Diplomáticos, viajeros y turistas de final de siglo “Los viajes por Oriente de Adolfo Rivadeneyra”

Fernando Escribano Martín

Bibliografía: Bibliografía: Boletín 24 SGE. Julio de 2006

Resultacasi increíble tener que reivindicar la figura, el trabajo y la obra de un personaje como Adolfo Rivadeneyra, y sin embargo es necesario hacerlo, pues no son muchos, ni siquiera en su país, los que conocen a nuestro protagonista, ni los logros por él obtenidos.

En cualquier caso esta no es una historia nueva, y un buen ejemplo es la exposición del Museo Arqueológico Nacional, La aventura española en Oriente (1662006). Viajeros, museos y estudiosos en la historia del redescubrimiento del Oriente Próximo Antiguo, donde, vinculados al Oriente, se da cuenta de una serie de personajes con unas aventuras vitales y viajeras realmente increíbles, y que son apenas conocidas, tanto en España como en el extranjero.

Adolfo Rivadeneyra es uno de los casos más claros de injusta memoria para con un personaje muy destacado, y sólo desde hace poco se ha empezado a reivindicar la importancia de su trabajo. Pero, ¿por qué consideramos que Rivadeneyra es tan importante?
Rivadeneyra vivió aproximadamente en la segunda mitad del siglo XIX. Su trabajo como diplomático le permitió viajar no sólo por los países a los que fue destinado, sino que a menudo concibió los traslados, tanto de un destino a otro, como desde España, para realizar trayectos poco acostumbrados, y que le servirían para conocer la realidad del país en aquel momento, y también de su historia, pues Rivadeneyra fue un apasionado de la historia del Oriente Próximo antiguo, justamente en la época en la que la ciencia del Orientalismo se empezaba a desarrollar en Europa.

Nuestro protagonista no sólo conocía y manejaba los descubrimientos que la nueva ciencia realizaba sobre civilizaciones y pueblos desconocidos en ese momento, o sólo conocidos por la interpretación de la Biblia, sino que él mismo llevó a cabo estudios que podemos situar como de los primeros españoles al respecto.

Así mismo, consciente, como otros personajes ilustrados españoles de la época, y siguiendo el ejemplo de otras sociedades europeas, fue uno de los que contribuyeron a sacar adelante la Sociedad Geográfica de Madrid, que con sus trabajos y con sus boletines participaría como sus homólogas del descubrimiento del mundo. Fue el Secretario de la primera Junta Directiva, y también el primer conferenciante de la misma. Faltando los apoyos necesarios, la Sociedad Geográfica de Madrid sólo pudo realizar algunas expediciones destacadas, aunque sí se llevaron a cabo estudios interesantes de diverso orden geográfico, y se sacaron a la luz textos de viajeros y estudios que llevaban siglos olvidados en las bibliotecas de nuestro país. Pobre legado, sin embargo, para lo que se pretendió con su creación.

Los logros de Rivadeneyra van más allá, y aquí sólo vamos a señalar alguno antes de describir su vida y sus viajes. Fue él quien terminó la magna obra de su padre, la Biblioteca de Autores Españoles, desde el tomo LXIV hasta el LXXII (los derechos sobre la misma son propiedad hoy de la Real Academia Española). Formó una de las colecciones de Oriente más importantes en nuestro país, que hoy forma parte de los fondos del Museo Arqueológico Nacional. A su muerte, donó al Estado algunas obras únicas, como el impresionante cuadro mandado pintar a Pellicer en el que se narra su entrada junto al Gobernador del Arabistán en la ciudad de Dizful, una etapa de su aventura por Persia.

APUNTES BIOGRAFICOS Y PROFESIONALES

Adolfo Rivadeneyra y Sánchez nació en Valparaíso, Chile, el 10 de abril de 1841. El hecho de que Adolfo naciese en Chile se debe a que su padre, Manuel Rivadeneyra y Roig, trabajaba en tierras americanas para conseguir fondos con que sustentar su Biblioteca de Autores Españoles. Allí conoció a la que fue su mujer, Nieves Sánchez y Riquelme, y allí nació su primer hijo. Cuando Adolfo tenía siete años volvió la familia a España, y continuó su educación en el Seminario de Vergara y en el Colegio de Masarnau. Estudió también en Alemania, Inglaterra y Bélgica, pues su padre pretendía para él una sólida formación en idiomas. Tanto fue así que, cuando el 21 de diciembre de 1863 solicitó a la reina Isabel II ser admitido en la carrera consular y ser destinado a un destino en Oriente, él mismo señala manejar ya cinco lenguas además de la latina.

