Texto: Lola Escudero

Boletín 22 – Sociedad Geográfica Española

Expediciones científicas

En el siglo XVIII las grandes expediciones científicas españolas recorrieron todos los confines del Imperio renovando la botánica, la ingeniería, la medicina o las técnicas de navegación. Viajes como los de Jorge Juan, Malaspina, Mutis, Cuéllar y muchos otros, fueron auténticas aventuras que dieron lugar a interesantes tratados científicos, pero también a apasionantes relatos de exploración.

Cuando el joven alicantino Jorge Juan y Santacilia, con apenas veintiún años, y el sevillano Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, de tan sólo diecinueve, partieron en 1736 de Cádiz hacia Cartagena de Indias no podían imaginar que su viaje duraría una década y que al regreso se convertirían en los renovadores de la Ciencia española. Así eran las expediciones en el siglo XVIII: largas, intensas y trascendentes.

Jorge Juan y Antonio de Ulloa eran la parte española de una expedición francesa que intentaba nada menos que descubrir definitivamente la forma de la Tierra. La llamada Expedición Geodésica del Reino de Quito era una iniciativa del astrónomo francés Louis Godin, el geómetra Pierre Bouguer y el químico y naturalista Charles Marie de la Condamine, amigo éste de Voltaire, uno de los más firmes defensores de esta aventura científica. En este viaje los españoles tenían realmente otros fines: controlar a los franceses, que probablemente llevaban ánimo de espiar en las colonias españolas, y realizar un completo inventario de la flora, geografía, fauna e incluso antropología física y folklore del Imperio español en América, algo jamás realizado hasta la fecha.

Jorge Juan y Antonio de Ulloa son sólo dos de los más célebres entre los numerosos viajeros-científicos españoles que a lo largo del siglo XVIII recorrieron los confines del planeta con objetivos botánicos, geodésicos, mineralógicos, zoológicos o sanitarios. Sus nombres están asociados también a la renovación de la Ciencia en la España del siglo XVIII que tendrá algunos escenarios muy significativos, como el Observatorio de Cádiz, el Jardín Botánico de Madrid o las llamadas Sociedades Patrióticas o Científicas.

UNA TRADICIÓN INTERRUMPIDA

Los viajes científicos realmente no comenzaron en el siglo XVIII. Existía ya una larga tradición heredada del siglo XVI, cuando bajo el reinado de Felipe II se hizo un verdadero esfuerzo por conquistar y conocer las características y posibilidades del nuevo imperio creado tras la conquista de América y el Pacífico. Desde la Corona se planificaron meticulosamente expediciones y se crearon instituciones para que los científicos desarrollaran su actividad al servicio siempre del Estado. Pese a la imagen oscura que se ha transmitido del monarca y de su reinado, Felipe II fue un rey educado en las matemáticas, gran coleccionista y apasionado por los libros. De su reinado cabe destacar la institución de una Academia de Cosmografía y Matemáticas en la corte, la formación de colecciones naturalísticas, la creación de la impresionante biblioteca de El Escorial o la fundación de una cátedra de medicamentos simples (extraídos de plantas, animales o minerales) y de laboratorios de destilación en Aranjuez, El Escorial y el Alcázar de Madrid.

Retrato del marino español Jorge Juan y Santacilia (1713-1773).

Retrato del marino, naturalista y escritor español Antonio de Ulloa (1716-1795).

Felipe II tenía un reto importante: la necesidad de organizar y mantener un imperio gigantesco con los medios del siglo XVI, y esto no era posible sin un desarrollo notable de la actividad científica y técnica. Era necesario explorar, pero también explotar y organizar un imperio colonial, y para ello puso a su servicio a ingenieros, arquitectos, cosmógrafos, pilotos, cartógrafos, médicos y boticarios de todo el Imperio, desde flamencos a aragoneses y desde italianos a portugueses, pero siempre desde Castilla. Así por ejemplo, se produjo un desarrollo sin precedentes de la arquitectura y la ingeniería militar, de las técnicas de extracción minera, del arte de navegar y construir barcos y se importaron nuevos metales, medicamentos y alimentos desde el otro lado del Atlántico que dieron lugar a tratados científicos.

