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	<title>Boletín 20 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletín 20 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Humboldt y Bonpland (1799-1804)</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-herencia-de-humboldt-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 14 Apr 2020 12:00:43 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Expediciones]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Josefina Gómez Mendoza La herencia de Humboldt Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005 La Sociedad Geográfica de Berlín (Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin) fue fundada en abril de 1828. [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-herencia-de-humboldt-2/">Humboldt y Bonpland (1799-1804)</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong>Josefina Gómez Mendoza</strong></h3>
<p>La herencia de Humboldt</p>
<p class="bodytext">Bibliografía: Boletín 20 SGE. Marzo de 2005</p>
<p class="bodytext">La Sociedad Geográfica de Berlín (<em>Gesellschaft für Erdkunde zu Berlin</em>) fue fundada en abril de 1828. Era la segunda después de la de París que lo había sido en 1821 y anterior a la Royal Geographical Society de Londres que no se fundó hasta 1830. La geografía alemana inauguraba así un siglo de esplendor. Sin duda la geografía del siglo XIX debe ser considerada ante todo ciencia alemana; sólo las consecuencias de la Primera Guerra Mundial y el relevo en el protagonismo por parte de la geografía francesa, la llevaron a un segundo plano.</p>
<p><strong>NACIMIENTO Y ETAPA EXPEDICIONARIA Y COLONIAL</strong></p>
<p>Nada hacía presagiar que el Berlín de la época fuera capaz de acoger una institución de este tipo. Al menos esa es la opinión del gran geógrafo y expedicionario por Asia, Ferdinand von Richthofen (1833-1905), que había de presidir la Sociedad a finales del siglo XIX: <em>“Berlín era una ciudad pequeña, que ofrecía pocas perspectivas vitales y muy estrechos horizontes intelectuales. Los berlineses ilustrados tenían poca ocasión de intercambiar ideas”</em>. Pero el hecho de que Alexander von Humboldt pronunciara en Berlín en 1827 y 1828 sus famosas conferencias sobre el cosmos suministró el impulso necesario para la creación de la Sociedad. Un amigo de Humboldt, el cartógrafo Heinrich Berghaus, aprovechó la ocasión para hacer un llamamiento en pro de la creación de una Sociedad Geográfica (Lenz, 1978 a y b). La otra circunstancia que ayudó a la creación fue que Carl Ritter, considerado, junto con Humboldt, creador de la geografía moderna, ocupara la primera cátedra de geografía en la Universidad de Berlín y en la Academia Militar: fue elegido primer presidente de la Sociedad, y como tal se mantuvo hasta su muerte en 1859, el mismo año que Humboldt.</p>
<p class="bodytext">Aunque tuvo desde el principio socios importantes, la Sociedad de Berlín no consiguió en los primeros decenios el reconocimiento público suficiente y careció de solvencia financiera para sufragar expediciones y proyectos de envergadura. De ello se quejó el propio Ritter.<br />
A mediados del siglo XIX, se iniciaba una nueva etapa de la Sociedad de Berlín, la fase más expedicionaria. Uno de los socios distinguidos, Heinrich Barth, que la acabó presidiendo de 1863 hasta 1865, año de su muerte, había participado en varias expediciones a África Central: de ellas dio cuenta en la Sociedad y, con su mediación, la Sociedad Geográfica de Berlín se convirtió en un centro neurálgico de la tradición expedicionaria alemana. Los exploradores Gustav Nachtigal y Hermann von Wissman dieron cuenta de sus viajes en ella; la Sociedad patrocinó las expediciones polares alemanas (1901-1903) y desempeñó un papel importante en la expansión de las colonias e intereses alemanes en África. Momentos estelares en la vida de la Sociedad fueron las conferencias que en ella pronunciaron grandes exploradores como Sven Hedin (1903), Roal Amundsen (1907 y 1912), Sir Ernest Shackleton (1910), Robert E. Peary<br />
(1910) y Alfred Wegener (1929), entre los más relevantes. La Sociedad de Berlín editaba desde 1868 una revista <em>Die Erde </em>que se sigue publicando en la actualidad.</p>
<p>Otras veinticuatro sociedades geográficas se crearon en Alemania y Austria en el siglo XIX, y ya sólo otras cinco antes de la Segunda Guerra Mundial. Las más tempranas fueron la de Francfort en 1836 y la de Darmstadt de 1845, seguidas de las de Leipzig, Dresde y Münich en los años sesenta, 1861, 1863 y 1869 respectivamente. De los años setenta son las de Dresde, Halle, Hamburgo, Friburgo, Hannover y Karlsruhe y de los ochenta, las de Jena, Lübeck. Königsberg, Stuttgart, Greisswald, Kassel (todas de 1882) seguidas de la de Colonia en 1887. Es el momento de mayor impulso creador.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas tenían objetivos similares a los de la de Berlín pero ninguna alcanzó su dimensión (ésta llegó a tener más de 1.300 socios) y esplendor. En todo caso, la mayor parte de las Sociedades enunciadas se mantienen.</p>
<p><strong>LA FASE ACADÉMICA</strong><strong> Y CIENTÍFICA DE LA SOCIEDAD DE BERLÍN</strong></p>
<p>En el año 1899 von Richthofen se había hecho cargo de la cátedra de geografía de Berlín, culminando un momento de expansión de la geografía universitaria en Alemania. Se habían creado cátedras de geografía en Leipzig y en Halle en 1871 y 1873 respectivamente (nótese la coincidencia con la fecha de fundación de las Sociedades), y un año después, en 1874, el gobierno prusiano decidía establecer cátedras de geografía en todas las universidades del Estado. Esta iniciativa dio apoyo institucional a los geógrafos y situó en primera línea a Friedrich Ratzel (1844-1904) que había viajado mucho como periodista por Estados Unidos y que ocupó la cátedra de Munich en 1875; también a Ferdinand von Richthofen, conocido por su expedición por el interior de Asia y sus estudios de geomorfología china, lo que le había llevado, a su vuelta a Alemania en 1872, a defender ardientemente la presencia de Prusia en este país asiático. Ocupó la cátedra de Bonn en 1877, luego la de Leipzig y finalmente la de Berlín. En 1914 había veintitrés cátedras universitarias en Alemania, algo sin parangón en los demás países europeos donde o no había o sólo había una universidad con enseñanza independiente de geografía.</p>
<p class="bodytext">La institucionalización universitaria de la geografía alemana la había convertido en un modelo para las Sociedades francesas e inglesas. En el caso francés, la derrota ante Prusia de 1871 había hecho que Alemania fuera considerada el ejemplo que había que seguir. La idea repetida era que <em>“la responsabilidad de la derrota de Sedan correspondía más al profesor de geografía e historia que al militar”, </em>en la medida en que no habría sabido inculcar el suficiente conocimiento del territorio patrio y, por ende, amor patrio. Se citaba en muchos cenáculos la supuesta frase de Goethe sobre que los franceses no sabían geografía.</p>
<p>Al prestigio académico de la geografía alemana, en el <em>Gymnasium </em>y en la Universidad, se sumaba el editorial y cartográfico. El caso más conocido es el del Instituto Geográfico de Justus Perthes en Gotha, de donde salieron entre otros los célebres atlas <em>Stieler Handatlas, </em>además de anuarios estadísticos, mapas murales y revistas como la célebre <em>Petermans Mitteilungen. </em>Todo ello contribuyó a convertir en el último tercio del siglo XIX a la geografía alemana en modélica. En 1899 se había celebrado en Berlín el Congreso Internacional de Sociedades Geográficas.</p>
<p>Sin duda esta reputación estuvo en el origen del acercamiento de las Sociedades hacia la geografía científica y de la discusión metodológica que se produjo. Junto a las conferencias vespertinas dedicadas al gran público, se fueron introduciendo en la de Berlín, sesiones y seminarios dirigidos a un público más reducido y especialista. Como otras veces, en esta inflexión de la Sociedad de Berlín tuvo bastante que ver la influencia de una figura de peso, en esta ocasión la de Albrecht Penck (1858-1945) geomorfólogo de prestigio internacional, catedrático (profesor <em>Ordinarius</em>) del Instituto de Geografía de Berlín, miembro de la Junta de la Sociedad entre 1907 y 1930 y durante bastantes años su presidente. Atrajo a personalidades relevantes pero también a sus estudiantes y discípulos que fueron acudiendo a la Sociedad y tomando protagonismo. De modo que en este derrotero, la conmemoración del centenario de la sociedad en 1928 fue también la ocasión de su consagración científica.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS EN EL CONTEXTO INTERNACIONAL Y LA CREACIÓN DE LA UNIÓN GEOGRÁFICA INTERNACIONAL</strong></p>
<p>El primer congreso internacional de geografía se celebró en Amberes entre el 14 y el 22 de agosto de 1871. A partir de entonces fueron las Sociedades de Geografía las que se hicieron cargo de la organización de los sucesivos congresos. Era la edad de oro de las Sociedades. De este modo se suceden el Congreso de París de 1875, a instancias de la Sociedad de París, el de Venecia, por invitación de los geógrafos de esta ciudad y aceptación de la Sociedad de París que actúa en todo momento de <em>primun interpares</em>. En agosto de 1889, la serie de conferencias que tuvo lugar con motivo de la Exposición Universal es igualmente reconocida por la Sociedad de Geografía de París como Cuarto Congreso Internacional. A partir de entonces se fue estableciendo la tradición de relevo de las Sociedades y de las sedes para la organización de los congresos, que no pasaban de ser, como ocurría entonces con multitud de otros congresos, asambleas efímeras que no dejaban la huella de una estructura permanente, pese a los votos que se solían hacer para que así fuera. En este sentido en el Congreso de Venecia ya mencionado se había afirmado que era necesario crear una “Oficina Central” que se ocupara de la difusión de las resoluciones del Congreso y de la comunicación entre sociedades. Las siguientes convocatorias fueron las de Berna en 1891, Londres 1895, y bajo la responsabilidad de la Sociedad de Berlín, la de esta ciudad en 1899. En este último congreso del siglo, la oficina central puso de manifiesto la falta de resultados en la toma de contactos intentada con los gobiernos y las sociedades geográficas del mundo. Pese a ese fracaso relativo la organización central se mantuvo, y así se celebraron los congresos de Washington (1904), Ginebra (1908) y Roma (1913).</p>
