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	<title>Boletin 74 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Boletin 74 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>La España pagana de Richard Wright, o el turismo como denuncia</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/richard-wright-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 Jul 2023 07:43:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 74]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVIII]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Luisa Martín-Merás</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/richard-wright-2/">La España pagana de Richard Wright, o el turismo como denuncia</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><strong><em>Por Luisa Martín-Merás</em></strong></h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-74-rio-misisipi-luisiana-espanola/">Boletín SGE Nº74 &#8211; El río Misisipi y la Luisiana española</a></p>
<p>El libro de viajes alcanzó un período de esplendor a mediados del siglo XVIII hasta mitad del siglo siguiente. El contexto cultural de la Ilustración hizo posible este desarrollo al introducir nuevas consideraciones sobre los viajes. A lo largo del siglo, viajar se convirtió en una experiencia crucial en la educación de las clases acomodadas, y un bagaje cultural difícilmente sustituible. España no formaba parte del gran tour que realizaban los viajeros europeos en el siglo XVIII, pero el atraso y exotismo del país ofrecía un plus de interés para algunos de ellos, motivo suficiente para desviarse y recalar en él. Fue el caso del escritor Richard Wright.</p>
<p>La práctica de anotar las experiencias viajeras traspasó la barrera del siglo, y tuvo unas características bastante distintas. Una marcada preocupación estética, y la atención por las sensaciones y los sentimientos, se había sumado a este tipo de literatura. En el siglo XIX los viajes por España estaban protagonizados por apasionados y numerosos viajeros románticos. Una segunda oleada de viajes se produjo en el siglo XX, y fue liderada por los corresponsales de guerra que, a partir de la guerra civil española y con otras premisas, renovaron el interés por España y los españoles, interés que continuó durante la larga posguerra franquista. <em>España pagana</em>, del escritor afronorteamericano Richard Wright, es un libro de viajes atípico que no se detiene mucho en describir paisajes y monumentos, ni la flora y la fauna del país visitado, sino lo hace en el modo de vida de sus habitantes, y sobre todo en las costumbres sociales, políticas y religiosas de España, y a contrastarlas con las suyas. El libro también es atípico dentro de su producción literaria.</p>
<p><strong>UN NORTEAMERICANO CON IDEAS RADICALES</strong></p>
<p>Este prolífico escritor norteamericano nació en Natchez, estado de Misisipi, en 1908. Afiliado durante un tiempo al partido comunista, e integrante de la famosa lista negra del senador Joseph McCarthy, sus libros <em>Native son</em>, 1940, y <em>Black Boy</em>, 1944 le proporcionaron fama y reconocimiento. En 1947, harto de las actitudes racistas que sufría en Nueva York, Wright se estableció en París con su familia, donde murió en 1960. Siguiendo el consejo de Gertrude Stein (<em>Así verás cómo se ha creado el mundo occidental</em>), decidió conocer España y relatar sus impresiones. Sus observaciones sobre el país tuvieron lugar durante tres cortos viajes que suman cuatro meses: desde agosto hasta septiembre de 1954, seguido de otro desde noviembre hasta diciembre del mismo año, y, el último, desde febrero hasta abril de 1955. El manuscrito final, publicado en 1957, está sensiblemente recortado respecto al original que Wright entregó al editor. Constaba de más de quinientas páginas frente a las 256 de la edición que manejamos. Estos recortes, que incluían sus viajes a Córdoba y su visión de las Fallas de Valencia, una visita al Museo del Prado y una corta entrevista con Pio Baroja, afectaron al texto final, que aparece descompensado y mal organizado. Se mantuvieron los viajes y entrevistas en Barcelona, Guadalajara, Granada, Madrid, Toledo, Zaragoza y Sevilla.</p>
<p><strong>SU ENCUENTRO CON UNA ESPAÑA ADOCTRINADA POR LA FALANGE</strong></p>
<p>El escritor, al volante de su coche, entra en España por la frontera de Le Perthus<em>, </em>dirigiéndose a Barcelona, que le parece cosmopolita y moderna, pero donde encuentra rebaños de corderos paseando por las Ramblas. Allí se propone tomar el pulso a la ciudad y observar los variados aspectos de la vida española. A pesar de no saber español, lo sorprendente para esos años es que siempre encuentra personas que chapurrean el francés o el inglés a los que preguntar y recoger sus opiniones.</p>
<p>De la mano de estos informantes encuentra pensión, visita la catedral, un burdel, conoce a una típica familia barcelonesa que le acompaña a ver una corrida de toros y conoce Montserrat. Una chica en la pensión le explica que para obtener el pasaporte y trabajar en el extranjero, las mujeres solteras necesitan el certificado de formación del espíritu nacional de la Sección Femenina de la Falange, y le regala su manual o <em>“libro verde” </em>que debe estudiar para obtenerlo. A partir de entonces Wright lee cada noche un capítulo de ese catecismo político para las masas, donde se muestra a las claras el adoctrinamiento fascista que se pretendía inculcar a la juventud. De él asegura: <em>No he encontrado una sola idea práctica en el catecismo de la Falange.</em></p>
<p>La cartilla, organizada en preguntas y respuestas cortas, le sirve de vademécum durante el viaje, pues reproduce cada una de sus lecciones, y es consultada por el autor todas las noches al volver a su pensión. Este recurso me parece muy interesante y clarificador, tanto para el lector americano, que había sufrido una guerra contra el nazismo, como para el español que padeció aquella aberrante doctrina. Considera que <em>“si España es un estado policial, su característica es la ineficacia. Así después que revisaron y sellaron mi pasaporte, nadie volvió a pedírmelo, a pesar de estar todas las carreteras y puentes vigilados por soldados y la ciudad infestada de ellos.” </em>Sin embargo, hace uso de él cuando quiere mostrar su nacionalidad en dos incidentes que tuvo con la policía en Barcelona y Guadalajara, ya que considera que ser americano y no francés o inglés, estaba bien visto en España.</p>
<p><strong>MADRID, GRANADA Y SEVILLA</strong></p>
<p>Una vez en Madrid donde vive <em>“el burguesismo arrogante y contenido”</em>, considera que <em>“no es una ciudad sino un conglomerado de oficinas del Ejército, la Iglesia, el Estado y la Falange. Había sido concebida como capital simplemente porque estaba en el centro de España”.</em></p>
<p>A continuación, viaja en tren a Granada, y allí se aloja en el parador de turismo que encuentra encantador. Sin embargo, la visita a la Alhambra y a los jardines del Generalife le parecen <em>“derruidos monumentos moros” </em>y no le merecen más que una serie de superficiales pensamientos históricos-psicológicos. La visita a los gitanos del Sacromonte le da pie para elucubrar sobre las razas, las mujeres y el sexo.</p>
<p>Tras un corto viaje a Tánger y Algeciras, viaja a Sevilla, donde un limpiabotas le aconseja una pensión regentada por una madre e hija que resulta ser una casa de citas. También contacta con un proxeneta que le muestra su provechoso negocio consistente en el tráfico de mujeres a los prostíbulos de África.</p>
<p><strong>SU TERCER VIAJE: DE SEVILLA A AZPEITIA Y MADRID</strong></p>
<p>Su tercer viaje tuvo lugar en la primavera de 1955, motivado probablemente por su interés en contemplar la Semana Santa de Sevilla, y para confirmar las teorías sociales y psicológicas que había construido en sus dos anteriores viajes. Nada más pasar la frontera escribe: <em>“tan pronto volví a cruzar la frontera franco española, esta vez por Hendaya, observé y sentí un brusco descenso de la calidad material y psicológica de la vida.”</em></p>
<p>Su primera parada fue en Azpeitia para visitar el santuario de San Ignacio de Loyola, donde <em>“los activos y concienzudos jesuitas habían creado un monumento religioso que era una autentica joya”</em>. La observación de la clausura y la conversación con un fraile le provocan pensamientos negativos sobre la religión católica.</p>
<p>Su segunda estancia en Madrid la dedica a entrevistarse con intelectuales españoles, una vez que está ya familiarizado con los aspectos de la realidad del país, a los que no identifica por sus nombres. A un periodista le pregunta su opinión sobre los españoles y el nacionalismo, la guerra y Franco; un industrial, que ocupa un alto cargo en una empresa farmacéutica, le explica todos los aspectos negativos de un país pobre y atrasado; un joven arquitecto norteamericano, que construía las bases americanas en España, afirma que la ayuda americana conseguiría cambiar al país; un médico joven, muy preparado científicamente, creía firmemente en los milagros de Santa Teresa. Una señora americana le informa sobre la presencia del sexo en todas las facetas de la vida española. Una de las principales figuras del mundo marítimo español conversa sobre la raza. También escucha las opiniones de un profesor de derecho sobre Franco, el adoctrinamiento político de los niños, los presos, los comunistas y la Falange.</p>
<p><strong>TOLEDO Y EL GRECO</strong></p>
<p>A continuación, sale de Madrid para visitar Toledo y los pueblos de la Mancha, como Ocaña, Madridejos, Puerto Lápice, Manzanares y Valdepeñas, donde contrapone la religiosidad española, sus feas iglesias y sus cristos sangrantes, con el Toledo y el Greco le impresionan positivamente y piensa que toda la ciudad <em>“era un vasto museo que reflejaba el pasado de España”. </em>El despliegue de heroísmo teatral del Alcázar, y el retrato del general Moscardó comparados con el cuadro del <em>El entierro del conde de Orgaz </em>le da ocasión para hacer una de sus elucubraciones sobre el anhelo humano de inmortalidad. Desde Madrid hace un pequeño viaje a Zaragoza para visitar a la Virgen del Pilar que le pareció <em>“una muñeca por su tamaño y apariencia”. </em>Su viaje por España se cierra abruptamente en Sevilla donde contempla <em>“los ritos y ceremonias de una de las más poderosas religiones el mundo”.</em></p>
<p><strong>UNA ESPAÑA SÓRDIDA Y ¿PAGANA?</strong></p>
<p>El libro es una rara joya de la literatura y una escalofriante descripción de la sordidez de la España de los años cincuenta, vista con los ojos de un escritor ávido de denuncia. Está escrito en un estilo donde se mezcla el ágil reportaje documental sobre los tristes y desesperanzados españoles que va encontrando, con la subjetividad de las opiniones del autor, algunas veces confusas. Su visión francamente negativa del país está matizada por su apasionada y extensa defensa de las mujeres españolas <em>“que son, sin duda, las que poseen la más eléctrica belleza entre todas las mujeres del mundo”, </em>soportan la carga de su pobre nación y la estructuran.</p>
<p>A la vista de todo lo expuesto, etiquetar <em>España pagana </em>como un genuino libro de viaje puede parecer poco acertado, más bien estamos ante un libro apasionado de sociología político-religiosa, que los títulos de los capítulos en los que divide el libro confirman: <em>La vida después de la muerte, Muerte y exaltación, El Cristo clandestino, Sexo, flamenco y prostitución, El universo del poder pagano. </em>La dedicatoria del libro es también muy descriptiva: <em>A Alva y Gunnar Myrdal que sugirieron este libro, y cuyos corazones compasivos han cavilado largamente sobre la degradación de la vida humana en España.</em></p>
<p>La conclusión de Wright y la explicación profunda del título de su obra es que existe en España un paganismo radical, que trasciende al catolicismo, y penetra en toda la vida española, lo que hace imposible la inserción de España en el ámbito occidental.</p>
<p><em>Pagan Spain </em>fue editada en 1957 por Harper &amp; Brothers, en Nueva York, y ha tenido varias ediciones en otras lenguas. El argumento del libro fue objeto en su tiempo de controversia, convirtiéndose en compañero de viaje para muchos estadounidenses y anglosajones que llegaron a España a finales de los años cincuenta del pasado siglo. El texto se reeditó una y otra vez, la última en 2008 por Harper Perennial, con motivo del centenario de nacimiento del autor. Sin embargo, el libro en España no se difundió por razones obvias. La primera edición en español es la argentina de La Pleyáde, en Buenos Aires, 1970, con traducción de Aníbal Leal, que es la aquí comentada. Hubo que esperar a 1989 para encontrar una segunda edición en español, y primera en España, por Orígenes, en Madrid, con traducción, introducción y notas de Salvador Guerra.</p>
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		<title>Los isleños. Españoles en los pantanos de Luisiana.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-islenos/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 04 Jul 2023 07:17:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 74]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Lola Escudero Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española El río Misisipi y la Luisiana española Hace ya más de dos siglos que terminó la presencia española oficial en el [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Lola Escudero<br></strong></p>