En el campo de las exploraciones científicas, data de esta época la primera expedición española propiamente ligada a la Ciencia, la de Francisco Hernández, nombrado por Felipe II protomédico general de las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano. Francisco Hernández se dedicó durante siete años a recorrer gran parte de la entonces Nueva España acompañado por su hijo. Su misión era preparar para el rey un informe detallado, completo y documentado de la Medicina y sus elementos curativos en dicho territorio.

De 1570 a 1577 Francisco Hernández vivió en tierras americanas, preguntando con la ayuda de intérpretes de las diferentes regiones sobre las plantas medicinales, sus propiedades, manera de colectarlas y beneficios. De aquí le vino el nombre que los indígenas le asignaron: “el preguntador”. Tres pintores indígenas, tlacuilos, le ayudaron en esta gran empresa que se tradujo en más de dos mil ejemplares clasificados. A su vuelta, la Corte quedó impresionada por su hazaña, por la tenacidad de su esfuerzo y la claridad de su trabajo, pero, al parecer, los planes reales no eran dar a conocer la obra de Hernández y, lamentablemente, su trabajo se ha perdido en gran parte. Una vez conocida la copiosísima información, surgieron dificultades para su edición e impresión. El rey ordenó la impresión de la obra pero el manuscrito pasó de mano en mano, de proyecto en proyecto, hasta que quedó olvidado.

 

Con los reinados de los últimos austrias, en el siglo XVII, España asistió a una época difícil de guerras y crisis económica y se olvidó la tradición de las expediciones científicas. Habría que esperar a Felipe V, el primer borbón, para que comenzara a recuperarse la pujanza intelectual de España y se iniciara la modernización general del país, bajo el impulso de las expediciones científicas que recorrerán todos los confines del Imperio.

UN “SIGLO DE LAS LUCES” PARA LA BOTÁNICA

Los borbones trajeron a España la idea de la necesidad de modernizar muchas estructuras y formar a los técnicos que deberían tomar el control de las rutas oceánicas, fortificar las colonias o revitalizar la industria minera. Así comenzó la fundación de academias militares de guardiamarinas, en Cádiz, de ingenieros, en Barcelona, y de artillería, en Madrid, tres instituciones que van a tener un importante papel en la modernización de la ciencia y en las nuevas expediciones. En esta época la Inquisición todavía pesaba mucho, pero cada vez había más profesionales cualificados que exigían un cambio.

Con Carlos III llegó el gran momento de las expediciones ilustradas que tendrán objetivos muy diversos (botánicas, mineralógicas, geodésicas, sanitarias…) pero un denominador común: todas serán financiadas por el Estado, incluso las privadas, como la de Alejandro Humboldt (1767-1835) que requerirían siempre la previa autorización de la Corona. Todas las expediciones tendrán también un objetivo común: la apertura de la Ciencia española al exterior y la conexión con el resto de la comunidad científica europea y los investigadores de prestigio. Con estas expediciones, se retomará la tradición renacentista científica interrumpida por la crisis del siglo XVII, y también la tradición de exploración y navegación de los siglos XV y XVI en la que portugueses y españoles fueron los grandes protagonistas.

En el siglo XVIII era indiscutible que el conocimiento científico es fuente de poder y era por tanto necesario para el Estado conocer todos los recursos que estaban a su alcance en las colonias y cómo aprovecharlos mejor. Las más representativas de todas estas expediciones son probablemente las botánicas: era preciso conocer la flora americana, saber cómo producir más y mejor y cómo explotar las riquezas naturales de las colonias. Era necesario conocer las plantas útiles en la industria, la medicina y el comercio, renovar los medicamentos, utilizar nuevos materiales para la construcción naval o la industria textil.

Era también urgente introducir en España semillas o plantas vivas y aclimatarlas a nuestro territorio y adoptar un nuevo sistema de clasificación científica que permitiera ordenar de forma práctica la gran variedad de especies descubiertas, como era el sistema de Linneo.

