Ciencia y nación. La comisión científica del Pacífico

De medio siglo de inactividad en lo que se refiere a la exploración científica en el Nuevo Mundo, nos encontramos en el año de 1862 con la llamada Comisión Científica del Pacífico, última de las grandes expediciones enviadas a América. Si bien es cierto que alguno de los políticos que más activamente intervinieron en su organización, como el ministro de Fomento o incluso la reina Isabel II, consideraron que la nueva empresa sería la continuadora de las grandes expediciones ilustradas del siglo XVIII, ésta aparece ante nuestros ojos como una expedición esencialmente romántica y nacionalista.

Para entender el espíritu que guiaba el envío de una escuadra de guerra a las aguas del Pacífico con una comisión de profesores de ciencias naturales a bordo, hay que recordar el momento de euforia de la burguesía española en los años centrales del siglo XIX. La Unión Liberal, el grupo político que mejor representaba los intereses de esa burguesía, había conseguido una situación interna que favorecía sin duda el optimismo histórico de ocupar de nuevo un papel relevante en el conjunto de las naciones europeas, ya que había mejorado el comercio exterior, se consolidaba el sistema bancario, se desarrollaba la agricultura de exportación, la industria textil, el ferrocarril, el ejército y la marina.

Además, la política exterior española era especialmente intervencionista, como se había demostrado en Marruecos, México y Santo Domingo, lo que unido a su ideología panhispanista –obsesionada con estrechar los lazos políticos, económicos y culturales de España con sus antiguas colonias, siempre como potencia rectora– era realmente peligroso en una empresa como la que se preparaba con el envío de la escuadra a las aguas del Pacífico americano. Este panhispanismo se vio además favorecido por la política expansionista norteamericana que pretendía la comunicación entre el este y el oeste de la Unión a través de América Central, con el desmembramiento de Panamá de Colombia, la anexión de Cuba y la ocupación de las islas Galápagos; una política, por tanto, que impulsaba por reacción la aparición de movimientos de integración hispanoamericanos y del panhispanismo más integrista. El tono de la nueva aventura ultramarina española aparece reflejado en las páginas de “El Museo Universal”: “Mientras la España recobraba su puesto en Europa, y mientras cobraba la importancia militar y política que merece toda nación grande, rica y civilizada, era conveniente que su pabellón paseara por otros países, que los territorios que en otros tiempos habían pertenecido a su corona recordaran la dignidad e importancia de la madre patria, haciendo así más dignos de estimación y de respeto en todas partes a sus hijos.”

Aunque pueda parecer que el proyecto de la expedición al Pacífico fue apresurado y fruto de la improvisación de la política exterior de la Unión Liberal, lo cierto es que hay antecedentes sobre la posibilidad de pasear la escuadra española por el Pacífico americano, al menos desde los años cincuenta. En 1860 el propio ministro de Estado –Saturnino Calderón Collantes– se hacía eco de los informes de algunos diplomáticos españoles y de las demandas de los súbditos españoles residentes en algunos países americanos exigiendo la presencia de buques españoles para la defensa de sus intereses. El ministro reforzaba el espíritu nacionalista en las instrucciones que finalmente dio al general Pinzón en 1862. Se reconocía la independencia de las jóvenes repúblicas americanas, con las que se deberían estrechar los lazos de amistad, pero ya se advertía de la posible hostilidad de algunas de ellas, especialmente de Perú, por lo que también se recomendaba una posible intervención de la escuadra en caso de que fuera necesario, es decir, si peligraban los intereses españoles. La prevención contra Perú era tal que las mismas instrucciones indicaban que en los puertos peruanos se ostentaran más las fuerzas españolas para hacer comprender a los peruanos que a pesar de la política moderada de España, ésta actuaría con firmeza si la situación lo requería.

En este sentido es muy interesante la interpretación de Francesc A. Martínez Gallego sobre el envío de la escuadra de guerra con el trasfondo de los intereses guaneros españoles frente al monopolio de la compañía londinense Anthony Gibbs and Sons, representada en España por Murrieta y Cía., ya que nos recuerda que además de la retórica política, algunos periódicos como “La España” habían llegado a reclamar la toma por la fuerza de las islas guaneras de Chincha y Lobos, los mayores depósitos guaneros de Perú y de cómo la propia revista del Ministerio de Fomento publicaba en 1864 diversos artículos sobre el guano chileno y peruano, sus yacimientos, calidades, rendimientos, etc, en vez de preocuparse por los posibles resultados científicos de la Comisión.

