Viajeros rusos en  España

En el siglo XIX visitaron España una serie de viajeros rusos, generalmente como extensión del imprescindible viaje a Francia. Entre ellos hubo marinos, mili- tares, diplomáticos,  artistas  y escritores. Algunos de ellos dejaron sus impresiones de viaje en diarios o libros que destilan en general simpatía por un país que sienten próximo. Un libro conmemorativo publicado con motivo del Año Dual Rusia-España celebrado en 2011, se hace eco de esta vieja relación.

Por Emilio Soler

Bibliografía: Boletín 41 especial Desiertos del Mundo

José Fernández Sánchez, español muy buen  conocedor de las cosas de Rusia, afirmaba en su excelente libro Viajeros rusos por la España del siglo XIX , (imprescindible al menos para el buen resultado de este trabajo), que para los habitantes de ese país que poseyeran buena imaginación o tuvieran una posición económica boyante, darse una vuelta por la España del siglo XIX era la única forma de conocer una nación de la que se sabía bien poco, a pesar de que tantos y tantos literatos habían escrito sobre las similitudes de caracteres entre los habitantes de ambos países. No eran éstos exactamente los viajeros que de forma menos intrépida visitaban los balnearios de Centroeuropa buscando mejorar su salud y apostando en las ruletas de los casinos. Probablemente eran los mismos que, siguiendo la estela de Goethe, buscaban la luz del sol que iluminaba las bellezas artísticas italianas, esas por las que el autor de Fausto sentía una incontrolable pasión. Estos viajeros rusos por Italia eran un fiel reflejo de la admiración que sintieron los primeros zares por el encanto italiano, que llegó a convertirse en una verdadera obsesión por atesorarlo en sus palacios de Moscú y San Petersburgo, a pesar de los temores  a las influencias occidentales que sufrían los mandatarios de aquel régimen autocrático y xenófobo.

Había visitantes rusos que se dedicaban a ampliar sus conocimientos técnicos en un Berlín que iba aumentando considerablemente sus colecciones y ampliando las perspectivas científicas de medio mundo.  Otros viajeros lo hacían por la fuerza de la necesidad y a los que los gobiernos absolutistas zaristas los habían declarado en rebeldía por sus ideas políticas y no habían tenido más remedio que refugiarse en algunos países nórdicos vecinos del Báltico o en la neutral Suiza para escapar de la represión.

FRANCIA-RUSIA-ESPAÑA

Los viajeros rusos también dejaban sentir su pasión por un París que cada vez más se convertía en la capital mundana del continente y les gustaba admirar,  y si era posible aprender, la posición dominante  que tuvo Francia en la Europa del Barroco, muy especialmente en el campo de la cultura ya que, por ejemplo, los grandes autores europeos de la época y los clásicos españoles fueron conocidos en Rusia merced a las traducciones que se hicieron de sus obras al francés, idioma bastante conocido por la intelectualidad y la burguesía rusas que, poco a poco, se iban introduciendo también en el conocimiento del castellano.

Un caso similar pero al contrario vendría a suceder en España con las obras de los grandes escritores rusos, que también se conocerían en nuestro país a través de sus traducciones al francés y, posteriormente, al castellano. El profesor Juez Gálvez señala que en 1838 apareció la primera obra rusa traducida  a nuestro idioma a través del idioma galo, aunque, como es bien sabido, la gran impulsora de la recepción de la literatura rusa en España sería la escritora Emilia Pardo Bazán,  en particular con su celebrada conferencia del Ateneo madrileño y la publicación de su libro en 1887  La revolución y la novela en Rusia.  En este destacado papel por la promoción de una  literatura rusa desconocida totalmente en España, tomaba el relevo Rafael Cansinos Sáenz con sus excelentes traduc­ciones del ruso al castellano de autores como Dostoievski, Turgueniev, Gorka, Tolstoi o Andéiev.

