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	<title>Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 13:31:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/regreso-a-la-luna/">¿Por qué no volvimos antes a la Luna?</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: </strong>Rafael Clemente</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>La humanidad está otra vez a punto de hacerse una foto con la Luna de fondo. Si todo sale según lo previsto, Artemis 2 dará un gran rodeo alrededor de nuestro satélite para poner a prueba el cohete Space Launch System (SLS) y la cápsula Orión antes de intentar, algo más tarde, un nuevo alunizaje con Artemis 4. El camino ha sido tan largo como tortuoso: medio siglo de política cambiante, presupuestos ajustados y promesas tecnológicas que no siempre llegaron a despegar, y por eso el primer aterrizaje de Artemis se ha ido deslizando hasta el 2028… y todavía puede seguir alejándose.</p>



<p></p>



<p><strong>POR QUÉ HEMOS TARDADO TANTO</strong></p>



<p>Las cronologías de la Luna y de la Antártida se parecen más de lo que podría pensarse. En ambos casos se trata de territorios radicalmente hostiles, que admiten visitas breves, pero no perdonan errores. Tras las primeras llegadas al Polo Sur, en 1911 y 1912, nadie volvió a pisarlo durante 42 años; casi el mismo intervalo que nos separa del último Apolo.</p>



<p><em>Apolo </em>fue, sobre todo, un gesto político. Respondía al desafío de Kennedy, convertido en mandato casi sagrado tras su asesinato, y justificó un esfuerzo industrial que desde la Segunda Guerra Mundial no se veía en Estados Unidos. En el cénit del programa, la NASA llegó a absorber alrededor del 4,5% del presupuesto federal, o sea más de un 0,7% del PIB del país más rico del planeta. Tres años después del primer alunizaje, la épica se agotó. El público se aburría con misiones que parecían repetirse, Vietnam consumía atención y recursos, los programas sociales reclamaban su parte, y la distensión con la URSS restó urgencia al prestigio de “ganar” la carrera lunar. El viaje a la Luna dejaba de ser prioridad en Washington; el resultado fue un paréntesis que duraría décadas.</p>



<p></p>



<p><strong>DE APOLO A ARTEMIS</strong></p>



<p>La NASA no olvidó la Luna, pero cambió el guion. Cualquier regreso debía ser políticamente defendible, científicamente más ambicioso que <em>Apolo </em>y, sobre todo, sostenible: no bastaba con plantar una bandera y dejar unas huellas fotogénicas. De esa lógica surgió <em>Constellation</em>, uno de los intentos más coherentes de diseñar una arquitectura para volver a la superficie lunar y quizás, algún día, llegar a Marte. <em>Constellation </em>prometía nuevos cohetes, nuevas naves y un horizonte que se extendía más allá de la Luna, pero chocó con una realidad más prosaica: el coste.</p>



<p>Las estimaciones hablaban de un total de más de 200.000 millones de dólares y en 2009 un análisis independiente lo declaró irrealizable con los presupuestos disponibles. Barack Obama lo canceló sin demasiada nostalgia: <em>“Francamente, ya hemos estado antes en la Luna</em>”, resumió. Del naufragio quedaron dos piezas flotando: la nave <em>Orión</em>, pensada para misiones en el espacio profundo, y una versión reducida del lanzador pesado, que acabaría renaciendo como el actual <em>SLS</em>. Artemis –la diosa, hermana de Apolo– daría nombre al nuevo programa, pero el cohete heredado ni siquiera merecería un bautismo más imaginativo.</p>



<p></p>



<p><strong>EL PRECIO DE LA NOSTALGIA</strong></p>



<p>El <em>SLS </em>es, en muchos sentidos, un cohete del siglo XX lanzado en pleno siglo XXI. Pretendía ser una opción más económica y para ello aprovecha componentes y tecnologías del transbordador espacial, pero ha resultado mucho más caro que el viejo <em>Saturn V </em>al que pretende suceder. Si ha sobrevivido es, en parte, por motivos políticos. Sus piezas se fabrican en prácticamente todos los estados de la Unión y ningún congresista quiere ser recordado como el político que cerró una factoría aeroespacial en su distrito. Mientras tanto, el resto del sector miraba hacia otra parte. SpaceX llevaba años perfeccionando cohetes reutilizables: algunos Falcon 9 han volado más de treinta veces, y <em>Starship </em>se concibe como un sistema completamente reutilizable, capaz de volver a despegar tras una preparación mínima. Frente a eso, el SLS es un gigante de un solo uso: un artefacto que se enciende, se destruye y se paga de nuevo en cada lanzamiento. El problema es que <em>Starship </em>todavía no está lista para el papel protagonista que se le reserva en la Luna, por más optimistas que sean los plazos de Elon Musk. Hoy, la única capacidad lunar certificable que tiene la NASA es el <em>SLS </em>y sobre él descansa la última directriz del presidente Trump: dejar “huellas en la Luna” antes de 2029, que es cuando finalizará su mandato.</p>



<p><strong>EL CAMINO HACIA ARTEMIS 2</strong></p>



<p>El primer acto de <em>Artemis </em>tuvo lugar a finales de 2022: una cápsula <em>Orión </em>voló 25 días y recorrió unos 2 millones de kilómetros alrededor de la Luna antes de regresar a la Tierra, sin nadie a bordo. El objetivo era sencillo de formular y difícil de ejecutar: demostrar que el <em>SLS </em>y <em>Orión </em>podían funcionar juntos en el espacio profundo. La misión fue un éxito… con letra pequeña. El análisis posterior reveló una erosión mayor de lo previsto en el escudo térmico de <em>Orión</em>, la coraza que debe proteger la nave durante la reentrada atmosférica a velocidades lunares. Ese tipo de hallazgos no suele llenar titulares, pero decide calendarios. Tres años después, <em>Artemis 2 </em>será el primer vuelo con tripulación de la campaña: cuatro astronautas, tres estadounidenses y un canadiense. Despegarán en un <em>SLS </em>que los dejará en una órbita muy alargada alrededor de la Tierra, donde pasarán unas 24 horas comprobando que todos los sistemas responden como es debido. Después, en el momento oportuno del perigeo, encenderán el motor del módulo de servicio para estirar la órbita y lanzarse hacia la Luna, una maniobra distinta de la que usaba <em>Apolo</em>, cuando el último empujón lo daba la tercera etapa del cohete. En Navidad de 1968, <em>Apolo 8 </em>se instaló en una órbita baja, a 100 kilómetros de la superficie lunar, y dio diez vueltas completas antes de emprender el regreso. <em>Artemis 2 </em>no bajará tanto: describirá un gran bucle alrededor de la Luna, a unos 7.000 kilómetros sobre el hemisferio oculto. Será la primera vez en más de medio siglo que ojos humanos contemplen en directo aquellos paisajes que, durante milenios, fueron desconocidos. La meta principal del viaje es mucho menos poética: comprobar que la nave se orienta y se comporta correctamente en las diferentes fases del vuelo, incluyendo distancias translunares. Poco después del lanzamiento, la tripulación practicará un encuentro y atraque simulado con la etapa superior del cohete, dedicará parte del trayecto a experimentos médicos sobre su propia salud y aprovechará el sobrevuelo para estudiar la superficie lunar con instrumentación moderna. El regreso está diseñado con una prudencia que <em>Apolo </em>no se permitió. Una vez realizado el sobrevuelo, la gravedad lunar curvará la trayectoria y la enviará de vuelta a la Tierra sin necesidad de otro encendido del motor, una “ruta de retorno libre” que garantiza el viaje de vuelta incluso si algo falla. Aun así, se han previsto hasta tres pequeñas correcciones durante los cuatro días de retorno, solo para afinar la puntería.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 3: LA MISIÓN RECIÉN AÑADIDA</strong></p>



<p>A finales de febrero, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, anunció un cambio drástico en los planes lunares. Por un lado, el cohete SLS, que se había diseñado en numerosas versiones de mayor o menor potencia, se estandarizaría a solo una variante, a utilizar en las misiones posteriores al primer o segundo alunizaje. Esta decisión simplificará mucho un programa que había adquirido dimensiones faraónicas. En precio y plazos. Más importante aún: El plan de vuelos incorporará uno más, <em>Artemis 3</em>. Se trata de un ensayo general de las operaciones que deberán realizarse en órbita lunar pero esta vez, por precaución, en torno a la Tierra. La nave Orión deberá demostrar su capacidad para unirse el vehículo de alunizaje y éste, simular las operaciones de alunizaje. En principio, debería ser el suministrado por SpaceX pero la NASA ha abierto la puerta a que Blue Origin, la compañía espacial de Jeff Bezos, pueda ofrecer también su propio modelo. ¿Cuál de ellos se utilizará? El que primero esté disponible.</p>



<p></p>



<p><strong>ARTEMIS 4: VOLVER A LA SUPERFICIE</strong></p>



<p>Si <em>Artemis 2 </em>es el viaje de rodaje y <em>Artemis 3</em>, el ensayo general, <em>Artemis 4 </em>aspira a devolver a dos personas a la superficie de la Luna, muy cerca de su polo sur, una región que <em>Apolo </em>nunca visitó. Será la primera vez que se ponga en juego la arquitectura completa: lanzador y cápsula suministrados por contratistas gubernamentales (el módulo de servicio -una pieza clave- es europeo) y un vehículo de alunizaje comercial proporcionado por SpaceX. Las mayores incógnitas del programa se concentran precisamente en la nave de alunizaje, el <em>Human Landing System (HLS)</em>. En la primavera de 2021, la NASA eligió la propuesta de SpaceX frente a las de Blue Origin y Dynetics. Salía por 2.900 millones de dólares, aproximadamente la mitad que su competidor más cercano. Claro que la diferencia tenía truco: el diseño de SpaceX partía de un proyecto ya muy avanzado, el de la nave <em>Starship </em>y su supercohete lanzador, mientras que las otras propuestas eran poco más que planos y brillantes renderizados.</p>



<p>Al lado de Orión el <em>Starship </em>lunar será un gigante. Una vez posado en la Luna, superará los 50 metros de altura, diez veces más que los módulos lunares <em>Apolo</em>. La cabina para los astronautas queda en la parte alta y requerirá un ascensor para hacerlos descender hasta el regolito a ellos y su equipo científico. Al término de la exploración, el vehículo completo despegará de nuevo para reencontrarse con <em>Orión </em>en órbita, como una versión a gran escala del módulo lunar de <em>Apolo </em>salvo que no dejará en tierra el tren de aterrizaje ni ninguna otra etapa descartable; se elevará completo. El concepto operativo es tan ambicioso como complejo. Primero habrá que lanzar a órbita terrestre un gran depósito criogénico -una “gasolinera”-, y luego enviar varias naves de carga con metano y oxígeno líquido para rellenarlo. Nadie sabe aún cuántos lanzamientos harán falta: algunos cálculos hablan de siete u ocho, otros de hasta diez y seis, sobre todo si se tiene en cuenta el combustible que se perderá por evaporación debida al calor del sol. Después será el turno del propio <em>HLS</em>, que despegará sin tripulación, se acoplará de forma automática al depósito y llenará sus tanques. Repostar combustible en órbita es una idea vieja, pero hacerlo con cientos de metros cúbicos de líquidos criogénicos sigue siendo terreno virgen: más allá de las modestas transferencias de los cargueros <em>Progress </em>a la Estación Espacial Internacional, no hay precedentes. Una vez cargado, el <em>HLS </em>volará solo hacia la Luna y esperará en una órbita de aparcamiento la llegada de Orión con sus cuatro tripulantes.</p>



<p>La órbita elegida es muy elíptica: pasa a unos 1.500 kilómetros sobre el polo sur lunar en el punto más bajo y se aleja hasta unos 70.000 en el punto más alto. <em>Orión </em>tardará algo más de seis días en completarla, aproximadamente el tiempo previsto para la estancia de los dos primeros astronautas en la superficie. Esa órbita ofrece ventajas, pero también riesgos añadidos. Por una parte, es fácil de alcanzar, estable y nunca entra en eclipse, así que permitirá mantener comunicaciones continuas con la Tierra (al ocultarse tras la Luna, <em>Apolo </em>perdía en enlace durante más de media hora en cada órbita), Por otra, si por cualquier motivo el despegue se retrasa, los dos exploradores deberán esperar casi una semana más en la superficie hasta que se presente la siguiente oportunidad.</p>



<p></p>



<p><strong>UN ATERRIZAJE DESCOMUNAL</strong></p>



<p>Cuando llegue el momento, dos de los cuatro astronautas cruzarán a bordo del <em>HLS</em>, lo separarán de la nave nodriza y comenzarán el descenso. La NASA ya ha seleccionado varias zonas de interés en la región del polo sur, donde abundan cráteres profundos cuyos fondos jamás reciben la luz del Sol. Sus rayos llegan demasiado tangenciales. Esas “trampas frías” podrían esconder depósitos de hielo, el recurso clave para una futura presencia permanente: aparte de su interés científico como “fósil” de antiguos impactos cometarios, el agua puede utilizarse como refrigerante de equipos electrónicos, blindaje antirradiación y descomponerse en oxígeno respirable e hidrógeno con el que alimentar pilas de combustible que generen energía eléctrica. El aterrizaje será, si sale bien, tan fotogénico como inquietante: una nave enorme, frenada por un juego de motores situados no en la base, sino en la parte superior de la estructura, justo por debajo de la cabina. A esa altura la disrupción en la superficie será mínima. El interior de <em>Starship </em>es cavernoso, ya que en origen fue diseñado para transportar cien colonos a Marte en cada viaje. Ofrece más de 600 metros cúbicos, el doble del volumen habitable de la Estación Espacial Internacional, aunque en esta primera misión irá ocupado solo por dos personas. En la superficie, la exploración será a pie. Los astronautas realizarán cuatro salidas, caminando sobre un terreno quebrado y en penumbra casi constante, sin el apoyo de un vehículo eléctrico, un lujo del que sí disfrutaron las últimas misiones <em>Apolo </em>hace medio siglo. Tras completar su trabajo científico, el <em>HLS </em>volverá a elevarse para reunirse con los otros dos miembros de la expedición que han permanecido a bordo de <em>Orión</em>. El módulo de alunizaje se abandonará en órbita lunar, mientras <em>Orión </em>emprende el regreso a casa. Tras otros cuatro días de viaje irá a caer en el Pacífico, frente a las costas de California, frenado por once paracaídas de diferentes tamaños que se abren en secuencia.</p>



<p></p>



<p><strong>LA SOMBRA DE CHINA</strong></p>



<p>En los pasillos de la NASA hay un temor recurrente: que la bandera china ondee allí antes. Pekín ha anunciado su intención de enviar dos astronautas a la superficie lunar antes de 2030 y, si Estados Unidos acumula demasiados retrasos, <em>Artemis 4 </em>podría quedarse con el papel de “segundo en llegar”. El presidente Trump ha declarado el programa prioritario para el prestigio nacional, incluso después de recortar de forma drástica el presupuesto de la agencia. Si China consigue plantar su bandera en el regolito antes que <em>Artemis</em>, el programa lunar estadounidense podría recibir un golpe político difícil de encajar. Algunas voces apuntan ya a Marte como “siguiente escenario” de la carrera espacial, dando por amortizado el retorno a la Luna: al fin y al cabo, y recordando una vez más la frase de Obama, ése es un objetivo que la NASA ya alcanzó hace medio siglo. La agencia espacial china, mientras tanto, avanza a un ritmo que hace unos años habría parecido inverosímil. Domina el vuelo tripulado, las maniobras de encuentro y acoplamiento y dispone de una familia completa de lanzadores, incluidos modelos parcialmente reutilizables. Excluida en 2011 de la Estación Espacial Internacional por una enmienda del Congreso estadounidense que prohíbe a la NASA colaborar con China, ha construido su propia estación, <em>Tiangong</em>: algo más pequeña, pero más moderna y plenamente operativa. China ya ha mostrado modelos de su nave lunar y de su módulo de alunizaje (que, de entrada, incluye un pequeño automóvil), y encadena misiones robóticas de exploración con un ritmo que recuerda al de Estados Unidos y la URSS en los años sesenta. Como al final de la Guerra Fría, el escenario vuelve a estar dominado por dos gigantes tecnológicos, y el premio principal sigue siendo el mismo: prestigio nacional, asociado a la imagen de unos astronautas desplegando nuevamente una bandera en el helado polo sur lunar.</p>



<p></p>



<p><em>*Rafael Clemente es ingeniero industrial y Master of Science, además de colaborador para temas</em> <em>de divulgación científica durante más de cincuenta años en La Vanguardia, El País y otros medios.</em> <em>Fue fundador y primer director del Museu de la Ciència de Barcelona (actual CosmoCaixa). Ha</em> <em>escrito varios libros relacionados con la exploración espacial.</em></p>
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			</item>
		<item>
		<title>Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 12:54:59 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/selenografia/">Selenografía. Los entresijos de la toponimia lunar</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: </strong>Ramón Jiménez Fraile</p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Hubo que esperar a la invención del telescopio para que los cráteres, montañas y planicies de la Luna pudieran distinguirse con la precisión necesaria para recibir nombres. En la actualidad, son unos nueve mil los accidentes del relieve lunar —mil seiscientos de ellos cráteres— que cuentan con topónimos reconocidos por la Unión Astronómica Internacional (UAI), el organismo que decide y vela por el respeto de esta rama de la selenografía. Los topónimos lunares originales tenían connotaciones hispánicas, pero un cúmulo de vicisitudes aquí descritas hizo que perdieran ese sesgo en favor del de otras culturas.</p>



<p>La historia retendrá que un 21 de julio de 1969 el jefe de la misión Apolo 11, Neil Armstrong, se dirigió por radio al jefe de comunicaciones de la NASA, Charlie Duke, para anunciarle que «el águila» (el módulo lunar) se había posado en «Base Tranquilidad». Quedaba así consagrado el primer topónimo habitado de la Luna, cuyo origen se debe a que la planicie elegida por la NASA para el primer alunizaje fuera el Mar de la Tranquilidad. Quien ignore que la Luna ca- rece de atmósfera, y por ende de climatología, pensará que la elección se había debido a la bonanza del paraje. En realidad, lo de «Mare Tranquillitatis», en su original en latín, fue idea del jesuita italiano del siglo XVII Giovanni Battista Riccioli, considerado el padre de la toponimia lunar, autor de dos centenares de términos con los que bautizó accidentes geográficos lunares.</p>



<p>Ahora bien, el auténtico pionero en estos menesteres fue Michael Van Langren, alias «Langrenus», un astrónomo y matemático holandés al servicio del rey Felipe IV de España. Fue en 1628 cuando Van Langren elaboró un mapa de la superficie lunar en el que, por primera vez, se precisaban topónimos. En la parte inferior derecha de ese pionero mapa lunar, Van Langren expresó la idea de atribuir nombres de personajes «de todas las naciones» a los diferentes relieves de la Luna. La manera en que llevó a cabo su labor fue empleando mayoritariamente para su mapa nombres relacionados con la monarquía hispánica, para la que trabajaba.</p>



<p>Casi dos décadas después, en 1645, Van Langren envió a la imprenta un mapa de la Luna más elaborado, al que tituló «Plenilunii Lumina Austriaca Philippica», en referencia al rey Felipe IV de España. Este mapa salió a la luz seis años antes de que Riccioli editara el suyo.</p>



<p>Hubo incluso otro astrónomo, el polaco Johannes Hevelius, que también se dedicó a cartografiar y poner nombre a los relieves de la Luna dos años después de Van Langren y cuatro antes de que lo hiciera Riccioli. La toponimia lunar de Riccioli acabó por imponerse tres siglos después, mediante una votación celebrada en París el 17 de julio de 1935 por la asamblea general de la Unión Astronómica Internacional. Una explicación superficial de por qué el italiano Riccioli fue consagrado como padre de la toponimia lunar apuntaría a que la primera reunión de la Unión Astronómica Internacional se había celebrado en Roma, en 1922, y que fue entonces cuando se creó la Comisión de Nomenclatura Lunar que preparó los trabajos de la decisión tomada en 1935.</p>



<p></p>



<p><strong>MARY ADELA BLAGG, LA SELENÓGRAFA EN LA SOMBRA</strong></p>



<p>Más que a la intervención de un supuesto lobby italiano, Riccioli debe su honor a la británica Mary Adela Blagg. Nacida en 1858, mayor de nueve hermanos, la británica se sintió desde muy joven atraída por las matemáticas y la astronomía, aunque, por su condición de mujer, no acudió hasta los dieciséis años a un centro de enseñanza, debiéndose conformar hasta entonces con estudiar en casa los libros de texto de sus hermanos varones. Fue uno de sus tutores el que la animó a llevar a cabo la fastidiosa tarea de compilar y contrastar los topónimos lunares utilizados por los astrónomos del Reino Unido, los cuales estaban inspirados mayormente en los trabajos de Riccioli y no en los de Van Langren o Hevelius. Blagg se convirtió en una de las primeras cinco mujeres que ingresaron, en 1916, en la Real Sociedad Astronómica británica, desde la que dio el salto a la Unión Astronómica Internacional, y con ella la lista de topónimos lunares en la que estaba trabajando. Cuando la Unión Astronómica Internacional se reunió por segunda vez, en 1925, en Cambridge, fueron los trabajos de Blagg los que sirvieron de base para los debates que se prosiguieron en la tercera reunión del organismo, celebrada tres años después en la localidad neerlandesa de Leiden.</p>



<p>En los anales de la prestigiosa Universidad de Leiden consta que asistieron a la asamblea general doscientos diez astrónomos, de los cuales diez eran españoles, cuatro de ellos acompañados de sus esposas. Un periódico alemán se refirió a las acompañantes femeninas como «satélites», atribuyendo la condición de «planetas» a los científicos varones. Quien sí brilló con luz propia en aquella reunión, pese a su condición de mujer, fue Mary Adela Blagg, cuya lista, inspirada en los topónimos de Riccioli, acabó por imponerse en el seno de la Comisión de Nomenclatura Lunar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA CULPABLE INACCIÓN DE LOS ASTRÓNOMOS ESPAÑOLES</strong></p>



<p>En defensa de la nomenclatura de Van Langren podrían haber salido los astrónomos neerlandeses, puesto que el auténtico pionero de la selenografía había nacido en Ámsterdam. Pero, siendo niño, su familia se trasladó a la católica Amberes y entró al servicio de la monarquía hispánica, enemiga tradicional de los Países Bajos. Por su conexión belga y española, los trabajos de Van Langren podrían haber sido también reivindicados por belgas y españoles, que totalizaban, a partes iguales, veinte delegados en la reunión de Leiden. Pero no consta que ni unos ni otros hicieran nada por defender la toponimia lunar de Van Langren, el cual había bautizado como «Oceanus Philippicus» el espacio más extenso de la cara visible de la Luna, en homenaje a Felipe IV de España.</p>



<p>Entre los trescientos nombres utilizados por Van Langren como topónimos lunares figuraban también el Mar de los Borbones y el Mar de Eugenia, en alusión a la infanta Isabel Clara Eugenia, gobernadora de los Países Bajos bajo dominación austríaca, así como otros miembros de la Casa de Austria. No todo eran cabezas coronadas en la pionera toponimia lunar de Van Langren, ya que este llevó a la Luna también nombres de personajes españoles como el escritor Miguel de Cervantes («Saavedra» para el astrónomo), el conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada y el almirante Álvaro de Bazán. En la lista aprobada formalmente por la Unión Astronómica Internacional, según los trabajos de compilación de la inglesa Blagg, acabaría figurando un único topónimo relacionado con España: «Isidorus», en referencia al cráter que Riccioli dedicó a San Isidoro de Sevilla, uno de los padres de la Iglesia católica y autor de un tratado de astronomía, que también figuraba en la pionera lista de Van Langren.</p>



<p>Además de santos, Riccioli utilizó nombres de sabios y científicos de todos los tiempos, incluido el de una mujer, la filósofa griega Hipatia. Pero su condición de hombre de la Iglesia católica impedía al jesuita abrazar las teorías heliocéntricas de científicos como Copérnico, Galileo o Kepler. En el siglo XVII, el catolicismo condenaba a quienes no consideraban que la Tierra estaba en el centro del universo. Aun así, Riccioli no podía ignorar los trabajos de los astrónomos heliocentristas desde que fuera inventado el telescopio a principios de ese siglo. De ahí que optara por poner nombres de astrónomos considerados por la Iglesia «estúpidos» y «herejes» a cráteres de la Luna, pero, eso sí, situándolos cerca del llamado por él «Oceanus Procellarum», o sea, Mar de las Tormentas. Fue precisamente en el Mar de las Tormentas bautizado por Riccioli donde China desplegó, en diciembre de 2020, su bandera llevada al suelo lunar por la sonda Chang’e. Si tenemos en cuenta la notoriedad adquirida por determinados accidentes lunares, convendremos que las doscientas libras esterlinas que la UAI decidió destinar en su decisiva reunión de París de 1935 a la publicación de la toponimia lunar constituyen una cantidad de dinero irrisoria. Y si no, que se lo digan a Bélgica, que a la postre tuvo que lamentar que la toponimia del pionero Van Langren no fuera tenida en cuenta ya que, en caso contrario, el módulo lunar de Apolo 11 hubiera alunizado en el «Mare Belgicum» (en referencia al Mar del Norte en tiempos de Felipe IV de España) y no en el «Mare Tranquilitatis» de Riccioli.</p>



<p></p>



<p><strong>LA AUTÉNTICA MOTIVACIÓN DE VAN LANGREN<br></strong><br>Lo curioso es que el afán de Van Langren por bautizar los relieves de la Luna no obedeció a un mero ejercicio de estilo, sino que se inscribió en una lógica científica, en concreto el intento por resolver uno más importantes desafíos a los que se enfrentaron durante siglos científicos europeos en un contexto de rivalidad entre imperios marítimos: el cálculo de la longitud geográfica. Felipe II de España no se contentó con saber que en sus dominios no se ponía el Sol, sino que quiso conocer a qué distancia se encontraban sus posesiones. Es por ello por lo que, en 1567, ofreció un premio —considerado el primero de carácter científico de la historia— a quien encontrara la manera de calcular la longitud geográfica, es decir la distancia de un punto determinado de la Tierra respecto a un meridiano. Ante la falta de resultados, su hijo Felipe III aumentó la dotación en 1598, año en que nació en Ámsterdam Van Langren, en el seno de una familia de cartógrafos que llegó a poseer el monopolio de la fabricación en Holanda de globos terráqueos.</p>



<p>Van Langren tenía unos diez años cuando aparecieron en Holanda los primeros telescopios y era un adolescente cuando Galileo Galilei empezó a escrutar el universo con ese instrumento. A los 27 años, el holandés anunció haber resuelto el problema de la longitud terrestre, lo que le valió el mecenazgo de Isabel Clara Eugenia, regente de los Países Bajos españoles, y su posterior nombramiento como astrónomo y matemático de Felipe IV de España. Van Langren había tenido la idea de servirse de la evolución de las sombras que el Sol produce en la superficie lunar para calcular la longitud geográfica terrestre. Para ello era imprescindible disponer de tablas lunares que dieran cuenta del aspecto, en momentos determinados, de lugares concretos de la superficie lunar, como cráteres y planicies, a los que, con tal objeto, puso nombres. Y puesto que el primer beneficiario de este descubrimiento científico iba a ser la monarquía hispánica, la toponimia lunar que empleó tenía que ver con la realidad hispánica.</p>



<p>De vuelta en los Países Bajos, tras haber tenido ocasión de exponer su descubrimiento en persona al monarca español, publicó, en 1644, el libro titulado “La verdadera longitud por mar y tierra: demostrada y dedicada a su católica majestad Felipe IV”. El razonamiento científico de Van Langren era irreprochable puesto que las vibraciones de la Luna (que es como se llama a las alteraciones de la superficie lunar en función de su exposición al Sol) son percibidas de manera diferente de un lugar a otro de la Tierra y que de esa diferencia se puede extrapolar la distancia entre dos puntos del globo terráqueo. El problema radicaba en la dificultad de las observaciones lunares desde el mar y en el poco aumento de los telescopios de la época, por lo que el método de Van Langren para calcular la longitud geográfica no se llevó a la práctica.</p>



<p>Aun así, hizo dos aportaciones a la ciencia que merecen nuestra consideración. En primer lugar, su representación de los cráteres lunares tal como aparecen iluminados por el Sol matutino sigue en uso en los considerados mejores mapas de la Luna. En segundo lugar, sus estudios acerca del cálculo de la longitud geográfica le llevaron a crear la primera representación gráfica conocida de datos estadísticos. Dicha representación, que ocupa un lugar de honor en la historia de la visualización de datos, da cuenta de la diferencia de longitud entre Toledo y Roma. En vez de servirse de una simple tabla numérica, concibió el primer gráfico comparativo, sentando las bases de un lenguaje visual que nos es tan familiar hoy en día y que Van Langren fue el primero en utilizar.</p>



<p></p>



<p><strong>LA MENGUANTE PRESENCIA HISPÁNICA EN LA SUPERFICIE LUNAR</strong></p>



<p>En la actualidad, son apenas una veintena los cráteres de la Luna inspirados en la cultura hispánica (nombres como Carlos, Isabel, José, Linda, Rosa o Manuel) o vinculados con personajes de la historia de España. Entre estos últimos, está el cráter de más de 110 km de diámetro llamado Alphonsus en memoria de Alfonso X El Sabio. Cráteres de menor tamaño llevan nombres en honor de Isidoro de Sevilla, Cristóbal Colón, Vasco Núñez de Balboa y Santiago Ramón y Cajal. También figuran en la lista de la toponimia lunar astrónomos y matemáticos españoles de origen musulmán y judío.</p>



<p>En el caso del sabio judío Abraham Zacuto, nacido en Salamanca en 1452, cuyas cartas marítimas jugaron un importante papel en la era de los grandes descubrimientos, el cráter que le dedicó la Unión Astronómica Internacional lleva el nombre de Zagut, un error que el organismo no ha corregido aún.</p>



<p>También hay cráteres dedicados a personajes de origen andalusí, como Azarquiel, considerado por muchos el astrónomo árabe-español más importante de la historia, o Abbás Ibn Firnás, inventor de una máquina voladora seis siglos antes de que lo hiciera Leonardo da Vinci.</p>



<p></p>



<p><em>*Ramón Jiménez Fraile es periodista e historiador.</em></p>
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		<title>¿Qué hay en la cara oculta de la Luna?</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/cara-oculta-luna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Mar 2026 11:37:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 83]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores del s. XX]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Las expediciones científicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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<p><strong>Texto: Sara Casalí</strong></p>