<p>Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>El río Misisipi y la Luisiana española<br><br><strong>Hace ya más de dos siglos que terminó la presencia española oficial en el Misisipi, pero en los pantanos de Luisiana aún es posible escuchar a algún anciano hablando un castellano casi perfecto e incluso puede que nos cante alguna canción que suena familiarmente a vieja copla. Probablemente esta herencia cultural esté a punto de desaparecer del todo, pero en los museos y en los libros de historia se seguirá hablando de los isleños: descendientes directos de los canarios y algunos malagueños que llegaron a estas tierras a finales del siglo XVIII.</strong></p>



<p>Luisiana, en la baja cuenca del Misisipi, junto al Golfo de México, es hoy uno más de los cincuenta estados que conforman los Estados Unidos. Pero en los mapas de 1800, Luisiana era una enorme franja de territorio, prácticamente la tercera parte de lo que hoy conocemos como Estados Unidos, desde la frontera de Canadá hasta el Golfo de México, incluyendo toda la cuenca del Misisipi. Y todo eso, durante varias décadas (1763-1803) fue español. Al menos en la teoría, porque en la práctica la ocupación española real fue muy limitada.</p>



<p>A principios del siglo XIX, cuando se produjo el traspaso de la Luisiana española a Francia (y tres años después su venta a los EE. UU.), nuestras posesiones en Norteamérica abarcaban un territorio enormemente diverso y estratégico, paso necesario hacia ese Oeste americano que los estados del este se lanzaban a conquistar y con los que terminarían conformando la nación actual. Durante las últimas décadas del XVIII Luisiana fue una gobernación española perteneciente a la Capitanía General de Cuba y a su vez parte del Virreinato de Nueva España. En 1763 la población de Luisiana rondaba los 50 000 habitantes y su extensión, 2 275 940 km2, era una enormidad: cuatro veces mayor que la península ibérica. Fue el momento histórico de mayor tamaño del imperio español, que por estas latitudes apenas tenía presencia real y se limitaba sobre todo a la sede del Gobierno: Nueva Orleans.</p>



<p><strong>LOS PRIMEROS EN EL DELTA</strong></p>



<p>Luisiana, lo que queda de la antigua colonia española /francesa, es hoy uno de los estados más originales del país, con un riquísimo patrimonio multicultural y multilingüe que todavía muestra la intensa mezcla de la cultura francesa, la española, la indoamericana y culturas africanas de los que llegaron como esclavos para trabajar en sus plantaciones. De los españoles queda poco, a pesar de que fueron los primeros en llegar al delta del Misisipi (al margen de los pobladores amerindios), entre ellos algunos de nuestros exploradores más famosos. El primero en llegar fue Alonso Álvarez de Pineda en el año 1519; le siguió Álvar Núñez Cabeza de Vaca y su exploración forzada del sureste del territorio (desde Florida y Texas hasta México y Nueva España, recorriendo gran parte del territorio de la actual Luisiana).</p>



<p>Mucho antes de que los franceses comenzaran a explorar la región y crear la colonia de Nueva Francia, los españoles ya habían explorado el Misisipi (al que llamaron río del Espíritu Santo) y su enorme cuenca, partiendo de la Florida. Hernando de Soto tomó posesión de esta cuenca fluvial para España en 1538. Luis Moscoso de Alvarado llegó hasta el territorio de los natchitoches en 1542 y a Texas, y poco antes Francisco Vázquez de Coronado salió de México en busca de las Ciudades de Oro de la Gran Quivira atravesando un enorme territorio de lo que luego fue Luisiana. Llegó hasta Arkansas y Kansas. Esta larga tradición de exploración y presencia española culminó mucho más tarde, a finales del siglo XVIII, con las cuatro décadas de gobierno español sobre Luisiana desde Nueva Orleans, siguiendo el curso del Misisipi y sus afluentes. Pero ¿qué queda concretamente de los españoles en aquellas latitudes? ¿cómo perdimos un territorio de semejantes dimensiones en el que apenas se conservan recuerdos hispanos?</p>



<p><strong>EL ASENTAMIENTO FRANCÉS</strong></p>



<p>Los comienzos no fueron fáciles para los españoles que llegaron a comienzos del siglo XVI a estas costas llenas de pantanos. Después de esas primeras incursiones casi heroicas, los huracanes y la hostilidad de los indios fueron suficientes para mantener alejadas nuevas expediciones. Tuvo que pasar más de un siglo para que en 1682 el explorador francés René-Robert Cavelier Sieur de La Salle llegara a la desembocadura del Misisipi después de haber descendido por el Misisipi desde los Grandes Lagos. La Salle reclamó para Luis XIV de Francia estos territorios a los que dio el nombre de Luisiana en su honor. Unos años más tarde, en 1714, Louis Juchereau de Saint-Denis creó el primer asentamiento permanente de europeos en el valle del gran río: el Fuerte de St. Jean Baptiste (actual Natchitoches), y cuatro años más tarde, Felipe, Duque de Orleans, fundó la ciudad de Nueva Orleans.</p>



