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	<title>Boletín 17 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 17 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Los náufragos de Yucatán</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Apr 2020 07:30:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 17]]></category>
		<category><![CDATA[El Seno Mexicano]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Pedro Páramo Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo MayaLos náufragos de Yucatán El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto:</strong> Pedro Páramo</p>



<p>Boletín 17 &#8211; Especial sobre el Mundo Maya<br>Los náufragos de Yucatán<br><br><strong>El naufragio a principios del siglo XVI de Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero en las costas de Yucatán y su supervivencia durante años entre los mayas es una de las historias más emocionantes de la conquista Española del Nuevo Mundo. Es el primer encuentro entre dos mundos.</strong></p>



<p>Los primeros días de marzo de 1519, la expedición mandada por el capitán Hernán Cortés se hallaba en el norte de isla de la Santa Cruz (Cozumel) frente a las costas de Yucatán abasteciéndose de agua y víveres. Era el primer domingo de cuaresma y Cortés estaba comiendo, después de haber oído misa, cuando le anunciaron que se acercaba a la isla una canoa a vela navegando por el canal que la separa del continente en dirección a donde estaban fondeados los barcos españoles. Salió el capitán a mirar y, como la embarcación desviara su rumbo, mandó a Andrés de Tapia que con algunos hombres vigilara aquella canoa y apresara a los ocupantes si ponían pie en tierra. Poco después regresaron los soldados conduciendo a siete indios casi desnudos, algunos con los cabellos trenzados anudados en la frente y armados con arcos y flechas. Cuando los cautivos llegaron ante Cortés, se sentaron en cuclillas frente a él. El capitán preguntó entonces a Tapia:</p>



<p>–¿Quién es el español?</p>



<p>–Yo soy –respondió un indio con el pelo trasquilado como el de los esclavos, que cubría sus vergüenzas con un rudimentario braguero y portaba un remo y un bulto en las manos envuelto en tela.</p>



<p>Cortés se dirigió a él, le ayudó a alzarse, le abrazó y le cubrió con su capa amarilla con guarnición carmesí. A continuación, ordenó que le dieran camisa, jubón, alpargatas y zaragüelles, los amplios pantalones propios de los marineros de aquella época. Allí mismo en la playa, bajo el despiadado sol del mediodía en el trópico, los soldados y marineros que luego dominarían la Nueva España escucharon, embargados por la emoción, la historia más sorprendente de las vividas hasta entonces por españoles en América. Según el relato que puede establecerse a partir de las distintas crónicas que refieren el hecho, así entraron en la historia de las exploraciones y conquistas Jerónimo de Aguilar, natural de Écija, que había recibido órdenes menores y estaba llamado a representar un destacado papel en la conquista de México, y de su mano, el marinero Gonzalo Guerrero, el primero que nació europeo y murió indio.</p>



<p><strong>LA INCREIBLE HISTORIA DE AGUILAR Y GUERRERO</strong></p>



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<p>En 1511, España dominaba las Antillas y el Caribe. La América continental todavía era una gran mancha en blanco en los mapas que se actualizaban constantemente a partir de los testimonios de los navegantes llegados de los confines de lo conocido. Las islas La Española (Santo Domingo-Haití) y Fernandina (Cuba) actuaban como bases avanzadas para la gran conquista que se preparaba. Sus puertos recibían las flotas que venían de Sevilla y de ellos partían las expediciones para la exploración de nuevos territorios. El propio Hernán Cortés había salido de La Habana el 10 de febrero de 1519 y recalado en la isla de Cozumel antes de lanzarse a reconocer y conquistar la tierra firme que se hallaba al oeste. El piloto de su expedición, Antón de Alaminos, de Palos de Moguer, conocía bien aquella isla desde la que se veía el continente: había estado en ella en 1517, bajo el mando de Francisco Hernández de Córdoba, y en la primavera de 1518, con Juan de Grijalva.</p>



<p>Los indios mayas de la península de Yucatán habían hecho frente a las dos expediciones sin dejarse impresionar por los cañones y las armas de fuego más ligeras de los españoles. Hernández de Córdoba perdió veinte hombres –dos de ellos fueron sacrificados a los ídolos mayas– y él mismo falleció poco después en su residencia cubana como consecuencia de las 33 heridas recibidas durante su incursión en tierra continental americana. El año anterior a la llegada de Cortés, los indios yucatecos habían matado a dos soldados de la expedición de Grijalva y herido a medio centenar. Grijalva sufrió dos flechazos y salió de aquellos combates con dos dientes quebrados.</p>



<p>Además del piloto Alaminos, que había iniciado su carrera como grumete en el cuarto viaje de Colón, acompañaban a Cortés algunos veteranos de las expediciones anteriores, como el salmantino Francisco de Montejo –que tras la conquista sería el primer gobernador del Yucatán colonial– el vallisoletano de Medina del Campo Bernal Díaz del Castillo o el vizcaíno Martín Ramos, que conocían por experiencia la hostilidad y bravura de los indios mayas. Estos dos últimos habían contado a Cortes haber oído a los indígenas de Campeche mencionar varias veces la palabra “castilian” para referirse a los españoles, señal inequívoca de que habían visto a otros con anterioridad por aquellas costas. Uno de los cometidos asignados por el gobernador de Cuba a la expedición de Grijalva consistía precisamente en rescatar a posibles cautivos en poder de los indígenas.</p>
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</div>



<p>La aparición en el horizonte de los barcos de Cortés hizo que los habitantes de la costa norte de Cozumel abandonaran los poblados y se refugiaran en la espesura. Los españoles los persiguieron por el monte y al encontrar a la mujer del jefe, al que los indios llamaban <em>calachioni</em>, la convencieron para que todos regresaran a sus casas con la promesa de respetar sus personas y sus pertenencias. Sirvió de intérprete en esta conversación Melchor o Melchorejo, que con los dos nombres aparece en las crónicas, un indio apresado por Hernández de Córdoba dos años antes y trasladado a Cuba donde había aprendido castellano. Melchor se uniría más adelante a los indios hostiles a Cortés y, conocedor de las fuerzas expedicionarias y de sus debilidades, les animaría y les guiaría para combatir a los españoles.</p>



<p>Cuando Hernán Cortés se reunió con los calachionis de la isla, les preguntó si habían visto a otros españoles antes de ellos. De nuevo con el auxilio de Melchor, los jefes le informaron que había hombres barbados en poder de los caciques de tierra firme, a dos soles (jornadas) de la costa y que, precisamente, unos días antes los habían visto allí algunos mercaderes que acababan de volver de allí. Cortés ofreció entonces a estos comerciantes numerosos regalos para que hicieran llegar a los cautivos una carta instándoles a acudir a Cozumel. Según la versión de Francisco López de Gómara, clérigo soriano que fue capellán de Hernán Cortés en los últimos años de vida del conquistador, la carta decía así:</p>



<p><em>“Nobles señores: yo partí de Cuba con once navios de armada y quinientos cincuenta españoles, y llegué aquí a Acuzamil (Cozumel), desde donde os escribo esta carta. Los de esta isla me han certificado que hay en esa tierra cinco o seis hombres barbudos, y en todo a nosotros muy semejantes. No me saben dar ni decir otras señas; mas por éstas conjeturo y tengo por cierto que sois españoles. Yo y estos hidalgos que conmigo vienen a descubrir y poblar estas tierras, os rogamos mucho que dentro de seis días que recibiereis ésta, os vengáis para nosotros, sin poner otra dilación ni excusa. Si vinieseis todos, tendremos en cuenta y gratificaremos la buena obra que de vosotros recibirá esta armada. Un bergantín envío para que vengáis en él, y dos naos para seguridad. Hernán Cortés”.</em></p>



<p>La carta salió hacia su destino oculta en el cabello de uno de los dos indios mensajeros y Cortés, por sugerencia de los calachionis, les entregó también ropas y cuentas para que pagaran rescate si lo exigían los caciques que los tenían esclavizados. A continuación, el capitán mandó apercibir los dos navíos de menor porte con veinte ballesteros y escopeteros a las órdenes de Diego de Ordás para que se dirigieran al cabo Catoche, en el extremo nororiental de la península de Yucatán, a unos cuarenta kilómetros de donde se hallaba el grueso de la flota y aguardara allí la llegada de los que se pudieran rescatar. Ordás esperó en vano ocho días y el noveno regresó a donde estaba la flota.</p>



<p>Al día siguiente, martes de carnaval, desesperanzado de dar con aquellos desgraciados, la escuadra española zarpó con rumbo Norte, siguiendo la derrota de la expedición anterior de Grijalva. Viajaban en once navíos quinientos ocho soldados –de ellos 36 ballesteros y trece escopeteros–, ciento nueve marinos, entre maestres, pilotos y marineros y dos capellanes. Estos efectivos, con dieciséis caballos, constituían el grueso de la armada que iba a conquistar México. Pero poco después de haber rebasado Isla Mujeres, navegando en dirección el cabo Catoche, uno de los barcos más grandes disparó un cañonazo que alarmó a la flota y los que viajaban a bordo de las naves más cercanas oyeron dar grandes voces. El bergantín mandado por Juan de Escalante, el que llevaba el cazabe, tenía una vía de agua que las dos bombas del barco no eran capaces de achicar. Cortés, sin dudar, dio orden a la flota de regresar a Cozumel y descargar aquel alimento para que no se estropease. El cazabe, que los españoles llamaban pan de las Indias, se hace exprimiendo y amasando pulpa de yuca hasta formar una torta que, asada luego en la plancha, se conserva durante un año. Altamente nutritivo, se había convertido en poco tiempo en el sustento básico de las tripulaciones que navegaban por el Caribe, donde el trigo escaseaba; la pérdida de aquel barco y de su carga hubiera representado un serio contratiempo para la expedición de Hernán Cortés.</p>



<p>La reparación de la nave hendida llevó cuatro jornadas. Fue al quinto día, con la escuadra lista para zarpar de nuevo, cuando se presentó en Cozumel Jerónimo de Aguilar en su canoa. El encuentro del de Écjia con los españoles de Andrés de Tapia ha sido narrado con gran emotividad por los distintos cronistas que recogen el hecho, aunque difieren en algunos detalles. Bernal Díaz del Castillo escribe que los indios que venían en la canoa se asustaron al ver a los españoles y querían volverse, pero que Aguilar los tranquilizó y que, después de saltar a tierra, se dirigió a sus compatriotas y <em>“en español, mal mascado y peor pronunciado, dijo ‘Dios y Santa María y Sevilla’; e luego le fue a abrazar el Tapia”. López de Gómara, que dice que la nave averiada que motivó el regreso de la flota a Cozumel fue la de Pedro de Alvarado y no la de Escalante, refiere así aquel momento: “El otro (Aguilar) se adelantó, hablando a sus compañeros en lengua que los españoles no entendieron, que no huyesen ni temiesen; y dijo luego en castellano: ‘Señores, ¿sois cristianos?’ Respondieron que sí, y que eran españoles. Alegróse tanto con tal respuesta, que lloró de placer. Preguntó si era miércoles, pues tenía unas horas durante las cuales rezaba cada día. Les rogó que diesen gracias a Dios; y él se hincó de rodillas en el suelo, alzó las manos y ojos al cielo, y con muchas lágrimas hizo oración a Dios, dándole gracias infinitas por la merced que le hacía de sacarlos de entre infieles y hombres infernales, y ponerle entre cristianos y hombres de su nación’” </em>Las horas a las que se refiere este cronista es un llamado ‘libro de horas’, especie de manual de oraciones que recogía las plegarias propias de cada momento del día. Estos libros eran los más frecuentes en los barcos españoles del siglo XVI y Jerónimo de Aguilar, que había recibido órdenes menores y había conservado esta obra religiosa durante todo su cautiverio.</p>



<p>Al encontrarse con Hernán Cortés, Jerónimo de Aguilar explicó los motivos de su demora en acudir a la cita. Los comerciantes de Cozumel le habían entregado la carta del capitán dos días después de haber sido desembarcados en la playa pero él, al conocer la presencia de los españoles en la costa, había corrido a llevar el mensaje a otro español, llamado Gonzalo Guerrero, que vivía en otro poblado más alejado. Luego se había presentado en el punto fijado para el encuentro en compañía de dos de los mercaderes de Cozumel, pero al no encontrar los barcos, se había vuelto a su poblado. Al ver que la flota regresaba a la isla fue cuando se embarcó en la canoa para presentarse ante sus compatriotas.</p>



<p><strong>JERÓNIMO DE AGUILAR, EL PRIMER INTÉRPRETE DE CORTÉS</strong></p>



<p>Jerónimo de Aguilar había nacido en Écija en 1489, hijo de Alonso Hernández “El Ronco” y Juana García. Desde muy niño había leído libros de historia que narraban las hazañas de persas, griegos y romanos. En 1509 se había embarcado con Diego Colón para La Española y en noviembre de ese mismo año se unió a la expedición de Diego de Nicuesa, enviada a descubrir y colonizar las costas de Veragua y el Darién (hoy en Panamá). Como consecuencia de los enfrentamientos de Vasco Núñez de Balboa con Nicuesa por el control de aquella porción de tierra firme, Aguilar embarcó dos años después para retornar a La Española. López de Gómara y Bartolomé de las Casas mantienen que salió en el barco de Juan de Valdivia enviado por Balboa a pedir al gobernador víveres y apoyo para su causa; pero parece ser que iba con Nicuesa y sus partidarios cuando fueron expulsados de Darién por Vasco Núñez de Balboa llevando diez mil (Díaz de Castillo) o veinte mil (Gómara) pesos en oro para el rey, porque Nicuesa nunca regresó a La Española. Lo cierto es que la embarcación de Jerónimo de Aguilar naufragó en unos bajos que unos llaman de los Alacranes (Solís) y otros de las Víboras (Gómara) cerca de Jamaica.</p>



