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	<title>Boletin 60 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 60 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Reinhold Messner. Una manera nueva de vivir las montañas y la aventura</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 19 Oct 2018 09:27:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El alpinista Reinhold Messner fue galardonado con el Premio Internacional de la Sociedad Geográfica Española en el año 2004. Este año el Premio Princesa de Asturias al Deporte ha sido [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El alpinista Reinhold Messner fue galardonado con el Premio Internacional de la Sociedad Geográfica Española en el año 2004. Este año el Premio Princesa de Asturias al Deporte ha sido concedido a Reinhold Messner, conjuntamente con el alpinista polaco Krzysztof Wielicki, uno de los mejores exponentes del himalayismo invernal tan vinculado </strong><strong>al alpinismo de ese país. Queremos desde estas páginas comentar con un mayor detalle la personalidad y las aportaciones, pensamos que muy importantes, de Messner a la relación, ya secular y siempre fascinante, del hombre y las montañas.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CRECER ENTRE MONTAÑAS</strong></p>
<p>Reinhold Messner nace en 1944 en Bresanona, en la provincia italiana del Alto Adigio o Tirol del Sur. Su infancia y primera juventud transcurren en pleno contacto con la naturaleza de los Alpes dolomíticos, en la pequeña aldea de montaña de Pizzago perteneciente a San Pietro en el Val di Funes, donde desarrolló una relación profunda, intuitiva, libre y comprometida con la exigente vida de las montañas. Al mismo tiempo, Messner forjaba un fuerte carácter quizás derivado de las estrictas reglas de su pequeña comunidad rural y de su familia. Su amplio núcleo familiar (eran ocho hermanos varones y una chica), y en especial su riguroso y exigente padre Joseph, maestro, montañero aficionado y granjero, le educaron en la disciplina y la colaboración, pero también parecen haber suscitado en él, de carácter inquieto y curiosidad innata, la rebeldía y un profundo espíritu crítico encaminados a la búsqueda de su propio destino. Su tiempo libre lo dedicaba siempre al contacto con la espléndida pero exigente naturaleza de las montañas alpinas. Pronto su atención se centró en ellas, quizás desde que a los cinco años escalara junto a sus padres el pico Saas Rigais, de 3025m. Ya entonces parece que entendió, y ha sido una constante en su vida, que las  maravillosas montañas eran también crueles e inclementes escuelas de vida, por lo que exigían un especial instinto si se quería sobrevivir en ellas. Ese arte de la supervivencia lo desarrolló y cuidó desde su infancia, y ha sido una de las claves de su alpinismo, sus exploraciones y su filosofía vital. La cabecera del valle de Funes, el primer y reducido mundo de Messner, está dominado al sur por las imponentes murallas de los picos de Fermeda, del Saas Rigais y de la Furchetta. Su primera escalada la realiza junto a su padre y a su hermano menor Günter, el más aficionado a la montaña, él con 13 años y su hermano con 12, en la Piccola Fermeda. Pronto se desata en los dos Messner una incontenible pasión por la escalada en roca. La misma cima del Saas Rigai, al que llegó por vez primera con cinco años, recibe diez años después a la cordada de los hermanos Messner, dos casi niños, que vienen de superar la prueba de temor y vértigo de su cara norte, una imponente pared de 800m.</p>
<p><strong>EL VALOR ÉTICO DE SUS ESCALADAS<br />
</strong><br />
Desde esos momentos la escalada más difícil y comprometida se convierte en su actividad prioritaria. Recorren las vías clásicas en magníficos horarios o en invierno; abren nuevas rutas, producto de la búsqueda de la belleza, la lógica y de su gran conocimiento de la montaña, trazando preciosas vías por los lugares más inaccesibles y abismales de los Dolomitas. Fueron años de profunda formación y de una curiosa y particular comunión con las montañas, que se constituían día a día como el espacio en el que se reflejaba y modelaba el mundo interior de Reinhold Messner. En esos años sesenta Messner acabó por ser reconocido como uno de los mejores escaladores de los Alpes mostrando sus especiales dotes, él las denomina instintivas, para interpretar, ascender y en consecuencia sobrevivir en los lugares más difíciles y en las condiciones más desfavorables. Sus escaladas en los Alpes suizos o en los franceses, lejanos a su casa, como la norte de las Jorasses, la apertura del pilar norte del Eiger, la norte de las Droites en solitario, en horarios fulgurantes, junto a sus escaladas en el Yerupajá, en la cordillera de Huayhuas en Perú, a la que fue invitado por una expedición austriaca, le elevaron al pedestal de los mejores alpinistas. Pero Messner añadía una notable particularidad: en sus escaladas renunciaba explícitamente a la utilización de elementos de seguro que se emplazan mediante perforación de la roca, pues en su opinión desvirtúan la esencia de la escalada al aminorar el compromiso, lo que situaba sus actividades como ejemplo de que importa más el cómo se asciende que lo que se asciende. Por otro lado, su carácter inconformista y directo, profundamente crítico, pero con opiniones siempre fundamentadas, cuestiona las graduaciones de dificultad en la escalada entonces al uso, lo que suscitaría una gran controversia y frecuentes polémicas con los sectores más tradicionales del alpinismo. Y es que estamos ante otro de sus rasgos característicos: Messner ha procurado desde siempre analizar lo que significa escalar montañas; una reflexión que le conduce, si es que se desea aprovechar todo lo que el alpinismo ofrece, a renuncias en el uso de medios técnicos, compromiso en los riesgos asumidos, creatividad en las propuestas y respeto a la naturaleza y a la cultura del lugar. Estos requisitos propiciarán que las ascensiones tengan un profundo sentido ético, con el fin de lograr un mejor conocimiento de las montañas y del propio alpinista.</p>
<p><strong>LA DESGRACIA DEL NANGA PARBAT</strong></p>
<p>Así llegamos a 1970, un año crucial en la vida de Reinhold Messner. En Alemania se organiza una potente expedición con el objetivo de abrir la primera ruta al Nanga Parbat, montaña de 8.125m con una trágica vinculación con el himalayismo alemán, por la gigantesca y escarpada vertiente de Rupal. La dirige con criterios rígidos y un estilo autoritario el doctor Karl M. Herrligkoffer, jefe de otras expediciones previas al Himalaya, y cuyo hermanastro, Willy Merkl, había dirigido las expediciones históricas alemanas de anteguerra a esta peligrosa montaña. Al grupo de fuertes alpinistas alemanes y austriacos se invita a participar al sudtirolés Reinhold Messner y, cuando se producen dos bajas, también a su hermano Günter. La historia de lo que allí ocurrió ha dado material para editar varios libros y es uno de los episodios más debatidos y reseñados del himalayismo, con consecuencias de todo tipo, incluidas las legales, a lo largo de casi 40 años. Lo fundamental es que cuando los hermanos Messner estaban en el campamento V a 7.400m, pues frecuentemente estuvieron a la cabeza de la expedición, una serie de errores de comunicación y diferencias de actitud y estrategia indujeron a Reinhold a partir en solitario hacia la cima, contraviniendo el criterio de Herrligkoffer. Lo que no esperaba Reinhold es que Günter decidiera seguir sus pasos alcanzándole horas después. Los hermanos hacen cima, la tercera absoluta al Nanga Parbat, el 27 de junio a una hora muy tardía. Günter muestra síntomas de mal de altura y está exhausto, por lo que se ven obligados a vivaquear sin saco, tienda, bebida y comida a poco menos de 8.000m. Han abierto una impresionante vía al Nanga Parbat pero ahora la montaña les tiene atrapados, pues en esas condiciones y sin cuerdas el descenso por donde han subido sería suicida. Cuando ven que la cordada que les seguía no puede prestarles ayuda, deciden descender por la vertiente contraria, la de Diamir, algo menos pendiente, muy compleja, pero sobre todo jalonada por peligrosos muros glaciares (seracs) que caen en enormes avalanchas. Su descenso es épico, obligando a otro vivac que los coloca al borde de la muerte. Cuando finalmente se acercan a la zona inferior, en un estado de semiinconsciencia, Reinhold, pierde de vista a Günter, pensando que está detrás de alguno de los muchos promontorios del glaciar. Más abajo lo espera en vano. Vuelve sobre sus pasos y observa una avalancha por donde habían bajado. A pesar de eso pasa otro día completo buscando a su querido hermano. Finalmente desiste y es salvado en el último momento por unos pastores. Pierde seis dedos y varias falanges por congelaciones al tiempo que comienza una dura y larga batalla que le enfrenta al resto de la  expedición y en especial a Herrligkoffer, quien le responsabiliza de la tragedia y de haber abandonado a su hermano en lo alto de la montaña. Los restos de Günter aparecerán en 2005 en el glaciar donde Reinhold dejó de verlo, ratificando así su versión. A partir de entonces, Messner acrecienta su fama de enorme alpinista, pero al mismo tiempo le persigue un halo de figura polémica que a pocos deja indiferente.</p>
