Diario Australia – Octubre 2009

Acomodándome a Australia

“Hace un mes que llegué a Australia. Es otro mundo. No tengo más remedio que aportar algunos datos que servirán para comprender mejor cómo es el país

“¿Australia?. Es muy grande… está lejos de todo… no sé cuanta gente puede vivir allí… es una república, creo… fue colonia inglesa… los australianos son los descendientes de los convictos que el imperio británico envió allí… ¿en el siglo XVII?… destacan en muchos deportes… la lana australiana está considerada la mejor del mundo…hay muchos cocodrilos… están muy unidos al Reino Unido… lucharon junto a los ingleses en las dos guerras mundiales… han enviado tropas a Irak, Timor…”

¿Qué sabemos de Australia? Yo, personalmente, antes de venir, muy poco. Esa era una de las principales razones para acercarme hasta este “continente”, según los ingleses, “isla, perteneciente al continente de Oceanía”, según había estudiado en el bachillerato español. ¿Isla o continente? Qué más da. Lo cierto es que es el sexto país más grande del mundo, con una superficie equivalente a quince veces España, más o menos. Lo más sorprendente, para mí, es que el conjunto de personas que habitan ese país no llega a los… 22 millones.

Iré aportando otros datos más adelante. ¿Lejos? Claro que está lejos. El avión de Quantas que me transportó desde Singapur hasta Perth, la ciudad más cercana, empleó cinco horas. Compré tabaco en el avión. Primera llamada de atención, “Sólo se permite la entrada de un cartón”. Los oficiales de aduanas amables, pero rigurosos. Salvo los bolsillos, me inspeccionaron todo lo que transportaba.

Ya estoy en Australia. Sala de llegadas internacionales. Giro la cabeza de izquierda a derecha, intentando analizar esos mil detalles que se me ofrecen. Una evaluación rápida, inconsciente, a la que se suman olores, temperatura, movimiento de personas, me prepara para introducirme en la sociedad que me espera. Esa primera impresión al llegar a un aeropuerto, en cualquier lugar del mundo, es muy valiosa, nunca me ha engañado. Busco un banco, cambio. El aeropuerto está en las cercanías de Perth, la capital de Australia Occidental. El Toyota llegará a Fremantle, el puerto de Perth, que se encuentra a unos 25 kms al sur. Un microbús me deja delante del hotel que había reservado en Singapur. Aclaremos. Hotel de “backpackers (término australiano), mochileros. Habitaciones, baños, duchas… compartidas. Amplias zonas de bar, salas de tv, lavandería, cocina, neveras, conexión a internet, piscina. Habitación para cuatro, que ocupamos tres. Armario con candado. Me fastidia, pero no tengo otra opción. El precio de una habitación, con baño, en un hotel medio, cuesta 90 euros. He llegado un viernes, el barco atracará el lunes. Mientras venía he observado que la ciudad se extiende a lo ancho y no a lo alto. Las viviendas habituales, en zonas urbanizadas, son unifamiliares con jardín. Fremantle es una ciudad agradable, con numeroso turismo interior, lugar elegido como residencia por numerosos artistas, clima mediterráneo, playas, buenos restaurantes de pescado.

Fremantle

He de pasar, como mínimo, cinco días. ¿Qué hago? ¿Qué puedo ver? Todo lo posible. Desde el mercado turístico al de venta directa de agricultores, pasando por el puerto deportivo, el comercial, calles centrales, cementerio… todo. Me acerco al museo de la prisión. O sea, una prisión convertida en museo. Parece ser que los primeros europeos en divisar la actual Australia fueron los españoles y portugueses, aunque ocultaron su descubrimiento por razones estratégicas. Luego llegaron holandeses, franceses, a la costa occidental. Los ingleses se establecieron en la oriental, con mejores tierras. Allí llegaron los primeros reclusos que abarrotaban las cárceles del imperio para trabajar en los campos. En 1829, hace nada, los ingleses se establecieron en Fremantle. Llegaron 25 barcos cargados de aventureros e inversores. Se creó Australia Occidental. Se repartieron tierras, arrebatándoselas a los nativos. El intento de estos últimos por resistir usando la fuerza, fue contestado con demoledora eficacia. Finalizó el conflicto. Los nuevos colonos habían desechado el emplear penados en sus campos, por considerarlo vergonzante, pero después de 20 años, al ver los buenos resultados obtenidos en Australia del Este, debieron acallar sus conciencias, diciéndose “Vamos a darles una oportunidad para que rehagan sus vidas. Que vengan.” Y empezaron a llegar convictos a Fremantle.

Por descontado, lo primero que construyeron fue la prisión que estoy viendo. Estuvo operativa hasta 1.991. Se ofrecen varios itinerarios a los visitantes. Hay uno que sigue los caminos utilizados por los presos que intentaron fugarse, túneles, conducciones de agua… Hay que estar en buena forma física, vestirse mono impermeable, calzarse botas y resguardarse con guantes y casco con linterna. Opto por el clásico. Paseo por las galerías, visitas de celdas, iglesia, patios, comedores, calabozos de castigo, sala de ajusticiamiento. El guía va contando minuciosamente cómo transcurría la vida en la prisión. Junto al poste al que se ataba al condenado a recibir una tanda de latigazos por haber infringido alguna norma, nos cuenta que si al reo se le había impuesto una pena de 100 latigazos y, al llegar a 70, el médico ordenaba detener la pena porque la víctima estaba a punto de morir, se le llevaba a la enfermería, se recuperaba en unas semanas y se le terminaba de aplicar la tanda de latigazos. 100 son 100. Antes de salir, leo en un cartelito que la restauración de la prisión, que se encontraba en lastimoso estado de abandono, ha proporcionado 80 puestos de trabajo estable, que justifican sobradamente la cantidad que se empleó en su reconstrucción. Algo muy australiano que luego he comprobado en otros lugares: explicar al contribuyente en qué se gasta el dinero de los impuestos.