<p>Veinte de los náufragos, entre ellos dos mujeres, consiguieron subirse a un bote <em>“sin&nbsp; vela, sin agua, sin pan, y con un ruin aparejo de remos”, </em>escribe Francisco López de Gómara. En la relación de este cronista, Jerónimo de Aguilar cuenta en primera persona sus desventuras : <em>“&#8230; y así anduvimos trece o catorce días, y al cabo nos echó la corriente, que allí es muy grande y recia, y siempre va tras el sol a esta tierra, a una provincia que llaman Maia. En el camino se murieron de hambre siete, y hasta creo que ocho. A Valdivia y otros cuatro los sacrificó a sus ídolos un malvado cacique, en cuyo poder caímos, y después se los comió haciendo fiesta y plato de ellos a otros indios. Yo y otros seis quedamos en caponera a engordar para otro banquete y ofrenda; y por huir de tan abominable muerte, rompimos la prisión y echamos a huir por los montes; y quiso Dios que topásemos con otro cacique enemigo de aquél, y hombre humano, que se llama Aquincuz, señor de Xamanzana; el cual nos amparó y dejó las vidas con servidumbre, y no tardó en morirse. De entonces acá he estado yo con Taxmar, que le sucedió. Poco a poco se murieron los otros cinco españoles compañeros nuestros”. </em>Cortés quiso conocer entonces las características de aquellas tierras de Yucatán y el número de poblados de tierra firme y Aguilar le informó que sabía que había muchos pueblos, aunque durante su cautiverio sólo había hecho un viaje de unas cuatro leguas (unos veinte kilómetros) para transportar una carga tan pesada que no había podido con ella y que había enfermado en el camino; el resto del tiempo lo había pasado acarreando agua y leña y cultivando maizales.</p>



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<p>A continuación, Aguilar relató así, en versión de López de Gómara, la historia del otro superviviente de aquel naufragio de 1511: <em>“No hay más que yo y un tal Gonzalo Herrero, marinero, que está con Nachancan, señor de Chetemal (Chetumal, hoy capital del estado de Quintana Roo), el cual se casó con una rica señora de aquella tierra, en quien tiene hijos, y es capitán de Nachancan, y muy estimado por las victorias que le gana en las guerras que tiene con sus comarcanos. Yo le envié la carta de vuestra merced, y a rogarle que se viniese, pues había tan buena coyuntura y aparejo. Mas él no quiso, creo que de vergüenza, por tener horadada la nariz, picadas las orejas, pintado el rostro y manos a estilo de aquella tierra y gente, o por vicio de la mujer y cariño de los hijos”.</em></p>
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<p><strong>GONZALO GUERRERO, EL PRIMER ESPAÑOL MAYA</strong></p>



<p>La historia de Gonzalo Guerrero o Herrero resulta en nuestro tiempo más apasionante aún que la de Jerónimo Aguilar, pues se trata del primer renegado seducido por la cultura indígena americana, el primer español que se hizo maya y el padre de los primeros mestizos hispanoamericanos. De su vida se tienen muy pocas noticias. Algunos autores le consideran natural de Palos de Moguer; otros, como Gonzalo Fernández de Oviedo, dicen que había nacido en Niebla. Era hombre de la mar, no soldado, y al igual que Aguilar había llegado a América en las primera expediciones del siglo XVI. Algunos historiadores sostienen que Guerrero sobrevivió a la desastrosa expedición de Alonso de Hojeda a la Colombia actual en 1509 y fue rescatado por Diego de Nicuesa. Lo incuestionable es que formaba parte de la tripulación del barco que naufragó en los bajos próximos a Jamaica y que fue uno de los supervivientes que las corrientes arrojaron en las costas de Yucatán.</p>



<p>¿Llegó a recibir la carta de Cortés? ¿Habló Aguilar con Guerrero para instarle a que regresara con los españoles? El franciscano Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán, escribe: <em>“y que Aguilar contó allí su pérdida y trabajos y la muerte de sus compañeros y cómo le fue imposible avisar a Guerrero en tan poco tiempo por estar más de ochenta leguas de allí”. </em>Los demás historiadores de la época refieren que Jerónimo de Aguilar aseguró haberle avisado. Bernal Díaz del Castillo hasta da una versión novelesca del encuentro: <em>“Y caminó Aguilar adonde estaba su compañero, que se decía Gonzalo Guerrero, en otro pueblo, cinco leguas de allí, y como le leyó las cartas, Gonzalo Guerrero le respondió: ‘Hermano Aguilar: Yo soy casado y tengo tres hijos, y tiénenme por cacique y capitán cuando hay guerras; idos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¡Qué dirán de mí desde que me vean esos españoles ir de esta manera! Y ya veis estos mis hijitos cuan bonicos son. Por vida vuestra que me deis de esas cuentas verdes que traéis, para ellos, y diré que mis hermanos me las envían de mí tierra’. Y asimismo la india mujer del Gonzalo habló a Aguilar en su lengua, muy enojada, y le dijo: ‘Mira con qué viene este esclavo a llamar a mi marido; idos vos y no curéis de más pláticas’. Y Aguilar tornó a hablar a Gonzalo que mirase que era cristiano, que por una india no se perdiese el ánima, y si por mujer e hijos lo hacía, que la llevase consigo si no los quería dejar. Y por más que le dijo y amonestó, no quiso venir”.</em></p>



<p>En la versión de Jerónimo de Aguilar que transcribe Díaz del Castillo se retrata a Gonzalo Guerrero como el instigador de la resistencia de los mayas a los primeros exploradores españoles de Yucatán y se recoge el desprecio de Cortés hacia aquel renegado, un desprecio que expresarán de una u otra manera todos los cronistas de la conquista y la colonia. <em>“Los indios le tienen por esforzado </em>–dice Díaz del Castillo–; <em>y que había poco más de un año que cuando vinieron a la punta de Cotoche una capitanía con tres navíos – parece ser que fueron cuando vinimos los de Francisco Hernández de Córdoba– , que él fue el inventor que nos diesen la guerra que nos dieron, y que vino él allí por capitán, juntamente con un </em><em>cacique de un gran pueblo, según ya he dicho lo de Francisco Hernández de Córdoba. E cuando Cortés lo oyó, dijo: ‘En verdad que le querría haber a las manos, porque jamás será bueno’”.</em></p>



<p><strong>DOS HOMBRES Y DOS DESTINOS</strong></p>



<p>La diferente elección tomada por los dos primeros españoles que pisaron las tierras de Yucatán ha marcado la también distinta consideración que los historiadores de uno y otro lado del Atlántico han tenido con estos personajes. Para los españoles, Jerónimo de Aguilar fue un héroe, fiel a su cultura e instrumento de incalculable valor en la conquista de Nueva España. La expedición de Cortés salió a la mar al día siguiente de haber recuperado al náufrago cautivo de los mayas. Navegó hacia al Norte como tenía previsto, hasta llegar a la actual costa de Tabasco, donde los españoles pudieron hacerse entender por los indígenas gracias a Aguilar, que hablaba con soltura su mismo idioma. Cuando más adelante los indios del istmo regalaron a Cortes varias nativas, entre ella Malintzin, <em>“gran cacica e hija de grandes caciques y señora de vasallos”, </em>los españoles se aseguraron la traducción fiel de sus propósitos durante toda su campaña de conquista de México. Malintzin (bautizada Marina) había sido apresada de niña por los mayas de Tabasco y hablaba perfectamente el idioma de Yucatán y el suyo, el nahuatl, propio de los aztecas y otras tribus del altiplano. A partir de entonces, hasta la toma de Tenochtitlan (la capital de México), Cortés se dirigía a Aguilar en castellano, Aguilar traducía sus palabras al maya y Marina las expresaba en el idioma azteca.</p>



<p>Jerónimo Aguilar tuvo una vida tranquila en el México colonial; según parece murió antes de 1531, “de bubas, mal vénereo”, de acuerdo con documentos del Archivo de la Historia de Yucatán, Campeche y Tabasco. Aunque clérigo, tuvo dos hijas con una india llamada Elvira Toznenitzin. En la historia indígena recogida en la Crónica de Chac-Xulub-Chen, Aguilar se unió a una hija del cacique Ah Maum Ah Pot y la abandonó al volver con los españoles. Años después de su muerte una de sus nietas contó episodios de su aventura en una de las informaciones de servicios y méritos que tenían lugar ante la administración colonial para obtener concesiones de la Corona.</p>



<p>Gonzalo Guerrero, el primer “hombre llamado caballo” en América, el primer “bailando con lobos” que luego ha popularizado el cine, es uno de los raros casos de aculturación en la que se impone la cultura menos compleja lo que confiere a su elección una aureola de romanticismo muy apreciada hoy día entre nosotros.</p>



<p>No son convincentes las razones que aducen los autores de la época, como Diego de Landa, para explicar su decisión, basadas en el afecto hacia su mujer indígena y sus hijos; como tampoco lo son las de los idealistas que creen que el andaluz se sintió embelesado por la belleza y armonía de un mundo que los europeos estaban a punto de arruinar para siempre. En aquellos tiempos las diferencias entre las dos culturas enfrentadas en América no eran tan profundas como las que hoy se dan entre los pueblos más avanzados y los más atrasados del mundo; para un español emigrado que huía del hambre, la “calidad de vida” de la civilización maya podía representar una aceptable vía de escape. Lo verdaderamente decisivo en este caso fue, sin duda, la intolerancia y fanatismo religioso que imperaba en la España del siglo XVI; Gonzalo Guerrero sabía que si regresaba con los españoles su vida podía ser un infierno, forzado al tener que explicar a la Inquisición una y otra vez sus marcas corporales, siempre bajo sospecha de apostasía. El episodio de Jerónimo Aguilar de rodillas en la playa de Cozumel haciendo profesión de fe y mostrando a Andrés de Tapia el libro de las horas como prueba de que en ningún momento había abjurado de su fe durante su cautiverio, ilustra mejor que nada los motivos de su compañero de infortunio para seguir indio.</p>



