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	<title>Exploradores del s. XX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Exploradores del s. XX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 13:31:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/">¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: </strong>Rafael Clemente</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La humanidad está otra vez a punto de hacerse una foto con la Luna de fondo. Si todo sale según lo previsto, Artemis 2 dará un gran rodeo alrededor de nuestro satélite para poner a prueba el cohete Space Launch System (SLS) y la cápsula Orión antes de intentar, algo más tarde, un nuevo alunizaje con Artemis 4. El camino ha sido tan largo como tortuoso: medio siglo de política cambiante, presupuestos ajustados y promesas tecnológicas que no siempre llegaron a despegar, y por eso el primer aterrizaje de Artemis se ha ido deslizando hasta el 2028… y todavía puede seguir alejándose.</p>



<p></p>



<p><strong>POR QUÉ HEMOS TARDADO TANTO</strong></p>



<p>Las cronologías de la Luna y de la Antártida se parecen más de lo que podría pensarse. En ambos casos se trata de territorios radicalmente hostiles, que admiten visitas breves, pero no perdonan errores. Tras las primeras llegadas al Polo Sur, en 1911 y 1912, nadie volvió a pisarlo durante 42 años; casi el mismo intervalo que nos separa del último Apolo.</p>



<p><em>Apolo </em>fue, sobre todo, un gesto político. Respondía al desafío de Kennedy, convertido en mandato casi sagrado tras su asesinato, y justificó un esfuerzo industrial que desde la Segunda Guerra Mundial no se veía en Estados Unidos. En el cénit del programa, la NASA llegó a absorber alrededor del 4,5% del presupuesto federal, o sea más de un 0,7% del PIB del país más rico del planeta. Tres años después del primer alunizaje, la épica se agotó. El público se aburría con misiones que parecían repetirse, Vietnam consumía atención y recursos, los programas sociales reclamaban su parte, y la distensión con la URSS restó urgencia al prestigio de “ganar” la carrera lunar. El viaje a la Luna dejaba de ser prioridad en Washington; el resultado fue un paréntesis que duraría décadas.</p>



<p></p>



<p><strong>DE APOLO A ARTEMIS</strong></p>



<p>La NASA no olvidó la Luna, pero cambió el guion. Cualquier regreso debía ser políticamente defendible, científicamente más ambicioso que <em>Apolo </em>y, sobre todo, sostenible: no bastaba con plantar una bandera y dejar unas huellas fotogénicas. De esa lógica surgió <em>Constellation</em>, uno de los intentos más coherentes de diseñar una arquitectura para volver a la superficie lunar y quizás, algún día, llegar a Marte. <em>Constellation </em>prometía nuevos cohetes, nuevas naves y un horizonte que se extendía más allá de la Luna, pero chocó con una realidad más prosaica: el coste.</p>



<p>Las estimaciones hablaban de un total de más de 200.000 millones de dólares y en 2009 un análisis independiente lo declaró irrealizable con los presupuestos disponibles. Barack Obama lo canceló sin demasiada nostalgia: <em>“Francamente, ya hemos estado antes en la Luna</em>”, resumió. Del naufragio quedaron dos piezas flotando: la nave <em>Orión</em>, pensada para misiones en el espacio profundo, y una versión reducida del lanzador pesado, que acabaría renaciendo como el actual <em>SLS</em>. Artemis –la diosa, hermana de Apolo– daría nombre al nuevo programa, pero el cohete heredado ni siquiera merecería un bautismo más imaginativo.</p>



<p></p>



<p><strong>EL PRECIO DE LA NOSTALGIA</strong></p>



<p>El <em>SLS </em>es, en muchos sentidos, un cohete del siglo XX lanzado en pleno siglo XXI. Pretendía ser una opción más económica y para ello aprovecha componentes y tecnologías del transbordador espacial, pero ha resultado mucho más caro que el viejo <em>Saturn V </em>al que pretende suceder. Si ha sobrevivido es, en parte, por motivos políticos. Sus piezas se fabrican en prácticamente todos los estados de la Unión y ningún congresista quiere ser recordado como el político que cerró una factoría aeroespacial en su distrito. Mientras tanto, el resto del sector miraba hacia otra parte. SpaceX llevaba años perfeccionando cohetes reutilizables: algunos Falcon 9 han volado más de treinta veces, y <em>Starship </em>se concibe como un sistema completamente reutilizable, capaz de volver a despegar tras una preparación mínima. Frente a eso, el SLS es un gigante de un solo uso: un artefacto que se enciende, se destruye y se paga de nuevo en cada lanzamiento. El problema es que <em>Starship </em>todavía no está lista para el papel protagonista que se le reserva en la Luna, por más optimistas que sean los plazos de Elon Musk. Hoy, la única capacidad lunar certificable que tiene la NASA es el <em>SLS </em>y sobre él descansa la última directriz del presidente Trump: dejar “huellas en la Luna” antes de 2029, que es cuando finalizará su mandato.</p>



<p><strong>EL CAMINO HACIA ARTEMIS 2</strong></p>



<p>El primer acto de <em>Artemis </em>tuvo lugar a finales de 2022: una cápsula <em>Orión </em>voló 25 días y recorrió unos 2 millones de kilómetros alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra, sin nadie a bordo. El objetivo era sencillo de formular y difícil de ejecutar: demostrar que el <em>SLS </em>y <em>Orión </em>podían funcionar juntos en el espacio profundo. La misión fue un éxito… con letra pequeña. El análisis posterior reveló una erosión mayor de lo previsto en el escudo térmico de <em>Orión</em>, la coraza que debe proteger la nave durante la reentrada atmosférica a velocidades lunares. Ese tipo de hallazgos no suele llenar titulares, pero decide calendarios. Tres años después, <em>Artemis 2 </em>será el primer vuelo con tripulación de la campaña: cuatro astronautas, tres estadounidenses y un canadiense. Despegarán en un <em>SLS </em>que los dejará en una órbita muy alargada alrededor de la Tierra, donde pasarán unas 24 horas comprobando que todos los sistemas responden como es debido. Después, en el momento oportuno del perigeo, encenderán el motor del módulo de servicio para estirar la órbita y lanzarse hacia la Luna, una maniobra distinta de la que usaba <em>Apolo</em>, cuando el último empujón lo daba la tercera etapa del cohete. En Navidad de 1968, <em>Apolo 8 </em>se instaló en una órbita baja, a 100 kilómetros de la superficie lunar, y dio diez vueltas completas antes de emprender el regreso. <em>Artemis 2 </em>no bajará tanto: describirá un gran bucle alrededor de la Luna, a unos 7.000 kilómetros sobre el hemisferio oculto. Será la primera vez en más de medio siglo que ojos humanos contemplen en directo aquellos paisajes que, durante milenios, fueron desconocidos. La meta principal del viaje es mucho menos poética: comprobar que la nave se orienta y se comporta correctamente en las diferentes fases del vuelo, incluyendo distancias translunares. Poco después del lanzamiento, la tripulación practicará un encuentro y atraque simulado con la etapa superior del cohete, dedicará parte del trayecto a experimentos médicos sobre su propia salud y aprovechará el sobrevuelo para estudiar la superficie lunar con instrumentación moderna. El regreso está diseñado con una prudencia que <em>Apolo </em>no se permitió. Una vez realizado el sobrevuelo, la gravedad lunar curvará la trayectoria y la enviará de vuelta a la Tierra sin necesidad de otro encendido del motor, una “ruta de retorno libre” que garantiza el viaje de vuelta incluso si algo falla. Aun así, se han previsto hasta tres pequeñas correcciones durante los cuatro días de retorno, solo para afinar la puntería.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 3: LA MISIÓN RECIÉN AÑADIDA</strong></p>



<p>A finales de febrero, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, anunció un cambio drástico en los planes lunares. Por un lado, el cohete SLS, que se había diseñado en numerosas versiones de mayor o menor potencia, se estandarizaría a solo una variante, a utilizar en las misiones posteriores al primer o segundo alunizaje. Esta decisión simplificará mucho un programa que había adquirido dimensiones faraónicas. En precio y plazos. Más importante aún: El plan de vuelos incorporará uno más, <em>Artemis 3</em>. Se trata de un ensayo general de las operaciones que deberán realizarse en órbita lunar pero esta vez, por precaución, en torno a la Tierra. La nave Orión deberá demostrar su capacidad para unirse el vehículo de alunizaje y éste, simular las operaciones de alunizaje. En principio, debería ser el suministrado por SpaceX pero la NASA ha abierto la puerta a que Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos, pueda ofrecer también su propio modelo. ¿Cuál de ellos se utilizará? El que primero esté disponible.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 4: VOLVER A LA SUPERFICIE</strong></p>



<p>Si <em>Artemis 2 </em>es el viaje de rodaje y <em>Artemis 3</em>, el ensayo general, <em>Artemis 4 </em>aspira a devolver a dos personas a la superficie de la Luna, muy cerca de su polo sur, una región que <em>Apolo </em>nunca visitó. Será la primera vez que se ponga en juego la arquitectura completa: lanzador y cápsula suministrados por contratistas gubernamentales (el módulo de servicio -una pieza clave- es europeo) y un vehículo de alunizaje comercial proporcionado por SpaceX. Las mayores incógnitas del programa se concentran precisamente en la nave de alunizaje, el <em>Human Landing System (HLS)</em>. En la primavera de 2021, la NASA eligió la propuesta de SpaceX frente a las de Blue Origin y Dynetics. Salía por 2.900 millones de dólares, aproximadamente la mitad que su competidor más cercano. Claro que la diferencia tenía truco: el diseño de SpaceX partía de un proyecto ya muy avanzado, el de la nave <em>Starship </em>y su supercohete lanzador, mientras que las otras propuestas eran poco más que planos y brillantes renderizados.</p>



<p>Al lado de Orión el <em>Starship </em>lunar será un gigante. Una vez posado en la Luna, superará los 50 metros de altura, diez veces más que los módulos lunares <em>Apolo</em>. La cabina para los astronautas queda en la parte alta y requerirá un ascensor para hacerlos descender hasta el regolito a ellos y su equipo científico. Al término de la exploración, el vehículo completo despegará de nuevo para reencontrarse con <em>Orión </em>en órbita, como una versión a gran escala del módulo lunar de <em>Apolo </em>salvo que no dejará en tierra el tren de aterrizaje ni ninguna otra etapa descartable; se elevará completo. El concepto operativo es tan ambicioso como complejo. Primero habrá que lanzar a órbita terrestre un gran depósito criogénico -una “gasolinera”-, y luego enviar varias naves de carga con metano y oxígeno líquido para rellenarlo. Nadie sabe aún cuántos lanzamientos harán falta: algunos cálculos hablan de siete u ocho, otros de hasta diez y seis, sobre todo si se tiene en cuenta el combustible que se perderá por evaporación debida al calor del sol. Después será el turno del propio <em>HLS</em>, que despegará sin tripulación, se acoplará de forma automática al depósito y llenará sus tanques. Repostar combustible en órbita es una idea vieja, pero hacerlo con cientos de metros cúbicos de líquidos criogénicos sigue siendo terreno virgen: más allá de las modestas transferencias de los cargueros <em>Progress </em>a la Estación Espacial Internacional, no hay precedentes. Una vez cargado, el <em>HLS </em>volará solo hacia la Luna y esperará en una órbita de aparcamiento la llegada de Orión con sus cuatro tripulantes.</p>



<p>La órbita elegida es muy elíptica: pasa a unos 1.500 kilómetros sobre el polo sur lunar en el punto más bajo y se aleja hasta unos 70.000 en el punto más alto. <em>Orión </em>tardará algo más de seis días en completarla, aproximadamente el tiempo previsto para la estancia de los dos primeros astronautas en la superficie. Esa órbita ofrece ventajas, pero también riesgos añadidos. Por una parte, es fácil de alcanzar, estable y nunca entra en eclipse, así que permitirá mantener comunicaciones continuas con la Tierra (al ocultarse tras la Luna, <em>Apolo </em>perdía en enlace durante más de media hora en cada órbita), Por otra, si por cualquier motivo el despegue se retrasa, los dos exploradores deberán esperar casi una semana más en la superficie hasta que se presente la siguiente oportunidad.</p>



<p></p>



<p><strong>UN ATERRIZAJE DESCOMUNAL</strong></p>



<p>Cuando llegue el momento, dos de los cuatro astronautas cruzarán a bordo del <em>HLS</em>, lo separarán de la nave nodriza y comenzarán el descenso. La NASA ya ha seleccionado varias zonas de interés en la región del polo sur, donde abundan cráteres profundos cuyos fondos jamás reciben la luz del Sol. Sus rayos llegan demasiado tangenciales. Esas “trampas frías” podrían esconder depósitos de hielo, el recurso clave para una futura presencia permanente: aparte de su interés científico como “fósil” de antiguos impactos cometarios, el agua puede utilizarse como refrigerante de equipos electrónicos, blindaje antirradiación y descomponerse en oxígeno respirable e hidrógeno con el que alimentar pilas de combustible que generen energía eléctrica. El aterrizaje será, si sale bien, tan fotogénico como inquietante: una nave enorme, frenada por un juego de motores situados no en la base, sino en la parte superior de la estructura, justo por debajo de la cabina. A esa altura la disrupción en la superficie será mínima. El interior de <em>Starship </em>es cavernoso, ya que en origen fue diseñado para transportar cien colonos a Marte en cada viaje. Ofrece más de 600 metros cúbicos, el doble del volumen habitable de la Estación Espacial Internacional, aunque en esta primera misión irá ocupado solo por dos personas. En la superficie, la exploración será a pie. Los astronautas realizarán cuatro salidas, caminando sobre un terreno quebrado y en penumbra casi constante, sin el apoyo de un vehículo eléctrico, un lujo del que sí disfrutaron las últimas misiones <em>Apolo </em>hace medio siglo. Tras completar su trabajo científico, el <em>HLS </em>volverá a elevarse para reunirse con los otros dos miembros de la expedición que han permanecido a bordo de <em>Orión</em>. El módulo de alunizaje se abandonará en órbita lunar, mientras <em>Orión </em>emprende el regreso a casa. Tras otros cuatro días de viaje irá a caer en el Pacífico, frente a las costas de California, frenado por once paracaídas de diferentes tamaños que se abren en secuencia.</p>



<p></p>



<p><strong>LA SOMBRA DE CHINA</strong></p>



<p>En los pasillos de la NASA hay un temor recurrente: que la bandera china ondee allí antes. Pekín ha anunciado su intención de enviar dos astronautas a la superficie lunar antes de 2030 y, si Estados Unidos acumula demasiados retrasos, <em>Artemis 4 </em>podría quedarse con el papel de “segundo en llegar”. El presidente Trump ha declarado el programa prioritario para el prestigio nacional, incluso después de recortar de forma drástica el presupuesto de la agencia. Si China consigue plantar su bandera en el regolito antes que <em>Artemis</em>, el programa lunar estadounidense podría recibir un golpe político difícil de encajar. Algunas voces apuntan ya a Marte como “siguiente escenario” de la carrera espacial, dando por amortizado el retorno a la Luna: al fin y al cabo, y recordando una vez más la frase de Obama, ése es un objetivo que la NASA ya alcanzó hace medio siglo. La agencia espacial china, mientras tanto, avanza a un ritmo que hace unos años habría parecido inverosímil. Domina el vuelo tripulado, las maniobras de encuentro y acoplamiento y dispone de una familia completa de lanzadores, incluidos modelos parcialmente reutilizables. Excluida en 2011 de la Estación Espacial Internacional por una enmienda del Congreso estadounidense que prohíbe a la NASA colaborar con China, ha construido su propia estación, <em>Tiangong</em>: algo más pequeña, pero más moderna y plenamente operativa. China ya ha mostrado modelos de su nave lunar y de su módulo de alunizaje (que, de entrada, incluye un pequeño automóvil), y encadena misiones robóticas de exploración con un ritmo que recuerda al de Estados Unidos y la URSS en los años sesenta. Como al final de la Guerra Fría, el escenario vuelve a estar dominado por dos gigantes tecnológicos, y el premio principal sigue siendo el mismo: prestigio nacional, asociado a la imagen de unos astronautas desplegando nuevamente una bandera en el helado polo sur lunar.</p>



<p></p>



<p><em>*Rafael Clemente es ingeniero industrial y Master of Science, además de colaborador para temas</em> <em>de divulgación científica durante más de cincuenta años en La Vanguardia, El País y otros medios.</em> <em>Fue fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa). Ha</em> <em>escrito varios libros relacionados con la exploración espacial.</em></p>
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			</item>
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		<title>Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 12:54:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/">Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: </strong>Ramón Jiménez Fraile</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Hubo que esperar a la invención del telescopio para que los cráteres, montañas y planicies de la Luna pudieran distinguirse con la precisión necesaria para recibir nombres. En la actualidad, son unos nueve mil los accidentes del relieve lunar —mil seiscientos de ellos cráteres— que cuentan con topónimos reconocidos por la Unión Astronómica Internacional (UAI), el organismo que decide y vela por el respeto de esta rama de la selenografía. Los topónimos lunares originales tenían connotaciones hispánicas, pero un cúmulo de vicisitudes aquí descritas hizo que perdieran ese sesgo en favor del de otras culturas.</p>



<p>La historia retendrá que un 21 de julio de 1969 el jefe de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, se dirigió por radio al jefe de comunicaciones de la NASA, Charlie Duke, para anunciarle que «el águila» (el módulo lunar) se había posado en «Base Tranquilidad». Quedaba así consagrado el primer topónimo habitado de la Luna, cuyo origen se debe a que la planicie elegida por la NASA para el primer alunizaje fuera el Mar de la Tranquilidad. Quien ignore que la Luna ca- rece de atmósfera, y por ende de climatología, pensará que la elección se había debido a la bonanza del paraje. En realidad, lo de «Mare Tranquillitatis», en su original en latín, fue idea del jesuita italiano del siglo XVII Giovanni Battista Riccioli, considerado el padre de la toponimia lunar, autor de dos centenares de términos con los que bautizó accidentes geográficos lunares.</p>



<p>Ahora bien, el auténtico pionero en estos menesteres fue Michael Van Langren, alias «Langrenus», un astrónomo y matemático holandés al servicio del rey Felipe IV de España. Fue en 1628 cuando Van Langren elaboró un mapa de la superficie lunar en el que, por primera vez, se precisaban topónimos. En la parte inferior derecha de ese pionero mapa lunar, Van Langren expresó la idea de atribuir nombres de personajes «de todas las naciones» a los diferentes relieves de la Luna. La manera en que llevó a cabo su labor fue empleando mayoritariamente para su mapa nombres relacionados con la monarquía hispánica, para la que trabajaba.</p>



<p>Casi dos décadas después, en 1645, Van Langren envió a la imprenta un mapa de la Luna más elaborado, al que tituló «Plenilunii Lumina Austriaca Philippica», en referencia al rey Felipe IV de España. Este mapa salió a la luz seis años antes de que Riccioli editara el suyo.</p>



<p>Hubo incluso otro astrónomo, el polaco Johannes Hevelius, que también se dedicó a cartografiar y poner nombre a los relieves de la Luna dos años después de Van Langren y cuatro antes de que lo hiciera Riccioli. La toponimia lunar de Riccioli acabó por imponerse tres siglos después, mediante una votación celebrada en París el 17 de julio de 1935 por la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional. Una explicación superficial de por qué el italiano Riccioli fue consagrado como padre de la toponimia lunar apuntaría a que la primera reunión de la Unión Astronómica Internacional se había celebrado en Roma, en 1922, y que fue entonces cuando se creó la Comisión de Nomenclatura Lunar que preparó los trabajos de la decisión tomada en 1935.</p>



<p></p>



<p><strong>MARY ADELA BLAGG, LA SELENÓGRAFA EN LA SOMBRA</strong></p>



<p>Más que a la intervención de un supuesto lobby italiano, Riccioli debe su honor a la británica Mary Adela Blagg. Nacida en 1858, mayor de nueve hermanos, la británica se sintió desde muy joven atraída por las matemáticas y la astronomía, aunque, por su condición de mujer, no acudió hasta los dieciséis años a un centro de enseñanza, debiéndose conformar hasta entonces con estudiar en casa los libros de texto de sus hermanos varones. Fue uno de sus tutores el que la animó a llevar a cabo la fastidiosa tarea de compilar y contrastar los topónimos lunares utilizados por los astrónomos del Reino Unido, los cuales estaban inspirados mayormente en los trabajos de Riccioli y no en los de Van Langren o Hevelius. Blagg se convirtió en una de las primeras cinco mujeres que ingresaron, en 1916, en la Real Sociedad Astronómica británica, desde la que dio el salto a la Unión Astronómica Internacional, y con ella la lista de topónimos lunares en la que estaba trabajando. Cuando la Unión Astronómica Internacional se reunió por segunda vez, en 1925, en Cambridge, fueron los trabajos de Blagg los que sirvieron de base para los debates que se prosiguieron en la tercera reunión del organismo, celebrada tres años después en la localidad neerlandesa de Leiden.</p>



<p>En los anales de la prestigiosa Universidad de Leiden consta que asistieron a la asamblea general doscientos diez astrónomos, de los cuales diez eran españoles, cuatro de ellos acompañados de sus esposas. Un periódico alemán se refirió a las acompañantes femeninas como «satélites», atribuyendo la condición de «planetas» a los científicos varones. Quien sí brilló con luz propia en aquella reunión, pese a su condición de mujer, fue Mary Adela Blagg, cuya lista, inspirada en los topónimos de Riccioli, acabó por imponerse en el seno de la Comisión de Nomenclatura Lunar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA CULPABLE INACCIÓN DE LOS ASTRÓNOMOS ESPAÑOLES</strong></p>



<p>En defensa de la nomenclatura de Van Langren podrían haber salido los astrónomos neerlandeses, puesto que el auténtico pionero de la selenografía había nacido en Ámsterdam. Pero, siendo niño, su familia se trasladó a la católica Amberes y entró al servicio de la monarquía hispánica, enemiga tradicional de los Países Bajos. Por su conexión belga y española, los trabajos de Van Langren podrían haber sido también reivindicados por belgas y españoles, que totalizaban, a partes iguales, veinte delegados en la reunión de Leiden. Pero no consta que ni unos ni otros hicieran nada por defender la toponimia lunar de Van Langren, el cual había bautizado como «Oceanus Philippicus» el espacio más extenso de la cara visible de la Luna, en homenaje a Felipe IV de España.</p>



<p>Entre los trescientos nombres utilizados por Van Langren como topónimos lunares figuraban también el Mar de los Borbones y el Mar de Eugenia, en alusión a la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos bajo dominación austríaca, así como otros miembros de la Casa de Austria. No todo eran cabezas coronadas en la pionera toponimia lunar de Van Langren, ya que este llevó a la Luna también nombres de personajes españoles como el escritor Miguel de Cervantes («Saavedra» para el astrónomo), el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada y el almirante Álvaro de Bazán. En la lista aprobada formalmente por la Unión Astronómica Internacional, según los trabajos de compilación de la inglesa Blagg, acabaría figurando un único topónimo relacionado con España: «Isidorus», en referencia al cráter que Riccioli dedicó a San Isidoro de Sevilla, uno de los padres de la Iglesia católica y autor de un tratado de astronomía, que también figuraba en la pionera lista de Van Langren.</p>



<p>Además de santos, Riccioli utilizó nombres de sabios y científicos de todos los tiempos, incluido el de una mujer, la filósofa griega Hipatia. Pero su condición de hombre de la Iglesia católica impedía al jesuita abrazar las teorías heliocéntricas de científicos como Copérnico, Galileo o Kepler. En el siglo XVII, el catolicismo condenaba a quienes no consideraban que la Tierra estaba en el centro del universo. Aun así, Riccioli no podía ignorar los trabajos de los astrónomos heliocentristas desde que fuera inventado el telescopio a principios de ese siglo. De ahí que optara por poner nombres de astrónomos considerados por la Iglesia «estúpidos» y «herejes» a cráteres de la Luna, pero, eso sí, situándolos cerca del llamado por él «Oceanus Procellarum», o sea, Mar de las Tormentas. Fue precisamente en el Mar de las Tormentas bautizado por Riccioli donde China desplegó, en diciembre de 2020, su bandera llevada al suelo lunar por la sonda Chang’e. Si tenemos en cuenta la notoriedad adquirida por determinados accidentes lunares, convendremos que las doscientas libras esterlinas que la UAI decidió destinar en su decisiva reunión de París de 1935 a la publicación de la toponimia lunar constituyen una cantidad de dinero irrisoria. Y si no, que se lo digan a Bélgica, que a la postre tuvo que lamentar que la toponimia del pionero Van Langren no fuera tenida en cuenta ya que, en caso contrario, el módulo lunar de Apolo 11 hubiera alunizado en el «Mare Belgicum» (en referencia al Mar del Norte en tiempos de Felipe IV de España) y no en el «Mare Tranquilitatis» de Riccioli.</p>



<p></p>



<p><strong>LA AUTÉNTICA MOTIVACIÓN DE VAN LANGREN<br></strong><br>Lo curioso es que el afán de Van Langren por bautizar los relieves de la Luna no obedeció a un mero ejercicio de estilo, sino que se inscribió en una lógica científica, en concreto el intento por resolver uno más importantes desafíos a los que se enfrentaron durante siglos científicos europeos en un contexto de rivalidad entre imperios marítimos: el cálculo de la longitud geográfica. Felipe II de España no se contentó con saber que en sus dominios no se ponía el Sol, sino que quiso conocer a qué distancia se encontraban sus posesiones. Es por ello por lo que, en 1567, ofreció un premio —considerado el primero de carácter científico de la historia— a quien encontrara la manera de calcular la longitud geográfica, es decir la distancia de un punto determinado de la Tierra respecto a un meridiano. Ante la falta de resultados, su hijo Felipe III aumentó la dotación en 1598, año en que nació en Ámsterdam Van Langren, en el seno de una familia de cartógrafos que llegó a poseer el monopolio de la fabricación en Holanda de globos terráqueos.</p>



<p>Van Langren tenía unos diez años cuando aparecieron en Holanda los primeros telescopios y era un adolescente cuando Galileo Galilei empezó a escrutar el universo con ese instrumento. A los 27 años, el holandés anunció haber resuelto el problema de la longitud terrestre, lo que le valió el mecenazgo de Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos españoles, y su posterior nombramiento como astrónomo y matemático de Felipe IV de España. Van Langren había tenido la idea de servirse de la evolución de las sombras que el Sol produce en la superficie lunar para calcular la longitud geográfica terrestre. Para ello era imprescindible disponer de tablas lunares que dieran cuenta del aspecto, en momentos determinados, de lugares concretos de la superficie lunar, como cráteres y planicies, a los que, con tal objeto, puso nombres. Y puesto que el primer beneficiario de este descubrimiento científico iba a ser la monarquía hispánica, la toponimia lunar que empleó tenía que ver con la realidad hispánica.</p>



<p>De vuelta en los Países Bajos, tras haber tenido ocasión de exponer su descubrimiento en persona al monarca español, publicó, en 1644, el libro titulado “La verdadera longitud por mar y tierra: demostrada y dedicada a su católica majestad Felipe IV”. El razonamiento científico de Van Langren era irreprochable puesto que las vibraciones de la Luna (que es como se llama a las alteraciones de la superficie lunar en función de su exposición al Sol) son percibidas de manera diferente de un lugar a otro de la Tierra y que de esa diferencia se puede extrapolar la distancia entre dos puntos del globo terráqueo. El problema radicaba en la dificultad de las observaciones lunares desde el mar y en el poco aumento de los telescopios de la época, por lo que el método de Van Langren para calcular la longitud geográfica no se llevó a la práctica.</p>



<p>Aun así, hizo dos aportaciones a la ciencia que merecen nuestra consideración. En primer lugar, su representación de los cráteres lunares tal como aparecen iluminados por el Sol matutino sigue en uso en los considerados mejores mapas de la Luna. En segundo lugar, sus estudios acerca del cálculo de la longitud geográfica le llevaron a crear la primera representación gráfica conocida de datos estadísticos. Dicha representación, que ocupa un lugar de honor en la historia de la visualización de datos, da cuenta de la diferencia de longitud entre Toledo y Roma. En vez de servirse de una simple tabla numérica, concibió el primer gráfico comparativo, sentando las bases de un lenguaje visual que nos es tan familiar hoy en día y que Van Langren fue el primero en utilizar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA MENGUANTE PRESENCIA HISPÁNICA EN LA SUPERFICIE LUNAR</strong></p>



<p>En la actualidad, son apenas una veintena los cráteres de la Luna inspirados en la cultura hispánica (nombres como Carlos, Isabel, José, Linda, Rosa o Manuel) o vinculados con personajes de la historia de España. Entre estos últimos, está el cráter de más de 110 km de diámetro llamado Alphonsus en memoria de Alfonso X El Sabio. Cráteres de menor tamaño llevan nombres en honor de Isidoro de Sevilla, Cristóbal Colón, Vasco Núñez de Balboa y Santiago Ramón y Cajal. También figuran en la lista de la toponimia lunar astrónomos y matemáticos españoles de origen musulmán y judío.</p>



<p>En el caso del sabio judío Abraham Zacuto, nacido en Salamanca en 1452, cuyas cartas marítimas jugaron un importante papel en la era de los grandes descubrimientos, el cráter que le dedicó la Unión Astronómica Internacional lleva el nombre de Zagut, un error que el organismo no ha corregido aún.</p>



<p>También hay cráteres dedicados a personajes de origen andalusí, como Azarquiel, considerado por muchos el astrónomo árabe-español más importante de la historia, o Abbás Ibn Firnás, inventor de una máquina voladora seis siglos antes de que lo hiciera Leonardo da Vinci.</p>



