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	<title>Viajeros archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Viajeros archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:18:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/">Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. Sin el heroísmo de los grandes exploradores de América y el Pacífico que les precedieron, y sin el romanticismo de los viajeros por placer que les sucedieron en el siglo XIX, los del Siglo de las Luces pueden parecernos eruditos grises y anodinos, a veces meros funcionarios recopiladores de datos y husmeadores en archivos. Pero nada más lejos de la realidad: son los primeros que deciden salir a conocer nuestro propio país, a reconocer sus caminos, sus luces y sus sombras, para proponer un cambio.</p>



<p>Solo por ello, ya merecen nuestra atención, y a ellos va dedicado este nuevo número del Boletín de la Sociedad Geográfica Española. En estas páginas veremos cómo, siguiendo el modelo establecido por Rousseau y otros pensadores europeos, los intelectuales españoles dieciochescos se pondrán en marcha para conocer España en profundidad. Con increíble celo y constancia, se empeñarán en conocer la realidad de un país anclado en el pasado, y nos asombrarán con sus observaciones y reflexiones sobre una realidad que hasta entonces nadie se había parado a analizar.</p>



<p>Viajar no es ningún placer para ellos, sino una misión: no viajan para ver tierras y paisajes, no por mera aventura, sino para conocer pueblos, estudiar costumbres y comparar formas de gobierno. Y lo hacen con la ilusión casi infantil propia de los Ilustrados, optimistas, racionalistas, convencidos de que el acopio de datos y documentos permitirá cambiar de alguna forma el curso de la historia de España.</p>



<p>Los viajes de científicos como el de Cavanilles, de artistas como Antonio Ponz, de historiadores como el Marqués de Valdeflores, de intelectuales como Iriarte o Moratín, de cartógrafos como Tomás López, de hombres de gobierno como Jovellanos… pondrán en marcha una aventura intelectual, única y ejemplar en la historia literaria española. Más allá de su obsesión por inventariar todo cuanto ven, veremos viajes que duran toda una vida, como los más de treinta años que Tomás López dedica a recorrer el país para levantar el primer mapa completo y detallado de la península. O las dos décadas que un artista, Antonio Ponz, emplea para diseccionar la realidad histórica, social, artística y geográfica del país y contarlo en su Viaje de España. O el tiempo que dedicó Jovellanos, intelectual, hombre de leyes, prácticamente toda su vida, a viajar por España y dejar por escrito en forma de cartas cuanto vio por caminos, pueblos y ciudades, siempre con un afán reformista y didáctico. Entre unos y otros, nuestros viajeros ilustrados nos dejan frescos muy certeros de todas las regiones españolas y de cómo se viajaba en un país en el que los caminos no habían prácticamente cambiado desde tiempos de los romanos, con ventas y posadas sucias, incómodas y hasta peligrosas y sin “guías” de viaje que les orientasen en sus trayectos.</p>



<p>Los viajes ilustrados, a diferencia de los posteriores románticos, serán promovidos desde el propio gobierno, impulsados por los reyes Borbones de forma meditada, calculada y planificada, como parte de una renovación total de la nación. Y a finales de siglo se puede decir que han dado frutos: reformas de los caminos y del sistema de postas, conocimiento e inventario de los recursos del reino (artísticos, naturales, económicos…), una completa cartografía de la península, “guías” y libros de viajes para ayudar a desplazarse, y numerosos proyectos para mejorar la economía y las condiciones sociales del país, muchos de los cuales se verán truncados con las guerras napoleónicas y la posterior llegada del absolutismo.</p>



<p>Trescientos años después, España ha cambiado mucho, y también los objetivos del viaje y de los viajeros. Nuestro propio Boletín da un salto en el tiempo para dedicar un espacio final a la actualidad viajera: la primera expedición de la Sociedad Geográfica a la Antártida, que los propios participantes han relatado en forma de crónica, y la última edición de los Premios de la SGE, donde viajeros de otra época, de otro siglo, incluso de otro milenio diferente al que alumbró a aquellos viajeros ilustrados, llegan a todos los confines del mundo y centran su objetivo en la conservación del planeta.</p>



<p>Sus metas están a veces muy lejos de nuestro territorio cercano. Para muestra, Héctor Salvador, Viajero del Año SGE, piloto de batiscafos y primer español que desciende a la Fosa de las Marianas (10 706 m de profundidad). Pero incluso con un objetivo viajero tan lejano al que inspiró a los ilustrados, en su discurso quiso enlazar con cuantos viajeros le han precedido y con los que siente que comparte un espíritu común de curiosidad. <em>«Allí (en la profundidad de la Fosa de las Marianas) me sentí una gota insignificante en la inmensidad del océano. Hoy me siento así, rodeado de los héroes de mi infancia, los que allanaron el camino para que llegáramos hasta aquí». </em>Tal vez sea la curiosidad viajera por conocer lo que nunca ha cambiado.</p>



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			</item>
		<item>
		<title>Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/">Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Francisco José Rosal Nadales</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><strong>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. Como fiel representante del Siglo de las Luces, utilizó sus experiencias para ampliar sus conocimientos, tratar de mejorar la vida de sus conciudadanos y, en algunos casos, para ayudar a sus amigos. En 1786 escribió una Ruta de viajes para el nuncio del papa, quien debía trasladarse desde Lisboa a Italia. En ella describió los caminos, las ciudades y los monumentos que podía visitar. También incluyó un mapa manuscrito con las rutas y las ciudades que debía atravesar.</strong></p>



<p>Esta guía y el mapa, resultan muy valiosos para el estudio de los viajes en el siglo XVIII, una obra de carácter personal y basada en la experiencia propia de un gran viajero.</p>



<p>Pero también sus viajes por España se vieron reflejados en cartas y diarios, que son un fresco vivo de la realidad de nuestro país en el siglo XVIII. Como el que realizó en 1784 desde Lisboa a Madrid y de aquí a sus tierras de Fernán Núñez, en Córdoba.</p>



<p>Los viajes, incluso los que se realizan bajo la vitola de puro ocio, raramente quedan en eso. Siempre hay una oportunidad en ellos para aprender, conocer, pensar, difundir lo aprendido —si tenemos inquietudes literarias— o mostrar posibles enseñanzas y mejoras de vida a quienes dependan de nosotros —si tenemos espíritu altruista. A este tipo de personas perteneció el VI Conde de Fernán Núñez, don Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot. Viajó mucho, aprendió mucho, difundió mucho, educó mucho.</p>



<p>En septiembre de 1778 iniciaron viaje hasta Lisboa el conde y la condesa. Ella iba embarazada del que sería su primogénito y, años después, primer duque de la casa. Él iba destinado como embajador de Carlos III ante la Reina Fidelísima, María I de Bragança. Como siempre, recogió sus impresiones de los lugares y personas con las que coincidió y, al mismo tiempo, ofreció su ilustrada opinión sobre algunos aspectos que le llamaron la atención.</p>



<p>Desde Lisboa se multiplicó para hacer valer los derechos de España en Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, con la que de nuevo se habían desatado las hostilidades. Fueron tantos y tan grandes sus aciertos que nuestro Carlos III, en premio, le concedió el Toisón de Oro en marzo de 1783. Esta alegría solo palió levemente el dolor que, unos meses atrás, había provocado la muerte de su hermana Escolástica.</p>



<p>Sin embargo, estas dos circunstancias, una triste y otra alegre, vinieron a confluir en el viaje que la familia Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento de Sotomayor realizó desde Lisboa hasta Madrid para recoger el Toisón de manos del propio monarca borbón y, ya en la corte, gestionar lo referente al testamento de su hermana.</p>



<p>Partieron de Lisboa el 2 de mayo. El día 5 llegaron a Vimieiro, donde fueron recibidos por los condes de dicho nombre. Aquí comenzó, ya, la labor de Fernán Núñez de aprendizaje en este viaje. Las charlas con el conde de Vimieiro resultaron del mayor interés para el embajador español, pues trataron, entre otros asuntos, de las escuelas para niñas pobres que el portugués había establecido en la villa de Estremoz. Como podemos comprobar, el viaje sirve a Gutiérrez de los Ríos para tomar nota, aprender, ver, oír y hablar de los temas que le interesan. Y la educación, como buen ilustrado, le interesaba sobremanera, pues su mente ya ideaba instaurar en su villa cordobesa de Fernán Núñez, de la que era administrador, un sistema educativo similar.</p>



<p>El 18 de mayo arribaron a Ávila. Aquí, Gutiérrez de los Ríos se sorprendió del elevado número de conventos e iglesias que había para una población relativamente pequeña. Incluso recogió una tradición sobre la iglesia de San Vicente:</p>



<p><em>«En el crucero de dicha iglesia hay una sepultura y una inscripción en la pared que dice estar allí enterrado el judío que hizo esta iglesia. Refiérese que habiendo hecho éste mofa de dichos Santos [San Vicente, Santa Rufina y Santa Cristeta], después de martirizados, salió de entre dos peñas una gruesa culebra que se le enrolló al cuerpo, con lo cual, reconociendo su error, clamó al verdadero Dios, se convirtió y ofreció construir dicha iglesia en honor de los dichos Santos Mártires.» 1</em></p>



<p>También visitaron el convento del Carmen, levantado donde se suponía estaba la casa de Santa Teresa. Aquí dio el Conde nueva muestra de ser firme creyente pero no crédulo: «En la sala en que nació la Santa hay una imagen suya cuyo báculo y rosario, de un tamaño enorme, se manifiesta en la iglesia y el religioso que nos lo ensañaba nos dijo oliésemos su fragancia, que por más que hice no pude hallar y solo percibí el olor de la madera»2.</p>



<p>No fue la única ocasión en que se mostró contrario al fomento de la credulidad y superstición entre las gentes iletradas por parte de miembros de la Iglesia. El 22 de mayo, por la tarde, entraron en Madrid. El 17 de julio de 1783, a las 11 de la mañana, tuvo lugar la entrega del Toisón de Oro al Conde de Fernán Núñez y al embajador de Francia, Conde de Montmorein. Ambos recibieron la insignia de manos del propio Carlos III. Los documentos en los que se daba cuenta de toda la ceremonia son magníficos para conocer la etiqueta cortesana en actos de este calado, pero exceden el objetivo del presente artículo.</p>



<p>Con el Toisón sobre su pecho, el conde y su familia iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia el sur, a la que él siempre llamó “su villa” de Fernán Núñez, en el Reino de Córdoba. En dicha localidad estaban dando culmen a las obras para la erección de una capilla dedicada a santa Escolástica, realizada en memoria de la hermana de Carlos José, y anexa al palacio de la familia. Este viaje se inició el 3 de mayo de 1784 y el conde volvió, como no podía ser de otra manera, a relatar en sus diarios lo que vio, conoció y, más tarde, puso en práctica. Así, a su paso por Valdepeñas, perteneciente en aquel tiempo al marqués de Santa Cruz, todos disfrutaron de su vino tinto y el conde puedo tomar como modelo para futuras empresas filantrópicas las obras pías de este noble, al tiempo que justificaba la existencia de la propiedad señorial si esta redundaba en beneficio de sus vasallos:</p>



<p><em>«Mantiene escuela gratuita para los niños, ha fomentado una fábrica de jabón y colma de beneficios y limosnas a sus vasallos, tanto en éste, como en los pueblos de Santa Cruz y el Viso, que son igualmente suyos. Este pueblo tiene al pie de 1.500 vecinos y todos bendicen la munificencia de su señor que socorre viudas, ayuda labradores y pañeros de que abunda, y fomenta de tal modo todos los ramos de la industria que no puede oírse sin ternura las alabanzas que de él publican todos a boca llena. ¡Oh, dichoso quien sabe ser señor de este modo, y merecer por sí ser aclamado por tal con alegría de su pueblo! No sé con qué razón podrán clamar contra esta especie de nobles, los que o por moda o por envidia, se encarnizan contra los que poseen lo que ellos quisieran tener. ¡Clamen en buena hora contra el abuso del poder y de la riqueza, contra los que solo piensan en arruinar a sus pueblos, pero respeten y conozcan la utilidad de los que no usan de su poder, sino para librar a sus prójimos, que miran como a hermanos, y para sostener el honor de la Patria, del Rey y de sus mayores, que supieron ponerle la corona en sus sienes a costa de su propia sangre!</em>.»3</p>



<p>Es posible que Gutiérrez de los Ríos ya abrigase en su fuero interno el deseo de establecer un hospital y una casa de niños expósitos en Fernán Núñez, por lo que, en este viaje, estaría tomando nota de otras instituciones que le ofreciesen ejemplos a seguir, además de solicitar informes a sus colaboradores. 4</p>



<p>Volviendo al viaje en sí, en El Viso [del Marqués] disfrutó del maravilloso palacio erigido por don Álvaro de Bazán, si bien algo abandonado en aquellos momentos. Al paso por Sierra Morena alabó el camino nuevo que Carlos III había preparado y que mejoraba mucho el tránsito por una zona llena de bandidos.</p>



<p>En La Carolina escuchó <em>«los elogios del desgraciado e imprudente Don Pablo de Olavide (…) vi que todos los que me hablaban le echaban de menos y no pude dejar de sentir que su poca prudencia y combinación de circunstancias le hubiese acarreado un fin que no hubiera tenido en otro país»</em>5. Don Carlos José Gutiérrez de los Ríos, conocedor de la mala organización que había tenido el repoblamiento, con individuos de del Centro de Europa poco acostumbrados al clima (y al vino) de Sierra Morena, mal escogidos, restó a Olavide culpas. 6</p>



<p>En el trayecto entre La Carolina y Carboneros encontraron la aldea de Escolástica. El nombre, como puede suponerse, provenía de la hermana del Conde. Así relató don Carlos José el curioso origen de la idea:</p>



<p><em>«[Tras ser herido en Argel, doña Escolástica] había venido a verme a Valencia </em><em>y me acompañó a mi villa de Fernán-Núñez. Al llegar a este paraje vimos </em><em>a Don Pablo de Olavide, que, con otros, estaba trazando aquella pequeña aldea. </em><em>Llegose al coche, preguntó a mi hermana su nombre, que era Escolástica </em><em>y éste fue el que dio y conserva aquella pequeña aldea, siempre agradable </em><em>para mí. Pensé, a su muerte erigir en ella un monumento, pero los respetos </em><em>de ser población real y otros que hubiera allanado Olavide con gusto me retrajo </em><em>de poner en planta mi pensamiento.» </em>7</p>



<p>El día 12 llegaron a El Carpio y, al día siguiente, el conde se separó del grupo para visitar las obras de la torre que estaban arreglando en sus tierras de La Morena. Vuelto a la comitiva, pasaron el Guadalquivir en barca por la zona de Alcolea. Allí se les unió el padre Miguel de Espejo, amigo suyo y quien había pronunciado en Fernán Núñez el elogio fúnebre por doña Escolástica en 1782. Llegaron a Córdoba ese 13 de mayo de 1784 y visitaron, entre otros lugares, la mezquita-catedral. Don Carlos José, con criterio propio, consideró que la Capilla Mayor era de una factura maravillosa, pero que no habían tenido acierto al erigirla en aquella mezquita única . Alabó la custodia de Arfe, la torre y el Patio de los Naranjos. En los alrededores destacó el monumento a San Rafael, las Caballerizas y la sierra con sus casas de campo señoriales.</p>



<p>El día 14 de mayo de 1784, a las cuatro y media de la tarde, llegaron a Fernán Núñez. La entrada fue recogida por los cronistas como algo apoteósico y digno de recuerdo. A la señalada ocasión de bendecir la Capilla de Santa Escolástica se unió el hecho de que en la villa no conocían, aún, a la familia, pues doña Esclavitud Sarmiento y sus dos primeros hijos, Carlos y José, no habían pisado Fernán Núñez: <em>«Todo el pueblo junto, con grandes aclamaciones manifestaban en sus semblantes señales ciertas de afecto y ternura; y habiéndose apeado en la iglesia, según acostumbran siempre, pasaron a su palacio»</em>. 9<br><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p><strong>UN HOMBRE DE LA ILUSTRACIÓN</strong></p>



<p>El VI Conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, nació en plena Ilustración, el 11 de julio de 1742, en Cartagena. Diplomático, militar y escritor, era heredero de una antigua familia aristocrática andaluza que tuvo un decisivo ascenso social durante el siglo XVIII. Hombre de amplia cultura, Fernán Núñez dejó escritos numerosos diarios de viajes y cartas, una biografía del monarca titulada <em>Vida de Carlos III</em>, cuyo manuscrito original se encuentra en el British Museum, un diario de la expedición de Argel y una interesante carta a sus hijos, donde expone sus ideas en materia de educación, economía y política.</p>



<p>Fue además académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue honorario de la sevillana de Buenas Letras desde 1785. En 1791, estando de embajador en París, fue destituido de su puesto por el Conde de Floridablanca, con el que mantenía una pertinaz enemistad política. Tras unos años de autoexilio por distintas ciudades europeas regresó a Madrid, donde murió el 23 de febrero de 1794.</p>



<p><strong>&nbsp;</strong><br>La bendición de la Capilla se produjo el 22 de mayo. El grupo de clérigos que participaron en la ceremonia iniciaron una procesión desde la iglesia parroquial hasta la puerta de la Capilla, donde ya les esperaban el Corregidor y demás miembros del gobierno de la Villa. El último en llegar fue el conde, según marcaba la etiqueta. El encargado de bendecir la capilla, tanto en su exterior como en el interior, a los sones del <em>Miserere</em>, fue don Cayetano Carrascal, Canónigo Tesorero de la Catedral de Córdoba, mientras que la primera misa la ofició Don Diego Moreno y Aguilar, Capellán de la condesa, en ofrenda a Santa Escolástica Virgen. Esa misma noche tuvieron lugar festejos que implicaron a todo el pueblo, si bien el protagonismo, como era de esperar en una sociedad típica del Antiguo Régimen, lo detentaron los condes:</p>



<p><em>«Esta noche a la hora determinada se oyeron repiques generales, acompañando </em><em>a los de la iglesia parroquial las campanas de los otros templos. Se iluminaron </em><em>las torres, todas las calles y cada particular quiso distinguirse. Las aclamaciones </em><em>gloriosas, los gritos de gozo y las bendiciones del pueblo, elevaban </em><em>sus ecos sobre los de las campanas. Todas las ventanas y balcones de palacio, </em><em>que hacen frente a la plaza nueva, estaban igualmente iluminados con dos hachas </em><em>cada uno. Este espectáculo, que duró algunas horas, se hizo más brillante </em><em>por la presencia de los Excmos. Sres. Condes, que desde el balcón principal y </em><em>ventanas animaban con su vista las de todo el pueblo.»10</em></p>



<p>El día siguiente, 23 de mayo de 1784, tuvo lugar la instalación del Santísimo Sacramento y de las imágenes sagradas en sus correspondientes altares de la Capilla, rodeado todo de grandes muestras de fervor popular. Previamente se había celebrado la ceremonia de bendición en la iglesia parroquial, a la que asistieron el conde y su familia, los cleros de Fernán Núñez y Montemayor y personas distinguidas de ambas localidades y otros ilustres invitados. Mientras, un enorme gentío esperaba en la plaza de la iglesia. Finalizada la bendición, tuvo lugar un convite en el palacio al que asistieron los más señalados miembros del clero y de la sociedad de los pueblos citados. Por la tarde de ese 23 de mayo tuvo lugar la procesión por la que se trasladó la Custodia desde la iglesia parroquial a la Capilla de Santa Escolástica.</p>



<p>En ella, los sochantres de Montemayor y Fernán Núñez entonaron el <em>Tantum ergo</em>, al tiempo que el conde les seguía, acompañado de sus hijos a derecha e izquierda según orden de nacimiento. Detrás de ellos iban otras dignidades civiles y religiosas, mientras <em>«las paredes de las calles [aparecían] cubiertas con distintas colgaduras, que hacían un matizado delicioso a la vista. El suelo se miraba alfombrado de tantas especies de flores, que parecía haber trasladado el mes de mayo todas las de los campos, prados, selvas y jardines, para que alabaran a su Criador [sic], santificándolas con su presencia» </em>11.</p>



<p>Instalada la custodia en su lugar del sagrario, se pasó al palacio donde los condes habían preparado un refresco. Pero fueron tantas las personas señaladas que asistieron, que hubo que preparar dos salas contiguas para acogerlas, al tiempo que los anfitriones honraban a sus invitados colocando <em>«sus asientos el centro de las mismas puertas que dividían las dos habitaciones para repartir con equidad los afectos y sentimientos del corazón, hablando a todos igualmente con afabilidad» </em>12.</p>



<p>En los días posteriores se nombró capellán de Santa Escolástica al fernannuñense don Juan de Zafra, se festejó la inauguración de la Capilla con espectáculos ecuestres y una corrida de toros en la plaza nueva. De todos ellos gustaron, desde el balcón del palacio, los condes. El día 30 de mayo, el propio don Carlos José rindió culto al Santísimo Sacramento postrándose a sus pies durante media hora. El 6 de junio tuvo lugar el matrimonio de Juan Crespo Hidalgo, vecino de Fernán Núñez a quien el conde había dotado para establecerse como casado 13, y María Jaraba, también de Fernán Núñez. Pero no terminaron ahí las jornadas sociales de los nobles:</p>



<p><em>«La una fue la de juntar SS. Excas. una tarde en su jardín todos los dotados </em><em>desde el año de 66, que fueron treinta y dos con sus hijos que eran más de </em><em>noventa, dándoles a todos una merienda, y haciendo que a cada chico repartiesen </em><em>a peseta los dos hijos de Su Excelencia. </em><em>En otro día se hizo esto mismo con los muchachos y muchachas de las escuelas </em><em>gratuitas que paga S. E. y pasaron de 212.» </em>14</p>



<p>El 8 de junio dejaron Fernán Núñez y se trasladaron a Córdoba. El 27 de junio ya disfrutaban de su estancia en Madrid, antes de regresar a Lisboa.</p>



<p>Como hemos podido comprobar, aunque en un caso concreto para no hacer inacabable este artículo, los viajes del VI Conde de Fernán Núñez tuvieron siempre esta naturaleza: viajaba, veía, aprendía, conocía, interrogaba y, más tarde, ponía en práctica lo aprendido si su economía lo permitía. Los habitantes de su villa de Fernán Núñez tuvieron muchas oportunidades de comprobar cómo los viajes de su señor acababan en algún beneficio para ellos: educación, asistencia a pobres o mejora de la salubridad.</p>



<p><br><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, fondo Fernán Núñez (SNAHN, FN). Memorias del Excmo. Sr. Dn. Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI Conde de Fernán Núñez. Las publica acompañadas de un estudio biográfico el Duque de Fernán Núñez, Conde de Cervellón. Madrid, obra inédita, 1934, tomo II, p. 66.</p>



<p>2 Memorias, tomo II, p. 68.<br>3 Memorias, tomo II, pp. 70-71.<br>4 Sobre esta cuestión, véase VIGARA ZAFRA, José Antonio: “Las obras pías del VI conde de Fernán Núñez: Un ejemplo de distinción social a través de la caritas ilustrada a finales del siglo XVIII”, en De Arte, nº 14 (2015), p. 128. Este investigador ha localizado los planos de los edificios para las obras pías en los Archives Nationales, site de Paris, N/III/Espagne.<br>5 Memorias, tomo II, p. 72.<br>6 Memorias, tomo II, p. 74.<br>7 Memorias, tomo II, p. 77.<br>8 Véase Memorias, tomo II, p. 79.<br>9 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la capilla de Santa Escolástica. Córdoba, imprenta de Juan Rodríguez de la Torre, 1786, p. 3r.<br>10 Ídem, p. 4r.<br>11 Ídem, p. 5r.<br>12 Ibídem.<br>13 El dinero de la dote comprendía la adquisición de muebles, ropa, una yunta de vacas, un<br>arado y una cerda, entre otros elementos. Véase Memorias, tomo II, p. 83.<br>14 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la<br>capilla de Santa Escolástica, p. 6v.</p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 10:03:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/">La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br><strong>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época. Mecenas de grandes artistas, anfitriona del salón más famoso de la ilustración madrileña, la Duquesa de Osuna fue protagonista indiscutible de un momento en el que España soñaba con ponerse al nivel de Europa. Viajó en contadas ocasiones y siempre forzada por las circunstancias (las mujeres españolas todavía no se habían incorporado a la moda del Gran Tour o los viajes románticos), pero dejó numerosas cartas y diarios en los que podemos seguir los pormenores de aquellos desplazamientos, no siempre felices.</strong></p>



<p><em>Celebrity, influencer, famosa</em>… así llamarían en nuestros tiempos a la IX Duquesa de Osuna, Maria Josefa de Pimentel, una mujer singular que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y que representó a las mujeres españolas más avanzadas del llamado Siglo de las Luces. Fue probablemente la dama más interesante y sofisticada del Madrid de su época, anfitriona de tertulias y veladas literarias o musicales en las que reunía a lo mejor de la sociedad madrileña. A ella se deben también algunos avances de su época en los cuidados de los niños, como la vacunación de la viruela o mejoras en la lactancia, a través de la Junta de Damas, de la que fue presidenta e impulsora.</p>



<p>La Duquesa de Osuna fue además una gran coleccionista de arte, mecenas de Goya y de otros artistas y creadora de la primera biblioteca pública en la ciudad: su propia colección de más de 60.000 libros. En su palacio del Capricho, a las afueras de Madrid, creó un pequeño paraíso para recreo de los nobles, un <em>divertiment </em>que se hacía eco de las ideas ilustradas y de los sueños reformistas de una sociedad que aspiraba a reflejar las costumbres nobiliarias y la vida social de otras cortes europeas más avanzadas.</p>



<p>La Duquesa solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a Menorca y a París, y la segunda, cuando el ejército de Napoleón invadió España y se fue a vivir a Cádiz. No escribió diarios de viaje, pero sí abundantes cartas a amigos, intelectuales de la época y administradores, en las que daba puntual noticia de cuanto acontecía o encontraba en el camino.</p>



<p><strong>LA DUQUESA DE OSUNA, ARQUETIPO DE LA MUJER ILUSTRADA</strong></p>



<p>La visita al parque de El Capricho, en el madrileño barrio de la Alameda de Osuna, es la mejor forma de acercarnos, doscientos años después, a una época y a este personaje extraordinario: la IX duquesa consorte de Osuna, también XII Duquesa de Benavente y poseedora de otros veintitantos títulos por derecho propio, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Este palacio y su correspondiente jardín fueron construidos entre 1789 y 1839 bajo las indicaciones de la propia duquesa en el noroeste de Madrid, como una finca de recreo para la familia, lugar de encuentro para aristócratas, intelectuales y artistas de la época. Allí se daban cita artistas como Goya, músicos como el compositor Boccherini, toreros, escritores, intelectuales o botánicos, y allí se debatieron las ideas más ilustradas y modernas de su tiempo. El abandono posterior del parque y sobre todo, del palacio, no hacen posible recrear plenamente lo que fue en su época, pero aún así, lo restaurado hasta el momento, en espera de que se culmine el proyecto de convertirlo en Museo de la Ilustración, nos permite hacernos una idea del espíritu de una mujer que, entre otras cosas, fue la primera en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o en introducir los biberones en España.</p>



<p>En el Palacio se debatían ideas, mientras en el jardín se disfrutaban las tendencias de la época entre la alta sociedad, como las pequeñas construcciones “caprichosas” o “folies” que, siguiendo las modas del momento, fue incorporando la propietaria: la ermita, la Casa de la Vieja, el embarcadero, la isla, el fortín, el templete o el abejero, este último levantado para ver, a través de una cristalera, cómo trabajaban las abejas. El jardín se concibió como un teatro: para que todas esas piezas se fueran entrelazando y los visitantes se sorprendieran con su descubrimiento. Desde la entrada —donde aparecía el nombre con el que la duquesa bautizó su propiedad: El Capricho—, la aristocracia caminaba como si estuviera saltando de un cuadro bucólico a otro. De <em>El columpio </em>de Jean-Honoré Fragonard al de Goya, este último, por cierto, comprado por la duquesa. La relación entre el pintor y la familia de Osuna fue muy estrecha: la duquesa le encargó para la decoración del palacio, además del famoso retrato familiar, <em>La gallina ciega</em>, <em>El conjuro </em>y <em>La merienda campestre</em>. Y más tarde, los famosos y controvertidos cuadros de brujas.</p>



<p><strong>EL VIAJE A MENORCA Y BARCELONA</strong></p>



<p>El matrimonio de los duques fue de conveniencia, como era habitual en la época, pero resultó una unión feliz y respetuosa. Como era su obligación de noble, tuvo múltiples embarazos y también sufrió la pérdida de muchos de sus hijos de pocos meses o años, pero esto no le impidió ser una mujer fuertemente comprometida y con una intensa vida social y cultural, y acompañar a su marido cuando le fue posible. Como en 1782, cuando se le encarga al Duque de Osuna la defensa de Menorca, en manos de los ingleses desde hacía setenta y cuatro años. Mientras que él está en la isla, la duquesa sigue sola desde Madrid los avatares de la guerra, concentrada en la complicada administración del patrimonio y de la casa y empeñada en ser madre. En estos difíciles años con partos y sobrepartos, el duque, que ve en la amargura que está cayendo su esposa, la anima a viajar y a reunirse con él en Menorca.</p>



<p>En julio de 1782 se pone en marcha con una etapa hasta Barcelona, donde se aloja en la fonda de un hostelero aprovechado: se queja por escrito a sus amistades de la codicia del hostelero que cobraba cuatro reales de vellón por una botella de <em>rosali de ratafía </em>y del gasto del brasero que se cobraba aparte de la habitación. En Barcelona embarca hacia Menorca en una fragata maltesa que tardaría seis interminables días, en lugar que las 24 horas que tardaba un jabeque correo en hacer la misma travesía. Le da miedo el posible mareo, pero en el último momento, está tan desesperada, que se pasa de la fragata a un barco más ligero para poder llegar a Menorca cuanto antes.</p>



<p>Menorca la decepciona: la isla está destrozada por la reciente guerra y no encuentra allí los lujos y comodidades a las que está acostumbrada. Además, la vida en el fuerte donde está su marido resulta incómoda y monótona. Solo le salvan de la monotonía de la situación en la isla los cuidados de su marido y el trato afable de sus compañeros.</p>



<p>Por fin, a finales del 1782, son trasladados a Barcelona. En una travesía llena de peligros, en invierno y con el mar agitado, María Josefa no deja de rezar a la Virgen del Pilar. En enero ya están instalados en una casa de la calle San Pedro. Su llegada a la ciudad condal fue ampliamente celebrada en los periódicos de la época, como lo describe la condesa de Yebes en su libro sobre la condesa de Benavente. María Josefa destaca socialmente en esta ciudad próspera y en la que ya se va creando una cierta burguesía al calor del puerto: acude al teatro, a las vigilias y novenas y a todas las recepciones a las que le invitan con frecuencia. Por fin, un nuevo embarazo cambia las cosas y su ánimo, pero su esposo, dados los antecedentes, decide evitar el calor del verano barcelonés y la deja instalada en la casa de campo de un funcionario amigo, donde podrá disfrutar de jornadas de campo, lectura y tranquilidad. Allí lee a su querido amigo Iriarte o los versos de Meléndez, tan de moda entonces, o la admirada <em>Ars Poética </em>de Horacio.</p>



<p>En Barcelona da a luz a su primogénita Josefa Manuela y poco más tarde madre e hija vuelven, solas, a Madrid, mientras Pedro se queda en Barcelona. En los años sucesivos tendrá más hijos y se dedicará a ser una excelente madre. Alejándose de lo habitual en otras aristócratas de la época, empleó modernas técnicas de higiene con los niños, se esforzó en darles una esmerada educación con los mejores profesores, sobre todo de Bellas Artes y en todos sus viajes se hacía acompañar por sus hijos, que siempre le profesaron admiración y cariño.</p>



<p><strong>RUMBO A PARÍS</strong></p>



<p>En 1798, Carlos IV (en realidad Godoy y Maria Luisa de Parma) envían (más bien destierran) a los Osuna como embajadores a Viena. Era un viaje complicado porque debían atravesar Francia con todos sus hijos y un importante séquito, un periplo entonces peligroso para el que era indispensable obtener un visado que estuvo a punto de no concederse porque corrieron rumores en París de que el futuro embajador había protegido a nobles franceses huidos de la Revolución. Aunque su destino final era Viena, los azares del destino convirtieron la pausa en la capital gala en una larga estancia de un año con regreso directo a España.</p>



<p>La duquesa relataría aquel viaje en cartas a su administrador y a sus amigos, con todo lujo de detalles de lo que ve y le llama la atención: un puente roto en el camino que debió sortear el carruaje, malas carreteras francesas con sus innumerables portazgos y las posadas que llegaban a costar hasta ochocientos reales diarios excluyendo los desayunos y la cebada para los animales. Aunque también habrá momentos agradables en el relato, como una tarde en la ópera de Burdeos. La descripción del viaje es una instantánea de cómo se viajaba en la época, en trayectos a veces intransitables que en ocasiones obligaban a salir de los carruajes y seguir un rato a pie. Y no solo en España. María Josefa, con su fuerte sentido patriótico, comenta “…<em>habiendo pasado caminos horribles que por fortuna no son de España</em>”.</p>



<p>Finalmente, el 5 de marzo, tras un penoso mes y siete días de viaje, llegaron extenuados a París, instalándose con todo boato en la residencia que los duques del Infantado tenían en París, una residencia que terminaría en manos de Talleyrand. París era en aquellos años un hervidero humano de toda clase de personajes singulares, de pícaros desencantados de la Revolución, de corruptos jacobinos y de españoles exiliados como Cabarrús y su hija. Este ilustrado de origen francés, había ocupado importantes cargos en la España de Carlos IV como consejero de Estado y Director de Banco Nacional de San Carlos, pero sus ideas marcadamente enciclopedistas le habían llevado a la cárcel y al destierro. Su hija Teresa era una joven muy inteligente que dominaba el francés, el italiano y el latín cuando llegó a París. Famosa por su belleza, se casó con el marqués de Fontenay en 1788 abriendo un importante salón donde recibió a los representantes de las nuevas ideas. La Cabarrús sería uno de los apoyos más importantes de la Duquesa en su estancia parisina. Instalados en París, los Osuna aprovecharon para visitar monumentos, encargar retratos y comprar libros. Cuenta María Josefa: <em>«…estuvimos en Versalles antes de ayer y solo puedo decir que necesita muchos días aquello, para enterarse de su magnificencia. Somos muy pequeños ahí, y esto respira grandeza»</em>. También comentaba emocionada las nuevas máquinas que descubre en sus paseos por la ciudad, como la estenotipia inventada por la imprenta Didot, que facilitaba enormemente la impresión permitiendo publicar libros a menos coste. Los gastos en París se multiplicaban para el matrimonio, que no escatimaba en nada. Se sucedían las cenas, los teatros, las clases de baile y música para los hijos… pero el sueldo de embajador no llegaba desde España. Pedro Alcántara, siempre más realista que su esposa, se lamentaba en sus cartas de su ritmo de vida. <em>«Mantenemos aquí tres coches, una mesa de diez y seis cubiertos, comida para una familia que se compone de cerca de treinta personas, ropa y vestidos de mi mujer, chicos, chicas y míos, asistencia de estos, alquiler de casa, teatros que son muy caros».</em></p>