<p>Y así quedó la cosa: con un asentamiento francés en Luisiana, gobernado desde Nueva Orleans, hasta que en 1763 el Tratado de París, que puso fin a la Guerra de los Siete Años en Europa, incluyó entre los acuerdos el traspaso de la colonia de Luisiana a la Corona Española. Este intercambio entre Luis XV de Francia y su primo Carlos III de España, perpetuó una tradición histórica hispanofrancesa de intercambios que unida a la posterior influencia de los anglosajones y de los esclavos africanos llevados para trabajar en las plantaciones de algodón y azúcar del Misisipi, han hecho de Luisiana el estado multicultural que es hoy, uno de los más originales del país.</p>



<p><strong>RECUERDOS ESPAÑOLES EN LUISIANA</strong></p>



<p>Desde 1762 hasta 1800 los territorios en torno al río Misisipi fueron españoles y estas raíces hispanas han conseguido sobrevivir, a duras penas, en la arquitectura y los monumentos, en muchos topónimos, en fiestas populares y sobre todo en un aire inconfundiblemente español en muchos lugares, sobre todo en calles de Nueva Orleans. Pero la huella hispana más directa no está aquí, sino en la comunidad de los isleños, en un territorio conocido como New Iberia, que hasta hace bien poco seguían hablando en español cantaban canciones populares de nuestro país y presumían de sus nombres y apellidos hispanos.</p>



<p>De los primeros colonos españoles quedan vestigios en todo el estado de Luisiana y abundantes referencias, pero la herencia más directa la encontramos en la Parroquia de Saint Bernard (san Bernardo) que representa el último recuerdo vivo de la colonización española, o la propia Baton Rouge, capital del estado de Luisiana, que en otro tiempo fue la capital del territorio español de la Florida Occidental, a donde se trasladarían muchos colonos tras la compra de la Luisiana, ya que prefirieron trasladarse antes que vivir bajo los americanos.</p>



<p>Hay también referencias españolas en Galveztown, al suroeste de Baton Rouge, o en Spanish Town, un distrito histórico de Baton Rouge que fue poblado por los españoles procedentes de Galveztown, aunque apenas quedan casas originales ya que fueron quemadas en la guerra civil de Estados Unidos.</p>



<p>En el suroeste del estado se mantienen otros indicadores de la presencia española. Por ejemplo, el Old Spanish Trail, el sendero que utilizaban los españoles durante el siglo XVII como vía para el ganado, o la ciudad de New Iberia, pobla da en su día por colonos malagueños y canarios. En el centro de Luisiana se encuentran los Adaes, que se cree que fue el primer poblado español de Luisiana. Los españoles establecieron la misión de San Miguel de los Adaes en 1717 para difundir el cristianismo a los indios adaes y para protegerse de los franceses que estaban instalados en Natchitoches.</p>



<p>Los Adaes fue el centro de la provincia española de Texas durante muchos años, pero cuando España adquirió Luisiana, la amenaza francesa desapareció y la capital se trasladó a San Antonio. El pueblo de los Adaes fue destruido. Muchos adaesanos españoles que no querían irse a San Antonio fundaron nuevos poblados en la región, como Zwolle y Ebarb.</p>



<p><strong>REFERENCIAS EN NUEVA ORLEANS</strong></p>



<p>Encontramos muchas referencias españolas en la propia Nueva Orleans, empezando por las calles, en forma de cuadrícula siguiendo el modelo urbanístico de las ciudades coloniales hispanas. “Calle Real”; “Calle Mayor”&#8230; las placas de cerámica indican los nombres de las calles en castellano y en francés, dando a las esquinas &nbsp;un toque que nos resulta muy familiar. Entre los edificios más interesantes están el Cabildo, en la Jackson Square, que en otros días fue la gran plaza mayor de la ciudad, un edificio construido por los españoles en 1794 como Casa Capitular y que hoy es parte del museo estatal de Luisiana. Junto al Cabildo se alza la Catedral de St Louis construida en 1794 sobre el lugar que ocupaban dos iglesias anteriores. Y al otro lado de la catedral se encuentra el Presbiterio, otro edificio colonial construido como Casa Curial para servir de alojamiento a la jerarquía eclesiástica. Hoy alberga el Museo del Mardi Gras, el gran carnaval de Nueva Orleans. Y hay otras muchas referencias españolas por toda la ciudad, como la Spanish Plaza, presidida por una fuente que España regaló a Nueva Orleans en 1976, o la estatua de Bernardo de Gálvez, gobernador de Luisiana entre 1777 y 1784, y que también fue un regalo de España en 1976 en reconocimiento del papel de España en el bicentenario de la Guerra de Independencia americana.</p>



<p><strong>LA LLEGADA DE LOS ISLEÑOS</strong></p>



<p>Una de las historias más curiosas de la emigración europea en América es la de los canarios en los pantanos de Luisiana. Se les conoce como los isleños y llegaron a Luisiana entre 1778 y 1800 procedentes de las Islas Canarias. Concretamente, fue en 1778 cuando el gobernador español Bernardo de Gálvez decidió traer colonos canarios para poblar la región y proteger Nueva Orleans de la invasión británica. Un año después, traería también colonos malagueños que se instarían en la región conocida como Nueva Iberia. Desde 1778 a 1783 llegaron desde Tenerife y Gran Canaria hasta Delacroix y otros rincones de Luisiana, unos dos mil colonos canarios que se instalaron primero como ganaderos y agricultores, y más tarde como tramperos y pescadores en los pantanos, lagos e islas del delta del Misisipi. Los colonos canarios formaron diferentes comunidades como la de St. Bernard (San Bernardo) en una zona de islas en el Misisipi, al sureste de Nueva Orleans, en la que han vivido autónomos durante más de dos siglos.</p>



<p>Quedan menos de 20 000 descendientes de aquellos españoles en el estado y las nuevas generaciones ya han perdido el español de sus padres y abuelos. El Huracán Katrina fue especialmente devastador en esta zona y las pérdidas humanas y económicas fueron enormes. Si ya era un espacio frágil, a partir de entonces lo fue más aún.</p>



<p><strong>RECLUTADOS POR GÁLVEZ</strong></p>



<p>Como todas las migraciones, la de los canarios también fue económica. A finales del siglo XVIII, en Canarias se cultivaban chumberas en las que crecían las cochinillas con las que se fabricaba un valioso tinte (el carmín). Era su principal exportación pero el comercio se fue a pique cuando comenzó la producción sintética del tinte en Europa. Los agricultores y trabajadores se quedaron sin trabajo y se produjeron numerosos levantamientos populares. El gobernador Gálvez estaba interesado en poblar aquel enorme territorio y buscó voluntarios en las Canarias, preferentemente familias y con hijos para que se alistaran en el ejército español y fueran enviados a Luisiana, con la oportunidad de escapar de la miseria. Unos pocos miles aceptaron la propuesta. 1900 isleños llegaron entre 1778 y 1783 y fundaron diferentes comunidades de isleños: Galveztown, Barataria, Valenzuela, New Iberia o la actual parroquia de St. Bernard. El último grupo llegó en 1783 y se ubicó en Concepción. También hubo movimientos entre los diferentes asentamientos y algunos emigraron a poblaciones cercanas y se casaron con cajunes (otra minoría de Luisiana, de origen francés) que ya vivían allí.</p>



<p>En 1782, Bernardo de Gálvez reclutó isleños en los asentamientos canarios de Luisiana para unirse a la guerra de la independencia, y los españoles participaron apoyando a las 13 colonias americanas contra los británicos algunas de las grandes campañas militares en la zona.<br><br><br><strong>AISLADOS HASTA EL SIGLO XX</strong></p>



<p>En Luisiana, la vida de los isleños nunca fue fácil. Sobrevivieron durante siglos trabajando como agricultores, trabajadores de la caña de azúcar, pescadores, tramperos y vendiendo pieles de ratas de agua y castores. Eran un núcleo cerrado, incomunicado y endogámico, un grupo de familias que se casaban entre ellos, hablaban en castellano, eran católicos, seguían cantando canciones populares canarias (décimas, isas) y reproduciendo los utensilios y ropas con los que viajaron sus antepasados a la colonia. Ni siquiera estaba permitido que personas extrañas y que no hablaran castellano entraran algunos poblados más aislados. Los hombres salían durante días a cazar y pescar mientras que las mujeres, niños y ancianos se quedaban prácticamente solos y el aislamiento era una forma de sentirse más seguros. Y así fue hasta que a lo largo del siglo XX llegaron las carreteras a esta zona del Misisipi y los jóvenes isleños tuvieron que salir de sus poblados para ir a la Guerra Mundial. La Guerra fue la primera ocasión para salir al mundo que se extendía más allá de San Bernardo y conocer a otros jóvenes que hablaban inglés y muchos se casaron con mujeres no isleñas.</p>



