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	<title>Siglo XIX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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	<title>Siglo XIX archivos - Sociedad Geográfica Española</title>
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		<title>El viaje por España de Vasili Petrovich Botkin</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/vasili-petrovich-botkin/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:11:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Luisa Martín-Merás Verdejo Bibliografía: Boletín SGE Nº 62 &#8211; El viaje de los alimentos &#160; Cartas sobre España, el libro que recoge las impresiones de este ruso ilustrado en [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/vasili-petrovich-botkin/">El viaje por España de Vasili Petrovich Botkin</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Luisa Martín-Merás Verdejo<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-62-el-viaje-de-los-alimentos/">Boletín SGE Nº 62 &#8211; El viaje de los alimentos</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Cartas sobre España, el libro que recoge las impresiones de este ruso ilustrado en el viaje que llevó a cabo mediado el siglo XIX, constituye un material de primera mano y gran interés para conocer la vida cotidiana española en esta época.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CONSIDERACIONES PREVIAS</strong></p>
<p>Los libros de viajes conforman un género literario que ha gozado de una enorme popularidad durante siglos, pese a que su definición sigue resultando difícil. Por lo general se entiende como libro o relato de viajes el que se ajusta a una o más de las siguientes características: relato no ficticio, escrito en primera persona del singular o plural, que describe un viaje a través de un país extranjero con numerosas observaciones sobre el paisaje, la geografía, la flora, la fauna, los habitantes, el modo de vida, la historia y las costumbres sociales del país. La obra que más ha contribuido a configurar el libro de viajes moderno y que ha generado el mayor número de imitadores ha sido el <em>Libro de las maravillas del mundo</em>, de Marco Polo, una de las obras más difundidas durante la Edad media y probablemente el libro de viajes más famosos de todos los tiempos. El libro de viajes alcanzó un período de esplendor desde mediados del siglo XVIII hasta mitad del siglo siguiente. El contexto cultural de la Ilustración hizo posible este desarrollo al introducir nuevas consideraciones sobre los viajes. A lo largo del siglo, viajar se convirtió en una experiencia crucial en la educación de las clases acomodadas y un bagaje difícilmente sustituible.</p>
<p>La práctica de anotar las experiencias viajeras traspasó la barrera del siglo y, durante el XIX, dentro del movimiento romántico, tuvo unas características bastante distintas. Una marcada preocupación estética y la atención por las sensaciones y los sentimientos se había sumado a este tipo de literatura. El libro de viajes posee un importante componente de subjetividad en la medida en que el viajero sólo cuenta de primera mano aquello que ve y, suponiendo que todo sea observado en sus justos términos, desconoce el resto, de modo que se produce una interpretación de la realidad en función de lo observado. Todas las experiencias políticas o culturales en este tipo de literatura están pasadas por el tamiz intelectual del viajero, cuyas coordenadas determinan significativamente el resultado final del testimonio.</p>
<p>Este testimonio puede estar expresado, como en el caso que comentamos, en forma epistolar, una fórmula que ofrece un recurso óptimo para transmitir, por escrito y de forma amena, a otra persona el caudal de información que se sucede durante el recorrido. Puede también estar organizado subsidiariamente según las etapas del camino tomando como unidades de contenido las entidades geográficas visitadas.</p>
<p>El resultado de esta época dorada de los viajes y de la literatura que se ocupa de ellos es un volumen inusitado de testimonios viajeros que ilustrados y románticos redactaron a raíz de su experiencia. Todos ellos juntos constituyen un importante corpus documental sobre la sociedad española de su momento.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL AUTOR Y SU OBRA</strong></p>
<p>En la primera mitad del siglo XIX comienza el interés de los viajeros rusos por España, que a su exotismo unía, como Rusia, la cualidad de haber rechazado la invasión francesa. El primer viajero ruso del que hay noticia fue el marino ruso Iván Fiódorovich von Kruzenster, organizador y comandante de la primera expedición rusa que circunnavegó el mundo. Los buques Nadezhda y Neva recalaron en el puerto de Santa Cruz de Tenerife en 1803, entre el 19 y 26 de octubre. Kruzenster hizo referencia a esta estancia en el relato su viaje.</p>
<p>Una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo fue las <em>Cartas sobre España </em>que escribió Vasilii Petróvich Botkin (1811-1869), miembro de la burguesía comercial, crítico de arte y viajero impenitente. Botkin había visitado en 1835 Inglaterra, Francia e Italia, lo que supuso para él una apertura al continente y un primer contacto con el arte europeo occidental. Dejó escritas unas breves pero interesantes impresiones sobre Italia, y unas notas de viaje sobre su estancia en Francia y en París que sólo se publicaron en 1976. En 1845, desde el 11 de agosto hasta finales de octubre, visitó España recorriendo Irún, Vitoria, Burgos, Madrid, Córdoba, Sevilla, Cádiz, Jerez, Tarifa, Málaga, Gibraltar, Tánger, Alhama, Vélez-Málaga y Granada, donde se interrumpe el relato un tanto abruptamente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>DE IRÚN A MADRID</strong></p>
<p>Inicia el viaje en Irún, donde toma contacto con las peculiaridades españolas en contraste con la más civilizada Francia y donde, animoso, empieza a superar las barreras producidas por las malas comunicaciones, el hospedaje y la comida. Pasa rápidamente por Vitoria y Burgos, y observa que por todo el camino se ven las huellas de las guerras carlistas.</p>
<p>Con cartas de recomendación dirigidas a altos funcionarios del Gobierno de Narváez, llega a Madrid, donde permanece un tiempo que no especifica pero que es sin duda la estancia más larga de todas. Allí participa del ambiente político de la capital y señala la franqueza de los españoles para hablar de política en los cafés y con los extranjeros. El autor se extiende, a veces excesivamente, sobre aspectos de la historia, la cultura, la sociedad y la política de España en 1845, con agudas observaciones sobre el caótico gobierno del reinado de Isabel II, deteniéndose en los odios políticos que se profesan los moderados y los progresistas, y en el recurso a los golpes de estado o pronunciamientos militares.</p>
<p>El foro político y comercial de Madrid es la Puerta del Sol, sobre la que el viajero hace agudas observaciones <em>“desde la mañana temprano hasta muy entrada la tarde se apiña toda clase de gente que se renueva incesantemente” </em>Observa que allí abundan tiendas, barberías, y los cafés, cada uno frecuentado por distintos partidarios políticos. Señala también que en los cafés madrileños se ven incomparablemente más mujeres que en los cafés de París, especialmente por la tarde.</p>
<p>Otro lugar interesante de Madrid es el Paseo del Prado, donde es imprescindible ir por la tarde para admirar las <em>“beldades madrileñas”</em>, que considera muy influenciadas por la moda francesa hasta el punto de que el sombrero comienza a sustituir la mantilla aunque: <em>“¡Gracias a Dios, que por lo menos, aún conservan ellas el uso de su abanico… porque me aseguraron que la mujer puede decir con el abanico todo lo que quiera”.</em></p>
<p>Considera Botkin que Madrid es una ciudad de población foránea compuesta principalmente de funcionarios y comerciantes, y que su aire irrita los nervios y es <em>“tan seco y penetrante que la mayor parte de sus habitantes fallece de enfermedades de los pulmones”</em>. De todas sus calles, la más poblada y animada es la de Toledo, llena de figones, hosterías, bodegones y artesanos.</p>
<p>Sus cartas de recomendación le sirven para ser introducido en la vida cotidiana de los españoles y ser admitido en su círculo de relaciones: <em>“En general el español es cortés y amable, sin resultar servil, manteniendo la dignidad: en su habitual tranquilidad no es derrochador de cumplidos, pero pueden estar seguros que nunca le verán a usted como una carga, y nunca le tratarán fríamente”. </em>Cree percibir en los españoles aquellas dos Españas que tanta guerra darán a lo largo de los siglos venideros: la España vieja e inmóvil “que no entienden ni la industria ni las fuentes de la riqueza popular, miran a la unidad con animadversión y no ven nada más allá de su campanario aldeano y de sus derechos comunales” y la España entregada a las ideas y a las instituciones de Francia e Inglaterra. Como crítico de arte y estudioso hace una mención elogiosa del Museo del Prado.</p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>ANDALUCÍA</strong></p>
<p>El próximo destino de nuestro viajero es Andalucía, hacia donde marcha en diligencia pasando por Aranjuez y la Mancha que: <em>“es en su totalidad una inmensa llanura en la cual no hay agua, tampoco una colina o un árbol” </em>y el manchego le parece <em>“perezoso, pobre, grasiento y andariego”</em>, y con fama de ladrón. Este panorama cambia drásticamente a medida que la diligencia se acerca a Sierra Morena: <em>“El clima, la arquitectura, la ropa y las costumbres, todo parece indicar que te hallas en otro país”.</em></p>
<p><strong>Córdoba </strong>le parece una ciudad completamente mora muy alejada de los usos y costumbres europeos, donde admira sin reservas a sus mujeres y se asombra de la belleza de la Mezquita con sus más de 900 columnas, lo que le da lugar a una larga disertación sobre la civilización árabe en España.</p>
<p>La siguiente ciudad andaluza que visita es <strong>Sevilla</strong>, donde el mismo día de su llegada asiste a una corrida de toros que le disgusta y asombra. Considera que Sevilla es el resultado de la confluencia del elemento moro con el cristiano. Nuestro viajero ve la ciudad como algo singular, atractivo, original y poético. La morena mujer sevillana le atrae en especial por su color de piel, el brillo de sus ojos negros y sus movimientos <em>“rápidos, vivos y además lánguidos”</em>. <em>“Si fuera posible juzgar a la raza de las mujeres por sus manos, pies y nariz entonces, sin ninguna duda, la de las andaluzas es la más perfecta de Europa”.</em></p>
<p>Alaba sin reservas, como crítico de arte que es, la colorida pintura de Murillo que le parece exquisita: <em>“Nadie en el mundo ha expresado mejor el éxtasis religioso y la tendencia mística del alma hacia la divinidad”</em>. La segunda maravilla, tras Murillo, es la catedral, cuya riqueza artística le sorprende. Observa la escasa religiosidad existente, medida por la asistencia de los fieles a los cultos, y cree equivocadamente que los sacerdotes han perdido su tradicional influencia y que la religiosidad permanece en el pueblo superficialmente.</p>
<p>En Triana asiste a una velada amenizada con bailes, sobre todo el fandango y la cachucha, y considera que los bailes andaluces <em>“encantadoras danzas de pasión y forma excitantes” </em>son <em>“los únicos bailes del mundo que inspiran adoración a la belleza del cuerpo humano” </em>y que para bailarlos son necesarias “la inspiración y una apasionada locura”.</p>
<p>Por las tardes, ente la 8 y las 9, el viajero pasea por la Alameda del Duque, <em>“el reino de las sevillanas vestidas de negro” </em>y se sorprende de la desenvoltura de las conversaciones y de la libertad de la que gozan las muchachas para hablar con su novios o pretendientes.</p>
<p><strong>Cádiz </strong>le produce una gran impresión, ya que considera que en ninguna ciudad el extranjero es tan bien acogido como allí. En este sentido, la ciudad, por su hospitalidad y sus hermosas mujeres, es la ciudad más amable de Europa. Allí el monumento más famoso es la catedral, que considera <em>“una de las mejores obras de la arquitectura moderna” </em>y <em>“la mejor de las catedrales contemporáneas que conozco”.</em></p>
<p>Se extiende a continuación sobre las causas y consecuencias del declive comercial de la ciudad, que tribuye a los altos aranceles, y sobre la mala situación de la industria y el comercio en España, que procede, según él, de la animadversión de los españoles hacia tales actividades. En su opinión, los viejos elementos de la España tradicional se encuentran en lucha <em>“contra un civismo nuevo que comienza a surgir en ella”.</em></p>
<p>Desde Cádiz, el viajero se desplaza al <strong>Puerto de Santa María y a Jerez</strong>, y realiza una “excursión” marítima a Gibraltar, que considera lo más opuesto a Andalucía, donde se puede disfrutar de todas las comodidades inglesas, aunque <em>“se vive como en un calabozo”</em>, por lo que decide viajar por mar a Málaga. Por circunstancias imprevistas tiene que arribar a Tánger, que le produce una penosa impresión por su suciedad y <em>“sus estrechas calles que parecen corredores” </em>y donde <em>“todo se parece más a una cárcel que a una ciudad”.</em></p>
<p>La siguiente etapa de su viaje es <strong>Málaga</strong>, que no le parece demasiado bonita, aunque posee <em>“un puerto hermoso y una exquisita alameda”</em>. Observa que <em>“Málaga es el enclave comercial más importante después de Barcelona, aunque comercia exclusivamente con los productos de sus fértiles campos”</em>. Como es su costumbre, no faltan en su descripción de la ciudad las pinceladas de color local: <em>“Los vecinos de Málaga son en general gente alegre y osada, tienen pocas necesidades y trabajan solo unos cuantos días a la semana para pasear el domingo con el dinero ganado. El vino peleón, los moderados precios de los comestibles, la suavidad del clima y en especial la sorprendente belleza y gracia de las mujeres locales generan fuertes pasiones, y así es normal escuchar conversaciones sobre puñaladas y asesinatos, cuyo motivo no es el robo, sino la riña, la venganza o los celos”.</em></p>
<p>Botkin gusta de pasear a caballo por los alrededores de Málaga y se hace lenguas de la cortesía de los andaluces hacia los extranjeros. De las malagueñas cuenta que, junto con las gaditanas, son <em>“la aristocracia de las mujeres de Andalucía… su principal especificidad… consiste en su total gracia original que los andaluces llaman con una significativa palabra: sal”</em>, de donde se deriva su apelativo de malagueña salerosa.</p>
<p>Muy interesado en visitar <strong>Granada</strong>, inicia, atravesando las montañas, un arriesgado viaje a caballo, en una expedición conducida por un antiguo bandolero, pernoctando en Vélez-Málaga.</p>
<p>Granada <em>“con sus jardines y su medio derruidos edificios moros, con su innumerable infinidad de fuentes y manantiales, cuyo sonido reverbera las calles, con su mundialmente incomparable alameda y su maravillosa vista a la llanura, a la nevada Sierra y las montañas que la circundan” </em>produce a nuestro viajero la impresión de una ciudad encantadora.</p>
<p>En Granada visita la Catedral, de la que resalta su espléndida Capilla Real, la Cartuja, el Museo de pinturas y especialmente la Alhambra y el Generalife, donde admira salas, patios y jardines. Acaba instalándose en una casa cercana al barranco que separa la Alhambra y el Generalife. En Granada, a pesar de llevar tres semanas, sus días pasan, <em>“en un incontrolado e indescriptiblemente agradable sueño” </em>y <em>“en una sensación rayana a la felicidad más absoluta”</em>. Aquí se interrumpe el relato y Botkin no nos proporciona noticias de su viaje de vuelta.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL REGRESO A RUSIA</strong></p>
<p>A su regreso a San Petersburgo Botkin comenzó a publicar sus impresiones por entregas con el título de <em>Cartas sobre España </em>en la revista <em>“Sovremennnik” </em>(El Contemporáneo) durante 1847-1849 y 1851, que fueron muy bien acogidas por el público y la crítica, y dieron lugar a una edición completa en 1857. La obra volvió a aparecer en la edición de sus obras completas en 1890-93. En 1979 se publicaría en ruso otra edición de <em>Cartas sobre España </em>sobre la que se ha basado la traducción al español.</p>
<p>En España las <em>Cartas sobre España </em>de Botkin, consideradas como el mejor libro de viajes en ruso del siglo XIX, se han publicado por vez primera en 2012, en Miraguano Ediciones con traducción, prólogo y notas muy completas de Ángel Luis Encinas Moral, que es la edición que comentamos.</p>
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		<title>Stanley en Madrid. 150 años del telegrama que rescató a Livingstone</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/stanley-en-madrid/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 10:03:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín SGE Nº 63 &#8211; Los lagos de nuestra Tierra &#160; No hay enciclopedia de grandes viajeros que no recoja la escena de Henry Morton [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/stanley-en-madrid/">Stanley en Madrid. 150 años del telegrama que rescató a Livingstone</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-63-lagos-de-nuestra-tierra/">Boletín SGE Nº 63 &#8211; Los lagos de nuestra Tierra</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>No hay enciclopedia de grandes viajeros que no recoja la escena de Henry Morton Stanley recibiendo en Madrid el telegrama que le puso en marcha hacia el Dr. Livingstone, al que dos años después saludó con flema en el corazón de África. Fue el propio Stanley el que quiso que el libro en el que dio cuenta de la aventura que cambió su vida, y que supuso un hito no solo del periodismo sino del devenir de África, arrancara con dicho episodio acontecido hace ahora 150 años. Al filo de la efeméride, Ramón Jiménez Fraile, autor de “Stanley. De Madrid a las Fuentes del Nilo”, aporta sobre este asunto nuevos datos e interpretaciones, algunas de ellas transgresoras respecto a lo que se creía hasta ahora al respecto.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Publicado en inglés en 1872 con el título <em>“How I found Livingstone”</em>, la primera edición española del mítico libro de Stanley no vio la luz hasta 1878, de la mano de la editorial barcelonesa “Montaner y Simon”.</p>
<p>En esta primera versión en castellano, el relato de Stanley arranca de la siguiente manera: <em>“El 16 de octubre del año 1869, hallándome en Madrid, y en mi casa de la calle de la Cruz, presentóme mi criado, a eso de las diez de la mañana, un parte telegráfico expedido por Mr. James Gordon Bennet, director del New York Herald, de quien era yo corresponsal. Rasgué el sobre y leí lo que sigue: ‘Volved a París, asunto importante.’ Dos horas después tenía ya recogidos mis libros y papeles, cerradas las maletas y todo preparado. Como el tren correo no salía hasta las tres, quedaba todavía algún tiempo disponible, el cual aproveché para ir a despedirme de mis amigos. A la hora citada me había ya puesto en camino…”</em></p>
<p>Las posteriores ediciones en castellano, incluidas las más recientes, del libro <em>“Cómo encontré a Livingstone” </em>apenas difieren de aquella primera traducción, salvo en algunos añadidos, como el referido a que Stanley acababa de regresar a Madrid tras haber sido testigo de una masacre en Valencia, o que el criado que le tendió el telegrama se llamaba Jacopo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN TELEGRAMA QUE LLEGA CON RETRASO</strong></p>
<p>Una aproximación a los escritos originales de Stanley, incluidos sus archivos personales, permiten hacernos una idea más precisa, y en todo caso menos errónea, de aquellos acontecimientos.</p>
<p>Para empezar, el telegrama en cuestión no lo recibió Stanley el 16 de octubre de 1869, sino un mes antes, en concreto el 15 de septiembre.</p>
<p>Dicho “despacho telegráfico”, cuyo original se conserva en el Museo de África de Tervuren en Bélgica, indica que fue expedido en París el 12 de septiembre y que quedó registrado en Madrid el 13, figurando como fecha y hora de entrega el 15 de septiembre a las 7 de la mañana.</p>
<p>Es probable que la burocracia interna de los servicios telegráficos madrileños no explique por sí sola los dos días que el telegrama estuvo retenido en la “Central de Telegrafía”, sino que también tuviera que ver en ello la censura. España vivía por aquel entonces un período particularmente convulso. Hacía menos de un año que Isabel II había sido derrocada y el gobierno del general Prim se enfrentaba a violentas revueltas carlistas y republicanas que desgarraban la Península, así como a la insurrección independentista cubana.</p>
<p>Stanley, que había llegado a España como corresponsal del «New York Herald» a finales de marzo de 1869, también tuvo que vérselas con la censura, como denota la reclamación que elevó el 10 de septiembre al director general de Comunicaciones para recuperar los 170 reales que había pagado por un telegrama “relativo a la cuestión cubana” que nunca llegó a su destino, la oficina del <em>“New York Herald” </em>en Londres.</p>
<p>Otra causa de retraso radica en el hecho de que, tal como indica la mención <em>“Toward Stanley case American Legation Madrid” </em>que figura sobre el documento, el telegrama no estaba dirigido al domicilio de Stanley, sino a la Embajada de Estados Unidos en Madrid.</p>
<p>La edición original del libro de Stanley indica que fue de “Jacopo” de quien recibió el telegrama. Eso no significa ni que el tal Jacopo fuera un criado suyo, ni que se tratara de un español llamado Jacopo, entre otras cosas porque Stanley respetaba en sus relatos los nombres propios de las personas en su idioma original. Lo más probable es que Jacopo fuera un empleado de la Embajada norteamericana en Madrid. Incluso podríamos pensar que fue el propio Stanley el que recogió el documento en dicha sede diplomática, donde se hacía enviar la correspondencia. El libro original en inglés contiene sentidos agradecimientos de Stanley hacia el personal de la Embajada estadounidense que no figuran en las ediciones españolas.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN REPORTERO CON RELACIONES DIPLOMÁTICAS</strong></p>
<p>El reportero, que por aquel entonces ejercía de ciudadano norteamericano, abjurando de su auténtico origen galés, había asistido en persona, a finales de julio, a la presentación en el Palacio de La Granja de San Ildefonso de las cartas credenciales al regente Serrano por parte del nuevo embajador estadounidense en España, el general Daniel Sickles. Héroe de la Guerra Civil estadounidense, Sickles había adquirido gran notoriedad en su país por haber asesinado en plena calle al amante de su mujer, crimen del que se libró de ser condenado aduciendo, por primera vez en la historia judicial estadounidense, trastorno mental transitorio. Además de sus muestras de amistad hacia los miembros de la diplomacia estadounidense en España, hay otros detalles que omiten las versiones en lengua española del libro de Stanley. Entre ellos, la mención que Stanley hizo en la primera página de su libro de un corresponsal londinense que vivía en el cuarto piso del número 6 de la Calle Goya, del que dijo haberse despedido antes de tomar el tren para París. Stanley no desvela en el libro el nombre de su colega, pero sí el de dos de sus hijos – Charlie y Willie – de los que asegura eran muy buenos amigos suyos y a los que les encantaba escuchar las aventuras que él disfrutaba contándoles.</p>
<p>Por los diarios personales de Stanley sabemos que el padre de Charlie y Willie era el corresponsal del diario londinense <em>“The Standard” </em>Charles Hamilton, a quien conoció al día siguiente de su llegada a Madrid. Stanley no solo disfrutó en Madrid de la compañía de los hijos de su colega, sino que también recibió consejos de su esposa escocesa sobre los enseres que la mujer de un corresponsal en el extranjero debía llevar consigo. Stanley mantenía por aquel entonces un romance epistolar con una joven galesa a la que transmitió estos consejos y con la que no se casó debido al viaje que le llevaría al corazón de África.</p>
<p>Stanley se presenta en su libro, así como en las cartas a su novia, como una persona totalmente dedicada a la causa del periodismo, textualmente como un “gladiador” dispuesto a sacrificarlo todo con tal  de cumplir las órdenes de sus superiores. Imbuido de la épica de entrega y sacrificio, aseguró en su relato que, nada más llegar de noche a París, se presentó en el hotel en el que se alojaba su jefe, el cual le lanzó la orden de encontrar, a toda costa, al Doctor Livingstone (“Find Livingstone!”), no quedándole más remedio que obedecer.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>BUSCAR A LIVINGSTONE: UNA ORDEN O TAL VEZ UNA DECISIÓN PROPIA</strong></p>
<p>Sin ser el mentiroso compulsivo que algunos pretenden (sus impecables crónicas periodísticas y la exactitud de sus descubrimientos geográficos demuestran lo contrario), Stanley era ante todo un hacedor de historias. Cuando le convenía, adaptaba la realidad a la lógica de sus relatos para hacerlos más creíbles. De hecho, si atendemos al contenido mismo del telegrama que Stanley recibió en Madrid, comprobamos que en él su jefe no le dice que tuviera que viajar a París para tratar un “asunto importante”, sino que le propone desplazarse a París en caso de que pensara que nada sorprendente fuera a suceder en España en los siguientes veinte días: <em>“Unless you think</em><em> something veri </em>(sic) <em>startling will take place</em><em> within twenty days come to Paris on receipt of this telegram”.</em></p>
<p>Llegados a este punto, conviene sacar a relucir el interés que, desde muy joven, tuvo Stanley hacia la exploración y los grandes viajes. Sabemos que al poco de abandonar el asilo del País de Gales en el que pasó su infancia, leyó el libro “Missionary Travels” de Livingstone, personaje del que quedó prendado.</p>
<p>Tim Jeal, uno de los mayores especialistas sobre Stanley (autor del libro <em>“Stanley.</em><em> The Imposible Life of Africa’s Greatest Explorer”</em>) sugiere que la idea de ir en busca de Livingstone fue de Stanley y no de su jefe Bennett. En apoyo de esta tesis, Jeal ofrece la declaración que hizo años más tarde un amigo de juventud de Stanley, Lewis Noe, a quien, en las navidades de 1866, confesó que estaba muy interesado por los trabajos de Livingstone y le manifestó el deseo <em>“de ir él mismo</em><em> a África como corresponsal del ‘New York Herald’ con objeto de causar sensación con el relato que escribiría, el cual le reportaría fama y dinero”.</em></p>
<p>Cuando, casi año y medio después de haberse reunido con su jefe en París, Stanley se presentó en Zanzíbar para emprender la búsqueda de Livingstone, descubrió que su periódico no le había hecho llegar a la isla ninguna suma de dinero, por lo que tuvo que empeñar su palabra y, con ella, su futuro. Fue una vez que supo que Stanley había encontrado a Livingstone que a Bennett no le quedó más remedio que sufragar, a regañadientes, los costes de la expedición.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>REPORTERO Y JEFE: UNA RELACIÓN COMPLICADA</strong></p>
<p>La situación de dependencia de Stanley respecto a su jefe, así como su deseo de apaciguar su ira, explicarían la profusión de dedicatorias y alabanzas que Stanley le dedicó en el libro y en sus manifestaciones públicas, mientras que en privado las relaciones entre los dos fueron siempre tensas y estuvieron marcadas por muestras de desprecio por parte del director hacia su corresponsal. Los diarios privados de Stanley contienen indicios que sustentan la idea del montaje urdido por él para hacer creer que la orden de buscar a Livingstone se la dio Bennett.</p>
<p>En uno de esos diarios figuran dos únicas entradas relativas al mes de septiembre de 1869. La primera se refiere al día 15 y en ella Stanley menciona el telegrama de Bennett, cuyo texto reproduce de manera literal, es decir sin pretender que su jefe le convocara en París para hablarle de un “asunto importante”. La otra entrada, relativa al día 26, dice <em>“Barcelona. Republican rising”</em>, en alusión a la revuelta republicana que se produjo por esas fechas en la Ciudad Condal, y que había prendido al socaire de la huelga de los obreros del sector textil. Cabe pensar que Stanley consideró que los sucesos de Barcelona eran lo suficientemente graves como para justificar su permanencia en España, en vez de viajar a París.</p>
<p>No menos graves serían las revueltas republicanas y su consiguiente represión, que Stanley presenció <em>in situ</em>, en octubre, en Zaragoza y Valencia, sucesos que menciona en sus diarios y de los que dio cuenta en impactantes crónicas. El caso es que el 21 de octubre, Stanley, procedente de Valencia, estaba de vuelta en Madrid, donde el 27 por la tarde cogió el tren con todas sus pertenencias. Según el diario privado que usaba para anotar sus gastos y desplazamientos, llegó a París el 28 a las 11 de la noche, y directamente se dirigió al hotel en el que se alojaba Bennett. Justo después del nombre del hotel, puede leerse <em>“Orders to find Livingstone”</em>. Un examen superficial basado en el tamaño y la disposición de esta última frase respecto a las anteriores permite concluir que la anotación fue realizada con posterioridad, en un claro afán de sustentar, a posteriori, la tesis de que la orden había partido del director del <em>“New York Herald”</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN SUSTITUTO DE STANLEY EN MADRID</strong></p>
<p>Un asunto que a buen seguro sí abordó Bennett con su subordinado en París es el que aparece mencionado en otro de los diarios privados de Stanley, en el que, sin que haya indicios de manipulación, se puede leer textualmente: <em>“October.</em><em> Offered Hay position on “Herald” asked by Bennett”</em>. De esta anotación se deduce que el puesto que Stanley había dejado vacante como corresponsal en España del <em>“New York Herald” </em>–al salir de España con todas sus pertenencias &#8211; le había sido ofrecido, por decisión de Bennett, a alguien apellidado Hay.</p>
<p>Ese alguien era John Hay, ni más ni menos que el que fuera secretario privado del presidente Abraham Lincoln, de cuyo asesinato fue testigo. Hay había llegado a Madrid en julio de 1869, junto al nuevo embajador David Sickles, para ocupar el cargo de primer secretario de la embajada estadounidense en Madrid, puesto que había aceptado no tanto por el salario, que reconoció era bajo, sino para contribuir a que Cuba cayera bajo la influencia norteamericana, tal como él mismo reconocería.</p>
<p>Conocedores de sus dotes como escritor (de su pluma salieron importantes textos atribuidos a Lincoln), los principales periódicos estadounidenses competirían por hacerse con los servicios de Hay desde España. Sus vivencias e impresiones de los dos años que residió en Madrid quedarían reflejados en su libro “Castilian Days”, publicado en 1871.</p>
<p>Ese mismo año 1871, concretamente en noviembre, Stanley, un perfecto desconocido que estaba a años luz del prestigio y la consideración que en el mundo anglosajón tenía John Hay, se quitó el ‘salacot’ al borde del Lago Tanganica y dijo: <em>“Doctor Livingstone, supongo”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>DE VUELTA A ESPAÑA: UNA CIERTA NOTORIEDAD</strong></p>
<p>Tras la efímera notoriedad que este hecho le reportó, en mayo de 1873 Stanley retomó, por orden expresa de Bennett que le negó un aumento de sueldo, la labor de corresponsal en España, donde muy pocos eran conocedores de su hazaña africana. Uno de ellos fue Manuel Iradier, fundador en 1868 de “La Exploradora”, primera sociedad geográfica española, el cual saldría al encuentro de Stanley en Vitoria para pedirle consejo sobre los viajes a África.</p>
<p>No sería hasta 1876 cuando se fundó la Sociedad Geográfica de Madrid, precursora de la actual Real Sociedad Geográfica. Por aquel entonces, Stanley, desafiando de nuevo al destino, había regresado a África para completar la obra del fallecido Livingstone, y estaba ocupado en circunnavegar a bordo de la <em>“Lady Alice”</em>, la barca desmontable construida a base de cedro español, los lagos Victoria y Tanganica, antes de emprender la primera travesía del que resultó ser el Río Congo. El secular espacio en blanco en el centro de los mapas de África quedaba así definitivamente rellenado.</p>
<p>En los archivos del reportero metido a explorador que se conservan en Bélgica, figura el original de la carta que, el 15 de diciembre de 1877, le envió Francisco Coello, presidente de la Sociedad Geográfica de Madrid, para rendirle <em>“justo</em><em> tributo de admiración… por la temeraria empresa de cruzar las ignotas regiones del África central”.</em></p>
<p>Coello le comentó que le hubiera gustado premiarle por ser <em>“uno de los más</em><em> ilustres campeones de la Geografía, compañera predilecta e inseparable de la verdadera civilización”</em>, pero la falta de recursos de su sociedad geográfica le impedía otorgarle una medalla. <em>“España no olvidará </em>&#8211; añadió Coello &#8211; <em>que ha</em><em> tenido la dicha de que hayáis residido en ella durante algún tiempo”</em>.</p>
</div>
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		<title>Castilian Days. España vista por el sepulturero de su imperio colonial</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/castilian-days/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:51:15 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ramón Jiménez Fraile Bibliografía: Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo &#160; El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-64-vuelta-al-mundo/">Boletín SGE Nº 64 &#8211; La primera vuelta al mundo</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El diplomático y escritor John Hay residió en Madrid, durante 1869 y 1870, como primer secretario de la embajada de Estados Unidos. Aprovechó su estancia para conocer de cerca la vida de España y de los españoles, y para escribir una serie de artículos que luego reuniría en el libro <em>Castilian Days</em>.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PROTAGONISTA DEL FIN DEL IMPERIO ESPAÑOL</strong></p>
<p>Hay una foto que ilustra como pocas la humillación que supuso para España el fin de su imperio colonial, a raíz de la guerra contra Estados Unidos de 1898. En ella se ve al Secretario de Estado norteamericano John Hay entregando en su despacho de Washington al embajador francés Jules Cambon un cheque de 20 millones de dólares.</p>
<p>Ese era la compensación que, de manera unilateral, Estados Unidos había fijado a cambio de las Islas Filipinas, que pasaban a ser de su propiedad al mismo tiempo que Puerto Rico y Guam, la isla a la que arribó Magallanes tras su travesía del Océano Pacífico. También como consecuencia de la guerra, Cuba obtenía la independencia bajo tutela estadounidense, y España se veía obligada a asumir la deuda nacional cubana, que ascendía a más de 400 millones de dólares.</p>
<p>El embajador francés formaba parte del equipo español que negoció –o mejor dicho vio cómo se le imponía– el Tratado de París, que ponía fin a la guerra hispano-norteamericana. Para evitar que un ciudadano español pasara por el mal trago de participar en la escenificación de la liquidación de su imperio colonial, fue el diplomático galo el que recibió el cheque de manos del jefe de la diplomacia estadounidense.</p>
<p>Debido a su sintonía con la diplomacia española, Jules Cambon sería nombrado embajador francés en España, un país que el otro protagonista de la histórica foto, el estadounidense John Hay, conocía probablemente mejor, ya que en su juventud ejerció de diplomático en Madrid.</p>
<p>Fruto de aquella estancia en España, cuando era apenas un treintañero, el sepulturero del imperio colonial español escribió coloridas estampas y agudas observaciones sobre España y los españoles, publicadas primero en la revista norteamericana <em>“Atlantic Monthly”</em>, y recogidas después en forma de libro bajo  el título <em>“Castilian Days”.</em></p>
<p>Sin figurar entre las mejores obras de los viajeros extranjeros de la España decimonónica, <em>“Castilian Days” </em>merece salir del olvido, tanto por su contenido como por la relevancia de su autor, venerado en su país por su brillante hoja de servicios, que arranca como secretario personal del presidente Abraham Lincoln, y culmina como jefe de la diplomacia en la Administración Roosevelt. Las vivencias personales de Hay, y el material que recopiló sobre Lincoln, le servirían para publicar, junto a su amigo y colega John Nicolay, la más completa biografía del malogrado presidente.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA VIDA AL SERVICIO DE LA DIPLOMACIA</strong></p>
<p>John Hay inició su carrera diplomática en 1865, justo después del asesinato de Lincoln, al ser nombrado primer secretario en la embajada estadounidense en París, desde donde pasó Viena y de ahí, en el verano de 1869, a Madrid.</p>
<p>Profundamente republicano en sus convicciones, la “Revolución de Septiembre”, que había mandado al exilio a Isabel II, hacía particularmente atractivo para Hay su desembarco en España. <em>“He leído y pensado mucho acerca de las revoluciones</em><em> y no puedo resistirme a una oportunidad tan favorable de levantar la tapa de la olla y ver lo que se está cociendo dentro”</em>, escribió justo antes de llegar a Madrid. Otro aliciente para Hay era el hecho de que su superior, el nuevo jefe de la Legación estadounidense en Madrid, sería el impetuoso héroe de guerra el general Daniel Sickles, a quien el presidente Ulysses Grant había encomendado la misión de negociar con el hombre fuerte de España, el general Prim, la compra de Cuba, donde había estallado una revuelta independentista.</p>
<p>Los devaneos de la diplomacia estadounidense en España en aquella época turbulenta que condujo a la proclamación de la Primera República contarían con un testigo de excepción: el por aquel entonces corresponsal en España del <em>“New</em><em> York Herald” </em>Henry Morton Stanley, a quien Hay trató con asiduidad (ver Boletín n. 63).</p>
<p>Ferviente partidario de la mano dura, incluso de declarar la guerra a España por el trato que daba a los insurgentes cubanos, Sickles no alcanzaría su objetivo, entre otras cosas porque su interlocutor, Prim, murió a resultas de un atentado. En “La berlina de Prim”, la premiada novela de Ian Gibson, sale a relucir John Hay, de quien se afirma <em>“era un escritor de gran talento, con una extraordinaria</em><em> capacidad observadora”</em>. De su libro “Castilian Days”, Gibson señala en la misma novela que <em>“evocaba brillantemente el ambiente de Madrid un año después</em><em> del triunfo de la Revolución”</em>. El testimonio de primera mano de Hay <em>“sobre el</em><em> casi increíble cambio operado en la realidad nacional en poco menos de doce meses, con agudos comentarios sobre la conflictiva vida parlamentaria del momento, así como las costumbres de la capital, era impagable”</em>, añade Gibson.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN OBSERVADOR AGUDO DE ESPAÑA Y LOS ESPAÑOLES</strong></p>
<p>Hay se implicó a fondo en la vida social, cultural y política de España, encontrando en su admirado político republicano, Emilio Castelar, un anfitrión y maestro a la altura de su curiosidad y entusiasmo. Prueba de su intensa relación con Castelar sería la traducción de Hay al inglés de la monumental obra del político español <em>“El movimiento republicano en Europa”.</em></p>
<p><em>“El partido republicano &#8211; </em>diría Hay en <em>“Castilian Days” &#8211; tiene sólo un año o dos,</em><em> pero ¡qué bebé vigoroso y ruidoso es! Pese a todas sus faltas y errores, parece tener la promesa de un futuro robusto y saludable. Se niega a estar atado por los recuerdos del pasado y mantiene sus ojos fijos en las posibilidades más brillantes por venir. Liberándose de todas las ataduras de la tradición, Emilio Castelar proclama su credo liberador del ‘derecho de todos los ciudadanos a no obedecer nada más que la ley’. Si se puede lograr que el pueblo español perciba que Dios es más grande que la Iglesia y que la ley está por encima del rey, el día de la liberación final estará cerca.”</em></p>
<p>Hay achacó el atraso de la sociedad española a su apego a la tradición, aunque subrayó que <em>“el signo más favorable de los tiempos es que esta tiranía de la tradición</em><em> está perdiendo su poder”</em>. A ello habría contribuido de manera decisiva <em>“el mero</em><em> hecho de haber expulsado a la reina (Isabel II), lo que supuso un golpe a la superstición que dio a todo el cuerpo político un revulsivo muy saludable, ya que nunca antes en España una revolución había tenido como objetivo el trono”.</em></p>
<p>Echando mano de ejemplos de la vida cotidiana, describió la actitud servil del pueblo llano, y analizó el modelo patriarcal que regía las conductas de los individuos en familia, reflejo según él del autoritarismo imperante debido a alianza secular entre la Corona y la Iglesia.</p>
<p>En este sentido, Hay sacó a relucir el papel secundario reservado a la mujer en la sociedad española, en especial su exclusión del sistema educativo que consideraba nefasta.</p>
<p><em>“Hay que lamentar que a las mujeres españolas se las mantenga sistemáticamente</em><em> en la ignorancia. Tienen una inteligencia más rápida y activa que los hombres. Con un buen grado de educación se podría esperar mucho de ellas en el desarrollo intelectual del país. En la vida diaria se advierte de inmediato su superioridad en inteligencia y capacidad de apreciación con respecto a sus esposos y hermanos. Entre los pequeños comerciantes, la esposa siempre acude al rescate de su lento cónyuge cuando lo ve atascado en una transacción. En el campo, si preguntas a un campesino sobre algo relacionado con tu viaje, dudará, tartamudeará y terminará con un ‘¿quién sabe?’, mientras que su esposa te proporcionará toda la información que precises.”</em></p>
<p>En clave de ironía, Hay sugirió que la explicación de la superioridad de las mujeres tal vez se debiera a que el humo del tabaco enturbiaba el cerebro de los hombres. También con humor se refirió a las connotaciones marianas de los nombres propios de las mujeres españolas: <em>“Como a las jóvenes nunca se les</em><em> llama por sus apellidos sino por su nombre, pasar una tarde en una tertulia a la que asisten jóvenes castellanas supone evocar todas las etapas de la vida de la Madre Inmaculada, desde Belén hasta el Calvario y más allá, o sea Concepción,  Anunciación, Dolores, Soledad, Asunción”.</em></p>
<p>John Hay no sólo se dedicaría a retratar en su libro la vida de los españoles, sino también las circunstancias de su muerte: <em>“Ya sea por su modo de vida ordenada</em><em> y activa, o por no poder pagar la asistencia médica, las clases más pobres sufren menos enfermedades que las acomodadas; un español corriente solo cae enfermo una vez en su vida, la que le lleva a la tumba”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UN RECORRIDO POR LAS CIUDADES CASTELLANAS</strong></p>
<p>Lógicamente, el libro contiene también las inevitables concesiones a la España de <em>“magia y romance” </em>típicas de la época, dedicando uno de sus diez capítulos a la tauromaquia, a la que, según Hay, <em>“la aristocracia española ha comenzado a</em><em> considerar vulgar, retirando su presencia de los ruedos, mientras que el pueblo español se sigue aferrando a ella”.</em></p>
<p>Madrid, Toledo (por indicación expresa de Castelar), Segovia, Alcalá, El Escorial y La Granja conforman las estampas más detalladas del libro, que contiene una enorme profusión de referencias al arte, la historia y la literatura, en particular a Miguel de Cervantes.</p>
<p>De Madrid, Hay señala que <em>“es una ciudad de Castilla, pero no una ciudad</em><em> castellana, como Toledo, que ciñe su elegante cintura con el Tajo dorado, o como Segovia, sujeta a su roca como si se tratara de un desesperado naufragio. Por su excepcional historia y carácter, Madrid es el mejor punto de España para estudiar la vida española. No tiene rasgos distintivos como tal, pero es un mosaico de toda España. Cada provincia de la Península envía a ella un contingente de individuos. Los gallegos cortan su madera y sacan su agua; las asturianas amamantan a sus bebés en sus pechos profundos y llenan los paseos con sus coloridas vestimentas; los valencianos cubren sus suelos de alfombras y sacian su sed a base de horchata de chufa; en cada calle verás el gorro rojo y las alpargatas del catalán; en todos los cafés, la cara afeitada y la coleta de un ‘majo’ de Andalucía. Madrid no tiene un carácter propio, sino que es un espejo donde se pueden ver todas las características de la Península”.</em></p>
<p>Hay ofrece también una interesante descripción de la colonia extranjera residente en Madrid, compuesta principalmente por franceses, ingleses, alemanes y <em>“algún que otro despistado yanqui que intenta vender arados y máquinas de</em><em> coser”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>UNA CARRERA POLÍTICA Y TAMBIÉN PERIODÍSTICA</strong></p>
<p>La misión diplomática de Hay en España duraría un año. A finales de 1870 regresaba a Estados Unidos donde asumió funciones de editor del periódico <em>“New</em><em> York Tribune”.</em></p>
<p>De las dotes literarias de que hizo gala en “Castilian Days”, editado por primera vez en Boston en 1871, quedaría constancia en los numerosos libros, principalmente ensayos y poemarios, que publicaría a lo largo de su vida como complemento a su carrera política.</p>
<p>Antes de convertirse en jefe de la diplomacia estadounidense, fue embajador de Estados Unidos en Londres, siendo uno de sus logros conseguir que el Reino Unido se mantuviera neutral en la guerra de 1898 contra España.</p>
<p>Pese al nefasto papel político que tuvo de cara a los intereses españoles, nunca dijo sentir animadversión por España, sino todo lo contrario. En el prefacio a una de las numerosas reediciones de “Castilian Days”, en concreto una de 1890, aseguró que el arte, literatura, idioma y carácter de los españoles <em>“despertaron</em><em> mi mayor admiración, disfrutando con ellos de amistades que están entre los recuerdos más queridos de mi vida”.</em></p>
<p>John Hay falleció en 1905 a los 67 años, habiendo para entonces errado de manera estrepitosa en el vaticinio que dejó escrito en sus tiempos de diplomático en España, con el agravante de que él mismo contribuyó a que así fuera: <em>“Antes</em><em> se convertirá España al islam que Estados Unidos se hará imperialista”</em>.</p>
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		<title>Fanny Bullock Workman. En bicicleta por España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/fanny-bullock-workman/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:40:29 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Por Pilar Tejera Bibliografía: Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias &#160; Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Pilar Tejera<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-67-los-caminos-de-las-epidemias/">Boletín SGE Nº 67 &#8211; Los caminos de las epidemias</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en una familia acomodada, y a partir de los veintidós años se lanzó a conocer el mundo y a escalar montañas. Se casó con acierto con un hombre con el que compartió su vida, sus andanzas y sus sueños de mujer activa, culta y amante de los viajes. Juntos, y dándole a los pedales de sus bicicletas recorrieron la España de 1895. Sobre esta aventura escribió un libro lleno de observaciones y detalles.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>En una ocasión, la actriz Mae West afirmó: <em>“Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez es suficiente”</em>. Sin duda, Fanny Bullock Workman hizo honor a esta máxima. Exprimió la vida de la forma en la que sólo pueden hacerlo personas excepcionales. Fue el paradigma de la trotamundos decimonónica, una mujer que descolló por encima de las demás aventureras de la época no solo por sus andanzas sino por su ingenio, su inteligencia y, sobre todo, su elegancia y originalidad.</p>
<p>Más o menos en las mismas fechas en las que las mujeres clamaban por el derecho a montar en bicicleta, por el derecho a pensar, a estudiar, a trabajar, a votar, a “ser felices”, esta aventurera norteamericana cruzaba Argelia y Europa agarrada a un manillar. Parecía imposible que una dama protagonizara semejante proeza, pero Fanny Bullok Workman no era precisamente un estereotipo de dama victoriana. Coetánea de la Reina Victoria Eugenia, supuso el “reverso luminoso” de una época marcada por las reglas y los prejuicios, conceptos que para ella no fueron sino barreras para ser saltadas. A través de sus largos paseos por el mundo alcanzó su propia cima, como viajera, como mujer adelantada a su época, y como referente de todas aquellas damas que no lograban liberarse de las normas y leyes que las  atenazaban.</p>
<p>Fue la primera estadounidense invitada a dar una conferencia en la Sorbona de París, y la segunda en hacerlo en la Royal Geographical Society de Londres. Este último dato lo dice todo, pues pasar el riguroso filtro de la Institución que había encarnado el “Gran Inquisidor” de las viajeras decimonónicas, da cuenta de los logros de esta vividora y deportista que hizo oídos sordos a las prohibiciones de su época. Para ella, la vida se resumía a una sucesión de retos que había que superar y siempre estuvo a la altura de sus propias metas, aunque estas alcanzaran alturas improbables para el común de los mortales.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>“¡VOTO PARA LA MUJER!”</strong></p>
<p>Siempre al límite de su resistencia, al filo de lo imposible, Fanny Workman jamás incluyó la palabra mediocridad en el diccionario de su vida. Asombró al mundo pedaleando por los desiertos y proclamó su apoyo al sufragio femenino a más de 6.000 metros de altura, exhibiendo una pancarta cuyas cuatro palabras, «voto para la mujer», resumían su concepto de la vida, porque participar en las decisiones del mundo era para ella sinónimo de sentirse viva. Lo suyo fue competir, llegar siempre más lejos, más arriba, sin perder con ello la toma de tierra con las cosas importantes de la vida, y de hecho consiguió encontrar la forma de compartir su faceta de madre y esposa con sus dos grandes pasiones: las cumbres y los viajes.</p>
<p>Feminista convencida, intentó convertirse en ejemplo vivo para demostrar que las mujeres que se lo propusieran, podían igualar, incluso superar, a los hombres en muchas facetas. De esta forma encarnó el espíritu de la deportista moderna y la bicicleta fue una de sus herramientas para lograrlo.</p>
<p><em> </em><em> </em></p>
<p><strong>DESPLEGANDO LAS ALAS…</strong></p>
<p>Fanny Workman nació en 1859 en Worcester, Massachusetts, en el seno de una familia adinerada y aristocrática. Heredó de su madre la fortaleza mental, y de su padre Alexander Bullock, empresario y gobernador republicano, la resolución y ambición.</p>
<p>En 1879, con los 22 años cumplidos, Fanny Bullock Workman ya tenía asentados los pilares básicos de su vida. Había cursado estudios en la escuela de Nueva York, había recorrido Europa, y se había perdido por la campiña francesa y la salvaje naturaleza alemana. El corazón ya le latía con una vehemencia sofocante cada vez que pensaba en viajar y en perderse entre las altas montañas, pasiones que la acompañarían de por vida.</p>
<p>Tuvo la suerte, además, de encontrar la horma de sus zapatos. Un hombre atraído por la aventura, los deportes, los retos… un hombre abierto, liberal, con el que Fanny compartió su ajetreada vida. William Hunter Workman, doce años mayor que ella, enseguida descubrió en aquella joven poco convencional su media naranja, y no tardó en introducirla en la escalada al poco de casarse con ella. Durante sus primeros años de unión, pasaron los veranos en las Montañas Blancas en New Hampshire, ascendiendo las faldas del Monte Washington. A diferencia de los clubes europeos, los clubes de escalada estadounidenses aceptaban entre sus filas a mujeres, lo que contribuyó a crear una nueva versión de la mujer estadounidense, con su dualidad tanto doméstica como atlética. Fanny se imbuyó en este espíritu entusiasmada.</p>
<p>A los Workman se les quedó pequeña la atmósfera de Worcester y pusieron su pensamiento en Europa. Después de que los padres de Fanny y William murieran, el matrimonio heredó grandes propiedades y una gran fortuna que decidieron emplear en viajar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LO PRIMERO, UN VIAJE POR EUROPA</strong></p>
<p>Su primera escapada europea consistió en una gira por Escandinavia y Alemania, donde la pareja se estableció poco después. Con dos hijos pequeños, Fanny se negó a asumir el rol de madre abnegada. Había descubierto las posibilidades de aquel nuevo mundo de glaciares y montañas, y en algún rincón de su mente se había encendido una luz. Su esposo no solo no lastró sus inquietudes, sino que alentó su realización como deportista y aventurera.</p>
<p>La pareja dejó a sus hijos al cuidado de institutrices, y comenzó recorriendo en bicicleta Suiza, Francia e Italia, antes de hacer sus incursiones por el norte de África y Asia. Recorrieron Argelia a golpe de pedal en 1895, una aventura impensable en la época, que emprendieron sin guía ni mapas precisos. Aunque para ellos supusiera un pasatiempo divertido, el peligro acechó en cada curva. Caminos impracticables, aguaceros, barrizales, ausencia de mapas de carreteras, de lugares donde pernoctar… durmieron donde podían; a veces, y con suerte, en posadas locales sufriendo temperaturas extremas donde corrieron el riesgo de congelación. A pesar de los constantes problemas, su espíritu no decayó jamás: <em>“De qué manera</em><em> la esperanza de que un camino mejore aviva los ánimos de los ciclistas en sus viajes por tierras extrañas!”</em>, escribió Fanny en su diario.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESPAÑA EN BICICLETA</strong></p>
<p>Después de su aventura en Argelia, los Workman se perdieron con su bicicleta por España (cerca de 5.000 kilómetros), causando gran revuelo entre los periodistas que salían a su encuentro para entrevistar a la dama de aspecto sufragista, ataviada con impecable falda larga y gorrito que, con cada pedaleo, hacía tintinear su hervidor de té colgado del manillar.</p>
