Guerra, la duquesa contó con una eficaz red de comunicación con sus amigos, que le permitía estar al día, controlar desde la distancia sus tierras y su fortuna y estar al día de lo que pasaba en el resto del país. Pasada la guerra, Josefa volvió a relacionarse con muchos de sus antiguos amigos, pero nunca pudo perdonar a los “afrancesados” y a los que habían colaborado con la monarquía de José I. No hubo piedad para ellos y la elegante dama ilustrada se transformó en una defensora de Fernando VII y del absolutismo. Pasó el resto de su vida intentando recuperar el esplendor de todo lo que había perdido.</p>



<p>En 1914, emprendió la restauración de El Capricho, que volvió a ser un referente, con nuevas estatuas, monumentos y edificios, y volvió a llenarse de amigos. En casa de la duquesa se volvió a reunir la sociedad más escogida de principios de siglo en Madrid: diplomáticos extranjeros, escritores y artistas, y aquí se escuchaban los extraordinarios conciertos que ella continuaba organizando. Pero los tiempos eran otros y los problemas económicos acuciaban cada vez más. Pese a todo, la Duquesa y ahora también sus hijos y nietos, siguieron siendo una referencia imprescindible en la alta sociedad de la época. María Josefa murió en 1834, a los 83 años, cerrando así una época trascendental para España.</p>



<p><br><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>



<p>La IX Duquesa de Osuna, una ilustrada en la Corte de Carlos III. Fernández-Quintanilla, Paloma. Ed. Doce Calles. 2023</p>



<p>Capricho. De Arteaga, Almudena. Ed. Planeta 2012</p>



<p>La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas. Espasa-Calpe, 1955</p>



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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lugares-que-ya-no-existen/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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<p><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p>Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p>Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p>Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p>Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p>Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p>Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p>El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p>La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p>Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p>Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p>No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p>Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p>Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p>En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p>Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p>Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p>En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p>En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p>Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p>En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p>Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



<p></p>



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		<title>La llamada de la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-llamada-de-la-selva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 15:10:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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<p><strong>Texto: Eduardo Martínez de Pisón</strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Un pariente mío, algo lejano, fue explorador de joven en el Congo. Volvió a Europa ya adulto y permaneció en ella bastantes años. Cuando entraba en la vejez, un día desapareció con gran alarma de la familia, cogió un barco y volvió a sumergirse en los grandes bosques africanos. No había podido resistir la llamada de la selva. Esa llamada le había perseguido sin cesar desde su regreso a su lugar de origen y, al final, decidió que no cabía sino entregarse a su destino.</p>



<p>Cuando yo tenía once o doce años publiqué mi primer artículo en la revista impresa del colegio. Era un ejercicio de redacción, que estaba plagado de adjetivos. Sin embargo, algún profesor había apreciado en él que su autor ya tenía tendencia a escribir sobre asuntos geográficos. Era justamente la descripción de una selva: sus árboles enormes, sus cascadas igualmente enormes y sus fieras, como es lógico, feroces. Sé que lo tengo guardado en alguna carpeta, pues fue muy celebrado por mi familia, pero ahora está extraviado entre los miles de papeles que he ido acumulando leyendo y escribiendo cosas de geografía.</p>



<p>De modo que empecé como geógrafo escritor hablando de selvas. Y ahora, al cabo del tiempo, alrededor de tres cuartos de siglo después, me llaman amablemente desde la Sociedad Geográfica Española para que escriba con brevedad, sólo unas líneas, para abrir el número actual de su Boletín, que trata sobre las selvas. He vuelto a mis orígenes. La eterna llamada de la selva me visita de nuevo.</p>



<p>Por aquel entonces adoraba el libro de Kipling (y sigo haciéndolo), que algunos llamaron en su traducción <em>El libro de la selva (The Jungle Book)</em>, aunque otros inicialmente prefirieron titularlo como el de “las tierras &nbsp;vírgenes” para dilatar el ámbito de sus contenidos, lo que no tiene que ser sinónimo, pero que me creó una fusión o confusión que aún dura y a la que no renuncio pues me remite a una primera imagen de esos mundos y aún me llena la imaginación de sugerencias maravillosas. Su primer traductor al español puso una advertencia al inicio del libro sobre los importantes personajes que recorren sus páginas: “osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás”. E indicaba que tal obra es grande como la selva porque añade su aroma de lo lejano a la voluntad educativa de su estupendo escritor, que, además de dar gracias a un elefante por inspirador de uno de sus cuentos, dejó dicho que la ley de la selva es la más antigua del mundo. Estas son mis selvas desde la infancia. A estas alturas, no sé si la poderosa llamada a que me estoy refiriendo procede del bosque, de la jungla, o de mis lecturas, entre las que añado, en aquellos años y ahora, por ejemplo, los fabulosos paisajes boscosos de Salgari o de Verne.</p>



<p>Pero la expresión la “llamada de la selva” remite a más literatura, a la obra maestra <em>The Call of the Wild</em>, de Jack London, ahora traducido como “lo salvaje”, pero que en su primera edición en castellano consta como “la selva”, aunque su argumento, como todos deben saber, se asienta en el Yukón. No son, pues, estos lugares los que se suelen entender como selvas, pese a que las grandes extensiones boscosas boreales sobre los amplios espacios continentales que las acogen sí merecen una atención especial por parte de los geógrafos. También en el Pirineo de Huesca se llama “selva” al bosque de montaña, abetales y hayedos, por la cercanía al latín que tienen las palabras aragonesas, lo que amplía, a mi gusto con riqueza conceptual, la diversidad del término.</p>



<p>La llamada, por tanto, tiene mucho que ver con la fantasía, algo con la experiencia y, naturalmente -porque los árboles hablan a los geógrafos y a los botánicos-, con la ciencia. Repaso mis orígenes selváticos y aconsejo su retorno: por un lado, no dejes de leer, si aún no lo has hecho, el precioso libro de Dino Buzzati <em>Il segreto del Bosco Vecchio</em>, donde cuenta las maravillas de lo que transcurre en las arboledas perdidas con sus aromas, cantos, ruidos y silencios en un relato imprescindible para un geógrafo que quiera penetrar en los misterios de los montes. Y, sin salir de casa, también te sugiero -tal vez para releer- la fábula galaica de la brumosa fraga de Cecebre, del <em>Bosque animado </em>de Fernández Flórez, que enseña literariamente los entretejidos secretos naturales, humanos, simbólicos y hasta fantasmales de todo bosque. Esto en cuanto a la fantasía, aunque hay mucho más.</p>



<p>Respecto a la experiencia, aconsejo pasear directamente -como tantas veces hice antaño- por el interior de la laurisilva canaria entre la niebla, que también es selva en su mismo nombre, distinguiendo sus confusas especies y dejando, con temple apacible, que los árboles hablen entre sí y, acaso, si eres muy silencioso y atento, con el viajero.</p>



<p>Y, en lo propio de la ciencia, debo recordar además aquí lo que significaron para nuestros conocimientos en los años sesenta del siglo pasado, cuando la geografía nos abría sus puertas, las obras del biogeógrafo Heinrich Walter, divulgadas extensamente en su síntesis <em>Vegetationszonen und klima</em>. Allí describía las pluvisilvas tropicales, que son lo que comúnmente se suele entender como selvas por antonomasia, con sus temperaturas constantes, sus precipitaciones y sus diferencias, desde el paisaje siempre verde pluriespecífico, con lianas, epífitos y árboles estranguladores, a los bosques de niebla montañosos y a las variaciones por los ritmos de las lluvias estacionales que enlazan ya con las sabanas, pantanos y manglares. Unos pasos más allá, se abre el horizonte y ya aparece el desierto. Pero, entre mis evocaciones de las selvas, hay un punto especial que procede de la historia de su exploración, del viaje al interior del bosque, donde éste impone su sistema, se oyen chillidos difusos por las copas, domina la sombra, se limita el espacio visible, sólo los ríos son caminos y te atormentan sus mosquitos. Los viajeros de Verne en globo cruzaron la selva africana a salvo de insectos, fieras, caníbales, pérdidas y fiebres. Pero los que lo hicieron a pie, en busca de lo desconocido o lo olvidado en el impenetrable laberinto de los árboles, tienen más mérito. La selva es tan poderosa que absorbe materialmente al explorador. Se ha dicho que el buen viajero es aquel que viaja lentamente: en la selva pura no hay otro modo de hacerlo.</p>



<p>Toda África, con sus selvas misteriosas y sus demás grandes paisajes, ha sido la penúltima exploración (la última son los hielos de los polos y de las altas montañas). Cuando, en 1775 y en 1805, Mungo Park exploró ese continente, todo fueron calamidades. Y aún en 1872 se daba por desaparecido a Livingstone en la profundidad del interior africano, hasta que el audaz Stanley se descubrió la cabeza frente a él y le saludó con su célebre “supongo”. África -ríos, desiertos y selvas- fue también, en palabras de Reverte, el sueño y el mito de la exploración moderna.</p>



<p>Por último, es una pena ser breve, no olvidemos expresar nuestro cariño a los árboles, a las selvas, claro está, y también, por ejemplo, a las arboledas de Madrid. Cuando se pasa del aprovechamiento a la explotación y, con ella, peligra el milagro de la vida y la persistencia de los grandes paisajes, sólo hay un camino en la cultura: fomentar la conservación. Incluso en tu calle. En eso estamos.</p>



<p class="has-text-align-center"></p>



<p></p>
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		<title>Brazza y otros viajeros en el Corazón de las Tinieblas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/brazza-congo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 12:18:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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<p><strong>Texto: Mercedes Barreno<br></strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo<br><br><strong>Peter Forbath, corresponsal durante muchos años en África para la revista ‘Time’, escribió uno de los libros más completos hasta la fecha sobre la historia del río Congo, y lo subtituló de forma contundente: “el río más dramático de la tierra”. Solo hay que asomarse a sus páginas o a la historia de su exploracion desde tiempos de los descubrimientos portugueses, para estar de acuerdo con Forbath. El río atraviesa una de las zonas geográficas más convulsas de la tierra y que más fascinación ha ejercido sobre la imaginación de Occidente. En los últimos cinco siglos, estas selvas del corazón africano han servido de escenario, casi cinematográfico, para el encuentro de dos mundos antagónicos. Una historia protagonizada por personajes como Diego Cao o Bartolomé Dias, Stanley, Livingstone, Roger Casement, Mobuto, Joseph Conrad o la terrible figura del rey Leopoldo.</strong></p>



<h5 class="wp-block-heading"><strong>LOS PRIMEROS EXPLORADORES</strong></h5>



<p>En la era de los descubrimientos, el rey de Portugal Juan II continuó la política que los monarcas portugueses anteriores habían iniciado para recorrer la costa africana. En 1482 encargó a Diego Cao sobrepasar el ecuador, objetivo que cumplió convirtiéndose en el primer europeo en descubrir el estuario del rio Congo. Cao dejó escrito en piedra su hallazgo (<em>padräo</em>)como testimonio de la soberanía de Portugal y allí perduran aún los restos de esta inscripción. Remontó el rio y las cataratas y contactó con los indígenas del reino del Congo -Bakongo- con intención de lograr el vasallaje de su rey. Siguió camino hacia el sur hasta cabo de Santa María por la costa, llegó a la actual Angola y volvió a Lisboa a principios de 1484 con nativos del Congo como testigos de su exploración.</p>



<p>En un segundo viaje, de 1484 a 1486, Cao llegó de nuevo hasta el Congo, con intención de descubrir el reino cristiano del Preste Juan, y cerca de Matadi dejó otro monolito con su descubrimiento anotado. En 1486 solo volvió a Lisboa su acompañante, Bartolomeu Díaz. Tal vez Cao quedara en Nigeria o muriera en el cabo de Cross; lo que pasó realmente aún se debate. Díaz continuó los viajes hacia el sur, alcanzando el cabo de Buena Esperanza y el océano Índico en 1487. Los lugares de la costa oeste descubiertos por Cao y por Diaz se mantuvieron como puntos de anclaje para el comercio portugués y europeo y suministro de esclavos hacia Europa y América hasta finales del siglo XVIII.</p>



<p>En la historia de la exploración del Congo en el siglo XIX encontramos situaciones clave que marcarán su descubrimiento, y un conjunto de motivaciones propias de una época en que los desafíos geográficos, el interés comercial y unas ambiciones imperiales sin límite producirán terribles consecuencias. Una vez descubierta África Central por los exploradores, misioneros y mercaderes, los gobiernos europeos entraron con espíritu de anexión, y los especuladores de explotación, con una rapidez sorprendente.</p>



<p>El imperio colonial creado por Inglaterra fue el referente europeo para la expansión por otros continentes. A este país pionero en la revolución industrial, su imperio le produjo grandes oportunidades comerciales y de enriquecimiento gracias al acceso a las materias primas que necesitaba. Su forma de combinar la expansión comercial, el establecimiento de colonos estables y la diplomacia, construyeron el gran imperio del siglo XVIII. El plan diseñado en Londres, desde la ocupación de Egipto como protectorado compartido con Francia, significó una paulatina inmersión en el continente africano que incluyó desde el noreste egipcio, en una diagonal imaginaria que atravesaba el continente, hasta el suroeste: desde El Cairo a Ciudad del Cabo. La realidad es que llegó ocupar Sudán, Kenia, Somalia, Nigeria, Uganda, Bechuanalandia, Sierra Leona, Costa de Oro, Gambia, Rhodesia y Sudáfrica, al tiempo que consolidaba su dominio en la India y se anexionaba el Punjab en 1863.</p>



<p>Francia no se quedó atrás en el intento imperial, e incorporó lo que hoy son Gabón, República Centroafricana y República del Congo, esta última producto de los tratados de la década de 1880. A partir de la década de 1830 fue ocupando Argelia, Túnez, Marruecos, África Occidental (Mauritania, Senegal, Camerún, Malí, Guinea, Costa de Marfil, Niger, Burkina Faso – antes Alto Volta- y Benin).<br><br><strong>LAS SELVAS DEL CONGO&nbsp;&nbsp; </strong><strong><br></strong></p>



<p>Los bosques tropicales que forman las selvas del Congo, en el centro de África, se extienden a lo largo del rio y sus afluentes y forman una cuenca de 3.700.000 km2. El Congo tiene caudal medio de 41 800 m³/s y una longitud de 47.000 km2. Tiene una superficie solo superada por la selva amazónica y forma uno de los ecosistemas más diversos y complejos del mundo, con una variedad de especies de plantas y animales que solo se encuentra en su cuenca. Por su situación entre los trópicos y atravesar dos veces el ecuador tiene un régimen de lluvias que lo mantiene con un caudal constante. Todo un sistema acuático que es fuente de vida, de maderas y alimento para sus pobladores -pigmeos entre otros indígenas-, además de vía imprescindible de transporte y comunicación en un enorme territorio del África Central. El Congo es, en definitiva, un ecosistema de agua dulce que discurre a lo largo de una topografía compleja con cascadas y desniveles que siempre representaron un desafío para sus exploradores, y que, hasta el presente, han dificultado la creación de mejores infraestructuras.</p>



<p>Las selvas del Congo tienen un papel importantísimo en la regulación del clima global: la enorme masa forestal, al absorber grandes cantidades de CO2, contribuye a retardar el cambio climático. Las turberas formadas en el suelo húmedo, están en peligro si se continúa con la explotación forestal, en gran parte sin control. Actualmente, más de cinco millones de hectáreas son concesiones ilegales, y a pesar de que las principales organizaciones europeas han solicitado a los gobiernos y a la comunidad internacional su regulación y protección, el riesgo de desaparición de grandes extensiones de selva es un hecho.</p>



<p>Una inmensa región de África Central integrada en los países de Gabón, República Democrática del Congo, Camerún, República del Congo, República Centroafricana y Guinea Ecuatorial; además de parte de los países circundantes.</p>



<p><strong>UNA HISTORIA DE EXPLORACIÓN Y TRAGEDIAS</strong></p>



<p>El papel que desempeñaron los exploradores fue determinante para la ocupación de las selvas del Congo por los europeos. Pionero en la búsqueda de las fuentes del Nilo fue el médico y teólogo escocés David Livingston (1813-1873). Su primer viaje en 1840 tenía como objetivo trabajar para la Sociedad de Misioneros de Londres en Bechuanalandia, protectorado inglés en litigio y reconocido desde 1885, hoy Botsuana, un territorio en discusión entre lnglaterra y los Boers que pronto llevaría al médico escocés a buscar otros caminos con pueblos más propicios.</p>



<p>En 1845 se casó con la misionera y exploradora Mary Moffat, y en 1951 llegó hasta el rio Zambeze y las cataratas Mosioatunya, a las que dió el nombre de la reina Victoria. Tras una desgraciada expedición en la que perdió a su hermano Charles, a su esposa y a varios de sus hombres por malaria, en 1862 regresó a Londres. Consigue financiación gracias a la <em>Royal Geographical Society</em>, y vuelve a África para seguir explorando. En 1871 llegó al río Lualaba, que pensó que era la cabecera del Nilo.</p>



<p>Tras seis años sin tener noticias de Livingston, el editor del New York Herald, en 1869, encargó su búsqueda a Henry Morton Stanley (1841-1904), convertido en cronista desde su participación en la guerra civil americana. Tras meses de búsqueda encontró a su admirado explorador, enfermo, en la población de Ujiji en 1871. Los dos compartieron exploración por el lago Tanganica aunque Stanley regresó a Londres sin Livingston, quien en su última estancia en África fundó una Misión Universitaria con fines educativos y sanitarios, que sería lugar de trabajo y encuentro de misioneros médicos para África Central. La malaria y otras complicaciones provocaron su muerte en Zambia en 1873.</p>



<p>H.M. Stanley, en busca de financiación, informó en Paris sobre lo descubierto en África, y en 1874 el Daily Telegraph y el New York Herald invirtieron en su empresa haciéndole el encargo de llegar hasta la desembocadura del Congo. Atravesó el continente desde Zanzíbar, en el Índico, y se dirigió al oeste por los lagos Victoria y Tanganica para comprobar si el Nilo era continuación del rio Lualaba o cabecera del Congo. Un viaje largo en el que partieron 356 expedicionarios, de los cuales al llegar al Atlántico quedaban 114 y solo Stanley de origen europeo. La exploración del interior de África no solo despertó interés entre los ciudadanos británicos o americanos. Una prueba del interés de los parisinos por la aventura africana son las crónicas que <em>Le tour du monde, Nouveau Journal des Voyages</em>, publica entre 1860 y 1914 en Paris, y que que recogen las novedades y aventuras de los viajeros y viajeras por ese mundo de misterio que tanta fascinación despertaba.</p>



<p>Su contemporáneo Julio Verne (1828-1905), gran lector interesado por los viajes, la aventura, la ciencia y el futuro, se interesó por las exploraciones del doctor Livingston. Con su gran imaginación construyó peripecias y peligros y publicó en 1863 <em>Viajes extraordinarios: Cinco semanas en globo, con el título completo de Cinq semaines en Ballon. Voyages de decouvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du doctor Fergusson</em>. A partir de entonces la relación entre la ciencia ficción y la realidad, no ha dejado de crecer.</p>