<p><strong>LA PRESERVACIÓN DE SU LEGADO</strong></p>



<p>La comunidad como tal tiene los días contados a pesar del empeño de algunos de mantener la cultura y la historia de los canarios en Luisiana: existe un museo de los isleños en St. Bernard y una asociación cultural, Los Isleños Heritage and Cultural Society, que se dedica a preservar el patrimonio y la cultura de los isleños ofreciendo clases de arte y artesanías tradicionales, y manteniendo contactos directos con las Islas Canarias.</p>



<p>Junto a St. Bernard se encuentra el llamado Jean Lafitte National Historical Park and Preserve, compuesto por cuatro zonas, una de las cuales es la reserva de Barataria que presume de sus magníficos senderos para excursionistas, trece kilómetros sobre plataformas de madera que recorren las zonas que en el pasado fueron colonizas por inmigrantes canarios. En el Centro de Visitantes figura la lista de los colonos canarios. El cementerio de St. Bernard, donde están enterrados muchos de los colonos canarios, se considera como uno de los cementerios más antiguos de Luisiana.</p>



<p>Hay cuatro comunidades formadas por isleños de Luisiana que hablan (o hablaban hasta bien poco) dialectos del castellano: los isleños de la parroquia de St. Bernard, la mejor identificada, con un canario del siglo XVIII que ya solo hablan los más ancianos; los brulis, que viven en casas dispersas en el sur de Luisiana y hablan un dialecto del español con préstamos franceses, y los adaeseños de las parroquias de Natchiloches y de Sabine, que hablan un dialecto muy similar pero con préstamos del náhuatl de México.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span></p>
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		<title>Entrevista a Luz Gabás, autora de Lejos de Luisiana.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/entrevista-luz-gabas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Jul 2023 12:32:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 74]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Emma Lira Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española El río Misisipi y la Luisiana española A través de las páginas de Lejos de Luisiana, su autora, Luz Gabás, nos [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>El río Misisipi y la Luisiana española</p>



<p>A través de las páginas de Lejos de Luisiana, su autora, Luz Gabás, nos sumerge en uno de los períodos más desconocidos de la aventura española en América. Gabás presenta el río, el escenario histórico, la presencia española en el inicio de los Estados Unidos y los conflictos internacionales y personales que se deslizan a través del tiempo como a través de su curso, proporcionándonos un vivo fresco de un sur que cultiva usando mano de obra esclava y de un norte que se expande, explora y comercia en empresas individuales.</p>



<p>No todo el mundo sabe que el Misisipi, el río norteamericano que vio nacer el <em>blues </em>y albergó las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn, vertebró durante cuatro décadas, el comercio y las comunicaciones en la llamada Luisiana Española. Un territorio que tiene poco que ver con la extensión del actual estado de Luisiana y que, en su momento supuso un tercio del actual Estados Unidos. Fue un periodo breve pero intenso en el que la cuenca que drena el río, la cuarta del mundo tras la del Amazonas, el Congo y el Nilo, fue el escenario de un auténtico juego de tronos que alternó los intereses de franceses, españoles, británicos y nativos americanos.</p>



<p>La escritora Luz Gabás, nos narra un momento tan épico como desconocido en <em>Lejos de Luisiana</em>, su última novela, recientemente galardonada con el premio Planeta. A través de los ojos de Suzette, una criolla, hija de un comerciante francés y de los de Ishcate, un indio, hijo de un jefe de los <em>kaskaskia</em>, asistimos a un momento histórico, a finales de siglo XVIII. En él, nativos americanos, colonos europeos de diversas procedencias y esclavos de origen africano coincidieron en las riberas del Misisipi, el que los nativos denominan <em>Padre de las Aguas</em>. Todos ansiaban lo mismo, lo vida que el río garantizaba, fértiles tierras en las que asentarse, caza asegurada y una eficiente vía de comunicación en un mundo casi inexplorado.</p>



<p><strong>“Me enamoré de aquel contexto, tan desconocido, y del escenario, tan evocador” alega Luz Gabás cuando se le pregunta el porqué de este lugar. “Y el momento histórico -afirma- me servía para hablar del esfuerzo, de la capacidad para continuar adelante a pesar de las adversidades…”.</strong></p>



<p>Aunque fue un español, Hernando de Soto, el primer europeo en alcanzar el Misisipi, el 8 de mayo de 1541, no sería hasta más de cien años después cuando los franceses comenzaron a adentrarse por los territorios españoles del golfo de México, en busca tanto de sus riquezas naturales como del mítico Paso del Noroeste. En el 1682, René Robert Cavelier de La Salle levantó una cruz en la desembocadura del Misisipi y reclamó el territorio para Francia, denominándole Louisiane (Luisiana) en honor del rey Louis XIV (Luis XIV), a quien logró convencer para que le otorgara el mando de los nuevos territorios. La Salle nunca consiguió regresar, pero dejó el terreno abonado para que, treinta años más tarde, Jean-Baptiste Le Moyne fundara la ciudad de Nueva Orleans, bautizada así en homenaje al regente, el duque de Orleans.</p>



<p>Los esclavos llegaron poco después que los colonos. A principios del siglo XVIII, John Law creó la Compañía de Occidente o Compañía del Misisipi que comenzó a traer esclavos negros desde las Antillas para trabajar en las incipientes plantaciones. Mientras los primeros emigrantes franceses se asentaban en fuertes y bases comerciales, el Tratado de París, firmado en 1763, puso fin a la Guerra de los Siete Años, cediendo la parte este del Misisipi al Reino de Gran Bretaña y las tierras occidentales a España. Se establecía así el río como frontera entre dos enemigos tradicionales extranjeros tradicionales ante el desconcierto de los nativos amerindios. Hasta el momento ellos habían sido los únicos en disputarse las riberas del <em>Padre de las Aguas.</em></p>



<p><strong>LUGAR DE LUCHA ENTRE POTENCIAS</strong></p>



<p><strong>“Los intereses territoriales siempre tenían que ver con la caza”</strong>, afirma Luz</p>



<p>Gabás. ”<strong>Los quapaw que aparecen en mi novela, temen a los osage, que bajan hasta la zona de Arkansas, invadiendo los territorios de los primeros. Y los kaskaskia de Illinois (…), guerreaban siempre contra los sioux del noroeste, los iroqueses del este, los fox del norte y los cherokee y los chickasaw del sur”</strong>. La llegada de los europeos introdujo nuevos actores, elevando los conflictos a escala planetaria. “El Misisipi se convierte en un lugar de lucha entre potencias porque el río era el eje vertebrador por el que comunicar todo el corazón del territorio de sur a norte, desde Nueva Orleans al nuevo San Luis de Misuri y de allí tanto al poblado territorio del este como al incógnito oeste”. Las historias de personajes de diferentes procedencias y con intereses antagónicos se verán automáticamente entrelazadas en este marco.</p>



<p>Pero el río, los paisajes que genera, los barcos que lo surcan, el puerto comercial de Nueva Orleans en su desembocadura o los establecimientos que comercian con pieles en su parte más alta, es algo más que un mero escenario. Como un eje vertebrador también de la trama, el Misisipi marca desde el inicio las vidas de sus protagonistas siendo testigo de las decisiones que cada uno de ellos toma. Desde el emprendedor arriesgado que se aventura a adentrarse en las tierras al norte para fundar nuevos asentamientos al inversor potentado que se queda en la reposada base francesa, en la placidez de la desembocadura.</p>



<p>Desde la salida de los dirigentes franceses hasta el tenso recibimiento de las autoridades españolas; desde las cuitas de amor del grupo de adolescentes europeos al rito iniciático de las tribus indias… No es una casualidad. “Quería presentar la historia de mis protagonistas alrededor de la metáfora de la vida como un río, con los afluentes simbolizando las personas que vamos conociendo en nuestro viaje”, afirma la autora. “Por eso estructuré la novela en cuatro partes, correspondientes a las fases de la vida y a las partes de un río”.<br><br><strong>TESTIGO DE LOS GRANDES CAMBIOS</strong></p>



<p>En el caso del Misisipi, es una vida larga. Su curso, que transcurre a lo largo de los 3700 kilómetros que separan su nacimiento en el Lago Itasca de su desembocadura en el Golfo de México, atraviesa en la actualidad diez estados. Para hacernos una idea de sus dimensiones baste decir que su cuenca hidrográfica supone un tercio del territorio de los Estados Unidos y es la fuente del 23 % del abastecimiento de aguas superficiales públicas del país. Más de 72 millones de personas, es decir, uno de cada cuatro ciudadanos de los Estados Unidos vive en la actualidad su cuenca. Y esta cuenca, como todos los lugares en los que impera el comercio, se convierte, en el siglo XVIII en un testigo privilegiado de los avatares de la época.</p>



