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	<title>Medioambiente archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Medioambiente archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La Tierra desde el espacio: mundos insólitos. Las imágenes nocturnas del planeta</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-imagenes-nocturnas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 15 Jul 2026 08:30:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 84]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fotografías orbitales que recogen las luces nocturnas, desde las<br />
obtenidas por los astronautas a los mosaicos satelitales de la nueva<br />
“Canica Negra” (Black Marble). Estas insólitas imágenes muestran,<br />
con una belleza diferente, la magnitud de la actividad humana, devolviéndonos<br />
la enorme influencia de nuestras acciones en la vastedad del<br />
planeta. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-imagenes-nocturnas/">La Tierra desde el espacio: mundos insólitos. Las imágenes nocturnas del planeta</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="43464" class="elementor elementor-43464" data-elementor-post-type="post">
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>

<p class="wp-block-paragraph">Boletín 84 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p class="wp-block-paragraph">Geografía insólita del mundo</p>
<p><strong>En el boletín anterior nos deteníamos en las imágenes y en las impresiones de los astronautas al ver la Tierra en su conjunto: en ese sentimiento que se ha dado en llamar el efecto “overview”, generador de un estado de asombro, de conexión global y de trascendencia vital que termina transformando las relaciones que establecimos con nuestro planeta. Dos fotografías tomadas en los viajes lunares, “el primer amanecer” (Earthrise) y la “Canica Azul” (Blue Marble), trasladaron la ilusión de ese efecto al resto de la humanidad, y sirvieron de iconos en los inicios del movimiento ecologista. Este nuevo artículo se detiene en las fotografías orbitales que recogen las luces nocturnas, desde las obtenidas por los astronautas a los mosaicos satelitales de la nueva “Canica Negra” (Black Marble). Estas insólitas imágenes muestran, </strong><strong>con una belleza diferente, la magnitud de la actividad humana, devolviéndonos la enorme influencia de nuestras acciones en la vastedad del planeta. El asombro por la biosfera de la canica azul se convierte en la Canica Negra en la conciencia del impacto de la tecnosfera.</strong></p>
<p><strong>LAS VISIONES GEOGRÁFICAS</strong><br />Al observar las imágenes nocturnas de las ciudades iluminadas de forma artificial, sobre una Tierra sin relieves, nos invade un sentimiento especial. Samantha Cristoforetti, astronauta de la ESA, al observar la Tierra en la noche en 2022 desde la Estación Espacial Internacional (en adelante ISS), comprobó que las ciudades brillaban más que las estrellas. Las visiones geográficas del planeta desde el espacio nos provocan e interrogan. Quizá porque los norteamericanos inventaron la luz eléctrica y sus satélites empezaron a mostrarnos sistemáticamente estas imágenes, la primera impresión podría hacernos más conscientes de nuestro lugar en el mundo, acercarnos a las reflexiones de Octavio Paz tras su primera estancia en los Ángeles: “Los norteamericanos -señala Paz en El Laberinto de la Soledad-, quieren comprender; nosotros contemplar… para los norteamericanos el mundo es algo que se puede perfeccionar; para nosotros, algo que se puede redimir. Ellos son modernos. Nosotros, como sus antepasados puritanos, creemos que el pecado y la muerte constituyen el fondo último de la naturaleza humana”.<br />Pero sin duda, las imágenes de la iluminación nocturna del planeta nos incitan a reconocer los lugares, al mostrarnos, como lo haría el trazo sintético de un buen dibujante, dónde se concentran las megalópolis o cómo se distribuyen los vacíos lumínicos. Al seguir en el tiempo estas imágenes, podemos entender mejor las dinámicas de crecimiento de los espacios urbanos. En 2016 Oriol Nel·lo y sus colegas caracterizaron la urbanización en España a partir de las imágenes nocturnas disponibles desde 1992. En última instancia, estas imágenes nos conectan directamente<br />con las síntesis geográficas que vienen caracterizado a la Geográfica como disciplina.</p>
<p><strong>UN LARGO PROCESO CON AVANCES EN NUESTRA COMPRENSIÓN DEL CAMBIO SOCIOECONÓMICO Y AMBIENTAL A ESCALA PLANETARIA</strong><br />Las primeras imágenes de las luces nocturnas desde el espacio fueron tomaron por los astronautas en las misiones espaciales rusas y americanas de los años 60.<br />Los resultados eran entonces muy pobres. Cualquier aficionado a la fotografía conoce los problemas de hacer fotos en la oscuridad y el largo tiempo de exposición necesario para captar la luz. La tarea de capturar con una mínima calidad la luz que emiten las ciudades parece imposible a varios cientos de kilómetros, en plataformas que se mueven, como la ISS a 27 000 km/h, lo que implica que en un segundo se ha sobrevolando 7 km. Fueron los programas militares meteorológicos de defensa los que portaron los primeros sensores con sensibilidad suficiente para captar esas luces nocturnas de forma sistemática (DMSP/OLS), aunque el objetivo militar prioritario era capturar en toda su profundidad las<br />nubes. Con estas imágenes se hicieron desde 1992 las primeras composiciones para todo el planeta, aunque con un tamaño de píxel de 2.7 km: suficientes para captar las grandes aglomeraciones, como muestra la figura 2, al calcularse que podían recoger concentraciones de unas 93 lámparas de 100 vatios por cada recuadro de las dimensiones señaladas.<br />En 2011 se lanzaría el satélite Suomi-NPP, nombrado así en honor al finlandés Verner E. Suomi, padre de la meteorología satelital. Es también un satélite meteorológico, aunque civil, con una resolución muy mejorada de 750 m por píxel. Con las imágenes de Suomi la NASA hizo en 2012 la primera tierra digital nocturna, Black Marble, que viene refinando hasta la actualidad.</p>
<p>La captura de luz antropogénica fue poniendo de manifiesto que los satélites no solo nos ayudaban a entender la Tierra como un sistema natural, también pueden ser utilizados para entender los aspectos humanos al existir una sólida correlación entre luminosidad captada y la actividad económica, haciéndose imprescindibles en lugares remotos donde no existen otros datos. Pero con ser importante tener visiones globales del crecimiento económico y parámetros para zonas remotas, las imágenes nocturnas han mostrado su utilidad en la evaluación de los conflictos armados y han sido de gran ayuda en las catástrofes, al delinear con precisión las zonas sin flujo eléctrico que permanecen aisladas, como muestran la figura 3. Con imágenes nocturnas se detectan con claridad incendios forestales, explosiones de gas, flujos de lava y auroras boreales, así como ciertas actividades de pesca nocturna, sirviendo de apoyo a las comunidades en el pronóstico del tiempo a corto plazo.</p>
<p><strong>LA APORTACIÓN DE CHINA</strong><br />En 2018 China lanza un innovador satélite, LuoJia-1, desarrollado por la universidad de Wuhan, que mejoraba la resolución espacial nocturna a 130 m por píxel. Pero en 2021 China vuelve a lanzar un nuevo satélite, el SDGSAT-1, no solo capaz de alcanzar la increíble resolución de 10 m por píxel, sino también de hacer una diferenciación científica del color, pudiendo discriminar varios tipos de iluminación. Además, al captar simultáneamente otros parámetros, como la temperatura de la superficie terrestre, permite correlacionarlos datos de una forma mucho más eficiente. SDGSAT-1 (Sustainable Development Science Satellite 1) es el primer satélite desarrollado específicamente para apoyar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU, mostrando con esta dimensión social, económica y medioambiental la vocación humana de los nuevos satélites (International Journal of Digital Earth, 2025).</p>
<p><strong>LAS IMÁGENES TOMADAS POR LOS ASTRONAUTAS DESDE LAS ISS</strong><br />Sin embargo, las imágenes tomadas por los astronautas de la ISS poseen una mayor calidad, pero al no tener una continuidad y estar afectadas por el movimiento de la Estación, su uso ha sido diferente. El gran salto en este sentido se produjo en abril de 2012 con la instalación en la cúpula de la ISS, por el astronauta André Kuipers, de un trípode robotizado que permitía estabilizar la cámara para compensar los largos tiempos de exposición (NightPod). Con la mejora de los sensores y los zooms se empezaron a tomar imágenes de hasta 3 m por pixel con una calidad cromática que difícilmente alcanzarán los satélites. No obstante, al ser imágenes poco estandarizadas, requieren de tratamientos mucho más complejos antes de poder ser utilizadas de forma sistemática.</p>
<p>Un equipo de investigadores liderados por el físico Alejandro Sánchez de Miguel, de la Universidad Complutense de Madrid, ha conseguido recomponer un mapa para Europa que muestra la variación en la composición espectral de la iluminación artificial durante 2012-2013 y 2014-2020. Los resultados, publicados en la revista Science Advances, muestran un cambio asociado a las luces LED de color blanco y con mayores emisiones azules, que los autores relacionan con un aumento del riesgo de en sus efectos nocivos (ESA astronauts help map Europe’s light pollution from space, 2022).</p>
<p><strong>LA CONTAMINACIÓN LUMÍNICA</strong><br />De esta manera, las imágenes de luz artificial nocturna sirven para documentar y estudiar los impactos adversos en la salud de las personas y animales, los cambios que producen en diversos procesos ecológicos, la creciente interferencia en la astronomía científica y, singularmente, la pérdida que la humidad está teniendo en el disfrute estético del cielo nocturno, con generaciones que apenas han tenido acceso a la visión de un cielo estrellado.</p>
<p>La denominada exposición a la luz artificial en la noche (ALAN) altera los ritmos circadianos y se asocia con una serie de resultados adversos para la salud en humanos, habiéndose estudiado singularmente su incidencia en ciertos tipos de cáncer. Las células de la retina son responsables de la regulación del ritmo circadiano y la producción de melatonina, con una mayor sensibilidad a las luces azules, se ve afectada por su exposición continuada a las luces nocturnas, lo altera su producción, disminuyendo funciones como las anticancerígenas. Todo ello ha llevado a ser considerado un importante problema global. Alejandro Sánchez de Miguel ha liderado también un estudio con 51 000 observaciones del cielo nocturno hechas a simple vista por la ciudadanía entre 2011 y 2022, concluyendo que el brillo se ha incrementado del 7 al 10 % por año. Según la investigación, publicada en la revista Science, este aumento es más rápido del que se puede observar con los satélites, ya que estos no pueden detectar las emisiones azules de las luces LED, que se usan cada vez más en el alumbrado público. Sus estudios muestran también lo que ha denominado «efecto rebote», es decir, como las emisiones globales han aumentado con la nueva iluminación LED, pese a que su utilización ha sido interesadamente asociada a la reducción del consumo de energía, a mejorar de la visión humana nocturna y a la sensación de seguridad. Paradójicamente, se señala en el estudio, “cuanto más barata y mejor sea la iluminación, mayor será la adicción de la sociedad a la luz”.</p>
<p><strong>REFERENCIAS</strong><br />• ESA astronauts help map Europe’s light pollution from space (2022).<br />https://www.esa.int/Science_Exploration/Human_and_Robotic_Exploration/ESA_astronauts_help_map_Europe_s_light_pollution_from_space </p>
<p><br />• International Journal of Digital Earth (2025). Innovative approaches and applications on<br />SDGs using SDGSAT-1.<br />https://www.tandfonline.com/journals/tjde20/collections/SDGSAT1</p>
<p><br />• NASA. A Changing Earth at Night (Regions) (2020). https://svs.gsfc.nasa.gov/31099</p>
<p><br />• Nel·lo, O., López, J., Martin, J. y Checa, J. (2016). La luz de la ciudad El proceso de<br />urbanización en España a partir de las imágenes nocturnas de la Tierra.<br />https://webs.uab.cat/gurb/wp-content/uploads/sites/586/2017/04/la_luz_de_la_ciudad_<br />el_proceso_de_urbani.pdf</p>
<p><br />• Román, Miguel O. et al (2018). NASA’s Black Marble nighttime lights product suite,<br />Remote Sensing of Environment. Remote Sensing of Environment, v. 210.<br />https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S003442571830110X</p>
<p><br />• Sánchez de Miguel, A. https://asanchezdemiguel.com/</p>
<p><br />• Zhao, Min, Zhou, Yuyu, Li, Xuecao, et. al. (2019). “Applications of Satellite Remote<br />Sensing of Nighttime Light Observations: Advances, Challenges, and Perspectives”, remote<br />sensing, https://www.mdpi.com/2072-4292/11/17/1971.</p>
<p><br /><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">La Canica Negra (Black Marble), creada en 2012 por NASA con un mosaico de imágenes.</figcaption>
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">Comparativa entre una imagen sobre Delhi tomada por Defense Meteorological Program o DMSP/OLS (izq.) y por Suomi-NPP, también denominado VIIRS DNB (der.).</figcaption>
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">Con el satélite Suomi-NPP, aumento de las luces nocturnas en la India en 2012 y 2023, y Puerto Rico tras el paso del mortífero ciclón tropical María en septiembre de 2017.</figcaption>
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">Comparación entre una imagen nocturna de Beijin tomadas por Suomi-NPP (izd.) LuoJia-1 (centro) y SDGSAT-1 (der.).</figcaption>
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												<figure class="wp-caption">
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">André Kuipers y una de sus imágenes nocturna sobre Londres.</figcaption>
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												<figure class="wp-caption">
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							<img loading="lazy" decoding="async" width="800" height="475" src="https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1-1024x608.jpg" class="attachment-large size-large wp-image-43474" alt="" srcset="https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1-1024x608.jpg 1024w, https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1-300x178.jpg 300w, https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1-768x456.jpg 768w, https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1-600x356.jpg 600w, https://sge.org/wp-content/uploads/2026/07/Fig.-6-Madrid-SDGSAT-1.jpg 1153w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" />								</a>
											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">SDGSAT-1 de Madrid extraído del proyecto RALAN-MAP 0: Iberian peninsula + Canary Islands, Balearic islands and Madeira. https://pmisson.users.earthengine. app/view/sdgsat-1-p-iberica.</figcaption>
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											<figcaption class="widget-image-caption wp-caption-text">Con la ayuda de un programa de “ciencia ciudadana”, el estudio revela que, a simple vista, la iluminación artificial ha oscurecido el cielo nocturno más rápidamente de lo que indican las mediciones por satélite. (NOIRLab/NSF/AURA, P. Marenfeld.</figcaption>
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		<title>Territorios que desafían al mapa. Un Atlas de lo insólito</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/atlas-de-lo-insolito/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Jul 2026 12:50:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 84]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Geopolítica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los países que no existen, las fronteras imposibles, y otras rarezas del mapa mundial nos llevan a descubrir una geografía no convencional del mundo, a través de los rincones más insólitos y sorprendentes del planeta. En tiempos en los que la Geopolítica vuelve a estar de moda, crece también el interés por conocer esta “cara B” de nuestros mapas. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[		<div data-elementor-type="wp-post" data-elementor-id="43422" class="elementor elementor-43422" data-elementor-post-type="post">
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero*</strong></p>

<p class="wp-block-paragraph">Boletín 84 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p class="wp-block-paragraph">Geografía insólita del mundo</p>
<p><strong>¿Quién ha oído hablar de Annobón, Kapingamarangi, Oimakón o Centralia? ¿Cuántos serían capaces de señalar estos lugares en un mapa sin recurrir a Google? Dando un paso más allá, ¿sabríamos explicar dónde estaba el legendario País de Punt, aquel misterioso reino africano al que navegaban los egipcios hace más de tres mil años en busca de oro, incienso y animales exóticos? ¿Qué fue de reinos y naciones de nombres poéticos y evocadores, como Tripolitania o Manchukuo?¿Por qué Groenlandia pertenece a Dinamarca pese a encontrarse más cerca de Canadá que de Europa? ¿O cómo es posible que la Antártida, un continente más grande que Europa, no pertenezca oficialmente a ningún país?</strong></p>
<p><strong>Los países que no existen, las fronteras imposibles, y otras rarezas del mapa mundial nos llevan a descubrir una geografía no convencional del mundo, a través de los rincones más insólitos y sorprendentes del planeta. En tiempos en los que la Geopolítica vuelve a estar de moda, crece también el interés por conocer esta “cara B” de nuestros mapas. </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
<p>En una época en la que la geopolítica vuelve a ocupar las portadas de los periódicos casi a diario, podría parecer que el mapa político del mundo es algo sólido, definitivo y perfectamente delimitado. La invasión rusa de Ucrania, las tensiones en el mar de China Meridional, el debate sobre Groenlandia, las disputas en el Cáucaso o los conflictos en Oriente Próximo nos recuerdan constantemente que el territorio sigue siendo uno de los grandes factores de poder del siglo XXI.</p>
<p>Sin embargo, basta con observar un mapa más detenidamente para descubrir que la realidad es mucho más compleja. Detrás de las fronteras aparentemente claras se esconde un planeta lleno de anomalías: países que funcionan como Estados sin ser reconocidos, territorios que aspiran a independizarse, enclaves absurdos heredados de tratados medievales, islas que cambian de soberanía periódicamente, micronaciones autoproclamadas y lugares que parecen existir en un limbo jurídico y político.</p>
<p>La geografía, lejos de ser una ciencia estática, es una disciplina profundamente humana. Las fronteras y los territorios son el resultado de siglos de guerras, acuerdos diplomáticos, errores cartográficos, matrimonios reales, expediciones coloniales y decisiones políticas tomadas en circunstancias que hoy pueden parecer casi absurdas. Incluso antes de empezar a hablar de todo ello habría que cuestionarse la propia definición de país. ¿Qué convierte a un territorio en un Estado? ¿La población? ¿El reconocimiento internacional? ¿La existencia de un gobierno propio? ¿El control efectivo del territorio? La respuesta está llena de matices y contradicciones y de ahí el fascinante puzle de geografías paralelas que desafían nuestra visión convencional del planeta.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p> </p>
<p><strong>LA TIERRA, BAJO LA LUPA</strong></p>
<p>La mayoría de nosotros contemplamos el mapa político del mundo como si fuera una fotografía fija de la realidad. Los atlas escolares nos enseñaban países coloreados, fronteras perfectamente definidas y capitales cuidadosamente situadas en su lugar correspondiente. Sin embargo, basta con acercar la mirada para descubrir que el planeta es mucho más extraño de lo que parece y las fronteras no son tan claras: países devastados por siglos de conflictos que han ido dejando atrás fragmentos de su territorio con situaciones y fronteras inusuales. Si ampliamos con lupa, descubriremos microestados utópicos instalados en lugares insólitos, ciudades que no están donde sería razonable, países que parece que lo son pero que no son tales, poblaciones fronterizas que no está demasiado claro a quién pertenecen&#8230;</p>
<p>El mapa del siglo XXI es, en realidad, un gigantesco rompecabezas construido a lo largo de miles de años. Un refinado puzle formado por piezas de tamaños muy distintos que intentan encajar unas con otras en el complejo tablero de la geopolítica mundial. Algunas parecen ajustarse con precisión; otras, en cambio, continúan generando tensiones, disputas o situaciones tan insólitas que desafían cualquier lógica cartográfica.</p>
<p>Muchas de estas piezas son herencia directa del pasado colonial. Durante siglos, las grandes potencias europeas trazaron fronteras sobre mapas que a menudo conocían mejor que los propios territorios que estaban repartiendo. En ocasiones utilizaron accidentes geográficos como ríos o cordilleras; en otras, simplemente dibujaron líneas rectas sobre regiones inmensas habitadas por pueblos con lenguas, culturas e historias completamente diferentes. El resultado sigue siendo visible hoy. Buena parte de las fronteras africanas, por ejemplo, nacieron en despachos europeos a miles de kilómetros de distancia y continúan condicionando la política del continente.</p>
<p>Otras veces, el mapa es el resultado de tratados de paz en los que los territorios cambiaban de dueño con una naturalidad que hoy resultaría difícil de imaginar. Provincias enteras, ciudades estratégicas o pequeños archipiélagos fueron intercambiados entre países como si formaran parte de una compleja partida de ajedrez. Algunas de esas decisiones, tomadas hace siglos, siguen teniendo consecuencias geopolíticas en la actualidad.</p>
<p>Pero no todas las rarezas proceden de imperios desaparecidos o acuerdos diplomáticos olvidados. El mundo contemporáneo está lleno de anomalías que continúan vivas. Existen territorios que funcionan prácticamente como países independientes, aunque la comunidad internacional se niegue a reconocerlos. Hay regiones que poseen bandera, gobierno, moneda e incluso ejército propio, pero que oficialmente no figuran entre los Estados soberanos del planeta. También encontramos territorios autónomos tan grandes como Groenlandia o tan pequeños como algunas islas del Pacífico, cuya situación política desafía las categorías tradicionales.</p>
<p>A veces las sorpresas aparecen en los lugares más inesperados. Europa, el continente que solemos considerar mejor conocido y más cartografiado, alberga algunas de las fronteras más extravagantes del planeta. Existen pueblos donde basta cruzar una calle para cambiar de país, casas atravesadas por límites internacionales y enclaves que sobreviven desde la Edad Media como auténticos fósiles geográficos.</p>
<p> </p>
<p><strong>MICRONACIONES Y TERRITORIOS FANTASMA</strong></p>
<p>Más allá de las fronteras oficiales encontramos otro fenómeno igualmente fascinante: las micronaciones. Son territorios, plataformas marinas, islotes o incluso pueblos enteros cuyos habitantes han decidido proclamarse países independientes por iniciativa propia. Algunos lo hacen por razones políticas; otros, por reivindicaciones históricas; unos cuantos, simplemente por diversión. Lugares como Sealand, una antigua fortaleza militar en el mar del Norte convertida en principado autoproclamado, demuestran que la idea de nación sigue despertando una extraordinaria capacidad de imaginación.</p>
<p>También sobreviven en los márgenes del mapa territorios cuya existencia parece sacada de una novela. Microrepúblicas perdidas entre montañas, archipiélagos aislados por miles de kilómetros de océano, comunidades indígenas con sistemas de autogobierno propios o regiones organizadas según complejas divisiones étnicas heredadas de antiguos imperios. El caso de Rusia es especialmente llamativo: su inmenso territorio sigue estructurado en repúblicas, óblasts, krais y distritos autónomos que reflejan siglos de convivencia entre pueblos muy diferentes.</p>
<p>Y luego están los lugares que quizá nunca existieron. Durante siglos, exploradores, comerciantes y navegantes llenaron los mapas de islas fantasma, reinos legendarios y territorios cuya existencia nadie había comprobado realmente. Algunos desaparecieron cuando avanzó el conocimiento geográfico. Otros continúan siendo objeto de búsqueda por parte de arqueólogos e historiadores. Como el País de Punt, mencionado en las crónicas del antiguo Egipto, que sigue siendo uno de los grandes misterios geográficos de la Antigüedad. Sabemos que existió. Sabemos que comerciaba con los faraones. Pero todavía hoy nadie puede señalar con absoluta certeza dónde se encontraba.</p>
<p>Mientras tanto, nuevos soñadores siguen intentando crear territorios utópicos. En diferentes rincones del planeta aparecen proyectos que aspiran a fundar comunidades independientes, sociedades experimentales o incluso nuevos países. La mayoría fracasan. Algunos sobreviven durante años. Todos ellos demuestran que la geografía política continúa siendo una construcción dinámica y en constante transformación.</p>
<p>Reales y ficticios. Grandes y diminutos. Autónomos, ocupados, olvidados o disputados&#8230; El atlas del mundo es mucho más que una colección de países coloreados. Es una inmensa acumulación de historias humanas, de conquistas y naufragios, de errores cartográficos y ambiciones imperiales, de identidades colectivas y sueños imposibles. Y precisamente por eso merece la pena observarlo con lupa. Porque cuando uno se aleja de las líneas gruesas y las simplificaciones de los atlas escolares descubre una verdad fascinante: en geografía, como en la historia, casi nada es exactamente como parece.</p>
<p>* Lola Escudero: Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española. Es editora del Boletín de la SGE.</p>
<p> </p>
<p>&#8212;&#8212;</p>
<p>LIBROS PARA CURIOSOS DE LA GEOGRAFÍA</p>
<p> </p>
<p><em>Atlas de fronteras insólitas.</em> Zoran Nikolic. GeoPlaneta</p>
<p><em>Atlas de los países que no existen.</em> Nick Middleton. GeoPlaneta</p>
<p><em>Historiones de la Geografía.</em> Diego González. geoPlaneta</p>
<p><em>Prisioneros de la Geografía. </em>Tim Marshall. Ed. Península</p>
<p><em>Arquitectos de la Tierra. Cómo los humanos dominaron la geografía y reinventaron el mundo.</em> Maxim Samson. Ariel</p>
<p><em>Explicaciones de fronteras inexplicables. </em>Un mundo inmenso. Península</p>
<p><em>Explicaciones de lugares inexplicables.</em> Un mundo inmenso. Península</p>
<p><em>Rarezas geográficas. </em>Olivier Manchon</p>
<p><em>Fuera del mapa.</em> Alistair Bonett. Blackie Book</p>
<p><em>El mapa de las islas.</em> Alistair Bonnett. Blackie Book</p>
<p><em>Países de Nunca Jamás: 50 estados que la historia ha borrado del mapa.</em> Bjorn Berge. Ed. Antoni Boch</p>
<p> </p>
<p> </p>								</div>
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		<title>¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 13:31:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://sge.org/?p=43206</guid>