<p class="bodytext">Es precisamente en Roma en donde surge la iniciativa de instituir una Unión Internacional de Sociedades de Geografía, resolución que firmaron entonces las de Roma, Madrid, Lisboa, Ginebra, Londres, Berlín, Viena, Nueva York, París, San Petersburgo y Copenhague a las que se habían de unir las de Bruselas, Amsterdam, Cristiana, Estocolmo y Budapest. El estallido de la guerra impidió que se llevara a la práctica la resolución y deparó un destino segregado a las sociedades alemanas y más en concreto a la de Berlín.</p>
<p>En el proceso de internacionalización de la geografía llama la atención pues, en comparación con otras ciencias, el papel relevante que habían tenido las Sociedades nacionales o regionales, para difundir la información, actuar como grupo de presión respecto de los gobiernos, consultar sobre las cuestiones que se les plantearan y sintetizar el estado de los conocimientos en los distintos campos.</p>
<p>El modelo de internacionalización que se plantea a partir de la guerra va a cambiar, al restar protagonismo y responsabilidad a las Sociedades y al establecer un boicot de hecho a Alemania y a las Sociedades alemanas (Robic, 1996). La forma definitiva de la Unión Geográfica Internacional (UGI), cuya existencia se planteó ya en el Consejo Internacional de Investigaciones de 1919 (<em>Conseil International de Recherches</em>, CIR) y se ejecutó el 27 de julio de 1922, ratificaba el apartamiento de las Sociedades, aunque los comités nacionales ante la UGI se mantenían con carácter estatal, con lo que en muchos de ellos la presencia de las principales Sociedades estaba garantizada porque esa venía siendo la tradición. El CIR y la UGI son de hecho creación de los Aliados y mantenían la marginación de las potencias centroeuropeas, mostrando la ruptura producida por la guerra entre las comunidades científicas y culturales. En el caso de la geografía, la intención de no abrir las puertas a Alemania, al menos al principio, fue evidente. La voluntad de normalización política que significó el Tratado de Locarno de 1925, con la entrada de Alemania en 1926 en la Sociedad de Naciones, se retrasó en el caso científico: las Sociedades científicas alemanas prefirieron proceder a un contraboicot y en ningún momento admitieron negociar con el CIR. De hecho la situación no se normalizó en el caso de la mayor parte de las ciencias hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Así ocurrió con la geografía con el hecho sobreañadido de la peculiar situación vivida por los geógrafos y sus organizaciones durante el régimen nazi.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS SOCIEDADES ALEMANAS DURANTE EL NACIONAL SOCIALISMO</strong></p>
<p>La geografía responde muy bien a la situación descrita. Primero la geografía alemana fue excluida por los Aliados y, luego, algunos de sus responsables vinculados al Nacional Socialismo se opusieron en los años treinta a todo intento de conciliación.</p>
<p>A decir de Carl Lenz (1978), presidente en los años setenta de la Sociedad de Berlín y “biógrafo” de la misma, la Sociedad de Berlín pasó por considerables dificultades durante el periodo nazi. El que se pudieran proseguir las publicaciones se debió en buena medida al último ministro prusiano de Cultura, Friedrich Schmidt-Ott, y al geógrafo Carl Troll (1899-1975), discípulo de Penck y llamado a ser la cabeza visible de la geografía alemana de postguerra y de la reconciliación. En los años treinta Troll era objeto sin embargo de la inquina (por razones desde luego profesionales, probablemente también científicas) de otro gran geógrafo y teórico del paisaje, Siegfried Passarge (1867-1958), este con clara obediencia política hasta el punto de haber sido nombrado <em>Reichsobmann für Geographie </em>(jefe nazi para la geografía). Passarge se opuso frontalmente a la demanda que le hizo Emmanuel de Martonne, presidente de la UGI en 1933 de incorporación a la misma. Troll prefirió refugiar a la Sociedad de Berlín en el trabajo y organizó en 1938 el Congreso sobre <em>Exploración geográfica y fotografía aérea, </em>de reducida trascendencia por las razones comentadas, pero con acierto temático evidente.</p>
<p class="bodytext">En plena guerra mundial se celebró una llamada reunión de geógrafos europeos en Würzburg, a instancias de Schmieder de Kiel y Krebs de Berlín, que se presentaba como alternativa a la UGI, pero que por razones obvias se convirtió de hecho en una reunión germano-italiana a la que asistieron por parte española, Juan Dantín Cereceda y José Gavira.</p>
<p>Es difícil medir la influencia del Nacional Socialismo en la geografía del momento. Se ha dicho que se habría sobrevalorado el papel de la geopolítica sobre el ideario nazi pero sin duda la insistencia sobre el <em>lebensraum </em>(espacio vital), <em>el Volk </em>(el pueblo) y la raza como conceptos centrales de la geografía humana marcaron la continuidad de la época nazi con los fundadores de la geopolítica, Ratzel y Haushofer. La geografía del Nacional Socialismo evitaba la neutralidad científica y se dedicaba a un mundo germanocéntrico.</p>
<p><em>“La geografía nacional es para nosotros la geografía total, mirar con ojos alemanes y desde el punto de vista alemán a Alemania en el mundo”</em>, insistiendo sobre el papel creativo del pueblo alemán en el paisaje cultural de Europa. (Elkins, 1989).<br />
Hubo censura, autocensura, persecución y diáspora. Carl Troll, una de la figuras más relevantes de la Sociedad de Berlín y de la geografía alemana y mundial, que se había opuesto al Nacional Socialismo antes de la llegada de éste al poder y que no había hecho gestos de aceptación del régimen, aunque tampoco había tenido que salir de Alemania, se encargó de reivindicar la geografía de su país en la inmediata postguerra en un célebre artículo de 1948 sobre la “La ciencia geográfica en Alemania durante el periodo 1933-1945. Crítica y justificación”, publicado por los <em>Annales </em>de la Asociación de Geógrafos Americanos. Se trataba de expurgar la literatura del periodo nazi de falsificaciones y tergiversaciones incompatibles con la verdadera ciencia (Troll, 1948; Gómez Mendoza, 1994). Se trataba de separar en el pasado lo “bueno” de lo “malo”, siendo lo malo lo comprometido con el régimen nacionalsocialista. Depurar, por ejemplo, la verdadera geografía política y los elementos respetables de Ratzel y Haushofer del mal uso que se había hecho de ellos. En la interpretación de Troll, la geografía física se habría mantenido más resguardada de la contaminación política que la humana.</p>
<p class="bodytext">Todas ellas se valen de reuniones y seminarios más o menos especializados y de viajes de los socios y, eventualmente, de apoyo a expediciones. La de Berlín mantiene sin duda la mayor iniciativa. Organiza viajes geográficos, cortos o largos, bajo dirección experta; administra los fondos de subvención Carl Ritter, Ferdinand von Richthofen y Albrecht Penck, creadas todas ellas en el año de la muerte de los mencionados presidentes. En 1959 se creó una nueva línea de subvención <em>Von Humboldt-Ritter-Penck </em>con el mismo objetivo de apoyar la investigación de geógrafos alemanes.</p>
<p>Su última iniciativa ha sido convocar para octubre 2005 un congreso internacional con motivo del Centenario de Richthofen, con el título “Hombre y medio en Asia Central”. En torno a la figura de Richthofen, uno de los primeros geomorfólogos y estudiosos del Asia central, se convoca a expertos de todo el mundo a debatir sobre geoecología, arqueología e historia cultural, historia, ciencias sociales y cartografía asiáticas.</p>
<p class="bodytext">
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		<title>La “Peregrinación del Mundo”, de Pedro Cubero</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-peregrinacion-mundo-pedro-cubero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:36:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Los primeros viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Cristina Panizo Pifarré Boletín 20 Sociedades Geográficas En el siglo XVII el sacerdote aragonés Pedro Cubero, movido por una inquebrantable fe en el catolicismo de la Contrarreforma, recorre en [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Texto:</strong> Cristina Panizo Pifarré</p>
<p>Boletín 20<br />
Sociedades Geográficas</p>
<p><strong>En el siglo XVII el sacerdote aragonés Pedro Cubero, movido por una inquebrantable fe en el catolicismo de la Contrarreforma, recorre en soledad tierras exóticas y lejanas, como Europa Oriental, el Imperio de Moscovia y Persia, el reino de Cambaya, llegando incluso a la India, Malaca, Filipinas y Nueva España.</strong></p>