<p>Para pagar todos los gastos, el duque tuvo que pedir créditos y vender joyas de la duquesa, pero, además, Viena le rechazaba una y otra vez como embajador por la coyuntura internacional. Tras muchos avatares, al Duque se le nombra inspector de los ejércitos del Rhin, un cargo mucho peor pagado, que considera un menosprecio a su categoría y que le obligaba además a separarse de su familia para defender un puesto militar de carácter irrelevante.</p>



<p>Los Osuna suplican entonces el permiso al Rey para regresar a España y vuelven lo antes posible, aunque se llevan de su estancia parisina numerosos amigos ilustrados, muchas lecturas y muchas influencias interesantes para la corte de Madrid. El conocimiento de la nueva sociedad que se estaba gestando en el Directorio y el Consulado en París, influirá en el resto de su vida. Llegan a Madrid en enero de 1800. Falta muy poco para que Napoleón invada España.</p>



<p><strong>MECENAS Y ANFITRIONES</strong></p>



<p>El duque de Osuna fue también un mecenas de la época, al margen de la obra de su esposa. Fue protector de muchos escritores, músicos y artistas. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 1775), de la cual llegó a ser presidente, y de la de Osuna (Sevilla). A través de estas instituciones canalizó gran parte de la ayuda económica que proporcionaba a la investigación y mejora de la economía (sobre todo agricultura y educación). Fue miembro honorario de la Real Academia Española desde 1787, y de número desde 1790, ocupando el sillón Letra T. En 1792 accedió como honorario también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El contacto de los duques con Francisco de Goya fue decisivo. Su primer encuentro fue para encargarle dos retratos individuales. Goya ya era conocido pero la protección de los Osuna, a partir de aquel momento, fue el espaldarazo definitivo para lanzar su carrera. Ellos le abrirían las puertas de muchos de sus amigos, e incluso de la Familia Real.</p>



<p>La implicación de los Duques en la cultura no se limitó a la pintura. Un ejemplo fue su biblioteca formada por muchos volúmenes heredados desde el siglo XV de todos sus antepasados y alimentada con muchísimas compras, sobre todo durante su estancia en París, hasta reunir la biblioteca más completa existente en la época en España. Incluía libros de todo tipo, entre ellos muchos prohibidos en España. Estaba en su palacio de la calle Leganitos, y decidieron abrirla al público. A la muerte de la duquesa en 1834 tenía más de 60.000 volúmenes.</p>



<p>Estamos en la época de los grandes salones y en Madrid, el más famoso fue sin duda el de la Duquesa de Osuna, que para la historiadora Carmen Iglesias representa la gran figura femenina del siglo, al reunir <em>«nobleza, cultura, inteligencia, conocimiento de idiomas, encanto, fidelidad a sus amigos y curiosidad científica que conservó hasta sus últimos días y que dio lugar a que en 1834, a los 83 años y en vísperas de su muerte recibiese de París un telescopio que había pedido a sus proveedores»</em>. Sus actos no tienen ya tanto que ver con las obras de caridad como de propuestas liberales o ilustradas que la colocan en parámetros modernos y cercanos a la contemporaneidad. A su salón, que lograría sobrevivir incluso a los avatares de la guerra, acudían: Moratín, Don Ramón de la Cruz, Humboldt, Agustín Betancourt, Martínez de la Rosa, Washington Irving, el general Castaños, Mariano Urquijo, diplomáticos extranjeros, artistas, músicos, cómicos o bailarinas.</p>



<p><strong>LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y EL VIAJE A CÁDIZ</strong></p>



<p>En 1809, Maria Josefa Pimentel, ya viuda, haría el segundo gran viaje de su vida: el que le llevó a Sevilla y más tarde a Cádiz, donde seguiría mediante cartas con sus amigos el curso de la guerra con los franceses, una contienda que marcó trágicamente su vida y la de su familia. Claramente en contra de los afrancesados y partidaria de Fernando VII, había soportado la primera fase de la invasión en Madrid, pero cuando los franceses rompieron el frente español en Somosierra, decidió huir hacia el sur. En discretos carruajes, con escaso equipaje y reducida la servidumbre, puso rumbo con valentía a un destino más seguro, con sus tres hijas y nueve nietos. En una fría noche de diciembre, salió ocultándose en la oscuridad, salvando así a su familia. Dejó el pasado, sus palacios de El Capricho y de la Cuesta de la Vega, en el centro de Madrid, su fabulosa pinacoteca, su biblioteca y todos sus objetos de valor de aquellos palacios en los que habían <em>Los duques de Osuna y sus hijos. Goya. 1788. Museo del Prado. </em>sido tan felices. Lo único importante ahora era salvar sus vidas.</p>



<p>Cuenta en sus cartas como, una vez atravesadas las berlinas el temible desfiladero de Despeñaperros, se encontraron en medio de ese territorio con la constante amenaza de bandoleros en la zona, aunque sabía que muchos de ellos, como José María Hinojosa, El Tempranillo, colaboraban con la misma causa patriota en la que ella misma militaba. Decidió entonces esconderse en su enorme finca agrícola de Santa María del Bosque, pero supo que había sido ocupada por un violento guerrillero llamado Andrés Ortiz, que afirmaba por entonces <em>«…que no había duques ni ricos, y que la tierra era de todos y debía ser repartida…»</em>: No parecía el lugar apropiado para la familia y dirigieron los coches rumbo a Sevilla.</p>



<p>En la capital andaluza se había refugiado ya gran parte de la aristocracia madrileña y muchos funcionarios que no estaban dispuestos a colaborar con el invasor. Los Osuna se alojaron exhaustos por el viaje en casa de su parienta la marquesa de Armunia, Doña María Teresa de Silva Fernández de Híjar y Palafox. Unos días más tarde se encontraría con Lord y Lady Holland, viajeros británicos, que continuaban inexplicablemente su viaje por España a pesar de la guerra. Lord Holland, amigo de Jovellanos, seguía en los periódicos locales las vicisitudes de la guerra, mientras su esposa anotaba en su diario sus aventuras por la peligrosa España. Todavía estarían un año más viajando por el país.</p>



<p>La Duquesa estaría un año en Sevilla, viviendo ricamente gracias a los depósitos que el duque había dejado en la banca británica y que le llegaban puntualmente a pesar de la guerra. Vivió en primera persona el auge del liberalismo del que Sevilla fue cuna durante los primeros meses de 1809, como lo será después Cádiz. Pablo de Olavide había fundado en 1777 la Real Sociedad Patriótica, que tuvo su origen en la tertulia organizada por este ministro en el Alcázar, donde recibía a Jovellanos, al marino Antonio de Ulloa o al jurista Juan Pablo Forner. La presencia de la Junta Suprema Central favoreció el impulso ilustrado a una ciudad que a finales de 1809 comenzó a sentir la amenaza sufrida por otras ciudades españolas: el asedio francés. En febrero de 1810, los franceses ocuparon la ciudad y comenzó entonces la rapiña artística en Andalucía de mariscal Soult: muchas de estas obras están todavía hoy en los museos franceses.</p>



<p>Maria Josefa decidió entonces trasladarse a Cádiz, donde llegaban cada vez más refugiados y solo encontró alojamiento de alquiler en un destartalado piso de la calle Misericordia. Acostumbrada a vivir en grandes palacios, se sintió agobiada, pero pese a todo, sus años en Cádiz fueron muy felices y especialmente interesantes. Con el telón de fondo de la guerra, la vida seguía, tanto la personal (bodas, nacimientos…) como la intelectual y política. En la ciudad andaluza, el único bastión libre de franceses, vivió desde su piso alquilado como se fraguaba la Constitución de Cádiz, la Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, otra buena amante de todas las artes como la propia Duquesa.</p>



<p>De Madrid llegaban malas noticias: los soldados franceses habían destruido y saqueado sus tierras en Arcos, y sus palacios de Madrid y el Capricho se habían convertido primero en cuartel y luego en lugar de fiestas y francachelas de José I. El destrozo de su patrimonio no quedó únicamente en El Capricho. Para conseguir dinero, tuvo que vender muchos de los objetos que había conservado, entre ellos obras de Goya, pero no estaba dispuesta a renunciar a su alto tren de vida, incluso en el “exilio”.</p>



<p>Durante la Guerra, la duquesa contó con una eficaz red de comunicación con sus amigos, que le permitía estar al día, controlar desde la distancia sus tierras y su fortuna y estar al día de lo que pasaba en el resto del país. Pasada la guerra, Josefa volvió a relacionarse con muchos de sus antiguos amigos, pero nunca pudo perdonar a los “afrancesados” y a los que habían colaborado con la monarquía de José I. No hubo piedad para ellos y la elegante dama ilustrada se transformó en una defensora de Fernando VII y del absolutismo. Pasó el resto de su vida intentando recuperar el esplendor de todo lo que había perdido.</p>



<p>En 1914, emprendió la restauración de El Capricho, que volvió a ser un referente, con nuevas estatuas, monumentos y edificios, y volvió a llenarse de amigos. En casa de la duquesa se volvió a reunir la sociedad más escogida de principios de siglo en Madrid: diplomáticos extranjeros, escritores y artistas, y aquí se escuchaban los extraordinarios conciertos que ella continuaba organizando. Pero los tiempos eran otros y los problemas económicos acuciaban cada vez más. Pese a todo, la Duquesa y ahora también sus hijos y nietos, siguieron siendo una referencia imprescindible en la alta sociedad de la época. María Josefa murió en 1834, a los 83 años, cerrando así una época trascendental para España.</p>



<p><br><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>



<p>La IX Duquesa de Osuna, una ilustrada en la Corte de Carlos III. Fernández-Quintanilla, Paloma. Ed. Doce Calles. 2023</p>



<p>Capricho. De Arteaga, Almudena. Ed. Planeta 2012</p>



<p>La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas. Espasa-Calpe, 1955</p>



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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 50]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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<p><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p>Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p>Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p>Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p>Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p>Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p>Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p>El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p>La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p>Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p>Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p>No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p>Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p>Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p>En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p>Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p>Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p>En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p>En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p>Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p>En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p>Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



<p></p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>Brazza y otros viajeros en el Corazón de las Tinieblas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/brazza-congo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 06 Jun 2024 12:18:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 77]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mercedes Barreno<br></strong></p>



<p>Boletín 77 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Grandes selvas del mundo<br><br><strong>Peter Forbath, corresponsal durante muchos años en África para la revista ‘Time’, escribió uno de los libros más completos hasta la fecha sobre la historia del río Congo, y lo subtituló de forma contundente: “el río más dramático de la tierra”. Solo hay que asomarse a sus páginas o a la historia de su exploracion desde tiempos de los descubrimientos portugueses, para estar de acuerdo con Forbath. El río atraviesa una de las zonas geográficas más convulsas de la tierra y que más fascinación ha ejercido sobre la imaginación de Occidente. En los últimos cinco siglos, estas selvas del corazón africano han servido de escenario, casi cinematográfico, para el encuentro de dos mundos antagónicos. Una historia protagonizada por personajes como Diego Cao o Bartolomé Dias, Stanley, Livingstone, Roger Casement, Mobuto, Joseph Conrad o la terrible figura del rey Leopoldo.</strong></p>



<h5 class="wp-block-heading"><strong>LOS PRIMEROS EXPLORADORES</strong></h5>



<p>En la era de los descubrimientos, el rey de Portugal Juan II continuó la política que los monarcas portugueses anteriores habían iniciado para recorrer la costa africana. En 1482 encargó a Diego Cao sobrepasar el ecuador, objetivo que cumplió convirtiéndose en el primer europeo en descubrir el estuario del rio Congo. Cao dejó escrito en piedra su hallazgo (<em>padräo</em>)como testimonio de la soberanía de Portugal y allí perduran aún los restos de esta inscripción. Remontó el rio y las cataratas y contactó con los indígenas del reino del Congo -Bakongo- con intención de lograr el vasallaje de su rey. Siguió camino hacia el sur hasta cabo de Santa María por la costa, llegó a la actual Angola y volvió a Lisboa a principios de 1484 con nativos del Congo como testigos de su exploración.</p>



<p>En un segundo viaje, de 1484 a 1486, Cao llegó de nuevo hasta el Congo, con intención de descubrir el reino cristiano del Preste Juan, y cerca de Matadi dejó otro monolito con su descubrimiento anotado. En 1486 solo volvió a Lisboa su acompañante, Bartolomeu Díaz. Tal vez Cao quedara en Nigeria o muriera en el cabo de Cross; lo que pasó realmente aún se debate. Díaz continuó los viajes hacia el sur, alcanzando el cabo de Buena Esperanza y el océano Índico en 1487. Los lugares de la costa oeste descubiertos por Cao y por Diaz se mantuvieron como puntos de anclaje para el comercio portugués y europeo y suministro de esclavos hacia Europa y América hasta finales del siglo XVIII.</p>



<p>En la historia de la exploración del Congo en el siglo XIX encontramos situaciones clave que marcarán su descubrimiento, y un conjunto de motivaciones propias de una época en que los desafíos geográficos, el interés comercial y unas ambiciones imperiales sin límite producirán terribles consecuencias. Una vez descubierta África Central por los exploradores, misioneros y mercaderes, los gobiernos europeos entraron con espíritu de anexión, y los especuladores de explotación, con una rapidez sorprendente.</p>



<p>El imperio colonial creado por Inglaterra fue el referente europeo para la expansión por otros continentes. A este país pionero en la revolución industrial, su imperio le produjo grandes oportunidades comerciales y de enriquecimiento gracias al acceso a las materias primas que necesitaba. Su forma de combinar la expansión comercial, el establecimiento de colonos estables y la diplomacia, construyeron el gran imperio del siglo XVIII. El plan diseñado en Londres, desde la ocupación de Egipto como protectorado compartido con Francia, significó una paulatina inmersión en el continente africano que incluyó desde el noreste egipcio, en una diagonal imaginaria que atravesaba el continente, hasta el suroeste: desde El Cairo a Ciudad del Cabo. La realidad es que llegó ocupar Sudán, Kenia, Somalia, Nigeria, Uganda, Bechuanalandia, Sierra Leona, Costa de Oro, Gambia, Rhodesia y Sudáfrica, al tiempo que consolidaba su dominio en la India y se anexionaba el Punjab en 1863.</p>



<p>Francia no se quedó atrás en el intento imperial, e incorporó lo que hoy son Gabón, República Centroafricana y República del Congo, esta última producto de los tratados de la década de 1880. A partir de la década de 1830 fue ocupando Argelia, Túnez, Marruecos, África Occidental (Mauritania, Senegal, Camerún, Malí, Guinea, Costa de Marfil, Niger, Burkina Faso – antes Alto Volta- y Benin).<br><br><strong>LAS SELVAS DEL CONGO&nbsp;&nbsp; </strong><strong><br></strong></p>



<p>Los bosques tropicales que forman las selvas del Congo, en el centro de África, se extienden a lo largo del rio y sus afluentes y forman una cuenca de 3.700.000 km2. El Congo tiene caudal medio de 41 800 m³/s y una longitud de 47.000 km2. Tiene una superficie solo superada por la selva amazónica y forma uno de los ecosistemas más diversos y complejos del mundo, con una variedad de especies de plantas y animales que solo se encuentra en su cuenca. Por su situación entre los trópicos y atravesar dos veces el ecuador tiene un régimen de lluvias que lo mantiene con un caudal constante. Todo un sistema acuático que es fuente de vida, de maderas y alimento para sus pobladores -pigmeos entre otros indígenas-, además de vía imprescindible de transporte y comunicación en un enorme territorio del África Central. El Congo es, en definitiva, un ecosistema de agua dulce que discurre a lo largo de una topografía compleja con cascadas y desniveles que siempre representaron un desafío para sus exploradores, y que, hasta el presente, han dificultado la creación de mejores infraestructuras.</p>



<p>Las selvas del Congo tienen un papel importantísimo en la regulación del clima global: la enorme masa forestal, al absorber grandes cantidades de CO2, contribuye a retardar el cambio climático. Las turberas formadas en el suelo húmedo, están en peligro si se continúa con la explotación forestal, en gran parte sin control. Actualmente, más de cinco millones de hectáreas son concesiones ilegales, y a pesar de que las principales organizaciones europeas han solicitado a los gobiernos y a la comunidad internacional su regulación y protección, el riesgo de desaparición de grandes extensiones de selva es un hecho.</p>



<p>Una inmensa región de África Central integrada en los países de Gabón, República Democrática del Congo, Camerún, República del Congo, República Centroafricana y Guinea Ecuatorial; además de parte de los países circundantes.</p>



<p><strong>UNA HISTORIA DE EXPLORACIÓN Y TRAGEDIAS</strong></p>



<p>El papel que desempeñaron los exploradores fue determinante para la ocupación de las selvas del Congo por los europeos. Pionero en la búsqueda de las fuentes del Nilo fue el médico y teólogo escocés David Livingston (1813-1873). Su primer viaje en 1840 tenía como objetivo trabajar para la Sociedad de Misioneros de Londres en Bechuanalandia, protectorado inglés en litigio y reconocido desde 1885, hoy Botsuana, un territorio en discusión entre lnglaterra y los Boers que pronto llevaría al médico escocés a buscar otros caminos con pueblos más propicios.</p>



<p>En 1845 se casó con la misionera y exploradora Mary Moffat, y en 1951 llegó hasta el rio Zambeze y las cataratas Mosioatunya, a las que dió el nombre de la reina Victoria. Tras una desgraciada expedición en la que perdió a su hermano Charles, a su esposa y a varios de sus hombres por malaria, en 1862 regresó a Londres. Consigue financiación gracias a la <em>Royal Geographical Society</em>, y vuelve a África para seguir explorando. En 1871 llegó al río Lualaba, que pensó que era la cabecera del Nilo.</p>



<p>Tras seis años sin tener noticias de Livingston, el editor del New York Herald, en 1869, encargó su búsqueda a Henry Morton Stanley (1841-1904), convertido en cronista desde su participación en la guerra civil americana. Tras meses de búsqueda encontró a su admirado explorador, enfermo, en la población de Ujiji en 1871. Los dos compartieron exploración por el lago Tanganica aunque Stanley regresó a Londres sin Livingston, quien en su última estancia en África fundó una Misión Universitaria con fines educativos y sanitarios, que sería lugar de trabajo y encuentro de misioneros médicos para África Central. La malaria y otras complicaciones provocaron su muerte en Zambia en 1873.</p>



<p>H.M. Stanley, en busca de financiación, informó en Paris sobre lo descubierto en África, y en 1874 el Daily Telegraph y el New York Herald invirtieron en su empresa haciéndole el encargo de llegar hasta la desembocadura del Congo. Atravesó el continente desde Zanzíbar, en el Índico, y se dirigió al oeste por los lagos Victoria y Tanganica para comprobar si el Nilo era continuación del rio Lualaba o cabecera del Congo. Un viaje largo en el que partieron 356 expedicionarios, de los cuales al llegar al Atlántico quedaban 114 y solo Stanley de origen europeo. La exploración del interior de África no solo despertó interés entre los ciudadanos británicos o americanos. Una prueba del interés de los parisinos por la aventura africana son las crónicas que <em>Le tour du monde, Nouveau Journal des Voyages</em>, publica entre 1860 y 1914 en Paris, y que que recogen las novedades y aventuras de los viajeros y viajeras por ese mundo de misterio que tanta fascinación despertaba.</p>



<p>Su contemporáneo Julio Verne (1828-1905), gran lector interesado por los viajes, la aventura, la ciencia y el futuro, se interesó por las exploraciones del doctor Livingston. Con su gran imaginación construyó peripecias y peligros y publicó en 1863 <em>Viajes extraordinarios: Cinco semanas en globo, con el título completo de Cinq semaines en Ballon. Voyages de decouvertes en Afrique par trois anglais. Rédigé sur les notes du doctor Fergusson</em>. A partir de entonces la relación entre la ciencia ficción y la realidad, no ha dejado de crecer.</p>



<p><strong>PIERRE DE BRAZZA: UN IDEALISTA POR EL RIO OGOOUÉ</strong></p>



<p>La fiebre exploradora que recorría Europa por descubrir el interior de África, unido al anhelo de aventura, traspasó todas las fronteras. Uno de sus protagonistas fue Pierre Paul François Camille Savorgnan de Brazza (1852-1905), nacido en Roma y décimo hijo de familia noble, de padre italiano, viajero y artista. Le movía el afán de aventura y las ideas que la revolución francesa y sus herederos (Saint Simon) difundieron por Europa. Brazza soñaba con mostrar al mundo su civilización, la libertad y la fraternidad de la que hacían gala sus contemporáneos. Quería ser marino, y en 1868, y tras superar bastantes dificultades, fue admitido en la Escuela Naval francesa de Brest.</p>



<p>El primer viaje de Savorgnan de Brazza a África ecuatorial, como capitán, comenzó el dos de noviembre de 1875 en Gabón, colonia francesa desde 1842, principal base naval en la costa occidental africana y punto estratégico de partida de las expediciones al continente. Era un protectorado que Francia se adjudicó tras firmar los tratados con las tribus locales dos años antes. Brazza permaneció en el continente hasta 1878.</p>



<p>En este primer viaje, Brazza partió de Libreville en el vapor Marabout con cuatro intérpretes senegaleses, el médico Noel Ballay, el contramaestre Hanon y el naturalista Alfred Marche. Pocos días después llegaba a Lambaréné, el punto más lejano conocido. Por la rivera negoció la ayuda de los indígenas y después de tres meses llegó a Lopé, uno de los centros más importantes para el comercio de esclavos. De allí parte hacia Poubara, país de los Aumbos en el curso del Ogooué, contacta con tribus -bateke- que comercian a lo largo del rio Alima (180 km), afluente del Congo y descubre los múltiples afluentes que se dirigen al interior.</p>



<p>Completó la exploración del Ogooué (1200 km), pero incluso así se sentía profundamente decepcionado por no haber encontrado en este río un acceso directo al África central. En un espacio de 80 km entre el Alima y el Oggoué atravesó las colinas arenosas habitadas por los guerreros Apfourous y en la confluencia del Ogooué con Mpassa fundó Franceville con esclavos liberados.</p>



<p>En 1876 Leopoldo II de Bélgica había organizado la Conferencia de Bruselas y creado la Asociación Internacional Africana para “civilizar a los nativos”. Fue el primer paso para convertirse en propietario de lo que su comisario Stanley lograría en el reparto del África Central. Joseph Conrad, con causticidad, la llamaría “la sociedad internacional para la represión de las costumbres salvajes”. Brazza ignoraba que Stanley estaba en el centro de África, y no calculaba el alcance real de sus descubrimientos. A la vuelta escribiría que “si los exploradores del Ogooué hubieran sabido que el Alima les conduciría en cinco días más de camino al Congo, no hubieran dudado en hacer el esfuerzo para volver a la costa por el Congo”.</p>



<p>En los tres años de su primer viaje, las dotes negociadoras de Brazza permitieron revertir el monopolio comercial que existía a lo largo del rio Ogooué además de descubrir sus afluentes próximos. Su conciliador trato con los indígenas sirvió para allanar el camino a los exploradores europeos mediante la firma de tratados. La campaña que hizo con el naturalista M.A. Marche se interrumpió en las orillas del Lékelé ya que hubo de regresar a Europa por problemas de salud. El 27 de diciembre de 1879 comenzó su segundo viaje, con más medios y con el objetivo más claro de ampliar los territorios con bandera francesa y adelantarse a otros exploradores. Es conocida la importancia de la firma del tratado con el rey de los Batékés, Makoko, en la zona del lago Malebo (entonces Stanley Pool): con esta firma se le entregaron a Francia las tierras en las que Congo comienza a ser navegable, es decir un camino practicable entre Stanley Pool y el mar.</p>



<p>Brazza volvió a Francia en 1882, logró el reconocimiento de las autoridades por sus descubrimientos y convenció al gobierno de lo positivo que resultaría para Francia la anexión del Congo. Es admirable su coraje y determinación, la diplomacia de su política y el desinterés personal que demostró sacrificando su fortuna personal para remediar las insuficientes subvenciones que dispuso para su viaje. En sus charlas, escritos y cartas describe regiones misteriosas, evoca imágenes deslumbrantes y da noticias de las riquezas de la selva para la explotación de caucho. Pero también describe los difíciles momentos difíciles pasados frente a los indígenas por llevar sus barcos la insignia de Francia. Las reacciones y resistencias de los nativos al paso de los “visitantes” eran tan imprevisibles como arriesgadas.</p>



<p>Cuando Brazza planteó ante las autoridades de Paris la ratificación de los tratados que había suscrito con los indígenas, la burocracia no se lo puso fácil, obligándole a desarrollar una larga y reñida campaña para que le convalidasen lo firmado con el rey Makoko. Finalmente, las Cámaras se lo aprobaron, y se hizo público uno de los episodios más interesantes de la historia de la exploración.</p>



<p>El 28 de diciembre de 1882 la Cámara de los diputados, por 441 votos contra 3, aprobó un proyecto de ley permitiendo la apertura de un crédito de 1.275.000 francos destinados a compensar los gastos “de la misión de M. Savorgnan de Brazza en el oeste africano”. Tres días después, la vanguardia de una nueva expedición, dirigida por Rigail de Lastours, emprendía camino a Gabón.</p>



<p><strong>LOS CONFLICTOS CON STANLEY</strong></p>



<p>Brazza regresó a África a finales del mes de enero de 1883, con un equipo reconocido de cuatrocientos hombres para ratificar tratados con los jefes indígenas y organizar nuevos asentamientos. El conflicto de intereses entre los delegados de Leopoldo II de Bélgica, la Asociación Internacional del Congo, y los franceses era ya abierto. Es la época en la que coincidió con Stanley, y el americano se sintió humillado por el éxito del que consideró rival; y una de las razones por las que regresa a Paris para desacreditarle.</p>



<p>Ambos, Stanley y Brazza son dos nombres que serán relacionados porque ambos harán posible la penetración en el corazón de África pero con muy distintos objetivos. Lo que pesa en la conciencia de Stanley no son los treinta combates que libró en el Congo, sino su falta de escrúpulos en su explotación, las excusas que puso para hacerlo y los recuerdos sangrientos que dejó a sus sucesores en nombre de la civilización.</p>



<p>Entre los numerosos discursos que Savorgnan de Brazza pronunció en su última etapa en Francia, uno de los más expresivos y que muestran su ideario, fue el que sostuvo ante el presidente de la <em>Societé Historique (Bulletin de la Societé, </em>nº 1,13), de la que era miembro de honor. Transcribo algunos de sus discursos donde se muestra su actitud y espíritu con el que se enfrentó a la selva.</p>



<p><em>“Usted viene de abrir un capítulo nuevo en nuestra historia colonial…”, a lo que Brazza responde: “¿Un capítulo nuevo?, la verdad es que yo no he escrito más que una línea, la primera y la más modesta” …. La bandera de Francia está en África como un símbolo de la amplitud y generosidad de ideas que Francia ha mantenido, y que más que otra nación ha contribuido a propagar…Hoy, la </em><em>Navegación en la selva del Congo. </em><em>llegada de nuestros compatriotas a Africa, tendrá el efecto de detener el origen </em><em>del comercio de carne humana: la trata de esclavos. Francia ha defendido sus intereses nacionales, pero yo nunca abandoné los intereses de la civilización” “Hace cincuenta años que la bandera francesa ondea en Gabón, y representa la idea de libertad. Un puerto utilizado como escala de nuestros barcos y encargado de impedir la trata de negros establecida esta costa de África…. Y la noticia de que había en la costa una tierra que volvería libre a los que la habitaran se extendió rápido… así que cuando entre en el interior de esos países nuestros colores se conocían. Se sabía que eran los de la libertad.</em></p>



<p><em>Los primeros habitantes de Franceville han sido esclavos liberados. La cuestión de la esclavitud es un tema complejo. Uno se encuentra a menudo con dificultades casi insuperables&#8230; Mantener el honor de la bandera que arranca su presa a los negreros no es cosa fácil cuando no se quiere emplear la violencia. En 1875, en mi primer viaje, no arbolé la bandera francesa más allá de los artilleros franceses…”</em></p>



<p>Brazza cuenta en su diario: <em>“Al principio tuve que comprar a los hombres muy caros, 300 o 400 francos, y cuando ya me pertenecían, aún con los aros en el pie y cuello les preguntaba “¿De qué país eres? Soy del interior, respondían. ¿Qué prefieres, quedarte conmigo o regresar a tu país? Les hacía tocar la bandera francesa y les decía: sois libres. Luego, encontré a estos hombres en el interior, y fueron los que me facilitaron el camino. Fueron ellos los que me permitieron llegar hasta el interior. Sabían que… todo esclavo que tocaba la bandera francesa era libre”.</em></p>



<p><em>“África hace la guerra a quien siembra la guerra. Pero como todos los demás países, hace la paz a quien siembra la paz. Mi reputación me precedía, y sin mi conocimiento me dieron el nombre de Padre de los Esclavos… Pero ¿qué he hecho yo? Poca cosa. Solo lo que he podido. Este es un primer ensayo con un primer resultado…”</em></p>



<p>Pero el espíritu de paz que Brazza había establecido entre los pueblos rivales ¿cómo podría durar? Brazza sufrió ver al Congo que había explorado, apropiado por Francia y explotado por hombres sin escrúpulos. Murió el 29 de agosto de 1905. Lo que vendría después fue el mayor enriquecimiento para Europa y la devastadora tragedia para la población y sus selvas. Brazzaville es la capital de la República del Congo desde su independencia en 1960, y lo fue de la antigua África Ecuatorial Francesa; en la orilla del rio, frente al Congo-Kinsasa y a 500 km por ferrocarril de Pointe-Noire, en el océano Atlántico.</p>



<p><strong>CAMINO A LA CONFERENCIA DE BERLÍN</strong></p>



<p>La apropiación de territorios en la desembocadura del Congo por Leopoldo II de Bélgica chocaba con los intereses franceses por el Congo occidental y con los portugueses y sus aliados ingleses, que ya estaban establecidos en la zona. Inglaterra y Alemania mantenían litigios por Camerún. Una situación que había que arreglar o al menos regular para aclarar competencias y evitar choques. La iniciativa del canciller alemán Otto von Bismark, artífice de la unión de Alemania en 1871, para poner orden acabó en la Conferencia de Berlín en 1884-1885 que restablecería la libre circulación y mercado por el Níger y el Congo, y significó en realidad el reparto del continente entre las potencias colonialistas europeas. El Estado Libre del Congo se traspasó al monarca belga, que entre 1885 y 1908 practicó el terror, los asesinatos en masa y la explotación indiscriminada de caucho y marfil en las selvas congoleñas provocando las mayores e inimaginables tragedias entre la población. A pesar de que importantes escritores y personajes denunciaron en su tiempo las barbaridades que se estaban haciendo en las selvas del Congo, la opinión internacional tardó en reaccionar y más aún en actuar. Joseph Conrad, en <em>The heart of darkness </em>(El corazón de las tinieblas) es el más conocido, pero no hay que olvidar la carta abierta a Leopoldo II del diplomático, historiador americano y negro, George Washington Williams, el informe del cónsul británico Roger Casament, al médico en África Arthur Conan Doyle y al mismísimo Mark Twain.</p>



<p>Hasta hoy, la explotación de las selvas del Congo ha provocado tensiones constantes por la propiedad de la tierra y el comercio, tan necesarios para la investigación, la ciencia y la industria farmacéutica.</p>



<h5 class="wp-block-heading">PARA SABER MÁS</h5>



<ol start="1884" class="wp-block-list">
<li><em>Neuvillle &amp;Ch Bréard.- Les voyages de Savorgnan de Brazza: Ogooué et Congo (1875-1882) Paris 1884.</em></li>



<li><em>Paul Eydoux. Savorgnan de Brazza Le conquérant pacifique. Preface du Maréchal Lyautey de l´Academie Francaise Paris, 1932.</em></li>



<li><em>Forbath. El rio Gongo. Descubrimiento, exploración y explotación del rio más dramático de la tierra. Fondo de Cultura Económica 2002.</em></li>



<li><em>W. Williams, Roger Casademont, Arthur Conan Doyle y Marc Twain. La tragedia del Congo. La Coruña, Ediciones del Viento, 2010.</em></li>
</ol>



<p><em>* Mercedes Barreno es Licenciada en Historia Moderna (UCM) y Máster en Métodos y técnicas de investigación histórica artística y geográfica (UNED)</em></p>



<p></p>
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		<title>Isabel Gramesón, la mujer del cartógrafo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/isabel-grameson/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 10 Jan 2024 11:32:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 76]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Una historia de amor, aventura y ciencia en la Expedición Geodésica al Ecuador. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p>Boletín 76 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La medición de la Tierra<br><br><strong><em>“Si leyerais en una novela que una mujer delicada, acostumbrada a gozar</em><em> de todas las comodidades de la vida, se precipita en un río, del que se la extrae medio ahogada; se interna en un bosque con otras siete personas, sin camino, y por él anda muchas semanas; se pierde, sufre el hambre, la sed, la fatiga, hasta el agotamiento; ve expirar a sus dos hermanos, mucho más robustos que ella, a un sobrino apenas salido de la infancia, a tres jóvenes, criadas suyas, y a un joven criado del médico que había marchado antes; que sobrevive a la catástrofe; que permaneces sola, dos días con sus noches, entre los cadáveres, en parajes donde abundan los tigres, muchas serpientes muy peligrosas, sin haber encontrado nunca ni uno solo de estos animales; y que se levanta, se vuelve a poner en camino, cubierta de harapos, errante en un bosque sin sendas, hasta el octavo día, en que volvió a hallarse a orillas del Bobonaza, acusaríais al autor de la novela de faltar a la verosimilitud, pero un historiador no debe decir a sus lectores más que la simple verdad. Todo lo anterior está atestiguado por las cartas originales que poseo de muchos misioneros del Amazonas que han intervenido en este triste acontecimiento del que, por otra parte, he tenido demasiadas pruebas, como veréis en la continuación del relato.”</em></strong></p>



<p><em>(Carta de Jean Godin des Odonais, publicada por Charles M de La Condamine en su “Viaje a la América Meridional”)</em></p>



<p>Corría el año 1735. En París, el tema de moda entre los científicos era la forma de la Tierra, una acalorada discusión que enfrentaba a newtonianos (que defendían que la Tierra era un elipsoide achatado en los polos) y cartesianos, encabezados por Cassini, que aseguraban que estaba achatada en el ecuador. En este ambiente inmerso en el espíritu de la ilustración, la Academia de las Ciencias de París decidió enviar dos expediciones geodésicas para medir un arco de meridiano. Una se dirigiría al círculo polar (encabezada por Pierre Maupertuis y con la participación del físico sueco Anders Celsius) y otra al ecuador (cerca de Quito), esta última dirigida por Charles-María de la Condamine, Pierre Bourquer y Louis Godin. Participaban otros científicos, entre ellos dos jovencísimos militares españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, cuya misión sería básicamente vigilar el trabajo de los franceses en territorios de la Corona Española, amén de desarrollar otros proyectos científicos propios. Y entre los participantes franceses, el más joven de todos era Jean Godin, primo de uno de los directores de la expedición.</p>