<p>Gonzalo Guerrero se hizo maya con todas las consecuencias, hasta el punto de que los cronistas destacan su papel activo como jefe militar de los indígenas. Diego de Landa dice que <em>“es creíble que fuese idólatra como ellos” </em>y señala que <em>“se distinguió ganando muchas victorias contra los enemigos de su señor y les enseño a los indios a luchar, mostrándoles como levantar fuentes y bastiones”. </em>Se sabe con certeza que encabezó las huestes mayas que combatieron a Alonso Dávila, enviado por el adelantado Francisco de Montejo a conquistar Bacalar y Chetumal en 1527. Entre 1533 y 1535 combatió con fiereza a los españoles que habían fundado una ciudad frente a la isla de Tamalcab, en la bahía de Chetumal, hasta que los obligo a retirarse, dejando abandonadas la iglesia y todas las construcciones. Así, entre batallas, vivió hasta su trágico final peleando con sus antiguos compatriotas. La última referencia que se tiene de él, figura en un documento del contador real de Honduras Andrés de Cerezeda, redactado después de la batalla librada en Puerto Caballos el 13 de agosto de 1536. <em>“El cacique Cicumba, declaró que durante el combate que había tenido lugar dentro de la albarrada, un cristiano español llamado Gonzalo Aroca (Guerrero) había sido muerto de un escopetazo. Es el que vivía entre los indios de la provincia de Yucatán y además, es el que dicen que arruinó al adelantado Montejo. Ese español muerto en el combate </em>–detalla el informe–<em>, estaba desnudo, con tatuajes en el cuerpo y usaba los adornos que emplean los indios”. </em>Jerónimo Aguilar es sólo un nombre en las historias de la conquista de América; Guerrero es, además, un mito y una leyenda en las tierras de la península de Yucatán: fue el primer español indio; documentadamente, el primer padre de mestizos por convicción o conveniencia y no como fruto de ultraje y la violación de las indígenas. Por ello, el nombre de Gonzalo Guerrero lo estudian hoy en las escuelas los niños yucatecos y figura en numerosas calles y monumentos de los estados mexicanos de Quintana Roo –que lo consideran uno de sus fundadores–, Campeche y Yucatán, asociado los valores de la libertad, la tolerancia y la lucha contra el imperialismo.<br><br></p>
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		<title>Internet, viaje virtual a las Médulas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/internet-viaje-virtual-a-las-medulas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:50:05 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Elpatrimonio histórico y artístico constituye un factor de identidad de una cultura que se erige en el presente como un testigo de la evolución de las sociedades. Consecuentemente, el estudio del legado de otras épocas nos ayuda a discernir los rasgos de nuestra personalidad colectiva como el fruto del devenir de los siglos, y en suma, nos explica quiénes somos y por qué somos como somos. En el campo de la investigación histórico-artística se cuenta en la actualidad con un poderoso aliado en las tecnologías de la información y las comunicaciones, dado que abren un abanico de posibilidades inimaginables. Por una parte, las técnicas de digitalización de monumentos o entornos arqueológicos permiten su reproducción precisa en mundos virtuales en tres dimensiones (3D) para su estudio pormenorizado o para su reconstrucción con fidelidad y realismo, de forma que el visitante tiene la sensación de estar recorriendo físicamente ese monumento. Por otro lado, la proliferación de las redes de comunicaciones y de Internet acerca ese patrimonio digital a cualquier lugar del mundo, favoreciendo su difusión y conocimiento.</p>
<p class="bodytext">Dentro de las actividades de acción social y cultural del Grupo Telefónica, canalizadas a través de Fundación Telefónica, figura en lugar destacado la cultura y su relación con las tecnologías. Dentro de este campo, a finales de 2003 Fundación Telefónica y la Fundación Las Medulas han firmado un convenio de colaboración para crear una página web de esta fundación y, a través de ella, reproducir en realidad virtual en 3D la Zona Arqueológica de Las Médulas, en León. El objetivo concreto de esta iniciativa es desarrollar un portal de Internet dedicado a este yacimiento que ofrezca al visitante información acerca del parque cultural, en distintos formatos multimedia: fotografía, textos e itinerarios virtuales.</p>
<p class="bodytext">El proyecto iniciado con la Fundación Las Médulas se estructura en dos etapas. En una primera fase se ha desarrollado el portal (www.fundacionlasmedulas.org) en el que se incluye información sobre la Fundación Las Médulas y sus diversas actividades, así como del parque, todo ello por medio de textos y fotos. En la segunda etapa se incorporará el material multimedia, en concreto, una serie de itinerarios en visita virtual y una animación que recogerá la evolución histórica de este paisaje leonés. De cara a potenciar y enriquecer los contenidos expuestos, se utilizarán animaciones multimedia interactivas en Macromedia Flash, fotografía panorámicas de 360º para reproducir vistas especialmente significativas o pintorescas, fragmentos de vídeo digital y recreaciones en 3D de enclaves concretos.</p>
<p class="bodytext">La Zona Arqueológica de Las Médulas es un paisaje histórico y cultural resultado de la intervención romana a lo largo de los siglos I y II d.C. y de los cambios experimentados en ese territorio hasta la actualidad. Su valor es excepcional, hasta el punto que fue incluido en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO en 1997. Su mayor riqueza se debe a que, por un lado, fue la mayor mina a cielo abierto de todo el Imperio Romano y por otro, porque no se trata de un paisaje fósil, sino que, desde el abandono de la minería, ha estado sujeto a una constante evolución que convierta a la zona en un recurso de interés cultural y natural vivo y, por tanto, necesitado de una explotación racional.<br />
Es, en definitiva, un bien no renovable que necesita la implicación de todos para convertirla en un bien duradero.</p>
<p class="bodytext">Con la página web, además de difundir las actividades de la Fundación las Médulas, se pretende conseguir una plataforma en torno a la cual se articulen las principales actividades de investigación y gestión de la zona. Además, a medida que las actividades de la Fundación se consoliden, la página servirá como centro de referencia para investigadores y gestores cuya actividad se centre en Parques<br />
Culturales.</p>
<p class="bodytext">En este sentido, en el reconocimiento de Las Médulas como Paisaje Cultural ha tenido un papel esencial la investigación científica llevada a cabo en la zona desde hace casi 30 años. La importancia de este paisaje no es algo que viene dado de antemano: la investigación ha sido esencial para su correcta valoración, su protección y su posterior gestión. Desde 1988 la investigación de Las Médulas ha centrado la actividad de un equipo de investigadores del Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Instituto de Historia del CSIC (www.ih.csic.es/lineas/territorio/index.htm) y en el que han colaborado numerosos investigadores de otros centros.</p>
<p class="bodytext">Los trabajos de este equipo –articulados en torno a distintos proyectos de investigación– han permitido entender Las Médulas como un excelente ejemplo de la imbricación de distintos aspectos tecnológicos y económicos, de relaciones sociales y cuestiones políticas y administrativas y de los engranajes que<br />
permitieron la conexión entre estos diversos niveles.</p>
<p class="bodytext">Los proyectos llevados a cabo en Las Médulas han permitido obtener una visión global de la zona entre los siglos III a.C. y III d.C. El objetivo principal del trabajo del equipo del CSIC ha sido la investigación –con una finalidad clara de valoración y explotación racional– de Las Médulas como un paisaje cultural, entendido como manifestación visible y presente de la interacción que se produjo entre unas determinadas comunidades y el medio natural que éstas ocuparon y explotaron. Por ello el estudio de Las Médulas exige una colaboración interdisciplinar entre investigadores y profesionales dedicados a campos científicamente diversos – la arqueología y las ciencias de la tierra – pero con intereses convergentes. Una buena muestra del trabajo desarrollado en la ZAM es el centenar de yacimientos inventariados hasta ahora, las áreas descubiertas en dos castros prerromanos (El Castrelín de San Juan de Paluezas y el Castro de Borrenes) y en dos poblados romanos (Las Pedreiras de Lago y Orellán); o los novedosos resultados sobre el proceso antiguo de prospección y evaluación de los yacimientos auríferos, obtenidos a través de una serie de muestreos a la batea.</p>
<p class="bodytext">La investigación de Las Médulas cobra sentido si contribuye a su valoración y a su desarrollo, no sólo científico, sino también social. Por eso, todo el trabajo llevado a cabo por este equipo de investigación se ha realizado desde una perspectiva científica y patrimonial a la par, que valora Las Médulas como un paisaje cultural, es decir, como resultado de un proceso histórico. Esto es especialmente importante en un área en la que el patrimonio arqueológico es uno de los recursos más importantes. La labor del equipo del CSIC pretende que este patrimonio sea tenido en cuenta en cualquier decisión relativa a la gestión de la zona; por ello sus esfuerzos se dirigen a que las iniciativas sociales, económicas y culturales sean cada vez más efectivas para el desarrollo de la zona, a la vez que se protege este paisaje cultural.</p>
<p class="bodytext"><strong>Telefónica Móviles</strong></p>
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		<title>Exploradores y arqueólogos en el mundo maya</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/exploradores-y-arqueologos-en-el-mundo-maya/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:49:35 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 17]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>A principios del siglo XIX, una de las más ricas y complejas civilizaciones de la América indígena precolombina, que alcanzó su máximo esplendor y desarrollo en el Período Clásico (300-900), [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">A principios del siglo XIX, una de las más ricas y complejas civilizaciones de la América indígena precolombina, que alcanzó su máximo esplendor y desarrollo en el Período Clásico (300-900), esperaba a ser descubierta bajo la frondosa vegetación tropical. Tras la conquista y posterior colonización de la península de Yucatán, numerosos cronistas describieron las costumbres e historia del pueblo maya. Sus obras permanecieron olvidadas y los grandes centros ceremoniales del Mayab, abandonados desde mucho tiempo antes de la llegada de los españoles, quedaron como mudos testigos de una época de esplendor. Ciudades monumentales de evocadores nombres como Copán, Chichén Itzá o Palenque fueron lentamente devoradas por la selva y un clima hostil.</p>
<p class="bodytext">En aquellos tiempos los nativos del Nuevo Mundo eran, a los ojos de la mayoría de europeos, poco más que salvajes. Ni siquiera los pueblos que habitaban Centroamérica antes de la llegada de los conquistadores merecieron la más mínima atención. Los relatos de Hernán Cortés, Bernal Díaz del Castillo y otros exploradores y misioneros eran desconocidos o bien, considerados producto de su imaginación. Los escasos aventureros que se habían internado en la selva y visto con sus propios ojos las soberbias ruinas de templos y palacios se negaban admitir que fueran obra de los indígenas. Por entonces existía la creencia de que Centroamérica había sido colonizada en tiempos remotos por las “tribus perdidas de Israel” y muchos estudiosos estaban dispuestos a reconocer en la fisonomía de los indios “rasgos Copán y Palenque como glífica que había visto en evidentemente semitas”. En 1835 un coronel del ejército guatemalteco, Juan Galindo, publicaba el libro Descripción de las ruinas de Copán, incluyendo varios dibujos del lugar y las edificaciones que él había explorado. Galindo fue el primero en identificar la escritura jeroexclusiva de la cultura maya. Este trabajo no pasó desaper-<em>A través de la selva.</em> cibido para un joven abogado neoyorquino, John Lloyd Stephens, quien estaba convencido que en el pasado una magnifica civilización había florecido en Centroamérica y que su arte y arqueología merecían investigarse. Stephens, junto al arquitecto y dibujante inglés Frederick Catherwood iban a recorrer entre 1839 y 1841 toda la Península de Yucatán.</p>
<p class="bodytext"><strong>DIOSES, SELVA Y RUINAS</strong></p>
<p class="bodytext">John Lloyd Stephens, nacido en 1805 en Shrewsbury, New Jersey, era un joven polifacético, brillante abogado, diplomático e incansable viajero. Tras recorrer buena parte de Oriente Medio y sus ciudades legendarias como Petra, navegar el Nilo y explorar las principales pirámides y monumentos de Egipto, publicó varios libros de éxito sobre sus experiencias. Pero tras su inicial pasión oriental, Stephens iba a dedicar los siguientes años de su vida al descubrimiento de cultura y la civilización maya y a escribir importantes obras sobre sus expediciones, <em>Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan</em> (1841) e<em>Incidents of Travel in Yucatan</em> (1843). Su compañero de fatigas, Frederick Catherwood era arquitecto, dibujante, ingeniero y arqueólogo, había nacido en Londres el 27 de enero de 1799. Era un hombre políglota y magnifico ilustrador que en su juventud también había recorrido el antiguo Egipto dibujando sus colosales edificaciones.</p>
<p class="bodytext">Los dos aventureros se conocieron en 1836 en Londres. Para entonces Stephens ya había estudiado el material existente en la época sobre las antiguas civilizaciones americanas, incluidos los relatos de Antonio del Río sobre las excavaciones de Palenque en 1787 auspiciadas por Carlos lll. No fue difícil convencer al inquieto Catherwood para viajar al corazón de la selva yucateca y comprobar in situ si la existencia de monumentales ciudades mayas era cierta. Se le pagaría 1.500 dólares a cambio de su trabajo como arquitecto, delineante, topógrafo y dibujante. Además John Lloyd Stephens fue nombrado embajador de los Estados Unidos ante el Gobierno de América Central, una magnifica posición que le garantizaba inmunidad diplomática ante un viaje lleno de incógnitas. El 3 de octubre ambos personajes embarcaban en el bergantín Mary Ann rumbo a Belice, en la entonces Honduras Británica ignorando el gran descubrimiento que les aguardaba en el corazón de la selva. Serian los primeros occidentales en contemplar las maravillas de la civilización maya. Entre el equipaje de Catherwood destacaba un equipo completo de topografía, papel para dibujar, lápices, plumas, tinta de sepia, cámara lúcida y un par de pistolas. El norteamericano llevaba dos revólveres, un machete, un mosquitero, una colección de credenciales oficiales y gran cantidad de puros. Un mes más tarde desembarcaban en Belice.</p>