Entre las grandes expediciones científicas con objetivos botánicos hay tres destacadas. La primera de ellas, tal vez la más importante, fue la llamada Expedición Botánica del Perú (1777-1815), una empresa franco-española que duró treinta y ocho años, durante los cuales se investigó la flora de Chile, Perú y Ecuador, y que estuvo a cargo de dos botánicos españoles, Hipólito Ruiz (1754-1816) y José Pavón (1754-1840), ambos con conocimientos en farmacia, y de dos pintores que tenían como misión reproducir la flora.

La segunda de las expediciones botánicas será la del Reino de Nueva Granada (1783-1916), otro largo viaje que tuvo al frente a Celestino Mutis y Bosio (1732-1808), un médico, naturalista y divulgador científico que consiguió reunir una enorme cantidad de material, dibujos de plantas y datos de la vegetación de la sabana de Bogotá y otros lugares de aquella parte de América. Su obra “Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada” es realmente ingente y decisiva. Por último, la tercera de las grandes expediciones botánicas del siglo XVII sería la de Nueva España (1787-1803), siguiendo la obra de Francisco Hernández, el primer expedicionario de tiempos de Felipe II, encomendada a Martín Sessé, médico aragonés establecido en Méjico, que había viajado por los territorios españoles de la América Central.

Expediciones botánicas fueron también las de Juan de Cuéllar a Filipinas (1785-1795), para conocer todas las posibilidades medicinales, industriales y comerciales de las plantas de aquella parte del mundo y en particular de la canela, o la expedición de Baltasar Manuel Boldo, un botánico al servicio de la Real Comisión de Guantánamo (1796-1799), con el objetivo de realizar levantamientos cartográficos y redactar un informe completo de la isla de Cuba que incluyera el trazado de puertos, el comercio, la producción, la etnografía y la historia natural. Importante fue también para la ciencia botánica la llamada Expedición de Límites al Orinoco (1754-1756), en la que participarían un importante grupo de naturalistas, encabezados por Pehr Löfling, discípulo del naturalista sueco Linneo, que dejaría para la botánica importantes descripciones manuscritas en su “Flora Cumanensis”.

Mapa de la provincia y misiones de la Compañia de Jesus del Nuevo Reyno de Granada. P. Jose Gumilla: Orinoco ilustrado 1741.

Quararibea turbinata.

LA GRAN EXPEDICIÓN GEODÉSICA

Pero la botánica no fue el único impulso motivador de las grandes expediciones científicas. La mayoría de ellas fueron multidisciplinares, pero cada una tenía un interés prioritario. Así por ejemplo, la gran expedición geodésica franco-española al Reino de Quito (que comenzó en 1736) en la que participaron Jorge Juan y Antonio de Ulloa, tenía un objetivo muy concreto: medir el meridiano lo más cerca posible del Ecuador. Esta expedición sería más tarde el modelo a seguir para posteriores empresas públicas.

La idea partió de un grupo de astrónomos franceses, en plena “batalla” científica por demostrar si la Tierra era achatada por los polos, como defendían los partidarios de Newton, o por el Ecuador, como defendía la tradición científica. Godin, un eminente matemático francés propuso a su Academia de Ciencias realizar una medición geodésica en la Laponia finlandesa, cerca del Círculo Polar Ártico y otra en Quito, en el Virreinato del Perú, en las proximidades del Ecuador, pero para ello era preciso pedir permiso a la Corte española de Felipe V, puesto que no le estaba permitido a los extranjeros viajar por territorios de la Corona. Para dar el consentimiento, España estimó que era indispensable que viajasen dos oficiales españoles en la expedición, y escogieron a los jóvenes guardiamarinas Jorge Juan y Antonio de Ulloa, que contaban con una amplia formación en matemáticas y astronomía. Mientras que los franceses se ocupaban de la parte académica y científica de la empresa, los españoles tendrían como objetivo vigilar a los franceses para que no espiasen, y sobre todo, hacer un inventario pormenorizado de los aspectos geográficos, astronómicos, flora, fauna, folklore y antropología de las regiones recorridas, algo nunca realizado hasta la fecha en el Virreinato del Perú. Los resultados de esta larga y ambiciosa empresa quedarán recogidos en las obras de Juan y de Ulloa: la primera obra conjunta, “Observaciones astronómicas y phísicas hechas de Orden de S.M. en los Reinos del Perú de las que se deduce la figura y magnitud de la Tierra y se aplica a la Navegación” que les trajo muchos problemas con la inquisición por los postulados científicos que defendían y la “Relación histórica del viaje a la América meridional” que refleja las peripecias científicas y políticas de su viaje y estancia en América. Por último, publican “Noticias secretas de América”, un pesimista informe sobre el estado de la América colonial española en el siglo XVIII, que es una denuncia de la miseria de los indígenas americanos y la dejadez en numerosas instalaciones españolas y en particular de las defensas de las plazas fuertes de la costa del Pacífico.