<p>Cubrieron distancias de 72 km por día, alcanzando en ocasiones los 130 km/ día. En el libro que escribieron sobre este viaje <em>“Sketches a wheel in modern</em><em> Iberia”</em>, describieron España como un país <em>“rústico, pintoresco y encantador”</em>. Fanny quedó deslumbrada por la belleza y la gracias de las mujeres españolas: <em>“Cuando la procesión pasó, deseamos a nuestra anfitriona las buenas noches</em><em> agradeciendo sus atenciones. Estábamos en el proceso de aprender a ser españoles, disfrutando de las cosas agradables de la vida. Ella pareció entenderlo y movió sus ojos oscuros con cierto toque de éxtasis bajo aquella mantilla negra”. </em>El tipismo de Andalucía y de las posadas donde se alojaron cautivaron sus sentidos: <em>“En la fonda de Sevilla, la camarera nos trajo algunos hermosos claveles y</em><em> el mozo colocó unas rosas junto a nuestros platos en la cena, que se sirvió en un comedor abierto a un patio de mármol con una fuente de caños en el centro. La cena, consistente en sopa casera, pescado delicado, aves, o batatas, y naranjas, resultó sencillamente excelente”</em>. Se sentían a gusto rompiendo el orden de una vida convencional, soñando con la siguiente salida, el siguiente destino… A lo largo del viaje, Fanny y su esposo tuvieron que recomponer la idea que tenían sobre España. Redescubrieron el sentido de palabras como felicidad, amabilidad, calor, hospitalidad&#8230; <em>“Después de la misa del Corpus Christi en Toledo,</em><em> la gente permanecía en las calles y llenaba los balcones para presenciar la procesión. La policía a caballo, intentaba hacer espacio entre la multitud, pero tratando a todos con una gentileza que rara vez muestran los agentes en otros países”</em>.</p>
<p>La extraordinaria relación del matrimonio con las personas que conocieron, con los lugares que recorrieron, queda descrita a lo largo de su libro. <em>“Antes de</em><em> llegar a Granada, pasamos una noche en Bailén y un día en Jaén. Desde esta última ciudad hasta llegar a Sierra Nevada, cuyas cumbres estaban cubiertas de nieve, tuvimos que atravesar tres cadenas montañosas, pero el viaje nos permitió descubrir la combinación variada de lo fértil y lo sublime que resulta esta parte del país. El camino estaba patrullado por la Guardia Civil, cuyos hombres cubrían sus sombreros negros con un pañuelo blanco. Aquí, como en todas partes, </em><em>los hallamos muy amables. Asimismo, descubrimos la cortesía de todas las clases</em><em> de personas hacia los demás, algo sorprendente cuando uno piensa en el sangriento espectáculo de los toros con el que tanto se deleitan aquí”.</em></p>
<p>Workman hizo siempre especial hincapié en el tesón de su esposa viajando en bicicleta. <em>“Ella concentraba su atención en el fin del camino, sin tener en cuenta</em><em> las dificultades o peligros que podrían acecharnos. Siempre avanzaba con la determinación de alcanzar su objetivo, con una valentía sin la cual no hubiera podido lograrlo. Creía en la necesidad de aprovechar cada oportunidad, jamás desfalleció ante las circunstancias desalentadoras”.</em></p>
<p><em> </em></p>
<p><strong>PEDALEANDO POR UN MUNDO DESCONOCIDO</strong></p>
<p>Esta aventura ciclista les dejó con ganas de seguir pedaleando, llevándoles a cubrir en bicicleta otros 22.500 kilómetros a lo largo de Tánger, India, Birmania, Ceilán, Java, Sumatra e Indochina. En total, dos años de correrías. Pasaron hambre, se enfrentaron a enjambres de mosquitos, sufrieron hasta cuarenta pinchazos de ruedas al día, y pasaron noches en chozas infestadas de ratas, pero en todo momento se sintieron ansiosos por aprender de otras culturas y disfrutar de la vida nómada. Más tarde, en los Himalayas, fueron introducidos a la escalada de gran altura. Regresaron a esta región inexplorada hasta en ocho ocasiones durante los siguientes catorce años.</p>
<p>Al concluir su existencia errante, el matrimonio escribió ocho libros sobre sus andanzas y se dedicó a pronunciar conferencias en sociedades geográficas y científicas: Fanny hablaba en inglés, alemán o francés, según lo requiriera la ocasión. La gente acudía en masa para escuchar sus aventuras. En una charla pronunciada en Lyon, Francia, 1.000 personas se congregaron en el auditorio, y 700 tuvieron que ser rechazadas por falta de aforo. Fanny no solo demostró que una mujer podía escalar grandes altitudes tan bien como un hombre, sino que ayudó a romper la barrera de género en el deporte y la aventura.</p>
<p>Después de ser admitida como miembro de la Royal Geographical Society, y de convertirse en la primera mujer estadounidense en dar una conferencia en la Sorbona, Fanny Bullock recibió varias condecoraciones, otorgadas por diez sociedades geográficas europeas y fue elegida miembro de instituciones como el <em>American Alpine Club </em>y la <em>Royal Asiatic Society</em>.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>PIONEER HIMALAYAN EXPLORERS</strong></p>
<p>Tras una vida azarosa escalando y recorriendo el mundo en bicicleta con su tetera en el manillar, Fanny Workman enfermó, y tras una larga convalecencia murió en 1925 en Cannes, Francia. Sus cenizas fueron trasladadas a Massachusetts, y descansan junto a los restos de su esposo, bajo un monumento en el Cementerio Rural de Worcester, donde puede leerse: <em>“Pioneer Himalayan</em><em> Explorers”</em>.</p>
<p>Siguiendo sus deseos expresados en el testamento, se destinó parte de su fortuna a cuatro universidades para incentivar en ellas la educación de la mujer. <em>“Nunca olvidaré la visión de aquella multitud congregada en el templo. Las mujeres</em><em> con mantillas negras arrodilladas con devoción, los hombres, apoyados en las columnas mirando hacia el coro con fervor. En Italia hay música en Semana Santa, pero no posee el solemne esplendor de España, donde los sonidos del órgano recorren las bóvedas góticas formando un obbligato de música arquitectónica”</em>, escribió esta pionera sobre el país que la embrujó. Sin duda sus palabras reflejan la sensibilidad de quien supo ingeniárselas para encumbrar y pedalear todos sus sueños.</p>
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		<title>La semana española del pintor Édouard Manet</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/edouard-manet-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:13:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Marga Martínez Bibliografía: Boletín SGE Nº 68 &#8211; China: pasado, presente y futuro &#160; El rechazo y las feroces críticas de los oficialistas de arte del Salón de París [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Marga Martínez<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-68-china-pasado-presente-y-futuro/">Boletín SGE Nº 68 &#8211; China: pasado, presente y futuro</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El rechazo y las feroces críticas de los oficialistas de arte del Salón de París fueron las causas por las que Manet viajó, a finales de agosto de 1865, a una exótica y llena de incomodidades España. El Museo del Prado y Velázquez, el pintor de pintores para Manet, fueron el objetivo principal de su viaje.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Necesitaba de los consejos del gran pintor sevillano y, sin duda, la visita al Museo del Prado bien valía soportar “las incomodidades y la infecta comida española”. Manet regresaría a Francia tras diez días de viaje, flaco y desmejorado por sus problemas con la gastronomía de tan romántico y deseado destino. Al mismo tiempo, volvió entusiasmado con Velázquez, Goya, las corridas de toros y un Paseo del Prado lleno de bellísimas mujeres con mantilla. <em>“En este país</em><em> la vista proporciona inmensos placeres, pero el estómago sufre una verdadera tortura. Cuando uno se sienta a la mesa, más bien tiene ganas de vomitar que de </em><em>comer” </em>escribía a su amigo Charles Baudelaire tras su estancia.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UNA EXPERIENCIA AMARGA EN EL SALÓN DE PARÍS</strong></p>
<p><em>“Una epidemia de locas carcajadas se desata ante el cuadro de Manet” </em>decía el Moniteur des Arts. <em>“Cuando el arte desciende tan bajo no merece ni siquiera</em><em> un reproche”</em>, recogían en La Presse. <em>“Nunca hemos visto con nuestros ojos un</em><em> espectáculo semejante y de un efecto más cínico: “Olympia”, especie de gorila hembra…” </em>decía Amédée Cataloube. <em>“Un cuadro como ése podría incitar a</em><em> una sedición” </em>escribían en <em>L’Epoque</em>. Este dechado de elogios son algunas de las delicadas críticas que recibió el <em>“Olympia” </em>de Manet en el Salón de París de 1865. Triste y deprimido por el dudoso éxito de su cuadro, Manet partiría a finales de agosto de ese mismo año a España para, según sus propias palabras, <em>“pedir consejos al maestro Velázquez”</em>. Manet ya había sido también duramente criticado por su hoy célebre y admirada obra Almuerzo sobre la hierba, “una vergonzosa úlcera que no merece ser expuesta”, en el mismo salón en 1863, hecho que le enviaría al famoso Salón de los Rechazados. Ironías, o no, del destino, Manet está considerado como uno de los precursores del impresionismo sin él pretenderlo. Le afectaban mucho las críticas y quería ser aceptado por los sectores oficialistas del arte. Sin embargo, siguió combinando lo clásico y lo moderno, la inspiración de los maestros españoles y venecianos con las fotografías y xilografías japonesas, para escándalo de unos y admiración de otros. El artista aguantó las críticas y hasta las burlas de muchos de sus contemporáneos y se mantuvo en la línea que le dictaba su inspiración. Sin embargo, su espíritu estaba afectado por unos comentarios tan adversos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN VIAJE FUGAZ PERO MUY BIEN APROVECHADO</strong></p>
<p>No parece equivocada la reacción la de Manet ante unas reacciones tan negativas. Y decidió poner tierra por medio y pedir consejo a los clásicos. Y a quién mejor que a Velázquez, el más grande. Así pues, lo tiene claro, y en el verano de 1865 Manet emprende viaje a una España que ya empezaba a despertar interés en los viajeros europeos. Habían pasados los años agitados de la Guerra de la Independencia, y desde los años treinta, y más aún en los cincuenta, visitan nuestro país ilustres viajeros como Mérimée, George Sand, Théophile Gautier, Victor Hugo, Alejandro Dumas, y pintores como Delacroix, Regnault o el grabador Gustave Doré. Sin duda, el tema de lo español y el interés por un país diferente hacía tiempo que despertaba la curiosidad en el viejo continente. Como una completa guía de viajes podríamos definir la carta que su amigo Zacharie Astruc, uno de los primeros pintores en reconocer el talento de Manet, le envía hacia el 22 de agosto de 1865. En ella le detalla y sugiere un itinerario preciso, con las visitas imprescindibles que tiene que realizar, los lugares en los que alojarse y hasta la recomendación de llevar entre su equipaje una caja de pintura. El trayecto de ida, según su asesor de viajes era el de París a Burdeos, y de ahí hasta Bayona, para partir hasta Madrid, parando en Burgos, Valladolid, Ávila, Madrid y Toledo. La vuelta la debería hacer, recomendaba Astruc, por El Escorial, Segovia, otra vez Madrid, y Valencia, donde partiría directamente hasta Marsella. Sin embargo, Manet reconoce no haber realizado ese trayecto por haber cólera en Marsella. También señala haber estado siete días en Madrid con tiempo para verlo todo, el Paseo del Prado con sus bellas mujeres ataviadas con mantilla, el espectáculo único de las corridas de toros, y el museo del Prado donde poder <em>“contemplar todos los Velázquez,</em><em> que por sí solos valen todo el viaje”, </em>según comenta a Fantin-Latour a su regreso. Los pintores de todas las escuelas que están en torno a él en el Museo del Prado parecen todos unos impostores jactanciosos, -escribe – <em>“Es el pintor</em><em> de pintores”</em>. Viaja también Manet a El Escorial y Toledo para ver a El Greco y a Goya, muy bien representados, según le habían comentado.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>EL GRAN TROPIEZO DE LA COMIDA</strong></p>
<p><em>“Es realmente fastidiosa esta infecta comida”</em>, así describía Manet a su amigo Zacharie Astruc lo que se llevaban a la boca los españoles. En realidad no es el primer comentario de un viajero francés sobre las cocina: las opiniones suelen ser desdeñosas y muy generalizada la aversión de los viajeros franceses siglo XIX al abundante uso en los guisos españoles del ajo y el aceite de oliva, que, decían, <em>“lo utilizan por </em><em>igual para las ensaladas que para la extremaunción”</em>. Manet, desde luego, no fue una excepción. Ya advertía Germond de Lavigne en su <em>“Guía itinerario de España</em><em> y Portugal” </em>de 1880, que existía la opinión común de que España era todavía un país que no se podía visitar sin haber hecho antes testamento, haciendo referencia, además de a la gastronomía, también a sus más que precarios transportes.</p>
<p>Protagonizaría Manet una divertida anécdota a cuenta de la comida española que le haría ganarse la amistad de Théodore Duret, periodista, crítico de arte y, finalmente, uno de los principales defensores del impresionismo. Sucedió en el restaurante del recién inaugurado Grand Hotel de París de la Puerta del Sol, uno de los primeros hoteles de Madrid, tal y como entendemos ahora tal denominación. El hotel, conocido popularmente como “Fonda de París”, parecía responder a la llamada de la modernidad europea, puesto que contaba con cuartos de baño en cada habitación, recepción, salón de lectura, servicio de habitaciones, etc. Y albergó a no pocos personajes ilustres a lo largo de su historia.</p>
<p>Encontramos, pues, a Duret en la Fonda de París tras un viaje a Portugal, y después de unas cuarenta horas de diligencia desde Badajoz. Llegaba el crítico de arte, al parecer, hambriento y cansado, y encontró en la comida que le servían en este hotel según sus palabras “un festín de Lúculo”. El restaurante estaba vacío, solo había un huésped al otro lado del salón, que no era sino nuestro pintor recién llegado de París, que estaba visiblemente molesto. No paraba de rechazar los platos que le ofrecían por incomibles. Duret aprovechaba la situación llamando al camarero para que le sirviera los platos que Manet rechazaba. Hasta tal punto que este último pensó que se estaba burlando de él y, ni corto ni perezoso, se dirigió airado a la mesa de Duret. <em>“Y ¿qué, señor? ¿Se</em><em> burla de mí, se mofa de mí, cuando pretende encontrar buena la comida que, cada vez que yo rechazo, usted vuelve a pedir?”</em>. La cara de asombro de Duret le hizo comprender que no pretendía reírse de él, es más, que tampoco reconocía al pintor francés. Solo cuando se dieron cuenta de que uno venía de Portugal y el otro de París, encontraron comprensible la situación y comenzaron a reírse al entender de esta forma la diferencia de criterios en cuanto a la idoneidad de la cocina. Estaba claro que para los visitantes galos solo había una cosa peor que la comida española, la portuguesa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS TOROS Y LAS HERMOSAS MUJERES CON MANTILLA EN EL PASEO DEL PRADO</strong></p>
<p>Parece, sin embargo, que la comida española propició una buena amistad entre ambos, ya que acabaron siendo compañeros de viaje. Escribe, de hecho, una carta Manet en la que comunica a Duret que ha conseguido pintar <em>La plaza de toros de Madrid </em>tras su viaje, a la vez que añora sus correrías y comentarios en sus recorridos por Madrid y alrededores, si bien es cierto, le advierte, que jamás aceptará la opinión de que “almorzasen bien” en Toledo. Realmente debió resultarle una tortura la gastronomía española.</p>
<p>El caso es que el tema español ya estaba presente en Manet antes de su viaje a España. Afirman los críticos que <em>El</em><em> bebedor de absenta </em>(1858-9) se envuelve en una capa y lleva un sombrero al estilo español. Son otros ejemplos claros <em>El guitarrero </em>(1860) con alpargatas, chaquetilla corta, guitarra, cántaro de barro, cebollas… <em>El ballet español </em>(1862), uno de los más famosos, <em>Lola de Valencia </em>(1862-3), o <em>El torero muerto </em>(1863-4), inspirado, por supuesto, en Velázquez.</p>
<p>En su viaje a España, el pintor encuentra en Madrid una ciudad agradable, llena de curiosidades y diversiones. <em>“El Paseo del Prado, un encantador paseo lleno</em><em> de hermosísimas mujeres con mantilla, lo cual les confiere un aspecto muy original”</em>. Le llama la atención que en las calles se ven muchos trajes de gala y que los toreros lleven un traje de calle. Pero, sin duda alguna, una de las cosas que más le impresiona es una corrida de toros. Escribe el 14 de septiembre, en una de sus cartas a Charles Baudelaire, que <em>“uno de los más bellos, más singulares y</em><em> más tremendos espectáculos que se pueda ver es una corrida de toros. Espero a </em><em>mi vuelta, poder plasmar sobre el lienzo el aspecto centelleante, relampagueante</em><em> y al mismo tiempo dramático de la corrida a la que asistí”. </em>Este festejo se celebró el 3 de septiembre y uno de los toreros que participó en la lidia fue el entonces célebre Cayetano Sanz y Pozas. Manet retrató al diestro en el cuadro Matador (1866-7), y lo expuso junto con una veintena de otros sobre temas españoles en la exposición individual que organizó en un pabellón privado, junto a la Exposición Universal de 1867 en París.</p>
<p>Theodore Duret, su improvisado compañero de viaje en esos días, escribiría, muchos años más tarde en un texto de recuerdos, que <em>“las corridas de toros</em><em> estaban entonces en todo su apogeo, creando espectáculos realmente populares. El público, formado casi exclusivamente de españoles, acosaba a toreros y picadores, se desgañitaba contra los toros mansurrones o aplaudía la fiereza de los valientes”. </em>Duret compró la pintura de Manet en 1870.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>VELÁZQUEZ Y GOYA, LOS MEJORES EJEMPLOS DE ARTE Y DE VIDA</strong></p>
<p>Goya también marcó al francés. Le pareció, de hecho, <em>“el más original después</em><em> del maestro” </em>y no cabe duda de la influencia de obras de Goya como <em>Los fusilamientos</em> en <em>El fusilamiento de Maximiliano</em>. O la relación de obras como las <em>Majas al balcón </em>del pintor aragonés en lienzos del francés como <em>El balcón.</em> Parece, pues, más que evidente que el viaje a España dejó en Manet una profunda huella. Cuando la mujer de Manet, Suzanne Leenhoff, le pregunta en una carta qué es lo que le pasó en España, Manet le responde haciendo un ejercicio de sinceridad: <em>“Verás, querida, técnicamente podría decirte lo que cuento</em><em> en las tertulias: que la modernidad Goya la extrajo de Velázquez, y que éste, a su vez, comprendió que en los retratos de El Greco el alma estaba impresa en el rostro; pero si quieres que te diga a ti, quien tan bien me conoces, lo que </em><em>verdaderamente siento en mi fuero interno tras mi paso por el Museo del Prado,</em><em> es que en realidad comprendí que ser moderno es atreverse a pintarlo todo, sin concesiones y hasta el final, y que Velázquez y Goya, que lo habían hecho, me decían: ‘Vamos, Edouard, píntalo tú también y sin miedos, a tu manera!’. Y te lo aseguro, querida: voy a hacerlo”</em>.</p>
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		<title>El viaje del ruso Miklouho-Maclay a Canarias</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/miklouho-maclay-a-canarias/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 09:07:26 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Exploradores]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Sociedad Geográfica Española Bibliografía: Boletín SGE Nº 69 &#8211; Fronteras &#160; Nikolai Miklouho-Maclay pasó más de un año explorando Nueva Guinea, Australia, Oceanía y el sudeste asiático. Su mala [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Sociedad Geográfica Española<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-69-fronteras/">Boletín SGE Nº 69 &#8211; Fronteras</a></p>
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<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Nikolai Miklouho-Maclay pasó más de un año explorando Nueva Guinea, Australia, Oceanía y el sudeste asiático. Su mala salud, la falta de dinero, los muchos peligros y la falta de comodidades no lo detuvieron: su pasión por viajar era más fuerte. Una pasión que nunca se habría despertado si, en sus años de estudiante, hubiera rechazado la invitación de su profesor, Ernst Haeckel (el más notable evolucionista alemán) para formar parte de una expedición científica a las Islas Canarias.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nikolai Miklouho-Maclay tenía gran talento en muy distintos campos: el dibujo, las ciencias naturales, la etnografía y la antropología. Pero se le reconoció a nivel mundial por sus viajes. Dejó más de 700 dibujos de lugares que visitó, y escribió alrededor de ciento sesenta artículos científicos, y notas de viaje muy minuciosas, donde describe con detalle las características de la vida animal en las islas tropicales, reuniendo además colecciones etnográficas únicas. Pero su gran descubrimiento lo hizo en su primera expedición.</p>
<p>A finales de marzo de 1866, el profesor Ernst Haeckel decidió realizar un viaje científico al Mediterráneo, y pensó en contar con la colaboración de dos de sus estudiantes favoritos: Hermann Fol y Nikolai Miklouho-Maclay. Inicialmente, su objetivo era estudiar la fauna marina mediterránea en Messina, pero la presencia del cólera en esa zona le hizo cambiar de planes. Así, decidió dejar atrás su primer objetivo, pensando centrarse en el mundo subtropical de las Islas Canarias.</p>
<p>Fue en ese viaje cuando Haeckel quedó impresionado por la pasión de Miklouho-Maclay, y por la consistencia y la originalidad de su pensamiento, razones por las que el profesor le propuso el puesto de asistente. Y en sus cartas lo calificó como <em>“un asistente diligente y servicial” </em>y <em>“uno de mis estudiantes</em><em> favoritos”.</em></p>
<p>En realidad, debido a sus problemas de salud, Miklouho-Maclay se habría sentido mucho más cómodo convirtiéndose en un científico de gabinete, pero su deseo de viajar le hizo superar todo tipo de limitaciones. Aunque justo antes de comenzar el viaje se sintió enfermo, y su amigo Fol dudó de si podría ir de viaje, y así se lo comunicó al profesor: <em>“Miklouho todavía está conmigo, pero probablemente,</em><em> él no irá con nosotros, aunque su salud es mejor que cuando llegó a Ginebra” </em>Pero la enfermedad no pudo detener al investigador novato, y decidió unirse al viaje: así se lo comunicó a su maestro y así lo hizo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LLEGADA A TENERIFE</strong></p>
<p>El 22 de noviembre de 1866, los viajeros llegaron a la ciudad de Santa Cruz. Haeckel tenía la intención de subir a la cima del volcán Teide, a 3.718 metros de altura, ya que deseaba repetir el logro del naturalista Alexander Von Humboldt. Pero, en noviembre, el volcán estaba cubierto de nieve y hielo en algunos lugares, y, cuando los exploradores se acercaron a su base, dos de ellos prudentemente se negaron a subir. Miklouho-Maclay, a pesar de sentirse mal, no se arredró, y le hizo compañía a Haeckel. El joven viajero no calculó sus energías: después de unos cientos de metros tuvo que regresar al campamento. De todos modos, la estancia de los investigadores en Tenerife no fue demasiado larga y tuvo sobre todo carácter informativo.</p>
<p>Después de hacer varias excursiones a lo largo de la costa norte, decidieron escuchar los consejos del cónsul francés Berthelot, un famoso naturalista de la época, quien les recomendó trasladarse a la isla más oriental de Canarias, Lanzarote.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>ESTANCIA EN LANZAROTE</strong></p>
<p>Miklukho &#8211; Maclay sufría de mareos crónicos, pero esto no le impidió hacer largos viajes a Nueva Guinea o a Indonesia, El hecho de que no pudiera nadar tampoco le detuvo, y en sus expediciones posteriores, Miklukho- Maclay viajó repetidamente en canoas y frágiles botes locales.</p>
<p>Así, en Lanzarote, los exploradores salieron al mar todos los días para obtener muestras de la fauna atlántica. Haeckel recordó que un día una gran ola golpeó el bote, que comenzó a hundirse, y, con gran dificultad, fue posible llegar a tierra firme. Y contó cómo Miklukho- Maclay se puso a achicar con gran calma, y, sin embargo, su compañero, el científico Gref, que sabía nadar, cayó en un ataque de histeria. En Arrecife los científicos alquilaron una casa que les sirvió tanto de vivienda como de laboratorio. Todas las mañanas iban a la bahía a recoger los materiales necesarios para el trabajo de investigación: crustáceos, medusas, y todo tipo de seres vivos. El botín tenía que ser trasladado al laboratorio, situado en el segundo piso de la casa. Pero Miklouho-Maclay prefirió no arrastrar los recipientes de vidrio y los cubos de agua a lo largo de la escalera empinada y algo inestable, y adaptó un sistema de bloques para irlos subiendo. En cualquier caso, dejarlo en el piso de entrada era imposible, ya que los ratones y las ratas recorrían la casa, repleta de insectos, mosquitos y pulgas, convirtiendo el espacio en un campo de lucha en la que no ayudaban a los habitantes humanos las medidas de higiene y los polvos repelentes. Como verdadero científico que era, Haeckel contó el total de pulgas que los miembros de la expedición tuvieron que exterminar en enero de 1867: había más de seis mil. En su artículo sobre la expedición canaria, escribió: “Debido a su sed de sangre insaciable, estos insectos se han convertido en un verdadero desastre para nosotros”. Debido a ese problema, el profesor acortó su estancia en Lanzarote a un mes.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>TAREAS DE INVESTIGACIÓN</strong></p>
<p>La tarea de cada uno de los miembros de la expedición era estudiar un determinado grupo de organismos marinos. Miklouho-Maclay se dedicó al estudio de esponjas y peces, principalmente tiburones. Fue entonces cuando realizó su primer hallazgo científico: descubrió un nuevo tipo de esponja de piedra caliza, a la que bautizó como <em>Guancha Blanca</em>, en honor a los guanches de las Islas Canarias. También compraba pescado a los pescadores locales y, basándose en sus estudios de investigación, escribió trabajos sobre el cerebro y la vejiga natatoria de los tiburones. En otoño de 1867 apareció su primera publicación en el <em>Jena Journal of Medicine and Natural Science.</em> Posteriormente publicó dos trabajos científicos más: <em>“Materiales</em><em> para el conocimiento de las esponjas” </em>y <em>“Sobre la anatomía</em><em> comparativa del cerebro”. </em>Hay que señalar que la mayoría de los lugareños estaban convencidos de que los recién llegados eran hechiceros poderosos, que sabían curar enfermedades y preveían el futuro. Así, se les pedía constantemente ayuda y predicciones.</p>
<p>La población en Lanzarote era mixta desde un punto de vista antropológico: convivían negros y mestizos hispanos, algunos de los cuales eran descendientes de los antiguos guanches.</p>
<p>Miklouho-Maclay se interesó por primera vez en la investigación etnográfica, y comenzó a estudiar sus tradiciones y su historia, un interés que determinaría su futuro profesional, dedicado a la etnografía.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>HACIA MARRUECOS Y ESPAÑA</strong></p>
<p>El 2 de marzo, los viajeros salieron de Lanzarote hacia el puerto de Mogador (hoy Essaouira) en el barco “Greatham Hall”. Una vez allí, los estudiantes se separaron de su profesor, ya que Miklouho-Maclay persuadió a Fol para que se quedara con él en el Sultanato de Marruecos. Contrataron a un intérprete y viajaron a Marrakech. Más tarde visitaron varios puertos marroquíes. Miklouho-Maclay se interesó intensamente por la cultura árabe y bereber: su forma de vida, el comercio de caravanas, su arquitectura ligada a la tierra y sus tradiciones. De esa manera su interés por la etnografía fue creciendo cada vez más.</p>
<p>Desde Marruecos, los estudiantes fueron a España. Los amigos visitaron Málaga, Granada, Córdoba, Sevilla y Madrid, donde Miklouho-Maclay decidió pasar la no-de Mikhail lo recordaba así: <em>“Al otro lado del río había un campamento gitano, y</em><em> quería pasar la noche con ellos”. </em>La aventura terminó relativamente bien: los gitanos no le tocaron, pero después de esta noche al raso se enfermó de un resfriado, y no pudo recuperarse durante mucho tiempo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>YA EN RUSIA</strong></p>
<p>En 1868 y ya en su país, Nikolai recurrió al cartógrafo alemán August Peterman, fundador de la revista geográfica <em>“Petermanns Geographische Mitteilungen” </em>con una solicitud para incluirlo en la expedición polar que estaba formando. Tras haber sido rechazado, intentó ingresar en el equipo del explorador sueco del Ártico Nordenskjöld, pero tampoco tuvo éxito.</p>
<p>En 1869 se embarcó solo para explorar la fauna marina en el Mar Rojo y luego regresó a Rusia para preparar una expedición a las islas tropicales. En 1870, a través de la Sociedad Geográfica Imperial de Rusia, el viajero recibió un pasaporte extranjero a nombre del <em>“noble Miklouho-Maclay, enviado en una</em><em> misión con un propósito científico”</em>. Sus siguientes palabras dan fe de su trayectoria y su dedicación:</p>
<p><em>“La única manera es contemplar todo con los propios ojos, y a continuación dar</em><em> cuenta por escrito de todo lo visto. Hice mi trabajo, por el bien de la ciencia y solo por ella, por lo tanto, cualquier simpatía, alabanza o censura no podría cambiar el programa que me propuse &#8230; Con el tiempo, si no ahora, las personas competentes descubrirán que no perdí el tiempo ni la oportunidad …” </em>De una carta de Nikolai Miklouho-Maclay al Gran Duque Nikolai Mikhailovich (Sydney, junio de 1881).</p>
<p>En la actualidad, el nombre de Miklouho-Maclay está asociado a uno de los premios más destacados de la Sociedad Geográfica Rusa: la Medalla de Oro, que se otorga por logros conseguidos en el campo de la antropología y la etnografía. Y la fecha de nacimiento del científico, el 17 de julio se celebra extraoficialmente en Rusia como el Día del Etnógrafo.</p>
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		<title>Joséphine de Brinckmann y sus “Paseos por España”</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/josephine-de-brinckmann/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 27 Jul 2023 08:56:10 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Ana Puértolas Bibliografía: Boletín SGE Nº 70 &#8211; Clima. Tiempo. Historia. &#160; Muy poco sabemos de la vida de esta mujer, y menos aún de su aspecto físico, ya [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Ana Puértolas<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-70-clima-tiempo-historia/">Boletín SGE Nº 70 &#8211; Clima. Tiempo. Historia.</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
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<p><strong>Muy poco sabemos de la vida de esta mujer, y menos aún de su aspecto físico, ya que ninguna imagen nos ha llegado a través de los muchos tiempos. Valga señalar su origen inglés, su pertenencia a una familia francesa acomodada, culta y viajera. También subrayar la curiosidad que le llevó a conocer distintos países europeos por su cuenta y en solitario. Esa fue la manera en que decidió recorrer España durante los años 1849 y 1850. Sus deseos se habían ido formando gracias a la lectura de los románticos franceses en sus viajes por España, y estaba muy decidida a formarse una opinión propia de nuestro país a través de su propia experiencia y de los recorridos que encontramos en este libro.</strong></p>
<p>Su actitud determinada y un criterio tan propio no eran muy comunes entre las mujeres de su época. Pero sin duda alguna Joséphine no era un ser común. De ella, de su formación, de su familia, y de su carácter nos habla María Luisa Burguera, la traductora y editora de este libro, en una introducción espléndida, que debe ser leída con atención y cuidado, pues nos proporciona las claves para conocer más y mejor a la autora del libro. Así, nos señala cómo el texto al que antecede es la recopilación de la correspondencia que Joséphine mantiene con su hermano, residente entonces en San Petersburgo, durante su viaje por nuestro país. Cartas reunidas todas bajo el apacible título de <em>“Paseos por España</em>” en las que comenta todas las incidencias de su recorrido, así como sus apreciaciones y observaciones personales sobre las personas con las que se relaciona en su camino, las grandes obras de arte que contempla y el paisaje con el que va tomando contacto. Aclarado el tono claramente epistolar del libro, lo mejor será que el lector se enfrente con algunos de los muchos “paseos”, apacibles y no siempre apacibles, descritos por su autora</p>
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<p><strong>SOBRE SU LLEGADA A ESPAÑA Y SUS PRIMERAS IMPRESIONES</strong></p>
<p><em>“Y llegamos a Irún, la primera ciudad española; estamos a una hora de Francia</em><em> y ya nada se le parece, nada la recuerda; todas las casas tienen balcones, las calles son estrechas y el aspecto de la ciudad es triste. Después de haber sufrido con resignación las molestias de la aduana, hicimos un almuerzo cuyo modo de cocinar español-francés parecía valer más que su reputación”. </em>Y más comentarios que confirman la franqueza de su actitud viajera. Para lo bueno y para lo menos bueno.</p>
<p><em>“Tengo la pretensión, querido hermano, de no seguir los caminos trillados. Ello</em><em> quiere decir que sólo te contaré lo que haya visto, y voy a confesarte ingenuamente que no he visto de San Sebastián la plaza mayor, donde cambiamos de caballos, y que es irregular y muy sucia…”</em></p>
<p><em>“Y llegó la noche; la luna iluminó la hermosa naturaleza, el cielo parecía diáfano,</em><em> era por fin una verdadera noche española. Llegamos a Tolosa, de la que no te diré nada pues no tenemos tiempo más que para cena”.</em></p>
<p>Sobre su estancia en Burgos:</p>
<p><em>¡Cuánto siento la inhabilidad de mi pluma, querido hermano, para iniciarte en los</em><em> placeres que yo sentí, para darte una idea de la obra maestra en la que no pude pasar más que cinco horas y que merece días enteros, pues creo que, cuanto más se la observa, más encantos se encuentra en ella!. La catedral de Burgos es gótica con alguna mezcla árabe, que se asocia maravillosamente, sin estropear para nada </em><em>absolutamente. En el interior hay desgraciadamente añadidos del renacimiento en</em><em> los que hay algo de mal gusto”.</em></p>
<p>Este párrafo, en el que la autora da a conocer sus criterios artísticos revela de forma transparente su formación y sus gustos, claramente enraizados en la atracción por el medievo, propia de los ambientes románticos en los que muy probablemente se movió, su distancia con respecto al arte de influencia árabe, y su abierto rechazo al arte renacentista.</p>
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<p><strong>UN MADRID DE PUEBLO Y CORTE CON EL MEJOR MUSEO DE PINTURA DEL MUNDO</strong></p>
<p>Pasa Joséphine más de un mes en la capital de España, y se hace prácticamente imposible describir las muchas emociones que le fueron, por fases o incluso todas a un tiempo, dominándole. Su asombro ante la inactividad de una población que parece preferir pasear por la Puerta del Sol a trabajar, su crítica a la manera de vestir tan complicada de las mujeres acomodadas que recorren en coches de caballos el Prado. Su desconcierto al asistir a una corrida de toros y comprobar la emoción del público ante las habilidades del torero. El Palacio Real le es agradable y muy bien situado, si bien sus alrededores no se hacen acreedores de la grandeza de los reyes. De todo tiene una opinión y ante todo demuestra una curiosidad penetrante. Consigue, a través de sus muchos contactos en la capital, asistir a las tertulias más cultivadas, incluso a internarse en las salas más reservadas de la Biblioteca Nacional. Pero es sobre cualquier otra cosa el Real Museo el que más le enamora. Durante su larga estancia acostumbró a pasear por las salas dedicadas a la pintura española hasta convertirse en una auténtica devota del arte de Zurbarán, Murillo o Velázquez. Tantos párrafos dedica a Madrid en sus cartas, que se hace recomendable una lectura atenta y pausada de unas páginas que desprenden vitalidad y un gran afecto a esta ciudad.</p>
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<p><strong>LOS GUSTOS DE JOSÉPHINE</strong></p>
<p>Como es habitual en sus cartas, y queda ya señalado, la autora no deja de mostrar su admiración ante los tesoros arquitectónicos que se encuentran en España. En Toledo, ante su catedral, en Segovia ante la suya, la de Sevilla, y hasta la de Córdoba, encajada como está en la antigua mezquita, cuyo valor no emociona en cambio a la viajera. La visita a los museos en todas las ciudades donde existen, le lleva también a ratificarse en su opinión tan favorable sobre la inmensa riqueza artística que guarda España, apenas conocida en Europa. Si bien no deja de señalar que el mal gusto se apoderó de un estilo (el renacimiento) después de Juan de Herrera:</p>
<p><em>“Desde final del siglo XVII y hasta finales del XVIII, vemos los edificios, sobre</em><em> todo las iglesias, sobrecargarse con ornamentaciones pesadas; el greco romano toma el nombre entonces del plateresco. Los interiores de las iglesias se llenas de ejércitos de cristos, vírgenes, de santos, de todas las dimensiones, con profusión de colores de mil extrañas maneras, revestidos con trajes extravagantes” </em>En cualquier caso, Sevilla enamora a la viajera francesa, colocándola al mismo nivel que Madrid y sus museos. El Alcázar le seduce de tal manera que, paseando por su interior, le parece estar en un palacio de Las Mil y Una Noches: <em>“Nada más delicioso</em><em> que las horas pasadas en este lugar, donde uno se cree entre las hadas, donde nada os distrae, donde se respira la atmósfera perfumada que viene de los jardines”.</em></p>
<p><strong>LA FASCINACIÓN DE GRANADA</strong></p>
<p>De camino a Málaga (siempre por caminos que apenas son senderos, acompañada de guías locales con los que mantiene una relación amable pero distante,), la parada en Ronda le deja el ánimo estremecido al contemplar el puente que tan sólo hacía menos de un siglo se había alzado para salvar, por todo lo alto, el precipicio en que la ciudad está construida. Una vez llegada a la ciudad, da cuenta de que toda la zona es altamente peligrosa, dada la abundancia de bandoleros en sus alrededores, algo que sus habitantes comentan. Parte de allí camino a Granada sin encontrar mucho que admirar en la ciudad que dejaba, algo muy diferente de las sensaciones emocionadas al acercarse a la ciudad nazarí, ya que, según sus palabras, se sintió <em>“maravillada ante la primera visión de la vega, de sus campos tan</em><em> refrescantes, tan regados, de sus umbrías tan magníficas” </em>Desde la ermita de San Miguel la ciudad se le muestra de una belleza incomparable.</p>
<p><em>“…permanecí allí muchas horas en el más dulce y encantador de los éxtasis: me</em><em> pareció que el cielo se iba a abrir para mí. El sol poniente rodeaba de una divina aureola el más poético cuadro que existe en el mundo; me parecía que el presente no existía y que aquel largo pasado de heroísmo y de gloria se desplegaba ante mis ojos”.</em></p>
<p>Y así prosigue, párrafo tras párrafo, a cuál más inspirado, dictados todos por la Católica, el Gran Capitán y Cisneros. No puede dudarse de su inclinación romántica y apasionada. Quizás sea esta ciudad, después de Madrid, a la que más líneas y atención dedica en su recorrido. Ya que, una vez en su interior, tras haber dejado atrás su mirador mágico de San Miguel, va deteniéndose barrio a barrio, desde el de Zacatín, en el que destaca sus calles estrechas, con pequeñas tiendas, que permanece tal y <em>“como lo dejaron los árabes”</em>; o visita el Moristán, un gran hospital, que, nos recuerda, <em>“es el único que los árabes construyeron en España”</em>; se acerca también <em>“a</em><em> la famosa plaza de Bib-Rambla, rodeada de bazares donde se instalan los ricos productos de Oriente”</em>. Para enseguida acercarse a las <em>“avenidas encantadoras donde la</em><em> naturaleza y el arte parecen rivalizar para seduciros antes de vuestra llegada al palacio de las Perlas, al templo del Placer, a la Alhambra, que finalmente aquí está…” </em>un lugar que visita con detenimiento y al detalle, como se comprueba en la forma minuciosa en que dedica largos párrafos a describirla. Asombrada, admirada, pero al mismo tiempo con espíritu crítico al señalar <em>“Pero como también a mí (se dirige a su</em><em> hermano), te dolería una cosa: el poco cuidado empleado por la conservación de La Alhambra”</em>. Pero añade una conclusión feliz: <em>“para gozar de este conjunto tan encantador</em><em> sin entristecerse por los estragos del tiempo, hay que ir a pasar allí algunas horas de la noche durante un bello claro de luna”.</em></p>
<p>No se puede concebir una recomendación más romántica. La visita que realiza, siempre acompañada por su guía, por el Albaicín, le deja, sin embargo, mal sabor de boca, al encontrar las calles enormemente sucias y a sus pobladores, <em>“en su mayor parte gitanos…andrajosos” </em>y <em>“…olía terriblemente mal.”</em></p>
<p><strong>EL LARGO CAMINO HACIA LEVANTE</strong></p>
<p>Tras atravesar parte de las Alpujarras, la viajera francesa se dirige a Almería <em>“una</em><em> ciudad bastante bonita de veintidós almas; está construida en anfiteatro y presenta un agradable aspecto”</em>. Pasa de largo de todos modos en su afán por llegar desde Cartagena a Levante. Con una parada en Murcia, una ciudad que le parece risueña y propicia a la alegría y a la felicidad, con paseos que al atardecer se llenaban de todo tipo de gentes <em>“burgueses y campesinos”</em>, vestidos con sus mejores galas. Su catedral (un lugar de visita ineludible para nuestra viajera, dispuesta a conocer de primera mano los grandes monumentos de España) no le seduce como lo hicieron las otras catedrales, y señala <em>“Su arquitectura es una composición de todos los estilos</em><em> posibles”</em>. El caso es que, a pesar de sus pegas a catedral, Joséphine pasó en Murcia tres días, <em>“tanto más agradables cuanto un feliz azar nos hizo conocer al</em><em> comandante de la guardia civil, al ir a pedirle el favor de una escolta para proseguir viaje” “Aquel hombre gentil y su familia (prosigue) nos hicieron los honores de Murcia con esa bondad llena de gracia que no se encuentra más que en la tierra de España”</em>. De este modo, confiesa directamente <em>“Murcia me agrada infinitamente;</em><em> ella no encierra nada notable como arte, agrada por ella misma, pues su aspecto es del todo oriental, con el color tan blanco de sus casas, elevándose en medio del eterno verdor de su rica vega, rodeada de montañas rocosas y desnudas” </em>Y añade para acabar el capítulo <em>“En resumen, te lo repito, hay que procurar disponer de una</em><em> semana para pasarla en Murcia”</em>. (Y la autora de estas líneas sobre Joséphine de Brinckmann, se pregunta: en este gran agrado gusto y agrado hacia tal ciudad ¿en qué medida habrá pesado la compañía de aquel comandante de la guardia civil?). De Murcia, pasa por Elche, <em>“pequeña ciudad toda blanca que viene a completar</em><em> (con los palmerales) este cuadro tan oriental”</em>, y desde allí, en tartana, se encamina hacia Alicante, donde recomienda visitar <em>“el fuerte” </em>y un par de iglesias y donde lo que más le asombra son los ruedos de las plazas de toros. Tras pasar y pasear por San Felipe, llega, a paso de carromato, a Valencia.</p>
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<p><strong>UNA VISITA CURIOSA Y EL CAMINO HACIA EL NORTE</strong></p>
<p>En esta ciudad donde señala, <em>“es una gran ciudad, tiene todo el aspecto, todo el</em><em> carácter, y me dicen que todas las costumbres”</em>, realiza una visita extraordinaria: tras hablar de sus murallas, sus monumentales puertas de sus calles y sus paseos, nuestra viajera se detiene a hablarnos de su “<em>presidio</em>”. Y lo hace de esta manera <em>“los he visto en Italia, en Francia y en España, y es en Valencia donde he visto en </em><em>el presidio no una prisión, sino un establecimiento que os interesa en lugar de una estancia infame que os causa horror”</em>. Y tras relatar con minuciosidad la manera en que son tratados los reclusos, y los excelentes resultados obtenidos, acaba con esta conclusión <em>“Te aseguro que que, cuando se va a visitar el presidio, si no sabe uno dónde está, si no se ve la fatal indumentaria, podría dudar de que esté en medio de una población de ladrones y asesinos: uno creería estar en el establecimiento más honesto y mejor mantenido del mundo. Aconsejo a todo extranjero que vaya a Valencia que no deje de visitar el presidio”.</em></p>
<p>Evidentemente no es éste el único espacio en Valencia que llama su atención. Sin embargo, me ha parecido relevante destacarlo ya que no es habitual entre los viajeros del siglo XIX por España conocer por fuera y menos por dentro unos establecimientos carcelarios.</p>
<p>De camino hacia el norte y lamentándose al pasar por la histórica y destruida Sagunto, llega hasta Tarragona, atravesando en una barcaza el río Ebro y plantándose en la que fuera importante ciudad romana. Se pasea por la ciudad alta, dando cuenta de los muchos restos del pasado, no excavados aún, que salen a su paso. Y, ¡cómo no! visita la catedral, examinando su gran retablo de mármol y deteniendo en todas sus capillas. Ya en tartana, se llega hasta el acueducto romano, y lamenta su pronta despedida de la ciudad, ya que sus días en España van llegando a su fin y aún le falta conocer algunas ciudades por las que declara tener mucho interés.</p>
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<p><strong>EL FIN DE VIAJE Y UN COMENTARIO APASIONADO</strong></p>
<p>La primera y más cercana, Barcelona, donde admira, nada más llegar, sus murallas, y advierte con cierto rechazo y disgusto, las chimeneas de las fábricas y su industrialización, única en tierra española. Alaba la zona moderna de la ciudad, con sus calles más anchas y con aceras de baldosas, y se asombra ante la vestimenta de hombres y mujeres por las calles, que nada tiene que ver con la observada en las otras ciudades de este país, y mucho, si embargo, con la moda, más austera y gris, de Francia. El poco atractivo que le despierta la ciudad tiene que ver sin duda por no responder a la imagen un tanto pintoresca que ha podido contemplar en el resto de España.</p>
<p>Las últimas páginas las dedica la viajera escritora a Mallorca (“Nada más gracioso, querido hermano, más encantador, que Mallorca”) y, de forma un tanto apresurada, a su vuelta a Francia por Huesca, Sallent y Gabas. Deteniéndose, eso sí, en Zaragoza, para conocer la lonja y tres de sus iglesias: la catedral, la Virgen del Pilar y San Pablo. La catedral le parece magnífica, con sus líneas puras, respetuosa con las normas que la francesa respeta y admira, pese a a tener algunos toques platerescos de los que abomina. Sin embargo, la basílica del Pilar, <em>“de estilo compuesto” </em>le parece <em>“falta de nobleza”</em>, aunque no deja de mostrar su deslumbramiento ante la riqueza de la capilla de la Virgen y la gran devoción de los muchos fieles Antes de acabar este comentario sobre el muy curioso y revelador libro de Joséphine Brinckmann, quisiera transcribir un comentario sobre su propio viaje en la última carta dirigida a su hermano:</p>
<p><em>“En resumen, querido hermano, no podría repetir demasiado que un viaje por España</em><em> está, a mi parecer, adornado con todas las seducciones, todos los atractivos. Hasta el momento no he visitado más que nuestro país, Italia y España, y yo siempre diría a las personas que en sus peregrinaciones buscan impresiones nuevas, a los que aman la observación y el estudio, yo les diría que mi preferencia pertenece a esta última”</em>.</p>
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<h6><em>Imagen de la calle de Alcalá y Fuente de Cibeles, en 1838. Grabado de David Roberts. Publicado en las “Vistas Pintorescas de España y Marruecos”.</em></h6>
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<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/josephine-de-brinckmann/">Joséphine de Brinckmann y sus “Paseos por España”</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Charles Lewis Gruneisen. Un corresponsal en la primera guerra carlista</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/charles-lewis-gruneisen/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 21 Jul 2023 08:53:55 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por José Antonio León Bibliografía: Boletín SGE Nº 54 &#8211; Los grandes ríos africanos &#160; Charles Lewis Gruneisen, no fue el único periodista que viajó a España para informar sobre [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/charles-lewis-gruneisen/">Charles Lewis Gruneisen. Un corresponsal en la primera guerra carlista</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por José Antonio León<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-54/">Boletín SGE Nº 54 &#8211; Los grandes ríos africanos</a></p>
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<p><strong>Charles Lewis Gruneisen, no fue el único periodista que viajó a España para informar sobre las Guerras Carlistas que se desarrollaron durante el siglo XIX, sin embargo, sí se le puede considerar un pionero en el duro oficio de corresponsal de guerra.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nuestro hombre viajó a España en 1837 contratado por el <em>Morning Post </em>británico, pero no se limitó a instalarse en una ciudad y a esperar que la red de informantes le hiciera llegar las noticias de la guerra, como venía siendo habitual en el periodismo de aquella época. Su trabajo, las crónicas que escribió desde primera línea, recuperadas en su totalidad, junto al libro “<em>Sketches of Spain and the Spaniards during the Carlist Civil War</em>” que el autor publica hacia el final de su vida, dan forma a una memoria que pone en valor el periodismo más osado e intrépido, aquel que arriesga su vida por informar sin intermediarios desde la primera línea de fuego. Gruneisen hizo exactamente eso. acompañó a las tropas carlistas en su marcha sobre Madrid en 1837 compartiendo con ellas hambre y batallas, y cuando pasó al otro bando, al isabelino, fue acusado de espía y encarcelado. Quiso el destino salvarle de ser fusilado como había ordenado el mismísimo general espartero, y pudo al fin regresar a Inglaterra, sano y salvo, pero con secuelas físicas que le recordaron toda su vida su amargo paso por las prisiones españolas.</p>
<p>La fortuna ha querido que se conserve también el texto de la conferencia que nuestro protagonista pronunció treinta y siete años después. Fue en el Shire Hall de Hertford, el 29 de enero de 1874, ante los miembros de la asociación Literaria, y se publicó de forma inmediata, haciéndose constar en la portada el carácter de “<em>corresponsal de guerra del Morning Post en España en 1837-1838</em>” de su autor.</p>
<p>El tema, en aquel año de 1874, resultaba de la máxima actualidad, pues España volvía a atraer la atención de los corresponsales de guerra que en esta ocasión cubrían la tercera Guerra Carlista. De no ser por esta conferencia y su posterior publicación, es muy posible que su nombre hubiera quedado en el olvido, como ocurrió con el resto de sus compañeros, al menos en lo que a su experiencia española se refiere.</p>
<p>Había nacido en 1806, por lo tanto cuando le llama el director del <em>Morning Post</em>, Mr C.e. Michele, en marzo de 1837 tenía unos 31 años. Michele, que ya le conocía, le propone viajar a España, pues le constaba que las intenciones del ejercito carlista eran dejar las provincias vascas y marchar sobre Madrid. además, los líderes tories estaban deseosos de tener información concreta de lo que ocurría en la península, y de la actuación de la Legión Británica mandada por el general Evans al servicio de la Causa real, la causa isabelina. Cuenta Gruneisen que el director del Morning Post le dijo: “<em>Quiero que vayas a España y acompañes a la expedición real de Don Carlos. Nos enviarás crónicas desde primera línea de fuego. Quiero que nuestros lectores sientan la guerra como si estuvieran en el frente de batalla…</em>” así, en unas pocas horas consiguió su pasaporte, hizo rápidos preparativos y aquella misma noche salía con el correo nocturno hacia Dover. tras consultar con los agentes carlistas en París, se dirigió a Bayona con el propósito de cruzar la frontera. su destino era san Sebastián, pues la primera de las crónicas encargadas por el Morning Post era dar cuenta del estado de la Legión Británica establecida en España. Pero pasar la frontera entre la España liberal y la carlista no era tarea fácil, y para incorporarse a la expedición de don Carlos tuvo que contratar a unos contrabandistas, de los muchos que operaban por todas partes, y cruzar a tiro limpio por las líneas militares. su incorporación al frente fue cuando menos, inquietante. además, la errática marcha de la expedición, que había partido el 15 de mayo de Estella para tomar Madrid, y se había dirigido primero hacia Aragón, Cataluña y valencia, cosechando victorias y derrotas, hizo que encontrarla e incorporarse a ella fuera muy complicado. Gruneisen escribe su primer despacho desde el cuartel general de don Carlos el 20 de julio, al que llegó después de una penosa marcha que había comenzado el 17 de mayo.</p>
<p>En sus crónicas describe un ambiente de improvisación continua que dificultaba la provisión de alimentos para las tropa. era tal el hambre que en una ocasión el mismo don Carlos, que comía unas cebollas por toda ración, al ver a Gruneisen se las ofreció y este aceptó, lo cual le fue reprochado por los nobles que acompañaban a don Carlos. Él se defendió argumentando que el ofrecimiento de un rey era una orden. Llegado el comentario a oídos de don Carlos este le dijo: “<em>Mr Gruneisen, es Vd. mejor cortesano que los míos</em>”. en otra ocasión, y tras la batalla de villar de los navarros en Zaragoza, en que las tropas carlistas aniquilaron a una columna liberal, Gruneisen se enfrenta, armado con un palo y arriesgando su vida, a los soldados carlistas en el momento de la ejecución a varios prisioneros. Don Carlos, enterado del suceso, le condecora junto a sus mejores hombres y le dice: “<em>Usted merece la cruz por su humanidad tanto como mis hombres por su bravura</em>”.</p>
<p>Tras numerosas escaramuzas y batallas de diversa envergadura la expedición llegó por fin a la vista de Madrid estableciéndose en arganda. Un Madrid desguarnecido al que sin embargo los carlistas, ante la posible llegada del general espartero y de guarniciones isabelinas más poderosas en caballería y artillería, deciden no asaltar. La frustración de la tropa y de generales como Cabrera es grande, pero don Carlos así lo ha decidido. el mismo Gruneisen, decepcionado, piensa ya en abandonar pronto a los carlistas y pasar al lado isabelino. Y toma su decisión tras una nueva batalla en la población de retuerta, ya en Burgos. Junto con la crónica del combate escribe: “<em>Retuerta ha sido mi último combate. Ya he visto suficiente guerra.</em>” tras casi cinco meses en primera línea, Gruneisen se despidió de las tropas carlistas.</p>