<p></p>



<p><em>*Ramón Jiménez Fraile es periodista e historiador.</em></p>
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		<title>¿Qué hay en la cara oculta de la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cara-oculta-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 11:37:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Sara Casalí</strong></p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p><p>La exploración de la Luna</p><br><p>Durante siglos, la Luna solo nos enseñó una de sus caras. La otra, la oscura, solo existió como deducción. Y cuando pudimos contemplarla, en 1959, resultó toda una sorpresa. Esta es la historia de esa cara oculta de la Luna, un secreto desvelado.</p><br><p>Si miras la Luna esta noche, estarás viendo el mismo hemisferio lunar que han mirado generaciones enteras desde la Tierra, ya que la otra mitad sigue resistiéndose a nuestros ojos, no por capricho, sino porque así lo impone la relación gravitatoria que mantiene con nuestro planeta. La Luna tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en orbitar la Tierra. Esa sincronía es consecuencia de la atracción gravitatoria terrestre que, a lo largo de millones de años, fue frenando su rotación hasta dejarla encajada en ese ritmo. Por eso, desde aquí, siempre nos enseña el mismo lado y mantiene el otro fuera de nuestro alcance. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de una región oscura, porque recibe luz solar como la cara visible. Lo que la define como oculta es que no entra en nuestro campo de visión. Durante siglos, esa mitad existió solo como deducción, desde las primeras observaciones telescópicas de Galileo hasta la llegada de la era espacial, y cuando por fin apareció en imágenes, resultó ser sorprendentemente distinta.En 1647, Johannes Hevelius publicó Selenographia, uno de los primeros grandes atlas lunares elaborados con método científico, fruto de años de observaciones repetidas con telescopios refractores en distintas fases lunares y del análisis del relieve mediante el juego de luces y sombras. Con el tiempo, la cartografía lunar se fue afinando con instrumentos cada vez más potentes, pero ese método solo permitía estudiar la cara visible, ya que ningún telescopio puede observar el hemisferio oculto desde la Tierra. Tuvieron que pasar más de trescientos años para que la otra mitad entrara en los mapas. El salto llegó el 4 de octubre de 1959, con la misión soviética Luna 3. Por primera vez, fue posible salir de la Tierra, fotografiar la cara oculta desde una sonda y transmitir esas imágenes a distancia. La sonda, de unos 280 kilos, llevaba una cámara de película que tomaba las imágenes, revelaba el carrete automáticamente a bordo y lo escaneaba con un sistema mecánico para transmitirlo por radio a la Tierra. Durante su sobrevuelo, Luna 3 tomó 29 fotografías, pero solo 17 resultaron utilizables. Estas cubrían aproximadamente el 70 % de la cara oculta, con una resolución limitada y contrastes muy acusados. Las imágenes no mostraban un paisaje continuo, sino fragmentos difíciles de interpretar, que constituían una base inicial todavía por descifrar.A lo largo de los años sesenta, equipos soviéticos de cartografía planetaria trabajaron con este material para transformar fotografías parciales en una representación coherente del relieve lunar. Destacó la figura de Kira Borisovna Shingareva, cartógrafa especializada y formada en disciplinas afines a la geodesia. En coordinación con astrónomos e ingenieros, los equipos compararon imágenes tomadas desde ángulos distintos, unificaron escalas y corrigieron posiciones para construir un marco cartográfico estable. El objetivo no era reproducir imágenes aisladas, sino convertir un conjunto fragmentario en un mapa legible y continuo.A partir de estas primeras cartografías, se hizo evidente que la cara oculta difería de forma significativa de la cara visible. Presenta una mayor densidad de cráteres y una escasez notable de mares basálticos; el relieve es más accidentado y, en promedio, la corteza es más gruesa que en el hemisferio que vemos desde la Tierra. Entre las estructuras más destacadas se identificó la cuenca Polo Sur–Aitken, una de las mayores formaciones de impacto del Sistema Solar, cuyo tamaño y profundidad la convirtieron pronto en un objeto central para entender la historia temprana de la Luna y el papel de las grandes colisiones en su evolución.</p><br><p><strong>CARTOGRAFIANDO LA CARA OCULTA DE LA LUNA</strong>Ahora había que dar el siguiente paso: dotar de nombres estables a un territorio que acababa de entrar, por primera vez, en los mapas. La responsabilidad de aprobar la nomenclatura oficial de los cuerpos y accidentes planetarios recae en la Unión Astronómica Internacional (IAU) desde su creación, en 1919. La fijación de nombres para la cara oculta se fue consolidando por etapas, a medida que la cartografía mejoraba y se podían identificar con más seguridad los accidentes. En 1967, durante la Asamblea General de la IAU celebrada en Praga, la cuestión de la nomenclatura lunar, incluida la de la cara oculta, se abordó dentro de los trabajos de revisión y ordenación de los comités especializados. En ese proceso participaron también cartógrafos implicados directamente en el mapeo soviético, entre ellos Kira B. Shingareva, cuyos trabajos contribuyeron a fijar un repertorio más coherente y estable.El resultado puede comprobarse hoy con precisión en el Gazetteer of Planetary Nomenclature, la base de datos oficial mantenida por la IAU y el USGS, donde cada nombre figura con su estado de aprobación (“Adopted by IAU”), su fecha y sus coordenadas. En la cara oculta aparecen cráteres como Tsiolko- vskiy (1961), dedicado a Konstantín Tsiolkovski, pionero de la cosmonáutica; Korolev (1970), por Serguéi Koroliov, ingeniero jefe del programa espacial soviético; o Gagarin (1970), en honor a Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. También figura Mare Moscoviense (1961), uno de los pocos mares del hemisferio oculto. Con el tiempo, el repertorio se amplió con nombres como Sternfeld (1991), teórico de la astronáutica, u Houssay (2009), fisiólogo y premio Nobel. De forma especialmente significativa, un pequeño cráter recibió el nombre de Kira (1976), incorporando a Shingareva en el mismo territorio que ayudó a volver legible.A diferencia de la cara visible, cuya nomenclatura recurre en gran medida a filósofos y científicos clásicos, en la cara oculta abundan, por la propia época en que se fue nombrando, referencias al siglo XX: ingenieros, físicos y figuras de la era espacial. El repertorio conserva así la huella del momento histórico en que la cara oculta entró en los mapas. Y, entre tanto científico, asoman también guiños culturales, como Jules Verne (1961), cuya imaginación anticipó los viajes a la Luna mucho antes de que la tecnología los hiciera posibles.</p><br><p><strong>LA LLEGADA DE LOS HUMANOS</strong>Sin embargo, incluso cuando la cara oculta ya tenía nombres en los mapas, ningún ojo humano la había divisado. Los primeros en hacerlo fueron Frank Borman, James Lovell y William Anders, en diciembre de 1968, durante la misión Apollo 8. La nave no alunizó, pero demostró que era posible viajar hasta la Luna, entrar en órbita y regresar con seguridad. En cada vuelta, la tripulación podía observar la cara oculta durante breves intervalos, al pasar por detrás del disco lunar, cuando la propia Luna bloqueaba la comunicación por radio con la Tierra. Durante esos minutos de silencio, fueron los primeros humanos completamente aislados de nuestro planeta, ante un paisaje que hasta entonces solo había sido registrado por sondas automáticas.Desde aquella primera imagen parcial obtenida por Luna 3, el hemisferio oculto ha seguido recibiendo visitas de misiones posteriores. Con el tiempo, nuevas imágenes y mediciones fueron completando zonas antes desconocidas y afinando la cartografía. Ya en el siglo XXI, este territorio adquirió una relevancia científica renovada, no solo como objeto de observación, sino como un laboratorio natural para responder a preguntas fundamentales sobre la historia del Sistema Solar. En 2019, la misión china Chang’e-4 logró el primer aterrizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en el cráter Von Kármán, dentro de la cuenca Polo Sur–Aitken. La misión permitió estudiar directamente una de las mayores estructuras de impacto conocidas, posiblemente resultado de una colisión lo suficientemente violenta como para haber afectado a las capas profundas de la Luna. Además, incorporó instrumentos para analizar la composición del subsuelo, medir la radiación solar y realizar observaciones de radioastronomía de baja frecuencia, aprovechando el blindaje natural que la Luna ofrece frente al ruido radioeléctrico terrestre. Esta limitación técnica histórica pasaba a convertirse en una ventaja científica.El avance se consolidó en 2024, con la misión Chang’e-6, que trajo a la Tierra las primeras muestras físicas recogidas en la cara oculta de la Luna, procedentes de la cuenca Polo Sur–Aitken. Los primeros análisis, publicados en 2024 en Nature y Nature Geoscience, han confirmado la presencia de basaltos volcánicos y composiciones geoquímicas distintas de las observadas en muestras de la cara visible. El hallazgo encaja con modelos que proponen historias térmicas y magmáticas diferenciadas entre ambos hemisferios durante las primeras etapas de la evolución de la Luna. Estos resultados no sustituyen la imagen construida durante décadas a partir de la cartografía orbital, sino que la completan y la refinan, permitiendo pasar de diferencias morfológicas observadas a distancia a una comparación directa de procesos geológicos entre ambos hemisferios. Las muestras permiten, por primera vez, aplicar técnicas de datación directa a materiales volcánicos del hemisferio oculto y contrastar con material real hipótesis que hasta ahora se basaban exclusivamente en datos remotos.La Luna es un cuerpo sin atmósfera densa, sin agua líquida estable y sin tectónica activa comparable a la terrestre. Por ello, los procesos de alteración superficial son mínimos. Esto permite que las huellas de impactos y volcanismo antiguo se conserven durante miles de millones de años. La cara oculta ha dejado así de ser solo un territorio cartografiado a distancia para convertirse en una fuente directa de información sobre la historia temprana de la Luna y la formación de los planetas rocosos. Y aunque la gran mayoría sigamos sin poder disfrutar de sus vistas, lo que sabemos sobre ella ya no deja de crecer.</p><br><br><p><em>*Sara Casalí es licenciada en Humanidades y periodista.</em></p><br><p> </p></p>
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		<title>El antropólogo visita al pueblo de la esquina del mapa</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-antropologo-visita-al-pueblo-de-la-esquina-del-mapa/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:38:50 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Antonio Pérez En Marruecos con fragancias a alheñas de los años sesenta –25º año triunfal del franquismo–, enfervorizado por los libérrimos aires moros, presté poca atención a los bazares y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Antonio Pérez</strong></span></h3>
<p class="bodytext">En Marruecos con fragancias a alheñas de los años sesenta –25º año triunfal del franquismo–, enfervorizado por los libérrimos aires moros, presté poca atención a los bazares y casi ninguna a las medinas; ni siquiera un par de palacios reales me distrajeron de mi Misión Racionalista –valga la contradicción–. La religión se convirtió en mi cháchara preferida; mejor dicho, la refutación de todas las religiones, de la mahomética a la bahái1, pisando cuanta ortodoxia pudiera. Nunca como hasta ese viaje había amanecido con tantas legañas teológicas y nunca desde entonces volví a tales «disputatios»2. De hecho, al final del periplo me prometí no volver a discutir de religión con absolutamente nadie. Haber mantenido esa promesa me ha salvado de algunos apuros y de estrellarme en muchos callejones sin salida. Por ello, dejar que las religiones dormiten en sus cuevas de plata es prudentísimo proceder que recomiendo encarecidamente.</p>
<p>Pero, antes de encontrarme con los indígenas ajenos, primero tenía que conocer a los propios. En aquellos años –y con más razones ahora–, asociaba lo indígena con lo minoritario. Había, pues, que tratar con las minorías. Mi problema radicaba en que, como vulgar y común «clasemediero», personalmente no pertenecía a ninguna. Pero intuía que existían minorías europeas ricas y pobres, cultas y zoquetas, santas y satánicas, lacónicas y lenguaraces, próximas y remotas. Así pues, se me hizo imprescindible subir a las cabañas y bajar a los palacios («subir y bajar», sic).</p>
<p>Aunque, como ya avisó Cervantes, en la mayor «dellas» es «donde toda incomodidad tiene su asiento». Y aunque servidor no es de los que creen que al conocimiento se accede por el sufrimiento –versión para adultos de «la letra con sangre entra»–, lo cierto es que cuesta aprender de las cabañas. No tanto por sus moradores, que suelen ser el colmo de la amabilidad, sino por la lejanía y porque el viaje hasta ellas está trufado de peligros, no siendo el menor de todos ellos perderse en el camino o dar la vuelta antes de que alboree –a las cabañas se viaja de noche, con la fresca–. Quizá no esté de más añadir que no me refiero a la distancia física sino a la real; a veces, las cabañas y los palacios son vecinos e incluso hay cabañas que están dentro de los palacios –no creo que exista el viceversa–. Por poner un ejemplo de mi segunda/primera patria: Caracas está tan salpicada de «ranchitos»3 que, de noche, parece un belén de fanales parpadeantes; desde dentro, es una medina en la que los tejados se confunden con las plazuelas y las calles son los pasillos de las «cabañas»; no es una «jungla de asfalto» porque no hay asfalto pero, para las investigaciones antropológicas, es una selva infinitamente más virgen que la selva amazónica. Una orografía urbana tan sui géneris ha de esconder, por fuerza, una organización social no menos original; entonces, como antropólogo ¿porqué no me quedé en Caracas para estudiar la organización de los ranchitos?; ¿por qué me fui hasta la remota Amazonía para hacer un trabajo que podía estar a la vuelta de la esquina? Pues porque los ranchitos están en otro planeta, porque no es fácil entrar en una cabaña, porque no hablo su jerga, porque soy demasiado blanco, porque saben que no me quedaré a vivir entre ellos, porque etcétera; en definitiva, por la enorme lejanía política –y también porque la Amazonía huele mejor y es más «flamboyante»&lt;–.</p>
<p>Menos a las cabañas caraqueñas, después del 68 subí a otras muchas. Si tenemos en cuenta que «antropologizar»5 es cuasi sinónimo de traducir, aprendí en ellas esos rudimentos de la profesión que no enseñaban en las mejores escuelas que hasta entonces había frecuentado –las de Londres y de París–: «los idiomas» de quienes ven el mundo de otra manera, y el español de los exiliados y el castellano de los «descastillados» y el conquistador de los descabalgados. Pero también, para mi grave incomodidad, el aúllo monótono de la matraca estatal e incluso el graznido de esos pájaros de mal agüero que son los «fierritos»6 o «calibres»7. Fueron varios años de trabajo de campo en los que todas las lenguas del mundo descendieron sobre los cogotes de una tribu que ya era la mía –a veces a besos, a veces a fuego, a veces solamente a bastonazos–. Menos mal que quien abajo suscribe renunció al don de lenguas porque, de haber continuado con tan ardiente método pedagógico, es probable que ahora no pudiera rubricar ni su firma.</p>
<p>Sea como fuere, heme provisto de una chapurreante poliglosia8, un ansia centrífuga, un diploma en clandestinidad, un hígado curtido en mil barras y unos libros en los que leo que, visto el precedente de los «Cronistas de Yndias», algunos clásicos de la Antropología tuvieron por imprescindible el explorar in situ otras culturas: Morgan visitó a los iroqueses –algo es algo–, Tylor al México de 1856 y el médico Adolf Bastian (1826-1905) los ganó a todos en todos los kilometrajes –espaciales, de renglones, de saqueos, de contradicciones y de rebuscamientos–. Al mismo tiempo, leo que otros clásicos como Frazer –quien encontraba desagradable la mera sugerencia de conocer personalmente a algún «salvaje»– y como Marcel Mauss, eran minuciosos antropólogos de gabinete. Teniendo en cuenta que, desde 1807, había barcos de vapor y tren de pasajeros desde 1825, no acababa de encontrar justificación física para los colegas sedentarios. Pero, un minuto después, servidor leía que Kant describió con tan elocuente detalle el puente de Westminster a un inglés que éste creyó no sólo que el filósofo había vivido en Londres sino que ¡era arquitecto! ¿Qué hacer y qué dejar de hacer? ¿«To pasear or not to pasear»? Entonces caí en la cuenta de que los indígenas pueden definirse como la gente que tiene menos poder, como los más «des-poseídos». Por ende, no puede haber causa más perdida que ponerse de su lado. Pero, claro está, para llegar a ese extremo hay que ponerse a su vera. Y su vera está donde ellos estén. A buscarlos, pues.</p>
<p class="bodytext"><strong>DIBUJOS, VACAS Y EPIDEMIAS</strong></p>
<p class="bodytext">Hacia 1977, desembarqué en el Amazonas venezolano. Años antes, me había helado de frío en el altiplano boliviano –¡gracias mama coca!– y frito de calor en las depresiones caribeñas –donde ni los burros soportan estar bajo el nivel del mar–, me había perdido en los fiordos chilenos y encontrado cerca de la isla de Trinidad –por cierto, donde murió Bastian–. Por todo ello, chapurreaba el idioma latinoamericano, un código que me ayudaría –pero no mucho– en la selva orinoquense9-amazónica a la que llegué. Aposentado cerca de la triple frontera venezolano-colombiano-brasileña, cometí el primer error de bulto cuando comencé mi flamante trabajo censando a cuanto indígena se dejó. Ahora me resulta increíble que se dejaran casi todos; pero entonces no me sorprendió su magnanimidad ni temerario valor –¿cómo supieron que servidor no era de Hacienda ni del Catastro ni siquiera vacunador compulsivo?–, sino sus sistemas de parentesco. Por ejemplo, cómo los hijos podían ser de varias clases –sin contar ahijaditos– y hasta, vistas las exigencias paternas («padre padrone»10), ser confundidos con esclavos por cualquier misionero, creyente o ateo.</p>
<p>Los mapas de la zona eran demasiado «originales». En el canal Casiquiare aparecían pueblos que sólo existieron efímera y precariamente cuando las fiebres del caucho; un afluente del Alto Orinoco, el Mavaca, decidía en el papel apoderarse de un tributario del Casiquiare, el Siapa, y triplicar a su costa su longitud real; las fotos aéreas eran escasas y no servían de mucho cuando me acercaba a las cabeceras de los ríos. Por otro lado, los informes etnográficos eran aún más escasos y, además, de muy desigual calidad. Afortunadamente, en aquellos años, en esa parte de la Amazonía no había apenas colonos ni migraciones de desheredados, ni guerras, ni siquiera «megaproyectos extractivos»; era, por tanto, la selva tropical lluviosa mejor conservada del planeta.</p>
<p>Por si fuera poca tanta belleza, la comarca es «divortio aquarum»11 entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas y, además, fue frontera histórica entre los imperios español y portugués y, después, entre venezolanos y brasileros. Es decir, que se había mantenido al margen de los dimes y diretes occidentales. Por ello, no me pareció demasiado asombroso que, en el Emoni, un afluente del Siapa –a su vez, tributario del Casiquiare–, encontrara a un grupo de indígenas yanomami que, muy probablemente, jamás habían visto a un occidental. «First contact»12: el sueño de todo científico social. Cuarenta años atrás, se habían escurrido de los últimos caucheros y, por supuesto que oían hablar a sus parientes de los «napë» (extranjeros, ladrones), pero ¡eran «vírgenes»! –con perdón por tan prepotente como inadecuado término–. Debo añadir que ni los busqué ni los evadí y que su virginidad me resultaba de dudosa utilidad, puesto que no dominaba su lengua. Pero, caray, impresionaban. Por su paz pero también por su furia, por la austera eficacia de sus movimientos y por su derroche energético –ahorran para gastar, no para conservar–; pero, en especial, por la serena alegría con la que encaraban jornada tan señalada como la del Encuentro con el Invasor. ¿Cómo podían afrontar con tanto optimismo el último día de su libertad?</p>
<p>Dejando aparte estas anécdotas, más espectaculares que instructivas, debo decir que empleé mis cuatro años amazónicos en acumular datos que luego me permitieran demostrar obviedades. Parecerá antieconómico y hasta desequilibrado desperdiciar una excursión al planeta de los vírgenes para extraer tan poca sustancia; pero la Antropología en particular y mucho me temo que las Ciencias Sociales en general, son así: la mitad de su esfuerzo debe dirigirse a eliminar errores arraigados, suposiciones arbitrarias y banalidades vestidas de seda. Es tanta la basura acumulada en siglos de ascensión a la «Cúspide de la Occidentalidad», que alguien debe aquietar las marejadas de detritus.<br />
Una de las más conocidas (y arbitrarias) de las suposiciones occidentales reza que el Hombre comenzó su andadura artística en la figuración para, milenios después, acceder al empíreo de la abstracción. La cultura dominante dictamina que, primero, el artista imita a la Naturaleza y, después, la estiliza hasta la abstracción. Es muy posible que en tal o cual rincón del planeta, en efecto, tal haya sido la evolución artística de sus gentes; pero eso no nos autoriza para elevar esa sucesión de etapas a la categoría de regla universal. De hecho, los ignotos indígenas del Emoni me proporcionaron pruebas para demostrar lo contrario, pues me dejaron cientos de los dibujos que hicieron en los papeles que les proporcioné y es evidente que esos bosquejos evolucionan al revés: de la abstracción pura a alguna ocasional veleidad figurativa –téngase en cuenta que era la primera vez que veían papel y lápices de colores–. Es emocionante acercarse a «otro origen del arte» o, al menos, así me lo han expresado todos aquéllos que han visto esos dibujos en alguno de los museos en los que han sido expuestos –comenzando en 1981 en el de Bellas Artes de Caracas–.</p>
<p>Otro de los prejuicios más arraigados en Occidente dicta que el dinero es el motor de la Humanidad. Sin embargo, en el Amazonas observé la irrupción de la ganadería en un medio antes exclusivamente agrícola –y, en menor medida, cazador y recolector–, y encontré datos que ponían en duda las creencias monetaristas. La ganadería era una actividad ruinosa en primer lugar porque aquellos bóvidos no estaban especializados –puede leerse, domesticados– para la selva tropical lluviosa: desde su enorme biomasa hasta sus pezuñas, allí estaban tan fuera de lugar que sólo los agradecían los vampiros y los tábanos –dicho sea de paso, más pequeños y menos mordedores que sus congéneres europeos–. En segundo lugar, la vacada era una fuente continua de conflictos puesto que destrozaba los huertos de los indígenas. Y aquí radicaba el quid de la cuestión: las reses no estaban para dar dinero, sino para invadir los huertos ajenos. Significaban pura y simplemente el poder sobre los indígenas, la exacción gratuita y la arbitrariedad; no daban dinero pero sí «Poder». Poder en estado cristalino, es decir, irracional y, en este ejemplo, antieconómico. Eran reses decadentes e inútiles y, precisamente por ello, idolatradas por los manirrotos y detestadas por los ahorradores –los indios–. En definitiva, eran «vacas sagradas».</p>
<p>Con ello no quiero decir que lo sagrado brota al representar el espectáculo del Poder –si así fuere, lo sería sólo en parte–, sino que en el Amazonas pude observar el orto de lo sacro&#8230; y también su ocaso, puesto que otra de las enseñanzas selváticas resultó ser que, lejos de la urbe y del orbe, no todas las vidas individuales eran igualmente sagradas para los profesionales de la sacralización de la vida humana. Digámoslo en corto y por derecho: frente al súbito estallido de una epidemia de sarampión, algunos médicos demostraron que las vidas de los indígenas les importaban muchísimo menos que las vidas de los occidentales –y no digamos que la suya propia–; ergo no respetaban el férreo igualitarismo que se les supone a los galenos. Así redactada, esta sentencia no pasa de ser una declaración ideológica indigenista o, para los sabihondos, la constatación de una obviedad. Pero las estadísticas y otras evidencias que pude conseguir en medio de la catástrofe sanitaria verifican el aserto, así que volvemos al desperdicio del esfuerzo científico: padecer una epidemia sólo me sirve para demostrar que algunos médicos son racistas. Pero hay más: siguiendo la estupenda máxima que aconseja «hacer de la necesidad virtud», los datos recolectados durante la emergencia me sirvieron también para mostrar el perverso mecanismo según el cual las estadísticas sanitarias, falseadas desde el más remoto puesto de salud, multiplican sus errores según van ascendiendo en los niveles administrativos locales, regionales, etc.; de manera que, al ser presentadas en la Gran Capital, todo parecido con la realidad es pura coincidencia. Quémese la sangre durante varios meses, entierre usted a los hijos de varios amigos, incluso pierda el único ahijado yanomami que tuvo para tan perogrullesca cosecha&#8230;</p>
<p>Con los años amazónicos, fui acumulando objetos, piedras, sonidos, películas y hojas de ambos tipos –clorofílicas y «boligráficas»–. «Memorabilia»13 comprehensiva o saqueo sistemático, dirían unos u otros. Todo pedagógico, todo conceptual, nada mercantil, nada gratuito, algo insignificante, algo fortuito. Ahora, abro un estante y una semilla del género Capsiandra me recuerda que, en aquella selva, el cultivo por excelencia –la yuca o mandioca– no tuvo por qué ser tan importante antes de la llegada de los conquistadores. Pongo una película y puedo demostrar instantáneamente que la música de aquellos indígenas no siempre es un canon a desgranar o una melopea –un canto gregoriano, podríamos decir– sino que también tiene «planteamiento, nudo y desenlace». Miro las fotos del anciano don «Satur» y todavía me angustia admitir que con él desapareció toda una cultura amazónica otrora soberana del magnífico río Negro, y con ella la etnia baré, ese pueblo del que escribí la primera monografía –y, por desgracia, la última–. Catástrofe cultural. Naufragio infinitamente mayor que los varios que padecí tanto en aguas bravas como en mansas, sin los cuales fantaseo que mis bases de datos amazónicos ahora serían gigantescas. Y, en el colmo de la petulancia, los equiparo a siniestros históricos como el sufrido por el decimonónico naturalista inglés A. R. Wallace, proto-enunciador del evolucionismo –de no haberse incendiado el barco que lo llevaba de regreso a Inglaterra tras un lustro de recolecciones amazónicas, es probable que ahora estuviéramos hablando de «wallacianismo» en lugar de darwinismo–. Balance cero: el Río Mar nos lo dio, él mismo nos lo quitó.</p>
<p>Por otra parte, en el cuerpo me llevé de todo: callos en manos y pies –llegué a caminar descalzo–, el hábito del susurro y también un sentido de la inercia gestual del que los amazónicos se sirven para exhibir su elegancia –los positivistas dicen que para ahorrar calorías–; pero que en servidor degeneró en ese hieratismo que se les atribuye a «los salvajes» –un dislate casi tan grueso como creerles lacónicos: ¿podrían serlo encarnando culturas orales?–. Y algunas cicatrices harto prosaicas, ninguna de ellas resultado de una lucha a brazo partido con una tribu de hechiceros caníbales o con un jaguar o con una anaconda. Por cierto, después de tantas millas recorridas por la selva «selva» y no por esas selvitas para turistas, debo decir que sólo una vez vislumbré los carbuncos de un «tigre»&#8230;, justo a tiempo de, espantándole, salvarle el entrecejo –que era donde apuntaban las escopetas de unos atropellados con los que paseaba en aquel atardecer–. En cuanto a la anaconda, me he encontrado con una sola y voto al chápiro verde que hubiera preferido vislumbrarla y nada más. Pero, para terror de mis compañeros indígenas, no digamos mío propio y no tanto de «mi» mujer, que es muy suya, aquél leviatán de los abismos se dignó acompañarnos toda una eternidad –en términos científicos, dos o tres minutos–.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA «ERUDICIÓN» MELANÉSICA</strong></p>
<p class="bodytext">Pero a todos nos acaban expulsando del Paraíso Terrenal. Contra los occidentales, el ángel con la espada flamígera suele llegar «el día antes»; en mi caso, el día de denantes de que archivara los olores del monte, por lo que –al igual que con los marroquíes–, para compartirlos actualmente dependo del verbo propio antes que de ese criterio mucho más objetivo que sería el olfato ajeno. Pero, a rey muerto, rey puesto. Decidido a completar mi formación en materia de selvas tropicales lluviosas, todavía me quedaban los Mares del Sur. Si en el Amazonas el primer encuentro con un indígena yanomami significó comenzar un trabajo, en el océano Pacífico dar con un asmat fue comprobar que jamás aprendería lo suficiente. Pero había que intentarlo. Y, si para llegar a los atolones más recónditos, ésos a los que no se llega en avioneta o ésos que se burlan de los mapas –como los engaña la novísima bahía de Dip, en Ambrym, Vanuatu–, era necesario subirse a un yate de postín, pues, «naveguemos todos y yo el primero por la senda de la erudición melanésica».</p>
<p>Así, pude llegar a Vanikoro, límite meridional de las islas Salomón, allá desde donde La Pérousse14 zarpó para la eternidad –otro naufragio histórico– y, lo que es más significativo, extremo oriental del consumo del betel o «areca», esa nuez que hace escupir en rojo a millones de personas, desde los vanikorenses15 hasta los pakistaníes. En este Vanicollo del gran piloto Quirós16 –primer europeo que la oteó–, encontré que la Historia prevalece sobre la Naturaleza; al menos en lujos sencillos como el del betel. ¿Por qué la fama de la nuez verdi-roja se detuvo en este minúsculo terruño, si las islas del plus ultra son humana y ecológicamente similares? Por razones tan veleidosas y tan prolijas de narrar como suelen ser las históricas y, desde luego, independientes de que ahora Vanikoro sea frontera estatal.</p>
<p>Como de costumbre, parece que hemos vestido de oropeles a una perogrullada –y, en efecto, lo es–. Pero mejor hubieran hecho algunos científicos sociales anglosajones en recordar, no este caso concreto –que también– sino el nudo hecho de que los españoles fueron los primeros europeos en trillar el Pacífico. Cierto que lo hicieron hace muchos años y no menos cierto que sus estancias por allá fueron efímeras; pero constituye una grave ligereza olvidar que, mucho más duradera que sus fugaces visitas, fue la impresión que aquellos enormes barcos y sus extraños tripulantes causaron en los «pacíficos» –dicho sea en todas las acepciones del vocablo–. Además de la sorpresa, ese histórico primer encontronazo dejó a los isleños desde animales domésticos hasta vocablos. Así, cerca de Vanikoro, en la isla de Ndeni-Santa Cruz17, me encontré con unos pollos nada vanidosos –si se me permite el chiste, poco «roosters»18– a los que llaman con toda justicia genealógica «Mendana’s roosters» (gallos de Mendaña19, por el famoso navegante) y por todo el arco melanesio escuché palabras que son claramente préstamos del español –o del portugués–. Por ejemplo: una variedad del omnipresente «taro» es la «kalobasa» (calabaza) y un niño es un «pikinini». Pero buena parte de los estudiosos que han estudiado recientemente estas islas, al no saber español, han anotado que, en la lengua local de turno, al artefacto de estallar se le llama «arabús» (arcabuz) y que, cuando un isleño se niega a responder, aduce que «mi no save».</p>
<p>Pero hay más. Durante todos mis viajes por los Mares del Sur me persiguió cual cencerrada una ubicua cantinela: «¡Loado sea el más maravilloso de los marinos, loado sea el “Captain Cook”20!». De acuerdo, loado sea ese lobo de los «seas»21. Pero tengamos presente un pequeño detalle: en aquellos siglos, las cartas de navegación eran secreto militar. Los españoles –y portugueses– dominaban las rutas del Pacífico hasta el extremo de que «el galeón de Manila» cruzaba anual y rutinariamente ese océano. Es plausible que en Manila y en Acapulco se guardaran bajo siete llaves las cartas del Pacífico. Bien. Pues resulta que, entre 1762 y 1764, los ingleses ocuparon y saquearon Manila. Y también resulta, ¡oh, casualidad!, que Cook comienza sus primeros «descubrimientos» en el Pacífico cuatro años después. Y no digo más que lo que no digo.</p>
<p>Melanesia es buen destino para los antropólogos ibéricos. Los ilustrados locales saben que los peninsulares fueron los primeros en «descubrirlos»; pero, como no los conquistaron, apenas hay resquemores enquistados. Más aún, les servimos de paño de lágrimas a la hora de que reciten sus memoriales de agravios contra los colonizadores europeos, quizá creyendo que, de imperial viejo a imperial nuevo, puede haber entendimiento –cómo si los ibéricos estuviéramos naturalmente dotados para la mediación–&#8230; Sea como fuere, en la isla vanuatuense de Espíritu Santo22, escuché con el corazón encogido las lamentaciones de aquéllos que, bien a su pesar, se vieron envueltos en una de las más grotescas conspiraciones que darse pueden: la que abocó a la guerra del Cocotero. Dicen los hechos que M. Oliver y J. Hospers, «libertarianos» convencidos, necesitaban de una base física para su tapadera tributaria –la Phoenix Foundation– y, en 1980, decidieron que lo más fácil era ubicarla en Santo independizando para ello a esta isla del Estado de Vanuatu. Dicho y hecho, aprovechándose de las tendencias autonomistas propias de medio mundo, financiaron una sublevación local&#8230; hasta que los indígenas fueron derrotados por una alianza anglo-francesa-papúa; puede decirse que aquello fue como matar a un pájaro de tres tiros. El Estado Libre de Santo se esfumó y con él los «libertarians» –esos millonarios que de libertarios no tienen nada sino que desprecian al Estado que les amamanta porque tienen alergia a pagar impuestos–. ¿Y los indígenas de Santo?: pues lo dicho, olvidados por todos y lamiendo sus heridas ante los viajeros.</p>
<p>Por fortuna, las lamentaciones a lo ancho del arco melanesio fueron menos porque todavía alcancé a observar que buena parte de aquellos indígenas se mantiene al margen de las disputas entre occidentales. ¿Acaso no es el dinero la causa de esas disputas? «Pues –se dijeron los melanesios– acuñemos nuestra propia moneda y santas pascuas». A ello se dedicaba con parsimonia y fruición –servidor da fe– el clan del gran Lawrence Li’liga, amable soberano del Langalanga lagoon23, en Malaita, una isla «salomonesa»24. En el pasado, el peso –o, si se prefiere, el dólar– proveniente de este arrecife coralino era de curso legal en un radio de varios archipiélagos a la redonda hasta que el progreso acabó con él. Ayudado, eso sí, por las luchas interétnicas y, sobre todo, por las represalias coloniales contra los levantamientos indígenas, en especial contra el Maasina Ruru entre 1945-1947: un movimiento que se tergiversó hasta el extremo de que los marchosos y ordenancistas funcionarios ingleses tradujeron su lema como «Marching Rule!»25 cuando, como suele suceder en las guerrillas indígenas, el original «malaitano»26 significa «todos unidos» –aproximadamente–. Hoy, los antaño rebeldes se afanan en presentar proyectos de desarrollo y la bermellón moneda de concha de Langalanga se limita a los usos ritual y ornamental –que no es poco–.</p>
<p>Pero hay más maneras de esquivar la estulta omnipotencia del dinero o, dicho de otro modo, hay modos sensatos de utilizar la moneda, nacional u otra. Así lo demuestran en las altas mesetas de Papúa Nueva Guinea. En estas Highlands tropicales, hay una palabra mágica que resuelve todos los conflictos: «compensation»27. Si el occidental desprevenido ve un grupo de papúas enarbolando billetes ensartados en pértigas, puede colegir que se trata de un cortejo nupcial o de un fiestón despilfarrador. Pues no, es un tribunal ambulante y se está representando un juicio. El occidental puede creer que las negociaciones entre ofensores y ofendidos son interminables. Pues tampoco, puesto que, por muy dilatadas que parezcan, siempre serán más breves que la sustanciación del más nimio sumario occidental. Al final, hay fiesta, la parte demandante recibe su compensación y el juicio termina con el banquete de reconciliación –tratándose de papúas, huelga añadir que degustando el imprescindible cerdo horneado–. Claro está que un acuerdo así, tan ritualizado y definitivo como tradicional e independiente, no agrada a la Administración y por ello cada vez hay que alejarse más para poderlo observar.</p>
<p>A cada minuto hay que abandonar más y más las carreteras y las pistas de aviación para encontrarse con las famosas «moka»28 entre clanes, ese intercambio de regalos –vuelva a leerse, «de cerdos»– que congrega a cientos de negociantes y de juventud casadera y de conspiradores tribales ataviados todos ellos/as como si fueran simples bailarines –como, además, es cierto que bailan, la confusión está servida–. Tomar nota de una «moka» me costó la exposición de motivos más larga que recuerdo: todo un día. Debo añadir que no se trataba de, simplemente, pagar el permiso para presenciarla sino de «razonar» el porqué de mi interés. Y esto, en cualquier idioma, cuanto más en un «pidgin english»29 adaptado al sitio, es tarea de enrevesada enjundia porque, en el fondo y en la superficie, los clanes intentaban demostrar al antropólogo que el congreso-«moka» era real y exclusivamente indígena y que el teatro de la «kastom» (la costumbre) no tiene platea para forasteros. Además, le decían entre líneas, «a nosotros, ¿en qué nos beneficia tu presencia?». Por lo que, finalmente y en consecuencia, acordamos un pago simbólico –un euro diríamos–. El occidental desprevenido puede ver en ello el triunfo de una supuesta diplomacia interétnica. Quien suscribe lo entiende como un fracaso: como la corroboración papúa de que mi presencia les beneficiaría en muy poco –para ser exactos, en un mísero euro–.</p>
<p>Esa magnanimidad y ese bondadoso afán por enseñar al bárbaro no restan clarividencia a los papúas. Cuando se les ilumina el recuerdo y ven el porvenir, estallan. Porque no estamos hablando de insulsos homúnculos hacinados en ciudades; hablamos de montañeses tan suyos que ni siquiera entienden el idioma del valle vecino. Cuando desaparezca este atomismo, cuando ya no broten las Cien Flores sino sólo una, cuando el «pidgin» y el «bahasa»30 indonesio se saluden en esa frontera a tiralíneas que divide la gran isla de Papúa, el planeta se habrá arrugado cual ciruela pasa. Y está a punto de suceder.<br />
El infrascrito, sin el menor decoro pero contando con la magnanimidad del lector, suscribe que ha disfrutado de los dos extremos. En el Amazonas, se coció en una (sabrosísima) salsa de contadas especias y en Melanesia y en esta «Amazonie-sur-pierre»31 extremeña desde la que esto firma, se sancochó y se chamusca en un fuego de millones de gigabytes32 con todos los pueblos de mundo. Da igual. Desde allá o desde acá, el Gran Otro seguirá siendo muchos y en su caleidoscópica profusión</p>
<p class="bodytext"><strong>Antonio Pérez</strong></p>
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		<title>Los Barbijos: de frac en el hielo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/los-barbijos-de-frac-en-el-hielo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:38:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Miguel Ferrer En 1990 comenzamos los primeros trabajos de investigación sobre ecología y comportamiento de aves antárticas en Isla Decepción, situada a 63º 00’ S, 60º 40’ O en las [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Miguel Ferrer</strong></span></h3>
<p class="bodytext">En 1990 comenzamos los primeros trabajos de investigación sobre ecología y comportamiento de aves antárticas en Isla Decepción, situada a 63º 00’ S, 60º 40’ O en las cercanías de la Península Antártica y al norte del mítico estrecho de Gerlache, donde 91 años antes pasó su primer invierno antártico Roald Amundsen a bordo del Bélgica. Mucho había llovido en el resto del planeta durante ese tiempo y, aunque la Antártida poco ha cambiado, y de hecho en ella apenas ha llovido, nuestros medios de desplazamiento, logística, comunicaciones y equipamiento nada tienen que ver con la dureza y el romanticismo de los tiempos de Amundsen y Shackleton. Aun así, es difícil encontrar otro lugar en el mundo en el que se sienta tan nítidamente el desamparo y la pequeñez del hombre como asomado a la proa de un pequeño barco en la inmensidad del mar cuajado de hielos de la Antártida. Nuestra fragilidad personal e incluso como especie se nos presenta con la certeza de una bofetada de aire frío. ¿Qué había llevado hasta ese lugar a un biólogo especialista en aves y con mucha experiencia en caminar por las ardientes arenas de Doñana? Aun a riesgo de menguar mis opciones en futuras evaluaciones del Plan Nacional de Investigación, tengo que reconocer que fue la pasión por la aventura, disfrazada de proyecto científico, la que me arrastró hasta allí y la que, hasta el día de hoy, me sigue manteniendo vinculado a la Antártida.</p>
<p>La Antártida, además de su poder evocador, reúne también una serie de características que la convierte en un laboratorio sin parangón en el planeta. En primer lugar, la casi completa ausencia de interferencia humana directa. En segundo lugar, la simplicidad de los sistemas naturales. La baja diversidad biológica característica de climas extremos ofrece la oportunidad de testificar con mayor claridad hipótesis generales en ecología o comportamiento que son mucho más difíciles de analizar en sistemas complejos, lo que hace muy rentable el tiempo de investigación invertido en la Antártida. Por último, pero no menos importante en mi caso, la ausencia de experiencias previas con humanos, unida a la falta de cualquier otro predador terrestre natural en todo el continente (en la Antártida los únicos vertebrados que se ven en tierra son aves o mamíferos marinos), hace que el comportamiento de las aves ante nuestra presencia sea de absoluta tranquilidad, con lo cual tanto la observación cercana como la captura no plantean el menor problema.</p>
<p class="bodytext"><strong>DEL MAR DE DRAKE AL «NARANJITO»</strong></p>
<p class="bodytext">En 1990 iniciamos nuestra primera expedición a la Isla Decepción. Para ello volamos a Ushuaia vía Buenos Aires. Ushuaia es una pequeña ciudad enclavada en una ladera imposible entre los Andes y los canales del Beagle, muy cerca del mítico cabo de Hornos. Este asentamiento, en su origen de marcado carácter militar y defensivo, fue fruto de las eternas disputas territoriales entre Chile y Argentina por la posesión de los estratégicos canales que unen los océanos Atlántico y Pacífico. Cuando se llega a Ushuaia, lo primero que uno ve es un diminuto aeródromo en una pequeña isla en el canal donde, incomprensiblemente, aterriza hasta un pequeño reactor comercial. Aunque desde luego no es una pista para principiantes, como lo atestiguaba un DC-9 que se encontraba medio sumergido en el canal a cientos de metros del final del asfalto.</p>
<p>Es verano en Ushuaia y la nieve cae copiosa mientras uno busca dónde tomar algo caliente. Aquí me encuentro con mis dos compañeros de aventuras pingüineras, Javier Viñuela y Juan Aguilar. Esta ciudad del fin del mundo se convierte en esta época en un hervidero de expedicionarios. En cualquier café con los cristales empañados, se agrupan los equipos de diferentes países con animadas discusiones en todos los idiomas. Caras ansiosas rodean mapas extendidos y se habla y se gesticula con el nerviosismo de la inminente partida hacia lo desconocido. También nosotros. Nuestro barco de transporte ese año no era el Hespérides, que aún no existía, sino uno mucho más pequeño pero también más entrañable: el buque de la Armada española Las Palmas, un remolcador de altura adaptado a los hielos. Con modestas dimensiones, pero de corazón potente, era capaz de arrastrar pesadas cargas y desenvolverse en mares complicados como el que nos esperaba. Las Palmas había atracado dos días antes de nuestra llegada y casi había terminado de repostar. Dispusimos de dos días más para visitar los increíbles bosques monoespecíficos de lenga (Notophagus antarctica) que cubren todas las cordilleras del sur, en el Parque Nacional de Tierra del Fuego, y las colonias de aves marinas y pinnípedos de los canales fueguinos, a modo de anticipo de lo que nos esperaba.</p>
<p>Por fin embarcamos en nuestro buque y, a última hora de la tarde, partimos hacia el cabo de Hornos. La navegación fue agradable y Las Palmas se deslizaba con suavidad por entre los angostos canales, mientras la duradera luz del atardecer se prolongaba ganándole la partida a la noche. Dormimos en pequeñas literas de madera a las que, siguiendo el consejo de la avezada marinería, nos atamos con gruesas correas de cuero en previsión del temido mar de Drake, que nos esperaba detrás del cabo. A las cuatro de la madrugada el violento movimiento del barco nos sacudía de forma brutal. Yo me desaté de la litera para tratar de llegar a los servicios y, caminando por los pasillos con las piernas muy separadas y los brazos apoyados en el techo, descubrí con rapidez lo que es un auténtico y genuino mareo de barco, con sus más obvias y desagradables consecuencias. Este comienzo supuso una pequeña humillación para mi idea de aventurero novel, que se recompuso un tanto al encontrarme, de vuelta a los camarotes, al segundo de a bordo, tumbado en el suelo, en un estado aún peor que el mío. Fueron cinco días infernales con olas de entre diez y catorce metros que no nos dejaron ni un respiro. El mar de Drake seguía haciendo honor a su fama de ser uno de los peores, si no el peor, mar del mundo.</p>
<p>Por fin las olas se calmaron y días antes de avistar Rey Jorge, nuestra primera isla antártica, pudimos disfrutar con el vuelo de los albatros viajeros, ojerosos y reales, que seguían el curso de Las Palmas a través del Drake. Son aves increíbles que tienen su hogar en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. La isla de Rey Jorge es un conglomerado de bases de diferentes países con una elevada densidad de habitantes veraniegos. Su relativa cercanía al continente americano y el que disponga de la pista de aterrizaje más austral del mundo la convierten en zona de paso y estancia muy utilizada. Pronto abandonamos Rey Jorge tras recoger algún afortunado pasajero que, viajando en avioneta de carga, había evitado cinco días de montaña rusa en el mar. Próxima parada: las Shetland del Sur.</p>
<p>Livingston es una pequeña isla del archipiélago de las Shetland donde se asienta la Base Antártica Española Juan Carlos I. Esta base, encajada entre dos glaciares frente a una pequeña bahía, conocida como Bahía Sur, reúne condiciones muy adecuadas para el estudio de líquenes y por supuesto de glaciares y de la atmósfera; pero no permite moverse con facilidad por el entorno, lo que la convierte en poco útil para estudios como los que nos proponíamos. Tras dos días de descarga de material y personal con la ayuda de todas las manos disponibles, emprendimos navegación hacia nuestro destino: la isla Decepción.</p>
<p>Decepción recibe ese nombre de una traducción directa del inglés, «Deception», nombre que hace referencia a la sorpresa que produce, porque desde lejos parece una isla normal, pero es en realidad un enorme cráter volcánico relleno de agua, cuya bahía interior es navegable, con una profundidad media de unos doscientos metros bajo el nivel del mar. La entrada a Decepción es espectacular, ya que el cráter cuenta con una abertura del tamaño justo para que un barco mediano pueda entrar en la ensenada interior por los conocidos como «Fuelles de Neptuno», impresionantes farallones rocosos que flanquean a ambos lados la angosta abra, como dos colosos envueltos en una niebla casi permanente. Decepción es una isla volcánica activa, lo que no deja de añadir un punto más de intranquilidad en nuestra primera estancia, especialmente al ver de cerca las ruinas derretidas de lo que fue la base chilena, arrasada por la última erupción en 1968. Nos acompañan en la expedición cinco militares del Ejército de Tierra y dos vulcanólogos, que nos mantienen informados de los doscientos microseísmos diarios que sufre la isla.</p>
<p>Cuando Las Palmas fondea en la bahía interior, frente al refugio Gabriel de Castilla, nuestro hogar en los próximos meses, comienza un incesante barqueo de material que nos llevará dos días completos de viajes continuos en zodiacs. El año 1990 había sido excepcionalmente frío. La isla, que habitualmente se descubre pronto de nieve, dado su carácter volcánico y su suelo caliente, ese año se encontraba completamente cubierta, con más de dos metros de nieve de media y en algunas zonas algo más de seis. Para poder acceder al refugio desde la playa y abrir su puerta fue necesario el esfuerzo de diez personas retirando con palas la nieve durante otros dos días. Finalmente, la puerta se franqueó y comenzamos a poner en marcha nuestro pequeño refugio. Lo primero, comprobar el estado del único grupo electrógeno que se había dejado el año anterior, año en que se comenzó la construcción del refugio, y después poner en marcha el nuevo motor que venía a substituirlo. Una vez visto el buen funcionamiento de los elementos vitales del refugio, Las Palmas abandonó Decepción para continuar sus tareas de investigación oceanográfica por los mares antárticos. Los trabajos de adecuación del refugio, incluida la colocación de la segunda capa de paneles de fibra de vidrio en las paredes, nos llevaron siete días más. Se establecieron como es costumbre los llamados turnos de «Marías», responsables cada día de cocinar y mantener la limpieza del refugio. En este año el refugio, al que bautizaron como el «Naranjito», tenía una lona por techo, lo que ocasionaba un curioso fenómeno de condensación que terminaba en inesperadas lluvias nocturnas dentro del mismo. No disponíamos de agua corriente –para obtenerla derretíamos nieve en una lavadora–, ni tampoco de servicios. Por supuesto, no era posible ducharse y la temperatura en el interior del Gabriel de Castilla rara vez superaba los cuatro grados. Pese a todo esto, por fin estábamos en la Antártida y deseando empezar nuestro trabajo con pingüinos. Diez días después de la entrada de Las Palmas por los Fuelles hicimos nuestra primera visita a la pingüinera de Vapour Col, una de las mayores de la isla, con algo más de 20.000 parejas reproductoras y situada en la costa exterior a unos 2,5 kilómetros del refugio. Para ello fue necesario abrir una ruta que, bordeando pequeños cráteres convertidos en lagos helados, ascendiera por la caldera volcánica para bajar a la costa exterior a la altura de la colonia.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿CÚALES SON LOS MACHOS?</strong></p>
<p class="bodytext">El objetivo científico de nuestra expedición era estudiar la biología reproductiva de uno de los pingüinos antárticos más exitosos, el pingüino de barbijo (Pygoscelis antarctica). Es un pingüino de unos 70 centímetros de estatura, con un peso que oscila entre los 3,5 y los 5 kilos, y su población global se estima en unos 7,5 millones de parejas. Comedor de kril1 y ocasionalmente de algún pequeño pez, pone de uno a dos huevos y cría generalmente en grandes colonias en el entorno de los 60º de latitud.</p>
<p>Dado que cuando la colonia se visitó por primera vez, la mayoría de los nidos se encontraban en avanzado estado de incubación, algunos aspectos previstos en el proyecto originalmente propuesto no pudieron realizarse. No obstante, se estudió satisfactoriamente el resto de los temas planeados para esta expedición.</p>
<p>En las visitas iniciales tuvimos que resolver un problema fundamental para poder hacer el resto de los estudios, que era el siguiente: ¿cómo se distinguen machos y hembras en esta especie? No existía ninguna referencia anterior, aunque era sabido que en muchas aves marinas en general, y en concreto en algunas especies de pingüinos, los machos son de mayor tamaño que las hembras, en especial en lo que se refiere a las dimensiones del pico. Esto se explica aparentemente por un papel mucho más importante del macho en la selección, adquisición y defensa de un lugar dentro de la abigarrada colonia, donde la hembra depositará posteriormente los huevos. Así que lo primero que hicimos fue ejercer de mirones en todas las cópulas que podíamos localizar, capturando posteriormente a los participantes y asumiendo que el que estaba encima era el macho. En total pudimos capturar 27 machos y 28 hembras. Medimos los picos, el peso, la longitud de las aletas, etc., a todos estos infortunados amantes, para averiguar si se podía distinguir con precisión el sexo a partir de tales mediciones. Tras los oportunos análisis llegamos a la conclusión de que en más del 95 por ciento de los casos se podía afirmar con precisión el sexo del pingüino por las dimensiones del pico, siendo sensiblemente mayor en los machos que en las hembras.</p>
<p>Sabiendo ya cómo distinguir machos y hembras comenzamos con el siguiente segmento del estudio: la defensa de los nidos por parte de los pingüinos frente a predadores potenciales y su diferente intensidad con relación al sexo del adulto presente en el nido, situación de éste en la colonia (periférico o central) y estado (con huevos o pollos). La teoría del valor reproductivo residual predice que un adulto defenderá tanto más a sus huevos o pollos cuanto más haya invertido ya en ellos en forma de incubación, alimentación y tiempo de dedicación en general. Es decir, se defienden con más intensidad y riesgo para la propia integridad los pollos que los huevos, y los pollos mayores que los recién nacidos. Por otra parte, este incremento en la defensa observado en muchas especies podría ser un «artificio», consecuencia de visitas repetidas al mismo nido, que haría que los adultos aprendieran a defender con más vigor sus crías ante un predador que resulta poco peligroso para ellos. Evidentemente, en los experimentos no se les inflige daño alguno a los adultos para que puedan concluir que su defensa ha salvado a los pollos y, a la siguiente visita, estar más dispuestos a ejercerla. Para analizar la respuesta defensiva de los pingüinos y los factores implicados, realizamos un experimento de defensa contra la aproximación nuestra a los nidos. Aunque es cierto que los pingüinos no nos perciben como predadores, sino más bien como «grandes pingüinos», también es cierto que la defensa contra congéneres que pretenden «robar» el hueco del nido o las piedras es una medida de la inversión parental en la progenie y, por lo tanto, válida para nuestras intenciones. En total analizamos la respuesta defensiva en 130 nidos de barbijo. Los resultados demostraron que el aumento en la intensidad de la defensa, al aumentar la inversión acumulada de los adultos, es cierta e independiente de si el nido es o no revisitado. A su vez, los machos resultaron ser más agresivos en la defensa que las hembras. Estas diferencias, encontradas también en otras aves, se deben al mayor papel del macho en la adquisición y defensa del hueco, como forma de atraer a hembras al comienzo de la reproducción; algo a sumar a las distinciones en el pico, como hemos señalado. Por último, los adultos que nidifican en los bordes de las colonias, habitualmente individuos más jóvenes, los defienden con menos intensidad que los situados en lugares centrales de las mismas. Podría explicarlo la idea de que al aumentar la edad y, por tanto, disminuir las expectativas de futuras reproducciones, los adultos defiendan con mayor intensidad porque tienen «menos que perder».</p>
<p class="bodytext"><strong>VALORES CIRCADIANOS, AYUNO Y CRÍA</strong></p>
<p class="bodytext">El cercado experimental situado junto al refugio Gabriel de Castilla, realizamos dos estudios básicos de fisiología que eran imprescindibles como herramientas para posteriores estudios y por sí mismos, dado el interés que despiertan las respuestas fisiológicas que hacen posible la vida en ambientes extremos. El primero era un estudio de las variaciones circadianas en parámetros bioquímicos sanguíneos. Esto es, variaciones más o menos pronunciadas en los valores de los parámetros únicamente relacionadas con la hora del día y que tienen un ciclo cercano a las 24 horas. Distintos trabajos han demostrado que, en ausencia experimental del ciclo luz-oscuridad, los ritmos siguen cursos individuales produciéndose una desincronización progresiva entre individuos de la misma población, que se conoce como libre curso. El lugar por definición para estudiar esto es la Antártida durante el solsticio de verano. Aunque en Decepción no llega a permanecer el Sol por encima del horizonte durante las 24 horas, el ciclo luz-oscuridad está tan atenuado que sería previsible que pudiese ocurrir libre curso. Para averiguarlo, capturamos seis barbijos no reproductores que fueron mantenidos en un cercado durante 48 horas, y realizamos cuatro extracciones de 1,5 mililitros de la vena radial del ala. Los resultados demostraron que existían variaciones significativas en los parámetros sanguíneos que corresponden a los esperados en aves y que prueban que, incluso el tenue ciclo antártico en pleno solsticio, es suficiente para sincronizar los ritmos en las aves que han evolucionado en estos ambientes, de forma que todos los individuos puedan hacer coincidir sus actividades sociales de manera eficaz. Otra conclusión fue que, por supuesto, los pingüinos son aves diurnas.</p>
<p>La necesidad de ayunar es una constante en especies de aves, donde la incubación de los huevos obliga a la presencia permanente de al menos uno de los adultos para dar calor al pollo. Si esto es cierto en general, mucho más en la Antártida, donde la temperatura ambiente haría fracasar de inmediato la incubación de cualquier pareja que expusiese su huevo a la intemperie unos pocos minutos. Pero no sólo por la incubación se ven obligados a ayunar los pingüinos. La muda de estas aves se produce en tierra, ya que sería imposible sumergirse en las heladas aguas del mar antártico sin que el plumaje protector estuviese en perfectas condiciones. Así que, durante la muda, los pingüinos abandonan temporalmente el mar y deben ayunar durante todo el periodo hasta que el nuevo plumaje se encuentra listo para estrenar. También el tipo de alimentación puede imponer como norma ciclos de ayunos alternados con grandes banquetes. Esto se produce generalmente en especies donde el alimento es muy abundante localmente, pero irregularmente distribuido; es decir, donde es difícil de encontrar, pero cuando se encuentra hay mucho que comer. Es la situación típica de las grande aves carroñeras del planeta y, también, de los pingüinos comedores de kril. El kril tiene una distribución irregular por el mar: no se halla por todos sitios un poco, sino más bien en unos pocos sitios muchísimo kril. Por todo ello, es muy importante ser capaz de aguantar periodos de ayuno sin que el estado del individuo se deteriore tanto como para no aprovechar la próxima bonanza. Por otra parte, en aves que bucean y en sitios fríos, la reserva de grasa no sólo cumple funciones de nutrición, sino otras que incluso son más importantes, como el aislamiento térmico. Así pues, el mantenimiento de las reservas es un compromiso metabólico entre alimento y calor. Para estudiar estos problemas utilizamos de nuevo el cercado experimental, donde mantuvimos a otros seis pingüinos durante diez días en ayuno. Las muestras de sangre se tomaban a las 12 horas solares para evitar problemas de ritmos circadianos, y cada dos días para limitar las molestias a las aves. Los resultados demostraron que los barbijos, como corresponde a su talla y alimentación, tienen una resistencia moderada al ayuno, siendo capaces de permanecer hasta dos semanas sin comer antes de entrar en una fase comprometida. Durante esa quincena, el combustible más utilizado no es la grasa, sino el propio músculo, probablemente para no perder su capacidad de aislamiento térmico, que les resulta vital para poder sumergirse en busca de comida. Con estas pruebas pusimos a punto el método para que, a través de una muestra de sangre, pudiéramos evaluar el estado de nutrición de cualquier pingüino de barbijo, herramienta muy valiosa para posteriores investigaciones.</p>
<p>Se efectuó otro estudio de la relación entre la asincronía en el crecimiento de pollos hermanos y el estado de nutrición de los padres. Los barbijos pueden tener uno o dos pollos (nunca más) y estos últimos pueden ser iguales en tamaño, o uno grande y otro mucho más pequeño. Se puede encontrar todo un gradiente de posibilidades paseando por entre la colonia. Nos preguntábamos si los contrastes entre hermanos (asimetría) eran producto de diferencias en el nacimiento, de competencia fraternal o de decisión paterna de alimentar más a uno que a otro para que, si la cosa viene mal, al menos uno sobreviva. Utilizando las técnicas de análisis de sangre, llegamos a la conclusión de que los adultos cuyos crías eran más asimétricas estaban en mejor estado de nutrición que los adultos cuyas camadas eran iguales de tamaño. La interpretación es que, como los barbijos pueden tener uno o dos pollos, pero no uno y medio o uno y tres cuartos, cuando los adultos consiguen suficiente comida para sacar más de una cría, pero no tanta como para sacar dos al mismo tiempo, concentran la inversión en uno de ellos y mantienen al hermano a ralentí en espera de que el alimento finalmente llegue a los dos. Es decir, la asimetría entre hermanos funciona como un sistema de ajuste fino según la disponibilidad de comida, que puede a la postre conseguir dos pollos aunque uno de ellos sea un poco más tardío. El desgaste que supone la crianza de dos pollos iguales sólo puede ser afrontado por aquellos adultos cuya situación de partida les permita afrontar semejante esfuerzo.</p>
<p>Durante el mes y medio de trabajo continuo en la pingüinera sólo tuvimos un susto. Habíamos decidido (erróneamente) que era buena idea llevar una pequeña tienda de campaña para vivaquear en la pingüinera si, mientras estábamos allí, el tiempo empeoraba, como una opción mejor que volver inmediatamente al refugio. Teníamos la esperanza de aprovechar así más el buen tiempo, que a veces era sólo de una o dos horas, trabajando en la colonia. Una mañana que estábamos allí, el día cambió de repente, con una fuerte nevada y un viento de más de 80 kilómetros por hora. Decidimos, pues, montar la pequeña tienda y esperar. Cinco horas después, conseguimos a duras penas llegar al refugio en medio de una imponente ventisca, con una gran somnolencia y 34 grados de temperatura corporal. Descubrimos entonces, afortunadamente sin daños personales, que las ventiscas en esta zona son dignas del mayor de los respetos y que, cuando el tiempo cambia –y lo hace a la misma velocidad que en la alta montaña–, hay que buscar refugio adecuado inmediatamente y olvidarse de todo lo demás.</p>
<p>El 10 de enero de 1991, el buque Las Palmas reapareció por los Fuelles de Neptuno cantado como una ballena, y veinte brazos en alto le saludaron desde la bahía interior, al lado del austero «Naranjito». La vuelta por el Drake fue un poco mejor que la ida; pero, a pesar de ello, consiguió que uno de los vulcanólogos que nos acompañaba entrara en erupción vesubiana en plena cena en el camarote de científicos. El espectáculo fue respondido con solidaridad gástrica por algunos de los presentes, que habían aguantado con dignidad hasta ese momento. Uno de ellos, con un recato que le honra, trató de abrir la escotilla exterior para aliviarse fuera, dejando involuntariamente la puerta encastrada con la brida de seguridad y permitiendo que una ola helada del Drake se sumara al condumio en un final digno de los hermanos Marx. Durante los seis días siguientes no volví a ver a la mayoría de ellos.</p>
<p>A mi regreso a España, con quince kilos menos, quinientas diapositivas para revelar y muchísimas más guardadas en la retina para siempre, comprendí que aquello no era el final de una aventura, sino el principio de una relación que prometía durar mucho tiempo más.</p>
<p>El rendimiento científico de las estancias en la isla es claramente bueno. Si dividimos el número de artículos publicados en revistas científicas de alto impacto (revistas incluidas en el Science Citation Index en la jerga científica), entre los días empleados en generar los datos necesarios, resulta que mientras nuestro grupo de investigación en España publica un artículo cada 68 días de media, en la Antártida tan sólo necesitamos 15 para hacer uno.</p>
<p class="bodytext"><strong>Miguel Ferrer</strong></p>
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		<title>Las mil y una flores del Sahara</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/las-mil-y-una-flores-del-sahara/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:38:02 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Manuel Costa África es ese gran continente donde la inmensidad de sus tierras se cubre por una gran variedad de ecosistemas: clima mediterráneo al norte y al sur y, entre [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Manuel Costa</strong></span></h3>
<p class="bodytext">África es ese gran continente donde la inmensidad de sus tierras se cubre por una gran variedad de ecosistemas: clima mediterráneo al norte y al sur y, entre ellos, zonas tropicales, pluviales y pluviestacionales, y extensas zonas desérticas, con diferentes tipos de vegetación y de paisajes. Entre los desiertos, el de Namib, el de Kalahari y, el más impresionante de todos, el de Sahara, único y majestuoso por sus dimensiones. Su extensión sobrecoge y sobre ella hay miles de relatos: terribles unos («el gran y horrible desierto» del Éxodo, o «una tierra árida y llena de fosos, una tierra donde reinan la sequía y la sombra de la muerte, una tierra donde nadie pasa y donde no habita hombre alguno» Jeremías, II, 6-7), y poéticos otros. Pero no es una tierra muerta; es una tierra viva y viviente, en la que en el momento menos esperado, en una acampada, en un descanso, surgirá, no se sabe de dónde, un hombre enjuto, curtido por mil soles, abrasado por mil tormentas de arena, con una sonrisa que dejará al descubierto una maltratada dentadura, te ofrecerá té o leche de camella. Tierra seca y árida en la que el verdor serpentea en los «ueds»1 y el agua, de tarde en tarde, refresca el ambiente en los «gueltas»2 de las montañas y en las «dayas»3 de los llanos. Por el contrario la sequedad y aridez aumentan en los «chotts»4 salinos y en las «hamadas»5 pedregosas. La desolación y la muerte están presentes en los restos arqueológicos que se esparcen por esta vastedad y en los que los restos de cerámica, las puntas de flecha o las piedras para moler el grano indican la actividad que debió de existir en aquellos, hoy desolados, parajes. Sean dunas, rocas u oasis, el desierto se presenta siempre atractivo y desafiante, invitándote a penetrar en él, a cruzarlo&#8230; y, si lo haces, volverás. Ése es el origen de estas expediciones, en las que ciencia, aventura, cultura y amistad han forjado un equipo que, enamorado de África y del desierto, vive en un constante deseo de regresar. Ésas son las sensaciones que debieron de sentir otros exploradores que quedaron fascinados por esta desolación, como Henri Barth, Duveyrier, Luis del Mármol, Laszlo Almasy, Henri Lothe, Capot Rey, Théodore Monod, etc.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA FLORA DEL DESIERTO</strong></p>
<p class="bodytext">La flora saharaui está determinada por el elemento florístico de los territorios biogeográficos que le rodean: mediterráneo, saharo-arábigo y sudanés. Es muy pobre en especies, unas 1.200 plantas vasculares; pero rica en endemismos, calculándose un 25 por ciento de flora endémica. Lógicamente las plantas que viven en estos medios tan cálidos y secos están adaptadas a ellos, de tal manera que abundan las que recurren a la estrategia de «desaparecer» durante la época seca y permanecer en forma de semilla hasta que las condiciones de humedad sean las propicias para desarrollarse de nuevo: es el caso de las anuales o terófitos. Otras lo que hacen es conservar sus órganos subterráneos en forma de bulbos o rizomas: son los geofitos. Los vegetales permanentes recurren a otras estrategias, como un gran desarrollo radicular, para aumentar su capacidad de absorción del agua del suelo, combinado con una reducción de la superficie de evaporación y en algunos casos con la acumulación de agua en los tejidos.</p>
<p>Establecer límites florísticos para el Sahara es siempre muy comprometido; ése ha sido uno de los objetivos de nuestras diferentes expediciones. No obstante, en líneas generales sí se pueden dar algunos datos orientativos sobre estas demarcaciones. Así, en el norte, como ya hemos comentado, las montañas del Atlas no sólo impiden la entrada de los vientos húmedos del mar, sino que con ellas va quedando atrás la vegetación siempre verde mediterránea. No obstante, algunos elementos mediterráneos marcan ese sutil cambio, de tal suerte que la desaparición de plantas como la Stipa tenacíssima, Artemisia herba-alba, Pistacia atlántica o Ziziphus lotus dan paso al verdadero Sahara. Algunas plantas de origen mediterráneo aparecen en las montañas centrales saharauis (Hoggar, Aïr y Tibesti) al haber encontrado en ellas una atenuación de la aridez por la altura; es significativa en este sentido la presencia de Lavandula (L. coronopifolia o L. antinae), mirto (Myrtus nivellei) y olivos como Olea laperrini.</p>
<p>Hacia el sur, alrededor del paralelo 200, la desaparición de algunas plantas saharianas como la Cornulaca monacantha, Nucularia perrini o la Fagonia olliveri, y la aparición de otras de origen sudanés como Panicum turgidum (cram-cram), o Stipagrostis plumosa, junto a árboles con diferentes especies del género Acacia y los espectaculares baobab (Adansonia digitata) marcan el fin del Sahara y el inicio del Sahel.</p>
<p>Biogeográficamente, el vasto territorio saharaui se reparte entre los reinos Holártico y Paleotropical.</p>