<p>Treinta y cuatro años después, un domingo 1 de octubre de 1769, en Riobamba (la actual Cajabamba, en Ecuador), una mujer desesperada se embarcaba con toda su familia en una arriesgada expedición para atravesar el alto Amazonas, y llegar siguiendo el curso del río hasta la Guayana francesa para reencontrarse con su marido, del que el destino y las complejas relaciones franco-españolasportuguesas le habían separado hacía dos décadas. Esa mujer era Isabel de Gramesón, o Isabel de Godin, esposa de Jean Godin, protagonista de una historia de amor juvenil pero también de una de las expediciones más arriesgadas del mundo. Isabel pretendía recorrer más de cuatro mil ochocientos kilómetros, atravesando primero los Andes para después viajar en canoa por la turbulenta cabecera del Amazonas, siguiendo su curso a través de una peligrosa jungla. Le acompañaban en el arriesgado viaje sus dos hermanos varones, un sobrino, 31 porteadores, dos criadas y un esclavo negro, de nombre Joaquín. En el último momento, se sumaron también a los Gramesón un médico francés y su ayudante personal, que estaban viajando por la costa peruana y la travesía por el Amazonas les pareció un modo interesante de regresar a Francia. De todos ellos, solo Isabel lograría sobrevivir, después de una extraordinaria y penosa aventura. Pero esto es casi el final de la historia, que resulta tan emocionante como una novela de aventuras, en la que no faltan misterios y peligros, tragedias, amor, rivalidades personales. Aunque lo que dio inicio a todo fue una fascinante aventura científica: la llamada expedición geodésica hispano francesa del Ecuador.</p>



<p>En un breve artículo como es este, resulta imposible desarrollar los detalles una aventura que duraría casi treinta años: los ocho que permanecieron los científicos trabajando en el Virreinato del Perú, más los más de veinte años que tardarían en volver a reencontrarse Jean Godin e Isabel Gramesón. Quienes tengan interés, solo tienen que leer algunas de las novelas escritas sobre el tema, y en particular un libro extraordinario, <em>“La mujer del cartógrafo” </em>de Robert Whitaker, donde además de desarrollar a fondo las biografías de todos los protagonistas, y en particular la aventura de los Gramesón, se describe con rigor cómo se desarrollaban los trabajos científicos en aquella época, la repercusión de aquella expedición tan representativa de los proyectos ilustrados del siglo XVIII en el nuevo continente, su repercusión inmediata y posterior, y todo ello, con el eje conductor de una historia humana muy particular como es la protagonizada por la joven criolla y el joven científico francés. En el libro, Whitaker nos introduce magníficamente en el ambiente científico que animaba este tipo de expediciones, y nos lleva a participar casi en primera persona del complejo trabajo de los cartógrafos en una geografía desconocida, poniendo a prueba nuevos avances científicos y técnicos de la época, un ambicioso proyecto en el que tendrían protagonismo especial no solo La Condamine o Charles Godin, sino también los dos jovencísimos españoles, Jorge Juan (22 años) y Antonio de Ulloa (19 años), para los que esta experiencia (“vigilando” a los franceses) será el inicio de una exitosa carrera como militares, exploradores y científicos. De hecho, sus obras <em>“Relación histórica del viaje a la América Meridional” </em>y <em>“Noticias secretas de América” </em>aportan todos los detalles de aquel viaje de más de ocho años, relatado también por los franceses, concretamente por La Condamine en su Diario de viaje publicado a su regreso con un enorme éxito en Francia.</p>



<p><strong>UN ENCUENTRO, UNA BODA Y UNA SEPARACIÓN</strong></p>



<p>Pero volvamos a la protagonista. Isabel Gramesón Pardo había nacido en Guayaquil (actual Ecuador, entonces Virreinato del Perú) en 1728. Fue la segunda de cuatro hermanos y tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada con gran influencia política en el virreinato. Era una joven educada como cualquier criolla rica en un convento de monjas y preparada para casarse con un buen partido lo antes posible.</p>



<p>En 1741 conoció en Quito a Jean Godin, que por entonces ya llevaba más de seis años recorriendo la zona y haciendo diversos trabajos para la Expedición Geodésica. Isabel tenía solo trece años, una edad habitual para casarse en aquella época. Jean Godin des Odonais había nacido en 1713 en un pueblo del centro de Francia al sur de París, en una familia numerosa y acomodada. Era un viajero nato, que desde niño soñaba con lugares lejanos. Insistió en ir a la expedición de su primo por el mismo motivo que lo hubiera hecho cualquier joven: olía la aventura. Además, este sería el primer grupo de extranjeros que la Corona española permitiría viajar al interior del Perú, un territorio que llevaba doscientos años espoleando la curiosidad europea. La medición del meridiano era una magnífica excusa, casi incuestionable, para que soberano francés, Luis XV solicitara a su tío Felipe V autorización para que un grupo de científicos viajaran al Perú, y para que el rey francés accediera, siempre dentro los límites de las zonas donde hubieran de realizar el trabajo científico y con la condición de asignar dos oficiales del ejército española a la expedición, Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que “ayudarían a los mencionados franceses en todas las observaciones que vayan a llevarse a cabo”.</p>



<p>En la diplomacia todos entendían lo que esto significaba: los franceses podrían ir a Perú, pero los oficiales españoles estarían muy pendientes para asegurar que no metían la nariz donde no debían. Aventura, ciencia y espionaje iban de la mano. Los franceses aceptaron las condiciones: sería la mayor expedición que el mundo había conocido jamás hasta la fecha.</p>



<p>Los Gramesón eran de origen francés y tenían buenos amigos en común con la familia de Jean Godin cerca de su pueblo natal de Saint-Amand, una conexión lejana pero que probablemente sirvió para poner en contacto a ambos jóvenes. No hay datos de su noviazgo ni en los escritos de Godin ni en los de La Condamine, pero resulta sorprendente que Pedro Gramesón, el padre de Isabel, aprobase su enlace con un joven de buena familia y aparentemente trabajador, pero que no era español, no tenía dinero y que tenía previsto volver a Francia. Isabel debía de ser una joven tenaz, como lo demostró más adelante, e insistió en su deseo de casarse y de viajar a Francia, un lugar del que todas las jovencitas criollas tenían una romántica imagen, en particular de París, como el epítome del lujo, la diversión y la exclusividad.</p>



<p>El caso es que se casaron el 29 de diciembre de 1741 con la asistencia de la flor y nata de Quito, y sin escatimar gastos. Pocos meses después, los franceses concluyeron sus trabajos (demostrando que la forma de la tierra era un esferoide achatado por los polos, como había predico Newton), y emprendieron el retorno a Europa, descendiendo el Amazonas. Jean Godin sin embargo se quedó unos meses más porque Isabel estaba encinta. Tenía previsto seguir ese mismo camino fluvial cuando diera a luz, pero los años fueron pasando. Los Godin se establecieron en Quito donde Jean intentó varias empresas comerciales, pero tenía la desventaja de ser francés en un territorio que la Corona controlaba muy estrechamente. En 1744, cuando una epidemia devastadora arrasó la zona de Quito, decidieron establecerse en Riobamba, donde el aire era más sano, con una vista magnífica del monte Chimborazo. Los Godin y los Gramesón prosperaron y la posibilidad de ir a Francia se retrasaba una y otra vez a causa de los repetidos (y fallidos) embarazos de ella. Pero a finales de 1748, Jean recibió una carta de sus hermanos escrita ocho años antes. Su padre había muerto y su familia quería que volviera a su hogar.</p>



<p>Jean puso rumbo al Atlántico descendiendo el Amazonas, en un viaje de siete meses que fue bien y sin incidentes y que para él significó su gran “expedición” personal, siguiendo el camino que le había marcado hacía unos años La Condamine, su mentor, al que admiraba profundamente. Una vez en la Guayana Francesa, las autoridades locales se quedaron perplejas al saber que en realidad había recorrido todo aquel camino solo para familiarizarse con el Amazonas y que pretendía siguiendo la misma ruta, volver río a arriba a recoger a su esposa. Pero no tenía dinero, estaba a casi cinco mil km de distancia de Riobamba y era ciudadano francés, por lo que necesitaba un pasaporte para poder atravesar el territorio portugués por segunda vez, y cruzar la frontera hispano-portuguesa, que oficialmente estaba cerrada. Faltaba además que llegaran los permisos desde Francia para el viaje y una carta de ida y vuelta cruzando el Atlántico tardaba un año (si no se perdía en el camino), eso sin contar con los avatares de la política colonial del siglo XVIII que podían dilatar los plazos.</p>



<p>La Guayana Francesa de 1750 a la que llegó Godin era un lugar de la costa suramericana donde pocos querían vivir. Era poco más que un cenagal, con aminales peligrosísimos y una densa selva tropical. A pesar de todo, Jean se sintió renacer: después de quince años estaba feliz de encontrarse de nuevo en territorio francés. Comenzó a escribir con entusiasmo un informe titulado <em>Mémoire sur la navigation</em><em> de l’Amazone, </em>que terminaba ofreciendo al ministro de asuntos exteriores Rouillé un asesoramiento político bastante descarado. Según recomendaba Godin, Francia debería apoderarse de las riberas septentrionales del Amazonas.</p>



<p>Entonces compartiría el río con los portugueses y lo emplearía como ruta comercial hacia las riquezas del Perú. Pero la respuesta desde Francia a sus escritos y a sus peticiones no llegaba nunca. Los pasaportes necesarios para remontar el río parecían haberse perdido. Podría haber considerado otras opciones para volver, pero se aferró con testarudez a su plan de regresar por el Amazonas, y lo intentó de mil maneras. Cuando Jean salió de Riobamba en marzo de 1749, Isabel contaba con que estaría ausente por lo menos dos años. Estaba esperando una hija, que nació sin conocer a su padre, y concentró toda su atención en ella. Pero los años pasaban y jamás recibió ninguna carta de Jean. Su soledad aumentaba, y todo el mundo le decía cruelmente que todos los franceses seguro que hacía mucho que se habían vuelto a Francia. Además, su familia en esa época sufrió un gran revés económico: la industria textil en la que basaban su riqueza decaía ante las importaciones varadas desde Europa. Su madre murió, la depresión económica se extendía por la región y las deudas de la familia crecían, llevando incluso a su padre a la cárcel. Isabel cada vez pensaba menos en Jean.</p>



<p><strong>RÍO ABAJO. NAÚFRAGOS EN LA SELVA</strong></p>



<p>Pero Jean seguía en América. Al otro lado del Amazonas, se había establecido en la Guayana Francesa y se había buscado una forma de vida, cazando manatíes en una ciudad fronteriza diminuta, junto a la frontera de Brasil, Oyapoc. Parece que abandonó toda esperanza de obtener algún reconocimiento por sus investigaciones científicas y se volvió pendenciero y amargado por su mala suerte. Una selva oscura y enorme lo separaba de su familia, pero él seguía insistiendo enviando cartas todos los meses con el fin de conseguir sus pasaportes. Ni siquiera su mentor, La Condamine, le respondió. Luego se supo que las cartas se habían perdido: durante los siete años de la guerra de los Siete Años, no recibió ni una sola de las muchas misivas de Jean. En 1766 Jean Godin consiguió que una misión de jesuitas portugueses que iba a remontar el río, llevase unas cartas dirigidas a su familia y se comprometían a llegar a Loreto y allí conseguir recoger a Isabel.</p>



<p>El rumor llegó nueve meses después hasta Riobamba: un barco podría estar esperándolas en Loreto y los jesuitas podrían estar en posesión de unas cartas de su marido, que estaba vivo y residía en la Guayana Francesa. Los rumores eran muy vagos, pero Isabel mandó a un fiel esclavo de la familia a comprobarlo. Tardó veintiún meses en volver, pero confirmó que era cierto que un barco las esperaba a ella y a su hija para llevarlas a Cayena, donde las esperaba Jean.</p>



<p>Para entonces, su única hija, Carmen, acababa de morir de viruela, con 19 años e Isabel tomó la decisión de dejar todo atrás. En Riobamba vivían su padre, sus hermanos, sus sobrinos y estaban enterrados sus hijos. Además, suponía emprender un viaje que ninguna mujer se había atrevido a realizar nunca, por una selva que para la élite criolla que vivía en los Andes era solo un lugar habitado por indios salvajes, fieras aterradoras y enfermedades mortales. El proyecto era algo realmente inconcebible para cualquier riobambeño, y más para una mujer que ya no era tan joven, pero Isabel decidió lanzarse a la aventura para reunirse con un marido al que había abrazado por última vez veinte años atrás. Vendió todos sus bienes en Riobamba, y su familia, cuando comprendió que no podía disuadirla, decidió acompañarla hasta Loreto y hasta Europa si hacía falta. Todo el mundo hablaba del viaje de Isabel al Amazonas, y hasta un médico francés que pasaba por allí, Jean Rocha, se ofreció a incorporarse a la expedición.</p>



<p>En octubre de 1769, los Gramesòn se pusieron en marcha. Todos sabían que la parte más difícil y peligrosa del viaje eran los primeros doscientos cuarenta kilómetros, bajando las escarpadas laderas orientales de los Andes, desde Riobamba a Canelos, y luego trescientos sesenta kilómetros en canoa río abajo por el turbulento Bobonaza, de Canelos hasta Andoas. Allí comenzarían las amplias praderas del río Pastaza, que también escondían remolinos y corrientes bravas, aunque las canoas lo cruzaban con bastante facilidad. Isabel no había casi viajado en toda su vida y los primeros días los encontró maravillosos, contemplando las cimas cubiertas de nieve y hielo de montes como el Tungurahua o del Chimborazo que solo había contemplado a lo lejos. Pero la naturaleza se fue imponiendo y ellos avanzaban lentamente por caminos intransitables.</p>



<p>La lluvia no dejaba de caer, sin posibilidad de secarse ni de día ni de noche. Su padre avanzaba por delante organizando todo para que cuando llegase el grueso de la expedición a las aldeas, les esperaran indios, provisiones y canoas para seguir adelante. Pero al llegar a Canelos lo que se encuentran son pueblos abandonados y quemados: la viruela ha pasado por allí, probablemente llevada por el propio Pedro Gramesón.</p>



<p>La opción es regresar, pero Isabel está decidida a seguir adelante y manda construir canoas. Lo consiguen, dejan la mayor parte de sus pertenencias abandonadas, y se disponen a dejarse llevar por el curso del Bobonaza, un río aparentemente tranquilo pero que esconde violencia y muchísimos peligros. Los indios porteadores, sus pilotos, se dan a la fuga y les dejan solos en un río del que no sabían nada. Terminan siendo abandonados por todos, incluido el médico francés, de forma que quedan solo Isabel y sus hermanos, abandonados en un banco de arena en medio de la selva tropical del Amazonas en la que no se atreven a penetrar. Prisioneros de su pequeña lengua de playa, se acomodan a la rutina para sobrevivir durante casi un mes. Pero los víveres se agotan, así que toman una fatídica decisión: construir una balsa. Tienen un machete y un hacha y obligados por la necesidad de subsistir, se animan ahora a acercarse a la selva a talar unos cuantos árboles delgados. En la balsa no caben todos y deciden separarse: Isabel, sus dos hermanos y su sobrino Martín irían por delante y Antonio, el esclavo de Rocha, se quedaría detrás con las dos criadas de Isabel, Juanita y Tomasa, que tienen solo 9 años, a los que prometen que pronto les mandarán rescate. Pero cualquiera de las dos opciones resultó mala. Pierden el control de la balsa, están a punto de ahogarse y deciden regresar al bando de arena. Esta vez han perdido todas las provisiones.</p>



<p>Solo les queda la opción de seguir a pie. Viajan sin mapas, sin brújula, sin saber dónde están, siguiendo el río, pero este es un plan (ellos no lo saben) que está condenado al fracaso. Les resulta imposible orientarse en la oscura selva tropical entre hormigas gigantes, abejas, escorpiones, tarántulas, niguas que se aferran a las piernas de los caminantes, incluso orugas cubiertas de pelos afilados que hinchan la piel… Caminan y caminan, pero no llegan a ninguna parte, mientras que los insectos aprovechan la noche para darse un festín con ellos. Subsisten a base de palmito y algunas semillas silvestres y frutas. Los hermanos y el sobrino de Isabel terminan muriendo de inanición. Ella es la única que sobrevive: entre alucinaciones, la imagen de Jean esperándola, le infunde el suficiente valor y fuerza para ponerse en pie, con la ropa tan hecha trizas que iba desnuda de cintura para arriba, y sin zapatos. Coje los de sus hermanos y los recorta para que le sirvan de sandalias. Toma su mantón y se envuelve en él para seguir adelante. La Isabel Godin que partió de Riobamba tres meses antes envuelta en seda, había desaparecido para siempre en el bosque.</p>



<p>Mientras, Rocha, el médico, y el esclavo Joaquín habían logrado sobrevivir y enviar una canoa de rescate al banco de arena donde encontraron un horrible panorama: no quedaba nadie. Los criados que habían quedado allí estaban muertos, y a los que faltan, Rocha les da por muertos, desiste en continuar la búsqueda, y de paso, se lleva las pertenencias que los Gramesón habían dejado abandonadas en la isla. Pero el esclavo Joaquín, que al fin y al cabo era un Gramesón (porque en la cultura del Perú de la época un esclavo era familia) decide seguir buscando a su amada dueña, aunque resultó inútil. Finalmente, se dio a Isabel y a sus hermanos por muertos. Pero ella seguía en solitario su aventura. Durante semanas estuvo errante. En más de dos siglos de exploración amazónica ningún viajero perdido en solitario en la selva tanto tiempo había salido con vida, pero ella sacó una fuerza interior increíble y siguió caminando durante ocho días, en los que su único objetivo era conseguir algo de comida y algo de agua. En el octavo día por fin se encontró con dos indios y sus esposas, procedentes de Canelos. Le curaron sus muchas heridas, consiguieron darle algo de comida y extraerle los insectos que la habían invadido. Por fin la llevaron a Andoas, a una pequeña misión. Allí no daban crédito: hacia casi dos meses que se la daba por muerta. Pero ella no quería quedarse allí. Una vez repuesta levemente pidió al misionero una canoa y remeros para que la llevaran a La Laguna, desde allí la noticia de su aparición corrió por toda la selva e incluso llegó hasta su padre que había conseguido llegar a Loreto.</p>



<p>Tras más peripecias, Isabel lograría reencontrarse con su padre en Loreto, pero lo que no estaba dispuesta era a renunciar a reencontrarse con su esposo y no consintió en regresar a Riobamba. Prefirió emprender camino por el Amazonas (ya navegable con cierta tranquilidad en este tramo) y deslizarse por la costa del Atlántico hasta Oyapoc donde Jean llevaba esperando más de cinco años el regreso de los jesuitas portugueses a los que había encomendado la misión de traer de vuelta a su esposa.</p>



<p><em>“(…) al cuarto día, al borde del mismo (barco), después de veinte años de ausencia,</em><em> de sobresaltos, de contratiempos y de recíprocas desdichas, recuperé a mi querida esposa, a la que no pensaba volver a ver más. Olvidé en sus brazos la pérdida de los frutos de nuestra unión, de la cual a mí mismo me felicito, pues su prematura muerte los salvó de la suerte funesta que les esperaba, así como a sus tíos, en los bosques de Canelos, a la vista de su madre, que seguramente no hubiera sobrevivido al terrible espectáculo”, </em>escribió el propio Jean Godin más tarde, en una carta a La Condamine, donde se mostraba maravillado por lo asombroso de todo aquello.</p>



<p><strong>EL REGRESO A FRANCIA</strong></p>



<p>Jean e Isabel llegaron a Oyapoc el 22 de julio de 1770. Su calvario todavía no había terminado: Isabel cae enferma mientras se recupera de su calvario emocional. Jean intenta llevársela cuanto antes a Francia para emprender una nueva vida, pero está arruinado y debe dinero que pidió prestado para financiar el viaje río arriba del jesuíta d’Oreasaval en busca de Isabel. No está claro cómo lo logra, pero durante los dos años siguientes consigue reunir lo suficiente solventar sus pleitos y deudas pendientes y dejar Suramérica. El 21 de abril de 1773, Jean, Isabel y su padre parten de Cayena. Después de treinta y seis años, por fin Jean vuelve a su patria y llegan a La Rochelle y más tarde a Saint-Armand, el hogar de Jean en el centro de Francia del que partió joven y volvía ya con sesenta años. Poco tiempo después reciben una carta de La Condamine dando la bienvenida a Jean. En muchos sentidos, este regreso significa la conclusión final de su expedición. Jean le responde en una larga carta en la que cuenta toda la odisea de los Godin y que La Condamine se apresura a publicar, presentándola como una historia que mostraba “lo que pueden el valor y la constancia”. En la reedición de su propio relato sobre sus viajes por el Amazonas, incluye también la carta de Jean. Esta versión se traduce a otros idiomas y todos los lectores de Europa se maravillan con la extraordinaria historia de peligros, aventuras y constancia de Isabel de Gramesón.</p>



<p>En Saint-Armand, Jean e Isabel llevaron una vida tranquila, lejos del interés público, aunque su historia era ya muy conocida. Isabel tenía cicatrices físicas de aquellos días en la selva, pero eso no le impidió llevar una apacible vida rural. Ambos están enterrados en el cementerio parroquial de Saint Armand, su casa sigue en pie y en la biblioteca local se guarda una copia de la famosa carta que Jean escribió a La Condamine, donde le contaba las andanzas de su mujer por la selva del Bobonaza. Los descendientes de los Goudin siguen transmitiéndose de generación en generación unas humildes sandalias de fibra, como recuerdo de la hazaña de su valerosa antepasada.</p>



<p>* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española.</p>



<p><strong>BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:</strong></p>



<p>WHITAKER, Robert. La mujer del cartógrafo. Ed. Océano, 2004.</p>



<p>SMITH, A. The Lost Lady of the Amazon: The story of Isabela Godin and epic journey. Carroll &amp; Graf Publishers, 2003.</p>



<p>LA CONDAMINE, Charles M. Viaje a la América Meridional, Espasa, 2003.</p>



<p>JUAN, Jorge y ULLOA, Antonio de. Noticias secretas de América. Madrid. Ed. Crítica, 2010.</p>



<p>ULLOA, Antonio de. Viaje a la América meridional, 2 vol. Ed Dastin, 2002.</p>
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		<title>En busca de las dos arcas perdidas</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 13:32:24 +0000</pubDate>
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<p><strong>Texto: Mariano López<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas<br><br><strong>James Benson Irwin, el octavo astronauta en pisar la Luna, realizó seis expediciones al monte Ararat en busca de los restos del Arca de Noé. Antes de Irwin, se sucedieron más de cuarenta expediciones con el mismo fin; después de Irwin, continúan. Otra arca bíblica, el Arca de la Alianza, también ha sido objeto de una singular, tormentosa, expedición. Mariano López recorre en este artículo la fascinante y sorprendente historia de la búsqueda de las dos arcas perdidas: el Arca de Noé y el Arca de la Alianza.</strong></p>



<p>Robert Graves y Raphael Patai sostienen en su obra <em>Los mitos hebreos </em>que la ausencia de dioses y diosas en la Biblia, la presencia de un solo dios universal, impediría hablar con propiedad de mitos bíblicos. La mitología, un concepto griego, acoge historias que relatan la intervención de dioses y diosas en los asuntos humanos, una interacción que no se da en la Biblia. Tampoco lo permitiría la acepción que fue cobrando la palabra “mito” en el mundo grecorromano. En la Ilíada, <em>mythos </em>equivale a “dicho”, “conversación”, pero en la época en que los primeros cristianos difundieron los libros de los evangelistas, la palabra “mito” ya había empezado a significar “fábula”, “ficción” o “mentira”. Desde entonces, y en adelante, los textos cristianos evitan llamar “mito” a ningún relato bíblico, menos aún los de quienes creían -también los de quienes creen, hoy- que la Biblia responde literalmente a la palabra de Dios revelada.</p>



<p>¿Cabe, por tanto, hablar de mitos en la Biblia? ¿Ni siquiera en el relato de Noé y el arca? Dos textos antiguos son análogos al del Diluvio en el Génesis y nadie ha dudado nunca en calificarlos de mitos: uno acadio y otro griego. El acadio se encuentra en la epopeya de Gilgamesh, que también pertenece a la memoria de los sumerios, los hurritas y los hititas, según exponen Graves y Patai en la obra citada. En el mito acadio, el dios de la sabiduría, Ea, también conocido como Enki por los sumerios, advierte al protagonista de la narración, Utnapishtim, que otros dioses encabezados por Enlil, el creador, proyectan un diluvio universal para destruir a la humanidad por haber omitido los sacrificios de Año Nuevo. Para salvarse, debe construir un arca. En siete días, Utnapishtim construye un arca de seis cubiertas con la forma de un cubo exacto, con la que él y su mujer sobreviven a los efectos del Diluvio. En el mito griego, el dios Zeus decide desencadenar un gran diluvio para exterminar a la raza humana, como castigo al comportamiento impío y antropófago de los pelasgos, pero Deucalión, rey de Ptía, prevenido por su padre Prometeo, construye un arca. Asi logra escapar de los efectos del Diluvio, junto con su esposa Pirra.</p>



<p>El arca acadia termina su viaje, cuando las aguas descienden, en el monte Nisir, que se cree corresponde a la montaña conocida como Pir Omar Gudrun, situada cerca de Suleimaniya, en el Kurdistán iraquí. Nunca nadie ha buscado sus restos. El arca del mito griego fue a posarse en la cumbre del monte Parnaso, o quizás, según algunos, en la del Etna, y, según otros, en la del monte Atos o en la del monte Otris, en Tesalia. Hay dudas sobre la cumbre elegida, pero no las hay respecto a que nadie, nunca, ha intentado encontrar sus huellas. Por el contrario, el arca de Noé ha motivado -y seguramente seguirá motivando- expediciones al lugar donde, según el relato bíblico, acabo deteniéndose: el monte Ararat, el pico más alto del macizo de Ararat, en Turquía (5137 metros de altitud).</p>



<p><strong>EL ARCA DE NOÉ EN LA BIBLIA Y EN EL CORÁN</strong></p>



<p>En la Biblia, Yahveh decide exterminar a todos los humanos con la excepción del virtuoso Noé y su familia por medio de un gran diluvio. Ordena a Noé construir un arca de maderas resinosas, de 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de alto, con tres cubiertas, puerta a un costado y tragaluz en el techo de la cubierta superior. En el arca viajarían Noé, su mujer, sus hijos y las mujeres de sus hijos, <em>dos setenas </em>-siete parejas- , machos y hembras, de los animales puros y dos parejas, machos y hembras, de los impuros. Noé había cumplido 600 años de edad cuando las aguas inundaron la tierra. Estuvo lloviendo durante 40 días y 40 noches. Se rompieron todas las fuentes del abismo y todas las cataratas del cielo (las aguas sostenidas por la primera bóveda celeste del universo hebraico). Ciento cincuenta días después, cuando descendieron las aguas, el arca se posó sobre los montes de Ararat.</p>



<p>El Corán recoge también relatos sobre Noé, el arca y el Diluvio. Según Concepción Castillo (El arca de Noé en las fuentes árabes), el texto más completo coránico sobre el Diluvio se encuentra en la azora 11, aleyas 37 a 47. En estas aleyas, el castigo solo se refiere al pueblo de Noé, no a toda la humanidad; el arca tiene la forma de un animal (cabeza de gallo en su parte delantera, vientre de ave en su parte central y cola de gallo en la parte posterior); y, después de dar vuelta a la Meca, termina posándose en un monte que el Corán llama “Yudi”. Comentaristas orientales identifican Yudi con el monte Judi o Qardu, en la cabecera del río Tigris, mientras otros, más vinculados a la exégesis bíblica, lo hacen coincidir con el Ararat.</p>



<p><strong>LA TRADICIÓN ARMENIA Y LA PRIMERA ASCENSIÓN AL ARARAT</strong></p>



<p>La tradición de la iglesia apostólica armenia sostiene que el eremita San Jacobo de Nisibis, que participó en el Concilio de Nicea (325 d.C.), trató de escalar el monte Ararat para encontrar el Arca. Según esta tradición, varios ángeles le ordenaron que dejara de intentarlo, pero premiaron su voluntad con un trozo del arca, una reliquia que fue a parar a la que se considera la catedral cristiana más antigua del mundo, la catedral de Echmiadzin, en Armenia, donde, conforme a la tradición armenia, se conserva la madera del arca junto a la lanza de la Pasión, la que atravesó el cuerpo de Cristo, y la mano derecha de San Gregorio, el evangelizador de Armenia.</p>



<p>Escalar una montaña de más de cinco mil metros no es una tarea fácil. No lo fue, al menos, durante siglos, hasta que se iniciaron las prácticas y técnicas del montañismo. La primera expedición al monte Ararat, registrada y documentada, fue dirigida por un pionero del montañismo: el naturalista alemán Johan Jacob Friedich Parrot. En su relato de la expedición, realizada en 1829, Parrot escribió que todos los armenios estaban firmemente convencidos de que el Arca de Noé se encontraba en la cima del Ararat.</p>



<p><strong>LA CAMBIANTE IMAGEN DEL ARCA: CAJA, BARCA, SÍMBOLO</strong></p>



<p>La expedición de Parrot y su crónica motivaron nuevas expediciones en busca del Arca. Pero, ¿qué esperaban encontrar? La idea del Arca -su forma, sus dimensiones, sus materiales- ha ido cambiando desde sus primeras representaciones hasta hoy. La imagen más antigua presenta el arca de Noé como una caja. Según expone Jorge Francisco Liernur (El Arca de Noé y la arquitectura del Humanismo), la representación del Arca como caja se basa en la descripción del Diluvio que realiza la versión latina de la Biblia, que emplea la palabra “arca” y no otras designaciones que identificarían la construcción como una nave o una embarcación.</p>



<p>También en la versión hebrea, que emplea la palabra <em>tevah</em>, un vocablo que solo se usa en la Biblia en otra ocasión: para designar el receptáculo en el que Moisés fue depositado en el Nilo. Para el Arca de la Alianza, se emplea otra palabra: el término <em>aron</em>. Por eso, explica Liernur, en el mundo judeo cristiano el arca fue durante doce siglos una caja, no muy diferente de la que transportó a Moisés. La imagen del Arca como caja puede verse en los frescos en las catacumbas de Roma, las iluminaciones del manuscrito del Beato de Liébana, las ilustraciones de la Biblia de Ávila o la imagen de la Catedral de Santa María de Gerona, entre otras.</p>



<p>A partir del siglo XII, se multiplican las representaciones que identifican el Arca de Noé con un barco, o, como precisa Liernur, con un paralelepípedo ubicado dentro de una quilla que lo transporta, una imagen defendida y explicada, por primera vez, por el teólogo cristiano Hugo de San Víctor, en 1141, con tanto éxito que ha sido la imagen del Arca predominante hasta nuestros días.</p>



<p>Bramante, Rafael y Miguel Ángel aportaron sus propias visiones del Arca en algunas de sus más excelsas pinturas. En su caso, y en el de otros pintores, como el del luterano Lucas Cranach, el tratamiento del Arca resultaba siempre simbólico, al servicio de la alegoría general de la obra. Un planteamiento al que pondría fin el canon estético que surgió de las veinticinco sesiones del Concilio de Trento (1563).</p>



<p><strong>ATHANASIUS KIRCHER Y LA NUEVA VISIÓN DEL ARCA</strong></p>



<p>A partir del Concilio de Trento, el texto bíblico debía ser entendido en sentido literal. La Biblia, según el nuevo canon, no hablaba en metáforas. El Sol giraba en torno a la Tierra porque así lo expresaba el libro de Josué, cuando Yahvé hizo que el astro se parara en medio del cielo para facilitar el la victoria de Josué en Gabaón. Negar la correspondencia con la realidad de este relato le costaría muy caro a Galileo. En cuanto al Arca, la nueva exégesis obligaba a demostrar qué dimensiones habría de tener para alojar a todos las especies de animales del planeta, cómo podía navegar, de qué madera habría sido hecha, qué sistemas habrían empleado Noé y su familia para introducir los animales, alimentarlos durante ciento cincuenta días y mantener limpia el arca y, por fin, dónde se había detenido después del Diluvio cuando descendió el nivel de las aguas.</p>



<p>En auxilio de los códigos de Trento, pronto llegó una nueva imagen del Arca, presentada y desarrollada por el jesuita alemán Athanasius Kircher, políglota, erudito, estudioso del magnetismo, la luz, el vulcanismo, experto en griego y hebreo, en la lengua copta y los jeroglíficos egipcios, autor de 44 libros de los temas más diversos entre los que se encuentra el que dedicó, por encargo de la Compañía de Jesús al Arca de Noé. Inspirado en la obra del monje francés Johannes Buteo, Kircher desarrolla la necesidad de concebir el Arca como un paralelepípedo con cubierta a dos aguas, dividido en tre niveles, de un tamaño comparable al que ocupaba la ciudad de Roma. Kircher detalla en su obra el número de plantas, secciones y perspectivas del Arca, las funciones de sus habitáculos, los sistemas de alimentación posibles y hasta un método para las evacuaciones. Conforme a su texto, el Arca que llegó a Ararat era un imponente edificio rectangular de madera, de una madera -dice Kircher, cerrando la especulación sobre este punto- ”apta para la fabricación del Arca”.</p>



<p><strong>MÁS DE CUARENTA EXPEDICIONES AL MONTE ARARAT</strong></p>



<p>Las búsquedas del Arca continuaron después de la expedición de Parrot, a finales del siglo XIX, y tras el obligado paréntesis de las dos guerras mundiales, se incrementaron a partir de los años cincuenta del pasado siglo. Se calcula que desde entonces a hoy, se han registrado más de cuarenta expediciones en busca del Arca. El industrial francés Fernand Navarra protagonizó tres expediciones sucesivas: en 1952, 1953 y 1955. En su tercer viaje, afirmó que tanto él como su hijo Raphael, que le acompañaba, vieron lo que parecía ser la silueta de un barco bajo el hielo. En una grieta profunda, lograron encontrar una madera que, según las pruebas que realizaron a su regreso a Francia, tenia aproximadamente 5000 años, la edad que debía tener el Arca de Noé.</p>



<p>Afirmaciones como la de Navarra alimentaron -y alimentan- la fe de quienes creen que hay restos del Arca en el monte Ararat. En 1971, el recién creado Institute for Creation Research (ICR),un instituto entregado a la apología del creacionismo y a la interpretación de la Biblia como una sucesión de hechos históricos, promovió la primera de sus expediciones al monte Ararat. Liderada por el director del ICR, John D. Morris, la expedición estaba formada por jóvenes voluntarios que cumplían con los dos únicos requisitos exigidos: debían financiarse ellos mismos el viaje y estar capacitados para contar su experiencia a la vuelta.</p>



