La Gran Expedición Malaspina (1789-95)

Emilio Soler Pascual

Una mañana soleada del treinta de junio de 1789, Alejandro Malaspina, joven oficial de la Armada española, indica las órdenes pertinentes para que las dos corbetas que componen los navíos de su expedición, la “Descubierta”, a su mando, y la “Atrevida”, comandada por el marino cántabro José de Bustamante, quien también nos dejó un muy interesante diario de aquella expedición, se hagan a la vela. Sopla un favorable viento del noroeste en la bahía gaditana cuando don Alejandro y sus más de doscientos hombres ponen rumbo a las islas Canarias, primera escala en su larga travesía.

La formación científica de Malaspina.

Comenzaba de esta manera un proyecto largamente pensado y preparado por el marino nacido en la localidad lunigiana de Mulazo, en el ducado de Parma, allá cuando finalizaba el largo y fructífero reinado en Nápoles del futuro Carlos III de España que, muy pronto, accedería al trono de España. Se cobijaría bajo sus gobiernos ilustrados un período de reformas que, no obstante, tardaría mucho tiempo en trasladarse a las colonias americanas.

Ciencia y política se iban a dar la mano en esta expedición. La nueva marina española, totalmente remozada en su aspecto organizativo merced a los trabajos de Jorge Juan en los astilleros de Cádiz, El Ferrol y Cartagena, tomaba esta aventura colonial como algo propio y decisivo en unos momentos en que el mayor imperio del mundo languidecía merced a la errónea forma de gobernar sus dominios: leyes comerciales restrictivas, diversidad incontable de cargas fiscales, un sistema administrativo complejo y errático y una acumulación de metales preciosos que apenas generaban plusvalía en una metrópoli sumida en el mayor de los atrasos económico y social. Recordemos, al respecto, la cita de Filangieri que indica el profesor Pagden: “Cuando la riqueza no representa más que el fruto de la conquista, y no el sudor del agricultor, del artesano, del comerciante, la riqueza corrompe necesariamente al pueblo, fomenta el ocio y acelera la ruina de la nación”.

El contenido político de la expedición resaltaba claramente en los numerosos folios que Malaspina y Bustamante presentaron al monarca Carlos III un 10 de septiembre de 1788. Cuatro puntos claves se reflejaban en su proyecto político y económico:

  • Análisis de los intereses de la monarquía española en los territorios de ultramar, diversos y, en muchas ocasiones, contrapuestos.
  • Situación del sistema de comercio entre España y América: manufacturas americanas.
  • Estudio detallado de la Administración española y sus defectos.
  • Conflicto con las potencias marítimas extranjeras en el Pacífico que amenazaban muy seriamente las abandonadas zonas coloniales españolas.

Mientras se preparaba la expedición, una vez aceptado el plan de viaje y sus objetivos por la Corona , Malaspina escribe al ministro Antonio Valdés insistiendo en tress importantes apartados políticos que se podían extraer de la expedición:

1.- Que la Hacienda española no puede dar un paso sin combinarse con la de América.

2.- Que el sistema gobernativo de reforma precede al de comercio, y que el impuesto o derecho sobre el comercio de América no son arbitrarios, sino sujetos a la balanza comerciante de Europa.

3.- Que yendo al encuentro de una revolución, lejos de esperar que opere interiormente como gangrena, podemos muy luego convertir en beneficio de la monarquía en general y en particular de la península, aquellos mismos yerros de nuestros antepasados que tan rápidamente nos llevan a una total decadencia.

Proféticas palabras de un Malaspina plenamente consciente del germen revolucionario que se estaba gestando en los dominios coloniales de España. El ejemplo de los colonos norteamericanos de Inglaterra era un precedente bien cercano y significativo para los criollos. Malaspina era partidario de instaurar en América una política flexible y gradual de carácter autonómico, nada nuevo bajo el sol, que pudiera neutralizar sus lógicos deseos de independencia. Así, pues, no es de extrañar que diversos autores, como Menchaca o Ferrari Bono, hayan visto en los axiomas políticos de Malaspina una influencia política en el movimiento emancipador de las colonias de ultramar.