<p>La vegetación del Sahara está muy directamente relacionada con el tipo de suelo y con la humedad; ello hace que las comunidades vegetales marquen unas determinadas condiciones, lo que se traduce en una relativa facilidad a la hora de interpretarlas. Así, en los «ergs»6 o en suelos arenosos son frecuentes las formaciones de «drinn» (Aristida pungens), que pueden estar acompañadas por arbustos como Retama retam y Ephedra elata, entre otros. Cuando se forman las grandes dunas móviles, la vegetación se empobrece y llega a desaparecer cualquier vestigio, como sucede en los grandes campos de dunas. Sobre las formacionas pedregoso-arcillosas de los «regs»7 se observan plantas como la Aristida plumosa, Aristida obtusa y Aristida ciliata. Cuando el «reg» se hace arcillo-arenoso entra el «had» (Cornulaca monocantha) con Randonia africana y, si hay salinidad, en el sustrato aparece Zygophyllum album. Los «ergs» de la zona central saharaui están desprovistos de vegetación. En las «hamadas» de suelos rocosos, cuando son planas, aparecen formaciones de Fagonia glutinosa y Fredolia aretioides. En estos ecosistemas, después de las lluvias suele ser muy espectacular la floración de las plantas anuales, el «acheb»8 de los géneros Erodium, Convolvulus, entre otros. La vegetación arbolada en el Sahara aparece en las depresiones («ueds»), donde llegan del sur las diferentes acacias tropicales como Acacia raddiana y Acacia seyal, a las que acompañan Maerua crassifolia, Balanites aegyptiaca, por citar las más destacadas. No faltan las plantas trepadoras, como Ephedra altísima y Cocculus pendulus. En las zonas salinas (chott o sebkha), sólo las plantas halófilas cubren las depresiones con costras salíferas: Atriplex halimus, Suaeda vermiculata, Frankenia y Zygophyllum, entre otras.</p>
<p>En los oasis y en las zonas de acumulación de agua, «gueltas» y «dayas» el verdor y el frescor se hacen patentes a través de la vegetación que allí se desarrolla: Typha, Phragmites, Cyperus, Juncus, etc., e incluso helechos y plantas –¡acuáticas!– del género Potamogeton.</p>
<p class="bodytext"><strong>NUESTRAS EXPEDICIONES</strong></p>
<p class="bodytext">Estudiar el Sahara era un objetivo largamente planeado, pero que hasta el año 1998 no pudimos llevar a cabo. Las circunstancias permitieron que un grupo de científicos, la mayoría botánicos, animados por un geólogo, el profesor Manuel Julivert, un experto conocedor del territorio, se lanzase a esta aventura que aún no ha terminado. Formamos el equipo, aparte del profesor Julivert, la profesora de la Universidad de Oviedo, Susana García, geóloga y experta en joyería africana y en el arte de los «forgerons»9; el doctor Arnoldo Santos, canario de La Palma, botánico, investigador en el Jardín Botánico de Tenerife y experto en flora macaronésica10 y paleotropical; el profesor Herminio Boira, botánico de la Universidad Politécnica de Valencia y experto en agricultura en condiciones ecológicas de estrés; la profesora Pilar Soriano y yo mismo, de la Universidad de Valencia, expertos en vegetación y bioclimatología. Han participado en alguna de las expediciones Hayat Bint Hamed, médico saharaui y doctoranda en etnobotánica del Sahara en el Jardín Botánico de Valencia; Alex Cegarra, doctorando en la Universidad de Valencia; y el profesor Nicolás Sánchez Durá, filósofo, profesor de la Universidad de Valencia, persona sensible que nos ha introducido en la cultura africana, buscador incansable de arte africano y magnífico compañero.</p>
<p>Hasta el momento actual se han realizado tres grandes expediciones: a Níger, del 1 al 26 de febrero de 1998; a Mauritania y territorios liberados del Sahara Occidental, del 25 de enero al 11 de febrero de 1999, y a Burkina Faso y Malí, del 4 al 30 de marzo de 2001. Es difícil en el poco espacio de que disponemos en este trabajo describir todas las vivencias surgidas a lo largo de las expediciones; por ello nos centraremos en la primera de ellas, la del Níger, la más genuinamente saharaui.</p>
<p class="bodytext"><strong>AL ENCUENTRO CON EL DESIERTO</strong></p>
<p class="bodytext">Tras un largo pero confortable vuelo con Air Afrique, llegamos ya muy de noche a Niamey el 1 de febrero de 1998. Dormimos en una hotel de lujo cerca del río Níger; sería la única noche cómoda hasta nuestro regreso a Niamey, después de la expedición y antes de regresar a Europa. Cansados, nos fuimos a la cama ansiosos por despertar pronto al día siguiente y ver lo que nos ofrecía aquel país, que antes de verlo ya imaginábamos fascinante. De él habíamos oído historias de tuareg, de songhais, de mossis, de tubus y de tantas y tantas etnias que habían deambulado por esta parte de África. El despertar fue magnífico. Desde el hotel se veía el río, con el puente Kennedy que lo atravesaba. Descendimos a la calle a ver los camellos paseando por los amplios bulevares con sus jinetes ataviados con sus «chek» (turbante tuareg), a las mujeres metidas en el agua y el bullicioso mercado de pescado, que nos dejaba asombrados. Risas, amabilidad y simpatía: ésa fue la primera impresión de la cual poco podríamos disfrutar, pues había que salir rápidamente hacia Agadez, nuestro verdadero punto de partida para la expedición.</p>
<p>El camino era largo, unos 950 kilómetros; teníamos que recorrerlo en el día, por una carretera asfaltada pero bacheada y en un microbús no excesivamente confortable. Pero todo nos parecía maravilloso e interesante. El paisaje saheliano que veíamos desde el coche nos parecía espectacular y ante nuestros ojos desfilaban sabanas arboladas en las que distinguíamos sin dificultad, a pesar de la agitación del vehículo, Bombax costata y Calotropis procera, que se convertiría en fiel compañero de viaje, y la bella palmera Hyphaene thebaica (palmera dum), muy cultivada, que nos abandonaría en este trayecto; aunque la reencontraríamos de nuevo días mas tarde en Chirfa y Séguédine. También Borassus flabellifer (palma de palmira), fácil de distinguir de la dum por su porte monopódico11, que con la Moerua crassifolia, Balanites aegyptica, Leptadenia pyrotechnica y otras, nos acompañarían a lo largo de este tramo saheliano entre Niamey y Agadez. Pero la planta que más nos impactó fue el majestuoso baobab (Adansonia digitata); por fin aparecía ante nosotros aquel espléndido árbol del cual tuvimos las primeras noticias a través de El principito12. Allí estaba, corpulento y erguido diciéndonos: «Sí, soy yo».<br />
Extasiados por el paisaje y sus gentes atravesamos Dosso, un importante centro islámico y vía de comunicación principal hacia Benin, y Dogondouthchi, con un espectacular acantilado, que en pequeño recuerda al de Bandiagara en Malí. Birni N’konni, a 420 kilómetros de Niamey, es un estratégico punto de comunicación con Nigeria. Pero la ciudad más importante antes de llegar a Agadez es Tahoua, donde se puede encontrar artesanía y joyería tuareg. Es una ciudad animada y populosa, cerca de la cual está el lago Tabalak. Aquí veríamos Euphorbia balsamiera; en nuestra opinión, cultivada. Pasado el pueblo de Abalak, el paisaje se va desertificando y el Sahara comienza a insinuarse. Hacia Al Mota y antes de entrar en la reserva de fauna de Tardes, desaparecería la Commiphora africana, el árbol de la mirra, muy característico del norte saheliano.</p>
<p class="bodytext"><strong>AGADEZ, DONDE EL ADOBE ES ARTE</strong></p>
<p class="bodytext">Después de un largo y cansado día de viaje llegamos a Agadez; era de noche y poco pudimos ver. Adivinamos calles polvorientas y muy animadas, sombras escurridizas por sus callejas, un tanto de expectación por nuestra presencia y, ante todo, la espectacular silueta del minarete de su mezquita, cuya belleza no apreciaríamos hasta el día siguiente. Dormimos en el Hotel Aïr, modesto pero agradable, desde cuya terraza superior veríamos al despertar la hermosura dorada de la mezquita mientras desayunábamos. Después, preparativos para alcanzar las montañas del Aïr y atravesar los extensos «ergs»&#8230; Al grupo se uniría Jacques Meritet, africanista francés y solitario, y completarían el equipo los dos conductores tuareg –magníficos personajes–, el cocinero y el guía italiano, conocedor del territorio, pero cuyo defecto mayor es que adoraba las hamburguesas y las añoraba en el desierto&#8230; (¡increíble!). Mientras preparaban los coches con las provisiones para quince días, nosotros nos dedicamos a visitar la ciudad y, sobre todo, la aljama con su famoso alminar. Construido de adobe, ostenta un color rojizo y forma de pirámide alargada; tiene 27 metros de altura y está erizado de vigas, lo que le confiere un aspecto original y curioso cuya contemplación al amanecer o con sol poniente impresiona y sobrecoge. Es un patrimonio arquitectónico único con el estilo propio del Aïr. La mezquita se construyó en el siglo XV, época de esplendor de la ciudad, que entonces era centro de paso de las caravanas en la ruta Gao-Egipto, además de mercado y centro económico, cultural y religioso. Pero aunque haya perdido su pasada gloria y se haya venido abajo después de la terrible sequía de 1973, Agadez es una ciudad alegre. Por las mañanas la gente va y viene por sus calles polvorientas. Las túnicas bellísimas, negras, azules y blancas, flotan con el movimiento de los cuerpos esbeltos de los hombres, quienes cubren sus cabezas con los «chèches» («chek», turbante tuareg) negros y blancos, los cuales envuelven con gracia y arte sobre sus cabezas, tapándose el rostro y dejando sólo al descubierto unos ojos bellísimos de mirada profunda y misteriosa. La humildad y la elegancia del «chèche» tuareg contrasta con la gracia del gorro «houssa», adornado con perlas, o con los sombreros de paja&#8230; Las mujeres, muy bellas, lucen vestidos de vistosos colores que algunas ciñen con gracia a su cintura, lo que marca sus gráciles y espigadas figuras. Llevan el pelo organizado en prietas trenzas que dejan ver por debajo de sus originales turbantes y lucen como adorno pendientes y collares, en los que no faltan las bellísimas cruces de Agadez. Vaporosas blusas completan su atuendo&#8230; El mercado es muy ruidoso y animado, como todos los africanos; pero es menos atractivo actualmente por celebrarse en uno de reciente construcción, moderno y cerrado&#8230; Siempre encontrarás a alguien que te ofrece cosas, que te pide algo, de tal manera que es muy difícil dar un paseo en solitario; al final siempre acabas acompañado de una numerosa corte formada por niños, jóvenes y adultos, que se disputan el puesto más próximo a tu persona.</p>
<p class="bodytext"><strong>HACIA EL AÏR: Emociones y sorpresas</strong></p>
<p class="bodytext">Ya preparados los dos Toyotas, salimos hacia el bello macizo del Aïr –llamado Azbine en lengua haussa–, abandonando Agadez en dirección norte por la carretera asfaltada que se dirige a Arlit, una ciudad de nueva creación después del descubrimiento de minas de uranio en la región. El paisaje se va empobreciendo de árboles, que sólo quedan en las depresiones («ueds»), donde las acacias ayudan a suavizar y refrescar el panorama. A medida que nos desplazamos hacia el norte, de los suelos arenosos emergen bloques de piedra que señalan las estribaciones del cercano Aïr. Antes de llegar a Arlit, a la altura de Anag, abandonaremos la carretera asfaltada y avanzaremos por el largo «ued» de Anou Makkerene, donde las Acacia radiana, Acacia seyal (tamat), Balanites aegyptiaca (tiborak), Calotropis procera (tezera), etc., atenúan la aridez externa del «ued», en el que Panicum turgidum (morkeba) y Aristida pungens (afazo) se adueñan del territorio. Entre los grandes bloques, buscando el frescor que se retiene en las grietas, se ven Maerua crassifolia (adiar, agar), Acacia flava y Ziziphus mauritianae (tabakat). Estamos metidos en un mundo irreal en el que la presencia de las montañas atenúa la sensación de desierto. La sorpresa se presenta en Timia y sus alrededores, un oasis en medio de los cráteres volcánicos del Adrar de Egalah. Fuentes y cultivos en huertos, que allí se conocen con el nombre de jardines, hacen que nos sumerjamos en un edén imposible de imaginar en pleno Sahara. Cascadas, «gueltas» y jardines representan un espectáculo difícil de describir; sobre todo aquí, donde el agua cae ruidosa por los bloques basálticos, dando lugar a una «piscina» deliciosa y fresca, en la que un baño reconforta después de varios días de no ver el agua. Las gentes del lugar nos observan con una cálida sonrisa, pero sin comprender muy bien nuestra alegría y nuestros gritos de júbilo al lanzarnos en aquellas frías aguas&#8230; Hablaremos con ellos, continuarán sonriendo y seguirán sin comprendernos&#8230;</p>
<p>En Krib-Krib veremos la técnica de riego de los jardines, consistente en extraer el agua de pozos mediante tracción animal, con camellos, asnos o toros, a los que azuzan para que arrastren grandes odres de caucho llenos de agua, los cuales vierten en los canales de riego que se distribuyen por las parcelas. El ambiente es bullicioso: en él se mezclan los gritos de los hombres aguijando a los animales y los de los niños que chapotean alegres en las aguas frescas. En esta zona rica en humedad encontraremos plantas como Thypha angustifolia, Cyperus laevigatus, Phragmites comunis, Juncus buffonius, Ipomoea pes capreae y entre los árboles Tamarix nilotica, Phoenix dactylifera (palma datilera), Hyphaene thebaica (palma dum), entre otras; y en las zonas nitrificadas13, Ricinus communis, Withania somnífera&#8230;</p>
<p>Adentrándonos en las montañas, después de siete días de expedición nos dirigiríamos hacia el noroeste a buscar el borde del macizo, que se hunde hacia el Ténéré en una sucesión de paisajes indescriptibles, en los que las dunas contrastan con las negras formaciones rocosas de origen volcánico. Es ahí donde el relativamente frondoso valle de Agamgam nos llevará a los «ueds» de Tanakom y Anakom, al este del gran Takolokouzet, de 1.295 metros. Allí encontraremos formaciones de Acacia radiana, Acacia albida, Balanites aegyptiaca, Ziziphus mauritianae, Calotropis procera, Maerua crassifolia, Salvadora persica, etc.; matorrales de Solenostemma argel, Aerva javanica, Leptadenia pyrotechnica; y pastizales de Panicum turgidum. Siempre que hay pastoreo y algo de materia orgánica en el suelo aparecen de forma espectacular las formaciones de Schouwia purpurea, crucífera de bonitas flores moradas, muy parecida a las Moricandia.</p>
<p>En el «ued» de Anakom nos sorprenden los grabados rupestres de la época bovidiana14, con bellas escenas de caza y representaciones de órix y de jirafas, así como de figuras humanas, lo que prueba los importantes asentamientos humanos en esta zona desde hace 5.000 y 3.000 años, lo que le sitúa como uno de los restos neolíticos más importantes del Sahara. En las estribaciones más nororientales del Takolokouzet se levantan los Arakaoo, que forman un circo de montañas que se abren hacia el Ténéré, del que se aprecia su infinito paisaje a través del paso de la «Pinza del Cangrejo», lugar donde se han modelado una serie de dunas impresionantes de más de doscientos metros de alto entre el Gran y el Pequeño Arakaoo. Trepar a la cima de estas dunas es una experiencia increíble en la que la fatiga y el calor son incluso un acicate para culminarlas y, una vez en la cumbre, recrearte ante tanta belleza, tanta soledad y tanta grandiosidad: al este y al norte el infinito Ténéré; y al oeste, la silueta gris azulada del Aïr, donde se dibujan el citado Takolokouzet, el Taghmert (1.637 m) y otros picos del macizo. Nada más rodear el Taghmert, donde vimos a diferentes tribus nómadas tuareg con sus rebaños, nos dirigimos hacia el Adrar de Tamgak, en la región de Auazeï, para dormir en el «ued»&#8230;</p>
<p>Después de una noche ventosa, el décimo día de expedición amanece caluroso y hemos de preparar todo para iniciar la jornada a pie en este tramo de montaña. Tras el desayuno organizamos los equipajes, que cargaremos en cuatro camellos, los cuales veremos alejarse con su paso cadencioso, guiados por los camelleros tuareg, mientras nosotros iniciamos con mucho calor nuestra caminata por el fondo arenoso del «ued». Nos encontramos con dos tribus tuareg, un niño y un adulto nos acompañarán durante un buen rato (el hombre elegante con su túnica azul y su «takuba» al cinto). La temperatura es fuerte pero la sequedad del ambiente la hace soportable. En nuestro trayecto pasaremos por lo que queda de un antiguo campamento militar de la guerrilla del FLT (Frente de Liberación Tuareg), que comandó el héroe Mono Dayak. Sobrecoge ver aquellos restos y lo que significan para un pueblo valeroso, actualmente dividido entre varias administraciones y sin un líder capaz de aglutinar y reclamar sus derechos.</p>
<p>Nuestra marcha por el «ued» está acompañada siempre por Acacia albida, Acacia radiana, Salvadora persica, Maerua crassifolia, Balanites aegiptiaca, Calotropis procera, etc., a la sombra de las cuales solemos descansar de vez en cuando. Después de tres horas comenzamos a ascender por negros bloques de granito hasta encontrarnos con los impresionantes «gueltas» Eluklukane e Ifazane, entre verticales paredes también graníticas. Estos depósitos de agua entre rocas son de un gran valor para los nómadas que suben allí con sus ganados para darles de beber: son reservorios que hay que cuidar para mantenerlos sin contaminar. En sus bordes la vegetación es fresca y encontramos Ficus salicifolia y Adiantum capillus-veneris. «Gueltas» como éstos hallaríamos en Malí, en el Adrar des Ifôghas. Un baño en ellos reconforta y da energías para continuar la marcha. El descenso para regresar a los coches será un fantástico espectáculo de rocas que la arena remonta cubriendo su negrura con un manto dorado de gran belleza. Tardaremos en encontrar los automóviles y la acampada de esa noche, después de la fatiga del día, será muy gratificante y saborearemos con placer el cordero, el arroz y la «tagella», pan que nuestros guías cocinaron en la arena calentada con brasas; más tarde, el reposo y el sueño, que esa noche será profundo&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>LA INMENSIDAD DE TAFASSÂSSET</strong></p>
<p class="bodytext">Después de tantas horas entre aquellas moles, pronto íbamos a abandonarlas para sumergirnos en la soledad del Ténéré de Tafassâset, que tardaríamos dos días en atravesar. Antes nos esperarían fantásticas sorpresas. Dijimos adiós al granito negro del Adrar de Chiriet rodeado de las doradas dunas del «erg» Breard, donde habíamos dormido, para dirigirnos al norte hacia las Montañas Azules de Izuzauene, las cuales aparecen de forma irreal entre la arena. Son moles de mármol blanco y zarco, modeladas por la arena en miles de formas caprichosas e inimaginables, que originan como unos inmensos castillos en medio de las dunas. Cambian de color según sea la incidencia del sol, destacando el azul suave con el blanco y el gris claro; pero sobre todo es ese azul el que les confiere un aspecto frágil y delicado. Acampar entre estas montañas, sobre la arena fresca, es sin duda una de las mayores fortunas vividas en esta expedición. La vegetación está prácticamente ausente en este enclave y encontramos entre las grietas y los bloques de piedras sueltas Monsonia heliotropoides, Heliotropium undulatum y Farsetia ramosissima, entre otras.</p>
<p>Después de las Montañas Azules continuamos viaje hacia Temet, al pie de la montaña de Greboum, donde se extiende uno de los campos de dunas más espectaculares del Sahara. En el camino hallaremos yacimientos de antiguos asentamientos paleo y neolíticos (de 5.000 a 1.000 años de antigüedad), en los que restos de cerámicas, puntas de flecha y molinos de grano se esparcen por doquier. Esa noche dormiremos al pie de un montículo de bloques graníticos, rodeados de dunas. La vegetación en el lugar está formada por Aristida pungens, Moltkia ciliata, Heliotropium undulatum, Aerva persica, Fagonia olivieri, Cassia obovata y Pergularia tomentosa, que destacan entre otras, y sobre las prominencias de arena hay un dominio total de las gramíneas Aristida pungens, Aristida pilosa, Cymbopogon schoenanthus, además de Stipagrostis ciliata y Stipagrostis sahelica.</p>
<p>De Temet nos dirigimos al Adrar Bous, último relieve de granito antes del gran desierto. Atravesamos un lago fósil con concentraciones de sulfato magnésico, en el que anotamos sobre todo Tephrosia numica, Aerva persica, Cassia obovata y Fagonia olivieri. Después de estas elevaciones de granito nos adentramos en el Ténéré de Tafassâsset, que es una inmensa soledad de dunas planas sin ningún obstáculo o relieve en un horizonte de 360º. Rodar en este amplio espacio da una sensación de infinidad única; son necesarios dos días para atravesar esta parte del desierto del Níger, de tal manera que tuvimos que dormir pasado el conocido como «Arbre Perdú», una solitaria acacia perdida en aquella inmensidad. En Tafassâsset pernoctamos con ciertas precauciones pues los guías habían creído divisar en el horizonte dos todo-terreno sospechosos; nosotros no vimos nada. Cenamos en silencio y esa noche no hubo tertulia al fuego del campamento; dormimos con una cierta preocupación que nadie exteriorizaba, para, al día siguiente, dirigirnos a Chirfa y visitar la ciudad de Djado. Luego nos contaron que en la zona existen grupos de tubus («djich»)15 que se organizan para practicar razias y asaltar a los viajeros, sobre todo para apoderarse de los coches, de un gran valor en estos parajes. Nosotros al menos salimos sin novedad de la inmensidad de Tafassâsset.</p>
<p>Djado impresiona. Es una ciudad abandonada, intacta, pero abandonada; se puede pasear por sus calles con la sensación que de un momento a otro aparecerán sus habitantes y nos ofrecerán dátiles de los palmerales que rodean la población, pero no. Djado, junto a Djaba y Tebene, formaron parte de la ruta de caravanas que traficaban entre Egipto y Sudán llevando tejidos, cristal de Venecia, perlas, etc., que cambiaban por oro, marfil y esclavos; pero este tráfico se acabó hacia finales del siglo XVIII, época en la que al parecer llegó la decadencia y la desidia a estos pueblos. Djado está rodeada de antiguas salinas en desuso con aguas pestilentes plagadas de mosquitos, donde la malaria es endémica y en las que se desarrollan comunidades acuáticas de Phragmites communis, Imperata cylindrica y Tamarix africana. En las zonas no encharcadas crecen cultivos de palma datilera (Phoenix dactylifera), que aún se explotan de agosto a octubre, y palma dum (Hyphaene tebaica). La silueta de Djado, entre palmerales y antiguas salinas, es sobrecogedora; uno puede imaginar mil historias vividas en sus angostas callejas –trasiego de esclavos, caravanas de sal («azalai»)–, mil miradas escondidas que miran sin que nosotros las veamos&#8230; Parece que la ciudad cobrará vida de un momento a otro y que allí podrán hacerse realidad las historias africanas que imaginó Bowles16. Sin embargo, el ambiente es de abandono y el antiguo esplendor de la ciudad está convertido en ruina en la actualidad; pero no por ello deja de tener su atractivo y su emoción.</p>
<p>Esa noche, la decimoséptima de la expedición, dormiremos entre las rocas y paredes rojizas de los acantilados de Dissilak, en la meseta de Djado. Allí, nos causarán gran impresión los grabados y las pinturas rupestres de diferentes periodos del «enneri» («ued» en lengua tubu), de Blaka (entre 7.000 a 3.000 años de antigüedad). Por su parte, Chirfa es un pequeño poblado formado por un fuerte francés desmantelado y rodeado por casas de adobe y antiguas viviendas de palma llamadas «zeribas». La población es principalmente tubu y housa.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA SAL DE LA VIDA</strong></p>
<p class="bodytext">De Chirfa nos dirigiremos hacia el Sur, hasta Séguédine, antiguo sultanato, que es una curiosa ciudad con casas construidas con bloques de sal, lo que aumenta la sensación de abandono y de pobreza. Pero ocupa un lugar estratégico y es nudo de comunicaciones, ya que de aquí parten las pistas que llevan al Chad, a Libia, a Argelia y al Aïr. Pasaremos la noche al sur de la población para continuar al pie del acantilado de Kauar a Dirku, donde las autoridades militares controlan el paso y se puede repostar gasolina y comer en casa de Jerome (Djaram), un inteligente hombre de negocios libio que domina el comercio de la zona. Es un personaje mítico que presume de haber acompañado a Rommel y a Montgomery en África durante la Segunda Guerra Mundial. Su amabilidad es exquisita, y su hospitalidad y la de su familia, extraordinaria.</p>
<p>Dormiríamos entre Dirku y Bilma, para alcanzar esta ciudad en la mañana, la cual se nos ofreció alegre y vital, llena de verde y de frescor, con fuentes para el riego de los bien cuidados jardines. Hay comerciantes, movimiento de ganado y de caravanas con rebaños de camellos que esperan poder cargar la sal que se extrae de Tegguida n Tessum. Las salinas de este territorio son impresionantes y la dureza del trabajo que en ellas se realiza contrasta con la belleza y las diversas tonalidades que adquieren las aguas freáticas cargadas de sales, en las balsas circulares excavadas en el suelo en su evaporación para la obtención del preciado mineral. La producción de sal se realiza en la primavera y en el otoño; en el verano no es posible por las terribles condiciones que reinan en las explotaciones. Las salinas de Séguédine, Dirku, Bilma y Fachi obtienen su necesario producto por evaporación del agua salobre de las capas endorreicas; el proceso es laborioso, ya que la concentración tiene varias etapas y se requieren dos semanas para una óptima concentración. Hay que separar las diferentes calidades y es la labor final poner la pasta de sal en moldes, excavados en troncos de árbol, en formas de conos o de pastillas («kantu») con la marca del productor. Los «kantu» se cargarán en camellos que en caravanas («azalai»), a veces formadas por centenares de ellos, se dirigirán a los mercados finales, donde el precio sube de forma espectacular.</p>
<p>Creemos estar asistiendo a las últimas «azalai», ya que los camiones han hecho su aparición como duros competidores del camello y, sin duda, van a significar su final. Dentro de poco se habrán acabado las interminables filas de ungulados que serpentean lentamente entre las dunas, así como el bullicio cuando se detienen en la larga marcha alrededor de los pozos. Todo esto será un recuerdo romántico del pasado, ya que no pueden resistir la fortaleza y la rapidez de los camiones. El trayecto que una caravana recorre en un mes, un camión lo hace en una semana; un camello carga entre cuatro y seis placas de sal, el camión carga cientos de ellas: esto hace que cada vez se vean más vehículos y que el número de animales por caravana vaya disminuyendo. Lejos van quedando los tiempos en que Taudeni era un punto de parada de la ruta transsahariana que unía Tombuctú con el Mediterráneo, donde cientos de caravanas con miles de camellos traían ropas, armas y libros del Norte, y cargaban sal y continuaban hacia el Sur, desde donde regresarían con esclavos, oro y especias. Actualmente sólo transportan sal y las dos grandes rutas, la de Sudan-Tombuctú-Mediterráneo y la de Sudán-Fachi-Djado-Egipto, son cada vez menos frecuentadas por el paso de los camellos. La sal de Anadror, de Bilma, de Fachi, de Taudeni es la única razón de ser de las últimas caravanas, amenazadas de muerte por los pesados camiones que, siguiendo las mismas rutas caravaneras, desplazan a los camelleros.</p>
<p class="bodytext"><strong>Manuel Costa</strong></p>
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		<title>«La Jungla» En el paralelo 84º Sur</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-jungla-en-el-paralelo-84o-sur/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:37:42 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Leopoldo García Sancho La profunda fascinación que la Antártida ejercía sobre los primeros exploradores no ha disminuido en absoluto; por el contrario, aumenta sin cesar a medida que el resto [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Leopoldo García Sancho</strong></span></h3>
<p class="bodytext">La profunda fascinación que la Antártida ejercía sobre los primeros exploradores no ha disminuido en absoluto; por el contrario, aumenta sin cesar a medida que el resto del planeta experimenta transformaciones vertiginosas. La Antártida se mantiene tan inalterada y salvaje como siempre gracias a acuerdos internacionales que garantizan su conservación y que tan sólo permiten actividades permanentes con objetivos científicos. Por cada visitante de estas regiones polares hay miles de entusiastas que en casa se sienten atrapados por la magia de este ambiente extremo y apoyan las estrictas medidas de conservación hoy vigentes. Los que hemos dedicado parte de nuestra vida al trabajo en la Antártida somos conscientes del enorme privilegio que la sociedad nos ha brindado y del compromiso que hemos adquirido: el avance en el conocimiento científico y su divulgación a todos los niveles. Ojalá fuéramos capaces de transferir a los escuetos datos, tablas y gráficas parte de la emoción ligada a la experiencia antártica.</p>
<p>Lo cierto es que la imagen transmitida hasta ahora sobre la vida en la Antártida consiste sobre todo en las impresionantes colonias de vertebrados marinos. Pingüinos, focas y ballenas ocupan siempre las portadas y muy pocos conocen algo sobre los seres vivos que habitan en el continente. Sin embargo, las zonas libres de hielo no están despobladas: vegetales de modesto desarrollo, como líquenes y musgos, además de algas y bacterias fotosintetizadoras, son relativamente frecuentes. Podemos encontrarlos en afloramientos rocosos de las Montañas Transantárticas hasta el paralelo 86º S, en las fumarolas de volcanes activos, por debajo de la superficie de lagos helados y en nunataks2 y acantilados costeros de toda la Antártida. Incluso dentro del hielo y varios centímetros por debajo de la superficie de las rocas podemos hallar estos organismos simples pero muy versátiles y bien adaptados a condiciones extremas. Sólo el grupo de los líquenes está formado por más de cuatrocientas especies, muchas de ellas exclusivas de la Antártida. Lo mismo ocurre en el caso de los musgos, con más de cien especies descritas hasta ahora. Las algas unicelulares llegan a teñir de rojo u ocre la nieve que cubre los glaciares y las cianobacterias colonizan amplias zonas con suelos más o menos húmedos y dominan la vida vegetal en los lagos antárticos. En suma, un mundo que bien podría parecerse al que existía sobre todas las tierras emergidas del planeta hace cuatrocientos millones de años, antes de que las familiares plantas con hojas y flores dominaran la vida vegetal.</p>
<p>Durante los meses de enero y febrero de 2003 tuve la oportunidad de participar en una reducida expedición neozelandesa al punto más meridional del continente antártico donde se había detectado vida vegetal con cierta abundancia. Las referencias prometedoras procedían de una expedición geológica que cuarenta años antes había visitado el sector de las Montañas Transantárticas situado entre los 83º y los 84º S. Sobre estos indicios y después de varios años de preparación, Nueva Zelanda organizó una exploración botánica a esta remota localidad vegetal. La colaboración de la base italiana Terranova y de la estadounidense McMurdo fue imprescindible y muestra claramente la extensión y calidad de la cooperación internacional en la Antártida. Después de algunas jornadas agotadoras sobre esquís, nuestro reducido grupo, formado por tres científicos y el guía neozelandés, celebró el descubrimiento de al menos dieciséis especies de líquenes y un musgo en el lugar más remoto del mundo. Éste es un relato sobre esta expedición y su significado en el contexto de las investigaciones sobre Biología Vegetal en la Antártida.</p>
<p class="bodytext"><strong>BOTÁNICA EN LOS HIELOS</strong></p>
<p class="bodytext">La Antártida es el único continente del mundo que permanecía libre de la presencia humana hasta hace poco más de un siglo. Por lo tanto, todo era nuevo y significaba un acicate para una serie de países en plena revolución científico-técnica y en plena expansión colonial. Desde los primeros viajes de circunnavegación de James Cook (1772-1775), se puso especial empeño en las rigurosas observaciones meteorológicas y oceanográficas. Sin embargo, la primera mención de vegetales antárticos se debe a una expedición «foquera»3 en las islas Shetland del Sur, al mando del estadounidense capitán Napier, que en 1820 recolectó Usnea aurantiaco-atra, sin duda uno de los líquenes más abundantes y característicos de esta zona.</p>
<p>J. D. Hooker fue el primer botánico en visitar la Antártida. Formaba parte de la famosa expedición británica al mando James Clark Ross (1839-1843), que realizó tantos descubrimientos geográficos en la región que hoy lleva el nombre de mar de Ross. Su colección incluía, cómo no, U. aurantiaco-atra, además de otras diez especies de líquenes procedentes en su mayor parte de la región oriental de la Península Antártica. Durante el periodo de máximo esfuerzo explorador de la Antártida (1880-1920), varias expediciones nacionales realizaron importantes colecciones de líquenes y musgos y sus resultados fueron publicados por los taxónomos más insignes de aquel tiempo.</p>
<p>Pero la «Edad Heroica» de la exploración antártica cesó poco después de la Gran Guerra y la investigación no se reanudaría de forma sistemática hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Lo mismo que para otras áreas científicas, el «Año Geofísico Internacional» (1957-1958) marcaría un hito en la investigación botánica en la Antártida.</p>
<p>La creación de bases permanentes o temporales en numerosos puntos de la islas Shetland del Sur, la Península Antártica y la Antártida continental, facilita el acceso de científicos de todo el mundo a los ecosistemas terrestres antárticos en condiciones de trabajo mucho más favorables. La mejora logística permite también la puesta en marcha de experimentos de ecología, microclima y ecofisiología, fundamentales para comprender el cómo y porqué de la supervivencia vegetal en la Antártida. Hoy en día, fenómenos de incidencia global, como el cambio climático, o local –el agujero de ozono–, suponen nuevos retos que han revitalizado la investigación en este campo.</p>
<p>Desde el comienzo de sus actividades en la Antártida, España ha mantenido su interés por la vida vegetal. Ya antes de la instalación de la primera base antártica española en la isla Livingston (Juan Carlos I, en 1988), la doctora Josefina Castellví, del Instituto de Ciencias del Mar (del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, CSIC), recolectó una considerable colección de líquenes en la isla del Rey Jorge, la mayor de las Shetland del Sur. A su regreso a España buscó un especialista que pudiera determinar sus especímenes y quiso la fortuna que alguien le mencionara mi nombre. Ése fue mi primer contacto con la doctora Castellví y con la ciencia antártica. Su colección constituyó el embrión de un herbario de líquenes antárticos que hoy en día cuenta con más de dos mil especímenes. Otro hecho afortunado fue la elección de Bahía Sur, en la isla Livingston (islas Shetland del Sur), como lugar para la instalación de la primera base antártica española. El enclave se ha revelado como uno de los más ricos en especies vegetales de toda la Antártida. En la actualidad y tan sólo en los pocos kilómetros cuadrados libres de hielo alrededor de la base española, se han identificado alrededor de doscientas especies de líquenes y cincuenta de musgos; es decir, aproximadamente la mitad de toda la diversidad vegetal de la Antártida.</p>
<p>Desde mi primera expedición a la base antártica española Juan Carlos I, bajo la dirección científica de la doctora Castellví, durante el verano austral de 1988-1989, he tenido la oportunidad de volver otras nueve veces a la Antártida. Seis de ellas a Isla Livingston e Isla Decepción, donde opera la otra base española, Gabriel de Castilla. Las otras cuatro las he realizado en colaboración con Chile (Isla Robert e Isla del Rey Jorge, también en las Shetland del Sur) y con Nueva Zelanda (Granite Harbour, Victoria Land; y Valles Secos, McMurdo Sound). De todas ellas, la realizada a principios de enero de este año a las Montañas Transantárticas (Mount Kyffin, 83º 44&#8242; S) ha sido con mucho la más arriesgada y atractiva desde el punto de vista de la exploración botánica.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS MONTAÑAS TRANSANTÁRTICAS</strong></p>
<p class="bodytext">«Es todo aquí tan imponente, tan gigantescas todas las formas, que las palabras no alcanzan a describirlo acertadamente. Nosotros cuatro somos los primeros seres humanos a quienes les ha sido dado asombrarse ante estas maravillas de la naturaleza y se nos antoja, a veces, que habrá de pasar largo tiempo antes de que otros pongan el pie en estos remotos parajes» (Diario de Shackleton4, 4 de diciembre de 1908, ante el panorama de las Montañas Transantárticas, cerca del glaciar Beardmore).<br />
La honda impresión que estas montañas causaron en Shackleton se ha repetido en los pocos seguidores de sus pasos. Estamos ante una de las cordilleras más singulares de nuestro planeta. Discurren en una suave curva, larga y continua, a través de más de tres mil seiscientos kilómetros de continente, desde la costa de Oates, en el Noreste, hasta la península de Pensacola, en el mar de Wedell. Desde el nivel del mar se levantan majestuosas hasta más de cuatro mil metros. Entre espectaculares cascadas de hielo azul y ondulados campos de nieves eternas, sobresalen picos de granito rosado, o crestas negras formadas por rocas sedimentarias paleozoicas. En ocasiones, pueden observarse los restos de volcanes inactivos y sus inconfundibles formaciones basálticas asociadas. Un conjunto de limitado cromatismo, pero insuperable armonía. Sin duda los relatos de los primeros exploradores impresionaron profundamente a escritores como Lovecraft5, que se inspiró en esta cordillera para escribir uno de sus relatos más sobrecogedores: «En las montañas de la locura».</p>
<p>Pero no es sólo la altura, o sus grandes proporciones, lo que hace únicas a estas montañas. Las grandes cordilleras de otros continentes son líneas divisorias, con dos vertientes bien marcadas; las Montañas Transantárticas son un contrafuerte que contiene el casquete polar, como una presa descomunal que soporta la presión de las mayores formaciones glaciares de nuestro planeta. El espesor del hielo llega a sobrepasar los cuatro mil metros, desbordando la alta cordillera en muchos puntos. Así pues, la barrera montañosa con la que se enfrentaban los primeros exploradores no era el obstáculo a superar para la entrada en un nuevo país, sino la escalera de acceso a la más alta y extensa meseta del mundo, donde casi siempre la altura supera los tres mil metros y el aire enrarecido llega a temperaturas inferiores a -80 ºC durante el invierno. En realidad, el país, con sus cordilleras, valles e incluso lagos, se encuentra debajo, sepultado por esos tres a cinco kilómetros de hielo. Ése sí es un mundo perdido e inaccesible.</p>
<p class="bodytext"><strong>A LA BUSCA DEL VERDE MÁS AL SUR DEL MUNDO</strong></p>
<p class="bodytext">No es de extrañar que Shackleton no aportara ninguna referencia sobre la vida vegetal en esas imponentes montañas. Pocos son los líquenes y musgos que alcanzan una latitud superior a los 80º S. La mayor parte de la rica variedad de musgos y líquenes antárticos (más de quinientas especies en total) se concentra en el extremo occidental de la Península Antártica e islas adyacentes, mientras más al sur las comunidades vegetales decaen bruscamente, tanto en número de especies, como en biomasa. En el continente antártico la diversidad vegetal continúa disminuyendo, hasta alcanzar su mínimo en la región de los Valles Secos (77º S) de donde sólo se conocen cinco especies de líquenes y dos de musgos. Pero la frontera meridional de la vida vegetal en la Antártida no está clara. Existen referencias aisladas de algunas especies de líquenes a lo largo de las Montañas Transantárticas, pero nada que pudiera sugerir comunidades vegetales más o menos desarrolladas.</p>
<p>Por eso las noticias de los geólogos y alpinistas neozelandeses que en los años sesenta exploraron la región de Monte Kyffin a 84º S resultaban especialmente sorprendentes. Afirmaban haber visto numerosos líquenes creciendo en las crestas rocosas y, para subrayarlo, llegaron a denominar a una localidad «La Jungla». La tentación era irresistible. Después de varios años de preparación, Nueva Zelanda estuvo lista para poner a un grupo de biólogos al pie de esas intrigantes montañas. Nuestro cuarteto estaba compuesto por el doctor Ian Noag, entomólogo canadiense; el profesor Roman Türk, botánico austriaco; Brian Steati, guía de montaña neozelandés y jefe de la expedición, y yo, también en calidad de botánico. Nos habíamos reunido por primera vez el 3 de enero de 2003 en la base antártica Scott, adonde habíamos llegado procedentes de Christchurch (Nueva Zelanda) en un avión de carga A141 estadounidense.</p>
<p>Durante tres días preparamos el equipo y, bajo la supervisión de Brian, nos familiarizamos con algunas peculiaridades logísticas de los campamentos avanzados neozelandeses. Por ejemplo, con el «Primus» como único medio de combustión. Esta cocinilla de origen sueco cumple ya más de un siglo de protagonismo casi absoluto en la Antártida. Es curioso el contraste entre su aspecto sólido, aunque arcaico, y los ligeros y sofisticados instrumentos electrónicos que hoy en día abundan en toda expedición antártica. Encender este mechero requiere un cursillo previo en donde se aprende el adecuado manejo del alcohol, el queroseno, el cebador, el filtro de partículas y la finísima y esencial aguja de limpieza de la válvula para el escape de gases. Eso sí, una vez encendido respetando todas las reglas, produce una combustión limpia y muy eficiente, a prueba de congelación o cambios de presión. Lo mismo cabría decir de las pesadas tiendas polares que, desde los tiempos de Scott y sin apenas variaciones de diseño, siguen rindiendo excelentes servicios y además permiten encender el «Primus» en su interior. ¿Qué más se puede pedir para disfrutar del ambiente antártico? Si todo va bien, la comida caliente y un entorno relativamente templado están asegurados en cualquier circunstancia; si no, la borrachera de monóxido de carbono, seguida de un atroz dolor de cabeza, nos hará envidiar a los pingüinos que duermen a la intemperie.</p>
<p>Pero afortunadamente nuestra expedición no tenía que repetir todos los pasos de la «Edad Heroica». Para empezar, la interminable travesía de setecientos kilómetros sobre la Barrera de Ross sería sustituida por un vuelo en Twin Otter de sólo algunas horas. Una experiencia inolvidable para todos, incluidos los pilotos, que por primera vez se aventuraban tan al Sur. Las Montañas Transantárticas fueron desfilando una a una a nuestra derecha, mientras a la izquierda la inmensa Barrera de Ross permanecía imperturbable. Antes de llegar a nuestro destino sobrevolamos el gigantesco glaciar Beardmore, la vía de acceso al Polo Sur de las expediciones de Shackleton (1907-1909) y Scott (1910-1912). No fue tarea fácil encontrar un lugar para el aterrizaje en los ondulados campos de nieve entre las montañas y los campos de grietas del glaciar. Al piloto le llevó una hora de vuelos rasantes tomar una decisión, mientras nosotros tratábamos de calmar los nervios intentando ubicar la famosa «Jungla» en las pocas aristas libres de nieve.</p>
<p>Finalmente, nuestro campamento quedó establecido en un punto equidistante entre las diferentes montañas que nos proponíamos explorar. Despedimos al avión, que debía volver a rescatarnos en seis o siete días, y nos afanamos en preparar lo que sería el cuarto de baño y la cocina mediante la excavación de sendas trincheras en la nieve. El tiempo se mantenía estable. El Sol seguía su curso circular sin apenas variaciones en su altura sobre el horizonte; pero en algún momento había que tomar la decisión de meterse en los sacos y tratar de dormir.</p>
<p>«Ante nuestros ojos se dibujaba claramente el camino al Sur, pues a nuestros pies extendíase un vasto glaciar que entre dos altas cordilleras discurría casi en línea recta de Sur a Norte (…) la “carretera real” que conduce al Sur» (Diario de Shackleton, 4 de diciembre de 1908, ante el glaciar Beardmore).</p>
<p>Engañados por la falta de referencias y la diáfana atmósfera antártica, cometimos el mismo error de cálculo que nuestros insignes predecesores. Pensábamos que nuestro objetivo estaba al alcance de la mano. Programamos una excursión de cinco o seis horas, ida y vuelta, sobre esquís, para alcanzar las crestas más próximas, con una breve trepada final en roca y hielo. Lo cierto es que, después de varias horas, sólo los kilómetros que rítmicamente se sucedían en la pantalla del GPS nos obligaban a aceptar que avanzábamos. Los puntos de referencia que habíamos tomado permanecían casi invariables. Cuando llegamos por fin a la arista rocosa descubrimos la sutileza del humor anglosajón. «La Jungla» consistía en algunos líquenes que aquí y allá crecían sobre las rocas más expuestas. Pero había que recordar dónde estábamos para convenir en que aquella reducidísima representación de la vida vegetal merecía en realidad un nombre tan sonoro.</p>
<p>El sencillo paseo que habíamos previsto por la mañana se había convertido en una agotadora excursión que nos estaba llevando al límite de nuestras fuerzas. Después de más de diez horas de esquiar y trepar un desnivel de unos setecientos metros bajo una radiación implacable, las energías y los dos litros de agua y té que cada uno transportaba se extinguían al unísono. Las mochilas llenas de muestras de rocas con líquenes pesaban cada vez más y complicaban el descenso en esquís por las laderas más empinadas. Los últimos kilómetros hasta el campamento fueron realmente penosos. La nieve se nos antojaba arena ardiente que de ninguna forma podía calmar nuestra sed después de dieciocho horas en aquel desierto helado.</p>
<p>Ahora recuerdo esta primera excursión casi con agrado; pero aquella noche cegadora, demasiado cansado para conciliar el sueño, anoté en mi diario impresiones aún muy frescas&#8230;</p>
<p>«Nos calzamos los esquís, ya sin las pieles de foca, fijamos el talón e iniciamos el descenso. Una pesadilla. Especialmente para Roman y para mí. Los macutos pesan más de veinte kilos y las botas de montaña no permiten ningún control sobre las tablas. Cada montículo de nieve blanda, cada vez que un esquí rompe la costra de nieve superficial o se acelera en una placa de hielo, al suelo&#8230; Imposible levantarse con la mochila a la espalda. Hay que quitársela y volvérsela a poner una vez recuperado el equilibrio. Agotador. Cuando llegamos a la zona llana me duele el alma y respiro con dificultad, pero aún hay que cubrir los quince kilómetros hasta el campamento. Me muero de sed. El peso del morral produce un dolor intenso en los hombros. Avanzo entre alucinaciones. Recuerdo a Scott y lo comprendo; si me dejo caer, no me voy a levantar más. Nunca me he esforzado tanto en mi vida. Adelanto a Roman, que se para demasiado a menudo para recuperar el aliento. No es que yo me encuentre mucho mejor, pero parado siento el peso del macuto de un modo aún más insufrible. Brian se sitúa el último para ir recogiendo las banderitas con las que habíamos marcado nuestro itinerario, y lo que queda de nosotros. Siguen sin verse las tiendas; sólo a Ian como un puntito lejano y las banderitas, que parecen cada vez más distanciadas entre sí. A veces me parece que avanzo por un canal con paredes de nieve a los lados. En algún momento tengo que pararme para respirar. Decido hacerlo en cada banderita. Echo todo el peso sobre los palos de esquí, completamente doblado, y expulso el aire casi gritando. Después de unas banderitas más, grito de verdad. El campamento aparece como otro espejismo. Todavía tengo que pararme un par de veces antes de llegar y beber, beber. En pocos instantes me trago dos latas de refresco y una cerveza. Casi no puedo comer, todo me resulta terriblemente salado y me duele el paladar. Agua, mucha agua, un té con mucho azúcar, dos aspirinas, y al saco. Son las 12:30 de la noche, está nevando, se oye el flamear de la tienda con el viento. Escribo de forma automática, casi sin pensar. Ha sido un día demasiado largo, demasiado duro» (Mount Kyffin, 7 a 8 de enero de 2003).</p>
<p>En días posteriores nuestras previsiones fueron más ajustadas y, acompañados por el buen tiempo, conseguimos explorar buena parte de las crestas rocosas cercanas al campamento. Encontramos otras junglas de Lilliput6 aún más frondosas y catalogamos un total de dieciséis especies de líquenes y un musgo, e incluso encontramos pequeñas poblaciones de colémbolos (insectos) y ácaros (pequeños arácnidos) que vivían entre los líquenes más desarrollados: todo un récord en estas latitudes. Para nuestra sorpresa, buena parte de estas especies correspondían a líquenes muy comunes en el Ártico y en altas montañas del Hemisferio Norte. De hecho, alguno de ellos los había conocido yo en las cumbres de Gredos y en Peñalara (Guadarrama). De alguna forma era como volver a casa, pero no era posible sustraerse a la inquietud que suscitaba la presencia de esos viejos conocidos tan cerca del Polo Sur. ¿Cómo habían llegado hasta aquí? O, al revés –¿por qué no?– ¿cómo habían llegado hasta allí? Hoy sabemos que la Antártida comenzó a enfriarse muchos millones de años antes que el Ártico y pudiera ser que buena parte de la flora liquénica alpina y polar tuviera un origen antártico. Y, en cualquier caso, ¿cómo se las arreglan estos organismos para sobrevivir en un lugar tan inhóspito? En este momento estamos analizando desde el punto de vista fisiológico las muestras recogidas con el ánimo de responder, al menos en parte, a esta pregunta.</p>
<p class="bodytext"><strong>SIGNIFICADO CIENTÍFICO DE MOUNT KYFFIN</strong></p>
<p class="bodytext">La principal aportación a la ciencia antártica de nuestra pequeña expedición al Mount Kyffin ha sido el descubrimiento de una auténtica comunidad vegetal, relativamente rica en especies, a una latitud para la que tan sólo existían algunas aisladas citas de líquenes. Para más de la mitad de las variedades encontradas, esta localidad supone su límite meridional de dispersión, en algunos casos a más de setecientos kilómetros de sus poblaciones más próximas. En la, en ocasiones, penosa búsqueda de estas comunidades, hemos podido establecer con claridad su ecología: sólo parecen desarrollarse sobre rocas sedimentarias paleozoicas de color oscuro, en zonas de crestas venteadas donde la nieve no llega a alcanzar gran espesor. La combinación de piedras oscuras y una cubierta nival relativamente fina permite la absorción de radiación y la lenta fusión de la nieve sobre las rocas durante el verano. De esta forma los líquenes disponen ocasionalmente de agua líquida, aunque la temperatura del aire nunca supere el punto de congelación.</p>
<p>La presencia de estos líquenes, el musgo y los pequeños invertebrados en un lugar tan aislado admite el estudio comparado de su material genético. De esta forma se podría establecer el parentesco de estas poblaciones del extremo sur de nuestro planeta con otras antárticas o del resto del mundo. Estos resultados deben contribuir a explicar el origen y las vías migratorias de la flora antártica y dilucidar si nos encontramos ante poblaciones recientes, postglaciares, o ante los restos de la antigua flora de Gondwana, hace al menos cincuenta millones de años, cuando la Antártida aún se encontraba unida a Australia y Sudamérica.</p>
<p>Desde el punto de vista ecológico y fisiológico, creemos que la importancia de las comunidades descubiertas es enorme. La abundancia de algunas de las especies encontradas en muchas otras localidades de la Antártida, e incluso en Tierra de Fuego, facilita el establecimiento de estudios fisiológicos en relación con gradientes climáticos muy marcados. Mount Kyffin sería la de clima más extremo y temperatura media más baja; Tierra de Fuego, la más templada y favorable. Entre ellas, un rosario de localidades antárticas que debería darnos una pauta sobre la estrategia de adaptación de ciertas especies de líquenes y musgos a ambientes cada vez más fríos. Finalmente, la presencia de un microecosistema muy simple provisto de productores primarios –líquenes y un musgo–, y consumidores –colémbolos, ácaros y bacterias–, plantea la posibilidad de estudios integrados de microclima, crecimiento, balance energético y flujo de nutrientes en un ambiente excepcionalmente extremo. En suma, podría decirse que se ha encontrado una nueva frontera geográfica y climática para la vida en nuestro planeta. Como toda frontera, plantea riesgos y desafíos, pero también encierra la clave para entender lo que hemos dejado atrás.</p>
<p>Los resultados de nuestra pequeña expedición han sido muy bien recibidos por la comunidad científica antártica que, bajo los auspicios de Nueva Zelanda, prepara visitas más largas y ambiciosas a la región del Monte Kyffin. Después de esta experiencia nuestro consejo es que se utilicen motos de nieve y campamentos móviles. El área de exploración es demasiado extensa como para tener que volver siempre a un punto fijo y la mayoría de los científicos no somos montañeros profesionales capaces de arrastrar durante días pesados trineos. Las «mini-junglas» más meridionales del mundo esperan una investigación más minuciosa antes de revelar los secretos de su larga historia y las claves de su supervivencia en el lugar más remoto de nuestro planeta. Ojalá nosotros podamos seguir contribuyendo a este esfuerzo.</p>
<p class="bodytext"><strong>Leopoldo García Sancho</strong></p>
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		<title>La variada odisea de la goleta Idus de Marzo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/la-variada-odisea-de-la-goleta-idus-de-marzo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:37:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Javier Babé Hace 20 años, estando en el último quinto del pasado siglo, en el anterior milenio, el gran público apenas tenía información sobre la Antártida. De hecho, en los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Javier Babé</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Hace 20 años, estando en el último quinto del pasado siglo, en el anterior milenio, el gran público apenas tenía información sobre la Antártida. De hecho, en los programas de bachillerato de los que nacimos a mediados de centuria, la Antártida sólo era una vaga referencia a hielos del Polo Sur, negándosele así el «estatus» de continente. Entonces, nos aprendíamos de «carrerilla» los otros cinco continentes y nos enseñaban a relegar al olvido el único entre los seis continentes que no estaba habitado por el hombre. Sólo la prepotencia del ser humano con su concepto de «Rey de la Creación» podría dar explicación a semejante tara educativa: «Si allí no estamos, no vale la pena interesarse». Una gran mayoría de niños y jóvenes de aquella época incluso tenían (teníamos) la idea de que se limitaba –al igual que sus antípodas del casquete polar Ártico– a ser simplemente mar congelado, algo carente de importancia estratégica en todos los sentidos. Hoy en día, transcurridos veinte años desde la «Primera Expedición Española a la Antártida», realizada en la goleta de tres palos Idus de Marzo1, la Antártida ha ganado su más que merecido estatus de continente y la gran mayoría de la población está informada de la enorme importancia estratégica, geopolítica, medioambiental y económica que estos trece millones de kilómetros cuadrados de tierra cubierta por una capa de hielo, que en algunos lugares llega a tener cuatro kilómetros de espesor, representan para la humanidad.</p>
<p class="bodytext"><strong>GESTÁNDOSE UNA AVENTURA</strong></p>
<p class="bodytext">La aventura de la Idus de Marzo tiene mucho que ver con esta popularización del conocimiento sobre la Antártida. Ha pasado el tiempo suficiente para poder reconocer, sin falsas modestias, que el objetivo principal de aquella expedición se cumplió en toda su extensión e incluso superó las expectativas iniciales. La aparición de la expedición en los medios de comunicación, prensa, radio y sobre todo televisión, incluyendo la serie «Españoles en la Antártida» donde se narra esta aventura austral, supuso que la mitad de la población del país, unos veinte millones, tuvieran conocimiento del evento.</p>
<p>La carga de aventura y romanticismo que proporciona la utilización de un barco de vela en una expedición a los hielos del Gran Sur genera un atractivo para los medios de comunicación, y para el público en general, que sería imposible alcanzar utilizando un buque estándar.</p>
<p>Esta expedición, realizada con las limitaciones propias de un escaso presupuesto procedente de bolsillos privados, sin contar con la más mínima ayuda económica de estamento oficial alguno, fue el fulminante que inició la reacción en cadena que desembocó en un ambicioso Plan Antártico Español (PAE).</p>
<p>Otros objetivos no salieron tan bien parados. Condiciones adversas, creadas bien por la naturaleza, bien por la estrechez de miras predominante en los organismos oficiales, limitaron el éxito del programa científico y de relación con el Tratado Antártico. Pero todo esto puede considerarse irrelevante respecto al logro final.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA ASOCIACIÓN ESPAÑOLES EN LA ANTÁRTIDA</strong></p>
<p class="bodytext">La Asociación Españoles en la Antártida, impulsada y presidida por el empresario Guillermo Cryns, llegó a un acuerdo de colaboración con Goletas de Turismo, S. A., pequeña empresa armadora de la goleta Idus de Marzo, para efectuar a bordo de la misma la que se denominó «Primera Expedición Española a la Antártida».</p>
<p>Los armadores, Santiago M. Cañedo y Javier Babé, movidos principalmente por el atractivo de la aventura en sí, aceptaron el compromiso en lo que podría calificarse como un «joint-venture»2, ya que la aportación económica de la Asociación, aunque importante, era insuficiente para cubrir los gastos totales de la expedición, por lo cual los armadores pasaban a ser copatrocinadores.</p>
<p>Estando por aquellas fechas la clase política inmersa en la lucha electoral de octubre-82, no dedicaron la más mínima atención a las ayudas solicitadas para el proyecto. Ni tirios ni troyanos perdieron un minuto de su precioso tiempo con el tema.</p>
<p>Por otra parte, S. M. el rey D. Juan Carlos I nos honró admitiendo la Presidencia de Honor de la expedición, convirtiéndose así en la única persona del mundo de las instituciones que mostró interés en la expedición.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA «IDUS» NAVEGA HACIA EL SUR</strong></p>
<p class="bodytext">El día 15 de diciembre de 1982, con más de dos meses de retraso debido a problemas administrativos, la Idus de Marzo zarpaba del puerto asturiano de Candás. Este municipio había acogido el proyecto con gran interés desde el principio, y organizó una emotiva despedida popular en la que los niños y jóvenes, libres de sus clases, fueron partícipes importantes.</p>
<p>A bordo viajaban como tripulantes: Javier Babé (capitán), Santiago M. Cañedo (primer oficial), Sotero Gutiérrez (jefe de máquinas), Xurxo Gómez (contramaestre), Josu Otazúa (cocinero), Fernando Cayuela (marinero), José María Garcés (marinero) y Diego Garcés (marinero). Como expedicionarios: Alfonso Jordana, periodista, jefe del gabinete de prensa de la Asociación, y los biólogos del Centro de Investigaciones Acuáticas de Asturias Alberto Vizcaíno y J. Antonio Martín.</p>
<p>Saliendo de Candás, el Cantábrico hizo una demostración del mal humor que puede tener en invierno. Recibió a la Idus de Marzo con un fuerte temporal del oeste, que por lo menos sirvió para comprobar que el barco aguantaba muy bien los malos tiempos. En algo menos de dos días entraba en Vigo (Pontevedra) cuando todavía la flota pesquera se encontraba de arribada forzosa.</p>
<p>El mismo día 17 de diciembre, después de una corta escala de aprovisionamiento, se efectuó la salida hacia Canarias.</p>
<p>Por primera vez se pudo dar trapo y navegar a vela. Se tuvo la suerte de tener vientos relativamente fuertes, sobre 30/35 nudos, que permitieron comprobar la solidez del aparejo al mantener todo el trapo arriba, con la filosofía de que, si algo tenía que romper, mejor antes de las Canarias. En este viaje se llegaron a alcanzar velocidades de 13 y 14 nudos, lo cual era más que satisfactorio para un barco de crucero.</p>
<p>El día 24 se entraba en Las Palmas para aprovisionar y cargar los equipos y material científico. El día 29 se efectuó una rápida visita de cortesía al puerto de Santa Cruz de Tenerife, zarpando hacia el Sur al día siguiente.</p>
<p class="bodytext"><strong>PUNTA ARENAS</strong></p>
<p class="bodytext">La navegación hacia el Sur iba llevándonos hacia un cambio climático que anticipaba lo que nos esperaba por delante. Atrás quedaron la luminosidad tropical y las suaves temperaturas del final del verano de Mar de Plata. Con cielos grises y tristones y un mar plomizo de frío aspecto pasamos hacia el Sur «los cuarenta rugientes» y a continuación «los cincuenta ululantes»3, sin que en esta ocasión justificaran su mala fama. Se fueron sacando las ropas de abrigo, que ya para las guardias de noche comenzaban a ser indispensables.</p>
<p>Estando ya cercanos a la entrada del Estrecho de Magallanes, el día 16 recibimos por radio un mazazo: el Instituto Español de Oceanografía (IEO) decidía la suspensión del programa científico. La moral se nos cayó al suelo. No nos lo podíamos creer; tenía que tratarse de una broma de mal gusto. Pero desgraciadamente no era así: al final había prevalecido la mediocridad y la exagerada aversión a cualquier riesgo de los organismos públicos.</p>
<p>Nos preguntamos qué es lo que iba a pasar, y Santiago y yo, como armadores, tomamos la firme decisión de culminar nuestro viaje a la Antártida&#8230; «aunque vayamos nosotros solos comiendo bocadillos». Estábamos ya demasiado involucrados, tanto a nivel personal como económico, para que hubiera marcha atrás. Esperamos que Guillermo Cryns, patrocinador mayoritario de la expedición, ante tan mala noticia decidiera no retirarse. Nos comunicamos inmediatamente por radio-conferencia con él, y sentimos gran alivio al escucharle decir con toda rotundidad que continuaba y que se ponía a formar un equipo nuevo de expedicionarios como sustitución al del IEO.</p>
<p>Superamos la crisis, la expedición se realizaría, de una forma u otra; aunque fuera muy lamentable que ya no sirviera como expedición oficial ante el Tratado Antártico&#8230;</p>
<p>El día 20 de febrero entramos en el puerto de Punta Arenas. Aquí esperaríamos a Guillermo Cryns junto al recién formado equipo expedicionario, formado por las siguientes once personas:</p>
<p>• Joaquín Mariño y Guillermo Díaz, biólogos. Ambos pertenecientes al IEO. Estaban en el equipo científico y solicitaron participar a nivel personal cuando el programa fue cancelado. Aunque de forma extraoficial, pueden ser considerados observadores del IEO.<br />
• Vicente Manglano, médico. Tendrá a su cargo la sanidad de los expedicionarios y desarrollará pruebas de supervivencia.<br />
• Fernando Rodríguez, naturalista especializado en Ornitología.<br />
• Félix Sorli, mantenimiento de equipos y reparaciones; alpinista.<br />
• Jaime Ribes, observador del Ejército de Tierra.<br />
• Juan Carlos Tuñón, observador de la Marina de Guerra.<br />
• José Castedo, Antonio Guerra y Ángel Villarías, productores del material audiovisual.<br />
• Guillermo Cryns, presidente de la Asociación Españoles en la Antártida, patrocinador y jefe de expedición.</p>
<p class="bodytext">El día 26 de febrero, después de haber aprovisionado y ultimado detalles, se zarpó hacia Puerto Williams, la población más meridional del planeta, asentada en la Tierra del Fuego chilena. Un total de 23 personas, entre tripulantes y expedicionarios, viajaban hacia los hielos del Sur en la goleta Idus de Marzo&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>PUERTO WILLIAMS</strong></p>
<p class="bodytext">La travesía por los canales de la Tierra del Fuego nos pareció a todos algo excepcional. Altas montañas de cumbres nevadas, vegetación tan tupida que parece impenetrable, recogidas caletas en donde la superficie del agua es un espejo, majestuosos glaciares, etc. En su conjunto, un maravilloso paisaje sin indicios de la presencia humana; sólo naturaleza, posiblemente sin grandes variaciones de lo que hace cinco siglos encontraron Magallanes y su tripulación. Respecto a la navegación, las fuertes corrientes, los vientos canalizados que bajan por los valles o los frecuentes «willy-goes» (pequeños tornados de gran intensidad), los cambios climatológicos instantáneos, obligan a una atención permanente. Como gran ventaja se puede contar con una mar perfectamente llana en los canales; aun cuando los furiosos vientos convierten el agua en una superficie blanca, no llega a formarse oleaje.</p>
<p>Hacemos nuestra entrada en Puerto Williams el 27 de febrero. En este pequeño fondeadero, ya en plena naturaleza fueguina, disfrutamos de una corta escala. A la mañana siguiente zarpamos ya definitivamente hacia los hielos.</p>
<p class="bodytext"><strong>CABO DE HORNOS Y PASO DE DRAKE</strong></p>
<p class="bodytext">La Idus de Marzo fue dejando por la popa la última tierra habitada del continente americano y, según sobrepasábamos las islas Lennox, Nueva y Picton (en eterno litigio entre Argentina y Chile), la placidez de la mar llana del canal de Beagle iba dando paso a un fuerte oleaje que nos indicaba la entrada a mar abierto donde el Pacífico y el Atlántico se funden en una zona considerada por los marinos de todos los tiempos –y no sin razón– como la más peligrosa del Globo para la navegación.</p>
<p>Arrumbados casi al Sur, con un viento que no superaba los treinta nudos y una larga mar tendida que poco molestaba, dejamos al Oeste, por nuestro estribor, el temido cabo de Hornos. Con la visibilidad reducida por una ligera bruma, las quince millas a las que pasamos fueron excesivas para que pudiésemos ver la legendaria roca. Aunque el viento y la mar aumentaron, estábamos muy lejos de las duras condiciones que se toman por habituales al paso del cabo de Hornos.</p>
<p>Navegábamos ya en el paso de Drake que, con una anchura de unas seiscientas millas entre el cabo de Hornos y la Península Antártica, forma el cuello de botella donde los vientos y las corrientes que continuamente circunvalan el continente antártico en sentido dextrógiro se aceleran hasta formar temporales de una violencia increíble. Estas condiciones siempre han supuesto la gran dificultad con la que han tenido que luchar los buques de vela que pretendían doblar Hornos hacia el Oeste; es decir, del Atlántico al Pacífico, no siendo extraño que en muchas ocasiones algunos hayan necesitado más de dos meses para lograrlo, e incluso desistir y, poniéndose en popa, hacer el viaje por la ruta mucho más larga del cabo de Buena Esperanza.</p>
<p>La otra opción, el paso por el estrecho de Magallanes, también era problemática: la escasa o nula capacidad de maniobra a vela en los angostos canales, las encalmadas, los vientos contrarios y racheados o las traicioneras corrientes hacían que muchos capitanes prefiriesen aventurarse por la mar abierta.</p>
<p>Navegábamos hacia el Sur en condiciones que podían considerarse razonablemente buenas; pero, aún así, la gran mayoría de los expedicionarios embarcados en Punta Arenas sufrieron los efectos del mareo. No cabe duda que Hornos y Drake suponían un plato muy fuerte para aquéllos que nunca había navegado, o estaban deshabituados a esos mares.</p>
<p>Nuestra mayor preocupación eran los hielos flotantes; pero no los icebergs que, con su gran altura y volumen, son fáciles de ver y evitar, sino los trozos más pequeños, generalmente desprendidos al colapsarse o romperse los anteriores, conocidos en el argot de la navegación polar como «growlers». Éstos, aunque apenas asoman a la superficie, pueden ser de varios cientos de toneladas y su gran peligrosidad radica en la dificultad para localizarlos, tanto a simple vista como con el radar, especialmente en condiciones de mar y viento fuertes, ya que son fácilmente confundibles con la espuma de los rompientes.</p>
<p>Además de la atenta vigía, navegábamos con trapo reducido para mantener una velocidad relativamente baja. Aunque el casco de acero de la «Idus» y sus siete compartimentos estancos daban cierta tranquilidad, una colisión contra el hielo sería mucho menos dañina a baja velocidad.</p>
<p>Por el paralelo 60º ya comenzamos a avistar continuamente hielos flotantes e icebergs de gran tamaño que llevaban a sotavento una cola de pedazos sueltos de varios tamaños. También en esta latitud comenzamos a tener temperaturas por debajo de los cero grados.</p>
<p>Estando ya en fechas próximas al equinoccio del otoño austral, los días comenzaban a acortarse. Los largos ocasos empezaban como una glauca luminiscencia, que iba lentamente convirtiéndose en una penumbra y que parecía no querer llegar a convertirse en noche. Junto con la total soledad de esos mares vacíos, esto creaba una sensación de irrealidad de difícil explicación. No era extraño sentirse involuntariamente caer en fantasías oníricas, como si ensoñados navegáramos por otro mundo, en mares nunca anteriormente surcados. Pero nuestra realidad no tardaba en imponerse, exigiendo que nos mantuviésemos en el mundo vigilante, plenamente ocupados en contrarrestar nuestra casi nula experiencia en estos mares helados, con una total dedicación a la navegación.</p>
<p>Las ventiscas de nieve comenzaron a ser frecuentes y esto dificultaba en grado sumo la vigía de hielos, especialmente en las tres o cuatro horas de máxima oscuridad, donde por mucho que se escudriñase sería imposible visualizar un «growler». La vigilancia en el radar era continua y, aunque tampoco sería fácil el distinguir en la pantalla el eco de un hielo pequeño, sí servía para captar los grandes témpanos con su peligrosa «cola». Poco a poco fuimos habituándonos a convivir con este riesgo, aliviando así en parte la tensión de los primeros días.</p>