<p class="bodytext">En aquel primer viaje ninguno de los dos sabia con lo que iban a encontrarse, los nombres de Copán, Palenque o Uxmal estaban envueltos en un halo de misterio. Estas ciudades no estaban marcadas en los mapas y sin embargo los relatos hablaban de ellas como grandes y poderosos centros políticos y religiosos, dotados de una arquitectura monumental. “Stephens y Catherwood avanzaban entre un paisaje como jamás lo hubieran podido imaginar: la selva verde y enmarañada, que crispaba los nervios e irritaba los sentidos. Del suelo ascendía el vaho del lodo y de maleza corrompida&#8230; Por la noche, cuando despertaba la jungla, vociferaban los monos, chillaban los loros, se oían rugidos sordos, apagados de pronto, como los que profiere una bestia agredida cuando muere violentamente. Los dos aventureros, a lomos de mulas, iban cubiertos de arañazos y ensangrentados, sucios de fango y con los ojos inflamados, preguntándose en aquel país que parecía virgen desde los comienzos del mundo: ¿era posible que existieran edificios de piedra y tan grandes como se decía?&#8230;” Así nos describe<br />
C.W. Ceram en su famoso libro <em>Dioses, tumbas y sabios</em> (1957) las peripecias de los exploradores rumbo a Copán, el extenso sitio arqueológico ubicado en la actual Honduras. Tras varios días de camino por sendas impracticables, agobiados por el calor, la humedad y los insectos, llegaron por fin a la pequeña aldea de Santa Rosa de Copán, “media docena de miserables chozas”, como la describió Stephens.</p>
<p class="bodytext">Cuando al día siguiente subieron los escalones en ruinas de las imponentes pirámides de la ciudad maya de Copán cubiertas por lianas y maleza, creyeron que se trataba de un espejismo. A sus pies se extendían amplias terrazas, espléndidos templos y palacios que fueron misteriosamente abandonados siglos atrás. Abriéndose paso a machetazos, dieron con la primera estela, una piedra de casi cuatro metros de altura profusamente esculpida como jamás habían visto. Era la hoy conocida como estela H. erigida en el 731 d. C, la única del centro monumental que representa al decimotercer rey de Copán, conocido como 18 Conejo. Tras este inesperado hallazgo descubrieron más monumentos, nuevas murallas, más escaleras y terrazas. Copán no era más que el aperitivo de una larga serie de asombrosos hallazgos en las profundidades de la selva. Invadidos por la emoción de su descubrimiento, examinaron las inscripciones de las estelas en un lenguaje incomprensible para ellos, vieron los ricos estucos y relieves creados con sorprendente destreza y con sus lámparas de aceite se adentraron en oscuras habitaciones y pasadizos. Todo estaba envuelto en gruesas lianas y plantas trepadoras. Ese día de 1839 a ellos les cambiaría la vida y también la historia de las civilizaciones en Centroamérica tendría que ser rescrita. “ América, dicen los historiadores, estaba poblada por salvajes, pero ningún salvaje erigió estas estructuras, ningún salvaje talló estas piedras. Arquitectura, escultura y pintura, todas las artes que embellecen la vida han florecido en esta espesa selva&#8230;”, escribiría Stephens en su diario.</p>
<p class="bodytext">Frederick Catherwood se lanzó enseguida a la difícil tarea de dibujar aquel universo fascinante que acababan de descubrir. Pero ambos ignoraban que aquel terreno donde se encontraban las magnificas ruinas en realidad tenía un dueño. Al día siguiente se presentó en su campamento don José María Acevedo, un respetado yucateco que decía ser el propietario de Copán. Tras mostrar a los viajeros los documentos que así lo acreditaban, Stephens decidió valerse de su cargo de diplomático y comprarle la ciudad. Tras vestirse con sus mejores galas, un uniforme azul profusamente adornado con botones dorados, adquirió si problemas las ruinas de Copán al módico precio de 50 dólares. Ahora los exploradores ya podían trabajar tranquilos y sin interrupciones. El 17 de noviembre de 1839 dieron comienzo las primeras investigaciones arqueológicas del área maya con fines científicos. A pesar de las dificultades a las que se tenía que enfrentar Catherwood, los resultados fueron magníficos. Sus dibujos abigarrados, precisos, llenos de matices y colorido, eran auténticos cuadros revestidos de una aureola de romanticismo. Las ruinas mayas aparecen envueltas en un halo de magia, subrayando su exótica hermosura y la espléndida vegetación tropical que las rodea. También recreó escenas de costumbres indígenas argumentadas en las leyendas de los cenotes o pozos sagrados. Los dibujos de Catherwood –documentos arqueológicos de inestimable valor– serían transcritos fielmente a las planchas por los mejores litógrafos del momento, agrupándose en un libro magnifico y original <em>Views of ancient monuments in Central America, Chiapas and Yucatan,</em> publicado en 1844.</p>
<p class="bodytext">Durante trece días permanecieron en Copán, tomando medidas, dibujando, y limpiando las construcciones con ayuda de peones nativos. El siguiente destino eran las ruinas de Palenque situadas al norte del estado de Chiapas en el actual México. El día 7 de abril de 1840, los dos viajeros llegaron al valle del río Usumacinta donde se levantaba Palenque, uno de los sitios arqueológicos más conocidos de la región pero que aún no había sido explorado en su totalidad. Ya en 1746 el padre Solís, un cura español enviado por su obispo a un centro rural llamado Santo Domingo de Palenque, se había encontrado con sus edificios de piedra ocultos por la vegetación. Desde el momento en que se difundió el hallazgo, llegaron hasta aquí un buen numero de viajeros, aventureros y autoridades políticas.</p>
<p class="bodytext">En 1786 el rey Carlos lll de España envió al mercenario Antonio del Río a realizar un reconocimiento de las misteriosas ruinas. Esta expedición dedicada a la investigación arqueológica fue la primera que se realizaba en toda la América precolombina. Más tarde, el sucesor al trono español, Carlos IV, envió una misión a Palenque dirigida por el coronel Dupaix y el mexicano Luciano Castañeda. Fueron los testimonios de estos dos exploradores los que cautivaron la imaginación de Stephens y le animaron a realizar este viaje.</p>
<p class="bodytext">Stephens y Catherwood atravesaron el lago Atitlán y llegaron a la aldea de Santa Cruz del Quiché. Finalmente, tras un mes de penoso viaje a lomos de mula, estaban en Comitán la ciudad fronteriza del estado de Chiapas. Cuando en los días siguientes consiguieron reponer fuerzas y reclutar peones nativos instalaron su campamento en Palenque, en una estructura que bautizaron como El Palacio. El lugar les pareció una obra maestra de los arquitectos mayas, el sobrio estilo arquitectónico de su edificios combinaba a la perfección con el exuberante entorno vegetal en que se encontraba. Poco a poco Catherwood fue dibujando sus principales edificios, la planta del Palacio, el Templo de las Inscripciones donde se encontraba la tumba de Pacal descubierta en 1952, el Templo de la Cruz y el Templo del Sol. Los monumentos eran ricos en inscripciones que más tarde cuando pudieron ser descifrados revelaron muchos secretos de su pasado y sus protagonistas. El lugar había sido ocupado en el año II d. C pero su apogeo cultural y arquitectónico fue alcanzado durante el periodo del 615 al 800 d.C.</p>
<p>Fascinado por la belleza de las ruinas John Lloyd Stephens pensó seriamente en comprar Palenque, pero en México las cosas no funcionaban como en Honduras. Si un extranjero deseaba adquirir un terreno debía contraer previamente matrimonio con una mexicana. El joven norteamericano se lo pensó unos días y pero finalmente desistió de la idea para conservar su soltería.<br />
Después de vivir casi veinte días en condiciones insoportables, acosados por los mosquitos, sin poder dormir a causa del bullicio de los monos, agobiados por el bochorno y con una mala alimentación, sucumbieron cuando llego la temporada de lluvias. El 4 de junio dejaron Palenque para siempre y se dirigieron hacia Mérida, al ciudad más grande del Yucatán. Se encontraban explorando la antigua ciudad de Uxmal, cuando Frederick Catherwood cayó enfermo. El paludismo y el intenso trabajo habían minado seriamente su salud. El 24 de junio de 1840 ambos exploradores decidieron de mutuo acuerdo regresar a Nueva York y dar a conocer sus importantes descubrimientos.</p>
<p class="bodytext">Ya en casa de nuevo y recuperada la salud, Catherwood comenzó a preparar las ilustraciones para el nuevo libro de su compañero. Un año después, en 1841, Stephens publicaría su famoso <em>Incidents of Travel in Central America, Chiapas and Yucatan,</em> donde se narraba las peripecias del primer viaje y las descripciones de las primeras ciudades mayas exploradas. El libro tuvo un gran éxito, era un apasionante relato de aventuras, pero sobre todo las espléndidas ilustraciones de Catherwood causaron un gran impacto entre el público. En apenas seis meses el libro tuvo que reimprimirse once ocasiones. Se había convertido en el mayor éxito del mercado editorial estadounidense.</p>
<p class="bodytext"><strong>DESCUBRIENDO YUCATáN</strong></p>
<p class="bodytext">Quedaba mucho por descubrir y la buena situación económica unido a la fama de la que ahora gozaban les animó a realizar un nuevo viaje de exploración. El publico estaba deseoso de nuevas aventura, los editores querían un nuevo libro y Stephens soñaba con desvelar todos los secretos de Yucatán. Así las cosas los preparativos se precipitaron, en esta ocasión les acompañaría un joven cirujano de Boston, el doctor Samuel Cabot, aficionado a la ornitología. Este prestigioso naturalista sería el encargado de realizar una serie de estudios sobre la fauna de Yucatán. Los tres viajeros embarcaron el 9 de octubre de 1841 a bordo del Tenesse, esta vez con destino a Sisal y la ciudad yucateca de Mérida. En su equipaje llevaban un aparato de daguerrotipos, precursor de la cámara fotográfica, que iba a revolucionar sus investigaciones de campo. En los primeros días de su estancia en tierras yucatecas, los tres viajeros comenzaron su trabajo donde lo habían dejado, en las ruinas de Uxmal. Ahora podían disfrutar de sus elegantes edificios que al igual que todos los grandes centros de la región maya central, alrededor del año 800, en su pleno apogeo, comenzó su decadencia por razones que hasta hoy se desconocen. Todas las ciudades fueron abandonadas y no hubo noticias de ellas hasta el siglo XVIII, cuando los primeros exploradores las hallaron ocultas en las profundidades de la selva.</p>
<p class="bodytext">En el norte de Yucatán la situación fue distinta a la de Uxmal porque entre los años 800 y 900 d.C muchos pequeños centros que hasta entonces habían tenido un papel marginal experimentaron una gran expansión arquitectónica y artística. Fue durante este periodo cuando las ciudades en las que ahora se adentraban, Uxmal, Sayil, Labná y Kabah, alcanzaron su mayor esplendor. Todas ellas compartían además un mismo estilo arquitectónico que hoy se conoce como Puuc, por la región donde se encuentran enclavadas. Stephens y Catherwood iban a contemplar emocionados por primera vez los finos mosaicos de piedra cortada sobrepuestos sobre las fachadas de los edificios, las bóvedas en saledizo, las columnas redondas y la abundancia de mascaras ornamentales del dios Chac. Durante seis agotadoras semanas trabajaron incansablemente en Uxmal, acampando junto a uno de sus edificios más impresionantes, el Palacio del Gobernador construido sobre una enorme plataforma. El conocido como Cuadrángulo de las Monjas también les impresionó, les recordaba por su distribución a un convento y cuando pudieron limpiar la maleza que lo tapizaba enteramente admiraron su fachada profusamente labrada en la piedra y sus esculturas de guerreros y dioses.</p>
<p class="bodytext">A primeros de enero de 1842 los tres viajeros estaban listos para partir. En las alforjas de sus mulas cargaron los valiosos dibujos, mapas, y un buen número de piezas originales y copias en yeso de las esculturas y los ornamentos más representativos que habían encontrado. Partieron rumbo a Kabah donde se sintieron premiados por su arduo esfuerzo al contemplar el edificio hoy llamado el Palacio de las Mascaras, cuya fachada esta toda decorada con enormes mascaras de Chac, el dios narigudo. De Kabah la expedición partió rumbo al sureste, y a principios de febrero llegaron a las ruinas de Sayil. Allí encontraron uno de los más extraordinarios monumentos mayas, el conocido como Palacio que Catherwood a pesar de encontrarse exhausto se afanó a dibujar. De allí prosiguieron a Sabacché, y siempre la misma rutina y sorpresa. La humedad y el tórrido calor, dificultaban cada vez más su trabajo. Las ruinas estaban invadidas, como todas, por lianas, raíces de ceibas gigantes, plantas de originales formas y colores y mucha maleza. En estos pueblos que ahora recorrían en su regreso, donde los nativos no habían visto nunca hombre blanco, éstos se acercaban temerosos a ellos mientras trabajaban. Había circulado el rumor entre las aldeas que tres extranjeros buscaban ciudades muertas y que llevaban consigo aparatos mágicos. Aun así nunca tuvieron problemas con los indígenas mayas que habi-taban en sus humildes chozas de adobe y paja ajenos al esplendor que alcanzaron sus antepasados. Labná, Xampón, Kiuik, Chunhuhu, Sacbey&#8230; en el mes siguiente la expedición visitaría más de doce asentamientos, la mayoría aún inexplorados.</p>
<p class="bodytext">A estas alturas del viaje Frederick estaba muy débil y su salud empeoraba día a día. Deshidratado por la fiebre y la disentería, ya no toleraba ni la luz directa del sol y se vio obligado a trabajar bajo una improvisada sombrilla. En un estado lamentable llegaron a Chichén Itzá, era el 3 de marzo de 1842 y frente a ellos se alzaba la pirámide más alta de la ciudad. El enorme cenote o pozo sagrado atrajo enseguida su atención, allí según las leyendas eran sacrificadas las víctimas –jóvenes vírgenes– en honor a Chac, dios de la lluvia y la fertilidad. Los tres exploradores pasaron aquí sus días más tranquilos reponiéndose del paludismo y atendidos por las gentes de una hacienda cercana. Como siempre se dedicaron a medir las ruinas, dibujar los monumentos más hermosos y reproducir los bajorrelieves que decoraban algunos los edificios principales.</p>
<p class="bodytext">El 29 de marzo la expedición salió de Chichén Itzá rumbo al mar, visitaron las islas de Contoy, Mujeres y Cozumel y luego se dirigieron hacia Tulum, en la costa este de la Península de Yucatán. La hermosa Tulum, asentada en lo alto de un acantilado, fue una de las ultimas fortalezas mayas. Este puerto y centro de comercio fue construido alrededor del año 1200 pero alcanzó su máximo apogeo dos siglos después, a la caída de Mayapán. La ciudad aun estaba habitaba cuando en 1518 desembarcaron los españoles comandados por Juan de Grijalva.</p>
<p class="bodytext">Tras dos años en Yucatán, el 17 de junio de 1842, los viajeros volvían a Nueva York. Fueron recibidos triunfalmente y la gente hacía largas colas para admirar las esculturas, los paneles y bajorrelieves descubiertos en las ciudades mayas. Por primera vez el público podía ver aquel arte único, original, y encontrarse frente a los rostros de los gobernantes mayas. Pero el triunfo duró poco, en la tarde del 31 de julio un incendio acabó con todo. Los dibujos, los mapas de las ciudades, los daguerrotipos y todos lo objetos valiosos que habían traído desde Yucatán se perdieron entre las llamas. Fue un golpe muy duro para los exploradores que a partir de ese instante se entregaron a distintas actividades para olvidar su terrible dolor. Stephens escribió un libro sobre su segunda expedición, por fortuna sus notas y bocetos se salvaron de la quema ya que lo tenía a buen recaudo en su casa. <em>Incidents of travel in Yucatan</em> publicado en dos tomos, ilustrado con 120 litografías apareció en Nueva York en marzo de 1843. Nuevamente el libro fue un éxito y se tradujo a varios idiomas.</p>