Tras una corta estancia en Sicilia, adonde fue con su tío Giovanni Fogliani Sforza, Alejandro Malaspina estudió durante nueve años en el colegio Clementino de Roma, entre 1765 y 1773, prestigioso centro educativo dirigido por los religiosos de la Congregación Somasca que seguían la regla de San Agustín. Los somascos, aunque influidos por el espíritu jansenista, se esforzaban, no obstante, en mantener correctas relaciones con los jesuitas, aunque diferían de ellos en que tenían una concepción de la educación menos autoritaria y jerárquica como atestiguaba su máxima pedagógica, ciertamente flexible: “no formare, ma informare” . Los primeros saberes que recibió un joven Alejandro fueron la gramática, geografía, filosofía e historia, una enseñanza humanista a la fin y a la postre que Malaspina asimiló y marcó el sendero a lo largo de su corta pero intensa vida.

Pero en el Colegio Clementino, donde estudiaba lo más granado de la aristocracia europea, y que solía ser asiduamente visitado por el futuro conde de Floridablanca y por Nicolás de Azara, también se instruía a sus alumnos en lo que hoy conocemos por ciencias experimentales. Como señala el profesor Pimentel,“la imbricación entre ciencia y filosofía era concebida en el Clementino con la misma normalidad con que venía siendo entendida por toda la cultura occidental desde hacía siglos, desde Aristóteles a Bufón, pasando por Galileo, Descartes y Newton…” Malaspina, pues, aprendió con un método pedagógico que le hizo desarrollar en su carrera la percepción rotunda de estar viviendo en el tiempo que se producía una verdadera revolución científica, de estar viviendo, en palabras de Kant, en una época de ilustración.

En su tesis doctoral presentada a fines de sus estudios en aquel colegio romano,Theses ex Physica Generali, Malaspina se sitúa claramente del lado científico y experimental que, partiendo de Bacon, asume a Newton: Todo lo que no se obtiene por experimentación u observación, es mera conjetura . En Malaspina, con acertadas palabras de Vericat, la idea de razón no juega apenas rol alguno.

En sus Axiomas políticos, don Alejandro asegura que el verdadero problema que tiene España con sus dominios de ultramar es haber llegado el primero, haber sido conquistador; mientras que la enorme ventaja de las otras potencias colonizadoras es haber llegado en segundo lugar. Malaspina cree a pie juntillas que el primero en llegar a territorios vírgenes estaban obligado a dominar y destruir, mientras que los segundos se encontraban en posición de comerciar y edificar la sociedad, su ideal. Así, el políglota marino de Mulazzo, que hablaba cinco idiomas, define claramente sus ideas al respecto: El conquistador pilla, destruye y pasa. El comerciante y agrícola poseen, mejoran y defienden. No es de extrañar que el pensamiento colonial de Malaspina, como apuntaba Menchaca, calara hondo en el sentir de los criollos americanos. Y es que cuando afirma el brigadier de la Real Armada que nuestras manufacturas han de dirigirse primero al abasto de la península, luego han de trascender a un comercio externo y accidental como el de América, está planteando, de facto, la ruptura, al menos la comercial, como única solución posible, con los territorios ultramarinos. El profesor Vericat, que supone a Malaspina deudor de las teorías económicas de Adam Smith y seguidor del nuevo pensamiento político representado por el presidente Thomas Jefferson, atribuye a la formación del marino de Mulazzo un intenso afán reformista con el que desea evitar que, inevitablemente, y al cabo de bien pocos años, la emancipación de las colonias españolas sea una realidad: La libertad, que hemos propuesto, -dice Malaspina- debe para este fin ser modificada no por leyes invariables y antiguas, cuya tergiversación es un estudio más importante, que el de su cumplimiento realmente inasequible…

Mientras Malaspina desde el puente de mando de la “Descubierta”, corbeta construida adrede para su expedición, al igual que la “Atrevida”, ve como se desdibuja la costa atlántica española, pasa rápida revista a lo que han sido sus treinta y pocos años: su nombramiento como caballero de la Orden de San Juan de Malta; su intachable carrera militar en la Armada española; sobre sus gestas heroicas y su inquebrantable voluntad de servicio; de su adscripción gaditana a aquel grupo de marinos ilustrados que seguían la estela dejada por Jorge Juan en la Academia de Guardia marinas; sus fecundos viajes a Filipinas al mando de la “Astrea”; el sufrimiento causado por la incoación de juicio por parte de la Inquisición: “porque hablaba y leía libros en francés” y “se paseaba con el sombrero puesto ostentosamente durante la celebración de las misas de a bordo”; y, especialmente, los meses transcurridos en la preparación de la expedición más brillante de la Ilustración española, gracias al apoyo de sus amigos Valdés, ministro de Marina, y Floridablanca, primer secretario del Consejo, y cuando el declinar del Imperio era ya imparable. Precisamente, Floridablanca necesitaba un golpe de efecto que sirviera, al menos, para contrarrestar la idea de que España había dejado de ser una potencia naval de primer orden y demostrar que nuestro país todavía estaba en posición de demostrar su fuerza ante los ávidos ojos de unas potencias rivales que pretendían fagocitar nuestros territorios de ultramar.

