Las musas literarias del áfrica Oriental. Jordi Serrallonga

De las colinas de Ngong a las nieves del Kilimanjaro

Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong”. ¿Quién no ha pronunciado alguna vez, en voz alta o en sus adentros, esta sucesión de bellas palabras?. No nos describen, en principio, nada especial: sólo unas posesiones terrenales en Kenia durante la primera mitad del siglo XX. Ahora bien, los viajeros que han tenido la oportunidad de pernoctar a los pies de las colinas de Ngong, el Meru, el Oldoinyo le Ngai o el Ngorongoro, seguro que se han apropiado de esta frase simplemente readaptando tanto la fórmula como el topónimo final; por ejemplo: “Yo dormí en un campamento en África, al pie del Kilimanjaro”. Pero también los viajeros virtuales, aquellos que se desplazan a lomos de la literatura hasta lugares recónditos, los mismos que –a falta de una granja o tienda de lona– se han atrevido a profanar las letras, palabras, párrafos, páginas y capítulos que siguen a tan escueta como descriptiva cita, es posible que hayan soñado alguna vez con gratas vivencias cerca de los muchos relieves adyacentes a la Gran Falla del Rift; la cicatriz natural que atraviesa el África Oriental en su largo y tortuoso camino geológico desde el Mar Rojo hasta Mozambique. ¿Por qué? Quizás porque todos ellos se han visto seducidos por las historias de una mujer casada con África que siguió aferrada al continente negro incluso después del divorcio.

“Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong” es, sin duda, el primer verso de un himno que aúna a todos los viajeros que quieren adentrarse en las maravillas del Este de África. El inicio de un libro escrito por la baronesa Karen Blixen, la emigrante aristócrata –una de las Reinas de África según Cristina Morató o la Hermana Leona de los kikuyu– que viajó desde Dinamarca hasta Kenia en pos de fortuna, y que después de años de aventuras en esta tierra regresaría a Europa para escribir sobre sabanas, animales salvajes, acacias y montañas bajo el varonil pseudónimo de Isak Dinesen. Hablamos, cómo no, de Memorias de África.

“En las tierras altas te despertabas por las mañana y pensabas: «Estoy donde debo estar»”.

PUNTO DE PARTIDA PARA UN SAFARI LITERARIO: NAIROBI

Un peregrino de la literatura en África, al igual que hoy se detendría en el Hotel Old Cataract de Asuán en busca del lugar donde Agatha Christie halló inspiración para escribir Muerte en el Nilo (es fácil imaginar a Hercule Poirot atravesando la puerta giratoria o fisgoneando en la terraza), no debe dejar escapar la ocasión de visitar el Hotel Norfolk de Nairobi. Aún siendo un edificio en parte reconstruido, todavía conserva el espíritu de cuando Karen Blixen almorzaba en el elegante restaurante o bailaba en sus salones. Un gin-tonic, una cerveza Tusker o un refresco en el actual Club Lord Delamere nos transportará hasta los tiempos en que la baronesa tomaba copas nocturnas en el Norfolk junto a los aventureros, cazadores y funcionarios ingleses; para ello hubo de vencer el rechazo que causaba entre muchos británicos su simpatía por los pueblos kikuyu o maasai, además de demoler la exclusividad de los cerrados círculos masculinos coloniales.

“… Nairobi era una ciudad donde podías hacer compras, enterarte de noticias, almorzar o cenar en los hoteles y bailar en el club”.

Pero además de la visión romántica de Nairobi también existe una imagen literaria no tan benevolente. Por ejemplo, en su libro Mi viaje por África, el Nobel de Literatura Winston Churchill, tras una expedición por las posesiones africanas de la Corona a principios del siglo XX, se quejaba amargamente de la ubicación geográfica de la capital del Protectorado del África Oriental:

“Concebida en principio como un lugar idóneo para la instalación de los espaciosos almacenes y comercios destinados a la construcción y el mantenimiento del ferrocarril, como zona residencial, en cambio, no disfruta de ninguna ventaja. La población se asienta sobre suelo bajo y pantanoso, disponiendo de escaso abastecimiento de agua y de una situación, en general, bastante insalubre.