<p><strong>LA ESPECIALIZACIÓN EN EL HIMALAYISMO<br />
</strong><br />
En el terreno deportivo, las amputaciones limitaron sus posibilidades en escaladas de gran dificultad en roca, lo que le indujo a especializarse en escaladas de hielo y en las de gran altitud. La eclosión de un alpinista único, con un papel determinante en la historia del himalayismo, había comenzado. Desde 1970 su actividad en ochomiles y grandes montañas es tan incesante como asombrosa. En cada ochomil que asciende aporta algo. Todos, sin excepción, son escalados sin oxígeno embotellado; en la mayoría traza nuevos itinerarios completos o parciales; casi nunca utiliza sherpas y en pocas ocasiones cuerdas fijas. Messner crea una nueva forma de himalayismo asemejándolo a las actividades de los Alpes. Así, de este modo, algo solo al alcance de un alpinista especialmente dotado mentalmente y entrenado físicamente, logra en 1978 escalar de nuevo el Nanga Parbat en solitario y por una ruta nueva; logra ese mismo año, junto a Peter Habeler, la primera ascensión sin oxígeno al Everest; en 1980, tras su ascensión ligera al K2 en 1979, asciende el Everest desde Tíbet en solitario, sin campamentos previos y por una ruta nueva… El inventario de lo que la gente de a pie podríamos llamar sorprendentes hazañas es enorme, y no pueden explicarse tan detalladamente como merecen en un artículo como este. Basta decir, para demostrar la trascendencia en la exploración e historia alpina del personaje, que en 1986, tras escalar el Makalu y el Lhotse, Messner es la primera persona en completar la escalada de los 14 ochomiles principales, con 18 ascensiones en total, pues repite en cuatro cimas. Aun siendo esto extraordinario, habría que añadir los siguientes méritos: hace la segunda travesía en la historia de un ochomil (Nanga Parbat 1970); abre seis nuevas rutas completas (Nanga 1970, Manaslu 1972, Nanga 1978, Everest 1980, Kangchenjunga 1982, Annapurna 1985 y una parcial, Cho Oyu 1983); escala en solitario dos  ochomiles (Nanga 1978 y Everest 1980); no usa nunca oxígeno embotellado; hace por vez primera en la historia tres ochomiles en una temporada (Kangchenjunga, Gasherbrum II y Broad Peak en 1982) y dos ochomiles seguidos sin descender a la base (Gasherbrum I y Gasherbrum II en 1984).</p>
<p><strong>NUEVAS RUTAS EN LA ESCALADA</strong></p>
<p>Cabría pensar que durante este tiempo Messner estuvo dedicado en exclusiva a los ochomiles, sin embargo, en esos años, y prueba de su enorme capacidad, abrió rutas en lugares tan distantes como la pared sur del Aconcagua en Argentina, el Kilimanjaro en Tanzania, el Denali en Alaska, y ascendió sietemiles en el Hindi Kush afgano y en Nepal, y asciende, entre otros muchos menos conocidos, al Monte Vinson, techo de la Antártida. Con el Vinson, Messner completa la lista de las siete cumbres continentales, siendo el segundo en la lista en la que se incluye el Puncak Jaya en Nueva Guinea (Indonesia,) y el primero en hacerla sin el uso del oxígeno embotellado en el Everest. Cuando Messner completa los catorce ochomiles, las Siete Cimas y las espléndidas escaladas que reseñamos más arriba, decide cerrar el capítulo de las grandes montañas. Sin embargo, como era de esperar por su carácter, pone su experiencia e imaginación al servicio de la exploración de aquellas zonas de la Tierra donde se exige lo mejor del ser humano, como son las zonas polares, los desiertos y las selvas, siguiendo así, salvando las diferencias del momento, el camino marcado tiempo atrás por el alpinista Walter Bonatti, una de sus explícitas referencias.</p>
<p><strong>DE LA LÍNEA VERTICAL A LA HORIZONTAL</strong></p>
<p>En esta fase de exploración del mundo horizontal realiza decenas de impresionantes aventuras. Entre ellas citaría solo la travesía del Tíbet y la exploración de la zona del Kailash; el cruce del Tíbet oriental; la travesía, con un compañero, sobre esquís y con la ayuda de cometas, de la Antártida con un recorrido de 2.800km en 92 días; el cruce del Bután; la travesía del desierto del Taklamakan; el cruce longitudinal, en el sentido de los meridianos, de Groenlandia; los proyectos de limpieza en el Himalaya indio… Quizás una de las aventuras más dramáticas fue el intento fallido de cruzar el Ártico desde Siberia a Canadá en 1995, pues corrió, junto a su hermano Hubert, compañero ocasional, un grave riesgo de muerte cuando un temporal cuarteó la delgada banquisa amenazándoles, entre el estruendo del hielo crujiente y roto, con morir no se sabe bien si congelados o ahogados, en el gélido océano que se abría a sus pies. Desde años antes Messner era ya un fenómeno social y editorial, pues en conjunto había publicado más de 60 libros, unos 15 traducidos al español, e impartido miles de conferencias por todo el mundo. Para completar este aspecto de hombre completo, prueba, en 1999, una nueva forma de exploración como es la política, en la que es elegido diputado en el parlamento europeo por el Partido Verde italiano. Deja estas labores en 2004, año en el que realiza en solitario una travesía de 2.000 km en el desierto de Gobi en Mongolia.</p>
<p><strong>LA HORA DE LOS MUSEOS</strong></p>
<p>La capacidad de Messner para crear y acometer nuevos objetivos es proverbial. Cuando, por la edad, el cuerpo responde de modo más lento y limitado, la imaginación y la experiencia suplen esas carencias. De este modo surge el proyecto del Museo Messner de la Montaña, que se inició en 2003 y se ha ido ampliando hasta las seis sedes actuales repartidas por diversos lugares, todos ellos en espacios y edificios singulares, como castillos o vanguardistas edificios integrados en lo alto de las montañas de Tirol del Sur. Cada sede gira sobre un tema: el hombre y la montaña; el alpinismo clásico; las montañas mágicas y sagradas; los pueblos de montaña; el hielo y los glaciares y los Dolomitas. El Museo de Montaña de Messner nos es sino una prueba más de lo amplia y rica que es la cultura de las montañas, algo que nuestro alpinista ha vivido y desarrollado en amplitud y profundidad. Estamos, por tanto, ante un hombre fundamental de la cultura actual, pues reúne en sí los mayores logros deportivos y una espléndida acción intelectual y cultural. Messner ha sido un innovador, un aguerrido alpinista en las paredes y en las cimas más inaccesibles del planeta, pero también en la plaza pública, desde la que cuestionó lo establecido sin miramientos. Su legítima ambición, su inteligencia y su talento, al tiempo que sus planteamientos transgresores le granjearon no poca animadversión y una fama de persona distante. Sea cual sea su personalidad, fascinante para muchos entre los que me incluyo, y aun reconociendo que su obra escrita es irregular y en ciertos aspectos discutible, lo que no deja lugar a dudas es que, gracias a Reinhold Messner, el alpinismo y las montañas han ascendido puestos en el acervo cultural de la humanidad, dejando buena prueba de que vivir adecuadamente las montañas y la aventura es un modo de acercarnos a vivir en plenitud.</p>
<p><strong>Pedro Nicolás<br />
</strong><br />
<em>* Pedro Nicolás es Presidente de la Real Sociedad de Alpinismo de Peñalara, y miembro de la </em><em>Junta Directiva de la SGE.</em><br />
