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	<title>Viajeros españoles por el extranjero archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Viajeros españoles por el extranjero archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Descripción de Constantinopla por los oficiales de Federico Gravina</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 10:12:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades &#160; Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/constantinopla-federico-gravina/">Descripción de Constantinopla por los oficiales de Federico Gravina</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-66-la-ciudad-ciudades/">Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al mando respectivamente del brigadier de la Armada Gabriel Aristizábal y el capitán de navío Federico Gravina, nos permiten acercarnos, a través de las crónicas escritas por oficiales cultos e instruidos, a la visión del pensamiento ilustrado español sobre el mundo del imperio otomano, en aquellos años del Siglo de las Luces.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La <em>“Descripción de Constantinopla escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por D. Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país” </em>fue presentada al rey en noviembre de 1788. Mientras que el viaje de Aristizábal fue publicado en 1790, la descripción de Constantinopla de Gravina ha permanecido inédita en la Biblioteca del Palacio Real hasta 2001, en que fue publicada por Ediciones Miraguano con una introducción de José M.ª Sánchez Molledo.</p>
<p>Federico Gravina y Nápoli, nacido en Palermo en 1756 de familia noble, ingresó en la Real Armada en 1775. De su fulgurante carrera naval destacamos sus destinos en el Mediterráneo. En 1783, mandando la fragata Juno participó en el bombardeo a Argel, formando parte de la escuadra de Barceló. En 1784 volvió a Argel al mando de una división, con el jabeque Catalán. Comandante de la fragata Santa Rosa, formó parte de la escuadra de evoluciones de Lángara, y en ella llevó en 1788 a Constantinopla al enviado de la Puerta Otomana. Continuó su exitosa carrera, siendo ascendido sucesivamente a brigadier, jefe de escuadra y teniente general. Declarada la guerra a Gran Bretaña, se hizo cargo de la escuadra de Cádiz que, en combinación con la francesa de Villeneuve, hizo la campaña de Martinica, Finisterre y Trafalgar, donde, a bordo del Príncipe de Asturias, recibió una herida en el codo izquierdo, de la que falleció en Cádiz el 9 de marzo de 1806.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL CONTENIDO DE LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>Se divide esta descripción en seis capítulos. El primero describe la ciudad y sus monumentos, el Serrallo, o palacio del sultán, y las mezquitas reales, los bazares y caravasares. El segundo trata del Serrallo, las costumbres y usos de la corte otomana y el harem, de la vida en él y de la familia real: príncipe heredero, y resto de príncipes y princesas, extendiéndose en la vida de las sultanas del harem y su relación con los hijos y el sultán. El tercero, del gobierno del Imperio, sus fuerzas terrestres y navales y empleos oficiales. El cuarto es una extensa explicación de la vida de Mahoma, y de las costumbres religiosas y civiles de los turcos. El quinto, de las costumbres y carácter de los turcos, y del estado de la nación, incidiendo en las casas, comidas y las mujeres. El sexto hace un repaso de los habitantes no musulmanes de la ciudad, de los que forman parte los francos, que son todos los ciudadanos europeos en misión diplomática y que no pagan impuestos al gobierno, ubicados en el barrio de Pera. El resto de los no musulmanes son llamados rayás y no gozan de la protección de ninguna nación europea, ellos sí pagan impuestos y se dedican al comercio, como los armenios, griegos, judíos y los procedentes de Alepo.</p>
<p>Como militar se detiene en la situación militar del país y considera que: <em>“su marina mercantil es ninguna y la de guerra es poco respetable. Sus tropas de tierra pudieran ser muy buenas…pero al mismo tiempo ya se ha dicho cuan faltos de disciplina están sus ejércitos, cuya más numerosa parte se compone de tropas levantadas para la ocasión y que ven el fuego por primera vez.”</em></p>
<p>En otro lugar añade: <em>“durante los 31 días que allí hemos estado en medio de las inquietudes de una guerra que conmueve siempre más o menos a aquel pueblo fanático, no hemos sufrido el menor insulto.” </em>Mención sutil a la guerra ruso turca que se inició en septiembre de ese mismo año, y que duró hasta 1792, interrumpiendo los viajes españoles a esa capital.</p>
<p>La descripción de Constantinopla repite los temas y muchos de los comentarios de la de Aristizábal, si bien el de Gravina es un relato más breve y sistematizado. Es también más neutro, parece la guía turística de unos oficiales que observan la ciudad y sus habitantes con la mirada de ilustrados europeos, como era gran parte de la oficialidad de la Marina en el último tercio del siglo XVIII.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ESTILO DIRECTO Y ESPONTÁNEO</strong></p>
<p>La espontaneidad y las opiniones personales sobre la ciudad y sus habitantes están reservados al diario de navegación que no iba a ser público ni presentado al rey. Al pasar el canal de los Dardanelos se asombran de la magnífica vista y escriben en el diario: <em>“se ven a cada paso casas, lugares y arboledas, las vueltas que da el canal y el ángulo que forma en el lado izquierdo de la torre no permiten ver ninguna pequeña parte de él, así parece unida la costa de Asia a la de Europa, cuyo lado también está lleno de casas y entre ellas una y un jardín, del Gran Señor, y toda la costa llena de árboles, todo lo que unido forma un conjunto, el más hermoso que puede verse, y que no tiene igual según la mayor parte de los viajeros afirman, y así a nosotros lo pareció cuando fondeamos…”</em></p>
<p>A partir de entonces van relatando las visitas diarias de una forma sencilla y directa. Pasean por Pera, por Aguas Dulces, comen con los embajadores, visitan Santa Sofía y los demás monumentos, el baile de los derviches, y detallan las personas con las que se relacionan, siempre en primera persona del plural y de una forma muy natural. Con estas visitas y las conversaciones con los diplomáticos, otros europeos, y los intérpretes que frecuentaron y de los que recibieron datos, además de los apuntes que les dio del Abate Arrieta en Malta, se formó la descripción.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>SOBRE LA AUTÉNTICA AUTORÍA DE AMBAS DESCRIPCIONES</strong></p>
<p>Llegados a este punto hay que hacer una anotación sobre la verdadera autoría de las dos descripciones de Constantinopla que hemos comentado. Creemos que la redacción no se le puede atribuir ni a Aristizábal ni a Gravina, ya que en la Marina era impensable que un jefe de escuadra, con funciones de embajador profusas y complicadas en una corte tan ceremoniosa y extravagante como la turca, se dedicase los 43 días de su estancia a recoger noticias y a escribir tan prolija descripción durante el viaje. Lo mismo ocurre respecto a Gravina que, aunque sin las presiones de una misión diplomática, dice claramente que fue escrito por los oficiales de la fragata en el viaje de regreso. Creemos que este encargo debió recaer en algún oficial de la expedición con especiales cualidades y cultura para este trabajo. Como ambas fueron presentadas al rey por sus comandantes pocos días después de desembarcar, descartamos que fueran redactadas en España. Repasando los oficiales de las tripulaciones, encontramos que Cayetano Valdés, entonces teniente de navío, iba embarcado en el <em>Triunfante</em>, con el empleo de ayudante del comandante general. Además, Cayetano Valdés fue el único, entre los oficiales que componían la escuadra, que recibió un ascenso por méritos, junto con los comandantes que mandaban las cuatro naves. También Cayetano Valdés, ya teniente de fragata, estaba destinado en la fragata Santa Rosa con Gravina. En el diario de navegación se menciona que el comandante le envió a entregar una carta de la Corte al embajador Juan Bouligny.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VISIÓN ILUSTRADA Y CULTA</strong></p>
<p><em>Las noticias de Turquía </em>de Aristizábal están escritas en tercera persona, y con muchos datos históricos y citas clásicas, aunque los temas y las descripciones son muy parecidos en las dos. Sorprende a algún autor que no se den detalles de la presentación de Aristizábal ante el sultán, lo que confirmaría la suposición de que el autor no estuvo en ella y desconocía los detalles. El diario de Gravina a su vez está escrito en primera persona del plural, como trabajo colectivo, y debió basarse en el relato del Aristizábal que Valdés también escribió.</p>
<p>La biografía de Cayetano Valdés y Flores, Sevilla (1767-1835) nos muestra un marino culto e ilustrado, dedicado a las ciencias, que participó en las expediciones ilustradas que la Marina organizó a finales del siglo XVIII. Estuvo como Gravina en el bombardeo de Argel en 1781. Viajó a Constantinopla con Aristizábal en 1784 y con Gravina en 1788. Entre ambos viajes fue destinado al levantamiento de las costas de España con Vicente Tofiño. En 1789 se embarcó en la corbeta Descubierta en la expedición Malaspina. En 1792 participó con las goletas <em>Sutil y Mexicana </em>en la exploración de los canales de Nutka, al mando de Alcalá Galiano.</p>
<p>Combatió y fue herido en Trafalgar. Siendo liberal, fue perseguido por Fernando VII y se vio obligado a emigrar a Inglaterra en 1823, regresando en 1834, después de la muerte de Fernando VI, y retomando su carrera, en la que llegó a lo más alto como Capitán General de la Armada. Murió en 1835.</p>
<p>La Descripción de Constantinopla de los oficiales de Federico Gravina constituye una aportación de primer orden al conocimiento de las relaciones hispanoturcas durante el siglo XVIII, y una visión de primera mano del pensamiento ilustrado europeo sobre la cultura y el mundo otomano, que había permanecido inédita y desconocida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL TRATADO DE PAZ DE ESPAÑA CON TURQUÍA</strong></p>
<p>Con la llegada de Carlos III al trono, se produjo una inversión en la rivalidad hispano-musulmana en el Mediterráneo, que se había prolongado durante dos siglos. A partir de 1778, el ministro Floridablanca puso en marcha unas negociaciones de paz con Turquía, que condujeron al establecimiento de un tratado de paz, amistad y comercio, firmado el 14 de septiembre de 1782. Tras la firma del Tratado, Floridablanca envió como embajador de Carlos III al brigadier de la Armada Don Gabriel Aristizábal, para iniciar las relaciones diplomáticas, y entregar los regalos de cortesía al sultán Abdul Hamid I.</p>
<p>Se iniciaba así una serie de viajes de carácter diplomático, en los que los oficiales de Marina se dedicaron, sobre todo, a transportar a diplomáticos turcos y marroquíes por todo el Mediterráneo con destino a Constantinopla, y a fomentar las relaciones hispanoturcas. Al ser un destino exótico para los marinos españoles, algunos diarios de navegación incluían descripciones pormenorizadas de Constantinopla, obviando el nombre turco de Estambul en todas ellas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL VIAJE DE GABRIEL ARISTIZÁBAL A CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>En 1784 se hizo a la mar una escuadra de guerra al mando de brigadier de la Armada Gabriel de Aristizábal, con el objetivo de reforzar la importancia del tratado de paz de 1782 con Turquía, y hacerle entrega de los regalos que el rey de España enviaba al sultán. La idea que les movía era, según el ministro, <em>“abrir los mares de Levante a los españoles” </em>y asegurar el comercio en el Mediterráneo. Viajaban también a Constantinopla dos tíos del emperador de Marruecos, acompañados de su correspondiente séquito y bagajes. Asimismo, iba a bordo la familia del enviado extraordinario de España en la Corte Otomana, Juan Bouligny.</p>
<p>La escuadra se componía de los navíos <em>Triunfante</em>, de 80 cañones, mandado por D. Sebastián Ruiz de Apodaca, <em>San Pascual</em>, de 74, por D. Francisco Javier Winthuysen, el bergantín <em>Infante </em>de 18 cañones por D. Juan María de Villavicencio, y la fragata <em>Clotilde</em>, de 26 por D. Bartolomé de Ribera. Salieron de Cartagena el 24 de abril de 1784 y recalaron en el puerto de Augusta, en Sicilia, llegando el 10 de septiembre a Constantinopla, donde permanecieron 43 días. Aristizábal se sometió a la complicada ceremonia de su presentación al sultán, y los oficiales se dedicaron a explorar y conocer esta ciudad mítica. Salieron de Constantinopla el 24 de octubre de 1784, recalando en Malta para hacer cuarentena por la peste que asolaba Constantinopla, fondeando el 31 de mayo de 1785 en Cartagena. El brigadier presentó el diario original del viaje al rey el 7 de junio. Dicho manuscrito, actualmente en la Biblioteca del Palacio Real, se compone de dos partes: el derrotero de la navegación con todas las noticias náuticas y las <em>“Noticias de la capital de </em><em>Turquía… como también de algunas observaciones sobre las costumbres de los turcos, su gobierno, fuerzas terrestres y marítimas en la actualidad.”</em></p>
<p>Esta segunda parte contiene multitud de noticias sobre Constantinopla, con información acerca de su clima y de sus monumentos, así como toda suerte de detalles relativos a las costumbres y forma de vida de sus habitantes, en los más variados aspectos, y constituye la primera toma de contacto por españoles con el imperio turco y sus costumbres. Ambas partes fueron publicadas en 1790.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA ESCRITA POR LOS OFICIALES DE LA FRAGATA SANTA ROSA</strong></p>
<p>En reciprocidad a la visita de la escuadra española, al poco tiempo se produjo el viaje del embajador turco, Vasif Efendi a España, transportado por una fragata francesa. En 1788, el capitán de navío Federico Gravina se hizo a la mar en la fragata <em>Santa Rosa</em>, con el encargo de devolver al embajador turco a su país, una vez concluida la visita a nuestro país, que constituyó un acontecimiento para el público español.</p>
<p>La fragata salió el 1 de abril de Cartagena, hizo escala en Sicilia, y llegó al canal de los Dardanelos el 6 de mayo. Los oficiales y el embajador entraron al puerto el 12 de mayo, donde desembarcó el embajador. Ellos permanecieron en la ciudad 31 días, visitándola y relacionándose con los diplomáticos europeos. La fragata se hizo a la mar el 13 de junio y la peste existente en Constantinopla les obligó a hacer la cuarentena en Malta, a la que estaban obligados todos los barcos europeos antes de entrar en sus respectivos países. Tras la recuperación de cincuenta y tres tripulantes, la Santa Rosa llegó a Cádiz el 28 de septiembre sin otro contratiempo.</p>
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		<title>De España a la India en automóvil en 1936</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/valeriano-salas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:59:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín 65 &#8211; La protección de la naturaleza &#160; VALERIANO SALAS, UN INCONFORMISTA ATRAPADO EN EL FRANQUISMO Puestos a identificar a los españoles pioneros de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/valeriano-salas/">De España a la India en automóvil en 1936</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Ramón Jiménez Fraile</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-65-proteccion-de-la-naturaleza/">Boletín 65 &#8211; La protección de la naturaleza</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VALERIANO SALAS, UN INCONFORMISTA ATRAPADO EN EL FRANQUISMO</strong></p>
<p>Puestos a identificar a los españoles pioneros de la divulgación geográfica y los viajes de aventuras tal como los entendemos en la actualidad, el desconocido Valeriano Salas (1898 &#8211; 1962) destaca por méritos propios. Acérrimo defensor de viajar por libre <em>(“si odio de todo corazón las excursiones colectivas es justamente porque todo lo dan hecho y solucionado”)</em>, protagonizó junto a su mujer y un mecánico un épica travesía en coche desde San Sebastián hasta India, que no tuvo en su día la repercusión merecida debido al estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>En plena guerra, en 1938, el reportaje de aquel viaje abriría el primer número de la <em>“Revista Geográfica Española” </em>de la que Salas fue director y que se inspiraba, salvando las distancias, en la estadounidense <em>“National Geographic”</em>. Pese a que su revista formó parte del aparato propagandístico del franquismo, Salas hizo siempre gala de inconformismo, diciendo sentirse <em>“prisionero de la civilización, de los prejuicios que ha sabido crear en torno nuestro para complicarnos estúpidamente la vida”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA FASCINACIÓN POR LOS VIAJES DE AVENTURA</strong></p>
<p>Hijo único de un terrateniente extremeño, Valeriano Salas nació en la localidad salmantina de Béjar el año del “Desastre”, aunque fue en San Sebastián donde discurrió su juventud, jalonada con estancias en capitales europeas. En los círculos de la burguesía acomodada de la capital donostiarra conoció a la que sería su esposa y compañera de viajes, María Antonia Tellechea Otamendi, perteneciente a una familia cubana de ascendencia vasca. En un momento de auge de la automoción, el joven Salas quedó fascinado por las expediciones organizadas en los años 1920 por el fabricante francés de automóviles Citröen, que atravesaron el desierto del Sahara (“Raid Citröen”) y el África negra (“Croisière Noire”).</p>
<p>En 1930, Salas emularía estas dos expediciones en sendos viajes junto a su mujer por el Sahara y el África ecuatorial, a bordo de vehículos “Fiat” y “Ford”. Entre abril de 1931 y febrero de 1932 tuvo lugar la no menos mítica “Croisière Jaune”, que llevó a los expedicionarios de Citröen al corazón de Asia. Esta vez Salas no se contentaría con seguir la huella de la expedición gala, sino que se esforzaría en superarla, picado, como él dijo, en su amor propio ante los pocos medios con que contaba comparados con los la expedición francesa.</p>
<p>Tras varios años de preparativos relacionados con “<em>mapas, autorizaciones, puestos de gasolina, cartas de presentación…”</em>, y una vez acondicionada una camioneta “Ford” de serie, entre otras cosas añadiendo una estructura en el techo para dar cabida a colchonetas y tiendas de campaña, Salas y sus dos acompañantes &#8211; su esposa y el mecánico Julio Lerma &#8211; partieron de San Sebastián con destino a India a primeros de abril de 1936. Eran conscientes de que en esa época del año encontrarían lluvias en los Balcanes y Asia Menor, y que sufrirían los rigores del verano en países como Irak y Persia. Lo que no podían imaginar era la dureza de algunas etapas, ni las satisfacciones que otras les reportarían.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>POR EUROPA: DEL DISFRUTE DE OCCIDENTE AL HORROR DE LOS CAMINOS TURCOS</strong></p>
<p>Recorrer Francia e Italia fue una experiencia placentera, pero, tal como temían, los embarrados caminos de “Yugo-Slavia” (sic) plantaron dura resistencia, aunque no tanta como la que les esperaba en Bulgaria, donde las crecidas de ríos les obligaron a dar <em>“infinitos rodeos”</em>. Al llegar a la parte europea de Turquía, Salas comprobó horrorizado que la carretera que les debía conducir a Constantinopla no existía <em>“más que en la mente alucinada de los que dibujaron los mapas… ríanse ustedes de las peores pistas del Sahara o del Centro de África”. </em>No es de extrañar que una vez arribados a la actual Estambul constataran que <em>“todas, absolutamente todas las ballestas del coche estaban hechas trizas, a pesar de haber sido previamente reforzadas para el viaje”.</em></p>
<p>Tras una angustiosa travesía del Bósforo a bordo de una frágil barcaza, emprendieron los caminos de Anatolia, empleando en recorrer 1.200 km <em>“infernales” </em>no menos de quince días; <em>“un verdadero récord de velocidad”</em>, puesto que tuvieron que colocar cadenas en las ruedas para poder avanzar por el barro. Para entonces, Salas y sus dos compañeros de viaje habían logrado ya algo que la expedición asiática de Citröen había evitado, puesto que los vehículos que la integraron fueron desplazados por barco hasta Beirut, dejando de lado Turquía. <em>“La travesía del imponente macizo del Tauro con sus paisajes magníficos, y por fin el paso de las Puertas Cilicias, aquel majestuoso desfiladero que en tiempos remotos utilizaron los ejércitos de todos los grandes conquistadores del mundo, había de compensar con creces las penalidades sufridas”</em>, afirmaría Salas antes de abandonar Turquía, ignorando que aún en suelo otomano estarían a punto de perder la vida al comprobar súbitamente que el puente por el que circulaban en plena noche había perdido uno de sus arcos: <em>“si no freno a tiempo vamos a parar todos al fondo del barranco”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL ATRACTIVO DE SIRIA Y LOS CAMBIOS DE PERSIA</strong></p>
<p>En Siria encontraron un país mucho más desarrollado, con mejores infraestructuras, habitantes más acogedores y mayores atractivos turísticos: <em>“Cómo olvidar el encanto de la vieja ciudad de Alepo, el Líbano y sus magníficos cedros, las ruinas de Palmira y Baalbek…”</em></p>
<p>La decepción de Salas respecto a Siria no provendría del país ni de sus gentes, sino del desierto, ya que, acostumbrado a <em>“las inmensidades del Sahara”</em>, el de Siria le pareció “lo menos desierto que darse puede”, entre otras cosas porque entre Damasco y Bagdad “cruzamos innumerables caravanas de camellos y por lo menos media docena de camiones”. El carácter indómito de Salas queda de manifiesto cuando comenta a propósito de esta travesía que <em>“ni aún en pleno desierto nos podemos llegar a emancipar del todo de la tutela que ejerce la civilización sobre nosotros”. </em>El desbordamiento del Río Éufrates retardaría su llegada a Bagdad, ciudad cuya primera impresión fue de desencanto, aunque pronto quedaron prendados de un <em>“hechizo difícil de explicar”</em>.</p>
<p>Tras visitar las ruinas de Babilonia y del palacio real de Ctesifonte, emprendieron ruta hacia Persia con el entusiasmo de quienes se encontraban ya ante <em>“las puertas mismas del lejano y misterioso Oriente”.</em></p>
<p>La mera entrada como turistas en Persia constituyó una proeza, debido según Salas a las trabas que ponía ese país a los extranjeros, en el que el Shah Reza Pahlavi (padre del segundo Shah de la dinastía que sería depuesto por la revolución islámica en 1979) ejercía fuera de la capital una autoridad <em>“muy relativa”</em>, abundando las bandas de salteadores de caminos. Si no víctimas de robos, nuestros tres viajeros sí lo fueron de la <em>“desconfianza innata del pueblo persa, que considera al extranjero como un ente indeseable y sospechoso”. </em>Ahora bien, por algún motivo desconocido, cayeron en gracia a las autoridades aduaneras que les dejaron entrar en el país sin mayores problemas, quedando además autorizados a hacer fotografías <em>“en todo el país, incluso, y esto es lo extraordinario, de los interiores de las mezquitas”</em>.</p>
<p>De esta favorable circunstancia sacaría Salas gran provecho, a tenor del interesantísimo reportaje fotográfico que llevó a cabo tanto en zonas rurales del actual Irán como en la capital, Teherán. Siempre en busca de exotismo y autenticidad, Salas lamentó que el Shah, en su afán modernizador, hubiera prohibido el uso del turbante a los hombres y el chador a las mujeres, dando pie esto último a un peculiar comentario por parte de nuestro desinhibido viajero: <em>“la supresión del chador ha venido a descubrir que las mujeres en aquel país son feas, flacas y desgarbadas… de modo que figúrese el lector el desencanto que produce el ver a estas desgraciadas llevando sombrero, melena lacia y falda corta”</em>. Las críticas de Salas también se dirigieron a la política urbanista llevada a cabo en Teherán, consistente en destruir <em>“callecitas tortuosas y estrechas” </em>para modernizar la ciudad a base de grandes avenidas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL DESIERTO DE BELUCHISTÁN Y LA LLEGADA A AFGANISTÁN</strong></p>
<p>En su empeño por recorrer el Sur de Persia, <em>“mucho menos conocido y por lo tanto mucho más interesante”</em>, evitaron la ruta que pocos años antes había tomado la Expedición Citröen al centro de Asia, pese a que ello les supondría un gran cúmulo de penalidades. El recorrido que efectuaron, desoyendo las advertencias, hasta la frontera con Afganistán, a través del desierto de Shurgaz y de Beluchistán, constituiría la parte más genuina de toda la expedición.</p>
<p>Concretamente, los 400 km de desierto en Beluchistán fueron, según Salas, <em>“un horrible martirio”</em>, no solo para los tres viajeros sino también para la camioneta, cuyo chasis se partió en dos y tuvo que ser sujetado con alambres y cuerdas, siguiendo <em>“valientemente adelante deseosa sin duda ella también de alejarse cuanto antes de aquella dantesca visión”</em>.</p>
<p>No habían llegado aún a la localidad de Zahedán cuando tuvieron que pasar noche escoltados por soldados persas que habían sido desplegados para combatir a rebeldes beluchis. <em>“Aunque muchos no lo quieran creer, podemos asegurar que tuvo aquella noche, estrellada magnífica, un encanto extraordinario: nos dormimos arrullados por el monótono sonido de los tambores y los cantos guerreros de los beluchis, que, desparramados por los montes cercanos, se aprestaban a la lucha”, </em>recordaría Salas.</p>
<p>También resultó impactante su visita a la otrora próspera capital de Beluchistán, Queta, debido al terremoto que meses antes había asolado la ciudad, provocando la muerte, según Salas, de cuarenta y cinco mil de sus sesenta mil habitantes: <em>“solo quedaban escombros; ni una sola casa en pie, todo arrasado en forma tal que ni el más terrible de los bombardeos hubiera podido causar estragos semejantes”.</em></p>
<p>Afganistán <em>(“uno de los países más fanáticos del mundo y quizá por ello también uno de los más interesantes”) </em>ofreció como era de esperar grandes quebraderos de cabeza a nuestros viajeros debido a la ausencia de servicios básicos <em>(“desgraciado el viajero que llega aquí sin mecánico y sin los elementos indispensables para llevar a cabo cualquier reparación en su coche”) </em>y la prohibición de objetos occidentales, en particular la ropa interior de señora, <em>“ya que esto último atenta gravemente a la moral y a la religiosidad” </em>de los afganos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN FINAL ABRUPTO EN EL VERANO DE 1936</strong></p>
<p>Cuando por fin abandonaron Afganistán, Salas tuvo la sensación de llevar consigo <em>“un tesoro de inapreciable valor”</em>: las fotos de las maravillas y escenas cotidianas que habían contemplado, <em>“muchas de las cuales fuimos tal vez los primeros en poder fotografiar”.</em></p>
<p>La entrada en India supuso para los tres viajeros poder disfrutar de comodidades inusitadas hasta entonces. Fue Cachemira &#8211; <em>“la admirable y legendaria región del Norte de la India que tantos puntos de semejanza tiene con Suiza” </em>– el lugar elegido para recuperar fuerzas, aunque el reposo se vio turbado <em>“por lanoticia de los graves acontecimientos que ocurrían en España”</em>: el estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>En su afán por <em>“volver cuanto antes y por la ruta más corta” </em>a España, se desplazaron a Bombay, donde el 5 de agosto embarcaron rumbo a Europa, con <em>“la íntima satisfacción de haber realizado en todas sus partes cuanto nos habíamos propuesto, ya que saliendo de España en una modesta furgoneta estrictamente de serie, habíamos conseguido llegar hasta la India por vía de tierra”.</em></p>
<p>El relato de esta odisea de 20.000 km quedaría reflejado, por capítulos, en los tres primeros números de la Revista Geográfica Española, fundada en San Sebastián por Salas en plena contienda. El “Servicio Nacional de Propaganda” franquista y las ventas de la publicación, que tendría una tirada media de 2.000 ejemplares, no serían las únicas fuentes de financiación de los primeros números de la revista, puesto que la firma de “Firestone” insertó publicidad, anunciando que el viaje de España a India había sido efectuado con neumáticos de su marca, de fabricación nacional.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL FINAL DE UN VIAJERO ATRAPADO EN SUS CONTRADICCIONES</strong></p>
<p>Valeriano Salas falleció en 1962 tras regresar de la India. Hasta entonces se mantuvo al frente de la “Revista Geográfica Española”, en la que publicó asiduamente fotos y textos relativos a sus viajes por todo el mundo. De haber vivido más, hubiera sido testigo de la erupción con toda su virulencia, particularmente en España, del turismo de masas, fenómeno que aborrecía.</p>
<p><em>“Cuando rememoro mis correrías </em>&#8211; escribiría Salas en uno de sus últimos textos -, <em>la nostalgia se apodera de mi ánimo … Aquello es la libertad, las noches estrelladas magníficas, el desierto sin límites, las selvas infinitas, el ‘dolce far niente’ alejado del mundo, de su vivir acelerado, de sus ciudades, de sus periódicos, de su política llena de intrigas y ambiciones… Allí, al saberse desligado de esas pesadas cadenas que nos vemos precisados a arrastrar a lo largo de nuestra existencia, se siente uno alegre y satisfecho… He comprobado mil veces que sólo en aquellos lugares apartados de la civilización es donde el ser humano debe buscar esa tranquilidad y esa paz tan necesarias para su espíritu, e imprescindibles para su felicidad.”</em></p>
<p>La “Revista Geográfica Española” dejó de publicarse en 1977, no sobreviviendo al franquismo que le vio nacer.</p>
<p>Atendiendo a su voluntad, el legado de Valeriano Salas fue cedido a la localidad salmantina de Béjar en la que nació, y que le dedicó un museo abierto en la actualidad al público. En el museo destaca la colección de arte oriental, al que Salas era aficionado, en particular objetos procedentes de Japón, India e Irán. También tiene relevancia la colección de pintores españoles del siglo XIX que Salas adquirió junto con cuadros de artistas holandeses, flamencos, franceses y alemanes de los siglos XVI al XIX. Otra de sus pasiones fueron los castillos, tema al que dedicó trece números de su revista, siendo en 1952 uno de los promotores de la Asociación Española de Amigos de los Castillos.</p>
<p>El museo recrea una de las estancias de este singular personaje capaz de conjugar dos pulsiones tan solo aparentemente contradictorias: la del inquieto viajero abierto a horizontes lejanos y la del anticuario e historiador dando la espalda al tiempo que le tocó vivir.</p>
<p><strong> </strong></p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/valeriano-salas/">De España a la India en automóvil en 1936</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:48:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Rusia]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/">La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que emprendieron viaje a la nueva Unión Soviética, en lo que Ernesto Jiménez Caballero denominó “romerías a Rusia”. La inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del régimen zarista atraía a todos aquellos viajeros fascinados por el triunfo de la tecnología y la industria. Ramón J. Sender fue uno de aquellos viajeros que, en 1933, invitado por la Internacional Comunista, visitó la URSS, un país que llevaba a cuestas un largo proceso revolucionario iniciado en 1905, continuado durante la intervención rusa en la Primera Guerra Mundial, y la sangrienta guerra civil posterior.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ESCRITOR COMPROMETIDO</strong></p>