<p>Boletín 83 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p><p>La exploración de la Luna</p><br><p>Durante siglos, la Luna solo nos enseñó una de sus caras. La otra, la oscura, solo existió como deducción. Y cuando pudimos contemplarla, en 1959, resultó toda una sorpresa. Esta es la historia de esa cara oculta de la Luna, un secreto desvelado.</p><br><p>Si miras la Luna esta noche, estarás viendo el mismo hemisferio lunar que han mirado generaciones enteras desde la Tierra, ya que la otra mitad sigue resistiéndose a nuestros ojos, no por capricho, sino porque así lo impone la relación gravitatoria que mantiene con nuestro planeta. La Luna tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en orbitar la Tierra. Esa sincronía es consecuencia de la atracción gravitatoria terrestre que, a lo largo de millones de años, fue frenando su rotación hasta dejarla encajada en ese ritmo. Por eso, desde aquí, siempre nos enseña el mismo lado y mantiene el otro fuera de nuestro alcance. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de una región oscura, porque recibe luz solar como la cara visible. Lo que la define como oculta es que no entra en nuestro campo de visión. Durante siglos, esa mitad existió solo como deducción, desde las primeras observaciones telescópicas de Galileo hasta la llegada de la era espacial, y cuando por fin apareció en imágenes, resultó ser sorprendentemente distinta.En 1647, Johannes Hevelius publicó Selenographia, uno de los primeros grandes atlas lunares elaborados con método científico, fruto de años de observaciones repetidas con telescopios refractores en distintas fases lunares y del análisis del relieve mediante el juego de luces y sombras. Con el tiempo, la cartografía lunar se fue afinando con instrumentos cada vez más potentes, pero ese método solo permitía estudiar la cara visible, ya que ningún telescopio puede observar el hemisferio oculto desde la Tierra. Tuvieron que pasar más de trescientos años para que la otra mitad entrara en los mapas. El salto llegó el 4 de octubre de 1959, con la misión soviética Luna 3. Por primera vez, fue posible salir de la Tierra, fotografiar la cara oculta desde una sonda y transmitir esas imágenes a distancia. La sonda, de unos 280 kilos, llevaba una cámara de película que tomaba las imágenes, revelaba el carrete automáticamente a bordo y lo escaneaba con un sistema mecánico para transmitirlo por radio a la Tierra. Durante su sobrevuelo, Luna 3 tomó 29 fotografías, pero solo 17 resultaron utilizables. Estas cubrían aproximadamente el 70 % de la cara oculta, con una resolución limitada y contrastes muy acusados. Las imágenes no mostraban un paisaje continuo, sino fragmentos difíciles de interpretar, que constituían una base inicial todavía por descifrar.A lo largo de los años sesenta, equipos soviéticos de cartografía planetaria trabajaron con este material para transformar fotografías parciales en una representación coherente del relieve lunar. Destacó la figura de Kira Borisovna Shingareva, cartógrafa especializada y formada en disciplinas afines a la geodesia. En coordinación con astrónomos e ingenieros, los equipos compararon imágenes tomadas desde ángulos distintos, unificaron escalas y corrigieron posiciones para construir un marco cartográfico estable. El objetivo no era reproducir imágenes aisladas, sino convertir un conjunto fragmentario en un mapa legible y continuo.A partir de estas primeras cartografías, se hizo evidente que la cara oculta difería de forma significativa de la cara visible. Presenta una mayor densidad de cráteres y una escasez notable de mares basálticos; el relieve es más accidentado y, en promedio, la corteza es más gruesa que en el hemisferio que vemos desde la Tierra. Entre las estructuras más destacadas se identificó la cuenca Polo Sur–Aitken, una de las mayores formaciones de impacto del Sistema Solar, cuyo tamaño y profundidad la convirtieron pronto en un objeto central para entender la historia temprana de la Luna y el papel de las grandes colisiones en su evolución.</p><br><p><strong>CARTOGRAFIANDO LA CARA OCULTA DE LA LUNA</strong>Ahora había que dar el siguiente paso: dotar de nombres estables a un territorio que acababa de entrar, por primera vez, en los mapas. La responsabilidad de aprobar la nomenclatura oficial de los cuerpos y accidentes planetarios recae en la Unión Astronómica Internacional (IAU) desde su creación, en 1919. La fijación de nombres para la cara oculta se fue consolidando por etapas, a medida que la cartografía mejoraba y se podían identificar con más seguridad los accidentes. En 1967, durante la Asamblea General de la IAU celebrada en Praga, la cuestión de la nomenclatura lunar, incluida la de la cara oculta, se abordó dentro de los trabajos de revisión y ordenación de los comités especializados. En ese proceso participaron también cartógrafos implicados directamente en el mapeo soviético, entre ellos Kira B. Shingareva, cuyos trabajos contribuyeron a fijar un repertorio más coherente y estable.El resultado puede comprobarse hoy con precisión en el Gazetteer of Planetary Nomenclature, la base de datos oficial mantenida por la IAU y el USGS, donde cada nombre figura con su estado de aprobación (“Adopted by IAU”), su fecha y sus coordenadas. En la cara oculta aparecen cráteres como Tsiolko- vskiy (1961), dedicado a Konstantín Tsiolkovski, pionero de la cosmonáutica; Korolev (1970), por Serguéi Koroliov, ingeniero jefe del programa espacial soviético; o Gagarin (1970), en honor a Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. También figura Mare Moscoviense (1961), uno de los pocos mares del hemisferio oculto. Con el tiempo, el repertorio se amplió con nombres como Sternfeld (1991), teórico de la astronáutica, u Houssay (2009), fisiólogo y premio Nobel. De forma especialmente significativa, un pequeño cráter recibió el nombre de Kira (1976), incorporando a Shingareva en el mismo territorio que ayudó a volver legible.A diferencia de la cara visible, cuya nomenclatura recurre en gran medida a filósofos y científicos clásicos, en la cara oculta abundan, por la propia época en que se fue nombrando, referencias al siglo XX: ingenieros, físicos y figuras de la era espacial. El repertorio conserva así la huella del momento histórico en que la cara oculta entró en los mapas. Y, entre tanto científico, asoman también guiños culturales, como Jules Verne (1961), cuya imaginación anticipó los viajes a la Luna mucho antes de que la tecnología los hiciera posibles.</p><br><p><strong>LA LLEGADA DE LOS HUMANOS</strong>Sin embargo, incluso cuando la cara oculta ya tenía nombres en los mapas, ningún ojo humano la había divisado. Los primeros en hacerlo fueron Frank Borman, James Lovell y William Anders, en diciembre de 1968, durante la misión Apollo 8. La nave no alunizó, pero demostró que era posible viajar hasta la Luna, entrar en órbita y regresar con seguridad. En cada vuelta, la tripulación podía observar la cara oculta durante breves intervalos, al pasar por detrás del disco lunar, cuando la propia Luna bloqueaba la comunicación por radio con la Tierra. Durante esos minutos de silencio, fueron los primeros humanos completamente aislados de nuestro planeta, ante un paisaje que hasta entonces solo había sido registrado por sondas automáticas.Desde aquella primera imagen parcial obtenida por Luna 3, el hemisferio oculto ha seguido recibiendo visitas de misiones posteriores. Con el tiempo, nuevas imágenes y mediciones fueron completando zonas antes desconocidas y afinando la cartografía. Ya en el siglo XXI, este territorio adquirió una relevancia científica renovada, no solo como objeto de observación, sino como un laboratorio natural para responder a preguntas fundamentales sobre la historia del Sistema Solar. En 2019, la misión china Chang’e-4 logró el primer aterrizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en el cráter Von Kármán, dentro de la cuenca Polo Sur–Aitken. La misión permitió estudiar directamente una de las mayores estructuras de impacto conocidas, posiblemente resultado de una colisión lo suficientemente violenta como para haber afectado a las capas profundas de la Luna. Además, incorporó instrumentos para analizar la composición del subsuelo, medir la radiación solar y realizar observaciones de radioastronomía de baja frecuencia, aprovechando el blindaje natural que la Luna ofrece frente al ruido radioeléctrico terrestre. Esta limitación técnica histórica pasaba a convertirse en una ventaja científica.El avance se consolidó en 2024, con la misión Chang’e-6, que trajo a la Tierra las primeras muestras físicas recogidas en la cara oculta de la Luna, procedentes de la cuenca Polo Sur–Aitken. Los primeros análisis, publicados en 2024 en Nature y Nature Geoscience, han confirmado la presencia de basaltos volcánicos y composiciones geoquímicas distintas de las observadas en muestras de la cara visible. El hallazgo encaja con modelos que proponen historias térmicas y magmáticas diferenciadas entre ambos hemisferios durante las primeras etapas de la evolución de la Luna. Estos resultados no sustituyen la imagen construida durante décadas a partir de la cartografía orbital, sino que la completan y la refinan, permitiendo pasar de diferencias morfológicas observadas a distancia a una comparación directa de procesos geológicos entre ambos hemisferios. Las muestras permiten, por primera vez, aplicar técnicas de datación directa a materiales volcánicos del hemisferio oculto y contrastar con material real hipótesis que hasta ahora se basaban exclusivamente en datos remotos.La Luna es un cuerpo sin atmósfera densa, sin agua líquida estable y sin tectónica activa comparable a la terrestre. Por ello, los procesos de alteración superficial son mínimos. Esto permite que las huellas de impactos y volcanismo antiguo se conserven durante miles de millones de años. La cara oculta ha dejado así de ser solo un territorio cartografiado a distancia para convertirse en una fuente directa de información sobre la historia temprana de la Luna y la formación de los planetas rocosos. Y aunque la gran mayoría sigamos sin poder disfrutar de sus vistas, lo que sabemos sobre ella ya no deja de crecer.</p><br><br><p><em>*Sara Casalí es licenciada en Humanidades y periodista.</em></p><br><p> </p></p>
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		<title>El jardín islámico y su simbología</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-islamico/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 13:08:20 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol.</p>
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<p><strong>Texto: J. Esteban Hernández Bermejo</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>El jardín islámico nos hace viajar desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala, y desde el siglo VII en Persia hasta los jardines orientales del Imperio Mogol en los siglos XVII y XVIII. Un paseo muy amplio en el que el historiador de los jardines, J. Esteban Hernández, nos lleva a través de estilos muy variables en el espacio y en tiempo, incluyendo los ejemplos más notables de los jardines de Al-Andalus, que culminan en nuestros cármenes granadinos, uno de los más singulares modelos de jardín-huerto periurbano.</p>
<p>En mi reciente libro “El Jardín del Edén” sobre la historia de los jardines, el jardín islámico ocupa un lugar preferente. No podía ser de otra manera tratándose de un texto escrito desde la Península Ibérica, desde Andalucía y Córdoba. No pudieron dejarnos indiferentes más de seis siglos de experiencia jardinera generando estilos y diseños, incorporando nuevas especies al elenco del mundo ornamental, seleccionando variedades y trasladando otras, desde “los montes a los huertos” como dicen repetidas veces los geóponos andalusíes. Estábamos obligados a ser “auténticos” en el tratamiento de la historia, respetuosos y agradecidos con un patrimonio natural y cultural que recibimos en una todavía poco valorada herencia. <strong>El jardín islámico </strong>no es un estilo invariable de jardín. Tiene una historia, un proceso de cambio en el espacio y tiempo, desde el Algarve andalusí hasta el Golfo de Bengala en el imperio Mogol. Jardines que hicieron su aparición ya en el siglo VII en el imperio Selyúcida en Persia tras la caída del mundo Sasánida y que rápidamente se extenderían hacia occidente a través de la influencia primero omeya y luego abasí, abarcando todo el Próximo Oriente, desde Siria hasta Egipto y desde estos territorios, siempre a lomos de caballos y camellos, por todo el norte de África, desde Ifriqiya (Túnez) al occidente bereber, y desde estos lugares hacia Sicilia y la Península Ibérica. Por el centro y norte triunfarían más tarde en el Imperio Otomano y luego se extendieron por la Península Balcánica acercándose de nuevo a Europa por las regiones meridionales, hasta las fronteras con el Sacro Imperio Romano Germánico. En todos esos lugares y a lo largo de más de diez siglos el jardín islámico ha cristalizado en un mosaico de expresiones que indudablemente tienen un máximo común divisor, que diría un matemático, un cierto estereotipo que algunos han llevado a los confines del tópico: el jardín intramuros expresión del Edén en la Tierra.</p>
<p> </p>
<p><strong>LAS RAÍCES PERSAS QUE REMONTAN AL PARAÍSO</strong></p>
<p>El jardín islámico es de indudables raíces persas, pero nutrido de experiencias locales que han absorbido de oriente a occidente, experiencias persas, romanas y bizantinas y en menor medida las de otras culturas menores o ya desaparecidas, como las asirio-babilónicas, egipcias o nabateas. Es un jardín sensual, que penetra por los cinco sentidos, voluptuoso como decía Benoist-Méchin (1975) que lo resumía en la frase <em>“&#8230; el árabe es el hombre del desierto que aspira a un jardín, un hombre que crece en el ascetismo y muere de voluptuosidad. Esta trayectoria parece ser parte de su destino y él no lo ignora. De ahí su fatalismo, que es a la vez confianza en Dios y conciencia del carácter trágico de la vida. Incluso si presiente que la muerte lo espera al fondo del jardín, no puede renunciar a él. Se precipita hacia la voluptuosidad con la ebriedad con que la mariposa nocturna se abalanza hacia la flema que terminará por consumirla”.</em></p>
<p>Si, ciertamente es un jardín interior, recreación del Paraíso que pretende ignorar el entorno exterior hostil y caótico, muchas veces árido o desértico. El jardín queda aislado mediante muros que conservan en su interior organizado geométricamente, un mundo de armonía, de formas, aromas y colores. Ha heredado del jardín persa la geometría del crucero, símbolo de los cuatro ríos del Edén. Caminos rectilíneos, organizan el espacio entre los arriates, y se presentan a veces elevados sobre sus plantaciones, buscando la protección del suelo más fresco. Dentro de cada cuadrado aparecen arriates rectangulares o setos recortados en octógonos y estrellas generadas por el cruce de dos cuadrados al girar 45°. Setos más elevados, a veces alineaciones de cipreses, cierran las paredes de este Paraíso en cuyo interior crecen frutales, plantas aromáticas, borduras y flores. La sombra se convierte en obsesión. El verde es el color dominante.</p>
<p>El agua está presente como elemento generador de vida y es también rica en simbolismo. El agua en el jardín islámico crea paisaje y refleja el propio jardín cuando aparece serenamente en la <em>buhayra </em>(jardín con un gran estanque o alberca que sirve también para el riego de arriates y alcorques). Al contenerse cautiva en la alberca resulta relajante a la vista, brilla silenciosamente bajo la luz del sol. El agua es la fuente esencial del movimiento en los jardines islámicos, agua incansable en permanente murmullo. En ocasiones discurre pausadamente por las acequias del jardín venciendo suaves desniveles o peldaño a peldaño, por medio de escaleras o a lo largo de sus barandas. El agua calma la sed del hombre, refresca el tacto de sus manos, susurra con delicado murmullo cuando borbotea en los tímidos surtidores de sus fuentes. Se comunica con los humanos por los cinco sentidos como el propio jardín, aromas, frutos, murmullo, color y el tacto de la planta que como el agua queda siempre cercana del placentero visitante. Sensualidad. Paraíso en la Tierra.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE AL-ANDALUS</strong></p>
<p><strong>Al-Andalus </strong>fue el tiempo y espacio ocupado durante la Edad Media por la cultura y religión islámica en la Península Ibérica. Un tiempo en el que más allá de las luchas entre emiratos, taifas y otros reinos, luchas de religión, de poder o simplemente territoriales o económicas, pudo generar en la geografía y sociedades andalusíes un auténtico renacimiento para las ciencias (matemáticas, astronomía, geografía, medicina, botánica, farmacia), las artes (poesía, cerámica, arquitectura) o el pensamiento (filosofía). Y también para la jardinería.</p>
<p><strong>Medina Azahara </strong>representa en al-Andalus el inicio de una de las más espléndidas aventuras de la historia de la jardinería. Hablamos de la “ciudad brillante” que Abderramán III mandara construir al pie de la sierra cordobesa, en la falda del <em>Yebel Alarus</em>, tan solo a diez kilómetros de la mezquita aljama de Córdoba. Su construcción se extiende desde el año 936 al 976 con Al-Hakam II, el último de los califas cordobeses. La ciudad gozó tan solo de setenta y cuatro años de vida, alzándose en terrazas escalonadas sobre el valle del Guadalquivir, dominando el horizonte sin barreras visuales hacia el sur, como orgullosa expresión de un recién proclamado califato independiente. Sus jardines en torno al Salón Rico en el que el califa recibía embajadores, sabios y mercaderes procedentes de toda la Cuenca Mediterránea y Próximo Oriente, fueron el escenario de nacientes escuelas de agronomía, farmacia y medicina. Paisajes de alquerías con huertos y vergeles circundaban el conjunto sobre la terraza inferior del Guadalquivir creando un escenario de fecundas arboledas que prolongaban hasta el río los verdes encinares de Sierra Morena. Evidencias arqueológicas insinúan la presencia de alarifes orientales llegados de Bagdad, Damasco y Constantinopla junto a maestros artesanos en mármoles y mosaicos. La ciudad recuerda por su emplazamiento, diseño y función geopolítica a la Persépolis aqueménida de Darío I, pero indudablemente Medina Azahara aprovechó además de su ubicación, las traídas de agua, técnicas y experiencias que proceden de la Corduba Romana. No podía ser de otra forma. Eran los primeros síntomas de un renacimiento en cuatro siglos adelantado. Vigorosa, culta y sincrética surgió así la jardinería islámica en el occidente mediterráneo.</p>
<p>Desde este momento se traza una larga historia y camino que recorre muy diferentes alcázares y palacios a lo largo del progresivamente reducido territorio andalusí. Se repite muchas veces el modelo de los huertos al pie de alcazabas. Lo podemos encontrar en muy diferentes localidades y a lo largo de seis siglos, desde el Tolmo de Minateda en tiempo precalifal, hasta los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife, pasando por la Arruzafa, Jardín Bajo y huertas en torno a Medina Azahara o al Alcázar junto a la Mezquita en Córdoba, en el Jardín de los sultanes al-Mamun en Toledo, o al-Mutamid en Sevilla, lo vemos en Lorca y Guadix, Liétor y Ayna, Baza y Albox, en la Alcazaba de Málaga en las fortalezas de Veléz-Málaga y Vélez-Rubio, Alcazaba de Almería, Aljafería de Zaragoza, Baza, Ronda y como hemos dicho en Granada en el entorno de los palacios nazaríes de la Alhambra y Generalife.</p>
<p>Los jardines palaciegos son ya jardines cerrados que responden a esa búsqueda anunciada del Paraíso prometido, jardines con especies vegetales que se relacionan con los humanos a través de los cinco sentidos. En las alquerías, el huerto es también lugar para la belleza y la sensualidad. Los poetas nos lo cuentan. Ibn Hazm en el <em>Collar de la Paloma </em>sitúa una parte de sus experiencias sobre el amor en entornos del <em>bustan </em>(huerto-jardín) o simplemente del <em>riyad </em>(casas con patio). Las “Huertas del Rey” se transformaron incluso en ocasiones en auténticos jardines botánicos como ocurrió con los ya mencionados sultanes al-Mamun y al-Mutamid, permitiendo que ilustres botánicos como Ibn Wafid o Ibn Bassal cultivaran las especies locales y las recién llegadas, o por ellos mismos traídas de Oriente en sus jardines de Toledo y Sevilla. Entre estas últimas, los árboles del amor, del paraíso, los azederaches y ¡el tulipán!.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE LA ALHAMBRA</strong></p>
<p><strong>La Alhambra</strong>, en árabe <em>al-Hamra´</em>que significa la Roja posiblemente en relación con el color de las arcillas de la colina de la <em>Sabika</em>, sobre la que se levanta, bajo el Cerro del Sol, constituye junto con el Taj Mahal del reino mogol en la India, la pareja de más brillantes estrellas, a occidente y oriente de la geografía del universo islámico. El emir Muhammad Ibn Nasr, también apodado Ibn al Ahmar por el color rojo de sus cabellos teñidos de alheña, decidió ubicar su corte en el primero de los edificios allí construidos, la Torre del Homenaje que fue entonces fortaleza y residencia palatina. Según parece, ya existió otro palacio con huertas por encima de esta colina en el llamado Cerro del Sol, todavía en proceso de excavación arqueológica, pero el nuevo emplazamiento enseguida aprovechó las desviadas aguas del Darro a través de la acequia real y permitió que los sucesivos emires nazaríes fueran ampliando el conjunto con nuevos palacios y jardines, quedando todo el conjunto fortificado. Simultáneamente aparecieron otros palacios cercanos, como el desaparecido de los Alixares (por un terremoto) y el hoy derruido Dar al-Arusa. Pero los jardines que se extienden en torno a los palacios nazaríes siempre a intramuros de la fortaleza han conservado su diseño y en buena medida su autenticidad en lo referente a las especies que forman parte de sus paseos arbolados, setos recortados, macizos de flor y plantas aromáticas. Incluso ciertos topónimos como los del Paseo de los Nogales o el de los Cipreses, nos hablan de cortejo ornamental primitivo. Un itinerario a su través permite contemplar setos de arrayanes y bojes, hierbas y jazmines trepadores, adelfas, olivos, árboles del amor, granados, rosales, alhucemas, camomilas, crisantemos y acantos. También azucenas, lirios y narcisos entre las bulbosas y cómo no, tal vez las más destacadas flores y aromas del jardín andalusí: los alhelíes. Almeces, olmos y cipreses generan las verdes sombras que hacen apacible su visita incluso en pleno estío.</p>
<p>Al salir del conjunto amurallado nos dirigimos hacia el cercano Palacio del Generalife a través del Paseo de los Nogales (de los quedan muy pocos ejemplares) dejando por bajo algunas de las cuatro huertas que rodearon el Palacio, las Huertas Grande y la Colorada, las más cercanas a las torres de la Cautiva y de las Infantas, huertas con cultivos herbáceos de alcachofas, habas y berenjenas junto a colecciones de antiguas variedades de vid y granados. El Palacio del Generalife, primer conjunto en recibir las aguas del Darro, a través de la Escalera del Agua completará este recorrido con el maravilloso Patio de la Acequia.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES DE IFRIQIYA Y DE ORIENTE</strong></p>
<p>Si nos alejamos hacia oriente desde la antigua geografía ibérica de al-Andalus entraríamos en <strong>Ifriqiya</strong>, territorio norteafricano comprendido entre la actual Constantina y la frontera con Egipto, donde se estableció en el siglo IX un emirato con capital en Cairúan, gobernado por los aglabíes. A occidente suyo el <strong>Magreb </strong>consiguió organizarse como estado subsidiario de Ifriqiya con la dinastía Idrisí fundadora de la ciudad de Fez. De esta región surgieron primero los almorávides y más tarde los almohades. En todos estos reinos también la jardinería islámica tuvo una notable expresión que incluso se vio fortalecida por la emigración de los nazaríes al ser expulsados del territorio ibérico. El resultado de este proceso histórico estuvo marcado además, en el caso de las regiones atlánticas al oeste del Gran Atlas, por las grandes obras hidráulicas de influencia persa, los lejanos <em>qanat</em>, galerías subterráneas que trasportaban el agua de las montañas nevadas hasta las llanuras y que en el mundo bereber reciben el nombre de <em>khettaras</em>, y posibilitaron la aparición de oasis como el de Marrakech y el de grandes <em>buhayras</em>, estanques de riego y placer, generadores de fértiles paisajes con cultivos de cítricos, palmerales, higueras, granados y olivos junto a palacios y jardines que todavía podemos admirar en los alrededores de Marrakech en localidades como las del Agdal o Menara, nacidos a instancias del califa almohade Abd-Mumim en el siglo XII.</p>
<p>Más allá de estos territorios aparecieron los imperios, primero selyuquí y más tarde otomano, sobre territorios con centro de gravedad en la actual Turquía, herederos de todas las grandes influencias y estilos jardineros de la antigüedad, especialmente de la persa y bizantina. Las dos proyectan sobre el jardín el paradigma del Paraíso prometido pero la primera, la persa, más antigua y fraguada en antecedentes aqueménidas y sasánidas, adquirió una gran destreza en el manejo del agua, de las luces y las sombras en jardines intimistas que nunca olvidaron el crucero <em>(chahar bagh) </em>como geometría básica del jardín y en los que el perfecto cálculo hidráulico permitía que el agua corriera con medido caudal y presión permitiendo la inundación de los arriates, el borboteo de alineaciones de fuentes a través de largos estanques e incluso conectara los edificios del palacio con el jardín penetrando en su interior. Vemos este modelo por ejemplo en el Jardín de Fin en Kashán (Irán), hoy declarado Patrimonio de la Humanidad.</p>
<p>Una visita por la actual <strong>Estambul</strong>, capital que fue del imperio Otomano nos permite conocer el Palacio Topkapi donde se conserva dentro de un frondoso parque de <em>Platanus orientalis</em>, el Harem con una increíble colección de mosaicos que representan decenas de especies ornamentales entre las que se repiten muchas veces los diseños de cipreses, claveles y tulipanes. De estos últimos hemos conseguido demostrar que fueron conocidos ya varios siglos antes en al-Andalus, gracias probablemente a su introducción en cultivo por Ibn Bassal, agrónomo y viajero toledano.</p>
<p>Completaríamos este fugaz viaje por los jardines islámicos de oriente alcanzando la <strong>India </strong>y visitando las fortalezas y majestuosas tumbas rodeadas de inigualables <em>. </em>jardines por los emperadores mogoles (Babur, Humayun, Akbar, Jahangir, Shah Jahan y Aurangzeb) entre los siglosXVI y comienzos del XVIII. La jardinería mogola recoge también la herencia persa y musulmana integrando en menor medida la religiosidad hindú. Espectaculares mausoleos y castillos encontramos en localidades como Kabul, Aram Bag, Delhi o Jaipur, pero sobresale entre todos el famoso <strong>Taj Mahal </strong>de Agra, la “Corona de los Palacios” o como Tagore lo describió, <em>“una lágrima en la mejilla del tiempo”. </em>Fue construido entre 1631 y 1654 por el emperador Shah Jahan en las orillas del río Yamuna para honrar a su fallecida esposa tras el parto de su decimocuarto hijo. En 1983 fue reconocido también como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.</p>
<p> </p>
<p><strong>LA PALMERA Y LA VID EN LOS JARDINES ISLÁMICOS</strong></p>
<p>No podemos acabar este precipitado resumen del jardín islámico sin una referencia a dos especies que apenas hemos citado y que sin embargo son evidentes representantes de su jardinería: la palmera y la vid. La primera de ellas, podría ser considerada en los paisajes islámicos como el más claro árbol cósmico (permítanme ese calificativo para una estipe). Es la especie más citada en el Corán y en las obras de medicina profética por sus múltiples beneficios. Incluso, se ha llegado a considerar como una proyección del propio hombre, estableciendo paralelismos entre ambos por ciertos aspectos de su morfología, sexualidad e incluso por la atracción existente entre palmeras masculinas y femeninas comparada con las reacciones afectivas humanas entre hombre y mujer. La palmera es un valioso alimento en el desierto por su persistencia y valores nutritivos y organolépticos. Sus frutos y el cocimiento de las espatas (brácteas de inflorescencia) son astringentes y tienen otras propiedades medicinales en ginecología y gastroenterología. Su fibra, hojas y espatas son utilizadas en muy diversas artesanías. Bajo los palmerales de <em>Phoenix datilifera </em>surgieron los oasis, y prosperó la agricultura y los asentamientos humanos. La presencia de la palmera datilera en los jardines islámicos es un hecho incuestionable aunque en el caso del universo andalusí debamos reconocer que pudo ser más esporádica y simbólica de lo que en principio pudiéramos suponer.</p>
<p>Y elijo la segunda especie, la vid como resultado de una cruzada que junto a varias destacadas arabistas iniciamos hace décadas luchando contra el estúpido tópico de que los árabes erradicaron el cultivo de la vid en sus dominios. Al menos en al-Andalus no fue así, sino todo lo contrario. La vid fue uno de los dos cultivos a los que los agrónomos andalusíes dedicaron más espacio a la hora de describir técnicas de cultivo y aprovechamiento. Fue utilizada como fruta fresca de mesa, para la pasificación, pasas que luego eran comercializadas por todo el Mediterráneo, para la elaboración de mostos, vinagres y arropes, e incluso para la vinificación, elaborando vinos medicinales o no (comercializados a judíos y mozárabes), vinos a veces con infusiones de plantas. Se conservaron variedades locales, se introdujeron otras procedentes de países como Egipto y tal vez lo más importante &#8211; por la forma de propagación en semilla que utilizaban, que no conservaba los caracteres entre generaciones – se produjo una gran diversidad genética por lo que surgieron nuevas variedades. Y además de todo lo dicho y desde el punto de vista que aquí nos trae, la vid fue cultivada en forma de parras construidas sobre encañizados artesanales, vides que generaban jardines interiores en el <em>ryad</em>, en los patios de las casas, <em>al-karma</em>, término y experiencia de la que deriva uno de nuestros más singulares modelos de jardín-huerto periurbano: ¡los <strong>cármenes</strong>!.</p>
<p> </p>
<p><em>* Santiago Beruete es licenciado en Antropología y en Filosofía. Desde hace tres décadas compagina</em><br /><em>su actividad docente e investigadora con la creación literaria. Ha escrito varios poemarios, colecciones</em><br /><em>de relatos, novelas y ensayos que han merecido diferentes premios nacionales e internacionales. Sus</em><br /><em>libros Jardinosofía: Una historia filosófica de los jardines, Verdolatría: La naturaleza nos enseña a ser</em><br /><em>humanos, Aprendívoros: El cultivo de la curiosidad y Un trozo de tierra (todos editados por Turner)</em><br /><em>son fruto de la polinización cruzada entre literatura, jardinería, filosofía y educación.</em></p>
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		<title>Un Jardín funerario en la antigua Tebas</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[sgeuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:54:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 82]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardin-funerario-tebas/">Un Jardín funerario en la antigua Tebas</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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<p><strong>Texto: José Manuel Galán</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>En 2017 el equipo de egiptólogos del proyecto Djehuty, dirigidos por José Manuel Galán, encontró el único jardín descubierto en una necrópolis en Egipto. Es un jardín pequeño, de unos tres metros por dos y medio, que conservaba en sus cuadrados las semillas de las plantas que allí crecieron hace 4.000 años, una combinación de vegetales y 9 flores, que es lo que deseaba el difunto para su otra vida. En este jardín se reúne muchísima información sobre la sociedad de la antigua Tebas.</p>
<p>El Proyecto Djehuty lleva veinticinco años excavando en la necrópolis de la antigua ciudad de Tebas, en la orilla occidental de la actual Luxor. El yacimiento se encuentra al pie de la colina de Dra Abu el-Naga, donde se enterraron muchos de los monarcas egipcios de origen tebano antes de comenzar, con la reina Hatshepsut (ca. 1470 a. C.), a ser enterrados en el famoso Valle de los Reyes. Los trabajos arqueológicos comenzaron centrados en dos tumbas talladas en la roca de la colina y decoradas en relieve. Una pertenecía a Djehuty, supervisor del Tesoro de la reina Hatshepsut, y la otra a Hery, supervisor del granero de la esposa real y madre del rey Ahhotep, quien debió vivir unos cincuenta años antes.</p>
<p> </p>
<p><strong>UN HALLAZGO INESPERADO</strong></p>
<p>Excavando alrededor de estos dos monumentos rupestres, fueron saliendo a la luz otras tumbas todavía más antiguas, del año 2000 a. C., cuando Tebas se convirtió por primera vez en capital del Alto y del Bajo Egipto. Excavando delante de una de estas tumbas, en el año 2017, descubrimos algo inesperado, un pequeño jardín cuadriculado.</p>
<p>La estructura del jardín estaba hecha de barro y adobes y medía 3 x 2,25 m. El reborde exterior estaba reforzado por arriba con mortero de cal, y el interior estaba dividido en cuadrados, la mayoría de 30 x 30 cm., pero también había compartimentos más grandes. En uno de los lados se construyó una pequeña escalera para hacer más fácil a los aguadores el acceso a los cuadrados de en medio, aunque la estructura del jardín tan solo se elevaba medio metro sobre el suelo. En una de las esquinas del jardín, se conservaba todavía erguida la parte de abajo del tronco de un árbol, que resultó ser un tamarisco. Por los anillos de crecimiento visibles en la sección del tronco, debió vivir algo menos de treinta años. La raíz superior medía 1 m. de longitud y avanzaba hacia el centro del jardín, donde probablemente la humedad se conservó por más tiempo.</p>
<p>A pesar de la fragilidad del árbol y de la estructura del jardín, todo se había conservado admirablemente bien gracias a que el patio de entrada a la tumba donde se construyó el jardín era como una hondonada, una especie de bañera, dentro de la cual se fue acumulando arena fina por la acción del viento. El jardín, tras dejarse de regar y abandonarse, acabó totalmente cubierto de arena, y eso fue lo que le protegió, no solo de los agentes naturales, como el sol, el viento y la lluvia, sino también de la gente que siguió pasando por allí y reutilizando las tumbas de alrededor. La arena que cubrió el jardín se convirtió en el medio perfecto para que las semillas y los restos botánicos de las plantas que crecieron hace cuatro mil años quedaran desecados y también se conservaran en perfecto estado hasta hoy.</p>
<p> </p>
<p><strong>UN HUERTO PARA MANTENER VIVO AL DIFUNTO</strong></p>
<p>El jardín se construyó en un terreno inhóspito para el cultivo de plantas. Para hacer esto posible, cada cuadrado del jardín estaba relleno de tierra fértil de la orilla del Nilo. Excavamos cuadrado a cuadrado, fuimos recogiendo con pinzas las semillas y partes de plantas que se veían a simple vista. Luego embolsamos la tierra procedente de cada cuadrado identificando bien la procedencia. Dejamos la mitad de cada cuadrado sin excavar para que quedara como testigo para futuros investigadores. La tierra recogida de cada cuadrado la pasamos por un tamiz, con el fin de detectar y analizar el mínimo resto botánico. Los arqueobotánicos identificaron, entre otras, semillas de cilantro, una planta que se sigue usando mucho como condimento en la cocina egipcia, y también semillas de una <em>curcubitacea</em>, como una especie de melón no dulce que aparece frecuentemente representada en las mesas de ofrendas. Sorprendente también era que todavía se conservara el color morado del receptáculo de una flor de la familia de las <em>asteraceae</em>. Puede que “huerto” se acerque más a la realidad, a su función de mantener vivo, en cuerpo y alma, al difunto. En la otra vida, claro. Pero la palabra “jardín” es, sin duda, más evocadora y más íntima, y parece encajar mejor en el contexto de un cementerio. La combinación de vegetales comestibles y de flores se corresponde perfectamente con las mesas de ofrendas que se representan delante de los difuntos en las paredes de las tumbas, pues en ellas aparecen ramos de flores coronando pilas de alimentos que mezclan carne y panes de varios tipos, con frutas y verduras. Las flores se incluyen por su carácter simbólico y la posibilidad de que transmitieran al difunto su capacidad de renacer de forma cíclica. Alrededor del jardín hallamos gran cantidad de cerámica, sobre todo vasos-<em>hes </em>para hacer libaciones y vasijas tipo <em>kernoi</em>, de marcado carácter ritual. También encontramos un cuenco volcado boca abajo, que contenía cinco dátiles, ahora desecados y en perfecto estado de conservación. La cerámica es precisamente lo que refleja el carácter ritual y funerario del jardín, y lo que le distingue de jardines similares que se utilizaron con fines prácticos y cotidianos.</p>
<p> </p>
<p><strong>EL ÚNICO JARDÍN FUNERARIO CONSERVADO</strong></p>
<p>Así, nuestro jardín es, hoy por hoy, el único jardín funerario de Egipto bien documentado y conservado. Pero es que, en la tierra del perfil de la excavación del patio, los arqueobotánicos, además, han sido capaces de extraer e identificar el polen de las plantas que crecieron de forma espontánea o se plantaron en la ribera fértil junto a la necrópolis, lo que nos da una idea de la vegetación de la zona entre el año 2000 y el 1500 a. C. Y en esa misma tierra del perfil, los geólogos han sido capaces de leer las huellas de las lluvias acaecidas en esos quinientos años. Así, combinando las plantas documentadas en el jardín con el polen y las lluvias, se nos abrió la posibilidad única de estudiar el medio ambiente en la antigua Tebas y de hacer una pequeña aportación al estudio del cambio climático en esta región. A pesar del concienzudo trabajo que llevaron a cabo los restauradores, el jardín, hecho de barro y adobes, era demasiado frágil como para dejarlo expuesto a la intemperie. Era incuestionable que tendríamos que resguardarlo del sol, del viento, de posibles lluvias y de la capacidad destructora del ser humano, lo que implicaba inevitablemente volverlo a enterrar. Pero ni que decir tiene que daba una pena enorme tapar el único jardín funerario del antiguo Egipto conocido hasta la fecha. Se nos ocurrió, entonces, que podríamos fabricar una réplica e instalarla sobre el jardín enterrado y protegido por una estructura sólida y aislante, utilizando para ello la información obtenida del escáner láser con el que llevábamos varias campañas documentando el yacimiento. Así, con cierta modestia, determinación e imaginación, montamos la primera réplica <em>in situ </em>en un yacimiento arqueológico, como medida de conservación y protección del bien cultural antiguo. Los visitantes pueden así hacerse una idea de cómo era un jardín funerario, de su ubicación dentro de la necrópolis y con respecto a la tumba de su propietario, a la vez que se conserva el original antiguo. Las tumbas de Djehuty y de Hery, así como parte del yacimiento, incluyendo la réplica del jardín, permanecen abiertos al público y visitables desde febrero 2023. El cuento de <em>Sinuhé</em>, cuyo nombre significa “El hijo del Sicomoro”, se debió escribir cien años después de nuestro jardín, en torno al año 1900 a. C. El relato cuenta su improvisada huida de Egipto, su exitoso exilio en Palestina, y el retorno a la corte del rey egipcio. El protagonista termina presentándose a sí mismo, al final de sus días, como un hombre afortunado, al conseguir del faraón una tumba, equipamiento funerario, el mantenimiento de su culto y un jardín para el aprovisionamiento de las ofrendas. Sinuhé menciona el jardín al final como el broche de oro, como la fuente del sustento para su vida eterna. El jardín de Sinuhé sería, sin duda, muy similar al nuestro. <em>“…Se construyó para mí una tumba en piedra, en medio de las otras tumbas. Los constructores la plantearon en el suelo, el dibujante la diseñó, los talladores la esculpieron y el maestro de obra de la necrópolis la ejecutó. Se dispuso todo el equipamiento que se deposita en la cámara sepulcral. Se me asignó un servicio funerario y un jardín, como se hace para un personaje importante…”</em></p>
<p> </p>
<p><em>*José Manuel Galán es Egiptólogo, Profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Lenguas y</em><br /><em>Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo, y Director desde hace 25 años del Proyecto Djehuty</em><br /><em>en Luxor (Egipto), que excava, investiga y restaura un conjunto de tumbas y capillas funerarias que</em><br /><em>abarcan desde el 2000 a. C. hasta época romana. https://proyectodjehuty.com/el-proyecto/</em></p>
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		<title>Jardines del mundo</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-mundo/</link>
		