<p>Lamentablemente para él sus problemas en España no habían hecho más que empezar. Detenido por tropas liberales cuando cruzaba las líneas, y acusado de espía, es apresado sin que le valga de nada acreditar su condición de ciudadano británico y periodista. trasladado de cárcel en cárcel junto con prisioneros carlistas, y sometido a malos tratos y privaciones en las que pasa hambre y frío, ve como algunos compañeros de cautiverio son fusilados en este o aquel pueblo. El 1 de noviembre de 1837, encontrándose encerrado en el convento de Valbuena en Logroño, es sometido a un macabro sorteo en el que los soldados liberales escogen a diez prisioneros para ser fusilados en represalia por fusilamientos habidos en el otro bando. Gruneisen salva la vida, pero cada descarga de muerte sobre sus compañeros de cautiverio le estremece profundamente.</p>
<p>Por fortuna y mediante argucias a vida o muerte, logra enviar una carta que, tras numerosas vicisitudes, llega a la embajada británica en Madrid. La diplomacia actúa, y al gobernador de Logroño le llegan al tiempo dos misivas. Una del Primer Ministro en persona indicándole que libere inmediatamente al periodista inglés, y otra procedente del general espartero que indica lo contrario. espartero declara: “<em>El inglés ha de ser ejecutado. Su pluma ha hecho más daño </em><em>que cualquier espada de los generales carlistas</em>”. en enero de 1838 un Gruneisen enfermo y cansado regresaba a Londres. el gobernador de Logroño no simpatizaba con espartero.</p>
<p>Para dar luz a su historia, para viajar con él por aquella españa que en 1837 se partía irremediablemente en dos por una cuestión dinástica, pronto verá la luz un documental producido en nuestro país titulado: “Gruneisen. Primer Corresponsal de Guerra”.</p>
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		<title>España vista por Japón</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/espana-vista-por-japon/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 Jul 2023 11:27:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Eddy Y. L. Yang Bibliografía: Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos &#160; &#160; Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/espana-vista-por-japon/">España vista por Japón</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Eddy Y. L. Yang<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-49-oceanos/">Boletín SGE Nº 49 &#8211; Océanos</a></p>
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<p><strong>Hablamos de la imagen que de nuestro país tuvieron los japoneses de finales del siglo XIX. Se trata de una descripción histórica y geográfica que forma parte del <em>Yochishiryaku, </em>un conjunto de volúmenes de carácter enciclopédico sobre distintos países del mundo. Se publicó en la década de 1870, a principios del periodo Meiji.</strong></p>
<p>La serie consistía en trece volúmenes, de los cuales los diez primeros fueron editados por Uchida Masao (1839-1876), educador y funcionario del gobierno Meiji, quien, según algunas fuentes, viajó durante varios años por distintos países europeos. En realidad el <em>Yochishiryaku </em>es una ampliación de otra serie enciclopédica publicada cincuenta años antes, aunque en este caso la edición tuvo un carácter oficial, al ser compilada por el Mombush, el Ministerio de Educación. En el primer volumen se explica cómo el trabajo se realizó basándose en las explicaciones, informes y datos aparecidos en libros ingleses, alemanes y holandeses. La intención del Ministerio de Educación era reunir en estos volúmenes la información recogida sobre distintos países, para así poder aprender de las experiencias ajenas, justo en un momento en que Japón se embarcaba en su propio rumbo hacia la modernización. En ese sentido lo más destacable, desde nuestro punto de vista, será observar y destacar el tipo de referencias que al gobierno Meiji le interesaba recoger sobre España.</p>
<p>Y así volvemos a nuestro libro, el volumen quinto de la serie de <em>Yochishiryak</em>, la que se centra en Europa, específicamente dedicada a Francia, Holanda, Bélgica, España y Portugal, ofreciendo una visión general de estos países. La parte dedicada a España aparece al final del volumen y ocupa desde la página 63 hasta la 86, en total 46, ya que cada doble página se numera como si fuera una sola.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Descripción geográfica e histórica</strong></p>
<p>Se nos da primero una descripción de la geografía de la península ibérica, junto con un mapa, proporcionando información sobre el clima de diversas regiones, deteniéndose también en los ríos, así como en las cadenas montañosas más importantes, como los Pirineos, señalando su papel de frontera natural entre Europa y la península.</p>
<p>A continuación se pasa contar la historia de la que se considera como la raza ibérica. Además de los orígenes celtas y visigodos, el texto habla también de la expansión islámica, citando los magníficos palacios y otras construcciones que testimonian la gloria de su pasado. Y subraya la importancia de la tecnología, las artes y la lengua de los árabes, considerándolos elementos que han tenido gran influencia en la cultura española. El texto continúa presentando la gran historia naval de España junto con la de Portugal. Se menciona tanto el descubrimiento de América como la primera vuelta al mundo de Magallanes, señalando de paso la contribución de los portugueses en este hazañas marítimas.</p>
<p>Varios párrafos están dedicados a la historia religiosa de España, asegurando que <em>“todo el mundo sigue la vieja religión” </em>(catolicismo) con devoción, y que en este país no se tolera la práctica de otras religiones distintas; incluso, así se observa, aquellos que optan por cualquier tipo de reforma religiosa son objeto de un trato inmisericorde o incluso de la muerte. Continúa explicando cómo los sacerdotes y obispos son los auténticos detentadores del poder y los controladores del pueblo. De acuerdo con tal situación <em>“inquietante y necia”, </em>comenta, en España tampoco se han producido avances en las artes y las ciencias. Y el texto japonés sostiene que las mejoras llevadas a cabo, como el ferrocarril, la electricidad o los barcos de vapor, han sido debidas a personas extranjeras.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Religión y costumbres</strong></p>
<p>El texto vuelve una y otra vez al tema de la religión, aludiendo a la famosa Inquisición, apostillando que encarceló y asesinó cruelmente a millones de personas, tanto en España como en sus colonias. Según la opinión de los redactores del <em>Yochishiryaku</em>, la falta de libertad religiosa ha impedido la formación cultural y científica de los españoles, al ser la ciencia considerada como un enemigo por parte de del poder religioso.</p>
<p>Resulta cuanto menos curioso ese interés por la relación entre religión y poder que muestran tales informaciones. Así como parecen singulares los comentarios tajantes expuestos en este volumen.</p>
<p>Las páginas que siguen se ocupan del apartado de las costumbres y abren con una ilustración de la plaza de toros de Sevilla en reproduciendo la escena de una corrida. Se nos cuenta que, a pesar de que las distintas regiones tienen diferentes climas, tradiciones y lenguas, los españoles disfrutan de la música y el baile por igual, sin importar su origen. Pero el punto de atención en este apartado recae (¿podría ser de otro modo?) en las corridas de toros. Comenta cómo los espectadores se dejan llevar enfebrecidos por este acontecimiento lleno de adrenalina, que tiene lugar durante varios meses en el verano y el otoño. Y añade que varios cientos de toros son lidiados hasta su muerte cada semana. Una nota final menciona que las corridas de toros eran practicadas en la antigua Roma y Grecia, pero que en siglos posteriores se prohibieron y tan sólo se siguen realizando en España y México.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Visión de las ciudades</strong></p>
<p>A continuación, se nos proporcionan datos sobre la población de España, detallando que unas ciento veinte ciudades cuentan con una población superior a los 10.000 habitantes, y unas veinte con más de 20.000. En el caso de las ciudades más famosas, entre las que incluye a Madrid, Barcelona, Málaga, Granada, Sevilla, Murcia, Valencia, Cádiz y Zaragoza, la población se sitúa sobre los 100.000 habitantes en cada ciudad. Comenta que muchos de sus habitantes son pobres y que la mayoría de las ciudades florecientes se encuentran en el sur de la península. Madrid cuenta con una sección propia, en la que se señala su ubicación en el centro del país, anotando la longitud y altitud, y también el número de habitantes (320.000). La ciudad, nos cuenta, se había convertido en la capital de la nación bajo el mandato del rey Felipe II, y está encerrada por un muro con dieciséis entradas. Se dirige la atención también a la grandeza del Palacio Real, con anchas avenidas a su alrededor, árboles y fuentes en dichas avenidas, y describe el palacio como un lugar de encuentro de la gente que busca aire fresco durante el verano. También se cita la gran biblioteca de palacio y su colección de armas. Una serie de ciudades y monumentos son a su vez tratados de forma diferenciada.</p>
<p>Ofrecemos una síntesis de lo expuesto en este apartado.</p>
<p>Sobre Barcelona menciona el floreciente comercio con el extranjero de la segunda ciudad de España, y que los barcos de vapor operan con regularidad entre ella y Marsella en el sur francés. Destaca su bello trazado y su gran oferta de tiendas, hoteles, teatros y oficinas gubernamentales en el paseo de Las Ramblas. Describe Granada como una ciudad que floreció en el pasado musulmán, pero que gradualmente entró en declive en los tiempos modernos. La catedral, señala, contiene las tumbas de Isabel y Fernando y está realizada con un arte de la mayor calidad. También se cita a La Alhambra por sus fabulosas arquitectura y decoración, distinguiéndola como una de las maravillas del mundo occidental. Según el texto Sevilla es la tercera ciudad de España, con más de 158.000 habitantes. El río Guadalquivir recorre unos 18-<em>ri </em>(<em>ri </em>era una medida de distancia de la época, antes de la introducción del sistema métrico en Japón en el año 1891) a través de la ciudad, donde uno encuentra una gran catedral y un palacio árabe, así como una enorme plaza de toros. También, señala, puede presumir de poseer la fábrica de tabaco más grande de la provincia, que emplea varios miles de trabajadores ininterrumpidamente y está afiliada al gobierno provincial. También posee una gran fundición de cañones, y remarca que en la ciudad se estableció el primer tribunal de la Inquisición contra los herejes.</p>
<p>A una distancia de 29 <em>ri </em>de Sevilla se encuentra Córdoba, con un glorioso pasado musulmán, y donde aún se pueden contemplar palacios y mezquitas. La ciudad, observa, también es famosa por sus productos de cuero Guadamecil.</p>
<p>Un poco más extensa es la sección dedicada a Cádiz y sus alrededores, que incluyen Gibraltar, el puerto de Sanlúcar, de donde, refiere, Magallanes partió decidido a circunnavegar de la tierra, y la pequeña ciudad de Palos, de donde Colón salió en su “<em>búsqueda de las Américas</em>”. Fundada por los fenicios, la ciudad se describe como abandonada y empobrecida tras su boyante pasado, cuando miles de barcos de mercancías recalaban en su puerto. También se menciona la destrucción de la flota inglesa durante el asalto a Cádiz conducido por Nelson en el año 1797. (El texto no señala que la mayor derrota de Nelson en ese año tuvo lugar en las aguas de Tenerife).</p>
<p>Habla de la localización estratégica de Gibraltar y detalla las diversas batallas que aquí tuvieron lugar. Lo describe como <em>“posesión británica desde hace ciento sesenta y cinco años”</em>, y que “<em>sus acantilados que se elevan como imponentes biombos</em>” son un espectáculo para la vista. Con guarniciones británicas, la pequeña ciudad de 15.000 habitantes soporta un clima abrasador y su población sólo dispone del agua de lluvia para beber. Árabes y africanos, señala finalmente, viven asimismo en el peñón, que tan sólo sirve como llave para el tráfico mediterráneo.</p>
<p>La última sección está dedicada a las islas bajo posesión de España, incluyendo Mallorca, Menorca y las Islas Canarias, detallando su localización y sus productos. También pasa a contar cómo las colonias españolas en el mundo se han reducido y se hace una relación de las existentes.</p>
<p>En resumen, y a la vista de lo escrito, se trata de un documento muy curioso que evidencia el interés del Ministerio de Educación japonés en conocer los puntos fuertes y débiles de nuestro país. Siempre desde su peculiar mirada. El poder naval de España y su época de esplendor, así como su posterior declive, eran sin duda importantes para el gobierno Meiji, que buscaba convertir a Japón en una nación moderna y poderosa<em>. </em></p>
</div>
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		<title>La Granada que contaron los románticos</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/mr-irving-alhambra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 13 Jul 2023 10:20:44 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros extranjeros por España]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Pedro Páramo</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/mr-irving-alhambra/">La Granada que contaron los románticos</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Emma Lira<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-33/"> Boletín SGE Nº 42</a></p>
<div id="c3540" class="csc-default">
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>De manera pretendida o espontánea, la Granada de la primera mitad del siglo XIX atesoró en torno a ella una expectación sin precedentes. De la noche a la mañana, la ciudad andaluza se convirtió en refugio de pintores que ensalzaban la luz de la Alhambra, de escritores que recreaban escenarios de ensueño, de nostálgicos en busca de leyendas olvidadas, o sencillamente de viajeros extranjeros a la caza de experiencias. Entre los intelectuales europeos y norteamericanos, hubo un momento en el que, quien no había estado en Granada, no había vivido. La Granada turística de hoy tiene mucho que agradecer a aquellos primeros románticos que se enamoraron de sus palacios, sus paisajes y su herencia musulmana.</strong></p>
<p>Una ciudad nacida en torno a un palacio que hace ochocientos años pretendió recrear la idea musulmana del paraíso; una fortaleza perdida capaz de hacer llorar a un sultán y respetada por los enemigos, rendidos ante su belleza… Granada atesoraba todos los ingredientes para convertirse en una ciudad de cuento, al más puro estilo de <em>Las Mil y Una Noches</em>, y la primera mitad del siglo XIX fue pródiga en viajeros nostálgicos en busca de escenarios fantásticos. Las ciudades modernas y las revoluciones liberales deja-ron tras de sí el eco de un pasado que se esfumaba y un puñado de intelectuales que buscaban un paisaje agreste, una historia tormentosa de la que enamorarse. La Andalucía de la época, racial y costumbrista, con contrabandistas y bandole-ros, precursora de una música que desgarraba el alma y heredera de una arqui-tectura y un pasado oriental que rozaba la leyenda, representaba el extremo opuesto de la Europa ilustrada y racional. Granada y la excitable imaginación de los románticos estaban destinados a encontrarse. ¿Quién fué el primero que “aterrizó” en aquella ciudad fortificada sobre coli-nas? ¿Quién llegó por primera vez a aquella extensión de casitas encaladas con alma de medina que se deslizaban hasta el Darro, a aquel escenario que parecía intocado por la historia? Las imágenes de Granada fueron probablemente el primer peldaño en la escalera ascendente que proyectaría la ciudad al mundo. Pintores como Girault de Prangey, John Frederick Lewis o David Roberts, en-104 / SGE contraron en Granada, y en especial, tras las derruidas paredes de la Alhambra, una fuente constante de inspiración. Cada uno pintó la ciudad a su manera; Roberts inundándola de una luz y un color que evocan en nuestras pupilas una estética oriental; Lewis, a través de sus personajes: majos, toreros, flamencos y bandoleros orlados de ojos fieros y grandes patillas; Prangey con trazos sobrios y afilados, resaltando el rostro más arquitectónico de la ciudad. Todos ellos recrearon la realidad, pero no la retrataron fielmente. Aunque a través de sus imágenes, a día de hoy podemos saber cómo era el Arco de las Orejas, el Puente del Carbón o el pilar de dos arcos de la Plaza Nueva, cada uno a su estilo buscó su reinterpretación de Granada, la exposición de su propia búsqueda idealista de la belleza y el exotismo. Así fue como la imagen de Granada se extendió por el mundo, idealizada, hermosa y expuesta, y a partir de ese momento, como afirma la escritora Carolina Molina, “nadie en su sano juicio deseó quedarse en casa, después de haber visto una imagen de la Alhambra”. Pero a esa Granada enriscada en su loma, orgullosa en sus viejas y desgarradas vestiduras musulmanas, bella y esquiva, le faltaba aún la voz. ¡Y qué voz!. Granada tenía mucho que contar. Granada conservaba reciente la magia de dos lenguas entrelazadas, el rumor del Darro o el Genil en sus callejas, el viento cargado de nieves del Sur que batía los patios de la Alhambra, antiguas leyendas murmuradas en susurros, o el canto del agua en los aljibes del Albayzin y en las acequias del Generalife… la ciudad parecía esperar a un trovador entregado que le hiciera los honores para regalarle su historia, sus leyendas y un universo pleno de fantasías. Y éste apareció bajo los ropajes de un diplomático estadounidense, curioso e inquieto, que llegó a nuestro país intrigado por su historia y que tuvo la oportunidad de vivir en el lugar que le fascinó desde el primer momento: la Alhambra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA GRANADA DE MR. IRVING</strong></p>
<p>Hoy, y para cualquier de nosotros esa posibilidad no deja de ser un suelo romántico, pero en el año 1829, el antiguo palacio nazarí, lejos de sus murallas remozadas y sus espectaculares salones tallados de consignas religiosas en un idioma hecho de volutas ingrávidas, no pasaba de ser un solar ruinoso que daba cabida a mendigos, tullidos, buscavidas e inválidos en una suerte de “corte de los milagros”. Todos ellos recibían el dudoso honor de ser considerados “hijos de la Alhambra” y distaba mucho de ser el tipo de compañías a que Mister Irving estaba acostumbrado, pero en contraposición todos ellos destilaban un halo de realidad que junto a la magnitud histórica y artística de su entorno, cautivaron al escritor, quien, como un sultán reencarnado, vagaba por las estancias desnudas y pasaba las horas muertas observándoles o escuchándoles en su español cada vez menos precario. Así nacería, en 1832, la obra más famosa de Washington Irving y el texto al que más debe Granada, “Cuentos de la Alhambra”, un libro de relatos fantasiosos, en los que personajes reales se dan la mano con otros sacados de “Las mil y una noches”, y que inmediatamente se convirtió en una guía de viajes –e incluso una Biblia– para señoritos ricos y desubicados que buscaban una Atlántida a la que ensalzar. Granada poseía la cercanía –y la estabilidad política– de Europa, pero también ese toque asilvestrado, pasional y he-rético que fascinaba a unos intelectuales hambrientos de nuevas experiencias. Buscando ese algo que fascinó a Irving, a Granada llegarían nombres como Merimee, Teófilo Gautier, Alejandro Dumas, Laborde, Victor Hugo o Hans Christian Andersen, entre otros. Para todos, la ciudad y su monumento estrella se convirtieron en un mito, en una imagen encantada en la que recrear sus pupilas desde la lejanía de unas patrias propias que ellos percibían como frías y predecibles. Así, Granada, como todo lo que no se tiene, o lo que se abandona demasia-do pronto, se convirtió en algo admirado, deseado y recordado. Y ese halo de pérdida sirvió para que fuera aún más deseada a los ojos de los demás. Pero quizá fuese Teófilo Gautier el primer escritor que tratase de insuflar a esa Granada soñada un soplo de realidad. Gautier llegó a España en 1840 cautivado por los dibujos de David Roberts. Quizá por eso, la Granada que descubrió se le reveló en toda su crudeza, una vez limpia de la pátina del color y de la visión idealizada del pintor y se sintió obligado, por primera vez, a reflejarlo. <em>“Debemos prevenir a nuestros lectores”, se atreve a advertir, “que podrían encontrar nuestras descripciones, aunque de una escrupulosa exactitud, por debajo de la idea que se han formado de la Alhambra, ese palacio fortaleza de los antiguos reyes moros,</em> <em>que no tiene en absoluto el aspecto que le da la imaginación (…). Por fuera no se ve más que gruesas torres macizas color ladrillo o pan tostado, construidas en diferentes épocas por los príncipes árabes. Por dentro, sólo una serie de salas y gale-rías decoradas con una delicadeza extrema, pero sin nada de grandioso” </em>Gautier se adentra en la Alhambra, desvistiéndola de su halo seductor, observándola con criterio artístico y espantándose ante el abandono que asola sus estancias y ante sus los parámetros equivocados bajo los que –poco a poco– se orquesta su restauración. Su compatriota, Josephine de Brinckmann, quien viajó a España una década después, secundó su opinión y su espíritu crítico y denunció el tráfico existente que algunos extranjeros –él, desde su supremacía francesa afirma que ingleses– mantenían con los trabajadores de la Alambra, comprándoles trozos del estuco que se desprendía de las paredes. <em>“Si el gobierno no aporta un serio y rápi-do cuidado a la restauración y al mantenimiento de esta obra maestra oriental – expondrá– en veinte años no quedarán apenas restos de la Alhambra”. </em>Será un inglés, sin embargo, otro de los viajeros que más se preocupen por el bienestar del palacio nazarí. En su <em>“Manual para viajeros por Andalucía”</em>, Richard Ford compara la indiferencia que la Alhambra provoca en los granadinos, con la que los beduinos sirios sienten por las fastuosas ruinas de Palmira, ignoran-tes de su simbolismo y su significado. Quizá es el primer visitante ilustre, consciente del papel comprometido, que él, y otros tantos escritores, tienen a la hora de impedir la desaparición de la Alhambra. Ford, como Davillier expondrá por escrito, para vergüenza de generaciones posteriores, casos como el del oficial ca-talán Luis Bucarelli, quien vendió la armería y los mejores azulejos para sufra-gar una corrida de toros, el del espléndido jarrón con el que en 1862 se obsequió a una dama francesa –el mismo que los moros vencidos habían enterrado lleno de oro, si hacemos caso a las leyendas–, la puerta de bronce de la mezquita, que se vendió a peso de metal viejo, o las de madera de la sala de los Abencerrajes que se utilizaron para hacer fuego…</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS PRIMEROS FOTÓGRAFOS </strong></p>
<p>Y mientras surgen las voces que claman porque Granada recupere la belleza de que la historia le ha dotado y que la mítica romántica le ha atribuido, se revela un nuevo rostro por explorar. La aparición de la fotografía y su certero retrato de la realidad conquista a la par que el mundo, la antigua ciudadela nazarí, amenazando con despojarla de su magia. Gautier y Dumas ya han hecho algunos ensayos, pero serán Richard Clifford o Jean Laurent quienes busquen la perspectiva aún no reflejada, el ángulo imposible, la real y desnuda apariencia de una Alhambra desgajada, troceada por vandalismos, incendios y terremotos, desnuda en su blanco y negro, que se desvela entonces como un monumento en ruinas, despojado de su gallardía, que parece soportar en silencio el descenso hacia el olvido. Pero quizá esta nueva perspectiva, brutal y desgarradora, llegue en el momento adecuado. Los fotógrafos locales se lanzan a retratar las murallas de su Alhambra. La realidad se abre camino con más fuerza que cualquier denuncia escrita y la decrepitud de la fortaleza árabe llega a todos los rincones. Y quizá no sea casualidad que la Alhambra sea declarada monumento nacional el 12 de julio de 1870, un pri-mer paso para que –la friolera de 75 años después– en 1905, se cree la Comisión Especial de la Alhambra, a partir de ese momento encargado del mantenimiento y la conservación del monumento. Si podemos responsabilizar a ese organismo de la imagen que hoy en día conservamos de la Alhambra, no podemos por menos que reconocer la labor de pintores, escritores y fotó-<em>Corral del carbón. Fotografía de J. Laurent. </em>SGE / 109 grafos, no solo a la hora de generar una corriente internacional de sensibilización en torno a la antigua fortaleza mususlmana, sino, por extensión a la hora de “exportar” al mundo la imagen exótica, bellísima y agreste de una ciudad cargada de personalidad, de arte y de historia. Granada, vendida en grabados, relatos y fotografías, fue “víctima” inconsciente de la ma-yor operación espontánea de marketing que podamos constatar. A ella debe aún hoy en día su internacionalidad, su atractivo y los tres millones de visitantes que cada año recorren las estancias soñadas de la Alhambra. Po-demos extrapolar a la ciudad que lo alberga, la afirmación que el arabista García Gómez hace del palacio nazarí: <em>“la Alhambra pervive porque la ha defendido la más adhesiva fuerza que radica en los seres humanos: la ha conservado el amor”</em>. El amor, la admiración, la fascinación es por tanto quien ha conservado a Granada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<ul>
<li>Libros para entender mejor este período: <em>La Alhambra que fascinó a los románticos, Cristina Viñes Millet. Noches en Bib-Rambla, y Guardianes de la Alhambra, de Carolina Molina.</em></li>
</ul>
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		<title>Las ladies viajeras en España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ladies-viajeras-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 18 May 2020 15:42:57 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 9]]></category>
		<category><![CDATA[Libros de viajes]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros]]></category>
		<category><![CDATA[Viajeros españoles por el extranjero]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>La España romántica del siglo pasado atrajo a un buen número de mujeres británicas que vieron en nuestro país una parte del mundo oriental, cargado de exotismo, como tantos otros [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><em>La España romántica del siglo pasado atrajo a un buen número de mujeres británicas que vieron en nuestro país una parte del mundo oriental, cargado de exotismo, como tantos otros países mediterráneos. En este artículo sobre Las ladies viajeras en España.</em></strong></p>
<h3>Por Lola Escudero</h3>
<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-9-grandes-viajeras/">Boletín 9 especial Grandes viajeras</a></p>
<p>“España es el país más romántico vivo y peculiar de Europa», así describía Richard Ford nuestro país en 1846. en <em>su man</em><em>ual para viajeros</em> <em>por </em><em>España </em><em>y lectores </em><em>en casa, </em>una de las más curiosas y apasionadas guías de viaje escritas en el siglo XIX que suscitó en su época el interés de sus compatriotas por un país que imaginaban «romántico y exótico”. El éxito de su hand-book. que se publicó en Londres en dos volúmenes fue enorme. como el de La Biblia en España publicada por su amigo y compatriota Ceorge Borrow, que recogió las peripecias y reflexiones de sus tres viajes por la geografía española realizados entre 1836 y 1840.</p>
<p>Las obras de Ford y Borrow formaban parte de una moda, la de los libros de viajes, que a mediados del siglo XIX generaron una corriente de interés hacia los países más exóticos del Mediterráneo, entre los que se incluían desde España hasta Turquía. Y no sólo entre los hombres. Las mujeres más ociosas y cultas de la sociedad victoriana eran también ávidas lectoras de este tipo de literatura que despertó en ellas un creciente interés por el viaje como forma de escapar de sus monótonas y aburridas vidas. Algunas se limitaron a leer las aventuras de otros. Pero también surgieron las primeras mujeres viajeras, y entre éstas, las primeras escritoras viajeras.</p>
<p>España a no fue nunca un objetivo prioritario para las viajeras europeas. Realmente encontramos pocas muje<em>res </em>viajando por un país que a los ojos de los británicos y <em>de </em>otros europeos aparecía como primitivo y lleno de peligros. Animadas sin embargo por los consejos de Ford y otros escritores viajeros que publicaron sus peripecias, aparecen algunas aristócratas del 1mperio Británico que <em>se </em>deciden a visitamos. a veces de paso hacia lugares más exóticos, a veces como destino final. Pero ¿qué razones podían animar a una mujer que vivía cómoda <em>y </em>ociosa en Inglaterra a emprender la aventura de recorrer una España pobre, atrasada e incómoda? En primer lugar su natural curiosidad <em>e </em>inquietud se satisfacía en buena parte con este tipo de viajes que las sacaba del tedio de sus salones y jardines. Viajando podían además demostrar su capacidad artística e incluso intelectual, plasmando con bastante libertad sus andanzas en libros que en principio se publicaban para su difusión entre las amistades, con la acotación »sólo para circulación privada». pero que irán tomando cada vez más proyección pública.</p>
<p>¿Turistas o viajeras? En realidad las ladies británicas que nos visitaron en el XIX fueron casi sin excepción viajeras de placer, pertenecientes a una clase social, la aristocracia, que hacía del ocio una virtud, o son peregrinas, misioneras, ni esposas de militares o comerciantes, ni emigrantes, sino un nuevo tipo de mujer con iniciativa e inquietud intelectual que sólo viajando puede demostrar sus capacidades. Son mujeres sin obligaciones, con tiempo libre para viajar, cultas, que participan de las corrientes intelectuales de su tiempo.</p>
<p>Las inglesas que viajan por España, como Elizabeth Mary Gosvenor, Louisa Tenison, Sophia Dumbar, Matilda Betham Edwards o Frances Minto Elliot, vienen en busca de una experiencia que les proporcionará una cierta «autoridad moral» para narrar lo que han visto y lo que han sentido en un mundo que está fuera de su contexto habitual. En el viaje se encontrarán en una posición de superioridad (por dinero, educación y por su condición de británicas que les permitirá opinar libremente sobre lo que ven, sobre lo que ven y sobre la gente que encuentran. La literatura de viajes se convierte para estas mujeres en una forma de escapar y de ser más libres; sus libros de viajes están llenos de descripciones y observaciones ingeniosas. de opiniones sobre religión, sexo y política que ellas pueden expresar mucho más libremente que los hombres. Las mujeres incluso pueden permitirse el lujo de confesar sin pudor sus temores ante los peligros a los que se enfrentan, algo que los exploradores y viajeros casi nunca hacen. Las viajeras británicas que visitan España a lo largo del siglo XIX pertenecen a un tipo de mujer que tampoco espera ganarse la vida como escritora, aunque en ocasiones sus libros alcanzan cierta popularidad, como los de Lady Morgan sobre Francia e Italia, o la señorita Pardoe sobre Turquía. Sólo Louisa Costelo llegará a ganarse la vida escribiendo sus viajes, abriendo camino a una generación posterior de viajeras eruditas e investigadoras, que con sus textos llegarán a ejercer gran influencia política e intelectual y se codearán con sus colegas del sexo masculino casi en igualdad de condiciones (Freya Stark, Gertrude Bell, Alexandra David Néel&#8230;).</p>
<p>Los relatos de las aristócratas británicas que visitan España en el siglo XIX continúan una tradición iniciada en siglos anteriores por otras viajeras aristócratas, como la francesa Mme D&#8217;Aulnoy, que nos deja en su <em>Relación </em><em>del viaje </em><em>a España </em>una obra llena de curiosidades sobre nuestro país en el siglo XVII a modo de cartas escritas a sus amigos de París. O, aJgo más tarde, la visión del siglo XVIII de Lady Holland en su diario <em>The Spanish </em><em>joumal of </em><em>Elizabeth, </em><em>Lady </em><em>Holland, </em>Londres 1910, que relata el viaje que realizó con su marido por España en 1809. Lady Holland vivió en Madrid, muy bien relacionada con la alta sociedad española, y su testimonio resulta muy interesante para comprender la época, aunque sus diarios no se publican hasta más de un siglo después (su marido había publicado sus propios diarios en 1851).</p>
<p>Con una mirada diferente a Lady Holland o Mme D&#8217;Aulnoy se presentan en nuestro país las primeras aristócratas viajeras del siglo XIX. La pionera de estas «ladies viajeras”, fue la Marquesa de Westminster, Elizabeth Grosvenor, que organizaba sus viajes a lo grande: siempre viajaba en yate o en calesa, acompañada por su marido, <em>sus </em>criados, la tripulación y abundantes provisiones. Para su crucero por el Mediterráneo que la llevará a las costas españolas, elige un yate de más de doscientas toneladas, equipado con una tripulación de veinte marineros, doncella, mayordomo y un confortable baño. Durante su periplo, que duró más de un año, pasó la mayor parte del tiempo sentada cómodamente en cubierta con un cuaderno de dibujo. A pesar de ello, lady Grosvenor se considera «aventurera» y en cierta forma lo era, o lo hubiera sido de haber nacido en otra época, dada su inmensa curiosidad por cuanto ve a su paso. Su interés por el mundo se aprecia en los libros de relatos viajeros que escribió, en los que se pueden ver deliciosas e ingenuas descripciones sobre todo lo que va encontrando en sus viajes, en especial en <em>Narratíve of </em><em>a yacht </em><em>voyage </em>in <em>the Mediterranean during the years 1840-1841, </em>publicado en Londres, en 1842. Unos años más tarde de esta fecha visita nuestro país Louisa Tenison (1819-1882), viajera culta, inteligente y aficionada al dibujo, que vivirá en España durante dos años y nos dejará un libro, <em>Castile and Andalucía, </em>aparecido en 1853, ilustrado con preciosos dibujos propios y del artista sueco Mr. Egron Lundgren, que vivía en Sevilla cuando ella llegó a la ciudad. La Tenison entró en España en octubre de 1850 por Gibraltar y luego siguió hasta Málaga en un vapor que hacía la línea Cádiz-Marsella y que se había convertido ya en aquellos tiempos en una especie de crucero turístico. Louise Tenison venía en busca de un clima suave para su salud, pero desde Málaga, al llegar la primavera, comienza un recorrido por pueblos y ciudades andaluzas, prosigue por Madrid y sigue hacia el norte para visitar Burgos, Valladolid y León. Ahí llega el frío del invierno y vuelve hacia el sur por Valladolid, Segovia, La Granja, El Escorial y Toledo. Continúa a través de Andalucía deteniéndose en Córdoba y en Sevilla. En sus dos años de periplo, esta singular británica apenas consulta ningún libro, excepto crónicas locales, y su relato está lleno de curiosas y personales descripciones de las costumbres españolas, los modos de transporte, las ventas y posadas y en general sobre la idiosincrasia del país.</p>
<p>Sophia Dumbar es otra de las aristócratas que escribió sobre sus viajes por España. Es otro modelo de viajera, más turista en el sentido moderno de la palabra. Viajará en diligencia y en tren acompañada por su familia <em>y </em>por una criada española que hace de intérprete. Sus andanzas quedan reflejadas en la obra. publicada en 1862: <em>A </em><em>family tour round the </em><em>coasts of Spain and </em><em>Portugal during the winter </em><em>of </em><em>1860-61</em><em>.</em></p>
<p>A partir de esta fecha comienza a aparecer un tipo de viajera que ya no pertenece a la aristocracia, sino a la clase media, como Mathilda Barbara Betham Edwards, nacida en 1836 <em>y </em>prima de Amelia Edwards, la pionera en las exploraciones de Oriente. Mathilda Betham- Edwards había sido institutriz <em>y </em>cuando comienza su viaje en tren por España era ya una prolífica novelista y había publicado también versos y cuentos para niños. Recorrerá nuestro país con la excusa de acompañar a una amiga a su casa de Argel y buscando material para sus libros. Su enfoque del viaje es peculiar: se enorgullece de no seguir las guías de viaje (aunque lee todo lo que encuentra por el camino) y de no alojarse nunca en hoteles. Su curiosidad es insaciable y tras recorrer España, viajará también por Argelia y África occidental, recorriendo en sus libros todo tipo de anécdotas. Durante sesenta años escribirá novelas, cuentos para niños y nueve libros de viajes por España. Se trata de una auténtica escritora viajera, para la que el viaje es la excusa para escribir y la escritura será un pretexto para el viaje. Su viaje por España quedará reflejado en su libro <em>Through </em><em>Spain to the Sahara, </em>editado en Londres en 1868, en el que recomienda a sus lectores que viajen en tren. A <em>ser </em>posible en vagón de primera clase, que no duden en llevar consigo muchos baúles y hasta una bañera portátil y vestir de forma elegante. Es una actitud frívola y algo excéntrica ante los viajes. Que era, por otro lado, lo más habitual entre las escritoras británicas.</p>
<p>Un poco más tarde que Mathilda visitaría España Marguerite Tollemarche. una estudiosa del arte que viaja acompañada por una amiga y que dedica buena parte de su relato del viaje <em>Spanish </em><em>Towns </em><em>and </em><em>Spanish </em><em>Píctures </em>publicado en 1870, a describir cuadros de grandes museos. En 1983 llegará a España otra artista, la poetisa Jane Leck, que viajará durante siete semanas por el noroeste de la Península y publicará sus impresiones en la obra <em>Iberian Sketches</em> (1984) con dibujos de Mr. Robert Gray que la acompaña en este viaje junto a su hermana y otro caballero.</p>
<p>Con Frances Minto Elliot, escritora de viajes consagrada que viaja por España en 1S83, llegamos a la auténtica escritora viajera. En 1884 publica el <em>Diario de </em>una <em>mujer ociosa </em><em>en España. </em>que forma parte de una serie de obras que con el mismo título (Diario de una mujer ociosa en… ) recogerá las impresiones de sus viajes por Italia, Sicilia <em>y </em>Constantinopla. Sus libros son una especie de guías escritas para mujeres ricas y aburridas, amantes de la buena vida y el confort. En sus víajes por España recorrerá Madrid, Toledo, El Escorial, Andalucía, Valencia y Murcia. Sus relatos están llenos de curiosas observaciones, descripciones ingeniosas sobre los riesgos de viajar en los ferrocarriles españoles, los robos, las incomodidades y, en general la mala atención del personal. La conclusión que se extrae de su lectura es que “viajar es interesante pero no hay nada como Inglaterra» Las ciudades españolas no son las únicas que describe de forma despectiva: Málaga es “detestable”,  Madrid es «fea <em>y </em>corrupta» y la gente de Valencia “la más estúpida del mundo».</p>
<p>El resto de las ciudades europeas reciben también ácidas críticas: Roma es una ciudad «moderna de tercera clase» y en Sicilia “hay demasiados turistas y malos hoteles». Son obras que impresionan a la gente mediocre y poco aventurera que las lee cómodamente sentada en sus salones. Pero ¿qué imagen transmiten a sus compatriotas estas viajeras románticas y excéntricas sobre nuestro país? Lo cierto es que todas viajan siguiendo unas ideas preconcebidas sobre España como escenario romántico de aventuras épicas, un mundo «oriental». Lleno de tópicos, sobre todo acerca de la ignorancia y negligencia de los españoles. Al recorrer el país, muchas sienten que los esquemas previos que traen no coinciden con la realidad  y terminan siendo bastante críticas <em>con </em>las ideas que se les han inculcado. A la hora de expresar sus experiencias, su visión es mucho <em>más </em>personal e inmediata que la de los hombres. Se dejan llevar y afectar por lo que ven y expresan sus sentimientos, contando las cosas como algo personal un lujo que los viajeros masculinos de entonces no podían permitirse. Las viajeras aristócratas aportan una voz diferente a un género ya inventado, añadiendo ideas poco convencionales, opiniones disonantes sobre los tópicos generales y sintiendo el viaje c:omo una experiencia absolutamente personal que plasman por escrito con la intención de que el lector simpatice con ellas.</p>
<p>Ellas, al contrario que los hombres, no tienen por qué ser estrictamente objetivas. Lo suyo es un divertimento sin ánimo de lucro, sin ambiciones científicas o prácticas. Lamentablemente, no existen traducciones al castellano de las obras de estas viajeras que es necesario consultar en sus versiones originales, de difícil acceso. El creciente interés por las mujeres viajeras nos acercará sin duda en los próximos años unas obras singulares y divertidas que aportan una visión sorprendente sobre nuestro propio país, complementaria de la de los viajeros.</p>
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		<title>Ahmad Zaki. El viajero que lloró en la Alhambra</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/ahmad-zaki-viajero-lloro-la-alhambra/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 11 Dec 2017 16:25:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 58]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Zaki llegó a España formando parte de unamisión oficial, con 25 años y más entusiasmoque conocimientos. Quería visitar los lugaresque habían construido los árabes expulsadosde España cuatro siglos atrás. Se [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Zaki llegó a España formando parte de unamisión oficial, con 25 años y más entusiasmoque conocimientos. Quería visitar los lugaresque habían construido los árabes expulsadosde España cuatro siglos atrás. Se veíallamado a dejar constancia de su grandezay, ¿quién sabe?, quizá a recuperar valiososmanuscritos en manos de los cristianos. Sequedó tres meses, y por el camino se enamoróde aquella tierra que ya no era Al Andalus y tampoco era Europa, y ala que los suyos llamaban Isbaniya.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>CUANDO ORIENTE MIRA A OCCIDENTE</strong></p>
<p>La rihla, el relato árabe de los viajes de Occidente hacia Oriente funcionó desde aproximadamente el siglo XII. Los viajeros de El Magreb o Al Andalus que conseguían peregrinar a La Meca, volver, y además contarlo, se convertían en privilegiados cronistas de un mundo desconocido, rico en conflictos y con una sorprendente diversidad cultural, como lo hizo Ibn Battuta. Dos siglos después de la conquista de Al Andalus, el sentido de la rihla se invirtió. España, aquel país en la periferia de Europa, comenzó a recibir a ilustres viajeros árabes que hilvanaron un certero retrato de la sociedad española y cimentaron un incipiente nacionalismo panarabista en la idea del paraíso perdido de Al Andalus.</p>
<p>Ahmad Zaki, abogado, traductor y Alto representante de la administración egipcia, no fue el primer viajero árabe en pisar tierra española, pero quizá fuese el primer viajero árabe documentado que llegó, en cierto modo, a amarla, o, Al menos, a sentirse cómodo en un país que le resultó hostil y ajeno en un principio. También era el primer viajero árabe estrictamente oriental. Y el segundo –del que haya quedado constancia– cuya rihla no obedecía a motivos estrictamente diplomáticos ni políticos, sino puramente culturales y, podríamos decir, etnográficos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LOS PRIMEROS VIAJEROS MUSULMANES</strong></p>
<p>Durante la segunda mitad del siglo XIX, diferentes viajeros del vecino Marruecos recalaron en España, enviados en misiones diplomáticos por el sultanato. Ilustres visitantes musulmanes que dejaron, aunque fuera mínimamente por escrito, sus impresiones sobre la tierra en la que gobernaron durante 800 años. En 1861, Idris Al Amrawi visitó España en misión oficial, enviado por el monarca Muhammad IV. Apenas quince años después Ab Al Alsam Al Susi visitó la península y un miembro de su séquito, Ab Al Hasan Al Ribati se encargó de redactar una crónica sobre el viaje hispano, bajo el título de Rihla and Alusiyya, en 1878 se produciría una de las dos visitas del embajador Abd Al Karim Brisa – la última sería en 1895– y en el año 1885 <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Ahmad_Zaki_Pasha">Ahmad Al Kardadi</a> llegó a España, como integrante de unadelegación cuyo objetivo confesable era mantener una entrevista con el monarcaAlfonso XII, y cuyo posible objetivo real era evaluar las fuerzas militares españolesen caso de que estallara un conflicto armado entre ambos países; pues solo así seentienden las referencias concretas que proporcionaba el cronista sobre el númerode torres, fortificaciones o soldados de Tánger, Cádiz o Sevilla.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>LA RIHLA DE AL WARDANI</strong></p>
<p>En el año 1887, apenas dos años después de esta última visita cambia la tónica por primera vez. Ali Al Wardani, tunecino de origen y al servicio del sultán otomano Abdulhamit, ya no es un embajador, sino un intelectual con un objetivo cultural concreto: confeccionar un informe sobre manuscritos árabes depositados en bibliotecas españolas. Pese al ingente trabajo que realizaría Al Wardani, su trabajo no tuvo ninguna repercusión; no así su rihla, que sería el primer texto sobre el viaje de un árabe a España que podría ser leído por sus contemporáneos.</p>
<p>Cabe pensar que, motivado por continuar el atractivo trabajo de investigar los legados de la cultura árabe acumulando polvo en colecciones españolas, Ahmad Zaki apareció en la península a finales del siglo XIX, concretamente en el año 1892, cuando (era imposible que precisamente a él le pasara desapercibida la fecha) el país celebraba no solo el cuarto centenario de la conquista de América, sino la caída del último reino musulmán en la península, Granada, a manos de los Reyes Católicos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>UN EGIPCIO EN LA ESPAÑA DECIMONÓNICA</strong></p>
<p>Ahmad Zaki había nacido en Alejandría, y en el momento de su partida ostentaba un alto cargo en la administración egipcia tomada por los británicos, al servicio del jedive Abbas Hilmi II. No es casual que, al igual que su predecesor Al Wardani, proviniera de Oriente. A finales del siglo XIX, el peso geográfico había pivotado, y la mayor vitalidad cultural se respiraba en El Cairo, Damasco, Beirut, Estambul o Jerusalén.</p>
<p>Zaki formaba parte de la delegación enviada por la administración egipcia al IX Congreso Internacional de Orientalistas que tuvo lugar en Londres ese año, pero en algún momento, al culminar su misión, y parece que motu proprio e invirtiendo su propio dinero, anuncia a su ministro de Instrucción Pública la intención de realizar un viaje por España y Portugal, “tan lleno de recuerdos para nosotros” como se apresura a indicar, con la esperanza de “dar cuenta de los vestigios de la magnífica civilización de los árabes, y, más particularmente, hacer investigaciones en bibliotecas públicas y privadas con la esperanza de descubrir allí algunos manuscritos árabes que faltan de nuestras bibliotecas egipcias”. La idea del viaje por España no pudo asaltarle de inmediato, pues el viajero egipcio ya advierte que en París había comenzado a estudiar “la gramática española para poder hablar con el pueblo y poder intercambiar mis ideas directamente con él”, loable intento que se convirtió en frustración nada más llegar a Irún, ante la imposibilidad real de comunicarse de una manera fluida.</p>
<p>El visitante fue recibido por la Academia Jurídico Literaria de Zaragoza y nombrado miembro honorífico, “uno de os días más felices de mi vida”, como contaría posteriormente, en presencia del arabista Julián Ribera, uno de los muchos y duraderos amigos que Zaki terminaría por hacer en España.</p>
<p>Y es que Ahmed Zaki venía con una ilusión desbordante por conocer nuestro país y con una inclinación optimista hacia el mismo, que en ocasiones se dio enteramente de bruces con la realidad. Durante el viaje, que se prolongó a lo largo de todo un trimestre, el egipcio trató de encontrar en España lo que le conectaba a su propio pasado, sin centrarse en el discurso del perdedor, del desheredado que articulaban otros viajeros árabes en cuanto pisaban Al Andalus. En ocasiones no fue fácil; las especiales relaciones del gobierno con Marruecos impregnaban el ambiente hasta tal punto que Zaki llegó a sentirse literalmente rechazado o atacado, pero ese primer momento en que, recién llegado y prácticamente desconocedor del idioma, se sintió especialmente vulnerable, pasó y comenzó a centrarse en unas similitudes – más bien emocionales – en las que no caen otros viajeros: “(,…) aspiré el perfume y el aroma de Al Andalus. Gozaba al ver la pureza de su cielo taraceado de estrellas rutilantes, como en mi país (…) Algo tan diferente (…) de Inglaterra y París…”</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>FASCINADO POR LA ALHAMBRA</strong></p>
<p>Pese a que el autor conoce el término Isbaniya, con el que los árabes suelen referirse a España, la utilización del término Al Andalus de forma expresa no se debe a una confusión, sino, -todo hace pensarlo– a una aproximación sentimental al paisaje que recorre. Cuando, enfermo de gripe, los médicos le envían al clima andaluz, más templado, a recuperarse, sí que llega, por fin al Al Andalus histórico.</p>
<p>Allí tiene la intención de visitar la indiscutible tríada de Sevilla, Córdoba y <a href="https://sge.org/publicaciones/numero-de-boletin/boletin-18/los-moriscos-espanoles/">Granada</a>. En la Alhambra tendrá ocasión de firmar en el libro de visitas. El texto, manuscrito en árabe, refleja la extraordinaria emoción que debió embargarle.</p>
<p>“¿Es cierto que esta es la Alhambra? ¿Es verdad que estoy en ella?” se pregunta como si estuviera dentro de un sueño “De Dios son estos palacios y estas mansiones.</p>
<p>Aquí están los restos que proclaman la excelsa grandeza de aquellos hombres”, advierte. La Alhambra ya había cautivado a otros viajeros sensibles, especialmente a los románticos, que recreaban, como hizo Irving, todo un universo de leyendas, espectros, doncellas cautivas y reyes moros atrapados en aquella fortaleza roja. Pero había una salvedad para Zaki, como la había para cualquier otro viajero árabe. Los azulejos, las arquerías, y las filigranas que europeos y norteamericanos veían en sus estancias no eran -como para ellos– sencillamente exóticas; eran parte de su propia cultura, de su pasado. Los mensajes de sus paredes hablaban un lenguaje que él sabía leer. Para él, la Alhambra no era un castillo encantado poblado de leyendas, era la obra cumbre de una civilización que alcanzó un momento de esplendor y que, en su crónica, pone como ejemplo para los jóvenes de su propio tiempo.</p>
<p>Probablemente fuese esa personalización del paraíso perdido en el país y sus gentes lo que provocó que el viajero egipcio tuviese una visión amable de los paisajes y las gentes que visitó. Fue recibido por la reina regente, Maria Cristina, para quien tiene rendidas palabras de admiración, y, durante sus frecuentes visitas a la Exposición Universal, refiere haber visto “los restos árabes que llevaban el corazón de orgullo y el alma de tristeza (…) y los cañones que, antes que ellos, habían inventado los granadinos, para combatir a sus enemigos…”</p>
<p>Ahmed Zaki no pasa por alto los restos de su cultura. Conoce perfectamente sus armas, su arquitectura, los restos de un idioma que aún impregna el castellano, pero no construye su relato de la sociedad española, desde el rencor, ni desde el mito del Al Andalus perdido, como símbolo de una grandeza destruida o un renacimiento por venir. Zaki es sentimental y práctico, y le puede más lo que le une a los habitantes de ese Al Andalus perdido, lo que tienen en común, que lo que les separa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>IDENTIFICADO CON AL ANDALUS Y CON ESPAÑA</strong></p>
<p>“He visto en los españoles -advierte en sus escritos – la moral, la dignidad y lagenerosidad de los árabes. He encontrado en ellos lealtad, buen carácter, amor alextranjero (…)y declaro públicamente que su carácter es más amable y noble queel de todas las naciones que he recorrido en este largo viaje…”</p>
<p>Zaki fue uno de los pocos viajeros que se sintió verdaderamente a gusto entre los españoles que frecuentó, que se molestó en integrarse entre ellos, y que dejó de verlos como a los cristianos que habían vencido al rey Boabdil cuatro siglos atrás.</p>
<p>A su vuelta a Egipto, en febrero del año 1893, publicaría la primera edición de su libro Al safar ila-L-mu tamar (El viaje al Congreso), que además de su periplo por España, contiene referencias a Italia, Francia, Inglaterra y Portugal.</p>
<p>Después de ese primer viaje, Ahmad Zajki estuvo viajando por Europa siempre en misiones oficiales. Volvió un año después para el X Congreso de Orientalistas en Ginebra, y en el año 1900 para la Exposición Universal de París. Al contrario que los viajeros árabes que le precedieron, no señaló la inferioridad de España frente a sus vecinos europeos, no buscó rasgos generales que formaran una identidad de país, como esa mezcla de vehemencia y dejadez que Al Wardani achacaba a las corridas de toros y al continuo espectáculo de la violencia gratuita, o el retraso en el desarrollo derivado de una menor disponibilidad Al trabajo y a un exceso de fiestas religiosas. Tampoco destacó la ejemplaridad de aquella Al Andalus perdida frente a la mediocridad actual, como sí hicieron antes que él otros viajeros, que se precipitaron a hacer el recuento de habitantes en Toledo o Córdoba cuatro siglos antes y cuatro siglos después. Amhed Zaki supo combinar de forma magistral su actividad política con una fructífera actividad investigadora. Fue secretario General del Consejo de Ministros, cofundador de la Universidad Egipcia, inició la composición de un Larousse árabe, y desarrolló en artículos periodísticos la procedencia árabe de varios topónimos españoles. Su muerte, acaecida en 1934, le impidió llegar a ostentar un prestigioso puesto en la Academia Árabe de Egipto.</p>
<p>Su figura fue reconocida por diversas instituciones europeas, como la Royal Asiatic Society de Londres, la Societé Geographique de Lisboa, la Academia de la Historia de Madrid y la Real Academia Sociojurídica de Zaragoza. También, y quizá paradójicamente en un árabe y musulmán que se emocionaba al pensar en la pérdida de Granada, fue obsequiado por la reina regente María Cristina con un distintivo que nunca ostentó: el galardón de otra reina, que 400 años atrás había expulsado a los musulmanes de la península, nada más y nada menos que el lazo de Isabel la Católica.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Emma Lira</strong></p>
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		<title>Viajeros rusos en España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/viajeros-rusos-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Oct 2017 11:31:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 41]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[
<p><em>En el siglo XIX visitaron España una serie de viajeros rusos, generalmente&nbsp;</em><em>como extensión del imprescindible viaje a Francia. Entre ellos hubo marinos, mili- tares, diplomáticos, &nbsp;artistas &nbsp;y escritores. Algunos de ellos dejaron sus impresiones de viaje en diarios o libros que destilan en general simpatía por un país que sienten próximo. Un libro conmemorativo publicado con motivo del Año Dual Rusia-España celebrado en 2011, se hace eco de esta vieja relación.</em></p>