<p><strong>PIERRE DE BRAZZA: UN IDEALISTA POR EL RIO OGOOUÉ</strong></p>



<p>La fiebre exploradora que recorría Europa por descubrir el interior de África, unido al anhelo de aventura, traspasó todas las fronteras. Uno de sus protagonistas fue Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza (1852-1905), nacido en Roma y décimo hijo de familia noble, de padre italiano, viajero y artista. Le movía el afán de aventura y las ideas que la revolución francesa y sus herederos (Saint Simon) difundieron por Europa. Brazza soñaba con mostrar al mundo su civilización, la libertad y la fraternidad de la que hacían gala sus contemporáneos. Quería ser marino, y en 1868, y tras superar bastantes dificultades, fue admitido en la Escuela Naval francesa de Brest.</p>



<p>El primer viaje de Savorgnan de Brazza a África ecuatorial, como capitán, comenzó el dos de noviembre de 1875 en Gabón, colonia francesa desde 1842, principal base naval en la costa occidental africana y punto estratégico de partida de las expediciones al continente. Era un protectorado que Francia se adjudicó tras firmar los tratados con las tribus locales dos años antes. Brazza permaneció en el continente hasta 1878.</p>



<p>En este primer viaje, Brazza partió de Libreville en el vapor Marabout con cuatro intérpretes senegaleses, el médico Noel Ballay, el contramaestre Hanon y el naturalista Alfred Marche. Pocos días después llegaba a Lambaréné, el punto más lejano conocido. Por la rivera negoció la ayuda de los indígenas y después de tres meses llegó a Lopé, uno de los centros más importantes para el comercio de esclavos. De allí parte hacia Poubara, país de los Aumbos en el curso del Ogooué, contacta con tribus -bateke- que comercian a lo largo del rio Alima (180 km), afluente del Congo y descubre los múltiples afluentes que se dirigen al interior.</p>



<p>Completó la exploración del Ogooué (1200 km), pero incluso así se sentía profundamente decepcionado por no haber encontrado en este río un acceso directo al África central. En un espacio de 80 km entre el Alima y el Oggoué atravesó las colinas arenosas habitadas por los guerreros Apfourous y en la confluencia del Ogooué con Mpassa fundó Franceville con esclavos liberados.</p>



<p>En 1876 Leopoldo II de Bélgica había organizado la Conferencia de Bruselas y creado la Asociación Internacional Africana para “civilizar a los nativos”. Fue el primer paso para convertirse en propietario de lo que su comisario Stanley lograría en el reparto del África Central. Joseph Conrad, con causticidad, la llamaría “la sociedad internacional para la represión de las costumbres salvajes”. Brazza ignoraba que Stanley estaba en el centro de África, y no calculaba el alcance real de sus descubrimientos. A la vuelta escribiría que “si los exploradores del Ogooué hubieran sabido que el Alima les conduciría en cinco días más de camino al Congo, no hubieran dudado en hacer el esfuerzo para volver a la costa por el Congo”.</p>



<p>En los tres años de su primer viaje, las dotes negociadoras de Brazza permitieron revertir el monopolio comercial que existía a lo largo del rio Ogooué además de descubrir sus afluentes próximos. Su conciliador trato con los indígenas sirvió para allanar el camino a los exploradores europeos mediante la firma de tratados. La campaña que hizo con el naturalista M.A. Marche se interrumpió en las orillas del Lékelé ya que hubo de regresar a Europa por problemas de salud. El 27 de diciembre de 1879 comenzó su segundo viaje, con más medios y con el objetivo más claro de ampliar los territorios con bandera francesa y adelantarse a otros exploradores. Es conocida la importancia de la firma del tratado con el rey de los Batékés, Makoko, en la zona del lago Malebo (entonces Stanley Pool): con esta firma se le entregaron a Francia las tierras en las que Congo comienza a ser navegable, es decir un camino practicable entre Stanley Pool y el mar.</p>



<p>Brazza volvió a Francia en 1882, logró el reconocimiento de las autoridades por sus descubrimientos y convenció al gobierno de lo positivo que resultaría para Francia la anexión del Congo. Es admirable su coraje y determinación, la diplomacia de su política y el desinterés personal que demostró sacrificando su fortuna personal para remediar las insuficientes subvenciones que dispuso para su viaje. En sus charlas, escritos y cartas describe regiones misteriosas, evoca imágenes deslumbrantes y da noticias de las riquezas de la selva para la explotación de caucho. Pero también describe los difíciles momentos difíciles pasados frente a los indígenas por llevar sus barcos la insignia de Francia. Las reacciones y resistencias de los nativos al paso de los “visitantes” eran tan imprevisibles como arriesgadas.</p>



<p>Cuando Brazza planteó ante las autoridades de Paris la ratificación de los tratados que había suscrito con los indígenas, la burocracia no se lo puso fácil, obligándole a desarrollar una larga y reñida campaña para que le convalidasen lo firmado con el rey Makoko. Finalmente, las Cámaras se lo aprobaron, y se hizo público uno de los episodios más interesantes de la historia de la exploración.</p>



<p>El 28 de diciembre de 1882 la Cámara de los diputados, por 441 votos contra 3, aprobó un proyecto de ley permitiendo la apertura de un crédito de 1.275.000 francos destinados a compensar los gastos “de la misión de M. Savorgnan de Brazza en el oeste africano”. Tres días después, la vanguardia de una nueva expedición, dirigida por Rigail de Lastours, emprendía camino a Gabón.</p>



<p><strong>LOS CONFLICTOS CON STANLEY</strong></p>



<p>Brazza regresó a África a finales del mes de enero de 1883, con un equipo reconocido de cuatrocientos hombres para ratificar tratados con los jefes indígenas y organizar nuevos asentamientos. El conflicto de intereses entre los delegados de Leopoldo II de Bélgica, la Asociación Internacional del Congo, y los franceses era ya abierto. Es la época en la que coincidió con Stanley, y el americano se sintió humillado por el éxito del que consideró rival; y una de las razones por las que regresa a Paris para desacreditarle.</p>



<p>Ambos, Stanley y Brazza son dos nombres que serán relacionados porque ambos harán posible la penetración en el corazón de África pero con muy distintos objetivos. Lo que pesa en la conciencia de Stanley no son los treinta combates que libró en el Congo, sino su falta de escrúpulos en su explotación, las excusas que puso para hacerlo y los recuerdos sangrientos que dejó a sus sucesores en nombre de la civilización.</p>



<p>Entre los numerosos discursos que Savorgnan de Brazza pronunció en su última etapa en Francia, uno de los más expresivos y que muestran su ideario, fue el que sostuvo ante el presidente de la <em>Societé Historique (Bulletin de la Societé, </em>nº 1,13), de la que era miembro de honor. Transcribo algunos de sus discursos donde se muestra su actitud y espíritu con el que se enfrentó a la selva.</p>



<p><em>“Usted viene de abrir un capítulo nuevo en nuestra historia colonial…”, a lo que Brazza responde: “¿Un capítulo nuevo?, la verdad es que yo no he escrito más que una línea, la primera y la más modesta” …. La bandera de Francia está en África como un símbolo de la amplitud y generosidad de ideas que Francia ha mantenido, y que más que otra nación ha contribuido a propagar…Hoy, la </em><em>Navegación en la selva del Congo. </em><em>llegada de nuestros compatriotas a Africa, tendrá el efecto de detener el origen </em><em>del comercio de carne humana: la trata de esclavos. Francia ha defendido sus intereses nacionales, pero yo nunca abandoné los intereses de la civilización” “Hace cincuenta años que la bandera francesa ondea en Gabón, y representa la idea de libertad. Un puerto utilizado como escala de nuestros barcos y encargado de impedir la trata de negros establecida esta costa de África…. Y la noticia de que había en la costa una tierra que volvería libre a los que la habitaran se extendió rápido… así que cuando entre en el interior de esos países nuestros colores se conocían. Se sabía que eran los de la libertad.</em></p>



<p><em>Los primeros habitantes de Franceville han sido esclavos liberados. La cuestión de la esclavitud es un tema complejo. Uno se encuentra a menudo con dificultades casi insuperables&#8230; Mantener el honor de la bandera que arranca su presa a los negreros no es cosa fácil cuando no se quiere emplear la violencia. En 1875, en mi primer viaje, no arbolé la bandera francesa más allá de los artilleros franceses…”</em></p>



<p>Brazza cuenta en su diario: <em>“Al principio tuve que comprar a los hombres muy caros, 300 o 400 francos, y cuando ya me pertenecían, aún con los aros en el pie y cuello les preguntaba “¿De qué país eres? Soy del interior, respondían. ¿Qué prefieres, quedarte conmigo o regresar a tu país? Les hacía tocar la bandera francesa y les decía: sois libres. Luego, encontré a estos hombres en el interior, y fueron los que me facilitaron el camino. Fueron ellos los que me permitieron llegar hasta el interior. Sabían que… todo esclavo que tocaba la bandera francesa era libre”.</em></p>



<p><em>“África hace la guerra a quien siembra la guerra. Pero como todos los demás países, hace la paz a quien siembra la paz. Mi reputación me precedía, y sin mi conocimiento me dieron el nombre de Padre de los Esclavos… Pero ¿qué he hecho yo? Poca cosa. Solo lo que he podido. Este es un primer ensayo con un primer resultado…”</em></p>



<p>Pero el espíritu de paz que Brazza había establecido entre los pueblos rivales ¿cómo podría durar? Brazza sufrió ver al Congo que había explorado, apropiado por Francia y explotado por hombres sin escrúpulos. Murió el 29 de agosto de 1905. Lo que vendría después fue el mayor enriquecimiento para Europa y la devastadora tragedia para la población y sus selvas. Brazzaville es la capital de la República del Congo desde su independencia en 1960, y lo fue de la antigua África Ecuatorial Francesa; en la orilla del rio, frente al Congo-Kinsasa y a 500 km por ferrocarril de Pointe-Noire, en el océano Atlántico.</p>



<p><strong>CAMINO A LA CONFERENCIA DE BERLÍN</strong></p>



<p>La apropiación de territorios en la desembocadura del Congo por Leopoldo II de Bélgica chocaba con los intereses franceses por el Congo occidental y con los portugueses y sus aliados ingleses, que ya estaban establecidos en la zona. Inglaterra y Alemania mantenían litigios por Camerún. Una situación que había que arreglar o al menos regular para aclarar competencias y evitar choques. La iniciativa del canciller alemán Otto von Bismark, artífice de la unión de Alemania en 1871, para poner orden acabó en la Conferencia de Berlín en 1884-1885 que restablecería la libre circulación y mercado por el Níger y el Congo, y significó en realidad el reparto del continente entre las potencias colonialistas europeas. El Estado Libre del Congo se traspasó al monarca belga, que entre 1885 y 1908 practicó el terror, los asesinatos en masa y la explotación indiscriminada de caucho y marfil en las selvas congoleñas provocando las mayores e inimaginables tragedias entre la población. A pesar de que importantes escritores y personajes denunciaron en su tiempo las barbaridades que se estaban haciendo en las selvas del Congo, la opinión internacional tardó en reaccionar y más aún en actuar. Joseph Conrad, en <em>The heart of darkness </em>(El corazón de las tinieblas) es el más conocido, pero no hay que olvidar la carta abierta a Leopoldo II del diplomático, historiador americano y negro, George Washington Williams, el informe del cónsul británico Roger Casament, al médico en África Arthur Conan Doyle y al mismísimo Mark Twain.</p>



<p>Hasta hoy, la explotación de las selvas del Congo ha provocado tensiones constantes por la propiedad de la tierra y el comercio, tan necesarios para la investigación, la ciencia y la industria farmacéutica.</p>



<h5 class="wp-block-heading">PARA SABER MÁS</h5>



<ol start="1884" class="wp-block-list">
<li><em>Neuvillle &amp;Ch Bréard.- Les voyages de Savorgnan de Brazza: Ogooué et Congo (1875-1882) Paris 1884.</em></li>



<li><em>Paul Eydoux. Savorgnan de Brazza Le conquérant pacifique. Preface du Maréchal Lyautey de l´Academie Francaise Paris, 1932.</em></li>



<li><em>Forbath. El rio Gongo. Descubrimiento, exploración y explotación del rio más dramático de la tierra. Fondo de Cultura Económica 2002.</em></li>



<li><em>W. Williams, Roger Casademont, Arthur Conan Doyle y Marc Twain. La tragedia del Congo. La Coruña, Ediciones del Viento, 2010.</em></li>
</ol>



<p><em>* Mercedes Barreno es Licenciada en Historia Moderna (UCM) y Máster en Métodos y técnicas de investigación histórica artística y geográfica (UNED)</em></p>



