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	<title>Siglo XVI y anteriores archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Siglo XVI y anteriores archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 11:01:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
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		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español &#160; Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/rubens/">Rubens. Un espía al servicio secreto de su majestad</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/sueno-colonial-espanol/">Boletín SGE Nº 55 &#8211; El sueño colonial español</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Hablaba seis idiomas, era inteligente y discreto, de carácter fuerte y voluntarioso, tenía un alto nivel cultural, era un gran comerciante que se desenvolvía en las cortes europeas como si fuera su medio natural y, por si fuera poco, al Fiammingo también le acompañaba un muy buen físico. Con estas cualidades, y si hablamos de un espía, podría parecer que estemos describiendo al mismísimo Bond (Bond, James Bond) de cualquier película del afamado agente secreto británico; pero, no, hablamos  del gran maestro del Barroco, Pedro Pablo Rubens. El artista fue una figura imprescindible en la Europa del Barroco y uno de los artistas más cotizados y requeridos por las monarquías de su tiempo. Con una producción extensísima, sus eruditas alegorías históricas, la perfección de sus retratos y sus sensuales desnudos de mujeres robustas y generosas de carnes, es uno de los grandes pintores de la Historia del Arte, que, además, llevó una doble vida como diplomático y espía que intrigó en las cortes de España, Francia e Inglaterra.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con todas estas cualidades y si eras miembro de una de las cortes europeas sería una auténtica torpeza no ficharle para tu equipo. Si tenemos en cuenta que en el siglo XVII Flandes, tierra natal del pintor, era de dominio español, lo propio es que la diplomacia de Pedro Pablo Rubens se pusiera al servicio secreto de la corte española.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Europa , un enorme tablero de ajedrez</strong></p>
<p>A finales del siglo XVI y comienzos del XVII, cuando Europa estaba saliendo de su pasado feudal, la soberanía de los Países Bajos (hoy Bélgica y Holanda) pasó a depender de la España de los Austrias, que tenía grandes posesiones en todo el continente. Europa se convirtió en un enorme tablero de ajedrez con reyes más o menos pasmados, validos intrigantes, cardenales conspiradores y un enjambre de guerras, religiones, alianzas, y treguas que tenían al viejo continente sumido en un auténtico caos. El dominio español causó tantas divisiones que desató una prolongada guerra (de los Ochenta Años) en las diecisiete provincias de los Países Bajos. Las diez meridionales (la actual Bélgica) se mantuvieron fieles a España, pasando a conocerse con el nombre de los Países Bajos Españoles o Flandes. Las siete del norte, que lucharon por su independencia, pasaron a convertirse en Holanda. En este conflicto quedaron atrapadas todas las grandes potencias de Europa occidental, siempre envueltas en disputas políticas, comerciales, religiosas y territoriales.</p>
<p>Los Países Bajos españoles estaban bajo el dominio español, pero no soportaban la dictadura de Felipe II, y el 15 de abril de 1566 presentaron a Margarita de Parma, gobernadora general y hermanastra de Felipe II, una petición conocida como el “Compromiso de Breda”, que pedía la supresión de la Inquisición y la restauración de libertades. Los calvinistas destruyeron iglesias, profanaron imágenes e incendiaron pueblos. Margarita de Parma ante semejante panorama pidió ayuda a su hermanastro, que le envió al “duque de hierro”, el tercer duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, que instaló la paz tras, eso sí, feroces represiones.</p>
<p>En una carta dirigida a su amigo Pierre Dupuy escribía Rubens: <em>“me gustaría que el mundo entero estuviera en paz, que pudiéramos vivir en una edad dorada y no en una edad de plomo”</em>. Rubens añoraba la gran metrópolis que su Amberes natal había sido y que habían conocido sus padres. Durante el siglo XV y primera mitad del XVI, Amberes fue el más importante centro comercial y financiero de Europa occidental, gracias a la enorme actividad de su puerto y al mercado de la lana. Pero, en la segunda mitad del siglo XVI, se convirtió en el escenario de las luchas religiosas entre protestantes y católicos. En 1585 se cerró el paso al río Escalda, lo que certificó un verdadero desastre económico; para colmo, los protestantes huyeron de la ciudad, y, con ellos, la élite intelectual y comercial. De los cien mil habitantes con los que contaba en 1570 pasó a los cuarenta mil en tan solo veinte años.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Huyendo del duque de Alba</strong></p>
<p>Los Rubens formaron parte de la primera gran diáspora que abandonó los Países Bajos españoles, y Amberes en particular. Jan, el padre de Rubens, había aparecido en una lista de sospechosos de haberse convertido al calvinismo y contrató a un abogado para su defensa. Mientras se estudiaba su caso, fue organizando la huída de su familia (su mujer María y sus cuatro hijos) a Colonia. Y cuando su caso aún no se había resuelto, Jan Rubens escapó y emprendió viaje hacia la frontera alemana para reunirse con el resto de su familia. Este primer éxodo fue liderado por Guillermo de Orange, el Taciturno, que estableció su base de operaciones en el castillo de Dillemburgo, a unos cincuenta kilómetros de Colonia, aunque su actividad principal se centró en la búsqueda de adeptos para enfrentarse al duque de Alba. Mientras tanto, su mujer, Ana de Sajonia, de gran fortuna y escasa belleza, que se aburría soberanamente “en provincias”, dedicó su tiempo a reclamar sus propiedades a los españoles. Para eso necesitaba un agente que gestionara el asunto y que conociera bien los estatutos de propiedad del país, y quien mejor se postulaba para el puesto era Jan Rubens. La contratación no resultó muy inspirada, o sí, según se mire. Entre gestiones y largas horas de trabajo, Jan Rubens y Ana de Sajonia tuvieron tiempo también para estrechar lazos y tanto los estrecharon que Ana se quedó embarazada. Jan Rubens fue detenido y acusado de adulterio, un delito penado con la muerte.</p>
<p>Mientras tanto, María Rubens, abnegada esposa, andaba preocupada con la desaparición de su marido, hasta que, a través de un comunicado oficial y una carta después del propio Jan, se enteró de lo sucedido. Jan suplicó perdón y María se lo concedió, tampoco contaba con muchas opciones, era extranjera en una tierra extraña y tenía que mantener a cuatro hijos. Pero el que no estaba tan dispuesto a perdonar era el cornudo “Taciturno”, aunque, tras las súplicas de María Rubens y dos años de cautiverio, se facilitó la libertad al adúltero.</p>
<p>Después de una época penosa y precaria en la que Jan estuvo incapacitado para ejercer las leyes, todo mejoró tras la muerte de Ana de Sajonia, ya que así ese “<em>affaire</em>” quedaba más o menos olvidado. Después de esto nacieron otros dos hijos del matrimonio Rubens, Felipe y Pedro Pablo, y volvieron a Colonia, donde posiblemente Pedro Pablo Rubens inició su formación artística. Dos años después de la muerte de Jan (1589), la madre de Rubens, entonces convertida al catolicismo, regresó a Amberes, donde el futuro pintor prosiguió con su formación.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Primer viaje a España, un desastre logístico</strong></p>
<p>De 1600 a 1608 Rubens estuvo trabajando como pintor de corte en Italia para el duque de Mantua, Vicenzo Gonzaga. Los Gonzaga, unos buenos mecenas, tenían fama de ser grandes amantes de las artes, por lo que Rubens se encontró con gran cantidad de obras importantes de grandes maestros italianos como Tiziano, el Veronés y Tintoretto. El duque estaba encantado con el prestigio que le otorgaba su gran colección artística, aunque parece que tenía más interés en no dejar de aumentar una colección más peculiar, la de retratos de las beldades más impresionantes de Europa, algo que al parecer le reportaba otro tipo de placeres.</p>
<p>En 1602 llegaban ya a las capitales europeas las noticias de un nuevo y brillante talento en el mundo de la pintura, y Vicenzo estaba deseando poder presentarlo como miembro de su corte. La ocasión llegó cuando mandó a Rubens a Madrid con regalos para el rey de España, Felipe III, y sus cortesanos. La logística del viaje fue un auténtico desastre: acumuló retrasos en el calendario previsto, aranceles onerosos y otras calamidades provocadas por el mal tiempo. El itinerario trazado iba de Mantua a Pisa y por los Apeninos hasta Florencia. Una dificilísima travesía de montaña cuando hubiera sido mucho más sencillo tomar la ruta que se dirigía al puerto de Génova. De Pisa partió en barco hasta Alicante, desde donde estaban previstos tres días de viaje hasta Madrid: un verdadero error de cálculo, puesto que la travesía entre Alicante y Madrid, unos doscientos kilómetros, requería alrededor de dos semanas y, una vez más, el dinero se hacía insuficiente. Para colmo, cuando llegó a Madrid se encontró con que la corte se había trasladado a Valladolid, lo que suponía más días de viaje por terreno accidentado, en total veinte días bajo una lluvia y un viento intensos. Desde 1601 la corte se había trasladado a Valladolid para, entre otras cosas, aislar a Felipe III del cotilleo político de Madrid y aumentar el poder del entonces valido, duque de Lerma.</p>