					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: </strong>Rafael Clemente</p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La humanidad está otra vez a punto de hacerse una foto con la Luna de fondo. Si todo sale según lo previsto, Artemis 2 dará un gran rodeo alrededor de nuestro satélite para poner a prueba el cohete Space Launch System (SLS) y la cápsula Orión antes de intentar, algo más tarde, un nuevo alunizaje con Artemis 4. El camino ha sido tan largo como tortuoso: medio siglo de política cambiante, presupuestos ajustados y promesas tecnológicas que no siempre llegaron a despegar, y por eso el primer aterrizaje de Artemis se ha ido deslizando hasta el 2028… y todavía puede seguir alejándose.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>POR QUÉ HEMOS TARDADO TANTO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cronologías de la Luna y de la Antártida se parecen más de lo que podría pensarse. En ambos casos se trata de territorios radicalmente hostiles, que admiten visitas breves, pero no perdonan errores. Tras las primeras llegadas al Polo Sur, en 1911 y 1912, nadie volvió a pisarlo durante 42 años; casi el mismo intervalo que nos separa del último Apolo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Apolo </em>fue, sobre todo, un gesto político. Respondía al desafío de Kennedy, convertido en mandato casi sagrado tras su asesinato, y justificó un esfuerzo industrial que desde la Segunda Guerra Mundial no se veía en Estados Unidos. En el cénit del programa, la NASA llegó a absorber alrededor del 4,5% del presupuesto federal, o sea más de un 0,7% del PIB del país más rico del planeta. Tres años después del primer alunizaje, la épica se agotó. El público se aburría con misiones que parecían repetirse, Vietnam consumía atención y recursos, los programas sociales reclamaban su parte, y la distensión con la URSS restó urgencia al prestigio de “ganar” la carrera lunar. El viaje a la Luna dejaba de ser prioridad en Washington; el resultado fue un paréntesis que duraría décadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>DE APOLO A ARTEMIS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La NASA no olvidó la Luna, pero cambió el guion. Cualquier regreso debía ser políticamente defendible, científicamente más ambicioso que <em>Apolo </em>y, sobre todo, sostenible: no bastaba con plantar una bandera y dejar unas huellas fotogénicas. De esa lógica surgió <em>Constellation</em>, uno de los intentos más coherentes de diseñar una arquitectura para volver a la superficie lunar y quizás, algún día, llegar a Marte. <em>Constellation </em>prometía nuevos cohetes, nuevas naves y un horizonte que se extendía más allá de la Luna, pero chocó con una realidad más prosaica: el coste.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las estimaciones hablaban de un total de más de 200.000 millones de dólares y en 2009 un análisis independiente lo declaró irrealizable con los presupuestos disponibles. Barack Obama lo canceló sin demasiada nostalgia: <em>“Francamente, ya hemos estado antes en la Luna</em>”, resumió. Del naufragio quedaron dos piezas flotando: la nave <em>Orión</em>, pensada para misiones en el espacio profundo, y una versión reducida del lanzador pesado, que acabaría renaciendo como el actual <em>SLS</em>. Artemis –la diosa, hermana de Apolo– daría nombre al nuevo programa, pero el cohete heredado ni siquiera merecería un bautismo más imaginativo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL PRECIO DE LA NOSTALGIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El <em>SLS </em>es, en muchos sentidos, un cohete del siglo XX lanzado en pleno siglo XXI. Pretendía ser una opción más económica y para ello aprovecha componentes y tecnologías del transbordador espacial, pero ha resultado mucho más caro que el viejo <em>Saturn V </em>al que pretende suceder. Si ha sobrevivido es, en parte, por motivos políticos. Sus piezas se fabrican en prácticamente todos los estados de la Unión y ningún congresista quiere ser recordado como el político que cerró una factoría aeroespacial en su distrito. Mientras tanto, el resto del sector miraba hacia otra parte. SpaceX llevaba años perfeccionando cohetes reutilizables: algunos Falcon 9 han volado más de treinta veces, y <em>Starship </em>se concibe como un sistema completamente reutilizable, capaz de volver a despegar tras una preparación mínima. Frente a eso, el SLS es un gigante de un solo uso: un artefacto que se enciende, se destruye y se paga de nuevo en cada lanzamiento. El problema es que <em>Starship </em>todavía no está lista para el papel protagonista que se le reserva en la Luna, por más optimistas que sean los plazos de Elon Musk. Hoy, la única capacidad lunar certificable que tiene la NASA es el <em>SLS </em>y sobre él descansa la última directriz del presidente Trump: dejar “huellas en la Luna” antes de 2029, que es cuando finalizará su mandato.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL CAMINO HACIA ARTEMIS 2</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El primer acto de <em>Artemis </em>tuvo lugar a finales de 2022: una cápsula <em>Orión </em>voló 25 días y recorrió unos 2 millones de kilómetros alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra, sin nadie a bordo. El objetivo era sencillo de formular y difícil de ejecutar: demostrar que el <em>SLS </em>y <em>Orión </em>podían funcionar juntos en el espacio profundo. La misión fue un éxito… con letra pequeña. El análisis posterior reveló una erosión mayor de lo previsto en el escudo térmico de <em>Orión</em>, la coraza que debe proteger la nave durante la reentrada atmosférica a velocidades lunares. Ese tipo de hallazgos no suele llenar titulares, pero decide calendarios. Tres años después, <em>Artemis 2 </em>será el primer vuelo con tripulación de la campaña: cuatro astronautas, tres estadounidenses y un canadiense. Despegarán en un <em>SLS </em>que los dejará en una órbita muy alargada alrededor de la Tierra, donde pasarán unas 24 horas comprobando que todos los sistemas responden como es debido. Después, en el momento oportuno del perigeo, encenderán el motor del módulo de servicio para estirar la órbita y lanzarse hacia la Luna, una maniobra distinta de la que usaba <em>Apolo</em>, cuando el último empujón lo daba la tercera etapa del cohete. En Navidad de 1968, <em>Apolo 8 </em>se instaló en una órbita baja, a 100 kilómetros de la superficie lunar, y dio diez vueltas completas antes de emprender el regreso. <em>Artemis 2 </em>no bajará tanto: describirá un gran bucle alrededor de la Luna, a unos 7.000 kilómetros sobre el hemisferio oculto. Será la primera vez en más de medio siglo que ojos humanos contemplen en directo aquellos paisajes que, durante milenios, fueron desconocidos. La meta principal del viaje es mucho menos poética: comprobar que la nave se orienta y se comporta correctamente en las diferentes fases del vuelo, incluyendo distancias translunares. Poco después del lanzamiento, la tripulación practicará un encuentro y atraque simulado con la etapa superior del cohete, dedicará parte del trayecto a experimentos médicos sobre su propia salud y aprovechará el sobrevuelo para estudiar la superficie lunar con instrumentación moderna. El regreso está diseñado con una prudencia que <em>Apolo </em>no se permitió. Una vez realizado el sobrevuelo, la gravedad lunar curvará la trayectoria y la enviará de vuelta a la Tierra sin necesidad de otro encendido del motor, una “ruta de retorno libre” que garantiza el viaje de vuelta incluso si algo falla. Aun así, se han previsto hasta tres pequeñas correcciones durante los cuatro días de retorno, solo para afinar la puntería.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ARTEMIS 3: LA MISIÓN RECIÉN AÑADIDA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">A finales de febrero, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, anunció un cambio drástico en los planes lunares. Por un lado, el cohete SLS, que se había diseñado en numerosas versiones de mayor o menor potencia, se estandarizaría a solo una variante, a utilizar en las misiones posteriores al primer o segundo alunizaje. Esta decisión simplificará mucho un programa que había adquirido dimensiones faraónicas. En precio y plazos. Más importante aún: El plan de vuelos incorporará uno más, <em>Artemis 3</em>. Se trata de un ensayo general de las operaciones que deberán realizarse en órbita lunar pero esta vez, por precaución, en torno a la Tierra. La nave Orión deberá demostrar su capacidad para unirse el vehículo de alunizaje y éste, simular las operaciones de alunizaje. En principio, debería ser el suministrado por SpaceX pero la NASA ha abierto la puerta a que Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos, pueda ofrecer también su propio modelo. ¿Cuál de ellos se utilizará? El que primero esté disponible.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>ARTEMIS 4: VOLVER A LA SUPERFICIE</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Si <em>Artemis 2 </em>es el viaje de rodaje y <em>Artemis 3</em>, el ensayo general, <em>Artemis 4 </em>aspira a devolver a dos personas a la superficie de la Luna, muy cerca de su polo sur, una región que <em>Apolo </em>nunca visitó. Será la primera vez que se ponga en juego la arquitectura completa: lanzador y cápsula suministrados por contratistas gubernamentales (el módulo de servicio -una pieza clave- es europeo) y un vehículo de alunizaje comercial proporcionado por SpaceX. Las mayores incógnitas del programa se concentran precisamente en la nave de alunizaje, el <em>Human Landing System (HLS)</em>. En la primavera de 2021, la NASA eligió la propuesta de SpaceX frente a las de Blue Origin y Dynetics. Salía por 2.900 millones de dólares, aproximadamente la mitad que su competidor más cercano. Claro que la diferencia tenía truco: el diseño de SpaceX partía de un proyecto ya muy avanzado, el de la nave <em>Starship </em>y su supercohete lanzador, mientras que las otras propuestas eran poco más que planos y brillantes renderizados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al lado de Orión el <em>Starship </em>lunar será un gigante. Una vez posado en la Luna, superará los 50 metros de altura, diez veces más que los módulos lunares <em>Apolo</em>. La cabina para los astronautas queda en la parte alta y requerirá un ascensor para hacerlos descender hasta el regolito a ellos y su equipo científico. Al término de la exploración, el vehículo completo despegará de nuevo para reencontrarse con <em>Orión </em>en órbita, como una versión a gran escala del módulo lunar de <em>Apolo </em>salvo que no dejará en tierra el tren de aterrizaje ni ninguna otra etapa descartable; se elevará completo. El concepto operativo es tan ambicioso como complejo. Primero habrá que lanzar a órbita terrestre un gran depósito criogénico -una “gasolinera”-, y luego enviar varias naves de carga con metano y oxígeno líquido para rellenarlo. Nadie sabe aún cuántos lanzamientos harán falta: algunos cálculos hablan de siete u ocho, otros de hasta diez y seis, sobre todo si se tiene en cuenta el combustible que se perderá por evaporación debida al calor del sol. Después será el turno del propio <em>HLS</em>, que despegará sin tripulación, se acoplará de forma automática al depósito y llenará sus tanques. Repostar combustible en órbita es una idea vieja, pero hacerlo con cientos de metros cúbicos de líquidos criogénicos sigue siendo terreno virgen: más allá de las modestas transferencias de los cargueros <em>Progress </em>a la Estación Espacial Internacional, no hay precedentes. Una vez cargado, el <em>HLS </em>volará solo hacia la Luna y esperará en una órbita de aparcamiento la llegada de Orión con sus cuatro tripulantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La órbita elegida es muy elíptica: pasa a unos 1.500 kilómetros sobre el polo sur lunar en el punto más bajo y se aleja hasta unos 70.000 en el punto más alto. <em>Orión </em>tardará algo más de seis días en completarla, aproximadamente el tiempo previsto para la estancia de los dos primeros astronautas en la superficie. Esa órbita ofrece ventajas, pero también riesgos añadidos. Por una parte, es fácil de alcanzar, estable y nunca entra en eclipse, así que permitirá mantener comunicaciones continuas con la Tierra (al ocultarse tras la Luna, <em>Apolo </em>perdía en enlace durante más de media hora en cada órbita), Por otra, si por cualquier motivo el despegue se retrasa, los dos exploradores deberán esperar casi una semana más en la superficie hasta que se presente la siguiente oportunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UN ATERRIZAJE DESCOMUNAL</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando llegue el momento, dos de los cuatro astronautas cruzarán a bordo del <em>HLS</em>, lo separarán de la nave nodriza y comenzarán el descenso. La NASA ya ha seleccionado varias zonas de interés en la región del polo sur, donde abundan cráteres profundos cuyos fondos jamás reciben la luz del Sol. Sus rayos llegan demasiado tangenciales. Esas “trampas frías” podrían esconder depósitos de hielo, el recurso clave para una futura presencia permanente: aparte de su interés científico como “fósil” de antiguos impactos cometarios, el agua puede utilizarse como refrigerante de equipos electrónicos, blindaje antirradiación y descomponerse en oxígeno respirable e hidrógeno con el que alimentar pilas de combustible que generen energía eléctrica. El aterrizaje será, si sale bien, tan fotogénico como inquietante: una nave enorme, frenada por un juego de motores situados no en la base, sino en la parte superior de la estructura, justo por debajo de la cabina. A esa altura la disrupción en la superficie será mínima. El interior de <em>Starship </em>es cavernoso, ya que en origen fue diseñado para transportar cien colonos a Marte en cada viaje. Ofrece más de 600 metros cúbicos, el doble del volumen habitable de la Estación Espacial Internacional, aunque en esta primera misión irá ocupado solo por dos personas. En la superficie, la exploración será a pie. Los astronautas realizarán cuatro salidas, caminando sobre un terreno quebrado y en penumbra casi constante, sin el apoyo de un vehículo eléctrico, un lujo del que sí disfrutaron las últimas misiones <em>Apolo </em>hace medio siglo. Tras completar su trabajo científico, el <em>HLS </em>volverá a elevarse para reunirse con los otros dos miembros de la expedición que han permanecido a bordo de <em>Orión</em>. El módulo de alunizaje se abandonará en órbita lunar, mientras <em>Orión </em>emprende el regreso a casa. Tras otros cuatro días de viaje irá a caer en el Pacífico, frente a las costas de California, frenado por once paracaídas de diferentes tamaños que se abren en secuencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA SOMBRA DE CHINA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En los pasillos de la NASA hay un temor recurrente: que la bandera china ondee allí antes. Pekín ha anunciado su intención de enviar dos astronautas a la superficie lunar antes de 2030 y, si Estados Unidos acumula demasiados retrasos, <em>Artemis 4 </em>podría quedarse con el papel de “segundo en llegar”. El presidente Trump ha declarado el programa prioritario para el prestigio nacional, incluso después de recortar de forma drástica el presupuesto de la agencia. Si China consigue plantar su bandera en el regolito antes que <em>Artemis</em>, el programa lunar estadounidense podría recibir un golpe político difícil de encajar. Algunas voces apuntan ya a Marte como “siguiente escenario” de la carrera espacial, dando por amortizado el retorno a la Luna: al fin y al cabo, y recordando una vez más la frase de Obama, ése es un objetivo que la NASA ya alcanzó hace medio siglo. La agencia espacial china, mientras tanto, avanza a un ritmo que hace unos años habría parecido inverosímil. Domina el vuelo tripulado, las maniobras de encuentro y acoplamiento y dispone de una familia completa de lanzadores, incluidos modelos parcialmente reutilizables. Excluida en 2011 de la Estación Espacial Internacional por una enmienda del Congreso estadounidense que prohíbe a la NASA colaborar con China, ha construido su propia estación, <em>Tiangong</em>: algo más pequeña, pero más moderna y plenamente operativa. China ya ha mostrado modelos de su nave lunar y de su módulo de alunizaje (que, de entrada, incluye un pequeño automóvil), y encadena misiones robóticas de exploración con un ritmo que recuerda al de Estados Unidos y la URSS en los años sesenta. Como al final de la Guerra Fría, el escenario vuelve a estar dominado por dos gigantes tecnológicos, y el premio principal sigue siendo el mismo: prestigio nacional, asociado a la imagen de unos astronautas desplegando nuevamente una bandera en el helado polo sur lunar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>*Rafael Clemente es ingeniero industrial y Master of Science, además de colaborador para temas</em> <em>de divulgación científica durante más de cincuenta años en La Vanguardia, El País y otros medios.</em> <em>Fue fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa). Ha</em> <em>escrito varios libros relacionados con la exploración espacial.</em></p>
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		<title>Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 12:54:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: </strong>Ramón Jiménez Fraile</p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hubo que esperar a la invención del telescopio para que los cráteres, montañas y planicies de la Luna pudieran distinguirse con la precisión necesaria para recibir nombres. En la actualidad, son unos nueve mil los accidentes del relieve lunar —mil seiscientos de ellos cráteres— que cuentan con topónimos reconocidos por la Unión Astronómica Internacional (UAI), el organismo que decide y vela por el respeto de esta rama de la selenografía. Los topónimos lunares originales tenían connotaciones hispánicas, pero un cúmulo de vicisitudes aquí descritas hizo que perdieran ese sesgo en favor del de otras culturas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia retendrá que un 21 de julio de 1969 el jefe de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, se dirigió por radio al jefe de comunicaciones de la NASA, Charlie Duke, para anunciarle que «el águila» (el módulo lunar) se había posado en «Base Tranquilidad». Quedaba así consagrado el primer topónimo habitado de la Luna, cuyo origen se debe a que la planicie elegida por la NASA para el primer alunizaje fuera el Mar de la Tranquilidad. Quien ignore que la Luna ca- rece de atmósfera, y por ende de climatología, pensará que la elección se había debido a la bonanza del paraje. En realidad, lo de «Mare Tranquillitatis», en su original en latín, fue idea del jesuita italiano del siglo XVII Giovanni Battista Riccioli, considerado el padre de la toponimia lunar, autor de dos centenares de términos con los que bautizó accidentes geográficos lunares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora bien, el auténtico pionero en estos menesteres fue Michael Van Langren, alias «Langrenus», un astrónomo y matemático holandés al servicio del rey Felipe IV de España. Fue en 1628 cuando Van Langren elaboró un mapa de la superficie lunar en el que, por primera vez, se precisaban topónimos. En la parte inferior derecha de ese pionero mapa lunar, Van Langren expresó la idea de atribuir nombres de personajes «de todas las naciones» a los diferentes relieves de la Luna. La manera en que llevó a cabo su labor fue empleando mayoritariamente para su mapa nombres relacionados con la monarquía hispánica, para la que trabajaba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Casi dos décadas después, en 1645, Van Langren envió a la imprenta un mapa de la Luna más elaborado, al que tituló «Plenilunii Lumina Austriaca Philippica», en referencia al rey Felipe IV de España. Este mapa salió a la luz seis años antes de que Riccioli editara el suyo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hubo incluso otro astrónomo, el polaco Johannes Hevelius, que también se dedicó a cartografiar y poner nombre a los relieves de la Luna dos años después de Van Langren y cuatro antes de que lo hiciera Riccioli. La toponimia lunar de Riccioli acabó por imponerse tres siglos después, mediante una votación celebrada en París el 17 de julio de 1935 por la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional. Una explicación superficial de por qué el italiano Riccioli fue consagrado como padre de la toponimia lunar apuntaría a que la primera reunión de la Unión Astronómica Internacional se había celebrado en Roma, en 1922, y que fue entonces cuando se creó la Comisión de Nomenclatura Lunar que preparó los trabajos de la decisión tomada en 1935.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>MARY ADELA BLAGG, LA SELENÓGRAFA EN LA SOMBRA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Más que a la intervención de un supuesto lobby italiano, Riccioli debe su honor a la británica Mary Adela Blagg. Nacida en 1858, mayor de nueve hermanos, la británica se sintió desde muy joven atraída por las matemáticas y la astronomía, aunque, por su condición de mujer, no acudió hasta los dieciséis años a un centro de enseñanza, debiéndose conformar hasta entonces con estudiar en casa los libros de texto de sus hermanos varones. Fue uno de sus tutores el que la animó a llevar a cabo la fastidiosa tarea de compilar y contrastar los topónimos lunares utilizados por los astrónomos del Reino Unido, los cuales estaban inspirados mayormente en los trabajos de Riccioli y no en los de Van Langren o Hevelius. Blagg se convirtió en una de las primeras cinco mujeres que ingresaron, en 1916, en la Real Sociedad Astronómica británica, desde la que dio el salto a la Unión Astronómica Internacional, y con ella la lista de topónimos lunares en la que estaba trabajando. Cuando la Unión Astronómica Internacional se reunió por segunda vez, en 1925, en Cambridge, fueron los trabajos de Blagg los que sirvieron de base para los debates que se prosiguieron en la tercera reunión del organismo, celebrada tres años después en la localidad neerlandesa de Leiden.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los anales de la prestigiosa Universidad de Leiden consta que asistieron a la asamblea general doscientos diez astrónomos, de los cuales diez eran españoles, cuatro de ellos acompañados de sus esposas. Un periódico alemán se refirió a las acompañantes femeninas como «satélites», atribuyendo la condición de «planetas» a los científicos varones. Quien sí brilló con luz propia en aquella reunión, pese a su condición de mujer, fue Mary Adela Blagg, cuya lista, inspirada en los topónimos de Riccioli, acabó por imponerse en el seno de la Comisión de Nomenclatura Lunar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA CULPABLE INACCIÓN DE LOS ASTRÓNOMOS ESPAÑOLES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En defensa de la nomenclatura de Van Langren podrían haber salido los astrónomos neerlandeses, puesto que el auténtico pionero de la selenografía había nacido en Ámsterdam. Pero, siendo niño, su familia se trasladó a la católica Amberes y entró al servicio de la monarquía hispánica, enemiga tradicional de los Países Bajos. Por su conexión belga y española, los trabajos de Van Langren podrían haber sido también reivindicados por belgas y españoles, que totalizaban, a partes iguales, veinte delegados en la reunión de Leiden. Pero no consta que ni unos ni otros hicieran nada por defender la toponimia lunar de Van Langren, el cual había bautizado como «Oceanus Philippicus» el espacio más extenso de la cara visible de la Luna, en homenaje a Felipe IV de España.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los trescientos nombres utilizados por Van Langren como topónimos lunares figuraban también el Mar de los Borbones y el Mar de Eugenia, en alusión a la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos bajo dominación austríaca, así como otros miembros de la Casa de Austria. No todo eran cabezas coronadas en la pionera toponimia lunar de Van Langren, ya que este llevó a la Luna también nombres de personajes españoles como el escritor Miguel de Cervantes («Saavedra» para el astrónomo), el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada y el almirante Álvaro de Bazán. En la lista aprobada formalmente por la Unión Astronómica Internacional, según los trabajos de compilación de la inglesa Blagg, acabaría figurando un único topónimo relacionado con España: «Isidorus», en referencia al cráter que Riccioli dedicó a San Isidoro de Sevilla, uno de los padres de la Iglesia católica y autor de un tratado de astronomía, que también figuraba en la pionera lista de Van Langren.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además de santos, Riccioli utilizó nombres de sabios y científicos de todos los tiempos, incluido el de una mujer, la filósofa griega Hipatia. Pero su condición de hombre de la Iglesia católica impedía al jesuita abrazar las teorías heliocéntricas de científicos como Copérnico, Galileo o Kepler. En el siglo XVII, el catolicismo condenaba a quienes no consideraban que la Tierra estaba en el centro del universo. Aun así, Riccioli no podía ignorar los trabajos de los astrónomos heliocentristas desde que fuera inventado el telescopio a principios de ese siglo. De ahí que optara por poner nombres de astrónomos considerados por la Iglesia «estúpidos» y «herejes» a cráteres de la Luna, pero, eso sí, situándolos cerca del llamado por él «Oceanus Procellarum», o sea, Mar de las Tormentas. Fue precisamente en el Mar de las Tormentas bautizado por Riccioli donde China desplegó, en diciembre de 2020, su bandera llevada al suelo lunar por la sonda Chang’e. Si tenemos en cuenta la notoriedad adquirida por determinados accidentes lunares, convendremos que las doscientas libras esterlinas que la UAI decidió destinar en su decisiva reunión de París de 1935 a la publicación de la toponimia lunar constituyen una cantidad de dinero irrisoria. Y si no, que se lo digan a Bélgica, que a la postre tuvo que lamentar que la toponimia del pionero Van Langren no fuera tenida en cuenta ya que, en caso contrario, el módulo lunar de Apolo 11 hubiera alunizado en el «Mare Belgicum» (en referencia al Mar del Norte en tiempos de Felipe IV de España) y no en el «Mare Tranquilitatis» de Riccioli.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA AUTÉNTICA MOTIVACIÓN DE VAN LANGREN<br></strong><br>Lo curioso es que el afán de Van Langren por bautizar los relieves de la Luna no obedeció a un mero ejercicio de estilo, sino que se inscribió en una lógica científica, en concreto el intento por resolver uno más importantes desafíos a los que se enfrentaron durante siglos científicos europeos en un contexto de rivalidad entre imperios marítimos: el cálculo de la longitud geográfica. Felipe II de España no se contentó con saber que en sus dominios no se ponía el Sol, sino que quiso conocer a qué distancia se encontraban sus posesiones. Es por ello por lo que, en 1567, ofreció un premio —considerado el primero de carácter científico de la historia— a quien encontrara la manera de calcular la longitud geográfica, es decir la distancia de un punto determinado de la Tierra respecto a un meridiano. Ante la falta de resultados, su hijo Felipe III aumentó la dotación en 1598, año en que nació en Ámsterdam Van Langren, en el seno de una familia de cartógrafos que llegó a poseer el monopolio de la fabricación en Holanda de globos terráqueos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Van Langren tenía unos diez años cuando aparecieron en Holanda los primeros telescopios y era un adolescente cuando Galileo Galilei empezó a escrutar el universo con ese instrumento. A los 27 años, el holandés anunció haber resuelto el problema de la longitud terrestre, lo que le valió el mecenazgo de Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos españoles, y su posterior nombramiento como astrónomo y matemático de Felipe IV de España. Van Langren había tenido la idea de servirse de la evolución de las sombras que el Sol produce en la superficie lunar para calcular la longitud geográfica terrestre. Para ello era imprescindible disponer de tablas lunares que dieran cuenta del aspecto, en momentos determinados, de lugares concretos de la superficie lunar, como cráteres y planicies, a los que, con tal objeto, puso nombres. Y puesto que el primer beneficiario de este descubrimiento científico iba a ser la monarquía hispánica, la toponimia lunar que empleó tenía que ver con la realidad hispánica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De vuelta en los Países Bajos, tras haber tenido ocasión de exponer su descubrimiento en persona al monarca español, publicó, en 1644, el libro titulado “La verdadera longitud por mar y tierra: demostrada y dedicada a su católica majestad Felipe IV”. El razonamiento científico de Van Langren era irreprochable puesto que las vibraciones de la Luna (que es como se llama a las alteraciones de la superficie lunar en función de su exposición al Sol) son percibidas de manera diferente de un lugar a otro de la Tierra y que de esa diferencia se puede extrapolar la distancia entre dos puntos del globo terráqueo. El problema radicaba en la dificultad de las observaciones lunares desde el mar y en el poco aumento de los telescopios de la época, por lo que el método de Van Langren para calcular la longitud geográfica no se llevó a la práctica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aun así, hizo dos aportaciones a la ciencia que merecen nuestra consideración. En primer lugar, su representación de los cráteres lunares tal como aparecen iluminados por el Sol matutino sigue en uso en los considerados mejores mapas de la Luna. En segundo lugar, sus estudios acerca del cálculo de la longitud geográfica le llevaron a crear la primera representación gráfica conocida de datos estadísticos. Dicha representación, que ocupa un lugar de honor en la historia de la visualización de datos, da cuenta de la diferencia de longitud entre Toledo y Roma. En vez de servirse de una simple tabla numérica, concibió el primer gráfico comparativo, sentando las bases de un lenguaje visual que nos es tan familiar hoy en día y que Van Langren fue el primero en utilizar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA MENGUANTE PRESENCIA HISPÁNICA EN LA SUPERFICIE LUNAR</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En la actualidad, son apenas una veintena los cráteres de la Luna inspirados en la cultura hispánica (nombres como Carlos, Isabel, José, Linda, Rosa o Manuel) o vinculados con personajes de la historia de España. Entre estos últimos, está el cráter de más de 110 km de diámetro llamado Alphonsus en memoria de Alfonso X El Sabio. Cráteres de menor tamaño llevan nombres en honor de Isidoro de Sevilla, Cristóbal Colón, Vasco Núñez de Balboa y Santiago Ramón y Cajal. También figuran en la lista de la toponimia lunar astrónomos y matemáticos españoles de origen musulmán y judío.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el caso del sabio judío Abraham Zacuto, nacido en Salamanca en 1452, cuyas cartas marítimas jugaron un importante papel en la era de los grandes descubrimientos, el cráter que le dedicó la Unión Astronómica Internacional lleva el nombre de Zagut, un error que el organismo no ha corregido aún.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También hay cráteres dedicados a personajes de origen andalusí, como Azarquiel, considerado por muchos el astrónomo árabe-español más importante de la historia, o Abbás Ibn Firnás, inventor de una máquina voladora seis siglos antes de que lo hiciera Leonardo da Vinci.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>*Ramón Jiménez Fraile es periodista e historiador.</em></p>
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		<title>¿Qué hay en la cara oculta de la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cara-oculta-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 11:37:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Sara Casalí</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph"><p>La exploración de la Luna</p><br><p>Durante siglos, la Luna solo nos enseñó una de sus caras. La otra, la oscura, solo existió como deducción. Y cuando pudimos contemplarla, en 1959, resultó toda una sorpresa. Esta es la historia de esa cara oculta de la Luna, un secreto desvelado.</p><br><p>Si miras la Luna esta noche, estarás viendo el mismo hemisferio lunar que han mirado generaciones enteras desde la Tierra, ya que la otra mitad sigue resistiéndose a nuestros ojos, no por capricho, sino porque así lo impone la relación gravitatoria que mantiene con nuestro planeta. La Luna tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en orbitar la Tierra. Esa sincronía es consecuencia de la atracción gravitatoria terrestre que, a lo largo de millones de años, fue frenando su rotación hasta dejarla encajada en ese ritmo. Por eso, desde aquí, siempre nos enseña el mismo lado y mantiene el otro fuera de nuestro alcance. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de una región oscura, porque recibe luz solar como la cara visible. Lo que la define como oculta es que no entra en nuestro campo de visión. Durante siglos, esa mitad existió solo como deducción, desde las primeras observaciones telescópicas de Galileo hasta la llegada de la era espacial, y cuando por fin apareció en imágenes, resultó ser sorprendentemente distinta.En 1647, Johannes Hevelius publicó Selenographia, uno de los primeros grandes atlas lunares elaborados con método científico, fruto de años de observaciones repetidas con telescopios refractores en distintas fases lunares y del análisis del relieve mediante el juego de luces y sombras. Con el tiempo, la cartografía lunar se fue afinando con instrumentos cada vez más potentes, pero ese método solo permitía estudiar la cara visible, ya que ningún telescopio puede observar el hemisferio oculto desde la Tierra. Tuvieron que pasar más de trescientos años para que la otra mitad entrara en los mapas. El salto llegó el 4 de octubre de 1959, con la misión soviética Luna 3. Por primera vez, fue posible salir de la Tierra, fotografiar la cara oculta desde una sonda y transmitir esas imágenes a distancia. La sonda, de unos 280 kilos, llevaba una cámara de película que tomaba las imágenes, revelaba el carrete automáticamente a bordo y lo escaneaba con un sistema mecánico para transmitirlo por radio a la Tierra. Durante su sobrevuelo, Luna 3 tomó 29 fotografías, pero solo 17 resultaron utilizables. Estas cubrían aproximadamente el 70 % de la cara oculta, con una resolución limitada y contrastes muy acusados. Las imágenes no mostraban un paisaje continuo, sino fragmentos difíciles de interpretar, que constituían una base inicial todavía por descifrar.A lo largo de los años sesenta, equipos soviéticos de cartografía planetaria trabajaron con este material para transformar fotografías parciales en una representación coherente del relieve lunar. Destacó la figura de Kira Borisovna Shingareva, cartógrafa especializada y formada en disciplinas afines a la geodesia. En coordinación con astrónomos e ingenieros, los equipos compararon imágenes tomadas desde ángulos distintos, unificaron escalas y corrigieron posiciones para construir un marco cartográfico estable. El objetivo no era reproducir imágenes aisladas, sino convertir un conjunto fragmentario en un mapa legible y continuo.A partir de estas primeras cartografías, se hizo evidente que la cara oculta difería de forma significativa de la cara visible. Presenta una mayor densidad de cráteres y una escasez notable de mares basálticos; el relieve es más accidentado y, en promedio, la corteza es más gruesa que en el hemisferio que vemos desde la Tierra. Entre las estructuras más destacadas se identificó la cuenca Polo Sur–Aitken, una de las mayores formaciones de impacto del Sistema Solar, cuyo tamaño y profundidad la convirtieron pronto en un objeto central para entender la historia temprana de la Luna y el papel de las grandes colisiones en su evolución.</p><br><p><strong>CARTOGRAFIANDO LA CARA OCULTA DE LA LUNA</strong>Ahora había que dar el siguiente paso: dotar de nombres estables a un territorio que acababa de entrar, por primera vez, en los mapas. La responsabilidad de aprobar la nomenclatura oficial de los cuerpos y accidentes planetarios recae en la Unión Astronómica Internacional (IAU) desde su creación, en 1919. La fijación de nombres para la cara oculta se fue consolidando por etapas, a medida que la cartografía mejoraba y se podían identificar con más seguridad los accidentes. En 1967, durante la Asamblea General de la IAU celebrada en Praga, la cuestión de la nomenclatura lunar, incluida la de la cara oculta, se abordó dentro de los trabajos de revisión y ordenación de los comités especializados. En ese proceso participaron también cartógrafos implicados directamente en el mapeo soviético, entre ellos Kira B. Shingareva, cuyos trabajos contribuyeron a fijar un repertorio más coherente y estable.El resultado puede comprobarse hoy con precisión en el Gazetteer of Planetary Nomenclature, la base de datos oficial mantenida por la IAU y el USGS, donde cada nombre figura con su estado de aprobación (“Adopted by IAU”), su fecha y sus coordenadas. En la cara oculta aparecen cráteres como Tsiolko- vskiy (1961), dedicado a Konstantín Tsiolkovski, pionero de la cosmonáutica; Korolev (1970), por Serguéi Koroliov, ingeniero jefe del programa espacial soviético; o Gagarin (1970), en honor a Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. También figura Mare Moscoviense (1961), uno de los pocos mares del hemisferio oculto. Con el tiempo, el repertorio se amplió con nombres como Sternfeld (1991), teórico de la astronáutica, u Houssay (2009), fisiólogo y premio Nobel. De forma especialmente significativa, un pequeño cráter recibió el nombre de Kira (1976), incorporando a Shingareva en el mismo territorio que ayudó a volver legible.A diferencia de la cara visible, cuya nomenclatura recurre en gran medida a filósofos y científicos clásicos, en la cara oculta abundan, por la propia época en que se fue nombrando, referencias al siglo XX: ingenieros, físicos y figuras de la era espacial. El repertorio conserva así la huella del momento histórico en que la cara oculta entró en los mapas. Y, entre tanto científico, asoman también guiños culturales, como Jules Verne (1961), cuya imaginación anticipó los viajes a la Luna mucho antes de que la tecnología los hiciera posibles.</p><br><p><strong>LA LLEGADA DE LOS HUMANOS</strong>Sin embargo, incluso cuando la cara oculta ya tenía nombres en los mapas, ningún ojo humano la había divisado. Los primeros en hacerlo fueron Frank Borman, James Lovell y William Anders, en diciembre de 1968, durante la misión Apollo 8. La nave no alunizó, pero demostró que era posible viajar hasta la Luna, entrar en órbita y regresar con seguridad. En cada vuelta, la tripulación podía observar la cara oculta durante breves intervalos, al pasar por detrás del disco lunar, cuando la propia Luna bloqueaba la comunicación por radio con la Tierra. Durante esos minutos de silencio, fueron los primeros humanos completamente aislados de nuestro planeta, ante un paisaje que hasta entonces solo había sido registrado por sondas automáticas.Desde aquella primera imagen parcial obtenida por Luna 3, el hemisferio oculto ha seguido recibiendo visitas de misiones posteriores. Con el tiempo, nuevas imágenes y mediciones fueron completando zonas antes desconocidas y afinando la cartografía. Ya en el siglo XXI, este territorio adquirió una relevancia científica renovada, no solo como objeto de observación, sino como un laboratorio natural para responder a preguntas fundamentales sobre la historia del Sistema Solar. En 2019, la misión china Chang’e-4 logró el primer aterrizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en el cráter Von Kármán, dentro de la cuenca Polo Sur–Aitken. La misión permitió estudiar directamente una de las mayores estructuras de impacto conocidas, posiblemente resultado de una colisión lo suficientemente violenta como para haber afectado a las capas profundas de la Luna. Además, incorporó instrumentos para analizar la composición del subsuelo, medir la radiación solar y realizar observaciones de radioastronomía de baja frecuencia, aprovechando el blindaje natural que la Luna ofrece frente al ruido radioeléctrico terrestre. Esta limitación técnica histórica pasaba a convertirse en una ventaja científica.El avance se consolidó en 2024, con la misión Chang’e-6, que trajo a la Tierra las primeras muestras físicas recogidas en la cara oculta de la Luna, procedentes de la cuenca Polo Sur–Aitken. Los primeros análisis, publicados en 2024 en Nature y Nature Geoscience, han confirmado la presencia de basaltos volcánicos y composiciones geoquímicas distintas de las observadas en muestras de la cara visible. El hallazgo encaja con modelos que proponen historias térmicas y magmáticas diferenciadas entre ambos hemisferios durante las primeras etapas de la evolución de la Luna. Estos resultados no sustituyen la imagen construida durante décadas a partir de la cartografía orbital, sino que la completan y la refinan, permitiendo pasar de diferencias morfológicas observadas a distancia a una comparación directa de procesos geológicos entre ambos hemisferios. Las muestras permiten, por primera vez, aplicar técnicas de datación directa a materiales volcánicos del hemisferio oculto y contrastar con material real hipótesis que hasta ahora se basaban exclusivamente en datos remotos.La Luna es un cuerpo sin atmósfera densa, sin agua líquida estable y sin tectónica activa comparable a la terrestre. Por ello, los procesos de alteración superficial son mínimos. Esto permite que las huellas de impactos y volcanismo antiguo se conserven durante miles de millones de años. La cara oculta ha dejado así de ser solo un territorio cartografiado a distancia para convertirse en una fuente directa de información sobre la historia temprana de la Luna y la formación de los planetas rocosos. Y aunque la gran mayoría sigamos sin poder disfrutar de sus vistas, lo que sabemos sobre ella ya no deja de crecer.</p><br><br><p><em>*Sara Casalí es licenciada en Humanidades y periodista.</em></p><br><p> </p></p>
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		<title>El jardín islámico y su simbología</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-islamico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 13:08:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: J. Esteban Hernández Bermejo</strong></p>