<p>Curioso, conversador, tenaz, valiente y profundamente católico. Así era Pedro Cubero Sebastián, sacerdote de origen aragonés con el suficiente arrojo para peregrinar en soledad por un mundo no exento de peligros y con la suficiente fe para predicar su religión católica en lugares donde un hecho así podría haber llegado a costarle la vida. De hecho, a punto estuvo en alguna ocasión, y ello hubiera impedido que llegara a escribir <em>Peregrinación del Mundo</em>, un curioso libro de viajes que ofrece una meticulosa descripción del prolongadísimo itinerario que el sacerdote realizó entre los años 1670 y 1679. Hungría, “las tierras del Gran Turco”, el ducado de Silesia, Polonia, Lituania, el Imperio de Moscovia, Persia, Cambaya, La India, Malaca, Filipinas y Nueva España fueron sus destinos. Su objetivo, el mismo que el de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, de la que era predicador apostólico: llevar los sacramentos católicos a todos los rincones del mundo.</p>
<p>Política, religión, cultura, historia, tradiciones, leyendas, gastronomía, arquitectura, biología, botánica, navegación… todas estas materias y otras muchas se dan cita en la “Peregrinación del Mundo”, una obra curiosa para su tiempo, que describe el mundo desde la particular y concretísima visión de Pedro Cubero, una persona sin duda viajada y culta para el siglo XVII en que vivió, pero también demasiado cerrada en los límites de su propia cultura y religión como para intentar comprender algunas formas de vida ciertamente alejadas de sus propias costumbres.</p>
<p><strong>ANECDOTARIO DE UN PREDICADOR</strong></p>
<p>Entre las anécdotas que recoge la obra, destaca la que sitúa al predicador en Persia, durante su estancia en la ciudad de Casmin, donde se encontraba el sultán o gran Soffi. Éste obsequió al sacerdote con un “<em>vestido riquísimo hecho a lo persiano</em>” que hubo de ponerse para pasear por toda la ciudad “con gran acompañamiento”. “<em>Todos me saludaban en altas voces, diciéndome en su lengua una salutación que acostumbraban decir, que en lengua Persia es ‘zalá melé’, que es lo mismo que decir ‘Dios te guarde’, y el intérprete me decía que había de responder: ‘Aliquezalam’, que es lo mismo que decir: ‘Así os guarde a vosotros’, y en mi corazón decía: sacándoos de las tinieblas y oscuridad en que </em><em>estáis. En fin, ellos me pasearon por toda la ciudad, que ellos decían se me hacía grande honra y yo no sé cómo no me caí muerto de pesadumbre y vergüenza</em>”. El vestido en cuestión no era cualquier cosa, y menos para un predicador acostumbrado a llevar ropajes mucho menos… llamativos. A saber: ropón largo hasta los pies, mangas anchas hasta el codo y estrechas hasta la muñeca con diez botones de oro cada una, la tela de color púrpura, cuajada de flores entretejidas de oro, capa escarlata, turbante…</p>
<p>Aunque las anécdotas son muchas y variadas, nuestro predicador no sólo vivió momentos históricos transcendentales, sino que en algunos casos llegó a ser coprotagonista de los acontecimientos. Al inicio de su peregrinación, apenas en el tercer capítulo del libro, el rey de Polonia le entregó una carta “<em>de mucha importancia para la cristiandad</em>” para que se la hiciera llegar al rey de los medos y persas, Schac Solimán. Transcurridos muchos caminos y algún tiempo, ya a mitad de su largo viaje, Pedro Cubero pudo por fin entregar la misiva al gran Soffi de Persia. Su lectura motivó que éste moviera “<em>sus Trozos y Tropas contra Babilonia</em>”, es decir, contra el Imperio Otomano, pues el rey de Polonia urgía al sultán a la venganza en el texto de su carta. Viajar de la mano de este predicador español supone a la vez un repaso a la situación de aquellos lugares que visitó, a pesar de sus continuas disculpas por ceñirse a relatar casi única y exclusivamente las cosas que vio con sus propios ojos.</p>
<p><strong>EL ‘GRAN TURCO’, POLONIA Y LA BATALLA DE CAUILENS</strong></p>
<p>Pedro Cubero inició su “Peregrinación del Mundo” en el reino de Hungría, desde donde se introdujo en tierras del Imperio Otomano navegando por las aguas del Danubio. Los otomanos habían experimentado una notable expansión durante el siglo XVI. Basta ver un mapa de la época para advertir que dominaban gran parte de las costas de los mares Mediterráneo, Rojo y Caspio, pero lo que realmente preocupó a las potencias europeas fue su presencia a las mismas puertas de Viena. Al paso del peregrino español, en los años setenta del siglo XVII, todavía no se había roto el cerco a Viena, lo que sucedió poco después, en 1683, gracias a la llegada de Juan III Sobiesky, rey de Polonia. Al autor le cuesta reprimir su antipatía hacia un imperio que venía siendo acérrimo enemigo de España en su pugna por el Mediterráneo. Sin olvidar este detalle, Cubero Sebastián describe Constantinopla como una hermosa ciudad, y asegura, además, que aunque la vista desde lejos es la de la ciudad más bella que ha visto, por dentro “<em>antes es asquerosa y bruta y las fábricas, bien miradas, de los edificios, son de materia baja</em>”. Alaba, sin embargo, la mezquita principal, al tiempo que revela las costumbres religiosas de los turcos, que guardan el viernes como día festivo “<em>como lo dispuso su maldito Mahoma en el Alcorán</em>” y tienen que entrar en el templo sin zapatos. Explica cómo toda mezquita tiene una fuente a la entrada, donde los musulmanes se purifican antes de entrar y cómo por reírse una vez al contemplar la purificación casi le costó que le “<em>rompieran la cabeza</em>”.</p>
<p>Antes de llegar a Polonia, habrá de superar la primera de las varias convalecencias de su peregrinación. En el ducado de Silesia, el padre rector del Colegio Imperial, regentado por la Compañía de Jesús, le acogió durante diecinueve días de enfermedad. Y lo que es más indicativo, además de una constante a lo largo de su vuelta al mundo, es que una vez recuperado, el mencionado rector y el obispo del lugar proveyeron al sacerdote de un carro y de los víveres y pertrechos necesarios para continuar su peregrinación.</p>
<p>Entre los episodios históricos a los que Pedro Cubero asistió durante su peregrinaje, destaca lo ocurrido durante su visita a Varsovia, corte del “serenísimo” rey de Polonia. Allí descubrió que el monarca había muerto pocos días antes de su llegada. Por ello, se estaban iniciando los trámites para elegir rey, “<em>que este reino se da por elección</em>”. El sacerdote aragonés tuvo la oportunidad de asistir a las ceremonias de la elección que determinaron la coronación del conde Subieschi, general del ejército polaco, como Juan III. Este personaje había conseguido la aclamada victoria de Cauilens contra los turcos, alcanzando un éxito resonante en toda Europa al lograr salvar a Viena del asedio Otomano. Aunque el sacerdote no es muy dado a las digresiones ajenas a su peregrinación, las connotaciones forzosamente positivas que supone una victoria contra los otomanos en territorio europeo y católico, permiten que Cubero se dé la licencia, en esta ocasión, de relatar escrupulosamente la batalla de Cauilens.</p>
<p><strong>MOSCOVIA, TRAVESÍA DESCONOCIDA</strong></p>
<p>Tras atravesar el ducado de Lituania en <em>eslita</em>, un pequeño carro sin ruedas “<em>que deslizando sobre la nieve va caminando como trillos de nuestra España</em>” y cargado de cartas y recomendaciones, “<em>porque es la cosa más dificultosa entrar en aquel reino</em>”, Cubero llegó a Moscovia. Un enorme frío le dio la bienvenida. Tuvo que soportar ciertas penurias en su viaje hacia Eslomensko, Mosayco y Moscova, pues, además del frío, las casas eran pequeños infiernos de calor “<em>y es milagro de Dios el escapar con vida, por los grandísimos cambios de temperatura</em>”. Asegura también que en ellas conviven animales y personas, y que éstas últimas se visten con pellejos que no están bien curados, por lo que el olor es insoportable.</p>
<p>En la ciudad de Moscova, Cubero tuvo audiencia con el Zar, que, muy al contrario que su pueblo, recibió al sacerdote en un trono suntuosísimo, con ropajes de perlas y una cruz de diamantes en la corona. Y por fin apareció la oportunidad de cumplir con el objeto de su viaje: en su entrevista con el Zar, le explicó que era un padre español enviado por Su Santidad para la propagación de la verdadera religión de Cristo Nuestro Redentor y para asistir a los católicos extranjeros que allí se encontrasen. Concedido el privilegio, Pedro Cubero Sebastián dijo misa y administró los Santos Sacramentos durante tres meses y medio en el burgo de Cucuy. Para su gran regocijo, confesó a más de setecientos católicos e incluso hizo “<em>confesiones de más de treinta años</em>”. En este intervalo tuvo tiempo de conocer bien la ciudad de Moscova, que describe destartalada y con casas movibles construidas en madera, y de asistir a algunas de sus celebraciones tradicionales como la bendición del río Moscova el día de la Epifanía de los Reyes o la particular ceremonia de entierro de los nobles moscovitas, cuyos cuerpos se acompañaban con una carta dirigida a San Pedro remitida por el confesor del muerto.</p>
<p>El itinerario que siguió Cubero para atravesar Moscovia era en aquellos momentos muy poco conocido. Por eso puso especial interés en catalogar todos los lugares, villas, montes, ríos, islas, riberas y demás datos geográficos que pudo ver a lo largo de su prolongada travesía por el Volga. Cuatro largas páginas de enumeración justificadas porque “<em>cuantos mapas he visto de este río lo ponen despoblado, así me parece que los estudiosos me lo agradecerán</em>”. En Astracán, donde el Volga alcanza el mar Caspio, se despidió de Moscovia.<em> </em></p>
<p><strong>SIGUIENTE PARADA, PERSIA</strong></p>
<p>Navegó por el mar Caspio hasta las playas de Darbant, donde vio Persia por primera vez. Al igual que en otras muchas ocasiones, tuvo que esperar la licencia de entrada, que, también de nuevo, llegó acompañada de camellos, caballos y otros presentes. Darbant, Chamake, Ardibil, Casmin… el viaje entre estas ciudades fue una continua enseñanza para el sacerdote, que conoció los prodigiosos carneros de Armenia y Persia (a los que sacaban la manteca de su enorme cola y sin más la volvían a coser), las maravillas de un extraño animal como el camello (que no bebía en tres o cuatro días e incluso se echaba para dejarse cargar), o la enorme cantidad de aljibes y fuentes del país (cada una o dos leguas). Y es que esta “Peregrinación del Mundo” también es, en cierto modo, una guía práctica de viajes en la que además de señalar lo más destacado de cada lugar, ofrece útiles consejos al viajero.</p>