En esa mañana de junio de aquel verano de la Revolución francesa, Alejandro Malaspina emprendía su última y más maravillosa aventura, una expedición perfectamente planificada y consultada con Floridablanca y el ministro Valdés, con claros objetivos geopolíticos (“ Sin conocer América, ¿cómo es posible gobernarla?” ) y con la misión de levantar cartas marítimas, explorar nuevos territorios, realizar mediciones astrofísicas, asegurar la defensa de nuestras colonias americanas de ultramar, recoger plantas y minerales, estudiar lenguas y costumbres de los pueblos por donde pasaran, levantar dibujos de aquellos territorios, poblar las islas Hawai y establecer en aquel archipiélago una base de descanso para el Galeón de Filipinas, estudiar la reciente colonización inglesa de Australia, asegurarse el sometimiento pacífico del archipiélago de las Vavao y, en forma inesperada, reconocer las costas de Alaska, siguiendo órdenes reales, para verificar la certeza o falsedad de la noticia que hablaba del descubrimiento del ansiado y desconocido paso del Noroeste que debería unir los océanos Atlántico y Pacífico, aunque él por entonces todavía no conociera esta misión añadida con posterioridad.

Profundamente documentado, no se dejó ningún cabo suelto en la preparación de la expedición. Mientras Bustamante se encargaba de los aspectos prácticos del viaje como el enrolamiento, los víveres, las corbetas, etc., Malaspina acopiaba instrumentos científicos foráneos y nacionales, consultaba y se carteaba con las personalidades europeas más ilustradas de la época y a todas les pidió ayuda y consejo para sus planes: Antonio de Ulloa, insigne compañero de Jorge Juan; al sabio Casimiro Ortega; al protomédico de la Real Armada Josef Salvareza; al embajador español en París, el conde de Fernán Núñez; a José de Mendoza, astrónomo de la Marina ; y un largo etcétera. Desde fuera de España, recibe contestación a sus misivas de Joseph Banks, presidente de la Royal Society y participante junto a Cook en su primer viaje; de las Academias Científicas de Turín, de Módena, de París…

Alejandro estaba muy animado por las recientes expediciones que marinos españoles, como Bodega y Quadra, Eliza, Hezeta, Caamaño, Arteaga o Narváez, habían realizado por la costa noroccidental americana siguiendo instrucciones de Antonio de Bucareli, virrey de Nueva España. No echaba en saco roto las conocidas expediciones de La Pérouse o de Bouganville, en una época en que la navegación todavía distaba mucho de conocer la seguridad de la que hoy disfruta, y, desde luego, tenía siempre presente el recuerdo de los tres viajes de su admirado James Cook, como se reflejó en la adopción del nombre castellanizado con que bautizó a las dos corbetas bajo su mando, “Atrevida” y “Descubierta”, en claro homenaje a las “Resolution” y “Discovery” británicas.

El proyecto de Malaspina contemplaba en su larga circunnavegación por los dominios ultramarinos de la corona española, la realización de profundos estudios etnológicos, geográficos, sanitarios, astronómicos, alimentarios, botánicos, cartográficos, militares y, desde luego, como hemos visto anteriormente, políticos y comerciales. Debería de tener muy en cuenta la realidad de las posesiones españolas en la zona, sus carencias y miserias, para abordar de manera rigurosa los cambios que eran tan sumamente necesarios. La flor de la oficialidad española de la marina de la Ilustración se embarca en la expedición: Espinosa y Tello, con el que Malaspina nunca llegó a mantener buenas relaciones; Tova y Arredondo, autor de una narración del viaje; Viana, que también dejó testimonio de su travesía; Cevallos; Bauzá, oficiales formados en Cádiz todos ellos bajo las nuevas enseñanzas náuticas de Vicente Tofiño y la adaptación de las matemáticas y las ciencias astrofísicas a la navegación llevadas a cabo por Jorge Juan y Antonio de Ulloa, especialmente en su provechosa estancia de casi once años en la gobernación de Quito.