<p></p>
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		<item>
		<title>Descripción de Constantinopla por los oficiales de Federico Gravina</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/constantinopla-federico-gravina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 10:12:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades &#160; Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-66-la-ciudad-ciudades/">Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al mando respectivamente del brigadier de la Armada Gabriel Aristizábal y el capitán de navío Federico Gravina, nos permiten acercarnos, a través de las crónicas escritas por oficiales cultos e instruidos, a la visión del pensamiento ilustrado español sobre el mundo del imperio otomano, en aquellos años del Siglo de las Luces.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La <em>“Descripción de Constantinopla escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por D. Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país” </em>fue presentada al rey en noviembre de 1788. Mientras que el viaje de Aristizábal fue publicado en 1790, la descripción de Constantinopla de Gravina ha permanecido inédita en la Biblioteca del Palacio Real hasta 2001, en que fue publicada por Ediciones Miraguano con una introducción de José M.ª Sánchez Molledo.</p>
<p>Federico Gravina y Nápoli, nacido en Palermo en 1756 de familia noble, ingresó en la Real Armada en 1775. De su fulgurante carrera naval destacamos sus destinos en el Mediterráneo. En 1783, mandando la fragata Juno participó en el bombardeo a Argel, formando parte de la escuadra de Barceló. En 1784 volvió a Argel al mando de una división, con el jabeque Catalán. Comandante de la fragata Santa Rosa, formó parte de la escuadra de evoluciones de Lángara, y en ella llevó en 1788 a Constantinopla al enviado de la Puerta Otomana. Continuó su exitosa carrera, siendo ascendido sucesivamente a brigadier, jefe de escuadra y teniente general. Declarada la guerra a Gran Bretaña, se hizo cargo de la escuadra de Cádiz que, en combinación con la francesa de Villeneuve, hizo la campaña de Martinica, Finisterre y Trafalgar, donde, a bordo del Príncipe de Asturias, recibió una herida en el codo izquierdo, de la que falleció en Cádiz el 9 de marzo de 1806.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL CONTENIDO DE LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>Se divide esta descripción en seis capítulos. El primero describe la ciudad y sus monumentos, el Serrallo, o palacio del sultán, y las mezquitas reales, los bazares y caravasares. El segundo trata del Serrallo, las costumbres y usos de la corte otomana y el harem, de la vida en él y de la familia real: príncipe heredero, y resto de príncipes y princesas, extendiéndose en la vida de las sultanas del harem y su relación con los hijos y el sultán. El tercero, del gobierno del Imperio, sus fuerzas terrestres y navales y empleos oficiales. El cuarto es una extensa explicación de la vida de Mahoma, y de las costumbres religiosas y civiles de los turcos. El quinto, de las costumbres y carácter de los turcos, y del estado de la nación, incidiendo en las casas, comidas y las mujeres. El sexto hace un repaso de los habitantes no musulmanes de la ciudad, de los que forman parte los francos, que son todos los ciudadanos europeos en misión diplomática y que no pagan impuestos al gobierno, ubicados en el barrio de Pera. El resto de los no musulmanes son llamados rayás y no gozan de la protección de ninguna nación europea, ellos sí pagan impuestos y se dedican al comercio, como los armenios, griegos, judíos y los procedentes de Alepo.</p>
<p>Como militar se detiene en la situación militar del país y considera que: <em>“su marina mercantil es ninguna y la de guerra es poco respetable. Sus tropas de tierra pudieran ser muy buenas…pero al mismo tiempo ya se ha dicho cuan faltos de disciplina están sus ejércitos, cuya más numerosa parte se compone de tropas levantadas para la ocasión y que ven el fuego por primera vez.”</em></p>
<p>En otro lugar añade: <em>“durante los 31 días que allí hemos estado en medio de las inquietudes de una guerra que conmueve siempre más o menos a aquel pueblo fanático, no hemos sufrido el menor insulto.” </em>Mención sutil a la guerra ruso turca que se inició en septiembre de ese mismo año, y que duró hasta 1792, interrumpiendo los viajes españoles a esa capital.</p>
<p>La descripción de Constantinopla repite los temas y muchos de los comentarios de la de Aristizábal, si bien el de Gravina es un relato más breve y sistematizado. Es también más neutro, parece la guía turística de unos oficiales que observan la ciudad y sus habitantes con la mirada de ilustrados europeos, como era gran parte de la oficialidad de la Marina en el último tercio del siglo XVIII.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ESTILO DIRECTO Y ESPONTÁNEO</strong></p>
<p>La espontaneidad y las opiniones personales sobre la ciudad y sus habitantes están reservados al diario de navegación que no iba a ser público ni presentado al rey. Al pasar el canal de los Dardanelos se asombran de la magnífica vista y escriben en el diario: <em>“se ven a cada paso casas, lugares y arboledas, las vueltas que da el canal y el ángulo que forma en el lado izquierdo de la torre no permiten ver ninguna pequeña parte de él, así parece unida la costa de Asia a la de Europa, cuyo lado también está lleno de casas y entre ellas una y un jardín, del Gran Señor, y toda la costa llena de árboles, todo lo que unido forma un conjunto, el más hermoso que puede verse, y que no tiene igual según la mayor parte de los viajeros afirman, y así a nosotros lo pareció cuando fondeamos…”</em></p>
<p>A partir de entonces van relatando las visitas diarias de una forma sencilla y directa. Pasean por Pera, por Aguas Dulces, comen con los embajadores, visitan Santa Sofía y los demás monumentos, el baile de los derviches, y detallan las personas con las que se relacionan, siempre en primera persona del plural y de una forma muy natural. Con estas visitas y las conversaciones con los diplomáticos, otros europeos, y los intérpretes que frecuentaron y de los que recibieron datos, además de los apuntes que les dio del Abate Arrieta en Malta, se formó la descripción.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>SOBRE LA AUTÉNTICA AUTORÍA DE AMBAS DESCRIPCIONES</strong></p>
<p>Llegados a este punto hay que hacer una anotación sobre la verdadera autoría de las dos descripciones de Constantinopla que hemos comentado. Creemos que la redacción no se le puede atribuir ni a Aristizábal ni a Gravina, ya que en la Marina era impensable que un jefe de escuadra, con funciones de embajador profusas y complicadas en una corte tan ceremoniosa y extravagante como la turca, se dedicase los 43 días de su estancia a recoger noticias y a escribir tan prolija descripción durante el viaje. Lo mismo ocurre respecto a Gravina que, aunque sin las presiones de una misión diplomática, dice claramente que fue escrito por los oficiales de la fragata en el viaje de regreso. Creemos que este encargo debió recaer en algún oficial de la expedición con especiales cualidades y cultura para este trabajo. Como ambas fueron presentadas al rey por sus comandantes pocos días después de desembarcar, descartamos que fueran redactadas en España. Repasando los oficiales de las tripulaciones, encontramos que Cayetano Valdés, entonces teniente de navío, iba embarcado en el <em>Triunfante</em>, con el empleo de ayudante del comandante general. Además, Cayetano Valdés fue el único, entre los oficiales que componían la escuadra, que recibió un ascenso por méritos, junto con los comandantes que mandaban las cuatro naves. También Cayetano Valdés, ya teniente de fragata, estaba destinado en la fragata Santa Rosa con Gravina. En el diario de navegación se menciona que el comandante le envió a entregar una carta de la Corte al embajador Juan Bouligny.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VISIÓN ILUSTRADA Y CULTA</strong></p>
<p><em>Las noticias de Turquía </em>de Aristizábal están escritas en tercera persona, y con muchos datos históricos y citas clásicas, aunque los temas y las descripciones son muy parecidos en las dos. Sorprende a algún autor que no se den detalles de la presentación de Aristizábal ante el sultán, lo que confirmaría la suposición de que el autor no estuvo en ella y desconocía los detalles. El diario de Gravina a su vez está escrito en primera persona del plural, como trabajo colectivo, y debió basarse en el relato del Aristizábal que Valdés también escribió.</p>
<p>La biografía de Cayetano Valdés y Flores, Sevilla (1767-1835) nos muestra un marino culto e ilustrado, dedicado a las ciencias, que participó en las expediciones ilustradas que la Marina organizó a finales del siglo XVIII. Estuvo como Gravina en el bombardeo de Argel en 1781. Viajó a Constantinopla con Aristizábal en 1784 y con Gravina en 1788. Entre ambos viajes fue destinado al levantamiento de las costas de España con Vicente Tofiño. En 1789 se embarcó en la corbeta Descubierta en la expedición Malaspina. En 1792 participó con las goletas <em>Sutil y Mexicana </em>en la exploración de los canales de Nutka, al mando de Alcalá Galiano.</p>
<p>Combatió y fue herido en Trafalgar. Siendo liberal, fue perseguido por Fernando VII y se vio obligado a emigrar a Inglaterra en 1823, regresando en 1834, después de la muerte de Fernando VI, y retomando su carrera, en la que llegó a lo más alto como Capitán General de la Armada. Murió en 1835.</p>
<p>La Descripción de Constantinopla de los oficiales de Federico Gravina constituye una aportación de primer orden al conocimiento de las relaciones hispanoturcas durante el siglo XVIII, y una visión de primera mano del pensamiento ilustrado europeo sobre la cultura y el mundo otomano, que había permanecido inédita y desconocida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL TRATADO DE PAZ DE ESPAÑA CON TURQUÍA</strong></p>
<p>Con la llegada de Carlos III al trono, se produjo una inversión en la rivalidad hispano-musulmana en el Mediterráneo, que se había prolongado durante dos siglos. A partir de 1778, el ministro Floridablanca puso en marcha unas negociaciones de paz con Turquía, que condujeron al establecimiento de un tratado de paz, amistad y comercio, firmado el 14 de septiembre de 1782. Tras la firma del Tratado, Floridablanca envió como embajador de Carlos III al brigadier de la Armada Don Gabriel Aristizábal, para iniciar las relaciones diplomáticas, y entregar los regalos de cortesía al sultán Abdul Hamid I.</p>
<p>Se iniciaba así una serie de viajes de carácter diplomático, en los que los oficiales de Marina se dedicaron, sobre todo, a transportar a diplomáticos turcos y marroquíes por todo el Mediterráneo con destino a Constantinopla, y a fomentar las relaciones hispanoturcas. Al ser un destino exótico para los marinos españoles, algunos diarios de navegación incluían descripciones pormenorizadas de Constantinopla, obviando el nombre turco de Estambul en todas ellas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL VIAJE DE GABRIEL ARISTIZÁBAL A CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>En 1784 se hizo a la mar una escuadra de guerra al mando de brigadier de la Armada Gabriel de Aristizábal, con el objetivo de reforzar la importancia del tratado de paz de 1782 con Turquía, y hacerle entrega de los regalos que el rey de España enviaba al sultán. La idea que les movía era, según el ministro, <em>“abrir los mares de Levante a los españoles” </em>y asegurar el comercio en el Mediterráneo. Viajaban también a Constantinopla dos tíos del emperador de Marruecos, acompañados de su correspondiente séquito y bagajes. Asimismo, iba a bordo la familia del enviado extraordinario de España en la Corte Otomana, Juan Bouligny.</p>
<p>La escuadra se componía de los navíos <em>Triunfante</em>, de 80 cañones, mandado por D. Sebastián Ruiz de Apodaca, <em>San Pascual</em>, de 74, por D. Francisco Javier Winthuysen, el bergantín <em>Infante </em>de 18 cañones por D. Juan María de Villavicencio, y la fragata <em>Clotilde</em>, de 26 por D. Bartolomé de Ribera. Salieron de Cartagena el 24 de abril de 1784 y recalaron en el puerto de Augusta, en Sicilia, llegando el 10 de septiembre a Constantinopla, donde permanecieron 43 días. Aristizábal se sometió a la complicada ceremonia de su presentación al sultán, y los oficiales se dedicaron a explorar y conocer esta ciudad mítica. Salieron de Constantinopla el 24 de octubre de 1784, recalando en Malta para hacer cuarentena por la peste que asolaba Constantinopla, fondeando el 31 de mayo de 1785 en Cartagena. El brigadier presentó el diario original del viaje al rey el 7 de junio. Dicho manuscrito, actualmente en la Biblioteca del Palacio Real, se compone de dos partes: el derrotero de la navegación con todas las noticias náuticas y las <em>“Noticias de la capital de </em><em>Turquía… como también de algunas observaciones sobre las costumbres de los turcos, su gobierno, fuerzas terrestres y marítimas en la actualidad.”</em></p>
<p>Esta segunda parte contiene multitud de noticias sobre Constantinopla, con información acerca de su clima y de sus monumentos, así como toda suerte de detalles relativos a las costumbres y forma de vida de sus habitantes, en los más variados aspectos, y constituye la primera toma de contacto por españoles con el imperio turco y sus costumbres. Ambas partes fueron publicadas en 1790.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA ESCRITA POR LOS OFICIALES DE LA FRAGATA SANTA ROSA</strong></p>
<p>En reciprocidad a la visita de la escuadra española, al poco tiempo se produjo el viaje del embajador turco, Vasif Efendi a España, transportado por una fragata francesa. En 1788, el capitán de navío Federico Gravina se hizo a la mar en la fragata <em>Santa Rosa</em>, con el encargo de devolver al embajador turco a su país, una vez concluida la visita a nuestro país, que constituyó un acontecimiento para el público español.</p>
<p>La fragata salió el 1 de abril de Cartagena, hizo escala en Sicilia, y llegó al canal de los Dardanelos el 6 de mayo. Los oficiales y el embajador entraron al puerto el 12 de mayo, donde desembarcó el embajador. Ellos permanecieron en la ciudad 31 días, visitándola y relacionándose con los diplomáticos europeos. La fragata se hizo a la mar el 13 de junio y la peste existente en Constantinopla les obligó a hacer la cuarentena en Malta, a la que estaban obligados todos los barcos europeos antes de entrar en sus respectivos países. Tras la recuperación de cincuenta y tres tripulantes, la Santa Rosa llegó a Cádiz el 28 de septiembre sin otro contratiempo.</p>
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		<title>La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:48:19 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/">La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que emprendieron viaje a la nueva Unión Soviética, en lo que Ernesto Jiménez Caballero denominó “romerías a Rusia”. La inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del régimen zarista atraía a todos aquellos viajeros fascinados por el triunfo de la tecnología y la industria. Ramón J. Sender fue uno de aquellos viajeros que, en 1933, invitado por la Internacional Comunista, visitó la URSS, un país que llevaba a cuestas un largo proceso revolucionario iniciado en 1905, continuado durante la intervención rusa en la Primera Guerra Mundial, y la sangrienta guerra civil posterior.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ESCRITOR COMPROMETIDO</strong></p>
<p>Ramón J. Sender (Chalamera, Huesca, 1901. San Diego, Estados Unidos, 1982) fue un prolífico escritor y periodista que, desde temprana edad, empezó a escribir y a colaborar en prensa. Participó en la guerra de Marruecos como soldado de reemplazo, y a su vuelta se instaló en Madrid, donde ingresó en la redacción del diario El Sol como redactor y corrector. Antes de la Guerra Civil ya era uno de los escritores más prestigiosos del momento, gracias a sus novelas Imán (1930), <em>Siete domingos rojos </em>(1932) y <em>Míster Witt en el Cantón </em>(1935) entre otras.</p>
<p>En el capítulo de los reportajes periodísticos, alcanzó gran notoriedad al narrar en 1925 el desenlace del famoso crimen de Cuenca. En 1933 publicó <em>“Tormenta en el sur. Primera jornada del camino a Casas Viejas”</em>, la primera crónica de las 11 que dedicó a la sublevación anarcosindicalista de Casa Viejas. Aquel mismo año recogió sus artículos en el libro <em>Casas Viejas (Episodio de la lucha de clases) </em>y un año después, en 1934, lo publicó y amplió en <em>Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas. </em>De ideas revolucionarias, simpatizó primero con los movimientos anarquistas y más tarde con los comunistas, de los que se desvinculó en la guerra civil. En todo caso, en febrero de 1933 fue uno de los fundadores la Asociación de Amigos de la Unión Soviética de inspiración comunista.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA GUERRA CIVIL Y SUS DESGRACIAS</strong></p>
<p>El estallido de la Guerra Civil Española le sorprendió en San Rafael (Segovia), con su mujer Amparo Barayón y sus dos hijos. Al ocupar los rebeldes esa zona decidieron separarse, él se incorporó al frente republicano y su familia marchó a Zamora para refugiarse con la familia de su esposa. En el mes de octubre fusilaron los franquistas a su mujer y a su cuñado, aunque él no tuvo noticia hasta el mes de diciembre. Al quedar sus hijos desamparados en zona enemiga, se trasladó a Francia, donde los niños habían sido recogidos por la Cruz Roja Internacional. Una vez, instalados sus hijos y al cuidado de personas de su confianza, volvió a Barcelona para incorporarse al frente. Su actitud fue inequívoca y participó activamente en la propaganda republicana, siendo oficial adscrito al Estado Mayor republicano en la defensa de Madrid contra los franquistas. Su ruptura con el partido comunista ya durante la guerra no está muy clara, pero el resto de su vida fue un anticomunista convencido. En 1938 la República lo envió a Estados Unidos, a dar conferencias en universidades y otros centros para presentar la causa republicana. Luego estuvo en París a cargo de una revista de propaganda de guerra, llamada <em>La voz de Madrid, </em>donde permaneció hasta que Barcelona cayó en poder de Franco, momento en que se exilió a México hasta 1942, cuando se asentó definitivamente en Estados Unidos, acogido gracias a la recomendación de Eleonor Roosevelt, y donde se le consideraba como un notorio refugiado europeo de izquierdas. Falleció en 1982 en San Diego, Estados Unidos.</p>
<p>Las crónicas de viaje de Sender, bajo el título <em>Madrid-Moscú </em>fueron publicadas en el periódico <em>La Libertad </em>entre el 27 de mayo y el 13 de octubre de 1933. En 1934, con modificaciones y ampliaciones posteriores, se publicó como libro en la editorial Pueyo. La edición que comentamos <em>Madrid-Moscú Notas de viaje</em>, 1933-1934, con prólogo de José Carlos Mainer, Fórcola Ediciones, 2017, es la segunda edición en español y está basada en la primera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL FARO DE LA HUMANIDAD</strong></p>
<p>Solo la brillante ciudad de Nueva York atrajo tanto la atención de los europeos de los años 20 y 30 como lo hizo la Unión Soviética. Las razones de la curiosidad eran simétricas: en Nueva York se admiraba o se denigraba la culminación material del capitalismo; en la nueva Rusia, la inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del más antiguo de los regímenes, el zarista. La Unión Soviética que visitó Sender como invitado de la Internacional Comunista era la consecuencia de un largo proceso revolucionario, que empezó en 1905, y que no interrumpió ni la catastrófica intervención rusa en la Primera Guerra Mundial y el armisticio unilateral de 1917, ni la sangrienta Guerra Civil de 1917 a 1920.</p>
<p>En 1919 Lenin había fundado la Tercera Internacional, que acogió a todos los socialistas del mundo. Tras la muerte de Lenin, Josef Stalin había asumido en 1924 la jefatura del Estado, y la hegemonía del partido soviético sobre todos los partidos hermanos de otras naciones. Las nuevas medidas económicas cambiaron la faz del país y, tras conocerse las largas y mortíferas hambrunas, se procedió a la colectivización de la agricultura y a su organización en koljós. La exportación de productos agrarios facilitó capitales para el logro de la mayor obsesión del régimen, la industrialización, que consiguió en pocos años duplicar la producción de carbón y triplicar la de acero. La fiebre industrial supuso la adopción de jornadas laborales de 16 y 18 horas. La colectivización de la propiedad privada se construyó sobre el exterminio de los <em>kulaks</em>, los antiguos siervos emancipados por el Zar Alejandro I, que se habían convertido en pequeños propietarios, y por el desabastecimiento, seguramente provocado, de las regiones más insumisas.</p>
<p>Todavía se discute hoy si la muerte de dos o tres millones de campesinos ucranianos en el comienzo de los años 20 y después, entre 1932 y 1933, fue un genocidio decidido por Stalin o un error de planificación combinado con las pésimas cosechas y las requisas indiscriminadas de grano.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL VIAJE Y EL LIBRO</strong></p>
<p>La obra está dividida en capítulos con títulos que hacen referencia a los aspectos de la realidad moscovita que va conociendo. Empieza su viaje pasando por Cataluña, Francia, Polonia y Alemania a los que describe en rápidas pinceladas. Sender llegó a Moscú invitado a una olimpiada de arte revolucionario durante ocho días, pero prolongó su estancia por invitación expresa de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, que le acompañaron y mostraron todos los logros de la revolución que el autor observa con una curiosidad entre desenfadada y admirada. Según él, los habitantes de Moscú, y por extensión de toda la URSS, viven en el mejor de los mundos, donde todos trabajan y colaboran en las tareas generales muy felices. Los proletarios van a la ópera y se divierten, las chicas son jóvenes sanas y guapas, y todos trabajan sin descanso para cumplir el plan quinquenal. Sender no tiene duda de que está viendo el verdadero pueblo moscovita con todas sus conquistas y no el que ven los turistas de Intourist que critican la realidad soviética con ojos europeos y según él, se mueven por resortes sentimentales. Las escuelas y los padres se desviven por los niños y los protegen, ya que son los verdaderos reyes del pueblo. No existen colas para la comida ni para otros bienes, que adquieren a un precio muy bajo en los economatos con el carnet de obrero. Solo hay colas para comprar libros. Las muchachas son independientes y participan en las sesiones de atletismo que son muy numerosas.</p>
<p>Las reclamaciones sobre los servicios públicos se recogen ordenadamente y son resueltos en poco tiempo. Tuvo ocasión de ver a Stalin en la Plaza Roja y comprobar cuanto le admira el pueblo. Considera que toda la política está orientada a la economía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA CONVIVENCIA IDÍLICA</strong></p>
<p>Piensa que el nivel de vida allí es como el de Vallecas o Cuatro Caminos; sin embargo, de todas las reformas emprendidas por la revolución, precisamente la mayor ha sido la inmolación de la independencia personal, de la intimidad e incluso de la vida privada, en nombre de la colectivización. Explica que los domicilios privados son diminutos, hasta en el caso de los dirigentes, pero en cambio los espacios de socialización son grandes y espaciosos como los comedores en las fábricas, las oficinas amplias y luminosas, así como los parques culturales donde se practica deporte y cultura física, se asiste al teatro y al cine, se escucha música o se canta. Comprueba la camaradería sin mengua del ejercicio de la autoridad, cuando procede que así sea, y todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. El orden público se suele limitar a la reconvención amable de los encargados de velar por él y en todos los órdenes de la vida colectiva parece haberse impuesto un intercambio de papeles pues los soldados pasan temporadas en las fábricas y los obreros industriales dedican algún tiempo de su vida participar en los trabajos de los campesinos. La práctica de la autocrítica política es habitual, y no se busca el conformismo ni la intemperancia con el disidente, sino una mejor conciencia del papel de cada uno. Paralelamente hay una jovialidad ante las dificultades y los problemas que Sender cifra en una expresión rusa que se oye a menudo y que se ha hecho traducir: <em>No importa.</em></p>
<p>Sender ha comprobado que en la nueva Unión Soviética los escritores cuando se reúnen no hablan de literatura sino de política, y que, si bien en las bibliotecas abundan los libros, se traducen los extranjeros y florecen las literaturas en todas las lenguas de la Unión, lo más importante que sucede es el triunfo de un nuevo teatro realista, que en gran medida es una creación colectiva que implica a muchos autores y actores. En realidad, el motivo de la invitación de Sender era la celebración de una olimpiada de teatro popular a la que, aunque lo oculte, asistieron otros colegas españoles de los que nuestro escritor no era el menos cualificado, ya que en 1932 había publicado un volumen de teatro de masas, que daba cuenta de algunas novedades de la escena europea revolucionaria.</p>
<p>En las páginas de <em>Madrid Moscú </em>lo sabemos discrepante del culto al poeta suicida Vladimir Maiakovski que, en su opinión, encarna el espíritu ruso tradicional, confuso y alucinado, no se sabe si contemplativo o dinámico o las dos cosas juntas. Maiakovski era según él la Rusia revolucionaria enferma de occidentalismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ENVÉS DEL PARAÍSO</strong></p>
<p>El lector de <em>Madrid Moscú </em>advierte que Sender tuvo noticias del envés del paraíso: sabía lo sucedido en Ucrania y también en el Cáucaso, en las regiones de los antiguos cosacos. Ante todas estas noticias la actitud de Sender es ambigua, casi penosamente ambigua. Y con una calculada mezcla de impasibilidad y desparpajo, en sus crónicas se inventaba un comunismo alejado de la realidad del primer estalinismo.</p>
<p>Sin embargo, él considera que se ha comportado como un testigo inquisitivo y nada complaciente y así lo manifiesta la noche antes de su partida:</p>
<p><em>Yo he estado casi siempre en la Unión Soviética en una posición de crítica, sobre todo con los miembros del partido que yo suponía que tenían alguna responsabilidad. Aquella noche había hecho muchas observaciones desagradables y había tratado de señalar algunas contradicciones.</em></p>
<p>Pero ¡sorpresa! específica que su crítica es contra los escritores rusos que admiran sin rubor la cultura burguesa, y lo mismo hacen muchos comunistas que tiene complejo de inferioridad frente a la burguesía de los países capitalistas. En una carta a sus anfitriones, que reproduce José Carlos Mainer en el prólogo de la obra ,y publicada en la revista <em>Octubre, nº 4-5</em>, decía lleno de fervor militante:</p>
<p><em>Ahora, después de mi estancia en la Unión Soviética vuelvo con la mayor fe en el triunfo completo y definitivo, y no solo definitivo sino inquebrantable. Después de todo lo que aquí he visto, no hay razón para que un intelectual esté indeciso. En la trinchera hay un uniforme y un fusil más&#8230;Al llegar aquí era un intelectual, hoy es un soldado del frente de lucha y de la edificación socialista el que os deja. Saludos revolucionarios.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>COMPAÑEROS DE VIAJE</strong></p>