<p class="bodytext">Pero los dos pioneros de la arquitectura maya no conocieron la fama y la gloria al final de sus días. Stephens participó en la fundación de la Compañía del Ferrocarril de Panamá, y hasta allí se trasladó a vivir para impulsar esta obra titánica. Se encontraba aún muy débil debido a los continuos ataques de paludismo y el clima insalubre de la ciudad. Un día los trabajadores lo encontraron inconsciente al pie de una gigantesca ceiba, bautizada durante muchos años como el árbol de Stephens. Sin embargo el abogado neoyorquino y soñador no moriría en tierras panameñas. Fue trasladado a Nueva York en estado muy crítico y fallecería el 13 de octubre de 1852 en el mayor de los olvidos. Su compañero de fatigas, Frederick Catherwood, moriría de forma trágica ahogado en las proximidades de Terranova cuando el barco en el que viajaba chocó con un vapor francés. Al igual que Stephens, el olvido cayó sobre su figura y magnífica obra.</p>
<p class="bodytext">Más de dos siglos después de que estos intrépidos exploradores recorrieran el mundo maya a lomos de mula, las ruinas de su civilización siguen cautivando a los visitantes. Los sitios arqueológicos, rodeados de árboles centenarios, cenotes de aguas cristalinas, lagunas y una exuberante naturaleza no han perdido un ápice su magia de antaño. Aún hoy contemplar en medio de la selva tropical, los antiguos palacios, observatorios, juegos de pelota, altares, estelas suntuosas y fantásticas esculturas de animales resulta una experiencia inolvidable.</p>
<p class="bodytext"><strong><br />
Cristina Morató</strong></p>
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		<title>Los Mayas: La civilización de la selva</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-mayas-la-civilizacion-de-la-selva/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:49:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los antropólogos definen a las civilizaciones como culturas desarrolladas, culturas que han llegado a agrupar bajo unas mismas pautas de comportamiento, unas mismas tradiciones y un mismo mandato político, a [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Los antropólogos definen a las civilizaciones como culturas desarrolladas, culturas que han llegado a agrupar bajo unas mismas pautas de comportamiento, unas mismas tradiciones y un mismo mandato político, a varios miles de personas. Las civilizaciones, además, disponen de complicados sistemas simbólicos de comunicación, del tipo de la escritura o del arte más expresivo y penetrante. Suelen levantar ciudades monumentales como residencia de los poderosos y de las instituciones del gobierno, extienden su dominio sobre muchos kilómetros cuadrados a los que reconocen como “patria” de los nacidos y educados en aquellas costumbres y tradiciones. En fin, una civilización es un esfuerzo supremo para ordenar la vida de numerosos individuos que son desiguales entre sí por razones de riqueza, de derechos o de oficio. Y ése precisamente es el primer estímulo para que surja una tal civilización: que haya situaciones y signos diferencia-dores entre los componentes de la comunidad social. Por lo tanto, el problema del origen de la civilización maya es inseparable del problema de por qué unos grupos de residentes de las aldeas prehistóricas, escasas y muy dispersas, que existían en las llamadas Tierras Bajas de la península de Yucatán, es decir, en las selvas de las actuales repúblicas de Guatemala, Honduras, Belice, y de los territorios mexicanos de Tabasco, Chiapas, Campeche, Yucatán y Quintana Roo, decidieron allá por el 400 antes de nuestra Era, diferenciar y estratificar a su población, de manera que hubiera especialistas económicos y políticos de tiempo completo, y que tales gentes tuvieran acceso preferente a las riquezas que el grupo producía u obtenía por cualquier medio.</p>
<p class="bodytext">Fue aquella una tendencia en nada exclusiva de los primeros mayas; como una mancha de aceite se había extendido por el área que llamamos Mesoamérica. Las ventajas adaptativas o de otra clase que hubieran podido encontrar las colectividades humanas en la nueva y radicalmente distinta forma de vida es una cuestión que los científicos no han podido resolver por ahora, pero lo que nos interesa aquí es que los moradores del bosque húmedo tropical centroamericano decidieron entregar la capacidad de decidir sobre sus destinos a unos pocos representantes, al principio elegidos y luego enseguida hereditarios o autoproclamados, y que esos representantes iniciaron de inmediato el camino de la profundización en sus privilegios, de la ampliación de sus poderes, y de la defensa ideológica del estatus adquirido. Para ello requirieron de instituciones, organización, rituales, expresiones, símbolos y obras públicas particulares, y la reunión de todo ello constituye la civilización maya, una civilización que adoptó formas y desenvolvió rasgos de una magnificencia única en la historia antigua de las Américas, que alcanzó un refinamiento y esplendor sólo comparables con las más grandes realizaciones de la mano y el espíritu de los hombres en Grecia, Roma, Egipto, Mesopotamia, India, China o el Sudeste asiático.</p>
<p class="bodytext"><strong>LOS ORíGENES</strong></p>
<p class="bodytext">Hacia el siglo V antes de nuestra Era, según digo, los mayas de sitios que llamamos hoy con los sonoros nombres de El Mirador, Tintal, Nakbé, Tikal, Uaxactún, Ichkabal, Cerros, Lamanai, Dzibilchaltún, Oxkintok, empezaron a erigir ciudades para que fueran, con sus palacios y pirámides de piedra, la mejor señal de los cambios que se estaban llevando a cabo, para que representaran a los nuevos máximos gobernantes, quienes se hicieron rodear prontamente de un lujo extraordinario, haciéndose traer, por ejemplo, grandes cantidades de jade con el que manufacturar joyas que los distinguieran, a ellos y a sus familiares y allegados. A los edificios de piedra, para los que se inventó posteriormente la cubierta de falsa bóveda, se añadirían otros elementos que hoy son básicos para definir arqueológicamente a la civilización maya precolombina: la erección periódica de estelas (grandes lajas monolíticas en las que se solía esculpir la imagen del gobernante en majestad), el calendario que computaba el tiempo desde un punto cero o fecha de la creación del mundo concreto en el que se encontraban los indígenas (pues, según creencia general en toda Mesoamérica, se habían sucedido varios mundos antes del presente, todos ellos desaparecidos entre formidables cataclismos), la escritura jeroglífica de tipo logosilábico, la bella cerámica polícroma con escenas pintadas, la escultura en bajorrelieve de un estilo barroco y elegantísimo, los caminos elevados que discurrían entre ciudades o entre grupos arquitectónicos dentro de una misma ciudad, los libros de corteza de ficus recubiertos con capas de cal y pintados con textos e imágenes de carácter religioso y adivinatorio, la aritmética de posiciones con una base vigesimal y la astronomía desarrollada mediante el registro de observaciones comprobadas, y la pintura mural realista y monumental como la de los famosos frescos de Bonampak (Chiapas).</p>
<p class="bodytext">En la discusión sobre el origen de la civilización maya hay que tener en cuenta sobre todo que ese pueblo habitaba uno de los territorios más inhóspitos del planeta, una jungla donde apenas existe suelo para la agricultura y donde los ciclones, las lluvias torrenciales, los animales dañinos, el calor despiadado y constante, ponen un toque de permanente dramatismo en el transcurso de la vida cotidiana. Cuando llegaron los europeos dispuestos a colonizar América y a sacar provecho de las riquezas naturales por doquiera en todo el continente, huyeron de tales parajes como de la peste, y sólo se quedaron allí donde había una nutrida población nativa a la que poder explotar convenientemente. En tales condiciones, cualquier paso dado por las élites mayas emergentes en la dirección de subdividir la comunidad en diferentes segmentos especializados hubiera desencadenado una crisis alimenticia de tales dimensiones –al restar al campo y a las duras tareas agrícolas la mano de obra que se tendría que dedicar al comercio, al arte, a la religión o a la política– que las gentes podrían haberse extinguido como si de una especie animal o vegetal se tratara. Para evitar esa catástrofe era preciso un orden nuevo, revolucionario diríamos ahora, el orden típico de las civilizaciones despóticas que, al centralizar y regular mediante normas inobjetables el ámbito de la producción de alimentos, por ejemplo, concentrando suficiente fuerza de trabajo en obras de intensificación agraria como regadíos, aterrazamientos, aprovechamiento de zonas pantanosas, etcétera, lograra hacer aumentar el rendimiento de las parcelas cultivadas muy por encima de lo que en principio eran las necesidades habituales de los campesinos. A eso se añadiría la puesta en explotación de terrenos favorables a las plantas estratégicas, como el algodón, el tabaco, el copal (un incienso muy usado en las ceremonias religiosas), el hule (con el que se fabricaban las pelotas de un juego muy popular en toda el área cultural), el cacao y otras, que eran destinadas a la exportación y de las que se obtenían pingües beneficios; y, consecuentemente, la organización igualmente centralizada por el gobernante y sus acólitos de una red comercial muy extensa y ágil que llegaba hasta lugares tan apartados como la cuenca de México y el valle de Oaxaca. De tal forma que se puede afirmar que las graves limitaciones impuestas al desarrollo por el medio selvático en el que vivían los primeros mayas fueron el principal aliciente para la consecución de las bases de una sorprendente civilización avanzada. No muy diferente fue lo que sucedió en el Egipto predinástico, o en la Mesopotamia de los sumerios, países semidesérticos y de recursos escasos y difícilmente explotables. El genio humano se crece ante tamaños desafíos de la naturaleza y, lógicamente, a grandes males grandes remedios, es decir, a territorios hostiles singulares, civilizaciones esplendorosas.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS PRIMERAS SOMBRAS</strong></p>
<p class="bodytext">Con esas constricciones medioambientales no es posible que los regímenes políticos sean “blandos”, no hay lugar para la democracia, por ejemplo, allí donde comer o no comer cada día es cuestión de férrea disciplina, tenaz organización y control de las fuentes de información. El Estado que nace es un Estado de fuerza, para el que cada agricultor es una pieza del complicado engranaje que debe mantenerse siempre en perfecto funcionamiento; su fuerza de trabajo, claro está, no le pertenece, ni siquiera puede disponer libremente de la tierra que cultiva, ni decidir cuántas horas diarias quiere invertir en las labores del campo y cuántas en ocuparse de reparar la vivienda o educar a sus hijos. Es el Estado, es decir, el gobernante, quien determina todas esas cuestiones y hace cumplir sus leyes por medio de una burocracia en constante crecimiento. Son los Estados despóticos, centralizados, fuertes, totalitarios si se quiere, de los que destacaron en la Antigüedad: el Egipto de los faraones, la Camboya de los khmer o el Yucatán de los mayas.</p>
<p class="bodytext">Pero no debemos pensar que un régimen político muy centralizado, con un gobernante o déspota que detenta todos los poderes, es invariablemente un régimen de injusticia o de violencia. Yo he llegado a sugerir en ocasiones que el sistema de los antiguos mayas guardaba muchas semejanzas con el socialismo utópico. Rara vez se ejercía allí la fuerza física contra los transgresores de la ley, sino que la socialización (la educación formal o informal) era tan perfecta y convincente que raros debieron ser los casos de personas que se colocaran al margen de la sociedad o en situación de delito grave; y cuando tal cosa sucedía bastaba seguramente con una condena de tipo social, una condena que implicara el rechazo, el desprecio, incluso el ostracismo, para que el castigo resultara tan cruel que ni el delincuente ni otros potenciales transgresores se interesaran ya más por contravenir lo ordenado, lo dispuesto por el sagrado monarca que regía las vidas de todos los habitantes del país.</p>
<p class="bodytext">éste es el secreto verdadero del éxito de la civilización maya, que perduró más de mil años en una jungla mortífera en condiciones permanentemente adversas: la acabada figura del gobernante supremo, su significación para todos los miembros de la colectividad, sus verdaderas funciones de padre, rey, mediador con las potencias sobrenaturales, dios él mismo y pariente de los dioses creadores. Un rey que en maya se llama <em>ahau o k&#8217;ul ahau,</em> monarca sagrado, personaje indiscutible y necesario, situado por encima de toda contingencia, lleno de majestad y de fuerza. Un rey que hizo en los albores del período Clásico (hacia el siglo III de nuestra Era) un pacto con sus súbditos por el cual se convertía en el padre y en el dios, es decir, en el garante del bienestar de las gentes y en el responsable de la fertilidad de los campos y de las mujeres, de la abundancia de las cosechas, de la salud de los trabajadores, del éxito en las guerras, el señor proveedor y protector, severo pero generoso, inalcanzable pero amante, hierático pero familiar y comprensible. Una vez que los habitantes del Mayab asumieron esas relaciones de poder y dependencia, su vida se vio regulada por las decisiones del <em>ahau</em>, se les ordenó que fueran a trabajar en las ciudades, que construyeran allí pirámides y palacios monumentales de piedra, que formaran parte de los contingentes militares que iban a luchar en lejanos parajes, que cultivaran también las parcelas de los señores, y las que estaban dedicadas a las plantas de valor comercial y que dependían directamente de la nobleza y del aparato del Estado, que formaran parte de las largas comitivas de porteadores que llevaban cacao y sal, o plumas de pájaros tropicales, o miel, o copal, o cerámicas pintadas, o conchas, o la savia del árbol chicozapote (el chicle, ya explotado y consumido abundantemente en la Mesoamérica prehispánica), a través de la península y hasta los altiplanos del sur y suroeste. Y, por encima de todo, que acudieran sin excusa y sin tardanza a las mil y una ceremonias que se desarrollaban en el corazón de esas orgullosas urbes, centenares de ciudades de enormes dimensiones extendidas a lo largo y ancho del Mayab, de la península de Yucatán, de mar a mar, donde se les adoctrinaba, se les daban las señas de identidad, se les convencía, con una fastuosa escenografía pocas veces igualada por civilización alguna, de que vivían en el mejor de los mundos posibles y que en el pináculo de esa seráfica realidad estaba su padre, el <em>ahau</em>, el árbol que les daba sombra, el sol que les iluminaba, el hijo del cielo, al que apenas podían entrever en la distancia cuando avanzaba digno y solemne rodeado por las nubes del copal que ardía en los braseros, pero del que sabían sobradamente que podían esperar la seguridad y la vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>VIEJOS Y NUEVOS ENIGMAS</strong></p>