En los siguientes cinco años de su vida, Malaspina recorre, en un viaje pleno de aventuras, contratiempos y alegrías, las islas Canarias; las costas brasileñas; el estuario del río de la Plata con estancias en Montevideo y Buenos Aires, levantando cartas de su bahía; la Patagonia , donde coincide en la apreciación de Magallanes sobre la colosal altura de sus nativos; y las islas Malvinas donde, tanto a la ida como a la vuelta, se enfrenta a graves problemas ecológicos causados por el hombre y donde comprueba los problemas que acarrea para la conservación de las islas su estratégica situación. Dobla el cabo de Hornos, menos peligroso que el estrecho de Magallanes; su estancia en Chiloë, primera tierra de descanso después de cruzar el cabo; visita las costas chilenas y, en ellas, se desvía hacia la mítica y “defoniana” isla de Juan Fernández, lugar donde naufragó Alexander Selkirk, precedente real del imaginario Robinsón Crusoe y libro de cabecera del ilustre marino de Mulazzo; El Callao y Lima, donde los españoles quedan deslumbrados por la belleza de la zona; Panamá, donde el marino atisbó la posibilidad de la construcción de un canal que uniera el Atlántico y el Pacífico, después de recorrer los meandros de los ríos que serpentean el territorio; las costas californianas de México y de Estados Unidos, incipiente nación por aquel entonces; los territorios canadienses del oeste, la actual British Columbia, y Alaska, donde nos dejan excelentes relatos antropológicos y culturales de los indios que habitaban la zona; de nuevo, México; las islas Marianas o de los Ladrones, bautizada así por motivos obvios; Filipinas, tierra que conocía a la perfección y donde sufrió el azote de los temibles piratas moros y lugar donde enterró a su querido amigo el naturalista Pineda.

Por su parte, la “Atrevida”, al mando de Bustamante viaja hasta la colonia portuguesa de Macao, para comprobar las excelentes relaciones comerciales que China sostenía con Manila merced a los desvelos del virrey de Filipinas, el alicantino Félix Berenguer de Marquina; Nueva Zelanda y Port Jackson, en Australia, donde Malaspina regala al gobernador unos bellos dibujos de Brambila para que se remitan al rey Jorge III, desconocedor de la realidad de sus dominios y lugar en que acababa de instalarse la primera colonia británica en Botanic Bay; el archipiélago de las Vavao, paradisíaco lugar en que Malaspina conoció las hieles de la embriaguez y, con toda seguridad, las mieles del amor…, a pesar de su promesa de castidad como caballero de la Orden de Malta; de nuevo las costas peruanas y vuelta a casa hacia el este por la Tierra del Fuego, las Malvinas y Montevideo.

Más de un millón de hojas escritas y dibujadas por los excelentes pintores que viajaron en la expedición, como el genial Brambila o el valenciano Suria; centenares de cartas marinas y terrestres que sirvieron, hasta hace bien pocas décadas para la navegación marítima por América; miles de plantas, animales y muestras geológicas recogidas pacientemente por los importantes científicos que le acompañaron; multitud de anotaciones y mediciones astronómicas sobre gran parte de los lugares por los que pasaron; apuntes sumamente interesantes sobre la etnología de las zonas visitadas, estudios concluyentes sobre el origen del escorbuto y sobre como combatir los tremendos males derivados de la prolongada estancia de los hombres en el mar , entre otros significados logros, conformaron un vasto “botín” que confirmó el éxito científico de la expedición y representó una verdadera Crónica de Indias como las que nos acostumbraron los escritores del siglo XVI .

Alejandro, además, iba arropado por las ilustres personalidades del campo de la botánica embarcadas en las dos goletas: Tadeo Haenke, Antonio Pineda, o Louis Née. Y, sobre todo, por su convicción profunda de que los dominios coloniales españoles se encontraban muy lejanos de la metrópoli, no solamente en millas marinas… La expedición Malaspina fue un intento, último y baldío por parte hispana, de recuperar un tiempo perdido que había durado más de doscientos años . Demasiado.

