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	<title>Boletin 57 archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>Laboratorios de evolución independientes</title>
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		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 16:36:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 57]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Islas. Laboratorios de evolución independientes. Las islas son mundos aparte. Separadas de las masas continentales, tomaron desde su autonomía una singladura biológica diferente. Mientras la evolución seguía su curso y [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><span class="wpseo-score-text">Islas. Laboratorios de evolución independientes</span>. Las islas son mundos aparte. Separadas de las masas continentales, tomaron desde su autonomía una singladura biológica diferente. Mientras la evolución seguía su curso y la competencia entre especies esculpía nuevos animales y plantas, en las islas la ausencia de competidores permitió una evolución independiente, distinta en cada una de ellas. Esta condición es la que hace de las islas lugares de un inigualable interés científico. Pero también es la que las hace extremadamente frágiles si pierden su aislamiento.</p>
<p><strong>FORMAS DE VIDA ÚNICAS</strong></p>
<p>Después de cinco días de navegación en el infierno avistamos tierra. El <a href="https://web.archive.org/web/20090115063000/http://walrus.wr.usgs.gov/infobank/gazette/jpg/regions/fr_ss.jpg">mar del Scotia</a> nos había castigado con vientos de más de 60 nudos, icebergs y el gélido viento del extremo sur. Queríamos grabar la fauna antártica y el mejor lugar del mundo para hacerlo era una pequeña isla protegida de los seres humanos por las inclemencias del clima y de un mar furioso y terrible. Georgia del Sur es de los pocos lugares en latitudes tan extremas que dispone de tierra libre de hielos durante los meses más cálidos, y la mayoría de las especies antárticas llega a sus costas para aparearse y criar allí. Y la razón por la que Georgia se ha convertido en este paraíso zoológico radica, precisamente, en su aislamiento. Viajar a Australia o Madagascar es llegar a un mundo diferente donde la evolución probó con prototipos distintos creando formas de vida que no se encuentran en ninguna otra parte del planeta. Los lémures de Madagascar nos permiten recrear cómo era la vida en el supercontinente Gondwana, del que se desgajó hace 165 millones de años, guardando celosamente criaturas que se extinguieron o evolucionaron en la masa continental. Australia, aún mayor, conserva los marsupiales y, aún más antiguos, los monotremas, mamíferos tan primarios que aún desarrollan los embriones en bolsas o, en el caso de estos últimos, ponen huevos. Tuvieron que pasar millones de años para que aparecieran los mamíferos que desarrollaban las crías en el interior de sus cuerpos, mamíferos que triunfaron en el resto del mundo. Pero Australia, aislada de los nuevos más competitivos, conservó equidnas, ornitorrincos, canguros, koalas y wombats para mostrarnos cómo fueron los primeros pasos de nuestra estirpe mamífera. Para cualquier amante de la naturaleza la sensación al llegar a estas islas es la misma que te produciría llegar a un exoplaneta que albergara vida. Las plantas y los animales no se atienen a los patrones habituales, sino que se han regido por las condiciones de sus mundos aislados. En Nueva Zelanda, tal y como el jefe maorí Tawaihura le asegurara con picardía a James Cook para exculpar a sus súbditos de comerse a los marineros ingleses, se pueden encontrar dragones. O dinosaurios, para ser más exactos. No son gigantes, ni peligrosos, pero los pequeños tuátaras, lagartos de poco más de 70 cm, son los descendientes de una época en la que los grandes saurios dominaban la Tierra. La falta de competidores más evolucionados obró el milagro.</p>
<p><strong>DRAGONES Y HUMANOS</strong></p>
<p>Más al norte, en las legendarias islas de la Sonda, el aislamiento creó los mayores lagartos del planeta, los dragones de Komodo que, aunque no escupen fuego, cuentan con una ferocidad temible, y con un veneno capaz de matar a un hombre en pocas horas. Cuando el ser humano llegó a Komodo en su imparable expansión, se encontró con un súper predador capaz de matar y devorar a los suyos. Los hombres ya conocían los varanos de Asia continental, pero aquí, libres de enemigos, habían llegado a un tamaño tal que, literalmente, se habían convertido en dragones. Por suerte los humanos no proliferaron en Komodo y, por lo mismo, no extinguieron esta singular especie. Los palafitos que se levantan hoy en esta tierra de dragones demuestran que la inteligencia superó el obstáculo y hoy dragones y personas conviven en una relativa paz.</p>