Durante el día, Fremantle, en las calles centrales, está animado. A partir de las seis de la tarde, los comercios cierran y se convierte en una ciudad fantasma. En mi hotel se hace vida comunal. No se puede fumar en el interior, así que el patio trasero, junto a la piscinita, es lugar de encuentro. Conozco a un chileno y a un brasileño que han elegido esta ciudad para estudiar inglés. Van a quedarse un año. Llevan cuatro meses y hablan por los codos con todo el mundo. Eligieron Australia porque les resulta mucho más barato. Además aquí pueden trabajar tiempo parcial. Lola, una joven francesa, que aprendió español en Barcelona, me recomienda varios lugares destacados de la costa. Se ha quedado un año en el país. Compró una furgoneta preparada para camping, ha trabajado tres meses en un bar, ha recorrido todo el litoral. Al vender de nuevo la furgoneta al mismo que se la compró, no sólo ha recuperado el dinero que pagó, ha ganado 6 euros. Todo el mundo fuma tabaco de liar. Comprendo por qué, cuando voy a comprar cigarrillos, una vez terminado el cartón que compré en el avión. Un paquete de Marlboro cuesta 7 euros. Claro, por eso sólo permiten comprar un cartón libre de impuestos. No hay mal que por bien no venga. Yo puedo fumar dos paquetes al día. O nada. Soy muy vago para ponerme a liar cigarrillos, eso pertenece a un tiempo pasado. He dejado de fumar. Ya veremos cuando llegue a América. Desde luego, aquí, ni un cigarrillo.

Fremantle, donde desemboca el río Swan, fue la puerta de entrada de la colonización inglesa en Australia occidental. Su museo marítimo me permite comprobar la vocación marinera de la ciudad. Motivo de orgullo es el barco que ganó la Copa de América. Por primera vez en su historia, las regatas tuvieron que disputarse lejos de EEUU. También se muestra el velero de Jon Sanders que dio tres vueltas al mundo, como navegante solitario, sin detenerse, sin ayuda, en 657 días, 21 horas, 18 minutos. Concluyó su viaje el 13 de marzo de 1.988. Recuerdos de los primeros barcos que trajeron a los nuevos australianos. Un submarino, 90 metros de largo, de la segunda guerra mundial, en perfecto estado, que permite comprobar, durante su recorrido interior, el máximo aprovechamiento del espacio. Un paseo no recomendable para quienes sientan claustrofobia. Fremantle fue durante la segunda guerra mundial el más importante puerto de submarinos de la zona austral, llegando a prestar asistencia a más de 160. Fue después de la toma de Singapur por los japoneses, cuando se incrementaron las relaciones con EEUU.

Los primeros días he desayunado y cenado en cafeterías y restaurantes. Cuando el agente de la compañía que ha transportado el barco me ha hecho comprender que mi estancia en Fremantle puede alargarse durante unos días más, sin especificar, he comprendido que mi integración al nuevo ambiente tiene que ser total. Compra en el supermercado y preparar la comida en las cocinas del hotel. Después de cenar, antes de ver alguna película, en la gran pantalla de la sala de TV, unos minutos en el patio. Buen ambiente. Grupo improvisado que se compenetra inmediatamente, francesa con violín, inglés con guitarra, belga con didgeridoo, el instrumento musical de viento de los aborígenes australianos. En el cielo, la estrella del Sur.

He retrocedido 50 años en el tiempo. He vuelto a compartir habitación, con dos desconocidos. Lo que hace una semana me pareció una prueba más a superar me ha servido para comprobar que puedo adaptarme rápidamente a cualquier situación. Es más, me siento muy a gusto. Las únicas personas que he encontrado con ganas de ayudarme realmente has sido las del hotel. He comprado un número de teléfono australiano. En la tienda me han dicho que ellos no podían activarlo, tenía que ser yo. Lo he intentado, pero es completamente imposible. Operadora automática que ofrece alternativas entre las que tienes que elegir, luego otras. No entiendo todo lo que me cuenta. Desisto. En la tienda se niegan. En el bar del hotel, sonriendo, un joven me pide el teléfono. Pulsa números, escucha, pulsa. Mueve la cabeza. Llama a otro número, habla con la operadora, me pregunta cosas extrañas, el nombre de mi madre, por ejemplo, se ríe. Veinte minutos. Me lo entrega, diciéndome que en un cuarto de hora estará operativo. Así es. Al día siguiente, vuelvo a él. Puedo recibir llamadas pero no efectuarlas. Sonríe. Habla con la operadora de nuevo. Esta vez se soluciona el problema, espero que definitivamente, en 6 minutos. En general, en las tiendas, restaurantes, bares, la gente es correcta, sin más. En los lugares oficiales, la norma es sagrada. Ante cualquier duda, se consulta la normativa actualizada. Es como la Biblia. Las normas están redactadas sin dejar la mínima posibilidad de duda, sin comas.

La llegada del coche

Antes de contar algo sobre Perth, paso a explicar, brevemente, el trámite que he debido seguir para poder circular con mi coche por las carreteras australianas. En mi primera visita al agente de la compañía naviera comprendo que se avecinan días difíciles. Sin proporcionarme ninguna razón convincente me dice que, con suerte, cuatro días después me entregarán el coche. El día indicado, viernes, me dice que se retrasa al lunes. Me lleva hasta un almacén de aduanas, a las afueras de Fremantle. Por fin veo el Toyota. Han abierto el contenedor, sin estar yo presente. Me piden las llaves. Me niego a dárselas. Saco el coche, que arranca sin problemas. Lo sitúo donde me indican. Tres funcionarias del departamento de cuarentena, con guantes sensibles de goma, empiezan a registrar el interior. Aunque limpié el coche lo mejor que pude, para ellas no está suficientemente limpio. Bajos y motor tienen restos de tierra. Me hacen mostrarles zapatos y sandalias. Una de ellas, como si hubiera descubierto un cargamento de heroína me pregunta, señalando con la mano la caja de los medicamentos, “¿Qué es esto?”. Le explico que son las medicinas que he tomar diariamente, según las recetas que le muestro. No le gusta nada. Hablan con el agente de la compañía. Este me explica que la inspección se interrumpe porque hay que lavar el coche. No puede ser en Fremantle, porque, dado que hay muchos camiones delante del mío, se retrasaría una semana. Tiene que hacerse cerca del aeropuerto. Eso significa transportar el coche en un camión. Hay que pagarlo. No puedo ir yo. Tengo que entregar las llaves. No me gusta nada el cariz que está tomando el asunto. Es lunes. La próxima inspección se hará el miércoles. Esa mañana, a primera hora, el agente me asegura que no empezarán la inspección sin estar yo presente. Me cita a las cuatro en su despacho. No es lógico. Desconfío. Son las ocho. Regreso al primer almacén, andando. Está lejos, pero recuerdo el camino que seguimos. Los alrededores de Fremantle son zonas urbanizadas, residenciales. En unas carreteras principales, zonas de tiendas, almacenes, supermercado, servicios. Encuentro el lugar. Se sorprenden al verme. Me dicen que la inspección se llevará a cabo en el lugar al que han transportado el vehículo. Me proporcionan la dirección. Autobús hasta la estación de tren. Tren. Perth, Tren al pueblo. Cuando dejo la estación, en un taller, me indican la dirección a seguir, advirtiéndome que está alejado. Camino ocho kilómetros. Llego en el preciso momento en que van a empezar la inspección. Han abierto todos los armarios. Un oficial de aduanas está debajo del coche, escudriñando con una linterna los recovecos que se encuentran entre las placas de protección de bajos. Del departamento de comida, únicamente le llama la atención un bote de leche en polvo. Aunque la marca es Nestlé, como está escrito en árabe, no le gusta y pasa al cajón de elementos a destruir. Cuando llega a los medicamentos le muestro mis recetas. Afortunadamente a este funcionario le parecen suficientes.