La solicitud fue casi inmediatamente aceptada (el 29 de diciembre), y fue destinado como Joven de Lenguas al Consulado General de Beirut. Los jóvenes de lenguas son una figura de la diplomacia española que reclutaba jóvenes que se iban a destinar a la carrera diplomática, suponemos que con especiales cualidades, y se les formaban en las lenguas menos manejadas, útiles para los intereses del país. Así, nada más llegar se internó en el convento de Ain-Warka para aprender el árabe y parece, a tenor de las noticias que se conservan en el Archivo del Ministerio de Estado, que con resultados asombrosos.

Como parte de sus funciones en el mismo destino hubo de hacerse cargo del Consulado de Jerusalén a partir de noviembre de 1864 durante un par de meses debido a enfermedad del titular, y de nuevo cuatro meses a partir de julio de 1866. Después de una licencia de dos meses para recobrar su salud, que creemos que pasó en Madrid, fue nombrado Vicecónsul en Beirut, cargo que desempeñó hasta junio de 1867, cuando el viceconsulado fue suprimido.

Su siguiente destino fue la isla de Ceilán, donde tomó posesión del viceconsulado de nueva creación que tuvo residencia en Colombo, y que dependía de la jurisdicción del Consulado General de España en China. Parece que siguiendo una costumbre del país el cargo comportaba ser nombrado Juez de Paz, como él mismo explica al Ministerio, cargo honorífico, pero que podría ser llamado a ejercer como tal. El 10 de febrero de 1868 tomó posesión del viceconsulado, y aquí permanecerá hasta que, según orden de 25 de noviembre de 1868, el Gobierno Provisional le nombra Vicecónsul en Damasco, y que será el origen uno de sus grandes viajes, el que se plasmará en el primero de sus libros, del que hablaremos después. El texto de la orden es el siguiente: “El Gobierno Provisional se ha servido nombrar á V. Vicecónsul de España en Damasco con el sueldo personal de 1200 escudos anuales, 1800 escudos más para los gastos de residencia y otros 600 escudos para los ordinarios del servicio, con arreglo á lo asignado á dicha plaza en el presupuesto vigente que percibirá V. con cargo á los fondos de la Comisaría General de los Santos Lugares de Jerusalén. De órden del mismo Gobierno lo digo á V. para su conocimiento y efectos consiguientes”.

En el desempeño de este destino en Damasco acompañó a Eduardo Saavedra a la inauguración del Canal de Suez, ceremonia que, como se sabe, presidió la madrileña, y carabanchelera, Eugenia de Montijo, Emperatriz de los franceses, el 17 de noviembre de 1869.

Se mantuvo en el puesto hasta que por orden del 18 de julio de 1870 el Regente le declaró cesante. Unos meses después solicitó el reingreso en la carrera consular. La administración española del siglo XIX no funcionaba como la actual, y cada cambio de gobierno producía un número importante de cesantes, figura cuya tristeza y desolación retrata admirablemente Pérez Galdós en Miau.

Su siguiente misión fue el viceconsulado de nueva creación, de nuevo pionero en un destino, en Teherán, con la misión principal de estudiar las posibilidades económicas de España con respecto a Persia. En concreto, en las instrucciones que recibió antes de marchar a lo que entonces era Persia, hoy Irán, se le encomiendan principalmente estas cuatro misiones:

Exploración y estudio del mercado que puede ofrecer Persia al comercio español. Información acerca de las posibilidades directas de intercambio entre ambos países. Estímulo, aliento y protección de las relaciones mercantiles directas, y al menos fomentar las indirectas…

Designación del puerto del Golfo Pérsico en el que pueda establecerse una Agencia consular.

Protección de las personas e intereses de los españoles que puedan llegar a Persia por causas comerciales, o por las obras públicas construidas, como la concesión dada por el Sha al Barón Reuter para construir ferrocarriles, y que será objeto de sus primeras investigaciones.