Un 20 de diciembre de 1791, cuando ya habían transcurrido dos años y medio desde su salida de Cádiz, Malaspina abandona muy a su pesar el puerto de Acapulco, tras visitar la posesión española más septentrional de América, la isla de Nootka, por cuyo dominio había estado a punto de saltar la chispa bélica entre España e Inglaterra , y pone rumbo a las islas Filipinas. Atrás queda su larga exploración por las costas de Alaska y Canadá tratando de verificar el hallazgo, nunca comprobado, del mítico paso del noroeste que un aventurero llamado Ferrer Maldonado había asegurado descubrir en el siglo XVII y que la Academia de Ciencias parisina volvía a desempolvar. No obstante, y como quiera que la remota posibilidad no podía ser descartada, don Alejandro cumple las órdenes reales e indica que dos goletas, la “Sutil” y la “Mexicana”, al mando de dos de sus mejores oficiales, Dionisio Galiano y Cayetano Valdés, recorran aquellos contornos y elaboren una conclusión final.

Los meses que Malaspina ha perdido tratando de encontrar, valga la paradoja, una vía de acceso entre el Atlántico y el Pacífico por el norte del continente americano le han impedido seguir con sus planes de dirigirse a las islas Sándwich o Hawai, para colonizarlas.

Tras una corta estancia en las islas Marianas, bautizadas en el siglo XVI como islas de los Ladrones por Francisco Albo, expedicionario con Magallanes y Elcano, debido a que Alejandro no quiere que se le eche encima la estación de lluvias en Filipinas (hacia principios del mes de junio), la expedición española se dirige al archipiélago asiático, ruta que Malaspina conoce a la perfección por sus viajes anteriores: “Mantuvimos los mismos Paralelos, que yo havia seguido el Año 87 en la fragata Astrea” El comandante tiene muy presente el viaje efectuado entre 1564 y 1565 por Miguel López de Legazpi y fray Andrés de Urdaneta, que habían salido de un lugar muy cercano de donde lo hiciera Malaspina: el Puerto de Navidad, próximo a Acapulco. El archipiélago, ocupado y sometido en poco tiempo, quedó bajo el dominio de España hasta el año 1898.

Amanecía el tres de marzo de 1792 cuando la costa filipina estaba a la vista. Veamos lo que nos dice Malaspina conforme se acerca al cabo Espíritu Santo: “ Los montes y los llanos están igualmente vestidos de un verde hermoso…”Un viento favorable conduce a los navíos hacia la entrada del puerto de Palapag, en el extremo septentrional de la isla de Samar, situada al SE de la de Luzón. Su primera preocupación es no verse sorprendidos por los “moros” , temibles piratas que surcaban esas aguas y cuyas fechorías Malaspina conocía bien. Nada más amarrar y considerando las “excelentes calidades de este Puerto, así por sus abrigos, abundancia de agua y leña, y poblaciones no distantes” Alejandro desembarca para cambiar impresiones con el “Misionero o Cura Párroco” o los nativos, pero éstos, creyéndoles piratas, habían corrido a refugiarse en el interior de la isla.

Una vez restablecida una precaria cordialidad con unos tagalos “que no saben una palabra de castellano” , y encontrar a un misionero achacoso que tan sólo balbuceaba sobre las ruinas causadas “casi diariamente por los Piratas” , pronto van recibiendo visitas de varios religiosos franciscanos. Al decir de Malaspina, el centro de estas conversaciones giraron en torno a las “Excursiones de los Piratas Joloanos, y Mindanaos sobre estas costas. Son sus Estragos el verdadero Azote, y seguramente la unica causa de su total inutilidad para la robustez de la Monarquía”. Los misioneros reclaman insistentemente al comandante que los conquistadores españoles protejan a sus súbditos, o que se les facilite armas para combatir a los temibles piratas. El comandante se limitó a dejarles “algún hierro y pólvora” porque no quería forzar “las tareas pacíficas emprendidas” .