Dos horas y media después de haber iniciado la inspección, la da por finalizada, diciendo que el coche puede salir de la zona aduanera. Pido un taxi por teléfono. En esta zona no hay autobuses. Regreso a la oficina, pago una cantidad que me parece elevada. En total, sumando lo que he pagado en Singapur y aquí, el traslado del coche, listo para circular, ha subido a 2.600 euros. Menos mal que no me he fiado del agente de la compañía, de haberlo hecho y no estar presente en la inspección, tendría que reponer todo mi botiquín, con el costo e inconvenientes que ello comporta. ¿Está todo resuelto? ¿Puedo retirar el coche? Sí, pero… necesito un seguro. En el Real Automóvil Club de Perth pueden proporcionármelo, pero… primero tengo que pasar la ITV que comprobará si el coche puede circular por Australia. ¿Cómo lo llevo hasta el lugar de la inspección? En una oficina dedicada a matrículas, me proporcionan un seguro a terceros, previo pago, que me permitirá circular durante dos días. Suficiente. Con todas estas idas y venidas empiezo a moverme bien por Fremantle, Perth, zonas industriales y residenciales. Paso la inspección sin problemas. Es menos severa que en España, aunque aquí un operario conduce el coche por carreteras cercanas para comprobar cómo responde. Regreso al RAC, me hago con el seguro a terceros por un año y… a volar. Dos semanas detenido en Fremantle esperando este momento.

Perth

Perth, la capital, es la ciudad más poblada de Australia Occidental. Millón y medio de personas de los dos que ocupan el mayor estado del país. El nombre completo es Mancomunidad de Australia. No es una República. Es una Monarquía Constitucional. La Reina de Australia es la Reina Isabel II. La representa un Gobernador General. En realidad el poder recae en el Primer Ministro que es elegido democráticamente. Su superficie está divida en seis estados y dos territorios. Si contemplamos el mapa y lo dividimos mentalmente en tres partes, izquierda, centro y derecha, la izquierda está ocupada por el estado de Australia Occidental, el centro, en su parte superior es Territorios del Norte, en la inferior el estado de Australia del Sur, en la derecha, en su parte superior se encuentra el estado de Queensland, debajo, el estado de Nueva Gales del Sur, con Sidney, y debajo el estado de Victoria, con Melbourne. Entre estas dos ciudades, el territorio de la capital de Australia, Canberra. El sexto estado es la isla de Tasmania.

Mi intención es rodear, dentro de lo posible, la gran isla, saliendo de Perth, hasta Darwin, en los Territorios del Norte, seguir hacia Queensland, continuar por Nueva Gales del Sur, Victoria, Australia del Sur y regresar a Perth. En Febrero, Tasmania. Ya veremos. Mi primera visita a Perth es en domingo. Las calles peatonales del centro están desiertas. Tres días festivos que, en esta época, permiten una salida hacia alguna playa del norte. Para quienes han decidido quedarse nada mejor que acudir al Kings Park, una zona de esparcimiento desde la que se disfrutan las mejores vistas de Perth y alrededores. La fotografía del centro de la ciudad puede engañar. Son los únicos edificios altos en todo el estado. En el centro hay oficinas, comercios. La ciudad se extiende radialmente. Sus barrios están bien comunicados por cuidadas calzadas. Voy andando hasta el parque. Está algo alejado, pero me gusta caminar por las ciudades, en las que se puede, para descubrir detalles que me perdería si utilizase algún medio de transporte. Por ejemplo, las placas insertadas en las aceras de St. Georges Terrace, que recuerdan personajes destacados de la sociedad de Perth, un aviador, una luchadora por los derechos de la mujer, un hombre que intentó que se alcanzaran acuerdos justos con los aborígenes… Más adelante esculturas en bronce. Pueden estar dedicadas a una persona en concreto, como por ejemplo, al primer Obispo de Perth, o a personajes tipo, el inmigrante, el pescador…

Repito una vez más, todo está limpio, cuidado, bien conservado. Monumentos y placas recordando a los caídos en guerras en las que participaron los australianos. Al entrar en el Kings Park, árboles plantados en recuerdo de combatientes, con placa, junto a las raíces, en la que consta nombre, edad y fecha. Bancos de teca, con una plaquita en la que figura el nombre de la persona que donó ese banco para disfrute público. La primera vez que vi un banco similar fue en Londres. Ya entonces me pareció una lección de civismo, no sólo la donación, si no el buen estado de un banco de madera en el parque abierto al público día y noche. El parque celebra la primavera con actuaciones, exposiciones, concursos. En el centro de visitantes, una señora me explica el camino a seguir, en un mapa muy esquemático, para acercarme a todos los lugares con algo destacado que ver. Paso unas horas muy agradables recorriendo caminos entre frondosos bosques, hasta… que me pierdo. No llego a todos los lugares que me proponía pero descubro muchos más. Empieza a refrescar, regreso al centro y descubro, entre las calles peatonales, un callejón “sacado” del viejo Londres.