<p>Además de los costes del accidentado viaje, Rubens se encontró, al abrir los arcones que contenían los regalos para el rey de España, con que las pinturas estaban <em>“tan dañadas y echadas a perder que me parece casi imposible restaurarlas” </em>dijo en una misiva a Mantua. Por suerte la situación no fue tan irreversible como había vaticinado y pudo restaurar todas las obras salvo dos, que sustituyó por una creación nueva suya.</p>
<p>Durante esta primera estancia en España está claro que Rubens pudo aprender mucho del proceder de la corte y sus intrigas. Para empezar, llegado el momento de entregar los presentes de Mantua al rey Felipe y al duque de Lerma, fue relegado, contra toda previsión, por el embajador de Mantua en Madrid, quedando Rubens en un segundo plano y bastante molesto por ello. No obstante, Rubens, muy sagaz en lo político, hizo muy buena relación con el duque de Lerma, de quien admiraba su gran influencia. De hecho años más tarde reflexionaría sobre ello, contando una anécdota de un comerciante italiano que consiguió una audiencia con Felipe III, quien le preguntó por qué no había despachado antes con el duque de Lerma. El comerciante respondió “<em>Si hubiera logrado una audiencia con el duque, no habría sido menester presentarme ante su majestad”. </em>El duque de Lerma también admiraba al joven pintor, y el resultado de esta relación se tradujo en una de las grandes obras maestras del flamenco: el retrato del duque con armadura negra sobre un brioso caballo blanco que avanza hacia el espectador.</p>
<p>Seguro que durante la estancia del pintor en España trataron de la situación de Flandes y de la ciudad natal del pintor, Amberes. De hecho, ambos dedicaron grandes esfuerzos por poner fin al conflicto de los Países Bajos. Rubens, de hecho, dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de la paz en esos territorios. Pero por el momento estaba más preocupado en su vida profesional, y llegó a rechazar la oferta de entrar a formar parte del entorno de Lerma. A Rubens le halagaba enormemente el ofrecimiento de una de las cortes europeas más importantes del momento, pero consideraba España un vacío artístico. Culturalmente, Italia seguía siendo el corazón de Europa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El pintor espía</strong></p>
<p>En 1627 Europa se había convertido en un escenario complicado. El condeduque de Olivares apoyó a Francia para sofocar la rebelión de los hugonotes en La Rochelle, a quienes había estado financiando hasta entonces, con el objetivo de formar una alianza ofensiva contra Inglaterra. Los ingleses contraatacaron apoyando a los rebeldes de Flandes en contra de España. Y, por otro lado, el cardenal Richelieu intrigaba buscando la alianza con Inglaterra dando, sin ningún empacho, apoyo a los “herejes” holandeses. Era, en definitiva, una alianza de todos contra todos para conseguir la hegemonía europea. <em>“Sin duda, sería mejor que esos jóvenes que hoy en día gobiernan el mundo estuvieran dispuestos a mantener buenas relaciones entre sí, en lugar de arrojar a toda la cristiandad a la turbación con sus caprichos”, </em>llegaría a decir Rubens ante semejante panorama.</p>
<p>Tras su viaje a España, el pintor flamenco estuvo varios años en Italia aumentando su bagaje artístico y cultural. Después se instaló definitivamente en Amberes hasta su muerte. Además de su enorme prestigio como pintor, Rubens se había convertido en un auténtico empresario: había creado un taller con un buen número de aprendices a su cargo que le permitían aceptar un gran número de encargos, aprovechando su enorme popularidad. En 1609 entró a formar parte de la corte de los archiduques Alberto de Austria e Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, los soberanos de los Países Bajos españoles, por un sueldo de quinientas libras anuales. Era tal su fama que, aunque la corte de los Archiduques estaba en Bruselas, le permitieron residir en Amberes. El 3 de octubre de ese mismo año se casó en la Abadía de San Miguel con Isabella Brant, de dieciocho años (él tenía ya treinta y dos), hija de uno de los secretarios del Ayuntamiento, y uno de los hombres más ricos y cultos de Amberes, con el que Rubens mantuvo una intensa relación.</p>
<p>La muerte del archiduque propició que Rubens estrechara su relación con la infanta Isabel y alentó la carrera de Rubens como espía en las cortes europeas. El archiduque, antes de morir, pidió a la infanta que siguiera los consejos del pintor, al considerarlo un hombre honesto, sabio y de mente clara. Cuando los rumores de una posible alianza entre Francia e Inglaterra eran cada vez más fuertes, la infanta Isabel pidió al entonces rey de España, Felipe IV, que enviara a Rubens a mediar en la corte inglesa. Se sabía que el rey Carlos I de Inglaterra estaba en disposición a negociar con España antes que con Francia y, cómo no, Rubens mantenía estrechas relaciones con miembros de las altas esferas del rey inglés. Fue entonces cuando Felipe IV mandó llamar a Rubens a España, esta vez no en calidad de pintor, sino de espía.</p>
<p>Como otros diplomáticos europeos, Rubens creía que la paz en el continente se realizaría a través de la colaboración entre Madrid y Londres. El pintor llegó a afirmar que: “<em>admito que para el rey de España la paz con Holanda pueda parecer más necesaria; pero dudo que pueda lograrse sin la intervención del rey de Inglaterra. La paz entre Inglaterra y España, por otra parte, es una posibilidad concreta, y daría a Alemania tanto que pensar que incluso aceptaría la paz”.</em></p>
<p>El veinte de junio de 1626 moría la primera mujer de Rubens dejándole muy abatido y parando su producción pictórica; sin embargo no relajó sus deberes políticos, que tal vez le sirvieran de distracción. Por aquel entonces Rubens estaba próximo a la cincuentena, y ya era uno de los pintores más importantes en una Europa intrigante.</p>
<p>Felipe IV, pues, llamó a la corte a Rubens para darle instrucciones para las negociaciones con Carlos I de Inglaterra, y fue así como el pintor flamenco viajó por segunda vez a España. Durante su estancia en Madrid conoció e hizo amistad con Velázquez, y también tuvo tiempo para realizar unas cuarenta obras para distintos clientes. Cuenta Mark Lamster en “<em>Rubens. El maestro de las sombras” </em>que “<em>Según Francisco Pacheco, suegro de Velázquez, los dos pintores se hicieron amigos durante la estancia de Rubens en Madrid, llegando incluso a viajar juntos a la localidad de El Escorial, a una hora de viaje a caballo en dirección norte desde la capital.” </em>Cuando su vida estaba a punto de acabar, en una de sus últimas cartas, Rubens se refirió con cariño a esa excursión, aunque sin nombrar a su compañero de viaje. El ascenso a Guadarrama fue arduo para los artistas, que sin embargo lo hicieron en un día cálido, de suave brisa. Desde la cumbre de La Nava, por debajo de una inmensa cruz de madera, se dominaba un gran valle que desembocaba en la gran fachada del monasterio, el pueblo que lo flanqueaba y el coto de caza regio –la Fresneda– con sus dos estanques de agua cristalina. A su derecha, un velo de nubes cruzaba Sierra Tocada. Un ermitaño que caminaba con un burro y un venado que los miraba a hurtadillas desde el bosque que había en derredor daban a la escena un aire tan idílico que Rubens no pudo por menos que ponerse a retratarla inmediatamente.</p>
<p>Tras recibir instrucciones, y una vez en Londres, Rubens consiguió que el embajador británico Francis Cottington viajase a España para firmar el Tratado de Madrid, que puso fin a las hostilidades entre los dos países. La estancia en Londres fue fructífera, porque el pintor trabó amistad con el rey de Inglaterra, para quien también realizó varias obras de arte, y cumplió otra misión, encargada por otro de los grandes conspiradores del momento, el condeduque de Olivares. Se trataba de entregar treinta mil ducados al representante de los hugonotes en Francia, para contraatacar a Richelieu quien, por su parte, ayudaba a la rebelión en Flandes contra España.</p>
<p>Rubens fue recompensado por la corona española con la patente de nobleza a lo que la infanta Isabel añadió el nombramiento de gentilhombre de cámara. Por su parte, Carlos I de Inglaterra le nombró caballero en una ceremonia celebrada en el Pabellón de Recepciones. La patente llegó a Amberes con el siguiente agradecimiento <em>“Nos le concedemos este título de nobleza por su relación con nuestra persona y los servicios prestados a nos y nuestros súbditos, su singular devoción a su propio soberano y su destreza en el afán por restaurar el buen entendimiento entre las coronas de Inglaterra y España”.</em></p>
<p>La época en la que vivió Rubens, propicia a las intrigas, alianzas y luchas de poder, permitió desarrollar la diplomacia en las relaciones entre las cortes europeas. Pero la diplomacia estaba reservada a la élite social e intelectual por la necesidad de saber moverse en las cortes reales. Por este motivo, la figura de Rubens, un pintor-espía, es irrepetible. Sus dotes como maestro del Barroco han hecho que se olvide por completo su valor como diplomático, y que se asocie su nombre tan sólo al del pintor de las mujeres robustas y voluptuosas. Pero sus trabajos diplomáticos fueron fundamentales para que las potencias europeas forjaran alianzas duraderas y conseguir lo único que podría propiciar la prosperidad y la paz.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Para saber más:</strong></p>
<p><em><strong>&#8211; </strong>Mark Lamster: “Rubens, el maestro de las sombras. Arte e intrigas diplomáticas en las cortes europeas del siglo XVII”. Tusquets editores.</em></p>
<p><em>&#8211; Javier Revilla Canora: “Rubens y el Tratado de Madrid de 1630. Oficios diplomáticos de un pintor”. Universidad Autónoma de Madrid.</em></p>
</div>
