Texto: Manel Ollé

Boletín 68 – Sociedad Geográfica Española

China: pasado, presente y futuro

La civilización china es una civilización milenaria y campesina, pero si hay un rasgo que le da forma es su carácter esencialmente fluvial. Desde tiempos inmemoriales los chinos han hecho vida a las orillas de los ríos. Han regado, han navegado, han hecho negocio y han pescado en los lagos y en los ríos naturales que bajan desde las cimas de los Himalayas, alrededor de la abigarrada red de canales, sistemas de regadío y embalses que han ido construyendo.

El Huanghe, el río Amarillo, se extiende a lo largo de casi 5.500 kilómetros. Es el segundo río más largo de China y el sexto del mundo. Pero su importancia no viene ni de la longitud ni de su caudal, sino de la fuerza del aura mítica que todavía lo rodea y del protagonismo histórico que arrastra desde tiempos remotos, desde el neolítico hasta el presente. Es también el río chino más ingobernable, imprevisible y brutal. Todos los esfuerzos que han intentado domarlo han logrado un éxito relativo y desigual a lo largo de los siglos. El río Amarillo es el que ha nutrido y ha hecho caer más dinastías. Para hacernos una idea de hasta qué punto los gobernantes chinos se lo han llegado a tomar seriamente, un dato puntual nos da una pista precisa: durante la primera mitad del siglo XIX, la dinastía Qing dedicaba más de un 10% de su presupuesto a mantener, reparar e  interconectar un solo río: el Huanghe.

LA FUERZA DEL DRAGÓN HUANGHE

No hay dique ni esclusa que pueda contener la furia del Dragón Huanghe cuando se desata. Cae enloquecido y espumoso, chasquea por los escalones que bajan del cielo, desde las mesetas y las cumbres tibetanas del Qinghai hasta las llanuras de la Tierra Amarilla, donde se aquieta, haciendo una gran curva hacia el norte, entre los desiertos del Ordos y del Gobi. Serpentea entre las gargantas y los riscos que ha ido excavando a lo largo de los milenios. Se encalma majestuoso a las llanuras aluviales del norte, tan cargado de sedimentos, y a menudo con un caudal tan incontenible, que cada pocas décadas escapa del cauce que lo conduce. Entonces también desborda los canales y se inundan las terrazas escalonadas de los marjales bajos, las presas, los cultivos y las casas excavadas en el barro: todos los rincones de un paisaje lunar y agostado, que los sufridos chinos del norte han ido haciendo y rehaciendo, modelando y volviendo a modelar a lo largo de los siglos, sin que quede ya ningún palmo que no haya sido esculpido y modificado por la mano humana. Una vez y otra, con la embestida furiosa del Dragón, todo acaba arrasado y sumergido dentro de un charco inmenso y embarrado, que se extiende hasta más allá del que pueda llegar a divisar la mirada. La reincidente capacidad devastadora del Huanghe (el río Amarillo) es tan alta como lo es su virtud de convertir en fértiles las llanuras áridas del secano cerealístico del norte chino: las tierras del mijo, la cebada, la soja, el trigo, el sorgo, el maíz o el algodón. Las crecidas periódicas del Huanghe inundan los marjales, remueven y germinan las tierras con su barro fino, conocido como loess (del alemán löss): un finísimo polvillo amarillento que ha ido formando las abanicadas de las estepas desde los desiertos del Gobi, del Ordos y del Alashan. Su acumulación desde los tiempos inmemoriales del pleistoceno se ha ido compactando hasta llegar a hacer capas de más de ochenta metros, aparentemente duras como el cemento, pero sensibles a la erosión constante de los vientos y de las aguas. En estas llanuras del loess, que los chinos denominan la Tierra Amarilla (Huang tudi), es donde el río se vuelve espeso y amarillento, y llega a transportar hasta treinta y cuatro kilogramos de partículas en suspensión por cada metro cúbico de agua turbia.

UN CURSO LENTO, PESADO Y CAMBIANTE

Mientras avanza en los últimos ochocientos kilómetros por la llanura aluvial, la pendiente del río no llega a caer ni un centenar de metros hasta la desembocadura. Esto hace que retarde el paso mientras traza las curvas de los grandes meandros, y hace que deposite un tercio de los sedimentos al cauce y un tercio al delta, y que solo un tercio llegue al mar. Con tanto barro y con un caudal tan lento como poderoso, solo las barcazas pequeñas se pueden mover: apenas para atravesarlo o para navegar trayectos breves de cabotaje.