<p>Solamente habíamos avistado dos barcos, y esto fue poco después de la salida de Puerto Williams. Eran navíos de la Marina chilena y se quedaron muy asombrados (y posiblemente preocupados) cuando por radio les comunicábamos nuestro destino. Regresaban a sus bases considerando ya pasada la estación en que la navegación para buques no específicamente polares era considerada aceptable. Costaba trabajo no entrever un toque agorero, o una especie de advertencia, en ese intercambio de palabras por radio.</p>
<p>De vez en cuando recordábamos este detalle, y no era de extrañar que muchos de nosotros en algún momento nos preguntásemos «qué se nos había perdido por estos mares». Pero la atracción de la aventura era demasiado fuerte como para que existiese el más mínimo atisbo de arrepentimiento.</p>
<p class="bodytext"><strong>GREENWICH, RECALADA EN LA ANTÁRTIDA</strong></p>
<p class="bodytext">En la tarde del día 4 de marzo, recalábamos a las islas Shetland del Sur. Estábamos en la Antártida. Pasamos por el estrecho de Nelson, entre la isla de este mismo nombre y la de Robert. El paisaje, a pesar del cielo cubierto y la casi constante ventisca de nieve, era de una belleza sobrecogedora. Témpanos de caprichosas formas se veían por doquier y el archipiélago mostraba sus costas de inaccesibles acantilados helados. De vez en cuando, la negra roca desnuda recordaba que bajo esa inmensidad blanca había una tierra. La mar de fondo que por cinco días nos había castigado, e iba disminuyendo según nos aproximábamos a las islas, desapareció completamente una vez internados en el canal, quedando sólo una pequeña ola corta formada por el viento, que en algunas rachas era bastante fuerte.</p>
<p>Ya en la parte sur del canal Nelson, en vista de que no era posible llegar a Isla Decepción con luz y tampoco nos parecía muy prudente pasar esa primera noche navegando por unas aguas que se nos antojaban repletas de hielos a la deriva, decidimos entrar en Caleta Yankee: una bahía en el suroeste de la cercana isla de Greenwich y que aparentemente ofrecía una buena protección del viento del nordeste, el cual paulatinamente había ido en aumento hasta alcanzar fuerza entre 6 y 7.</p>
<p>Entramos en la bahía por una bocana muy restringida en su anchura por un témpano varado; pero, una vez dentro, la protección era casi total. Para encontrar un fondo lo suficientemente poco profundo como para quedar anclados con seguridad, teniendo en cuenta nuestra limitada longitud de cadena, tuvimos que acercarnos mucho a la costa, al pie de un soberbio acantilado de hielo.</p>
<p>Sabíamos teóricamente en qué consistía el fenómeno meteorológico conocido como efecto «fohën»4, o viento catabático. En muchas ocasiones, estudiando las peculiaridades de la navegación polar, nos había sido descrito en diversos textos; pero siempre nos daba la impresión de pertenecer al género de los fenómenos poco probables. Nada más erróneo.</p>
<p>Para la Idus de Marzo supuso la primera experiencia y quizás la más preocupante de lo problemática que podía llegar a ser la navegación entre hielos. Y para que la lección se aprendiera pronto, ocurrió justo el mismo día de su llegada a la Antártida.</p>
<p>Fondeados como estábamos, la tranquilidad del surgidero se convirtió en escasos minutos en un infierno. Se pasó de calma total a vientos que estimamos muy por encima de los cien nudos. Las anclas, incapaces de aguantar el barco, comenzaron a garrear, derivando peligrosamente hacia la costa. El molinete de anclas no podía con la tensión de las cadenas y, por otra parte, tampoco había tiempo para virarlas. En cubierta era difícil mantenerse sin ser arrastrado por el viento; abrir los ojos era casi imposible. Con los dos motores a toda potencia, arrastrando las cadenas, ciegos por el agua, que desprendida de la superficie nos golpeaba como si de materia sólida se tratara, dando las órdenes al timonel gritando con todas las fuerzas en su oído, sin que apenas pudiera entender las palabras, tratábamos de evitar la cercana costa. Con los motores a punto de reventar para conseguir gobierno, buscábamos desesperadamente la angosta salida de la bahía. El movimiento superficial del agua creaba una distorsión de falsos ecos que hacían del radar un instrumento prácticamente inútil, y el ecosonda, también distorsionado por el hervor del agua, nos dibujaba un irregular fondo que, en muchas ocasiones, rozaba peligrosamente la quilla. En un momento dado pudimos reconocer el témpano que varado semicerraba la bocana; fue lo que necesitábamos, aproamos a él y, sorteándolo por pocos metros a nuestro estribor, nos vimos en aguas libres, ya lejos del efecto fohën, con un viento 6 o 7 que nos parecía una ventolina veraniega.</p>
<p>Nos habíamos librado por poco y, sobre todo, aprendimos la lección. Este fenómeno ocurre cuando una masa de aire en la cima de una montaña o de un acantilado, más fría, y por lo tanto más densa que las que tiene alrededor, comienza a desprenderse en un efecto «bola de nieve»: según va bajando, se va encontrando con aire más cálido o, lo que es lo mismo, menos denso, con lo cual va adquiriendo una aceleración continua hasta llegar a «estrellarse» contra el suelo, en este caso la superficie de la bahía. La intensidad del viento puede llegar a ser enorme, como en nuestro caso, y la duración no suele superar los 15 o 20 minutos. Nosotros no contabilizamos el tiempo; pero puedo asegurar que se nos hizo mucho más largo de lo que hubiésemos deseado.</p>
<p>Como experiencia, una vez que se pueda contar, es de lo más interesante y didáctico. No creo que volviésemos a caer en una trampa como ésa.</p>
<p class="bodytext"><strong>ISLA DECEPCIÓN</strong></p>
<p class="bodytext">La dramática salida de Bahía Yankee se había hecho con la última luz del día, así que dimos rumbo a Isla Decepción con trapo muy reducido. No quedaba otro remedio que pasar las horas de oscuridad navegando, cosa que por otro lado ya no nos parecía tan preocupante después del susto de la ratonera. Continuaba el viento frescachón, promediando fuerza 7, pero la mar estaba bastante buena. Navegábamos al socaire de las Shetland del Sur que nos protegían de la mar de fondo del Drake. Se pusieron vigías a proa equipados con un walkie-talkie para que comunicaran a la guardia, en la zona de gobierno a popa, la presencia de hielos. Tarea ingrata ésa de escudriñar la oscuridad desde el botalón, la parte más expuesta del barco, con la nieve cegando los ojos, recibiendo periódicos rociones de agua helada y con una temperatura de varios grados bajo cero, suficientes para que, considerando el factor de enfriamiento ocasionado por el viento, quedasen hasta los tripulantes más resistentes al frío ateridos en guardias que no sobrepasaban la media hora.</p>
<p>Por suerte nuestros temores iniciales no se cumplieron, nos encontrábamos en una zona aparentemente libre de hielos y, salvo algún que otro gran témpano que localizábamos con el radar, no había rastro de nuestros auténticos enemigos, los «growlers».</p>
<p>Pasada lo que nos pareció una interminable noche, recalábamos en el volcán semisumergido que es Isla Decepción. La bocana que da paso a la Bahía Foster, en realidad el cráter del volcán, es una rotura en el anillo del mismo, conocida como los «Fuelles de Neptuno», farallones verticales de negra piedra volcánica que, como su nombre indica, forman una especie de puerta natural siempre abierta a los vientos del océano, donde por efecto «Venturi»5, éstos se aceleran de forma espectacular.</p>
<p>A la incierta luz de un amanecer que no parecía poder vencer las negras nubes, con la ventisca de nieve y el viento aullando en los Fuelles de Neptuno, el paisaje se convertía en un escenario lóbrego y siniestro, pero al mismo tiempo de una belleza salvaje y sobrecogedora.</p>
<p>Una vez dentro del cráter, ya muy protegidos del viento, fondeamos en Caleta Balleneros. Todos estábamos ansiosos por pisar tierra antártica y, manteniendo siempre un retén a bordo, expedicionarios y tripulantes fueron bajando a tierra. Cada uno fue centrándose en su especialidad: observación de fauna, toma de muestras, fotografía, etc. Ensimismados en la belleza de este paisaje, ya nadie se acordaba de la dureza del viaje.</p>
<p>Esta isla contó con bases chilenas, argentinas e inglesas, al igual que sirvió de puerto ballenero a principios del siglo XX; pero en 1967 una erupción del cráter sumergido dañó las instalaciones, que fueron abandonadas.</p>
<p>A última hora de la tarde el viento comenzó a aumentar hasta adquirir fuerza de temporal. El fondo de ceniza de lava no era lo suficientemente compacto para que nuestras anclas agarraran de manera firme, así que nos vimos obligados a virar ancla y mantenernos a la capa.</p>
<p>Estuvimos dos largos días capeando vientos por encima de fuerza 8, confinados en el cráter, ganado barlovento a motor y dejándonos caer a sotavento, con las trinquetas rizadas6. Estábamos pagando muy caro el no haber previsto un sistema de fondeo, por complicado que fuese, que nos sirviese para las grandes profundidades de estas costas de origen volcánico y de sus fondos poco consistentes formados por cenizas de lava. Nuestro mayor problema, de momento, consistía en nuestra escasa reserva de combustible, ya muy diezmada por estos dos días de capa dentro de Bahía Foster.</p>
<p class="bodytext"><strong>VISITANDO BASES POLARES</strong></p>
<p class="bodytext">Una vez mejorado el tiempo, salimos de Decepción y nos dirigimos de nuevo a la isla de Greenwich, llegando a la base chilena Arturo Prat. Allí fuimos amablemente recibidos por la dotación de la misma, amabilidad que, a partir de entonces, se repetiría en cuanta base visitásemos, ajena a cualquier rivalidad o diferencia política. En este aspecto la Antártida se nos revelaba como un mundo de camaradería, que podría servir de ejemplo como comportamiento general de la humanidad.</p>
<p>Efectuando una laboriosa operación consistente en remolcar bidones de doscientos litros con las embarcaciones auxiliares por medio del «brush» (hielo roto, en el argot polar), nos reabastecimos parcialmente de combustible.</p>
<p>Durante cuatro días la «Idus» se dedicó a recorrer los alrededores, llevando a los expedicionarios a puntos de interés, tales como pingüineras o loberas. En estos días ya habíamos podido encontrar muestras de la mayoría de las especies de la fauna antártica.</p>
<p>El tiempo era muy variable, con momentos de cielos despejados, viento en calma y tal limpidez en la atmósfera que era posible ver tierras a distancias de más de sesenta millas. Estas agradables condiciones podían cambiar, en cuestión de minutos y sin previo aviso, en fuertes vientos, nevadas y descensos brusquísimos de la temperatura. Cualquier marcha por tierra, aun en las mejores condiciones, exigía una gran previsión. Volver a la seguridad del campamento en medio de una imprevista y cegadora ventisca, caminado sobre una blanca superficie sin referencias, podía llegar a ser algo difícil de realizar si no se estaba bien equipado.</p>
<p>El día 11 llegamos a la isla Rey Jorge, y visitamos la base rusa Bellinghausen y la chilena Teniente Marsh.</p>
<p>Hacía ya tiempo que los tanques de agua dulce de la «Idus» se habían agotado y nuestra planta potabilizadora de ósmosis inversa no era capaz de producirla, debido a la alta densidad del agua de mar a tan baja temperatura. Hubo incluso que recurrir a fundir hielo para poder cocinar. Una ducha de agua caliente pasó a ser un lujo olvidado.</p>
<p>El día 13, visitamos la base argentina Teniente Jubany; nos invitaron a la típica parrillada de la tierra, cocinada al aire libre en un día perfecto de sol y calma, con una agradable temperatura (sobre 2 grados) que, a estas alturas, ya «antartizados», soportábamos en mangas de camisa. Por la tarde, estando parte de la dotación de la base a bordo y parte de la tripulación y expedicionarios nuestros en la base, un repentino cambio del tiempo, que trajo vientos con fuerza de temporal, nos forzó a salir a toda máquina del fondeo para buscar aguas libres. Pasamos la noche aguantando a la capa el mal tiempo, hasta que por la mañana, ya en mejores condiciones, pudimos devolver a su base a los marineros «a la fuerza» argentinos y embarcar a los nuestros, que estaban encantados después de una plácida noche en tierra firme.</p>
<p>Seguimos explorando la recortada costa sur de la isla Rey Jorge, avistando ejemplares de fauna antártica continuamente. Visitamos una pingüinera formada por un par de cientos de miles de individuos. Algo digno de ser visto y no fácil de olvidar.</p>
<p>Hubo oportunidad de observar y fotografiar representantes de la mayoría de las especies, tanto de mamíferos (diferentes especies de focas, lobos y elefantes marinos), como de aves (petreles de nieve, albatros, «skúas» y pingüinos de tres clases, entre otros).</p>
<p>Respecto a fauna marina, habíamos avistado en numerosas ocasiones diferentes especies de cetáceos; pero en una ocasión tuvimos la suerte de encontrar una ballena corcovada con su cría, ya de gran tamaño, que completamente inmóviles durante casi una hora nos permitieron llegar con la embarcación neumática a su costado. Nos observábamos recíprocamente, con gran curiosidad por ambas partes. Fue una experiencia inolvidable.</p>
<p>Se realizaron inmersiones para toma de muestras de invertebrados y se utilizó una cámara de vídeo submarina para estudiar los fondos y sus habitantes.</p>
<p>Continuamos con las visitas a bases polares. Las conversaciones con sus dotaciones siempre resultaban amenas e instructivas. El día 15 vimos la base polaca Arctowski.</p>
<p>Al siguiente día, en Caleta Visca, en la posición latitud 62º 04’ 40” y longitud 58º 24’ 50”, se colocó una placa de bronce como recordatorio de la expedición de la goleta Idus de Marzo a la Antártida.</p>
<p>El día 17 de marzo, con una previsión meteorológica que anunciaba vientos de hasta 60 nudos en el Paso Drake, iniciamos el viaje de vuelta a Tierra del Fuego, esta vez hacia el puerto argentino de Usuhaia. De nada serviría esperar un mejor parte meteorológico; el invierno antártico se nos echaba encima y cualquier retraso podría empeorar aún más las condiciones.</p>
<p class="bodytext"><strong>DE VUELTA POR EL PASO DRAKE</strong></p>
<p class="bodytext">Aunque durante el tiempo transcurrido en la Antártida habíamos tenido que enfrentarnos a tiempos muy variables, inclusive duros, la mar pocas veces nos había resultado incómoda. Bastó salir del amparo de las islas Shetland del Sur y penetrar en el Paso Drake para que esa condición cambiara drásticamente. Sobre la mar de fondo –montañas de 14 metros y valles que superaban los 150 metros–, se montaba el oleaje producido por el viento, creando unas crestas rompientes que parecían querer tragarse a la pequeña «Idus». Navegando sólo con las trinquetas rizadas y ayudándonos con motor, tratábamos de mantener un rumbo directo hacia cabo de Hornos, amurados a babor en un través cerrado7, ganando todo el barlovento que en esas condiciones podíamos, y gobernando ola a ola. En esas condiciones, los «growlers» habían dejado de ser una preocupación: por mucho que nos esforzáramos en la vigía, sería imposible distinguirlos entre el blanco de esas aguas enfurecidas; así que era mejor no pensar en ello y confiar en la buena suerte.</p>
<p>Nada se podía hacer en cubierta, barrida continuamente por los golpes de mar. Por suerte todo el aparejo aguantaba, a veces parecía que por milagro. Un timonel y un vigía, asegurados con sus arneses, mantenían la guardia. Al frío y a los rociones se sumaba el estruendo del viento y el hervor de los rompientes. No era de extrañar que a la salida de las guardias, el interior de la goleta, seco, cálido y prácticamente sin ruido nos pareciese un balneario. Josu, nuestro cocinero, en una demostración de sus muchos años de mar, continuó regalándonos con su sabiduría platos rotundos contra el frío y el cansancio. Lástima que una buena parte del equipo, en su postración, no pudiesen apreciar el enorme esfuerzo de cocinar en algo que se movía como en una coctelera.</p>
<p>El día 21, después de cinco días durante los cuales el viento nunca bajó de 45 nudos, con puntas que se estimaron por encima de los 80 (nuestro anemómetro sólo marcaba hasta 65) y una mar montañosa, entrábamos en las protegidas aguas de canal de Beagle. Fue el final del tormento para aquéllos que habían sufrido un mareo continuo –algunos prácticamente trincados a su litera durante toda la travesía– y un alivio y descanso para todos los demás. La gran vencedora de esta dura prueba fue la Idus de Marzo, que había demostrado su capacidad marinera y su robustez soportando unas condiciones que, aun para barcos de mucho más porte, habrían podido ser críticas, y todo ello sin sufrir avería alguna.</p>
<p class="bodytext"><strong>USHUAIA</strong></p>
<p class="bodytext">El día 22 atracábamos en el puerto argentino de Ushuaia, en la costa norte del canal de Beagle. Fuimos atentamente recibidos por las autoridades y felicitados por el buen término de un viaje que, como conocedores de esas aguas, apreciaban en su dureza.</p>
<p>Un par de días en este puerto, disfrutando de aquellas cosas que nos habían sido tan escasas –valga el ejemplo de una ducha de agua caliente, o de los simples paseos por los bellos alrededores–, nos sirvió de descanso suficiente para estar ya deseando continuar lo que suponía la última parte del viaje, la navegación hasta Punta Arenas.</p>
<p>Este recorrido decidimos hacerlo de forma tranquila, disfrutando de las maravillas que ofrecen los canales fueguinos.</p>
<p>Por suerte el buen tiempo nos acompañó, pudiendo gozar de días soleados y brisas suaves, que nos permitieron navegar a vela por los canales y pasar las noches fondeados en alguna de las innumerables caletas que aquí, en su formación como fiordos, se ofrecen al navegante.</p>
<p>Fueron unos días bien aprovechados. Las inmersiones que realizamos en los canales nos mostraban la rica variedad de moluscos y crustáceos. Nos internamos en auténticos bosques de algas; algunas, como el «güiro», podían llegar a la superficie desde fondos de más de veinte metros.</p>
<p>También hubo oportunidad de bucear entre lobos marinos, animales mucho más amables de lo que su nombre parece indicar. Era impresionante escuchar el escándalo de sus «ladridos» y verlos lanzarse al agua en grandes grupos. Curiosos pero tímidos, parecían querer jugar al escondite con los buceadores.</p>
<p>En tierra, la «turbera», denso colchón de materia vegetal y musgo característica de la zona, convertía cualquier paseo en algo sumamente difícil. Se pudieron observar los daños ocasionados por los castores al ecosistema, pues talan con su afilada dentadura las especies arbóreas que utilizan para la construcción de sus diques en las abundantes corrientes de agua.</p>
<p class="bodytext"><strong>PUNTA ARENAS</strong></p>
<p class="bodytext">Navegando cerrados en niebla y con tal calma que en la pantalla del radar podíamos distinguir los «pato-vapor» (ave acuática autóctona que se desplaza a gran velocidad por el cómico sistema de correr con las patas sobre la superficie, al mismo tiempo que intenta volar moviendo las alas frenéticamente), en la mañana del día 29 de marzo entrábamos en el puerto de Punta Arenas. En esta ciudad desembarcarían los expedicionarios y se prepararía el barco para el viaje de vuelta a España.</p>
<p>No hay duda de que tanto a Santiago Cañedo como a mí, la expedición nos había proporcionado grandes satisfacciones, experiencias maravillosas y situaciones difíciles de las que habíamos salido airosos, y sobre todo el orgullo de contar con un barco que había respondido magníficamente a la dura prueba. Sin embargo, como armadores, nos había creado una difícil situación económica. Como «hombres de negocios» estaba visto que no éramos unos linces. Nuestra previsión de gastos había sido demasiado optimista y al final el déficit había alcanzado cifras importantes.</p>
<p>Desembarqué en este puerto. Había que ir a España para buscar ocupación al barco, el verano ya estaba próximo y necesitábamos organizar la temporada de chárter en el Mediterráneo.</p>
<p>Santiago M. Cañedo tomó el mando de la goleta e inició el largo viaje de vuelta a España, llegando a Cádiz el día 9 de junio de 1983. Aquí concluía la aventura austral de la goleta Idus de Marzo, medio año después de su salida de Asturias y de haber visitado cuatro continentes y recorrido más de 17.000 millas.</p>
<p>Este viaje se mantendrá como recuerdo imborrable en todos aquéllos que cargados de ilusión, energía y ansia de aventura, lo hicimos posible y participamos en él.</p>
<p>Compañeros de aventura, desde aquí os envío un abrazo.</p>
<p class="bodytext"><strong>Javier Babé</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/la-variada-odisea-de-la-goleta-idus-de-marzo/">La variada odisea de la goleta Idus de Marzo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Más de cuatro desastres y un triunfo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/mas-de-cuatro-desastres-y-un-triunfo/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:36:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>José Luis de Ugarte Ésta es una transcripción parcial entresacada de mi libro de bitácora y de mi diario. Creo que será explicativa por sí misma y dará una idea [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>José Luis de Ugarte</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Ésta es una transcripción parcial entresacada de mi libro de bitácora y de mi diario. Creo que será explicativa por sí misma y dará una idea de que esta regata está considerada como la competición más dura de la época. Es una regata en solitario alrededor del mundo, sin paradas, sin ayuda externa, por los mares más fríos e inhóspitos del planeta.</p>
<p>Se sale de Les Sables d’Olonne (La Vendée) en Francia, en el golfo de Vizcaya, y se va por el Atlántico hacia el Sur hasta los 55º/60º Sur, se da la vuelta a la Antártida en dirección Este y después se vuelve a subir por el Atlántico al puerto de salida. 27.000 millas náuticas (50.000 kilómetros) de mar. La bajada y la subida por el Atlántico son totalmente diferentes de las diez semanas que pasé por el norte de la Antártida, siguiendo el paralelo 60º Sur hasta cruzar el Cabo de Hornos. Las diez semanas que sufrí en latitudes entre los 50º y 60º Sur, cuando el Cabo de Hornos parecía algo que nunca alcanzaría, que no estaba allí, que no existía&#8230; Mi barco y yo navegaríamos continuamente, siempre, como «El Holandés Errante», permanentemente mojado, con mucho frío, entre mares gigantes, con vientos aullantes, donde mi barco se iría desintegrando, y yo estaría más hambriento y más débil cada día. Cada vez que colocaba mi posición en la carta, estimaba la distancia recorrida en la singladura y calculaba cuántas millas me quedaban para el Cabo de Hornos, me sentía tremendamente miserable: 5.900 millas a Hornos; al día siguiente, 5.650 millas; al otro, 5.510, y así cada día. Mis provisiones de comida disminuyendo, mis velas en jirones desintegrándose, mis pies como si fueran esponjas semicongeladas metidas en congeladas botas de agua, el insufrible olor a orina proveniente de mi traje polar térmico cada vez que abría la cremallera, y siempre esperando que algo se rompiera.</p>
<p>Largas noches cogido al timón, tratando de evitar las trasluchadas1 mortales hasta que no podía mantener los ojos abiertos. Conectando el fiel timón automático con la esperanza de que gobernara el tiempo suficiente para recuperar mis sentidos. Pero después de quince minutos, quizá veinte, pero nunca más, las baterías fallarían y la alarma sonaría atravesando mi cerebro como un puñal, sacudiéndome el espíritu. Vigilando el horizonte por la proa, a través de las ventanas de «lexan»2 de la cúpula: agua gris, espuma en la cubierta, niebla, nieve, granizo, lo que fuera. Si algún iceberg estuviera cerca, el radar no me serviría de nada; había perdido su antena en una tumbada3 antes de llegar al Antártico.</p>
<p>Ambos, barco y yo, terminamos la regata: el casco, intacto; el palo y la jarcia firme, con buen aspecto aparente; la jarcia de labor4 y las velas, destrozadas; el patrón, «delaminado»5, muy flaco, bajo en vitaminas, según el doctor, pero, por otra parte, muy sano y feliz de llegar a una bienvenida de más de 30.000 franceses y unos 10.000 españoles, en su mayoría del País Vasco, aunque no exclusivamente. Habían venido en toda clase de vehículos: autobuses, caravanas, automóviles, barcos, etc&#8230; y justo a tiempo. Era difícil de creer que por fin estaba llegando y que toda aquella multitud se había juntado para darme la más fantástica bienvenida.</p>
<p>A pocos días de la salida, después de un fuerte temporal en la zona de Finisterre, tras achicar el lazareto6, continué reparando la electrónica y entonces llegaron las malas noticias: Mike Plant (EE UU) se había perdido y ahora Nigel Burgess había sido encontrado muerto en una pequeña balsa inflable de salvamento, con la cabeza malherida, un Epirb7 colgando del cuello, el traje de supervivencia puesto y su barco flotando sin problemas. Un misterio que nunca se resolverá. Yo conocía a Nigel de las regatas en solitario por el Atlántico Norte. Era ex marino mercante, muy experimentado y capaz. Nunca entenderé qué es lo que ocurrió, y me dejó con un sentimiento de tristeza; nunca le volvería a ver. Ésta era la segunda muerte y la regata acababa de empezar.</p>
<p class="bodytext"><strong>NAVIDADES EN LA MAR</strong></p>
<p class="bodytext">25 de diciembre. Ayer fue Nochebuena. Viento de 40 nudos del Oeste y logré hablar con Edith. Como siempre, sonaba optimista. Me dijo que estaba preparando la cena para toda la familia, incluyendo los nietos y algunos amigos. Yo me preparé la cena; no estuvo nada mal: «confit de canard»8, pastel inglés de Navidad y turrón. Me bebí dos vasos de buen Rioja y media botella de champaña. Tenía un vaso de plástico metido en el bolsillo del pecho, un brazo agarrado al barco y el otro sujetando la cucharra. No se parecía en nada a las Navidades tradicionales y mi mente volaba a Sopelana, donde mi familia estaría sentada alrededor de una mesa acogedora, el árbol de Navidad iluminado y la chimenea despidiendo llamas hogareñas. Me reservarían un pensamiento y dirían: «Esto no es lo mismo sin papá. Le deseamos buen tiempo para esta noche».</p>
<p>29 de diciembre. Anoche, hacia las 21 horas tuve otro mal momento que me hizo otro nudo muy apretado en el estómago. Me estaba preparando la cena –cocido de espagueti–, cuando de una manera distraída eché un vistazo hacia proa y&#8230; allí estaba. ¡Dios mío! La sangre se me heló en las venas. Había muy poca visibilidad, pero allí estaba, blanco como un fantasma y enorme, justamente en la misma proa. Rápidamente me encaramé a la bañera. El viento era de unos 40 nudos de la aleta de estribor9 –SO– y no había manera de evitarlo navegando hacia el Sur o el SE. Ocupaba toda esa zona, así que no me quedaba más remedio que trasluchar rápidamente y sin pensarlo. La Mayor se estrelló contra las crucetas, sólo la vela de proa mantenía el barco en facha. El tanque, ahora de sotavento, lleno. Era dramático. El barco tumbado era arrastrado por la fuerza de la mar y el viento contra el iceberg; grandes olas rompían contra los acantilados y rebotaban. Sin preocuparme en absoluto por el agua en el tanque, largué la contra de la Mayor10, que fue a estrellarse contra la burda de estribor11; entonces, también largué la burda y la escota de babor del foque12. El barco empezó a moverse despacio hacia proa a pesar de las grandes olas que barrían la cubierta. El iceberg amenazaba por encima del palo&#8230; ¡Dios, era horrible! Para entonces ya estaba virando la escota del foque como un maníaco, tesando la burda de barlovento13, y me parecía que en cualquier momento una ola iba a coger el barco y a lanzarlo contra uno de los acantilados de hielo. El barco empezó a coger velocidad hacia avante y, de ola en ola y por los pelos, pudo esquivar el último saliente del iceberg. ¡Gracias! ¡Estábamos salvados!</p>
<p>31 de diciembre. Hacía mucho frío en la cubierta, entre -15º y -20º. Dentro, la temperatura máxima no pasaba de los 4º y el agua del mar estaba a 2º. La velocidad media era de doce nudos y la botavara nadaba sobre el agua continuamente. Tuve que coger el cuarto rizo14 para levantar la botavara; aunque dejé la driza lascada con objeto de poder dejar la vela contra la jarcia y así poder meter la botavara dentro; pero a pesar de todo cogía alguna ola, aunque sólo ocasionalmente.</p>
<p>Definitivamente no era una noche para celebraciones. De todas maneras conseguí hablar con mi querida esposa Edith y con el «lehendakari»15 Ardanza. Ambos pensaban en mí: me tenían muy presente y me deseaban fervientemente un buen viaje de regreso a casa durante el Año Nuevo. Me dio moral, ya que en ese momento verdaderamente no me sentía demasiado fantástico. Mi ropa, muy mojada; mis pies, mojados y fríos; mis manos, llenos de llagas; mi cabeza, llena de chichones y heridas dentro del gorro de lana, chorreando agua, y todavía muchas, muchas millas hasta Cabo de Hornos. Cuando miraba el mapa y veía la marquita de mi posición al mediodía y luego miraba al Cabo de Hornos, definitivamente me parecía que nunca iba a llegar&#8230;; me parecía que estaba tan lejos.</p>
<p class="bodytext"><strong>MÁS Y MÁS ANTÁRTICO</strong></p>
<p class="bodytext">Quería llegar a la latitud 60º cuanto antes. Pasé muy cerca de la isla Marión y Príncipe Eduardo. Las islas Crozet estaban por la proa, nevaba y hacía mucho frío. Conseguí encender la estufa de gas, pero era como una cerilla: podía colocar la mano encima de la estufa. La temperatura del agua había bajado a cero grados y el viento era helador, sobre todo cuando venía del SO. Tenía puesto todo mi equipo antártico: calzoncillos y camiseta térmica encima de la ropa interior normal, camisa de lana, jersey, traje polar de una pieza, otro jersey gordo, dos pares de calcetines de lana dentro de botas forradas de piel, los pantalones de agua gruesos, además del gorro de lana bastante mojado y, por supuesto, guantes de lana. Cuando salía a cubierta, me ponía la chaqueta de agua muy gruesa, otro gorro de lana –que sí estaba mojado– y cambiaba los guantes por unos de neopreno.</p>
<p>Tenía una burda en malas condiciones y el día 8 la brisa bajó a unos 5 a 10 nudos. La mar también bajó lo suficiente como para darme la idea de que podía cambiar la burda de Er.16 A las cinco de la mañana ya estaba en cubierta totalmente preparado: ya había desayunado, ya tenía preparada la guindola, dos pastecas17 dobles, aparejo cuádruple (4&#215;25 metros, suficientemente largo), herramienta, guantes de cuero secos y el nuevo cable que iba a colocar. Nevaba ligeramente, pero esto no interfería con la operación. Al principio todo fue muy bien pero, tan pronto como gané cierta altura, las cosas se empezaron a complicar: al principio la guindola se balanceaba pero, a medida que iba subiendo, los balanceos se convirtieron en estrincones18; para cuando alcancé la tercera cruceta, a unos veinte metros de la cubierta, los estrincones se hicieron muy violentos y me llevaban muy cerca del palo. Inmediatamente, consideré que me era totalmente imposible conectar los terminales trabajando en aquellas condiciones, así que decidí cubrir con cinta todos los cordones rotos de manera que no rasgaran la vela Mayor al rozar contra ella. Mientras me sujetaba al palo con una mano, usando la otra para sacar la cinta de la bolsa, me golpeé el hombro contra el palo. Fue un golpe terrible. Usando las dos manos, rápidamente cogí todos los cordones rotos de la burda, y me di otra vez con el mástil en la espalda. Pude terminar el trabajo justamente antes de que mi cara se estrellara contra el palo. Durante un instante perdí el conocimiento, pero lo recobré con el dolor cuando mi hombro volvió a golpearse. Inmediatamente, decidí que tenía que bajar y lo hice rápidamente. No tenía nada que hacer allí arriba. Cuando llegué a cubierta, me senté un rato. La cara y las cejas sangraban profusamente, casi no podía abrir los ojos. ¡Valiente mierda! Me lavé la cara y arranché toda la quincalla. Después, me miré en el espejo. Tenía un aspecto muy feo: uno de mis ojos ya se estaba hinchando y poniéndose morado, una ceja necesitaba unos puntos y mi labio superior me dolía un montón. Pensé que, si hubiera seguido allá arriba otros cinco minutos más, me podría haber matado. Saqué mi fantástica maleta-botiquín y grapé la ceja lo mejor que pude, me froté el hombro con la crema milagrosa y me puse a considerar la situación. Obviamente, no había calculado las cosas apropiadamente: el movimiento del barco era demasiado violento y yo había creído que era lo suficientemente suave como para arriesgar la subida. Me había engañado. Estando acostumbrado a las grandes olas del océano Antártico, las de hoy no me habían parecido tan grandes; estaba claro que, si las hubiera comparado con el maretón19 del Atlántico, seguro que habría dejado el cambio de burdas para mejor ocasión.</p>
<p>Cuando las cosas se ponían constantes, quiero decir, con un temporal persistente o dando pantocazos20 siempre con la misma cadencia, sin cambios continuos, y no cocinaba, comía, dormía o reparaba algo, entonces sacaba mi libro de francés, pues quería mejorarlo: llevo treinta años intentándolo sin éxito alguno; le había prometido a Phillipe Jeantot, organizador de la regata, que lo hablaría perfectamente a mi llegada a Les Sables d&#8217;Olonne. Bien, pues cada vez que abría el libro de francés mis ojos se me ponían pesados como plomos y peleaba por mantenerlos abiertos. Es evidente que el trabajo intelectual no era lo mío en esos momentos.</p>
<p>El día 13 el tiempo se puso muy duro una vez más. Para las 8 de la noche estaba soplando 60 a 65 nudos del SO. Ahí estábamos, bajando olas y planeando a más de veinte nudos. En una ocasión la corredera marcó 26 nudos. Llevaba cuatro rizos en la Mayor y portaba un poco de trinqueta21. Nevaba y granizaba balas, las mares eran enormes y, de repente, oí un continuo tronar desde proa. El palo empezó a retemblar peligrosamente. A cuatro patas fui hacia proa con una linterna muy potente y entre las olas que barrían la cubierta, los rociones y la nieve, pude ver que la parte alta de la Génova22 ligera se había desenrollado y embolsado, y flameaba fuertemente como un potro salvaje. Probé a desenrollar parte de la vela (varias veces) y volverla a enrollar, pero siempre quedaba igual. Era un ejercicio peligroso: cada vez que desenrollaba parte de la Génova se sacudía a muerte, el palo vibraba y retemblaba que daba miedo; así que, después de varias tentativas, probé con la driza del Spinnaker23, arrollándola alrededor de la Génova para, de ésta manera, trincarla. Lo conseguí parcialmente y lo dejé cuando me pareció que ya no arriesgaba todo el aparejo.</p>
<p class="bodytext"><strong>«EL CAPITÁN SE HUNDE CON SU BARCO»</strong></p>
<p class="bodytext">Día 18 de enero. Había cenado bien con un cocido de alubia roja, carne mechada y chorizo y, aunque algún que otro pantocazo más fuerte que los demás me levantaba en vilo para dejarme caer con un potente golpe que repercutía en mis riñones, créanme o no, ¡daba cabezadas! De repente, noté u oí que algo sonaba diferente. Me alerté, me incorporé, miré alrededor. Todo parecía normal. ¡No estaba normal! Un sonido sibilante venía de proa. Rápidamente cogí la linterna y me fui a proa. ¡Dios mío! Entraba agua y mucha; el nivel subía rápidamente. El pañol de velas ya tenía sesenta centímetros de agua. Velas, cabos, baldes, todo flotaba. La luz del pañol no funcionaba, se había caído debido a los pantocazos. Fui corriendo a recoger mi poderosa linterna submarina y volví al pañol. La escena era terrorífica&#8230;: se veía cómo subía el nivel del agua. Inmediatamente arranqué la bomba diesel, manipulé las válvulas, sumergí el tubo de aspiración de cuatro centímetros de diámetro y comprobé&#8230; ¡que no achicaba!&#8230; ¡No importaba! Cogí la sierra y corté el tubo de vaciar el tanque de Er. y lo sumergí en el agua, coloqué las válvulas en la posición de vaciado y&#8230; sí, ¡ahora sí que bombeaba! Aceleré el diesel a las máximas revoluciones. ¡Gracias, Señor, por esto! Entonces entré en el pañol inundado. El agua estaba congelada y me llegaba a la cintura. Mientras había estado ocupado con el tema del bombeo, el nivel había subido otros treinta centímetros. El agua ya había empezado a pasar a la sección central a través de la escotilla comunicante. Empecé a buscar un agujero, una grieta, alguna abolladura, en fin, lo que fuera, pero estaba muy difícil. El pañol era un revoltijo. Mis piernas y muslos empezaban a quedarse como dormidos y no encontraba nada. ¡El agua seguía subiendo! Bien, pensé, los barcos más próximos a mí son el Cacolac d&#8217;Aquitaine, con Yves Parlier a bordo, y Alan Wynne Thomas con su Cardiff Discovery. Estaba como a unas setecientas millas por detrás y podrían tardar unos tres días en alcanzarme. Me fui a popa y apreté el botón de pánico en el Argos24. Enrollé parte de la Génova 2 y dejé que el barco se inclinara hacia Br.25, evitando en lo posible que el agua pasara por la escotilla a la sección central. Calculé que ya tenía dieciséis toneladas de agua abordo. La velocidad se había reducido y grandes olas rompían en la cubierta. Pensé que si no encontraba rápidamente la vía de agua me hundiría irremediablemente.</p>
<p>Siempre podía cerrar la escotilla que comunicaba el pañol de proa con el centro y sólo se llenaría el pañol de velas (de proa); pero, claro, aumentaría el peso del agua dentro del barco hasta unas cuarenta toneladas. Esto haría bajar el barco dentro del agua, sobre todo por la proa, y con el movimiento y las olas rompiendo encima, no aguantaría mucho tiempo. Los mamparos estancos no podrían resistir mucho el fuerte empuje de cuarenta toneladas de agua golpeándolos continuamente. Tres días eran demasiados. Perdería definitivamente el barco y la vida. Eché una ojeada a la balsa salvavidas y pensé que ni siquiera me molestaría en inflarla: la mar a 0º C, el aire a -20º C. ¡No merecía la pena! Decidí que me iría con la nave al estilo tradicional: ¡el capitán se hunde con su barco! La balsa lo único que haría sería prolongar mi vida por un espacio de tiempo muy corto. Después de todo, ahogarse con tu propia embarcación es una muerte digna y sobre todo limpia. Entonces, cuando volvía adentro rápidamente, un curioso pensamiento me vino a la mente: cuando mi pobre esposa Edith se encontrase con conocidas, éstas le darían el pésame; pero, probablemente, alguna añadiría una frase tal como «tu esposo por los menos murió haciendo lo que más le gustaba». No pude dejar de sonreír. Después, ya metido en pensamientos más sobrios, me introduje en la cabina y probé la radio. Por casualidad era la hora de las comunicaciones con Phillipe Jeantot en Les Sables&#8230; y su voz se oyó alta y clara. Le expliqué la situación crítica en la que me encontraba y quedamos de acuerdo en que volveríamos a hablar al cabo de dos horas. Después de esto, me volvía a meter en el agua con la linterna; estaba tan fría que todo mi cuerpo se estremeció. No recordaba haber colisionado con algo sólido; tenía que ser otra cosa. Este último pensamiento me dejó paralizado, como muerto. ¡Si yo no había pegado contra algo sólido, tenía que ser otra cosa! En esta sección del barco no había válvulas ni desagües al mar. Entonces mis ojos y la linterna se fijaron en tres cables negros que subían junto al palo desde el fondo del barco para luego pasar por el mamparo y dirigirse hacia la mesa de cartas. ¡Los sensores! Uno era de la temperatura del agua; el otro, la sonda; y el tercero, la corredera. ¡Hostias! Me fui hacia el palo con dificultad, pues ya mis piernas no me querían obedecer, y empecé a tirar de los cables. Uno de ellos vino con facilidad y, colgando de él, el pasacascos26. La arandela de fuera (la parte de la seta) no estaba; se había roto precisamente junto a la arandela. ¡Dios mío! –pensé– ¡me he salvado! Rápidamente me fui a por el bichero de madera –su diámetro es parecido al del pasacascos–, y le corté un trozo de unas cuatro pulgadas. Lo enrollé con cinta para darle el grosor adecuado y volví al palo. El agujero estaba justamente debajo del tanque de agua dulce, de la única agua dulce que me quedaba, pero en ese momento era lo que menos me preocupaba, ¡ya cogería agua del cielo! Tiré el tanque a un lado y ¡allí estaba! Le puse el espiche de madera, lo encajé a golpes de porra y ¡maravilloso!, dejó de entrar agua. Al cabo de un rato el nivel de agua empezaba a bajar. Caminé como pude, frío como un carámbano; temblaba como una caña al viento. Sabía que estaba empezando a sufrir de hipotermia. Cuando llegué a la mesa de cartas, me quité como pude los pantalones impermeables, la ropa polar, la vestimenta interior térmica, los calcetines. Todo chorreaba agua. Encontré ropa semiseca en las bolsas de plástico y me volví a vestir lo más rápido que mis torpes movimientos me lo permitieron. Entonces, mientras la bomba hacía su trabajo, preparé un puchero de sopa, le añadí guisado de un paquete al vacío, muy gordo todo ello, y lo devoré. Pronto, me empecé a sentir de nuevo, me estaba descongelando y comencé a estar mejor. De repente la bomba se paró, aunque todavía quedaban unos 30 o 40 centímetros de agua. Inspeccioné la bomba y vi que un trozo de cabuyería de «kevlar»27 se había metido por el tubo de aspiración y la había parado. Rápidamente, saqué mis herramientas y desmonté la bomba: el cabito se había enrollado alrededor de las paletas de bronce, doblándolas; había partido la chaveta y forzado al motor a pararse&#8230;</p>
<p>Para entonces, ya habían pasado dos horas y pude hablar con Phillipe de nuevo. Le informé que el barco ya no se hundiría y que cancelaba la emergencia. Pero no podía informarle si continuaba en regata hasta que no contara las provisiones que me quedaban. El resultado no fue muy alentador: por de pronto, sólo habían sobrevivido a los golpes 25 huevos, ¡un milagro! Saqué y traté de secar todo lo que podía y como podía. Registré debajo de las panas, entre las cuadernas. Calculé que me quedaban unas 85.000 calorías. Considerando que me restaban unos 70 días para llegar a Les Sables, sumando o restando 10 días, además de otros 10 en caso de que rompiera el palo, tenía que calcular para 90 días. Necesitaba un mínimo de mil calorías diarias para mantenerme activo y sano durante ese tiempo, aunque obviamente muy delgado.</p>
<p>Terminé de achicar el barco con la bomba de mano y repuse los tubos que había cortado a su función original, que era llenar y vaciar los tanques de lastre. Mientras achicaba a mano, de vez en cuando me dormía –estaba tan cansado–; pero había que ahorrar gasoil y, tan pronto como me despertaba, continuaba, pues la manivela de la bomba no la soltaba ni dormido. Al cabo de un tiempo, me di cuenta de que el nivel del agua no bajaba como debiera y me llevó un rato dar con una valvulita que dejaba entrar agua del mar –nunca he sabido qué pintaba aquella toma de agua–.</p>
<p>En cubierta encontré algunas averías: dos pastecas de retorno se habían partido, eran las de los rizos; también se habían roto las patas de gallo28; tres mordazas y algunas cosas más de poca importancia.</p>
<p class="bodytext"><strong>ADIOS ENERO</strong></p>
<p class="bodytext">Como había recortado tanto mis raciones de comida estaba constantemente hambriento: mi estómago tenía que achicarse. Recoger agua era imposible por el momento: la nieve que caía en la cubierta y en las velas era arrastrada constantemente por las olas que barrían la nave; aun el agua que quedaba en los pliegues formados por los rizos de la Mayor se mezclaba inmediatamente con la de la mar. Tenía que admitirlo, la situación presente no era brillante. Incluso había dejado de calcular la distancia que me quedaba hasta Cabo de Hornos; dejé de pensar en ello y así no existía. Mis pies estaban insensibles por el frío. Cada vez que subía a cubierta tenía que ponerme la fría y mojada chaqueta de agua gruesa, el congelado y mojado gorro de lana, los gélidos guantes de neopreno, cerrar toda la ropa a tope con las cremalleras y velcros y engancharme con el cinturón de seguridad antes de salir de la cabina y cerrar la puerta (tipo frigorífico industrial) detrás de mí; luego, ponerme a gatas, escuchar atento por si venía la típica ola piramidal que sonaba como un tren por encima del rugir de las olas y el aullar del viento: si la oía, rápidamente me agarraba a un punto sólido y a esperar, lleno de ansiedad, al chapuzón en agua heladora cuando el barco se tumbaba o incluso daba la voltereta. Ocasionalmente, la mar me arrancaba dolorosamente de mi agarre y, aguantado solamente por el arnés, venía a parar abruptamente contra el balcón de popa, ya que era el final de la línea de vida.</p>
<p>Me enteré que Bertrand de Broc se retiraba de la regata: tenía problemas con la orza e iba navegando poco a poco hacia Nueva Zelanda. Al mismo tiempo, Alan Wynne Thomas se retiraba también e iba navegando hacia Hobart, Tasmania: tenía siete costillas rotas (dos de ellas en varios sitios), con un pulmón perforado (esto último lo descubrió cuando llegó al hospital). Bertrand, unos días antes, tuvo que coserse la lengua delante de un espejo. Así que, de quince, sólo quedamos nueve en la regata.<br />
30 de enero. Viento otra vez a fuerza 9 del NNE al principio, después del SE; el barco va saltando y dando trompazos, con tres rizos y la trinqueta. De repente, un cambio al NNO, que deja una mar muy incómodo, cruzado, con una ola piramidal de vez en cuando. ¿Cómo puede el viento rolar al revés cuando el barómetro está bajando? ¡Realmente bajando!</p>
<p>30 de enero. Por segunda vez crucé el meridiano de los 180º, así que hoy es sábado de nuevo. ¡Fantástico! ¡Dos sábados consecutivos! Imagínese lo difícil que sería explicarle a un trabajador vasco que Ugarte ha tenido dos sábados seguidos. No me imagino creyéndoselo. Hoy pensé que me había roto la columna vertebral, pero ahora estoy casi feliz. Durante la noche el viento había amainado tanto que pensé que sería el momento de aclarar el estay de proa. Así que, tan pronto amaneció, hacia las tres de la madrugada, allí estaba yo, escalando el estay con un cuchillo entre los dientes, cortando y tirando, arriba y abajo, durante seis horas. Me quedaba un trozo de vela que se negaba a bajar; trepé furioso, muy cansado pero determinado; corté la vela y&#8230; ¡la driza que me aguantaba! Caí y pegué contra la cubierta de espaldas: debí caer unos cinco metros. Allí me quedé tumbado por largo tiempo, sin poder moverme, apretando en la mano el trozo de vela que había rehusado bajar. Después de lo que parecía una eternidad, con algún golpe de mar que otro pasándome por encima, probé a mover los dedos y ¡se movieron! Ya no me moriría allí tumbado, congelado y mirando al cielo. Pensé, ¡vaya, no me he roto la columna! Empecé a moverme despacito con un dolor espantoso que me dejaba sin aliento y medio mareado; poco a poco me fui arrastrando hasta la bañera y me quedé allí tumbado esperando recobrar el aliento, no sé cuánto tiempo, pero no demasiado pues me estaba quedando frío. Luego, poco a poco, me metí en la cabina, conseguí sacar el botiquín, me di la crema contra los golpes y «Reflex»29, me vestí como pude y me quedé tumbado contra el mamparo, sostenido y cubierto por dos mantas. Me dormí un ratito y, cuando tuve fuerzas, me levanté sintiéndome mejor y me preparé un desayuno abundante, incluido un pote de té bien caliente, y me volví a tumbar a esperar, procurando mantenerme caliente.</p>
<p>Dos horas más tarde ya estaba empujando la nueva Génova 1 por la escotilla de proa. Me llevó una hora izarla en su perfil y trimarla30 en las condiciones bonancibles que imperaban en ese momento. Debería de haber izado el Genaker31; pero no me sentí con la fuerza necesaria, ya que la espalda de vez en cuando me daba unos dolores muy agudos.</p>
<p class="bodytext"><strong>CUARTO DESASTRE</strong></p>
<p class="bodytext">5 de febrero. Hoy ha ocurrido mi cuarto desastre. El primero fue en Finisterre, donde perdí 75 litros de gasoil. El segundo fue la total destrucción de la Génova ligera. El tercero fue la pérdida del pasacascos, que por poco me hunde el barco. Y, hoy, me ha ocurrido el cuarto: al principio de la tarde la vela Mayor se ha partido en dos y ha caído como un trueno en la cubierta. No podía creer lo que estaba viendo. En ese momento soplaban 45 nudos del NNO. Un trozo de vela se mantenía por arriba cerca de las crucetas superiores y el resto estaba gualdrapeando por la cubierta y encima de la botavara. Lo único que mantenía los dos trozos juntos era un cabito, obviamente el apagapenoles. Jurando como un loco, despacio, cobrando del apagapenoles y lascando la driza, fui arriando la parte alta de la vela. La parte alta era como de unos cinco metros en el gratil y la tela estaba totalmente destruida: la podía rasgar con las manos y eso que era «spectra»32. Trinqué el resto de la vela a la botavara –para entonces ya era de noche– y me fui abajo a meditar mis posibilidades. Pensé que tenía dos opciones: una era, usando varios sables33 juntos, convertirlos en el pico de una Mayor de cangreja, y la otra posibilidad era largar la mayor, salvando todos los carros, sables, etc., y convertir la Génova 2 de respeto en una mayor. La última solución era la más laboriosa: me llevaría mucho tiempo, pues tendría que hacer todos los hollados para coser los carros34 y las pastecas de los rizos, además de guarnir las fundas para los sables, etc. La primera opción era definitivamente la mejor. Preparé todos los parches, la bolsa de costura y quedé preparado para empezar al día siguiente al amanecer. Para las cuatro de la mañana ya estaba empezando. El viento había disminuido a fuerza 3. Arrollé la parte superior de la vela alrededor de los sables, la cosí y preparé cinco trozos de cabo a la driza de la Mayor con el pico. Trabajé hasta la noche. Estaba helado; tenía las manos medio congeladas. Algunas veces, mientras trabajaba encima de la botavara, me caía y una de esas veces me fui de cabeza. Suerte que llevaba el gorro de lana grueso además de la capucha de la chaqueta de agua. Al día siguiente, ya estaba otra vez recosiendo y reforzándolo todo. Me dolía el cuello pero yo&#8230;, «erre que erre». Tuve que subirme a la botavara y bajarme un montón de veces. El viento se mantenía en unos 25 nudos del NNO y yo continuaba, rompiendo agujas, rompiendo el reempujo35 y rompiéndome las manos. Icé la Mayor hasta el segundo rizo y media hora más tarde tuve que arriarla: se estaba rompiendo cerca del pico. Apareció toda clase de desgarros. Cosí y volví a coser. La vela me tiró de la botavara a la cubierta y allí me quedé sintiéndome medio muerto. Al cabo de un rato, me levanté como pude y volví a la botavara a seguir cosiendo y, de esta manera, transcurrieron tres días. Al final, se veía con mejor aspecto la vela; aunque no sentía las manos y el cuello me dolía mucho. Me caí de la botavara de cabeza una segunda vez. ¡Dios mío, debía de tener la mollera muy dura!</p>
<p>8 de febrero. Mi posición actual es 56º 20 S y 125º 49º O. No estoy lejos de la zona donde John Martin36 colisionó con un «growler»37 y finalmente se hundió, quedándose sin su Allied Bank. Bertie Reed, a bordo del Grinnaker, lo recogió. También en esta zona, Poupon ha dicho que ha visto algunos icebergs. Yo, desde luego, no he visto ninguno.</p>
<p>12 de febrero. Los días 10 y 11 se me pasaron; estuve muy ocupado con mi último desastre. El viento fuerte llegó pero no duró mucho. Después, roló al Sur y moderó. Desenrollé la Génova 1 y volví a izar la Mayor todo lo que pude. Salí a cubierta y decidí trasluchar. Empecé a enrollar la Génova, pero llegó un momento en que rehusó. Fui a comprobar lo que pasaba y vi que el apagapenoles se había enganchado en un trocito de metal que se había quedado sujeto a la primera cruceta, donde había estado la antena del radar, y que desde abajo no se veía. Parecía imposible que ocurriera algo así. Empecé a tratar de desengancharlo en el instante en que llegó un fuerte chubasco, con granizo y fuerte viento, y la Génova se rasgo desde la caída hasta el gratil. Me entró una furia malsana, ¡qué había hecho yo para merecerlo! ¡Ya era más que bastante! Juré y blasfemé durante largo tiempo; tenía que sacar mi furia de dentro. Tenía que arriar la vela sin ocasionar mas averías y lo conseguí. Entonces, escalé el palo con rabia, gritando de dolor cada vez que me golpeaba con él. Arranqué aquella miserable pieza del radar y la tiré con una palabrota obscena; bajé a cubierta para darme cuenta de que las dos cintas cosidas en la vela mayor, que aguantaban los dos grilletes que eran parte del pico de fortuna38 y servían para sujetar la driza al pico, se habían soltado. Ésta era la segunda vez. Arrié la vela de nuevo y la cosí con cordón (no usé hilo). Entretanto, ya se había hecho de noche y terminé el trabajo con una linterna de minero sujeta a la cabeza. Sinceramente, tuve la esperanza de que esta vez se mantuvieran. Terminé congelado de frío y muy hambriento. Calenté una lata de cocido que me devolvió a la vida. Antes de sentarme ante la mesa de cartas con un tazón de té humeante, con aroma a fresa, eché un vistazo fuera y vi que la botavara se había bajado y estaba planeando sobre el agua con los balanceos. Cogí la linterna y salí afuera para encontrarme con que la pasteca del segundo rizo se había partido en dos, una pasteca muy fuerte y muy cara. Metí la botavara a bordo, arrié la vela, luché con el grillete para poner otra pasteca, pasé el cabo del rizo y volví a izar la vela, la trimé adecuadamente, me mojé copiosamente durante el proceso y pasó una hora antes de que pudiera recalentar el té y sentarme de nuevo ante la mesa de cartas medio muerto.</p>
<p class="bodytext"><strong>CABO DE HORNOS Y ATLÁNTICO SUR</strong></p>
<p class="bodytext">19 de febrero. ¡Sí, señor, por fin lo conseguí: he pasado el Cabo de Hornos a las 5.45 minutos de la mañana&#8230;! En ese momento estaba al sur verdadero del cabo, a una distancia de 23 millas&#8230; Ha sido una noche de perros, con el viento cambiando de dirección continuamente entre el Oeste y el Sur, manteniendo su fuerza entre 40 y 50 nudos. Después, cambié de rumbo al NE. ¡Fantástico! Llevaba tres rizos en la Mayor y la Génova 2. Entonces vi un barco grande de pasajeros. Hablamos por la radio VHF. Volvía de la península Antártica y estaba lleno de turistas franceses (¡siempre los franceses!). Vi cientos de cámaras y videocámaras apuntándome. La gente, detrás de los cristales, me saludó cuando pasó camino de Ushuaia. La visión del barco no me hizo feliz. Era el primer navío que veía en muchas semanas, desde el Atlántico, y ¡tenía que estar allí, justamente al sur del cabo! Yo no quería compartirlo con nadie. Hoy el Cabo de Hornos tenía que haber sido exclusivamente mío. Hoy nadie tenía derecho a estar a la vista; me sentí ligeramente desilusionado.</p>
<p>Tengo una historia, no carente de cierta gracia. Mi patrocinador había enviado un fotógrafo para filmar mi paso por el cabo y, por cortesía del Gobierno argentino, el hombre venía a mi encuentro en un barco de la Marina de Guerra argentina. Bien, el barco lo intentó pero no lo consiguió. El tiempo hay que reconocer que era atroz. El buque, según venía en mi dirección, con rumbo de encuentro, tuvo una gran avería en su motor principal. Luego, me enteré de que los otros competidores tampoco tuvieron mejor suerte con el tema de las fotografías a su paso por allí. De todas maneras, conseguí hablar con el fotógrafo, de nombre Joserra, por el VHF, el cual me dio una noticia fantástica: mi segunda hija, Luisa, estaba encinta del que sería mi tercer nieto. Mi segundo nieto nació mientras yo hacía la BOC Challenge39 y me encontraba al sur de la islas Kerguelen. Ese mismo día, buscando algo en el pik de proa40, me topé con ¡una caja de botellas de vino tinto! Estaba enterrada entre sacos de velas y cabuyería. Alguien la puso allí y se le olvidó decírmelo. La mala noticia era que todas las botellas estaban rotas menos dos; no había mas que un montón de cristales y cartón mojado de vino. Aquel día mi cena fue memorable&#8230;</p>
<p>He cruzado el Atlántico Norte en solitario siete veces y dos más con tripulación. He participado en dos AZAB41, una BOC Challenge alrededor del mundo en solitario; pero, queridos amigos, esta regata no tiene rival, es demasiado inhumana, y esto lo digo ahora cuando las cosas van corrigiéndose día a día, en el camino hacia casa y con la mar mejorando continuamente&#8230;</p>
<p>Meses después, en casa, y porque sentí incomodidad en la ingle izquierda, un médico me examinó. Me sacó rayos X y me dijo que tenía la pelvis con fisuras y basculada; las fisuras se habían soldado, pero la pelvis probablemente no volvería a su posición normal nunca&#8230; Lo ha hecho.</p>
<p class="bodytext"><strong>José Luis de Ugarte</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/mas-de-cuatro-desastres-y-un-triunfo/">Más de cuatro desastres y un triunfo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Record del mundo de profundidad</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/record-del-mundo-de-profundidad/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:36:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sergio García-Dils En los últimos años, como resultado del empleo de nuevos materiales técnicos y una mejor preparación física, se han sucedido los récords mundiales de profundidad logrados por espeleólogos, [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/record-del-mundo-de-profundidad/">Record del mundo de profundidad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Sergio García-Dils</strong></span></h3>
<p class="bodytext">En los últimos años, como resultado del empleo de nuevos materiales técnicos y una mejor preparación física, se han sucedido los récords mundiales de profundidad logrados por espeleólogos, después de años de estancamiento. Durante diecisiete años (1981-1998), la sima Jean Bernard, en los Alpes franceses, ostentó dicho récord con una cota interior de -1.602 metros. En febrero de 1998, el buceo de un sifón en la sima Mirolda, también situada en esta región alpina, llevó al descubrimiento de nuevas galerías hasta una profundidad de 1.610 metros. Pero este récord habría de durar apenas unos meses. En agosto de ese mismo año, un equipo polaco consiguió batirlo de nuevo en Austria, en el sistema Lamprechtsofen-Vogelschacht-P2, con -1.632 metros.</p>
<p>Tres años después, recién llegado el nuevo milenio, habría de alcanzarse un nuevo récord del mundo, superando además por primera vez la marca de los -1.700 metros. El 7 de enero de 2001, una expedición del International Cave Exploration Team – CAVEX (Rusia-Ucrania-España), en colaboración con la Asociación Espeleológica Ucraniana (UkrSA), llegaba en el Cáucaso Occidental a la profundidad de 1.710 metros en la sima Krúbera-Voronya (macizo de Arábika, República de Abkhazia, Georgia).</p>
<p>Abkhazia no ha sido reconocida como estado independiente por ningún organismo internacional, y pertenece oficialmente, a todos los efectos, a la República de Georgia. Sin embargo, disfruta de una independencia de facto desde el comienzo de la guerra civil el 14 de agosto de 1992.</p>
<p>En los años sesenta, entre las cavidades exploradas por los espeleólogos georgianos se encontraba un pozo abierto al exterior de 57 metros, que se cerraba en su base sin más continuación que una estrechez intraspasable tras la que se adivinaba un meandro que seguía hacia abajo. El magnífico aspecto que presentaba este majestuoso pozo les llevó a bautizar esta pequeña cavidad como «Krúbera», en honor de Alexander A. Kruber, considerado el padre de la espeleología en Rusia. Esta sima, cuarenta años después se convertiría en la más profunda del mundo, pero no adelantemos acontecimientos.</p>
<p>En la sima Krúbera, situada a 2.240 msnm, también se estuvo trabajando entre los años 1982 y 1987, buscando una posible conexión con el sistema Arábikskaya, llegándose hasta una profundidad de 340 metros. Fue entonces cuando recibió el nombre «Voronya» («del cuervo»), por los cuervos que anidaban en el pozo de entrada, para distinguir esta sima de otra Krúbera que se encuentra en la meseta de Karabí-Yaila, en la península de Crimea.</p>
<p>En 1998 la situación política en Abkhazia había mejorado lo suficiente como para plantearse retomar las exploraciones espeleológicas en el macizo de Arábika. Así, en verano de 1998 el CAVEX Team1, escogió como zona de trabajo la situada al noreste del pico de los Espeleólogos (2.705 m)2, en los alrededores de la sima Moskóvskaya (-972 m), donde estaba previsto centrarse especialmente en la sima S78/83 «Dzou», descubierta en 1983 y explorada hasta -750 metros por una expedición moscovita que se introdujo en Abkhazia en 1994, aprovechando el alto el fuego que supuso el despliegue del ejército ruso en la zona como fuerza de paz. La reexploración de la sima Dzou permitió a nuestro equipo añadir un nuevo «menos mil» a la nómina de grandes cavidades mundiales, alcanzándose en esta ocasión hasta -1.077 metros.</p>
<p>Para el verano de 1999, después de la positiva experiencia del año anterior, dentro de la Asociación Espeleológica Ucraniana, en la que está integrado nuestro grupo, se plantearon dos expediciones simultáneas a Arábika. El CAVEX Team volvería a Dzou, consiguiendo llegar esta vez hasta la cota -1.090 metros, tras la exploración de un interminable meandro que permitía apartarse del gran colector que se encuentra a partir de -1.073 metros, un verdadero río subterráneo que, a todas luces, limitaba las posibilidades de ganar profundidad en la sima. Mientras tanto, un segundo grupo, el Vtoróy Eshelón, retomaría las exploraciones en el valle glaciar de Orto-Balagán, la zona en la que habían trabajado durante los años ochenta los espeleólogos de Kiev. En el transcurso de esta expedición, se encontraría una nueva vía de continuación en la sima Krúbera-Voronya, que abriría el camino al futuro récord de profundidad.</p>
<p>Orto-Balagán debe su nombre a un pequeño conjunto diseminado de cabañas de pastores armenios, como indica el propio topónimo. En este valle glaciar se habían explorado durante los años ochenta una serie de cavidades, conectadas hidrogeológicamente entre sí y con surgencias situadas al nivel del mar, que ofrecían inmejorables perspectivas para la localización y exploración de todo un gran sistema endocárstico que superase incluso los hasta la fecha míticos dos mil metros de profundidad. En agosto de 1999, el equipo Vtoróy Eshelón se había marcado allí dos objetivos. En primer lugar, proseguir la exploración de la parte final del sistema Arábikskaya, entrando por Génrikhova Bezdna; en segundo lugar, reexplorar la sima Krúbera-Voronya, buscando la posible conexión con el sistema Arábikskaya, de la que esta sima podría ser una entrada superior, con lo que se lograría aumentar el desnivel total del sistema resultante en sesenta metros.</p>
<p>La sima Krúbera-Voronya ya había sido explorada hasta una profundidad de -340 metros, cota a la que se cerraba en una estrechez impenetrable. Como resultado de los trabajos de reexploración del Vtoróy Eshelón, se hallaron sendas ventanas en torno al pozo de 43 metros (P-43)7 que se encuentra entre las cotas -210 y -253 metros, ventanas que enlazaban a su vez con meandros fósiles con continuación abierta.</p>
<p>Al meandro noroeste, el «Inferior», se llegó por una ventana situada a -255 metros, ya en el pozo que sigue al P-43, yéndose la galería aparentemente al encuentro de Kuybyshévskaya. Tras una serie de meandros, resaltes y pozos, este ramal noroeste se abre en un amplio P-105, en el que los espeleólogos ucranianos llegaron a la cota de -490 metros en una sala de unos 1.000 metros cuadrados de superficie en planta sin continuación aparente.</p>
<p>En la pared opuesta del P-43, por una ventana situada a -225 metros, se accedió al meandro sureste, el «Superior». El meandro «Superior» se diferencia del «Inferior» por ser más corto y amplio, y presentar menores dificultades de progresión. Tras dos grandes pozos, P-110 y P-152, se alcanzó el que es ahora «Vivac -500», el vivac situado a la cota -500 metros. A partir de los -525 metros comienza un meandro con algunos resaltes y pequeños pozos que fue bautizado como «Sinusoida», al que siguen dificultades similares a las anteriores. En la última entrada a la sima se alcanzaron los -750 metros. Se habían acabado todas las cuerdas, pero la sima seguía.</p>
<p class="bodytext"><strong>AGOSTO DE 2000 (-1.215 m)</strong></p>
<p class="bodytext">En agosto de 2000 se volvieron a plantear en el seno de la Ukr.S.A. dos expediciones simultáneas a Arábika, con la misma distribución que el año anterior: el CAVEX Team en la sima Dzou y el Vtoróy Eshelón en Krúbera-Voronya. Dadas las perspectivas que ofrecía esta última cavidad, se organizó una gran campaña de exploración en dos fases, de forma que el equipo hispano-francés MTDE Team8 tomaría el relevo y proseguiría los trabajos en la sima a partir de septiembre.</p>
<p>En los planes iniciales de exploración en Krúbera-Voronya estaba previsto trabajar paralelamente en los dos ramales de la sima descubiertos el año anterior, pero al comenzar la expedición quedó claro que merecía la pena centrarse en el ramal «Superior», por el que había continuación abierta, ya que el ramal «Inferior», aunque prometedor, exigía de partida encontrar una continuación viable.</p>
<p>Así, la expedición se dividió en tres fases. En la primera etapa se instaló la parte conocida de la sima hasta -750 metros, aprovechando para retopografiar el sector «antiguo» de la cavidad (el que llegaba a -340 metros) y topografiar el ramal «Superior» desde la cota -600 metros, donde se había detenido la topografía el año anterior, hasta -750 metros.</p>
<p>La segunda fase comenzó al seguir explorándose a partir de -750 metros. La sima fue ganando rápidamente profundidad en una sucesión interminable de pozos y cascadas, con una longitud media de 40-50 metros, hasta alcanzar la cota mágica de los -1.000 metros, que fue acogida con gran entusiasmo en superficie. Más adelante, la sima seguía bajando. En la última entrada, sin un metro de cuerda en reserva, se alcanzó la cota de -1.215 metros en el fondo del P-71 donde se encuentra una sala con un gran caos de bloques que se estimó apropiada para instalar el futuro vivac.</p>
<p>Llegado este momento, dio comienzo la tercera fase. Al terminarse todas las cuerdas, se procede a la desinstalación de la sima. Se saca al exterior el vivac de -500 metros y todo el material metálico, dejándose las cuerdas recogidas en cabecera de pozo para la siguiente expedición, del MTDE Team.<br />
Septiembre de 2000 (-1.410 m)</p>
<p>Los integrantes de la expedición anterior nos pasaron el relevo al «equipo burgués», como cariñosamente nos llamaron los «bolcheviques». Yuriy Kasyan, el coordinador ucraniano de las anteriores dos expediciones, también presidente de la Ukr.S.A., nos esperaba en el aeropuerto de Adler, procedentes del vuelo Madrid-Moscú.</p>
<p>Así, en Adler nos reunimos el 31 de agosto un equipo verdaderamente internacional: Yuriy Kasyan, de Ucrania; Denis Provalov, de Rusia, recién llegado de la expedición del CAVEX Team a la sima Dzou, en la que en esta ocasión no se habían obtenido resultados relevantes; y los ocho integrantes del MTDE Team (dos franceses y seis españoles), de vuelta de la campaña de exploración anual en Picos de Europa.</p>
<p>Según estaba previsto, ese mismo día por la noche cruzaríamos la frontera por el puesto de Veseloe, en el que hay un puente sobre el río Psou, límite norte de Abkhazia. Tras hacer la compra de comida y carburo en los mercadillos de Veseloe, nuestro contacto abkhazio, un armenio llamado Vatek, pasó furtivamente todo nuestro material de expedición al «otro lado» en una furgoneta, con lo que nos quedamos literalmente con lo puesto. Siguiendo el plan trazado por Vatek, esa noche nos pasarían a los «burgueses» ocultos en el mismo vehículo, ya que rusos y ucranianos, como ciudadanos de la ex-URSS, no tenían ningún problema y podían circular libremente por esa frontera.</p>
<p>Sin embargo, las cosas no iban a ser tan fáciles. A causa del bloqueo internacional a Abkhazia, los rusos habían cerrado la frontera a los extranjeros, incluso al personal de la Cruz Roja Internacional. Además, nadie entendía para qué queríamos entrar, siendo occidentales, en un país del que todo el mundo intentaba huir. Así las cosas, nos exigían por entrar y salir de Abkhazia un soborno de trescientos dólares por persona… Algo inaceptable, a lo que nos negamos en redondo cuando ya nos esperaban los guardias fronterizos, ávidos de divisas, para franquearnos el paso.</p>
<p>Comenzaba así el episodio del paso de la frontera del río Psou, que ha entrado por derecho propio en los anales de la espeleología ex-soviética. Esa misma noche nos instalamos en un hotel recién inaugurado en Veseloe y comenzamos a buscar una solución; como el tema ya estaba en boca de todos, nada más llegar, el director del establecimiento nos ofrecía la posibilidad de encontrar un medio más barato de cruzar.</p>
<p>Entretanto, al día siguiente nos acercamos a primera hora al puesto fronterizo, a preguntar la posibilidad de cruzar oficialmente. Denís hace las preguntas pertinentes y regresa con malas nuevas: no hay manera de cruzar sin soborno de por medio. De vuelta en el hotel, el director nos comenta que ha estado indagando, pero que al final había que pagar un soborno tan alto como el que nos pedían inicialmente. Así que, acto seguido, a plena luz del día, nos presentamos los ocho «burgueses» en el puesto fronterizo, a ver con nuestros propios ojos qué ocurría allí. Un oficial nos pide el pasaporte, se queda mirándonos unos instantes y nos espeta: «¿Sois los espeleólogos, verdad? Pues la frontera está cerrada». Se da la vuelta y se va, dejándonos con tres palmos de narices. Llamamos al comandante del puesto y, con más educación, nos explica una vez más lo que ya sabíamos, que las bisagras de la verja estaban muy «oxidadas», y si no se «engrasaban» adecuadamente no había nada que hacer, ni visados ni nada.</p>
<p>Nos trasladamos a la ciudad de Sochi a seguir probando suerte. ¿Qué tal en el helicóptero de nuestros amigos del MChS, los equipos de rescate rusos? Ni hablar de cruzar fronteras, y menos aún ésta. ¿Y por barco, desde Sochi hasta algún puerto abkhazio? Nadie quería arriesgarse, y eso que preguntamos barco por barco, tripulación por tripulación. ¿Y por las montañas, al norte? Por allí andaban los guerrilleros chechenos intentando introducirse en Rusia, así que no había más que hablar&#8230; Cuando todo parecía perdido, se nos planteó una posibilidad bastante arriesgada: cruzar la frontera directamente por el río Psou de noche, sobornando a los centinelas rusos, con la promesa de que en el lado abkhazio no habría prácticamente vigilancia.</p>