<p>En la ciudad de Casmin se entrevistó con el gran Soffi persa para pedirle “<em>que no derogase los privilegios antiguos que sus ínclitos antecesores habían concedido a los padres misionarios apostólicos de la Persia</em>”, obteniendo una respuesta favorable. Gracias a este encuentro el sultán también retiró los tributos sobre las acequias que pasaban por los conventos y ordenó que no se molestara a los padres europeos. La alegría por la respuesta del sultán se ensombreció más adelante, en la ciudad de Ispaham, sede de la corte persa. “<em>Cuando las lágrimas se me vinieron fue cuando vi veinte y cuatro piezas de artillería a la entrada de palacio, puestas en sus cuñeras, donde estaban las armas de nuestro católico monarca Felipe Segundo (que goza de Dios), que trajeron de la pérdida y ruina de la tan desgraciada Ormuz</em>”. A juzgar por el relato de Cubero, Ispaham debió ser una bella ciudad (edificios altos e iguales y hechos “<em>con arquitectura y orden</em>”, “<em>jardines libres del rey</em>” para todos), al igual que Laar, ciudad de buenos edificios, rodeada de palmares y salpicada de rosas, azahares y torreoncillos donde subían a tomar el fresco. Syras, antigua Persépolis, no le causó la misma impresión, sino pobre y arruinada, “<em>que así pasan las glorias y riquezas de este mundo: que en aquellos tiempos la envidiaban los reyes y hoy es ludibrio</em>”. Lo que sí llamó su atención fue el ambiente de la ciudad, su lonja de la seda, sus callejuelas, tiendas de verduras, títeres y charlatanes…</p>
<p>En el fondo, el sacerdote juzgó a los musulmanes de Persia con más benevolencia que a los turcos… y es que, aunque infieles, compartían con los primeros a un eterno enemigo común, el “gran Turco”, el imperio otomano. Así, Cubero escribió que el sultán no era “<em>muy observante del Alcorán, pues el vino lo bebía muy bien y no miraba con muy malos ojos a los cristianos. En ninguna parte del Oriente son los europeos más estimados que en la Persia; turcos y persas, capitales enemigos, porque unos a otros se tienen por herejes de la secta mahometana; a los herejes ingleses y holandeses los tienen por malos cristianos, hasta los mismos mahometanos, porque dicen que pues tienen a Cristo por su Redentor ¿por qué no veneran la Cruz donde murió?</em>”. Pero es que el tema va más allá. En Bandar Abasi, casi al final de su peregrinaje por Persia, Cubero llevaba orden de fundar una iglesia, pero se lo impidió la acérrima oposición del cónsul inglés, que no duda en calificar de “perro”. Le consoló el hecho de poder celebrar misa, confesar y bautizar a los fieles de Bandarcongo, último punto de su recorrido por Persia.</p>
<p><strong>INDIAS ORIENTALES, COMPLICACIONES RELIGIOSAS</strong></p>
<p>En Bandarcongo Cubero embarcó con la Armada portuguesa, con la que llegó a vivir un episodio bélico contra los árabes del que salieron victoriosos, aunque costó la vida a cerca de cuarenta cristianos. Su siguiente destino fue el célebre puerto de Diú, situado en el reino de Cambaya y centro estratégico de la artillería portuguesa, donde se embarcó hacia Goa, que había sido conquistada por esta última en 1510. Importante puerto comercial y estratégico a finales del siglo XVI y durante gran parte del XVII, Cubero se lamenta de que “<em>Goa no está en la prosperidad que estaba antiguamente. Venían naos de todo el mundo, más esto ya se acabó porque los pérfidos herejes holandeses, ingleses, suecos y dinamarqueses se han levantado con todo</em>”.</p>
<p>Goa estaba en la zona occidental de las Indias Orientales, denominación con que se conocían los territorios comprendidos entre Persia y China, incluida Insulindia. La situación reinante en la zona al paso de nuestro predicador era el reflejo de las relaciones de las potencias europeas que controlaban las llamadas Indias Orientales: las católicas Portugal y España y las protestantes Inglaterra, Holanda y Dinamarca. La pugna por el control de las lucrativas rutas comerciales asociadas a la seda y las especias, tenía, por supuesto, mucho que ver en todo esto. Además, los constantes enfrentamientos con las naciones ocupadas hacían más inestable aún la situación.</p>
<p>El odio que católicos y protestantes se profesaban mutuamente se hacía en estas tierras lejanas más patente que nunca, y es que las guerras de religiones que reconfiguraron Europa en los siglos XVI y XVII todavía estaban a flor de piel. Pedro Cubero vivió el peor momento de su largo viaje en el reino de Malaca, que estaba en posesión de los holandeses desde 1641. Consiguió la licencia para entrar, pero ni que decir tiene que no tenía permiso para ejercer su misión apostólica, por lo que “<em>clandestinó del gobernador para asistir a los católicos, que eran muchos y en cantidad en Malaca</em>”. El sacerdote, emborrachado de sus ideas evangelizadoras, comenzó a arriesgarse demasiado, construyendo una pequeña iglesia en un lugar retirado, organizando misas, confesiones, e incluso una alocada expedición para rescatar una imagen de Nuestra Señora del Rosario de que la quemasen los holandeses. Como era de esperar, Cubero fue capturado dando misa. Para su asombro, pues “<em>no entendía haber salido con vida de aquello</em>”, tras someterlo a un consejo y cuatro meses de prisión, lo desterraron embarcándolo en un barco a Filipinas.</p>
<p>Refugiado en ese oasis católico de las Indias Orientales, el sacerdote se presentó al gobernador de Filipinas como vasallo de Carlos II “<em>que Dios guarde</em>”. Cubero permaneció en la isla de Marivélez durante un año, disfrutando del “<em>ejercicio de las Misiones</em>” y esperando poder marchar hacia Nueva España, donde desembarcó en el puerto de Acapulco. Una vez más, esperó cuatro meses la orden del arzobispo (y virrey) que le permitiría desplazarse a la costa oriental de Nueva España, tiempo durante el que tuvo que “<em>asistir a la cristiandad</em>” a causa de la muerte del vicario de la ciudad. Acompañada de quinientos pesos para el pasaje, la carta del virrey le hizo dirigirse a Veracruz, en la otra costa de Nueva España, donde embarcaría hacia la península Ibérica. Cruzó Méjico de costa a costa, atravesando Tisla, Chilapa, Trisco, Puebla de los Ángeles y el Mal País y, aunque se detuvo a hablar de los aguaceros vespertinos, los enormes mosquitos, las iglesias, conventos, misiones y los gigantescos campos de trigo que surtían a todo el virreinato, no describió con detalle el viaje de Acapulco a Vera Cruz “<em>por ser tan trillado de los españoles</em>”, pues era su deseo detenerse “<em>en las cosas más extrañas y peregrinas</em>”.</p>
<p>A primeros de julio de 1679, Pedro Cubero Sebastián partió hacia España en la misma dirección que guió todo su viaje, de occidente a oriente, en el galeón Santísima Trinidad, habiendo dado la vuelta, en sus propias palabras, “<em>a toda la redondez del mundo</em>”.</p>
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		<title>Expediciones españolas. Un sueño efímero</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expediciones-espanolas-un-sueno-efimero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 09:29:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Para no confundir ciencia con aventura, paralelamente a la creación de la Sociedad Geográfica de Madrid se creó la sucursal española de la mencionada Asociación Internacional para la Exploración y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p class="bodytext">Para no confundir ciencia con aventura, paralelamente a la creación de la Sociedad Geográfica de Madrid se creó la sucursal española de la mencionada Asociación Internacional para la Exploración y Civilización del África Central, dirigida por un grupo selecto de personas, entre los que se encontraban igualmente miembros de la realeza, nobles y acaudalados burgueses. Esta Asociación, de efímera existencia, apoyó los reconocimientos internacionales llevados a cabo por la matriz internacional, pero no dudó en plantear sus propias expediciones que, siguiendo el consejo de la Sociedad Geográfica, se dirigieron a dos puntos concretos del continente africano: el norte-noroeste de Marruecos y el mar Rojo.</p>
<p class="bodytext">Así, entre 1876 y 1886 la Sociedad emprendió cuatro expediciones de reconocimiento y ocupación, más una quinta de carácter eminentemente naturalista, a lugares distantes de África, concretando así los puntos de intereses posibles de España por el vecino continente. Todas ellas estuvieron impregnadas de una cierta fatalidad; fatalidad que acompañaría al africanismo español hasta el final de su aventura colonial.</p>
<p class="bodytext"><strong>EN BUSCA DE SANTA CRUZ DE MAR PEQUEÑA</strong></p>
<p class="bodytext">La primera de las expediciones emprendidas por la Asociación Española para la Exploración del África, filial de la Internacional, y bajo la tutela de la Sociedad Geográfica de Madrid, como ya quedó indicado, fue la realizada en busca de Santa Cruz de Mar Pequeña, enclave situado en la costa occidental sahariana, al sur de Marruecos y no muy lejos de las islas Canarias. Se pretendía, con su localización, tomar posesión efectiva de este enclave, incluido en el tratado posterior a la denominada guerra de África de 1859 y que había sido utilizado por los pescadores canarios desde los Reyes Católicos. Pero de su situación real sólo se tenía noticias por vagos escritos de la época.</p>