<em>** Hubiera sido deseable, en nuestra opinión, que el Premio Princesa de Asturias al Deporte, </em><em>que se dio compartido y atiende diversos aspectos de esta poliédrica actividad, se concediera</em> <em>también al extraordinario y veterano alpinista español Carlos Soria.</em></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La expedición filosófica de Alexandre Rodrigues Ferreira</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/expedicion-filosofica-alexandre-rodrigues-ferreira/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jul 2018 12:49:03 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El Siglo de las Luces, la Ilustración y las expediciones científicas de las naciones europeas hacia América y el Pacífico constituyeron las fuentes de inspiración del viaje ideado y llevado [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>El Siglo de las Luces, la Ilustración y las expediciones científicas de las naciones europeas hacia América y el Pacífico constituyeron las fuentes de inspiración del viaje ideado y llevado a cabo por el doctor Alexandre, entre 1783 y 1792, por las regiones interiores de la América portuguesa, a lo largo de la Amazonía, el Pantanal y el Cerrado. Se trata de la zona que hoy forma parte de los estados brasileños de Pará, Amazonas, Roraima, Rondonia y Mato Grosso. Naturalista con estudios académicos en Coímbra y Lisboa, poseedor de unas dotes excepcionales para establecer los contactos oportunos para sus fines, la visión de Alexandre Rodrigues Ferreira como expedicionario va más allá de la pura recopilación de datos. Avanza propuestas, y, de alguna manera, sienta las bases para los futuros caminos hacia el progreso.</strong></p>
<p><strong>UNA HISTORIA CON MORALEJA</strong></p>
<p>Hacia el último cuarto del siglo XVIII, en el interior de la Amazonía, una mujer urdía un ingenioso plan para poner a prueba los sentimientos de su amado y cambiar irreversiblemente su suerte. Esta india recurrió a una especie de dote para asegurar su unión con un soldado de baja graduación, un cabo, de nombre Álvaro. Ella conocía un poderoso antídoto contra el veneno de serpiente, un conocimiento heredado de sus ancestros. La india, persuadida por Álvaro a que contase su secreto, dijo que lo haría si el cabo la llevaba con él a Belém do Pará, ya que una vez que le proporcionase el antídoto y revelase su preparación, caería en desgracia ante sus parientes, y probablemente la matarían. La pareja vino a amancebarse en Belém y el secreto se difundió. Se trataba de una planta, la ayapana, cuyo jugo contenía un poderoso remedio. Se llevó la planta al oídor de la ciudad de Belém, su eficacia fue comprobada por un médico local, y su cultivo se extendió de inmediato por todos los jardines y huertos del entorno urbano de la Amazonía. Los curiosos empezaron a hacer los más variados experimentos con el jugo de la ayapana. Uno llegó a envenenar a su perro con arsénico para salvarlo después. Este remedio rápidamente se hizo popular para curar distintos, males y se administraba tanto a señores como esclavos, a ricos y a pobres, a hombres y mujeres, personas y animales. Alexandre Rodrigues Ferreira dio a esta eficaz planta el nombre de Eupatorium Aypaina. En ese momento hacía ya tres años que el naturalista había dejado la lejana Lisboa y desembarcado en la capital de Grão Pará. El “Dr. Alexandre” iba al mando de un viaje filosófico.</p>
<p><strong>EL VIAJE FILOSÓFICO Y LA CIENCIA ILUSTRADA EN PORTUGAL</strong></p>
<p>En el Siglo de las Luces, Portugal se encontraba en una posición de desventaja con respecto al desarrollo científico europeo. Orgullosas de estar a la vanguardia en conquistas y en el conocimiento de ultramar en los siglos XV y XVI, las autoridades portuguesas llegaban al crepúsculo de la Edad Moderna con un sentimiento de decadencia, y la convicción de que era preciso reformar las Universidades y promover investigaciones acordes a las nuevos objetivos de la ciencia. Numerosas expediciones científicas visitaban diferentes regiones del planeta. Nombres célebres, como Charles-Marie de La Condamine, Louis-Antoine de Bougainville, James Cook o Joseph Banks– recorrían los territorios de América y Oceanía. Relatos y documentos de esas expediciones circulaban por todos los países y daban a conocer a sus protagonistas en Europa.<br />
El discurso ilustrado se proyectaba sobre la naturaleza reduciéndola a descripciones, clasificaciones y apreciaciones de los estudiosos, que, con las enseñanzas de autores tan influyentes como Buffon y Linneo, veían el mundo como un universo a descubrir y medir por la ciencia. Los viajes filosóficos pensados por Domenico Vandelli, naturalista italiano radicado en Portugal, contribuían al esfuerzo que realizaba este pequeño país ibérico, titular de inmensos territorios ultramarinos, para seguir los pasos de otras naciones europeas. A tal fin se hacía necesario crear instituciones para la formación de profesionales que pudiesen dedicarse a la recogida,  lasificación y conservación de elementos procedentes de los tres reinos de la naturaleza. El objetivo era constituir una colección diversificada, que estuviese a la altura de los museos naturales y jardines botánicos de la Europa del Setecientos.<br />
El viaje filosófico dirigido por Alexandre Rodrigues Ferreira se proyectó asumiendo los elevados costes de una expedición con capacidad para rivalizar con otros viajes que le habían servido de modelo. Después de repetidos recortes de recursos –que seguramente frustrarían parte de las ambiciones científicas del viaje–, y tras una espera de cinco años en Lisboa, A. R. F. zarpó finalmente rumbo a Pará, llevando consigo a los ilustradores (riscadores) Joaquim José Codina y José Joaquim Freire, y al jardinero botánico Agostinho Joaquim do Cabo.<br />
En el primer año la expedición exploró regiones más o menos cercanas a la capital de Grão Pará. En septiembre de 1784, Alexandre Rodrigues Ferreira dejó Belém y siguió hacia el oeste, hacia la Capitanía de Río Negro. Recorrió aldeas y bosques a lo largo de varios ríos amazónicos y, en marzo de 1785, llegó al río Negro, en cuya orilla se encontraba la villa de Barcelos, sede de la Capitanía. Dejó Barcelos en 1786, y siguió el curso del río Negro en dirección al fuerte de São Joaquim (en las proximidades de la actual capital del Estado de Roraima). En agosto de 1787, los expedicionarios se encontraban de nuevo en Barcelos, donde permanecieron por espacio de un año. En 1788 la expedición se dirigió hacia el sur, navegando principalmente por los ríos Madeira, Marmoré y Guaporé, y pasando por el fuerte Príncipe da Beira, para llegar a la sede de la Capitanía de Mato Grosso, Vila Bela.<br />
Desde ahí partirían, en 1789, a explorar los territorios del Pantanal y del Cerrado de Mato Grosso, pasando por la villa de Cuiabá y regresando a Vila Bela en junio de 1791. En octubre de ese mismo año la expedición tomó el camino de regreso a Belém y, en enero de 1792, llegaron a la capital de Pará. Un año después Alexandre<br />
Rodrigues Ferreira partía hacia Lisboa.</p>
<p><strong>MUESTRAS RECOGIDAS, OBRAS ESCRITAS, DIBUJOS REALIZADOS</strong></p>
<p>Durante el tiempo que estuvo en América del Sur, el naturalista siempre envió a Portugal muestras de plantas, animales, rocas y piezas de artesanía indígena. Con el entusiasmo de quien sentía que acababa de llegar al “paraíso”, envió la cabeza de un índio tapuia manifestando la “felicidad [de] remitir al gabinete de Vuestra Majestad una pieza de la que en los gabinetes de Europa não hay ejemplo”. Además de la infinidad de materiales recogidos, generó casi sesenta obras sobre el viaje (memorias, diarios, descripciones, observaciones), así como innumerable correspondencia. Los ilustradores de la expedición realizaron más de dos mil dibujos, desde representaciones de ambientes naturales, como plantas, animales o paisajes, hasta útiles, herramientas, adornos, rostros y cuerpos de amerindios, y aun representaciones de los ambientes coloniales rurales y urbanos.<br />
Hay bastante debate sobre el legado de la expedición dirigida por A. R. F. Los más entusiastas lo consideran el Humboldt brasileño. El hecho cierto es que esta expedición no logró el éxito en el mundo científico de la época. Los escritos e imágenes producidos por la expedición han permanecido inéditos durante decenios, y se cree que podrían haber sido mejor aprovechados por sus contemporáneos conocer la naturaleza de una extensa región de América del Sur.</p>