” Al respecto, si bien es indiscutible que las difíciles condiciones de vida en la Nairobi fundacional siempre se han cernido, hasta el presente, sobre la ciudadanía dotada de menos recursos económicos (es una de la urbes más pobladas del planeta que no se libra de las omnipresentes bolsas de pobreza que, por desgracia, siguen existiendo a ojos de la antigua Europa colonial), también es cierto que fue algo que no importó demasiado a la mayoría de aristócratas, gentlemen y ladies que, en busca de riqueza pero también huyendo de yugos familiares, escándalos y acreedores, se afincaron en las tierras altas de Kenia. Una ingente masa de snobs que, exportando el cricket, los clubs de polo y las reuniones sociales pensaron que contribuían a la gloria y perpetuación del Imperio gracias a sus plantaciones y negocios. Nada más lejos de la realidad. El asesinato de Lord Erroll en los alrededores de Nairobi, el 24 de enero de 1941, destapó la forma de vida de una comunidad blanca elitista que vivía de espaldas a los problemas de la madre patria. Así, mientras la Primera Gran Guerra Mundial tuvo cierta repercusión para los colonos británicos que, organizados por Lord Delamere, se movilizaron para luchar contra las tropas germanas procedentes de Tanganyika, durante la posguerra y los inicios de la Segunda Gran Guerra Mundial los habitantes de las tierras altas brindaban con champagne y degustaban exquisitos filetes de ganado vacuno en tanto sus compatriotas sufrían épocas de carestía, racionamiento y movilización militar y ciudadana. En consecuencia, la investigación sobre un crimen relacionado con la disipada vida del secretario militar de Kenia, Lord Erroll, y la intervención del gobierno de Londres, puso fin al descontrol de Nairobi y sus alrededores. El brillante libro de James Fox, Pasiones en Kenia, es la mejor reconstrucción de una época que, lejos de la imagen hierática, conservadora y educada de la aristocracia inglesa, fue protagonizada por unos personajes de carne y hueso refugiados en su Edén particular (algo nada reprochable si no fuese por el desdén con el que solieron tratar a la población y patrimonio locales):

“Los colonos compartían con frecuencia esa extraña sensación, común a los ingleses exiliados que viven en grupos, de estar «descontrolados». (…) Una vez recuperado su espíritu y su sentido de clase en este paraíso feudal, la tentación de portarse mal resultaba irresistible, y tanto hombres como mujeres sucumbían a las tres «aes»: altitud, alcohol y adulterio. No era de extrañar que en la metrópoli se sospechara de las colonias y que el caso Erroll encendiera un polvorín de resentimiento”.

GRANJAS, CAFETALES, MONTAÑAS Y RELATOS

Cuando visitamos la antigua granja de Karen Blixen, adscrita y gestionada por National Museums of Kenya, vemos que ha pasado el tiempo. Menos de un siglo, pero lo suficiente como para comprobar que ya no se trata de esa propiedad que parecía tan aislada de Nairobi en los locos años veinte. Ahora no se

llega en un carro tirado por bueyes ni en uno de los primeros automóviles que profanaron África, sino con modernos vehículos 4×4 que ruedan por pistas asfaltadas; M’bogani, la segunda propiedad que ocupó la baronesa Blixen durante su vida en Kenia, aún tratándose de los mismos dieciseis kilómetros de antaño, hoy está muy cerca de Nairobi. Pero no ha perdido su encanto; por mucho que hayan desaparecido las plantaciones de café y los cobertizos de la factoría (fósil y símbolo de la ruina que alejó a Karen Blixen de África para siempre) todavía se conservan algunos de los muebles, piezas de porcelana y estancias que fueron testigo de las innumerables historias que esta Hermana Leona relataba a su amante, el mítico organizador de safaris formado en Eton y Oxford: Denys Finch-Hatton.

“Denys, que vivía principalmente a través del oído, prefería escuchar un cuento a leerlo; cuando llegaba a la granja me preguntaba: –¿Tienes algún cuento? Durante su ausencia yo preparaba muchos. Por las noches se ponía cómodo tendiendo cojines hasta formar como un sofá junto al fuego y yo me sentaba en el suelo, las piernas cruzadas como la propia Scherezade, y él escuchaba, atento, un largo cuento desde el principio hasta el fin.”

El viajero, paseando por las dependencias de la granja “al pie de la colinas de Ngong” quizás escuche el lejano eco de los compases de Igor Stravinsky sonando en el gramófono de Denys, o la voz de Karen explicando un nuevo relato a la luz de las velas y los quinqués. Pero existen otros cafetales hoy vivos: en la población de Karatu, en la antigua Tanganyika alemana, se extienden grandes plantaciones aisladas de café arábigo a los pies del majestuoso Ngorongoro. Bellos parajes donde también podemos hacer realidad nuestros sueños literarios bajo la protección de inolvidables montañas. Y es que nuestro safari continua con rumbo a Tanzania.