<h3 class="wp-block-heading">Por Emilio Soler</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-41-desiertos/">Boletín 41 especial Desiertos del Mundo</a></p>



<p><strong>José Fernández Sánchez</strong>, español muy buen &nbsp;conocedor de las cosas de Rusia, afirmaba en su excelente libro <em>Viajeros ru</em><em>sos por la España del siglo XIX , </em>(imprescindible al menos para el buen resultado de este trabajo), que para los habitantes de ese país que poseyeran buena imaginación o tuvieran una posición económica boyante, darse una vuelta por la España del siglo XIX era la única forma de conocer una nación de la que se sabía bien poco, a pesar de que tantos y tantos literatos habían escrito sobre las similitudes de caracteres entre los habitantes de ambos países. No eran éstos exactamente los viajeros que de forma menos intrépida visitaban los balnearios de Centroeuropa buscando mejorar su salud y apostando en las ruletas de los casinos. Probablemente eran los mismos que, siguiendo la estela de Goethe, buscaban la luz del sol que iluminaba las bellezas artísticas italianas, esas por las que el autor de Fausto sentía una incontrolable pasión. Estos viajeros rusos por Italia eran un fiel reflejo de la admiración que sintieron los primeros zares por el encanto italiano, que llegó a convertirse en una verdadera obsesión por atesorarlo en sus palacios de Moscú y San Petersburgo, a pesar de los temores &nbsp;a las influencias occidentales que sufrían los mandatarios de aquel régimen autocrático y xenófobo.</p>