<p class="wp-block-paragraph">Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p class="wp-block-paragraph">Jardines del mundo</p>
<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol en los siglos XVII y XVIII. Un paseo muy amplio en el que el historiador de los jardines, J. Esteban Hernández, nos lleva a través de estilos muy variables en el espacio y en tiempo, incluyendo los ejemplos más notables de los jardines de Al-Andalus, que culminan en nuestros cármenes granadinos, uno de los más singulares modelos de jardín-huerto periurbano.</p>
<p>En mi reciente libro “El Jardín del Edén” sobre la historia de los jardines, el jardín islámico ocupa un lugar preferente. No podía ser de otra manera tratándose de un texto escrito desde la Península Ibérica, desde Andalucía y Córdoba. No pudieron dejarnos indiferentes más de seis siglos de experiencia jardinera generando estilos y diseños, incorporando nuevas especies al elenco del mundo ornamental, seleccionando variedades y trasladando otras, desde “los montes a los huertos” como dicen repetidas veces los geóponos andalusíes. Estábamos obligados a ser “auténticos” en el tratamiento de la historia, respetuosos y agradecidos con un patrimonio natural y cultural que recibimos en una todavía poco valorada herencia. <strong>El jardín islámico </strong>no es un estilo invariable de jardín. Tiene una historia, un proceso de cambio en el espacio y tiempo, desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala en el imperio Mogol. Jardines que hicieron su aparición ya en el siglo VII en el imperio Selyúcida en Persia tras la caída del mundo Sasánida y que rápidamente se extenderían hacia occidente a través de la influencia primero omeya y luego abasí, abarcando todo el Próximo Oriente, desde Siria hasta Egipto y desde estos territorios, siempre a lomos de caballos y camellos, por todo el norte de África, desde Ifriqiya (Túnez) al occidente bereber, y desde estos lugares hacia Sicilia y la Península Ibérica. Por el centro y norte triunfarían más tarde en el Imperio Otomano y luego se extendieron por la Península Balcánica acercándose de nuevo a Europa por las regiones meridionales, hasta las fronteras con el Sacro Imperio Romano Germánico. En todos esos lugares y a lo largo de más de diez siglos el jardín islámico ha cristalizado en un mosaico de expresiones que indudablemente tienen un máximo común divisor, que diría un matemático, un cierto estereotipo que algunos han llevado a los confines del tópico: el jardín intramuros expresión del Edén en la Tierra.</p>
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<p><strong>LAS RAÍCES PERSAS QUE REMONTAN AL PARAÍSO</strong></p>
<p>El jardín islámico es de indudables raíces persas, pero nutrido de experiencias locales que han absorbido de oriente a occidente, experiencias persas, romanas y bizantinas y en menor medida las de otras culturas menores o ya desaparecidas, como las asirio-babilónicas, egipcias o nabateas. Es un jardín sensual, que penetra por los cinco sentidos, voluptuoso como decía Benoist-Méchin (1975) que lo resumía en la frase <em>“&#8230; el árabe es el hombre del desierto que aspira a un jardín, un hombre que crece en el ascetismo y muere de voluptuosidad. Esta trayectoria parece ser parte de su destino y él no lo ignora. De ahí su fatalismo, que es a la vez confianza en Dios y conciencia del carácter trágico de la vida. Incluso si presiente que la muerte lo espera al fondo del jardín, no puede renunciar a él. Se precipita hacia la voluptuosidad con la ebriedad con que la mariposa nocturna se abalanza hacia la flema que terminará por consumirla”.</em></p>
<p>Si, ciertamente es un jardín interior, recreación del Paraíso que pretende ignorar el entorno exterior hostil y caótico, muchas veces árido o desértico. El jardín queda aislado mediante muros que conservan en su interior organizado geométricamente, un mundo de armonía, de formas, aromas y colores. Ha heredado del jardín persa la geometría del crucero, símbolo de los cuatro ríos del Edén. Caminos rectilíneos, organizan el espacio entre los arriates, y se presentan a veces elevados sobre sus plantaciones, buscando la protección del suelo más fresco. Dentro de cada cuadrado aparecen arriates rectangulares o setos recortados en octógonos y estrellas generadas por el cruce de dos cuadrados al girar 45°. Setos más elevados, a veces alineaciones de cipreses, cierran las paredes de este Paraíso en cuyo interior crecen frutales, plantas aromáticas, borduras y flores. La sombra se convierte en obsesión. El verde es el color dominante.</p>
<p>El agua está presente como elemento generador de vida y es también rica en simbolismo. El agua en el jardín islámico crea paisaje y refleja el propio jardín cuando aparece serenamente en la <em>buhayra </em>(jardín con un gran estanque o alberca que sirve también para el riego de arriates y alcorques). Al contenerse cautiva en la alberca resulta relajante a la vista, brilla silenciosamente bajo la luz del sol. El agua es la fuente esencial del movimiento en los jardines islámicos, agua incansable en permanente murmullo. En ocasiones discurre pausadamente por las acequias del jardín venciendo suaves desniveles o peldaño a peldaño, por medio de escaleras o a lo largo de sus barandas. El agua calma la sed del hombre, refresca el tacto de sus manos, susurra con delicado murmullo cuando borbotea en los tímidos surtidores de sus fuentes. Se comunica con los humanos por los cinco sentidos como el propio jardín, aromas, frutos, murmullo, color y el tacto de la planta que como el agua queda siempre cercana del placentero visitante. Sensualidad. Paraíso en la Tierra.</p>
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<p><strong>LOS JARDINES DE AL-ANDALUS</strong></p>
<p><strong>Al-Andalus </strong>fue el tiempo y espacio ocupado durante la Edad Media por la cultura y religión islámica en la Península Ibérica. Un tiempo en el que más allá de las luchas entre emiratos, taifas y otros reinos, luchas de religión, de poder o simplemente territoriales o económicas, pudo generar en la geografía y sociedades andalusíes un auténtico renacimiento para las ciencias (matemáticas, astronomía, geografía, medicina, botánica, farmacia), las artes (poesía, cerámica, arquitectura) o el pensamiento (filosofía). Y también para la jardinería.</p>
<p><strong>Medina Azahara </strong>representa en al-Andalus el inicio de una de las más espléndidas aventuras de la historia de la jardinería. Hablamos de la “ciudad brillante” que Abderramán III mandara construir al pie de la sierra cordobesa, en la falda del <em>Yebel Alarus</em>, tan solo a diez kilómetros de la mezquita aljama de Córdoba. Su construcción se extiende desde el año 936 al 976 con Al-Hakam II, el último de los califas cordobeses. La ciudad gozó tan solo de setenta y cuatro años de vida, alzándose en terrazas escalonadas sobre el valle del Guadalquivir, dominando el horizonte sin barreras visuales hacia el sur, como orgullosa expresión de un recién proclamado califato independiente. Sus jardines en torno al Salón Rico en el que el califa recibía embajadores, sabios y mercaderes procedentes de toda la Cuenca Mediterránea y Próximo Oriente, fueron el escenario de nacientes escuelas de agronomía, farmacia y medicina. Paisajes de alquerías con huertos y vergeles circundaban el conjunto sobre la terraza inferior del Guadalquivir creando un escenario de fecundas arboledas que prolongaban hasta el río los verdes encinares de Sierra Morena. Evidencias arqueológicas insinúan la presencia de alarifes orientales llegados de Bagdad, Damasco y Constantinopla junto a maestros artesanos en mármoles y mosaicos. La ciudad recuerda por su emplazamiento, diseño y función geopolítica a la Persépolis aqueménida de Darío I, pero indudablemente Medina Azahara aprovechó además de su ubicación, las traídas de agua, técnicas y experiencias que proceden de la Corduba Romana. No podía ser de otra forma. Eran los primeros síntomas de un renacimiento en cuatro siglos adelantado. Vigorosa, culta y sincrética surgió así la jardinería islámica en el occidente mediterráneo.</p>
<p>Desde este momento se traza una larga historia y camino que recorre muy diferentes alcázares y palacios a lo largo del progresivamente reducido territorio andalusí. Se repite muchas veces el modelo de los huertos al pie de alcazabas. Lo podemos encontrar en muy diferentes localidades y a lo largo de seis siglos, desde el Tolmo de Minateda en tiempo precalifal, hasta los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife, pasando por la Arruzafa, Jardín Bajo y huertas en torno a Medina Azahara o al Alcázar junto a la Mezquita en Córdoba, en el Jardín de los sultanes al-Mamun en Toledo, o al-Mutamid en Sevilla, lo vemos en Lorca y Guadix, Liétor y Ayna, Baza y Albox, en la Alcazaba de Málaga en las fortalezas de Veléz-Málaga y Vélez-Rubio, Alcazaba de Almería, Aljafería de Zaragoza, Baza, Ronda y como hemos dicho en Granada en el entorno de los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife.</p>
<p>Los jardines palaciegos son ya jardines cerrados que responden a esa búsqueda anunciada del Paraíso prometido, jardines con especies vegetales que se relacionan con los humanos a través de los cinco sentidos. En las alquerías, el huerto es también lugar para la belleza y la sensualidad. Los poetas nos lo cuentan. Ibn Hazm en el <em>Collar de la Paloma </em>sitúa una parte de sus experiencias sobre el amor en entornos del <em>bustan </em>(huerto-jardín) o simplemente del <em>riyad </em>(casas con patio). Las “Huertas del Rey” se transformaron incluso en ocasiones en auténticos jardines botánicos como ocurrió con los ya mencionados sultanes al-Mamun y al-Mutamid, permitiendo que ilustres botánicos como Ibn Wafid o Ibn Bassal cultivaran las especies locales y las recién llegadas, o por ellos mismos traídas de Oriente en sus jardines de Toledo y Sevilla. Entre estas últimas, los árboles del amor, del paraíso, los azederaches y ¡el tulipán!.</p>
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<p><strong>LOS JARDINES DE LA ALHAMBRA</strong></p>
<p><strong>La Alhambra</strong>, en árabe <em>al-Hamra´</em>que significa la Roja posiblemente en relación con el color de las arcillas de la colina de la <em>Sabika</em>, sobre la que se levanta, bajo el Cerro del Sol, constituye junto con el Taj Mahal del reino mogol en la India, la pareja de más brillantes estrellas, a occidente y oriente de la geografía del universo islámico. El emir Muhammad Ibn Nasr, también apodado Ibn al Ahmar por el color rojo de sus cabellos teñidos de alheña, decidió ubicar su corte en el primero de los edificios allí construidos, la Torre del Homenaje que fue entonces fortaleza y residencia palatina. Según parece, ya existió otro palacio con huertas por encima de esta colina en el llamado Cerro del Sol, todavía en proceso de excavación arqueológica, pero el nuevo emplazamiento enseguida aprovechó las desviadas aguas del Darro a través de la acequia real y permitió que los sucesivos emires nazaríes fueran ampliando el conjunto con nuevos palacios y jardines, quedando todo el conjunto fortificado. Simultáneamente aparecieron otros palacios cercanos, como el desaparecido de los Alixares (por un terremoto) y el hoy derruido Dar al-Arusa. Pero los jardines que se extienden en torno a los palacios nazaríes siempre a intramuros de la fortaleza han conservado su diseño y en buena medida su autenticidad en lo referente a las especies que forman parte de sus paseos arbolados, setos recortados, macizos de flor y plantas aromáticas. Incluso ciertos topónimos como los del Paseo de los Nogales o el de los Cipreses, nos hablan de cortejo ornamental primitivo. Un itinerario a su través permite contemplar setos de arrayanes y bojes, hierbas y jazmines trepadores, adelfas, olivos, árboles del amor, granados, rosales, alhucemas, camomilas, crisantemos y acantos. También azucenas, lirios y narcisos entre las bulbosas y cómo no, tal vez las más destacadas flores y aromas del jardín andalusí: los alhelíes. Almeces, olmos y cipreses generan las verdes sombras que hacen apacible su visita incluso en pleno estío.</p>
<p>Al salir del conjunto amurallado nos dirigimos hacia el cercano Palacio del Generalife a través del Paseo de los Nogales (de los quedan muy pocos ejemplares) dejando por bajo algunas de las cuatro huertas que rodearon el Palacio, las Huertas Grande y la Colorada, las más cercanas a las torres de la Cautiva y de las Infantas, huertas con cultivos herbáceos de alcachofas, habas y berenjenas junto a colecciones de antiguas variedades de vid y granados. El Palacio del Generalife, primer conjunto en recibir las aguas del Darro, a través de la Escalera del Agua completará este recorrido con el maravilloso Patio de la Acequia.</p>
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<p><strong>LOS JARDINES DE IFRIQIYA Y DE ORIENTE</strong></p>
<p>Si nos alejamos hacia oriente desde la antigua geografía ibérica de al-Andalus entraríamos en <strong>Ifriqiya</strong>, territorio norteafricano comprendido entre la actual Constantina y la frontera con Egipto, donde se estableció en el siglo IX un emirato con capital en Cairúan, gobernado por los aglabíes. A occidente suyo el <strong>Magreb </strong>consiguió organizarse como estado subsidiario de Ifriqiya con la dinastía Idrisí fundadora de la ciudad de Fez. De esta región surgieron primero los almorávides y más tarde los almohades. En todos estos reinos también la jardinería islámica tuvo una notable expresión que incluso se vio fortalecida por la emigración de los nazaríes al ser expulsados del territorio ibérico. El resultado de este proceso histórico estuvo marcado además, en el caso de las regiones atlánticas al oeste del Gran Atlas, por las grandes obras hidráulicas de influencia persa, los lejanos <em>qanat</em>, galerías subterráneas que trasportaban el agua de las montañas nevadas hasta las llanuras y que en el mundo bereber reciben el nombre de <em>khettaras</em>, y posibilitaron la aparición de oasis como el de Marrakech y el de grandes <em>buhayras</em>, estanques de riego y placer, generadores de fértiles paisajes con cultivos de cítricos, palmerales, higueras, granados y olivos junto a palacios y jardines que todavía podemos admirar en los alrededores de Marrakech en localidades como las del Agdal o Menara, nacidos a instancias del califa almohade Abd-Mumim en el siglo XII.</p>
<p>Más allá de estos territorios aparecieron los imperios, primero selyuquí y más tarde otomano, sobre territorios con centro de gravedad en la actual Turquía, herederos de todas las grandes influencias y estilos jardineros de la antigüedad, especialmente de la persa y bizantina. Las dos proyectan sobre el jardín el paradigma del Paraíso prometido pero la primera, la persa, más antigua y fraguada en antecedentes aqueménidas y sasánidas, adquirió una gran destreza en el manejo del agua, de las luces y las sombras en jardines intimistas que nunca olvidaron el crucero <em>(chahar bagh) </em>como geometría básica del jardín y en los que el perfecto cálculo hidráulico permitía que el agua corriera con medido caudal y presión permitiendo la inundación de los arriates, el borboteo de alineaciones de fuentes a través de largos estanques e incluso conectara los edificios del palacio con el jardín penetrando en su interior. Vemos este modelo por ejemplo en el Jardín de Fin en Kashán (Irán), hoy declarado Patrimonio de la Humanidad.</p>
<p>Una visita por la actual <strong>Estambul</strong>, capital que fue del imperio Otomano nos permite conocer el Palacio Topkapi donde se conserva dentro de un frondoso parque de <em>Platanus orientalis</em>, el Harem con una increíble colección de mosaicos que representan decenas de especies ornamentales entre las que se repiten muchas veces los diseños de cipreses, claveles y tulipanes. De estos últimos hemos conseguido demostrar que fueron conocidos ya varios siglos antes en al-Andalus, gracias probablemente a su introducción en cultivo por Ibn Bassal, agrónomo y viajero toledano.</p>
<p>Completaríamos este fugaz viaje por los jardines islámicos de oriente alcanzando la <strong>India </strong>y visitando las fortalezas y majestuosas tumbas rodeadas de inigualables <em>. </em>jardines por los emperadores mogoles (Babur, Humayun, Akbar, Jahangir, Shah Jahan y Aurangzeb) entre los siglosXVI y comienzos del XVIII. La jardinería mogola recoge también la herencia persa y musulmana integrando en menor medida la religiosidad hindú. Espectaculares mausoleos y castillos encontramos en localidades como Kabul, Aram Bag, Delhi o Jaipur, pero sobresale entre todos el famoso <strong>Taj Mahal </strong>de Agra, la “Corona de los Palacios” o como Tagore lo describió, <em>“una lágrima en la mejilla del tiempo”. </em>Fue construido entre 1631 y 1654 por el emperador Shah Jahan en las orillas del río Yamuna para honrar a su fallecida esposa tras el parto de su decimocuarto hijo. En 1983 fue reconocido también como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.</p>
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<p><strong>LA PALMERA Y LA VID EN LOS JARDINES ISLÁMICOS</strong></p>
<p>No podemos acabar este precipitado resumen del jardín islámico sin una referencia a dos especies que apenas hemos citado y que sin embargo son evidentes representantes de su jardinería: la palmera y la vid. La primera de ellas, podría ser considerada en los paisajes islámicos como el más claro árbol cósmico (permítanme ese calificativo para una estipe). Es la especie más citada en el Corán y en las obras de medicina profética por sus múltiples beneficios. Incluso, se ha llegado a considerar como una proyección del propio hombre, estableciendo paralelismos entre ambos por ciertos aspectos de su morfología, sexualidad e incluso por la atracción existente entre palmeras masculinas y femeninas comparada con las reacciones afectivas humanas entre hombre y mujer. La palmera es un valioso alimento en el desierto por su persistencia y valores nutritivos y organolépticos. Sus frutos y el cocimiento de las espatas (brácteas de inflorescencia) son astringentes y tienen otras propiedades medicinales en ginecología y gastroenterología. Su fibra, hojas y espatas son utilizadas en muy diversas artesanías. Bajo los palmerales de <em>Phoenix datilifera </em>surgieron los oasis, y prosperó la agricultura y los asentamientos humanos. La presencia de la palmera datilera en los jardines islámicos es un hecho incuestionable aunque en el caso del universo andalusí debamos reconocer que pudo ser más esporádica y simbólica de lo que en principio pudiéramos suponer.</p>
<p>Y elijo la segunda especie, la vid como resultado de una cruzada que junto a varias destacadas arabistas iniciamos hace décadas luchando contra el estúpido tópico de que los árabes erradicaron el cultivo de la vid en sus dominios. Al menos en al-Andalus no fue así, sino todo lo contrario. La vid fue uno de los dos cultivos a los que los agrónomos andalusíes dedicaron más espacio a la hora de describir técnicas de cultivo y aprovechamiento. Fue utilizada como fruta fresca de mesa, para la pasificación, pasas que luego eran comercializadas por todo el Mediterráneo, para la elaboración de mostos, vinagres y arropes, e incluso para la vinificación, elaborando vinos medicinales o no (comercializados a judíos y mozárabes), vinos a veces con infusiones de plantas. Se conservaron variedades locales, se introdujeron otras procedentes de países como Egipto y tal vez lo más importante &#8211; por la forma de propagación en semilla que utilizaban, que no conservaba los caracteres entre generaciones – se produjo una gran diversidad genética por lo que surgieron nuevas variedades. Y además de todo lo dicho y desde el punto de vista que aquí nos trae, la vid fue cultivada en forma de parras construidas sobre encañizados artesanales, vides que generaban jardines interiores en el <em>ryad</em>, en los patios de las casas, <em>al-karma</em>, término y experiencia de la que deriva uno de nuestros más singulares modelos de jardín-huerto periurbano: ¡los <strong>cármenes</strong>!.</p>
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<p><em>* Santiago Beruete es licenciado en Antropología y en Filosofía. Desde hace tres décadas compagina</em><br /><em>su actividad docente e investigadora con la creación literaria. Ha escrito varios poemarios, colecciones</em><br /><em>de relatos, novelas y ensayos que han merecido diferentes premios nacionales e internacionales. Sus</em><br /><em>libros Jardinosofía: Una historia filosófica de los jardines, Verdolatría: La naturaleza nos enseña a ser</em><br /><em>humanos, Aprendívoros: El cultivo de la curiosidad y Un trozo de tierra (todos editados por Turner)</em><br /><em>son fruto de la polinización cruzada entre literatura, jardinería, filosofía y educación.</em></p>
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		<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-islamico/">El jardín islámico y su simbología</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Un Jardín funerario en la antigua Tebas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:54:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/">Un Jardín funerario en la antigua Tebas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Manuel Galán</strong></p>