Partiendo hacia el norte por la costa oeste

Tengo que iniciar mi itinerario hacia el norte. Leo, me avisan, que la temporada de lluvias se acerca. Australia, al igual que la India, sufre los efectos de los monzones, aunque en fechas diferentes. De mayo a septiembre, el viento cruza sobre la isla-continente de sudeste a noroeste, sigue sobre el mar de Arabia y entra en la India por el golfo de Bengala provocando lluvias torrenciales. El ciclo varía de diciembre a marzo, vientos fríos y secos, provenientes del Himalaya, cruzan sobre la India, siguen sobre el océano Indico y descargan fuertes lluvias, sobre el norte de Australia. Parece que lo peor, para circular con coche, es en enero y febrero. En noviembre y diciembre llegan los ciclones, cae mucha agua, pero la tierra seca la absorbe, como una esponja, hasta que se satura, entonces el agua que sigue cayendo va extendiéndose. Incluso las carreteras asfaltadas pueden quedar cortadas. Esta mañana (25/09/09) he leído que ya han cortado las pistas de tierra de un parque cercano, Kakadú, que permitían el acceso a unas cataratas espectaculares. No se volverán a abrir hasta que regrese la época seca. En general, salvo sudoeste y sudeste, con clima mediterráneo, el país es seco y llano, con poca tierra fértil. En el norte, con clima tropical, se encuentran selvas lluviosas, manglares, desierto, y grandes llanuras con vegetación de sabana. Para colmo también afecta a su climatología el fenómeno de “El Niño”, que produce sequías periódicas.

Salgo de Fremantle, dirección norte superando Perth, sin entrar en la ciudad. Quiero llegar a Cervantes. Sí, hay una ciudad dedicada a nuestro escritor más universal. Muy cerca de ella, un parque natural, Nambung. Paso la noche en un área de camping en la que veo un cartel que no deja lugar a interpretaciones, “Zero Tolerance”. Si alguien molesta al vecino se le expulsa del camping. Prefiero el camping salvaje, pero me temo que, en este país, me convertiré en cliente habitual de estas zonas de espacio y servicios compartidos. La mayoría de turistas australianos que he encontrado, pasan la noche en los parques de caravanas, en donde se ofrece un gran abanico de posibilidades. Desde una parcela sin electricidad, a apartamentos con aire acondicionado, pasando por parcelas con conexión eléctrica o bungalows. Piscina, servicios, duchas, lavadoras, neveras, cocinas de gas o planchas de barbacoa. Hay una gran oferta. También, en todo el país, hay zonas de acampada con sombra, barbacoas y retretes, limpios, con papel, en los sitios más apartados, totalmente gratuitos. La pega es que no tienen agua y están alejados de los pueblos o ciudades. Los retretes se limpian con un ingenioso mecanismo que supongo recicla el agua pasándola por algunos filtros. O sea, dormir puede ser gratis (sin ducha). Tener agua caliente y servicios puede ir desde 6 euros a 18. Depende de algunas variantes.

Parque Nacional de Nambung

Nueva sorpresa al entrar en el parque natural de Nambung. No hay nadie detrás de la taquilla. Un cartel indica el precio de entrada. El dinero se deposita en un cajero metálico protegido de la lluvia. Ese mismo día, por la tarde, adquiero en un centro de visitantes un abono para visitar, sin límite, durante un mes, todos los parques naturales, no privados, de Australia Occidental por 35 dólares (unos 20 euros). Un cartoncito, con las fechas de validez, que debe colgarse del retrovisor interior, únicamente cuando se entra en los parques, ya que las leyes australianas de circulación prohíben colgar nada del mencionado espejito, que pueda dificultar o distraer al conductor. ¿Y los rosarios musulmanes, las flores de la india y el sudeste asiático, los muñequitos de Elvis Presley o zapatitos de bebé, corazones, muñequitos y mil cosas inimaginables que he visto, en todo el mundo, sujetos al retrovisor interior? Chitón, estamos en Australia.

El parque de Nambung, más conocido como “Pinnacles”, es un área de desierto, en el que surgen de la arena rojiza, miles de pilares o rocas cónicas que han sido esculpidas, con el paso del tiempo, por viento y lluvia. Hay dos grandes carreteras asfaltadas que unen Perth al norte del estado. Una interior y otra que transcurre en paralelo a la costa, Esta segunda me permite conocer todos los pueblos costeros que, en su mayoría, obtienen la principal parte de sus ingresos del turismo. Otra aclaración. En España, mencionar la palabra “turismo” es referirse habitualmente al gran número de extranjeros que optan por España para disfrutar sus vacaciones. En Australia, “turismo” se refiere prioritariamente al interior, ya que el país está alejado de los países desarrollados, llegar hasta aquí es caro. Aparte de naturaleza, puntual, en algunas zonas, dispone de pocos elementos para competir, con otros países, como destino turístico. Ellos si viajan. Hay cerca de un millón de australianos fuera del país. Según la escala del FMI que se obtiene dividiendo el PIB por el número de habitantes, Australia se encuentra en la posición 16 con un promedio de renta per cápita de 37.299 $ USA. España ocupa la posición 27 con 30.621 $ USA (Diciembre, 2008). Ya sabemos que estos repartos de riqueza son algo confusos y no siempre esclarecedores, pero si puedo asegurar, según lo que he visto hasta ahora, que en general la sociedad australiana blanca (92%) y asiática (7%) viven bastante bien, con necesidades básicas cubiertas, servicios públicos bien administrados, acceso a bienes de consumo que hacen más llevadera la vida y, de momento, esperanza de que en el próximo futuro no se alteren estas condiciones. Los que no viajan al extranjero, pasan sus vacaciones y cualquier fin de semana, que el tiempo lo permita, en alguno de los muchos pueblos que ofrezca algo interesante.

Es el país de los “todo terreno”. Se desplazan por las estrechas, pero bien cuidadas carreteras, arrastrando amplias caravanas de techo elevable. Llegan a un camping, instalan la caravana y salen con el potente 4×4 en busca de playas o ríos en los que pescar. Todos con antenas para comunicarse por onda corta. Aunque ahora ya existe la posibilidad de conectarse, vía satélite, telefónicamente con cualquier parte del país. No es mi caso. Con el número australiano que adquirí sólo tengo cobertura en ciudades, pueblos y alrededores. De vez en cuando, dejo el asfalto y me acerco a una playa. Silencio roto por el viento, nadie a la vista. He leído que en el norte, sobre todo, además de tiburones, cocodrilos de agua salada, serpientes, peces y pulpos venenosos, hay unas medusas, “Chironex fleckeri”, cuya picadura puede ser letal para el ser humano. Me sonrío mientras escribo, pero por si acaso no pienso bañarme nunca en una playa solitaria. Por cierto, esa extraña paloma moteada que se acerca a mis pies ¿será venenosa? Los pueblos que cruzo ofrecen poco interés, salvo para los surfistas.