<p>Tampoco nosotros, los seres humanos, estamos libres de las normas evolutivas independientes propiciadas por el aislamiento. Muy cerca de Komodo, hacia el este, tanto que los dragones cruzaron a nado y viven también aquí, la isla de Flores generó sus propios endemismos. Elefantes enanos, ratas gigantes… y un humano al que los antropólogos han bautizado como Hombre de Flores (Homo floresiensis), de tamaño tan pequeño que popularmente se les da de forma cariñosa el apodo de Hobbits.</p>
<p><strong>UN AISLAMIENTO FÉRREO Y CONTINUADO</strong></p>
<p>Las mayores islas del planeta -Australia, Nueva Guinea, Borneo, Madagascar…- nos permiten viajar a mundos diferentes. Pero tampoco necesitan grandes dimensiones para convertirse en laboratorios evolutivos independientes, mágicos, donde encontrar formas de vida distintas al resto del mundo. Basta con que su aislamiento sea férreo y no se haya roto durante miles de años. Las famosas <a href="https://sge.org/publicaciones/numero-de-boletin/boletin-36/regreso-a-galapagos-mi-viaje-con-darwin/">Islas Galápagos</a> son el mejor ejemplo. La Teoría de la Evolución, el postulado científico más importante de la biología, debe su existencia a las Galápagos, y la lectura que dio a su naturaleza el viajero Charles Darwin. En cada una de las islas de este archipiélago hay animales que evolucionaron de forma distinta partiendo de un antecesor común. Darwin se fijó en que cada especie tenía una especie de pinzón diferente, con un pico especial adaptado para obtener alimento en troncos, rocas, cactos o, incluso, como sucede con el pinzón vampiro de la isla Wolf, bebiendo la sangre de otras especies de aves. Y otro tanto sucedía con las grandes tortugas a las que llamaron galápagos, por el parecido entre la forma de sus caparazones y las sillas de montar ecuatorianas a las que llamaban así. Las islas esculpían los seres que las poblaban. Y lo hacían con una herramienta a la que Darwin llamó Evolución.</p>
<p>El aislamiento es la piedra angular de estos paraísos de evolución diferente y el seguro de vida de sus especies. Pero en el mun- do global en que vivimos nada ni nadie permanece aislado. Nuevos animales y plantas llegan a estos san- tuarios de la evolución. Y llegan después de compe- tir durante milenios con otras especies feroces. Ra- tas, gatos, perros y cerdos han causado más daño eco- lógico que muchos de los grandes cataclismos geoló- gicos de eras pretéritas. En las Galápagos los marineros de la época de Darwin soltaban cabras para tener una provisión de carne fresca en sus navegaciones. Las cabras empezaron a alimentarse de la vegetación local, endemismos vegetales que habían producido cada una de las islas a lo largo de millones de años de evolución. Los mismos barcos que soltaban las cabras llevaban ratas, perros y gatos a bordo, y muchos de ellos bajaron de los navíos para quedarse.</p>
<p>Todos ellos encontraron un mundo sin rivales, sin competencia evolutiva alguna, y devoraron huevos, crías, plantas y animales a placer. El catastrófico resultado lo conocemos todos. Aún hoy los científicos combaten en las islas de todo el mundo a estos indeseables visitantes, que hemos introducido desde nuestro mundo civilizado desde hace ya más de dos siglos.</p>
<p><strong>UNA EXCEPCIÓN A LA REGLA</strong></p>
<p>En contadas ocasiones algunos de los animales introducidos en islas remotas no han causado un gran impacto ecológico y, por el contrario, las islas se han convertido en santuarios para ellos. En Georgia del Sur, la isla antártica con la que comenzábamos el artículo, los balleneros noruegos y finlandeses liberaron renos a partir de 1911, con la esperanza de comer una carne que les recordara a la de su tierra natal. Aquellos animales se sintieron como en casa a pesar de los vientos gélidos y las frecuentes nevadas. Noruega y Finlandia no son precisamente muy cálidos. Aquí tenían alimento, carecían de enemigos y las lenguas glaciares limitaban sus movimientos y, por lo mismo, su impacto en la isla. Los renos prosperaron en su tierra de adopción, mientras que en Europa sus poblaciones se fueron mezclando con razas que llegaban del norte de Rusia y América. Hoy, un siglo después de la primera suelta de renos, la población de Georgia del Sur es la más pura y se considera un reservorio genético para la especie. Pero, una vez más, la actividad humana ha complicado las cosas. El calentamiento global está retirando las lenguas glaciares abriendo paso a las manadas de renos que, ahora sí, se están empezando a convertir en un problema que amenaza la frágil y maravillosa biodiversidad de la isla.</p>