La expedición geodésica tuvo importantes consecuencias en la Ciencia española y también contribuyó a poner las bases para que se pudiera desarrollar en América una Ciencia autóctona. Hay que tener en cuenta que la sociedad criolla tenía ya un gran desarrollo y se estaba gestando la inquietud por la independencia.

Hubo una segunda expedición hispano francesa en 1769, que tuvo como objetivo la medición del paso de Venus y que incorporó definitivamente a los científicos locales, mejicanos, a los trabajos de la expedición.

De izquierda a derecha: Lupinus nubigenus. Grabado en cobre iluminado por Dien segun acuarela de P.J. Francois Turpin. Paris 1819-1824; Compás de artillería; Compás del siglo XVIII. Foto de Alvesgaspar. Wikipedia.

LA MEDICINA, LA EXPLOTACIÓN MINERA Y LA POLÍTICA

Entre los intereses que llevaban a la Corona o a los particulares a emprender grandes expediciones hubo de todo, como por ejemplo la llamada Expedición Mineralógica de Nordenflicht (1788-1798), que bajo la dirección de este ingeniero tenía como objetivo aplicar a las técnicas de extracción de minerales en Perú los avances desarrollados por los técnicos alemanes. Se trataba de una iniciativa de la Corona española para aplicar la asesoría metalúrgica alemana en la explotación de las minas de plata del Perú. En realidad fueron tres expediciones formadas por ingenieros de minas, metalúrgicos y mineralogistas alemanes. Dos de estos grupos estaban dirigidos respectivamente por los hermanos Fausto y Juan d’Elhúyar, y se dirigieron a Nueva España (actual Méjico) y Nueva Granada (actual Colombia). El tercer grupo, constituido por diecinueve personas y encabezado por los directores de Minas y Amalgamas, respectivamente barón de Nordenflycht y Anton Zacharias Helms, desembarcó en Montevideo. Hubo una gran disputa en la prensa local americana que acusó a los extranjeros de no respetar las tradiciones autóctonas, pero algo bueno salió de todo ello: la creación del Real Seminario de Minería de Méjico, en 1792, la primera escuela politécnica fundada en el Nuevo Mundo.

También hubo expediciones científicas en el siglo XVIII ligadas a la política y concretamente orientadas a la limitación de la expansión territorial de otras potencias en el territorio americano. Era preciso por parte de los españoles delimitar los espacios que correspondían a sus posesiones y para ello se pusieron en marcha las llamadas expediciones de límites, destinadas a la fijación de fronteras entre los dominios portugueses y españoles en América. Destaca entre todas ellas la llamada Expedición a la América Meridional (1781-1801) en la que participó el naturalista aragonés Félix de Azara. De esta expedición queda su obra, “Viajes por la América meridional”, una de las más interesantes del siglo XVIII en cuanto a estudios y observaciones sobre la naturaleza, adelantado las teorías evolucionistas. Azara no sólo se limitó a recoger datos, sino que formuló una serie de hipótesis sobre cuestiones biológicas y evolución de los animales en libertad o en cautividad, sus distribución geográfica o el origen de las peculiares especies del Nuevo Mundo y adelantó el concepto de “mutación” en las especies.