En reciprocidad, y por motivos más literarios, innumerables e importantes es­critores galos se desplazaron a la fría y exótica Rusia, un país que durante la centuria ilustrada se abrió a Europa tomando como modelo a la dulce y poderosa Francia. Situado entre Europa y Asia, el imperio de los zares hacía mucho tiempo que había provocado la curiosidad de los literatos franceses, que lo veían como un país que deseaban visitar tanto como temían hacerlo. Como señala Claude de Grève, los visitantes galos, animados por el misterio de un país vasto y misterioso, se pasearon, al menos parcialmente, por la vasta nación, tomando buena nota de lo que veían en San Petersburgo, la ciudad rusa más europea; en Moscú, la Roma tártara; por la céle­bre feria de Nizhny Nóvgorod; por los bosques impenetrables del Ural; por las estepas ucranianas; por la ucrania­ na  Kiev; o viajando por el inmenso Caúcaso.

De este modo, filósofos, diplomáticos, artistas y sobre todo, literatos de fama mundial como Balzac, Gautier, Potocki, Diderot, Voltaire o Dumas padre, entre otros muchos, nos dejaron entre los siglos XVIII  y XIX observaciones impagables sobre la política, el arte o las costumbres rusas; algunas, como los famosos baños comunitarios o el papel de las  mujeres en los albergues, muy subidas de tono tan al  gusto de la  época romántica.

Por  otro lado, y en cierta reciprocidad cuando terminaba su periplo francés, el viaje a España no  quedaba sólo reservado para los rusos amantes de lo exótico, para aquellos que deseaban conocer un  país cercano a África y que cerraba, o casi, la Europa del romanticismo. Muchos militares, especialmente marinos, no tuvieron más remedio que acercarse por estas tierras obedeciendo las  órdenes de los gobiernos despóticos zaristas. También, y no menos importante, un pre­texto para visitar nuestro país lo constituía la oportunidad que se brindaba a los múltiples amantes del ideal cervantino/quijotesco como metáfora de la lucha por los ideales sublimes.

Por otro lado, otro motivo de su visita lo constituía el recuerdo de un  pasado español glorioso al que siguió una rápida y pronunciada decadencia. Al menos para los históricos seguidores de aquella antaño poderosa España en  cuyos do­minios nunca se ponía el sol, a pesar de la leyenda negra o como consecuencia de ella, ya que los regímenes despóticos que solieron gobernar ambos países a lo largo de la historia hacía que los rusos sintiesen una cierta inclinación por nuestra nación tan diferente y tan  semejante en tantas cosas.

Otros muchos, más  de lo que en un principio la lejanía entre ambos países hu­biera hecho pensar, vinieron a conocer de cerca “las  cosas de España” y aprender nuestro idioma siguiendo la estela común comenzada en el siglo XVIII, cuando ambos países intentaban salir del atraso secular en el que habían vivido y entrar en la modernidad del llamado Siglo de las Luces de la mano de dos monarcas rodeados de ministros reformistas: Felipe V, en España y Pedro I, en Rusia.

Pero, en este aspecto y al contrario de lo que pasó con visitantes foráneos de otros países europeos como Francia o Inglaterra, los importantes escritores rusos nunca se dejaron ver por estas nuestras tierras meridionales aunque, eso sí, bastantes se refirieron a ellas en sus obras. Nombres fundamentales en  la historia de la literatura rusa a caballo entre el siglo XIX y el XX, como Pushkin, Mogol, Tolstoi, Dostoievski , Turgueneiev o Chéjov, jamás estuvieron por  España, y bien que lo lamentamos porque por esa  razón ahora no disponemos de un testimonio escrito de su paso por aquí.

Aunque algunos autores rusos, como Dostoievski o Pushkin, sí citaron a  España o tomaron temas relacionados directamente con nuestro país en alguna de sus obras. Un ejemplo sencillo lo tenemos en  una frase que coloca Dostoievski en boca de uno de los personajes de su cuento Socineniâ, traducido al francés como Le Rêve de l’oncle (El sueño del tío), Moscú, 1956: “España…  con la soberbia Alhambra, sus mulos, los españoles… donde se hunde el Guadalquivir; no nuestro maldito río de nombre indecente… ” Frase irreal donde queda meridianamente claro que don Fíodor tan sólo conoce España por referencias lejanas ya que el Guadalquivir, ¡ay!, queda bien lejos de Granada. Ésta puede ser, también, una muestra evidente del recurso de citar lugares comunes e ideas tan vagas como ilógicas sobre un país lejano y exótico del que sabían bien poco incluso literatos de la talla de Dostoievski. La  profesora Irina Gouzévitch señala a este respecto que la imagen de España en múltiples ocasiones quedaba reducida a la comparación con Andalucía, lugar inevitable de paso, e incluso de culto, para los  rusos que se atrevían a viajar por  aquí.