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		<pubDate>Tue, 13 Jan 2026 12:44:23 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos,<br />
como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica.</p>
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<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>

<p>Boletín 82 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>

<p>Jardines del mundo</p>
<p>Los jardines han acompañado a la humanidad desde tiempos remotos, como lugares de refugio espiritual, de experimentación artística o práctica, y también como reflejo de las culturas y de su relación con la naturaleza. Los jardines están ligados al arte, a la literatura y a la filosofía, pero también a los viajes y a la exploración del mundo. De todo ello hablaremos en este número especial dedicado a los jardines del mundo: cómo surgieron, su significado, su aportación a la cultura, cómo están presentes en nuestras vidas o cómo su creación ha estado siempre ligada a los viajes y los viajeros.</p>
<p>Para comenzar esta historia habría que remontarse al neolítico: los primeros jardines nacieron con el sedentarismo del hombre. Primero sirvieron como refugio y como espacio para producir frutos, medicinas y flores. Los encontramos ya en Mesopotamia, en Egipto, en Grecia, en Roma… los jardines fueron siempre un símbolo también de poder político, además de lugar de esparcimiento o de belleza.</p>
<p>Fue Nabucodonosor quien construyó los legendarios jardines de Babilonia, mientras en Egipto, los jardines en damero reflejaban el orden cósmico. Grecia les añadió filosofía y Roma sofisticó estos espacios privados con mosaicos, fuentes y pérgolas. En la Edad Media europea los <em>hortus conclusus </em>eran lugares de oración y estudio, mientras en Al-Ándalus, patios y jardines como los de Córdoba, Sevilla o Granada evocaban el paraíso coránico. En Oriente, Persia imaginó los <em>chahar bagh </em>como “alfombras vivas” que más tarde inspiraron a la India mogola y al esplendor otomano de los tulipanes. En China los jardines buscaron la armonía yinyang, mientras que Japón recreó la contemplación en los paisajes zen y la América prehispánica inventó chinampas flotantes, terrazas incas y jardines botánicos que eran a la vez espacios rituales. En definitiva, cada cultura ha ido reflejando en esos espacios, su forma de ver lo divino, lo político y lo estético.</p>
<p>Hoy, los jardines sirven de hilo conductor o de inspiración para muchos viajeros que se interesan por conocer la Historia y las historias que se esconden tras estos espacios verdes: jardines ornamentales, jardines para el ocio y el placer y también jardines botánicos, para el estudio y la ciencia.</p>
<p> </p>
<p><strong>ASOMÁNDONOS A LOS JARDINES CLÁSICOS</strong></p>
<p>Siguiendo la línea del tiempo, esta hipotética vuelta al mundo nos llevaría a los remotos jardines de <strong>Babilonia y de Nínive</strong>, en el origen de nuestra civilización, a los jardines que aparecen en la Biblia o incluso al Jardín del Edén, al Paraíso, al que se remiten todos los jardines posteriores construidos durante siglos en el mundo occidental. Podríamos incluso entrar en las tumbas de los faraones y nobles egipcios, como la de Djehuty, en el <strong>Valle de los Reyes</strong>, para ver las representaciones de sus jardines que acompañaban a los difuntos, en forma de retículas cuadriculares que nos recuerdan un poco a los sofisticados jardines japoneses. Podríamos también echar una ojeada a los jardines interiores de las <strong>casas romanas</strong>, con sus fuentes y estatuas, en algún aspecto similares a los que se construirán más tarde intramuros en las casas de las culturas islámicas, donde los jardines se convierten en un arte simbólico que maneja magistralmente elementos como el agua, la sombra y los árboles. Son jardines domésticos, pero también jardines como los del <strong>Generalife en Granada, el Alcázar de Sevilla </strong>o como los sofisticados <strong>jardines persas</strong>. A los <strong>jardines medievales </strong>no nos resulta difícil asomarnos: están en los claustros de los monasterios y también encontraremos allí los primeros “jardines botánicos”, en realidad huertos de plantas medicinales. Y llega el <strong>Renacimiento</strong>, y con él los jardines más formales, al servicio del poder, diseñados expresamente para realzar a palacios y castillos. Surgen en Florencia y en la Toscana de la mano de familias y riquezas tan conocidas como los Médicis, los Este, los Sforza, los Borgia o los Orsini, que buscan transformar sus fortalezas medievales en palacios de recreo y de ocio. Aparecen por primera vez en la jardinería los juegos de agua a través de fuentes, canales y cascadas. De ahí hay un paso a los <strong>jardines barrocos </strong>que acompañarán a los grandes palacios en todo el mundo, la mayoría diseñados “a la francesa”, siguiendo el modelo creado por Le Nôtre y otros jardineros del Rey Sol, con sus parterres de complicados dibujos, que son un intento de dominar la naturaleza. El siglo XVIII será el de la creación de los <strong>grandes jardines botánicos</strong>, enriquecidos por las especies llegadas a Europa del Nuevo Mundo y Oriente o bien al revés, llevadas de aquí para allá en un intento de reproducir en todas partes la felicidad del paraíso. En el XVIII y el XX, los ingleses se desmarcarán del modelo francés y apostarán, además de por los jardines botánicos (como los magníficos Kew Gardens), por el jardín paisajista, más libre, donde la naturaleza se escapa a la tutela del jardinero con diseños más orgánicos y naturales. Llegan las flores a los jardines, y el color, sobre todo en los <em>cottages </em>ingleses que ponen de moda un estilo rústico y rural muy imitado hasta la actualidad. Luego todavía habrá que asistir a la creación de los jardines románticos del XIX donde se evocan lugares exóticos y lejanos, o a los modernistas, como los del genial Gaudí, o a los racionales, mucho más equilibrados y rectilíneos. E incluso a los modernos jardines cubistas o abstractos y a la moda de los jardines verticales.</p>
<p> </p>
<p><strong>LOS JARDINES BOTÁNICOS</strong></p>
<p>Pero los jardines más ligados a los viajes y a la exploración del mundo, son los botánicos, de los que se hablará mucho en este Boletín. Estos jardines estuvieron vinculados a las expediciones científicas, especialmente desde el Renacimiento y durante la expansión colonial de los siglos XVII al XIX. En nuestro país, es imprescindible aludir al Real Jardín Botánico de Madrid que fue el impulsor de las grandes expediciones que a finales del siglo XVIII recorrieron los territorios de Ultramar y trajeron las importantes colecciones que hoy se guardan en esta institución ilustrada. Este jardín será la gran institución dedicada al estudio y conservación de las plantas, pero hubo otros, como el de <strong>Valencia</strong>, uno de los primeros, o los canarios, que sirvieron de aclimatación de muchas plantas tropicales.</p>
<p>En realidad, los jardines botánicos son muy anteriores a las expediciones renacentistas e ilustradas. Surgieron inicialmente como espacios para cultivar plantas medicinales, y con el tiempo se convirtieron en verdaderos centros de investigación científica. El <strong>Orto botánico di Padova </strong>(Italia, 1545) es uno de los más antiguos del mundo. <strong>El Jardín des Plantes </strong>(Francia, 1635) es el modelo de los jardines vinculados al desarrollo de la botánica en Europa en ese siglo, mientras que los <strong>Royal Botanic Gardens, Kew </strong>(Reino Unido, siglo XVIII) son el gran centro clave de clasificación y difusión de especies durante la expansión imperial británica. Tras ellos, el <strong>Real Jardín Botánico de Madrid </strong>(España, 1755) es fundamental para estudiar la relación de la botánica con las expediciones científicas a América y a otros puntos del Imperio Español. Los españoles no fueron los únicos que, a partir del siglo XVIII, pusieron en marcha expediciones científicas para explorar otras regiones del mundo, recolectar plantas y estudiar la biodiversidad. Francia, Holanda o Inglaterra también emprendieron grandes proyectos, pero ninguno como los que la corona española organizó para descubrir nuevas especies vegetales útiles (alimenticias, medicinales o comerciales) y transportar especies a Europa para cultivarlas en jardines botánicos.</p>
<p>De jardines botánicos y expediciones, hablarán varios de nuestros colaboradores en este número. De cómo los jardines botánicos fueron punto de partida y destino: desde ellos se organizaban los viajes, y allí se aclimataban y estudiaban las plantas traídas de otros continentes. En paralelo se realizaba una labor de investigación importantísima, se producían ilustraciones, herbarios y catálogos botánicos o se impulsaba la clasificación científica, influenciada por Carl von Linneo y su sistema taxonómico. Muchas especies descubiertas en expediciones históricas siguen cultivándose en estos jardines, sirviendo como bancos genéticos y centros de divulgación científica.</p>
<p>La Europa del siglo XVIII propagó por todo el mundo el concepto del jardín botánico como un espacio abierto para la investigación científica y el ocio de los ciudadanos. Un buen ejemplo es el <strong>Jardín botánico del Puerto de la Cruz</strong>, al norte de Tenerife, que es una verdadera lección de filosofía ilustrada, un viaje en el tiempo al siglo XVIII. Fue entonces, en 1788, cuando el <strong>Jardín de Aclimatación de La Orotava </strong>se convirtió en el segundo jardín botánico abierto en España (en 1755 se había abierto el RJB en Madrid). La moda se expandió por península e islas (por ejemplo, el de Zaragoza se abrió en 1796), y también por otros países europeos. En el siglo XVIII, la fusión de razón y ciencia creó el momento idóneo para diseñar estos espacios dedicados a la ciencia que encajaban de forma perfecta con estos principios. A mediados del siglo XIX, ya había jardines botánicos por todo el mundo. Fue su momento de gloria: la llegada de la revolución industrial permitió construir invernaderos de cristal más grandes e impresionantes, como los llamados «palacios de cristal», como el que encontramos en el madrileño parque del Retiro, que daban una mayor calidad a estos espacios verdes. Eso sí: la época también convirtió a estos jardines en lugares de ocio. Los jardines reales de Kew, el más importante de todos los botánicos británicos, abrieron sus puertas al público general en 1839 (ya lo habían hecho otros muchos jardines antes) y, a pesar de que había que pagar por entrar, dos décadas después ya contaban con medio millón de visitantes anuales.<br /><br /></p>
<p><strong>TRES CONCEPTOS DE JARDÍN, TRES IDEAS DEL MUNDO</strong></p>
<p>Recorrer todos los jardines del mundo es una tarea imposible. Pero igual que algunos se proponen alcanzar las cumbres más altas de todo el planeta, hay quien se pone como objetivo viajar “de jardín en jardín” y estas son algunas etapas imprescindibles. Este viaje podría comenzar en cualquier parte, en alguno de los miles de jardines que hay por el mundo, unos con más historia que otros, pero lo hacemos en uno muy próximo: los <strong>Jardines del Palacio Real de la Granja de San Ildefonso</strong>, en Segovia. A priori, rodeado de bosques, podría parecer que no hacía falta llevar más naturaleza hasta las puertas de este palacio levantado pero el primer Borbón, Felipe V en el Guadarrama segoviano. Pero el nuevo rey francés añoraba con nostalgia los jardines de su palacio francés, aunque, contra lo que se dice, Felipe V nunca pretendió imitar en La Granja la escenografía grandiosa de su abuelo Luis XIV: tenía claro que su lugar de retiro se tenía que parecer a otro jardín menos conocido, el de Marly, donde el Rey Sol pasaba sus días de descanso. Los jardines de La Granja siguieron, eso sí, los parámetros de los jardines formales del Barroco, jardines a la francesa, que diseñó el jardinero francés André Le Nôtre, y que se popularizarían en el siglo XVIII en toda Europa. Hoy sigue siendo una maravilla recorrer estos jardines envueltos por la escenografía de las montañas, en los que la abundancia de agua permitió llenar el jardín de fuentes con juegos acuáticos espectaculares. El sistema hidráulico original se conserva a la perfección y sigue en funcionamiento hoy en día. Damos un salto a algunos de los jardines más espectaculares y famosos de nuestro país: <strong>los de la Alhambra y el Generalife</strong>, que nos hablan del imaginario musulmán en el que el jardín, paraíso y recuerdo del primigenio oasis del desierto, tiene un lugar destacado. Los árboles, la sombra y el agua componen la base del jardín islámico, que en España dejará una enorme herencia que llega hasta nuestros días y cuyas trazas podemos encontrar tanto en jardines públicos como privados. Entre los jardines musulmanes en España más extraordinarios están también del <strong>Alcázar de Sevilla</strong>, casi un oasis urbano en medio de la ciudad, protegido por altos muros almenados. Llevan allí más de mil años, refugiando esbeltas palmeras, cítricos aromáticos, jazmines o hierbas aromáticas que permiten escapar del bullicio urbano. Los jardines con influencia islámica, renacentista o romántica y los edificios reales que rodean han ido creciendo a través de los siglos: hoy ocupan seis hectáreas y contienen más de 187 especies de plantas, desde madreselvas hasta higueras. Los antecedentes de los jardines se encuentran en la media docena de patios contiguos a los edificios palaciegos que datan de época islámica (anterior a 1248) pero que fueron profundamente transformados a partir del siglo XVI. Son espacios íntimos en torno a fuentes y refrescados por el agua y las sombras, que invitan a redescubrir la belleza de la Sevilla mudéjar. Los árabes alimentaron la idea de que los jardines ornamentales debían reflejar el cielo en la tierra. Los cristianos heredaron esta noción y la ampliaron. Hoy, después de siglos de ser cuidados por sucesivos paisajistas y horticultores, no han perdido nada de su magia. Entre los jardines musulmanes los hay mucho más actuales, más obras de arte que jardines funcionales, pero que mantienen los elementos básicos del jardín musulmán, como los del <strong>Jardín Majorelle</strong>, exquisito y sofisticado, creado por el pintor Jacques Majorelle (1886-1962) y restaurado por Yves Saint Laurent. Es un oasis artístico en Marrakech, con vibrantes tonos azules, una exuberante vegetación y arquitectura única. Entre cactus, fuentes y senderos sombreados, este remanso de paz en medio del desierto, alberga un museo dedicado a la cultura bereber. Majorelle había patentado su propio color, el azul Majorelle, en 1930, con una clara inspiración: el azulejo marroquí. El pintor francés dedicó a su jardín cuatro décadas y durante todo ese tiempo, plantó unas 300 especies alrededor de su casa en Marrakech. Un nuevo salto nos lleva a los “jardines de artista”, y concretamente a <strong>Giverny </strong>(Normandía), un lugar de menos de 300 habitantes que <strong>Claude Monet </strong>(1840-1926) eligió para alejarse de la ciudad y acercarse al campo. Llegó en 1883 y creó sus famosos jardines. Pero el de Giverny, hoy un punto turístico, no fue el primer jardín del artista. En <strong>Sainte-Adresse</strong>, Normandía, había comenzado su interés en los jardines, incitado por su amigo y también pintor Eugène Boudin, que solía trabajar fuera del estudio. Fue allí donde pintó un jardín, el de aquella casa, en 1866. Aquello se convirtió en tal obsesión, que llegó a pintar 250 cuadros solo de nenúfares que él mismo plantó. Trajo tantos nenúfares de otros países que las autoridades del pueblo le pidieron que parara, por miedo a que perjudicaran a las plantas autóctonas. Tanto amaba sus flores, sus nenúfares, que cuentan que Monet solía escribir cartas a sus hijos solo para preguntar por el estado de sus plantas. Él mismo definió los jardines como «paisajes de agua y luz convertidos en obsesión». A partir del siglo XIX, hay otros muchos artistas famosos que convirtieron sus jardines en obras de arte o que los reflejaron en su obra artística. Hasta mediados del siglo XVIII los jardines habían sido sobre todo geométricos, pero en esta época irrumpió la línea curva, recordando que la naturaleza y la belleza tampoco tenían por qué seguir líneas rectas. Es el paso del jardín barroco al jardín paisajista, que se produjo por muchos motivos, uno de ellos, la aparición del jardinero profesional (y paisajista). En paralelo, se despertó también el interés por la jardinería en los poetas y un movimiento artístico en torno a las huertas y jardines. En el siglo XIX la necesidad de volver a la naturaleza y de diseñar un paraíso propio se fue haciendo cada vez mayor, pero no hacía falta salir de casa: en sus propios jardines encontraron la inspiración artistas tan diversos como Monet o como nuestro <strong>Sorolla </strong>o como el ya citado de Majorelle. Tan azul como el de jardín de Majorelle es por ejemplo el de <strong>Frida Kahlo </strong>en su famosa Casa Azul de Coyoacán, en México D.F. en la que nació, creció, amó, sufrió, trabajó, enfermó y murió. Fue la llegada de Trotsky a esta casa lo que llevó a ampliarla, a construir un muro que le salvara la vida al ruso y, de paso, con más espacio, a plantar el jardín que inspiraba a la artista. Frida no solo observaba el jardín y cuidaba los cactus y plantas que luego pintaba: allí también se sumergía en libros de botánica y cultivaba albaricoqueros, naranjos y granados, rodeados por viejos cactus, magueyes, nopales y biznagas.</p>
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<p><em>* Geógrafa y periodista especializada en comunicación cultural y viajes. Es Secretaria General y </em><em>miembro fundador de la Sociedad Geográfica Española. Es editora del Boletín de la SGE.</em></p>
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		<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/jardines-mundo/">Jardines del mundo</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>La Tierra desde el espacio: los Sundarbans de Bangladés</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-espacio-sundarbans/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 09 Jul 2025 15:14:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 81]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
		<category><![CDATA[Medioambiente]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>



<p>Boletín 81 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografía y cine</p>



<p>Desde las primeras fotografías tomadas desde el espacio, los cambios producidos en los deltas de los ríos han atraído la atención de los astronautas. Las misiones de fotografía espacial iniciadas con la estación espacial Skylab en 1973 prepararon a los astronautas para documentar estos cambios. En 1986 Comité de Ciencias del Sistema Terrestre de la NASA diseñó un Programa para el Cambio Global mediante las imágenes tomadas por sus satélites. La ESA se unió a esta labor a partir de 1991 utilizado sus primeros satélites radar ERS 1 y 2, su gigante Envisat (2002-2012), y a partir de 2014 desde los satélites Sentinel del programa Copernicus. En estas imágenes podemos observar el bosque de manglares de los Sundarbans, en el delta de Ganges- Brahmaputra, y conocer los desafíos a los que se enfrenta Bangladesh.</p>



<p><strong>LA TIERRA VISTA DESDE EL ESPACIO: LOS SUNDARBANS, LOS MANGLARES DEL DELTA GANGES-BRAHMAPUTRA EN BANGLADÉS</strong></p>



<p>La imagen nos muestra la parte oriental de los Sundarbans en Bangladés. Sin la precisión de escala y sin haber observado antes la zona no parece decirnos mucho, pero en ella se muestran 120 km a lo largo de la zona de los bosques de manglares más importante del planeta (2600 km²) en el mayor de sus deltas (105 000 km² con más de 100 millones de habitantes). Como podemos observar en el mapa más abajo, se sitúa en la bahía de Bengala, en la que confluyen dos de los ríos que más población sustentan en la Tierra: el Ganges y el Brahmaputra (a los que se une el Meghna en la desembocadura). En la imagen se diferencia claramente en la parte izquierda (de color verde intenso en el original), cubierta por manglares y los bosques húmedos del Parque Nacional Sundarbans, y (en colores más claros y brillantes) las zonas roturadas para la agricultura, densamente pobladas.</p>



<p>El Parque se estableció en 1984 y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. El nombre de Sundarbans se debe al predominio del árbol Sundri (Heritiera fomes) tolerante a la sal, que se adapta con gran facilidad en condiciones costeras difíciles. Los manglares se encuentran entre los ecosistemas biológicos más importantes y los Sundarbans poseen además una gran diversidad floral y faunística, siendo una importante reserva de carbono. Desempeñan un papel crucial durante las tormentas e inundaciones protegiendo los hábitats, singularmente las poblaciones de peces, de los impactos graves. Es una región central para la preservación del Tigre de Bengala (Panthera tigris tigris), del delfín “ciego” del Ganges (Platanista gangética) y del Irawadi (Orcaella brevirostris), los cocodrilos estuarinos (Crocodylus porosus) y el terrapino endémico (Baka de Batagur).</p>



<p>Las fuerzas erosivas del mar y el viento a lo largo de la costa modifican continuamente sus formas, a lo que también contribuyen las enormes cantidades de limo y sedimentos que el Ganges-Brahmaputra va depositando en los innumerables estuarios de la bahía de Bengala. Al dinamismo natural de los grandes<br>ríos (la actual confluencia del Ganges y del Meghna se formó hace solo 150 años), se suman ahora las acciones humanas: como los cambios introducidos con la presa Farakka (1970) en el Ganges, en la parte india de la frontera, que provoca una sedimentación excesiva que está causando problemas de diverso tipo, o la extracción masiva de arenas para la construcción de los últimos años a lo largo del río, cuyas consecuencias están aún por conocerse (Daham et al, 2024).</p>



<p>Es en esta región, además, donde el nivel del mar está subiendo más rápidamente como consecuencia de diversos factores concurrentes. Estando la mayoría del delta a menos de 12 m sobre el nivel del mar, diversos estudios han señalado el riesgo de que en pocas décadas quede sumergida. Según El estado del clima en Asia 2020, de la Organización Meteorológica Mundial, la extensión de los manglares en Bangladés disminuyó entre 1992 y 2019 en un 19% debido al incremento de las tormentas tropicales.</p>



<p><strong>LA LLANURA DEL GANGES, LA BAHÍA DE BENGALA Y BANGLADÉS</strong></p>



<p>Las aguas cálidas de la bahía de Bengala, además, son propicias para los ciclones tropicales. El ciclón Bhola de 1970 ha sido uno los más mortíferos jamás registrados: 500 000 personas perdieron la vida como consecuencia de la marejada ciclónica que inundó gran parte de las tierras bajas del delta. Fue el detonante que propició, un año después, la independencia de Pakistán y la creación del estado de Bangladés. Más recientemente, en 2023, el ciclón Mocha destruyó numerosos campamentos y obligó a evacuar a 500 000 personas del campo de refugiados de Kutupalong, en la costa oriental de Cox’s Bazar, el más grande el mundo con 800 000 refugiados, en su gran mayoría Rohinyás. En el mapa de más arriba podemos ver la confluencia de los dos grandes ríos mencionados. El Ganges (que pasa a denominarse Padma al cruzar la frontera entre la India y Bangladés: nombre en sánscrito de la sagrada flor de loto), tiene su origen en el Tibet, muy cerca del sagrado, para budistas e hindúes, monte Kailãsh. Lo mismo sucede el Brahmaputra, que discurre por su parte norte, de oeste a este, hasta el quiebro que le introduce Assam y el norte de Bangladés (el Kailãsh es también origen del Indo, y con sus 6638 m, es el único monte importante en todo el mundo que no tiene ningún intento conocido de ascensión).</p>



<p>La llanura del Ganges prolongada hacia el oeste por la del Indo, posee una de las mayores concentraciones de población del planeta. Aunque ríos que fluyen del Himalaya aportan abundante agua, canalizada en multitud de obras para el riego, son sobre todo los monzones los que proporcionan agua para la agricultura. Desde el espacio se captan periódicamente las nieblas que recorren toda la llanura: vivir en la extensa llanura indo-gangética, donde la contaminación del aire aumentó un 72% de 1998 a 2016, implica vivir siete años menos que en otras partes del continente (EPIC, 2019).</p>



<p>Con sus 173 millones de habitantes (2023) y una superficie de 150 000 km2, Bangladés es el país con mayor densidad de población (1269 h/km2). En estos contextos de transformación y cambio constantes, los organismos internacionales y las ONG denuncian situaciones de decenas de miles de casos anuales de trata de seres humanos en las fronteras, de trabajo infantil y de corrupción generalizada (Vives y Ory Murga, 2022).</p>



<p>Bangladés ha sido señalado durante muchos años como la zona cero del cambio climático. Kimberly G. Rogers, investigadora de sistemas humano-naturales, ha estudiado y señalado que el fomento de las narrativas distópicas no hace más que empeorar la situación, condenando a sus habitantes, acostumbrados a vivir las inundaciones y con una gran resistencia y conocimiento en la conformación de los paisajes. Sus estudios han cuantificado que, si no hubiese intervención en la recarga de sedimentos con presas, desviaciones e interrupciones, los propios sedimentos compensarían la subida del nivel del mar. Los colosales problemas de Bangladesh llevaron a los estudiantes en 2024, tras manifestaciones mortales que derrocaron al gobierno autocrático de Bangladesh, a invitar al Premio Nobel de la Paz Muhammad Yunus, creador del microcrédito y director Grameen Bank, a dirigir la nación. Todo está por hacer. <br><br><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>Los exploradores españoles en la gran pantalla</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/exploradores-espanoles-cine/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 08 Jul 2025 11:53:06 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 81]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La relación del cine con los exploradores españoles ha sido escasa y ha estado lastrada por el fracaso de películas como El Dorado o Cristóbal Colón: el descubrimiento.</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/exploradores-espanoles-cine/">Los exploradores españoles en la gran pantalla</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mariano López</strong></p>



<p>Boletín 81 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Geografía y cine</p>



<p><strong>La relación del cine con la vida, hechos y aventuras de los exploradores, conquistadores, misioneros y expedicionarios españoles en el mundo, en especial en América, ha sido escasa y ha estado lastrada por el fra- caso de películas como <em>El Dorado </em>o <em>Cristóbal Colón: el descubrimiento. </em>El crecimiento de la demanda de largometrajes, series y documentales por parte de las cadenas y plataformas de televisión ha ampliado las referencias audiovisuales vinculadas a los exploradores españoles.</strong></p>



<p><strong> Se suele atribuir a la contrarreforma y a la Inquisición esa decadencia. El siguiente momento de esplendor de las exploraciones y de la ciencia en general es la Ilustración, y podemos pensar en la Expedición Malaspina como el luminoso (y desgraciado) cierre de ese periodo.</strong></p>



<p>Desde su indiscutible autoridad, el escritor Stefan Zweig sostenía, en varios de sus libros <em>(Momentos estelares de la Humanidad</em>, publicado en 1927, o <em>Conquistador de los mares</em>, en 1938), que el viaje de Magallanes y Elcano había cambiado para siempre la historia de la Humanidad. En 2003, el productor cinematográfico español Miguel Menéndez se preguntaba: <em>“¿Cómo es posible que nadie hasta ahora haya hecho una película sobre la primera vuelta al mundo?”.</em><br><br>La pregunta de Miguel Menéndez, su perplejidad ante la nula relación del cine, hasta 2003, con una de las mayores aventuras que vieron los siglos, podíamos extenderla y preguntarnos cómo se puede explicar la escasa producción de películas en general y españolas en particular, basadas en las apasionantes historias de los exploradores españoles que cruzaron selvas, desiertos u océanos sin mapa alguno, movidos por la codicia, el afán de aventura, la necesidad, la fe o la poderosa atracción de los mitos.</p>



<p>La debilidad de la industria cinematográfica española, el rechazo a un lado y al otro del Atlántico de la épica de la “conquista” y las complejidades y el coste que podían exigir proyectos transoceánicos, pueden explicar, en parte, por qué hasta el siglo XXI no haya habido apenas interés entre los productores por llevar a las salas y a las televisiones los viajes, las pasiones, la formidables aventuras que caracterizaron la vida de los exploradores, expedicionarios, misioneros y conquistadores españoles.</p>