Importante fue también la ya mencionada Expedición de Límites al Orinoco (1754-1756), encabezada por José de Iturriaga y en la que participaría el botánico sueco Pehr Löfling, cuya finalidad, además de delimitar las fronteras entre las colonias portuguesas y españolas de Suramérica, era la de impedir la penetración de los holandeses hacia el Orinoco y explorar la existencia de siembras naturales de especies, particularmente de canela, así como de plantas medicinales como la quina. La expedición tuvo su origen en el Tratado de Madrid firmado el 13 de enero de 1750 entre los plenipotenciarios de España y Portugal, con él se ponía fin –al menos sobre el papel– a las continuas disputas planteadas por ambos gobiernos sobre los dominios de sus respectivas coronas en los territorios de la América del Sur. Era la ocasión de transformar la artificial línea del Tratado de Tordesillas, eligiendo una cordillera como vía de discriminación: los territorios que vertían aguas al Orinoco pertenecerían a España, los que vertieran hacia el Amazonas serán de la Corona portuguesa. Para delimitar in situ la demarcación, por el lado norte, la Corona española envió una comisión al mando de José de Iturriaga y en la que figuraba Eugenio Alvarado, Antonio de Urrutia y José Solano; junto a ellos viajaban cartógrafos, astrónomos, capellanes, cirujanos, militares de tropa y un grupo de naturalistas, encabezados por Pehr Löfling, al que acompañaban un par de médicos ayudantes, Benito Paltor y Salvador Condal, y dos dibujantes, Bruno Salvador Carmona y Juan de Dios Castel.

La Comisión de Límites dirigida por Iturriaga se dio por finalizada en junio de 1760, sin que apenas se produjera contacto con la comisión portuguesa encargada de las mismas misiones por el lado sur. El Tratado de El Pardo, firmado el 12 de febrero de 1761 anuló por entero las decisiones firmadas en el Tratado de Madrid y la división territorial fue aplazada, aunque la presencia española quedaba consolidada tras la firma de acuerdos con los nativos del Alto Orinoco en el transcurso de la expedición.

Frente a estas expediciones políticas o científicas, sorprende la llamada Expedición de la Vacuna, dirigida en 1803 por el médico militar español Francisco Javier Balmis. Es probablemente la última de las expediciones ilustradas, junto con la de Malaspina, pero su objetivo era absolutamente filantrópico: propagar la vacuna contra la viruela, recientemente descubierta por Jenner en 1796, en América y Filipinas. Para ello, Balmis no dudó en dar la vuelta el mundo llevando consigo a 22 huérfanos de La Coruña que fueron inoculados sucesivamente para mantener vivo el virus vacunal. Un dato curioso es que con ellos viajaba una mujer, Isabel Sendales y Gómez, rectora de la Casa de Expósitos de La Coruña, cuya misión consistía en atender a los pequeños y lo más importante, vigilar que no se rascaran las heridas para evitar cualquier contagio. Fue realmente una hazaña científica, un viaje lleno de penosas peripecias, por caminos intransitables en los que era preciso transportar a los niños a hombros de indígenas, con fricciones con las autoridades locales que no comprendían el objetivo de la misión, y en la que Balmis desarrolló un notable talento para la organización y para conseguir la colaboración de las instituciones civiles, militares y eclesiástica. Balmis aprovechó además el viaje, como todos los viajeros ilustrados, para interesarse por los problemas de las comunidades locales, por la naturaleza que encontraba a su paso y por estudiar su posible aplicación terapéutica.

Alexander von Humboldt.

Humboldt. Cuadrante 1740.

Ampolleta.

MALASPINA, TRAS LOS PASOS DE COOK

Nos queda por hablar de las dos grandes expediciones científicas que cerrarán el siglo: la de Malaspina, el último de los grandes viajes ilustrados, y el periplo de Humboldt y Bompland, que se considera la más ambiciosa de las expediciones americanas.

La llamada Expedición Malaspina (1789-1794) fue el colofón de una época: la de las grandes navegaciones ilustradas españolas. Fue la última de las exploraciones realizadas bajo el reinado de Carlos III y la primera del mandato de Carlos IV y tuvo un claro objetivo político: transformar la política tradicional colonial aplicando un modelo distinto, más liberal, en el que se permitiera la existencia de gobiernos locales. Por el lado científico, era un proyecto realmente ambicioso que hacía hincapié en los estudios marítimos y de historia natural y pretendía comprobar la eficacia y calidad de numerosos instrumentos científicos.