<p>La imagen de Alexandre Rodrigues Ferreira, observada desde el punto de vista de la ciencia del siglo XVIII, queda a mitad de camino entre la del excepcional naturalista que no alcanzó el prestigio merecido por su brillante trabajo, y la de un viajero que recorrió extensos territorios sin conseguir un conocimiento significativo para la ciencia de su tiempo.</p>
<p><strong>UNA EXPEDICIÓN COLONIALISTA EN LAS FRONTERAS DEL IMPERIO PORTUGUÉS</strong></p>
<p>El cuestionable éxito científico de la expedición rivaliza con los evidentes triunfos geopolíticos obtenidos por los portugueses en América en las últimas décadas del siglo XVIII. Esto nos lleva a preguntarnos si este viaje filosófico no estaría más ligado a los intereses de la política portuguesa sobre los territorios de Pará, Amazonas y Mato Grosso, que al conocimiento científico. A la expedición se le exigió ponerse a las órdenes del gobernador de Río Negro, João Pereira Caldas, responsable del trazado de las demarcaciones de estas zona de la Amazonía.<br />
El éxito portugués puede atribuirse en parte a la diplomacia, pero no cabe ignorar la fundamental importancia dada a los territorios de frontera. Alexandre Rodrigues Ferreira recibió la orden de João Pereira Caldas de registrar y valorar el “estado presente de la agricultura y del comercio, la población y manufacturas de los poblados”, cosa que, de hecho, el naturalista venía ya haciendo desde su estancia en Pará. Sus relatos muestran que había diferentes actividades económicas y relaciones de trabajo. En Pará consigna la producción de yuca, maíz, azúcar, arroz, café, cacao, añil, algodón, guaraná y “otras labranzas”, además de reseñar la existencia de alfarerías, hornos de cal, ingenios de azúcar y de arroz. Continuó tomando notas a lo largo de los ríos amazónicos, del mismo modo que lo hizo mientras estuvo en la Capitanía de Mato Grosso, donde describió las distintas actividades económicas que allí se desarrollaban (pesca, agricultura, ganadería, minería) y el estado en que se encontraban las poblaciones.<br />
Su trabajo no se limitó a inventariar lo que había. Alexandre Rodrigues Ferreira expuso siempre sus propuestas. En agricultura, por ejemplo, introdujo nuevos cultivos y evaluó el potencial del cultivo comercial de plantas autóctonas. Hizo asimismo previsiones sobre la forma en que Portugal debería aprovechar las riquezas de sus colonias, diversificando la producción agrícola y no permitiendo la manufactura, a fin de que el Reino pudiera beneficiarse de la exportación de productos manufacturados a sus dominios ultramarinos.</p>
<p>Los territorios coloniales portugueses que visitó el naturalista han sido presentados como zonas explotadas muy por debajo de lo que ofrecían las fantásticas riquezas de su ámbito natural, una vez que se introdujese la mano de obra adecuada y métodos racionales de explotación. Esto demuestra los objetivos de la política reformista ilustrada ibérica, fuertemente influida por el pensamiento fisiocrático de dejar actuar a las leyes de la nauraleza. Y también por un sentido pragmático, que unía el carácter utilitario de la Ilustración a la pretensión de reformar y reforzar el colonialismo en el ámbito del imperio portugués. El viaje filosófico de A. R. F., y otros realizados en el mismo período a Cabo Verde, Angola y Mozambique, pueden entenderse como parte de esa estrategia.<br />
A juzgar por los tratados diplomáticos y las cifras del comercio internacional en las últimas décadas de dominio portugués en América, la estrategia portuguesa logró importantes resultados, que impulsaron la economía de Brasil y mejoraron las cuentas exteriores de Portugal.<br />
Desde este punto de vista habrá que considerar a Alexandre Rodrigues Ferreira como fiel funcionario de la monarquía, y un importante agente de la política portuguesa en América.</p>
<p><strong>EL DR. ALEXANDRE EN LAS MALLAS DEL ANTIGUO RÉGIMEN</strong></p>
<p>La trayectoria del “Dr. Alexandre” es un ejemplo, no tan infrecuente, de ascenso, en el ambiente del imperio portugués, de personas procedentes de las élites coloniales emergentes. Nacido en Bahía en 1756, era hijo del comerciante Manoel Rodrigues Ferreira, del que se sabe muy poco. En la primera mitad del siglo XVIII el volumen de actividades mercantiles en Bahía registró un importante crecimiento, debido sobre todo a la demanda de esclavos, que procedían de Costa da Mina. La trata de esclavos estaba vinculada al comercio de tabaco de tercera calidad (que estaba permitido), de importantes cantidades de oro (que era ilegal) y de otros productos coloniales. No sólo Bahía, sino otras muchas ciudades coloniales acogieron a comerciantes portugueses atraídos por las oportunidades que ofrecía al comercio la expansión de las fronteras.<br />
Sabemos que Manoel Rodrigues Ferreira decidió que sus hijos Alexandre y Bartolomeu ingresaran en el seminario, aunque solo el último siguió la carrera religiosa. Enviado a Coímbra a continuar sus estudios, Alexandre supo atraer la atención de Domingos Vandelli, ofreciéndose a trabajar sin remuneración entre 1777 y 1778, mientras estudiaba como en Lisboa, entre 1778 y 1783, donde obtuvo el título de doctor, “estaba siempre dispuesto a hacer los experimentos que se le pedían”, sin recibir por ello más que cama y comida. Los planes de A. R. F. eran ambiciosos y a largo plazo. Requerían muchas pruebas de fidelidad, competencia y desinterés.<br />
Cuando partió hacia Pará, y mientras cruzaba el Atlántico, hizo buenas relaciones con el nuevo gobernador y el nuevo obispo de Pará, que viajaban en el mismo barco. Durante los años siguientes, el “Dr. Alexandre” se relacionó con los gobernadores de las capitanías de Río Negro y Mato Grosso, además de hacerlo con diferentes potentados locales. De entre las dificultades encontradas por los expedicionarios, las molestias tropicales resultaron ser obstáculos más severos que los animales salvajes, los ríos de difícil navegación o los indios y extranjeros hostiles. Así, fallecieron el botánico de la expedición y uno de los ilustradores, Codina, mientras el otro enfermó gravemente durante largos períodos de tiempo. Alexandre se vio también acometido de estos males desde que estuvo en Belém. Si, cuando llegó a Belém, Alexandre Rodrigues Ferreira afirmaba estar en el “paraíso”, ya en Mato Grosso, tras largos años de viaje y enfermo, se sentía, en el “fin del mundo”. El apoyo que recibió en los momentos de enfermedad contribuyó a forjar una relación de fidelidad e intimidad con las autoridades que lo auxiliaron. Las muchas cartas<br />
oficiales intercambiadas entre el naturalista y el secretario de Estado Martinho de Melo e Castro, principal autoridad a la que se encontraba subordinado, muestran una clara preocupación por parte de A. R. F. sobre el juicio que el secretario pudiese formarse sobre sus actitudes.<br />
Se casó en Belém con la hija del comandante general de la plaza (capitão-mor) Luís Pereira da Cunha. Su padrino de boda fue el capitán general Francisco Marinho de Sousa Coutinho, quien le introdujo en el círculo íntimo de una familia de importantes estadistas portugueses.<br />
Gracias a una intrincada red de alianzas y lealtades, el “Dr. Alexandre” se hizo con un capital de relaciones que le reportaron prebendas, cargos y privilegios. En 1783, incluso antes de partir de Lisboa hacia Pará, solicitó el hábito de alguna Orden Militar portuguesa, deseo que le fue concedido en Portugal, en 1794. Desde su regreso al Reino, y hasta su muerte en 1815, acumuló diversos cargos. Fue oficial de la Secretaría de Estado, vice-director del Real Jardín Botánico, y diputado de la Real Junta de Comercio entre otros cargos y beneficios. Intervino, con éxito, en los litigios en torno al ascenso militar de sus sobrinos de Pará y, en 1787, consiguió que su hermano fuera nombrado canónico en Bahía. Tras su muerte, su hijo fue nombrado oficial de la Secretaría de Estado y Negocios de la Marina y Dominios Ultramarinos. Estamos, pues, ante la figura de un naturalista del Siglo de las Luces que realizó una exitosa estrategia de ascensión familiar, típica del Antiguo Régimen.</p>