<p><strong>EL FACTOR HUMANO</strong></p>
<p>El aislamiento permitió la exclusividad. La biodiversidad del planeta aumentó exponencialmente gracias a las singularidades surgidas en las islas. Y entonces la especie más prolífica, inquieta y desconcertante de la Tierra, la humana, rompió el aislamiento. Con imparable curiosidad recorrimos todos los rincones del planeta buscando nuevos lugares, nuevas oportunidades, nuevos asombros y sorpresas. Fuimos la única especie que colonizó todas las islas. Y al hacerlo las alteramos para siempre. En la isla Mauricio, a 900 km al Este de Madagascar, había unas palomas gordas y torpes que vivían tan plácidamente que habían perdido sus alas porque no necesitaban huir volando de nada ni de nadie. En la segunda mitad del siglo XVI los hombres descubrieron la isla, y las gordas y torpes palomas que se dejaban cazar, cuya carne resultaba un alimento fácil aunque, por lo que narran las crónicas, no especialmente apetitoso. Parece ser que fue un español el primero en mostrar una de estas aves en Europa, pero fue un portugués quien, viendo la docilidad con la que se dejaban matar, le dio el nombre de dodo como derivado de doido o doudo, estúpido en portugués. Desde entonces los marineros que surcaban el Indico sur las cazaron sin control. Y los perros, gatos, ratas y cerdos que soltaron en Mauricio acabaron el devastador trabajo. Un siglo después de su descubrimiento, el dodo desapareció para siempre de nuestro planeta.</p>
<p>Los ejemplos son interminables. Los animales y plantas que se generaron y conservaron en sus santuarios aislados se vieron arrastrados al precipicio de la extinción con la llegada del hombre y sus animales domésticos. Lémures del tamaño de un hipopótamo, tortugas gigantes, lobos marsupiales, aves elefante, y un larguísimo etcétera nos muestran la irreversibilidad del proceso. Y una vez que una especie se desliza por ese precipicio, rara vez puede frenar la caída. El próximo verano, la Global Wildlife Conservation ha organizado una campaña en la que rastreará las 25 especies más buscadas por los científicos del mundo. Para estar en la lista, las especies, en una posición incierta entre la extinción y la supervivencia, no han podido ser vistas en, al menos, los últimos 10 años. Son las finalistas de una selección que conservacionistas y biólogos de las mejores universidades han sacado de una lista mayor de 1.200 especies. ¡1.200 candidatos a la extinción que, en su mayoría viven en islas! Hay un roedor de las Filipinas, un equidna de Nueva Guinea, un caballito de mar de Australia, un coral y una tortuga de las Galápagos, un murciélago de Nueva Zelanda, un camaleón de Madagascar… Rompimos el aislamiento de la tierra que los había protegido, y ahora buscamos sus últimos individuos con la improbable esperanza de arreglar la situación. Una iniciativa encomiable pero a todas luces insuficiente. A las islas les amenaza un mal mucho mayor, más grave e imparable. Los cambios globales en el clima, de los que los seres humanos somos en gran parte responsables, están alterando de tal manera las islas que se espera la desaparición de muchos de sus endemismos en los próximos veinte años. Incluso se teme que muchas de ellas, países enteros incluso, desaparezcan con la subida de la cota de los océanos debido al derretimiento de los casquetes polares y los grandes glaciares de la Tierra.</p>
<p><strong>LA ÚLTIMA ESPERANZA</strong></p>
<p>Hemos roto la barrera protectora de las islas. Hemos sido los responsables de la desaparición de sus singularidades, de la pérdida de estos últimos paraísos. Pero somos también la única esperanza que les queda a sus animales y plantas. En una ocasión hablaba con un guía en la isla Isabela, en las Galápagos, sobre la situación de conservación de la isla. Isabela es, entre todas las islas del archipiélago, la que cuenta con mayor número de endemismos. El 66% de sus plantas y el 40% de sus especies de vertebrados son exclusivos de la isla. Washo, nuestro guía, me señaló una colina cercana: un grupo de cabras asomaba entre unos matorrales bajos. Nos disponíamos a acompañar a una de las numerosas batidas de caza que la guardería del parque organiza para intentar erradicar las cabras. “Llevamos años matándolas pero siguen ahí -me dijo-, se esconden y se reproducen desde que llegaron a la isla y no hay quien pueda frenarlas. Y aún si las matáramos a todas nos quedaría el problema de los cerdos, que son aún más devastadores. O de las ratas.</p>