Lamentablemente para el  conocimiento de lo que vivieron y sintieron en este país,  el ejemplo de los grandes autores rusos que nunca pasearon por la piel de toro puede extenderse a multitud de profesionales y científicos que sí viajaron por estas tierras pero que no dejaron testimonio escrito de su paso por aquí. Por esta razón estableceremos una relación metodológica diferente para la multitud de rusos que pasaron algún momento de su  vida en la España decimonónica pero sin publicar relación alguna de sus viajes y todos aquellos que sí nos deja­ron un testimonio escrito de su paso por los lugares que visitaron, casi siempre Madrid, Toledo y Andalucía.

Todos ellos, los que dejaron obra escrita y los que no lo hicieron, fueron viajeros preocupados por España, país al que, en muchos casos, admiraron y que, en la mayoría de ellos dejó una huella difícil de borrar. Fueron  unos personajes que nos  legaron, algunos, auténticas joyas literarias sobre nuestro modo de vivir y pensar. El complemento de estos testimonios son las fotografías depositadas en el Institu­to Cultural de la Academia de Ciencias de Rusia en San Petersburgo, que permiten aportar un  testimonio muy difícil de encontrar en los múltiples relatos de viajeros de todas las nacionalidades que visitaron España durante el siglo  XIX, acostumbrados, algunos de ellos, a dejarnos interesantes ilustraciones sobre lo que veían y describían pero siempre mediatizado por el subjetivismo del autor. En este caso, las  fotografías recogidas de aquella época son un testimonio veraz e inequívoco de cómo era  la España descrita por estos visitantes foráneos.

LOS VIAJEROS QUE NO DEJARON TESTIMONIO

Uno de los  músicos más importantes del  Romanticismo fue sin duda Sergei Prokófiev (Sontsovka, 1981-Moscú, 1953) , que vivió fuera de Rusia entre 1918 y 1933. En 1923 conoció en Nueva York a la soprano de origen es­pañol Carolina Codina (Madrid, 1989-Londres, 1989) con quien se casó. Conocida por el nombre artístico de Lina Lluvera, fue inspiradora del personaje principal de su célebre ballet La Cenicienta. En  1935, Prokófiev estrenó en  Madrid su Concierto para  violín  nº2 en sol menor Opus 63, con  el violinista francés Robert Soëtans y la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por En­rique Fernández Arbós. Si el estreno de su obra resultó un éxito, no ocurrió lo mismo con su matrimonio con  Li­na Lluvera ya que, al  poco de regresar a la Rusia de Stalin, que en 1953 condecoró al compositor con su Gran Orden, Prokófiev se enamoró de una joven  y se divorció de Lina.  En 1948, la ciudadana Lina  lvánovna Prokófie­va fue arrestada por la policía política y, acusada de espionaje, condenada a veinte años de trabajos forzados en Si­beria. En 1956, tres años  después de la muerte del compositor, fue  redimida por las amnistías postestalinistas.

Otro músico ruso que también viajó  a  España fue Nicolás Rimskii-Kórsakov (Tijvin 1844- Liubensk 1908), el célebre compositor de El capricho español (1887). Marino de profesión, estuvo en España  cuando, al terminar sus estudios en la Escuela Naval Imperial de Cadetes, realizó un viaje marítimo entre ma­res que iba a durar tres años,  de mayo de 1862 a mayo de 1865, viajando como guardamarina. Desgraciadamente, en su libro autobiográfico Mi vida musical, Nicolás no menciona su estancia española, ya que este viaje le supuso un tre­mendo contratiempo para el desarrollo de su carrera musical.