<p>El día 2 de septiembre por la mañana nos acercamos a «sondear» a un contacto de la mafia local armenia que se dedicaba, entre otros, a estos menesteres fronterizos. Le decimos que somos moldavos sin papeles que queremos pasar la frontera. Dicho y hecho. Nos cita esa misma noche, a las 21:00, hora a la que nos presentamos en su establecimiento comercial, a orillas del Psou, con la excusa de comprar diez kilos de pan seco, que nos entrega en dos grandes bolsas para dar a la situación un poco de credibilidad. Esperamos allí unos minutos, el tiempo suficiente para que entregara parte de los pocos rublos que nos pedía a los dos guardias rusos que patrullaban en esa zona. Los centinelas subieron desde el río hasta la carretera, haciéndose los suecos, por lo que nosotros dispusimos entonces de unos cinco minutos para cruzar el río, después de dejar el pan seco en manos de Yuriy y Denís. Nuestro guía nos condujo hasta el agua y nos indicó dónde teníamos que llegar en la otra orilla. Afortunadamente, merced al estiaje, el río apenas nos cubría por la cintura. Sin embargo, ya en el «otro lado», en Abkhazia, no fuimos capaces de encontrar ningún camino para salir del río, y como no era cuestión de encender linternas o algo así, tuvimos que abrirnos paso entre alambradas y zarzas durantes unas horas que nos parecieron interminables, con la incertidumbre de si nos descubrirían los guardias fronterizos abkhazios. Después nos enteraríamos de todavía quedaban campos minados por allí, pero esa ya es otra historia&#8230;</p>
<p>Por fin, llegamos a campo abierto. Nos arrastramos como pudimos entre los trigales y llegamos a la carretera donde habíamos acordado que nos recogería nuestro contacto, Vatek.</p>
<p>El problema era esperar agazapados hasta ver la furgoneta blanca del armenio; entonces había que salir, hacerle señales y montarnos a toda prisa. Sobra decir que, si se trataba de cualquier otra furgoneta, tan cerca de la frontera podíamos meternos en un buen lío. La primera vez que la vimos acercarse por la carretera la reconocimos demasiado tarde y pasó de largo. Ni que decir tiene lo que podía suponer quedarnos allí, en medio de ninguna parte y sin saber siquiera a dónde teníamos que ir&#8230; Nos volvimos a esconder, esperando a que regresara. Afortunadamente volvió, y esta vez nos adelantamos y nos vio. Ya en la furgoneta, Vatek nos comentaba que iba de vuelta a casa, que llevaba toda la noche buscándonos y creía que nos habían capturado.</p>
<p>Sanos y salvos, llegamos a la casa de Vatek en el pueblecito costero de Gantiadi (en abkhazio, «Sandripsh»), donde nos esperaba todo nuestro equipaje y el material de la expedición.</p>
<p>Al día siguiente, 3 de septiembre, por la mañana llegaron Yuriy y Denís, que no habían podido llegar antes porque por las noches el puesto fronterizo estaba cerrado. Nos acercamos al mercadillo de Gantiadi a hacer las últimas compras y allí nos enteramos de que ¡habían estado haciendo apuestas a uno y otro lado de la frontera sobre si la lograríamos cruzar! Estaba claro que un caso tan poco habitual no podía pasar desapercibido&#8230;</p>
<p>De vuelta en casa de Vatek, empaquetamos todo rápidamente y lo cargamos en su camión, un modelo militar soviético GAZ-66 con tracción a las seis ruedas, que nos subiría hasta Orto-Balagán, en la parte occidental de la meseta de Arábika.</p>
<p>Una vez arriba, desde la cabaña de pastores donde nos dejó Vatek hasta el emplazamiento del que sería nuestro campamento base, discurre un cómodo sendero que pasa por las bocas de las simas Génrikhova Bezdna y Kuybyshévskaya, hasta llegar a la falda de una pequeña colina en la que se abre, a escasos metros de donde montaríamos nuestras tiendas de campaña, la boca de Krúbera-Voronya.</p>
<p>Tras estas vicisitudes fronterizas, el 4 de septiembre comenzábamos por fin a reequipar la sima, retocando aquí y allá la instalación para adaptarla, donde hacía falta, a nuestras cuerdas de 7 y 8 milímetros. De todos modos, en esta primera fase utilizamos en general la cuerda ucraniana que habían dejado en cabecera de pozo, de 9 y 10 milímetros.</p>
<p>En los días que siguieron fuimos turnándonos en la instalación de la sima y el trabajo en superficie. Mientras había algún equipo en la cavidad, en superficie se preparaba el material para próximas incursiones y se trataba con los lugareños. Nuestras buenas relaciones con los pastores se tradujeron en el intercambio de salchichones –con las prisas habíamos comprado como para un regimiento– por leche y queso, e incluso en la compra de un cabritillo. Recibimos también alguna visita de guerrilleros abkhazios, que nos ofrecían sus fusiles Kaláshnikov, el famoso AK-47, para hacer prácticas de tiro.</p>
<p>Los días de descanso los aprovechábamos para prospectar en la zona del pico Arábika, cerca del cual localizamos, entre otras, una sima especialmente prometedora a 2.477 msnm con un gran pozo de entrada que no pudimos bajar por falta de tiempo. Como no disponíamos de buenos planos con coordenadas, muy difíciles de conseguir en la exURSS, y más en Abkhazia, con ayuda del G.P.S. hicimos un mapa de superficie marcando los principales accidentes del relieve y, especialmente, los vértices geodésicos soviéticos, que nos sirvieron para referenciar las simas.</p>
<p>Entretanto, en Krúbera-Voronya, utilizando de base el vivac de -500 metros, dejamos reinstalada la cavidad en cinco días, de manera que el día 8 el equipo de punta ya pudo trasladar este vivac a -1.215 metros y reemprender la exploración. Pronto quedó claro que la parte más inhóspita de la sima se encontraba a partir de esta cota, reduciéndose drásticamente las grandes dimensiones que tenía la cavidad hasta el momento a partir del caos de bloques de la sala de -1.215 metros. La tónica general eran estrechos pasajes, algunos de los cuales hubo que desobstruir a base de maza, con abundante flujo de agua que hacía extremadamente penosa la progresión.</p>
<p>La exploración se combinó, como no podía ser de otra manera, con la topografía detallada de la parte nueva de la cavidad, con brújula y clinómetro «Suunto» y cinta métrica. Las cotas las revisamos una y otra vez, en cada entrada, con ayuda de dos altímetros con precisión de un metro, digital y analógico respectivamente.</p>
<p>En dos días más se consiguieron alcanzar los -1.410 metros. A esa cota, un estrecho y regadísimo pozo terminaba en una pequeña galería que acababa inundándose, cerrando el camino. Así las cosas, y como se nos concluía el tiempo, decidimos comenzar a desequipar la sima y dejar para otra ocasión la búsqueda de continuación.</p>
<p>Pero la suerte habría de ponerse de nuestro lado. Durante la desinstalación, a -1.340 metros localizamos una ventana que daba paso a un meandro seco por el que se perdía el aire. Avanzamos unos quince metros por él y llegamos a la cabecera de un pozo de 10 metros (P-10). Ya no teníamos ni tiempo ni material de instalación a mano para equipar este pozo, así que dejamos la incógnita para el próximo equipo que entrara en un futuro que esperábamos no muy lejano.</p>
<p>La desinstalación se desarrolló con la misma celeridad que la instalación y exploración, de manera que en una jornada de trabajo ya habíamos desequipado de -1.410 metros a -500 metros, y trasladamos además el vivac de -1.215 metros a -500 metros, dejando una vez más las cuerdas recogidas en cabecera de pozo.</p>
<p>En el «vivac -500» tuvimos un incidente que merece la pena reseñar. Es costumbre en nuestras expediciones calentar las bombonas de camping-gas con la llama de la iluminación de acetileno, para que el gas fluya con más alegría. Cuando estábamos preparando el desayuno en el vivac, como saliera cada vez con menos fuerza la llama del hornillo, comenzamos a calentar la bombona como habitualmente, con tan mala suerte que explotó, abrasándonos la explosión con el agua hirviendo que se nos derramó encima. Así que los dos quemados tuvimos que «evacuar» el vivac y salir a toda prisa a superficie, antes de que el dolor de las heridas se hiciera notar y nos impidiera subir por nuestros propios medios.</p>
<p>Nuestros compañeros en superficie, previa consulta telefónica a especialistas de la unidad de quemados del hospital francés de Toulouse, nos trataron las heridas con rapidez y eficacia, de manera que consiguieron evitarnos infecciones y otros males mayores. Por supuesto, la desinstalación prosiguió a buen ritmo, y en unos días pudimos bajar de nuevo a Orto-Balagán con todo recogido, donde una vez más nos esperaba Vatek con su incombustible camión soviético.</p>
<p>De vuelta en Gantiadi celebramos por todo lo alto la profundidad alcanzada y las buenas perspectivas de continuación de la sima en un bar local, con uno de los platos típicos de Abkhazia: las brochetas de carne con salsa picante, regadas con vino del país y, por supuesto, ríos de vodka.</p>
<p>De nuevo había que cruzar la frontera, así que Yuriy pasó al otro lado para ponerse de acuerdo con el armenio que nos había ayudado la vez anterior. La señal de que todo estaba preparado sería que encenderían una barbacoa delante de su establecimiento, en la otra orilla del Psou. Vatek nos dejó en la misma carretera de la otra ocasión, delante de un camino que nos llevaría directamente hasta el río. Aguardamos en la orilla hasta que vimos al otro lado una hoguera inmensa que nos hizo dudar de si era la señal o un incendio de devastadoras proporciones. Como vimos a nuestro contacto acercarse por el agua, no cabían más dudas, así que cruzamos rápidamente y en unos minutos estábamos ya en suelo de la Madre Rusia, donde nos esperaba, al más puro estilo cinematográfico, otra furgoneta con el motor en marcha, en la que nos aguardaba Yuriy. Esa noche pernoctamos de nuevo en el hotel ya conocido, donde organizamos otra celebración, sobre todo por haber podido entrar y salir de Abkhazia sin novedad.</p>
<p>Al día siguiente nos traía Vatek nuestras cosas, con lo que ya podíamos dar por finalizada la expedición. Un avión desde Adler nos llevaría hasta Moscú, donde nos esperaban nuestros amigos rusos, y allí algunos nos quedaríamos a pasar unos días y otros continuarían camino a Madrid.<br />
Invierno 2000-2001 (-1.710 m)</p>
<p>La unanimidad era total entre los miembros del CAVEX Team: había que regresar lo antes posible a Krúbera-Voronya, pues las posibilidades de continuación en la sima eran enormemente alentadoras, y el récord del mundo estaba al alcance de nuestros dedos. Como ya habíamos hecho en otras ocasiones, optamos por proseguir la exploración de la sima en invierno, cuando la cantidad de agua en la cavidad era menor debido a las bajas temperaturas en superficie, en la que todo aporte hídrico quedaba retenido en forma de hielo y nieve.</p>
<p>El día 27 de diciembre partía de Adler, nuestro lugar habitual de concentración, el CAVEX Team para dar comienzo a la siguiente fase de exploración en Krúbera-Voronya. Como el tiempo lo permitía, el 28 por la mañana se pudo utilizar un viejo helicóptero soviético para subir rápidamente, con dos toneladas y media de impedimenta, hasta Orto-Balagán.</p>
<p>En días sucesivos el tiempo empeoró notablemente, con fuertes vientos y abundante nieve. Como se esperaba, bajo tierra las condiciones eran, por el contrario, las idóneas, sin el flujo constante de agua que tanto nos había incomodado durante el verano anterior. El 30 de diciembre se instalaba el vivac de -500 metros y el 2 de enero el de -1.215 metros. El 3 y 4 de enero el equipo de punta, dirigido por Yuriy Kasyan, llegaba hasta -1.340 metros, donde habíamos descubierto la ventana en la expedición anterior. Efectivamente ésta daba acceso a una continuación abierta, así que, pasando por ella, el 5 de enero Denís Provalov y Oleg Klimchuk instalaban ya hasta -1.580 metros. Por fin, en la noche del 5 al 6 de enero, Konstantín Mukhin e Ilya Zharkov batían el récord del mundo al alcanzar la cota de -1.680 metros, y se quedaban en la cabecera de un pozo de considerables dimensiones. La noticia del récord corrió como la pólvora por todo el mundillo espeleológico en los cinco continentes, mientras en el siguiente ataque, el 7 de enero, Yuriy Kasyan y Anatoliy Povyakaylo alcanzaban el, hasta ahora, final de la sima, una enorme sala a -1.710 metros, que fue bautizada «Sala de los Espeleólogos Soviéticos».<br />
En los días siguientes se desinstaló la cavidad y se comenzó a preparar el retorno a la civilización, previsto para el 11 de enero, de nuevo por aire. La intensa nevada que caía y el mal tiempo impedían el regreso en helicóptero, así que el 13 de enero se decidió descender a pie hasta el pueblo de Guzle, donde esperaba Vatek con su camión. Al día siguiente, sorteando fuertes aludes, se pudo llegar por fin a Gantiadi, tras un sinnúmero de caídas montaña abajo rodando por la nieve.</p>
<p>El 16 de enero los expedicionarios rusos llegaban a Moscú, donde les esperaba un multitudinario recibimiento, con banda militar de música, varias cadenas de televisión, periodistas y, por supuesto, todos los espeleólogos que pudieron acercarse. Dos días después, el 18 de enero, los ucranianos llegaban a Kiev, donde también les aguardaba un recibimiento por todo lo alto.</p>
<p class="bodytext"><strong>Sergio García-Dils</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/record-del-mundo-de-profundidad/">Record del mundo de profundidad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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			</item>
		<item>
		<title>Aguas negras como una pesadilla</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/aguas-negras-como-una-pesadilla/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:36:07 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Fidel Molinero Los lugares de exploración del hombre, en la medida que la corteza del planeta se ha ido conociendo prácticamente en su totalidad, han ido derivando hacia rincones menos [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Fidel Molinero</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Los lugares de exploración del hombre, en la medida que la corteza del planeta se ha ido conociendo prácticamente en su totalidad, han ido derivando hacia rincones menos accesibles, como el espacio extraterrestre y los fondos marinos. Para explorar esos ambientes hostiles, son necesarios unos medios sólo al alcance de algunos gobiernos, y son limitadísimas las personas que pueden protagonizar esas búsquedas. Sin embargo, existe una zona poco conocida en la superficie terrestre y a la que no se le presta excesiva atención: es el subsuelo, el casi desconocido mundo subterráneo.</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS CONDICIONES</strong></p>
<p class="bodytext">Las condiciones más frecuentes que se dan en este tipo de exploración son: oscuridad absoluta; turbidez de las aguas (especialmente al regreso); grandes presiones (relacionadas con la profundidad); presencia de un techo, que impide emerger rápidamente; distancia desde el punto de penetración; baja temperatura de las aguas; aire limitado para la supervivencia; sensación de confinamiento; presión psicológica, por la necesidad de controlar múltiples y variados factores (consumo de aire, profundidad, tiempo, itinerario, visibilidad, ubicación del compañero, nuestra propia situación, etc.); inicio de la exploración después de un importante desgaste físico, y posterior regreso.<br />
Aunque parece evidente, cuando se inicia una exploración buceando en una cavidad, la existencia de un techo imposibilita el escape rápido ante cualquier emergencia, como en principio puede realizarse en aguas abiertas, y, salvo raras excepciones, que nos posibilitan comunicar con otras entradas, es necesario regresar por el mismo itinerario por el que accedimos.</p>
<p>A la hora de evaluar la dificultad de una inmersión, un factor determinante es la profundidad a la que nos moveremos. Hay que tener en cuenta que cada diez metros de columna de agua (profundidad) supone una atmósfera adicional de presión. Como el aire inhalado se respira a la presión ambiente correspondiente a la profundidad que nos encontremos, a medida que nos sumerjamos la situación irá cambiando. Así, por cada litro de aire que consumamos en superficie, consumiremos dos litros a diez metros de profundidad, tres a veinte metros, y así sucesivamente. Por lo tanto, con una misma cantidad de aire, podremos efectuar proporcionalmente un menor recorrido en función de la profundidad; aunque se dan otras variables a la hora de determinar este consumo, que se controla por medio de un manómetro de presión.</p>
<p>Existe una norma de oro en el espeleobuceo para el tema del consumo, y es la denominada «regla de los tercios»: sólo podremos utilizar 1/3 del aire disponible para el avance, 1/3 para el regreso y reservaremos 1/3 para emergencias. Ésta es una norma de mínimos y se hace sumamente estricta en el caso de sifones con gran turbidez, o penetraciones en túneles a favor de la corriente, donde es prudente regresar cuando hayamos agotado un cuarto del aire disponible, dado que el tiempo de regreso puede exceder bastante al del avance.</p>
<p>A pesar de la creencia popular bastante generalizada de que las mal llamadas «bombonas» (se conocen como botellas los recipientes de almacenamiento del fluido respiratorio) contienen oxígeno, generalmente lo que se respira bajo el agua es aire normal comprimido. Este aire posibilita inmersiones de hasta sesenta a setenta metros de profundidad, siempre que a esas cotas se permanezca un breve período de tiempo. Pero a partir de los cuarenta metros de profundidad, el nitrógeno contenido en el aire puede provocar efectos narcóticos, la conocida «borrachera de las profundidades», lo que puede comprometer seriamente la seguridad.</p>
<p>Como he indicado anteriormente, el aire, o la mezcla respiratoria utilizada durante la inmersión, se inhala a la presión ambiente en que nos encontremos, disolviéndose en la sangre y pasando a las células de los tejidos de nuestro organismo. Cuando regresemos a la superficie, estaremos sobresaturados; es decir, tendremos disueltos más gases que los permitidos para la presión atmosférica corriente. Si el tamaño alcanzado por las burbujas es grande, se producen efectos fisiológicos nocivos: taponamiento de arterias, presión sobre los tejidos –que pueden llegar a producir desgarros– y activación del sistema inmunológico. Todos estos efectos son la causa del cuadro patológico de la enfermedad «descompresiva», y dan origen a una gran diversidad de dolencias, desde efectos imperceptibles, hasta parálisis o muerte súbita. Para evitarlos, es necesario realizar una serie de paradas a diferentes profundidades antes de emerger y eliminar este exceso de burbujas, equilibrando su tamaño a la presión normal. Esas paradas se realizan en función de la máxima profundidad alcanzada y el tiempo de permanencia; con este fin disponemos de unas tablas específicas que permiten determinar el tiempo que debemos detenernos en cada cota. Actualmente se utilizan computadores de buceo que efectúan con ventaja estos cálculos.</p>
<p>Otro factor importantísimo es la accesibilidad. Cuando se trata de manantiales que vierten sus aguas al exterior, el transporte del voluminoso y pesado material que es necesario para la exploración puede resultar relativamente fácil: desde situarnos al borde del manantial a pie de coche, a tener que realizar cortas o largas caminatas con el equipo a nuestra espalda, con o sin ayuda de animales de carga. El traslado se complica en la medida en que las distancias y las profundidades son más grandes, debido a que el volumen de la compleja parafernalia necesaria para nuestra actividad aumenta progresivamente. Si, además, nos topamos con una zona aérea (sin agua), por la que se accede a una nueva área anegada, tendremos que transportar el material necesario a través del sifón y, posteriormente, cargarlo en la zona libre de agua, instalar cuerdas en las zonas peligrosas y así sucesivamente.</p>
<p>Cuando la zona inundada que pretendemos explorar se encuentra en el interior de una cavidad, a veces a varios kilómetros de la entrada y cientos de metros de profundidad, donde tenemos que salvar pozos verticales, descendiendo por cuerda, pasos angostos, meandros y caminos tortuosos entre bloques de piedra, barro, etc., transportando la pesada y delicada carga, es fundamental, además, poder contar con el apoyo de un numeroso y abnegado equipo de expertos y sufridos espeleólogos que porteen el equipo, por lo que la exploración puede complicarse y dificultarse hasta extremos inimaginables.</p>
<p>Existen otras muchas variables dignas de mención, como la temperatura del agua, el tamaño de la galería y, fundamentalmente, la visibilidad. No siempre las aguas donde buceamos son cristalinas. Con mucha frecuencia suelen estar disueltos sedimentos, o bien los provocamos nosotros a nuestro paso o con nuestras burbujas. Esta situación puede tener especial importancia a la hora de regresar, dándose el caso de tener que hacerlo prácticamente a ciegas, lo que puede comprometer seriamente nuestra seguridad. Para paliar esta dificultad, o la posible desorientación dentro de la cavidad, es imperativo la utilización siempre de un cordel guía convenientemente marcado, que nos conduzca hacia la salida.</p>
<p>Es fundamental llevar duplicados determinados elementos como linternas y reguladores (aparatos que reducen la presión del aire en la botella a la del ambiente y nos permiten respirar, generalmente por la boca), por si se produce algún fallo.</p>
<p>Al contrario que en el alpinismo u otras actividades, en las cuales conocemos de antemano cuál es nuestra meta (una cumbre, un recorrido, una pared determinada, etc.), en el espeleobuceo desconocemos casi siempre dónde puede estar el final. Vamos consiguiendo metas parciales, y muchas exploraciones se demoran años, en la medida que aumentan los problemas, sucediéndose en la exploración diversas generaciones de espeleobuceadores, conforme las dificultades limitan la capacidad técnica, material o humana del momento. De hecho, en una buena parte de los grandes sistemas de cavidades inundadas no se ha conseguido llegar al final, se desconoce dónde está éste y cuándo se alcanzará.</p>
<p class="bodytext"><strong>SISTEMA DE POZALAGUA (BURGOS Y ÁLAVA): Comunicación de la Cueva Perilde de Llorengoz con la Goba Haundi (o Cueva Grande) de Tertanga</strong></p>
<p class="bodytext">Uno de los grandes atractivos que tiene la espeleología, parejo al de la exploración, es la posibilidad de unir sistemas de cavidades que, aparentemente, son diferentes por tener bocas de acceso en distintos lugares. Una de las pistas que nos puede inducir a considerar su posible relación, aparte de la relativa proximidad, es la topografía. Otra es el trazado de los torrentes, mediante la adición a las aguas de fluoresceína u otro colorante, y su detección en puntos distantes. Una tercera puede ser encontrar, en algún lugar poco accesible de la cueva, algún objeto que no haya podido llegar allí de forma normal por el camino que nosotros hemos recorrido.</p>
<p>Pero el hecho de que una o varias cavidades formen parte de un mismo sistema no quiere decir que podamos acceder de una a otra y comunicarlas. El aire y el agua se abren paso por lugares para nosotros inaccesibles. A veces hay que buscar en los posibles recovecos, o incluso picar. Más excepcional es efectuar esta comunicación a través de sifones.</p>
<p>La Goba Haundi es una gran cavidad al pie del pico del Fraile, en la sierra de Orduña (Álava) y su existencia es conocida desde tiempos inmemoriales por los lugareños. Las primeras exploraciones espeleológicas datan del año 1961 y fueron llevadas a cabo por el Grupo Espeleológico Alavés, de Vitoria, que en esa época topografió 3.100 metros de galería. La cueva permanece ignorada durante 25 años, hasta que, en 1986, el G. E. Edelweiss (Burgos) reemprende la exploración, encontrando la continuación a través de un paso bajo lateral, generalmente inundado. La exploración continúa durante el año 1987, alcanzándose los 7.500 metros de topografía. Ese mismo año, y en una zona donde se cruzan dos ríos, a 3.800 metros de la entrada, aparece, a 15 metros de altura, el cadáver de una oveja, lo que indica que ha sido transportada hasta allí por una riada, y hace sospechar la existencia de otra cavidad superior, con tamaño suficiente como para poder pasar una persona y comunicar ambas cavidades.</p>
<p>En el año 1978, en el área de Llorengoz (Burgos), es explorada, por este mismo grupo burgalés, una cueva denominada Perilde, que se da por terminada en una zona en la cual el agua queda embalsada tras unas barreras de roca. Al fondo se insinúa un pequeño pasaje completamente inundado.</p>
<p>La idea de la unión surgió, como otras veces ocurre, después de una exploración conjunta con los amigos del G. E. Edelweiss, en el verano de 1988. Durante la típica charla de bar, donde se hacen mil conjeturas relacionadas con nuestra actividad, se llegó al acuerdo de intentar el buceo de los «gours» (estanques) finales de Cueva Perilde.</p>
<p>La primera parte del plan es reconocer la posible zona a la que supuestamente accederíamos tras el buceo. Así, penetrando por Goba Haundi, el acceso hasta este punto está salpicado de obstáculos, meandros resbaladizos, lagos, resaltes, etc., por lo que es necesario ser un experimentado espeleólogo para llegar hasta el punto en torno al cual estaría situada la posible conexión. Podría tratarse de uno de los «gours» existentes en la zona del río aguas arriba de la cueva, por lo que empleamos un primer fin de semana para conocer el lugar.</p>
<p>Posteriormente, acordamos otra fecha para iniciar el buceo. Escogimos y preparamos el material de inmersión para transportarlo por Cueva Perilde de acuerdo con las explicaciones que nos habían dado nuestros compañeros del G. E. Edelweiss, quienes serían los sufridos porteadores del mismo, a través de una cueva que, si bien presenta algunos obstáculos, tiene un recorrido mucho más corto que la Goba Haundi.</p>
<p>Iniciamos el recorrido por la cavidad hasta acceder a las inmediaciones de la zona sifonada. Al llegar a este punto, y como en otras ocasiones nos había ocurrido (pero no escarmentamos), comprobamos que la visión del espeleólogo no buceador a la hora de valorar los obstáculos es muy diferente a la del que tiene que bucear.</p>
<p>El acceso final al pequeño lago sifonado, por el que tendríamos que sumergirnos, consistía en un bajísimo y –para este propósito– largo «laminador» (pasaje extremadamente bajo), que sólo te permitía pasar a rastras hasta el borde del agua, con escasísimo espacio entre suelo y techo. Las botellas de buceo que habíamos transportado hasta allí eran inadecuadas, debido a su excesivo volumen. En el lugar donde tendríamos que realizar el montaje de los aparatos apenas podían estar dos personas tumbadas. Casi no disponíamos de sitio para la preparación del material de buceo.</p>
<p>Después de todo el montaje, se hacía duro dejarlo todo y regresar en otra ocasión con material más adecuado. De modo que, después de darle vueltas al asunto y para aprovechar el viaje, propuse a mis compañeros entrar yo solo en el lago, a fin de reconocer el sifón, y evitarnos la mitad de la «movida». En esa época el adentrarse en cuevas en solitario era un tema tabú entre los pocos practicantes del espeleobuceo. Se trataba de algo absolutamente prohibido y ninguno de nosotros lo había hecho antes, por lo que tuve que vencer la lógica resistencia de mis compañeros para bucear en esas condiciones, aunque finalmente accedieron.</p>
<p>La estrategia consistía en equiparme con el traje de neopreno antes de penetrar en el laminador y, al llegar al agua, introducirme en la pileta para no ocupar espacio. A continuación entraría otro compañero buceador, a quien el resto acercaría los sacos con el material, para, entre los dos, ensamblar los diferentes elementos y proceder a bucear.</p>
<p>El ambiente al fondo del laminador era absolutamente claustrofóbico. El poco espacio del suelo al techo apenas te dejaba mover unos centímetros la cabeza. El aire se enrarecía por momentos a medida que nuestros cuerpos y alientos desprendían vaho y la llama de nuestras luces de carburo se adueñaba del oxígeno del aire, creando un ambiente nebuloso y casi irrespirable.</p>
<p>Una vez equipado con todos los elementos de buceo, me sumerjo. Por fin me libero de la angustia del entorno enrarecido. El aire fresco y seco, procedente de la botella, llega a mi boca desde el regulador y me reconforta. Una fuerte emoción recorre mi cuerpo a medida que avanzo por el túnel. Mientras mis linternas me abren paso en la oscuridad, voy tendiendo el cordel guía que me permitirá orientarme en el regreso a través de las aguas enturbiadas a mi paso.<br />
Tras un corto recorrido, contemplo sobre mi cabeza el característico espejo, formado en la superficie del agua, señal inequívoca de que por encima de nuevo hay aire. Finalmente, emerjo. La luz de mis lámparas rompe el protagonismo de la oscuridad, dueña absoluta de todo durante miles de años.</p>
<p>He accedido a una amplia sala, que procedo a reconocer, la cual en nada se parece al sitio visitado semanas atrás en Goba Haundi. El recinto no parece tener galerías que le den continuidad. Tras descender por una colada, descubro un nuevo estanque sifonado, única posibilidad de que haya una continuación. Pienso en la posibilidad de proseguir la exploración; pero eso no era lo acordado con mis compañeros y, por experiencia, sé que el que está esperando al otro lado permanece angustiado hasta nuestro regreso. Por ello, más prudente es retornar y comunicar el hallazgo.</p>
<p>De nuevo preparamos otro intento; pero, esta vez con el conocimiento del terreno en el cual nos moveremos, preparamos un equipo con botellas más pequeñas y apto para bucear en pareja. Siguiendo la estrategia anterior, mi compañero y yo cruzamos el primer sifón.</p>
<p>Con todo el equipo de buceo a nuestras espaldas, descendemos por la empinada colada que da acceso al siguiente lago y, tras anclar el cordel guía en un sitio adecuado, iniciamos la exploración del siguiente. Las aguas están un poco turbias y la visibilidad es escasa. Primeramente, la galería gira a la derecha, donde aprovechamos para fraccionar1 el cordel y, posteriormente, a la izquierda, donde realizamos la misma maniobra. Unos metros más adelante, emergemos en una amplia «badina». Tras despojarnos de gafas y casco, comprobamos que hemos salido en lo alto de una gran diaclasa (fractura en la roca de paredes verticales), colgados a unos veinte metros de altura de lo que parece ser una gran galería, y sin posibilidad de descender, pues sería necesario la utilización de cuerdas y aparatos para ese fin. La emoción nos invade; tenemos casi la certeza de que hemos conectado ambos sistemas. Es la primera vez que conseguimos algo así buceando sifones, si bien hemos aparecido en una zona no prevista. Para marcar el lugar, y con el fin de que pueda ser localizado desde el conducto inferior, se nos ocurre atar una piedra al sobrante del cordel guía y descenderla hasta la base de la galería, quedando como testigo de la conexión para cuando se acceda por Goba Haundi.</p>
<p>Unas semanas después, un equipo del G. E. Edelweiss penetra por Goba Haundi a la búsqueda del testigo. Al encontrarlo, inician una escalada hasta la base del «gour» donde comienzan a picar para bajar su nivel. Una vez conseguido, continúan hasta el siguiente. Llevan horas empapados y sin descanso. El último estanque se resiste a rebajar su nivel. Finalmente, en la madrugada del 25 de septiembre de 1988, y tras veinte horas y media de trabajo continuado, los espeleólogos burgaleses salen por Cueva Perilde, consiguiendo una nueva travesía de 4.500 metros de recorrido y 175 metros de desnivel. Un año más tarde, concluyen la exploración del sistema, que alcanza un desarrollo total de 13.036 m.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA FUENTONA DE MURIEL (SORIA): Ataque al segundo sifón</strong></p>
<p class="bodytext">Al oeste de la sierra de Cabrejas, enclavado al fondo de un pintoresco valle, cercano al pueblo de Muriel, se encuentra una fuente cárstica de excepcional belleza: el manantial de La Fuentona. Sus frías aguas surgen, tranquilas, de un hermoso estanque casi circular. Reunidas en un cauce sinuoso y poco profundo, serpentean entre paredes calizas y pedreras empinadas, colonizadas por sabinas y pinos, dando origen al río Avioncillo, el cual, tras pocos kilómetros de recorrido, acaba cediendo sus aguas al río Cabrejas.</p>
<p>Las primeras exploraciones se remontan al año 1977, cuando espeleobuceadores del G. E. Standard, de Madrid, iniciaban sus primeras incursiones en una época en la cual esta actividad era incipiente en España. Durante varios años se suceden las inmersiones de exploración de este primer sifón, alcanzando la cota de -54 m, en una zona denominada «La Sala». Es una profundidad muy respetable, que limita en cierta manera la continuación. La escasa iluminación de la que se dispone, las breves estancias en las que se puede permanecer a esa profundidad, por el consumo de aire, y las largas descompresiones necesarias para emerger, además de unas aguas gélidas y un precario material, dilatan en el tiempo el hallazgo de una continuación. En el año 1984 se descubre una galería de grandes dimensiones, que parte del extremo opuesto por el que accedemos a La Sala y asciende hasta conducirnos a una inmensa cavidad.</p>
<p>El itinerario se inicia una vez sumergidos en la laguna de La Fuentona. Descendemos por una fuerte rampa en forma de embudo. El «sifón» propiamente dicho comienza a nueve metros de profundidad, en una hendidura de la pared donde existe un gran bloque de roca, ideal para anclar el cordel guía. La cavidad se desarrolla a través de una gran diaclasa y progresa entre enormes bloques caídos de un techo plano, hasta alcanzar los 18 m de profundidad, con una anchura de entre 10 y 15 m.</p>
<p>En este punto, la galería se desfonda unos diez metros y una repisa lateral, situada a la derecha, en el sentido del descenso, nos permite continuar próximos al techo (para reducir el consumo de aire), hasta alcanzar la cota de los -30 m. A través de un pequeño escalón de bloques, nos situamos en los cuarenta metros de profundidad. Una corta galería, de techo bajo, abovedado, y suelo de cantos rodados, nos coloca en La Sala, a -50 m. Es un lugar impresionante, con inmensos bloques caídos del techo, y una altura de más de quince metros. Atravesamos estas rocas para alcanzar la zona más profunda del sifón, a -54 m. A partir de este punto, una rampa ascendente nos sitúa a -35 m, lugar donde la galería se hace prácticamente vertical. Poco a poco perdemos profundidad, hasta acceder a la gran cueva situada al otro lado del sifón.</p>
<p>La galería «aérea» está ocupada por un amontonamiento caótico de bloques, debajo de los cuales fluye el agua, y presenta un techo plano. Pronto se llega a una rampa de fuerte inclinación, de una treintena de metros. Una vez situados en lo alto de la rampa, la galería principal continúa ascendiendo, hasta finalizar en una zona arcillosa. Un pequeño pozo, de unos diez metros, nos trae el fuerte rumor de un torrente. Es necesario utilizar escalas y cuerdas para superarlo. El pozo está excavado en roca blanca, limpia y pulida, con multitud de concavidades o «golpes de gubia». Mediante un pasamano de cuerda, accedemos a un pasaje, por cuya margen derecha circula el río. Una vez superado el primer lago, y «cortocircuitando» por galerías laterales un pequeño sifón, accedemos a un último lago, que será el comienzo del segundo sifón de La Fuentona.</p>
<p>Por diversas circunstancias, entre las que no es ajena la dificultad de situar el material de buceo al pie del segundo sifón, teniendo que transportarlo a través del primero sin la ayuda de otros compañeros, la exploración permaneció interrumpida en este punto durante varios años.</p>
<p>A finales de 1988, decidimos intentar el buceo del segundo sifón. Para ello realizamos varias inmersiones preparatorias a la cueva. Lo primero era situar en el otro extremo del sifón una determinada cantidad de material que nos permitiera la estancia en la cueva. Así, transportamos carburo y carbureros para poder iluminarnos, herramientas y repuestos para el material de buceo (por si teníamos alguna avería), gafas de buceo, comida, botas, etc. En un nuevo reconocimiento, comprobamos que las cuerdas y escalas, instaladas años atrás, estaban literalmente destrozadas por la furia del agua, lo que nos indicaba que el pozo servía de rebosadero en épocas de crecida. Por esa razón tuvimos que transportar material y rehacer la instalación de acceso al segundo sifón. Por último, realizamos una topografía lo más exacta posible de la cueva.</p>
<p>Quedaba el asunto definitivo: acarrear el equipo de buceo a través del primer sifón y, posteriormente, en la cueva. Para este cometido estábamos, exclusivamente, tres personas, y, con suerte, una de apoyo en el exterior. Salvo su ubicación, desconocíamos absolutamente las posibilidades de este segundo sifón, así como si era penetrable. Tampoco teníamos claro si realmente comenzaba en el pequeño lago que habíamos determinado, o si podía hacerlo en otra de las pozas existentes en las inmediaciones. Teniendo en cuenta todo ello, planteé a mis compañeros de buceo la alternativa de transportar, para esa primera inmersión, el material para un solo buceador. Esa punta nos permitiría determinar las necesidades para próximas exploraciones. La contingencia no les hacía mucha gracia, pero nuestra debilidad numérica era evidente; finalmente, tuvieron que acceder como posibilidad más eficaz.</p>
<p>Transportamos por el primer sifón las pequeñas botellas con las que iniciaríamos la exploración y, una vez en la cueva, aprovechamos los elementos necesarios para llegar hasta allí y reutilizarlos en el segundo sifón, llevando en sacos de espeleología el resto del equipo (reguladores, linternas, aletas, gafas, plomos, etc.). En nuestro afán de reducir al mínimo el material, aprovechábamos los cascos de espeleología, con instalación de acetileno, dotándolos de un sistema de gomas para fijar las linternas&#8230;<br />
La carga de este material complica sobremanera el avance a través de galerías y pozos&#8230; Embutidos en los trajes de neopreno, atravesamos varios lagos en los que nuestros cuerpos sudorosos encuentran un alivio momentáneo. Ante nosotros, atrayente y desafiante, aparece el segundo sifón. Con excitación contenida mis dos compañeros me ayudan a equiparme para aventurarme en lo desconocido.</p>
<p>Por fin me sumerjo. Frente a mis ojos aparece un túnel de excepcional belleza y aguas cristalinas, como pocas veces había visto antes. Este segundo sifón es una amplia galería de unos cinco metros de alto por unos ocho de lado, que desciende fuertemente en un plano de unos 25º de inclinación. Poco a poco, voy soltando hilo del carrete de cordel, fraccionando en algún punto y controlando el consumo de aire, puesto que las diminutas botellas de las que dispongo (2&#215;4 litros) no me permiten muchas alegrías. Ensimismado por el espectáculo, alcanzo la profundidad de 18,5 metros, punto en el que decido retroceder y comunicar el hallazgo a mis compañeros que, impacientes y nerviosos, esperan mi regreso.</p>
<p>Con alegría desbordante por haber roto el misterio, planificamos un segundo ataque, esta vez en pareja. La impresión de mi primera inmersión es que este sifón te atrae como hipnotizado hacia sus entrañas, por lo que, para evitar tentaciones peligrosas, limité los metros de cordel para exploración, dado que las botellas con las que bucearíamos serían las mismas. En esta segunda punta alcanzaríamos 34 m de profundidad y 100 m de recorrido. Viendo que el sifón continuaba, en un plano aún más inclinado, atamos el extremo del cordel en un saliente rocoso, junto con una placa plástica indicando la fecha: «4 de diciembre de 1988». Ésa sería la prueba de nuestra presencia. Habíamos llegado al límite de nuestras posibilidades en esos momentos y se abría el reto a nuevas exploraciones.<br />
Actualmente, nuevas generaciones de espeleobuceadores han continuado la exploración, alcanzando los -100 m de profundidad y 250 m de recorrido. El túnel continúa descendiendo, y se está lejos de alcanzar el final.</p>
<p class="bodytext"><strong>MANANTIAL DE LAS BUITRERAS (EL COLMENAR, MÁLAGA): Continuación de la exploración</strong></p>
<p class="bodytext">Descubierta en el verano de 1991 por el G. E. S. de Ubrique, esta surgencia está enclavada en la salida natural de la Angostura del Río Guadiaro, cañón de singular belleza, horadado por las aguas. Se abre en el fondo de una amplia charca (el punto exacto está marcado por una placa metálica), por donde discurre dicho río, a unos kilómetros de la población de El Colmenar (o Estación de Gaucín) Málaga.<br />
La mencionada charca siempre había llamado la atención de nuestros amigos, dado que en las épocas de estiaje, cuando el río aguas arriba no era más que un pequeño arroyo, entre profundas «badinas», esta charca no sólo mantenía el nivel, sino que hacia la mitad se tornaba más fría y limpia y, aguas abajo, el caudal se recuperaba. Incluso en invierno, con un aporte hídrico muy superior, se notaba la presencia de una importante contribución suplementaria.</p>
<p>Ante la evidencia de tales indicios, un equipo de espeleólogos que también eran buceadores, el G. E. S. de Ubrique, decidió efectuar una prospección del fondo de la charca, hasta que localizaron una grieta de forma almendrada que permitía el acceso a una supuesta cueva por la que surgía el caudal adicional. Con una sola linterna, se adentraron en el interior de la galería que desciende en un plano de unos 30º, hasta alcanzar la profundidad de -12 metros, punto donde todavía llegaba algo de luz del exterior y donde el sedimento comenzó a enturbiar el agua. Prudentemente, decidieron regresar y comunicar el hallazgo a sus compañeros.</p>
<p>Tras varios intentos no consiguieron pasar de los -15 metros, por lo que, en el verano de 1992, decidieron ponerse en contacto con gente más experimentada y que contara con material adecuado para garantizar unos mínimos de seguridad. Así, hablaron con los viejos amigos de la S. E. de la Casa de la Juventud de Alcobendas, quienes, en una primera inmersión, llegaron a los -26 metros. En otra, un equipo mixto alcanzó los 36 metros de profundidad. La visibilidad del sifón era bastante deficiente, debido a la materia orgánica en suspensión y a que se removía el lecho arenoso del suelo, por lo que se hicieron diversas conjeturas acerca de su continuación y origen. Lo que sí parecía evidente es que se trataba de una surgencia de envergadura, si bien dadas las dificultades técnicas que planteaba, su continuación quedaba detenida en ese punto.</p>
<p>En la primavera de 1994, con motivo de una salida al mar y por pura casualidad, los colegas del G. E. S. de Ubrique contactaron con nosotros y nos relataron la historia del sifón y su posible continuación. El tema me pareció absolutamente interesante y, finalmente, concretamos el 13 de mayo para efectuar la primera inmersión.</p>
<p>Como la distancia entre el pueblo de El Colmenar y la surgencia de Buitreras es considerable para tener que portear el material de buceo, decidimos que los compañeros de Ubrique se encargarían de contratar un arriero para transportarlo con mulos. No obstante, y por si esto fallaba, decidimos llevar un equipo que nos posibilitara superar la cota alcanzada en el 92 y que, a su vez, se pudiera trasportar a la espalda andando. Escogimos, así, los «bibotellas» de 6 litros a 300 atmósferas, los cuales cumplían perfectamente ambos requisitos, teniendo en cuenta que esta inmersión nos la planteábamos como de reconocimiento.</p>
<p>Puntualmente, a las 10 de la mañana, se presenta el arriero; cargamos todos los bártulos de buceo en los sufridos animales, que habitualmente se dedican al transporte de corcho; y con las manos en los bolsillos emprendemos la marcha rumbo al sifón.</p>
<p>Tras la consabida ceremonia de preparativos y equipamiento, nos sumergimos en la pileta hasta localizar el acceso a la cavidad. Tal y como nos habían indicado, la visibilidad es reducida, y, aunque buceamos con técnicas de aleteo que evitan remover el sedimento del fondo, no alcanzamos a ver más allá de tres o cuatro metros. Poco a poco, vamos instalando nuestro cordel, fraccionándolo convenientemente y retirando el que había sido colocado en inmersiones anteriores, dado que estaba suelto y enredado, y esto podía suponer un peligro. Descendemos por una relativamente ancha galería, que mantiene casi constante su plano de inclinación, hasta alcanzar la cota -40 m. En ese lugar fraccionamos el cordel, dejamos el carrete, que todavía contiene bastante hilo, y decidimos regresar.</p>
<p>A la salida contamos las incidencias de la exploración a nuestros compañeros de Ubrique y les explicamos que, dada la profundidad que toma el sifón, vamos a necesitar botellas de buceo de más capacidad para proseguir. De hecho, y dada la gran turbidez de las aguas, no tenemos nada claro las características de la continuación.</p>
<p>Acordamos un nuevo encuentro el 3 de junio y retornamos a El Colmenar con los monumentales «bibotellas» de 2&#215;15 litros, sobrecargados a 250 atmósferas. Afortunadamente, seguimos contando con el arriero y sus mulos, por lo que el transporte del material no significó mayor problema.</p>
<p>Nuevamente, procedemos a equiparnos y efectuamos las comprobaciones de rigor. Sin pérdida de tiempo, descendemos hasta el punto de la última punta y, recogiendo el carrete de cordel guía, continuamos la exploración del sifón por donde adivinamos debe ser su sección más amplia, introduciéndonos en una galería descendente de sección lenticular, de 1,5 m de alto por 4 m de ancho, aunque impenetrable a ambos lados con nuestros equipos&#8230;</p>
<p>Poco a poco voy descendiendo, mientras mi carrete va soltando el hilo guía. No encuentro lugar donde fraccionar, y temo que éste se inserte en las estrecheces laterales. Al disponer de tan poco espacio entre suelo y techo, me es imposible evitar la extrema turbidez que se levanta con mi aleteo. Me paro momentáneamente y consulto en mi computador la profundidad: -51 m. Pero una ausencia me alerta y cruzan sobre mi mente todo tipo de conjeturas. De pronto estoy solo, e ignoro el motivo por el que mi colega no me sigue; sólo me tranquiliza el hecho de que, a través del cordel, no he recibido ninguna comunicación de emergencia, mediante un código de tironcitos que tenemos establecido. Prosigo, pues, la exploración.</p>
<p>Las condiciones de estrechez y turbidez se acentúan con la profundidad y, finalmente, en la cota -62 m, decido poner fin a la exploración (aunque el sifón continúa descendiendo). Ato el cordel y la placa testigo a un pequeño bloque suelto en el suelo.</p>
<p>El regreso se me hace eterno, mi mano rodea el cordel guía apretando con firmeza para evitar que se me escape de los dedos. En la invisibilidad absoluta que me rodea, apenas distingo el tenue resplandor de mi foco, y toda mi obsesión es evitar quedarme empotrado entre las estrechas paredes por las que he descendido, ya que pueden constituir una trampa letal.</p>
<p>Finalmente, los dígitos de mi computadora me indican que estoy saliendo de la zona de peligro; un poco más adelante distingo las luces de mi acompañante; al llegar a su altura me hace la señal de todo bien y juntos emprendemos el regreso al exterior.</p>
<p>Mientras efectuamos las rigurosas paradas de descompresión, me comunica, escribiendo en las tablillas que llevamos al efecto, que iniciada la exploración en el punto que lo dejamos anteriormente, la turbidez extrema que yo levantaba al avanzar le imposibilitaba absolutamente la visión, por lo que ha decidido pararse, como solución más segura, y dejar que yo continuara la progresión. Al emerger, compruebo con estupor que el regulador que llevaba duplicado, para posibles emergencias, está completamente lleno de pequeños guijarros procedentes de las aguas removidas. Si lo hubiera necesitado, a causa de un fallo del otro, no me hubiera servido de nada&#8230;</p>
<p>Hasta el momento nadie ha intentado continuar la exploración.</p>
<p>Ésta y otras muchas experiencias nos alertan de que toda precaución es poca, y quisiera terminar estos breves relatos con un aviso: la práctica del espeleobuceo está considerada, aun en las circunstancias más favorables, como una actividad de «máximo riesgo» y en ninguna cavidad, por pequeña que parezca, estamos libres de quedar atrapados o de sufrir un percance de consecuencias generalmente mortales.</p>
<p class="bodytext"><strong>Fidel Molinero</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/aguas-negras-como-una-pesadilla/">Aguas negras como una pesadilla</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>El Ártico entra en el futuro</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-artico-entra-en-el-futuro/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:35:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ramón Hernando de Larramendi Tenía tan sólo 21 años cuando se me ocurrió la idea de realizar una travesía de todo el Ártico americano desde Groenlandia hasta Alaska; surcar cerca [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-artico-entra-en-el-futuro/">El Ártico entra en el futuro</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Ramón Hernando de Larramendi</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Tenía tan sólo 21 años cuando se me ocurrió la idea de realizar una travesía de todo el Ártico americano desde Groenlandia hasta Alaska; surcar cerca de catorce mil kilómetros de hielo y tundra utilizando únicamente los sistemas esquimales de transporte ártico: el trineo de perros, el kayak y la marcha a pie. Una gran travesía de tres años de duración, de un tirón, sin volver a España en un descanso; ni siquiera en el invierno, cuando la oscuridad lo cubre todo. Una travesía sin términos medios, ni matices grises, libre de ambigüedades. De compromiso total, donde la duda no era una opción. El resultado fue la Expedición Circumpolar Mapfre 1990-1993.</p>
<p>Tres años después de gestar la idea, ésta comenzaba a convertirse en realidad. Fue el día 12 de febrero de 1990 cuando Rafael Peche y yo abandonamos Madrid rumbo a Ilulisat, en Groenlandia. Delante, la gran incógnita blanca. El plan: permanecer un primer invierno en la zona de Ilulisat y Umanaq para familiarizarnos con el manejo del trineo de perros, aprender a viajar por el mar helado, conocer el modo de vida esquimal e iniciarnos en su idioma; en resumen, tener una experiencia y una base real con la que acometer la enorme travesía.</p>
<p>Desde febrero a junio de 1990, hicimos muchas rutas en trineo de perros por la bahía de Disko, cuyo hielo traicionero y fino a punto estuvo de engullirnos en varias ocasiones. Como cuando Rafael y yo nos quedamos a la deriva en una isla de hielo que, milagrosamente, chocó con el hielo firme, permitiéndonos saltar. O cuando a los pocos días de llegar a Groenlandia, perdidos en medio de una fuerte tormenta, estuvimos tres días a la intemperie y mojados tras caer a través del hielo fino, antes de alcanzar firme.</p>
<p>Tras dos interminables meses de desánimo, continuos contratiempos y mucha frustración, emprendimos el primer viaje en trineo de perros en dirección a Umanak. Allí nos establecimos en el pequeño pueblo de Ukkusissat. En mayo continué con los perros hasta Sondre Upernavik, mientras Rafa permaneció en el poblado: una ruta en solitario de cuatrocientos kilómetros, un buen test de lo que me esperaba en los inviernos siguientes.</p>
<p>Rafa se quedó cuidando a los perros en Ukusissat, al tiempo que yo volé a Narsarsuaq en junio, donde me reuní con Manuel Olivera. El 16 de junio de 1990 comenzamos realmente la gran travesía. Nuestra primera etapa consistía en navegar dos mil kilómetros por la costa oeste de Groenlandia en kayak: un intrincado sistema de fiordos, islas y penínsulas, salpicado por miles de icebergs de todas formas y colores que confieren a esta región una magia especial. Manolo y yo navegábamos fieles a una filosofía de viaje clara y clave para el éxito del proyecto. Nos concentrábamos en recabar la máxima información de los habitantes locales antes de cada etapa. Avanzábamos sin prisa, pero sin pausa, parando en las pequeñas poblaciones costeras y no desaprovechando la ocasión de convivir con los groenlandeses, que con una notable hospitalidad nos acogían en sus casas, de acompañarlos a pescar y ayudarles a cualquier tarea, tratando siempre de aprender y adaptarnos al universo ártico, sin obsesionarnos nunca por el objetivo.</p>
<p>La navegación discurrió suavemente por la costa hasta que, al abandonar la población de Qeqertarsuaq, tuvimos un accidente que pudo ser fatal: Manolo fue atrapado por unas olas rompientes que le volcaron, no pudo hacer el volteo esquimal1 y tuvo que abandonar el kayak. Yo, que iba a pocos metros tras él, pero en lugar seguro, vi con impotencia cómo Manolo, tras intentar nadar sin éxito hacia mí, se perdía en las espumas de los rompientes. Pensé que había muerto ahogado. Pero increíblemente pudo llegar a firme, donde le encontré con una aguda hipotermia, pero vivo. Tras cerca de veinte minutos en un agua a 3º C&#8230;</p>
<p>El siguiente tramo del viaje, cuatrocientos kilómetros alrededor de la isla de Disko y la península de Nugssuaq, lo realicé en solitario mientras Manolo descansaba y se reponía física y psicológicamente con una familia esquimal de Qeqertarsuaq. El 16 de septiembre, tres meses después de comenzar, conseguíamos nuestro objetivo, alcanzando con éxito la población de Ukusissat tras remar cerca de dos mil kilómetros.</p>
<p>El otoño siguiente lo pasamos entrenando a los perros y preparando nuestro material, que en gran parte construimos nosotros mismos. De este modo, Manolo Olivera, Rafa Peche y yo pasamos nuestra primera invernada polar: tres meses sin ver la luz del Sol hasta que, finalmente, el 3 de febrero de 1991 Manolo y yo comenzamos a viajar con dos tiros de doce perros cada uno. La idea era ir poco a poco recorriendo la costa oeste de Groenlandia, de poblado en poblado, aprendiendo y cogiendo experiencia a la vez que íbamos progresando. Nugatsiaq, Upernavik Kujalleq, Kangersuatsiaq, Upernavik, Aapilatooq, Naajaat, Tasiusaq, Nutaarmiut, Nuusuaq, Kullorsuaq&#8230; Las pequeñas poblaciones se sucedían en nuestro trayecto, con gentes humildes y hospitalarias que nos acogían en sus casas y nos ayudaban cuando lo necesitábamos, casi todos pescadores y cazadores que aún mantienen una vida muy tradicional.</p>
<p>En Kullorsuaq nos enfrentamos con la bahía de Melville, o Qimuseriarsuaq. La primera gran prueba: cuatrocientos kilómetros de banquisa y glaciares famosos por su hielo fino, su nieve profunda y sus grandes zonas de presión –territorio caótico al chocar dos placas de hielo–, donde se encuentra una importante población de osos polares. Una distancia que recorrimos en apenas siete días acompañados por Nathaniel Jensen, un joven cazador de Kullorsuaq&#8230; En el distrito de Thule conocimos a muchos descendientes de Peary y de Mathew Henson, los conquistadores del Polo Norte en 1909.<br />
El 17 de abril de 1991 abandonamos Siorapaluk, la población esquimal más septentrional del mundo, para enfrentarnos a uno de los tramos más complicados de la expedición: la travesía desde Groenlandia hasta Canadá en trineo de perros a través del estrecho de Smith y Nares. Esta travesía se hace alrededor de una gran extensión de agua abierta, llamada «polynia». Este año todos los indicios indicaban que esta «polynia» se extendía mucho más al norte de lo habitual, dificultando enormemente nuestros planes, pues nos obligaba a ascender hasta los 80º N. En este tramo nos acompañaban los hermanos Paulus y Adolf Simigaq, de Siorapaluk. El plan era viajar ligeros, con provisiones para diez días, y que los cazadores fuesen aprovisionándonos sobre la marcha y nos acompañaran hasta Canadá; allí, con la carne fresca, continuaríamos solos hasta Grise Fiord.</p>
<p>Tras pasar por Etah, un lugar histórico en la exploración polar, el viaje se comenzó a torcer: los cazadores no conseguían abatir nada y la marcha se desarrollaba por un terreno de enormes bloques caóticos donde la progresión era muy lenta y violenta, por lo que necesitábamos a veces abrir el paso con hachas. Tan sólo abandonábamos el caos para avanzar por el hielo fino de unos pocos centímetros, un terreno en el que los cazadores estaban muy tensos, pues en cualquier momento se podía desprender la placa sobre la que viajábamos, condenándonos a un baño eterno&#8230; Finalmente y tras una larga etapa por este hielo tan delicado, pudimos llegar a Canadá en las proximidades del cabo Prescott.</p>
<p>Los cazadores decidieron retroceder a Groenlandia y nosotros nos encontramos solos, sin comida y a quinientos kilómetros de nuestro objetivo.</p>
<p>Iniciamos un incierto cambio de planes. Pensamos atravesar la isla de Ellesmere en dirección a Eureka: una base meteorológica que creemos habitada y que se halla únicamente a trescientos kilómetros a través de la inexplorada isla de Ellesmere, de la que tan sólo tenemos un mapa 1:1.000.000 y ninguna referencia&#8230;</p>
<p>Nuestra carrera contra el hambre comienza con la muerte de un primer perro, que se desploma por agotamiento. A partir de este punto, los días se suceden con tintes trágicos: no conseguimos cazar, el cruce de la isla es agotador y hemos de realizar interminables etapas de diez o doce horas forzando a nuestros extenuados perros. Hasta que debemos tomar la gran decisión: comenzar a sacrificar a nuestros perros. Como único medio de sobrevivir y de que al menos algunos de ellos sobrevivan.<br />
Tras catorce días críticos, en los que hemos atravesado la isla de Ellesmere por un lugar nunca antes transitado, llegamos a la base de Eureka en una última y agotadora jornada de quince horas de marcha. Hemos perdido diez perros, unos sacrificados para alimentar a los otros y el resto muertos de fatiga y de hambre, o al ser atacados por los amenazantes lobos árticos que nos siguen en la distancia. El espectáculo al llegar a la base es patético. Manolo, yo y cuatro perros arrastramos de un solo trineo; sobre él yacen tumbados otros cuatro animales y otros seis caminan a nuestro lado. A sólo un kilómetro de la base, un perro más se desploma agotado, y ha de ser subido también al trineo.<br />
Nuestro largo viaje está próximo a terminar aquí mismo. Nuestro ánimo se ha esfumado; pero el descanso y la comida abundante nos hacen recuperar el empuje, a nosotros y a nuestros perros, que pronto empiezan a recuperar la energía y el peso. Decidimos continuar rumbo a nuestro destino original: Grise Fiord, situado todavía a quinientos kilómetros hacia el Sur, adonde llegamos en un viaje rápido y sin contratiempos.</p>
<p>En este lugar Manuel Olivera vuelve a España y Rafael Peche y Antonio Martínez se incorporan a la expedición. El siguiente tramo lo realizamos nosotros tres, con un solo trineo y dieciséis perros. En una lucha contra el deshielo atravesamos la superficie llena de grietas y grandes charcos de agua de Jones Sound. Ayudando a nuestros perros con improvisados arneses, arrastramos del trineo a través de la isla de Devon sin nieve y con numerosos ríos, para, finalmente, alcanzar Resolute Bay tras cruzar la isla de Cornwallis a pie.</p>
<p>Así, el 1 de julio de 1991, tras veintiún días de viaje, alcanzamos Resolute Bay, el punto final de nuestro primer invierno. En cinco meses hemos recorrido unos 3.500 kilómetros a través de la banquisa polar. Aunque nuestro objetivo era alcanzar en este invierno la población de Cambridge Bay, mil kilómetros más al Sur, lo que no conseguimos por el gran bordeo de la «polynia» de Thule, estamos satisfechos. Improvisando con respecto al plan original, decidimos navegar en kayak hasta Cambridge Bay, a través del Paso del Noroeste.</p>
<p>Mientras, Rafa cuidará de nuestros perros en un campamento esquimal situado en la isla de Somerset llamado Cresswell Bay.</p>
<p>El primer obstáculo, el cruce del estrecho de Barrow, un paso de sesenta kilómetros de mar abierto, se muestra infranqueable. Durante dos meses esperamos la ocasión de realizar esta arriesgada travesía; pero el fuerte viento y la banquisa flotante la hacen traicionera y arriesgada. Realizo una tentativa en solitario, pues Antonio sufre una lesión. Tras veinticinco horas continuadas de navegación extrema y arrastre del kayak por encima del hielo a la deriva, me veo obligado a retroceder sin conseguir mi objetivo; al límite absoluto de mis fuerzas, alcanzo tierra firme después de una odisea de escasos resultados. Pocos días más tarde realizo otro intento de cruzar el estrecho infernal, y en veintiocho horas lo logro, sólo para encontrar que gran parte del mar se hiela en cuanto llego al otro lado y que continuar la travesía es imposible. Vuelvo a Resolute. Desde allí Antonio y yo nos trasladamos a Cresswell Bay, donde comenzamos de nuevo a entrenar a nuestros perros y construirnos nosotros mismos nuestro equipamiento polar: arneses, trineos, e incluso trajes de piel.</p>
<p>Cresswell Bay está habitado sólo por una pareja de ancianos esquimales, Nanga y Timothy Idlout, sin edad conocida, que son los últimos cazadores nómadas de todo el Ártico canadiense que no se han desplazado a los poblados. Timothy estaba muy enfermo y fue en nuestra presencia cuando decidieron trasladarse a Resolute Bay; sin quererlo fuimos testigos oculares del fin de una era en el Ártico, la de los cazadores tradicionales que desde 1965 habían comenzado a concentrarse en pueblos abandonando el nomadismo. Nosotros tan sólo observamos el fin de un ya agonizante mundo tradicional.</p>
<p>Una nueva noche polar se cernió sobre nosotros. En esta ocasión y debido al frío intenso, el mar estaba bastante congelado en el mes de noviembre. Decidimos viajar en la oscuridad cuatrocientos kilómetros de ruta con apenas unas horas de penumbra: un viaje difícil y arriesgado, sin margen de error, sobre todo de orientación, pues igual que en el resto del viaje no llevamos GPS&#8230; y la brújula no funcionaba. Incertidumbre y osos polares amenazantes que no podíamos ver, pero que nuestros perros olfateaban&#8230; Tras diecisiete días completamos este angustioso viaje, sin ánimo de realizar otra etapa en la noche polar.</p>
<p>Por ello esperamos hasta comienzos de febrero para continuar hacia Spence Bay, tras la trágica pérdida de un tiro de perros completo que se soltó y corrió sin sentido más de treinta kilómetros hasta el hielo fino, donde presumimos fue engullido para siempre. Después de este trágico revés, que me llenó de tristeza y desánimo, decidimos afrontar el invierno con un solo tiro de dieciséis perros. Con temperaturas muy extremas, por debajo de los -40º C, y ocasionales tormentas que provocaron temperaturas con factor viento próximas a los -100º C, recorrimos la parte oriental de la península de Boothia para alcanzar Spence Bay, hogar de los esquimales netsilik. El viaje fue duro por el frío extremo, las numerosas zonas de presión y, sobre todo, porque nuestros perros desarrollaron una extraña enfermedad que, más adelante, descubrimos que era rabia: un zorro se la había debido de contagiar meses atrás y, a pesar de estar vacunados, dos de nuestros perros contrajeron el terrible mal desplegando, como la leyenda indica, una agresividad asesina. Mi tupido traje de piel de oso impidió que los mordiscos de uno de ellos llegaran a mi piel. A pesar de las cruentas peleas entre todos los animales, el resto no desarrolló la enfermedad.</p>
<p>A partir de Spence Bay, el sino de la expedición, hasta ahora con continuos contratiempos, cambió: todo comenzó a ser más fácil; el hielo, menos traicionero y más plano; y las poblaciones del extremo norte del continente americano, que componen el llamado Paso del Noroeste, se sucedieron: Gjoa-Haven, Cambridge Bay, Coppermine, Paulatuq&#8230; Era un avance rápido y eficiente, cazando de vez en cuando para alimentar a nuestros perros con carne fresca y mantenerles alegres y vitales. En las poblaciones canadienses, mucho más modernizadas que en Groenlandia, la motonieve había suplantado al trineo de perros, y el inglés al idioma esquimal. Me resultó menos entrañable que Groenlandia. En Paulatuq conocimos al último de los misioneros exploradores que han marcado la historia del Ártico canadiense, al anciano padre Leonce Dehurtevent, quien llegó al Ártico en 1937 y tan sólo había regresado en tres ocasiones a su Francia natal: una de las personalidades más singulares, magnéticas y respetadas de las que conocimos en nuestro viaje.</p>
<p>Desde Paulatuq continuamos con nuestros perros hacia Tuktoyaktuk, dejando a nuestro lado las famosas Smoking Hills, unas montañas volcánicas que desprenden continuamente humos y vapores. En Tuktoyaktuk, encontramos a un anciano esquimal que de niño había conocido a Knud Rasmussen cuando en 1923 realizó la primera gran travesía de todo el Ártico, estableciendo las similitudes en el idioma de todos los grupos esquimales y su origen común. Tras Rasmussen, sólo el japonés Naomi Uemura antes de nosotros había realizado una travesía en trineo de perros desde Groenlandia hasta Alaska&#8230;</p>
<p>A comienzos de junio de 1992 llegamos a Inuvik, en el delta del río Mackenzie, tras arrastrar de nuestros trineos por la tierra sin nieve y por primera vez entre árboles. Habíamos recorrido más de 3.500 kilómetros a través del Paso del Noroeste desde que comenzásemos nuestro viaje en plena noche polar; aunque los planes realizados en España tenían poco que ver con la realidad, pues en estas fechas esperábamos estar en el estrecho de Bering. Poco importaba, avanzábamos paso a paso hacia nuestro objetivo, sin prisa pero sin pausa, sin obsesionarnos pero sin cejar en el empeño.</p>
<p>En Inuvik, donde vive un español, Mario Ojeda, llegado como tripulante de un mercante, cambiamos los perros por el kayak y regalamos a varios amigos nuestro magnífico tiro, y con especial consideración a Lúa, el líder al que tanto debíamos. Manolo se reincorporó de nuevo al viaje y comenzamos la circunnavegación de Alaska en kayak, un viaje de cuatro mil kilómetros que para nosotros era ya la recta final del trayecto.</p>
<p>El 1 de julio de 1992, con ilusión y optimismo comenzamos la última etapa del viaje por las aguas del delta del río Mackenzie. La navegación fluvial, rica en mosquitos y en árboles, poco tiene que ver con el resto del viaje. El transcurrir es sencillo, pero la nube de insectos es realmente insoportable. Tendríamos que convivir con ella durante aún muchas semanas. El día 4 entramos en el mar de Beaufort, y el 13 cruzamos la frontera con Alaska, para llegar a Kaktovik, la primera población alaskana: el terreno era muy diferente a todo lo que habíamos visto antes&#8230; Una tundra tan plana que apenas levantaba unos pocos metros de altura, y el mar con tan poco fondo que los kayaks se encallaban con frecuencia, obligándonos a caminar arrastrándolos por los escasos centímetros de agua que permitían su flotación&#8230;</p>
<p>Conforme nos aproximamos a Point Barrow, la punta más septentrional de Alaska, el mar se empezó a cubrir de hielo dificultando la marcha, obligándonos a avanzar por medio de la tundra, arrastrando de nuestros kayaks por ella y navegando por sus lagos, algunos de ellos enormes como el Teshekpuk. Desde Point Barrow la travesía cambió de nuevo de estilo, pues el mar comenzó a tener fondo. Y, debido a la ausencia de puertos naturales, el fuerte oleaje costero no se hizo esperar, las tormentas se sucedieron, con olas de cuatro y cinco metros de altura que impedían la navegación. De nuevo tuvimos que avanzar parte por el mar, parte por lagos o «lagoons» (entrantes lagunares de mar), e incluso arrastrando de los kayaks por la tundra, hasta alcanzar Point Hope y el cabo Lisburne. Una vez más, el avance se ralentizaba. Pronto se hizo patente que nuestro ambicioso proyecto de circunnavegar Alaska en una sola temporada no iba a ser posible. A comienzos de septiembre y tras más de dos mil kilómetros de navegación, llegamos a Kotzebue, con serios problemas debido al hielo nuevo que comenzaba a formarse.</p>
<p>Septiembre de 1992 era la fecha escogida para acabar el periplo, pero todavía quedaban más de dos mil kilómetros para llegar a nuestro verdadero objetivo: la población de Valdez, en la bahía de Prince William. El lugar más al norte alcanzado por los exploradores españoles en su exploración del continente americano y lugar simbólico escogido para acabar.</p>
<p>Decidimos continuar, improvisando un nuevo plan: invernar en Kotzebue, comprar o alquilar un nuevo tiro de perros y atravesar el interior de Alaska hasta Anchorage, a través de la ruta del Iditarod, la prestigiosa carrera de perros de Alaska. Tras el verano, Manolo regresaba a California, donde combinaba la expedición con sus estudios de ingeniería. Antonio y yo realizamos la tercera invernada ártica, para comenzar en enero otra vez.</p>
<p>En esta ocasión nuestros perros van en tándem y no en abanico, que es como hemos cruzado el resto del Ártico. La ruta íntegramente se hace a través de los grandes bosques y la taiga, muy diferente de la tundra o la banquisa, con nieve profunda, bosques sin fin, temperaturas muy bajas, de hasta -51º C, un rosario de poblaciones en su mayoría indias como Buckland, Koyuk, Saktoolik, Unalakleet, Kaltag, Nulato, Galena, Ruby, Macgrath, Nikolai, Skwenta, Knik&#8230; y un enorme río como el Yukón. En total, cerca de dos mil kilómetros de viaje hasta que finalmente llegamos a Knik, donde acabamos la travesía en trineo de perros. Desde allí, aún quedaba el último tramo de la expedición, de un marcado carácter simbólico, llegar a Valdez. Tras un tramo a pie de doscientos kilómetros por caminos, carreteras y montañas alcancé en solitario Whittier, en la bahía de Prince William. Después de haber realizado todo el trayecto desde la lejana Narsarsuaq sin utilizar ningún medio mecánico, este tramo casi «urbano» sólo tenía valor para mí. Por ello Antonio se quedó preparando la devolución de los perros y otros detalles, hasta unirse junto a Manolo en Whittier.</p>
