Texto: Sara Casalí

Boletín 83 – Sociedad Geográfica Española

La exploración de la Luna


Durante siglos, la Luna solo nos enseñó una de sus caras. La otra, la oscura, solo existió como deducción. Y cuando pudimos contemplarla, en 1959, resultó toda una sorpresa. Esta es la historia de esa cara oculta de la Luna, un secreto desvelado.


Si miras la Luna esta noche, estarás viendo el mismo hemisferio lunar que han mirado generaciones enteras desde la Tierra, ya que la otra mitad sigue resistiéndose a nuestros ojos, no por capricho, sino porque así lo impone la relación gravitatoria que mantiene con nuestro planeta. La Luna tarda lo mismo en girar sobre sí misma que en orbitar la Tierra. Esa sincronía es consecuencia de la atracción gravitatoria terrestre que, a lo largo de millones de años, fue frenando su rotación hasta dejarla encajada en ese ritmo. Por eso, desde aquí, siempre nos enseña el mismo lado y mantiene el otro fuera de nuestro alcance. A pesar de lo que muchos creen, no se trata de una región oscura, porque recibe luz solar como la cara visible. Lo que la define como oculta es que no entra en nuestro campo de visión. Durante siglos, esa mitad existió solo como deducción, desde las primeras observaciones telescópicas de Galileo hasta la llegada de la era espacial, y cuando por fin apareció en imágenes, resultó ser sorprendentemente distinta.En 1647, Johannes Hevelius publicó Selenographia, uno de los primeros grandes atlas lunares elaborados con método científico, fruto de años de observaciones repetidas con telescopios refractores en distintas fases lunares y del análisis del relieve mediante el juego de luces y sombras. Con el tiempo, la cartografía lunar se fue afinando con instrumentos cada vez más potentes, pero ese método solo permitía estudiar la cara visible, ya que ningún telescopio puede observar el hemisferio oculto desde la Tierra. Tuvieron que pasar más de trescientos años para que la otra mitad entrara en los mapas. El salto llegó el 4 de octubre de 1959, con la misión soviética Luna 3. Por primera vez, fue posible salir de la Tierra, fotografiar la cara oculta desde una sonda y transmitir esas imágenes a distancia. La sonda, de unos 280 kilos, llevaba una cámara de película que tomaba las imágenes, revelaba el carrete automáticamente a bordo y lo escaneaba con un sistema mecánico para transmitirlo por radio a la Tierra. Durante su sobrevuelo, Luna 3 tomó 29 fotografías, pero solo 17 resultaron utilizables. Estas cubrían aproximadamente el 70 % de la cara oculta, con una resolución limitada y contrastes muy acusados. Las imágenes no mostraban un paisaje continuo, sino fragmentos difíciles de interpretar, que constituían una base inicial todavía por descifrar.A lo largo de los años sesenta, equipos soviéticos de cartografía planetaria trabajaron con este material para transformar fotografías parciales en una representación coherente del relieve lunar. Destacó la figura de Kira Borisovna Shingareva, cartógrafa especializada y formada en disciplinas afines a la geodesia. En coordinación con astrónomos e ingenieros, los equipos compararon imágenes tomadas desde ángulos distintos, unificaron escalas y corrigieron posiciones para construir un marco cartográfico estable. El objetivo no era reproducir imágenes aisladas, sino convertir un conjunto fragmentario en un mapa legible y continuo.A partir de estas primeras cartografías, se hizo evidente que la cara oculta difería de forma significativa de la cara visible. Presenta una mayor densidad de cráteres y una escasez notable de mares basálticos; el relieve es más accidentado y, en promedio, la corteza es más gruesa que en el hemisferio que vemos desde la Tierra. Entre las estructuras más destacadas se identificó la cuenca Polo Sur–Aitken, una de las mayores formaciones de impacto del Sistema Solar, cuyo tamaño y profundidad la convirtieron pronto en un objeto central para entender la historia temprana de la Luna y el papel de las grandes colisiones en su evolución.