<p>O de los gatos.” &#8211; Washo me miró con una mezcla de tristeza y desesperación – “A estas islas les han robado el aislamiento. Y eso es algo que ya no vuelve.”</p>
<p><strong>Fernando González Sitges</strong></p>
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		<title>El gran islario del Pacífico español</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/gran-islario-del-pacifico-espanol/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 16:30:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 57]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>El Pacífico es el mayor catálogo de islas que uno puede imaginar: unas 20.000 o 30.000, incluso su número es difícil de determinar con exactitud. Las hay grandes, gigantes, como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>El Pacífico es el mayor catálogo de islas que uno puede imaginar: unas 20.000 o 30.000, incluso su número es difícil de determinar con exactitud. Las hay grandes, gigantes, como Australia (que no se considera realmente isla sino continente) o Papúa Nueva Guinea, islas medianas, archipiélagos infinitos, atolones y hasta pequeños islotes que no alcanzan la consideración de islas.</p>
<p>Solo determinar los archipiélagos principales ya es complejo, y su geografía era incierta y esquiva hasta la llegada de los satélites, que nos permiten (ahora sí) navegar por este enorme islario y acercarnos incluso a los detalles de su último cocotero. Pero hasta llegar aquí, han pasado siglos de exploraciones, y miles de navegantes han intentado definir sobre el mapa los territorios insulares. Los primeros fueron españoles, y, si bien no es este el momento de centrarnos en aquella gran historia, haremos una simple escala en alguna de aquellas islas que fueron españolas durante más siglos, aunque la huella dejada no haya sido especialmente significativa.</p>
<p>Resultaría imposible enumerar (y menos aún describir) todas las islas del Pacífico. Sus nombres nos suenan extraños y lejanos, y apenas tenemos referencias de algunas a través de la literatura, las películas o ciertos hechos anecdóticos, como la isla Bikini, que sirvió para las pruebas nucleares francesas entre 1946 y 1958 y que dio nombre a una popular prenda de baño; o las islas más turísticas como las de Hawaii o la Polinesia francesa (Morea, Tahiti, Bora Bora). Hay islas que nos evocan cuadros, como las que inspiraron a Gauguin, novelas, como las Marquesas a las que se retiró el escocés Robert L. Stevenson, o incluso algunas nos suenan de las películas de las batallas de la II Guerra Mundial en el Pacífico, que dejaron numerosos barcos de guerra hundidos, imanes hoy para los buscadores de pecios.</p>
<p><strong>LOS RESTOS DEL IMPERIO EN EL PACÍFICO</strong></p>
<p>En 1898 España perdió los últimos restos de su gran imperio colonial, y lo hizo precisamente en el Pacífico. A finales del siglo XIX todavía quedaban desperdigadas por ese inmenso océano algunas islas que se habían ido incorporando a su territorio desde el siglo XVI. Las más destacadas eran las islas Filipinas, pero también otras más desconocidas e insignificantes, al menos en tamaño y en aportación económica, cuyos nombres ya ni siquiera suenan familiares a los españoles del siglo XXI: las Marianas, las Carolinas y Palaos. Filipinas pasó a manos de los estadounidenses en 1898, pero hubo que esperar unos meses más para que perdiésemos el resto de las islas, vendidas a los alemanes en 1989. Con el tratado germano-español firmado en Madrid el 12 de febrero de 1899, España cedió definitivamente al imperio alemán los archipiélagos de las Carolinas, Palaos, y Marianas, excepto la isla de Guam, ya cedida a Estados Unidos por el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898, por el que España había abandonado sus demandas sobre Cuba (que declaró su independencia) y cedido oficialmente a los Estados Unidos Filipinas, Guam y Puerto Rico por 25 millones de dólares.</p>
<p><strong>LA PRIMERA VEZ QUE NOS ASOMAMOS AL OCÉANO</strong></p>