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		<title>Jan van Eyck. El pintor flamenco en la Península Ibérica</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/jan-van-eyck/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:53:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 60 &#8211; Portugal. Exploradores y viajeros &#160; Van Eyck formó parte, en el siglo XV, de una embajada borgoñona para buscar esposa al [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-60-portugal-exploradores-viajeros/">Boletín SGE Nº 60 &#8211; Portugal. Exploradores y viajeros</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Van Eyck formó parte, en el siglo XV, de una embajada borgoñona para buscar esposa al duque Felipe III El Bueno, la quintaesencia de la extravagancia entre los nobles de la época. No es que <em>“el hombre del turbante rojo” </em>buscara mujer para su mecenas, en realidad formaba parte de una comitiva diplomática, la fórmula utilizada al comienzo de la Edad Moderna para buscar, además de uniones matrimoniales, el modo de resolver conflictos, establecer alianzas y fortalecer estrategias. La misión oficial de Jan van Eyck dentro de esta embajada era la de pintar <em>“muy al natural” </em>la figura de la infanta Isabel de Portugal.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>No hay dos sin tres, debía pensar Felipe III El Bueno, duque de Borgoña. Tras enviudar dos veces sin descendencia, buscaba un heredero legítimo y de paso emparentar con la realeza europea. Estaba realmente preocupado por la continuidad de su linaje (no así por su capacidad reproductiva, ya que se le atribuyen, al menos oficialmente, hasta diecisiete hijos bastardos), y por alcanzar su deseo de convertir su ducado en un nuevo reino.</p>
<p>Con este doble objetivo envió una embajada (1428-1429) a la península Ibérica, más concretamente a Lisboa, para encontrar esposa en Isabel de Portugal. Hay que decir que antes ya lo había intentado, hasta en dos ocasiones, con Leonor de Aragón, hermana de Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón. El borgoñón envió recado con dos embajadas, en 1426 y 1427, que volvieron a Borgoña con sendas calabazas reales. El motivo no fue otro que las negociaciones de Joao I de Portugal. El luso, que sí tenía corona -cosa que le daba ventaja-, casó a Duarte, su primogénito, con Leonor de Aragón.</p>
<p>A modo de compensación para Felipe III El Bueno, el portugués le ofreció la mano de su hija Isabel. Con este movimiento, Joao I conseguía compensar al duque, consiguiéndole esposa de sangre real, y, sobre todo, favorecer las posiciones de Portugal y Flandes en el comercio entre el Mediterráneo y el norte de Europa. Una buena jugada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL DUCADO DE BORGOÑA, LO MÁS FASHION DE LA ÉPOCA</strong></p>
<p>La etiqueta de la corte borgoñona era el lujo y las extravagancias sin límite: vestiduras de tejidos raros y preciosos, adornos costosos, fiestas, torneos, duelos, bodas, visitas solemnes… Baste como ejemplo de ese gusto exagerado por el fasto que, entre 1444 y 1446, la corte gastó el 2% de su riqueza en adquirir ropajes de seda y telas de oro a un único mercader, Giovanni di Arrigo Arnolfini (inmortalizado, por cierto, en el famoso cuadro de van Eyck).</p>
<p>Aunque el Ducado no tenía capital fija y movía la Corte por varios palacios situados en sus principales ciudades, como Bruselas, Brujas o Lille, estaba considerado como la sede del buen gusto y la moda en la época. Esto ayudó a su economía, propiciando que sus productos de lujo estuviesen muy solicitados por las élites europeas. Por si fuera poco, llegaron a crear su propia orden en 1430, la Orden del Toisón de Oro, a imagen y semejanza de la legendaria de los Caballeros de la Mesa Redonda.</p>
<p>En cuanto a las intenciones de la comitiva diplomática, habrá que señalar que Isabel de Portugal conseguiría un consorte con posibles y Felipe el Bueno, esposa de sangre real. El matrimonio de Felipe e Isabel es otra historia; apasionante, pero otra historia. Digamos solo que desde el primer momento el borgoñón confirmó a Isabel que no iba a guardarle fidelidad y siguió manteniendo a sus amantes, varias a la vez, cerca de la corte. Isabel de Portugal, que no era una mujer guapa pero sí inteligente, se convirtió en una importante mecenas apoyando a artistas y poetas, rompió esquemas en la época jugando un papel fundamental en las negociaciones de los destinos de Borgoña y, además, supo ver el papel que jugaría su imagen como reflejo del poder en la época que representaba. No en vano muchos autores señalan a Borgoña como el origen de la moda en el vestir.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL RASTRO DEL DINERO: LOS “CIERTOS VIAJES SECRETOS” DE JAN VAN EYCK</strong></p>
<p>Y, en medio de todo este juego de estrategias nupciales, encontramos al autor de “El matrimonio Arnolfini” en una embajada para retratar “muy al natural” a la futura esposa de su mecenas. Poco se sabe y mucho se ha estudiado sobre las posibles visitas del pintor flamenco a la península. Siguiendo el rastro que han dejado las referencias sobre las dietas pagadas al maestro de la pintura al óleo, se ha especulado mucho sobre sus viajes a lo largo y ancho de Europa: 91 libras, 5 sueldos y 3 groses abonados en agosto de 1426 para un “cierto viaje secreto”; 360 libras y 40 groses para otros “algunos viajes secretos” pagados en octubre de 1426; 160 libras y 40 groses para más <em>“ciertos viajes secretos” </em>a partir de 1428; o 360 libras pagadas el 20 de agosto de 1436 para <em>“algunos viajes lejanos y extrañas marchas”</em>.</p>
<p>Las dietas abonadas en 1426 han hecho elucubrar a muchos autores sobre la auténtica participación del pintor en la embajada a la Corona de Aragón, oficialmente con el objetivo de negociar el matrimonio fallido de Felipe el Bueno con la hermana de Alfonso V el Magnánimo. Se han hecho, además, muchos estudios sobre la relación entre van Eyck y Valencia, así como la influencia en artistas como Luis Dalmau. Sin embargo, los últimos estudios afirman que no se puede confirmar su estancia en Valencia. Hoy en día la única referencia segura de la presencia de van Eyck en la península es la de la embajada de 1428-29 gracias a la <em>“Copie du verbal du voyage de Portugal” </em>en la que se indica la participación de <em>“un maestro llamado Jan van Eyck, ayuda de cámara del dicho monseñor de Borgoña y excelente maestro en el arte de la pintura”.</em></p>
<p>Lo que nos dice el documento es que la comitiva salió de Sluis el 19 de octubre de 1428, y que llegó a Lisboa el 18 de diciembre del mismo año. Su agenda era la siguiente: asistencia a la fiesta de recepción de Leonor de Aragón en Estremoz (la infanta que dio calabazas a Felipe el Bueno); negociaciones entre Portugal y Borgoña por el matrimonio que se estaba concertando; realización por parte de Jan van Eyck del retrato de la infanta; envío de mensajeros y espías para informarse sobre la reputación de la buena de Isabel de Portugal; envío de las condiciones y el retrato (que debieron ser dos) por mar y por tierra hasta Borgoña. Mientras tanto, varios miembros de la embajada visitan Santiago de Compostela, al duque de Arjona, al rey de Castilla, al rey de Granada y otros señores, tierras y lugares; regresan a Lisboa y firman el contrato matrimonial; celebran la unión por poderes con fiestas de por medio y viajan de vuelta, con la infanta, a Flandes (un viaje penosísimo, por cierto, del 8 de octubre al 25 de diciembre de 1429).</p>
<p>Desde que van Eyck pinta el retrato de la infanta, que desgraciadamente no se ha conservado, se envía a Borgoña y se recibe respuesta del Duque, pasan casi cuatro meses. En ese tiempo los borgoñones aprovecharon para explorar la península Ibérica y visitar, como se avanzaba antes, Santiago de Compostela, al duque de Arjona, a Juan II rey de Castilla posiblemente en Valladolid, al rey de Granada y otros señores, tierras y lugares que no se especifican en la documentación conservada. Este viaje y las influencias de la pintura de van Eyck en artistas castellanos y aragoneses ha originado numerosísimos estudios y especulaciones. Muchas de ellas giran en torno al cuadro “la Fuente de la Vida” procedente del taller de van Eyck y conservada en el Museo del Prado, pero sigue siendo incierto si el viaje del pintor, y su encuentro con Juan II, pueda tener algo que ver con esta pintura.</p>
<p>Parece clara, sin embargo, la influencia de la península Ibérica en la obra del flamenco: se evidencia en los nuevos paisajes, trajes locales, el exotismo nazarí, las costumbres, la vegetación mediterránea y los azulejos valencianos que aparecen en sus obras. Los expertos han analizado hasta el más mínimo detalle si esta influencia deriva del viaje de van Eyck a la península o si, debido a un comercio muy floreciente, la mayor parte de estos materiales eran ya conocidos en toda Europa. Se especula también con la posibilidad de que el maestro llevara consigo un cuaderno de bocetos durante el viaje, en el que fuera recogiendo los minuciosos detalles tan celebrados en sus lienzos.</p>
<p>Sea como fuere, la estancia de Jan van Eyck en la península duró casi diez meses, de los que apenas necesitó uno para pintar a la infanta Isabel de Portugal. Sobre el resto del tiempo, lo que sabemos a ciencia cierta son las visitas a los señores de la península, aunque por desgracia, no a todos. No hay documentos que atestigüen otras obras del flamenco ni la recepción de encargos. Sin embargo es de destacar la importancia del viaje debido, no solo a la información que aporta sobre la búsqueda de alianzas en una Europa en tránsito hacia la Edad Moderna, sino también a todos los detalles que proporciona a los historiadores del arte para el análisis de su obra e influencias posteriores.</p>
</div>
