Texto: Diego González*
Boletín 84 – Sociedad Geográfica Española
Geografía insólita del mundo
Si nos paramos a pensarlo un momento, existen pocos conceptos más arbitrarios que el de la frontera entendida como límite administrativo internacional. Una línea en el mapa, una piedra en el territorio, y a un lado hay leyes, costumbres y lenguas incompatibles con las del otro; una separación de metros que puede significar un mundo. Desde hace treinta años, en buena parte de Europa estamos acostumbrados a las facilidades del Espacio Schengen, que nos permiten recorrer sin trabas cualquier distancia intermedia entre, pongamos, Algeciras y Cabo Norte.
Pero las fronteras, que concebimos como algo sólido, estructurado y sencillo de comprender (aquí acaba un país y empieza otro), a menudo nos sorprenden con situaciones complejas, insólitas y también absurdas. Este es un viaje a los límites de la geografía, o a la geografía de los límites.
El pueblo de las mil fronteras
Baarle es un pueblo que en realidad son dos, aunque realmente sea uno. Si la frase es confusa, la realidad lo es aún más: Baarle no está dividido en dos, sino en veintinueve. Explicarlo llevará un poco de tiempo: Baarle son dos localidades, Baarle-Nassau y Baarle-Hertog. La primera pertenece a los Países Bajos, la segunda es belga. Pero en el mundo real hay un único pueblo, con sus calles, sus casas, sus negocios y su plaza mayor. Una frontera que cruza por el medio de un área urbana no es extraña; Constanza y Kreuzlingen, Gorizia y Nova Gorica o Hendaya e Irún son tres de los muchos ejemplos que hay en Europa. Pero Baarle es especial porque no hay una frontera, sino docenas de ellas. Baarle-Hertog está compuesto de veintidós trozos de Bélgica en territorio neerlandés, y para mayor diversión, dentro de esos enclaves belgas se esconden otros siete enclaves holandeses; enclaves dentro de enclaves, metaenclaves.
El origen del desaguisado está allá por el siglo XII, cuando después de una serie de escaramuzas y disputas legales el Duque de Brabante le ofrece como pago al Señor de Breda unas tierras sin cultivar, pero se queda las que ya estaban siendo trabajadas. Los eriales que recibió el de Breda son hoy Baarle-Hertog, y los campos que permanecieron bajo el control de Brabante se llaman hoy Baarle-Nassau. Esta clase de apaños no eran raros en la Edad Media y casi todos se resolvieron en el siglo XIX, pero el follón fronterizo de Baarle sobrevivió a casi un milenio de guerras, revoluciones y conquistas hasta llegar a hoy en día, donde la principal labor de los alcaldes es ponerse de acuerdo en quién paga qué. Calles y plazas están partidas en dos, el alcantarillado cruza fronteras cada pocos metros y hay negocios con la puerta en un país y la trastienda en otro que tienen que decidir a qué hacienda le pagan impuestos. Por suerte para los poco más de diez mil habitantes de la(s) localidad(es), la vida desde hace unas décadas es mucho más sencilla: todos usan la misma moneda, profesan la misma religión y hablan la misma lengua. La única línea divisoria hoy en día es a qué selección de fútbol animar.
El huevo frito del desierto
El Estrecho de Ormuz es últimamente un lugar conflictivo, y ya lo era hace un par de siglos cuando los británicos bautizaron toda la costa de la Península Arábiga como Costa de los Piratas, en una versión geopolítica del adagio “le dijo la sartén al cazo”. Para poner un poco de orden en el caos, Gran Bretaña acogió a todas las tribus de nómadas que habitaban ese rincón de la península, formándose así los Estados de la Tregua (Trucial States), una confederación bastante vaga e imprecisa convertida en protectorado del Imperio Británico. Cada tribu, aldea, vecindario o rebaño de camellos fue libre de decidir a cuál de las familias reales juraba lealtad, aunque sobre el terreno eso no tenía mucha importancia porque se trataba de miles de kilómetros cuadrados de desierto.
El problema llegó cuando se descubrió petróleo en los años 50 del siglo XX, y entonces sí que hubo que delimitar muy claramente dónde empezaba un emirato y terminaba el de al lado, para repartirse los beneficios del oro negro. Así se formaron un montón de enclaves de unos emiratos dentro de otros, dependiendo de a qué monarca hubieran declarado su fidelidad los habitantes de uno u otro pueblo. Y así surgió el follón fronterizo: los habitantes de Mahda, un pueblo al este del protectorado, decidieron ser leales a la familia Abu Said, los monarcas de Omán, y por lo tanto todo su territorio se convirtió en omaní. En su interior, la minúscula aldea de Nahwa, que incluso hoy en día tiene pocos centenares de habitantes, votó por permanecer al lado de los Al Qawasim, y por tanto dentro del Emirato de Sarja. Así que Nahwa quedó como un enclave emiratí dentro del territorio omaní de Mahda, a su vez un enclave dentro del Emirato de Sarja. Un huevo frito fronterizo, un dónut del desierto.