El Parque Nacional Kalbarry

Quiero dormir en Kalbarry, pueblo playero, destino de escolares en vacaciones, cercano a un parque natural del mismo nombre. Sigo la negra cinta de asfalto que parece haber sido proyectada con un tiralíneas por la extensa llanura, cubierta de matojos, por la que transito. Escasa circulación de vehículos. Ocasionalmente me cruzo con algún 4×4 con caravana o con un “Road Train”, camión con tres o cuatro remolques. Ya hablaré de ellos más adelante. Entro en el parque de Kalbarry. Es temprano, puedo acercarme a ver algunos de los lugares destacados y mañana ver los otros. En todos estos parques la oferta suele ser la siguiente: zona de aparcamiento, papeleras con grandes bolsas de plástico, servicios perfectamente mantenidos, limpios, con papel y líquido desinfectante para las manos, carteles informativos con datos históricos, geológicos, itinerarios sugeridos, especificando distancia, tiempo necesario para recorrerlos, grado de dificultad, esfuerzo físico, bajo, medio o alto que exige cada uno de ellos. Camino hasta un mirador, desde el que puede disfrutarse de un paisaje espectacular, compuesto habitualmente, por estrechos cañones rodeados de vegetación. Varios carteles advierten de peligros varios, “Rocas resbaladizas”, “El calor puede matar”. Para llegar al primer punto recomendado, circulo unos 27 kilómetros por una pista de tierra bien mantenida, pero ondulada. Si hoy han venido visitantes ya se han marchado. Dejo el coche en el aparcamiento y camino hasta el primer mirador, entre un camino flanqueado por flores silvestres. La gran llanura sufre un corte, una herida por la que transcurre el cauce de un río. Las próximas lluvias lo convertirán de nuevo en la poderosa herramienta que ha modelado estas gargantas. No me seduce el itinerario propuesto, siguiendo el lecho del río, pero sí bajo hasta sus aguas. Malditas moscas. Te acompañan por zonas. Unas relevan a las otras a medida que avanzas. No pican, pero molestan. No quiero imaginar lo que puede llegar a ser esto en la época de lluvias. Cuando llego a Kalbarry está a punto de ocultarse el sol.

El viento, procedente del mar, golpea con fuerza el coche y lo árboles que lo rodean. Salgo a dar una vuelta, el aire aumenta la sensación de frío. Al caer la noche, ha desparecido todo el mundo de las calles. Busco y encuentro un restaurante recomendado. Una terraza protegida del viento, frente al mar. Soy el único cliente. Me decido por lo exótico. Pinchos satay de cocodrilo y solomillo de canguro con acompañamiento de verduras frescas y puré de patata. Unos altavoces difunden, a un volumen adecuado, canciones de Dina Washington. Un lugar encantador. Me sirve una joven asiática que, según me dice, cuando llega la época de lluvias, con mucho viento, apenas llegan clientes. En su tiempo libre, extiende una colchoneta en esta misma terraza y se pasa las horas escuchando blues. Su cantante preferida, Billie Holiday. El filete, delicioso, muy tierno. El encargado me aclara que proviene de un canguro de granja, que el secreto está en el corte.

Por la mañana, a primera hora, no puedo faltar a uno de los grandes atractivos turísticos del pueblo, “alimentar al pelícano”. Lo que se llega a inventar para atraer gente. Ese acontecimiento figura en todos los folletos publicitarios. Una señora, con un cubo de pescado, ofrece la posibilidad a los niños de que ofrezcan peces a un pelícano, que sabiéndose protagonista del evento, se pasea parsimoniosamente por la zona destinada a este fin, apartando a las oportunistas gaviotas que intentan sacar provecho del espectáculo. Subo a una colina desde la que diviso una gran zona de litoral. Grandes olas rompiendo. El día anterior cayó algo de lluvia. Las semillas enterradas en la arena esperaban su oportunidad, hoy pequeñas flores blancas y amarillas adornan los senderos que piso.

Regreso al Parque de Kalbarry. Quiero acercarme hasta la “Ventana de la naturaleza”, un arco de piedra que figura en todos los folletos de Australia Occidental. En el aparcamiento, unos 25 vehículos. La mayoría de las personas que han llegado hasta este punto han venido para seguir el itinerario de cuatro horas que transcurre junto al lecho del río. Cerca del gran arco, coincidimos un grupo de personas de distintos países. Todos posamos en el lugar adecuado. Nos fotografiamos los unos a los otros. Un matrimonio de jóvenes italianos, en luna de miel. Una pareja de franceses que aprovecha el último mes del año que han permanecido en el país para visitar algunos parques. Un matrimonio africano, de Kenya, con sus dos hijos y el padre de ella.

Denham en la península de Peron

Dejo el parque y sigo hacia el norte. Empieza a subir la temperatura, desaparecen las pocas nubes que aún salpicaban el cielo azul.

Denham fue, en un principio, un pueblo dedicado al comercio de perlas. Sus calles fueron pavimentadas con conchas. Hoy es un centro para visitar el cercano parque natural de Francois Peron y Monkey Mia, una playa en la que se alimentan a diario unas familias de delfines salvajes. He pasado por ambos lugares sin dedicarles mucho tiempo. Me fastidia el viento. El parque Peron no me atrae lo suficiente. Hay unos pocos lugares en los que se puede acampar, pero no hay agua. Me acerco a Monkey Mia. Pago billete de entrada que me permite permanecer tres días. Investigo. Una playa de arena, aguas azules transparentes. Es posible bañarse, salvo en una zona dedicada a alimentar a los delfines. Bar, restaurante, bungalows y zona de camping. Bien. A los delfines se les ofrece comida hasta tres veces, entre las nueve y las doce de la mañana. Por la tarde no vienen nunca. No se les puede tocar, no hay que untarse con ninguna crema de protección solar porque les molesta. Advierten cómo reconocer el disgusto o enfado de los animalitos. Mejor salir rápidamente del agua si se perciben esos síntomas. El lugar ideal es aquel en el que el agua llega a las rodillas. Pueden no venir. O sea, una castaña. Te puedes pasar las horas esperando que aparezca un delfín al que alguien ofrecerá un pescadito. Eso si tienes suerte. Vale, visto.