<p><strong>“Todos los lugares en los que hay movimiento son testigos directos de la celeridad con la que se producen los grandes cambios históricos”</strong>, afirma Luz Gabás. <strong>“En la Luisiana del siglo XVIII, un territorio inmenso y poco poblado, se vivieron y sintieron los efectos de los grandes cambios del mundo occidental, desde la guerra de los siete años o franco-india hasta la revolución francesa, pasando por la independencia de los Estados Unidos. Las noticias tardaban en llegar semanas o meses, pero llegaban, y los primeros en enterarse eran aquellos cuyas vidas estaban ligadas comercialmente al Misisipi: aquellos para los que los grandes cambios históricos suponían también grandes cambios en su trayectoria personal”</strong>.</p>



<p>Las ideas de la revolución francesa introducen conceptos modernos en una sociedad extremadamente conservadora en la que la producción estaba reñida con los derechos humanos. La idea de libertad cala a todos los niveles: entre los esclavos, como muestra Luz Gabás, y entre esos nuevos estados que ven la posibilidad de independizarse de su metrópoli. La España ribereña que administra gran parte de esa Luisiana les apoyó en su lucha contra Gran Bretaña porque, al fin y al cabo, era una manera más de debilitar a su enemigo histórico. Probablemente nadie se detuvo a pensar en la repercusión que tendría, ni en el efecto dominó que provocaría entre sus propias colonias en América.</p>



<p><strong>METÁFORA DEL PASO DEL TIEMPO</strong></p>



<p>Durante esa guerra de Independencia, España permitió a los colonos americanos utilizar el río y el puerto de Nueva Orleans, pero una vez terminada la guerra, lo cerró al comercio estadounidense en el año de 1784. Quizá tampoco interesaba tanto alentar las ansias de expansión de los nuevos estados. Pero ya era tarde. Quince años después, en el año 1800, La Luisiana será retrocedida a Francia mediante el Tratado de San Ildefonso, aunque España siguiera administrándola sobre el papel. En 1804, en el entorno de las guerras napoleónicas, y poco antes de su propia invasión de España, quizá con la intención de capitalizarse para asegurar el éxito de sus incursiones, el líder francés optará por vender aquella enorme y lejana colonia a los recién nacidos Estados Unidos por 15 millones de dólares, unos 80 millones de francos de la época, acabando así con el sueño español de la Luisiana. A través de las vidas de sus personajes la autora de <em>Lejos de Luisiana </em>nos hará navegar por el desconcierto y la incertidumbre que, entre los habitantes, generan unas decisiones políticas tomadas a miles de kilómetros de distancia.</p>



<p>“Tenía claro que quería desarrollar ese concepto del río como metáfora del paso del tiempo. Recuerdo que lo estudié en Mark Twain hace años y se me quedó. ¡Quién me iba a decir entonces que escribiría una novela ambientada en las tierras del Misisipi!”, sonríe Luz Gabás. “La vida pasa demasiado rápido para todos los personajes…. Esa sensación, la del paso del tiempo está agudizada por el constante fluir del río, por el traslado, a través de su cauce, de mercancías y personas, cuyas vidas, en muchos casos, se cruzan por casualidad“.</p>



<p>¿El protagonismo del río le convierte casi en un personaje más de la historia? Luz disiente. “Más que un personaje, es el tiempo, la vida, la transformación, la sensación de que las cosas suceden sin tenernos en cuenta, como el agua que fluye entre nuestras manos y nunca más vuelve a ser la misma.”. El río une. El río separa. El río contribuye a la formación de sorprendentes alianzas: “en algunos casos, como en el de Kaskaskia de la Alta Luisiana, explica la autora, el poblado nativo está a pocas leguas del francés, del mismo nombre. Había más relación entre nativos y franceses y nativos e ingleses de la que nos pueda parecer”.</p>



<p><strong>SINÓNIMO DE VIDA, DE ABUNDANCIA</strong></p>



<p>Esta fue una de las cosas que llamó más la atención de Gabás durante su proceso de documentación para la escritura de Lejos de Luisiana; las relaciones y las alianzas entre las comunidades europeas y las tribus nativas americanas. “Al igual que los europeos, luchaban por más territorio en América, los nativos americanos también peleaban entre ellos por los límites de sus tierras de caza”, explica Luz Gabás. “Las lealtades surgían de las ayudas necesarias para los objetivos de cada uno. El río era sinónimo de vida, de abundancia y esa concepción no cambia con la llegada de los colonos europeos; simplemente les obliga a desplazarse según los nuevos conflictos e intereses”.</p>



<p>Quien viaja por el curso bajo del Misisipi pronto se da cuenta de que, como estado, la composición y la herencia cultural de esta zona es muy diferente a la de otros estados. ¿Es la consecuencia de esta mezcla de orígenes y nacionalidades? “Es cierto que la Nueva Orleans de finales del XVIII es una sociedad multiétnica y multicultural”, coincide Luz Gabás, “pero en el momento de mi novela sería pronto pensar en eso. Para los nativos de entonces, los de ambas márgenes, el Misisipi era el gran padre de las aguas. Solo eso y tanto como eso”.</p>



<p>El Misisipi tiene sus propias características. Su régimen hidrológico es complejo ya se alimenta de afluentes muy diferentes. Su curso superior tiene un régimen pluvionival mientras que el inferior atraviesa una región subtropical húmeda. Recibe las aguas del Misuri incrementadas por las del deshielo de las nieves de las Montañas Rocosas en primavera. Tiene un caudal importante y poderosas crecidas que llegan a inundar las tierras en derredor hasta 30 kilómetros, como algunas de recuerdo trágico. En su curso, desde el norte, arrastra aluvión compuesto de arenas y gravas que vierten en el golfo de México entre 312 y 450 millones de toneladas al año. La existencia de estos materiales explica la formación de las diferentes islas y de un delta que alcanza una superficie de 75 000 km², sobre la que viven unos 2,2 millones de habitantes y que avanza a razón de 100 metros al año.</p>



<p>Todo en las magnitudes del Misisipi tiene algo de sobrecogedor. El diez por ciento de las mercancías de los Estados Unidos son transportadas sobre su curso; su red hidrográfica de afluentes alcanza los 8000 km de longitud. Aunque en la actualidad los recursos minerales, la industria y el turismo caracterizan el desarrollo económico de su cuenca, este estuvo basado, desde finales del siglo XVIII, y durante prácticamente un siglo, en la economía de plantación esclavista y productos como el algodón o la caña de azúcar en el sur. De hecho, durante la Guerra de Secesión, el control del río se convertiría en uno de los principales objetivos. El 4 de julio de 1863, con la toma de Vicksburg por el general Ulysses S. Grant, después de un asedio de cuarenta días, la Unión podría controlar el río y dividir la Confederación en dos, marcando así el devenir de la guerra.</p>



<p>Luz Gabás nos presenta el río, el escenario histórico, la presencia española en el inicio de los Estados Unidos y los conflictos internacionales y personales que se deslizan a través del tiempo como a través de su curso, proporcionándonos un vivo fresco de un sur que cultiva usando mano de obra esclava y de un norte que se expande, explora y comercia en empresas individuales. Aunque la novela termina con la pérdida de España de Luisiana en 1803, quizá se perciba aquí ya la semilla del conflicto que enfrentará a unionistas y confederados 100 años después.</p>
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		<title>El gran río de la música.</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-gran-rio-de-la-musica-2/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 03 Jul 2023 11:41:47 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 74]]></category>
		<category><![CDATA[Lagos, ríos y océanos]]></category>
		<category><![CDATA[Rutas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Texto: Mariano López Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española El río Misisipi y la Luisiana española Refugio, lugar de trabajo, frontera, icono cultural, el río Misisipi es, también, el lugar [&#8230;]</p>
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<p><strong>Texto: Mariano López<br></strong></p>



<p>Boletín 74 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>El río Misisipi y la Luisiana española</p>



<p>Refugio, lugar de trabajo, frontera, icono cultural, el río Misisipi es, también, el lugar donde nacieron y donde establecieron sus raíces las más poderosas corrientes musicales del siglo XX: el blues y el jazz. En este artículo, su autor narra cómo surgió y se expandió la música del Misisipi, los estilos y las formas que emergieron de su desembocadura y aún continúan cautivando nuestros oídos.</p>



<p>El Gran Río, el Misisipi, aparece como protagonista o referencia en miles de canciones. Algunas nacieron en su propio cauce. Todas le tratan con respeto: como refugio, lugar de trabajo, medio de transporte o icono cultural. “En esa agua fangosa anhelo estar una vez más”, dice Jimmie Rodgers, el padre de la música country, en uno de sus grandes éxitos: <em>Mississippi Delta Blues</em>, grabado en 1933. “Ese viejo río debe saber algo, pero no dice nada”, escribió Jerome Kern en <em>Ol’Man River</em>, un tema que llevó a la fama la voz profunda de Paul Robeson, cantante, atleta, abogado y activista por los derechos sociales.</p>