En los últimos tres mil años, el Dragón Amarillo se ha llegado a despertar con bandazos violentos casi un millar de veces. Casi cada siglo y medio el empujón de la crecida ha llegado tan lejos que el curso del río, en los últimos centenares de kilómetros, se ha alterado del todo, y la desembocadura ha cambiado radicalmente de emplazamiento, hasta alejarse de golpe más de quinientos kilómetros del punto donde desembocaba anteriormente, por encima o por debajo de la península de Shandong. A veces ha acabado desembocando en el mar de Bohai (en el norte), a veces en el mar Amarillo (en el sur). Y todo el que se encuentra entremedias queda negado o destruido por la acción implacable de las aguas. Con unas consecuencias devastadoras, no tan solo para el paisaje natural, sino sobre todo para el paisaje humano.

Aun así, el sufrimiento más grande al que se ve sometida la gente de la Tierra Amarilla no llega tanto del exceso como de la carencia de agua. No llega con estas crecidas recurrentes sino con las sequías recurrentes, y con las hambrunas severas que se derivan. La pluviosidad en aquellas tierras se mueve al ritmo de los latigazos erráticos de los monzones, y hace que el precario equilibrio ecológico de la región esté siempre a punto de romperse. La climatología incierta y extrema ha hecho que la práctica de la agricultura en China del norte haya sido siempre una actividad de riesgo, solo posible con un alto grado de ingeniería social y de transformación extrema del paisaje. Los millones de campesinos de la cuenca baja del Huanghe que, con cada sequía o con cada crecida lo pierden todo, a lo largo de los siglos han nutrido las filas de las revueltas campesinas milenaristas, de las hordas nómadas y de los ejércitos alzados en los golpes dinásticos que han menudeado al poco de los grandes cataclismos naturales.

MITOS, UN MINISTRO LEGENDARIO Y UN CAUCE ASOMBROSO

En medio de los relatos mitológicos de las civilizaciones más diversas encontramos en un lugar destacado la figura arquetípica del héroe civilizador que separa las tierras de las aguas, a menudo venciendo alguna bestia marina o algún reptil fabuloso. La tendencia china a burocratizar el mito ha convertido los viejos dioses ancestrales en emperadores sabios, presuntamente históricos, que ennoblecen los linajes dinásticos. A veces los reduce a modélicos ministros o jefes de negociado de la Burocracia Celestial. Esta tendencia a burocratizar el mito ha hecho que este viejo dios heroico chino, capaz de domesticar el Dragón del río Amarillo, haya sido asimilado con la figura de un eficacísimo ministro de obras públicas, el Gran Yu (Da Yu) que la tradición sitúa en los tiempos iniciales de la dinastía legendaria de los Xia (2100-1600 a. C.), en la edad de Jade, situada entre el tercer y el segundo milenio antes de nuestra era. Se atribuye al Gran Yu la construcción de los canales y los diques más antiguos de la cuenca el río Amarillo. Más allá de esta huella legendaria, todavía hoy están en servicio algunos de los diques y de las esclusas que se erigieron hace más de dos mil años.

A lo largo de decenas de siglos, la acción combinada de la acumulación natural de sedimentos y la construcción humana de los muros de contención ha hecho que, en no pocos tramos del curso bajo, el Huanghe circule extrañamente por encima del nivel de las tierras que lo rodean y avance sobre un cauce encumbrado, con el agua fangosa moviéndose despacio sobre una especie de acueducto.

El río Amarillo rompe su curso, Ma Yuan (1160-1225). Museo del Palacio de Beijing

Cascadas de Hukou.

Curva Qiankun del Río Amarillo en Shanxi , China

Baots en la terminal de ferry de Lianhua Tai, el puerto principal del condado de Linxia.

QUIEN DOMINA LAS AGUAS DOMINA EL PODER

Resistir los embates de las sequías y las inundaciones, contener, guiar y sacar provecho de las aguas del Huanghe ha sido siempre una tarea prioritaria en la gobernación china, un requisito fundamental para la supervivencia colectiva y para la legitimación de los emperadores. El Mandato del Cielo que los autorizaba a reinar podía romperse si las aguas salían de su curso. Algunos historiadores como Karl August Wittfogel caracterizaron China antigua como un régimen de despotismo hidráulico. Quien domina las aguas tiene el poder. Incluso en fechas recientes el capital simbólico que acumulan las grandes infraestructuras hidráulicas explica que la única votación de las últimas décadas en el Parlamento chino que no se aprobó a la búlgara haya sido el voto de castigo que recibió el proyecto de la presa de las Tres Gargantas del río Yangzi, impulsada a principios de la década de 1990 por el líder chino Li Peng, cara visible y responsable primero de las matanzas de Tiananmen del 4 de junio de 1989.