<p><strong>RENDIJAS PARA EL AMANECER DE LA MODERNIDAD IBÉRICA EN AMÉRICA</strong></p>
<p>Sería tal vez interesante considerar aún desde otro punto de vista el viaje de Alexandre Rodrigues Ferreira. Después de más de trescientos años de las primeras exploraciones europeas al interior de América del Sur, las relaciones entre los exploradores europeos y los distintos pueblos amerindios creaban situaciones que implicaban a los más variados personajes y escenarios, como se da en el episodio narrado al comienzo del texto. Los relatos del viaje filosófico pueden verse como pequeñas rendijas a través de las cuales se entrevén vestigios de esas tramas. Porque la expedición nos permite conocer los distintos usos que los habitantes de las villas, ciudades y poblaciones hacían de los recursos naturales, y cómo se mezclaban los usos y costumbres europeos con los de los indígenas. Tras describir el pez piracucú según las reglas de la ciencia del Setecientos, A. R. F. nos cuenta que “la lengua del pirarucú sirve a los naturales como instrumento para rallar guaraná y clavo de la tierra, la nuez moscada (…y) sus escamas sirven de lija a los carpinteros (&#8230;) y a otros artesanos de esta y de otras clases”.<br />
La imagen que la expedición forjaba de si misma y de todo cuanto observaba debe ponerse en cierta perspectiva, ya que debemos cuestionar el discurso de una naturaleza desconocida, inexplorada e ignorada.<br />
Ya en 1627, el franciscano Cristovão de Lisboa escribió una História natural e moral do Maranhão, ilustrada con 259 dibujos. Durante ocho años (1653-1661), el padre Antonio Vieira recorrió un extenso territorio entre Pará, Maranhão y Ceará describiendo diferentes características naturales y sociales. El misionero Samuel Fritz (vasallo de la Corona española) navegó por los ríos amazónicos a finales del XVII, y confeccionó mapas y relatos. El discurso ilustrado se sobreponía, así, a otros discursos que buscaban el conocimiento de América con fines europeos. Al igual que un mapa que, para parecer más actualizado y exacto, hace que los demás parezcan erróneos y obsoletos, esta expedición vino a sobreponer a las imágenes anteriores –producidas por autoridades, religiosos, cronistas, exploradores, súbditos de varias coronas– un discurso que se pretendía más exacto, correcto, preciso y científico.</p>
<p><strong>LA IMPORTANCIA DE LOS SABERES INDÍGENAS</strong></p>
<p>Buena parte del conocimiento “ilustrado” de esta y de múltiples expediciones más, se debe al contacto con los indios, los exploradores y los colonos. Cuando llegó al rio Branco, Alexandre Rodrigues Ferreira preguntó a un nativo qué ríos había a lo largo del recorrido. El indio inmediatamente cogió un haz de paja para representar el rio principal y, después, deshilándolo, mostró cada afluente, haciendo, incluso, un nudo en cada punto donde existía una población. El naturalista tomó nota de toda la información facilitada. Este borrador (cuyo destino se desconoce), junto con otros, permitió la producción de mapas para delimitar territorios. Silenciosamente la ciencia europea se iba apropiando del conocimiento indígena.<br />
El “racional” Alexandre Rodrigues Ferreira podía llamar tapuias a todos los indios de las tierras que recorrió, ya que poco se diferenciaban por su genio y naturaleza, y sí mucho más por el color de su piel, que el clima modificaba, o por las deformaciones que causaban a sus propios cuerpos, como era el caso de los índios mahuas de Río Negro. Se hacía necesario cristianizarlos y civilizarlos.</p>
<p>Sin embargo, hay momentos en que los escritos de la expedición se alejan del discurso clasificatorio de la “razón”, y se hacen más ricos, dejando hablar a otras voces, como la de aquellos enamorados que llevaron a Belém el antídoto contra el veneno de serpiente.<br />
O cuando vemos cómo, sin la ayuda y el conocimiento de los indios y sus técnicas, la expedición no habría podido desplazarse. O cuando narra la muerte del indio Caboquema, caído junto con un misionero carmelita luchando contra otros indios sublevados. O al referir las negociaciones, amistades y enemistades entre indígenas principales y autoridades portuguesas, donde aparecen personajes como la negra Vitoria, esclava de un portugués, raptada por los guaykuru, convertida más adelante en intérprete, y reconocida como negociadora de gran importancia para sellar la paz y las alianzas entre ese pueblo amerindio del Pantanal y los portugueses.<br />
Mirando por estas rendijas menos oficialistas podemos vislumbrar la trayectoria de Alexandre Rodrigues Ferreira como un fragmento de una tupida trama de relaciones de poder, de trueques, alianzas y negociaciones que tuvo lugar en el proceso de la conquista y colonización de América. Se puede detectar un discurso heredero de los discursos de la conquista del siglo XVI, pero, al mismo tiempo, un discurso proyectado hacia el futuro, que imágenes de un territorio por civilizar, por desarrollar, por situar en las sendas del progreso. Imágenes que todavía hoy pueblan los discursos políticos y económicos sobre esas regiones, que causan la impresión de que los designios del viaje filosófico aún están por cumplir.</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p>Alexandre Rodrigues Ferreira &#8211; Viagem ao Brasil: a expedição philosophica pelas capitanias do Pará,<br />
Rio Negro, Mato Grosso e Cuiabá, 1783-1792. Petrópolis, Kapa, 2006.<br />
Memória da Amazónia: Alexandre Rodrigues Ferreira e a Viagem Philosophica. Coimbra, Universidade<br />
de Coimbra, 1991.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Tiago Kramer de Oliveira</strong></p>
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		<title>Fernão Mendes Pinto y su peregrinaçao</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Jul 2018 12:11:36 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Fernão Mendes Pinto es un clásico de la literatura de viajes europea, y no solo de la portuguesa. Nació en Montemor-o-Velho, alrededor de 1510, en una familia de escasos medios [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Fernão Mendes Pinto es un clásico de la literatura de viajes europea, y no solo de la portuguesa. Nació en Montemor-o-Velho, alrededor de 1510, en una familia de escasos medios económicos, y murió en 1583 en su finca de Pragal, en Almada, una localidad cercana a Lisboa de la que llegó a ser juez, después de una accidentada vida marcada por la aventura.</p>
<p>Su obra Peregrinação se editó en toda Europa, empezando por España, convirtiéndose en un auténtico best seller del siglo XVII. En Francia, Holanda e Inglaterra, donde siguen la marcha de los descubrimientos portugueses, y también en Alemania, mantiene una doble personalidad, la de un experto en los asuntos de Extremo Oriente y la de un personaje a lo Barón Münchausen, cuyas verdades son constantemente puestas en cuestión. El equívoco al que se presta su nombre “Fernão mentes? – Minto”, encuentra ecos hasta en Edgar Allan Poe, pero esta sombra desaparece a finales del siglo XX, cuando varias de sus afirmaciones se revelan ciertas, confirmadas por excavaciones  arqueológicas y exámenes filológicos. Su caso se parece al de Marco Polo, cuya obra precursora circulaba con el título de Il Millione, que provocaba también incredulidad debido a las cifras “asiáticas” que excedían a incluso a la fantasía.</p>
<p><strong>DATOS PARA ABRIR BOCA<br />
</strong><br />
La imaginería europea siempre ha tenido contacto con Asia, al no estar separada por un océano. Sin embargo, en el siglo XVI, Europa, poseedora del dominio oceánico, abiertas las nuevas rutas y redes comerciales, comienza a contemplar esta lejana realidad a través de la mirada de nuestro portugués, una amalgama de aventurero, vagabundo, pícaro y memorialista. El texto de la primera edición del año 1614, la que sale a la luz en la imprenta lisboense de Pedro Craesbeek, desborda el título actual. A primera vista se parece más a los tratados de geografía, pues sigue con un extenso subtítulo que lo resume: “En que dá cuenta de muchas y muy extrañas cosas que el vió y oyó en el reino de la China, en el de la Tartária, en el del Sornau, que vulgarmente se llama Siam, en el de Calamiñán, en el del Pegú, en el del Martabán y en los otros muchos reinos y señorios en las partes Orientales de que en estas nuestras del Occidente hay muy poca o ninguna notícia.” Tal enumeración, que se repite a lo largo de la obra, muestra la satisfacción de todos los portugueses, orgullosos de haber ampliado el conocimiento geográfico de los autores de la Antigüedad sobre el lejano Oriente.</p>