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		<title>La Compostela de Cosme de Médici</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/compostela-de-cosme-medici/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 07:27:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/compostela-de-cosme-medici/">La Compostela de Cosme de Médici</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3>Por Emma Lira</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-71-camino-de-santiago/">Boletín 71 &#8211; Camino de Santiago</a></p>
<p><strong>En el siglo XVII, Santiago de Compostela recibió un peregrino de excepción, Cosme de Médici, heredero del Gran Ducado de la Toscana. Su paso por el último tramo de la ruta xacobea, perfectamente documentado, constituye un testimonio fundamental para conocer la evolución de la ciudad compostelana.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Cosme III de Médici, el que sería Gran duque de la Toscana entre los años 1670 y 1723, y el penúltimo de su larga dinastía era, a decir de sus biógrafos, un hombre dual. Por un lado, había heredado esa sed de conocimiento que había convertido en grandes mecenas a los Médici. Como digno hijo de Fernando II, Cosme era un apasionado de la naturaleza y la biología, al que complacían secretamente lo extraño y lo grotesco; de hecho, su colección puede visitarse aún en el Museo Nacional de Antropología y Etnología de Florencia. Por otro lado, la influencia de su madre, Vittoria della Rovere, y la educación que ella se empeñó en proporcionarle, habían hecho de él un hombre profundamente religioso. Quizá la suma de ambas realidades, curiosidad y fe, influyeran en la decisión que tomó en el año 1668, cuando optó por emprender un viaje por la península ibérica, eligiendo, como uno de sus principales hitos, la tumba del apóstol en la ciudad de Santiago de Compostela.</p>
<p>En el siglo XVII la ruta xacobea llevaba ocho siglos de existencia, desde aquel primer momento, en el siglo IX de la era cristiana, en que la iglesia y la monarquía astur habían validado como auténticos los supuestos restos de Santiago el Mayor, discípulo de Jesucristo. Toda una historiografía clásica se había esforzado por colocar a aquel humilde pescador de Oriente Mundo a escasas millas del <em>Finis Terrae</em>, predicando su mensaje a los habitantes de la bárbara y occidental España. La estructura religiosa que guardaba los restos del apóstol había crecido desde ese primer momento, y, con él, la fe, la repercusión y la influencia del reino que los custodiaba. El difunto Santiago había inaugurado un camino que, empezara donde empezara, conducía al fin del mundo, con la promesa de borrar los pecados de quienes se aventurasen en su ruta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CUANDO EL CAMINO NO ERA YA LO QUE FUE</strong></p>
<p>Durante los siglos anteriores, pueblos, monasterios y órdenes religiosas habían crecido amparados a la sombra del Camino, pero para cuando Cosme visitó Santiago de Compostela (la advocación hacía referencia a las misteriosas luces que se habían divisado en el lugar donde había sido encontrado el sepulcro, el <em>Campus Stelae</em>), la importancia del camino, y quizá incluso la fe, experimentaban horas bajas. Las diferentes brechas religiosas que durante el siglo anterior habían abierto en dos Europa, habían hecho descender dramáticamente el número de peregrinos. Las críticas de protestantes y anglicanos, y las acusaciones de idolatría sumadas a los dudosos senderos de una Europa envuelta en guerras de religión, habían mermado su protagonismo, pero, pese a todo, cuando Cosme de Médici, el heredero del Gran Duque Fernando II, pensó en conocer España, no dudó en hacer de Santiago una de sus escalas.</p>
<p>Parece que el joven Médici, que en aquel momento contaba con 26 años de edad, tenía un motivo más para emprender un largo viaje. Su matrimonio, seis años atrás con Margarita Luisa de Saboya, prima del rey de Francia, Luis XIV, era un absoluto y notorio desastre. Es cierto que tenían ya dos hijos, Fernando y Anna María, de los que en la corte se decía que eran producto de dos reconciliaciones puntuales, pero la relación habitual entre los cónyuges no solo era pésima, sino que provocaba graves problemas en el funcionamiento de la logística doméstica. Las crónicas comentan que, desencantado por no poder solucionar las diferencias entre los jóvenes esposos, Fernando II aconsejó a su hijo ausentarse de la corte durante largos períodos. Hemos de entender que, para Margarita Luisa de Saboya, de talante alegre y amante de los placeres y diversiones de la corte francesa en que se había criado, también supondría un alivio. El ambiente beato y misógino en el que se movía su marido provocaba sus frecuentes huidas a las villas de verano de los Médici, y la llevaba incluso a fingir enfermedades para permanecer alejada de él, y fuera de la casa familiar. Al fin y al cabo, ella ya había dado un heredero varón a la dinastía, y debía considerar que había cumplido con creces su parte del trato.</p>
<p>No sabemos si, al visitar la Tumba del Apóstol, Cosme de Médici buscaba expiar sus pecados o recabar la intervención divina en su matrimonio; de lo que no quedan dudas es de su fervor religioso, de su confianza en el clero, e incluso de su intento de hacer méritos ante los ojos de Dios. En los años de su posterior reinado, buscando quizá asegurase el cielo, había emprendido una cruzada particular contra todo aquello que consideraba inmoral, hasta el punto de mandar retirar del altar de la catedral de Florencia las estatuas de Baccio Bandinelli, que representan a Adán y Eva desnudos, por considerarlos pornográficos. Así mismo suspendió las fiestas de mayo, el <em>calendimaggio</em>, debido a sus orígenes paganos, y emprendió una persecución sin cuartel contra la comunidad judía, mientras el 10% de la población de Florencia, vinculado de uno u otro modo a la iglesia, ni siquiera se veía obligado a pagar impuestos. Su religiosidad llegó a alcanzar, según algunos autores, niveles patológicos, y era <em>vox populi </em>que los esfuerzos por salvar su alma incluían, aparte de la oración, a la que dedicaba varios momentos del día, la peregrinación a lugares santos, y el descubrimiento de reliquias y de santos hasta entonces poco conocidos. Visitar la tumba del Apóstol encajaba a la perfección en su agenda de actividades.</p>
<p>En septiembre del año 1668, el heredero de Fernando II de Médici, inicia su segundo gran viaje -el primero le había llevado el año anterior hasta Amsterdam, incluso a conocer a Rembrandt- partiendo de Florencia. Será el más extenso de su vida y le llevará un año y medio, tiempo durante el que le acompaña un nutrido séquito, que llegará a ser de hasta 39 personas. Pese a ello, sus cronistas se complacen en recordar que, siempre que pudo, el príncipe se mantuvo prácticamente de incógnito, aunque no sabemos si lo hizo por gozar de mayor libertad de movimientos, o para no incrementar los gastos del viaje, pues estaba completamente en contra de los fastos de la corte. Sabemos que el ilustre peregrino viajó en carroza y en caballo, y que se alojó preferentemente en conventos, rechazando a menudo las invitaciones de aristócratas de la corte española. Su día a día estaba tan condicionado por los acontecimientos religiosos que escuchaba misa diariamente, visitaba monasterios y lugares de peregrinaje con regularidad, y, siempre que podía, se complacía participando en procesiones y compartiendo opiniones con los clérigos españoles.</p>
<p>La variopinta comitiva que le acompañaba incluía los servicios de un mayordomo, un tesorero, un sacerdote, varios médicos, cortesanos, secretarios, ayudas de cámara, lacayos, cocheros, caballerizos, mozos de cuadra y hasta un médico personal. Pero sobre todo contaba con unos profesionales, gracias a los cuales, la crónica de su viaje ha llegado íntegra hasta nuestros días. En su expedición viajaban hasta tres amanuenses, cuya misión era dejar constancia de su proeza. Uno de ellos era el conde Lorenzo Magalotti, gran literato y amigo personal de Cosme de Médici, que fue el encargado de poner por escrito el relato oficial, la <em>Relazioni Ufficiale</em>. Filippo Corsini redactó por iniciativa personal la <em>Memorie del Viaggio fatto in Spagna del Serenissimo Principe Cosimo di Toscana </em>y, por último, el médico particular del príncipe, Giovan Battista Gornia, también por cuenta propia, escribió el <em>Viaggio fato dal Serenissimo Principe Cosimo terzo di Toscana per la Spagna, Inghilterra, Francia et altri luochi neglí anni 1668 e 1669</em>. La comitiva también contaba con su propio dibujante, Pier María Baldi, el “fotógrafo” de cabecera, quien iba plasmando con sus pinceles cada una de las ciudades y villas por las que pasaba el grupo. Las imágenes que nos ha legado son de gran valor para la historia del arte y del urbanismo, pues presentan una instantánea muy fiel del estado de las concentraciones urbanas a mediados del siglo XVII.</p>
<p>El grupo en pleno entró en España, procedente de Florencia, por el puerto de Barcelona. Desde allí se dirigió a Zaragoza, Madrid y Toledo. Partió luego hacia Andalucía, parando en Córdoba, Granada y Sevilla. Visitó después Extremadura, y desde allí entró en Portugal, haciendo parada en Lisboa y volviendo a salir, camino de Galicia, por la localidad de Tui y el camino portugués. En Galicia, Cosme de Médici se demora un mes entero y se complace en visitar Pontevedra y Padrón, antes de alcanzar Santiago de Compostela el 3 de marzo de 1669. ¿Quedó impresionado el Gran Duque cuando llegó a la catedral que guardaba los restos del Apóstol? Atendiendo al relato de sus cronistas, se podría asegurar, sin temor a equivocarse, que no mucho, aunque en su descargo debemos decir que, al fin y al cabo, el Médici viene de la deslumbrante Florencia, y a su lado cualquier construcción tardomedieval en España seguramente le parecería humilde. Sabemos de la decepción que le produjo la ciudad del apóstol, prácticamente desde antes de llegar, ya que los documentos oficiales califican de <em>“incómodo” </em>el camino de acceso a la ciudad, aunque ignoramos bajo qué criterios exactos. En la catedral, que para los visitantes carece de la pompa que habían imaginado, ni los acompañantes de Cósme ni él mismo encuentran mucho sentido a la ceremonia del abrazo del apóstol. Eso sí, parece que el príncipe florentino quedó impresionado por el hipnótico vaivén del botafumeiro. Probablemente en ningún otro edificio religioso, por mucho que su arquitectura superase a la catedral de Santiago, había sido testigo de nada igual.</p>