UNA CUENCA LLENA DE HISTORIA, LA AUTÉNTICA Y LA MÍTICA

Las cuencas del curso medio del Huanghe se saturan de historia con una intensidad especial en el intervalo que va desde los tiempos del neolítico hasta los de las grandes dinastías imperiales. Las capitales más antiguas y que nos han legado los vestigios más valiosos, como son Luoyang o Xi’an, se sitúan justamente en esta región. De aquellas llanuras centrales de la cuenca del Huanghe salían las expediciones de la Ruta de la Seda. También en estas llanuras próximas al río encontramos los grandes túmulos funerarios de las tumbas de los primeros emperadores, como por ejemplo la Qin Shihuang, el primer emperador chino, protegido por el inmenso ejército de soldados de terracota de medida natural. La tumba del primer emperador no ha sido todavía excavada. Se sabe el lugar concreto donde se debe de encontrar porque justo en aquel punto del gran túmulo que la cubre se detecta una altísima concentración de mercurio, que se corresponde a las descripciones que se hicieron de la sala funeraria, done se cuenta que hay una maqueta gigante del Imperio de los Qin, surcado por las corrientes continuas del Huanghe y del resto de los grandes ríos chinos hechos de mercurio.

El Huanghe reúne en el imaginario chino el poder brutal de la bestia devastadora y la ternura fértil de la madre que mima la cuna de la civilización. En el horizonte más lejano de la memoria legendaria de los chinos existe la noción de que todos y cada uno son hijos del Dragón; es decir, hijos del río Amarillo. Como no puede ser de otra manera, cada presente elige y medio se inventa el relato del pasado que más le conviene. El nacionalismo chino de principios del siglo XX forjó la mitificación de estas llanuras centrales del Huanghe como la cuna de la civilización china. La épica de la Larga Marcha de los comunistas de Mao Zedong confirmó esta mitificación: allá en aquellas tierras amarillas se encontraba tanto la semilla germinal de la nueva China como el eco atávico de China feudal, que había que combatir y dejar atrás. A pesar de que la leyenda y la historia oficial lo hacen salir todo de esta cuna ancestral del río Amarillo, los nuevos hallazgos arqueológicos de los yacimientos de Sanxingdui, en la cuenca de uno de los afluentes del río Yangzi, en la provincia de Sichuan, vienen a desmentir esta versión. Muestran la existencia de una cultura del bronce muy sofisticada a mediados del segundo milenio antes de nuestra era, pero sin conexiones ni dependencias de los núcleos septentrionales con las llanuras centrales del Huanghe.

Aliviadero de la presa Sanmenxia durante el lavado de sedimentos.

Lanzhou, Río amarillo.

EL HUANGHE Y EL GRAN CANAL

Los intentos de domesticar el Huanghe se basaron desde el principio en medidas de contención, con una aproximación defensiva a base de diques y esclusas. Aun así, la estrategia cambió radicalmente a partir de la dinastía mongol de los Yuan (1279-1368), fundada por el gran Kublai Kan, con la culminación de las obras del Gran Canal, que ligaba verticalmente las cuencas de los grandes ríos chinos. A partir de aquel momento cambiaron las reglas del juego: ya no se trataba de contener los aguas, sino de disolverlas en una red de canales que lo absorbían y redistribuían. El curso bajo del Huanghe pasó a formar parte de un sistema hidráulico complejo e interconexionado. La China imperial se asocia siempre con la Gran Muralla, con los más de cinco mil kilómetros que separan el mundo sedentario de los agricultores chinos del mundo nómada de las estepas del norte. Pero el Gran Canal merecería representarla quizás con más motivo por su impacto económico, político y social. A diferencia de la Gran Muralla, el Gran Canal no separa, sino que une. De norte a sur, conecta China meridional mercantil, superpoblada, de la seda y del arroz, que gravita alrededor del mar interior del río Azul, con China de las tierras amarillas del norte, ancestral, burocrática, enjuta y austera, del río Amarillo.