<p>Morris y su grupo de voluntarios fracasaron en su intento de alcanzar la cumbre. Bandidos kurdos saquearon su campamento. Tres miembros fueron derribados por un rayo. Otros le disputaron a Morris su liderazgo, lo que le llevó a concluir que Satanás se había apoderado del espíritu de la expedición. Según su testimonio, hubo avistamientos del Arca, pero ninguno concluyente. En sus libros <em>Adventure</em><em> on Ararat y The Ark on Ararat </em>sostiene que el Señor revelará donde está el Arca en un tiempo de su elección. Grupos afines al ICR defienden que la localización del Arca es conocida por los gobiernos de Rusia y de Estados Unidos, que la ocultan como igualmente ocultan los datos que poseen sobre la visita de extraterrestres.</p>



<p><strong>LAS SEIS EXPEDICIONES DEL OCTAVO HOMBRE EN LA LUNA</strong></p>



<p>De todas las expediciones realizadas en busca del Arca, las más afamadas han sido las protagonizadas por el octavo hombre que caminó sobre la Luna: el astronauta estadounidense James B. Irwin. Después de su misión en el Apolo 15, que aterrizó en la Luna en 1971, Irwin renunció a seguir formando parte del cuerpo de astronautas, fundó una organización evangélica y anunció que pensaba dedicarse a difundir “la buena nueva de Jesucristo”.</p>



<p>Irwin dirigió seis expediciones al monte Ararat en busca del Arca. En la primera, en 1982, se separó de su cordada cuando creyó haber visto, como en una revelación, un atajo para subir a la cima. Sufrió una caída que le causó lesiones en las piernas y la cara y le impidió continuar, le rescataron al día siguiente y le llevaron de vuelta a la base. Tan solo un mes después, volvió a intentarlo, en esta ocasión con su esposa y su hijo. De nuevo, tuvo que abandonar, esta vez por la dificultad que suponía emprender la escalada sin equipo, ni siquiera una mochila. Años después, su esposa Mary, expresó dudas sobre la capacidad mental de Irwin, que podía haberse visto afectada por su caída en la primera expedición. En 1983, Irwin volvió a intentarlo, al frente de una expedición de 22 montañeros. Una tormenta de nieve les obligó a retroceder. El astronauta reanudó la búsqueda del Arca en el Ararat en 1984, 1985, 1986 y 1987, en esta última ocasión asociado con John D. Morris y el ICR. El estado de su corazón, afectado por arritmias, le impediría nuevos intentos. “Hice todo lo que pude -declaró Irwin, tras su abandono-, pero el Arca sigue eludiéndonos. Creo que es hora de que otros emprendan su búsqueda”. Efectivamente, otros, como el empresario hawaiano Daniel Mc Givern, han continuado buscando el Arca, traspasado el umbral del siglo XXI.</p>



<p><strong>LA EXPEDICIÓN PARKER Y EL ARCA DE LA ALIANZA</strong></p>



<p>Otra arca bíblica, el Arca de la Alianza, también ha atraído buscadores, entre ellos el filólogo, poeta y espiritista finlandés, director de la biblioteca municipal de la ciudad de Víborg, Valter Henrik Juvelius, quien llegó a estar convencido de que había descubierto en el libro de Ezequiel un código oculto que revelaba la situación del Arca de la Alianza en un túnel al sur del Monte del Templo, en Jerusalén. Juvelius llamó la atención con su presunto descubrimiento y consiguió reunir socios y dinero para organizar una expedición en busca del Arca y obtener, por medio de sobornos, los permisos necesarios para excavar en Jerusalén. Con sus socios, en 1908 constituyó la empresa JMPVF Ltd, nombrada conforme a las iniciales de los cinco expedicionarios principales: el propio Juvelius, el ingeniero John Millen, el conde Montagu Brownlow Parker, el capitán de navío Frederick Vaugh y el empresario George Fort. Parquer, quinto conde de Morley, fue quien se encargó de gestionar los permisos ante las autoridades otomanas, que acabarían llamando al grupo de Juvelius la Expedición Parker.</p>



<p>La Expedición Parker estuvo excavando en Jerusalén durante tres años, desde 1909 hasta 1911 inclusive. Drenaron el túnel de Siloé, construido por el rey Ezequías 700 años antes de Cristo, por donde pasa la principal fuente de agua potable de la ciudad. Encontraron restos de cerámica, algunas tumbas y otros objetos de escasa relevancia. Con todo, llamaron la atención del barón Edmond James de Rothschild, filántropo y coleccionista judío, un destacado sionista que antes de 1900 ya había financiado en Palestina varios asentamientos judíos. A Rothschild le espantaba la idea de que el Arca de la Alianza fuera a parar a manos de una expedición formada por no judíos. Compró las tierras donde estaba excavando la Expedición Parker, expulsó de las mismas a Juvelius y a sus socios, les prohibió el acceso, y formó una nueva expedición, dirigida por el arqueólogo francés Raymond Weill para que prosiguiera la búsqueda.</p>



<p>A pesar de la acción de Rothschild, el conde de Morley continuó sobornando funcionarios y la Expedición Parker pudo continuar sus excavaciones en 1911, ahora en un lugar más relevante que el túnel de Siloé: en el propio Monte del Templo, bajo la Explanada de las Mezquitas.</p>



<p>Parker había logrado sobornar el gobernador, al guardián oficial de la mezquita de Al-Aqsa, y a la mayoría de los guardias musulmanes de la Explanada. Los sobornos de Parker permitieron a los buscadores excavar, disfrazados de árabes, en la Explanada, un lugar sagrado para judíos y musulmanes. Un guardia al que no habían logrado sobornar les descubrió y las autoridades no tuvieron otro remedio que ordenar su captura, en medio de un grandísimo escándalo.</p>



<p><strong>LA HUIDA Y EL TRÁGICO FINAL DE LOS EXPEDICIONARIOS</strong></p>



<p>Nuevos sobornos permitieron a todos los miembros de la Expedición Parker escapar, por poco, a bordo del yate del propio Parker. Aún no habían alcanzado aguas internacionales cuando se extendió el rumor de que se llevaban consigo el Arca de la Alianza. Las protestas se extendieron por todo Jerusalén. Aumentaron las manifestaciones, incluso hubo huelgas que exigían castigar a los culpables, capturar a los huidos y recuperar lo robado. El gobernador y el guardián principal de las Mezquitas fueron descubiertos y destituidos. Mientras, los miembros de la Expedición Parker llegaron a Gran Bretaña sin que dieran noticia de haber encontrado tesoro alguno.</p>



<p>De vuelta a Londres, acuciado por los inversores y por sus propios empleados, convencidos todos de que había huido con el Arca o con algún otro tesoro del Templo de Salomón, Parker volvió a solicitar permiso del gobierno de Constantinopla para excavar en Jerusalén, permiso que le fue denegado. No hubo trato de favor, al contrario: el gobierno otomano reclamó ayuda internacional para detenerle y enjuiciarle. A favor de la detención, se manifestaron periódicos ingleses, suecos, rusos, otomanos y estadounidenses, entre ellos el New York Times. El estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, disipó todo interés en la causa contra Parker, quien participó en la contienda y fue condecorado con la Cruz de Guerra de Francia, aunque nunca llegó a entrar en combate. En 2021, el novelista inglés, especializado en relatos históricos, Graham Addison publicó <em>Raiders of the Hidden Ark</em>, que narra la historia de la Expedición Parker. Según Addison, sus excavaciones orientaron el trabajo de los arqueólogos israelíes Ronny Reich y Eli Shukron, que en 1995 excavaron en el túnel de Siloé y la fuente de Gihón y finalmente los abrieron al público. También relata Addison la desventurada fortuna final de los miembros de la Expedición. En pocos años, después de abandonar Jerusalén, tres murieron de muerte repentina, uno se volvió loco, dos perdieron toda su fortuna y uno fue deportado. Juvelius fue el único que tuvo un retiro apacible. Retomó su trabajo como bibliotecario, publicó, en 1916, un libro de cuentos que incluía un relato sobre las excavaciones en la Explanada, y acabó anunciando nuevos códigos ocultos en la Biblia, que, como el presunto enigma revelado de Ezequiel, no llegaron a servir para nada.</p>
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		<title>La mítica Atlántida y el descubrimiento del océano (viajeros griegos)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-mitica-atlantida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 13:12:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 75]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
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<p><strong>Texto: Carlos García&nbsp; Gual<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas</p>



<p><strong>Si existe un lugar mítico en nuestra cultura mediterránea ese es la Atlántida, una isla situada más allá de las Columnas de Hércules, mencionada por Platón, y que llegó a alcanzar un gran poderío. Su nombre y su inmensa influencia han llegado hasta nuestros días rodeados de un aura prodigiosa.</strong></p>



<p><strong>LAS BASES DEL RELATO</strong></p>



<p>El relato fundamental sobre la Atlántida se encuentra en un texto tardío de Platón, en su diálogo Timeo (24-5) y se prolonga en otro diálogo posterior, aún más tardío e inacabado, el Critias (108-125).</p>



<p><strong>PALABRAS DE PLATÓN</strong></p>



<p><em>“Admiramos muchas y grandes hazañas de vuestra ciudad, pero una de entre todas</em><em> se destaca por su importancia y excelencia. En efecto, nuestros escritos refieren cómo vuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, que avanzaba desde el Océano Atlántico sobre toda Europa y Asia. En aquella época se podía atravesar aquel océano porque había una isla delante de la desembocadura que vosotros llamáis de las Columnas de Heracles. Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas y de ella los de entonces podían pasar a otras islas y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas y estaba rodeado por el océano auténtico… En dicha isla, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa que extendía su poder sobre ella y muchas otras islas, así como partes de la tierra firme. En ese continente dominaban también los pueblos de Libia, hasta Egipto, y de Europa hasta Tirrenia.</em></p>



<p><em>Toda esa potencia unida intentó una vez en un ataque esclavizar a toda vuestra región, y la nuestra, y el interior de la desembocadura. Entonces, Solón, el poderío de vuestra ciudad se hizo famoso entre todos los humanos por su excelencia y audacia, pues superó a todos en valentía y en artes guerreras, dirigió en un momento a la lucha a los griegos, y más tarde se vio obligada a combatir sola cuando los otros desertaron, corrió los peligros más extraordinarios y dominó a quienes nos atacaban. Alcanzó así una gran victoria e impidió que los aún no esclavizados lo fueran y al resto, a cuantos habitábamos más acá de los confines </em><em>heraclidas, nos libertó generosamente. Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, vuestra clase guerrera se hundió de golpe toda bajo tierra, y la isla de la Atlántida desapareció de la misma manera, hundiéndose en el mar. Por ello aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la gran masa de arcilla que produjo la isla al hundirse en aquel lugar y que se encuentra sumergida a poca profundidad.”</em></p>



<p><em>“Acabas de oír un resumen, Sócrates, de lo que contaba el anciano Critias según noticias de Solón.”</em></p>



<p><strong>LA FUNDACIÓN DE LA LEYENDA</strong></p>



<p>Como se ve, aquí Critias cuenta a Sócrates una fabulosa historia que había oído a su abuelo, también llamado Critias, de un relato que éste había escuchado del viejo Solón. Es decir, un <em>mythos</em>, puesto en circulación por acreditados sabios atenienses, y que Solón, según Platón, habría escuchado en Egipto, tierra de fabulosas memorias. <em>Mythos </em>y <em>lógos </em>son aquí términos contrapuestos, aunque no en nuestro texto, y sin embargo queda claro que el relato reviste una cierta ambigüedad, un halo fabuloso que lo distancia de cualquier precisa narración histórica. Pero lo que aquí queremos resaltar es que estas palabras de Platón inician o fundan la leyenda de una gran isla atlántica, fabuloso y poderoso imperio frente a la costa occidental de África, que parecía amenazar a las ciudades europeas, pero luego quedó sumergido, tragado para siempre por una gigantesca catástrofe oceánica. Este relato a nosotros ahora nos suscita pronto un curioso paralelo: el de otra isla fabulosa, llamada <em>Utopía</em>, que inventaría el humanista británico Thomas Moro unos dos mil años después del diálogo platónico.</p>



<p>Pero Platón vuelve a tratar de esa mítica Atlántida para insistir en el esplendor de su civilización, y en el trágico final de la gran ciudad sumergida por designio de los dioses como castigo a su arrogancia. Ese es el relato que hallamos en el <em>Critias</em>. Cuenta allí que la catástrofe sucedió hace nueve mil años y la fabulosa Atlántida desapareció sumergida por un maremoto y <em>“forma ahora un lodo intransitable</em><em> que impide el paso por aquel espacio marino a los que por allá navegan”. </em>Los dioses que antes habían impulsado su brillante civilización castigaron la arrogancia de sus habitantes cuando estos se excedieron en su orgulloso poderío. Pagaron las culpas de su <em>hybris</em>. “Pero cuando desapareció en ellas la parte divina, pues se había mezclado arrogancia y un vano poderío”, cuando desapareció en ellos la parte divina, pues se había mezclado en exceso con la humana, y se comportaban de forma indecente, y parecían muy vulgares y soberbios y habían perdido lo más noble y preciado, y, no pudiendo llevar una vida unida a la auténtica felicidad, se creían bellos por completo y felices rebosando una injusta arrogancia y un vano poderío” los dioses los aniquilaron a los fabulosos isleños sumergiendo su gran ciudad en el misterioso Océano. De modo que, en resumen, así fue como aquella fastuosa civilización isleña de fabuloso poderío y mítico esplendor desapareció tragada por las aguas oceánicas como castigo a la impiedad y soberbia de sus gentes. De ella sólo quedó el fabuloso mito que algunos egipcios contaron a unos sabios turistas griegos.</p>



<p>Es curioso que algunos arqueólogos europeos, desde finales del s. XIX, hayan creído encontrar en ese trágico final de la isla un eco de la catastrófica destrucción de tierras y palacios minoicos por un tsunami, causado por la erupción del volcán de la isla de Tera (Santorini) en los últimos siglos del segundo milenio a.C. Ese gran terremoto, que alteró una amplia zona del Egeo, pudo haber inspirado el relato que reconfigura unos siglos después el mito platónico, que, a larga distancia de siglos, lo recompone cambiando escenario y lo recuerda como motivo mitológico tomado de una tradición egipcia, recogida por ilustres viajeros griegos. Esta tesis ha tenido notables partidarios, como el famoso arqueólogo Spiridon Marinatos, pero está muy discutida.</p>



<p><strong>EL MUNDO MISTERIOSO DE OCCIDENTE</strong></p>



<p>Para los griegos, el gran mar oceánico, que comenzaba a partir de las míticas Columnas de Heracles, fue durante largo tiempo un ámbito misterioso, ya que sus naves no podían avanzar hacia el desconocido occidente, dado que desde el siglo V a.C. los cartagineses dominaban toda esa zona del sur de Hispana y los pasos del estrecho. Pero, antes, algunos viajeros griegos llegaron hasta el sur de Hispania, como Coleo de Samos, que, según cuenta Heródoto, había visitado Tartesos, hacia el 630 a.C., y un tal Midácrito, que, según cuenta Plinio, habría llegado acaso hasta las costas gallegas, y un Eutímenes de Massalia, que pudo llegar a recorrer costas africanas y admirarse de las mareas de la costa y divisar desde su nave un río con hipopótamos y cocodrilos. Pero luego el océano se convirtió, como se ha escrito, <em>“en un gran coto privado de los cartagineses”</em>, que dominaron las rutas de los ricos yacimientos de metales como el oro y la plata, y también los caminos hacia el estaño y el ámbar.</p>



<p>Y es muy justo recordar a los grandes y audaces viajeros cartagineses, como los hermanos Hanón e Himilcón, que recorrieron con una amplia flota gran parte de la costa africana bajando hasta cerca de la desembocadura del Níger, cerca de Guinea, visitaron buena parte de las costas desérticas y algunas islas de los archipiélagos cercanas. Las noticias sobre estos tan extraordinarios viajeros nos han llegado en el texto latino de una <em>Ora Marítima </em>tardía, pero no cabe duda de que “el periplo de Hanón es el fascinante recuento parcial de uno de los viajes más épicos de la historia”.</p>



<p><strong>LA EXPLORACIÓN HACIA EL ATLÁNTICO NORT</strong></p>



<p>No sabemos qué motivos impulsaron a Píteas de Masalia, hacia el 320 a.C., a lanzarse a su gran viaje de exploración por las costas del desconocido Atlántico norte, es decir, a circunnavegar las costas del Atlántico Norte desde la Bretaña continental hasta las Islas Británicas y, tras recorrer sus costas, proseguir mucho más allá hasta el lejano norte, alcanzando al parecer la antes misteriosa y fabulosa isla de Tule (Islandia). (Es curioso advertir que, como investigadores modernos han destacado, parece que Píteas no partió en su nave atravesando el estrecho de Gibraltar, controlado aún por los cartagineses, sino, probablemente, desde algún puerto de la Galia, tal vez desde el estuario de la Gironda). En fin, después de concluir con feliz éxito su largo y asombroso periplo, Píteas volvió a su ciudad y escribió el relato de sus aventuras y exploraciones en un tratado que tituló <em>“Sobre el océano”.</em></p>



<p>Citaré el claro comentario de B. Cunlife: <em>“En un único libro, Píteas describía con detalle la naturaleza del océano, con sus mareas y sus fieras tormentas, sus islas y sus habitantes, y sus gélidos confines septentrionales. En lo sucesivo, el mundo entero lo sabría todo acerca de la extracción y distribución del indispensable estaño y del extraordinario ámbar. Por fin, los lejanos confines del mundo comenzaban a tomar forma”. </em>El relato de tan fabuloso como verídico y audaz recorrido, se perdió pronto, pero muchas de sus noticias fueron recogidas pronto por diversos historiadores helenísticos, latinos y griegos. Parece oportuno recordar que ese viaje por el entonces aún desconocido espacio marino del occidente europeo es casi coetáneo, es decir, sólo unos lustros posterior, al heroico avance de Alejandro y sus tropas por el Oriente, hasta los antes misteriosos confines del norte de la India.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span><br><strong>HACIA EL ATLÁNTICO SUR</strong></p>



<p>Como último ejemplo de audaz viajero griego, quiero recordar como tardío ejemplo del intrépido Eudoxo de Cízico, quien, a finales del s.II a.C., se empeñó en un viaje de circunnavegación de África, partiendo de Gadira (i.e. Cádiz) y con arribada final en el puerto de Alejandría en Egipto. Su historia la cuenta Estrabón (<em>Geografía</em>, libro II,4) tomándola de Posidonio.</p>



<p>El texto de Estrabón es interesante, porque quiere dar una idea muy crítica del navegante, como un tipo quimérico y muy arriesgado, y de un merecido fracaso final. Cuenta que, tras realizar algunos viajes desde Egipto hasta la costa de Etiopía, una vez ya en Alejandría, se entusiasmó con su proyecto de dar la vuelta al continente africano partiendo de Cádiz. Creo que vale la pena citar unos párrafos de ese texto.</p>



<p><em>“Cayó en la cuenta Eudoxo de que era posible hacer el periplo de Libia (África), volvió a su patria, invirtió toda su fortuna y se hizo a la mar. Con que llegó primero a Dicearquia, luego a Masalia y luego, siguiendo la costa, hasta Gadira (Cádiz). Divulgando sus planes por todas partes y, enriqueciéndose, equipó un gran navío y dos chalupas como las de los piratas, y embarcó a jóvenes cantantes, médicos y otros artesanos y zarpó después hacia la India, impulsado por un continuo viento del Oeste. Pero, al cansarse sus compañeros de navegar, se acercó, a su pesar, a tierra, por temor al flujo y reflujo de las mareas. Y, sin embargo, sucedió lo que él ya se temía: el barco embarrancó de forma que no quedó totalmente desvencijado, sino que pudieron poner a salvo rápidamente en tierra el cargamento y la mayor parte de las maderas. Con ellas construyó una nueva chalupa, semejante a un barco de cincuenta remeros, y zarpó y navegó hasta encontrar unos hombres que pronunciaban palabras que él reconocía. Y con ello se dio cuenta de que los hombres de aquel </em><em>lugar eran de que los etíopes y que estaban en los límites del reino de Bogo.</em><em> Y abandonando su navegación hacia la India se dio media vuelta; y en su navegación costera vio una isla rica en agua y en árboles… Llegado sano y salvo a Maurusia (Mauritania), viajó a pie hasta encontrar a Bogo …”</em></p>



<p><em>“Pero advirtió que el rey pensaba venderlo como esclavo, o dejarlo en una isla</em><em> desierta, y escapó. Y de nuevo, ya en Iberia, intentó reunir gente y provisiones para regresar a aquella isla africana y proseguir la navegación. </em>Así acaba el relato de Estrabón, basado en el del filósofo Posidonio, y agrega, citando al famoso autor con cierta sorna:</p>



<p><em>“Yo, dice Posidonio, hasta aquí he llegado en la historia de Eudoxo; lo que</em><em> sucedió después es posible que lo sepan los de Gadira e Iberia.” </em>Me parece muy interesante este apunte sobre la figura del esforzado Eudoxo. Ciertamente fracasó, aunque al parecer no perdiera de todo el ánimo aventurero. Su idea fundamental, por la que tanto arriesgó era acertada: era posible su proyecto de circunnavegación del continente africano saliendo del puerto de Cádiz y acabando el largo viaje en un puerto de Egipto. (Cierto es que el continente africano era bastante más extenso de lo que él pudo imaginar).</p>



<p>*CARLOS GARCíA GUAL, es escritor, helenista, crítico y traductor. Miembro de la Real Academia de la Lengua. Catedrático emérito de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid 2023.</p>
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		<title>Reinos míticos de oriente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/reinos-miticos-oriente/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 28 Dec 2023 12:41:03 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 75]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española Geografías míticas Hay lugares que nunca existieron, pero cuyos nombres nos evocan realidades maravillosas; reinos que se trazaron sobre un mapa [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 75 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografías míticas</p>



<p><strong>Hay lugares que nunca existieron, pero cuyos nombres nos evocan realidades maravillosas; reinos que se trazaron sobre un mapa sin que nadie los hubiera visto; ciudades soñadas o imaginadas que pervivieron en la memoria de navegantes y exploradores durante siglos. En Europa, gran parte de esos lugares fantásticos se situaron en el Lejano Oriente durante siglos. En algún caso, el halo fabuloso de sus riquezas alentó sueños, provocó expediciones y derivó en descubrimientos de otros mundos, nunca antes soñados.</strong></p>



<p>En el extremo occidental del mundo, donde la tierra amenazaba con acabarse abruptamente y abrirse en un abismo, el Extremo Oriente era algo inabarcable, terreno propicio para la fantasía. Sus crónicas arrastraban el eco maldito de los ejércitos de Alejandro Magno, rebelándose contra su general, e incapaces de continuar más allá hacia lo desconocido. Sus riquezas ya eran estimadas por los prolijos historiadores romanos y su estética se teñía del aroma de las fábulas con que Marco Polo, casi 1500 años después del general macedonio, se decidió a describirlas. En la imaginación humana, Oriente alcanzaba proporciones casi míticas. Poblaciones humanas de rasgos impensables, distancias no concebidas en Europa, montañas magníficas e infranqueables… Oriente sonaba a fábula ya mucho antes de que el comerciante veneciano lo materializase en su Libro de las Maravillas, sin imaginar ni por un momento, que sus crónicas excitarían la imaginación de navegantes, clérigos, exploradores, y ávidos lectores que seguirían sus pasos, física o metafóricamente hablando, muchos siglos después.</p>



<p>“Es el país más hermoso y magnífico del mundo”. Así describía Marco Polo su impresión inicial al descubrir la India, un subcontínente tan rico y extenso que fue, desde el primer momento, objeto de descripciones fascinantes. En la Antigüedad, proliferaron las suposiciones más extravagantes sobre su flora y su fauna. Hasta la Edad Media, la India fue aquel inmenso territorio, situada al este, en el extremo de la Tierra, el lugar por donde nacía el Sol. Quizá por eso se le adjudicaban un calor sofocante, la existencia de animales animales fabulosos como el fénix o el unicornio, y un sinfín de riquezas admirables. Los animales jamás vistos y las riquezas intocadas serían consecuencia lógica de su lejanía y su climatología adversa.</p>



<p>En el siglo XIII, Giovanni di Montecorvino tuvo el privilegio de hacer el primer retrato de los habitantes de aquel exótico país. Los indígenas de la costa de Malabar no eran, según reseñó, «realmente negros, sino oliváceos; están bien proporcionados, caminan descalzos, no se afeitan y se lavan muchas veces al día». Era la primera descripción física de un mundo nuevo.</p>



<p><strong>EL PAÍS DE LAS ESPECIAS, LOS LEONES NEGROS Y LOS REYES MAGOS</strong></p>



<p>Marco Polo llegó a la India dos siglos antes de que fuera conquistada por el imperio mongol y recibiera la influencia del Islam. Quedó deslumbrado, no solo por sus parajes y sus riquezas, sino por la espiritualidad de sus habitantes. La India fascinó en el imaginario occidental hasta tal punto que se ubicaron allí el paraíso terrenal y el país de origen de los Reyes Magos. Los animales descritos por Marco Polo estaban a la altura de las expectativas: «Los leones son negros. Y hay loros de diferentes especies, ya que los hay blancos como la nieve con las patas y el pico negros. Los hay también rojos y azules, que son la cosa más hermosa de ver del mundo [&#8230;].</p>



<p>Por supuesto, el comerciante veneciano no olvidó mencionar las enormes cantidades de pimienta, jengibre, algodón e índigo que se encuentran en la provincia de Gujarat. Quizá esta fastuosa y pormenorizada colección de riquezas, alentaran la idea occidental de acceder directamente y sin intermediarios a un mundo cuyas rutas comerciales estaban en manos de los árabes tras la conquista de Constantinopla. En un mundo presuntamente redondo, si el Este estaba cerrado, siempre quedaría el camino del Oeste. Quizá esta idea bullera en la cabeza de Cristóbal Colón, cuando suplicó a la reina Isabel de Castilla que le concediera el mando de una flota.</p>



<p><strong>EL MÁS INMENSO DE LOS PARAÍSOS SOÑADOS</strong></p>



<p>Dicen que Colón estaba fascinado por el Libro de las Maravillas de marco Polo, en cuyas descripciones, a diferencia de muchos otros personajes de su tiempo, creía a pies juntillas. Más allá de la India se adivinaba Catay, probablemente el más inmenso de esos paraísos soñados. Catay arrastraba reminiscencias del país de los sederos, que mencionaban los escritos de Plinio el Viejo y Séneca. Sus habitantes se hacían llamar <em>khitán </em>y su mítico país, ubicado en el norte de Asia y de una extensión aproximada a la actual China, pronto se acomodó a la idea occidental del paraíso. Para darle unas lindes bíblicas se ubicó allí el legendario país de Gog y Magog, pero sus parajes y sus gentes eran absolutamente desconocidas</p>



<p>Marco Polo es uno de los primeros que describirá sus paisajes y sus orillas. “Un mar tan largo y ancho que, según sabios pilotos y marineros que por allí navegan y saben decir muy bien la verdad, tiene 7448 islas, la mayoría de ellas habitadas », escribe. Dicen que sus fabulosas descripciones del palacio desmontable del Gran kan y los techos de oro de sus pagodas alentaron aún más las ansias de riqueza del almirante.</p>



<p><strong>LA FABULOSA ISLA DEL ORO MAS ALLÁ DE CATAY</strong></p>



<p>Cipango era otra de esas geografías fabuladas que excitaron su imaginación. A diferencia de India o Catay, nadie, había estado nunca allí. Marco Polo hablaba de oídas; también a él le habían contado historias de aquella fabulosa isla más allá de Catay, “a 1500 millas de tierra firme”, aseguraba. Marco Polo escribiría de sus gentes que eran “altas y apuestas, idólatras e independientes”. Y, por supuesto, aunque no las había visto con sus propios ojos, no se olvidó de mencionar sus riquezas: “Pocos mercaderes van allí por lo lejos que queda de tierra firme. Esta es la razón de la profusa abundancia de oro”.</p>



<p>Cuando embarcó en el puerto andaluz de Palos de la Frontera, el 3 de agosto de 1492, Cristóbal Colón estaba obsesionado con la idea de abrir una nueva ruta para llegar a la India, Catay y Cipango por el oeste para explotar sus extraordinarios tesoros. Por ello, cuando llegó a las Antillas, y pasó de San Salvador a Haití, estaba convencido de haber alcanzado la India y de encontrarse a solo unas jornadas de navegación de Catay y Cipango. La naturaleza desbordante y los indígenas, tan afables como los descritos por el veneciano dos siglos antes, corroboraron su creencia.</p>



<p>Según la tradición, fue al término de su tercer viaje cuando Cristóbal Colón, asombrado por las dimensiones de ese nuevo mundo, comprendió que aquella tierra no podía ser una isla. No estaba frente a Cipango, como él pensaba, sino en el umbral de un continente desconocido que se erguía como un obstáculo insoslayable en la ruta de la India&#8230; Los cartógrafos se adhirieron a esta hipótesis: dibujaron al oeste una tierra de contornos indefinidos y al este de la India, Catay y Cipango. Esta disposición de los continentes y las islas en los mapamundis, con Asia a la derecha y América a la izquierda, terminaría por imponerse poco a poco, resolviendo con dignidad la incógnita sobre aquel vacío que separaba Catay y Cipango de las nuevas tierras descubiertas. No sería hasta 1566, en el mapa de Bolognino Zaltieri, cuando Cipango se convertiría por vez primera en Japang.</p>



<p><strong>LA TIERRA DE LOS DRAGONES Y LOS DIABLOS</strong></p>



<p>Pero antes de llegar a Cipango; antes de llegar incluso a Catay, había otra tierra cuyo nombre ocupaba un sitio privilegiado entre aquellos ávidos de aventuras y descubrimientos. Era la mítica Tartaria, la tierra de los diablos, el pueblo euroasiático que ya en el siglo XIII se extendía desde los Urales hasta el Océano Pacífico una raza de hombres impíos, herederos de aquel imperio mongol, cuyas hordas llegaron casi al corazón de Europa, infundiendo pavor. El privilegio de hacer desaparecer la frontera invisible que separaba el occidente medieval de aquel imperio del fin del mundo le había correspondido también a Marco Polo que fue embajador en la corte de Kublai Kan durante 17 años, hasta el punto de que, a su vuelta a Italia su aspecto, según sus coetáneos, era el de uno de esos tártaros tan temidos. Nunca más tendría Tartaria el refinamiento y la grandeza que conquistaron el corazón de Marco Polo y, más tarde, el de todos sus lectores.</p>



<p>A comienzos del s. XVII, Tartaria se extendía desde el este de Polonia hasta Extremo Oriente, y desde el mar Caspio hasta el océano Ártico, pero aún era una región prácticamente desconocida. En el mapa de Tartaria del Atlas Maior de Joan Blaeu, compuesto a comienzos del s. XVIII, en el desierto de Lop, al oeste de la Gran Muralla de China, todo lo que aparece es una composición gráfica de dragones y diablos.</p>



<p><strong>GOLCONDA, EL REINO DE LOS DIAMANTES</strong></p>



<p>El lejano oriente despertó, durante mucho tiempo, admiración y miedo. Mucho después de las expediciones de Marco Polo, las primeras que abrieron los ojos a los viajeros occidentales, trascendió en Europa la imagen de Golconda un efímero reino que surgió en torno al siglo XII y que pervivió hasta comienzos del XVI en las llanuras de Telegana, en el mismísimo corazón de la India. Golconda era una ciudad fortificada fundada por una dinastía hindú y desarrollada por otra, turca, que prosperaba gracias a sus minas de diamantes. Fue esta ostentación de riqueza la que despertó la codicia del emperador mogol Aurangzeb, que tras un sitio de ocho meses, la redujo prácticamente a ruinas. Aún desaparecida de la historia, pervivió en la imaginación y la literatura de Occidente; amparada por la moda orientalista que suscitó la primera traducción de los cuentos de <em>Las mil y una noches.</em><br><br><strong>KAFIRISTÁN: LOS DESCENDIENTES DE ALEJANDRO MAGNO</strong></p>



<p>El atractivo de esa India exótica y misteriosa se mantuvo durante siglos. Ya en poder de la corona británica sus paisajes, su sistema de castas, sus rituales de vida y de muerte siguieron encendiendo la imaginación de los europeos. Y el atractivo de la India se extendió a sus países vecinos. En el siglo XVIII Rudyard Kipling recreó el mítico reino de Kafiristán (el país de los infieles) en su relato <em>El hombre que pudo reinar</em>, en el que dos soldados se comprometen ante el redactor jefe del <em>Northern Star </em>a convertirse en reinos de ese territorio escurridizo, visitado por Alejandro Magno y que ningún europeo había vuelto a pisar jamás. Las leyendas decían que sus habitantes, politeístas, eran descendientes directos de los soldados macedonios de Alejandro.</p>



<p>Independientemente del origen de su población, “el país de los infieles” se convirtió masivamente al islam en torno al siglo XVIII. Desde entonces abandonaron el politeísmo y el nombre por el que el mundo los conocía. Ahora forma parte del actual Afganistán bajo una nueva acepción, Nuristán, el país de la luz.</p>



<p><strong>EL REFUGIO DE ADÁN Y EVA, TRAS</strong><strong> SU EXPULSIÓN DEL PARAÍSO</strong></p>



<p>En las islas del Índico se ocultó durante mucho tiempo otro de esos lugares perdidos. La isla de Taprobana. Se contaba que en la Antigüedad los egipcios llegaban hasta ella en 20 días a bordo de embarcaciones trenzadas con hojas de papiro. Dibujada por Ptolomeo y visitada por Alejandro Magno, sus fastuosas riquezas fueron elogiadas por el griego Megástenes y despertaron la codicia de los comerciantes romanos. Mencionada por Cervantes y escenario de las correrías de Simbad el Marino, Taprobana conquistó durante mucho tiempo al mundo no solo por la promesa de unas riquezas aún mayores que las que podían hallarse en la India , sino porque se consideraba el lugar a donde Adan y Eva habían huido tras ser expulsados del paraíso. Como evidencia de esta afirmación, en la actual isla de Ceilán, los lugareños aún muestran a los visitantes la huella del pie de Adán milagrosamente conservada en la piedra.</p>