<p>A pesar del encanto del botafumeiro, su opinión general no mejoró mucho tras asistir a la ceremonia de la misa, desde una capilla que se presume fue la de la comunión. Según los datos recogidos por sus acompañantes, el noble no dejó de criticar los tesoros compostelanos al compararlos con la grandeza de su Florencia natal. Y tampoco la manida figura de Santiago Matamoros le despertó un especial sentimiento religioso. En los tiempos en los que el apóstol se había convertido en el patrón de la España cristiana frente al avance en la península del islam, aquella iconografía belicista pudo haber tenido sentido, pero en el siglo XVII el islam estaba relegado a las posesiones del Imperio Otomano, a quien se combatía incesantemente en el mar. Para Cosme de Médici, que, desde niño había dado muestras de un temperamento melancólico, y a quien ni siquiera gustaban las partidas de caza, la imagen de aquel hombre santo blandiendo un arma, dispuesto a decapitar mahometanos, le resultaba profundamente perturbadora. Esta postura personal que desvinculaba por completo iglesia y violencia le llevaría, con posterioridad, a generar una gran polémica en su ciudad: cuando, ya en el gobierno, ordenó retirar de la Iglesia de San Giovannino Degli Scolopi la espada y el yelmo de Guglielmino Ubertini, un aclamado obispo guerrero muerto en la batalla de Campaldino. Cosme de Médici no concebía adorar objetos bélicos provenientes de un religioso.</p>
<p>Pero no solo la catedral y los tesoros del Santo decepcionaron a Su Sereníssima. El peregrino italiano continuó con el mismo tono crítico en su paseo por la Compostela del siglo XVII, a la que llegó a calificar de “pequeña y fea”. Lo cierto es que los dibujos de Pier María Baldi dan fe de lo que vieron los ojos del Médici, y en la vista que muestra de la ciudad desde Santa Susana, la catedral de Santiago de Compostela no tiene nada que ver con la que nosotros tenemos en mente ahora. El complejo religioso no había evolucionado aún a su estética posterior. En el dibujo aparece la muralla y se identifican el Hospital Real, el Palacio del Arzobispo, San Martín Pinario, el monasterio de San Paio, la iglesia de las Huérfanas y el convento de San Agustín, pero no hay nada de la ciudad exquisita y barroca en que Santiago de Compostela se convertiría. La característica fachada del Obradoiro no existía, como tampoco existían como tales sus torres ni la torre del Reloj. El dibujo de Baldi se convierte, pues, en una instantánea congelada en el tiempo. Un documento importantísimo, que nos muestra una visión medieval anterior a todas las intervenciones que la convertirán posteriormente en una ciudad barroca. No nos permite, sin embargo, apreciar por completo la estética de la fachada medieval, pues, o bien por la complejidad de la misma, o bien por carecer de tiempo, con cierta picardía el artista decidió taparla con un árbol.</p>
<p>Cosme de Médici se detuvo en Santiago de Compostela durante tres días, en los que se alojó en el convento de San Francisco. Tras abandonar la urbe, el noble y su séquito pusieron rumbo por el Camino Inglés hacia A Coruña, ciudad que, según afirmaron sus acompañantes, le gustó bastante más que la que había dejado atrás. Por orden del príncipe, el pintor Pier María Baldi dibujó una magnífica vista de la ciudad desde el Monte de Santa Margarita, en la que destaca especialmente el puerto, algo con lo que, evidentemente, Compostela no podía competir.</p>
<p>El 19 de marzo de 1669, Cósme de Médici embarcaría en este mismo puerto con dirección a Inglaterra, Irlanda, Francia y Holanda, despidiéndose de su periplo ibérico y de la escala compostelana. Puede que la tumba del apóstol y la mítica del camino no cumplieran sus expectativas, pero, sin lugar a dudas, la que sí lo hace es la gastronomía española. Sus cronistas destacan los exquisitos platos que degustan en cada uno de los lugares por los que pasan: el cordero en Toledo, los jamones de Andalucía o las lampreas en el Tajo, pero los mayores elogios se los llevan las tierras gallegas, donde hacen especial referencia a la abundancia de pescado exquisito procedente del río Miño y su desembocadura, como el salmón, el sábalo, el rodaballo, y el lenguado, y a los vinos blancos con sabor suavísimo y delicado con que la comitiva era obsequiada en los monasterios en los que pernoctaban. Habida cuenta de la pasión con la que el Gran Duque de la Toscana acabaría por relacionarse con la comida -convirtiéndole en un hombre de gran volumen- quizá después de todo su viaje a Santiago sí tuviese el propósito secreto de expiar un pecado capital, el de la gula.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El viaje de un veneciano por la España de Carlos V</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/andrea-navajero/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 11:52:59 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Javier Gómez-Navarro</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Javier Gómez-Navarro<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-44-exploradores/">Boletín SGE Nº 44</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Andrea Navajero es conocido por haber escrito uno de los mejores libros de viaje por España en la primera mitad del siglo XVI. Llegó en 1525 a la Corte de Carlos V para conseguir un tratado de paz entre la república veneciana y España. Viajó desde Barcelona a Toledo y después se sumó al largo viaje que hizo la Corte por Andalucía. En diciembre de 1526 se trasladó a Valladolid pero allí consideró terminada su misión y regresó a su patria en 1528. De su viaje nos dejó un relato pormenorizado que nos muestra una perfecta instantánea de la península en el siglo XVI, sus paisajes urbanos y sus gentes.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Navajero vino a España como embajador de la Republica de Venecia ante el Emperador Carlos V en los momentos más complicados de las luchas entre Francia y España, entre el Emperador y Francisco I, Rey de Francia. Era el momento de máximo esplendor de los turcos, que amenazaban a todos los países del sur de Europa, y por otro lado, los diferentes estados italianos mantenían una lucha continua entre ellos, con permanentes intrigas internas por el poder.</p>
<p>El Renacimiento había llegado a su culmen y la cultura griega y romana había llegado a Italia, pasando por los árabes españoles y la escuela de traductores de Toledo. El latín era todavía la lengua culta de Europa y al mismo tiempo, la imprenta generaba una nueva clase de impresores y eruditos que se esforzaban por publicar la obra más correcta con la traducción más fiel al original.</p>
<p>Venecia lideraba este espacio cultural, y dentro de Venecia era Aldo Manucio y sus prensas las que publicaban los mejores libros, con el apoyo continuo de los intelectuales y literatos más importantes de toda Italia. Dentro de esa élite los miembros más destacados eran el Cardenal Bembo, el geógrafo Juan Bautista Ramusio y nuestro Andrea Navajero.</p>
<p>Navajero, que era cronista oficial de la ciudad y bibliotecario de San Marcos, recibió el encargo del Senado de escribir la historia de la República veneciana en latín. Menéndez Pelayo dice de él que era un exquisito, quizás en exceso, imitador de Cicerón y muy poco prolífico. El viaje a España y las cartas que le envió sobre el mismo a su amigo el geógrafo Juan Bautista Ramusio son parte de lo más selecto de su producción. En España, el veneciano ejerció una importante influencia sobre Francisco de la Torre, miembro del Consejo del Emperador y su Embajador en Venecia, y sobre Boscan.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Embajadores con doble juego</strong></p>
<p>Los venecianos en ese momento desconfiaban y temían a Carlos V y por eso enviaron como embajador a un hombre de letras y no a un político, pues no pretendían realmente llegar a acuerdos, sino ganar tiempo para seguir el devenir de los acontecimientos entre España y Francia y, complementariamente, Turquía. Navajero tenía que llevar a cabo un doble juego aparentando interés por parte de Venecia en mejorar las relaciones con España, mientras al mismo tiempo formaba parte de la Liga con Francia y el Vaticano. Esto influirá en el tono del relato de su viaje, que será claramente descriptivo y entra muy poco en los acontecimientos políticos que se desarrollan simultáneamente.</p>
<p>El viaje por España de Navajero comienza el 24 de abril de 1525, cuando llega en barco a Palamós, y finaliza el 29 de mayo de 1528 cuando sale por la frontera de Fuenterrabía. La primera edición del libro no se publica hasta 1563: Navajero le envía el manuscrito a su amigo Juan Bautista Ramusio, geógrafo y editor de la primera compilación de viajes conocida y en la que se incluye la primera edición de “La descripción de Africa” de León el africano”. Ramusio se lo cede a su hijo y este se lo enseña años después al editor Domingo Farri que finalmente lo publica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Barcelona, Zaragoza, Guadalajara</strong></p>