<p class="wp-block-paragraph">Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p class="wp-block-paragraph">Jardines del mundo</p>
<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. Es un jardín pequeño, de unos tres metros por dos y medio, que conservaba en sus cuadrados las semillas de las plantas que allí crecieron hace 4.000 años, una combinación de vegetales y 9 flores, que es lo que deseaba el difunto para su otra vida. En este jardín se reúne muchísima información sobre la sociedad de la antigua Tebas.</p>
<p>El Proyecto Djehuty lleva veinticinco años excavando en la necrópolis de la antigua ciudad de Tebas, en la orilla occidental de la actual Luxor. El yacimiento se encuentra al pie de la colina de Dra Abu el-Naga, donde se enterraron muchos de los monarcas egipcios de origen tebano antes de comenzar, con la reina Hatshepsut (ca. 1470 a. C.), a ser enterrados en el famoso Valle de los Reyes. Los trabajos arqueológicos comenzaron centrados en dos tumbas talladas en la roca de la colina y decoradas en relieve. Una pertenecía a Djehuty, supervisor del Tesoro de la reina Hatshepsut, y la otra a Hery, supervisor del granero de la esposa real y madre del rey Ahhotep, quien debió vivir unos cincuenta años antes.</p>
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<p><strong>UN HALLAZGO INESPERADO</strong></p>
<p>Excavando alrededor de estos dos monumentos rupestres, fueron saliendo a la luz otras tumbas todavía más antiguas, del año 2000 a. C., cuando Tebas se convirtió por primera vez en capital del Alto y del Bajo Egipto. Excavando delante de una de estas tumbas, en el año 2017, descubrimos algo inesperado, un pequeño jardín cuadriculado.</p>
<p>La estructura del jardín estaba hecha de barro y adobes y medía 3 x 2,25 m. El reborde exterior estaba reforzado por arriba con mortero de cal, y el interior estaba dividido en cuadrados, la mayoría de 30 x 30 cm., pero también había compartimentos más grandes. En uno de los lados se construyó una pequeña escalera para hacer más fácil a los aguadores el acceso a los cuadrados de en medio, aunque la estructura del jardín tan solo se elevaba medio metro sobre el suelo. En una de las esquinas del jardín, se conservaba todavía erguida la parte de abajo del tronco de un árbol, que resultó ser un tamarisco. Por los anillos de crecimiento visibles en la sección del tronco, debió vivir algo menos de treinta años. La raíz superior medía 1 m. de longitud y avanzaba hacia el centro del jardín, donde probablemente la humedad se conservó por más tiempo.</p>
<p>A pesar de la fragilidad del árbol y de la estructura del jardín, todo se había conservado admirablemente bien gracias a que el patio de entrada a la tumba donde se construyó el jardín era como una hondonada, una especie de bañera, dentro de la cual se fue acumulando arena fina por la acción del viento. El jardín, tras dejarse de regar y abandonarse, acabó totalmente cubierto de arena, y eso fue lo que le protegió, no solo de los agentes naturales, como el sol, el viento y la lluvia, sino también de la gente que siguió pasando por allí y reutilizando las tumbas de alrededor. La arena que cubrió el jardín se convirtió en el medio perfecto para que las semillas y los restos botánicos de las plantas que crecieron hace cuatro mil años quedaran desecados y también se conservaran en perfecto estado hasta hoy.</p>
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<p><strong>UN HUERTO PARA MANTENER VIVO AL DIFUNTO</strong></p>
<p>El jardín se construyó en un terreno inhóspito para el cultivo de plantas. Para hacer esto posible, cada cuadrado del jardín estaba relleno de tierra fértil de la orilla del Nilo. Excavamos cuadrado a cuadrado, fuimos recogiendo con pinzas las semillas y partes de plantas que se veían a simple vista. Luego embolsamos la tierra procedente de cada cuadrado identificando bien la procedencia. Dejamos la mitad de cada cuadrado sin excavar para que quedara como testigo para futuros investigadores. La tierra recogida de cada cuadrado la pasamos por un tamiz, con el fin de detectar y analizar el mínimo resto botánico. Los arqueobotánicos identificaron, entre otras, semillas de cilantro, una planta que se sigue usando mucho como condimento en la cocina egipcia, y también semillas de una <em>curcubitacea</em>, como una especie de melón no dulce que aparece frecuentemente representada en las mesas de ofrendas. Sorprendente también era que todavía se conservara el color morado del receptáculo de una flor de la familia de las <em>asteraceae</em>. Puede que “huerto” se acerque más a la realidad, a su función de mantener vivo, en cuerpo y alma, al difunto. En la otra vida, claro. Pero la palabra “jardín” es, sin duda, más evocadora y más íntima, y parece encajar mejor en el contexto de un cementerio. La combinación de vegetales comestibles y de flores se corresponde perfectamente con las mesas de ofrendas que se representan delante de los difuntos en las paredes de las tumbas, pues en ellas aparecen ramos de flores coronando pilas de alimentos que mezclan carne y panes de varios tipos, con frutas y verduras. Las flores se incluyen por su carácter simbólico y la posibilidad de que transmitieran al difunto su capacidad de renacer de forma cíclica. Alrededor del jardín hallamos gran cantidad de cerámica, sobre todo vasos-<em>hes </em>para hacer libaciones y vasijas tipo <em>kernoi</em>, de marcado carácter ritual. También encontramos un cuenco volcado boca abajo, que contenía cinco dátiles, ahora desecados y en perfecto estado de conservación. La cerámica es precisamente lo que refleja el carácter ritual y funerario del jardín, y lo que le distingue de jardines similares que se utilizaron con fines prácticos y cotidianos.</p>
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<p><strong>EL ÚNICO JARDÍN FUNERARIO CONSERVADO</strong></p>
<p>Así, nuestro jardín es, hoy por hoy, el único jardín funerario de Egipto bien documentado y conservado. Pero es que, en la tierra del perfil de la excavación del patio, los arqueobotánicos, además, han sido capaces de extraer e identificar el polen de las plantas que crecieron de forma espontánea o se plantaron en la ribera fértil junto a la necrópolis, lo que nos da una idea de la vegetación de la zona entre el año 2000 y el 1500 a. C. Y en esa misma tierra del perfil, los geólogos han sido capaces de leer las huellas de las lluvias acaecidas en esos quinientos años. Así, combinando las plantas documentadas en el jardín con el polen y las lluvias, se nos abrió la posibilidad única de estudiar el medio ambiente en la antigua Tebas y de hacer una pequeña aportación al estudio del cambio climático en esta región. A pesar del concienzudo trabajo que llevaron a cabo los restauradores, el jardín, hecho de barro y adobes, era demasiado frágil como para dejarlo expuesto a la intemperie. Era incuestionable que tendríamos que resguardarlo del sol, del viento, de posibles lluvias y de la capacidad destructora del ser humano, lo que implicaba inevitablemente volverlo a enterrar. Pero ni que decir tiene que daba una pena enorme tapar el único jardín funerario del antiguo Egipto conocido hasta la fecha. Se nos ocurrió, entonces, que podríamos fabricar una réplica e instalarla sobre el jardín enterrado y protegido por una estructura sólida y aislante, utilizando para ello la información obtenida del escáner láser con el que llevábamos varias campañas documentando el yacimiento. Así, con cierta modestia, determinación e imaginación, montamos la primera réplica <em>in situ </em>en un yacimiento arqueológico, como medida de conservación y protección del bien cultural antiguo. Los visitantes pueden así hacerse una idea de cómo era un jardín funerario, de su ubicación dentro de la necrópolis y con respecto a la tumba de su propietario, a la vez que se conserva el original antiguo. Las tumbas de Djehuty y de Hery, así como parte del yacimiento, incluyendo la réplica del jardín, permanecen abiertos al público y visitables desde febrero 2023. El cuento de <em>Sinuhé</em>, cuyo nombre significa “El hijo del Sicomoro”, se debió escribir cien años después de nuestro jardín, en torno al año 1900 a. C. El relato cuenta su improvisada huida de Egipto, su exitoso exilio en Palestina, y el retorno a la corte del rey egipcio. El protagonista termina presentándose a sí mismo, al final de sus días, como un hombre afortunado, al conseguir del faraón una tumba, equipamiento funerario, el mantenimiento de su culto y un jardín para el aprovisionamiento de las ofrendas. Sinuhé menciona el jardín al final como el broche de oro, como la fuente del sustento para su vida eterna. El jardín de Sinuhé sería, sin duda, muy similar al nuestro. <em>“…Se construyó para mí una tumba en piedra, en medio de las otras tumbas. Los constructores la plantearon en el suelo, el dibujante la diseñó, los talladores la esculpieron y el maestro de obra de la necrópolis la ejecutó. Se dispuso todo el equipamiento que se deposita en la cámara sepulcral. Se me asignó un servicio funerario y un jardín, como se hace para un personaje importante…”</em></p>
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<p><em>*José Manuel Galán es Egiptólogo, Profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Lenguas y</em><br /><em>Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, y Director desde hace 25 años del Proyecto Djehuty</em><br /><em>en Luxor (Egipto), que excava, investiga y restaura un conjunto de tumbas y capillas funerarias que</em><br /><em>abarcan desde el 2000 a. C. hasta época romana. https://proyectodjehuty.com/el-proyecto/</em></p>
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		<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/">Un Jardín funerario en la antigua Tebas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Jardines del mundo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-mundo/</link>
		
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		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:44:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos,<br />
como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>