<p><strong>VIAJE A LA CÓLQUIDA EN BUSCA DEL VELLOCINO DE ORO</strong></p>



<p>En el terreno de la mitología es donde pervive aún la Cólquida, el reino de Eetes y su hija Medea que albergaba el vellocino de oro, una piel de carnero con extraordinarios poderes que el rey Pelías había regalado a Eetes. Para la historiografía occidental, Jasón, sobrino de Pelías, reclama el trono que ha usurpado ilegalmente su tío y éste le impone como prueba la búsqueda del vellocino de oro. Así sería como Jasón y sus argonautas, una cincuentena de jóvenes griegos, partirían rumbo a la Cólquida, en un famoso viaje iniciático en el que superarán diferentes pruebas. Será la propia Medea, hija de Eetes quien, enamorada de Jason, ayude al joven griego a conseguir su propósito para poder, luego, huir con él. La Cólquida situada en lo que entonces se conocía como Ponto Euxino y hoy como Mar Negro, se encontraba en uno de los límites del mundo conocido, más allá de los oscuros desfiladeros de las Simplégades. El reino mítico hunde, sin embargo, sus raíces en un reino real, el de los colcos (probablemente derivado del griego kolkós, cobre), un grupo de pueblos que formaron una confederacion de tribus en las orillas del Mar Negro, en la actual Georgia.</p>



<p><strong>LA PUERTA DE LOS INFIERNOS, LA OSCURIDAD Y LAS SOMBRAS</strong></p>



<p>Hay reinos míticos que han sido hallados por historiadores y geógrafos y otros que permanecen en la bruma. Nunca mejor dicho. Es el caso del país los cimerios, el lugar que Ulises debe cruzar, guiado por Circe, en su camino a Ítaca, un territorio asociado irremediablemente con las sombras, el reino de la Oscuridad y el Hades. “Nunca, ni al amanecer, ni a mediodía, ni al ocaso, puede acceder a él Febo con sus rayos. El suelo exhala vapores que engendran densas brumas en las que flota una incierta luz crepuscular.”, escribe Ovidio en sus <em>Metamorfosis</em>, Esta estética avivó la inspiración de los románticos, amantes de las brumas y las sombras e inspiró a compositores como Wagner o Litz, y a autores como el estadounidense Howard, que sitúa en este país mítico su creación más famosa, el bárbaro Conan. Sin embargo, pese a las referencias que nos han dejado, su ubicación no resulta del todo clara, quizá porque nadie desea -voluntariamentevincularse con el mundo del Hades.</p>



<p>Los clásicos solían localizarlo, como el jardín de las Hespérides, en el Extremo de Occidente, en Táuride o en aquellos lugares que supuestamente comunicaban con los infiernos, mientras que algunos historiadores modernos, siguiendo la derrota lógica que marca la Odisea, lo sitúan en Cumas, cerca de la actual Nápoles. Una de las hipótesis más manejadas, en la actualidad, es la que lo sitúa en el actual Mar de Azov, en las cercanías del Mar Negro, que en la época clásica constituía uno de los confines naturales de la antigua ecúmene griega, donde acababa el mundo conocido, que explicaban los mitos. Más allá, empezaban las fábulas, los terrenos ignotos y la magia. Siempre hacia el Oriente.</p>