<p>Españoles, franceses y británicos comenzaron a explorar el río a principios del siglo XVI y a establecerse en el siglo siguiente cerca de su desembocadura, al abrigo de la mejor ensenada, aprovisionados por las embarcaciones que cruzaban el Golfo de México. La creación de Nueva Orleans, en 1718, atrajo a la mayoría de los residentes en los puertos de la costa norte del Golfo a la nueva y prometedora urbe.<br><br>El sitio de la futura capital de la Luisiana había sido cuidadosamente escogido: conectado con el río Misisipi y el lago Pontchartrain, abierto al mar pero protegido, en gran medida, de su furia. Su crecimiento se dispararía durante la primera mitad del siglo XIX. El desarrollo de su agricultura, apoyado en una fuerte presencia de esclavos, y la prosperidad de su comercio, estimulado por el desarrollo de la navegación por el Misisipi y las conexiones marítimas a través del Golfo, atrajeron numerosos emigrantes de Europa y, en menor medida, de Asia. Un ingente número de esclavos, procedentes de otras partes de Luisiana, de otros estados americanos, del Caribe y de la costa occidental de África, constituyeron la mano de obra fundamental de las plantaciones de caña de azúcar, algodón y café del Delta y del valle del Misisipi y de las fábricas y establecimientos comerciales de Nueva Orleans. Miles de refugiados de Haití, negros y mulatos libres, llegaron también a Nueva Orleans tras la abolición de la esclavitud en su país, la declaración de independencia y la expulsión de los colonos franceses.</p>



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<p><strong>LA CULTURA CAJUN, HERENCIA DE LOS ‘ACADIENS’</strong></p>



<p>La primera gran emigración que dejó una huella musical al Sur de la Luisiana fue la que protagonizaron los refugiados de la diáspora acadiana. Acadia era el nombre de una amplia región que integraba las colonias de la Nueva Francia en tres provincias atlánticas de Canadá, una parte de Quebec y una parte de Terranova. El Tratado de Utrecht otorgó la Acadia a los británicos. En 1755, al inicio de una nueva guerra franco británica, los acadianos fueron expulsados de sus tierras por el ejército colonial británico.</p>



<p>Cinco oleadas de refugiados acadianos llegaron a Luisiana entre 1765 y 1785, acogidos a la protección que les dispensó la Corona española. Sumaban cerca de 3000 personas. Se establecieron, en su mayoría, en las tierras junto a los humedales donde convergen el río Atchafalaya y el Golfo de México, en las praderas al este del río, al sur de El Cairo, y entre la desembocadura del Bayou (brazo pantanoso) Lafourche en el Misisipi y el Bayou des Écores, cerca de Baton Rouge. Trajeron consigo sus danzas y sus baladas, sus fiestas y sus comidas, y, por supuesto, su idioma: una mezcla de dialectos y variedades del francés que mezclado con modismos del sur de la Luisiana terminó por adquirir carta de identidad como la lengua de los <em>acadiens </em>(acadianos, en francés), que pronto comenzaron a ser conocidos por las comunidades vecinas como los <em>cajun</em>, deformación del sonido de la palabra <em>cadiens</em>, un término que los acadianos acabarían adoptando como propio.</p>
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<p>La música cajun animaba las bodas, los bailes populares y las reuniones de los jóvenes. Bastaba un rústico violín para crear los compases, el ritmo y la melodía en la que se apoyaba la voz de un solista, por lo general un hombre. A lo largo del siglo XIX se incorporaron al cajun el acordeón, la guitarra y la percusión.</p>



<p>La primera canción cajun que se escuchó en disco fue <em>Allons a Lafayette</em>, un tema grabado en 1928 por la guitarrista y cantante Cléoma Breaux y su marido, el acordeonista Joe Falcon.</p>



<p>El historiador y etnomusicólogo estadounidense Alan Lomax recorrió la Baja Luisiana para recopilar la música cajun que se tocaba y cantaba en la década de los años veinte del pasado siglo. Lomax también recopiló ejemplos del <em>zydeco</em>, un término que se cree que proviene de otra deformación sonora -en este caso de la pronunciación de la palabra francesa <em>haricots </em>(judías)- y que da nombre a un estilo musical que nació de la mezcla del cajun con las primeras expresiones del blues. El <em>zydeco </em>cobró una fuerza especial en la década de los 80 del pasado siglo por el impulso que le dieron intérpretes como Clifton Chenier, Boozoo Chavis o Beau Jocque.</p>



<p><strong>LOS ISLEÑOS: TRADICIONES CANARIAS EN LUISIANA</strong></p>



<p>Una singular presencia española en la Luisiana también dejó en los bayous próximos a Nueva Orleans un estilo musical propio, cuyas expresiones han sobrevivido -con dificultad- hasta al menos los primeros años de este siglo. La asociación Los Isleños Heritage and Cultural Society of St Bernard (losislenos.org) se encarga, desde 1976, de promover el idioma, el patrimonio y las tradiciones culturales de la comunidad denominada “los isleños”, descendientes de los canarios que se establecieron en la Luisiana entre 1778 y 1783. Su sede se encuentra en el Museo de los Isleños y la Aldea Histórica, situado en el número 1357 de la calle Bayou en St. Bernard’s Parish (San Bernardo).</p>



<p>En 1778, el gobernador de la Luisiana, Bernardo de Gálvez, promovió la creación de colonias en torno al perímetro de Nueva Orleans para asegurar la defensa de la ciudad. Entre noviembre de 1778 y julio de 1779 llegaron a Nueva Orleans alrededor de 1600 colonos procedentes, en su mayoría, de las islas Canarias. Los historiadores Andrew T. Miloshoff y William de Marigny Hyland estiman que buena parte de estos emigrantes procedían del mismo lugar: Icod de los Vinos, en Tenerife. La sociedad Canary Islanders Heritage Society of Louisiana ha realizado una extensa investigación genealógica que determina el origen canario de la mayoría de los colonos establecidos por iniciativa de Gálvez.</p>



<p>El patrimonio cultural de los isleños tuvo en la música una de sus principales expresiones. En concreto, en una forma musical denominada “las décimas”. A diferencia de las décimas espinelas, diez versos de rima consonante, las décimas isleñas cobraron la forma de coplas cantadas con versos cortos que alternan rimas consonantes y asonantes. Las décimas tratan situaciones propias de la comunidad isleña, desde el retrato de los personajes locales hasta las labores de pesca. Durante siglos, han servido para alegrar fiestas y otros encuentros de los isleños y, al mismo tiempo, para divulgar sus tradiciones y preservar su legado. El cantante Irván <em>Puco </em>Pérez, nacido en 1923 en la isla Delacroix, St. Bernard’s Parish, ha sido uno de los más famosos intérpretes de las décimas isleñas y, quizá, uno de los últimos. Muchas de sus canciones se conservan gracias a la institución Folklife in Louisiana. Con sus actuaciones, el <em>Puco </em>Pérez llevó las décimas isleñas al Carnegie Hall de Nueva York y al New Orleans Jazz and Heritage Festival. En 1983 participó en el documental <em>Mosquitos and High Water, </em>producido por The Center for New American Media (CNAM), que narra la importancia de la décima para la comunidad isleña. En 1999 apareció en la serie <em>The River of Song</em>, producida por la red de televisión pública estadounidense PBS. El huracán Katrina destruyó por completo su casa lo que causó la pérdida de gran parte de sus grabaciones y las de su padre. Falleció en 2008.<span style="color: #999999;"><em><br></em></span><br><br><strong>ALGODÓN, DIQUES Y CANTOS DE TRABAJO</strong></p>



<p>Durante la gobernación española, se calcula que el número de esclavos suponía el 55 por ciento de la población del Sur de la Luisiana (African Americans and the Mississippi River, Dorothy Zeisler-Vralste, Eastern Washington University, 2019). Cerca de seis mil llegaron entre 1719 y 1763, en su mayor parte traídos desde Senegambia. La implantación de la desmotadora de algodón en 1793 revolucionó la producción de algodón, que paso de trece mil pacas en 1792 a más de cinco millones en 1860. El cambio trajo aparejado un incremento del número de esclavos: de sumar cerca de 700 000 en 1790 se pasó a 4 000 000 en 1860. Gran parte de los esclavos procedían de Virginia, Maryland y las Carolinas. En su mayoría, fueron ocupados en la producción de algodón. Fueron también la mano de obra fundamental en el resto de producciones agrícolas (caña, café, indigo, madera) y en los trabajos más duros que exigía el río, desde alimentar las calderas de los barcos de vapor a trabajar -catorce horas diarias- en la construcción y reparación de los diques.</p>