También estuvo en España, al menos una vez,  en mayo de 1921, el célebre compositor lgor Stravinski (Oraniembau, 1882-Nueva lillork 1971), que dirigió su ballet Petruskka (1921) en el Teatro Real madrileño. Durante su  estancia en la capital de España coincidió con Manuel de Falla y es muy probable que de esa amistad naciera el encargo de los Ballets Rusos de Sergéi Diágilev, con el que colaboraba estrechamente Stravinski, para que Falla compusiera el ballet El sombrero de tres picos, basada en la obra  de Alarcón. La música  lírica también llevó a España al tenor Nikolai Nikolaevich Figner (1857-1818), y a Mijáillvánovích Glinka (Novospásskoe, 1804-Berlín, 1857), que destacó especialmente pues, aunque no dejó ningún libro sobre los dos años que estuvo en España, sí que dejó mucha correspondencia con amigos y compañeros de profesión. Así conocemos sus impresiones sobre Málaga, Granada, Sevilla o Madrid.

Aunque no dejara constancia escrita en forma personal de su viaje por España, sí conocemos la estancia en nuestro país del arquitecto Kart Avgust Andréevích Beíne (1815-1858), que es  citado por el compositor Glínka en sus Memorias ya que ambos se encontraron cuando visitaban la Alhambra y más tarde en Madrid. No  fue el único arquitecto ruso que pasó por  España para estudiar su arquitectura, muy especialmente la musulmana: también lo hicieron Aleksandr lvánovích Rezánov (San Petersburgo, 1817-1877), que permanecería en  Granada y Córdoba un  año, o Pável Károlovích Notbek (San Petersburgo, 1824-1877 ) que también dirigió sus pasos a Granada y se integró plenamente en la vida de la ciudad, llegando a formar parte activa de la llamada Cuerda Granadina, especie de tertulia literario-gastronómica integrada por jóvenes escritores, entre ellos Pedro Antonio de Alarcón.

Hubo otros artistas rusos que de una manera más o menos directa estuvieron relacionados con la Cuerda granadina.  Uno de ellos fue Evgraf Semíónovích Sorokín (Kostromá 1821-Moscú 1892 ), quien, como el arquitecto Notbek, for­maría parte de la tertulia durante su estancia granadina. En los  cuadros que plasman las esencias populares españolas que vivieron directamente, se evidencia la influencia que sufrieron de Murillo. Estas pinturas se encuentran actualmente, según Fernández Sánchez, en la Galería Tretiakov de Moscú.

Evgraf Semíónovích Sorokín- “Gitanos españoles” (1853)

Un  célebre artista ruso que también participó en las  tertulias de la Cuerda Granadina fue  Grigórii Kárpovích Mijáilov (1814-1867), cuyos cuadros se guardan también en la ga­lería moscovita Tretiakov. hubo otros muchos arquitectos, pintores, músicos que viajaron por nuestro país y se empaparon de su espíritu y de su arte.  Algunos, como A. Morózov, un  rico fabricante textil de Moscú que quedó fascinado por el arte hispánico, no dudaron en encargar edificios inspirados en España a su regreso a Moscú. Morózov levantó un  edificio de estilo gótico-mudéjar en la calle Vozdvízhenka que pronto fue conocido como el castillo español y en él guardaba una colección completa de pintura en  la que figuraban varías cuadros de Pablo Picasso, del que el fabricante era un ferviente admira­dor.

Aunque no dejó obra escrita sobre España, al menos que sepamos, otro ruso que se interesó vivamente por los asuntos de este país fue Aleksandr Ivánovich Turguénev (1784-1845). Este  funcionario e importante terrateniente al mismo tiempo que librepensador, se interesó desde joven por la historia y la literatura  españolas y se convertiría en un excelente amigo de Juan Van Halen, con el que seguiría muy de cerca la evolución política de ambos países. En reconocimiento a su interés por España  fue nombrado miembro de la Academia de la Historia.

Según Fernández Sánchez, el 14 de julio de 1930, al mismo tiempo que lo hacía su amigo Próspero  Mérimée,  Turguénev  entraba, por fin, en territorio  español. Se trataba  de la culminación de un largo sueño. Pero, ¡ay!, bien pronto el sublime acto de amor se derrumbó por completo y se convirtió en una penosa decepción. Al día siguiente, el viajero ruso regresó con alivio a territorio francés, lo que nos privó de una interesante descripción sobre nuestro país ya que apenas estuvo por aquí veinticuatro horas.