<p></p>
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		<title>Descripción de Constantinopla por los oficiales de Federico Gravina</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/constantinopla-federico-gravina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 10:12:45 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades &#160; Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-66-la-ciudad-ciudades/">Boletín 66 &#8211; La ciudad. Las ciudades</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Dos viajes a Constantinopla muy próximos entre sí, el primero en 1784 y el segundo en1788, al mando respectivamente del brigadier de la Armada Gabriel Aristizábal y el capitán de navío Federico Gravina, nos permiten acercarnos, a través de las crónicas escritas por oficiales cultos e instruidos, a la visión del pensamiento ilustrado español sobre el mundo del imperio otomano, en aquellos años del Siglo de las Luces.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La <em>“Descripción de Constantinopla escrita por los oficiales de la fragata Rosa, mandada por D. Federico Gravina, en que se restituyó el embajador turco a su país” </em>fue presentada al rey en noviembre de 1788. Mientras que el viaje de Aristizábal fue publicado en 1790, la descripción de Constantinopla de Gravina ha permanecido inédita en la Biblioteca del Palacio Real hasta 2001, en que fue publicada por Ediciones Miraguano con una introducción de José M.ª Sánchez Molledo.</p>
<p>Federico Gravina y Nápoli, nacido en Palermo en 1756 de familia noble, ingresó en la Real Armada en 1775. De su fulgurante carrera naval destacamos sus destinos en el Mediterráneo. En 1783, mandando la fragata Juno participó en el bombardeo a Argel, formando parte de la escuadra de Barceló. En 1784 volvió a Argel al mando de una división, con el jabeque Catalán. Comandante de la fragata Santa Rosa, formó parte de la escuadra de evoluciones de Lángara, y en ella llevó en 1788 a Constantinopla al enviado de la Puerta Otomana. Continuó su exitosa carrera, siendo ascendido sucesivamente a brigadier, jefe de escuadra y teniente general. Declarada la guerra a Gran Bretaña, se hizo cargo de la escuadra de Cádiz que, en combinación con la francesa de Villeneuve, hizo la campaña de Martinica, Finisterre y Trafalgar, donde, a bordo del Príncipe de Asturias, recibió una herida en el codo izquierdo, de la que falleció en Cádiz el 9 de marzo de 1806.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL CONTENIDO DE LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>Se divide esta descripción en seis capítulos. El primero describe la ciudad y sus monumentos, el Serrallo, o palacio del sultán, y las mezquitas reales, los bazares y caravasares. El segundo trata del Serrallo, las costumbres y usos de la corte otomana y el harem, de la vida en él y de la familia real: príncipe heredero, y resto de príncipes y princesas, extendiéndose en la vida de las sultanas del harem y su relación con los hijos y el sultán. El tercero, del gobierno del Imperio, sus fuerzas terrestres y navales y empleos oficiales. El cuarto es una extensa explicación de la vida de Mahoma, y de las costumbres religiosas y civiles de los turcos. El quinto, de las costumbres y carácter de los turcos, y del estado de la nación, incidiendo en las casas, comidas y las mujeres. El sexto hace un repaso de los habitantes no musulmanes de la ciudad, de los que forman parte los francos, que son todos los ciudadanos europeos en misión diplomática y que no pagan impuestos al gobierno, ubicados en el barrio de Pera. El resto de los no musulmanes son llamados rayás y no gozan de la protección de ninguna nación europea, ellos sí pagan impuestos y se dedican al comercio, como los armenios, griegos, judíos y los procedentes de Alepo.</p>
<p>Como militar se detiene en la situación militar del país y considera que: <em>“su marina mercantil es ninguna y la de guerra es poco respetable. Sus tropas de tierra pudieran ser muy buenas…pero al mismo tiempo ya se ha dicho cuan faltos de disciplina están sus ejércitos, cuya más numerosa parte se compone de tropas levantadas para la ocasión y que ven el fuego por primera vez.”</em></p>
<p>En otro lugar añade: <em>“durante los 31 días que allí hemos estado en medio de las inquietudes de una guerra que conmueve siempre más o menos a aquel pueblo fanático, no hemos sufrido el menor insulto.” </em>Mención sutil a la guerra ruso turca que se inició en septiembre de ese mismo año, y que duró hasta 1792, interrumpiendo los viajes españoles a esa capital.</p>
<p>La descripción de Constantinopla repite los temas y muchos de los comentarios de la de Aristizábal, si bien el de Gravina es un relato más breve y sistematizado. Es también más neutro, parece la guía turística de unos oficiales que observan la ciudad y sus habitantes con la mirada de ilustrados europeos, como era gran parte de la oficialidad de la Marina en el último tercio del siglo XVIII.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ESTILO DIRECTO Y ESPONTÁNEO</strong></p>
<p>La espontaneidad y las opiniones personales sobre la ciudad y sus habitantes están reservados al diario de navegación que no iba a ser público ni presentado al rey. Al pasar el canal de los Dardanelos se asombran de la magnífica vista y escriben en el diario: <em>“se ven a cada paso casas, lugares y arboledas, las vueltas que da el canal y el ángulo que forma en el lado izquierdo de la torre no permiten ver ninguna pequeña parte de él, así parece unida la costa de Asia a la de Europa, cuyo lado también está lleno de casas y entre ellas una y un jardín, del Gran Señor, y toda la costa llena de árboles, todo lo que unido forma un conjunto, el más hermoso que puede verse, y que no tiene igual según la mayor parte de los viajeros afirman, y así a nosotros lo pareció cuando fondeamos…”</em></p>
<p>A partir de entonces van relatando las visitas diarias de una forma sencilla y directa. Pasean por Pera, por Aguas Dulces, comen con los embajadores, visitan Santa Sofía y los demás monumentos, el baile de los derviches, y detallan las personas con las que se relacionan, siempre en primera persona del plural y de una forma muy natural. Con estas visitas y las conversaciones con los diplomáticos, otros europeos, y los intérpretes que frecuentaron y de los que recibieron datos, además de los apuntes que les dio del Abate Arrieta en Malta, se formó la descripción.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>SOBRE LA AUTÉNTICA AUTORÍA DE AMBAS DESCRIPCIONES</strong></p>
<p>Llegados a este punto hay que hacer una anotación sobre la verdadera autoría de las dos descripciones de Constantinopla que hemos comentado. Creemos que la redacción no se le puede atribuir ni a Aristizábal ni a Gravina, ya que en la Marina era impensable que un jefe de escuadra, con funciones de embajador profusas y complicadas en una corte tan ceremoniosa y extravagante como la turca, se dedicase los 43 días de su estancia a recoger noticias y a escribir tan prolija descripción durante el viaje. Lo mismo ocurre respecto a Gravina que, aunque sin las presiones de una misión diplomática, dice claramente que fue escrito por los oficiales de la fragata en el viaje de regreso. Creemos que este encargo debió recaer en algún oficial de la expedición con especiales cualidades y cultura para este trabajo. Como ambas fueron presentadas al rey por sus comandantes pocos días después de desembarcar, descartamos que fueran redactadas en España. Repasando los oficiales de las tripulaciones, encontramos que Cayetano Valdés, entonces teniente de navío, iba embarcado en el <em>Triunfante</em>, con el empleo de ayudante del comandante general. Además, Cayetano Valdés fue el único, entre los oficiales que componían la escuadra, que recibió un ascenso por méritos, junto con los comandantes que mandaban las cuatro naves. También Cayetano Valdés, ya teniente de fragata, estaba destinado en la fragata Santa Rosa con Gravina. En el diario de navegación se menciona que el comandante le envió a entregar una carta de la Corte al embajador Juan Bouligny.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VISIÓN ILUSTRADA Y CULTA</strong></p>
<p><em>Las noticias de Turquía </em>de Aristizábal están escritas en tercera persona, y con muchos datos históricos y citas clásicas, aunque los temas y las descripciones son muy parecidos en las dos. Sorprende a algún autor que no se den detalles de la presentación de Aristizábal ante el sultán, lo que confirmaría la suposición de que el autor no estuvo en ella y desconocía los detalles. El diario de Gravina a su vez está escrito en primera persona del plural, como trabajo colectivo, y debió basarse en el relato del Aristizábal que Valdés también escribió.</p>
<p>La biografía de Cayetano Valdés y Flores, Sevilla (1767-1835) nos muestra un marino culto e ilustrado, dedicado a las ciencias, que participó en las expediciones ilustradas que la Marina organizó a finales del siglo XVIII. Estuvo como Gravina en el bombardeo de Argel en 1781. Viajó a Constantinopla con Aristizábal en 1784 y con Gravina en 1788. Entre ambos viajes fue destinado al levantamiento de las costas de España con Vicente Tofiño. En 1789 se embarcó en la corbeta Descubierta en la expedición Malaspina. En 1792 participó con las goletas <em>Sutil y Mexicana </em>en la exploración de los canales de Nutka, al mando de Alcalá Galiano.</p>
<p>Combatió y fue herido en Trafalgar. Siendo liberal, fue perseguido por Fernando VII y se vio obligado a emigrar a Inglaterra en 1823, regresando en 1834, después de la muerte de Fernando VI, y retomando su carrera, en la que llegó a lo más alto como Capitán General de la Armada. Murió en 1835.</p>
<p>La Descripción de Constantinopla de los oficiales de Federico Gravina constituye una aportación de primer orden al conocimiento de las relaciones hispanoturcas durante el siglo XVIII, y una visión de primera mano del pensamiento ilustrado europeo sobre la cultura y el mundo otomano, que había permanecido inédita y desconocida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL TRATADO DE PAZ DE ESPAÑA CON TURQUÍA</strong></p>
<p>Con la llegada de Carlos III al trono, se produjo una inversión en la rivalidad hispano-musulmana en el Mediterráneo, que se había prolongado durante dos siglos. A partir de 1778, el ministro Floridablanca puso en marcha unas negociaciones de paz con Turquía, que condujeron al establecimiento de un tratado de paz, amistad y comercio, firmado el 14 de septiembre de 1782. Tras la firma del Tratado, Floridablanca envió como embajador de Carlos III al brigadier de la Armada Don Gabriel Aristizábal, para iniciar las relaciones diplomáticas, y entregar los regalos de cortesía al sultán Abdul Hamid I.</p>
<p>Se iniciaba así una serie de viajes de carácter diplomático, en los que los oficiales de Marina se dedicaron, sobre todo, a transportar a diplomáticos turcos y marroquíes por todo el Mediterráneo con destino a Constantinopla, y a fomentar las relaciones hispanoturcas. Al ser un destino exótico para los marinos españoles, algunos diarios de navegación incluían descripciones pormenorizadas de Constantinopla, obviando el nombre turco de Estambul en todas ellas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL VIAJE DE GABRIEL ARISTIZÁBAL A CONSTANTINOPLA</strong></p>
<p>En 1784 se hizo a la mar una escuadra de guerra al mando de brigadier de la Armada Gabriel de Aristizábal, con el objetivo de reforzar la importancia del tratado de paz de 1782 con Turquía, y hacerle entrega de los regalos que el rey de España enviaba al sultán. La idea que les movía era, según el ministro, <em>“abrir los mares de Levante a los españoles” </em>y asegurar el comercio en el Mediterráneo. Viajaban también a Constantinopla dos tíos del emperador de Marruecos, acompañados de su correspondiente séquito y bagajes. Asimismo, iba a bordo la familia del enviado extraordinario de España en la Corte Otomana, Juan Bouligny.</p>
<p>La escuadra se componía de los navíos <em>Triunfante</em>, de 80 cañones, mandado por D. Sebastián Ruiz de Apodaca, <em>San Pascual</em>, de 74, por D. Francisco Javier Winthuysen, el bergantín <em>Infante </em>de 18 cañones por D. Juan María de Villavicencio, y la fragata <em>Clotilde</em>, de 26 por D. Bartolomé de Ribera. Salieron de Cartagena el 24 de abril de 1784 y recalaron en el puerto de Augusta, en Sicilia, llegando el 10 de septiembre a Constantinopla, donde permanecieron 43 días. Aristizábal se sometió a la complicada ceremonia de su presentación al sultán, y los oficiales se dedicaron a explorar y conocer esta ciudad mítica. Salieron de Constantinopla el 24 de octubre de 1784, recalando en Malta para hacer cuarentena por la peste que asolaba Constantinopla, fondeando el 31 de mayo de 1785 en Cartagena. El brigadier presentó el diario original del viaje al rey el 7 de junio. Dicho manuscrito, actualmente en la Biblioteca del Palacio Real, se compone de dos partes: el derrotero de la navegación con todas las noticias náuticas y las <em>“Noticias de la capital de </em><em>Turquía… como también de algunas observaciones sobre las costumbres de los turcos, su gobierno, fuerzas terrestres y marítimas en la actualidad.”</em></p>
<p>Esta segunda parte contiene multitud de noticias sobre Constantinopla, con información acerca de su clima y de sus monumentos, así como toda suerte de detalles relativos a las costumbres y forma de vida de sus habitantes, en los más variados aspectos, y constituye la primera toma de contacto por españoles con el imperio turco y sus costumbres. Ambas partes fueron publicadas en 1790.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA DESCRIPCIÓN DE CONSTANTINOPLA ESCRITA POR LOS OFICIALES DE LA FRAGATA SANTA ROSA</strong></p>
<p>En reciprocidad a la visita de la escuadra española, al poco tiempo se produjo el viaje del embajador turco, Vasif Efendi a España, transportado por una fragata francesa. En 1788, el capitán de navío Federico Gravina se hizo a la mar en la fragata <em>Santa Rosa</em>, con el encargo de devolver al embajador turco a su país, una vez concluida la visita a nuestro país, que constituyó un acontecimiento para el público español.</p>
<p>La fragata salió el 1 de abril de Cartagena, hizo escala en Sicilia, y llegó al canal de los Dardanelos el 6 de mayo. Los oficiales y el embajador entraron al puerto el 12 de mayo, donde desembarcó el embajador. Ellos permanecieron en la ciudad 31 días, visitándola y relacionándose con los diplomáticos europeos. La fragata se hizo a la mar el 13 de junio y la peste existente en Constantinopla les obligó a hacer la cuarentena en Malta, a la que estaban obligados todos los barcos europeos antes de entrar en sus respectivos países. Tras la recuperación de cincuenta y tres tripulantes, la Santa Rosa llegó a Cádiz el 28 de septiembre sin otro contratiempo.</p>
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		<title>De España a la India en automóvil en 1936</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/valeriano-salas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:59:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín 65 &#8211; La protección de la naturaleza &#160; VALERIANO SALAS, UN INCONFORMISTA ATRAPADO EN EL FRANQUISMO Puestos a identificar a los españoles pioneros de [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/valeriano-salas/">De España a la India en automóvil en 1936</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Ramón Jiménez Fraile</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-65-proteccion-de-la-naturaleza/">Boletín 65 &#8211; La protección de la naturaleza</a></p>
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<p><strong>VALERIANO SALAS, UN INCONFORMISTA ATRAPADO EN EL FRANQUISMO</strong></p>
<p>Puestos a identificar a los españoles pioneros de la divulgación geográfica y los viajes de aventuras tal como los entendemos en la actualidad, el desconocido Valeriano Salas (1898 &#8211; 1962) destaca por méritos propios. Acérrimo defensor de viajar por libre <em>(“si odio de todo corazón las excursiones colectivas es justamente porque todo lo dan hecho y solucionado”)</em>, protagonizó junto a su mujer y un mecánico un épica travesía en coche desde San Sebastián hasta India, que no tuvo en su día la repercusión merecida debido al estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>En plena guerra, en 1938, el reportaje de aquel viaje abriría el primer número de la <em>“Revista Geográfica Española” </em>de la que Salas fue director y que se inspiraba, salvando las distancias, en la estadounidense <em>“National Geographic”</em>. Pese a que su revista formó parte del aparato propagandístico del franquismo, Salas hizo siempre gala de inconformismo, diciendo sentirse <em>“prisionero de la civilización, de los prejuicios que ha sabido crear en torno nuestro para complicarnos estúpidamente la vida”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA FASCINACIÓN POR LOS VIAJES DE AVENTURA</strong></p>
<p>Hijo único de un terrateniente extremeño, Valeriano Salas nació en la localidad salmantina de Béjar el año del “Desastre”, aunque fue en San Sebastián donde discurrió su juventud, jalonada con estancias en capitales europeas. En los círculos de la burguesía acomodada de la capital donostiarra conoció a la que sería su esposa y compañera de viajes, María Antonia Tellechea Otamendi, perteneciente a una familia cubana de ascendencia vasca. En un momento de auge de la automoción, el joven Salas quedó fascinado por las expediciones organizadas en los años 1920 por el fabricante francés de automóviles Citröen, que atravesaron el desierto del Sahara (“Raid Citröen”) y el África negra (“Croisière Noire”).</p>
<p>En 1930, Salas emularía estas dos expediciones en sendos viajes junto a su mujer por el Sahara y el África ecuatorial, a bordo de vehículos “Fiat” y “Ford”. Entre abril de 1931 y febrero de 1932 tuvo lugar la no menos mítica “Croisière Jaune”, que llevó a los expedicionarios de Citröen al corazón de Asia. Esta vez Salas no se contentaría con seguir la huella de la expedición gala, sino que se esforzaría en superarla, picado, como él dijo, en su amor propio ante los pocos medios con que contaba comparados con los la expedición francesa.</p>
<p>Tras varios años de preparativos relacionados con “<em>mapas, autorizaciones, puestos de gasolina, cartas de presentación…”</em>, y una vez acondicionada una camioneta “Ford” de serie, entre otras cosas añadiendo una estructura en el techo para dar cabida a colchonetas y tiendas de campaña, Salas y sus dos acompañantes &#8211; su esposa y el mecánico Julio Lerma &#8211; partieron de San Sebastián con destino a India a primeros de abril de 1936. Eran conscientes de que en esa época del año encontrarían lluvias en los Balcanes y Asia Menor, y que sufrirían los rigores del verano en países como Irak y Persia. Lo que no podían imaginar era la dureza de algunas etapas, ni las satisfacciones que otras les reportarían.</p>
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<p><strong>POR EUROPA: DEL DISFRUTE DE OCCIDENTE AL HORROR DE LOS CAMINOS TURCOS</strong></p>
<p>Recorrer Francia e Italia fue una experiencia placentera, pero, tal como temían, los embarrados caminos de “Yugo-Slavia” (sic) plantaron dura resistencia, aunque no tanta como la que les esperaba en Bulgaria, donde las crecidas de ríos les obligaron a dar <em>“infinitos rodeos”</em>. Al llegar a la parte europea de Turquía, Salas comprobó horrorizado que la carretera que les debía conducir a Constantinopla no existía <em>“más que en la mente alucinada de los que dibujaron los mapas… ríanse ustedes de las peores pistas del Sahara o del Centro de África”. </em>No es de extrañar que una vez arribados a la actual Estambul constataran que <em>“todas, absolutamente todas las ballestas del coche estaban hechas trizas, a pesar de haber sido previamente reforzadas para el viaje”.</em></p>
<p>Tras una angustiosa travesía del Bósforo a bordo de una frágil barcaza, emprendieron los caminos de Anatolia, empleando en recorrer 1.200 km <em>“infernales” </em>no menos de quince días; <em>“un verdadero récord de velocidad”</em>, puesto que tuvieron que colocar cadenas en las ruedas para poder avanzar por el barro. Para entonces, Salas y sus dos compañeros de viaje habían logrado ya algo que la expedición asiática de Citröen había evitado, puesto que los vehículos que la integraron fueron desplazados por barco hasta Beirut, dejando de lado Turquía. <em>“La travesía del imponente macizo del Tauro con sus paisajes magníficos, y por fin el paso de las Puertas Cilicias, aquel majestuoso desfiladero que en tiempos remotos utilizaron los ejércitos de todos los grandes conquistadores del mundo, había de compensar con creces las penalidades sufridas”</em>, afirmaría Salas antes de abandonar Turquía, ignorando que aún en suelo otomano estarían a punto de perder la vida al comprobar súbitamente que el puente por el que circulaban en plena noche había perdido uno de sus arcos: <em>“si no freno a tiempo vamos a parar todos al fondo del barranco”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL ATRACTIVO DE SIRIA Y LOS CAMBIOS DE PERSIA</strong></p>
<p>En Siria encontraron un país mucho más desarrollado, con mejores infraestructuras, habitantes más acogedores y mayores atractivos turísticos: <em>“Cómo olvidar el encanto de la vieja ciudad de Alepo, el Líbano y sus magníficos cedros, las ruinas de Palmira y Baalbek…”</em></p>
<p>La decepción de Salas respecto a Siria no provendría del país ni de sus gentes, sino del desierto, ya que, acostumbrado a <em>“las inmensidades del Sahara”</em>, el de Siria le pareció “lo menos desierto que darse puede”, entre otras cosas porque entre Damasco y Bagdad “cruzamos innumerables caravanas de camellos y por lo menos media docena de camiones”. El carácter indómito de Salas queda de manifiesto cuando comenta a propósito de esta travesía que <em>“ni aún en pleno desierto nos podemos llegar a emancipar del todo de la tutela que ejerce la civilización sobre nosotros”. </em>El desbordamiento del Río Éufrates retardaría su llegada a Bagdad, ciudad cuya primera impresión fue de desencanto, aunque pronto quedaron prendados de un <em>“hechizo difícil de explicar”</em>.</p>
<p>Tras visitar las ruinas de Babilonia y del palacio real de Ctesifonte, emprendieron ruta hacia Persia con el entusiasmo de quienes se encontraban ya ante <em>“las puertas mismas del lejano y misterioso Oriente”.</em></p>
<p>La mera entrada como turistas en Persia constituyó una proeza, debido según Salas a las trabas que ponía ese país a los extranjeros, en el que el Shah Reza Pahlavi (padre del segundo Shah de la dinastía que sería depuesto por la revolución islámica en 1979) ejercía fuera de la capital una autoridad <em>“muy relativa”</em>, abundando las bandas de salteadores de caminos. Si no víctimas de robos, nuestros tres viajeros sí lo fueron de la <em>“desconfianza innata del pueblo persa, que considera al extranjero como un ente indeseable y sospechoso”. </em>Ahora bien, por algún motivo desconocido, cayeron en gracia a las autoridades aduaneras que les dejaron entrar en el país sin mayores problemas, quedando además autorizados a hacer fotografías <em>“en todo el país, incluso, y esto es lo extraordinario, de los interiores de las mezquitas”</em>.</p>
<p>De esta favorable circunstancia sacaría Salas gran provecho, a tenor del interesantísimo reportaje fotográfico que llevó a cabo tanto en zonas rurales del actual Irán como en la capital, Teherán. Siempre en busca de exotismo y autenticidad, Salas lamentó que el Shah, en su afán modernizador, hubiera prohibido el uso del turbante a los hombres y el chador a las mujeres, dando pie esto último a un peculiar comentario por parte de nuestro desinhibido viajero: <em>“la supresión del chador ha venido a descubrir que las mujeres en aquel país son feas, flacas y desgarbadas… de modo que figúrese el lector el desencanto que produce el ver a estas desgraciadas llevando sombrero, melena lacia y falda corta”</em>. Las críticas de Salas también se dirigieron a la política urbanista llevada a cabo en Teherán, consistente en destruir <em>“callecitas tortuosas y estrechas” </em>para modernizar la ciudad a base de grandes avenidas.</p>
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<p><strong>EL DESIERTO DE BELUCHISTÁN Y LA LLEGADA A AFGANISTÁN</strong></p>
<p>En su empeño por recorrer el Sur de Persia, <em>“mucho menos conocido y por lo tanto mucho más interesante”</em>, evitaron la ruta que pocos años antes había tomado la Expedición Citröen al centro de Asia, pese a que ello les supondría un gran cúmulo de penalidades. El recorrido que efectuaron, desoyendo las advertencias, hasta la frontera con Afganistán, a través del desierto de Shurgaz y de Beluchistán, constituiría la parte más genuina de toda la expedición.</p>
<p>Concretamente, los 400 km de desierto en Beluchistán fueron, según Salas, <em>“un horrible martirio”</em>, no solo para los tres viajeros sino también para la camioneta, cuyo chasis se partió en dos y tuvo que ser sujetado con alambres y cuerdas, siguiendo <em>“valientemente adelante deseosa sin duda ella también de alejarse cuanto antes de aquella dantesca visión”</em>.</p>
<p>No habían llegado aún a la localidad de Zahedán cuando tuvieron que pasar noche escoltados por soldados persas que habían sido desplegados para combatir a rebeldes beluchis. <em>“Aunque muchos no lo quieran creer, podemos asegurar que tuvo aquella noche, estrellada magnífica, un encanto extraordinario: nos dormimos arrullados por el monótono sonido de los tambores y los cantos guerreros de los beluchis, que, desparramados por los montes cercanos, se aprestaban a la lucha”, </em>recordaría Salas.</p>
<p>También resultó impactante su visita a la otrora próspera capital de Beluchistán, Queta, debido al terremoto que meses antes había asolado la ciudad, provocando la muerte, según Salas, de cuarenta y cinco mil de sus sesenta mil habitantes: <em>“solo quedaban escombros; ni una sola casa en pie, todo arrasado en forma tal que ni el más terrible de los bombardeos hubiera podido causar estragos semejantes”.</em></p>
<p>Afganistán <em>(“uno de los países más fanáticos del mundo y quizá por ello también uno de los más interesantes”) </em>ofreció como era de esperar grandes quebraderos de cabeza a nuestros viajeros debido a la ausencia de servicios básicos <em>(“desgraciado el viajero que llega aquí sin mecánico y sin los elementos indispensables para llevar a cabo cualquier reparación en su coche”) </em>y la prohibición de objetos occidentales, en particular la ropa interior de señora, <em>“ya que esto último atenta gravemente a la moral y a la religiosidad” </em>de los afganos.</p>
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<p><strong>UN FINAL ABRUPTO EN EL VERANO DE 1936</strong></p>
<p>Cuando por fin abandonaron Afganistán, Salas tuvo la sensación de llevar consigo <em>“un tesoro de inapreciable valor”</em>: las fotos de las maravillas y escenas cotidianas que habían contemplado, <em>“muchas de las cuales fuimos tal vez los primeros en poder fotografiar”.</em></p>
<p>La entrada en India supuso para los tres viajeros poder disfrutar de comodidades inusitadas hasta entonces. Fue Cachemira &#8211; <em>“la admirable y legendaria región del Norte de la India que tantos puntos de semejanza tiene con Suiza” </em>– el lugar elegido para recuperar fuerzas, aunque el reposo se vio turbado <em>“por lanoticia de los graves acontecimientos que ocurrían en España”</em>: el estallido de la Guerra Civil.</p>
<p>En su afán por <em>“volver cuanto antes y por la ruta más corta” </em>a España, se desplazaron a Bombay, donde el 5 de agosto embarcaron rumbo a Europa, con <em>“la íntima satisfacción de haber realizado en todas sus partes cuanto nos habíamos propuesto, ya que saliendo de España en una modesta furgoneta estrictamente de serie, habíamos conseguido llegar hasta la India por vía de tierra”.</em></p>
<p>El relato de esta odisea de 20.000 km quedaría reflejado, por capítulos, en los tres primeros números de la Revista Geográfica Española, fundada en San Sebastián por Salas en plena contienda. El “Servicio Nacional de Propaganda” franquista y las ventas de la publicación, que tendría una tirada media de 2.000 ejemplares, no serían las únicas fuentes de financiación de los primeros números de la revista, puesto que la firma de “Firestone” insertó publicidad, anunciando que el viaje de España a India había sido efectuado con neumáticos de su marca, de fabricación nacional.</p>
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<p><strong>EL FINAL DE UN VIAJERO ATRAPADO EN SUS CONTRADICCIONES</strong></p>
<p>Valeriano Salas falleció en 1962 tras regresar de la India. Hasta entonces se mantuvo al frente de la “Revista Geográfica Española”, en la que publicó asiduamente fotos y textos relativos a sus viajes por todo el mundo. De haber vivido más, hubiera sido testigo de la erupción con toda su virulencia, particularmente en España, del turismo de masas, fenómeno que aborrecía.</p>
<p><em>“Cuando rememoro mis correrías </em>&#8211; escribiría Salas en uno de sus últimos textos -, <em>la nostalgia se apodera de mi ánimo … Aquello es la libertad, las noches estrelladas magníficas, el desierto sin límites, las selvas infinitas, el ‘dolce far niente’ alejado del mundo, de su vivir acelerado, de sus ciudades, de sus periódicos, de su política llena de intrigas y ambiciones… Allí, al saberse desligado de esas pesadas cadenas que nos vemos precisados a arrastrar a lo largo de nuestra existencia, se siente uno alegre y satisfecho… He comprobado mil veces que sólo en aquellos lugares apartados de la civilización es donde el ser humano debe buscar esa tranquilidad y esa paz tan necesarias para su espíritu, e imprescindibles para su felicidad.”</em></p>
<p>La “Revista Geográfica Española” dejó de publicarse en 1977, no sobreviviendo al franquismo que le vio nacer.</p>
<p>Atendiendo a su voluntad, el legado de Valeriano Salas fue cedido a la localidad salmantina de Béjar en la que nació, y que le dedicó un museo abierto en la actualidad al público. En el museo destaca la colección de arte oriental, al que Salas era aficionado, en particular objetos procedentes de Japón, India e Irán. También tiene relevancia la colección de pintores españoles del siglo XIX que Salas adquirió junto con cuadros de artistas holandeses, flamencos, franceses y alemanes de los siglos XVI al XIX. Otra de sus pasiones fueron los castillos, tema al que dedicó trece números de su revista, siendo en 1952 uno de los promotores de la Asociación Española de Amigos de los Castillos.</p>
<p>El museo recrea una de las estancias de este singular personaje capaz de conjugar dos pulsiones tan solo aparentemente contradictorias: la del inquieto viajero abierto a horizontes lejanos y la del anticuario e historiador dando la espalda al tiempo que le tocó vivir.</p>
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		<title>La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:48:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por María Luisa Martín-Merás Bibliografía: Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/">La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por María Luisa Martín-Merás</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
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<p><strong>En los años veinte del siglo pasado fueron muchos los escritores, periodistas y políticos españoles que emprendieron viaje a la nueva Unión Soviética, en lo que Ernesto Jiménez Caballero denominó “romerías a Rusia”. La inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del régimen zarista atraía a todos aquellos viajeros fascinados por el triunfo de la tecnología y la industria. Ramón J. Sender fue uno de aquellos viajeros que, en 1933, invitado por la Internacional Comunista, visitó la URSS, un país que llevaba a cuestas un largo proceso revolucionario iniciado en 1905, continuado durante la intervención rusa en la Primera Guerra Mundial, y la sangrienta guerra civil posterior.</strong></p>
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<p><strong>UN ESCRITOR COMPROMETIDO</strong></p>
<p>Ramón J. Sender (Chalamera, Huesca, 1901. San Diego, Estados Unidos, 1982) fue un prolífico escritor y periodista que, desde temprana edad, empezó a escribir y a colaborar en prensa. Participó en la guerra de Marruecos como soldado de reemplazo, y a su vuelta se instaló en Madrid, donde ingresó en la redacción del diario El Sol como redactor y corrector. Antes de la Guerra Civil ya era uno de los escritores más prestigiosos del momento, gracias a sus novelas Imán (1930), <em>Siete domingos rojos </em>(1932) y <em>Míster Witt en el Cantón </em>(1935) entre otras.</p>
<p>En el capítulo de los reportajes periodísticos, alcanzó gran notoriedad al narrar en 1925 el desenlace del famoso crimen de Cuenca. En 1933 publicó <em>“Tormenta en el sur. Primera jornada del camino a Casas Viejas”</em>, la primera crónica de las 11 que dedicó a la sublevación anarcosindicalista de Casa Viejas. Aquel mismo año recogió sus artículos en el libro <em>Casas Viejas (Episodio de la lucha de clases) </em>y un año después, en 1934, lo publicó y amplió en <em>Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas. </em>De ideas revolucionarias, simpatizó primero con los movimientos anarquistas y más tarde con los comunistas, de los que se desvinculó en la guerra civil. En todo caso, en febrero de 1933 fue uno de los fundadores la Asociación de Amigos de la Unión Soviética de inspiración comunista.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA GUERRA CIVIL Y SUS DESGRACIAS</strong></p>
<p>El estallido de la Guerra Civil Española le sorprendió en San Rafael (Segovia), con su mujer Amparo Barayón y sus dos hijos. Al ocupar los rebeldes esa zona decidieron separarse, él se incorporó al frente republicano y su familia marchó a Zamora para refugiarse con la familia de su esposa. En el mes de octubre fusilaron los franquistas a su mujer y a su cuñado, aunque él no tuvo noticia hasta el mes de diciembre. Al quedar sus hijos desamparados en zona enemiga, se trasladó a Francia, donde los niños habían sido recogidos por la Cruz Roja Internacional. Una vez, instalados sus hijos y al cuidado de personas de su confianza, volvió a Barcelona para incorporarse al frente. Su actitud fue inequívoca y participó activamente en la propaganda republicana, siendo oficial adscrito al Estado Mayor republicano en la defensa de Madrid contra los franquistas. Su ruptura con el partido comunista ya durante la guerra no está muy clara, pero el resto de su vida fue un anticomunista convencido. En 1938 la República lo envió a Estados Unidos, a dar conferencias en universidades y otros centros para presentar la causa republicana. Luego estuvo en París a cargo de una revista de propaganda de guerra, llamada <em>La voz de Madrid, </em>donde permaneció hasta que Barcelona cayó en poder de Franco, momento en que se exilió a México hasta 1942, cuando se asentó definitivamente en Estados Unidos, acogido gracias a la recomendación de Eleonor Roosevelt, y donde se le consideraba como un notorio refugiado europeo de izquierdas. Falleció en 1982 en San Diego, Estados Unidos.</p>
<p>Las crónicas de viaje de Sender, bajo el título <em>Madrid-Moscú </em>fueron publicadas en el periódico <em>La Libertad </em>entre el 27 de mayo y el 13 de octubre de 1933. En 1934, con modificaciones y ampliaciones posteriores, se publicó como libro en la editorial Pueyo. La edición que comentamos <em>Madrid-Moscú Notas de viaje</em>, 1933-1934, con prólogo de José Carlos Mainer, Fórcola Ediciones, 2017, es la segunda edición en español y está basada en la primera.</p>
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<p><strong>EL FARO DE LA HUMANIDAD</strong></p>
<p>Solo la brillante ciudad de Nueva York atrajo tanto la atención de los europeos de los años 20 y 30 como lo hizo la Unión Soviética. Las razones de la curiosidad eran simétricas: en Nueva York se admiraba o se denigraba la culminación material del capitalismo; en la nueva Rusia, la inédita construcción del paraíso socialista sobre las ruinas del más antiguo de los regímenes, el zarista. La Unión Soviética que visitó Sender como invitado de la Internacional Comunista era la consecuencia de un largo proceso revolucionario, que empezó en 1905, y que no interrumpió ni la catastrófica intervención rusa en la Primera Guerra Mundial y el armisticio unilateral de 1917, ni la sangrienta Guerra Civil de 1917 a 1920.</p>
<p>En 1919 Lenin había fundado la Tercera Internacional, que acogió a todos los socialistas del mundo. Tras la muerte de Lenin, Josef Stalin había asumido en 1924 la jefatura del Estado, y la hegemonía del partido soviético sobre todos los partidos hermanos de otras naciones. Las nuevas medidas económicas cambiaron la faz del país y, tras conocerse las largas y mortíferas hambrunas, se procedió a la colectivización de la agricultura y a su organización en koljós. La exportación de productos agrarios facilitó capitales para el logro de la mayor obsesión del régimen, la industrialización, que consiguió en pocos años duplicar la producción de carbón y triplicar la de acero. La fiebre industrial supuso la adopción de jornadas laborales de 16 y 18 horas. La colectivización de la propiedad privada se construyó sobre el exterminio de los <em>kulaks</em>, los antiguos siervos emancipados por el Zar Alejandro I, que se habían convertido en pequeños propietarios, y por el desabastecimiento, seguramente provocado, de las regiones más insumisas.</p>
<p>Todavía se discute hoy si la muerte de dos o tres millones de campesinos ucranianos en el comienzo de los años 20 y después, entre 1932 y 1933, fue un genocidio decidido por Stalin o un error de planificación combinado con las pésimas cosechas y las requisas indiscriminadas de grano.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>EL VIAJE Y EL LIBRO</strong></p>
<p>La obra está dividida en capítulos con títulos que hacen referencia a los aspectos de la realidad moscovita que va conociendo. Empieza su viaje pasando por Cataluña, Francia, Polonia y Alemania a los que describe en rápidas pinceladas. Sender llegó a Moscú invitado a una olimpiada de arte revolucionario durante ocho días, pero prolongó su estancia por invitación expresa de la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, que le acompañaron y mostraron todos los logros de la revolución que el autor observa con una curiosidad entre desenfadada y admirada. Según él, los habitantes de Moscú, y por extensión de toda la URSS, viven en el mejor de los mundos, donde todos trabajan y colaboran en las tareas generales muy felices. Los proletarios van a la ópera y se divierten, las chicas son jóvenes sanas y guapas, y todos trabajan sin descanso para cumplir el plan quinquenal. Sender no tiene duda de que está viendo el verdadero pueblo moscovita con todas sus conquistas y no el que ven los turistas de Intourist que critican la realidad soviética con ojos europeos y según él, se mueven por resortes sentimentales. Las escuelas y los padres se desviven por los niños y los protegen, ya que son los verdaderos reyes del pueblo. No existen colas para la comida ni para otros bienes, que adquieren a un precio muy bajo en los economatos con el carnet de obrero. Solo hay colas para comprar libros. Las muchachas son independientes y participan en las sesiones de atletismo que son muy numerosas.</p>
<p>Las reclamaciones sobre los servicios públicos se recogen ordenadamente y son resueltos en poco tiempo. Tuvo ocasión de ver a Stalin en la Plaza Roja y comprobar cuanto le admira el pueblo. Considera que toda la política está orientada a la economía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA CONVIVENCIA IDÍLICA</strong></p>
<p>Piensa que el nivel de vida allí es como el de Vallecas o Cuatro Caminos; sin embargo, de todas las reformas emprendidas por la revolución, precisamente la mayor ha sido la inmolación de la independencia personal, de la intimidad e incluso de la vida privada, en nombre de la colectivización. Explica que los domicilios privados son diminutos, hasta en el caso de los dirigentes, pero en cambio los espacios de socialización son grandes y espaciosos como los comedores en las fábricas, las oficinas amplias y luminosas, así como los parques culturales donde se practica deporte y cultura física, se asiste al teatro y al cine, se escucha música o se canta. Comprueba la camaradería sin mengua del ejercicio de la autoridad, cuando procede que así sea, y todo el mundo parece saber lo que tiene que hacer. El orden público se suele limitar a la reconvención amable de los encargados de velar por él y en todos los órdenes de la vida colectiva parece haberse impuesto un intercambio de papeles pues los soldados pasan temporadas en las fábricas y los obreros industriales dedican algún tiempo de su vida participar en los trabajos de los campesinos. La práctica de la autocrítica política es habitual, y no se busca el conformismo ni la intemperancia con el disidente, sino una mejor conciencia del papel de cada uno. Paralelamente hay una jovialidad ante las dificultades y los problemas que Sender cifra en una expresión rusa que se oye a menudo y que se ha hecho traducir: <em>No importa.</em></p>
<p>Sender ha comprobado que en la nueva Unión Soviética los escritores cuando se reúnen no hablan de literatura sino de política, y que, si bien en las bibliotecas abundan los libros, se traducen los extranjeros y florecen las literaturas en todas las lenguas de la Unión, lo más importante que sucede es el triunfo de un nuevo teatro realista, que en gran medida es una creación colectiva que implica a muchos autores y actores. En realidad, el motivo de la invitación de Sender era la celebración de una olimpiada de teatro popular a la que, aunque lo oculte, asistieron otros colegas españoles de los que nuestro escritor no era el menos cualificado, ya que en 1932 había publicado un volumen de teatro de masas, que daba cuenta de algunas novedades de la escena europea revolucionaria.</p>
<p>En las páginas de <em>Madrid Moscú </em>lo sabemos discrepante del culto al poeta suicida Vladimir Maiakovski que, en su opinión, encarna el espíritu ruso tradicional, confuso y alucinado, no se sabe si contemplativo o dinámico o las dos cosas juntas. Maiakovski era según él la Rusia revolucionaria enferma de occidentalismo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ENVÉS DEL PARAÍSO</strong></p>
<p>El lector de <em>Madrid Moscú </em>advierte que Sender tuvo noticias del envés del paraíso: sabía lo sucedido en Ucrania y también en el Cáucaso, en las regiones de los antiguos cosacos. Ante todas estas noticias la actitud de Sender es ambigua, casi penosamente ambigua. Y con una calculada mezcla de impasibilidad y desparpajo, en sus crónicas se inventaba un comunismo alejado de la realidad del primer estalinismo.</p>
<p>Sin embargo, él considera que se ha comportado como un testigo inquisitivo y nada complaciente y así lo manifiesta la noche antes de su partida:</p>
<p><em>Yo he estado casi siempre en la Unión Soviética en una posición de crítica, sobre todo con los miembros del partido que yo suponía que tenían alguna responsabilidad. Aquella noche había hecho muchas observaciones desagradables y había tratado de señalar algunas contradicciones.</em></p>
<p>Pero ¡sorpresa! específica que su crítica es contra los escritores rusos que admiran sin rubor la cultura burguesa, y lo mismo hacen muchos comunistas que tiene complejo de inferioridad frente a la burguesía de los países capitalistas. En una carta a sus anfitriones, que reproduce José Carlos Mainer en el prólogo de la obra ,y publicada en la revista <em>Octubre, nº 4-5</em>, decía lleno de fervor militante:</p>
<p><em>Ahora, después de mi estancia en la Unión Soviética vuelvo con la mayor fe en el triunfo completo y definitivo, y no solo definitivo sino inquebrantable. Después de todo lo que aquí he visto, no hay razón para que un intelectual esté indeciso. En la trinchera hay un uniforme y un fusil más&#8230;Al llegar aquí era un intelectual, hoy es un soldado del frente de lucha y de la edificación socialista el que os deja. Saludos revolucionarios.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>COMPAÑEROS DE VIAJE</strong></p>
<p>Sender no fue el único visitante de la URSS que publicó sus impresiones, los libros de esta naturaleza abundaron en los últimos años de la dictadura de Primo de Rivera, pero no todos fueron tan entusiastas como las de nuestro escritor. El primero de los testigos, Fernando de los Ríos, era un catedrático socialista que acudió a negociar el ingreso de su partido en la Tercera Internacional, y cuyo informe fue desfavorable como contó en <em>Mi viaje a la Rusia soviétista</em>, 1921. También fue negativa la opinión de Ángel Pestaña, que llegó como representante de la anarquista Confederación Nacional del Trabajo y que plasmó sus impresiones en un par de folletos. <em>Setenta días en Rusia. Lo yo vi, </em>1924 y <em>Setenta días en Rusia. Lo que yo pienso</em>, 1929. Más benévolos fueron Rodríguez Soriano, republicano radical, autor de <em>San Lenin (Viaje a Rusia)</em>, 1927, y el burgués liberal republicano, Diego Hidalgo, que tuvo un gran éxito editorial con sus <em>Impresiones de un notario español en Rusia, </em>1929. Pero el socialista Julio Álvarez del Vayo en <em>La nueva Rusia, </em>1926 y <em>Rusia a los 12 años, </em>1927, es el más crédulo y entusiasta de los viajeros de su partido, como se comprueba a la vista de otros testimonios: los de Rodolfo Llopis en <em>Cómo se forma un pueblo, la Rusia que yo he visto, </em>1930, Julián Zugazagoitia, en <em>Rusia al día, </em>1932 y Luis Amado Blanco en <em>8 días en Leningrado, </em>1932.</p>
<p>Estas complacencias contrastaron con las serias objeciones del periodista liberal Manuel Chaves Nogales que planteó serias objeciones al paraíso soviético en <em>La vuelta al mundo en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja, </em>1929, en la novela <em>La bolchevique enamorada </em>del mismo año y en 1931 <em>Lo que ha quedado del imperio de los zares</em>, además de otra narración inspirada en un personaje real <em>El maestro Juan Martínez que estaba allí</em>, 1934.</p>