Las instrucciones dadas al general Pinzón, jefe de la expedición al mando de las fragatas “Resolución” y “Triunfo” y las goletas “Virgen de Covadonga” y “Vencedora”, señalaban un itinerario aproximado que recorría las islas Canarias, Cabo Verde, Brasil, río de la Plata, la costa patagónica, islas Malvinas, cabo de Hornos, Chiloé, costas chilenas y peruanas y California. En cuanto a los aspectos científicos de la expedición, las órdenes, sin duda recordando los buenos oficios de la marina ilustrada, encomendaban los estudios hidrográficos, físicos y meteorológicos a los oficiales de la Armada, para lo cual se les recomendaban las instrucciones dadas por la Academia de París, así como las hojas de clasificación de observaciones geográficas, hidrográficas, barométricas, marítimas, termométricas, ópticas y magnéticas efectuadas por los oficiales de la fragata “Venus” (1863-1839).

LA COMISIóN CIENTíFICADEL PACíFICO

La iniciativa de agregar una comisión de científicos a la expedición partió del ministerio de Fomento y, especialmente, del director general de Instrucción Pública, Pedro Sabau, quien en mayo de 1862 reunió a una comisión consultiva para nombrar a los integrantes de la futura comisión científica. Hay que destacar que en dicha comisión consultiva figuraron Mariano de la Paz Graells y Miguel Colmeiro, naturalistas que rigieron los destinos de las ciencias naturales en España durante gran parte del siglo XIX y autores materiales de las instrucciones científicas que llevó la comisión científica en su periplo americano. Después de diversas consultas, la Comisión Científica del Pacífico quedó formada por los siguientes personajes:

• Patricio M. Paz (1808-1874), marino retirado y coleccionista de especies malacológicas, fue nombrado presidente de la comisión científica. Por esta razón se encargó de la dirección científica y administrativa, hasta julio de 1863, fecha en la que decidió retirarse por las disensiones habidas con los jefes militares de la expedición y las tensiones creadas en el seno de la comisión científica.

• Fernando Amor y Mayor (18221863), catedrático del Instituto de Valladolid, se encargó, como “naturalista” de la expedición, de todo lo concerniente a la geología y la entomología, hasta su fallecimiento en San Francisco de California en 1863.

• Francisco de Paula Martínez y Sáez (1835-1908), ayudante de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central, fue nombrado secretario de la Comisión y encargado –como “ayudante naturalista”– de los estudios sobre mamíferos y reptiles acuáticos, peces, crustáceos, anélidos, moluscos y zoófitos. Tras la renuncia de Paz y la muerte de Amor, fue el presidente interino de la comisión científica.

• Marcos Jiménez de la Espada (1831-1898), ayudante del Museo de Ciencias Naturales, fue –como segundo “ayudante naturalista”– el responsable de las investigaciones sobre aves, mamíferos y reptiles terrestres. Además se destacó en el transcurso de la expedición por sus trabajos en los volcanes andinos y sus observaciones geográficas, antropológicas e históricas.

• Manuel Almagro y Vega (1834-1895), médico militar cubano educado en París, fue el encargado de los estudios etnológicos y antropológicos en la Comisión Científica del Pacífico. Asimismo, fue el redactor de la memoria oficial sobre la expedición que se presentó al ministro de Fomento en 1866, una vez finalizado el viaje.

• Juan Isern y Batlló (1825-1866), ayudante colector del Real Jardín Botánico, fue el responsable de los estudios botánicos. Fue uno de los expedicionarios –junto a Martínez, Jiménez de la Espada y Almagro– que hizo el “Gran Viaje” a través del Amazonas, aventura en la que contrajo una enfermedad incurable que le costó la vida.

• Bartolomé Puig y Galup (1826-?), médico y ayudante disecador del gabinete de Historia Natural de la Uni versidad de Barcelona, fue el encargado de los trabajos de Cacique de Osorno. taxidermia y conservación.

• Rafael Castro Ordóñez (?-1865), pintor educado en la Real Academia de San Fernando, que fue nombrado dibujante y fotógrafo de la expedición. Su actividad en el campo de la fotografía, en la que se había formado junto a Charles Clifford –uno de los fotógrafos reales e introductor de técnicas avanzadas en nuestro país– fue intensa y muy valiosa, aunque se vio truncada por su muerte en 1865.

LA EXPEDICIóN ALPACíFICO

El 10 de agosto de 1862 zarparon desde Cádiz los buques que conducían a América a los miembros de la Comisión Científica del Pacífico, héroes románticos de la nueva ciencia que, aunque asombrados ante el esplendor de la naturaleza americana, se consideraban portadores de la cultura y la civilización que el Viejo Mundo aún podía aportar al Nuevo.

La escuadra llegó al puerto brasileño de Bahía el 9 de septiembre, después de realizar pequeñas escalas técnicas en Tenerife y en San Vicente de Cabo Verde. La posibilidad de explorar un territorio más amplio determinó que la comisión científica se fragmentase en grupos que recorrieron Río de Janeiro, Desterro, Petrópolis, Santa Cruz y Río Grande do Sul en un período aproximado de tres meses.
Finalizada su estancia en Brasil, los naturalistas se embarcaron en la goleta “Covadonga”, que les condujo a la ciudad de Montevideo, desde donde se planeó un viaje para recorrer Argentina hasta alcanzar el territorio chileno, proyecto que culminaron los expedicionarios Paz, Almagro, Isern y Amor, en tanto que sus compañeros de comisión siguieron en los buques en dirección al estrecho de Magallanes. Asimismo, éstos últimos visitaron las islas Malvinas y Tierra de Fuego, antes de llegar a Valparaíso, lugar de encuentro de los dos grupos de la comisión científica.