<p class="bodytext">Una civilización brillante con un despótico sistema de gobierno, pero una civilización que se apoyaba en una tecnología anclada en la Edad de Piedra, así era la cultura maya del siglo VIII, tal vez el siglo de más fulgor, el de la total madurez intelectual y artística. Se trata, pues, de una contradicción que ha hecho correr ríos de tinta de los estudiosos y que constituye un arduo problema y un permanente debate. ¿Puede una cultura desarrollarse hasta el extremo en que lo hicieron los mayas sin hacer avanzar simultáneamente sus técnicas materiales de producción y transformación de bienes? ¿Es concebible una civilización como la occidental moderna sin pensar en la revolución industrial, en las máquinas, en los transportes, en las comunicaciones? Pues bien, los mayas llegaron a medir con asombrosa precisión la duración del año trópico, llegaron a predecir los eclipses, calcularon con cifras altísimas, utilizaron una geometría empírica complicadísima para orientar los edificios y trazar las ciudades, escribieron numerosos libros en los que compilaron todo el saber de su tiempo, hicieron fértiles los terrenos más salvajes, y erigieron construcciones de más de sesenta metros de altura y centenares de miles de metros cúbicos de volumen, con un instrumental propio de los cazadores y recolectores de plantas del Paleolítico. Con hachas de sílex, martillos de caliza, mazos de madera, perfora-dores de hueso, con cuchillos de obsidiana, y sólo con tales herramientas de una sencillez abrumadora, llevaron a cabo todas las ingentes tareas de las que da testimonio la arqueología. No contaron con metales para hacer utensilios, y eso que conocían su existencia, y podían haber importado cobre o incluso bronce, pero no les debió parecer buena idea y desdeñaron lo que para los habitantes de los Andes, por ejemplo, fue la seguridad de una mejor economía de subsistencia y una mayor facilidad en el trabajo de la piedra. ¿Hubieran podido existir las colosales construcciones incaicas, sus magníficas calzadas, sin herramientas de metal? Pues los mayas hicieron una calzada de cien kilómetros entre las ciudades de Cobá y Yaxuná con herramientas de pedernal, y levantaron el enorme templo del Gran Jaguar en Tikal con rodillos de madera y martillos y cinceles de piedra. Los mayas suplieron la tecnología instrumental con las buenas ideas, con la habilidad para aprovechar per<br />
fectamente la fuerza de trabajo de los hombres, para organizar sabiamente esa fuerza de trabajo, para dar incentivos extraordinarios a los trabajadores.</p>
<p class="bodytext">En el <em>Mayab</em>, en el país maya, no había animales de tiro ni animales de carga. El peso lo soportaban las espaldas y los hombros de las gentes, el transporte se hacía con el llamado <em>mecapal</em>, que todavía se usa, que es una banda de cuero apoyada en la frente y que sostiene la carga detrás.<br />
ésa también es una razón para acostumbrarse a organizar de manera exquisita el esfuerzo colectivo; si hay que acarrear una gran piedra para tallar una estela, es necesario ingeniárselas para que la carga esté equilibrada y los porteadores tiren de donde deben tirar, en el momento y con la fuerza y el ritmo apropiados. Tampoco usaron ruedas los antiguos mayas, y las conocían, en la teoría y en la práctica (para modelar la arcilla se usaron platos de alfarero, para hacer que se movieran algunos juguetes se los montó sobre ruedecitas, multitud de ornamentos eran circulares o tubulares); he ahí un misterio aún mayor que los anteriores porque bien pudieron fabricar carros para el transporte arrastrados por los brazos humanos, y así hacer más breves, cómodos y eficaces los viajes comerciales, el aprovisionamiento de los ejércitos, más vistosas las procesiones religiosas, incluso más espectaculares las apariciones del ahau, pero tal cosa no sucedió, y ése es un enigma que jamás se podrá descifrar ya que los que deberían declarar al respecto se alojan ahora en las lujosas tumbas de los templos dispersos en lo intrincado de la selva.</p>
<p class="bodytext">La civilización maya se alimentó con maíz, frijoles, calabaza y chile. Algunas plantas más se añadían esporádicamente a la dieta. De tiempo en tiempo se cazaba un venado, un tapir, un armadillo o una iguana, se pescaba en los ríos, se recolectaban moluscos a la orilla del mar. También se sacrificaban en las festividades señaladas los animales del corral, pues todas las viviendas mayas, antiguas y modernas, cuentan con un pequeño huerto anexo en el que corretean algunos pavos. No había arados, de nula utilidad en la jungla, ni otros abonos que los naturales y las cenizas de los árboles quemados en la roza. La tierra tenía que ser tratada con mimo, dos o tres años de siembra y seis u ocho de barbecho para que se repusiera. Una familia de cinco miembros necesitaba varias hectáreas disponibles para el ciclo agrícola por lo que el asentamiento en el paisaje era disperso, ni las aldeas ni las ciudades podían contener altas densidades de población.</p>
<p class="bodytext">Hay quien piensa que para hacer frente a las necesidades alimenticias de una población que crecía y crecía allá por el siglo VII, los mayas llegaron a despejar, a talar y quemar, una gran parte del bosque tropical en el que vivían, y que ese descontrolado afán por poner en cultivo nuevos terrenos ganados a la jungla, y por hacer producir al máximo y durante el mayor tiempo posible a las parcelas roturadas, con la consiguiente laterización o destrucción de los suelos y la conversión del paisaje boscoso en sabanas infértiles, fue el causante de que en los albores del siglo IX comenzara una crisis de tipo económico que arrastró a los pujantes estados clásicos a la ruina acelerada, al éxodo de los grupos sociales más poderosos, quizá a una situación de guerra intermitente, causas todas ellas de un colapso final de la cultura, de modo que para el año 950 eran ya muy pocas las ciudades de las regiones centrales del Mayab, en las Tierras Bajas de Guatemala, Chiapas, Belice y sur de Campeche, que permanecían todavía habitadas y activas.</p>
<p class="bodytext">El hundimiento de la civilización maya del sur de la península, fueran o no los motivos de índole agrícola, apenas afectó a la región septentrional, y así las comunidades localizadas en lo que hoy es denominado Yucatán, norte de Campeche y Quintana Roo, continuaron progresando y transformándose con el paso de los años y con las influencias que, procedentes del altiplano central mexicano, iban llegando a finales del milenio. Es ésa una zona de geografía muy diferente, porque no existen corrientes de agua superficiales, el bosque es achaparrado e intransitable, el índice de pluviosidad anual es mucho más bajo y hay sierritas de gran importancia estratégica como la llamada Puuc. Las gentes tuvieron que asentarse allí alrededor de pozos naturales que los mayas llaman dzonot, palabra que, castellanizada, ha dado cenote. Es la tierra de los pavos y los venados, de las abundantes grutas que penetran la superficie caliza dejando al descubierto a menudo otras capas freáticas de las que se aprovechan igualmente los nativos, de la miel y de la sal. En ella surgió muy tempranamente una ciudad que fue capital de un poderoso reino, cuya historia, conocida ahora merced a las excavaciones realizadas por un equipo español, es un buen modelo de las vicisitudes por las que pasaban aquellas urbes monumentales.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL CASO DE OXKINTOK</strong></p>
<p class="bodytext">Fruto de la colaboración entre el Ministerio de Cultura de España y el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México ha sido el Proyecto Oxkintok. Desde 1986 hasta la fecha actual se han realizado extensas investigaciones sobre la naturaleza de esa ciudad precolombina y sobre su evolución a lo largo de quince siglos. Oxkintok está situada unos cincuenta kilómetros al sur de Mérida, capital moderna del Estado de Yucatán, y ocupa casi treinta kilómetros cuadrados si tenemos en cuenta no sólo la parte central sino sus dependencias y suburbios dispersos en los alrededores. Fue fundada como un modesto emplazamiento de las minorías dominantes hacia el 300 antes de nuestra Era, pero a partir del siglo IV después de Cristo se convirtió en una gran ciudad que irradiaba influencia y poder desde las llanuras norteñas en donde hoy se alza Mérida hasta Campeche, y desde el mar del Occidente hasta lo profundo de la serranía del Puuc. En el siglo VIII casi no tenía competidoras en toda el área, su magnificencia era extraordinaria y los reyes eran temidos y celebrados por doquier, y fue únicamente cuando la gran Uxmal cobró importancia en el siglo IX que perdió el predominio y fue decayendo lentamente hasta ser abandonada a mediados del siglo XI.</p>
<p class="bodytext">Oxkintok está en una fértil planicie algo elevada sobre el nivel del mar, de manera que parece una atalaya sobre el corredor que bordea las orillas del golfo de México, su tierra es muy rica para la agricultura, y hay abundantes fuentes de agua en su perímetro. El punto exacto de su emplazamiento se ve en un mapa como el vértice del ángulo formado por las cordilleritas que corren paralelas al océano o llegan desde el interior de la península. Hemos encontrado durante las excavaciones documentos en escritura jeroglífica que pregonan la magnitud de las construcciones que se alzaban allí a finales del siglo V, templos seguramente, y los primeros palacios. Pero es bien entrado el siglo VI cuando la fiebre constructiva se dispara y lo que fueron antes modestos santuarios se convierten entonces en grandiosas <em>Murciélago del zodíaco</em> pirámides, de las que quedan en ruinas por lo menos una docena de entre diez y veinte metros de altura. Ese período intermedio, curiosamente, carece de inscripciones jeroglíficas y de representaciones de personajes nobles en bajorrelieve, de lo que debemos deducir que habitó el lugar un nuevo pueblo con distintas costumbres políticas que sus antecesores.</p>
<p class="bodytext">A finales del siglo VII y principios del VIII reina en Oxkintok un Señor llamado Olas, el más notable de todos los gobernantes de la ciudad, impulsor de las obras públicas y de un renacimiento de la iconografía, del arte en general, y de las inscripciones en piedra. Su nombre está vinculado a conjuntos arquitectónicos tan importantes como el llamado grupo Ah Canul (que debió ser la sede del poder a lo largo de casi toda la historia prehispánica de la ciudad), y el grupo Dzib, donde se halla el Juego de Pelota. Después de Olas se aprecia un cierto declive y ya entrado el siglo IX unas gentes extrañas toman posesión del lugar e imponen otra vez cambios sustantivos en las representaciones artísticas y en general en las expresiones políticas y religiosas como la arquitectura y la escultura. Hay un breve lapso de esplendor, a la manera del canto del cisne, y se erigen edificios en el llamado estilo Puuc y se labran numerosas estelas, pero en el año 1000 Oxkintok apenas es ya una tenue sombra de lo que fue.</p>
<p class="bodytext">Si tuviera que elegir una construcción representativa de la calidad de la ciudad de Oxkintok, y ejemplo de su singularidad dentro del panorama de las ciudades mayas, señalaría de inmediato el famoso y misterioso Satunsat. Es un nombre muy evocador, significa “el perdedero” y hace referencia obvia a las características arquitectónicas que posee la edificación, porque se trata lisa y llanamente de un laberinto, un espacio arquitectónico pensado para perderse, para que la gente que entra en él se extravíe, que se le alteren la percepción y la sensibilidad. Tres pisos de piedra tan enigmáticos que me han inducido a dedicarles un ensayo publicado por Alianza Editorial bajo el título <em>Laberintos de la Antigüedad</em>, en el que reflexiono sobre los motivos que condujeron a los habitantes de la ciudad yucateca a levantar tan rara construcción. Ya en el siglo XVI, recién conquistado el país por los españoles, su fama era grande, de modo que clérigos viajeros lo visitaron o mencionaron las noticias que les llegaban por boca de los indígenas informantes; sin embargo, es en el siglo XIX, gracias al célebre explorador norteamericano John Stephens, cuando el mundo se entera que existe un émulo del laberinto de Creta entre los montones de escombros arqueológicos de que estaba salpicada la península de Yucatán. Angostas galerías interiores, oscuras y desniveladas, con puertas que no llevan a ninguna parte sino a otros pasadizos y corredores, puertas en zigzag, aparentemente inútiles o azarosamente dispuestas. Tragaluces en la fachada occidental que no dejan entrar sino un resquicio de luz, salvo durante los equinoccios, que es cuando el edificio se llena de la luz solar, como si festejara a la divinidad o se abriera a itinerarios fantásticos. Una sensación de cambio, de introducirse en una dimensión desconocida, atenaza al investigador o al curioso que penetra hoy en el<br />
Satunsat, y le sacude a medida que avanza, que asciende por las escalinatas, que atisba con dificultad en las paredes y los techos abovedados.</p>
<p class="bodytext">Tal vez sirviera el Satunsat de Oxkintok para las ceremonias o ritos de entronización de los gobernantes sagrados, o quizá era un símbolo en sí, con su sola presencia en el centro de la urbe. Sea como fuere, el misterio que entraña se transmite al paisaje en los cuatro puntos cardinales, y cuando uno abandona el lugar tiene el convencimiento de que ha logrado asomarse brevemente, de una manera confusa e inquietante, desde luego, a los secretos de una civilización que desapareció hace quinientos años pero que no ha muerto ni ha sido olvidada, y que perdura en sus piedras y se hace quimera en los remolinos que el viento forma sobre lo que un día fueron estancias por las que caminaban los dioses.</p>
<p class="bodytext"><strong>Miguel Rivera</strong></p>
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		<title>El enigma de una civilización perdida</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-enigma-de-una-civilizacion-perdida/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 09 May 2016 16:48:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 17]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">La culturamaya dominó el escenario centroamericano durante casi tres mil años. Fue la civilización precolombina que más tiempo perduró y la que mayor extensión geográfica alcanzó. Sin embargo, pese a las investigaciones realizadas desde el siglo XIX en la zona, los mayas continúan siendo un misterio. Hay muy pocos datos indiscutibles sobre el auge y decadencia de esta civilización que ha dejado espectaculares restos en forma de centros ceremoniales, códices, cerámica y esculturas. ¿Cómo eran sus ceremonias religiosas? ¿Cuál era su estructura social y religiosa?, y sobre todo ¿por qué desapareció esta extraordinaria cultura que todavía hoy, continúa despertando asombro y fascinación.<br />