<p>Ramón J. Sender (Chalamera, Huesca, 1901. San Diego, Estados Unidos, 1982) fue un prolífico escritor y periodista que, desde temprana edad, empezó a escribir y a colaborar en prensa. Participó en la guerra de Marruecos como soldado de reemplazo, y a su vuelta se instaló en Madrid, donde ingresó en la redacción del diario El Sol como redactor y corrector. Antes de la Guerra Civil ya era uno de los escritores más prestigiosos del momento, gracias a sus novelas Imán (1930), <em>Siete domingos rojos </em>(1932) y <em>Míster Witt en el Cantón </em>(1935) entre otras.</p>
<p>En el capítulo de los reportajes periodísticos, alcanzó gran notoriedad al narrar en 1925 el desenlace del famoso crimen de Cuenca. En 1933 publicó <em>“Tormenta en el sur. Primera jornada del camino a Casas Viejas”</em>, la primera crónica de las 11 que dedicó a la sublevación anarcosindicalista de Casa Viejas. Aquel mismo año recogió sus artículos en el libro <em>Casas Viejas (Episodio de la lucha de clases) </em>y un año después, en 1934, lo publicó y amplió en <em>Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas. </em>De ideas revolucionarias, simpatizó primero con los movimientos anarquistas y más tarde con los comunistas, de los que se desvinculó en la guerra civil. En todo caso, en febrero de 1933 fue uno de los fundadores la Asociación de Amigos de la Unión Soviética de inspiración comunista.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA GUERRA CIVIL Y SUS DESGRACIAS</strong></p>
<p>El estallido de la Guerra Civil Española le sorprendió en San Rafael (Segovia), con su mujer Amparo Barayón y sus dos hijos. Al ocupar los rebeldes esa zona decidieron separarse, él se incorporó al frente republicano y su familia marchó a Zamora para refugiarse con la familia de su esposa. En el mes de octubre fusilaron los franquistas a su mujer y a su cuñado, aunque él no tuvo noticia hasta el mes de diciembre. Al quedar sus hijos desamparados en zona enemiga, se trasladó a Francia, donde los niños habían sido recogidos por la Cruz Roja Internacional. Una vez, instalados sus hijos y al cuidado de personas de su confianza, volvió a Barcelona para incorporarse al frente. Su actitud fue inequívoca y participó activamente en la propaganda republicana, siendo oficial adscrito al Estado Mayor republicano en la defensa de Madrid contra los franquistas. Su ruptura con el partido comunista ya durante la guerra no está muy clara, pero el resto de su vida fue un anticomunista convencido. En 1938 la República lo envió a Estados Unidos, a dar conferencias en universidades y otros centros para presentar la causa republicana. Luego estuvo en París a cargo de una revista de propaganda de guerra, llamada <em>La voz de Madrid, </em>donde permaneció hasta que Barcelona cayó en poder de Franco, momento en que se exilió a México hasta 1942, cuando se asentó definitivamente en Estados Unidos, acogido gracias a la recomendación de Eleonor Roosevelt, y donde se le consideraba como un notorio refugiado europeo de izquierdas. Falleció en 1982 en San Diego, Estados Unidos.</p>
<p>Las crónicas de viaje de Sender, bajo el título <em>Madrid-Moscú </em>fueron publicadas en el periódico <em>La Libertad </em>entre el 27 de mayo y el 13 de octubre de 1933. En 1934, con modificaciones y ampliaciones posteriores, se publicó como libro en la editorial Pueyo. La edición que comentamos <em>Madrid-Moscú Notas de viaje</em>, 1933-1934, con prólogo de José Carlos Mainer, Fórcola Ediciones, 2017, es la segunda edición en español y está basada en la primera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL FARO DE LA HUMANIDAD</strong></p>
<p>Solo la brillante ciudad de Nueva York atrajo tanto la atención de los europeos de los años 20 y 30 como lo hizo la Unión Soviética. Las razones de la curiosidad eran simétricas: en Nueva York se admiraba o se denigraba la culminación material del capitalismo; en la nueva Rusia, la inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del más antiguo de los regímenes, el zarista. La Unión Soviética que visitó Sender como invitado de la Internacional Comunista era la consecuencia de un largo proceso revolucionario, que empezó en 1905, y que no interrumpió ni la catastrófica intervención rusa en la Primera Guerra Mundial y el armisticio unilateral de 1917, ni la sangrienta Guerra Civil de 1917 a 1920.</p>
<p>En 1919 Lenin había fundado la Tercera Internacional, que acogió a todos los socialistas del mundo. Tras la muerte de Lenin, Josef Stalin había asumido en 1924 la jefatura del Estado, y la hegemonía del partido soviético sobre todos los partidos hermanos de otras naciones. Las nuevas medidas económicas cambiaron la faz del país y, tras conocerse las largas y mortíferas hambrunas, se procedió a la colectivización de la agricultura y a su organización en koljós. La exportación de productos agrarios facilitó capitales para el logro de la mayor obsesión del régimen, la industrialización, que consiguió en pocos años duplicar la producción de carbón y triplicar la de acero. La fiebre industrial supuso la adopción de jornadas laborales de 16 y 18 horas. La colectivización de la propiedad privada se construyó sobre el exterminio de los <em>kulaks</em>, los antiguos siervos emancipados por el Zar Alejandro I, que se habían convertido en pequeños propietarios, y por el desabastecimiento, seguramente provocado, de las regiones más insumisas.</p>
<p>Todavía se discute hoy si la muerte de dos o tres millones de campesinos ucranianos en el comienzo de los años 20 y después, entre 1932 y 1933, fue un genocidio decidido por Stalin o un error de planificación combinado con las pésimas cosechas y las requisas indiscriminadas de grano.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL VIAJE Y EL LIBRO</strong></p>
<p>La obra está dividida en capítulos con títulos que hacen referencia a los aspectos de la realidad moscovita que va conociendo. Empieza su viaje pasando por Cataluña, Francia, Polonia y Alemania a los que describe en rápidas pinceladas. Sender llegó a Moscú invitado a una olimpiada de arte revolucionario durante ocho días, pero prolongó su estancia por invitación expresa de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, que le acompañaron y mostraron todos los logros de la revolución que el autor observa con una curiosidad entre desenfadada y admirada. Según él, los habitantes de Moscú, y por extensión de toda la URSS, viven en el mejor de los mundos, donde todos trabajan y colaboran en las tareas generales muy felices. Los proletarios van a la ópera y se divierten, las chicas son jóvenes sanas y guapas, y todos trabajan sin descanso para cumplir el plan quinquenal. Sender no tiene duda de que está viendo el verdadero pueblo moscovita con todas sus conquistas y no el que ven los turistas de Intourist que critican la realidad soviética con ojos europeos y según él, se mueven por resortes sentimentales. Las escuelas y los padres se desviven por los niños y los protegen, ya que son los verdaderos reyes del pueblo. No existen colas para la comida ni para otros bienes, que adquieren a un precio muy bajo en los economatos con el carnet de obrero. Solo hay colas para comprar libros. Las muchachas son independientes y participan en las sesiones de atletismo que son muy numerosas.</p>
<p>Las reclamaciones sobre los servicios públicos se recogen ordenadamente y son resueltos en poco tiempo. Tuvo ocasión de ver a Stalin en la Plaza Roja y comprobar cuanto le admira el pueblo. Considera que toda la política está orientada a la economía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA CONVIVENCIA IDÍLICA</strong></p>
<p>Piensa que el nivel de vida allí es como el de Vallecas o Cuatro Caminos; sin embargo, de todas las reformas emprendidas por la revolución, precisamente la mayor ha sido la inmolación de la independencia personal, de la intimidad e incluso de la vida privada, en nombre de la colectivización. Explica que los domicilios privados son diminutos, hasta en el caso de los dirigentes, pero en cambio los espacios de socialización son grandes y espaciosos como los comedores en las fábricas, las oficinas amplias y luminosas, así como los parques culturales donde se practica deporte y cultura física, se asiste al teatro y al cine, se escucha música o se canta. Comprueba la camaradería sin mengua del ejercicio de la autoridad, cuando procede que así sea, y todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. El orden público se suele limitar a la reconvención amable de los encargados de velar por él y en todos los órdenes de la vida colectiva parece haberse impuesto un intercambio de papeles pues los soldados pasan temporadas en las fábricas y los obreros industriales dedican algún tiempo de su vida participar en los trabajos de los campesinos. La práctica de la autocrítica política es habitual, y no se busca el conformismo ni la intemperancia con el disidente, sino una mejor conciencia del papel de cada uno. Paralelamente hay una jovialidad ante las dificultades y los problemas que Sender cifra en una expresión rusa que se oye a menudo y que se ha hecho traducir: <em>No importa.</em></p>
<p>Sender ha comprobado que en la nueva Unión Soviética los escritores cuando se reúnen no hablan de literatura sino de política, y que, si bien en las bibliotecas abundan los libros, se traducen los extranjeros y florecen las literaturas en todas las lenguas de la Unión, lo más importante que sucede es el triunfo de un nuevo teatro realista, que en gran medida es una creación colectiva que implica a muchos autores y actores. En realidad, el motivo de la invitación de Sender era la celebración de una olimpiada de teatro popular a la que, aunque lo oculte, asistieron otros colegas españoles de los que nuestro escritor no era el menos cualificado, ya que en 1932 había publicado un volumen de teatro de masas, que daba cuenta de algunas novedades de la escena europea revolucionaria.</p>
<p>En las páginas de <em>Madrid Moscú </em>lo sabemos discrepante del culto al poeta suicida Vladimir Maiakovski que, en su opinión, encarna el espíritu ruso tradicional, confuso y alucinado, no se sabe si contemplativo o dinámico o las dos cosas juntas. Maiakovski era según él la Rusia revolucionaria enferma de occidentalismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ENVÉS DEL PARAÍSO</strong></p>
<p>El lector de <em>Madrid Moscú </em>advierte que Sender tuvo noticias del envés del paraíso: sabía lo sucedido en Ucrania y también en el Cáucaso, en las regiones de los antiguos cosacos. Ante todas estas noticias la actitud de Sender es ambigua, casi penosamente ambigua. Y con una calculada mezcla de impasibilidad y desparpajo, en sus crónicas se inventaba un comunismo alejado de la realidad del primer estalinismo.</p>
<p>Sin embargo, él considera que se ha comportado como un testigo inquisitivo y nada complaciente y así lo manifiesta la noche antes de su partida:</p>
<p><em>Yo he estado casi siempre en la Unión Soviética en una posición de crítica, sobre todo con los miembros del partido que yo suponía que tenían alguna responsabilidad. Aquella noche había hecho muchas observaciones desagradables y había tratado de señalar algunas contradicciones.</em></p>
<p>Pero ¡sorpresa! específica que su crítica es contra los escritores rusos que admiran sin rubor la cultura burguesa, y lo mismo hacen muchos comunistas que tiene complejo de inferioridad frente a la burguesía de los países capitalistas. En una carta a sus anfitriones, que reproduce José Carlos Mainer en el prólogo de la obra ,y publicada en la revista <em>Octubre, nº 4-5</em>, decía lleno de fervor militante:</p>
<p><em>Ahora, después de mi estancia en la Unión Soviética vuelvo con la mayor fe en el triunfo completo y definitivo, y no solo definitivo sino inquebrantable. Después de todo lo que aquí he visto, no hay razón para que un intelectual esté indeciso. En la trinchera hay un uniforme y un fusil más&#8230;Al llegar aquí era un intelectual, hoy es un soldado del frente de lucha y de la edificación socialista el que os deja. Saludos revolucionarios.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>COMPAÑEROS DE VIAJE</strong></p>
<p>Sender no fue el único visitante de la URSS que publicó sus impresiones, los libros de esta naturaleza abundaron en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, pero no todos fueron tan entusiastas como las de nuestro escritor. El primero de los testigos, Fernando de los Ríos, era un catedrático socialista que acudió a negociar el ingreso de su partido en la Tercera Internacional, y cuyo informe fue desfavorable como contó en <em>Mi viaje a la Rusia soviétista</em>, 1921. También fue negativa la opinión de Ángel Pestaña, que llegó como representante de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo y que plasmó sus impresiones en un par de folletos. <em>Setenta días en Rusia. Lo yo vi, </em>1924 y <em>Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso</em>, 1929. Más benévolos fueron Rodríguez Soriano, republicano radical, autor de <em>San Lenin (Viaje a Rusia)</em>, 1927, y el burgués liberal republicano, Diego Hidalgo, que tuvo un gran éxito editorial con sus <em>Impresiones de un notario español en Rusia, </em>1929. Pero el socialista Julio Álvarez del Vayo en <em>La nueva Rusia, </em>1926 y <em>Rusia a los 12 años, </em>1927, es el más crédulo y entusiasta de los viajeros de su partido, como se comprueba a la vista de otros testimonios: los de Rodolfo Llopis en <em>Cómo se forma un pueblo, la Rusia que yo he visto, </em>1930, Julián Zugazagoitia, en <em>Rusia al día, </em>1932 y Luis Amado Blanco en <em>8 días en Leningrado, </em>1932.</p>
<p>Estas complacencias contrastaron con las serias objeciones del periodista liberal Manuel Chaves Nogales que planteó serias objeciones al paraíso soviético en <em>La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, </em>1929, en la novela <em>La bolchevique enamorada </em>del mismo año y en 1931 <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares</em>, además de otra narración inspirada en un personaje real <em>El maestro Juan Martínez que estaba allí</em>, 1934.</p>
<p>Las páginas apasionadas y elogiosas que escribió Sender en Madrid-Moscú fueron las últimas dedicadas a la revolución rusa y, más allá de su ceguera y de sus legítimas esperanzas revolucionarias, son una inmersión de primer orden en la cenagosa historia del siglo XX.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Sofía Casanova, reportera y escritora</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/sofia-casanova/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:31:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín 62 &#8211; El viaje de los alimentos &#160; Conocida por ser la primera corresponsal permanente de guerra de nuestro país (Carmen de Burgos cubrió episodios [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/sofia-casanova/">Sofía Casanova, reportera y escritora</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Marga Martínez</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-62-el-viaje-de-los-alimentos/">Boletín 62 &#8211; El viaje de los alimentos</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Conocida por ser la primera corresponsal permanente de guerra de nuestro país (Carmen de Burgos cubrió episodios de la guerra de Melilla), la vida de la escritora gallega Sofía Casanova es la historia de la primera mitad del azaroso siglo XX. Fue la mujer que entrevistó a Trotski en San Petersburgo, y que conoció a personalidades de mundos tan dispares como León Tolstoi y Marie Curie. No solo vivió las dos grandes guerras mundiales, también fue testigo del nacimiento del sindicalismo, de la invasión de Polonia, de la lucha de las sufragistas en Inglaterra, del nacimiento del partido bolchevique en Rusia y de la guerra civil española. Casanova, una mujer de historia para la Historia, recorrió la piel de Europa de cabo a rabo en más de una docena de ocasiones, y fue, además de una prolija escritora, poeta y periodista, una gran divulgadora de la cultura polaca.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con ese halo de atemporalidad que da la impresión fotográfica de las antiguas rotativas, dos enfermeras miran de frente a los lectores que abrieron ese día el ABC por su página 2. Era el 8 de abril de 1915. Ambas, vestidas con el blanco uniforme de la Cruz Roja, flanquean una cama de un barracón convertido hospital, junto a dos heridos de guerra que se incorporan a duras penas para también mirar a cámara. Esa imagen granulosa de la enfermera que se encuentra en la parte posterior del plano está marcada con una X para poder ser presentada en el pie de foto: <em>“La guerra europea. Sala de heridos en el hospital de urgencia de la estación Varsovia-Viena, por el cual han pasado desde primeros de agosto a fin de marzo 140.000 heridos. En la fotografía se ve a nuestra corresponsal en Polonia, la señora Doña Sofía Casanova (X)”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>CORRESPONSAL DEL ABC</strong></p>
<p>Esa enfermera marcada con la X, “nuestra corresponsal en Polonia” es presentada después, en la página 7, como la ilustre escritora Sofía Casanova que se había dignado aceptar el cargo de cronista de la primera Gran Guerra para el ABC. Y así, con una mezcla de nostalgia e incertidumbre, comienza la primera crónica de guerra en el frente oriental de Sofía Casanova para el rotativo madrileño: <em>“Se ensangrientan los azules mares de Bizancio, y el mundo entero sigue con ávidos ojos la tremenda lucha que dará á Europa ese resto del magnífico mundo antiguo. ¿En qué condiciones van á repartirse los poderosos -aliados o no – el </em><em>derecho sobre mares, pueblos y razas?”</em></p>
<p>De este modo se iniciaba una intensa labor informativa para el ABC que se prolongó hasta 1944. Desde Polonia primero, y desde distintos puntos de Rusia después, durante la Primera Guerra Mundial, Casanova contaba a los lectores del ABC las graves consecuencias de una sangrienta guerra y el sufrimiento que la contienda ocasionaba a la población civil del Este de Europa. Denunció la brutalidad de una guerra en la que, por primera vez, se utilizaron las armas químicas para aniquilar al enemigo. En una época en la que las noticias llegaban a través de notas de agencia, Sofía Casanova desarrolló una ingente correspondencia con crónicas que, aunque a veces tardaban semanas o meses en llegar a Madrid, eran esperadas con especial interés, y que destacaban no solo por su perfil humano y periodístico, sino también por un alto valor literario. La escritora gallega vio facilitada su labor en el frente oriental porque no se le identificaba como un habitual corresponsal de prensa; esta circunstancia fue posible por su condición de española y las buenas relaciones con el embajador español, por un lado, y, por otro, por ser miembro de la aristocracia polaca, al pertenecer a la familia Lutoslawski, circunstancia que le permitió conocer a diplomáticos extranjeros y personajes destacados de la cultura y la política polaca y rusa del momento.</p>
<p>Trabajó, pues, como corresponsal para ABC durante más de treinta años hasta que, durante la Segunda Guerra Mundial, Luca de Tena censuró las críticas opiniones que Casanova plasmaba sobre el bando nazi. La escritora, decepcionada, no aceptó el veto, y siguió escribiendo por su cuenta para contar con libertad la situación del castigado pueblo polaco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA INTENSA Y LARGA VIDA EN LAS TRINCHERAS DE LA HISTORIA</strong></p>
<p>Como si de una macabra lotería se tratara, a Sofía Guadalupe Pérez Casanova de Lutoslawski le tocó vivir nada menos que cuatro guerras. Sin embargo, los viajes, huídas y visiones de una Europa que se desangraba a través de sus clases sociales más débiles, no mermaron en absoluto su capacidad creadora. Su producción literaria fue ingente: publicó poesía, novelas, libros de relatos, cuentos para niños, una comedia y más de 1.200 artículos en periódicos y revistas en Galicia, Madrid y Polonia. Con 13 años y una maleta llena de libros, llegaba Sofía junto con su familia a Madrid. Para hacer hueco en su equipaje a la literatura, “Sofitiña” decidió sacrificar dos pares de zapatos y tres enaguas, para gran sorpresa de su madre. Así, se instaló en la capital, donde se inició como poeta, con una seguridad impropia de una niña de esa edad.</p>
<p>Frecuentó las reuniones que celebraba el Marqués de Valmar, y los círculos literarios donde conoció a José Zorrilla, Juan Valera y Ramón de Campoamor. Alfonso XII, que fue un gran admirador de su obra, llegó a financiar su primer libro de poesía. Comenzó a publicar en El Faro de Vigo, y con tan solo veinte años firmaba habitualmente en medios de Madrid y Galicia.</p>
<p>En estas reuniones conoció al filósofo, aristócrata polaco y estudioso de Platón, Wicenty Lutoslaswki, con quien se casó en 1887 para establecerse en Polonia, la que habría de ser patria de adopción de Sofía, a la que profesó un amor profundo que le llevó a defender apasionadamente su independencia cuando el país era despedazado por los intereses extranjeros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TIEMPO DE VIAJES Y ESTUDIO DE IDIOMAS</strong></p>
<p>El trabajo como diplomático de su marido les obligaba a viajar constantemente por toda Europa, y Sofía aprovechó la circunstancia para estudiar idiomas, llegando a dominar ocho lenguas, y para desarrollar su trabajo de periodista con interesantes crónicas viajeras. Colaboró en periódicos de ámbito nacional como <em>ABC, La Época, El Liberal, El Mundo, El Imparcial de Madrid, Blanco y Negro, </em>la revista <em>Galicia</em>, y otras publicaciones gallegas. Colaboró, además, en prensa internacional en medios como la <em>Gaceta Polska </em>y <em>The New York Times</em>.</p>
<p>Esta vida itinerante le permitió vivir la lucha de las sufragistas en Inglaterra, vivir el nacimiento del sindicalismo, también el del partido bolchevique en una Rusia aún zarista y, por supuesto, las dos grandes contiendas mundiales. De esta experiencia viajera nacieron libros como: <em>Sobre el Volga helado </em>(1903) y <em>Viajes y aventura de una muñeca española </em>(1920). Pero en Madrid, sus <em>Cartas de Polonia </em>o <em>Desde Rusia </em>entusiasmaban a quienes las leían en El Imparcial de Madrid. Las crónicas de Casanova eran costumbristas, y acercaban a los lectores a un mundo exótico y desconocido. Tal vez sin saberlo, la escritora gallega contribuyó de una forma más que notable a la difusión de la cultura polaca en España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VIDA FAMILIAR DIFÍCIL</strong></p>
<p>Sin embargo, el matrimonio con Lutoslaswki no fue como ella hubiera deseado. El filósofo estaba obsesionado con tener un hijo varón que perpetuara su apellido y que se convirtiera en el gran libertador de Polonia, pero Sofía solo le daba hijas (María, Izabela, Yadwiga y Halina) y nunca llegó el ansiado heredero. Para colmo de males, en 1894 se trasladaron a Londres, donde Yadwiga enfermó y murió de disentería. Las circunstancias en las que se produjo la muerte no ayudaron precisamente a arreglar la relación del matrimonio, puesto que Sofía insistió en llamar al médico pero Wicenty, convencido de que él mismo podría curarla, se negó. El 17 de septiembre de 1895 moría la niña con tan solo cinco años. Para su madre fue un terrible golpe, y para el matrimonio supuso el final definitivo.</p>
<p>En 1910 Sofía Casanova impartió una conferencia en el Ateneo de Madrid, uno de los principales foros de la intelectualidad española. <em>“La mujer española en el extranjero” </em>fue el título de la ponencia a través de la que expresó sus opiniones, basadas en su experiencia vital tanto en el extranjero, como a través de la opinión que los intelectuales extranjeros tenían de España y de los españoles. La escritora gallega dejó constancia de su preocupación por asuntos graves, como el problema del analfabetismo de la población española, una auténtica vergüenza de la que había tomado conciencia en Polonia, así como del papel de la mujer en el mundo moderno.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>DE POLONIA A ESPAÑA Y VICEVERSA</strong></p>
<p>Sofía volvía periódicamente a Galicia con sus hijas y aprovechó para escribir, publicar, dar su opinión y remover conciencias sobre la lamentable situación de las mujeres y de la infancia en España, en aspectos tan básicos como la educación y la higiene. Al volver a Polonia en 1914 para reencontrarse con su familia política, la Gran Guerra le sorprendió en Drozdowo, donde los Lutoslaswki tenían su hacienda, y todo cambió: los polacos, y Sofía Casanova con ellos, fueron evacuados a Rusia, primero a Moscú y a San Petersburgo después, ante el avance del ejército alemán. Allí, en San Petersburgo, permaneció tres años en los que también vivió la revolución bolchevique de 1917.</p>
<p>Tras gestiones diplomáticas, Casanova y su familia consiguieron regresar a Polonia y de ahí a España, una vez finalizada la Primera Gran Guerra, donde fue recibida como una estrella. En esta época, Casanova desarrolló una ingente labor periodística como corresponsal en Varsovia, enviando también crónicas a Buenos Aires. Hasta 1938 volvió en repetidas ocasiones a España, pero el mundo seguía siendo un lugar inestable, las aguas seguían revueltas en un periodo en el que ni Europa, ni España, conseguían encontrar la paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EN LA </strong><strong>“JAULA DE LAS FIERAS” </strong><strong>DE LOS BOLCHEVIQUES</strong></p>
<p><em>“Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir – por qué no confesarlo – al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega, inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirla el objeto de nuestra salida…”</em></p>
<p>Así comenzaba la crónica <em>“En la jaula de las fieras” </em>donde la escritora y periodista entrevistaba a Trostki. En la entrevista, posiblemente censurada, descubrimos a una mujer valiente, segura de sí misma, que no tiene temor alguno en adentrarse en el centro de operaciones de la revolución bolchevique para entrevistar al entonces Ministro de Negocios Extranjeros de Lenin. Casanova no ocultaba su anticomunismo y no dudó en contar la mala impresión que le dio el ministro: <em>“No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía”.</em></p>
<p>Casanova llegó a San Petersburgo en 1915 tras el avance alemán, que le obligó a salir de Varsovia, donde había estado trabajando como enfermera de la Cruz Roja atendiendo a los heridos de guerra. Tuvo que tomar el último tren a Minsk, Moscú y finalmente San Petersburgo. Había llegado, pues, como una refugiada polaca y sufrió, además, el asesinato de sus dos cuñados, acusados de contrarrevolucionarios, a manos de los bolcheviques. Sin embargo, todos estos avatares no le impidieron seguir realizando su labor de reportera, con crónicas como la que daba cuenta de la muerte de Rasputin o la mencionada entrevista a Trotski. Sus crónicas llegaron a ser censuradas por los rusos y, en España se llegó a darla por muerta. Sus escritos reflejan valentía y la denuncia del sufrimiento de los refugiados que tuvieron que huir a Rusia perseguidos por la guerra, la mayor de las inmoralidades, en la que siempre buscará esperanzas de paz.</p>
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<p><strong>LA ENTREVISTA CON FRANCO EN BURGOS</strong></p>
<p>Conviene señalar cómo, tras su inicial simpatía por la revolución rusa, sus vivencias posteriores, además de su formación familiar, le hicieron convertirse pronto en una mujer conservadora, profundamente católica y anticomunista. Casanova vivió la guerra civil española en Varsovia, y no dejó de enviar crónicas y cartas apoyando el bando nacional, a pesar de que el diario ABC estuvo incautado, y criticando con dureza a los republicanos. Franco no dudó en aprovechar esta circunstancia para entrevistarse con ella en Burgos durante la guerra. A través de una carta de Serrano Suñer se le trasladó su interés en recibirla, debido a su insigne labor que desde Varsovia realizaba a favor de la causa nacional. Ni corta ni perezosa, Casanova emprendió viaje desde Varsovia a Burgos para entrevistarse con Franco en 1938 y, tras la audiencia, regresar a la ciudad del Vístula. Esta relación con Franco le ayudó a vivir con cierta seguridad cuando Hitler invadió Polonia, ya que fue protegida por el embajador en Berlín. Casanova, una vez más, tuvo que ver de cerca los horrores de una guerra infame con la visión de los campos de concentración en su querida Polonia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>MUJER, CORRESPONSAL DE GUERRA Y EN EL FRENTE</strong></p>
<p>La investigadora de la Universidad de Liverpool Kirsty Hooper en <em>‘Vida e tempo de Sofía Casanova’ </em>señala que <em>“Pese a su obra formidable y heterogénea, Casanova fue recordada durante décadas no como escritora e intelectual, sino como una figura exótica en la periferia de la cultura española y -peor aún- como un símbolo idealizado de la femineidad nacional-católica”.</em></p>
<p>Injustamente, en numerosas ocasiones, no se consideró a Casanova como reportera de guerra, dado que su situación en el frente parecía estar justificada por razones familiares, y su labor podía responder, más que a una actividad profesional, al pasatiempo de una madre de <em>familia bien</em>. Fuera como fuere, lo cierto es que la vida y obra de Sofía Casanova fue extraordinaria y poco común. Con un pensamiento conservador y profundamente católico, acentuado por la difícil época que le tocó vivir, descubrimos a una mujer valiente, pacifista y defensora de la participación de la mujer en la esfera pública; al mismo tiempo una mujer contradictoria, incapaz, por sus creencias religiosas, de divorciarse de su marido, a pesar de que vivieron separados y ella tuvo que encontrar su sustento en su trabajo como escritora y periodista.</p>
<p>Fue una mujer en un mundo de hombres, que tomaba partido en cualquier situación, para desconcierto de muchos y con la complicación asociada de no poder etiquetarla en un sitio u otro. Culta, independiente y trabajadora prolífica, desarrolló un importante activismo en el movimiento de las mujeres, y, sobre todo, fue testigo y excepcional cronista de una época convulsa.</p>
<p>Sofía siguió escribiendo hasta el fin de sus días a pesar de su ceguera, provocada por un golpe durante las revueltas bolcheviques rusas, ayudada de un cartoncito que le sujetaba el papel… una “pobre mujer” como se definió a sí misma: <em>“Pobre mujer, siento y creo que todas las conquistas logradas a costa de tan nefandos crímenes, de tan inconsolables dolores, no son buenas, ni han de traer suerte a las naciones que las han buscado.” </em></p>
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		<title>Las Indias de la princesa de Kapurthala</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/princesa-kapurthala/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:18:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín 61 &#8211; Las islas Filipinas y España &#160; Anita Delgado, quien pasaría a la historia como la maharaní de Kapurthala, vivió una existencia de cuento [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: Boletín 61 &#8211; Las islas Filipinas y España</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Anita Delgado, quien pasaría a la historia como la maharaní de Kapurthala, vivió una existencia de cuento en uno de los escenarios más fastuosos de la época, y en uno de los momentos clave de la historia, a comienzos del siglo XX. Sus impresiones de aquellas Indias tan lejanas a la imaginería europea quedaron recogidas en un pequeño y exquisito cuaderno de viaje.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Anita Delgado era española, malagueña para más datos, y en el momento en que el maharajá de Kapurthala se prendó de ella, solo hablaba su lengua natal. Sus impresiones de las Indias, recogidas en diferentes viajes oficiales entre 1913 y 1914, están redactadas, sin embargo, en francés, <em>“la lengua de la corte de mi marido”</em>, como indica la propia autora. Un francés muy sencillo, salpicado de expresiones en español y en hindú, cuya frescura quizá se pierda en la edición española y que demuestran el increíble salto que ejecutó esta bailarina andaluza que en apenas seis meses tuvo que aprender a manejar tres idiomas distintos para convertirse en princesa de un reino muy lejano.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA VIDA DE BAILARINA</strong></p>