<p>En otro momento –aprovechándose de una imagen tomados de los tratados locales, de los, según el autor, se sirve en bastantes ocasiones-, describe por primera vez la “Pestaña del Mundo” situándola en las Islas Ryu-Kyu. Curiosamente, en esta descripción no menciona expresamente a Japón, del que se puede considerar como uno de los muy primeros visitantes “descubridores”, y en cuya evangelización participa con su experiencia y dinero. Sus observaciones más curiosas son las relativas a la introducción de armas de fuego en un “país sumergido en guerras”. Nos cuenta cómo una única escopeta entregada en una operación de intercambio al reino Bungo es suficiente para que, pasados unos escasos años, el autor se encuentre con que este reino no solo es autosuficiente en armas, sino exportador en los países de su área. No es un caso único: otras semillas dejadas por los colonizadores crecen y se desarrollan del mismo modo, y así las palabras del Evangelio dan comienzo a un siglo cristiano en un Japón unificado, siempre entre dudas y problemas de incomprensión.</p>
<p><strong>CAUTIVO Y NÁUFRAGO PERO SIEMPRE A SALVO</strong></p>
<p>Pero, aún si esta amplia enumeración no fuera suficiente, existe otro subtítulo bajo el título escueto y de uso general de “Peregrinaçam”, que insiste en la amplitud de su obra: “Y también dá cuenta de muchos casos particulares que acontecieron tanto a él, como a otras muchas personas. Por fin trata brevemente de algunas cosas y de la muerte del santo Padre mestre Francisco Xavier, única luz y resplandor de aquellas partes Orientales y Rector en ellas universal de la Compañia de Jesús.” Ya en el primer capítulo deja claro la índole de tales “casos”: fue cautivo en trece ocasiones y diecisiete veces vendido. De todos estos episodios destaca la anécdota de una discusión violenta entre prisioneros condenados a trabajos forzados junto a la Gran Muralla, una disputa por cuestiones de linaje: “¿Son o no son los Fonsecas más nobles que los Madureiras?”. Un hecho escandaloso que acabó con otro destierro.</p>
<p>Entre los crecientes peligros de los que fue siempre salvado por la divina gracia y la pericia humana, se cuentan los naufragios, que podrían constar también en las Histórias Trágico-Marítimas, repertorio edificante para curiosos y adictos a los dramas humanos que circulaban (ejemplos del proto-periodismo) en forma de pliegues sueltos. No sólo relata sus propias aventuras, sino otras muchas, y así tales micro-historias dan un testimonio muy diferente de los más oficiales de las crónicas. En este Imperio de Sombra, en las periferias del imperio y al margen de la administración colonial, surgen asociaciones de mercaderes y piratas, constituidas por gente cristiana y pagana, unidas por negocios clandestinos o por el robo directo, y sustentadas por un tejido de contactos con las autoridades locales, a las que forzosamente les falta el motivo espiritual, transformando así la Empresa Espiritual Mayor por la empresa material. Nuestro colonizador, discípulo de Mamón y sus riquezas, sufre un raro impulso de arrebatamiento místico y entra en la Compañía de Jesús. Más tarde, inexplicablemente, el poderoso novicio sale tan pobre como había entrado. Un hecho que podrá explicar de cierta forma por qué quedó inédita por 31 largos años su obra, saliendo a la luz de forma póstuma y probablemente manipulada.</p>
<p><strong>ENIGMA SOBRE ENIGMA: UN PERSONAJE SINGULAR</strong></p>
<p>Siguiendo el análisis de la primera página de la obra que comentamos, no deja de extrañar al lector que el nombre del autor aparece repetido de una forma curiosa: “escrita por el mismo Fernão Mendes Pinto”, como si el autor  pudiera confundirse con algún otro. No es el único enigma de la obra. Las incongruencias del texto pueden interpretarse como obra de dos autores, o de alguien que transforma sus puntos de vista por razones literarias. El carácter autobiográfico y las limitadas pretensiones, quizás fingidas, como escritor, al señalar que su único fin es dejar un manual para la edificación de sus hijos, parece ocultar un objetivo mayor: erigir con sus “prodigiosas memorias” un digno monumento a sus compañeros, héroes y anti-héroes del mundo colonialista.<br />
Exótico e intimista, abierto a la diferencia de las civilizaciones orientales, y permisivo para con sus religiones, en las que, siempre que puede, intenta reconocer los rasgos comunes, o las huellas del cristianismo, Pinto es uno de los pioneros de la etnografía comparada. Crítico con los excesos y mordaz en su auto-flagelación, este narrador, que suele aludir a si mismo como “el pobre de mí”, da un rico testimonio tanto directo como producido por una reflexión posterior. Podemos considerar su narrativa no solo plural, sino también como el resultado de una mezcla de motivos y conocimientos, incluido un acervo intelectual libresco adquirido posteriormente, una vez ya en la metrópoli. En otras palabras, el viajero hace suyas, integrándolas, memorias ajenas, utiliza referencias e informaciones tomadas de otros autores europeos, y, para dar mayor crédito a sus palabras, se refiere a fuentes asiáticas, que cita traducidas. ¿Las habrá leído? ¿Se las leyeron al autor? ¿Usaba intérpretes para traducirlas? Tenemos más preguntas que respuestas. Sin embargo, una parte considerable de su obra, unos dos tercios, carece de autenticidad personal. Se trata de la relativa al Imperio Celeste, donde la descripción utópica de una buenas prácticas de gobierno y una vasta imaginación reemplazan al conocimiento real. Algo muy distinto de lo que le ocurre al hablar de las colonias clandestinas o semi-oficiales de los portugueses, con Macao a la cabeza, en los Mares de China, donde la experiencia de Fernão Mendes Pinto se muestra como es, real y vivencial. Apoyan esta afirmación sus cartas, publicadas en Europa en 1554, en vida de su autor, y estando aún en Asia, como las que publicó Rebbeca Catz ya en el siglo XX.<br />
Sobre su obra aparecen, después de cuatrocientos años de la publicación, todo tipo de comentarios eruditos y una vasta literatura sobre su obra. Este “Fernão antes pinta de que miente” y los versos de otro clásico portugués, Fernado Pessoa, que desdobla en varios poetas su única personalidad, resumen bien su manera de escribir:</p>
<p><em>“Dicen que finjo o miento Todo lo que escribo. No. Yo simplemente siento la imaginación”.</em></p>
<p>Con su doble rostro de creador literario y de historiador, nos encontramos ante un explorador un tanto vagabundo y al mismo tiempo un erudito de biblioteca. En resumen, una figura originalísima: la de un escritor de literatura de viajes portugués de la segunda mitad del siglo XVI, que, al mismo tiempo, se mantiene más que nunca actual y vivo en este siglo XXI.</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p>Fernão Mendes Pinto &#8211; Historia oriental de las peregrinaciones de Fernan Mendez Pinto, portugués.<br />
A Coruña, Orbigo, 2008.<br />
Jorge Santos Alves (ed.) &#8211; Fernão Mendes Pinto and the Peregrinação. Lisboa, Fundação Oriente, 2010.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>István Rákoczi</strong></p>
<p><strong> </strong></p>
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		<title>Los viajes del Infante D. Pedro de Portugal</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/infante-pedro-portugal/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 Jul 2018 11:55:53 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El prestigio del noble no estaba sólo ligado a signos externos de poder (…). También lo estaba a aspectos simbólicos, en especial la importancia de sus ascendientes; aspecto tanto más [&#8230;]</p>
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<p><em>El prestigio del noble no estaba sólo ligado a signos externos de poder (…). También lo estaba a aspectos simbólicos, en especial la importancia de sus ascendientes; aspecto tanto más relevante cuanto se creía que las virtudes y la valentía se transmitían por vía hereditaria</em>. (Luis Krus)</p>