El mundo maya es uno de los ámbitos de investigación más fascinantes para los arqueólogos. Tan sólo en la península de Yucatán (México) existen más de dos mil centros arqueológicos catalogados, la mayoría enterrados por la selva. Y esto es sólo un ejemplo de la riqueza que esconde la selva centroamericana.</p>
<p class="bodytext">• El Mundo Maya desapareció por su fraccionamiento entre caciques y su debilidad política. A la llegada de los españoles no tenía ninguna fuerza frente a los poderosos aztecas y su conquista fue rápida. Sin embargo el mundo maya no se ha perdido, sólo se ha transformado: más de seis millones de descendientes directos conservan las tradiciones prehispánicas de los mayas.</p>
<p>• Los descendientes de quienes construyeron las pirámides aún habitan en la región. Viven en pequeñas aldeas que parecen ajenas al paso del tiempo, hablan su antigua lengua, cosechan la tierra tal y como lo hacían sus ancestros y rinden culto a muchas de sus más antiguas tradiciones. El sincretismo es una de las principales características del mundo maya actual.</p>
<p>• Los mayas de hoy día viven dentro de las fronteras de su viejo imperio. Están divididos en varios grupos étnicos que hablan alrededor de 30 dialectos indígenas. Estos grupos incluyen a los lacandones, tojolobales, tzotzils y tzeltals. En Chiapas los dos últimos grupos están concentrados en el área alrededor de San Cristóbal de las Casas. También sobreviven los chontales de Tabasco y los quichús, kekchi y cakchiqueles de Guatemala. Muchos de los mayas son bilingües ya que hablan<br />
su propio dialecto y el castellano como segunda lengua.</p>
<p>• El redescubrimiento del mundo maya es una de las aventuras más apasionantes de la historia de la arqueología: en el siglo XIX, intrépidos aventureros como el conde Waldeck, John L. Stephens o el artista Frederic Catherwood descubrieron las ciudades mayas ocultas bajo la densa selva de la región y escribieron acerca de ella. Durante muchos años, los intelectuales especularon sobre las fabulosas ruinas como un legado de lastribus perdidas de Israel o de sobrevivientes de la Atlántida. Estos primeros exploradores fueron los pioneros de la arqueología maya. A partir de sus escritos sobre la región se han llevado a cabo innumerables excavaciones en sitios tales como Uxmal, Palenque, Tulum y Chichén Itzá en México, la magnífica y antigua Tikal en Guatemala y Copán en Honduras, un lejano sitio del imperio.</p>
<p>• La civilización maya se desarrolló en medio de un paisaje de selva alta, montañas, bosques nublados y de pinos, tranquilos lagos y caudalosos ríos. En el territorio conviven varios ecosistemas. De las 8.000 especies de plantas identificadas en el Mundo Maya, al menos 1.500 poseen propiedades medicinales. El Mundo Maya es la tierra que dio origen al cacao (chocolate), a la vainilla, al chicle y al henequén. El extenso inventario de recursos culturales y naturales del Mundo Maya incluye 17 sitios declarados Monumentos del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.</p>
<p>• Los cinco países que comprenden el Mundo Maya se han unido para proteger sus recursos naturales. En la zona existen numerosas Reservas de la Biosfera: En Chiapas, la Reserva de la Biosfera de los Montes Azules y la de El Triunfo. En Tabasco la Reserva de Centla, en Campeche la Reserva de Calakmul. En Yucatán la reserva de Río Lagartos, y en Quintana Roo, la Reserva de Sian Ka’an. En Belice hay cuatro espacios protegidos: la Bermudian Landing Community Baboon, la Reserva del Jaguar Cockscomb Basin, el Santuario de Vida Silvestre Crooked Treey la Reserva Marina Hol Chan En Guatemala hay tres reservas: la Reserva de la Biosfera maya (dentro de la cual se encuentra el Parque Nacional de Tikal), la Reserva Biotopo del Quetzal y la del Chocon Machacas. En Honduras destaca la Reserva de la Biosfera Río Platano y la reserva submarina de las islas de la Bahía. Por último, en El Salvador, se encuentra el parque nacional El Trifino y la reserva de Cerro Verde.</p>
<p class="bodytext"><strong>Juan Gabriel Pallarés</strong></p>
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		<title>Francis Carter</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/francis-carter/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 16:35:17 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletín 17]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez</strong></em></h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-17-mundo-maya/">Boletín SGE Nº17 &#8211; Especial Mundo Maya</a></p>
<p>La geografía era la ciencia de moda en la Gran Bretaña del siglo XVIII, y esto tuvo su reflejo en la publicación de infinidad de obras, sobre el tema, tanto eruditas como de divulgación. Los editores publicaban colecciones que, bajo el título de geografías, ofrecían una recopilación de relatos obtenidos de los libros de viaje de los británicos, que vieron en Europa y en el Mediterráneo el perfecto destino para sus viajes de estudios, lo que se conocía como el “Grand Tour”.</p>
<p>Sin embargo, la península Ibérica no estaba incluida en este circuito cultural y turístico, al menos durante los dos primeros tercios del siglo XVIII. Quedó marginada de tal modo que no llegaban a nuestras tierras viajeros con intención de hacer turismo. En consecuencia, tampoco se publicó nada nuevo sobre España, favoreciendo así el caldo de cultivo de numerosos tópicos y clichés acerca de los españoles. Para los británicos del XVIII España es pobre, despoblada y en plena decadencia; un mero apéndice de los borbones franceses. Sus habitantes son perezosos, orgullosos, dominados por los celos y el deseo de venganza; siempre dormitando al sol de invierno y a la sombra de una iglesia en verano. Su única preocupación es hacer su siesta diaria, asistir a misa y dejar que los franceses lo hagan todo. Daniel Dafoe escribiría un poema satírico en 1701 que refleja esta concepción de los españoles:</p>
<p><em>“Orgullo, el primer caballero, y Presidente del Infierno, sobre España, su parte y mayor provincia cayó. / El sutil Príncipe creyó conveniente darles las ricas minas de oro de Méjico; y todas las montañas de plata de Perú; / Riqueza que en manos prudentes podría dominar el mundo: / Pero él sabía que su temperamento era este: demasiado perezosos y demasiado altivos para ser ricos. Un pueblo tan orgulloso, tan por encima de su destino, que si reducido a pedir, lo haría con arrogancia. / Malgastan su dinero para que se les llame valientes y, orgullosamente, mueren de hambre porque desprecian el ahorro. / Nunca hubo nación en el Mundo que fuera tan rica y, sin embargo, tan pobre”.</em></p>
<p>Con el tiempo, durante el siglo XVIII, se fue reforzando el convencimiento de que España no era digna de soportar la fatiga y la dificultad de un viaje. Así por ejemplo, en 1752, Lord Chesterfield escribía a un amigo que cometía la insensatez, o la extravagancia de visitar la península y le advertía del siguiente modo:</p>
<p><em>“España es seguramente el único país de Europa que ha caído más y más en la barbarie en la proporción en la que otros países se han ido civilizando”. </em>Imagen tan asumida por los británicos que el editor de <em>The polite traveller and British navigator </em>escribía en 1783 que <em>“Nada excepto la necesidad puede inducir a alguien a viajar por España: debe ser idiota si hace el “tour” de este país por mera curiosidad, a menos que pretenda publicar las memorias de la extravagancia de la naturaleza humana”.</em></p>
<p>Sin embargo, la llegada de las nuevas corrientes románticas que valoraban el exotismo y la diferencia, junto con el hecho de que no se sabía nada sobre España y que las narraciones sobre ella no eran reales, fueron la causa principal de este cambio de actitud durante el último tercio de siglo. España recibe un gran número de viajeros que, precisamente llegan con el ánimo de escribir y publicar sus experiencias. Se desbarataba el concepto de viaje tal y como se había entendido durante el siglo XVIII.</p>
<p>Con el romanticismo, el género literario de los libros de viajes adquiere una importancia y valores nuevos: el viajero se preocupa menos por las instituciones y de la situación social de los países, en favor de los paisajes y del exotismo. Surge un interés por conocer lugares, costumbres y gentes diferentes; cuanto menos civilizado sea el país que se visita, mejor. España y especialmente Andalucía, se convertían, en definitiva, en un objetivo privilegiado para muchos viajeros extranjeros, sobretodo los de habla inglesa. Tanto es así que durante el siglo XIX se forjó “un camino inglés” que desde Gibraltar o Málaga conducía a Granada y a la Alhambra.</p>
<p><strong>FRANCIS CARTER Y SU ESTANCIA EN ESPAÑA</strong></p>
<p>Poco se sabe de Francis Carter, el hijo de un comerciante inglés afincado en el sur de España, que pasó su infancia en Andalucía. Su familia residió durante largas temporadas en nuestro país y siendo aún un niño visitó Madrid y Lisboa; vivió en Vélez, Málaga y después en Sevilla, antes de trasladarse a Gibraltar en 1771 donde alquiló una casa. A la capital hispalense donde residió gran parte de los años 1762, 63 y 64 Carter la considera junto a Valencia y Barcelona como las tres ciudades mejor trazadas de España en lo que a la disposición de las casas se refiere. Le llama la atención la construcción, que considera debe ser muy costosa, de patios y jardines llenos de naranjos y arrayales, y por supuesto las fuentes, <em>“sus habitantes han heredado también de los moros su pasión por las fuentes; no hay casa de importancia en Andalucía que carezca de ellas”</em>. Sevilla, antigua y gran ciudad de Andalucía y algunas veces corte de los reyes de España inspira a Carter, contrastando con su gusto y debilidad por la erudición, de la siguiente manera:</p>
<p><em>“¡Sevilla de mi alma! // Y qué de cosas,  // dulce a la memoria, // me traes amorosas. // Bizarra, hermosa, // En todo lucida; // ¡cuánto tú me querías, // y estabas de mí querida” </em></p>
<p>En septiembre de 1772 emprende un viaje a Málaga junto a su familia para pasar allí la primavera y el invierno. Llega a Málaga el 27 de septiembre de 1772, cuando la gente aún se sentaba a la puerta de las casas a tomar el fresco, y deja constancia en uno de sus grabados incluso de la casa en la que residió durante cinco años en esta ciudad. Este viaje y andanzas se detallan en el libro publicado en 1777 con el título original <em>A journey from Gibraltar to Málaga.</em></p>
<p>Fue coleccionista de monedas y libros españoles y amplió su colección gracias a la generosidad de sus amigos españoles, ya que le facilitaron una buena colección de medallas, libros y documentación necesaria no sólo para escribir<em>Viaje de Gibraltar a Málaga </em>sino también para elaborar cuatro años más tarde, <em>The Historical and Critical account of early printed spanish books</em>, que quiso continuar en una historia de la literatura española. Es en <em>Viaje de Gibraltar a Málaga </em>donde con gran ilusión promete escribir un tratado sobre literatura española, ante el deseo de muchos de sus amigos, siempre y cuando la obligación de dar de comer a su único hijo se lo permita. Gracias a esta promesa que Carter formula en el prólogo del libro en el que describe su viaje, sabemos que vivió en la casa de Málaga con su hijo, pero lo que no aclara y da lugar a especulaciones es si también compartió su hogar con una malagueña. Los títulos citados le consagraron y ayudaron a ingresar en la Real Sociedad de Anticuarios de Inglaterra.</p>
<p>Decía el propio Carter, que conoció España desde su infancia y más tarde, de 1753 a 1773, prácticamente toda su vida (excepto cinco años pasados en Francia) transcurrió en Andalucía y reino de Granada, del que dudaba que existiera en el mundo una provincia tan merecedora de atención, por su clima suave y fértil, por su Historia Antigua y por sus dones y bendiciones naturales que contribuyen al placer y bienestar humano. No obstante manifiesta nostalgia de su país natal buscando el consuelo en el estudio de los lugares donde le tocó residir.</p>
<p>El 3 de julio de 1773 corría una agradable brisa y el tiempo era espléndido en Málaga, día en el que una fragata salía del puerto de Málaga con destino a Bristol. Francis Carter abandonaba España, buscando buenos augurios para un feliz viaje y perdiendo de vista la costa malagueña.</p>
<p><strong>EL ANTICUARIO Y EL CANÓNIGO </strong></p>
<p>Francis Carter demuestra en su libro <em>Viaje de Gibraltar a Málaga, 1777 </em>una desbordante erudición al presentar el pasado histórico de los lugares que visita en esta travesía desde Gibraltar a Málaga. Las páginas de su libro son básicamente de contenido naturalista e histórico-arqueológico; las citas de Plinio, Ptolomeo, Antonio o Estrabón son constantes, sueña con el pasado de las ruinas de Carteya, Cilniana, Salduba, Lacippo, Súcubo, Irippo, Acinio, Cártama… con las que topa en su viaje y lo de menos es la atención a lo contemporáneo.</p>
<p>Sin embargo, no se molesta en ocultar un engreimiento y orgullo gratuito, casi infantil, en pasajes del viaje en los que rebate sin lugar a la réplica las teorías de anteriores estudiosos, historiadores o coleccionistas. A este respecto recurre a su excelente y única colección de monedas, de la que también ha dejado constancia en sus grabados.</p>
<p>En las correcciones de Carter a las fuentes de las que bebe, hay un nombre que merece especial mención: Don Cristóbal de Medina Conde. El viajero británico no se deshace en elogios hacia quien fue su guía en Málaga y quien le dio acceso a documentos y antigüedades que poseía en su museo particular; simplemente lo presenta como académico de número de la Real Academia de Bellas Letras de Sevilla y de honor de la de Barcelona, canónigo malagueño de la catedral y diligente anticuario con su propio museo. Sobre los demás hombres ilustres malagueños Carter, sin embargo, no escatima amables palabras: Don Juan Rivera, autor de trabajos históricos exhaustivos y correctos, quien en su museo posee una buena colección de antigüedades; Don Francisco Javier Espinosa, excelente anticuario y arcipreste de Cortes; Don Diego de Mendoza, hermano del marqués de Mondíar, sabio y elegante escritor que vivió en tiempos de Felipe II; el Padre Francisco Cabrera, motivo de honra para Málaga; Luis de Mármol, un hombre sin estudios pero de un genio natural; Macario Fariñas, Pedro Espinosa…</p>
<p>Medina Conde, el autor de <em>Conversaciones históricas malagueñas</em>, fue bastante maltratado por varios investigadores que criticaron sus trabajos en el mejor de los casos ya que en otras ocasiones se aprovecharon de sus estudios silenciando su autoría.</p>
<p>Parece ser que en esta época, existió en Málaga una tertulia literaria, la primera de la que se tienen noticias, en la actual Plaza de la Constitución. Debía de tratarse del lugar idóneo, puesto que cerca de ella se encontraban tanto la Casa del Cabildo, la histórica imprenta de Luis Carrera (el impresor del Ayuntamiento) que daba cobijo a la tertulia, la catedral, el Obispado y el Colegio de San Telmo. En ella se reunían tres aficionados “a los papeles viejos”: dos regidores del Ayuntamiento y un canónigo inquieto. Uno de los regidores era don Joaquín Pizarro y Despital, diputado archivista que desde 1788 se dedicaba a ordenar el archivo de Málaga, tarea en la que le ayudaba don Pedro Fernández de la Rosa, lector de letras antiguas, y el escribiente Antonio Romero. El otro regidor era un militar inválido que después de haber luchado en Gibraltar y Menorca, perdió una pierna a consecuencia de un trabucazo al perseguir a una partida de contrabandistas en Sevilla. Y el tercer tertuliano era un canónigo de avanzada edad, que iba dando a la imprenta un libro titulado <em>Conversaciones históricas malagueñas </em>bajo la firma de un sobrino suyo, don Cecilio García de la Leña, ya que él estaba desautorizado para publicar a causa de un expediente: era don Cristóbal Medina Conde.</p>