<p>La joven Anita había llegado a Kapurthala, en el Punjab indio, a través de un periplo tan singular que, si no fuera estrictamente cierto, sería tachado, con seguridad, de demasiado literario. La joven andaluza, junto a su hermana Victoria, sus padres y su tata Joaquina había residido en su Málaga natal hasta 1906, año en que la familia decidió vender el café que regentaban y trasladarse a Madrid. Llegaron con lo puesto, sin trabajo y el escaso dinero de la venta del negocio, pero lo hicieron en el mejor momento, justo cuando la ciudad vivía el fasto de la futura boda entre el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, su prometida británica. La ciudad estaba necesitada de espectáculo y la capital española vivía cada día como una fiesta.</p>
<p>Con el encargo de buscar bailarinas para actuar de teloneras en los espectáculos de la recién nacida sala Kursaal, sus empresarios se pasean por las academias de la capital. En una de ellas conocen a Anita y Victoria, vistosas, bonitas, con salero y un aire tan ingenuo que se sienten cautivados. Su padre ignora que la madre, Doña Candelaria, dedica parte del escaso patrimonio familiar a que sus niñas estudien canto y baile, por lo que monta en cólera cuando les ofrecen un contrato, pero a tenor de la suma ofrecida por el que denominarán “Número de las Camelias”, no le queda más remedio que aceptar. Eso sí, las muchachas actuarán siempre antes de las 12, y se irán de la sala nada más acabar el espectáculo, acompañadas por sus padres.</p>
<p>Dicen que el maharajá de Kapurthala y Anita ya se habían encontrado en las calles de Madrid. Él era un dignatario extranjero a lomos de un elefante y ella una asombrada espectadora con trenzas y vestidillo de luto, extasiada ante la magnificencia del desfile de las autoridades que acudirían a la boda del rey Alfonso XIII. Y parece que volvieron a cruzarse en la sala Kursaal, que de día oficiaba de frontón, cuando el príncipe indio salía de jugar un partido de pelota y la bailarina andaluza entraba a preparar su número. El caso es que, impresionado por ella o por simple curiosidad, el maharajá reservó un palco esa noche para ver actuar a las Camelias. Y, a partir de ahí, siguió haciéndolo durante las noches siguientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL COMIENZO DE LA RELACIÓN</strong></p>
<p>Tras cada uno de los espectáculos, la joven Anita recibía un obsequio de su ya rendido admirador, un ramo de camelias junto a la invitación de sentarse a su mesa, que en todo momento la familia se encargó de rechazar. Hasta el sexto día, en que el grupo de intelectuales habitual del Kursaal, entre los que se encuentra Valle Inclán, e incluso el director de la sala, persuaden a la familia de que permita a Anita sentarse unos minutos a la mesa del príncipe.</p>
<p>La bailarina comparte mesa y poco más, pues apenas puede comunicarse con el príncipe durante unos días, hasta que en el momento de la ceremonia del rey Alfonso XIII un ramo de flores arrojado desde una ventana esconde la bomba que atentaría contra la vida de los soberanos. Los reyes salvan la vida, pero el atentado produce un número importante de víctimas y las delegaciones extranjeras, ante la posibilidad de que el hecho derive en un conflicto mayor, abandonan el país a toda prisa.</p>
<p>Cabría pensar que el príncipe indio acababa de salir de la vida de Anita tan precipitadamente como había entrado, pero no es así. Días después, en el Kursaal se presenta el traductor del príncipe algo azorado, con una insólita propuesta. Ofrece cien mil euros a la familia Delgado si permiten a Anita pasar una semana en París junto a él. Pese a la cantidad que deslumbra a quienes la escuchan, la familia despacha la oferta.</p>
<p>La propia Anita diría que <em>“le parecía la venta de su persona”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN CUENTO DE HADAS</strong></p>
<p>El príncipe no se rinde y cambia de método. Por medio esta vez de su escolta personal, hace llegar una nueva misiva a Anita. Esta vez escrita, y en español, en la que le propone matrimonio. La familia enmudece. El padre duda, la madre quiere seguir adelante y Oroz, el pintor de la cuadrilla del Kursaal que, medio enamoriscado de Victoria está ultimando un retrato de la niña en casa de los Delgado, les propone que decidan lo que decidan , Anita debe contestar a esa misiva de puño y letra.</p>
<p>La niña lo hace, la lee ante los suyos y Oroz se ofrece a llevarla a correos. Por el camino para en el Kursaal y comenta la nueva con su corte. El romance entre el príncipe indio y la joven e ingenua Anita, a quienes los habituales del Kursaal consideran poco menos que su protegida, comienza a convertirse poco menos que en una cuestión de estado, al menos del pequeño estado de la sala. Sin pudor, abren la misiva redactada en un castellano pobre y plagado de faltas y la sustituyen por una auténtica carta de amor que el mismo Valle Inclán firma en nombre de Anita. <em>Alea jacta est.</em></p>
<p>Tras la carta de Anita el maharajá puso toda la logística a su disposición en un tiempo récord. Trasladó a toda la familia a París, les instaló en apartamentos separados, puso a su disposición a varios sirvientes y asignó a Anita una tutora inglesa, Miss Emily, que sería la encargada de velar por el cumplimiento de un exhaustivo programa de estudios: protocolo, inglés, francés, música, tenis, baile, dibujo, piano, equitación…</p>
<p>El padre advierte que Anita no saldrá de Europa sin un matrimonio previo, y el rajá se compromete a ello. Abandona el país por asuntos de estado y no volverá hasta seis meses después. Para su propia sorpresa y orgullo, la mujer que le recibe tiene la elegancia y los modales de una auténtica dama parisina. El enlace se celebra en la primavera de 1907 en la Mairie de París y, para cuando los príncipes parten de nuevo, en otoño a la India, donde Anita se enfrentará por primera vez a su país de adopción, la joven andaluza ya está esperando un hijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IMPRESIONES DE LAS INDIAS</strong></p>
<p>Anita Delgado tiene 23 años y lleva 6 años residiendo en Kapurthala cuando decide comenzar a anotar las impresiones de sus viajes. Es su propio marido quien le insta a ello, sabedor de que a su esposa le gusta llevar consigo sus propias anotaciones, para compartir sus vivencias en la India durante sus viajes a Europa. Jigangith Singh es un hombre de mundo, y, como tal, consciente del valor de la visión fresca que una europea pueda dar sobre su país. Anita jamás habría imaginado en publicar su colección de anécdotas, de no ser por el empeño que su marido pondría en hacerlo. La pequeña obra <em>Impresiones de mis viajes por las Indias </em>será publicada en Nueva York. Para entonces, Anita ya no lleva el nombre que le dieron al nacer. Es Prem Kaur, la amada del príncipe, el nombre indio con el que la bautizaron el día de su boda.</p>
<p>El libro, que abarca un espacio temporal de dieciocho meses, narra tres importantes viajes diplomáticos: el primero en 1913 por diferentes estados de Rasjputana, el segundo a Calcuta y Birmania, y el tercero, en 1914, al Deccán y Hyderabad. Está dividido en once relatos y cuenta con 16 fotografías que ilustran las narraciones en las que la autora muestra al lector las impresiones que una joven española percibe sobre un país y una cultura tan diferentes a las del lugar de donde ella proviene.</p>
<p>Anita describe su forma de viajar, casi siempre en tren, utilizando los vagones privados de la familia real de Kapurthala que en la mayoría de las estaciones son recibidos con honores, pero también en automóvil -impresionada por la calidad de carreteras y puentes- e incluso en <em>tonga</em>, silla de dos ruedas o <em>dandy</em>, silla de manos. Con los príncipes viaja su pequeño cortejo, así que cuando Anita afirma encontrarse en familia se refiere a un séquito de hasta 18 personas, entre escoltas, secretarios y edecanes, además de dos ayas para la princesa, y hasta siete personas más entre criados y cocineros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA MIRADA INTELIGENTE</strong></p>
<p>Ante sus ojos extranjeros, las costumbres, las formas y las religiones de la tierra que la ha adoptado van sucediéndose en una mirada inteligente, tolerante y comprensiva, que nos demuestra que, en este período de tiempo, Anita ya ha recorrido el mundo. Habla de China, del Bois de Boulogne, de Egipto, al que se le asemeja la ciudad de Hyderabad, rodeada de dunas… Describe paisajes áridos o selváticos con tanto lujo de detalle que parece que sintamos el olor de las tormentas de arena o las lluvias torrenciales del monzón. Describe templos budistas, antiguos fuertes, mezquitas y palacios deteniéndose en cada detalle: el color de las cúpulas, su extraordinaria arquitectura, las esculturas en piedra de los templos o la delicadas celosías de los espacios dedicados a las mujeres, en palacio. Alaba el arte oriental que le seduce aún más con el confort europeo que tan bien ha aprendido a apreciar, y la exquisitez de los palacios donde son recibidos, con sus estatuillas de jade, sus escalinatas de mármol y sus lámparas de araña. Pero no olvida describir el bullicio de los mercados, los vendedores de velas para ofrendas, el olor de las flores en los templos, los pies descalzos de los peregrinos, los vendedores ambulantes o los niños mendigos que se les arraciman.</p>
<p>Conjuga la miseria y la riqueza como si se hubiera habituado rápidamente a las dos realidades de la vida.</p>
<p>La naturaleza tiene un hueco especial en sus descripciones: atardeceres mágicos, riqueza de colores, lagos plácidos que bordear, vegetación exuberante…La princesa se recrea en algunos paisajes que parecen sucederse acordes con su estado de ánimo. Y abunda en las costumbres de los soberanos locales que, en India y en un ambiente cortesano, tienen mucho que ver con la caza o los juegos para los que se emplean animales. Así, describe las cacerías de urogallos, abatidos a centenares, el <em>pigsticking</em>, juego introducido por los ingleses en que los participantes alancean a un jabalí, la caza desde la protección de una embarcación mientras los ojeadores acercan la presa a las orillas para ser abatidas, las luchas de animales, pantera contra jabalíes generalmente, en las que se apuestan importantes sumas de dinero, o la ficción de la caza natural, en la que los integrantes de la partida se sientan tranquilamente a ver que ocurre, cuando una pantera que lleva dos días sin comer es liberada entre un grupo de chacales. Su narración, bastante objetiva, apenas revela el disgusto que le produce ver el sufrimiento de los animales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VISIÓN MUY RESPETUOSA</strong></p>
<p>La princesa de Kapurthala describe una cultura completamente ajena con admiración y un exquisito respeto. Así, revela las comidas con la mano, sentados descalzos sobre el suelo de la terraza, las vestimentas tradicionales, tanto de hombres como de mujeres, que llaman su atención, la predilección por el colorido y las joyas, con las que se siente plenamente identificada y que considera que proporciona a los ricos la seguridad de llevar sus bienes consigo, y a los más humildes al menos la alegría de verse adornados. Habla del rígido sistema de castas en la India y de los variados cultos, dioses y sistemas de creencias, otorgándoles a todos el máximo respeto, describiendo las ofrendas budistas, el dios protector Ganeh sobre las puertas o la <em>purdah</em>, la costumbre musulmana que prácticamente justifica que las mujeres vayan veladas para evitar los abusos de otros hombres.</p>
<p>Las mujeres ocupan una parte importante dentro de sus apreciaciones. Anita es consciente del privilegio que para una mujer supone el poder asistir, como invitada especial, a muchas de las escenas que tienen lugar frente a sus ojos. Como extranjera, tiene el privilegio de ser recibida en cortes donde impera un protocolo masculino y donde otras esposas de dignatarios no podrían ser recibidas, pero al mismo tiempo puede entrar en los espacios reservados a las mujeres, como los harenes o los apartamentos privados de las princesa. Lugares que describe minuciosamente, con su corte femenina, sus innumerables chiquillos, y las estancias y fuentes desde donde llevar una existencia regalada, pero sin asomar nunca al exterior. Describe los cánticos de los eunucos y el arte de los bailarines travestidos con una amplitud de miras que sorprende en una mujer de su época, y respeta las tradiciones locales aunque ella esté feliz al poder montar a caballo o jugar al tenis cuando así lo desee.</p>
<p>Todo le llama la atención en el mundo de la mujer: las bailarinas, cuyo colorido, movimiento y sensualidad la hechiza, quizá como recuerdo de una vida anterior; las avispadas vendedoras birmanas, espontáneamente sensuales, los pequeñísimos pies de las damas indias, las viudas niñas hindúes condenadas a una vida de soledad y servicio, y por supuesto la ancestral costumbre india de sacrificar a las viudas en la pira de sus maridos, de la que habla sin inmiscuirse en las creencias locales ni aplicar su juicio moral.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL FIN DE UNA VIDA Y EL COMIENZO DE OTRA NUEVA</strong></p>
<p>Los textos terminan en 1914. En Hyderabad, su último destino, Anita y su marido se enteraron de los acontecimientos que darían lugar a la posterior primera guerra mundial. Quizá ese detalle ensombreciera un viaje, ya de pos sí un poco complejo por las excesivas atenciones que Anita había recibido del Nizán, el soberano local, cuya indiscreción con respecto a la primera dama de Kapurthala llevarían a la posterior ruptura de las relaciones entre ambos países. Quizá a Anita no le quedaran ya muchas ganas de seguir registrando sus impresiones por escrito, o quizá su reinado en el palacio de Kapurthala comenzara a declinar. Cuatro años después, su amada hermana Victoria moriría en el otro extremo del mundo y la amada del príncipe se divorciaría del maharajá para pasar a un segundo plano, convirtiéndose en una aristócrata oriental en la corte europea por cuyos eventos desfilaba en compañía de su hijo Ajit o su sobrina Victoria. Murió con 62 años, y jamás volvió a aquella India que comenzó a prepararse para su independencia del Imperio británico, pero fue la princesa “exiliada” de Kapurthala, culta, refinada, distinguida y deseada hasta el fin de sus días.</p>
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		<title>Duque de los Abruzos. El madrileño que intentó llegar al Polo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duque-de-los-abruzos-polo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:52:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pedro Páramo Bibliografía: Boletín 59 &#8211; El Ártico &#160; En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Pedro Páramo</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-59-el-artico/">Boletín 59 &#8211; El Ártico</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie al Polo Norte. Su expedición logró batir el record del momento al alcanzar el punto más septentrional de la Tierra, pero él sólo llegó hasta el final de la tierra firme y el principio de los hielos polares.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, nació en Madrid el 29 de enero de 1873, y fue bautizado como príncipe en la capilla del palacio real pocos días antes de que su padre, Amadeo, renunciara al trono de España y regresara a su Italia natal. Todavía adolescente, ingresó en la Academia Naval de Livorno, donde adquirió sus primeros conocimientos sobre el mar y la navegación. Amante de la aventura, se inició en el alpinismo en el Mont Blanc, y en 1897 participó en la primera ascensión al monte San Elías, de 5.489 metros, entre el territorio del Yukon de Canadá y Alaska, lo que le valió la fama mundial entre los geógrafos y montañeros del momento. Dos años más tarde, se propuso abordar la conquista de una de las dos fronteras hasta entonces inaccesibles para el hombre en la Tierra y eligió intentar ser el primero en pisar el Polo Norte. Para ello movilizó todas sus influencias ante el gobierno italiano y la corte de su tío el rey Humberto I, sirviéndose de su prestigio como explorador. El audaz y patriótico proyecto de Luis Amadeo de Saboya fue muy bien acogido por la opinión de la joven Italia, que ya había iniciado su expansión colonial en África y buscaba hacerse un hueco entre las grandes potencias. En 1899 todo estaba a punto para que la expedición de los italianos intentara el asalto del Polo Norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TRAS LOS PASOS DE NANSEN</strong></p>
<p>La carrera de la conquista del extremo norte del Globo había comenzado en la centuria anterior, y la experiencia enseñó que para lograrlo habría que deslizarse sobre la nieve y el hielo utilizando trineos. En el momento de partir la expedición italiana, el punto más septentrional alcanzado por el hombre estaba fijado en los 86º 14’ N, logrado por el explorador noruego Fridtjof Nansen en abril de 1895 con su barco <em>Fram</em>. Luis Amadeo de Saboya, que había investigado a fondo todas las expediciones polares realizadas hasta entonces, decidió seguir los pasos de Nansen, estudiando las etapas de su ruta, sus experiencias sobre las corrientes y los hielos, y sus indicaciones en lo relativo a los pertrechos e intendencia para los exploradores y sus perros.</p>
<p>El 12 de junio de 1899 el <em>Estrella Polar </em>de Luis Amadeo de Saboya salió del puerto de Cristianía, hoy Oslo, con 11 italianos marinos y guías alpinos y 9 noruegos expertos en la navegación por el Ártico, con edades comprendidas entre los 21 años del fogonero y los 47 del comandante noruego de la embarcación, Julius Evensen. Como segundo comandante de la expedición figuraba el teniente de navío Humberto Cagni, que se encargaría de las observaciones científicas, con la colaboración del también teniente de navío Francisco Querini y del médico de la Armada italiana Aquiles Cavalli Molinelli. El barco, un ballenero de 570 toneladas y un motor de 60 caballos, fue transformado para la expedición en una goleta de tres palos. Días antes de partir, el duque de los Abruzos visitó a Nansen en su casa de Lijsaker, quien le dio los últimos consejos para encarar la aventura. De acuerdo con estas indicaciones se cargaron en Noruega provisiones para cuatro años a base de galletas, manteca, carne envasada, pastas, arroz, vinos y licores, que fueron guardadas en cajas herméticas de 25 kilos. Para los perros que se incorporarían en el puerto ruso de Arcángel se cargaron raciones de pescado seco y bizcocho.</p>
<p>Los expedicionarios compraron botas de piel de foca de diferentes diseños, así como abundantes pieles de abrigo y tejidos de lana, sacos de dormir de lana y plumas, y dos tiendas de campaña por si la expedición tuviera que abandonar el barco. La bodega del Estrella Polar se llenó de carbón y cuatro enormes barricas con diez toneladas de petróleo cada una. La expedición estaba equipada también con armas y, naturalmente, con un amplio equipo para la navegación: sondas y aparatos para medir la fuerza de las corrientes y la temperatura y densidad de las aguas a diferentes profundidades, así como sextantes para el cálculo de las posiciones y distancias con los trineos. En cuanto a los estudios científicos disponía de instrumentos para el cálculo de posiciones y las relativas a la gravedad y el magnetismo terrestres, además de un completo equipo fotográfico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>HACIA LA TIERRA DE FRANCISCO JOSÉ</strong></p>
<p>La última escala del <em>Estrella Polar </em>en tierra continental, tuvo lugar el 30 de junio en la localidad rusa de Arcángel. Allí se completó la expedición con 121 perros de distintas razas y diferentes procedencias, pero todos considerados entre los más idóneos para el arrastre de trineos en los territorios árticos. Con todo el equipo a bordo, el 12 de julio de 1899 la expedición partió del puerto ruso con el propósito de alcanzar el punto costero más al norte posible del archipiélago del Emperador Francisco José donde pasar el invierno, y de allí partir con trineos hasta el polo al término de la noche polar. Este archipiélago, descubierto por casualidad por una expedición austriaca en 1873, formado por 191 islas volcánicas, situado al noroeste del de Nueva Zembla y al este de las islas Svalbard, se halla a unos 1.000 kilómetros del Polo Norte. El 18 de julio el <em>Estrella Polar </em>se topó con la primera banquisa, un campo de hielo de grandes dimensiones movido por las corrientes, formado por témpanos sueltos y cuyo término no se alcanza a ver. Aun cuando no se pueda distinguir en las aguas, se puede detectar la presencia de la banquisa por el color del cielo, mucho más claro sobre ella por el reflejo del hielo. El día 20 los expedicionarios avistaron los vagos contornos de la isla de Northbrook, cubierta de nieve con algunos salientes oscuros, y vieron sobre las rocas grupos de focas y morsas cerca de las cabañas abandonadas por la expedición de Frederick George Jackson dos años antes. El 26 de julio, el <em>Estrella Polar </em>llegó a los hielos que marcaban el término de la zona navegable. En su búsqueda de un lugar apropiado donde invernar y preparar el asalto al Polo Norte, el 8 de agosto la embarcación de la expedición italiana alcanzó los 82º 4’ N en la isla del Príncipe Rodolfo, la más septentrional del archipiélago. Luis Amadeo de Saboya decidió entonces echar el ancla en la bahía de Teplitz, entre la costra de hielo costera y la banquisa que cerraba la bahía, para pasar allí el invierno.</p>
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<p><strong>LAS PENALIDADES DEL INVIERNO ÁRTICO</strong></p>
<p>Con temperaturas todavía superiores a los 0º, los expedicionarios exploraron la zona e hicieron abundantes anotaciones científicas, geológicas y de fauna y flora, y construyeron una cabaña para las jaulas de los perros. A los pocos días tuvieron que adrizar la nave porque escoraba a babor arrimada por la banquisa contra los hielos de la costa. La temperatura ya alcanzaba en las noches los -10º. Los vientos helados empujaban el barco aprisionado y la vida se hizo imposible a bordo por la escora. El 8 de septiembre la presión de los hielos abrió una ancha vía de agua, y los expedicionarios abandonaron el barco para montar el campamento invernal formando dos cabañas, una dentro de la otra, con varios recintos aislados para defenderse del frío, que ya alcanzaba en algún momento los -16º. Los víveres, las herramientas, el combustible, los diferentes aparatos y los trineos fueron trasladados unos 150 metros al interior de la costa. Mientras las noches se alargaban en otoño, llegaron las ventiscas y las nieblas a la vez que las temperaturas bajaban con rapidez. El tiempo transcurría para los expedicionarios explorando el terreno, estudiando los vientos y los movimientos de los hielos, entrenando a los perros, y aprestando los equipos de los trineos y los cayucos de lona. Antes de que el frío fuera insoportable, mataron 34 osos que habían acudido curiosos a la proximidad de las cabañas. Su carne sirvió para alimentar al campamento, la mayor parte fue para los canes, pero <em>“también comimos su carne</em>; -anotó en su diario Luis Amadeo de Saboya- <em>el corazón, la lengua y los riñones los encontrábamos sabrosos, lo demás no llegó a gustarnos”</em>.</p>
<p>En la larga noche polar, el duque de los Abruzos y su gente estudiaron el plan de ataque al Polo Norte con los trineos, y llegaron a la conclusión de que debían partir de la bahía de Teplitz el 15 de febrero, cuando los hielos eran más gruesos, para regresar al campamento entre el 15 y el 20 de mayo antes de que se fundiesen. Pero Luis Amadeo de Saboya no formaría parte de la expedición final. Durante una de las excusiones exploratorias en la víspera de Nochebuena, había sufrido la congelación de dos dedos de la mano izquierda y el médico tuvo que amputarle las falanges del anular y el corazón el 18 de enero. <em>“Con los dedos operados </em>-escribió el duque de Abruzos- <em>habríame sido imposible servirme de la mano, y, por otra parte, mi estado hubiera requerido curas diarias imposibles de hacer en una marcha”.</em></p>
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<p><strong>LA EXPEDICIÓN SOBRE EL HIELO EN BUSCA DEL POLO</strong></p>
<p>Tras un intento fallido, el 11 de marzo partió la expedición abordando la banquisa situada al norte de la isla del Príncipe Rodolfo, bajo el mando del teniente de navío Humberto Cagni, dividida en tres grupos, dos de ellos destinados a servir de apoyo logístico al tercero que intentaría alcanzar el Polo Norte. El primer grupo-lanzadera, con provisiones para 30 días, lo formaba el también teniente de navío Francisco Querini, el maquinista noruego Henrik Alfred Stökken y el guía Félix Ollier; el segundo, con provisiones para 60 días, estaba integrado por el doctor Aquiles Cavalli Molinelli y los marineros Jacobo Cardenti y Simón Canepa; el tercero, con provisiones para más de tres meses, estaba encabezado por Cagni acompañado por los guías José Pertegax y Alejo Fenoillet. La expedición contaba con 13 trineos y 104 perros. El retraso provocado por el fracasado primer intento convertía las etapas previstas en una carrera contrarreloj, porque más allá de los últimos días de mayo el deshielo ártico podía hacer imposible el regreso sobre los hielos hasta el campamento. Los expedicionarios se internaron en la banquisa helada con temperaturas entre -15º y -30º. Sabían que a partir de ese punto no encontrarían trazas de vida que les ayudaran en su supervivencia. Las raciones diarias para los hombres y los perros se establecieron por el doctor Cavalli siguiendo el patrón deducido de las experiencias de Nansen. A los hombres se les asignaron 1.265 gramos de alimentos variados. La ración de los perros constaba de medio kilo de pemmican, carne pulverizada, con una cantidad igual o mayor de grasa de buey, que en pequeñas proporciones también formaba parte de las raciones de los expedicionarios. El equipo de abrigo de cada uno de los exploradores pesaba tres kilos.</p>
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<p><strong>LA LARGA NOCHE POLAR</strong></p>
<p>En los primeros días avanzaron con lentitud. Por un lado, el clima, los fuertes vientos, la nieve seca y dura y las nieblas los castigaron con severidad; el suelo, por otro lado, sembrado de <em>hummocks</em>, bloques de hielo más o menos altos levantados por la presión que los campos de hielo ejercen unos contra otros, y la aparición de grietas y canales en la banquisa, dificultaron en grado extremo el avance hacia el norte. Además, el suelo flotaba y la medición de las distancias resultaba muy problemático. En ocasiones los cálculos de lo recorrido sobre el hielo siempre hacia el norte resultaban engañosas. Al tomar las medidas con el sextante, descubrían que no avanzaban, que incluso se estaban alejando del Polo por causa de los vientos y las corrientes que arrastraban a la banquisa en distintas direcciones. Durante la noche el frío, inferior a los -30º, convertía en hielo las ropas y los sacos de dormir. Acampados al abrigo de un <em>hummock </em>, durante las noches escuchaban en las tiendas el estruendo que producían los choques de los hielos que amenazaban con sepultarlos o ser tragados por profundas grietas. Con el paso de los días, la fatiga se dejaba notar entre los expedicionarios, obligados muchas veces a cavar en el hielo, ayudar a los perros en el arrastre de los trineos y dormir poco y mal. Según lo previsto, a los 12 días de marcha el primer grupo de apoyo dejó la expedición para llegar al campamento en los primeros días de abril. Pero los días pasaban y el grupo de Querini no aparecía. El paso del tiempo sin noticias de sus componentes hizo pensar a Luis Amadeo de Saboya que toda la expedición podría haber sufrido algún daño irreparable. El segundo grupo, que había iniciado el retorno el 31 de marzo, llegó al campamento el 18 de abril “en condiciones de salud inmejorables”, según el testimonio del duque de Abruzos. Pero la vuelta del segundo grupo antes que el primero encendió todas las alarmas entre los que habían quedado en la bahía de Teplitz. ¿Qué suerte habían corrido los del primer grupo de apoyo?. Luis Amadeo de Saboya ordenó entonces expediciones por la costa, por las banquisas más cercanas e incluso por algunas de las islas más próximas, pero no hallaron ningún rastro de su paradero.</p>
<p>Entretanto, el 25 de abril, ante las dificultadas, y superada la fecha para iniciar su retorno a Teplitz, el capitán Humberto Cagni decidió abandonar la empresa y volver con sus hombres al punto de partida. Habían alcanzado los 86º 34’ N, el punto más septentrional logrado hasta entonces por el hombre. Los perros que quedaban estaban muy cansados; algunos habían sido sacrificados para alimentar a los supervivientes; la tienda de campaña “ya está cayéndose a pedazos” contó Cagni en su diario, y el temor a que el deshielo hiciera imposible el regreso se impuso sobre la incierta aventura de llegar vivos al Polo Norte. La temperatura era de -35º y, mirando al norte, el capitán italiano escribió: <em>“más allá, sobre el nítido horizonte, divísase entre levante y poniente una especie amurallada, de color azulado, que, desde lejos, parece inaccesible. Es nuestro ‘¡Terrae ultima thule!’”</em>.</p>
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<p><strong>UN ÉXITO CON PÉRDIDAS DOLOROSAS</strong></p>
<p>Después de dejar sobre la nieve tres pequeños canutos herméticamente cerrados con cera como prueba de su presencia allí, la expedición emprendió dio la vuelta. <em>“Fuertes corrientes heladas y falta de víveres hicieron difícil y penoso el regreso de este grupo; el cual, habiendo tenido que alimentarse durante varias semanas con carne de perro, llegó a la cabaña el 23 de junio, después de haber pasado 104 días sobre el pack (banquisa)” </em>relató el duque de Abruzos en su informe para su primo el rey Víctor Manuel III, que había heredado el trono al ser asesinado Humberto I en Monza en el transcurso de la expedición. El 16 de agosto de 1900 el <em>Estrella Polar </em>abandonó la bahía de Teplitz sin los tres desaparecidos: Querini, Ollier y Stökken. El duque de los Abruzos abandonó allí todo el equipo no necesario y víveres para alimentar durante un año a veinte personas, 4 perros y dos perras con dos cachorros que habían nacido en el invierno, con la esperanza de que los desaparecidos encontraran en algún momento el campamento. En distintos lugares de las islas del archipiélago del Emperador Francisco José dejaron para los desaparecidos depósitos visibles conteniendo cartas con la promesa de enviar una nave de socorro en el verano siguiente. El 5 de septiembre, desde el Estrella Polar divisaron las cumbres de los montes de Noruega: la expedición había terminado con tres desaparecidos y el récord de haber llegado más al norte que nadie.</p>
<p>El explorador italomadrileño Luis Amadeo de Saboya continuó su vida de aventuras. En 1906 organizó una expedición a las montañas Rwenzori, en Uganda, donde escaló 16 de sus más altas cumbres; hoy una de ellas lleva su nombre. Tres años más tarde intentó sin éxito conquistar el K2 en el Karakorum, donde una vía de ascenso se conoce como la ruta de Abruzos. Combatió en le guerra italo-turca (1911-1912) y en la Primera Guerra Mundial. Sus últimos años los vivió explorando y fundando poblados en la Somalia italiana, donde murió el 18 de marzo de 1933.</p>
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		<title>Pepita de Oliva, la bailarina viajera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/pepita-de-oliva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:24:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eva Díaz Pérez Bibliografía: Boletín 57 &#8211; Las islas &#160; Revolucionó los teatros de Europa, provocó la pasión de los espectadores, impuso modas y, después de una escandalosa historia [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/pepita-de-oliva/">Pepita de Oliva, la bailarina viajera</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Eva Díaz Pérez</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-57-las-islas/">Boletín 57 &#8211; Las islas</a></p>