<p>Sender no fue el único visitante de la URSS que publicó sus impresiones, los libros de esta naturaleza abundaron en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, pero no todos fueron tan entusiastas como las de nuestro escritor. El primero de los testigos, Fernando de los Ríos, era un catedrático socialista que acudió a negociar el ingreso de su partido en la Tercera Internacional, y cuyo informe fue desfavorable como contó en <em>Mi viaje a la Rusia soviétista</em>, 1921. También fue negativa la opinión de Ángel Pestaña, que llegó como representante de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo y que plasmó sus impresiones en un par de folletos. <em>Setenta días en Rusia. Lo yo vi, </em>1924 y <em>Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso</em>, 1929. Más benévolos fueron Rodríguez Soriano, republicano radical, autor de <em>San Lenin (Viaje a Rusia)</em>, 1927, y el burgués liberal republicano, Diego Hidalgo, que tuvo un gran éxito editorial con sus <em>Impresiones de un notario español en Rusia, </em>1929. Pero el socialista Julio Álvarez del Vayo en <em>La nueva Rusia, </em>1926 y <em>Rusia a los 12 años, </em>1927, es el más crédulo y entusiasta de los viajeros de su partido, como se comprueba a la vista de otros testimonios: los de Rodolfo Llopis en <em>Cómo se forma un pueblo, la Rusia que yo he visto, </em>1930, Julián Zugazagoitia, en <em>Rusia al día, </em>1932 y Luis Amado Blanco en <em>8 días en Leningrado, </em>1932.</p>
<p>Estas complacencias contrastaron con las serias objeciones del periodista liberal Manuel Chaves Nogales que planteó serias objeciones al paraíso soviético en <em>La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, </em>1929, en la novela <em>La bolchevique enamorada </em>del mismo año y en 1931 <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares</em>, además de otra narración inspirada en un personaje real <em>El maestro Juan Martínez que estaba allí</em>, 1934.</p>
<p>Las páginas apasionadas y elogiosas que escribió Sender en Madrid-Moscú fueron las últimas dedicadas a la revolución rusa y, más allá de su ceguera y de sus legítimas esperanzas revolucionarias, son una inmersión de primer orden en la cenagosa historia del siglo XX.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Manuel Chaves Nogales: un viajero por la Rusia revolucionaria</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/manuel-chaves-nogales-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 11:29:20 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Mercedes Barreno-Ruiz Bibliografía: Boletín 72 &#8211; Rusia: una aproximación &#160; Periodista, viajero y escritor, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944) dirigió y escribió en periódicos de Sevilla, Córdoba, Madrid, Iberoamérica, [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/manuel-chaves-nogales-2/">Manuel Chaves Nogales: un viajero por la Rusia revolucionaria</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Mercedes Barreno-Ruiz</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-72-rusia/">Boletín 72 &#8211; Rusia: una aproximación</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Periodista, viajero y escritor, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944) dirigió y escribió en periódicos de Sevilla, Córdoba, Madrid, Iberoamérica, París o Londres. Ya fueran crónicas, entrevistas, relatos o teatro, su pasión por estar en el lugar de la noticia y conocer a los protagonistas, le impulsó a recorrer Europa, sin que las dificultades o distancias fueran motivos suficientes para hacerle desistir en su empeño. Aquí nos detenemos en los artículos y reportajes escritos en su viaje por la Rusia de finales de la década de 1920.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los avances de la aviación en la época de entreguerras permitieron a Chaves cumplir sus ideales periodísticos de estar allí donde la vida y la noticia le reclamaban. Los obstáculos o los riesgos de trasladarse en avión, en ningún caso eran comparables con la necesidad de contar la noticia.</p>
<p>Son dignos de leer por su detalle y claridad los despegues y aterrizajes que vivió y contó a un público que apenas sabía en qué consistía un avión. A partir del éxito de sus crónicas sobre Ruth Elder, la aviadora que cruzó al Atlántico en solitario por primera vez en 1927, su ímpetu viajero se hizo imparable. La admiración por su accidentada aventura lleva a Chaves a entrevistarla en el mismo avión que la trae a Madrid desde Lisboa, obteniendo por ello el premio de periodismo Mariano de Cavia (ABC, 1928), con el artículo titulado <em>La llegada de Ruth Elder a Madrid.</em></p>
<p>Y entre los acontecimientos de actualidad, destacaba en aquellos años uno, el de la revolución socialista de Rusia. El mundo quería saber lo que estaba pasando en ese país, y el Heraldo de Madrid envió a Chaves como corresponsal, con el encargo de recorrer dieciséis mil kilómetros a lo largo y ancho del territorio ruso. Producto de esta experiencia fue la recopilación de sus crónicas en el libro <em>La vuelta al mundo en avión, Un pequeño burgués en la Rusia roja</em>, publicado en 1929.</p>
<p>Precisamente cuando España estaba inmersa en importantes debates políticos, planteándose avances sociales inéditos en el albor de la II República, y siendo él defensor de las tesis de Azaña, escribió, sobre todos los temas como un gran cronista. Viajero y minucioso observador, intentando siempre ver y contar la verdad, sus crónicas de Rusia y sus habitantes son la evidencia de su honradez y dignidad periodística. Un testimonio de lo conseguido por los revolucionarios y, al mismo tiempo, del dolor de los zaristas emigrados por toda Europa, dándoles voz a través de sus entrevistas en Paris.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESCRIBIR LO QUE VA VIENDO</strong></p>
<p>Y lo hizo como siempre lo hacía, siguiendo los principios de un buen periodista, sin intento alguno de ser el portador de a verdad, sino no tan solo de contar lo que va viendo:</p>
<p><em>No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado, montado en un avión, describo paisajes, reseño entrevistas </em><em>y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no se lo doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica —la periodística— no es una técnica científica. “Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice “sésamo” y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni vengarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”.</em></p>
<p>Sin duda todos sus libros tienen un enorme interés, y, en el caso que nos ocupa, el de su viaje por tierras rusas más aún al ser conocedor del gran interés que había en esos momentos en España por conocer de primera mano qué estaba pasando en la Rusia revolucionaria. Así lo hizo en su libro <em>Diez mil kilómetros de vuelo sobre territorio ruso </em>donde <em>Chaves Nogales </em>muestra el panorama de la situación social rusa, a la que, aún siendo incapaz de analiza con distancia y objetividad, señalando los aspectos positivos del nuevo régimen. Según se acerca el avión a territorio ruso, desde el aire, Chaves va describiendo las formas y paisajes de un campo hasta entonces apenas imaginado:</p>
<p><em>El campesino ruso vive sobre el campo, a solas con él, sin ningún contacto con la ciudad, sin formar siquiera esos pequeños núcleos urbanos que son los pueblos agrícolas de Europa. El pueblo, la pequeña villa rural, no existe. Aldeas, millones de aldeas de quince, veinte, cincuenta habitantes a lo sumo. Parece imposible que este pueblo, así diseminado, pueda ser gobernado jamás. La tradicional burocracia rusa, aquella formidable máquina que tanto sorprendía a los occidentales, y que los soviets han heredado, se explica y justifica por esta fragmentación, esta atomización del pueblo extendido a lo largo de los campos.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL BIENESTAR DEL OBRERO</strong></p>
<p>Toma nota de los distintos aspectos del régimen comunista, describiendo sus avances ante la industria. Se da cuenta de la importancia del desarrollo industrial para los objetivos de la política bolchevique, conocedor de que el bienestar del obrero depende del progreso, ya que <em>“a mayor rendimiento, más jornal y mejor vida”. El Gobierno soviético está invirtiendo grandes sumas en la creación de fábricas de seda artificial, distribuidas por todo el territorio ruso. Pero no porque se conduela de esta necesidad burguesa de las jovencitas de la Unión, sino simplemente porque las fábricas de seda artificial se pueden transformar, rápidamente en un momento dado, en fábricas de productos químicos para la guerra. ¡Prodigio de la Química que vincula la defensa armada de la revolución en la supervivencia de una fruslería gruesa: las medias de seda!</em></p>
<p>La crónica de sus <em>Paseos por Moscú </em>nos sugiere un paisaje urbano renovado y de acuerdo con la estética de la revolución. Y los nuevos comportamientos sociales de los más desfavorecidos en <em>Niños, mujeres, popes y tenderos:</em></p>
<p><em>En el verano, las calles de las barriadas populares de Moscú ofrecen un espectáculo abigarrado, como ya difícilmente se encuentra en ciudades de Centroeuropa. Para imaginar algo semejante hay que pensar en los </em><em>barrios populares de Lisboa, Sevilla o Nápoles. La mujer trabaja como el hombre y con el mismo salario; tiene acceso a todos los talleres, excepto a aquellos en que la labor se considera nociva para su salud. El trabajo de noche les está absolutamente prohibido, y tienen dos días de descanso al mes con salario; se les paga igualmente el salario durante ocho semanas antes del parto y ocho semanas después. Mientras amamanta al hijo, la obrera tiene derecho a dos interrupciones de media hora cada una durante la jornada de trabajo.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UNA MIRADA OBSERVADORA</strong></p>
<p>Da cuenta también de sus experiencias con la policía política o los soldados; del viaje desde Moscú al Cáucaso, o de la situación de los revolucionarios después de la revolución. Los casos de León Trotski y Aleksándr Kérenski le interesarían especialmente. Muy diferente es su visión de la república soviética ucraniana, describiéndonos un paisaje rural apenas jalonado por poblaciones, y con una emigración constante del campo a los arrabales de las ciudades.</p>
<p>Termina su libro con <em>“Una síntesis, seguramente arbitraria del panorama soviético”</em>, pero sus observaciones y comentarios muestran su destreza como escritor y comunicador. El resultado es una lectura siempre amena y enriquecedora que atrapa.</p>
<p>Complementan sus crónicas rusas, <em>La bolchevique enamorada</em>. <em>El amor en la Rusia roja </em>(1930), donde, a modo de novela, compone un relato de lo que podría ser el comportamiento amoroso en la Rusia revolucionaria. En <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares </em>(1931), recopila las entrevistas que hace en Paris a los exiliados rusos. Las situaciones vitales extremas a las que debieron enfrentarse quienes, teniendo una posición social desahogada y privilegiada en la Rusia de los zares, fueron barridos por la tormenta revolucionaria. Dando cuenta de su situación precaria, desempeñando oficios que nunca imaginarían, pero sobreviviendo para contarlo.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ENTREVISTAS, TESTIMONIOS DIRECTOS, COMENTARIOS</strong></p>
<p>Son entrevistas y testimonios, a modo de viajes literarios, por personajes inéditos, de los que se puede aprender, asombrarse o al menos reflexionar sobre sus historias. Se introducen con epígrafes, nombrados por el autor, como resumen vital de la situación: <em>los últimos años de la corte imperial, la desbandada, el judío errante, los conspiradores románticos… siempre hay alguien más revolucionario…quien es ahora Kerenski… o el trágico destino.</em></p>
<p>Y como si el círculo de su viaje ruso se cerrara con <em>El maestro Juan Martínez estaba allí </em>(1934) nos dejó el relato, descrito en primera persona, de las experiencias y avatares de un artista flamenco y su pareja a lo ancho y largo del territorio ruso. Protagonistas singulares de una lucha por la supervivencia, y testigos de primera mano desde el estallido de la revolución. Un viaje exterior e interior contado con la pericia de un lenguaje siempre ameno, repleto de anécdotas de gran valor para lectores. Desde que empezó su carrera en el <em>Noticiero Sevillano </em>en 1918, Manuel Chaves Nogales no dejó de escribir sobre lo que veía allí donde estuviera, dando voz a sus protagonistas con sus vivencias y pensamientos. Transmitiendo opiniones y hechos, sus artículos tenían la coherencia suficiente para entender o comprender a quienes podían pensar diferente. Como cronista, reportero y entrevistador, practicó un periodismo con una nueva perspectiva que hasta entonces era más propia de libros o biografías.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNOS AÑOS HISTÓRICOS, EN ESPAÑA Y EN RUSIA</strong></p>
<p>Época en la que parecía suceder lo que nunca antes había pasado, el mundo y el periodismo abordaban problemas, situaciones y temas inéditos tan importantes para los contemporáneos como transcendentes para la historia. Para Chaves, todos ellos, acontecimientos, sociedad y personajes eran igualmente importantes y protagonistas. Demócrata y republicano, periodista dispuesto a narrar lo que veía y sentía, luchador en defensa de la legalidad republicana tras el golpe militar de julio de 1936, se exilió, primero en Paris y por último en Londres, donde murió en 1944. Para saber más y hasta qué punto es importante su legado, la editorial <em>Libros del Asteroide </em>ha publicado su obra completa. Si bien fue la tesis de María Isabel Cintas quien rescató su nombre y escritos de los más diversos archivos. Desde la recuperación de este gran periodista del siglo XX, el reconocimiento y la admiración por su obra, con toda justicia, no han dejado de crecer.</p>
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		<title>Castilian Days. España vista por el sepulturero de su imperio colonial</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:51:15 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como primer secretario de la embajada de Estados Unidos. Aprovechó su estancia para conocer de cerca la vida de España y de los españoles, y para escribir una serie de artículos que luego reuniría en el libro <em>Castilian Days</em>.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PROTAGONISTA DEL FIN DEL IMPERIO ESPAÑOL</strong></p>
<p>Hay una foto que ilustra como pocas la humillación que supuso para España el fin de su imperio colonial, a raíz de la guerra contra Estados Unidos de 1898. En ella se ve al Secretario de Estado norteamericano John Hay entregando en su despacho de Washington al embajador francés Jules Cambon un cheque de 20 millones de dólares.</p>
<p>Ese era la compensación que, de manera unilateral, Estados Unidos había fijado a cambio de las Islas Filipinas, que pasaban a ser de su propiedad al mismo tiempo que Puerto Rico y Guam, la isla a la que arribó Magallanes tras su travesía del Océano Pacífico. También como consecuencia de la guerra, Cuba obtenía la independencia bajo tutela estadounidense, y España se veía obligada a asumir la deuda nacional cubana, que ascendía a más de 400 millones de dólares.</p>
<p>El embajador francés formaba parte del equipo español que negoció –o mejor dicho vio cómo se le imponía– el Tratado de París, que ponía fin a la guerra hispano-norteamericana. Para evitar que un ciudadano español pasara por el mal trago de participar en la escenificación de la liquidación de su imperio colonial, fue el diplomático galo el que recibió el cheque de manos del jefe de la diplomacia estadounidense.</p>
<p>Debido a su sintonía con la diplomacia española, Jules Cambon sería nombrado embajador francés en España, un país que el otro protagonista de la histórica foto, el estadounidense John Hay, conocía probablemente mejor, ya que en su juventud ejerció de diplomático en Madrid.</p>
<p>Fruto de aquella estancia en España, cuando era apenas un treintañero, el sepulturero del imperio colonial español escribió coloridas estampas y agudas observaciones sobre España y los españoles, publicadas primero en la revista norteamericana <em>“Atlantic Monthly”</em>, y recogidas después en forma de libro bajo  el título <em>“Castilian Days”.</em></p>
<p>Sin figurar entre las mejores obras de los viajeros extranjeros de la España decimonónica, <em>“Castilian Days” </em>merece salir del olvido, tanto por su contenido como por la relevancia de su autor, venerado en su país por su brillante hoja de servicios, que arranca como secretario personal del presidente Abraham Lincoln, y culmina como jefe de la diplomacia en la Administración Roosevelt. Las vivencias personales de Hay, y el material que recopiló sobre Lincoln, le servirían para publicar, junto a su amigo y colega John Nicolay, la más completa biografía del malogrado presidente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VIDA AL SERVICIO DE LA DIPLOMACIA</strong></p>
<p>John Hay inició su carrera diplomática en 1865, justo después del asesinato de Lincoln, al ser nombrado primer secretario en la embajada estadounidense en París, desde donde pasó Viena y de ahí, en el verano de 1869, a Madrid.</p>
<p>Profundamente republicano en sus convicciones, la “Revolución de Septiembre”, que había mandado al exilio a Isabel II, hacía particularmente atractivo para Hay su desembarco en España. <em>“He leído y pensado mucho acerca de las revoluciones</em><em> y no puedo resistirme a una oportunidad tan favorable de levantar la tapa de la olla y ver lo que se está cociendo dentro”</em>, escribió justo antes de llegar a Madrid. Otro aliciente para Hay era el hecho de que su superior, el nuevo jefe de la Legación estadounidense en Madrid, sería el impetuoso héroe de guerra el general Daniel Sickles, a quien el presidente Ulysses Grant había encomendado la misión de negociar con el hombre fuerte de España, el general Prim, la compra de Cuba, donde había estallado una revuelta independentista.</p>
<p>Los devaneos de la diplomacia estadounidense en España en aquella época turbulenta que condujo a la proclamación de la Primera República contarían con un testigo de excepción: el por aquel entonces corresponsal en España del <em>“New</em><em> York Herald” </em>Henry Morton Stanley, a quien Hay trató con asiduidad (ver Boletín n. 63).</p>
<p>Ferviente partidario de la mano dura, incluso de declarar la guerra a España por el trato que daba a los insurgentes cubanos, Sickles no alcanzaría su objetivo, entre otras cosas porque su interlocutor, Prim, murió a resultas de un atentado. En “La berlina de Prim”, la premiada novela de Ian Gibson, sale a relucir John Hay, de quien se afirma <em>“era un escritor de gran talento, con una extraordinaria</em><em> capacidad observadora”</em>. De su libro “Castilian Days”, Gibson señala en la misma novela que <em>“evocaba brillantemente el ambiente de Madrid un año después</em><em> del triunfo de la Revolución”</em>. El testimonio de primera mano de Hay <em>“sobre el</em><em> casi increíble cambio operado en la realidad nacional en poco menos de doce meses, con agudos comentarios sobre la conflictiva vida parlamentaria del momento, así como las costumbres de la capital, era impagable”</em>, añade Gibson.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN OBSERVADOR AGUDO DE ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES</strong></p>
<p>Hay se implicó a fondo en la vida social, cultural y política de España, encontrando en su admirado político republicano, Emilio Castelar, un anfitrión y maestro a la altura de su curiosidad y entusiasmo. Prueba de su intensa relación con Castelar sería la traducción de Hay al inglés de la monumental obra del político español <em>“El movimiento republicano en Europa”.</em></p>
<p><em>“El partido republicano &#8211; </em>diría Hay en <em>“Castilian Days” &#8211; tiene sólo un año o dos,</em><em> pero ¡qué bebé vigoroso y ruidoso es! Pese a todas sus faltas y errores, parece tener la promesa de un futuro robusto y saludable. Se niega a estar atado por los recuerdos del pasado y mantiene sus ojos fijos en las posibilidades más brillantes por venir. Liberándose de todas las ataduras de la tradición, Emilio Castelar proclama su credo liberador del ‘derecho de todos los ciudadanos a no obedecer nada más que la ley’. Si se puede lograr que el pueblo español perciba que Dios es más grande que la Iglesia y que la ley está por encima del rey, el día de la liberación final estará cerca.”</em></p>
<p>Hay achacó el atraso de la sociedad española a su apego a la tradición, aunque subrayó que <em>“el signo más favorable de los tiempos es que esta tiranía de la tradición</em><em> está perdiendo su poder”</em>. A ello habría contribuido de manera decisiva <em>“el mero</em><em> hecho de haber expulsado a la reina (Isabel II), lo que supuso un golpe a la superstición que dio a todo el cuerpo político un revulsivo muy saludable, ya que nunca antes en España una revolución había tenido como objetivo el trono”.</em></p>
<p>Echando mano de ejemplos de la vida cotidiana, describió la actitud servil del pueblo llano, y analizó el modelo patriarcal que regía las conductas de los individuos en familia, reflejo según él del autoritarismo imperante debido a alianza secular entre la Corona y la Iglesia.</p>
<p>En este sentido, Hay sacó a relucir el papel secundario reservado a la mujer en la sociedad española, en especial su exclusión del sistema educativo que consideraba nefasta.</p>
<p><em>“Hay que lamentar que a las mujeres españolas se las mantenga sistemáticamente</em><em> en la ignorancia. Tienen una inteligencia más rápida y activa que los hombres. Con un buen grado de educación se podría esperar mucho de ellas en el desarrollo intelectual del país. En la vida diaria se advierte de inmediato su superioridad en inteligencia y capacidad de apreciación con respecto a sus esposos y hermanos. Entre los pequeños comerciantes, la esposa siempre acude al rescate de su lento cónyuge cuando lo ve atascado en una transacción. En el campo, si preguntas a un campesino sobre algo relacionado con tu viaje, dudará, tartamudeará y terminará con un ‘¿quién sabe?’, mientras que su esposa te proporcionará toda la información que precises.”</em></p>
<p>En clave de ironía, Hay sugirió que la explicación de la superioridad de las mujeres tal vez se debiera a que el humo del tabaco enturbiaba el cerebro de los hombres. También con humor se refirió a las connotaciones marianas de los nombres propios de las mujeres españolas: <em>“Como a las jóvenes nunca se les</em><em> llama por sus apellidos sino por su nombre, pasar una tarde en una tertulia a la que asisten jóvenes castellanas supone evocar todas las etapas de la vida de la Madre Inmaculada, desde Belén hasta el Calvario y más allá, o sea Concepción,  Anunciación, Dolores, Soledad, Asunción”.</em></p>
<p>John Hay no sólo se dedicaría a retratar en su libro la vida de los españoles, sino también las circunstancias de su muerte: <em>“Ya sea por su modo de vida ordenada</em><em> y activa, o por no poder pagar la asistencia médica, las clases más pobres sufren menos enfermedades que las acomodadas; un español corriente solo cae enfermo una vez en su vida, la que le lleva a la tumba”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UN RECORRIDO POR LAS CIUDADES CASTELLANAS</strong></p>
<p>Lógicamente, el libro contiene también las inevitables concesiones a la España de <em>“magia y romance” </em>típicas de la época, dedicando uno de sus diez capítulos a la tauromaquia, a la que, según Hay, <em>“la aristocracia española ha comenzado a</em><em> considerar vulgar, retirando su presencia de los ruedos, mientras que el pueblo español se sigue aferrando a ella”.</em></p>
<p>Madrid, Toledo (por indicación expresa de Castelar), Segovia, Alcalá, El Escorial y La Granja conforman las estampas más detalladas del libro, que contiene una enorme profusión de referencias al arte, la historia y la literatura, en particular a Miguel de Cervantes.</p>
<p>De Madrid, Hay señala que <em>“es una ciudad de Castilla, pero no una ciudad</em><em> castellana, como Toledo, que ciñe su elegante cintura con el Tajo dorado, o como Segovia, sujeta a su roca como si se tratara de un desesperado naufragio. Por su excepcional historia y carácter, Madrid es el mejor punto de España para estudiar la vida española. No tiene rasgos distintivos como tal, pero es un mosaico de toda España. Cada provincia de la Península envía a ella un contingente de individuos. Los gallegos cortan su madera y sacan su agua; las asturianas amamantan a sus bebés en sus pechos profundos y llenan los paseos con sus coloridas vestimentas; los valencianos cubren sus suelos de alfombras y sacian su sed a base de horchata de chufa; en cada calle verás el gorro rojo y las alpargatas del catalán; en todos los cafés, la cara afeitada y la coleta de un ‘majo’ de Andalucía. Madrid no tiene un carácter propio, sino que es un espejo donde se pueden ver todas las características de la Península”.</em></p>
<p>Hay ofrece también una interesante descripción de la colonia extranjera residente en Madrid, compuesta principalmente por franceses, ingleses, alemanes y <em>“algún que otro despistado yanqui que intenta vender arados y máquinas de</em><em> coser”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UNA CARRERA POLÍTICA Y TAMBIÉN PERIODÍSTICA</strong></p>
<p>La misión diplomática de Hay en España duraría un año. A finales de 1870 regresaba a Estados Unidos donde asumió funciones de editor del periódico <em>“New</em><em> York Tribune”.</em></p>
<p>De las dotes literarias de que hizo gala en “Castilian Days”, editado por primera vez en Boston en 1871, quedaría constancia en los numerosos libros, principalmente ensayos y poemarios, que publicaría a lo largo de su vida como complemento a su carrera política.</p>
<p>Antes de convertirse en jefe de la diplomacia estadounidense, fue embajador de Estados Unidos en Londres, siendo uno de sus logros conseguir que el Reino Unido se mantuviera neutral en la guerra de 1898 contra España.</p>
<p>Pese al nefasto papel político que tuvo de cara a los intereses españoles, nunca dijo sentir animadversión por España, sino todo lo contrario. En el prefacio a una de las numerosas reediciones de “Castilian Days”, en concreto una de 1890, aseguró que el arte, literatura, idioma y carácter de los españoles <em>“despertaron</em><em> mi mayor admiración, disfrutando con ellos de amistades que están entre los recuerdos más queridos de mi vida”.</em></p>
<p>John Hay falleció en 1905 a los 67 años, habiendo para entonces errado de manera estrepitosa en el vaticinio que dejó escrito en sus tiempos de diplomático en España, con el agravante de que él mismo contribuyó a que así fuera: <em>“Antes</em><em> se convertirá España al islam que Estados Unidos se hará imperialista”</em>.</p>
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		<title>Fanny Bullock Workman. En bicicleta por España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fanny-bullock-workman/</link>
		