El príncipe  Konstantin  Nikoláevich Romanov (1827-1892), hijo segundo del zar Nicolás I, desempeñó los cargos de virrey de Polonia, comandante en jefe de la flota y ministro de Marina bajo el mandato de su hermano Alejandro II, quien también le encargó que presidiera muchas instituciones rusas, entre ellas el Consejo de Ministros y el Consejo de Estado. Konstantin fue, además, el principal impulsor de que Rusia vendiera a Estados Unidos en 1867 el territorio de Alaska, ya que su posesión suponía una enorme carga para el imperio.

Anteriormente, y como comandante de la fragata Ulises, visitó el sur del Mediterráneo. Llegado a España,  se apresuró a visitar Granada, donde se hospedaría, cómo no, en el hotel Washington Irving.  Según Fernández Sánchez, un tal Ortiz, dueño del hotel, treinta años más tarde narraba a quien quisiera escucharle que él mismo había sido recadero del gran príncipe  ruso. De su trayecto por España, Konstantin llevó a San Petersburgo unas decenas de fotografías sobre este país que hoy en día se conservan en la Academia de Ciencias de Rusia.

La figura emergente de Konstantin  Románov, gran  reformador de la armada imperial rusa, se hundió con el asesinato del zar Alejandro II ya que el nuevo monarca Alejandro III,  nada predispuesto a las reformas liberales, alejó de la corte a su tío y le privó de todos los privilegios que comportaba su posición. Poco tiempo después, Konstantin sería víctima de un derrame cerebral que le llevaría a quedar completamente paralítico, falleciendo años más tarde.

VIAJEROS QUE SÍ PUBLICARON SUS IMPRESIONES

Como Francia representaba en el siglo XIX el modelo europeo a seguir por los visitantes rusos a nuestro país, lo habitual era que desembarcaran en la frontera de Irún tras haber recorrido toda Europa y pasar unas agradables semanas en el país galo. Desde la frontera vasca, tal y como hicieron muchos otros viajeros que pisaron la piel de toro, enfilaban la ruta burgalesa hacia la capital de España, incluyendo habitualmente visitas a Segovia, El Escorial y Aranjuez, lugares de recreo de la corte española. Unas semanas de estancia madrileña,  con visita incluida al museo del Prado, alguna jornada en Toledo y presentación de sus cartas o credenciales a los personajes poderosos que les habían recomendado desde su nación, introducía a los viajeros rusos decimonónicos  en los ambientes de la Corte española.

Recorrer  La Mancha y visitar Levante, especialmente si ya se había construido el ferrocarril Madrid-Alicante era una de las opciones, aunque no la preferida. Lo más habitual era marcar la ruta de Despeñaperros por Sierra Morena e introducirse en Andalucía hacia Córdoba. Desde allí, Sevilla y Granada se convertían en los objetivos más importantes, especialmente desde que en 1828 y 1829 los diplomáticos rusos, el barón Stoffregen, primer secretario de a legación rusa en Madrid, y el príncipe poeta y agregado en  la embajada rusa Dolgorúkov (Dolgoruki le llama Washington Irving), acompañaran al escritor y futuro embajador norteamericano en España, tanto en su viaje  por Andalucía como en su estancia durante meses en el palacio musulmán granadino, fruto de la cual quedaron sus famosos Cuentos de la Alambra, escritos en 1829 y publicados tres años más tarde.

El barón Stoffregen, quien no siempre disfrutara del viaje por Andalucía tanto como lo hiciera el propio Irving, acompañó al periodista y diplomático nor­teamericano en su  viaje de 1828 por Granada y gran parte de Andalucía. El príncipe compartió el viaje con  Irving en  1829, de Sevilla  a Granada, y se alojó también en el palacio rojo. De estos viajes nos dejó testimonio el propio Washington Irving que, ya antes de ponerse en marcha sospechaba las dificultades que se iban a encontrar por los caminos de aquella época. “Creíamos que éste era el modo mejor de viajar por España. En semejante disposición de ánimo del viajero y ante tal determinación, ¡qué gran país es éste donde la posada más po­bre y mísera aparece tan llena de aventuras como un castillo encantado y cada comida que esa posada os brinda es una hazaña”.