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<p><strong>Revolucionó los teatros de Europa, provocó la pasión de los espectadores, impuso modas y, después de una escandalosa historia de amor, se convirtió en la abuela de la mujer que inspiró a Virginia Woolf. En algunas tiendas de anticuarios aún hoy se puede encontrar alguna de las muñecas con castañuelas que se popularizaron con el nombre de Pepita de Oliva, una muchacha pobre que había nacido en el barrio del Perchel en la Málaga de 1830 y que fue una de las bailarinas más célebres de su época.</strong></p>
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<p>Josefa Durán y Ortega, conocida popularmente como Pepita de Oliva “la Estrella de Andalucía” (1830-1871), pertenece a esa saga de mujeres que triunfaron en Europa con la fiebre de los bailes españoles. La popularidad de España como destino de los viajeros del Norte durante el Romanticismo hizo que estas danzas y la moda de lo meridional provocaran la curiosidad en Europa. Los paisajes exóticos de soles salvajes, los monumentos de pasado medieval y el orientalismo, y los pintorescos personajes del país fascinaban a los viajeros. Los forasteros buscaban su aventura española. Su pasión española. Dispuestos a caer rendidos en los brazos de apasionadas mujeres, se preparaban para peligrosos recorridos por la España profunda, amenazados por bandoleros y contrabandistas en las sierras escarpadas de Despeñaperros o en los caminos de Ronda.</p>
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<p><strong>PASIÓN ESPAÑOLA</strong></p>
<p>La moda española crea furor en Francia cuando la granadina Eugenia de Montijo se casa con Napoleón III y se convierte en emperatriz de Francia. En Inglaterra los viajes de Richard Ford y los dibujos de él y de su esposa Harriet ataviados con trajes españoles provocan fascinación. Así, triunfan las basquiñas de satén, los volantes de encaje negro, los amplios escotes realzando el pecho, las mantillas, las cinturas imposibles ‘gracias’ a las torturas del corpiño, y los cabellos recogidos y entrelazados con una flor que se convierten en la marca española. Es la moda que llevarán las bailarinas que popularizan las danzas españolas y que las mujeres de toda Europa intentarán copiar. Los caballeros se conformaron con admirar las bellezas meridionales desde el palco de los teatros.</p>
<p>Pepita de Oliva fue una de aquellas hermosas bailarinas españolas que recorrió los escenarios de Europa con gran éxito. Otra célebre artista fue Petra Cámara, a la que el mismísimo Gautier elogió en uno de sus poemas, Emaux et Camées. También ocurrió con Lola de Valencia, que aparece en una cuarteta de Baudelaire y fue pintada por Manet, el artista que amaba todo lo español. Y Dolores Serral, Manuela Perea, llamada La Nena, o Josefa Vargas, que fueron aclamadas en Londres y París. Otra de esas musas españolas fue Adela Guerrero, a quien Courbet inmortalizó en un lienzo. El arte las salvó de las modas pasajeras de su siglo. Tanta fama tuvo la danza española que incluso muchachas que no eran españolas se convirtieron en afamadas bailarinas, como ocurrió con la irlandesa Lola Montes y la austriaca Fanny Elsser, que incluso aprendió a bailar la cachucha, un baile que se había inventado en el Cádiz asediado por las tropas napoleónicas, durante la Guerra de la Independencia, y que ella popularizaría en América. O Marie Guy Stéphan, la francesa que se hizo célebre interpretando las boleras de Cádiz, y que realizó una gira por España, entre 1846 y 1848, con los aires andaluces que se habían reinventado en los escenarios franceses.</p>
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<p><strong>LA HUELLA DE LA BAILARINA POR TODA EUROPA</strong></p>
<p>En las vitrinas de algunos museos y en las páginas de álbumes del pasado aún podemos ver grabados de Pepita de Oliva en los que aparece bailando la cachucha o la danza llamada Olé. Pepita de Oliva fue sin duda la más grande y popular de todas las bailarinas españolas. También fue una gran viajera que recorrió toda Europa, desde los países escandinavos hasta el sur del continente, pasando por Francia, Inglaterra o Alemania, donde August Conradi, autor del <em>Berliner Couplet </em>y de óperas, vodeviles y farsas, le dedicó la <em>Pepita Oliva Polka</em>; y Johan Strauss hijo compuso la polca <em>Pepita (Polka-Pepita, opus 138)</em>, que precisamente se interpretó en el pasado Concierto de Año Nuevo en Viena.</p>
<p>Viena y las ciudades del imperio austrohúngaro fueron otros grandes destinos de Pepita de Oliva. Ese mundo decadente  hermoso, del viejo imperio que languidecía con elegancia en los fabulosos salones, acogió a la bailarina española con entusiasmo. La viajera-bailarina recorrió todo el imperio para bailar en los más importantes teatros desde Viena a Budapest pasando por Praga o Brno. Imaginamos a Pepita de Oliva mirando asombrada por la ventanilla de su carruaje los fabulosos paisajes de bosques, pueblos y valles junto al Danubio, que atraviesa para cumplir con sus compromisos escénicos. Pero lo mejor era cuando la bailarina llegaba a su destino. Era entonces cuando se despertaba la pasión que incluso llegó a tener un nombre: delirium Pepitatorum. Sucedía con sus admiradores cuando se asomaba al balcón del hotel en el que se alojaba o cuando su carruaje llegaba al teatro. La fiebre se desataba hasta el <em>delirium Pepitatorum </em>al salir después del espectáculo. En la opera de Berlín o en Viena se produjeron curiosas escenas cuando sus seguidores quitaron de su lugar a los caballos del carruaje para llevarla ellos mismos hasta el hotel donde residía. De alguna forma, con la malagueña Pepita de Oliva se creó un auténtico fenómeno fan ya a mediados del siglo XIX.</p>
<p>La huella de la bailarina andaluza fue indudable. No se trata de un personaje del pasado que fue célebre en su tiempo y que ya nadie recuerda. Eso ha ocurrido -como en tantas ocasiones- en su país natal, pero no en los lugares donde triunfó. De hecho, aún existe una palabra checa que designa un tipo de tela con diminuto ajedrezado de color negro y blanco que lleva el nombre de Pepita porque era la curiosa tela que ella solía utilizar en sus actuaciones. Los tejidos con este estampado se llaman “pepita” o “pepito” y suelen utilizarse hoy en día para pantalones masculinos y para los trajes enteros de dama. En polaco también existe la palabra “pepitka” y en alemán “der/das pepita”. Con el tiempo, en muchos lugares la tela pepita es típica de algunos manteles e incluso es la base del vestido profesional de carniceros y cocineros, según apunta el investigador Pavel Stepánek en <em>Las andanzas de la bailarina española Pepita de Oliva por Europa Central</em>.</p>
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<p><strong>EL CASO SACKVILLE-WEST</strong></p>
<p>Pero la fama y la popularidad como bailarina no son las únicas razones por las que Pepita de Oliva provocó el asombro de su tiempo. La artista se había casado con su maestro de baile, Juan de Oliva, del que había tomado su nombre. Sin embargo, mantuvo un intenso romance con el diplomático sir Lionel Sackville-West. No fue una relación breve. De hecho, duró toda la vida y de esa pasión nacieron varios hijos ilegítimos, ya que el caballero inglés también estaba casado. La pareja se trasladó a vivir a la localidad de Arcachón (Francia) y llamaron a su residencia Villa Pepita. Allí nacieron sus hijos Maxilien, Flora, Amalia, Henry y Victoria. Pepita Oliva murió de sobreparto a los cuarenta y un años de edad. Su muerte provocó verdadera conmoción en el mundo artístico, y también en los mundanos salones de sociedad. Lionel Sackville-West sufrió por la muerte de Pepita y no dudó en publicar en la prensa francesa un obituario en el que, después de anunciarse con su cargo diplomático de secretario de la embajada inglesa en París, pedía la asistencia de sus amigos y colegas para el funeral que se celebró el 21 de marzo de 1871 para el descanso de su esposa Josefina, condesa de Sackville-West. En la muerte había decidido hacer aún más pública su relación adúltera declarándola en la prensa.</p>
<p>El caso Sackville-West fue muy conocido en la época porque llegó a los tribunales cuando Pepita de Oliva murió y los hijos reclamaron la paternidad del diplomático inglés. Una de esas hijas era Victoria, la que sería madre de un popular personaje de la Inglaterra victoriana: Vita Sackville-West, baronesa de Sackville (1862-1936), que fue amante de la escritora Virginia Woolf.</p>
<p>La madre de Vita, e hija de Pepita de Oliva, fue rechazada por la conservadora sociedad victoriana que nunca admitió en sus círculos a la hija adúltera fruto de los devaneos de un caballero inglés con una exótica bailarina que ellos creían gitana al relacionarla con los mundos del baile andaluz. Victoria terminará casándose con su primo el diplomático Harold Nicolson y se instalará en la lujosa mansión del señorío de Knole, en Kent, donde finalmente nació Vita. Vita se convirtió en escritora y diseñadora de jardines, pero sobre todo protagonizó uno de los escándalos de su tiempo a causa de las relaciones lésbicas que mantuvo durante toda su vida.</p>
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<p><strong>LA HISTORIA DE VITA, DIGNA NIETA DE SU ABUELA</strong></p>
<p>Vita siempre se fascinó con la historia de su abuela, aquella muchacha malagueña que llegó a ser una famosa bailarina y que recorrió los más grandes escenarios de Europa. De hecho, creía que su carácter indómito y extravagante se debía a la herencia genética de su abuela española. Incluso decidió escribir un libro en el que relataba la historia de Pepita, basándose en las investigaciones que había hecho un detective que su familia había contratado para conocer el origen de la bailarina, cuando tuvo lugar el juicio para demostrar la paternidad. Aquel detective había viajado a España, y buena parte de las pesquisas sirvieron más tarde a Vita para escribir el libro que dedicó a su abuela, y que tituló <em>Pepita</em>. En España, la editorial Tusquets lo publicó hace algunos años y es un hermoso homenaje a la mítica bailarina gracias al emocionado relato escrito por su nieta.</p>
<p>Vita Sackville-West, autora de novelas como <em>Los Eduardianos</em>, <em>Toda pasión apagada </em>o las biografías sobre Juana de Arco y María Luisa de Orleans, acompañó a su marido en algunos de sus destinos diplomáticos en Turquía o Irán. Fruto de esas experiencias es el interesante libro de viajes Pasajera a Teherán. Con él tuvo dos hijos, pero siguió manteniendo relaciones lésbicas toda su vida. Uno de los romances más célebres fue el que tuvo con Virginia Woolf, quien se inspiró en ella para su novela <em>Orlando</em>, que cuenta la historia de un mismo personaje quien, a lo largo de varias épocas, es indistintamente hombre o mujer. Parece que incluso en un viaje a París que hizo con Violeta Trefusis, una de sus más sonadas aventuras, se travistió de hombre y se hacía llamar Julien.</p>
<p>Precisamente este año se estrenará en el cine la película <em>Vita &amp; Virginia</em>, de la directora Chanya Button, que recrea la historia de amor entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West y que estará protagonizada por Eva Green y Gemma Arterton. Además, la escritora Pilar Bellver acaba de publicar una novela sobre este romance: <em>A Virginia le gustaba Vita</em>.</p>
<p>Sin embargo, la fascinación libresca por esta curiosa saga de mujeres que se inicia con la bailarina viajera Pepita de Oliva no se termina ahí. La historia continúa de actualidad a raíz del libro escrito por la nieta de Vita Sackville-West, Juliet Nicolson, titulado <em>A House Full of Daughters</em>. Una obra que narra la historia de hasta siete generaciones de este extravagante linaje. Una obra que, junto al inminente estreno de la película <em>Vita &amp; Virginia</em>, rescata para el gran público la asombrosa historia de estas mujeres que rompieron los esquemas de su época.</p>
<p>Pepita de Oliva, la Estrella de Andalucía, aún se puede descubrir en las crónicas que se guardan en las hemerotecas del siglo XIX, en muñecas de anticuario y hasta en una manufactura de porcelana que reproducía en serie su figura. Fue sin duda una mujer que provocó la fascinación de su tiempo, asombró a los escenarios europeos y recorrió los caminos del continente en diligencias cargadas con baúles de sus trajes españoles que provocaron una auténtica fiebre. La artista que cautivó a un lord inglés y que escandalizó a sus coetáneos, y en cuya tumba, en los románticos jardines de la mansión francesa conocida como Villa Pepita, su amante y padre de sus hijos mandó escribir este epitafio: Aquí descansa Josefina, condesa de Sackville.</p>
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<p>* Periodista y escritora, acaba de publicar <em>Travesías históricas. Viajeros andaluces que contaron el mundo.</em></p>
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		<title>Jacinto Verdaguer y Francesc Cambó. Dos catalanes en Oriente Medio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jacinto-verdaguer-francesc-cambo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:17:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ana Puértolas Bibliografía: Boletín 56 &#8211; Especial canales: Caminos de agua &#160; Cada uno de ellos fue un gigante en sus respectivas áreas y épocas. Verdaguer, además de sacerdote [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jacinto-verdaguer-francesc-cambo/">Jacinto Verdaguer y Francesc Cambó. Dos catalanes en Oriente Medio</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Ana Puértolas</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-56-especial-canales-caminos-agua/">Boletín 56 &#8211; Especial canales: Caminos de agua</a></p>
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<p><strong>Cada uno de ellos fue un gigante en sus respectivas áreas y épocas. Verdaguer, además de sacerdote entregado, escritor, poeta, místico y hasta exorcista, fue un gran viajero y recorrió en 1886 Tierra Santa <em>“per conèxer a Jesucrist”</em>. Casi cuarenta años más tarde, en 1923, Cambó, político conservador catalanista y ministro con AlfonsoXIII, viajó hasta Turquía con el propósito de comprobar de primera mano cuál era la situación del gran coloso de Oriente Medio tras el desmoronamiento del imperio otomano.</strong></p>
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<p><strong>MOSSEN JACINTO, UN CATÓLICO DEVOTO ENTRE INFIELES</strong></p>
<p>Nacido en 1845 en Folgueroles, estuvo ligado profundamente a su tierra, a sus tradiciones y a su lengua, con tanta intensidad como lo estaba a su misión sacerdotal. Extremadamente inquieto y curioso, se lanzó a conocer de primera mano la comarca donde había nacido, y se convirtió en un senderista infatigable recorriendo las montañas cercanas (de allí su poema épico Canigó). Paso a paso alcanzó las cumbres más altas del Pirineo oriental, explorando la Cerdanya, l´Alt Urgell, la Ribagorza, el Valle de Arán y la Alta Garrotxa. Vestido con su sotana, calzado con los zapatos de diario y sin más equipo que un gran paraguas se lanzaba a los senderos más inseguros y afrontaba los desniveles más abruptos. Estos contactos directos con su país constituyeron la fuente y la inspiración de sus poemas, donde su amor por Cataluña estuvo siempre impregnado de su devoción religiosa.</p>
<p>Mientras las caminatas no paraban, su dedicación a la escritura le fue dando más satisfacciones y recompensas, sus poemas épicos fueron alcanzando importantes premios, y él mismo fama dentro de la literatura catalana. De hecho, hoy en día es considerado por los expertos en el tema ser quien consagró el catalán como lengua literaria.</p>
<p>Sus conocimientos, sin embargo, no se limitaban a su entorno más próximo. Acompañando a sus protectores, los marqueses de Comillas, en 1883 realizó un crucero por el Mediterráneo, y al año siguiente tuvo la oportunidad de conocer París, Ginebra, Berlín y San Petersburgo.</p>
<p>Es en este contexto cómo se puede entender y apreciar su viaje a Tierra Santa y su libro “Dietari d´un pelegri”. No era Mossen Jacinto en absoluto un típico cura rural, por muy apegado a su tierra y a su lengua que estuviera. Era un mossen viajado y leído, y esa doble condición se refleja en sus comentarios sobre las poblaciones y los pobladores con los que se fue encontrando a lo largo del recorrido. Del mismo modo que sale a luz constantemente la mentalidad de un católico ferviente, de principios firmes y convicciones sólidas, la de un capellán formado en la segunda mitad del siglo XIX, poseedor de la única fe verdadera y denostador de las falsas religiones. Los párrafos que siguen muestran su espanto ante el comportamiento de los cristianos ortodoxos en el templo del Santo Sepulcro, un comportamiento, por cierto, que puede ser el mismo de muchos cristianos católicos en algunos lugares santos:</p>
<p><em>“Lo sant Sepulcre (vergonya fa´l dirho) ha pres la forma de teatre ab sos</em><em> palcos y galeries. Los grechs, possessors de la major part de la Basílica, lloguen a altíssim preu ses tribunes y sos intercolumnis.[&#8230;] La devoció </em><em>n´es fugida estona hà. Se mentja com a casa, s´enrahona com al carrer, se</em><em> riu y´s juga com en una fira, y a baix los hòmens s´agiten, se mouen d´ací d´allà, corren, s´apilonen, pujant en castell los uns sobre´ls altres. [&#8230;] Confesso que jo n´hauria fugit espantat desde´l principi si hagués trobada la porta oberta y lo pàs lliure. ¡Quína paciencia la de nostre Senyor! </em>Su visión de los judíos orando ante el Muro de las Lamentaciones tampoco tiene desperdicio. Tras una descripción de cómo “los juhheus més fervorosos de la ciutat” se acercaban al muro del Templo, dándose golpes con la cabeza y llorando ante las piedras, comenta sus oraciones, interpretando de una manera una tanto peculiar los sentimientos de quienes rezan ante los restos del Templo de Salomón: <em>¡Pobres fills d´Abraham! D´ençà que Jesucrist, ab la creu al coll, digué a </em><em>les filles de Jerusalem: No ploreu sobre Mi, ploràu sobre vosaltres y sobre</em><em> vostres fills”, ells ploren; mes, com observa un viatger, ses llàgrimes son estèrils, perque no es pas l´arrepentiment que les fa caure”</em></p>
<p>Su concepto “dels orientals” también parece responder a los prejuicios propios de un católico occidental hacia los correligionarios locales al afirmar que: <em>“Respecte a la devoció, ´m sembla que no entra molt endins del cor dels</em><em> orientals, sinó que´s queda molt per sobre.” Añadiendo: “Si demanden alguna cosa al convent y no se´ls dona, cambien de religió, fins qu´en la nova també tenen algun disgust, que´ls fa tornar enrera”</em></p>
<p>Y sobre su xenofobia hacia los musulmanes, muy extendida en la sociedad de aquellos años, siempre se cita un párrafo de los que dan escalofríos: <em>“(&#8230;) Raça fanàtica, sorda i cega, ramada d’homes que el profeta Mahoma</em><em> junyí a son carro en son triomf a través de l’Àfrica, l’Àsia i Europa, moros que tenen una fe cega, tan cega que necessita de la nit de la ignorancia per viure (&#8230;)”.</em></p>
<p>Con todo es su profunda fe la que domina ese Dietari, una emoción permanente en su encuentro con la tierra de Jesús, que puede resumirse en estas palabras de su prólogo:</p>
<p><em>«L’anada a Terra Santa</em><em> m’ha apagada aquexa set, i ja no desitjo ni espero fer altre viatge que el de l’eternitat, quan hora sia.” </em>Según cuentan sus biógrafos, el viaje por Tierra Santa alteró tanto el ánimo de Mossen Jacinto que a su vuelta se dedicó exclusivamente a cuidar de las capas sociales más desfavorecidas, apartándose de la buena sociedad que hasta entonces había frecuentado. Al parecer, se dedicó a socorrer a los necesitados y a la oración, pasando pronto a tomar contacto con videntes y exorcistas, desatando el escándalo y las reprimendas de sus superiores. Pero esa es otra historia distinta a la nuestra, tan sólo señalar que volvió al buen camino del sacerdocio y que, tras su muerte, gozó de un entierro multitudinario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL POLÍTICO CAMBÓ VIAJA A TURQUÍA</strong></p>
<p>Nació don Francisco en 1876, un año antes de que Mossen Jacinto disfrutara del premio extraordinario de los Juegos Florales de Barcelona con su gran poema épico <em>La Atlántida</em>. Y como él, catalanista convencido, se valió de su lengua materna, el catalán, en sus muchos escritos. El que nos ocupa en estas páginas es su curioso libro <em>Visions d´Orient</em>, que, como señala uno de sus más conocidos biógrafos, el historiador Jesús Pabón, “<em>&#8230;es de lectura amenísima. Si tal o cual afirmación hecha en él puede parecernos hoy históricamente discutible, se nos impone el conocimiento de tierras y de personas, e incluso el apasionamiento que sostiene el discurso o la narración.</em>” En él se recogen los artículos publicados en <em>“La Veu” </em>a partir de enero de 1924, en los que da cuenta de sus impresiones sobre la situación política de Turquía tras la caída del imperio otomano, y sus relaciones históricamente encontradas con la vecina Grecia. Fue precisamente su viaje por Turquía en 1923, realizado para palpar y conocer más a fondo la situación de aquel país, el que constituye la fuente de sus comentarios y observaciones. Especialmente notable es su visión sobre la nueva República turca de Mustafá Kemal, y las diferencias que llega a establecer entre su figura y el pasado movimiento de los Jóvenes Turcos. Así señala:</p>
<p><em>“Quan Mustafa Kemal es r voltá contra el govern de Constantinoble [&#8230;]a Occident ningú no va fer-ne cas. Más tarde, els comentaristes occidentals de les cosas d´Orient asimilaren el moviment d´Angora a la revolució des Joves-Turcs. I, no obstant, entre l´un i altre moviment hi havia un abisme.” </em>Y pasa en ese momento a señalar el carácter puramente imitativo con respecto a Occidente de esa revolución, mientras que “el movimiento de Ankara”, el de Kemal, asegura, se basa en la restauración de las tradiciones propias, la reaparición de un estado nacional turco, alejado de ese arruinado símbolo del imperio otomano que es Constantinopla. “<em>la Nació turca, dictamina, apartada de la influencia de Constantinoble, ha retrobat l´expresssió autèntica de la seva raça i del seu esperit nacional</em>”.</p>
<p>Habrá que recurrir de nuevo al libro de Jesús Pabón, (la única biografía para la que se contó con los materiales proporcionados por la familia): <em>“Cambó, en el capítulo de las responsabilidades por el desastre “de Grecia y de Inglaterra, de Lloyd George y de Lord Curzon-, insiste: Venizelos “pensaba en el Imperio Otomano, única realidad que tuvo en cuenta; no pensó que, dentro de un Imperio Otomano definitivamente muerto, hubiese una nación turca en la plenitud de su vida. Del Imperio Otomano no qwuedaba nada, pero quedaba Turquía, que dejaba ser la fuerza hegemónica de un estado complejo para convertirse en un </em><em>estado-nación; una cosa[&#8230;]mucho más sólida y resistente que el Imperio Otomano”.</em></p>
<p>Conviene subrayar aquí la perspicacia de Francisco Cambó, quien pudo percibir, por debajo de la derrota de un imperio, la creación de una nueva nación, en manos de un dirigente enraizado con su país y con su gente, una realidad que costó mucho reconocer a la mayor parte de los políticos occidentales. Comentando el desastre griego en Esmirna, Cambó señala: <em>“Mustafà Kemal no era solament un gran general: era i és un formidable polític; un home la qualitat suprema del qual és de saber manar y de saber infondre confiança cega i devoció fanàtica a aquells que comanda. La intensitat del seu fervor patriòtic no li obscurí mai una visió exactíssima de les realitats, tant militars com politiques.”</em></p>
<p>Sin duda los artículos de Cambó, reunidos en el libro Visions d´ Orient, fruto de su viaje en 1923, constituyen un testimonio de gran interés para conocer la opinión de la Europa occidental sobre aquella Turquía, la cabeza de un Imperio destruido en la que estaba surgiendo ya una gran nación.</p>
<p><em> </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p><em>Jacint Verdaguer, Dietari d´un pelegri a terra santa, Edicions Proa S.A. 1999.</em></p>
<p><em>Francesc Cambó, Visions d´Orient, Editorial Catalana, 1981</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Manuel Chaves Nogales: un viajero por la Rusia revolucionaria</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/manuel-chaves-nogales-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 11:29:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Mercedes Barreno-Ruiz Bibliografía: Boletín 72 &#8211; Rusia: una aproximación &#160; Periodista, viajero y escritor, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944) dirigió y escribió en periódicos de Sevilla, Córdoba, Madrid, Iberoamérica, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Mercedes Barreno-Ruiz</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-72-rusia/">Boletín 72 &#8211; Rusia: una aproximación</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Periodista, viajero y escritor, Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-1944) dirigió y escribió en periódicos de Sevilla, Córdoba, Madrid, Iberoamérica, París o Londres. Ya fueran crónicas, entrevistas, relatos o teatro, su pasión por estar en el lugar de la noticia y conocer a los protagonistas, le impulsó a recorrer Europa, sin que las dificultades o distancias fueran motivos suficientes para hacerle desistir en su empeño. Aquí nos detenemos en los artículos y reportajes escritos en su viaje por la Rusia de finales de la década de 1920.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Los avances de la aviación en la época de entreguerras permitieron a Chaves cumplir sus ideales periodísticos de estar allí donde la vida y la noticia le reclamaban. Los obstáculos o los riesgos de trasladarse en avión, en ningún caso eran comparables con la necesidad de contar la noticia.</p>
<p>Son dignos de leer por su detalle y claridad los despegues y aterrizajes que vivió y contó a un público que apenas sabía en qué consistía un avión. A partir del éxito de sus crónicas sobre Ruth Elder, la aviadora que cruzó al Atlántico en solitario por primera vez en 1927, su ímpetu viajero se hizo imparable. La admiración por su accidentada aventura lleva a Chaves a entrevistarla en el mismo avión que la trae a Madrid desde Lisboa, obteniendo por ello el premio de periodismo Mariano de Cavia (ABC, 1928), con el artículo titulado <em>La llegada de Ruth Elder a Madrid.</em></p>
<p>Y entre los acontecimientos de actualidad, destacaba en aquellos años uno, el de la revolución socialista de Rusia. El mundo quería saber lo que estaba pasando en ese país, y el Heraldo de Madrid envió a Chaves como corresponsal, con el encargo de recorrer dieciséis mil kilómetros a lo largo y ancho del territorio ruso. Producto de esta experiencia fue la recopilación de sus crónicas en el libro <em>La vuelta al mundo en avión, Un pequeño burgués en la Rusia roja</em>, publicado en 1929.</p>
<p>Precisamente cuando España estaba inmersa en importantes debates políticos, planteándose avances sociales inéditos en el albor de la II República, y siendo él defensor de las tesis de Azaña, escribió, sobre todos los temas como un gran cronista. Viajero y minucioso observador, intentando siempre ver y contar la verdad, sus crónicas de Rusia y sus habitantes son la evidencia de su honradez y dignidad periodística. Un testimonio de lo conseguido por los revolucionarios y, al mismo tiempo, del dolor de los zaristas emigrados por toda Europa, dándoles voz a través de sus entrevistas en Paris.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESCRIBIR LO QUE VA VIENDO</strong></p>
<p>Y lo hizo como siempre lo hacía, siguiendo los principios de un buen periodista, sin intento alguno de ser el portador de a verdad, sino no tan solo de contar lo que va viendo:</p>
<p><em>No aspiro a que cuanto digo tenga autoridad de ninguna clase. Interpreto, según mi temperamento, el panorama espiritual de las tierras que he cruzado, montado en un avión, describo paisajes, reseño entrevistas </em><em>y cuento anécdotas que es posible que tengan algún valor categórico, pero que desde luego yo no se lo doy. Admito la posibilidad de equivocarme. Mi técnica —la periodística— no es una técnica científica. “Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice “sésamo” y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni vengarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”.</em></p>
<p>Sin duda todos sus libros tienen un enorme interés, y, en el caso que nos ocupa, el de su viaje por tierras rusas más aún al ser conocedor del gran interés que había en esos momentos en España por conocer de primera mano qué estaba pasando en la Rusia revolucionaria. Así lo hizo en su libro <em>Diez mil kilómetros de vuelo sobre territorio ruso </em>donde <em>Chaves Nogales </em>muestra el panorama de la situación social rusa, a la que, aún siendo incapaz de analiza con distancia y objetividad, señalando los aspectos positivos del nuevo régimen. Según se acerca el avión a territorio ruso, desde el aire, Chaves va describiendo las formas y paisajes de un campo hasta entonces apenas imaginado:</p>
<p><em>El campesino ruso vive sobre el campo, a solas con él, sin ningún contacto con la ciudad, sin formar siquiera esos pequeños núcleos urbanos que son los pueblos agrícolas de Europa. El pueblo, la pequeña villa rural, no existe. Aldeas, millones de aldeas de quince, veinte, cincuenta habitantes a lo sumo. Parece imposible que este pueblo, así diseminado, pueda ser gobernado jamás. La tradicional burocracia rusa, aquella formidable máquina que tanto sorprendía a los occidentales, y que los soviets han heredado, se explica y justifica por esta fragmentación, esta atomización del pueblo extendido a lo largo de los campos.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL BIENESTAR DEL OBRERO</strong></p>
<p>Toma nota de los distintos aspectos del régimen comunista, describiendo sus avances ante la industria. Se da cuenta de la importancia del desarrollo industrial para los objetivos de la política bolchevique, conocedor de que el bienestar del obrero depende del progreso, ya que <em>“a mayor rendimiento, más jornal y mejor vida”. El Gobierno soviético está invirtiendo grandes sumas en la creación de fábricas de seda artificial, distribuidas por todo el territorio ruso. Pero no porque se conduela de esta necesidad burguesa de las jovencitas de la Unión, sino simplemente porque las fábricas de seda artificial se pueden transformar, rápidamente en un momento dado, en fábricas de productos químicos para la guerra. ¡Prodigio de la Química que vincula la defensa armada de la revolución en la supervivencia de una fruslería gruesa: las medias de seda!</em></p>
<p>La crónica de sus <em>Paseos por Moscú </em>nos sugiere un paisaje urbano renovado y de acuerdo con la estética de la revolución. Y los nuevos comportamientos sociales de los más desfavorecidos en <em>Niños, mujeres, popes y tenderos:</em></p>
<p><em>En el verano, las calles de las barriadas populares de Moscú ofrecen un espectáculo abigarrado, como ya difícilmente se encuentra en ciudades de Centroeuropa. Para imaginar algo semejante hay que pensar en los </em><em>barrios populares de Lisboa, Sevilla o Nápoles. La mujer trabaja como el hombre y con el mismo salario; tiene acceso a todos los talleres, excepto a aquellos en que la labor se considera nociva para su salud. El trabajo de noche les está absolutamente prohibido, y tienen dos días de descanso al mes con salario; se les paga igualmente el salario durante ocho semanas antes del parto y ocho semanas después. Mientras amamanta al hijo, la obrera tiene derecho a dos interrupciones de media hora cada una durante la jornada de trabajo.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UNA MIRADA OBSERVADORA</strong></p>