<p class="wp-block-paragraph">Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p class="wp-block-paragraph">Jardines del mundo</p>
<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica, y también como reflejo de las culturas y de su relación con la naturaleza. Los jardines están ligados al arte, a la literatura y a la filosofía, pero también a los viajes y a la exploración del mundo. De todo ello hablaremos en este número especial dedicado a los jardines del mundo: cómo surgieron, su significado, su aportación a la cultura, cómo están presentes en nuestras vidas o cómo su creación ha estado siempre ligada a los viajes y los viajeros.</p>
<p>Para comenzar esta historia habría que remontarse al neolítico: los primeros jardines nacieron con el sedentarismo del hombre. Primero sirvieron como refugio y como espacio para producir frutos, medicinas y flores. Los encontramos ya en Mesopotamia, en Egipto, en Grecia, en Roma… los jardines fueron siempre un símbolo también de poder político, además de lugar de esparcimiento o de belleza.</p>
<p>Fue Nabucodonosor quien construyó los legendarios jardines de Babilonia, mientras en Egipto, los jardines en damero reflejaban el orden cósmico. Grecia les añadió filosofía y Roma sofisticó estos espacios privados con mosaicos, fuentes y pérgolas. En la Edad Media europea los <em>hortus conclusus </em>eran lugares de oración y estudio, mientras en Al-Ándalus, patios y jardines como los de Córdoba, Sevilla o Granada evocaban el paraíso coránico. En Oriente, Persia imaginó los <em>chahar bagh </em>como “alfombras vivas” que más tarde inspiraron a la India mogola y al esplendor otomano de los tulipanes. En China los jardines buscaron la armonía yinyang, mientras que Japón recreó la contemplación en los paisajes zen y la América prehispánica inventó chinampas flotantes, terrazas incas y jardines botánicos que eran a la vez espacios rituales. En definitiva, cada cultura ha ido reflejando en esos espacios, su forma de ver lo divino, lo político y lo estético.</p>
<p>Hoy, los jardines sirven de hilo conductor o de inspiración para muchos viajeros que se interesan por conocer la Historia y las historias que se esconden tras estos espacios verdes: jardines ornamentales, jardines para el ocio y el placer y también jardines botánicos, para el estudio y la ciencia.</p>
<p> </p>
<p><strong>ASOMÁNDONOS A LOS JARDINES CLÁSICOS</strong></p>
<p>Siguiendo la línea del tiempo, esta hipotética vuelta al mundo nos llevaría a los remotos jardines de <strong>Babilonia y de Nínive</strong>, en el origen de nuestra civilización, a los jardines que aparecen en la Biblia o incluso al Jardín del Edén, al Paraíso, al que se remiten todos los jardines posteriores construidos durante siglos en el mundo occidental. Podríamos incluso entrar en las tumbas de los faraones y nobles egipcios, como la de Djehuty, en el <strong>Valle de los Reyes</strong>, para ver las representaciones de sus jardines que acompañaban a los difuntos, en forma de retículas cuadriculares que nos recuerdan un poco a los sofisticados jardines japoneses. Podríamos también echar una ojeada a los jardines interiores de las <strong>casas romanas</strong>, con sus fuentes y estatuas, en algún aspecto similares a los que se construirán más tarde intramuros en las casas de las culturas islámicas, donde los jardines se convierten en un arte simbólico que maneja magistralmente elementos como el agua, la sombra y los árboles. Son jardines domésticos, pero también jardines como los del <strong>Generalife en Granada, el Alcázar de Sevilla </strong>o como los sofisticados <strong>jardines persas</strong>. A los <strong>jardines medievales </strong>no nos resulta difícil asomarnos: están en los claustros de los monasterios y también encontraremos allí los primeros “jardines botánicos”, en realidad huertos de plantas medicinales. Y llega el <strong>Renacimiento</strong>, y con él los jardines más formales, al servicio del poder, diseñados expresamente para realzar a palacios y castillos. Surgen en Florencia y en la Toscana de la mano de familias y riquezas tan conocidas como los Médicis, los Este, los Sforza, los Borgia o los Orsini, que buscan transformar sus fortalezas medievales en palacios de recreo y de ocio. Aparecen por primera vez en la jardinería los juegos de agua a través de fuentes, canales y cascadas. De ahí hay un paso a los <strong>jardines barrocos </strong>que acompañarán a los grandes palacios en todo el mundo, la mayoría diseñados “a la francesa”, siguiendo el modelo creado por Le Nôtre y otros jardineros del Rey Sol, con sus parterres de complicados dibujos, que son un intento de dominar la naturaleza. El siglo XVIII será el de la creación de los <strong>grandes jardines botánicos</strong>, enriquecidos por las especies llegadas a Europa del Nuevo Mundo y Oriente o bien al revés, llevadas de aquí para allá en un intento de reproducir en todas partes la felicidad del paraíso. En el XVIII y el XX, los ingleses se desmarcarán del modelo francés y apostarán, además de por los jardines botánicos (como los magníficos Kew Gardens), por el jardín paisajista, más libre, donde la naturaleza se escapa a la tutela del jardinero con diseños más orgánicos y naturales. Llegan las flores a los jardines, y el color, sobre todo en los <em>cottages </em>ingleses que ponen de moda un estilo rústico y rural muy imitado hasta la actualidad. Luego todavía habrá que asistir a la creación de los jardines románticos del XIX donde se evocan lugares exóticos y lejanos, o a los modernistas, como los del genial Gaudí, o a los racionales, mucho más equilibrados y rectilíneos. E incluso a los modernos jardines cubistas o abstractos y a la moda de los jardines verticales.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES BOTÁNICOS</strong></p>
<p>Pero los jardines más ligados a los viajes y a la exploración del mundo, son los botánicos, de los que se hablará mucho en este Boletín. Estos jardines estuvieron vinculados a las expediciones científicas, especialmente desde el Renacimiento y durante la expansión colonial de los siglos XVII al XIX. En nuestro país, es imprescindible aludir al Real Jardín Botánico de Madrid que fue el impulsor de las grandes expediciones que a finales del siglo XVIII recorrieron los territorios de Ultramar y trajeron las importantes colecciones que hoy se guardan en esta institución ilustrada. Este jardín será la gran institución dedicada al estudio y conservación de las plantas, pero hubo otros, como el de <strong>Valencia</strong>, uno de los primeros, o los canarios, que sirvieron de aclimatación de muchas plantas tropicales.</p>
<p>En realidad, los jardines botánicos son muy anteriores a las expediciones renacentistas e ilustradas. Surgieron inicialmente como espacios para cultivar plantas medicinales, y con el tiempo se convirtieron en verdaderos centros de investigación científica. El <strong>Orto botánico di Padova </strong>(Italia, 1545) es uno de los más antiguos del mundo. <strong>El Jardín des Plantes </strong>(Francia, 1635) es el modelo de los jardines vinculados al desarrollo de la botánica en Europa en ese siglo, mientras que los <strong>Royal Botanic Gardens, Kew </strong>(Reino Unido, siglo XVIII) son el gran centro clave de clasificación y difusión de especies durante la expansión imperial británica. Tras ellos, el <strong>Real Jardín Botánico de Madrid </strong>(España, 1755) es fundamental para estudiar la relación de la botánica con las expediciones científicas a América y a otros puntos del Imperio Español. Los españoles no fueron los únicos que, a partir del siglo XVIII, pusieron en marcha expediciones científicas para explorar otras regiones del mundo, recolectar plantas y estudiar la biodiversidad. Francia, Holanda o Inglaterra también emprendieron grandes proyectos, pero ninguno como los que la corona española organizó para descubrir nuevas especies vegetales útiles (alimenticias, medicinales o comerciales) y transportar especies a Europa para cultivarlas en jardines botánicos.</p>
<p>De jardines botánicos y expediciones, hablarán varios de nuestros colaboradores en este número. De cómo los jardines botánicos fueron punto de partida y destino: desde ellos se organizaban los viajes, y allí se aclimataban y estudiaban las plantas traídas de otros continentes. En paralelo se realizaba una labor de investigación importantísima, se producían ilustraciones, herbarios y catálogos botánicos o se impulsaba la clasificación científica, influenciada por Carl von Linneo y su sistema taxonómico. Muchas especies descubiertas en expediciones históricas siguen cultivándose en estos jardines, sirviendo como bancos genéticos y centros de divulgación científica.</p>
<p>La Europa del siglo XVIII propagó por todo el mundo el concepto del jardín botánico como un espacio abierto para la investigación científica y el ocio de los ciudadanos. Un buen ejemplo es el <strong>Jardín botánico del Puerto de la Cruz</strong>, al norte de Tenerife, que es una verdadera lección de filosofía ilustrada, un viaje en el tiempo al siglo XVIII. Fue entonces, en 1788, cuando el <strong>Jardín de Aclimatación de La Orotava </strong>se convirtió en el segundo jardín botánico abierto en España (en 1755 se había abierto el RJB en Madrid). La moda se expandió por península e islas (por ejemplo, el de Zaragoza se abrió en 1796), y también por otros países europeos. En el siglo XVIII, la fusión de razón y ciencia creó el momento idóneo para diseñar estos espacios dedicados a la ciencia que encajaban de forma perfecta con estos principios. A mediados del siglo XIX, ya había jardines botánicos por todo el mundo. Fue su momento de gloria: la llegada de la revolución industrial permitió construir invernaderos de cristal más grandes e impresionantes, como los llamados «palacios de cristal», como el que encontramos en el madrileño parque del Retiro, que daban una mayor calidad a estos espacios verdes. Eso sí: la época también convirtió a estos jardines en lugares de ocio. Los jardines reales de Kew, el más importante de todos los botánicos británicos, abrieron sus puertas al público general en 1839 (ya lo habían hecho otros muchos jardines antes) y, a pesar de que había que pagar por entrar, dos décadas después ya contaban con medio millón de visitantes anuales.<br /><br /></p>
<p><strong>TRES CONCEPTOS DE JARDÍN, TRES IDEAS DEL MUNDO</strong></p>
<p>Recorrer todos los jardines del mundo es una tarea imposible. Pero igual que algunos se proponen alcanzar las cumbres más altas de todo el planeta, hay quien se pone como objetivo viajar “de jardín en jardín” y estas son algunas etapas imprescindibles. Este viaje podría comenzar en cualquier parte, en alguno de los miles de jardines que hay por el mundo, unos con más historia que otros, pero lo hacemos en uno muy próximo: los <strong>Jardines del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso</strong>, en Segovia. A priori, rodeado de bosques, podría parecer que no hacía falta llevar más naturaleza hasta las puertas de este palacio levantado pero el primer Borbón, Felipe V en el Guadarrama segoviano. Pero el nuevo rey francés añoraba con nostalgia los jardines de su palacio francés, aunque, contra lo que se dice, Felipe V nunca pretendió imitar en La Granja la escenografía grandiosa de su abuelo Luis XIV: tenía claro que su lugar de retiro se tenía que parecer a otro jardín menos conocido, el de Marly, donde el Rey Sol pasaba sus días de descanso. Los jardines de La Granja siguieron, eso sí, los parámetros de los jardines formales del Barroco, jardines a la francesa, que diseñó el jardinero francés André Le Nôtre, y que se popularizarían en el siglo XVIII en toda Europa. Hoy sigue siendo una maravilla recorrer estos jardines envueltos por la escenografía de las montañas, en los que la abundancia de agua permitió llenar el jardín de fuentes con juegos acuáticos espectaculares. El sistema hidráulico original se conserva a la perfección y sigue en funcionamiento hoy en día. Damos un salto a algunos de los jardines más espectaculares y famosos de nuestro país: <strong>los de la Alhambra y el Generalife</strong>, que nos hablan del imaginario musulmán en el que el jardín, paraíso y recuerdo del primigenio oasis del desierto, tiene un lugar destacado. Los árboles, la sombra y el agua componen la base del jardín islámico, que en España dejará una enorme herencia que llega hasta nuestros días y cuyas trazas podemos encontrar tanto en jardines públicos como privados. Entre los jardines musulmanes en España más extraordinarios están también del <strong>Alcázar de Sevilla</strong>, casi un oasis urbano en medio de la ciudad, protegido por altos muros almenados. Llevan allí más de mil años, refugiando esbeltas palmeras, cítricos aromáticos, jazmines o hierbas aromáticas que permiten escapar del bullicio urbano. Los jardines con influencia islámica, renacentista o romántica y los edificios reales que rodean han ido creciendo a través de los siglos: hoy ocupan seis hectáreas y contienen más de 187 especies de plantas, desde madreselvas hasta higueras. Los antecedentes de los jardines se encuentran en la media docena de patios contiguos a los edificios palaciegos que datan de época islámica (anterior a 1248) pero que fueron profundamente transformados a partir del siglo XVI. Son espacios íntimos en torno a fuentes y refrescados por el agua y las sombras, que invitan a redescubrir la belleza de la Sevilla mudéjar. Los árabes alimentaron la idea de que los jardines ornamentales debían reflejar el cielo en la tierra. Los cristianos heredaron esta noción y la ampliaron. Hoy, después de siglos de ser cuidados por sucesivos paisajistas y horticultores, no han perdido nada de su magia. Entre los jardines musulmanes los hay mucho más actuales, más obras de arte que jardines funcionales, pero que mantienen los elementos básicos del jardín musulmán, como los del <strong>Jardín Majorelle</strong>, exquisito y sofisticado, creado por el pintor Jacques Majorelle (1886-1962) y restaurado por Yves Saint Laurent. Es un oasis artístico en Marrakech, con vibrantes tonos azules, una exuberante vegetación y arquitectura única. Entre cactus, fuentes y senderos sombreados, este remanso de paz en medio del desierto, alberga un museo dedicado a la cultura bereber. Majorelle había patentado su propio color, el azul Majorelle, en 1930, con una clara inspiración: el azulejo marroquí. El pintor francés dedicó a su jardín cuatro décadas y durante todo ese tiempo, plantó unas 300 especies alrededor de su casa en Marrakech. Un nuevo salto nos lleva a los “jardines de artista”, y concretamente a <strong>Giverny </strong>(Normandía), un lugar de menos de 300 habitantes que <strong>Claude Monet </strong>(1840-1926) eligió para alejarse de la ciudad y acercarse al campo. Llegó en 1883 y creó sus famosos jardines. Pero el de Giverny, hoy un punto turístico, no fue el primer jardín del artista. En <strong>Sainte-Adresse</strong>, Normandía, había comenzado su interés en los jardines, incitado por su amigo y también pintor Eugène Boudin, que solía trabajar fuera del estudio. Fue allí donde pintó un jardín, el de aquella casa, en 1866. Aquello se convirtió en tal obsesión, que llegó a pintar 250 cuadros solo de nenúfares que él mismo plantó. Trajo tantos nenúfares de otros países que las autoridades del pueblo le pidieron que parara, por miedo a que perjudicaran a las plantas autóctonas. Tanto amaba sus flores, sus nenúfares, que cuentan que Monet solía escribir cartas a sus hijos solo para preguntar por el estado de sus plantas. Él mismo definió los jardines como «paisajes de agua y luz convertidos en obsesión». A partir del siglo XIX, hay otros muchos artistas famosos que convirtieron sus jardines en obras de arte o que los reflejaron en su obra artística. Hasta mediados del siglo XVIII los jardines habían sido sobre todo geométricos, pero en esta época irrumpió la línea curva, recordando que la naturaleza y la belleza tampoco tenían por qué seguir líneas rectas. Es el paso del jardín barroco al jardín paisajista, que se produjo por muchos motivos, uno de ellos, la aparición del jardinero profesional (y paisajista). En paralelo, se despertó también el interés por la jardinería en los poetas y un movimiento artístico en torno a las huertas y jardines. En el siglo XIX la necesidad de volver a la naturaleza y de diseñar un paraíso propio se fue haciendo cada vez mayor, pero no hacía falta salir de casa: en sus propios jardines encontraron la inspiración artistas tan diversos como Monet o como nuestro <strong>Sorolla </strong>o como el ya citado de Majorelle. Tan azul como el de jardín de Majorelle es por ejemplo el de <strong>Frida Kahlo </strong>en su famosa Casa Azul de Coyoacán, en México D.F. en la que nació, creció, amó, sufrió, trabajó, enfermó y murió. Fue la llegada de Trotsky a esta casa lo que llevó a ampliarla, a construir un muro que le salvara la vida al ruso y, de paso, con más espacio, a plantar el jardín que inspiraba a la artista. Frida no solo observaba el jardín y cuidaba los cactus y plantas que luego pintaba: allí también se sumergía en libros de botánica y cultivaba albaricoqueros, naranjos y granados, rodeados por viejos cactus, magueyes, nopales y biznagas.</p>
<p> </p>
<p><em>* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y </em><em>miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española. Es editora del Boletín de la SGE.</em></p>
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		<title>La Tierra desde el espacio: los Sundarbans de Bangladés</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-sundarbans/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Jul 2025 15:14:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 81]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. </p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 81 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Geografía y cine</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde las primeras fotografías tomadas desde el espacio, los cambios producidos en los deltas de los ríos han atraído la atención de los astronautas. Las misiones de fotografía espacial iniciadas con la estación espacial Skylab en 1973 prepararon a los astronautas para documentar estos cambios. En 1986 Comité de Ciencias del Sistema Terrestre de la NASA diseñó un Programa para el Cambio Global mediante las imágenes tomadas por sus satélites. La ESA se unió a esta labor a partir de 1991 utilizado sus primeros satélites radar ERS 1 y 2, su gigante Envisat (2002-2012), y a partir de 2014 desde los satélites Sentinel del programa Copernicus. En estas imágenes podemos observar el bosque de manglares de los Sundarbans, en el delta de Ganges- Brahmaputra, y conocer los desafíos a los que se enfrenta Bangladesh.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA TIERRA VISTA DESDE EL ESPACIO: LOS SUNDARBANS, LOS MANGLARES DEL DELTA GANGES-BRAHMAPUTRA EN BANGLADÉS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La imagen nos muestra la parte oriental de los Sundarbans en Bangladés. Sin la precisión de escala y sin haber observado antes la zona no parece decirnos mucho, pero en ella se muestran 120 km a lo largo de la zona de los bosques de manglares más importante del planeta (2600 km²) en el mayor de sus deltas (105 000 km² con más de 100 millones de habitantes). Como podemos observar en el mapa más abajo, se sitúa en la bahía de Bengala, en la que confluyen dos de los ríos que más población sustentan en la Tierra: el Ganges y el Brahmaputra (a los que se une el Meghna en la desembocadura). En la imagen se diferencia claramente en la parte izquierda (de color verde intenso en el original), cubierta por manglares y los bosques húmedos del Parque Nacional Sundarbans, y (en colores más claros y brillantes) las zonas roturadas para la agricultura, densamente pobladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Parque se estableció en 1984 y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El nombre de Sundarbans se debe al predominio del árbol Sundri (Heritiera fomes) tolerante a la sal, que se adapta con gran facilidad en condiciones costeras difíciles. Los manglares se encuentran entre los ecosistemas biológicos más importantes y los Sundarbans poseen además una gran diversidad floral y faunística, siendo una importante reserva de carbono. Desempeñan un papel crucial durante las tormentas e inundaciones protegiendo los hábitats, singularmente las poblaciones de peces, de los impactos graves. Es una región central para la preservación del Tigre de Bengala (Panthera tigris tigris), del delfín “ciego” del Ganges (Platanista gangética) y del Irawadi (Orcaella brevirostris), los cocodrilos estuarinos (Crocodylus porosus) y el terrapino endémico (Baka de Batagur).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las fuerzas erosivas del mar y el viento a lo largo de la costa modifican continuamente sus formas, a lo que también contribuyen las enormes cantidades de limo y sedimentos que el Ganges-Brahmaputra va depositando en los innumerables estuarios de la bahía de Bengala. Al dinamismo natural de los grandes<br>ríos (la actual confluencia del Ganges y del Meghna se formó hace solo 150 años), se suman ahora las acciones humanas: como los cambios introducidos con la presa Farakka (1970) en el Ganges, en la parte india de la frontera, que provoca una sedimentación excesiva que está causando problemas de diverso tipo, o la extracción masiva de arenas para la construcción de los últimos años a lo largo del río, cuyas consecuencias están aún por conocerse (Daham et al, 2024).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es en esta región, además, donde el nivel del mar está subiendo más rápidamente como consecuencia de diversos factores concurrentes. Estando la mayoría del delta a menos de 12 m sobre el nivel del mar, diversos estudios han señalado el riesgo de que en pocas décadas quede sumergida. Según El estado del clima en Asia 2020, de la Organización Meteorológica Mundial, la extensión de los manglares en Bangladés disminuyó entre 1992 y 2019 en un 19% debido al incremento de las tormentas tropicales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA LLANURA DEL GANGES, LA BAHÍA DE BENGALA Y BANGLADÉS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las aguas cálidas de la bahía de Bengala, además, son propicias para los ciclones tropicales. El ciclón Bhola de 1970 ha sido uno los más mortíferos jamás registrados: 500 000 personas perdieron la vida como consecuencia de la marejada ciclónica que inundó gran parte de las tierras bajas del delta. Fue el detonante que propició, un año después, la independencia de Pakistán y la creación del estado de Bangladés. Más recientemente, en 2023, el ciclón Mocha destruyó numerosos campamentos y obligó a evacuar a 500 000 personas del campo de refugiados de Kutupalong, en la costa oriental de Cox’s Bazar, el más grande el mundo con 800 000 refugiados, en su gran mayoría Rohinyás. En el mapa de más arriba podemos ver la confluencia de los dos grandes ríos mencionados. El Ganges (que pasa a denominarse Padma al cruzar la frontera entre la India y Bangladés: nombre en sánscrito de la sagrada flor de loto), tiene su origen en el Tibet, muy cerca del sagrado, para budistas e hindúes, monte Kailãsh. Lo mismo sucede el Brahmaputra, que discurre por su parte norte, de oeste a este, hasta el quiebro que le introduce Assam y el norte de Bangladés (el Kailãsh es también origen del Indo, y con sus 6638 m, es el único monte importante en todo el mundo que no tiene ningún intento conocido de ascensión).</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llanura del Ganges prolongada hacia el oeste por la del Indo, posee una de las mayores concentraciones de población del planeta. Aunque ríos que fluyen del Himalaya aportan abundante agua, canalizada en multitud de obras para el riego, son sobre todo los monzones los que proporcionan agua para la agricultura. Desde el espacio se captan periódicamente las nieblas que recorren toda la llanura: vivir en la extensa llanura indo-gangética, donde la contaminación del aire aumentó un 72% de 1998 a 2016, implica vivir siete años menos que en otras partes del continente (EPIC, 2019).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con sus 173 millones de habitantes (2023) y una superficie de 150 000 km2, Bangladés es el país con mayor densidad de población (1269 h/km2). En estos contextos de transformación y cambio constantes, los organismos internacionales y las ONG denuncian situaciones de decenas de miles de casos anuales de trata de seres humanos en las fronteras, de trabajo infantil y de corrupción generalizada (Vives y Ory Murga, 2022).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bangladés ha sido señalado durante muchos años como la zona cero del cambio climático. Kimberly G. Rogers, investigadora de sistemas humano-naturales, ha estudiado y señalado que el fomento de las narrativas distópicas no hace más que empeorar la situación, condenando a sus habitantes, acostumbrados a vivir las inundaciones y con una gran resistencia y conocimiento en la conformación de los paisajes. Sus estudios han cuantificado que, si no hubiese intervención en la recarga de sedimentos con presas, desviaciones e interrupciones, los propios sedimentos compensarían la subida del nivel del mar. Los colosales problemas de Bangladesh llevaron a los estudiantes en 2024, tras manifestaciones mortales que derrocaron al gobierno autocrático de Bangladesh, a invitar al Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, creador del microcrédito y director Grameen Bank, a dirigir la nación. Todo está por hacer. <br><br><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lugares-que-ya-no-existen/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/lugares-que-ya-no-existen/">Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>La llamada de la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-llamada-de-la-selva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 15:10:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Eduardo Martínez de Pisón</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Grandes selvas del mundo</p>



<p class="wp-block-paragraph">&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un pariente mío, algo lejano, fue explorador de joven en el Congo. Volvió a Europa ya adulto y permaneció en ella bastantes años. Cuando entraba en la vejez, un día desapareció con gran alarma de la familia, cogió un barco y volvió a sumergirse en los grandes bosques africanos. No había podido resistir la llamada de la selva. Esa llamada le había perseguido sin cesar desde su regreso a su lugar de origen y, al final, decidió que no cabía sino entregarse a su destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando yo tenía once o doce años publiqué mi primer artículo en la revista impresa del colegio. Era un ejercicio de redacción, que estaba plagado de adjetivos. Sin embargo, algún profesor había apreciado en él que su autor ya tenía tendencia a escribir sobre asuntos geográficos. Era justamente la descripción de una selva: sus árboles enormes, sus cascadas igualmente enormes y sus fieras, como es lógico, feroces. Sé que lo tengo guardado en alguna carpeta, pues fue muy celebrado por mi familia, pero ahora está extraviado entre los miles de papeles que he ido acumulando leyendo y escribiendo cosas de geografía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De modo que empecé como geógrafo escritor hablando de selvas. Y ahora, al cabo del tiempo, alrededor de tres cuartos de siglo después, me llaman amablemente desde la Sociedad Geográfica Española para que escriba con brevedad, sólo unas líneas, para abrir el número actual de su Boletín, que trata sobre las selvas. He vuelto a mis orígenes. La eterna llamada de la selva me visita de nuevo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por aquel entonces adoraba el libro de Kipling (y sigo haciéndolo), que algunos llamaron en su traducción <em>El libro de la selva (The Jungle Book)</em>, aunque otros inicialmente prefirieron titularlo como el de “las tierras &nbsp;vírgenes” para dilatar el ámbito de sus contenidos, lo que no tiene que ser sinónimo, pero que me creó una fusión o confusión que aún dura y a la que no renuncio pues me remite a una primera imagen de esos mundos y aún me llena la imaginación de sugerencias maravillosas. Su primer traductor al español puso una advertencia al inicio del libro sobre los importantes personajes que recorren sus páginas: “osos, lobos, tigres, panteras, elefantes, cocodrilos, chacales, monos, serpientes, pájaros y demás”. E indicaba que tal obra es grande como la selva porque añade su aroma de lo lejano a la voluntad educativa de su estupendo escritor, que, además de dar gracias a un elefante por inspirador de uno de sus cuentos, dejó dicho que la ley de la selva es la más antigua del mundo. Estas son mis selvas desde la infancia. A estas alturas, no sé si la poderosa llamada a que me estoy refiriendo procede del bosque, de la jungla, o de mis lecturas, entre las que añado, en aquellos años y ahora, por ejemplo, los fabulosos paisajes boscosos de Salgari o de Verne.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la expresión la “llamada de la selva” remite a más literatura, a la obra maestra <em>The Call of the Wild</em>, de Jack London, ahora traducido como “lo salvaje”, pero que en su primera edición en castellano consta como “la selva”, aunque su argumento, como todos deben saber, se asienta en el Yukón. No son, pues, estos lugares los que se suelen entender como selvas, pese a que las grandes extensiones boscosas boreales sobre los amplios espacios continentales que las acogen sí merecen una atención especial por parte de los geógrafos. También en el Pirineo de Huesca se llama “selva” al bosque de montaña, abetales y hayedos, por la cercanía al latín que tienen las palabras aragonesas, lo que amplía, a mi gusto con riqueza conceptual, la diversidad del término.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llamada, por tanto, tiene mucho que ver con la fantasía, algo con la experiencia y, naturalmente -porque los árboles hablan a los geógrafos y a los botánicos-, con la ciencia. Repaso mis orígenes selváticos y aconsejo su retorno: por un lado, no dejes de leer, si aún no lo has hecho, el precioso libro de Dino Buzzati <em>Il segreto del Bosco Vecchio</em>, donde cuenta las maravillas de lo que transcurre en las arboledas perdidas con sus aromas, cantos, ruidos y silencios en un relato imprescindible para un geógrafo que quiera penetrar en los misterios de los montes. Y, sin salir de casa, también te sugiero -tal vez para releer- la fábula galaica de la brumosa fraga de Cecebre, del <em>Bosque animado </em>de Fernández Flórez, que enseña literariamente los entretejidos secretos naturales, humanos, simbólicos y hasta fantasmales de todo bosque. Esto en cuanto a la fantasía, aunque hay mucho más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Respecto a la experiencia, aconsejo pasear directamente -como tantas veces hice antaño- por el interior de la laurisilva canaria entre la niebla, que también es selva en su mismo nombre, distinguiendo sus confusas especies y dejando, con temple apacible, que los árboles hablen entre sí y, acaso, si eres muy silencioso y atento, con el viajero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, en lo propio de la ciencia, debo recordar además aquí lo que significaron para nuestros conocimientos en los años sesenta del siglo pasado, cuando la geografía nos abría sus puertas, las obras del biogeógrafo Heinrich Walter, divulgadas extensamente en su síntesis <em>Vegetationszonen und klima</em>. Allí describía las pluvisilvas tropicales, que son lo que comúnmente se suele entender como selvas por antonomasia, con sus temperaturas constantes, sus precipitaciones y sus diferencias, desde el paisaje siempre verde pluriespecífico, con lianas, epífitos y árboles estranguladores, a los bosques de niebla montañosos y a las variaciones por los ritmos de las lluvias estacionales que enlazan ya con las sabanas, pantanos y manglares. Unos pasos más allá, se abre el horizonte y ya aparece el desierto. Pero, entre mis evocaciones de las selvas, hay un punto especial que procede de la historia de su exploración, del viaje al interior del bosque, donde éste impone su sistema, se oyen chillidos difusos por las copas, domina la sombra, se limita el espacio visible, sólo los ríos son caminos y te atormentan sus mosquitos. Los viajeros de Verne en globo cruzaron la selva africana a salvo de insectos, fieras, caníbales, pérdidas y fiebres. Pero los que lo hicieron a pie, en busca de lo desconocido o lo olvidado en el impenetrable laberinto de los árboles, tienen más mérito. La selva es tan poderosa que absorbe materialmente al explorador. Se ha dicho que el buen viajero es aquel que viaja lentamente: en la selva pura no hay otro modo de hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Toda África, con sus selvas misteriosas y sus demás grandes paisajes, ha sido la penúltima exploración (la última son los hielos de los polos y de las altas montañas). Cuando, en 1775 y en 1805, Mungo Park exploró ese continente, todo fueron calamidades. Y aún en 1872 se daba por desaparecido a Livingstone en la profundidad del interior africano, hasta que el audaz Stanley se descubrió la cabeza frente a él y le saludó con su célebre “supongo”. África -ríos, desiertos y selvas- fue también, en palabras de Reverte, el sueño y el mito de la exploración moderna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, es una pena ser breve, no olvidemos expresar nuestro cariño a los árboles, a las selvas, claro está, y también, por ejemplo, a las arboledas de Madrid. Cuando se pasa del aprovechamiento a la explotación y, con ella, peligra el milagro de la vida y la persistencia de los grandes paisajes, sólo hay un camino en la cultura: fomentar la conservación. Incluso en tu calle. En eso estamos.</p>