CARTOGRAFIANDO LA CARA OCULTA DE LA LUNAAhora había que dar el siguiente paso: dotar de nombres estables a un territorio que acababa de entrar, por primera vez, en los mapas. La responsabilidad de aprobar la nomenclatura oficial de los cuerpos y accidentes planetarios recae en la Unión Astronómica Internacional (IAU) desde su creación, en 1919. La fijación de nombres para la cara oculta se fue consolidando por etapas, a medida que la cartografía mejoraba y se podían identificar con más seguridad los accidentes. En 1967, durante la Asamblea General de la IAU celebrada en Praga, la cuestión de la nomenclatura lunar, incluida la de la cara oculta, se abordó dentro de los trabajos de revisión y ordenación de los comités especializados. En ese proceso participaron también cartógrafos implicados directamente en el mapeo soviético, entre ellos Kira B. Shingareva, cuyos trabajos contribuyeron a fijar un repertorio más coherente y estable.El resultado puede comprobarse hoy con precisión en el Gazetteer of Planetary Nomenclature, la base de datos oficial mantenida por la IAU y el USGS, donde cada nombre figura con su estado de aprobación (“Adopted by IAU”), su fecha y sus coordenadas. En la cara oculta aparecen cráteres como Tsiolko- vskiy (1961), dedicado a Konstantín Tsiolkovski, pionero de la cosmonáutica; Korolev (1970), por Serguéi Koroliov, ingeniero jefe del programa espacial soviético; o Gagarin (1970), en honor a Yuri Gagarin, primer ser humano en el espacio. También figura Mare Moscoviense (1961), uno de los pocos mares del hemisferio oculto. Con el tiempo, el repertorio se amplió con nombres como Sternfeld (1991), teórico de la astronáutica, u Houssay (2009), fisiólogo y premio Nobel. De forma especialmente significativa, un pequeño cráter recibió el nombre de Kira (1976), incorporando a Shingareva en el mismo territorio que ayudó a volver legible.A diferencia de la cara visible, cuya nomenclatura recurre en gran medida a filósofos y científicos clásicos, en la cara oculta abundan, por la propia época en que se fue nombrando, referencias al siglo XX: ingenieros, físicos y figuras de la era espacial. El repertorio conserva así la huella del momento histórico en que la cara oculta entró en los mapas. Y, entre tanto científico, asoman también guiños culturales, como Jules Verne (1961), cuya imaginación anticipó los viajes a la Luna mucho antes de que la tecnología los hiciera posibles.


LA LLEGADA DE LOS HUMANOSSin embargo, incluso cuando la cara oculta ya tenía nombres en los mapas, ningún ojo humano la había divisado. Los primeros en hacerlo fueron Frank Borman, James Lovell y William Anders, en diciembre de 1968, durante la misión Apollo 8. La nave no alunizó, pero demostró que era posible viajar hasta la Luna, entrar en órbita y regresar con seguridad. En cada vuelta, la tripulación podía observar la cara oculta durante breves intervalos, al pasar por detrás del disco lunar, cuando la propia Luna bloqueaba la comunicación por radio con la Tierra. Durante esos minutos de silencio, fueron los primeros humanos completamente aislados de nuestro planeta, ante un paisaje que hasta entonces solo había sido registrado por sondas automáticas.Desde aquella primera imagen parcial obtenida por Luna 3, el hemisferio oculto ha seguido recibiendo visitas de misiones posteriores. Con el tiempo, nuevas imágenes y mediciones fueron completando zonas antes desconocidas y afinando la cartografía. Ya en el siglo XXI, este territorio adquirió una relevancia científica renovada, no solo como objeto de observación, sino como un laboratorio natural para responder a preguntas fundamentales sobre la historia del Sistema Solar. En 2019, la misión china Chang’e-4 logró el primer aterrizaje controlado en la cara oculta de la Luna, en el cráter Von Kármán, dentro de la cuenca Polo Sur–Aitken. La misión permitió estudiar directamente una de las mayores estructuras de impacto conocidas, posiblemente resultado de una colisión lo suficientemente violenta como para haber afectado a las capas profundas de la Luna. Además, incorporó instrumentos para analizar la composición del subsuelo, medir la radiación solar y realizar observaciones de radioastronomía de baja frecuencia, aprovechando el blindaje natural que la Luna ofrece frente al ruido radioeléctrico terrestre. Esta limitación técnica histórica pasaba a convertirse en una ventaja científica.El avance se consolidó en 2024, con la misión Chang’e-6, que trajo a la Tierra las primeras muestras físicas recogidas en la cara oculta de la Luna, procedentes de la cuenca Polo Sur–Aitken. Los primeros análisis, publicados en 2024 en Nature y Nature Geoscience, han confirmado la presencia de basaltos volcánicos y composiciones geoquímicas distintas de las observadas en muestras de la cara visible. El hallazgo encaja con modelos que proponen historias térmicas y magmáticas diferenciadas entre ambos hemisferios durante las primeras etapas de la evolución de la Luna. Estos resultados no sustituyen la imagen construida durante décadas a partir de la cartografía orbital, sino que la completan y la refinan, permitiendo pasar de diferencias morfológicas observadas a distancia a una comparación directa de procesos geológicos entre ambos hemisferios. Las muestras permiten, por primera vez, aplicar técnicas de datación directa a materiales volcánicos del hemisferio oculto y contrastar con material real hipótesis que hasta ahora se basaban exclusivamente en datos remotos.La Luna es un cuerpo sin atmósfera densa, sin agua líquida estable y sin tectónica activa comparable a la terrestre. Por ello, los procesos de alteración superficial son mínimos. Esto permite que las huellas de impactos y volcanismo antiguo se conserven durante miles de millones de años. La cara oculta ha dejado así de ser solo un territorio cartografiado a distancia para convertirse en una fuente directa de información sobre la historia temprana de la Luna y la formación de los planetas rocosos. Y aunque la gran mayoría sigamos sin poder disfrutar de sus vistas, lo que sabemos sobre ella ya no deja de crecer.



*Sara Casalí es licenciada en Humanidades y periodista.


 

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