<h5 class="wp-block-heading">El fabuloso (y fabulado) libro del Infante don Pedro se puso en circulación en el siglo XVI, mucho después de que el auténtico don Pedro muriera en la batalla de Alfarrobeira, en 1449. De autoría imposible y fantasiosa, su importancia ha crecido con los años, al constituir un importante relato sobre las cortes y ciudades europeas de la época.</h5>



<p><strong>AVENTURAS LIBRESCAS</strong></p>



<p>En 1848, don José Maria Marés daba nuevamente a la imprenta de su casa impresora de la Corredera Baja de San Pablo, en Madrid, la Historia del Infante D. Pedro de Portugal en la que se refiere lo que le sucedió en el viaje que hizo cuando anduvo las cinco partes del mundo. Curiosamente, esta “última impresión corregida” escapó al exhaustivo inventario realizado por Francis Rogers en 1959, como consecuencia de la extraordinaria fortuna editorial de un texto que, desde el siglo XVI hasta finales del XIX, no había dejado de responder a la diversa –pero siempre creciente– aceptación del público aficionado a las narraciones de viajes, ya sean estos reales o imaginarios.</p>



<p>Sin embargo, la “corrección” introducida en esta nueva edición ochocentista, sustituyendo por “cinco” las “siete”, o las “cuatro partidas del mundo” que el enigmático Gómez de Santisteban, desde el comienzo de esta aventura libresca, había hecho recorrer al infante, sugiere la necesidad de actualizar el horizonte de expectativas tardomedieval. Estas modificaciones llevarían a Oliveira Martins, en 1889, a dar por&nbsp; idedigna parte de un itinerario lleno de fantasía que, entre maravillas y milagros, llevaba a D. Pedro desde la corte portuguesa de D. João I hasta el umbral mismo del Paraíso Terrenal, espacio simbólico al que sólo accedería el cristiano merecedor de la gracia divina, cualesquiera que hubiesen sido los juicios de los hombres. En la realidad, el infante D. Pedro murió en la batalla de Alfarrobeira, en la mañana del 20 de mayo de 1449. Acusado de pretender el trono del que había sido regente durante la minoría de edad de D. AfonsoV, su sobrino y yerno, se vio obligado a enfrentarse a la hueste real cerca de Lisboa, buscando la oportunidad de probar su buena intención y merecimientos. Trece años más tarde, cuando en Portugal se iba apagando el estigma de traición que había gravado su nombre, en Castilla se componía la Conmemoración breve de los muy insignes y virtuosos varones que fueron desde el magnifico rey don Juan el primero hasta el muy esclarecido rey don Alfonso el quinto, memoria panegírica de la familia de Avis encomendada a Alfonso de Córdoba por el condestable D. Pedro de Portugal, hijo del infante y aspirante al trono aragonés.</p>



<p>Esta obra, destinada a salvaguardar el honor del linaje de su padre, así como la proyección política de su heredero, es también el testimonio más antiguo de la circulación, durante el Cuatrocientos, del Libro del Infante don Pedro de Portugal y de la leyenda del extraordinario periplo de su protagonista. Eran tiempos en que, dividido entre la nostalgia de la hazaña militar y el valor de la mente siempre “às musas dada” (en palabras de Camoens), el imaginario de la caballería ibérica se abría a la formulación de nuevos mitos y utilizaba alegorías para fabricar verdades poéticas.</p>



<p><strong>EL VIAJE INICIÁTICO DEL INFANTE<br></strong><br>Ciertamente, el largo viaje realizado por D. Pedro en aquel otoño medieval no es ajeno al protagonismo que le atribuye la aventura literaria de Santisteban. Hijo segundón, abandonó la corte del rey, su padre, en septiembre de 1425, insatisfecho con un gobierno que, por una parte, consentía los desmanes nobiliarios, ignorando sin embargo los privilegios antiguos de los hidalgos y, por otra, insensible al descontento popular, permitía en cambio que hombres de oficios y menestrales acudiesen a la corte con la esperanza de llegar a ser escuderos. A la necesidad de evasión manifestada por el propio infante en la carta que enviaría Juan I, rey de Portugal y padre del Infante don Pedro desde Brujas, convertida en urgente por la impulsividad que D. Duarte atribuía a su hermano, se habría sumado el deseo de tomar distancia suficiente para el análisis político y social, así como para el conocimiento de otras prácticas de gobierno. Se trataba, pues, de la marcha, tal vez definitiva, de un caballero que se evadía de la apariencia caótica del mundo conocido, deseando recorrer los lugares de poder del Otro y ahí trabajar por el buen estado y, asimismo, forjar su buen nombre ante aquellos a los que se proponía servir.</p>



<p>El día 29 de aquel mes de septiembre desembarcó en Inglaterra a tiempo de asistir, con su primo Enrique IV, a las celebraciones del día de San Miguel. Durante los tres meses que pasó en Londres intervino en el conflicto armado entre el duque de Gloucester y el obispo de Winchester, para separar a los contendientes al cabo de múltiples embestidas. El valor simbólico de esta mediación, representado en la Orden de la Jarretera que se le concedió en 1427, aumentaría el carácter novelesco del personaje histórico, al identificarlo con los valores modélicos del paladín generoso y sensato.</p>



<p>Como era sabido, al buen juicio y a la caballería convenían placer y honor. Por eso, terminada la etapa inglesa, la expectativa de holganzas le llevó a la corte de Felipe el Bueno, entonces la más fastuosa de la cristiandad. Estaba también la necesidad de reforzar las relaciones comerciales y de firmar con Flandes la alianza política que conduciría al matrimonio de la infanta Isabel de Portugal con el duque de Borgoña. Desde Brujas escribió D. Pedro que más veía por allí cosas de las que maravillarse que cosas que pudiesen servir de enmienda en el reino portugués.</p>



<p>Y, así, durante ese invierno, Gante, Bruselas y Lovaina vieron los colores azul y púrpura de sus pendones en torneos, bailes, banquetes y cacerías.</p>



<p><strong>DEL RIN AL DANUBIO</strong></p>



<p>Las crónicas de la ciudad de Colonia documentan su presencia, a finales de febrero, en la catedral de esta ciudad, orando ante la tumba de los Tres Reyes Magos, cuya leyenda conocía, sin duda. Bajando después por el Rhin se internó en Alemania, y el 9 de marzo recibió del Senado de Nuremberg el salvoconducto da entrada a la ciudad y los recursos necesarios para proseguir su viaje. A lo largo del Danubio, por los territorios del Imperio, la leyenda ya parece convivir con la historiografía en los registros cronísticos que certifican la presencia del infante, insistiendo en el fasto de las recepciones que se le ofrecieron y señalándolo, bien como un príncipe alejado de conflictos y rodeado de cortesanos, bien como un caballero de guerras santas acompañado de centenares de cruzados.</p>



<p>Entretanto, es posible que en el trayecto hacia el Mar Negro tuviese noticias de pueblos orientales con los que ampliar el horizonte de su cultura cosmográfica. Pero lo cierto es que, por su honor y buen nombre, permaneció durante dos años al servicio del emperador Segismundo, a quien acompañó en expediciones militares. Después de haber combatido a los moros en Marruecos, tendría así la oportunidad de medir el poderío turco al otro extremo del creciente fértil musulmán. A finales de marzo de 1428, tras servir dos años en los ejércitos imperiales, D. Pedro, tal vez disgustado por las intrigas palaciegas, abandonó la corte de Segismundo para iniciar el viaje que, a pesar de su pequena teençon de tornar a esta terra, le traería de nuevo a Portugal.</p>



<p><strong>DE VENECIA A ROMA</strong></p>



<p>Informada de la llegada del infante por el embajador de Venecia en la corte de Hungría, la Serenísima República –donde su presencia dejaría panegírica memoria documental– se preparó para recibirlo. Se sabe que salieron a su encuentro cuatro embajadores que lo escoltaron, a él y a su séquito de cuarenta caballeros, desde Treviso hasta Mestre. Allí, a invitación del dogo, embarcó en el Bucentauro que, debidamente empavesado y seguido de un cortejo de embarcaciones, lo condujo por el Gran Canal hasta el monasterio de San Jorge, donde quedó instalado, corriendo los gastos de la recepción y la estancia, calculados en 1.400 ducados de oro, por cuenta de la Señoría.</p>