<p class="has-text-align-center wp-block-paragraph"></p>



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		<title>Relatos históricos del Clima y la Meteorología</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/relatos-historicos-clima/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 May 2022 09:41:56 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 70]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: José Miguel Viñas<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 70 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Clima. Tiempo. Historia.<br><br><strong>Son muchos los relatos sugerentes que nos brinda la historia de la ciencia, en los que se entremezclan los personajes que la han ido protagonizando y las circunstancias particulares en las que tienen lugar los descubrimientos e hitos que marcan su cronología. En el caso particular de las ciencias atmosféricas, hay infinidad de historias poco conocidas, que se convierten en un interesante recurso para popularizarlas, lo que puede ayudar a situar en un contexto adecuado cuestiones tan de actualidad como el cambio climático.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Como divulgador científico especializado en Meteorología y ciencias afines, a menudo recurro a la historia en mis artículos, libros, conferencias o intervenciones en los medios de comunicación, ya que, con el paso de los años, he ido comprobando cómo esas narrativas que nos trasladan a otras épocas captan la atención del público, facilitando la asimilación de cuestiones más técnicas y exigentes, que necesariamente aparecen cuando se divulgan las ciencias de la atmósfera. Aprovechando la generosa invitación que he recibido de la Sociedad Geográfica Española para participar en este número 70 de su Boletín, comparto a continuación tres pequeños relatos históricos que en su día publiqué, y que confío, querido lector, que le resulten entretenidos e interesantes.<br><br><strong>LOS PRIMEROS PARAGUAS**</strong></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph">La palabra <em>umbrella</em>, con la que los anglosajones llaman al paraguas, arroja pistas sobre los orígenes de este útil artilugio. Alude al término latino umbra, que significa “sombra”. Un singular personaje inglés, y principal artífice de que el uso del paraguas se popularizara –Jonas Hanway (1712-1786), al que luego nos referiremos–, acuñó la palabra; ya que, aparte de “parar el agua” (protegernos de la lluvia), el susodicho elemento proporciona una pequeña sombra. Esta es la función que cumplen los parasoles o sombrillas, que son los antepasados de los citados paraguas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El parasol fue inventado en la antigua China, pero no tenemos certeza del momento exacto de su aparición. Algunas fuentes apuntan al siglo XI a. de C, sin precisar más detalles. Sabemos que en tiempos de la dinastía Tang –entre los siglos X y VII a. de C. – las sombrillas ya se habían extendido por Corea y Japón. La más antigua que se conoce es la que apareció en la tumba del primer emperador de China unificada Qin Shi Huang (259 a. de C. – 210 a. de C.), formando parte del espectacular conjunto escultórico del ejército de terracota. Una de las figuras está subida a un carruaje tirado por cuatro caballos, y lleva acoplada una enorme sombrilla. La referencia escrita más antigua que se tiene de los parasoles aparece en el libro de ceremonias llamado <em>Zhou Li</em>. En este tratado sobre burocracia y teoría organizativa del siglo II a. de C. se explica que en los coches imperiales debían colocarse esos artefactos para proteger del sol y las inclemencias meteorológicas a los usuarios, y, además, se ofrece una detallada descripción sobre su forma, las varillas, y el bastón. De los primeros parasoles hechos con seda y caña de bambú se pasó a los de papel aceite. En el siglo I, los chinos empiezan a disponer del paraguas-parasol plegable, precursor del actual, que no empezó a usarse en Europa hasta el siglo XVIII. En China tuvo que transcurrir también mucho tiempo hasta que su uso se extendió entre la población, lo que no ocurrió hasta la llegada al poder de la dinastía Ming, en la segunda mitad del siglo XIV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si bien en la época clásica, tanto griegos como romanos (solo la población femenina) usaban ya las sombrillas, principalmente para protegerse del sol –aunque en la antigua Roma las empezaron a usar como paraguas, aplicando una capa de aceite al papiro del que estaban hechas, para hacerlas impermeables–, todavía tuvo que transcurrir mucho tiempo hasta la aparición en Europa del paraguas plegable, convirtiéndose, además, en un artilugio de uso universal, empleado tanto por hombres como por mujeres.</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><br>En Francia, durante el reinado de Luis XIV, un fabricante de carteras parisino llamado Jean Marius, inspirado en los paraguas plegables asiáticos, tuvo la feliz idea. La palabra umbrella, con la que los anglosajones llaman al paraguas, arroja pistas sobre los orígenes de este útil artilugio. Alude al término latino umbra, que significa “sombra”. Un singular personaje inglés, y principal artífice de que el uso del paraguas se popularizara –Jonas Hanway (1712-1786), al que luego nos referiremos–, acuñó la palabra; ya que, aparte de “parar el agua” (protegernos de la lluvia), el susodicho elemento proporciona una pequeña sombra. Esta es la función que cumplen los parasoles o sombrillas, que son los antepasados de los citados paraguas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El parasol fue inventado en la antigua China, pero no tenemos certeza del momento exacto de su aparición. Algunas fuentes apuntan al siglo XI a. de C, sin precisar más detalles. Sabemos que en tiempos de la dinastía Tang –entre los siglos X y VII a. de C. – las sombrillas ya se habían extendido por Corea y Japón. La más antigua que se conoce es la que apareció en la tumba del primer emperador de China unificada Qin Shi Huang (259 a. de C. – 210 a. de C.), formando parte del espectacular conjunto escultórico del ejército de terracota. Una de las figuras está subida a un carruaje tirado por cuatro caballos, y lleva acoplada una enorme sombrilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La referencia escrita más antigua que se tiene de los parasoles aparece en el libro de ceremonias llamado Zhou Li. En este tratado sobre burocracia y teoría organizativa del siglo II a. de C. se explica que en los coches imperiales debían colocarse esos artefactos para proteger del sol y las inclemencias meteorológicas a los usuarios, y, además, se ofrece una detallada descripción sobre su forma, las varillas, y el bastón. De los primeros parasoles hechos con seda y caña de bambú se pasó a los de papel aceite. En el siglo I, los chinos empiezan a disponer del paraguas-parasol plegable, precursor del actual, que no empezó a usarse en Europa hasta el siglo XVIII. En China tuvo que transcurrir también mucho tiempo hasta que su uso se extendió entre la población, lo que no ocurrió hasta la llegada al poder de la dinastía Ming, en la segunda mitad del siglo XIV.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si bien en la época clásica, tanto griegos como romanos (solo la población femenina) usaban ya las sombrillas, principalmente para protegerse del sol –aunque en la antigua Roma las empezaron a usar como paraguas, aplicando una capa de aceite al papiro del que estaban hechas, para hacerlas impermeables–, todavía tuvo que transcurrir mucho tiempo hasta la aparición en Europa del paraguas plegable, convirtiéndose, además, en un artilugio de uso universal, empleado tanto por hombres como por mujeres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Francia, durante el reinado de Luis XIV, un fabricante de carteras parisino llamado Jean Marius, inspirado en los paraguas plegables asiáticos, tuvo la feliz idea de implementar los complicados cierres metálicos que usaba en sus complementos a las pesadas y rígidas sombrillas que en aquella época usaban las clases altas para protegerse del sol y de la lluvia, pero que su gran envergadura y peso dificultaba su uso. Cuando llovía, los caballeros se protegían con sombreros de ala ancha y grandes capas y las mujeres tapándose con las capas de los varones, lo que limitaba mucho la movilidad, ya que esos elementos no protegían lo suficiente para evitar acabar con la ropa empapada. El paraguas de bolsillo de Marius, muy ligero y capaz de llevarse en un bolso o colgado a la cintura, fue una auténtica revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Inventado en 1705 y hecho con tafetán impermeabilizado, el avispado artesano se presentó en el Palacio de Versalles con su ingenioso paraguas, buscando el aval del monarca, que quedó impresionado con él, otorgándole un privilegio real (lo que hoy en día equivaldría a una patente), que establecía que desde el 1 de enero de 1710 y durante un período de cinco años, su “sombrilla plegable de bolsillo” se convertía en una marca registrada en Francia. El citado privilegio establecía una gravosa multa para todo aquel fabricante que tratara de comercializar ese tipo de paraguas. Marius tuvo el monopolio durante el lustro 1710-15. Tras una eficaz campaña publicitaria, las ventas se dispararon entre la alta sociedad francesa, no siendo hasta finales del siglo XVIII cuando el paraguas plegable definitivamente se popularizó</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL HURACÁN QUE SE CRUZÓ CON COLÓN***</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando Cristóbal Colón (1451-1506) afrontó el reto de circunvalar la Tierra, tratando de llegar a las Indias (Asia) navegando hacia el oeste, quería demostrar algo que cuestionaban muchos por aquel entonces, y que, paradójicamente, siguen algunos poniendo en duda en la actualidad, que no es otra cosa que la redondez de la Tierra. Nadie hasta ese momento (1492) había osado aventurarse más de la cuenta en el “mar de las tinieblas”, que según el imaginario popular de la época terminaba en una gran cascada que se precipitaba en el abismo. Una persona ilustrada como Colón tenía claro que al dirigirse hacia el oeste no llegaría al fin del mundo, pero con lo que no contaba era con descubrir un nuevo continente –América–, ni con tener que capear con fenómenos meteorológicos desconocidos hasta ese momento para él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A pesar de ser un experimentado navegante, Colón no sabía que en el Caribe hay huracanes, de características muy distintas a las de las borrascas que daban lugar a los temporales a lo que se había enfrentado numerosas veces en sus travesías. En los cuatro viajes que hizo al Nuevo Mundo –entre los años 1492 y 1504–, solo en una ocasión uno de esos huracanes se interpuso en su camino, pero tuvo la capacidad de anticiparlo y esquivarlo, gracias a lo que previamente le habían contado los taínos, que era el pueblo indígena que ocupaba por aquel entonces la región antillana, con los que Colón mantuvo distintos encuentros. A los 51 años de edad, Cristóbal Colón, a los mandos de una flota de 2 carabelas –la <em>Capitana y la Santiago</em>– y 2 naos –la <em>Gallega </em>y la <em>Vizcaína</em>–, inició su cuarto viaje, partiendo de Cádiz el 9 de mayo de 1502. Tras hacer escala en las islas Canarias, el día 25 de ese mes partió del puerto de Maspalomas, al sur de Gran Canaria, y puso rumbo a las Antillas, ayudado, como en los viajes precedentes, por los vientos alisios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El 29 de junio la flota llegó a Santo Domingo, en la isla de La Española. Los días previos, navegando ya por aguas caribeñas, Colón fue constatando que se aproximaba un huracán. Sabía por los taínos que se trataba de un fenómeno natural particularmente peligroso y supo leer en el cielo y en el mar cómo se iba manifestando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquellos nativos empleaban el nombre fonético <em>jurakán </em>–que los conquistadores españoles convirtieron en la palabra “huracán”– para referirse no solo a los ciclones tropicales que ocurren en aquella región, sino a cualquier tormenta o tempestad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su mitología, todos estos fenómenos atmosféricos violentos eran creados y controlados por la diosa Guabancex, que era una de las formas de identificar a la deidad del caos y el desorden <em>zeni</em>. La forma más común de representar a Guabancex es con una cara furiosa y con los brazos extendidos de manera similar a los brazos espirales de un huracán. Los taínos eran conocedores de una de las singularidades de los huracanes, que no es otra que el patrón de vientos rotatorios que engendran a su alrededor mientras se van desplazando. Este hecho lo conocía Colón gracias a ellos, y le ayudó a su llegada a La Española.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El huracán venía pisándoles los talones a las cuatro naves de Colón, cuando, aquel 29 de junio, el almirante vio la necesidad de buscar refugio en Santo Domingo. El recién nombrado gobernador de la isla, Nicolás de Ovando y Cáceres (1460-1511) le prohibió entrar en el puerto, a pesar de que Colón le dijo que se acercaba un peligroso huracán. El gobernador andaba esos días con los preparativos de una flota de 30 barcos que partirían de forma inminente para España, cargados de valiosas mercancías y con esclavos. No solo impidió que Colón y sus hombres desembarcaran en la colonia, sino que hizo oídos sordos a la advertencia del almirante. Ante esta situación, y tras observar –con acierto– que el huracán se dirigiría hacia el norte de la isla, Colón tomó el mando de la flota y fue bordeando La Española por el sur, dirigiéndose hacia su parte occidental, buscando un lugar donde poder protegerse lo más posible del huracán.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa decisión que Colón tuvo que adoptar a toda prisa fue acertada y, con casi total seguridad, les salvó la vida. Aunque la furia de los vientos huracanados y el oleaje que acontecieron el día siguiente –30 de junio– llegó a soltar el anclaje de las naves, lograron resistir los duros golpes asestados por el huracán, consiguiendo finalmente agruparse todas ellas en una cala. Mucha peor suerte corrió la flota que el mismo día 29 autorizó a partir Nicolás de Ovando. Santo Domingo quedó arrasada y el huracán se encargó de hundir 25 de los 30 barcos, regresando 4 de ellos muy dañados al puerto y solo uno, el <em>Aguja</em>, logró llegar a España. En aquel triste episodio fallecieron más de 500 marineros españoles y un número indeterminado de esclavos. La pericia e inteligencia de Cristóbal Colón impidió que esa cifra de víctimas fuera todavía algo mayor.</p>
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</div>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>CUANDO EL TÁMESIS SE CONGELABA****</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los siglos XVII y XIX, coincidiendo con algunos de los inviernos más crudos de la Pequeña Edad de Hielo, el río Támesis a su paso por Londres no solo se llegó a congelar, sino que se formó una capa de hielo lo suficientemente gruesa como para poder celebrar sobre ella las llamadas “Ferias de Hielo”. La primera se remonta al año 1608 y la última a 1814. En dicho período hay documentadas un total de cinco de esas ferias, organizadas por los barqueros del Támesis para obtener unos ingresos extras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Han sido muchas más las veces en que el citado río, en su tramo londinense, se ha llegado a congelar de forma importante. Desde 1400 hasta 1841 –año en que el antiguo puente medieval de Londres fue demolido y reemplazado por el actual (el famoso <em>Tower Bridge</em>, con sus dos torres)– se contabilizan 26 inviernos en los que el Támesis se convirtió en una pista de patinaje. Desde entonces, el río se ha llegado a congelar también en alguna otra ocasión –la última más destacada durante el invierno de 1962-63–, pero ahora esos episodios son más esporádicos y no alcanzan la magnitud de antaño. Esto es así no solo por tener inviernos menos fríos, sino también por el cambio que introdujo en la dinámica del río el cambio de puente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antiguamente, el cauce era más ancho, menos profundo y el agua fluía más lentamente. Cuando llegaban los rigores invernales, el puente medieval, con su hilera de ojos y con una serie de muelles adosados a sus pilares, favorecía la acumulación de bloques de hielo, lo que obstaculizaba el paso del agua ligado a las mareas. El resultado era un río predispuesto a formar rápido la costra de hielo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los gélidos inviernos en que esa costra era particularmente gruesa, el río pasaba a convertirse durante unos días en la principal atracción de la ciudad. Allí, sobre su superficie helada, en el tramo que va entre el puente de Londres (actual <em>London Bridge</em>) y el de Blackfriars, se ubicaba la feria: toda ella dedicada al entretenimiento. Se celebraban carreras de trineos y de caballos, exhibiciones, bailes, sonaba la música y se montaban un sinfín de tenderetes donde se vendían todo tipo de cosas, incluidos los recuerdos de la propia Feria de Hielo, como tarjetas impresas allí mismo, que certificaban esa curiosa circunstancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El período más frío documentado en Inglaterra se produjo durante el invierno de 1683-84, cuando el río Támesis se congeló por completo durante dos meses seguidos, alcanzando la capa de hielo casi los 30 cm de espesor en el tramo londinense.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Feria de Hielo que se celebró aquel invierno fue posiblemente la más concurrida y popular de las cinco que han tenido lugar hasta la fecha. El escritor y jardinero inglés John Evelyn (1620-1706), aparte de describir todo lo que aconteció en aquella feria, también se refirió a las terribles consecuencias del frío tan extremo que se vivió aquel invierno: <em>“Las aves, los peces y los pájaros, y todas nuestras plantas y verduras exóticas que perecen universalmente. Muchos parques de ciervos fueron destruidos (…) Londres, debido a la excesiva frialdad del aire que obstaculizaba el ascenso de humo, estaba tan lleno de vapor fuliginoso [lleno de hollín] del carbón de mar (…) que difícilmente se podía respirar.” </em>Las fuertes heladas comenzaron el 20 de diciembre de 1683 y se prolongaron hasta el 6 de febrero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fue en el siglo XVII cuando la Pequeña Edad de Hielo vivió su momento álgido. En esa centuria se produjeron diez inviernos crudísimos, en los que el Támesis se cubrió de una gruesa capa de hielo, frente a seis en el siglo XVIII y solo uno en el XIX. Este último invierno fue el de 1813-14, y propició la celebración de la última Feria de Hielo del Támesis. Comenzó el 1 de febrero y duró 4 días. De aquella feria destacan dos extravagancias: la primera, el elefante que caminó sobre el río pasando por debajo del puente de Blackfriars, y, la segunda, un libro de 124 páginas titulado “Frostiana o una historia del río Támesis en un estado congelado”, que una impresora llamada George David compuso e imprimió en su puesto de la feria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">* Es físico, trabaja como meteorólogo en Meteored y también es consultor de la Organización Meteorológica Mundial. Tiene un amplio bagaje como divulgador de las ciencias atmosféricas, tanto en medios de comunicación (RNE, COPE, La 2, Antena 3 Televisión…), como a través de sus numerosas publicaciones, conferencias y su página web <a href="http://www.divulgameteo.es">www.divulgameteo.es</a>). Es uno de los socios fundadores de ACOMET (la Asociación de Comunicadores de Meteorología) y autor de ocho libros sobre el tiempo y el clima. Su perfil en redes sociales es @Divulgameteo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">** (Publicado originalmente en <a href="http://www.tiempo.com">www.tiempo.com</a> el 25 de enero de 2020).</p>



<p class="wp-block-paragraph">*** (Publicado originalmente en <a href="http://www.tiempo.com">www.tiempo.com</a> el 24 de octubre de 2019).</p>



<p class="wp-block-paragraph">**** (Publicado originalmente en <a href="http://www.tiempo.com">www.tiempo.com</a> el 15 de febrero de 2018).</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/relatos-historicos-clima/">Relatos históricos del Clima y la Meteorología</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<item>
		<title>¿Existe el Antropoceno?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/antropoceno-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 12 May 2022 09:31:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 70]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Ana María Alonso Zarza Boletín 70 &#8211; Sociedad Geográfica Española Clima. Tiempo. Historia. El concepto “Antropoceno” nació a comienzos de este siglo, de la mano del Premio Nobel de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/antropoceno-2/">¿Existe el Antropoceno?</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Ana María Alonso Zarza<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 70 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Clima. Tiempo. Historia.<br><br><strong>El concepto “Antropoceno” nació a comienzos de este siglo, de la mano del Premio Nobel de Química Paul Crutzen, y comenzó a ser considerado estratigráficamente en el año 2008 tras una publicación liderada por el geólogo Jan Zalasiewicz. La idea que se esconde detrás de ese concepto es que, a partir de algún momento del pasado siglo, las tasas de los cambios ambientales causados por la humanidad han sobrepasado las de los procesos naturales geológicos y biológicos. Pero, ¿existe realmente?</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En El Antropoceno se describe como un periodo de tiempo en la historia de la Tierra que se caracteriza por alteraciones geológicas rápidas y profundas provocadas por las personas que lo habitamos. Estos cambios se registran tanto en los sedimentos como en el hielo, y eso permitiría señalar la diferencia geológica con la época anterior, el Holoceno, que empezó hace 11.700 años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El artículo citado de Zalasiewicz ofrece una serie de datos cuantitativos que muestran que la actividad humana ha contribuido a acelerar la tasa de varios procesos geológicos, entre ellos la erosión y sedimentación debidas a la acción humana, que ya sobrepasan en un orden de magnitud la de todos los ríos del mundo. De hecho, se calcula que la producción anual de sedimentos antropogénicos es 24 veces superior que la tasa de sedimentos aportados por todos los ríos a los océanos.<br><br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>DE CÓMO LA ACCIÓN HUMANA MODIFICA LA NATURALEZA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Además, la actividad humana ha hecho que la subida del nivel del mar, que ha sido casi 0 en los últimos 7.000 años ahora haya pasado a 0,3 metros cada 100 años, cifra que se espera que se duplique hacia 2100. Otro cambio que ha tenido lugar en los océanos ha sido la modificación de su ph, que ha sido estable durante milenios, mientras que en la actualidad es 0,1 más ácido que hace solo un siglo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sin duda, uno de los efectos más conocidos de la actividad humana es que los niveles de CO2 atmosféricos son los más altos desde hace 4 millones de años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos esos cambios ya han dejado su huella en el registro geológico, como por ejemplo los “minerales antropogénicos”, más correctamente denominados “compuestos inorgánicos cristalinos similares a minerales”. En la actualidad hay una enorme diversificación de estos minerales-producto que ha ido acompañada por el aumento en el tipo de rocas antropogénicas, como ladrillos, cerámicas u hormigón, a los que se unen los plásticos “mineraloides”. Todos ellos se encuentran ya en las rocas sedimentarias, en la superficie y ampliamente diseminados en los océanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En muy poco tiempo no sólo se están depositando nuevos sedimentos, de manera muy rápida, sino que además se están consolidando, se están cementando. Este proceso se conoce en geología como diagénesis, que es el conjunto de procesos que hacen que los sedimentos se endurezcan y se transformen en rocas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aparte de los efectos geológicos, también se pueden observar rastros del Antropoceno en la fauna del planeta, en lo que se conoce como “sexta extinción”. En la actualidad se pierden entre 11.000 y 58.000 especies anualmente, no sólo vertebrados (de los que al menos 322 especies se han extinguido desde 1500), sino también de invertebrados.</p>
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</div>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>UN FENÓMENO QUE AFECTA A TODO NUESTRO PLANETA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Los cambios entre las distintas unidades de tiempo geológico se caracterizan por tener señales claras y diferenciadas que se pueden localizar a lo largo de toda la Tierra, referidas tanto a las condiciones geológicas y climáticas como a los seres vivos que habitan esa época determinada. Cada unidad de tiempo geológico tiene un límite inferior y un límite superior, y ambos deben tener un evento marcador, ya sea un tipo de fósil, una roca característica, o una señal geoquímica. La última característica que define a una época geológica es que el espesor de los sedimentos sea suficiente para hacerla claramente identificable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por lo tanto, para poder considerar el Antropoceno como una nueva época geológica nueva haría falta encontrar esas características. En cuanto a la globalidad del fenómeno uno de los marcadores del Antropoceno es el uso de los combustibles fósiles que han perturbado el ciclo de azufre, lo que se observa en el aumento del contenido de sulfato en el hielo glacial y, además, han causado una distribución de cenizas como partículas carbonáceas de gran potencial de preservación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Contaminantes orgánicos como los pesticidas organoclorados también se han diseminado ampliamente por la atmósfera, dejando residuos claramente detectables en estratos continentales (sedimentos lacustres), en el hielo glacial y en los sedimentos marinos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De todos modos, la señal química más clara a nivel global es la de los radionucleidos artificiales que quedan como un pico de plutonio, cesio, americio y otros radioisótopos producidos por las pruebas de bombas atómicas o tras accidentes como los de Chernobyl y Fukushima y que se dispersan en la atmósfera. Esta dispersión comenzó con los ensayos de la bomba Trinity en 1945 y continuó con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo lo anterior ratifica que el Antropoceno posee una realidad geológica sólida, ya que sus estratos pueden correlacionarse globalmente, aunque sigue siendo un término en discusión por representar un periodo muy corto de tiempo, así como por la novedosa e inusual naturaleza de muchas de sus señales, asociadas a la actividad humana. Lo que parece evidente es que, aunque no tenga un reconocimiento formal se ha convertido en un término imprescindible para muchas comunidades, no solamente las científicas.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
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<p class="wp-block-paragraph">La inclusión del Antropoceno como una nueva época dentro de la Tabla Cronoestratigráfica Internacional está en manos de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas. El proceso de trabajo es lento y debe llevar los siguientes pasos:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Una recomendación por parte del Grupo de Trabajo del Antropoceno (AWG) de la Comisión Estratigráfica Internacional.</li>



<li>Voto por supermayoría (2/3) de la Comisión Internacional de Estratigrafía.</li>