<p>Había visitantes rusos que se dedicaban a ampliar sus conocimientos técnicos en un Berlín que iba aumentando considerablemente sus colecciones y ampliando las perspectivas científicas de medio mundo. &nbsp;Otros viajeros lo hacían por la fuerza de la necesidad y a los que los gobiernos absolutistas zaristas los habían declarado en rebeldía por sus ideas políticas y no habían tenido más remedio que refugiarse en algunos países nórdicos vecinos del Báltico o en la neutral Suiza para escapar de la represión.</p>



<p><strong>FRANCIA-RUSIA-ES</strong><strong>P</strong><strong>AÑA</strong></p>



<p>Los viajeros rusos también dejaban sentir su pasión por un París que cada vez más se convertía en la capital mundana del continente y les gustaba admirar,&nbsp; y si era posible aprender, la posición dominante &nbsp;que tuvo Francia en la Europa del Barroco, muy especialmente en el campo de la cultura ya que, por ejemplo, los grandes autores europeos de la época y los clásicos españoles fueron conocidos en Rusia merced a las traducciones que se hicieron de sus obras al francés, idioma bastante conocido por la intelectualidad y la burguesía rusas que, poco a poco, se iban introduciendo también en el conocimiento del castellano.</p>



<p>Un caso similar pero al contrario vendría a suceder en España con las obras de los grandes escritores rusos, que también se conocerían en nuestro país a través de sus traducciones al francés y, posteriormente, al castellano. El profesor <strong>Juez Gálvez</strong> señala que en 1838 apareció la primera obra rusa traducida &nbsp;a nuestro idioma a través del idioma galo, aunque, como es bien sabido, la gran impulsora de la recepción de la literatura rusa en España sería la escritora <strong>Emilia Pardo Bazán</strong>, &nbsp;en particular con su celebrada conferencia del Ateneo madrileño y la publicación de su libro en 1887&nbsp; <em>La&nbsp;revolución </em><em>y </em><em>la novela en Rusia. &nbsp;</em>En este destacado papel por la promoción de una &nbsp;literatura rusa desconocida totalmente en España, tomaba el relevo <strong>Rafael Cansinos Sáenz</strong> con sus excelentes traduc­ciones del ruso al castellano de autores como Dostoievski, Turgueniev, Gorka, Tolstoi o Andéiev.</p>



<p>En reciprocidad, y por motivos más literarios, innumerables e importantes es­critores galos se desplazaron a la fría y exótica Rusia, un país que durante la centuria ilustrada se abrió a Europa tomando como modelo a la dulce y poderosa Francia. Situado entre Europa y Asia, el imperio de los zares hacía mucho tiempo que había provocado la curiosidad de los literatos franceses, que lo veían como un país que deseaban visitar tanto como temían hacerlo. Como señala Claude de Grève, los visitantes galos, animados por el misterio de un país vasto y misterioso, se pasearon, al menos parcialmente, por la vasta nación, tomando buena nota de lo que veían en San Petersburgo, la ciudad rusa más europea; en Moscú, la Roma tártara; por la céle­bre feria de Nizhny Nóvgorod; por los bosques impenetrables del Ural; por las estepas ucranianas; por la ucrania­ na &nbsp;Kiev; o viajando por el inmenso Caúcaso.</p>



<p>De este modo, filósofos, diplomáticos, artistas y sobre todo, literatos de fama mundial como Balzac, Gautier, Potocki, Diderot, Voltaire o Dumas padre, entre otros muchos, nos dejaron entre los siglos XVIII &nbsp;y XIX observaciones impagables sobre la política, el arte o las costumbres rusas; algunas, como los famosos baños comunitarios o el papel de las &nbsp;mujeres en los albergues, muy subidas de tono tan al &nbsp;gusto de la &nbsp;época romántica.</p>



<p>Por &nbsp;otro lado, y en cierta reciprocidad cuando terminaba su periplo francés, el viaje a España no&nbsp; quedaba sólo reservado para los rusos amantes de lo exótico, para aquellos que deseaban conocer un &nbsp;país cercano a África y que cerraba, o casi, la Europa del romanticismo. Muchos militares, especialmente marinos, no tuvieron más remedio que acercarse por estas tierras obedeciendo las &nbsp;órdenes de los gobiernos despóticos zaristas. También, y no menos importante, un pre­texto para visitar nuestro país lo constituía la oportunidad que se brindaba a los múltiples amantes del ideal cervantino/quijotesco como metáfora de la lucha por los ideales sublimes.</p>



<p>Por otro lado, otro motivo de su visita lo constituía el recuerdo de un &nbsp;pasado español glorioso al que siguió una rápida y pronunciada decadencia. Al menos para los históricos seguidores de aquella antaño poderosa España en &nbsp;cuyos do­minios nunca se ponía el sol, a pesar de la leyenda negra o como consecuencia de ella, ya que los regímenes despóticos que solieron gobernar ambos países a lo largo de la historia hacía que los rusos sintiesen una cierta inclinación por nuestra nación tan diferente y tan &nbsp;semejante en tantas cosas.</p>



<p>Otros muchos, más &nbsp;de lo que en un principio la lejanía entre ambos países hu­biera hecho pensar, vinieron a conocer de cerca «las &nbsp;cosas de España» y aprender nuestro idioma siguiendo la estela común comenzada en el siglo XVIII, cuando ambos países intentaban salir del atraso secular en el que habían vivido y entrar en la modernidad del llamado Siglo de las Luces de la mano de dos monarcas rodeados de ministros reformistas: Felipe V, en España y Pedro I, en Rusia.</p>



<p>Pero, en este aspecto y al contrario de lo que pasó con visitantes foráneos de otros países europeos como Francia o Inglaterra, los importantes escritores rusos nunca se dejaron ver por estas nuestras tierras meridionales aunque, eso sí, bastantes se refirieron a ellas en sus<em>&nbsp;</em>obras. Nombres fundamentales en &nbsp;la historia de la literatura rusa a caballo entre el siglo XIX y el XX, como Pushkin, Mogol, Tolstoi, Dostoievski , Turgueneiev o Chéjov, jamás estuvieron por &nbsp;España, y bien que lo lamentamos porque por esa &nbsp;razón ahora no disponemos de un testimonio escrito de su paso por aquí.</p>



<p>Aunque algunos autores rusos, como Dostoievski o Pushkin, sí citaron a &nbsp;España o tomaron temas relacionados directamente con nuestro país en alguna de sus obras. Un ejemplo sencillo lo tenemos en &nbsp;una frase que coloca Dostoievski en boca de uno de los personajes de su cuento <em>Socineniâ,</em><em>&nbsp;</em>traducido al francés como&nbsp;<em>Le Rêve de l&#8217;oncle (El sueño del tío),</em><em>&nbsp;</em>Moscú, 1956:&nbsp;<em>«España&#8230;&nbsp;&nbsp;</em><em>con </em><em>la soberbia Alh</em><em>ambra</em><em>,</em>&nbsp;<em>sus</em><em>&nbsp;</em><em>mulos</em><em>, </em><em>los</em><em>&nbsp;</em><em>españ</em><em>o</em><em>l</em><em>es&#8230; donde se</em><em>&nbsp;hunde </em><em>el Gu</em><em>adalquivir; </em><em>y&nbsp;</em><em>no n</em><em>u</em><em>estro </em><em>maldi</em><em>to </em><em>río de nombre indecente&#8230;</em><em>&nbsp;</em>» Frase irreal donde queda meridianamente claro que don Fíodor tan sólo conoce España por referencias lejanas ya que el Guadalquivir, ¡ay!, queda bien lejos de Granada. Ésta puede ser, también, una muestra evidente del recurso de citar lugares comunes e ideas tan vagas como ilógicas sobre un país lejano y exótico del que sabían bien poco incluso literatos de la talla de Dostoievski. La &nbsp;profesora Irina Gouzévitch señala a este respecto que la imagen de España en múltiples ocasiones quedaba reducida a la comparación con Andalucía, lugar inevitable de paso, e incluso de culto, para los &nbsp;rusos que se atrevían a viajar por &nbsp;aquí.</p>



<p>Lamentablemente para el &nbsp;conocimiento de lo que vivieron y sintieron en este país, &nbsp;el ejemplo de los grandes autores rusos que nunca pasearon por la piel de toro puede extenderse a multitud de profesionales y científicos que sí viajaron por estas tierras pero que no dejaron testimonio escrito de su paso por aquí. Por esta razón estableceremos una relación metodológica diferente para la multitud de rusos que pasaron algún momento de su &nbsp;vida en la España decimonónica pero sin publicar relación alguna de sus viajes y todos aquellos que sí nos deja­ron un testimonio escrito de su paso por los lugares que visitaron, casi siempre Madrid, Toledo y Andalucía.</p>



<p>Todos ellos, los que dejaron obra escrita y los que no lo hicieron, fueron viajeros preocupados por España, país al que, en muchos casos, admiraron y que, en la mayoría de ellos dejó una huella difícil de borrar. Fueron&nbsp; unos personajes que nos &nbsp;legaron, algunos, auténticas <strong>joyas literarias</strong> sobre nuestro modo de vivir y pensar. El complemento de estos testimonios son las fotografías depositadas en el <a href="http://www.ras.ru/"><strong>Institu­to Cultural de la Academia de Ciencias de Rusia</strong></a> en San Petersburgo, que permiten aportar un &nbsp;testimonio muy difícil de encontrar en los múltiples relatos de viajeros de todas las nacionalidades que visitaron España durante el siglo &nbsp;XIX, acostumbrados, algunos de ellos, a dejarnos interesantes ilustraciones sobre lo que veían y describían pero siempre mediatizado por el subjetivismo del autor. En este caso, las &nbsp;fotografías recogidas de aquella época son un testimonio veraz e inequívoco de cómo era &nbsp;la España descrita por estos visitantes foráneos.</p>



<p>&nbsp;<strong>LOS VIAJEROS QUE NO DEJARON TESTIMONIO</strong></p>



<p>Uno de los &nbsp;músicos más importantes del &nbsp;Romanticismo fue sin duda Sergei Prokófiev (Sontsovka, 1981-Moscú, 1953) , que vivió fuera de Rusia entre 1918 y 1933. En 1923 conoció en Nueva York a la soprano de origen es­pañol Carolina Codina (Madrid, 1989-Londres, 1989) con quien se casó. Conocida por el nombre artístico de Lina Lluvera, fue inspiradora del personaje principal de su célebre ballet&nbsp;<em>L</em><em>a Cenicienta. </em>En &nbsp;1935, Prokófiev estrenó en &nbsp;Madrid su Concierto para &nbsp;violín &nbsp;nº2 en sol menor Opus 63, con &nbsp;el violinista francés Robert Soëtans y la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por En­rique Fernández Arbós. Si el estreno de su obra resultó un éxito, no ocurrió lo mismo con su matrimonio con &nbsp;Li­na Lluvera ya que, al &nbsp;poco de regresar a la Rusia de Stalin, que en 1953 condecoró al compositor con su Gran Orden, Prokófiev <em>se </em>enamoró de una joven &nbsp;y se divorció de Lina. &nbsp;En 1948, la ciudadana Lina &nbsp;lvánovna Prokófie­va fue arrestada por la policía política y, acusada de espionaje, condenada a veinte años de trabajos forzados en Si­beria. En 1956, tres años &nbsp;después de la muerte del compositor, fue &nbsp;redimida por las amnistías postestalinistas.</p>



<p>Otro músico ruso que también viajó &nbsp;a &nbsp;España fue <strong>Nicolás Rimskii-Kórsakov</strong> (Tijvin 1844- Liubensk 1908), el célebre compositor de <em>El capricho español </em>(1887). Marino de profesión, estuvo en España &nbsp;cuando, al terminar sus estudios en la Escuela Naval Imperial de Cadetes, realizó un viaje marítimo entre ma­res que iba a durar tres años, &nbsp;de mayo de 1862 a mayo de 1865, viajando como guardamarina. Desgraciadamente, en su libro autobiográfico <em>Mi vida musical, </em>Nicolás no menciona su estancia española, ya que este viaje le supuso un tre­mendo contratiempo para el desarrollo de su carrera musical.</p>



<p>También estuvo en España, al menos una vez, &nbsp;en mayo de 1921, el célebre compositor <strong>lgor Stravinski</strong> (Oraniembau, 1882-Nueva lillork 1971), que dirigió su ballet <em>Petruskka </em>(1921) en el Teatro Real madrileño. Durante su &nbsp;estancia en la capital de España coincidió con Manuel de Falla y es muy probable que de esa amistad naciera el encargo de los Ballets Rusos de Sergéi Diágilev, con el que colaboraba estrechamente Stravinski, para que Falla compusiera el ballet&nbsp;<em>El sombrero de tres picos, </em>basada en la obra &nbsp;de Alarcón. La música &nbsp;lírica también llevó a España al tenor <strong>Nikolai Nikolaevich Figner</strong> (1857-1818), y a <strong>Mijáillvánovích Glinka</strong> (Novospásskoe, 1804-Berlín, 1857), que destacó especialmente pues, aunque no dejó ningún libro sobre los dos años que estuvo en España, sí que dejó mucha correspondencia con amigos y compañeros de profesión. Así conocemos sus impresiones sobre Málaga, Granada, Sevilla o Madrid.</p>



<p>Aunque no dejara constancia escrita en forma personal de su viaje por España, sí conocemos la estancia en nuestro país del arquitecto <strong>Kart Avgust Andréevích Beíne</strong> (1815-1858), que es &nbsp;citado por el compositor Glínka en sus Memorias ya que ambos se encontraron cuando visitaban la Alhambra y más tarde en Madrid. No &nbsp;fue el único arquitecto ruso que pasó por &nbsp;España para estudiar su arquitectura, muy especialmente la musulmana: también lo hicieron <strong>Aleksandr lvánovích Rezánov</strong> (San Petersburgo, 1817-1877), que permanecería en &nbsp;Granada y Córdoba un &nbsp;año, o <strong>Pável Károlovích Notbek</strong> (San Petersburgo, 1824-1877 ) que también dirigió sus pasos a Granada y se integró plenamente en la vida de la ciudad, llegando a formar parte activa de la llamada <em>Cuerda G</em><em>ranadina,&nbsp;</em>especie de tertulia literario-gastronómica integrada por jóvenes escritores, entre ellos Pedro Antonio de Alarcón.</p>



<p>Hubo otros artistas rusos que de una manera más o menos directa estuvieron relacionados con la <em>Cuerda granadina.  </em>Uno de ellos fue <strong>Evgraf Semíónovích Sorokín</strong> (Kostromá 1821-Moscú 1892 ), quien, como el arquitecto Notbek, for­maría parte de la tertulia durante su estancia granadina. En los  cuadros que plasman las esencias populares españolas que vivieron directamente, se evidencia la influencia que sufrieron de Murillo. Estas pinturas se encuentran actualmente, según Fernández Sánchez, en la Galería Tretiakov de Moscú.</p>



<p>Un &nbsp;célebre artista ruso que también participó en las &nbsp;tertulias de la <em>Cuerda Granadina&nbsp;</em>fue &nbsp;<strong>Grigórii Kárpovích Mijáilov</strong> (1814-1867), cuyos cuadros se guardan también en la ga­lería moscovita Tretiakov. hubo otros muchos arquitectos, pintores, músicos que viajaron por nuestro país y se empaparon de su espíritu y de su arte.&nbsp; Algunos, como <strong>A. Morózov</strong>, un &nbsp;rico fabricante textil de Moscú que quedó fascinado por el arte hispánico, no dudaron en encargar edificios inspirados en España a su regreso a Moscú. Morózov levantó un &nbsp;<a href="http://octava-maravilla.com/Moscu/images/EspecialesM/Sliders/2a/1.jpg">edificio de estilo gótico-mudéjar</a> en la calle Vozdvízhenka que pronto fue conocido como el <em>castillo español </em>y en él guardaba una colección completa de pintura en &nbsp;la que figuraban varías cuadros de Pablo Picasso, del que el fabricante era un ferviente admira­dor.</p>



<p>Aunque no dejó obra escrita sobre España, al menos que sepamos, otro ruso que se interesó vivamente por los asuntos de este país fue <strong>Aleksandr Ivánovich Turguénev</strong> (1784-1845). Este &nbsp;funcionario e importante terrateniente al mismo tiempo que librepensador, se interesó desde joven por la historia y la literatura &nbsp;españolas y se convertiría en un excelente amigo de Juan Van Halen, con el que seguiría muy de cerca la evolución política de ambos países. En reconocimiento a su interés por España &nbsp;fue nombrado miembro de la Academia de la Historia.</p>



<p>Según Fernández Sánchez, el 14 de julio de 1930, al mismo tiempo que lo hacía su amigo Próspero&nbsp; Mérimée, &nbsp;Turguénev &nbsp;entraba, por fin, en territorio &nbsp;español. Se trataba &nbsp;de la culminación de un largo sueño. Pero, ¡ay!, bien pronto el sublime acto de amor se derrumbó por completo y se convirtió en una penosa decepción. Al día siguiente, el viajero ruso regresó con alivio a territorio francés, lo que nos privó de una interesante descripción sobre nuestro país ya que apenas estuvo por aquí veinticuatro horas.</p>



<p>El príncipe &nbsp;<strong>Konstantin &nbsp;Nikoláevich Romanov</strong> (1827-1892), hijo segundo del zar Nicolás I, desempeñó los cargos de virrey de Polonia, comandante en jefe de la flota y ministro de Marina bajo el mandato de su hermano Alejandro II, quien también le encargó que presidiera muchas instituciones rusas, entre ellas el Consejo de Ministros y el Consejo de Estado. Konstantin fue, además, el principal impulsor de que Rusia vendiera a Estados Unidos en 1867 el territorio de Alaska, ya que su posesión suponía una enorme carga para el imperio.</p>



<p>Anteriormente, y como comandante de la fragata <em>Ulises, </em>visitó el sur del Mediterráneo. Llegado a España, &nbsp;se apresuró a visitar Granada, donde se hospedaría, cómo no, en el hotel <em>Washington Irving</em>. &nbsp;Según Fernández Sánchez, un tal Ortiz, dueño del hotel, treinta años más tarde narraba a quien quisiera escucharle que él mismo había sido recadero del gran príncipe&nbsp; ruso. De su trayecto por España, Konstantin llevó a San Petersburgo unas decenas de fotografías sobre este país que hoy en día se conservan en la Academia de Ciencias de Rusia.</p>



<p>La figura emergente de Konstantin &nbsp;Románov, gran &nbsp;reformador de la armada imperial rusa, se hundió con el asesinato del zar Alejandro II ya que el nuevo monarca Alejandro III, &nbsp;nada predispuesto a las reformas liberales, alejó de la corte a su tío y le privó de todos los privilegios que comportaba su posición. Poco tiempo después, Konstantin sería víctima de un derrame cerebral que le llevaría a quedar completamente paralítico, falleciendo años más tarde.</p>



<p><strong>VIAJERO</strong><strong>S QUE SÍ PUBLICARON SUS&nbsp;</strong><strong>IMPRESIONES</strong></p>



<p>Como Francia representaba en el siglo XIX el modelo europeo a seguir por los visitantes rusos a nuestro país, lo habitual era que desembarcaran en la frontera de Irún tras haber recorrido toda Europa y pasar unas agradables semanas en el país galo. Desde la frontera vasca, tal y como hicieron muchos otros viajeros que pisaron la piel de toro, enfilaban la ruta burgalesa hacia la capital de España, incluyendo habitualmente visitas a Segovia, El Escorial y Aranjuez, lugares de recreo de la corte española. Unas semanas de estancia madrileña, &nbsp;con visita incluida al museo del Prado, alguna jornada en Toledo y presentación de sus cartas o credenciales a los personajes poderosos que les habían recomendado desde su nación, introducía a los viajeros rusos decimonónicos &nbsp;en los ambientes de la Corte española.</p>



<p>Recorrer &nbsp;La Mancha y visitar Levante, especialmente si ya se había construido el ferrocarril Madrid-Alicante era una de las opciones, aunque no la preferida. Lo más habitual era marcar la ruta de Despeñaperros por Sierra Morena e introducirse en Andalucía hacia Córdoba. Desde allí, Sevilla y Granada se convertían en los objetivos más importantes, especialmente desde que en 1828 y 1829 los diplomáticos rusos, el barón Stoffregen, primer secretario de a legación rusa en Madrid, y el príncipe poeta y agregado en &nbsp;la embajada rusa Dolgorúkov (Dolgoruki le llama Washington Irving), acompañaran al escritor y futuro embajador norteamericano en España, tanto en su viaje &nbsp;por Andalucía como en su estancia durante meses en el palacio musulmán granadino, fruto de la cual quedaron sus famosos <em>Cuentos de </em><em>la Alambra,&nbsp;</em>escritos en 1829 y publicados tres años más tarde.</p>



<p>El barón Stoffregen, quien no siempre disfrutara del viaje por Andalucía tanto como lo hiciera el propio Irving, acompañó al periodista y diplomático nor­teamericano en su &nbsp;viaje de 1828 por Granada y gran parte de Andalucía. El príncipe compartió el viaje con&nbsp; Irving en &nbsp;1829, de Sevilla &nbsp;a Granada, y <em>se </em>alojó también en el palacio rojo. De estos viajes nos dejó testimonio el propio Washington Irving que, ya antes de ponerse en marcha sospechaba las dificultades que se iban a encontrar por los caminos de aquella época. <em>«C</em><em>reíamos </em><em>que éste&nbsp;</em><em>era </em><em>el modo mejor </em><em>de viajar</em><em>&nbsp;por España</em><em>.</em> <em>En </em><em>semej</em><em>ante </em><em>disposició</em><em>n</em> <em>de ánimo del viajero </em><em>y </em><em>ante </em><em>tal determinación,&nbsp;¡qué&nbsp;gra</em><em>n </em><em>país es </em><em>éste&nbsp;</em><em>donde </em><em>la posada más po­</em><em>bre&nbsp;</em><em>y </em><em>mís</em><em>era apa</em><em>rece </em><em>ta</em><em>n </em><em>llena de aventuras </em><em>co</em><em>mo </em><em>un castillo </em><em>encantado </em><em>y </em><em>cada&nbsp;</em><em>comida qu</em><em>e </em><em>esa posada </em><em>os brinda </em><em>es </em><em>una </em><em>hazaña»</em><em>.</em></p>



<p>El ideal cervantino y, especialmente, la convicción &nbsp;patriótica de que España y Rusia eran los dos únicos países que habían podido derrotar a las tropas napo­leónicas, fueron los estímulos que animaron a muchos viajeros rusos a dirigirse a estos lugares y, ya en España, a continuar un trayecto que solía desarrollarse en penosas condiciones. A la inexistencia de caminos en la primera mitad del siglo XIX, se unían las penosas ventas y posadas o los calamitosos carromatos que viajaban de una ciudad a otra antes de que el ferrocarril se instalara tardíamente por el territorio hispano. No ayudaba tampoco nada el fuerte calor que los viajeros rusos se encontraban al pisar Andalucía, lugar donde, además, corrían serios peligros, o al menos así lo esperaban algunos y algunas, debido al bandidaje que pululaba por campiñas y serranías.</p>



<p>El primer autor ruso que dejó un libro sobre su visita a España en el siglo XIX, al menos así lo afirma el profesor Lopatnikov, fue el eminente &nbsp;escritor y periodista <strong>Fadéi Bulgarin</strong> en su obra <em>Recuerdos de España, </em>escrita poco tiempo después de la guerra contra Napoleón. Es el único libro ruso sobre España publicado en la primera mitad del siglo XIX que se ha conservado hasta nuestros días.</p>



<p>Otros viajeros rusos que dejaron testimonios en forma de diarios de viaje fueron los marinos, como <strong>Kruzenstern</strong> (1770-1846), que permaneció durante unos días en Santa Cruz de Tenerife, o el teniente &nbsp;<strong>Vladimir P. Románov</strong> que llegó a Cádiz el 21 de febrero de 1818 a bordo de uno de los tristemente famosos barcos que Fernando VII compró a Rusia. También marino fue <strong>Nikolái Aleksándrovicht Bestúzhev</strong> (1791-1855) que vino a nuestro país varias veces por motivos profesionales y muchos otros militares que permanecieron días, semanas y a veces meses y así dejaron sus impresiones, en libros que rara vez han sido traducidos del ruso.</p>



<p>Una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo fue la que escribió<strong> Vasilii Petróvich Botkin</strong> (1811-1869), miembro de la burguesía comercial, crítico de arte y viajero impenitente. Su obra <em>Cartas sobre España </em>aparecida en el San Petersburgo en 1857 fue publicándose &nbsp;originariamente en revistas en forma de diversos artículos. En 1979 se publicaría en ruso una edición de toda la obra. En su recorrido &nbsp;español, Bokin pasó por Irún, &nbsp;Vitoria, Burgos, Madrid, &nbsp;Córdoba, &nbsp;Sevilla, Cádiz, Jerez, Tarifa, Málaga, Alhama, Vélez-Málaga y Granada. &nbsp;Lo que más admira de nuestro país es <em>“el hombre del pueblo, con su extraordinario sentido común, su claridad de ideas, la soltura y libertad con que se expresa”</em>. Para los rusos de su tiempo fue una visión amable y positiva de un país poco conocido y excesivamente lejano, aunque tampoco faltarían las comparaciones con otras obras sobre España.</p>



<p>Otro &nbsp;de los viajes rusos por España &nbsp;lo relató el comerciante&nbsp;<strong>Anátolii Nikokáevich Demídov</strong> (1813-1870), &nbsp;descendiente de una de las familias más influyentes del imperio ruso, que sirvió brevemente como diplomático en París, donde comenzó su afición por la pintura romántica y flamen­ca, de la que fue &nbsp;un gran coleccionista. El viaje que Anatólii efectuó por nues­tro país en 1847 duró cuatro meses, tiempo en &nbsp;el que recorrió gran parte del litoral mediterráneo, ya que el autor y sus acompañantes, entre ellos el pintor Raffet, que ya había colaborado anteriormente con Anátolii, viajaron en barco y &nbsp;realizaban desplazamientos hacia el interior desde los puertos en que atra­caba: Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena, Almería, &nbsp;Málaga, Granada, Ronda, Gibraltar, Tánger, Cádiz y Sevilla fueron las ciudades más importantes que conoció Demídoffy de las que dejó constancia en su relato de viajes &nbsp;pu­blicado en &nbsp;francés en &nbsp;1847.</p>



<p>También visitaron España y dejaron relatos el geólogo y geógrafo <strong>Piotr Alek­sádrovich Chijachov</strong>, que prestó especial atención a &nbsp;la flora, fauna y accidentes geográficos, o el aristócrata<strong> Sergéi Aleksándrovich Sobolevskii</strong>&nbsp;(1803-1879), que tras ser asesorado por su amigo Próspero Merimée, hizo turismo por nuestro país. &nbsp;Sus &nbsp;objetivos eran, según declara: <em>«calentarse al sol de España, escuchar&nbsp;</em><em>sus &nbsp;canciones, presenciar sus danzas, encontrarme con algún bandido que &nbsp;sea muy &nbsp;pintoresco pero que no resultara muy fiero».</em></p>



<p>Hay muchos más viajeros rusos que viajaron por nuestro país, como bien detalla el estudioso del tema José &nbsp;Fernández Sánchez en su libro <em>Viajeros rusos por la Espafía del siglo XIX.</em>&nbsp;Para &nbsp;concluir, destacar tres personajes singulares: el príncipe <strong>Aleksandr Vasílevich Meshchérskii</strong> (1810-1867), alto funcionario del &nbsp;Ministe­rio de Finanzas y poeta, que llegó con su esposa &nbsp;y una comitiva de seis personas, entre ellas un &nbsp;pintor [Friedrich Eibner], con objeto de tomar las principales vistas de nuestro país, así como los grandes monumentos arquitectónicos. Visitó &nbsp;Barcelona, Montserrat, Madrid y por &nbsp;último, pasó el invierno en Sevilla. Como fruto de su viaje editó en Moscú en 1867 un hermoso álbum de litograffas &nbsp;en color de paisajes y ciudades típicos de España:&nbsp;<em> España: álbum del &nbsp;príncipe&nbsp;</em><em>A.</em><em>V &nbsp;Meshchérskii.</em></p>



<p>El segundo personaje a destacar es una &nbsp;mujer, Mana Bashkírteva (1858-1884), una pintora descendiente de la aristocracia rusa, establecida en París. Sus &nbsp;recuerdos peninsulares quedaron reflejados en &nbsp;su obra <em>Diario de Maria Bashkirtseff, </em>editada en 1887, tras la muerte de la pintora. Esta &nbsp;publicación repre­sentaba su apuesta personal en una lucha por el reconocimiento del papel de la mujer en &nbsp;el mundo del arte y en contra de un sistema que no &nbsp;lo aceptaba. En sus anotaciones hispanas habla de los toros como de un <em>«espectáculo horrible e innoble» </em>aunque se va reconciliando posteriormente con &nbsp;el espectáculo. &nbsp;Los fondos pictóricos del museo del Prado le parecen excelentes y llega a decir <em>«el Louvre</em><em>&nbsp;empalidece a su lado». </em>También aparecen los tópicos sobre la mujer española y se muestra receptiva a los piropos que solían lanzarle los españoles:&nbsp;<em>«Me </em><em>miran, </em><em>se detienen y yo renazco».</em></p>



<p>Por &nbsp;último, hay que mencionar inevitablemente al revolucionario <strong>León Trotski</strong> y a su estancia en &nbsp;nuestro país, &nbsp;tras su expulsión de París en 1916. Sus &nbsp;recuer­dos e impresiones sobre España se encuentran en dos de sus muchas obras: <em>Mi vida &nbsp;</em>y<em> Trotski en España, </em>dedicada exclusivamente a narrar su <em>«visita obligada a nuestro país». </em>Visitará San Sebastíán, Madrid y Cádiz, donde permanece duran­te&nbsp; algunas semanas hasta que parte para Nueva York. &nbsp;Durante el tiempo de su estancia española, el revolucionaría ruso tomó nota de todo aquello que le lla­maba la atención, aunque, como él mismo señala de manera honesta, sus impre­siones sobre España no deben entenderse como una tesis excelente, ni siquiera como un &nbsp;reposado diario perfectamente estructurado. <em>«Mis &nbsp;conocimientos de la lengua española quedaron en un grado muy rudimentario: el Gobierno español no me dejó perfeccionarme en el idioma de Cervantes. Esta sola circunstancia basta para explicar el carácter,&nbsp; harto superficial y ligero, &nbsp;de mis &nbsp;observaciones. Sería inútil buscar en este libro cuadros más o menos amplios de las costumbres o de la vida política y cultural de España.&nbsp; No viví en España como investigador u observador, ni &nbsp;siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de &nbsp;Francia &nbsp;y residí en él&nbsp;</em><em>como detenido en &nbsp;Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. Estas circunstancias restringieron el radio de mis observaciones, al mismo tiempo que condicionaban de antemano mi modo de afrontar los aspectos de la vida española con los cuales me puse en contacto. Sin un buen adobo de ironía, la serie de mis aventuras en &nbsp;España se­ría, incluso para mí, un manjar completamente indigestible».</em></p>



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		<title>Desde Pasajes a Gijón: dos  viajeros ingleses por  la cornisa cantábrica</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/desde-pasajes-gijon-recorrido-dos-viajeros-ingleses-la-cornisa-cantabrica/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 27 Jun 2017 12:40:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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<h6 class="wp-block-heading">Como muchos de sus compatriotas &nbsp;del siglo XIX, &nbsp;dos escritores ingleses&nbsp;decidieron viajar a la “exótica &nbsp;España”. Pero ellos no eligieron el romántico &nbsp;Sur sino el Norte, con sus ciudades de hierro &nbsp;y carbón, &nbsp;bosques tupidos, &nbsp;largas playas y montañas majestuosas que quizás guardaban un tesoro de valiosos minerales. La aventura estaba servida.</h6>



<p>&nbsp;</p>



<h3 class="wp-block-heading">Por Ángeles Aledo</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-40/">Boletín 40</a>, año 2011.</p>