<p>Las páginas apasionadas y elogiosas que escribió Sender en Madrid-Moscú fueron las últimas dedicadas a la revolución rusa y, más allá de su ceguera y de sus legítimas esperanzas revolucionarias, son una inmersión de primer orden en la cenagosa historia del siglo XX.</p>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/ramon-sender/">La “Romería a Rusia” de Ramón Sender</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Sofía Casanova, reportera y escritora</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/sofia-casanova/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:31:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín 62 &#8211; El viaje de los alimentos &#160; Conocida por ser la primera corresponsal permanente de guerra de nuestro país (Carmen de Burgos cubrió episodios [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/sofia-casanova/">Sofía Casanova, reportera y escritora</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Marga Martínez</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-62-el-viaje-de-los-alimentos/">Boletín 62 &#8211; El viaje de los alimentos</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Conocida por ser la primera corresponsal permanente de guerra de nuestro país (Carmen de Burgos cubrió episodios de la guerra de Melilla), la vida de la escritora gallega Sofía Casanova es la historia de la primera mitad del azaroso siglo XX. Fue la mujer que entrevistó a Trotski en San Petersburgo, y que conoció a personalidades de mundos tan dispares como León Tolstoi y Marie Curie. No solo vivió las dos grandes guerras mundiales, también fue testigo del nacimiento del sindicalismo, de la invasión de Polonia, de la lucha de las sufragistas en Inglaterra, del nacimiento del partido bolchevique en Rusia y de la guerra civil española. Casanova, una mujer de historia para la Historia, recorrió la piel de Europa de cabo a rabo en más de una docena de ocasiones, y fue, además de una prolija escritora, poeta y periodista, una gran divulgadora de la cultura polaca.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con ese halo de atemporalidad que da la impresión fotográfica de las antiguas rotativas, dos enfermeras miran de frente a los lectores que abrieron ese día el ABC por su página 2. Era el 8 de abril de 1915. Ambas, vestidas con el blanco uniforme de la Cruz Roja, flanquean una cama de un barracón convertido hospital, junto a dos heridos de guerra que se incorporan a duras penas para también mirar a cámara. Esa imagen granulosa de la enfermera que se encuentra en la parte posterior del plano está marcada con una X para poder ser presentada en el pie de foto: <em>“La guerra europea. Sala de heridos en el hospital de urgencia de la estación Varsovia-Viena, por el cual han pasado desde primeros de agosto a fin de marzo 140.000 heridos. En la fotografía se ve a nuestra corresponsal en Polonia, la señora Doña Sofía Casanova (X)”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>CORRESPONSAL DEL ABC</strong></p>
<p>Esa enfermera marcada con la X, “nuestra corresponsal en Polonia” es presentada después, en la página 7, como la ilustre escritora Sofía Casanova que se había dignado aceptar el cargo de cronista de la primera Gran Guerra para el ABC. Y así, con una mezcla de nostalgia e incertidumbre, comienza la primera crónica de guerra en el frente oriental de Sofía Casanova para el rotativo madrileño: <em>“Se ensangrientan los azules mares de Bizancio, y el mundo entero sigue con ávidos ojos la tremenda lucha que dará á Europa ese resto del magnífico mundo antiguo. ¿En qué condiciones van á repartirse los poderosos -aliados o no – el </em><em>derecho sobre mares, pueblos y razas?”</em></p>
<p>De este modo se iniciaba una intensa labor informativa para el ABC que se prolongó hasta 1944. Desde Polonia primero, y desde distintos puntos de Rusia después, durante la Primera Guerra Mundial, Casanova contaba a los lectores del ABC las graves consecuencias de una sangrienta guerra y el sufrimiento que la contienda ocasionaba a la población civil del Este de Europa. Denunció la brutalidad de una guerra en la que, por primera vez, se utilizaron las armas químicas para aniquilar al enemigo. En una época en la que las noticias llegaban a través de notas de agencia, Sofía Casanova desarrolló una ingente correspondencia con crónicas que, aunque a veces tardaban semanas o meses en llegar a Madrid, eran esperadas con especial interés, y que destacaban no solo por su perfil humano y periodístico, sino también por un alto valor literario. La escritora gallega vio facilitada su labor en el frente oriental porque no se le identificaba como un habitual corresponsal de prensa; esta circunstancia fue posible por su condición de española y las buenas relaciones con el embajador español, por un lado, y, por otro, por ser miembro de la aristocracia polaca, al pertenecer a la familia Lutoslawski, circunstancia que le permitió conocer a diplomáticos extranjeros y personajes destacados de la cultura y la política polaca y rusa del momento.</p>
<p>Trabajó, pues, como corresponsal para ABC durante más de treinta años hasta que, durante la Segunda Guerra Mundial, Luca de Tena censuró las críticas opiniones que Casanova plasmaba sobre el bando nazi. La escritora, decepcionada, no aceptó el veto, y siguió escribiendo por su cuenta para contar con libertad la situación del castigado pueblo polaco.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA INTENSA Y LARGA VIDA EN LAS TRINCHERAS DE LA HISTORIA</strong></p>
<p>Como si de una macabra lotería se tratara, a Sofía Guadalupe Pérez Casanova de Lutoslawski le tocó vivir nada menos que cuatro guerras. Sin embargo, los viajes, huídas y visiones de una Europa que se desangraba a través de sus clases sociales más débiles, no mermaron en absoluto su capacidad creadora. Su producción literaria fue ingente: publicó poesía, novelas, libros de relatos, cuentos para niños, una comedia y más de 1.200 artículos en periódicos y revistas en Galicia, Madrid y Polonia. Con 13 años y una maleta llena de libros, llegaba Sofía junto con su familia a Madrid. Para hacer hueco en su equipaje a la literatura, “Sofitiña” decidió sacrificar dos pares de zapatos y tres enaguas, para gran sorpresa de su madre. Así, se instaló en la capital, donde se inició como poeta, con una seguridad impropia de una niña de esa edad.</p>
<p>Frecuentó las reuniones que celebraba el Marqués de Valmar, y los círculos literarios donde conoció a José Zorrilla, Juan Valera y Ramón de Campoamor. Alfonso XII, que fue un gran admirador de su obra, llegó a financiar su primer libro de poesía. Comenzó a publicar en El Faro de Vigo, y con tan solo veinte años firmaba habitualmente en medios de Madrid y Galicia.</p>
<p>En estas reuniones conoció al filósofo, aristócrata polaco y estudioso de Platón, Wicenty Lutoslaswki, con quien se casó en 1887 para establecerse en Polonia, la que habría de ser patria de adopción de Sofía, a la que profesó un amor profundo que le llevó a defender apasionadamente su independencia cuando el país era despedazado por los intereses extranjeros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TIEMPO DE VIAJES Y ESTUDIO DE IDIOMAS</strong></p>
<p>El trabajo como diplomático de su marido les obligaba a viajar constantemente por toda Europa, y Sofía aprovechó la circunstancia para estudiar idiomas, llegando a dominar ocho lenguas, y para desarrollar su trabajo de periodista con interesantes crónicas viajeras. Colaboró en periódicos de ámbito nacional como <em>ABC, La Época, El Liberal, El Mundo, El Imparcial de Madrid, Blanco y Negro, </em>la revista <em>Galicia</em>, y otras publicaciones gallegas. Colaboró, además, en prensa internacional en medios como la <em>Gaceta Polska </em>y <em>The New York Times</em>.</p>
<p>Esta vida itinerante le permitió vivir la lucha de las sufragistas en Inglaterra, vivir el nacimiento del sindicalismo, también el del partido bolchevique en una Rusia aún zarista y, por supuesto, las dos grandes contiendas mundiales. De esta experiencia viajera nacieron libros como: <em>Sobre el Volga helado </em>(1903) y <em>Viajes y aventura de una muñeca española </em>(1920). Pero en Madrid, sus <em>Cartas de Polonia </em>o <em>Desde Rusia </em>entusiasmaban a quienes las leían en El Imparcial de Madrid. Las crónicas de Casanova eran costumbristas, y acercaban a los lectores a un mundo exótico y desconocido. Tal vez sin saberlo, la escritora gallega contribuyó de una forma más que notable a la difusión de la cultura polaca en España.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VIDA FAMILIAR DIFÍCIL</strong></p>
<p>Sin embargo, el matrimonio con Lutoslaswki no fue como ella hubiera deseado. El filósofo estaba obsesionado con tener un hijo varón que perpetuara su apellido y que se convirtiera en el gran libertador de Polonia, pero Sofía solo le daba hijas (María, Izabela, Yadwiga y Halina) y nunca llegó el ansiado heredero. Para colmo de males, en 1894 se trasladaron a Londres, donde Yadwiga enfermó y murió de disentería. Las circunstancias en las que se produjo la muerte no ayudaron precisamente a arreglar la relación del matrimonio, puesto que Sofía insistió en llamar al médico pero Wicenty, convencido de que él mismo podría curarla, se negó. El 17 de septiembre de 1895 moría la niña con tan solo cinco años. Para su madre fue un terrible golpe, y para el matrimonio supuso el final definitivo.</p>
<p>En 1910 Sofía Casanova impartió una conferencia en el Ateneo de Madrid, uno de los principales foros de la intelectualidad española. <em>“La mujer española en el extranjero” </em>fue el título de la ponencia a través de la que expresó sus opiniones, basadas en su experiencia vital tanto en el extranjero, como a través de la opinión que los intelectuales extranjeros tenían de España y de los españoles. La escritora gallega dejó constancia de su preocupación por asuntos graves, como el problema del analfabetismo de la población española, una auténtica vergüenza de la que había tomado conciencia en Polonia, así como del papel de la mujer en el mundo moderno.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>DE POLONIA A ESPAÑA Y VICEVERSA</strong></p>
<p>Sofía volvía periódicamente a Galicia con sus hijas y aprovechó para escribir, publicar, dar su opinión y remover conciencias sobre la lamentable situación de las mujeres y de la infancia en España, en aspectos tan básicos como la educación y la higiene. Al volver a Polonia en 1914 para reencontrarse con su familia política, la Gran Guerra le sorprendió en Drozdowo, donde los Lutoslaswki tenían su hacienda, y todo cambió: los polacos, y Sofía Casanova con ellos, fueron evacuados a Rusia, primero a Moscú y a San Petersburgo después, ante el avance del ejército alemán. Allí, en San Petersburgo, permaneció tres años en los que también vivió la revolución bolchevique de 1917.</p>
<p>Tras gestiones diplomáticas, Casanova y su familia consiguieron regresar a Polonia y de ahí a España, una vez finalizada la Primera Gran Guerra, donde fue recibida como una estrella. En esta época, Casanova desarrolló una ingente labor periodística como corresponsal en Varsovia, enviando también crónicas a Buenos Aires. Hasta 1938 volvió en repetidas ocasiones a España, pero el mundo seguía siendo un lugar inestable, las aguas seguían revueltas en un periodo en el que ni Europa, ni España, conseguían encontrar la paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EN LA </strong><strong>“JAULA DE LAS FIERAS” </strong><strong>DE LOS BOLCHEVIQUES</strong></p>
<p><em>“Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir – por qué no confesarlo – al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega, inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirla el objeto de nuestra salida…”</em></p>
<p>Así comenzaba la crónica <em>“En la jaula de las fieras” </em>donde la escritora y periodista entrevistaba a Trostki. En la entrevista, posiblemente censurada, descubrimos a una mujer valiente, segura de sí misma, que no tiene temor alguno en adentrarse en el centro de operaciones de la revolución bolchevique para entrevistar al entonces Ministro de Negocios Extranjeros de Lenin. Casanova no ocultaba su anticomunismo y no dudó en contar la mala impresión que le dio el ministro: <em>“No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía”.</em></p>
<p>Casanova llegó a San Petersburgo en 1915 tras el avance alemán, que le obligó a salir de Varsovia, donde había estado trabajando como enfermera de la Cruz Roja atendiendo a los heridos de guerra. Tuvo que tomar el último tren a Minsk, Moscú y finalmente San Petersburgo. Había llegado, pues, como una refugiada polaca y sufrió, además, el asesinato de sus dos cuñados, acusados de contrarrevolucionarios, a manos de los bolcheviques. Sin embargo, todos estos avatares no le impidieron seguir realizando su labor de reportera, con crónicas como la que daba cuenta de la muerte de Rasputin o la mencionada entrevista a Trotski. Sus crónicas llegaron a ser censuradas por los rusos y, en España se llegó a darla por muerta. Sus escritos reflejan valentía y la denuncia del sufrimiento de los refugiados que tuvieron que huir a Rusia perseguidos por la guerra, la mayor de las inmoralidades, en la que siempre buscará esperanzas de paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA ENTREVISTA CON FRANCO EN BURGOS</strong></p>
<p>Conviene señalar cómo, tras su inicial simpatía por la revolución rusa, sus vivencias posteriores, además de su formación familiar, le hicieron convertirse pronto en una mujer conservadora, profundamente católica y anticomunista. Casanova vivió la guerra civil española en Varsovia, y no dejó de enviar crónicas y cartas apoyando el bando nacional, a pesar de que el diario ABC estuvo incautado, y criticando con dureza a los republicanos. Franco no dudó en aprovechar esta circunstancia para entrevistarse con ella en Burgos durante la guerra. A través de una carta de Serrano Suñer se le trasladó su interés en recibirla, debido a su insigne labor que desde Varsovia realizaba a favor de la causa nacional. Ni corta ni perezosa, Casanova emprendió viaje desde Varsovia a Burgos para entrevistarse con Franco en 1938 y, tras la audiencia, regresar a la ciudad del Vístula. Esta relación con Franco le ayudó a vivir con cierta seguridad cuando Hitler invadió Polonia, ya que fue protegida por el embajador en Berlín. Casanova, una vez más, tuvo que ver de cerca los horrores de una guerra infame con la visión de los campos de concentración en su querida Polonia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>MUJER, CORRESPONSAL DE GUERRA Y EN EL FRENTE</strong></p>
<p>La investigadora de la Universidad de Liverpool Kirsty Hooper en <em>‘Vida e tempo de Sofía Casanova’ </em>señala que <em>“Pese a su obra formidable y heterogénea, Casanova fue recordada durante décadas no como escritora e intelectual, sino como una figura exótica en la periferia de la cultura española y -peor aún- como un símbolo idealizado de la femineidad nacional-católica”.</em></p>
<p>Injustamente, en numerosas ocasiones, no se consideró a Casanova como reportera de guerra, dado que su situación en el frente parecía estar justificada por razones familiares, y su labor podía responder, más que a una actividad profesional, al pasatiempo de una madre de <em>familia bien</em>. Fuera como fuere, lo cierto es que la vida y obra de Sofía Casanova fue extraordinaria y poco común. Con un pensamiento conservador y profundamente católico, acentuado por la difícil época que le tocó vivir, descubrimos a una mujer valiente, pacifista y defensora de la participación de la mujer en la esfera pública; al mismo tiempo una mujer contradictoria, incapaz, por sus creencias religiosas, de divorciarse de su marido, a pesar de que vivieron separados y ella tuvo que encontrar su sustento en su trabajo como escritora y periodista.</p>
<p>Fue una mujer en un mundo de hombres, que tomaba partido en cualquier situación, para desconcierto de muchos y con la complicación asociada de no poder etiquetarla en un sitio u otro. Culta, independiente y trabajadora prolífica, desarrolló un importante activismo en el movimiento de las mujeres, y, sobre todo, fue testigo y excepcional cronista de una época convulsa.</p>
<p>Sofía siguió escribiendo hasta el fin de sus días a pesar de su ceguera, provocada por un golpe durante las revueltas bolcheviques rusas, ayudada de un cartoncito que le sujetaba el papel… una “pobre mujer” como se definió a sí misma: <em>“Pobre mujer, siento y creo que todas las conquistas logradas a costa de tan nefandos crímenes, de tan inconsolables dolores, no son buenas, ni han de traer suerte a las naciones que las han buscado.” </em></p>
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		<title>Las Indias de la princesa de Kapurthala</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/princesa-kapurthala/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 09:18:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín 61 &#8211; Las islas Filipinas y España &#160; Anita Delgado, quien pasaría a la historia como la maharaní de Kapurthala, vivió una existencia de cuento [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: Boletín 61 &#8211; Las islas Filipinas y España</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Anita Delgado, quien pasaría a la historia como la maharaní de Kapurthala, vivió una existencia de cuento en uno de los escenarios más fastuosos de la época, y en uno de los momentos clave de la historia, a comienzos del siglo XX. Sus impresiones de aquellas Indias tan lejanas a la imaginería europea quedaron recogidas en un pequeño y exquisito cuaderno de viaje.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Anita Delgado era española, malagueña para más datos, y en el momento en que el maharajá de Kapurthala se prendó de ella, solo hablaba su lengua natal. Sus impresiones de las Indias, recogidas en diferentes viajes oficiales entre 1913 y 1914, están redactadas, sin embargo, en francés, <em>“la lengua de la corte de mi marido”</em>, como indica la propia autora. Un francés muy sencillo, salpicado de expresiones en español y en hindú, cuya frescura quizá se pierda en la edición española y que demuestran el increíble salto que ejecutó esta bailarina andaluza que en apenas seis meses tuvo que aprender a manejar tres idiomas distintos para convertirse en princesa de un reino muy lejano.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA VIDA DE BAILARINA</strong></p>
<p>La joven Anita había llegado a Kapurthala, en el Punjab indio, a través de un periplo tan singular que, si no fuera estrictamente cierto, sería tachado, con seguridad, de demasiado literario. La joven andaluza, junto a su hermana Victoria, sus padres y su tata Joaquina había residido en su Málaga natal hasta 1906, año en que la familia decidió vender el café que regentaban y trasladarse a Madrid. Llegaron con lo puesto, sin trabajo y el escaso dinero de la venta del negocio, pero lo hicieron en el mejor momento, justo cuando la ciudad vivía el fasto de la futura boda entre el rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, su prometida británica. La ciudad estaba necesitada de espectáculo y la capital española vivía cada día como una fiesta.</p>
<p>Con el encargo de buscar bailarinas para actuar de teloneras en los espectáculos de la recién nacida sala Kursaal, sus empresarios se pasean por las academias de la capital. En una de ellas conocen a Anita y Victoria, vistosas, bonitas, con salero y un aire tan ingenuo que se sienten cautivados. Su padre ignora que la madre, Doña Candelaria, dedica parte del escaso patrimonio familiar a que sus niñas estudien canto y baile, por lo que monta en cólera cuando les ofrecen un contrato, pero a tenor de la suma ofrecida por el que denominarán “Número de las Camelias”, no le queda más remedio que aceptar. Eso sí, las muchachas actuarán siempre antes de las 12, y se irán de la sala nada más acabar el espectáculo, acompañadas por sus padres.</p>
<p>Dicen que el maharajá de Kapurthala y Anita ya se habían encontrado en las calles de Madrid. Él era un dignatario extranjero a lomos de un elefante y ella una asombrada espectadora con trenzas y vestidillo de luto, extasiada ante la magnificencia del desfile de las autoridades que acudirían a la boda del rey Alfonso XIII. Y parece que volvieron a cruzarse en la sala Kursaal, que de día oficiaba de frontón, cuando el príncipe indio salía de jugar un partido de pelota y la bailarina andaluza entraba a preparar su número. El caso es que, impresionado por ella o por simple curiosidad, el maharajá reservó un palco esa noche para ver actuar a las Camelias. Y, a partir de ahí, siguió haciéndolo durante las noches siguientes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL COMIENZO DE LA RELACIÓN</strong></p>
<p>Tras cada uno de los espectáculos, la joven Anita recibía un obsequio de su ya rendido admirador, un ramo de camelias junto a la invitación de sentarse a su mesa, que en todo momento la familia se encargó de rechazar. Hasta el sexto día, en que el grupo de intelectuales habitual del Kursaal, entre los que se encuentra Valle Inclán, e incluso el director de la sala, persuaden a la familia de que permita a Anita sentarse unos minutos a la mesa del príncipe.</p>
<p>La bailarina comparte mesa y poco más, pues apenas puede comunicarse con el príncipe durante unos días, hasta que en el momento de la ceremonia del rey Alfonso XIII un ramo de flores arrojado desde una ventana esconde la bomba que atentaría contra la vida de los soberanos. Los reyes salvan la vida, pero el atentado produce un número importante de víctimas y las delegaciones extranjeras, ante la posibilidad de que el hecho derive en un conflicto mayor, abandonan el país a toda prisa.</p>
<p>Cabría pensar que el príncipe indio acababa de salir de la vida de Anita tan precipitadamente como había entrado, pero no es así. Días después, en el Kursaal se presenta el traductor del príncipe algo azorado, con una insólita propuesta. Ofrece cien mil euros a la familia Delgado si permiten a Anita pasar una semana en París junto a él. Pese a la cantidad que deslumbra a quienes la escuchan, la familia despacha la oferta.</p>
<p>La propia Anita diría que <em>“le parecía la venta de su persona”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN CUENTO DE HADAS</strong></p>
<p>El príncipe no se rinde y cambia de método. Por medio esta vez de su escolta personal, hace llegar una nueva misiva a Anita. Esta vez escrita, y en español, en la que le propone matrimonio. La familia enmudece. El padre duda, la madre quiere seguir adelante y Oroz, el pintor de la cuadrilla del Kursaal que, medio enamoriscado de Victoria está ultimando un retrato de la niña en casa de los Delgado, les propone que decidan lo que decidan , Anita debe contestar a esa misiva de puño y letra.</p>
<p>La niña lo hace, la lee ante los suyos y Oroz se ofrece a llevarla a correos. Por el camino para en el Kursaal y comenta la nueva con su corte. El romance entre el príncipe indio y la joven e ingenua Anita, a quienes los habituales del Kursaal consideran poco menos que su protegida, comienza a convertirse poco menos que en una cuestión de estado, al menos del pequeño estado de la sala. Sin pudor, abren la misiva redactada en un castellano pobre y plagado de faltas y la sustituyen por una auténtica carta de amor que el mismo Valle Inclán firma en nombre de Anita. <em>Alea jacta est.</em></p>
<p>Tras la carta de Anita el maharajá puso toda la logística a su disposición en un tiempo récord. Trasladó a toda la familia a París, les instaló en apartamentos separados, puso a su disposición a varios sirvientes y asignó a Anita una tutora inglesa, Miss Emily, que sería la encargada de velar por el cumplimiento de un exhaustivo programa de estudios: protocolo, inglés, francés, música, tenis, baile, dibujo, piano, equitación…</p>
<p>El padre advierte que Anita no saldrá de Europa sin un matrimonio previo, y el rajá se compromete a ello. Abandona el país por asuntos de estado y no volverá hasta seis meses después. Para su propia sorpresa y orgullo, la mujer que le recibe tiene la elegancia y los modales de una auténtica dama parisina. El enlace se celebra en la primavera de 1907 en la Mairie de París y, para cuando los príncipes parten de nuevo, en otoño a la India, donde Anita se enfrentará por primera vez a su país de adopción, la joven andaluza ya está esperando un hijo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IMPRESIONES DE LAS INDIAS</strong></p>
<p>Anita Delgado tiene 23 años y lleva 6 años residiendo en Kapurthala cuando decide comenzar a anotar las impresiones de sus viajes. Es su propio marido quien le insta a ello, sabedor de que a su esposa le gusta llevar consigo sus propias anotaciones, para compartir sus vivencias en la India durante sus viajes a Europa. Jigangith Singh es un hombre de mundo, y, como tal, consciente del valor de la visión fresca que una europea pueda dar sobre su país. Anita jamás habría imaginado en publicar su colección de anécdotas, de no ser por el empeño que su marido pondría en hacerlo. La pequeña obra <em>Impresiones de mis viajes por las Indias </em>será publicada en Nueva York. Para entonces, Anita ya no lleva el nombre que le dieron al nacer. Es Prem Kaur, la amada del príncipe, el nombre indio con el que la bautizaron el día de su boda.</p>
<p>El libro, que abarca un espacio temporal de dieciocho meses, narra tres importantes viajes diplomáticos: el primero en 1913 por diferentes estados de Rasjputana, el segundo a Calcuta y Birmania, y el tercero, en 1914, al Deccán y Hyderabad. Está dividido en once relatos y cuenta con 16 fotografías que ilustran las narraciones en las que la autora muestra al lector las impresiones que una joven española percibe sobre un país y una cultura tan diferentes a las del lugar de donde ella proviene.</p>
<p>Anita describe su forma de viajar, casi siempre en tren, utilizando los vagones privados de la familia real de Kapurthala que en la mayoría de las estaciones son recibidos con honores, pero también en automóvil -impresionada por la calidad de carreteras y puentes- e incluso en <em>tonga</em>, silla de dos ruedas o <em>dandy</em>, silla de manos. Con los príncipes viaja su pequeño cortejo, así que cuando Anita afirma encontrarse en familia se refiere a un séquito de hasta 18 personas, entre escoltas, secretarios y edecanes, además de dos ayas para la princesa, y hasta siete personas más entre criados y cocineros.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA MIRADA INTELIGENTE</strong></p>
<p>Ante sus ojos extranjeros, las costumbres, las formas y las religiones de la tierra que la ha adoptado van sucediéndose en una mirada inteligente, tolerante y comprensiva, que nos demuestra que, en este período de tiempo, Anita ya ha recorrido el mundo. Habla de China, del Bois de Boulogne, de Egipto, al que se le asemeja la ciudad de Hyderabad, rodeada de dunas… Describe paisajes áridos o selváticos con tanto lujo de detalle que parece que sintamos el olor de las tormentas de arena o las lluvias torrenciales del monzón. Describe templos budistas, antiguos fuertes, mezquitas y palacios deteniéndose en cada detalle: el color de las cúpulas, su extraordinaria arquitectura, las esculturas en piedra de los templos o la delicadas celosías de los espacios dedicados a las mujeres, en palacio. Alaba el arte oriental que le seduce aún más con el confort europeo que tan bien ha aprendido a apreciar, y la exquisitez de los palacios donde son recibidos, con sus estatuillas de jade, sus escalinatas de mármol y sus lámparas de araña. Pero no olvida describir el bullicio de los mercados, los vendedores de velas para ofrendas, el olor de las flores en los templos, los pies descalzos de los peregrinos, los vendedores ambulantes o los niños mendigos que se les arraciman.</p>
<p>Conjuga la miseria y la riqueza como si se hubiera habituado rápidamente a las dos realidades de la vida.</p>
<p>La naturaleza tiene un hueco especial en sus descripciones: atardeceres mágicos, riqueza de colores, lagos plácidos que bordear, vegetación exuberante…La princesa se recrea en algunos paisajes que parecen sucederse acordes con su estado de ánimo. Y abunda en las costumbres de los soberanos locales que, en India y en un ambiente cortesano, tienen mucho que ver con la caza o los juegos para los que se emplean animales. Así, describe las cacerías de urogallos, abatidos a centenares, el <em>pigsticking</em>, juego introducido por los ingleses en que los participantes alancean a un jabalí, la caza desde la protección de una embarcación mientras los ojeadores acercan la presa a las orillas para ser abatidas, las luchas de animales, pantera contra jabalíes generalmente, en las que se apuestan importantes sumas de dinero, o la ficción de la caza natural, en la que los integrantes de la partida se sientan tranquilamente a ver que ocurre, cuando una pantera que lleva dos días sin comer es liberada entre un grupo de chacales. Su narración, bastante objetiva, apenas revela el disgusto que le produce ver el sufrimiento de los animales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VISIÓN MUY RESPETUOSA</strong></p>
<p>La princesa de Kapurthala describe una cultura completamente ajena con admiración y un exquisito respeto. Así, revela las comidas con la mano, sentados descalzos sobre el suelo de la terraza, las vestimentas tradicionales, tanto de hombres como de mujeres, que llaman su atención, la predilección por el colorido y las joyas, con las que se siente plenamente identificada y que considera que proporciona a los ricos la seguridad de llevar sus bienes consigo, y a los más humildes al menos la alegría de verse adornados. Habla del rígido sistema de castas en la India y de los variados cultos, dioses y sistemas de creencias, otorgándoles a todos el máximo respeto, describiendo las ofrendas budistas, el dios protector Ganeh sobre las puertas o la <em>purdah</em>, la costumbre musulmana que prácticamente justifica que las mujeres vayan veladas para evitar los abusos de otros hombres.</p>
<p>Las mujeres ocupan una parte importante dentro de sus apreciaciones. Anita es consciente del privilegio que para una mujer supone el poder asistir, como invitada especial, a muchas de las escenas que tienen lugar frente a sus ojos. Como extranjera, tiene el privilegio de ser recibida en cortes donde impera un protocolo masculino y donde otras esposas de dignatarios no podrían ser recibidas, pero al mismo tiempo puede entrar en los espacios reservados a las mujeres, como los harenes o los apartamentos privados de las princesa. Lugares que describe minuciosamente, con su corte femenina, sus innumerables chiquillos, y las estancias y fuentes desde donde llevar una existencia regalada, pero sin asomar nunca al exterior. Describe los cánticos de los eunucos y el arte de los bailarines travestidos con una amplitud de miras que sorprende en una mujer de su época, y respeta las tradiciones locales aunque ella esté feliz al poder montar a caballo o jugar al tenis cuando así lo desee.</p>
<p>Todo le llama la atención en el mundo de la mujer: las bailarinas, cuyo colorido, movimiento y sensualidad la hechiza, quizá como recuerdo de una vida anterior; las avispadas vendedoras birmanas, espontáneamente sensuales, los pequeñísimos pies de las damas indias, las viudas niñas hindúes condenadas a una vida de soledad y servicio, y por supuesto la ancestral costumbre india de sacrificar a las viudas en la pira de sus maridos, de la que habla sin inmiscuirse en las creencias locales ni aplicar su juicio moral.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL FIN DE UNA VIDA Y EL COMIENZO DE OTRA NUEVA</strong></p>
<p>Los textos terminan en 1914. En Hyderabad, su último destino, Anita y su marido se enteraron de los acontecimientos que darían lugar a la posterior primera guerra mundial. Quizá ese detalle ensombreciera un viaje, ya de pos sí un poco complejo por las excesivas atenciones que Anita había recibido del Nizán, el soberano local, cuya indiscreción con respecto a la primera dama de Kapurthala llevarían a la posterior ruptura de las relaciones entre ambos países. Quizá a Anita no le quedaran ya muchas ganas de seguir registrando sus impresiones por escrito, o quizá su reinado en el palacio de Kapurthala comenzara a declinar. Cuatro años después, su amada hermana Victoria moriría en el otro extremo del mundo y la amada del príncipe se divorciaría del maharajá para pasar a un segundo plano, convirtiéndose en una aristócrata oriental en la corte europea por cuyos eventos desfilaba en compañía de su hijo Ajit o su sobrina Victoria. Murió con 62 años, y jamás volvió a aquella India que comenzó a prepararse para su independencia del Imperio británico, pero fue la princesa “exiliada” de Kapurthala, culta, refinada, distinguida y deseada hasta el fin de sus días.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Duque de los Abruzos. El madrileño que intentó llegar al Polo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duque-de-los-abruzos-polo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:52:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
		<category><![CDATA[Zonas polares]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pedro Páramo Bibliografía: Boletín 59 &#8211; El Ártico &#160; En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Pedro Páramo</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-59-el-artico/">Boletín 59 &#8211; El Ártico</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>En el verano de 1900, el tercer hijo de Amadeo de Saboya, rey de España, intentó llegar antes que nadie al Polo Norte. Su expedición logró batir el record del momento al alcanzar el punto más septentrional de la Tierra, pero él sólo llegó hasta el final de la tierra firme y el principio de los hielos polares.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Luis Amadeo de Saboya, duque de los Abruzos, nació en Madrid el 29 de enero de 1873, y fue bautizado como príncipe en la capilla del palacio real pocos días antes de que su padre, Amadeo, renunciara al trono de España y regresara a su Italia natal. Todavía adolescente, ingresó en la Academia Naval de Livorno, donde adquirió sus primeros conocimientos sobre el mar y la navegación. Amante de la aventura, se inició en el alpinismo en el Mont Blanc, y en 1897 participó en la primera ascensión al monte San Elías, de 5.489 metros, entre el territorio del Yukon de Canadá y Alaska, lo que le valió la fama mundial entre los geógrafos y montañeros del momento. Dos años más tarde, se propuso abordar la conquista de una de las dos fronteras hasta entonces inaccesibles para el hombre en la Tierra y eligió intentar ser el primero en pisar el Polo Norte. Para ello movilizó todas sus influencias ante el gobierno italiano y la corte de su tío el rey Humberto I, sirviéndose de su prestigio como explorador. El audaz y patriótico proyecto de Luis Amadeo de Saboya fue muy bien acogido por la opinión de la joven Italia, que ya había iniciado su expansión colonial en África y buscaba hacerse un hueco entre las grandes potencias. En 1899 todo estaba a punto para que la expedición de los italianos intentara el asalto del Polo Norte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TRAS LOS PASOS DE NANSEN</strong></p>
<p>La carrera de la conquista del extremo norte del Globo había comenzado en la centuria anterior, y la experiencia enseñó que para lograrlo habría que deslizarse sobre la nieve y el hielo utilizando trineos. En el momento de partir la expedición italiana, el punto más septentrional alcanzado por el hombre estaba fijado en los 86º 14’ N, logrado por el explorador noruego Fridtjof Nansen en abril de 1895 con su barco <em>Fram</em>. Luis Amadeo de Saboya, que había investigado a fondo todas las expediciones polares realizadas hasta entonces, decidió seguir los pasos de Nansen, estudiando las etapas de su ruta, sus experiencias sobre las corrientes y los hielos, y sus indicaciones en lo relativo a los pertrechos e intendencia para los exploradores y sus perros.</p>
<p>El 12 de junio de 1899 el <em>Estrella Polar </em>de Luis Amadeo de Saboya salió del puerto de Cristianía, hoy Oslo, con 11 italianos marinos y guías alpinos y 9 noruegos expertos en la navegación por el Ártico, con edades comprendidas entre los 21 años del fogonero y los 47 del comandante noruego de la embarcación, Julius Evensen. Como segundo comandante de la expedición figuraba el teniente de navío Humberto Cagni, que se encargaría de las observaciones científicas, con la colaboración del también teniente de navío Francisco Querini y del médico de la Armada italiana Aquiles Cavalli Molinelli. El barco, un ballenero de 570 toneladas y un motor de 60 caballos, fue transformado para la expedición en una goleta de tres palos. Días antes de partir, el duque de los Abruzos visitó a Nansen en su casa de Lijsaker, quien le dio los últimos consejos para encarar la aventura. De acuerdo con estas indicaciones se cargaron en Noruega provisiones para cuatro años a base de galletas, manteca, carne envasada, pastas, arroz, vinos y licores, que fueron guardadas en cajas herméticas de 25 kilos. Para los perros que se incorporarían en el puerto ruso de Arcángel se cargaron raciones de pescado seco y bizcocho.</p>
<p>Los expedicionarios compraron botas de piel de foca de diferentes diseños, así como abundantes pieles de abrigo y tejidos de lana, sacos de dormir de lana y plumas, y dos tiendas de campaña por si la expedición tuviera que abandonar el barco. La bodega del Estrella Polar se llenó de carbón y cuatro enormes barricas con diez toneladas de petróleo cada una. La expedición estaba equipada también con armas y, naturalmente, con un amplio equipo para la navegación: sondas y aparatos para medir la fuerza de las corrientes y la temperatura y densidad de las aguas a diferentes profundidades, así como sextantes para el cálculo de las posiciones y distancias con los trineos. En cuanto a los estudios científicos disponía de instrumentos para el cálculo de posiciones y las relativas a la gravedad y el magnetismo terrestres, además de un completo equipo fotográfico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>HACIA LA TIERRA DE FRANCISCO JOSÉ</strong></p>
<p>La última escala del <em>Estrella Polar </em>en tierra continental, tuvo lugar el 30 de junio en la localidad rusa de Arcángel. Allí se completó la expedición con 121 perros de distintas razas y diferentes procedencias, pero todos considerados entre los más idóneos para el arrastre de trineos en los territorios árticos. Con todo el equipo a bordo, el 12 de julio de 1899 la expedición partió del puerto ruso con el propósito de alcanzar el punto costero más al norte posible del archipiélago del Emperador Francisco José donde pasar el invierno, y de allí partir con trineos hasta el polo al término de la noche polar. Este archipiélago, descubierto por casualidad por una expedición austriaca en 1873, formado por 191 islas volcánicas, situado al noroeste del de Nueva Zembla y al este de las islas Svalbard, se halla a unos 1.000 kilómetros del Polo Norte. El 18 de julio el <em>Estrella Polar </em>se topó con la primera banquisa, un campo de hielo de grandes dimensiones movido por las corrientes, formado por témpanos sueltos y cuyo término no se alcanza a ver. Aun cuando no se pueda distinguir en las aguas, se puede detectar la presencia de la banquisa por el color del cielo, mucho más claro sobre ella por el reflejo del hielo. El día 20 los expedicionarios avistaron los vagos contornos de la isla de Northbrook, cubierta de nieve con algunos salientes oscuros, y vieron sobre las rocas grupos de focas y morsas cerca de las cabañas abandonadas por la expedición de Frederick George Jackson dos años antes. El 26 de julio, el <em>Estrella Polar </em>llegó a los hielos que marcaban el término de la zona navegable. En su búsqueda de un lugar apropiado donde invernar y preparar el asalto al Polo Norte, el 8 de agosto la embarcación de la expedición italiana alcanzó los 82º 4’ N en la isla del Príncipe Rodolfo, la más septentrional del archipiélago. Luis Amadeo de Saboya decidió entonces echar el ancla en la bahía de Teplitz, entre la costra de hielo costera y la banquisa que cerraba la bahía, para pasar allí el invierno.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LAS PENALIDADES DEL INVIERNO ÁRTICO</strong></p>
<p>Con temperaturas todavía superiores a los 0º, los expedicionarios exploraron la zona e hicieron abundantes anotaciones científicas, geológicas y de fauna y flora, y construyeron una cabaña para las jaulas de los perros. A los pocos días tuvieron que adrizar la nave porque escoraba a babor arrimada por la banquisa contra los hielos de la costa. La temperatura ya alcanzaba en las noches los -10º. Los vientos helados empujaban el barco aprisionado y la vida se hizo imposible a bordo por la escora. El 8 de septiembre la presión de los hielos abrió una ancha vía de agua, y los expedicionarios abandonaron el barco para montar el campamento invernal formando dos cabañas, una dentro de la otra, con varios recintos aislados para defenderse del frío, que ya alcanzaba en algún momento los -16º. Los víveres, las herramientas, el combustible, los diferentes aparatos y los trineos fueron trasladados unos 150 metros al interior de la costa. Mientras las noches se alargaban en otoño, llegaron las ventiscas y las nieblas a la vez que las temperaturas bajaban con rapidez. El tiempo transcurría para los expedicionarios explorando el terreno, estudiando los vientos y los movimientos de los hielos, entrenando a los perros, y aprestando los equipos de los trineos y los cayucos de lona. Antes de que el frío fuera insoportable, mataron 34 osos que habían acudido curiosos a la proximidad de las cabañas. Su carne sirvió para alimentar al campamento, la mayor parte fue para los canes, pero <em>“también comimos su carne</em>; -anotó en su diario Luis Amadeo de Saboya- <em>el corazón, la lengua y los riñones los encontrábamos sabrosos, lo demás no llegó a gustarnos”</em>.</p>
<p>En la larga noche polar, el duque de los Abruzos y su gente estudiaron el plan de ataque al Polo Norte con los trineos, y llegaron a la conclusión de que debían partir de la bahía de Teplitz el 15 de febrero, cuando los hielos eran más gruesos, para regresar al campamento entre el 15 y el 20 de mayo antes de que se fundiesen. Pero Luis Amadeo de Saboya no formaría parte de la expedición final. Durante una de las excusiones exploratorias en la víspera de Nochebuena, había sufrido la congelación de dos dedos de la mano izquierda y el médico tuvo que amputarle las falanges del anular y el corazón el 18 de enero. <em>“Con los dedos operados </em>-escribió el duque de Abruzos- <em>habríame sido imposible servirme de la mano, y, por otra parte, mi estado hubiera requerido curas diarias imposibles de hacer en una marcha”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>LA EXPEDICIÓN SOBRE EL HIELO EN BUSCA DEL POLO</strong></p>
<p>Tras un intento fallido, el 11 de marzo partió la expedición abordando la banquisa situada al norte de la isla del Príncipe Rodolfo, bajo el mando del teniente de navío Humberto Cagni, dividida en tres grupos, dos de ellos destinados a servir de apoyo logístico al tercero que intentaría alcanzar el Polo Norte. El primer grupo-lanzadera, con provisiones para 30 días, lo formaba el también teniente de navío Francisco Querini, el maquinista noruego Henrik Alfred Stökken y el guía Félix Ollier; el segundo, con provisiones para 60 días, estaba integrado por el doctor Aquiles Cavalli Molinelli y los marineros Jacobo Cardenti y Simón Canepa; el tercero, con provisiones para más de tres meses, estaba encabezado por Cagni acompañado por los guías José Pertegax y Alejo Fenoillet. La expedición contaba con 13 trineos y 104 perros. El retraso provocado por el fracasado primer intento convertía las etapas previstas en una carrera contrarreloj, porque más allá de los últimos días de mayo el deshielo ártico podía hacer imposible el regreso sobre los hielos hasta el campamento. Los expedicionarios se internaron en la banquisa helada con temperaturas entre -15º y -30º. Sabían que a partir de ese punto no encontrarían trazas de vida que les ayudaran en su supervivencia. Las raciones diarias para los hombres y los perros se establecieron por el doctor Cavalli siguiendo el patrón deducido de las experiencias de Nansen. A los hombres se les asignaron 1.265 gramos de alimentos variados. La ración de los perros constaba de medio kilo de pemmican, carne pulverizada, con una cantidad igual o mayor de grasa de buey, que en pequeñas proporciones también formaba parte de las raciones de los expedicionarios. El equipo de abrigo de cada uno de los exploradores pesaba tres kilos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA LARGA NOCHE POLAR</strong></p>
<p>En los primeros días avanzaron con lentitud. Por un lado, el clima, los fuertes vientos, la nieve seca y dura y las nieblas los castigaron con severidad; el suelo, por otro lado, sembrado de <em>hummocks</em>, bloques de hielo más o menos altos levantados por la presión que los campos de hielo ejercen unos contra otros, y la aparición de grietas y canales en la banquisa, dificultaron en grado extremo el avance hacia el norte. Además, el suelo flotaba y la medición de las distancias resultaba muy problemático. En ocasiones los cálculos de lo recorrido sobre el hielo siempre hacia el norte resultaban engañosas. Al tomar las medidas con el sextante, descubrían que no avanzaban, que incluso se estaban alejando del Polo por causa de los vientos y las corrientes que arrastraban a la banquisa en distintas direcciones. Durante la noche el frío, inferior a los -30º, convertía en hielo las ropas y los sacos de dormir. Acampados al abrigo de un <em>hummock </em>, durante las noches escuchaban en las tiendas el estruendo que producían los choques de los hielos que amenazaban con sepultarlos o ser tragados por profundas grietas. Con el paso de los días, la fatiga se dejaba notar entre los expedicionarios, obligados muchas veces a cavar en el hielo, ayudar a los perros en el arrastre de los trineos y dormir poco y mal. Según lo previsto, a los 12 días de marcha el primer grupo de apoyo dejó la expedición para llegar al campamento en los primeros días de abril. Pero los días pasaban y el grupo de Querini no aparecía. El paso del tiempo sin noticias de sus componentes hizo pensar a Luis Amadeo de Saboya que toda la expedición podría haber sufrido algún daño irreparable. El segundo grupo, que había iniciado el retorno el 31 de marzo, llegó al campamento el 18 de abril “en condiciones de salud inmejorables”, según el testimonio del duque de Abruzos. Pero la vuelta del segundo grupo antes que el primero encendió todas las alarmas entre los que habían quedado en la bahía de Teplitz. ¿Qué suerte habían corrido los del primer grupo de apoyo?. Luis Amadeo de Saboya ordenó entonces expediciones por la costa, por las banquisas más cercanas e incluso por algunas de las islas más próximas, pero no hallaron ningún rastro de su paradero.</p>
<p>Entretanto, el 25 de abril, ante las dificultadas, y superada la fecha para iniciar su retorno a Teplitz, el capitán Humberto Cagni decidió abandonar la empresa y volver con sus hombres al punto de partida. Habían alcanzado los 86º 34’ N, el punto más septentrional logrado hasta entonces por el hombre. Los perros que quedaban estaban muy cansados; algunos habían sido sacrificados para alimentar a los supervivientes; la tienda de campaña “ya está cayéndose a pedazos” contó Cagni en su diario, y el temor a que el deshielo hiciera imposible el regreso se impuso sobre la incierta aventura de llegar vivos al Polo Norte. La temperatura era de -35º y, mirando al norte, el capitán italiano escribió: <em>“más allá, sobre el nítido horizonte, divísase entre levante y poniente una especie amurallada, de color azulado, que, desde lejos, parece inaccesible. Es nuestro ‘¡Terrae ultima thule!’”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN ÉXITO CON PÉRDIDAS DOLOROSAS</strong></p>