Doy una vuelta por la zona, tomo un refresco y sigo camino. Estos lugares a los que me he referido se encuentran en una península. En 1.995 se puso en marcha un ambicioso proyecto de regenerar el ecosistema ambiental que se había degradado hasta casi desaparecer por la invasión de especies foráneas como gatos, conejos y zorros. Se ha aislado la península con una valla electrificada. La única entrada es por la carretera. El asfalto desaparece, ocupando su lugar una reja por la que no pueden pasar los animales. Al cruzar andando, desde un altavoz cercano se oyen los ladridos amenazantes de un perro. Se activa automáticamente al acercarse un cuerpo a la reja. Carteles bien visibles advierten que se ha esparcido sobre el área carne seca envenenada que puede ser mortífera para el ser humano. Las personas formamos una especie bien curiosa. Llegamos a una tierra extraña en la que viven otros seres de la misma especie. Los apartamos. “Ahora esta tierra es mía”. Traemos los gatos, los zorros, los conejos… Alteramos el ecosistema. Al cabo de unos años, decidimos que ha de volver a estar como antes. Matamos a los gatos, los zorros, los conejos… ¿Realmente volverá estar como antes?. En Australia los aborígenes forman un grupo marginado sobre el que se han cometido numerosas tropelías. Sufren niveles muy altos de desempleo y encarcelamiento. Últimamente han logrado ganar algún juicio en el que se reclamaban derechos de propiedad. Para visitar alguna de sus zonas hay que solicitar un permiso especial a la comunidad.

Encuentro uno de esos lugares extraños, sorprendentes, que ignoraba que existieran. Eighty Mile Beach, una playa, de 120 kms., blanca, que en vez de arena está formada por minúsculas conchas. Tiene una profundidad de 10 metros. Incluso cuando estás pisando “la arena”, si no te fijas, no te das cuenta. Esta playa ha tardado en formarse 4.000 años. Las conchas han sido aprovechadas con diversos fines. Desde material de construcción de algunos edificios a suplemento alimenticio en granjas de pollos. Abandono de vez en cuando, la carretera para seguir alguna pista que conduce hasta un mirador o una playa. En Eagle Bluff una pasarela sobre el acantilado permite disfrutar de un privilegiado punto de observación. Según los carteles, es fácil ver los tiburones en las claras aguas. Eso debe ser cuando no sopla el vendaval que me encuentro al llegar. Con grandes dificultades, agarrándome, paso por la pasarela, tomando algunas fotos, para recordar el lugar.

Broome

Alcanzo el trópico de Capricornio, entro en la zona más calurosa del país que dentro de poco recibirá las lluvias torrenciales de la estación. Paso por muchas zonas de arbustos quemados. Fuertes vientos, calor, meses sin caer una gota de agua… pero también observo que muchos troncos ennegrecidos por el fuego muestran verdes penachos de nuevas hojas. En un camping me encuentro con una pareja austriaca. El habla español bastante bien. Se llaman Noemunda y Leo. Vienen del norte. Han pasado por la ruta del rio Gibb, un camino que quiero seguir. No han encontrado ningún paso difícil. Son viajeros experimentados. Han alquilado un Toyota Hilux carrozado para camping. Un mes de vacaciones para ir de Darwin a Perth. Quiero llegar cuanto antes a Derbi, donde empieza el tramo del rio Gibb, un itinerario recomendado para aquellos que quien acercarse al “outback”, la zona más desértica y alejada de todo núcleo urbano. 700 kms circulando por una antigua pista que se construyó para conducir el ganado de las granjas de la zona. Antes visito el parque de Karijini, más cañones, con dramáticos cortes en las rojas paredes rocosas.

Sube la temperatura, el cielo azul. Llego a Broome. Voy saltando de un lugar a otro, resumo, para no extenderme demasiado. Para que os hagáis una idea, de Perth hasta aquí, llevo recorridos 3.400 kilómetros. Broome no llega a 130 años de antigüedad. Fue, en un principio, un centro perlífero. En una rotonda, un cartel señalando “China Town”. Si sigues en esa dirección, lo único que descubres que tenga alguna relación con un barrio chino, es un par de restaurantes. Es una ¿ciudad? ¿pueblo? de 14.000 habitantes. Grandes espacios arbolados, un centro con un par de bancos, donde es posible cambiar dinero, algunos supermercados. Primero fueron los japoneses, luego su sumaron chinos y malayos.

A principios del siglo XX, el 80% del mercado mundial de madreperla, lo cubría Broome. Eran ostras de mar abierto, los buceadores sufrían ataques de los tiburones. Hoy en día algunas compañías mantienen el negocio cultivando las ostras en granjas. En el camping que me alojo disfruto de una gran playa abierta que parece ideal para el baño, pero un cartel, pequeño, que descubro cerca de un parque público colindante, advierte que esa es zona de cocodrilos de agua salada. Cuidado. En la zona norte se encuentran dos tipos de cocodrilos, los de agua dulce y los de agua salada. Los primeros no suelen atacar a las personas pero… pueden morder, si se les molesta. No suelen medir más de tres metros. Se encuentran en los ríos y estanques. Los peligrosos de verdad son los de agua salada. Pueden medir más de seis metros. Se encuentran en el mar, en las desembocaduras de los ríos, en los grandes ríos que han remontado e incluso en estanques o pozas. Su alimentación básica se compone de pescado, cangrejos y tortugas, pero pueden atacar a cualquier animal o persona si se pone a su alcance. Se sumergen en el agua, dejando los ojos fuera. Es muy difícil detectarlos. Si tienen oportunidad, desplazan a gran velocidad su cuerpo, alcanzan la presa, y se sumergen, girando sobre si mismos, hasta que la pieza muere ahogada.