El 26 de marzo de 1792, la expedición amarra en el puerto de Manila. Por aquel entonces, el archipiélago filipino estaba al mando de Félix Berenguer de Marquina, que años después sería nombrado Virrey de Nueva España. Una vez recibidas instrucciones de Valdés, ministro de Marina, las dos corbetas parten de Manila en el mes de abril con destino bien diferente: La “Atrevida” lo hace el día 1 con destino Macao, y la “Descubierta”, al mando de Malaspina, el 3, para explorar las costas de Luzón. Al cabo de seis días, ante la imposibilidad de llevar a cabo su misión por la pésima condición del navío y de sus hombres, “el estado de la corbeta, al mismo tiempo inundada de cucarachas y servida por un corto número de oficiales cuya salud pudiese aun resistirse a las actuales intemperies…”, la “Descubierta” vuelve a Manila y atraca en el puerto de Cavite, cercano a la capital y de acceso menos peligroso. El 19 de mayo la “Atrevida” ya está al lado de su gemela “Descubierta” en el puerto de Cavite.

Poco tiempo después, las corbetas abandonarán Filipinas con rumbo austral. Quedaban solamente las visitas a las colonias británicas de Nueva Zelanda y Australia para, posteriormente, dirigirse al estratégico archipiélago de las Vavao y sellar con su cacique un acuerdo político con España. De allí, a las costas peruanas de El Callao para recibir instrucciones de como emprender viaje de vuelta a España. Viaje bastante peligroso y que obligó a la formación de un gran convoy naval ya que España había entrado en guerra con la Convención francesa a causa del regicidio de Luis XVI, primo hermano del monarca español Carlos IV. Todas las precauciones son pocas, especialmente cuando las corbetas hacen escala en Talcahuano, última escala en el Pacífico antes de doblar el cabo de Hornos y penetrar en el Atlántico y reciben malas nuevas del conflicto bélico: “No nos anunciaban sino una nueva serie de desórdenes, destrucciones y calamidades que asolaban a nuestra España…”.

Durante las semanas de travesía que se van sucediendo en el camino de regreso, el Diario de Malaspina recibe unas anotaciones más temerosas que alegres, empañadas por el temor a encontrarse con naves francesas que pudieran poner punto final a los resultados de una expedición que durante más de sesenta meses había recorrido los confines del mundo.

El regreso.

Por fin, un veintiuno de septiembre de 1794, la vuelta a casa. Una llegada largamente aplaudida por un gobierno débil que regía una España bien diferente a la que Alejandro había abandonado cinco años atrás. La Revolución francesa había dejado sentir sus consecuencias y enfriado el reformismo de muchos españoles. La reacción clerical había vuelto por sus fueros y la situación interna española había girado bruscamente con el imparable ascenso al poder, a finales de 1792, del joven guardia de Corps don Manuel Godoy y Álvarez de Farias, sustituto del conde de Aranda. A nivel de política exterior no parecían ir mucho mejor los asuntos de Estado con la guerra declarada entre España y la Convención francesa en marzo de 1793, culminación de un largo y penoso proceso de contradicciones políticas, recelos y enfrentamientos que se venían produciendo constantemente desde 1789. Guerra que si bien en un principio se mostró favorable al lado hispano con la conquista del Rosellón, bien pronto tornó a una situación radicalmente diferente: en 1794, poco antes de la vuelta de Malaspina, Aranda planteó en el Consejo de Estado la necesidad de establecer la paz con la república francesa, cuyas tropas acababan de de invadir la Cerdeña , el Ampurdán y conquistado el castillo de Figueres. Como indicio de por donde soplaban los nuevos vientos de la política española, al anciano político aragonés le costó su denuncia marchar al destierro acusado de traición. Paradójicamente, un año después. Godoy recibiría de Carlos IV el título de Príncipe de la Paz por suscribir el cese de hostilidades con una Francia que se había apoderado de importantes ciudades en el País Vasco.

Si durante los primeros meses todo fueron plácemes y honores para el flamante Brigadier de la Real Armada, bien pronto se enfrenta a una Corte mezquina donde, en sus propias palabras dirigidas al amigo Paolo Greppi: “Vivo apartado en la mayor oscuridad en este desorden extremo que nos rodea…” o en aquella otra enviada a su hermano Azzo Giacinto: “Me es imposible daros una imagen de este país sin ofender a la verdad o a la prudencia; no sólo las pensiones o los dineros, sino también los honores, se prodigan de tal modo y a gente de tal calaña, que ahora la abyección es el mejor modo de distinguirse…”

Malaspina, desengañado porque la edición del Memorial sobre su viaje no avanza como él desea, obstaculizado por el padre Manuel Gil, confidente de Godoy, y esperando en vano un cargo de importancia que siempre anheló, como confiaba a su amigo Greppi en misiva del 24 de diciembre de 1794, opta por la conspiración contra el “Sultán”, forma como él denomina al primer ministro y valido de los reyes.