<p><strong>EL FRACASO DE LA PELÍCULA MÁS CARA DE LA HISTORIA</strong></p>



<p>Un intento por revertir la pobre relación del cine español con la aventura en América fue la producción de <strong><em>El Dorado</em></strong>, la película más cara en la historia del cine español en la fecha de su estreno, 1988. Dirigida por Carlos Saura, narra el viaje de Pedro de Ursúa por el río Marañón en busca de El Dorado, una expedición que partió del puerto peruano de Lamas con dos bergantines, dos barcazas y varias canoas, naves en las que viajaban esclavos, sirvientes y unos 300 españoles entre quienes se encontraba Lope de Aguirre, que acabaría asesinando a Ursúa y comandando el fracaso final de la expedición. Saura tenía como referencia la película <strong><em>Aguirre, la cólera de Dios </em></strong>(1972) dirigida por el alemán Werner Herzog, en la que un impresionante, magnético, Klaus Kinski, encarnaba a Lope de Aguirre. La idea de Saura era narrar el mismo viaje, pero aportando una mayor fidelidad a los hechos que la contenida en el filme de Herzog, conforme a los análisis de los historiadores y la crónica del superviviente en la expedición Francisco Vázquez.</p>



<p>La película más cara de la historia del cine español, <em>El Dorado</em>, resultó un absoluto fracaso. Nominada a nueve premios Goya en 1988 y a la Palma de Oro de Cannes como Mejor Película, no obtuvo ningún galardón. En la taquilla, también se hundió. Los críticos reprocharon al filme su excesivo metraje -149 minutos, algo inusual entonces-, su ritmo lento, su distancia en cuanto a espectáculo frente a lo que se suponía que debía narrar: una gran aventura.</p>



<p>Diferentes medios reprocharon al filme haber dilapidado el mayor presupuesto de la historia en una narración plúmbea. Según el productor, Andrés Vicente Gómez, el presupuesto de <em>El Dorado </em>había recibido una subvención anticipada de 100 millones de pesetas, equivalente al 13 por ciento del coste reconocido de la película, que fue de 780 millones de pesetas. La recaudación en taquilla se situó en 180 millones de pesetas. Cabe suponer que el fracaso económico, de crítica y de público de esta película, dirigida por un maestro del cine, contribuyó a distanciar a productores y directores de las aventuras de los exploradores españoles. Al menos durante unos años.</p>



<p><strong>DOS PELÍCULAS PARA EL QUINTO CENTENARIO</strong></p>



<p>La conmemoración del quinto centenario de la llegada de Cristóbal Colón y sus marineros a la tierra que sería denominada América, conmemoración titulada, en los actos oficiales de 1992, “V Centenario del Encuentro entre Dos Mundos”, impulsó la participación de la Sociedad Estatal Quinto Centenario, creada por el gobierno español, en un magno proyecto cinematográfico dedicado a la hazaña de Colón. La Sociedad firmó un contrato con la empresa de Alexander e Ilya Salkind, productores, entre otros filmes, de la saga de <em>Superman</em>, para participar en la financiación y el apoyo logístico de la película <strong><em>Cristóbal Colón: el descubrimiento, </em></strong>dirigida por John Glen, director, entre otras, de <em>Octopussy y Licencia para Matar, </em>de la saga James Bond. Mario Puzo, autor de <em>El Padrino</em>, participó en el guión. En el reparto, destacaban Georges Corraface (Colón), Tom Selleck (Fernando el Católico), Benicio del Toro (Álvaro Harana), Catherine Zeta Jones (Beatriz Enríquez) y Marlon Brando (Torquemada). La Sociedad Estatal se comprometió a aportar alrededor del 10 por ciento del presupuesto, estimado en 50 millones de dólares. Aportó también asistencia logística, servicios y lo más importante: una réplica, a tamaño real, de las tres carabelas.</p>



<p><em>Cristóbal Colón, el Descubrimiento </em>se estrenó el 21 de agosto de 1992. La crítica no mostró ningún aprecio por el resultado. Peter Reiner, de <em>Los Angeles Times, </em>escribió: <strong>“No es políticamente correcta. Tampoco es cinematográficamente correcta, humanamente correcta ni históricamente correcta”. </strong>La película tuvo seis nominaciones a los Premios Razzie, que distinguen a las peores películas del año. Ganó uno: Tom Selleck, como Peor Actor Secundario.</p>



<p>En las mismas fechas, el ministerio de Cultura español participó en otro gran proyecto cinematográfico sobre el viaje de Colón que coincidió en las carteleras con el de John Glen y los hermanos Salkind: <strong><em>1492: la conquista del paraíso</em></strong>, una producción del francés Alain Goldman y del británico Ridley Scott, dirigida por Ridley Scott y protagonizada por Gerard Depardieu (Colón) Sigourney Weaver (Isabel la Católica) y Ángela Molina (Beatriz Enríquez). La Sociedad Estatal Quinto Centenario fue invitada a participar en el proyecto, pero rehusó respaldarlo porque consideró que el guión contenía algunos perfiles “antiespañolistas”. No obstante, el ministerio de Cultura otorgó a este filme 200 millones de pesetas de subvención, una decisión que motivó críticas en el sector audiovisual español que consideró que esta cantidad se había restado de la destinada a subvencionar producciones españolas.</p>



<p>El filme de Ridley Scott se estrenó el 9 de octubre de 1992. Tampoco obtuvo el aplauso de la crítica, que, con todo, no se mostró destructiva. En <em>Newsweek</em>, David Ansen escribió: <em>“Este espectáculo de 50 millones de dólares puede ser una de las películas épicas menos entretenidas jamás rodadas”. </em>En El País, Ángel Fernández Santos escribió: <em>“La cosa de los Salkind es un atentado contra las panta- llas; no es cine, sino una penosa simulación de cine. En cambio 1492 es siempre cine, y en una gran parte de su metraje, buen cine”. </em>Otros críticos también des- tacaron su calidad visual, al mismo tiempo que censuraban su interés. <em>“1492 es tan hermoso como vació”, </em>dijo el crítico de cine de <em>The Washington Post.</em></p>



<p></p>



<p><strong>MÁS FILMOGRAFÍA SOBRE CRISTÓBAL COLÓN</strong></p>



<p>Las dos películas tuvieron un resultado parecido en la taquilla. <em>Cristóbal Colón: el Descubrimiento </em>sumó en las salas españolas 491.141 espectadores, una cifra parecida a la obtenida por <em>1492: la conquista del paraíso. </em>Diez años antes, en 1982, en los cines españoles se había estrenado una versión grotesca y dispara- tada del viaje de Colón: el filme de Mariano Ozores titulado <em>Cristóbal Colón, de oficio descubridor, </em>protagonizado por Andrés Pajares (Colón). Fiorella Faltoyano (Isabel la Católica) y la pareja de cómicos Zori y Santos (los hermanos Pinzones). Sumó en taquilla más de 1.500.000 espectadores.</p>



<p>Antes de 1992 -y de 1982- el primer viaje de Colón había sido llevado al cine en tres películas destacables. La primera, por orden de antigüedad, es el filme mexicano <strong><em>Cristóbal Colón, </em></strong>producido por Francisco Hormaechea de la Sota, dirigido por José Díez Morales, y protagonizado por Julio Villareal (Cristóbal Colón) y Consuelo Frank (Isabel la Católica). Se estrenó en 1943. Está considerada una obra notable, por su cuidada ambientación, vestuario y puesta en escena, y por su banda sonora, creada por Rodolfo Halfter.</p>



<p>En 1949 se estrenó en el Reino Unido <strong><em>Christopher Columbus, the Great Adventure, </em></strong>protagonizada por Fredic March (Colón) y Florence Eldridge (Isabel la Católica). Réplicas, a tamaño real, de La Niña y la Santa María, viajaron de Cádiz a Londres para el rodaje, en el que resultó completamente dañada, por un incendio, la réplica de la Santa María. El periódico <em>The New York Times </em>consideró el film <em>“una amplia y poco inspirada sucesión de episodios legendarios que en esta cinta resultan sin vida”. </em>El gobierno español, que había colaborado en la creación de las carabelas, resultó molesto por el tratamiento que recibían en este filme tanto Colón como los Reyes y encargó al director Juan de Orduña, que había obtenido grandes éxitos con <em>Locura de amor y Agustina de Aragón, </em>una réplica al filme británico que se completaría, en 1951, con el título de <strong><em>Alba de América.</em></strong></p>



<p>Producida por CIFESA, <em>Alba de América </em>contó con el incondicional apoyo de las autoridades franquistas, que aplaudieron su contenido hagiográfico, glorificador de la hazaña de Colón y del papel de los Reyes Católicos. Antonio Vilar interpretó a Colón y Amparo Rivelles a Isabel la Católica. Contó con la asesoría artística del Marqués de Lozoya, la asesoría histórica de Menéndez Pidal y la asesoría naval del almirante Julio Guillén Tato. Se construyó una carabela para el rodaje de la película. <em>Alba de América </em>llegó a las pantallas en diciembre de 1951. A los largometrajes sobre Colón, se añadiría, en 1992, la serie documental <strong><em>Colón y la Era del Descubrimiento, </em></strong>producción de RTVE; y en 2017 y 2023 breves documentales educativos lanzados en la plataforma You Tube como material audiovisual de apoyo para la asignatura de Historia en la Educación Secundaria Obligatoria (ESO).</p>



<p></p>



<p><strong>PIZARRO, CORTÉS, CABEZA DE VACA, ORDAZ Y BALBOA</strong></p>



<p>Si la filmografía relativa a la gesta de Colón puede parecer escasa, aún más corta resulta la lista de películas dedicadas a los exploradores, conquistadores, misioneros y aventureros españoles en América en el siglo XX, antes de la eclosión de los formatos digitales y el crecimiento de la demanda de largometrajes por parte de las cada vez más numerosas cadenas y plataformas de televisión.</p>



<p>Una de las películas más antiguas y destacadas, entre cuantas abordan la aventura de los exploradores, es <strong><em>Los conquistadores del Pacífico</em></strong>, una producción española estrenada en 1963, dirigida por José María Elorrieta. Narra la carrera como explorador de Núñez de Balboa, desde su salida de Santo Domingo hasta que se convirtió en el primer europeo que divisó el Mar del Sur, luego llamado Océano Pacífico. Frank Latimore encarnó a Núñez de Balboa y Jesús Puente a Francisco Pizarro.</p>



<p>La historia de Francisco Pizarro fue llevada al cine en la producción británica de 1969 <strong><em>La caza real del sol. </em></strong>Dirigida por el estadounidense Irving Lerner, contó con un guión basado en un drama de Peter Shaffer, autor de <em>Amadeus</em>, y con un reparto notable, encabezado por Christopher Plummer (Atahualpa) y Robert Shaw (Francisco Pizarro).</p>



<p>En 1972, se estrenó la producción de la RFA, Alemania del Oeste, <strong><em>Aguirre o la cólera de Dios, </em></strong>dirigida por Werner Herzog. En 1988, se estrenó <strong><em>El Dorado, </em></strong>de Carlos Saura. La búsqueda de la ciudad mítica, la ciudad de oro escondida en la Amazonia, es el eje central de <strong><em>El Dorado: El Templo del So</em></strong>l (2000) y <strong><em>La ruta hacia el Dorado </em></strong>(2000). La primera es un filme de aventuras, sucedáneo de Indiana Jones, sin relación con las crónicas de los exploradores españoles. <em>La ruta hacia El Dorado </em>es un filme de animación producido por Dream Works, la productora de Steven Spielberg, que cuenta la historia de dos estafadores que tras conseguir en España un mapa de El Dorado llegan al destino que buscaban y son confundidos con dioses. Las voces originales de los personajes fueron aportados por Kevin Kline, Kenneth Branagh y Armand Assante, la banda sonora fue de Hans Zimmer y contó con canciones escritas por Elton John y Tim Rice.</p>



<p>La figura de Hernán Cortés aparece en el filme mexicano <strong><em>La otra conquista </em></strong>(1998) que narra, desde el punto de vista de un hijo del emperador Moctezuma, el sufrimiento azteca por la imposición de una nueva cultura y religión. En 2019, se estrenó la serie <em>Hernán</em>, una coproducción de RTVE y TV Azteca, en la que Óscar Jaenada interpretaba el papel de Cortés.</p>



<p>Otra coproducción hispanomexicana llevo a las pantallas <strong><em>Cabeza de Vaca </em></strong>(1991), dirigida por Nicolás Echeverría con Juan Diego en el papel del explorador español. En clave documental hay que destacar la producción mexicana de <strong><em>Hernán Cortés, un hombre entre Dios y el diablo </em></strong>(2016) dirigido por Fernando González-Sitges, que muestra la cara más humana del conquistador, un personaje lleno de luces y de sombras. Producción también mexicana, sin participación española, fue la película <strong><em>Epitafio </em></strong>(2015), dirigida por Rubén Imaz y Yulene Olaizo- la. Narra el ascenso de Diego de Ordaz y dos compañeros al volcán Popocatépetl, una misión de vital importancia para el ejército aliado comandado por Cortés.</p>



<p></p>



<p><strong>ECOS DEL ENCUENTRO DE LOS ESPAÑOLES CON AMÉRICA</strong></p>



<p>Varias películas, series y documentales han tratado, ya en este siglo, de la llegada de los españoles a América de forma genérica o desarrollando a la vez la historia de varios de sus principales protagonistas. Es el caso de <strong><em>Oro </em></strong>(2017) de Agustín Yanes, en la que resuenan ecos de las expediciones de Orellana, Ursúa y Lope de Aguirre, y de <strong><em>También la lluvia </em></strong>(2010), coproducida por México, Francia y España, dirigida por Iciar Bollaín, que narra el intento de rodaje en Bolivia durante la llamada Guerra del Agua de una película sobre Cristóbal Colón, con referencias y reflexiones sobre el legado de los exploradores.</p>



<p>Diferentes cadenas o plataformas productoras o distribuidoras de TV han abordado también historias, generales o particulares, de los españoles del siglo XVI en América. <strong><em>Conquistadores:</em></strong> <strong><em>Adventum</em></strong> (2017) es una serie producida y distribuida por Movistar Plus, que narra, en ocho capítulos, cómo fueron los primeros 30 años del descubrimiento por parte de los españoles del territorio americano y su conquista. Globomedia y Colombiana Dynamo produjeron para Antena 3 la miniserie <strong><em>El corazón del océano </em></strong>(2014), adaptación del libro de Elvira Me- néndez que narra el viaje de ochenta mujeres jóvenes de familias hidalgas a Pa- raguay. RTVE, participó con Chilevision en la producción de <strong><em>Inés</em></strong> <strong><em>del</em></strong> <strong><em>alma</em></strong> <strong><em>mía </em></strong>(2020), serie de 8 episodios, basada en el libro del mismo título de Isabel Allende. Narra la historia de Inés Suárez, que formó parte de la expedición a Chile de Pedro de Valdivia y participó en la fundación de Santiago de Chile.</p>



<p>Sin referencias concretas a la nacionalidad del padre Gabriel (Jeremy Irons) y del capitán Rodrigo de Mendoza (Robert de Niro) la historia que cuenta <strong><em>La misión </em></strong>(1986), producción británica dirigida por Roland Joffe, tiene como telón de fondo el Tratado de Madrid (1750), la disputa entre España y Portugal por la Colonia del Sacramento, y, sobre todo, el papel de la Compañía de Jesús en los asentamientos de indígenas conocidos como las reducciones jesuíticas.</p>



<p></p>



<p><strong>CINE Y TV SOBRA LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO</strong></p>



<p>El quinto centenario del comienzo de la primera expedición que dio la vuelta al mundo se presentó en el calendario sin que existiera una película sobre la aventura, como comentaba, asombrado, en 2003, el productor Miguel Menéndez. El propio Menéndez impulsó ese mismo año la realización de una serie sobre el viaje de Magallanes y Elcano que acabarían produciendo Mono Films, Fulwell 73 y Kilima Media, para distribuirla por RTVE, con un presupuesto de 25 millones de euros, lo que la convertiría en una de las producciones más caras de la historia de las series para televisión. La serie, titulada <strong><em>Sin límites</em></strong>, fue dirigida por Simón West, director, entre otras, de <strong><em>Con Air y Lara Croft: Tomb Raider, </em></strong>y protagonizada por Rodrigo Santoro (Magallanes) y Álvaro Morte (Elcano). Acabaría estrenándose en 2022. Antes, había llegado a las pantallas de cine la película de animación <strong><em>Elcano y Magallanes, la primera vuelta al mundo </em></strong>(2019), una producción de RTVE, ETB y Dibulitoon Studios, y a las pantallas de televisión los documentales de RTVE <strong><em>La primera vuelta al mundo </em></strong>(2019) y <strong><em>La ruta infinita </em></strong>(2022), cuya temática, la primera vuelta al mundo, fue también tratada en la serie documental, de seis capítulos, <strong><em>La primera vuelta al mundo </em></strong>(2019), producida y emitida por el Canal Historia, y por el documental <strong><em>Rumbo a las Molucas </em></strong>(2019), patrocinado por la Diputación de Cádiz, con la colaboración del Archivo General de Indias de Sevilla y la Fundación Nao Victoria, rodado en más de 35 localizaciones.</p>



<p></p>



<p><strong>LAS EXPEDICIONES EN ÁFRICA, EL ÍNDICO Y EL PACÍFICO</strong></p>



<p>La huella de los exploradores españoles en África solo tiene una referencia audio- visual: el documental <strong><em>Manuel</em></strong> <strong><em>Iradier,</em></strong> <strong><em>en</em></strong> <strong><em>busca</em></strong> <strong><em>de</em></strong> <strong><em>lo</em></strong> <strong><em>desconocido</em></strong> (2013), una producción de RTVE y ETB, que relata la vida de Manuel Iradier y Bulfy y sus expediciones por el Golfo de Guinea y el actual territorio de Guinea Ecuatorial.</p>



<p>El documental <strong><em>El galeón de Manila y la primera globalización </em></strong>(2015), producido por RNE, describe la importancia de la ruta comercial del galeón de Manila, basada en el hallazgo del tornaviaje por Andrés de Urdaneta.</p>



<p>Dos producciones del Canal Historia viajaron, también, al Índico y al Pacífico para documentar expediciones pioneras protagonizadas por navegantes españoles. El documental <strong><em>En busca de las Molucas: el sueño de las especias </em></strong>(2007), de Canal Historia, se centra en las expediciones lideradas por García Jofre de Loaysa, Miguel de Legazpi y los viajes de Andrés de Urdaneta. posteriores al viaje de Magallanes y Elcano. La serie documental <strong><em>Pacífico; los hombres del mar </em></strong>(2013), también de Canal Historia, incluye referencias a las grandes expediciones españolas al Pacífico lideradas por Álvaro de Mendaña, Isabel Barreto, Pedro Fernández de Quirós y Luis Váez de Torres.</p>



<p>La última gran expedición española recogida en un documental para la televisión es <strong><em>Malaspina, el mar no basta </em></strong>(2007), una producción de RTVE centra- da en la figura del Alejandro Malaspina y en la histórica expedición que lideró junto con José Bustamante y Guerra, entre 1789 y 1794, y que denominó, en su informe final, “viaje político científico alrededor del mundo”<br><br><em>* Mariano López es periodista.</em></p>



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		<title>El hilo de Ariadna de la Ciencia española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/hilo-ariadna/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 11:20:24 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Juan Luis Arsuaga</strong></p>



<p>Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Arqueología: un viaje al pasado<br><br>La paleoantropología, la ciencia que investiga la evolución humana, vive un buen momento. Así lo cree Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca, director científico del Museo de la Evolución Humana y uno de nuestros científicos más reconocidos, en este breve resumen de los logros conseguidos por esta ciencia en nuestro país, de los yacimientos extraordinarios puestos a la luz en las últimas décadas y de su transcendencia. La comunidad científica internacional está más pendiente que nunca de lo que se investiga en España.</p>



<p>En la Universidad de Cambridge, donde pasé algunos meses en unos de sus departamentos, se cuenta la siguiente historia. Un profesor americano que estaba de visitante en la Universidad se asombraba de lo bien que lucían los céspedes de los “colleges”. Hay que decir que los céspedes de los colegios no se pueden pisar… salvo que se sea “fellow” de ese colegio, o se acompañe a un “fellow”. Esa fue la primera lección que aprendí en Cambridge.</p>



<p>El profesor americano, intrigado, se dirigió al jardinero de su colegio, con el que ya se había familiarizado porque lo veía trabajar todos los días. “¿Cómo consiguen ustedes tener el césped tan tupido y tan mullido”?, le preguntó.</p>



<p>El jardinero le explicó sus técnicas de cultivo de los céspedes: sembrado, abonado, riego, siega, etc. “Eso ya lo hacemos nosotros y nuestros céspedes no pueden compararse con los suyos”, le contestó el profesor americano. A lo que el jardinero inglés contestó: “Es que hay que hacerlo durante 700 años”.</p>



<p>Bueno, yo pertenezco a una universidad que tiene más de cinco siglos, y nuestros céspedes no parecen tan bien cuidados. O quizás sí y no nos hemos dado cuenta. El cultivo al que me estoy refiriendo, metafóricamente, es al cultivo del espíritu, y más concretamente el de la ciencia, que como decía el biólogo americano Edward O. Wilson es parte de las humanidades. ¿Qué otra cosa va a ser la ciencia, sino humanidades?</p>



<p>Los que nos interesamos por la historia de la ciencia española hemos pintado un cuadro que es cierto a grandes rasgos, pero no del todo exacto si nos aproximamos al lienzo y lo observamos más de cerca.</p>



<p>Visto a cierta distancia el panorama histórico de la ciencia española puede resumirse en grandes momentos luminosos seguidos de etapas prolongadas de oscuridad. Esta visión se aplica por igual a todas las ciencias, incluidas las geográficas. El primer momento de brillantez corresponde al Renacimiento, que fue la edad de oro de la medicina española y no digamos de la navegación, de la exploración y de las ciencias naturales, además de la descripción de las culturas americanas que se encontraron los castellanos.</p>



<p>Luego, en el Barroco, que es el periodo en el que nace verdaderamente el método científico y cuando por lo tanto amanece la ciencia, la contribución española al conocimiento del mundo y de sus maravillas parece perder empuje. Se suele atribuir a la contrarreforma y a la Inquisición esa decadencia. El siguiente momento de esplendor de las exploraciones y de la ciencia en general es la Ilustración, y podemos pensar en la Expedición Malaspina como el luminoso (y desgraciado) cierre de ese periodo.</p>



<p>Tanto el Renacimiento como la Ilustración tienen un elemento en común, y una lección para el presente. En aquellos momentos España atraía sabios de todo occidente. No se llega a ser una potencia económica o cultural solo con lo que produce la tierra. Hay que incorporar el talento que se pueda de fuera. El Regeneracionismo del siglo XX, tras la pérdida de las últimas colonias, habría significado un renacer para la ciencia española, terminado bruscamente con la guerra civil.</p>



<p>Y luego llega la democracia y la ciencia española actual, que objetivamente hablando puede considerarse muy digna en general, y en numerosos campos, puntera. Y eso a pesar de las raquíticas inversiones públicas en nuestras universidades y centros de investigación. Para que luego digan que no existen los milagros.</p>



<p>Sin embargo, esta simplificación de la historia de la ciencia española es excesiva, porque no es difícil encontrar eslabones intermedios entre los momentos estelares. Mejor o peor, nosotros también llevamos 700 años cuidando el césped. Y creo que ese es nuestro trabajo en la actualidad: descubrir la continuidad de la ciencia española. El invisible hilo de Ariadna que une a los médicos españoles del siglo XVI con Santiago Ramón y Cajal y su extraordinaria escuela, por poner un ejemplo. Siempre hubo jardineros que se ocuparon del césped, volviendo a la metáfora paisajista. Todos los maestros han tenido maestros.</p>



<p>Y como yo me ocupo de una disciplina, la evolución humana, que bebe de la anatomía humana y de la anatomía comparada, de la paleontología y de las tres ciencias “geo”: geografía, geología y geobotánica (o ecología, si lo preferís), me toca contribuir a esta tarea.</p>



<p>La mundialmente famosa sierra de <strong>Atapuerca</strong>, que alberga los yacimientos en los que más he trabajado, no es una excepción. Es la regla, extraordinaria en este caso, pero la regla al fin y al cabo de la investigación prehistórica española, que tiene antecedentes tan ilustres como <strong>Altamira</strong></p>



<p>No quiero en este breve texto elaborar una lista de nombres de preeminentes científicos, porque son muchos, pero sí hacer constar que antes de la guerra civil fueron numerosos los yacimientos excavados y las estaciones de arte rupestre descubiertas, como suele decirse “en mitad el campo”. Y el campo en aquella época no facilitaba las cosas a los investigadores. El país estaba todavía por explorar para la ciencia, y muy mal comunicado.</p>



<p>Y no me olvido del estudio de los climas del pasado, de la Edad del Hielo y de los glaciares, que merecen especial atención porque se encuentran en las montañas más altas, en lugares muy remotos y de complicado acceso. Y sin embargo es impresionante la precisión con la que fueron cartografiados por los maestros de nuestros maestros.</p>



<p>Entre los yacimientos paleolíticos al aire libre es imposible no referirse a <strong>Torralba</strong>, en Soria, de donde salían enormes huesos y muelas de elefantes y maravillosos bifaces. Por no hablar de las <strong>terrazas del Manzanares </strong>y de tantos otros lugares conocidos en todo el mundo científico. Y llegamos así a <strong>Atapuerca</strong>, en Burgos, que tantas alegrías ha dado a la ciencia española en las últimas décadas del siglo pasado y las primeras de este. Lo que tiene Atapuerca sobre todo es un registro arqueo-paleontológico muy completo que abarca más de un millón de años.</p>



<p>Entre los miles de fósiles de animales y de herramientas de piedra de Atapuerca hay también restos humanos. Más abundantes que en cualquier otro lugar. Los más antiguos vienen de un yacimiento que se llama Sima del Elefante, y son una mandíbula y parte de una cara que tienen un millón y pico de años. Un pico muy largo, de más de un cuarto de millón de años. Por su antigüedad procede clasificarlos -de momento- como pertenecientes a la especie fósil <em>Homo erectus. </em></p>



<p>Gracias a estos restos sabemos que esta especie, que conocíamos en África y en Asia, también penetró en Europa, llegando hasta sus confines, las tierras más occidentales del continente.</p>



<p>Los siguientes fósiles en antigüedad se han encontrado en el <strong>yacimiento de Gran Dolina. </strong>Hablo en pasado, pero todos los yacimientos que menciono aquí están actualmente en excavación y siguen produciendo fósiles humanos. De Gran Dolina tenemos abundantes fósiles, y se espera encontrar muchos más porque tuvo lugar allí un festín caníbal hace casi un millón de años. No fue un canibalismo ritual o simbólico, sino que parece que hubo conflicto entre grupos rivales, lucha, muerte, y antropofagia. Como fueron muchas las víctimas, los restos del festín –o festines- son abundantes. Estos fósiles de hace casi un millón de años no pertenecen a la línea de los neandertales ni a la nuestra. Aparentemente los neandertales y los humanos modernos (los “sapiens”) todavía no se habían empezado a separar evolutivamente, o apenas lo habían hecho.</p>



<p>Es decir, que no son ni neandertales primitivos ni “sapiens” primitivos, sino una población perteneciente al tronco común del que proceden unos y otros. Algo así como unos <em>Homo erectus </em>“evolucionados”. Para distinguirlos les hemos puesto el nombre de <em>Homo antecessor.</em></p>



<p>Corresponde ahora hablar de la <strong>Sima de los Huesos</strong>. Por decirlo sencillamente es una acumulación increíble de fósiles. Estos fueron los primeros que se encontraron en Atapuerca, en el año 1976.</p>



<p>Aquí los huesos no muestran señales de que a esa gente se la hubieran comido unos antropófagos, sino que todo parece indicar que dejaron caer los cadáveres a la sima sus familiares y compañeros de grupo. Una práctica, en resumen, de tipo mortuorio, como se dice técnicamente. No nos atrevemos a afirmar que sea simbólica, o ritual, es decir, un comportamiento funerario, pero podría serlo porque con los esqueletos se encontró un hacha de mano que tal vez significara algo. Y el mero hecho de acumular tantos cadáveres (cerca de treinta) en un mismo lugar y repetidamente ya indica que el sitio tenía un valor especial para la comunidad.</p>



<p>Desde el punto de vista evolutivo, esta población de la Sima de los Huesos corresponde a neandertales incipientes. Lo sabemos por la anatomía, pero además porque estos fósiles han proporcionado el ADN humano más antiguo que se conoce. En otro yacimiento de Atapuerca, llamado Galería, también han aparecido un par de restos de estos preneandertales.</p>



<p>Los neandertales están representados en Atapuerca por dos yacimientos: <strong>Cueva Fantasma y Galería de las Estatuas. </strong>En este último yacimiento se recuperó ADN de varios neandertales directamente del sedimento, sin necesidad de muestrear huesos o dientes. Todo un hito para la historia de la investigación del ADN antiguo.</p>



<p>Y por supuesto también hay yacimientos holocenos magníficos, como <strong>El Portalón de Cueva Mayor </strong>y la <strong>cueva del Mirador, </strong>que han contribuido decisivamente a establecer cómo se formaron las poblaciones europeas actuales.</p>



<p>Al mismo tiempo que se sucedían los grandes hallazgos y publicaciones en Atapuerca, España y Portugal vivían una edad dorada para la Prehistoria. Han aparecido nuevas manifestaciones artísticas en cuevas españolas -citemos <strong>La Garma </strong>(Cantabria) como un caso excepcional- y se ha producido un cambio de paradigma en el arte paleolítico.</p>



<p>Tradicionalmente se asociaba el arte figurativo a lugares oscuros y prohibidos en el interior de cuevas pero se ha descubierto en las últimas décadas que con frecuencia decoraban valles enteros o promontorios, grabando animales en las rocas. A mí me gusta pensar que para aquellos antepasados nuestros toda la geografía era sagrada.</p>



<p>En fin, tenemos ahora un registro paleontológico espléndido de los neandertales, con yacimientos muy ricos, como <strong>El Sidrón </strong>(Asturias), la <strong>Sima de las Palomas </strong>(Murcia), <strong>Cueva Foradada </strong>(Comunidad Valenciana), y muchos otros. Y también testimonios pictóricos (aunque no figurativos) de comportamiento simbólico de los neandertales en tres cuevas decoradas en Cantabria, Extremadura y Andalucía. Sin olvidarse de <strong>Pinilla del Valle </strong>(Comunidad de Madrid), donde los neandertales acumularon en una cavidad cráneos de animales con cuernos (rinocerontes, ciervos, bisontes y uros) a modo de trofeos de caza.</p>



<p>Todo esto sin pretender agotar ni mucho menos la lista de los yacimientos ibéricos que proporcionan información sobre los neandertales, que ahora tienen a toda la comunidad científica pendiente de la península ibérica.</p>



<p>En resumen, el césped de la ciencia no ha dejado nunca de cultivarse en España, algo que debemos reivindicar ante el mundo, pero ahora vive uno de sus momentos más verdes. Y que siga así ya para siempre, sin sobresaltos. Para ello es imprescindible que colabore con el jardinero el director del “college”.<br><br><em>* Juan Luis Arsuaga es paleoantropólogo y escritor. Doctor en Ciencias Biológicas y catedrático de Paleontología por la Universidad Complutense de Madrid. Es Codirector de Atapuerca y director científico del Museo de la Evolución Humana. Es vicepresidente de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>
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		<title>Tarteso. El Dorado de occidente</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tarteso/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 10:58:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Arqueología]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado </p>
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<p><strong>Texto: Emma Lira </strong></p>



<p>Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Arqueología: un viaje al pasado</p>



<p><strong>Hace unos 2800 años, durante un momento histórico que aún no sabemos delimitar con precisión, la península ibérica se convirtió en El Dorado para los pueblos de Oriente. Fenicios, griegos, cartagineses y romanos, por este orden, arribaron a sus orillas para explotar sus riquezas minerales y volver cargados de plata y de leyendas. Entre ellas destacaba la de la existencia de un próspero y riquísimo territorio gobernado por un longevo rey. No conocemos el nombre con que sus habitantes se denominaban a sí mismos, pero los griegos lo llamaban Tarteso.</strong></p>



<p>En el mes de junio de 2023, el descubrimiento de los fragmentos de cinco relieves antropomorfos en la excavación de Casas del Turuñuelo, en la localidad de Guareña, Badajoz, volvió a traer a la actualidad un debate que tuvo su momento álgido hace un siglo: la existencia de una civilización o cultura, desaparecida en torno al siglo V a.C. a la que los navegantes e historiadores griegos y romanos conocieron bajo el nombre de Tarteso. La adscripción a esta cultura de tintes míticos no es casual. El presunto espacio cultual en el que se encontraron, pese a presentar algunas importantes novedades, comparte características con otros espacios similares. La peculiaridad radica en su emplazamiento, mucho más al norte de del lugar en que la Historia había ubicado tradicionalmente a Tarteso.</p>