Se trataba de la mayor expedición jamás puesta en marcha por la Corona española. El propio Malaspina, cuando presentó el proyecto ante el Ministro de Marina, Antonio Valdés, explicó que se trataba de una “noble emulación” frente a las políticas practicadas por las coronas francesa e inglesa, siguiendo las trazas “de los Señores Cook y La Pérouse”. No se planteaba sólo un viaje científico, sino una reafirmación frente a las otras potencias que ponían en duda el extenso territorio colonial español. En el proyecto del viaje se planteaban otros objetivos: por una parte, la construcción de cartas hidrográficas para las regiones más remotas de la América y de derroteros que pudiesen guiar con acierto la inexperta navegación mercantil; y por otro lado, la investigación del estado político de la América, tanto en lo referente a sus relaciones con España como con las naciones extranjeras.

Al frente de este gran viaje estaba el italiano Alejandro Malaspina (1754-1810), un hombre visionario y aventurero que se había formado como marino en Cádiz. Fue el escogido por el gobierno español para esta ambiciosa expedición que partiría de Cádiz en 1789 en las fragatas Descubierta y Atrevida con una tripulación en la que figuraban cartógrafos, naturalistas y dibujantes. El viaje les llevaría a recorrer las costas americanas, desde Tierra del Fuego hasta Alaska, así como Filipinas y otras islas de Oceanía. Levantaron planos, catalogaron flora, realizaron observaciones astronómicas, estudiaron el estado político y social de las colonias e intentaron comprender el porqué de los problemas que dificultaban el desarrollo colonial. Durante cinco años recorrerían América y Filipinas y sentarían las bases para la gran expedición científica de Humboldt. Malaspina no se conformó con recorrer y describir los territorios coloniales, sino que propuso un plan general de reformas para transformar la estructura del imperio en una especie de federación de reinos unidos por la lengua y la religión, bajo el amparo común de Carlos IV.

Fue un viaje realmente extraordinario y complicado que duraría cinco años. Lamentablemente, a su vuelta, el nuevo monarca Carlos IV ya no compartía el espíritu que había animado a su padre y Malaspina cayó en desgracia en los círculos cortesanos, enfrentándose con el primer ministro Manuel Godoy. Terminó acusado de revolucionario, condenado a prisión y finalmente desterrado a Italia. Un triste final para una de las más brillantes páginas de la historia de los viajes españoles.

Uno de los aspectos más interesantes y desconocidos de esta expedición será la utilización de la “protofotografía”: fue éste el primer viaje de exploración en el que se utilizó la cámara oscura para la realización de dibujos del natural. Buenos Aires, Acapulco, Méjico, Valparaíso, Lima, Manila, Guam, como muchos otros lugares, fueron así “fotografiados” por los artistas que integraban la tripulación de esos barcos a vela.

Para Malaspina, la representación gráfica eran tan importante como el relato y un complemento indispensable de éste, así que antes de partir encomendó al teniente coronel Antonio Pineda y Ramírez, que era un destacado naturalista, que adquiriese en Madrid “cámaras ópticas portátiles”. En la “Atrevida” llevó consigo una de esas cámaras. También seleccionó cuidadosamente a los artistas, dibujantes y pintores, que debían ir reflejando la travesía, los paisajes, ciudades y detalles de interés científico. La colección de cartas náuticas dibujos, croquis, bocetos y pinturas, reunidas en la expedición de Malaspina es impresionante. Entre ellos figuran los dibujos y bocetos realizados con la cámara oscura, en particular los trabajos del italiano Brambilla y los del mejicano Suria, que hoy se encuentran en el Museo Naval de Madrid.