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		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:40:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pilar Tejera Bibliografía: Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias &#160; Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Pilar Tejera<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-67-los-caminos-de-las-epidemias/">Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los veintidós años se lanzó a conocer el mundo y a escalar montañas. Se casó con acierto con un hombre con el que compartió su vida, sus andanzas y sus sueños de mujer activa, culta y amante de los viajes. Juntos, y dándole a los pedales de sus bicicletas recorrieron la España de 1895. Sobre esta aventura escribió un libro lleno de observaciones y detalles.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En una ocasión, la actriz Mae West afirmó: <em>“Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez es suficiente”</em>. Sin duda, Fanny Bullock Workman hizo honor a esta máxima. Exprimió la vida de la forma en la que sólo pueden hacerlo personas excepcionales. Fue el paradigma de la trotamundos decimonónica, una mujer que descolló por encima de las demás aventureras de la época no solo por sus andanzas sino por su ingenio, su inteligencia y, sobre todo, su elegancia y originalidad.</p>
<p>Más o menos en las mismas fechas en las que las mujeres clamaban por el derecho a montar en bicicleta, por el derecho a pensar, a estudiar, a trabajar, a votar, a “ser felices”, esta aventurera norteamericana cruzaba Argelia y Europa agarrada a un manillar. Parecía imposible que una dama protagonizara semejante proeza, pero Fanny Bullok Workman no era precisamente un estereotipo de dama victoriana. Coetánea de la Reina Victoria Eugenia, supuso el “reverso luminoso” de una época marcada por las reglas y los prejuicios, conceptos que para ella no fueron sino barreras para ser saltadas. A través de sus largos paseos por el mundo alcanzó su propia cima, como viajera, como mujer adelantada a su época, y como referente de todas aquellas damas que no lograban liberarse de las normas y leyes que las  atenazaban.</p>
<p>Fue la primera estadounidense invitada a dar una conferencia en la Sorbona de París, y la segunda en hacerlo en la Royal Geographical Society de Londres. Este último dato lo dice todo, pues pasar el riguroso filtro de la Institución que había encarnado el “Gran Inquisidor” de las viajeras decimonónicas, da cuenta de los logros de esta vividora y deportista que hizo oídos sordos a las prohibiciones de su época. Para ella, la vida se resumía a una sucesión de retos que había que superar y siempre estuvo a la altura de sus propias metas, aunque estas alcanzaran alturas improbables para el común de los mortales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>“¡VOTO PARA LA MUJER!”</strong></p>
<p>Siempre al límite de su resistencia, al filo de lo imposible, Fanny Workman jamás incluyó la palabra mediocridad en el diccionario de su vida. Asombró al mundo pedaleando por los desiertos y proclamó su apoyo al sufragio femenino a más de 6.000 metros de altura, exhibiendo una pancarta cuyas cuatro palabras, «voto para la mujer», resumían su concepto de la vida, porque participar en las decisiones del mundo era para ella sinónimo de sentirse viva. Lo suyo fue competir, llegar siempre más lejos, más arriba, sin perder con ello la toma de tierra con las cosas importantes de la vida, y de hecho consiguió encontrar la forma de compartir su faceta de madre y esposa con sus dos grandes pasiones: las cumbres y los viajes.</p>
<p>Feminista convencida, intentó convertirse en ejemplo vivo para demostrar que las mujeres que se lo propusieran, podían igualar, incluso superar, a los hombres en muchas facetas. De esta forma encarnó el espíritu de la deportista moderna y la bicicleta fue una de sus herramientas para lograrlo.</p>
<p><em> </em><em> </em></p>
<p><strong>DESPLEGANDO LAS ALAS…</strong></p>
<p>Fanny Workman nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en el seno de una familia adinerada y aristocrática. Heredó de su madre la fortaleza mental, y de su padre Alexander Bullock, empresario y gobernador republicano, la resolución y ambición.</p>
<p>En 1879, con los 22 años cumplidos, Fanny Bullock Workman ya tenía asentados los pilares básicos de su vida. Había cursado estudios en la escuela de Nueva York, había recorrido Europa, y se había perdido por la campiña francesa y la salvaje naturaleza alemana. El corazón ya le latía con una vehemencia sofocante cada vez que pensaba en viajar y en perderse entre las altas montañas, pasiones que la acompañarían de por vida.</p>
<p>Tuvo la suerte, además, de encontrar la horma de sus zapatos. Un hombre atraído por la aventura, los deportes, los retos… un hombre abierto, liberal, con el que Fanny compartió su ajetreada vida. William Hunter Workman, doce años mayor que ella, enseguida descubrió en aquella joven poco convencional su media naranja, y no tardó en introducirla en la escalada al poco de casarse con ella. Durante sus primeros años de unión, pasaron los veranos en las Montañas Blancas en New Hampshire, ascendiendo las faldas del Monte Washington. A diferencia de los clubes europeos, los clubes de escalada estadounidenses aceptaban entre sus filas a mujeres, lo que contribuyó a crear una nueva versión de la mujer estadounidense, con su dualidad tanto doméstica como atlética. Fanny se imbuyó en este espíritu entusiasmada.</p>
<p>A los Workman se les quedó pequeña la atmósfera de Worcester y pusieron su pensamiento en Europa. Después de que los padres de Fanny y William murieran, el matrimonio heredó grandes propiedades y una gran fortuna que decidieron emplear en viajar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LO PRIMERO, UN VIAJE POR EUROPA</strong></p>
<p>Su primera escapada europea consistió en una gira por Escandinavia y Alemania, donde la pareja se estableció poco después. Con dos hijos pequeños, Fanny se negó a asumir el rol de madre abnegada. Había descubierto las posibilidades de aquel nuevo mundo de glaciares y montañas, y en algún rincón de su mente se había encendido una luz. Su esposo no solo no lastró sus inquietudes, sino que alentó su realización como deportista y aventurera.</p>
<p>La pareja dejó a sus hijos al cuidado de institutrices, y comenzó recorriendo en bicicleta Suiza, Francia e Italia, antes de hacer sus incursiones por el norte de África y Asia. Recorrieron Argelia a golpe de pedal en 1895, una aventura impensable en la época, que emprendieron sin guía ni mapas precisos. Aunque para ellos supusiera un pasatiempo divertido, el peligro acechó en cada curva. Caminos impracticables, aguaceros, barrizales, ausencia de mapas de carreteras, de lugares donde pernoctar… durmieron donde podían; a veces, y con suerte, en posadas locales sufriendo temperaturas extremas donde corrieron el riesgo de congelación. A pesar de los constantes problemas, su espíritu no decayó jamás: <em>“De qué manera</em><em> la esperanza de que un camino mejore aviva los ánimos de los ciclistas en sus viajes por tierras extrañas!”</em>, escribió Fanny en su diario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESPAÑA EN BICICLETA</strong></p>
<p>Después de su aventura en Argelia, los Workman se perdieron con su bicicleta por España (cerca de 5.000 kilómetros), causando gran revuelo entre los periodistas que salían a su encuentro para entrevistar a la dama de aspecto sufragista, ataviada con impecable falda larga y gorrito que, con cada pedaleo, hacía tintinear su hervidor de té colgado del manillar.</p>
<p>Cubrieron distancias de 72 km por día, alcanzando en ocasiones los 130 km/ día. En el libro que escribieron sobre este viaje <em>“Sketches a wheel in modern</em><em> Iberia”</em>, describieron España como un país <em>“rústico, pintoresco y encantador”</em>. Fanny quedó deslumbrada por la belleza y la gracias de las mujeres españolas: <em>“Cuando la procesión pasó, deseamos a nuestra anfitriona las buenas noches</em><em> agradeciendo sus atenciones. Estábamos en el proceso de aprender a ser españoles, disfrutando de las cosas agradables de la vida. Ella pareció entenderlo y movió sus ojos oscuros con cierto toque de éxtasis bajo aquella mantilla negra”. </em>El tipismo de Andalucía y de las posadas donde se alojaron cautivaron sus sentidos: <em>“En la fonda de Sevilla, la camarera nos trajo algunos hermosos claveles y</em><em> el mozo colocó unas rosas junto a nuestros platos en la cena, que se sirvió en un comedor abierto a un patio de mármol con una fuente de caños en el centro. La cena, consistente en sopa casera, pescado delicado, aves, o batatas, y naranjas, resultó sencillamente excelente”</em>. Se sentían a gusto rompiendo el orden de una vida convencional, soñando con la siguiente salida, el siguiente destino… A lo largo del viaje, Fanny y su esposo tuvieron que recomponer la idea que tenían sobre España. Redescubrieron el sentido de palabras como felicidad, amabilidad, calor, hospitalidad&#8230; <em>“Después de la misa del Corpus Christi en Toledo,</em><em> la gente permanecía en las calles y llenaba los balcones para presenciar la procesión. La policía a caballo, intentaba hacer espacio entre la multitud, pero tratando a todos con una gentileza que rara vez muestran los agentes en otros países”</em>.</p>
<p>La extraordinaria relación del matrimonio con las personas que conocieron, con los lugares que recorrieron, queda descrita a lo largo de su libro. <em>“Antes de</em><em> llegar a Granada, pasamos una noche en Bailén y un día en Jaén. Desde esta última ciudad hasta llegar a Sierra Nevada, cuyas cumbres estaban cubiertas de nieve, tuvimos que atravesar tres cadenas montañosas, pero el viaje nos permitió descubrir la combinación variada de lo fértil y lo sublime que resulta esta parte del país. El camino estaba patrullado por la Guardia Civil, cuyos hombres cubrían sus sombreros negros con un pañuelo blanco. Aquí, como en todas partes, </em><em>los hallamos muy amables. Asimismo, descubrimos la cortesía de todas las clases</em><em> de personas hacia los demás, algo sorprendente cuando uno piensa en el sangriento espectáculo de los toros con el que tanto se deleitan aquí”.</em></p>
<p>Workman hizo siempre especial hincapié en el tesón de su esposa viajando en bicicleta. <em>“Ella concentraba su atención en el fin del camino, sin tener en cuenta</em><em> las dificultades o peligros que podrían acecharnos. Siempre avanzaba con la determinación de alcanzar su objetivo, con una valentía sin la cual no hubiera podido lograrlo. Creía en la necesidad de aprovechar cada oportunidad, jamás desfalleció ante las circunstancias desalentadoras”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>PEDALEANDO POR UN MUNDO DESCONOCIDO</strong></p>
<p>Esta aventura ciclista les dejó con ganas de seguir pedaleando, llevándoles a cubrir en bicicleta otros 22.500 kilómetros a lo largo de Tánger, India, Birmania, Ceilán, Java, Sumatra e Indochina. En total, dos años de correrías. Pasaron hambre, se enfrentaron a enjambres de mosquitos, sufrieron hasta cuarenta pinchazos de ruedas al día, y pasaron noches en chozas infestadas de ratas, pero en todo momento se sintieron ansiosos por aprender de otras culturas y disfrutar de la vida nómada. Más tarde, en los Himalayas, fueron introducidos a la escalada de gran altura. Regresaron a esta región inexplorada hasta en ocho ocasiones durante los siguientes catorce años.</p>
<p>Al concluir su existencia errante, el matrimonio escribió ocho libros sobre sus andanzas y se dedicó a pronunciar conferencias en sociedades geográficas y científicas: Fanny hablaba en inglés, alemán o francés, según lo requiriera la ocasión. La gente acudía en masa para escuchar sus aventuras. En una charla pronunciada en Lyon, Francia, 1.000 personas se congregaron en el auditorio, y 700 tuvieron que ser rechazadas por falta de aforo. Fanny no solo demostró que una mujer podía escalar grandes altitudes tan bien como un hombre, sino que ayudó a romper la barrera de género en el deporte y la aventura.</p>
<p>Después de ser admitida como miembro de la Royal Geographical Society, y de convertirse en la primera mujer estadounidense en dar una conferencia en la Sorbona, Fanny Bullock recibió varias condecoraciones, otorgadas por diez sociedades geográficas europeas y fue elegida miembro de instituciones como el <em>American Alpine Club </em>y la <em>Royal Asiatic Society</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PIONEER HIMALAYAN EXPLORERS</strong></p>
<p>Tras una vida azarosa escalando y recorriendo el mundo en bicicleta con su tetera en el manillar, Fanny Workman enfermó, y tras una larga convalecencia murió en 1925 en Cannes, Francia. Sus cenizas fueron trasladadas a Massachusetts, y descansan junto a los restos de su esposo, bajo un monumento en el Cementerio Rural de Worcester, donde puede leerse: <em>“Pioneer Himalayan</em><em> Explorers”</em>.</p>
<p>Siguiendo sus deseos expresados en el testamento, se destinó parte de su fortuna a cuatro universidades para incentivar en ellas la educación de la mujer. <em>“Nunca olvidaré la visión de aquella multitud congregada en el templo. Las mujeres</em><em> con mantillas negras arrodilladas con devoción, los hombres, apoyados en las columnas mirando hacia el coro con fervor. En Italia hay música en Semana Santa, pero no posee el solemne esplendor de España, donde los sonidos del órgano recorren las bóvedas góticas formando un obbligato de música arquitectónica”</em>, escribió esta pionera sobre el país que la embrujó. Sin duda sus palabras reflejan la sensibilidad de quien supo ingeniárselas para encumbrar y pedalear todos sus sueños.</p>
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		<title>Es Sahelí, el arquitecto de Tombuctú</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/es-saheli-tombuctu/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:25:21 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=31634</guid>