En Broome la diferencia entre mareas es muy alta, unos diez metros. Me he perdido un efecto óptico extraordinario por unos pocos días. Precisamente en la bahía que se encuentra frente al camping. Entre marzo y octubre, con luna llena, en la marea baja, quedan al descubierto unos bancos de barro que reflejan la luz de la luna, creando un efecto de escalera que se me antoja espectacular. Pero… lo perfecto hubiera sido coincidir el cuatro de octubre, justo cuando esperaba la primera inspección del Toyota. Antes de llegar a Derby, encuentro la “Boab Prison Tree”. Un baobab que, según se dice, tiene una antigüedad de 1.000 años. Muchos me parecen, pero quién sabe. El tronco mide exteriormente 11 metros. En el interior encerraban a los indígenas cuando los trasladaban hacia Derby. Esta cercado para impedir la entrada. Mientras medito si ignoro la prohibición, llegan una chica y dos chicos australianos y se meten. Entro cuando salen. El interior es espacioso, la entrada elevada y estrecha. Cuando salgo, leo un cartel que advierte que en el árbol hay serpientes. No las he visto, pero mejor no haberme enterado hasta ahora. Cerca del árbol, un largo abrevadero para los grandes rebaños que llegaban por la ruta que quiero seguir. Hasta 500 reses podían utilizarlo al mismo tiempo. Derby es un pequeño pueblo al que llega todo aquel que quiere seguir la ruta del río Gibb. El puerto de carga que se construyó en 1.894 para transportar ganado, quedó obsoleto. El nuevo, de 1.964, se utiliza ahora únicamente para cargar barcos de mineral. El pueblo está rodeado de barro, manglares y cocodrilos. Los pescadores adoran el emplazamiento para capturar salmones y grandes cangrejos.

Cruzando Kimberley

El paisaje hace días que me recuerda África. Ahora, con los baobabs a ambos lados de la carretera la semejanza es mayor. Pero no hay que engañar a nadie. Esto es Australia. Lo que parecía un circuito de aventura, según lo leído, es en realidad una pista bien mantenida, con numerosos trozos asfaltados. La ondulación del terreno obliga a circular por encima de los 70 kms. hora. A esa velocidad casi no se nota vibración alguna, aunque debe recordarse en todo momento que la adherencia es casi inexistente. El peligro en esas pistas es efectuar una maniobra rápida de giro de volante, que puede provocar un vuelco del vehículo. Eso lo puede originar un animal que cruce inesperadamente, una roca en mitad de la calzada, una curva cerrada, un socavón. Aquí no se da ninguna de esas circunstancias tan habituales en África. Es más, ¿dónde, sí no en Australia, avisan que la próxima papelera se encuentra a 105 kms? O que puedes encontrar capuccino y pastel casero o una coca cola helada, en la próxima estación (así llaman aquí las granjas). He de reconocer que he cubierto los 600 kms en época seca. Con lluvia debe variar mucho la ruta y habrá que vadear riachuelos que yo he encontrado secos. El principal obstáculo de esa pista se encuentra al tener que cruzar el río Pentecostés. Las fotos que había visto muestran una anchura de 80 o 100 metros. La ruta se corta cuando el nivel del agua alcanza un metro de altura, con ese caudal, la corriente puede crear muchos problemas. Sin olvidar que esa es zona de “salties”, los cocodrilos de agua salada. No he tenido ningún problema. He recorrido el itinerario de una vez. Había pensado dormir en un camping, pero el ritmo era bueno. Únicamente he parado para hacer algunas fotos y beber una coca cola fría. He pasado la noche en un camping precioso, con piscina, cerca del final. He pagado el equivalente a 6 euros. Por curiosidad, he preguntado cuánto costaba una habitación. 145 euros, con desayuno. Al día siguiente, muy temprano he cruzado el río Pentecostés. Creo que ni se han mojado los neumáticos. Un lecho de piedras secas, entre zonas con agua del río. Regreso al asfalto, dirigiéndome hacia Katherine. La primavera regala color. Al cruzar por Kununurra me encuentro con llamativos conjuntos florales, cerca del lago.

La entrada al Northern Territory

Llego a la “frontera” entre el estado de Australia Occidental y los Territorios del Norte. En la dirección que voy no he detenerme, pero todos aquellos que entran en el estado que estoy abandonando han de pasar un control de cuarentena. Las frutas y verduras no pueden entrar. Si su permanencia se alarga, deberán pasar el control de la ITV. Me detengo en un área de descanso para desayunar. Encuentro a una pareja de jóvenes australianos que ha pasado la noche en ese lugar. Sue y Richard, veintitantos años, tejanos rotos, guitarra al hombro. Se dirigen a Carnarvon, en la costa, al sur. He pasado por esa localidad hace unos días. Es tiempo de recoger mangos. Los fértiles campos que rodean la ciudad forman un multicolor mosaico de árboles frutales. Los temporeros australianos están muy lejos de los que vemos en España. Aquí la mayoría son jóvenes que aprovechan la temporada para ahorrar dinero y poder viajar o estudiantes extranjeros que podrán alargar su estancia en el país con ese dinero extra. He hablado con algunos de ellos, ingleses y franceses. Camareros, repartidores, cuidadores de camping… Les pagan 25 dólares australianos por hora. 200 al día. 4.000 al mes. A esa cantidad hay que deducirle el 30% de impuestos, Quedan 2.800 dólares. Al cambio actual, unos 1.800 euros al mes. Por un trabajo no cualificado. Richard habla algo de español. Lo aprendió cuando pasó unos meses en Granada. Me comenta sus buenos recuerdos de España. Quiere volver con Sue, su nueva compañera.

Katherine y Pine Creek

Katherine es un estratégico cruce de caminos. De aquí salen carreteras hacia el norte, el sur, y el este. Todas las alternativas, ya que vengo del oeste. Es el pueblo más importante entre Darwin, hacia donde me dirijo, en el norte y Alice Springs, en el centro de la isla-continente. Entre ambas ciudades, 1.191 kms., la misma distancia que separa, por carretera, Barcelona de Bruselas. Y Katherine, el asentamiento urbano más importante, tiene una población de 7.000 habitantes.

En el tramo que hay entre Katherine y Pine Creek, me he encontrado con Jean Beliveau, canadiense, de Montreal, que está danto la vuelta al mundo… andando. Empezó hace nueve años. Si queréis conocer algo sobre él, visitad la siguiente dirección www.wwwalk.org En una de esas larguisimas carreteras que se pierden en el horizonte, le he visto con su carrito, caminando, como quien acaba de salir de paseo. He dado media vuelta, he aparcado a su lado y me he presentado. Hemos hablado durante un rato. Por supuesto, también de Álvaro y de Salva, los dos españoles que están dando la vuelta al mundo en solitario. Los encontró en África. Ellos me hablaron de él. Es encantador. Me ha dicho que le he proporcionado una gran alegría. Nos hemos despedido, guardando dirección y teléfono. Volveré a encontrarle cuando regrese a la misma carretera, rumbo sur. Me ha comentado sus planes inmediatos. Le preparare una buena cena en el próximo encuentro.