<p>Navajero es nombrado por el Senado de Venecia embajador ante el Emperador Carlos V el 23 de octubre de 1523 pero no parte de Venecia hasta el 14 de julio de 1524. Cuando está a punto de embarcar camino de España se declara la guerra entre Francia y España en la que el ejército francés sería derrotado desastrosamente en Pavia (en octubre de 1524) y el rey Francisco I caería prisionero.</p>
<p>Estos acontecimientos retrasaron aún más la salida hasta el 6 de abril de 1525, fecha de su embarque Genova, para emprender un viaje que resultará espantoso por una gran tormenta que les obliga a hacer una escala en Calvi (Córcega).</p>
<p>Al fin, desembarca el 24 de abril en Palamós y se encamina entonces hacia Barcelona, a donde llega el 1 de mayo. Navajero descubre Barcelona: <em>“Barcelona es una bellísima ciudad magníficamente emplazada y con gran número de bellísimos jardines en los que hay naranjos, mirtos y cedros. Las casas son buenas y cómodas, construidas con piedra y no con tierra como en el resto de Cataluña. Está junto al mar, pero carece de puerto. Tienen un arsenal donde otras veces solía haber buen número de galeras, pero ahora no hay ninguna. No hay mucha abundancia ni de pan ni de vino, pero sí gran cantidad de frutos de todas clases; la causa está en la falta de hombres en el campo, lo que dicen se debe a la guerra que tuvieron con el Rey Don Juan, por motivo de su hijo Don Carlos, Príncipe de Viana. </em><em>Están sujetos a la Corona de España, pero de tal modo que ellos gobiernan sus tierras con tres Cónsules y el Consejo, y tienen tantos privilegios que es muy poco lo que el Rey les puede ordenar. De estos privilegios y costumbres que tienen, la mayoría no son, en verdad, muy honestos; por ejemplo, los bandos que tienen entre ellos o la costumbre de que, quien lleva vituallas a la Ciudad, aunque haya matado a un hombre, puede entrar impunemente; y, como estos, otros muchos que demuestran su abuso de la libertad que tienen. Hacen pagar grandísimas cantidades por cualquier cosa , sin perdonar a persona alguna, ya sean Embajadores o similares, e incluso el mismo Emperador. A las naves que tocan en su puerto, aunque no descarguen la mercancía, las hacen pagar por todo cuanto llevan dentro. Y cuando va allí la Corte, se hacen pagar los alquileres de las casas, lejos de toda razón. Y en todo lo demás hacen lo mismo, de suerte que, estando allí la corte, el dinero que dan al Emperador allí se queda.”</em></p>
<p>Continua viaje hacia el sur el 12 de mayo llegando a Zaragoza el 25 de Mayo y de ella dice: <em>“Zaragoza fue llamada por los antiguos César Augusta, y se trata de una bellísima ciudad situada en las orillas del Ebro, con bellísimas casas construidas todas con ladrillos y, entre sus calles, una, sobre todo, magnífica; junto a dicha calle se halla, entre muchas otras iglesias, la de Santa Engracia, con su bellísimo monasterio construido por el Rey Católico y por la Reina Isabel que, entre otras cosas, tiene trabajos de yeso bellísimos; es de los jerónimos. Son también muy bellas las Catedral y algunas otras. Fuera de la cuidad hay un palacio, casi castillo, fabricado por los Reyes moros (La aljafería) donde habita el Virrey.”</em></p>
<p><em>“Guadalajara es una magnífica población y tiene casas bellísimas, entre otras un palacio que fue del Cardenal Mendoza, Arzobispo de Toledo, y uno del Duque del Infantado que es el más bello de España. Viven allí muchos caballeros y personas de cuenta, y también el Duque del Infantado, que, aunque la tierra sea del Rey, puede considerarse señor del lugar. Este Duque vive con grandísimos gastos y, a pesar de tener unos cincuenta mil ducados de entrada, los gastos son superiores. Tiene una magnífica hueste de doscientos infantes, muchos hombres de armas y una capilla de excelentes músicos, mostrando ser muy liberal en todo. </em><em>El día 6, saliendo de Guadalajara, cruzamos el río Henares por un bello puente de piedra con una torre en medio y fuimos hasta Alcalá de Henares, a cuatro leguas (dieciséis millas). En Alcalá hay un Estudio de Artes fundado por Fray Francisco Ximénez (Cisneros) Arzobispo de Toledo y Cardenal, el cual embelleció mucho a dicha población: edificó el Estudio en el que se leen las lecciones en latín y no en castellano como en los otros Estudios de España.”</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Toledo, Sevilla, Granada</strong></p>
<p>El viaje del embajador veneciano continúa hacia el sur: <em>“El día 11, después de caminar dos leguas (seis millas), hicimos la entrada en Toledo, donde se encontraba el César con la Corte. El Cesar envió en busca mía, a la entrada de Toledo, al Almirante de las Indias, hijo de Colón, y al Obispo de Avenea, viniendo, además de ellos, gran parte de los Embajadores de Italia. La ciudad de Toledo se levanta sobre un áspero escollo rodeado, casi por tres partes, por el río Tajo; por donde no pasa el río es fuerte también por la inclinación del monte, pelado y áspero, pero tiene por delante, y en su parte baja, una llanura que se llama la Vega. Por todas las demás partes, pasado el río, hay collados y montes asperísimos, más altos que aquel en que se eleva la Ciudad, de modo que, aunque esté en alto, por verse dominada casi por todos lados por montes mayores, se halla tan oprimida y tan cerrada que en verano hace un gran calor; en invierno es muy húmeda por no darle mucho el sol.” (…) En Toledo estuve con la corte desde el 11 de junio de 1525 hasta el 24 de </em><em>febrero de 1526, esto es, más de ocho meses. Después, habiendo el César libertado al Rey cristianísimo, y hechas las capitulaciones de paz en Madrid, determinó trasladarse a Sevilla, para donde yo partí el día 24 de febrero por el camino de Nuestra Señora de Guadalupe.”</em></p>
<p>Y por fin, Navajero llega a Sevilla el 7 de marzo.</p>
<p><em>“La ciudad de Sevilla se extiende por una llanura situada en la margen izquierda del Betis, que ahora llaman Guadalquivir, y puede tener de cuatro a cinco millas de perímetro; se asemeja mucho más que ninguna otra ciudad de España a las italianas, tiene calles anchas y bellas, pero las casas, en general, no son muy buenas. Hay, sin embargo, algunos Palacios tan buenos que no los he visto ni mejores ni más hermosos en toda España. Tiene muchos jardines dentro y no pocos solares, como ciudad no muy habitada y con poca población. Tiene algunas soberbias iglesias, sobre todo la Catedral, que es bellísima y mayor que la de Toledo, aunque no esté tan adornada ni sea tan rica. </em><em>Rodeando todo este claustro y la Catedral por la fachada principal y por uno de los lados exteriores hay un enlosado de mármoles bastante ancho, todo cerrado con cadenas, del cual se desciende a la calle por algunas gradas. Allí se reúnen todos los días muchos gentilhombres y mercaderes a pasear, y es el reducto más bello de Sevilla, al que llaman las gradas. En la calle y plaza que se extienden delante acostumbra a haber también mucha gente, haciéndose allí muchos engaños y habiendo una especie de mercado. Esta plaza es bastante ancha por ambos lados, como he dicho, y por uno de ellos bastante larga. (…)</em></p>
<p>Navajero permanece en Sevilla hasta el 21 de mayo y parte para Granada, siempre siguiendo a la Corte y al Emperador.<em> “La Ciudad de Granada se halla parte en alto y parte en la llanura, pero la parte alta es la más importante; se extiende por tres colinas, todas separadas entre sí, y de las cuales una se llama Albaicín, porque allí fueron a habitar los moros de Baeza cuando les quitaron sus tierras los cristianos; la otra se llama la Alcazaba, y la tercera, Alhambra, más separada de las otras dos que aquéllas entre sí, porque entre ella y las otras hay un pequeño valle en el que no abundan las edificaciones y por el que pasa el Darro. La Alhambra está amurallada y es como un castillo separado de la ciudad, a la que domina casi enteramente. Dentro del recinto hay gran número de casas, pero la mayor parte del espacio está ocupado por un bello </em><em>palacio que perteneció a los Reyes moros, muy hermoso, en verdad, y construido con gran suntuosidad tanto de mármoles finos como de cualquier otra cosa; los mármoles no se hallan en los muros, sino en los suelos; hay un gran patio a la manera española, muy bello y grande, rodeado todo él por las edificaciones, y tiene, a un lado, una torre singular y bellísima, que llaman la Torre de Comares, en la que hay algunas salas y cámaras muy buenas, con las ventanas hechas muy gentil y cómodamente y con labores moriscas excelentísimas tanto en los muros como en los techos; parte de ellas son de yeso con muchos dorados, y parte de marfil y oro incrustado; todas, en verdad, son maravillosas, pero sobresalen los techos y muros de la sala baja. El patio está completamente embaldosado con finísimos y blanquísimos mármoles, habiendo algunas losas de gran tamaño; por medio corre una especia de canal, alimentado por el agua de una fuente que entra en Palacio y que pasa por todas partes, incluso las habitaciones. (…)</em></p>
<p>Navajero hace una amplia descripción de la ciudad pero también de sus gentes: <em>“Los españoles, tanto en esta región de Granada como en el resto de España, no son muy industriosos, y no plantan ni trabajan a gusto la tierra, sino que se van de mejor gana a la guerra o a las Indias a adquirir fortuna. Aunque en Granada no hay tanta gente como en tiempo de los moros, sigue siendo populosísima, y tal vez no hay otra región en España que lo sea tanto; los moriscos hablan su antigua lengua nativa y son pocos los que quieren aprender el castellano. Son cristianos medio a la fuerza, y están poco instruídos en las cosas de la fe, pues se pone poco cuidado en ello, ya que es más ventajoso a los curas que sean así. Por dentro, o son tan moros como antes, o no creen en nada. Son muy enemigos de los españoles, que, en verdad, no les tratan muy bien. Cuando el Rey Católico conquistó este reino concedió que no entrase allí la Inquisición durante cuarenta años; éstos se cumplieron estando nosotros en Granada, y, justamente el día antes de partir yo, hicieron su entrada en ella los inquisidores. Esto podrá arruinar fácilmente la ciudad si inquieren y proceden severamente contra los moriscos.”</em></p>