El ideal cervantino y, especialmente, la convicción  patriótica de que España y Rusia eran los dos únicos países que habían podido derrotar a las tropas napo­leónicas, fueron los estímulos que animaron a muchos viajeros rusos a dirigirse a estos lugares y, ya en España, a continuar un trayecto que solía desarrollarse en penosas condiciones. A la inexistencia de caminos en la primera mitad del siglo XIX, se unían las penosas ventas y posadas o los calamitosos carromatos que viajaban de una ciudad a otra antes de que el ferrocarril se instalara tardíamente por el territorio hispano. No ayudaba tampoco nada el fuerte calor que los viajeros rusos se encontraban al pisar Andalucía, lugar donde, además, corrían serios peligros, o al menos así lo esperaban algunos y algunas, debido al bandidaje que pululaba por campiñas y serranías.

El primer autor ruso que dejó un libro sobre su visita a España en el siglo XIX, al menos así lo afirma el profesor Lopatnikov, fue el eminente  escritor y periodista Fadéi Bulgarin en su obra Recuerdos de España, escrita poco tiempo después de la guerra contra Napoleón. Es el único libro ruso sobre España publicado en la primera mitad del siglo XIX que se ha conservado hasta nuestros días.

Fadéi Bulgarin (1789 – 1859)

Otros viajeros rusos que dejaron testimonios en forma de diarios de viaje fueron los marinos, como Kruzenstern (1770-1846), que permaneció durante unos días en Santa Cruz de Tenerife, o el teniente  Vladimir P. Románov que llegó a Cádiz el 21 de febrero de 1818 a bordo de uno de los tristemente famosos barcos que Fernando VII compró a Rusia. También marino fue Nikolái Aleksándrovicht Bestúzhev (1791-1855) que vino a nuestro país varias veces por motivos profesionales y muchos otros militares que permanecieron días, semanas y a veces meses y así dejaron sus impresiones, en libros que rara vez han sido traducidos del ruso.

Una de las obras sobre España que más impacto causó en la sociedad rusa de su tiempo fue la que escribió Vasilii Petróvich Botkin (1811-1869), miembro de la burguesía comercial, crítico de arte y viajero impenitente. Su obra Cartas sobre España aparecida en el San Petersburgo en 1857 fue publicándose  originariamente en revistas en forma de diversos artículos. En 1979 se publicaría en ruso una edición de toda la obra. En su recorrido  español, Bokin pasó por Irún,  Vitoria, Burgos, Madrid,  Córdoba,  Sevilla, Cádiz, Jerez, Tarifa, Málaga, Alhama, Vélez-Málaga y Granada.  Lo que más admira de nuestro país es “el hombre del pueblo, con su extraordinario sentido común, su claridad de ideas, la soltura y libertad con que se expresa”. Para los rusos de su tiempo fue una visión amable y positiva de un país poco conocido y excesivamente lejano, aunque tampoco faltarían las comparaciones con otras obras sobre España.

Vasilii Petróvich Botkin

 

Otro  de los viajes rusos por España  lo relató el comerciante Anátolii Nikokáevich Demídov (1813-1870),  descendiente de una de las familias más influyentes del imperio ruso, que sirvió brevemente como diplomático en París, donde comenzó su afición por la pintura romántica y flamen­ca, de la que fue  un gran coleccionista. El viaje que Anatólii efectuó por nues­tro país en 1847 duró cuatro meses, tiempo en  el que recorrió gran parte del litoral mediterráneo, ya que el autor y sus acompañantes, entre ellos el pintor Raffet, que ya había colaborado anteriormente con Anátolii, viajaron en barco y  realizaban desplazamientos hacia el interior desde los puertos en que atra­caba: Barcelona, Valencia, Alicante, Cartagena, Almería,  Málaga, Granada, Ronda, Gibraltar, Tánger, Cádiz y Sevilla fueron las ciudades más importantes que conoció Demídoffy de las que dejó constancia en su relato de viajes  pu­blicado en  francés en  1847.