<p class="bodytext">Esta indefinición para su localización motivó que una comisión hispano-marroquí recorriera en 1878 la costa en el vapor de guerra Blasco de Garay. La expedición, capitaneada por Cesáreo Fernández Duro uno de los fundadores de la Sociedad Geográfica y uno de sus más convencidos africanistas, decidió que, a falta de restos de la fortaleza, fuese la rada de Ifni la ocupada, por ser la mejor embocadura litoral, y por sus ventajas en la penetración hacia el interior. La Sociedad quiso asegurar el éxito de su primera iniciativa exploradora enviando, con suma discreción, a un explorador que hiciese el viaje por el litoral continental, recopilando noticias para dicho fin, para lo cual contactó con la única persona de la que se tenía noticias de que había visitado previamente aquellos parajes: el explorador Joaquín Gatell.<br />
Gatell había recorrido Argelia en 1859 y tras la guerra con Marruecos hizo el trayecto de Tánger a Fez fingiéndose un soldado renegado, por lo que pudo integrarse en el ejército del Sultán. Allí alcanzaría el grado de capitán y más tarde el de comandante de artillería de la Guardia Real. Enterado el Ministerio de Estado español, le propuso en 1864 una misión secreta, que se vio inicialmente obstaculizada por la imposibilidad de dejar el ejército marroquí.</p>
<p class="bodytext">Gatell decidió entonces huir atravesando el Atlas, internándose en los terrenos del Sus, donde ya se diluía la autoridad del Sultán. Allí, contando con la amistad de los jeques locales, se dedicó a explorar el territorio del litoral desde el Oued Dráa hasta Cabo Juby, dándose a conocer como un Xerif, o descendiente del profeta, al que denominaron el Caid Ismail. Descubierto su origen cristiano, tuvo que huir regresando a España en 1865. De sus exploraciones dejaría en el Ministerio de Estado una memoria con los itinerarios realizados, en la que ya indicaba su opinión desfavorable a la ocupación de Santa Cruz de Mar Pequeña. No obstante, una parte del viaje, los recorridos por el Sus y el Tezna, serían publicados en breves reseñas en el «Bulletin de la Société de Géographie de Paris».</p>
<p class="bodytext">Pero los documentos entregados al Ministerio se extraviaron misteriosamente, dejando como único recuerdo un índice de contenidos. Teniendo noticias la Sociedad Geográfica de dicho índice, comenzó la búsqueda del viajero, logrando que regresara a Madrid, con la intención de que, en vista de sus borradores, apuntes y recuerdos, redactase de nuevo y con mayores detalles la reseña y el itinerario del viaje. Se le ofreció, igualmente, secundar con un reconocimiento interior la exploración marítima en busca de Santa Cruz de Mar Pequeña, para lo que partiría poco después de que lo hiciese aquella. Gatell tuvo que vencer nuevamente grandes dificultades, viajando desde Mogador (Essauira) hasta Agadir y Tarudant, hasta llegar a los orígenes del río Sus, si bien con la desgracia de ser apresado por las autoridades de Marruecos y conducido otra vez a Mogador. Las autoridades españolas, contradiciendo los acuerdos pactados tiempo atrás con el Sultán, pusieron en movimiento todos los resortes diplomáticos a su alcance para lograr poner en libertad a Gatell ante los temores de un fatal desenlace. Finalmente, en libertad y nuevamente en Cádiz, tras organizar sus apuntes y restablecer su maltrecha salud, Gatell se propuso cumplir de nuevo el encargo variando el recorrido, pero la muerte le sorprendería a las puertas del Estrecho. Su desaparición y las eruditas e interminables discusiones sobre la veracidad del emplazamiento en la rada de Ifni elegido por la Comisión de Exploración, trajo consigo la paralización de la ocupación efectiva del lugar hasta bien entrado el presente siglo.</p>
<p class="bodytext"><strong>UN ENCLAVE PORTUARIO EN LA COSTA DE ABISINIA</strong></p>
<p class="bodytext">En la segunda expedición también se tuvieron en cuenta antiguas pretensiones españolas en el norte de África. Esta vez en la costa este africana, en el macizo de Abisinia, junto al mar Rojo, donde un vacío de ocupación europea, una organización particular entorno a un rey de reyes o «negus negesti», su situación de islote hamítico en medio de otros pueblos y el ser un reducto del cristianismo coptonestoriano en medio de un mundo musulmán y animista, posibilitaba en aquellos momentos la instalación de un enclave para el aprovisionamiento naviero y, llegado el caso, un protectorado. La viabilidad del enclave había sido igualmente recomendada al Gobierno, tras la apertura del Canal de Suez en 1868, por otro de los fundadores de la Sociedad, el arabista e ingeniero Eduardo Saavedra.</p>
<p class="bodytext">Para esta empresa, la Sociedad contaría con el ofrecimiento de Juan Víctor Abargues de Sostén, otro de los viajeros españoles del momento del que apenas se conocen más que algunos detalles de su biografía, como su nacimiento en 1845, y que pasó su juventud en el África Central y posteriormente en Egipto, desde donde propuso la empresa que le sería encomendada por la Sociedad. Abargues de Sostén partiría para Abisinia en 1880, compatibilizando la misión de adquirir un enclave portuario en la zona con la exploración de los territorios del interior, desconocidos por aquel entonces. Su viaje fue ciertamente épico, recorriendo zonas donde ningún europeo había puesto nunca el pie, auxiliando a otros viajeros europeos que recorrían terrenos más al sur, e incluso halló el lugar en que se encontraba la tumba del hijo de Vasco de Gama. Su vida corrió igualmente peligro en algunas ocasiones, teniendo que abandonar en una huida gran parte del material, incluido el fotográfico. No obstante, pese a las buenas relaciones que logró mantener con el Negus, no conseguiría su principal objetivo. La necesidad que tenía España de disponer de un enclave portuario en aquella región le llevaría, años después, a una negociación sumamente desventajosa con Italia.</p>
<p class="bodytext"><strong>A LA SOCIEDAD GEOGRÁFICA TOCA PONERSE A LA CABEZA DEL PUEBLO ESPAÑOL.</strong></p>
<p class="bodytext">Una nueva expedición que habría de comenzar en el golfo de la Guinea Ecuatorial para alcanzar el río Congo por medio del Ogoué, ya no pudo realizarse. Muy poco se había conseguido y la Asociación para la exploración del África comenzó a languidecer en sus iniciativas. Coello se hacía cargo en 1882 de la situación con estas amargas palabras: «El país recibió con indiferencia la creación de un centro tan interesante: muchas personas importantes que habían solicitado con afán el ser invitadas a la reunión que se dignó presidir S. M. el Rey en su palacio, se retrajeron desde el momento que fue preciso contribuir con algún sacrificio pecuniario. Muy pocos fueron los que pagaron las primeras cuotas y aparte de las correspondientes a la Familia Real, al citado Marqués de Urquijo, el de Monistrol y el Duque de Bailén y algún otro, las demás fueron pocas e insignificantes. Así los esfuerzos y desembolsos que han hecho unos, como nuestro dignísimo consocio el Sr. Gayangos y el que ahora habla para representar a su costa a la Asociación en la conferencia de Bruselas, y los trabajos de otros varios, han resultado casi perdidos y hoy cargan con responsabilidades ajenas teniendo que contestar a ataques inmerecidos».</p>
<p class="bodytext">Todo parecía estar acabado cuando irrumpió en la marcha de la Sociedad un joven africanista, gran admirador de Gatell, al que había querido acompañar en sus incursiones africanas. Pero Joaquín Costa tenía algo más que sueños, contaba con un vasto programa, con un complejo ideario regeneracionista a la altura de su gran capacidad intelectual y de su incesante dedicación al trabajo. Aunque autodidacta y polifacético, su origen campesino y las personas de las que se rodeo, básicamente del círculo institucionista, le hicieron tomar plena conciencia de la situación en la que se encontraba el país. Entró en la Sociedad en 1882 dispuesto a cambiarlo todo. Con estas palabras, recogidas en el Boletín, se dirigiría a la corporación: «La Sociedad Geográfica debe dar por terminado ya, con los siete años que lleva de existencia, su periodo de iniciación y de propaganda teórica, y entrar en un nuevo periodo de vida menos especulativo y más en armonía con las exigencias de la opinión, ya despierta, por fortuna, para los problemas de exploración y de colonización del vecino continente. A la Sociedad Geográfica toca ponerse a la cabeza del pueblo español, prestarle su brazo y su inteligencia, y suplir la falta de iniciativa de las asociaciones mercantiles y de los poderes oficiales».</p>
<p class="bodytext">Desde ese momento la Sociedad se dedicó con preferencia a las cuestiones africanas. Pero la empresa volvería a fracasar si se mantenía en la esfera restringida de la corporación geográfica. Había, pues, que interesar a otros estamentos y clases sociales para poder llevar a cabo una amplia política geográfica. Si la aventura en la consecución de nuevos territorios no suscitaba interés, quizá el miedo a perder lo que se tenía «despertaría» al país. La palabra era el vehículo. Palabras llenas de evocaciones a los errores y aciertos de la historia, a las cualidades de los españoles, a un incierto porvenir. Analogías que equiparaban a la sociedad con un cuerpo, en un estado crítico, enfermo, postrado o dormido, sin pulso vital, con los ojos vendados impidiéndole ver su futuro.</p>
<p class="bodytext"><strong>CONQUISTANDO ADHESIONES</strong></p>
<p class="bodytext">Para mover a las Asociaciones mercantiles y al mundo de las finanzas les fue enviada una extensa «Circular» en los siguientes términos: «Los tropiezos que en los últimos años ha sufrido la política colonial de España -enumerados uno a uno, desde la pérdida de Borneo hasta el eclipse de la diplomacia en el Mar Rojo.- la rapidez con que la raza sajona se dilata por el planeta, ocupando a toda prisa o preparando la ocupación inmediata de los últimos territorios que todavía quedan libres en África, en Asia y en Oceanía, y comprometiendo el porvenir, y hasta la existencia de la raza española. han hecho pensar a la Sociedad Geográfica si no sería preciso, y aún urgente, celebrar una reunión de todas las asociaciones que representan las fuerzas vivas de la nación.». El resultado fue la celebración en 1883 de un Congreso de Geografía Comercial donde se establecerían las bases de la política colonial y comercial que más convenía al país.</p>