<p>En 1883 los ingleses, <strong>Mars Ross</strong> y <strong>H. Stonehewer-Cooper</strong>, emprendieron un viaje por la cornisa del Cantábrico, desde el puerto de Pasajes hasta Gijón. El norte &nbsp;de España no había provocado demasiado la atención de los viajeros europeos, &nbsp;generalmente fascinados por el exotismo del Sur, con sus paisajes de sol, mujeres morenas y bandoleros &nbsp;por las serranías. Pero Ross y Stonehewer-Cooper &nbsp;se decantaron por el norte de la península &nbsp;y, dos años después &nbsp;de su periplo, &nbsp;contaron sus peripecias en un libro que titularon <em>The Highlands of Cantabria</em>. La editorial Kattigara &nbsp;lo ha publicado recientemente en español con el título de <em><a href="https://www.amazon.es/tierras-altas-Cant%C3%A1brico-highlands-Cantabria/dp/8493990337">Las tierras altas del Cantábrico</a>.</em></p>



<p>Una de las razones por la que los dos ingleses se decidieron por esa zona de nuestro país puede estar en el subtítulo &nbsp;de la obra original: <em>Three Days from England </em>(A tres días de Inglaterra) y, efectivamente, &nbsp;los autores insisten repe- tidamente en lo fácil que resulta trasladarse desde Gran Bretaña a ese norte español y no dejan de animar a sus posibles lectores a que emprendan un viaje que a ellos les resultó fascinante y cargado de emociones.</p>



<p>Nuestros dos protagonistas iniciaron su &nbsp;desembarcando en el puerto de <strong>Pasajes</strong>, tras los mencionados tres días de viaje. Helos aquí ante lo que describen como el puerto más bello de Hispania, dispuestos a observar y contar. ¿Con mente abierta y sin prejuicios? Seguramente, pero no hay que olvidar la época histórica en que vivieron, finales del XIX, con una España empobrecida, cerrada en sí misma, aferrada a los últimos restos de su imperio, mientras que el británico estaba en su apogeo. Los autores se dejan llevar en más de una ocasión por un chovinismo nada disimulado que se alimenta de constantes comparaciones entre las deficiencias españolas y las excelencias británicas.</p>



<p><strong>Desd</strong><strong>e</strong>&nbsp;S<strong>anturc</strong><strong>e </strong><strong>a Bilbao</strong></p>



<p>Tras el desembarco en Pasajes los viajeros se dirigen a <strong>San Sebastián</strong> que merece su aprobación, &nbsp;calificándola como el “Brighton español”. Consideran &nbsp;la ciudad un lugar estiloso para el baño, con espléndidos hoteles , cafés, teatros…</p>



<p>Y de allí a Bilbao y su río Nervión del que parecen saberlo todo porque su potencia comercial, como punto de partida hacia Inglaterra del mineral que producen las cumbres que lo rodean, &nbsp;suponía en aquellos momentos &nbsp;una importante fuente de riqueza para los complejos metalúrgicos del sur de Gales y norte de Inglaterra.</p>



<p>Aquí hay que hacer un inciso para mencionar una curiosa peculiaridad &nbsp;del relato de Ross y Stonehewer-Cooper. Se trata del detallado interés con el que describen minas, vetas de minerales, transporte de carbón y hierro… Y los datos, más que abundantes, sobre estadísticas de producción de minerales y perspectivas de posibles negocios para sus lectores ingleses.</p>



<p>Como escribe en su prólogo el excelente traductor del libro, Carlos Ealo López, da la impresión de que los dos viajeros no buscaban sólo bellezas paisajísticas y costumbres más o menos exóticas, sino que también &nbsp;les interesaba comprobar la posible existencia de yacimientos minerales &nbsp;ignorados y minas por explotar. No parece que tuvieran éxito con esta empresa (la desconfianza de los lugareños puso freno a sus intentos), &nbsp;pero su interés por el negocio metalúrgico &nbsp;es evidente a lo largo de las páginas del libro.</p>



<p>Ese interés científico o comercial, no está muy claro, les lleva a una descripción minuciosa de los problemas de navegación del río Nervión y una historia de los intentos, &nbsp;iniciados allá por el 1500, &nbsp;de superar el obstáculo de la barra de Bilbao situada en la desembocadura del río: una barrera de arena de más de cuatrocientos metros de longitud cuya forma dependía de los movimientos del mar. En la época de su visita, se estaban realizando grandes obras para encauzar el río desde el puente de Bilbao hasta el malecón de Las Arenas y ellos lo reflejan con satisfacción.</p>



<p>Dejando a un lado los problemas estructurales del Nervión, los autores vuelven la mirada a las gentes que viven en sus orillas y nos hablan de las alegres vendedoras que charlan en el mercado, de Algorta y su barrio de Las Arenas (según ellos el “Brighton de Bilbao”, ya que parece que les es imposible encontrar otro lugar mejor de comparación). Su playa les parece digna “del pincel de Mr. Sang de París” y les gustan las villas de aspecto agradable y las filas de “máquinas” para el baño, seguramente las casetas tiradas por caballos en las que los bañistas llegaban hasta el borde del agua.</p>



<p>Toman el tranvía desde Santurce a Bilbao que sigue el curso del Nervión, pero el paseo sólo les llama la atención por la contemplación de los depósitos de mineral, la gente que estiba el carbón y los bomberos alemanes e ingleses encargados de la seguridad. Tras atravesar el río&nbsp;en barca en compañía de numerosas vendedoras del mercado cargadas con cestas, toman otro tranvía, esta vez el de Algorta–Bilbao, tirado por tres mulas, que les parece muy diferente a los ingleses ya que no tiene plazas en el exterior del vehículo para los viajeros, aunque sí se puede fumar en el interior “por supuesto”, y donde &nbsp;se oye hablar casi tanto en inglés como en español gracias a la masiva presencia de la flota mercantil británica.</p>



<p>La llegada a <strong>Bilbao</strong>, puerto de barcos carboneros, está marcada por las chimeneas de las enormes ferrerías, entre ellas las de los Srs. Ybarra “que iluminan las oscuras noches del Nervión”.</p>



<p>Frente a estos símbolos de la civilización y del aire contaminado, &nbsp;como ellos los califican, contrasta la visita al recoleto cementerio inglés donde reposan los marineros que perdieron la vida intentando atravesar la peligrosa barra ya mencionada o acodados en otras barras donde, según los autores, “se sirve puro veneno disfrazado de bebida estimulante”.</p>



<p>Tras un repaso a los avatares de Bilbao durante &nbsp;las guerras carlistas, se dedican a observar a sus habitantes. &nbsp;El “Café suizo” es el centro de los intercambios &nbsp;comerciales de la ciudad y allí comprueban que los españoles son “gente callada, reticente y reservada, mientras tanto, los ingleses estaban riéndose, dando voces y pasando un buen rato”.</p>



<p>También les admira la limpieza en el norte de España: las casas muestran un interior &nbsp;inmaculado &nbsp;y, según ellos, la expresión “bazofia española” no debería ser aplicada a la cornisa cantábrica. La laboriosidad de las gentes, especialmente madrugadoras, &nbsp;la &nbsp;buena comida a precios razonables, el excelente club inglés de la calle del Correo y la labor de los serenos son objeto de su atención. &nbsp;Por cierto, también &nbsp;se lamentan sentidamente de que la mantilla como adorno femenino esté siendo desplazada por los sombreros de París y “aunque las facciones [de las damas de Bilbao] no sean tan bellas como las de nuestras &nbsp;hermosas compatriotas &nbsp;(las cuales ocupan el primer &nbsp;lugar en cuanto a belleza en todo el mundo &nbsp;a los ojos de cualquier individuo con sentido común)” la forma de mo verse y el estilo en el vestir de las españolas sí les parece digno de estudio.</p>



<p>Consideran &nbsp;al vascuence una lengua tan “fácil” que “el diablo estuvo siete años en Vizcaya y sólo consiguió aprender tres palabras”. &nbsp;Bromas aparte, los autores dedican especial atención a los fueros vascos y al amor a las tradiciones que hace que los vascos piensen que “lo que fue bueno para sus abuelos lo es también para ellos”.</p>



<p>Hay otras observaciones, &nbsp;digamos más exóticas, de los autores &nbsp;ingleses. Por ejemplo, según ellos, los vascos no conocen el cuchillo para las peleas. Su arma de defensa y ataque es una pala nudosa de roble, “de la que han derivado sus principales entretenimientos de los domingos y fiestas de guardar”. &nbsp;Al parecer, el tenis y los bolos.</p>



<p><strong>La</strong> <strong>ru</strong><strong>t</strong><strong>a de las Bellas Bahías</strong></p>



<p>Por una buena carretera &nbsp;y con tiempo cálido y claro, Ross y Stonehewer-Cooper inician el camino hacia lo que hoy es Cantabria.</p>



<p>Los pueblos que atraviesan no les parecen &nbsp;especialmente interesantes pero sí les sorprenden las limpias paredes de las casas sin inscripciones ni anuncios. La razón era la existencia de un impuesto que gravaba cualquier cartel por lo que, para hacerse &nbsp;notar, las fondas, por ejemplo, lucían una hermosa parra ante la puerta a modo de enseña.</p>



<p>Su minucioso relato, pensado como guía para futuros viajeros, incluye nombres de fondas y casas de comida recomendables pero también observaciones prácticas como que los estancos españoles venden un tabaco de pésima calidad y cajas de cerillas que se deshacen al tocarlas. Menos mal que, previsores, ellos llevaban una buena cantidad de tabaco Richmond Gem, para salvar la situación…</p>



<p>El pueblo de <strong>Ontón</strong> con su bahía les parece “uno de los lugares más bellos de todos los lugares bellos de la costa”. Desde &nbsp;aquella pequeña joya poblada de casas blancas, la carretera llega hasta <strong>Castro Urdiales</strong> y su no menos exquisita bahía.</p>



<p>La ciudad les ofrece casas con señoriales escudos, un castillo en ruinas y la iglesia que les parece muy mal restaurada &nbsp;“decorada con horribles contrafuertes que no pegan con el resto del edificio”.</p>



<p>Ross y Stonehewer-Cooper toman una incómoda diligencia para llegar a Santoña, que pudo haber sido “el Gibraltar &nbsp;del norte”, si se hubiera &nbsp;cumplido el deseo de Napoleón, quien se reservó para sí la ciudad cuando entregó el resto del país a su hermano José.</p>



<p>Santander les parece una ciudad más francesa que española por el estilo de las casas a lo largo del muelle, a pesar de que, según ellos, los santanderinos odian a los franceses… y no fueron agradecidos con los ingleses.</p>



<p>Su versión de la historia, en un alarde de mala información -o en un ejercicio de desinformación, que todo puede ser- es que el francés “Soult saqueó cruelmente el lugar en 1808 y en 1834 fue el escenario del desembarco de la valiente legión británica bajo el mando de Sir De Lacy Evans, momento en el que &#8211; debido a la proverbial sospecha que sienten los españoles hacia los extranjeros- recibió muy mal trato”.</p>



<p>Tal como especifica el traductor, &nbsp;Carlos Ealo, Santander &nbsp;nunca sufrió el saqueo de los franceses gracias a que las habilidades &nbsp;diplomáticas de su alcalde los mantuvieron a raya. Y, tras la marcha de los franceses, fue la rápida llegada de las tropas de Campillo lo que evitó que los ingleses entraran en Santander &nbsp;y la expoliaran como harían más tarde con San Sebastián.</p>



<p>El muelle de<strong> Santander</strong>, &nbsp;aunque bello, tenía el problema de que, cuando bajaba la marea, las aguas fecales salían por debajo del muelle y se quedaban en el fango del puerto, &nbsp;produciendo un “veneno atmosférico”. En este caso, dado que el Támesis a su paso por Londres producía parecidos hedores, los viajeros se lamentan de la situación, pero no se sienten autorizados a sacarles los colores a los santanderinos.</p>



<p>Les resulta preferible, &nbsp;pues, detenerse a contemplar el magnífico paisaje, las verdes colinas, y edificios como la catedral gótica con su pila bautismal de mármol. Y las fuentes, las numerosas fuentes que adornan las plazas y a las que acuden las mujeres con los cántaros en la cabeza.</p>



<p>Y para información de futuros viajeros, recomiendan La Magdalena en El Sardinero como el mejor lugar donde bañarse, &nbsp;donde, además, hay un excelente hotel que ofrece pensión completa por 7 chelines con 6 peniques.</p>



<p>Nuestros viajeros abandonan Santander, una ciudad encantadora pero que consideran que no tiene la pujanza del Bilbao que acaban de visitar y donde “parece como si las cosas <em>sólo fueran </em>en Santander &nbsp;o en ninguna otra parte”.</p>



<p><strong>El</strong> <strong>seño</strong><strong>r</strong> <strong>“Much</strong><strong>o </strong><strong>agua”</strong></p>



<p>En tren, un transporte que consideran mal organizado y poco de fiar, se trasladan a Torrelaguna. La ciudad les parece moderna pero no muy atractiva. Lo que les interesa es conocer a unos de sus habitantes, un tal Sr. Tetis, propietario de una de las líneas de transporte hacia Unquera, que según les han dicho habla inglés.</p>



<p>El encuentro resulta un fiasco porque el tal Sr. Tetis sólo sabe decir &nbsp;en inglés “mu- cho agua” y ese será su apodo cada vez que se le vuelva a mencionar en el libro.</p>



<p>Gracias a los buenos oficios del no-angloparlante, &nbsp;pueden elegir asientos en el ómnibus, tirado por cuatro caballos, que les llevará a <strong>Unquera</strong>, &nbsp;parando cada vez que el conductor siente necesidad de echar un trago de ginebra …</p>



<p>El trayecto hasta <strong>Cabezón de la Sal</strong> les recuerda a los viajeros los paisajes de Escocia o Gales, con acogedores pueblecitos, ríos trucheros, maizales y jardines muy bien cuidados. Y las minas de sal de Cabezón les traen a la memoria el nefasto impuesto que gravaba la sal inglesa “para mantener el monopolio de unos pocos propietarios &nbsp;españoles”.</p>



<p>Para llegar a San Vicente de la Barquera &nbsp;tienen &nbsp;que cruzar las altas montañas que dominan la villa y que son la avanzadilla de los Picos de Europa, &nbsp;esas cumbres entonces prácticamente inaccesibles y apenas conocidas, que los diccionarios geográficos de la época describían &nbsp;como llenas de bandidos, &nbsp;sin caminos y donde era imposible conseguir alimentos.</p>



<p><strong>Entr</strong><strong>e m</strong><strong>on</strong><strong>t</strong><strong>añ</strong><strong>as</strong></p>



<p>Pero los dos ingleses &#8211; escaladores experimentados que conocían otras montañas de la India, Norteamérica y Suiza- se sienten entusiasmados al llegar al pueblo de<strong> Panes</strong> y ver ante sí una ondulada llanura y frente a ellos el pico de Peñamallera.</p>



<p>Aunque el gobierno de España, viendo la poca caída de las aguas del río Deva al atravesar montañas tan altas, había enviado una comisión de ingenieros para estudiar (sin éxito) la posibilidad de canalizar la corriente hasta Potes, no existía un buen plano de la zona.</p>



<p>Sin embargo, &nbsp;la carretera hasta Potes, terminada en 1868, era magnífica y por ella subieron &nbsp;nuestros viajeros llenos de entusiasmo. La garganta de los Picos sobrepasaba en magnificencia a todo lo que habían visto hasta entonces. &nbsp;Las paredes de piedra caliza se separaban o estrechaban y les daba la impresión de que sólo volando podrían escapar de allí.</p>



<p>Admirados, animan a sus lectores a que emprendan este viaje: “Hemos visto la grandeza del Señor en Cantabria &nbsp;y nos gustaría que otros vinieran y gozaran como lo hemos hecho nosotros”.</p>



<p>Tras dos horas de esforzada subida bordeando un precipicio de casi 2.000 metros de altitud, llegan a la planicie de las minas de Tresviso y después de recuperar fuerzas van al encuentro de un curioso personaje, don Jaime de Tresviso, en realidad Mr. James Pontifex Woods, un inglés que vivía en aquellas alturas con su mujer, sus dos hijos y dos criadas, una inglesa y otra española.</p>



<p>Don Jaime residía en los Picos investigando en busca de minerales (¡cómo no!) y les recibe encantado en su casa, estilo bungalow, con espléndidas vistas a las montañas.</p>



<p>El pueblo de <strong>Tresviso</strong> es de una sencillez espartana y sus gentes, un ejemplo de salud, acostumbradas &nbsp;como están al rudo clima de la zona. no es raro encontrar ciudadanos centenarios y aguerridas mujeres de más de 80 años que suben la cuesta desde Urdón con una pesada carga en la cabeza.</p>



<p>Ross y Stonehewer-Cooper se detienen a comentar los trajes de las gentes del pueblo, de recias telas que lo aguantan &nbsp;todo. La iglesia les sorprende porque cuenta con un púlpito y un confesionario realizados por el párroco en persona y un retablo en el altar mayor pintado también por él con más entusiasmo que habilidad. Y encuentran un elemento &nbsp;sorprendente: la esposa de Mr. Woods había regalado una muñeca inglesa a una niña del pueblo. Esta se la entregó al párroco quien no tuvo mejor idea que colocarla en uno de los altares de la iglesia…</p>



<p>Desde Tresviso, su “campamento base”, Ross y Stonehewer-Cooper emprenden la descubierta de los Picos. Siguiendo la carretera &nbsp;hacia el sur llegan al pueblo de <strong>La Hermida</strong>, encajado entre &nbsp;vertiginosas montañas que impedían que llegara la luz del sol: “Durante &nbsp;los días de diciembre hemos visto a todo el pueblo sentado junto a una tapia “<em>por prender el sol”, </em>en otras palabras, por calentar los cuerpos gracias a la estufa de la naturaleza”.</p>



<p>Pero con sol o sin él, el pueblo recibía la visita de muchas gentes que acudían a sanar de sus dolencias en los baños calientes de La Hermida, &nbsp;famosos desde hacía siglos.</p>



<p>Ross y Stonehewer-Cooper se dan cuenta de que no han dado respuesta a una pregunta &nbsp;que deben de estar haciéndose sus lectores ingleses: ¿cómo es posible que en esa zona montañosa, casi salvaje, los viajeros no muestren&nbsp; &nbsp;ningún temor ante la posibilidad de toparse con ladrones y bandoleros, &nbsp;tal como han contado tantas veces quienes han visitado la indómita España?</p>



<p>Los autores tranquilizan a sus posibles lectores asegurándoles &nbsp;que aquellos caminos de montaña son más seguros que cualquier carretera &nbsp;inglesa. Además de que no pasa casi nadie por ellos, la seguridad está garantizada gracias a la vigilancia de la<strong> Guardia Civil</strong>, un cuerpo para el que no tienen más que elogios. Según Ross y Stonehewer-Cooper no hay robo que no sea solucionado por la Benemérita, &nbsp;con lo que España está libre de ladrones. Y se detienen a detallar desde el aspecto físico de los guardias (fornidos y de 1,70 de estatura), pasando por su uniforme, su pulcro aspecto, hasta las reglas que rigen su conducta y las armas que portan.</p>



<p><strong>A la caza de fortuna</strong></p>



<p>Dejando atrás las gargantas de Urdón y de La Hermida, los viajeros llegan a <strong>Liébana</strong> y su precioso valle cercado por montañas donde crecen los viñedos. Como allí alguien les muestra &nbsp;un mineral que les parece bórax, se dirigen al valle siguiente ansiosos por encontrar un buen yacimiento. Les acompaña un campesino al que piden que guarde silencio sobre sus propósitos ya que “los españoles (incluso los más pobres han ganado fortunas gracias a descubrimientos hechos por casualidad) siempre están al tanto de todo y los primeros en declarar un depósito minero son quienes luego tienen derecho a él, sean señores o campesinos”</p>



<p>La empresa quedó en nada y los dos buscadores de tesoros minerales tuvieron que conformarse con disfrutar de la belleza del valle y de los gloriosos Picos.</p>



<p>Las montañas &nbsp;no sólo eran un espectáculo maravilloso y un reto apasionante para cualquier buen escalador. También los cazadores tenían allí ocasión de disfrutar y obtener buenas piezas. Por eso, Ross y Stonehewer-Cooper, deciden &nbsp;ir en busca de los famosos rebecos de las montañas.</p>



<p>Desde Unquera, &nbsp;acompañados de un capataz minero del Sr. Diestro, &nbsp;un importante &nbsp;personaje &nbsp;de la zona, se ponen &nbsp;en marcha para llegar a Panes. Allí se encuentran con un grupo de gentes atraídos por la cacería: Mr. Pontifex Woods, el amigo inglés, el cura, el médico, el boticario…</p>



<p>A la mañana siguiente salen hacia <strong>Áliva</strong> desde donde se va a iniciar la batida.</p>



<p>Los dos autores no sólo describen &nbsp;los avatares de la cacería, sino que ofrecen una detallada información de los aspectos prácticos de la empresa. &nbsp;No hay que olvidar que el libro pretende ser una guía para futuros viajeros y por eso se acumulan los consejos sobre dónde dormir, dónde encontrar caballos, qué ropa llevar (traje de pana gris y gorra del mismo color para camuflarse), qué comer (como en España se encuentran pocos alimentos enlatados,&nbsp; aconsejan llevar desde Inglaterra &nbsp;las cajas de comida que preparan Barnes &amp; Co. para ir a cazar el tigre en la India). Para el alojamiento sugieren incluso que el Sr. Arce, uno de sus anfitriones, seguramente pondría su casa a disposición de quien lo requiriera, una vez presentado debidamente.</p>



<p>Su entusiasmo&nbsp; por la caza del rebeco es tan grande que incluso hablan de los intentos de crear en Inglaterra un “Club del rebeco” para unos 200 socios que exigiría la construcción de una casa en Áliva con doce dormitorios, cocinas, bodegas… Como la idea exige mucho trabajo pero poca o nula recompensa &nbsp;económica, Ross y Stonehewer-Cooper reconocen que no es muy probable que acabe haciéndose realidad.</p>



<p><strong>Un</strong><strong>a insólita aventura</strong></p>



<p>Tras pasar el Miércoles de Ceniza en <strong>Potes</strong>, y sorprenderse por la, para ellos, extraña costumbre de que los devotos se tiñan la frente con cenizas, Ross decide subir hasta Covadonga y emprende la aventura con un anónimo acompañante.</p>



<p>Su amigo Stonehewer-Cooper prefiere &nbsp;esperarles &nbsp;en casa de su anfitrión, otro inglés solitario, que vive cerca de <strong>Lon</strong>, a unos 1.200 metros de altitud.</p>



<p>Hay que recordar &nbsp;que están en invierno, la nieve cubre los Picos, los días son cortos y la noche se echa pronto encima. Aún así emprenden la extraña aventura en la que les ocurre de todo: al poco de iniciar el camino, el acompañante de Ross se cae cabeza abajo en un agujero cubierto de nieve blanda y Ross consigue sacarle a duras penas de tan terrible situación.</p>



<p>Flemáticos ellos, el incidente &nbsp;sólo les provoca risas y siguen el ascenso por las alturas nevadas donde encuentran las huellas de una familia de osos que acaba de pasar. Pero lo preocupante no son los osos, sino una manada de lobos que avanzan en fila india a &nbsp;pocos metros de distancia. Como alguien les había contado que los ladridos de los perros espantan a los lobos, los dos escaladores se ponen a ladrar con todas sus fuerzas. Parecer ser que la treta dio resultado.</p>



<p>Al llegar a los 2.400 metros de altitud les sorprende primero la niebla y luego una cegadora tormenta de nieve. Naturalmente las marcas del camino se pierden y ellos también. Cuando se encuentran rodeados de precipicios sin saber por donde tirar, deciden volver sobre sus pasos. Avanzan penosamente con la nieve por la cintura, eso sí cantando y contándose anécdotas para no perder el ánimo.</p>



<p>Tras múltiples peripecias &nbsp;y una tormenta &nbsp;de granizo como traca final, logran llegar a la casa de su anfitrión donde éste les espera sentado tranquilamente a la mesa comiendo nueces y sin inmutarse les recibe diciendo: ”Ya me parecía que ibais a volver. Tomad una nuez”.</p>



<p>Esta descabellada aventura ha sido cuestionada siempre por los conocedores de la zona ya que ninguna de las rutas conocidas para llegar a Covadonga encajan con el relato. Lo más probable es que Ross y su acompañante llegaran sólo hasta El Mojón, a 2.208 metros de altitud aunque hacerlo en pleno invierno seguía siendo una verdadera &nbsp;locura.</p>



<p><strong>Po</strong><strong>r las tierras de Don Pelayo</strong></p>



<p><strong>Oviedo</strong> es ahora el destino de nuestros viajeros. En una de las paradas del trayecto, al ver que son ingleses, alguien les pregunta qué mineral estaban &nbsp;buscando y un gesto de escepticismo es la reacción cuando ellos responden &nbsp;que ninguno.</p>



<p>Debido &nbsp;al mal tiempo, pasan mucho tiempo refugiados en la catedral, que consideran elegante &nbsp;y rica en adornos (aunque &nbsp;de segunda categoría comparada con las de Francia o Alemania) &nbsp;y visitando su magnífica Cámara Santa.</p>



<p>El tren a <strong>Gijón</strong>, para confirmar la mala opinión que tienen de los transportes españoles, llega con dos horas de retraso. Pero les gusta la ciudad y su puerto. Incluso consideran que, en un futuro, podría rivalizar con el de Santander.</p>



<p>Las minas de <strong>Langreo</strong>, como era de esperar, provocan su interés y casi abruman a los lectores con los datos sobre las toneladas de carbón que se exportan, su precio medio o el número de hombres &nbsp;que trabajan en las minas. Y cuando las minas son de hierro, da igual, la información es igual de completa.</p>



<p>Pero, para demostrar que también tienen otros intereses, dedican un largo capítulo a la exportación desde Asturias de frutos secos que, en Inglaterra &nbsp;se conocían erróneamente como “frutos secos de Barcelona”.</p>



<p>Ese espíritu comercial no les abandona nunca y, cuando tienen que hablar de la sidra, por ejemplo, no se detienen en sugerentes &nbsp;descripciones &nbsp;sobre sabores y calidades, sino en el precio de las manzanas, cuántas se necesitan para producir determinada cantidad de sidra y cómo, si se hacen bien las cuentas, podría ser un buen negocio exportar a Inglaterra la sidra asturiana a granel. .</p>



<p>En <strong>Ribadesella</strong> establecen contacto con D. Antonio Pelayo, descendiente del héroe de <strong>Covadonga</strong>, y guiados por él se dirigen a visitar la tumba de su antepasado.</p>



<p>A los viajeros les divierte que cualquier desplazamiento se convierta en una interminable letanía de “buenos días” o “buenas tardes” porque todos los viandantes, se conozcan o no, se saludan así al cruzarse en el camino. Este saludo repetitivo puede resultar cansado, pero también es una muestra de la cortesía española que “el viajero debe expresar tanto al mendigo como al hombre de gran linaje”.</p>



<p>El lugar donde nació España se encuentra a pocos kilómetros de<strong> Cangas de Onís</strong>, entonces una villa de 800 habitantes, &nbsp;en la que les asombra el puente &nbsp;gótico que cruza el Sella y que consideran sin parangón en Europa.</p>



<p>Hay que reconocer que Ross y Stonehewer-Cooper se documentan a fondo sobre los lugares que visitan y no se limitan a las cuestiones económicas y de minería que tanto les fascinan. Por ejemplo, es lógico suponer que nunca tuvieron que aprenderse la lista de los reyes godos cuando eran niños, pero casi se podría pensar &nbsp;lo contrario &nbsp;leyendo sus comentarios &nbsp;sobre Chinda, Wamba, Witiza, Teodofredo o Favila, famoso por su habilidad para matar osos, aunque &nbsp;según la leyenda eso le costó la vida…</p>



<p>La visita a la sencilla tumba de Don Pelayo –un sepulcro de piedra sin más adorno que una espada romana- &nbsp;es la culminación del viaje que iniciaron en el puerto de Pasajes y, desde allí, Ross y Stonehewer-Cooper se disponen a iniciar el camino de vuelta.</p>



<p>Pero antes reúnen más datos curiosos o prácticos (sugerencias de transporte, el clima, los cultivos, las romerías, las normas básicas de cortesía…) &nbsp;para que los futuros visitantes puedan repetir el recorrido que ellos hicieron: &nbsp;“Allí están las rutas por las que el viajero puede alcanzar las vírgenes tierras que hemos bautizado como las <strong>Tierras Altas del Cantábrico</strong> &nbsp;y si así lo deseara, deleitarse &nbsp;con el paisaje, buscar riquezas aún no halladas o deambular &nbsp;con su rifle y abatir los osos o los rebecos que pasan por los desolados parajes de Áliva” <em>.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/desde-pasajes-gijon-recorrido-dos-viajeros-ingleses-la-cornisa-cantabrica/">Desde Pasajes a Gijón: dos  viajeros ingleses por  la cornisa cantábrica</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Isabel Burton en Tenerife</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/isabel-burton-tenerife/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 20 Jun 2017 10:32:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Isabel Arundell &#160;tuvo desde muy joven dos obsesiones: casarse con el polifacético Richard &#160;Burton &#160;y viajar &#160;a Oriente. &#160;Y las dos iban &#160;unidas. Solidaria &#160;y esposa fiel, viajó con su [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h6 class="wp-block-heading">Isabel Arundell &nbsp;tuvo desde muy joven dos obsesiones: casarse con el polifacético Richard &nbsp;Burton &nbsp;y viajar &nbsp;a Oriente. &nbsp;Y las dos iban &nbsp;unidas. Solidaria &nbsp;y esposa fiel, viajó con su esposo siempre que le fue posible y le acompañó tanto &nbsp;en sus destinos diplomáticos &nbsp;como en muchos de sus viajes por todo el mundo. &nbsp;Aquí rescatamos parte del diario &nbsp;que escribió durante estos viajes, concretamente a su paso por Tenerife.</h6>



<h3 class="wp-block-heading">Por Lola Escudero</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-36/">Boletín 36</a></p>



<p>En la época &nbsp;victoriana surgieron algunas de las más grandes y fascinantes viajeras. Mujeres &nbsp;independientes, adelantadas a su tiempo que recorrieron un mundo aún por cartografiar. Algunas, como Isabel Arundell, no fueron exploradoras al uso, pero llevaron una vida de aventuras junto al hombre que amaban. &nbsp;Esta joven puritana, nacida en el seno de una conservadora &nbsp;familia católica de Inglaterra, descubrió &nbsp;junto a su esposo la pasión del viaje.</p>



<p>La romántica &nbsp;señorita &nbsp;Arundell conoció a Richard Burton en Boulogne (Francia), &nbsp;donde &nbsp;el veterano oficial británico se recuperaba de su delicada salud tras una larga estancia en la India. &nbsp;La atracción fue mutua y desde &nbsp;aquel &nbsp;día Isabel&nbsp; se propuso conquistar &nbsp;a toda costa a aquel &nbsp;hombre que ya por entonces era una celebridad. En una carta dirigida a su madre tras haber conocido al audaz explorador, le decía: <em>“Me gustaría ser un hombre. Si lo fuese, sería Richard Burton; &nbsp;pero como sólo soy una mujer, seré la esposa de Richard &nbsp;Burton”.</em></p>



<p>Así lo describió en su diario: <em>“Tiene el cabello muy oscuro, negras cejas sagaces y bien delineadas; semblante more</em><em>n</em><em>o y curtido, y auténticas facciones árabes; su boca&nbsp;</em><em>y su barbilla expresan un carácter decidido y están cubiertas por un enorme bigote negro. Sin embargo, lo más notable de su aspecto son sus dos grandes ojos, negros y brillantes que te traspasan al mirarte”.</em></p>



<p>Todavía tendrían que pasar diez años hasta que Isabel consiguiera su objetivo, pero desde aquel día en Boulogne hasta la muerte de Burton, su vida se centró en adorar a este indomable aventurero, &nbsp;seguir sus hazañas y, una vez casados, acompañarle por todo el mundo. Mientras Isabel llevaba una vida aburrida &nbsp;y superficial en Londres, &nbsp;su “héroe” conseguía entrar disfrazado de árabe en La Meca y Medina, penetrar en la ciudad prohibida de Harar en Etiopía, cruzar el África Central en busca de las míticas fuentes del Nilo y escribir un buen número de magníficos libros sobre sus viajes.</p>



<p>Isabel nunca tuvo en cuenta la fama de libertino, extravagante, ambicioso y de difícil carácter que arrastraba Richard Burton, &nbsp;ni las muchas penalidades que sufriría junto a él. Ni su familia ni la sociedad de la Inglaterra victoriana comprendieron nunca ni a Burton ni a la propia Isabel. Pero la señora Burton idolatraba a su esposo y llevó junto a él una vida de aventuras impensable para una mujer de su época y condición social.</p>



<p>Richard Burton era un genio polifacético: militar, espía, diplomático, antropólogo, poeta y escritor prolífico. También fue un notable lingüista que hablaba con fluidez veintinueve lenguas, entre &nbsp;ellas el árabe y el hindi, y más de cuarenta dialectos. Hombre&nbsp; provocador &nbsp;y promiscuo –probablemente era bisexual– escandalizó a la rígida sociedad victoriana con su traducción &nbsp;al inglés de “Las mil y una noches” y textos eróticos orientales como el “Kama Sutra”. La gran pasión de Burton no fue su esposa, sino Oriente, que le arrastró hacia las regiones desconocidas &nbsp;de la actual Arabia Saudí y a las ciudades sagradas del Islam, en las que logró entrar disfrazado de peregrino afgano.</p>



<p>En 1861 por fin se casaron y a partir&nbsp; de entonces Isabel intentaría &nbsp;siempre acompañar &nbsp;a su esposo. Cuando &nbsp;llevaban sólo siete meses de vida en común, en agosto de 1861, Richard tuvo que dejarla en Inglaterra mientras que él viajaba a la isla de Fernando Poo para incorporarse a su nuevo puesto consular en África. El clima de la isla guineana &nbsp;era demasiado &nbsp;insalubre &nbsp;para una dama victoriana, y pese a la opinión de Isabel, que hubiese deseado &nbsp;viajar con su esposo, se quedó en Inglaterra, &nbsp;sola, durante &nbsp;un año y medio. Ella movió cielos y tierra para conseguir un permiso que permitiera a Richard regresar en Navidad y celebrar las fiestas juntos. Isabel se quejaba &nbsp;amargamente de su situación (<em>“no soy ni una doncella, ni una mujer casada, ni una viuda”</em>) y Burton decidió, para compensarla, &nbsp;llevarla a Madeira y Tenerife en su viaje de regreso a Fernando Poo, pero no más allá de ahí. Ese viaje a las Islas Canarias sería el primero de los muchos que compartirían.</p>



<p>En &nbsp;1869 Burton fue nombrado cónsul británico en Damasco (Siria)e Isabel Burton pudo al fin cumplir su sueño de viajar a Oriente &nbsp;y seguir los pasos de sus admiradas antecesoras. &nbsp;En Damasco vivieron durante dos años en una palaciega mansión &nbsp;rodeados de una corte de sirvientes como auténticos &nbsp;emperadores. A diferencia de otras viajeras de la época, Isabel nunca consiguió desprenderse de los prejuicios inherentes a su clase y religión. &nbsp;Al menos, eso es lo que opinan muchos de sus biógrafos, pero otros la describen como una mujer valiente y bondadosa que sólo vi- vía para hacer la vida más cómoda y feliz a su extravagante marido. Ella se ocupaba de la intendencia de los viajes y del bienestar de su esposo; era su “secretaria privada”, le ayudaba en la traducción &nbsp;de manuscritos y buscaba incansablemente editores que publicaran sus obras. Gracias al empeño de Isabel, el original Burton &nbsp;probablemente no hubiera pasado a la historia como uno de los más grandes exploradores y orientalistas de su tiempo.</p>



<p>Isabel &nbsp;fue una &nbsp;excelente compañera &nbsp;de viaje para Burton y cuando éste murió se dedicó en cuerpo y alma a con- seguir el reconocimiento que le había sido negado en vida y limpiar su honor perdido. Para ello escribió una edulcorada biografía oficial sobre su esposo “The Life of Captain Sir Richard Burton”, en la que éste aparecía como &nbsp;un &nbsp;fiel &nbsp;católico. También se dedicó a censurar párrafos comprometidos de las obras de su marido &nbsp;e incluso llegó a encender en el jardín de su casa de Trieste una gran hoguera &nbsp;y arrojó a las llamas un buen número de manuscritos inéditos &nbsp;de Burton, &nbsp;entre ellos la traducción al inglés de la obra erótica “El jardín perfumado”, de la que el autor se sentía especialmente orgulloso. Era, tras treinta &nbsp;y cinco años de servil matrimonio, la primera &nbsp;decisión que tomaba por ella misma. Isabel Burton &nbsp;fue duramente criticada por este hecho, pero posiblemente fue solo un acto de liberación después de toda una vida de representando el papel de perfecta esposa.</p>



<p>&nbsp;</p>
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		<title>Isabella Frances Romer</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/isabella-frances-romer/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Jun 2017 10:43:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>En el siglo XIX, España era un mundo desconocido, costumbrista y fascinante para los europeos. Algunas viajeras, sobre todo británicas, se dejaron seducir por este extremo sur del continente y [&#8230;]</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/isabella-frances-romer/">Isabella Frances Romer</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[
<h6 class="wp-block-heading">En el siglo XIX, España era un mundo desconocido, costumbrista y fascinante para los europeos. Algunas viajeras, sobre todo británicas, se dejaron seducir por este extremo sur del continente y se arriesgaron &nbsp;a recorrer sus inciertos y nada cómodos caminos. Pilar Tejera nos traza el retrato de una de estas intrépidas viajeras victorianas, &nbsp;Isabella Frances Romer, que dejó por escrito sus impresiones sobre nuestro país.</h6>



<h3 class="wp-block-heading">Por Pilar Tejera</h3>



<p>Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-31-rutas-comerciales/">Boletín 31 . Especial Rutas Comerciales</a></p>



<p class="bodytext">Leyendo las historias sobre los grandes viajeros victorianos, cuando se descubre a aquellas damas de largas y embarradas faldas que también desfilaron por el mundo, uno no puede evitar preguntarse: ¿fueron reales esas mujeres?, ¿existieron de verdad&#8230;?</p>



<p class="bodytext">Son tantos los componentes que hacen de ellas seres extraordinarios, tan peculiar su visión de las cosas, de la realidad que les tocó vivir, tal su fuerza y a la vez su sencillez, tan deslumbrante su personalidad, que la lectura de sus relatos incorpora un nuevo componente emocional en la percepción de la era colonial que imaginamos, de ese precioso pedacito de la historia cuyo complejo rompecabezas vamos recomponiendo gracias a retratos como los dejados por señoras lúcidas y sutiles como ellas.</p>