También visitaron España y dejaron relatos el geólogo y geógrafo Piotr Alek­sádrovich Chijachov, que prestó especial atención a  la flora, fauna y accidentes geográficos, o el aristócrata Sergéi Aleksándrovich Sobolevskii (1803-1879), que tras ser asesorado por su amigo Próspero Merimée, hizo turismo por nuestro país.  Sus  objetivos eran, según declara: “calentarse al sol de España, escuchar sus  canciones, presenciar sus danzas, encontrarme con algún bandido que  sea muy  pintoresco pero que no resultara muy fiero”.

El naturalista, botánico, geógrafo, y geólogo ruso, Piotr Alek­sádrovich Chijachov (1808 – 1890)

Hay muchos más viajeros rusos que viajaron por nuestro país, como bien detalla el estudioso del tema José  Fernández Sánchez en su libro Viajeros rusos por la Espafía del siglo XIX. Para  concluir, destacar tres personajes singulares: el príncipe Aleksandr Vasílevich Meshchérskii (1810-1867), alto funcionario del  Ministe­rio de Finanzas y poeta, que llegó con su esposa  y una comitiva de seis personas, entre ellas un  pintor [Friedrich Eibner], con objeto de tomar las principales vistas de nuestro país, así como los grandes monumentos arquitectónicos. Visitó  Barcelona, Montserrat, Madrid y por  último, pasó el invierno en Sevilla. Como fruto de su viaje editó en Moscú en 1867 un hermoso álbum de litograffas  en color de paisajes y ciudades típicos de España:  España: álbum del  príncipe A.V  Meshchérskii.

Cromolitografía de “España: álbum del  príncipe A.V  Meshchérsky”  pintado por  el alemán Friedrich Eibner

El segundo personaje a destacar es una  mujer, Mana Bashkírteva (1858-1884), una pintora descendiente de la aristocracia rusa, establecida en París. Sus  recuerdos peninsulares quedaron reflejados en  su obra Diario de Maria Bashkirtseff, editada en 1887, tras la muerte de la pintora. Esta  publicación repre­sentaba su apuesta personal en una lucha por el reconocimiento del papel de la mujer en  el mundo del arte y en contra de un sistema que no  lo aceptaba. En sus anotaciones hispanas habla de los toros como de un “espectáculo horrible e innoble” aunque se va reconciliando posteriormente con  el espectáculo.  Los fondos pictóricos del museo del Prado le parecen excelentes y llega a decir “el Louvre empalidece a su lado”. También aparecen los tópicos sobre la mujer española y se muestra receptiva a los piropos que solían lanzarle los españoles: “Me miran, se detienen y yo renazco”.

Maria Bashkirtseff dispuesta a pintar un retrato

Por  último, hay que mencionar inevitablemente al revolucionario León Trotski y a su estancia en  nuestro país,  tras su expulsión de París en 1916. Sus  recuer­dos e impresiones sobre España se encuentran en dos de sus muchas obras: Mi vida  y Trotski en España, dedicada exclusivamente a narrar su “visita obligada a nuestro país”. Visitará San Sebastíán, Madrid y Cádiz, donde permanece duran­te  algunas semanas hasta que parte para Nueva York.  Durante el tiempo de su estancia española, el revolucionaría ruso tomó nota de todo aquello que le lla­maba la atención, aunque, como él mismo señala de manera honesta, sus impre­siones sobre España no deben entenderse como una tesis excelente, ni siquiera como un  reposado diario perfectamente estructurado. “Mis  conocimientos de la lengua española quedaron en un grado muy rudimentario: el Gobierno español no me dejó perfeccionarme en el idioma de Cervantes. Esta sola circunstancia basta para explicar el carácter,  harto superficial y ligero,  de mis  observaciones. Sería inútil buscar en este libro cuadros más o menos amplios de las costumbres o de la vida política y cultural de España.  No viví en España como investigador u observador, ni  siquiera como un turista en libertad. Entré en este país como expulsado de  Francia  y residí en él como detenido en  Madrid y como vigilado en Cádiz, en espera de una nueva expulsión. Estas circunstancias restringieron el radio de mis observaciones, al mismo tiempo que condicionaban de antemano mi modo de afrontar los aspectos de la vida española con los cuales me puse en contacto. Sin un buen adobo de ironía, la serie de mis aventuras en  España se­ría, incluso para mí, un manjar completamente indigestible”.