<p>Da cuenta también de sus experiencias con la policía política o los soldados; del viaje desde Moscú al Cáucaso, o de la situación de los revolucionarios después de la revolución. Los casos de León Trotski y Aleksándr Kérenski le interesarían especialmente. Muy diferente es su visión de la república soviética ucraniana, describiéndonos un paisaje rural apenas jalonado por poblaciones, y con una emigración constante del campo a los arrabales de las ciudades.</p>
<p>Termina su libro con <em>“Una síntesis, seguramente arbitraria del panorama soviético”</em>, pero sus observaciones y comentarios muestran su destreza como escritor y comunicador. El resultado es una lectura siempre amena y enriquecedora que atrapa.</p>
<p>Complementan sus crónicas rusas, <em>La bolchevique enamorada</em>. <em>El amor en la Rusia roja </em>(1930), donde, a modo de novela, compone un relato de lo que podría ser el comportamiento amoroso en la Rusia revolucionaria. En <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares </em>(1931), recopila las entrevistas que hace en Paris a los exiliados rusos. Las situaciones vitales extremas a las que debieron enfrentarse quienes, teniendo una posición social desahogada y privilegiada en la Rusia de los zares, fueron barridos por la tormenta revolucionaria. Dando cuenta de su situación precaria, desempeñando oficios que nunca imaginarían, pero sobreviviendo para contarlo.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ENTREVISTAS, TESTIMONIOS DIRECTOS, COMENTARIOS</strong></p>
<p>Son entrevistas y testimonios, a modo de viajes literarios, por personajes inéditos, de los que se puede aprender, asombrarse o al menos reflexionar sobre sus historias. Se introducen con epígrafes, nombrados por el autor, como resumen vital de la situación: <em>los últimos años de la corte imperial, la desbandada, el judío errante, los conspiradores románticos… siempre hay alguien más revolucionario…quien es ahora Kerenski… o el trágico destino.</em></p>
<p>Y como si el círculo de su viaje ruso se cerrara con <em>El maestro Juan Martínez estaba allí </em>(1934) nos dejó el relato, descrito en primera persona, de las experiencias y avatares de un artista flamenco y su pareja a lo ancho y largo del territorio ruso. Protagonistas singulares de una lucha por la supervivencia, y testigos de primera mano desde el estallido de la revolución. Un viaje exterior e interior contado con la pericia de un lenguaje siempre ameno, repleto de anécdotas de gran valor para lectores. Desde que empezó su carrera en el <em>Noticiero Sevillano </em>en 1918, Manuel Chaves Nogales no dejó de escribir sobre lo que veía allí donde estuviera, dando voz a sus protagonistas con sus vivencias y pensamientos. Transmitiendo opiniones y hechos, sus artículos tenían la coherencia suficiente para entender o comprender a quienes podían pensar diferente. Como cronista, reportero y entrevistador, practicó un periodismo con una nueva perspectiva que hasta entonces era más propia de libros o biografías.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNOS AÑOS HISTÓRICOS, EN ESPAÑA Y EN RUSIA</strong></p>
<p>Época en la que parecía suceder lo que nunca antes había pasado, el mundo y el periodismo abordaban problemas, situaciones y temas inéditos tan importantes para los contemporáneos como transcendentes para la historia. Para Chaves, todos ellos, acontecimientos, sociedad y personajes eran igualmente importantes y protagonistas. Demócrata y republicano, periodista dispuesto a narrar lo que veía y sentía, luchador en defensa de la legalidad republicana tras el golpe militar de julio de 1936, se exilió, primero en Paris y por último en Londres, donde murió en 1944. Para saber más y hasta qué punto es importante su legado, la editorial <em>Libros del Asteroide </em>ha publicado su obra completa. Si bien fue la tesis de María Isabel Cintas quien rescató su nombre y escritos de los más diversos archivos. Desde la recuperación de este gran periodista del siglo XX, el reconocimiento y la admiración por su obra, con toda justicia, no han dejado de crecer.</p>
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		<title>Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rubens/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 11:01:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español &#160; Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rubens/">Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/sueno-colonial-espanol/">Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel cultural, era un gran comerciante que se desenvolvía en las cortes europeas como si fuera su medio natural y, por si fuera poco, al Fiammingo también le acompañaba un muy buen físico. Con estas cualidades, y si hablamos de un espía, podría parecer que estemos describiendo al mismísimo Bond (Bond, James Bond) de cualquier película del afamado agente secreto británico; pero, no, hablamos  del gran maestro del Barroco, Pedro Pablo Rubens. El artista fue una figura imprescindible en la Europa del Barroco y uno de los artistas más cotizados y requeridos por las monarquías de su tiempo. Con una producción extensísima, sus eruditas alegorías históricas, la perfección de sus retratos y sus sensuales desnudos de mujeres robustas y generosas de carnes, es uno de los grandes pintores de la Historia del Arte, que, además, llevó una doble vida como diplomático y espía que intrigó en las cortes de España, Francia e Inglaterra.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con todas estas cualidades y si eras miembro de una de las cortes europeas sería una auténtica torpeza no ficharle para tu equipo. Si tenemos en cuenta que en el siglo XVII Flandes, tierra natal del pintor, era de dominio español, lo propio es que la diplomacia de Pedro Pablo Rubens se pusiera al servicio secreto de la corte española.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Europa , un enorme tablero de ajedrez</strong></p>
<p>A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando Europa estaba saliendo de su pasado feudal, la soberanía de los Países Bajos (hoy Bélgica y Holanda) pasó a depender de la España de los Austrias, que tenía grandes posesiones en todo el continente. Europa se convirtió en un enorme tablero de ajedrez con reyes más o menos pasmados, validos intrigantes, cardenales conspiradores y un enjambre de guerras, religiones, alianzas, y treguas que tenían al viejo continente sumido en un auténtico caos. El dominio español causó tantas divisiones que desató una prolongada guerra (de los Ochenta Años) en las diecisiete provincias de los Países Bajos. Las diez meridionales (la actual Bélgica) se mantuvieron fieles a España, pasando a conocerse con el nombre de los Países Bajos Españoles o Flandes. Las siete del norte, que lucharon por su independencia, pasaron a convertirse en Holanda. En este conflicto quedaron atrapadas todas las grandes potencias de Europa occidental, siempre envueltas en disputas políticas, comerciales, religiosas y territoriales.</p>
<p>Los Países Bajos españoles estaban bajo el dominio español, pero no soportaban la dictadura de Felipe II, y el 15 de abril de 1566 presentaron a Margarita de Parma, gobernadora general y hermanastra de Felipe II, una petición conocida como el “Compromiso de Breda”, que pedía la supresión de la Inquisición y la restauración de libertades. Los calvinistas destruyeron iglesias, profanaron imágenes e incendiaron pueblos. Margarita de Parma ante semejante panorama pidió ayuda a su hermanastro, que le envió al “duque de hierro”, el tercer duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, que instaló la paz tras, eso sí, feroces represiones.</p>
<p>En una carta dirigida a su amigo Pierre Dupuy escribía Rubens: <em>“me gustaría que el mundo entero estuviera en paz, que pudiéramos vivir en una edad dorada y no en una edad de plomo”</em>. Rubens añoraba la gran metrópolis que su Amberes natal había sido y que habían conocido sus padres. Durante el siglo XV y primera mitad del XVI, Amberes fue el más importante centro comercial y financiero de Europa occidental, gracias a la enorme actividad de su puerto y al mercado de la lana. Pero, en la segunda mitad del siglo XVI, se convirtió en el escenario de las luchas religiosas entre protestantes y católicos. En 1585 se cerró el paso al río Escalda, lo que certificó un verdadero desastre económico; para colmo, los protestantes huyeron de la ciudad, y, con ellos, la élite intelectual y comercial. De los cien mil habitantes con los que contaba en 1570 pasó a los cuarenta mil en tan solo veinte años.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Huyendo del duque de Alba</strong></p>
<p>Los Rubens formaron parte de la primera gran diáspora que abandonó los Países Bajos españoles, y Amberes en particular. Jan, el padre de Rubens, había aparecido en una lista de sospechosos de haberse convertido al calvinismo y contrató a un abogado para su defensa. Mientras se estudiaba su caso, fue organizando la huída de su familia (su mujer María y sus cuatro hijos) a Colonia. Y cuando su caso aún no se había resuelto, Jan Rubens escapó y emprendió viaje hacia la frontera alemana para reunirse con el resto de su familia. Este primer éxodo fue liderado por Guillermo de Orange, el Taciturno, que estableció su base de operaciones en el castillo de Dillemburgo, a unos cincuenta kilómetros de Colonia, aunque su actividad principal se centró en la búsqueda de adeptos para enfrentarse al duque de Alba. Mientras tanto, su mujer, Ana de Sajonia, de gran fortuna y escasa belleza, que se aburría soberanamente “en provincias”, dedicó su tiempo a reclamar sus propiedades a los españoles. Para eso necesitaba un agente que gestionara el asunto y que conociera bien los estatutos de propiedad del país, y quien mejor se postulaba para el puesto era Jan Rubens. La contratación no resultó muy inspirada, o sí, según se mire. Entre gestiones y largas horas de trabajo, Jan Rubens y Ana de Sajonia tuvieron tiempo también para estrechar lazos y tanto los estrecharon que Ana se quedó embarazada. Jan Rubens fue detenido y acusado de adulterio, un delito penado con la muerte.</p>
<p>Mientras tanto, María Rubens, abnegada esposa, andaba preocupada con la desaparición de su marido, hasta que, a través de un comunicado oficial y una carta después del propio Jan, se enteró de lo sucedido. Jan suplicó perdón y María se lo concedió, tampoco contaba con muchas opciones, era extranjera en una tierra extraña y tenía que mantener a cuatro hijos. Pero el que no estaba tan dispuesto a perdonar era el cornudo “Taciturno”, aunque, tras las súplicas de María Rubens y dos años de cautiverio, se facilitó la libertad al adúltero.</p>
<p>Después de una época penosa y precaria en la que Jan estuvo incapacitado para ejercer las leyes, todo mejoró tras la muerte de Ana de Sajonia, ya que así ese “<em>affaire</em>” quedaba más o menos olvidado. Después de esto nacieron otros dos hijos del matrimonio Rubens, Felipe y Pedro Pablo, y volvieron a Colonia, donde posiblemente Pedro Pablo Rubens inició su formación artística. Dos años después de la muerte de Jan (1589), la madre de Rubens, entonces convertida al catolicismo, regresó a Amberes, donde el futuro pintor prosiguió con su formación.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Primer viaje a España, un desastre logístico</strong></p>
<p>De 1600 a 1608 Rubens estuvo trabajando como pintor de corte en Italia para el duque de Mantua, Vicenzo Gonzaga. Los Gonzaga, unos buenos mecenas, tenían fama de ser grandes amantes de las artes, por lo que Rubens se encontró con gran cantidad de obras importantes de grandes maestros italianos como Tiziano, el Veronés y Tintoretto. El duque estaba encantado con el prestigio que le otorgaba su gran colección artística, aunque parece que tenía más interés en no dejar de aumentar una colección más peculiar, la de retratos de las beldades más impresionantes de Europa, algo que al parecer le reportaba otro tipo de placeres.</p>
<p>En 1602 llegaban ya a las capitales europeas las noticias de un nuevo y brillante talento en el mundo de la pintura, y Vicenzo estaba deseando poder presentarlo como miembro de su corte. La ocasión llegó cuando mandó a Rubens a Madrid con regalos para el rey de España, Felipe III, y sus cortesanos. La logística del viaje fue un auténtico desastre: acumuló retrasos en el calendario previsto, aranceles onerosos y otras calamidades provocadas por el mal tiempo. El itinerario trazado iba de Mantua a Pisa y por los Apeninos hasta Florencia. Una dificilísima travesía de montaña cuando hubiera sido mucho más sencillo tomar la ruta que se dirigía al puerto de Génova. De Pisa partió en barco hasta Alicante, desde donde estaban previstos tres días de viaje hasta Madrid: un verdadero error de cálculo, puesto que la travesía entre Alicante y Madrid, unos doscientos kilómetros, requería alrededor de dos semanas y, una vez más, el dinero se hacía insuficiente. Para colmo, cuando llegó a Madrid se encontró con que la corte se había trasladado a Valladolid, lo que suponía más días de viaje por terreno accidentado, en total veinte días bajo una lluvia y un viento intensos. Desde 1601 la corte se había trasladado a Valladolid para, entre otras cosas, aislar a Felipe III del cotilleo político de Madrid y aumentar el poder del entonces valido, duque de Lerma.</p>
<p>Además de los costes del accidentado viaje, Rubens se encontró, al abrir los arcones que contenían los regalos para el rey de España, con que las pinturas estaban <em>“tan dañadas y echadas a perder que me parece casi imposible restaurarlas” </em>dijo en una misiva a Mantua. Por suerte la situación no fue tan irreversible como había vaticinado y pudo restaurar todas las obras salvo dos, que sustituyó por una creación nueva suya.</p>
<p>Durante esta primera estancia en España está claro que Rubens pudo aprender mucho del proceder de la corte y sus intrigas. Para empezar, llegado el momento de entregar los presentes de Mantua al rey Felipe y al duque de Lerma, fue relegado, contra toda previsión, por el embajador de Mantua en Madrid, quedando Rubens en un segundo plano y bastante molesto por ello. No obstante, Rubens, muy sagaz en lo político, hizo muy buena relación con el duque de Lerma, de quien admiraba su gran influencia. De hecho años más tarde reflexionaría sobre ello, contando una anécdota de un comerciante italiano que consiguió una audiencia con Felipe III, quien le preguntó por qué no había despachado antes con el duque de Lerma. El comerciante respondió “<em>Si hubiera logrado una audiencia con el duque, no habría sido menester presentarme ante su majestad”. </em>El duque de Lerma también admiraba al joven pintor, y el resultado de esta relación se tradujo en una de las grandes obras maestras del flamenco: el retrato del duque con armadura negra sobre un brioso caballo blanco que avanza hacia el espectador.</p>
<p>Seguro que durante la estancia del pintor en España trataron de la situación de Flandes y de la ciudad natal del pintor, Amberes. De hecho, ambos dedicaron grandes esfuerzos por poner fin al conflicto de los Países Bajos. Rubens, de hecho, dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de la paz en esos territorios. Pero por el momento estaba más preocupado en su vida profesional, y llegó a rechazar la oferta de entrar a formar parte del entorno de Lerma. A Rubens le halagaba enormemente el ofrecimiento de una de las cortes europeas más importantes del momento, pero consideraba España un vacío artístico. Culturalmente, Italia seguía siendo el corazón de Europa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El pintor espía</strong></p>
<p>En 1627 Europa se había convertido en un escenario complicado. El condeduque de Olivares apoyó a Francia para sofocar la rebelión de los hugonotes en La Rochelle, a quienes había estado financiando hasta entonces, con el objetivo de formar una alianza ofensiva contra Inglaterra. Los ingleses contraatacaron apoyando a los rebeldes de Flandes en contra de España. Y, por otro lado, el cardenal Richelieu intrigaba buscando la alianza con Inglaterra dando, sin ningún empacho, apoyo a los “herejes” holandeses. Era, en definitiva, una alianza de todos contra todos para conseguir la hegemonía europea. <em>“Sin duda, sería mejor que esos jóvenes que hoy en día gobiernan el mundo estuvieran dispuestos a mantener buenas relaciones entre sí, en lugar de arrojar a toda la cristiandad a la turbación con sus caprichos”, </em>llegaría a decir Rubens ante semejante panorama.</p>
<p>Tras su viaje a España, el pintor flamenco estuvo varios años en Italia aumentando su bagaje artístico y cultural. Después se instaló definitivamente en Amberes hasta su muerte. Además de su enorme prestigio como pintor, Rubens se había convertido en un auténtico empresario: había creado un taller con un buen número de aprendices a su cargo que le permitían aceptar un gran número de encargos, aprovechando su enorme popularidad. En 1609 entró a formar parte de la corte de los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, los soberanos de los Países Bajos españoles, por un sueldo de quinientas libras anuales. Era tal su fama que, aunque la corte de los Archiduques estaba en Bruselas, le permitieron residir en Amberes. El 3 de octubre de ese mismo año se casó en la Abadía de San Miguel con Isabella Brant, de dieciocho años (él tenía ya treinta y dos), hija de uno de los secretarios del Ayuntamiento, y uno de los hombres más ricos y cultos de Amberes, con el que Rubens mantuvo una intensa relación.</p>
<p>La muerte del archiduque propició que Rubens estrechara su relación con la infanta Isabel y alentó la carrera de Rubens como espía en las cortes europeas. El archiduque, antes de morir, pidió a la infanta que siguiera los consejos del pintor, al considerarlo un hombre honesto, sabio y de mente clara. Cuando los rumores de una posible alianza entre Francia e Inglaterra eran cada vez más fuertes, la infanta Isabel pidió al entonces rey de España, Felipe IV, que enviara a Rubens a mediar en la corte inglesa. Se sabía que el rey Carlos I de Inglaterra estaba en disposición a negociar con España antes que con Francia y, cómo no, Rubens mantenía estrechas relaciones con miembros de las altas esferas del rey inglés. Fue entonces cuando Felipe IV mandó llamar a Rubens a España, esta vez no en calidad de pintor, sino de espía.</p>
<p>Como otros diplomáticos europeos, Rubens creía que la paz en el continente se realizaría a través de la colaboración entre Madrid y Londres. El pintor llegó a afirmar que: “<em>admito que para el rey de España la paz con Holanda pueda parecer más necesaria; pero dudo que pueda lograrse sin la intervención del rey de Inglaterra. La paz entre Inglaterra y España, por otra parte, es una posibilidad concreta, y daría a Alemania tanto que pensar que incluso aceptaría la paz”.</em></p>
<p>El veinte de junio de 1626 moría la primera mujer de Rubens dejándole muy abatido y parando su producción pictórica; sin embargo no relajó sus deberes políticos, que tal vez le sirvieran de distracción. Por aquel entonces Rubens estaba próximo a la cincuentena, y ya era uno de los pintores más importantes en una Europa intrigante.</p>
<p>Felipe IV, pues, llamó a la corte a Rubens para darle instrucciones para las negociaciones con Carlos I de Inglaterra, y fue así como el pintor flamenco viajó por segunda vez a España. Durante su estancia en Madrid conoció e hizo amistad con Velázquez, y también tuvo tiempo para realizar unas cuarenta obras para distintos clientes. Cuenta Mark Lamster en “<em>Rubens. El maestro de las sombras” </em>que “<em>Según Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, los dos pintores se hicieron amigos durante la estancia de Rubens en Madrid, llegando incluso a viajar juntos a la localidad de El Escorial, a una hora de viaje a caballo en dirección norte desde la capital.” </em>Cuando su vida estaba a punto de acabar, en una de sus últimas cartas, Rubens se refirió con cariño a esa excursión, aunque sin nombrar a su compañero de viaje. El ascenso a Guadarrama fue arduo para los artistas, que sin embargo lo hicieron en un día cálido, de suave brisa. Desde la cumbre de La Nava, por debajo de una inmensa cruz de madera, se dominaba un gran valle que desembocaba en la gran fachada del monasterio, el pueblo que lo flanqueaba y el coto de caza regio –la Fresneda– con sus dos estanques de agua cristalina. A su derecha, un velo de nubes cruzaba Sierra Tocada. Un ermitaño que caminaba con un burro y un venado que los miraba a hurtadillas desde el bosque que había en derredor daban a la escena un aire tan idílico que Rubens no pudo por menos que ponerse a retratarla inmediatamente.</p>
<p>Tras recibir instrucciones, y una vez en Londres, Rubens consiguió que el embajador británico Francis Cottington viajase a España para firmar el Tratado de Madrid, que puso fin a las hostilidades entre los dos países. La estancia en Londres fue fructífera, porque el pintor trabó amistad con el rey de Inglaterra, para quien también realizó varias obras de arte, y cumplió otra misión, encargada por otro de los grandes conspiradores del momento, el condeduque de Olivares. Se trataba de entregar treinta mil ducados al representante de los hugonotes en Francia, para contraatacar a Richelieu quien, por su parte, ayudaba a la rebelión en Flandes contra España.</p>
<p>Rubens fue recompensado por la corona española con la patente de nobleza a lo que la infanta Isabel añadió el nombramiento de gentilhombre de cámara. Por su parte, Carlos I de Inglaterra le nombró caballero en una ceremonia celebrada en el Pabellón de Recepciones. La patente llegó a Amberes con el siguiente agradecimiento <em>“Nos le concedemos este título de nobleza por su relación con nuestra persona y los servicios prestados a nos y nuestros súbditos, su singular devoción a su propio soberano y su destreza en el afán por restaurar el buen entendimiento entre las coronas de Inglaterra y España”.</em></p>
<p>La época en la que vivió Rubens, propicia a las intrigas, alianzas y luchas de poder, permitió desarrollar la diplomacia en las relaciones entre las cortes europeas. Pero la diplomacia estaba reservada a la élite social e intelectual por la necesidad de saber moverse en las cortes reales. Por este motivo, la figura de Rubens, un pintor-espía, es irrepetible. Sus dotes como maestro del Barroco han hecho que se olvide por completo su valor como diplomático, y que se asocie su nombre tan sólo al del pintor de las mujeres robustas y voluptuosas. Pero sus trabajos diplomáticos fueron fundamentales para que las potencias europeas forjaran alianzas duraderas y conseguir lo único que podría propiciar la prosperidad y la paz.</p>
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<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p><em><strong>&#8211; </strong>Mark Lamster: “Rubens, el maestro de las sombras. Arte e intrigas diplomáticas en las cortes europeas del siglo XVII”. Tusquets editores.</em></p>
<p><em>&#8211; Javier Revilla Canora: “Rubens y el Tratado de Madrid de 1630. Oficios diplomáticos de un pintor”. Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>Eduard Toda. Los viajes por China de un diplomático atípico</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/eduard-toda-china/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:43:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Dolores Elizalde Bibliografía: Boletín 54 &#8211; Los grandes ríos africanos Una foto en sepia del siglo XIX nos ofrece la imagen de un hombre joven todavía, corpulento, barbudo, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Dolores Elizalde</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-54/">Boletín 54 &#8211; Los grandes ríos africanos</a></p>
<p><strong>Una foto en sepia del siglo XIX nos ofrece la imagen de un hombre joven todavía, corpulento, barbudo, con pinta de vividor, que mira con fiereza envuelto en el traje de un guerrero chino de tiempos pretéritos, empuñando una contundente espada de época. ¿Quién fue ese personaje un tanto estrafalario? ¿Qué hacía en China por aquel entonces?</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EDUARD TODA (1855-1941), diplomático en China</strong></p>
<p>Mediado el siglo XIX, y después de la obligada apertura de China al exterior tras las guerras del opio, las principales potencias firmaron tratados que aseguraban su participación en la carrera por la penetración aquel inmenso imperio. Ante las modificaciones en el frágil equilibrio de poderes en el área que ello podía implicar, España quiso defender sus intereses. No era un país ajeno a Asia oriental. Desde el siglo XVI tenía soberanía sobre las islas Filipinas y desde allí había fomentado diferentes iniciativas diplomáticas, religiosas, militares y comerciales con los países del entorno. Además, a través del Galeón de Manila tenía relaciones seculares con juncos chinos que llevaban a las islas productos asiáticos que se redistribuían a través de esta línea comercial transpacífica, a cambio de plata americana. En Filipinas existía también una importante colonia de población china, que llegaría a cifrarse en 90.000 personas y terminaría por convertirse en un pilar fundamental de la sociedad filipina. En esas condiciones, los sucesivos gobiernos españoles comprendieron que debían ratificar con China un acuerdo similar al que estaban firmando otros países. Fue una larga negociación, iniciada en la década de 1840 y culminada en octubre de 1864 con la firma del primer tratado de amistad y comercio entre España y China. Durante ese extenso proceso, y antes de conseguir que se aceptara la presencia de un ministro plenipotenciario español en Pekín, el gobierno chino permitió que España creara una serie de consulados en Macao (1852), Shanghái (1858) y Amoy (1859), y luego en otros puntos, a fin de defender sus intereses en el área.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VIAJERO, COLECCIONISTA Y ESCRITOR</strong></p>
<p>Entre aquellos primeros diplomáticos enviados por el gobierno español a China destacó la figura de Eduard Toda i Güell, un viajero y coleccionista nato, que tenía una manera muy particular de entender su profesión y de interesarse por los lugares donde fue destinado. Había nacido en Reus en 1855. Fue nieto del periodista y político Josep Güell i Mercader. Desde muy joven sintió una inclinación por la carrera literaria. Con tan sólo 15 años publicó un primer estudio sobre el Monasterio de Poblet, y desde entonces comenzó a publicar ensayos y poemas en la prensa catalana. Estudió Derecho en Madrid y en esos años estableció una fuerte amistad con víctor Balaguer, quien posteriormente sería ministro de Ultramar. En 1873, apoyado por Emilio Castelar, ingresó en la carrera diplomática. Nuestro personaje, con sus actitudes, sus curiosidades, sus actuaciones, pronto se iba a salir del camino trillado.</p>
<p>En 1875 obtuvo su primer destino como vicecónsul en Macao, cargo que posteriormente desempeñó en Hong-Kong (Diciembre de 1876), en Cantón (abril de 1878) y en Shanghái (octubre de 1880). Estuvo, en total, ocho años residiendo en China, un período largo para aquellas latitudes. en ese tiempo, además de ejercer su labor diplomática, reunió importantes muestras de cerámica china y una valiosa colección numismática, que hoy se encuentra en el Museo arqueológico de Madrid, y sobre la que publicó una obra, <em>Annam and its minor currency</em>, 1882. Su interés por la historia y por las circunstancias de China se manifestó a través de la elaboración de unos manuscritos en los que recogió información sobre el país, sus gentes y costumbres, y en los que reunió multitud de pequeñas fichas, dibujos, fotografías, trazos de letras o papeles ilustrativos sobre temas muy diversos. sus apuntes se basaban en la observación personal, en relatos de testigos y conocedores del caso que le interesa narrar, y en obras clásicas escritas por historiadores chinos, extranjeros, misioneros y viajeros. Con parte de ese material elaboró posteriormente varios libros sobre el área: <em>Viatge a la Xina</em>, 1876; <em>Macao, records de viatge</em>, 1883; <em>La vida en el Celeste Imperio</em>, 1887; e <em>Historia de la China</em>, 1893.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA MIRADA ORIENTALISTA DE UN OCCIDENTAL</strong></p>
<p>Toda escribió, así, sobre la historia de China, su forma de gobierno, su concepto de monarquía y la sucesión en el cargo, la función de los ministros, el papel de las mujeres o de los eunucos dentro de la Corte… en un tiempo de importantes revueltas internas, que expresaban el descontento de determinados círculos ante la apertura y penetración exterior, Toda reflejó la existencia de rebeliones y sociedades secretas en China. Trató luego sobre economía, comercio, moneda, legislación mercantil, el mundo del té y el cultivo de otros productos, o la presencia extranjera en el país y la situación en distintos puertos abiertos al exterior, esto es, sobre temas que podían ser de utilidad para la misión que tenía encomendada y para fomentar el comercio que el gobierno deseaba fomentar entre los dos países.</p>
<p>Redactó también unas notas sobre “<em>Excursiones en China. Costumbres y política del Celeste imperio</em>”, en las que trataba sobre geografía, límites y población, o sobre la vida doméstica en China, reflejando aquellas cosas que le llamaban la atención. Hablaba, así, de la fisonomía de los chinos, del uso de la coleta en los hombres, los pies pequeños de las mujeres, los vestidos y adornos, la organización y decoración de las casas, la comida o costumbres cotidianas… en otro capítulo disertaba sobre la vida social de los chinos, explicando cómo eran las ciudades, el alumbrado, la conducción del agua o los servicios municipales; reflejaba también el tipo de gente que poblaba las calles, cómo eran las tiendas y las distracciones públicas (casas de té, banquetes, teatros…). Se interesó igualmente por la mitología china, y en especial por cómo pensaban la creación del universo o la narración de determinados hechos mitológicos. Recogió algunos dichos chinos, en los que hablaba de los escollos de la vida, las virtudes o la felicidad en la mentalidad china. Así, señalaba cinco virtudes chinas: filantropía, justicia, educación, prudencia y sinceridad; cinco felicidades: larga vida, riqueza, paz, virtud y buena muerte; cinco puntos cardinales: norte, mediodía, oriente, occidente y centro, un concepto tan importante que llegó a dar nombre al imperio: el imperio del centro, bien alejado de las periferias en las que los europeos situaban a China. También recogía tres escollos en la vida según la mentalidad china: en la juventud, los placeres criminales, en la edad madura, las disputas y los pleitos, en la vejez, la avaricia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ACTITUD CURIOS ANTE ASPECTOS DE LA VIDA COTIDIANA</strong></p>
<p>Señaló la existencia de divorcio en China, explicando los motivos por los que el marido podía repudiar a la mujer: por el crimen de adulterio, por esterilidad, por deshonestidad, por desobediencia a los padres del marido, por tener la mujer mala lengua, por ser inclinada al robo, por ser celosa y por tener una enfermedad incurable. Ante esa situación, señalaba, la mujer podía oponerse al divorcio si no tenía parientes que la pudieran acoger, o si hubiera llevado luto por los padres del marido durante tres años, y en esos casos, el marido estaba obligado a aceptar de nuevo a la mujer.</p>
<p>Toda elaboró también un listado de las misiones católicas y protestantes en China en 1869, algo que sin duda interesaba al gobierno español, todavía muy comprometido con la labor evangelizadora que las órdenes religiosas desempeñaban en Ultramar. en esas cifras, destaca que hubiera tantas misiones católicas desempeñadas por lo que Toda llama “indígenas”, esto es, por frailes chinos, una situación radicalmente diferente de lo que ocurría en Filipinas.</p>