<p>El 25 de septiembre de 1513 Núñez de Balboa se asomó por primera vez al Pacífico. Nunca podría haber imaginado la distancia que le separaba de la costa asiática, ni que en aquel nuevo océano se dispersaban miles de islas, más o menos diminutas, que tanto tardaríamos en descubrir y conocer. En los siglos posteriores, el islario del Pacífico, desconocido e incierto, despertó la imaginación y la codicia de muchos navegantes, de aventureros en busca de una nueva “América”, y de buscadores de tesoros con o sin escrúpulos. En los más de 15.000 km que separan las costas panameñas de China, y desde el Ártico a la Antártida, hay más de 25.000 islas, la mayor parte de las cuales formaron, al menos en teoría y en algún momento, parte del imperio español. Algunas, como las Filipinas, durante casi cuatro siglos.</p>
<p>Los primeros exploradores por este mundo de islas inciertas fueron personajes heroicos como Magallanes y Elcano en su vuelta al mundo, o como Loaisa, Álvaro de Saavedra, Villalobos, Ladrillero, Urdaneta, Legazpi, Mendaña… y una amplísima relación de marinos que firman las páginas más fascinantes de nuestra historia de la exploración. Aquel océano inmenso que <a href="https://sge.org/exploraciones-y-expediciones/2013-listado-diarios/por-la-ruta-de-nunez-de-balboa/">Núñez de Balboa</a> llamó Mar del Sur y más tarde Pigafetta (cronista de Magallanes) renombró Pacífico, se convirtió realmente en el Gran Lago español, un mundo casi infinito en el que se esparcían más de 20.000 islas. Los españoles dieron nombre a miles de ellas; en algunos casos, se limitaron a avistarlas, ponerles un nombre sobre el mapa, y pasar de largo sin que nunca llegara a haber presencia real española. Así pasó por ejemplo en Hawaii, en las Islas Salomón, en muchas islas de la actual Polinesia Francesa, en islas e islotes cercanos a Australia, en Vanuatu, en las Molucas e incluso en algunas islas de los archipiélagos más hispanos, como Filipinas, Marianas o Carolinas. Eran de difícil acceso, sin demasiados recursos económicos que aportar y a miles y miles de kilómetros de distancia, en los que nunca resultó fácil ejercer la autoridad de la corona. El imperio tenía otros muchos frentes que abordar y territorios que gobernar como para preocuparse por unas islas remotísimas cuyo valor era meramente estratégico para la navegación.</p>
<p><strong>LAS CAROLINAS, HOY MICRONESIA Y PALAOS</strong></p>
<p>Las llamadas islas Carolinas formaron parte de nuestro imperio oceánico desde 1528 hasta 1899, en que fueron vendidas a Alemania por el llamado Tratado Germano-Español: más de 350 años en nuestro poder en los que solo unos pocos españoles residieron permanentemente en alguna de sus islas principales. Descubiertas por Toribio Alonso de Salazar en el viaje en el que murió Elcano en 1526, se avistó entonces solo la isla de Taongui, conocida como San Bartolomé o de Gaspar Rico, y fue realmente en 1528 cuando las redescubrió Álvaro de Saavedra y tomó posesión para la Corona española de las <a href="http://bdh.bne.es/bnesearch/biblioteca/Islas%20Uluti%20o%20Mackenzie%20H.%20850%20:%20Oc%C3%A9ano%20Pac%C3%ADfico%20Septentrional%20:%20Carolinas%20:%20segun%20trabajos%20rusos%20/qls/bdh0000057956;jsessionid=9EFBCAB14A3ADDC99EE0F80EDF3889D1">islas de Uluti </a>o de los Reyes, en el actual archipiélago de las Marshall, conocidas algún tiempo después como islas de los Garbanzos.</p>
<p>Los nombres del islario español cambiaban muy a menudo, y esto también dificultaba su reconocimiento posterior o incluso planteó problemas jurídicos. Las Carolinas fueron también conocidas como Islas de los Corales, del Rey o de los Jardines, e incluso durante algún tiempo se las llamó Nuevas Filipinas. Su nombre definitivo, Carolinas, se lo dio Francisco de Lezcano en 1686 en honor del rey Carlos II de España. Bajo este nombre se incluían también las islas Palaos y las Islas de los Pintados, que después serían rebautizadas como islas Gilbert e islas Marshall por los exploradores ingleses.</p>
<p>Actualmente las Carolinas forman dos países independientes: los Estados Federados de Micronesia y la República de Palaos, y apenas conservan recuerdos de España, más allá de lo anecdótico, como un pueblo en la isla de Yap llamado Madrich, o algunos restos de fortificaciones o iglesias. La influencia más duradera ha sido la religiosa a través de la presencia permanente de misioneros. Hasta el final de la dominación española se sucedieron sublevaciones y periodos de paz, ya que el abrupto y selvático territorio insular dificultaba la acción represiva de las tropas españolas. Excepto Pohnpei, Yap y, según las épocas, Kosroe, Weno y Ulithi, la posesión española sobre el resto de islas o atolones diseminados de las Carolinas era más nominal que otra cosa.</p>