<p>Desde allí surcamos de nuevo en kayak las apacibles aguas de la bahía de Prince William para acabar, tal y como soñase más de seis años antes, en el puerto de Valdez, el lugar más al norte logrado por los exploradores españoles en el siglo XVIII, cerrando sobre todo un gran sueño y reto personal y a la vez cerrando en el siglo XX el único vacío que dejaron estos expedicionarios de los siglos XV al XVIII en sus epopeyas en América: el Ártico americano.</p>
<p>Fue el 25 de marzo de 1993 cuando alcanzamos la población de Valdez. Allí estaba mi familia, a la que no vi durante mis tres años de estancia continuada en el Ártico.</p>
<p>Atrás quedaban treinta y ocho meses de estancia en el Ártico y catorce mil kilómetros de travesía en kayak, trineo de perros y marcha a pie desde el sur de Groenlandia hasta el sur de Alaska, realizados sin emplear medios mecánicos para el avance, ni apoyos aéreos para el abastecimiento, ni sistemas electrónicos para la navegación.</p>
<p>En definitiva, la más larga travesía polar no mecanizada jamás realizada.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL POLO NORTE GEOGRÁFICO (1999)</strong></p>
<p class="bodytext">Tras el éxito en la realización de la primera travesía española al Polo Sur Geográfico por la Escuela Militar de Montaña y Al filo de lo imposible en 1994-1995, el teniente coronel Soria, jefe de ambas expediciones, comenzó a preparar la expedición al Polo Norte Geográfico, todavía nunca realizada por un equipo español, a pesar de la extraordinaria tentativa en solitario realizada por Nil Bohigas en 1992.</p>
<p>En 1998 fui escogido por el teniente coronel Soria y Sebastián Álvaro para participar en la expedición de entrenamiento y prueba de material al Polo Norte Magnético: una travesía de unos 225 kilómetros por el Ártico canadiense a un punto escurridizo y cambiante. Tras doce días de travesía, el 23 de abril el teniente coronel Soria, el comandante Molina, el alférez Barba y yo llegamos al Polo Magnético, situado a 78º40’ N y 104º 30’ W, en la isla de Ellef Ringnes.</p>
<p>Esta expedición fue el punto de partida para la realización del gran objetivo: la primera travesía española al Polo Norte Geográfico. La ruta escogida fue la que partía del lado siberiano, por considerar que, aunque más larga que por el lado canadiense, el hielo sería más fácil y las corrientes algo más favorables. El equipo sería parecido al del Polo Magnético: el teniente coronel Francisco Soria, el comandante Benito Molina, el comandante Francisco Gan y yo.</p>
<p>La travesía al Polo se hace íntegramente por la superficie de la banquisa a la deriva. El hielo sometido a fuertes vientos y corrientes marinas está en constante movimiento. Éste hace que las placas de hielo choquen unas contra otras formando zonas de presión con gran cantidad de bloques colocados de una forma totalmente caótica. Estos bordes de presión pueden llegar a alcanzar hasta diez o doce metros de altura y son el principal obstáculo para el avance junto con las grietas, que se originan cuando las placas de hielo se separan. Todo ello conforma el laberinto sin fin del océano Ártico. Y hace que sea una de las expediciones más duras y difíciles del mundo.</p>
<p>Tras volar por Rusia hasta Khatanga, en Taymir, y ser transportados en un helicóptero al extremo norte de la llamada Tierra del Norte, o Severnaya Zemlya, fuimos depositados el 27 de febrero de 1999 en las proximidades del cabo Artichesky, a 81º 41’ N. Por delante, más de mil kilómetros de peligrosa banquisa.</p>
<p>El Sol es apenas una bola roja sobre el horizonte del hielo; la penumbra misteriosa y el intenso frío son nuestros compañeros. Los primeros días la marcha es lenta, pues nos encontramos con numerosas zonas de presión que ralentizan el paso hasta hacerlo totalmente desesperante. Algunas jornadas apenas avanzamos tres o cuatro kilómetros y en otras la deriva, esa fuerza que uno no aprecia pero que misteriosamente te desplaza a veces varios kilómetros en un día, puede suponer una gran alegría, si va a favor, o una gran frustración, si te hace retroceder el camino tan duramente andado.</p>
<p>Nuestro avance es lento pero continuo a través del gran caos de hielo. El 3 de marzo tenemos nuestro primer incidente serio, cuando Benito Molina cae al agua a través del hielo fino. En muy poco tiempo lo conseguimos sacar, mientras montamos la tienda para poder quitarle la ropa y calentarle. Su vestimenta se queda blanca y como armada en cemento&#8230; El calor del infiernillo en la tienda le calienta, le seca y le hace volver a la vida.</p>
<p>Hemos planeado dos avituallamientos aéreos para la ruta, uno a 83º 20’ N y otro a 88º N. Eso nos permitirá no llevar trineos de más de 100-110 kilos. El principal peso de los trineos procede de la comida y el combustible. Las raciones tienen 7.200 calorías, cantidad necesaria para poder realizar un intenso esfuerzo físico en unas condiciones de frío extremo, a -35 y -40º y en ocasiones incluso de -50º C.</p>
<p>Las jornadas de marcha se hacen interminables. Comenzamos con cinco o seis horas, para ir subiendo gradualmente hasta ocho o nueve horas diarias efectivas. Nuestro ritmo siempre es el mismo: una hora de marcha y unos pocos minutos para comer y beber algo antes de continuar. Cuando el frío es muy intenso apenas podemos parar dos o tres minutos sin quedarnos congelados, pues para llevar un ritmo alto avanzamos muy poco abrigados, intentando evitar uno de los grandes problemas del Ártico invernal, que es el sudor, el cual al congelarse forma una coraza de hielo que congela a quien la lleva.<br />
Si la temperatura baja de los -35º C, la nieve se torna arenosa y el rozamiento con el trineo es extremo. Cuando esto ocurre, la marcha es especialmente dura.</p>
<p>Después de nuestro primer depósito a 83º 20’ N, es cuando mayor peso arrastramos del trineo, alcanzando los 110 kilos; esto, unido a la gran fricción con la nieve y a los continuos bordes de presión, hace la marcha más dura que nunca.</p>
<p>Las jornadas se suceden con una monotonía abrumadora de lucha por avanzar el mayor número de kilómetros en medio del caos sin fin del océano Ártico. Tras el primer avituallamiento, Javier Barba sustituye a Francisco Soria, que sufre una lesión muscular.</p>
<p>A comienzos de abril el sol de medianoche ha desplazado a las frías y oscuras jornadas de marzo y a la oscuridad de febrero. El calor del sol, aunque suavemente, empieza a notarse, y es el momento de acordarse de uno de los consejos que nos dio Mikhail Malakhov, uno de los más experimentados exploradores del océano Ártico: «Marzo es para aguantar, abril es para correr». Y, efectivamente, así hacemos las jornadas cada vez más largas y, sobre todo, más eficientes. El hielo parece haber mejorado tras el paralelo 84º N y por el momento no encontramos demasiadas grietas. De modo que las etapas de más de veinte kilómetros son la norma, llegando a hacer un máximo de treinta kilómetros en una jornada.</p>
<p>Tras proveernos de nuestro segundo avituallamiento a 88º N, comienza una carrera hacia el Polo, que ya vemos próximo. El 21 de abril, en unas de esas interminables jornadas, dos días después de una fuerte tormenta que había fracturado el océano Ártico, fue cuando caí al agua. Después de cruzar una grieta recién recubierta de nieve, por la que ya habían pasado todos mis compañeros, ésta se hundió y me encontré en el agua con los esquís puestos, que me impedían nadar junto con el peso de botas y de ropas, y que parecía querer engullirme hacia el fondo del océano. La rápida actuación de Javier Barba, quien me sacó en un instante, no impidió que me sumergiera hasta la cabeza. Tras un cambio rápido de vestimenta y unas carreras para recuperar el calor, continuamos nuestra marcha hacia el deseado Polo, quedando todo en un gélido susto.</p>
<p>El día 24 de abril Francisco Soria y Antonio Perezgrueso se unieron a la travesía para juntos alcanzar simbólicamente el Polo y para filmarnos. El día 27 de abril de 1999 y con el GPS, que nos ayudó a encontrar los míticos 90º N, alcanzábamos el Polo Norte Geográfico, el eje de rotación de la Tierra, el lugar en el que todas las direcciones son Sur. Atrás quedaban sesenta días en la banquisa polar y más de mil kilómetros de travesía.</p>
<p class="bodytext"><strong>PROYECTO CATAMARÁ POLAR</strong></p>
<p class="bodytext">Crear un trineo para navegar por los hielos, como si un barco de vela se tratase, no es una idea nueva. Ya fue barajada por Nansen, Peary y Scott a finales del siglo XIX y comienzos del XX, e intentada en diversas ocasiones a lo largo del siglo XX. Sin embargo, no había sido nunca llevada a cabo con éxito. Todos los intentos se basaban en la adaptación del concepto de un barco de vela, con la presencia de un mástil sobre un trineo. Por el contrario, este concepto hacía difícilmente realizable la idea, pues las proporciones necesarias de trineo, mástil y vela necesaria para vencer la enorme fricción, lo hacían teóricamente posible, pero poco práctico en la realidad.</p>
<p>Fue en las extenuantes jornadas hacia el Polo Norte Geográfico en marzo de 1999 cuando en mi imaginación ideé la posibilidad de usar cometas de tracción para arrastrar de un trineo, trineo que podría ser utilizado para llevar en su cubierta una tienda de campaña, en la cual fuera posible descansar e incluso dormir mientras se viajase.</p>
<p>Gracias a la confianza que Sebastián Álvaro, del programa Al filo de lo imposible, depositó en mí creyendo en las posibilidades de esta idea –que en ese momento parecía muy estrafalaria y fantasiosa, como me lo hicieron ver algunos de los mayores expertos polares del momento, muy escépticos ante la ocurrencia–, el proyecto comenzó su andadura.</p>
<p>En octubre de 1999, empezó una laboriosa tarea de investigación de trineos, cometas, tiendas especiales y conceptos varios. Contamos con la ayuda de Javier de la Puente en el desarrollo del trineo, Juan Lupión en el de las cometas y la firma Altus en cuanto a las tiendas. La primera prueba con éxito se realizó en el lago de las Bouillouses (Pirineo francés) en enero de 2000. Estas pruebas piloto se perfeccionaron en otra más extensa realizada en abril de 2000 en el Gran Lago de los Esclavos, en Canadá, donde quedó definido el tipo de trineo final, inspirado en el modelo esquimal y construido con raíles de madera y travesaños de fibra atados con cuerdas. Como modelo de cometa, la llamada NASA: una simple tela sin cajones que coge la forma por sus treinta y seis bridas.</p>
<p>En julio-agosto de 2000, Juan Vallejo, Juanito Oiarzabal, José Manuel Naranjo y yo realizamos una primera travesía del casquete polar de Groenlandia en catamarán polar. En ella por vez primera surcamos el interior de la isla con la ayuda de dos catamaranes polares: 600 kilómetros en 10 días de travesía, alcanzando una velocidad punta de 42 kilómetros por hora y realizando 160 kilómetros en una jornada.</p>
<p>Tras ese viaje quedó claro que era necesario un catamarán mayor, en el que viajasen tres personas, y que se precisaba una prueba aún más extensa y ambiciosa que mostrase las posibilidades del catamarán polar.</p>
<p>Entre el 21 de abril y el 23 de mayo de 2001, José Manuel Naranjo y yo concluimos la primera travesía de Groenlandia de Sur a Norte en catamarán polar: 2.225 kilómetros de viaje en tan sólo 32 días. Era la cuarta travesía de Groenlandia Sur-Norte jamás realizada y la más rápida travesía polar de todos los tiempos, en las que también batimos el récord del mundo de distancia en una sola jornada, con 421 kilómetros. Ésta fue a su vez una expedición integral. Es decir, se partió desde el nivel del mar y se acabó en el nivel del mar ascendiendo hasta el «plateau»; primero, arrastrando de los pesados trineos de doscientos kilos por persona y, desde tan sólo quinientos metros de altitud, navegando incluso en pronunciadas cuestas arriba. Fue un gran logro que pasó totalmente desapercibido tanto en España como en el extranjero.</p>
<p>Pero a pesar de los indiscutibles éxitos obtenidos, el catamarán aún necesitaba mejoras y, por tanto, nuevas pruebas de material y de conceptos. Por ello se realizó una segunda travesía del casquete polar de Groenlandia en 2002, también de Sur a Norte.</p>
<p>Esta nueva travesía era la quinta desde que Naomi Uemura culminase la primera en 1978 en trineo de perros. Fue llevada a cabo entre el 12 de mayo y el 13 de junio de 2002 por Roberto García Lema, Carlos Mengíbar y yo mismo. Seguimos la ruta abierta el año anterior, partiendo del fiordo Qaleraliq, próximo a la población de Narsaq, en el sur de Groenlandia, y acabando en Qaanaaq, en el norte de la isla.</p>
<p>En total, 2.408 kilómetros en 33 días de navegación, superando en velocidad media la marca de 2001. Ésta se desarrolló siguiendo unos parámetros parecidos a los del año anterior; la máxima distancia recorrida en un solo día fue de 383 kilómetros. Se consiguieron importantes avances en esta travesía, incluyendo la navegación a 90º del viento y la introducción de los turnos rigurosos, para dormir en marcha en la tienda de triple capa.</p>
<p>Las posibilidades del catamarán con cada viaje no han hecho más que aumentar y ampliarse, demostrando que realmente es un auténtico velero de los desiertos blancos. La última prueba que concluye la fase de experimentación de las posibilidades de este vehículo movido por energías renovables tuvo lugar entre abril y mayo de 2003, cuando Juanma Viú, Luis Miguel López Soriano y yo realizamos la primera travesía de Groenlandia Este-Oeste en catamarán polar. Un recorrido de setecientos kilómetros en dieciocho días de viaje, partiendo de las proximidades de Isortoq, en la costa este junto a Tasiilaq, y terminando en Kangerlussuaq, en la costa oeste. Era la considerada ruta clásica, que ya atravesase con esquís en 1986, durante la primera travesía española de Groenlandia. En esta última prueba, ensayamos sobre todo las posibilidades de avanzar en contra del viento, una de las auténticas claves de la navegación polar. Por ahora sólo avanzamos en contra del viento al coger diferentes corrientes a otras direcciones en altura, y es precisamente éste el aspecto en el que más se puede mejorar el catamarán.</p>
<p>Con todas estas expediciones se ha consolidado un nuevo medio de transporte en las regiones polares, capaz de aprovechar eficientemente el viento. Este vehículo posee unas prestaciones extraordinarias, permitiendo realizar cosas antes consideradas imposibles, tales como cruzar enormes distancias de «plateau» en tiempos absolutamente récord, sin esfuerzo físico, sin motores y sin perros. Así como ascender cuesta arriba, transportar pesadas cargas, dormir mientras se progresa, avanzando sin fin como en un barco velero&#8230;</p>
<p>Con el catamarán polar –una idea, un concepto y un desarrollo técnico totalmente español–, comienza el siglo XXI en la exploración polar mundial. Esperemos que marque el inicio de una mayor implicación española en la exploración e investigación polar, históricamente tan olvidada.</p>
<p>Creo que cada uno de estos proyectos refleja una filosofía, un estilo y una época diferente de la exploración polar. La Expedición Circumpolar es en cierto modo el final de una era, uno de los últimos viajes clásicos de exploración, marcado por un cierto espíritu épico y el uso de técnicas tradicionales. Sin GPS, ni internet ni teléfonos satélite. El Polo Norte es el objetivo por excelencia de la era deportiva y tecnológica, una experiencia muy simbólica de finales del siglo XX. Con el catamarán polar y su tremenda eficacia comienza una revolución que nos lleva directamente al futuro.</p>
<p>Me siento un auténtico privilegiado por haber podido aunar estos tres mundos en uno.</p>
<p class="bodytext"><strong>Ramón Hernando de Larramendi</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-artico-entra-en-el-futuro/">El Ártico entra en el futuro</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Al Polo Norte en solitario. 700 kilómetros en 78 días a -54º</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/al-polo-norte-en-solitario-700-kilometros-en-78-dias-a-54o/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:35:08 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Nhil Bohigas Situado en el extremo norte del eje de rotación de la Tierra, el Polo Norte Geográfico Terrestre se sitúa en el centro del océano Glacial Ártico, en una [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Nhil Bohigas</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Situado en el extremo norte del eje de rotación de la Tierra, el Polo Norte Geográfico Terrestre se sitúa en el centro del océano Glacial Ártico, en una región cubierta por hielos marinos que se desplazan a la deriva. El Polo Norte Geográfico se halla a cierta distancia del Polo Norte Magnético, al que apunta la aguja de la brújula.</p>
<p>Si el Polo Norte fuese la punta de un lápiz, cada 428 días describiría un círculo irregular, con un diámetro variable, que oscilaría entre los 7,6 y los 9 metros. Todos estas curvas elípticas trazadas a lo largo de los años se situarían dentro de una zona de unos veinte metros de diámetro, denominada Círculo de Chandler. La posición media del centro de esta circunferencia es el Polo Norte Geográfico.</p>
<p class="bodytext"><strong>EN BUSCA DE UN SUEÑO</strong></p>
<p class="bodytext">La idea de llevar a cabo la travesía en solitario al Polo Norte Geográfico surgió en 1986 cuando visité el Ártico Canadiense en el Parque Nacional de Auyuittuq, donde acudí para escalar la Asgard Tower, una gran pared de roca vertical en la isla de Baffin.</p>
<p>Allí pude consultar varias librerías que disponían de información de expediciones polares canadienses y estadounidenses que habían intentado el Polo, y me di cuenta de que hay pocas historias relativas a expediciones modernas al Polo Norte. Fue entonces cuando la idea de llevar a cabo mi propia expedición se gestó en mi cabeza.</p>
<p>¿Qué me atraía&#8230;? ¿Qué buscaba&#8230;? Fue un proceso gradual. La atracción hacia un lugar que me atrapaba cada vez más a medida que me documentaba&#8230; fue surgiendo poco a poco.</p>
<p>Lo que me apasionó desde el principio era poner en marcha un proyecto personal, algo surgido desde mí mismo, y poder pensarlo, crearlo, llevarlo a cabo tal y como lo concebí. La realización es el momento final, cuando coges el avión, llegas y empiezas a andar; pero antes hay una preparación, unos preliminares muy largos y complejos.</p>
<p>Pensar qué vas a hacer, documentarte, llevar a cabo los contactos, decidir el equipo con el que vas a ir, de qué manera, la investigación de cómo se hace, quién te puede ayudar&#8230;, todo ello durante un periodo de dos años.</p>
<p>El proyecto era apasionante y muy complejo; se trataba de introducirse en una situación de máximo riesgo. En el caso de una expedición polar, fallar y no preverlo puede provocar un accidente muy serio.<br />
Para plantear la estrategia a seguir con el fin de llegar al Polo Norte Geográfico sobre esquís y arrastrando una «pulka» (trineo del que tiraba sobre la nieve, enganchado por un arnés a mi cintura), me basé en los conocimientos adquiridos en expediciones anteriores. Apliqué y adapté los mismos criterios que en el estilo alpino, tales como extremar la ligereza de material para así poder avanzar más rápido y trabajar con el mínimo de equipo, que en el caso del Polo se redujo a ir solo.</p>
<p>El entorno es muy distinto a lo que había conocido hasta ese momento. Quizá en una sociedad de un territorio ártico, como los países nórdicos, Canadá, Alaska&#8230;, la cultura del frío es mucho más próxima y no hubiera sido para mí tan atractivo; pero para una persona de un país cálido, como es España, ir a un lugar donde las condiciones climáticas son de las más extremas del planeta, con temperaturas muy bajas y condiciones adversas por el viento, el mar helado, noches invernales que duran muchos meses&#8230;, y donde la distancia con cualquier núcleo habitado quizá sea la mayor del Globo, era una tentación irresistible.</p>
<p>Estar lejos, a centenares, a miles de kilómetros de cualquier persona, es un atractivo evidente, porque era algo nuevo que no había probado en ninguna de mis anteriores expediciones.</p>
<p>Deseaba satisfacer un sueño personal y privado, en cuya consecución comprometí mi vida de aquel momento.</p>
<p>Quería formar parte de la larga lucha, mental y física, de todos los expedicionarios que con anterioridad a mí quisieron establecer un pacto con el «Lejano Norte».</p>
<p class="bodytext"><strong>TODO TIENE UN COMIENZO</strong></p>
<p class="bodytext">Durante los dos años de preparación, la primera parte se culminó con la expedición al Polo Norte Magnético, llevada a cabo en 1991, un año antes que al Geográfico. Era imprescindible para poder testar cómo era una expedición de estas características, ya que en aquel entonces no había nadie en España que hubiera llevado a cabo una travesía polar con quien poder intercambiar datos y experiencias. La única manera de saberlo era vivirlo por mí mismo, yendo a un lugar de características similares y allí probar todas las teorías y poner en práctica toda la investigación preliminar, los materiales&#8230;</p>
<p>Las situaciones que encontré en el Polo Norte Magnético fueron muy similares a las del Geográfico; pero incluso más relajadas, ya que conté con mayor facilidad de seguimiento y, por tanto, de auxilio, las distancias eran menores y las poblaciones estaban más próximas. Me servía de entrenamiento y disfruté de un estado anímico más reposado, en el que pude detenerme a estudiar cada problema, cada solución, cada nueva idea. Una vez emprendiera la travesía al Polo Norte Geográfico, no habría vuelta atrás.</p>
<p>Pude conocer de cerca el tipo de soporte logístico que dispondría una vez allí, cómo eran los aviones que utilizaría para los avituallamientos, cómo era estar en una situación con aquella climatología tan fría, probar el material hecho a la medida, el alcance y limitaciones de los sistemas de comunicación una vez adentrado en el océano de hielo&#8230;</p>
<p>De todo ello obtuve datos que resultaron de gran utilidad. Hube de realizar cambios en el equipo tras este viaje: tuve que variar el tipo de «pulka», la ropa, el saco&#8230;, incluso el sistema que llevaba para defenderme del oso polar. Como permanentemente debía vigilar el peso que habría de transportar, busqué una forma ágil y rápida para defenderme prescindiendo de la tradicional escopeta.</p>
<p>El oso polar después del invierno está muy hambriento y resulta extremadamente peligroso, por lo que es obligatorio ir armado cuando uno se aleja unos pocos kilómetros de las zonas habitadas. Buscando un medio de defensa lo más ligero posible, descarté desde el principio un arma de fuego, decantándome por un arco de poleas con unas flechas de caza. Estuve practicando y perfeccionando su uso durante meses; pero, una vez sobre el terreno, no me funcionó, ni resultó eficaz, debido al viento y a que los materiales se deterioraron rápidamente por las bajas temperaturas.</p>
<p>Otros aspectos del equipo que tenía que cuidar fueron el tipo de fogón y los combustibles, la frecuencia y el tipo de radio para comunicarme con el exterior, así como la mecánica y los pequeños detalles del trabajo del día a día: cómo comer, cómo cocinar y qué tipo de liofilizados me resultaba más agradable para poder configurar un menú atractivo y variado, ya que mi dieta era bastante monótona y debía incluir todos los nutrientes, vitaminas y calorías necesarias para una alimentación completa en las condiciones en las que me encontraría.</p>
<p>En cada avituallamiento recibía la comida para veinte días, por lo que debía de escoger y organizar los alimentos para romper la monotonía hasta el siguiente. Era importante no sólo pensar en las características de una dieta saludable, sino también en disfrutarla, porque lo contrario podría mermar mi motivación y, en consecuencia, provocar una desidia hacia la comida, con lo que me alimentaría cada vez menos, lo que supone un grave riesgo en circunstancias tan extremas.</p>
<p>A través de diversos ensayos y de poner a prueba muchas teorías, pude potenciar algunos aspectos, descartar otros, y surgieron nuevas ideas y técnicas.</p>
<p class="bodytext"><strong>ÚLTIMOS PREPARATIVOS</strong></p>
<p class="bodytext">El 20 de febrero de 1992, parto con mi equipo desde Barcelona en dirección a Montreal, y llego unos días después a la base canadiense de Resolute Bay, donde el equipo de apoyo y seguimiento instaló el campamento base. Desde este punto vigilaban mi situación y el rumbo a través de una radio portátil y una baliza que se transmitía mi posición vía satélite.</p>
<p>Permanecí varios días ultimando los detalles logísticos y de material y tomé contacto con los habitantes de Resolute Bay. Esta ciudad era el último vestigio humano antes de adentrarme en el océano Glacial Ártico. No llega a 170 habitantes, y más de la mitad son inuits; hasta hace poco no conocían la rueda y, sin embargo, en la actualidad se trasladan con los más modernos medios de locomoción sobre nieve.<br />
Lo que más me sorprendió de ellos es su increíble capacidad para sobrevivir en aquella zona, su inagotable energía y su actitud amistosa. La convivencia con ellos la recuerdo como un intercambio de cultura, de objetos, de ideas y de grandes relatos.</p>
<p>Es grato saber que en los tiempos que vivimos todavía podemos encontrar personas de inteligencia humilde, gran honradez y extraordinario sentido del humor. Llama la atención la forma en que se expresan, sus pocas afirmaciones generalizadas o abstractas al hablar y su entusiasmo por lo práctico, lo particular, lo concreto.</p>
<p>Tener la oportunidad de intercambiar mis conocimientos con alguien que sabía unas cuantas cosas sobre supervivencia fue todo un alivio. Precisamente por ello poseen la cualidad de sentir una extravagante satisfacción por el hecho de estar vivos, y les alegra encontrarla en otras personas que comparten ese sentimiento.</p>
<p>A las afueras de Resolute Bay instalé un campamento provisional, con el fin de pasar unas semanas a modo de aclimatación, ensayando las rutinas diarias que me proporcionarían una mejor adaptación al Ártico. Puse a prueba la resistencia del material especialmente diseñado para resistir temperaturas inferiores a los 50º bajo cero.</p>
<p>Llevaba tornillos de hielo: son especiales, ya que pueden enroscarse en la superficie helada para anclar la tienda sobre la banquisa ártica. La tienda tenía varillas de fibra de carbono, que conforman su estructura. La «pulka» estaba realizada a la medida del saco, con una longitud de 2,6 metros; construida con fibra de carbono y kevlar, pesaba sólo dos kilos. El saco de dormir incorporaba una plancha rígida aislante, por lo que no podía plegarse. El peso total era de sesenta kilos, entre material, combustible y alimentos en la «pulka».</p>
<p>Las semanas que transcurrieron durante mi aclimatación tomé conciencia de dónde me encontraba y empecé a vislumbrar las dimensiones del entorno en el que en pocos días me adentraría. Sobrepasó todo cuanto me había imaginado&#8230; ¡El Ártico es muy serio!</p>
<p>Cuando has estado muchos años en situaciones extremas debido al tipo de expediciones como las que realicé en el Himalaya, en cotas por encima de los 7.000 y 8.000 metros, llega un momento en que dominas el entorno. Pero el Ártico es diferente; las condiciones no son las de una montaña. Todo es «extremo», es frío, es alejamiento, es aislamiento, es hostil&#8230; por lo que se requiere un planteamiento nuevo, innovador. Pero, por encima de todo, has de verlo, has de probarlo, has de estar allí, para sacar cualquier tipo de conclusión.</p>
<p>Un fallo muy pequeño en una situación polar va acumulando una cadena de fatales circunstancias que se hace cada vez más compleja. Como las fracturas sobre el hielo que se resquebraja, una pequeña fisura desencadena una gran grieta que puede provocar la rotura del hielo.</p>
<p>Pero uno no es consciente de ello si no está en el entorno, si no lo experimenta por sí mismo, y pone a prueba tanto lo aprendido como lo nuevo por aprender. En aspectos que aparentemente son sencillos has de experimentar que, cuando hace frío, es muy diferente estar a 30º que a 50º bajo cero, porque conviene tener conciencia del tipo de entorno en el que vas a vivir varios meses, y para el que no sirve la referencia de anteriores expediciones.</p>
<p class="bodytext"><strong>INICIO DE LA TRAVESÍA</strong></p>
<p class="bodytext">El 12 de marzo di mi primer paso sobre el océano Glaciar Ártico desde un punto situado entre el cabo Fanshaw Martin y la isla de Ward Hunt, último punto de tierra firme. A más de mil kilómetros de la base de Resolute Bay, permanezco de pie maravillado por la inmensidad del paisaje y por el aislamiento en que me encuentro.</p>
<p>Cuando la avioneta despega y me deja allí en medio de un paisaje helado, donde el cielo azul se funde con el hielo y apenas deja percibir la línea del horizonte, tomo conciencia de que el viaje comienza. Por primera vez soy consciente de que estoy solo, con mis sesenta kilos de material vital, para hacer realidad un sueño: llegar al Polo Norte Geográfico en solitario.</p>
<p>Entonces, decido dar el primer paso y comienzo así la travesía polar. Poco a poco voy creando una especie de escudo mental y físico que me protege del frío, de la soledad, de la presión ambiental, básicamente de todo el entorno que está en contra de uno mismo, donde la vida es tan frágil que no puedes ni pararte a pensar en ello.</p>
<p>Fueron éstas unas jornadas especialmente duras por las bajas temperaturas. Cuesta imaginar un paisaje más agotador y más desazonador.</p>
<p>Recuerdo estos primeros días como los más severos y difíciles debido a las bajas temperaturas y al hielo, que se encontraba en su estado más caótico, dado que la banquisa polar es una superficie de hielo muy resquebrajada debido a la presión que hace sobre sí la misma masa. Cuando choca con algo, por la presión que tiene desde detrás, se va amontonando, creando grandes bloques anárquicos. El lugar donde se apoya para colisionar es la superficie del continente, al norte de la isla de Ellesmere y del continente americano.</p>
<p>El tramo entre las primeras cien a doscientas millas hacia la banquisa desde Canadá es la zona donde hay más amontonamiento de bloques y, por tanto, la progresión fue muy difícil. Se sucedían los bloques en un caótico amontonamiento. La marcha se hacía extremadamente lenta, a veces exasperante, con avances de ocho kilómetros diarios, lo que es insignificante, teniendo en cuenta que es la distancia que recorro corriendo en 35 minutos. El cansancio era constante lo que, unido a la lentitud, mermaba mi estado de ánimo a causa de los pocos kilómetros cubiertos durante la jornada.</p>
<p>A tan sólo una semana de iniciar la travesía había recorrido 29,7 kilómetros y las condiciones climatológicas seguían empeorando. La fijación de un esquí se rompió y me vi obligado a repararlo sobre la marcha. Además, estuve a punto de perder la «pulka» al hundirse en el hielo: hubiese sido un desastre irreparable, ya que en ella llevaba todo el material y especialmente el equipo de comunicación. Su pérdida significaba no poder comunicar con el equipo de apoyo, que tendría muy difícil un rescate pues no sabría mi posición. Y no sería el peor de mis problemas: me habría quedado sin comida, sin combustible&#8230;; era una muerte segura.</p>
<p class="bodytext"><strong>CAUTIVADO POR EL PAISAJE</strong></p>
<p class="bodytext">Hacia el 25 de marzo alcanzo la zona donde se produce la separación de las dos masas de hielo. La que choca contra la masa continental y la gran plataforma que gira en torno al Polo Norte. Es un área formada por grandes canales de agua y extensas plataformas de hielo en movimiento, donde todo es distinto y siempre variable. Es una sorpresa continua. Encontré fenómenos de lo más extraños que no tienen equivalencia en ningún otro lugar. Todo era diferente cada día.</p>
<p>Un paisaje bendecido con la luz, con un frío que helaba la sangre, que rompía cuanto penetraba. En permanente tensión: la que se da ente belleza y violencia&#8230;</p>
<p>La luminosidad es intensa y, al cabo de unas semanas, empiezo a echar de menos las sombras que busco con cierto anhelo. Soy consciente de que tengo una sensación de temor y exaltación, una combinación que nos embarga en las regiones remotas cuando comprendemos nuestra vulnerabilidad ante una meteorología que puede ser caprichosa y fatal.</p>
<p>Esta diversidad de paisaje, en permanente cambio y transformación, me obligaba a tomar decisiones nuevas a cada momento. La superación de las dificultades en una expedición polar consiste, por un lado, en aguantar las condiciones climatológicas manteniendo el cuerpo caliente, avanzar lo más rápido posible debido al peligro del deshielo, y conservar un estado de ánimo óptimo. Pero al mismo tiempo vas encontrando obstáculos añadidos, como la disposición de los bloques de hielo que, en muchas ocasiones, resultan imposibles de atravesar y has de dar un rodeo; los canales que a veces no son transitables y ante los cuales te ves obligado a buscar un lugar más cómodo o el único posible; el encontrar un punto de paso girando hacia un lado donde, de repente, descubres que no hay salida y entonces tienes que volver sobre tus pasos para probar otro camino.</p>
<p>También hube de asumir en muchas oportunidades la toma de decisiones que implicaban un gran riesgo, como en pasos que en apariencia parecían muy frágiles sobre los que existía la duda de si el hielo aguantaría mi peso o se rompería. En estos casos, rodear la fractura implicaba dar una gran vuelta y en consecuencia la pérdida de mucho tiempo.</p>
<p>Todo ello era constante, había pocas ocasiones en las que tuviera un descanso; la presión que provoca no saber si has tomado la decisión adecuada era diaria. Lo cual fue muy nuevo para mí, pues en las expediciones de montaña estás inmerso en una ruta y sabes más o menos qué te puedes encontrar y puedes prever el cálculo de ciertos parámetros. En un entorno polar todo es imprevisible. Uno ha de concentrar todas sus facultades en un esfuerzo por integrarse plenamente en el paisaje. Es algo más que un análisis de lo que captan nuestros sentidos. Significa entablar un mudo diálogo con él, un intercambio tan absorbente que en uno no hay espacio para ningún tipo de pensamiento ajeno al lugar y las circunstancias que le rodean.</p>
<p>A los diecisiete días de dura travesía recibí el primer avituallamiento. El balance no podía ser más desconsolador: el trineo estaba totalmente destrozado, la tienda dañada, un esquí inservible y el saco convertido en un lugar inhabitable. El Ártico se mostraba como uno de los terrenos más duros de la Tierra. Dudo mucho que haya otro lugar en el planeta que afecte tanto a la estructura molecular de los materiales como este desierto helado.</p>
<p>A pesar de ello, mi ánimo permanecía inalterable, ya que cuanto ocurría y cuanto veía formaba parte de la ilusión que me llevó hasta allí.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA BANQUISA</strong></p>
<p class="bodytext">El 1 de abril cumplí 34 años y me obsequié con el mejor de los regalos: superar el paralelo 84.</p>
<p>La celebración estaba justificada pues entre los paralelos 83 y 84 se halla la zona más devastada de la plataforma ártica, debido a la gran presión que sufre contra las costas del norte de la isla de Ellesmere. Al caos que se forma en esta área, hay que sumar el hecho de que precisamente estos primeros días de la travesía son los más fríos, los más cortos y aquéllos en los que la adaptación a un medio tan hostil todavía es escasa. Ésta fue la parte más penosa de la expedición y superar el paralelo 84 significaba algo muy especial: logré arrebatar al Ártico algunos de sus secretos más preciados.</p>
<p>Me adentré en la banquisa, un terreno que despertó en mí una gran excitación por su constante movimiento y por la variedad de su topografía. Aventurarse por ella a pie significa, lisa y llanamente, cortejar la muerte. El término banquisa se emplea en sentido amplio para designar cualquier acumulación de hielo no adherido a la costa, cualquiera que sea su forma o situación.</p>
<p>El hielo marino se mueve de forma irregular, empujado por el viento, y es imposible prever los cambios de rumbo de un fragmento concreto. Prácticamente no existe sobre la Tierra otra sustancia tan flexible, tan inesperadamente compleja, tan engañosamente pasiva. La diversidad de tipos de hielo y las numerosas formas que puede adoptar su desarticulación y fragmentación te dejan asombrado, maravillado; causa la misma extrañeza que si pisásemos la superficie de otro planeta.</p>
<p>En los últimos días hice jornadas de once horas caminando con ventisca. En el Ártico no hay precipitaciones pero el viento –que hiela, descarna y agudiza los relieves–, o la niebla, que impide toda visibilidad, pueden presentarse de improvisto haciendo imposible el avance.</p>
<p>Tras 29 días de travesía, el satélite Argos confirmó que había alcanzado un total de doscientos kilómetros en línea recta desde el punto de partida. Pero hubo percances que mermaron mi situación temporalmente. Tuve que desprenderme de la comida de cinco días al contaminarse con queroseno y recibí un aviso de la estación meteorológica de Resolute Bay: había localizado importantes grietas cerca de mi posición.</p>
<p>Pocos días después sufrí un percance que no revestía gravedad, ya que tan sólo se me hundió una pierna en el hielo roto. El accidente obligó a adelantar el avituallamiento previsto para unos días más tarde. Todo quedó en un susto, que me hizo permanecer más alerta.</p>
<p>A pesar de todo, seguí teniendo un buen ánimo y logré en la jornada 44ª establecer el récord de kilómetros recorridos en un día, 26,5. Me hallaba a 240 kilómetros del Polo Norte y había recorrido 530 a pie.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL TEMIDO DESHIELO</strong></p>
<p class="bodytext">A principios del mes de mayo el sol ya no desaparecía en el horizonte; en el Ártico siempre era de día. Las temperaturas empezaron a subir y la placa de hielo ártica comenzó a resquebrajarse. Los canales de agua amenazaban con ser un gran peligro.</p>
<p>El 3 de mayo, a 210 kilómetros del Polo Norte, viví mis horas más dramáticas: cedió el hielo de un canal y caí al agua, sumergiéndome por completo. Milagrosamente logré salir ayudado por la «pulka», que se mantuvo a flote.</p>
<p>Al caer al agua la primera sensación que tuve fue la de ir hacia el fondo, para después flotar parcialmente.</p>
<p>Te quedas acartonado, todo se hiela muy rápidamente y eso dificulta los movimientos. Has de permanecer muy tranquilo pero actuar con rapidez. El impacto con el agua fue como dejar la vida poco a poco; por suerte y por desgracia la temperatura sólo era de unos -20º C. Tan sólo tenía quince minutos para encontrar, con la escasa visibilidad debido al mal tiempo, un lugar para que la avioneta aterrizara y montar la tienda. Lancé un SOS con la baliza, porque no tenía comunicación por radio. En situaciones tan extremas cualquier fallo se convierte en una catástrofe, por lo que la rapidez, la calma y la precisión en la toma de decisiones fueron vitales.</p>
<p>Me vi imposibilitado para continuar de forma autónoma, porque en el momento de quitarme la ropa, ésta se heló y no llevaba traje de repuesto. Tuve que quedarme dentro del saco de dormir sin poder salir por el grave riesgo de congelación, hasta que la avioneta de avituallamiento pudiera reponer mi material, lo que implicó retrasar la continuación de la marcha. Estuve día y medio esperando el rescate, que no pudo acudir al momento de mi llamada de socorro por el mal tiempo.</p>
<p>Los ensayos de este tipo de circunstancias son impensables porque no sabes qué puede ocurrir. En estos momentos críticos pude agradecer todo el trabajo de previsión de eventualidades llevado a cabo con mi personal de apoyo, ya que facilitó las pequeñas pero vitales acciones y decisiones que tuve que llevar a cabo para no morir congelado.</p>
<p>No contemplé esta circunstancia como un accidente pues la situación no llegó a ser límite; es decir, al final no hubo un riesgo vital, todo quedó en un susto del que aprendí para futuras situaciones.<br />
La consideración de accidente habría supuesto plantearme continuar o no la travesía; pero una vez que tomé conciencia de lo sucedido y vi que físicamente me encontraba bien y que el material estaba en buen estado, recuperé mi aplomo emocional y recordé el motivo por el que hallaba allí. Por lo tanto, «técnicamente» estuve paralizado a la espera de un recambio de material que me permitiera continuar la expedición; pero en mi interior persistía la misma ilusión, el mismo sueño, y creció el aplomo y la fuerza de llevarlo a cabo.</p>
<p>¿Cómo podía dar marcha atrás y perderme la satisfacción personal de lograr mi objetivo, y el placer de contemplar todo lo que encontraría por el camino?</p>
<p>Una de los fenómenos más abrumadores con los que me topé fue el inquietante silencio del Ártico, interrumpido por el ruido que hacen al chocar las placas de hielo que navegan a la deriva. Aunque no hay tiempo para la contemplación, uno no puede ser ajeno a lo que ven sus ojos.</p>
<p>En el Ártico los colores más impresionantes se encuentran en el cielo. Presentan una textura que pasa del nácar al azul plateado, casi blanco. Los fenómenos que más me sorprendieron fueron la insospechada variedad de anillos, halos y coronas solares y lunares, así como los espejismos que aparecen sobre el mar.</p>
<p>En la atmósfera ártica se encuentran con frecuencia cristales de hielo del tipo que refracta la luz tanto solar como lunar. El aire mismo es diáfano. En verano son frecuentes ligeras inversiones térmicas en las capas bajas de la atmósfera y fuertes diferencias de temperatura en la superficie oceánica, que crean espejismos. Los fenómenos físicos de refracción y reflexión de la luz solar en contacto con los cristales de hielo y las gotitas de agua, y su difracción por obra de las partículas suspendidas en el aire, son muy complejos. Los arcos y halos a que dan lugar a veces son muy tenues y también aparecen en combinaciones inesperadas. Pero llegar a percibirlos es en gran parte una cuestión de aprender a mirar.</p>
<p>Aunque toda mi energía se concentraba en una constante alerta por permanecer con vida, no podía evitar la sensación que me provocaba el lugar donde me encontraba. Hay entornos que te subyugan, te hacen sentir muy pequeño respecto a la grandeza de la naturaleza. En ellos uno olvida todo lo que no está ahí, en ese mismo instante, porque nada importa salvo uno mismo y lo que ocurra en los próximos segundos, minutos, horas, días&#8230;</p>
<p>Convives con la naturaleza en una situación de equilibrio completamente inestable, donde el riesgo es impredecible.</p>
<p>No se trata de medir tus fuerzas, lo que siempre es una batalla perdida, sino de pasar con éxito una prueba donde arriesgas tu vida y con lo único que cuentas es contigo mismo, con tu actitud, tu experiencia, tu entereza&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>NAVEGANDO A LA DERIVA</strong></p>
<p class="bodytext">Me encontraba a tan sólo 165 kilómetros del objetivo; en pocas jornadas podía llegar al término de mi viaje, lo que incrementó mi entusiasmo y optimismo. Pero el avión de avituallamiento me daba continuos avisos de cómo la banquisa polar se descomponía rápidamente por la subida de las temperaturas. Se convirtió en una obsesión acelerar el ritmo para ir lo más rápidamente posible. Para ello me desprendí de parte de la comida y así aligeré el peso de la «pulka», con lo que el avance fue más rápido. También dormí menos para ganar más horas en cada jornada. Frente a mí tenía las estadísticas que, con un previsible margen de error, anunciaban un periodo concreto para el deshielo que dificulta alcanzar el objetivo. Por ello la velocidad de la marcha llegó a ser una constante preocupación.</p>
<p>Aunque la estadística no es una ciencia exacta, entre las muchas condiciones que impone la conquista del Polo Norte, hay una que es del todo inevitable. El calendario marca unos límites en el tiempo. No se puede empezar hasta que no haya acabado la noche ártica, a principios de marzo, y hay que terminar antes de que el hielo se resquebraje con la proximidad del verano, en la segunda quincena de mayo. Éste es el plazo límite.</p>
<p>El 28 de mayo me encontré detenido más de dieciocho horas frente a un canal de grandes dimensiones; no lograba vislumbrar el límite. A través de las fotografías del satélite mi equipo de seguimiento confirmó mis sospechas: todo lo que restaba hasta la latitud 90º N era «mar abierto». Me encontraba atrapado en una inmensa isla de hielo que navegaba a la deriva sobre el océano.</p>
<p>El rescate no resultó sencillo. Permanecí en el interior de la tienda sobre este islote de hielo de escasos cien metros de ancho con un viento que levantaba olas alrededor. La presencia de una foca era un claro indicio de la subida de las temperaturas.</p>
<p>Esperé 48 horas a que llegase la avioneta; en ese tiempo la plataforma en la que permanecía derivó treinta kilómetros hacia una zona próxima al Atlántico. No había duda. Era el fin.</p>
<p>Tras 78 días de lucha tuve que abandonar cuando me encontraba a tan sólo 68 kilómetros del objetivo.<br />
Había recorrido setecientos kilómetros y tenía el Polo Norte Geográfico prácticamente al alcance de la mano. La latitud final alcanzada fue: 89º 21’ N.</p>
<p class="bodytext"><strong>UN MISTERIO NO RESUELTO</strong></p>
<p class="bodytext">¿Cómo reacciona nuestro sentido de la vida al enfrentarnos a un territorio desconocido?<br />
Conservando nuestra capacidad de admiración y asombro en los actos de nuestra propia vida, y manteniendo el anhelo por lo auténtico.</p>
<p>Tener experiencias en situaciones límite provoca una serie de reacciones que te permiten descubrir nuevos aspectos de ti mismo; aprendiendo de ello se consigue una mayor confianza en tus posibilidades y, por lo tanto, mayor seguridad a la hora de tomar decisiones a lo largo de tu vida.<br />
He tenido la privilegiada oportunidad de experimentar la belleza de esta tierra lejana y única que conserva una identidad propia, más profunda y sutil que todo cuanto alcancé a imaginar.</p>
<p>El respeto y admiración que por ella siento abrigan en mí el propósito de preservar parte del misterio que encierra: algo que es preciso experimentar y para lo que no hay suficientes palabras que logren una adecuada y justa descripción.</p>
<p>Sigue en mí el anhelo de volver. Algún día&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>Nhil Bohigas</strong></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Los ecos del trueno líquido</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:33:41 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Antonio Perezgrueso Observaba, no sin cierta envidia, las reacciones de Ángel ante lo que estaba viendo. Tanto José Carlos Tamayo como yo ya habíamos pasado por allí en nuestra expedición [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Antonio Perezgrueso</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Observaba, no sin cierta envidia, las reacciones de Ángel ante lo que estaba viendo. Tanto José Carlos Tamayo como yo ya habíamos pasado por allí en nuestra expedición de 1998; pero para Ángel Martínez era su primera visita al cañón del Yarlung Tsangpo y, en aquellos primeros momentos de marcha, todo le resultaba nuevo y fascinante a la vez. Le maravillaban los juegos de luz a los que se entregaban el sol y el bosque frondoso que nos ocultaba la visión de un río que intuíamos impresionante, a juzgar por la poderosa voz que nos llegaba desde el fondo del abismo. Un trueno líquido inextinguible que nos acompañaría durante más de un mes de camino devorando a nuestro alrededor hasta la menor brizna de silencio. Comenzábamos a internarnos en un espacio casi virgen que reúne varios picos de más de siete mil metros y una jungla impenetrable que da cobijo a innumerables especies vegetales, algunas todavía sin clasificar, y una variada fauna. En ocasiones así, te gustaría poseer la capacidad de borrar de la memoria ciertos recuerdos para volver a experimentar el placer y la agitación intensa que sólo se sienten cuando te enfrentas por primera vez a un prodigio de la naturaleza como es el río Yarlung Tsangpo.</p>
<p>Pegados a las ventanillas del avión que nos llevaba desde Pekín a Lhasa, ya habíamos atisbado entre las nubes jirones del río serpeteando en una impenetrable selva que iba a ser nuestro hogar durante las próximas semanas. Aterrizamos en el aeropuerto de la capital tibetana que se encuentra precisamente en un valle regado por el Tsangpo, el río madre para los tibetanos. Allí, como durante muchos cientos de kilómetros, el río es una gigantesca extensión de agua que fluye mansamente por la elevada planicie tibetana en paralelo a la cordillera del Himalaya.</p>
<p>Acabábamos de salir de la aldea de Tziga con veintinueve porteadores, tras varios días de viaje en todo-terreno desde Lhasa. Nuestra intención era completar la travesía del cañón del Yarlung Tsangpo, allí donde el río abre de un profundo tajo la cordillera más formidable de la Tierra, antes de dirigirse a las llanuras de la India y Bangla Desh.</p>
<p>Esta aventura sería la base para realizar varios documentales para la serie de televisión Al filo de lo imposible. En 1998 lo intentamos por primera vez, pero tuvimos que desistir debido sobre todo a diversos problemas con nuestros inexpertos porteadores. Cuatro años después, regresábamos con algo más de confianza a causa de lo mucho que habíamos aprendido en la expedición anterior. Pero el convencimiento absoluto estaba muy lejos de nuestro ánimo. Un proyecto de la envergadura del que estábamos iniciando siempre conlleva muchas más incertidumbres que certezas. No en vano, nadie, hasta el momento, ha conseguido recorrer en su totalidad, a pie o en piragua, los aproximadamente 240 kilómetros de ese cañón que ha simbolizado como pocos el espíritu de los mayores misterios geográficos a los que se ha enfrentado el ser humano a lo largo de su historia de exploraciones.</p>
<p class="bodytext"><strong>¿ES EL BRAHMAPUTRA?</strong></p>
<p class="bodytext">Antes de llegar al cañón en el extremo oriental del Tíbet, el Yarlung Tsangpo fluye, durante más de 1.300 kilómetros desde su nacimiento a los pies del monte Kailas, paralelo a la cordillera del Himalaya por el altiplano tibetano, a más de cuatro mil metros de altitud. Sin embargo, precisamente en este punto que comenzábamos a recorrer, el río se desboca, efectuando un imprevisible giro de unos 260º, horadando el cañón más profundo y desconocido del planeta. Se trata de un fenómeno de tan difícil justificación que durante más de cien años militares, geógrafos y exploradores trataron de confirmar si aquel tranquilo y caudaloso río que cruzaba el Tíbet era el mismo que, conocido con el nombre de Brahmaputra, se adentraba en las llanuras de la India en dirección contraria, para acabar desembocando junto al Ganges en el golfo de Bengala.</p>
<p>El testimonio de la increíble peripecia de uno de esos aventureros por sí sólo da idea de la magnitud y esfuerzo que suponía en aquel tiempo desvelar un misterio geográfico como era el Yarlung Tsangpo. Es la historia del pandit Kintup. Fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando aquel hombre singular se adentró por estas mismas selvas que nosotros estábamos recorriendo. Su labor se centraba en los territorios donde estaba prohibido el uso de instrumentos de medición. Era uno de los exploradores del imperio británico, algunos de oficio, que se introducían a veces ataviados como nativos dentro de las áreas peligrosas, o bien indígenas que recorrían esas regiones disfrazados de ayudantes de lamas o de religiosos budistas o mahometanos. Podían reunir tal información porque habían recibido un entrenamiento muy preciso para calcular que cada paso que daban ellos, e incluso sus caballerías, correspondía con una medida exacta, que apuntaban en secreto en cuadernos o en rollos que luego escondían en sus túnicas, o en los molinillos de oración, donde también ocultaban la brújula y otros instrumentos para llevar a cabo sus mediciones. Pero no se limitaban a recopilar fríos datos numéricos. También aportaban descripciones sobre el paisaje, los habitantes, los tipos de cultivos, o las vías de comunicación. Todo este aluvión de datos, transcrito con enorme pulcritud, pasaba después al Servicio Geográfico británico, que era el que lo traducía para poder, en ocasiones con una fidelidad asombrosa, reproducir cómo era el territorio explorado por los pandits.</p>
<p>A Kintup se le encargó la misión de descubrir si el Yarlung Tsangpo y el Brahmaputra eran el mismo río. Para lograrlo debía adentrarse en el cañón del río y soltar en una fecha determinada una serie de troncos marcados que estarían esperando ya en territorio indio sus jefes británicos. Tardó cuatro años en cumplir su misión, tiempo en que sufrió todo tipo de penalidades pues fue traicionado y vendido como esclavo por su compañero de expedición. Pero Kintup jamás pensó en desistir. Escapó de su cautiverio y volvió hasta estas selvas del oriente tibetano para lanzar los troncos, como le habían ordenado. Pero no sirvió de nada su titánico esfuerzo porque el mensaje que había enviado a sus jefes avisando de cuándo lo iba a hacer no llegó nunca. Tampoco creyeron su asombrosa historia a su regreso y Kintup murió sin que su lealtad y dedicación fuesen siquiera reconocidos.</p>
<p>Sin duda confería una emoción añadida a nuestra expedición el ser conscientes de que estábamos siguiendo las huellas de aventureros tan excepcionales como el propio Kintup. Hoy contamos con medios más sofisticados y las autoridades, en este caso chinas, tan sólo oponen alguna que otra engorrosa pega burocrática a nuestro avance. Sin embargo, la naturaleza del cañón del Yarlung permanece igual de impenetrable y agreste, convirtiendo nuestro progreso en una penosa caminata que nos obliga en ocasiones a subir hasta collados por encima de los tres mil metros de altitud para, acto seguido, volver a bajar hasta la orilla del río, un esfuerzo que va castigando nuestras piernas día tras día. No existen caminos y hay que abrirse paso a golpe de machete e ingenio para improvisar pasos con los que sortear los numerosos torrentes que caen hacia el gran caudal. Un suelo húmedo y cenagoso en el que a veces te hundes hasta los tobillos, la niebla y la lluvia apenas nos dan un respiro para poder disfrutar de los dos gigantes nevados de más de siete mil metros que flanquean el río a modo de fantástico pórtico natural: el Gyala Peri, el cual intentamos escalar en nuestra anterior expedición, y el Namche Barwa, que fue hasta 1992 la montaña más alta del mundo aún sin ascender. Lo consiguió una expedición japonesa. Cuando pudimos ver el emplazamiento de nuestro campo base al pie del Gyala Peri, vinieron a nuestra memoria los excepcionales días que vivimos allí tratando de escalar aquella montaña. Solos frente a aquel gigante, luchamos contra sus laderas y contra un tiempo infame, pues durante un mes no dejó de llover ni un sólo día. No conseguimos pasar de los seis mil metros; pero lo que vivimos intentando llegar a esa cumbre forma parte ya de nuestros mejores recuerdos.</p>
<p>Al pasar entre ellas, el río se estrecha en una garganta que tiene una profundidad tres veces mayor que la del Gran Cañón del Colorado. Justo en este punto se elevan las mayores paredes de la Tierra, pues desde el cauce del río hasta la cima del Gyala Peri hay un desnivel a pico de cinco mil metros.</p>
<p class="bodytext"><strong>EN EL «PAÍS DE LAS HADAS Y EL RODODENDRO»</strong></p>
<p class="bodytext">El mayor caudal con el que baja el Yarlung este año nos obliga con frecuencia a variar el itinerario que recordábamos de nuestra anterior travesía. Así, por ejemplo, una hermosa playa que nos había servido de vía de paso ahora yace bajo las furiosas aguas. Buscamos una alternativa en una pendiente bastante inclinada y resbaladiza con la ayuda de una cuerda; pero pronto comprendemos que es imposible para los tibetanos superarla con las cargas a la espalda. Al día siguiente equipamos con ciento cincuenta metros de cuerda otro camino, también muy empinado, que nos había indicado Shin-Go, uno de nuestros porteadores, quien lo había usado durante una partida de caza. Después de varias horas de duro esfuerzo, todos logramos llegar hasta la parte alta del paso. Ángel y Tamayo, seguidos por varios porteadores, se adelantan al grueso del grupo para seguir equipando el camino, esta vez descendente. Un sorpresivo encontronazo con un nido de avispas provoca una desbandada en su grupo mientras tratan de huir de las picaduras de los violentos insectos. Uno de los porteadores empuja en su veloz huida a Ángel pendiente abajo, y éste acaba con una pequeña brecha en la cabeza. Por fortuna para ambos, una masa de bambúes detiene su descenso vertiginoso hacia el abismo. Imposible imaginar entonces que aquel percance se convertiría en preludio de algo mucho más grave para Ángel y que trastocaría el desarrollo de nuestra expedición.</p>
<p>Sin más sustos propiciados por la fauna local, seguimos avanzando hasta llegar a las ruinas del monasterio budista de Pemako Chung. Antaño fue un importante templo y centro de peregrinación. No en vano, según una antigua tradición tibetana, esta región es uno de los dieciséis paraísos que existen en la Tierra. Un viejo texto budista desenterrado por un lama en el siglo XVII, cuenta que, si alguien da siete pasos hacia Pemako con intenciones puras, se reencarnará en este lugar. También afirma que una sola gota de agua o un poco de hierba de ese lugar sagrado evitarán a su poseedor una reencarnación en una casta inferior. Quizá lo destruyese un terremoto que asoló la región en 1950 y cuya intensidad fue nada menos que de 8,5 en la escala de Richter. El tiempo y la vegetación se han apoderado de sus muros derruidos y han enterrado el esplendor de este recinto sagrado, donde tan sólo quedan algunos ajados objetos de culto. Pero ni el tiempo ni la selva han logrado apagar el halo mágico que envuelve este espacio. Para nosotros también es un lugar especial. Hasta aquí llegamos en nuestra expedición de 1998. A partir de este punto comienza para nosotros lo desconocido.</p>
<p>Tras abandonar las ruinas, de nuevo descendemos hacia el río. En un momento de la marcha unos cuantos porteadores se detienen para mostrarnos una de las piraguas que habían porteado para una expedición estadounidense en febrero de 2002 y que habían dejado allí escondida. La formaban siete piragüistas, que lograron descender los primeros ochenta kilómetros del cañón en catorce días ayudándose de un grupo de porteadores que los abastecían desde las orillas. Sin duda, se trata de un meritorio logro teniendo en cuenta la enorme dificultad y riesgo que entrañan las aguas bravas del Yarlung. Así lo pudimos comprobar en nuestra anterior expedición. Entonces participamos en la infructuosa búsqueda de Doug Gordon, un experto piragüista estadounidense que desapareció tragado por los rápidos a los pocos minutos de hacer su primera entrada en el río.</p>
<p>Continuamos la marcha confiados en la pericia y experiencia de nuestros acompañantes nativos. Resulta increíble cómo se mueven por un medio tan desfavorable y abrupto. Más que conocer el camino, parecen saber leer en el laberinto de este bosque impenetrable. En especial confiamos en Shiro, que ya estuvo con nosotros en el Gyala Peri y con quien forjé una buena amistad ya entonces. Sus padres se instalaron en esta región huyendo de la represión china tras su invasión del Tíbet a mediados del pasado siglo. En realidad, nuestra convivencia con todos estos hombres durante la travesía fue excelente y nuestras jornadas solían terminar con todos juntos alrededor de la hoguera luchando con enormes dosis de buena voluntad y mucho sentido del humor para superar la barrera del idioma. Estamos persuadidos de que sólo gracias a su esfuerzo y decidida voluntad de colaboración fue posible llegar hasta donde llegamos.</p>
<p>La relación de estos hombres con este medio va más allá de la pura explotación para su sustento. Mantienen con él una íntima comunicación que se refleja en sus creencias religiosas. Una jornada nos llevaron hasta un collado donde nos encontramos con un pequeño lago que para ellos es sagrado. Unos cientos de metros más allá de tal laguna y tras cruzar un bosque de rododendros, les acompañamos hasta una cueva donde se detienen a rezar. Según su tradición, allí se retiraba a meditar Pema Sambaba, uno de los dioses del Yarlung Tsangpo.</p>
<p>De acuerdo con lo hablado con los guías, en tan sólo cinco jornadas de marcha llegaríamos hasta Tsachu, donde tenemos previsto un avituallamiento. El camino discurre entre troncos caídos y cubiertos de musgo y helechos que lanzan sus brillos esmeraldas golpeados por el sol. De las ramas de los rododendros cuelgan multitud de lianas que convierten el paisaje en un lugar mágico. Quizá por ello, un botánico y excelente explorador británico, Frank Kingdon Ward, bautizó esta región como «El país de las hadas del rododendro». Ward se adentró en estas selvas en 1924. Existía por entonces la creencia de que en esta zona del Himalaya se encontraban las legendarias cataratas Brahmaputra, que vendrían a ser, de probarse su existencia, la versión tibetana de las cataratas Victoria en África para la imaginación popular. Kingdon Ward se propuso desvelar ese fabuloso misterio geográfico. Después de varias semanas de penosa marcha, Kingdon Ward llegó al convencimiento de que aquellos saltos de agua no existían. Pero no pudo acabar con la leyenda, al no conseguir recorrer la totalidad del cañón. Este lugar le pareció el paraíso de los botánicos debido a la extraordinaria belleza y variedad de plantas que aquí se encuentran. Los vívidos relatos del oficial británico ayudaron a mantener viva la atracción por esta garganta hasta nuestros días&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>LAS CATARATAS DE BRAHMAPUTRA</strong></p>
<p class="bodytext">Cuando amanece el 27 de noviembre todos nos preparamos para una larga jornada. Tenemos que subir hasta el collado Sachen a través de una torrentera cubierta por una ligera capa de hielo, a resultas de la lluvia caída durante la noche. Conforme ganamos altura, va apareciendo la nieve y en algún punto tenemos que hacer uso de la cuerda a fin de facilitar la progresión a los porteadores. Al llegar al collado, se nos ofrece un panorama espectacular, presidido por las gigantescas montañas que flanquean el río, separadas por un profundo tajo de cinco mil metros abierto por el poder del trueno líquido que vuela a sus pies. Por fin el alma del cañón del Yarlung se nos presenta en toda su plenitud.</p>
<p>Comenzamos un descenso que intuimos largo y complicado en dirección a un grupo de árboles que se encuentra bajo una zona rocosa. Mientras ascendemos por una de las canaletas que tomamos como camino, al paso de la caravana se desprende una enorme piedra que se precipita a toda velocidad cuesta abajo. Los gritos de advertencia no logran impedir que golpee con fuerza a un desprevenido Ángel. Por fortuna, la rápida intervención de un porteador, que lo atrapa casi al vuelo, evita que lo arrastre en su caída. Pero la roca sí que le provoca unos profundos cortes en el dedo índice de la mano izquierda, además de dañarle el costado y la cadera y causarle un pequeño tajo en la cabeza. Nos tomamos un tiempo para recuperarnos del susto y hacerle las primeras curas de urgencia antes de continuar la marcha. La tarde se nos echa encima sin que veamos claro por dónde proseguir. Decidimos dividirnos en dos equipos y ver si así somos capaces de encontrar un camino que nos saque de allí. Nuestro grupo acampa donde buenamente puede y comemos algo gracias a la caridad de nuestros porteadores, pues nuestra comida va en los petates del otro grupo. Así, curamos lo mejor que podemos las heridas abiertas de Ángel, al tiempo que le preparamos un lugar junto a la hoguera donde descansar en el único saco de que disponemos. José Carlos y yo compartimos la manta que nos ha prestado un porteador. Pasamos la noche en compañía de Shiro vigilando el fuego, mientras esperamos un amanecer que parece no querer llegar nunca.</p>
<p>Son las nueve y media cuando nos ponemos de nuevo en marcha. Ángel se siente como si le hubiera pasado un mercancías por encima (de hecho, al menos un vagón sí que lo ha atropellado), pero puede andar con más o menos dificultad. Después de un rato de descenso, por fin vislumbramos a los del otro grupo. También podemos ver al fondo del cañón un impresionante salto de agua. Se trata de las «Hidden Falls» (Cataratas Ocultas), cuyo descubrimiento se atribuyó Kenneth Storm, miembro de la expedición estadounidense de 1998. Las autoridades chinas salieron a la palestra para rebatir el anuncio de Storm, argumentando que un equipo de exploradores chinos ya las habían fotografiado en 1987 durante un vuelo en helicóptero por el cañón. Este pequeño incidente sobre paternidades de descubrimientos resulta muy revelador acerca de lo atrayente y preciado que se ha vuelto este pequeño pedazo de nuestro planeta.</p>
<p>Aquella visión hubiera hecho inmensamente feliz a Kingdon Ward; pero nosotros ahora ni nos planteamos llegar hasta el pie de las cataratas, debido al estado de nuestro compañero, y nos tenemos que conformar con rodar unos planos desde donde nos encontramos. Tras otro día de marcha, por fin llegamos a Paiji, que ni siquiera es una aldea, pues tan sólo tiene dos casas. En una de ellas una joven madre nos invita a un reconfortante té acompañado de champa, una especie de pan hecho con trigo tostado y amasado con agua, y algo de tocino. Tomamos el refrigerio rodeados de pedazos de cerdo colgados de la pared, que conforman su despensa de alimento para pasar el durísimo invierno. Desde Paiji subimos hasta el collado de Chata-La, para luego descender de nuevo hasta el punto donde se encuentra una tirolina para cruzar a la otra orilla del río, pues resulta imposible continuar por la ribera en la que nos encontramos. Se trata de un sencillo cable de acero sobre el que se desliza un ingenioso sistema de poleas, compuesto por una rueda de rodamientos abrazada por un trozo de hierro cuyos extremos están doblados hacia arriba. Por ellos pasa una cuerda que rodea al transportado a modo de precario arnés de seguridad. En unos quince segundos se recorren más de cien metros sobre el abismo líquido, lo cual no deja indiferente a ninguno de los que tenemos que probar sus excelencias. Sin mayores contratiempos llegamos hasta Tsachu, donde viven seis familias, una de las cuales acoge con enorme hospitalidad nuestros maltrechos huesos. Desde aquí ya es posible que Ángel salga del cañón acompañado de cuatro porteadores. Nosotros nos quedamos para continuar nuestra expedición. La aldea nos ofrece una espectacular visión sobre la gran curva que dibuja el río. Según las creencias de estos pueblos, es el hogar de la diosa Dorje Pagmo, «La que siembra diamantes», consorte de Buda. Una hermosa leyenda convierte la geografía en anatomía divina. Así, la garganta es su cuerpo, los montes que la rodean sus pechos y el río forma su espina dorsal.</p>
<p>Uno de los habitantes de la aldea se ofrece amablemente a conducirnos hasta las míticas cataratas Brahmaputra, aquéllas que buscara con tanto ahínco Kingdon Ward. Salimos pronto del caserío puesto que, al parecer, nos espera una larga jornada de marcha. Cruzamos el río Po Tsangpo, tributario del Yarlung, gracias a otra de estas emocionantes tirolinas que se usan por aquí. El primero en cruzar es José Carlos, que se lleva consigo una cuerda de cien metros a fin de ayudar a remolcar las cargas. Para nuestra sorpresa descubrimos que la cuerda es más corta, debido a que alguien ha decidido tomar prestados unos veinte metros. A pesar del contratiempo, cruzamos sin mayores dificultades y llegamos a Mendong, una aldea que está siendo abandonada por sus habitantes. Las autoridades chinas han decidido despoblar esta región y convertirla en un parque natural protegido. El afán por «normalizar» esta región por parte del Gobierno chino se percibe claramente en actuaciones como ésta o en sus mapas, donde se ofrece una nomenclatura diferente a la tradicional usada por sus habitantes. Nosotros hemos preferido mantener aquí esta última.</p>
<p>Poco después llegamos hasta un lugar desde el que se ve una cascada en un río que baja desde el Gyala Peri. Para nuestro disgusto el guía nos dice que ésas son las cataratas que íbamos buscando. De nada sirven nuestras protestas y tenemos que regresar a Tsachu. Allí nos esperan más malas noticias. Nuestro guía Dawa no ha resuelto nada sobre los porteadores que nos tienen que acompañar para completar la travesía del cañón. Por si fuera poco, nos dice que la tirolina situada en Luku ha sido destruida por una avalancha, lo que hace imposible que podamos seguir río abajo. Estamos decididos a agotar el tiempo concedido por las autoridades chinas, por lo que formamos un pequeño grupo para alcanzar al menos hasta las cataratas Brahmaputra. Para llegar hasta ellas con seguridad contamos con la ayuda de Karma-Shiro, bisnieto del hombre que hizo de guía para Kingdon Ward en 1924. Avanzamos por un terreno siempre inclinado. Tanto es así, que tenemos que construir una plataforma con troncos y maleza para acampar y poder dormir en una posición que al menos se acerque a la horizontal.</p>
<p>Coronamos varios collados como el Tsundo Kopma La, de 2.890 metros de altitud, o el Güeisum La, de 2.995 metros, seguidos de sus correspondientes descensos, hasta que por fin nos encontramos frente a las famosas cataratas. El ruido del Yarlung Tsangpo despeñándose es absolutamente ensordecedor, hasta tal punto que nos impide dormir. En apenas una veintena de metros todo el inmenso caudal del Yarlung se encajona con una furia blanca y temible. Nos encontramos ante el sueño de Kingdon Ward con un sentimiento agridulce, pues para nosotros también es el punto final de nuestra expedición al cañón más profundo de la Tierra. Los misterios de este pedazo de «terra incognita» seguirán esperándonos más allá de esta maravilla de la naturaleza.</p>
<p class="bodytext"><strong>Antonio Perezgrueso</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/los-ecos-del-trueno-liquido/">Los ecos del trueno líquido</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Tras las huellas de Humboldt</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tras-las-huellas-de-humboldt/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:33:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://sge.org/?p=572</guid>