<p>Reflejaba, en suma, aquellas cosas que despertaban su curiosidad y los temas que le llamaban la atención, más allá de su trascendencia, aunque procuraba recabar también datos y cuestiones que pudieran tener utilidad para el desarrollo de su misión. Generaba conocimiento, sin duda, pero hay que advertir que sus notas estaban escritas desde una mentalidad occidental, que veía China desde una mirada típicamente orientalista europea, No llegó a entender el sentido religioso chino, ni sus cultos, y cuestionó las supersticiones, los dioses cotidianos, la falta de higiene, la suciedad en las calles, la inmovilidad de los chinos, -un tema muy recurrente en los occidentales que en el siglo XIX se acercaron a China-. Hay que entender, pues, sus comentarios desde la mentalidad de un occidental de la época que tuvo la oportunidad de vivir ocho años en China y quiso narrar lo que vio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VIAJES POR TIERRAS Y RIOS<br />
</strong></p>
<p>Eduard Toda escribió, además, sobre sus viajes por China, entre ellos una excursión a Emuy, efectuada en 1880, o una breve expedición que realizó en 1881, partiendo de Shanghái, por el curso del Gran Canal imperial, hacia el país de los lagos, una vía náutica de unos 1.200 km construida en tiempos de la dinastía mongólica, con objeto de evitar que las frágiles embarcaciones chinas que llevaban al norte los tributos de arroz tuvieran que afrontar los tempestuosos mares de aquellas costas. en su viaje estuvo acompañado por el conde de Carfort, teniente de navío de la armada francesa, que ilustró la expedición con dibujos. Fueron a bordo de un pequeño barco con camarote, que podía navegar a vela, a remo, o a la sirga, es decir, tirando de cuerdas desde las orillas cuando el canal era muy estrecho. su intención era conocer el canal y los paisajes que lo rodeaban, y dedicarse a la caza de faisanes. Tras varios días de viaje, Toda declaró entusiasmado que había conocido una de las comarcas más bellas de China.</p>
<p>El 7 de noviembre salieron de Shanghái, remontando el curso del Suchao. El día 8 llegaron a Tsungmu, una pequeña población de la zona de los lagos. Visitaron distintos santuarios, en los cuales los monjes budistas les acogieron con amabilidad, ofreciéndoles té, mostrándoles los monumentos más significativos, y narrándoles el devastador paso de la rebelión Taiping por aquella tierra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA INCURSIÓN OFICIAL A NANJING</strong></p>
<p>Sus cuadernos incluían también apuntes de un viaje a Nanjing, una región a la cual los europeos no podían llegar sin un permiso especial de las autoridades chinas. Quizás por ello realizó la visita a bordo del crucero de guerra español “Gravina”, “<em>un barco de guerra nacional que paseaba nuestra bandera por aquellas lejanas regiones</em>” a fin de que se conociera la presencia española. En sus escritos recogió sus impresiones de los lugares que visitó. Hablaba, así, del silencio, la soledad y la destrucción que aún se advertía tras el paso de los Taiping, de las ruinas del palacio imperial, destruido, primero en el siglo XV, cuando la corte se trasladó a Pekín, a fin de evitar que nadie pudiera profanar habitaciones concebidas solo para el emperador, y en las últimas décadas por la guerra civil que asoló esta parte del país. ensalzó también las tumbas Ming, comparándolas por su grandiosidad con las pirámides de Egipto. Toda resaltaba también que “<em>desde las afueras de Nanking marcábase el camino que conducía al regio panteón con dos hileras de monolitos representando diversos cuadrúpedos y guerreros de la época&#8230;</em>” explicaba igualmente que “<em>los soberanos de la pasada dinastía Ming, deseosos de conservar sus restos mortales al abrigo de toda profanación, no podían imaginar cosa mejor que construir una montaña de más de tres leguas de circunferencia, en cuyo seno se depositaran sus cuerpos</em>”. Y concluía: “<em>Es de creer hayan conseguido su objeto, pues si bien la necrópolis regia está abandonada y fue abierta varias veces, no hay recuerdo en el país de que se haya encontrado el cadáver de un solo emperador</em>”.</p>
<p>Al ser este viaje una misión oficial, el barco español recibió la visita del virrey de la zona, que fue puntualmente narrada por Toda, ilustrando la barca que empleó el mandatario en su visita al “Gravina”, y detallando la comida que les ofrecieron, -aleta de tiburón, nido de golondrina, y así hasta más de 40 platos-, al punto de explicar luego que “<em>en los buenos banquetes deben presentarse a lo menos cuarenta o sesenta manjares diferentes y duran entre tres o cuatro horas. Han sido el suplicio mayor a que me he visto sometido en China</em>”.</p>
<p>En 1882 Toda abandonó China rumbo a nuevos destinos. pero en los recuerdos que nos ha dejado sobre su estancia en ese país destaca su manera de entender y desempeñar su profesión y de relacionarse con la sociedad en la que vivía. Se le puede considerar como ejemplo de una serie de diplomáticos del XIX que tuvieron trayectorias personales y profesionales originales, defendieron ideas propias respecto al interés que presentaba Asia, y realizaron importantes contribuciones al conocimiento de aquel ámbito.</p>
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		<title>Juan de Novoa. Un explorador gallego en la Armada de Portugal</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-novoa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:31:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Enrique Morales Cano Bibliografía: Boletín 53 &#8211; Imperio Otomano Nacido en Maceda en 1460 y establecido en Lisboa casi treinta años después, desempeñó un importante papel en la historia [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-novoa/">Juan de Novoa. Un explorador gallego en la Armada de Portugal</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Enrique Morales Cano</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-53-especial-imperio-otomano/">Boletín 53 &#8211; Imperio Otomano</a></p>
<p><strong>Nacido en Maceda en 1460 y establecido en Lisboa casi treinta años después, desempeñó un importante papel en la historia de la navegación portuguesa, sirviendo primero a Juan II y siendo más tarde hombre de confianza de Manuel I el Afortunado. Descubrió la isla de Santa Elena y la de Ascensión, realizó tres viajes a la India en busca de las muy codiciadas especias, y destacó por sus buenas artes diplomáticas.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>De Maceda a Lisboa</strong></p>
<p>La historia de este noble gallego nacido en Maceda (Orense), Juan de Novoa para los españoles, Joao da Nova en el ámbito histórico portugués, se remonta a la Era de los Descubrimientos. Se trata de un complejo personaje para una época también compleja, que forma parte con todo mérito y honores de esa desdichada legión de seres injustamente olvidados, de quienes ya nadie se acuerda, ni apenas consta memoria. Originario del castillo de Maceda, en medio de un entorno paradisíaco, pertenecía por derecho propio a la baja nobleza gallega. Las perdurables sevicias cometidas contra el campesinado gallego se habían hecho ya por entonces tan ostensibles como crónicas, y así, ante las atrocidades de todo sesgo cometidas contra el campesinado, optó el gallego por marcharse. Tal decisión le supondría a Xoan cruzar para siempre la raya portuguesa para salvar la cabeza en lo mejor de su existencia, la treintena. Ya no volvería más a la amada tierra. No obstante, dadas sus buena cualidades, enseguida entra con buen pie a servir a Portugal, volcado entonces en la conquista del norte de África y deslizándose en sucesivos descubrimientos por la costa occidental africana, en busca incansable del cruce del Atlántico con el Índico que les llevaría directamente a la India, el capital mundo de las especias.</p>
<p>Una vez en Lisboa se hizo amigo de Tristán de Acuña, favorito del rey Manuel I y figura de máximo y reconocido esplendor en todos los terrenos públicos imaginables, sociales, culturales y sobre todo financieros. Con este “comodín” en mano y las habilidades y conocimientos públicamente desplegados, Novoa se haría, a no muy tardar, con la alcaldía de Lisboa, y bajo su férula recaería también la seguridad ciudadana lisboeta, así como las implícitas funciones de guardián del estratégico castillo de San Jorge. Pero su mundo no era el de la burocracia, lo oficinesco ni el alto funcionariado, aunque tan bien supiera, no obstante, lidiar con todo ello; ni la codicia le cegó nunca desde los puestos que paulatina y gustosamente mantenía correspondidos y ciertamente conquistados. Su afán era proseguir el latido explorador y seguir los pasos de los primeros pioneros en pos de la India, seducción a la que ya habían caído en pleno, por su parte, tanto Gama como luego a continuación Álvares Cabral.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Al mando de La Flor de la mar</strong></p>
<p>Cuando Novoa (o da Nova) marchaba firmemente ya a la India sin más tropiezos, encomendado a Dios y la mayor de las fortunas, Cabral, en cambio, andaba perdido por algún lugar del universo marino. Acabando por devolver apenas siete de los 13 navíos con los que partiera de Lisboa, dos de los cuales, además, vacíos en contenido de especias: razón por la cual quizá la acogida en la corte no fuera especialmente tan allegada como otras, ni tan calurosa. Nervioso, pues, Manuel I por falta de noticias ultramarinas, ordena entonces al gallego encabezar la III flota hacia el Indostán, al frente de cuatro carabelas, cuyo buque insignia -que comandará siempre-, ofrece el bello nombre de “Flor de la mar”, en español. Sería el título que, en adelante, llevarían sucesivas naves capitanas de la Armada lusa.</p>
<p>A su feliz regreso, sin más contratiempos que el cruce del siempre temido Cabo de Buena Esperanza, Juan de Novoa descubre la isla de Santa Elena, auténtico bastión reparador a lo largo de toda la extensísima y peligrosa “Carrera de la India”. A la ida, había avistado ya otro enclave isleño, igualmente aislado en la inmensidad del vacío navegable, Concepción, por todas partes marginado de tierra e incrustado en medio de la nada del Atlántico Sur, luego conocido por Ascensión. Tiene la isla la implícita particularidad de disponer de la mejor aguada de “la Carrera de la India”, así como de haber sido el lugar de natural anclaje, hospital, reposo de la tripulación y reaprovisionamiento de naves. Sin olvidar el determinante factor de servir de punto de encuentro para reagrupar y defender las flotas provenientes del rico Malabar indostánico, constantemente atacadas por sus enemigo. Cada vez más cargadas de preciadísimas y caras especias, estaban permanentemente bajo el acecho de las flotas holandesas, primero, y más adelante de otras potencias europeas.</p>
<p>Novoa cruza, pues, el Cabo de Buena Esperanza en que entrechocan las aguas frías con las más cálidas índicas, y llega final y bonanciblemente a Cananor con la suerte permanentemente de cara. Una vez llegado a la costa india, y gracias a sus buenos  oficios y fácil labia, se gana para Portugal la voluntad del rey local. En realidad, pese a exigidos intentos comerciales, previamente evidenciados y comandados por Gama y Cabral, de sustentar firmes bases económicas en la zona, es da Nova, sin embargo, quien formalmente funda la primera factoría sobre bases operativas estables en dicha localidad costera. Tal negociación le supone cargar las naves de preciosísimas especias y regresar a casa con cuantos navíos partió sin contratiempos. Algo que, sin embargo, raras veces solía ocurrir, a causa de ataques o fieros temporales que desbarataban las escuadras anuales a la India.</p>
<p>Mientras el imperio ultramarino español, por su parte, se estaba asentando sobre las tierras más cercanas de América, los portugueses se meten de lleno por su parte en la auténtica “boca del lobo”. Unos mares y unas tierras pisadas y disputadas por imperios tan sólidos, fuertes y aguerridos como los persas, hindúes o como los mogoles. Sin contar tampoco -en tránsito por la costa oriental africana rumbo al Malabar- con la virulenta y combativa animadversión demostrada por algunos enclaves árabes y negros. Tan solo los comisionistas de especias venecianos, que comerciaban el producto con Europa vía Mediterráneo, eran institucional y cordialmente aceptados a base de acuerdos, entramados, y encontrados intereses.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Enfrentamiento naval en la bahía de Cananor</strong></p>
<p>En este entorno histórico, dispuesto Juan de Novoa a zarpar hacia Portugal con las naves casi repletas de especias, y coronar así con indudable éxito tan arduo periplo (que le llevaría incluso en su segunda expedición a la India, de 1505, a descubrir Sri Lanka), se dio de bruces con toda la bahía de Cananor bloqueada por fuerzas enemigos. Advertido por sus fieles de no plantar cara, pues el mínimo intento de cruzar esas aguas sin permiso conduciría a un devastador abordaje en masa, se le aconseja aceptar la situación y rendirse. Pero Xoan, sin dudarlo, ordena reagrupar desde “Flor de la mar” sus cuatro frágiles carabelas, frente a centenares de barcos de toda clase y pertrechos dispuestos a asfixiar sus planes y abordarle. Así, el gallego se lanza en tromba sobre la sólida y estructurada muralla enemiga, la atraviesa ante la estupefacción general y ,una vez realizada tal proeza, dispara contra ellos sus cañones de bronce haciendo añicos las embarcaciones de sus incrédulos enemigos, que disponiendo tan sólo de inferior artillería de hierro, se retiran derrotados. Llevando a la práctica una táctica de ataque que se consagró en la guerra naval hasta épocas muy recientes.</p>
<p>Victorioso, volvió en 1505 con su protector Tristán de Acuña al mando de una nueva flota expedicionaria a la India, pero una repentina ceguera de su amigo le obliga a salir de nuevo en solitario hacia el Malabar. A su regreso, problemas de salud y el mal estado de su nave le hacen recalar durante meses en las isla de Pemba, muy próxima a la costa africana. Allí llega a rescatarle Acuña, restablecido de su mal, comandando otra poderosa flota anual a la India. Repara la nave de Joao y trasvasa las codiciadas especias varadas en Pemba a otra embarcación, que dirige de inmediato rumbo a Lisboa.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Días de trabajo y olvido en Cochin</strong></p>
<p>Pero la llegada de socorro de su providencial amigo ocasionará, no obstante, el comienzo de todas las sucesivas desgracias para Novoa, al surgir en escena su auténtica bestia negra, el mítico y legendario personaje asociado a Acuña Alfonso de Albuquerque, quien se enfrentará una y mil veces, humillándole, a nuestro gallego. Se producen, pues, a continuación múltiples enfrentamientos inútiles y atroces, y tras el fracaso de la toma de Adén, finalmente las fuerzas lusas se reunifican en la India, regida ya por su primer virrey, el loable Francisco de Almeida.</p>
<p>Allí, hasta su muerte en Cochín en 1509, Juan de Novoa sigue oponiéndose al de Alburquerque y, posteriormente, participa de forma activa en diversas y trascendentes batallas navales, que consolidan la primacía portuguesa en la zona. Fallecería en dicha ciudad portuaria en situación económica menesterosa, señalan las crónicas de los principales historiadores (Gaspar Correia, etc.), siendo precisamente su principal rival, Alburquerque, quien habría de pagarle el entierro. Lo cierto es que su verdadero patrimonio no está del todo esclarecido, pues, según se sabe, en su momento llegó a testar, dejando posiblemente legado a sus deudos. Incluso, al parecer, adquirió una casa al rey, adosada a la iglesia lisboeta de la Concepción (muy devota de los marinos próximos a zarpar) para edificar una capilla.</p>
<p>Hoy, Juan de Novoa, o Joao da Nova -como indistintamente se quiera- parece, en cambio, no existir en Portugal, España ni ninguna parte. Entre portugueses, quizá por oscurecer luces o ampliar sombras de los grandes mitos marinos de sus inmediatos precursores y pioneros en la apoteósica “Carrera de la India”, los Gama y Cabral. Así, en el mastodóntico monumento levantado en loor de los descubrimientos erigido en Lisboa, próximo a la maravillosa Torre de Belém, quedan esculpidos perdurablemente hasta los necesarios zapateros, cocineros y barberos acoplados a la magna gesta, pero ni rastro del bueno de Juan, que tanto hizo por arraigar el Imperio.</p>
<p>En España, la desatención sin duda se debe a la desidia hispánica hacia los propios que han llevado a cabo grandes proezas con otros. Pero ningún olvido puede borrar la obra hecha y bien concluida de Joao da Nova.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/juan-de-novoa/">Juan de Novoa. Un explorador gallego en la Armada de Portugal</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Es Sahelí, el arquitecto de Tombuctú</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/es-saheli-tombuctu/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:25:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín 41 &#8211; Desiertos del mundo El Sahel, esa franja desconocida de terreno ganado o perdido ante el desierto, se extiende al sur del Sahara y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/es-saheli-tombuctu/">Es Sahelí, el arquitecto de Tombuctú</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-41-desiertos/">Boletín 41 &#8211; Desiertos del mundo</a></p>
<p><strong>El Sahel, esa franja desconocida de terreno ganado o perdido ante el desierto, se extiende al sur del Sahara y constituye una frontera climática en constante avance entre los arenales del norte y las sabanas y selvas del sur. Hay precipitaciones, pero escasas. Hay vegetación, pero poca. Comprende una colección de estados islámicos –antiguas colonias francesas– que se encuentran entre las más pobres del planeta. Sus fronteras son permeables y sus gobiernos, inestables en general. Y, no obstante, un día constituyó una referencia mundial para la cultura islámica y albergó algunas de las mas poderosas civilizaciones del momento, hasta el punto de que los granadinos de Al Andalus, decidieron hacer de él su hogar.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La historia de los andaluces en la Curva del Níger está siendo parcialmente recuperada, poco a poco, por diversos escritores e historiadores. El exilio de algunas familias granadinas a la actual Mali hace quinientos años o la conquista de Tombuctú por el ejército del almeriense Yawder Pacha (Yuder Pachá), a las órdenes del sultán de Marrakech en el siglo XVI, tuvieron consecuencias en forma de descendencia directa.</p>
<p>A día de hoy, aún más de diez mil familias de ascendencia andalusí habitan la Curva del Níger y aún conservan orgullosos algunas palabras del castellano como herencia cultural. Son los Arma o los Laluyi (renegados, pues se cree que en algún momento se emparentaron con cristianos y judíos). Algunos habitan en remotas aldeas, a días en piragua, en el país más pobre del mundo. Y sin embargo, durante cuatrocientos años, han escondido un tesoro que repartieron entre ellos para preservarlo de saqueadores o del ejército francés: más de tres mil  manuscritos en los que se narra la historia del Islam en la península ibérica y el exilio de los andalusís al Níger. El más importante legado histórico andalusí que existe fuera de las fronteras españolas.</p>
<p>La historia de Yawder Pachá, el soldado de fortuna procedente de Las Cuevas de Almanzora que en el siglo XVI conquistó Tombuctú al mando de un ejército de andaluces, castellanos y portugueses; la de Sidi Yaya, uno de los poetas místicos más importantes, natural de Tudela, que se trasladó a la zona en el siglo XV, la historia del viajero granadino Hassan ben Mohammed, más conocido como Juan León de Médecis o “León el Africano” que visitó la zona en las mismas fechas, la de Alí ben Ziyab al Kuti al-Andalusí, que dejó su Toledo natal en 1468, ascendiente común de una parte importante de la gran familia Arma, y cuyo hijo, Mahmud Kati, escribió una obra histórica que ha sido reconocida por la UNESCO como representativa de la Humanidad en su serie africana… Todas ellas están aquí. Epopeyas gloriosas, reyertas, migraciones y pequeños secretos de familia. Todo es válido para investigar un pasado histórico común que ha permanecido oculto de generación e generación durante siglos. Una historia que apenas ha sido contada. Quizá porque era la de los vencidos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ARQUITECTO DE TOMBUCTÚ </strong></p>
<p>Entre esas historias está la del andalusí Es Saheli. Es anterior al exilio forzoso impuesto por los Reyes Católicos, puesto que nació en el año 1290. Su sobrenombre –saheli– nos habla de ese sahel árido y fronterizo que le adoptó, pero cuando nació, en la bellísima y bulliciosa Granada musulmana del siglo XIII, se llamaba Abu Ishak y amenazaba ser una persona corriente. No pertenecía a ninguna familia relevante en la corte –su padre era el alamín de los perfumeros del zoco granadino– pero por algún extraño designio estaba llamado a hacer grandes cosas. Creó un arte que aún hoy perdura y que ha inspirado a artistas de la talla de Le Corbusier, Gaudí o Miguel Barceló, elevó la sencillez a la categoría de Arte y algunas de sus obras están consideradas Patrimonio de la Humanidad… Y sin embargo ¿cuántos de los que leen este artículo han oído hablar de él?</p>
<p>Abu Ishak tenía un espíritu viajero e inquieto, alma de poeta y una curiosidad innata por saber, conocer, aprender, entender y explicarse. Llegó a ser notario de Granada y a ingresar en la Chancillería de la La Alhambra, pero sus excesos, no exentos de sexo, drogas y alcohol, como en las viejas canciones rockeras, le llevaron a caer en desgracia ante las autoridades. Fue acusado de herejía y obligado a exiliarse del país. Abandonó la ciudad que amaba con locura y que le había visto nacer y embarcó en Almuñecar. En algún momento había tomado la decisión –quizá ante una acusación de herejía que consideraba injusta– de emprender su propia peregrinación a La Meca. Quizá soñara con volver redimido –más culto, más sabio, más humilde– a la ciudad donde quedaba su familia. Probablemente mirara hacia la costa desde el barco que se dirigía, sin él saberlo, hacia la segunda etapa de su vida. El caso es que, quizá entonces no lo imaginara, pero, como en un verso de Lorca, jamás volviería a Granada.</p>
<p>Abu Ishak se convertiría en un gran viajero, sobre todo para los estándares de la época. Visitaría Damasco, Yemen, La Meca, Fez, Bagdad y El Cairo. Pero sería 98 / SGESGE / 99 en la Ciudad Santa, en el año 1330, donde el destino le pondría en el camino de otra gran personalidad de su tiempo, el llamado emperador “del Reino de los Negros”, el rey maliense Mansa Mussa.</p>
<p>En efecto, la peregrinación del emperador a La Meca esta recogida en nume-rosas crónicas de la época, especialmente porque sirvió para situar a su país en el mapa de la época. Hasta ese momento la curva del Níger era un universo desconocido. Sin embargo, la mítica ciudad de Tombuctú, destino y origen de las caravanas que cruzaban el desierto, albergaba ya tres universidades y 180 escuelas coránicas y su gobernante estaba decidido a situarla en el lugar histórico que creía que le correspondía por derecho. En una admirable operación de mar-keting para la época, en su largo periplo hacia La Meca estuvo acompañado por sesenta mil porteadores, cada uno de los cuales llevaba encima tres kilos de oro. Se dice que durante su estancia en El Cairo, la moneda local se devaluó, como consecuencia de la sobreabundancia de riquezas repentinas en la ciudad. Sin embargo, la extremada ostentación del emperador cumplía un segundo objetivo, “seducir” a los mejores de entre los mejores en el mundo islámico, y de alguna manera “comprar” con sus riquezas la cultura, el arte y la sabiduría que le faltaba a su reino. Quería músicos, pensadores y filósofos. Quería astrónomos, mate-máticos y poetas. Quería arquitectos y constructores, personajes brillantes que le dieran esplendor a su corte. El mismo que ostentaban los sultana­tos del norte de África y la mítica Al Andalus, más allá del mar…</p>
<p>Y en este momento histórico es cuan­do el emperador cazador de talentos se encuentra con el talento indiscuti­ble del granadino exiliado, Abu Ishak, quien, en 1334 regresa al Níger en la caravana del emperador junto a una corte de sabios y hombres de letras. Y una vez allí, en aquel paisaje semi­desértico, ganado a duras penas a las lluvias torrenciales y a las sequías, Abu Ishak se convierte en Es Saheli, su habilidad con las letras se con­vierte en un exquisito manejo de los volúmenes las texturas y las formas, y el poeta bohemio se convierte en “el arquitecto de Tombuctú”, como le rebautizó el escritor Manuel Pimentel en el formidable libro en el que recupera para la historia la extraordinaria figura de Es Saheli.</p>
<p>¿Y por qué arquitecto? ¿Y por qué no? Es Saheli había admirado las construc­ciones palaciegas granadinas, las suntuosas mezquitas de La Meca, la monumen­talidad egipcia… Y sin embargo, cuando el emperador le pidió que dotara a su país de aquella misma majestuosidad, Es Saheli tuvo la inteligencia de no copiar todas aquellas maravillas, sino de reinterpretarlas, de contextualizarlas en aquel paisaje humilde de barro y acacias dispersas. Para ello tomó esos dos materiales como base –barro y madera de acacia– y los elevó a la categoría de arte al usarlos para levantar grandiosas estructuras de adobe, con vigas vistas de madera y una ingeniosa interpretación de las luces y las sombras proyectadas por el sol, como si fueran una prolongación de la propia tierra. Así construyó la mezquita de Djinguereber y las de Tombuctú –declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, pero su influencia iría mucho más allá, ya que hasta día de hoy las mezquitas– no solo de la curva del Níger, sino desde Guinea a Sudán, pasando por Burkina Faso se continúan construyendo de la misma manera, en lo que ha dado en denominarse “arquitectura sudanesa”, pero que, si la historia entendie­se de justicia, podría haberse llamado “arquitectura granadina”.</p>
<p>Las relaciones entre Andalucía y la Curva del Níger pueden calificarse, por extraño que parez-ca, de milenarias. En tiempos del califato de Córdoba ya había lazos culturales e históricos entre ambos países y la coronación de los reyes de Gao, en Mali, se hacía bajo los auspicios del califa cordobés, pero quizá sea en este momento, en la mágica ciudad de Tombuctú, cuando cristalice y se fusione para la posteridad, para los ojos de todos los que queramos tomarnos la molestia de viajar a verlas, la esencia de ambas civilizaciones: la magnificencia andalusí y la sencillez y el sol y la tierra agrietada de ese cinturón de tierra al sur del Sahara.</p>
<p>La historia que es amiga de los finales felices, cuenta que Es Saheli se asentó en Tombuctú, que continuó construyendo mezquitas y palacios y que tuvo la oportunidad de seguir viajando como embajador de Kanku Mussa, el emperador de aquel “Reino de los Negros” que empezó a levantar envidias, amistades interesadas y suspicacias cuando decidió exhibir su riqueza. Y como también es amiga de las cifras y de la anécdota nos cuenta que el arquitecto granadito recibió 170 kilos de oro por la construcción de la mezquita de Djingereiber, en Tombuctú, y que ésta fue siempre su predilecta. Puede que fuera así, pues murió en ella, en su patio en el año 1346. Pero también puede que hubiera pagado esos 170 kilos de oro –o gran parte de ellos– por la posibilidad de volver a ver Granada. O una vez más, como diría Lorca, su Granada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>
<p>■ <em>El Arquitecto de Tombuctú</em>, de Manuel Pimentel. Ed. Umbriel. 2008.</p>
<p>■ <em>La Conquista de Tombuctú</em>, de Antonio Llaguno. Ed. Almuzara. 2006.</p>
<p>■ <em>Los Otros Españoles</em>, de Ismael Diadié y Manuel Pimentel. Martínez Roca, 2004.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Imagen de <span class="mw-mmv-source-author"><span class="mw-mmv-author">Mousssa NIAKATE.</span></span></em></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<item>
		<title>Fernando de Aranda. El arquitecto de Damasco</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fernando-de-aranda/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 07:43:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Miquel SilveStre Bibliografía: Boletín 40 Los grandes exploradores no conocieron el transporte aéreo. Seguir sus míticas huellas obliga a recorrer los mismos caminos de aquellos obstinados. Sólo así se [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Miquel SilveStre</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-40/">Boletín 40</a></p>
<p><strong>Los <em>grandes exploradores no conocieron el transporte aéreo. Seguir sus míticas huellas obliga a recorrer los mismos caminos de aquellos obstinados. Sólo así se puede aprehender algo de su espíritu. El fantasma del personaje español que esta vez busco en Oriente Medio me ha traído primero hasta Estambul, donde su padre había sido invitado por el Sultán Abdul Hamid II para dirigir su orquesta. Pronto, el capaz y ambicioso músico fue ascendido a general de división y nombrado director de todas las bandas militares del Imperio Otomano. Su hijo, Fernando de Aranda, fue un reputado arquitecto en Siria. Esta es su historia.</em></strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cuando el sultanato empezó a decaer, Fernando de Aranda (padre) dejó Estambul para emigrar con su familia a Damasco, donde llegaría en 1903. Pongo pues rumbo a Siria tras los pasos de este personaje. Esta vez no utilizo el populoso paso que lleva de Antakia a Aleppo, sino el mucho más remoto de Nusaybin, cercano a Iraq y puerta de entrada a un desierto plano e infinito en el que apenas algunos rebaños de camellos rompen la polvorienta monotonía. Al llegar a Tadmor desde el noreste no veo nada más que los sórdidos callejones de una barriada humilde. El único punto de referencia es la imponente ciudadela árabe construida en el siglo XVII sobre un monte cercano. Desde esta atalaya diviso las crestas de un paseo erizado de columnas. Es Palmira. Desciendo campo a través y llego hasta el corazón del yacimiento. No soy el único motociclista. Los comerciantes locales de bisutería y antigüedades falsificadas usan pequeñas motos para circular entre las ruinas romanas.</p>
<p>Patrimonio de la Humanidad desde 1980, Palmira es un testimonio vivo de otra época. A diferencia de otras joyas arqueológicas, se puede acceder libremente. No hay barreras ni guardianes. Literalmente a tiro de piedra está el hotel Zenobia, el más antiguo. Su nombre fue elegido en honor a la esposa del gobernador romano Septimio Ordenato que al enviudar se erigió en soberana de un reino independiente hasta que en el 272 fue derrotada por las tropas imperiales.</p>
<p>De una sola planta y perfectamente integrado en el entorno, el Zenobia fue inaugurado cuando se desconocía por completo algo llamado turismo. Quienes a principios del siglo XX llegaban hasta aquí eran viajeros cosmopolitas sin urgencia alguna. Espías, diplomáticos o fugitivos. Desde su privilegiada terraza se contempla la puesta de sol entreverada de capiteles y ábsides milenarios. En la recepción hay una foto de don Juan Carlos I y doña Sofía. También Alfonso XIII pernoctó aquí. El hotel es conocido en España. La razón es un reciente libro de éxito de Cristina Morató sobre Marga d’Andurain, bohemia dama francesa que fue su directora. Pero lo que busco no son las novelescas andanzas de esa mujer de leyenda a quien algunos consideraron espía británica, sino las huellas del hombre que diseñó este sobrio edificio: Fernando de Aranda, hijo del director de la orquesta del Sultán, que decidió quedarse en Siria cuando el Imperio Otomano se desintegró.</p>
<p>El gerente confirma que muchos españoles han visitado el hotel a raíz de la publicación del libro sobre d’Andurain, pero que nadie le había preguntado antes por Aranda, quien además fuera vicecónsul honorario de España durante la Primera Guerra Mundial con la misión de proteger a los occidentales que permanecieron en Oriente Medio. Me sorprende ese desinterés. La historia es poco conocida pero no es secreta. Recientemente, el Instituto Cervantes ha publicado un volumen completo sobre su figura, esencial para entender la fisonomía de la Damasco moderna.</p>