<p>Al parecer, el canónigo protagonizó un fuerte escándalo en Granada a causa de unos descubrimientos arqueológicos, a lo que se unió que no podía alcanzar la dignidad eclesiástica deseada en el Cabildo malacitano por no poder garantizar su prueba de sangre. Así que se le “recomendó” que su firma no apareciera en ninguna investigación, cosa que cumplió a favor de su sobrino.</p>
<p>Podemos suponer que las polémicas entre Carter y Medina Conde existieron y fueron bastante descarnadas. De hecho, el canónigo hizo de cicerone del británico por la ciudad, le mostró todo lo que suponía objeto de estudio y guió sus pasos entre septiembre de 1772 y julio del siguiente año. Como ya hemos dicho el anticuario nombra al canónigo básicamente con la intención de discutir sus datos. También Medina Conde le dio réplica, motivado por la soberbia y envidia que le produjo el británico. De tal modo que critica sin compasión en sus<em>Conversaciones históricas malagueñas </em>las inexactitudes históricas y geográficas de Carter. El canónigo describió al anticuario como sumiso y cortés caballero a quien invitaba a su casa para instruirse, facilitándole el acceso a su biblioteca, papeles y anotaciones de las noticias de Málaga.</p>
<p><strong>LA RUTA HACIA MÁLAGA </strong></p>
<p><em>“Permanecimos en Gibraltar desde finales de junio de 1771 hasta el 23 de septiembre de 1772, día en que emprendimos viaje a Málaga, donde pensábamos pasar el invierno antes de volver a Inglaterra. Después de cruzar la frontera española, viajamos cinco horas por la costa del Mediterráneo, sobre terrenos áridos durante unas tres leguas; entonces encontramos un río ancho y profundo, que no es vadeable en invierno y, a poca distancia, nos paramos en un cortijo donde nos refrescamos con sandía”. </em></p>
<p>De este modo comienza Carter su viaje hasta Málaga, una vez atravesada la frontera española, aunque antes de ello hizo una excursión por el Peñón de Gibraltar con una exhaustiva descripción de la provincia, sus ruinas y su historia antigua.</p>
<p>Ya en el inicio de su viaje deja ver cierta vanidad que aflora en muchos pasajes de su ruta. Aprovechando la vista de Tánger desde el Peñón hace un guiño al lector pidiendo un poco de paciencia para dedicar unas palabras referentes a la historia de la ciudad. Tras el recorrido histórico por Tánger y ante la admiración de las flores que nacen en las rocas del Peñón, Carter hace una concesión a las damas que le acompañan en el viaje, dejando ver que les parecía mucho más agradable la admiración del paisaje que las historias de ciudades y batallas, así que, y ante la petición, dedica a sus acompañantes una descripción de la flora del Peñón.</p>
<p>Sentencia Carter que Gibraltar, tras ser cedido a la corona de Inglaterra en 1713, volvió a conseguir su antiguo esplendor y constata la improbabilidad de que vuelva a pasar a manos españolas: <em>“las fortificaciones han sido tan mejoradas y perfeccionadas que, unidas a la fuerza natural del lugar, lo hacen inconquistable; las posibilidades de que vuelva a ser de los españoles son muy remotas, a no ser por traición. Para los moros fue la llave para entrar en España; por eso los ingleses, con toda razón, lo consideran la llave del Estrecho y el asiento del dominio británico en el Mediterráneo”. </em></p>
<p>Por la costa de Gibraltar y Algeciras, se detiene con una densa y exhaustiva descripción de las ruinas de Carteya. El viajero inglés se recrea en la antigüedad, el gobierno, las monedas y hasta las familias romanas de la ciudad. Recordará varias veces a lo largo de su libro que ha sido el primero en dibujar una vista de la ciudad de Carteya.</p>
<p>Continúa en su recorrido desde la costa de Gibraltar con referencias a cualquier resto histórico que surja en su camino: Barbésula, Barbariana, Cilniana, Salduba, Suel, Lacippo… hasta llegar a La Serranía de Ronda.</p>
<p>Del paisaje de La Serranía de Ronda, o su historia natural, como lo llama Carter, asegura que no cree que jamás pueda ver un paisaje más delicioso. Abrumado por la fertilidad de estas tierras, de sus excelentes aguas, de su aire, de los generosos frutos de sus árboles, se aventura a asegurar que un hombre que fuera abandonado a su suerte, por cualquier causa, en estos bosques podría sobrevivir perfectamente.</p>
<p>A su llegada a Marbella destaca el carácter “poco acogedor” de sus habitantes ya que, sin lugar a dudas para el anticuario, al ser muchos de ellos descendientes de los moros, todavía toman a mal el pésimo trato que recibieron sus antepasados por parte de los españoles, y para dejarlo más claro, recoge el siguiente dicho: “Marbella es bella, pero no entrar en ella”.</p>
<p>A una hora de viaje de Marbella divisa la romántica situación de Ojén, donde desayuna en casa de unos amables vecinos, que a pesar de no conocer a los viajeros, les dedican la máxima hospitalidad posible; hospitalidad que no exige pago por un desayuno que a pesar de no conocer ni “el exótico té, la porcelana pintada y el olor del café” sorprende con lo que hoy día llamaríamos un desayuno mediterráneo: “una rústica mesa, que ofrecía limpias tazas de barro llenas de leche recién ordeñada de la cabra, una cesta de uvas con su textura de terciopelo tan agradable al tacto y un montón de higos todavía brillantes del rocío de aquella mañana”. A Carter le llama la atención que la economía de estos campesinos se base todavía en el trueque, de hecho casi nunca han tocado el dinero, y reflexiona el viajero inglés que seguramente sea esta la causa en la que reside su mayor felicidad.</p>
<p>Desde el puerto de Ojén, <em>“famoso desde hace mucho tiempo por sus bandas de salteadores”, </em>pasando por Monda, por los curativos baños árabes de Carratraca, a los que dedicó una vista, y recorriendo Coín, <em>“excelente lugar para pasar la primavera, incluso el obispo tiene un palacio aquí”, </em>Tolox, Alhaurín, Churriana, Cártama, Alora y Nescania llega a Antequera. En este trayecto no se molesta en edulcorar lo más mínimo las opiniones que le suscitan según qué comportamientos de los campesinos andaluces: desde la brutalidad de un rústico de Cártama al mutilar una estatua romana, hasta la dejadez de los lugareños que no se preocupan en arreglar la calzada llena de baches de Cártama a Málaga, a pesar de que en invierno se hunden de barro hasta la cintura tanto los campesinos como sus animales.</p>
<p>Tras describir el escudo de Antequera, su moneda, la armería árabe del castillo y hacer una relación de hombres ilustres de la ciudad, Carter llega a Málaga con una sensación de tristeza por la visión que les ha brindado el viaje y que se torna en alegría ante la vista de la ciudad malacitana: <em>“La impresión de nuestro viaje no puede ser más desagradable y triste ante la visión melancólica de anti</em><em>guas ciudades en ruinas, algunas tan destrozadas y deshechas por el tiempo que la búsqueda más afanosa apenas ha podido descubrir los lugares que antiguamente ocuparon (… ) En Málaga es todo lo contrario; aquí la escena es agradablemente uniforme, alegre y próspera a través de todas las épocas, bajo los fenicios, griegos, romanos, godos y árabes.”</em></p>
<p><strong>EN LA ESPAÑA DE LOS TÓPICOS </strong></p>
<p>No podemos comparar a Francis Carter con aquellos “curiosos impertinentes”, viajeros que encasillaron a los españoles bajo el tópico de ignorantes, perezosos y responsables de la decadencia del imperio que había sido España.</p>
<p>Es en el último tercio del siglo XVIII cuando se va descubriendo que el español es templado en el comer y el beber, aplicado en el trabajo, alegre, acogedor y que incluso sabe hablar con corrección y prudencia. Es más, se ve a la monarquía española como la causa de todos los males del país; es la época en que los ingleses ven en el pueblo español el mito de la lucha por la libertad; pueblo que poco después se levantaría contra el invasor francés.</p>
<p>Como ya hemos señalado antes, Francis Carter en su ruta por tierras andaluzas, no muestra ningún recato en hablar de la brutalidad e ignorancia de los campesinos que no saben apreciar el valor del legado de la antigüedad en sus tierras. Sin embargo hace una clara distinción entre la forma de ser de los españoles de las capitales y los de los pueblos.</p>
<p>Describe a los habitantes de la capital malacitana con la <em>“característica de quienes han olvidado la antigua virtud y sencillez de sus antepasados. Es común entre ellos el gusto por la disipación y las diversiones públicas. Como su comercio es lucrativo y sus economías van a más, cada cual pugna y rivaliza con su vecino en ostentación y despilfarro, esforzándose por alcanzar y mantenerse en una clase social superior a la suya: el mecánico quiere parecerse al tendero; el tendero al comerciante, y los comerciantes a los nobles. (… ) Sin embargo, en los pueblos y ciudades del interior todavía se ven españoles casi en el mismo estado en que los dejaron los romanos.” </em>Y sin embargo, ve en el campesino español un hombre<em>“moderado en el comer, abstemio, sobrio como ninguno, amante de su tierra, obediente y fiel a su rey, el campesino es un soldado excelente”.</em></p>
<p>Hasta tal punto llega el elogio de Carter, que pone como ejemplo el caso de un criado que tuvo en Sevilla en 1760, y que tras recuperarse de una penosa y larga enfermedad, pidió a su amo inglés que le permitiese peregrinar a Santiago de Compostela para cumplir la promesa que había hecho al santo si salía con bien de ese trance. El criado le prometió estar de vuelta en cinco semanas y ante el estupor de Francis Carter, cumplió su promesa con el lógico asombro del anticuario que sabía que la ciudad gallega estaba a 170 leguas de Sevilla. Exageración o admiración, tal vez, pero lo cierto es que Carter no deja pasar la oportunidad para certificar la integridad de los españoles: <em>“Yo, que he convivido con los españoles durante tantos años, quiero rendir aquí un homenaje a su integridad”. </em></p>
<p>En cuanto a las costumbres de los españoles, Carter no deja de sorprenderse: unas veces negativamente, como al describir la fiesta de la vendimia en los Montes de Málaga, y otras agradablemente como cuando, por ejemplo, descubre el comportamiento social de los españoles en los que siempre está presente la guitarra.</p>
<p>Para Carter, la fiesta de la vendimia se convierte en el olvido de la consideración y del respeto; en una temporada en la que los españoles aprovechan para celebrar fiestas que rozan el libertinaje. Al inglés le sorprende que el amo de la viña deje su severidad y su capa y se siente en la misma mesa que sus jornaleros; que tanto él como su mujer peleen con los trabajadores tanto en coger el mejor sitio a la mesa como en ser el primero en <em>“meter la cuchara a la sopa”. </em>Claro que lo más escandaloso para el viajero inglés es la retahíla de bromas y comentarios jocosos, animados por las copasque siguen a la comida, y que atañen por igual a amo y trabajadores; lo que no deja de considerar terrible es <em>“lo de provocar de la manera más vulgar y grosera a todos los que pasan por las viñas, mientras cogen la uva; y lo que es aún más notable, siguen utilizando las mismas expresiones (Hijo de la grandísima puta, cabrón, putísima, etc) que el ruedo vendimiador de los tiempos de Horacio.”</em></p>
<p>De la mujer española Carter destaca el recato y la modestia con los que cautiva el corazón. Le llama poderosamente la atención el velo, que dice es costumbre heredada de los moros, y aunque antes lo llevaban de seda, y durante un siglo, por falta de medios, lo llevaron de lana, poco a poco se fueron fabricando de tafetán negro, batista fina o de muselina transparente. <em>“Este velo encierra todala magia, el atractivo de su belleza”. </em></p>
<p>La guitarra española también tiene su lugar en las páginas que escribió Francis Carter sobre su estancia en nuestro país. Dice que sus notas se oyen por la noche con las quejas y las historias de amor de los mozos de los pueblos; son las mismas manos que han estado podando viñas todo el día las que arrancan tiernas notas de amor al anochecer. Le llama poderosamente la atención que el comportamiento social de los jóvenes se aprenda en las reuniones nocturnas a las que acuden los jóvenes de ambos sexos para escuchar <em>“un romance histórico, las graciosas seguidillas”o turnándose en el cante de los alegres fandangos.” </em></p>
<p>También diferencia Carter entre capital y pueblos en lo que al galanteo de los jóvenes se refiere. Mientras que la peor parte se la llevan en las ciudades, es en los pueblos donde los chicos son corteses, afables, atentos y educados, ya que pueden llegar rumores a oídos de las novias que echarían por tierra su buena fama. Es más, Carter aprovecha para comparar y criticar la zafiedad y despreciable egoísmo de los campesinos ingleses: <em>“Los españoles son apasionados de la música y la cultivan desde su infancia. Lanzar el palo con fuerza, montar a caballo con garbo, enfrentarse a un toro bravo, bailar con soltura y elegancia y ser esmerados y aseados en su porte son los únicos encantos que pueden conquistar el corazón de una muchacha española, que no busca dote, herencias ni dinero, sino que espera mitigar las penas y el sudor del trabajo diario compartiéndolo con el compañero que ha elegido.”</em></p>
<p>A modo de conclusión de su viaje por tierras españolas Francis Carter rinde homenaje a la hospitalidad y generosa acogida de que es objeto el viajero en la España de finales del siglo XVIII, y no solo por parte de las clases altas, sino por parte del clero, campesinos y habitantes de los pueblos por los que pase cualquier viajero. <em>“Mi experiencia personal y la de todos mis compatriotas que han viajado por España confirman esta impresión.” </em>Podemos ver, por lo tanto en el pensamiento de Carter, esa mezcla de admiración y desprecio con la que los ingleses contemplaban una España que, para ellos, siempre había sido misteriosa e incomprensible.</p>
<p>Francis Carter terminaría sus días en su país natal, escribiendo colaboraciones en Gentelmen’s Magazine. Murió en 1783.</p>
<p><strong>Bibliografía</strong></p>
<p>Viaje de Gibraltar a Málaga, 1777. Francis Carter: Servicio de Publicaciones. Diputación Provincial de Málaga.</p>
<p>The true-born Englishman en Selected writings of D. Defoe. D. Defoe. Editado por J. T. Boulton, C. U. P., 1975.</p>
<p>Lord Chesterfield’s letters to his son and others. Lord Chesterfield Londres, Everyman’s Library, 1938, pag. 310.</p>
<p>The polite traveller and British Navigator. J. Fielding. Londres, 1783, pág. 92, vol. II</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/francis-carter/">Francis Carter</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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