<p>En 1852 el coronel español Coello expuso a su gobierno las ventajas que la ocupación efectiva de las islas Carolinas proporcionarían al comercio de Filipinas con Australia, Nueva Guinea y América, pero sus sugerencias no fueron tomadas en cuenta hasta 1885, cuando España empezó a establecer derechos aduaneros en la región ante la amenaza real de Alemania e Inglaterra, que ya habían comenzado a establecer misioneros y comerciantes en las islas. El papa León XIII arbitró el conflicto a favor de España, reconociendo sus derechos y asignando a Alemania las Islas Marshall y la posibilidad de conservar una estación naval en alguna de las islas Carolinas. Tras la venta de las islas a Alemania en 1899, España se reservó algunos derechos, puramente nominales, en las islas, posteriormente fueron ocupadas por Japón en 1914 y puestas bajo mandato de la Sociedad de Naciones en 1920. Durante el II Guerra Mundial fueron conquistadas por Estados Unidos y al finalizar la guerra quedaron bajo el control de Naciones Unidas. De 1947 a 1990 fueron administradas por EEUU hasta que finalmente en 1990 se proclamaron independientes con el nombre de Estados Federados de Micronesia, (Truk, Kosrae, Yap y Ponapé), aunque Palaos, la más occidental de las islas, decidió no unirse a la Federación y declararse república independiente (1994).</p>
<p>Apenas queda nada en las islas de la presencia española (350 años que se limitaron en realidad a menos de 15 años de gobierno efectivo, desde 1885 a 1899): una ciudad llamada Kolonia que es hoy capital de la isla de Pohnpei (que no del estado), un fuerte en en Yap (“Spanish Fort”) y unas murallas en Pohnpei (“Spanish Wall”).</p>
<p><strong>LAS ISLAS DE LOS LADRONES O ISLAS MARIANAS</strong></p>
<p>A las islas Marianas se las conoció durante mucho tiempo como Islas de los Ladrones. Se trata de un archipiélago situado al este de Filipinas y al sur de Japón, cuya isla más meridional es Guam, la isla donde Magallanes desembarcó en 1521 tomando posesión del archipiélago. En 1668 España instaló en ellas una misión jesuítica que llegó a conseguir la conversión del cacique de aquellas islas, rebautizadas como Islas Marianas, en honor a Mariana de Austria esposa de Felipe IV.</p>
<p>En las Marianas los españoles estuvieron algo más presentes que en las Carolinas debido al papel más decisivo que tenían como escala en la navegación por el Pacífico del Galeón de Manila. Desde 1668 se intentó instalar en ellas a misioneros, pero igual que en las Carolinas, se sucedieron las revueltas y los asesinatos de los pocos españoles que trataron de asentarse. En el siglo XIX se logró establecer en las islas un gobierno regular y también un presidio al que se llevaban los condenados desde las Islas Filipinas, obligados a trabajar para colonizar el territorio. En estas islas quedan huellas de la presencia española en la lengua, el chamorro, y también en algunos restos arqueológicos, como los de las primeras misiones jesuíticas en el norte de Guam, restos de iglesias o del puerto de Umatac, donde fondeaba anualmente el galeón español. En chamorro se pueden escuchar frases como “Felis cumpleaños” (incluyendo la ñ) “Buenas noches” o los números, casi idénticos al castellano: “Unu, dos, tres, kuåtro, sinko, sais, siete, ocho, nuebi, dies…” y en esta lengua reside la huella más permanente de España, una huella viva, hablada todavía por unas 50.000 personas en las islas de Guam, Saipán,Tinián, Rota, Yap, Ponapé y algunos lugares de Estados Unidos. Un cincuenta por ciento de sus palabras vienen del español y el resto del polinesio, aunque la estructura gramatical se debe a la lengua local. Las islas, como las Carolinas, pasaron a manos germanas en 1899 y fueron ocupadas por los japoneses en 1914. Por el tratado de Versalles, Japón recibió estas islas en mandato de 1919 a 1947 a excepción de Guam, que había sido cedida por España a EEUU en 1898. Las Marianas fueron escenario de muchos combates entre americanos y japoneses en la segunda Guerra Mundial y de ahí la abundancia de barcos hundidos en sus aguas.</p>