					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín 41 &#8211; Desiertos del mundo El Sahel, esa franja desconocida de terreno ganado o perdido ante el desierto, se extiende al sur del Sahara y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/es-saheli-tombuctu/">Es Sahelí, el arquitecto de Tombuctú</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-41-desiertos/">Boletín 41 &#8211; Desiertos del mundo</a></p>
<p><strong>El Sahel, esa franja desconocida de terreno ganado o perdido ante el desierto, se extiende al sur del Sahara y constituye una frontera climática en constante avance entre los arenales del norte y las sabanas y selvas del sur. Hay precipitaciones, pero escasas. Hay vegetación, pero poca. Comprende una colección de estados islámicos –antiguas colonias francesas– que se encuentran entre las más pobres del planeta. Sus fronteras son permeables y sus gobiernos, inestables en general. Y, no obstante, un día constituyó una referencia mundial para la cultura islámica y albergó algunas de las mas poderosas civilizaciones del momento, hasta el punto de que los granadinos de Al Andalus, decidieron hacer de él su hogar.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La historia de los andaluces en la Curva del Níger está siendo parcialmente recuperada, poco a poco, por diversos escritores e historiadores. El exilio de algunas familias granadinas a la actual Mali hace quinientos años o la conquista de Tombuctú por el ejército del almeriense Yawder Pacha (Yuder Pachá), a las órdenes del sultán de Marrakech en el siglo XVI, tuvieron consecuencias en forma de descendencia directa.</p>
<p>A día de hoy, aún más de diez mil familias de ascendencia andalusí habitan la Curva del Níger y aún conservan orgullosos algunas palabras del castellano como herencia cultural. Son los Arma o los Laluyi (renegados, pues se cree que en algún momento se emparentaron con cristianos y judíos). Algunos habitan en remotas aldeas, a días en piragua, en el país más pobre del mundo. Y sin embargo, durante cuatrocientos años, han escondido un tesoro que repartieron entre ellos para preservarlo de saqueadores o del ejército francés: más de tres mil  manuscritos en los que se narra la historia del Islam en la península ibérica y el exilio de los andalusís al Níger. El más importante legado histórico andalusí que existe fuera de las fronteras españolas.</p>
<p>La historia de Yawder Pachá, el soldado de fortuna procedente de Las Cuevas de Almanzora que en el siglo XVI conquistó Tombuctú al mando de un ejército de andaluces, castellanos y portugueses; la de Sidi Yaya, uno de los poetas místicos más importantes, natural de Tudela, que se trasladó a la zona en el siglo XV, la historia del viajero granadino Hassan ben Mohammed, más conocido como Juan León de Médecis o “León el Africano” que visitó la zona en las mismas fechas, la de Alí ben Ziyab al Kuti al-Andalusí, que dejó su Toledo natal en 1468, ascendiente común de una parte importante de la gran familia Arma, y cuyo hijo, Mahmud Kati, escribió una obra histórica que ha sido reconocida por la UNESCO como representativa de la Humanidad en su serie africana… Todas ellas están aquí. Epopeyas gloriosas, reyertas, migraciones y pequeños secretos de familia. Todo es válido para investigar un pasado histórico común que ha permanecido oculto de generación e generación durante siglos. Una historia que apenas ha sido contada. Quizá porque era la de los vencidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ARQUITECTO DE TOMBUCTÚ </strong></p>
<p>Entre esas historias está la del andalusí Es Saheli. Es anterior al exilio forzoso impuesto por los Reyes Católicos, puesto que nació en el año 1290. Su sobrenombre –saheli– nos habla de ese sahel árido y fronterizo que le adoptó, pero cuando nació, en la bellísima y bulliciosa Granada musulmana del siglo XIII, se llamaba Abu Ishak y amenazaba ser una persona corriente. No pertenecía a ninguna familia relevante en la corte –su padre era el alamín de los perfumeros del zoco granadino– pero por algún extraño designio estaba llamado a hacer grandes cosas. Creó un arte que aún hoy perdura y que ha inspirado a artistas de la talla de Le Corbusier, Gaudí o Miguel Barceló, elevó la sencillez a la categoría de Arte y algunas de sus obras están consideradas Patrimonio de la Humanidad… Y sin embargo ¿cuántos de los que leen este artículo han oído hablar de él?</p>
<p>Abu Ishak tenía un espíritu viajero e inquieto, alma de poeta y una curiosidad innata por saber, conocer, aprender, entender y explicarse. Llegó a ser notario de Granada y a ingresar en la Chancillería de la La Alhambra, pero sus excesos, no exentos de sexo, drogas y alcohol, como en las viejas canciones rockeras, le llevaron a caer en desgracia ante las autoridades. Fue acusado de herejía y obligado a exiliarse del país. Abandonó la ciudad que amaba con locura y que le había visto nacer y embarcó en Almuñecar. En algún momento había tomado la decisión –quizá ante una acusación de herejía que consideraba injusta– de emprender su propia peregrinación a La Meca. Quizá soñara con volver redimido –más culto, más sabio, más humilde– a la ciudad donde quedaba su familia. Probablemente mirara hacia la costa desde el barco que se dirigía, sin él saberlo, hacia la segunda etapa de su vida. El caso es que, quizá entonces no lo imaginara, pero, como en un verso de Lorca, jamás volviería a Granada.</p>
<p>Abu Ishak se convertiría en un gran viajero, sobre todo para los estándares de la época. Visitaría Damasco, Yemen, La Meca, Fez, Bagdad y El Cairo. Pero sería 98 / SGESGE / 99 en la Ciudad Santa, en el año 1330, donde el destino le pondría en el camino de otra gran personalidad de su tiempo, el llamado emperador “del Reino de los Negros”, el rey maliense Mansa Mussa.</p>
<p>En efecto, la peregrinación del emperador a La Meca esta recogida en nume-rosas crónicas de la época, especialmente porque sirvió para situar a su país en el mapa de la época. Hasta ese momento la curva del Níger era un universo desconocido. Sin embargo, la mítica ciudad de Tombuctú, destino y origen de las caravanas que cruzaban el desierto, albergaba ya tres universidades y 180 escuelas coránicas y su gobernante estaba decidido a situarla en el lugar histórico que creía que le correspondía por derecho. En una admirable operación de mar-keting para la época, en su largo periplo hacia La Meca estuvo acompañado por sesenta mil porteadores, cada uno de los cuales llevaba encima tres kilos de oro. Se dice que durante su estancia en El Cairo, la moneda local se devaluó, como consecuencia de la sobreabundancia de riquezas repentinas en la ciudad. Sin embargo, la extremada ostentación del emperador cumplía un segundo objetivo, “seducir” a los mejores de entre los mejores en el mundo islámico, y de alguna manera “comprar” con sus riquezas la cultura, el arte y la sabiduría que le faltaba a su reino. Quería músicos, pensadores y filósofos. Quería astrónomos, mate-máticos y poetas. Quería arquitectos y constructores, personajes brillantes que le dieran esplendor a su corte. El mismo que ostentaban los sultana­tos del norte de África y la mítica Al Andalus, más allá del mar…</p>
<p>Y en este momento histórico es cuan­do el emperador cazador de talentos se encuentra con el talento indiscuti­ble del granadino exiliado, Abu Ishak, quien, en 1334 regresa al Níger en la caravana del emperador junto a una corte de sabios y hombres de letras. Y una vez allí, en aquel paisaje semi­desértico, ganado a duras penas a las lluvias torrenciales y a las sequías, Abu Ishak se convierte en Es Saheli, su habilidad con las letras se con­vierte en un exquisito manejo de los volúmenes las texturas y las formas, y el poeta bohemio se convierte en “el arquitecto de Tombuctú”, como le rebautizó el escritor Manuel Pimentel en el formidable libro en el que recupera para la historia la extraordinaria figura de Es Saheli.</p>
<p>¿Y por qué arquitecto? ¿Y por qué no? Es Saheli había admirado las construc­ciones palaciegas granadinas, las suntuosas mezquitas de La Meca, la monumen­talidad egipcia… Y sin embargo, cuando el emperador le pidió que dotara a su país de aquella misma majestuosidad, Es Saheli tuvo la inteligencia de no copiar todas aquellas maravillas, sino de reinterpretarlas, de contextualizarlas en aquel paisaje humilde de barro y acacias dispersas. Para ello tomó esos dos materiales como base –barro y madera de acacia– y los elevó a la categoría de arte al usarlos para levantar grandiosas estructuras de adobe, con vigas vistas de madera y una ingeniosa interpretación de las luces y las sombras proyectadas por el sol, como si fueran una prolongación de la propia tierra. Así construyó la mezquita de Djinguereber y las de Tombuctú –declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pero su influencia iría mucho más allá, ya que hasta día de hoy las mezquitas– no solo de la curva del Níger, sino desde Guinea a Sudán, pasando por Burkina Faso se continúan construyendo de la misma manera, en lo que ha dado en denominarse “arquitectura sudanesa”, pero que, si la historia entendie­se de justicia, podría haberse llamado “arquitectura granadina”.</p>
<p>Las relaciones entre Andalucía y la Curva del Níger pueden calificarse, por extraño que parez-ca, de milenarias. En tiempos del califato de Córdoba ya había lazos culturales e históricos entre ambos países y la coronación de los reyes de Gao, en Mali, se hacía bajo los auspicios del califa cordobés, pero quizá sea en este momento, en la mágica ciudad de Tombuctú, cuando cristalice y se fusione para la posteridad, para los ojos de todos los que queramos tomarnos la molestia de viajar a verlas, la esencia de ambas civilizaciones: la magnificencia andalusí y la sencillez y el sol y la tierra agrietada de ese cinturón de tierra al sur del Sahara.</p>
<p>La historia que es amiga de los finales felices, cuenta que Es Saheli se asentó en Tombuctú, que continuó construyendo mezquitas y palacios y que tuvo la oportunidad de seguir viajando como embajador de Kanku Mussa, el emperador de aquel “Reino de los Negros” que empezó a levantar envidias, amistades interesadas y suspicacias cuando decidió exhibir su riqueza. Y como también es amiga de las cifras y de la anécdota nos cuenta que el arquitecto granadito recibió 170 kilos de oro por la construcción de la mezquita de Djingereiber, en Tombuctú, y que ésta fue siempre su predilecta. Puede que fuera así, pues murió en ella, en su patio en el año 1346. Pero también puede que hubiera pagado esos 170 kilos de oro –o gran parte de ellos– por la posibilidad de volver a ver Granada. O una vez más, como diría Lorca, su Granada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>
<p>■ <em>El Arquitecto de Tombuctú</em>, de Manuel Pimentel. Ed. Umbriel. 2008.</p>
<p>■ <em>La Conquista de Tombuctú</em>, de Antonio Llaguno. Ed. Almuzara. 2006.</p>
<p>■ <em>Los Otros Españoles</em>, de Ismael Diadié y Manuel Pimentel. Martínez Roca, 2004.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen de <span class="mw-mmv-source-author"><span class="mw-mmv-author">Mousssa NIAKATE.</span></span></em></p>
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		<title>Fernando de Aranda. El arquitecto de Damasco</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fernando-de-aranda/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 07:43:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Miquel SilveStre Bibliografía: Boletín 40 Los grandes exploradores no conocieron el transporte aéreo. Seguir sus míticas huellas obliga a recorrer los mismos caminos de aquellos obstinados. Sólo así se [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/fernando-de-aranda/">Fernando de Aranda. El arquitecto de Damasco</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Miquel SilveStre</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-40/">Boletín 40</a></p>
<p><strong>Los <em>grandes exploradores no conocieron el transporte aéreo. Seguir sus míticas huellas obliga a recorrer los mismos caminos de aquellos obstinados. Sólo así se puede aprehender algo de su espíritu. El fantasma del personaje español que esta vez busco en Oriente Medio me ha traído primero hasta Estambul, donde su padre había sido invitado por el Sultán Abdul Hamid II para dirigir su orquesta. Pronto, el capaz y ambicioso músico fue ascendido a general de división y nombrado director de todas las bandas militares del Imperio Otomano. Su hijo, Fernando de Aranda, fue un reputado arquitecto en Siria. Esta es su historia.</em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando el sultanato empezó a decaer, Fernando de Aranda (padre) dejó Estambul para emigrar con su familia a Damasco, donde llegaría en 1903. Pongo pues rumbo a Siria tras los pasos de este personaje. Esta vez no utilizo el populoso paso que lleva de Antakia a Aleppo, sino el mucho más remoto de Nusaybin, cercano a Iraq y puerta de entrada a un desierto plano e infinito en el que apenas algunos rebaños de camellos rompen la polvorienta monotonía. Al llegar a Tadmor desde el noreste no veo nada más que los sórdidos callejones de una barriada humilde. El único punto de referencia es la imponente ciudadela árabe construida en el siglo XVII sobre un monte cercano. Desde esta atalaya diviso las crestas de un paseo erizado de columnas. Es Palmira. Desciendo campo a través y llego hasta el corazón del yacimiento. No soy el único motociclista. Los comerciantes locales de bisutería y antigüedades falsificadas usan pequeñas motos para circular entre las ruinas romanas.</p>
<p>Patrimonio de la Humanidad desde 1980, Palmira es un testimonio vivo de otra época. A diferencia de otras joyas arqueológicas, se puede acceder libremente. No hay barreras ni guardianes. Literalmente a tiro de piedra está el hotel Zenobia, el más antiguo. Su nombre fue elegido en honor a la esposa del gobernador romano Septimio Ordenato que al enviudar se erigió en soberana de un reino independiente hasta que en el 272 fue derrotada por las tropas imperiales.</p>
<p>De una sola planta y perfectamente integrado en el entorno, el Zenobia fue inaugurado cuando se desconocía por completo algo llamado turismo. Quienes a principios del siglo XX llegaban hasta aquí eran viajeros cosmopolitas sin urgencia alguna. Espías, diplomáticos o fugitivos. Desde su privilegiada terraza se contempla la puesta de sol entreverada de capiteles y ábsides milenarios. En la recepción hay una foto de don Juan Carlos I y doña Sofía. También Alfonso XIII pernoctó aquí. El hotel es conocido en España. La razón es un reciente libro de éxito de Cristina Morató sobre Marga d’Andurain, bohemia dama francesa que fue su directora. Pero lo que busco no son las novelescas andanzas de esa mujer de leyenda a quien algunos consideraron espía británica, sino las huellas del hombre que diseñó este sobrio edificio: Fernando de Aranda, hijo del director de la orquesta del Sultán, que decidió quedarse en Siria cuando el Imperio Otomano se desintegró.</p>
<p>El gerente confirma que muchos españoles han visitado el hotel a raíz de la publicación del libro sobre d’Andurain, pero que nadie le había preguntado antes por Aranda, quien además fuera vicecónsul honorario de España durante la Primera Guerra Mundial con la misión de proteger a los occidentales que permanecieron en Oriente Medio. Me sorprende ese desinterés. La historia es poco conocida pero no es secreta. Recientemente, el Instituto Cervantes ha publicado un volumen completo sobre su figura, esencial para entender la fisonomía de la Damasco moderna.</p>
<p>Tras el desierto, aparece la bulliciosa capital de Siria. La puerta del romano templo de Júpiter separa la Mezquita de los Omeyas del bazar cubierto de Al-Hamadiye, donde se mezclan todos los aromas, se venden todas las telas, se ofertan todos los sabores y se demandan todos los oficios. La Vía Recta, plantada sobre la Vía Decumana latina nace en el zoco y termina en el barrio cristiano, por el que la mayoría de las mujeres caminan descubiertas, los restaurantes sirven alcohol y los colegios acogen una muchachada mixta que camina despreocupada y alegre. El arquitecto español unió su vida a este lugar y lo llenó de genio. Aquí murió en 1969 y aquí está enterrado en un cementerio musulmán. Casado con una turca rica, se convirtió al Islam, al igual que hicieron otros aventureros españoles. Como Domingo Badía, primer occidental que visitó la Meca y que fue bautizado con el nombre de Alí Bey. Más de setenta edificios llevan la personalísima impronta de Aranda. El Serrallo (hoy sede del Ministerio del Interior), la Universidad Vieja, el Banco Comercial de Siria y multitud de palacetes privados. También algunas mezquitas de las más de setecientas que hay en el municipio permanentemente habitado más antiguo del planeta.</p>
<p>Sin duda, la obra más representativa de su estilo sobrio y funcional, bello y alejado del manierismo modernista, es la estación ferroviaria del Hedjaz O Hiyaz, construida entre 1917 y 1920 para llevar a los peregrinos hasta los santos lugares de Arabia. La línea uniría Damasco con Medina, en lo que hoy es Arabia Saudí. Sin embargo, este tendido ferroviario fue pronto saboteado por los árabes, pues más que una finalidad religiosa la veían militar. El tren llevaría soldados turcos de modo rápido hasta el extremo de las posesiones otomanas. Uno de los más fieros enemigos de este ferrocarril fue el famoso Lawrence de Arabia, motero él, por cierto (se mató en una Brough Superior, el Rolls Royce de las dos ruedas), que desde el Wadi Rum de Jordania dirigía la sublevación árabe contra el sultanato.</p>
<p>El recepcionista del cercano hotel Sultán no sabe que la bellísima estación la diseñó un español. Para él los responsables fueron alemanes. Pero si bien es cierto que la línea férrea, que en muchos tramos circulaba por debajo del nivel del mar, fue obra del ingeniero Heinrich August Meißner, el edificio en el centro de Damasco es obra exclusiva de Aranda, quien no escatimó medios en su construcción. Así, reclamó que trajeran azulejos de Talavera de la Reina, levantó dos amplias plantas, decoró el interior con maderas oscuras y colocó vidrieras que tamizaran la recia luz meridional. En el que quizá sea su trabajo más logrado, combinó perfectamente la eficacia de una ingeniería civil con el delicado refinamiento oriental.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hoy la vieja estación de Damasco está sin uso. Permanece intacta en su céntrica ubicación. Nadie reclama que se demuela para levantar en su valioso solar una torre de apartamentos o un centro comercial. Tampoco es un cascaron vacío. Alberga una librería y una colección de fotos de la historia gloriosa del ferrocarril. Perfecta en su tranquila belleza, el reloj de la fachada está parado y el interior evoca un mundo de trenes de vapor y viajeros sin prisa. Por sus pasillos aún pasean los apasionantes fantasmas de Fernando de Aranda y su época: tiempo convulso de aventureros, mujeres fatales, espías, agentes dobles, diplomáticos y fugitivos que jamás conocieron esa moderna atrocidad de los vuelos low cost.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>España vista por Japón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espana-vista-por-japon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:27:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eddy Y. L. Yang Bibliografía: Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos &#160; &#160; Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Eddy Y. L. Yang<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-49-oceanos/">Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. Se trata de una descripción histórica y geográfica que forma parte del <em>Yochishiryaku, </em>un conjunto de volúmenes de carácter enciclopédico sobre distintos países del mundo. Se publicó en la década de 1870, a principios del periodo Meiji.</strong></p>