<p class="bodytext">Con el siglo aún haciendo rozaduras por falta de uso, es difícil situar a aquellas viajeras que sabían mucho de relámpagos en las noches de tormenta y nada de los viajes relámpago. Viajes tormentosos a lomos de mula o en tísicos barcos a vapor. Viajes donde un descuido repentino conducía a menudo a una muerte rápida y segura. Aún así, ellas, cogidas de la mano de sus ambiciones, sus anhelos o esperanzas, siguieron saliendo para tomar el sol y el aire en el anonimato de los países lejanos, respirando a pleno pulmón la libertad recién estrenada o simplemente estrenando la sensación de saberse pasajeras de sí mismas, aun a riesgo de dejar unos pocos huesos adicionales en algún punto remoto del planeta.</p>



<p class="bodytext">Conteniendo la respiración, leemos sus andanzas por algunas regiones de España, a caballo entre una novela de aventuras y un cuento infantil por tierras encantadas. Sus palabras, como sus pasos, tamborilean en rincones insólitos donde el ingrediente más insólito fueron siempre ellas. Quizás las suyas no fueron aventuras épicas y han de conformarse con el papel de una “nota a pie de página” en los anales de las grandes exploraciones de la época. Sin embargo cuando proyectamos una luz sobre sus vidas, y descubrimos lo mucho que encierran, pensamos en aquellas grandes damas con un respeto casi reverente. Sus voces, sus cuentos, sus pinturas y su aliento, aún perduran como un reflejo de cómo era España hace ciento cincuenta o doscientos años. Seguimos sus pasos casi con admiración, observando sus huellas, casi siempre silenciosas, a través de ese gran tumulto de la era victoriana y, conforme avanzan las páginas, el lector se desorienta porque las palabras, que arrancan tan intensamente llevadas por su afán descriptivo, felizmente van dejando lugar al espíritu de las cosas y el relato de sus viajes acaba siendo un reflejo no tanto de lo que vieron, como de lo que sintieron, que a la postre es lo que siempre merece ser consignado. Las suyas son ese tipo de voces para ser oídas por quienes deseen dejarse conducir por el territorio de las sensaciones, no por el de las simples descripciones.</p>



<p class="bodytext">Rescatamos del olvido a damas elegantes y serenas, como la fotógrafa y viajera <strong>Margaret D’Esté</strong>, para quien las Islas Canarias simbolizaron una fuente de constante inspiración artística y una inagotable despensa de experiencias gratificantes. Sorprendemos a <strong>Frances Latimer</strong>, guiada por la brújula de sus emociones, en la Semana Santa de Sevilla, en Toledo, Burgos, Córdoba, Madrid y en las Islas Canarias. Descubrimos esposas sorprendidas por lo que prometía ser un infierno de calor y resultó un paraíso de estampas imperecederas, como fue el caso de <strong>Dora Quillinan</strong>, que en 1845 viajó con su esposo por España para mitigar su mala salud: “Nos cruzamos con muchas mujeres, pero ninguna a pie. Iban generalmente cabalgando a lomos de una mula, y detrás de su hombre, agarradas a un pañuelo anudado bajo de la cola del caballo como había visto por primera vez cerca de Gibraltar”.</p>



<p class="bodytext">Damas de otro tiempo, que surcaron el vasto océano de Castilla, los aventurados caminos de Sierra Morena, la misteriosa Alhambra o las somnolientas aldeas del Mediterráneo, armadas con su caballete y sus pinceles para fotografiar en acuarela un tiempo que se ha eclipsado para siempre. Viajeras extasiadas, descubriendo, vagando&#8230; Viajeras para quienes nuestras geografías y costumbres, fueron musa y fuente de inspiración, como la escritora <strong>Edith Wharton</strong> que emociona con uno de las descripciones mas bellas que se hayan escrito sobre nuestra cultura: “Un revoltijo de excitadas impresiones, escuálidas posadas, mendigos deformes, y toda clase de gentes charlatanas y desconcertantes, de fantásticas visiones entre el caos y la fatiga. Y por doquier, sombríos pasadizos ondeantes de incienso y procesiones”.</p>



<p class="bodytext">Nos topamos también con las amantes de la aventura; trotamundos consagradas como <strong>Fanny Workman</strong>, –recorriendo el país en bicicleta (cerca de 5000 km.), y causando gran revuelo entre los periodistas que salían al encuentro de esta dama de aspecto sufragista, ataviada en impecable falda larga y gorrito, que con cada pedaleo hacía tintinear su hervidor de té colgado del manillar. Nos topamos con la pintora <strong>Marianne North</strong>, que plasmó en sus lienzos y en el papel la belleza de Canarias:&nbsp;“los hombres con botas altas, mantas fruncidas en torno al cuello y grandes sombreros tipo Rubens. Las mujeres un rebozo de colores vivos colocado graciosamente sobre la cabeza y espalda, con enaguas rojas y negras”,– o con <strong>Margaret Fontaine,</strong> la viajera que recorrió el mundo en busca de mariposas y que nos visitó a finales de siglo: “el agua era de dudosa calidad y se bebía mezclada con el fuerte vino tinto, pero era agradable irse a la cama con el cerebro un poco confuso”. En su caso, disfrutó de aquel viaje como si se tratase del último: “Una de aquellas tardes mientras esperaba el tren, sorprendí a un hombre tocando una guitarra y a petición de los allí reunidos bailé con el jefe de estación, a pesar del limitado espacio y los zapatos de montaña”. Damas siempre al límite de su resistencia, “al filo de lo imposible”; que jamás incluyeron la palabra “mediocridad” en el diccionario de sus vidas porque mantenerse en movimiento fue para ellas sinónimo de sentirse vivas. Mujeres educadas en la rigidez victoriana pero para quienes la vida se resumía en una sucesión de retos que había que superar. Mujeres que siempre estuvieron a la altura de sus propias metas, aunque estas alcanzaran alturas improbables para el común de los mortales. Damas siempre dispuestas a dar rienda suelta a sus genes ambulantes, como <strong>W.A. Tollemache</strong>, quien opinaba que España era probablemente el único país europeo preservado del turismo masivo (claro que de darse un paseo ahora, seguramente se habría retractado de tal afirmación). Mujeres adelantadas a su tiempo, como la francesa<strong> Josephine de Brinckmann</strong>, que definió España como una “clásica tierra del sentido común”, y que a pesar de dejar muy claras sus reservas sobre la gastronomía española, y apuntar la falta de higiene de la mayoría de las ciudades que recorrió, quedó prendada de la caballerosidad del hombre español.</p>



<p class="bodytext">Y por último damas para las que sencillamente la arquitectura árabe, el olor del azahar o la luz cegadora del sur, actuaron como un poderoso imán, como les ocurrió a <strong>Lady Herbert</strong>, a <strong>Isabella Frances Romer</strong>, a <strong>Elizabeth Holland</strong>, –que durante tres años recorrió la geografía española y decidió repetir la experiencia por caminos minados de belleza y también de sorpresas:“Las posadas están regentadas principalmente por franceses o gitanos, ya que las gentes de este país ven la hostelería como una ocupación degradante”–, o a <strong>Luisa Tenison</strong>, que desfiló por el país en busca de vivencias insólitas, aunque en mas de una ocasión estuviera a punto de dar media vuelta y regresar al confort de su país: “La pensión no resultó demasiado mala ya que tuvimos camas limpias, pero la comida fue, como era de esperar, poco recomendable”. Todas ellas, damas que pese a sus tropiezos, su sorpresa o desconcierto por lo que hallaron, lejos de refugiarse en fáciles prejuicios, tuvieron la inteligencia de escribir a su regreso páginas objetivas y cargadas de belleza.</p>



<p class="bodytext">Las suyas, son historias con acentos diversos, con edades y personalidades distintas, pero que conservan el sabor de un mundo ya desaparecido. Historias universales, que dejan una extraña sensación de <em>dejá vú</em>. Historias que merecerían ser llevadas a la Gran Pantalla, que están conectadas geográficamente y a la vez ligadas a una misma fuente de energía que nunca deja de impresionar. Historias, que deberían ser escritas “con letra mayúscula”, pues aunque hablan en un murmullo de voz, siempre maravillan por la simplicidad con la que son contadas. Y a pesar de la dificultad de ubicar en el papel la situación real de tales historias, a pesar de que los ríos y aldeas confunden con demasiada frecuencia sus perfiles en las rectilíneas plantaciones de los valles y el mapa se obstina en mezclar el nombre de los pueblos y aldeas, al final todas esas damas consiguen infundir a ese jeroglífico de historias aparentemente inconexas la dignidad de una obra única y universal&#8230; Llega un momento, en que la lectura avanza entre la niebla que oculta la Alhambra, las imponentes cumbres del Valle de la Orotava, el revoloteo de los niños andaluces en torno a las extrañas viajeras, mezclando en la imaginación todos esos relatos que dormitan en los libros a la espera de ser despertados para unirse de nuevo.</p>



<p class="bodytext">Hace ciento cincuenta años, el atractivo del bandolero era casi tan irresistible para algunos viajeros europeos como el que ejercían las pirámides de Egipto, o las ruinas de Palmira. Su estampa tenía connotaciones casi épicas, como ocurría con el beduino del desierto árabe. Se trataba de figuras legendarias, tocadas por la leyenda y rodeadas de un halo romántico, algo que nada tiene de extraño habida cuenta de los rasgos árabes que para algunos viajeros mostraban los habitantes del sur de España. “Quizás el contrabandista sea el más pintoresco de todos estos viajeros, con su enorme y bonita manta, tejida de muchos colores, liada con tanta gracia alrededor de su varonil figura”, escribió Dora Quillinan cuando anduvo por aquí. El color cetrino de su piel, sus ojos oscuros, sus ademanes floridos, sus prendas de vestir con la capa de ancho vuelo, la faja ceñida a la cintura y el pañuelo anudado en la cabeza al estilo de un turbante, contribuyeron a extender el mito de la España del esplendor árabe en ciudades como Granada y Córdoba, el mito de la voluptuosidad y el pintoresquismo.</p>



<p class="bodytext">Todo ello supuso un nuevo aliciente por lanzarse al descubrimiento de ese mundo desconocido, costumbrista y fascinante, descolgado en el extremo sur del continente al que el viajero europeo, siempre ávido de escenarios nuevos, se mostró tan adepto a lo largo del siglo XIX. Pero lo cierto es que la aventura requería no pocas dosis de arrojo y un considerable entusiasmo, pues perderse por algunas regiones del sur hace siglo y medio, si bien encajaba en la imagen de “destino exótico”, era considerado también un viaje de “alto riesgo”. A las pésimas comunicaciones, la falta de infraestructuras, la dureza de los caminos y el clima, se sumaba el no desdeñable riesgo de caer en una emboscada a manos de aquellos forajidos de leyenda como “El Bizco”, “Luis Candelas” o “José María el Tempranillo” que tuvieron en jaque a mas de un viajero en la época en que Washington Irving ponía de moda Granada y el trabuco era el símbolo por excelencia de un viaje por las sierras de Andalucía.</p>



<p class="bodytext">Lo bello y lo sublime del paisaje en las serranías del sur, unido a la voluptuosidad de las ciudades y al mito del bandolero, llegaron a oídos de la inglesa Isabella Frances Romer; pero para recrearse con las aventuras de damas como ésta sería recomendable tomarse un pequeño respiro; recrear uno de esos ambientes literarios de luz indirecta, cómoda butaca donde sentarse plácidamente y, deseablemente, reservar una tarde de completa soledad. La suya, es una de esas historias para ser digerida a cámara lenta. Una de esas historias que tienen la cualidad de transportarnos, como cualquier buena historia de viajes.</p>



<p class="bodytext">Poco se conoce de esta dama victoriana, aparte del hecho de que nació en Londres, de sus instintos ambulantes y de la seguridad de que pasó a mejor vida en 1852. También se sabe que se casó en París, en la residencia del embajador británico, con un adinerado y notable hombre de negocios irlandés, William Meadows Hamerton, con el que tuvo una hija. Parece ser que las cosas entre el matrimonio no marcharon del todo bien, pues tiempo después se separaron, cuando aún vivían en Versalles. El caso es que tras recuperar la libertad en 1827, Isabella volvió a tomar su nombre de soltera y se dedicó principalmente a viajar. En su caso, lo que empezó siendo un juego por escapar de la vida sedentaria, se convirtió en una casi perpetua aventura. Abierta al mundo, a las corrientes y gustos de la época, viajar fue para esta inglesa aficionada a la escritura un antídoto contra la soledad, y su verdadera escuela.</p>



<p class="bodytext">Durante un tiempo anduvo recorriendo Europa y, animada por el ejemplo de otras viajeras, empezó a sentirse cada vez mas cómoda desplazándose sola. En 1841, esta dama de costumbres migratorias sintió la llamada de España. Parece ser que la influyó profundamente la lectura de la obra de Washington Irving “Cuentos de la Alhambra”, y entre otras pertenencias prácticas, introdujo en su pesado equipaje la misma guía empleada por el escritor inglés cuando anduvo por aquí: una obra de un tal Mateo Jiménez, muy en boga entre los viajeros ingleses de la época. Tras haberse enfrascado en la lectura de algunos relatos que hablaban de las ciudades árabes, las haciendas, el vino y los bandoleros, Isabella atisbó las infinitas posibilidades que ofrecía la patria del Quijote, la enormidad de sorprendentes rincones que esperaban, y España adquirió el significado de un exótico mapamundi, o de un tesoro, que se propuso descubrir.</p>



<p class="bodytext">Ataviada con su pesado vestido victoriano y su inseparable sombrero de paja para protegerse del sol y las miradas, Isabella se enfrascó en su aventura española en un extenso periplo que la llevó a conocer Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena y Tetuán, Málaga, Granada, Cádiz, Sevilla y Gibraltar. Siendo una de esas personas que piensan que se disfruta más de una situación pintoresca que persiguiendo grandes aventuras en destinos remotos, durante aquellos meses siempre estuvo dispuesta a conocer gente al pie del camino, a compartir un trago de vino o una buena historia:</p>



<p class="bodytext"><em>“Yo escuchaba esas historias con la misma ansiedad temblorosa de los niños cuando se les cuenta algún cuento de miedo, que mientras les asusta, les fascina tanto que son incapaces de perderse una sola palabra del relato, por lo que esperaba el momento de la salida hacia Granada con esa especie de valentía con la que los niños esperan la hora de irse a la cama. ¡Que impresión tan agradable con la que comenzar un viaje!”.</em></p>



<p class="bodytext">Es compresible que para una viajera, que huía de la fría y triste lluvia londinense, de la ordenada y previsible vida victoriana, la luz del Mediterráneo, los pequeños pueblos pesqueros, la aventura de las diligencias españolas, el exotismo de las gentes y la belleza de Andalucía obraran como un hechizo y fueran una inagotable fuente de motivación. Cada día se sentía deslizándose entre la sensación de permanente aventura y de continuo descubrimiento. Mientras que para otras inglesas que nos visitaron, como <strong>Annie Harvey</strong>, (autora de “Cositas Españolas por Every Day Life in Spain”), viajar en una diligencia española equivalía a lo que hoy representaría una experiencia en “Port Aventura”: –“Horribles sacudidas, espantoso el ruido cada vez que giramos. Bajamos la montaña por pronunciadas curvas a veces con prácticamente sólo una rueda tocando el suelo”– para nuestra protagonista aquellos largos trayectos bordeando las verticales y blancas paredes de los acantilados de la costa catalana, los valles con naranjos en la zona de Levante y los boscosos parajes de Sierra Morena, constituían el sedimento de su motivación por seguir descubriendo España, a pesar de la incomodidad o el peligro de caer en una emboscada:</p>



<p class="has-text-align-center bodytext"><em>“En los últimos años la civilización ha dado un paso hacia delante,</em><br><em>ya que se ha establecido una diligencia para hacer el viaje</em><br><em>entre Granada y Málaga y en lo que se refiere a los ladrones,</em><br><em>hay más seguridad viajando en diligencia que con el sistema de</em><br><em>los muleros, aunque sin duda, está afectada de igual modo por</em><br><em>un tributo similar que se paga a los bandidos”.</em></p>



<p class="has-text-align-left bodytext">A su manera, compartió con las otras viajeras de la época esa forma de inmunidad que solo se adquiere tras largos periodos en regiones remotas. Leemos sus opiniones sobre lo que vio y vivió, descubriendo algún que otro reproche por los inconvenientes del viaje: “El estado del país es tal y la administración de su política interior tan deficiente que prácticamente no hay ninguna carretera y hasta hace muy pocos años a Granada sólo podían acceder viajeros ecuestres”, pero de su mano, comprendemos, mejor dicho, revisamos, nuestra opinión sobre cómo debieron ser nuestros pueblos, haciendas y caminos.</p>



<p class="bodytext">Uno de los principales atractivos de un viaje por España en el siglo XIX radicaba en la permanente aventura de un escenario “poco domesticado”. A ello se sumaba la picaresca tan extendida en nuestra cultura, una realidad que había sido difundida en la literatura (la novela picaresca) del siglo XVII, imagen que perduró a lo largo del siglo XVIII y buena parte del XIX, no sólo en la imaginación del viajero sino en la propia vida del país y que aún sigue arraigada en los gestos de la vida cotidiana. Las cosas han cambiado desde entonces, y los “hoteles con encanto” o “las posadas rurales” de hoy, están a años luz de lo que los viajeros hallaban hace 150 años.</p>



<p class="bodytext">Leemos: “Guardias en los caminos”, “Escenas nocturnas en una posada española”, “Las delicias de la diligencia”, títulos elegidos por Isabella para algunos capítulos de su obra, o nos topamos con descripciones como esta: “Desde que llegamos estuvimos pidiendo consejo a personas más expertas que nosotros sobre la forma de realizar el viaje a Granada y tras varios interrogatorios llegamos a la conclusión de que no había mas que dos modos factibles: escoger entre la alternativa de la diligencia o cabalgar a lomos de mulos”, y casi de inmediato nos hace recordar a los viajeros por Oriente esperando poder sumarse a una caravana para alejar el peligro de los asaltos beduinos:</p>



<p class="bodytext">“Estas caravanas son conducidas por dos famosos guías, Lanza y Zamora cuyo entendimiento con los grupos de ladrones que frecuentan las carreteras es perfecto y francamente notorio, ya que se sabe que en muchas ocasiones han dicho a algún viajero: ¿Ha visto usted a ese hombre?, señalando a algún personaje de aspecto sospechoso con el que se hubieran cruzado en el camino. Se trata de un ladrón acechando y si usted no hubiese venido conmigo, hubiera caído en manos de la banda. (&#8230;) Al estar claramente establecida su inmunidad a las desgracias que sufren todos los otros viajeros, es razonable concluir que los citados Lanza y Zamora pagan, aparte de los beneficios que reciben de este tráfico, una especie de chantaje a sus aliados, los caballeros de la carretera.”</p>



<p class="bodytext">A su regreso de España en 1842, Isabella volcó sus impresiones en la obra “The Rhone, the Darro and the Guadalquivir”, y aún con ganas de aventura siguió vagabundeando durante los siguientes años. Entre 1845 y 1846 desplegó nuevamente las alas para sobrevolar los paisajes de Oriente Medio, con todas las dificultades que entrañaba semejante travesía a mediados del siglo XIX. Al parecer, la fama de las ciudades de Tierra Santa, los secretos del Antiguo Egipto, el desierto salpicado de leyendas orientales y las ruinas de la antigüedad, capturaron su imaginación en una época en que Occidente miraba ya el mundo islámico con ojos nuevos. Sin intención de quitar mérito a esta viajera, lo cierto es que la inauguración del servicio de barco de vapor entre Londres y Alejandría a mediados del siglo XIX facilitó las cosas y lo que antes había sido una discreta presencia de viajeras europeas en Oriente Medio, se convertiría en adelante en una casi imparable corriente.</p>



<p class="bodytext">Los peligros e incomodidades de un viaje por este nuevo y vasto mundo desprovisto de calzadas, de vehículos, de mapas impresos y que no ofrecía las mínimas condiciones de salubridad ni de infraestructuras, no achantaron a Isabella, que a falta de hoteles, halló alojamiento en viviendas locales y en posadas donde la suciedad estaba a la orden del día y alimentarse constituía ya de por sí, toda una aventura. Una viajera inglesa advertía a sus lectores en un manual sobre Egipto, en 1850:</p>



<p class="bodytext">“El número de moscas era tan increíble que resultaba imposible de describir. La mesa, las paredes, el techo y el suelo estaban literalmente cubiertos por ellas. Me encontraba tremendamente cansada y agotada por el viaje y me dejé caer inmediatamente en el rincón mas limpio del diván, pero no se me iba a permitir permanecer en paz. No había terminado de adoptar la postura más cómoda, cuando me encontraba cubierta de moscas desde la cabeza a los pies”.</p>



<p class="bodytext">Fuera como fuera, la experiencia debió merecer la pena y proporcionó a Isabella un nuevo retrato del mundo cuyas fronteras había ido ensanchando a lo largo de su vida. Los caminos polvorientos, las gentes, las ruinas enterradas en el desierto, y hasta el ritmo de la vida, capturaron su imaginación y le abrieron abrieron una renovada perspectiva de las cosas. A su regreso, plasmó sus aventuras en la obra “A Pilgrimage to the Temples and Tombs of Egypt, Nubia and Palestine”, que causó gran revuelo en Londres y alcanzó rápidamente varias ediciones. Tres años después, realizó otro gran periplo por diversos destinos, fruto del cual publicó la obra: “The Bird of Passage; or Flying Glimpses of Many Lands (1849).</p>