<p class="bodytext">Para ganarse el concurso de las clases más cultas, se convocaría un gran mitin en Madrid donde Costa expuso, junto a Coello y otros oradores, el interés que en España despertaba el vecino continente, especialmente Marruecos, mostrando las consecuencias de que otra nación ocupase el norte de África: «El menor ataque -se dirá- a la independencia de Marruecos es un ataque hecho a nuestra nación». El plan era aproximarse a Marruecos «pero no con las armas, no para convertir a sus habitantes en siervos o vasallos descontentos, sino por medio de la civilización, para hacer de ellos ciudadanos dignos de una nación grande».</p>
<p class="bodytext">Finalmente, se buscó el apoyo decidido hasta de las clases menos favorecidas, moviendo los institutos más irreflexivos con ocasión de un incidente territorial con Alemania en las islas Carolinas, que perteneciendo a España estaban siendo utilizadas por comerciantes alemanes. La defensa encendida de los derechos de España en la prensa y la convocatoria de manifestaciones en las principales ciudades españolas, se saldaron con una petición popular de confrontación contra Bismarck, y una gran suscripción para la compra de barcos de guerra en cada una de las regiones.</p>
<p class="bodytext">Evidentemente, el conflicto no tuvo lugar, pero sí se creó el clima adecuado para la fundación de una nueva y más activa Asociación de Africanistas y Colonistas asociada a la Sociedad Geográfica de Madrid. Con el corpus doctrinal de la política colonial y comercial que convenía seguir al país y la opinión a favor, sólo restaba presionar al Gobierno para que adoptase una actitud más activa en estas cuestiones, abandonando la política de «recogimiento» seguida por Cánovas del Castillo. Una nueva circular, enviada a más de un centenar de personas y corporaciones españolas sería esta vez el sistema elegido pidiéndoles que consignasen, en un mensaje dirigido a las Cortes, sus aspiraciones en estas cuestiones y solicitando recursos económicos para la realización de una expedición al África central. Se consiguió así una nueva suscripción pecuniaria y posteriormente de las Cortes una partida de dinero con cargo al «fondo de gastos patrióticos», lo que posibilitaría a la nueva Asociación Colonial emprender dos viajes de exploración. Uno al Golfo de Guinea con objeto de tomar posesión de una extensa franja de territorio hacia el norte y al interior de los ríos Muni y San Benito, encargando su realización a Manuel Iradier y Amado Ossorio. El otro al Sáhara, con objeto de ocupar los territorios comprendidos entre Cabo Bojador y Cabo Blanco, para acceder desde allí a las pesquerías atlánticas y por el interior a la ruta a través del desierto que comunicaba con Tombuctú, expedición encargada a Emilio Bonelli.</p>
<p class="bodytext"><strong>AL INTERIOR DE LOS RÍOS MUNI Y SAN BENITO</strong></p>
<p class="bodytext">Manuel de Iradier era ya conocido porque siendo aún muy joven había fundado, con un grupo de amigos, una Sociedad Geográfica en Vitoria a la que dio el nombre de La Exploradora, con la que soñó y planificó una y mil veces convertirse en el Stanley español. Un buen día se presentó delante de su joven esposa y le comunicó que había llegado el momento y que en nombre de La Exploradora partiría sólo y de inmediato hacia el río Muni, para desde allí abrirse camino hacia el centro del continente africano; tal y como le había recomendado el propio Stanley mientras cubría como periodista el frente de Vitoria en la guerra carlista. Su esposa sólo aceptó su marcha tras ser incluida ella y su hermana en la expedición. Sin más preámbulos se encaminaron al país del Muni persiguiendo un romántico proyecto que duraría dos años y que se desharía, entre otras cosas, ante la comprobación de que el río el Muni no era otro de los grandes ríos africanos como su gran embocadura parecía anunciar, sino una amplia ría con escaso curso superior navegable. Las enfermedades, y especialmente la malaria, transformarían la realidad de nuevo en un sueño, pero ahora en forma de terrible pesadilla, que acabaría minando la salud de los tres y con la vida de la hija que les nació en la isla de Elobey.</p>
<p class="bodytext">Iradier era, pues, la persona más adecuada para emprender la nueva expedición, aunque sería acompañado esta vez por Amado Ossorio, un joven médico que había cedido su pequeña fortuna y se había ofrecido como médico a la Sociedad tras un revés del destino. Junto a ellos iría un notario encargado de certificar los convenios de sumisión a España de las tribus que encontrasen en su trayecto, para así documentar los derechos de posesión adquiridos ante otras naciones. Pero desde que salieron del puerto de Barcelona hasta su llegada al Ecuador africano pasaron dos meses, en los cuales los alemanes e ingleses habían ocupado la costa desde las bocas del Níger a la costa Malabar. Ciertamente llegaron al mismo tiempo que una expedición francesa que estaba tomando actas de sumisión en la zona en la que ya España poseía territorios. Toda una carrera de despropósitos que culminaron con una recaída muy grave en la enfermedad contraída por Iradier que tuvo que regresar a la Península, realizando los restantes recorridos Amado Ossorio que permanecería en la región durante dos años más. En definitiva, los expedicionarios apenas pudieron anexionarse muchas más tierras de las que ya poseía España, y lo que fue casi peor, las conclusiones continuadas por Iradier sobre las características óseas y sanguíneas de los africanos, provocaron una agria y en ocasiones pública polémica entre la Sociedad y el viajero.</p>
<p class="bodytext"><strong>A TRAVÉS DEL DESIERTO HACIA TOMBUCTÚ</strong></p>
<p class="bodytext">En el Sáhara occidental, el Gobierno de Cánovas se había negado reiteradamente a declarar la soberanía española. Por ello la Sociedad enviaría a aquella zona a Emilio Bonelli con objeto de conseguir contratos comerciales con las tribus del Sáhara occidental; documentos que fueron presentados al Gobierno, con los que éste declararía el protectorado español sobre la zona ante las potencias extranjeras. Sucesivos viajes por aquellos parajes para extender los acuerdos comerciales dieron pie a Bonelli a publicar, al igual que lo hiciera Iradier, un libro sobre la región que mereció también una respuesta airada de Costa: «¿Que necesidad tenía de exhibir tan ostentosamente su falta de estudios, y de poner al extranjero en el caso de que se forme de nuestros escasos geógrafos y naturalistas un concepto equívoco y mortificante para el amor propio nacional?»</p>
<p class="bodytext">En parte para remediar el desaguisado, la Sociedad enviaría en 1886 una nueva expedición a la zona, pero esta vez con un carácter eminentemente científico, encargando su realización al ingeniero militar Julio Cervera y al geólogo y profesor de la Institución Libre de Enseñanza Francisco Quiroga, acompañados por el arabista y antiguo cónsul español en África Felipe Rizzo, como intérprete, y de dos tiradores del Riff. La expedición atravesó oblicuamente el trópico de Cáncer hasta alcanzar, tras 426 kilómetros, la depresión granítica del Iyil y del Adrar, la primera con su fondo de capas de sal de la que se surten los nómadas del desierto en su comercio con Tombuctú, y la segunda rellena de arenas en las que se conserva la humedad de las ocasionales lluvias manteniendo extensos palmerales, lo que convertía estos enclaves en los más valiosos de esta parte del Sáhara, motivo por el cual estas zonas pasaron a formar parte de las posesiones francesas tras el tratado de 1912, dando lugar a una inusual curva entre las líneas meridianas que enmarcan la frontera del Sáhara Occidental. Esta fue, sin duda, la expedición más interesante desde el punto de vista geográfico. Su ejemplo impulsaría otras nuevas, al tiempo que revitalizaría la vertiente práctica de los estudios naturalistas en España.</p>
<p class="bodytext"><strong>José Antonio Rodríguez Esteban</strong></p>
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		<item>
		<title>Andersen: El viaje a España del rey de los cuentos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/andersen-el-viaje-a-espana-del-rey-de-los-cuentos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 16:24:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 20]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://sge.org/?p=413</guid>

					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3904" class="csc-default">
<h5>En 1862, cuando el autor de <em>El patito feo, El soldadito de plomo </em>y <em>La sirenita </em>se hallaba en la cumbre de su gloria, viajó a nuestro país y contó en un libro –<em>Viaj</em><em>e por España</em>– las impresiones que le produjeron las tierras y las gentes que habían estimulado su imaginación a lo largo de su vida.</h5>
</div>
<h3></h3>
<p>&nbsp;</p>
<div id="c3904" class="csc-default">
<h3><em><strong>Por Pedro Páramo</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-20-sociedades-geograficas/">Boletín Nº 20 &#8211; Sociedades Geográficas</a></p>
</div>
<div id="c3908" class="csc-default">