<p><strong>TARTESO ¿MITO O REALIDAD?</strong></p>



<p>La idea más compartida entre los historiadores es la de que, probablemente, Tarteso fuese originariamente una ciudad-estado rica en metales ubicada más allá del estrecho de Gibraltar, en algún lugar del triángulo formado por Cádiz, Huelva y Sevilla entre los siglos XI y VI a.C. El comienzo de este largo período carece de fuentes históricas fidedignas. Lo único que podemos afirmar con prudencia es que, tras la caída de la talasocracia micénica, diferentes pueblos se expandieron por el Mediterráneo buscando su propia hegemonía.</p>



<p>Son fuentes muy posteriores las que comienzan a hablar de ese Tarteso mítico. Herodoto nos cuenta la aventura de Kolaios de Samos, que llega hasta sus costas siguiendo las indicaciones de un marino naufragado, y que vuelve de allí con tanta riqueza, que deja una ofrenda contando su periplo en el templo de Hera; o las de los navegantes foceos, a quien el legendario rey Argantonio, también llamado el hombre de la Plata, ofrece tierras para que se instalen en su territorio huyendo de la amenaza persa, y a los que finalmente, entrega dinero para que amurallen su polis con el objeto de impedir la entrada al invasor. De alguna manera parecen relatos casi propagandísticos destinados a ensalzar las bondades de un territorio, pero ¿con que objetivo?</p>



<p>Sebastián Celestino, co-director de la excavación de casas del Turuñuelo tiene su propia hipótesis al respecto. El hecho de que la cultura helena sitúe las columnas de Hércules en el estrecho de Gibraltar y uno de los míticos trabajos del héroe en la península ibérica, como es el robo de los bueyes de Gerión, parece lanzar un interesante mensaje a los navegantes de las polis griegas: ese mar desconocido que se extiende al otro lado del Mediterráneo es también conquistable. Los semidioses griegos ya han estado allí, lo han habitado y lo han vencido. Celestino considera que, ante la innegable ventaja que los fenicios tienen como conocedores de los puertos peninsulares (Gadir, la actual Cádiz fue fundada por colonos de Tiro en torno al siglo X a. C.), y al hecho de que no solo hayan monopolizado la actividad comercial, sino que probablemente también puedan acceder desde la península a las rutas del preciado Estaño de las islas Casitérides, la función de la mitología en este momento es la ayudar a eliminar los presuntos monstruos que amenazaban las rutas de navegación desconocidas para impulsar el comercio con otros territorios. Las leyendas hablan de embarcaciones que vuelven de Tarteso con tanta riqueza que, cuando ya no pueden transportar más peso, mandan hacer sus anclas de plata para llevar aún más metales preciosos. Los escasos textos transmiten la idea un Tarteso tan idealizado, que <em>La Ora Marítima </em>de Avieno, escrita en el siglo IV d.C. siguiendo presuntamente una carta náutica fenicia continúa dando noticias de una ubicación que, para ese momento, lleva siglos desaparecida.</p>



<p><strong>TARTESO, UNA NUEVA TROYA</strong></p>



<p>No será hasta el siglo XV cuando la mítica civilización despierte la curiosidad de los investigadores, al menos desde un punto de vista filológico. <strong>Antonio de Nebrija </strong>es el primero en asociar el presunto topónimo de Tarteso a una isla que se habría formado entre los dos brazos de la desembocadura del Guadalquivir. El religioso <strong>Juan de Pineda </strong>asocia por primera vez Tarteso con la Tarsis bíblica, el lugar desde donde llegaban embarcaciones llenas de riquezas para que el rey Salomón construyera el templo de Jerusalén, dejando esa asociación de ideas establecida para siempre. La investigación internacional llega más tarde y ya no se conforma con analizar los textos escritos. En el siglo XIX, el pintor e hispanista francés <strong>George Edward Bonsor, </strong>establecido en Carmona en los años 80, comienza a excavar los poblados prerromanos del río Betis, y en los elementos hallados encuentra un patrón oriental, que asocia con la presencia fenicio-púnica en el sur de España. Bonsor acertó de pleno en cuanto a la influencia exógena en aquellos materiales que aparecían en el sur de la península ibérica y comenzó a interpretar Tarteso como una realidad cultural, pero siguió buscando una presunta capital, los restos de la mítica ciudad que se le resistía.</p>



<p>A esa búsqueda se sumó pronto el hispanista alemán <strong>Adolf Schulten</strong>. Probablemente espoleado por su éxito en Soria ubicando los campamentos romanos que sitiaron la ciudad de Numancia a través de la interpretación de fuentes filológicas clásicas, Schulten, admirador de Schliemann, intenta, como el descubridor de Troya, hallar la mítica Tarteso buceando en fuentes filológicas y rescatando textos clásicos como la <em>Ora Marítima </em>de Avieno, que el mismo traduciría en el año 1922. La próspera civilización borrada para siempre de la historia despierta su imaginación, por lo que a él le debemos la teoría que vincula Tarteso con la perdida Atlántida de la que habla Platón (Tartesos und Atlantis, 1927). Bonsor adopta la tesis de los Pueblos del Mar, en la que diferentes flotas, en torno al 1200 a.C. irrumpen en el Mediterráneo Oriental, conquistando territorios y cambiando el equilibrio de poder entre las civilizaciones que existían previamente. Para él, los <em>Tirsenoi</em>, procedentes de Lidia habrían dado lugar a los <em>tirrenoi </em>o etruscos en la península itálica y a los tartésicos en el sudoeste de la península ibérica. Éstos se habrían desarrollado a raíz de la colonización fenicia de la península, en torno al X a. C. y habrían alcanzado su momento culmen tras el contacto comercial con los diferentes pueblos griegos, en torno al siglo VIII a.C. antes de entrar en una rápida decadencia.</p>



<p><strong>José Ortega y Gasset </strong>apoya sus tesis mediante la traducción de su obra, vinculando la mítica civilización con las culturas del Egeo y especialmente con Creta. También <strong>Blas Infante</strong>, en 1915, tratando de diferenciar la identidad andaluza del resto de España expone en el Ideal Andaluz (1915) la idea de una procedencia griega. Schulten se asociará con George Bonsor para lanzarse a la búsqueda de la presunta ciudad de Tarteso en Doñana. Surge así el primer mapa del delta de Tarteso (hoy en la Hispanic Society of América), dibujado por Bonsor que explora el concepto de Golfo Tartésico -el que los romanos denominaron Lago Licustuno-. En esta “nueva geografía” que admite la existencia de un mar interior que debió colmatarse dando paso a las marismas de Doñana, tanto Sevilla como numerosas ciudades del Valle del Guadalquivir habrían tenido en el pasado un puerto de mar. Tarteso comienza a dejar de ser una ciudad para convertirse, presuntamente, en un territorio con diferentes núcleos comunicados entre sí. En el transcurso de sus excavaciones Bonsor llega a encontrar en la localidad de Carmona una serie de tumbas de reminiscencias fenicias, pero nadie las conecta con la idea de Tarteso, porque, impregnada del antisemitismo imperante en Europa en la década de los 40, la historia busca un origen indigenista de Tarteso, algo que, como mucho no tenga lazos con la presencia fenicia y cuyas influencias deberían ser idealmente griegas.</p>



<p><strong>EN BUSCA DE LA CIUDAD PERDIDA</strong></p>



<p>La ciudad perdida no aparece nunca, pero comienzan a surgir diferentes objetos de clara inspiración oriental, como el llamado Bronce Carriazo, el jarrón de La Zarza, o el jarro de Valdegamas, aunque ninguno de ellos puede vincularse con un yacimiento concreto pues aparecen asociados a excavaciones de urgencia, colecciones privadas o expolios. En Huelva, los especialistas <strong>Blanco Freijeiro </strong>y <strong>García y Bellido </strong>son los primeros en hablar de una cultura orientalizante en un momento en el que ya el país está más preparado para aludir a una ascendencia semita. El <strong>tesoro del Carambolo</strong>, descubierto en Sevilla de forma accidental en el año 1958 y conformado por piezas de oro macizo elaboradas mediante diferentes técnicas mezcla también elementos indigenistas y orientales. Tras esta evidencia, el simposio de Jerez de la de la Frontera, en el año 1968, supuso el punto de inflexión para abordar una búsqueda, ahora ya sí, desde el punto de vista arqueológico. Entre los años 60 y 80 se excavaron diferentes emplazamientos en Marqués de Saltillo, Carmona, Cerro Macareno, Setefilla, Mesas de Asta, Coria del Río o la necrópolis de la Joya, en Huelva, que aportaron valiosa información sobre la organización social, o los rituales de enterramiento. Surge una nueva tesis: la de que la llegada de los comerciantes fenicios, en torno al siglo IX, encontrase una gran receptividad por parte de los habitantes indígenas. Renace así la importancia de la colonización fenicia y comienza a analizarse su capacidad para influir en comunidades anteriores, teniendo en cuenta los procesos de aculturación y sincretismos que caracterizaban a este período. Los descubrimientos arqueológicos continuados aportaron nuevas claves que hicieron pensar que Tarteso era algo mucho más amplio y que es la influencia fenicia la que cambia el paradigma, generando una nueva jerarquía en las comunidades preexistentes y una nueva clase aristocrática, especialmente visible en las necrópolis. Pero esta ya no es la única versión. Desde hace dos décadas han surgido nuevas evidencias y modelos interpretativos que proponen un protagonismo compartido tanto por las poblaciones locales como por los colonos fenicios. De hecho, uno de los aspectos que había pasado desapercibido hasta este momento era la invisibilidad de los fenicios en las fuentes clásicas, ya que no serían considerados como tales sino por el lugar geográfico en el que se encontraban (mastienos, tartesios etc). La Tarteso de las crónicas griegos sería, por tanto, un área comprendida entre el peñón de Gibraltar y la desembocadura del Guadiana.</p>



<p>Tiro, en el actual Líbano, ejerció de metrópoli y Gadir, la actual Cádiz, con su santuario de Melkart se consagró como la prolongación del estado tirio en Iberia. La idea de santuarios dedicados a las deidades traídas de Oriente, como ocurre en El Carambolo, transmiten una intención de permanencia y funcionalidad. Los primeros colonizadores fenicios debieron encontrar en el Sur de Iberia unas sociedades como las del Bronce Final, con guerreros, pero sin ejércitos. Las respuestas a su llegada pudieron ser diversas y no cohesionadas y no puede descartarse que se utilizara mano de obra esclava en esta primera fase, sobre todo para tareas relacionadas con la extracción de metal. En una segunda fase se generalizaría esta interacción y habría una mayor mezcla y un probable incremento demográfico. La tercera fase sugiere ya un esplendor derivado de la connivencia entre las élites locales y los navegantes fenicios. En la actualidad los especialistas trabajan con varias ubicaciones. La primera, el triángulo agrícolaminero entre Cádiz, Sevilla y Huelva, sería el núcleo de Tarteso, el lugar donde, se instalaron los fenicios cuando llegaron a la península Ibérica. La segunda, la costa atlántica portuguesa, desde el cabo de San Vicente hasta el estuario del Tajo y la tercera, el Valle del Guadiana.</p>



<p><strong>AUGE, EXPANSIÓN Y CAÍDA DE TARTESO</strong></p>



<p>¿Cómo cambia la sociedad del suroeste de la península ibérica en esta época? Las aportaciones fenicias se integran perfectamente en la cultura indígena. La casa cuadrangular sustituye a la de planta redonda y genera un nuevo tipo de urbanismo. Llega la alfarería con el torno y en la orfebrería comienzan a integrarse nuevas técnicas orientales, como la filigrana, que permite el ahorro de oro. Los fenicios traen con ellos también el vidrio, y cultivos como el olivo y la vid. Aportan un alfabeto del que se han encontrado réplicas con peculiaridades locales, aunque aún no ha conseguido descifrarse y, por supuesto traen consigo armas y herramientas de labranza de hierro, lo que oficialmente supone el tránsito a esta nueva edad.</p>



<p>Sin que se conozcan muy bien los motivos, y en el transcurso de lo que los historiadores denominan la crisis de Tarteso, la cultura tartésica, probablemente perfectamente hibridada, se expande hacia el Norte, hacia la zona del Valle del Guadiana. En la década de los 70 del pasado siglo, en la zona de Extremadura comienzan a aparecer diferentes construcciones que sorpresivamente se identifican como tartésicas. Su nivel de conservación es espectacular, pues a diferencia de las principales ciudades, su ubicación en el campo y la manera en que se abandonaron las han preservado para la eternidad. La mayoría, como Cerro Borreguero o Cancho Roano, se corresponden con centros de poder político y religioso y nos permiten atisbar su relación con la religión y dioses del espectro fenicio como Baal o Astarté. Los diferentes estudios hablan de una economía basada en la minería y la agricultura y los restos hallados muestran una actividad comercial con Grecia y el Levante peninsular. Todos adoptan una estructura similar a la del Carambolo, que, a su vez, copia la planta del antiguo templo de Melkart que visitaron Aníbal o Julio Cesar. Pero hay algo más. Una peculiaridad en el modo en que fueron abandonados.</p>



<p>El yacimiento de <strong>Cancho Roano</strong>, en la localidad de Zalamea de la Serena fue el primero en que se observó una intencionalidad que las excavaciones en <strong>Casas del Turuñuelo </strong>parecen corroborar. El edificio se cerró de forma ritual en el siglo V a. C. y fue completamente tapado, lo que ha permitido que se haya conservado intacto hasta ahora, completamente enterrado bajo un túmulo, a la espera de que, como sucedió, alguien diera con él. ¿Por qué se abandonó, de forma aparentemente voluntaria, al igual que en algunos otros yacimientos, en el mismo momento? Se desconocen aún los motivos. Los historiadores han aceptado ya que en el siglo V a.C. se produce una gran crisis que tiene su raíz en el Mediterráneo y que culmina con la desaparición de Tarteso. Pudo tener varias causas: económica, como consecuencia de la explotación minera; bélica, con la amenaza de los celtas desde el Norte; comercial, tras el enfrentamiento entre Cartago y Grecia y el nuevo dominio del Mediterráneo por parte de los primeros; climatológica, con temporadas de sequías y malas cosechas, o geológicas con la aparición de terremotos y tsunamis periódicos como el que afectaría a Lisboa mucho más tarde, en el siglo XVIII. Las investigaciones geológicas y sobre paleopaisaje permiten conocer muchos detalles que antes no se tenían en cuenta y que complementan la investigación arqueológica. En cualquier caso, quizá no por casualidad, la abrupta desaparición de Tarteso coincide con la formación de los llamados pueblos prerromanos y con la culminación de la cultura ibérica en el levante peninsular. Casas del Turuñuelo, el lugar donde hace apenas dos años aparecieron los primeros relieves antropomorfos que se identifican en una cultura hasta ahora anicónica, está aportando una información sorprendente. Caminar por sus estancias es pasear por uno de los más grandes y recientes enigmas de la Historia Antigua. Su habitación principal, albergó, en algún momento del siglo V a. C. un gran banquete. Luego, los restos, junto a la vajilla empleada fueron enterrados y, en su patio, se produjo una auténtica hecatombe, el sacrificio de un importante número de animales entre los que destacan 23 caballos perfectamente colocados en una suerte de teatralización. Y todo ello antes de proceder a la quema y el enterramiento posterior de todo el complejo. No hay señales de batalla. Simplemente fueron abandonados y enterrados. Ahora solo nos quedan las preguntas. ¿Quién participó del ritual? ¿Qué miembros de la comunidad trabajaron en el cierre del yacimiento? ¿Por qué y a quién sacrificaron bienes tan preciados? ¿A dónde fueron sus habitantes? ¿Derivarían en lo que las fuentes cartaginesas y romanas llamarán posteriormente turdetanos? Quizá esos rostros misteriosos conservados en piedra tengan algunas de las respuestas que nos faltan.</p>



<p><br><br><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>
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		<title>La Tierra desde el espacio</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/tierra-desde-espacio/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 04 Apr 2025 10:42:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 80]]></category>
		<category><![CDATA[Geografía]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. </p>
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<div class="wp-block-group is-content-justification-left is-layout-constrained wp-container-core-group-is-layout-12dd3699 wp-block-group-is-layout-constrained">
<p><strong>Texto: José Antonio Rodríguez Esteban </strong></p>



<p>Boletín 80 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p></p>
</div>



<div class="wp-block-group is-content-justification-left is-layout-constrained wp-container-core-group-is-layout-12dd3699 wp-block-group-is-layout-constrained">
<p>Las fotografías de la Tierra tomadas por los astronautas y por los satélites desde la década de 1960 nos han dado una nueva perspectiva del planeta. En una compilación inicial de las imágenes en las primeras misiones de los transbordadores de la NASA (1981-2011) se remarcaban dos conclusiones fundamentales: que gran parte de la superficie de nuestro planeta es inhóspita como hábitat humano (océanos, desiertos, montañas&#8230;) y, además, la dramática concentración del desarrollo humano en áreas más propicias, mostrando una gran variedad de rastros en la superficie del planeta: desde la geometría de las ciudades, de los campos de cultivos y de las plantaciones forestales, al humo de los incendios de las rozas y quemas o el esmog de las áreas altamente industrializadas.</p>



<p>Abrimos una nueva sección en el Boletín de la SGE para aproximarnos a nuestro planeta desde el espacio, una nueva perspectiva comentada desde la geografía.</p>



<p><strong>LA TIERRA VISTA DESDE EL ESPACIO: LOS RÍOS DE MADAGASCAR TRAS LAS LLUVIAS</strong></p>



<p>Esta imagen, tomada por uno de los satélites Sentinel-2 de Copernicus el 3 de abril de 2022, muestra como las aguas de los estuarios de los ríos Betsiboka y Mahavavy se tiñen de marrón debido al masivo transporte de sedimentos tras las fuertes lluvias.</p>



<p>El río Betsiboka, con su forma de medusa de largos tentáculos, es fotografiado recurrentemente desde el espacio por su dramatismo y espectacularidad, y los astronautas lo ven como si la tierra se desangrase en el océano, síntoma de un desastre ecológico. Con sus 525 km de longitud, es el principal río de Madagascar y como tal atraviesa media isla de sur a norte, recogiendo la acelerada erosión de los sedimentos lateríticos causada por la tala y limpieza de la cubierta natural de los bosques de la isla. Deja escapar así un activo natural insustituible.</p>



<p>La antropóloga Alison Richard (<em>The Sloth Lemur’s Song</em>, 2022) ha remarcado recientemente que el colonialismo francés extendió la idea de que con la llegada de los humanos a la isla se inició el proceso de quema y tala que acabó con 90 % de la cubierta boscosa, extinguiendo a animales y plantas. Pero señala que era una historia muy conveniente, fácil de entender y con villanos claros, que justificó la expropiación colonial de los activos naturales de la isla. Coinciden sin embargo muchos estudios en que parte de la deforestación en Madagascar ha tenido lugar a partir de los años sesenta del siglo pasado, acelerándose en las tres últimas décadas.</p>



<p>La imagen nos traslada a la isla de Madagascar, la quinta isla más grande del mundo. Se extiende por una superficie cercana a los 600 000 km2 (similar a la Península Ibérica). Como señala Steven M. Goodman, uno de sus más conspicuos naturalistas, más que una isla se parece a un mini continente por los diferentes ecosistemas que posee. Hace 150 Ma, Madagascar se separó de África y hace 80 Ma se distanció de la India (que se desplaza hasta colisionar con Asia formando la cordillera del Himalaya). En su legendario aislamiento, las plantas y los animales han seguido sus propios caminos evolutivos, aislados del resto del mundo, hasta el punto de que más del 90% de sus especies son endémicas. En este aislamiento geológico, los diferentes paisajes naturales se fueron fragmentando creando nuevas especies de forma mucho más rápida que sus parientes continentales.</p>
</div>



<p>Los humanos llegaron tarde a la isla: de manera significativa en el siglo IV. Aunque está separada de África por un canal de 400 km, los principales contingentes provenían de Indonesia siguiendo las corrientes del índico. La isla experimentó desde entonces la extinción de animales grandes como los perezosos, koalas, lemures, hipopótamos y aves como el ave elefante, con pérdidas de linajes que representan millones de años de evolución. Se piensa que los animales fueron recalando en la isla provenientes de la costa africana a través del canal de Mozambique, flotando en superficies vegetales arrastradas desde los ríos tras episodios meteorológicos extremos.</p>



<p>Madagascar está entre los 17 países considerados por Russel Mittermeier como “megadiversos”, siendo uno de los más importantes “puntos calientes de la biodiversidad”. Los listados de endemismos cortan la respiración y explican que la publicación de historia natural quizá más completa escrita sobre un territorio de estas características sea The Natural History of Madagascar (2004), de Steven M. Goodman y Jonathan P. Benstead, en la que han participado más de 300 investigadores: con una segunda edición notablemente actualizada y ampliada en 2022.</p>



<p>Pero pese a las prestigiosas Universidades que trabajan desde hace décadas en la zona y las millonarias ayudas que fundaciones y ONG prestan para detener la degradación de los diferentes hábitats, una población malgache empobrecida que ha pasado de 5 millones en 1960 a 30 en 2024, con el 60 % de la población menor de 25 años, y muy dependiente de los recursos naturales, requiere sin duda una mayor atención. La colaboración con el sector público ha conseguido que más del 10 % del territorio se haya convertido en Parque Natural, lo que no ha podido frenar la degradación de algunos hábitats, como la extensión de arrozales en los manglares o la extracción de maderas nobles como el endémico palo rosa, que se sigue exportando a países ávidos de su belleza. Investigadores de Royal Botanic Gardens, Kew y socios de cincuenta organizaciones globales bajo la dirección de Hélène Ralimanana y Alexandre Antonelli han llevado a cabo una exhaustiva revisión de esta extraordinaria biodiversidad, concluyendo que Madagascar es una de las prioridades de conservación más importantes del mundo.</p>



<p>Las imágenes desde el espacio ayudarán sin duda a una mayor concienciación de la excepcionalidad de Madagascar y la evaluación de sus cambios, conectando problemas y visiones locales y globales.<br><br>Las fotos en color se pueden consultar en la web: sge.org/publicaciones/boletin-sge/</p>



<p><em>* José Antonio Rodríguez Esteban, Dpto. de Geografía, Copernicus Academy, Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
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		<title>El legado de los primeros viajeros</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/legado-primeros-viajes/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 13:20:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas...</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Emma Lira<br></strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes<br><br><strong>Cuando analizamos lo (poco) que sabemos sobre nuestra propia historia encontramos el imbatible camino trazado por los clásicos detrás de cada dato, cada accidente geográfico y cada referencia mitológica. ¿Quién nos habló de esas leyendas sobre las columnas de Hércules que la tradición situaría en Gibraltar, sino Homero? ¿Quién sino Heródoto nos cuenta las costumbres de los íberos? ¿Quién, sino Avieno, nos dibuja los contornos de la mítica Tarteso?</strong></p>



<p>Rastreamos nuestra historia y nuestra geografía, buscamos otros horizontes con curiosidad o afán exploratorio porque alguien, antes que nosotros lo ha hecho. Enfrentamientos, exilios, prospecciones, rutas comerciales o colonizaciones fueron los motores que comenzaron a conectar los diferentes puntos del mundo conocido hace milenios. Quiero pensar que en cuanto el ser humano pudo asentarse, rodearse de una muralla y explotar los recursos agrícolas y ganaderos, su alma aún nómada sintió de nuevo irrefrenablemente el ansia de marchar.</p>



<p>Posidonio describió la costa mediterránea, Polibio nos contó las guerras púnicas y Estrabón nos ofreció detalladas descripciones sobre la Hispania romana. Los recursos minerales, los nombres de las tribus e incluso de los caudillos, las distancias que separan cada puerto, los templos, las montañas o los ríos fueron cuidadosamente anotados tras navegaciones inciertas y entrevistas a marineros. Y cuando no hubo guerras ni imperantes necesidades comerciales, la incipiente topografía y la innata curiosidad ayudaron a alimentar la pasión de viajar porque sí, sin excusas, por puro conocimiento. Si su intención no fue acercar un poco más el mundo, podríamos decir que fue la consecuencia.</p>



<p><strong>EL VIAJE DEL HÉROE DE HOMERO</strong></p>



<p>Quizá la primera crónica de un viaje sea la Odisea de Homero, una obra griega clásica que narra el viaje de regreso del héroe Odiseo a su hogar, Ítaca, después de la histórica Guerra de Troya. Aunque aún existe un debate abierto sobre si Homero fue efectivamente su autor y sobre su datación (en torno al VIII a. C.) lo incuestionable es lo que cuenta: un viaje a lo largo de diez años por el mundo conocido en la época, abordando diferentes personas y lugares. Los emplazamientos reflejan la dimensión cultural del Mediterráneo antiguo y conectan el mito con la realidad, pero también permiten hablar de distancias, de mundos bárbaros y salvajes, y de la tentación a la que continuamente someten al viajero, distrayéndole de su objetivo, el regreso.</p>



<p>Troya como punto de partida, Ítaca como destino, el mar ambivalente que representa por igual la libertad y la amenaza, las islas míticas que “atrapan” a los viajeros, el descenso al Hades como búsqueda del conocimiento… la <em>Odisea </em>no solo narra un desplazamiento físico, sino también el viaje interior de Ulises, a través del cual el héroe se enfrentará a numerosos desafíos que lo obligan a crecer, aprender y madurar. Ese es el auténtico legado de la <em>Odisea</em>, el permitirnos, como a Ulises, viajar con dudas e incidencias, no como un héroe, sino como simples mortales, para que el viaje se convierte en una búsqueda de identidad, en un proceso de transformación personal y, en definitiva, en una metáfora de la vida. Si Homero pretendía mostrar al lector las amenazas que acechan más allá del mundo conocido</p>



<p>no lo consiguió. Las generaciones posteriores vemos en la <em>Odisea </em>el atractivo que supone la exploración de lo desconocido, una auténtica invitación a salir de nuestra zona de confort y aventurarnos en lo imprevisible.</p>



<p><strong>HERÓDOTO, EL PADRE DE LA HISTORIA</strong></p>



<p>En el siglo V. a. C. el griego Heródoto ya había realizado extensos viajes por el mundo de su época y empezaba a plasmar sus experiencias en sus <em>Historias</em>. Aunque su enfoque principal eran las guerras médicas entre Grecia y Persia, dedicó una parte considerable de su obra a describir los lugares, pueblos y costumbres de las diversas regiones que visitó o de las que tuvo noticia. Entre ellas destacaban Egipto, Escitia, Grecia, Libia, Arabia, la India y el resto de los territorios al este de Persia.</p>



<p>La novedad de su narración es su capacidad para centrarse en las personas. Heródoto se interesa especialmente por los habitantes, describiendo las costumbres, tradiciones, creencias religiosas y formas de vida de los diferentes pueblos que conoce, pero también presta especial atención a la Historia aderezada con los mitos y las leyendas que la componen, hasta tal punto que se ha convertido en una fuente primaria de primer orden a la hora de comprender la diversidad cultural y geográfica del mundo antiguo. De hecho, es considerado uno de los primeros historiadores en intentar verificar sus fuentes y ofrecer una visión crítica de los acontecimientos.</p>



<p>En la concepción del viaje moderno la herencia de Heródoto nos aporta el espíritu aventurero, la curiosidad, y una gran capacidad para la observación al igual que una encomiable búsqueda de la verdad, a pesar de que algunas de sus historias pueden contener elementos legendarios, propios de la época. Heródoto no se limitaba a narrar los hechos, sino que también comparte sus propias experiencias y reflexiones, al estilo de un cronista de viajes. Esto convierte sus Historias en un relato personal y cercano, capaz de conectar con el lector de una manera profunda, e invitándonos a seguir su estela.</p>



<p><br><strong>LA GEOGRAFÍA DE ESTRABÓN</strong></p>



<p>Si Homero nos obsequió con el primer viaje de la Historia, siete siglos después, el geógrafo griego Estrabón, nos regaló el primer Atlas. En el siglo I a.C., Estrabón escribió una obra en 17 libros llamada <em>Geografía</em>, pero en ella no se limitó a describir lugares, sino que analizó sus características físicas, históricas, culturales y económicas. Su obra abarca contenidos geográficos que van desde Europa hasta Asia, incluyendo regiones como Grecia, Siria, Palestina, Arabia, Egipto, India y Etiopía, sin excluir los lugares más alejados del núcleo mediterráneo como eran Hispania o la Galia.</p>



<p>A diferencia de otros geógrafos de su época que se centraban en cálculos matemáticos y mapas precisos, Estrabón priorizaba la descripción detallada, y en una concepción periodística de la narración optaba por una compilación de diferentes fuentes ofreciendo un relato más rico y variado. Su obra destila un genuino interés por las culturas, las historias y las tradiciones de los pueblos que habitaban las regiones que describía, haciendo hincapié en cómo el clima, el relieve y los recursos naturales influían en las actividades humanas. Sus textos nos permiten aún ahora reconstruir la visión que tenían los antiguos griegos y romanos del mundo, conocer los paisajes y pueblos de la antigüedad y comprender los medios de producción, así como las rutas comerciales y las relaciones entre las diferentes culturas.</p>



<p>En el caso de Hispania es el primero que se esfuerza en resaltar la influencia de los pueblos fenicios y cartagineses, así como el impacto que produce en el territorio y sus habitantes la romanización forzosa. Quiero pensar que Estrabón, probablemente sin ser consciente de ello, nos ha ayudado a la hora de viajar desde la perspectiva de la historia, a preguntarnos por los hechos que han determinado el desarrollo de las regiones que visitamos. A no quedarnos en el paisaje, sino a los hechos y las personas que lo conforman.</p>



<p><strong>EL MUNDO CONOCIDO DE PAUSANIAS</strong></p>



<p>Pausanias fue un viajero, geógrafo e historiador griego del siglo II d.C. cuya principal contribución a la cultura y al conocimiento humano radica en su obra <em>Descripción de Grecia</em>. En esta extensa guía de viajes, Pausanias nos ofrece una mirada detallada y personal a la Grecia antigua que recorrió personalmente visitando ciudades, santuarios, templos y monumentos y ofreciendo detalladas descripciones sobre los mismos.</p>



<p>Pero además de los hechos históricos, Pausanias también recopiló y narró los mitos y leyendas asociados a cada lugar. Eso nos permite comprender la cosmovisión griega, la forma en que los antiguos griegos veían el mundo, así como als tradiciones y rituales de los habitantes de cada lugar. Pausanias creo una auténtica guía de viaje de la Grecia antigua, que ha supuesto un documento de un valor increíble tanto para la localización de yacimientos arqueológicos, como para los estudiosos y viajeros durante siglos.</p>



<p>Su visión personal y subjetiva de la Grecia antigua ha influido en generaciones de viajeros, escritores y artistas posteriores de tal manera que podría decirse que Pausanias aporta al viajero actual la idea del viaje como aprendizaje. El geógrafo griego no solo describe los lugares que visita, sino que los pone en valor ofreciéndonos una inmersión en la historia, la mitología y la cultura de su país. Como el observador meticuloso que era describía con detalle los monumentos, los paisajes, las costumbres y las leyendas asociadas a cada lugar y a través de ese enfoque transmite al lector una fascinación y un respeto por el pasado y por las raíces culturales que trasciende al viajero moderno. Sus escritos reflejan también varias de las características que se le presuponen al viajero actual: curiosidad intelectual, permanente capacidad de asombro y capacidad de planificación. Tres elementos imprescindibles para que un viaje suponga un éxito.</p>



<p><strong>ORA MARÍTIMA, EL VIAJE NARRADO POR AVIENO</strong></p>



<p>La <em>Ora Marítima </em>es una obra poética latina de gran importancia histórica y geográfica, escrita por el poeta Rufo Festo Avieno en el siglo IV d.C como un compendio de diversas fuentes antiguas, entre ellas el Periplo de Massalia, probablemente un texto griego del siglo VI a.C. Su narración nos ofrece una valiosa ventana al conocimiento geográfico y marítimo del mundo antiguo, especialmente del Mediterráneo y las costas atlánticas, con importantes datos sobre la geografía de la época, que incluyen desde referencias mitológicas a la ubicación de lugares, distancias y características naturales. En la actualidad supone una importantísima foto fija del momento en que se escribió y, por tanto, una fuente imprescindible para historiadores, geógrafos y arqueólogos.</p>