<p>Tras el desierto, aparece la bulliciosa capital de Siria. La puerta del romano templo de Júpiter separa la Mezquita de los Omeyas del bazar cubierto de Al-Hamadiye, donde se mezclan todos los aromas, se venden todas las telas, se ofertan todos los sabores y se demandan todos los oficios. La Vía Recta, plantada sobre la Vía Decumana latina nace en el zoco y termina en el barrio cristiano, por el que la mayoría de las mujeres caminan descubiertas, los restaurantes sirven alcohol y los colegios acogen una muchachada mixta que camina despreocupada y alegre. El arquitecto español unió su vida a este lugar y lo llenó de genio. Aquí murió en 1969 y aquí está enterrado en un cementerio musulmán. Casado con una turca rica, se convirtió al Islam, al igual que hicieron otros aventureros españoles. Como Domingo Badía, primer occidental que visitó la Meca y que fue bautizado con el nombre de Alí Bey. Más de setenta edificios llevan la personalísima impronta de Aranda. El Serrallo (hoy sede del Ministerio del Interior), la Universidad Vieja, el Banco Comercial de Siria y multitud de palacetes privados. También algunas mezquitas de las más de setecientas que hay en el municipio permanentemente habitado más antiguo del planeta.</p>
<p>Sin duda, la obra más representativa de su estilo sobrio y funcional, bello y alejado del manierismo modernista, es la estación ferroviaria del Hedjaz O Hiyaz, construida entre 1917 y 1920 para llevar a los peregrinos hasta los santos lugares de Arabia. La línea uniría Damasco con Medina, en lo que hoy es Arabia Saudí. Sin embargo, este tendido ferroviario fue pronto saboteado por los árabes, pues más que una finalidad religiosa la veían militar. El tren llevaría soldados turcos de modo rápido hasta el extremo de las posesiones otomanas. Uno de los más fieros enemigos de este ferrocarril fue el famoso Lawrence de Arabia, motero él, por cierto (se mató en una Brough Superior, el Rolls Royce de las dos ruedas), que desde el Wadi Rum de Jordania dirigía la sublevación árabe contra el sultanato.</p>
<p>El recepcionista del cercano hotel Sultán no sabe que la bellísima estación la diseñó un español. Para él los responsables fueron alemanes. Pero si bien es cierto que la línea férrea, que en muchos tramos circulaba por debajo del nivel del mar, fue obra del ingeniero Heinrich August Meißner, el edificio en el centro de Damasco es obra exclusiva de Aranda, quien no escatimó medios en su construcción. Así, reclamó que trajeran azulejos de Talavera de la Reina, levantó dos amplias plantas, decoró el interior con maderas oscuras y colocó vidrieras que tamizaran la recia luz meridional. En el que quizá sea su trabajo más logrado, combinó perfectamente la eficacia de una ingeniería civil con el delicado refinamiento oriental.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Hoy la vieja estación de Damasco está sin uso. Permanece intacta en su céntrica ubicación. Nadie reclama que se demuela para levantar en su valioso solar una torre de apartamentos o un centro comercial. Tampoco es un cascaron vacío. Alberga una librería y una colección de fotos de la historia gloriosa del ferrocarril. Perfecta en su tranquila belleza, el reloj de la fachada está parado y el interior evoca un mundo de trenes de vapor y viajeros sin prisa. Por sus pasillos aún pasean los apasionantes fantasmas de Fernando de Aranda y su época: tiempo convulso de aventureros, mujeres fatales, espías, agentes dobles, diplomáticos y fugitivos que jamás conocieron esa moderna atrocidad de los vuelos low cost.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<item>
		<title>Alfonso Graña, el rey de los jíbaros</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/alfonso-grana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 07:29:22 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María E. Pérez Bibliografía: Boletín 37 &#8211; Protectores de la Tierra En los años veinte del siglo pasado comenzó a forjarse la leyenda de un hombre blanco al que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/alfonso-grana/">Alfonso Graña, el rey de los jíbaros</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María E. Pérez</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-37-protectores/">Boletín 37 &#8211; Protectores de la Tierra</a></p>
<p><strong>En los <em>años veinte del siglo pasado comenzó a forjarse la leyenda de un hombre blanco al que las tribus del Amazonas reconocían como rey. Era Alfonso Graña, un emigrante y aventurero gallego que un día desapareció en la selva desde Iquitos donde trabajaba como cauchero, para reaparecer poco después convertido en líder de los más temibles indios del continente americano, los jíbaros. Llegó a ser reconocido como Alfonso I del Amazonas. Podría ser una simple leyenda pero se trata de un hecho real. Esta es su historia.</em></strong></p>
<p><em> </em></p>
<p>La de Ildefonso Graña Cortizo podría haber sido una más de las miles de historias de éxito o fracaso de los emigrantes que a finales del siglo XIX dejaron la empobrecida España para buscar una vida mejor en nuestras antiguas colonias americanas. Entre finales del siglo XIX y el comienzo de la Guerra Civil Española, medio millón de gallegos emigraron a América. Fue un éxodo masivo propiciado por la necesidad y el hambre, pero fueron muy pocos los que se atrevieron a entrar en la selva para hacer fortuna en uno de los negocios más lucrativos y peligrosos del momento: la extracción del caucho. Sólo los más desesperados o los más aventureros lo intentaban y uno de estos últimos fue Ildelfonso Graña, un campesino gallego que protagonizó una peripecia vital digna de una película de aventuras.</p>
<p>Alfonso (o Ildelfonso) Graña, nació en 1878 en la pequeña aldea de Amiudal (Avión), en Orense. La enfermedad y el hambre causaban estragos y obligaban a dejar la aldea a quienes querían sobrevivir. Siguiendo el camino de la mayoría de los habitantes de la zona, Graña emigró a Brasil a finales del siglo XIX, ya que el gobierno de este país pagaba el pasaje de cuantos quisieran establecerse en este rico y extenso Estado. Tendría 18 ó 19 años (1896-1897), ya que en los documentos se habla de él como “analfabeto y quinto prófugo”. Recaló, como la mayoría, en Belén de Para (Brasil) pasando a Manaos y más tarde a Iquitos. En esta zona permaneció dedicado al comercio y extracción de caucho hasta finales de 1921.</p>
<p>A principios del siglo XX se produjo la gran crisis del caucho, que hizo caer bruscamente su precio en los mercados internacionales. Fue entonces cuando Graña decidió dirigirse hacia Pongo de Manseriche en el Alto Marañón, es decir en la parte alta del río Amazonas y sus afluentes (río Nieva, Santiago&#8230;). En 1922 se encontraba, como él mismo refiere <em>“&#8230; en el Santiago&#8230; dedicado a la extracción de gomas y a ganar la vida&#8230;” </em>Por un tiempo, se pierde la pista de Graña.</p>
<p>Según unos autores fue raptado por los indios jíbaros donde logró salvar la vida gracias a que la hija del jefe se encaprichó de él, y al fallecer éste, quedó Graña cómo “rey de los indios jíbaros”. Otros sin embargo aseguran que Graña intentó seguir su vida de recolector de caucho en estos territorios inhóspitos y, tras matar a uno de sus patrones, se refugió entre los indios aguarunas donde fue bien recibido y se casó con una india. La realidad es que durante un tiempo no se supo nada de Graña y cuando hacía dos años y un día desde que se había ido de Iquitos, se le vio de nuevo aparecer en la ciudad con dos balsas cargadas de mercancías y con remeros indios. Graña podría haber sido un aventurero más pero su caso se hizo famoso por varios motivos y sobre todo por algunos de sus amigos, como Cesáreo Mosquero, propietario de la célebre librería de Iquitos “Amigos del país” que además de brindarle su amistad le haría famoso pues lo puso en contacto, entre otros, con el capitán Iglesias Brage famoso por su nunca realizada expedición al Amazonas y con el periodista y escritor Víctor de la Serna al cual le debemos los mejores recuerdos de Graña. Gracias a todos ellos se fue forjando la leyenda de Graña, el “hombre blanco” que vivía en la selva con los temibles indios jíbaros.</p>
<p>Cesáreo Mosquera, que era de Costeira (Ribadavia), muy cerca Amiudal, sentía una gran admiración y respeto por Graña. Por ello, le gustaba dejar por escrito muchas de las aventuras que el propio “rey de los jíbaros” le relataba. Con su máquina de escribir, recogía textualmente y palabra por palabra lo Graña le iba contando para enviar estos relatos de aventuras a sus amigos Iglesias Brage o de la Serna. Éste último a su vez se encargaba de divulgar las aventuras de Graña en diferentes artículos en revistas y prensa. Eran largas entrevistas en las que a Graña le gustaba contar con todo detalle historias como cuando rescató a un aviador que cayó en la selva, lo embalsamó y tras cuatro meses en la selva, consiguió trasladarlo a Iquitos. O cómo salió en auxilio de una expedición que se había perdido sin recursos en la selva, o cómo sirvió de guía a la Latín American en sus exploraciones por la selva en busca de petróleo. Todo son historias propias del mejor guión de Holywood en las que no faltan los detalles de lo mucho que aprendió de los indios sobre plantas, animales, tradiciones guerreras y todo tipo de misterios amazónicos.</p>
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<p><strong>LA LLEGADA DE GRAÑA AL PAÍS DE LOS JÍBAROS</strong></p>
<p>Sabemos por tanto mucho de las andanzas de este aventurero-explorador que probablemente vivió donde ningún hombre blanco estuvo antes. Sobre su principal aventura (cómo llegó al territorio de los temibles y sanguinarios indios jíbaros, aguaruna y humabisa, en los cursos del río Santiago y Nieva) hay varias versiones. Una de ellas es la transmitida por su amigo el capitán Iglesias Brage que relató que Alfonso Graña trabajaba en una tienda a la que se asomaban los indígenas a comprar algunos artículos, en el límite entre la selva y la civilización.</p>
<p>Un día, un grupo de nativos lo llevó contra su voluntad hasta la tribu donde residía el Rey de la tribu, y éste, dirigiéndose a Graña, le dijo que lo habían elegido para casarse con su hija&#8230; Y así fue como Graña, sin querer, comenzó a vivir a la fuerza entre los aborígenes. Poco a poco, logró ganarse el cariño y el respeto de los habitantes de la zona, apoyado por el rey de la tribu, que al morir le dejó como sucesor con el nombre de Alfonso l Rey de la Amazonia. En realidad no parece probable que Graña adoptara la vestimenta y costumbres de los “salvajes”. Tenemos fotos en las que aparece con un aspecto muy diferente y además sabemos que tenía relaciones con otras tribus como los indios huambisa y no exclusivamente con los jíbaros. Lo que si parece cierto, por los documentos que tenemos, es que Alfonso Graña “reinaba” en aquella inmensa zona de la Amazonia y que tribus de indios aguarunas y huambisa le seguían “como soberano indiscutible”</p>
<p>Lo mejor es quedarse con el relato de su amigo Víctor de la Serna publicado en el periódico “Ya”, en 1935, tras la crisis del caucho, que probablemente sea un relato casi directo del propio Graña, a través de la correspondencia que Cesáreo Mosquera mantenía con el y el capitán Iglesias Brage.</p>
<p><em>“Hubo un éxodo de caucheros hacia Iquitos , la ciudad capital de Loreto, estado amazónico del Perú&#8230; Alfonso Graña preguntó sencillamente “¿Qué hay para el oeste? “Nada”, le contestaron. El misterio para hollarle, la tiniebla para rasgarla, está siempre para el español por el lado del Poniente. Un día, navegando ese rumbo, multiplica el mundo por dos y descansa para unos siglos&#8230; Como por el Oeste no había nada, Graña partió para el Oeste (repite Oestede); solo y analfabeto igual que había partido, también para el Oeste, desde Rivadavia, hacia nuestra Señora de la Mar Dulce.”</em></p>
<p><em>“Al cabo de un par de años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande; hacia el Pongo de Manseriche&#8230; vivía mandaba y reinaba un hombre blanco, Graña era el rey de la Amazonia”. “Un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una “xangada” con indios jíbaros, muchas mercancías&#8230; y Graña. Le reconocieron sus amigos y, sobre todo, con doble alegría Mosquera&#8230;”</em></p>
<p>Hasta aquí el relato del periodista, escritor e historiador Víctor de la Serna, que no llegó a conocer nunca personalmente al rey gallego pero dejó el mejor de los retratos del personaje. No sabemos cómo le llegaron estos datos pero se puede suponer que son parte de la correspondencia que mantenía con César Mosquera. También a través de estas cartas podemos conocer el territorio sobre el que ejercía su “reinado” el gallego.</p>
<p><em>“Dominaba Graña, único ser blanco habitante de la selva, una zona comprendida entre los ríos Nieva, Santiago y Alto Pastaza; en una extensión como la de Andalucía, Extremadura y Castilla la Nueva, juntas. La pueblan los indios más indómitos del Continente, los temibles jíbaros, disecadores de cabezas, magos y gigantescos guerreros, e inatacables a la civilización</em>”, escribe de la Serna en el ya citado artículo publicado en el Ya en 1935.</p>
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<p><strong>EL REINO DE ALFONSO GRAÑA</strong></p>
<p>Hay diversos autores que han intentado investigar sobre la influencia real que Alfonso Graña ejercía sobre los jíbaros en un territorio tan amplio. En realidad todos se basan en la correspondencia antes mencionada, por lo que tal vez lo mejor sea seguir los artículos de Víctor de la Serna. Parece ser que a la vez que se empapaba de la cultura jíbara y de los conocimientos de los indios de su entorno natural y los secretos de la selva, Graña los “civilizaba a su manera” aportándoles sus conocimientos: incluso parece que les enseñó a construir un molino de agua. Por el propio Graña sabemos que los indios extraían sal de un río salino que pasaba por el territorio de los aguaruna, pero él consiguió multiplicar su producción por diez incorporando alguna maquinaria.</p>
<p>Sorprende la evolución de este personaje hecho a sí mismo. Sabemos que era analfabeto cuando salió de España y que aprendió él solo a leer en la selva, pero tenía otros muchos conocimientos de la cultura tradicional gallega con los que asombraría a los indios. Así lo cuenta de la Serna, que no hace más que recoger lo que el propio Graña le contaba a Cesáreo Mosquera, cuando bajaba a Iquitos y se reunía con otros gallegos y emigrados en la librería “Amigos do país”, propiedad de Mosquera. El Capitán Iglesias Brage, que estaba preparando su famosa “Expedición Iglesias al río Amazonas” estaba muy interesado en estas informaciones. Graña le prometió todo su apoyo para introducirse en esta parte de la selva sin el peligro de las tribus hostiles.</p>
<p>Así describe el periodista de la Serna el territorio dominado por Graña: <em>“Podrán discutir Ecuador y Perú sobre el dominio teórico de esa zona. Prácticamente allí solo ha mandado el gallego Graña, a quien reconocían los jíbaros como jefe único. Él les enseño a curtir pieles, a fabricar chozas, a extraer sal de las lagunas, a desecar la carne del “paiche” gigantesco pez del Amazonas, y a hacer tasajo de un mono melenudo, negro y sedoso, que constituye el alimento mas preciado de los iquiteños”.</em></p>
<p>En realidad Graña era el único “rey” sobre la zona y quien disponía de los indios. Así, cuando Iglesias planteó hacer una película de los indios jíbaros, Graña se limitó a decir condescendientemente: “yo pondré a disposición del capital cinco mil indios”. También cuando la Standard Oil quiso explorar el Alto Amazonas en 1926 para conocer la existencia o no de pozos de petróleo, tuvo que pactar con Graña y sólo cuando éste dio su consentimiento, los americanos pudieron hacer su trabajo, vivir y comer en la zona. Y cuando terminaron, el gallego los acompañó hasta el límite de “sus tierras” y allí los despidió como un auténtico monarca.</p>
<p>En cuanto a la relación con los indígenas, éstos adoraban a Graña y lo seguían a todas partes, como a un verdadero líder. El gallego por su parte se ocupaba como un padre de todos ellos: “En la ciudad (Iquitos) les curaba las úlceras&#8230; cortaba el pelo&#8230;invitaba a helados&#8230; llevaba al cine&#8230; y a pasear en coche”, así lo recoge el escritor Gonzalo Allegue en su obra “Galegos as mans de América”, a partir de las conversaciones mantenidas con Cossetta Mosquera , hija de Cesáreo Mosquera, sobre todo lo que ésta recordaba tanto de su padre como de Alfonso Graña. <em>&#8230;” Quizás A. Graña viajase a aquella hora por el Marañon, en una balsa seguida de bongos y curiaras repletas de exóticas mercaderías: kgs y kgs de hangañas, monos, maqui sapas, tapires, paujiles, pescados salados, venados&#8230; Durante la surcada, de hasta 4 meses por los afluentes del Amazonas, el Santiago, el Pastaza, </em><em>el Marañon, Graña negociaba con toda clase de “carne curada del monte” hasta llegar a Iquitos para contrabandear con charapas, sal y un par de cabezas reducidas de la alfarería jíbara, envueltas en papel de periódico.</em></p>
<p><em>Con él venían cuatro o cinco jíbaros, indios huambises. Los indígenas lo adoraban y lo seguían a todas partes. En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes los huambises se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían Al dia siguiente desenvolvía las cabezas de los periódicos y las ofrecía a turistas ingleses o yanquis -a 10-l</em><em>a rara botillería que mostraba “la selva revelada”, la botella de sangre de drago para cortes, heridas y enfermedades de la boca, la que contenía aceite del árbol “cahuito”, que usaban los nativos para el pelo, la del agua mineral azufrada, la del petróleo crudo, la de la sal del rió Nieva, sustanciosa como la de mar. En el suelo, sobre cubertería de Limoges prestada por Mosquera, lotes de taba a pasear en el Ford 18, descapotable, cedido por Cesáreo Mosquera. Los huambises iban muy serios, abismados, y saludaban a los peatones, tocándose muy ligeramente el sombrero. Graña conducía y les explicaba la ciudad. Libras de oro cabeza&#8211;, voceaba el “pescado seco del Marañon que no produce lepra”, exponía fósiles, mono, paugil ahumado, conchas, paiche salado, castañas silvestres, mapas, vocabularios de las lenguas indígenas. Mientras mercadeaba, los huambises hacían </em><em>tertulia con Mosquera y sus amigos en la librería “Amigos do país” Graña, con su rostro aniñado, ojos gatos, pelo claro y extrema delgadez, sorprendía </em><em>a las gentes. Era difícil imaginarlo entre los jíbaros. Pero su fragilidad era solo aparente; resistía como cualquiera las fiebres y las tarántulas y se negaba a que lo atasen cada vez que cruzaba el terrible Pongo de Manseriche, un rápido que se tragaba continuamente balsas y curiaras. En medio del Pongo, agarrado a la pértiga, pedía a voz en grito un canto y un rezo “para el maina ¡ iracoche español el Padre Rafael Ferrer” ahogado en el río, el primero, iban mas de cien años, ahora dios protector de Graña y sus criaturas, del gallego y su despensa, mono, charapa y loro ofuscado que, encadenado a la pértiga, maldice a los jíbaros por encima del ruido de las aguas. Mientras los huambises hacían tertulia, Graña enseñaba lenguas indígenas a la puerta de la librería. Era sobre todo fonetista y no pasaba ni una, “blanco” en guaraní “moroti”; en cocama, “tini”; en cashivo “uni”&#8230;; casa en guarani “oga” ; en cocama “uka” ; en cashivo , “muaseasobo”,; “estrella”, en guarani no existe, en cocama “sisu” , en cashivo “hischti”&#8230; Lo de ortodoxos era palabra que usaba mucho, la sacó de las reuniones masónicas, de cuando iba a devolver trajes y sombreros. “¡ Repetir ortodoxos&#8230; !” Dejaba a los alumnos repitiendo a la puerta y se entraba un rato a la librería en donde los huambises seguían hablando de la yacumama, la anaconda de los ríos, de los árboles del tanino y, sobre todo, preguntan por Cossetta, la heroína de “Los Miserables” que conocían muy bien porque Graña la nombraba con sensualidad cada vez que alucinaba con la ayahuasca en las fiestas del poblado.</em></p>
<p><em>&#8212;¿Tomando mucho ayahuasca, Graña?&#8212; preguntaba la tertulia.</em></p>
<p><em>&#8212;-Si, tomando&#8212;decían los indios.</em></p>
<p><em>&#8212;-¿Y que viendo?</em></p>
<p><em>&#8212;Ah&#8230;viendo el cielo y las escaleras.</em></p>
<p><em>Los huambises asentían con la cabeza y se les pintaba una lagrima con la historia de Cossetta mientras hacían collares y peinecitos de púas de puna y pulseritas con hilo de chambira para las hijas de Mosquera&#8212;una de ellas, asombrosamente, también se llamaba Cossetta&#8212;o regalaban sus pendientes de escarabajo, de concha tornasolada, a las cholitas que entraban tímidamente en la librería y hojeaban sin parar montañas de revistas ilustradas esperando que alguien se fijase en ellas. Cuando Graña y los huambises decidían remontar, de vuelta al Santiago, Mosquera, se sentía mal y durante días se paseaba taciturno. Ahora era un hombre sedentario, se había rendido, tenia mujer, hijos, un negocio, en fin. De cuando en cuando echaba de menos los remontes por el Pastaza, cuando la campaña aurífera, aquellos cinco, seis meses afiebrado por el oro, como todo el mundo.”</em></p>
<p>Una de las cosas más sorprendentes de la biografía de Graña es cómo un emigrante analfabeto logró ganarse el respeto y admiración de las tribus más temidas del Amazonas, célebres por sus costumbres sanguinarias. Parece ser que, como con toda probabilidad, una gran dosis de valor, como demostró en sus muchas aventuras, que iban desde atravesar corrientes peligrosas en inestables balsas y canoas hasta adentrarse en impenetrables selvas. » e su astucia y su inteligencia da muestra la forma en que intervenía en la obtención de armas.</p>
<p>Las creencias de estos indios les hacían guerrear continuamente. Necesitaban conseguir “tantzas” (cabezas reducidas) y además del prestigio que esto daba a los guerreros, también adquirían, según su cultura, todo el valor y la fuerza del guerrero que habían matado, y esto provocaba guerras incluso entre los de la misma etnia. Y ante algo tan fundamental para su supervivencia vendían incluso a sus seres más queridos, mujeres e hijos. Nada atraía tanto a los indios como las armas, rifles, escopetas&#8230;, pues de ello dependía su vida, ya que si una tribu enemiga tenía armamento y ellos no, y como las escaramuzas eran continuas, esto podía significar el fin. Por ello, hacían este intercambio cuando entraban en guerra, vendían o cambiaban a sus mujeres por rifles. Y es aquí donde interviene Graña&#8230; “yo hago que me las entreguen a mí&#8230;” y continúa “&#8230;y yo se las devuelvo así es como se tiene la simpatía de todos ellos la confianza&#8230; y que jamás ha habido un fracaso de matanzas como la hacían antiguamente&#8230;”</p>
<p>No cabe duda que este fue uno de los comportamientos con los que Alfonso Graña consiguió el respeto y la admiración de los indios jíbaros, aguarunas y huambisa sobre los que él “reinó” doce años, hasta su muerte.</p>
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<p><strong>GUÍA DE EXPEDICIONES</strong></p>
<p>Otro de los aspectos más llamativos y cinematográfico de la vida de Graña es su faceta de guía de expediciones. Conocía bien la selva y sus tribus y esto le permitió guiar a diferentes expediciones científicas y comerciales en busca de petróleo y otras recursos y aprovisionarles de todo lo necesario. Tenemos relatos dignos de una película de Indiana Jones, como aquella ocasión en la que acude en ayuda de una expedición perdida y que además se habían quedado sin alimentos en la selva y los conduce a su casa.</p>
<p>Alfonso Graña acostumbraba a bajar “desde sus posesiones”, en la selva del Alto Marañón hasta la “civilización” (Iquitos) dos veces al año, pues dependía del comercio que realizaba con los productos de la selva. Bajaba cada vez con dos balsas cargadas de hasta 5&#8243; » » ilos, cada una, en las que transportaba variadas mercancías, como “&#8230; venados, sajinos, maquisapas, machines, paugil, tortugas, pescados salados&#8230;” y hasta bueyes vivos que vendía por el camino. Todo lo vendía en Iquitos, donde estaba sólo diez días, lo justo para colocar la mercancía y para hacer contrabando con algunos artículos con los que estaba prohibido comerciar libremente por ser monopolio del estado (sal, tortugas en tiempo del desove ). Con él llevaba casi siempre 4 ó 6 indios como remeros (bogas), fuertes para remar y hombres de su confianza, a los que Graña paseaba como a niños por toda la ciudad.</p>
<p>Mientras el aventurero gallego vendía sus mercancías, Mosquera entrevistaba a los indios en su famosa librería “Amigos do país”, con ayuda de un joven intérprete, ahijado de Graña, que hablaba además los dialectos de los indios tanto aguaruna, como huambisa. En estas entrevistas, Mosquera les preguntaba por sus costumbres, vida en la selva, guerras, medicinas naturales propiedades de algunas plantas medicinales&#8230; y todo aquello que pudiera satisfacer la curiosidad del estudioso o con miras científicas. En una de estas entrevistas, realizadas por Cesáreo Mosquera, un indio llamado Ambuxo relata cómo atacaban un poblado enemigo, como los mataban para luego cortar algunas de sus cabezas y el procedimiento para reducirlas al tamaño de un puño (tantzas) con una técnica milenaria que hasta hace poco aun era un misterio. Alfonso Graña sólo volvió a España en una ocasión y sólo estuvo 15 días. Suficientes para decidir que quería volver rápidamente al Amazonas. Se llevó consigo a su hermana Florinda pero los celos de la mujer india de Graña obligaron a Florinda a marcharse del poblado. Esta esposa parece ser la hija del jefe de los indios de la zona y hay documentos que atestiguan que le acompañaba en algunas de sus aventuras.</p>
<p>Todo apunta también a que tuvo al menos un hijo, el intérprete que le acompañaba en sus viajes a Iquitos: un joven medio español medio indio, que se llamaba también Alfonso y que hablaba tanto español como lenguas indígenas. Nunca se le reconoció como hijo de Graña pero probablemente era debido a que en aquella sociedad estaba mal considerado que un blanco se casara con una india y por ello lo presentaba como ahijado. Tampoco sabemos si tuvo más hijos y tampoco cuál fue la suerte de su familia indígena.</p>
<p>La de Alfonso Graña sí que la conocemos: terminó sus días entre los indios jíbaros, querido y admirado por sus “súbditos”. Su muerte en octubre de 1934, a los 56 años, fue recogida por el diario Ya, con un epitafio literario a cargo, cómo no podía ser de otra forma del periodista Víctor de la Serna, que hace un bello y brillante “funeral literario” de nuestro héroe: <em>“ Yo tenia la pluma y las metáforas afiladas para entonar un himno atlético al músculo y al nervio de Alfonso Graña, el español que reina como señor único, por encima de tratados y fronteras, sobre un territorio tan extenso como España, allí donde se parten en dos el mundo, la noche y el día; en la Amazonia, donde el hombre tiene, como en el Paraíso, todo al alcance de su mano. Pero donde a cambio de poder elegir constelación -Estrella Polar o Cruz del Sur-acecha la muerte, en el silencio resonante de la selva. Pero cuando yo he ido a buscar, anoche lunes, la única fotografía existente de Graña, me han dicho:</em></p>
<p><em>&#8212; Pero no sabe usted? ¡Graña ha muerto! &#8211;¿ Cuando? &#8211;En octubre. Hasta ahora no ha llegado la noticia. Hace tres o cuatro días&#8230;</em></p>
<p><em>&#8230;..” Acaba de morir nadie sabe aún cómo. Si España tuviera un sentido de su destino, le hubiera hecho el funeral del héroe. Detrás de Graña en tránsito, detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal.</em></p>
<p><em>“Se volverá a abrir en un gesto de entrega siempre virginal, ante la planta de un español. Tengo que hacer el funeral literario de Graña cuando pensaba hacer un canto optimista. Es igual. En el umbral tembloroso de lo desconocido, está ya el cáñamo de otra sandalia española.</em></p>
<p><em>&#8230;.Como un español. Que no se acaban, Señor, que no se acaban, ni permitas Tú que se acaben, por los siglos&#8230;</em></p>
<p><em>Ahora mide, lector, conmigo, la magnitud de estas palabras:</em></p>
<p><em>“¡ Graña ha muerto ¡”</em></p>
<p><em>Roguemos al Dios de las selvas y de los mares y de los cielos por su alma pura como un ala de una garza”</em>.</p>
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<p><strong>BIBLIOGRAFÍA:</strong></p>
<p>■ <em>Alfonso I de la Amazonía, rey de los jíbaros, Maximinio Fernández Sendín. Autor-Editor, Pontevedra, 2005</em></p>
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		<title>Rosendo Salvado, un obispo gallego en Australia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/rosendo-salvado/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 08:22:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Lola Escudero Bibliografía: Boletín 49 &#8211; Océanos Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de Austrialia, apenas dejaron huella. [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Lola Escudero</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-49-oceanos/">Boletín 49 &#8211; Océanos</a></p>
<p><strong>Los españoles fueron los primeros europeos que vislumbraron las costas de Australia, pero, excepto el nombre, derivado de <em>Austrialia</em>, apenas dejaron huella. Fueron los holandeses y más tarde los británicos quienes terminaron por conquistar y colonizar aquellas remotas tierras. Sin embargo, a finales del siglo XIX, un benedictino gallego se hizo célebre por su respetuosa forma de acercarse a las comunidades indígenas desde su misión de Nueva Nursia, al norte de Perth. Rosendo Salvado llegó a proclamar que prefería convertirse en aborigen antes que en obispo.</strong></p>
<p>Dicen que es posible (y probable) encontrarse con un gallego en cualquier rincón del mundo, por remoto que sea. Y esto no es algo reciente: había gallegos entre los marinos que conquistaron el mundo en los siglos XVI y XVII, entre los colonos que poblaron los diferentes virreinatos americanos en el siglo XVIII, y por supuesto fueron muchos los gallegos que se sumaron a la emigración masiva hacia América en el siglo XIX y a principios del XX.</p>
<p>Uno de estos gallegos intrépidos y sin miedo a poner tierra, y agua, de por medio fue Rosendo Salvado y Rotea. En su caso, su objetivo estuvo más allá, al otro lado del planeta, en Australia, en donde llegó a ser obispo de la diócesis de Nueva Nursia a finales del siglo XIX. En Australia dejó un buen recuerdo, sobre todo entre las comunidades de aborígenes con las que trabajó estrechamente. Los australianos han comenzado a reivindicar su figura como precursor en la integración de los aborígenes en la sociedad australiana respetando su propia cultura.</p>
<p>Como en tantas historias de emigración, la religión tuvo mucho que ver en la decisión del futuro obispo Salvado de viajar tan lejos de casa. Rosendo Salvado y Rotea nació en Tui en el año 1814 e ingresó a los quince años en el convento benedictino de San Martiño Pinario. Era un mal momento para España y sobre todo para los monasterios: la abolición del diezmo, la desamortización de tierras eclesiásticas (1836-37), la disolución y el cierre de monasterios, trastornaron la vida de miles de frailes y entre ellos la de Salvado, que optó por el exilio en Italia donde permaneció diez años, concretamente en el monasterio de Trinità Della Cava, a 45 km de Nápoles, donde por fin pudo celebrar su primera misa en 1939.</p>