Entre Mahda y Emiratos Árabes no hay una frontera visible, pero en el enclave se paga en riales omaníes y la gasolina es apreciablemente más barata que al otro lado de la raya. En Nahwa, una de las localidades más pobres de los Emiratos Árabes, la gente hasta hace poco vivía en chozas miserables sin agua corriente. Las consecuencias de una raya pintada en el desierto.
El carril bici belga que parte Alemania en pedazos
De la ciudad de Aquisgrán parte un carril bici que culebrea a lo largo de 125 kilómetros por prados y bosques de un verdor esplendoroso hasta llegar al pueblo de Troisvierges, al norte de Luxemburgo. Hay veinticinco kilómetros de su recorrido que discurren a través de Alemania, pero en ellos el asfalto del camino para ciclistas nunca deja de ser belga. En esos tramos de su recorrido, Bélgica tiene seis metros de ancho. El país más estrecho del mundo.
Cuando fue construido a finales del siglo XIX, el Vennbahn era un ferrocarril para transportar hierro y carbón desde las minas a las fundiciones alemanas. Al estallar la Primera Guerra Mundial, el ejército teutón invadió y ocupó a su vecino, con la delicadeza suficiente como para que el hecho fuera conocido como «la violación de Bélgica» en la propaganda de guerra de la época. Tras la derrota en el conflicto, Bélgica exigió reparaciones de guerra, y en el Tratado de Versalles les fueron otorgados tres cantones alemanes: Eupen, Malmedy y Sankt Vith, que forman hoy la región germanoparlante de Bélgica. Con ellos Bélgica también recibió el Vennbahn, pero esto generaba un problema: el trazado de la vía salía y entraba de Bélgica varias veces, y los belgas, comprensiblemente, preferían no dejar sus infraestructuras en manos del país que acababa de invadirles. Así que exigieron, y obtuvieron, la soberanía sobre las vías y las estaciones de todo el recorrido. Todo lo que quedó al oeste del trazado del ferrocarril quedó separado del resto de Alemania por unos pocos metros de territorio belga, creando así cinco enclaves, el más pequeño de ellos, una pequeña granja alemana que no podía acceder más a su país.
Noventa años más tarde, el ferrocarril, ya sin ningún uso, fue desmantelado, y reconvertido en una pista para disfrute de familias en bicicleta y excursionistas en patines, pero la frontera, nacida de un conflicto del que ya nadie se acuerda, permaneció como una cicatriz, seccionando Alemania como un recordatorio de la historia.
El valle de los enclaves
Allá por la primera mitad de los noventa las editoriales escolares actualizaron sus libros de geografía, obligando a los adolescentes de la época a aprenderse docena y media de países nuevos, de Eslovaquia a Azerbaiyán y de Bosnia a Armenia. Entre esas repúblicas recién nacidas estaban los Istanes, que nos volvían locos a todos porque nos hacíamos un lío tremendo entre tanto país que se llamaba parecido y que encima rimaban con otros países que ya existían. Pero si para los adolescentes de la generación Tamagotchi aprender la diferencia entre Kirguistán, Uzbekistán y Tayikistán fue complicado, para los habitantes de esos países lo fue aún más.
El lugar donde se cruzan las fronteras de esas tres naciones es el Valle de Ferganá, la región más fértil y densamente poblada de Asia Central, y por lo tanto la más disputada y deseada. Cuando la Unión Soviética trazó las fronteras entre las distintas repúblicas que había conquistado, en seguida descubrieron que era una tarea casi imposible, así que intentaron equilibrar el poder y la demografía entre las tres entidades, sin excesivo éxito. Al trazado retorcido de la frontera pronto se añadieron diversos enclaves producto de intercambios de territorio entre unos y otros a cambio de cosas como derechos de riego y campos de cultivo, pero esas modificaciones fronterizas rara vez eran aprobadas por Moscú. O siquiera conocidas. No tenía mucha importancia hasta que en diciembre de 1991 la bandera soviética se arrió por última vez en la Plaza Roja y tayikos, uzbekos y kirguises se encontraron con una frontera definida de una forma tan vaga que realmente nadie tenía claro dónde empezaba un país y acababa otro.
Unido a los conflictos civiles consecuencia del hundimiento del comunismo, aquello solo podía acabar en escaramuzas, batallas, guerras y limpiezas étnicas, y es exactamente lo que sucedió. La disputa se solventó, esperamos que de forma definitiva, a principios de 2025 cuando los tres países terminaron de firmar otros tantos tratados bilaterales definiendo sus límites comunes de forma precisa. En total han quedado ocho enclaves de unos países dentro de otros: uno de Kirguistán en Uzbekistán, cuatro de Uzbekistán en Kirguistán, uno de Tayikistán en Uzbekistán y otros dos de Tayikistán en Kirguistán. El enclave más grande de los ocho, un distrito entero llamado Soj, es uno de los cuatro pedazos uzbekos situados en Kirguistán. Pero sus ochenta mil habitantes son íntegramente tayikos. Como para no hacerse un lío.