<p>Avieno dedica una parte importante del poema a describir las costas de la Península Ibérica, mencionando lugares como Tartessos, Gades (Cádiz), el Estrecho de Gibraltar, y diversas tribus y pueblos que habitaban la actual España, pero también describe diferentes lugares de la Galia, así Britania, el Mar Negro y otras regiones del Mediterráneo oriental. Su constante revisión deriva de la dificultad de equiparar algunos de los lugares que se describen con su correspondencia real como consecuencia de los cambios geográficos o las diferentes interpretaciones.</p>



<p>Pero su vigencia es eterna y sobre todo muestra el interés mantenido a lo largo de los siglos por conservar el “secreto” de la ruta a seguir. Un documento equiparable a una de nuestras guías de viajes que incluyera referencias y coordenadas. Con el añadido de que es en verso. Y en latín, claro.</p>



<p><br><strong>EL ITINERARIO DE EGERIA</strong></p>



<p>Egeria fue una mujer cristiana del siglo IV, probablemente de origen hispano, conocida por el viaje realizado -y documentado- a Tierra Santa. Su relato es uno de los primeros diarios de viaje de una mujer y una de las fuentes más importantes para conocer la vida religiosa y las costumbres de la época. Narra detalladamente el viaje realizado a Oriente entre los años 381 y 384 d. C. En él, describe los lugares que visitó, entre los que se encuentran Egipto, Palestina y Jordania donde conoce Jerusalén, Belén, el río Jordán o el Mar Muerto, Antioquía, en el sur de Siria o la capital del Imperio romano de Oriente, la entonces Constantinopla. Egeria narra con desenvoltura las costumbres de los cristianos locales, las celebraciones litúrgicas y sus propias reflexiones sobre la fe y su testimonio es especialmente importante porque supone una de las pocas y valiosísimas fuentes escritas por una mujer en la Antigüedad tardía, ofreciendo una perspectiva única sobre los Santos Lugares, la vida religiosa y social de la época, y las costumbres y tradiciones de los pueblos que fue encontrando a lo largo de su camino.</p>



<p>Egeria es considerada la primera gran peregrina de la historia. Podríamos hablar de ella como una precursora del turismo cultural pues su relato pone por primera vez en valor el patrimonio histórico de los lugares por los que pasaba. El llamado <em>Itinerario </em>inspiró a innumerables personas a emprender viajes a Tierra Santa y otros lugares sagrados a lo largo de los siglos, promoviendo el desarrollo de una incipiente infraestructura turística consistente en rutas, albergues y servicios para viajeros religiosos, sentando las bases del turismo religioso moderno, cuatro siglos antes de que existiera Santiago de Compostela. Su relato, con información detallada sobre la vida cotidiana, las costumbres y las creencias de la época es una fuente invaluable para historiadores, antropólogos y lingüistas y está considerado uno de los primeros ejemplos de literatura de viajes.</p>



<p><strong>EL LIBRO DE LAS MARAVILLAS DE MARCO POLO</strong></p>



<p>El <em>Libro de las Maravillas</em>, es una obra de viajes escrita por el mercader veneciano Marco Polo a finales del siglo XIII. Dictada a Rustichello de Pisa durante su cautiverio en Génova, este libro se convirtió rápidamente en un <em>bestseller </em>de la época cautivando a lectores de todas las generaciones. En sus páginas, Marco Polo nos transporta a un Oriente misterioso y exótico, describiendo con detalle las tierras, ciudades, costumbres y maravillas que encontró durante sus viajes por el Imperio Mongol, China y otras regiones de Asia. Su éxito es atribuible a la descripción de un oriente fascinante, repleto de descripciones completamente desconocidas para los europeos de la época, como la figura del Gran Khan, la Gran Muralla China, el papel moneda o los métodos de navegación.</p>



<p>Aunque algunas de las historias de Marco Polo han sido recientemente cuestionadas, el <em>Libro de las Maravillas </em>ha trascendido las fronteras del tiempo y su influencia se ha dejado sentir en la literatura, la cartografía y la exploración. El relato inspiró a muchos exploradores posteriores, como Cristóbal Colón, a aventurarse en busca de nuevas tierras y riquezas y sigue siendo una valiosa fuente de información sobre Asia en la Edad Media. De hecho, la visión que Marco Polo transmitió sobre Asia contribuyó a cambiar la visión que Europa en general tenía del continente vecino, ayudando a desmitificar muchas leyendas y proporcionando un importante impulso a la exploración, y a la expansión del conocimiento geográfico.</p>



<p>El viaje moderno encuentra en la obra de Marco Polo puntos comunes tales como la concepción del viaje como un hecho transformador, la permanente fascinación por lo exótico que nos hace buscar continuamente nuevas experiencias y aventuras auténticas alejadas de destinos masificados y el valor del intercambio cultural, gracias al que todo viaje no es sino una oportunidad para adquirir conocimiento. Y al igual que Marco Polo compartió sus aventuras al regresar a Venecia, los viajeros actuales utilizan las redes sociales para documentar y compartir sus experiencias, inspirando a otros a explorar el mundo.</p>



<p><br><strong>LA RHILA A LA MECA DE IBN BATTUTA</strong></p>



<p>En el siglo XIV, el explorador marroquí Ibn Battuta emprendió una de las travesías más extensas de la historia. Partió de Tánger en 1325 con la intención de realizar la peregrinación que todo musulmán debe hacer a La Meca, sin embargo, una vez finalizada, en lugar de regresar a casa, decidió continuar viajando. Durante casi tres décadas, Ibn Battuta recorrió vastas extensiones de tierra, cruzó océanos y se sumergió en diversas culturas desde el norte de África hasta China, pasando por Oriente Medio, Asia Central, la India, el Sudeste Asiático y África subsahariana. Al regresar a Marruecos, Battuta dictó un relato detallado de sus viajes, una <em>rhila </em>o relato de viajes, que constituye una visión única del mundo medieval, con una narración pormenorizada de costumbres, religiones, ciudades y paisajes. Sus viajes contribuyeron a respetar la diversidad de culturas y creencias, a expandir el conocimiento geográfico, mapear el mundo conocido, promover el intercambio cultural e inspirar a futuras generaciones de exploradores. La <em>Rihla </em>de Ibn Battuta fue una de las primeras guías de viaje detalladas. Y algunas de sus rutas se siguen haciendo incluso en la actualidad.</p>



<p><strong>LA DESCRIPCIÓN GENERAL DE ÁFRICA DE LEÓN EL AFRICANO</strong></p>



<p>León el Africano, cuyo nombre original era al-Hasán ibn Muhammad al-Wazzán al-Zayyáti, fue un explorador y geógrafo árabe que vivió a caballo entre los siglos XV y XVI. Su vida y obra lo convirtieron en una figura clave en la comprensión de África y el mundo árabe durante el Renacimiento. Nacido en Granada, en una familia de eruditos, León el Africano vivió la conquista cristiana de la ciudad en 1492, tras la cual, se vio obligado a exiliarse en Fez, Marruecos, donde completó su formación. Su curiosidad por el mundo lo llevó a emprender extensos viajes por el norte de África y el Sahel, llegando hasta Tombuctú.</p>



<p>Su obra más famosa, Descripción de África, es un compendio geográfico e histórico que se convirtió en una de las principales fuentes de información sobre el continente africano para los europeos durante siglos. En él, el autor describe detalladamente las ciudades, los pueblos, las costumbres, la geografía y la historia de las regiones que visitó, actuando como puente entre el mundo árabe y el mundo cristiano, y transmitiendo conocimientos valiosos sobre África a los europeos.</p>



<p>Su obra proporcionaría a estos últimos una visión más precisa y detallada del continente vecino, desafiando muchos de los estereotipos y mitos que existían en ese momento hasta tal punto que inspiraría a exploradores como Vasco da Gama, a emprender sus propios viajes hacia África.</p>



<p>Su obra sigue siendo una fuente de referencia para historiadores, geógrafos y africanistas. No solo contribuyó al trazado de mapas más precisos, sino que reveló la existencia de grandes imperios y ciudades que, como Tombuctú, eran desconocidos para muchos europeos. Su desmitificación de África ayudó a percibir su gran diversidad cultural y étnica desafiando la visión estereotipada de un continente homogéneo y “bárbaro”. Y contribuyó al enriquecimiento cultural de Europa, al facilitar el intercambio de conocimientos e introducir nuevas ideas y perspectivas sobre el mundo.<br><br><strong>Bibliografía básica:</strong></p>



<p><em>Odisea, Homero (Gredos. 2019). Y Odisea Liberada (Blackie Books. 2022)<br></em><em>Historia, Herodoto (Edaf. 2024)<br></em><em>Geografía, Estrabón (Alianza Editorial. 2015)<br></em><em>Viaje de Egeria (La línea del horizonte. 2024)<br></em><em>El libro de las Maravillas, Marco Polo (Alianza Editoral. 2018)<br></em><em>A través del Islam, Ibn Battuta (Alianza, 2005)<br></em><em>Descripción de África, León el Africano (El Legado andalusí. 1995)<br></em><em>León el africano, Amin Maalouf (1986) (Alianza, 2018)</em></p>



<p><em>* Periodista y escritora, autora, entre otros libros, de “Espejismo, viaje al Oriente desaparecido”, “El último árbol del paraíso”, “Búscame donde nacen los dragos” y “La luna sobre Roma”. Colaboradora de National Geographic y miembro del Consejo de Redacción de la SGE.</em></p>



<p><em>&nbsp;</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/legado-primeros-viajes/">El legado de los primeros viajeros</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>La biblioteca colombina. El sueño del saber universal del hijo de Cristóbal Colón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/biblioteca-colombina/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 12:22:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Ramón Jiménez Fraile</strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p><br><br><strong>El hijo pequeño del almirante Cristóbal Colón, Hernando, siguió la estela descubridora de su padre más que en el plano físico, en el ámbito del conocimiento. Para ello se dedicó de manera compulsiva a adquirir libros, impresos y manuscritos, con los que crear una de las bibliotecas más importantes del Renacimiento cuyo objetivo era el de compendiar el saber universal. Además, puso en marcha un pionero proyecto consistente en reflejar, de manera sistemática, la realidad geográfica de España, lo que le convirtió en el primer geógrafo de la España moderna.</strong></p>



<p>El 21 de noviembre de 1535, un librero de Lyon vendió un ejemplar de “La Crónica de Génova” publicada en París por la Editorial Michel le Noir. Gracias a la meticulosidad del comprador, no solo sabemos que el libro costó un sueldo, “equivalente a doce dineros, valiendo el ducado 570 dineros, que son 47 sueldos y medio”, sino que aquel día hubo “grandísimo frío y niebla” en la ciudad francesa. El comprador era el hijo del almirante del Nuevo Mundo, Hernando Colón, y el libro engrosó su descomunal colección privada de obras impresas y manuscritos.</p>



<p>Hernando Colón no solo pasaría a la historia por el legado material de la conocida hoy como Biblioteca Colombina (en su día llamada Hernandina o Fernandina), sino por sentar las bases de la biblioteconomía: la ciencia relativa a la conservación, organización y administración de las bibliotecas.<br><br>El profesor Edward Wilson-Lee, autor del “Memorial de los Libros Naufragados. Hernando Colón y la búsqueda de una biblioteca universal” (Editorial Ariel), considera que el hijo del almirante se sintió “indefenso” ante la avalancha de datos que se manejaban en su época. “Al igual que sucede hoy con la revolución digital, la imprenta aumentó de manera exponencial la cantidad de información disponible. Hoy nos orientamos en ese océano supeditándonos a los algoritmos de búsqueda, y él tuvo que inventar nuevos sistemas de clasificación”. Mientras que su padre descubrió un mundo nuevo, “él quiso crear un nuevo mundo de información”, señala Wilson-Lee. Para ello, se propuso recopilar todo el saber de su época “y ponerlo al servicio de Carlos V, sirviéndole en bandeja toda esa información. Le entregó una gran herramienta de poder, como había hecho su padre con los Reyes Católicos”.</p>



<p>Para garantizar la perennidad de su legado, Hernando hizo de su biblioteca el principal beneficiario de su herencia. Sin embargo, su voluntad no fue respetada, lo que explica que en la actualidad solo se conserven, en la Catedral de Sevilla, alrededor de unos tres mil quinientos volúmenes, de los más de quince mil títulos y documentos que llegó a reunir.</p>



<p><strong>LAS JOYAS DE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p>Hernando nació en Córdoba en 1488, de la relación extramatrimonial entre Cristóbal Colón y Beatriz Enríquez de Arana, huérfana de humildes agricultores. Por aquel entonces su padre se ganaba la vida, según se dijo, vendiendo libros y mapas de navegación. Al regreso de su primer viaje a las Indias, el ya <em>Vista de la biblioteca colombina en la actualidad. </em>almirante logró que Hernando fuera aceptado como paje en la corte del prín cipe Juan, el único hijo varón de los Reyes Católicos. Fue en ese ambiente cortesano en el que se forjó la educación humanista del menor de los hijos de Cristóbal Colón.</p>



<p>Cuando apenas tenía trece años, acompañó a su padre en el cuarto viaje a las Indias, que estuvo marcado por penalidades e infortunios. A los veinte años cruzó de nuevo el Atlántico, esta vez para acompañar a su hermano Diego, que había sido nombrado gobernador de Santo Domingo. Entre su equipaje figuraban cuatro arcones con casi doscientos cincuenta libros que dejó en La Española, constituyendo así la que se considera primera biblioteca del Nuevo Mundo.</p>



<p>Los posteriores viajes que Hernando hizo por Europa, en parte acompañando al emperador Carlos V, le permitieron establecer una estrecha relación con los principales editores y libreros de la época, así como con destacados intelectuales de su tiempo, como Erasmo de Rotterdam.</p>



<p>Paradójicamente, dos de sus escritos más relevantes no figuran, en la actualidad, en los estantes de la Biblioteca Colombina. En primer lugar, se trata del original en español de la biografía que, entre 1536 y 1539, escribió sobre su padre y de la que, en 1571, se publicó una traducción al italiano. Habría que esperar a 1749 para que se publicara la traducción española de esa primera edición italiana. El hecho de que el original en español nunca haya aparecido alimentó la polémica sobre si Hernando fue o no el auténtico autor de la biografía. Otro documento relevante que no se encuentra en la Biblioteca Colombina es el informe que fue presentado a Fernando el Católico por Diego Colón, mediante el que su hermano Hernando proponía, en 1511, llevar a cabo la que hubiera sido la primera vuelta al mundo. El documento original acabó en la colección del estadounidense Obadiah Rich y en la actualidad forma parte de los fondos de la New York Public Library. En él, Hernando destaca los beneficios que acarrearía dicho proyecto en términos de un mejor conocimiento de nuestro planeta, partiendo del principio de que “el principal don que tenemos es el saber”.</p>



<p>Entre las obras que sí figuran en la Biblioteca Colombina destacan “El Libro de viajes”, de Marco Polo y “El Libro de las Profecías”, éste último consistente en una recopilación de textos bíblicos y de citas de padres de la Iglesia y de clásicos que Cristóbal Colón manejó en apoyo de sus descubrimientos. Junto con un considerable número de incunables, la Biblioteca Colombina contiene asimismo una gran cantidad de obras impresas consideradas menores, en las que se recogen cancioneros y refranes populares. Su carácter altruista quedó de manifiesto en la cláusula que figura en su testamento, en virtud de la cual cada ejemplar de su librería debía portar la siguiente mención: “Don Hernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primero almirante que descubrió las Indias, dejó este libro para uso y provecho de todos sus prójimos. Rogad a Dios por él”. También a petición suya, en su sepultura figuran en torno a su escudo de armas cuatros libros abiertos que hacen referencia a la organización de su biblioteca en torno a otros tantos conceptos: autores, ciencias, epítomes y materias.</p>



<p><strong>EL “LIBRO DE LIBROS”, PERDIDO Y HALLADO EN DINAMARCA</strong></p>



<p>En 2019, la figura del hijo pequeño de Cristóbal Colón saltó a la actualidad al descubrirse en un Instituto de la Universidad de Copenhague el códice original de “El Libro de los epítomes”. La obra era el resultado de uno de los pioneros proyectos bibliográficos de Hernando Colón consistente en ofrecer, de manera estandardizada, resúmenes de los libros que iba adquiriendo. El códice original recogía alrededor de dos mil reseñas, la gran mayoría en latín, pero no todas se han conservado. El hecho de que faltaran las primeras páginas del códice explica que durante siglos no fuera atribuido a Hernando Colón. Se cree que la obra llegó a Dinamarca a mediados del siglo XVII, sin que se sepa ni cómo ni por qué lo hizo.</p>



<p>Menos suerte tuvo una partida de casi dos mil libros comprados por Hernando Colón en Venecia y perdidos, en 1521, en el naufragio del barco que los transportaba a Sevilla. Hernando dio cuenta de ellos en un documento titulado “Memorial de los Libros naufragados”, expresión que dio pie al título del reciente libro en el que el profesor Edward Wilson-Lee narra la vida y obra del hijo del almirante.<strong>   </strong></p>



<p class="has-text-align-left"><strong>DESCRIPCIÓN Y COSMOGRAFÍA DE ESPAÑA&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p>En 1517 Hernando Colón emprendió un pionero proyecto geográfico, consistente en <em>“hacer la cosmografía de España y en ella escribir todas las particularidades y cosas memorables”</em>. Para ello, en palabras de uno de sus ayudantes, <em>“fue necesario enviar por todos los pueblos de España algunas personas que informasen en cada pueblo de los vecinos que había y de todo lo demás que en él hubiese digno de memoria y, habida la información, (que) la trajeran con fe de escribanos y de testigos fidedignos”</em>. La conocida como “Descripción y Cosmografía de España”, conservada en la Biblioteca Colombina de Sevilla, fue un encargo que emanó del propio Carlos V, ante el desconocimiento que su corte tenía de los reinos de España. Después de seis años de exhaustivos trabajos de recogida de datos por parte del equipo que constituyó al efecto, Carlos V puso fin al costoso proyecto sin que se hubieran alcanzado todos los objetivos fijados.</p>



<p>Años más tarde, en 1526, Carlos V encargaría a Hernando la elaboración, junto con los principales pilotos españoles de la época, una carta general de navegación de escala planetaria, proyecto que no fue llevado a cabo.</p>



<p>Hernando Colón tuvo ocasión de hacer gala de sus dotes de cosmógrafo en la Junta de Geógrafos de Elvas-Badajoz de 1524, convocada para dirimir, por la vía diplomática y basándose en evidencias científicas, el conflicto sobre las Molucas suscitado por la primera vuelta al mundo.</p>



<p><strong>INFORMACIÓN PRÁCTICA SOBRE LA BIBLIOTECA COLOMBINA</strong></p>



<p>La primera sede de la biblioteca de Hernando Colón fue la casa que construyó en la Puerta de Goles de Sevilla. El propio Hernando redactó un reglamento que incluía la prohibición de que los libros salieran del recinto, <em>“pues que vemos que es imposible guardarse, aunque tengan cien cadenas”</em>. Tras su muerte, la biblioteca fue trasladada primero al Convento de los dominicos y más tarde a un salón del Patio de los Naranjos de Catedral de Sevilla, donde se encuentra en la actualidad.</p>



<p>Desde 1992 es gestionada por la Institución Colombina, junto con otros archivos y bibliotecas de la Archidiócesis y de la Catedral. La Institución Colombina organiza visitas guiadas de grupos que proporcionan una completa visión de la imprenta y del mercado de libros en la Europa de la primera mitad del siglo XVI.</p>



<p>Las solicitudes de visitas pueden dirigirse al correo electrónico: <a href="mailto:ncp@icolombina.es">ncp@icolombina.es</a><br><br><em>* Ramón Jiménez Fraile es historiador, periodista y escritor. Ha escrito varios libros sobre el mundo de la exploración y los exploradores. Es miembro de la Sociedad Geográfica Española.</em></p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>Derroteros: las guías de viaje de los marinos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/derroteros/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Dec 2024 11:55:34 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Boletin 79]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones<br />
meticulosas, casi a modo de guías de de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Mª Luisa Martín Merás</strong></p>



<p>Boletín 79 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajes de papel: literatura y libros de viajes</p>



<p><br><br><strong>Desde la Antigüedad, los marinos y navegantes describieron sus viajes en los llamados derroteros, periplos o libros portulanos, descripciones meticulosas, casi a modo de guías de viajes, que durante siglos orientaron a los viajeros por mar. Especialmente durante los siglos XVI y XVII ocuparon un lugar muy importante en nuestra literatura de viajes, en particular en los relatos de las aventuras que llevaban al Nuevo Mundo.</strong></p>



<p>Un derrotero es una descripción náutica de una ruta marítima, específica para marinos y pilotos, que frecuentemente tienen como destino lugares adónde nunca han navegado. Estos libros describen y representan las costas, bajos fondos, señalizaciones (boyas, faros, balizas, etc.), perfiles visuales de las costas, avisos de peligros, formas de navegación convenientes, acceso a puertos, etc. Es decir, contienen el conjunto de observaciones, hechas en un viaje por mar, útiles para la navegación del piloto y de navegantes futuros. Se menciona la existencia de este tipo de documentos desde la más remota Antigüedad, bajo el título de periplos, libros portulanos y derroteros, siendo un ejemplo fundamental de la recopilación de experiencias prácticas para el ejercicio de la navegación durante siglos.</p>



<p>Si consideramos que una guía de viajes es “un libro de información sobre un lugar, diseñado para el uso de visitantes o turistas, donde se relatan experiencias viajeras sin aspectos literarios y narrativos, y cuyas características geográficas e históricas condicionan el relato” (1), podemos incluir a estos derroteros de los siglos XVI y XVII dentro de la literatura de viajes, en la modalidad de guías de viaje especializadas, ya que muchos de ellos reúnen los requisitos mencionados en la definición citada más arriba.</p>



<p>Con motivo del descubrimiento de América, se creó en 1503 la Casa de la Contratación de Sevilla, que se ocupaba del comercio con las Indias, Canarias y Berbería y actuaba como escuela de pilotos, pues pronto se hizo patente la necesidad de instruirlos en sus navegaciones a América. Los libros de navegación que salieron de su entorno fueron concebidos como libros de texto para enseñar a los pilotos los rudimentos técnicos del arte de navegar y se englobaban bajo el nombre genérico de “regimientos de navegación”; solían incluir un derrotero donde se explicaba la navegación a las Indias con la derrota a las Antillas, a Tierra Firme y otros lugares.</p>



<p>Los primeros derroteros de América son evidentemente españoles y recogían las derrotas que hacían las flotas de Indias desde España, saliendo de Sevilla, a las Antillas, Veracruz y Honduras, y la vuelta a España desde Cuba, donde se unían las flotas de Nueva España y Tierra Firme para, juntas y protegidas, volver a la metrópoli. Sin embargo, los derroteros publicados son escasos, debido al estricto secreto con que se manejaban los descubrimientos y rutas americanas. <em>La Suma de geografía que trata de todas las partidas y provincias del mundo: en especial de las Indias y trata largamente del arte del marear </em>de Martín Fernández de Enciso en 1519, es una descripción geográfica de las partes del mundo, empezando por Europa y terminando por el Nuevo Mundo recién descubierto, del que presenta una lista de lugares con sus latitudes bastante acertadas, además de una detallada explicación de de las costumbres de sus naturales, zoología y botánica, especialmente del área antillana. Parece que el libro incluía una carta de navegar que no se publicó, precisamente para no dar noticias a los extranjeros.</p>



<p><strong>LA INFORMACIÓN SECRETA DE LOS DERROTEROS</strong></p>



<p>Andrés García de Céspedes, que era cosmógrafo mayor del Consejo de Indias, incluyó en su <em>Regimiento de Navegación </em>en 1606, un derrotero para explicar detalladamente el nuevo padrón real. Por su parte Francisco de Seixas y Lobera, publicó en 1690 <em>Descripción geográfica y derrotero de la Región Austral Magallánica</em>, con un mapa del estrecho de Magallanes que tuvo que retirar por indicación del Consejo de Indias. En 1585 Andrés de Poza con su obra <em>Hidrografía</em>, que era un derrotero de las costas europeas, desde el estrecho de Gibraltar hasta Holanda, no tuvo ningún problema en su publicación, ya que sus rutas eran sobradamente conocidas por los países europeos.</p>



<p>Llama la atención que casi ningún derrotero o tratado de navegación práctica, escrito por españoles, haya sido publicado en su tiempo, a pesar del indudable interés que despertaron en los siglos XVI y XVII los asuntos marítimos en España. Parece ser que el principal obstáculo era la negativa para conceder el permiso de impresión por parte del Real Consejo de Indias, para no divulgar las derrotas seguidas por las flotas ni los sistemas defensivos de los puertos americanos. A tal fin, los pilotos que habían obtenido el título en el examen de la Casa de Contratación tenían que hacer el juramento <em>“de que bien y fielmente usará su arte y que no enseñará su profesión a ningún estranjero de estos Reinos ni le dará el regimiento, ni derrota de la dicha carrera de las Yndias, ni los instrumento, cartas, aguja, ballestilla, ni astrolabio»</em>. (2)</p>



<p>Por esta razón muchos derroteros a las Indias permanecieron inéditos, ya que facilitaban el conocimiento de las costas a enemigos y corsarios. Entre ellos estaba el <em>Quatripartitu </em>en <em>Cosmographia pratica i por otro nombre llamado espejo de navegantes</em>, de Alonso de Chaves, [1537], cosmógrafo y piloto mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla. El libro cuarto de la obra es un derrotero de las “Indias de la Mar Océana”, desde la costa de Perú hasta la navegación del estrecho de Magallanes, con explicación de la distancia en leguas de los lugares, y colocación en latitud de los más importantes. La opinión común es que no recibió el permiso de impresión del Consejo de Indias por la información de las costas americanas que contenía.</p>



<p><em>El Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales</em>, de Juan Escalante de Mendoza [1575], general de la Flota de Tierra Firme, contiene un derrotero clásico desde Sevilla a Nueva España, Honduras y Tierra Firme, con las distancias en leguas de toda la costa occidental hasta el Estrecho de Magallanes, y la derrota de vuelta a España. <em>El Itinerario </em>tampoco logró la licencia de impresión del Consejo de Indias, debido a los abundantes detalles que daba sobre las rutas de las flotas.</p>



<p>Lo mismo le sucedió al derrotero, <em>Luz de navegantes donde se hallaran todas las derrotas y señas de las partes marítimas de las Indias, islas y Tierra Firme del mar Océano</em>, de Baltasar de Vellerino [1592], que se guarda en la biblioteca universitaria de Salamanca. La obra está dividida en dos libros, el primero explica las derrotas que siguen las flotas españolas a las Indias Occidentales, partiendo de Sanlúcar de Barrameda, y detallando las corrientes, vientos, distancias, medios y lugares por los cuales se debe navegar para evitar las dificultades y llegar a buen puerto. Señala los rumbos que se deben tomar según la dirección de los vientos y los accidentes geográficos que pueden servir para reconocer los puertos y la distancia en leguas de unos a otros. De manera somera se detiene además en la descripción de las riquezas naturales, habitantes y otros detalles de los puertos de La Habana, Puerto Rico, Veracruz y Santo Domingo. El segundo libro se titula: <em>“De las señas de las partes de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano”</em>. Está constituido por 115 dibujos, precedidos de una explicación que el autor llama “señas o señales marítimas”. Los dibujos son perspectivas de costa con una ligera aguada en ocre, azul y verde; están orientados con una flecha inscrita en un círculo y llevan una filacteria donde se señala desde dónde se ha tomado el perfil. Son estos dibujos los que confieren a la obra un carácter especial dentro de los numerosos derroteros de la época.<br><br><strong>DERROTEROS ANÓNIMOS DEL PACÍFICO ILUSTRADOS CON DIBUJO</strong></p>



<p>La mayoría de los derroteros manuscritos del siglo XVI detallan las derrotas y puertos de la costa atlántica de América desde la barra de Sanlúcar hasta San Juan de Úlua y otros lugares de la costa occidental. Pero el estrecho de Magallanes, descubierto en noviembre de 1520, abrió una nueva etapa de navegaciones que hizo del Mar del Sur o Pacífico un espacio a explorar y descubrir. Los viajes por el Pacífico motivaron la necesidad de hacerse con mapas y cartas, perfiles de costas y planos de puertos, sobre todo en la región austral, por la imposibilidad o peligrosidad de navegar junto a la costa, lo que hizo necesario elaborar y unificar la cartografía del Mar del Sur, difundiéndola entre los pilotos de la Corona. A mediados del siglo XVII, a medida que avanzaban los descubrimientos en las costas del Pacífico y los viajes a Filipinas, encontramos muchos derroteros específicos para esa navegación, que solía empezar en Acapulco o Callao y descender hasta el cabo de Hornos. Estos derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso que reposa en bibliotecas y archivos. La característica principal de ellos es que son manuscritos, frecuentemente anónimos y no fueron escritos para ser publicados, sino para uso particular de los pilotos.</p>



<p>La mayoría incluye dibujos detallados de las costas y otras informaciones, que ilustran y complementan el texto, como perfiles de las costas, montañas y volcanes, islas e islotes, bajos, desembocadura de ríos, en fin, todo lo que pudiese servir para identificar la costa y en especial, sus puertos y centros urbanos costeros. Con ello se habría buscado ampliar el conocimiento sobre las costas e islas del Pacífico de los pilotos, que navegaban ese océano y que los habían recopilado para su propio uso y para los otros pilotos que los pudieran necesitar. Por supuesto, estos libros debían conservarse con gran sigilo, pues contenían información estratégica para los intereses del imperio español de la que pudieran beneficiarse otras potencias marítimas europeas, además de piratas y corsarios. Estas circunstancias avalan que la mayoría de los derroteros sean anónimos, recopilados por pilotos que los necesitaban para su propio trabajo. Los que hemos examinado no están firmados, aunque a veces aparece el nombre de su poseedor y todos tienen unas características parecidas.</p>



<p>Esta etapa se inicia en 1603 con el derrotero desde Acapulco al cabo Mendocino, hecho por el piloto de la segunda expedición de Sebastián Vizcaíno, Jerónimo Martín Palacios, con 33 croquis de la costa, realizados por Enrico Martínez. (3)</p>



<p>El [Derrotero] <em>de la costa seguida desde [Acapulco] hasta el estrecho de Magallanes, cabo de Hornos, estrecho de Maire hasta el río de Buenos aires, con caletas, puertos y ensenadas, bajos, islas, arrecifes, rios, arrumbamientos, distancias y demás circunstancias que necesita un piloto[…] que a veces es muy acertado aconsejarse con noticias que dan estos libros que son muy ciertas&#8230;A quien de este su dueño fuere, Dios le dé buenos aciertos en todo y por todo. Lima 5 de enero de 1764</em>4, nos confirma la hipótesis del anonimato, pues el autor resulta ser un incógnito piloto que ha copiado un derrotero muy anterior a la fecha que indica, pues da algunas noticias de sucesos pasados que él no pudo conocer. Incluye 11 ilustraciones de las costas con indicaciones náuticas, empezando por Acapulco y terminando por un mapa del Estrecho de Magallanes, donde aparece parte el dibujo incompleto de las islas Malvinas, denominadas “islas nuevamente descubiertas” Lo mismo sucede con el <em>Derrotero de las costas de los reinos del Perú, Tierra Firme, Chile y Nueva España, sacado de diferentes cuadernos que han escrito y usado los más clásicos y experimentados pilotos deste Mar del Sur, 1675. Incluye 270 dibujos. (</em>5) En el “Prólogo exhortatorio” el autor declara <em>“yo no puse nada de mi casa mas que trasladar” </em>pues el derrotero es una copia, para su uso privado, de anteriores derroteros de los pilotos del Mar del Sur, ya que, <em>“me animé con su trato y adquiriendo prestados sus cuadernos a juntar sus obras y experiencias en este libro que si por caso fuese a la imprenta hallasen en un cuerpo todo lo descubierto y qué se trajina en este Mar del Sur” (</em>6).</p>



<p>El [Derrotero] <em>desde la ultima población que tienen los españoles en las costas de Nueva España, en el mar del Sur es la ciudad de Compostela, como manifiesta la demostración de su mapa que da principio a este libro, como se verá en la hoja n.1, para que se tenga verdadera ynteligencia de todos los yntereses que comprehende sus demostraciones en sus mapas [&#8230;]para que sirva de norte a los navegantes que surcan aquellas costas&#8230; </em>Termina abruptamente al final por lo que no sabemos si tiene autor. Incluye 151 dibujos y, 8 hojas de texto. (7)</p>