<p>Hoy día las Marianas son un archipiélago de 15 islas que administrativamente forman parte de dos territorios dependientes de los Estados Unidos: las Islas Marianas del Norte (Estado Libre Asociado de EEUU) y Guam (Territorio organizado no incorporado de EEUU). Por último, el archipiélago de las Palaos (hoy conocido oficialmente como República de Palaos) está formado por más de 340 islas de origen volcánico y coralino en el mar de Filipinas y su historia es paralela a la de las Marianas. Se han convertido en uno de los grandes paraísos mundiales del buceo, el verdadero tesoro de estas “islas” sin riquezas aparentes, que un día fueron españolas, casi sin enterarse.</p>
<p><strong>OCÉANO PACÍFICO: ALGUNOS DATOS</strong></p>
<ul>
<li>El Pacífico ocupa 165 millones de kilómetros cuadrados aproximadamente. Tiene una anchura máxima de más de 20.000 kilómetros (entre Malasia y Colombia, en el grado cinco al norte del Ecuador). Es el espacio geográfico más grande del planeta: podría contener dentro de él a todos los continentes y todavía quedaría espacio libre.</li>
<li>En el sur, sus aguas se confunden con las del océano Glaciar Antártico, una frontera abierta e imprecisa. Por el norte, se cierra con un inmenso arco, roto solo por el estrecho de Bering.</li>
<li>A cada kilómetro cuadrado de tierra firme le corresponden ciento treinta de agua salada y de la tierra emergida, un 70% corresponde a Nueva Guinea y otro 20% a Nueva Zelanda. El 10% restante está repartido entre más de 20.000 islas.</li>
<li>La mayoría de los archipiélagos pacíficos se encuentran entre los trópicos de Cáncer y Capricornio. En el hemisferio norte hay cinco grupos insulares de importancia: las Hawai, las Marshall, las Carolinas, las Marianas y las Palaos. En el sur, los archipiélagos principales son las Tuamotu, las Sociedad, Las Cook, el grupo de Tonga, el de Samoa, las islas Fiyi, las Salomón, las Vanuatu (Nuevas Hébridas), Nueva Caledonia y el archipiélago del Almirantazgo, al norte de Nueva Guinea.</li>
<li>Los archipiélagos están formados por una o varias islas principales y cientos de islotes que hacen difícil la navegación porque apenas sobresalen del agua. Hay multitud de tipos de islas, desde islotes diminutos, hasta atolones coralinos o las montañas volcánicas hawaianas.</li>
<li>La más apartada es la Isla de Pascua, a 3.000 km de la costa chilena y a 2.000 de la isla más cercana, Pitcairn, famosa por ser el último refugio de los desertores del Bounty en el siglo XVIII.</li>
<li>El Pacífico se divide tradicionalmente en cuatro regiones étnicas: Melanesia, Micronesia, Polinesia e islas del sudeste de Asia (entre las que se incluyen las Filipinas). Melanesia está integrada por Nueva Guinea y otros archipiélagos como las islas Bismarck, Nueva Bretaña, las Salomón, las Nuevas Hébridas y Nueva Caledonia. Muchos incluyen también las Fiyi y las Tonga aunque otros las engloban en la Polinesia. Sus habitantes son de piel más oscura que el resto de los habitantes del Pacífico. Las islas Polinesias dibujan un gran triángulo en el Pacífico oriental formado por las islas Hawai al norte, la isla de Pascua al este y Nueva Zelanda al oeste. Por último, Micronesia está formado por diversos grupos de islas al este de Filipinas, entre el trópico de Cáncer y el Ecuador (las Palau, las Marshall, las Marianas, las Carolinas, las Gilbert y multitud de atolones coralinos.</li>
<li>Las navegaciones españolas al Pacífico tuvieron dos épocas principales. La primera abarca desde 1521 a 1606, y la segunda los reinados de Carlos III y Carlos IV a finales del siglo XVIII y principios del XIX, aunque sigue habiendo viajes y descubrimientos entre ambos periodos y durante todo el siglo XIX. El Galeón de Manila, Nao de China o Galeón de Acapulco, comunicó durante siglos España con las islas más remotas de su imperio, a través de los puertos americanos. Las naves cruzaban el océano Pacífico una o dos veces al año entre Manila y los puertos de Nueva España, principalmente Acapulco. El servicio fue inaugurado en 1565 por Andrés de Urdaneta tras descubrir el Tornaviaje o ruta de regreso a México aprovechando los vientos. El último viaje fue en 1815. La independencia de México interrumpió definitivamente este servicio. El esfuerzo de España por mantener estas islas del Pacífico bajo su dominio (principalmente las Marianas) tenía sentido solo por su papel de escala y aprovisionamiento para la gran colonia española del Pacífico que era Filipinas y el tráfico comercial establecido a través de Filipinas entre China, América y Europa.</li>