<p>El veneciano parte de Granada el 7 de diciembre y llega a Toledo el día 21. Allí pasa las Navidades con el Emperador y sale el día 1 de enero hacia Segovia, ciudad en la que queda maravillado sobre todo ante su antiguo acueducto <em>“que es esbeltísimo, sin que yo haya visto ninguno que se le puede parangonar ni en Italia ni en ningún otro sitio; trae el agua a la parte alta de la ciudad desde una milla de distancia, agua que viene todavía, y surte a aquella parte que está sobre la cresta, y también, como es natural, al resto de la población; está hecho de piedra suelta rústicamente labrada, como el anfiteatro de Verona, al que de lejos se </em><em>asemeja muchísimo por el grosor de los pilares y la altura de los arcos.” </em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>Navajero en Castilla</strong></p>
<p>Continúa después hacia Valladolid donde llega el 10 enero y donde permanece con la corte hasta el 27 de agosto de 1527.</p>
<p><em>“Valladolid es la mejor población de Castilla La Vieja; tiene abundancia de pan, de vino, de carne y de todas las demás cosas necesarias para la vida del hombre, tanto por ser su terreno muy bueno como porque tiene alrededor muy buenos pueblos, todos en campo feraz, que suministran a Valladolid cuanto necesita. Tal vez ésta es la única ciudad de España en la que no se encarece ninguna cosa con la llegada de la corte; está situada sobre la orilla izquierda del Pisuerga. Hay en Valladolid infinidad de artesanos que hacen trabajos finísimos de todas clases, sobre todo de plata, habiendo más plateros que en dos de las más </em><em>importantes ciudades de España juntas. Esta abundancia de artesanos tal vez se deba a que suele estar casi siempre allí la Corte, por lo que viven continuamente muchos nobles y señores, bastantes con magníficas casas, por ejemplo el Conde de Benavente que tiene un palacio bellísimo. Además de los artesanos hay muchísimos mercaderes, tanto del lugar como forasteros, por la comodidad de la vida y porque están muy próximos a los lugares de Castilla donde se celebran ferias, como son Medina del Campo, Villalón y Medina de Ríoseco, ninguno de los cuales dista más de ocho leguas de Valladolid.”</em></p>
<p>La corte abandona Valladolid por la peste y marcha a Palencia, al no poder acoger esta ciudad toda la corte envía a los embajadores a Paredes de Nava donde permanecen hasta el 15 de octubre. Durante este tiempo viajan con frecuencia a Palencia para tratar con el Embajador temas de su Embajada. Al no amainar la peste en Valladolid el emperador decide desplazarse a Burgos a donde le sigue toda la corte y los embajadores. De esta próspera ciudad castellana nos deja también una amplia descripción, en la que destaca su carácter triste y melancólico: <em>“En general, tiene buenas casas, pero las calles son estrechas, sobre todo una, que es casi la principal, donde habitan todos los mercaderes, que se llama la calle Tenebrosa por lo oscura; el resto de la población tampoco es alegre, y hay pocos sitios que no sean melancólicos. </em><em>A esta melancolía contribuye admirablemente la del cielo, que está casi siempre triste y nublado, siendo muy raro ver allí un sol claro, por lo que no venía mal el dicho de Don Francés de que «Burgos llevaba luto por toda Castilla, y que el sol, al igual que las demás cosas, viene a Burgos de acarreo ». Hace mucho frío, es abundante en nieves y heladas que duran mucho, aunque su breve verano es, a veces, calurosísimo, por lo que dicen en España que en Burgos hay diez meses de invierno y dos de infierno. Llueve muchísimo y en su parte baja hay un valle por cuyo centro transcurre un río llamado Arlazón; el valle es muy verde y está lleno de árboles, sobre todo infinitos sauces, lo que sería ciertamente muy hermoso y agradable si se hallase en lugar donde apeteciese el fresco. (…)</em><em> </em></p>
<p>De su estancia en Burgos, apunta en sus cartas que <em>“todo este tiempo anduvimos en negociaciones para lograr la paz entre el Rey y la Liga. Los Embajadores de la Liga presentes entonces en Burgos” eran: el del Papa, el Rey de Francia, el Rey de Inglaterra, el Duque de Milán y la Señoría de Florencia.”</em></p>
<p><em>“Tratadas largamente todas las cuestiones relativas a la paz por todos los Embajadores citados, y no encontrándose el modo de venir a conclusión, o no queriendo Dios hacernos gracia todavía de la tan deseada y necesaria paz, acordamos todos obtener licencia del César y regresar a nuestros países como teníamos órdenes de hacer de no ajustarse la paz. Fuimos todos juntos a solicitar esta licencia; a la tarde siguiente fue enviado Don Lope Hurtado de Mendoza a decirnos, a los Embajadores de Francia y de Florencia y a mí, que al César le placía que dejásemos la Corte, lo que deberíamos hacer al día siguiente, pero que quería que estuviésemos en un lugar llamado Poza, situado a ocho leguas de distancia, mientras sus Embajadores en Francia y en Venecia eran avisados de que partiesen a su vez, y que de ello se tuviese alguna respuesta. El día que partimos, que fue el 22 de enero, los Embajadores franceses e ingleses conjuntamente, que los heraldos de sus Reyes, fuesen solemnemente con sus hábitos de heraldo a declarar la guerra al César, lo que se </em><em>realizó en la mañana de dicho día 22. </em><em>Al marchar el César de Burgos a Madrid un mes después, esto es, el 20 de febrero, envió también a Poza a los Embajadores ingleses ya citados y al del Duque de Milán. Fuimos tratados bien por Lope Hurtado. </em><em>El día 23 de abril, al salir el César de Madrid para Valencia, tuvo noticias de que su Embajador en Francia estaba ya de vuelta en España y había llegado a Bayona, por lo que acordó dejarnos partir a nosotros.”</em></p>
<p>Partieron de Poza el 19 de mayo, recorriendo el norte de la provincia de Burgos entrando en el País Vasco por Vitoria, Navarra y llegando a Guipúzcoa, donde queda sorprendido por la lengua, el vascuence, y también por la caprichosa forma de arreglarse de las mujeres: <em>“En esta región las mujeres llevan un arreglo de cabeza muy caprichoso: se envuelven ésta con una tela casi a estilo turco, pero no en forma de turbante, sino de capirote, y van adelgazándolo tanto que le tuercen después la punta y hacen que resulte muy parecido al pecho, cuello y pico de una grulla; este mismo tocado está extendido por toda Guipúzcoa y dicen también que en Vizcaya, y no varía de una mujer a otra sino en que con aquella especie de cresta hacen mil formas caprichosas, haciéndole semejar cosas diversas.</em></p>
<p><em>La lengua de Guipúzcoa y de Vizcaya es la misma, llamada vascuence, sólo que en una parte de habla más correcta y elegantemente que en la otra y es la más nueva y extraña que yo hubiese visto ni oído nunca; exclusivamente suya, sin palabra alguna semejante a la lengua castellana ni a ninguna otra, de modo que fácilmente se puede pensar fuese ésta la primitiva lengua de España antes de que viniesen los romanos; no la escriben, pero quien quiere hacerlo aprende castellano y escribe en esta lengua por lo que la mayor parte de los hombres de esta región sabe el castellano, y las mujeres ninguna otra fuera de la suya natural; </em><em>éstas son bastante bellas y blancas. (…)</em></p>
<p><em>(…) La riqueza de esta tierra es el hierro y el acero, del que obtienen tanta cantidad que se me ha dado como seguro que entre Guipúzcoa y Vizcaya obtienen cada año ochocientos mil ducados. Muchos dicen que ambas regiones han sido en los tiempos antiguos de los cántabros; pero otros creen que Guipúzcoa fue vasca. Guipúzcoa tiene bastantes puertos de mar, de los que el más próximo a Francia es Fuenterrabía; luego están los Pasajes, San Sebastián, Orio y Deva, comenzando seguidamente Vizcaya. La ciudad más importante de Guipúzcoa es San Sebastián, a la que sigue Tolosa, en Vizcaya la mejor es Bilbao.”</em></p>
<p>El día 29 de mayo se intercambian en Fuenterrabía los Embajadores francés y español y cruzan todos a Francia por Hendaya, San Juan de Luz y Bayona. Así concluyen las cartas de Navajero, que en su conjunto son un fresco relato de los paisajes y gentes de la España de Carlos I.</p>
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		<title>Ibn Jaldún, un viajero tunecino en Al-Andalus</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ibn-jaldun-un-viajero-tunecino-en-al-andalus/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 16:27:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XVI y anteriores]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Isabel Blanco del Piñal</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c3779" class="csc-default">
<h5><strong>La investigadora y colaboradora de la Fundación de El Legado Andalusí, Isabel Blanco del Piñal, nos acerca a la figura del pensador y viajero tunecino Ibn Jaldún, uno de los  más importantes  intelectuales del mundo musulmán que el siglo XIV recorrió el Mediterráneo y viajó por los reinos de taifas del Al Andalus peninsular. Ibn Jaldún reunió una amplia información en su periplo vital por los Reinos de Granada y Sevilla.</strong></h5>
<p>&nbsp;</p>
<h3><em><strong>Por Isabel Blanco del Piñal</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-18-espana-en-magreb/"> Boletín SGE Nº 18 &#8211; España en Magreb</a></p>
</div>
<div id="c3793" class="csc-default">
<p class="bodytext">Ibn Jaldún fue un personaje ambiguo, conflictivo, pero de tanta importancia política, que suscitaba a donde estuviese criticas, envidias e intrigas. Las dos veces que viajó a España (siempre con destino Granada, a la corte nazarí) lo hizo para ponerse a salvo o de alguna intriga tramada en contra suya en su patria magrebí, o porque temía la venganza de un sultán de turno que le guardaba algún rencor.</p>