Pine Creek vivió una época dorada, corta pero intensa, entre 1.870 y 1.890. Oro. Numerosos mineros chinos fueron traídos para trabajar en las minas, también vinieron europeos, aunque menos. La diferencia era de 15 a 1. Había que trabajar rápido y extraer el máximo número de pepitas. Quien invertía mayor cantidad de dinero en maquinaria, más tierra movía y más oro encontraba. Hoy quedan los restos de aquella carrera entre distintas compañías. Los chinos volvieron a sus lugares de origen cuando la búsqueda dejó de ser rentable. Todavía deben quedar pepitas en los alrededores de Pine Creek, pero se necesita un espíritu romántico, no empresarial, para dedicar tiempo y dinero en encontrarlas. En un parque cercano a la estación de tren se exhiben máquinas construidas en Inglaterra para facilitar el trabajo de los mineros. En la antigua estación de tren, se muestran algunas locomotoras utilizadas en ese gran proyecto de unir el norte con el sur por medio de una línea ferroviaria. Los trabajos se iniciaron en 1.877. Por fin, en 2.004, se conectó el último tramo, que permite viajar desde Darwin en el extremo superior de la línea Norte-Sur hasta cualquier ciudad cubierta con el servicio de la línea Este-Oeste. De Sidney a Darwin 66 horas. Los precios varían sustancialmente según el billete que se adquiera, asiento, litera o coche cama. Otra posibilidad abierta para los amantes de los largos viajes en tren.

Antes de llegar a Darwin, un último parque, Litchfield, con cascadas, gargantas… Una carretera asfaltada cruza el parque. De ella salen pistas de tierra hasta algunos puntos recomendados. En Batchelor acudo a la oficina de información para los visitantes, que se encuentra en todos los pueblecitos. Una señora muy amable me entrega un mapa en el que me señala los lugares más destacados del parque. Incluso me aconseja en qué camping puedo pasar la noche, para continuar, al día siguiente, hasta Darwin, por una pista para 4×4, que acorta la distancia y me evita volver por el mismo camino hasta la carretera general. El primer punto al que me dirijo es una curiosa concentración de grandes termiteros alineados magnéticamente, de norte a sur, minimizando la exposición al sol, manteniendo fresco el interior. Luego llego hasta cascadas y estanques, piscinas naturales, que son lugares utilizados por los bañistas, sobre todo los fines de semana. En las Tolmer Falls únicamente está permitido llegar hasta el mirador. En las Wangi y Florence se permite el baño, pero los cartelitos recuerdan que hay que ser precavido. Hay trampas contra cocodrilos y otros sistemas para impedir que los peligrosos “salties” lleguen a donde acuden los nadadores, pero… he visto, en primera plana de un periódico local, la fotografía de un cocodrilo enorme, pillado in fraganti, en el momento de saltar por encima de una valla electrificada. A pesar de todas estas noticias alarmantes, los datos no engañan. Es más peligroso el hombre para el cocodrilo que a la inversa. En numerosos restaurantes se ofrece en la carta carne de cocodrilo. Animalitos.

Darwin

He llegado a Darwin, después de cubrir 5.765 kilómetros, desde Fremantle. De aquí iniciare el descenso, pasando por el famoso parque de Kakadu con pinturas rupestres de los aborígenes. Me detengo unos días. Me acerco al “Territory Wildlife” dedicado a mostrar la flora y la fauna del norte en un gran espacio, con diversos hábitats y edificios cerrados. Hay la posibilidad de llegar a los diferentes puntos en un coche descubierto. Inicia su recorrido cada media hora. Prefiero desayunar al estilo australiano, de todo, y seguir el sendero, acondicionado, caminando, que me llevará a todos los lugares. En total he empleado tres horas. Caminar bajo la sombra de los árboles que flanquean el pasaje te evita el sol directo pero no la temperatura ambiente, que es elevada, húmeda. Por cierto, mi primer canguro, vivo, lo he visto en el último camping en el que he dormido. No, cruzaron dos por delante de mí en el camino del río Gibb. Lo que quiero decir es que es más fácil ver canguros atropellados en las carreteras que plantados delante de ti mirándote. He visto los restos de más 40 canguros en arcenes y calzada. Deben cruzar por la noche. Nadie les ha explicado que hay que mirar a derecha e izquierda antes de pasar. No deben calcular distancia y movimiento de las luces que se acercan. Una gran luz les ciega, deben quedarse inmóviles. En el acuario del parque en el que me encuentro veo por fin el célebre barramundi, pieza buscada por todos los pescadores del norte de Australia. Puede encontrarse en mar abierto o en los ríos. Si pica el anzuelo se inicia una larga batalla que no siempre gana el pescador. Incluso los más pequeños, 3 kilos, exigen gran esfuerzo para lograr sacarlos del agua. Los que pasan de los seis kilos presentan una resistencia feroz, poniendo a prueba la experiencia de la persona que sujeta la caña. Barramundi es un pez singular. Nace macho, remonta los ríos. Al cabo de un año, en la época de lluvias, baja hasta la desembocadura donde se mantiene, entrando y saliendo, según las mareas. Después de unos años de desarrollar tanta actividad, madura y se convierte en hembra. Curioso ¿no? Está muy rico. El sabor depende del lugar en que haya sido pescado, mar abierto, río, poza…

El paseo por el parque te depara momentos sorprendentes, como por ejemplo cuando entras el área de selva monzónica. Mientras estas leyendo los detalles de ese ecosistema, suena un trueno ensordecedor y empieza a diluviar entre los árboles que tienes delante. Un minuto. En un estanque contemplas las “Hymantura dalyensis”, las únicas rayas que pueden vivir en agua dulce. Se encuentran en la mayoría de los ríos del norte que desembocan al mar. Se han encontrado ejemplares que el disco de su cuerpo alcanzaba un diámetro superior a dos metros y un peso por encima de los 600 kilos. No es agresiva y, según leo en el cartel, se deja alimentar por los seres humanos. ¿No fue una raya de estas la que causó la muerte de aquel arriesgado naturalista australiano que se hizo popular con una serie de TV dedicada a los cocodrilos? ¿Coy, se llamaba? Animalitos salvajes. Lejos… o en el plato, si son comestibles. Para terminar por hoy, otra foto de primera página de un periódico de Darwin, con fecha 23 de octubre, reciente. Berry Springs esta aquí cerca, un parque con cascadas, estanques…

Desde Darwin el 26 de Octubre, 2009

Kilómetros recorridos 80.122