SAFARIS, FAUNA SALVAJE, CAMPAMENTOS Y ESTRELLAS

Safari significa viaje en la lengua swahili. Qué maravillosa palabra. No sólo por su sonoridad o popularidad, sino sobre todo por todo lo que entraña: desplazarse a pie o en vehículo (bicicleta, todoterreno, tren, globo, avioneta…) por las llanuras, bosques, desiertos y sabanas de África. Winston Churchill no escatimó palabras para alabar las sensaciones de un largo safari por las tierras del África Oriental, y muchas de ellas las dedicó a la descripción de los campamentos. En efecto, acampar en medio del bush es una de las mejores experiencias que puede realizar el viajero actual. Karen Blixen no fue ajena ni a los safaris ni a los campamentos, y así lo describió en sus memorias:

“… con frecuencia en la granja hablábamos de los safaris que habíamos hecho. Los lugares de las acampadas se fijan en tu mente como si hubieras vivido durante mucho tiempo en ellos. Recordabas la huella de una curva de tu carro en la hierba de la pradera como los rasgos de un amigo”.

A semejanza de Churchill, otro Nobel de Literatura, Ernest Hemingway, también concedió grandes atenciones a los campamentos que marcaron el argumento de sus escritos situados en el África Oriental: Las Nieves del Kilimanjaro, La corta y feliz vida de Francis Macomber o Las verdes colinas de África. Y es que Hemingway estaba perfectamente habituado a las tiendas de lona, camastros, mosquiteras, mesas plegables, cocinas de campaña, etc. que utilizó durante sus conocidas cacerías. En la actualidad, los trofeos de caza mayor han sido sustituidos por un reto mucho más emocionante: la contemplación y estudio de la fauna salvaje. Un trabajo que ha derivado en otro género de literatura, la de los naturalistas como el Dr. Bernhard Grzimek y su hijo Michael que, con el impulso del primer presidente tanzano Julius Nyerere y el acuerdo pacífico con los maasai, ayudaron a la creación del Área de Conservación de Ngorongoro y el Parque Nacional del Serengeti. Su libro, El Serengeti no debe morir, todavía arrastra a muchos viajeros hasta un modesto monumento ubicado en la cresta del Cráter de Ngorongoro: es el monolito de guijarros que señala el lugar donde padre e hijo están enterrados, aunque en orden inverso al natural. Michael sufrió un accidente mientras pilotaba su famosa avioneta pintada con líneas de cebra y su padre lo incluyó como autor póstumo en el manuscrito que habían soñado escribir juntos:

“Michael Grzimek pereció instantáneamente. Aquel mismo día fue sepultado en el borde superior del cráter de Ngorongoro, en un paisaje eternamente verde, en un lugar que domina, desde gran altura, las llanuras del Ngorongoro y sus manadas de animales salvajes”

Y en el Ngorongoro, por la noche, si miramos hacia el cielo seguro que descubriremos otra maravilla natural equivalente a la caldera extinta que sirve de cobijo a miles de animales, incluido el rinoceronte negro; hablamos de la bóveda celeste. Un planetario natural donde en el invierno europeo y el verano austral africano destaca la constelación del cazador: Orión. Pero en áfrica debemos desprendernos de la mitología grecorromana; existen otras civilizaciones y culturas tan ricas como la nuestra. Así, durante las acampadas, si hablamos con los maasai descubriremos que Orión es en realidad Ngai, su Dios. Y Ngai bajó por una especie de tobogán (la Vía Láctea) hasta su morada en el lago Natron: el volcán Oldoinyo le Ngai, o Ol Doinyo Lengai, descrito así por Justin Cartwright en la novela Soñando con los Masai:

Un poco hacia el norte está el Ol Doinyo Lengai, la Montaña de Dios, su residencia permanente. Se alza abruptamente desde la base del valle [refiriéndose a la Gran Falla del Rift]. Se dice que para los masais este volcán –suelta humo y cenizas de cuando en cuando– es un lugar sagrado. Yo me pregunto, sin embargo, quién sabe lo que significa sagrado para los masais”.