<li>Ratificación final por la IUGS, Unión Internacional de Ciencias Geológicas.</li>
</ul>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>POSIBILIDAD DE CAMBIO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El término Antropoceno, que, como hemos señalado, sigue siendo informal desde el punto de vista científico, nos permite reflexionar sobre cuál es nuestro papel en el planeta y qué estamos haciendo. Sobre todo, porque por primera vez en la Historia somos capaces de ver cómo nuestra propia actividad está modificando, en tiempo real, el sistema tierra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La geología se sitúa, por tanto, en un lugar de privilegio, no sólo como la ciencia que conoce el pasado, sino como ciencia para el futuro y la transición ecológica. Entender las dimensiones del tiempo geológico es la mayor y más simple contribución de la geología a la humanidad, ya que el tiempo no es importante en sí mismo, sino por sus enormes poderes de transformación, y este poder se ha acelerado en los últimos años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Antropoceno cuenta con la peculiaridad de que por primera vez en la Tierra la misma especie capaz de hacer modificaciones es también la única capaz de revertir el proceso. Un ejemplo claro lo encontramos en Lomo Morín, Tenerife, donde la actividad humana ha generado un paisaje de múltiples cascadas de agua que quedan petrificadas en pocos años, creando cambios que han aumentado la diversidad geológica y biológica de esa isla canaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por efecto de las canalizaciones de los agricultores, en Lomo Morín se ha creado tanto una depuradora natural de agua, como un nuevo paisaje, un laboratorio natural que acelera procesos geológicos que tardarían miles de años en producirse para reducirlos a cuatro décadas, y un sumidero de CO2 comparable al ciclo global del carbono, que involucra fundamentalmente a calizas marinas.<br></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Fascinación por la Naturaleza</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fascinacion-naturaleza-castellvi/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 10 Sep 2021 08:32:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Oceanógrafa, bióloga marina, Directora durante años de la misión científica española en la Antártida y miembro de la SGE, Josefina Castellví narra en nuestro boletín sus vivencias ante una Naturaleza [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/fascinacion-naturaleza-castellvi/">Fascinación por la Naturaleza</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p><strong>Oceanógrafa, bióloga marina, Directora durante años de la misión científica española en la Antártida y miembro de la SGE, Josefina Castellví narra en nuestro boletín sus vivencias ante una Naturaleza virgen y cambiante, de belleza esplendorosa.</strong></p></blockquote>
<p>&nbsp;</p>
<p>Boletín SGE 50<br />
Autora: Josefina Castellví</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A los animales migratorios nadie les ha enseñado a desplazarse por el mundo siguiendo rutas bien precisas que repiten cada año, buscando alimento y condiciones climatológicas mas favorables para el desarrollo de su vida. Este comportamiento lo encontramos tanto en tierra, como en el aire y en mares y océanos. Ejemplos sobresalientes de estos desplazamientos en masa los tenemos por ejemplo en la migración los caribus en el límite con el polo norte o de los ñus entre Tanzania y Kenia. Junto a esta fauna “viajera” encontramos otra y sedentaria que nace, vive se reproduce y muere en el mismo lugar, desarrollando una serie de costumbres que la fijan a su hábitat y no la inducen a desplazarse.</p>
<p>Los humanos como grupo biológico formamos parte de la Naturaleza y somos un elemento más que contribuye al equilibrio natural. ¿Podemos pues extrañarnos que en el seno de nuestras sociedades se reproduzca el modelo de movilidad faunística?</p>
<p>Me atrevería a decir que se nace viajero y que no es necesario ninguna influencia exterior para incitar a ver aquello que está más lejos de esta fina línea que llamamos horizonte. Este impulso nada tiene que ver con el viaje turístico que se mueve por intereses sociopolíticos ligados a la economía y a la moda del momento.</p>
<p>Sea cual sea el tipo de desplazamiento, si uno se lo propone, siempre hay tiempo de desarrollar los valores que encierra el viaje para que a la vuelta seas algo diferente. La unidad de medida de un viaje no son los kilómetros sino la capacidad de reflexión y experiencia que el desplazamiento ha generado en el viajero.</p>
<p>En mi vida profesional me ha tocado realizar largas navegaciones en barcos oceanográficos equipados con laboratorios en los que se trabaja prácticamente todo el día. Pero llega un momento de pausa, sea de día o de noche, que te permite estar sentado en la popa al socaire del viento y relajarte de las tensiones y problemas del día. Te dejas mecer por la mar sin resistencia ninguna y contemplas la sucesión de olas con la mente en blanco. Este ejercicio he tenido la suerte de practicarlo en la Antártida, en un gran rompehielos que navegó hasta el fondo del mar de Weddle.</p>
<p>Recuerdo mi mal humor cuando compañeros de la tripulación me venían a buscar porque se iba a proyectar una película o empezaba una sesión de juegos de mesa. ¿Cómo te podías cerrar en un salón oscuro a ver historias inventadas, cuando fuera tenías las más bellas imágenes que podías soñar? En aquel momento yo no lo sabía, pero esta actitud distinta es que ellos eran sedentarios y yo soy viajera. Recuerdo que en mi primer viaje, todo el tiempo libre que me permitía mi trabajo en el laboratorio, me lo pasaba en cubierta a pesar de las bajas temperaturas y el viento. Pasé mucho frio pero me sentía como una esponja que estaba empapándose de unas vivencias que no todos los humanos tenían el privilegio de experimentar. Con ojos llorosos por el frio que me impedía ver a través del visor de la cámara fotográfica, aprendí a entender los ensayos de belleza esplendorosa que hacía la Naturaleza con recursos mínimos, ya que en estas latitudes solo existe el azul del cielo y del mar y el blanco del hielo. Me fascinó entrar en la vida familiar de las focas y pingüinos que se desplazan utilizando trozos de la banquisa como gabarras que navegan empujados por la corriente y me enriquecí con miles de cosas más.</p>
<p>Nunca como en la Antártida he sentido la sensación de humilde pequeñez frente a los imponentes y bellos icebergs y los azotes de ventiscas que no te permiten seguir caminando. Es una Naturaleza virgen y cambiante en cada momento que te recuerda que el Planeta Tierra está vivo. Curiosamente esta misma sensación la viví en el viaje que la SGE organizó a Islandia, en otra región fría pero muy lejana de la Antártida. Allí se vive la generación de nueva Naturaleza en un proceso vivo y espectacular.</p>
<p>Para mi viajar es sumirse enteramente en el cambio social y de paisaje que ofrece el destino elegido y durante esta inmersión hay que ir libre de prejuicios y de influencias que aten a la vida cotidiana. Solo la experiencia y los recuerdos deben acompañar siempre al viajero. El resto es todo prescindible y se puede improvisar.</p>
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		<title>Reservas marinas: una necesidad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/reservas-marinas-una-necesidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 09:04:10 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Manu San Félix Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca [&#8230;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Manu San Félix<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La protección de la naturaleza<br><br><strong>Tan sólo un 2,4% de la superficie de nuestros océanos está protegido de la pesca actualmente. Los datos de la sobreexplotación de los recursos pesqueros son abrumadores, y manifiestan el abuso que hemos llevado a cabo, pescando como si las aguas de nuestro planeta no tuvieran fondo ni fin. La única solución es la creación de reservas marinas, protegiendo gran parte de nuestros mares y océanos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UNAS AGUAS ESQUILMADAS Y AGOTADAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Según las Naciones Unidas, en base a los informes sobre la pesca que la FAO realiza cada dos años, el 90% de los stocks de peces del planeta están agotados, sobre-explotados o explotados al completo. Es un dato muy preocupante del que podemos sacar dos conclusiones. En primer lugar que hemos abusado en la práctica de la pesca durante décadas, en las que hemos pescado como si los recursos marinos no tuviesen fin. Un ejemplo puede ser el bacalao atlántico, que se pescó sin freno hasta que quedó tan sólo un 1% de su población original. Y segundo, es una prueba de la importancia que mares y océanos tienen para alimentar a la población mundial. Para paliar el hambre en el mundo los recursos marinos tienen una importancia capital, y por ello hay que gestionarlos con inteligencia en lugar de agotarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablando con viejos pescadores podemos remontarnos en el tiempo, y, a través de sus relatos que nos cuentan lo que pescaban, podemos obtener la referencia que nos permite ver lo mucho que hemos perdido. Por eso siempre me ha gustado hablar con viejos pescadores. Vivo en la Isla de Formentera desde hace 30 años, y a mi llegada hablé y entrevisté a pescadores retirados, septuagenarios y octogenarios. A través de sus relatos me podía remontar a la Ibiza y Formentera de los años 40 y años 50 que me hubiese encantado conocer. Contaban cómo los centollos eran una plaga que llenaba las redes y, como no se comían, los mazaban y machacaban. O cómo pescando mano, con el volantín, llegaban a pescar en un día hasta 500 tiburones de la especie <em>Squallus acanthias</em>, ahora casi extinguida en Baleares. O también que en la Costa Brava, según me contaba Salvador Puigvert, salía con sus dos hermanos a pescar desde la playa en Tossa de Mar con un bote a remo, cuando ninguno superaba los 12 años, y pescaban delante de la playa numerosos tiburones musola o cazón <em>(Mustelus mustelus). </em>Otros me contaban cómo capturaban a mano en la misma orilla las langostas sin antenas (llamadas cigarras en Baleares, <em>Scyllarides latus</em>). En definitiva me describían un mar que nada tiene que ver con el Mediterráneo actual.<br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL PACTO POR LOS OCÉANOS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Teniendo en cuenta la importancia que los océanos tienen para la vida en el planeta y la situación de agotamiento sus recursos, la ONU propuso el llamado pacto de los océanos, que la mayoría de los países firmaron, entre ellos España. Con su firma adquirieron el compromiso voluntario propuesto por la ONU de proteger al menos el 10% de su zona marina, mediante la creación de áreas marinas protegidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Cual es la situación ahora que ya estamos en el 2020?, ¿Hemos cumplido con el compromiso?</p>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Lamentablemente la respuesta es que no. Ya que a día de hoy sólo el 2,4% de la superficie de los océanos del planeta está protegida de la pesca. La demoledora realidad es que podemos pescar en el 97.6% de los mares y océanos del planeta. Si empezamos a mirar en nuestra casa, veremos que en las Islas Baleares la superficie cerrada a la pesca es el 0.16%. Y en la mayoría de las comunidades autónomas este porcentaje de zonas protegidas a la pesca es incluso menor.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph">Obviamente, ya en el 2020 el panorama dista mucho del que la ONU esperaba cuando puso este compromiso sobre la mesas. Estamos en una situación que se aleja mucho de lo que entendemos por sostenibilidad. Y muy lejos de lo que el sentido común dicta sobre cómo se deben explotar los recursos pesqueros. Y así es fácil entender el por qué el 90% de los caladeros están agotados. La lista de datos sobre el abuso de los océanos estremece: hemos matado un 90% de los grandes peces del planeta, cada año pescamos 100 millones de tiburones, y en el Mediterráneo hemos aniquilado el 99% de los tiburones…<br></p>



<p class="wp-block-paragraph">El hecho es que llevamos años sacando y sacando del mar, y a cambio lo único que hacemos es contaminarlo o transformar su composición química a través de las ingentes cantidades que liberamos a la atmósfera por el uso de los combustibles fósiles que el océano absorbe. En la tierra el hombre ya aprendió hace unos miles de años, el Neolítico, que para comer no bastaba con recolectar y así nació la agricultura y la ganadería. El ser humano se dio cuenta que para comer había que sembrar, abonar, regar y esperar. Sin embargo en el mar nos estamos dando cuenta de esto 6.000 años después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y mientras lo ponemos en práctica, en los fondos del Atlántico norte arrastramos el mismo lugar hasta cuatro veces a lo largo del año.</p>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LOS BENEFICIOS DE LAS ZONAS PROTEGIDAS&nbsp;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En este escenario de un mar agotado, la pesca sigue funcionando al ser una actividad subsidiada en la mayoría de los países, a través de las ayudas para la compra de los barcos, la reducción de precio del combustible, etc. Ya están apareciendo estudios que ponen de manifiesto que en los modelos económicos que ponen en la balanza los ingresos de la pesca y los gastos por los subsidios aportados, el resultado en la gran mayoría de las flotas es de números rojos. El trabajo de Enric Sala, explorador in residence de National Geographic está arrojando luz sobre la verdadera rentabilidad de la pesca y sobre la falta de control de las flotas en las aguas internacionales, donde todo parece válido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es la recomendación de las Naciones Unidas: “Los subsidios que han perjudicado a las pesquerías y que han sustentado el dramático retroceso de los stocks de peces en los últimos 40 años, deben ser retirados para el año 2020”<br><br>Ya no hay dudas de que si queremos seguir pescando debemos proteger amplias zonas de los océanos. De no hacerlo estamos suicidando la supervivencia de la pesca y poniendo en riesgo la salud del planeta. Los datos positivos que tenemos de la recuperación de biomasa en las zonas protegidas, y de los beneficios que recibe la pesca en las zonas colindantes, nos muestran el camino de que es necesario ser más ambiciosos con la protección marina. Pesca y protección van de la mano y no puede concebirse la pesca sin la protección adecuada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proyecto Pristine Seas de National Geographic liderado por el mencionado Dr Enric Sala, ha inspirado la protección del 1.6% de ese 2.4% total que está protegido en el planeta. Y se ha propuesto como objetivo para el 2030 lograr que hayamos protegido un 30% de mares y océanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una meta muy clara y definida pero mucho trabajo por delante. Nos enfrentamos a grandes problemas ambientales en este siglo: 1 millón de especies se enfrentarán a la extinción según informe de la ONU, el 90% de los arrecifes de coral van a desparecer por el calentamiento global (Intergovernmental Panel of Climate Change), etc. y y la manera de paliarlo es poniendo grandes y ambiciosas soluciones. Tenemos que lograrlo.</p>
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		<title>Parque Natural Naira. Ojos grandes para proteger la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/parque-natural-naira/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 08:32:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza Incendios provocados para acelerar concesiones mineras; explotaciones madereras ilegales, carreteras que avanzan inexorablemente llevándose por delante [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La protección de la naturaleza<br><br><strong>Incendios provocados para acelerar concesiones mineras; explotaciones madereras ilegales, carreteras que avanzan inexorablemente llevándose por delante hábitats milenarios. Que la Amazonia, ese patrimonio natural universal se desangra y deforesta a un ritmo vertiginoso no es ningún secreto. Lo que quizá lo sea es que existe una forma particular de hacer frente a esa amenaza; una iniciativa privada para la protección de áreas concretas, realizable, incluso, desde la distancia.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces la voluntad particular es capaz de llegar donde los gobiernos no pueden. Este fue el argumento que permitió la creación de las ACP o Áreas de Conservación Privada, una figura de protección que vio la luz en Perú como una alternativa para la conservación de la naturaleza en zonas donde a la Administración le resultaba costoso llegar. Perú alberga una masa forestal de 782,880 km2 al este de la Cordillera de los Andes, más del 60% de su territorio. Esto, a la larga se traduce en una extensión enorme, heterogénea y sujeta a diversas amenazas, cuya conservación resulta en la práctica casi imposible de garantizar por una Administración Pública. Estas ACP proponen una forma de gestión del patrimonio natural diferente a la que usualmente conocemos; en lugar de que el Estado se convierta en el único protector y garante, las ACP, o Concesiones para Conservación, pueden ser solicitadas y gestionadas por empresas o particulares. Su concesión se efectúa por un plazo de 40 años y, entre otros requisitos, el adjudicatario debe garantizar que dispone de vías de financiación suficientes para garantizar su conservación durante todo este tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LOS OJOS EN LA VIEJA ZONA DEL CAUCHO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Así nació el proyecto del Parque Natural Naira, una palabra quechua que significa Ojos Grandes. Unos ojos vigilantes que pretenden englobar un total de 9.000 hectáreas de selva, identificadas y localizadas en la zona de San Regis, en Iquitos, el antiguo centro productor del caucho. Su ubicación no responde a un capricho. Las áreas de conservación privada deben estar libres de cualquier otro tipo de concesiones mineras, petroleras o madereras, pero, además, preservar un espacio en riesgo, en este caso, por la proyectada carretera entre San Regis e Iquitos, que dotará a la zona de una accesibilidad que, como desgraciadamente sabemos, suele ir pareja con su degradación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Naira gozaba de buena salud en sus inicios, hace ahora 5 años. En su origen, preveía cubrir los costes de manejo y operación mediante un porcentaje de la producción de la planta fotovoltaica Ceiba 10 MW en Iquitos, pero la desestimación de la región de Loreto —donde se ubicaba dicha planta — en la subasta energética de 2017 abortó la materialización del mismo, y, con ella, la generación de unos ingresos imprescindibles para garantizar la viabilidad de su conservación ante el Gobierno Peruano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Parque Natural Naira no acabó ahí. No podía hacerlo, ni mucho menos en esta cuenta atrás por preservar la salud del planeta y la ineludible responsabilidad que tenemos en ella. La promotora, Energy Hunters SLL, en sociedad con Unidad Técnica Ingenieros SL, buscó nuevas vías de financiación hasta dar con un camino totalmente novedoso para este tipo de finalidades: la comercialización de los derechos<br>de carbono.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>DEFORESTACIÓN EVITADA: DOTACIONES ECONÓMICAS POR CONSERVAR LAS MASAS FORESTALES</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La regulación internacional se ha ido adaptando a la realidad. Los tradicionales derechos de carbono, habitualmente asignados a proyectos de reforestación o de creación de nuevas masas forestales, han ampliado su concepto, destinándose también a evitar la desaparición de las ya existentes. Sobre esta nueva legislación el Parque Natural Naira podría financiar su “existencia” mediante la venta de los derechos de carbono acreditados por certificadoras internacionales y comercializados por agentes especializados en estos mercados.</p>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Cabría preguntarse por qué una zona de selva requiere de conservación. ¿No es la mejor conservación, sin duda, dejar que la Naturaleza prosiga su trabajo? Lo es, salvo que la Naturaleza se vea frenada en su desarrollo. Estamos hartos de ver zonas deforestadas a base de incendios provocados, árboles centenarios desgajados y descendiendo ilegalmente por la cuenca de los ríos, y explotaciones mineras asentadas de manera irregular en amplias zonas de terreno. Incluso cuando las concesiones de explotación se dan de forma legal, las prácticas reales de determinadas corporaciones, acostumbradas a que sus intereses primen por encima de la protección del entorno, hacen de la Amazonía una tierra de nadie, en la que la preservación de la naturaleza debe hacerse de forma efectiva, ejecutiva y preventiva, “luchando”, de forma proactiva contra estas amenazas.<br></p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL COSTE DE “DEJAR COMO ESTÁ”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">El Parque Natural Naira, en proyecto, necesita para su concesión ser capaz de acreditar esta capacidad de “autoconservación”. Las amenazas están identificadas, pero las soluciones también. Frente a la minería ilegal y el furtivismo, se actuaría ligando a las comunidades de la zona a la preservación del medio natural, para que sientan los ataques al territorio como un ataque a sus intereses. Pero, además, para tratar de paliar la posible “corrupción” frente a otros intereses, designando figuras de control externas al parque y procediendo a la vigilancia de acciones furtivas o de tala ilegal mediante el uso de drones, los nuevos ojos grandes. La vigilancia online, que podría ser ejercida por observadores externos, se desligaría así de las presiones, bien vía económica o por amenazas, que suelen sufrir los vigilantes físicos en la zona.</p>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph">Frente a la presión jurídica de grandes grupos de poder en la zona, en especial madereras, mineras o petroleras que, de encontrar recursos en los terrenos con Concesiones de Conservación otorgados, no dudan en iniciar actividades en los mismos, llevando a cabo en paralelo una serie de acciones físicas y jurídicas encaminadas a obtener la revocación de dichas Concesiones, la posición se torna mucho más delicada. La única defensa posible frente a esta amenaza real para el Parque Natural Naira, o para cualquier otra área protegida de la zona, es ponerse bajo el paraguas jurídico, desde su mismo origen, de un despacho de abogados de reconocido prestigio internacional, o de grandes corporaciones comerciales, grupos de telecomunicaciones, entidades bancarias, compañías energéticas, grandes constructoras, etc., que puedan ejercer un efecto disuasorio frente a este tipo de ataques; al tiempo que, en el caso de que fuese necesario, cuenten con las herramientas jurídicas propias para hacer frente de forma eficaz a los probables intentos de anulación de la Concesión por parte de otros intereses económicos en la zona. Dichas compañías ganarían mucho en imagen corporativa, y el Parque Natural Naira disminuiría muy considerablemente la probabilidad de invasión “legal” del territorio asignado por dicho efecto disuasorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la actualidad los promotores de la Concesión para la Conservación Naira 9000 Ha, han constituido una sociedad vehicular en Iquitos (Perú), Teguedite SAC, a estos efectos y continúan con los trabajos para la obtención de la Concesión. En paralelo han llegado a un acuerdo con la Universidad Politécnica de Madrid, a través de la Cátedra de proyectos de la Escuela de ingenieros Industriales, para que algunos de sus alumnos de último curso realicen sus trabajos de fin de grado asociados al proyecto del parque natural, y con la Universidad de la Amazonía para que asigne personal con la misma finalidad. Cuenta además con el apoyo de la Sociedad Geográfica Española, que a su vez colabora con la Sociedad Geográfica de Lima en esta línea, y mantiene acuerdos con otras Concesiones de Conservación de la región para optimizar la valorización de los derechos de carbono asociados a la deforestación evitada. Cualquier otro apoyo, no hace falta decirlo, es bienvenido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Parque Natural Naira, esos ojos grandes que vigilan un trocito de esa Amazonía, patrimonio de todos, está en marcha. Quizá podamos traducirlo en una realidad.</p>
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		<title>Amazonía: los últimos días del Edén</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/amazonia-ultimos-dias-del-eden/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 May 2020 07:54:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 65]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española La protección de la naturaleza El pulmón del planeta, la Amazonía, está cada día más enfermo, de una enfermedad que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/amazonia-ultimos-dias-del-eden/">Amazonía: los últimos días del Edén</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Miguel Gutiérrez Garitano</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 65 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">La protección de la naturaleza<br><br><strong>El pulmón del planeta, la Amazonía, está cada día más enfermo, de una enfermedad que sería aún curable, pero que muchos intereses con nombres y apellidos lo están impidiendo. El autor, que conoce muy de cerca esas tierras y esos problemas, hace un repaso a su situación actual y nos proporciona una foto que está en movimiento continuo hacia el vacío, la nada, su destrucción.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Nada como la ausencia para evidenciar el ser. La vida es un trasiego de partidas y nacimientos, un concierto incesante de grises donde no siempre gana la armonía. Del escultor Jorge Oteiza aprendimos la capacidad generadora del vacío, su aptitud dinámica para conectarnos, en comunión certera, con el misterio y la tragedia de la existencia. Solamente desde estas premisas se puede comprender la situación actual de la selva amazónica, el mayor bosque de la tierra. En la teoría, este santuario está constituido por unos 7.000.000 millones de kilómetros cuadrados de bosques repartidos entre nueve países. La trampa radica en tomar al pie de la letra la cita wikipédica, en atisbar el mapa y encomendarnos a esa mancha verde que colorea la venosa barriga de América del Sur. Más nos valdría creer que en Europa sigue existiendo el Imperio Romano, cuando solamente podemos buscar sus ruinas, su ausencia, su recuerdo pulverizado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>UN VIAJE ENTRE INCENDIOS Y DESTRUCCIÓN</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Por mi parte empecé a abrir los ojos durante un viaje que me llevó a Brasil en 2009. Tras un descenso en barco por el Amazonas, seguí la carretera BR-163 que cruza de norte a sur los estados de Pará y Matto Grosso. Cuatro días duró el trayecto en autobús. El recuerdo de las dos primeras noches, saliendo de Pará, lo ocupa el fantasmagórico recuerdo de los incendios. Todo el horizonte, hacia todos los puntos cardinales: fuegos, destrucción. El letal e incandescente avance de la civilización. Ya en Matto Grosso, la distopía sospechada se evidenció con toda su crudeza; y apareció el vacío, la nada de la que escribió Michael Ende. Ya no había Torre de Marfil, ni Emperatriz infantil. Sino cientos de kilómetros de campos de soja, donde en mi mapa de turista -que apenas tenía una década- aparecían unas ya inexistentes “selvas vírgenes”. La soja destinada a fabricar etanol para los turismos, sólo era una de las cabezas de la hidra. Hace escasas décadas, la Panamericana era la única carretera de la selva. Pero de mano de las multinacionales, en su búsqueda de accesos a las riquezas naturales, nacieron otras, hasta crear una intrincada red que todo lo cubre como una metástasis. Por donde llegan, además, en endiablado bucle, nuevas compañías y colonos, que devastan la selva a una velocidad sorprendente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En las fronteras entre los distintos estados se extienden vastas regiones salvajes a donde apenas llega el poder de las administraciones. Son lugares de riquísima biodiversidad, donde, además, se refugian los últimos elementos amerindios en “aislamiento voluntario”. Taromenanes, maskho piros, machiguengas, korubos o toromonas son los nombres de algunas de las últimas tribus no contactadas de América. Pero las sombras de los árboles también albergan horrores. Allí donde el control de los estados brilla por su ausencia, es donde actúan las grandes mafias: controlan las plantaciones de cocaína, la minería ilegal de oro y piedras preciosas, la tala sin permiso de especies vegetales protegidas, así como el asesinato y el secuestro de los miembros de comunidades indígenas, ya sea para echarlos de sus tierras, extorsionarlos, o para usar a sus niñas como esclavas sexuales en burdeles.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL VENENO DEL PETRÓLEO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Sea cual sea su color, los poderes políticos o colaboran en esta deriva, o se ven impotentes para frenarla. Ni siquiera los Parques Nacionales escapan a la desgracia. En el Yasuní de Ecuador -en cuya zona intangible el pueblo aislado de los tagaeri se defiende a lanzazos de los estragos de la colonización- yo mismo fui testigo de la acción de las compañías petroleras, que envenenan y destruyen el espacio protegido. En Perú, sobretodo en el Departamento de Loreto, no hay semana que no se produzcan derrames de hidrocarburos, envenenando los acuíferos que nutren a tantas especies y a comunidades humanas. Al sur del río Madre de Dios, en torno a poblaciones como Mazuco, extensiones enteras de cieno envenenado de mercurio quedan como testimonio de la acción de la mimería ilegal del oro, controlada por poderosas organizaciones fuera de la ley. Hasta en Bolivia, donde hasta hace bien poco ha regido el indigenista Evo Morales, en Departamentos como el de la Paz cada año se han concedido nuevos permisos extractivos a las transnacionales. Ningún país amazónico escapa a esta debacle, pero es en Brasil donde adopta su rostro más terrorífico. La devastación comenzada hace décadas (en 1970 el país ha perdido una superficie arbolada del tamaño de Francia), se ha desbocado ahora con la llegada a la Presidencia de Jair Bolsonaro, un líder empeñado en destruir los ya débiles contrapoderes -encarnados por opositores políticos, periodistas, líderes de comunidades indígenas, ONGs ecologistas, etc.- que tratan de frenar lo inevitable.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-7387b849 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<p class="wp-block-paragraph">Oponerse a esta lógica invasiva en absoluto carece de peligros. Según datos de Ecologistas en Acción, en 2018, tres de cada cuatro activistas asesinados se dedicaban a defender el medio ambiente, a las comunidades indígenas o a denunciar a las industrias extractivistas, sobretodo en Sudamérica. Pero que nadie se lleve a engaño. La selva es mucho más que un bosque que alberga animales -aproximadamente el 30% de las especies terrestres del globo- y pueblos originarios. De sus plantas obtenemos la mayoría de los fármacos con los que curar muchas enfermedades. Y, por supuesto, la Amazonía es el pulmón del planeta; su masa vegetal procesa cada año 70.000 millones del carbono que las fábricas sueltan a la atmósfera, resultando un actor determinante para frenar el cambio climático.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por todo ello es necesario pensar en la Amazonía desde su ausencia, con lógica oteiziana, como el Edén que vive sus últimos días. Pues, como decía Milton, el paraíso no se pierde, ya se ha perdido. Pronto, en menos de dos décadas, del gran bosque del mundo solo quedarán el recuerdo y la involuntaria mentira de los mapas y diccionarios. Y un vacío distópico que, como la pieza de un dominó, traerá consecuencias globales impredecibles.</p>
</div>
</div>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LECCIONES DESDE NOTRE DAME</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La impotencia es un sentimiento peligroso cuando lleva a la inacción. Fue la conclusión que saqué, tras asistir -junto a millones de ciudadanos de todo el mundo- al incendio de la catedral de Notre Dame a través de la pantalla de mi televisor. La visión de la joya del gótico tornada en pira, me llevó a un estado entre la incredulidad y la desesperación. No podía creerlo. El edificio ardía al completo. El desastre parecía absoluto, sobre todo, cuando, a eso de las 19:50 horas, la aguja de madera se vino abajo. El estupor general fue magníficamente resumido en las palabras que Denis Jachiet, Obispo Auxiliar de París, testigo presencial del incendio, dedicó a los medios: “Mi sensación era de completo hundimiento. Un sentimiento a la vez de impotencia y de desastre. No podía creer lo que estaba viendo. Una gran tristeza por este desastre, que en poco más de una hora ha destruido un edificio que ha atravesado casi nueve siglos”.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>PLANTACIONES DE COCA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Cinco meses después del suceso, recién llegado de un viaje por el corazón de la Amazonia, me embarga una sensación similar de desesperanza e impotencia frente a la pérdida ya consumada. La apuesta -en verano de 2019- pasaba por recorrer y radiografiar el estado de la selva y sus habitantes a lo largo del cauce del río Madre de Dios, desde que este desciende furioso de los Andes peruanos hasta que, ya en Brasil, tornado su nombre al de río Madeira, derrama sus aguas en el gran Amazonas. El cuadro reportado solo puede calificarse de funesto. En el Alto Madre de Dios, en torno al Parque Nacional del Manu, las comunidades nativas nos relataron sus peleas para echar a los madereros de sus comunidades. Patrullaban para ello día y noche los límites de su territorio, que también era pasto de los traficantes de cocaína. Para satisfacer las juergas de millones de drogadictos estadounidenses, europeos y brasileños, los narcos llenan la selva de plantaciones de coca y de piscinas donde transforman las hojas en la pasta base, mediante un proceso con productos químicos que luego terminan en los acuíferos del entorno, contaminándolos. Tampoco puede soslayarse la corrupción de las comunidades nativas por culpa del dinero procedente de este comercio ilícito.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA FIEBRE DEL ORO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En el curso medio, desde la localidad de Boca Colorado, hasta la capital provincial de Puerto Maldonado, la hidra adopta una forma diferente, pero igual de terrorífica: la fiebre del oro ha llevado a la degradación ecológica y social de esta región, que es pasto del crimen organizado. Como una plaga bíblica, miles de campamentos mineros han infestado la zona dando lugar a un ciclo demencial, que afecta el lugar a todos los niveles: al extraer la tierra los mineros destruyen las capas fértiles. Hay extensas áreas cubiertas de arenas donde no crece nada, como si el desierto del Sáhara se hubiera mudado a la Amazonia. El retroceso de la selva, además, no es el único problema.</p>