Elabora, con todo secreto pero no el suficiente, una lista de un posible gobierno que habría de suceder a Godoy, que marcharía desterrado a la Alambra , y en el que figuraba Melchor Gaspar de Jovellanos que, en sus Diarios , contemplaba con extrañeza el devenir del Brigadier en la Corte. Pero Malaspina, con toda seguridad, había nacido para científico y marino, no para político. Manuel Godoy, siempre al corriente de las intrigas de salón del brigadier de la Armada, merced a la traición de una dama de la reina que era confidente de Godoy, María de Frías y Pizarro, destapa el asunto en cuanto las condiciones le benefician y, tras un juicio sumarísimo es condenado a diez años de reclusión en el castillo coruñés de San Antón, donde consumiría los días escribiendo varias obras económicas, científicas y literarias, una de ellas sobre “El Quijote”.

La conocida como conspiración Malaspina, curiosamente, contribuyó de forma importante a que el primer ministro Manuel Godoy se afirmara en el poder, acallando con esta medida de fuerza las críticas de sus muchos opositores. De ahí en adelante, los que denigraban su política y envidiaban su enriquecimiento personal y el de sus familiares, deberían tener buen cuidado al manifestar sus divergencias con el político extremeño: corrían el evidente peligro de ser consideradas sus proposiciones de “notoriamente falsas, sediciosas e insultantes a la soberanía de Sus Majestades” , como le había sucedido al propio Alejandro Malaspina.

Tras más de seis años de reclusión en aquel húmedo y sombrío lugar en que su salud se resiente gravemente, y en donde aprovecha la soledad para escribir varios libros, los cambios de gobierno en España, la intercesión de su amigo Azara y, sobre todo, el interés de Napoleón Bonaparte en la recién creada República Cisalpina, dejan a Malaspina en libertad con la condición de que prometa no regresar nunca más a su amada España. Malaspina llega a Genova en marzo de 1803 y es recibido con todos los honores como indica la prensa local. A pesar del ofrecimiento de sus compatriotas y de su vicepresidente Melzi d’Eril para que aceptara el Ministerio de la Guerra de la joven y pronto abortada República, Alejandro sigue añorando a España y se niega a militar bajo otra bandera, cumpliendo de este modo la promesa hecha en su momento a Carlos IV.

Tras unos años bien difíciles, la desaparición de su hermano Giacinto le deja heredero de la fortuna familiar y le permite vivir sus últimos años con una relativa comodidad. El diecinueve de abril de 1810, desengañado por no haber podido volver a España y sin saber de sus amigos ni de los papeles de la expedición que él comandó, Alejandro Malaspina, víctima de un tumor intestinal, expira en su casa de Pontrémoli, bien cerca de su Mulazzo natal; en aquella Lunigiana de verdes colinas encastilladas, tierra pobre e históricamente de paso entre el norte y el sur. Sus famosos papeles de la expedición, que él tanto ansiaba publicar para mostrar al mundo los males que padecía la España colonial, durmieron un profundo sueño de casi cien años. La primera edición de la Expedición Malaspina, la más importante de la Ilustración española, vio la luz en 1885 gracias al escritor Pedro Novo y Colson. Un siglo después, lo haría mi amiga Mercedes Palau.

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GAZZETA NAZIONALE DE LA LIGURIA , número correspondiente al 19 de marzo de 1803: Ne’giorni scorsi é arrivato in genova el celebre Navigatore Malaspina, che ritorna nella Lunigiana, sua Patria. Egli seguitamo le tracie di Bougainville, di Cook e di Lapeyrouse, ha fatto due volte il giro del globo d’ordine del re di Spagna. Le nuove scoperte de osservazioni da esso fatte nei mari del Sud, si leggeramo con interese nella relazione de sui’viaggi, che si stampa attualmente in Madrid” .

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PALAU, Mercedes; SÁIZ, Blanca; ZABALA, Aranzazu: Viaje científico y político a la América Meridional , a las costas del mar Pacífico y a las islas Marianas y Filipinas verificado en los años de 1789, 90, 91, 92, 93 y 94 a bordo de las corbetas Descubierta y Atrevida de la Marina Real , mandadas por los capitanes de navío D. Alejandro Malaspina y D. José F. Bustamante . Madrid, 1984.