La frontera más corta del mundo
Hay aproximadamente un cuarto de millón de kilómetros de límites internacionales en nuestro planeta, entre los aproximadamente ciento cincuenta países que tienen algún vecino con el que comparten frontera. Y de esa cantidad ingente de líneas sobre el mapa y el territorio hay una tan breve que durante mucho tiempo no se sabía si existía o no. Se trata de la frontera entre Zambia y Botsuana, que de un extremo a otro mide lo que en la unidad de longitud periodística es exactamente un campo de fútbol y medio: 156 metros. **
A orillas del río Zambeze hay un pueblo llamado Kazungula, y justo enfrente, otro pueblo llamado Kazungula. Entre uno y otro discurre un puente de 900 metros de largo, conocido, para sorpresa de nadie, como Puente de Kazungula. El puente va precisamente de Botsuana a Zambia, y viceversa, y tardó casi medio siglo en construirse, no por dificultades técnicas, sino porque no se sabía si realmente los dos países compartían un límite. Además de ellos dos, existen otros dos actores implicados: Namibia y Zimbabue. Las fronteras de todos ellos son producto de la época colonial: Namibia fue colonizada por alemanes y los otros tres países por el Imperio Británico. Cuando alcanzaron la independencia, a partir de la década de los sesenta, se sabía que los límites entre ellas discurrían a lo largo de dos ríos, el Zambeze y el Cuando. La desembocadura de este último en aquel forma precisamente el límite de Zambia, Namibia y Botsuana, y a ellos se les une la frontera de esta última con Zimbabue, un viejo camino tribal.
Delimitar con precisión esas fronteras ya fue algo más complicado; durante bastante tiempo se creyó que todas ellas convergían en un punto, que habría sido el único cuadrifinio (o cuádruple frontera) del mundo, pero después de unas cuantas décadas se llegó a la conclusión de que Botsuana y Zambia compartían un límite, y por lo tanto Namibia y Zimbabue no, y que había un hueco, estrecho pero suficiente, para construir finalmente el puente que va de Kazungula a Kazungula. Por cierto, en el lado zimbabuense de la raya hay un tercer pueblo llamado igual, así que alguien en Namibia debería renombrar la aldea más próxima a la frontera para conseguir un póker único.
La frontera más ancha del mundo
En la bandera de Chipre se muestra la silueta de la isla; es una de las dos únicas banderas nacionales que incluyen el mapa del país (la otra es la de Kosovo). En el mapa de la bandera chipriota no aparece ninguna frontera, pero en la isla de Chipre sí que las hay, y una de ellas tiene el extraño honor de ser la más ancha del mundo. La única, en realidad, que no es una línea matemática infinitamente fina. Y al otro lado de esa frontera hay un país que a menudo no aparece en los atlas y que casi nadie reconoce como tal.
Cuando Chipre se independizó del Reino Unido en 1960 lo hizo con una constitución que aseguraba dos cosas. Una, la soberanía británica sobre dos pedazos de la isla, las llamadas Bases Soberanas de Akrotiri y Dekelia, dos territorios de soberanía británica reconocida internacionalmente donde se ubican otras tantas bases militares del mismo país, y donde residen numerosos habitantes chipriotas. Y la otra, que los habitantes griegos de la isla (tres cuartas partes) compartirían el poder con los turcos, que entre los siglos XVI y XIX habían mantenido el control de Chipre. Lo primero se cumplió más o menos bien, lo segundo, bueno, no tanto. En 1974 el gobierno de Grecia patrocinó un golpe de Estado en Chipre para forzar la unión de los dos países, una vieja aspiración nacionalista en ambas naciones, pero que por razones bastante obvias no estaba bien vista por los turcos de la isla, ni tampoco por Turquía. Este último país procedió a invadir el territorio chipriota, y en pocas semanas de guerra se aseguró el control de un tercio de la isla. Las limpiezas étnicas subsiguientes aseguraron cierta homogeneidad en las dos zonas. Entre el territorio controlado por el gobierno de Nicosia y el que cayó en manos de Ankara se situaron las fuerzas de Naciones Unidas, que medio siglo después permanecen allí.
Con una anchura que va de los pocos metros en Nicosia (la última capital dividida del mundo) a varios kilómetros en los campos del sur de la isla, la zona bajo control de la ONU está fuera del alcance de los dos gobiernos; el norte de la isla proclamó su independencia con el nombre de Chipre del Norte hace cuarenta años, pero nadie, salvo Turquía, se ha molestado en reconocer esa independencia. Para el resto del mundo, todo Chipre, excepto los dos enclaves británicos, pertenece al sur. La Línea Verde, que recibe ese nombre por el color del rotulador que se utilizó para trazarla sobre un mapa, es uno de los últimos vestigios coloniales dentro de Europa, herencia de dos imperios, el otomano y el británico.
* Diego González es autor del blog Fronterasblog.com y del libro Historiones de la geografía (geoPlaneta)
** Esta frontera compite por el título de la más breve con otra excepción en el mapa: la que separa Marruecos y España en el Peñón de Vélez de la Gomera: una franja de apenas 85 m de arena, cruzada por una cuerda azul y totalmente cerrada al tránsito, que separa realmente dos continentes: Europa y África.