En el verano de 1863 la comisión volvió a fragmentarse para lograr un horizonte más amplio de estudio. Almagro e Isern iniciaron una amplia excursión a los Andes, fruto de la cual fueron numerosos objetos antropológicos y un interesante herbario, en tanto que el resto de los científicos exploraban la costa chilena y el desierto de Atacama, antes de salir con rumbo a Centroamérica y San Francisco de California, ciudad en la que falleció Fernando Amor. En diciembre del mismo año llegó la fragata “Resolución” al puerto de El Callao y un mes más tarde fondeaba la “Triunfo” en las aguas del puerto chileno de Valparaíso. El primer buque, que debía embarcar a Almagro e Isern, permaneció cerca de tres meses en el puerto peruano a la espera de actuar militarmente, ya que al regresar del viaje a California se encontró Pinzón con la noticia de la agresión armada a la colonia española de Talambó. Finalmente se dirigió a Valparaíso, donde permanecería al acecho, en tanto que por fin se conseguía reunir a los integrantes de la comisión científica.

Iniciada la campaña del Pacífico, con la ocupación militar de las islas Chinchas por parte de la escuadra española, y tras la dimisión de Paz Membiela como presidente de la comisión, se ordenó la suspensión de la expedición científica. A pesar de esta orden Martínez –como presidente accidental–, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern decidieron continuar la expedición sin contar ya con la dirección militar de Pinzón. Una vez autorizado este proyecto y reunidos en Guayaquil, en octubre de 1864, los cuatro científicos mencionados anteriormente (Puig y Castro también se habían retirado) decidieron realizar lo que ellos llamaron “El Gran Viaje” a través del Amazonas.

Después de varias exploraciones en los Andes ecuatorianos, se dirigieron a la ciudad de Baeza, ya en el oriente de Ecuador, desde donde iniciaron su periplo. Tras atravesar las regiones del Misagualli y del Tena, se dirigieron –en mayo de 1865– hacia el Napo. El antropólogo decidió hacer una pequeña excursión por la región de los jíbaros, en tanto que los demás dejaban Aguano para alcanzar la población de Loreto y proseguir hacia San Antonio de la Coca, en la confluencia de los ríos Coca y Napo.

Zarparon desde este lugar, el 17 de julio, en una pequeña “escuadra” integrada por dos balsas, cuatro canoas grandes y tres pequeñas, en compañía de indios aguanos y loretos. Después de realizar una visita al río Aguarico, se dirigieron a la desembocadura del Curaray, para llegar finalmente a Mazán el 4 de agosto. Acabada la travesía del Napo en Destacamento, se inició la del Amazonas propiamente dicha en condiciones tan adversas que propiciaron la enfermedad mortal del botánico Isern. Embarcados en el vapor “Icamiaba” el 20 de septiembre, coincidieron con una comisión científica norteamericana presidida por el sabio Agassiz, que les auxilió en todo lo posible, dado el deplorable estado en el que se encontraban los comisionados españoles. Una semana después llegaron a Manaus, ciudad brasileña en la que esperaron la llegada del vapor “Belem”, que les llevó hasta el Gran Pará, donde terminaron el viaje el 12 de octubre de 1865.

Un mes más tarde, Jiménez de la Espada, Almagro e Isern se embarcaron en Pernambuco con intención de regresar a España, en tanto que Almagro iniciaría su regreso desde La Habana, ciudad a la que se había dirigido nada más con cluir la aventura amazónica. La expedición se dio por terminada el 18 de enero de 1866, después de una reunión en Madrid de los integrantes de la Comisión Científica del Pacífico.

En cuanto a los resultados de la expedición al Pacífico, cabe decir que, a pesar de que en un primer momento se hizo un esfuerzo notable por dar a conocer lo conseguido, con una magna exposición en el Real Jardín Botánico y la edición de una memoria oficial del viaje, redactada por Almagro, los acontecimientos políticos y la falta de institucionalización e implantación de la ciencia española condujeron –de nuevo– a la falta de estudio e investigación de los materiales recogidos. Volvía a observarse un desequilibrio, ya casi tradicional, entre el esfuerzo organizativo de nuestras expediciones y sus resultados científicos.

Aún así, hay que destacar la labor de los científicos que participaron en la expedición al Pacífico, parte de los cuales –Martínez y Jiménez de la Espada– dieron a conocer nuevas especies a la ciencia o suministraron los materiales –como en el caso de Isern, Almagro o Castro– para su posterior estudio.

Miguel Ángel Puig-Samper