<p>Por último, el <em>Derrotero general del Mar del Sur, sacado de diferentes autores. Hecho en Panamá en 30 del mes de Diciembre de 1684</em>,8 participa de las mismas características que los anteriores, ya que es una simbiosis de distintos derroteros, como se aclara en la portada donde los datos técnicos están complementados con 148 dibujos a la aguada muy interesantes.</p>



<p>Los derroteros de la costa pacífica de América constituyen un conjunto de manuscritos muy valioso y poco conocido, que no han sido estudiados en su conjunto. Hemos visto como la política de sigilo, establecida por el imperio español para proteger sus rutas marítimas, impidió la publicación de derroteros sin la aprobación de las autoridades científicas del Consejo de Indias. Esta circunstancia motivó que los pilotos se proveyeran por su cuenta de compilaciones de derroteros manuscritos que señalaban solamente la ruta de sus navegaciones, eran de su propiedad y tenían la garantía de poderlos corregir en sucesivas derrotas. Por esta razón la mayoría son anónimos, aunque a veces llevan el nombre del poseedor. La mayor parte de ellos, además de las indicaciones náuticas pertinentes, incluyeron unos dibujos en color de las tierras a las que se dirigían y noticias geográficas, que les confieren una importancia añadida y que justifican el título de este artículo.</p>



<p><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Luis Albuquerque, Los libros de viajes como género literario, pp. 67-82, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 2006.<br>2 Manuel Moreno Alonso, América ante los pilotos de Ayamonte. El derrotero de las Indias de Benito Alonso Barrozo, Sevilla, 1985, p. 26.<br>3 Archivo General de Indias. Mapas y Planos, México, 53.<br>4 Museo Naval de Madrid, Mss. 180.<br>5 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202.<br>6 Museo Naval de Madrid, Mss. 1202, p. 9.<br>7 Biblioteca Nacional de España, Mss. 2957.<br>8 The Hispanic Society of America, Ms. K44.<br><br>* Mª Luisa Martín Merás, es especialista en cartografía marítima española. Ha sido Jefa de Investigación en el Museo Naval de Madrid y Directora técnica del Museo Naval.</p>
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		<title>Cuando los españoles decidieron salir a conocer España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espanoles-conocer-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:18:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. </p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br>Los viajeros españoles que durante el siglo XVIII se lanzaron a recorrer su propio país, los llamados viajeros ilustrados, resultan a día de hoy unos grandes desconocidos. Sin el heroísmo de los grandes exploradores de América y el Pacífico que les precedieron, y sin el romanticismo de los viajeros por placer que les sucedieron en el siglo XIX, los del Siglo de las Luces pueden parecernos eruditos grises y anodinos, a veces meros funcionarios recopiladores de datos y husmeadores en archivos. Pero nada más lejos de la realidad: son los primeros que deciden salir a conocer nuestro propio país, a reconocer sus caminos, sus luces y sus sombras, para proponer un cambio.</p>



<p>Solo por ello, ya merecen nuestra atención, y a ellos va dedicado este nuevo número del Boletín de la Sociedad Geográfica Española. En estas páginas veremos cómo, siguiendo el modelo establecido por Rousseau y otros pensadores europeos, los intelectuales españoles dieciochescos se pondrán en marcha para conocer España en profundidad. Con increíble celo y constancia, se empeñarán en conocer la realidad de un país anclado en el pasado, y nos asombrarán con sus observaciones y reflexiones sobre una realidad que hasta entonces nadie se había parado a analizar.</p>



<p>Viajar no es ningún placer para ellos, sino una misión: no viajan para ver tierras y paisajes, no por mera aventura, sino para conocer pueblos, estudiar costumbres y comparar formas de gobierno. Y lo hacen con la ilusión casi infantil propia de los Ilustrados, optimistas, racionalistas, convencidos de que el acopio de datos y documentos permitirá cambiar de alguna forma el curso de la historia de España.</p>



<p>Los viajes de científicos como el de Cavanilles, de artistas como Antonio Ponz, de historiadores como el Marqués de Valdeflores, de intelectuales como Iriarte o Moratín, de cartógrafos como Tomás López, de hombres de gobierno como Jovellanos… pondrán en marcha una aventura intelectual, única y ejemplar en la historia literaria española. Más allá de su obsesión por inventariar todo cuanto ven, veremos viajes que duran toda una vida, como los más de treinta años que Tomás López dedica a recorrer el país para levantar el primer mapa completo y detallado de la península. O las dos décadas que un artista, Antonio Ponz, emplea para diseccionar la realidad histórica, social, artística y geográfica del país y contarlo en su Viaje de España. O el tiempo que dedicó Jovellanos, intelectual, hombre de leyes, prácticamente toda su vida, a viajar por España y dejar por escrito en forma de cartas cuanto vio por caminos, pueblos y ciudades, siempre con un afán reformista y didáctico. Entre unos y otros, nuestros viajeros ilustrados nos dejan frescos muy certeros de todas las regiones españolas y de cómo se viajaba en un país en el que los caminos no habían prácticamente cambiado desde tiempos de los romanos, con ventas y posadas sucias, incómodas y hasta peligrosas y sin “guías” de viaje que les orientasen en sus trayectos.</p>



<p>Los viajes ilustrados, a diferencia de los posteriores románticos, serán promovidos desde el propio gobierno, impulsados por los reyes Borbones de forma meditada, calculada y planificada, como parte de una renovación total de la nación. Y a finales de siglo se puede decir que han dado frutos: reformas de los caminos y del sistema de postas, conocimiento e inventario de los recursos del reino (artísticos, naturales, económicos…), una completa cartografía de la península, “guías” y libros de viajes para ayudar a desplazarse, y numerosos proyectos para mejorar la economía y las condiciones sociales del país, muchos de los cuales se verán truncados con las guerras napoleónicas y la posterior llegada del absolutismo.</p>



<p>Trescientos años después, España ha cambiado mucho, y también los objetivos del viaje y de los viajeros. Nuestro propio Boletín da un salto en el tiempo para dedicar un espacio final a la actualidad viajera: la primera expedición de la Sociedad Geográfica a la Antártida, que los propios participantes han relatado en forma de crónica, y la última edición de los Premios de la SGE, donde viajeros de otra época, de otro siglo, incluso de otro milenio diferente al que alumbró a aquellos viajeros ilustrados, llegan a todos los confines del mundo y centran su objetivo en la conservación del planeta.</p>



<p>Sus metas están a veces muy lejos de nuestro territorio cercano. Para muestra, Héctor Salvador, Viajero del Año SGE, piloto de batiscafos y primer español que desciende a la Fosa de las Marianas (10 706 m de profundidad). Pero incluso con un objetivo viajero tan lejano al que inspiró a los ilustrados, en su discurso quiso enlazar con cuantos viajeros le han precedido y con los que siente que comparte un espíritu común de curiosidad. <em>«Allí (en la profundidad de la Fosa de las Marianas) me sentí una gota insignificante en la inmensidad del océano. Hoy me siento así, rodeado de los héroes de mi infancia, los que allanaron el camino para que llegáramos hasta aquí». </em>Tal vez sea la curiosidad viajera por conocer lo que nunca ha cambiado.</p>



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		<title>Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 11:00:29 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. </p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/viajes-del-conde-fernan-nunez/">Los ilustrados viajes del VI Conde de Fernán Núñez</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Francisco José Rosal Nadales</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><strong>En la segunda mitad del siglo XVIII, el VI conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos (1742-1795) recorrió España y otros países europeos, en unos casos por obligación, en otros simplemente para conocer mundo y contarlo. Como fiel representante del Siglo de las Luces, utilizó sus experiencias para ampliar sus conocimientos, tratar de mejorar la vida de sus conciudadanos y, en algunos casos, para ayudar a sus amigos. En 1786 escribió una Ruta de viajes para el nuncio del papa, quien debía trasladarse desde Lisboa a Italia. En ella describió los caminos, las ciudades y los monumentos que podía visitar. También incluyó un mapa manuscrito con las rutas y las ciudades que debía atravesar.</strong></p>



<p>Esta guía y el mapa, resultan muy valiosos para el estudio de los viajes en el siglo XVIII, una obra de carácter personal y basada en la experiencia propia de un gran viajero.</p>



<p>Pero también sus viajes por España se vieron reflejados en cartas y diarios, que son un fresco vivo de la realidad de nuestro país en el siglo XVIII. Como el que realizó en 1784 desde Lisboa a Madrid y de aquí a sus tierras de Fernán Núñez, en Córdoba.</p>



<p>Los viajes, incluso los que se realizan bajo la vitola de puro ocio, raramente quedan en eso. Siempre hay una oportunidad en ellos para aprender, conocer, pensar, difundir lo aprendido —si tenemos inquietudes literarias— o mostrar posibles enseñanzas y mejoras de vida a quienes dependan de nosotros —si tenemos espíritu altruista. A este tipo de personas perteneció el VI Conde de Fernán Núñez, don Carlos José Gutiérrez de los Ríos y Rohan Chabot. Viajó mucho, aprendió mucho, difundió mucho, educó mucho.</p>



<p>En septiembre de 1778 iniciaron viaje hasta Lisboa el conde y la condesa. Ella iba embarazada del que sería su primogénito y, años después, primer duque de la casa. Él iba destinado como embajador de Carlos III ante la Reina Fidelísima, María I de Bragança. Como siempre, recogió sus impresiones de los lugares y personas con las que coincidió y, al mismo tiempo, ofreció su ilustrada opinión sobre algunos aspectos que le llamaron la atención.</p>



<p>Desde Lisboa se multiplicó para hacer valer los derechos de España en Portugal, tradicional aliado de Inglaterra, con la que de nuevo se habían desatado las hostilidades. Fueron tantos y tan grandes sus aciertos que nuestro Carlos III, en premio, le concedió el Toisón de Oro en marzo de 1783. Esta alegría solo palió levemente el dolor que, unos meses atrás, había provocado la muerte de su hermana Escolástica.</p>



<p>Sin embargo, estas dos circunstancias, una triste y otra alegre, vinieron a confluir en el viaje que la familia Gutiérrez de los Ríos y Sarmiento de Sotomayor realizó desde Lisboa hasta Madrid para recoger el Toisón de manos del propio monarca borbón y, ya en la corte, gestionar lo referente al testamento de su hermana.</p>



<p>Partieron de Lisboa el 2 de mayo. El día 5 llegaron a Vimieiro, donde fueron recibidos por los condes de dicho nombre. Aquí comenzó, ya, la labor de Fernán Núñez de aprendizaje en este viaje. Las charlas con el conde de Vimieiro resultaron del mayor interés para el embajador español, pues trataron, entre otros asuntos, de las escuelas para niñas pobres que el portugués había establecido en la villa de Estremoz. Como podemos comprobar, el viaje sirve a Gutiérrez de los Ríos para tomar nota, aprender, ver, oír y hablar de los temas que le interesan. Y la educación, como buen ilustrado, le interesaba sobremanera, pues su mente ya ideaba instaurar en su villa cordobesa de Fernán Núñez, de la que era administrador, un sistema educativo similar.</p>



<p>El 18 de mayo arribaron a Ávila. Aquí, Gutiérrez de los Ríos se sorprendió del elevado número de conventos e iglesias que había para una población relativamente pequeña. Incluso recogió una tradición sobre la iglesia de San Vicente:</p>



<p><em>«En el crucero de dicha iglesia hay una sepultura y una inscripción en la pared que dice estar allí enterrado el judío que hizo esta iglesia. Refiérese que habiendo hecho éste mofa de dichos Santos [San Vicente, Santa Rufina y Santa Cristeta], después de martirizados, salió de entre dos peñas una gruesa culebra que se le enrolló al cuerpo, con lo cual, reconociendo su error, clamó al verdadero Dios, se convirtió y ofreció construir dicha iglesia en honor de los dichos Santos Mártires.» 1</em></p>



<p>También visitaron el convento del Carmen, levantado donde se suponía estaba la casa de Santa Teresa. Aquí dio el Conde nueva muestra de ser firme creyente pero no crédulo: «En la sala en que nació la Santa hay una imagen suya cuyo báculo y rosario, de un tamaño enorme, se manifiesta en la iglesia y el religioso que nos lo ensañaba nos dijo oliésemos su fragancia, que por más que hice no pude hallar y solo percibí el olor de la madera»2.</p>



<p>No fue la única ocasión en que se mostró contrario al fomento de la credulidad y superstición entre las gentes iletradas por parte de miembros de la Iglesia. El 22 de mayo, por la tarde, entraron en Madrid. El 17 de julio de 1783, a las 11 de la mañana, tuvo lugar la entrega del Toisón de Oro al Conde de Fernán Núñez y al embajador de Francia, Conde de Montmorein. Ambos recibieron la insignia de manos del propio Carlos III. Los documentos en los que se daba cuenta de toda la ceremonia son magníficos para conocer la etiqueta cortesana en actos de este calado, pero exceden el objetivo del presente artículo.</p>



<p>Con el Toisón sobre su pecho, el conde y su familia iniciaron un nuevo viaje, esta vez hacia el sur, a la que él siempre llamó “su villa” de Fernán Núñez, en el Reino de Córdoba. En dicha localidad estaban dando culmen a las obras para la erección de una capilla dedicada a santa Escolástica, realizada en memoria de la hermana de Carlos José, y anexa al palacio de la familia. Este viaje se inició el 3 de mayo de 1784 y el conde volvió, como no podía ser de otra manera, a relatar en sus diarios lo que vio, conoció y, más tarde, puso en práctica. Así, a su paso por Valdepeñas, perteneciente en aquel tiempo al marqués de Santa Cruz, todos disfrutaron de su vino tinto y el conde puedo tomar como modelo para futuras empresas filantrópicas las obras pías de este noble, al tiempo que justificaba la existencia de la propiedad señorial si esta redundaba en beneficio de sus vasallos:</p>



<p><em>«Mantiene escuela gratuita para los niños, ha fomentado una fábrica de jabón y colma de beneficios y limosnas a sus vasallos, tanto en éste, como en los pueblos de Santa Cruz y el Viso, que son igualmente suyos. Este pueblo tiene al pie de 1.500 vecinos y todos bendicen la munificencia de su señor que socorre viudas, ayuda labradores y pañeros de que abunda, y fomenta de tal modo todos los ramos de la industria que no puede oírse sin ternura las alabanzas que de él publican todos a boca llena. ¡Oh, dichoso quien sabe ser señor de este modo, y merecer por sí ser aclamado por tal con alegría de su pueblo! No sé con qué razón podrán clamar contra esta especie de nobles, los que o por moda o por envidia, se encarnizan contra los que poseen lo que ellos quisieran tener. ¡Clamen en buena hora contra el abuso del poder y de la riqueza, contra los que solo piensan en arruinar a sus pueblos, pero respeten y conozcan la utilidad de los que no usan de su poder, sino para librar a sus prójimos, que miran como a hermanos, y para sostener el honor de la Patria, del Rey y de sus mayores, que supieron ponerle la corona en sus sienes a costa de su propia sangre!</em>.»3</p>



<p>Es posible que Gutiérrez de los Ríos ya abrigase en su fuero interno el deseo de establecer un hospital y una casa de niños expósitos en Fernán Núñez, por lo que, en este viaje, estaría tomando nota de otras instituciones que le ofreciesen ejemplos a seguir, además de solicitar informes a sus colaboradores. 4</p>



<p>Volviendo al viaje en sí, en El Viso [del Marqués] disfrutó del maravilloso palacio erigido por don Álvaro de Bazán, si bien algo abandonado en aquellos momentos. Al paso por Sierra Morena alabó el camino nuevo que Carlos III había preparado y que mejoraba mucho el tránsito por una zona llena de bandidos.</p>



<p>En La Carolina escuchó <em>«los elogios del desgraciado e imprudente Don Pablo de Olavide (…) vi que todos los que me hablaban le echaban de menos y no pude dejar de sentir que su poca prudencia y combinación de circunstancias le hubiese acarreado un fin que no hubiera tenido en otro país»</em>5. Don Carlos José Gutiérrez de los Ríos, conocedor de la mala organización que había tenido el repoblamiento, con individuos de del Centro de Europa poco acostumbrados al clima (y al vino) de Sierra Morena, mal escogidos, restó a Olavide culpas. 6</p>



<p>En el trayecto entre La Carolina y Carboneros encontraron la aldea de Escolástica. El nombre, como puede suponerse, provenía de la hermana del Conde. Así relató don Carlos José el curioso origen de la idea:</p>



<p><em>«[Tras ser herido en Argel, doña Escolástica] había venido a verme a Valencia </em><em>y me acompañó a mi villa de Fernán-Núñez. Al llegar a este paraje vimos </em><em>a Don Pablo de Olavide, que, con otros, estaba trazando aquella pequeña aldea. </em><em>Llegose al coche, preguntó a mi hermana su nombre, que era Escolástica </em><em>y éste fue el que dio y conserva aquella pequeña aldea, siempre agradable </em><em>para mí. Pensé, a su muerte erigir en ella un monumento, pero los respetos </em><em>de ser población real y otros que hubiera allanado Olavide con gusto me retrajo </em><em>de poner en planta mi pensamiento.» </em>7</p>



<p>El día 12 llegaron a El Carpio y, al día siguiente, el conde se separó del grupo para visitar las obras de la torre que estaban arreglando en sus tierras de La Morena. Vuelto a la comitiva, pasaron el Guadalquivir en barca por la zona de Alcolea. Allí se les unió el padre Miguel de Espejo, amigo suyo y quien había pronunciado en Fernán Núñez el elogio fúnebre por doña Escolástica en 1782. Llegaron a Córdoba ese 13 de mayo de 1784 y visitaron, entre otros lugares, la mezquita-catedral. Don Carlos José, con criterio propio, consideró que la Capilla Mayor era de una factura maravillosa, pero que no habían tenido acierto al erigirla en aquella mezquita única . Alabó la custodia de Arfe, la torre y el Patio de los Naranjos. En los alrededores destacó el monumento a San Rafael, las Caballerizas y la sierra con sus casas de campo señoriales.</p>



<p>El día 14 de mayo de 1784, a las cuatro y media de la tarde, llegaron a Fernán Núñez. La entrada fue recogida por los cronistas como algo apoteósico y digno de recuerdo. A la señalada ocasión de bendecir la Capilla de Santa Escolástica se unió el hecho de que en la villa no conocían, aún, a la familia, pues doña Esclavitud Sarmiento y sus dos primeros hijos, Carlos y José, no habían pisado Fernán Núñez: <em>«Todo el pueblo junto, con grandes aclamaciones manifestaban en sus semblantes señales ciertas de afecto y ternura; y habiéndose apeado en la iglesia, según acostumbran siempre, pasaron a su palacio»</em>. 9<br><strong>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;</strong></p>



<p><strong>UN HOMBRE DE LA ILUSTRACIÓN</strong></p>



<p>El VI Conde de Fernán Núñez, Carlos José Gutiérrez de los Ríos, nació en plena Ilustración, el 11 de julio de 1742, en Cartagena. Diplomático, militar y escritor, era heredero de una antigua familia aristocrática andaluza que tuvo un decisivo ascenso social durante el siglo XVIII. Hombre de amplia cultura, Fernán Núñez dejó escritos numerosos diarios de viajes y cartas, una biografía del monarca titulada <em>Vida de Carlos III</em>, cuyo manuscrito original se encuentra en el British Museum, un diario de la expedición de Argel y una interesante carta a sus hijos, donde expone sus ideas en materia de educación, economía y política.</p>



<p>Fue además académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y fue honorario de la sevillana de Buenas Letras desde 1785. En 1791, estando de embajador en París, fue destituido de su puesto por el Conde de Floridablanca, con el que mantenía una pertinaz enemistad política. Tras unos años de autoexilio por distintas ciudades europeas regresó a Madrid, donde murió el 23 de febrero de 1794.</p>



<p><strong>&nbsp;</strong><br>La bendición de la Capilla se produjo el 22 de mayo. El grupo de clérigos que participaron en la ceremonia iniciaron una procesión desde la iglesia parroquial hasta la puerta de la Capilla, donde ya les esperaban el Corregidor y demás miembros del gobierno de la Villa. El último en llegar fue el conde, según marcaba la etiqueta. El encargado de bendecir la capilla, tanto en su exterior como en el interior, a los sones del <em>Miserere</em>, fue don Cayetano Carrascal, Canónigo Tesorero de la Catedral de Córdoba, mientras que la primera misa la ofició Don Diego Moreno y Aguilar, Capellán de la condesa, en ofrenda a Santa Escolástica Virgen. Esa misma noche tuvieron lugar festejos que implicaron a todo el pueblo, si bien el protagonismo, como era de esperar en una sociedad típica del Antiguo Régimen, lo detentaron los condes:</p>



<p><em>«Esta noche a la hora determinada se oyeron repiques generales, acompañando </em><em>a los de la iglesia parroquial las campanas de los otros templos. Se iluminaron </em><em>las torres, todas las calles y cada particular quiso distinguirse. Las aclamaciones </em><em>gloriosas, los gritos de gozo y las bendiciones del pueblo, elevaban </em><em>sus ecos sobre los de las campanas. Todas las ventanas y balcones de palacio, </em><em>que hacen frente a la plaza nueva, estaban igualmente iluminados con dos hachas </em><em>cada uno. Este espectáculo, que duró algunas horas, se hizo más brillante </em><em>por la presencia de los Excmos. Sres. Condes, que desde el balcón principal y </em><em>ventanas animaban con su vista las de todo el pueblo.»10</em></p>



<p>El día siguiente, 23 de mayo de 1784, tuvo lugar la instalación del Santísimo Sacramento y de las imágenes sagradas en sus correspondientes altares de la Capilla, rodeado todo de grandes muestras de fervor popular. Previamente se había celebrado la ceremonia de bendición en la iglesia parroquial, a la que asistieron el conde y su familia, los cleros de Fernán Núñez y Montemayor y personas distinguidas de ambas localidades y otros ilustres invitados. Mientras, un enorme gentío esperaba en la plaza de la iglesia. Finalizada la bendición, tuvo lugar un convite en el palacio al que asistieron los más señalados miembros del clero y de la sociedad de los pueblos citados. Por la tarde de ese 23 de mayo tuvo lugar la procesión por la que se trasladó la Custodia desde la iglesia parroquial a la Capilla de Santa Escolástica.</p>



<p>En ella, los sochantres de Montemayor y Fernán Núñez entonaron el <em>Tantum ergo</em>, al tiempo que el conde les seguía, acompañado de sus hijos a derecha e izquierda según orden de nacimiento. Detrás de ellos iban otras dignidades civiles y religiosas, mientras <em>«las paredes de las calles [aparecían] cubiertas con distintas colgaduras, que hacían un matizado delicioso a la vista. El suelo se miraba alfombrado de tantas especies de flores, que parecía haber trasladado el mes de mayo todas las de los campos, prados, selvas y jardines, para que alabaran a su Criador [sic], santificándolas con su presencia» </em>11.</p>



<p>Instalada la custodia en su lugar del sagrario, se pasó al palacio donde los condes habían preparado un refresco. Pero fueron tantas las personas señaladas que asistieron, que hubo que preparar dos salas contiguas para acogerlas, al tiempo que los anfitriones honraban a sus invitados colocando <em>«sus asientos el centro de las mismas puertas que dividían las dos habitaciones para repartir con equidad los afectos y sentimientos del corazón, hablando a todos igualmente con afabilidad» </em>12.</p>



<p>En los días posteriores se nombró capellán de Santa Escolástica al fernannuñense don Juan de Zafra, se festejó la inauguración de la Capilla con espectáculos ecuestres y una corrida de toros en la plaza nueva. De todos ellos gustaron, desde el balcón del palacio, los condes. El día 30 de mayo, el propio don Carlos José rindió culto al Santísimo Sacramento postrándose a sus pies durante media hora. El 6 de junio tuvo lugar el matrimonio de Juan Crespo Hidalgo, vecino de Fernán Núñez a quien el conde había dotado para establecerse como casado 13, y María Jaraba, también de Fernán Núñez. Pero no terminaron ahí las jornadas sociales de los nobles:</p>



<p><em>«La una fue la de juntar SS. Excas. una tarde en su jardín todos los dotados </em><em>desde el año de 66, que fueron treinta y dos con sus hijos que eran más de </em><em>noventa, dándoles a todos una merienda, y haciendo que a cada chico repartiesen </em><em>a peseta los dos hijos de Su Excelencia. </em><em>En otro día se hizo esto mismo con los muchachos y muchachas de las escuelas </em><em>gratuitas que paga S. E. y pasaron de 212.» </em>14</p>



<p>El 8 de junio dejaron Fernán Núñez y se trasladaron a Córdoba. El 27 de junio ya disfrutaban de su estancia en Madrid, antes de regresar a Lisboa.</p>



<p>Como hemos podido comprobar, aunque en un caso concreto para no hacer inacabable este artículo, los viajes del VI Conde de Fernán Núñez tuvieron siempre esta naturaleza: viajaba, veía, aprendía, conocía, interrogaba y, más tarde, ponía en práctica lo aprendido si su economía lo permitía. Los habitantes de su villa de Fernán Núñez tuvieron muchas oportunidades de comprobar cómo los viajes de su señor acababan en algún beneficio para ellos: educación, asistencia a pobres o mejora de la salubridad.</p>



<p><br><strong>NOTAS</strong></p>



<p>1 Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional, fondo Fernán Núñez (SNAHN, FN). Memorias del Excmo. Sr. Dn. Carlos José Gutiérrez de los Ríos, VI Conde de Fernán Núñez. Las publica acompañadas de un estudio biográfico el Duque de Fernán Núñez, Conde de Cervellón. Madrid, obra inédita, 1934, tomo II, p. 66.</p>



<p>2 Memorias, tomo II, p. 68.<br>3 Memorias, tomo II, pp. 70-71.<br>4 Sobre esta cuestión, véase VIGARA ZAFRA, José Antonio: “Las obras pías del VI conde de Fernán Núñez: Un ejemplo de distinción social a través de la caritas ilustrada a finales del siglo XVIII”, en De Arte, nº 14 (2015), p. 128. Este investigador ha localizado los planos de los edificios para las obras pías en los Archives Nationales, site de Paris, N/III/Espagne.<br>5 Memorias, tomo II, p. 72.<br>6 Memorias, tomo II, p. 74.<br>7 Memorias, tomo II, p. 77.<br>8 Véase Memorias, tomo II, p. 79.<br>9 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la capilla de Santa Escolástica. Córdoba, imprenta de Juan Rodríguez de la Torre, 1786, p. 3r.<br>10 Ídem, p. 4r.<br>11 Ídem, p. 5r.<br>12 Ibídem.<br>13 El dinero de la dote comprendía la adquisición de muebles, ropa, una yunta de vacas, un<br>arado y una cerda, entre otros elementos. Véase Memorias, tomo II, p. 83.<br>14 SNAHN, FN, C. 430, D. 14. Libro que contiene los motivos, principios y conclusión de la<br>capilla de Santa Escolástica, p. 6v.</p>



<p>&nbsp;</p>
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		<item>
		<title>La Duquesa de Osuna. La influencer de la Ilustración española</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/duquesa-osuna-influencer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jul 2024 10:03:40 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 78]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época.</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Texto: Lola Escudero</strong></p>



<p>Boletín 78 &#8211; Sociedad Geográfica Española</p>



<p>Viajeros ilustrados. El viaje de España.</p>



<p><br><br><strong>Maria Josefa de Pimentel fue la gran figura femenina del siglo XVIII en España. Inteligente, fiel a sus amigos y dotada de una gran curiosidad científica y artística que conservó hasta su muerte, a los 83 años, esta aristócrata retratada por Goya, fue una fiel exponente de su época. Mecenas de grandes artistas, anfitriona del salón más famoso de la ilustración madrileña, la Duquesa de Osuna fue protagonista indiscutible de un momento en el que España soñaba con ponerse al nivel de Europa. Viajó en contadas ocasiones y siempre forzada por las circunstancias (las mujeres españolas todavía no se habían incorporado a la moda del Gran Tour o los viajes románticos), pero dejó numerosas cartas y diarios en los que podemos seguir los pormenores de aquellos desplazamientos, no siempre felices.</strong></p>



<p><em>Celebrity, influencer, famosa</em>… así llamarían en nuestros tiempos a la IX Duquesa de Osuna, Maria Josefa de Pimentel, una mujer singular que vivió a caballo de los siglos XVIII y XIX y que representó a las mujeres españolas más avanzadas del llamado Siglo de las Luces. Fue probablemente la dama más interesante y sofisticada del Madrid de su época, anfitriona de tertulias y veladas literarias o musicales en las que reunía a lo mejor de la sociedad madrileña. A ella se deben también algunos avances de su época en los cuidados de los niños, como la vacunación de la viruela o mejoras en la lactancia, a través de la Junta de Damas, de la que fue presidenta e impulsora.</p>



<p>La Duquesa de Osuna fue además una gran coleccionista de arte, mecenas de Goya y de otros artistas y creadora de la primera biblioteca pública en la ciudad: su propia colección de más de 60.000 libros. En su palacio del Capricho, a las afueras de Madrid, creó un pequeño paraíso para recreo de los nobles, un <em>divertiment </em>que se hacía eco de las ideas ilustradas y de los sueños reformistas de una sociedad que aspiraba a reflejar las costumbres nobiliarias y la vida social de otras cortes europeas más avanzadas.</p>



<p>La Duquesa solo se alejaría de la corte en dos ocasiones: la primera, para seguir a su marido a Menorca y a París, y la segunda, cuando el ejército de Napoleón invadió España y se fue a vivir a Cádiz. No escribió diarios de viaje, pero sí abundantes cartas a amigos, intelectuales de la época y administradores, en las que daba puntual noticia de cuanto acontecía o encontraba en el camino.</p>



<p><strong>LA DUQUESA DE OSUNA, ARQUETIPO DE LA MUJER ILUSTRADA</strong></p>



<p>La visita al parque de El Capricho, en el madrileño barrio de la Alameda de Osuna, es la mejor forma de acercarnos, doscientos años después, a una época y a este personaje extraordinario: la IX duquesa consorte de Osuna, también XII Duquesa de Benavente y poseedora de otros veintitantos títulos por derecho propio, María Josefa de la Soledad Alfonso-Pimentel y Téllez-Girón. Este palacio y su correspondiente jardín fueron construidos entre 1789 y 1839 bajo las indicaciones de la propia duquesa en el noroeste de Madrid, como una finca de recreo para la familia, lugar de encuentro para aristócratas, intelectuales y artistas de la época. Allí se daban cita artistas como Goya, músicos como el compositor Boccherini, toreros, escritores, intelectuales o botánicos, y allí se debatieron las ideas más ilustradas y modernas de su tiempo. El abandono posterior del parque y sobre todo, del palacio, no hacen posible recrear plenamente lo que fue en su época, pero aún así, lo restaurado hasta el momento, en espera de que se culmine el proyecto de convertirlo en Museo de la Ilustración, nos permite hacernos una idea del espíritu de una mujer que, entre otras cosas, fue la primera en ingresar en la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País o en introducir los biberones en España.</p>



<p>En el Palacio se debatían ideas, mientras en el jardín se disfrutaban las tendencias de la época entre la alta sociedad, como las pequeñas construcciones “caprichosas” o “folies” que, siguiendo las modas del momento, fue incorporando la propietaria: la ermita, la Casa de la Vieja, el embarcadero, la isla, el fortín, el templete o el abejero, este último levantado para ver, a través de una cristalera, cómo trabajaban las abejas. El jardín se concibió como un teatro: para que todas esas piezas se fueran entrelazando y los visitantes se sorprendieran con su descubrimiento. Desde la entrada —donde aparecía el nombre con el que la duquesa bautizó su propiedad: El Capricho—, la aristocracia caminaba como si estuviera saltando de un cuadro bucólico a otro. De <em>El columpio </em>de Jean-Honoré Fragonard al de Goya, este último, por cierto, comprado por la duquesa. La relación entre el pintor y la familia de Osuna fue muy estrecha: la duquesa le encargó para la decoración del palacio, además del famoso retrato familiar, <em>La gallina ciega</em>, <em>El conjuro </em>y <em>La merienda campestre</em>. Y más tarde, los famosos y controvertidos cuadros de brujas.</p>