</ul>
<p><strong>Lola Escudero</strong></p>
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		<title>Una isla en París</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/una-isla-paris/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 08 Nov 2017 16:18:23 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletin 57]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Desde el mes de mayo, y al menos durante los próximos treinta años, la capital francesa contará con un lugar privilegiado de reflexión y pedagogía en torno al Planeta Tierra [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Desde el mes de mayo, y al menos durante los próximos treinta años, la capital francesa contará con un lugar privilegiado de reflexión y pedagogía en torno al Planeta Tierra y el devenir de la Humanidad. Conocido como Domaine de Longchamp y situado a proximidad del Bosque de Boulogne, el château que preside la isla y sus dependencias acoge a la Fundación GoodPlanet, obra de <a href="https://www.youtube.com/watch?v=q5kCgxF-XHU">Yann Arthus-Bertrand</a> el conocido fotógrafo francés convertido en conciencia medioambiental y humanitaria. Autor de la serie fotográfica La tierra desde el cielo (¿quién no ha visto su foto de un manglar con forma de corazón?) y de películas como Home, Planet Ocean o la más reciente Terra, <a href="https://sge.org/premios-sge/premios-2010/premio-imagen-yann-arthus-bertrand/">Yann Arthus-Bertrand</a> ha concentrado, a sus 71 años, todos sus esfuerzos en la Fundación GoodPlanet, con la que pretende “poner la ecología en el corazón de las conciencias”. Para ello y durante las tres décadas que durará la concesión pública de este singular lugar, la fundación combinará la posibilidad de visitar instalaciones permanentes y semipermanentes con la participación en actividades diarias, y acciones de sensibilización destinadas a públicos de todas las edades.</p>
<p>En la actualidad, uno de los puntos fuertes del <a href="https://www.goodplanet.org/fr/la-fondation-goodplanet-domaine-de-longchamp/infos-pratiques/">Domaine de Longchamp</a> es la exposición Human que tiene como objetivo “bucear en las entrañas del ser humano” mediante una multitud de testimonios audiovisuales de individuos que cuentan sus experiencias vitales, algunas propias de existencias sin sobresaltos, otras marcadas por la violencia de los seres humanos o catástrofes naturales.</p>
<p>Para planificar la visita al Domaine de Longchamp se puede consultar la web www.goodplanet.org en la que figura el calendario de actividades tan variadas como sesiones colectivas de yoga, animaciones pedagógicas en torno a la vida de las abejas o talleres sobre cómo preservar el medio ambiente mediante gestos cotidianos.</p>
<p>El acceso al recinto y la participación en las diversas actividades es gratuito, o mejor dicho cada uno de los visitantes decide voluntariamente el importe de su eventual contribución.</p>
<p>Los domingos una parte de la isla se dedica a un mercado de productos agrícolas ecológicos y de proximidad. Las posibilidades de restauración, siempre basadas en el consumo de productos ecológicos y el comercio responsable, son numerosas. En 2018 se inaugurará, dentro de la isla, un nuevo pabellón dedicado a la alimentación sostenible, un proyecto para el que Yann Arthus-Bertrand se ha aliado con el conocido chef y empresario hostelero Alain Ducasse. Huerto ecológico, rincón de lectura, jardín aromático o bosque de bambú son algunos de los lugares que los visitantes de la isla irán descubriendo a medida que se adentren en ella. Los fines de semana un servicio de autobuses gratuito une el Domaine de Longchamp con la boca de metro Porte de Maillot (línea 1). Durante los meses de julio y agosto la isla tiene previsto acoger, además de a los visitantes puntuales, a unos 1.500 niños cuyas familias no puedan permitirse irse de vacaciones, a los que se ofrecerán actividades relacionadas con la Naturaleza y la alimentación eco-responsable. François Hollande quiso que su último acto público como presidente francés fuera precisamente la inauguración del Domaine de Longchamp, poniendo así de manifiesto la dimensión humanista y solidaria del afamado y respetado fotógrafo francés, cuya obra profesional se puede consultar, en español, en la web <a href="http://www.yannarthusbertrand.org/es">www.yannarthusbertrand.org/es</a>.</p>
<p><strong>Ramón Jiménez Fraile</strong></p>
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