MAASAI: LOS GUARDIANES DEL LAGO

Existe un lugar de áfrica donde confluyen los orígenes míticos de los maasai con los orígenes biológicos de la Humanidad. Guerreros y pastores maasai conviven así con los arqueólogos y paleontólogos que trabajamos en el lago Natron (Los Guardianes del Lago. Diario de un arqueólogo en la tierra de los maasai). Mientras que los maasai consideran que Ngai tuvo tres hijos de los cuales sólo sobrevivió Natero Kop, el ganadero (y de ahí que se consideren los propietarios de todas las reses del mundo), los detectives del pasado encontramos las evidencias fósiles de los primeros representantes
del linaje humano. Una conjunción de mito y logos absolutamente fantástica.

Pero, ¿qué tienen los maasai para que se hayan convertido en protagonistas de mil y una historias literarias? La mismísima Karen Blixen, en Memorias de áfrica, nos ofrece una exaltada descripción de estos ganaderos y guerreros nómadas de la sabana:

“Los jóvenes morani-masai se alimentan de leche y de sangre; tal vez esta dieta es la que les proporciona su hermosa suavidad y tersura en la piel. Los rostros, con los pómulos salientes y las prominentes mandíbulas, son lisos, sin una arruga o una estría, llenos; los ojos opacos, invisibles, están engarzados como dos piedras negras en un mosaico (…). El gran contraste, o armonía, entre esos rostros suaves y llenos, los cuellos poderosos y las anchas y redondas espaldas, con la sorprendente esbeltez de la cintura y las caderas, la delgadez de las rodillas y de los muslos, y las largas, derechas y musculosas piernas, les da el aspecto de criaturas entrenadas con una dura disciplina para convertirse en seres rapaces, codiciosos y ávidos en extremo.”

En las regiones fronterizas entre Kenia y Tanzania, sobre todo en las llanuras de Sinya y los alrededores del lago Natron, el viajero entrará en contacto con aquellos maasai que siguen las mismas costumbres y tradiciones de antaño. ¿Una reliquia del pasado para deleite del europeo en busca de los mal llamados pueblos primitivos? No, en absoluto. Simplemente, una manifestación del orgullo que para los maasai significa seguir siendo maasai: portar lanzas de guerra, construir cabañas con boñigas de vaca amasadas, decorar los cuerpos con pigmentos y joyas, aumentar las reses del rebaño, consultar al laibon, superar los ritos de iniciación, etc.

DEL LAGO NATRON AL KILIMANJARO: EL TECHO DE ÁFRICA

A los pies del volcán Ol Doinyo Lengai hemos descubierto nuestros orígenes, y el de los maasai, pero somos merecedores de un premio: sobrevolar el lago Natron. El mejor regalo con el que Denys Finch-Hatton obsequió a Karen Blixen cuando, habiendo aprendido a volar y provisto de su propio biplano, puso rumbo al lago rosa:

“El cielo estaba azul, pero al entrar volando desde las praderas sobre el país más bajo, pedregoso y desnudo, todos los colores estaban tan quemados que habían desaparecido. El paisaje entero debajo de nosotros parecía una concha de tortuga delicadamente dibujada. De repente, en medio de todo esto, apareció el lago. El fondo blanco, resplandeciendo a través del agua, le da, cuando lo ves desde el aire, un sorprendente, increíble color azulado, tan claro que por un momento tienes que cerrar los ojos (…). Volábamos alto, luego volamos a menos altura;mientras bajábamos nuestra sombra azul oscura flotaba debajo nuestro sobre el lago azul celeste. Aquí viven miles de flamencos…”

Y desde el lago Natron nos dirigiremos hasta el techo de África. Acampar a los pies del Kilimanjaro supone el final de nuestro safari literario. Las colinas de Ngong, el Ngorongoro y el Ol Doinyo Lengai han sido nuestros refugios anteriores, pero podríamos haber añadido otros muchos relieves cuyas faldas hospedaron y hospedan a los nativos y extranjeros enamorados del África Oriental: Meru, Monte Kenya, Sambu, Kitumbeine, Gelai, etc. Al igual que el joven y activo volcán al Sur del lago Natron, el anciano Kilimanjaro también es una montaña sagrada para los maasai; así, cada vez que levantamos nuestras tiendas de lona en la llanura de Sinya, o en las colinas de Elerai, hasta el más agnóstico da las gracias a Ngai… ashe naleng en la lengua de los maasai.

“El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve, de 5.913 metros de altura, y dicen que es la más alta de África. Su nombre en masai es Ngàje Ngài, La Casa de Dios. Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie ha podido explicar nunca qué buscaba el leopardo por aquellas alturas”. (Ernest Hemingway, Las Nieves del Kilimanjaro).