<p class="bodytext">El 14 de marzo de 1808 la española División del Norte, formada por quince mil hombres, desembarcó en Odense (Dinamarca), enviada por el rey Carlos IV a petición de Napoleón para fortalecer el bloqueo contra los ingleses, en cumplimiento de lo acordado en el Tratado de San Ildefonso en 1796. Un mes antes, Dinamarca, aliada de los franceses, había declarado la guerra a Suecia por negarse aquella nación a secundar el bloqueo a Inglaterra; la división española había sido destinada al país nórdico con un doble fin: prevenir una eventual invasión sueca de Dinamarca y sacar tropas españolas de la península Ibérica que podrían oponerse a la planeada invasión francesa. Las fuerzas de ocupación franco- españolas, mandadas por el mariscal Bernadotte, fueron recibidas con hostilidad por los daneses.</p>
<p class="bodytext">Pero mientras crecía día a día la desconfianza y el odio de la población hacia los franceses por su arrogancia y despotismo, la cortesía y el buen humor de los españoles ganaban la simpatía y el aprecio del pueblo danés. El recuerdo de la buena impresión causada por los soldados españoles se conservó de padres a hijos tanto tiempo en la isla de Fionia que, cien años después, el 14 de marzo de 1908, se conmemoró solemnemente en Odense el Centenario de aquel desembarco, en recuerdo y elogio de la conducta de los españoles durante su estancia en Dinamarca. Pero ninguno de los discursos de la celebración de aquel Centenario logró una carga emocional semejante a lo escrito unas décadas antes por el más universal de los escritores daneses, que tenía tres años recién cumplidos cuando llegaron los españoles a su ciudad natal.</p>
<p class="bodytext">«Un buen día, me alzó un soldado español en sus brazos y apretó contra mis labios una medalla de plata que llevaba colgando sobre su pecho desnudo -escribió Hans Christian Andersen en El cuento de mi vida-. Recuerdo que mi madre se enfadó mucho y dijo que eso era católico; pero a mí me habían gustado la medalla y el extranjero aquel, que bailara girando conmigo en brazos mientras lloraba; por lo visto él tenía niños allá en España. Vi cómo llevaban a uno de sus compañeros para ajusticiarlo. Muchos años más tarde, acordándome de aquello, escribí mi poemita «El soldado» (Soldaten), que traducido al alemán por Chamisso, se hizo popular en Alemania y ha sido incluido en las canciones militares alemanas como algo original alemán».</p>
<p class="bodytext">España se convirtió en una obsesión que perduró durante la mayor parte de la vida de Hans Christian Andersen, el autor inmortal de cuentos que han despertado la ilusión en las mentes de generaciones y generaciones de niños de todo el mundo. Además de este recuerdo infantil, que rememora también en su Viaje por España, Andersen publicó varias obras relacionadas con la presencia de los españoles en Dinamarca, todas con anterioridad a su visita a nuestro país en 1862. En 1983 salieron de la imprenta Los españoles en Odense y Veinticinco años más tarde, dos de sus sainetes que sitúan la acción durante la estancia de las tropas de la División del Norte en Dinamarca. Entre 1835 y 1836 se representó en tres ocasiones su comedia &#8216;Separarse y volverse a encontrar&#8217;, en la que se recoge la agitación que provocaron los soldados españoles en los corazones de las enamoradizas jovencitas danesas. Dos años después escribió Lo hizo el zombi, un poema en verso sobre un esclavo de origen africano del pintor Bartolomé Murillo, llamado Sebastián Gómez, que durante las noches se dedicaba a retocar, y mejorar, la obra del maestro sevillano. En 1840, cuando todavía no había puesto los pies en España, publicó La Mora, tragedia romántica muy a la moda, ambientada en las guerras entre cristianos y musulmanes durante la Reconquista.</p>
<p class="bodytext">La imagen que Andersen tenía de España en ese momento era tan pintoresca que una escritora danesa amiga suya que sí había estado en nuestro país, Henriette Wulff, criticó la obra recordándole elegantemente a Andersen en una carta lo que éste había escrito años antes sobre España: «es algo que hay que ver, no puede describirse». Más tarde, en otra misiva desde Portugal, Wulff le transmitió el deseo de un amigo: «le ruega que venga a aquí y que vaya a España, porque eso que usted escribe no es en absoluto España». Más tarde, la nostalgia de lo todavía no visto llevaría a Andersen a escribir un cuento trágico que tiene como protagonista un niño español que nace por casualidad en Dinamarca y muere en aquel país sin conocer su procedencia: «Esta es una historia de las dunas de Jutlandia, pero no empieza allá, sino mucho más lejos, hacia el sur, en España. El mar es un camino entre los países; ¡imagínate, estar allí, en España!»Así empieza el relato.</p>
<p class="bodytext">El deseo insatisfecho de Hans Christian Andersen de visitar España, tantas veces expresado por el escritor danés en sus obras y en su correspondencia, está ampliamente documentado por la traductora Marisa Rey en el epílogo del Viaje por España, publicado por Alianza Editorial (1988). «¡Oh!, quién estuviese en España, es como para ponerse verde de rabia por no poder estar allí!», escribe a su protector y amigo Edward Collin en julio de 1842. Cuatro años más tarde, al término de un viaje por Italia, llegó hasta Perpiñán y entrevió el país de sus sueños desde la frontera: «Mi pensamiento voló de nuevo a España, de la que tan cerca estaba, tan sólo a unas horas; dar un paseíto, nada más, lo di y al momento me hallé como Moisés, frente a la tierra prometida», escribe en La aventura de mi vida. La situación económica de Andersen fue, al parecer, responsable en gran medida de la demora del viaje ansiado por el escritor. En aquella época era más fácil conseguir ayuda financiera para recorrer Francia o Italia que la atrasada España. La solución de los problemas económicos consumió mucho tiempo y energía del escritor danés durante su permanencia en nuestro país. En su diario, durante su estancia en Granada en octubre de 1862, anota cómo siempre se había dicho que viajaría a España si ganaba la lotería y cómo había podido cumplir su sueño al saber por su editor que la nueva edición de sus Cuentos Ilustrados le iba a reportar unos buenos ingresos. «Fue como si el cielo me hubiese llovido la beca para España», escribió.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR FIN EN ESPAÑA</strong></p>
<p class="bodytext">El 4 de septiembre de 1862 Hans Christian Andersen atravesó la frontera franco- española por la Junquera. A sus cincuenta y ocho años, era uno de los escritores más populares de Europa. Dieciocho años antes sus obras completas se habían traducido a los principales idiomas. Entre 1844 y 1847 recorrió Francia, Alemania, Italia e Inglaterra recibiendo alabanzas, homenajes y condecoraciones de príncipes, aristócratas y artistas. En Londres comenzó su amistad con Charles Dickens, que duraría toda la vida. «Haga usted lo que haga, no deje nunca de escribir -le recomendó Dickens en una carta-, porque no podemos permitirnos el lujo de perdernos uno solo de sus pensamientos; son demasiado puros y bellos como para dejarlos encerrados dentro de su cabeza».</p>
<p class="bodytext">Cuando pisó el territorio español, acompañado por Jonas, el hijo de su amigo Edward Collin, el éxito y la edad habían acentuado las neurosis de Andersen. Se decía de él que viajaba con una cuerda en el equipaje para escapar de un posible incendio y que tenía tanto miedo a ser enterrado vivo que siempre dejaba una nota sobre la mesita de noche en la que decía: «Sólo estoy aparentemente muerto». Tenía muchos admiradores, pero ningún amigo íntimo. Se había vuelto tan vanidoso que irritaba a sus interlocutores pavoneándose de los honores que le habían concedido en todo el mundo. En su Viaje por España, Andersen expresa su decepción por la fría acogida de los notables españoles, pero pasa por encima del escaso interés despertado por su persona, del atraso y las incomodidades del país para manifestar la admiración que le producen las gentes sencillas que encuentra en los caminos, los pueblos y las ciudades.</p>
<p class="bodytext">España, su idealizada España, se le aparece en Cataluña como una caja de sorpresas. De su primera comida española escribe: «La mesa rebosaba manjares, fuentes de carne de todas clases, pescado cocido y pescado frito. ¡Excelente mesa de almuerzo en una España de la que se decía que no había comida que pudiera tragarse!». En Barcelona, en la Fonda de Oriente de la Rambla de los Capuchinos, le aguardaba una cena «excelente». A un viajero empedernido como él, la ciudad le deslumbra, le impresionan los grandes y lujosos cafés con todas las mesas ocupadas, que «parecían jactarse de su esplendor». Más adelante añade: «En ningún otro país he visto cafés tan suntuosos como en España; el propio París se queda atrás en cuanto a lujo y buen gusto».</p>
<p class="bodytext">En Barcelona tuvo su primer encuentro con la España tópica al asistir a un espectáculo taurino, una novillada. Nada de lo que ocurrió en el ruedo le causó una gran impresión -«ni un solo caballo murió; tan solo la sangre de dos toros había sido derramada»- pero sí el colorido y el vocerío del público pues había sido testigo de «cómo el regocijo popular se convertía en un frenesí». Semanas más tarde asistió a un corrida en Málaga de doce toros, una carnicería que él abandonó en el sexto, después de ver cómo diez caballos habían sido despanzurrados en la arena. «Semejante espectáculo era ya casi imposible de aguantar; el sudor me corría por la punta de los dedos. ¡Es una diversión popular sangrienta y cruel! -concluye-. En esto coincidían muchos españoles. Aseguraban que no perviviría muchos años y que recientemente se había dirigido una petición a las Cortes solicitando su abolición.</p>