Al no existir Agente diplomático de España en Persia, debe informar al Gobierno de los principales sucesos políticos que ocurran.

No vamos a desarrollar estas instrucciones, pero, además de la misión principal, llama la atención la intención gubernamental (que se mantuvo durante todo el XIX, siempre parada por un gobierno posterior) de conseguir un punto en el Golfo Pérsico que hubiese sido fundamental para sostener las colonias en Filipinas. Al final esta pretensión se truncó, pero uno de los puntos más estudiados coincide con el que ocupó Italia, cerca de Abisinia (objeto de una importante misión de exploración por parte de la Sociedad Geográfica de Madrid, bajo la dirección de Abargues de Sostén). Por otra parte, el estudio en tiempo de las posibilidades comerciales con España, y las que se estaban haciendo en Persia, quizá uno de los pocos puntos no ocupados aún por el colonialismo europeo que se estaba desarrollando en África y Asia, sorprende por la perspectiva y oportunidad que denotaban, y por contraste con los otros gobiernos de visión pacata que los truncaron.

Este destino será el origen de su segundo libro: Viaje al interior de Persia, quizá su destino más importante, y también quizá su libro más maduro e interesante. Permaneció en Teherán desde el 11 de abril de 1874, fecha en la que toma posesión de su cargo, hasta el 19 de agosto, cuando marcha para estudiar el país. Hasta este momento desarrolló una serie de estudios previos, que incluyó en el primer tomo de su libro (tiene tres), y que remitió al ministerio. Después, hasta el 24 de agosto de 1875, en que llegó de nuevo a Teherán, recorrió el país en cumplimiento de su principal misión: buscar las posibilidades comerciales a desarrollar entre España y Persia. Pidió entonces una licencia por enfermedad, que vino aprobada, y que cuando la pudo disfrutar fue aprovechada por el Gobierno de turno para suprimir el viceconsulado. Creemos que un gobierno distinto del que le nombró, con el vicecónsul en casa, y con la misión principal cumplida (a la que no se le dio la publicidad requerida) no entendió la necesidad de continuar la misión, y canceló el destino. En lo que al libro concierne, el recorrido por Persia, así como su viaje de regreso, constituyen el material del que se nutren los tomos II y III de suViaje al interior de Persia.

Su siguiente etapa en su carrera la cumplió en Singapur, donde seguramente no llegó a trasladarse, pues es nombrado Cónsul de Segunda clase en Singapur el 9 de diciembre de 1878, y diez días después, el 19, es nombrado Cónsul en Mogador (Marruecos). Llegó a este destino el 8 de enero de 1879, y cumplió su misión hasta que en noviembre de 1879 cesó en sus funciones, a petición propia, según parece por abierto enfrentamiento con el gobernador de la zona, siendo éste el ultimo destino de su vida diplomática.

Gracias a su carrera diplomática fue merecedor de la Orden de Carlos III en grado de Caballero (orden de 19 de mayo de 1864), y de la Cruz del León y del Sol de tercera clase por parte del Gobierno persa, según narra él mismo en su segundo libro. Murió muy joven, seguramente a causa de un aneurisma en la arteria aorta, en Madrid, el 6 de febrero de 1882.

Su trabajo como diplomático fue el marco perfecto para desarrollar sus intereses e inquietudes, y una parte de los mismos están plasmados en sus libros. Rivedeneyra sintió atracción por el Oriente desde la infancia, no sabemos exactamente desde cuando, y podemos pensar que dirigió su carrera profesional hasta convertirse en uno de los mayores conocedores españoles de estas tierras, tanto de su realidad contemporánea, como de su historia, siguiendo y participando de la ciencia que se desarrollaba en Europa, el Orientalismo.

Como parte de ese amor por el Oriente, participando del intento de otros contemporáneos suyos que querían subir a España al carro del desarrollo cultural, participó no sólo en la gestación de la Sociedad Geográfica de Madrid, sino que, a través del trabajo editorial, contribuyó a publicar libros europeos que mostraban estudios históricos o las hazañas geográficas que se desarrollaban en aquellos años. Él, con sus libros, pretendió sentar las bases para que otros españoles escribiesen libros de viaje según modelos propios, y no tener así que conocer los otros países sólo por traducciones. Esta pretensión se vio aparentemente truncada, pero sus dos libros constituyen un testimonio único de la realidad de estos países a través de los ojos de Rivadeneyra.