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<p class="wp-block-paragraph">Pues la actividad extractiva pasa por el uso de mercurio para capturar las partículas de oro en una amalgama que después se quema apara evaporar el metal líquido y liberar el tesoro. De suerte que el mercurio, altamente tóxico, termina en la atmósfera, y de esta, pasa a los suelos y a las aguas, para terminar en la cadena alimenticia y en los organismos de todos los seres vivos. La contaminación en este sentido ha alcanzado tal cota y la superficie arbolada ha sido tan devastada que el Gobierno peruano, a menudo pasota y renuente, se ha embarcado esta vez en una batalla a todos los niveles por controlar el desaguisado (y también, para qué nos vamos a engañar, para controlar los dividendos de una actividad económica que hasta ahora ha escapado de su control). Con más de mil soldados y policías sobre el terreno, bajo la denominada “Operación Mercurio” que sigue en curso, el país andino apuesta fuerte por restaurar tanto la salud del bosque amazónico como por recuperar el tino social. Pudimos presenciar operaciones de asalto policial a territorios sin ley, como el de La Pampa -territorio minero donde manda el hampa y que está situado a ambos lados de la carretera Interoceánica- para asistir a un sin fin de pruebas del horror, en forma de evidencias de asesinatos, trata de blancas, crimen organizado, corrupción gubernamental, etc.<br></p>
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<p class="wp-block-paragraph"><br><strong>ACTUAR SIN DESFALLECER</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En Brasil y en Bolivia, los problemas descritos se unían a otros como los derivados de otras actividades extractivas. Lo peor de todo: las “quemadas”, o quemas de bosque protagonizadas por campesinos y ganaderos, que de continuo escapan a su control, afectando a miles de kilómetros cuadrados de bosque espoleados ahora por los bochornos resultantes del Cambio Climático. A nuestra llegada a la villa brasileña de Abuna los humos de los miles de incendios oscurecieron el sol durante más de tres días. Apenas se podía respirar. La visión era apocalíptica. Pero lo peor era el negacionismo de los locales. El alcalde Lenio Ibáñez, quitaba hierro al asunto. <em>“Sucede todos los años. Es lo normal en verano -decía- para culpar luego</em><em> de todo escándalo a los naturalistas a los que tildaba de mentirosos”.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Ante este panorama, el derrotismo parece inevitable, como cuando el 16 del pasado abril, el mundo asistió al derrumbe de la aguja del templo de Notre Dame. Y, sin embargo, la catedral sigue en pie. Un reducido grupo de veinte bomberos, con grave riesgo para sus vidas, controló el incendio desde el interior, mientras cadenas de gente valiente y comprometida salvaban las reliquias. Y una movilización sin precedentes recabó después 900 millones para su reconstrucción. En la Amazonia, mientras tanto, frente a un nefasto ejemplo ofrecido por líderes como Evo Morales o Jair Bolsonaro, un reducido pero inspirado grupo de activistas, intelectuales, científicos, abogados y políticos mantienen la esperanza y nos invitan a actuar y a confiar en el coraje sin desfallecer. Porque, como repite el fotógrafo y activista ambiental peruano Pavel Martiarena, <em>“es demasiado tarde</em><em> para ser pesimistas”</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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		<title>Lagos en vías de extinción</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/lagos-via-extincion/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 04 Dec 2019 14:42:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 63]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero Boletín 63 &#8211; Sociedad Geográfica Española Los lagos de nuestra Tierra De todos los problemas que afronta la ecología lacustre en un mundo que se calienta, los [&#8230;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Boletín 63 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los lagos de nuestra Tierra<br><br><strong>De todos los problemas que afronta la ecología lacustre en un mundo que se calienta, los ejemplos más claros se aprecian en cuencas de drenaje cerradas, cuyas aguas vierten en lagos, pero no tienen salida fluvial hacia el océano. Estos lagos terminales, o endorreicos, tienden a ser poco profundos, salinos e hipersensibles a los cambios o a las perturbaciones. El caso del lago Chad, en África, el de Poopó, en Bolivia, y el del Mar de Aral, </strong><strong>en Asia central, son los más evidentes y espectaculares, pero no los únicos.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>EL CASO DEL LAGO CHAD, UNAS CAUSAS CONTROVERTIDAS</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Las aguas del lago Chad no solo bañan el país al que da nombre, sino a Níger, Nigeria y Camerún, y de él viven al menos dos millones de personas, mientras que otros trece millones más se benefician de él. Sin embargo, su extensión se ha venido reduciendo en las últimas décadas, sin que los expertos terminen de ponerse de acuerdo en si la desaparición obedece al cambio climático o es más bien resultado de la constante evolución de esa superficie de agua.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1963, la superficie del lago Chad era de unos 26.000 kilómetros cuadrados, en la actualidad no llega a los 1.500, según el Programa de la ONU para el Medioambiente (PNUMA). “Es posible que el cambio climático tenga algo que ver con la disminución de la superficie del lago, pero en su historia ha sufrido variaciones parecidas”, explica a Europa Press Jacques Lemoalle, del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD, por sus siglas en francés), que ha estudiado la evolución del lago.</p>



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<p class="wp-block-paragraph">“<em>La principal amenaza en el nivel del lago no procede del cambio climático sino de un aumento de la extracción humana en el sur de la cuenca del lago Chad, principalmente para el regadío, que podría responder a un aumento de las necesidades alimentarias, en un contexto de un fuerte crecimiento demográfico y del probable crecimiento urbano</em>”, apunta por su parte Géraud Magrin, profesor de la Universidad París 1 y autor de varios estudios sobre el lago, junto con Lemoalle. El nivel del lago, explica en una entrevista con Europa Press, ha experimentado históricamente cambios importantes en su superficie que vienen motivados por tratarse de un “lago poco profundo”, afectado por una fuerte evaporación, y cuyas dos principales fuentes de agua, los ríos Chari y Logone, se ven alimentados de forma irregular en función de las lluvias anuales.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">“<em>Antes del cambio climático, el lago ya había sido objeto de fuertes variaciones de superficie</em>”, sostiene el experto Gérard Magrin, profesor de la Universidad París 1 y autor de varios estudios sobre el lago, junto con Lemoalle. Durante el siglo pasado, señala, tuvo épocas en las que llegó a ser “muy grande” (1950-1960), otras “muy pequeño” (1970-1980). y desde principios de los años 1990 está en “un nivel medio”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En cualquier caso, y disputas científicas al margen, “el tamaño se ha reducido inmensamente” y con ello los medios de vida de quienes pescan en sus aguas, cultivan en su cuenca o pastan su ganado, afirma el enviado especial de la ONU para el Sahel, Ibrahim Thiaw, en una entrevista con Europa Press.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“<em>Cuando no hay agua, estos medios de vida se ven drásticamente afectados, lo cual tiene graves consecuencias para la economía y también desestabiliza a las sociedades” de estos países, añade. “Cuando los jóvenes no tienen oportunidades, se ven obligados a emigrar o a buscar otras alternativas</em>”, subraya, en referencia a los grupos armados que proliferan en la región, con Boko Haram a la cabeza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En opinión de Thiaw, la región del lago Chad es víctima de un “círculo vicioso” en el que “la desaparición del lago está aumentando el subdesarrollo”, ya que la gente no puede dedicarse a la pesca, la agricultura o la ganadería para ganarse la vida. Desgraciadamente, lamenta el responsable de la ONU, “grupos terroristas como Boko Haram pueden haber encontrado en los jóvenes una presa fácil”, ya que “<em>cuando alguien no tiene ninguna perspectiva o ninguna esperanza puede verse tentado a unirse a estos grupos, especialmente si les ofrecen recursos o una ideología que les resulta atractiva</em>”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por ello, Thiaw tiene claro que, además de invertir en sistemas militares y de inteligencia para combatir a los grupos terroristas y la inseguridad, lo primero y lo principal es invertir en desarrollo. Aunque, admite, “<em>no habrá desarrollo a menos que haya seguridad y no habrá seguridad a menos que haya desarrollo</em>”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conscientes de ello, Camerún, Chad, Níger y Nigeria han recuperado un proyecto guardado en el cajón desde hace décadas. El proyecto Transaqua, elaborado por la firma italiana Bonifica a principios de los años 1980, prevé el trasvase de agua desde la cuenca del río Congo hasta el lago Chad. Para ello, se construiría un canal de unos 2.400 kilómetros que uniría el río Ubangui, uno de los afluentes del Congo, con el Chari, el principal tributario del lago.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los mandatarios de los cuatro países considera indispensable llevar a cabo este proyecto, para el que Bonifica cuenta ahora con la firma china Power China, y cuyo presupuesto se estima en unos 14.000 millones de dólares. Actualmente, se está llevando a cabo un estudio sobre la viabilidad del macroproyecto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esperemos que las medidas para evitar la desecación del lago Chad no resulten ser demasiado tardías.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>LOS FONDOS RESECOS DEL POOPÓ, EN BOLIVIA</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Los científicos sospechaban desde hace tiempo que, con el paso de los años, el lago Poopó sufriría tal acumulación de sedimentos que se desecaría, y se transformaría en otro salar como el de Uyuni. Sin embargo, ese final se predecía “a un mínimo de mil años vista”, comenta Milton Pérez Lovera, profesor de Ciencias Naturales de la Universidad Técnica de Oruro. Una combinación de factores – como el cambio climático, la sequía, la minería y el trasvase de aguas para la agricultura– ha acelerado el proceso, explica, y el lago se seca a pasos agigantados.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Pérez Lovera confía que el Poopó pueda recuperarse en parte, pero ni él ni otros cientí¬ficos ven tan claro que el lago recupere su función ecológica de hábitat de invernada para aves acuáticas, entre ellas tres especies de flamencos, una de las cuales clasificada como vulnerable. Tampoco saben si algún día podrán recobrarse las abundantes pesquerías que durante miles de años dieron de comer a los indígenas. Porque el destino del Poopó está irremisiblemente ligado al de los urus, grupo étnico conocido como «hombres del agua» que vive a orillas del lago. El tamaño y la profundidad del Poopó disminuyen desde hace años, lo que obliga a los pescadores uru a adentrarse más y más en él para pescar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 2014 y 2015 el lago, cada vez más reducido, sufrió varias mortandades de peces, al dispararse la temperatura del agua por encima de los 15-25 °C habituales. Millones de peces muertos flotaban panza arriba en la superficie. Cuando Franz Ascui Zuna –designado por el Ministerio de Sanidad boliviano para monitorizar la situación de Llapallapani, el mayor asentamiento uru– detectó que el agua alcanzaba los 38 °C, su diagnóstico fue claro: el lago «tenía fiebre». Muy pronto, patos, garzas, flamencos y otras aves que en condiciones normales habitan el lago empezaron a pasar hambre, sin más opciones que migrar o morir de inanición. En 2015, en un episodio de evaporación súbita, lo que quedaba del lago desapareció cuando sus aguas sobrecalen¬tadas fueron dispersadas por los vientos del Altiplano. El Estado declaró el lago Poopó zona catastrófica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero, a principios de 2017, la lluvia llenó una parte del lago, y las autoridades publicaron imágenes celebrando que el Poopó «había regresado», pero poco después el presidente boliviano Evo Morales visitó el lago y confirmó lo que los lugareños ya sabían: la fina lámina de agua retrocedía por momentos. En octubre de 2017 las imágenes de satélite revelaban que el lago volvía a estar prácticamente seco.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“El Altiplano es tremendamente sensible a la evaporación”, dice Mark Bush, paleoecólogo del Instituto Tecnológico de Florida, quien predice que la región podría estar a punto de alcanzar un punto de inflexión. “Para mediados de siglo podríamos tener un calentamiento de un grado centígrado como mínimo, y estaríamos coqueteando con el escenario que causaría la evaporación total o una merma espectacular del lago Titicaca”.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al sur del Poopó, en el Altiplano, la orilla del lago cede paso a un paisaje todavía más árido, con rocas talladas por el viento y rebaños de llamas, alpacas, ovejas y alguna que otra vicuña silvestre. Al principio de la primavera, buena parte de la tierra sigue desnuda, con el suelo arrasado tras haberse cosechado la quinoa, que satisface la insaciable apetencia europea y estadounidense por este pseudocereal superproteico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Calentamiento de las aguas, reducción del caudal de los ríos tributarios, presión de una población necesitada de más y más agua. El futuro del lago Poopó parece estar condenado a la desecación progresiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>MÁS LAGOS EN PELIGRO</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">“Las huellas del cambio climático están por todas partes, pero no se manifiestan del mismo modo en todos los lagos”, dice Catherine O’Reilly, hidroecóloga de la Universidad Estatal de Illinois, y codirectora de un estudio lacustre internacional que lleva a cabo un plantel de 64 científicos. Un hecho que repasaremos en algunos ejemplos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el lago Tai, al este de China, por ejemplo, los vertidos de desechos agropecuarios y las aguas residuales desencadenan la proliferación de cianobacterias, y el agua caliente fomenta su crecimiento. Una amenaza a las reservas de agua potable de dos millones de personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el África oriental, el lago Tanganica se ha calentado hasta tal punto que las capturas de pescado que dan de comer a millones de personas de los cuatro países bañados por sus aguas peligran.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Venezuela, el agua de la macropresa hidroeléctrica de Guri ha descendido en los últimos años a niveles tan críticos, que el Estado ha tenido que cancelar clases en las escuelas en un intento de racionar la electricidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso el canal de Panamá, cuyas esclusas acaban de ampliarse y ahondarse para dar cabida a los supercargueros, se resiente de la escasez de precipitaciones relacionada con el fenómeno de El Niño, que afecta al lago artificial Gatún, del que sale no solamente el agua con el que operan las esclusas, sino también el agua dulce que bebe buena parte del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un caso especialmente significativo es el del Urmía, en el noroeste de Irán, que en los últimos treinta años ha perdido en torno al 80% de su superficie. Los flamencos que se daban festines de artemias casi han pasado a la historia, como también los pelícanos, las garcetas y los patos. Lo que queda son muelles que no llevan a ninguna parte, esqueletos de barcos varados en el lodo y salares estériles. Los vientos azotan el lecho lacustre y levantan una sal que depositan en los campos de cultivo, que acaban por volverse improductivos. Tormentas de arena salada irritan los ojos, la piel y los pulmones del millón y medio de habitantes de Tabriz, ciudad situada a tan sólo noventa kilómetros de distancia. Y, en los últimos años, las seductoras aguas verde esmeralda del Urmía se han teñido de rojo sangre por las bacterias y algas, que proliferan y cambian de color cuando aumenta la salinidad, y la luz solar penetra en las zonas menos profundas. Muchos de los turistas que antaño acudían al Urmía para tomar baños terapéuticos han dejado de venir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque el cambio climático ha recrudecido las sequías y elevado las ya altas temperaturas estivales en torno al Urmía, acelerando la evaporación, el problema no acaba ahí. El lago tiene miles de pozos ilegales y un montón de proyectos de irrigación y de presas que desvían las aguas de sus tributarios para el cultivo de manzanas, trigo y girasol. Los expertos temen que sucumba a la misma sobreexplotación hídrica que aniquiló el Mar de Aral. Sus voces parecen haberse oído en Teherán. El presidente iraní, Hasán Rohaní, ha destinado 4.000 millones de euros a la restauración del Urmía mediante el desembalse de más agua de las presas, la mejora de los sistemas de riego y la transición a cultivos que necesiten menos agua.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>LA MUERTE DEL MAR DE ARAL</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La desaparición del Mar de Aral, en Asia Central, es un ejemplo catastrófico del destino que pueden correr estas masas de agua interiores; en su caso, a consecuencia de los ambiciosos proyectos soviéticos de irrigación que desviaron sus ríos tributarios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Donde antes había agua, peces y barcos, ahora solo queda arena y cascos oxidados. El que fuera el cuarto lago más grande del mundo, está prácticamente seco. Y ha dejado paso a un enorme desierto. Organizaciones defensoras del medioambiente y expertos llevan años alertando del que ya se considera uno de los mayores desastres naturales. Producido, además, por la mano del hombre. El Mar de Aral, entre Uzbekistán y Kazajistán, que tuvo una superficie de unos 67.300 kilómetros y suministraba una sexta parte de todo el pescado que se consumía en la Unión Soviética, fue perdiendo flujo a medida que los ingenieros de la URSS transvasaban las aguas de los ríos que lo alimentaban, para de este modo nutrir las secas estepas, y regarlas para producir campos inmensos de algodón y arroz .</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para lograr su meta, las autoridades soviéticas diseñaron y ejecutaron una de las transformaciones más ambiciosos que se conocen, de una magnitud solo equiparable al daño medioambiental que provocó. En pocos años se construyeron 45 embalses, más de 80 presas y cerca de 32.000 kilómetros de canales. Semejante infraestructura desvía de los ríos Amu Daria y Sir Daria la friolera de 48.000 millones de metros cúbicos al año, dejando que el lago se alimente únicamente de una octava parte del caudal original, cifra que la elevada evaporación reduce aún más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El plan de riego funcionó, pero a cambio de un precio altísimo. En la actualidad, Uzbekistán es uno de los mayores exportadores de algodón del mundo, pero la antes próspera industria pesquera de la zona, que daba trabajo a cientos de kazajos y uzbecos, está tan seca y muerta como el propio lago, tal y como muestra el documental “Aral. El mar perdido” que la cineasta Isabel Coixet rodó en 2010.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los muelles, las plantas de procesamiento, almacenes, e incluso pueblos y ciudades enteras que vivían de la pesca, languidecen abandonadas, pudriéndose al sol del desierto. La vida sólo sobrevive en la zona norte, donde una presa, construida en 2005 gracias a una donación de trescientos millones de dólares del Banco Mundial, mantiene estancada una mínima parte de lo que hasta hace pocas décadas fue una extensión de agua del tamaño de Irlanda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la industria pesquera no fue la única víctima de la desecación del lago. El gran perjudicado fue el ecosistema de la zona, ya que han desaparecido 20 de las 24 especies de peces existentes y con ellas, otras tantas aves que dependían de ellos y de la flora del lugar, que también se ha visto severamente afectada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También el clima de la región se ha visto afectado de forma irrecuperable. Las tormentas de polvo son habituales y lo peor es que no arrastran solo arena, sino también esporas tóxicas de ántrax, procedentes de la antigua base secreta de investigación biológica de Vozrozhdeniye, abandonada tras la caída del muro de Berlín en 1989.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando fue construida por los soviéticos, en 1948, la base presentaba una ubicación inmejorable en plena isla Renacimiento, asilada en el centro del lago. Sin embargo, la desecación de las aguas convirtió la isla primero en una península y, poco a poco, en una parte indistinguible del desolado desierto que ahora ocupa la mayor parte de la cuenca del lago, que ha pasado a ser conocido como el Desierto de Aralkum. Antes de abandonarla, los oficiales del Ejército Rojo trataron de eliminar las esporas sumergiéndolas en lejía y enterrándolas profundamente en la arena. Sin embargo, una exploración realizada en 1997 por científicos norteamericanos encontró esporas todavía activas en seis de las once áreas donde habían sido enterradas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El único punto de luz en esta historia de sombras es la reciente recuperación del mar septentrional. Gracias a la presa de trece kilómetros en la costa sur del Mar de Aral norte, se pudo crear una masa de agua totalmente independiente, alimentada por el Sir Daria. Desde la construcción de la presa, la zona norte y su pesquería se han recuperado con mucha más rapidez de lo esperado, pero a costa de privar al mar meridional de una de sus fuentes de agua más cruciales, sentenciándolo a muerte. El futuro estará también en manos humanas, ya que ellas fueron las que ocasionaron el desastre.</p>



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