<p>La serie consistía en trece volúmenes, de los cuales los diez primeros fueron editados por Uchida Masao (1839-1876), educador y funcionario del gobierno Meiji, quien, según algunas fuentes, viajó durante varios años por distintos países europeos. En realidad el <em>Yochishiryaku </em>es una ampliación de otra serie enciclopédica publicada cincuenta años antes, aunque en este caso la edición tuvo un carácter oficial, al ser compilada por el Mombush, el Ministerio de Educación. En el primer volumen se explica cómo el trabajo se realizó basándose en las explicaciones, informes y datos aparecidos en libros ingleses, alemanes y holandeses. La intención del Ministerio de Educación era reunir en estos volúmenes la información recogida sobre distintos países, para así poder aprender de las experiencias ajenas, justo en un momento en que Japón se embarcaba en su propio rumbo hacia la modernización. En ese sentido lo más destacable, desde nuestro punto de vista, será observar y destacar el tipo de referencias que al gobierno Meiji le interesaba recoger sobre España.</p>
<p>Y así volvemos a nuestro libro, el volumen quinto de la serie de <em>Yochishiryak</em>, la que se centra en Europa, específicamente dedicada a Francia, Holanda, Bélgica, España y Portugal, ofreciendo una visión general de estos países. La parte dedicada a España aparece al final del volumen y ocupa desde la página 63 hasta la 86, en total 46, ya que cada doble página se numera como si fuera una sola.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Descripción geográfica e histórica</strong></p>
<p>Se nos da primero una descripción de la geografía de la península ibérica, junto con un mapa, proporcionando información sobre el clima de diversas regiones, deteniéndose también en los ríos, así como en las cadenas montañosas más importantes, como los Pirineos, señalando su papel de frontera natural entre Europa y la península.</p>
<p>A continuación se pasa contar la historia de la que se considera como la raza ibérica. Además de los orígenes celtas y visigodos, el texto habla también de la expansión islámica, citando los magníficos palacios y otras construcciones que testimonian la gloria de su pasado. Y subraya la importancia de la tecnología, las artes y la lengua de los árabes, considerándolos elementos que han tenido gran influencia en la cultura española. El texto continúa presentando la gran historia naval de España junto con la de Portugal. Se menciona tanto el descubrimiento de América como la primera vuelta al mundo de Magallanes, señalando de paso la contribución de los portugueses en este hazañas marítimas.</p>
<p>Varios párrafos están dedicados a la historia religiosa de España, asegurando que <em>“todo el mundo sigue la vieja religión” </em>(catolicismo) con devoción, y que en este país no se tolera la práctica de otras religiones distintas; incluso, así se observa, aquellos que optan por cualquier tipo de reforma religiosa son objeto de un trato inmisericorde o incluso de la muerte. Continúa explicando cómo los sacerdotes y obispos son los auténticos detentadores del poder y los controladores del pueblo. De acuerdo con tal situación <em>“inquietante y necia”, </em>comenta, en España tampoco se han producido avances en las artes y las ciencias. Y el texto japonés sostiene que las mejoras llevadas a cabo, como el ferrocarril, la electricidad o los barcos de vapor, han sido debidas a personas extranjeras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Religión y costumbres</strong></p>
<p>El texto vuelve una y otra vez al tema de la religión, aludiendo a la famosa Inquisición, apostillando que encarceló y asesinó cruelmente a millones de personas, tanto en España como en sus colonias. Según la opinión de los redactores del <em>Yochishiryaku</em>, la falta de libertad religiosa ha impedido la formación cultural y científica de los españoles, al ser la ciencia considerada como un enemigo por parte de del poder religioso.</p>
<p>Resulta cuanto menos curioso ese interés por la relación entre religión y poder que muestran tales informaciones. Así como parecen singulares los comentarios tajantes expuestos en este volumen.</p>
<p>Las páginas que siguen se ocupan del apartado de las costumbres y abren con una ilustración de la plaza de toros de Sevilla en reproduciendo la escena de una corrida. Se nos cuenta que, a pesar de que las distintas regiones tienen diferentes climas, tradiciones y lenguas, los españoles disfrutan de la música y el baile por igual, sin importar su origen. Pero el punto de atención en este apartado recae (¿podría ser de otro modo?) en las corridas de toros. Comenta cómo los espectadores se dejan llevar enfebrecidos por este acontecimiento lleno de adrenalina, que tiene lugar durante varios meses en el verano y el otoño. Y añade que varios cientos de toros son lidiados hasta su muerte cada semana. Una nota final menciona que las corridas de toros eran practicadas en la antigua Roma y Grecia, pero que en siglos posteriores se prohibieron y tan sólo se siguen realizando en España y México.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Visión de las ciudades</strong></p>
<p>A continuación, se nos proporcionan datos sobre la población de España, detallando que unas ciento veinte ciudades cuentan con una población superior a los 10.000 habitantes, y unas veinte con más de 20.000. En el caso de las ciudades más famosas, entre las que incluye a Madrid, Barcelona, Málaga, Granada, Sevilla, Murcia, Valencia, Cádiz y Zaragoza, la población se sitúa sobre los 100.000 habitantes en cada ciudad. Comenta que muchos de sus habitantes son pobres y que la mayoría de las ciudades florecientes se encuentran en el sur de la península. Madrid cuenta con una sección propia, en la que se señala su ubicación en el centro del país, anotando la longitud y altitud, y también el número de habitantes (320.000). La ciudad, nos cuenta, se había convertido en la capital de la nación bajo el mandato del rey Felipe II, y está encerrada por un muro con dieciséis entradas. Se dirige la atención también a la grandeza del Palacio Real, con anchas avenidas a su alrededor, árboles y fuentes en dichas avenidas, y describe el palacio como un lugar de encuentro de la gente que busca aire fresco durante el verano. También se cita la gran biblioteca de palacio y su colección de armas. Una serie de ciudades y monumentos son a su vez tratados de forma diferenciada.</p>
<p>Ofrecemos una síntesis de lo expuesto en este apartado.</p>
<p>Sobre Barcelona menciona el floreciente comercio con el extranjero de la segunda ciudad de España, y que los barcos de vapor operan con regularidad entre ella y Marsella en el sur francés. Destaca su bello trazado y su gran oferta de tiendas, hoteles, teatros y oficinas gubernamentales en el paseo de Las Ramblas. Describe Granada como una ciudad que floreció en el pasado musulmán, pero que gradualmente entró en declive en los tiempos modernos. La catedral, señala, contiene las tumbas de Isabel y Fernando y está realizada con un arte de la mayor calidad. También se cita a La Alhambra por sus fabulosas arquitectura y decoración, distinguiéndola como una de las maravillas del mundo occidental. Según el texto Sevilla es la tercera ciudad de España, con más de 158.000 habitantes. El río Guadalquivir recorre unos 18-<em>ri </em>(<em>ri </em>era una medida de distancia de la época, antes de la introducción del sistema métrico en Japón en el año 1891) a través de la ciudad, donde uno encuentra una gran catedral y un palacio árabe, así como una enorme plaza de toros. También, señala, puede presumir de poseer la fábrica de tabaco más grande de la provincia, que emplea varios miles de trabajadores ininterrumpidamente y está afiliada al gobierno provincial. También posee una gran fundición de cañones, y remarca que en la ciudad se estableció el primer tribunal de la Inquisición contra los herejes.</p>
<p>A una distancia de 29 <em>ri </em>de Sevilla se encuentra Córdoba, con un glorioso pasado musulmán, y donde aún se pueden contemplar palacios y mezquitas. La ciudad, observa, también es famosa por sus productos de cuero Guadamecil.</p>
<p>Un poco más extensa es la sección dedicada a Cádiz y sus alrededores, que incluyen Gibraltar, el puerto de Sanlúcar, de donde, refiere, Magallanes partió decidido a circunnavegar de la tierra, y la pequeña ciudad de Palos, de donde Colón salió en su “<em>búsqueda de las Américas</em>”. Fundada por los fenicios, la ciudad se describe como abandonada y empobrecida tras su boyante pasado, cuando miles de barcos de mercancías recalaban en su puerto. También se menciona la destrucción de la flota inglesa durante el asalto a Cádiz conducido por Nelson en el año 1797. (El texto no señala que la mayor derrota de Nelson en ese año tuvo lugar en las aguas de Tenerife).</p>
<p>Habla de la localización estratégica de Gibraltar y detalla las diversas batallas que aquí tuvieron lugar. Lo describe como <em>“posesión británica desde hace ciento sesenta y cinco años”</em>, y que “<em>sus acantilados que se elevan como imponentes biombos</em>” son un espectáculo para la vista. Con guarniciones británicas, la pequeña ciudad de 15.000 habitantes soporta un clima abrasador y su población sólo dispone del agua de lluvia para beber. Árabes y africanos, señala finalmente, viven asimismo en el peñón, que tan sólo sirve como llave para el tráfico mediterráneo.</p>
<p>La última sección está dedicada a las islas bajo posesión de España, incluyendo Mallorca, Menorca y las Islas Canarias, detallando su localización y sus productos. También pasa a contar cómo las colonias españolas en el mundo se han reducido y se hace una relación de las existentes.</p>
<p>En resumen, y a la vista de lo escrito, se trata de un documento muy curioso que evidencia el interés del Ministerio de Educación japonés en conocer los puntos fuertes y débiles de nuestro país. Siempre desde su peculiar mirada. El poder naval de España y su época de esplendor, así como su posterior declive, eran sin duda importantes para el gobierno Meiji, que buscaba convertir a Japón en una nación moderna y poderosa<em>. </em></p>
</div>
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		<title>Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:10:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/irene-de-claremont/">Irene de Claremont desde El Olivar de Castillejo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por María Luisa Martín-Merás<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-47-volcanes/">Boletín SGE Nº 47 &#8211; Volcanes</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Irene de Claremont, perteneciente a una familia liberal y cultivada inglesa, licenciada en Historia y Economía por la Universidad de Cambridge, llegó a España en 1922, tras su matrimonio con el krausista José de Castillejo. La finca “El Olivar del Balcón”, en Chamartín de la Rosa, entonces municipio independiente de Madrid, fue su hogar hasta 1936, cuando, tras el inicio de la Guerra Civil, logró salir con sus hijos por mar y llegar hasta Port Bou y de allí a Londres. Poco antes de su muerte, en 1967, escribió <em>“I married a strange”</em>, la historia de su vida en España y el exilio, el libro de sus memorias que aquí comentamos.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Respaldada por el viento </em>es el título de la traducción al español de la autobiografía de Irene Claremont de Castillejo, en la que narra los quince años que vivió la autora con su marido en España y el exilio que sufrieron hasta la muerte de este en Londres, en 1945. La obra original en inglés fue traducida por Jacinta, la hija mayor del matrimonio, que en la introducción nos informa de los antecedentes de la familia de su madre y del objetivo que esta buscaba al transmitir sus recuerdos:<em>“la autobiografía que ahora se publica fue concebida y escrita ya al final de su vida para sus nietos, nacidos y criados en Inglaterra, para que supieran quien había sido su abuelo”</em>. La traductora explica que, ante la imposibilidad de traducir exactamente el título inglés optó por este otro que <em>“de alguna manera correspondiera a la vivencia de mi madre”</em>, aunque para el lector no quede clara esta relación.</p>
<p>Distintos argumentos se superponen en la obra. Por una parte, la personalidad del marido, al que apenas había tratado antes de su matrimonio (¿de aquí quizás el título original de la obra?), su amor por la tierra y las labores agrícolas, la labor pedagógica a la que se entregó y el entorno intelectual en el que se desenvolvía. Catedrático de Derecho Romano, José Castillejo era también secretario y eminencia gris de la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, la institución encargada de promover la educación y la investigación científica en España en la primera parte del siglo XX, hasta su desaparición después de la Guerra Civil. Bajo la dirección de este organismo se crearon una serie de instituciones, entre otras el Instituto Escuela, centro educativo impulsor de la reforma de la enseñanza pública y de la formación del profesorado, del que José Castillejo fue el <em>alma mater</em>, la Residencia de Estudiantes, etc.</p>
<p>Cuando llegó el momento de escolarizar a sus hijos, Castillejo puso en marcha una innovadora y avanzada propuesta pedagógica, la Escuela Plurilingüe para la enseñanza de los idiomas formando parte del plan de estudios de los niños y, más adelante, la Escuela Internacional con el mismo propósito.</p>
<p>Castillejo, por tanto, pertenece a la elite intelectual española sobre la que su esposa destaca <em>“el alto nivel cultural del pequeño núcleo intelectual de Madrid que se erguía sobre una población en gran parte analfabeta”. </em>En general, siguiendo su teoría de los contrastes en el paisaje, clima y carácter españoles, opina que se da al mismo tiempo “<em>gente sumamente tosca y otra refinadísima; de inteligencia sobresaliente o aburridísimos”.</em></p>
<p>Rechaza por lo tanto algunas costumbres sociales españolas, como las invitaciones a largas comidas formales y prolongadas sobremesas donde los hombres se reúnen a un lado para hablar de cosas serias y las mujeres a otro para comentar los problemas del servicio; y le advierte a su marido que ella no las va a organizar en su casa pero que estará siempre dispuesta a acoger en su mesa a los amigos que lleguen sin avisar y sin protocolo. “<em>La institución (La Institución Libre de Enseñanza) era uno de los pocos hogares en Madrid donde se mantenía este estilo de casa abierta”. </em>Esa es la razón por la que Irene no participa de forma significativa en este entorno, y así en sus recuerdos se manifiesta sobre todo como esposa y madre<em>“Al casarme con José, dejé atrás en los arrecifes de Dover toda pretensión de intelectual y me lancé derecha, no a la cabeza, sino al corazón de España. Mi vida gravitaba alrededor de un hombre, de su casa, sus olivos y sus animales, pero nada más”.</em></p>
<p>En coherencia con lo anterior, la parte principal de la biografía está dedicada a su sencilla vida diaria y al impacto que le produjeron Castilla y sus gentes<em>. </em>Aunque a la edad de 16 años pasó un verano en Galicia con la familia Cossío y desde entonces “<em>España se apoderó de mí para no soltarme jamás”, </em>su regreso ya casada supuso el descubrimiento de un país nuevo y desconocido. Es el paisaje castellano el que le impacta y se enamora de la Castilla seca, de su dureza y su luz, de sus atardeceres, de la campiña y de sus gentes. Se siente atraída y fascinada por este mundo agreste que es el que ama su esposo, nacido en Ciudad Real y procedente de campesinos extremeños:<em>“La imagen de Castilla con sus kilómetros y kilómetros de tierra desnuda y blanca, abrasada por el sol, nunca deja de entusiasmarme cada vez que la veo de nuevo…Las cordilleras que atraviesan Castilla son bellas pero descarnadas, revestidas de gigantescas rocas como piedras fósiles”</em>. Después de pasar 15 días en la Granja, donde los jardines del Versalles español no la impresionan y sí las vertientes de las montañas y la rápida puesta del sol castellano, ya que “<em>el crepúsculo pertenece a Inglaterra</em>”, el matrimonio se instala en la finca “El Olivar” en el término del pueblo de Chamartín, que estaba comunicado con Madrid por un tranvía. Allí pasará la autora “<em>quince años de vida idílica en un olivar, con nuestros cuatro hijos, en total armonía</em>” Aunque en algún momento de su autobiografía Irene constata que <em>“me había casado con un extraño pero la extraña era yo” </em>enseguida se integra de la mano de su marido en las labores del campo, que le encantan. Recolectando la uva, haciendo mermelada y conociendo a los habitantes del pueblo descubre que esa era la vida que había añorado siempre. Extiende su mirada lúcida y cercana sobre los españoles, sin poder evitar caer en algunos estereotipos: la belleza de los españoles, cuyos rostros “<em>casi todos eran ovalados, de nariz larga y aguileña, el cutis claro, color oliva, salvo cuando está marcado por la viruela, bajo largas pestañas y cejas en arco</em>”, la pobreza y dignidad de la gente, vestida siempre de negro, el extremismo pendular del carácter español que atribuye al clima y al paisaje extremo en el que viven, la sabiduría campesina con su amplio repertorio de refranes para cada situación y que ella parece haber coleccionado, pues los reproduce en la obra. “<em>El refrán español es la quintaesencia de la sabiduría nacional…existen 50.000”.</em></p>
<p>Considera que no responde a la verdad el tópico de la holgazanería de los españoles y detalla con ejemplos el peculiar sentido del tiempo que tienen. La basura que encuentra por las calles y caminos le produce una gran consternación y se declara horrorizada. Lo mismo le ocurre con el ruido en las ciudades. Contrapone su tímido carácter inglés frente la algarabía y verborrea de algunas mujeres españolas.</p>
<p>Para ayudarse en la comprensión de España y los españoles repasa la historia y la geografía del país. Cree que el aislamiento del resto de Europa es la causa por la que España ha permanecido sumergida tanto tiempo en la Edad Media, y este aislamiento se debe a su situación geográfica, una casi isla cerca de África, que “<em>ha recorrido sin impedimento su camino individual” </em>ya que <em>“España no sirve de tránsito para ningún sitio y durante mi estancia, 1922-1936, el extranjero apenas se conocía”. </em>Asimismo califica a España como un matriarcado en el que la mujer domina y dirige el ámbito doméstico e influye de una manera determinante en el marido. Observa la costumbre de que los niños tomen parte en toda clase de reuniones, pues los españoles los adoran y hablar de ellos les enternece el corazón, juzgando a las muchachas campesinas como excelentes niñeras. El lazo familiar es fuerte y perdura en los hijos aun cuando hayan formado ya su propio hogar. Señala también las raíces campesinas de los españoles que no han perdido el contacto con el pueblo donde vivieron sus antepasados. Se detiene a examinar el concepto de la muerte y el luto entre los españoles y reproduce una curiosa costumbre: “<em>En La Mancha, tierra de Don Quijote, cuando fallece alguien vacían los jarros de agua no sea que el espíritu del muerto regrese y habite el agua. Por regla general se les habrá olvidado ya el origen de una costumbre que fue universal y que ahora estará desapareciendo”.</em></p>
<p>Del trato con los habitantes de Benidorm, donde la familia solía veranear Irene, nos deja una pincelada sobre su diferencia de actitud con respecto a las personas del interior: en la costa la gente es más suave y acogedora.</p>
<p>Y es en Benidorm donde, en el verano de 1936, les sorprendió el comienzo de la guerra civil. Sus efectos dramáticos conforman el argumento final que compone la biografía reseñada.</p>