VIAJE DE CEILÁN A DAMASCO

Como ya hemos señalado, Rivadeneyra escribió “Viaje de Ceilán a Damasco” a partir de la orden de traslado que le llevó de su destino en Colombo a Damasco. El título del libro, publicado en Madrid en 1871 es algo más largo: Viaje de Ceilán a Damasco, Golfo Pérsico, Mesopotamia, Ruinas de Babilonia, Nínive y Palmira, y Cartas sobre la Siria y la Isla de Ceilán.

El libro tiene dos partes, la segunda de las cuales recoge una serie de cartas o informes que había mandado desde sus primeros destinos a familiares, superiores, o a la prensa. La primera narra el viaje que le llevó de un destino a otro. Para este desplazamiento no escoge el itinerario más cómodo, sino que sigue los pasos de un viaje que quiso realizar su padre, también para conocer él mismo todos estos territorios y probarse para posibles futuras empresas. El camino que elige, también influenciado por las circunstancias del viaje, le lleva por el Golfo Pérsico hasta Bagdad, y de ahí, por Mosul y Alepo hasta Damasco.

Rivadeneyra siempre distribuye sus libros en distintas fases, y escribe desde el final de cada una de ellas la etapa realizada. Simplemente señalando los capítulos tendremos idea de la magnitud del viaje que llevó a cabo: De Ceilán a Bombay, Basora, Bagdad, Ruinas de Babilonia, de Bagdad a Mosul, Diarbekir, Alepo y Damasco, e incluye un capítulo final sobre las ruinas de Palmira. Podríamos detenernos en muchas de las etapas o episodios que narra en su libro, pero no lo vamos a hacer por dos razones: porque no tendríamos espacio suficiente en este artículo, y porque donde mejor se lee a Rivadeneyra es en su propio libro, y el lector dispone ya de la primera reedición completa, que acaba de publicarse con el nombre de la primera parte del título original: Viaje de Ceilán a Damasco.

Sin embargo, a tenor de su importancia para los orígenes del Orientalismo en este país, vamos a fijarnos en un episodio que narra en el capítulo V: “Las ruinas de Babilonia”. Rivadeneyra es plenamente consciente de la importancia del lugar que visita, a partir de los datos de los clásicos y de la Biblia, a los que cita, que ya había sido objeto de alguna prospección, pero que no acogerá la que hasta hoy en día ha sido la mayor excavación realizada en su terreno hasta 1899, con Koldewey en su dirección, y que trabajará sobre la ciudad hasta 1917.

Rivadeneyra realiza una descripción general de las ruinas, valorando sus dimensiones, estudiando sus materiales, e incluso apuntando de forma correcta, y a contra corriente en su época, que la torre de Babel no podría ser la de Bir Nimrud como se pensaba en la época. No hay que olvidar que los pioneros del Orientalismo son como él diplomáticos, y observamos en él el mismo espíritu que en aquellos, la única diferencia es que él nunca tuvo apoyos para más importantes empresas.
Él entró por lo que hoy sabemos que es el Palacio de Verano, y cuyos restos, en forma de promontorio, había mantenido por los siglos el nombre de Babel. Narra cómo cogió dos ladrillos con inscripción, los guardó, y los trajo a España (hoy forman parte de la colección del Museo Arqueológico Nacional). Cuando publicó el libro, le pidió a su amigo y profesor de sanscrito, Francisco García Ayuso, no sólo que se lo transcribiese y tradujese, sino que realizase una introducción a la escritura cuneiforme. La inscripción es de Nabucodonosor II, pero no es esto en lo que queremos incidir: lo que nos parece trascendente es que casi a la par que se estaba desarrollando el Orientalismo en Europa, en España no sólo se seguían sus progresos, sino que incluso se participaba en sus trabajos, si bien también es cierto que aparentemente no hubo inmediata continuidad. #El libro, como siempre en Rivadeneyra, muestra todo lo que él vio en su viaje, todo lo que estudió sobre las tierras que visitaba y sobre su historia, sus indagaciones y sus apreciaciones, en un tono que en absoluto se nos hace distante o superior para con los pueblos que visitaba, más bien al contrario, y que descubre para sus compatriotas mundos que les sonarían muy lejanos, máxime, como él dice, en una época en que no son muchos los españoles que salen al mundo.