GUERRAS, CORRUPCIÓN Y MAL GOBIERNO

A lo largo del siglo XIX, China entró en una crisis profunda. El relato oficial tiende a culpar de todos los males a la agresión británica de las guerras del Opio y los tratados desiguales, que dejaron China en una situación semi-colonial respecto a las potencias extranjeras. Este fue un factor muy relevante, pero no el único. El imperio de los Qing había doblado su población, y triplicado su extensión en pocas décadas: el coste de las guerras endémicas, la crisis fiscal, la corrupción y el cierre a la innovación también tuvieron algo a ver. Como no podía ser de otro modo, el Huanghe también jugó un papel determinante en la crisis del Imperio. La desatención de la dinastía manchú de los Qing hacia las infraestructuras hidráulicas a principios del siglo XIX multiplicó los efectos de las grandes inundaciones. Se alimentó el desgobierno y las grandes rebeliones.

La rotura de la conexión entre el Huanghe y el Gran Canal contribuyó también a la crisis del Imperio. El cambio radical del curso bajo del río, provocado por las grandes inundaciones de la década de 1850, desplazó el delta del río Amarillo unos cuántos centenares de kilómetros desde el sur hacia el norte. El río se desconectó entonces definitivamente del Gran Canal y se interrumpió por siempre jamás más la navegación. La China fluvial, que se había estado moviendo de forma febril e industriosa por la red de canales, dejó el predominio al mar, en manos de los intrusos vapores europeos y norteamericanos.

Mapa Cauce del du fleuve jaune

UN DRAGÓN MÁS DOMESTICADO

La locura bélica del siglo XX convirtió el Huanghe en un arma de destrucción masiva. Para frenar el adelanto de las tropas japonesas en su imparable ofensiva, el ejército nacionalista chino de la República de China, comandado por el Generalísimo Chiang Kai-shek hizo estallar el junio del año 1938 los diques que contenían el flanco sur del Huanghe. El río derramó implacable sus aguas turbias por la provincia de Henan. La inundación provocó la muerte directa de más de medio millón de campesinos y el desplazamiento como refugiados de más de cuatro millones, y más de doce millones de campesinos quedaron afectados por la inundación. Aquel sabotaje fue determinante en la hambruna que asoló la provincia de Henan entre 1942 y 1943, que se saldó con más de dos millones de muertes. La propaganda del régimen republicano de Chiang Kai-shek atribuyó los sabotajes del río Amarillo a las malvadas tropas japonesas, pero al acabar la guerra, en 1945, se acabó sabiendo la verdad. Entonces se hundió todavía algo más en el barro el prestigio del ejército republicano regular chino, demacrado por las derrotas y las deserciones.

El año 1997 el Huanghe se secó del todo en su curso bajo, a partir de unos 640 kilómetros antes de llegar a la desembocadura del golfo de Bohai. Ya se habían registrado otros episodios de sequía del río en las décadas anteriores, pero nunca de aquella magnitud. Desde el año 1999 el río no se ha vuelto a secar pero fluye lánguidamente. Las llanuras de norte, donde ahora vive la cuarta parte de los 1.400 millones de chinos, siguen siendo tan vulnerables ecológicamente como lo han sido siempre, pero ya no tienen que sufrir más por los embates virulentos del Dragón Amarillo, sino por la sequía.

Los grandes embalses construidos desde el triunfo de Mao Zedong en 1949, la superpoblación, el consumo agrícola e industrial del agua, la contaminación y la reforestación han acabado domando del todo al Dragón Amarillo, que ahora baja dócil y renqueante hasta el golfo de Bohai. Ahora ya es de un color más gris que amarillo, al disminuir sensiblemente el volumen de los sedimentos que transporta.

El calentamiento global también ha contribuido de forma decisiva al apaciguamiento del curso del Huanghe. Ha hecho que en las últimas décadas haya disminuido casi un tercio el volumen de aguas del deshielo de los Himalayas y las mesetas tibetanas, que nutren todos los grandes ríos de Asia: el Ganges, el Indo, el Brahmaputra, el Irrawadi, el Mekong, el Yangzi… y el Huanghe. Y, habrá que recordarlo, en las cuencas de estos grandes ríos asiáticos se concentra casi la mitad de la humanidad.

En China vive más del 20% de la población del mundo, pero apenas cuenta con menos de un 9% de tierras cultivables. Esta presión se vuelve más aguda en las llanuras de secano del norte que atraviesa el río Amarillo, donde el 41% de las tierras cultivables cuenta solo con el 6% de las aguas de China. El problema del agua en China es, pues, tanto de escasez como de distribución geográfica desigual.