<p>Después de dejar sobre la nieve tres pequeños canutos herméticamente cerrados con cera como prueba de su presencia allí, la expedición emprendió dio la vuelta. <em>“Fuertes corrientes heladas y falta de víveres hicieron difícil y penoso el regreso de este grupo; el cual, habiendo tenido que alimentarse durante varias semanas con carne de perro, llegó a la cabaña el 23 de junio, después de haber pasado 104 días sobre el pack (banquisa)” </em>relató el duque de Abruzos en su informe para su primo el rey Víctor Manuel III, que había heredado el trono al ser asesinado Humberto I en Monza en el transcurso de la expedición. El 16 de agosto de 1900 el <em>Estrella Polar </em>abandonó la bahía de Teplitz sin los tres desaparecidos: Querini, Ollier y Stökken. El duque de los Abruzos abandonó allí todo el equipo no necesario y víveres para alimentar durante un año a veinte personas, 4 perros y dos perras con dos cachorros que habían nacido en el invierno, con la esperanza de que los desaparecidos encontraran en algún momento el campamento. En distintos lugares de las islas del archipiélago del Emperador Francisco José dejaron para los desaparecidos depósitos visibles conteniendo cartas con la promesa de enviar una nave de socorro en el verano siguiente. El 5 de septiembre, desde el Estrella Polar divisaron las cumbres de los montes de Noruega: la expedición había terminado con tres desaparecidos y el récord de haber llegado más al norte que nadie.</p>
<p>El explorador italomadrileño Luis Amadeo de Saboya continuó su vida de aventuras. En 1906 organizó una expedición a las montañas Rwenzori, en Uganda, donde escaló 16 de sus más altas cumbres; hoy una de ellas lleva su nombre. Tres años más tarde intentó sin éxito conquistar el K2 en el Karakorum, donde una vía de ascenso se conoce como la ruta de Abruzos. Combatió en le guerra italo-turca (1911-1912) y en la Primera Guerra Mundial. Sus últimos años los vivió explorando y fundando poblados en la Somalia italiana, donde murió el 18 de marzo de 1933.</p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Tres frailes naturalistas españoles en la América Virreinal</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tres-frailes-en-america/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:41:49 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Elisabeth Eguía, Eugenio Fernández Sánchez, Javier M. Fernández-Rico, Antonio Martínez Mozo y César Pollo Mateos, del CLUB DE FAUNA de la SGE Bibliografía: Boletín 58 &#8211; La Geografía del [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Elisabeth Eguía, Eugenio Fernández Sánchez, Javier M. Fernández-Rico, Antonio Martínez Mozo y César Pollo Mateos, del CLUB DE FAUNA de la SGE</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-58-la-geografia-del-siglo-xxi/">Boletín 58 &#8211; La Geografía del siglo XXI</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Suele considerarse que la conquista española del continente americano estuvo dominada por dos preocupaciones: los metales preciosos y la necesidad de evangelizar a los indígenas. Así, los españoles habrían vivido de espaldas a esos vastos espacios desde las altas mesetas del oeste norteamericano hasta las ventosas estepas patagónicas.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>La realidad no es tan simplista y hubo hombres que recorrerían polvorientos caminos para erigir endebles parroquias y llevar la palabra de Dios a ignotas comunidades indígenas. Hablaremos aquí de tres de esos hombres. Hombres que se sirvieron de su cotidiano contacto con las poblaciones naturales, y, absorbiendo sus conocimientos sobre geografía y naturaleza, observaron, reflexionaron y tomaron conciencia de una naturaleza que se les estaba revelando. Tomaron cálamo y papel y escribieron sus observaciones y reflexiones, difundiendo ese conocimiento por la Europa de su tiempo. Podemos reivindicarlos con todo derecho como hombres que contribuyeron al conocimiento geográfico, etnográfico, botánico y zoológico de América. Como Club de Fauna, vamos aquí a destacar sus aportaciones al conocimiento zoológico de la fauna americana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN PROCÓNSUL DE IGNACIO DE LOYOLA EN TIERRAS DEL INCA</strong></p>
<p>José de Acosta (1540-1600) fue un misionero jesuita que nació en Medina del Campo. Estudió en varios colegios de la Compañía de Jesús en Castilla, especialmente el de Alcalá de Henares, entre 1559 y 1567.</p>
<p>En 1571, partiría hacia las Indias. Salió de Sanlúcar de Barrameda rumbo a La Española, donde pasó un año fogueándose como misionero. En 1572, llega a Lima, donde se desempeña como lector y predicador del Colegio de la Compañía, poniendo de manifiesto sus dotes de oratoria y elocuencia. Realiza tres viajes por el interior del Virreinato: en 1573-1574, 1576-1577 y 1578. A través de estos viajes toma conciencia de la naturaleza de Perú, así como las condiciones de vida de los indios en las minas de Huancavelica y Potosí. Aprende el quechua y, a través de él, conoce su cultura e historia. En 1576 alcanza el cénit de su carrera al ser nombrado Provincial del Perú. Tras su experiencia indiana, Acosta regresó a España en 1587, donde fue nombrado rector del Colegio de Valladolid, del de Salamanca y visitador de Aragón y Andalucía. Publica entonces (1590) la obra que aquí nos ocupa: <em>“Historia Natural y Moral de las Indias”</em>. Fallece en Salamanca a los 59 años de edad.</p>
<p>Su <em>Historia Natural y Moral de las Indias, en que se tratan las cosas notables del Cielo, elementos, metales, plantas y animales dellas; y los ritos y ceremonias, leyes y govierno y guerras de los indios </em>es un ejemplo de obra magna, a la manera de la de otros sabios naturalistas como Athanasius Kircher o Alexander von Humboldt. La obra se divide en siete libros y cada uno de ellos en capítulos, que facilitan su lectura. Trata de Astronomía y Meteorología, Hidrología y Geografía, Antropología, movimientos sísmicos y vulcanismo, recursos metalíferos -algo decisivo en la época- y su extracción, y sobre recursos alimenticios, verduras y frutas que, a día de hoy, nos siguen resultando exóticas.</p>
<p>En el quinto libro nos habla sobre los Indios y, en el sexto, en un alarde de bonhomía, se estipula que <em>es falsa la opinión de los que tienen a los Indios por hombres faltos de entendimiento</em>.</p>
<p>Es al final del libro cuarto, entre los capítulos XXXIII y XLI, donde Acosta trata la fauna de las Indias, aspecto que se va a resumir.</p>
<p>Acosta distingue la fauna introducida por los españoles, la propia de las Indias y la compartida entre las Indias y Europa. En cuanto a ésta última, Acosta incluye <em>leones, tigres, osos, jabalíes, zorras y otras fieras y animales silvestres</em>, aunque no parece entender que aparezcan en ambos lugares, ya que <em>pasar a nado el océano es imposible. </em>Termina admitiendo con candidez: <em>conforme a la divina Escritura, todos estos animales se salvaron en el arca de Noé, y de allí se han propagado en el mundo, </em>con lo que cierra provisionalmente el círculo que, siglos más tarde, reabriría Alfred Wegener con su teoría de la deriva continental.</p>
<p>Los leones <em>no son bermejos, ni tienen aquellas vedijas con que los acostumbran pintar. </em>Se refiere al puma o león americano, <em>Puma concolor</em>, Los tigres, sin embargo, son mucho más <em>bravos y crueles, y maculosos </em>(con manchas). Se trata del jaguar, <em>Panthera onca</em>, que se caracteriza por sus manchas en forma de rosa. Es habitual que se llame “tigre” en toda Hispanoamérica. La tercera categoría es la fauna autóctona, de la que nuestro jesuita se maravilla al no entender que, si todos los animales salieron del Arca de Noé tras el diluvio y, <em>si los carneros del Perú y los que llaman pacos y guanacos no se hallan en otra región del mundo, </em><em>¿quién los llevó al Perú?, ¿o cómo fueron? Pues no quedó rastro de ellos en todo el mundo; y si no fueron de otra región, ¿cómo se formaron y produjeron allí? ¿Por ventura hizo Dios nueva formación de animales? </em>Estas agudísimas preguntas volvería a hacérselas más adelante Charles Darwin tras su viaje en el <em>Beagle</em>.</p>
<p>También se describen los animales de monte: los crueles <em>porquezuelos</em>, con sus colmillos como navajas (se refiere a un pariente americano de los cerdos: los pecaríes, <em>Pecari tajacu</em>), o los armadillos: <em>yo he comido de ellos: no me pareció cosa de precio.</em></p>
<p>De toda la fauna que Acosta describe en esta obra, la que más despierta su admiración es la familia de camélidos andinos: la llama o <em>carnero de las Indias </em>que, según explica, <em>es el animal de mayores provechos y de menos gasto de cuantos se conocen. </em>Distingue dos tipos de llamas: el <em>paco </em>o <em>carnero lanudo </em>(posiblemente una alpaca) y el <em>carnero raso</em>, de poca lana, más apto para la carga.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL ENFERMERO DE OAXTEPEC</strong></p>
<p>El aragonés Francisco Ximénez de Luna, natural de la villa de Luna, en Zaragoza, se debatía entre servir a Dios o servir a los hombres. El doctor Nicolás León, en su edición de <em>Los cuatro libros de la Naturaleza</em>, Morelia, México, 1888, afirma que Francisco Ximénez estuvo recorriendo España e Italia, antes de embarcarse a las Indias.</p>
<p>En 1605 llega a Nueva España, donde en 1612 realiza su profesión en la Orden de Santo Domingo. Datos que no se han podido contrastar. Lo que sí hemos podido comprobar es que un tal Francisco Jiménez aparece en el año 1603 en la lista de pasajeros del barco <em>Alonso Gómez</em>, que llevaba una expedición de religiosos dominicos con destino a Nueva España, bajo la jefatura del procurador Antonio Gil Negrete. Por tanto, Fray Francisco ya habría profesado en España. Los dominicos viajaban a Indias en expediciones organizadas. Los religiosos se reunían en los puertos de Sevilla o Cádiz hasta que se completaba el número de los expedicionarios y, bajo la dirección de un procurador, se iniciaba la travesía que, en el caso de Nueva España, tenía como destino Veracruz.</p>
<p>Su destino fue encargarse del Hospital del Convento de Oaxtepec, en el actual estado mexicano de Morelos. Oaxtepec era un lugar conocido ya en los tiempos aztecas. Se trata de un pequeño paraíso, situado al sur de la Serranía de Ajusco, y dotado de un clima suave, bosques, fuentes y manantiales sulfurosos. Moctezuma hizo de Oaxtepec un centro medicinal: mandó plantar un verdadero jardín botánico de diversas plantas curativas y aromáticas. Pronto se hizo famoso por sus médicos, sus brujos, herbolarios y agoreros. Y pronto Oaxtepec llamó la atención de Hernán Cortés. Tal como escribía a Carlos I: <em>“Llegamos a Guastepeque, la cual huerta es la mayor y más hermosa y fresca que nunca se vio, porque tiene dos leguas de circuito, y por medio de ella va una muy gentil ribera de agua: y de trecho en trecho, cantidad de dos tiros de ballesta, hay aposentamientos y jardines muy frescos, e infinitos árboles de diversas frutas, y muchas yerbas y flores olorosas, que cierto es cosa de admiración ver la gentileza y grandeza de toda esta huerta”</em></p>
<p>Fray Francisco hacía algo más que dirigir el hospital. Leía, anotaba y reflexionaba sobre un manuscrito que, <em>“por extraños caminos” </em>había caído en sus manos. Se trataba de una <em>“Historia Natural” </em>que, sobre Nueva España, había escrito el doctor Francisco Hernández. Era un encargo del rey, en 1570, a Francisco Hernández para recoger información sobre plantas útiles, animales y minerales de aquella tierra. El viaje se convirtió en una dura prueba de siete años. Pero la tradicional desidia hispánica hizo que todo su trabajo reposara en un estante del Monasterio de El Escorial sin ser publicado. Pero varios manuscritos quedaron en Nueva España.</p>
<p>Uno de esos manuscritos llegó al Convento de Oaxtepec por desconocidas circunstancias. Cuando Fray Francisco empezó a leerlo se dio cuenta de varios errores en la nomenclatura de ciertas plantas medicinales que él conocía. Y decidió, apoyándose en su experiencia y sus conversaciones con los indígenas, revisar, corregir y aumentar la obra de Hernández. Consiguió publicarla en 1615, con sus aportaciones que sumaban 13 capítulos extra. El título completo de la obra era: <em>Cuatro libros de la Naturaleza y virtudes de las plantas y animales que están recibidos en el uso de la Medicina en la Nueva España.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p>He aquí un pequeño resumen de los animales más notables que menciona:</p>
<p><strong><em>Ayatochtly</em></strong></p>
<p><em>Que quiere decir conejo con concha de tortuga y que en español se conoce como armadillo. Es descrito como un perro de tamaño pequeño, con unas láminas duras como la concha de una tortuga, con pezuñas como los del erizo terrestre.</em></p>
<p><strong><em>Themacuilcahuya</em></strong></p>
<p><em>Cierto género de lagarto. Tiene la cola larga y las patas cortas, la lengua que mueve de un lado al otro, bermeja, partida en dos, cubierto el cuerpo por un cuero duro con pintas pequeñas leonadas y blancas. </em>Se trata del “Monstruo de Gila” <em>Heloderma suspectum, que tiene mordedura venenosa.</em></p>
<p><strong><em>Acuitzpalin</em></strong></p>
<p><em>Lo que llaman cocodrilos o caimanes, que viven en muchas lagunas de Nueva España, estanques y otras aguas</em>. México es uno de los países donde coexisten caimanes, con una especie: Caiman crocodylus, y cocodrilos: Cocodrilo de Río <em>(Crocodylus acutus</em>) y el Cocodrilo de Pantano <em>(Crocodylus moreletii)</em>.</p>
<p><strong><em>Axolotl</em></strong></p>
<p><em>Un tipo de pez que se encuentra en las lagunas, tiene cuatro patas como una lagartija. El vientre pintado con unas manchas grises, con una cola larga, nada con cuatro pies terminados en cuatro dedos semejantes a los de las ranas. A quien lo come, provoca lujuria. Semejante a la carne de anguila, suelen comerse fritos, asados o cocidos, con pimienta, clavo, con chile. </em>Aunque se describe como “pez”, en realidad el ajolote <em>Ambystoma mexicanum </em>es un anfibio emparentado con las salamandras y tritones. Es endémico de las lagunas de México.</p>
<p><strong><em>Yhuana</em></strong></p>
<p><em>Un tipo de lagarto que los habitantes de La Española llaman yhuana y lo mexicanos Qiauhcuetzpalin. Se duda si es carne o pescado, porque habita tanto en el agua como en tierra, como las tortugas. </em>Se trata de la conocida <em>Iguana iguana</em>, ampliamente distribuida por América.</p>
<p><strong><em>Lobos marinos</em></strong></p>
<p><em>Hay una gran cantidad en ambos océanos de Nueva España. Es un animal muy fiero y enemigo de los tiburones con quien no se atreven, salvo que sean muchos contra un solo lobo marino. </em>La referencia a los dos océanos testimonia la presencia de la foca monje del Caribe <em>Neomonachus tropicalis </em>extinguida en 1952. En el Pacífico son abundantes los otarios <em>Zalophus </em>y los elefantes marinos <em>Mirounga angustirostris.</em></p>
<p><strong><em>Gatos paules</em></strong></p>
<p><em>Que llaman otzumetli. Se encuentran en las tierras calientes de Nueva España, tienen la cabeza casi como la de los perros, quieren a sus crías al extremo, se mueven de árbol en árbol, pasan los ríos cogidos de las colas. Tiene una sola cría que cuidan con extraordinaria piedad y amor, las crían en las altas cumbres de los montes. </em>En español, se hacía la distinción entre monas, o sea, simios sin cola, y gatos paúles, o simios con cola.</p>
<p><strong><em>Tapayaxin</em></strong></p>
<p><em>Lo que los españoles llaman Camaleón. Una especie de lagartija, pero con el cuerpo redondo y liso. Tiene la cabeza muy dura y horrible por las puntas que tiene dispuestos con forma de guirnalda. Tiene una cosa muy notable y única, y es que apretándole los ojos y lastimándoselos echa por ellos unas gotas de sangre hasta dos y tres pasos de distancia. Es el lagarto espinoso mexicano Phrynosoma orbiculare.</em></p>
<p><strong><em>Teuchtlacoçauhqui</em></strong></p>
<p><em>La señora de las serpientes. Es una fiera atroz que los españoles por ser su mordedura mortal llaman víbora. </em>Es inequívoco que se está describiendo aquí una de las especies de la serpiente de cascabel: <em>El mismo número de años que tiene la serpiente corresponde al número de cascabeles que le nacen en la parte posterior de la cola.</em></p>
<p><strong><em>Yzqviepatli</em></strong></p>
<p><em>Que nosotros llamamos zorrillo. Tiene casi dos palmos de largo, el hocico delgado y las orejas pequeñas, el cuerpo negro y con pelo, principalmente cerca de la cola, que es larga y cubierta de un pelo blanco y negro como la misma espalda. </em>Se está describiendo a la mofeta, uno de los mustélidos (familia de las comadrejas) más notables de Norteamérica: <em>Además, todo él tiene un mal olor y su orina y el estiércol huele como ninguna otra cosa en el mundo por lo que cuando se encuentra en peligro basta con orinar o expeler las heces para librarse de cualquier cosa porque nadie se acercará a menos de seis u ocho pasos.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>VOLCANES Y QUETZALES. LA FASTUOSA NATURALEZA GUATEMALTECA</strong></p>
<p>Fray Francisco Ximénez de Quesada está considerado como uno de los más importantes historiadores dominicos del siglo XVIII. Su obra tiene como objetivo un honesto interés por conocer y valorar la cultura indígena de Guatemala. Nació en Écija, en 1666 y desde pequeño mostró vocación religiosa, por lo que al término de sus estudios ingresa en la orden de los dominicos, y se traslada a América, donde fue párroco en varias localidades de Guatemala, como Chichicastenango, entonces Santo Tomás de Chuilá. El viaje desde España no era fácil. Había que realizar el recorrido marítimo entre Sevilla/Cádiz y Veracruz. Luego había que ganar Ciudad de México y, desde la antigua capital azteca, se tomaba el camino hacia Chiapa de Corzo para tomar el denominado Camino Real hasta Ciudad de Guatemala, conocido desde tiempos aztecas, y que servía para el intercambio del cacao de las Tierras Calientes por la obsidiana y jade guatemaltecos. Allí, Fray Francisco aprendería las lenguas mayas, quiché, cakchiquel y tz’utujil. Moriría en la Antigua Guatemala en 1723.</p>
<p>A principios del siglo XVIII, mientras ejercía como cura en la actual población de Santo Tomás Chuilá, hoy Chichicastenango (Guatemala), descubrió y tradujo el <em>Popol Vuh</em>, el libro sagrado de los quichés, considerado el libro nacional de Guatemala.</p>
<p>Como muchos otros misioneros, plasmó sus experiencias viajeras en una detallada descripción etnográfica y naturalista del país: <em>“La Historia natural del Reino de Guatemala” </em>(1722). El libro describe la flora y fauna de Guatemala y anota las propiedades de plantas y animales, su aprovechamiento medicinal e industrial, así como las creencias indígenas. Nos hemos basado para su estudio en la edición de 1967.</p>
<p>Destacaremos aquí las especies animales más notables mencionadas en su obra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong><em>Los animales</em></strong></p>
<p>Destaca de entre ellos la <strong><em>danta</em></strong><em>, que se asemeja al elefante. Se cría en las montañas más altas. Feroz e indómito, no se domestica. </em>Se refiere al tapir centroamericano <em>Tapirus bairdii</em>, un pariente de los caballos y rinocerontes.</p>
<p>Describe la <strong><em>cibola</em></strong><em>, que en un principio se tomó por gran toro o vaca, pero sin duda pertenece a otra especie de animal. Es de hechura del ganado vacuno y tiene cuernos, pero de pelo tan crecido y espeso, que su piel sirve de colchón para los caminantes, sin necesitar de más cama. </em>Es ésta una referencia notable. Los españoles llamaban “cíbolo” al bisonte americano Bison visón, que en Centroamérica estaba extinguido. ¿Tuvo noticias Fray Francisco de poblaciones supervivientes en el Reino de Guatemala?</p>
<p>Habla del <strong><em>lobo</em></strong>, <em>que aquí llaman coyote, y es muy común. Es animal sumamente desvergonzado y atrevido.</em></p>
<p>Los <strong><em>erizos </em></strong><em>son parecidos a los de Europa, aunque con las puntas algo amarillas, y sacudiéndolas llenan las bocas de los perros de ellas. </em>Los “erizos”, que no existen en América, son los puercoespines de la familia Erethizontidae, que son roedores.</p>
<p>De los <strong><em>monos</em></strong><em>, todos ellos poseen cola. Son domesticables y aprenden muchas cosas. Otros, con barbas muy largas y se les hincha mucho la garganta cuando gritan. </em>Es seguro que el mono que grita es el mono aullador <em>Alouatta</em>.</p>
<p><em>Del animal que aquí llaman </em><strong><em>tigre</em></strong>, narra que hay dos géneros, <em>y el más común es grande. </em>Los dos géneros de “tigre” se refieren, el grande, al jaguar <em>Panthera onca </em>y el pequeño el ocelote <em>Leopardus pardalis </em>o el tigrillo <em>Leopardus tigrinus</em>.</p>
<p><em>Al animal que en España se llama comadreja, aquí la llaman </em><strong><em>cux</em></strong><em>, y es muy parecida. Es mayor que la rata más grande, entra por cualquier hueco y mata a las gallinas. </em>Aquí se hace referencia a la zarigüeya <em>Didelphis virginiana.</em></p>
<p><strong><em>Las culebras</em></strong></p>
<p><em>En Guatemala hay tantas que son innumerables. De entre ellas, destaca la que comúnmente llaman </em><strong><em>Mazatcuat</em></strong><em>, que en mejicano significa culebra de venados, porque llega a tener un tamaño tan considerable que puede llegar a ser como un buey. </em>Es la <em>Boa constrictor </em>que hoy recibe el nombre de <em>“mazacuata”</em>.</p>
<p><strong><em>Las aves</em></strong></p>
<p>Destaca una de las aves más hermosas que existe en América: el <strong><em>queçal</em></strong>, <em>Es como una paloma verde, con tonos azules y encarnados y tiene como una corona en la cabeza, que asemeja una diadema que lo embellece. </em>El espectacular quetzal, preciosa ave nacional de Guatemala, sólo en ese país tiene siete especies. Pertenece al género <em>Trogon</em>.</p>
<p>También habla sobre el <strong><em>tecolote</em></strong>, <em>ave nocturna a la que los indios maltratan ya que dicen que es mensajera del infierno. </em>Es el nombre que en Centroamérica se le da a los búhos.</p>
<p><strong><em>Los peces</em></strong></p>
<p>A destacar el <strong><em>manatí</em></strong>, <em>de tamaño de un ternero de año, siendo su cabeza muy similar a este último. De cola ancha, llega a las orillas a comer hierba, como los bueyes. </em>Llama la atención la inclusión del manatí, un mamífero, dentro del grupo de los peces.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Menciona también las <strong><em>tortugas</em></strong>, muy numerosas y diversas. <em>Ponen sus huevos todos juntos en la arena y luego los tapa, y allana el suelo para que no se note. </em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Pepita de Oliva, la bailarina viajera</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/pepita-de-oliva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:24:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eva Díaz Pérez Bibliografía: Boletín 57 &#8211; Las islas &#160; Revolucionó los teatros de Europa, provocó la pasión de los espectadores, impuso modas y, después de una escandalosa historia [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Eva Díaz Pérez</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-57-las-islas/">Boletín 57 &#8211; Las islas</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Revolucionó los teatros de Europa, provocó la pasión de los espectadores, impuso modas y, después de una escandalosa historia de amor, se convirtió en la abuela de la mujer que inspiró a Virginia Woolf. En algunas tiendas de anticuarios aún hoy se puede encontrar alguna de las muñecas con castañuelas que se popularizaron con el nombre de Pepita de Oliva, una muchacha pobre que había nacido en el barrio del Perchel en la Málaga de 1830 y que fue una de las bailarinas más célebres de su época.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Josefa Durán y Ortega, conocida popularmente como Pepita de Oliva “la Estrella de Andalucía” (1830-1871), pertenece a esa saga de mujeres que triunfaron en Europa con la fiebre de los bailes españoles. La popularidad de España como destino de los viajeros del Norte durante el Romanticismo hizo que estas danzas y la moda de lo meridional provocaran la curiosidad en Europa. Los paisajes exóticos de soles salvajes, los monumentos de pasado medieval y el orientalismo, y los pintorescos personajes del país fascinaban a los viajeros. Los forasteros buscaban su aventura española. Su pasión española. Dispuestos a caer rendidos en los brazos de apasionadas mujeres, se preparaban para peligrosos recorridos por la España profunda, amenazados por bandoleros y contrabandistas en las sierras escarpadas de Despeñaperros o en los caminos de Ronda.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PASIÓN ESPAÑOLA</strong></p>
<p>La moda española crea furor en Francia cuando la granadina Eugenia de Montijo se casa con Napoleón III y se convierte en emperatriz de Francia. En Inglaterra los viajes de Richard Ford y los dibujos de él y de su esposa Harriet ataviados con trajes españoles provocan fascinación. Así, triunfan las basquiñas de satén, los volantes de encaje negro, los amplios escotes realzando el pecho, las mantillas, las cinturas imposibles ‘gracias’ a las torturas del corpiño, y los cabellos recogidos y entrelazados con una flor que se convierten en la marca española. Es la moda que llevarán las bailarinas que popularizan las danzas españolas y que las mujeres de toda Europa intentarán copiar. Los caballeros se conformaron con admirar las bellezas meridionales desde el palco de los teatros.</p>
<p>Pepita de Oliva fue una de aquellas hermosas bailarinas españolas que recorrió los escenarios de Europa con gran éxito. Otra célebre artista fue Petra Cámara, a la que el mismísimo Gautier elogió en uno de sus poemas, Emaux et Camées. También ocurrió con Lola de Valencia, que aparece en una cuarteta de Baudelaire y fue pintada por Manet, el artista que amaba todo lo español. Y Dolores Serral, Manuela Perea, llamada La Nena, o Josefa Vargas, que fueron aclamadas en Londres y París. Otra de esas musas españolas fue Adela Guerrero, a quien Courbet inmortalizó en un lienzo. El arte las salvó de las modas pasajeras de su siglo. Tanta fama tuvo la danza española que incluso muchachas que no eran españolas se convirtieron en afamadas bailarinas, como ocurrió con la irlandesa Lola Montes y la austriaca Fanny Elsser, que incluso aprendió a bailar la cachucha, un baile que se había inventado en el Cádiz asediado por las tropas napoleónicas, durante la Guerra de la Independencia, y que ella popularizaría en América. O Marie Guy Stéphan, la francesa que se hizo célebre interpretando las boleras de Cádiz, y que realizó una gira por España, entre 1846 y 1848, con los aires andaluces que se habían reinventado en los escenarios franceses.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA HUELLA DE LA BAILARINA POR TODA EUROPA</strong></p>
<p>En las vitrinas de algunos museos y en las páginas de álbumes del pasado aún podemos ver grabados de Pepita de Oliva en los que aparece bailando la cachucha o la danza llamada Olé. Pepita de Oliva fue sin duda la más grande y popular de todas las bailarinas españolas. También fue una gran viajera que recorrió toda Europa, desde los países escandinavos hasta el sur del continente, pasando por Francia, Inglaterra o Alemania, donde August Conradi, autor del <em>Berliner Couplet </em>y de óperas, vodeviles y farsas, le dedicó la <em>Pepita Oliva Polka</em>; y Johan Strauss hijo compuso la polca <em>Pepita (Polka-Pepita, opus 138)</em>, que precisamente se interpretó en el pasado Concierto de Año Nuevo en Viena.</p>
<p>Viena y las ciudades del imperio austrohúngaro fueron otros grandes destinos de Pepita de Oliva. Ese mundo decadente  hermoso, del viejo imperio que languidecía con elegancia en los fabulosos salones, acogió a la bailarina española con entusiasmo. La viajera-bailarina recorrió todo el imperio para bailar en los más importantes teatros desde Viena a Budapest pasando por Praga o Brno. Imaginamos a Pepita de Oliva mirando asombrada por la ventanilla de su carruaje los fabulosos paisajes de bosques, pueblos y valles junto al Danubio, que atraviesa para cumplir con sus compromisos escénicos. Pero lo mejor era cuando la bailarina llegaba a su destino. Era entonces cuando se despertaba la pasión que incluso llegó a tener un nombre: delirium Pepitatorum. Sucedía con sus admiradores cuando se asomaba al balcón del hotel en el que se alojaba o cuando su carruaje llegaba al teatro. La fiebre se desataba hasta el <em>delirium Pepitatorum </em>al salir después del espectáculo. En la opera de Berlín o en Viena se produjeron curiosas escenas cuando sus seguidores quitaron de su lugar a los caballos del carruaje para llevarla ellos mismos hasta el hotel donde residía. De alguna forma, con la malagueña Pepita de Oliva se creó un auténtico fenómeno fan ya a mediados del siglo XIX.</p>
<p>La huella de la bailarina andaluza fue indudable. No se trata de un personaje del pasado que fue célebre en su tiempo y que ya nadie recuerda. Eso ha ocurrido -como en tantas ocasiones- en su país natal, pero no en los lugares donde triunfó. De hecho, aún existe una palabra checa que designa un tipo de tela con diminuto ajedrezado de color negro y blanco que lleva el nombre de Pepita porque era la curiosa tela que ella solía utilizar en sus actuaciones. Los tejidos con este estampado se llaman “pepita” o “pepito” y suelen utilizarse hoy en día para pantalones masculinos y para los trajes enteros de dama. En polaco también existe la palabra “pepitka” y en alemán “der/das pepita”. Con el tiempo, en muchos lugares la tela pepita es típica de algunos manteles e incluso es la base del vestido profesional de carniceros y cocineros, según apunta el investigador Pavel Stepánek en <em>Las andanzas de la bailarina española Pepita de Oliva por Europa Central</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL CASO SACKVILLE-WEST</strong></p>
<p>Pero la fama y la popularidad como bailarina no son las únicas razones por las que Pepita de Oliva provocó el asombro de su tiempo. La artista se había casado con su maestro de baile, Juan de Oliva, del que había tomado su nombre. Sin embargo, mantuvo un intenso romance con el diplomático sir Lionel Sackville-West. No fue una relación breve. De hecho, duró toda la vida y de esa pasión nacieron varios hijos ilegítimos, ya que el caballero inglés también estaba casado. La pareja se trasladó a vivir a la localidad de Arcachón (Francia) y llamaron a su residencia Villa Pepita. Allí nacieron sus hijos Maxilien, Flora, Amalia, Henry y Victoria. Pepita Oliva murió de sobreparto a los cuarenta y un años de edad. Su muerte provocó verdadera conmoción en el mundo artístico, y también en los mundanos salones de sociedad. Lionel Sackville-West sufrió por la muerte de Pepita y no dudó en publicar en la prensa francesa un obituario en el que, después de anunciarse con su cargo diplomático de secretario de la embajada inglesa en París, pedía la asistencia de sus amigos y colegas para el funeral que se celebró el 21 de marzo de 1871 para el descanso de su esposa Josefina, condesa de Sackville-West. En la muerte había decidido hacer aún más pública su relación adúltera declarándola en la prensa.</p>
<p>El caso Sackville-West fue muy conocido en la época porque llegó a los tribunales cuando Pepita de Oliva murió y los hijos reclamaron la paternidad del diplomático inglés. Una de esas hijas era Victoria, la que sería madre de un popular personaje de la Inglaterra victoriana: Vita Sackville-West, baronesa de Sackville (1862-1936), que fue amante de la escritora Virginia Woolf.</p>
<p>La madre de Vita, e hija de Pepita de Oliva, fue rechazada por la conservadora sociedad victoriana que nunca admitió en sus círculos a la hija adúltera fruto de los devaneos de un caballero inglés con una exótica bailarina que ellos creían gitana al relacionarla con los mundos del baile andaluz. Victoria terminará casándose con su primo el diplomático Harold Nicolson y se instalará en la lujosa mansión del señorío de Knole, en Kent, donde finalmente nació Vita. Vita se convirtió en escritora y diseñadora de jardines, pero sobre todo protagonizó uno de los escándalos de su tiempo a causa de las relaciones lésbicas que mantuvo durante toda su vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA HISTORIA DE VITA, DIGNA NIETA DE SU ABUELA</strong></p>
<p>Vita siempre se fascinó con la historia de su abuela, aquella muchacha malagueña que llegó a ser una famosa bailarina y que recorrió los más grandes escenarios de Europa. De hecho, creía que su carácter indómito y extravagante se debía a la herencia genética de su abuela española. Incluso decidió escribir un libro en el que relataba la historia de Pepita, basándose en las investigaciones que había hecho un detective que su familia había contratado para conocer el origen de la bailarina, cuando tuvo lugar el juicio para demostrar la paternidad. Aquel detective había viajado a España, y buena parte de las pesquisas sirvieron más tarde a Vita para escribir el libro que dedicó a su abuela, y que tituló <em>Pepita</em>. En España, la editorial Tusquets lo publicó hace algunos años y es un hermoso homenaje a la mítica bailarina gracias al emocionado relato escrito por su nieta.</p>
<p>Vita Sackville-West, autora de novelas como <em>Los Eduardianos</em>, <em>Toda pasión apagada </em>o las biografías sobre Juana de Arco y María Luisa de Orleans, acompañó a su marido en algunos de sus destinos diplomáticos en Turquía o Irán. Fruto de esas experiencias es el interesante libro de viajes Pasajera a Teherán. Con él tuvo dos hijos, pero siguió manteniendo relaciones lésbicas toda su vida. Uno de los romances más célebres fue el que tuvo con Virginia Woolf, quien se inspiró en ella para su novela <em>Orlando</em>, que cuenta la historia de un mismo personaje quien, a lo largo de varias épocas, es indistintamente hombre o mujer. Parece que incluso en un viaje a París que hizo con Violeta Trefusis, una de sus más sonadas aventuras, se travistió de hombre y se hacía llamar Julien.</p>
<p>Precisamente este año se estrenará en el cine la película <em>Vita &amp; Virginia</em>, de la directora Chanya Button, que recrea la historia de amor entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West y que estará protagonizada por Eva Green y Gemma Arterton. Además, la escritora Pilar Bellver acaba de publicar una novela sobre este romance: <em>A Virginia le gustaba Vita</em>.</p>
<p>Sin embargo, la fascinación libresca por esta curiosa saga de mujeres que se inicia con la bailarina viajera Pepita de Oliva no se termina ahí. La historia continúa de actualidad a raíz del libro escrito por la nieta de Vita Sackville-West, Juliet Nicolson, titulado <em>A House Full of Daughters</em>. Una obra que narra la historia de hasta siete generaciones de este extravagante linaje. Una obra que, junto al inminente estreno de la película <em>Vita &amp; Virginia</em>, rescata para el gran público la asombrosa historia de estas mujeres que rompieron los esquemas de su época.</p>
<p>Pepita de Oliva, la Estrella de Andalucía, aún se puede descubrir en las crónicas que se guardan en las hemerotecas del siglo XIX, en muñecas de anticuario y hasta en una manufactura de porcelana que reproducía en serie su figura. Fue sin duda una mujer que provocó la fascinación de su tiempo, asombró a los escenarios europeos y recorrió los caminos del continente en diligencias cargadas con baúles de sus trajes españoles que provocaron una auténtica fiebre. La artista que cautivó a un lord inglés y que escandalizó a sus coetáneos, y en cuya tumba, en los románticos jardines de la mansión francesa conocida como Villa Pepita, su amante y padre de sus hijos mandó escribir este epitafio: Aquí descansa Josefina, condesa de Sackville.</p>
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<p>&nbsp;</p>
<p>* Periodista y escritora, acaba de publicar <em>Travesías históricas. Viajeros andaluces que contaron el mundo.</em></p>
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		<title>Jacinto Verdaguer y Francesc Cambó. Dos catalanes en Oriente Medio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jacinto-verdaguer-francesc-cambo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jul 2023 08:17:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ana Puértolas Bibliografía: Boletín 56 &#8211; Especial canales: Caminos de agua &#160; Cada uno de ellos fue un gigante en sus respectivas áreas y épocas. Verdaguer, además de sacerdote [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jacinto-verdaguer-francesc-cambo/">Jacinto Verdaguer y Francesc Cambó. Dos catalanes en Oriente Medio</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Ana Puértolas</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-56-especial-canales-caminos-agua/">Boletín 56 &#8211; Especial canales: Caminos de agua</a></p>
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<p><strong>Cada uno de ellos fue un gigante en sus respectivas áreas y épocas. Verdaguer, además de sacerdote entregado, escritor, poeta, místico y hasta exorcista, fue un gran viajero y recorrió en 1886 Tierra Santa <em>“per conèxer a Jesucrist”</em>. Casi cuarenta años más tarde, en 1923, Cambó, político conservador catalanista y ministro con AlfonsoXIII, viajó hasta Turquía con el propósito de comprobar de primera mano cuál era la situación del gran coloso de Oriente Medio tras el desmoronamiento del imperio otomano.</strong></p>
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<p><strong>MOSSEN JACINTO, UN CATÓLICO DEVOTO ENTRE INFIELES</strong></p>
<p>Nacido en 1845 en Folgueroles, estuvo ligado profundamente a su tierra, a sus tradiciones y a su lengua, con tanta intensidad como lo estaba a su misión sacerdotal. Extremadamente inquieto y curioso, se lanzó a conocer de primera mano la comarca donde había nacido, y se convirtió en un senderista infatigable recorriendo las montañas cercanas (de allí su poema épico Canigó). Paso a paso alcanzó las cumbres más altas del Pirineo oriental, explorando la Cerdanya, l´Alt Urgell, la Ribagorza, el Valle de Arán y la Alta Garrotxa. Vestido con su sotana, calzado con los zapatos de diario y sin más equipo que un gran paraguas se lanzaba a los senderos más inseguros y afrontaba los desniveles más abruptos. Estos contactos directos con su país constituyeron la fuente y la inspiración de sus poemas, donde su amor por Cataluña estuvo siempre impregnado de su devoción religiosa.</p>
<p>Mientras las caminatas no paraban, su dedicación a la escritura le fue dando más satisfacciones y recompensas, sus poemas épicos fueron alcanzando importantes premios, y él mismo fama dentro de la literatura catalana. De hecho, hoy en día es considerado por los expertos en el tema ser quien consagró el catalán como lengua literaria.</p>
<p>Sus conocimientos, sin embargo, no se limitaban a su entorno más próximo. Acompañando a sus protectores, los marqueses de Comillas, en 1883 realizó un crucero por el Mediterráneo, y al año siguiente tuvo la oportunidad de conocer París, Ginebra, Berlín y San Petersburgo.</p>
<p>Es en este contexto cómo se puede entender y apreciar su viaje a Tierra Santa y su libro “Dietari d´un pelegri”. No era Mossen Jacinto en absoluto un típico cura rural, por muy apegado a su tierra y a su lengua que estuviera. Era un mossen viajado y leído, y esa doble condición se refleja en sus comentarios sobre las poblaciones y los pobladores con los que se fue encontrando a lo largo del recorrido. Del mismo modo que sale a luz constantemente la mentalidad de un católico ferviente, de principios firmes y convicciones sólidas, la de un capellán formado en la segunda mitad del siglo XIX, poseedor de la única fe verdadera y denostador de las falsas religiones. Los párrafos que siguen muestran su espanto ante el comportamiento de los cristianos ortodoxos en el templo del Santo Sepulcro, un comportamiento, por cierto, que puede ser el mismo de muchos cristianos católicos en algunos lugares santos:</p>
<p><em>“Lo sant Sepulcre (vergonya fa´l dirho) ha pres la forma de teatre ab sos</em><em> palcos y galeries. Los grechs, possessors de la major part de la Basílica, lloguen a altíssim preu ses tribunes y sos intercolumnis.[&#8230;] La devoció </em><em>n´es fugida estona hà. Se mentja com a casa, s´enrahona com al carrer, se</em><em> riu y´s juga com en una fira, y a baix los hòmens s´agiten, se mouen d´ací d´allà, corren, s´apilonen, pujant en castell los uns sobre´ls altres. [&#8230;] Confesso que jo n´hauria fugit espantat desde´l principi si hagués trobada la porta oberta y lo pàs lliure. ¡Quína paciencia la de nostre Senyor! </em>Su visión de los judíos orando ante el Muro de las Lamentaciones tampoco tiene desperdicio. Tras una descripción de cómo “los juhheus més fervorosos de la ciutat” se acercaban al muro del Templo, dándose golpes con la cabeza y llorando ante las piedras, comenta sus oraciones, interpretando de una manera una tanto peculiar los sentimientos de quienes rezan ante los restos del Templo de Salomón: <em>¡Pobres fills d´Abraham! D´ençà que Jesucrist, ab la creu al coll, digué a </em><em>les filles de Jerusalem: No ploreu sobre Mi, ploràu sobre vosaltres y sobre</em><em> vostres fills”, ells ploren; mes, com observa un viatger, ses llàgrimes son estèrils, perque no es pas l´arrepentiment que les fa caure”</em></p>
<p>Su concepto “dels orientals” también parece responder a los prejuicios propios de un católico occidental hacia los correligionarios locales al afirmar que: <em>“Respecte a la devoció, ´m sembla que no entra molt endins del cor dels</em><em> orientals, sinó que´s queda molt per sobre.” Añadiendo: “Si demanden alguna cosa al convent y no se´ls dona, cambien de religió, fins qu´en la nova també tenen algun disgust, que´ls fa tornar enrera”</em></p>
<p>Y sobre su xenofobia hacia los musulmanes, muy extendida en la sociedad de aquellos años, siempre se cita un párrafo de los que dan escalofríos: <em>“(&#8230;) Raça fanàtica, sorda i cega, ramada d’homes que el profeta Mahoma</em><em> junyí a son carro en son triomf a través de l’Àfrica, l’Àsia i Europa, moros que tenen una fe cega, tan cega que necessita de la nit de la ignorancia per viure (&#8230;)”.</em></p>
<p>Con todo es su profunda fe la que domina ese Dietari, una emoción permanente en su encuentro con la tierra de Jesús, que puede resumirse en estas palabras de su prólogo:</p>
<p><em>«L’anada a Terra Santa</em><em> m’ha apagada aquexa set, i ja no desitjo ni espero fer altre viatge que el de l’eternitat, quan hora sia.” </em>Según cuentan sus biógrafos, el viaje por Tierra Santa alteró tanto el ánimo de Mossen Jacinto que a su vuelta se dedicó exclusivamente a cuidar de las capas sociales más desfavorecidas, apartándose de la buena sociedad que hasta entonces había frecuentado. Al parecer, se dedicó a socorrer a los necesitados y a la oración, pasando pronto a tomar contacto con videntes y exorcistas, desatando el escándalo y las reprimendas de sus superiores. Pero esa es otra historia distinta a la nuestra, tan sólo señalar que volvió al buen camino del sacerdocio y que, tras su muerte, gozó de un entierro multitudinario.</p>
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<p><strong>EL POLÍTICO CAMBÓ VIAJA A TURQUÍA</strong></p>
<p>Nació don Francisco en 1876, un año antes de que Mossen Jacinto disfrutara del premio extraordinario de los Juegos Florales de Barcelona con su gran poema épico <em>La Atlántida</em>. Y como él, catalanista convencido, se valió de su lengua materna, el catalán, en sus muchos escritos. El que nos ocupa en estas páginas es su curioso libro <em>Visions d´Orient</em>, que, como señala uno de sus más conocidos biógrafos, el historiador Jesús Pabón, “<em>&#8230;es de lectura amenísima. Si tal o cual afirmación hecha en él puede parecernos hoy históricamente discutible, se nos impone el conocimiento de tierras y de personas, e incluso el apasionamiento que sostiene el discurso o la narración.</em>” En él se recogen los artículos publicados en <em>“La Veu” </em>a partir de enero de 1924, en los que da cuenta de sus impresiones sobre la situación política de Turquía tras la caída del imperio otomano, y sus relaciones históricamente encontradas con la vecina Grecia. Fue precisamente su viaje por Turquía en 1923, realizado para palpar y conocer más a fondo la situación de aquel país, el que constituye la fuente de sus comentarios y observaciones. Especialmente notable es su visión sobre la nueva República turca de Mustafá Kemal, y las diferencias que llega a establecer entre su figura y el pasado movimiento de los Jóvenes Turcos. Así señala:</p>
<p><em>“Quan Mustafa Kemal es r voltá contra el govern de Constantinoble [&#8230;]a Occident ningú no va fer-ne cas. Más tarde, els comentaristes occidentals de les cosas d´Orient asimilaren el moviment d´Angora a la revolució des Joves-Turcs. I, no obstant, entre l´un i altre moviment hi havia un abisme.” </em>Y pasa en ese momento a señalar el carácter puramente imitativo con respecto a Occidente de esa revolución, mientras que “el movimiento de Ankara”, el de Kemal, asegura, se basa en la restauración de las tradiciones propias, la reaparición de un estado nacional turco, alejado de ese arruinado símbolo del imperio otomano que es Constantinopla. “<em>la Nació turca, dictamina, apartada de la influencia de Constantinoble, ha retrobat l´expresssió autèntica de la seva raça i del seu esperit nacional</em>”.</p>
<p>Habrá que recurrir de nuevo al libro de Jesús Pabón, (la única biografía para la que se contó con los materiales proporcionados por la familia): <em>“Cambó, en el capítulo de las responsabilidades por el desastre “de Grecia y de Inglaterra, de Lloyd George y de Lord Curzon-, insiste: Venizelos “pensaba en el Imperio Otomano, única realidad que tuvo en cuenta; no pensó que, dentro de un Imperio Otomano definitivamente muerto, hubiese una nación turca en la plenitud de su vida. Del Imperio Otomano no qwuedaba nada, pero quedaba Turquía, que dejaba ser la fuerza hegemónica de un estado complejo para convertirse en un </em><em>estado-nación; una cosa[&#8230;]mucho más sólida y resistente que el Imperio Otomano”.</em></p>
<p>Conviene subrayar aquí la perspicacia de Francisco Cambó, quien pudo percibir, por debajo de la derrota de un imperio, la creación de una nueva nación, en manos de un dirigente enraizado con su país y con su gente, una realidad que costó mucho reconocer a la mayor parte de los políticos occidentales. Comentando el desastre griego en Esmirna, Cambó señala: <em>“Mustafà Kemal no era solament un gran general: era i és un formidable polític; un home la qualitat suprema del qual és de saber manar y de saber infondre confiança cega i devoció fanàtica a aquells que comanda. La intensitat del seu fervor patriòtic no li obscurí mai una visió exactíssima de les realitats, tant militars com politiques.”</em></p>
<p>Sin duda los artículos de Cambó, reunidos en el libro Visions d´ Orient, fruto de su viaje en 1923, constituyen un testimonio de gran interés para conocer la opinión de la Europa occidental sobre aquella Turquía, la cabeza de un Imperio destruido en la que estaba surgiendo ya una gran nación.</p>
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<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p><em>Jacint Verdaguer, Dietari d´un pelegri a terra santa, Edicions Proa S.A. 1999.</em></p>
<p><em>Francesc Cambó, Visions d´Orient, Editorial Catalana, 1981</em></p>
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