					<description><![CDATA[<p>Juan Manuel Feliz Tras la experiencia vivida en 1981 siguiendo la ruta de Alvar Núñez Cabeza de Vaca por los ríos Iguazú y Alto Paraná, siete de los doce españoles [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/tras-las-huellas-de-humboldt/">Tras las huellas de Humboldt</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Juan Manuel Feliz</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Tras la experiencia vivida en 1981 siguiendo la ruta de Alvar Núñez Cabeza de Vaca por los ríos Iguazú y Alto Paraná, siete de los doce españoles que habíamos participado en esa expedición fluvial decidimos embarcarnos en otra aventura sudamericana. Esta vez el objetivo era más ambicioso: recorrer la ruta realizada por Humboldt y Bonpland en 1800 para comprobar que el Orinoco se comunicaba con el Amazonas por el canal Casiquiare.</p>
<p>El 14 de diciembre de 1982 llegamos a Caracas, donde nos esperaban dos compañeros venezolanos. Con grandes dosis de energía, ilusión y optimismo, conseguimos en pocos días los permisos necesarios para adentrarnos en el Territorio Federal Amazonas y repartirnos, entre un avión militar y una avioneta alquilada, hasta Puerto Ayacucho con piraguas y provisiones. Lo que no podíamos imaginarnos era que diez días más tarde estaríamos de vuelta en España y además muy contentos por poder contarlo.</p>
<p>Desde Puerto Ayacucho nos trasladamos en un desvencijado camión hasta El Venado, un pequeño puerto fluvial sobre el Orinoco, por encima de los raudales de Atures y Maipures. El día 22 de diciembre, por la mañana, estábamos embarcados en una gabarra que nos iba a subir río arriba hasta San Fernando de Atabapo, lugar desde donde comenzaríamos a navegar por nuestros propios medios, a «tracción sanguínea». Antes de zarpar, a un camión que transportaba mercancías le fallaron los frenos, cayéndose sobre la gabarra y sobre nosotros, y hundiéndose en cuestión de minutos en el profundo y fangoso Orinoco.</p>
<p>Un naufragio en el Orinoco no se ve todos los días, pero tampoco tiene nada de extraño. Afortunadamente nadie quedó atrapado por el camión en la barcaza; las heridas tampoco fueron muy serias. Antonio Franco, el médico de la expedición, tuvo que coser una brecha en pierna propia y otra en la cabeza de Carlos Rojo. A mí una tabla me rompió un par de costillas flotantes que soldaron solas con el tiempo.</p>
<p>El río se tragó mochilas con pasaportes, dinero, ropa, equipos fotográficos&#8230; Con lo que recuperamos buceando, regresamos a España el 25 de diciembre, día de Navidad. Nuestro primer asalto al Alto Orinoco había terminado en naufragio.</p>
<p>Para mí, esos días a la orilla del Orinoco, abrasado por el sol y acribillado por los mosquitos, trajeron otras inesperadas consecuencias: seis meses más tarde, en Madrid, se me declaró el paludismo y fui a dar con mis huesos al hospital del Rey durante un mes. Es el frecuente peaje que hay que pagar por adentrarse en las selvas tropicales, pero esto no disminuyó nuestra intención de regresar.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA RUTA DE HUMBOLDT</strong></p>
<p class="bodytext">Hasta febrero de 1985 tuvimos que esperar para repetir el intento. Esta vez solamente viajamos a Venezuela cuatro españoles de los doce del Paraná: Antonio Franco, Luis Augusto Fernández, Carlos Rojo y yo. En Caracas nos reunimos con los piragüistas venezolanos Pedro Mejía y Hendrik Muskus y con el argentino Jorge Buzzo. Otros dos venezolanos que formarían parte del equipo de apoyo también se incorporaron a la expedición: el coronel Duque Vivas y el cámara Manolo Reyna.</p>
<p>El objetivo no había variado: se trataba de seguir en sentido inverso la ruta realizada por Humboldt en 1800, minuciosamente descrita en su magnífico libro «Viaje a las regiones equinocciales de América Meridional», para comparar la situación actual del Alto Orinoco con la que Humboldt conoció casi hacía dos siglos.</p>
<p>Humboldt y Bonpland partieron de San Fernando de Apure, en Los Llanos venezolanos, llegaron al Orinoco y lo remontaron hasta alcanzar los raudales de Atures y Maipures, que interrumpen la navegación, donde tuvieron que hacer un porteo para penetrar en la selvática región del Alto Orinoco. Estos raudales jugaron un gran papel en la historia de la exploración de Sudamérica pues, al impedir la navegación río arriba a los conquistadores españoles, hicieron que éstos se desviasen siguiendo el curso del río Meta, penetrando en la Colombia actual y dejando virgen e inexplorada durante siglos esta vasta región venezolana.</p>
<p>Remontaron el Alto Orinoco hasta la misión de San Fernando, donde tomaron el río Atabapo; después se desviaron por el Temi y de éste pasaron al pequeño Tuamini para llegar a un poblado llamado Yavita, donde hicieron un porteo por la selva hasta Maroa, a orillas del caño Pimichín. Se trataba de un paso tradicional que comunicaba la cuenca del Orinoco con la del Amazonas, frecuentado por indios, caucheros, traficantes de esclavos y algunos misioneros.</p>
<p>Por el caño Pimichín llegaron al río Guainía, actual frontera entre Venezuela y Colombia, por el que descendieron hasta San Carlos de Río Negro, cerca ya de Brasil. Remontando de nuevo un corto trozo de Rionegro1/Guainía se internaron por el canal Casiquiare, para llegar sin porteos al Alto Orinoco, por el que subieron hasta La Esmeralda. Todo el viaje de regreso lo realizaron por el Orinoco bajando hasta Angostura, no muy lejos ya de su desembocadura.</p>
<p>Ascendiendo el Orinoco, Humboldt no pasó de La Esmeralda, quedando por tanto sin desvelar otro de los enigmas de este río: sus fuentes. Nadie pasaba entonces del llamado «Raudal de los Guaharibos», que suponía un gran obstáculo a la navegación fluvial y que estaba en el territorio de los feroces indios guaicas y guaharibos. De los grandes ríos del mundo es el Orinoco el último en desvelar el misterio de sus fuentes, pues no fue hasta mediados del siglo XX cuando fueron localizadas por la expedición Franco-Venezolana, el 27 de noviembre de 1951 en el llamado Cerro Delgado Chalbaud, a 63º 15´ O y 2º 18´ N, y a una altitud de 1.100 metros. En esta expedición a las fuentes tomaron parte dos españoles: los catalanes José María Cruxent y Félix Cardona Puig.</p>
<p>Nosotros sí subimos por el Orinoco aguas arriba de La Esmeralda hasta la confluencia con el río Ocamo, para conocer a Helena Valero, una mujer de 66 años que había sido raptada por los yanomami en 1932, cuando era una niña de 13, en un riachuelo cercano a la frontera venezolano-brasileña. En 1956 se escapó, y en un libro autobiográfico que acababa de publicar en Caracas la fundación La Salle de Ciencias Naturales, «Yo soy napeyoma» (extranjera, en lengua yanomami), contaba sus aventuras y experiencias entre estos indígenas.</p>
<p>Visitamos a Helena Valero en su humilde cabaña a orillas del Orinoco, donde vivía acompañada por uno de sus hijos; degustamos su sabroso café negro; pero ella no pudo vernos a nosotros ni leer el ejemplar que le llevábamos de su libro: acababa de quedarse ciega, tras operarse de la vista en Caracas pocas semanas atrás.</p>
<p>Nuestra expedición fluvial comenzaba en La Esmeralda y finalizaba en los raudales de Atures y Maipures, las «Grandes Cataratas»: novecientos kilómetros por ríos y selva de la Amazonia venezolana. Ninguna carretera, algunas misiones de salesianos y de las «Nuevas Tribus», indios bravos e indios «sin culturizar», destacamentos perdidos de la Guardia Nacional venezolana, contrabandistas y guerrilleros colombianos, buscadores de oro, caimanes, anacondas y caribes (pirañas), orquídeas y tucanes&#8230; Nuestra guía era el libro de Humboldt. ¿Había cambiado mucho este mundo perdido en esos 185 años que separaban ambos viajes? Pronto íbamos a saberlo.</p>
<p>Humboldt y Bonpland realizaron su viaje en un bongo (embarcación hecha ahuecando un gran tronco de árbol) movido a fuerza de «canaletes» (palas de madera con una sola hoja en forma de corazón) por los indios que les acompañaban. Nosotros contábamos con tres piraguas K-2 de fibra de vidrio enviadas desde España, y habíamos decidido que el «equipo de apoyo» nos acompañase en un bongo de 16 metros (4 metros mayor que el de Humboldt), provisto de un motor fuera borda de 40 caballos.<br />
Dos españoles con Humboldt<br />
Pero Humboldt y Bonpland no eran los únicos europeos en la expedición de 1800; poca gente sabe que dos españoles los acompañaron durante la navegación por el Orinoco.</p>
<p>Uno de ellos se llamaba Nicolás Soto, era cuñado del gobernador de la provincia de Barinas, y acababa de llegar de Cádiz; en San Fernando de Apure se encontró casualmente con los expedicionarios y decidió de inmediato acompañarlos en su aventura de 2.500 kilómetros por los ríos de la selva. Humboldt describe a este gaditano como persona de carácter amable, chispeante y siempre de buen humor, que les ayudó a olvidar las penalidades de la expedición.</p>
<p>El otro español era el misionero franciscano de las «Grandes Cataratas» (los raudales de Atures y Maipures), el padre Bernardo Zea, que se ofreció a guiar a los expedicionarios hasta el río Negro y de vuelta, cosa que hizo. Su pequeña misión se encontraba, en un estado deplorable, a poco más de un kilómetro de los rápidos de Atures y Maipures y, era tal la plaga de mosquitos, que el padre Zea se había construido un refugio en un árbol, a más de cinco metros de altura, para huir de tal suplicio. No es de extrañar que padeciese paludismo y que las «fiebres tercianas» le surgieran varias veces durante el periplo fluvial.</p>
<p>En carne propia pude comprobar cómo se las gasta el paludismo o malaria de las «Grandes Cataratas», que atacaba intermitentemente al padre Zea, pues fue aquí, en 1982, donde antes del naufragio nos martirizaron a nosotros los mosquitos Anopheles que me trasmitieron el germen Plasmodium vivax, la variedad de esta zona.</p>
<p>Los cuatro europeos de la expedición de Humboldt dormían juntos bajo una rudimentaria toldilla de ramas y hojas que se construyeron en la popa del bongo, en donde apenas cabían. Nosotros lo hacíamos en chinchorros o en unas tiendas de campaña fabricadas en tela de mosquitero, que nos permitían observar la Cruz del Sur o la lluvia de estrellas relativamente a salvo de los mosquitos.</p>
<p class="bodytext"><strong>RUMBO A CASIQUIARE</strong></p>
<p class="bodytext">El poblado de La Esmeralda fue fundado por Díez de la Fuente en 1760 y recibió ese nombre por la creencia de que eran esmeraldas los hermosos cristales de roca del cercano cerro Duida. Humboldt lo define así: «La más solitaria y apartada de las colonias cristianas del Alto Orinoco. A tan poca distancia de las fuentes del Orinoco, en aquellas montañas sólo se soñaba con El Dorado, que no podía estar lejos, con el lago Parime y con las ruinas de la gran ciudad de Paroa».</p>
<p>Allí fue, en la misión Salesiana, donde reunimos todos nuestros equipos e hicimos los preparativos para comenzar el descenso por el Orinoco. Hasta La Esmeralda habíamos llegado, con nuestros kayaks, en un avión «Aravac» del Regimiento de Apoyo Aéreo del Ejército Venezolano, conseguido gracias al coronel Duque Vivas, que nos acompañaba liderando el equipo de apoyo.<br />
Otra importante aportación del coronel fue convencer a su amigo Muller Rojas, el gobernador del Territorio Federal Amazonas, de que firmase el permiso para navegar por los ríos de la Orinoquia y que pusiese a nuestra disposición un gran bongo, dos motores (uno de repuesto), veinte bidones de gasolina y a su mejor «baquiano»: un indio baniba de sesenta años llamado Yavico, que sabía «leer el río» como nadie.<br />
A diferencia de Humboldt, nosotros disponíamos de buena información cartográfica, comida liofilizada para casos de emergencia, máquinas de fotos y una emisora militar&#8230; que nunca funcionó. Un total de 780 kilos de equipaje, más un montón de ilusiones que no pesaban. Pero no podíamos viajar tumbados bajo la toldilla del bongo haciendo anotaciones y dibujos de plantas, sino paleando en los kayaks de fibra de vidrio.</p>
<p>Dos asturianos estrechamente unidos al Alto Orinoco contribuyeron también a que esta complicada expedición fuese posible: Bernardo González y Adolfo Menéndez permitieron que nos acompañase en el equipo de apoyo un joven navarro llamado José Arbizu, que trabajaba para ellos distribuyendo gasolina por los poblados de la región y que estaba totalmente adaptado a la vida en el río y en la selva. El equipo ya estaba completo.</p>
<p>Nos cuenta Humboldt que «La Esmeralda es renombrada como el principal lugar del Orinoco donde se elabora el curare, el activo veneno que se emplea en la guerra, en la caza y, lo que suena un tanto extraño, como remedio contra enfermedades gástricas». Se obtiene de los árboles y bejucos del género Strychnos; cuando llega a la sangre produce inmovilización muscular y causa la muerte por asfixia al paralizarse los músculos respiratorios. Los indios de La Esmeralda continúan hoy en día untando con curare las puntas de sus flechas y los dardos de sus cerbatanas.</p>
<p>Llegar en avión al corazón de la selva equivale a zambullirse de sopetón en un medio hostil. Lo que se gana en rapidez y comodidad se paga en falta de adaptación: al calor húmedo y sofocante, a los sanguinarios mosquitos, al agua turbia y caldosa que teníamos que beber copiosamente para no deshidratarnos. De todas formas la buena acogida que nos brindaron los salesianos sirvió para amortiguar este primer impacto.</p>
<p>Por fin lanzamos nuestras piraguas al río y realizamos una primera etapa hasta Tamatama, en la desviación del Casiquiare, quedándonos allí a esperar al bongo que subía desde Puerto Ayacucho y que nos serviría de apoyo durante todo el recorrido. En Tamatama había dos pequeñas comunidades incompatibles entre sí: una misión estadounidense de las Nuevas Tribus, abastecida de todo por avioneta, y un destacamento de la Guardia Nacional venezolana, totalmente abandonado a su suerte, en el que los soldados, medio muertos de hambre y abrasados por los mosquitos, gastaban las municiones en cacerías nocturnas para conseguir algo de carne.</p>
<p>El domingo 10 de febrero llegó el bongo y el lunes, a las siete de la mañana, salimos todos de Tamatama, unos paleando en las piraguas y el equipo de apoyo en el bongo a motor. Media hora más tarde llegamos a la divisoria de las aguas, a la famosa bifurcación del Orinoco que motivó el viaje de Humboldt. De frente continuaba el «soberbio Orinoco» (parafraseando a Julio Verne), y a la izquierda nacía el misterioso Casiquiare, cuyas aguas, una octava parte de las del Orinoco, corren hacia el Amazonas.</p>
<p class="bodytext"><strong>POR LA ORILLAS SIN HISTORIA</strong></p>
<p class="bodytext">Este capricho hidrológico es el que vinieron a constatar Humboldt, Bonpland, Nicolás Soto y el padre Zea. «La noche del 20 de mayo, la última de nuestro viaje por el Casiquiare, la pasamos en el lugar donde se bifurca el Orinoco», anotó Humboldt en su diario. Aquí fue donde Humboldt perdió a su fiel perro, posiblemente víctima de un jaguar que merodeaba por el campamento. Lo cuenta así: «En nuestro último campamento en el Casiquiare tuvimos un disgusto. A medianoche nos avisaron los indios que se oían muy cercanos los rugidos del jaguar, y que parecían venir de la copa de los árboles próximos. El olor y la voz de nuestro perro habían atraído a uno de ellos. Grande fue nuestra pesadumbre cuando, por la mañana, al disponernos a embarcar, los indios nos comunicaron que el perro había desaparecido; no cabía duda de que el jaguar había acabado con él. Tanto en el Orinoco como en el Magdalena, se nos aseguró repetidamente que los jaguares viejos son tan astutos que van a buscar a sus presas en el centro mismo de los campamentos y les retuercen el cuello para que no puedan gritar».</p>
<p>Pero no fueron Humboldt y sus compañeros los primeros exploradores europeos en recorrer este desolado paraje, que era ya frecuentado por misioneros españoles y por buscadores de esclavos lusitanos. Fue el jesuita español Manuel Román, quien en 1744 remontó el Orinoco hasta encontrarse en la desviación del Casiquiare con unos comerciantes de esclavos de Rionegro, con los que continuó Casiquiare abajo hasta los establecimientos brasileños sobre el río Negro. Regresó a su misión por el mismo camino, constatando tras ese viaje de siete meses la unión del Orinoco con el Amazonas.</p>
<p>En 1759 los exploradores de la única expedición científica que envió España a estas regiones, la llamada Expedición de Límites de Iturriaga y Solano, verificaron y documentaron esa controvertida comunicación fluvial. Años más tarde, también recorrió el Casiquiare el sargento español Francisco Fernández Bobadilla al dirigirse a fundar San Carlos de Rionegro en 1759 y, desde entonces, dos o tres canoas llevaban cada año la sal y la paga a los soldados de esa guarnición.</p>
<p>La entrada por el canal o «caño» Casiquiare fue muy emocionante para nosotros. Sabíamos además que ya no había marcha atrás. Si algo desagradable o imprevisto nos sucedía por el Casiquiare, la única solución era continuar adelante hasta el final, hasta su confluencia con el Guainía, cerca ya de San Carlos de Río Negro, en la frontera con Colombia.</p>
<p>«Aquellas orillas sin historia, inhabitadas y cubiertas de selva», en expresión de Humboldt, estaban ahora más solitarias que antes, si cabe. Los indios las habían abandonado retirándose al interior de la selva y la misión establecida por los españoles en el siglo XVIII, habitada por un cura atacado de paludismo rodeado de los pocos indios que accedían a vivir «bajo la campana», hacía muchos años que ya estaba devorada por la voraz vegetación.</p>
<p>Nosotros tardamos una semana en encontrar el primer ser humano, un indio que navegaba en una curiara; pero en algunas rocas lavadas por el río pudimos contemplar fascinantes petroglifos cuya autoría y antigüedad continúa siendo un misterio. El Casiquiare está ahora más deshabitado que nunca.</p>
<p class="bodytext"><strong>SUPERVIVENCIA EN LA SELVA</strong></p>
<p class="bodytext">El Casiquiare «a tracción sanguínea» fue un suplicio. Paleábamos siete horas al día bajo un sol de justicia y materialmente devorados por los mosquitos. En sus 320 kilómetros de largo solamente encontramos un poblado habitado a 25 kilómetros de su desembocadura en el Guainía. La deshidratación era tan grande, que incesantemente teníamos que beber el líquido turbio y caliente del río. Cuando parábamos para descansar, nos quedábamos dentro del agua, sacando solo la cabeza, para evitar en lo posible la plaga de mosquitos y tábanos.</p>
<p>Para Humboldt también fue el Casiquiare la parte más dura y penosa de la expedición, hasta el punto de que, cosa inusual en él, no hizo entradas en su diario durante la última semana que pasó en este río de pesadilla.</p>
<p>La «plaga» no había disminuido desde la época de Humboldt. Entonces el padre Zea se jactaba de tener en sus misiones de las Grandes Cataratas los mayores y más voraces mosquitos, hasta que llegó al Casiquiare, y tuvo que reconocer que nunca había sentido picaduras más dolorosas que allí. Nosotros también podemos corroborarlo. En cuanto oscurecía, montábamos el campamento en una playa del río o colgábamos los chinchorros (hamacas) de los árboles, e inmediatamente buscábamos la protección de los mosquiteros. Comíamos, charlábamos y dormíamos dentro de ellos.</p>
<p>El desgaste era muy grande y pronto tuvimos que racionar la comida que llevábamos: arroz, leche en polvo, azúcar, sal, galletas, frutos secos&#8230; Consumíamos con preferencia lo que conseguíamos por el camino: tortugas; sus huevos, puestos durante la noche en los bancos de arena; «babas» (caimanes de uno a dos metros); caribes (pirañas del Orinoco); paujís (especie de negros pavos salvajes); lapas (roedores parecido a conejos), etc. Los indios banibas del equipo de apoyo y el navarro Arbizu eran nuestros maestros de supervivencia en la selva.</p>
<p>Poco a poco íbamos topándonos con los animales más característicos del Orinoco. Vimos perritos de agua (Chironectes minimus), toninas (Inia geoffrensis, delfines de agua dulce), enormes anacondas (Eunectus murinus gigas), una cuaimapiña (Lachesis muta muta, la mayor de las serpientes venenosas, de aspecto siniestro), mapanares (especie de víboras del género Bothrops) y una noche, en la desembocadura del Casiquiare, cerca de la guarnición de Solano, yendo con unos soldados por una trocha de la selva, sorprendimos a un jaguar (Felis onca), aquí llamado tigre, que se quedó atónito antes de saltar y perderse en la espesura.</p>
<p>Superado el Casiquiare, y tras reponernos en San Carlos de Río Negro, la situación cambió favorablemente. Entramos en el Guainía, un río de «aguas negras» –es decir, libre de mosquitos–, ya que las larvas no sobreviven en ellas debido al grado de acidez del agua. Por el Guainía subimos contra corriente hasta Maroa donde, como hizo Humboldt en 1800, realizamos un porteo por tierra hasta Yavita, abandonando así la cuenca del Amazonas y entrando de nuevo en la del Orinoco.</p>
<p>Tanto el Guainía como el Pimichín, el Tuamini, el Temi y el Atabapo son ríos de «aguas negras». ¡Qué maravilla librarse de repente de los minúsculos jejenes que nos atacaban durante el día y de los zancudos que no nos daban tregua durante la noche! Las «aguas negras» son puras, frescas, inodoras; tienen un color parecido al de la Coca-Cola y son deliciosas para beber; las aguas blancas, las del Orinoco y Casiquiare, son turbias, fangosas y tienen un ligero olor a almizcle; Humboldt debía colarlas con un lienzo antes de beber y nosotros las filtrábamos y añadíamos pastillas potabilizadoras.</p>
<p>Esta última parte del viaje, tras el porteo, fue más llevadera para los piragüistas pues la corriente era a favor; los rápidos, emocionantes; y no había mosquitos. No así para el bongo, que encallaba en los bancos de arena o en el suelo rocoso, por falta de calado, y al que teníamos que atar con cuerdas, bien para empujarlo o bien para bajarlo lentamente por algún rápido peligroso.</p>
<p>Cuando por fin llegamos a San Fernando de Atabapo, celebramos el final de esta aventura en un chiringuito de su playa fluvial llamado «Brisas del Atabapo». Hubo canciones, poesías, un sancocho de pollo y mucha cerveza.</p>
<p>Unos días más tarde, en Puerto Ayacucho, la capital del Territorio Amazonas, nos recibió el gobernador Muller Rojas y nos hospedó en «Los Lirios», su residencia. Éramos gente importante: habíamos hecho ochocientos kilómetros por los ríos de la Orinoquia a «canalete», siguiendo las huellas de Humboldt y reivindicando el valor y el mérito de los exploradores españoles que lo precedieron.</p>
<p class="bodytext"><strong>Juan Manuel Feliz</strong></p>
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		<title>Taklamkán: «si entras, no saldrás»</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/taklamkan-si-entras-no-saldras/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:32:45 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Sebastián Álvaro Loba TA-KLA-MA-KÁN. Repito para mis adentros este nombre rotundo y misterioso al mismo tiempo que miro a mi alrededor desde la cumbre de una duna que domina el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Sebastián Álvaro Loba</strong></span></h3>
<p class="bodytext">TA-KLA-MA-KÁN. Repito para mis adentros este nombre rotundo y misterioso al mismo tiempo que miro a mi alrededor desde la cumbre de una duna que domina el horizonte. Así que era esto. El infinito. El sueño, repetido en mi cabeza tantas veces, ahora está aquí delante con su desbordante presencia. Un mar de arena que agobia con su horizonte, que parece inabarcable, con sus colores, con su intranquilizadora abundancia. «Dé por perdida toda esperanza quien entre aquí», la frase escrita en la puerta del infierno imaginado por Dante, me viene de pronto del pozo de la memoria sin saber exactamente por qué emerge ahora. O puede que sí. Quizás sea para darme ánimo o bien para intimidarme aún más. Un mundo en constante movimiento donde el cielo, la luz y la arena se funden y se confunden. Luego vuelvo a la tierra y echo un vistazo a la aldea. Nunca había visto una situación tan caótica. Es cierto que en el Karakórum hemos llegado a movilizar a más de trescientos porteadores en algunas ocasiones, pero aquello era otra cosa. La polvorienta atmósfera de Daheyan, que presagia el desierto que la rodea, traía envuelta en la fina arena una mezcla de relinchos de camellos y una algarabía de gritos en tres o cuatro idiomas. Una improvisada Torre de Babel, en la que era imposible entenderse, intentaba dar forma a una peculiar caravana de catorce personas y treinta camellos. Casi todos los animales ya estaban dispuestos aunque alguno, en especial uno más pequeño y de pelaje blanco, amenazase con soltar una coz y tirar la carga antes de huir corriendo. No era el único inquieto por la proximidad de la partida. Nosotros también estábamos deseosos por partir. Es esa sensación común a momentos de incertidumbre, cuando ya ha terminado el tiempo de los preparativos y la reflexión, cuando por delante sólo quedan esfuerzos y, anudados a la cabeza, no pocos miedos. Como en todas las despedidas me encontraba incómodo. Ya no tenía nada más que hacer, así que cogí la mochila del suelo y me la eché a la espalda. Sin saber exactamente qué dirección tomar, encaminé mis pasos al nordeste, por un camino que se dirigía hacia las afueras de la aldea. Alguno de mis compañeros también hizo lo mismo aunque otros optaron por quedarse para ir al lado de los camellos. Era el día 20 de octubre del 2000 cuando partíamos de Daheyan (38º 21&#8242; 497 N y 81º 51&#8242; 982 E) con nuestra caravana de 14 personas y 30 camellos que llevaban en sus lomos casi 3.000 kilos de carga, entre alimentos, equipo de filmación y unos 1.300 litros de agua potable. Aparte de unos escasos litros de vino, era el líquido que habíamos calculado que necesitaríamos, pensando que los animales se abastecerían, como nos habían asegurado nuestros camelleros, con el agua que encontrásemos en el subsuelo del Taklamakán. Un poco por detrás la caravana iba envuelta en una enorme polvareda en la que era difícil respirar. Muy pronto los rezagados alcanzaron la cabeza para no verse masticando arena. Caminábamos en silencio. Apenas teníamos datos concretos del lugar donde nos estábamos metiendo y las razones que nos impulsaban a ello aparecían en ese momento muy difusas y perdidas en el laberinto de nuestros pensamientos. Quizá fuesen las mismas que nos habían llevado a atravesar otros lugares tan desolados, bellos e inhóspitos, del Polo Norte al Hielo Patagónico Sur; pero en aquel momento lo único que veía con claridad era lo duro que nos iba resultar acabar el camino que entonces estábamos iniciando.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL « LAGO ERRANTE »</strong></p>
<p class="bodytext">No sé cuándo decidí atravesar el Taklamakán. Recuerdo que desde niño perseguí en los mapas la geografía de Asia Central, nombres de resonancias tan evocadoras que su sola pronunciación alborotaba mi imaginación. Los mapas siempre han sido una de mis debilidades, que aún persiste. Karakórum, Kailas, Taklamakán o Tzaparang son algunos de los lugares que el destino, mucho tiempo después, me depararía la gran suerte de conocer. Todos ellos son sitios que transforman a las personas que los conocen. Unos, como cerezas enredadas, me llevarían a otros. Recuerdo que la expedición a la vertiente norte del K2 me depararía la inmensa fortuna de descubrir los paisajes solemnes del Xinjiang. Esta provincia ocupa una buena parte de la China Occidental y consta de dos grandes regiones separadas por las montañas del Tien Shan: la Dzungaria, al norte de las montañas, y los bajos del Tarim al sur. Esta última cuenca es una gigantesca superficie árida que ocupa unos 1.300 kilómetros de largo por 650 de ancho y unos 300.000 kilómetros cuadrados de extensión. Un inmenso desierto de arena y dunas móviles que, según los indígenas, es la morada de espíritus malignos. En realidad es un desierto «pequeño» dentro de otro aún mayor, el Gobi, y está situado al oeste de China, en la zona que hasta no hace mucho era conocida como el Turquestán chino. La cuenca del Tarim es una depresión, a pesar de que su altitud media supera los mil metros, rodeada por algunos de los macizos montañosos más importantes de Asia; aunque la localidad de Turfan, en el norte, es una de las mayores depresiones de la Tierra, ya que está a 130 metros por debajo del nivel del mar. El Tien Shan al norte, el Pamir al oeste y el Karakórum, Kunlun y Altay al sur. Al este se abre sobre el desierto de Gobi. Es una paradoja que este desierto, uno de los más resecos del planeta, sea atravesado por varios ríos, como el Yarkand, el Keriya o el Jotán, que alimentan las aguas del mítico Tarim, el gran río que da nombre a esta región y que termina muriendo asfixiado por las arenas en el interior del Taklamakán. Estas aguas nacen en los glaciares de las grandes montañas que delimitan el desierto, en la época del deshielo. El resto del año el cauce de los torrentes disminuye drásticamente o desaparece. El Tarim bordea la cuenca por el norte formando un largo bucle hasta desembocar en el extremo oriental de los bajos. A finales del siglo XIX, en tiempos del explorador sueco Sven Hedin, el Tarim llegaba hasta el lago Lop Nor, llamado el «lago errante» porque cambiaba de ubicación, debido a la movilidad de las dunas que hacían variar el cauce de los ríos. En la actualidad, al parecer, el lago está seco y el Tarim, debido al avance del desierto y a los grandes canales que se están construyendo para satisfacer las necesidades crecientes de los agricultores, apenas lleva agua. Esta parte del Taklamakán sigue vetada por las autoridades chinas a causa de las pruebas nucleares que allí han realizado.</p>
<p class="bodytext"><strong>400 KILÓMETROS A PIE</strong></p>
<p class="bodytext">Al levantarnos y sacar la cabeza por la tienda nos damos cuenta del lugar donde hemos pasado la primera noche. Sobre un suelo reseco y cuarteado la hoguera de los camelleros crepita soltando ascuas que se lleva el viento. Sobre las ramas ardientes una tetera renegrida ya está calentando su desayuno. La primera sensación es de frío y una ojeada al termómetro no hace sino confirmármelo: ocho grados bajo cero. Esa mañana necesitamos casi tres horas para ponernos en movimiento, porque cuesta reunir a los camellos que se han desperdigado por los alrededores y están alimentándose de las hojas cubiertas de rocío. Al principio de la marcha me aparto durante un buen trecho para tener una panorámica diferente, ya que la arboleda no nos deja ver el desierto abrumador que nos rodea. El sitio es bellísimo y los árboles, que ahora amarillean, contrastan con el azul límpido del cielo y los tonos cálidos de las dunas. Cuando me reintegro a la caravana les cuento a mis compañeros que, a pesar de la vegetación, estamos rodeados de dunas por todas las partes. Luego nos empleamos a fondo para recorrer unos treinta kilómetros en cerca de ocho horas, que son menos a la hora de descontar del total, ya que el GPS marca poco más de 23 y, además, no hemos ido exactamente en el rumbo correcto. No deja de ser deprimente el análisis del día. Llegamos cansados y nos metemos en el saco muy pronto. Me quedo dormido enseguida.</p>
<p class="bodytext">Ésta es una de las regiones más inexploradas del Globo, a pesar de que ya se encuentran referencias en los escritos de Marco Polo, en los tiempos en que las grandes caravanas de la Ruta de la Seda utilizaban los caminos que aún hoy bordean el Taklamakán por el norte y el sur, rehuyéndolo como la peste. Cuenta el gran viajero veneciano que el desierto estaba poblado de fantasmas que desviaban las caravanas a su interior, conduciéndolas a una muerte segura, mientras escuchaban el retumbar de tambores y el entrechocar de espadas. A los chinos les atemorizaba tanto que lo llamaron «el desierto de la muerte». Es probable que estas leyendas se anudasen a su nombre pues, al parecer, Taklamakán, significa en lengua uigur «si entras, no saldrás». Sin embargo, nuestro intérprete, un hombre bastante culto hijo de un lingüista uigur, nos aseguró que esta palabra, formada por «Takli» («años atrás») y «Makan» («casa»), significaba «el lugar donde tiempo atrás hubo grandes ciudades». La aparición de ciudades y momias, con más de tres mil años de antigüedad, enterradas en las arenas de este desierto, hace verosímil esta otra posible acepción, no menos terrible y premonitoria. Sea una u otra, lo cierto es que atravesar el desierto de Taklamakán era un objetivo que llevaba aferrado mucho tiempo en mi cabeza cuando en octubre del 2000 le dimos forma y nos decidimos a acometerlo. Atravesaríamos este desierto legendario de Sur a Norte, en total unos 650 kilómetros (de los cuales más de 400 de su zona central los recorreríamos andando), uniendo la ruta sur con el cauce del río Tarim. Era, que nosotros sepamos, la primera vez que se realizaba un cruce de estas características sin seguir el cauce de algún río. En una palabra, se trataba de enfrentarse al interior del desierto lo más limpiamente posible, atravesándolo a pie y llevando toda el agua necesaria a lomos de camellos. Y, después de tanto tiempo, allí estábamos, metidos hasta el cuello en una realidad tan desbordante que nos asfixiaba.</p>
<p>El desierto de Taklamakán pertenece a la hermandad de los espacios que forman la «Tierra Desnuda». Allí donde no existe el tapiz protector de la vida sobre la superficie emergida del planeta, se extiende la solemnidad mineral de los desiertos. La grandeza de estos jirones de tierra desnuda nace de su armónica relación con el cielo que los cubre, con un sentido del mundo y de la existencia. Frente a la lujuriosa variedad que nos ofrece la vida natural, los desiertos nos brindan la sobrecogedora belleza de lo esencial. Cruzarlos es un ejercicio de humildad donde se aprende a valorar nuestros límites y la austeridad de las regiones implacables. El desierto se convierte así en un lugar para la emoción y la sabiduría.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA RUTA DE LA SEDA</strong></p>
<p class="bodytext">En realidad nuestro viaje había comenzado en Kashgar, la «perla de la Ruta de la Seda», una antigua ciudad levantada sobre uno de los oasis mayores de Asia Central, muy cerca de donde se encuentran las cordilleras del Pamir, Kunlun y Tien Shan; en buena medida debe su origen y esplendor a su ubicación estratégica, en la frontera de dos mundos, en el borde del desierto. Su actividad comercial floreció ya con la Ruta de la Seda y aún conserva ese espíritu abierto, de intercambio mercantil y cultural. Su mercado congrega los domingos a decenas de miles de personas que se dan cita en sus diferentes bazares de comida, de telas, alfombras, fruta, especias, ropa o ganado. Aquí, las caravanas llegadas del oeste con destino al fabuloso imperio chino se detenían para descansar y abastecerse. No en vano les esperaba una de las etapas más peligrosas y arriesgadas de cuantas debían afrontar: salvar el «desierto de la muerte», yendo de oasis en oasis. Este camino legendario unía Oriente y Occidente, salvando estepas, montañas y desiertos, arrostrando peligros y esfuerzos, internándose en un gran espacio en blanco que ningún imperio podía domesticar en su totalidad. Una ruta de comercio y civilizaciones, de encuentro de culturas, imperios y religiones, pero sobre todo una asombrosa ruta de aventuras.</p>
<p>Partiendo de Kashgar recorrimos en autobús 550 kilómetros gracias a la carretera que, siguiendo la antigua vía del sur, va uniendo las ciudades-oasis más importantes. El explorador Sven Hedin demostró fehacientemente que este mismo recorrido era uno de los ramales principales de la Ruta de la Seda. La calzada cobra un aspecto fantasmagórico cuando el viento del noroeste levanta la fina arena del desierto y el asfalto desaparece engullido por ondas rojizas. Así llegamos a Yarzen y, un poco después, a Jotán, uno de esos lugares anclados en el tiempo y el espacio, repleto de pequeños telares donde se sigue haciendo el fino hilo de seda de la misma forma que antaño. Cuando, pasada la primera mitad del siglo XIII, Marco Polo recaló en Jotán, la seda ya no era el principal objetivo de este camino. Los tiempos habían cambiado. Hacia el siglo V d. C. la Ruta de la Seda había experimentado un fuerte declive debido a la aparición del Islamismo y la fragmentación del imperio romano. No en vano el Profeta había sentenciado: «No os ataviéis con prendas de seda o brocado»; aunque había dejado fuera de esta prohibición a las mujeres. A los desobedientes, el Corán los había excluido del Paraíso: «Sólo se revisten de seda quienes no tomarán parte en la vida futura». Lo cierto es que, por este y otros factores, los Polo ya iban buscando otras mercancías diferentes. Por las narraciones de la época sabemos que la seda había dejado de jugar el papel principal en esta serie de caminos que llevan su nombre, por lo demás completamente moderno; la expresión Ruta de la Seda no figura ni en las narraciones de la Edad Media ni en las de la Antigüedad. Sería un alemán, Ferdinand von Richtofen, en el siglo XIX, quien le diera el nombre. El itinerario que recorrió Marco Polo vivía en aquel tiempo un resurgimiento tras el férreo dominio y la estabilidad impuestos por los emperadores mongoles en el siglo XIII, del mar Negro al océano Pacífico; pero ya no era la ruta de seda alguna, sino la de las especias, del té y de la porcelana. Un camino de encuentro de ideas y culturas en un tiempo en el que todo viaje implicaba una gran aventura.</p>
<p class="bodytext">Dos mil años después de su inicio, esta travesía de leyenda también nos había atraído a nosotros hasta el rincón más desconocido e inhóspito de Asia Central. En Jotán cambiamos de transporte y a bordo de un camión y dos vehículos todo terreno alcanzamos Yutian, situada a unos 150 kilómetros, enclave conocido desde la antigüedad por el jade, que le da nombre y la hizo famosa –pues «Yutian» significa «campo de jade»–. En Yutian abandonamos la carretera y pusimos rumbo norte. Tardamos dos días en recorrer con nuestros coches 230 kilómetros por una pista muchas veces inexistente, donde los jeeps se quedaban enterrados; finalmente pudimos completarla gracias al camión con tracción a las cuatro ruedas que nos permitió ir liberando a los automóviles de las dunas. El último día tardamos más de diez horas en recorrer los 155 kilómetros finales antes de llegar a Daheyan, la última aldea uigur situada al borde del río Keriya. Precisamente el nombre nativo es Darya Boi, que significa «el pueblo al lado del río». Allí nos confirmaron que el camino que acabábamos de recorrer sólo estaba practicable unos pocos días al año, cuando las aguas descienden su curso y liberan tramos más compactos de arena húmeda por los que se pueden internar los vehículos. También nos confirmaron que esta aldea era desconocida para las autoridades chinas hasta hace sólo quince años, pues hasta entonces vivían en estado de aislamiento casi absoluto, con sus rebaños de cabras y camellos, del que sólo salían una o dos veces al año para intercambiar sus productos en los bazares de Yutian. En esta localidad los vehículos se darían la vuelta mientras nosotros contratábamos treinta camellos bactrianos, reputados como los más resistentes de todos los que recorrían la famosa Ruta de la Seda, y seis camelleros que se encargarían de su manejo y cuidado. También llevaríamos un cocinero y un intérprete nativo para poder entendernos con ellos. Los compañeros que había seleccionado para acometer esta aventura eran grandes amigos y hombres probados en otras expediciones de gran envergadura: José Carlos Tamayo, Juan Oiarzabal, Laureano Casado, José Antonio Perezgrueso e Iosu Bereciartua. Todos tenían una gran experiencia en expediciones de alta montaña y/o travesías polares; en el caso de Laureano, especialista en vuelo libre, pensé que sería importante filmar la caravana desde el aire con un pequeño «paramotor».</p>
<p class="bodytext"><strong>UIGURES Y CAMELLOS BACTRIANOS</strong></p>
<p class="bodytext">Antes de que salga el Sol por el horizonte comenzamos a desperezarnos. El ritual matutino no incluye, como es obvio, lavarse la cara para quitarse la arena de los ojos. A las dos horas, después de atrapar a los camellos por los alrededores, logramos poner en marcha la gran caravana. No siempre lo que dice nuestra brújula o el GPS coincide con lo que indica el guía de los camelleros, pero ante la duda seguimos su huella. Los primeros días comprendemos que se mueven en su zona de influencia y que nos vamos desviando ligeramente de la dirección norte para seguir por cauces secos de extintos ríos, en los que aún es posible encontrar algún árbol. Estos hombres del desierto aprendieron de sus padres a leer el desierto; puestos en pie sobre su montura, una mirada les sirve para trazar un camino en este lugar inhóspito, de una belleza tan cruel con la vida como fascinante. Un tronco partido y reseco, un arbusto solitario o unas huellas de camellos salvajes, son elementos suficientes para imaginar el itinerario a seguir. Durante los tres primeros días nos acompañó un joven aprendiz antes de regresar a casa con unos cuantos camellos que ya no tenían carga que transportar. Estos uigures son depositarios de una cultura milenaria del desierto, que es tanto como decir de una forma de sabiduría de la vida, pues son la prueba fehaciente de la capacidad humana para adaptarse y sobrevivir en las condiciones más adversas que puedan imaginarse. Son los mejores compañeros en el interior del Taklamakán. Ellos y los camellos bactrianos, históricamente famosos por su fortaleza, fueron el principal de nuestros aciertos para acometer la travesía del desierto. Ya Marco Polo, en su Libro de las maravillas, recomendaba para adentrarse en este lugar únicamente la utilización de estos animales, «&#8230; capaces de cargar fardos muy pesados y que se contentan con un poco de forraje».</p>
<p>Muy pronto el ritmo de marcha que marcaba nuestro GPS comenzó a superar los 22 kilómetros diarios, es decir, avanzando a vista de pájaro, sobre el plano, que no tiene en cuenta desniveles ni rodeos, lo que trasladado a la realidad supone que caminábamos más de veinticinco. Los tres primeros días subimos y bajamos, rodeamos o ascendimos sistemas de dunas gigantes que, a veces, nos obligaban a poner rumbo este, antes de volver a recuperar el norte. Los animales daban muestras de impaciencia quizás porque intuyesen la lejanía de la aldea. De esta forma, poco a poco, fuimos internándonos en uno de los lugares más desolados de la Tierra. Nuestra ingenuidad, o nuestra inexperiencia, nos indujo a pensar que las mejores previsiones se estaban cumpliendo y que nos resultaría relativamente fácil alcanzar el cauce del río Tarim. Pero muy pronto los ánimos decayeron y rápidamente la escasa vegetación del comienzo fue dando paso al mar de dunas más grandioso y espectacular que he conocido. Entonces el avance se hizo más penoso. Por ejemplo, la octava jornada fue deprimente. Desde por la mañana conocimos el aspecto más severo del Taklamakán. El viento levantaba los granos de arena y los lanzaba contra nosotros como auténticos perdigones. Al mediodía tuvimos que ascender un grupo de dunas con arena fina que actuaba como nieve en polvo y donde tuvimos que emplearnos a fondo. El verdadero rostro salvaje del Taklamakán se nos mostraba en todo su esplendor. Los camellos se quejaban lastimeramente y los camelleros tuvieron que bajarse y azuzarlos. Entonces la tormenta se recrudeció y la arena se coló hasta por los intersticios más pequeños. Los ojos sufrieron doblemente, por el sol y la arena, y terminaron enrojecidos. Al acabar la marcha tendríamos que echarnos colirio para sacarnos las partículas que nos hacían sufrir. Esa fina arenilla que ya había terminado con casi todo, de las máquinas fotográficas al «paramotor», pasando por las cremalleras. Esa misma arena en suspensión levantada por la ventisca actuaba como un filtro. El sol era un disco metálico, un sol de plata fundida, un sol del fin del mundo. Cuando encontramos un lugar un poco protegido para poner las tiendas pudimos por fin descansar, ver el triste aspecto que teníamos y hacer recuento de nuestras penalidades. Habíamos caminado, según nuestros cálculos, unos 25 kilómetros que se traducían en los 18 que marcaba el GPS. Pero debido a que en la última parte de la jornada habíamos cambiado nuestro rumbo, para no terminar enterrados hasta las cejas en las dunas, ese día sólo habíamos restado 14 kilómetros de nuestro punto final. Un avance ridículo para una jornada agotadora, cuando ya empezábamos a acusar el esfuerzo acumulado.</p>
<p>Todos los que compartíamos la marcha coincidíamos en nuestra sorpresa al descubrir la belleza y la variedad de matices que ofrece un paisaje que el tópico ha asociado, tantas veces, con la monotonía y la simplicidad. Pararse en lo alto de una duna y mirar en derredor era abrir la ventana del corazón a un sentimiento contradictorio que se movía entre la fascinación y el encogimiento. Durante los tres primeros días habíamos podido encontrar algún pozo de agua, pues sin duda nos encontrábamos todavía en el área de influencia de Daheyan en la que se mueven con sus rebaños. Según la información que habíamos recabado, un camello necesita beber unos cuarenta litros de agua cada tres días. De acuerdo con esos cálculos, necesitaríamos casi 8.000 litros de agua sólo para los 30 animales –lo que exigiría casi 80 camellos más y mucha más agua–, algo a todas luces imposible. Así pues, partimos de Daheyan con sólo mil trescientos litros de agua potable. Las hojas de los árboles, el rocío de la noche depositado en arbustos y las temperaturas no excesivamente altas hicieron que los animales no dieran muestras de necesitar más agua para poder caminar. Pero al sexto día los camelleros tuvieron que cavar el primer pozo para poder dar de beber a los ungulados. La forma de conseguir líquido para las bestias en el Taklamakán es un secreto que sólo conocen estos hombres del desierto. Los uigures saben descubrir los lugares concretos donde encontrarla bajo el suelo. La pista suele ser un arbusto o un afloramiento salino, donde la tierra se vuelve blanca, reseca y cuarteada&#8230; Durante casi tres horas los seis camelleros se relevaron en el manejo de la azada, con tanta insistencia como energía. Ante nuestro escepticismo, pues de antemano habíamos condenado al fracaso aquella tentativa, al metro y medio de profundidad comenzó a salir arena húmeda y, un metro más tarde, brotaba un charco de color marrón oscuro. El milagro se había producido aunque, a juzgar por el comportamiento de los camellos, no fue muy útil, ya que bebieron muy poco. O el agua estaba muy salina o los camellos todavía estaban muy lejos de su límite de deshidratación.</p>
<p class="bodytext"><strong>LA ARIDEZ CON MIL ROSTROS</strong></p>
<p class="bodytext">Como en las montañas, o en las travesías polares, aquí también teníamos que poner en juego toda nuestra fuerza de voluntad para continuar adelante, para seguir avanzando hacia una «cumbre» que ni siquiera alcanzábamos a divisar, oculta como estaba a centenares de kilómetros en algún punto al Norte, más allá del infinito mar de dunas. Muchas veces nos descubríamos oteando entre las montañas de arena, tratando de adivinar un valle repleto de árboles verdes que rompiese el horizonte ocre y amarillo. Era un ejercicio de ilusión de la mente que se agarraba a lo que necesita ver. Pensándolo bien, quizás el espejismo consista en eso, en sustituir lo que se ve por lo que se desea.</p>
<p>Muy pronto la vegetación, y con ella la escasa comida y bebida de los camellos, había desaparecido. Fue entonces cuando los camelleros nos confesaron que nunca se habían internado tanto en el desierto. Nos lo comunicaron con tranquilidad, con la calma de quien conoce a su adversario y transmite confianza. Para ellos era una cuestión de trabajo bien remunerado; sin embargo, no entendían qué nos llevaba a nosotros a cruzar el desierto y a exponerse a aquel infierno por elección propia. Lógicamente, aún entendían menos el que no nos montásemos, como ellos, en los camellos. Puede que dentro de un tiempo, cuando el desierto del Taklamakán se vea cruzado por pistas y horadado por pozos de petróleo (algo que ya está comenzado a suceder, de la mano de una multinacional francesa) y sean ingenieros y técnicos quienes recorran estos lugares, esta cultura desaparezca para siempre. Entonces todos habremos perdido algo substancial al ser humano. Porque el verdadero tesoro del Taklamakán no es el oro negro, sino el misterio y fascinación de una ruta legendaria y la cultura que se ha transmitido de generación en generación, que supo crear en sus orillas milagros de vida.</p>
<p class="bodytext">Rápidamente sería nuestro compañero José Carlos Tamayo quien se haría cargo de la navegación. Mi viejo amigo, uno de los aventureros más nobles y capaces de nuestro país, tiene una gran experiencia de navegación en otros lugares, del mar al Polo Sur, que se revelaría muy útil en aquellos momentos. José Carlos ya había atravesado grandes espacios helados como el Hielo Patagónico Sur o la Antártida. Precisamente fue caminando hacia el Polo Sur Geográfico, donde sentimos por primera vez la fascinación por las extensiones donde sólo crece la soledad y el hombre lleva consigo la única brizna de vida. Por paradójico que parezca, aquella experiencia en el corazón helado del sexto continente nos había empujado al interior del desierto más abrasador. Pero esta diferencia no oculta una verdad demoledora: el desierto se presenta de mil formas diferentes. La aridez tiene mil rostros. Poco a poco, fuimos internándonos en una desolación de arena hasta donde éramos capaces de vislumbrar el horizonte; una visión que encoge el ánimo del más curtido. Aun así seguimos avanzando en dirección norte aumentando nuestro ritmo de marcha, en medio de tormentas de arena cada vez más frecuentes. Las temperaturas cambiaban todos los días, haciéndose más extremas, pues alcanzaban hasta 15º grados bajo cero durante la noche y 45º positivos en el cenit del día. Lo más significativo era el porcentaje de humedad del aire que cayó hasta el once por ciento, un valor que nunca, ni antes ni después, he llegado a conocer.</p>
<p>Las dunas del Taklamakán son como olas pues, como ellas, se mueven empujadas por el viento con una fuerza incontenible. Durante cientos de años han avanzado enterrando ríos, cultivos, bosques, valles y ciudades que antaño florecieron en esta zona en tiempos del imperio romano. Las excavaciones del sueco Sven Hedin a finales del siglo XIX, y otras llevadas a cabo por otros exploradores, demostraron que el Taklamakán había sido un lugar clave, un punto de encuentro entre el Oeste y el Este, entre las culturas persa, latina y china. Hedin fue uno de los más importantes expedicionarios de Asia Central, donde realizaría significativos descubrimientos entre 1893 y 1908. Además sería un prolífico escritor y, junto a Stanley, uno de los de mayor éxito de su tiempo. Hedin llegó empujado por leyendas de florecientes ciudades de cultura budista enterradas por la arena. Escribiría: «La magia de este desierto me atrae, estoy convencido de que tras las dunas de arena encontraré un país virgen, desconocido incluso en los más antiguos relatos de viajes, una región en la que yo seré el primero en poner el pie». Y, en efecto, el explorador sueco sería el primer occidental en descubrir numerosas ciudades abandonadas en el desierto. Los muros de las casas, hechos de arcilla, habían sido derruidos por el paso de los siglos; pero en sus excavaciones pudo recuperar una enorme cantidad de vajillas en tierra cocida, así como manuscritos y frescos que demostraban los lazos establecidos por esta región del Asia Central con India y Persia. Más tarde seguirían sus huellas otros arqueólogos y aventureros que realizarían más excavaciones, las cuales, al tiempo que supusieron el expolio de bienes culturales de extraordinario valor, confirmarían la estructura histórica del comercio y los intercambios culturales entre el Asia Oriental, Meridional y Occidental. En 1895, muy poco antes que Alfred Mummery llevase su atrevida expedición al Nanga Parbat, no muy lejos de allí, Hedin se internaba en el Taklamakán. Allí viviría una situación angustiosa. El plan del sueco era internarse en el desierto hasta una montaña un poco elevada, indicada en los mapas con el nombre de Mazar Tagh. Desde esta pequeña elevación estaba convencido de encontrar sin dificultades el pequeño cauce del Jotán Darya («Darya» significa río), curso de agua casi perenne que, naciendo al sur de los bajos, llega hasta el Tarim. Hedin había calculado que completaría la travesía del desierto en unos quince días a una media de dieciocho kilómetros al día. Era un cálculo razonable para una pequeña caravana de hombres con una gran determinación y unos animales en excelentes condiciones. Los nativos trataron de hacerle desistir, convencidos de que no regresarían del país de la muerte, pero Hedin estaba seguro de poder lograrlo. Después de doce jornadas de marcha penetraron en una inmensidad de dunas de arena de una altura de quince a diecisiete metros. La velocidad se ralentizó y, para completar el cuadro, una tempestad de arena se levantó a la mañana siguiente. Estaban atrapados: «Nubes de arena atravesaron el desierto y nos envolvieron&#8230;, el horizonte no era más que una bruma rojo-amarilla. La arena penetraba en todos los sitios, en nuestras bocas, en la nariz, en las orejas, en nuestros vestidos». Cuando por fin cesó la tempestad, el curso de agua seguía sin aparecer. Hedin constató que con el agua que les quedaba en los bidones apenas podrían sobrevivir los cuatro hombres, ocho camellos, dos perros, así como los animales que llevaban como provisiones; a saber, seis corderos, seis gallinas y un gallo. Decidieron entonces salir a la desesperada abandonando dos camellos y repartiendo su carga entre los restantes. Incluso intentaron cavar un pozo para encontrar agua, pero fracasaron. Su suerte estaba echada.</p>
<p>Después de un mes en el desierto el balance en el Taklamakán fue dramático. Al final Hedin, con mucha fortuna, logró salir vivo de uno de los peores desiertos de la Tierra, pero el precio que había pagado había sido elevado. Dos de los cuatro hombres de su caravana murieron; había perdido siete de los ocho camellos y a su perro, así como numerosos instrumentos y todas sus provisiones. Y, en realidad, como pudimos comprobar cuando estábamos preparando nuestra expedición, el sueco apenas se había internado unos pocos kilómetros en el Taklamakán antes de darse la vuelta, dejando tras de sí un rastro de desolación y de compañeros muertos. De todas formas Sven Hedin no se amilanó. Volvería al desierto y lo terminaría cruzando, pero esta vez, escarmentado por la dura experiencia anterior, lo haría siguiendo el curso del río Jotán. De esta forma el explorador nórdico lograba evitar el mayor problema del desierto: la falta de agua.</p>
<p>El sueco impartiría numerosas conferencias, las más populares de su tiempo, sobre todo en los países germanófilos, que le reportaron sumas considerables. Hedin llenaría salas enteras presentando La marcha de la muerte en el desierto de Taklamakán y Tíbet en el corazón. Los auditorios quedaban fascinados. La experiencia marcó de tal forma el carácter de Hedin que, cuarenta años más tarde, dando una conferencia sobre este viaje delante de una numerosa asistencia, en Detroit, describió con tal realismo su lento y desesperado avance en «ese mundo de arena» que, al final de la conferencia, los espectadores se precipitaron hacia las fuentes públicas para calmar su sed.</p>
<p class="bodytext"><strong>CAVA Y CORRE</strong></p>
<p class="bodytext">Caminábamos y caminábamos, con nuestra sombra como guía, que a las doce nos señalaba el Norte, persiguiendo una línea de agua tras un horizonte infinito de arena. En ese momento entendimos lo que había escrito Hedin: «Estábamos en un océano desconocido, un mar de arena; ningún signo de vida, ningún ruido salvo el sonido rítmico de las pisadas y los patinazos de los camellos». Todos los días al acabar la jornada y una vez descargados los animales, los camelleros se reunían en torno a la hoguera y entonces hablábamos acerca de la marcha, compartíamos dudas y nos contaban historias del desierto. Todos ellos sabían mejor que nadie que, llegados a un punto, sería más complejo volver sobre nuestros pasos que continuar hacia delante. Lo único bueno que tienen estas situaciones es que, llegado a este punto, toda la voluntad se dirige a salir del lío en el que te has metido.</p>
<p>Muchas veces hablábamos de lo que podría alcanzar a ser este lugar en pleno verano o, tan sólo pocos días después, cuando llegasen los rigores del invierno. Nuestro mejor acierto había sido la elección de las fechas junto a la inmensa suerte de contar con nuestros acompañantes uigures que se ocupaban de los camellos. De ello tendríamos una excelente prueba en la situación más crítica de la travesía, cuando sólo nos quedaban 160 litros de agua para catorce personas, es decir, reservas para tres o cuatro días más, y cuando los camellos llevaban seis sin probar una gota de agua. Para entonces llevábamos doce largos días en el interior del Taklamakán, habíamos recorrido unos trescientos kilómetros y nuestro objetivo se encontraba a unas cuatro jornadas. Los animales acusaban ya los efectos de tanto tiempo sin beber. Aquellos magníficos y lustrosos camellos que habían salido de Daheyan se habían resumido en unos pingajos de piel pegada a los huesos que se quejaban lastimeramente cada vez que debían subir una duna resbalándose en la arena. Si no conseguíamos muy pronto algo de agua para darles de beber, comenzarían a morir. Al atardecer alcanzamos una duna gigantesca desde la que el panorama era sobrecogedor: un mar de dunas rojizo en nuestro derredor hasta donde alcanzaba la vista. Si los camellos morían de sed, nos veríamos en un serio aprieto. La suerte de los animales, y buena parte de nuestro futuro, estaba en las manos y el instinto de nuestros camelleros para encontrar agua. Para hacerlo hay que tener moral y ponerse a picar en lugares donde sólo un iluso podría pensar que allí se va a encontrar el líquido elemento. A veces hay que hacerlo durante horas y todo para no hallar nada. Al caer el sol, cuando ya estábamos haciendo cálculos sobre cuánta agua podríamos cargar cada uno en la mochila a fin de ponernos a andar abandonándolo todo, en lo que parecía una huida a la desesperada, los uigures descubrieron un punto donde se pusieron a cavar de inmediato.</p>
<p>Los pobres animales medio enloquecidos por el olor a humedad, o quizás presintiendo, como nosotros, que aquélla era su última oportunidad de supervivencia, se arremolinaron en torno al agujero. Poco después, a unos dos metros de profundidad, comenzó a aflorar un agua de color marrón que nos pareció demasiado salada para consumo humano; pero Abdullagem y sus compañeros se la fueron dando a los animales uno a uno, ayudándose de una especie de palangana de latón, hasta las tres de la madrugada. Gracias a los camelleros y su inestimable experiencia habíamos logrado salvar la situación más comprometida y pudimos continuar hacia nuestra meta.</p>
<p>Afortunadamente aquel momento acabó convirtiéndose en una divertida anécdota cuando tres días más tarde encontramos a los jeeps que nos estaban esperando. En ese momento nos despedimos emotivamente de los que habían sido nuestros compañeros de viaje durante catorce días. Ellos se darían la vuelta para intentar regresar a casa por el mismo camino, intentando encontrar algunos bidones con agua que habían dejado en determinados lugares. A los que desconocemos el lenguaje del desierto, nos parecía del todo imposible que sin ninguna clase de referencia pudiesen llegar hasta ellos. Y, en efecto, al regresar a España, nos enteraríamos de que estuvieron a punto de perecer y que sólo gracias a la habilidad del jefe de camelleros pudieron desviarse in extremis para encontrar el cauce del río Jotán y así regresar sanos y salvos a su aldea. No olvidaré la mirada serena de aquellos hombres que tienen en su cabeza escritos los misterios del desierto y de las grandes caravanas. Ni tampoco los nombres de esos exploradores que nos animaron a internarnos en el Taklamakán como Marco Polo, Prejevalsky, Stein o Hedin; aunque sea a un nivel más modesto, todos somos exploradores mientras queramos saber el porqué de las cosas.</p>
<p>Por nuestra parte, ante el estupor de nuestros conductores chinos, continuamos andando día y medio más, unos cuarenta kilómetros extras, atravesando los grandes campos de algodón y canales de agua que rodean la aldea de Tanan, y que son una de las causas de la desecación del río Tarim. Un río condenado a morir asfixiado en las arenas de este desierto. El día 4 de noviembre, tras unos 450 kilómetros de desierto recorridos a pie, alcanzábamos los 40º 56&#8242; 702 N y 82º 53&#8242; 535 E; es decir, el cauce de nuestro río buscado. Poco antes de terminar nos sentamos en el borde de una duna y estuvimos contemplando, largo tiempo y en silencio, la vasta extensión de arena que dejábamos atrás. La reflexión del conde Almasy2, uno de los últimos exploradores románticos del siglo XX, y a quien los beduinos del Sahara llamaban «padre de las arenas», sintetiza perfectamente el sentimiento que entonces bullía en nuestra cabeza: «Amo la infinita extensión de temblorosos espejismos, las cadenas de dunas como rígidas olas del mar. Y amo la simple vida de un campamento primitivo en el frío gélido, a la luz de las estrellas de la noche y en las calurosas tormentas de arena». Habíamos pasado dieciséis días en el interior más profundo del Taklamakán y, lo más notable, habíamos logrado salir. Casi sin decir palabra nos abrazamos, nos descalzamos y nos metimos en el río. Como en otros momentos similares no fue orgullo lo que sentí. En todo caso, satisfacción por haber llegado al final, y comprender que lo importante había sido recorrer el camino.</p>
<p class="bodytext"><strong>UNA LECCIÓN INDELEBLE</strong></p>
<p class="bodytext">Mientras me lavaba con el agua del Tarim, pensé que ya siempre llevaríamos en nuestros ojos el color de esas dunas enrojecidas por la luz de la tarde, en los oídos los ecos del viento que arrastra gemidos y, como dijo el poeta, una nube de arena en el corazón.</p>
<p>No olvidaré el Taklamakán. Para nosotros ya nunca será el desierto de «si entras, no saldrás».</p>
<p class="bodytext"><strong>Sebastián Álvaro Loba</strong></p>
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		<title>Luces y sombras del Everest</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/luces-y-sombras-del-everest/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:32:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Òscar Cadiach I Puig Me gustaría señalar que el relato que sigue a continuación ha sido escrito con la ayuda de mi amigo Edu Sallent, con quien pude compartir escaladas [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/luces-y-sombras-del-everest/">Luces y sombras del Everest</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Òscar Cadiach I Puig</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Me gustaría señalar que el relato que sigue a continuación ha sido escrito con la ayuda de mi amigo Edu Sallent, con quien pude compartir escaladas y narraciones en largos y entrañables momentos, mientras esperábamos una mejoría del tiempo en los campamentos de altura durante una expedición al Ama Dablam. Edu ha sabido dar ese toque de sensibilidad que requieren las muchas historias que podemos explicar los montañeros o «himalayistas», como ocurre en este caso.</p>
<p class="bodytext"><strong>ODA AL EVEREST</strong></p>
<p class="bodytext">«Sagarmatha, Chomolungma, Everest1&#8230; ¿Acaso no quieres dejarme acercar a tu cima?» –me digo cabizbajo, entre desanimado y resignado.</p>
<p>«Otra vez&#8230;, ya es la cuarta&#8230;» –voy repitiéndome mientras sigo la traza. Mi paso es irregular, como mi pensamiento.</p>
<p>Pero no me doy por vencido, todavía. Estamos en pleno verano de 1985. O en plena época monzónica, que viene a ser lo mismo. Parece que la primavera y el otoño ya estaban cubiertos con dos expediciones por estación. Es lo máximo que autorizan los chinos.</p>
<p>La montaña está muy cargada de nieve en esta época; pero las temperaturas no son tan frías como en la primavera y en otoño. Todo tiene sus ventajas e inconvenientes.</p>
<p>Estoy bajando de la montaña con Enric Lucas. Hemos llegado hasta la altura de unos ocho mil metros aproximadamente. Pero la nevada nos ha hecho desistir. La misma nieve sigue cayéndonos encima, silenciosa e impasible. Siento cómo me va cubriendo con una fina y delicada capa blanca. Pero tanto me da. No me la sacudo. Tengo la cabeza en otro lugar.</p>
<p>Según los cálculos, a muchos, muchos kilómetros de donde estoy, en una magnífica tierra mediterránea, muy cerca del mar, está a punto de nacer mi hijo o mi hija. Roser sale de cuentas estos días. ¡Y yo aquí arriba! Sé que era mi último intento de escalar la cima de la Tierra, si quiero llegar a tiempo para el parto, en Tarragona.</p>
<p>Es la tercera expedición en la que intento el Everest. Y es la segunda tentativa que pruebo en ésta misma. Estoy cansado. Pero en mi interior, pese al enorme agotamiento, todavía brota un pequeño hilillo de motivación. Motivación que crece gracias a los ánimos de Enric, al que no abandona su optimismo.<br />
Los pronósticos, en el campo base, son de desaliento respecto a mi gran desgaste físico producido por los dos intentos consecutivos de hacer cima.</p>
<p>Pero yo confío en utilizar el campo base para lo que es: descansar. Al llegar me encuentro con un telegrama de Roser. Sin demasiadas contemplaciones me dice: «Ánimo, Òscar. Harás la cima y llegarás a tiempo para el parto».</p>
<p>Al leerlo mi estado de ánimo da un giro de ciento ochenta grados. Me parece ver la lucecita del fondo del túnel. La lucecita que vuelve a cargar las pilas de mi espíritu, de mi motivación y de las ganas de volver a probarlo. Quizá estoy loco, puede ser. Loco por las montañas y loco por llegar a la cumbre de la mayor de ellas.</p>
<p>Quien no está de suerte es Enric. También recibe un comunicado desde casa. Su compañera le dice que, si no regresa antes del 11 de septiembre, se volverán a llevar el refugio de la Colomina, que están a punto de levantar en el Pirineo. No sin pesar, emprende el viaje de regreso. Me sabe mal. Se encuentra tan animado con volver a intentarlo&#8230; Y realmente está en forma. Podría haber vuelto a intentarlo. Una vez en el campamento base, Enric y yo intercambiamos los papeles.</p>
<p>Bien, me vuelvo a programar y a mentalizar para volver a tantear la cima.</p>
<p>Noto cómo en cuestión de días los ánimos del grupo van perdiendo fuerza y empuje. Parece como si la motivación general se desmoronara igual que una duna de arena fina, arañada una y otra vez por las olas de la playa.</p>
<p>Todos hemos regresado a la comodidad del campamento base. En medio de este desaliento enrarecido, cada cual lucha por centrarse en el lugar en el que estamos y en lo que tenemos entre manos. De todas formas, con el paso de las horas cada vez parece más claro que probaremos un último intento para hacer cima.</p>
<p>Conrad Blanch, el jefe de la expedición, nos reúne para, entre todos, planear esta posibilidad. Estamos alrededor del 20 o 21 de agosto.</p>
<p>Yo soy de la opinión de ascender tanta gente como sea posible.</p>
<p>Estoy totalmente convencido de que delante de una montaña con unas dimensiones tan desorbitadas, especialmente por encima de los ocho mil metros, es necesario un grupo potente y numeroso. Todos necesitamos el apoyo de los compañeros. Todos podemos llegar a ser muy necesarios. Y es evidente que no todos llegaremos al punto culminante. Pero el trabajo en equipo repartido en los diferentes campamentos de altura convertirá la expedición en una gran cordada a lo largo de la montaña. Entre unos y otros habrá una cuerda, un cordón umbilical que nos hará sentir próximos. Creo que así, y sólo de esta manera, algunos podrán atreverse a intentar coronar la cima.</p>
<p>¿De qué nos podrían servir las cordadas de dos? Creo en este tipo de equipos. ¡Y tanto! Pero no para esta montaña ni en este momento. Unas cordadas tan pequeñas y tan independientes creo que no tendrían suficiente fuerza para escalar los 8.848 metros.</p>
<p>Poco a poco parece que mis palabras calan más y más en mis compañeros. He estado bastante en esas alturas complicadas. He ido viendo cómo funciona todo allá arriba. Y creo que, si no lo tenemos todo muy bien pensado y estudiado, no lo conseguiremos.</p>
<p>No pasa demasiado tiempo hasta que Jordi Canals, Carles Vallès, Miquel Sánchez, Toni Sors y cinco sherpas salen otra vez montaña arriba. Yo no voy con ellos. Aquí en el campamento base hay un compañero, Jordi Camprubí, que está desanimado. Desganado y quizá también agobiado. Me quedo con él para intentar contagiarle algo del entusiasmo que todavía conservo. Él, Jordi Canals y tres sherpas se encargaron del segundo ataque a la cima en esta expedición. Fue después de nuestro primer intento. Pero una gran acumulación de nieve les hizo desistir después de haber superado el Primer Escalón2. Este problema de la cantidad de nieve es el gran peligro y el principal obstáculo que se nos presenta en la estación monzónica.</p>
<p>Pero por más que hablamos, él se aferra a la idea de que ya tiene bastante. Al menos por ahora. Finalmente, viendo que su decisión es firme y pensada, me preparo para salir a encontrar a mis otros compañeros. Me llevan un día de ventaja; esto quiere decir que no puedo perder demasiado tiempo.</p>
<p>Solo, bajo un sol de justicia, emprendo el camino. Me siento bien aclimatado. Quizá algo más cansado también, pero estoy tan motivado que tengo la sensación de que podría ir subiendo toda mi vida.</p>
<p>El sol aprieta. El aire es fresco. Mientras esquivo piedras, alzo la mirada hacia la parte final de esta blanca pirámide que, intimidante, se me muestra por delante. Pero pienso que ya nos conocemos bastante. No necesitamos de presentaciones ni de cumplidos. Ella está allá. Y yo, pequeño e insignificante, le vuelvo a preguntar si esta vez me dejará. Bajando la cabeza, inconscientemente, creo que le demuestro mi respeto hacia su condición de Chomolungma («Diosa Madre», en lengua tibetana).</p>
<p>La monotonía de caminar por el valle y las morrenas, inevitablemente, me transporta a los recuerdos. Una memoria llena de sed de descubrimiento y de aventura. Instantes del año 1982, cuando por primera vez probé el frío de las nieves del Everest&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>ARISTA OESTE DEL 82 Y NORTE DEL 83</strong></p>
<p class="bodytext">Yo ya había estado algunas veces en el Himalaya. Pero cuando, a principios de año, recibí la llamada de Xavier Pérez Gil, todo mi interior se revolucionó. Al colgar el teléfono apenas me lo podía creer. La ilusión fue tan grande que me resulta imposible describirla con palabras. Estaba loco, loco de alegría. ¿Tenía la posibilidad de escalar el Everest? Increíble, increíble.</p>
<p>Mi ilusión sólo era comparable al entusiasmo de los compañeros que formaban el grupo. Se trataba de la primera expedición catalana que afrontaba este reto tan lejano y alto.</p>
<p>Entraba en una época donde, además de descubrir esta gran montaña, también me estaba descubriendo a mí mismo. Mis posibilidades, las aptitudes, las fuerzas y los estados de ánimo.</p>
<p>Y por si no hubiera bastante con esta ansia por descubrir, se había escogido una ruta para escalar la cima del mundo que todavía hoy está considerada como una de las más complejas y difíciles.</p>
<p>Pero la auténtica aventura trata de eso: de riesgo, de incertidumbre, de ansiedad, de alegría desbordante, de poner un pie más allá&#8230;</p>
<p>La vía Yugoslava del 79 transcurre por la pared del Lho-La, el collado del mismo nombre y la espalda oeste del Everest. Nuestra intención era acabar la ruta por el mítico corredor Hornbein de hielo.</p>
<p>Pero desde el mismo inicio de la escalada, todo transcurrió entre diversas (y quizás demasiadas) dificultades.</p>
<p>Tuvimos que volver a equipar la pared del Lho-La, ya que un terremoto había destruido la ruta. Por encima de este lugar, uno de nuestros sherpas murió dentro de su tienda. Parece ser que la causa fue una enfermedad de estómago. La muerte de una persona, de un compañero, es lo peor que nos puede ocurrir; aunque lleguemos a comprender que allá arriba, en la montaña, es más fácil que ocurra una cosa así. Todo esto produjo un desánimo en el grupo catalano-sherpa.</p>
<p>Había momentos en los cuales me sentía desconcertado. Desbordaba ganas e ilusión por intentar alcanzar la cima. Pero no soy de hielo y todos estos hechos me hacían reflexionar.</p>
<p>El 14 de octubre salimos del último campamento de altura, el campo V, instalado a 8.100 metros. Una altura por sí sola extrema e inhumana. Éramos tres: Xavi Pérez Gil, Nima Dorje y yo mismo. La noche había sido agitada. El viento había ido aumentando su fuerza y su violencia. Constantes aludes de nieve en polvo sepultaban nuestra tienda, instalada en una estrecha repisa al pie de un corredor.</p>
<p>A las doce de la noche nos pusimos en marcha. El frío era terrible, pero el servicio meteorológico de Nepal había anunciado buen tiempo para el 14 de octubre. Buen tiempo, pero frío. Mucho frío. Demasiado frío. Allí, en la tienda, debíamos rondar los 40 grados bajo cero.</p>
<p>Una vez equipados, partimos con la intención de llegar hasta arriba del todo.</p>
<p>Fueron unos momentos en los que no pensaba en nada más que en lo que veía delante de mí. Abajo, al campo base, habían llegado algunos familiares nuestros. Todo el mundo estaba pendiente de nosotros. De hecho, éramos los protagonistas de aquellos instantes. Se trataba de llegar a la cima. Y nosotros lo estábamos intentando. Nada más. Ni mejores ni peores. Solamente había una cosa clara: estábamos allí.</p>
<p>Finalmente, salimos a las cuatro de la madrugada. Habíamos esperado para ver si amainaba el maldito viento. Pero tuvimos que salir con él. Soplaba muy fuerte. Incluso nos desequilibraba con violentas ráfagas. Íbamos todos muy cargados y el avance era lentísimo. No obstante, mi ilusión por alcanzar la cima no desfallecía. Sin embargo, tuve la sensación que no ocurría lo mismo con el joven Nima. Íbamos encordados con una sola cuerda de 120 metros. No nos planteábamos equipar con cuerdas fijas la sección del campo V hasta la cumbre. Este último tramo tenía que ser un ataque en estilo alpino.</p>
<p>Cuando se hizo de día, habíamos alcanzado un punto aproximadamente a doscientos metros por encima de la tienda. Hacía frío, mucho frío. La temperatura debía rondar los 45 grados bajo cero. No sólo la nieve era muy profunda, sino que, además, el viento nos lanzaba constantemente pendiente abajo aludes de nieve polvo, que nos llenaba de polvillo blanco hasta enfriarnos exageradamente.</p>
<p>Aproximadamente a 8.500 metros, nos reunimos los tres. Yo quise filmar, pero todos los aparatos se habían helado; la radio, también. Estábamos en la base de las llamadas Bandas Amarillas. Intentamos buscar el paso para seguir la escalada: la chimenea. Pero estaba totalmente impracticable: en realidad era como una cascada de nieve en polvo que se precipitaba furiosa y violentamente pendiente abajo.</p>
<p>Comprendí que aquél ya no era el maravilloso día para alcanzar la cumbre. En su lugar, se había convertido en un infierno blanco e impasible.</p>
<p>Los elementos estaban furiosos y la montaña se hacía de rogar. Creo que demasiado. Había que darse la vuelta e intentar alcanzar nuestra pequeña tienda del campo V. Pero con mucho cuidado, ya que el terreno no era nada sencillo.</p>
<p>Nima fue el primero en comenzar a descender, Xavi y yo dejamos un depósito de material al pie de la chimenea y comenzamos la bajada.</p>
<p>¿En qué debía estar pensando Nima mientras regresaba? Siempre me lo he preguntado. Fue algo bestial&#8230; Nima cayó. No lo vimos, creo que por suerte. Pensamos que con el mal tiempo no apreció bien el relieve del suelo. Y él estaba muy adelantado. Al llegar a la tienda con Xavi, agotados, nos dimos cuenta de la realidad. Fue un golpe muy duro. Tristeza, desilusión, rabia, incomprensión&#8230; No sabía qué sentir ni pensar. Lo que sí notaba era un vacío y una impotencia como pocas veces he experimentado en mi vida&#8230;</p>
<p>La temporada siguiente se me presentó una segunda oportunidad. Pero de nuevo el mal tiempo del Himalaya nos obligó a retroceder. El año anterior había sufrido congelaciones, que no llegaron a ser graves gracias a mis compañeros. A pesar de todo, me di cuenta de que me encontraba en muy buenas condiciones físicas y psicológicas por encima de la línea de los 8.000 metros. Eso me animó a regresar. Tenía tantas ganas&#8230;</p>
<p>Con Jordi Camprubí, Nil Bohigas y Enric Lucas, entre otros, volvimos en 1983. Esta vez por la ruta de la cara norte-arista norte. A una altura de 8.300 metros tuvimos que abandonar. El viento –otra vez él– había destruido nuestra tienda durante la noche.</p>
<p>Durante el descenso, el mal tiempo, la niebla y la mala visibilidad eran tales que me costaba diferenciar la nieve del filo de la arista del vacío blanco y traidor. Con mucho cuidado y tanteando con el piolet conseguimos alcanzar el collado Norte. Estaba lleno de pequeños pajarillos muertos sobre la nieve. El viento cálido del Tíbet los subía hasta este lugar por la vertiente opuesta. Al traspasar el collado, el cambio brutal de temperatura los fulminaba al instante. Sentí pena por ellos.</p>
<p>De nuevo, encontrándome en la llamada «zona de la muerte» había tenido que desistir. ¿Por qué?</p>
<p>Pero no se trataba de cerrarme en banda. Tal y como yo soy, de ninguna manera.</p>
<p>Todo aquello me hizo ir descubriendo aquel intrigante mundo de las alturas extremas. Mi motivación, en lugar de decrecer por «esos fracasos» consecutivos (si es que así se pueden llamar), iba a más. No paraba de documentarme, de informarme y de pensar cada vez más en aquella montaña&#8230;</p>
<p class="bodytext"><strong>EL CAMINO, EL CAMINO</strong></p>
<p class="bodytext">Mientras voy ascendiendo calando la pared blanca de nieve y hielo, con grietas y séracs, no puedo dejar de recordar la primera vez que la escalé en el año 1983. Y, por unos momentos, vuelvo a sentir la agradable sensación de calor y hormigueo propios de cuando me adentro en un lugar salvaje y desconocido. Un ramalazo de explorador me atraviesa. Resoplo como una locomotora. Siento la altura, noto sus efectos. Pero el hecho de pensar que podamos llegar a ser la primera expedición occidental en adentrarnos y descubrir los secretos más altos del Sagarmatha me vuelve loco de alegría. Desbordo motivación y continúo escalando.</p>
<p>Al día siguiente continúa la ascensión por la espléndida y blanca arista. Una arista uniforme, amplia, bastante segura y muy alta. El objetivo de hoy es alcanzar el campo V, a 7.800 metros. Hemos salido en plena noche del collado Norte. Pero ahora, que ya nos toca el sol, todo se vuelve más palpable y real. ¡Las panorámicas a cada lado son bestiales! No dejo de mirar de reojo la parte alta de la montaña. La última. Siento una mezcla de curiosidad e impaciencia por descubrir. Aquellos míticos escalones y aristas que superaron Mallory e Irvine hace tantos años, el año 1924&#8230; A veces me parece que no puede ser.</p>
<p>Por la tarde, ya en el campo V, hablamos sobre la delicada decisión de subir con oxígeno o sin él. Hay quien está a favor. Otros no. Yo, tampoco. Creo que, por un lado, pesa mucho. Por otro, puede ser peligroso. Si se agota antes de regresar abajo o si hay cualquier contrariedad con el aparato, tendremos un verdadero problema. Creo que lo mejor es que acabemos la escalada con el mismo compromiso y autenticidad que pueden caracterizar a esta aventura.</p>
<p>Finalmente, decidimos subir una bombona de oxígeno como uso medicinal, para cualquier emergencia.</p>
<p>Pasamos la noche, cómo lo diría, normal. ¡Igual que cualquier noche a 7.800 metros! Veo el grupo fuerte, valiente y con ganas de seguir hacia arriba. Y así lo hacemos. Hoy superaremos la cota ochomil: una frontera mítica, nueva, extraña, dudosa&#8230; Nos encontramos en una época en que en nuestro país pocos montañeros la han superado. Hay, por tanto, poca información. Y la poca que hay, suele ser de desgracias. Todo ello, por supuesto, no deja de afectar a nuestras pobres mentes cansadas.</p>
<p>Estas razones, sumadas a un cansancio ya bastante considerable, van mermando el grupo. Jordi Canals y Miquel Sánchez (dos de los hombres más fuertes físicamente) y un sherpa deciden que «ellos ya han hecho la cima». Intento convencerlos. Estamos muy altos, a 8.450 metros. Estamos tan sólo cuatrocientos metros por debajo de la cumbre. Pero respeto su decisión. Nos quedamos Toni Sors, Carles Vallès, Narayan Shrestra, Ang Karma, Shombu Tamang y yo.</p>
<p>Después de cavar durante tres horas con Jordi y los sherpas, por fin podemos decir que nos «acomodamos» en el campo VI. Las dos tiendas estaban enterradas por un metro de nieve. El esfuerzo nos deja agotados, pero no puede con nuestra motivación. Hoy, nuestra exaltación no se dejará intimidar por nada.</p>
<p>Resoplo mucho. Mientras tanto, contemplo la pirámide final del Chomolungma. Parece cerca. Sé que está lejos.</p>
<p>Había estado en otras montañas altas, pero ahora me siento a tanta altura&#8230; Estoy a punto de cumplir el sueño más bonito de mi vida. Pero no hay que confiarse. Todavía no he llegado arriba. Recorro la arista con la mirada. La nieve brilla. El viento juega con ella. La arremolina y la hace bailar. El cielo es de color azul marino, profundo e intenso. Un azul tan puro que sólo se puede apreciar desde aquí.</p>
<p>Antes de meternos dentro de lo que queda de las tiendas, hablo con los sherpas. Los veo muy motivados. Eso me anima. Les advierto que mañana no hay que entretenerse. Sobre todo, conviene estar antes de las ocho de la mañana al pie del Primer Escalón. Si no es así, ya nos podemos olvidar de alcanzar la cumbre.</p>
<p>La noche a 8.450 metros no es noche. Tanto Carles como Toni y yo hacemos uso del oxígeno para dormir. Para las pocas horas que vamos a descansar vale la pena hacerlo lo mejor que podamos. La tienda en la que dormimos está rota. La tela interior nos sirve de suelo y con el exterior y los palos doblados hemos montado una especie de carpa. Pasan tres o quizá cuatro horas hasta que nos ponemos en marcha.</p>
<p>Es duro levantarse tan pronto, en plena noche, a esta altura. Duro, patoso, cansado y lento. A las tres de la mañana iniciamos el camino, el camino&#8230;, el camino&#8230;</p>
<p>Como siempre, en medio de la monotonía de la oscuridad, la nieve profunda y la respiración ruidosa, me dejo acompañar por algunos pensamientos. Ayer por la tarde mientras estábamos fundiendo nieve e hidratándonos en la tienda, se puso a nevar. Yo comencé a llorar. El Everest se me estaba desmoronando. Era la cuarta vez que lo intentaba. Y ahora nevaba. Un sentimiento de desilusión, de rabia y de impotencia me invadió&#8230; ¿Por qué? &#8230; ¿Por qué?&#8230; Por unos momentos me desesperé. Los compañeros no desfallecieron y no dejaron de darme ánimos. Por suerte la nevada duró sólo media hora.</p>
<p>Y ahora, resoplando extremadamente, remonto la pendiente de nieve costra y profunda de la arista. Los sherpas abren la traza. Según habíamos acordado, ellos abrirán huella ahora y yo iré de primero en el Segundo Escalón. Conviene que reserve fuerzas para escalar ese muro que ha rechazado casi todos los intentos hasta este momento.</p>
<p>A cada paso que doy, necesito descansar diez segundos. Al cabo de un rato se me acaba la pila de la linterna frontal. Me detengo a cambiarla y me saco los guantes. Esto me indica que no hace un frío excesivo.</p>
<p>Escalamos el Primer Escalón. No nos comporta demasiadas complicaciones, ya que mis compañeros en uno de los intentos de hace unos días habían dejado instalada una cuerda fija. No diré que no nos cueste subirlo. El esfuerzo que tenemos que realizar sin oxígeno artificial es grande, pero nuestro ritmo es bueno. De momento, vamos cumpliendo el horario que me había marcado minuciosamente. Continuamos por una arista nevada pero traidora. En teoría es una arista de roca, no demasiado compacta. Pero por encima de ella hay un palmo de nieve fresca. Los crampones resbalan. Nos hacen torcer los pies y nos desequilibran. Es una sección poco elegante y a la vez eternamente fatigosa.</p>
<p class="bodytext"><strong>EN LIBRE EL SEGUNDO ESCALÓN</strong></p>
<p class="bodytext">Antes de la ocho alcanzamos el pie del Segundo Escalón. Lo miro y trago saliva. La poca que puedo. Tengo la garganta reseca de la escasa humedad del aire y del cansancio prolongado. No paro de jadear. Desde el año 1980, nadie ha vuelto a subir por aquí. Se ve una pared casi vertical de unos cuarenta metros, si la vista y la falta de oxígeno no me engañan.</p>
<p>Observo hacia arriba entre jadeos los dos peldaños que sobresalen entre la nieve de una vieja escalera de aluminio china. No me servirán. La escala se halla, como mínimo, a un metro de separación de donde creo que debe subirse. Junto a mí está Shombu. El resto viene más atrás. Saco la cuerda de la mochila. Me ato a un extremo y se la paso al sherpa para que me asegure. Clavo un pitón tipo universal marca Faders. Golpeo y golpeo, y me aseguró a él. Desde donde estoy, como en una oquedad al pie de las rocas, se intuyen dos posibles formas de superar la primera parte de la pared. Descarto la chimenea que comienza en mi vertical. A su derecha una especie de muro en forma de bloques parece que me lo pondrá más fácil. Me lanzo. Los movimientos son torpes y creo que lentos en comparación a las alturas donde acostumbro a escalar. Subo poco a poco pero seguro, convencido de continuar hacia arriba. Los bloques dan paso a una placa de nieve vertical como nunca y de una altura de unos veinticinco metros. Con el piolet me abro paso en la nieve. Con profundas inspiraciones mis pulmones intentan abrirse paso en el aire enrarecido.</p>
<p>Me planto al pie de una fisura. Una grieta amplia en la roca, donde me cabrían un brazo entero y una pierna. Estoy mal equilibrado. Me siento cansado. Me encuentro a casi 8.700 metros. Entonces recuerdo con calor las canciones y la música que nos retransmitían ayer por la radio nuestros compañeros desde el campo III. Sus dedicatorias y sus deseos para animarnos creo que están produciendo su efecto.</p>
<p>Miro la fisura. Empotro el brazo como si ya supiera perfectamente cómo debo resolverlo; aunque no había estado nunca allí. Y también encajo una pierna. Alzo la mirada. Tengo que llegar. Paso una cinta de seguro por un escalón de la escalera. Paso la cuerda por el mosquetón. Y con un impulso me alzo poco a poco, centímetro a centímetro. Echo en falta el aire. Estoy sudando. La pared es vertical. A mis pies se extiende toda la profundidad de la cara norte del Everest. Arriba&#8230; Arriba&#8230; Me saco la manopla de la mano empotrada. Necesito más tacto. Encuentro buenas presas para los pies. ¡Suerte! ¡Uff!&#8230; Respiro y escalo&#8230;, respiro y escalo&#8230;</p>
<p>Al acabar la fisura me encuentro con una cornisa de nieve que cuelga, retorcida, en lo alto de la pared. Saco el piolet. La mano sigue empotrada dentro de la grieta. Un pie también. El otro se equilibra como puede. Cavo, cavo, golpeo y hago saltar poco a poco la nieve pared abajo. Lentamente, como todo aquí arriba, dibujo una especie de canal por donde vuelvo a ver el cielo azul marino. No sé qué dificultad tendrá todo esto, pero lo encuentro muy difícil y agotador. Cavo&#8230;, respiro&#8230;, cavo&#8230;, respiro&#8230; ¡Uff! Me alzo con mucho cuidado. La concentración debe ser como el equilibrio: absoluta y precisa. Entonces clavo el piolet encima de la nieve asiéndolo por la cruz. Con la otra mano me apoyo en la nieve. Subo los pies. Todo, tan rápido como puedo. Finalmente me incorporo. Resoplo como una máquina de tren de vapor, y entonces miro abajo, y después arriba. En ese instante, tengo más claro que nunca que la cima ahora sí que está cerca. ¿Qué dificultad tenía todo esto? ¿Quinto superior? A 8.650 metros, realmente me cuesta encontrarle la graduación adecuada.</p>
<p>Resoplo, encorvado por el esfuerzo que acabo de realizar. Clavo dos estacas de aluminio profundamente en el hielo blando. Ato la cuerda y la cubro con nieve pisada. Mientras Shombu remonta por la cuerda, comunico por radio con el campo III, les digo que estoy en lo alto del Segundo Escalón y que, quizás, en unas dos horas, alcanzaremos la cumbre. Para ellos, allá abajo, alegría e incertidumbre. Para nosotros, aquí arriba, grandes esfuerzos para atrapar el poco oxígeno que nos trae el aire frío. Cazadores de aire, cazadores de oxígeno&#8230;</p>
<p>A las once de la mañana se reúne conmigo Shongbu. Los demás compañeros van aproximándose al Segundo Escalón. También, lentamente, comienzan a remontarlo.</p>
<p>Shombu me urge para seguir hacia arriba. Yo, por mi parte, tendría prisa para alcanzar la cumbre, si no fuera por la altura a que nos hallamos; estoy enormemente cansado. Observo el punto culminante, la pirámide blanca. Parece tan cerca&#8230;</p>
<p>Dejo la mochila. Cojo el piolet, la cámara fotográfica y las banderolas. Penosamente intentamos avanzar. La nieve es condenadamente profunda. El avance se ha convertido en un&#8230; calvario. Dar un paso, contar hasta diez, respirar diez veces a pulmón abierto y dar el siguiente paso. A mi izquierda hay grandes cornisas blancas. Clavo el piolet hasta la cruz. Alzo una pierna hasta situarlo al lado del piolet. Hago una traza en la nieve blanda para colocar la otra pierna. Estoy excavando una auténtica trinchera. Sin oxígeno artificial. Siempre abriendo huella. Es muy duro, pero ahora sé que llegaré. O se me para el corazón, o llego arriba. Y vuelvo a dar otro paso. Los compañeros del campo III no dicen nada. La radio ha enmudecido. Todos los sonidos del mundo han desaparecido, solamente existe mi respiración de «cazador de aire».</p>
<p>De tanto en tanto hablo por la radio. Frases simples. Cortas y completas. A las cuatro de la tarde alcanzamos la antecima. Shombu me releva para abrir la traza. Delante de mí, a pocos metros, la cima. El sherpa me cede el paso. ¿Cortesía? ¿Aquí arriba y en estas condiciones? Es igual. Pero por fin, por fin, por fin&#8230; Nos abrazamos los dos allí donde la pendiente cae hacia los cuatro costados.<br />
Hemos invertido seis horas en lo que yo pensaba que haríamos en dos. ¡Increíble, increíble! Estamos en la cima del Everest, del Sagarmatha, del Chomolungma, de la Diosa Madre.</p>
<p>Mensajes de euforia por radio con los compañeros que, poco a poco, van llegando y con los que siguen nuestra ascensión desde los campos inferiores.</p>
<p>La cumbre es blanca. Nos hacemos fotos los unos a los otros. Aparecen nieblas que nos velan el entorno. Es tarde, demasiado tarde. Los sherpas comienzan a impacientarse. A las cinco decidimos bajar. Shombu ya hace rato que me presiona. Soy consciente de que el tiempo pasa sin pensar en nosotros, ni en nuestra precaria situación de aquí arriba. Pero, si marchamos hacia abajo sin que todo el mundo esté aquí, nos separaremos. El grupo de diseminará a lo largo de la arista. Y eso seguro que no puede acabar bien. También dudo de cómo acabará esto incluso aunque permanezcamos juntos. Es demasiado tarde.</p>
<p>Siento alegría, pero estoy muerto. Estoy muy cansado. Finalmente decidimos iniciar el retorno. Justo entonces llega el último del grupo, Carles.</p>
<p class="bodytext"><strong>UNA NOCHE EN EL TECHO DE LA TIERRA</strong></p>
<p class="bodytext">Juntos nos apresuramos pendiente abajo. Tengo prisa, creo que todos la tenemos. Se ha hecho peligrosamente tarde. Nos quedan pocas horas de luz. Los sherpas se quejan cuando les apresuro. Por encima del Segundo Escalón comienza a nevar. Está oscureciendo. El campo VI está muy lejos. Un sherpa no lleva arnés y le paso el mío. También me pide las banderolas de la cima. Se las dejo, no sin pena. Le hago prometer que abajo me las devolverá.</p>
<p>Uno tras otro van rapelando pendiente abajo. Descienden Shombu y Ang Karma. Después Carles, quien, con toda la buena intención del mundo, ata la cuerda al pie de pared. Yo, al no tener arnés, decido rapelar pasándole la cuerda por el cuerpo. ¡Pero no da para enrollármela! Ya he bajado un tramo cuando me doy cuenta de que esto no funciona. Nieva; tengo las manoplas y la cuerda llenas de nieve. No puedo frenarme. ¿Qué carajo pasa con la cuerda tan tensa? Vuelvo a remontar hasta arriba. Preocupado, desconcertado y furioso grito: «¡Caaarles!» Finalmente, después de una barbaridad de alaridos, nos entendemos y desata la maldita cuerda. ¡Por fin! Con una cinta y un mosquetón a modo de braguero ahora rapelo más fluidamente.</p>
<p>Cuando llego al pie del Segundo Escalón me doy cuenta de que ha oscurecido totalmente. Anuncio que la cuerda está libre. Espero en la noche. De repente veo caer rápidamente una luz hacia mí. ¿Qué pasa? ¿Qué?&#8230; ¿Qué?&#8230; No&#8230; Y&#8230; «cric». Cae a mis pies un frontal. El de Narayan.</p>
<p>El corazón me va a doscientos. Me he asustado. Poco a poco el sherpa se va acercando, mientras rapela con precaución y torpeza. Después le toca el turno a Toni. Comienza, pero se para. La cuerda que alcanzo a ver se mueve, pero no veo a Toni. ¿Qué pasa?</p>
<p>–¡Òscar, que me ahogo!&#8230; ¡Òscar, que me muero!</p>
<p>Grita, suplica. Ha quedado empotrado en una fisura amplia y no puede salir. Atrapo la cuerda y la muevo desesperadamente. Hacia delante y hacia atrás, a un lado y al otro. «Vamos»&#8230; «Òscar»&#8230; «Vamos&#8230;, Toni&#8230;» De repente, todo se libera. Se desvanecen los gemidos. Un breve silencio y un fuerte batacazo a mi lado. ¡Es Toni! Le agarro instintivamente por la chaqueta. ¡Casi me cae encima! Pero he logrado detenerle.</p>
<p>Quedamos cuatro al pie del escalón. Shombu y Ang Karma han cruzado la arista de nieve inestable y ya no se les ve.</p>
<p>La claridad de la luna nos muestra dónde estamos. Pero no nos atrevemos a cruzar la arista. Lo probamos, pero intuimos que es una locura. Decido, decidimos, quedarnos donde estamos hasta verlo claro. Hasta que sea de día.</p>
<p>¿Vivac? No tenemos comida, ni bebida, ni oxígeno embotellado&#8230; Estamos por encima de los 8.600 metros. Pero es así.</p>
<p>Agrandamos la especie de cavidad que forma la pared de roca del escalón y la nieve de su base. Nos apretujamos los cuatro. Juntos, tanto como podemos. Abrazados, intentando compartir al máximo el escaso calor que desprenden nuestros cuerpos. Por relevos nos vamos alternando en el lugar de en medio. Cuando me toca a mí, cosa que deseo con mucha ansia, puedo dormitar a ratos. Un sueño extraño. Me siento en una dimensión a veces real y a veces espantosamente eterna. Mis pensamientos son confusos y desordenados. Al estar entre todos, el calor y las friegas de mis tres compañeros que me rodean me reconfortan. Pero esto dura poco. Entonces se sitúa en medio otro de los tres compañeros. Cuando me toca fuera, ya no consigo dormir, ni tan sólo cerrar los ojos. Siento la espalda helada, entumecida e inerte. Siento que se me está helando el sudor de la jornada de la cima. Cada veinte minutos la radio nos sorprende. Nos desvela y nos despierta de un sueño que se podría convertir en eterno. Los compañeros del campo III no desfallecen. Toda la noche, toda la santa noche&#8230;<br />
Me siento desnudo como nunca, en una austera intemperie, en una dimensión que queda apartada de la vida y la muerte&#8230; Hace un rato nevaba. Ahora el cielo vuelve a estar sereno y claro. Maldigo las llamadas de radio. Me desvelan y se convierten en una amarga pesadilla. Cuando parece que he encontrado una buena posición y me abandono, entonces ¡zas!, viene de nuevo la maldita radio otra vez. A pesar de todo, en algún momento llegamos a hacer alguna broma con los compañeros. Debemos estar locos&#8230; je&#8230; je&#8230;; quizás&#8230;; qué frío&#8230; ¡Brrr!&#8230;</p>
<p>La madrugada se convierte en el peor amanecer de mi vida. El frío me muerde, me corta y funde mis energías. Me siento entumecido y oxidado. Pesado y patoso. Noto quejarse los músculos cuando me intento mover. A las ocho consigo alzarme. Lo hago con urgencia. De repente los intestinos me piden un descanso y necesito correr. Me separo de los compañeros. Al acabar, me vuelvo a poner erguido. Caigo. El dolor de vientre tan bestia se ha calmado, pero no me puedo levantar. Aire&#8230;, aire&#8230; ¿Dónde ha ido a parar el aire que respiraba hasta ahora? Aire&#8230;; me ahogo&#8230; Por favor&#8230;, fuera&#8230; No puedo&#8230; ¡Aire!&#8230;</p>
<p>Siento claustrofobia y agobio. Necesito espacio, aire&#8230;, espacio&#8230; Estoy tumbado sobre la nieve cuan largo soy. Boca arriba. ¿Qué se ha hecho de mi oficio de cazador de aire? Al intentar levantarme, quedo sentado, e instantes después tumbado de nuevo. Aire&#8230;, aire&#8230;, aire&#8230; Siento mareos, el corazón va a su «puto rollo»&#8230; ¿Será una taquicardia?</p>
<p>«¿Òscar, qué haces?» La cabeza pierde el equilibrio y la estabilidad. Tiemblo, me mareo y me convulsiono. Un agobiante calor me recorre el cuerpo como un río de lava en medio del Polo Norte. «Òscar»&#8230;</p>
<p>Narayan y Toni se incorporan e inician el descenso. Los veo alejarse arista abajo. Me siento impotente. Carles está a mi lado. Sentado, no se mueve. Desde abajo con la radio nos animan a continuar. Nos imploran, nos ordenan&#8230;</p>
<p>«No puedo&#8230;, no puedo&#8230;» Les suplicamos que suban a ayudarnos. No nos vemos con fuerzas para bajar. Carles me anima a ponernos en pie. Pero él tampoco se levanta. Nos estamos hundiendo. Estoy perdiendo el mundo de vista, siento que con los minutos se está deteniendo. Todo se duerme&#8230; ¡No, no puede ser! Reúno las pocas fuerzas que me quedan y consigo erguirme. Carles también lo hace. Entonces, un paso. Después, otro y siento, más que nunca, que la vida ha retornado a mi interior&#8230;</p>
<p class="bodytext">* * *</p>
<p class="bodytext">Diez años más tarde vuelvo a contemplar el Chomolungma desde su base. Un prado verde a los pies de la montaña más alta del mundo. Un trekking. Esta vez me acompaña mi familia. Entre ellos hay alguien muy especial que ahora cumple diez años. Es mi hija Oda. Hoy ella contempla con sus propios ojos el Everest, la Diosa Madre.</p>
<p class="bodytext"><strong>Òscar Cadiach I Puig</strong></p>
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			</item>
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		<title>Nómadas de las grandes paredes</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/nomadas-de-las-grandes-paredes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 06 Apr 2016 12:31:37 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Galería de exploradores]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://sge.org/?p=566</guid>