<p>En la catedral de San Marcos admiró tesoros y reliquias, y subió al campanario para contemplar la ciudad. A la orilla del mar, observando los barcos varados en el puerto, tuvo oportunidad de admirar el apogeo comercial de la república y conocer noticias algo menos fabulosas de Oriente traídas por los mercaderes, cuyo tráfico de paños y especias podría apreciar en la Merceria y en los uffizi. Una lección muy provechosa sería la visita realizada a la gran fábrica del Arsenal, que recorrería detenidamente observando el trabajo de los astilleros. En la Zecca, asistiría a la acuñación de moneda y, en Murano, pudo estudiar los trabajos cartográficos del convento de Camáldolo y encargar la copia del mapa de Fra Mauro por el que D. João II se guiaría al trazar el plano de las Indias. De Venecia,&nbsp; considerada por él como la ciudad mejor gobernada de todas las que había conocido, D. Pedro se traería, junto con ricas telas de seda y joyas valiosas, un ejemplar del libro de Marco Polo, probablemente el mismo que había en la biblioteca del futuro rey D. Duarte. Florencia celebró la llegada del infante de Portugal, el 25 de abril, con una justa<br>de la que salió vencedor uno de los caballeros de su séquito. Gobernada por Cosimo de Medicis, la ciudad –entonces el principal centro de copia e iluminación de libros en Italia– fue una nueva oportunidad de aprendizaje para el viajero, que pudo establecer una correspondencia entre la prosperidad mercantil y el valor de las producciones artísticas e intelectuales del humanismo. Dejó allí fama del más encantador, refinado y valiente caballero jamás llegado de las Españas.</p>



<p>A comienzos de mayo, ya en Roma, visitó los sepulcros de los apóstoles Pedro y Pablo, y fue recibido por el papa Martín V, al que probablemente había conocido como cardenal en la corte de Segismundo. De este encuentro resultó un conjunto de textos que muestran la buena voluntad del pontífice hacia el infante. Entre ellos, un motu proprio fechado el 16 de mayo que concedía a los reyes de Portugal el privilegio de la unción y a los herederos de la corona el título de príncipes.</p>



<p>Llegaba el momento de dar por concluido el viaje que, durante casi tres años, lo había llevado a los confines de la Cristiandad, en un itinerario de descubrimiento y conocimiento de las artes de la guerra y de la paz practicadas en las cortes más fastuosas y en las repúblicas más prósperas. Podía dar por terminada su aventura iniciática durante la cual, como el caballero ejemplar descrito por el infante D. João, había añadido al servicio de Dios, honores, placeres y beneficios.</p>



<p><strong>LA RUTA POR LA PENÍNSULA</strong></p>



<p>El regreso a la península se hizo por Livorno, donde embarcó rumbo a Barcelona, a mediados de junio. Tras pasar las aduanas catalanas, que lo eximieron de pagar por los objetos preciosos que traía, siguió la recepción ofrecida por los consejeros de la ciudad condal y el oficio religioso en la iglesia de Santa María del Mar, donde, en julio de 1466, sería sepultado el condestable D. Pedro, su hijo primogénito. En la última semana de julio y los primeros días de agosto, a las festividades dedicadas a Santiago por la ciudad de Valencia se unieron numerosas iniciativas en honor del duque de Coimbra, ya fuesen corridas de toros y banquetes, o entremeses y justas, en las que participaron, batiéndose con el homenajeado y sus caballeros, el rey de Aragón y el infante D. Pedro, hermano del monarca. El día 2 de agosto, Aires Gomes da Silva, Álvaro Vasques de Almada y el doctor Estêvão Afonso suscribieron el poder que les otorgaba facultades para negociar el matrimonio del infante con alguna dama aragonesa de alto linaje.</p>



<p>A mediados de agosto dio comienzo la última etapa del viaje. Cruzando la meseta y bajando por el Duero, los caballeros portugueses llegaron a Aranda, donde les aguardaba un grupo de grandes de Castilla, que precedían a la comitiva del rey Juan II. El encuentro entre los dos primos quedó señalado por manifestaciones de gran estima y, a su marcha, el infante recibió seis monturas, diversas joyas y dos mil doblas castellanas. Años más tarde, las coplas de Juan de Mena celebrarían la fama del único viajero a quien le habían sido revelados “los secretos de Oriente”.</p>



<p>Más adelante, el 30 de agosto, y ya en Peñafiel, D. Pedro se encontró con Juan I de Navarra, prosiguiendo la comitiva hacia Valladolid, ciudad donde eligió a su futura mujer. En efecto, en un nuevo poder se nombra, por primera vez, a la hija de un conde catalán como futura duquesa de Coimbra. A punto de terminar su largo viaje, preparaba también el término de su condición de hijo segundo soltero de los reyes de Portugal.</p>



<p>Traspasada la frontera, D. Pedro entraba así en tierras de su ducado el día 17 de septiembre de 1428, a tiempo de asistir, la semana síguente, a la boda de D. Duarte con la infanta Leonor de Aragón. Asistía, pues, a la ceremonia que incorporaba a la regia familia portuguesa la reina en la que recaería, décadas más tarde, la involuntaria función de asignar los honores de la regencia y de destruir la casa de Coimbra. La aventura del infante D. Pedro quedó ampliamente documentada en los archivos de las cortes y ciudades europeas por donde pasó, y ello contribuyó decisivamente a una proyección favorable de la dinastía de Avis. Por su parte, en la historiografía portuguesa, la escasez de documentación no ha logrado silenciar la memoria del gran viaje en la voz del propio viajero, reproducida tardíamente por el cronista Rui de Pina. Acusado el infante de felonía, compelido por el joven monarca a elegir entre la muerte o el destierro, recordaría: “Dios nunca habría querido que el hijo legítimo del rey Juan, quien con tanto honra salió de sus reinos habiendo favorecido a tantas personas cercanas y extrañas, fuera condenado en su vejez a andar por reinos y tierras ajenas, pidiendo limosna con deshonra.”<br>Y marchó hacia Alfarrobeira.</p>



<p><strong>ARTIFICIOS DE LA VERDAD</strong></p>



<p>En lo que se refiere al extenso poema de Alfonso de Córdoba, no hay ninguna duda: integrado en el códice en que figuran las Coplas de Juan de Mena, fue encargado por el hijo primogénito del infante, el condestable D. Pedro, y compuesto, entre finales de 1462 y el comienzo del año siguiente, en el contexto de los preparativos de su proclamación regia en Cataluña. Se destinaba a contraponer a las disidencias vividas por las demás monarquías ibéricas la ejemplaridad de la familia real portuguesa, la fortitudo y la sapientia de los príncipes de la “ínclita geração”. En cuanto al infante D. Pedro, vuelve sobre el repertorio de virtudes de justicia, prudencia, fortaleza, fe, amor y caridad celebradas en los textos apologéticos y panegíricos escritos después de la batalla de Alfarrobeira. En la segunda de las estrofas a él dedicadas, afirma el poeta que “fue uno de aquellos / que por deseos divinos / le fueron mostrado por Dios / las cosas celestiales”. A la nobleza peninsular cuatrocentista, inmersa en desmanes políticos y sociales que comprometían definitivamente toda misión regeneradora, no se le escapó ni la significación alegórica del viaje imaginario, ni la ejemplaridad de su protagonista. Empeñado en grandes hechos que fuesen en servicio de Dios y honra y provecho suyo y de los suyos, determinado en su propósito de desentrañar los secretos últimos del mundo, el Infante de las cuatro partidas imaginado por Santisteban alimentó las expectativas del ideario nobiliario y, durante más de tres siglos de múltiples ediciones “corregidas y enmendadas”, el Infante de las siete partidas garantizaría a su referente “a aura popular, que honra se chama”, de nuevo en palabras del gran Camoens.</p>



<p><strong>Margarida Sérvulo Correia</strong></p>



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<p><strong>Para saber más:</strong></p>



<p>Margarida Sérvulo Correia &#8211; As Viagens do Infante D. Pedro. Lisboa, Gradiva, 2000.<br>Gómez de Santisteban &#8211; Libro del Infante Don Pedro de Portugal. La Coruña, Órbigo, 2017.</p>



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