<p class="bodytext">De Barcelona, Andersen salió en barco para Valencia. Bajo un sol justiciero y un calor insoportable, recorrió sus calles llenas de tipismo «sin descubrir nada nuevo ni extraordinario», salvo el recuerdo de El Cid, uno de los notables personajes españoles que, desde niño, poblaban su fantasía. Le llamaron más la atención los puestos de caracolillos que halló en la puerta de la Lonja que el propio edificio, cuya arquitectura le parece, simplemente, «extraña». Al tercer día de estancia en Valencia, el escritor y su acompañante partieron en diligencia para Játiva y Almansa, donde subieron al tren en dirección a Alicante, ciudad que describe desapasionadamente. En el puerto alicantino había barcos daneses atracados y se encontraron con compatriotas por las calles. En el momento de partir hacia Málaga los viajeros se plantearon la disyuntiva de hacer el viaje por tierra o por mar.</p>
<p class="bodytext">El viaje en barco les obligaría a renunciar a Murcia, «la cual nos habían descrito como una ciudad de lo más interesante, donde encontraríamos vestigios árabes, veríamos gitanos y también los atuendos más pintorescos de España». Finalmente, hicieron el viaje por tierra, «aunque había que admitir que las historias más terribles sobre atracos y desvalijos estaban asociados con esa ruta». En Murcia, bajo los últimos calores del estío, Andersen se impresiona ante su magnífica catedral y presencia, por primera y única vez en el viaje, una procesión, que era, más propiamente, un entierro. En diligencia, los viajeros salieron al día siguiente hacia Cartagena para coger el barco hacia Málaga: «Jamás vi un paisaje tan asolado y agreste como aquel», cuenta el escritor. Allí subieron al Non plus ultra, «una auténtica basura de embarcación española».</p>
<p class="bodytext"><strong>LA IMAGEN DE ANDALUCÍA</strong></p>
<p class="bodytext">La llegada del escritor a Málaga cambió el humor del escritor. «En ninguna otra ciudad española he llegado a sentirme tan dichoso y tan a gusto como en Málaga. Un propio modo de vivir, la naturaleza, el mar abierto, todo cuanto para mí es vital e imprescindible lo hallé aquí; y algo todavía más importante: gente amable». Y en su diario anota «¡Aquí quiero que me entierren en caso de que muera en España!», exclamé; pero el cónsul contestó acertadamente: «escriba antes sobre este hermoso país, no deseo yo ser el que le entierre aquí». La ambigua sexualidad de Andersen se remueve en la capital malagueña: «Bueno, la Inquisición ya fue abolida en España. Mucho aquí ha sido abolido, y más que lo será; pero no los ojos de los andaluces. eso sería pecado mortal. Sería como apagar los luceros que en España brillan en el cielo y entre las pestañas de delicados párpados, no solamente a través del encaje de una mantilla negra, sino también en el niño mendigo y en la hermosa gitana que vimos vendiendo castañas. ¡Quién fuese dueño de su retrato! Ser dueño de ella sería pedir demasiado». Málaga figuraba en el itinerario de los dos viajeros como el punto de partida hacia Granada, la ciudad que respondía mejor que cualquier otra a la imagen tópica de la España exótica que se había forjado en su imaginación. Les recibió una Granada engalanada para la visita de la reina Isabel II, y a esa ciudad dedicó Hans Christian Andersen más páginas que a cualquier otra en su libro Viaje por España. Pero las tres semanas que Andersen pasó en la capital granadina le dejaron un recuerdo agridulce, tal vez porque se sintió enfermo unos días, tal vez porque surgieron diferencias con su acompañante Jonas Collin, insinuadas en el relato de su viaje.»Tres semanas duraría nuestra estancia en Granada -escribe-, veintiún días de sol y de buena vida. Deseaba disfrutar de ellos, apreciar este regalo de Dios; y, sin embargo, mis recuerdos de Granada encierran más amargura que dulzor». Más adelante, en su relato confiesa: «Granada, al igual que Roma, ha sido para mí una de las ciudades más interesantes del mundo; un lugar donde creí poder echar raíces y, sin embargo, en ambas ciudades me sumí en un estado de ánimo de esos que los afortunados menos sensibles llamarían morboso».</p>
<p class="bodytext">El viaje continuó por Gibraltar y por Tánger, cuyo exotismo deslumbró tanto al escritor danés que, de vuelta a la Península, apenas encuentra algo destacable en Cádiz: «Me sorprendió por su extraordinaria limpieza, sus pintorescos edificios blancos y sus muchas astas de bandera -escribió-; por lo demás, nada digno de mención ofrecía al forastero».</p>
<p class="bodytext">Todo lo que es indiferencia en Cádiz se convierte en entusiasmo cuando Hans Christian Andersen llega a Sevilla. Isleño él, exclama: «Aquí no falta más que el mar; si lo hubiese, Sevilla sería perfecta; la reina de las ciudades». Al parecer, Sevilla responde a la perfección a la imagen de que España se ha forjado en su mente. Encuentra en ella el embrujo de las ciudades moras, se imagina al descubridor del álgebra, Al Geber, leyendo las estrellas subido a la Giralda, se encuentra en sus calles el fantasma de Don Juan Tenorio, disfruta de los cuadros de su admirado Murillo y él, que es un célibe viejo, desgarbado y sin ningún atractivo físico, acusa las puñaladas de los ojos de las sevillanas: «Ojos negros y bellos despedían centellas de poesía entre la multitud; las niñas eran preciosas. En el norte decimos: &#8216;los niños no deben jugar con fuego&#8217;, pues las niñas andaluzas, bien que juegan con él».</p>
<p class="bodytext">Córdoba, perdido su antiguo esplendor, es para Andersen una «mala ciudad de provincia», triste, de la que sólo elogia la mezquita-catedral. «La ciudad parecía sin vida, abandonada -escribe Andersen-. Tan sólo una dama, devocionario en mano, pasó por las angostas calles, camino de la vetusta catedral, gloria y maravilla única de Córdoba». El escritor invirtió luego veintitrés horas para ir de la capital cordobesa a Santa Cruz de Mudela en una diligencia «tirada por diez mulas que, sin consideración a lo accidentado del camino, corren a velocidad de &#8216;vértigo». Hasta Santa Cruz llegaba entonces la vía férrea que iba a unir Madrid con Andalucía, y en aquella localidad manchega Andersen y su acompañante abordaron el tren que les llevó hasta Madrid. La capital de España les recibió con una buena nevada.</p>
<p class="bodytext">El clima madrileño desconcertó a Andersen. «Soplaba un viento que yo mismo, que procedo de uno de los puntos cardinales del viento, del norte, encontré diabólico». La ciudad de Madrid no le gustó a Andersen, «no tiene carácter de ciudad española, y mucho menos de capital de España». «Madrid es para mí un camello derrumbado en el desierto -recuerda-; yo tomé asiento sobre una de sus gibas y oteé los alrededores, pero me sentía incómodamente sentado y el asiento salía muy caro». Sólo se salvan el Museo del Prado, «merece la pena venir a Madrid sólo por eso», y los espectáculos de ópera italiana a los que asiste; «pero habiendo señalado ésta y el museo, ya no hay nada más interesante o de mérito que contar», escribe.</p>
<p class="bodytext">El frío madrileño que recibió a Hans Christian Andersen no era sólo físico. La presencia del escritor laureado y mimado por las coronas y la nobleza de media Europa, agasajado en París, Londres o Roma por los más grandes escritores del continente, pasó inadvertida en Madrid. Sus libros no habían sido traducidos al español y su nombre y su obra eran desconocidos por los escritores y el público madrileño. Después de varios intentos, logró ser recibido por el anciano Duque de Rivas y Juan Eugenio Hartzenbusch. Éste último, que hablaba alemán y tenía alguna referencia de Andersen, aunque no había leído ninguna de sus obras, le regaló sus Cuentos y fábulas en dos pequeños tomos dedicados que se conservan en la Biblioteca Real de Dinamarca. Pero ni Rivas ni Hartzenbusch asistieron a la cena homenaje organizada por el embajador de Suecia en una fonda y a la que asistieron algunos periodistas que no escribieron ni una línea sobre la estancia del afamado escritor danés. La vanidad de Andersen sufrió un duro golpe en el país de sus sueños, donde «nadie me conoce ni desea hacerlo», escribió decepcionado en su diario.</p>
<p class="bodytext">Un viaje relámpago a Toledo, «lugar que de extraño modo despertó nuestra simpatía», marca el punto de retorno del Viaje a España. A finales de diciembre de 1862, en medio de una intensa ola de frío que cubría de nieve la meseta y amenazaba con bloquear los caminos y la vía férrea, Andersen y su acompañante partieron de Madrid hacia la frontera francesa. A su paso por Burgos, los viajeros entraron en la catedral, pero la nieve y el frío les impidieron visitar la tumba de El Cid, uno de los héroes españoles del escritor danés. «¿Era esto estar en España? pensé. ¿Era esto estar en una país caliente?», escribió de su cruce por la cordillera cantábrica. «El paisaje estaba envuelto en silencio, tan abandonado y tan frío como si, en lugar de ir por el camino de España a Francia, estuviésemos atravesando el paso de las montañas entre Noruega y Suecia» -cuenta más adelante. La costa del País Vasco, con el clima ya más templando, le reserva una sorpresa: San Sebastián. «Nadie nos había mencionado esta ciudad de modo especial, ni se nos había dicho que mereciese la pena de una visita larga, la cual sin duda merece -escribe-. Es una ciudad genuinamente española, con un paisaje maravilloso».</p>
<p class="bodytext">El 23 de diciembre, en el momento de cruzar el puente de Behobia, Hans Christian Andersen se mostraba contento y satisfecho, «de tan buen humor como al volver de una fiesta en la que me había sentido feliz y me lo había pasado estupendamente». Había cumplido su sueño: «El mapa nos muestra a España como la cabeza de doña Europa; yo vi su preciosa cara y no la olvidaré nunca», escribió meses más tarde.</p>
<p class="bodytext">Pero lo cierto es que, su pasión por nuestro país se enfrío súbitamente después de conocerlo. Tras su libro Viaje por España, la misteriosa y poética España, caudalosa fuente de su inspiración, apenas aparece mencionada en sus últimas obras.</p>
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