<p>El sociólogo alemán Paul Honigsheim, pionero en la aplicación de la Sociología a la Historia de la Música, afirma que el trabajo de los esclavos en los campos, los muelles de desembarco en el río, y, especialmente, en los campamentos de los diques, estaba acompañado por cantos de trabajo. Honigsheim sostiene que fue sobre todo en los campamentos de esclavos de los diques donde surgieron las canciones de trabajo que pudieron ser el antecedente más directo del blues del Delta.</p>



<p>En los campamentos y las plantaciones, los esclavos vivían separados de sus dueños. Era natural, sostiene Honigsheim, que continuaran practicando y apreciando formas musicales originarias de África, que ponían especial énfasis en el ritmo. Un claro elemento de origen africano de las canciones de trabajo de las que nació el blues, se encuentra en el método de fraseo de las canciones (llamado y respuesta) y en el cambio de tonalidad al finalizar una frase.</p>



<p><br><strong>EL PADRE DEL BLUES Y EL PACTO CON EL DIABLO</strong></p>



<p>El Misisipi fue el gran vehículo de difusión de estas canciones. La abolición de la esclavitud, en 1863, permitió que la música de los hasta entonces esclavos trascendiera los campos de trabajo y fuera especialmente acogida y difundida aunque se mantuviera la segregación, en las iglesias, donde se mezcló con himnos cristianos y dio origen a los espirituales negros.</p>



<p>Hacia 1900 el blues ya se había extendido por los campos y ciudades del Delta. Los primeros intérpretes de este estilo musical repetían con sus guitarras las pautas de llamada y respuesta, propias de los cantos de trabajo. En 1912, uno de estos guitarristas pioneros, William Cristopher Handy (1873-1958), capitalizó la incipiente popularidad de esta música y se declaró padre del blues. Hijo y nieto de pastores metodistas, W.C. Handy aprendió a cantar y a tocar la trompeta en la escuela, En 1892, formó una banda con la que intentó tocar en la Feria Mundial de Chicago, sin conseguirlo. Formó otra banda en Kentucky, viajó por todo el país, se estableció temporalmente en Huntsville, Alabama, y más tarde en Memphis. En 1912 publicó la que se considera la primera canción de blues en el mercado, <em>Memphis Blues</em>, a la que siguieron <em>St. Louis Blues </em>y <em>Beale Street Blues</em>. En 1941 publicó su autobiografía con el título <em>Father of the blues </em>(el padre del blues). Falleció en Nueva York, en 1958, con 84 años. Más de 20.000 personas asistieron a su funeral en Harlem.</p>



<p>Durante seis años, antes de mudarse a Memphis, Handy y su familia vivieron en Clarksdale, Misisipi, donde se encuentra The Delta Blues Museum, que conserva fotografías y objetos relacionados con el nacimiento y la historia del blues y la choza donde vivió otra leyenda del blues, Muddy Waters (1913-1983). En Clarksdale nació, en 1931, Sam Cooke, pionero de la música <em>soul</em>. A las afueras de Clarksdale, se encuentra el cruce de caminos donde se unen las autopistas 61 con la 49. Es una encrucijada reverenciada por los <em>bluesman </em>a partir de la publicación del tema <em>Crossroad </em>del guitarrista Robert Johnson en el álbum <em>King of the Delta Blues Singers, </em>editado en 1961. La letra del tema no hace referencia alguna a Satán, pero se considera que refleja el miedo de su autor cuando recuerda el momento y el lugar -esa encrucijada- en que le vendió su alma al diablo a cambio del dominio de la guitarra para el blues: <em>I went down to the crossroads / Fell down on my knees / Asked the Lord above for mercy/ Take me, if you please.</em></p>



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<p><strong>EL DOBLE PAPEL DEL MISISIPI, OPRESOR Y LIBERADOR</strong></p>



<p>Las letras de los blues de principios del siglo XX expresaban, por lo general, lamentos, esperanzas y deseos de cambio. En ocasiones fueron censuradas o perseguidas por las iglesias por su presunto doble sentido cargado con alusiones sexuales. El Misisipi aparece casi siempre con un doble papel: opresor y liberador. Es un refugio, una vía de escape hacia el Norte, y también el lugar donde se trabaja y se sufre.</p>



<p>Las alusiones al río se cargaron de dramatismo cuando los temas del blues recogieron el terrible impacto de la gran inundación del Misisipi en 1927. Las fuertes lluvias registradas el año anterior en la cuenca central del río provocaron el desbordamiento violento del río en diez estados. Se estima que las inundaciones anegaron un área de 70 000 kilómetros cuadrados, después de romper diques en 145 lugares. Los afroamericanos que vivían en las tierras bajas del Delta fueron los más afectados. Un 69 por ciento de las 325.146 personas que ocuparon los campamentos de socorro eran afroamericanos.</p>



<p>El blues recogió esta catástrofe como ninguna otra música de la época. Con su voz, la queja recorrió el Delta. <em>Big </em>Bill Broonzy, autor de <em>Mississippi River Blues</em>, mentor de Muddy Waters y Memphis Slim, grabó varias canciones sobre las inundaciones, entre ellas <em>Terrible Flood Blues</em>. Charlie Patton, para muchos el auténtico padre del blues del Delta, publicó, en dos partes, el tema <em>High Water Everywhere</em>, que incluía versos como los siguientes: <em>Man, the water was risin’ at places all around / Oh, Lord, women and grown men drown / Oh, women and children sinkin’down / Lord, have mercy/ I couldn’t see nobody’s home and wasn’t no one to be found. </em>(Hombre, el agua estaba subiendo por todas partes /Oh, Señor, las mujeres y los hombres adultos se ahogan / Oh, mujeres y niños hundiéndose / Señor, ten piedad/ No pude ver la casa de nadie y no había nadie para ser encontrado).</p>
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<p>El río fue también responsable, en gran medida, de la expansión del blues. Durante años, el lamento del Delta fue considerado un fenómeno poco menos que rural, vinculado a la geografía del sur del Misisipi. La segregación racial y la inclusión de fraseos del blues dentro de otros tipos de música, como el ragtime o el jazz, privaron a los compositores e intérpretes del blues nacido en las primeras décadas del siglo XX del reconocimiento que estos mismos autores obtendrían años después, cuando las facilidades para viajar por el río llevaron el blues al norte, más allá de Memphis, hasta St. Louis y Chicago. La música de W.C. Handy, <em>Big </em>Bill Broonzy, Robert Johnson, Charlie Patton y otros <em>bluesman </em>del Misisipi como Muddy Waters, Howlin’ Wolf, o Sonny Boy Williamson fue ampliamente recuperada, valorada y difundida por algunos de los más prestigiosos solistas y bandas de los años 60, 70 y siguientes, desde Eric Clapton o los Rolling Stones hasta Stevie Ray Vaughan o el español Javier Vargas. Muchas de las grandes composiciones musicales del siglo XX y de las primeras décadas del siglo XXI deben su fuerza al sentimiento expresivo que nació en los campos de trabajo del Misisipi, el triste y poderoso lamento del blues.<br><br><strong>EL NACIMIENTO DEL JAZZ</strong></p>



<p>Mientras que el origen del blues se considera vinculado a los cantos de trabajo en las plantaciones, los diques, las granjas, el medio rural, el jazz surge claramente como una forma musical urbana, más precisamente como un estilo nacido y adscrito a una ciudad: Nueva Orleans. Como en el blues, en la creación del jazz fue vital la presencia de afroamericanos (libres y esclavos), que fue creciendo según avanzaba la prosperidad de la ciudad, que llegó a ser la más rica de Estados Unidos hacia 1840, cuando el dinero existente en sus bancos sobrepasó al contabilizado en Nueva York. Pero en el origen del jazz también hay que tener en cuenta la multiculturalidad de la ciudad, la presencia de emigrantes de todos los rincones de Europa, de China, de Filipinas, del Caribe, de Hispanoamérica, y el contacto de sus tradiciones sonoras con las afroamericanas.</p>



<p>A principios del s. XIX, el escritor Pierre-Louis Berquin-Duvallon, haitiano refugiado en Nueva Orleans, publica su libro <em>Travels in Luisiana and the Floridas </em>donde dice de Nueva Orleans: “Se diría que su pavimento social está compuesto por teselas: aquí un criollo, allá un inglés; aquí un francés, allá un español; aquí un alemán; allá un italiano. Es una torre de Babel”.</p>



<p>La privilegiada localización de Nueva Orleans aceleró su crecimiento a medida que fueron mejorando las condiciones de transporte por el Misisipi. La era de los barcos de vapor transformó la economía de Nueva Orleans y del Misisipi entero, que vio cómo los barcos de vapor, a partir de 1812, comenzaron a transportar más carga por el río que todas las lanchas, barcazas y barcos de fondo plano que habían servido para el transporte de mercancías hasta entonces.</p>