<p class="bodytext">El viaje más interesante suyo es el que realizó a Sevilla en misión diplomática enviado como embajador de Muhammad V de Granada para entrevistarse con el Rey Pedro I, (año 1362-3). Ibn Jaldún tendrá que dejar la corte nazarí porque suscita la envidia del famoso “vezir” y literato de la Alhambra, Ibn al-Jatib. El viaje comenzaba en 1362, cuando el historiador y diplomático emprende viaje a Ceuta. Cruzó el Estrecho, y apenas hubo desembarcado en Gibraltar anunció al sultán granadino y su visir Ibn al-Jatîb la noticia de su próxima visita. En la capital granadina obtuvo una cariñosa acogida, en compensación por los favores que anteriormente Ibn Jaldún había hecho al sultan y al visir. Se puso a su disposición un hermoso y confortable alojamiento en la corte y fue admitido en la sociedad íntima del sultán, llegando a ser en poco tiempo su mejor compañero y asesor inseparable. Explica textualmente:<em>“El año siguiente este monarca me envió en embajada cerca de Pedro (D. Pedro el Cruel), hijo de Alfonso XI y rey de Castilla. Era yo el encargado de ratificar el tratado de paz que este príncipe había concluido con los soberanos de la costa africana, y con tal objeto había de ofrecerle yo un regalo, compuesto de hermosas telas de seda y de muchos caballos de raza con sillas de oro. Así que llegué a Sevilla, donde pude observar muchos monumentos que atestiguaban el poderío de mis antepasados, fui presentado al rey cristiano. Este me recibió con grandes muestras de honor, y me aseguró que experimentaba al verme una viva satisfacción. Su médico judío, Ibrâhîm ibn Zerzer, le había hecho ya mi elogio y le había dado noticias sobre la alta ilustración de mis antepasados. Quiso entonces el rey retenerme a su lado, prometiéndome que me serían devueltos los bienes que mis mayores habían poseído en Sevilla, y que se encontraban entonces en poder de uno de los magnates de su reino. Agradeciéndole como se merecía un ofrecimiento de esta especie, le supliqué que me excusase de aceptarlo, continuando yo conservando sus buenas gracias. Al tiempo de partir me proveyó de bestias de cargas y provisiones de viaje, así como también de una bellísima mula, equipada con silla y brida guarnecidas de oro, que debía yo presentar al sultán de Granada”.</em></p>
<p class="bodytext">Ibn Jaldún decidió establecerse en Al-Andalus, y trajo a su familia, instalándose en una hermosa alquería de Elvira, que le había sido regalada por el sultán granadino. Al final, debido a ciertas disputas respecto a temas ideológicos y de gobierno con Ibn al-Jatîb, visir granadino, decidió dejar Al-Andalus para marchar de nuevo a Ifrikiyya, e instalarse en la ciudad de Bujía en el año 1365.</p>
<p class="bodytext">El segundo viaje lo hace Ibn Jaldún, cuando, ya harto de la política y de sus peligros, decide ir a vivir definitivamente a Andalucía con el propósito de dedicarse a una vida más tranquila, solamente queriendo estudiar y escribir (en agosto/septiembre de 1374). En este segundo viaje, fue recibido al principio con toda suerte de atenciones por el sultán granadino, pero, después de llegar su familia y de establecerse en ésta vida tranquila que anhelaba tanto, se vería nuevamente envuelto en intrigas y caería en desgracia debido a los informes que sobre su actividad política recibió el emir de su amigo el sultán de Fez. Por ello fue expulsado de Granada y desterrado a Hunayn, ciudad marítima próxima a Tremecén.</p>
<p class="bodytext">Después de ocupar el puesto de juez sólo un año, al sultán no le queda más remedio que relevarlo de sus responsabilidades. Casi al mismo tiempo que sufre esta humillación, Ibn Jaldun vive una tragedia personal. El barco que lleva a bordo a su familia y todos sus bienes, se hunde en una tempestad camino de Alejandría. Todos mueren e Ibn Jaldun pierde toda su fortuna.</p>
<p class="bodytext">Aquello le suma en una profunda depresión, pero le queda un consuelo, y es que sigue gozando del favor del Sultán az-Zahir Barquq. Recibe varios nombramientos importantes como profesor en escuelas famosas, lo que le permite seguir trabajando en su obra. Solamente una vez más, en el año de 1399 a 1400, Ibn Jaldun vuelve al escenario político. Es cuando los ejércitos mongoles, después de invadir Siria, marchan sobre Damasco, capitaneados por el temible general Timur.</p>
<p class="bodytext">Bajo el mando de su sultán, el ejército egipcio se pone en marcha para socorrer la ciudad sitiada, seguido por un gran cortejo de altos dignatarios de El Cairo. También Ibn Jaldun se encuentra entre ellos. Cerca de Damasco, defensores e invasores luchan ferozmente pero la superioridad de los mongoles queda pronto establecida. Cuando empiezan las negociaciones para la rendición de Damasco, el campo de los egipcios queda dividido por graves diferencias de opinión. Algunos emires e importantes mandatarios regresan secretamente a El Cairo, a lo que pronto sigue su soberano, quién teme una conspiración. Los dignatarios de Damasco y los altos mandos del ejército egipcio que se quedan, no consiguen ponerse de acuerdo sobre las condiciones de la rendición.</p>
<p class="bodytext">En su obra Ibn Jaldun habla con bastante franqueza sobre el desarrollo de esta aventura y también sobre su propio comportamiento. Teme sufrir graves daños personales, o peor, perder su vida si Timur toma la ciudad por asalto. Decide visitarle personalmente en su campamento militar en las afueras de Damasco. Con gran credibilidad, el historiador consigue convencer al temido general del gran respeto que siente por él, y de que ha anhelado durante muchos años una oportunidad para conocerle. En el curso de esta larga conversación Ibn Jaldun intenta satisfacer la gran curiosidad de Timur, que le hace mil preguntas sobre Egipto, África del Norte y sus dinastías. Finalmente Timur le pide que escriba un ensayo sobre la historia norteafricana.</p>
<p class="bodytext">Es de suponer que Timur habló también con este literato, en misión diplomática muy personal, sobre la rendición de Damasco, ya que al poco tiempo del regreso de Ibn Jaldun a la ciudad sitiada, vuelve al campamento militar mongol con una delegación de altos dignatarios. Las condiciones para la rendición de Damasco son negociadas y estipuladas con el acuerdo de todos los presentes. Cuando los damascenos dejan el campamento, parece ser que Ibn Jaldun se queda durante algunas semanas, y escribe allí el resumen que Timur le pidió. Se dice que esta pequeña obra consistía en doce pequeños libros y que también fueron traducidos al idioma mongol. Sin embargo no se encontró rastro de la misma.</p>
<p class="bodytext">Finalmente, y a pesar de las debidas negociaciones, Damasco es tomada por asalto. Ibn Jaldun consigue de Timur un salvoconducto para sí mismo y algunos dignatarios. El grupo puede regresar sano y salvo a Egipto. Apenas llegado a El Cairo, Ibn Jaldun mueve todas sus influencias para recuperar la posición de juez. Sigue con sus actividades honoríficas en algunas escuelas, sin embargo parece echar de menos la satisfacción que da el poder. En contra de todas las intrigas y opiniones adversas, y a los dos meses después de regresar de Siria, Ibn Jaldun es llamado nuevamente a ocupar el honorable puesto. Apenas un año después, sus enemigos ganan nuevamente la partida y una vez más Ibn Jaldun se ve destituido. Pero no se da por vencido, y lucha obstinadamente por el cargo anhelado. Con interrupciones más o menos largas, vuelve a conseguirlo en dos nuevas ocasiones, para perderlo otra vez al poco tiempo. Cuando el sultán le nombra juez por sexta vez, el triunfo le duraría sólo unas pocas semanas. Con setenta y cuatro años, Ibn Jaldun se ve frente a un enemigo invencible: el 16 de marzo de 1406, la muerte se lleva al gran pensador, político e historiador.</p>
<p class="bodytext">Se dice que el viajero errante encontró su última demora en el cementerio sufí, cerca de la puerta Bab an-Nasr, donde entonces se enterraban los personajes importantes de la vida pública. Aunque su estancia en El Cairo le permitía trabajar sin descanso en su gran obra hasta terminarla, este período de su vida le procuró pocas alegrías creativas.</p>
<p class="bodytext">Sufría de la pérdida de su patria y nunca se sintió realmente como en casa en El Cairo. En secreto despreciaba la sociedad cairota, que tachaba de superficial y propensa a la corrupción. Durante sus últimos años está insatisfecho, además estaba cansado por la continua lucha por el poder y el reconocimiento de sus méritos. Raras veces un hombre reunía tantas contradicciones en su persona y ha sido objeto de tanta atención, admiración, pero también de tantas críticas y envidias como él. Y al final permanece la pregunta ¿quién era este ambicioso viajero errante? ¿cortesano oportunista, caballero de fortuna, astuto tejedor de intrigas o simplemente víctima de sus circunstancias?</p>
<p class="bodytext">La conclusión es que Ibn Jaldun ha sido todo esto y mucho más. Además de pensador sociopolítico apasionado y literato de gran mérito ha sido uno de los grandes políticos de su tiempo que incluso llegó a intervenir en los destinos de los sultanes de su siglo. Hasta hoy, es considerado como el más importante historiador magrebí del siglo XIV. Su obra universal es un auténtico y valioso documento de época, que sigue siendo una fuente imprescindible para la compresión del desarrollo histórico del Norte de África. Así Ibn Jaldun logró postmortem incluso más de lo que había perseguido durante toda su vida: reconocimiento y fama, más allá de los límites del mundo árabe. La historia de los bereberes y las dinastías musulmanas le abrió la puerta de la inmortalidad.</p>
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