HUMBOLDT EN LAS REGIONES EQUINOCCIALES

El colofón de esta época, en la transición hacia las grandes expediciones del siglo XIX, sería el viaje a América de Humboldt. A pesar de que Alexander von Humboldt era alemán, su gran viaje a América lo emprendió para la Corona española y por ello se suele incluir dentro de nuestras grandes expediciones científicas. Humboldt, uno de los padres de la Geografía como Ciencia, es considerado el científico explorador más grande de su época. Tenía treinta años cuando viajó a Latinoamérica (1799-1804) y exploró la región comprendida entre Ecuador y Méjico. Sus aventuras por aquellos parajes están llenas de proezas: navegó por ríos desconocidos en su época, cruzó cuatro veces los Andes y subió a sus picos más altos. De hecho, fue el primero en subir el volcán del Chimborazo, en el Ecuador. En total, Humboldt, con su inseparable amigo el botánico Amadeo Bompland, recorrió un trayecto total de 60.000 kilómetros a lo largo de los cuales recogió alrededor de 60.000 muestras biológicas con los que contribuyó a que la ciencia reconociera la enorme diversidad de la vida en los trópicos. El viaje de Humboldt por América comenzó en 1799 en el puerto de Cumaná, Venezuela, y terminó en 1804 en Pensilvania, pasando por los territorios de Venezuela, Cuba, Colombia, Ecuador, Perú, Méjico y Estados Unidos.

Ningún tema quedó fuera de la curiosidad de Humboldt: la botánica, la zoología, la geología, la meteorología, la sismología y la astronomía. Entre sus decisivas contribuciones a la ciencia destacan el descubrimiento de la relación entre la latitud y la altitud, el trazado por primera vez de las “líneas isotermas” que actualmente se utilizan en los mapas climáticos y que indican las temperaturas en todos los lugares; la descripción de la Corriente de Humboldt en la costa peruana, o las mediciones magnéticas del Ecuador que sirvieron para que Gauss formulara su teoría electromagnética. Humboldt estableció también las coordenadas del canal natural del Casaquiare, que comunica los sistemas del Orinoco y el Amazonas, realizó un atlas de esas regiones y formuló la geografía de las plantas, que presentaba América como una región natural donde el tipo de vegetación estaba supeditada a las características de la zona en la cual surgía; un concepto novedoso en un mundo en donde cada tema de estudio era un universo aparte. Su obra contempló, asimismo, los aspectos económicos, sociales y políticos de estos territorios: Humboldt elaboró un tratado sobre las deplorables condiciones de la esclavitud en Cuba, que no sólo generó gran polémica en su momento, sino que fue la causante de que Inglaterra no le permitiera hacer una expedición por sus colonias.

En 1804 regresó a Berlín, en donde tardó dos décadas en redactar su gran obra, “Viaje a las regiones equinociales del Nuevo Continente”, en la que narró sus descubrimientos en el campo de la geografía, la astronomía, la botánica, la zoología, la anatomía, la geología. Además, gracias a las narraciones de sus viajes, el Amazonas, el Orinoco, el Chimborazo y toda la geografía americana pasaron a formar parte de la imaginería europea que leía sus crónicas viajeras en los primeros periódicos. América, a su vez, le rindió tributó al inmortalizar su nombre en más de mil pueblos, ríos y montañas del mundo e incluso extendió este homenaje a un cráter lunar. A los sesenta años emprendió otra gran expedición científica a Rusia y Siberia, tras la cual redactaría su obra más importante, “Cosmos”, en la que trataba de recopilar todo lo que en su tiempo se sabía sobre el mundo.

En definitiva, las expediciones ilustradas fueron aventuras científicas extraordinarias, pero también viajes llenos de anécdotas y peligros que sus protagonistas plasmaron, con mayor o menor talento en sus relaciones de viajes, publicadas a su regreso a España. En muchos de estos escritos falta la parte humana y anecdótica del viaje, limitándose a la anotación de comprobaciones científicas, pero incluso en los más áridos tratados es posible emocionarse siguiendo la huella de recorridos increíbles que sorprenden a los lectores de nuestro tiempo por sus ambiciosas metas y su capacidad para sortear los mayores obstáculos geográficos.

BIBLIOGRAFÍA

■ Bernabeu, Albert: “La aventura de lo imposible. Expediciones marítimas españolas”, Madrid-Barcelona, Lunwerg Editores, 2000.
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■Pimentel, Juan: “Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración”. Madrid. Ed. Marcial Pons. Historia. 2003.
■ Página web del Jardín Botánico de Madrid: www. www.rjb.csic.es