<p>Gracias a la influencia del cónsul británico pudo salir la madre con sus niños en un destructor francés que los dejó en Port Bou. Tras pasar por París, llegaron a Londres donde poco después llegó José Castillejo, tras haber escapado de una patrulla anarquista que lo había detenido para matarlo<em>. “Cuando llegó a Londres, los doce días de horror sin tregua le habían transformado en un viejo”. </em>Las impresiones que nos trasmite sobre la guerra civil parecen estar inducidas por la mirada de su esposo que consideraba que las mujeres en la guerra<em>: “eran mucho más vehementes y sanguinarias que los hombres y más dispuestas a tirar del gatillo por capricho”. </em>Ella por su parte fundamenta esta explicación tan peculiar en el estricto matriarcado que existe en España. <em>“Me causó gran impresión la inteligencia de la mujer iletrada española. En mi vida había conocido nada semejante. No se puede por menos de pensar que la dominación de esta criatura vehemente y elemental fuera una de las concausas que tan trágicamente mantuvieron dividida a España durante la guerra civil. Estas no sueltan jamás a los hijos. Entonces cuando, con la impetuosidad que corresponde a la juventud, el hijo toma posturas extremadas </em><em>de un lado o de otro, la madre, ansiosa de no perderle, a su vez se apropia del nuevo fanatismo comunista o fascista, según el caso, y arrastra al marido” </em>Un año más tarde, en el verano de 1937, la familia se trasladó a Ginebra donde José Castillejo obtuvo un empleo. Pero, con motivo de la declaración de guerra de Gran Bretaña, la familia se separó, pasando el padre a trabajar a Londres y quedándose el resto de la familia en la neutral Suiza. En la primavera de 1940, después de la invasión de Bélgica, la valerosa Irene con sus cuatro niños y sin dinero tiene que huir de los alemanes iniciando un viaje lleno de penalidades a través de Francia, primero a Hendaya y luego a Burdeos para embarcar hacia una Inglaterra en guerra. <em>“Sería mucho después de la conflagración, instalados ya en Ginebra y tras pasar él dos inviernos en América, cuando yo empecé a tener voluntad propia”</em>. Parece ser que los últimos años en Inglaterra fueron para Castillejo infortunados, por el dolor moral que le produjo la contienda civil española y el desencanto de estar apartado de su tierra. Esta deliciosa obrita de poco más de 150 páginas, escrita sin ninguna pretensión literaria, es un documento de primera mano para conocer datos históricos, imágenes geográficas y detalles sociológicos a través de la visión respetuosa de una persona, procedente de familia liberal inglesa, que supo adaptarse a una sociedad y a una tierra llena de contrastes y tan diferente a la suya.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Respaldada por el viento. </em>Madrid, Ed. Castalia, 1995 <em>I married a stranger. Life with one of Spain’s enigmatic men </em>[i.e. José Castillejo]<em>.</em>Irene Claremont de Castillejo, [The Author: London? 1967.] 1967</p>
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		<title>La España de los viajeros anglosajones</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 10:42:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-espana-de-los-viajeros-anglosajones/">La España de los viajeros anglosajones</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Lucía Villanueva<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-46-oceano-pacifico/">Boletín SGE Nº 46 &#8211; Océano Pacífico</a></p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Un regalo para todos los interesados y curiosos: se trata de una exposición que podemos contemplar desde nuestra casa. El tema: la imagen de España a través de los viajeros de lengua inglesa durante los siglos XVIII, XIX y XX. Más exactamente, a través de sus escritos, sus grabados y litografías. Se lo debemos al Instituto Cervantes, que ha organizado los materiales estructurándolos según distintos aspectos de la vida cultural, política y social española, desde las costumbres, el carácter de hombres y mujeres o las instituciones. Este artículo es tan sólo una muestra de lo que podemos encontrar en la página web del Cervantes.</strong></p>
<p>Más de cien los autores y bastante más de doscientos los libros a los que ya, a golpe de clic, podemos tener a nuestro alcance: se trata de la Exposición Viajeros en España que el Instituto Cervantes, con la colaboración de Google, inauguró el pasado 10 de octubre. Una exposición virtual que, en palabras de su comisario Alberto Egea Fernández Montesinos, “quiere dar a conocer los modos en que se ha representado España a lo largo de los últimos dos siglos”. La base bibliográfica está constituida por la colección de libros de viaje reunida en el Instituto Cervantes de Londres, donde se recogen obras de autores procedentes del Reino Unido, Estados Unidos, Irlanda, Canadá y Australia escritas entre 1750 y 1950.</p>
<p>Los contenidos (siempre siguiendo las palabras del comisario) están ordenados en bloques temáticos dedicados a distintos aspectos de la cultura y forma de vida españolas, y junto a los textos originales se pueden contemplar reproducciones de grabados, litografías y mapas. Como ayuda valiosísima se incluyen una serie de artículos escritos por expertos que analizan la importancia de las obras. De entre estos bloques temáticos hemos querido elegir, desde el boletín de la SGE, por razones obvias, el cuarto, dedicado al Viaje, como forma de aproximarnos a esta inmensa exposición y disfrutar de todo lo que nos ofrece.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DILIGENCIAS, TRENES Y ACÉMILAS</strong></p>
<p>“Los viajeros del final del XVIII describen un país casi intransitable por las pésimas carreteras y las incómodas diligencias. De las duras jornadas a caballos se pasa a los primeros ferrocarriles según avanza el siglo XIX, que trae un gran desarrollo de las infraestructura” nos advierte, situándonos en la realidad, el panel dedicado al transporte en la España de entonces. Y se trata de una fiel síntesis de lo que escriben nuestros viajeros. Lady Louisa Tenison señala que tardó seis horas en desplazarse de Madrid a Toledo en 1853, y sobre las diligencias escribe el inglés Henry Blackburn en 1866: <em>“El techo es una especie de almacén donde viajan de polizones el equipaje y las mercancías de los pasajeros, incluidas provisiones de toda clase, vivas y muertas. Cuando el resto de los asientos está ocupado, los pasajeros se hacinan en el techo, y a menudo pasan un rato entretenido tratando de mantener a raya la carga de baúles y cajones mientras la diligencia oscila de un lado a otro; cuando anochece, como se podrá imaginar, el combate se vuelve aún más emocionante”</em></p>
<p>Sobre la situación de los trenes y las estaciones ferroviarias comenta en 1870 Marguerite Purvis (que escribía bajo el nombre de Mrs. William Augustus Tollemache): <em>“En España, si se desatienden los horarios, hay que ayunar durante horas, pues no es posible tomar nada en esas horribles estaciones. Los españoles se pertrechan de cestas con provisiones; y los viajeros ingleses harían bien en imitar su ejemplo. Cenar en Toledo habría interferido en nuestra visita turística; así que acordamos volver hasta Aranjuez y cenar allí. Este plan nos aseguraría comida y descanso, ninguno de las cuales nos habría esperado en el empalme de Castillejo.”</em></p>
<p>La misma Marguerite Purvis, sobre el trayecto de Granada a Bobadilla que le llevó cuatro horas, relata: <em>“La carretera era ciertamente áspera y mala más allá de toda descripción. A veces teníamos que apearnos mientras nuestros conductores la reparaban con piedras de las cunetas, y luego nuestro cochero pedestre conducía a las mulas del horrible bocado mientras nosotros lo observábamos desde lejos y nos maravillábamos de que un muelle pudiera soportar semejantes tumbos o una mula aquel ejercicio de equilibrio.” </em>Las cosas cambian radicalmente, todo hay que decirlo, en el siglo XX, y son varios los viajeros que, como el americano Thomas Moore, alaban la calidad de las carreteras españolas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>POSADAS, VENTAS Y CASAS PRIVADAS</strong></p>
<p>La incomodidad, la lentitud, la falta de puntualidad y el hacinamiento en los medios de transporte son los aspectos más criticados por nuestros viajeros de lengua inglesa. De todos estos inconvenientes abominan sea cual sea el transporte elegido, trenes, diligencias, viajes a lomos de caballo o de mulo. Pero no son estos los únicos obstáculos que encuentran en sus diferentes recorridos. La precariedad de los alojamientos es otro de los motivos de sus comentarios y lamentos. <em>“El alojamiento en estalaje era tan espantoso que solíamos hospedarnos en alguna casa particular, donde con alrededor de un chelín basta para compensar a nuestro huésped por ocupar su cama. Tuvimos buen cuidado de llevar con nosotros cierta provisión de vino y carne, precaución que un viajero difícilmente pasará por alto en su segunda visita a este país.”</em></p>
<p>Estas son las advertencias del británico John Armstrong, quien viajó por las Baleares en el siglo XVIII. Dentro de este capítulo de la hostelería destacan las famosas palabras de Richard Ford en su libro Cosas de España: <em>“Las posadas de la península, con escasas excepciones, hace mucho que se dividen en las malas, las peores y las que ni ya siquiera admiten comparación.” </em>Y no satisfecho con ellas vuelve a insistir en el tema: <em>“Por cada uno que asaltan en un camino, a cien los asaltan en una posada […]. Es entre estos posaderos donde se encuentran los auténticos y peores bandoleros de España, pues estos personajes ilustres se encuentran por doquier pensando únicamente en cuánto pueden inflar sus cuentas con decoro” </em>Pero la descripción de George Clark (contemporáneo de Ford) de la posada donde se alojó un día de 1850, es aún más brutal: <em>“Las escaleras crujían, se daban portazos, los cuchillos producían un ruido estrepitoso, las mujeres hablaban a gritos y, lo peor de todo, una humareda de aceite frito y ajo llegaba a todos los rincones.” </em>La falta de camas, la suciedad de las alcobas, la ausencia de cubiertos a la hora de la comida, el penetrante olor a ajo, el humo del tabaco, eran todas fuentes de disgusto entre los viajeros anglosajones que identificaban su propia forma de vida como la única civilizada, y tachaban de primitivas y un tanto salvajes las costumbres españolas. Más aún si a estos alojamientos se sumaba la presencia de huéspedes no invitados a la fiesta. Así describe Sir John Carr (1772-1832) su atormentada estancia en una venta de Cádiz en 1811: <em>“Además de un numeroso ejército de chinches y pulgas, también una pequeña banda de mosquitos me hizo el honor de brindarme una serenata de zumbidos durante la mayor parte de la noche y me dejó tales muestras de agradecimiento por mi visita que, al levantarme sin haber apenas descansado durante el reposo y mirarme en un espejo para afeitarme, casi no fui capaz de reconocer mi rostro”.</em></p>
<p>Siendo como son este tipo de experiencias las más generalizadas, cabe señalar que algunos autores (como Nathaniel Wells Armostrong en 1846) comentan la aparición de nuevas ventas y posadas más limpias y amables. Son los casos de Samuel Widdrington en 1844 en Sevilla, el de Matilda Betham-Edwards (siempre con su séquito de cinco doncellas y diez baúles a cuestas) elogiando el Hotel Suisse de Córdoba, y el del mismo John Carr recomendando algunas casas particulares concretas en Cádiz, Algeciras y Málaga, con apostillas elogiosas hacia la hospitalidad española.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>GUÍAS Y BUROCRACIA</strong></p>
<p>Son muchos los viajeros que despotrican de los guías encargados de acompañarles por monumentos y ciudades. Suelen tacharlos de charlatanes sin sentido, poco preparados, y capaces de inventarse cualquier historia con tal de complacer a su cliente. Ellen Hope-Edwardes resume con gran sentido del humor en su diario de 1881-1882 la visita realizada por Sevilla en compañía de un guía: <em>“Volvía a la fonda sin estar segura de si era Trajano o el Cardenal Wiseman el que había fundado la fábrica de tabaco, y a cuál de ellos había afeitado Fígaro” </em>Otra opinión muy extendida (y eso no es patrimonio de los anglosajones por España sino de muchos otros viajeros por todo el mundo hoy mismo) es la querencia de los guías a citar nombres y fechas de forma desmesurada, mareando con datos que se pueden encontrar en cualquier libro y sin añadir nada a la hora de entender aquello que se visita y contempla.</p>
<p>Pero no es la a veces indeseada presencia de un guía lo que más preocupa. Los trámites burocráticos despiertan muy a menudo una comprensible indignación: <em>“Más problemas con mi pasaporte antes de poder embarcar en el vapor con destino a Valencia –más engaños de los inspectores–, más ineficientes puestos aduaneros triplicados que fingen inspeccionar tanto si se entra como si se sale y son sobornados por innobles sumas de dinero”</em></p>
<p>Así resume su desdichada experiencia en 1853 el ingeniero británico George Cayley, y de un modo parecido se expresan viajeros de esa mitad de siglo, denunciando no sólo la ocasional confiscación de objetos sino la facilidad para obtener el favor de los guardias y aduaneros a cambio de algunas monedas. Esta hostilidad de los empleados en la administración hacia el otro, el extranjero, está relacionada sin duda con la mínima presencia de viajeros por España.</p>
<p>Nuestro país no estaba incluido en el <em>Grand Tour </em>que tanto dio a conocer Francia y sobre todo Italia, y los sucesivos gobiernos españoles no facilitaban precisamente la entrada de viajeros, ni su tránsito por sus tierras o su estancia. Los siglos XVIII y XIX se caracterizan en nuestro país por la ausencia de ese fenómeno del turismo que empezaba a desarrollarse por Europa. Algo muy distinto de lo que ocurriría en el XX, donde se consolida una industria floreciente y clave para el avance económico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EXTRAÑOS LOS UNOS DE LOS OTROS Y VICEVERSA</strong></p>
<p>Muchos son los testimonios de los visitantes foráneos hacia 1850 por Andalucía en los que se relatan anécdotas relacionadas con el asombro que producían en algunas poblaciones su presencia y sus objetos. Lady Louisa Tenison relata la perplejidad que causó en Grazalema su paraguas, y describe, sin poder comprender el porqué, la concentración de los vecinos ante su posada con el sólo objetivo de contemplarla.</p>
<p>Extrañeza mutua la del visitante y la del, llamémosle así, nativo. Hasta los comercios resultan chocantes para el viajero. En palabras del científico inglés George Dennis (1939): <em>“Los establecimientos muestran muy escaso parecido con los del norte de Europa. Raras veces poseen escaparate, y generalmente se hallan abiertos al modo de casetas con una persiana de franjas azules y blancas que cuelga a la entrada para protegerlos del aire caliente y los rayos del sol. Una esquina de la persiana permanece a menudo arriada, por usar un término náutico, de modo que permite ver lo suficiente del interior como para informar a los viandantes de la naturaleza de los artículos que allí se venden.” </em>Y muchos otros expresan su desconcierto a comienzos ya del siglo XX por la ausencia de bares, cantinas o tabernas excepto en Barcelona o Madrid. Una ausencia que ciertamente se subsanó, y con grandísima generosidad, tras unas pocas décadas. Y los turistas actuales se quedan a su vez estupefactos ante la abundancia de este tipo de establecimientos en todos los lugares de España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ENGAÑOS Y VERDADES</strong></p>
<p>Junto a la extrañeza y el asombro se producen las marrullerías de los nativos para de alguna manera engañar a los viajeros o al menos aprovecharse en algo de ellos. La misma Louisa Tenison cuenta cómo el mayoral de la diligencia intenta engañarla no devolviéndole el dinero que le correspondía. No se trata, por desgracia, del único caso. Entre todos destaca, por la importancia del personaje, lo ocurrido al vendedor de biblias George Borrow en 1842, camino a Finisterre. El guía, ya comprometido y pagado, le abandona en manos de su sirviente, asegurándole que él le conducirá a su destino. El sirviente, antiguo marinero, nada sabía de las rutas por tierra firme, y ante la indignación de Borrow, se confiesa incapaz de llevarle a sitio alguno. En definitiva, nada muy diferente a lo que los turistas españoles pueden contar de sus viajes por países menos desarrollados.</p>
<p>Una picaresca fruto muchas veces de la necesidad y la incultura. Al mismo tiempo, todo hay que decirlo, la misma picaresca, el aislamiento de nuestro país y los inconvenientes de su atraso, los gajes, en fin, denunciados por los viajeros constituyen precisamente el mayor atractivo para la mayor parte de ellos, lo confiesen o no. Es el caso de Marguerite Purvis quien con las siguientes palabras está expresando el sentir de otros: <em>“España es probablemente el único país europeo que aún no ha sido invadido por los turistas. En tanto que las galerías pictóricas de Italia, Alemania e incluso San Petersburgo le son ya familiares a la mayoría de los viajeros ingleses, el Museo Real de Madrid, que alberga la que tal vez sea la mejor colección de cuadros del mundo, es relativamente desconocido”.</em></p>
<p>Aunque, al mismo tiempo, se puede percibir en estos viajeros la preocupación por el estado de nuestros monumentos artísticos e históricos. Louisa Tenison habla en distintas ocasiones de su espanto ante el derribo de edificios antiguos de gran valor y su sustitución por construcciones de ningún gusto. Y recrimina el robo por parte de los visitantes de fragmentos de ruinas como las de Itálica, aun justificando el delito debido el abandono en que se encuentran. El juicio de Richard Ford en este campo es implacable. El siguiente párrafo es una buena muestra de su mirada hacia lo español: <em>“La Alhambra –la Acrópolis, el Castillo de Windsord de Granada– es ciertamente </em><em>una perla de valor inmenso en la estimación de todos los viajeros de procedencia extranjera, pues pocos granadinos la visitan ni son capaces de entender el fascinante interés y la intensa devoción que suscita en el extranjero. La familiaridad ha alimentado en ellos la misma indiferencia con la que el beduino contempla las ruinas de Palmira, insensible tanto a la belleza presente como a la poesía y el romanticismo del pasado. Y la mayoría de los españoles, aunque no lleven turbante, muestran la verdadera carencia oriental de la facultad de la admiración y no piensan más que en el tiempo presente y en la primera persona del singular” </em>Reproches, extrañezas, quejas, críticas. Los textos de los viajeros de habla inglesa durante estos siglos abundan en historias y anécdotas que desembocan casi siempre en opiniones negativas sobre las condiciones de su viaje. El innegable atraso de España con respecto a sus vecinos europeos se hace evidente y cada uno pone su empeño en demostrarlo en una gran variedad de circunstancias. Ahora bien, en ese mismo atraso, en esa cualidad de diferente reside, en definitiva, el motivo de su viaje. El estímulo por conocer un país anclado en el pasado, preso aún de unas costumbres ya extinguidas en sus tierras de origen, la curiosidad por contemplar y por vivir en un mundo sujeto a otros hábitos y modos son los que han empujado a estos hombres y mujeres hasta la España de las carreteras indescriptibles, las posadas mugrientas, los trenes impuntuales o los alimentos con eterno olor a ajo. Por nuestra parte, sus descripciones, sus relatos y su mirada nos ayudan a comprender mejor nuestra historia. Además de entretenido, que lo es, resulta muy esclarecedor leerlos. Y ahora están en la red a disposición de todos nosotros.</p>
<p><a href="http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm">http://cvc.cervantes.es/literatura/viajeros/presentacion.htm</a></p>
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