El Sahara. Un Mundo Desconocido Las últimas expediciones científicas españolas

José Antonio Rodríguez Esteban

LA EXPLORACIÓN DE LOS DESIERTOS

La travesía por este mar de arenas y piedras se hacía mediante caravanas que surcaban rutas prefijadas marcadas por la existencia de pozos y oasis, como islas en una navegación. En la parte occidental del Sáhara, las rutas tenían en Tombuctú su principal objetivo, por ser el punto de intercambio del Magreb con el África negra. El trueque, principalmente de esclavos, se hacía con oro y sal, de tal modo que las caravanas desviaban su ruta para atravesar, a la altura del trópico, las salinas del Lyil. Estas salinas estaban desde 1884 bajo protección española, pero le fueron arrebatadas por Francia en el proceso de delimitación fronteriza dando forma a ese semicírculo sur oriental entre líneas rectas que siguen meridianos y paralelos. Tombuctú se convirtió en la perla deseada por los exploradores europeos, aunque la prohibición de la trata de esclavos por Inglaterra provocó poco a poco su decadencia.

No bastaba atravesar estos territorios disfrazado de médico, príncipe o pordiosero, como hicieron todos los que se adentraron en el oriente más profundo. En estas regiones del occidente sahariano, fuera de los dominios efectivos de cualquier gobierno, las pertenencias de los expedicionarios eran tan codiciadas y el odio al cristiano era de tal naturaleza, que no hubo expedición que no sufriera severas dificultades y fueron muchos los exploradores que perdieron la vida en ello. El trofeo de llegar a Tombuctú, ofrecido por la Sociedad de Geografía de París, se lo llevaría René Caillé en 1828, no tanto por ser el primer occidental en verlo, sino por haber regresado vivo para contarlo. Camile Douls, años después, desembarcaría en Río de Oro y, haciéndose pasar por musulmán, se adentra en el gran desierto, pero los Uled Delim le desenmascaran, enterrándole en arena hasta el cuello: sólo el haber atinado a recitar versículos del Corán le salvó de una muerte cierta, pero no de ser retenido durante meses. El viajero Cristóbal Benítez alcanzaría en 1879 la mítica ciudad, acompañando al geólogo austriaco Oscar Lenz, al que salvó la vida en varias ocasiones porque su tez blanca y sus ojos azules levantaban ciertas sospechas entre los nativos.

A finales del XIX las expediciones de reconocimiento se convierten, movidas por los intereses comerciales y coloniales, en exploraciones científicas. Es muy significativo en el caso español, movido más por asegurar posesiones históricas que por iniciar un proceso de expansión, que uno delos principales puntos de interés colonial decimonónico estuviera en el occidente norteafricano y que entre 1886 y 1949 el Sáhara occidental acogiera importantes exploraciones de carácter científico. El reducido grupo de “colonistas” españoles mantenía una clara conciencia de que no se podía permanecer al margen de los acontecimientos internacionales. Por ello, tras los intentos de Abargues de Sostén en África oriental por facilitar con enclaves las comunicaciones con las Filipinas, codiciadas por ingleses y alemanes, le tocó el turno a las islas Canarias, espoleadas por las ambiciones francesas, de extenderse desde Argelia y Senegal, e ingleses, tras sus tentativas de instalar factorías en cabo Jubí, lugar donde faenaban los pescadores canarios. Por ello, el Sáhara Occidental, situado frente a las islas Canarias, ha sido, tras el declive de las expediciones iberoamericanas, uno de los puntos principales de interés de los naturalistas españoles.

Tres son las exploraciones aquí comentadas que tendrán un verdadero espíritu científico: la emprendida en 1886 por Cervera, Quiroga y Rizo, a instancias de la Sociedad de Geografía Comercial; la realizada en 1913 por D’Al-monte a petición de la Real Sociedad Geográfica, y las emprendidas entre 1941 y 1946 por el equipo científico coordinado por Eduardo Hernández-Pacheco, a instancias del Museo de Ciencias Naturales.

LA EXPLORACIÓN DE CERVERA, QUIROGA Y RIZO

La exploración de Cervera, Quiroga (18531894) y Rizo tenía por objetivo recorrer los territorios meridionales del Sáhara occidental correspondientes a las regiones del Tiris, del Adrar Tmar (Serranía de Dátiles) y del Adrar Sttuf (Serranía Pequeña). Al interés político de extender la zona declarada bajo protectorado español tras la exploración costera de Bonelli dos años antes, se unía el científico, centrado en el estudio de las condiciones climáticas y, en especial, en el conocimiento fisiográfico y geológico. La expedición partiría de Río de Oro el 16 de junio de 1886 con 14 dromedarios, siguiendo transversalmente el trópico de Cáncer hasta adentrarse 400 km en el interior del Sáhara y alcanzar, treinta días después, la Sebja o depresión en donde se depositan las salinas del Lyil, hasta entonces no visitadas por ningún cristiano. Cruzó por la “hamada” de areniscas dunares fósiles del Guerguer, con sus clásicos guelbet (corazones), formas que adquieren, como explicaría Quiroga, por su constitución caliza en su parte media y arenisca incoherente en la parte superior e inferior. Atravesaron el macizo precámbrico del Tiris, en grandes extensiones formadas por granitos, llegando a la cubeta de Arauan, donde se encontraron las salinas. A Quiroga le llamó poderosamente la atención el yeso eflorecido, cocido, en superficie, producto de las altas temperaturas, así como la rapidísima volatilización que sufrían los líquidos, lo que le ocasionaba la desecación de la cornea del ojo por evaporación de las lágrimas.

Estaban aún a mitad de camino y las dificultades se incrementaron con tormentas de arena y pozos de agua salada y olor pestilente, pero –comenta Cervera– “el 10 de julio, después de una marcha que duró veinte horas, cruzó nuestra caravana las famosas salinas del Lyil y llegamos rendidos de cansancio a la vertical occidental de las montañas que sirven de frontera al Adrar-Tmarr. Al día siguiente, enarbolamos la bandera española en nuestro campamento y en nombre de la Sociedad Española de Geografía Comercial tomamos posesión de todo el territorio ocupado por los jefes de las tribus allí presentes, levantando acta de dicha toma de posesión” (Cervera, 1886).

Bajo estas circunstancias, advierte Cervera, “las observaciones astronómicas, topográficas, científicas de todo género, se hacen con dificultad en países de árabes. Es preciso ocultar los instrumentos, la cartera de apuntes, el lapicero: todo les infunde recelo y desconfianza”. No obstante, la expedición fue un éxito desde el punto de vista científico. Los materiales botánicos y zoológicos aportados por Quiroga fueron clasificados y estudiados por distintos especialistas del Museo de Ciencias Naturales y la Universidad de Madrid, como Blas Lázaro e Ignacio Bolívar. Quiroga tardaría dos años en ordenar sus notas, contrastar sus criterios y publicar sus observaciones. Varias décadas después se le seguía citando en los trabajos científicos sobre el desierto. Por primera vez, se tenía una adecuada visión de la topografía y la constitución geológica del Sáhara Occidental, desterrándose así la idea de que el interior era una zona deprimida bajo el nivel del mar sin posibilidad de inundación para la creación de un mar interior, como se venía especulando. Quiroga corregiría también las erróneas apreciaciones de Lenz en su travesía hacia Tombuctú, extendiendo las características geológicas de la fosa del Tinduf a toda la zona occidental.