<p><strong>EL VIAJE A MENORCA Y BARCELONA</strong></p>



<p>El matrimonio de los duques fue de conveniencia, como era habitual en la época, pero resultó una unión feliz y respetuosa. Como era su obligación de noble, tuvo múltiples embarazos y también sufrió la pérdida de muchos de sus hijos de pocos meses o años, pero esto no le impidió ser una mujer fuertemente comprometida y con una intensa vida social y cultural, y acompañar a su marido cuando le fue posible. Como en 1782, cuando se le encarga al Duque de Osuna la defensa de Menorca, en manos de los ingleses desde hacía setenta y cuatro años. Mientras que él está en la isla, la duquesa sigue sola desde Madrid los avatares de la guerra, concentrada en la complicada administración del patrimonio y de la casa y empeñada en ser madre. En estos difíciles años con partos y sobrepartos, el duque, que ve en la amargura que está cayendo su esposa, la anima a viajar y a reunirse con él en Menorca.</p>



<p>En julio de 1782 se pone en marcha con una etapa hasta Barcelona, donde se aloja en la fonda de un hostelero aprovechado: se queja por escrito a sus amistades de la codicia del hostelero que cobraba cuatro reales de vellón por una botella de <em>rosali de ratafía </em>y del gasto del brasero que se cobraba aparte de la habitación. En Barcelona embarca hacia Menorca en una fragata maltesa que tardaría seis interminables días, en lugar que las 24 horas que tardaba un jabeque correo en hacer la misma travesía. Le da miedo el posible mareo, pero en el último momento, está tan desesperada, que se pasa de la fragata a un barco más ligero para poder llegar a Menorca cuanto antes.</p>



<p>Menorca la decepciona: la isla está destrozada por la reciente guerra y no encuentra allí los lujos y comodidades a las que está acostumbrada. Además, la vida en el fuerte donde está su marido resulta incómoda y monótona. Solo le salvan de la monotonía de la situación en la isla los cuidados de su marido y el trato afable de sus compañeros.</p>



<p>Por fin, a finales del 1782, son trasladados a Barcelona. En una travesía llena de peligros, en invierno y con el mar agitado, María Josefa no deja de rezar a la Virgen del Pilar. En enero ya están instalados en una casa de la calle San Pedro. Su llegada a la ciudad condal fue ampliamente celebrada en los periódicos de la época, como lo describe la condesa de Yebes en su libro sobre la condesa de Benavente. María Josefa destaca socialmente en esta ciudad próspera y en la que ya se va creando una cierta burguesía al calor del puerto: acude al teatro, a las vigilias y novenas y a todas las recepciones a las que le invitan con frecuencia. Por fin, un nuevo embarazo cambia las cosas y su ánimo, pero su esposo, dados los antecedentes, decide evitar el calor del verano barcelonés y la deja instalada en la casa de campo de un funcionario amigo, donde podrá disfrutar de jornadas de campo, lectura y tranquilidad. Allí lee a su querido amigo Iriarte o los versos de Meléndez, tan de moda entonces, o la admirada <em>Ars Poética </em>de Horacio.</p>



<p>En Barcelona da a luz a su primogénita Josefa Manuela y poco más tarde madre e hija vuelven, solas, a Madrid, mientras Pedro se queda en Barcelona. En los años sucesivos tendrá más hijos y se dedicará a ser una excelente madre. Alejándose de lo habitual en otras aristócratas de la época, empleó modernas técnicas de higiene con los niños, se esforzó en darles una esmerada educación con los mejores profesores, sobre todo de Bellas Artes y en todos sus viajes se hacía acompañar por sus hijos, que siempre le profesaron admiración y cariño.</p>



<p><strong>RUMBO A PARÍS</strong></p>



<p>En 1798, Carlos IV (en realidad Godoy y Maria Luisa de Parma) envían (más bien destierran) a los Osuna como embajadores a Viena. Era un viaje complicado porque debían atravesar Francia con todos sus hijos y un importante séquito, un periplo entonces peligroso para el que era indispensable obtener un visado que estuvo a punto de no concederse porque corrieron rumores en París de que el futuro embajador había protegido a nobles franceses huidos de la Revolución. Aunque su destino final era Viena, los azares del destino convirtieron la pausa en la capital gala en una larga estancia de un año con regreso directo a España.</p>



<p>La duquesa relataría aquel viaje en cartas a su administrador y a sus amigos, con todo lujo de detalles de lo que ve y le llama la atención: un puente roto en el camino que debió sortear el carruaje, malas carreteras francesas con sus innumerables portazgos y las posadas que llegaban a costar hasta ochocientos reales diarios excluyendo los desayunos y la cebada para los animales. Aunque también habrá momentos agradables en el relato, como una tarde en la ópera de Burdeos. La descripción del viaje es una instantánea de cómo se viajaba en la época, en trayectos a veces intransitables que en ocasiones obligaban a salir de los carruajes y seguir un rato a pie. Y no solo en España. María Josefa, con su fuerte sentido patriótico, comenta “…<em>habiendo pasado caminos horribles que por fortuna no son de España</em>”.</p>



<p>Finalmente, el 5 de marzo, tras un penoso mes y siete días de viaje, llegaron extenuados a París, instalándose con todo boato en la residencia que los duques del Infantado tenían en París, una residencia que terminaría en manos de Talleyrand. París era en aquellos años un hervidero humano de toda clase de personajes singulares, de pícaros desencantados de la Revolución, de corruptos jacobinos y de españoles exiliados como Cabarrús y su hija. Este ilustrado de origen francés, había ocupado importantes cargos en la España de Carlos IV como consejero de Estado y Director de Banco Nacional de San Carlos, pero sus ideas marcadamente enciclopedistas le habían llevado a la cárcel y al destierro. Su hija Teresa era una joven muy inteligente que dominaba el francés, el italiano y el latín cuando llegó a París. Famosa por su belleza, se casó con el marqués de Fontenay en 1788 abriendo un importante salón donde recibió a los representantes de las nuevas ideas. La Cabarrús sería uno de los apoyos más importantes de la Duquesa en su estancia parisina. Instalados en París, los Osuna aprovecharon para visitar monumentos, encargar retratos y comprar libros. Cuenta María Josefa: <em>«…estuvimos en Versalles antes de ayer y solo puedo decir que necesita muchos días aquello, para enterarse de su magnificencia. Somos muy pequeños ahí, y esto respira grandeza»</em>. También comentaba emocionada las nuevas máquinas que descubre en sus paseos por la ciudad, como la estenotipia inventada por la imprenta Didot, que facilitaba enormemente la impresión permitiendo publicar libros a menos coste. Los gastos en París se multiplicaban para el matrimonio, que no escatimaba en nada. Se sucedían las cenas, los teatros, las clases de baile y música para los hijos… pero el sueldo de embajador no llegaba desde España. Pedro Alcántara, siempre más realista que su esposa, se lamentaba en sus cartas de su ritmo de vida. <em>«Mantenemos aquí tres coches, una mesa de diez y seis cubiertos, comida para una familia que se compone de cerca de treinta personas, ropa y vestidos de mi mujer, chicos, chicas y míos, asistencia de estos, alquiler de casa, teatros que son muy caros».</em></p>



<p>Para pagar todos los gastos, el duque tuvo que pedir créditos y vender joyas de la duquesa, pero, además, Viena le rechazaba una y otra vez como embajador por la coyuntura internacional. Tras muchos avatares, al Duque se le nombra inspector de los ejércitos del Rhin, un cargo mucho peor pagado, que considera un menosprecio a su categoría y que le obligaba además a separarse de su familia para defender un puesto militar de carácter irrelevante.</p>



<p>Los Osuna suplican entonces el permiso al Rey para regresar a España y vuelven lo antes posible, aunque se llevan de su estancia parisina numerosos amigos ilustrados, muchas lecturas y muchas influencias interesantes para la corte de Madrid. El conocimiento de la nueva sociedad que se estaba gestando en el Directorio y el Consulado en París, influirá en el resto de su vida. Llegan a Madrid en enero de 1800. Falta muy poco para que Napoleón invada España.</p>



<p><strong>MECENAS Y ANFITRIONES</strong></p>



<p>El duque de Osuna fue también un mecenas de la época, al margen de la obra de su esposa. Fue protector de muchos escritores, músicos y artistas. Fue miembro fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País 1775), de la cual llegó a ser presidente, y de la de Osuna (Sevilla). A través de estas instituciones canalizó gran parte de la ayuda económica que proporcionaba a la investigación y mejora de la economía (sobre todo agricultura y educación). Fue miembro honorario de la Real Academia Española desde 1787, y de número desde 1790, ocupando el sillón Letra T. En 1792 accedió como honorario también a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. El contacto de los duques con Francisco de Goya fue decisivo. Su primer encuentro fue para encargarle dos retratos individuales. Goya ya era conocido pero la protección de los Osuna, a partir de aquel momento, fue el espaldarazo definitivo para lanzar su carrera. Ellos le abrirían las puertas de muchos de sus amigos, e incluso de la Familia Real.</p>



<p>La implicación de los Duques en la cultura no se limitó a la pintura. Un ejemplo fue su biblioteca formada por muchos volúmenes heredados desde el siglo XV de todos sus antepasados y alimentada con muchísimas compras, sobre todo durante su estancia en París, hasta reunir la biblioteca más completa existente en la época en España. Incluía libros de todo tipo, entre ellos muchos prohibidos en España. Estaba en su palacio de la calle Leganitos, y decidieron abrirla al público. A la muerte de la duquesa en 1834 tenía más de 60.000 volúmenes.</p>



<p>Estamos en la época de los grandes salones y en Madrid, el más famoso fue sin duda el de la Duquesa de Osuna, que para la historiadora Carmen Iglesias representa la gran figura femenina del siglo, al reunir <em>«nobleza, cultura, inteligencia, conocimiento de idiomas, encanto, fidelidad a sus amigos y curiosidad científica que conservó hasta sus últimos días y que dio lugar a que en 1834, a los 83 años y en vísperas de su muerte recibiese de París un telescopio que había pedido a sus proveedores»</em>. Sus actos no tienen ya tanto que ver con las obras de caridad como de propuestas liberales o ilustradas que la colocan en parámetros modernos y cercanos a la contemporaneidad. A su salón, que lograría sobrevivir incluso a los avatares de la guerra, acudían: Moratín, Don Ramón de la Cruz, Humboldt, Agustín Betancourt, Martínez de la Rosa, Washington Irving, el general Castaños, Mariano Urquijo, diplomáticos extranjeros, artistas, músicos, cómicos o bailarinas.</p>



<p><strong>LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA Y EL VIAJE A CÁDIZ</strong></p>



<p>En 1809, Maria Josefa Pimentel, ya viuda, haría el segundo gran viaje de su vida: el que le llevó a Sevilla y más tarde a Cádiz, donde seguiría mediante cartas con sus amigos el curso de la guerra con los franceses, una contienda que marcó trágicamente su vida y la de su familia. Claramente en contra de los afrancesados y partidaria de Fernando VII, había soportado la primera fase de la invasión en Madrid, pero cuando los franceses rompieron el frente español en Somosierra, decidió huir hacia el sur. En discretos carruajes, con escaso equipaje y reducida la servidumbre, puso rumbo con valentía a un destino más seguro, con sus tres hijas y nueve nietos. En una fría noche de diciembre, salió ocultándose en la oscuridad, salvando así a su familia. Dejó el pasado, sus palacios de El Capricho y de la Cuesta de la Vega, en el centro de Madrid, su fabulosa pinacoteca, su biblioteca y todos sus objetos de valor de aquellos palacios en los que habían <em>Los duques de Osuna y sus hijos. Goya. 1788. Museo del Prado. </em>sido tan felices. Lo único importante ahora era salvar sus vidas.</p>



<p>Cuenta en sus cartas como, una vez atravesadas las berlinas el temible desfiladero de Despeñaperros, se encontraron en medio de ese territorio con la constante amenaza de bandoleros en la zona, aunque sabía que muchos de ellos, como José María Hinojosa, El Tempranillo, colaboraban con la misma causa patriota en la que ella misma militaba. Decidió entonces esconderse en su enorme finca agrícola de Santa María del Bosque, pero supo que había sido ocupada por un violento guerrillero llamado Andrés Ortiz, que afirmaba por entonces <em>«…que no había duques ni ricos, y que la tierra era de todos y debía ser repartida…»</em>: No parecía el lugar apropiado para la familia y dirigieron los coches rumbo a Sevilla.</p>



<p>En la capital andaluza se había refugiado ya gran parte de la aristocracia madrileña y muchos funcionarios que no estaban dispuestos a colaborar con el invasor. Los Osuna se alojaron exhaustos por el viaje en casa de su parienta la marquesa de Armunia, Doña María Teresa de Silva Fernández de Híjar y Palafox. Unos días más tarde se encontraría con Lord y Lady Holland, viajeros británicos, que continuaban inexplicablemente su viaje por España a pesar de la guerra. Lord Holland, amigo de Jovellanos, seguía en los periódicos locales las vicisitudes de la guerra, mientras su esposa anotaba en su diario sus aventuras por la peligrosa España. Todavía estarían un año más viajando por el país.</p>



<p>La Duquesa estaría un año en Sevilla, viviendo ricamente gracias a los depósitos que el duque había dejado en la banca británica y que le llegaban puntualmente a pesar de la guerra. Vivió en primera persona el auge del liberalismo del que Sevilla fue cuna durante los primeros meses de 1809, como lo será después Cádiz. Pablo de Olavide había fundado en 1777 la Real Sociedad Patriótica, que tuvo su origen en la tertulia organizada por este ministro en el Alcázar, donde recibía a Jovellanos, al marino Antonio de Ulloa o al jurista Juan Pablo Forner. La presencia de la Junta Suprema Central favoreció el impulso ilustrado a una ciudad que a finales de 1809 comenzó a sentir la amenaza sufrida por otras ciudades españolas: el asedio francés. En febrero de 1810, los franceses ocuparon la ciudad y comenzó entonces la rapiña artística en Andalucía de mariscal Soult: muchas de estas obras están todavía hoy en los museos franceses.</p>



<p>Maria Josefa decidió entonces trasladarse a Cádiz, donde llegaban cada vez más refugiados y solo encontró alojamiento de alquiler en un destartalado piso de la calle Misericordia. Acostumbrada a vivir en grandes palacios, se sintió agobiada, pero pese a todo, sus años en Cádiz fueron muy felices y especialmente interesantes. Con el telón de fondo de la guerra, la vida seguía, tanto la personal (bodas, nacimientos…) como la intelectual y política. En la ciudad andaluza, el único bastión libre de franceses, vivió desde su piso alquilado como se fraguaba la Constitución de Cádiz, la Pepa, y participó en las tertulias de Francisquita Larrea, otra buena amante de todas las artes como la propia Duquesa.</p>



<p>De Madrid llegaban malas noticias: los soldados franceses habían destruido y saqueado sus tierras en Arcos, y sus palacios de Madrid y el Capricho se habían convertido primero en cuartel y luego en lugar de fiestas y francachelas de José I. El destrozo de su patrimonio no quedó únicamente en El Capricho. Para conseguir dinero, tuvo que vender muchos de los objetos que había conservado, entre ellos obras de Goya, pero no estaba dispuesta a renunciar a su alto tren de vida, incluso en el “exilio”.</p>



<p>Durante la Guerra, la duquesa contó con una eficaz red de comunicación con sus amigos, que le permitía estar al día, controlar desde la distancia sus tierras y su fortuna y estar al día de lo que pasaba en el resto del país. Pasada la guerra, Josefa volvió a relacionarse con muchos de sus antiguos amigos, pero nunca pudo perdonar a los “afrancesados” y a los que habían colaborado con la monarquía de José I. No hubo piedad para ellos y la elegante dama ilustrada se transformó en una defensora de Fernando VII y del absolutismo. Pasó el resto de su vida intentando recuperar el esplendor de todo lo que había perdido.</p>



<p>En 1914, emprendió la restauración de El Capricho, que volvió a ser un referente, con nuevas estatuas, monumentos y edificios, y volvió a llenarse de amigos. En casa de la duquesa se volvió a reunir la sociedad más escogida de principios de siglo en Madrid: diplomáticos extranjeros, escritores y artistas, y aquí se escuchaban los extraordinarios conciertos que ella continuaba organizando. Pero los tiempos eran otros y los problemas económicos acuciaban cada vez más. Pese a todo, la Duquesa y ahora también sus hijos y nietos, siguieron siendo una referencia imprescindible en la alta sociedad de la época. María Josefa murió en 1834, a los 83 años, cerrando así una época trascendental para España.</p>



<p><br><strong>BIBLIOGRAFÍA</strong></p>



<p>La IX Duquesa de Osuna, una ilustrada en la Corte de Carlos III. Fernández-Quintanilla, Paloma. Ed. Doce Calles. 2023</p>



<p>Capricho. De Arteaga, Almudena. Ed. Planeta 2012</p>



<p>La condesa-duquesa de Benavente. Una vida en unas cartas. Espasa-Calpe, 1955</p>



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		<title>Lugares que ya no existen, o donde ya no puedo ir</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Jun 2024 08:53:09 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron. Boletín SGE [&#8230;]</p>
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<p><strong>Viajera entusiasta, escritora penetrante, conocedora de Oriente Medio, Ana Briongos da testimonio de aquellos lugares que vio y vivió, y que han dejado de existir tal como fueron.</strong></p>



<p>Boletín SGE 50<br>Autora: Ana Mª Briongos</p>



<p>&nbsp;</p>



<p>Decía mi abuelo, nacido en el siglo XIX, que había libertad cuando uno podía ir a cualquier parte del mundo sólo con la cédula personal. No eran necesarios, ni pasaportes, ni visados. Y eso lo decía a mitad del siglo XX, cuando todavía se concedían visados con facilidad a todos, los que se iban y los que querían venir.</p>



<p>Cuando empecé a viajar, siempre hacia Oriente, a partir de 1968, los que nos desplazábamos con pasaporte español no necesitábamos visados hasta la frontera de Afganistán. Cruzábamos Turquía, Líbano, Siria, Jordania, Irak e Irán tan ricamente. Tampoco nos pedía visado Pakistán, pero sí India. Y es que la España de Franco era amiga de los países árabes, y por extensión de los demás países musulmanes. Sin embargo en el musulmán Afganistán, donde no teníamos embajada, no había amistad que valiera. Mis compañeros de viaje, de países menos casposos que el mío, sí necesitaban visados para esos países. Qué bueno era viajar con pasaporte español en aquel tiempo. Hoy, las cosas han cambiado y España ha dejado de ser diferente, para lo bueno y para lo malo.</p>



<p>Hasta Estambul o Beirut, los barcos de línea turcos, Akdeniz y Karadeniz, nos paseaban por el Mediterráneo atracando en varios puertos. Los pasajeros eran variopintos. Estudiantes de medicina, sirios y jordanos, volvían a sus casas de Alepo, Damasco o Amán, después del curso escolar en la Universidad de Zaragoza; comerciantes egipcios, igualitos que Naser, regresaban con muestras para negociar en su país; hippies internacionales residentes en Ibiza iban de compras a Baalbek, donde, según decían, se encontraba el mejor hashish del mundo, el rojo del Líbano; las chicas de un colegio de Marsella viajaban con sus maestras para visitar el Partenón. Cuando oscurecía, se organizaban bailes en cubierta, al son de un casete de los antiguos Sanyo, que casi no se oía por el rumor de los motores. En una semana a bordo, que era lo que duraba el viaje, se creaban amistades. Yo viajaba sola pero nunca me sentí ni sola ni desamparada. Siempre había viajeros alrededor con quienes compartir información y camino.</p>



<p>Si en vez de ir en barco ibas en coche hasta Turquía, había que estar al tanto para que no te sellaran el pasaporte en los países comunistas, eso sí, pues a aquellos países, estaba escrito en el pasaporte, no podíamos entrar los españoles. Una vez en Alepo, o Damasco, o Bagdad, se iba de paseo por las grandes avenidas, ciudades prósperas y modernas, con sus mezquitas y sus universidades, sus tiendas de dulces y sus librerías. A mí me sorprendían las librerías porque allí se vendían libros que estaban prohibidos en España. El ejército y la policía sí estaban presentes en esos países, la guerra de los seis días era pasado cercano y había patrullas por las carreteras, el sha de Irán gobernaba con mano dura, y solo al llegar a la frontera afgana podíamos decir ¡salvados!</p>



<p>Afganistán era una isla virgen en medio de Asia. Virgen de imperios, aunque rodeado de ellos durante la historia reciente. El Imperio británico, el imperio otomano, el imperio ruso, el imperio austrohúngaro. Y en esa historia imperial, Afganistán había surgido como “estado tampón” porque les interesó a los otros. Nadie entró con sus ejércitos para conquistarlo, y quienes lo intentaron salieron siempre trasquilados.</p>



<p>Afganistán era un paraíso para los que procedíamos de países donde todavía se hablaba de guerra en las familias. En Afganistán reinaba un monarca que llevaba cuarenta años en el trono. Era un país estable. Se mantenía un equilibrio entre etnias, tribus y clanes. Era un país pobre pero no hambriento, con una población escasa en un amplio territorio, nadie sabía cuántos eran, millones más, millones menos, decían que entre catorce y diecisiete; como los nómadas cruzaban fronteras, unas veces estaban allí y otras no. Entrar en Afganistán era como entrar en un belén, te encontrabas en un santiamén transportado a la época de Jesucristo. Todo era sorprendente, nada ocurría como nuestra lógica esperaba y, si querías ser feliz allí, había que cambiar de mentalidad y dejar que el tiempo, su tiempo, fluyera.</p>



<p>El destino hizo que mi camino se desarrollara a través de desiertos, y que finalmente me instalara durante un tiempo en una ciudad-oasis llamada Kandahar, en el sur de Afganistán, donde conocí lo que es la austeridad del que vive en una tierra árida que da poco, pero permite subsistir.</p>



<p>La travesía del desierto es a la vez un viaje real por unos paisajes extraños, austeros, minimalistas, e inmensos, y un viaje interior a las más hondas raíces del espíritu. La religión no tiene que ver con esto, es otro tipo de trascendencia, se trata de emociones compartidas con gentes que no hablan tu lengua pero que aprecian igual que tú la belleza, de una música, de una canción, de un paisaje, de un plato de arroz en compañía, por ejemplo, en medio de una naturaleza extrema, donde todo es superfluo menos la vida misma de las personas y de los animales, el sol que calienta e ilumina y la sombra de una tienda o de un cubículo de adobe. Aquel Afganistán fue para mí una escuela eficaz para el resto de la vida.</p>



<p>Como cuento en mi libro “<em>Un invierno en Kandahar</em>”, las mañanas en aquella ciudad eran fresquitas y soleadas. Bajar por la calle principal del bazar parándome a charlar bajo cualquier pretexto era mi ocupación principal. Conocía a los comerciantes y mantenía con ellos una relación cordial construida día a día. Mi presencia en el bazar se hizo habitual, por lo que no se creaba ningún tipo de expectación cuando pasaba y me paraba en cualquier tienducha. Allí me ofrecían té y me contaban noticias de última hora o me hablaban de los viajeros que habían llegado al bazar, o de los comerciantes de allende el desierto que habían montado sus tiendas en los confines de la ciudad. Allí me hacían oler la última remesa de té verde llegado de China, que a mí me parecía que olía a pescado, ante la sorpresa de los tenderos, y me daban a probar un azúcar rarísimo y verdoso cuyo sabor tan extraño casi me hacía saltar las lágrimas cuando intentaba tragarlo, ante el regocijo de todos los presentes, cuyos ojos negros y brillantes y pintados de kohol me observaban divertidos. Tenderos y artesanos del bazar de Kandahar, de caras inescrutables y ojos punzantes, unos sentados inmóviles en su cubículo con las piernas cruzadas, otros trasegando laboriosamente herramientas o cacharros, y todos ellos apóstoles de luengas barbas, gran nariz recta y fina y cabeza monda, cubierta en su parte más alta por casquete bordado con hilos de colores o cuentas de cristal brillante, unos con turbante, otros sin él, hombres sin edad, enjutos, cetrinos, austeros, serios, de larga osamenta, grandes pies y grandes manos, vestidos con el pantalón bombacho, con la camisa de largos faldones cuyo bordado primoroso en la pechera, geométrico, blanco y brillante relucía, y el chaleco corto de muchos bolsillos.</p>



<p>Mi recorrido calle abajo terminaba en la tienda del yogurtero, un hombre afable de cara redonda y achinada que tenía la piel marcada por la viruela. Allí me sentaba en una silla, el dueño del establecimiento tenía dos, y me tomaba un yogur espeso, cremoso y azucarado que me servía en un cuenco de loza verde Made in China. Después de tantos yogures matutinos nos hicimos amigos, y si algún día no iba me echaba en falta. En una ocasión me pidió una fotografía para ponerla al lado de la del Sha de Persia que tenía enmarcada encima de una repisa.</p>



<p>No tardé en complacerle. Me fui al fotógrafo a hacerme una foto de las que muestran un paisaje decorado. El fotógrafo, con la cabeza metida en las fauces de trapo negro de una caja de madera con objetivo, captó la escena, fotografió el negativo con la misma caja para obtener el positivo, y apareció una imagen divina, perfectamente adecuada para el lugar donde iba a estar expuesta. Allí la vi todos los días hasta que me fui de Kandahar, y allí debería estar todavía ahora, amarilla y llena de polvo, si no fuera porque la vida y la guerra hacen estragos, y quién sabe dónde estarán el tendero y su tienda y quién sabe si existe aquella calle todavía hoy en Kandahar.</p>



<p>Después llegué a Kabul y se me abrió otro mundo, menos tradicional que el de Kandahar, más culto e ilustrado. Y en aquel país, donde las señas de identidad se resumen en ser musulmán y pertenecer a un clan, fui acogida por el clan Mohammadzaí que, como manda la costumbre pastún, me protegía.</p>



<p>Con ellos recorrí estepas y montañas y subí varias veces a Bamiyán donde los gigantescos budas de piedra nos esperaban impertérritos desde hacía más de mil quinientos años.</p>



<p>En Bamiyán, una pared de piedra resguardaba el valle. En su interior recorríamos una intrincada red de galerías, capillas y celdas e imaginábamos lo que fueron los monasterios que los monjes budistas excavaron en la roca durante seiscientos años. Me decían que en su tiempo había unas doce mil celdas. Alejandro Magno pasó por este valle en el año 334 a.C. en su camino hacia el Indo, donde fue rechazado.</p>



<p>Sus generales, después de la derrota y tras la muerte del héroe, se repartieron la región. Casados con princesas indias, convertidos incluso algunos al budismo, pero recordando el arte helenístico, fundaron los reinos indo-griegos. Algunos siglos después, cuando los emperadores de la dinastía Kushán unificaron esta tierra con la India, en un imperio que iba desde el desierto de Gobi hasta el Deccán, los recuerdos de los descendientes de los generales griegos engendraron el arte greco-budista que se encuentra entre Bamiyán y Ghandara.</p>



<p>Piedras preciosas, especias, sedas, lacas, se transportaban de Oriente hacia Occidente en largas caravanas que discurrían por la famosa Ruta de la Seda. Es en esa época cuando Bamiyán adquiere importancia, y se convierte en lugar de parada y reposo para los viajeros. Monjes y peregrinos llegan de lugares lejanos y se desarrolla una comunidad budista floreciente repartida en varios monasterios. Unos grandes budas esculpidos en la pared, el más alto de 53 metros, daban la bienvenida y vigilaban el camino. Si mirábamos de frente la pared de piedra, tres budas nos contemplaban, el Buda sentado, el pequeño Buda de treinta y cinco metros y el gran Buda de cincuenta y tres metros de altura. Eran los guardianes gigantescos del valle, esculpidos en sus nichos verticales en el interior de la pared. Dicen los historiadores que sus ropajes estaban pintados de colores y la cara y las manos estaban recubiertas de pan de oro, y debían brillar ante la mirada absorta de los viajeros de las caravanas, para quienes, después de interminables y agotadoras jornadas, su vista representaba por fin un alto en el camino en un descansado remanso de paz y serenidad. Después Bamiyán entraría en la órbita islámica y en 1221 sería arrasado por Gengis Jan. Durante el siglo XVI, cuando la ruta marítima suplanta a la terrestre, el valle de Bamiyán queda abandonado hasta que las tropas del último Gran Mogol, a finales del siglo XVII, irrumpen en la zona y en un arranque de fanatismo musulmán destruyen los rostros de los budas. Los budas que yo vi no tenían cara.</p>



<p>En 1824 un explorador inglés redescubrió el valle. En 1923 se iniciaron las excavaciones arqueológicas, y en 1960 el gobierno afgano lo abrió oficialmente al turismo. Yo llegué allí por primera vez en 1970. Aún puedo recordarlo. Subimos a lo más alto de la cabeza del gran Buda por el interior de la montaña, a través de galerías que comunicaban con habitaciones y escaleras. De vez en cuando un orificio se abría en la pared del nicho, y nos ofrecía la vista de la estatua a media altura y los pliegues de sus vestiduras de piedra y, según nos íbamos elevando, las paredes del nicho aparecían iluminadas con multitud de frescos multicolores en forma de medallones en cuyo interior estaba dibujada la cabeza del Buda. Al llegar al punto más alto de la estatua, una abertura de la altura de una persona permitía, dando un paso largo y preciso, situarse encima de la mismísima cabeza del Buda, sobre el moño cuya superficie circular caía verticalmente en los extremos. Ninguna baranda protegía al visitante y cualquier traspiés precipitaría al desafortunado aventurero al vacío, pero, quien tenía el valor de dar el salto y acomodarse sentado sobre la repisa, disfrutaba de un paisaje sobrecogedor y extraordinario. Allí nos instalábamos mis amigos y yo a contemplar el valle verde, rodeado de altos picos nevados. El valle era como un tapete calado con dibujos geométricos, un intrincado diseño de canalillos de regadío cuidadosamente estudiado para que ningún huerto se quedara sin agua. El valle era amplio, montañas majestuosas reinaban a lo lejos pero no avasallaban, era un marco perfecto para la contemplación.</p>



<p>En un país donde las mujeres forman parte de las pertenencias del clan, como las gallinas, los caballos, los corderos o las cazuelas, yo pertenecía a un tercer sexo porque era una mujer que venía de otra galaxia. Entraba y salía libremente de las estancias de las mujeres por ser mujer, pero también podía asistir a las reuniones de los hombres. Yo no estaba en venta, no era pieza de cambio entre familias, no había tras de mí ningún padre que exigiera mucho dinero para darme en matrimonio, como hacían los padres afganos. Yo allí no era responsable del honor de ningún hombre, y, por ende, de ninguna familia, clan o tribu. Y si algún sentimiento provocaba además de extrañeza, era pena: en un lugar donde el sentido de pertenencia es fundamental yo no pertenecía a nadie, ni valía nada. Pero lo más extraño era que administraba sola mis propios recursos. Iba vestida con vaqueros, camisa y abrigo. Llevaba la melena al viento y me pintaba los ojos bien negros con kohol.</p>



<p>Durante los últimos cuarenta años he podido seguir de cerca el principio de la catástrofe en Afganistán, con el golpe de estado del príncipe Daud y la invasión de las tropas soviéticas. El encarcelamiento del patriarca de la familia que me acogía y también de las mujeres y de los niños. La huida de los que pudieron escapar. La resistencia, el exilio.</p>



<p>En Afganistán se soltaron los resortes que despiertan las furias, abren la caja de los truenos y ponen en marcha la máquina de la destrucción. Se rompió el equilibrio entre clanes y las intervenciones extranjeras han tenido mucho que ver en ello. En mi mapa de posibles destinos ya no existe ni Alepo, ni Damasco, ni Bagdad, ciudades todas ellas envueltas en los desastres de la guerra. Tampoco existe Kandahar, que treinta años después de acogerme a mí, se hizo tristemente famosa por acoger a Bin Laden y ser feudo talibán. Ni Kabul en cuyo hotel Intercontinental, años después atacado y bombardeado, tantas veces había bailado boleros al ritmo de una orquesta de músicos valencianos hasta altas horas de la noche.</p>



<p>Los budas de Bamiyán fueron dinamitados en 2001 por los talibanes. Las galerías interiores en la montaña todavía existen y también el orificio desde donde se saltaba hasta el moño del Buda. Pero ahora sería un salto al vacío. Ayer, sentada frente a las fotografías de Gervasio Sánchez y los textos de Mónica Bernabé, de la exposición Mujeres de Afganistán, en el Palau Robert de mi tumultuosa pero pacífica ciudad, Barcelona, se me encogía el corazón. En Afganistán llevan décadas de guerra. Los que me acogieron están muertos o en el exilio. Aunque repartidos por el mundo, a los que sobreviven los sigo viendo de vez en cuando, y estamos todos en Facebook donde ellos van colgando fotos antiguas recuperadas de viejos álbumes familiares. Recuerdos de tiempos mejores.</p>



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