<p>En 1844, junto con otro monje español, José Benito Serra, acudió a la Congregación de Propaganda Fide de Roma en busca de un destino como misionero. Allí conocieron al reverendo John Brady, recién nombrado obispo de Perth (Australia), que estaba negociando ciertos asuntos para sus misiones australianas. Alentados por el reverendo Brady, Serra y Salvado no dejaron desde entonces de consultar en todas las bibliotecas romanas cuanto se había escrito acerca de Australia y de sus aborígenes. Finalmente, el obispo australiano les llevó con él, primero a Inglaterra y más tarde, en septiembre de 1845, hacia su definitiva misión en Australia. Los primeros años australianos de los dos monjes fueron muy intensos. Habían llegado a Flemantle en enero de 1846 y Brady les asignó un territorio para evangelizar en el actual condado de Victoria Plains, a unos 132 km al norte de Perth, en el estado de Australia Occidental. Escogieron un lugar a orillas del río Moore, que bautizaron como Nueva Nursia (New Norcia en inglés), en honor del santo fundador de su origen, san Benito de Nursia. El 1 de marzo de 1847 inauguraron lo que más tarde sería un monasterio y el pueblo monástico de Nueva Nursia (New Norcia). El asentamiento misionero se construyó en las tierras del pueblo aborigen Yuat, que inicialmente integró la misión, y más tarde también se incorporó a los pueblos Nyungar del suroeste del mismo estado. Nueva Nursia se convirtió rápidamente en un lugar diferente en el que se practicaba otra forma de ver a los aborígenes y de integrarles, distinta a la que se venía realizando hasta entonces. Para recaudar fondos, Salvado aprovechaba sus habilidades musicales y organizaba conciertos: un auténtico precursor de algo tan habitual en nuestros tiempos. Salvado vivió durante más de cincuenta años en su colonia australiana rodeado por los aborígenes a los que él siempre defendió. Solo en un momento estuvo a punto de dejar su querida Nueva Nursia, y fue cuando el papa Pío IX le nombró obispo de Puerto Victoria, un nuevo asentamiento de los ingleses en el norte de Australia. Rosendo Salvado acató la orden de sus superiores y se trasladó a su destino, pero la suerte se alió con él, ya que los británicos se retiraron al poco tiempo de aquel lugar y pudo regresar a Nueva Nursia con su dignidad episcopal. A pesar de que años después regresó a España, siempre mantuvo un contacto continuo con los fieles de su misión hasta su muerte, en Roma en el año 1900. Salvado redactó una memoria sobre sus experiencias australianas que hoy nos sirve para valorar la extraordinaria labor que realizó en aquellas tierras, poniendo en marcha iniciativas que en aquellos tiempos resultaban completamente novedosas en estos alejados territorios en los que aún se reconoce su figura y su legado. En España hay dos hechos que nos permiten recordarle: la estatua dedicada al Padre Salvado inaugurada en 1949 en la Plaza de la Inmaculada de Tui, su ciudad natal, por suscripción popular, y los muchos eucaliptos que encontramos en los bosques ibéricos y en particular en los gallegos: fue Salvado el introductor en España de esta especie que ha causado no pocos problemas.</p>
<p>En Australia su figura está siendo actualmente objeto de estudio. En la Universidad de Queensland, un equipo de investigadores está rescatando del olvido los diarios del Obispo Rosendo Salvado que van de 1844 hasta 1900. Los diarios, que suman once tomos, están escritos en varios idiomas europeos y en Nyungar, idioma hablado en la esquina suroeste del estado de Australia Occidental. Contienen un valioso material para los estudiosos de distintas disciplinas: antropología, sociología, historia, psicología, literatura, lingüística, semántica, semiótica y análisis del discurso, entre otras. Uno de los aspectos más originales de este reciente estudio es la perspectiva lingüística, ya que a través de sus diarios se puede analizar la modificación de nombres aborígenes que se realizaba en la época como una forma de borrar también su cultura.</p>
<p>En los diarios se aprecia también que Salvado fue un intelectual y un humanista: entre las artes que practicaba el religioso están la literatura, la botánica y la música. Por otro lado, el obispo gallego se puso desde el principio del lado de los aborígenes australianos y luchó por sus derechos; hasta solicitó ser declarado aborigen australiano por el gobierno de Inglaterra para poder defenderlos mejor. Aunque el aventurero monje tudense murió en Roma, su cuerpo fue trasladado a la ciudad australiana de Nueva Nursia donde reposa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La misión de Salvado entre los aborígenes</strong></p>
<p>La vida de Rosendo Salvado no tendría nada de excepcional si no fuera porque el escenario de su labor misionera transcurrió en un territorio en el que la presencia española era muy escasa. Australia y otros territorios de Oceanía se agregaron tarde a la red de colonias que comprendía el entonces emergente sistema mundial capitalista a comienzos del siglo XIX, encabezado por el imperio británico con sus posesiones en América, Asia y África. Figuras similares a Salvado hubo muchísimas en otros rincones del mundo, sobre todo en América y en otros territorios vinculados a la Corona española: monjes o sacerdotes voluntariosos, animados por la religión, que vivieron en comunidades de indígenas a las que trataron de ayudar con mayor o menor fortuna. Aprendieron su lengua, intentaron entender sus religiones, costumbres y formas de vida para así poder comunicarse mejor con ellos y en último término, evangelizarles. En Australia, resulta un caso muy excepcional.</p>
<p>Así describe el propio Salvado su proyecto con los Yat y los Nyungar, en una carta dirigida al presidente del Consejo Central de la Pía Obra de la Propagación de la Fe en 1868: <em>“Nueva Nursia … es una misión Benedictina… cuyo objeto principal es la conversión y civilización de [los] salvajes, y por lo tanto ha sido fundada lejos de toda población en un sitio del bosque enteramente desconocido a los europeos, y habitado por solo los salvages, a los que instruyendo, convirtiendo [y] civilizando [se les establece en una] vida social”. </em>Y más adelante subraya la visión para Nueva Nursia: <em>“El objeto de los misioneros de Nueva Nursia, es el de establecer aquella su misión de modo que pueda llegar a ser una Misión Madre; que de ella puedan salir misioneros a fundar nuevas misiones por aquel inmenso país, teniendo siempre una punto de apoyo aquella Misión Madre”.</em></p>
<p>Pero aunque la evangelización era su principal objetivo, Salvado y su compañero, el padre Serra, dejaron un importante legado al plasmar en sus diarios una interesante descripción de la cultura de los aborígenes en el siglo XIX. No se sabe muy bien cuántos había en los años en los que Salvado se estableció en Australia. Se calcula entre 300.000 y un millón de individuos, pero es complicado determinarlo porque el país estaba en gran parte inexplorado. Frente a otros pueblos indígenas de otras partes del mundo, los aborígenes australianos tuvieron desde el principio muy “mala prensa”, incluso fueron comparados con los orangutanes, y hubo ciertos científicos que les negaron un alma racional. De tez negra y constitución poco esbelta, los aborígenes fueron degenerando tanto en lo físico como en lo moral al contacto con los colonos ingleses, que aplicaron sobre ellos métodos radicales para forzar su integración: fueron perseguidos, acorralados y maltratados: el alcohol y la escopeta causaron tantos daños como la sequía y el hambre.</p>
<p>Los métodos de Salvado fueron radicalmente diferentes, considerando a los aborígenes sobre todo como seres humanos con los mismos derechos que los colonos, y valorando especialmente sus cualidades, como la hospitalidad, su vinculación sagrada a la tierra y su afición a la música, elemento que Salvado utilizaría como uno de los más apropiados para acercarse al alma de aquellos pueblos incomprendidos. Para poder comprenderlos, Salvado utilizó la asimilación, y practicaba con ellos la caza, comía como ellos, rivalizaba en fuerza y destreza como uno más, cantaba y bailaba con ellos, y consiguió que le consideraran, o casi, un aborigen más.</p>
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		<title>Josep Maria de Sagarra en Polinesia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/josep-maria-segarra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 08:11:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pilar Mejía Bibliografía: Boletín 46 &#8211; Océano Pacífico Hay realidades que parecen suspendidas en el tiempo, como el momento adolescente de desear horizontes lejanos o idealizar destinos para una [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Pilar Mejía</h3>
<p>Bibliografía: B<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-46-oceano-pacifico/">oletín 46 &#8211; Océano Pacífico</a></p>
<p><strong>Hay realidades que parecen suspendidas en el tiempo, como el momento adolescente de desear horizontes lejanos o idealizar destinos para una huída inminente. Deseos que se repiten generación tras generación y que en pocas ocasiones se materializan, diluyéndose en las inevitables vidas de adultos en las que definitivamente desaparecen. Los Mares del Sur y sus islas, esa imagen paradisíaca de destino fuera del mundo, de tonos de azul imposibles, de cocoteros inclinados sobre la arena blanca, de calor, ritmo lento y pereza ha sido la misma siglo tras siglo desde su descubrimiento y localización en el mapa, y José María de Sagarra (Barcelona, 1894-1961) la dibuja con una exactitud y atemporalidad encantadora en su cuaderno de viaje.</strong></p>
<p>Corría el año 1936 cuando este poeta, dramaturgo y narrador, el autor más popular de la escena catalana durante las décadas de 1920 y 1930 y durante la posguerra en el resto del país, decidió marcharse rumbo a las islas que fascinaron sus sueños de adolescente, con lo que él llama “la ilusión de lo lejano”, a esa Polinesia que, dice, “como tantas cosas románticas, era ya materia de mi renunciación…”. Su motivación, además de la hacer realidad un sueño que creía pospuesto e incluso olvidado, obedecía también a la supuesta inacción en la que se había zambullido su vida semanas después de que estallara la guerra en España y él se trasladara a París.</p>
<p>Sagarra era hijo de una familia adinerada de Barcelona y gracias a sus maestros jesuitas pronto comenzó a desarrollar su potencial poético, que con los años y las buenas relaciones fue haciéndolo más popular. Al terminar Derecho en la Universidad de Barcelona, se trasladó a Madrid con la intención de prepararse para la carrera diplomática, intento que abandonó en 1917, cuando decidió consagrarse a la literatura y al periodismo, después, entre otras cosas, de conocer y tratar a algunas de las figuras más sobresalientes de las letras, las artes y la política de la época. De esta manera fue encargado por el diario El Sol, de Madrid, como corresponsal en Berlín, donde residió una larga temporada. A su vuelta a Barcelona, se entregó a la vida urbanita que le ofrecía ser colaborador de los diarios <em>La Veu de Catalunya </em>y <em>La Publicitat</em>, y más tarde en el semanario <em>Mirador</em>, en el que firmaba bajo el seudónimo <em>Aperitius </em>comentarios en ocasiones mordaces sobre la actualidad cultural de la ciudad. En aquellos tiempos era fácil encontrarse a Sagarra en todos los conciertos, exposiciones y tertulias literarias, en las que imponía su sentido del humor rápido y satírico. Se dice de él que “mataba horas en las peñas, las redacciones, los camerinos, viajaba, a ratos hacía política, era un inveterado cliente de los buenos restaurantes y locales nocturnos, y la gente se preguntaba qué tiempo podía quedarle para escribir sus largas tiradas de versos, sus numerosos artículos, sus periódicas comedias, sus traducciones. (…) La verdad es que pocos vivieron con tanta intensidad el período inquieto, apretado, despreocupado, lleno de buenos y malos augurios de la Barcelona de entreguerras.”</p>
<p>Sin embargo llegó 1936 y la situación llevó al poeta a establecerse en Francia, donde toda su ajetreada vida, su “relativa normalidad”, había sido “víctima del k.o. más insospechado. Sintiendo como el más sensible el drama de mi país, y espectador aterrado de una guerra y de una revolución, la fatalidad me colocaba en un hotel sombrío, perdido entre la acre ambición que hormiguea por los cafés de París, y viendo colgar de mi tronco los brazos de la inacción o de la impotencia”, como él mismo reconoce en su diario de viaje a la Polinesia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EN BUSCA DE LOS SUEÑOS</strong></p>
<p>Da un poco igual si la motivación del escritor catalán fue realmente por bajar el ritmo de su intensa vida social o por viaje de novios (acababa de contraer matrimonio con Mercè Devesa): aquellos que escriben historias pueden permitirse la licencia de alterarlas. El caso es que Sagarra retomó aquel destino de juventud, relegado al rincón de los objetivos que pierden razón de ser en la vida de adulto, y gracias a su buen amigo Francesc Cambó, hombre rico y mecenas, pudo embarcarse con su esposa en el Comissaire Ramel, el vapor que un mes después les permitiría divisar la costa de Tahití. “Entre l’Equador i els tròpics” fue el libro de poemas fruto de la experiencia vivida en el Pacífico, y “El camino azul”, escrito en catalán y publicado en 1942 en castellano, el relato de aquel viaje a través de los azules del Mediterráneo, el Atlántico y el Pacífico, y de los seis meses siguientes de residencia en las lejanas Islas de la Sociedad.</p>
<p>José María de Sagarra tenía una prosa sencilla, guda y precisa, capaz de convertir el paisaje en auténticas imágenes de alta definición en la cabeza de quien la lee, así como de desmitificar hasta el ridículo todo lo mitificable, desde el paraíso hasta la paz del alma.</p>
<p>Los primeros días de navegación por el Mediterráneo, de Marsella a Argelia, hasta cruzar el estrecho rumbo a Madeira, discurren con la tranquilidad de quien tiene por delante un océano de tiempo y expectativas, y con ese mismo ritmo constante describe las primeras páginas de su agradable crónica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS COLORES DEL PACÍFICO</strong></p>
<p>Pasado el canal de Panamá, con su bochorno y exuberancia, el Pacífico por fin aparecía para este grupo de viajeros a quienes, desde la primera hasta la tercera clase, Sagarra no consideraba precisamente normales: “El hombre más serio, más en su quicio, aparentemente, si no está podrido de literatura, tiene una considerable lesión en su cerebro o en su vida privada”.</p>
<p>Al entrar en el nuevo océano escribe: “Este mar, visto desde a bordo, nos da un radio de visión mucho más amplio que el que nos daba el Atlántico (…). Además de esta mayor amplitud, las aguas parece ser que estén aquí mucho más trabadas; una visión uniforme de masa fluida de níquel y plomo, y con el sol de azul de gema, es el constante espectáculo que nos ofrece el mar. Y otra característica: el espacio parece más claro, más iluminado, pero con menos violencia que en el mar de las Antillas. Y esta claridad del día (…) por las noches se hace todavía más sensible; porque diríais que las estrellas ‘no tienen piel’; diríais que os ofrecen toda su pulpa luminosa de una manera directa. Las estrellas cerca del Ecuador y en la calma del Pacífico tienen una peculiar complexión que oscila entre las frutas y las piedras preciosas”.</p>
<p>Y no es la única observación que hace mientras sólo tiene ante sí el horizonte limpio y el cielo: “estos días el mar va modelando nuestras ideas. Son unas ideas de calma y olvido, de paz absoluta (…) y todavía se puede precisar otra sensación: la de sentirnos transmigrados; como si nuestra alma hubiese vivido otra vida distinta dentro de otro cuerpo y de otro clima. Juraría yo que las personas que nos acompañan no son las mismas que subieron a bordo con nosotros en el puerto de Marsella, sino que han sido afectadas también por esa misteriosa transmigración”. ¿Pensarían lo mismo Thor Heyerdal y la lánguida Liv? ¿Sería posible sentir lo mismo ahora?</p>
<p>Este es uno de los pocos pasajes de su cuaderno de viajes en el que Sagarra se permite una licencia casi poética. El paisaje lo seduce nada más comenzar a despuntar en el horizonte después de días de navegación mar adentro. “El archipiélago de Tuamotú está formado por estos enormes escollos coralíferos, sobre los cuales los cocoteros se desatan con este verde magnífico que va desde la esmeralda pura al verde cromo más aceitoso y más barnizado. Entre las masas de cocoteros se adivina la calma del <em>lagon</em>, fúlgido como vidrio incandescente, pero de una dulzura de rosas y de una ternura de azules <em>Escenas de pesca. </em>indescriptibles”.</p>
<p>Pero al pisar Papeete y tomar contacto directo con la tierra polinesia, si bien no deja de maravillarse permanentemente con la naturaleza exótica y arrebatadora, no se pierde en romanticismos a la hora de describir sus impresiones sobre los habitantes de Tahití, un país que, dice, le ha hecho “respirar un aire de despreocupación y sobre todo de amabilidad fácil”. Los collares de flores de bienvenida a los viajeros del Ramel, los árboles hermosos, las galerías donde corre el aire fresco, las señoras de la colonia, las <em>vainés</em>, esa cortesanas del país, que llevan el pelo suelto y una flor de hibiscos o de tiaré en la oreja derecha. Y el atardecer: “A la espalda de Morea se pone el sol y el <em>lagon </em>de Pepeete es una lámina tersa; diríase un almíbar encantado, ligeramente teñido de cereza. ¿Hemos llegado a un auténtico paraíso? No sé, hoy es el primer día y me siento un poco fatigado para contestar a una pregunta tan importante”.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>SUSPENDIDO EN EL TIEMPO</strong></p>
<p>En total siete meses permaneció la pareja en las islas, entre Tahití y Bora Bora, meses durante los cuales entraron en contacto con la población más auténtica y Sagarra pudo dejar escrito una amplia y agradable serie de opiniones y observaciones que apetecería confirmar, a pesar de que “este paraíso de mermelada, con cabelleras, pareos, besos infinitos, coronas de flores, baños al claro de la luna y pechos escultóricos [salido de las películas] no obedece a ninguna realidad. Y si los turistas sin imaginación vienen a ver en Tahití lo que han visto en el cine, y no les interesa un poco más la agridulce y la humana complicación, es evidente que quedarán decepcionados.”</p>
<p>Pero volvamos a lo del principio, hay cosas que parecen suspendidas en el tiempo, como si éste no pasara sobre ellas, como si todo siguiera como en aquel remoto 1936. El exotismo, la elefantiasis, el calor, el azul, la pereza, el Tahití de Taiarapu, el Tahití “auténtico: callado, encantado, inconsciente…” Los habitantes nativos y el “grupo de aves de paso, de almas sedentarias o almas emigrantes que viven al margen de la política y se mueven con más libertad. (…) Son artistas, excéntricos, snobs o simples locos; señores de cierta edad, borrachas de literatura, millonarios misóginos que duermen y comen en el yate, o pobres sin esperanza.”. Y luego están los nuevos colonizadores del mundo: “los que dan el tono a Papeete y a toda la isla, los que en realidad son los dueños, los actores, los productores de la situación (…). Son los chinos los que crean y solucionan los verdaderos problemas de la vida bajo esta indolencia y esta tibia delicadeza oceánicas (…). Tienen tiendas de no importa qué; para ellos no existe dificultad de ninguna clase y resuelven los más inverosímiles caprichos de sus clientes. Venden imágenes de todas las religiones, objetos sanitarios, guitarras, violines, perros, la más rara perfumería, los discos más de última moda, el caviar más fresco, y el whisky más malo, pero mejor embotellado. Los chinos han convertido las calles de Papeete en un barrio comercial de Hong-Kong.”</p>
<p>Lo dicho, hay cosas que parece que no han cambiado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><em>Notas extraídas de biografías.com y extractos de “El camino azul. Viaje a Polinesia”, de J. Mª de Sagarra, Ed. Juventud. Barcelona 1942.</em></p>
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		<title>Manuel Chaves Nogales. Un viaje bajo el signo de la esvástica.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/manuel-chaves-nogales/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 08:03:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Patricio de Blas Zabaleta Bibliografía: Boletín 45 Los Jesuítas en la exploración del mundo En 1933, el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales viajó a Alemania e Italia para componer [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/manuel-chaves-nogales/">Manuel Chaves Nogales. Un viaje bajo el signo de la esvástica.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Patricio de Blas Zabaleta</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-45-jesuitas-exploracion-2/">Boletín 45 Los Jesuítas en la exploración del mundo</a></p>
<p><strong>En 1933, el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales viajó a Alemania e Italia para componer un gran reportaje por entregas sobre la vida en aquellos países bajo el régimen fascista, que publicó en el periódico “Ahora”. Hacía pocos meses del ascenso definitivo de Adolf Hitler al poder pero Chaves Nogales describe con total precisión la inoculación del nacionalsocialismo en el pueblo alemán, convertido en pleno al nuevo régimen, y presagia la aniquilación sistemática de los judíos. La obra de Chaves Nogales, así como su faceta de periodista viajero y observador perspicaz, están siendo recuperadas en los últimos años con nuevas ediciones de sus libros.</strong></p>
<p>Los lectores españoles vamos conociendo y apreciando, en los últimos años, la obra de Manuel Chaves Nogales (Sevilla 1897- Londres 1944) escritor y, sobre todo, periodista genial de los años veinte y treinta del siglo pasado. Nos sorprendió, primero, su admirable <em>Juan Belmonte, matador de toros </em>(Alianza Editorial. 2012), magistral biografía del torero sevillano escrita, en 1935, por un autor “poco interesado por el mundo de los toros, pero profundamente atraído por el carácter excepcional de su paisano” (J. Carabias). Vino después el descubrimiento de su impresionante <em>A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España (Espasa, 2009), </em>el testimonio sobre la guerra civil, escrito en Montrouge (Seine, Francia) entre enero y mayo de 1937, por un “<em>pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”, “antifascista y antirrevolucionario” </em>(así se define el autor en prólogo del libro).</p>
<p>Más recientemente, a partir de la recopilación de su obra periodística por Mª Isabel Cintas Guillén (Sevilla 1993, 2001, 2013, progresivamente enriquecida), hemos podido disfrutar de sus reportajes y crónicas viajeras convertidas pronto en libros tan interesantes como deliciosos. Uno de los últimos en publicarse es el que recoge sus viajes por Alemania e Italia, <em>Bajo el signo de la esvástica [Cómo se vive en los países de régimen fascista] </em>reeditado recientemente por la editorial Almuzara.</p>
<p>A finales de la década de los veinte del siglo pasado, “<em>cuando las líneas regulares comenzaban a consolidarse, y cuando los aviones pocas veces aterrizaban donde el piloto se lo había propuesto al arrancar</em>” (según explica Josefina Carabias, cronista parlamentaria en el diario <em>Ahora </em>que dirigía Chaves), nuestro autor era ya un entusiasta de viajar volando. Le atraía “<em>la perspectiva vertical”</em>, la sensación que produce “<em>ver el mundo desde lo alto“. </em>Ese entusiasmo le hizo escribir en uno de sus reportajes (<em>De Madrid al mar</em>): “<em>es preciso que viajen en avión todos, los tenderos y los canónigos y las amas de cría. Mientras la acción de volar no sea universal no haremos nada”.</em></p>
<p>Y es que para Chaves Nogales el oficio de periodista se resumía en dos tareas indisociables: “<em>contar y andar</em>”. Contar, contaba en periódicos y revistas de España, Francia, Reino Unido, Argentina, México, Colombia, Cuba…; sobre todo en dos diarios madrileños de la época: <em>Heraldo de Madrid </em>y <em>Aurora</em>, de los que fue, respectivamente, redactor-jefe y director. Y andar, anduvo, una y otra vez, por los lugares en que se dirimía la suerte de Europa y del mundo en el período de entreguerras: la Unión Soviética en el momento de la implantación del comunismo y Alemania e Italia en los años treinta, donde vio crecer el fascismo. De todo ello dio testimonio fidedigno, inteligente y preciso en las crónicas que enviaba a sus periódicos.</p>
<p>El más largo de sus viajes, en 1928, lo llevó de Madrid a Bakú, pasando por Berlín y Leningrado, como corresponsal del <em>Heraldo de Madrid</em>, que publicó los reportajes entre el 6 de agosto y el 5 de noviembre de 1928. Al año siguiente, aparecieron como libro con el título de: <em>La vuelta a Europa en avión. Un pequeño-burgués en la Rusia roja. </em>Poco después, en 1931, entrevistó en París a una variopinta galería de exiliados rusos (estudiantes, escritores, artistas, aristócratas y políticos), entre ellos a Kerensky, para una serie de reportajes del diario <em>Ahora </em>(27 de enero a 22 de febrero de 1931). Ponto se convirtieron en un nuevo libro: <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares </em>(1931). Finalmente, de todos estos materiales, y del testimonio de su protagonista, un bailaor flamenco de Burgos, surgió, en 1934, una nueva serie (¿novela? ¿crónica? ¿reportaje?), esta vez en el semanario <em>Estampa</em>, entre el 7 de marzo y el 15 de septiembre de 1934: <em>El maestro Juan Martínez que estaba allí</em>, el periplo del artista y de su compañera Sole, a quienes sorprendió, en San Petersburgo, la revolución rusa de 1917 y sus desventuras por la capital de los zares, Moscú y Kiev para sobrevivir y regresar a París.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Viaje a la Alemania fascista</strong></p>
<p>Alemania fue otro destino repetido en los viajes de Chaves Nogales. Había visitado el país en 1928, cuando la República de Weimar parecía salir adelante. Regresaría más tarde, en marzo y abril de 1933, en condiciones bien distintas. La Gran Depresión de 1929 había trastocado las cosas. Hitler había sido nombrado canciller por el presidente de la República, Hindemburg (enero de 1933), cuando su partido contaba con el 34 por ciento de los votos. En febrero, utilizó el incendio del Reichstag para arrancar un decreto que suprimía los derechos fundamentales. En esas condiciones, maniatada la oposición, el partido nazi pasó a un 44 por ciento de los votos en las elecciones del 5 de marzo. Enseguida consiguió que el parlamento aprobara la <em>ley habilitante </em>que le transfería sus poderes por cuatro años y que le dejaba las manos libres para proceder a la asimilación del Estado por el partido nazi. Esa era la Alemania que se ofrecía a la vista y a los oídos de nuestro periodista en los meses de marzo, abril y mayo de 1933. Los reportajes alemanes de Chaves aparecieron en <em>Ahora </em>entre el 14 y el 27 de mayo de 1933. El anuncio de la empresa editora, el 7 de mayo, para promocionar aquella serie de reportajes sobre “cómo se vive en los países de régimen fascista” no defraudó a los lectores que pudieron conocer, prácticamente en directo, cómo se implantaba el totalitarismo en aquel pais, es decir, los fines que se proponía el partido nazi y los métodos que sus dirigentes estaban aplicando para modelar el Estado, la sociedad y las personas según su visión de Alemania y del mundo. Estos reportajes son los que ahora nos ofrece la editorial Almuzara en una nueva reedición.</p>
<p>Al día de hoy, cuando conocemos la trayectoria completa de aquel engendro, la lectura de las crónicas de Chaves resulta aún más interesante. Tal vez, porque supo captar, desde sus comienzos, la esencia de la amenaza nazi y el peligro que representaba, sin dejarse arrastrar al otro totalitarismo de la época, el comunismo, igualmente denunciado por él. Su relato transmite con asombrosa claridad cómo los delirios de Hitler en Mein Kampf estaban siendo asumidos y compartidos por la clientela de los <em>Gasthof </em>(tabernas), es decir, por el hombre de la calle.</p>
<p>Se fija en los métodos de encuadrar y reeducar a la población trabajadora en los principios del nuevo orden: los campamentos de trabajo en régimen cuartelero; o en los mecanismos de conquista de la juventud, y en el papel reservado a las mujeres. Da cuenta de los métodos expeditivos para eliminar a los opositores, judíos o no, siempre con la colaboración del <em>Gran Inquisidor, </em>el pueblo alemán. Y describe los subterfugios para una remilitarización que burlaba los acuerdos de Versalles, como instrumento necesario para afrontar la guerra inevitable para la expansión del Reich (“Dentro de tres años, la guerra”).</p>
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<p><strong>Retrato de Hitler</strong></p>
<p>Chaves Nogales dedica uno de sus reportajes (“Adolfo I, Emperador”) a algunos de los personajes que protagonizaban el ascenso nazi. De Goebbels, al que entrevistó según las reglas fijadas por el Ministro de Propaganda nazi (“tres preguntas y sus respuestas, que deben publicarse textualmente, sin comentarios ni interpretaciones”), hace, como introducción a la entrevista, un retrato antológico. Sorprende, sin embargo, el bajo perfil que atribuye a Hitler. Chaves dibuja al Führer como “<em>un pintor que no sabía pintar, un artista sin talento” </em>que “<em>si en vez de rechazarlo en la Academia de Pintura de Viena por malo y empujarlo a tener que pintar puertas para ganarse la vida le hubiesen comprado unos cuadritos y le hubieran publicado unos sueltos encomiásticos en los periódicos no hubiese habido tal Hitler”. </em>Y lo sitúa en el mismo plano de mediocridad que a otros líderes de las dictaduras comunista o fascista.  “<em>Hay que pensar que las dictaduras favorecen el encumbramiento de las medianías, de los señores discretos con gabardina. Lo que no está tan claro es que en un régimen liberal, democrático y parlamentario, donde todos los ciudadanos tienen sueltos los brazos y la lengua, esto sea tan fácil como en los regímenes dictatoriales.” </em>Un juicio que se corresponde, ciertamente, con la responsabilidad que atribuía al pueblo alemán y, probablemente, con su optimismo republicano. Pero, es posible, también, que el Hitler que se estaba revelando ya como un político cínico y astuto (Allan Bullock), no hubiera manifestado todavía aquellas dotes que le conferirían un “atractivo fatal” sobre las masas.</p>
<p>Una última consideración. El libro <em>Bajo el signo de la esvástica [Cómo se vive en los países de régimen fascista]</em>, editado por Mª Isabel Cintas Guillén, adquiere un interés adicional, un atractivo más para el lector de hoy, con la inclusión de varios apéndices que dan cuenta de la conferencia pronunciada por Chaves Nogales en la Sociedad Económica sevillana de Amigos del País, el 23 de junio, a su regreso de Alemania. El tema no podía ser más aparente: <em>“Cómo se acaba con una república. Del comunismo ruso al fascismo alemán”</em>. Chaves, que veía con enorme preocupación la escalada de violencia verbal y de intransigencia política en la España republicana, quería hacer todo lo posible para pacificar los espíritus, para que sus compatriotas reflexionaran sobre la realidad de esos sistemas –fascismo y comunismo- en los países que los habían implantado evitaran repetirla.</p>
<p>Empeño vano. El desenlace de esta esperanza figura en el tremendo prólogo de <em>A sangre y fuego </em>al que me he referido al comienzo. Este hombre, cuya <em>“única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad”, </em>había visto cómo “<em>después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales”… </em>“<em>Es vano </em>–continuaba- <em>el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o en aquel sector social, en esta o en aquella zona de la vida española. Ni blancos, ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España”. </em>Uno siente la tentación de matizar que ese juicio data de los primeros meses de 1937, que, después, la balanza de despropósitos se inclinó de uno de los lados. Pero conviene no olvidar esta otra terrible observación de Manuel Chaves Nogales, el hombre que se permitió “<em>el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos</em>” exiliándose en enero de 1937: “<em>Para un español quizá sea este un lujo excesivo”</em>.</p>
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<p>n Manuel Chaves Nogales. <em>Bajo el signo de la esvástica [Cómo se vive en los países de régimen fascista] </em>Ed. Almuzara, Sevilla, 2012.</p>
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