<p class="bodytext">Tres años después, en 1852, realizó su último viaje, ese del que no se regresa, y seguro que en su caso, como en sus restantes periplos, también mereció la pena. Pasajera del mundo y “objetora de conciencia” de los convencionalismos, sin duda la vida de damas como Isabella Frances Romer nos enseña ante todo que viajar y sentirse viva resultó siempre un ejercicio saludable para cualquier adulto, incluida la mujer victoriana.</p>
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		<title>El viaje del rey José Bonaparte por Andalucía</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/el-viaje-del-rey-jose-bonaparte-por-andalucia/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 10 May 2016 12:06:33 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos de boletines]]></category>
		<category><![CDATA[Boletín 48]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Por Emma Lira Bibliografía: Boletín SGE Nº 48 &#160; La Andalucía de principios del siglo XIX era un territorio vasto y no muy conocido para el mundo. Algunos pioneros como [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<h3><em><strong>Por Emma Lira<br />
</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía:<a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-48-negocio-descubrimientos/"> Boletín SGE Nº 48</a></p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>La Andalucía de principios del siglo XIX era un territorio vasto y no muy conocido para el mundo. Algunos pioneros como Laborde habían vuelto contando las excelencias de una naturaleza feraz, un clima benigno, un patrimonio de herencia musulmana y una historia a caballo entre la realidad y la leyenda. Es por este territorio de ciudades blanquísimas, sierras escarpadas y costas infinitas por donde transcurrirá uno de los capítulos más olvidados de la historia, el viaje del rey José Napoleón Bonaparte, recorriendo los confines de un reino recién estrenado.</strong></p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Napoleón Bonaparte, José I, no es un personaje especialmente bien tratado por la historia. Mucho más conocido en España por despectivos alias como Pepe Botella o Pepe Plazuelas, no era sin embargo ni alcohólico, ni tuerto ni jorobado, como le recrean los retratos orales del momento. Accedió al trono de España a instancias de su hermano, el emperador Napoleón, tras el vacío de poder y el caos dejado por la abdicación de Fernando VII, firmemente convencido de que, como ya había sucedido con la rama borbónica que sucedió a los Habsburgo, una monarquía extranjera podría dar un nuevo impulso al país. Pero quizá España no deseaba ser impulsada. El efímero reinado del rey José I estuvo marcado por el odio de su pueblo y el menosprecio de su hermano menor, a quien él reverenciaba.</p>
<p>José Bonaparte, según algunos historiadores, “reinó en el momento y sitio equivocado”.</p>
<p>De tradición ilustrada, albergaba ideas cultas y reformistas, y era un firme enemigo de la Inquisición, del despotismo eclesiástico y de los privilegios injustos de la nobleza. Abominaba de la violencia y era un amante de la historia, las artes y la cultura. Quizá por ello, y quizá a su pesar, se encontró emocionalmente involucrado con el potencial del país que le tocó en suerte. Jamás se atrevió a oponerse a su hermano, pero sí a manifestarle en reiteradas ocasiones que no deseaba ser rey por la fuerza de las armas, sino por el cariño de los españoles.</p>
<p>“No deseo una España avasallada – advierte &#8211; sino una España “hermana y amiga” de Francia”.</p>
<p>La presencia de un rey extranjero impuesto cayó como un jarro de agua fría sobre el caldeado ánimo de los españoles. Nombrado rey en junio de 1808, antes de finales de julio ya se dio cuenta de que su autoridad era nula. Si bien gozó de una cordial acogida en San Sebastián, Vergara, Vitoria y Miranda, era lo suficientemente inteligente como para diferenciar la actitud reverencial de las autoridades eclesiásticas y civiles, de la fría y recelosa de la población en general.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Destino Cádiz</strong></p>
<p>Es en este contexto histórico, a comienzos del año 1810, cuando José I decide partir a recorrer Andalucía. Andalucía es una tierra deseada, un amplio territorio que ocupa media parte de España. La batalla de Ocaña, ganada el año anterior por las tropas imperiales, insufló cierta dosis de estabilidad a la Corona josefina. Quizá José I interpretara ese triunfo como una señal y pensara llegado el momento de expandir su deteriorado poder por el sur de la península Ibérica.</p>
<p>La empresa parece concebida al principio como una expedición militar, pues las tropas francesas reciben órdenes de concentrarse en los páramos manchegos, pero pese a encontrarse bajo el mando supremo del mariscal de Soult, es el propio José I quien opta por renunciar a las comodidades de su palacio y ponerse él mismo al frente de la gran marcha. El objetivo último es más político que militar: contrarrestar la iniciativa estratégica de los liberales que acaban de convocar las Cortes de Cádiz, cuestionando una legitimidad precariamente sustentada por el Estatuto de Bayona. La Junta Central, en su huída hacia el Sur, se ha refugiado en la ciudad andaluza, un enclave estratégico que supone la puerta de la península al mar y su comunicación con las provincias de ultramar.</p>
<p>Sin embargo, la composición de la expedición, de más de 60.000 hombres, revela un nuevo objetivo, más allá del político o militar. Entre las tropas del rey hay una amplia representación de civiles, del aparato administrativo y político del Estado, y entre ellos destaca una nutrida corte de asesores e intelectuales franceses y españoles. Estas incorporaciones revelan la intención de presentar el viaje ante la opinión pública con una perspectiva más amable que la de una simple ocupación territorial, una tregua pacífica en mitad de la guerra, una misión conciliadora en la que el monarca tendrá la ocasión de exponer de primera mano ante su pueblo sus planes para la modernización, en la que podrá mostrar la imagen que quiere ofrecer ante los españoles: la de un rey benévolo, dadivoso, reformista y sensible.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El país soñado</strong></p>
<p>En la mañana del 8 de enero de 1810, el amplio convoy abandona Madrid por la puerta de Toledo, escoltado por la Guardia Real y dispuesto a enlazar con las tres divisiones del Ejército que esperan en La Mancha. Aún se desconoce tanto la duración del viaje como sus consecuencias.</p>
<p>José I tiene en mente visitar Andújar, Córdoba, Carmona, Sevilla, Jerez de la Frontera, el Puerto de Santa María, Ronda, Málaga y, por supuesto, Cádiz. No sabe que el periplo le llevará cinco largos meses, que jamás podrá entrar en Cádiz, y que en cada una de los ciudades recorridas se enamorará de sus paisajes, de la alegría de sus habitantes y, probablemente también, de la sensación de sentirse amado y aceptado, monarca, en definitiva, por primera vez desde su llegada a España.</p>
<p>En Almagro comienza su tarea “evangelizadora”, destinada a convencer al pueblo de su idoneidad como monarca. Allí emprende sus dos primeras reformas legislativas: la supresión de los privilegios de las Órdenes de Calatrava y Alcántara, y la creación de un colegio gratuito para niños pobres. El recibimiento es aún tibio y, pese a su número, la expedición teme la dificultad de cruzar Sierra Morena, dado lo abrupto del paisaje y el conocimiento que del mismo tienen las guerrillas españolas. Sin embargo el paso se produce sin incidentes. A poco más de veinte días de su salida de Madrid, el 26 de enero, José Bonaparte se encuentra a las puertas de la ciudad de Córdoba.</p>
<p>Se inicia aquí el sueño josefino. La municipalidad en pleno está reunida para recibir al rey y rendirle tributo a las puertas de la ciudad. Es la primera de una agradable sorpresa: el rey se ve conducido a través de un itinerario urbano de aire festivo. Es la primera vez desde que ostenta la Corona que una ciudad de la magnitud de Córdoba se le entrega con tanto entusiasmo. José I se permite albergar tibias esperanzas. Envía misivas a Napoleón regocijándose por el recibimiento del que es motivo, y que, en su opinión, marca un cambio de signo en la actitud de la población hacia “el invasor francés”. Como en un <em>crescendo</em>, la bienvenida y los festejos continúan reproduciéndose hasta la apoteósica entrada en Sevilla, donde miles de sevillanos lo vitorean entre el repique de campanas y las salvas de artillería. A partir de este momento, la expedición se despoja de su carácter militar para convertirse en un viaje institucional, y el rey continúa su viaje sin más asistencia militar que los tres regimientos de la Guardia Real, que le dan escolta, en una especie de misión catequizadora.</p>
<p>La cálida bienvenida de la ciudad hispalense no deja de ser sorprendente si tenemos en cuenta que hasta hace apenas unos días la ciudad era la sede de la Junta Central, la capital de la España Libre. No hay constancia de si el rey o sus asesores pensaron en ello, lo que sí refleja la historia es la abrupta interrupción del venturoso viaje, cuando tanto Cádiz como la Isla del León (San Fernando) se niegan a franquear las puertas de la ciudad “al invasor”, impidiéndole no sólo el diálogo cara a cara que anhela con los miembros de la Junta Central, sino, casi más doloroso, el paseo triunfal, el baño de multitudes que tanto necesita.</p>
<p>Sin resignarse, José I pretende someter a ambas ciudades con las palabras, allí donde las balas no han funcionado. Las distintas misiones políticas fracasan, tanto las que incluyen políticos como las de eclesiásticos españoles, y sus representantes son enviados de vuelta sin ser siquiera recibidos. José I decide proseguir el viaje y posponer la entrada en Cádiz. Tras la acogida en el resto de capitales andaluzas, está seguro de que la obstinación gaditana será solo cuestión de tiempo.</p>
<p>El sitio de Cádiz comenzará el 5 de febrero, contra una defensa de tan sólo 2000 hombres. Nadie imaginó entonces que se prolongaría durante dos años y medio, y que la derrota inflingida allí a los franceses precipitaría el fin de la ocupación francesa en España. Pero esa es otra historia <em>Retrato del rey José I por el pintor de cámara de la familia Bonaparte, Jean Wicar.</em></p>
<p>El 26 de febrero el convoy parte desde Jerez de la Frontera hacia el oriente andaluz, y se vuelve de nuevo a la tónica anterior. La caravana va suscitando interés y entusiasmo a medida que avanza. El recibimiento por parte de la élite en las ciudades rivaliza en agasajo, pero ningún acontecimiento puede superar al tributado por la ciudad de Málaga. José I encuentra en el recorrido dos arcos triunfales y una muchedumbre enfervorizada que al grito de ¡Viva el rey! le arroja flores desde balcones y azoteas. André François Miot de Melito, ministro y consejero de José I, escribirá: <em>“Si algún día José Napoleón pudo creerse realmente soberano de España</em><em>fue en ese momento”. </em>Ni siquiera el alto clero desaprovecha la oportunidad de congraciarse con el régimen bonapartista. Por si acaso.</p>
<p>Pero también José I practica una política conciliadora de acercamiento al pueblo.</p>
<p>En su celo, incluso deroga la Pragmática Sanción de Carlos IV, que suprimía los festejos taurinos, y asiste a ellos, pese a la aversión que le causan, consciente de su importancia para la población andaluza. Pero no habrá solo corridas de toros. Junto a ellas, los municipios disponen de espectáculos teatrales, bailes de gala y suntuosas fiestas para agasajar a José I y que el monarca no eche en falta los lujos de la Corte.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>El fin de un espejismo</strong></p>
<p>El 27 de febrero la escuadra josefina, compuesta ahora por unos 2000 hombres, se ve obligada a pernoctar en El Bosque, entre Arcos de la Frontera y Ronda. La sensación aquí es agridulce, pues la población, escarmentada por las represalias por la muerte de 14 dragones franceses, había huido a la sierra, dejando a la comitiva, no solo sin recibimiento, sino forzada a alojarse por su cuenta en las poco más de 200 casas que constituían la humilde aldea.</p>
<p>Pero no fue tan solo la incomodidad de la jornada lo que cambió el ánimo del rey. Allí recibió la noticia del decreto imperial promulgado por su hermano días atrás. En él se disponían gobiernos militares franceses dependientes de París para Cataluña Aragón, Navarra y Vizcaya, al tiempo que se embargaban los productos y rentas de Salamanca, Toro, Zamora, Santander, Asturias, Palencia, Valladolid y Burgos, con objeto de compensar las innumerables pérdidas que el ejército desplazado en España costaba a las arcas francesas.</p>
<p>El enfrentamiento entre los hermanos Bonaparte por la labor de José I en España fue ya evidente desde la derrota francesa en Bailén, que Napoleón jamás le perdonó a su hermano. Pero esto iba mucho más allá. Napoleón incumplía los compromisos adquiridos en Bayona y, en su más pura línea de “las fronteras son rayas en los mapas que yo muevo a mi antojo”, se planteaba la desmembración de la Corona Española. No solo eso; para él, los avances diplomáticos de su hermano, las medidas de gracia promulgadas en Andalucía, eran percibidas como medidas populistas que buscaban la popularidad personal, en lugar de la sumisión del pueblo y el tributo económico que pudiese reparar los cuantiosos costes que la campaña militar suponía para el Estado francés.</p>
<p>El decreto de Napoleón supone un importante cuestionamiento de la gestión de José I, precisamente cuando este empezaba a vislumbrar cierta viabilidad en su reinado, y malograba tanto su labor conciliadora como las esperanzas concebidas a raíz del afectuoso acogimiento andaluz. Ante tal situación, que mutila su autoridad y anula los compromisos recién adquiridos que garantizaban una unidad de España en la que él creía, José piensa por primera vez ya en la abdicación. Sin embargo, lejos de volver a Madrid, optó por continuar su viaje andaluz. Admirador de la estética musulmana, se emocionó ante la magnificencia de Granada, visitó Jaén y volvió, una vez más, a Sevilla y Córdoba, quizá en busca del reconocimiento, de las sensaciones que había experimentado en esas ciudades. Pero ya nada fue igual, ni su predisposición de ánimo ni la acogida de las poblaciones, quizá informadas del decretazo con el que Napoleón planeaba dividir España y someterla directamente a París. Aquel viaje por Andalucía que había mostrado a José I una realidad distinta, el clamor y la alegría de un pueblo, unos bellísimos paisajes y un riquísimo patrimonio artístico se desvanecía. Nunca se había sentido tan monarca como en este momento, pero nunca volverá a sentirse así. A su regreso a Madrid, enfrentado a la realidad política y administrativa, entenderá que de alguna manera el viaje por Andalucía ha sido, como escribió Francisco Luis Díaz Torrejón, de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, de Málaga, <em>“el paraíso soñado de un rey desgraciado” </em>y que quizá todo absolutamente todo, hubiese sido un espejismo.</p>
<p>Pero, ¿fue realmente así?, Antonio J. Piqueres Díez, en su obra <em>El periplo andaluz del rey ambulante, </em>y hablando a partir del libro que sobre el viaje del rey escribió Francisco Luis Díaz Torrejón (<em>José Napoleón I en el sur de España. Un viaje regio por Andalucía</em>), señala que este autor explica la aparente contradicción entre el ánimo popular y los recibimientos hechos al rey, porque éstos habían sido previamente organizados por los agentes afrancesados. La comitiva regia visitaba los pueblos por los que el monarca iba a transitar con unos días de antelación para tener a punto los preparativos que la presencia del rey requería. Espontaneidad aparte, los homenajes y demás muestras de obediencia y alegría habían sido concienzudamente organizados por los Ayuntamientos, sin cuyas ordenanzas la respuesta del pueblo habría sido, sin duda, menos afectuosa. Incluso el propio rey llegó a cuestionar en algunas ocasiones la sinceridad de las expresiones de fidelidad de las autoridades locales. No obstante, sus sospechas desaparecieron, al parecer erróneamente, al experimentar el aparente entusiasmo del pueblo. En cualquier caso, tras la guerra, la mayoría de las localidades, quizá avergonzadas de ese momento de “sumisión” no se sabe si forzada o espontánea, quiso borrar la memoria de los recibimientos otorgados al rey intruso, de tal manera que pareció como si el viaje de José I por Andalucía jamás se hubiese producido.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Descubrimiento del paisaje</strong></p>
<p>Pero se produjo, y al margen de las consecuencias en el ánimo del rey, la expedición de José Bonaparte y el período de la ocupación francesa supuso de alguna manera el descubrimiento, o el redescubrimiento, del paisaje y el patrimonio andaluz. Las guerrillas, los bandoleros de la sierra, el misterioso y opaco mundo gitano dotaron a Andalucía de un halo de atractivo, con la dosis justa de peligrosidad.</p>
<p>El territorio andaluz, no transitado por ningún miembro de familia real española desde don Fernando de Antequera y su nieto Fernando el Católico en las viejas guerras contra los musulmanes, se daría a partir de este momento a conocer al público, convirtiéndose en uno de los paisajes de referencia del romanticismo europeo.</p>
<p>Introducir una dimensión estética en un paisaje supone visualizarlo como algo más que una fuente de ingresos, exige una mirada distanciada, culta, en tránsito.</p>
<p>Es esta mirada del otro, del extranjero, la que fue capaz de poner en valor por primera vez los atractivos que diferenciaban a Andalucía de Europa. A partir del exilio, tanto los propios franceses que formaron parte de la  expedición, como los afectos al régimen que tuvieron que abandonar el país, fueron elaborando la imagen de una región, de su patrimonio, de su idiosincrasia, de su obra artística, de tal manera que fueron capaces, quizá, de reconstruir esa Andalucía soñada del rey José I, para ponerla a disposición de los sueños del resto de viajeros románticos.</p>
<p>José Bonaparte probablemente jamás fuese consciente de lo que su expedición supuso para la imagen de Andalucía en el exterior. Jamás llegó a ser aceptado como rey, y abandonó España en 1813, junto a unas 12.000 familias, una importante pérdida para España no tanto por la cantidad, sino por la calidad intelectual de las personas obligadas a marcharse. Tachados de afrancesados, fueron condenados al destierro perpetuo por Fernando VII en 1814, al recuperar su trono, y habría que esperar a 1820, al golpe de Riego y al inicio del trienio liberal, para abrir de nuevo las fronteras a los exiliados.</p>
<p>¿Qué diferenciaba realmente a los afrancesados de los liberales para que José I jamás fuese aceptado y los primeros tuvieran que exiliarse?</p>
<p>Realmente nada o muy poco. Ambos perseguían el mismo objetivo: la destrucción de los abusos y el absolutismo; la pena era que lo hacían por caminos distintos.</p>
<p>Como señalaría en su obra <em>“Memorias de un setenton” </em>Ramón Mesonero Romanos, José I <em>“no era tuerto ni borracho (.) y se manifestó profundamente afligido por la miseria del pueblo- Seguramente ese hombre era</em><em>bueno (.) ¡Lástima que se llame Bonaparte!”.</em></p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/el-viaje-del-rey-jose-bonaparte-por-andalucia/">El viaje del rey José Bonaparte por Andalucía</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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		<title>Stanley en España</title>
		<link>https://sge.org/publicaciones/articulos/stanley-en-espana/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[tasmanuser]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 05 Apr 2016 18:13:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Así nos vieron]]></category>
		<category><![CDATA[Siglo XIX]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ramón Jiménez Fraile</p>
<p>La entrada <a href="https://sge.org/publicaciones/articulos/stanley-en-espana/">Stanley en España</a> se publicó primero en <a href="https://sge.org">Sociedad Geográfica Española</a>.</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<div id="c1592" class="csc-default">
<h3><em><strong>Por Ramón Jiménez Fraile</strong></em></h3>
<p class="bodytext">Bibliografía: <a href="https://sge.org/publicaciones/boletines/boletin-6/">Boletín SGE Nº6</a></p>
<p class="bodytext">
</div>
<div id="c1555" class="csc-default">
<p class="bodytext">Un periodista norteamericano estaba almorzando en el comedor del hotel madrileño en el que se alojaba cuando escuchó que alguien pronunciaba su apellido con insistencia. “¡Vaya, vaya!, otro espía del Gobierno”, pensó para sus adentros al comprobar cómo “un enérgico joven de corta estatura y tez morena” se encaminaba hacia él por indicación del encargado del hotel. Al llegar a su lado, el joven le dirigió la palabra en castellano y al percatarse de que no entendía el idioma, se echó a reír, le tomó las manos y le dijo en inglés de un tirón:</p>
<p class="bodytext">–No se preocupe. Usted es Edward King, ¿verdad? Me informaron en la legación que se dirigía a Valencia, y yo también voy allí. Soy Stanley, supongo que John Hay le habrá hablado de mí. Perfecto. El tren sale dentro de una hora. Me espera un coche; recojo una camisa limpia y estoy de vuelta en quince minutos. ¿Tiene dispuesta la documentación? Como no salgamos esta noche, la cosa habrá terminado para cuando lleguemos.&#8217;</p>
<p class="bodytext">“De manera que nos íbamos a Valencia, en lo más reñido de la contienda, y que aquél era Stanley”, evocó King en un prolijo testimonio, publicado bajo el título “Una expedición con Stanley” cuando el reportero del New York Herald se encontraba en la cúspide de la fama por su encuentro con Livingstone.</p>
<p class="bodytext">“Si hasta aquel momento Valencia había sido una pesadilla a mis ojos –recordó King–, de pronto el viaje adquiría su encanto y su pincelada de placer. Tenía un compañero de viaje que sabía español, pertenecía a la profesión y era la imagen viva de la actividad.”</p>
<p class="bodytext">Diez minutos después de haberse conocido, los dos reporteros se subieron a un cochecillo que, gracias a las amenazas proferidas por Stanley hacia el cochero, les dejó en la estación dos minutos antes de que arrancase el expreso. Cuando el tren alcanzó su velocidad normal (treinta kilómetros por hora) King analizó a su compañero de viaje:</p>
<p class="bodytext">“Tenía la cabeza pequeña pero de forma agradable, asentada en un cuello bien torneado. La agitaba con rápidos movimientos, como de pájaro, no exentos de gracia. Sus ojos parecían mirar constantemente a lo lejos, fijos en algún objeto distante, retirado, que debía alcanzarse y ser conquistado. Su boca apacible no carecía nunca de expresiones diestras, en armonía con el pensamiento. A veces, cuando todos sus rasgos resplandecían con aquel entusiasmo que parecía impregnar hasta la última fibra de su ser, la frente se le humedecía un tanto. Una hora bastó para que todo se pusiera de manifiesto: la curiosa, singular, pintoresca expresión que cobraba su semblante cuando sus labios relataban alguna airosa aventura de viaje; el aire cosmopolita y aquel indómito vigor del pensamiento que más tarde aprendí a reverenciar con tanto afecto; el vagabundeo sublimado que a veces iluminaba su semblante, cuando no se deslizaba casi imperceptiblemente en la conversación. Antes de que hubiésemos apurado el segundo cigarro, había decidido que mi compañero de viaje era sincero, original y sabio. No había en él afectación alguna; era tan sano de mente como de cuerpo; estaba tan libre de vanidad como su cuerpo de taras. Se sumergió inmediatamente en el relato chispeante de sus aventuras en Abisinia, que yo le había pedido; y aunque, como es natural, el protagonista de su narración era él, daba la impresión de no sentir interés directo por el Stanley de quien hablaba, cuyos defectos y flaquezas mencionaba libremente, sin vacilar.”</p>
<p class="bodytext">Se encontraba Stanley relatando el saqueo que siguió a la toma de Magdala, cuando el tren llegó a la estación de Albacete. Un hombrecillo de cejas oscuras y cara pálida irrumpió en el compartimento y les expresó su temor de que el tráfico ferroviario estuviera cortado, lo mismo que el telégrafo, por lo que era probable que no llegaran a Valencia, donde se encontraba su mujer, antes de que hubiera empezado el bombardeo. Stanley inició con el hombrecillo una animada conversación, circunstancia que aprovechó King para acurrucarse en un rincón y dormirse. Cuando se despertó, el Sol entraba a raudales en el tapizado compartimento, por lo que agradeció que alguien le hubiera cubierto su cabeza con un mapa. Mientras se esforzaba en espabilarse, Stanley, fresco como una rosa, fumando un pitillo y comiendo una naranja alternativamente, le dijo sonriendo:</p>
<p class="bodytext">–El sol te estaba cociendo, chico.</p>
<p class="bodytext">El tren llegó a una comarca montañosa, donde hacía frío y el cielo fue cubriéndose progresivamente. Desde la ventanilla divisaron un destacamento de guardias civiles, con sus tricornios y sus uniformes rectangulares, así como un grupo de camineros, de alpargatas, desaliñados y sucios. A media mañana, llegaron a Encina, donde un ramal del ferrocarril conducía a Valencia. La pequeña estación estaba repleta de oficiales y soldados. Cuando los pasajeros del tren fueron informados de que, tal como temían, la línea férrea estaba cortado, el hombrecillo que viajaba con Stanley y King se desmoronó hecho un guiñapo. Stanley reprodujo en el New York Herald el diálogo de sordos que mantuvo en Encina con uno de los ferroviarios:</p>
<p class="bodytext">–¿Puedo ir a Valencia directo?</p>
<p class="bodytext">–No –respondió bruscamente el funcionario.</p>
<p class="bodytext">–¿Por qué no?&#8217; (pregunta propia de mentes inquisitivas, especialmente de un neoyorquino).</p>
<p class="bodytext">–Porque no es posible, –replicó el prosaico funcionario.</p>
<p class="bodytext">–¿Por qué no es posible? (otra pregunta típica de un neoyorquino).</p>
<p class="bodytext">–Porque ahora no hay trenes a Valencia. Los insurrectos han destruido siete leguas de raíles y va a costar mucho tiempo arreglarlo, –respondió de una tirada. Qué americano curioso osaría seguir molestando al hombre tras una explicación tan exhaustiva.</p>
<p class="bodytext">–Bien –volví a la carga–, ¿puedo telegrafiar?</p>
<p class="bodytext">–No.</p>
<p class="bodytext">–¿Por qué no?</p>
<p class="bodytext">–Porque, por orden del ministro de la Guerra, no se puede transmitir ningún telegrama particular.</p>
<p class="bodytext">Esta respuesta también resultó muy satisfactoria y clarificadora.</p>
<div id="c1577" class="csc-default">
<p class="bodytext">La única posibilidad de viajar a Valencia era hacerlo por vía marítima y Stanley no tardó en enterarse de que en Alicante podrían encontrar algún barco que cubriera el trayecto. “Aunque tenga que dar la vuelta a España, ¡por el Olimpo de Júpiter!, el corresponsal del Herald debe llegar a Valencia. Rechaza de tu vocabulario palabras como &#8216;fracaso&#8217; o &#8216;imposible&#8217; y ve”, se dijo.</p>
<p class="bodytext">En un momento dado el tren que les llevaba a Alicante se paró en seco. Estaban cerca de un barranco atravesado por un torrente profundo, de rápido curso. Unos cuarenta o cincuenta individuos ocupaban el puente sobre el barranco. Una hilera de soldados conducida por un recio oficial abandonó el tren y se encaminó hacia el puente. Del grupo de ocupantes no partió saludo alguno ni ondearon ningún tipo de bandera. Asomado a la ventanilla, Stanley sacudió la ceniza de su cigarrillo y dijo caviloso:</p>
<p class="bodytext">–¡Bueno, me parece que esta vez nos han pescado!</p>
<p class="bodytext">Pero cuando la hilera de soldados alcanzó el puente, unos y otros se fundieron en abrazos. Se trataba de un destacamento de la Guardia Civil, por lo que el tren pudo proseguir su marcha.</p>
<p class="bodytext">Los primeros síntomas de la revuelta no los encontrarían hasta llegar a un apeadero, en el que unos risueños vagabundos gritaban &#8216;¡Vivan los republicanos!&#8217;, aunque los efluvios del alcohol les llevaban también a canturrear pegajosos himnos carlistas. Mujeres temblorosas cargando en los brazos cestos rebosantes de algodón y vendas subieron al tren y permanecieron mudas en sus asientos, los ojos llenos de pena, a la espera de llegar a Alicante. Un viejo tocado con un gorro cónico, que asía un cayado de pastor, se acomodó en el compartimento de Stanley y King y, después de observarles con fijeza, les preguntó si sabían si había comenzado el bombardeo de Valencia. El viejo temía que su hijo se encontrara en las barricadas y que el general Alaminos declarara una guerra sin cuartel.</p>
<p class="bodytext">Al atardecer, Stanley saltó de su asiento y señalando hacia la ventanilla gritó: &#8216;¡Ahí está!&#8217; Se refería al Mediterráneo, visible de súbito al llegar el tren a una curva. Cautivado por la soberbia extensión vacía del mar, exclamó dirigiéndose a King: “¡Eso es la vida! ¡Ahí tienes libertad! ¡Hasta la huelo!&#8217;”</p>
<p class="bodytext">Pronto divisaron un enorme peñón amarillo con un castillo en ruinas encaramado en su cumbre. Estaban en Alicante. Stanley se refirió en su crónica el “aspecto claramente moro” de la ciudad, y señaló que los edificios, constituidos alrededor de patios cuadrados, la piedra de color duna, las tejas de los tejados, de color parecido al de la tierra, y las rocas de arenisca le recordaron a Ceuta y a Argelia. “Nada destaca en Alicante -añadió- a excepción de los picos rocosos y el castillo que corona su cima.”</p>
<p class="bodytext">Camino del hotel, los dos reporteros se percataron del desorden que reinaba en las calles, debido a una revuelta republicana que había estallado ese mismo día, y que había sido sofocada. Desde la habitación de su hotel, los dos reporteros contemplaron la playa bordeada por una hilera de palmeras y se percataron de que en el puerto había barcos de varias nacionalidades. Con una toalla en una mano y en la otra una camisa limpia, Stanley dijo:</p>
<p class="bodytext">–Hay un velero norteamericano. Vayamos a ver al capitán. Él, por lo menos, nos contará lo que sepa de los disturbios de Valencia.&#8217;</p>
<p class="bodytext">Un mugriento barquero que lucía anudado alrededor de la cabeza bajo su sombrero de seis picos un pañuelo ilustrado con retratos de Prim y de otros gobernantes les llevó hasta el velero norteamericano. Por el capitán estadounidense y su mujer se enteraron de que las cosas iban mal en Valencia. El capitán trató de disuadirles de que entraran en la ciudad sitiada, pero les dijo que, si estaban resueltos a partir, aquella noche salía de Alicante un pequeño vapor hacia El Grao, el puerto distante unos cinco kilómetros de la capital valenciana. Gracias a este consejo, la mañana siguiente se encontraban en El Grao, donde se escucharon a lo lejos esporádicas descargas de mosquetes y el sordo estampido de cañones. Stanley se puso rumbo a tierra en un botecillo tan precipitadamente que King no pudo seguirle, pero pronto regresó para anunciarle, con una mezcla de satisfacción y de impaciencia, que debían darse prisa ya que el bombardeo había empezado.</p>
<p class="bodytext">El acceso al Grao estaba vigilado por una fragata y una corbeta francesas y en su interior fondeaban varios barcos extranjeros entre los que destacaban los esbeltos palos de dos bajeles estadounidenses. La vida en el puerto se desarrollaba como si nada especial estuviera sucediendo: los pescadores preparaban sus redes y aparejos; los marineros, encaramados en los obenques, se afanaban en el mantenimiento de los cordajes; los albañiles y carpinteros estaban ocupados con el cincel y el martillo en el malecón en construcción.</p>
<p class="bodytext">“Nada más desembarcar –recordó Stanley–, nos vimos rodeados de insistentes taxistas que querían llevarnos. Algunos pasajeros preguntaron sobre la posibilidad de llegar a la ciudad, que estaba a tres millas de distancia, a lo que los taxistas respondieron que todo aquel que deseara llegar a la ciudad tenía que salir a las siete, ya que las hostilidades cesaban por la mañana temprano; que al llegar a las afueras de la ciudad cada uno tenía que arreglárselas como mejor pudiera, desafiando las balas perdidas; que si continuábamos, podíamos ser disparados o podíamos llegar a los hoteles donde nos íbamos a alojar. Estas observaciones no resultaban muy reconfortantes, pero los padres y maridos preocupados y los corresponsales enérgicos no pueden arredrarse ni perder un instante por eso. Así que alquilamos unas tartanas, que no son sino una ligera adaptación de los carruajes de los árabes turcos. Las tartanas son taxis españoles o, mejor dicho, taxis valencianos, sin muelles, con asientos de estera cubiertos con un tapete verde oscuro que hace pensar en las ambulancias del ejército americano. Empezamos el viaje del Grao a Valencia sentados tan cómodamente como lo permiten las tartanas valencianas.</p>
<p class="bodytext">Dejando las estrechas calles del puerto, viajaron a trote lento hacia el interior, por la Alameda de Valencia, flanqueada a ambos lados por dos filas de sicomoros, cuyas hojas verdes contrastaban con la seca y polvorienta carretera y con la roca calcinada. Si la escena tenía grandes dosis de exótica belleza, lo que más impactó a King fueron los lugareños:</p>
<p class="bodytext">“Yo había oído decir que Europa termina en los Pirineos, pero nunca antes me había percatado de ese hecho. ¿Qué eran aquellos hombres morenos, aquellas mujeres altas, atezadas, de voluptuosas formas que pisaban el suelo como reyes y reinas? Europeos no eran: había en su porte y su habla un asomo de esplendor y majestad orientales.</p>
<p class="bodytext">King hizo partícipe de sus impresiones a Stanley, el cual, apuntando con su dedo hacia el mar, le dijo:</p>
<p class="bodytext">–Pues claro: África queda ahí, al fondo, y estamos pisando lo que fue tierra mora. El suelo que tienes bajo los pies hizo famoso al Cid.</p>
<p class="bodytext">Entre la muchedumbre de ciudadanos despavoridos que huían de la ciudad vieron tipos altos con vistosos pañuelos anudados alrededor de la cabeza luciendo mantas de vivos colores echadas en airosos pliegues sobre el hombro. Mostraban los recios brazos desnudos y largas escopetas relucientes. King los comparó con “los indios de Norteamérica, con la diferencia, no obstante, de que, pese a animarles muchos sentimientos salvajes, esta gente montaraz no era ni ignorante ni embrutecida: entreveían lo que iba a ser la tan deseada República española, y les sobraba coraje para protestar contra toda tentativa de darle muerte”.</p>
<p class="bodytext">Los signos de la contienda se hicieron cada vez más evidentes a medida que se aproximaron a la ciudad:</p>
<p class="bodytext">“Las tartanas –indicó Stanley– se apartaban apresuradamente de los barrios llenos de gente, con pálidos rostros agitados de ambos sexos y de todo tipo de edades. Ellos cerraban esta única avenida segura a la ciudad, hasta que continuar sin sufrir el bloqueo permanente de las ruedas se volvió una tarea que requería de gran habilidad. También los que iban a pie parecían poseer una sola idea, que consistía en librarse del peligro de las balas que pasaban silbando demasiado cerca. Las mujeres llevaban en brazos a sus pequeños; los padres y maridos transportaban los lares y penates de la familia; los niños pequeños daban sus primeros pasos llevando cualquier cosa adecuada a su capacidad de aguantar peso, y un continuo fluir de gente homogénea se movía hacia el mar, mientras que nosotros seguíamos hacia adelante. Llegamos al puente del Mar, que cruza el lecho del embarrado y poco profundo Turia, y que es el acceso más próximo desde el mar. Incluso entre la confusión reinante de fugitivos agitados y angustiados era imposible no echar una ojeada sobre esta típica reliquia del período gótico-árabe, con sus figuras mitad religiosas, mitad bárbaras.”</p>
<p class="bodytext">Al cruzar el puente del Mar, observaron grupos de campesinos discutiendo sobre el avance del sitio y el estado de ánimo de los insurrectos. Según Stanley, se expresaban libremente a favor de la causa republicana, aunque sin embarcarse en ataques al Gobierno, ni usando un lenguaje censurable.</p>
<p class="bodytext">Ya que no podían ir más lejos con la tartana, el problema que se les planteó fue el de transportar su equipaje hasta el Hotel de París, que según les dijeron era el mejor establecimiento hotelero de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">–¿Lo llevará usted? –preguntó Stanley a un campesino.</p>
<p class="bodytext">–¡Ca, hombre!, ni por un dólar –le replicó.</p>
<p class="bodytext">–¿Lo llevará usted? –preguntó a otro.</p>
<p class="bodytext">–Váyanse al demonio usted y su equipaje. ¿Tengo pinta de burro? –le contestó.</p>
<p>Stanley recordó una cita de Andrew Jackson, para quien los jóvenes son más valientes en el campo de batalla que los hombres. De ahí que hiciera la misma propuesta a un chico de unos 16 años.</p>
<p class="bodytext">–El hotel de París está rodeado de soldados, y los insurrectos disparan continuamente; pero si su excelencia lo desea, le llevo allí –le dijo–.</p>
<p>Al poco rato, los dos reporteros y el muchacho penetraban en la ciudad sitiada. En la plaza Príncipe Alfonso, unos soldados les pusieron sus bayonetas de acero en el pecho y les impidieron avanzar. Más tarde, fueron unos &#8216;baronets&#8217; en la calle de la Glorieta los que les dijeron que se fueran. Tras recorrer un auténtico laberinto de callejones y plazuelas, al cabo de media hora llegaron a la plaza de la Congregación. Stanley encabezaba el grupo cuando entraron en la plaza. Súbitamente, se giró sobre sí mismo al comprobar que una bala de mosquete había pasado silbando junto a él. El Hotel de París estaba en la esquina de la calle del Mar y la plaza. Calle arriba se encontraba una de las más importantes barricadas, defendida por unos cien insurrectos que disparaban continuamente hacia la plaza y el hotel. Al otro lado de la plaza había una manzana de casas modernas, flanqueadas por trescientos o cuatrocientos soldados, sus oficiales con los sables desenvainados, dando órdenes por señas. Stanley se plantó de un salto en el centro de la plaza, y gritó a King y al muchacho que avanzaran.</p>
<p class="bodytext">–Mira –le dijo a King una vez que lo tuvo a su lado–, según este oficial, hay una barricada doscientos metros calle arriba y los insurrectos han jurado volarle la cabeza a quien la asome. Yo pasaré en primer lugar; ya conoces la fama de los tiradores valencianos. ¡Ahora!</p>
<p class="bodytext">Echando mano de la maleta de King, contó hasta tres y dio un brinco. Al emprender la segunda zancada, varias detonaciones hendieron el aire y las balas le pasaron muy cerca. El muchacho partió en segundo lugar, con otra maleta; King vaciló un largo instante, transcurrido el cual cruzó también la calle. Un coro de ¡bravos! saludó la hazaña.</p>
<p class="bodytext">El Hotel de París, regentado por el francés Alphonse Bouille, ocupaba un edificio noble del siglo XVIII en cuyo interior reinaba el caos: “Pilas de vasos y pequeños objetos rotos; muebles del salón recibidor con feas rajas y fracturas, objetos valiosos hechos trizas en el suelo, paredes marcadas por las balas y un camarero herido en la cabeza; doncellas asustadas vagando por los pasillos con la mirada ida; damas encerradas en las habitaciones traseras, con barricadas, y un valiente casero francés infundiendo ánimo a los recién llegados”.</p>
<p class="bodytext">Los dos reporteros recibieron una habitación en el segundo piso con vistas a la plaza de la Congregación y a la barricada de la calle del Mar. De vez en cuando salían del edificio del hotel disparos de fusil contra insurrectos emboscados en las torres de las iglesias y detrás de chimeneas y torretas de nobles mansiones. A su vez, los insurrectos replicaban con proyectiles que a veces traspasaban los colchones que protegían las ventanas del hotel y que rebotaban de habitación en habitación, atravesando incluso los tabiques construidos a base de listones y escayola. Desde su ventana, Stanley observó los balcones del lado opuesto de la calle, llenos de soldados que disparaban de manera compulsiva contra la barricada, las torres de las iglesias, los tejados de las casas y contra cualquier cosa que resultase sospechosa. En medio de un ruido atronador vio cómo unos soldados entraban por los balcones el interior de las casas, y observó el incesante ir y venir de tropas por las calles. También se percató de la actitud “cobarde” de un importante grupo de oficiales con tendencia a “escurrir el bulto” cuando el silbido de las balas pasaba cerca de ellos. Aunque había excepciones:</p>
<p class="bodytext">“Algunos, como por ejemplo el general de brigada Palacio, haciendo gala del ortodoxo pavoneo español y dejando admirados a los jóvenes y aristocráticos ayudantes, que procuraban mostrarse estoicos bajo el fuego intenso, dijeron, con una maldición que quienes sepan castellano pueden imaginarse, &#8216;¿qué me importan a mí los disparos?&#8217;”</p>
<p class="bodytext">El capitán general Primo de Rivera, encargado por el Gobierno de sofocar la rebelión, tenía su cuartel general en un edificio próximo al Hotel de París. Por la multitud de galones que atravesaron la puerta de esa casa, Stanley pensó que casi todos los oficiales de la Península estaban a sus órdenes. Los ayudas de campo volaban en todas las direcciones, montados en corceles andaluces, llevando despachos a las distintas zonas y a los comandantes de las brigadas situadas alrededor de la ciudad.</p>
<p class="bodytext">Alphonse Bouille acababa de servir a los dos reporteros un vaso de vino cuando se oyeron gritos y juramentos en el patio trasero. Un grupo de zapadores derribó una cerca dando paso a un gran número de soldados de infantería que lo cruzaron como una exhalación. Trataban de rodear la barricada de la calle del Mar. Por espacio de unos minutos las descargas de los mosquetes fueron pavorosas; luego las cornetas llamaron a retirada. Un oficial herido, la cabeza inclinada sobre el pecho, pasó delante del hotel transportado en una camilla improvisada con cuatro mosquetes. Una larga procesión de Hermanas de la Caridad, con las manos mansamente cruzadas sobre el pecho, fue autorizada a cruzar las barricadas hacia los hospitales. De la trasera del hotel sacaron ensangrentadas camillas bajo cuyas cubiertas de lona asomaban manos crispadas y miembros dislocados.</p>
<p class="bodytext">El sitio estaba en su séptimo día y ya no cabía esperar clemencia para los insurrectos. El propietario del hotel susurró a King que toda Valencia estaba del lado de los rebeldes, pero que no toda la gente se atrevía a ayudarles, por lo que los insurrectos subsistían a base de sandías. Al parecer tenían a su alcance los víveres del mercado de abastos, pero como ellos mismos habían prohibido el hurto no podían coger nada por la fuerza.</p>
<p class="bodytext">Aunque el menú del Hotel de París se componía únicamente de carne de cerdo, pan, queso, uva y vino, ya que no quedaba otra cosa en el establecimiento, Stanley y King almorzaron como auténticos gargantúas. Los demás huéspedes no dieron muestras de tener mucho apetito. Al menor ruido, dejaban caer la comida y exclamaban alarmados &#8216;¿Qué ha sido eso?&#8217;. Uno de los camareros presentaba un surco largo y delgado en la parte alta de la cabeza, provocado por una bala perdida el tercer día del sitio. El camarero estaba tan nervioso que, al servir la comida, era más la cantidad que iba al suelo que la que llegaba a los platos.</p>
<p class="bodytext">El primer día de estancia en Valencia de los dos reporteros estuvo, según Stanley, “lleno de incidentes horrorosos, con cañonazos volando los tejados de las casas, dejando visiblemente consternados a los sitiados, destruyendo veneradas reliquias góticas y moras, derrumbando balcones bajos, levantando pilastras bellamente esculpidas y delicada tracería de piedra y otros ornamentos de las paredes, destruyendo trabajos de filigrana de las iglesias, decapitando estatuas de dioses y santos, derrumbando magníficos pináculos cuyas tallas y numerosas volutas ocuparon una vez el cincel del escultor, desfigurando nobles escudos tallados en mármol y granito”.</p>
<p class="bodytext">A las cinco de la tarde, el brigadier Velarde procedió al asalto de la barricada de la calle del Mar con 500 guardias civiles, protegido por 600 soldados apostados en los balcones.</p>
<p class="bodytext">“Los disparos fueron tremendos –informó Stanley–. Todos los soldados de los balcones agarraban su arma como si les fuera la vida en ello, mientras que muchos se excitaron tanto, que miraron el panorama desde las ventanas del Hotel de París, un proceder de lo más peligroso. Finalmente, esperando ansiosos el resultado del desfile por la calle, se oyó una explosión simultánea de cientos de mosquetes, y los insurrectos y los guardias civiles se pusieron a luchar a una corta distancia, de cuarenta yardas. Pero los españoles no pertenecen a ese tipo de almas que miran a la muerte con frío desprecio, ni pueden soportar cinco minutos de disparos a cuarenta yardas, ya que antes de que diese tiempo a producirse una segunda descarga, el cuerpo completo de guardias civiles se abría paso hacia las aceras de granito, desde donde dispararon decididamente hacia arriba, como si el aire que respiraban contuviese mortales enemigos; tampoco se les pudo animar fácilmente para que se levantasen; pero tras diez minutos tratando de matarse ellos mismos con miedos imaginarios, los guardias civiles se irguieron, pero de nuevo encogieron bruscamente las cabezas, ya que fueron barridos por una letal oleada de balas. De esta manera indigna, con la parte trasera más elevada que la que otorga realeza y dominio al hombre, desaparecieron más rápidamente que un éxodo de abejas por las calles que confluían con la calle del Mar, dejando muchas formas oscuras y bajas con la piel boca arriba.”</p>
<p class="bodytext">Hubo otros intentos ese día de destruir barricadas por parte de las fuerzas gubernamentales, aunque ninguno de ellos tuvo éxito. Desde los balcones se vertió plomo fundido y aceite hirviendo sobre la cabeza de los soldados, y fueron ejecutados dos oficiales que cayeron en manos de los insurrectos.</p>
<p class="bodytext">Al día siguiente, cuando King se despertó Stanley ya estaba en pie, jugándose el tipo en el balcón mientras observaba a los insurgentes. Se expuso tanto al tiroteo que una bala le chamuscó el pelo. Entró en la habitación, se sentó en el sofá y, tras unos momentos de completo silencio, reconoció que “fue un error de juicio” por su parte haber dado la espalda a los tiradores durante un instante. “De haber estado de cara, habría visto la deflagración y me hubiera apartado”, dijo.</p>
<p class="bodytext">El alba del 16 de octubre discurrió tranquila, pero, hacia las ocho de la mañana, cuando los soldados habían tomado su desayuno y se suponía que los insurrectos habían terminado el suyo, el bombardeo de la ciudad y la lluvia de disparos se reanudaron. Saliendo de nuevo al balcón, Stanley preguntó a un soldado atrincherado detrás de las balaustradas de piedra del Banco de Crédito de Valencia, que estaba justo enfrente, cuáles eran sus expectativas para ese día. Sin dejar de disparar y a medida que cargaba su mosquete, el soldado le fue diciendo que había una orden de bombardeo general de la ciudad a las diez de la mañana; que, simultáneamente, habría un ataque general; que los generales Alaminos y Terrer dirigirían el ataque; que, incluso, participaría en él el general Primo de Rivera; que habían llegado de Barcelona, Málaga y Cádiz 6.000 hombres durante la noche; que dos piezas de artillería, apostadas delante de cada barricada, comenzarían el ataque.</p>
<p class="bodytext">Hacia las nueve de la mañana dio la impresión de que los combatientes se habían dado un respiro. El Ejército había recibido un telegrama de Prim en el que éste señalaba que tenían asegurada la victoria, por lo que deberían mostrarse clementes con los insurrectos. Stanley reconoció en “un viejo caballero militar sombríamente vestido, de barba puntiaguda y largos bigotes poblados, de mirada taciturna y exhalando superioridad, cargado de desprecio”, que se encontraba a la sombra de los sicomoros de la plaza de la Congregación, al capitán general Rafael Primo de Rivera, “del que se dice que desciende de los príncipes de Aragón”. El general puso una nota en las manos de un emperejilado oficial y le mandó que la trasladara a las barricadas. Con un clarín por toda compañía y haciendo ondear una pequeña bandera blanca, el oficial cumplió con su deber. Instantes después la nota era leída en grupo por los jefes de los insurrectos, que acogieron la exigencia de rendirse incondicionalmente con una tumultuosa y vehemente desaprobación. La respuesta que dieron por escrito al oficial no podía ser más desafiante: “No nos rendiremos salvo bajo la condición de que todos quedemos en libertad, de que nadie sea considerado responsable de lo que haya ocurrido desde el comienzo del levantamiento en defensa de nuestras libertades. Tenemos 14.000 hombres; tenemos armas y sabemos usarlas; tenemos comida en abundancia, y seguiremos haciendo lo que hemos hecho hasta ahora”. Primo de Rivera y los tenientes generales Rosales y Alaminos estaban sentados en la plaza cuando observaron que la bandera de tregua estaba de vuelta. El general agarró la carta que contenía la respuesta de los insurrectos, la leyó en alto y dijo tajantemente: “Bueno, han firmado su propia perdición”. Pese a todo, los tres militares siguieron deliberando. Según Stanley, no podían dejar de lado la orden de Prim, ni desdeñar su recomendación:</p>
<p class="bodytext">“Los celos rondan las altas instancias, lo mismo que las bajas, y cualquier exceso de crueldad y dureza innecesarias pueden volverse contra el hacedor. Pasan los minutos discutiendo. Los oficiales o figuras menores gritan a los espectadores angustiados que se agrupan alrededor del consejo de guerra: “a sus casas, a sus casas. El tiroteo va a comenzar.&#8217; Al oír estas palabras, los soldados se arrodillan y la espada terrible de la guerra aparece en perspectiva.”</p>
<p class="bodytext">El oficial retornó a las filas insurgentes llevando la respuesta de que todos los insurrectos podían quedar libres tras entregar las armas, pero que los jefes debían rendirse. Los insurgentes fueron una vez más tajantes: “Nadie debe de ser considerado responsable del levantamiento; entregaremos las armas, pero no a las personas”. Disgustado, Primo de Rivera encargó a otro oficial que comunicara el mensaje de que era imposible aceptar condiciones semejantes y que el Ejército de 16.000 hombres que rodeaba la ciudad no debía ser tomado a la ligera. Fue entonces cuando sucedió “algo demasiado romántico, algo que -según Stanley- nunca sucede en la vida real, ni en la guerra de verdad”. El oficial encargado de llevar a los insurrectos el nuevo mensaje reconoció en la figura del jefe de los rebeldes a un hermano al que no había visto durante años: “El jefe responde al reconocimiento fraternal, y se echan uno en brazos del otro, labio contra labio, los brazos alrededor del cuerpo del otro, el corazón latiendo en respuesta al otro corazón, y hay tal intercambio de afecto, de preguntas, de palabras cariñosas, y luego más abrazos, más besos, que la épica del sitio de Valencia va a resultarle difícil no ser alterada al escuchar este episodio”. King señaló por su parte que los dos hermanos llevaban veinte años sin verse y que “ese episodio fue el origen del pacífico arreglo de una rendición honorable”, ya que al cabo de unos minutos “soldados y montañeses se encontraban comiendo pan y bebiendo vino juntos, y comenzaron a derruir las barricadas”. Amalio Gimeno, autor de un detallado relato del sitio de Valencia , acrecentaría la épica del suceso al situarlo en pleno enfrentamiento en una de las barricadas:</p>
<p class="bodytext">“A la cabeza de unos cuantos soldados se arroja un capitán, espada en mano, sobre la barricada –señaló–. Juan Salinero, al verle, lanza un grito salido del fondo de su corazón, y diciendo a los suyos: &#8211; &#8216;No tirar, ¡es mi hermano!&#8217; Salta por encima del montón de piedras y cae en los brazos del oficial del ejército que lo estrecha enternecido contra su seno.”</p>
<p class="bodytext">Según Stanley, los dos hermanos se dirigieron a la plaza de la Congregación y se presentaron al general Primo de Rivera. El hermano insurrecto “contó su historia e informó al capitán general de la decisión a la que habían llegado los insurgentes, que iba a mantenerse firme ante cualquier tipo de amenaza.”</p>
<p class="bodytext">“Los otros generales –añadió Stanley–, con sentimientos entremezclados al ver a este jefe, tan truculento en los últimos tiempos, rebajarse desde su insolencia de insurgente, con el corazón rebosante de cariño, añadieron a sus oraciones la idea de que el perdón podría extenderse a todos. El general Primo de Rivera, perplejo aún, rechazó la idea de conceder unas condiciones tan fáciles; pero, finalmente, a las cuatro de la tarde cedió. Aún se percibían claramente los roncos cañonazos, se veía la humareda de la batalla, la artillería sonaba enardecida en la distancia y el fuego de los disparos era fosforescente. Sin embargo, el drama innombrable había finalizado.”</p>
<p class="bodytext">Stanley se felicitó por este inesperado desenlace, ya que “las naciones civilizadas no suelen entender las masacres de civiles que caracterizan a los generales españoles. Además, la coerción es antinatural, y la reconciliación con los insurgentes valencianos era lo mejor”.</p>
<p class="bodytext">Partiendo de la calle del Mar, la noticia se extendió como un rayo por la ciudad. “¡Así es la paz!, exclamó el corresponsal del New York Herald al comprobar que las calles presentaban ahora un aspecto bien distinto.</p>
<p class="bodytext">“La corriente de la vida afloró y fluyó con fuerza. Un río de ciudadanos se desplazó al centro de la ciudad para observar la destrucción y el horror. Surgió otra corriente hacia el extrarradio para respirar aire fresco y comprar alimentos, ya que habían permanecido ocho días y nueve noches atrapados en los pliegues de la insurrección y de un duro sitio. ¿Quién puede contar cómo vivieron durante este tiempo?</p>
<p class="bodytext">Se abrieron las tiendas y las mujeres de los insurgentes regateaban cuando encontraban algo necesario para vivir. Los soldados, tras los sucesos del día, con su buen apetito, habían tomado las panaderías, y estos tipos duros no se sentían desmoralizados, ya que ofrecían su pan a hombres que dos horas antes eran insurrectos, por lo que se daba una sucesión de abrazos trascendentales de amistad convertida en afecto entusiasta, con tal emoción que sus rasgos palidecían. Todo esto es muy español. Pero lo que haya podido ocurrir en secreto, en esta noche llena de acontecimientos, en los hogares de la ciudad, después del reagrupamiento de las familias y de la estimación de las pérdidas –lo que haya podido ocurrir en las asambleas secretas de los obstinados jefes insurgentes–, en nada de eso va a indagar el corresponsal. Pero fue en los cafés donde se veía en todas las caras una transición rápida de la gravedad a la alegría, de la alegría a la histeria. Bajo la creencia general de que el sitio había terminado, bajo la oleada de euforia feliz que surgió, bajo la alegría exuberante que embargó todos los corazones tras las fatigas, la tensión horrorosa de largos miedos y dudas, y el suspense terrible, por qué preguntarse si la gente lloró a mares, y si se bebió vino generoso de Jerez, Valdepeñas y champán, de vaso en vaso, para apaciguar las emociones. Si el capitán general Primo de Rivera, después de despachar sus felicitaciones al ministro de Guerra, se sentó a la mesa, rodeado de multitud de oficiales, y ellos también incurrieron en libaciones abundantes y en grandes jaranas, siguiendo así hasta la madrugada. ¿Por qué necesitamos preguntarnos o sorprendernos por semejante final para un día tal, cuando durante seis siglos no se ha visto un sitio parecido al de Valencia?”</p>
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