VIAJE AL INTERIOR DE PERSIA

Este es el título de su segundo libro, publicado en tres tomos, en Madrid, en 1871. Ya hemos hablado algo de su distribución interna, y de que responde al viaje que realizó por Irán en cumplimiento de una misión muy concreta: estudiar las posibilidades comerciales que aquel país podría representar para España. Creemos que no sólo cumplió su misión, sino que fue más allá de lo que buenamente se le podía exigir, y durante todo un año recorrió aquellas tierras.

Su forma de trabajar es siempre la misma: distribuye la información en capítulos que corresponderían a una etapa de viaje o de lugar de estudios. En el primer tomo, en el que cuenta cómo llegó a Teherán, el viaje lo distribuye de Madrid a Tiflis, a Bacú, a Resht y Teherán. E incluye una historia de Persia y una amplísima descripción de Teherán, así como un capítulo, curioso, sobre los preparativos de viaje.

Como en su anterior libro, la mera enumeración de estas etapas da cuenta de la importancia del viaje: de Teherán a Hamadán, Kermanshah, Jorramabad, Dizful, Shuster, Feiliye, Bushir (tomo II); de Bushir a Kerman, Yezd, Shiraz, Ispahán y final en Teherán, para luego contar su regreso a España y hacer unas reflexiones (tomo III).

El viaje lo realizan los mismos ojos, el mismo espíritu curioso, comprensivo, indagador, pero quizá con un punto mayor de madurez. Incluye también aquí estudios y comentarios que hoy incluiríamos en disciplinas muy diversas (geografía, historia, etnografía, religiones…) pero añade además una serie de datos muy concretos sobre monedas, cambios, productos de importación y exportación, horarios de trasportes, épocas para realizar un viaje… y otra serie de aspectos que son sin duda interesantes desde el punto de vista de la misión que le llevó a Irán, sobre todo por lo a veces pormenorizado, y que nos inducen a pensar que Rivadeneyra plasmó en este libro toda la información recogida en su viaje, y que debió haber formado parte de informes que remitiría al ministerio.

No sabemos si estos informes se realizaron, no los hemos encontrado, y no hemos encontrado tampoco la publicación de toda esta información, tal y como era lógico pensar, ya que para eso se le había enviado, para promocionar y facilitar el intercambio comercial, y como de hecho se le prometió explícitamente. Rivadeneyra trabajaba de un modo muy concienzudo, y podemos pensar que no estaba dispuesto a echar todo su esfuerzo por la borda, e incluyó esta información dentro del libro que realizó sobre su viaje, y sobre un país que amaba profundamente.

Tampoco aquí podemos extendernos mucho en la descripción del viaje, y por desgracia no es tan fácil leer éste como el primero, pues sólo existe la edición original (debería hacerse también con esta obra una reedición). Vamos a señalar también aquí sólo un aspecto, el que refleja el cuadro que mandó pintar a Pellicer,Llegada a Dizful del Gobernador del Arabistán y del Vicecónsul de España,que cedió en testamento al Estado, y hoy se encuentra en el Ministerio para las Administraciones Públicas.

En él se narra la entrada en la ciudad de ambos personajes con el séquito del Gobernador, y cómo los habitantes de Dizful salen a recibirles y les presentan múltiples sacrificios como ofrenda al Gobernador. Esto le lleva a reflexionar a Rivadeneyra sobre rituales antiguos y olvidados, y que sin embargo mantienen sus formas, perdidos los significados, en el tiempo.

EPÍLOGO

Los libros de Rivadeneyra, ya lo hemos comentado, abarcan multitud de aspectos, y son fiel muestra del carácter del personaje, de su preparación, y de un espíritu curioso e indomable que pretendió muchas cosas, y que logró también otras muchas.

Sus restos, al igual que los de su familia, se conservan en un templete que él y su hermana mandaron construir para su eterno descanso. Esta hermosa construcción, como la Sacramental en la que se incluye, sufre el deterioro del olvido y de la injusticia, algo muy similar a lo que sucede con su memoria. Creemos que igual que se le empieza a valorar en su justa medida, a reivindicar sus logros, y a hacérsele visible, también las autoridades competentes deberían cuidar y restaurar el lugar donde descansa.