<p>Los barcos de vapor, la influencia de las herencias francesa y española, la mayoritaria presencia de esclavos en la composición social de la ciudad -Nueva Orleans llegó a contar con dos docenas de casas de subastas de esclavos-, los autodenominados “criollos de color”, la emigración europea e hispanoamericana, todos estos factores y sus derivadas culturales concurren en el origen del jazz, la aportación más importante de una sola ciudad, Nueva Orleans, y de su río, el Misisipi, a la música del siglo XX.</p>



<p><br><strong>LA AFICIÓN POR EL BAILE EN NUEVA ORLEANS</strong></p>



<p>El más destacado y relevante historiador del jazz, Ted Gioia (The , History of Jazz, Oxford University Press, 1997; traducido por FCE en 2002), sitúa el origen de esta música en las salas de baile de Nueva Orleans. A principios del s. XIX, el aprecio de los colonos franceses y sus descendientes por las salas de baile seguía presente en la cada vez más próspera ciudad. En 1805 había quince salones públicos de baile en Nueva Orleans; en 1815, casi treinta; entre 1836 y 1841 se abrieron treinta nuevos. Los bailes también se celebraban en los teatros a continuación de las representaciones, que atraían público no solo con obras teatrales, ópera o variedades, sino también porque unas y otras finalizaban dando paso a un baile general.</p>



<p>En 1808, el escritor Christian Schultz asegura en el relato de su viaje por varios estados y ciudades de los Estados Unidos, que Nueva Orleans era la única ciudad que autorizaba la reuniones de esclavos en un espacio público, la plaza que sería conocida como Congo Square, adonde se reunían los domingos por la tarde para tocar tambores y bailar.</p>



<p>Congo Square nunca fue nombre oficial de la plaza. Ocupaba un terreno baldío que había pertenecido a los indios ouma. Fue conocida, primero, como <em>Place des Negres </em>y luego como <em>Circus Square</em>. En 1817, una ordenanza municipal anuló órdenes anteriores y permitió a los negros bailar en lugares públicos los domingos aunque solo hasta el atardecer y en aquellos lugares previamente autorizados. Entre 1825 y 1845 la danza callejera fue de nuevo prohibida, como lo había sido hasta 1817, pero a partir de 1845 se volvió a autorizar aunque solo entre las cuatro y la seis y media de la tarde.</p>



<p>Los tambores de Congo Square se unieron al uso de trompetas y trombones, propios del acompañamiento a las marchas de propaganda realizadas por los misioneros religiosos. Juntos, con el añadido de pianos, banjos y guitarras, recogieron y mezclaron formas del blues, himnos escoceses e irlandeses, y sones llegados de Cuba y otras partes del Caribe. Una mezcla que solo podía nacer en Nueva Orleans.</p>



<p><strong>CHARLIE BUDDY BOLDEN, EL PADRE DEL JAZZ</strong></p>



<p>El cornetista Charlie <em>Buddy </em>Bolden, un criollo nacido en el distrito negro de Nueva Orleans, está considerado el padre del jazz. De día oficiaba como peluquero y de noche como músico en fiestas privadas, salones de baile, en los entierros y en los barcos de vapor del Misisipi. Alcohólico, esquizofrénico, detenido y encarcelado varias veces por delitos de conducta, Bolden desarrolló su carrera musical primero con la armónica y luego con la trompeta en las misas de la iglesia baptista y en varias bandas de trompeta, trombón, clarinete, contrabajo, guitarra y batería, en especial la que formó en 1895 con el percusionista Cornelius Tilman, cuyo resultado se considera el origen del jazz.</p>



<p>Maestros del <em>pre jazz</em>, como Joe <em>King </em>Oliver, Freddie Keppard. <em>Kid </em>Ory o <em>Bunk </em>Johnson, consideraban a Bolden su mayor influencia. Todos le reconocieron como un gran improvisador, experto en la inclusión de <em>rags </em>y en el dominio del blues con una gran diversidad de tonos. Murió en 1931, en un hospital psiquiátrico de Nueva Orleans donde había sido internado catorce años antes. Su ficha de ingreso en el hospital decía: “Hombre de Parish, Orleans. Razón de su locura: alcohol”. No se conserva ninguna de sus grabaciones. <em>Jelly Roll </em>Morton, Sidney Bechet y <em>Duke </em>Ellington le rindieron homenaje en varias de sus composiciones.</p>



<p><br><strong>STORYVILLE Y LITTLE LOUIE ARMSTRONG</strong></p>



<p>Hasta 1897, la música de jazz tenía sus mejores escenarios en los locales de Storyville, el <em>distrito rojo </em>de la ciudad, donde se concentraba la prostitución. Entre todos los locales de Storyville, el más famoso era propiedad de un inmigrante siciliano, Peter Ciaccio. El local se llamaba Pete Lala’s. Oficiaba de cuartel general del jazz. Era el lugar al que acudían muchos músicos cuando terminaban su trabajo en otros garitos, también al que acudían las prostitutas cuando terminaban su jornada para encontrarse con los proxenetas, tomar algo y escuchar música, antes de retirarse a descansar.</p>



<p>En Pete Lala’s tocaba <em>King </em>Oliver con su banda, codirigida por el trombonista <em>Kid </em>Ory. Muchas noches, entre el público, se encontraba un chaval del barrio, que no sabía leer música pero había aprendido a tocar la trompeta en la banda de un reformatorio para niños negros abandonados, la New Orleans Home for Colored Waifs. Se llamaba Louis Armstrong, tenía 14 años cuando empezó a tocar en los cabarés de Storyville con una trompeta que le había regalado la familia lituana que le había empleado y acogido cuando era un niño, los Karnofsky. Antes de los 14, <em>Little </em>Louie Armstrong había trabajado de chatarrero, vendedor de carbón, repartidor de leche y estibador de barcos bananeros. En Storyville escuchó, admiró y conoció a Joe King Oliver, que sería su protector y padre musical.</p>



<p><strong>EL VIAJE DEL JAZZ EN LOS BARCOS DE VAPOR</strong></p>



<p>El cierre oficial de Storyville en 1917, decidido por las autoridades de Nueva Orleans ante el crecimiento de la prostitución, que, aunque tolerada, no dejaba de ser ilegal en la ciudad, empujó a los músicos de jazz hacia los barcos. En 1918, Armstrong aceptó la oferta de John Streckfus para tocar en su barco de vapor, el Streckfus Steamer, en la banda dirigida por Fate C. Marable.</p>



<p>Las condiciones de trabajo de los músicos en los barcos del Misisipi eran duras: salarios bajos, continuos conciertos, prohibido tocar fuera del barco. No figuraba en los contratos pero resultaba implícito que la música no debía reflejar estas o cualesquiera otras dificultades. Los barcos fluviales alentaron el sonido alegre del jazz, su componente festivo, alejado en gran medida de los ritmos lentos, sincopados, del blues, sus lamentos y las letras de doble sentido.</p>



<p>En los barcos, a lo largo del Misisipi, el jazz comenzó a viajar. De Nueva Orleans hacia el norte. La Gran Depresión de 1930 provocó la Gran Migración en todo el país. Chicago, Detroit, Nueva York, otras ciudades atrajeron a la mayoría de los músicos de jazz, el estilo favorito de los años 20, a cuyo éxito contribuyó como nadie el chico que no sabía leer música pero sí tocar la trompeta: Louis Armstrong, cuya música ensalzaba en Europa el arquitecto Le Corbusier.</p>



<p><strong>MÁS MISISIPI: DE BO DIDLEY A ELVIS PRESLEY</strong></p>



<p>La producción musical original del Misisipi y, en particular, del Delta, floreció, de nuevo, en los años 50 del pasado siglo. Las raíces musicales europeas, africanas y nativas se mezclaron y remezclaron con los sonidos del jazz y del blues y dieron origen a numerosos nuevos estilos. Bo Didley, precursor de la transición del blues al rock and roll, era de Magnolia, junto al Misisipi; Jerry Lee Lewis, de Ferriday, un pequeño pueblo pegado al río.</p>



<p>En 1952, Sam Philips creó en Memphis el sello discográfico Sun Records, con el que descubrió y grabó a B.B.King, Carl Perkins. Johnny Cash y al artista que más discos ha vendido en la historia de la música, Elvis Presley.</p>



<p>La radio, la televisión, otros medios de comunicación, influyeron en la génesis, el desarrollo y la divulgación de los estilos musicales que iniciaron su despegue a partir de la década de los 50 del pasado siglo. Su generación y su fama no pueden ser atribuidas por completo al río. Pero no puede llamarse casualidad al hecho de que nacieran junto al Misisipi.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-gran-rio-de-la-musica-2/">El gran río de la música.</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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