					<description><![CDATA[<p>Miguel Ángel G. Gallego Afinales de los años sesenta surgió en Murcia, una ciudad del sureste español, un reducido pero entusiasta y compenetrado grupo de escaladores con un loco sueño [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/nomadas-de-las-grandes-paredes/">Nómadas de las grandes paredes</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><span class="treb11boldnaranj"><strong>Miguel Ángel G. Gallego</strong></span></h3>
<p class="bodytext">Afinales de los años sesenta surgió en Murcia, una ciudad del sureste español, un reducido pero entusiasta y compenetrado grupo de escaladores con un loco sueño que se convirtió en un proyecto claro y preciso: abrir nuevas y difíciles rutas en las grandes paredes del mundo y en todos los continentes. Realizaron más ascensiones que las aquí relatadas –en diversos puntos de África, Oriente Medio, Europa y Oceanía–, pero éstas son algunas de las más destacadas y significativas.</p>
<p class="bodytext"><strong>EL CAPITÁN, EN YOSEMITE</strong></p>
<p class="bodytext">Un día cualquiera en 1965, mi tío, un pionero del Club Montañero de Murcia, popularmente conocido como «El Almirante», me descubrió desde un mirador excepcional la espléndida imagen de la pared del valle de Leiva, en Sierra Espuña, a menos de una hora de nuestra ciudad natal, Murcia. «Mírala, es la mejor pared de la Región; nadie ha conseguido escalarla todavía&#8230;; parece una versión reducida de El Capitán, en California». Por la tarde me mostraba la revista catalana Vèrtex donde, en un revelador artículo traducido por Anglada, el gran adelantado californiano Royal Robbins relataba la primera ascensión un año antes, después de diez días de esfuerzos, de la Pared de Norteamérica (North American Wall) a El Capitán, en ese momento considerada sin duda alguna la escalada técnicamente más difícil lograda por el alpinismo internacional.</p>
<p>Ante mis pupilas infantiles desfilaron las imágenes increíbles de Chouinard, Pratt, Frost y Robbins, durmiendo colgados en sus frágiles hamacas de red. Aquellas fotos cambiaron literalmente el rumbo de mi vida. Aunque mi tío me sacaba a la montaña desde que tenía uso de razón, en 1965 yo no sabía hacer correctamente un nudo; pero, curiosamente, antes de conocer el significado de la palabra Cervino, el detonante de mi pasión por la escalada se llamaba claramente El Capitán.</p>
<p>A pesar de que he tenido la oportunidad de disfrutar ascendiendo numerosas montañas clásicas en todo el mundo, en el epicentro de mis intereses e ilusiones juveniles prevaleció sobre todo el sueño de las grandes paredes. Los Anglada, Rabadá, Robbins, Chouinard, Brown, Magnone o Terray, fueron algunos de mis principales héroes juveniles.</p>
<p>Cinco años después, todavía adolescentes, en 1970, tuvimos la suerte de abrir la primera vía trazada en la pared del valle de Leiva, la mejor zona de escalada en la Región de Murcia, iniciando la senda que debía conducirnos a El Capitán.</p>
<p>Después, dedicamos toda una década al campo de acción preferido del mítico escalador aragonés, Alberto Rabadá: los Mallos de Riglos y la cara oeste del Naranjo. Cuando terminamos con esta fase, habíamos tenido la oportunidad de abrir la mayoría de las rutas existentes en la pared más completa de España, incluyendo las primeras invernales que se efectuaron sobre esta bella y simbólica montaña de los Picos de Europa. En Riglos, especialmente en el Mallo Firé, abrimos rutas particularmente duras y expuestas, que se cuentan entre las mayores experiencias técnicas que un escalador de roca puede encontrar.</p>
<p>En 1978, con emoción e impaciencia, viajé por vez primera a Yosemite, junto al gran alpinista madrileño Jerónimo López. Disfrutamos y escalamos mucho realizando las primeras nacionales a la Noroeste del Half Dome (vía Robbins), al Sentinel Rock (vía Chouinard) y, sobre todo a The nose (La Nariz) en El Capitán: la pureza de líneas geométricas, la solidez de la roca y el ambiente irreal de este abismo vertiginoso y atrayente convierten en única esta pared, comparativamente incluso a escala mundial.</p>
<p>Recuerdo que después de lograr en 1981 la primera nacional de la Salathé, también a El Capitán, con mi hermano José Luis, regresamos a Europa y escalamos poco después, en el día, la Directa americana al Dru, en Alpes, sorprendidos por la falta de verticalidad.</p>
<p>Yosemite es, además, uno de los más bellos valles de la Tierra, ejemplo geológico «de libro» como valle glaciar en forma de U. Alfombrado por las gigantescas «sequoias», alberga una rica vida animal que incluye osos, coyotes, grandes rapaces, ciervos, pumas y un largo etcétera.</p>
<p>Pero nuestras intenciones en El Capitán iban mucho más allá, porque el mítico muro ofrecía la posibilidad de nuevas rutas en el corazón de su poderosa estructura. Fue una gran experiencia vertical, humana y de equipo, así como la materialización de mis sueños juveniles: cuatro hermanos –José Luis, Carlos, Javier y Miguel Ángel–, un mes de escalada con la preparación y un total de veintiocho noches en la pared dieron forma a Mediterráneo. Mil metros de ruta nueva de extrema dificultad, tanto libre como en artificial, en el centro geométrico de la pared a la izquierda de su Nariz (The nose).</p>
<p>Era «la primera vía no americana» abierta en la historia de El Capitán; pero para nosotros aquel verano de 1982 fue mucho más, porque significó el verdadero pasaporte para abordar nuestros sueños verticales sobre las grandes murallas del mundo.</p>
<p class="bodytext"><strong>FITZ ROY, VENDAVALES EN LA PATAGONIA</strong></p>
<p class="bodytext">En el extremo sur del continente americano, las montañas de la Patagonia Austral ofrecen a los alpinistas una de las mayores posibilidades de aventura del Globo. En mi opinión, la región del Fitz Roy reúne el mayor número de ingredientes que el escalador de terreno difícil puede desear. La desmesurada altura y verticalidad de las «big walls» (grandes paredes), tanto rocosas como glaciares, unida a una meteorología excepcionalmente adversa, marcan las pautas de una curiosa logística expedicionaria de resultados frecuentemente inciertos, sobre todo en materia de primeras ascensiones.</p>
<p>Es una incertidumbre que, posible y paradójicamente, constituye el mayor atractivo del alpinismo en este lugar. Actualmente, en muchos macizos del mundo, la montaña proyectada como objetivo puede darse por sentenciada si los hombres que la abordan reúnen capacidad, experiencia, medios e ilusión. En Patagonia es, sin embargo, la lucha contra las fuerzas desencadenadas de una naturaleza aliada a un viento demencial, en un lugar donde absolutamente todas las condiciones cambian a un ritmo tan vertiginoso que razón alguna puede prever o controlar. Todo esto afortunadamente dominado por estímulos y factores estéticos insuperables. Imaginad un castillo encantado, con un diseño a lo Disney, defendido por murallas de granito de hasta mil ochocientos metros, cubiertas de hielo centelleante, y tendréis el Fitz Roy.</p>
<p>Robert Fitz Roy, de quien toma el nombre esta aguja, era el capitán de la fragata británica Beagle, en el transcurso del Viaje de un naturalista alrededor del mundo, título del libro del legendario Charles Darwin.<br />
¡Y qué decir de su indescriptible vecino, el Cerro Torre, una montaña tan bella y agresiva que ciertamente roza lo irreal! Las restantes e innumerables agujas, igualmente bellísimas, pierden un poco sus atributos junto a los dos reyes indiscutibles de la zona.</p>
<p>Desde que en 1952, con una audacia inaudita Terray y Magnone se alzaran sobre el reducido espacio virgen de la cima del Fitz Roy, numerosas expediciones se han sucedido. El gran Lionel Terray declaró que había sido la ascensión más dura de su vida, muy superior al resto de sus logros repartidos por el mundo, incluyendo los ochomiles del Himalaya. Manifestó que sólo la superioridad técnica y la determinación de Magnone le habían impedido abandonar.</p>
<p>En 1984 el sector central-izquierdo de la pared este del Fitz Roy, de 1.500 metros de altura, ofrecía aún la posibilidad de un nuevo trazado lógico. Un gran itinerario mixto: ése era el tipo de escalada y el estilo que más nos sugería la forma de esta montaña y este lugar.</p>
<p>En realidad para mi hermano José Luis y para mí, únicos miembros de nuestra expedición en 1984, la nueva vía era un asunto pendiente. En 1982 ya habíamos intentado la ruta en compañía de dos expertos compañeros, Miguel Gómez y Manuel del Castillo. Fue una salida de cuatro meses de duración repleta de complicaciones, con resultados casi decididos desde el primer día de aproximación al campo base, cuando la coz de un caballo, al atravesar el río de las Vueltas, dejó fuera de combate provisionalmente a José Luis, enviándolo durante un mes a Río Gallegos con una pierna escayolada.</p>
<p>Y después&#8230; un sinfín de tribulaciones y aventuras: Manolo, enterrado vivo por una avalancha; José Luis y Manolo, a punto de ser arrastrados en la pared por un gran alud desprendido de la pendiente de hielo; yo, deslizándome más de doscientos metros, saltitos de serac incluidos, en las rampas de nieve del ataque. Toda una interminable relación de sustos «made in Patagonia»: cuerdas cortadas por las importantes caídas de piedras y hielo, o una cueva repleta de equipo enterrada bajo doce metros de nieve, que necesitó cuatro días completos de excavación con media docena de túneles de dimensiones increíbles. Y todo esto dominado, además, por la presencia del principal protagonista de estas latitudes: el viento&#8230;</p>
<p>Naturalmente en el 84 algunas de estas aventuras fueron renovadas. Contemplamos estupefactos cómo piezas de nuestro equipo de varios kilos del peso escalaban en un suspiro la pared del Fitz y desaparecían sobre la arista cimera. Yo me convertí en «bonzo» dentro de una cueva de hielo al inflamarse una carga de propano e incendiarse mi equipo de tempestad, proporcionándome quemaduras en las manos, con recorte instantáneo de cejas y pelo. Incluso volvimos a ser mineros; aunque esta vez un solo túnel y dos días completos de trabajo fueron suficientes para encontrar el equipo, enterrado a unos diez metros de profundidad cerca de la rimaya.</p>
<p>Este año, José Luis fue escogido para vivir la inolvidable experiencia de elevarse con el viento; el aterrizaje un poco brusco casi le cuesta una pierna. Finalmente, nos sobrevino el curioso fenómeno de la explosión de la funda de protección de nuestra hamaca, quizás debido a la onda expansiva de una turbulencia, que nos proporcionó uno de los mayores sustos de nuestra agitada salida.</p>
<p>Por fortuna, en ocasiones, en estas latitudes el viento y la inestabilidad desparecen de golpe, dando paso a jornadas de gran serenidad, repletas de acción exultante dentro de un marco de una belleza imposible de describir. Sin el recuerdo y la esperanza de estos días, escasos pero existentes, el alpinismo en la Patagonia estaría en los límites de lo poco razonable.</p>
<p>En el 84 mi hermano y yo éramos veteranos de estas latitudes; nuestros equipos, en la mayoría de los casos diseñados por nosotros mismos, estaban adaptados para la aventura patagónica.</p>
<p>Partiendo de España el 1 de enero, José Luis cayó enfermo de una supuesta hepatitis, obligándonos a un retraso de un mes. Febrero resultó muy inestable y lo dedicamos a portear todo el equipo a la base de la pared. Nuestra técnica consistió en permanecer sobre la montaña tanto tiempo como fue preciso para finalizar la ruta. En total fueron treinta días consecutivos. Como siempre, sólo en un escaso porcentaje acompañados por un clima adecuado y un viento soportable.</p>
<p>Incorporados a la gran pendiente de hielo de la mitad inferior del itinerario, a través de la vía original Terray-Magnone y la llamada Silla de los Italianos, evitamos la peligrosa escalada de la primera parte de la ruta.<br />
Nuestra larga permanencia en la pared fue digna de reflexión y, adoptando claramente ciertos perfeccionamientos con respecto al equipo, abrió un gran campo de posibilidades de cara a la futura superación de los grandes muros y rutas que quedan aún por solventarse en este macizo: pared sureste de la Poincenot, oeste de la Egger, nuevas rutas al Torre y al Fitz Roy.</p>
<p>Aun así, a pesar de la participación imprescindible de los modernos equipos, nuestra permanencia estuvo dominada en numerosas ocasiones por situaciones límites. Durante ese mes vivimos dentro de las pautas establecidas en un nuevo «círculo vicioso». A la destrucción intermitente pero total de nuestros puntos fijos y posibilidades de vivac (hamaca, repisas o iglúes), se sucedían pequeñas treguas que permitían su reconstrucción o una permanencia provisional.</p>
<p>En este sentido hemos tenido mucha suerte en este marzo del 84. De todas formas, hemos podido comprobar nuevamente que la meteorología patagónica tiene «momentos punta»: esos más de doscientos kilómetros por hora que, acompañados por precipitaciones de auténtica ciencia-ficción, transportarán a los alpinistas más allá de los límites de lo razonable, exigiendo de todos mucho más de lo que jamás hayamos pensado que éramos capaces de dar.</p>
<p>Si, a pesar de todo esto, tenemos la suerte y también el tesón de resistir&#8230; Una realización de este género en Patagonia formará parte de uno de los más bellos recuerdos de nuestra efímera existencia. Como ha sucedido para José Luis y para mí cuando el veinte de marzo nos fundimos en un abrazo sobre la cima del Fitz Roy, batida por los vientos incesantes de la Patagonia Austral.</p>
<p class="bodytext"><strong>TRANGO, EL HIMALAYA EN VERTICAL</strong></p>
<p class="bodytext">Si le dijeras a un niño que pintara una montaña, probablemente pintaría algo bello y puntiagudo; es decir, dibujaría&#8230; la torre de Trango. Imaginad un inmenso torpedo de granito, cubierto de hielo, con paredes verticales de mil quinientos metros que conducen al reducido espacio de su cumbre, todo ello culminando a 6.257 metros sobre el nivel del mar. Imaginadla sobre el fantástico glaciar del Baltoro, una de las regiones más espectaculares del Himalaya. Ninguna montaña supone en los últimos tiempos un símbolo mayor en la evolución técnica del alpinismo de dificultad en esa cordillera.</p>
<p>El campo base estaba situado junto a un lago, en un paisaje de una belleza espectacular, en el lateral de la lengua del glaciar Trango, tributario del Baltoro.</p>
<p>El glaciar Trango ofrece, a lo largo de muchos kilómetros de longitud, una de las mayores concentraciones de grandes paredes del mundo. Decenas de torres y pilares perfectamente definidos, con paredes de mil y, en algunos casos, hasta de dos mil metros de desnivel. Un paraíso para el «big wall». Harán falta muchas generaciones tan sólo para explorarlo. En este universo espectacular destaca por su verticalidad, historia y estética la «Nameless Tower», la auténtica «torre de Trango».</p>
<p>Hoy en día se considera a nivel histórico que la torre de Trango inauguró en 1976, con su primera ascensión por los ingleses Joe Brown, Boysen, Anthoine y Howells, el alpinismo de extrema dificultad técnica en el Himalaya; es decir, la adaptación del «big wall» tipo «yosemítico» (estilo del valle californiano de Yosemite), al aislamiento, la problemática ambiental y la meteorología de la escalada en altitud&#8230;<br />
Desde el campo base ascendemos unos mil metros de desnivel por un peligroso e interminable corredor de nieve que conduce al pie de la muralla. Cuando conseguimos finalmente situar unos centenares de kilos de comida y equipo bajo un gran bloque rocoso, situado a menos de una hora de la pared, la aventura vertical comienza verdaderamente.</p>
<p>Ese bloque de roca, llamado Boulder Camp por los pioneros británicos, será como un oasis en este mundo helado y mineral. Las grandes avalanchas que caían constantemente por el corredor, debido a su especial situación, se desviaban increíblemente a derecha e izquierda de nuestro pequeño refugio, formado por dos tiendas montadas en una superficie reducida e inestable y protegidas por esa providencial roca. En este campamento-vivac dormiremos muchos días, mientras escalamos y equipamos con cuerdas la primera parte de la pared. La primera ruta española al Trango, abierta por la expedición murciana, presentaba una gran combinación de disfrutes y problemas, desde las perfectas fisuras yosemíticas, pasando por el largo de mixto, a la tirada descompuesta o al gran nevero tipo cara norte del Eiger.</p>
<p>El corredor de nieve nos hará pasar algunos de los momentos de mayor tensión y riesgo de toda la aventura. Mientras descendíamos con mal tiempo hacia el campo base, Pepe Seiquer y yo nos vemos sorprendidos por una gran y silenciosa avalancha. Yo tuve la suerte de verla a tiempo y, gritando para avisar, corrí, alcanzando casi agotado un lugar algo más protegido. Seiquer, con menos tiempo, se lanzó instintivamente hacia abajo, coincidiendo con el recorrido de la avalancha, y se arrojó bajo un bloque rocoso, donde encontró un hueco literalmente milagroso que le salvó la vida, tan sólo por unos metros y escasos segundos. Personalmente, la visión de la inusitada violencia del alud que desfilaba ante mí, unos diez metros a mi derecha, me hizo pensar que él no tenía la menor oportunidad de sobrevivir. Los segundos que pasaron hasta escuchar sus primeros gritos cuentan entre los más tensos y duros de mi vida.</p>
<p>En otra ocasión, desde el campo base nos disponíamos a subir por el corredor cuando otra gran avalancha de bloques de hielo se desprendió de las cumbres del Trango Central, dos mil metros más arriba, y formando una inmensa nube, quizás de trescientos metros de ancho por otros tanto de alto, se dirigió directamente hacia nosotros: salimos todos corriendo mientras la onda expansiva nos cubría a nosotros y a las tiendas con una capa de hielo y nos dejaba tan mojados como asustados.</p>
<p>Las caídas de trozos de hielo de mayor o menor tamaño fueron constantes en el transcurso de toda la escalada a lo largo de los mil quinientos metros de la pared. Todos resultamos golpeados en mayor o menor medida y guardamos algún «souvenir» de esto, incluso en la cara. Además, escalar una muralla de extrema dificultad como el Trango a esta altitud te obliga a un notable esfuerzo suplementario. Realmente, a pesar de la aclimatación, «se nota». Escalar libre difícil, cramponear en terreno empinado o pitonar un muro técnico te obligan a resoplar constantemente en busca de un equilibrio respiratorio razonable.</p>
<p>Este año el tiempo fue anormalmente malo en esta zona del Himalaya. En todo el mes de julio sólo tuvimos cuatro días estables. Otras tres expediciones americanas al Trango, con fuertes y conocidos escaladores, y una italiana al Uli Biaho, se vieron obligados a abandonar sus proyectos. Mientras tanto, en la parte superior del glaciar del Baltoro, algunos alpinistas perdieron la vida por caídas o avalanchas en montañas como el K2 y los Gasherbrum I y II: realmente fue una mala temporada. Por nuestra parte, como en todas las escaladas de envergadura, pasamos frío, miedo, cansancio, sed e incertidumbre, pero también nos reímos muchísimo, aprendimos más de nosotros mismos, nos sentimos fuertes y tuvimos momentos de una gran plenitud, todo ello en un marco grandioso y de una belleza que ninguna pluma podrá describir jamás.</p>
<p>Chiri Ros nos mantuvo realmente preocupados; en particular a José Luis Clavel, nuestro médico. Durante gran parte de la expedición sufrió graves trastornos digestivos que podrían corresponder a síntomas de apendicitis: una historia que te puede costar muy cara en un lugar como éste. Afortunadamente, aunque siempre con molestias, se recuperó y tuvo la fuerza y el tesón suficiente para venir con todo el grupo a la cima.</p>
<p>Esa fase de la escalada nos reservó nuevas sorpresas. Las tiradas finales estaban inexplicablemente batidas por curiosas avalanchas de nieve en polvo y grandes cascadas de agua. Todo ello proveniente del nevero colgado bajo la cumbre. Este nuevo problema fue para nosotros, nunca mejor dicho, «como un jarro de agua fría». No sólo dificultaba la progresión en los perfectos diedros de salida, que se superan con un abismo espectacular, sino que, además, estando en una reunión, teníamos que gritar «¡avalancha!»&#8230; para sumergirnos a continuación en una cortina de agua y nieve de cien metros de anchura.</p>
<p>Inicialmente «alucinamos», hasta que comprobamos que normalmente no hacían un daño físico irreparable; pero te empapaban totalmente: un asunto tan desagradable como peligroso por el frío y la altitud.</p>
<p>Después de estudiar minuciosamente los tiempos y frecuencias de los aludes, llegamos a la conclusión de que era obligatorio escalar de noche con frontales y, como máximo, hasta las diez de la mañana. Por fortuna, unos días de tiempo excepcionalmente frío, que mantuvo en un perfecto punto de congelación el nevero somital, nos dieron la solución al problema y nos abrieron definitivamente el camino hacia la cima.</p>
<p>Finalmente, tras permanecer un total de dieciocho noches en la pared, animábamos jaleando a José Luis Clavel mientras completaba, con su ímpetu habitual, el trigésimo sexto largo de cuerda que nos condujo el 9 de agosto de 1989, entre aullidos de alegría, a los cuatro al punto culminante de la Torre de Trango. Bautizamos la nueva vía como Spanish route.</p>
<p>Frente a nosotros, con el telón de fondo de los ochomiles, y recortándose sobre el Baltoro, se encontraba la espectacular línea del Pilar de los Noruegos, una de las más increíbles rutas de dificultad logradas en el Himalaya. Esta escalada futurista, que costó la vida a sus autores, es de una pureza de líneas tan irreal como todo el ambiente que rodea este lugar.</p>
<p>Con los primeros copos de nieve de una nueva tormenta iniciamos el aéreo descenso hacia los valles. Mientras tanto ya sabemos que, como decía Lionel Terray, «bajo otros cielos otras montañas nos esperan».</p>
<p class="bodytext"><strong>LA TORRE DE RUSIA: NUEVO HORIZONTES EN EL PAMIR</strong></p>
<p class="bodytext">Es el invierno nepalí de 1988 y estoy solo en la cumbre de una de las montañas más bellas y simbólicas del Himalaya, el Ama Dablam. Para llegar aquí tuve que pasar una noche sin saco de dormir en una pequeña grieta del glaciar, sobre las empinadas pendientes de esta esbelta torre de hielo de casi siete mil metros de altitud.</p>
<p>Una experiencia psicológicamente muy dura pero que, al ser elegida libremente, pone a prueba años de experiencia y me reafirma en los aspectos más exigentes, pero también más positivos, del alpinismo.</p>
<p>Tres días después visito el campo base de una expedición rusa que intenta la cara sur del Lhotse. Con gran hospitalidad, entre cafés, risas y vodka, descubro en unas viejas fotografías montañas y paredes vírgenes desconocidas para el alpinismo occidental y de una envergadura y belleza comparables a lo mejor existente a nivel internacional.</p>
<p>Llevaba años escuchando rumores de la existencia de este potencial en los antiguos territorios de la Unión Soviética, entre Uzbekistán y Tayikistán. Se trata de dos valles glaciares espectaculares, Asan y Usan, en las faldas del Pamir, que fueron utilizados por Stalin como inmensos «gulags» naturales, sustraídos deliberadamente durante décadas a la cartografía y a la búsqueda de los desesperados familiares de las víctimas.</p>
<p>Dos valles maravillosos alfombrados de «edelweiss» y rodeados por centenares de montañas vírgenes entre los cuatro y siete mil metros de altitud, donde uno tiene el sentimiento real de sumergirse en los primeros tiempos de la exploración alpina. Todo ello mientras saludas a un grupo de nómadas, o a una pareja de simpáticos cazadores furtivos en busca de pieles de oso, o de los deliciosos carneros conocidos aquí como «Marco Polo».</p>
<p>Hasta nuestro idílico campo base, situado junto al lecho de un río, alcanza la gigantesca sombra proyectada por ese torpedo granítico que es la Torre de Rusia. Mil metros de granito vertical cubiertos en su parte superior por ese hielo caramelizado y traicionero que es el «verglás». Dos excelentes escaladores y mejores personas –Félix Gómez de León y Pepe Seiquer–, y yo mismo, que llevamos escalando juntos toda la vida, formábamos el grupo. Es el año 1992. Nuevos amigos rusos de San Petersburgo, coordinados por el prestigioso alpinista, Anatoly Moshnikov, apoyan al equipo desde nuestro aterrizaje en Moscú. Estos hombres, tan duros como amables, eficaces y hospitalarios, nos harán enamorarnos de su país, y nos devolverán la visita para realizar la primera ascensión invernal rusa de Sueños de invierno a la legendaria cara oeste del Naranjo de Bulnes.</p>
<p>Situados bajo la Torre de Rusia, después de colocar cuerdas fijas en la mitad inferior, tras diez días de escalada y de continuos porteos de material hasta el pie y sobre la pared, regresamos al campo base. Es nuestra última posibilidad para reponer fuerzas, esperar una mejoría del tiempo y efectuar el asalto definitivo a la cumbre.</p>
<p>Estamos entusiasmados por la verticalidad y por la suma de las dificultades técnicas encontradas; aunque en ese momento no podíamos imaginarnos alguna de las principales sorpresas que nos aguardaban ocultas en los interminables sistemas de diedros y fisuras, frecuentemente heladas, de su parte superior, y en la dificultad de encontrar emplazamientos adecuados para dormir.</p>
<p>Los fuegos de campamento amenizados por las excelentes veladas musicales de nuestros amigos rusos, en un entorno solitario y de una belleza indescriptible, cuentan entre los mejores momentos de expedición que recordamos.</p>
<p>Por respeto al ambiente social, cambiamos nuestra idea original de bautizar la nueva vía como «Gorby», diminutivo cariñoso de Gorbachov: la temible crisis económica paralela a la «Perestroika» redujo las simpatías internas hacia este personaje de la historia reciente. Finalmente terminaremos bautizando a nuestra nueva vía como Spanish dihedral; es decir, Diedros españoles.</p>
<p>Regresamos con alegría a la base de la pared, sobre todo cuando comprobamos que alguna piedra había perforado en nuestra ausencia los techos de las tiendas, a pesar de que se encontraba, sin duda, en el mejor emplazamiento posible.</p>
<p>El resto fue un verdadero combate por la cumbre: cuerdas fijas cubiertas de hielo y serias caídas de rocas y hielo. Una de ellas, el penúltimo de los diez días consecutivos de escalada que necesitará el asalto final, dejará una cantimplora de aluminio cilíndrica totalmente plana por el impacto, entre Seiquer y yo, de un trozo de hielo macizo del tamaño de un televisor. Los tres últimos días resultaron agotadores debido al frío, al tiempo amenazador, al cansancio y a las tensiones acumuladas. Incluso rozamos la posibilidad de abandonar. Pero, con ochocientos metros de una de las grandes clásicas de dificultad que se pueden escalar hoy en el mundo ya superados, gracias a la autenticidad de nuestra amistad y al poder de nuestro trabajo en equipo completamos nuestro objetivo, alzándonos sobre la diminuta cima de la Torre de Rusia.</p>
<p>Al llegar al suelo después de dos días completos de rápeles, Anatoly me abraza (y besa dos veces) en la base de la pared, y me dice con sentida solemnidad: «Estamos orgullosos de vuestra amistad; sólo las cordadas más fuertes de Rusia son capaces de un logro semejante. Tenéis nuestro respeto y admiración». Mientras inicio el descenso, siguiendo a mi amigo por las empinadas pendientes que conducen al campo base, emocionado por su declaración, comprendo que éste será algo más que un nuevo viaje, y se convertirá en una de las mejores experiencias humanas de nuestra vida.</p>
<p class="bodytext"><strong>GROENLANDIA, EL SUIKARSUAK</strong></p>
<p class="bodytext">Groenlandia, la mayor isla del mundo, con una superficie equivalente a cuatro veces Francia y con una población de tan sólo sesenta mil personas, es uno de los grandes espacios vírgenes de la Tierra, sobre todo para la exploración, pero también para la aventura vertical.</p>
<p>El escenario de mayor interés internacional en materia de grandes paredes se denomina Tasermiut, un fiordo situado en el extremo suroeste de la isla, entre la pequeña población inuit de Nanortalik («tierra de osos») y el cabo Farvell.</p>
<p>A finales de los años setenta ya planeábamos abrir una ruta al Ketil, pues el guía francés Dominique Marchal, que había participado en la primera ascensión, solía venir a casa en Navidad buscando las soleadas paredes del Mediterráneo español.</p>
<p>Por uno u otro motivo retrasamos nuestro viaje, hasta que unos suizos abrieron nuestro proyecto en el Ketil. Pero «no hay mal que por bien no venga», ya que ese intervalo permitió a otros activos exploradores de grandes paredes descubrir el Suikarsuak. Sin duda el más bello, difícil y completo «big wall» de Groenlandia. Una imponente columna granítica de mil doscientos metros de desnivel, donde han sido trazadas verdaderas obras de arte de la escalada ártica. Líneas firmadas por nombres del prestigio de Piola, Daudet, Albert o Glowacz.</p>
<p>En 1997 no nos hemos equivocado al seleccionar el helicóptero, algo habitual en esta isla como opción de transporte seguro, ya que el mar congelado nos habría obligado a retrasos de semanas si hubiéramos utilizado los escasos barcos mercantes locales. La visión del pequeño puerto de Nanortalik, compactado por los icebergs, y de los chavales del pueblo jugando al fútbol sobre los trozos más planos del hielo que flotan en el mar, no parecen favorecer precisamente el avance de nuestro grupo. Pero una semana después, las corrientes marinas empujan en dirección opuesta los bloques e icebergs, y despejan suficientemente la zona.</p>
<p>Una pequeña embarcación pesquera me conduce junto a un fuerte equipo murciano de amigos de siempre, formado por José Luis Clavel, José Matas y Pepe Seiquer, al corazón del fiordo de Tasermiut, una hermosa combinación de mar, glaciares, granito, cascadas y vegetación.</p>
<p>Al fondo, cortado en sección, el imponente escalón helado del «inlandsis», o glaciar del interior, que cubre casi totalmente la isla, alcanzando en algunos puntos hasta tres kilómetros de espesor.</p>
<p>Tras una húmeda y delicada maniobra, desembarcamos con la ayuda de una frágil chalupa auxiliar. Acordamos con el capitán que nos recoja dentro de cuatro semanas. El patrón mira la pared con estupefacción e incredulidad, y nos lanza con generosidad un manojo de pescado de salazón. A estos verdaderos maestros del arte de vivir y sobrevivir en la naturaleza que son los esquimales e inuits, les cuesta trabajo entender que, sin ninguna necesidad, abandonemos la seguridad y el confort de nuestros hogares para complicarnos la vida en la amenazadora silueta de su Suikarsuak («la montaña donde sopla el viento»).</p>
<p>El lugar es magnífico; pero en esta época del año, a principios del verano, esta latitud impone sus reglas. Es necesaria una sofisticada estrategia para luchar contra los mosquitos. Pobres de aquéllos que no se lleven unas cuantas decenas de metros de fina red para proteger todo el campo base, o no mantengan vigilada su intendencia de los constantes ataques de los zorros árticos, hermosos animales tan hábiles como insaciables, y con la fea costumbre de enterrar el cincuenta por ciento de lo que cazan o roban, para hacer frente a las limitaciones del invierno.</p>
<p>Nuestro objetivo alpinístico es abrir una ruta en el centro del sector izquierdo, todavía virgen, de esta muralla formidable, con la filosofía de siempre: aportar algo de nivel y jugar en el incomparable terreno que ofrecen estas gigantescas paredes, verdaderos tótem geológicos labrados por la fuerza incansable de la erosión glaciar del agua, el viento y el tiempo.</p>
<p>De esta gran pared recuerdo las placas, travesías y péndulos técnicamente muy delicados de su parte central; la alegría de encontrar a la altura adecuada una excelente plataforma de vivac, que se convertirá en un hotel de cinco estrellas en un muro de semejante verticalidad; los duros tramos que conducen al gran y perfecto diedro terminal, frecuentemente ascendidos con lluvia, niebla y frío, en medio de la tempestad&#8230;</p>
<p>La vida en Groenlandia necesita de una estricta planificación horaria para adaptarse a la presencia del sol de medianoche, fenómeno natural que permite escalar prácticamente todo el día como aspecto positivo, pero que resulta demoledor en cuanto a cansancio.</p>
<p>Después de una semana entera de escalada con mal tiempo, avanzábamos en los perfectos diedros terminales. Distribuidos en dos cordadas, abandonamos el último vivac para remontar con mucho frío los últimos desplomes y fisuras, cubiertas de una fina capa de hielo, en esta nueva y completa ruta que bautizaremos como Jacques Cousteau, desaparecido ese mismo año y una de las personalidades del mundo conservacionista más decisivas e influyentes del siglo XX. La montaña nos regalará el único día estable y despejado en un periodo de dos semanas. ¡Suerte excepcional, bingo total! La niebla se descuelga en jirones por las inmensas placas y diedros del Suikarsuak, mientras su esbelta sombra se proyecta sobre las aguas de color esmeralda de este fiordo irreal.</p>
<p>Mientras tanto, en la plataforma cimera, disfrutamos entre fotos y alegría de la visión de 360º del espectacular horizonte ártico. Después, mucha agua, frutos secos, precaución y sobre todo mucha dosificación física y mental, la necesaria para emprender durante dos días completos en medio de la lluvia, el granizo, las cuerdas cubiertas de hielo y la tempestad, uno de los descensos más duros y complejos que alcanzamos a recordar.</p>
<p class="bodytext"><strong>Miguel Ángel G. Gallego</strong></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/nomadas-de-las-grandes-paredes/">Nómadas de las grandes paredes</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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